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El Buscapié

Opúsculo inédito
que en defensa de la primera parte
del Quijote
escribió
Miguel de Cervantes Saavedra.


Publicado con notas históricas, críticas
y bibliográficas
por Don Adolfo de Castro


[R. M.]
Cádiz.
Imprenta, librería y litografía de la Revista Médica,
a cargo de D. Juan B. de Gaona,
Plaza de la Constitución. 11.
1848.

Real orden sobre la propiedad literaria del Buscapié

Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras públicas.- Instrucción.- He dado cuenta a la Reina (Q. D. G.) de una instancia de don Adolfo de Castro, vecino de esa ciudad, en solicitud de que se declare de su propiedad la obra que ha empezado a publicar, titulada El Buscapié, que compuso el célebre escritor Miguel de Cervantes Saavedra; y en su vista se ha servido S. M. resolver que, siendo dicho interesado legítimo poseedor del códice de que se trata y dándolo a la prensa, se halla declarado propietario de él por la ley y goza de este derecho sin necesidad de otra declaración alguna. De Real orden lo digo a V. S. para su inteligencia y conocimiento. Dios guarde a V. S. muchos años. Madrid, 23 de noviembre de 1847.- Bravo Murillo.- Sr. Jefe Político de Cádiz.




Prólogo del editor

El ms. del Buscapié, que la casualidad ha puesto en mis manos, es de letra de fines del siglo XVI o principios del XVII, y lleva este título:

«El muy donoso librillo llamado
Buscapié,
donde, demás de su mucha y excelente
dotrina, van declaradas
todas aquellas cosas escondidas y no
declaradas en el ingenioso hidalgo
D. Quijote de la Mancha,
que compuso
un tal de Cervantes Saavedra»

Y de la propia mano se ven escritas luego estas palabras:

«Copióse de otra copia el año de 1606, en Madrid, 27 de ebrero año dicho. Para el señor Agustín de Argote, hijo del muy noble señor (que sancta gloria haya) Gonzalo Zatieco de Molina, un caballero de Sevilla».

Después se lee lo siguiente, en letra, al parecer, de principios del siglo XVIII: «Da Livreria do Senhor duque de Lâfoes», título de Portugal.

Cómo salió el ms. de la librería de este señor, y cómo vino a España, no lo sé. El modo con que ha llegado a mi poder es como sigue. No ha tres meses que de la ciudad de San Fernando fueron traídos a la de Cádiz muchos libros para ser vendidos públicamente, los cuales habían pertenecido a un abogado llamado don Pascual de Gándara, hombre curioso, aunque no de muy buen gusto literario, según demostraba su biblioteca, donde entre ediciones antiquísimas de los Santos Padres, y de los autores de la antigüedad griega y latina, y de los que escribieron en el Siglo de Oro de las letras en España, había gran cantidad de obras jesuíticas, vidas de santos, tratados de teología y otros libros escritos todos en el siglo XVII, y en los cuales está compendiado cuanto pudo inventar la extravagancia de unos hombres que parecían abandonados de las ciencias y aun de la racionalidad. Entre estos libros, pues, encontré el ms. del Buscapié de Cervantes.

D. Vicente de los Ríos, en la vida de este escritor, dice lo siguiente: «Conociendo que el Quijote era leído de los que no le entendían, y que no le leían los que podían entenderle, procuró excitar la atención de todos, publicando el Buscapié. En esta obrita, que se imprimió anónima, y es extremadamente rara, hizo una aparente y graciosa crítica del Quijote, insinuando que era una sátira fina y paliada de varias personas muy conocidas y principales; pero sin descubrir ni manifestar aun por los más leves indicios ninguna de ellas. Crítica discretísimamente manejada con la cual dio tanto crédito y reputación al Quijote y picó la credulidad del público, de modo que todos le buscaban y leían a porfía, creyendo descubrir claramente en su lectura los objetos de la sátira que insinuaba el Buscapié».

También se dice que en este librillo se burlaba Cervantes del emperador Carlos V y del duque de Lerma, valido de Felipe III, diciendo que el Quijote era una sátira dirigida contra ellos.

Pero esto es falso. Cervantes, con pequeñas excepciones, nunca señaló en sus escritos satíricos persona alguna. Él mismo dice en su Viaje del Parnaso:


Nunca voló la humilde pluma mía
por la región satírica, bajeza
que a infames premios y desgracias guía.



No era Cervantes como el conde de Villamediana, autor de tantos versos burlescos contra el duque de Lerma, fray Luis de Aliaga y el conde duque de Olivares, y hombre en fin que ni aun respetaba la desgracia, pues el día mismo en que cayó de la privanza el de Lerma y se vistió éste la púrpura cardenalicia, puso un pasquín por las calles de la Corte, en el cual se leían estos versos:


Para no morir ahorcado,
el mayor ladrón de España
se vistió de colorado.



Sátiras que al fin pagó con la vida, aunque otros atribuyen este suceso a otras causas.

No fue Cervantes como Quevedo, que se atrevió a enviar al rey Felipe IV aquella glosa del Padrenuestro que comienza así:


Filipo, que el mundo aclama
rey del infiel temido,
despierta, que por dormido
nadie te teme ni ama:
despierta, oh rey, que la fama
en todo el orbe pregona
que es de león tu corona,
y es tu dormir de lirón.
Mira que la adulación
te llama con fin siniestro
PADRE NUESTRO.



Obra que le costó perder la libertad por algunos años, y estar reducido a la estrechez de un calabozo.

Si Cervantes jamás escribió contra determinadas personas, ¿cómo habría de dirigir su D. Quijote contra la memoria de Carlos V, a quien él tanto elogia en casi todos sus escritos, y contra el duque de Lerma, que entonces tenía toda la privanza de Felipe III?

Ésta es una de aquellas noticias que no tienen más fundamento que la opinión del vulgo.

Además, Cervantes no necesitaba llamar la atención de los españoles hacia su obra inmortal. En el mismo año en que salió por primera vez a la luz pública el Quijote, se hicieron otras ediciones: prueba clara de que no fue este libro despreciado como se dice; y por tanto, de que era inútil publicar el Buscapié para este objeto.

Pero no es el Buscapié lo que nos han dicho. El Buscapié es una defensa del Quijote contra las censuras que dirigían a esta obra muchas personas que tenían reputación de doctas.

Cervantes, en la primera parte del Quijote, previno la censura que pudieran hacerle por haber pintado un hombre tan loco que, creyendo ciertos los hechos de los caballeros andantes, había salido por el mundo a caza de aventuras (véase el cap. 49); oponiendo a los argumentos que le hacía el canónigo, los guerreros españoles que se ejercitaron en el oficio de la caballería andante.

Pero todo fue en vano, porque hubo muchos murmuradores de la obra. A uno de éstos quiso censurar Cervantes en la persona de aquel eclesiástico que introduce en la segunda parte del Quijote cuando dice:

El eclesiástico que oyó decir de gigantes, de follones y de encantos, cayó en la cuenta de que aquél debía de ser D. Quijote de la Mancha, cuya historia leía el duque de ordinario y él se lo había reprendido muchas veces, diciéndole que era disparate leer tales disparates; y enterándose ser verdad lo que sospechaba, con mucha cólera hablando con el duque le dijo:

-Vuestra Excelencia, señor mío, tiene que dar cuenta a Nuestro Señor de lo que hace este buen hombre. Este D. Quijote, o don tonto o como se llama, imagino yo que no debe de ser tan mentecato como Vuestra Excelencia quiere que sea, dándole ocasiones a la mano para que lleve adelante sus sandeces y vaciedades.

Y volviendo la plática a D. Quijote, le dijo:

-Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha encajado en el celebro que sois caballero andante y que vencéis gigantes y prendéis malandrines? Andad en hora buena y en tal se os diga. Volveos a vuestra casa y dejad de andar vagando por el mundo, papando viento, y dando que reír a cuantos os conocen y no conocen. ¿En dónde nora tal habéis vos hallado que hubo ni hay ahora caballeros andantes?



No falta quien diga que este eclesiástico, o religioso como otras veces lo llama Cervantes, era fray Luis de Aliaga, comensal entonces del duque de Béjar, y confesor luego del rey Felipe III: que ésta fue una aventura que le sucedió cuando fue Cervantes a pedir la venia al duque para dedicarle este libro; y que de resultas de este altercado quedaron muy enemigos Cervantes y Aliaga. Aliaga, por vengarse y poseído de una extraordinaria envidia, escribió y publicó la segunda parte del Quijote, encubierto con el nombre de Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda: cosa que confirma también ser Aliaga autor de una obrilla impresa, aunque sin el nombre de su verdadero autor, en el tomo 6.º del Semanario Erudito, la cual lleva por título Venganza de la lengua española contra el autor del «Cuento de cuentos», por don Juan Alonso Laureles, caballero del hábito y peón de costumbres, aragonés liso y llano, y castellano revuelto. Propone en él a Lope por modelo, llamándole Cisne, y da en rostro a Quevedo con sus defectos personales, como la cortedad de su vista y lo largo de sus pies. Es libro tan sin gracia y tan mal escrito como el Quijote que publicó Aliaga con el nombre de Avellaneda.

Ofendido Cervantes con los injustos reprensores de su libro, escribió, el mismo año de 1605 en que salió a luz el Quijote, una obrita intitulada Buscapié, la cual pensó imprimir según se ve por las aprobaciones del doctor Gutierre de Cetina y de Tomás Gracián Dantisco. Pero no logró los honores de la estampa, porque si no, en el año siguiente de 1606, no se hubiera sacado de otra copia una copia para el señor Agustín Argote, hijo primogénito del célebre Gonzalo Zatieco (o Argote) de Molina.

La obra es de Cervantes, porque así lo dice su estilo y el ingenio con que está escrita. Toda ella está llena de chistes y es una de las que más honran el gracejo español; porque también es una de las mejores que han salido de la pluma de Cervantes. El diálogo es excelente; y no sé si diga que aun mejor que el que usó Cervantes en otros de sus escritos.

Yo, pues, deseoso de sacar del olvido esta preciosísima obra tan buscada de los eruditos, y creyendo que es una de las que más honor hacen al nombre de Miguel de Cervantes Saavedra, y aun a la Literatura Española, he determinado publicarla.

Por las frecuentes alusiones que hace a cosas de su tiempo, me ha parecido oportuno ponerle muchas y largas notas históricas, críticas y bibliográficas. También la he dividido en párrafos para que sea de más agradable lectura, porque estaba en sólo uno.

Hablando el muy docto filólogo español don Bartolomé José Gallardo de otra obra de Cervantes, que se ha publicado también en el presente siglo, dice: «Basta tener ojos en la cara para reconocer la mano de este gran pintor de la naturaleza en el rasgo más descuidado de su pincel vivaz. ¿Con cuáles podrán confundirse las líneas de Apeles? No hace pues falta alguna, para acreditar que Cervantes hizo este cuadro moral de la humana flaqueza, el Cervantes fecit».

Lo mismo podemos decir del Buscapié. A más de la común opinión de que Cervantes fue su autor, él mismo se declara por tal en toda la obra: y aunque nada de esto hubiera, su ingenio, su invención, su estilo y su gracejo están aquí declarados tan al vivo, que a nadie pueden ser encubiertos, con tal que haya leído cualquiera de sus obras, y especialmente su Adjunta al Parnaso, que es en todo igual a esta Adjunta al D. Quijote.




