| |
|
| I |
|
Son hija y madre; y las dos |
|
con frío, con hambre y pena, |
|
piden en la Nochebuena |
|
una limosna por Dios. |
| |
| II |
|
-Hoy los ángeles querrán- |
|
la madre a su hija decía-, |
|
que comamos, hija mía, |
|
por ser Nochebuena, pan-. |
| |
| III |
|
Y al anuncio de tal fiesta |
|
abre la madre el regazo, |
|
y sobre él a aquel pedazo |
|
de sus entrañas acuesta. |
| |
| IV |
|
Al pie de un farol sentada, |
|
pide por amor de Dios... |
|
Y pasa uno... y pasan dos... |
|
mas ninguno le da nada. |
| |
| V |
|
La niña, con triste acento, |
|
-Pero ¿y nuestro pan? -decía. |
|
-Ya llega -le respondía |
|
la madre. ¡Y llegaba el viento! |
| |
| VI |
|
Mientras de placer gritando |
|
pasa ante ellas el gentío, |
|
la niña llora de frío, |
|
la madre pide llorando. |
| |
| VII |
|
Cuando otra pobre como ella |
|
una moneda le echó |
|
recordando que perdió |
|
otra niña como aquélla. |
| |
| VIII |
|
-¡Ya nuestro pan ha venido!,- |
|
gritó la madre extasiada... |
|
Mas la niña quedó echada |
|
como un pájaro en su nido. |
| |
| IX |
|
¡Llama... y llama!... ¡Desvarío! |
|
Nada hay ya que la despierte: |
|
duerme, está helando, y la muerte |
|
sólo es un sueño con frío. |
| |
| X |
|
La toca. Al verla tan yerta, |
|
se alza, hacia la luz la atrae, |
|
se espanta, vacila... y cae |
|
a plomo la niña muerta. |
| |
| XI |
|
Del suelo, de angustia llena, |
|
la madre a su hija levanta, |
|
y en tanto un dichoso canta: |
|
-¡Esta noche es Nochebuena!... |
| |
|
| I |
|
A Hero Leandro adoraba, |
|
y, por verla enamorado |
|
el Helesponto cruzaba |
|
todas las noches a nado. |
| |
| II |
|
Y, según la fama cuenta, |
|
Hero una luz encendía |
|
que en las noches de tormenta |
|
de faro al joven servía. |
| |
| III |
|
Una noche a Hero, cansada |
|
de mirar hacia Bizancio, |
|
rendida, aunque enamorada, |
|
la hizo dormirse el cansancio. |
| |
| IV |
|
Y esto su amor no mancilla, |
|
pues todas, lo mismo que Hero |
|
tienen el cuerpo de arcilla, |
|
aun teniendo alma de acero. |
| |
| V |
|
Y lo más triste es que, apenas |
|
la pobre Hero se durmió, |
|
cuando un aire, desde Atenas, |
|
la luz, soplando, apagó. |
| |
| VI |
|
Viendo él la luz apagada |
|
sintió aquel olvido tanto, |
|
que, maldiciendo a su amada, |
|
abrasó el mar con su llanto. |
| |
| VII |
|
Y queriendo, o sin querer |
|
de pena se dejó ahogar, |
|
sin que él pudiese saber |
|
si le ahogó el llanto o la mar. |
| |
| VIII |
|
Lo cierto es que al desdichado, |
|
al rayo del sol primero |
|
la tormenta le echó, ahogado, |
|
al pie de la torre de Hero. |
| |
| IX |
|
Y cuando muerto le vio, |
|
Hero, cual Leandro fiel, |
|
se arrojó al agua y murió |
|
como él, por él y con él. |
| |
| X |
|
¡Que ellas fuertes en amar |
|
y flacas en resistir, |
|
si duermen para esperar, |
|
despiertan para morir! |
| |
|
| I |
|
¡Mucho le amaste y te amó! |
|
¿Recuerdas por quién lo digo? |
|
Era tu amante, y mi amigo. |
|
¡Amaba, sufrió... y murió! |
|
Cuándo su entierro pasó, |
|
todos te oyeron gemir; |
|
mas yo, Inés, al presentir |
|
que lo habías de olvidar, |
|
sentí, viéndote llorar, |
|
la tentación de reír. |
| |
| II |
|
Al año justo ¡oh traición!, |
|
al baile fui de tu boda, |
|
y allí, cual la villa toda, |
|
vi el gozo en tu corazón. |
|
¿Y el muerto? ¡En el panteón! |
|
¡Ay!, cuando olvidada de él |
|
a otro jurabas ser fiel, |
|
yo, el verte reír, gemí |
|
y dos lágrimas vertí |
|
amargas como la hiel. |
|
¡Primero amor, luego olvido! |
|
Aquí tienes explicado |
|
por qué en el baile he llorado |
|
y en el entierro he reído. |
|
¡Siempre este contraste ha sido |
|
ley del sentir y el pensar! |
|
¡Por eso no hay que extrañar |
|
que quien lee en lo porvenir, |
|
vaya a un entierro a reír |
|
y acuda a un baile a llorar! |
| |
|
| I |
| LO ESCRITO EN EL LIBRO DE ÉL |
|
Así se hace uno querer. |
|
¡Cuánto gusto a aquella fatua |
|
con mis posturas de estatua! |
|
Miro... y mira... Al fin, mujer. |
|
Escribe para hacer ver |
|
que tiene las manos bellas. |
|
¿Se va? Pues sigo sus huellas, |
|
porque prueba su rubor |
|
que ya está muerta de amor. |
|
Ésta es como todas ellas. |
| |
| II |
| LO ESCRITO EN EL LIBRO DE ELLA |
|
Aquel don Juan de parada |
|
pone, para enternecerme, |
|
los ojos como quien duerme: |
|
cree el muy necio que me agrada. |
|
¡Qué osadía en la mirada! |
|
¡Qué modos tan importunos! |
|
Me voy, me voy; hay algunos |
|
que, amantes dignos de algunas, |
|
creen que todas somos unas |
|
porque ellos todos son unos. |
| |
|
| I |
|
Cree la vulgar opinión |
|
que el alma de un moribundo |
|
piensa, más que en este mundo, |
|
en Dios y en la salvación. |
|
Oye, Leonor, la canción |
|
que hirió el pensamiento mío |
|
al son del eco sombrío |
|
de mi funeral campana: |
|
-«Cucú, cantaba la rana, |
|
Cucú, debajo del río». |
| |
| II |
|
Partiste, y del sentimiento |
|
en cama enfermo caí, |
|
y cuando a exhalar por ti |
|
iba ya mi último aliento, |
|
embargó mi pensamiento, |
|
en vez de tu amor y el mío, |
|
este cantar tan vacío |
