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A Blanca Rosa de Osma |
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Con mis coplas, Blanca Rosa, |
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tal vez te cause cuidados, |
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por cantar |
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con la voz ya temblorosa, |
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y los ojos ya cansados |
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de llorar. |
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Hoy para ti sólo hay glorias, |
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y danzas y flores bellas; |
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mas después, |
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se alzarán tristes memorias |
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hasta de las mismas huellas |
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de tus pies. |
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En tus fiestas seductoras, |
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¿no oyes del alma en lo interno |
|
un rumor |
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que, lúgubre a todas horas |
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nos dice que no es eterno |
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nuestro amor? |
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¡Cuánto a creer se resiste |
|
una verdad tan odiosa |
|
tu bondad! |
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Y esto fuera menos triste, |
|
si no fuera, Blanca Rosa, |
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tan verdad. |
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Te aseguro, como amigo, |
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que es muy raro, y no te extrañe, |
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amar bien: |
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siento decir lo que digo; |
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pero, ¿quieres que te engañe |
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yo también? |
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Pasa un viento arrebatado, |
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viene amor, y a dos en uno |
|
funde Dios; |
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sopla el desamor helado, |
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y vuelve a hacer, importuno, |
|
de uno, dos. |
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Que amor, de egoísmo lleno, |
|
a su gusto se acomoda |
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bien y mal; |
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en él hasta herir es bueno; |
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se ama o no se ama: ésta es toda |
|
su moral. |
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¡Oh!,¡qué bien cumple el amante, |
|
cuando aun tiene la inocencia, |
|
su deber! |
|
Y ¡cómo, más adelante, |
|
aviene con su conciencia |
|
su placer! |
| |
|
¿Y es culpable el que, sediento |
|
buscando va en nuevos lazos |
|
otro amor? |
|
¡Sí!, culpable como el viento |
|
que, al pasar, hace pedazos |
|
una flor. |
| |
|
¿Verdad que es abominable |
|
que el corazón vagabundo |
|
mude así, |
|
sin ser por ello culpable, |
|
porque esto pasa en el mundo |
|
porque sí? |
| |
|
Se ama una vez sin medida, |
|
y aun se vuelve a amar sin tino |
|
más de dos. |
|
¡Cuán versátil es la vida! |
|
¡Cuán vano es nuestro destino, |
|
santo Dios! |
| |
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«Él» lleve tu labio ayuno |
|
a algún manantial querido |
|
de placer, |
|
donde dichosa, ninguno |
|
te enseñe nunca el olvido |
|
del deber. |
| |
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Siempre el destino inconstante |
|
nos da cual vil usurero |
|
su favor, |
|
de amor primero, y no amante: |
|
después mucho amante, pero |
|
poco amor. |
| |
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Tranquila a veces reposa, |
|
y otras se marcha volando |
|
nuestra fe. |
|
Y esto pasa, Blanca Rosa, |
|
sin saber cómo, ni cuándo, |
|
ni por qué. |
| |
|
Nunca es estable el deseo, |
|
ni he visto jamás terneza |
|
siempre igual. |
|
Y ¿a qué negarlo? No creo |
|
ni del bien en la fijeza, |
|
ni del mal. |
| |
|
Este ir y venir sin tasa, |