ArribaAbajo[Preliminares]

El muy donoso librillo
llamado
Buscapié,
donde, demás de su mucha y excelente dotrina
van declaradas todas aquellas cosas escondidas y no declaradas
en el ingenioso hidalgo
D. Quijote de la Mancha,
que compuso
un tal de Cervantes Saavedra




Aprobación

Por mandado de los señores del Consejo, he visto el muy donoso librillo, llamado Buscapié, donde demás de su mucha erudición y excelente dotrina, se declaran aquellas cosas escondidas y no declaradas en el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha; y atento a que el libro es de mucho ingenio y que puede ser muy de provecho para los que tienen el celebro lleno de mil locuras y vanidades de las que andan por los libros de caballerías, y no tener además cosa contra la fe ni buenas costumbres, creo que no tiene inconveniente el imprimirse y se le podrá dar a Miguel de Cervantes, vecino de Valladolid, licencia para ello, porque así resultará en público beneficio.

En Madrid, a veinte y siete de junio de mil y seiscientos y cinco años.

Dr. Gutierre de Cetina.




Aprobación

Por mandado de V. A., he visto un librillo que su autor quiso llamar Buscapié, en el cual se declaran algunas cosas escondidas en la Primera parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha; y digo que en lo dulce del estilo y en lo apacible de sus donaires y en lo excelente de su mucha dotrina, será útil y provechoso para los que quisieren desterrar del mundo la vana lección de los libros de caballerías. Y así, me parece que siendo V. A. dello servido, se le podrá dar a su autor la licencia y privilegio que pide para estampar este libro; que estoy seguro que cuando salga en público, a todos parecerá bien.

Fecha en Valladolid, a seis de agosto de mil y seiscientos y cinco años.

Tomás Gracián Dantisco.




Prólogo al lector

Lector amantísimo: si por tu mala fortuna eres de rudo entendimiento (hablando con perdón) y no has desentrañado las cosas escondidas en mi ingenioso Manchego, flor y espejo de toda la andante caballería, lee este Buscapié. Y, si no lo eres, léelo también; que no es libro tan desabrido, ni de tan ruin provecho, que te dé pesadumbre y enojo: antes bien, fía en mí que recibirás de su letura todo placer y contentamiento. Y con esto quédate a Dios, y él te guarde de tantos prólogos como te acometen cada día, y a mí me dé paciencia para escribirte más.

Vale.








ArribaAbajoEl Buscapié (A)

Donde se cuenta lo que le sucedió al autor, cuando caminaba a Toledo, con un señor Bachiller con quien topó


Sucedió, pues, que yendo yo camino de Toledo, a pocos pasos que me alongué de la Puente Toledana, vi venir derecho hacia mí un señor bachiller, caballero en un cuartago muy villano de talle, ciego de un ojo y no muy sano del otro, y aun de los pies, según que se colegía de las muchas reverencias que iba haciendo para caminar. Saludóme muy mesurado y muy a lo bachiller, y yo a él con buena cortesía; y fue lo bueno que pasó a lo largo, picando a su malhadado rocín con propósito de hacerlo andar con más furia, si alguna pudiera ya tener, siendo tan cargado de años y de mataduras, que ponía grima de sólo mirallo.

Porfiaba mi bachiller en aflojarle las riendas, y él sin reparar en ellas no salía de su templanza; porque era muy recio de quijadas y no menos duro de asiento, y aun imagino que debiera ser sordo, según las voces que daba su dueño para ayudarle en el trote, y él proseguía sin tener respeto de ellas, como si fueran echadas en el pozo Airón o bien en la sima de Cabra.

Con estos trabajos caminaba el bachiller castigando a su cuartago, unos trechos con la espuela y otros queriendo con la voz avivarlo, y esto con no pequeña risa mía; pero como el nieto de Babieca con ser taimadísimo se ofendiese de tantas y tales porfías, se resolvió en no querer caminar adelante, sino que cuando más era molestado, tanto más se iba retirando atrás. Con esto el bachillerejo salió fuera de sí, y dejando caer el fieltro con que caminaba, quiso mostrarse ferocísimo con el llagado animal, y tener en poco la soberbia y fantasía y mal pensamiento que tan contra su natural condición, de suyo mansísima, había tomado; y así, comenzó de herirlo de furiosa manera, pero no tan sin provecho como él imaginaba; porque el cuartago, sintiéndose (que no debiera) de los golpes de la vara, que su dueño llevaba aparejada para ello, comenzó a cocear; y no bien dio dos o tres coces en el aire y otros tanto corcovos, cuando dio con él en tierra.

Yo que vi aquel no pensado desastre, piqué a mi mula (que era algo que pasicorta) y, a tiempo y cuando que el bachiller se revolcaba por el suelo dando furiosos alaridos y echando de su boca cuarenta pésetes y reniegos con ciento y veinte votos y por vidas, tuve las riendas y me apeé de mi cabalgadura diciéndole:

-Sosiéguese vuestra merced y hágamela muy grande, alzándose si puede, y prosiga su camino: que todas estas incomodidades son anejas a los que caminamos en cabalgaduras tan ruines.

-La vuestra -respondióme- será la ruin, que la mía de puro buena me ha puesto en este estrecho.

Mesuréme, como pude, para enfrenar la risa que ya punaba por salir afuera, y con el mayor comedimiento que supe, ayudélo a levantar; y no bien se puso en pie, con mucha dificultad y trabajo como aquél que había recibido un tan gran golpe, cuando contemplé en él la más extraña visión del mundo. Era pequeño de cuerpo, aunque esta falta suplía con una muy gentil corcova que llevaba en las espaldas, como si fuera soneto con estrambote: la cual le hacía mirar más bajo de lo que él quisiera (que mal año para el licenciado Tamariz que con su buena y mucha gracia y claro ingenio tantas estancias y ovillejos solía escribir en loor de los corcovados) (B). Sus piernas, por lo estevadas, a dos tajadas de melón eran asemejadas, y sus pies muy desembarazadamente calzaban sus doce puntos (con perdón sea dicho), y aun pienso que les hago muy grande agravio en quedarme tan corto en la medida, donde se echa de ver la largueza con que natura suele dar las cosas a los mortales.

El bachiller, que en esto se había llevado las manos a la cabeza para ver si los cascos eran rompidos, comenzó a resentirse del quebrantamiento de sus huesos; y como él no estaba obligado a entendérsele mucho de las cosas de medicina, preguntóme con voz enferma y lastimada que, pues era doctor (y esto decía por verme caminar en mula), (C) ¿qué remedio hallaría para sanar su molida salud? Yo le repliqué que no era doctor, pero que aunque fuera un Juan de Villalobos (D) en los tiempos antiguos, o un Nicolao Monardes (E) en los presentes, con todo eso, no podría ordenarle cosa que fuera de provecho para el mal recado que en él había hecho su cuartago, si no remitía su desgracia, para que no fuese tanta, al descanso y al dormir; y así, que lo que más conveniente me parecía para poner en cobro su aporreada salud, que, pues se iba ya entrando a más andar la mañana, que nos acogiésemos a la sombra de unos árboles que cerca estaban del camino y que un buen trecho reposásemos a su abrigo de la inclemencia del rojo Apolo, hasta que con menos calor y con los huesos menos molidos pudiese cada cual tomar su vía.

-¡Que me place! -dijo el bachiller con el mismo tono afeminado y doliente-. Pero ¿quién había de imaginar, aunque fuera zahorí, que por la mala e impaciente condición de esa bestia ferocísima, habría de estar hoy acardenalado a partes el cuerpo de todo un bachiller graduado por la Universidad de Salamanca y no por la de Alcalá, que es a do van los estudiantes pobres a graduarse, pero pierden por no serlo en Salamanca las mismas exenciones y franquezas que han los hijosdalgo de España? Pero, ¡ay triste de mí, que tal desastre me suceda! Bien me avisaron en la posada que era muy soberbio y de mala condición, aunque bueno en lo demás. Fuera desto que él es de buen pelo, por lo cual muestra bien su complexión gallarda y buena voluntad; son justos y formados con debida proporción sus miembros: tiene lisos, negros y redondos los cascos o vasos, y a más anchos, secos y huecos por debajo; la corona del vaso es ceñida y pelosa, las cuartillas cortas y ni muy caídas ni muy derechas, y así es fortísimo de bajos y muy seguro para las caídas. Gruesas son las juntas, y por sus cernejas tiene grandes señales de fuerza. Las piernas son anchas y derechas; los brazos nervosos con las canillas cortas iguales y justas, y muy bien hechas, y las rodillas descarnadas, llanas y gruesas; las espaldas son anchas, largas y fornidas de carne; el pecho redondo y ancho; la frente ancha y descarnada; los ojos negros y saltados; las cuencas de encima llenas y salidas hacia fuera; las mejillas delgadas y descarnadas; las narices tan abiertas e hinchadas que casi se mira en ellas lo colorado de dentro; la boca grande y toda la cabeza seca y carneruna, descubriendo las dilatadas venas en cualquiera parte de ella (F).

Yo que vi en esto que se preparaba a seguir narrando una por una las virtudes y excelencias que el cuartago ni toda su casta tenía, salteéle la razón diciéndole con voz reposada:

-Perdóneme vuestra merced, señor Bachiller, si yo no veo ni aun a duras penas en su caballo las cosas y lindezas que al parecer de vuestra merced se encuentran en él juntas y ordenadas; y si no se me han pasado de la memoria sus advertimientos, las piernas que vuestra merced llama derechas y juntas, yo las veo torcidas y separadas, y el pelo que vuestra merced lo pone sobre las estrellas, está lleno de mataduras, y en cifra todo él es tendido, flaco y atenuado; y en cuanto a los ojos que vuestra merced mira negros y saltados, saltados vea yo los negros míos, si no revientan por ellos los malos humores que tienen perpetuo asiento y manida en ese rocín de tan ruin figura.

No recibió ningún enojo de estas atentadas razones, antes bien con poca confusión a lo que mostró, dijo:

-Pudiera bien ser lo que vuestra merced dice, y no ser lo que yo he visto y creído; porque ha de saber vuestra merced que en todo cuanto he dicho no he salido de los límites de la razón, según se me alcanza; y si no la tuviere en ello, como vuestra merced la tendrá en lo que dice, deberá de consistir en esta mi cortedad de vista que desde mis verdes años, acrecentada con el mucho leer y no pequeño escrebir, ha dado en afligirme muy obstinadamente. Y ha de saber vuestra merced que yo salí de mi posada con muy lindo par de antojos; pero por mis malos pecados este potro...

-Rocín querréis decir -díjele yo-; y él prosiguió su razón diciendo:

-Sea rocín, si rocín es y si rocín queréis que él sea. Pues heis de saber que este rocín, como vuestra merced es servido de llamarle, al salir hoy de la posada dio cuatro o cinco corcovos, que en la suma de ellos no estoy cierto; los cuales sin ser yo parte a repararlos dieron conmigo en mitad del arroyo, de do salí algo molido y maltratado, y entonces debiéronseme de perder los antojos. Y esta fue la peor de todas las caídas que por voluntad de algún demonio de mal espíritu, que se le reviste a este animal dentro del cuerpo, he recibido en esta mañana tan trágica para mí.

-¿Luego fuisteis otra vez -proseguí yo- derribado por la cólera impaciente de ese cuartago, viva espuerta de huesos andando?

