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Don José Cadalso relator de las «Cartas marruecas»

Maurizio Fabbri


Universidad de Bolonia



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Si no existieran los perceptibles indicios introducidos por Cadalso para atraer la atención del lector distraído o demasiado embebido en la lectura, como por ejemplo «... desde la última que te escribí», «... no te hablaré en mis cartas», o bien «... de las cartas que recibo de tu parte...»1, podríamos imaginarlos juntos, como sugiere el mismo autor, a nuestros tres interlocutores, Ben-Beley, Gazel y Nuño, bien asentados en la acogedora penumbra de un discreto salón dieciochesco, concentrados en un intenso diálogo, casi ajenos al animado movimiento que les circunda.

La conversación es fluida y toca argumentos de actualidad, con comentarios aparentemente casuales sobre las costumbres y usos, ciencias, humanidades, política, economía, literatura. Los temas están motivados por experiencias y recuerdos personales de los tres amigos y van íntimamente unidos sin aparentes soluciones de continuidad, en desacuerdo con la larga gestación de las Cartas que, como es sabido, se prolongó durante años y fue interrumpida en varias ocasiones. Bien, las Cartas Marruecas, la obra tal vez más importante de Cadalso, reproducen el esquema de una amistosa conversación sin principio ni fin y por consiguiente susceptible de ser prolongada indefinidamente (recuérdese a este propósito como comienza la Nota final: «El manuscrito   —126→   contenía otro tanto como lo impreso, pero...») que tiene lugar entre personas cultas y civiles, que se estiman entre sí, tienen intereses comunes y podrían constituir una vivaz tertulia un poco distinta de la que de costumbre se reunía en la Fonda de San Sebastián hablando de «amor, poesía y toros» y muy distante de las «graciosas tertulias» de burgueses, soldados, damas, presumidos y vacuos sobre los que tanto insistió la ironía de Cadalso. Las Cartas tienen todas las características de la conversación: variedad y heterogeneidad de los asuntos, repetida insistencia sobre motivos ya tratados, presencia del elemento autobiográfico, tono claro y familiar, inmediatez de la escritura sin recurrir a perífrasis iniciales.

Cadalso, en la primera fase de elaboración, debió de imaginar las Cartas como una especie de monólogo interior de varias voces, de diálogo progresivamente más articulado bajo el influjo de su propia tensión dramática. Cuando trató de dar estructura formal a sus reflexiones pudo haber pensado en los conocidos modelos de Montesquieu o Goldsmith, lo que, por otra parte, era tal vez el mejor modo de dar un orden lógico y dialéctico a un sinnúmero de notas, observaciones, reflexiones sobre las cosas del mundo que Cadalso iba anotando por algún «cuadernillo» tal como demuestra Nuño con el conjunto de sus Observaciones y reflexiones, verdadero «laberinto de materias sin conexión» como aparece en la Carta XXXIX. De esta elección nace la exigencia de artificios narrativos entre funciones y actuantes activando el movimiento de la comunicación. Además Cadalso no ignoraba el gusto del siglo en el que la literatura de viajeros ficticios y las obras críticas a manera de epistolario gozaban de cierta difusión y que por lo tanto le permitiría ser leído y comprendido con mayor facilidad. En apoyo de esta hipótesis hallamos la sustancial concordia discors que en mi opinión enlaza a los protagonistas de las Cartas y que despoja a la obra de tensión polémica y conflicto dramático. La discordancia no existe pues, y el «gioco delle   —127→   parti» es aparente ya que la situación cultural de los personajes es la misma y no hallamos tesis contrapuestas sino paralelas y complementarias. Así quedan sin consideración las repetidas distinciones establecidas por algunos críticos que pretenden identificar claramente a cada uno de los tres protagonistas.

Si Ben-Beley se distingue de Nuño, y un poco menos de Gazel, es tal vez por la forma de expresión caracterizada por un florido lenguaje, denso de metáforas, hipérboles, iteraciones, con especial preferencia por imágenes que la observación de la naturaleza sugiere, tales como flores, aves, cielo y mar.