|
y este moverse impaciente, |
|
pasa así, |
|
porque así ha pasado y pasa, |
|
porque sí, y ¡ay!, solamente |
|
porque sí. |
| |
|
¡Cuán inútil es que huyamos |
|
de los fáciles amores |
|
con horror, |
|
si cuanto más las pisamos, |
|
más nos embriagan las flores |
|
con su olor! |
| |
|
El cielo sin duda envía |
|
la lucha a la tormentosa |
|
juventud; |
|
pues ¿qué mérito tendría |
|
sus esfuerzos, Blanca Rosa, |
|
la virtud? |
| |
|
¡Ay!, un alma inteligente |
|
siempre en nuestra alma divisa |
|
una flor, |
|
que se abre infaliblemente |
|
al soplo de alguna brisa |
|
de otro amor. |
| |
|
Mas dirás: -¿Y en qué consiste |
|
que todo a mudar convida?- |
|
¡Ay de mí! |
|
En que la vida es muy triste... |
|
Pero, aunque triste, la vida |
|
es así. |
| |
|
Y si no es amor el vaso |
|
donde el sobrante se vierte |
|
del dolor |
|
pregunto yo: -¿Es digno acaso |
|
de ocuparnos vida y muerte |
|
tal amor? |
| |
|
Nunca sepas, Blanca Rosa, |
|
que es la dicha una locura, |
|
cual yo sé; |
|
si quieres ser venturosa, |
|
ten mucha fe en la ventura, |
|
mucha fe. |
| |
|
Si eres feliz algún día, |
|
igual que el recuerdo tirano |
|
de otro amor |
|
no se filtre en tu alegría, |
|
cual le desliza un gusano |
|
roedor! |
| |
|
Tú entre las almas buenas, |
|
cuyos honrados amores |
|
siempre son |
|
los que bendicen sus penas |
|
penas que se abren en flores |
|
de pasión. |
| |
|
Con tus visiones hermosas, |
|
nunca de tu alma el abismo |
|
llenarás, |
|
pues la fuerza de las cosas |
|
puede más que Hércules mismo, |
|
¡mucho más!... |
| |
|
Si huye una vez la ventura, |
|
nadie después ve las flores |
|
renacer |
|
que cubren la sepultura |
|
de los recuerdos traidores |
|
de ayer. |
| |
|
¿Y quién es el responsable |
|
de hacer tragar sin medida |
|
tanta hiel? |
|
¡La vida!, ¡esa es la culpable! |
|
La vida; sólo es la vida |
|
nuestra infiel. |
| |
|
La vida que, desalada, |
|
de un vértigo del infierno |
|
corre en pos. |
|
Ella corre hacia la nada; |
|
¿quieres ir hacia lo eterno? |
|
Ve hacia Dios. |
| |
|
¡Sí!, corre hacia Dios, y Él haga |
|
que tenga siempre una vieja |
|
juventud. |
|
La tumba todo lo traga; |
|
sólo de tragarse deja |
|
la virtud. |
| |
|
|
Después que Troya fue, severa Esparta, |
|
muerto su rey, de liviandades harta, |
|
a Rodas sin piedad desterró a Elena, |
|
donde la ahorcó celosa Políxena. |
|
Pero antes que el honor del sexo bello |
|
como un cisne al morir doblase el cuello, |
|
la dijo así el verdugo: -¿Por ventura, |
|
quieres más que la dicha tu hermosura? |
|
La reina, que tu mal tanto desea, |
|
te dejará vivir si te haces fea; |
|
ponte estas hierbas sobre el rostro, hermosa, |
|
y siendo horrible, vivirás dichosa. |
|
¿No vale más ser fea afortunada, |
|
que hermosa, y por hermosa desdichada?- |
|
Calló el Verdugo y suspiró; mas ella, |
|
prefiriendo el no ser, a no ser bella, |
|
cogió el dogal, y se lo ató de suerte |
|
que, a su belleza fiel, se dio la muerte; |
|
y más que vivir fea y venturosa, |
|
prefirió ser ahorcada, siendo hermosa. |
| |
|
| I |
|
A un cierto maestro vi |
|
en cierto pueblo explicar |
|
a varios niños, a mí, |
|
y al sacristán del lugar. |
|
Y recuerdo, aunque era un chico, |
|
que comenzó de esta suerte: |
|
-Ved: ciencia nueva de Vico; |
|
nacimiento, vida y muerte. |
|
Círculo de toda historia |
|
renacer tras de acabar: |
|
fábula, entusiasmo, gloria, |
|
la muerte, y vuelta a empezar. |
|
Así, ya unida, ya rota, |
|
sigue esta rueda fatal, |
|
sin que se turbe una nota |
|
del concierto universal. |
|
Allá el Egipto entreveo, |
|
vida, gloria, senectud, |
|
Reyes -Pastores- Proteo, |
|
Cambises; la esclavitud. |
|
¡Cielo de dichas y penas! |
|
Llega la Grecia. ¡Atención! |
|
Los Argos -Esparta -Atenas, |
|
Filipo; la humillación. |
|
Mudando nombres y nombres, |
|
en rápido movimiento |
|
rodando van pueblos y hombres |
|
cual hojas que arrastra el viento. |
|
¡Fenicia! Ved a Sidón, |
|
la reina antigua del mar. |
|
Cartago -Pigmaleón.- |
|
Nabuco, y vuelta a empezar. |
|
Dioses -Héroes, -Invenciones. |
|
Así, abyectas o gloriosas, |
|
van, como veis, las naciones, |
|
los hombres, pueblos y cosas. |
|
¡Roma! Tras su edad divina, |
|
por César llega a Tiberio. |
|
Numa -Catón -Mesalina,- |
|
Reyes- República -Imperio. |
|
Pasan así en raudo giro |
|
y en perpetua evolución, |
|
Alejandro, como Ciro, |
|
como César, Napoleón. |
| |
| II |
|