Aquí dio un gran suspiro el bachiller, que parecía haberle sido arrancado de lo íntimo del alma, y respuso:

-Pues monta que son seis las ya sufridas, sino una, y aun esa fue al pasar la puente de Toledo, que a no tenerme de las crines no pudiera dejar de venir a tierra aceleradamente, donde hubiera fenecido conmigo mi viaje aun antes de ser comenzado. Pero en resolución mejor fuera que el tiempo que gastamos en vanas palabras, mientras el planeta boquirrubio quiere con tanto ardor derretirnos los sesos, que busquemos a las frescuras y sombras de aquellos copados árboles un lugar donde pueda encontrar treguas, si no descanso, a las desdichas que tan porfiadamente han dado en oprimirme. Y si os parece, dejaremos arrendados mi potro o rocín y vuestra mula a los troncos de algunos dellos, si no queréis mejor que anden repastando las yerbecillas que en este campo tan abundantemente nascen para gusto y sustento de los ganados.

-Hágase lo que vos quisiéredes -respondí yo-, que pues la suerte quiere que no pueda dejar de estar hoy en compañía de vuestra merced, a quien ya tengo una muy entrañable afición con mucho contento mío, ahí sestearemos un buen trecho hasta que la cólera de los rayos del rubicundo Febo se vaya mitigando con la caída de la tarde.

-Vamos allá -dijo entonces mi bachiller-, que para divertir la fatiga que suele ocasionar en el ánimo la ociosidad, traigo aparejados sendos libros, ambos de apacible entretenimiento, pues el uno es de versos espirituales, mejores que los de Cepeda (G), y el otro de muy llana prosa, aunque de poca propiedad y entendimiento. Y si en vez de caminar de Madrid a Toledo, viniéramos de Toledo a Madrid, ya veríades dos excelentes libros que me ha de regalar el señor Arcediano, los cuales son de tanto provecho que tratan de todo lo que hay y puede haber en el universo mundo, y con ellos no hay más que decir sino que un hombre se hace sabio por el aire (H).

Llegados que fuimos al lugar adonde estaban los copados árboles, después de prender a los troncos de algunos nuestras gentiles cabalgaduras, asentámonos sobre nuestra común madre la tierra; y ya aparejados para estar con todo el sosiego que pide en el ánimo el tan sabroso estudio de las letras, abrió mi compañero una bolsa de cuero do venían encerrados los dichos libros.

Abrió el primero y vio que decía: Versos espirituales para la conversión del pecador y para el menosprecio del mundo.

-Libro es de muy dulces versos -díjele yo-, y de apacible y cristiana poesía. Conocí a su autor, que era fraile de la Orden de Santo Domingo de Predicadores en Huete, y era llamado fray Pedro de Ezinas (I). Sería hombre de buen ingenio y de muchas letras, según se prueba de este librillo que compuso, allende de otros que andan por el mundo escritos de mano, muy estimados de los doctos.

-Con todo eso, prosiguió el bachiller, si he de decir mi parecer en puridad una cosa me es muy enojosa en este libro, y es que anden confundidos y mezclados los adornos y galas de las cristianas musas con aquéllas que adoró la bárbara gentilidad. Porque ¿a quién no ofende y pone mancilla ver el nombre del Divino Verbo y el de la Sacratísima Virgen María, y Santos Profetas con Apolo y Dafne, Pan y Siringa, Júpiter y Europa y con el cornudo de Vulcano y el hideputa de Cupidillo, ciego dios, nacido del adulterio de Venus y Marte? Pues monta que por mucho menos de eso alborotóse el Padre Ezinas al ver en cierta ocasión que cada y cuando que decía en la Misa aquellas palabras de Dominus vobiscum, una vieja, gran rezadora, con muy gangosa voz respondía siempre ¡Alabado sea Dios! Sufrió esta impertinencia algunos días, pasados los cuales y viendo que no se amansaba la devota contumacia de aquella Celestina, volvió un día el rostro con sobra de enojo, y le dijo estas palabras: «Por cierto que habéis echado, buena vieja, los años en balde, pues aun todavía no sabéis responder a un Dominus vobiscum sino con un Alabado sea Dios. ¡Noramala para vos y para vuestro linaje todo, y entended que aunque es santa y buena palabra, aquí no encaja!

-Razón tenéis, amigo bachiller, proseguí yo, en la tacha que ponéis en los versos de Ezinas, pero fuera della es uno de los mejores libros que en verso en lengua castellana están escritos. Y por su estilo levantado se atreve a competir con los más famosos de Italia, y en confirmación de esta verdad, quiéroos decir una estancia que está en el comienzo de una de sus canciones que dice así:


   Andad de la floresta
a sombras y frescuras
las bien apascentadas ovejuelas;
pasad la ardiente siesta
junto a las aguas puras,
pasciendo flores id y yerbezuelas;
vuestras cuidosas velas
tras vos irán guardando,
y los leales canes
con bravos ademanes
a las hambrientas fieras asombrando;
que allí será contado
de un pastor triste el doloroso estado.



-Ahora bien, dijo el bachiller, con todo eso que loáis los versos de Ezinas, no me son tan agradables ni me hacen tan buena consonancia en los oídos como los de Aldana y los de un aragonés llamado Alonso de la Sierra (J), poeta excelentísimo que también ha escrito versos espirituales, y no ha tres días que llegaron por la posta a Madrid, y estos tales sí que parecen ditados por el mismo Apolo y las nueve. Pero arrimando a un lado los de Ezinas, este otro libro no le estiman por ahí en dos ardites, y es porque solamente encierra necedades y locuras y otras cosas de razón desviadas y de tino, y es una cifra de todas las liviandades y sucesos inverosímiles de que están llenos otros tan dañosos como él a la república.

Con esto abrí las hojas y vi que en una dellas se leía El ingenioso hidalgo, con lo que a la hora quedé suspendido un buen trecho como aquél a quien asalta un súbito temor, y se le hiela la voz en la garganta. Pero encubriendo mi sentimiento, repliqué a mi amigo el bachiller estas reposadas razones:

-Por cierto que este libro que vuestra merced llama de necedades y de locuras es libro de dulce entretenimiento y sin perjuicio de tercero, y de muy lindo estilo y muy donosas aventuras, y que debiera su autor ser premiado y ensalzado por querer con discreto artificio desterrar de la república la letura de los vanísimos libros de caballerías, que con su artificioso rodeo de palabras ponen a los leyentes malencónicos y tristes; cuanto más, que su autor está más cargado de desdichas que de años, y aunque alienta con la esperanza del premio que esperar puede de sus merecimientos, con todo eso desconfía al contemplar al mundo tan preñado de vanidades y mentiras, y que la envidia suele ofrecer mil inconvenientes para no dejar de oprimir a los ingenios, y que anda en los siglos presentes muy valida por los palacios y las cortes, y entre los grandes señores, los cuales, como están muy asidos de su parecer de desestimar a los que profesan el nobilísimo ejercicio de las letras, no hay fuerza humana que les pueda persuadir que se engañan en tener la opinión que tienen. Y por eso si quieren tener los ingenios algún poquito de autoridad, se la desjarretan y quitan al mejor tiempo, y de esta guisa los desventurados viven sin tener hora de paz.

-Es cierto, dijo entonces el bachillerejo, que toda la república cristiana no pone la imaginación en pensar que los libros de caballerías son libros falsos y embusteros, y sus autores autores de mentiras y liviandades y cosas disparatadas, los cuales aunque no son loados de los sabios, el desvanecido vulgo los ha acreditado en tal manera, que hombres con barbas imaginan ser sucesos verdaderos aquellas bravísimas y desaforadas batallas de los andantes caballeros, y aquel salir de sus casas remitiendo a otros el cuidado de sus haciendas, o no remitiéndolo, para buscar aventuras a que darles felice fin, y aquel llevar siempre colgado en la memoria el nombre de la señora de sus altivos pensamientos para que lo socorra en todos los peligros a que se aventura, sin haber para ello causa ni menester, sino sólo por cobrar la buena fama en la tierra de hombre que no tolera desaguisados ni tuertos sin que los ponga en orden y los enderece; que en Dios y en mi ánima -y esto decía llenándosele los ojos de agua-, bastante falta me hace topar con uno de esos caballeros a ver si pone recado en esta mi corcova, que es uno de los tuertos que debiera haber sido ya enderezado por las bizarrías de cualque caballero andante; que si no fuera por ella, y por estas tan ruines piernas y por esta figura y pequeñez de cuerpo, con un poco de largueza en la nariz, y algo de espanto en los ojos y una boca de oreja a oído, no habría mozo más bizarro, galán ni gentilhombre en el mundo, ni más deseado de las damas ni más envidiado de los cortesanos, y de los niños y el vulgo señalado con el dedo. ¡Noramala para los más galanes y lindos que andan por las calles de Madrid, ruando la persona! No que si no, haceos miel y paparos han moscas; pero no a mí que las vendo, que soy toquera y vendo tocas (K), que como decían a mi madre las vecinas, cuando yo me era niño pequeño, que era un vivo trasunto de mi señor padre, que fue uno de los más gallardos soldados que con el nunca vencido Emperador asistieron en la guerra de Alemaña, y siempre en todas las más bravas armas y escaramuzas que se daban a los enemigos, era de los que más tarde embestían y de los que más presto se retiraban. Y el capitán Luis Quijada, que era de los de Lombardía, topando con él escondido entre las ramas de un árbol, imaginando que era espía doble, mandó darle dos tratos de cuerda, y él se excusó con decir que estaba oteando desde allí a la infantería enemiga, porque si bien andaba muy fatigada y esparcida y trabajada de las malas noches y armas y rebatos y encamisadas que los nuestros le solían dar, con todo había sabido de boca de un alemán moribundo (que era de los herejes) que los suyos se apercibían después de hacer una falsa retirada a embestir de súbito nuestro campo por la parte de menos seguridad; con lo cual y por los ruegos de otros soldados que conocían el humor de mi padre, hubo de perdonarlo Luis Quijada, con presupuesto de que a la hora del alba...

-Paso, señor licenciado, díjele yo, y mire por do camina, que desde el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ha ido saltando vuestra merced, como avecilla de flor en flor, hasta llegar a narrarme las empresas de su padre en la guerra de Alemaña, que vienen aquí al mismo propósito que pudieran las de Mingo Revulgo o las de Calaínos.

A esto replicó mi bachiller:

-Quien dijo Rodrigo dijo ruido. Dios me hizo así, cuanto más que Aristóteles condena en su Política por malos hombres los callados, y de persona callada arriedra tu morada; y por eso suelo yo callar siempre como negra en baño.

-Pero no me negará vuestra merced, si me la hacéis tan grande en escucharme -proseguí yo viendo su humor de refranear-, que al buen callar llaman sage (L); porque lo que dice el pandero no es todo vero.

-Con todo eso -dijo él-, no creo que vuestra merced no sepa que andando gana la aceña que no estándose queda; y de esta suerte, con perdón de vuestra merced, quiero referirle con bonísimas razones por do vino a mi padre ser capitán.

«Y fue que como un día anduviese muy recia y estrechada la batalla con los alemanes herejes, y él anduviese mirando y remirando por todo el campo aquel lugar más oportuno de recatarse, con la imaginación de que aún no era yo venido al mundo, ni aun engendrado, y por tanto guardándose para mayores cosas, comenzó en esto de buscar el modo y forma de, sin ser visto de los de su campo ni los del de la Liga, guardar su persona, como llevo dicho, para mayores cosas...».