Recordemos, a este propósito, la primera de las once Cartas de Ben-Beley en la que denuncia la inconstancia humana: «Nos fastidia el trato de una mujer...; nos cansa un juego...; nos molesta una música...; nos empalaga un plato...; la corte que al primer día nos encantó, nos repugna; la soledad... nos causa melancolía...», o la segunda Carta en la que describiendo un estado de ánimo nos dice: «Como suben al cielo los aromas de las flores, y como llegan a mezclarse con los celestes coros los trinos de las aves, así he recibido...». Anafóricas interrogaciones retóricas como: «¿Qué madre prostituiría sus hijas? ¿Qué marido se volvería verdugo de su mujer? ¿Qué insolente abusaría de la flaqueza de una inocente virgen? ¿Qué esposa violaría el lecho conyugal? ¿Quién sería malo?...» etcétera, caracterizan a Ben-Beley y tono semejante se puede encontrar también en la XLVI. Igualmente frecuentes son las hipérboles, sinécdoques y metáforas del tipo: «... su alfanje dejó las huestes cristianas como la siega deja al campo en que hubo trigo»; «las aguas se volvieron rojas con la sangre goda que él solo derramó», o bien: «su muerte fue como el ocaso del sol, que es glorioso y resplandeciente, y deja siempre luz a los astros que quedan en su ausencia».

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También Gazel, si bien en ocasiones contadas, recurre a figuras retóricas presentes en las expresiones de Ben-Beley. Sirva de ejemplo la Carta XVIII con la que concluye la solemne promesa del joven Gazel de «mantener mi alma blanca como la leche de las ovejas» en la que reconocemos la misma tendencia a la ampulosidad enfática y las translaciones.

Por el contrario, las cartas de Nuño son modelos de esencialidad, concisión y severidad estilística por medio de una prosa que por su precisión y funcionalidad podemos definir de corte científico y apropiada al español descrito y añorado por Gazel en la Carta XI como de pocas palabras, grave, controlado, y que se complace en degustar los orígenes de la expresión a través de la figura etimológica.

Evidentemente Cadalso, quien se esforzó por quitarse de encima prejuicios y malentendidos de tipo cultural y racial, ha preferido volver a presentar la tópica imagen del moro propenso al énfasis, al ornato, emocional y exótico, un poco extravagante y extrovertido en sus manifestaciones, tal como de los romances había llegado al Setecientos.

Me he referido anteriormente a la uniformidad sustancial de tipo cultural e ideológico que, en mi opinión, existe entre los tres corresponsales. Gran parte de la crítica comparte la idea de que Cadalso se identifica con el personaje de Nuño y es su único y exclusivo portavoz. Esta relación de preferencia me parece difícilmente sostenible ya que las posturas de los tres protagonistas coinciden perfectamente y no existen discrepancias notables en las cuestiones de fondo. Si existen, se refieren a hechos y opiniones que no fragmentan la unidad del discurso propuesto por Cadalso y que en todo caso representan opciones posibles, legítimas alternativas que podríamos definir con imagen musical «variaciones al tema».

Resulta muy evidente, por ejemplo, la coincidencia absoluta en los conceptos de virtud, amistad y vicio enunciados   —129→   por los tres «hombres de bien», sobre la idea de Dios y de la postura que deben tener los humanos hacia la divinidad. Para Nuño se trata de reconocer y honrar la omnipotencia del Ser Supremo «quien hizo África, Europa, América y Asia», «adorar la esencia del Creador, su magnificencia, su justicia, su bondad» sin tratar de penetrar en el misterio de sus atributos; para Ben-Beley es necesario «alabar al Ser Supremo con rectitud de corazón». Gazel no tiene dudas a la hora de reconocer y aceptar la imagen bíblica de Dios «que ha hecho todo de la nada, con solas palabras y con sólo su querer».