Y al ver que de nuevo empieza |
|
su incesante torbellino, |
|
poniéndonos la cabeza |
|
cual la rueda de un molino. |
|
-O vuestro Vico es un tonto, |
|
o yo no sé qué pensar;- |
|
dijo el maestro de pronto |
|
el sacristán del lugar. |
|
-No es gran mérito el zurcir |
|
la historia de esa manera; |
|
nacer, crecer y morir; |
|
eso lo sabe cualquiera. |
|
Pese a vuestros pareceres, |
|
¿no valdría mucho más |
|
decir a todo: «Polvo eres |
|
y en polvo te volverás?» |
|
Mira el maestro al que cree |
|
llegar de Vico a la altura, |
|
como quien dice: (-Este lee |
|
los libros santos del cura.-) |
|
Y en su silencioso afán, |
|
que esto imagina se infiere: |
|
(-Dice bien el sacristán, |
|
todo lo que nace muere.-) |
|
Y murmuró: (-De manera |
|
que mi ciencia está demás, |
|
si un libro santo cualquiera |
|
enseña esto y mucho más.-) |
|
Y al fin -¡niños!- prorrumpió, |
|
-después de círculos tantos |
|
podréis saber más que yo |
|
leyendo los libros santos. |
|
Pues hoy por ellos me explico |
|
cómo puede ser que sea |
|
mucho más sabio que Vico |
|
el sacristán de una aldea. |
| |
|
| I |
|
A Ovidio empieza a leer, |
|
su historia el emperador, |
|
pues dice que quiere ser |
|
cual César, autor y actor. |
|
Hombre sin Dios y sin ley, |
|
que de su provecho en pos, |
|
pérfido antes, se hace rey, |
|
necio después, se hace Dios. |
|
En su historia disculpaba |
|
sus faltas cándidamente, |
|
cosas que Ovidio escuchaba |
|
con el rubor en la frente. |
|
-¿Verdad que al mundo hará honor |
|
la que llamo «era Juliana?»- |
|
dijo a Ovidio, el salteador |
|
de la libertad romana. |
|
Con un dictamen muy justo |
|
quiso Ovidio honrar su labio, |
|
porque al fin perdona Augusto, |
|
después que se venga Octavio. |
|
-Y, francamente, señor,- |
|
dijo, de modestia lleno: |
|
-si sois bueno como actor, |
|
como autor no sois tan bueno.- |
|
-O- con altivo semblante |
|
replicó el emperador: |
|
-que soy muy buen comediante, |
|
pero muy mal escritor.- |
|
Selló el rey su augusto labio |
|
calló Ovidio, no sin susto, |
|
pues siempre al fin venga Octavio |
|
los disimulos de Augusto. |
| |
| II |
|
Cayo Ovidio en el desliz |
|
de llamar, poco después, |
|
a Livia, la emperatriz, |
|
«Ulises con guardapiés». |
|
Tuvo el rey por ofensivo |
|
este madrigal tan bello, |
|
tomando esto por motivo |
|
para vengarse de aquello. |
|
Y a Ovidio desterró Augusto |
|
de la Circasia a un rincón, |
|
como buen tirano, injusto: |
|
falso, como buen histrión. |
| |
| III |
|
Muriendo Octavio inmortal, |
|
entre grandes dignos de él, |
|
les pregunta así: -¿Qué tal |
|
representé mi papel?- |
|
Y contesta Ovidio a Octavio |
|
desde la orilla del Ponto: |
|
-Representó como un sabio |
|
lo que pensó como un tonto-. |
|
Murió Octavio, el iracundo; |
|
pereció Augusto el sagaz: |
|
el que dio la paz al mundo |
|
ya ha dejado al mundo en paz. |
|
Conque, «¿qué tal?» Lo repito |
|
con más razón que despecho: |
|
has hecho muy bien lo escrito, |
|
y escrito mal lo que has hecho. |
|
Doy al mundo el parabién. |
|
¡Falso! Aun preguntas «¿qué tal?» |
|
Como cómico, muy bien; |
|
como emperador, muy mal. |
| |
|
|
Sentando indolentemente, |
|
cierta noche de verano, |
|
con una pluma en la mano |
|
y una luz frente por frente, |
|
está Napoleón Primero |
|
sumando con mucho afán, |
|
puesto a un lado aquel gabán, |
|
a otro lado aquel sombrero. |
|
Suma, de intento, muy mal |
|
entre espantado e iracundo, |
|
todas las muertes que al mundo |
|
costó su gloria imperial. |
|
Y cuando ya a traslucir |
|
llega una cifra espantosa, |
|
se lanza una mariposa |
|
sobre la luz a morir. |
|
Su muerte próxima, al ver, |
|
sintió el héroe compasión; |
|
que al fin, aunque Napoleón, |
|
era un hijo de mujer; |
|
y con benévola calma |
|
la separó dulcemente, |
|
pues los que matan la gente |
|
pueden también tener alma. |
|
Él, que «carne de cañón» |
|
pudo a los hombres llamar, |
|
ve a un insecto peligrar |
|
con pena en el corazón. |
|
Ni ella cede, ni él se para |
|
y con la intención más terca. |
|
cuanto más ella se acerca |
|
tanto más él la separa. |
|
Tal vez el emperador |
|
llorara de sufrir tanto, |
|
si él pudiera tener llanto |
|
para el ajeno dolor. |
|
¡Ay!, una vida tan ruin, |
|
¿no había de enternecer |
|
al que acababa de hacer |
|
del Universo un botín? |
|
¡Y luego la coalición |
|
dirá que no era perfecto |
|
el que en salvar a un insecto |
|
funda un sueño de Colón! |
