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El auge de la prensa periódica / Gisèle Cazottes, Enrique Rubio Cremades

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El auge de la prensa periódica

Gisèle Cazottes

Enrique Rubio Cremades (coaut.)






Un nuevo medio de acceso a la cultura y de influencia en la opinión pública

El siglo XIX es el siglo de la prensa, cuya historia empieza con la crisis de 1808 en que se estableció la libertad de imprenta. En menos de cien años, España pasó de un estado de gran pobreza a 1.347 periódicos. Este prodigioso auge de la prensa no puede disociarse de los cambios políticos y sociales de la España decimonónica, al mismo tiempo que de sus adelantos técnicos. Durante un siglo largo, la prensa, con una situación privilegiada de medio único de comunicación, orientó, informó, educó o recreó al público lector.

Constituye el periodismo de comienzos de siglo un auténtico cajón de sastre en el que cabe prácticamente todo. Se publican novelas por entregas, poesías, ensayos, impresiones de viaje, crónicas teatrales, estudios relacionados con la medicina o la botánica. En su tono, el periodismo es mordaz, agresivo y polémico tanto en el aspecto político como en las más diversas controversias culturales o sociales, desde la protagonizada por clásicos y románticos hasta la llevada a cabo por homeópatas y alópatas. Se dan así los primeros pasos hacia la creación de un periodismo ilustrado -Semanario Pintoresco Español (1836-1857)- o especializado y relacionado con un tema específico -Semanario de Agricultura y Artes (1829-1833), Gaceta Médica de Madrid (1834-1835), Boletín de Jurisprudencia y Legislación (1836)...-. Incluso se puede hablar por primera vez de un tipo de prensa dedicado a un público femenino en el que se ofrece un variopinto material noticioso sobre la misión de la mujer en la entonces llamada sociedad moderna: El Periódico de las Damas (1822), El Té de las Damas (1827), La Moda Elegante (1834), El Tocador (1844-1845), El Pensil del Bello Sexo (1845-1846). (Véase Rubio Cremades, 1990, págs. 95-103; Simón Palmer, 1975, págs. 401-450).

Es fácil relacionar los albores del periodismo decimonónico con la invasión napoleónica, pues fue precisamente Napoleón quien otorgó a España la libertad de imprenta en la Constitución de Bayona. La Gaceta de Madrid, heredera directa de Relación o Gazeta (1661), daba cumplida noticia, el 25 de mayo de 1808, sobre una libertad de imprenta subordinada más a los intereses franceses que a los españoles. De hecho, tanto la Gaceta de Madrid como el Diario de Madrid, sucesor del Diario noticioso, curioso-erudito y comercial, público y económico (1758), quedaron incautados. La Gaceta se convirtió en el órgano oficial del nuevo Gobierno, y, como tal, no sólo insertó los decretos de Napoleón y José Bonaparte, así como las órdenes de Murat y Savary, sino también aquellos famosos Boletines que fueron el único medio con el que los lectores contaban para enterarse de lo que ocurría en el extranjero.

El afrancesamiento de la prensa corrió como un reguero de pólvora por el resto de España. Así el Diario de Barcelona, fundado en 1792, fue durante la ocupación francesa una especie de ente bicéfalo, dividido en dos tendencias: una tildada de gabacha, y otra llamada patriótica. Frente a ese tipo de prensa afrancesada surgen periódicos y folletos, como el Diario Napoleónico (1808), destinados a la censura de quienes propagan los valores morales de los franceses. De igual forma es frecuente entonces el cambio de ubicación del periódico por acontecimientos históricos. Así ocurre con el Semanario Patriótico (1808), publicación fundada por Manuel José Quintana, que se vio interrumpida por la entrada de los franceses en Madrid y tuvo que imprimirse en Sevilla y en Cádiz. Fue un semanario de corte liberal, que contribuyó a la difusión de no pocas ideas que emanaban de la Revolución Francesa.

El 10 de noviembre de 1810 promulgan las Cortes de Cádiz la Ley de Libertad de Imprenta. Ello hizo posible el nacimiento de un copioso número de periódicos. El gracioso folleto satírico titulado Diarrea de las Imprentas censura desde una perspectiva humorística tal abundancia. Razón tenía el folleto, pues sólo en Cádiz llegaron a publicarse cerca de medio centenar de periódicos. Respecto a los seis años de la Guerra de la Independencia, Gómez Imaz habla de tres centenares de periódicos. Muchos de ellos fueron un arma de combate y se puede considerar que en ese momento nació la prensa política. El 4 de mayo de 1814 aparece el Decreto de Fernando VII reprimiendo la libertad de imprenta y en 1815, el 2 de mayo, se publica un nuevo Decreto en el que se suprimen todos los periódicos, a excepción de la Gaceta y el Diario de Madrid. Es obvio, pues, que hasta el 9 de marzo de 1820 -jura por Fernando VII de la Constitución de 1812- el panorama de la prensa española está casi vacío de contenido. La media anual de periódicos nuevos en Madrid baja a 4 en la época 1814-1820, mientras subirá a 42 durante el Trienio Liberal (Pereira Castañares & García Sanz, 1986). En 1820 la capital se dota de 65 publicaciones, y Gómez Aparicio piensa que en aquellos tres años nacieron 700 periódicos en la Península.

El Trienio Liberal impulsa de nuevo la prensa periódica. Gracias a la llamada Ley de Libertad Política de la Imprenta, el periodismo conoce un auge inusitado, publicándose ininterrumpidamente numerosos títulos de muy distinta índole: desde la satírica -El Gato Escondido (1820), Olla Podrida (1820), El Mochuelo Literato (1820), La Periodicomanía (1820-1821), El Zurriago (1821-1822), El Bu o La Cuca-mona-Política (1823)- o religiosa -El Cristiano en la Sociedad (1820), Crónica Religiosa (1821-1822)-, hasta la liberal -El Censor (1820-1822), El Eco de Padilla (1821)- o la monárquica -El Procurador General del Rey (1822-1823)-. Esta sucinta relación puede resultar orientativa de las tendencias del periodismo de la época. La publicación titulada La Periodicomanía analizó desde una perspectiva satírica un total de 86 periódicos en sólo un año y medio durante el Trienio Liberal1. Es una cifra que contrasta enormemente con la de 70 periódicos madrileños que para el mismo período registra Hartzenbusch en Apuntes para un catálogo de periódicos madrileños desde el año 1661 a 1870.