|
que oí de niño a mi hermana. |
|
-«Cucú, cantaba la rana, |
|
cucú, debajo del río». |
| |
| III |
|
Y como todo el que olvida |
|
es de salud un dechado, |
|
después que te hube olvidado |
|
volví otra vez a la vida. |
|
Aun vivo muerto, querida, |
|
pensando con hondo hastío |
|
que tú, en vez del canto mío, |
|
oirás, al morir, mañana: |
|
-«Cucú, cantaba la rana |
|
cucú, debajo del río». |
| |
| IV |
|
¿A qué tan grande inquietud |
|
para llenar la memoria |
|
de tantos sueños de gloria, |
|
de amor y de juventud, |
|
si al llegar al ataúd, |
|
podrán tu pecho y el mío |
|
no oír más que el tema frío |
|
de esta canción de mi hermana; |
|
-«Cucú, cantaba la rana, |
|
cucú, debajo del río». |
| |
|
| I |
|
Así un esposo le escribió a su esposa: |
|
«O vienes o me voy. ¡Te amo de modo |
|
que es imposible que yo viva, hermosa, |
|
un mes lejos de ti! |
|
¡Mi amor es tan profundo, tan profundo, |
|
que te prefiero a todo, a todo, a todo!...» |
|
Y ella exclamó: -¡No hay nada en este mundo |
|
que él quiera como a mí! |
| |
| II |
|
Mas pasan unos meses, y la escribe: |
|
«¡Qué hermoso debe estar nuestro hijo amado! |
|
¡Sólo él, él sólo en mis entrañas vive! |
|
Piensa en él más que en ti. |
|
Su cuna se pondrá junto a mi cama. |
|
No hay cielo para mí más que a su lado». |
|
Y ella prorrumpe: -¡Es que, el ingrato, ya ama |
|
al hijo más que a mí! |
| |
| III |
|
Después de algunos años le escribía: |
|
«Espérame. Ya sabes lo que quiero. |
|
mucho orden, mucha paz y economía. |
|
¿Estás? Yo soy así. |
|
Cierra el coche: me espanta el reumatismo; |
|
avísale que voy al cocinero». |
|
Y ella pensó: -¡Se quiere ya a sí mismo |
|
más que al hijo y a mí! |
| |
|
| I |
|
De un junco desprendido, a una corriente |
|
un gusano cayó, |
|
y una trucha, saltando de repente, |
|
voraz se lo tragó. |
|
Un martín-pescador cogió a la trucha |
|
con carnívoro afán, |
|
y al pájaro después, tras fiera lucha, |
|
lo apresó un gavilán. |
|
Vengando esta cruel carnicería, |
|
un diestro cazador |
|
dio un tiro al gavilán, que se comía |
|
al martín-pescador. |
|
Pero ¡ay! al cazador desventurado |
|
que al gavilán hirió, |
|
por cazar sin licencia y en vedado, |
|
un guarda lo mató. |
|
A otros nuevos gusanos dará vida |
|
del muerto la hediondez, |
|
para volver, la rueda concluida, |
|
a empezar otra vez. |
| |
| II |
|
¿Y el amor? ¿Y la dicha? Los nacidos |
|
¿no han de tener más fin |
|
que el de ser comedores y comidos |
|
del universo en el atroz festín?... |
| |
|
|
Dejó un proyectil perdido, |
|
de una batalla al final, |
|
junto a un asistente herido, |
|
medio muerto a un general. |
|
Mientras grita maldiciente |
|
el general: -¡Voto a brios!- |
|
resignado el asistente |
|
murmuraba: -¡Creo en Dios!- |
|
Callan, volviendo a entablar |
|
este diálogo al morir: |
|
-¿Tú qué haces, Blas?- ¿Yo? Rezar. |
|
¿Y vos, señor? -¡Maldecir! |
|
¿Quién te enseñó a orar? -Mi madre. |
|
-¡La mujer todo es piedad! |
|
-¿Y a vos a jurar? -Mi padre. |
|
-Claro: siendo hombre... -Es verdad. |
|
-Rezad, señor, como yo. |
|
-Eso es tarde para mí. |
|
Yo no creo... porque no. |
|
Tú ¿por qué crees? -Porque sí. |
|
-Ya hay buitres en derredor, |
|
que nos quieren devorar. |
|
-¡Son los ángeles, señor, |
|
que nos vienen a salvar!- |
|
Y ambos decían verdad, |
|
pues a menudo se ve |
|
que halla buitres la impiedad |
|
donde halla ángeles la fe. |
|
-¡Adiós, señor!- ¿Dónde vas? |
|
-Voy allí...- ¿Dónde es allí? |
|
-A la gloria...- ¿Y dejas, Blas |
|
a tu general aquí? |
|
-No me dejes, mal amigo. |
|
-Pues venga esa mano... -Ten; |
|
y, aunque dudé, iré contigo, |
|
creyendo en tu Dios también-. |
|
Y así, cuando ya tenían |
|
una misma fe los dos, |
|
abrazados repetían |
|
el «¡Creo en Dios!» «¡Creo en Dios!» |
|
Y, como era ya un creyente, |
|
pasó lo que es natural; |
|
que, abrazado a su asistente, |
|
subió al cielo el general. |
| |
|
|
Corre la madre al motín, |
|
a donde el rencor la llama, |
|
dejando un niño en la cama, |
|
bello como un serafín; |
|
niño que al ver junto al lecho |
|
de una virgen el retrato |
|
que da alegre y sin recato |
|
a un niño Jesús el pecho, |
|
con hambriento frenesí |
|
ansioso a la Virgen toca |
|
en los pechos y en la boca, |
|
como diciendo: «¡A mí, a mí!» |
|
Pero, aunque con vivo anhelo |
|
el niño el pecho podía, |
|
la Virgen se sonreía |
|
más impasible que el cielo. |
|
Y mientras la madre hiere |
|
gritando: «¡Muera el tirano!» |
|
y hambrienta y puñal en mano |
|
lucha y lucha, y mata y muere, |
|
el niño, exánime y yerto, |
|
hunde el deudo en el papel, |
|
gime airado, tira de él, |
|
rasga el cuadro y cae muerto. |
|
¡Así, venciendo a los dos |
|
del hambre la dura ley, |
|
ella, inicua, mata al rey, |
|
y él, impío, rasga a Dios! |
| |
|
|
¿Qué es el Olimpo? -Para el niño, un juego |
|
de pájaros, de música y flores-. |
|
¿Qué es para el joven? -Lupanar de amores |
|
eterna forma del Elíseo griego-. |
|
¿Qué es para el hombre? -Para el hombre ciego |
|
