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F

«Descubriendo las dilatadas venas en cualquiera parte della».



Los escritores españoles han sido felicísimos en estas pinturas. Lope de Vega, en una de sus comedias, cuyo título no tengo presente, pinta de esta suerte a un pez cogido en las redes de un pescador en la orilla del Guadalquivir:


   Mira el sábalo salir
del agua a la blanca arena,
de lama y de concha llena
y entre las redes bullir.
   Mira cómo se alborota,
preso del cáñamo y plomo,
en otro elemento, y como
la ñudosa red azota.



El mismo Lope en la Dragontea describe así la muerte de un capitán inglés herido de la bala de un arcabuz disparado por un negro:


   Apunta, dale fuego, enciende, tira.
Y el pobre inglés la vida amada pierde.
Con súbito temblor todo se estira:
los ojos vuelve en blanco, el labio muerde.
Prueba a tenerse, pero, vuelto en hielo,
perdió vista y color, midiendo el suelo.



Don Antonio Mira de Amescua, natural y arcediano de Guadix, en su lindo poemita Acteón y Diana, pinta de esta suerte a unos perros fatigados después de una cacería:


   El pecho en tierra están, y ensangrentadas
las bocas, y las manos extendidas,
los canes; y latiendo las ijadas,
estriban en las piernas encogidas.
Las lenguas anhelando están sacadas
y las orejas flojas y caídas.
Ni al sueño, ni al manjar, ni al agua atentos:
sólo con respirar están contentos.



Villaviciosa, en su Mosquea, describe así la muerte de una mosca:


   Dijo, y al punto el varonil soldado
mostró la cara pálida y difunta;
y las alas del uno y otro lado
con el ansia postrera ciñe y junta.
Todos los miembros del varón alado
se tienden a presencia de la junta;
y estirando la una y otra zanca,
el alma noble de su cuerpo arranca.



¿Y quien no ha leído la de un buen caballo, hecha por el cordobés Pablo de Céspedes, la cual por ser tan sabida no va copiada en este lugar?




G

«El uno es de versos espirituales mejores que los de Cepeda».



Aquí habla Cervantes de una obrita intitulada Conserva espiritual, compuesta por Joaquín Romero de Cepeda, vecino de la ciudad de Badajoz. En Medina del Campo, por Francisco del Canto, MDLXXXVIII.

Es libro de muy dulces versos, aunque no muy poéticos. De un coloquio entre la carne y el alma, copio, para muestra de los mejores, el siguiente trozo:




Alma


    No tienes el seso entero,
juzgas tu ser por antojo,
miras sólo con un ojo;
y aun ese falto y grosero,
y mal abierto.
   No miras que es desconcierto
no conocer tu hechura
y alabar tu hermosura,
que es mas figura de muerto
y retrato;
   y haces gran desacato
a tu primer Hacedor
con ese propio loor,
que es de pecho vil e ingrato
y atrevido.
   Dime, ¿será en más tenido
la mosca que la hormiga,
o el cardo que la hortiga,
ni más ensoberbecido
el dragón que la sierpe
y el león,
   o que el camello y el oso,
o quel cabrito, el raposo,
la víbora o el escorpión?
El gusano
   quel cernícal o milano,
el fiero lobo o la oveja,
el ruiseñor o corneja,
el mastín, lebrel o alano?
¿O las flores
   por ser de varios olores,
más hermosas y más bellas
tendrán más presunción ellas
alabando sus primores
y dulzura?
   ¿O la arboleda y frescura
y los prados y las fuentes,
los ríos con sus corrientes
tendrán por eso locura
ni altivez?
   ¿Pisará al carbón la pez
y al acero el hierro duro?
¿Será en la mar más seguro
el chico que el grande pez?
¿El peral
   hará burla del nogal,
el manzano del endrino,
o tendrá en ti el oro fino
más soberbia quel coral
ni más estima?
   ¿Burlará la clavellina
y blanca rosa perfeta
del olor de la violeta,
o del barbo la corbina?
¿O tendrá
   presunción porque será
el ciprés alto y derecho,
más que el pero enano estrecho
o la encina ultrajará
al aliso,
   porque Dios hacella quiso
de fruto más abundante,
o a la pizarra el diamante,
etc.



Esta obrita está llena de lindísimas sentencias en todo semejantes a éstas:


    Y duermas tan a contento
en tus pensamientos vanos,
que no tengas pensamiento
que la vida es como viento
que se va de entre las manos.
[...]
   Como mala levadura
corrompe la masa tierna,
ansí la mala escritura,
si buen seso no gobierna,
corrompe flaca natura.






H

«Ya veríades dos excelentes libros que me ha de regalar el señor Arcediano, los cuales son de tanto provecho que tratan de todo lo que hay y puede haber en el universo mundo, y con ellos no hay más que decir, sino que un hombre se hace sabio por el aire».



Fray Vicente de Burgos escribió uno de los primeros libros que se han impreso. En su portada se leen estas razones:

Libro de proprietatibus rerum en romance: historia natural, do se tratan las propiedades de todas las cosas. Es obra católica y muy provechosa, que contiene mucha doctrina de teología, hablando de Dios, y mucha filosofía moral y natural hablando de sus criaturas. Va acompañada de grandes secretos de astrología, medicina, cirugía, geometría, música y cosmografía. Con otras sciencias en XX libros siguientes:

Libro I De Dios y su esencia.
El II De los ángeles buenos y malos.
El III Del ánima.
El IV De los humores y elementos.
El V Del hombre y sus partes.
El VI De las edades.
El VII De las enfermedades.
El VIII Del cielo y mundo y planetas.
El IX Del tiempo.
El X De la materia y forma.
El XI Del aire y sus impresiones.
El XII De las aves.
El XIII De las aguas.
El XIV De la tierra y montañas.
El XV De las provincias del mundo.
El XVI De las piedras y metales.
El XVII De los árboles, plantas y yerbas.
El XVIII De los animales.
El XIX De los colores, olores, sabores, licores y de los huevos.
El XX De los números y de las medidas, y pesos, y instrumentos y sones.


Al fin de la obra van por notas las siguientes palabras:

Emprimido en la noble cibdad de Tolosa por Enrique Meyer de Alemaña, a honor de Dios y de Nuestra Señora y al provecho de muchos rudos y ignorantes. Acabóse en el año del Señor de mil y cuatrocientos y cuarenta y nueve, a diez y ocho del mes de setiembre.



Esta especie de enciclopedia fue reimpresa algunos años después, según un ejemplar que he visto y que tiene a su fin estas palabras:

Aquí se acaba el católico y muy provechoso Libro de las propiedades de todas las cosas, trasladado de latín en romance, por el reverendo padre fray Vincente de Burgos, y agora nuevamente corregido y impreso en la ciudad de Toledo, en casa de Gaspar de Ávila, impresor de libros, a costa y expensas del noble varón Joan Thomás Fabio Milanés, vecino de Segovia. Acabóse a los diez días del mes de julio de mil y quinientos veinte y nueve años.



Según se ve por la lectura de estos renglones, el Libro de las propiedades de las cosas fue escrito primeramente en lengua latina por el padre Burgos, y luego vuelto en castellana por el mismo autor, y dado otra vez a la estampa, sin duda con el propósito de hacerlo más comunicable a todos.

El año en que se hizo la edición latina y la primera castellana, fue desconocido por Nicolás Antonio, de la misma suerte que el nombre del autor (Biblioteca hispana nova. -Anonimus).

Una y otra han sido en todo tiempo poco conocidas, aun de los hombres más sabios. El famosísimo Ambrosio de Morales, en la relación del viaje que hizo en 1572 por mandado del rey don Felipe II (Viaje de Ambrosio Morales, por orden del rey don Felipe II, a los reinos de León y Galicia y principado de Asturias, para reconocer las reliquias de Santos etc. -Dado a luz por el padre Henrique Flórez. -Madrid, 1765), hablando de los libros mss. que paraban en el monasterio de la orden de San Gerónimo de la Mejorada, cerca de Olmedo, dice lo siguiente:

De proprietatibus rerum en latín, y el mismo en romance, impresos de muy antiguo; son libros raros.



La ocasión de haber escrito fray Vicente de Burgos esta obra, se encierra en las palabras que pone al fin, y que yo traslado a este lugar: «Protesto, como en el principio afirmé, que en todas las cosas dichas y en la presente obra contenidas, yo he poco o nada de lo mío inferido; mas he solamente rezado las opiniones y dichos de los santos doctores y aprobados filósofos que en la dicha materia más entendieron. Y esto a fin de que los de poco poder que a causa de indigencia no pueden tantos libros ver, para que las propiedades de que la Santa Escritura face mención puedan saber, hayan causa de más estudiar, cuando las podrán todas ver en el dicho libro ayuntadas».

Juan Tomás Fabio Milanés, a cuya costa se imprimió en 1529 el libro de las propiedades de las cosas, dice en la dedicatoria que hizo al Sr. D. Diego de Ribera, obispo a la sazón de Segovia: «No poca gloria debemos dar al su autor que lo compiló: el cual, aunque de suyo no ponga mucha doctrina nueva, pone a lo menos en cada propósito lo mejor que de los antiguos se puede tener; y eso dalo guisado tan limpio de opiniones y errores que faciendo sabor al gusto, no puede dañar al entendimiento».