El 30 de enero de 1824 aparece la Real Orden de Fernando VII suspendiendo todos los periódicos, con excepción de la Gaceta, el Diario de Madrid y los de Comercio, Agricultura y Arte. Asistimos de nuevo a una poda radical de la prensa española; la censura se mantuvo hasta 1834, fecha de la promulgación, por la reina gobernadora, del Estatuto Real. A partir de ese momento se observa un nuevo resurgir de la prensa, pero no de forma caótica como en los comienzos del siglo, ni tan efímera como en el Trienio Liberal. Con el inicio del Decenio Calomardino se advierte la posibilidad de que el periódico no tenga por qué ser forzosamente defensor de un determinado postulado ideológico; puede ser simplemente literario, como es el caso de las Cartas Españolas (1831-1832). Aun así, son años de constantes mutaciones y, si bien algunas publicaciones inician su andadura siendo netamente literarias, se convierten con el correr del tiempo en camaleónicas, como sucede con la Revista Española (1832-1836), que se adaptó con una facilidad increíble a todas las situaciones políticas: abrazó el conservadurismo con Francisco Cea Bermúdez, fue moderada con Francisco Javier Istúriz, defendió con total entrega el Estatuto Real con Francisco Martínez de la Rosa, y al final combatió la desamortización realizada por Juan Álvarez Mendizábal. Periódico dedicado a la reina, dio en sus comienzos muestras de una servil adulación, como en su número 1, de 7 de noviembre de 1832: «Pues van a la España alzando, / de tanto estrago y rüina, / ¡vivan Fernando y Cristina!, / ¡Vivan Cristina y Fernando!»

Las disposiciones legales sobre imprenta y prensa se suceden ininterrumpidamente hasta mediados del siglo XIX. Así, por ejemplo, el 22 de marzo de 1837 aparece una nueva Ley de Imprenta en la que por primera vez se ofrece una clara definición del periódico. De igual forma, y en materia de responsabilidad, se hace subsidiario al autor que haya firmado el original del impreso en caso de denuncia, responsabilidad que recaerá en el editor del periódico cuando el artículo denunciado no tenga firma o no la reconozca su autor. Para ello al pie de cada número del periódico deberá imprimirse el nombre del editor responsable. El 2 de junio del citado año, por Real Orden de Gobernación (Pío Pita Pizarra) se convierte la Gaceta de Madrid en Boletín Oficial Nacional. Desde esa fecha hasta la Real Orden de Gobernación (conde de San Luis) de 15 de julio de 1850, promulgada para contener los abusos de la prensa, aparecen numerosas disposiciones relacionadas con la propia definición del periódico y contra la línea editorial de ciertas publicaciones, suspendiéndose por Real Orden aquellas que atentan contra los intereses del Estado, como en el caso de El Guirigay (1839) o La Revolución (1840).

La regencia de Baldomero Espartero y el Decenio Moderado actúan como marco receptor de numerosas publicaciones de muy dispar contenido ideológico, desde periódicos incisivamente críticos contra el mismo Espartero -El Corresponsal (1839-1844) o El Cangrejo (1841)-, hasta progresistas -El Clamor Público (1844-1864)- o carlistas -La Esperanza (1844-1872)-. La ley Nocedal de 1857 supone un nuevo endurecimiento; a pesar de todo 150 periódicos circularon en España y la mitad más o menos corresponde a Madrid (Seoane, 1983). Durante los últimos años del remado de Isabel II, la prensa progresa hasta la fecha clave de 1868. Según el Registro de Contribución Industrial, Madrid pasa de 59 títulos en 1858 a 108 en 1867 (Botrel, 1975)2. Con la Constitución de 1869, la prensa goza de una libertad casi total, lo que provoca una verdadera floración de diarios y revistas. Las estadísticas publicadas en diciembre de 1868 por la Gaceta de Madrid, el periódico español más antiguo y diario oficial a partir de 1814, contabilizan, sin contar los de Barcelona, 521 periódicos, de los cuales el 51% son políticos. Entre diciembre y enero, sólo en Madrid se imprimieron más de 100 periódicos de los cuales 60 eran políticos (Asenjo, 1933b). Después de cierta disminución en los primeros años de la Restauración, la Ley de Imprenta de 26 de julio de 1883 establecida por el Gobierno del liberal Sagasta y que estará vigente hasta 1936, da nueva vida a la prensa: 203 periódicos en Madrid en 1881, 238 en 1883 y 328 en 1886 según el Registro de Contribución (Botrel, 1975). Para toda España, la Gaceta indica un total de 810 títulos en 1882, 1.128 en 1887 y 1.136 en 1892 (Guereña, 1982) con el 31 %, el 44 % y el 42 % de la prensa clasificada como «política». Si a esta presentación cuantitativa se añade que en 1880 Madrid posee más o menos el mismo número de periódicos políticos que París -49 o 50- para una población cinco veces inferior (Seoane, 1983, pág. 291), queda patente el prodigioso desarrollo de la prensa española en el siglo XIX.

En las primeras décadas del siglo, la prensa no concierne más que a una ínfima minoría de españoles: el 94 % son analfabetos. La prensa nace en manos de la burguesía (Valls, 1988) y se dirige a una élite que solía comprarla por suscripción, aunque hubo también prensa voceada en la calle. Se generalizará la venta callejera, más popular, en la segunda mitad del siglo. Sin embargo, lo exiguo de las tiradas, que no sobrepasaban los 1.500 ejemplares, no significa que hubiera poca difusión de la prensa. En efecto, a partir de 1808 brotaron en Madrid gabinetes de lectura -de 1833 a 1842 se instaló en la capital un establecimiento por año (Botrel, 1988a)-, donde, mediante una suscripción o cuatro cuartos por entrada, se podían leer libros y periódicos.

Los esfuerzos en la lucha contra el analfabetismo produjeron, según los censos, un aumento del potencial de consumidores de prensa (españoles sabiendo leer y escribir) con un 20 % de la población en 1860, 25 % en 1877 y 29 % en 1887, es decir, teóricamente, un periódico por cada 4.436 alfabetizados (Botrel, 1987b). Estos lectores se concentran en Madrid y en las capitales de provincias; los dos centros de mayor producción de prensa fueron Madrid y Barcelona, con un marcado predominio de la primera: el 31% y el 9 % en 1867, el 25 % y el 11 % en 1887 según las estadísticas oficiales3.

Hay que subrayar, por otra parte, que si fueron mayoritarios los hombres alfabetizados -en 1860 las alfabetizadas representan sólo el 22,90 % del total de los que saben leer y escribir- se reduce la diferencia a partir de 1868, cuando la mujer se incorpora a la educación y sobre todo después de 1887. En 1877 la progresión es de casi ocho puntos y en 1887 de tres puntos más. Este incremento considerable de un posible público femenino, con el que siempre se contó en el siglo XIX por su ociosidad, trae consigo un desarrollo de notable relevancia de una prensa específica. Se puede avanzar, como mínimo para Madrid y Barcelona, la cifra de 35 creaciones de revistas de 1869 al final del siglo (Simón Palmer, 1975) y en los diez años de la Restauración las lectoras madrileñas pudieron elegir entre 31 revistas todas impresas en la capital (Cazottes, 1982). Sin embargo, esta prensa se destinaba esencialmente a la mujer burguesa y sólo surgirán en el siglo XX revistas femeninas de cariz más modesto.