es un templo de glorias y de honores; |
|
y el viejo se lo finge en sus dolores, |
|
como un rincón de paz y de sosiego-. |
|
Y el viejo ya senil ¿en qué convierte |
|
del Olimpo la espléndida morada?- |
|
En un «no ser» que es menos que la muerte. |
|
¡Así la infancia y la vejez helada |
|
van cambiando el Olimpo de esta suerte |
|
en «flores», en «amor», en «paz», en «nada»! |
| |
|
| I |
|
La madre de mi amor, que está en el cielo, |
|
cuando era niño aún, como un tesoro |
|
llevaba en un hermoso guardapelo |
|
cabellos míos del color del oro. |
| |
| II |
|
Otra mujer, que con el alma toda |
|
me quiere, tan leal como hechicera, |
|
aun guarda desde el día de mi boda |
|
un rizo de mi oscura cabellera. |
| |
| III |
|
¡Ay! ¡Como nadie, por horror al frío |
|
quiere hoy tocar de mi cabeza el hielo, |
|
ya sólo para ti, cabello mío, |
|
mi sepulcro será tu guardapelo! |
| |
|
| I |
| A LA IDA |
|
Parte el buque, y lo bate inútilmente |
|
la tempestad. ¿Por qué? |
|
Porque, al ir, la tormenta es impotente |
|
contra el genio y la fe. |
| |
|
Sobre el buque los pájaros cayeron |
|
cansados de sufrir. |
|
Los hombres, sin piedad, se los comieron; |
|
salió el sol, y ¡a vivir! |
| |
|
¡Qué hermoso, es el principio de la vida! |
|
¡Sentir, creer, triunfar! |
|
¡Un viaje, en buque nuevo, es a la ida |
|
un festín sobre el mar! |
| |
| II |
| A LA VUELTA |
|
Nada, a la vuelta, a resistir alcanza |
|
los ímpetus del mar. |
|
¡Sin juventud, sin fe, sin esperanza, |
|
es inútil luchar! |
| |
|
De pedazos del buque haciendo naves, |
|
y ansiando otro festín, |
|
en cómoda actitud vieron las aves |
|
el naufragio hasta el fin. |
| |
|
Y haciendo ellas después lo que antes vieron, |
|
con un hambre voraz |
|
las aves a los hombres se comieron... |
|
y ¡todo quedó en paz! |
| |
|
|
Una fuente de un valle en Santa Elena |
|
ve correr Napoleón, |
|
cierto día de invierno, en que la pena |
|
le atrofia el corazón. |
| |
|
-Como yo -murmuró-, que impenitente |
|
caeré en el ataúd, |
|
aspirando a ser mar vive esta fuente |
|
en perpetua inquietud-. |
| |
|
Y una pobre aguadora que le oía, |
|
contestó a Napoleón: |
|
-El agua, con su eterna rebeldía, |
|
huye de la opresión. |
| |
|
¿Cómo, señor, el agua de las fuentes |
|
tranquila podrá estar, |
|
si la arrastran, en tierra, las pendientes, |
|
los vientos en el mar?- |
| |
|
Sintiendo un frío, que le llega al alma, |
|
dice el héroe: -Es verdad: |
|
buscando el agua en su nivel la calma, |
|
busca la libertad. |
| |
|
La insurrección del agua de esta fuente |
|
no se podrá calmar |
|
hasta que halle cabida suficiente |
|
en la extensión del mar. |
| |
|
Con los diques que alzó mi tiranía |
|
he faltado al deber, |
|
y trajo, en vez del orden, la anarquía |
|
mi omnímodo poder. |
| |
|
¡Sí!, ¡sí! Pese a mi nombre, no es la historia |
|
una vieja locuaz, |
|
cuando dice que el mundo, antes que gloria, |
|
pide a los dioses paz-. |
| |
|
Y terminó diciendo: -En el planeta |
|
la loca humanidad, |
|
como esa agua que corre, estará quieta |
|
cuando esté en libertad-. |
| |
|
¡Y al pensar que ha llevado el desconcierto |
|
al mundo su poder, |
|
con la cara más lívida que un muerto |
|
mira el agua correr! |
| |
|
| I |
|
Un sabio, a cuya hija fue la muerte |
|
de la cuna a arrancar, |
|
como sabio, a la madre de esta suerte |
|
la quiere consolar: |
| |
|
-¡Oh, qué inmenso, dolor! ¡Esas estrellas |
|
que ves resplandecer, |
|
circundaban a un sol más grande que ellas |
|
que se ha apagado ayer! |
| |
|
¡Cuántos hijos y padres sin consuelo |
|
habrán muerto quizás |
|
en ese sol que se perdió en el cielo |
|
para siempre jamás! |
| |
| II |
|
Mirando con desprecio al firmamento |
|
mientras el padre habló, |
|
-¿Qué le importa tu ciencia al sentimiento?- |
|
la madre replicó-. |
| |
|
Si hoy falta en el espacio de una estrella |
|
el pálido arrebol, |
|
la cuna de tu hija está sin ella |
|
como el cielo sin sol. |
| |
|
No hay locura mayor que la locura |
|
de querer comparar |
|
un sol con aquel ser cuya hermosura |
|
al cielo fue a alegrar. |
| |
|
¡Ha muerto un sol; mas de la niña bella (1) |
|
al invencible imán, |
|
en el espacio azul, al paso de ella, |
|
mil soles brotarán! |
| |
|
¡Ay! ¡Desde el día en que sus labios fríos |
|
quedaron sin color, |
|
no habrá sol que a los tuyos ni a los míos |
|
les devuelva el calor! |
| |
|
¡Ya esta cuna vacía nos condena |
|
a eterna soledad...- |
|
Y el sabio murmuró con honda pena: |
|
-¡Es verdad! ¡Es verdad!- |
| |
| III |
|
¡E implorando los padres sin fortuna |
|
la clemencia de Dios, |
|
abrazaron, cayendo ante la cuna |
|
de rodillas los dos! |
| |
|
|
-¿Me quieres?- le preguntó |
|
un galán a una doncella. |
|
Él era muy pobre, y ella |
|
le contestó airada: -¡No! |
|
Quedó él lleno de pesar |
|
sobre una roca sentado, |
|
y al verse tan despreciado |
|
se echó de cabeza al mar. |
| |
|
Llegó al fondo, y al morir, |
|
tentando un cáliz lo asió, |
|
pensó en Dios... nadó... subió |
|
y dijo: -¡Quiero, vivir!- |
|
Cuando hizo a la orilla pie, |