También he visto otro libro intitulado Suma de todas las crónicas del mundo, compuesta según unos, por fray Diego de Bérgamo, y según Garibay en el tomo I, libro IX de su Historia de España, por Filipo Jacobo Bérgamo.

Al pie de la obra se leen estas palabras:

A honor y gloria de Nuestro Señor Jesucristo y de la gloriosa Virgen María, fue emprentado el presente libro llamado Suplemento de todas las crónicas del mundo, en la metropolitana ciudad de Valencia, por Jorge Costilla, y muy diligentemente comprobado y traducido de lengua latina y toscana en esta castellana por Narcis Viñoles, etc. Acabóse a once días de septiembre en el año de nuestra salud, 1510.



En el prólogo del traducidor en lengua castellana, se dice:

Y aunque yo no hijo natural, mas devoto, soy ahijado della... y por ende suplico a los discretos y entendidos, que las faltas y defectos que en esta mi traducción hallarán, a la corta noticia que de tan singular lengua yo tengo por ser extranjero a ella, y a la afición sana arriba largamente deducida lo aplique, y no a loca presunción o vana liviandad me lo atribuyan y noten.



A estos dos libros citados, uno especie de enciclopedia, y otro historia de todo el mundo desde los tiempos de su creación, parece que alude Cervantes cuando dice en el Buscapié: Ya veriades dos excelentes libros que me ha de regalar el señor Arcediano, los cuales son de tanto provecho que tratan de todo lo que hay y puede haber en el universo mundo, y con ellos no hay más que decir sino que un hombre se hace sabio por el aire.




I

«Y era llamado Fr. Pedro de Ezinas»



El padre fray Pedro de Ezinas, de la Orden de Predicadores y morador en el convento de Santo Domingo en Huete, tenía preparadas para dar a la estampa varias poesías suyas cuando le sobrevino la muerte. Varios religiosos de su orden no quisieron que quedasen inéditas, y así salieron ellas a luz con este epígrafe:

Versos espirituales que tratan de la conversión del pecador, menosprecio del mundo y vida de Nuestro Señor, con unas sucintas declaraciones sobre algunos pasos del libro, compuestos por el R. P. fray Pedro de Ezinas de la orden de Santo Domingo. -En Cuenca, en casa de Miguel Serrano de Vargas, año de 1597.



Aunque los versos de Ezinas son de poco mérito, esta oda, por la suavidad del lenguaje, no me parece digna de estar en el olvido.


    ¿Qué esperas?, ¿adelante?, ¿a edad madura?
¡Ay del tiempo futuro!
¿Quién sola un hora cierta te asegura?
¡Oh incierta confianza,
a cuántos ha burlado tu seguro!
Al poderoso y duro
que en vano prometió loca esperanza
vida muy larga y llena,
¡cuán súbito arrebata eterna pena!
   Contrasta a los principios, que adelante
la enmienda es lucha fuerte,
y la luenga costumbre es semejante
a la naturaleza;
que mudarla ha de ser a par de muerte.
Si hoy no estás en moverte,
mayor será mañana tu graveza:
más fijo y aferrado
el clavo está do golpes más se han dado.
   Si no puedes pasar el vado agora,
el río no muy crecido,
cuando de mar a mar vaya a deshora
¿podrás bien vadearle?
Recién plantado el árbol o nacido,
difícil cosa ha sido
antes que enraigue aun mucho el arrancarle.
¿Será fácil, echadas
más profundas raíces y trabadas?
   Etc.






J

«Ni me hacen tan buena consonancia en los oídos como los de Aldana, o los de un aragonés llamado ALONSO DE LA SIERRA, poeta excelentísimo que también ha escrito versos espirituales, y no ha tres días que llegaron por la posta a Valladolid, y estos tales sí que parecen ditados por el mismo Apolo y las Nueve».



Aquí habla Cervantes en primer lugar de La primera parte de las obras que hasta agora se han podido hallar del capitán Francisco de Aldana, alcaide de San Sebastián, el cual murió peleando en la Jornada de África. Agora nuevamente puestas en luz por su hermano Cosme de Aldana, gentilhombre del Rey Don Felipe Nuestro Señor, etc. Dirigidas a su S. C. R. M. En Milán, por Pablo Gotardo Poncio, 1589.

Los versos de Aldana, a quien juntamente con Francisco de Figueroa y Fernando de Herrera dieron sus contemporáneos el nombre de divino, son durísimos y de tosco lenguaje, de que dan testimonio las siguientes octavas:



   Virgen que no de luz clara y serena
vestida vas; mas todo el globo de oro
del mismo sol, como de fértil vena
de ti recibe luz, gloria y tesoro:
debajo cuyos pies la luna llena
y a veces con sus cuernos hecha un toro,
hace estrado de sí nuevo y ufano,
y en verse tal no precia el rubio hermano.

   Delante quien los nuevos serafines
están de ambrosía fresca y matutina
llenos, en los de Dios ricos jardines,
mil rosas recogiendo sin espina,
violetas, lirios, flores y jazmines,
cuya vital vivez jamás declina;
y con las de fino oro alas que mueven
nube de olor blanca y purpúrea llueven.



Alonso de la Sierra publicó en Zaragoza, el año de 1605 (cuando se escribía el Buscapié), un librito intitulado El Solitario poeta, compuesto por el licenciado Alonso Sierra, natural de Balvastro, el cual trata los misterios de la vida de Cristo y de la Virgen Santísima por el orden de las fiestas solemnes que canta la Santa Madre Iglesia. Véanse algunas muestras de su ingenio y de sus versos en las octavas que siguen:



    ¡Oh libertad, preciosa más que el oro
ni todo el mayor bien de la ancha tierra,
más preciosa que el íntimo tesoro
que el mar del Sur entre su nácar cierra!
Por ti gozando estoy del alto coro
dende la inmensa cumbre de esta sierra.
Sólo a ti quiero y amo, pues me amas,
y me apartas del mal, y al bien me llamas.

   Desnudo de la noche húmeda y fría
con gozo inmenso aguardo en mi montaña
la grata aurora, cuya luz envía
aljófar con que alegra la campaña,
y el sol tras ella por usada vía
corre por el supremo mar de España,
cual enemigo fiero y poderoso
a robar el licor maravilloso.

   Cuando sus fuerzas muestra el sol dorado
parando el rojo carro en el camino
y a su furia se obliga el monte y prado
y el tierno sauce y encumbrado pino,
rindo mi pensamiento fatigado
y al agradable sueño el pecho inclino,
gozo del aura el raudo movimiento,
restauro propio del perdido aliento.

[...]

   ¡Oh dulce soledad!, espejo claro,
pues por ti se descubre el firmamento,
y el bien que aquél encierra hermoso y raro
goza tan sólo el libre pensamiento;
y no el sediento mercader avaro
que está entre sus riquezas descontento,
ni en su gobierno el hueco ciudadano,
ni en la corte el soberbio cortesano.

   Porque en la soledad huelgo a la sombra
del fuerte roble y del olmo umbrío,
cuyo suelo pintado cual alfombra
sirve al mayor disgusto de desvío.
Allí nadie me ocupa, ni me nombra,
ni impide que no goce mi albedrío:
la libertad me manda, a la cual sigo:
ella me da sustento y propio abrigo.
   Etc.






K

«Soy toquera y vendo tocas».



Don Francisco de Trillo y Figueroa publicó en Granada, año de 1652, en casa de Juan Bolívar, una obrita intitulada Poesías varias, heroicas, satíricas y amorosas, todas como escritas por él; pero poniendo entre ellas y apropiándoselas algunas letrillas de Góngora que no se pusieron en la colección de sus versos. El mote de una de estas letrillas es como sigue:


   Soy toquera
y vendo tocas,
y tengo mi cofre
donde las otras.






L

«Al buen callar llaman sage» («Muy avisado y astuto»).

De la misma suerte que está aquí usado por Cervantes este proverbio, se lee en El conde Lucanor y en otras obras más antiguas. Corrompiólo alguno diciendo Al buen callar llaman Sancho.

Son tan buenos los proverbios españoles que de ellos se han escrito dos obras:

  • La Filosofía vulgar de Juan de Mal Lara. Salamanca, 1568.

    La Medicina española contenida en proverbios vulgares de nuestra lengua por el doctor Juan Sorapán de Rieros. -Granada, 1616.

Y aun pudieran escribirse con solos ellos muchísimos tratados de diversas cosas, porque cada uno es una sentencia sacada de la experiencia y de la verdad.

El doctor Sorapán de Rieras dice en el prólogo de La Medicina española que él abría «nuevo camino nunca intentado de otro autor alguno, antiguo ni moderno, griego, latino ni español. Porque, aunque es verdad que muchos han juntado refranes y dicho algo de ellos, ninguno ha escrito palabra sobre los que esta mi nueva filosofía en sí contiene, ni algún otro recopilado por sí todos los refranes españoles que tocan a medicina ni, formado dellos y sobre ellos arte y ciencia de conservar la humana salud. Yo, pues, he sido el primero que para más suavidad, memoria y doctrina de las cosas que pertenecen a la conservación del individuo, he caminado por este nuevo atajo, en el cual aunque corto y áspero descubrirá el lector todo lo sustancial que los árabes y griegos maestros de la racional medicina dijeron, dejando lo superfluo para quien quisiere caminar por el largo y ancho camino que ellos inventaron.

