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| I |
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-Te mando ese presente, con la idea |
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de que puedas saber |
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que esa flor, que llamamos la «Dionea», |
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destruye por placer. |
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A un gusano de luz que esta mañana |
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en su cáliz entró, |
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la simbólica flor americana |
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cerrándose lo ahogó. |
| |
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Cuando entra algún gusano en su corola |
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a paladear la miel, |
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cerrando ella los pétalos, lo inmola |
|
con un gozo cruel. |
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¡Pobre insecto! Yo al ver que halló encerrado |
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verdugo y tumba allí, |
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¡perdona, Inés, pensé en nuestro pasado, |
|
y me acordé de ti! |
| |
| II |
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Inés le contestó: ¡Qué cándido eres! |
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¿Cómo puedes pensar |
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que haya en el mundo flores ni mujeres |
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que maten por matar? |
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Hoy, a una abeja que llegó volando, |
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la flor la aprisionó; |
|
mas la abeja, los pétalos rasgando, |
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mató la flor y huyó. |
| |
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Por lo que ves, no faltará quien crea |
|
que ayer verdugo, hoy juez, |
|
cazadora de insectos, la «Dionea» |
|
es cazada a su vez. |
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Si el mirar al gusano aprisionado, |
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pensaste en mí y en ti, |
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yo, al ver el cáliz de la flor rasgado, |
|
¡pensé, llorando, en mí! |
| |
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No sé si es cuento o no es cuento, |
|
pues duda el que lo contó |
|
si esto pasó o no pasó |
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en el Concilio de Trento. |
|
Un hombre de gran doctrina |
|
fue a un Concilio a sostener, |
|
«que es, por madre, la mujer |
|
una creación divina. |
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Y que, en honor al Eterno, |
|
que creó tan nobles seres, |
|
se exceptuase a las mujeres |
|
de las penas del infierno». |
|
Fue el dogma planteado así, |
|
y al ponerse a votación, |
|
los sabios, sin excepción, |
|
fueron diciendo: «Sí, sí.» |
|
-Muy bien- dijo el presidente-, |
|
queda este dogma aceptado; |
|
mas se dejará archivado |
|
y oculto perpetuamente. |
|
¿Qué paz, orden ni gobierno |
|
podría en el mundo haber |
|
si supiese la mujer |
|
que para ella no hay infierno?- |
| |
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Después que sobre la losa |
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recé con amor ardiente |
|
por la que, por fin dichosa, |
|
descansa perpetuamente, |
|
pude a la salida ver |
|
que a una niña, con encanto, |
|
daba besos la mujer |
|
del guardián del camposanto. |
|
Y estremecido al mirar |
|
a la pobre criatura, |
|
a quien faltaba apurar |
|
el cáliz de la amargura, |
|
en medio de mi tristeza, |
|
-«casi es más triste -pensaba-, |
|
mirar la vida que empieza |
|
que ver la vida que acaba». |
|
Por esa al atravesar |
|
esta vida de dolor, |
|
si los sepulcros pesar, |
|
las cunas me dan horror. |
| |
|
|
Amó a Andrés la bella Inés |
|
con tan ciega idolatría, |
|
que hasta a un loro que tenía |
|
le enseñó a llamar a «Andrés». |
|
Pasó el tiempo y se olvidó; |
|
de su Andrés Inés la bella, |