Pasando al plano de la condición histórica concuerdan en individuar las causas de los males del siglo, la decadencia de España y la caída de las naciones. No hay divergencia cuando se ponen a definir conceptos tan importantes como patria, patriotismo, honor, justicia, respeto por la autoridad y por los ancianos. Se hallan en idéntico terreno cuando tratan de reconocer los límites de la condición humana, discutir de ciencia y literatura o cuando se propone un modelo para la educación de la juventud. Por último, los tres personajes ostentan un común origen social, que ha madurado en ambientes de prestigio y de sólida condición económica. Si alguna diferencia existe se halla en las consecuencias pragmáticas obtenibles de las conclusiones que todos fundamentalmente comparten: es decir, si es conveniente apartarse del mundo con sus vanidades, vicios y preocupaciones, y dedicarse a una «vida retirada», o si en cambio es más necesario, tal como lo sostiene Nuño, no evitar las obligaciones que la existencia propone cotidianamente ni huir de «la fuerza de los vínculos que le ligan a la patria» por la que, afirma también Nuño, todos deben estar dispuestos a sacrificar su «quietud, bienes y vida» despreciando «todos los fantasmas producidos por una mal colocada filosofía».

Ante este panorama que acabo de descubrir, parece   —130→   pues justificado considerar las argumentaciones de los protagonistas de las Cartas íntimamente conexas entre sí y no divergentes. Ben-Beley, Gazel, Nuño son tres aspectos especulares de un mismo pensamiento, proyecciones heteronímicas de Cadalso con paridad de significado. Por consiguiente, para comprender plenamente la ideología y el sentir de Cadalso, es necesario unificar las tres imágenes que las Cartas ofrecen.

Dentro de las Cartas existe una relación dialéctica fija, circulando internamente las ideas en direcciones bien precisas. Podemos decir que el centro receptor cuya función es la de recibir y reflejar, está representado por Gazel. Sobre él confluye el flujo del pensamiento que con dirección exterior/interior proviene de Ben-Beley y Nuño y que Gazel envía con dirección interior/exterior a intensidad reducida actuando de trámite y mediator. De la convergencia sobre Gazel de las múltiples observaciones de los otros dos personajes y de la preeminente función asignada al mismo de destinatario/discente se deduce que el autor de las Cartas, cerrando sobre Gazel el circuito comunicativo, impide al lector de las mismas la autonomía interpretativa. De este modo consigue decir «en verdad», afirmando, con una amable retórica al uso, su indiscutible misión de autor de las Cartas marruecas.

Fundamentalmente en esta obra más que en otras, Cadalso habría podido -y debido- abrir su mente y ánimo libres de ficciones y máscaras. La naturaleza esencialmente didáctica de la obra lo requiere y le proporciona un elevado coeficiente de credibilidad superior al asignable a otras en prosa y verso, incluidas las teatrales, y a las mismas cartas intercambiadas con amigos, donde habría podido permitirse -para complacer al interlocutor captando su benevolencia o bien dejándose llevar por la libertad que permite la intimidad epistolar- disimulaciones y engaños. Si no queremos considerar las Cartas marruecas como ejemplo refinado   —131→   de literatura criptográfica y alusiva, motivada por la necesidad de evitar la censura -o simple autocensura- o como voluntaria operación de mistificación en perjuicio del lector, obra de una mente retorcida, debemos considerarlas seguras y no engañosas, manifestación de estados de ánimo y opiniones reales e inmediatas. Insisto, en que en mi opinión, no existen considerables diferencias entre los tres protagonistas de las Cartas que mantienen un fondo ideológico unitario y orgánico. La investigación que deriva de la situación social, política y económica de España y de Europa es unívoca y no presenta la relatividad de opiniones y la múltiple visión satírica de la sociedad característica de los libros compuestos por cartas de viajeros ficticios. Mediante Ben-Beley, Gazel, Nuño, Cadalso expresa juicios y opiniones comunes sobre los mayores problemas de su tiempo. Consideremos ahora la actitud de Cadalso en las Cartas ante algunos temas característicos del momento en que vivió, que podríamos definir como: condición humana, decadencia de España, sociedad contemporánea.