De las preocupaciones del siglo XIX por la enseñanza nació el interés por el niño, al que se vio como un posible consumidor de prensa. A partir de los años cuarenta sale en Madrid una media de casi una revista infantil por año, cifra elevada si se considera que sólo podían comprarlas las clases adineradas (Cazottes, 1987).

Es difícil apreciar la lectura de la prensa, su penetración en la sociedad española, porque si la instrucción llegó, aunque muy lentamente, hasta las clases modestas, no todos los alfabetizados de esta clase, lo mismo que de la clase media baja, podían comprarse un periódico o una revista. El ejemplo del obrero es significativo a este respecto. A partir de la década de los cincuenta y sobre todo después de la Gloriosa, se sintió la necesidad de abrir escuelas para instruir a esta nueva categoría social que va a producir su propia prensa. Sin embargo, no fueron los obreros los suscriptores de estas publicaciones, sino las asociaciones, en las que se hacía una lectura colectiva, ya que, en caso de que supiera leer, el sueldo de unos 12 reales al día no le permitía gastarse cuatro para suscribirse por un trimestre al periódico más barato, La Emancipación, por ejemplo (Guereña, 1986b).

Aunque con grandes diferencias en los precios de suscripción, los diarios eran caros. En 1870 El Imparcial valía 12 reales por trimestre; La Correspondencia de España, 24 reales; La Época, muy aristocrática, 48 reales. Uno de los semanarios más baratos, El Periódico para Todos, se vendía a un real, y una revista lujosa como La Ilustración Española y Americana, a 25 pesetas al año en 1869. Para facilitar el acceso a la prensa, algunos directores propusieron varias ediciones, una de lujo y otra económica.

A pesar de todo, el alto índice de analfabetismo y el precio elevado de la prensa a consecuencia de la falta de suscriptores la confinaron en las clases media y alta (propietarios, abogados, médicos, comerciantes, banqueros, industriales, empleados4), las cuales no constituyeron un número de lectores suficiente para que se transformara al mismo ritmo que en otros países industrializados.

La prensa surge primero para servir los intereses de los partidos políticos, con una profusión de periódicos liberales y serviles, muchos de vida muy efímera. El Semanario Patriótico (1808-1812), fundado por Manuel José Quintana, fue el primer gran periódico de la historia de la prensa española y uno de los más representativos de la primera etapa liberal. Periódico serio, se dirigió a un público ilustrado y propagó una ideología de clase (Dérozier, A., 1973). Con la vuelta de los exiliados a España, se inicia una nueva etapa hacia una verdadera prensa moderna. Los diarios adoptan un gran formato, con artículos de fondo en primera página. A imitación de la prensa francesa, se introduce el folletín, al que el diario progresista El Eco del Comercio (1834-1849) dedicará más espacio. Andrés Borrego (1802-1891), el decano de los periodistas españoles, publica el diario moderado El Español (1835), inspirado en The Times de Londres, en el que acepta la colaboración de hombres de opiniones diversas. En 1850, Ángel Fernández de los Ríos publica en la capital Las Novedades, un diario progresista en el que se manifiesta su intención de introducir noticias de España y del extranjero. Sin embargo, habrá que esperar la aparición de La Correspondencia de España en 1859 para pasar de la prensa de opinión, de partido, que quiso ser el «cuarto poder», a la prensa llamada de información que se consolidará durante la Restauración. Esta evolución, que se efectuó en el momento de mayor politización de la prensa -prensa democrática: La Democracia, La Discusión; prensa progresista: La Iberia; prensa conservadora: La España, La Época; prensa ultraderechista: La Regeneración, La Esperanza-, no se hubiera conseguido sin la extensión de la red del ferrocarril y del telégrafo. La primera agencia de noticias fue creada por Nilo Fabra (1843-1903) en 1867, pero el primer intento lo llevó a cabo Manuel de Santa Ana (1820-1894) en 1848 con su Carta Autógrafa, convertida luego en La Correspondencia de España.

Sin caer en una interpretación simplista de la dualidad entre prensa de opinión y prensa noticiera, puesto que esta última no podía ser totalmente independiente, es evidente que tiene una vocación «popular» a diferencia de la prensa de partido, que no interesa más que a grupos reducidos de lectores. Así, de medio elitista, el periódico intenta transformarse en medio de masas (Álvarez, 1981). La implantación de nuevas tecnologías en la impresión permitirá el aumento de las tiradas, quizá con cierto desfase entre las posibilidades y la demanda, todavía modesta, si se compara con otros países. Las prensas mecánicas de poco rendimiento son sustituidas en la década de los sesenta por grandes rotativas que salían de la fábrica Marinoni de París. En 1870, El Imparcial adquiere máquinas más modernas aún, de cuatro grandes rollos, que imprimían 20.000 ejemplares por hora.

Para bajar el precio del periódico e incrementar las tiradas se introduce la publicidad, a la que dio más espacio hacia 1880 (una página o más de las cuatro que tenía) El Liberal, que en 1879 había introducido una innovadora sección de anuncios por palabras. Esta evolución hacia la empresa mercantil, lucrativa, acarreó cambios en el aspecto formal para que el diario fuera más atractivo: introducción de los titulares, del sensacionalismo. Aparecen entonces el reportaje y la interviú. En 1880, El Liberal alcanzó los 70.000 ejemplares con el famoso crimen de la calle de Fuencarral en Madrid, cuando la tirada media de los diarios de mayor difusión era de 40.000 a 50.000 ejemplares.

Cuatro grandes diarios presiden la información en el último cuarto del siglo XIX: La Correspondencia de España que con una tirada superior a 50.000 ejemplares compitió por el primer puesto con El Imparcial creado por Eduardo Gasset y Arrime (1832-1894) en 1867; El Liberal, muy moderno, nacido de una escisión de El Imparcial; y en 1890 El Heraldo de Madrid, fundado por Felipe Ducazcal (1845-1891). Uno de los mayores alicientes del diario de Gasset y Arrime fue el suplemento literario ideado por Fernanflor a partir de 1873, Los Lunes de El Imparcial, que en 1880 tiraba entre 120.000 y 140.000 ejemplares. Seguía además publicándose La Época, diario de la clase alta desde su fundación en 1849 e instrumento del canovismo alfonsino durante la Restauración. Entre la prensa madrileña de opinión, los republicanos tenían El Globo, La República; los católicos, El Fénix, El Siglo Futuro. Había también periódicos que eran los portavoces de los hombres políticos: El Resumen de Francisco Serrano, El Correo de Práxedes Mateo Sagasta, El Mundo de Cristino Martos, El Tiempo de Manuel Silvela.