|
y un Teodoro, infiel como ella, |
|
a celos la asesinó. |
|
Y cuando, al morir, Inés |
|
llamó gimiendo a Teodoro, |
|
más constante que ella, el loro |
|
repetía: -«¡Andrés!» «¡Andrés!» |
| |
|
|
Dos soldados se hallaron |
|
en el último trance de una guerra; |
|
cuerpo a cuerpo lucharon |
|
y cayeron los dos muertos en tierra. |
|
Vio el dueño de una granja |
|
en olvido e insepultos los soldados, |
|
y enterró en una zanja |
|
a los dos enemigos abrazados. |
|
Si se unen de este modo |
|
dos odios en la sima de la nada, |
|
puede ser, como todo, |
|
la tumba engañadora y engañada. |
|
Por eso, aunque se miran |
|
con invencible horror las sepulturas |
|
a mí sólo me inspiran |
|
las risas que destilan amarguras... |
| |
|
|
Murió Julia, maldecida |
|
por un hombre a quien vendió, |
|
y en el punto en que dejó |
|
el presidio de la vida, |
|
la dijo Dios: -¡Inconstante!, |
|
ve al purgatorio a sufrir |
|
y reza hasta conseguir |
|
que te perdone tu amante. |
|
-¡Oh, cuán grande es mi alegría |
|
-dijo ella-, en sufrir por él! |
|
¡Quien no perdona a una infiel |
|
es que la ama todavía!- |
|
Y el Purgatorio bajó |
|
contenta, aunque condenada, |
|
pensando que aun era amada |
|
del hombre a quien ofendió. |
|
Y cuando, al fin, con pesar, |
|
le dio su amante el perdón, |
|
se le oprimió el corazón |
|
hasta romper a llorar. |
|
Y Julia, ya absuelta, es fama |
|
que, llena de desconsuelo, |
|
decía entrando en el cielo: |
|
-¡Me perdona!... ¡Ya no me ama!...- |
| |
|
| I |
|
Fue Lersundi un general |
|
discreto, galante y bueno, |
|
en los peligros sereno |
|
y en sus acciones leal. |
|
Este tipo del honor, |
|
recordando por su historia |
|
que tanto o más que la gloria |
|
nos electriza el amor, |
|
en un terrible momento, |
|
mostrando a una cantinera |
|
que por sus hechizos era |
|
alma de su regimiento. |
|
-¡Ea, a morir o a vencer!- |
|
dijo, a Napoleón copiando-. |
|
Ved que os están contemplando |
|
los ojos de una mujer-. |
|
Y haciendo correr la voz |
|
de que una mujer los mira, |
|
hasta al más tibio le inspira |
|
una arrogancia feroz. |
|
Todos a luchar se lanzan, |
|
honrando a mujer tan bella, |
|
y al pasar por cerca de ella, |
|
miran, se cuadran y avanzan. |
|
¡Hermosa enseña de amor! |
|
Por ella cada soldado |
|
siente el aire saturado |
|
de un aroma embriagador. |
|
Entre descargadas cerradas, |
|
mirando hacia la bandera, |
|
les manda la cantinera |
|
hurras, besos y miradas. |
|
Y aunque parezca locura, |
|
pudo más que los cañones |
|
la rompiente de pasiones |
|
que promovió la hermosura. |
| |
| II |
|
¡Gran victoria! Al terminar |
|
aquella función de guerra, |
|
todo era paz en la tierra |
|
y melodía en el mar. |
|
Sólo al final de la acción |
|
la cantinera lloraba, |
|
porque murió el que ella amaba |
|
con todo su corazón. |
| |
|
|
«A Josefina Álvarez y Guijarro |
| |
|
Dios dijo a un ángel: -Rogad |
|
al mundo, y por vos sabré |
|
cómo anda aquello de Fe, |
|
de Esperanza y Caridad-. |
|
Vio el ángel en oración |
|
a una mujer frente a frente, |
|
y halló tanta fe en su mente |
|
y tanta en su corazón, |
|
que, remontando su vuelo, |
|
dijo a Dios: -En sólo un ser |
|
sobra allí Fe para hacer |
|
otro mundo y otro cielo-. |
|
Y Dios, con su gran bondad, |
|
alzó su mano divina, |
|
y en nombre de Josefina |
|
bendijo a la humanidad. |
| |
|
|
La señora doña Enriqueta Carrasco |
| |
| I
|
|
No acierto, Enriqueta hermosa, |
|
cómo has llegado a pensar |
|
que yo te puedo enseñar, |
|
el arte de ser dichosa. |
|
¡Ay! Es en vano que acudas |
|
a mi cátedra a aprender. |
|
Mi saber llega a saber |
|
que dudo... hasta de mis dudas. |
|
Sólo al hablar de ilusión |
|
me asalta desde el vacío |
|
una ráfaga de hastío |
|
que hiela mi corazón. |
|
El que duda siempre está |
|
en una angustia suprema |
|
resolviendo este problema |
|
«¿Si será?, ¿si no será?...» |
| |
| II |
|
En cambio, el que no cree en nada, |
|
lleva, exento de ilusión, |
|
dentro de su corazón |
|
la conciencia emparedada. |
|
Y a ratos, afortunado, |
|
vive en el mundo sin pena, |
|
comiendo la fruta ajena |
|
con cercado o sin cercado. |
|
Sabe por su buena suerte |
|
el hombre que es descreído, |