Cadalso y la condición humana

A lo largo de las Cartas aparecen expresiones que proponen una filosofía de la vida basada en el dominio de las pasiones, la superación de las adversidades, y lejos de las vanidades del mundo, la conquista de la tranquilidad interior. Constantemente se anhela una conducta prudente y honesta; un comportamiento inspirado en la «honradez y virtud». Si bien a Gazel le gustaría vivir rodeado de «verdadera alegría, conversación festiva, chanza inocente, mutua benevolencia, agasajo sincero, amistad», Ben-Beley, más severo, propone ya en la primera Carta a Gazel un modelo de existencia basado en: «Alabar al Ser Supremo con rectitud de corazón; tolerar los males de la vida; no desvanecer[te] con los bienes; hacer bien a todos; vivir contento;   —132→   esparcir alegría entre tus amigos; participar sus pesadumbres, para aliviarles el peso de ellas». Es una línea de comportamiento inspirada en diversas fuentes: de la moral natural al pensamiento de Séneca y Epicteto, al Evangelio. Pero bajo estos conceptos y propósitos, expresados a menudo por Cadalso en manera sentenciosa, hallamos una visión desoladora y negativa del hombre y de la naturaleza.

No sólo el hombre es malvado en sí mas también son malas sus acciones y corrompedoras. Sobre todo en Nuño, encontramos pruebas de tales convicciones. En la Carta XLIV dirigida a Gazel afirma: «Confírmate en la idea de que la naturaleza del hombre es tan malvada [«está corrompida», en la versión del «Correo de Madrid»] que... suele viciar hasta las virtudes mismas». A Ben-Beley le recuerda que el hombre desde siempre ha seguido la máxima: «Conozco lo mejor y sigo lo peor» y a Gazel que alaba la infancia como estado de serenidad y candor único en la vida del hombre («Dichoso el hombre si fuese siempre niño») recuerda que: «... la miseria humana se proporciona a la edad de los hombres; va mudando de especie conforme el cuerpo va pasando por edades, pero el hombre es mísero desde la cuna al sepulcro». Gazel responde excluyendo la posibilidad de vida feliz e inocente incluso fuera de la sociedad civil, atribuyendo a los indígenas americanos, por ejemplo, costumbres nefastos y brutales: «Antes de la llegada de los europeos, sus habitantes comían carne humana, andaban desnudos, y los dueños de toda la plata y oro del orbe no tenían la menor comodidad de la vida». De nuevo Nuño, al final de unas agudas palabras contra ostentaciones típicas de los españoles como el uso y abuso del «don» en el tratamiento, concluye seriamente: «Esto prueba lo que mucho tiempo ha se ha demostrado, a saber que los hombres corrompen todo lo bueno».

Podemos pues llegar a la conclusión de que en Cadalso   —133→   hay una visión desengañada y pesimista del hombre y de la sociedad profundamente arraigada, que no podemos atribuir, sin ofensa a su inteligencia, a momentos de desesperación y tedio.




Cadalso y la decadencia de España

Cadalso advierte claramente la amplitud y profundidad de la decadencia española, política, económica, social y cultural al mismo tiempo. Aunque preocupado, se muestra más bien indignado y ofendido. La atribuye a gravísimos errores del pasado y hecha la culpa a Carlos V, Felipe II y a la Casa de Austria. Es consciente de que la decadencia afecta también a su siglo, para lo que voy a recordar las consideraciones de Nuño en la Carta III que concluyen con la imagen dramática de la España de Carlos II reducida a «un esqueleto de un gigante» y la requisitoria en la Carta XLIV contra la España del Seiscientos comparada a una «casa grande que ha sido magnífica y sólida».