Por otra parte, la ley de 1883 facilitó el auge de la prensa regional, la catalana en particular, que había nacido en 1843 con Lo Verdader Catalá, primera publicación en catalán. Entre los periódicos más destacados hay que citar La Renaixença, La Veu de Catalunya (Torrent, 1969) además del Diario de Barcelona, que salió a la calle en 1792 y que tuvo la exclusiva hasta la publicación de El Vapor en 1833. Sólo permanecieron con carácter propio de prensa de partido y doctrinal, la prensa carlista y la prensa obrera. En aquélla, La Esperanza lleva el estandarte a partir de 1844. Después de la Gloriosa, varios diarios católicos se adhirieron al carlismo además de muchas creaciones de revistas: 24 periódicos nuevos en la Península en 1868,50 en 1869 (Altar y Trono, El Cencerro, La Lealtad Española), 59 en 1870 (Garmendía, 1975).

La prensa obrera, en general barata, de vida precaria y corta tirada, fue expresión del movimiento obrero e instrumento de propaganda (Guereña, 1974, 1986b). El primer periódico marcadamente obrero se llamó El Eco de la Clase Trabajadora, publicado en Madrid en 1855, pero esta prensa se desarrolló intensamente después de la Revolución de 1868 con publicaciones internacionalistas, marxistas, anarquistas: La Federación (Barcelona, 1869-1874), La Solidaridad (Madrid, 1870-1871), El Socialista (Madrid, 1886-1900). Revista Blanca (Madrid, 1898-1902) (Castillo & Otero, 1987; Lida, 1970; Valls, 1988).




Revistas literarias y Romanticismo

Aparecen en la cuarta década del siglo las revistas El Correo Nacional (1838-1842) y el Liceo Artístico y Literario Español (1838). La primera supone la reincorporación al periodismo de Andrés Borrego (1802-1891), quien desde su dimisión de El Español (1835-1838 y 1845-1848), el 14 de agosto de 1836, permaneció aislado de toda iniciativa periodística. El Correo Nacional, situado en una línea monárquica-constitucionalista, creó el ambiente propicio para la reconciliación de los partidos frente a las estridencias demagógicas. Fueron célebres las colaboraciones de Antonio Alcalá Galiano (1789-1865), Ramón de Campoamor (1817-1901), Alberto Lista (1775-1848), Enrique Gil y Carrasco (1815-1846), Gabriel García Tassara (1817-1865)... La serie de trabajos debidos a Juan Donoso Cortés (1809-1853) -El Clasicismo y el Romanticismo-, así como las numerosas críticas realizadas por el equipo de redactores, dan probada muestra de una mesura y ponderación poco comunes. La censura de cualquier tipo de exageración o amaneramiento literario es una prueba evidente del llamado periodismo ecléctico. No menos interesante al respecto es el Liceo Artístico y Literario Español, órgano de aquellas célebres veladas literarias organizadas por los socios del Liceo y cuyo credo no era otro que el de abrazar la conciliación entre clásicos y románticos. El sello característico de la publicación se basa en esta premisa y atiende por ello exclusivamente a la calidad literaria de las obras, clásicas o románticas.

La prensa periódica refleja con sumo detalle las polémicas literarias de este período histórico. Gracias a ella asistimos a una defensa a ultranza de los postulados románticos en El Artista (1835-1836), revista dirigida por Eugenio de Ochoa (1815-1872) y Federico de Madrazo (1815-1894). Ambos compaginan a la perfección el texto literario y el grabado; de ahí que dicho periódico sea en España uno de los principales documentos para analizar el movimiento romántico en la literatura y en las demás artes. No menos romántica fue la revista El Siglo (1834). Su lista de colaboradores es por sí sola significativa: José de Espronceda (1808-1842), Antonio Ros de Olano (1808-1886), José García de Villalta (1801-1846), Nicomedes Pastor Díaz (1811-1863), Joaquín Francisco Pacheco (1808-1865), Pablo Alonso Avecilla (1810-1860) y Ventura de la Vega (1807-1865). En la misma línea editorial se situó No me olvides (1837-1838), que consiguió reunir, entre un insuperable número de colaboradores, a los más destacados seguidores del Romanticismo, como José Zorrilla (1817-1893), Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880), Juan Donoso Cortés, José Joaquín de Mora (1782-1864), Miguel de los Santos Álvarez (1817-1892)... En No me olvides se mezclan, junto con los artículos de Jacinto de Salas y Quiroga (1813-1849), los versos y narraciones, la crítica literaria, artística y teatral y las crónicas de la moda en el vestir tanto en España como en el extranjero. No menos incisiva fue La Estrella (1833-1834), revista muy crítica en sus postulados contra el Romanticismo, movimiento que define con el apelativo de monstruosa literatura. A través del periódico se canalizan los distintos credos ideológicos y literarios. Constituye un testimonio imprescindible para el conocimiento de los primeros brotes del Romanticismo y corrientes estéticas de la primera mitad del siglo XIX, como ocurre con El Europeo. Periódico de Ciencias, Artes y Literatura (1823-1824) y su inmediato continuador El Vapor. Periódico Mercantil, Político y Literario de Cataluña (1833-1835), publicaciones enfocadas hacia un Romanticismo histórico-tradicionalista, cuyo principal mentor fue Walter Scott.




