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Argumento del déçimo octavo canto < >

     En el déçimo octavo canto o sueño que se sigue el auctor muestra los grandes daños que en el mundo se siguen por faltar la verdad [del mundo] de entre los hombres.

     MIÇILO. [Pues por tu buenaventura, gallo o Pithágoras, o como más te quisieres llamar, de todas las cosas tienes esperiençia que en el çielo y en la tierra pueden aconteçer], deseo agora mucho de ti saber me declares una admirable duda que gravemente atormenta mi spíritu sin poder hallar quién me satisfaga con bastante respuesta: ¿de dónde proviene en algunos una insaçiable cobdiçia de mentir en cuanto hablan, en tanta manera que a sí mesmos con sumo deleite se saborean, como sepan que todo es vanidad cuanto dizen, y con suma efficaçia tienen en atençión los ánimos de los oyentes?

     GALLO. Muchas cosas son, o Miçilo, las que fuerçan algunas vezes los hombres a mentir. Como es en los belicosos y hombres de guerra se tiene por ardid saber con mentira engañar al enemigo, como en esta arte fue muy sagaz y industrioso Ulises; y también lo usan los cobdiçiosos de riquezas y honras mundanas por vender sus mercaderías y aventajarse en sus contrataçiones. Pero aunque todo esto sea ansí te ruego me digas la ocasión que a saberlo te mueve.

     MIÇILO. Todo eso se sufre que me has dicho por ofreçerse en esos casos intereses que a mentir les mueve. Pero donde no se les ofreçe interés de más que saber su apetito, ¿de dónde les viene la inclinaçión a tan nefando y odioso viçio? Que hay hombres que en ninguna cosa ponen más arte, cuidado y industria que en mentir sin algún interés como al presente te quiero contar. Bien conoçes a Demophón nuestro vezino.

     GALLO. ¿Es este rico que está en nuestra vezindad?

     MIÇILO. Ese mesmo. Ya sabes que habrá ocho días que se le murió su muger, pues a esta causa por ser mi vezino y amigo que siempre me convidó a sus çenas y çelebridades, quísele ir la noche passada a visitar y consolar en su viudez.

     GALLO. Más propriamente dixeras dar la buena pro haga.

     MIÇILO. Pues habíame dicho que con el gran pessar que tenía de la muerte de su muger estaba enfermo, y ansí le hallé en la cama muy afligido y llorando, y como yo entré y le saludé me reçibió con alguna liberalidad mandándome sentar en una silla que tenía cerca de sí, y después que le hube dicho aquellas palabras que se suelen dezir en el común: «señor, péssame de la muerte de vuestra muger y de vuestro mal», començéle a importunar me dixesse qué era la causa que de nuevo le hazía verter lágrimas, habiendo ya algunos días que se le había muerto la muger. A lo cual me respondió que no se le ofreçía cosa que más nueva le fuesse que habérsele muerto [la muger], su compañera, la que él tanto amaba en esta vida y de que perpetuamente se debía acordar della; y díxome que estando allí en su cama solo [la noche passada] en consideraçión de su soledad y miseria y de su amada Feliçia, que ansí se llamaba su muger, pessándole mucho por una desgraçia que le había hecho poco antes que murió, y es que rogándole < > que le renovasse çiertas joyas de oro que tenía y faldrillas hechas otro tiempo, no lo había hecho, y que estando muy apesarado por no le haber complazido, le apareçió < > increpándole porque habiéndole sido en todo muy cumplido y liberal, había sido muy corto en lo que tocaba a su honra, porque en su entierro y obsequias no la había acompañado el cabildo mayor y cantores con música, y porque no la habían tañido las campanas con solenidad, que llaman empino, y que la llevaron al templo en unas comunes andas habiéndola de llevar en ataúd; y otras cosas dixo del paño que las andas cubría, si era de brocado, luto o seda; lo cual todo pareçiéndole [muy] grande [disparates y] liviandades me reí diziendo que se consolasse mucho, que buen remedio tenía tornando de nuevo a hazer las obsequias. Y por pareçerle que yo no lo creía lo trabajó apoyar con grandes juramentos, y porque vía que mientra él más juraba menos le creía yo, se levantó en camisa de la cama y se abajó inclinado de rodillas en el suelo, señalándome con el dedo las señales de sus pies que allí había dexado y imprimido; y estaba todo el suelo tan llano y tan igual que no se hallara un cabello de differençia aunque tuviérades ojos de linçe; y ansí por me persuadir su sueño se tornó a la cama donde sentado y mandándome encorporar con almohadas [que le tuviessen], proçedió en cosas tan monstruosas y tan sin orden [acerca de su sueño y visión, y en loor de su muger] que no habrá en el mundo tan vano juizio que las crea, hasta que quebrada la cabeça de sus vanidades me despedí [dél] y me vine acostar.