|
que es un bálsamo el olvido |
|
y un gran descanso la muerte. |
|
Por eso cuando afanada |
|
quieras encontrar reposo, |
|
ten presente que el dichoso |
|
lo cree todo....o no cree nada. |
| |
| III |
|
Y ya que por tu virtud |
|
eres una gran creyente |
|
que sabe llevar de frente |
|
la alegría y la salud, |
|
imita la fe de aquellas |
|
que, a través de un santo velo, |
|
jamás advierten que el cielo, |
|
tiene más nubes que estrellas. |
|
Cree mucho, y obra de modo |
|
que, haciendo santo el dolor, |
|
aceptes hasta el amor, |
|
con retóricas y todo. |
|
Con fe o sin fe, tú reniega |
|
de mi incertidumbre odiosa, |
|
y si quieres ser dichosa, |
|
no dudes: afirma o niega. |
| |
|
|
Tu epitafio grabé; mas vi que un día |
|
lo del «amor» ya el polvo lo borraba, |
|
la palabra «virtud» no se entendía, |
|
y tu «nombre» ya el lodo lo empañaba. |
|
¡Dios odia lo superfluo, muerta mía, |
|
y en cualquier epitafio que se graba, |
|
gracias al polvo, a la humedad y al lodo, |
|
no suele sobrar algo, sobra todo! |
| |
|
|
Fue a presidio Juan Pascual |
|
por artes de una mujer, |
|
y -¡La mataré al volver!- |
|
dijo blandiendo un puñal. |
|
Pero ¿la mató? No lay tal |
|
cuando, del puñal armado, |
|
la fue a asesinar, turbado |
|
no pudo vengar su queja, |
|
porque al verla fea y vieja, |
|
exclamó: -¡Ya estoy vengado! |
| |
|
| I |
|
Despertando en sus vecinas |
|
la más piadosa ternura, |
|
así les decía el cura |
|
de San Miguel de Salinas: |
| |
| II |
|
-La que a Dios quiera ser fiel, |
|
que ponga con gran cuidado |
|
sus donativos al lado |
|
del busto de San Miguel. |
|
Pues cuando el diablo, el dinero |
|
mira a su lado caer, |
|
se llega él mismo a creer |
|
tan santo como el primero. |
|
Jamás olvidéis que Dios |
|
os concede un solo amante, |
|
y que el diablo os da, inconstante, |
|
¡más de un novio....y más de dos! |
| |
| III |
|
¡Más de dos!...El día aquel |
|
tan sólo al diablo se honró, |
|
pues ni un céntimo cayó |
|
del lado de San Miguel. |
|
Y es que, sin duda, hay vecinas |
|
que, en cuestiones de ternura, |
|
creen más el diablo que al cura |
|
de San Miguel de Salinas. |
| |
|
|
A Blanca Quiroga y Pardo Bazán |
| |
| I |
|
Un ángel y el demonio, a Eva un día |
|
contemplan con amor. |
|
-Y ¿qué opináis, decid, de esa obra mía?- |
|
les preguntó el Señor. |
| |
| II |
|
Mirando de Eva la gentil cabeza, |
|
dijo el demonio así: |
|
-¡La mujer! A pesar de su belleza |
|
es inferior a mí. |
|
¡Sentir sin comprender! ¡Perpetua ilusa |
|
que goza en delirar! |
|
¡Que tiene, sin razón, la ciencia infusa |
|
del arte de engañar! |
|
Uniendo la inconstancia a la hermosura |
|
(el demonio añadió), |
|
creedme Señor, vuestra mejor hechura |
|
vale menos que yo-. |
| |
| III |
|
-La mujer (siguió el ángel), de tal modo |
|
desafía al dolor, |
|
que, aunque débil su fe, se arriesga a todo |
|
por servir al amor. |
|
De la santa piedad hija querida, |
|
ni piensa, ni hace el mal, |
|
y, próvida, transmite con la vida |
|
la sed de lo ideal. |
|
La mujeres tan buena (enardecido |
|
el ángel concluyó), |
|
que, aunque soy en el cielo un elegido, |
|
ella es mejor que yo-. |
| |
| IV |
|
Tú, dotada de espíritu sublime |
|
y de gran corazón, |
|
Blanca, entre el ángel y el demonio, dime: |
|
¿quién tiene más razón? |
| |
|
|
A mi constante amigo, el Sr. D. Pío Gullón |
| |
|
Llenas de gozo o de duelo, |
|
van: tras del hijo, la madre; |
|
detrás de la madre, el padres |
|
y en pos del padre, el abuelo. |
|
Mientras el niño impaciente |
|
marcha sobre un pie saltando, |
|
la madre, en dos pies, va andando |
|
más bella que un sol naciente. |
|
No en dos pies, va el padre en tres, |
|
en su bastón apoyado; |
|
y en sus muletas clavado, |
|
va el abuelo en cuatro pies. |
| |
|
|
Las leyes de Dios, Moisés |
|
dictó desde el Sinaí; |
|
bendijo al pueblo y después |
|
vio al diablo y le dijo así: |
|
-Para tentar y perder |
|
a las almas, Satanás, |
|
sólo podrás disponer |
|
de un cuarto de hora, y no más-. |
|
Y el diablo, de gozo loco, |
|
dijo: «Pues puede el Eterno, |
|
aunque un cuarto de hora es poco, |
|
hacer más grande el infierno». |
| |
|
| I |
|
Ved lo que a Electa, su devota amiga, |
|