Prensa ilustrada, femenina y familiar

La prensa periódica del XIX, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo, se caracteriza por su alta especialización con un público lector que se determina según su sexo, su edad, su categoría social o profesional. El primer acontecimiento notable es la publicación en Madrid en 1836 del Semanario Pintoresco Español, «lectura de las familias, enciclopedia popular». Con esta revista de divulgación y entretenimiento, fundada por Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882) según los modelos del Penny Magazine y Magasin Pittoresque, nace la prensa ilustrada cuya vía inició El Artista el año anterior, y que se perfeccionará a lo largo del siglo, generalizándose la técnica de la cincografía y más tarde la fotografía para ilustrar los sucesos de actualidad. Semanario apolítico, de espíritu pequeño-burgués, tuvo muy buena acogida y en poco tiempo reunió más de 5.000 suscriptores. Mostró desde el principio un fuerte apego a la tradición nacional y gran preocupación por el grabado en madera para ilustrar la España pintoresca en sus costumbres y monumentos (Le Gentil, 1909). Esta revista y El Museo Universal (1857-1869), «periódico de ciencias, literatura, artes, industria y conocimientos útiles» (Páez Ríos, 1952), más abierto al extranjero, son las dos publicaciones que reflejan mejor las diversas direcciones del Romanticismo español, palabra que apareció por primera vez en El Europeo (1823-1824) de Barcelona. El éxito del Semanario produjo una floración de revistas ilustradas: Siglo XIX, No me olvides, El Panorama, etc. El Observatorio Pintoresco (1837) fue dirigido por Basilio Sebastián Castellanos de Losada (1807-1891), autor serio y ponderado cuando la ocasión le era propicia, pero también jocoso y con humor desenfadado si la situación le era favorable. Sus artículos, firmados con el seudónimo El Tío Pilili, son una prueba evidente de este tipo de escrito festivo. En El Observatorio colaboraron autores de indudable filiación costumbrista, como Serafín Estébanez Calderón (1799-1867), y poetas que gozaron en su época de un éxito poco común, como Augusto Ferrán (1830-1880). El Museo de las Familias (1843-1867), creado por Francisco de Paula Mellado a semejanza del Musée des Familles, fue una miscelánea de lecturas que sufrió mucho ante la presencia del Semanario dirigido por Fernández de los Ríos a partir de 1846, el cual fundó en Madrid en 1849 La Ilustración (periódico universal). Como sus hermanas inglesa (1842) y francesa (1843), su propósito era dar cuenta de la actualidad con el texto y el grabado (500 grabados en 1849, 650 en 1850). Se inicia así una larga serie de Ilustraciones que culminará en 1869 con la prestigiosa La Ilustración Española y Americana (1869-1921) de Abelardo de Carlos (1822-1884). Esta revista de consumo ostentoso de la clase burguesa, que anunció 2.000 suscriptores en pocos meses, llevaba como subtítulo «Revista de Bellas Artes, Literatura y Actualidades». Allí se publicaron novelas en serie como Amor y amores de Fernanflor (1888) o Doña Berta de Clarín (1891). Dedicaba también sus páginas a difundir la ciencia, las artes, los conocimientos útiles, al mismo tiempo que la actualidad, magníficamente ilustrada por Pellicer, Fortuny, Ortego, Perea, etc. En la última década del siglo, Blanco y Negro (1891), revista literaria, informativa y recreativa de mucho éxito, compitió a partir de 1894 con otra excelente revista, Nuevo Mundo, fundada por José del Perojo (1852-1908).

Otras revistas ilustradas proponían esencialmente lecturas amenas para toda la familia. Una de las mejores y de más larga vida fue El Periódico para Todos (1872-1883) creado por tres célebres folletinistas: Manuel Fernández y González (1821-1888), Torcuato Tárrago y Mateos (1822-1889) y Ramón Ortega y Frías (1825-1883). Cada entrega semanal de 16 páginas contenía tres novelas por lo menos, originales y no de «extranjero sabor», y varias secciones de viajes, cuentos, relatos históricos, causas célebres y pasatiempos (Cazottes, 1981).

Entre las revistas culturales que encarnan el espíritu de la época, a las que se suscribía la burguesía más que la aristocracia, las más destacadas fueron la Revista de España, fundada por José Luis Albareda (1828-1897) en 1868, la Revista Europea (1874-1880), dirigida por Ricardo Medina y Palacio Valdés, la Revista Contemporánea (1875-1907) de José del Perojo (1852-1908) (Paz, 1950) donde colaboran Amós Escalante (1831-1902), Pereda y Campoamor. La Revista Moderna, en la que escriben Manuel del Palacio (1832-1906), Ramón de Campoamor, Antonio Fernández Grilo (1845-1906), Salvador Rueda (1857-1933), etc., y publica Galdós algunos capítulos de su novela Misericordia. La España Moderna (1889-1914) de José Lázaro Galdiano (1862-1947) quiso ser más tarde lo que la Revue des deux Mondes era para Francia (Villapadierna, 1986): divulgó a Tolstoi, Turgeniev, Ibsen, e incluyó escritos de Valera, Pardo Bazán, Galdós, Clarín o Unamuno, que adelantó allí en artículos su libro En torno al casticismo (1894).

La prensa femenina, que al principio no se diferenció de la prensa literaria sino por una sección de modas, tuvo una vida precaria en sus primeros años. El Periódico de las Damas (1822) dejó de publicarse después de seis meses de existencia por no haber llegado a 200 suscriptoras. Hasta la década de los cuarenta, esta prensa no fue más que un eco del movimiento romántico. Salieron en Madrid La Espigadera (1837), La Mariposa (1839), El Tocador (1844); en Valencia, La Psiquis (1840); en La Coruña, El Iris del Bello Sexo (1841). En 1842, Francisco Flores Arenas (1801-1877) creó en Cádiz La Moda, titulada en 1863 La Moda Elegante Ilustrada, que se publicó en Madrid a partir de 1870. De gran aceptación, este periódico de señoras y señoritas, que contenía «los últimos figurines iluminados de la moda de París, patrones de tamaño natural, modelos de trabajo a la aguja, crochet, tapicerías en colores, novelas, crónicas, bellas artes, música...» fue, con La Guirnalda (1867) y Correo de la Moda, una de las revistas femeninas de más larga duración. Esta, que se llamó primero Ellas en 1851, anuncia la prensa feminista con sus reivindicaciones del derecho de la mujer a la instrucción y al acceso a todas las labores. Unos años antes habían surgido en Barcelona El Pensil del Bello Sexo (1845) y La Madre de Familia (1846), que difundían ideas fourieristas en la defensa de la mujer como «ser social» (Marrades & Perinat, 1980, pág. 329). Con más o menos atrevimiento, debido al miedo de la burguesía a todo cambio, en la mayoría de las revistas posteriores la profusión de artículos que tratan de la instrucción y emancipación de la mujer pone de manifiesto su deseo de romper los moldes tradicionales para superar el papel de madre y esposa sumisa. Varias escritoras fueron activas directoras de estas revistas: Ángela Grassi (1823-1883) y Joaquina García Balmaseda (1837-1893) dirigieron el Correo de la Moda; Faustina Sáez de Melgar (1834-1895), La Mujer (1871); Sofía Tartilán († 1888), La Ilustración de la Mujer (1873), Pilar Sinués de Marco (1835-1893), Flores y Perlas (1883), etc. (Roig Castellanos, 1977).

A partir de los años cuarenta, el público juvenil dispone de revistas específicas5: El Amigo de la Niñez (1840), El Amigo de la Juventud (1841), El Museo de los Niños (1842), etc., que se vieron enfrentadas a lo largo del siglo con grandes dificultades por causa de las pocas suscripciones y de la falta de costumbre de escribir para los jóvenes. Entre las mejores publicaciones destacan Los Niños (1870-1877) de Carlos Frontaura (1835-1910), La Niñez (1879-1882) de Manuel Ossorio y Bernard (1831-1904) y La Ilustración de los Niños (1878-1883) de José Novi y Pereda. Más de educación que de recreo, estas revistas, de tono doctoral y moralizador para agradar a los padres de familia, contribuyeron con los textos y las ilustraciones a integrar a los infantiles lectores en el conservadurismo de la clase burguesa (Cazottes, 1987).




Prensa satírica y diccionarios burlescos

La situación sociopolítica de España dio impulso a una prensa satírica tanto más virulenta cuanto que gozó de mayor libertad, y cuyos lectores se encontraron sobre todo en la clase media. Se inicia en 1812 con La Abeja Española de Cádiz, trasladada luego a Madrid.