     GALLO. Verdad es, < > Miçilo, que esas cosas que Demophón [ahí] te contó no son de creer de razonable juizio, porque ya te dixe lo que hay en la verdad açerca de las ánimas de los defuntos. Pero mira bien no incurras tú en un género de incredulidad que tienen algunos hombres, que ninguna cosa les dizen por fáçiI y común que sea que la quieran creer, pero maravillándose de todo, se espantan y santiguan, y todo dizen que es mentira y monstruosidad; lo cual [todo] es argumento de poca esperiençia y saber, porque como no han visto nada, ni han leído nada, cualquiera cosa que de nuevo vean les pareçe ser hecha por arte de encantamiento o embaimiento, y por el semejante, cualquiera cosa que de nuevo oyan que les digan se encogen, espantan y admiran, y tienen por averiguado que la fingen siendo mentira por burlar dellos y los engañar. < > Los sabios, los que todo lo han visto, los que todo lo han leído, todo lo menospreçian, todo lo tienen en poco, y ansí passando adelante lo ríen y mofan y tachan y reprehenden, mostrando haber ellos visto mucho más sin comparaçión. Ansí agora tú considera que no es peor estremo, no creer nada, que creerlo todo, y piensa que ninguna cosa puede imaginar el entendimiento humano que no pueda ser, y que maravilla es que todo lo que puede ser, sea de hecho < > y acontezca. Pues ansí agora yo, Miçilo, me temo si no quieres creer cosa de cuantas hasta agora te he dicho, y pienses y sospeches que todo ha sido mentira y fingido por te dar passamiento; y ansí creo que menos creerás un admirable aconteçimiento que agora te quería contar, porque junto con lo que hasta aquí te he contado exçede en admiraçión sin comparaçión alguna a lo que Demophón tu vezino te persuadió haber visto.

     MIÇILO. Mira, gallo, [que] entendido tengo que todas las cosas verdaderas que se dizen, si bien se quieren mirar, muestran en sí una verosimilitud que fuerçan al entendimiento humano a las creer; porque luego < > rehize en ellas aquella deidad de la verdad que tienen en sí, y después desto tiene gran fuerça la auctoridad del que las dize, en tanta manera que aun la mesma mentira es tenida por verdad. Ansí que por todas estas razones soy forçado a que lo que tú dixeres te haya yo de creer; por lo cual, di, yo te ruego, con seguridad y confiança que ninguna cosa que tú dixeres dubdaré, prinçipalmente que no hay maravilla alguna que me maraville después que vi a ti siendo gallo hablar nuestra lengua; por lo cual me persuades a creer que tengas alguna deidad de beatitud, y que por ésta no podrás mentir.