|
Sigue la lucha emprendida |
|
entre él y ella, y de esta suerte, |
|
mientras busca ella la muerte, |
|
le da Napoleón la vida. |
|
Y así el empeño siguió |
|
por ambos con frenesí; |
|
la mariposa en que sí, |
|
y Napoleón en que no. |
|
La salva al fin, y -¡victoria!- |
|
exclama con alegría |
|
el que hacía y deshacía |
|
a cañonazos la historia. |
|
¡Victoria! ¡Victoria, pues! |
|
¡Dios inmenso! ¡Dios inmenso! |
|
¡De esa acción suba el incienso |
|
hasta tus divinos pies! |
|
Aquella alma generosa |
|
que vertió de sangre un mar, |
|
¡cuánto luchó por salvar |
|
la vida a una mariposa! |
|
¡Que alguno de tal bondad |
|
cuente a la Francia la gloria, |
|
luego la Francia a la historia, |
|
y ésta a la posteridad! |
|
Y tú, ciega multitud, |
|
pobre «carne de cañón», |
|
di por él: -¡Oh compasión, |
|
tú eres sólo la virtud!- |
| |
|
|
A doña Juana Barrera de Campos |
| |
|
¿Conque una buena dolora |
|
me pides, Juana, tan llena |
|
de candor? |
|
Tal vez tu inocencia ignora |
|
que será, si es la más buena, |
|
la peor. |
| |
|
¿Te he de alabar, fementido, |
|
desventuradas venturas |
|
que gocé, |
|
y amores que he aborrecido, |
|
e inagotables ternuras |
|
que agoté? |
| |
|
Perdona si en mis doloras |
|
siempre mi pecho destila |
|
la ansiedad |
|
de unas sombras vengadoras |
|
que asaltan mi no tranquila |
|
soledad. |
| |
|
Jamás en ellas escrito |
|
dejaré, imbécil o loco, |
|
el error |
|
de que el bien es infinito |
|
ni que es eterno tampoco |
|
el amor. |
| |
|
Bueno es que, aunque terrenales, |
|
nuestras venturas amemos, |
|
bienes de acá son mortales; |
|
la dicha y el bien supremos |
|
son de allá! |
| |
|
¡Qué inconsolables cuidados |
|
da el ver desde la rendida |
|
senectud, |
|
los tesoros disipados |
|
de la por siempre perdida |
|
juventud! |
| |
|
¡Qué manantial más fecundo |
|
de engañosas esperanzas |
|
es amor! |
|
¡Qué doctor es tan profundo |
|
en útiles enseñanzas |
|
el dolor! |
| |
|
¡Cuán ciego el amor, cuán ciego, |
|
falta al deber más sagrado! |
|
Y es de ver |
|
cómo al amor faltan luego |
|
los que primero han faltado |
|
al deber. |
| |
|
¡Pérfido amor, y cuál huye |
|
tras los primeros momentos |
|
del ardor! |
|
¡Santa amistad, que concluye |
|
por cumplir los juramentos |
|
del amor! |
| |
|
Siento a fe que esta dolora |
|
hiera, Juana, tu ternura, |
|
mas ya ves |
|
que toda la dicha de ahora |
|
es siempre la desventura |
|
de después. |
| |
|
Por eso, olvidado, quiero |
|
ya sólo el eterno olvido |
|
esperar; |
|
aunque del mundo en que espero, |
|
más siento el haber venido |
|
que el marchar. |
| |
|
Hasta de mí, el pensamiento |
|
hastiado y arrepentido |
|
del vivir, |
|
huye cual remordimiento |
|
que del crimen cometido |
|
quiere huir. |
| |
|
Aunque, de dolor ajenos, |
|
la vida ven placentera |
|
los demás, |
|
si la despreciara menos, |
|
yo acaso la aborreciera |
|
mucho más. |
| |
|
Deja ya, corazón mío, |
|
cuanto encuentras deleitable |
|
sin saber |
|
que al gozar mueres de hastío |
|
galeote miserable |
|
del placer. |
| |
|
¡La vida! ¡Cuán fácil fuera |
|
sus más aciagos momentos |
|
soportar, |
|
si en el pecho se pudiera |
|
algunos remordimientos |
|
enterrar! |
| |
|
Mas ¡ay! Juana encantadora, |
|
¡cuál de espanto retrocede |
|
tu candor, |
|
ni mirar que esta dolora, |
|
si es buena, tampoco puede |
|
ser peor! |
| |
|
Y es que derramo sincero |
|
de mi dolor la medida |
|
sin querer, |
|
siempre que las aguas quiero |
|
de mi soñolienta vida |
|
remover. |
| |
|
Ya, cual todo, penitente |
|
en el lodo derribado |
|
por su cruz, |
|
me agito impacientemente |
|
por revolverme hacia el lado |
|
de la luz. |
| |
|
Yo antes vivir anhelaba, |
|
mas hoy morir sólo fuera |
|
mi ilusión, |
|
si estuviese como estaba |
|
el día de mi primera |
|
comunión. |
| |
|
¡Juana!, el respeto adoremos |
|
que aun nos liga complaciente |
|
al deber, |
|
y los lazos desatemos |
|
que habrá el tiempo tristemente |
|
de romper. |
| |
|
¿A qué esperar a mañana |
|
en dejar esto, y de aquello |
|
en huir, |
|
si aunque tú lo sientas, Juana, |
|
lo que no dejemos, ello |
|
se ha de ir? |
| |
|
Al fin, de tu santo celo |
|
las huellas de buena gana |
|
sigo fiel. |
|
Cuando va el perfume al cielo, |
|
todo lo que siente, Juana, |
|
va con él. |
| |
|
Ya en mi inútil existencia, |
|
sólo el ímpetu modero |
|
del dolor |
|
con paciencia y más paciencia, |
|
ese valor verdadero |
|