escribía San Juan: |
|
«Permite que el destina te prediga |
|
de los hijos de Adán. |
|
El hombre del progreso indefinido, |
|
por su ciego sentir, |
|
no conoce al gran Ser desconocido, |
|
ni al nacer, ni al morir. |
|
Llevado por sus locas ambiciones, |
|
de su apetito en pos, |
|
siempre pone delante sus pasiones |
|
y detrás a su Dios. |
|
Llamándole el deseo hacia adelante, |
|
y el recuerdo hacia atrás, |
|
a espaldas de su Dios, vive ignorante, |
|
y muere mucho más. |
|
Por la pasión en guerra, siempre en guerra |
|
con la fe y la razón, |
|
la bestia apocalíptica se encierra |
|
en su ruin corazón. |
|
Siempre el hombre ha de ser el prisionero |
|
de todo lo fatal, |
|
y morirá lo mismo que el primero, |
|
el último mortal». |
| |
| II |
|
Besando Electa el singular escrito, |
|
dijo: -Tiene razón: |
|
todo hombre, en este mundo, es un proscrito |
|
ciego por la pasión. |
| |
|
|
Su carne en el infierno acostumbrada |
|
al dolor más cruel. |
|
-En realidad, ni esto es sufrir, ni es nada-, |
|
dijo alegre Luzbel. |
| |
|
Y rió más y más, hasta que un día |
|
una rubia encontró, |
|
que al infierno fue a dar por causa mía, |
|
y de ella se prendó. |
| |
|
Y si un diablo más joven la miraba, |
|
no pudiendo reír, |
|
Luzbel, muerto de celos, exclamaba: |
|
-¡Esto sí que es sufrir! |
| |
|
| I |
|
Salió de un aquelarre un encargado |
|
de buscar una bruja extravagante, |
|
para llenar con ella la vacante |
|
de otra bruja que huyó con un soldado. |
| |
| II |
|
Después de mil pesquisas y mil pruebas, |
|
los fieles de una cierta colegiata |
|
le dieron para bruja una beata |
|
que descubrió doce virtudes nuevas. |
| |
|
|
Al gran autor D. Emilio Mario |
| |
|
A una actriz que llegó a ser, |
|
famosa por sus laureles, |
|
le dio Mario los papeles |
|
de «ángel» y «furia» a escoger, |
|
-¿Qué duda puede caber? |
|
-dijo la actriz impasible-. |
|
Cualquiera mujer sensible, |
|
haciendo al sexo una injuria, |
|
puede imitar a una furia, |
|
pero a un ángel...¡imposible! |
| |
|
|
Llevada por su ciega idolatría, |
|
subió al Cielo una madre a ver a un hijo, |
|
y no hallándole allí, como creía, |
|
bajó al infierno, y blasfemando dijo: |
|
-Sufriré al lado de él, y de este modo |
|
cumpliré el principal de mis deberes; |
|
porque el amar a un hijo más que a todo |
|
es la «gran ley de Dios» de las mujeres-. |
| |
|
|
Decía de la reina de Inglaterra |
|
don Felipe segundo; |
|
-De acuerdo con el Diablo, no la aterra |
|
ser, sin Dios, el escándalo del mundo-. |
| |
|
Y la reina Isabel le respondía: |
|
-Por no servir de escándalo a la gente, |
|
sin duda quiere que, como él, prudente, |
|
cite al Diablo, de noche, a Dios de día-. |
| |
|
|
A un alma en pena pregunté quién era, |
|
y el alma contestó de esta manera: |
|
-Son las almas en pena esos maridos |
|
que, muriendo engañados o aburridos, |
|
renunciaron al Cielo y a sus placeres |
|
por no encontrarse allí con sus mujeres. |
|
Y yo que te lo cuento |
|
y que he sido tostado a fuego lento, |
|
el Cielo abandoné cobardemente, |
|
por no hallarme algún día frente a frente |
|
de una mujer que, por la Gloria suelta, |
|
trae a la Corte celestial revuelta-. |
|
Dijo, y partiendo con pausado vuelo, |
|
cruzó la tierra sin mirar al Cielo. |
| |
|
| I |
|
En mi niñez, viendo una estrella errante, |
|
creí sencillamente |
|
que era algún ángel que venía amante |
|
a darme abrazos y a besar mi frente. |
| |
| II |
|
Ya joven, vi otra estrella que corría |
|
y dije, en mi locura: |
|
«es mi estrella del Norte, que me guía |
|
al placer, al amor y a la ventura». |
| |
| III |
|
Vi ayer volar un astro mortecino, |
|
que descendió hasta el suelo; |
|
era la estrella de mi buen destino, |
|
que, ya de vieja, se cayó del cielo. |
| |
|
|
A doña Concepción Fernández de Cadórniga |
| |
|
Cuando el Dios justiciero |
|
barrió de dioses el Olimpo entero, |
|
la muerte, con acento enternecido, |
|
le dijo al dios Cupido: |
|
-Tú que eres el honor de lo creado, |
|
sé inmortal como yo, vente a mi lado-. |
|
Y uniendo así, con la pasión más tierna, |
|
a la inquietud febril, la paz eterna, |
|
el placer y el dolor viven de suerte |
|
que el que busca el amor, halla la muerte. |
| |