-O para menores -díjele yo en este tiempo-; porque si se guardaba para que vos viniésedes al mundo, ¿hay en el mundo hombre más pequeño que vos? Y siendo vos la cosa más pequeña, y guardándose para engendraros, ¿cómo decís que se guardaba para mayores cosas?

-También he oído decir que soy pequeñísimo y con todo eso no lo he creído -prosiguió mi bachiller-, porque se me puso en los cascos que deberían ser hablillas del vulgo, y siempre lo tuve por conseja de aquéllas que las viejas cuentan el invierno al fuego.

-«Pues habéis de saber que andando por el campo de la manera que llevo dicho, y viendo lo mucho y bien que se peleaba por los dos cuernos del ejército imperial, le vino en deseo de meter mano a la espada, que hasta entonces, aunque había salido a la luz del sol en varias ocasiones de estrecha necesidad constreñida, luego al punto corrida y vergonzosa, como criada con toda honestidad y recogimiento, había vuelto a la vaina sin ser teñida en sangre de los contrarios.

»Lo que ejecutó mi padre en la refriega es cuento largo y enfadoso, pero no lo es el fin y premio que tuvieron sus alientos y bizarrías, pues es fama pública en Villar del Olmo, mi patria, y en sus contornos, que cargado de más de treinta cabezas que había cortado a los alemanes herejes, se puso después de la victoria en presencia del claro Emperador, que entonces decía a su maestre de campo, Alonso Vivas, aquellas tres notabilísimas palabras de Julio César, trocando la tercera como debe hacer un príncipe cristiano: Vine, vi, y Dios venció (M). El Emperador, satisfecho del vencimiento, y siendo hora de hacer mercedes, dióle la de capitán a mi padre; y aunque en esta ocasión no faltaron malas lenguas que dijesen que mi padre les había cortado las cabezas a los muchos muertos que estaban por el campo, y que era como el que compra en la plaza las aves muertas, y se va dando autoridad por las calles con decir que él las mató, con todo eso, él se era capitán al placer o pesar de los necios murmuradores que turban con sus lenguas la paz de la República; y si sus méritos eran buenos o malos, no tenía necesidad de ponellos en disputa con nadie...».

-Pero -díjele yo- ¿podré saber a la fin qué imagináis de ese triste libro de D. Quijote que vuestra merced llama preñado de disparates y vanidades? Dígolo porque muchos que lo hilan aún más delgado que vos, lo llaman el primero de los que de apacible entretenimiento se han compuesto en España, y dicen que está lleno de delicadezas y verdades.

-Es cierto que el libro va corriendo con no muy próspero viento por el mar adelante de los que critiquizan; y a buena verdad ésta es una de las muchas desventuras que han asaltado a su autor; pero esta tardanza en ser estimado su libro de los doctos, redundará en resolución en aumento de su gloria y fama; y donde no, si no se la dieren, él los deja para quien son.

-Este libro -prosiguió el bachiller-, que vos queréis que sea tan cuerdo, tan donairoso y tan estimado, está lleno de vanidades; porque ¿no lo es y grande que bajo el presupuesto de desterrar del mundo la vana lección de los embusteros libros de caballerías, por ser todos pura falsedad y embeleco, nos pinte otro mayor, como ver a un hombre desvanecido con las cosas que por tales libros se suelen topar, y salga de su casa en busca de negras aventuras, figurándose hecho y derecho un andante caballero, sin que sean parte a separarlo de tan livianos pensamientos los muchos palos que recibe para merecido castigo de su nunca oída sandez? ¿Cuándo ha visto su infelice autor que anden tales locos por la república? Y haciéndole aún más preguntas, que no pudiera hacerlas mayores el señor Almirante defunto con todo de ser importunadísimo preguntador (N): ¿cuántos Palmerines de Ingalaterra, cuántos Florendos, cuántos Floriandos (O), y cuántos otros caballeros andantes muy armados de todas armas, como si se hubieran escapado de un viejo tapiz de aquéllos que se suelen encontrar en las tabernas, ha visto torciendo derechos y desaguisando lo bien compuesto y de todo punto aderezado? De donde arguyo que a más a más, decirle-hía que cultivase su buen ingenio, que sin duda lo tiene, para mejores cosas, y que se deje de proseguir su desdichado libro, porque no es él quien ha de deshacer la autoridad y cabida que en el vulgo maldiciente tienen los libros de caballerías. Pues esto y más le dijera, que palabras me sobran, y aun bien creo que aunque fuera mudo, quizás y sin quizás no me faltaran (P), y tanta memoria tengo como entendimiento, a que se junta una voluntad de corregir y castigar los ajenos defectos, ya que no puedo enmendar los míos, como estas villanas piernas y esta tan galana corcova. Y habéis de saber que soy un gran filósofo, porque he deprendido en la nueva filosofía de doña Oliva (Q) el conocimiento de mí mismo; que quien esto ha conseguido no ha conseguido pequeña cosa. Y no despreciéis su dotrina por ser salida de mujer, que muchas ha habido en el mundo dignas de toda veneración y respeto; y sin ir más lejos, ahí tenéis a la defunta condesa de Tendilla, madre de los tres Mendozas, cuyos nombres aún viven y vivirán por luengos siglos en las voces de la Fama (R): y ahí tenéis también a Madama Passier, (S) cuyo raro ingenio y memoria y elocuencia la muerte se ha llevado tras sí, como los pámpanos Octubre; a la cual por sus muchas letras le fueron hechas muy grandes y solemnísimas exequias, y a su memoria se hicieron muchos y muy doctos versos. Y aun bien, según creo, que debe de haber llegado a la Corte un libro cargado de sus cartas llenas de erudición y de moralidad, que en tales debiera estudiar el autor del lacerado de D. Quijote.

-¿Cómo que es posible, amigo y señor bachiller -repliquéle yo-, que vuestra merced defienda tan acerbamente que no andan caballeros andantes por el mundo en esta nuestra edad de hierro? ¿Tan falto sois de memoria que no se os acuerden los muchos caballeros que dieron en la flor de tener por verdaderas estas vanidades de que están llenas las historias, que son sabidas de coro hasta del vulgo necio? Y en resolución, yo os voto a tal de traeros a las mientes las locuras de aquel tan famoso caballero don Suero de Quiñones, de quien se dice que con nueve gentiles hombres demandó licencia al muy alto y muy poderoso Rey de Castilla Don Juan II para partirse de la Corte y rescatar su cautiva libertad (que estaba en prisión de una dama) con romper en el término de treinta días trescientas lanzas con los caballeros y gentiles hombres que fuesen a conquistar la aventura; y bien debedes de saber que el dicho caballero don Suero de Quiñones defendió el honroso paso cerca de la puente de Órbigo, y que se quitó aquel fierro del cuello que llevaba preso en él continuamente todos los jueves en señal de servitud y cautividad, y que fueron defensores y mantenedores del paso Lope de Estúñiga, Diego de Bazán, Pedro de Nava, con otros hijosdalgo hasta nueve, todos andantescamente enamorados. Los cuales todos quebraron lanzas con más de setenta aventureros que eran allí venidos para probar sus fuerzas y bizarría. Y en resolución, si éstos no fueron andantes caballeros de carne y hueso, y no como los mal fingidos, responderlo-heis, bachiller amigo, demás que del paso honroso, hay libro escrito por un fraile que se llama tal de Pineda (T), que lo abrevió y coligió de un libro antiguo de mano, según que lo veréis en letras de molde, andando por esos mundos. Y aun bien que no se os habrá ido del entendimiento la aventura del canónigo Almela, que se halló en la conquista de Granada con dos escuderos y seis hombres de a pie: el cual por el mucho amor que tenía a las cosas de caballeros andantes, sustentaba cerca de sí vejeces y cosas viles de ningún provecho; el cual llevaba colgada del cinto una espada que decía ser del Cid Ruy Díaz por ciertas letras que en ella estaban escritas, aunque no se podían leer ni menos desentrañar de ellas el sentido (U).

-Mucha fuerza me hacen vuestros argumentos, seor soldado, pero con todo eso, os he de replicar que tales hazañas fueron hechas en los tiempos antiguos; y que ya sin ir más lejos vimos en los de la Cesárea Majestad del ínclito Emperador Carlos V, cuando éste dijo a todo un arzobispo de Burdeos, ni más ni menos que si fuera el arzobispo Turpín, que dijera al Rey de Francia que lo había hecho ruin y villanamente, y luego vimos venir un faraute del Rey de Francia con otro faraute del Rey Enrico de Ingalaterra para que fuese con ellos en palenque según los fueros de la andante caballería.