del valor. |
| |
|
Y hoy que humilde, si antes tierno, |
|
sus culpas el alma mía |
|
va a expiar, |
|
¡perdóname, Dios eterno!, |
|
¡entonces ¡ay! no sabía |
|
sino amar! |
| |
|
Ya en nada inmutable creo |
|
más que en Dios Omnipotente, |
|
y también |
|
en que engaña mi deseo |
|
por llevarme más clemente |
|
hacia el bien. |
| |
|
¡Sí!, me lleva al bien cumplido, |
|
que busco cual nunca fuerte, |
|
pues ya sé |
|
que, aunque todo me ha vencido, |
|
hoy venceré hasta la muerte |
|
con la fe. |
| |
|
Y adiós, Juana, que extasiado, |
|
del supremo bien que anhelo |
|
voy en pos. |
|
¿Quién será el desventurado |
|
que sólo mirando al cielo |
|
no halle a Dios?... |
| |
|
|
A don Rafael Cabezas |
| |
| I |
|
Refiere el vulgo agorero, |
|
que de los cantos del mundo |
|
el «tarará» fue el primero |
|
y el «tururú» fue el segundo. |
|
Y hay quien cree que estos sonidos |
|
de «tururú» y «tarará», |
|
son los últimos gemidos |
|
que una lengua al morir da. |
|
Oye, y al fin de esta historia, |
|
¡dichosos, Rafael, los dos, |
|
si al perder la fe en la gloria, |
|
aun nos queda la de Dios! |
| |
| II |
|
A un romano un caballero |
|
regaló un pájaro un día, |
|
que, lo mismo que un Homero, |
|
voces del griego sabía. |
|
Y es fama que el patrio idioma |
|
charloteaba con tal fuego, |
|
que al pájaro todo Roma |
|
le llamó el «último griego». |
|
Si con preguntas la gente |
|
le importunaba quizá, |
|
respondía impertinente |
|
el pájaro: -«Tarará». |
|
¿Qué es «tarará»? -Preguntó |
|
lleno el romano de celo. |
|
Soñó un sabio y contestó |
|
-«¿Tarará?» Patria del cielo-. |
|
Que a un sueño, hambrienta de fama |
|
se agarra la tradición, |
|
como un náufrago a la rama |
|
prenda de su salvación. |
|
Después de mucho aprender, |
|
ni al cabo de la jornada |
|
llegó el romano a saber |
|
que «tarará» no era nada. |
|
Sólo por presentimiento |
|
pudo asegurar un día |
|
que era el pájaro del cuento |
|
el que más griego sabía. |
|
Y es que sin duda parece, |
|
cual lo mezquino también, |
|
hasta aquello que merece |
|
de Dios y la historia bien. |
| |
| III |
|
Pues dando a esta historia cima, |
|
refiere otra tradición |
|
que siendo virrey en Lima |
|
nuestro conde de Chinchón, |
|
le regalaron un día |
|
un loro experto en historia |
|
el solo eco que existía |
|
de la peruviana gloria. |
|
-¿Quién fue -le pregunta el conde-, |
|
el primer rey del Perú?- |
|
Habla el loro, y le responde |
|
en ronca voz: -«Tururú». |
|
-¿Sabremos qué frase es ésta?- |
|
dice a un sabio el español. |
|
Sueña el sabio y le contesta: |
|
-«¿Tururú?» Patria del sol-. |
|
El pobre sabio aquí miente, |
|
cual mintió iluso el de allá. |
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¿Quién renuncia fácilmente |
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a la ilusión que se va? |
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Toda lengua y toda gloria |
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cumplida ya su misión, |
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se tiende sobre la historia |
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como un fúnebre crespón. |
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Pues lo mismo aquí que alla, |
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en Roma y en el Perú, |
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como el griego a un «tarará», |
|
llegó el inca a un «tururú». |
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¡Paciencia! En queriendo el cielo |
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nuestras glorias eclipsar, |
|
no nos deja más consuelo |
|
que el consuelo de llorar. |
| |
| IV |
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Muy pronto, Rafael, quizá, |
|
por más que de ello te espantes, |
|
cual Homero un «tarará», |
|
será un «tururú» Cervantes. |
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¡Cuánto los hombres se humillan |
|
viendo el eclipse total |
|
de estas estrellas que brillan |
|
en nuestro mundo moral! |
|
¡Ay!, esta lengua en que está |
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brillando un vate cual tú, |
|
¿dará fin en «tarará», |
|
o acabará en «tururú»? |
|
Corre el tiempo, y confundido |
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lo grande con lo pequeño, |
|
juntos en perpetuo olvido |
|
los une un perpetuo sueño. |
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Mas tú, cual yo, a Dios alaba, |