Con el momento en que vive, Cadalso no es menos lúcido y riguroso. Sobretodo en boca de Gazel denuncia el retraso espiritual y económico de su patria: orgullo, vanidad, corrupción, superficialidad, ignorancia, superstición contrapuestas a laboriosidad, dedicación, entusiasmo, honradez, patriotismo. Así las artes y ciencias se hallan desatendidas, los jóvenes se crían en un ambiente de comodidades y lujo, ignorantes y presuntuosos como el «caballerete» de la Carta VII o los contertulios de la Carta LVI. El lenguaje se corrompe y llena de barbarismos como indican las palabras de Gazel: «... la corrupción de la lengua [es] consiguiente a la de las costumbres». El carácter del pueblo se ha transformado ya que falta el respeto a los ancianos, la autoridad paterna y tradiciones, siendo la moda: «blasfemar de los antiguos costumbres; se quiere imitar todo lo que es extranjero con ridículos resultados patentes en los tres «memoriales»   —134→   de la Carta XLIV; se prefiere chismorrear, festejar y corromper para obtener empleos y honores. La mujer española ha perdido el «respeto», la «estimación», la «suma veneración» por parte del otro sexo. La gloria y el honor militar se hallan desprestigiados: no se honra la memoria de los héroes; incluso los generales han olvidado el «noble entusiasmo del patriotismo»: mentirosos e ineptos se contentan con desfilar al frente de elegantes tropas. La nobleza olvida que «la milicia es la cuna de la nobleza», tal como afirma Nuño, y prefiere dedicarse a actividades fútiles y vanas en lugar de pensar en recuperar la antigua virtud y salvar al país.

El análisis riguroso y desencantado de Cadalso no excluye ningún aspecto de la sociedad española. Pero la crítica de negativa pasa a positiva ya que el autor de las Cartas marruecas ofrece modelos de ejemplos de comportamiento, de organización y estructura, tanto individuales como colectivos, mediante los cuales inspirarse y animarse para superar la gravísima crisis atravesada por España.

Conviene señalar que el «ciudadano universal» Cadalso no considera proficuo buscar soluciones más allá de los confines históricos y físicos de su patria, y que instituciones y costumbres foráneas no le sugieren soluciones válidas. Cadalso está firmemente convencido de que España posee un carácter peculiar y escasamente modificable, bien expresado en el dicho de Nuño: «genio y figura hasta la sepultura» y que de todos modos: «la mezcla de las naciones en Europa ha hecho admitir generalmente los vicios de cada una, y desterrar las virtudes respectivas». Además estima que ciertos aires renovadores procedentes de Europa («Cierta ilustración aparente... ese oropel que brilla...») pueden producir efectos peligrosos ya que «no sirven más que de confundir el orden respectivo, establecido para el bien de cada estado en particular». Por lo tanto, aunque también manifieste admiración por naciones como Inglaterra y Francia   —135→   y por sus seguros progresos en la ciencia y la técnica, Cadalso es de la opinión de que España tiene que buscar en sí misma la fuerza necesaria para renovarse y debe hallar en su historia los modelos con que compararse. Para Cadalso no parecen existir dudas sobre el ejemplo a seguir: es el que ofrece la España de los Reyes Católicos. En aquella época la institución monárquica gozó del mayor consenso; cultura y lengua se afianzaban en el mundo; la tensión espiritual y el amor por la patria eran muy elevados; las costumbres austeras; la economía floreciente y la propia nobleza era bien digna de sus blasones.

La referencia al siglo XVI es insistente y convencida tal modo lo atestiguan los numerosos ejemplos que se podrían citar. El cuadro ideológico de las Cartas resulta una vez más unitario y consensual: los tres interlocutores aunque miren a los ejemplos ofrecidos por las naciones a la vanguardia en Europa en el Setecientos, se fundan en el ejemplo de la España imperial, virtuosa, guerrera, culta del Quinientos que presenta una estructura jerárquica cuyo centro está ocupado por el patriota/soldado, personificado casi exclusivamente por Hernán Cortés «héroe mayor que el de la fábula», por el cual Cadalso demuestra la más viva admiración en varias ocasiones.




Cadalso y la sociedad de su tiempo

En las Cartas, Cadalso se presenta como atento observador de las costumbres españolas y agudo crítico de comportamientos, tendencias y modas.