»Y bien se me acuerda, por haberlo oído de boca de mi padre y señor, que (en paz sea dicho) era hombre muy usado en estos puntos de honra, aunque él no los usaba por ciertos respetos, que el gran Emperador, (V) viéndose desafiar con toda la solemnidad de las leyes del duelo, pidió consejo en lo que debería hacer al duque del Infantado don Diego, su primo; y éste le aconsejó que de ningún modo lo aceptase porque dello resultaría que, siendo tan grande la deuda que con su Majestad tenía el Rey de Francia, y remitiendo la satisfacción de la paga a las armas, haría ley en su reino de que todas las deudas conocidas habrían de pasar por el rigor de las armas; cosa contra la razón y la justicia. Estas bizarrías sólo se ven ya en los embusteros y necios libros caballerescos, y en las comedias que dellos son tomadas en nuestros tiempos, que en los de Lope de Rueda y Gil Vicente y Alonso de Cisneros (X) aún no habían osado de parecer en los teatros. Y si os he de tratar verdad, mucho me holgara que volviese aquel buen tiempo pasado de las andantes caballerías. Entonces sí que me viérades salir una mañana a la hora del alba con mis monteros grandes y pequeños y con mis alanos y sabuesos, vestido de una ropa que tendría lo de encima de cuero y el aforro de esquiroles, como usaban los grandes señores cuando iban a monte, y tomar en mi cuello una bocina y cabalgar en mi cuartago con mis monteros, y cuando estuviésemos en lo más recio de la montería, sobrevenir sobre nos una tormenta y viento y agua con gran furia y en gran manera y me perder con la luenga escuridad en lo más entrañado del monte, do ánima ninguna osaba de penetrar por las muchas y malas animalias que allí tenían su asiento. Y allí topar no con un desaforado bárbaro fanfarrón, sino con un Príncipe cortés, valeroso y bien mirado, que andará perdido en aquellas malezas, y habrá partido de su Corte sin acompañamiento a ejercer el ejercicio de la andante caballería, y se llamará el caballero del Grifo o de la Roja Banda: el cual será muy cuerdo y de muy sanos consejos; y viendo que yo soy un caballero de tan alta guisa y pro, para mostrar la liberalidad de su buen pecho, me dará consolación en mis cuitas. Y cuando no os me cato, asomará por acullá un enano, diciendo con voz temerosa y rostro espantable y feo: "Aparéjate, caballero del Grifo o de la Roja Banda, o como quier que te llames, para dar cima a la más asombrosa aventura que se ha presentado jamás a caballero andante. Pues has de saber que la Princesa Bocalambruna, que por muerte de su padre Borborifón el de la tuerta nariz, es dueño de aquel encantado castillo que ves blanquear a lo lejos en aquel apacible llano, y orillas de aquel caudaloso río, está ferida y llagada en el amor de tu gentileza, porque con ella has echado el sello a todo aquello que puede hacer perfeto y famoso a un andante caballero. Cuando la noche descoja su temeroso manto, has de caminar al castillo, cuyas puertas te serán francas si quisieres gozar de la mucha fermosura de tan fermosa princesa". Y luego que se quite de delante de nuestros ojos aquel tan espantable enano, me dirá el caballero del Grifo que no puede ir al castillo encantado, por no cometer vileza con aquella infanta; porque ha días que andaba enamorado de Arsinda, hija del rey de Trapobana Quinquirlimpuz. Con esto me vendrá en voluntad de holgar con una doncella tan bizarra, tan hermosa y tan gallarda, que a todos pondrá admiración su vista, si de alguno se dejara ver, y subiré en mi impaciente cuartago y sin darle descanso caminaré mi camino hasta llegar a las puertas del encantado castillo. Y mi cuartago con la gran hambre y fatiga de la jornada querrá comer, y yo le abajaré las riendas; mas él, por estar más desembarazado y más a su placer, tirará pernadas para que yo descienda, y yo descenderé, y luego que lo haya desenfrenado o arrendado al tronco de alguna encina, entraré en el castillo con muy buen ánimo y sin que nadie me salga a estorbar el paso, ni me salga a rescibir, cosa tan contraria a las leyes de la cortesía. Y como ya en esto la noche habrá sobrevenido, he aquí que en el patio de aquel tan desierto castillo, toparé con una antorcha encendida que se me pondrá delante de los ojos sin ser de ninguno llevada, y yo caminaré en pos della; la cual se meterá en un riquísimo palacio de oro y plata, aljófar y piedras preciosas, cuyos estrados serán de muy finas sedas y paramentos de oro. Y en llegando a una hermosa cámara, se apagará por sí misma la antorcha y vendrá la Princesa Bacalambruna, enamorada de las buenas partes del caballero del Grifo, y creyendo que soy yo, se me entregará a todo mi talante y voluntad, y comenzaremos con esto a burlar de manera que de doncella (si lo era) quedará hecha dueña; y desque ella se cansare, se adormirá, y yo para conocer su fermosura sacaré una lanterna, que llevaré aparejada para sólo ello oculta entre mis ropas; y tomaré una candelilla que vendrá dentro, y con su luz veré el rostro de la Princesa, que será la más hermosa del mundo; pero por mi negra fortuna caerá una gota de cera sobre sus pechos, con lo cual ella despertará, y quedará de todo punto espantada al ver que no soy el caballero del Grifo, sino un corcovado y narigudo caballero. Y como ella será de parecer que mi corcova es una imperfección, cuando no es sino uno de los muchos regalos con que natura suele enriquecer a los mortales, porque no hay más linda cosa que los adornos en todas las que se ven por el mundo, y que estar un hombre sin una muy gentil corcova, sin una luenga nariz o boca grande o pies larguísimos, es lo mismo que estar a cureña rasa, se pondrá loca de furor al verse burlada y descubierta, y saldrá de la cámara para disponer mi muerte. Yo en esto llamaré en mi ayuda a algún maligno encantador, que para más malignidad hará como que no me oye. Pero una dueña a quien yo jamás eché polvo ni paja, de las más viejas y más honradas que nacieron en aquel reino de Transilvania, y que se llamará Mari Hernández o Juana Pérez, enamorada de mí, vendrá a deshora a la cámara, y me tomará por la mano, y me llevará por la sala, donde habrá varios hombres aparejados para darme muerte; los cuales pondrán mano a las espadas y bisarmas para lo hacer, y lo harán a no ayudarme mi buena fortuna y Mari Hernández, la dueña más hermosa de Transilvania; la cual les dirá: "Estad quedos, señores, que no es éste el caballero que la princesa mandó matar; mas es un escudero que envía sobre la mar. Cuando saliere el otro, matadle". Y con esto me pondrá en el campo, y yo subiré en mi cuartago, y ella dará un gran sospiro, y yo le ofreceré de casar con ella cuando vuelva por aquel castillo (que según el desaguisado que dejaré hecho, será nunca), pero en aquella hora yo deberé ofrecer todo cuanto pudiere cumplir y aun lo que no pudiere. Desa manera tomaré el camino a la ventura y toparé con una buena que será llegar a una ciudad y a la plaza donde estará el Emperador en un palenque con su hija, vestida de costosísimos brocados sentada en un suntuoso pabellón guarnecido de preciosa pedrería; y será ella tan feísima que más parecerá demonio escapado del infierno que criatura humana. Y como será una doncella que estará rabiando por dejallo de ser, se habrá puesto en la plaza a esperar que acudan andantes caballeros a conquistar con las armas la posesión de la mucha fermosura que no tiene. Y como no será venido hasta entonces alguno, yo entraré en medio de la plaza a probar fortuna, y el vulgo, ignorante y mal intencionado, al verme comenzará a decir por darme baya: "Ahí viene el caballero de la espantable corcova, la flor de la caballería". Y yo, metiendo espuelas a mi caballo, quebraré una lanza en el suelo delante del cadahalso; y mi cuartago, como siempre, dará tales saltos, corcovos y carreras, que dará conmigo en tierra, y con el gran golpe se harán pedazos mis calzas atacadas, descubriéndose cosas que no fuera menester que vieran la luz del sol. Con esto la Princesa enamorada de mí, porque conocerá que soy hombre de muchos bríos y grande aliento para el matrimonio, rogará a su padre que me conceda su mano; el cual, conociendo que su hija había corrido el mercado de los andantes caballeros sin topar con comprador, y que era por tanto joya invendible y ducado falso, me llamará al cadahalso y me dará en premio de mi bizarría la princesa y un reino en dote, cuyos vasallos serán enanos todos. Y así, de bachiller por Salamanca y no por Alcalá, vendría a ser nada menos que Rey; con lo cual no faltaría alguno de mis vasallos cuantos en mi Corte fueren, que compusiese en la lengua de aquel reino, no conocido aun de los más sabios cosmógrafos, un poema en loor de mis hazañas; y no faltaría tampoco algún honrado encantador que para que ese poema fuese puesto en lengua castellana, resucitaría para sólo ello al licenciado Joan Arjona (Y).

-Pero, amigo bachiller -respondí yo-, de la cuerda respuesta del Duque del Infantado al invictísimo Emperador no se colige que ya anduviesen desterrados del mundo los verdaderos caballeros andantes; porque entonces vivía, aunque muy oprimido de la vejez, Micer Oliver de la Marcha, caballero cortesano del duque de Borgoña Filipo el Bueno, y después de su hija doña María, esposa del Emperador Maximiliano, de quien vino el Rey don Filipo el Hermoso, que casó con doña Juana hija de los Reyes Católicos. Y como él fuese testigo de los trabajos que pasó la excelente princesa Madama María, siendo perseguida ella y sus estados, de quien más obligación tenía de favorecellos, llevaba siempre consigo un mote que en su lengua borgoñona quería decir:

"¡Tanto ha sufrido la marcha!",

el cual usaba por sobrenombre. Y éste escribió un muy ingenioso libro, que tales fueran los que andan por la república llamados de caballerías, no siendo más de preñados de locuras y vanidades. El cual libro quiso intitular El Caballero Determinado, que luego puso de lengua francesa en castellana con muy gentil aliño el caballero don Hernando de Acuña (Z), en dulcísimas coplas castellanas, superiores a todo encarecimiento, como se ve en aquel comenzar su libro con estas tan agradables razones:


   En la postrera sazón
del tiempo y aun de la vida,
una súbita ocasión
fue causa de mi partida
de mi patria y mi nación.
   Yendo solo en mi jornada,
a mi memoria olvidada
despertó mi pensamiento,
renovando el tiempo y cuento
de la mi niñez pasada.



Y no se os viene a la memoria cuando Mario de Abenante, caballero napolitano, desafió a don Francisco Pandón, un caballero también nacido en el mismo reino, y que andando los dos muy fieramente riñendo en el palenque, don Francisco dio una muy gentil cuchillada al caballo de Mario sin ser advertida de éste, el cual, como no estuviese avisado del daño que le iba a sobrevenir con caer en tierra, un su tío que estaba en la estacada, comenzó de hacerle señas para que se apease; y apeándose con grande desembarazo, hirió al caballo que su contrario regía. Y como empezase éste a resistirse al freno y a hacer grandes desdenes, fue forzado don Francisco a rendirse. Y desta acción quedó muy vituperado Mario y mal visto de las gentes y en opinión de hombre traidor y cobarde. También os deberéis de acordar de otros sucesos de caballeros andantes sucedidos en los tiempos presentes, tales como aquél de Leres, cuando habiendo desafiado a otro llamado Martín López y venido los dos a combatir en Roma con lanzas y corazas, andaban escaramuzando y buscándose las escotaduras de las armas para herirse de muerte. Y acaeció que tropezando el caballo de Martín López vino a tierra, quedando de aquel gran golpe y dolor algo adormido, y Leres creyendo villanía rematar allí a su contrario, echó pie a tierra. Pero avínole mal, porque tropezando en sí mesmo cayó, y viéndolo el Martín López que ya estaba levantado, y temiendo que la fortuna no se le mostrara otra vez madrastra, fue sobre Leres y allí villanamente lo venció. Y dejando esto a un lado, ¿no se os viene a la memoria el felicísimo viaje del Señor Rey Don Felipe II (que esté en gloria) cuando, siendo Príncipe, fue desde España a sus tierras de la baja Alemaña, y a todos los estados de Flandes y de Brabante? Pues en letras de emprenta corre escrito por Joan Calvete de Estrella... (AA).

-Calvo me vea yo, sobre lo de la corcova, y a más a más estrellado por mi cuartago -dijo el bachiller- en lo que me resta de camino (que, según su mucha maldad y malos pensamientos, imagino que me regalará con despedirme de sí como ya lo ha hecho, no sin mucho quebrantamiento y dolor de mis huesos), si el tal libro no es de los más entretenidos que se han compuesto desde que el mundo es mundo y hay quien estampe; y en él todo es llaneza y verdad: las cuales cosas no suelen caminar siempre con los historiadores, de que se sigue el acreditarse mentiras y sucesos que jamás pasaron (BB). Mi padre fue también en el acompañamiento del Príncipe, y por cierta desventura y desaguisado que allí le aconteció con una que era doncella sobre su palabra, hubo de tomar la vuelta de España, donde en el camino le sucedieron muchas más aventuras que al monstruo de fortuna Antonio Pérez (CC). Y en resolución, con ánimo triste y mohíno como si de algún mal áspid hubiera sido herido...

Yo entonces salteéle la razón, receloso de que me embocase otro tan pesado e impertinente cuento como el pasado, y por eso imité a la sierpe que con extraña dureza se atapa los oídos para hacerse sorda y no escuchar la voz del encantador, y proseguí diciendo:

-Pues, como sabéis, en Bins parecieron ante el Emperador Semper Augusto y el Príncipe su hijo varios caballeros estantes en aquella villa, y le dijeron ser llegada la hora en que se había recogido en la Galia Bélgica, junto a Bins, sobre una vieja calzada, un encantador enemicísimo de la virtud, de la igualdad y de la andante caballería...

-¿Y no os acordáis -repuso (DD) el bachiller- del nombre de ese encantador?