Aunque alcanzaron menor difusión, los diccionarios burlescos constituyen un interesante subgénero menor de literatura política y costumbrista. Se trata de obras de circunstancias, como señala Pedro Álvarez de Miranda, «que sólo sirvieron entonces para enconar aún más el enfrentamiento ideológico y la acalorada discusión sobre ciertas voces y conceptos. Pero precisamente por ello conservan hoy, para quien desde la historia política y social se aproxime a ellas, la fuerza del testimonio vivo, el interés que se deriva de su peculiar modo de registrar aquellas tensiones» (1984, pág. 163). Por ello el diccionario burlesco reflejará con especial detenimiento el léxico político y los diversos comportamientos sociales de una determinada época.

Bartolomé José Gallardo (1776-1852) es, sin lugar a dudas, uno de los escritores más representativos de este subgénero literario. Se dio a conocer en la prensa española como uno de los periodistas más incisivos y mordaces. En septiembre de 1812 fundó La Abeja Española (Rodríguez Moñino, 1965), publicación que atacó con virulencia musitada a la Inquisición. Gallardo colaboró en numerosas publicaciones de corte festivo y su nombre o seudónimo -El bachiller Justo Encina, Dómine Lucas, Lucas Correa de Lebrija y Brozas...- solía ser habitual en no pocas revistas de idéntico cuño. En 1811 publicó un Diccionario crítico burlesco del que se titula Diccionario razonado manual. Para inteligencia de ciertos escritores que por equivocación han nacido en España. La obra que ataca Gallardo -publicada en Cádiz, Imprenta del Estado Mayor General- se atribuye a los diputados Manuel Freire de Castrillón y Justo Pastor Pérez.

El Diccionario de Gallardo propició nuevas publicaciones de idéntico corte y significado. Así, en 1813 Francisco Aragonés (1764-1837) publicó un Diccionario crítico-serio en contraposición al Burlesco. El autor manifiesta su oposición a Gallardo, alineándose ideológicamente con el Diccionario razonado. De gran interés es también el Diccionario de las gentes del mundo para uso de la corte y de la aldea, escrito en francés por un joven eremita. Traducido al castellano y aumentado con muchas voces por tres amigos, publicado en Madrid, en 1820. Los traductores, que presentan la obra como un «curso de moral política», muestran su inclinación hacia un tipo de liberalismo moderado, e intentan «atemperar el anticlericalismo del original francés y comparten con él un enjuiciamiento a la vez severo y escéptico de la moral pública y de las relaciones sociales» (Álvarez de Miranda, 1984, pág. 159).

En una línea más acorde con el género costumbrista estaría el folleto titulado Diccionario de los flamantes. Obra útil a todos los que la compren. Por Sir Satsbú (Barcelona, 1829), anagrama que encubre al periodista catalán Faustino Bastús (1799-1873). Fue plagiada por un tal El-Modhafer en 1843, fecha en la que se publica un nuevo diccionario político titulado Diccionario explicativo de los nuevos vocablos y acepciones que han introducido en el habla vulgar de nuestra patria las banderías políticas. Sin embargo, el diccionario de mayor relevancia en este preciso campo del léxico político es el Diccionario de los políticos, o verdadero sentido de las voces y frases más usuales entre los mismos, escrito para divertimento de los que ya lo han sido y enseñanza de los que aún quieren serlo, publicado en 1855. Allí se recoge un copioso material léxico relacionado con la política de la primera mitad del siglo XIX.

Destaca como figura representativa de ese tipo de periodismo satírico Sebastián Miñano (1799-1845), clérigo de ideas avanzadas que colaboró en un periódico, El Censor, considerado como una publicación de gran relevancia en los anales del costumbrismo. El periódico vivió en el Trienio Liberal -desde el 5 de agosto de 1820 hasta el 13 de julio de 1822- y en sus páginas se aunaron la sátira política y el artículo puramente literario. Gracias a este intervalo constitucional pudo publicar sus Cartas del madrileño y en Madrid, 1820, dos series bajo el título general de Lamentos políticos de un pobrecito holgazán que estaba acostumbrado a vivir a costa ajena y Cartas de Don Justo Balanza a un Pobrecito Hablador.

Los Lamentos constituyen la serie más interesante de este corpus literario, cuya principal atracción es la diatriba política. La beligerancia en este preciso campo es una nota esencial del XIX, un siglo dividido en facciones e inmerso en una crisis constitucional. El conjunto total de los Lamentos muestra una clara intención satírica; sin embargo, el recurso literario utilizado es más bien propio del siglo XVIII. De ilustre tradición literaria es el ardid periodístico de crear corresponsales ficticios, gracias a los cuales el autor puede analizar desde diversas perspectivas un determinado comportamiento social. Tanto su actitud como los procedimientos literarios utilizados por Miñano posibilitaron el acercamiento entre este autor y Mariano José de Larra (1809-1837). La sátira política de Miñano queda, sin embargo, muy lejos del costumbrismo propiciado por los maestros del género. Los diez lamentos de que consta la serie suponen una beligerancia política infrecuente.

Durante el Trienio Liberal El Zurriago (1821)6 fue un modelo de prensa exaltada que dirigió sus «zurriagazos» contra toda moderación. A su imitación vieron la luz La Zurriaga, El Zurriagazo, El Garrote, El Garrotazo y otros muchos periódicos combativos y de vida azarosa. En 1828, en pleno período absolutista, Larra inicia un nuevo periodismo costumbrista con El Duende Satírico del Día, en cuyos cinco números dejó correr su pluma crítica. En la década de los treinta, el periodismo satírico entra en un ciclo de expansión. Sobresale Fray Gerundio de Modesto Lafuente (1806-1866), primero en León en 1837 y luego en Madrid a partir de 1838, con las acertadas charlas de un fraile con su lego Tirabeque. En los años cuarenta descuellan las publicaciones de Wenceslao Ayguals de Izco (1801-1873), ayudado por su fiel colaborador Juan Martínez Villergas (1817-1894): Guindilla (1842-1843), La Risa (1843), El Dómine Lucas (1844), El Fandango (1844). En Barcelona destaca El Papagayo (1842-1844; Bozal, 1979).