     GALLO. Por çierto yo querría çesar, o Miçilo, de mi narración por haberla interrumpido con alguna señal de dubda; dexaras en verdad de gozar de la más alta y más feliçíssima historia que [nunca] hasta agora ingeniosíssimos historiadores han escripto, y prinçipalmente por narrártela yo que soy el que la passé. Pero por la seguridad que al crédito y fe me tienes dada quiero proçeder, porque no quiero privarte del gusto y deleite admirable que en oírla gozarás, y verás después que la hayas oído de cuánto sabor te privaras si por ignorar antes lo que era menospreçiaras de lo oír; y conoçerás cuánto amigo te soy y buen apaniguado < >, pues no estimando la injuria que me hazías con tu dubdar te comunico tan gran beatitud. Por tanto préstame atençión, que hoy verás cuán elegante retórico soy. Tú sabrás que en un tiempo siendo mançebo y cobdiçioso de ver, vino nueva en Castilla que se habían ganado en las partes oçidentales aquellas tierras de las Indias, México, Nueva España y Perú, que nuevamente ganó aquel animoso Marqués del Valle, Cortés; y por satisfazer en alguna manera el insaçiable ánimo de mi deseo que tenía de ver tierras y cosas nuevas, determinéme de embarcar, y aventurarme a esta navegaçión; y ansí en este mesmo deseo me fue para la çiudad y isla de Cáliz donde se hazía el flete más conveniente y natural < > Donde llegando hallé diez compañeros que con el mesmo affecto y voluntad eran venidos allí, y como en aquella çiudad venían muchos de aquella nueva tierra y nos dezían cosas de admiraçión, creçíanos más el apetito de caminar. Dezíannos el natural de las gentes, las costumbres, atavío y dispusiçión, la diversidad de los animales, aves, frutas y mantenimientos y tierra. Era tan admirable lo que nos dezían, juntamente con lo que nos mostraban los que de allá venían, que no nos podíamos sufrir; y ansí juntándonos veinte compañeros todos mançebos y de una edad, hecho pato entre nosotros inviolable de nunca nos faltar, y çelebradas las çerimonias de nuestra amistad con juramento solene, fletamos un navío vizcaíno velero y ligero, todos de bolsa común; y con próspero tiempo partimos un día del puerto, encomendados a Dios. Y ansí nos continuó siete días siguientes hasta que se nos descubrieron las islas fortunadas que llaman de Canaria, donde tomado [nuestro] fresco, después de vista la tierra, con próspero viento tornamos a salir de allí; y caminando por el mar al terçero día [de nuestro camino], dos horas salido el sol, haziendo claro y sereno el çielo, dixeron los pilotos ver una isla de la cual no tenían notiçia ni la podían conoçer, de que estaban admirados y confusos por no se saber determinar, poniéndonos en gran temor; y ansí a deshora admirábanse más turbados de ver que la isla caminaba más veniendo ella hazia nosotros, que caminábamos nosotros para ella. En fin, en breve tiempo nos venimos tanto juntando, que venimos a conoçer que aquella que antes nos pareçía isla era un fiero y terrible animal: conoçimos < > una ballena de grandeza increíble, que en sola la frente con un pedaço de çerro que se nos descubría sobre las aguas del mar juzgábamos haber cuatro millas. Venía contra nosotros abierta la boca soplando muy fiera y espantosamente, que a diez millas hazía retener el navío con la furia de la ola que ella arroxaba de sí; de manera que viniendo ella de la parte del poniente, y caminando nosotros con próspero levante nos forçaba calmar, y aun volver atrás el camino. Venía desde lexos espumando y turbando el mar con gran alteraçión. Ya que estuvimos más çerca, que alcançamos a verla más en particular, pareçíansele los dientes de terrible grandeza, de hechura de [grandes] palas, blancos como el fino marfil. Venimos adelante a juzgar por la grandeza que se nos mostró sobre las aguas, ser de longura de dos mil leguas. Pues como nos vimos ya en sus manos y que no le podíamos evadir, començámonos a abraçar entre los compañeros y a darnos las manos con grandes lágrimas y alarido, porque víamos el fin de nuestra vida y compañía sin remedio alguno estar en aquel punto; y ansí dando ella un terrible empujón < > y abriendo la boca nos tragó, tan sin embaraço [ni estorbo] de dientes ni paladar que sin tocar en parte alguna, con gavia, velas y xarçia, y muniçión [y obras muertas], fuemos colados y sorbidos por la garganta de aquel monstruoso pez sin lisión alguna del navío hasta llegar a lo muy espaçioso del estómago, donde había unos campos en que cupieran otras veinte mil. Y como el navío encalló quedamos espantados de tan admirable suçeso, sin pensar qué podía ser, y aunque luego estuvimos algo obscuros porque cerré el paladar para nos tragar, pero después que nos tuvo dentro y se sosegó traía abierta la boca < >, de manera que por allí nos entraba bastante luz, y con el aire de su contino resolgar nos entretenía el vivir a mucho descanso y plazer. Pareçióme que ya que no quiso mi ventura que yo fuesse a las Indias por ver allá, que era ésta convenible comutaçión, pues fortuna nos forçaba en aquella cárçel a ver y gustar de admirables cosas que te contaré; y mirando alrededor vimos muy grandes y espaciosos campos de frescas fuentes y arboledas de diversas y muy suaves flores y frutas; y ansí todos saltamos en tierra por gustar y ver aquellas estançias tan admirables. Començamos a comer de aquellas frutas y a beber de aquellas sabrosas y delicadas aguas, que nos fue muy suave refeçión. Estaban por allí infinitos pedaços de hombres, espinas y huesos de pescados, y otros enteros que nos empidían el andar; < > tablas [y] maderos de navíos, áncoras, gavias, másteles, xarçia, muniçión y artillería, hombres y