»Y porque mi intento ha sido librar a los humanos del récipe del médico, de la espátula del boticario y de la cinta del barbero, me pareció escribirlo en lengua materna, para más provecho de mi nación, en la cual, aunque hay gran número de latinos, es mayor el que hay de romancistas, y muchos de ellos de tan sutiles entendimientos que no es razón carezcan del bien que los antiquísimos castellanos en estos aforismos españoles que comento nos dejaron. Los cuales, por ser de nuestros pasados, no deben ser menospreciados, antes venerados. Y por traer su origen dellos se le da a este libro nombre de Medicina española. Y por si hubiere alguno dile tanto aborrezca la genuina y natural lengua, hallará en la margen en latín todo lo sustancial que en la plana se escribe, y los autores más graves que lo enseñan con los libros y capítulos ciertos».




M

«Vine, vi y Dios venció».



«Esta victoria tan grande (de la batalla comenzada sobre el río Albis el 24 de agosto de 1547) S. M. la atribuyó a Dios, como cosa dada por su mano, y así dijo aquellas tres palabras de César (trocando la tercera como un Príncipe cristiano debe hacer, conosciendo el bien que Dios le hace): Vine y vi y Dios venció».



Esto se lee en El primer comentario del muy ilustre señor D. Luis de Ávila y Zúñiga en la guerra de Alemania en el año de MDXLVI y MDXLVII. -Venecia, 1550. -Anvers, en casa de Juan Steelsio, 1552. -Venecia, por Francisco Marcolini, 1553.

Fundándose en esta y otras citas que de hechos del Emperador Carlos V hace Cervantes en el Buscapié, ha llegado hasta nosotros la falsa tradición de que en esta preciosa obrita se declaraba que el principal objeto del Don Quijote era zaherir algunos acaecimientos de aquel héroe, en todo iguales a los que se leen en los desatinados libros de andantes caballerías. Esta infundada noticia vino a ser luego más acreditada con una carta escrita por don Antonio Ruidíaz y puesta en las pruebas de la vida de Cervantes, que por orden de la Real Academia Española compuso don Vicente de los Ríos; porque decía aquel caballero que en un ejemplar que había visto del Buscapié en poder del difunto señor conde de Saceda, el cual leyó muchos años había, y en muy pocas horas, no encontró más que una sátira fina y paliada de varias personas muy conocidas y principales, de cuyo número eran el Emperador Carlos V y el duque de Lerma. Dudo que el ejemplar leído por el señor Ruidíaz estuviese impreso, y vivo en la persuasión que si así lo dijo en su carta, fue dejándose llevar, o de un involuntario olvido, no estraño en quien hablaba de una cosa que vio en breves instantes, muchos años había, o del deseo de acreditar más las noticias que transmitía a don Vicente de los Ríos. Sea de esto lo que fuere, o lo que se tenga por más verosímil, lo cierto es que don Antonio Ruidíaz leyó el Buscapié, puesto que las alusiones que del Emperador Carlos V y aun de Felipe II hay en esta obra, testifican bien claramente el dicho de aquel caballero. Y aun pudiera decirse que Cervantes quiso censurar la devoción de aquellos monarcas a las cosas de caballerías, cuando después de hablar de las famosas fiestas de Bins, dice estas palabras: a todas dio su consentimiento el Emperador y el Príncipe don Felipe, y estuvieron en ellas muy regocijados, y diga vuestra merced si no existen OTROS TALES LOCOS COMO EL INGENIOSO MANCHEGO en el universo mundo, cuando son tantos y tan honrados y tan favorecidos de los Emperadores y de los Reyes.

Pero de censurar la afición de estos soberanos a las cosas caballerescas, hasta el punto de tomar sus hechos por modelo, para ridiculizarlos en el Quijote, hay distancia tan grande cuanta hay del cielo a la tierra. Porque digan, si no, los de la opinión contraria, ¿cuáles acciones de la vida de Carlos V se asemejan a las del buen hidalgo manchego? Ninguna, por cierto; y así el encontrar alusiones donde no las hay, y entretener los entendimientos en vanas conjeturas, y aguzarlos hasta el extremo de ver lo que no es, más parece juego de muchachos que ocupación de hombres que quieren pasar plaza de eruditos.

Por otra parte, es indudable que en El Quijote hay censuras de muchos usos y abusos de aquéllos que se solían ver y experimentar en los tiempos de Cervantes. Una donosísima burla de la Inquisición se encuentra en la segunda parte del Ingenioso hidalgo, cuando fueron presos don Quijote y Sancho por los criados del duque, los cuales «de cuando en cuando les decían: caminad, trogloditas; callad, bárbaros; pagad, antropófagos; no os quejéis, scitas, ni abráis los ojos, polifemos matadores, leones carniceros»; queriendo remedar aquí el modo que usaban los ministros de aquel tribunal en capturar a los presuntos reos, tratándolos como a monstruos de iniquidad, cuyos delitos ya estaban plenamente probados. Describe después el auto de fe, cuando fueron llevados Don Quijote y Sancho al patio del castillo «alrededor del cual ardían casi cien hachas puestas en sus blandones, y por los corredores del patio más de quinientas luminarias». En seguida pasa a explicar la disposición de la plaza y distribución de asientos de los que concurren al auto, y luego describe el lugar que con visos de soberano ocupa el tribunal, y juntamente con él las autoridades que lo acompañan. «A un lado -dice- del patio estaba puesto un teatro y dos sillas, sentados dos personajes (los jueces del infierno Minos y Radamanto), que por tener coronas en la cabeza y cetros en las manos daban señales de ser algunos reyes, ya verdaderos o ya fingidos... Subieron al teatro con mucho acompañamiento dos principales personajes, que luego fueron conocidos de Don Quijote ser el duque y la duquesa, sus huéspedes, los cuales se sentaron en dos riquísimas sillas junto a los que parecían ser reyes». Censura luego la crueldad con que tratan a los reos los inquisidores, amenazándolos con mordaza si no callan y no obedecen. «Salió en esto de través un ministro y llegándose a Sancho le echó una ropa de bocací negra encima, toda pintada con llamas de fuego, y quitándole una caperuza, le puso una coroza al modo de las que sacan los penitenciados por el Santo Oficio, y díjole al oído que no descosiese los labios, porque le echarían una mordaza». Después de esto, pinta la risa cruel que juntamente con el terror producía la Inquisición en el pueblo, presentándole a los reos vestidos de mojiganga y con pueriles y varios jeroglíficos. «Mirábase Sancho de arriba abajo: veíase ardiendo en llamas; pero como no le quemaban, no las estimaba en dos ardites; quitóse la coroza, viola pintada de diablos, volvióse a poner diciendo entre sí: Aun bien que ni ellas me abrasan, ni ellos me llevan. Mirábale también Don Quijote, y aunque el temor le tenía suspensos los sentidos, no dejó de reírse de ver la figura de Sancho».

En lo demás de la resurrección de Altisidora, se burla Cervantes de la fatuidad de los jueces, los cuales después que el reo, cansado ya de sufrir y despechado, y a trueque de sacudirse de su importunidad y crueles tormentos, se confesaba delincuente, se aplaudían a sí mismos de la propia suerte que si hubiesen conseguido su conversión. Y hasta habla Cervantes de la pena de azotes a que solía ser condenado aquél que por una forzada confesión se salvaba de ser devorado por las llamas.

Quien quisiere convencerse de que Cervantes se burla de los autos de fe en aquel donosísimo pasaje de su libro, lea lo que sobre este caso observa un erudito español, más famoso en las tierras estrañas que en las propias. Hablo de don Antonio Puigblanch, ya difunto, autor de la obra intitulada La Inquisición sin máscara, y publicada en Cádiz el año de 1811, como escrita por Natanael Jomtob. -(The Inquisition unmasked, by Don Antonio Puigblanch, translated from the author's enlarged copy by William Walton. Esq. London, 1816).

Clemencín niega que Cervantes se burló de la Inquisición, fundándose solamente en el debilísimo argumento de que aquel célebre escritor elogió el bárbaro tribunal en otros de sus escritos. Pero es indudable que la impugna, retratándola según se lisonjea él mismo (Capítulo LXX) con todos los aparatos tan al vivo y tan bien hechos que de la verdad a ellos hay bien poca diferencia, y que asimismo dirige sus miras al propósito de pintar a los inquisidores, en medio de su estudiada gravedad, tan ridículos como Sancho y Don Quijote. Y por eso introduce a Cide Hamete Benengeli, a quien supone primer historiador del Quijote, afirmando que tiene para sí ser tan locos los burladores como los burlados.




N

«Y haciéndole aun más preguntas que no pudiera hacerlas mayores el señor Almirante defunto, con todo de ser importunadísimo preguntador».



Aquí alude sin duda Cervantes a las preguntas que hacía D. Fadrique Enríquez, Almirante de Castilla, para probar el ingenio de Fr. Luis de Escobar. Este religioso del Orden de San Francisco, dio a la estampa en la ciudad de Zaragoza y en el año de 1543 la primera parte de una obra suya, intitulada Preguntas del Almirante. Reimprimióla, también en Zaragoza, pero en el año de 1545, y luego la sacó otra vez a la luz pública en Valladolid, en el de 1550.

