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Un primer asedio al problema que enfoco aquí lo representa mi ensayo «Don Quijote o la vida como obra de arte», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 242 (febrero 1970), que recojo parcialmente, y adobo, en las páginas que siguen.

 

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El quijotismo de Julien Sorel es evidente, y ha sido puntualizado más de una vez; por eso me interesa transcribir la siguiente cita del crítico francés Alphonse Thibaudet: « Obra inmensa, que su época no comprendió y que no halló su público y su eco hasta veinte años después; su virus infuso aun hoy no está agotado.» ¡Con cuánta más razón se puede decir lo mismo del originador de la epidemia: don Quijote de la Mancha! Sólo que el paciente don Quijote tuvo que esperar más de doscientos años para tener descendencia digna de su nombre.

 

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Jorge Luis Borges, «Análisis del último capítulo del Quijote», Revista de la Universidad de Buenos Aires, Quinta Época, I (1956), 36.

 

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Desde luego que apenas si puedo mencionar tan apasionante tema, que puso en el tablero europeo a lo mejor de la España intelectual, así como lo mejor de la España bélica llevaba ya décadas en efectiva ocupación del mismo tablero. Consulte el lector el bien documentado libro del historiador norteamericano Garrett Mattingly, Renaissance Diplomacy (Boston, 1955), parte III, donde verá el alcance inmenso de las innovaciones de Fernando el Católico a la timorosa diplomacia de los Estados italianos.

 

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El tono de objetividad que da a sus Comentarios no termina de ocultar la vanidad de Carlos al dictarlos, en la cúspide, como estaba, después de su victoria sobre la Liga de Schmalkalden, lo que se confirma por sus silencios deliberados. Con innato sentido crítico -y con la objetividad que se suele adjudicar a éste-, Carlos V desmonta ante nuestros ojos la obra de arte que constituyó su vida. El curioso lector debe consultar la interesantísima publicación de Manuel Fernández Álvarez Carlos V. Memorias (Madrid, 1960).

 

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Hay una extrañísima afinidad entre Carlos V y don Quijote de la Mancha; el emperador se preocupa por «los historiadores que [en el futuro] escribieren cómo en mis tiempos...», y don Quijote, ya en su primera salida, como hemos visto, piensa «en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere...» (I, II). Quizá todo esto se pueda empezar a explicar por el hecho de que Cervantes nació en 1547, año de la gran victoria imperial en Mühlberg, en el cenit de las victorias imperiales, y hasta el año de 1580 en que volvió a España vivió una vida de activa lucha contra el turco, como Carlos V, y no como Felipe II, rey de España al regreso del futuro novelista, que vivía arrebujado en su monasterio de El Escorial.

 

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El lector bien puede repasar lo ya dicho más arriba, y refrescarse la memoria de esta manera.

 

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No es casualidad ninguna, sino producto de la misma preocupación ambiental, el hecho de que para los mismos años que Cervantes daba tratamiento artístico al tema de la voluntad, nuestro gran jesuita Francisco Suárez, el doctor eximius, le daba largo tratamiento especulativo en sus Disputationes Metaphysicae (1597), en particular en la disputatio XIX.

 

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La admiración de Schopenhauer por la obra cervantina en su conjunto fue ilimitada. En Parerga und Paralipomena (1851), su última gran obra filosófica, copia a todo lo largo un hermoso soneto de August Wilhelm von Schlegel, dedicado a la Numancia, de Cervantes, con el título de Kopfstimme (Voz de la Cabeza), y lo adiciona con versos propios que tituló Bruststimme (Voz del Corazón).

 

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Lástima grande que André Gide fuese un extremista vital y estético. Lo primero lo atestigua, entre otras muchas cosas, L’Inmoraliste (1902); lo segundo, el hecho de que llegó a opinar que Los hermanos Karamazov, de Dostoievski, era la mejor novela del mundo. El propio Dostoievski ya se había encargado de desmentir por anticipado el extremismo estético de Gide en el texto de su Diario de un escritor, que campea como lema al frente de estas páginas.

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