|
vio el cáliz de oro, en que había |
|
un letrero que decía: «Copa del rey de Thulé.» |
| |
|
Sobre la roca después |
|
se hablaron él y ella así; |
|
-Soy rico; ¿me quieres? -Sí. |
|
-Dame un beso... -Y dos y tres... |
|
Mas cuando, le fue a besar, |
|
viendo él la codicia de ella, |
|
rechazando a la doncella |
|
la echó de cabeza al mar. |
| |
|
|
¿Te acuerdas, madre mía? Apasionada |
|
le iba a hablar de mi amor, |
|
cuando ahogaste mi voz con tu mirada |
|
en nombre del pudor. |
| |
|
Alcé los ojos apelando al cielo... |
|
me volviste a mirar, |
|
y, obediente otra vez, mordí el pañuelo |
|
para poder callar. |
| |
|
Te escribo, protestando, madre mía, |
|
que en pláticas de amor, |
|
si es muy malo pecar, la hipocresía |
|
es mil veces peor. |
| |
|
¡El dolo y la mentira son las cosas |
|
que convirtiendo van |
|
la sangre femenil, de agua de rosas |
|
en lava de volcán! |
| |
|
Nunca encauza a la fuerza el albedrío, |
|
como el cielo no dé |
|
gran temple a la razón, gran lecho al río |
|
y al corazón gran fe. |
| |
|
Aunque es, con un amor incontrastable, |
|
imposible luchar, |
|
aun sería la vida insoportable |
|
¡si una pudiera hablar! |
| |
|
Y en vano es resistir: cuando se adora, |
|
a pesar del pudor |
|
nace, brilla, se extiende y nos devora |
|
la llama del amor. |
| |
|
¡Callar y sucumbir! ¡Cuántas mujeres |
|
sintiéndose abrasar, |
|
cumpliendo lo que llaman sus deberes, |
|
se mueren por no hablar! |
| |
|
Gangrenando, el fastidio hasta sus huesos, |
|
¿qué fue de él? Que, cual yo, |
|
con la fiebre del hambre de dar besos, |
|
sufrió mucho, y murió. |
| |
|
Y yo muero también; con él unida |
|
gozaré la embriaguez |
|
de un amor que callé toda mi vida |
|
por no hablar una vez. |
| |
|
¿Quién no anhela morir con la experiencia |
|
de que, si es bueno amar, |
|
un martirio sin gloria es la existencia |
|
por no poder hablar? |
| |
|
He visto otras hermosas criaturas, |
|
pero a su imagen fiel, |
|
en lo hondo de sus ojos no hallé honduras |
|
como en los ojos de él. |
| |
|
Aun quema la raíz de mi cabello |
|
su imagen celestial, |
|
y le llevo al morir colgado al cuello |
|
lo mismo que un dogal. |
| |
|
¡Adiós! Como una tromba de alegría |
|
voy de su amor en pos... |
|
Espejo de mi alma, madre mía, |
|
¡adiós!, ¡adiós!, ¡adiós! |
| |
|
|
¡Inés! Tú no comprendes todavía |
|
el ser de muchas cosas, |
|
¿Cómo quieres tener en tu alquería, |
|
si matas los gusanos, mariposas? |
| |
|
Cultivando lechugas, Diocleciano, |
|
ya decía en Salerno |
|
que no halla mariposas en verano |
|
el que mata gusanos en invierno. |
| |
|
¿Por qué hacer a lo real tan cruda guerra, |
|
cuando dan sin medida |
|
almas al cielo y flores a la tierra |
|
las santas impurezas de la vida? |
| |
|
Mientras ven con desprecio tus miradas |
|
las larvas de un pantano, |
|
el que es sabio, sus perlas más preciadas |
|
pesca en el mar del lodazal humano. |
| |
|
Tu amor a lo ideal jamás tolera |
|
los insectos, por viles. |
|
¡Qué error! ¡Sería estéril, si no fuera |
|
el mundo un hervidero de reptiles! |
| |
|
El despreciar lo real por lo soñado, |
|
es una gran quimera; |
|
en toda evolución de lo creado |
|
la materia al bajar sube a su esfera. |
| |
|
Por gracia de las leyes naturales |
|
se elevan hasta el cielo |
|
cuando logran tener los ideales |
|
la dicha de arrastrarse por el suelo. |
| |
|
Tú dejarás las larvas en sus nidos |
|
cuando llegue ese día |
|
en que venga a abrasarte los sentidos |
|
el demonio del sol de mediodía. |
| |
|
Vale poco lo real, pero no creas |
|
que vale más tampoco |
|
el hombre que aferrado a las ideas, |
|
estudia para sabio y llega a loco. |
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Tú adorarás lo real cuando, instruida |
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en el ser de las cosas, |
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acabes por saber que en esta vida |
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no puede haber sin larvas mariposas. |
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¡Piense que Dios, con su divina mano |
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bendijo lo sensible, |
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el día que, encárnandose en lo humano, |
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lo visible amasó con lo invisible! |
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| I |
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Sabrá todo el que estudie esta dolora, |
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si ya no lo sabía, |
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que el diablo antiguamente, como ahora, |
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era un bribón de la mayor cuantía. |
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Y sabrá con escándalo la gente, |
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con qué vil artificio |
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pudo el diablo probar que es solamente, |