Lo bien que fue recibida de los hombres más ingeniosos y más sabios de su edad, lo alentó para dar a la imprenta una segunda parte, en cuyo fin están puestas las palabras siguientes:

A gloria y alabanza de Nuestro Señor Jesu Cristo y de su bendita Madre y Señora Nuestra, hace fin la segunda parte de las cuatrocientas respuestas del Almirante de Castilla, don Fadrique Enríquez, y otras personas respondidas por el autor, no nombrado, el cual queda acabando otras doscientas para que con las cuatrocientas de la primera parte y con estas CCCC desta segunda, serán mil cabales. Fueron impresas en la muy noble villa de Valladolid (Pincia, otro tiempo llamada), por Francisco de Córdoba, y a costa de Francisco de Alfaro, cuyo es el privilegio. -Acabóse a dos días del mes de Henero deste año de MDLII.



Esta obra no es más que una compilación de respuestas, unas en verso y otras en prosa, dadas a las preguntas que hicieron al padre Escobar varias personas, tales como el muy noble y honrado doctor Céspedes, médico famoso, clérigo y catedrático en Valladolid, algunos religiosos y algunas monjas y ciertos señores principales de España, entre ellos el Almirante de Castilla, de quien son las más, y por ellas corre el libro llevando en su portada el nombre de Preguntas del Almirante.

La mayor parte de éstas son de materias religiosas e históricas, y la menor de asuntos de medicina y de secretos de naturaleza.

Como muestras del ingenio y letras del padre Escobar, traslado a continuación algunas preguntas respondidas por él. Sea la primera aquélla que le hizo un canónigo muy honrado: ¿cuál es la mejor fruta para principio de comer?


   Entre estas nuestras disputas
responded otro primor:
¿cuál tenéis vos por mejor
de todas las buenas frutas?

Respuesta del autor



    Lo que yo puedo alcanzar,
hablando como entre amigos,
parésceme que los higos
por mejor se han de estimar.
Porque, cuanto a la dulzura,
clara está la mejoría,
y aun para la hidropesía
son muy provechosa cura.

   Que es para alabar a Dios
fruta de tanto provecho,
y ver cómo limpia el pecho
y cómo amansa la tos.
A la vejiga aprovecha
y a los reñones mejor;
que arenas y mal humor
todo lo purga y desecha.

   Las rugas del cuero y tez
defiende y sana y estira,
y esto muy mejor se mira
en personas de vejez.
Do flaqueza suele haber,
suele mucho confortar,
y aun también suele purgar
la matriz en la mujer.

   Solamente diz que son
estos higos reprobados,
porque siendo acostumbrados
crían mucha comezón.
Y aunque tengáis por reproche
decir tal descortesía,
cuanto hombre hace de día,
todo lo parlan de noche.



Preguntóle el Almirante de Castilla, don Fadrique Enríquez, ¿qué remedio sabía para la gota? en los versos que siguen:


    Decidme qué haga para descansar
desta gota que me hace penar;
vos que estáis ya tan experimentado
dadme remedio, que estoy muy penado.



A los cuales respondió Escobar en éstos:


   Quien de la gota quisiere escapar
de cinco peligros se deve guardar:
mujeres y vino, también de pescado,
de lugar húmedo y calzado apretado.
Tomaréis un poco de aceite rosado:
con yema de un huevo esté bien mezclado;
y esté bien batido en forma de ungüente,
y untaos con ello un poco caliente.



Replicóle el Almirante en la misma materia y con el mismo linaje de versos:


   Aquella medicina hice y no aprovechó.
Decidme otra, si la hay, mejor medicina,
y venga el remedio presto y aína;
que con el dolor esperándolo estó.



Y respondió Escobar:


   Pues con el aceite el dolor no cesó,
hacedlo otra vez, veréis si declina;
y si vierdes más que el dolor se contina,
dad voces y gritos que así hago yo.



Preguntóle otro amigo la razón de no sudar tanto el que trabaja, mientras trabaja, como cuando descansa:


   ¿Qué es la causa del causar
que el que trabaja y se cansa
suda más cuando descansa
que al tiempo del trabajar?



A que respondió el autor en las razones siguientes:


   Será porque, trabajando,
las materias del sudor
crescen y toman vigor,
y así se van augmentando.
Y el calor con el obrar
los poros suele cerrar;
y assí el sudor represado,
siendo el cuerpo reposado,
comienza luego a manar.



También escribió fray Luis de Escobar sobre lo sano o dañoso de cada uno de los vientos, para dar satisfacción a la pregunta que le hicieron sobre cuál de ellos era mejor para la salud del cuerpo humano. Por no alargar más este discurso, dejo de trasladar lo que habla de los vientos Fabonio y Subsolano; pero pongo aquí los versos en que declara las calidades del Austral y del Bóreas:




Austral


    Él es húmedo y caliente,
hace nieblas y humedades,
hace pesada la gente,
recaer al que es doliente,
y en la mar mil tempestades.
   Él remueve los humores
y los sentidos rebota:
hace mudar las colores
y causa graves dolores,
de romadizo y de gota.
   Y los poros hace abrir,
los rayos hace caer,
fiebres agudas venir,
y agravia mucho el oír,
y el sol hace escurecer.
   Mas también suele tener
propiedades provechosas,
que pluvias suele traer,
los frutos hace crescer,
y aprovecha a muchas cosas.
   Si hay humores que mueva,
hácelos evaporar;
y aun a las aves renueva
en dalles la pluma nueva
y la vieja les mudar.






Bóreas y sus colaterales


    También hacen bien y mal
porque son secos y fríos,
y con la friura tal
hacen yelos y cristal,
y cuajan muy grandes ríos.
   Confortan la digestión,
guardan de la pestilencia,
saludables vientos son;
pero excepto el Aquilón
que causa mucha dolencia.
   A las viñas es dañoso,
hace tos, daña las flores;
mas para el hombre gotoso
suele ser más provechoso
en retener los humores.
   Y las ventanas y puertas
a Bóreas son mejores;
que hay experiencias ciertas
que, si a él están abiertas,
mundifica los vapores.
   Y concluyo la sentencia
desto que aquí es contenido,
que, si a ello dais creencia,
algo sé por experiencia,
y algo por lo que he leído.
[...]
   Mas cuál sea más provechoso
para ser aquí abonado,
ya yo dije que no oso;
porque es hecho peligroso
afirmar lo no probado.



Nicolás Antonio no pudo investigar el nombre que tuvo el autor de esta obra, y sólo nos da razón de su apellido (Biblioteca Nova. -Anonimus de Escobar). Tampoco tuvo noticia de más edición de la 1.ª parte que de aquélla que, según él, salió de la imprenta de Francisco Fernández de Córdoba, en Madrid, el año de 1545 (Id. id. D. Federicus Henríquez).




O

«¿Cuántos Palmerines de Ingalaterra, cuántos Florendos, cuántos Floriandos?»



Miguel Ferrer compuso, según se infiere de las dedicatorias, el Libro del muy esforzado caballero Palmerín de Inglaterra, hijo del rey don Duardos y de sus grandes proezas, y de Floriano del Desierto, su hermano, con algunas del príncipe Florendos, hijo de Primaleón. -Toledo, en casa de Fernando de Santa Caterina, defunto que Dios haya. Año de MDXLVII. -Libro segundo de Palmerín de Inglaterra, en el cual se prosiguen y han fin los muy dulces amores que tuvo con la infanta Polinarda, dando cima a muchas aventuras y ganando inmortal con sus grandes fechos, y de Floriano del Desierto, con algunas del príncipe Florendos. -Toledo MD y XLVIII. Don Nicolás Antonio nada dice de Ferrer, ni da la más pequeña noticia de esta edición del Palmerín de Inglaterra. El haberse hecho rarísimas estas obras, impresas la primera en 1547 y la segunda en 1548, y ser muy común una traducción portuguesa, publicada en el mismo siglo, dio ocasión a muchos para que atribuyesen el Palmerín, unos al Rey don Juan II de Portugal y otros al Infante don Luis, competidor del Rey Felipe II en la sucesión de la corona de aquel reino.

Ni Pellicer ni Clemencín, al comentar el Quijote, tuvieron presentes las ediciones arriba citadas, que fueron las primeras que se hicieron del Palmerín de Inglaterra. Por tanto, no pudieron leer en las dedicatorias de una y otra el nombre de Miguel Ferrer, verdadero autor de este libro caballeresco, de quien decía Cervantes: «Esa palma de Ingalaterra se guarde y se conserve como a cosa única, y se haga para ella otra caja como la que halló Alejandro en los despojos de Darío, que la diputó para guardar en ella las obras del poeta Homero, etc.».




P

«Que palabras me sobran, y aun bien creo que aunque fuera mudo, quizás y sin quizás no me faltaran».



Sabido es que el arte de enseñar a hablar los mudos se debe al ingenio del monje español fray Pedro Ponce de León. Pero la obra no es de sólo su entendimiento, sino de su estudio por las cosas antiguas. Los caldeos, egipcios y persas usaban en sus jeroglíficos, cuando tenían necesidad de poner en ellos números, de una mano haciendo ciertos signos con los dedos. Y así, cuando querían, usando de las imágenes, señalar el uno, juntaban el dedo meñique con la palma de la mano. Para el dos, juntaban el dedo segundo con la palma; el tres, juntando el dedo del medio a la palma, y así los demás.

El mismo signo que hacían en la mano derecha, haciéndolo en la izquierda, quería decir una cantidad del todo distinta.

El signo que en la mano derecha equivalía a 1, en la izquierda era 100.
2 200.
3 300.
4 400.
5 500.
6 600.
7 700.
8 800.
9 900.
10 1.000.
Y así continuaba hasta el 90 90.000.