|
pues ya sabemos los dos, |
|
que allí donde todo acaba |
|
es donde comienza Dios. |
| |
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| 1860 |
| A. S. A. R. el Príncipe de Asturias (Alfonso XII) |
| |
| I |
|
Vine un convento a heredar, |
|
y al mismo convento, anejo |
|
un templo a medio arruinar, |
|
donde hallé un santo muy viejo |
|
encima de un viejo altar. |
|
Cogí un bastón que tenía |
|
de caña el santo bendito, |
|
y dentro un papiro había |
|
que, por don Pelayo escrito, |
|
de esta manera decía: |
| |
| II |
|
-Escuchad, lector, la historia |
|
del postrer rey español, |
|
y a los que amengüen su gloria |
|
les ruego que hagan memoria |
|
que hay manchas hasta en el sol. |
|
Meses anduve cumplidos |
|
del rey don Rodrigo en pos |
|
desde el día en que, vendidos, |
|
fuimos en Jerez vencidos |
|
los del partido de Dios. |
|
Hallé al fin al rey de España |
|
al pie de este santüario, |
|
llevando un cetro de caña, |
|
pobre pastor solitario, |
|
rey de una pobre cabaña. |
|
Y al verme, casi llorando, |
|
Rodrigo habló de esta suerte. |
|
«-Porque te estaba esperando, |
|
no me hallo ya descansando |
|
en los brazos de la muerte. |
|
«Llegué aquí desesperado |
|
cuando mi trono se vio |
|
por traidores derribado... |
|
¡Dios los haya perdonado |
|
como los perdono yo! |
|
«Desde entonces, entre flores |
|
vagando por los oteros, |
|
recuerdan a mis dolores, |
|
el cetro, amigos traidores, |
|
la caña, mansos corderos. |
|
«Tú, elegido, por mi amor |
|
y mi heredero por ley, |
|
escoge aquí lo mejor |
|
entre este cetro de rey |
|
y esta caña de pastor. |
|
«Sé humilde o grande. Yo ahora |
|
me quedo a ejercer, contento, |
|
la virtud que el cielo adora, |
|
que es el arrepentimiento |
|
que en la sombra reza y llora»-. |
|
Dijo, y siguiendo el destino |
|
de su alegre adversidad, |
|
lleno de un fervor divino, |
|
tomó Rodrigo el camino |
|
de la eterna soledad. |
|
Yo, Pelayo, os doy la historia |
|
del postrer rey español, |
|
y a los que amengüen su gloria |
|
les ruego que hagan memoria |
|
que hay manchas hasta en el sol. |
|
¡Dios eterno!, ¿y de estas flores |
|
he de dejar los senderos, |
|
recordando a mis dolores |
|
el cetro, amigos traidores, |
|
la caña, mansos corderos? |
|
¡Sí!, que aunque mi alma cansada |
|
tomaría de buen grado |
|
el arado por la espada, |
|
tomo por ti, patria amada, |
|
la espada en vez del arado. |
|
Parto, y lo escrito, al marchar |
|
con la caña al santo dejo-. |
|
Caña que a mí vino a dar |
|
cuando hallé aquel santo viejo |
|
encima de un viejo altar. |
|
Y he aquí por qué suerte extraña |
|
del rey don Rodrigo, así |
|
ha llegado cetro y caña, |
|
grande el cetro, al rey de España, |
|
y humilde la caña, a mí. |
| |
| III |
|
A vos, Príncipe y Señor, |
|
desde la cuna rodeado |
|
de todo humano esplendor, |
|
os escribo ésta, sentado |
|
sobre unas hierbas en flor. |
|
Vinimos por suerte extraña |
|
a un tiempo a heredar los dos, |
|
vos su cetro y yo su caña; |
|
vos el cetro real de España, |
|
yo el que humilde llevó Dios. |
|
Cansancio o tedio espantoso |
|
el cetro os dará algún día; |
|
la caña, más venturoso, |
|
al menos ¡ay!, os daría |
|
en la oscuridad reposo. |
|
Yo, en vez de rey desdichado, |
|
seré un dichoso pastor, |
|
pues ya el mundo me ha enseñado |
|
que, entre el cetro y el cayado, |
|
el cayado es lo mejor. |
|
¡Cuánto seréis bendecido |
|
desde mi humilde rincón, |
|
cuando os lleven perseguido, |
|
la calumnia, si vencido; |
|
si vencéis, la adulación! |
|
Cuando yo ande indiferente |
|
por el monte o por el llano, |
|
a vos os dirá la gente: |
|
-¡rey débil!-, si sois clemente; |
|
si justiciero, -¡tirano!- |
|
¡Cuál será vuestro cuidado |
|
mientras que todo, Señor, |
|
yo lo olvidaré, olvidado |
|
en mi trono, recostado |
|
de humildes hierbas en flor! |
|
Noble cual vuestra nación, |
|
a vuestra madre imitad, |
|
en cuyo real corazón |
|
se aman justicia y perdón, |
|
se abrazan dicha y verdad. |
|
Y Dios, para bien de España |
|
de su gracia os dé el tesoro. |
|
Dado en mi pobre cabaña, |
|
yo, el rey de cetro de caña, |
|
a mi rey de cetro de oro. |
| |
|
| I |
|
Le dijo a Rosa un doctor: |
|
-Se curan de un modo igual |
|
las dolencias en amor, |
|
en higiene y en moral. |
|
Yo, aunque el método condene, |
|
lo dulce en lo amargo escondo: |
|
esta copa es la que tiene |
|
dulce el borde, amargo el fondo. |