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prolongación de la virtud, el vicio. |
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| II |
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Le dijo Dios a un ángel cierto día |
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en viejo castellano: |
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-Bajarás al Edén de parte mía |
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a animar con mi aliento el barro humano-. |
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Y bajó. Y las virtudes cardinales |
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trajo de la alta esfera, |
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para nervios de Adán, por ser iguales |
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a un haz de filamentos de palmera. |
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| III |
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Una tarde que el ángel contra un pino |
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se durmió dulcemente, |
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el demonio llegó por un camino |
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que es cauce en julio y en abril torrente. |
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Y como es un traidor, diestro en su oficio, |
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probó el diablo con maña |
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que va entrañando en la virtud el vicio |
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coma se halla el castaño en la castaña. |
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Y estirando, a medida de su gusto, |
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las fibras vegetales, |
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pasó de un justo medio a un cabo injusto |
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a todas las virtudes cardinales. |
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Y resultó pecado la belleza; |
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el poder, tiranía; |
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un horror a la especie, la pureza; |
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y el grande amor a Dios, idolatría. |
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La esperanza extendida, hace que el hombre, |
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aspirando a la gloria, |
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se lance a la ambición, porque le nombre |
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sol de primera magnitud la historia. |
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Y ayer perseguidor, y hoy perseguido, |
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con el fuego y el hierro, |
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va el hombre con su gloria haciendo un ruido |
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como el que hace la res con el cencerro. |
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Y hasta es la caridad una estulticia, |
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y no existe conciencia, |
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si la ley que hace Dios con gran justicia |
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la aplica la bondad con gran clemencia. |
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Y ¿qué es la fe agrandada? Un buen deseo |
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llevado al desvarío; |
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hay creyente, más tonto que un ateo, |
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que es, más bien que un fanático, un impío. |
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Y lo justo, Señor, ¿qué es de lo justo, |
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si con mayor pericia, |
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después del juez, con fallo más augusto |
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la equidad ajusticia a la justicia? |
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| IV |
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Ya veis que mató el diablo en lo futuro |
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lo bueno y verdadero, |
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como el que sorbe un huevo está seguro |
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que se come un presunto gallinero. |
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| V |
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Duerme el ángel, y el diablo, que celebra |
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su dejadez tranquila, |
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huye escurriendo el cuerpo de culebra, |
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reptil en tierra y en el agua anguila. |