Así se leen estas noticias en el libro Hieroglificorum, compuesto por Pedro Valeriano y publicado bajo la protección de Cosme de Médicis, gran duque de Florencia.

Según Juan Bautista Laporta, De furtivis literarum notis, los antiguos romanos usaban el siguiente alfabeto tocándose a diferentes partes del cuerpo, y entendiendo

La A por Auris la oreja.
B Barba la barba.
C Caput la cabeza.
D Dentes los dientes.
E Epar el hígado.
F Frons la frente.
G Gutur la garganta.
H Humerus el hombro.
I Ilia la hijada.
L Lingua la lengua.
M Manus la mano.
N Nassum la nariz.
O Oculi los ojos.
P Palatum paladar.
Q Quinque digiti los dedos.
R Renes los riñones.
S Supercilia las cejas.
T Tempora espacio de las sienes.
V Vens el vientre.

Y no usaron imágenes para señalar la K, X y Z por no ser usadas estas letras en la lengua latina.

Don Juan Velázquez de Acevedo, en su obra intitulada El Fénix de Minerva y arte de memoria (Madrid, 1626), hablando del alfabeto de fray Pedro Ponce de León, dice: Otro alfabeto hay que se llama el de San Buenaventura, porque con él se dice que confesaba a los enfermos que no podían hablar y es muy usado de algunos mudos que le saben.

Éste fue el que introdujo en España Ponce de León para hacer que los sordos-mudos se pudiesen comunicar entre sí y trasmitir a otros sus pensamientos. No dejó escrito arte, pero su falta fue suplida luego por Juan Pablo Bonet con la publicación de un precioso tratado que corre impreso con el siguiente título: Reduction de las letras y arte para enseñar a hablar los mudos (Madrid, 1620).

En esta obra están dibujadas las manos que han de servir de modelo a los sordos-mudos cuando quieran aprender arte tan precioso, las cuales tuvieron presentes luego el abate L'Epée y otros extranjeros para atribuirse arrogante y falsísimamente una invención de tanto bien y provecho para aquellos infelices a quienes estaba vedado por la naturaleza el soberano don de la palabra. Lope de Vega Carpio, contemporáneo de Bonet, compuso en su loor las cuatro décimas siguientes, que se leen en el arte de enseñar a los mudos el nuevo modo de hablar:


    Los que más fama ganaron
por las ciencias que escribieron
a los que ya hablar supieron
a hablar mejor enseñaron.
Pero nunca imaginaron
que hallara el arte camino
que los defectos previno
de naturaleza falta:
sutileza insigne y alta
de vuestro ingenio divino.
   La retórica hallar pudo
el arte de bien hablar,
pero nunca pudo hallar
el arte de hablar un mudo.
El más rústico, el más rudo
con lengua puede aprender
hasta llegar a saber,
pero hablar sin ella un hombre
asombra; pero no asombre,
si sois quien lo pudo hacer.
   Que si Dios puesto no hubiera
tan divino ingenio en vos,
sólo del poder de Dios
digno este milagro fuera.
De donde se considera,
debajo de la dotrina
(que la fe nos determina),
pues que Dios lo puede hacer,
que os sustituye el poder
la misma ciencia divina.
   Que lo imposible pudisteis
con alto ejemplo se ve:
tan matemática fue
la demostración que hicisteis.
Voz quitasteis y voz disteis.
Pues no os acierto a alabar,
los mudos pueden hablar,
cuando yo lo vengo a ser;
que no siento enmudecer,
pues vos me habéis de enseñar.



Los españoles del siglo XVI se aventajaron a los hombres de las demás naciones en todo linaje de ciencias, artes y demás cosas provechosas a la vida humana. Y aun más se hubieran aventajado sin duda, a no haber tenido opresos los entendimientos por el bárbaro tribunal de la Inquisición.

Y ahora que hablo de la cultura de los españoles en aquel siglo, no quiero pasar en silencio lo que escribió fray Tomás Mercado, del Orden de Predicadores, contra la esclavitud de los negros, en su libro intitulado Suma de tratos y contratos (Salamanca, 1569), así por ser el primer español que habló en esta materia, como por creer todos que los ingleses son los que primero en el mundo se han opuesto a un tráfico tan bestial.

Aunque es largo el discurso de Mercado contra el comercio de negros, y por tanto no oportuno para este lugar, copiaré aquí un trozo suyo para que el lector juzgue de cómo estará escrito lo demás:

«De dos partes que salen, la una es engañada o tiránicamente captiva o forzada. Demás que los tratan cruelísimamente en el camino cuanto al vestido, comida y bebida. Piensan que ahorran trayéndolos desnudos, matándolos de sed y hambre; y cierto se engañan, que antes pierden. Embarcan en una nao cuatrocientos o quinientos de ellos, do el mesmo olor basta a matar los más, como en efecto muchos mueren; que maravilla es no mermar a veinte por ciento. Y porque nadie piense que digo exageraciones, no ha cuatro meses que dos mercaderes de gradas sacaron para Nueva España de Cabo Verde en una nao quinientos, y en una sola noche amanecieron muertos ciento y veinte; porque los metieron como a lechones y aun peor, debajo de cubierta a todos, do su mesmo huelgo y hediondez (que bastaban a corromper cien aires y sacarlos a todos de la vida) los mató. Y fuera justo castigo de Dios, murieran aquellos hombres bestiales que los llevaban a cargo. Y no paró en esto el negocio; que antes de llegar a Méjico, murieron casi trescientos. Contar lo que pasa en el tratamiento de los que viven sería un nunca acabar. Después espantámonos de la crueldad que usan los turcos con los cristianos captivos, poniéndolos de noche en sus mazmorras. Cierto, muy peor tratan estos mercaderes cristianos a los negros».



Y termina Mercado su discurso aconsejando a todos los mercaderes que abandonen el comercio de negros por ser tan inhumano.

Don Andrés de Claramonte, en la jornada 1ª de El negro valiente en Flandes (1ª parte), pone en boca de uno de los interlocutores las palabras siguientes:


   A cólera y a rabia me provoco,
cuando contemplo en la bajeza mía
pensamientos que van a eterna fama,
a pesar del color que así me infama.
¡Que ser negro en el mundo infamia sea!
¿Por ventura los negros no son hombres?
¿Tienen alma más vil, más torpe y fea
que por ello les den bajos renombres?
¿Qué tiene más España que Guinea?
¿O por qué privilegios o renombres,
si los negros valor y nombre adquieren,
los blancos más civiles les prefieren?






Q

«Y habéis de saber que soy un gran filósofo, porque he deprendido en la nueva filosofía de Dª. Oliva».



Esta doña Oliva, de quien habla Cervantes, fue gran filósofa y médica. Llamábase doña Oliva de Nantes Sabuco Barrera, y era natural y vecina de la ciudad de Alcaraz. Publicó una obra intitulada Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, no conocida ni alcanzada de los grandes filósofos antiguos, la cual mejora la vida y salud humana. No sé en qué año se hizo la primera edición. La segunda, que tengo presente, fue impresa en Madrid, por P. Madrigal, año de 1588.

Doña Oliva, en la carta dedicatoria al Rey Felipe II, dice:

Este libro faltaba en el mundo, así como otros muchos sobran. Todo este libro faltó a Galeno, a Platón y a Hipócrates en sus tratados de natura humana; y a Aristóteles cuando trató de anima y de vita et morte. Faltó también a los naturales, como Plinio, Eliano, y los demás cuando trataron de homine... Deste coloquio del conocimiento de sí mismo y naturaleza del hombre, resultó el diálogo de la vera medicina que allí se vino nacida, no acordándome yo de medicina, porque nunca la estudié; pero resulta muy clara y evidentemente, como resulta la luz del sol, estar errada la medicina antigua que se lee y estudia en sus fundamentos principales, por no haber entendido ni alcanzado los filósofos antiguos y médicos su naturaleza propia, donde se funda y tiene su origen la medicina.... Mi petición es justa: que se pruebe esta mi secta un año; pues han probado la medicina de Hipócrates y Galeno dos mil años, y en ella han hallado tan poco efecto y fines tan inciertos, como se ve claro cada día, y se vido en el gran catarro, tabardete, viruelas y en pestes pasadas y otras muchas enfermedades, donde no tiene efecto alguno; pues de mil no viven tres todo el curso de la vida hasta la muerte natural, y todos los demás mueren muerte violenta de enfermedad, sin aprovechar nada su medicina antigua.



No obstante la fanfarria con que esta mujer escribió su Nueva Filosofía, a ella debe la medicina raros descubrimientos anatómicos, y especialmente el del suco nérveo.

Por lo común, las literatas españolas han despuntado siempre de muy agudas y sutiles. D.ª Oliva Sabuco presentaba en el siglo XVI a los filósofos y a los médicos un tratado de filosofía y medicina, donde les echaba en rostro que no sabían por dónde caminaban. Doña Feliciana Henríquez de Guzmán, en el siglo XVII, censuraba a un Lope de Vega, a un Tirso y a un Calderón, porque no observaban en sus comedias los preceptos del arte. Y para mostrar sus errores, y cómo se deberían escribir las obras dramáticas, compuso Los Jardines y campos sabeos, 1ª y 2ª parte: tragicomedia con coros y entreactos. -Lisboa, 1624. -Id., 1627. En cuyo prólogo se leen estos arrogantes versos:


   Cree nuestra poeta que ella ha sido
la primera de todos en España,
que imitando a los cómicos antiguos
propiedad ha guardado, arte y preceptos
de la antigua comedia, y que ella es sola
la que el laurel a todos ha ganado,
y ha satisfecho a doctos el deseo
que tenían de ver una, que fuese
comedia propiamente, bien guardadas
sus leyes con rigor; porque hasta ahora
ni se ha impreso, ni visto en los teatros.