|
Dios, sin duda, así lo quiso, |
|
y esto siempre ha sido y es: |
|
tomar lo amargo es preciso, |
|
bien antes o bien después-. |
| |
| II |
|
Rosa luego, de ansía llena, |
|
dice en su amoroso afán: |
|
-Mezclados cual dicha y pena |
|
lo dulce y lo amargo van. |
|
Merced a doctor tan sabio, |
|
ve, aunque tarde, mi razón, |
|
que aquello que es dulce al labio |
|
es amargo al corazón. |
|
Yo, que ésta el postrer retoño |
|
agosté en mi edad primera, |
|
brotar no veré en mi otoño |
|
flores de mi primavera. |
|
Fui dejando, por mejor |
|
lo amargo para el final, |
|
y esto, según el doctor, |
|
sabe bien, mas sienta mal. |
|
Cumpliré una vez su encargo: |
|
tú, copa segunda, ven, |
|
pues tomar antes lo amargo, |
|
si sabe mal, sienta bien. |
|
¡Oh, cuán sabio, es el doctor |
|
que cura de un modo igual |
|
las dolencias en amor, |
|
en higiene y en moral! |
| |
|
| I |
|
Dos de abril. -Un bautizo-.¡Hermoso día! |
|
El nacido es mujer; sea en buen hora. |
|
Le pusieron por nombre Rosalía. |
|
La niña es, cual su madre, encantadora. |
|
Ya el agua del Jordán su sien rocía; |
|
todos se ríen, y la niña llora. |
|
Cruza un hombre embozado el presbiterio; |
|
mira, gime y se aleja: aquí hay misterio. |
| |
| II |
|
A unirse vienen dos, de amor perdidos. |
|
El novio es muy galán, la novia es bella. |
|
¿Serán en alma como en cuerpo unidos? |
|
Testigos: primas de él y primos de ella. |
|
En nombre del Señor son bendecidos. |
|
Unce el yugo al doncel y a la doncella. |
|
Dejan el templo, y al salir se arrima |
|
un primo a la mujer, y él a una prima. |
| |
| III |
|
¡Un entierro! ¡Dichosa criatura! |
|
¿Fue muerto, o se murió? ¡Todo es incierto! |
|
Solos estamos sacristán y cura. |
|
¡Cuán pocos cortesanos tiene un muerto! |
|
Nacer para morir es gran locura, |
|
Suenan las diez. La iglesia es un desierto. |
|
Dejo al muerto esta luz, y echo la llave. |
|
Nacer, amar, morir: después... ¡quién sabe! |
| |
|
| I |
|
Junto a este mismo almez, a «Rosa» un día |
|
hice votos de amarla eternamente. |
|
Se está oyendo, en el aire todavía |
|
de mi acento el rumor. |
|
¿Por qué siento, mis votos olvidados, |
|
esclavo de otra fe, nuevos ardores? |
|
Pasa el tiempo de amar y ser amados, |
|
mas no pasa el amor. |
| |
| II |
|
Otro día, a «Rosaura» encantadora |
|
al pie del mismo almez juré lo mismo, |
|
y recuerdo que entonces, como ahora, |
|
cantaba un ruiseñor. |
|
Pasó el tiempo, y los nuevos ruiseñores |
|
vinieron a cantar a otra hermosura; |
|
porque se van amados y amadores, |
|
pero queda el amor. |
| |
| III |
|
Después, al pie de este árbol, he sentido, |
|
extático mirando a «Rosalía», |
|
momentos de emoción, en que he perdido |
|
para siempre el color. |
|
¡Ay! ¿Pasarán, como pasaron antes, |
|
si no el amor, las almas que lo sienten? |
|
¡Sí, que es siempre, siendo otros los amantes, |
|
uno mismo el autor! |
| |
| IV |
|
Almez, a cuyo pie tanto he adorado, |
|
de amores que aun vendrán, altar querido, |
|
que enciendes, recordando mi pasado, |
|
de mi sangre el ardor... |
|
tu morirás, cual muere nuestra llama, |
|
y otro árbol nacerá de tu semilla, |
|
porque, aunque es tan fugaz todo lo que ama, |
|
es eterno el amor. |
| |
| V |
|
Y cuando el mundo, al fin, sea extinguido |
|
y se oiga en las regiones estrelladas |
|
del orbe entero el último crujido |
|
en inmenso fragor, |
|
Dios, de nuevo la nada bendiciendo, |
|
de ella hará otros almeces y otros mundos, |
|
e irá un hervor universal diciendo: |
|
-¡Amor!, ¡amor!, ¡amor!... |
| |
|
| I |
| A LOS QUINCE AÑOS |
|
Dos hablan dentro muy quedo; |
|
Rosa, que a espiar comienza, |
|
oye lo que le da miedo, |
|
ve lo que le da vergüenza. |
|
Pues ¿qué hará que así la espanta |
|
su amiga, a quien cree una santa? |
|
No sé qué le da sonrojo, |
|
mas... debe ver algo grave |
|
por el ojo, |
|
por el ojo de la llave. |
| |
|
El corazón se le salta |
|
cuando oye hablar, y después |
|
mira... mira... y casi falta |
|
la tierra bajo sus pies. |
|
¡Ay! Si ya a vuestra inocencia |
|
no desfloró la experiencia, |
|
no miréis por el anteojo |
|
del rayo de luz que cabe |
|
por el ojo, |
|
por el ojo de la llave. |
| |
|
Desde que a mirar empieza, |
|
de un volcán la ebullición |
|
sube a encender su cabeza, |
|
va a inflamar su corazón. |
|
Claro: el ser que piensa y siente, |
|
siempre, cual ella, en la frente, |
|
tendrá del pudor el rojo |
|
cuando de mirar acabe |
|
por el ojo, |