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| VI |
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Tocando el polvo, un hálito del cielo |
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pasó como un conjuro, |
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y Adán y Eva después, surgen del suelo |
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vestidos con sus trajes de aire puro. |
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Sin linde el vicio y la virtud, absortos |
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ven con hondas miradas, |
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que siendo las virtudes vicios cortos, |
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los vicios son virtudes alargadas. |
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| VII |
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Después que de Adán y Eva recibieron |
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esta herencia tan triste, |
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por el mundo sus hijos se esparcieron |
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buscando una ventura que no existe. |
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Y unas veces gimiendo, otras llorando, |
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las pobres criaturas |
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en cenizas de muertos van cavando |
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para otros nuevos muertos sepulturas. |
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¡Paciencia, hijos de Adán! Ya un gran cristiano |
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en vuestro honor decía |
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que, al marchar por el mundo el ser humano, |
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si el demonio te mueve, Dios le guía! |
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| I |
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Aunque, buscando impresiones, |
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cruza la tierra y el mar, |
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nunca se llena el vacío |
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del alma de Soledad. |
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De la vida que maldice |
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sintiendo el terrible afán, |
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joven, rica, sana y bella, |
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desolada viene y va |
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desde la ciudad al campo, |
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desde el campo a la ciudad, |
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y nunca aquel gran vacío |
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llegan a terraplenar |
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ni la historia ni la ciencia, |
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ni lo real ni lo ideal, |
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por más que con el estudio |
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le llegaron a prestar |
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le religión sus misterios, |
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el tiempo su eternidad. |
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| II |
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Y al fin a la niña ilusa |
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la hubiera muerto el pesar, |
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si no fuera porque un día, |
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por obra providencial, |
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llenó el inmenso vacío |
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del alma de Soledad |
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el perfume de una rosa |
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que la regaló un galán. |
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| I |
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Al salir del Edén los dos impíos, |
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el diablo los miró, |
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y diciendo gozoso: -Ya son míos-, |
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con desprecio escupió. |
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La saliva del diablo fue un fermento |
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que vino a dar el ser |
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a la muerte, a la ira, al sentimiento, |
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al dolor y al placer. |
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Queriéndolos librar de ese amor ciego |
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que aviva la traición, |