R

«Ahí tenéis a la defuncta condesa de Tendilla, madre de los tres Mendozas, cuyos nombres aún viven y vivirán por luengos siglos en las voces de la Fama».



Aquí se refiere Cervantes a los tres hermanos Mendozas, don Diego, don Antonio y don Bernardino.

Don Diego de Mendoza está reputado justísimamente por uno de los mejores poetas, historiadores, novelistas y escritores satíricos que han florecido en España. Su Historia de la guerra de Granada y su Lazarillo de Tormes, lo han hecho famosísimo en la república literaria.

También fue gran soldado, y sobre todo gran político.

Los servicios que hizo a España en Italia son sabidos de todos, pero como yo soy poseedor de muchos papeles de este insigne varón, no conocidos por cuantos han tratado de su vida, puedo facilitar no sólo a los eruditos, sino a todo linaje de personas, multitud de peregrinas noticias acerca de sus escritos inéditos y de su gran política en dirigir los asuntos de la Corte española en la romana, y en las republiquillas de Italia. Cosa muy sabida es lo que trabajó en las primeras sesiones del Concilio de Trento, cuya celebración había solicitado del Papa el Emperador Carlos V, con el fin de que se reformase la Iglesia y quitar con esto la ocasión de que muchos príncipes y ciudades de Alemania anduviesen desviados de los católicos en las materias de religión. Y así, mientras que por una parte emprendía la guerra a sangre y fuego contra los rebeldes del imperio, por otra hacía las más vivas y apretadas diligencias para conseguir del Papa que la Iglesia se juntase en Concilio: lo cual, por las pocas ganas que la Curia romana tenía de reformación, no se ejecutó hasta el año de 1545, y eso a duras penas y a más no poder de aquella Corte, la cual al cabo halló medio de trasferir el Concilio a Bolonia desde Trento, villa de Alemania, donde fueron celebradas las primeras sesiones. Para esto se echaron voces de peste y poca seguridad que tenía el Concilio por las guerras con los alemanes. Pero no dejaba de poner en cuidado a Roma las diligencias del embajador de España don Diego Hurtado de Mendoza. Éste, antes de entrar en aquella ciudad, ya mostró lo que conocía a la gente de la Iglesia en aquel siglo, pues habiendo tenido varias conferencias con Juan de Vega, amigo suyo, y antecesor en el puesto que iba a ocupar, y habiendo oído de los labios de éste -«Vuestra señoría esté advertido, que ha de hallar poca verdad en esta Corte, porque los principales de ella no la tratan», respondió: -«Pues encontrado han con la horma de su zapato; porque por una mentira que me digan, les serviré con doscientas» (El Embajador, por don Juan de Vera y Zúñiga. -Sevilla, 1620). El mismo Mendoza, en unas advertencias que escribió para el embajador que hubiere de asistir de España en Roma, de las cuales existe un traslado ms. en mi biblioteca, puso las palabras siguientes: «En esta Corte puede mucho el interés; y así, es menester gobernarse en ella como el buen cazador, mostrándole al gavilán la carne, y dándole poco a poco; porque si se le da mucha, luego pide más y se olvida de la recibida, y dándosela poco a poco, vive con esperanza y acude a la que desea».

Muchos fueron los altercados que tuvo con Paulo III, porque este Papa odiaba al Emperador y quería por todas las vías posibles estorbar la celebración del Concilio. Y como don Diego Hurtado de Mendoza lo apretaba con incesantes importunaciones y con otras diligencias para que no consiguiese sus propósitos, un día le hizo tantas y tales instancias, y con tan libres palabras, que Paulo III, cansado ya de su porfía, y aun del poco respeto con que trataba su persona, y negociaba en su Corte, le dijo -«Que parase mientes en que estaba en su casa, y que no se excediese». A las cuales palabras respondió nuestro embajador: -«Que era caballero y su padre lo había sido, y como tal había de hacer al pie de la letra lo que su señor le mandaba, sin temor alguno a Su Santidad, guardando siempre la reverencia que se debe a un vicario de Cristo; y que, siendo ministro del Emperador, su casa era donde quiera que pusiese los pies y allí estaba seguro» (Colección de cartas del Emperador, de sus embajadores y virreyes. -Ms. de la Biblioteca Nacional).

En este tiempo, el Papa tuvo varias vistas con el Emperador en Bujeto; y aunque la voz que se echó por la gente de la Iglesia fue que en ellas se iba a tratar de la pacificación del Rey Francisco con Carlos V, lo cierto era que en la jornada de Paulo no había más propósito que satisfacer su deseo de comprar el estado de Milán. El emperador pedía luego el dinero, y el Papa no osaba desembolsarlo porque no le dejasen burlado. Además de esto, quería Carlos retener en sí los castillos de Milán y de Cremona, pero el Papa porfiaba en que no había de comprar una cosa sin la otra. Y como el negocio finalmente se apretó tanto, y la necesidad del Emperador era tal y tan grande, y el dinero de Paulo tan sabroso y tan oportuno, se tuvo casi por acabado este negocio. Pero don Diego Hurtado de Mendoza, que deseaba el servicio del Emperador y no sentía bien de esta compra, le dirigió un papel (tráelo Sandoval en su Historia de Carlos V, part. 2ª) con muy vivas y elegantes razones de Estado, las cuales consiguieron que Carlos retirase sus oídos de los tratos de la venta de Milán. Bien mostraba nuestro embajador cuánto conocía a la Corte romana y también al Papa Paulo III, puesto que en este papel decía al Emperador: «¿Qué príncipe, ni hombre os ha ofendido más? Ninguno, por cierto; porque si queremos considerar las cosas tales, los ciegos han visto que todo el daño que os procuró el francés fue por su persuasión y traza, y por consiguiente todo el mal que esperáis del turco, nace y nacerá de esta causa... Y finalmente, ¿qué obra buena jamás os hizo por voluntad, sino por sola su necesidad e interese? Tened, señor, por muy cierto que si el Rey de Francia tiene tres flores de lis en sus armas, él trae seis en las suyas y seis mil en el ánimo, y jamás hallará segura ocasión de mostrarlo que no lo haga. Mucho más podéis asegurar del Rey de Francia en vuestras cosas que no en él; porque el Rey es nacido príncipe y procederá como príncipe; y ese otro, de hombre no tal, ha venido a la grandeza en que está y jamás dejará de obrar como quien es. ¿Queréislo ver? ¿Qué mayor desacato en el mundo se puede hallar, que habiéndoos ofendido, como os ha ofendido, no tiene vergüenza de parecer ante vos; pero os demanda cosas que no sería justo pedirlas, aun habiéndoos redimido de turcos...? El temor de veros venir agora con gente no excede la mala consciencia, perversa y dañada intención que contra Vos tiene. En nada se asegura, de todo se teme; y pues lo tenéis en estos términos, otra vez exhorto a V. M. que sepa usar de la ocasión. Haced poco caso de él. Tratadlo como a hombre, cuya seguridad y grandeza pende de vuestra voluntad».

No dejaba pasar en silencio las ocasiones que se presentaban a su ingenio y a su pluma para abrir los ojos del Emperador y hacerle entender las fechorías que tan en su daño obraba Paulo III; y así, en el año de 1547, habiendo sido muerto por varios nobles conjurados Pedro Luis Farnesio, a quien éste había nombrado por ser hijo suyo, duque de Parma y de Plasencia, marqués de Novara, y capitán general y confalonier de la Iglesia, escribió don Diego de Mendoza una excelente obrita que existe ms. en mi biblioteca, y la cual lleva por título estas palabras: Diálogo entre Caronte y el ánima de Pedro Luis Farnesio, hijo del Papa Paulo III. Por donde se ve que no fueron Fenelón y Fontenelle los primeros que en una de las lenguas modernas compusieron coloquios entre muertos, pues en el siglo XVI ya había hecho uno el famoso autor de la Historia de la guerra de Granada (También se ha escrito por un español otro diálogo de esta especie, con el título de Pía junta en el panteón del Escorial, que algunos atribuyen a don Antonio Solís y Ribadeneyra, y otros a don Luis de Salazar y Castro. De esta obrita existen varias copias mss. en algunas bibliotecas públicas y de particulares).