-No, a la fe -repliquéle yo-, pero sería espantable como lo son todos los destos malignos espíritus que viven en los infelices libros de caballerías.

-Yo he oído contar de cierto autor de estos tales, que estuvo muchos días puesto en confusión sin acertar con el nombre que daría a un encantador que introducía en una de sus fábulas, y sin saber cuál respondería mejor a su mucha malignidad y soberbia; y como estuviese un día en casa de un su amigo jugando con otros que también lo eran suyos, a los naipes, oyó que el señor de la posada decía a un criado: "Hola, Celio, trae aquí cantos". Sonáronle tan bien estas palabras, que levantándose de la mesa do jugaba, sin decir la razón ni de nadie despedirse, fuése derecho a su casa a escribir el nombre de Traquicantos, que tan buena consonancia le había hecho en los oídos.

-Pues este encantador de Bins -proseguí yo-, por sus diabólicas artes tenía puestos en confusión y asombro a los naturales de aquellas tierras, haciéndoles toda manera de males, y amenazándolos con hacerles otros más feroces, y en cifra como los caballeros habían sabido que este tan malicioso encantador tenía su morada y perpetuo asiento en un palacio de tal forma encantado (EE) que continuamente estaba envuelto y encubierto en una tan espesísima y muy escura nube, que era estorbo a cuantos querían emprender la empresa de reconocer aquel tan espantable y temeroso sitio, do ánima ninguna por muy alentada que fuese osaba de se acercar; pero que una princesa muy amadora del bien, y que entendía muy mucho de la ciencia de lo por venir, viendo lo dañoso que era para gente tan noble la ferocidad de aquel encantador más maligno que Arcalaus (FF) y más hereje que Constantino (GG), proveyó que en una peña alta estuviera hincada una espada de tal virtud, como declaraban estas letras que quiso poner para admiración de todos:

Que el que sacare fuera la espada del dicho padrón, dará también fin a la aventura y deshará los encantamientos, y librará a los prisioneros del cruel cautiverio en que están, y finalmente, echará en el abismo al dicho castillo tenebroso, y demás desto alcanzará una infinidad de otras muchas buenas venturas, aunque aquí no se declaran, que les son prometidas y destinadas.



Con esto demandaron licencia al Emperador para fenecer esta tan espantable aventura; y de dársela holgó mucho el Emperador, y diósela en efecto; y aquellos caballeros todos estuvieron dos días haciendo representaciones en presencia de S. M. y del Príncipe, de cuantas locuras se leen en los libros de caballerías, que para desgracia de las repúblicas fueron por la ociosidad inventados. Vuestra merced mire y advierta y considere, con toda la dotrina que en sí puede encerrar todo un señor bachiller en leyes (HH), el número de los caballeros que se ocuparon en hacer tales fiestas, o por mejor decir, locuras y vanidades; y que a todas dio su consentimiento el Emperador y el Príncipe D. Felipe, y que estuvieron en ellas muy regocijados (II), y diga vuestra merced si no existen otros tales locos como el ingenioso manchego en el universo mundo, cuando son tantos y tan honrados y tan favorecidos de los Emperadores y de los Reyes. En resolución, los necios de que está poblada la república cristiana, no llevan sufridamente que con la letura deste libro se convenza el mal limado vulgo de que en los caballerescos sólo se pintan sucesos inverosímiles y enemigos de la verdad y de los buenos entendimientos; y por eso trabajan tanto y con tanta obstinación y con ánimos enconados y voluntad muy torcida contra el ingenioso hidalgo D. Quijote, buscándole tachas y haciendo inquisición en todas sus aventuras para inferir dellas maliciosamente que no hay en el mundo los locos que fingen los libros de caballerías, cuando dellos están pobladas las Cortes de los Reyes (cuanto más las aldeas). Los cuales entre el vario estruendo de los palacios no son conocidos, porque la Corte es madre de los locos de todo género de locuras; y en suma, como son tantas y tales las que hacen, tantos los desatinos que dicen, y tantos los despropósitos y disparatadas empresas que sobre los hombros tan desavisadamente se suelen echar para mucho daño dellos, que no hay quien pueda separarlos de su mal ánimo y peor voluntad. Y esta es la ocasión de buscar defectos en el ilustre caballero D. Quijote, claro espejo, no sólo de todos los manchegos horizontes, sino de todos los de España; y aun pudiera decir del mundo, si no temiera exceder los límites de mi modestia. A cuya causa es justo que en lugar de ser menospreciado un tan provechoso y bien ordenado libro, sea honrado y estimado de todos los buenos de la república, pues muestra que es él solo entre los de las vanas caballerías que con honesta y provechosa intención fue escrito. Y no debe de ser tenido por tan vano como ellos al ver las locuras de D. Quijote, pues hartos locos hay en el mundo, y no hay memoria que ninguno sea tenido por tal en el concepto de las gentes. Y por la honrosa determinación que tuvo su autor como fue el querer desterrar la falsa orden de la andante caballería, con los agradables y sazonados y alegres entretenimientos que para plato del gusto nos ofrece en su verdadera historia...

Aquí llegaba yo con el cuento de la mía, cuando el hético cuartago, cuyas riendas mal prendidas por mi trágico bachiller se habían soltado, le asaltó de súbito una fantasía y mal pensamiento que en voluntad le era venido: el cual era refocilar con la mula que cabe él estaba asida por las riendas al viejo tronco de una encina. Y como ella se sintiese de los malos deseos del cuartago, y era al fin doncella de toda honestidad y recato, como criada en casa de padres honrados y con buenos y castos ejemplos, resistió muy zahareña y esquiva los enfermos y dolientes halagos de la cabalgadura de mi negrísimo bachiller, y como virtuosa Lucrecia, aunque con mejor suceso (que tan destruido anda el mundo que a las mulas es ya sólo reservado ser Lucrecias), defendióse muy bizarramente, disparando sendas coces contra su injusto forzador; pero con tanto acierto despedidas, que una de ellas fue a dar en el ojo que medio sano tenía, con que acabó de rematarlo, y otra en el pecho, con que derribólo por tierra, que a segundarle, hubieran fenecido allí las calamidades del cuartago y las caídas de mi bachiller.

El cual, al contemplar aquel no pensado desastre, ocasionado por la sobra de deshonestidad y lascivos pensamientos, y el no esperado rejo y los bríos que para más altas cosas mostraba su cabalgadura, imaginó que estaba a punto de echar el último aliento por la boca, y allí fue el gemir y el dar voces, lamentando su desgracia, y el poco recado que había puesto en la guarda de aquella preciosísima joya que había alquilado en el mesón de Colmenares (JJ), y allí fue el maldecir el punto y hora en que había salido de la villa.

Yo para consolarlo, le dije:

-Aun bien, señor bachiller, que para que veáis cuán lejos dábades del blanco, ha venido esta desdicha; pues debajo de su buen parecer de que el libro de D. Quijote todo es vanidad y locura, poned pausa a vuestros suspiros, y traed a la memoria el cuento de otra tal aventura de Rocinante, cuando el ingenioso manchego se topó con la más desgraciada de las suyas en topar con unas desalmadas yeguas que también pusieron a punto de muerte a su cabalgadura.

-Lléveme el diablo, que no querría que me llevase -dijo muy enojado el bachiller-, si no os vais en este punto con vuestro D. Quijote cien leguas más allá del infierno, que desque os saludé, todas las malas venturas que hay en la tierra han comenzado de llover sobre mí, ni más ni menos que si fuérades cédula de excomunión (KK); que esto sí que no sólo es ventura, sino venturón llovido.

Y con esto porfiaba, aunque en vano, para levantar a su cuartago, el cual de mal ferido y ciego no se podía levantar, sino que cada y cuando que el bachiller le tiraba de las riendas, meneaba un pie o una mano, dando señas de muerta vida. De donde vine a colegir lo mucho que pueden uñas de mula, defendiendo los fueros de su honestidad y que no le metan gato por liebre, como venteros, los malos viciosos que con almidonadas razones y oliendo a ámbar, almizcle y algalia, por conseguir sus lascivos pensamientos, ponen en tanto estrecho y a tanto riesgo las vidas y aun el ánima.

Y viendo el mal recado del cuartago y que ya el sol iba declinando para trasponerse en los montes y dar en el mar, despedíme muy a lo cortesano del lacerado de mi bachiller, el cual con el grande y estéril trabajo de poner en cobro su cabalgadura, ni me oyó, ni me vio partir, ni aun cuando me viera, le era ya posible acertar con las palabras, según que del enojo y pesadumbre tenía trastrabada la lengua. Allí quedó braveando y poniendo sus quejas sobre las estrellas, y nunca más supe dél, ni lo procuré y aun todavía me parece escuchalle. De esta suerte, subiendo en mi honesta mula, tomé la vuelta de Toledo en aquella hora. La del alba sería cuando entré por sus puertas, y comencé de caminar por sus calles y fuime derecho en casa de un mi amigo a tomar posada; donde, proponiendo en mi pensamiento lo que había de hacer, determiné de escrebir esta mi aventura para desengaño de muchos que ven en el ingenioso hidalgo D. Quijote lo que el ingenioso hidalgo D. Quijote no es; y por eso quise llamar a este librillo Buscapié, para que aquéllos que busquen el pie de que cojea el ingenioso manchego, se topen (Dios sea loado) con que no está enfermo de ninguno, antes bien muy firme y seguro en ambos para entrar en singularísima batalla con los necios murmuradores, sabandijas que para su daño alimenta toda bien ordenada república.

Y con esto si he acertado a darte gusto, lector amigo, yo lo tendré muy grande en haberte servido, con tal que no se te pasen de la memoria estos mis advertimientos. Y Dios te guarde.


 
 
FIN DEL BUSCAPIÉ
 
 





ArribaAbajoCarta inédita de Mateo Alemán, autor de El Pícaro Guzmán de Alfarache, a Miguel de Cervantes. (LL)

Solía decir aquel tan gran Príncipe de la elocuencia romana (Tulio digo), que no había en el mundo cosa más contraria a la razón y a la constancia que la Fortuna, queriéndonos dar a entender que de ella estaban pendientes todos los acaecimientos que sobrevenir pudieran a los humanos. Semejantes a Las cartas de Urías son las acciones nuestras, porque ellas solas labran nuestra desdicha; y ser esto verdad muy recibida de los más doctos varones y más sabios de la antigüedad latina, pruébalo Juvenal cuando dice que ninguno daría culto a la engañosa deidad de la Fortuna, si nosotros tuviéramos buen seso y prudencia, ya que para bien suyo y daño de nosotros nuestra mucha locura y poco saber la había hecho diosa.

Por muy fino disparate y por un viejo abuso canonizado por sus siervos los ambiciosos, he hasta agora tenido este idolatrar las gentes en la Fortuna, y aun a los tales los tuve por bobos como si vivieran en Bamba. Mas ya se han trocado los años; y ansí como aquel a quien tanto han amilanado las desventuras y el verse acabado y consumido de largas enfermedades, de las muchas navidades que ha vivido, y a más de la pobreza, último récipe de aquella tan mudable dama, dije: «A buen tiempo venís, desengaño. Antes me atrevería a hacer doméstica una fiera que dejar de adorar a la Fortuna: solicitaré su favor, pues imagino que esperallo della sin ruegos, es pedir peras al olmo o cerezas al cardo. Al hombre que della no fuere rendido esclavo, abridle la huesa, dalde por muerto, córtenle los lutos: alcanzar las dichas y el término redondo y fin de sus dolencias, agrillas serán. Afuera tristezas, afuera querellas, afuera sospiros: no vivamos más en la casa lóbrega de Lazarillo de Tormes; pues así pasa».