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que pone, ardiendo, a las ideas fuego |
|
y abrasa el corazón, |
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vino un ángel de Adán a la presencia |
|
y le dijo: -Quizás |
|
Dios os vuelva al jardín de la inocencia-; |
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y Eva exclamó: -¡Jamás! |
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La virtud es luchar. Con los placeres |
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que matan de dolor, |
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sentiré de las cosas y los seres |
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el tormentoso amor. |
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La virtud es luchar, y ya desdeño |
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el no sentido bien |
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que no saca del límite del sueño |
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al alma en el Edén. |
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Sufriendo, probarán nuestros amores |
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del pecado la sal, |
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el gran placer que vive de dolores, |
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y el bien que vence al mal. |
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Lleva mejor el sufrimiento al cielo |
|
que la paz del Edén. |
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El dolor es más santo que el consuelo, |
|
y más nuestro también. |
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¡A sufrir!, ¡a luchar!, ¡a la victoria! |
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¡Todo gran corazón, |
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con la sal del dolor, que sabe a gloria, |
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gana la salvación! |
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| II |
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Ve el ángel de deseos saturado |
|
el humano sentir; |
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compadece a Adán y Eva, y, humillado, |
|
vuelve al cielo a subir. |
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¡Genio infeliz!, en su primer momento |
|
a su amiga la muerte le decía: |
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-Dame la nada, esa región vacía |
|
en que no hay ni placer ni sufrimiento. |
|
Donde se halla la vida está el tormento. |
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Dame paz en la nada -repetía-, |
|
y mata con el cuerpo el alma mía, |
|
esta amarga raíz del pensamiento-. |
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Al oírle implorar de esta manera, |
|
consolando al filósofo afligido, |
|
la muerte le responde: -Espera, espera; |
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que, en pago de lo bien que me has querido, |
|
mañana te daré la muerte entera |
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y volverás el ser del que no ha sido-. |
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|
| I |
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Se halla con su amante Rosa, |
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a solas en un jardín, |
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y ya su empresa amorosa |
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iba tocando a su fin, |
|
cuando ella entre la arboleda |
|
trasluce el grupo encantado |
|
en que, en cisne transformado, |
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ama Júpiter a Leda; |
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y encendida de rubor, |
|
viendo el grupo repugnante, |
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se alza, rechaza al amante, |
|
y exclama huyendo: -¡Qué horror!- |
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| II |
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Corrida del mal ejemplo, |
|
entra a rezar en un templo, |
|
mas al ver Rosa el ardor |
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con que en el altar mayor |
|
una Virgen de Murillo |
|
besa a un niño encantador, |
|
volvió en su pecho sencillo |
|
la llama a arder del amor. |
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| III |
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|
¿Será una ley natural, |
|
como afirma no sé quién, |
|
que por contraste fatal |
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lleva un mal ejemplo al bien |
|
y un ejemplo bueno al mal? |
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| Dedicado a mi ilustre amigo y compañero, el Sr. D. Fermín Hernández Iglesias |
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Al cuello de una humilde golondrina |
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ató un cordón Inés, |
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la dio cien besos, la llamó «divina», |
|