Todas las acciones cometidas por Paulo III contra el Emperador se encierran en las palabras siguientes que puso don Diego de Mendoza en boca de Aqueronte, replicando al alma de Pedro Luis Farnesio, a quien habían dado cruelísima muerte sus vasallos los plasentinos:

A tu padre le pesa de la grandeza y buena fortuna del Emperador, como aquél que tiene entendido que no ha de consentir que dure tanto tiempo la disolución del clero, y la desorden que hay en la Iglesia de Cristo, y que ha de salir al cabo con la empresa tan santa que ha tomado de juntar el Concilio, y remediar, juntamente con las herejías de Alemania, las bellaquerías de Roma. Y que esto sea así verdad, bien sabes por cuántas vías, tú y tu padre habíais intentado estorbarlo; y que por cumplir con el mundo, no pudiendo hacer otra cosa, cuando visteis la determinación del Emperador que era hacer la guerra a los rebeldes del imperio, porque domados aquéllos, como nervios principales de todo el cuerpo de la herejía, era después más fácil atraer al pueblo alemán a tener y creer lo que en el Concilio se determinase, digo, pues, que viendo y considerando esto tu padre envió una hermosa banda de gente italiana con tantos dineros, que bastasen solamente a llegar allá, y con orden expresa que en llegando y habiendo hecho muestra delante del Emperador, se deshiciesen y resolviesen en uno, de suerte que no pudiese S. M. servirse de ellos, diciendo particularmente tu padre, como se sabe que le dijo, estas palabras a Alejandro Vitelli, lugarteniente de tu hijo Octavio: -«Haced allá en llegando una hermosa apariencia, y después trabajad que se deshagan y se vengan; porque al Emperador querémosle amigo, pero no patrón». Después de esto, viéndole victorioso, domados los rebeldes, y todo el imperio sujeto, y que ya no podía dejar de haber efecto el Concilio, tratasteis tú y tu padre de revocarlo, como en efecto lo deshicisteis, alegando para ello razones que ni eran verdaderas ni aparentes. Y no contentos con esto, traíades él y tú mil tramas con mil naciones para estorbar al Emperador tan santa obra, ocupándolo en otras guerras civiles, llamando para esto al turco, como lo llamasteis otra vez, cuando lo hicisteis venir tirado de vuestras promesas y persuasiones. Pero Dios, que no quiere consentir tantas maldades, abrió los ojos de los que te mataron, y abrirá los del Emperador para que lleve adelante su buen propósito. Por lo cual tu padre, que de antes había pocas ganas de Concilio, tendrá agora menos; y dejando el negocio de Dios por acesorio, verás que ha de tomar el tuyo por principal; y sin acordarse de que es vicario de Jesucristo, obligado a dar bien por mal, querrá como tú esperas, vengar tu muerte; y para esto, no curará del daño de la Cristiandad, ni de indignarse y hacerse enemigo de un Emperador, que a él y a todo el resto de la Iglesia de Cristo sustenta con la propia virtud y la propia espada. Vendrá, como he dicho, a no querer Concilio, y declarar su buena intención, de que se seguirá que el Emperador, movido de justicia, irá a juntar el Concilio, y querrá ver el fruto que de él resultará, y esto no se podrá hacer sin daño y vergüenza de tu padre y de tus hijos y linaje; los cuales, siendo pocos y solos, durarán ante la fuerza del Emperador lo que suele durar un pequeño torbellino de polvo, ante un viento recio y poderoso. Y no creo que para esto será necesario que él tome la espada ni que sus ejércitos se ocupen en tan baja guerra. Bastará que no os dé el calor y favor que siempre os ha dado, y que alce la mano de vosotros y se esté mirando. Ni será menester que dé licencia a los alemanes herejes para que ellos lo hagan como lo habrían hecho veinte años ha, si no los hubiese tenido el miedo y el respeto del Emperador.



Por estas razones se viene en conocimiento de cuántas y cuán grandes injurias recibía continuamente el Emperador Carlos V de manos de los malos consejeros del Papa Paulo III, en tanto que gastaba todos sus tesoros y la sangre de sus vasallos en reducir a la obediencia de la Sede Apostólica a los alemanes que tan desviados caminaban de ella.

Don Diego Hurtado de Mendoza, en sus papeles políticos, igualó en elocuencia a Demóstenes. Quizá no pasará mucho tiempo sin que yo dé a la estampa todos los que poseo. Pero ahora no quiero defraudar a mis lectores del siguiente memorial que existe inédito también en mi biblioteca, y el cual claramente demuestra el valor y los grandes conocimientos políticos que tenía don Diego de Mendoza. Dice, pues, así este curiosísimo documento:

Sacra Cesárea Católica Magestad:

Julio César decía que Sila dejó la ditadura, porque no sabía letras. Muchas menos sabrá V. M. si deja a Milán, pudiendo tener más justamente este reino que Sila el de su república. La razón y derecho que V. M. tiene a estos estados por virtud del feudo del Imperio, harto bien está disputado y determinado en favor de V. M., si vos sois Emperador y las leyes imperiales se guardan. Y dejando esto aparte, quiero tomar la cosa más estrecha, y digo que, según los fundamentos de todos los señoríos del mundo y sucesión de las cosas, el mismo derecho tenéis a Italia, que a Flandes y España y por consiguiente a todo el mundo.

Pregunto a V. M. ¿qué razón hizo a los romanos señores de casi todo el mundo, y después a los godos de España, a los franceses de Francia y a los vándalos de África, a los hungos de Hungría, y a los anglos de Ingalaterra? Por ambición salieron estas gentes de su casa, por pura valentía se hicieron señores de la ajena, y por virtud y buen gobierno la han conservado muchos dellos hasta agora.

Violenta fue la usurpación de todos, violenta la retención, violenta la continuación. ¿Queréis que os lo diga? Desde ha que el mundo es mundo hasta agora, no ha habido más razón ni derecho a los reinos que la fuerza: de donde nació el proverbio Jus est in armis.

Si la religión os mueve a dejar a Milán, por la misma razón y causa podéis dejar a España, si queréis descargar la conciencia de vuestros predecesores, porque «no hay más diferencia de la propiedad de un señorío a otro, que ser la usurpación una más antigua que otra».

He dicho la razón porque V. M. puede tener a Milán por respeto del feudo del Imperio, y lo que la natura introdujo entre los hombres, después que Dios formó el mundo; diré agora la razón de vuestra necesidad que se suele decir que no tiene ley.

Claro está que, si uno tiene dentro de un señorío o cerca de él una tierra por la que puede recibir daño aquella provincia, justamente le puede quitar el señorío de aquélla la entrada, y darle la equivalencia en otra parte donde pueda estar sin sospecha. «Y la más justa causa que los Reyes Católicos juzgaron para tomar a Navarra, fue el daño que por aquella parte pudiera recibir toda España, como hizo el Rey de Francia en tomar a Borgoña, que es la llave de su reino; y con darle en otra parte lo que allí le tomaron, satisfacían la conciencia, y hacían justa la aplicación.

Entre los hombres doctos, esto se tuvo entonces por mejor derecho que el de la aprobación e investidura por el cisma.

Pues si las leyes permiten esto entre personas privadas, ¿por qué no se permitirá entre príncipes, pues el peligro es mayor?

Por la misma causa, porque los Reyes Católicos tomaron a Navarra por la seguridad de España, podéis tomar a Milán por la de Italia, pues allende de esta necesidad, concurren a vuestro favor el derecho del feudo del imperio, y el que tenéis adquirido por la defensión desta provincia.

Vuestra es Sicilia, vuestra es Nápoles, vuestra es Florencia, vuestra es Sena, vuestra es Luca, vuestra Génova. Toda Italia os reconoce cierta manera de obediencia y superioridad. La entrada para toda Italia es Milán, como Borgoña para Francia. Adonde solía acostarse Milán, toda Italia se inclinaba; y pues siendo Milán la entrada y cimiento sobre la cual lo demás de Italia se funda, y teniéndola vuestro enemigo, lastimado de lo pasado, ¿qué seguridad podéis tener para asegurar lo demás?

Luego que el francés haga fundamento en Milán, se desharán todos los que habéis hecho en Italia; porque, como no están fundados en verdadera obediencia, fidelidad y amor de los naturales, sino en puro interese y odios crueles, fácil cosa será echallos todos por el suelo.

Yo certifico a V. M. que así acaecerá como cuando de un mal edificio se quita una piedra del cimiento, que todo lo al desmorona y cae. Porque, quitada la piedra del cimiento de Italia, que es Milán, tened por cierto que todo lo demás desta provincia, no solamente caerá, pero nos faltarán manos e industria para derribarlo más presto.

Si dais la puerta a vuestro enemigo, ¿por dónde habéis de meter vuestros ejércitos por tierra, y las armadas por mar, dejando a Milán, y perdiendo de necesidad a Génova? Y si le ponéis vuestras armas en las manos, ¿con qué queréis combatir? Y finalmente, ¿qué medio queréis tomar, perdiendo aquesto, para asegurar lo demás de Italia? Ninguno por cierto, si no apeláis para la fortuna que hasta aquí lo ha defendido todo.

Mirad, señor, que es remedio incierto, porque al fin es fortuna, y jamás nació un hombre tan venturoso que pusiese un clavo a la rueda de ella. Diez y seis años fue madre de Ánibal; al cabo le fue madrast[r]a en su propia patria. César por ella fue señor del mundo; al cabo murió a manos de pocos. Jamás se vio constancia en ella, y por esto en tanto que dura es menester usar del favor suyo.

Pues la necesidad es la que digo, V. M. defienda a Milán, pues podéis, y no deis lugar a que justamente podamos decir que no sabéis letras; pues yo os certifico que «muy pocas sabía V. M. cuando vio ejército, y prendió al Rey de Francia, y no usasteis de aquella ocasión de recuperar primero a Borgoña y lo demás. Muy pocas, cuando tuvisteis el santísimo templo de la Iglesia en vuestras manos, y lo dejasteis; porque ninguna injuria hiciérades a Cristo, quitando a su Vicario el brazo temporal, que es llave de abrir y cerrar las guerras; pues no la fundó Dios sino en lo espiritual. Pocas letras tuvo V. M. en no usar de ellas, cuando lo de Viena y de Lautrec, y pocas cuando pasasteis en Francia, y os tornasteis con pérdida de tantos hombres, y de tanta estimación. Para abreviar, pocas letras ha sabido V. M. hasta agora, pues habéis perdido las mayores, las más grandes, las más gloriosas ocasiones que jamás príncipe tuvo para haceros monarca.