Recurriendo oportunamente a la ironía, al sarcasmo o a la explícita denuncia, trata de literatura, oratoria, academias y tertulias o bien de cuestiones históricas, lingüísticas, económicas y militares. No se le escapan tampoco las relaciones familiares y en concreto la educación y la instrucción, la condición de la mujer u otros aspectos más bien costumbristas   —136→   como los petimetres, coquetas, los rancios eruditos. Otros asuntos, tan caros a Feijoo a quien elogia, como la astrología, los almanaques y la superstición en general, son también motivos de crítica.

No se puede pues no atribuir a Cadalso intenciones reformistas e innovadoras. Y sin embargo su actitud frente a algunos significativos postulados y cuestiones de su tiempo, se muestra reticente e incluso adverso. Me refiero por ejemplo a la conquista y colonización americana, en relación al nuevo clima espiritual y cultural suscitado por los philosophes, y al retorno del mito del «buen salvaje». Cuando Cadalso compuso las Cartas marruecas, Voltaire ya había publicado su Essai en el que defendía al pueblo mejicano, Cornelius de Pauw sus Recherches philosophiques sur les Américains y Guillaume Raynal la Histoire philosophique et politique.

En toda Europa se discutía de los derechos del hombre interrogándose con inquietud sobre las «hazañas» del colonialismo, y en especial del español.

Sin embargo Cadalso que bien conocía las profundas razones que sostenían aquel vasto movimiento de revisión histórica, con patriótica coherencia, persevera en su «defensa de la nación española» justificando la conquista y devolviendo las calumnias a los «humanísimos países» esclavistas y negreros que a pesar de todo se erigían en jueces de España. Cuando considera a los pueblos vencidos aplica anticuados clichés tan gratos a algunos cronistas clásicos que los ven como salvajes, idólatras, comedores de carne humana.

Es significativa y emblemática, sobre todo si se consideran las censuras y críticas de que había sido objeto, en su misma patria, la figura del conquistador extremeño Hernán Cortés, propuesto ahora como modelo único y héroe a imitar. Por otra parte, con la apologética defensa del extremeño hecha en 21 puntos de la Carta IX tan convencida e inapelable, Cadalso se separa considerablemente de la línea   —137→   mantenida por otros contemporáneos suyos como los Moratines, Jovellanos, Meléndez Valdés, Montengón, Iglesias de la Casa, quienes más meditadamente anteponen, o bien colocan junto a Cortés, a otros ilustres personajes sacados de la historia y del epos españoles como el Cid, Pelayo, Álvaro de Bazán, el Gran Capitán.

Pasando ahora a otro tema, la actitud que Cadalso muestra hacia la clase que estaba emergiendo entonces, la burguesía, es necesario señalar que está determinada por una sincera incomprensión tal como testimonia el tono despreciativo e incluso grotesco empleado por Cadalso cada vez que lo trata. Considérese el episodio del «proyectista» en la narración que hace Nuño en la Carta XXXIV.

Se trata de un personaje/límite sobre cuya salud mental se pueden expresar las más serias dudas y que sin embargo permite a Cadalso generalizar, con evidente descrédito para todos los que, con fervor y lúcido empeño, han dedicado energía y dinero, y no sin riesgo, a la tentativa de enriquecer «los países en que se hallan». Presentando con ironía al «proyectista» y a sus imposibles canales, Cadalso acaba por rebajar la importancia del esfuerzo reformador de los ministros de Carlos III y de la generosa voluntad de cuantos, en su mayoría personas dedicadas a profesiones liberales y a actividades mercantiles, en las «Sociedades Económicas de Amigos del País» -que él bien conocía- trataban de modificar racional y radicalmente el cuadro social y cultural del país.

Idéntica incomprensión muestra Cadalso para con la ansiosa búsqueda de mejora social que anima a los sectores más activos de las clases artesanales y burguesas que si por un lado lleva al abandono de artes y oficios, por la pésima tendencia de ciertos padres a «colocar a su hijo más alto», por otra impulsa a los burgueses, identificados en el «caballero que acaba de llegar de Indias» de la Carta XXIV, a   —138→   ocupar espacios poco pertinentes a su clase y más bien a la nobleza.