Puédese a voz viva publicar por el universo que ella no da favor más que a aquéllos que afeitan la fealdad de su mal vivir con mucho artificio. A éstos da oídos con gran llaneza y afabilidad: alienta a los inorantes para que se gallardeen con su mesma inorancia, saca sanos de todas las pendencias a los perdonavidas y manjaferros, dineros da al que de puro miserable y mezquino es un pan y ensalada, a los entremetidos y trafalnejas les da materia en que cebar sus deseos de bollicio, a los lebrones da cabida en el mundo como si fueran valientes, a los grajos les facilita ajenos oídos que escuchen sus parlerías, los Pedros de Ordimalas encuentran por ella felicidad en sus engaños y cautelas, los Satumos hallan melancolías con que más entristecerse, en sus dobleces y malos tratos alcanzan ventura los cuescos matreros, los nonadies tienen autoridad de hombres aptos para todo linaje de ejercicios, los borceguíes sin soletas y los tragamallas hallan siempre manjares que les aviven y despierten el apetito y no cansada glotonería. Mucho es de sentir que tan corrompido ande el mundo por el buen parecer de Doña Fortuna. Los hombres todos, como si jugasen con ella al juego de la carteta, no hacen otra cosa que pensar en el encuentro, en el azar, en el llevar, en el reparo, en el falso topa.

Pues vuestra merced, que florece en la agudeza del ingenio y en el donaire en el decir, deberá de haber experimentado esto que digo: vuestro Ingenioso Hidalgo D. Quijote corre con tanto aplauso por las naciones extranjeras, en compañía de mi Atalaya de la vida, siendo los dos más estimados libros que de poco acá se han compuesto. Es así. Iguales fuimos en el echar en plaza las llagas casi incurables de los mortales (aunque se abrase la envidia); iguales también fuimos y somos en las desdichas. ¿Queréislo ver? Pues considerad que tenemos por patria (si dijera mejor madrastra) a una tan cruel enemiga que de todo cuida menos del premio de los ingenios. ¡Oh necia, necia y mil veces necia! Pero mejor fuera decir, ¡oh loco, loco y mil veces loco, que no imaginabas que también en el ingenio tenía jurisdicción la Fortuna! Engañado he sido, y aún pudiera decir que escarmentado, si tan tarde y tan fuera de sazón y de tiempo no viniera el escarmiento.

Decidme, ¿qué piensa el mundo de los que siguen el ejercicio de las letras? ¿No imaginan que es llevar agua al molino, escribir libros para alumbrar los ciegos entendimientos de los inorantes? ¿No tienen por pequeño trabajo como si fuera el perejil de Juan de Mena tanto estudiar, tanto aprender, tan poco dormir?

Determinado estoy de seguir nueva senda que me lleve al puerto de mi ventura; por eso he hablado conmigo diciendo: «Ya poco habré de vivir: niño fui, mozo he sido, viejo soy, ¿qué me resta de vida?, ¿qué he aprovechado?, ¿de qué hacienda gozarán mis hijos? Nada en suma. Pues alto: vamos, como suele decirse en Salamanca, a Tuta que es tierra de limosna. Vamos a Nueva España, a ver si en ella no me persiguen con sus lenguas, para labrar mi descrédito, los maldicientes murmuradores de mis escritos, que me hacen tanto mal como si fueran maldiciones de Salaya. Ya es la tardanza cosa pesada: los méritos no se conocen en el mundo sino tarde y mal, y así se premian: la Fortuna ha sido para mí como la justicia de Peralvillo, que en la primera audiencia mandaba asaetear un hombre, y desque el triste moría de tan mala muerte, comenzaba a hacerle el proceso».

Pues por la estimación que vuestro libro ha conseguido, me persuado que muy cerca estáis de hartas desdichas, y paréceme que os cogerán muy desapercibido. No hacéis leña en buen monte, por eso yo me parto a lejas tierras; en éstas zúñenme los oídos. Y como si fuera yo hombre indigno y de poco valor y merecimiento, me desestima el vulgo de mi patria. Sea ansí; que por eso como la vejez no me permite morir como valiente con heridas en el pecho y honrosas, dadas por fuerte mano, y he de morir en las blanduras y sosiego de mi lecho, quiero que se diga que perdí el cacarear a la llana de Carrasa, y no con los cuidados y sobresaltos que lleva consigo el hombre que se parte desta engañosa vida, dejando por herencia a sus hijos la pobreza con pequeña hacienda y con deudas.

Vuestra merced, señor Cervantes, si no quiere ser despojo de Fortuna, hágase su servidor y captivo, siga mis pisadas, que ellas le llevarán a un morir más descansado lejos de la envidia de aquéllos que para nos herir tienen más libre, más suelta, más ligera, más desembarazada y más presta la lengua que el mesmo pensamiento, y aun más afilada que navaja para cortar las vidas y los escritos de otros.

Fácil me es ya el huir: no hay cosa tan dificultosa que con buena diligencia no se consiga. Con el huir de mis invidiosos, podré decir en salvo está el que repica. No me azotaron, pero diéronme un jubón muy justo a raíz de las espaldas. Estoy a punto de volvérseme el juicio con los enredos de aquellos deslenguados. No es la vida de el leal mas de en cuanto quiere el traidor. Por vosotros, emponzoñadas víboras, se suele decir: Al facer ni can. Bastantes años me habéis traído a la melena y con el agua a la gola. Cansado estoy de buscar la gandaya y de hallarla. Por eso, acordándome de aquel antiguo cantar que ansí escomienza,


   Velador que el castillo velas,
vélale bien y mira por ti;
que velando en él, me perdí.



me parto a Méjico en busca de la fortuna que hasta ahora huye de mí; y no me será fácil toparla por estas tierras aunque la busque con linterna flamenca. Y es ansí, porque como ya soy viejo y no mozo de buen aire y tengo la cara adornada de perigallos, esa dama tan esquiva se ausenta de mis ojos.

Guarde Dios muchos y dilatados años, señor Cervantes, la vida de vuestra merced, para que ponga término a la segunda parte del Ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha. El mundo todo lo espera y lo desea, y yo más que ninguno, como tan amigo y servidor que soy de vuestra merced.

De Sevilla, a 20 de abril del año de 1607.

Mateo Alemán.




ArribaNotas
históricas, críticas y bibliográficas

Puestas
al Buscapié de Cervantes
por su editor
D. Adolfo de Castro



A

La voz buscapiés quiere decir en lengua castellana aquel cohete sin varilla que encendido corre por la tierra entre los pies de la gente. Metafóricamente se dice en significación de una especie que se suelta en la conversación para inquirir alguna cosa.

Así usó de esta voz Cervantes en la defensa que escribió de la primera parte de su obra inmortal, pues como él mismo dice: Y por eso quise llamar a este librillo Buscapié, para que aquéllos que busquen el pie de que cojea el ingenioso manchego, se topen (Dios sea loado) con que no está enfermo de ninguno: antes bien, muy firme y seguro en ambos para entrar en singularísima batalla con los necios murmuradores, etc.

También hay en castellano las voces de buscaruido y buscavidas. Son tan comunes estas palabras compuestas, y los elegantes modos de decir, que hasta los bribones tenían una especie de vocabulario de metáforas, del cual da noticias el gran Lope de Vega en su Entremés del Letrado por medio de este coloquio:

PEROTE
ALFILER llamo al alguacil.
BARTOLO
¡Famoso!
PEROTE
GARFIO, al corchete; a las esposas, GUARDAS;
a los presos antiguos, ABUTARDAS;
al alcaide, PRIOR; TORNO, al Portero;
HERRADOR DE LAS PIERNAS al Grillero;
a los tres ayudantes, MONACILLOS;
ABANICO, al soplón; TRAMPA, a los grillos;
al escribano, TEJEDOR.
BARTOLO
Me agrada.
PEROTE
Y al libro del acuerdo, MANOTADA;
a la pluma, PINCEL; al papel, RASO;
FIRMA, a la tinta; al visitar, TRASPASO;
al negar, CHITÓN; el MAL VECINO,
al verdugo; al borrico, VIZCAÍNO;
a las espaldas, FACISTOL DE CUERO;
a la penca, el COMPÁS CON EL PUNTERO;
LOS COLORADOS, llamo a los azotes;
[...]
Y porque con latín la plana cierre,
a la horca llamé FINIBUS TERRÆ.
BARTOLO
Con letras de carteles de comedias
escrito había de estar en mármol pario
tan nuevo, tan gentil vocabulario.





B

«Mal año para el licenciado Tamariz, que con su buena y mucha gracia y claro ingenio, tantas estancias y ovillejos solía escribir en loor de los corcovados».



Gonzalo Argote de Molina, en los discursos que puso sobre la poesía castellana en pos de El Conde Lucanor, ingeniosísimo libro del príncipe don Juan Manuel (Sevilla, 1575-Madrid, 1642), dice, lamentando la muerte de otros poetas de su tiempo: «Lo cual colmadamente se compensaba con el raro ingenio y felicísima gracia del buen licenciado Tamariz, si sus estudios más graves, y ocupaciones tan santas e importantes le dieran licencia a dejarnos algunas graciosas prendas deste género de habilidad, en que él solía deleitarse en las horas del extraordinario pasatiempo. Perdimos con su muerte un raro ejemplo de virtud y discreción, y una grande facilidad de ingenio para todo lo que quería, con riqueza de muchas facultades y artes que lo hacían más excelente, de todo lo cual lo menos era su agradable poesía latina y vulgar que pudiera ser principal caudal de otros sujetos. Quedónos en lugar de esto la pena de su apresurada muerte, con un vivo deseo y perpetua memoria de su virtuoso nombre que nunca se acabará mientras hubiere cortesía y gusto de buenas letras».

Esto dice Gonzalo Argote de Molina. Del licenciado Tamariz he visto varias obras inéditas en un ms. del siglo XVII que lleva este título: Chrónica de don Francés de Zúñiga, criado privado bien quisto y predicador del Emperador Carlos V, dirigida a S. M. por el mismo don Francés. Al fin de la crónica se leen las siguientes novelas escritas de la misma mano:

  • Novela de la tinta.
  • Novela de las flores.
  • Novela de los bandos.
  • Novela del licenciado Tamariz.
  • Novela del Portazgo del licenciado Tamariz.
  • Novela del licenciado Tamariz del Ahorcado.

Las estancias y los ovillejos que compuso Tamariz en loor de los corcovados, me son enteramente desconocidos.




C

«Preguntóme con voz enferma y lastimada que pues era doctor (y esto decía por verme caminar en mula)».



Aquí alude Cervantes a la costumbre que tenían los médicos españoles de andar en mulas para visitar los enfermos, como se prueba de aquellos lindísimos versos de Tirso de Molina en una de sus comedias:


   Va montado en un machuelo
que en vez de caminar vuela;
sin parar saca una muela;
más almas tiene en el cielo
   que un Herodes o un Nerón.
Conócenlo en cualquier casa:
por donde quiera que pasa
le llaman la extrema-unción.