Otros hombres chicos contra fortuna se hicieron grandes príncipes. Vos con ella mayor que jamás nadie tuvo, no habéis acrecentado una piedra a lo que heredasteis. Alejandro, siendo niño, lloraba cuando le contaban las victorias de su padre Filipo, temiendo que no le dejaría a él qué ganar.

A vos viénenseos los reinos y señoríos a las manos, y quereislos dejar y poner vuestra honra y señoríos en compromiso con el Papa, sabiendo que anda puesto en almoneda, que el que más diere lo ganará.

Dirá por ventura V. M. que es imposible resistir al turco, y deshacer al francés. Yo digo que es difícil, pero no imposible; porque sé que otras tan grandes cosas ha acabado vuestra fortuna, y santa y buena intención, y también sé que algunos pocos des'Oca Aragón resistieron en cierto tiempo al turco y echaron a los franceses de Nápoles.

Y pues vos, siendo señor de Alemania, de España y de Italia y de la mayor parte de Europa, y estando confederado para la resistencia del turco con el Papa y con venecianos, ¿por qué habéis de desesperar hacer con tanto aparejo lo que otros con casi ninguno acabaron?

Pensad, señor, lo que valéis y podéis, y tendréis por fácil cualquiera cosa que emprendiéredes. Concluyo que, pues por el derecho del feudo y por la costumbre de los hombres y natura de las cosas, y por la necesidad propia os previene y conviene tener a Milán, que es la misma necesidad que constriñe al Rey de Francia a no restituiros a Borgoña, por ser la entrada para Francia, V. M. gobierne así el negocio y no digamos más lo que dijo César por Sila.



Esto se llama exceder, si no igualar en vigor y en elocuencia a Demóstenes. Pero hartas pruebas tiene dadas de lo uno y de lo otro don Diego Hurtado de Mendoza en aquellas de sus obras que para honra de la literatura española han logrado los honores de la estampa.

Lástima grande que este ingenio no hubiese dedicado algunas horas a escribir la vida y hechos de Carlos V. Diego de Colmenares, autor de la Historia de Segovia, en un ejemplar de la del Emperador que compuso Pero Mejía, puso de su puño y letra la nota siguiente:

Murió Pero Mejía, autor de esta historia, año de 1551, en 16 de enero, víspera de San Antón Abad, y en la hoja 2ª, plana 1ª, dice que comenzó esta obra año de 1549, de donde se colige que escribió esto en menos de dos años. Fue infelicidad de este príncipe y de la nación española que no la acabase para que no hubiera caído en manos de fray Prudencio de Sandoval, ya que el señor Rey D. Felipe II no advirtió en honor de su padre encargarla a D. Diego Hurtado de Mendoza, con que tuviéramos la mejor historia por el asunto y por el escritor, que acaso hubiera en el mundo, fuera de las sagradas. Pero de nada cuidan menos los Reyes de España que de sus historias. -Licenciado Diego de Colmenares.



De la obra de Pero Mejía con la nota de Colmenares para una copia ms. en la Biblioteca de la Catedral de Sevilla.

No fueron menos famosos en el mundo los hermanos de don Diego. Don Antonio de Mendoza sucedió en el gobierno del imperio de Méjico a Hernán Cortés y al licenciado Luis Ponce, y fue el primer gobernador que tuvo título de Virrey y Capitán General de Nueva España. Luego pasó al Perú a desempeñar igual cargo.

Escribió un libro intitulado De las cosas maravillosas de Nueva España (Véase la biblioteca de Antonio León Pinelo).

No fue menos famoso don Bernardino de Mendoza, gran soldado, gran político, poeta también y autor de una Historia de las guerras de Flandes.




S

«Ahí tenéis también a madama Passier, cuyo raro ingenio y memoria y elocuencia la muerte se ha llevado tras sí como los pámpanos octubre, a la cual, por sus muchas letras le fueron hechas muy grandes y solemnísimas exequias, y a su memoria se hicieron muchos y muy doctos versos. Y aun bien, según creo que debe de haber llegado a la Corte un libro cargado de sus cartas llenas de erudición y de moralidad».



Aquí se refiere Cervantes a una rarísima obrita publicada con este título: Cartas morales del señor de Narveza, traducidas de lengua francesa en la española por madama Francisca de Passier, dirigidas al excelentísimo señor don Pedro Enríquez de Acevedo, conde de Fuentes. Impreso en Tonon, por Marcos de la Rua, estampador de la santa casa. MDCV.

Francisca de Passier es desconocida enteramente en la literatura española. Ni el célebre Nicolás Antonio da noticias de ella en la Biblioteca hispana nova. Sólo el doctor Francisco Garci López, editor de las Cartas morales, dice algo, aunque poco, de la vida de esta señora, la cual tuvo por padre a un presidente del consejo de hacienda de Saboya, «varón insigne en letras, y verdadero filósofo en las costumbres y vida». Aprendió madama Passier varias lenguas con la mayor brevedad, y habló en tres meses la castellana «con tal propiedad y acento, que nadie juzgara haber nacido entre las nevadas asperezas de los Alóbroges, mas antes entre la nobleza, discreción, cortesía, familiar conversación y uso de las damas y caballeros de los palacios de Sus Majestades». Murió en la edad de diez y nueve años y siete meses. Entonces su marido, juez mayor de la Tarantasa, y consejero de estado, y del príncipe de Saboya, redujo a cenizas todos los papeles que ella había dejado escritos, los cuales eran obras no acabadas, y por tanto imperfectas. Solamente por los muchos ruegos del doctor Garci López, dejó sin quemar las Cartas morales del señor de Narveza que ella había puesto de lengua francesa en castellana, en menos de diez días. A la muerte de ella, se hicieron grandes exequias que duraron nueve días, y muchas oraciones fúnebres en latín y en francés y gran cantidad de poesías, así latinas y francesas, como españolas.

Una de éstas fue aquella canción compuesta por el capitán Antonio de Paredes, la cual empieza así:


    Que en Cortes poderosas
críe Naturaleza
abundancia de espíritus divinos,
que aficiones dichosas
descubran la fineza
de sus ingenios raros peregrinos;
y que por mil caminos
venga a ser adorada
un alma de virtudes adornada,
obras son de su mano,
y no se admira el natural humano.
   Pero que en los desiertos
de valles asolados,
peñascos duros y ásperas montañas,
donde los riscos yertos,
al cielo levantados,
descuelgan las bellotas y castañas,
son obras más extrañas
criar un alma pura
admiración de toda la criatura,
en cuyo fundamento
se eclipsa la razón y entendimiento.
   Crio para la gloria
un bien tan soberano;
un extremo, un milagro, un imposible:
vida de la memoria,
sujeto sobrehumano,
ventaja conocida a lo visible;
compuesta y apacible,
honesta, mansa, afable,
hermosa, grave, alegre y agradable,
virtüosa, discreta,
en esto extremo, en lo demás perfeta.
   Etc.



Muestras del estilo de madama Francisca de Passier sea la carta primera:

Tus ruegos, las leyes de amistad y mi condición me convidan tan dulcemente a escribirte, que yo no te podría honestamente rehusar el placer que tú piensas recoger de mi pluma, sin negar a mí mismo el que yo recibiré en este oficio, pues él te puede hacer conocer mi ánimo que jamás es diferente a mis acciones exteriores. De suerte, amigo Lucidoro, que yo no sé cuál de los dos será el más contento: tú de ver tu ruego cumplido, recibiendo mis cartas, o yo de ver satisfecha mi afición en escribírtelas. Pero todavía por no disputar ni porfiar esta ventaja, tú por los derechos de tu discreción, y yo por los títulos de amistad, dividiremos este contento a nuestros corazones; pues que la causa era dividida y repartida igualmente a nuestros deseos a la hora que habemos presupuesto de conferir juntos por esta conversación espiritual, ya que nuestras fortunas, apartando nuestras personas, han hecho en esta conversación la vista más necesaria que el oído. Yo te mostraré, pues, libremente mi franqueza y libertad, y no te encubriré nada de lo que yo querría decir a un amigo perfeto; y pues tú tienes este nombre y tus obras te hacen digno de él, yo no tendré ningunos pensamientos que no te los comunique, excepto los que la modestia detendrá en mi alma; porque en esto deseo que ella tenga también el poder de hacerme callar, como la amistad de hacerme hablar, según que el interés de lo uno y de lo otro me encomendarán el silencio o la palabra. Seráme gran ventaja, Lucidoro, que tú sepas ya la propiedad de mi natural, que es sin arte por mi ignorancia y sin artificio por mi llaneza, por quien tú excusarás la simplicidad de mis discursos, y no me culparás de fingido. Y así, el conocimiento que tienes de la flaqueza de mi espíritu y de la fuerza de mi afición, no solamente me quitará el temor de recibir alguna reprensión de ti, mas antes me hará esperar que alabarás el designio que tengo de aplicar a este ejercicio lo más de mi cuidado y del ocio que el mundo da a la mayor parte de los hombres.





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