Entre las causas de la crisis económica española, Cadalso señala la renuncia a la tradicional sencillez y sobriedad españolas en favor de un tenor de vida más elevado y dispendioso. El lujo, las modas servilmente imitadas, empobrecen a las familias y hacen a las pobres naciones esclavas de las que «por su genio inventivo e industrial» han sabido imponer su way of life llegando a influir incluso sobre el lenguaje.

Cadalso como político y filósofo es de la opinión de que se deba fomentar el «lujo nacional», es decir «dimanado de los artículos que ofrece la naturaleza sin pasar los Pirineos» (Carta XXXV), artículos producidos en España y fabricados por manos españolas. Una vez más, por boca de Gazel, vuelve Cadalso a proponer el ejemplo de la España laboriosa y esencial de Fernando e Isabel, excelente por sus fábricas de tapices, cerámicas, armas, producción de libros, en fin, agricultura.

Veamos cuál era la posición de Cadalso con respeto a la política. Cuando Gazel y Nuño hablan de políticos hacen una distinción prudente, entre quienes tienen la responsabilidad de aplicar la «ciencia de gobernar pueblos», quienes además son los detentadores autorizados y tradicionales del poder, y todos los demás, es decir los que «han usurpado este nombre» y que son los recién llegados a la escena política española en especial modo después de las reformas de Carlos III que introdujeron numerosos miembros de la clase media en el gobierno y municipalidades en contraste con el exclusivismo de las clases altas quienes desde siempre habían tenido a su cargo tales responsabilidades.

Contra éstos se arrojan los dos protagonistas citados con repetidas y violentas invectivas. Es una condena inapelable con las características de un juicio sumario. Estos políticos, grabados con el sello de la ambición y de la corrupción,   —139→   son ineptos, capaces de cualquier delito, veletas, frívolos y estúpidos. Si Cadalso pretendía con ello estigmatizar la difundida costumbre de tratar de política sin discernimiento ni conocimiento, y tal como había hecho en ámbito literario, quería crear la figura del político a la violeta, es necesario decir que en este caso no llegó a encontrar el justo tono. Adolece de garbo e ironía. Hallamos una insistente y generalizada incomprensión que puede entenderse como rechazo ante el progresivo avance de las masas populares en el campo político y como reacción a los cambios en sentido burgués y «democrático» que se iban produciendo en la España de su tiempo.

Para concluir esta personal lectura, sugerida por algunos de los aspectos temáticos de una obra tan sugestiva, podemos intentar un posible comentario conclusivo. En primer lugar, se puede afirmar que las Cartas marruecas más que «ambiguas» son, utilizando un término grato a Cadalso, «problemáticas» en el sentido de que reflejan el pensamiento de un hombre turbado hasta lo más profundo de su ánimo por inquietudes de orden moral, político y cultural; que advierte tal vez con mayor intensidad que otros contemporáneos suyos, la decadencia de una época a la que está ligado por educación e historia personal; que ve consumirse antiguos y básicos valores -como por ejemplo la cultura cristiana y tradicional- sin ser definitivamente reemplazados por otros; que es consciente de las aportaciones positivas de las nuevas filosofías, pero suficientemente escéptico para no creerlas resolutivas y que, finalmente, observa el mundo circundante, afectado ya por vastos cambios ideológicos y sociales y ya en fase pre-revolucionaria, a través de la lente de la moralidad y del raciocinio teñido de pesimismo, buscando por cualquier parte, como redivivo Diógenes, virtud, amistad, bondad, verdad.

Son por otra parte su misma problemática, sus frustraciones, su escepticismo e ironía junto a la actitud reformista   —140→   e innovadora y a la humanidad de sus sentimientos -que tan manifiestos se encuentran en las Cartas marruecas- los que lo definen ideológicamente como ilustrado.







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