Uno de los periódicos más significativos y populares fue Fray Gerundio (1837-1842). Para que los ejemplares de Fray Gerundio no desentonasen con la formación eclesiástica de su protagonista, Lafuente los llamó capilladas, imprimiendo en León hasta un total de 52. Trasladado a Madrid, su autor hizo una vez más gala de un fino humor e ironía mordaz, arremetiendo contra la venalidad de los políticos y representantes gubernamentales en general. Escrito íntegramente por él, muchos de los artículos del periódico están redactados en forma dialogada. Por un lado presenta al personaje Fray Gerundio, teologista, dogmatizador, avieso en sus juicios y, en muchas ocasiones, irreverente; por otro, el lego Pelegrín Tirabeque que bajo capa de una ingenua ignorancia alardea de una malignidad astuta e intencionada. Fray Gerundio gusta de la ironía y no prescinde del chiste fácil y chocarrero. En los medios periodísticos de la época se le comparó con Don Quijote, mientras que el ladino Tirabeque era equiparado a Sancho Panza. Mientras Tirabeque habla de la España defectuosa que conoce, Fray Gerundio lo hace de la España intachable que quisiera conocer. De ahí que lo mejor de su sátira y lo más cruel de su ironía se dirija hacia las corruptelas políticas, únicas causantes del atraso e ingobernabilidad de España. El periódico dejó de publicarse durante la regencia del general Espartero, a causa de los incidentes protagonizados por Juan Prim, diputado a la sazón por Tarragona, y el propio Modesto Lafuente.

No menos procaz e incisivo fue un periódico ya citado con anterioridad: El Guirigay. De todas sus secciones, la más punzante y atrevida fue la titulada Cencerrada, escrita por Ibrahím Clarete, seudónimo tras el que se ocultaba Luis González Bravo (1811-1871). Las Cencerradas estaban redactadas en forma de diálogo entre dos supuestos personajes. Sus ataques contra los representantes políticos pueblan las páginas de esta publicación. Por ejemplo, en la Cencerrada del 13 de marzo de 1839 se lee lo siguiente: «¡Matar a un ministro! Es casi tanto como poner el dedo en la llaga. Matar a un ministro legalmente, en el garrote, verbigracia, es el bello ideal de la justicia humana». No menos agresiva es la Cencerrada del 27 de abril del mismo año, referida también a los ministros del Gobierno: «¿Quiénes son los ministros? Son seis hombres nulos, heterogéneos, cobardes, absolutistas, que en virtud de una orden contraria a la ley mandan contra la voluntad de la nación [...] Verdugos voluntarios que mensualmente cuentan el oro del pueblo y se lo embolsan como galardón de los asesinatos que mensualmente se perpetran por su ignorancia y tenacidad en no dejar las poltronas; como el verdugo, los ministros comen con el dinero del pueblo; como el verdugo, los ministros son odiados por el pueblo». La veta satírica iniciada en el Trienio Liberal encuentra a mediados del siglo XIX feliz continuación. El periódico se convierte en un medio festivo que sirve de trampolín a numerosos escritores noveles que querían destacar en un tipo de periodismo mordaz y agresivo no ajeno a la política. Son publicaciones que se suceden a un ritmo vertiginoso y que con la misma celeridad mueren.

El más claro ejemplo de este periodismo hermanado por las coincidencias ideológicas se encuentra en El Fandango (1844-1845), publicación procaz e insolente que atacó con dureza inusitada a los eclesiásticos. La xenofobia fue también un rasgo peculiar de sus colaboradores, hábiles maestros en la composición de epigramas en los que se censuraban las actitudes y comportamientos de franceses e ingleses. El mismo Martínez Villergas, conocido también con los seudónimos El Tío Camorra y Antón Perulero, redactó y dirigió numerosísimas publicaciones de marcado matiz satírico y festivo, como El Burro (1845-1846), El Tío Camorra (1847-1848), Don Circunstancias (1848-1849), El Moro Muza (1862), Jeremías (1866-1869).

Al comienzo de la segunda mitad del siglo, apareció El Padre Cobos (1854-1856), periódico satírico de suma importancia en los anales de este tipo de periodismo. Su director, don Cándido Nocedal (1821-1885), combatió duramente y con no poca agresividad a los dos prohombres del Bienio Progresista, Baldomero Espartero y Leopoldo O'Donnell. La redacción de El Padre Cobos estuvo formada por Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Ceferino Suárez Bravo (1825-1896), Eduardo González Pedroso (1822-1862), Adelardo López de Ayala (1828-1879), José de Selgas y Carrasco (1822-1882), Emilio Arrieta (1823-1894) y José M.ª de Goizueta (1816-1884). Los artículos y diversas secciones que figuran en el periódico aparecen sin firma. En el número 2, de 1 de octubre de 1854, se recoge en la primera página una serie de interrogantes emitida por el público sobre la autoría de los artículos de El Padre Cobos. El periódico, con aire socarrón y desenfadado, oculta el nombre de sus redactores. Su aparición en los medios periodísticos se debe, según aquéllos, «a que todo está patas arriba, todo anda descarrilado, nada está en su puesto, y muy en particular la literatura y las artes». En esta profesión de fe observamos las intenciones del equipo de redacción, su misión en este momento específico de la vida española, lanzar diatribas a diestro y siniestro con un estilo zumbón y jocoso. En sus páginas no observamos la sátira soez o grosera, ni el chiste procaz u obsceno. Su estilo, aunque mordaz, no será nunca chocarrero. En un principio sus ataques iban dirigidos contra los medios literarios, sólo ocasionalmente contra la clase política; sin embargo, a partir del 3 de diciembre de 1854, año I, número 11, aparece en la portada un aviso a los suscriptores en el que se indica que la publicación sale a partir de entonces «con hábito político, aunque algunos digan que ya lo usaba antes, lo cual es una calumnia que mi castidad somete al fallo de la opinión privada -que no ha de ser todo público- y entrega el voto particular de sus suscriptores; porque los particulares está visto que valen mucho más que los generales, aunque los últimos cuesten más caros. Con esto y con algunas gotas de agua bendita para tormento de los malos y tortura de los tontos, pone las manos en la masa, esto es, el dedo en la llaga, que masa es, y llaga tiene eso que se llama la gestión o el agio de la cosa pública».

El Padre Cobos ridiculizó al partido progresista, y especialmente a Espartero y O'Donnell. La sección del periódico conocida con el nombre de «Indirectas» atacó duramente a políticos, oradores, escritores y a todo ser humano que contraviniera las sanas intenciones del periódico, al igual que la sección titulada «Anuncios». La frase lapidaria y el estilo conciso de párrafo breve definían desde una perspectiva grotesca y ridícula a la persona que estaba en el punto de mira de los redactores del periódico.