y la soltó después. |
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Voló la golondrina libremente, |
|
y, al tiempo que voló, |
|
vio una zarza ondular sobre una fuente, |
|
y en ella se posó. |
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|
Contemplaba en el agua que corría |
|
su collar carmesí, |
|
y, charlando, parece que decía: |
|
«¡Qué hermosa estoy así!» |
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|
Fue de nuevo a volar la golondrina, |
|
mas con desdicha tal, |
|
que el cordón, enredado en una espina, |
|
le sirvió de dogal. |
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|
Cuando la prenda de su amor ahorcada |
|
ve a la primera luz, |
|
llora por ella Inés, arrodillada, |
|
con las manos en cruz. |
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Si en un rapto de amor a lo divino |
|
pecó por presunción, |
|
hoy castiga con creces el destino |
|
su amor y su ambición. |
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¡Oh sabio rey! ¡De todas tus verdades, |
|
es la mayor verdad |
|
que el mundo es «vanidad de vanidades», |
|
y todo «vanidad». |
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A mi buen amigo el Sr. D. Vicente Ortí y Brull |
| |
| I |
|
Al llegar, cualquier día, |
|
un recaudador cualquiera |
|
a una choza que tenía |
|
por cortina una palmera, |
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ve una cabra en el umbral, |
|
y a una esposa, y a un esposo |
|
que hacen ser al animal |
|
nodriza de un niño hermoso. |
|
Por contribución y dietas |
|
de improviso al labrador |
|
le reclama dos pesetas |
|
el brusco recaudador. |
|
Mas ni mujer ni marido |
|
pueden cumplir con la ley, |
|
porque nunca han conocido |
|
por sus monedas al rey. |
|
Para cobrar se utiliza |
|
la cabra el recaudador, |
|
dejando así sin nodriza |
|
al niño del labrador. |
|
Su amparo entonces la madre |
|
pide a la Virgen María, |
|
y exclama furioso el padre, |
|
-¡Cuándo llegará la mía!- |
| |
| II |
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¿Y el niño? -De hambre expiró, |
|
la madre murió de pena, |
|
de rabia el padre se ahorcó |
|
y aquí terminó la escena. |
| |
| III |
|
¡Aunque esta tragedia espanta, |
|
ved con qué aire indiferente |
|
la alondra en los cielos canta |
|
y el sol marcha hacia Poniente! |
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|
| I |
|
Siguiendo con espíritu moderno |
|
del progreso la ley, |
|
quiso el diablo alhajar su pobre infierno |
|
con el fausto de un rey. |
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|
Harto ya de sus muchas peticiones, |
|
le ofreció el cielo dar |
|
de aquello en que más piensan las pasiones |
|
un precioso ejemplar. |
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Creyó el diablo que ponen sus deseos |
|
con un ansia sin fin |
|
el ladrón y el pirata en sus saqueos |
|
el héroe en su botín; |
| |
|
que, soñando, el que es rico, en su tesoro, |
|
prescinde de otro amor; |
|
que sólo piensa en sus coronas de oro |
|
el que es emperador. |
| |
| II |
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Y un día, en vez de perlas y diamantes, |
|
empezó a recibir |
|
muchas hojas de flor, rizos de amantes |
|
y poco oro de Ofir. |
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|
Y siguió recibiendo de ellos y ellas |
|
bagatelas de amor, |
|
pelos, cartas, retratos... ¡cosas bellas! |
|
mas... ¡cosas sin valor! |
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|
Ser amados y amar es la divisa |
|
de los hijos de Adán, |
|
y el amor de Abelardo y Eloísa |
|
es su sabio Alcorán. |
| |
| III |
|
Viendo el diablo de tanta fruslería |
|
el mísero montón, |
|
su sangre se quedó como agua fría |
|
y dijo: -¡Maldición! |
| |
|
¡Si no hay más que un placer en los placeres, |
|
piensa el poeta bien! |
|
Son almas hechas carne las mujeres, |
|
y los hombres también. |
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|
¿Dónde está en los humanos corazones |
|
la sublime ambición, |
|
si en el alma, esa tromba de pasiones, |
|
sólo hay una pasión?- |
| |
| IV |
|
Por ser el pobre diablo un usurero, |
|
se engañó al presumir |
|
que consiste tan sólo en el dinero |
|
todo humano sentir. |
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No sabe que es el único adorado |
|
el pecado de amor, |
|
y que es el corazón, de ese pecado |
|
único autor y actor. |
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|
El gran negocio, con su astucia toda, |
|
lo calculó tan mal |
|
porque el necio creyó que no está en moda |
|
el culto a lo ideal. |
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| V |
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Y quemando furiosos de ellas y ellos |
|
los símbolos de amor, |
|
vio exhalar de las flores y cabellos |
|
¡humo, sombras y hedor! |
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|
Y así fue que, aunque siempre aterradora, |
|
la mansión infernal |
|
era pobre y muy limpia, pera ahora |
|
¡es pobre y huele mal! |