|
|
A Mariano Ordóñez, mi muy querido amigo |
| |
| I |
|
Habla el poeta: «¡Oh vida encantadora! |
|
Ved qué cosas tan bellas: |
|
luz de sol, luz de luna, luz de aurora, |
|
flores, mujeres, pájaros y estrellas». |
| |
| II |
|
Y el filósofo dice: «¡Oh triste vida, |
|
gozo en aborrecerte, |
|
pues me ofreces los males sin medida: |
|
hastío, enfermedad, vejez y muerte!» |
| |
|
|
Jugando al «si tú quieres, yo no quiero», |
|
sube y baja el amor en dos casados, |
|
pues es ley que obedece el mundo entero |
|
el ser los que amen más, menos amados. |
|
Si el termómetro de ellos baja a cero, |
|
el de ellas, sin razón, sube a cien grados, |
|
y pasa esto así a esposos como a esposas, |
|
aunque tengan por sangre agua de rosas. |
| |
|
|
Fue exhumado el cadáver de María, |
|
y después de apartado su cabello, |
|
vi un frasco de cristal, colgado al cuello, |
|
con un papel escrito que decía: |
|
«Al ser que ha calumniado mis acciones |
|
por error, por sospechas, o por celos, |
|
le mando desde lo alto de los cielos, |
|
con la paz y la dicha, mil perdones. |
|
Protesto que en mi vida más secreta, |
|
estando junto a aquel que tanto he amado, |
|
siempre el aire y la luz han circulado |
|
entre él y yo con libertad completa. |
|
La infamada mujer que aquí reposa |
|
murió feliz porque murió inocente, |
|
pues calumniada y todo, únicamente |
|
consigo misma es la virtud dichosa». |
|
Y al final, añadía: |
|
«Abrázame, al morir, conciencia mía». |
| |
|
|
Recuerdo que un astrónomo profundo |
|
con quien hablé una vez de teología, |
|
creyente a su manera, me decía: |
|
-Más allá de este mundo, hay otro mundo. |
|
Por leyes inmutables del destino, |
|
aquí y en las regiones luminosas, |
|
como atraen las cosas a las cosas, |
|
atrae lo divino a lo divino. |
|
Muere el cuerpo, y entonces con anhelo, |
|
el espíritu vuelve a quien lo crea, |
|
y cual sigue a la luna la marea, |
|
el alma va, por atracción, al cielo. |
| |
|
|
La virtud no es virtud sin la prudencia, |
|
y prueba esa verdad una señora |
|
que fue, por ser alegre y decidora, |
|
calumniada en su amor y en su inocencia. |
|
Mas, gracias a la docta hipocresía, |
|
llegó a brillar entre las más honradas, |
|
cuando, variando de conducta, hacía |
|
con juiciosa doblez calaveradas. |
| |
|
| I |
|
¡Tus virtudes! Acaso me engañaras, |
|
si no pertenecieras |
|
al gremio de esas grandes embusteras |
|
que dan, para engañar, las cuentas claras. |
| |
| II |
|
Sí, sí, caro lector, esa que miras, |
|
formando su virtud con falsedades, |
|
da color de verdad a las mentiras |
|
y un aire de mentira a las verdades. |
| |
|
| I |
|
Y entramos en Tetuán, en donde un moro |
|
pagándole un favor con su ventura, |
|
le dio una esclava a Juan, que era un tesoro |
|
de gracia, de humildad y de hermosura. |
| |
| II |
|
Elevada la esclava a compañera, |
|
se hizo altiva y hostil desde aquel día, |
|
y fue dueña del dueño de manera |
|
que con Juan se portó como una arpía. |
| |
| III |
|
Y es que Juan la elevó, porque ignoraba |
|
que más de una mujer, como la mora, |
|
es un ser celestial cuando es esclava |
|
y una loca de atar cuando es señora. |
| |
|
| I |
|
Cuando con ansia de saber medito, |
|
mido con arrogancia, |
|
como si fuese un sueño, la distancia |
|
que media entre nada y lo infinito. |
|
Mas mi razón, cual todas, limitada, |
|
nunca ve claramente, |
|
eso que hay de común entre la mente, |
|
lo infinito, los sueños y la nada. |
| |
| II |
|
Saber y no saber, todo es lo mismo, |
|
porque el fin de la ciencia es el abismo. |
| |
|
|
A doña Emilia Pardo Bazán |
| |
| I |
|
Dio el Cielo a la mujer miles de encantos, |
|
y a pesar de ser tantos, |
|
son éstos de un poder irresistible; |
|
además de lo buena y lo sensible, |
|
une al pudor, en cuya fuente pura |
|
todos beben su copa de locura, |
|
el dejo celestial de sus acentos |
|
y unos ojos que ven los pensamientos. |
| |
| II |
|
Leyendo esto, al gran Lope recordaba |
|
nuestra insigne escritora, y replicaba: |
|
-¿Y a qué olvidar nuestro mayor encanto? |
|
Para ablandar lo duro del destino, |
|
ha dado Dios a la mujer el llanto, |
|
que es lo que hay en lo humano de divino. |
| |
|