En los años que precedieron a la Septembrina o Revolución del 68 aparece un auténtico aluvión de publicaciones satíricas y festivas. Desde la llamada «era de O'Donnell» hasta el destronamiento de Isabel II, la prensa esgrime sus armas desde una perspectiva satírica y cómica, en ocasiones, y de singular virulencia en la mayoría de los casos. El matiz revolucionario suele emerger con cierta frecuencia en esta época, como en el periódico El Látigo (1854-1855), dirigido por Antonio Ribot y Fontseré (1813-1871) en un principio y más tarde por el conocido novelista Pedro A. de Alarcón. Desde sus páginas, y bajo los seudónimos El Zagal y El Hijo Pródigo, Alarcón arremetió con feroz virulencia contra la religión, la monarquía y el partido conservador. A raíz del conocido lance con Heriberto García de Quevedo (1819-1871), defensor público de la reina Isabel II a través de las páginas de La Época, Alarcón fue retado a duelo por injurias a la reina. El escritor pudo salvar la vida gracias a la generosidad de Heriberto García, consumado duelista que prefirió no darle muerte. Este conocido episodio, tal como lo comentó en reiteradas ocasiones Alarcón, puso punto final a sus colaboraciones plagadas de difamaciones y calumnias, limitándose desde entonces a escribir artículos de crítica y de literatura. Por estas fechas se publicaron periódicos de muy corta duración, al igual que en el Trienio Liberal. Publicaciones que duraban semanas o a lo sumo escasos meses, como El Eco de las Barricadas, El Tío Crispín, Fray Tinieblas, Pero-Grullo, La Zambomba, El Sainete, El Charlatán, El Paleto, El Diablo Verde, La Malva, La Batuta, El Bombo, El Pito... De todo este mosaico periodístico se podría destacar Gil Blas (1864-1872), asaz venenoso e irrespetuoso con las autoridades eclesiásticas y políticas. Su fundador, Luis Rivera (1826-1872), antimonárquico y liberal, consiguió reunir a un grupo de incisivos e ingeniosos periodistas, como Roberto Robert -colector de la colección costumbrista Las españolas pintadas por los españoles-, Manuel del Palacio (1832-1906), Eusebio Blasco (1844-1903), Eduardo Saco (1831-1898), Antón Sánchez Pérez (1838-1912) y Federico Balart (1831-1905), que satirizaron hasta la saciedad a Narváez, González Bravo y O'Donnell. En las páginas del Gil Blas aparecieron las firmas de los más célebres ilustradores y caricaturistas de la época, como Perea, Ortego, Pellicer y Urrabieta. Por regla general la prensa satírica de esta época -como en el caso de El Mosquito, El Cascabel y el mismo Gil Blas- arremetió contra los personajes más afamados del momento, desde figurones, lechuginos o petimetres políticos hasta damas o damiselas de dudosa reputación. De toda esta galería destaca la figura de la reina Isabel II, dibujada en estos periódicos como hembra de trapío, oronda, redonda y con la corona torcida sobre la frente. A su lado solían figurar los favoritos -el barítono Obregón, Marfori...- y el rey Francisco, conocido por el remoquete de Doña Paquita o Pastaflora. Don Francisco de Asís aparecía acompañado de su fiel amigo Ramos de Meneses, su barbero de antaño, que más tarde sería recompensado con el ducado de Baños. No menos mordaces y festivas son las caricaturas de la famosa sor Patrocinio, siempre con sus llagas y aire compungido, o los padres Claret, Fulgencio y Cirilo de Alameda, dibujados siempre con los ojos brillantes, el vientre caído, los hábitos remangados y en las manos una botella, unas castañuelas o unas disciplinas flageladoras. Con igual tonalidad aparecen descritos los políticos, así por ejemplo Narváez figura siempre con tufos sobre las orejas, sombrero calañés y espadón. A Castelar se le describe habitualmente con un enorme abdomen, gran bigote y gorro frigio; Sagasta aparece con un grandísimo tupé.

El periodismo mordaz y agresivo encuentra feliz acogida durante los años que precedieron y siguieron a la Septembrina. Papeles festivos, hojas sueltas, folletos, revistas que atacaban con virulencia inusitada los sucesivos cambios ministeriales. La prensa de este período es una discusión partidista de los intereses del Estado. De esta forma surgen publicaciones anarquistas y republicano-federales destinadas a la censura y ridiculización de las Cortes y del Gobierno. Por ejemplo, el periódico satírico La Gorda, de dudosa intención y que exageraba la actitud revolucionaria para que reaccionasen los conservadores. Escrito con ingenio y gracia, fue de menos aviesa intención que su antónimo en el título, La Flaca. El periódico satírico-político que más larga existencia tuvo en Madrid fue El Cencerro (1870-1912), fundado por el comandante Luis Corsini. El Cencerro atacó a los eclesiásticos y su popularidad se debió, entre otros aspectos, a la publicidad empleada para vender ejemplares: era condición sine qua non que el vendedor tuviera grandes barbas, blusa anudada a la cintura, pañuelo rojo en el cuello y un gran cencerro en la mano, que hacía sonar con estridencia para anunciar la publicación; tales vendedores eran conocidos con el nombre de petroleros.

En este variopinto mundo de la prensa festiva y satírica no faltan periódicos que se anunciaban con no poco ingenio, como la revista fundada por Adolfo Llanos Alcaraz, titulada ¡A la una! (1869), que según iban saliendo números tomaba sucesivamente distintos títulos horarios: ¡A las dos!, ¡A las dos y cuarto!, ¡A las dos y media!, ¡¡¡A las tres menos un minuto!!!, hasta llegar a la denominación ¡A las tres menos treinta segundos! La misión de todas estas publicaciones era la censura desde una perspectiva jocosa, de ahí que todo partido político esgrimiera sus armas a través de estas revistas. La sátira contra la monarquía o el Gobierno solía ser el principal contenido. No faltan en esta galería de periódicos los de clara tendencia carlista, conscientes sus colaboradores de que el momento histórico les era propicio. Frente a los semanarios carlistas de la llamada tendencia seria -Altar y Trono (1869-1871)- aparecen otros periódicos satíricos de indudable filiación carlista, como El Papelito (1868-1871), Rigoleto (1869-1872), El Gato (1868) y El Pendón Español (1870).

Desde la Revolución de Septiembre y la regencia de Serrano hasta la Primera República y Restauración de la monarquía borbónica, la prensa satírica conoce períodos de dispar contenido y enfoque. Ante la virulencia y agresividad de las primeras décadas del período isabelino, observamos en el último tercio del siglo XIX un tipo de prensa igualmente agresiva. El humor rezuma en muchos títulos de periódicos -El Ganso, La Seca, El Capitán Araña, El Tío Porra, Los Vampiros, El Tío Forra-Gaitas, El Mono Rey, El Llorón, Juan Palomo...-; sin embargo, en las últimas décadas la periodicidad y número de títulos es inferior al de épocas anteriores. Aún así en la Restauración aparecen periódicos de marcado matiz satírico, como El Duende (1876-1878), El Buñuelo (1880), Crónica del Sable (1882), El Clarín (1883), ¡Verán Ustedes! (1885), El Chichinguaco (1886), El Matute (1890), El Tío Verdades (1892), Gedeón (1895-1915)..., publicaciones preocupadas más por la sátira política que por otros aspectos de la vida cotidiana.

El modelo fue Madrid Cómico (1883-1897) de Sinesio Delgado (1859-1928), que proponía los «paliques» de Clarín, la chistosa crónica de Taboada y la gracia de los dibujos de Cilla.





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