|
por el ojo de la llave. |
| |
|
De aquel anteojo a merced |
|
mira más... y más... y más... |
|
y luego siente esa sed |
|
que no se apaga jamás. |
|
Mas ¿qué ve tras de la puerta |
|
que tanto su sed despierta? |
|
¿Qué? Que, a pesar del cerrojo, |
|
ve de la vida la clave |
|
por el ojo, |
|
por el ojo de la llave. |
| |
|
Haciendo al peligro cara, |
|
ve caer su ingenuidad |
|
la barrera que separa |
|
la ilusión de la verdad. |
|
Pero ¿qué ha visto, señor? |
|
Yo sólo diré al lector, |
|
que no hallará más que enojo |
|
todo el que la vista clave |
|
por el ojo, |
|
por el ojo de la llave. |
| |
|
Siguen sus ojos mirando |
|
que habla un hombre a una mujer, |
|
y van su cuerpo inundando |
|
oleadas de placer. |
|
Su amiga, de gracia llena, |
|
¿no es muy buena? ¡Ah! ¡Sí, muy buena!... |
|
Pero ¿hay alguien cuyo arrojo |
|
de ser mirado se alabe |
|
por el ojo |
|
por el ojo de la llave? |
| |
| II |
| A LOS TREINTA AÑOS |
|
Mas, quince años después, Rosa ya sabe |
|
con ciencia harto precoz, |
|
que el mirar por el ojo de la llave |
|
es un crimen atroz. |
| |
|
Una noche de abril, a un hombre espera: |
|
la humedad y el calor |
|
siempre son en la ardiente primavera |
|
cómplices del amor. |
| |
|
Húmeda noche tras caliente día... |
|
Rosa aguarda febril. |
|
¡Cuánta virtud sobre la tierra habría |
|
si no fuera el abril! |
| |
|
Y como ella ya sabe lo que sabe, |
|
después que el hombre entró, |
|
le hacia el frente del ojo de la llave |
|
cual de un espectro huyó. |
| |
|
Y cuando al lado de él, junto a él sentada, |
|
en mudo frenesí |
|
se hablan ambos de amor sin decir nada. |
|
Rosa prorrumpe así: |
| |
|
-¿El ojo de la llave está cerrado? |
|
¡Ay, hija de mi amor! |
|
Si ella mirase, como yo he mirado... |
|
Voy a cerrar mejor. |
| |
|
|
A mi sobrina Guillermina Campoamor y Domínguez |
| |
| I |
|
Ya se está el baile arreglando. |
|
Y el gaitero ¿dónde está? |
|
-Está a su madre enterrando, |
|
pero en seguida vendrá, |
|
-Y ¿vendrá?- Pues ¿qué ha de hacer? |
|
Cumpliendo con su deber |
|
vedle con la gaita... pero |
|
¡cómo traerá el corazón |
|
el gaitero, |
|
el gaitero de Gijón! |
| |
| II |
|
¡Pobre! Al pensar que en su casa |
|
toda dicha se ha perdido, |
|
un llanto oculto le abrasa, |
|
que es cual plomo derretido. |
|
Mas, como ganan sus manos |
|
el pan para sus hermanos, |
|
en gracia del panadero |
|
toca con resignación |
|
el gaitero, |
|
el gaitero de Gijón. |
| |
| III |
|
No vio una madre más bella |
|
la nación del sol poniente... |
|
pero ya una losa, de ella |
|
le separa eternamente. |
|
¡Gime y toca! ¡Horror sublime! |
|
Mas, cuando entre dientes gime, |
|
no bala como un cordero, |
|
pues ruge como un león |
|
el gaitero, |
|
el gaitero de Gijón. |
| |
| IV |
|
La niña más bailadora, |
|
-¡Aprisa! -le dice,-¡aprisa! |
|
Y el gaitero sopla y llora, |
|
poniendo cara de risa. |
|
Y al mirar que de esta suerte |
|
llora a un tiempo y los divierte, |
|
¡silban, como Zoilo a Homero, |
|
algunos sin compasión, |
|
al gaitero, |
|
al gaitero de Gijón! |
| |
| V |
|
Dice el triste en su agonía, |
|
entre soplar y soplar: |
|
-¡Madre mía, madre mía, |
|
cómo alivia el suspirar!- |
|
Y es que en sus entrañas zumba |
|
la voz que apagó la tumba; |
|
¡voz que, pese al mundo entero, |
|
siempre la oirá el corazón |
|
del gaitero, |
|
del gaitero de Gijón! |
| |
| VI |
|
Decid, lectoras, conmigo: |
|
¡Cuánto gaitero, hay así! |
|
¿Preguntáis por quién lo digo? |
|
Por vos lo digo, y por mí. |
|
¿No veis que al hacer, lectoras, |
|
doloras y más doloras, |
|
mientras yo de pena muero, |
|
vos las recitáis, al son |
|
del gaitero, |
|
del guatero de Gijón?... |
| |
|
| I |
|
Colgó un zapato Luz con blanca mano |
|
en la noche de Reyes al sereno. |
|
Pasó, haciendo de rey, Ana su tía, |
|
y, al despertar la niña muy temprano, |
|
viendo de dulces el zapato lleno, |
|
se puso colorada de «alegría». |
| |
| II |
|
Puso Luz su zapato en la ventana |
|
en la noche de Reyes con recato. |
|
Pasó un rey, que era un joven de alma pura, |
|
y Luz, al despertar por la mañana, |
|
encontrando una flor en el zapato |
|
se puso colorada de «ternura». |
| |
| III |
|
Ya es Luz una mujer; mas suele ahora |
|
el zapato colgar lo mismo que antes, |
|
y un Creso, que en poder no hay quien lo venza, |
|
pasa haciendo de rey, y ella, a la aurora, |
|
al ver lleno el zapato de brillantes, |
|
se pone colorada de «vergüenza». |