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Un pájaro solté que alzando el vuelo, |
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en busca de mi amor entró en el Cielo. |
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En la carta que el pájaro llevaba, |
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recordando mis íntimas ternuras, |
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a mi amor le encargaba |
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que me hablase del Cielo y sus venturas. |
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El pájaro volvió con la respuesta, |
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pero llegó borrada, |
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porque entre el hombre y Dios se halla interpuesta |
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la noche sin estrellas de la nada. |
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A mi querido sobrino Ramón R. Valdés |
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| I |
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Escribe un pensador: «Tengo delante |
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un cielo sin estrellas o estrellado, |
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y un sol que viene o va, limpio o nublado, |
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El aire es de poniente o de levante, |
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mar azul, campo erial, florido el prado, |
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siempre igual, sombra o luz, calor o frío, |
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este mundo exterior me causa hastío». |
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| II |
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Y sigue: «No hay un átomo en reposo, |
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ni en lo moral una verdad probada: |
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se llama bien al mal, feo a lo hermoso |
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fe a la ilusión y dicha a la soñada. |
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Aquí lo cierto es falso, allí es dudoso, |
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por lo cual «sólo sé que no sé nada»; |
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y, al fin, si el mundo real me hastía tanto, |
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este mundo interior me causa espanto». |
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A mi excelente amiga la marquesa de Vellisco |
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¿Qué sabemos? Que son los cementerios |
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el osario común de los humanos, |
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que el alma es un abismo de misterios |
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y el cuerpo un hervidero de gusanos. |
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Mas nos queda, marquesa, el gran consuelo |
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de que, con fe, toda conciencia honrada, |
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aunque mirando al mundo no ve nada, |
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feliz, toda lo ve mirando al cielo. |
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| I |
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Desde que, siendo un santo, ha maldecido |
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Job la hora del día en que ha nacido, |
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hay para todos en la humana vida, |
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una hora maldita y maldecida. |
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| II |
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¿Y hoy pretendes saber, Rosa hechicera, |
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cuál es la hora para mí maldita? |
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Oyelo bien: la que llamé bendita, |
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aquella en que te vi por vez primera. |