En una comedia intitulada También la afrenta es veneno, cuyos autores fueron Luis Vélez de Guevara de la jornada primera, don Antonio Coello de la segunda, y don Francisco de Rojas y Zorrilla de la tercera, se lee este graciosísimo cuento, que no es muy conocido:


    Apeóse un médico a hablar
a otro médico estafermo,
a la puerta de un enfermo
que él venía a visitar,
   de una apostema o flemón
que en la garganta tenía,
y sobre cómo vivía
trabaron conversación.
    Y para hablar sin trabajo,
la mula al portal envía.
Es a saber que vivía
el enfermo en cuarto bajo.
   La mula con desenfado,
con gualdrapa y ornamento,
se fue entrando al aposento,
en donde estaba acostado.
   El enfermo, que sintió
herraduras, con dolor
dijo: éste es el doctor.
Sacó el pulso y no miró.
   La mula que miró el brazo,
sin saber sus accidentes,
tomó el pulso con los dientes
con grande desembarazo.
   Él volvió el rostro con tema,
y salió a echarla en camisa;
pero dióle tanta risa
que reventó la apostema.
   El médico que la vio,
para que el mozo la agarre,
le dijo a la mula ¡Arre!;
y él dijo al médico ¡Jo!
   Señor doctor, yo he quedado
absorto del caso y mudo:
la apostema que él no pudo
su mula me ha reventado.
   Y si esto otra vez me pasa,
aunque el caso me atribula,
envíeme acá su mula
y quédese uced en casa.






D

«Pero aunque fuera un Juan de Villalobos en los tiempos antiguos».



Aquí se equivoca Cervantes en el nombre de este famoso médico, el cual era llamado Francisco y no Juan. Escribió entre muchas y excelentes obras el Libro intitulado los problemas de Villalobos; que trata de cuerpos naturales y morales, y dos diálogos de medicina, y el tratado de las tres grandes, y una canción y la comedia de Anfitrión. MDL. Sevilla, por Cristóbal Álvarez. En la portada se lee este mote: Fortuna, llévame la vida, pues que muerte me convida.

Estos problemas fueron impresos, según Nicolás Antonio, en Zamora, el año de 1543; primera edición que no he podido tener presente.

Villalobos fue uno de los hombres más ingeniosos de su edad: sabio en la medicina y filosofía, buen poeta y sazonadísimo en las burlas de los vicios humanos. De cuantos han traducido en España el Anfitrión de Plauto, es quien ha caminado ajustándose al original latino, y quien ha sabido trasladar en nuestra lengua los chistes de aquel famosísimo ingenio de la antigüedad romana (Véanse los Orígenes del teatro por don Leandro Fernández de Moratín).

Francisco de Villalobos nació en Toledo y fue médico del rey don Fernando el Católico y del César Carlos V, en cuyo palacio asistió hasta el año de 1539, en que, habiendo pasado a mejor vida la Emperatriz Isabel, de resultas, según unos de una fiebre mortal, o según otros de un mal parto (esta opinión lleva Sandoval, y con él otros), vino a caer en gran tristeza, no sé si por no haber acertado con el remedio, o por no haber encontrado ninguno. Entonces pidió licencia al Emperador para retirarse de la Corte y hacer asiento fuera de ella. En su retiro dedicó su saber y entendimiento a escribir varias obras médicas, y especialmente algunas morales y burlescas. En él compuso aquella canción que dice:


   Venga ya la dulce muerte
con quien libertad se alcanza;
quédese a Dios la esperanza
del bien que viene por suerte.
   Quédese a Dios la Fortuna
con sus hijos y privados;
quédense con sus cuidados
y con su vida importuna.
   Y pues al fin se convierte
en vanidad la pujanza,
quédese a Dios la esperanza
del bien que viene por suerte.



De esta forma se quejaba, en la glosa de la presente canción, de cuán mal pagados eran los muchos y buenos servicios que había hecho en palacio:

Y como yo anduve en la Corte hasta los setenta años y entendí las cosas del mundo, hablé conmigo desta manera: «Yo he servido hasta la muerte, porque ya lo que queda de vivir no es vida, sino para sentir las penas y pasiones que la edad trae consigo; y he trabajado, no en hacer zapatos de viejo a los pobres labradores, sino en procurar la salud a los más altos y mejores príncipes que hay en el mundo. Y esto hice con todo mi estudio, pasando muchas noches en sospiro y sin sueño, y otras veces echando estos huesos secos sobre las alhombras. Y sabiendo todo esto Sus Majestades, como testigos de vista, nunca hobo lugar para que yo medrase en su casa, ni me dieron siquiera de comer para un hijo, que es la cosa que más ligeramente pueden hacer. Esto no ha venido sino por una de dos causas, o por entrambas. Conviene saber: que o yo no lo merezco, aunque pienso que sí, o quizá los que hacen las informaciones en las consultas olvídanme a mí y acuérdanse de otros que tienen más a la mano, a quien yo por ventura precedo en servicios y en ancianía».



Escribió, a más de las obras ya citadas, un Sumario de la medicina en verso mayor, y un Tratado de la enfermedad de las bubas, que fue impreso en Salamanca el año de 1498.

Escribió también varias glosas y comentarios a la Historia natural de Plinio: los cuales vieron todos la luz pública (Nicolás Antonio, Biblioteca Nova).

Él da también noticias de obras suyas que no lograron los honores de la estampa. «En latín tengo esto y otras cosas (sobre el calor natural) en un tratado que se dice De potentia vitali. Mas los impresores de España no quieren imprimir libros de latín, si el mismo autor no pone la costa de su casa. Y como yo no soy librero, tengo por pesadumbre trabajar en el estudio de la obra y gastar la hacienda para el provecho de los que no lo han de agradecer».

También en uno de sus tratados morales da noticias de otra obra que pensaba escribir. «No sin gran providencia y misterio ordenó Nuestro Señor que los animales, cuasi en naciendo, tuviesen aquella solercia que han menester para su conservación, como tienen sus padres; y los hombres quando nacen, y muchos años después, que fuesen en esto más brutos que los animales. Y aun después que los hombres son ya mancebos, y aun viejos, ignoran lo que conviene para curarse de sus flaquezas y enfermedades en ausencia del médico; y éste asimismo a las veces es tal que sería mejor estar sin él. Y para esto tenía yo pensado de poner aquí muchos remedios con que en ausencia del médico pudiesen los hombres curar de cualquiera enfermedad, aunque no la conociesen. Mas [...] quedará reservada la ordenación déste para un tratado singular que dellos haré, placiendo a Dios, que será no menos provechoso para la república que dañoso para los indoctos médicos; porque tengan cuidado de aquí adelante de estudiar en el arte que tanto importa para el bien común».




E

«O un Nicolao Monardes en los presentes».



Nicolás Monardes, célebre médico sevillano, escribió:

  • Primera, segunda y tercera partes de la historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales que sirven en medicina.

  • Tratado de la piedra Bezaar y de la yerba escuerzonera.

  • Diálogo de las grandezas del hierro y de sus virtudes medicinales.

  • Tratado de la nieve y del beber frío. Hechos por el doctor Monardes, médico de Sevilla. Van en esta impresión la tercera parte y el diálogo del hierro, nuevamente hechos, que no han sido impresos hasta agora. Do hay cosas grandes y dignas de saber. En Sevilla, en casa de Alonso Escribano, 1574.

La primera de estas obras ha hecho a Nicolás Monardes famosísimo, no sólo en Europa sino en América. Fue traducida en lengua italiana por Aníbal Briganti de Chieti, médico insigne, e impresa en Venecia el año de 1576. Carlo Clusio la publicó en Amberes (1574), vuelta en el idioma latino. Mr. Frampton la tradujo en el inglés (1577) y Antonio Collin en el francés (1619).

De esta suerte habla Monardes de su historia medicinal: «Y ansí como se han descubierto nuevas regiones y nuevos reinos y nuevas provincias por nuestros españoles, ellos nos han traído nuevas medicinas y nuevos remedios con que se curan y sanan muchas enfermedades que, si caresciéramos dellas, fueran incurables y sin ningún remedio. Las cuales cosas, aunque algunos tienen noticia de ellas, no son comunes a todos; y por esto propuse tractar y escribir todas las cosas que traen de nuestras Indias Occidentales que sirven al arte y uso de medicina, para remedio de los males y enfermedades que padescemos; de que no pequeña utilidad, y no menos provecho se consigue a los de nuestros tiempos, y también a los que después de nos vinieren, de lo cual seré el primero para que los demás añadan con este principio lo que más supieren y por experiencia más hallaren. Y como en esta ciudad de Sevilla, que es puerto y escala de todas las Indias Occidentales, sepamos dellas más que en otra parte de toda España, por venir todas las cosas primero a ella, do con mejor relación y con mayor experiencia se saben, púdelo hacer, juntamente con la experiencia y uso de ellas de cuarenta años que ha que curo en esta ciudad, do me he informado de los que de aquellas partes las han traído con mucho cuidado, y las he experimentado en muchas y diversas personas con toda diligencia y miramiento».

También fue muy famoso, no sólo en su tiempo sino también en fines del siglo XVIII y en principios del presente el Tratado que escribió Monardes sobre la nieve y del modo de enfriar la bebida. El médico italiano Vallisnieri, en su obrita intitulada Dell'uso e dell'abuso delle bevande e bagnature, dice lo siguiente: «Io mi dichiaro di professare un'alta stima ad ogn'uno e particolarmente a que'coraggiosi e dotti professori, ch'intendo venuti dalle Spagne, forse con le dottrine del loro celebre Monardes in capo a ricordare e porr'in opera nella nostra Italia un si valente rimedio».

También compuso Nicolás Monardes otras obras medicinales, cuyo catálogo puede verse en la Biblioteca Hispana del sapientísimo don Nicolás Antonio; pero las que más fama le han dado por el mundo son las citadas.

El retrato de Monardes existía en Sevilla en el museo de Gonzalo Argote de Molina.

De este museo da noticias el mismo Monardes, cuando al pie del dibujo del Arnadillo pone esta nota: Este animal saqué de otro natural que está en el museo de Gonzalo de Molina, un caballero de esta ciudad: en el cual hay mucha cantidad de libros de varía lección, y muchos géneros de animales y aves y otras cosas curiosas traídas así de la India Oriental como Occidental, y otras partes del mundo, y gran copia de monedas y piedras antiguas y diferencias de armas que con gran curiosidad y con generoso ánimo ha allegado.

Este museo fue uno de los primeros de Europa en aquel tiempo, y tal vez el único de España. En él también paraban los retratos de aquellos varones que por sus letras y erudición en todo género habían ilustrado e ilustraban a Andalucía.

Ambrosio de Morales, en los cinco libros postreros de la Crónica General de España (Córdoba, 1586), pone antes de unos versos de Argote de Molina, en favorable recomendación de su obra, estas palabras:

ELOGIO DEL MUY ILUSTRE SEÑOR D. GONZALO DE ARGOTE Y DE MOLINA, YERNO Y ÚNICO HEREDERO DEL CONDE DE LANZAROTE Y FUERTEVENTURA, AL RETRATO DE AMBROSIO DE MORALES QUE SE VEÍA EN SEVILLA EN SU GRAN MUSEO ENTRE LOS OTROS RETRATOS DE LOS VARONES ILUSTRES EN LETRAS DEL ANDALUCÍA QUE EN ÉL ESTABAN.





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