otros muchos animales que tragaba < > por se mantener. Pero salidos adelante de aquella entrada a un grande espaçio que alcançamos a ver más de quinientas leguas, desde un alto monte vimos grandes llanos y campos muy fértiles, abundantes y hermosos: había muchas aves de diversos colores adornadas en sus plumas que eran de graçioso parecer; había águilas, garças papagayos, ruiseñores, sirgueros y otras espeçies, differençias de graçiosas aves de mucha hermosura. Pues proveyendo que algunos compañeros se quedasen a la guarda del navío, < > y dexándoles la neçesaria provisión, la mayor cantidad de nosotros fuemos de acuerdo que fuéssemos a descubrir la tierra [por la reconoçer]. Discurriendo, pues, por aquella deleitosa y fertilíssima tierra, al fin de dos días, casi al puesto del sol, desçendiendo de una alta montaña a un valle de mucha arboleda, llegamos a un río que con mucha abundançia y frecuençia corría vino muy suave, tan hondo y tan caudaloso que por muchas partes podían navegar navíos muy gruesos, del cual començamos a beber y a gustar, y algunos de nuestros compañeros se començaron de la bebida a vençer, y se nos quedaban dormidos por allí que no los podíamos llevar. Todas las riberas de aquel suave y graçioso río estaban llenas de muy grandes y fertilíssimas çepas cargadas de muy copiosas vides, [con sus] pámpanos y racimos muy sabrosos y de gran gusto; de los cuales començamos a cortar y comer, y tenían algunas de aquellas çepas figura y imagen de mugeres que hablando en nuestra lengua natural nos convidaban con agraçiadas palabras a comer dellas, prometiéndonos mucho dulçor. Pero a todos aquellos que convençidos de sus ruegos y halagos llegaban a gustar de su fruto los dormían y prendían allí, que no eran libres para se mover y las dexar, ni los podíamos arrancar de allí. Destas, de su frecuente manar, destilada un contino licor que hazía ir al río muy caudaloso; aquí en esta ribera hallamos un padrón de piedra de dos estados alto sobre la tierra, en el cual estaban unas letras griegas escriptas que mostraban ser de gran antigüedad, que dezían haber sido éste el peregrinaje de Bacho. Passado este graçioso río por algunas partes que se podía vadear, y subida una pequeña cuesta que ponía differençia entre este valle de Bacho, desçendimos a otro no menos deleitoso y de gran sabor, de cuyo gusto y dulçor nos pareçía beber aquella bebida que dezían los hombres [antiguos] ser de los dioses por su grande y admirable gusto, a la cual llamaron el néctar y ambrosía. Éste tenía una prodigiosa virtud de su naturaleza, que si alguno escapado del río de Bacho pudiesse llegar a beber deste licor era maravillosamente consolado y sano de su embriaguez, y era restituido en su entero y primero juizio, y aun mejorado sin comparación. Aquí bebimos hasta hartar, y volvimos por los compañeros y cual a braço, cual acuestas y cual por su pie, los truximos allí, y sanos caminamos con mucho plazer. No lexos desta suave y salutífera ribera vimos salir humo, y mirando más con atençión vimos que se descubrían unas caserías pobres y pajizas, de lo cual nos alegramos mucho por ver si habitaba por allí alguna gente como nosotros, con que en aquella prisión y mazmorra nos pudiéssemos entender y consolar; porque en la verdad nos pareçía ser aquello una cosa fantaseada, o de sueño, o que por el rasgo nos la describía algún ingenioso pintor. Pues con esta agonía que por muchos días nos hazía andar sin comer ni beber, sin nos defatigar, llegamos çerca de aquellas casas, y luego en la entrada hallamos una vieja de edad increíble, porque en rostro, meneo y color lo monstró ser ansí. Estaba sentada entre dos muy perenales fuentes, de la una de las cuales manaba un muy abundante caño de miel, y de la otra < > corría otro caño muy fértil y gruesso de leche muy cristalino, las cuales dos fuentes bajadas a un vallico que estaba junto allí se mezclaban y hazían ambas un río caudal. Estaba la dueña ançiana con una vara en la mano, con la cual con gran descuido hería en la fuente que tenía a su mano derecha que corría leche, y a cada golpe hazía unas campanillas, las cuales corriendo por el arroyo adelante se hazían muy hermosos requesones, nazulas, natas y quesos como ruedas de molino, los cuales todos cuando llegaban por el arroyo abajo, donde se mezclaba la fuente del miel, se hazían de tanto gusto y sabor que no se puede encareçer. Había en este río peçes de diversas formas que tenían sabor del miel y leche. Y como nosotros la vimos espantámonos por pareçernos una prodigiosa visión, y ella por el semejante en vernos [como] vista súbita y no acostumbrada se paró. Pues cuando volvimos en nosotros, y con esfuerço cobramos el huelgo que con el espanto habíamos perdido, la saludamos con mucha humildad, dubdosos si nos entendiesse < > nuestra lengua, y ella luego con apazible semblante dando a entender que nos conoçía por de una naturaleza nos correspondió con la mesma salutaçión, y luego nos preguntó: «Dezid hijos, ¿cuál ventura os ha traído en esta tierra, o cuál hado o suerte os cençerró en esta cárçel y mazmorra?» A la cual yo respondí: «Señora, no sabemos hasta agora dezir si nuestra buena o mala fortuna nos ha traído aquí, que aún no hemos bien reconoçido el bien o mal que en esta tierra hay; sólo sabemos ser tragados en el mar por un fiero y espantoso pez, donde lançados creemos que somos muertos, y para esperiençia o más çertidumbre desto, nos salimos por estos campos por ver quién habitaba por aquí; y ha querido Dios que os encontrássemos, y esperamos que será para nuestra consolaçión, pues vemos no ser nosotros solos los encarçelados aquí. Agora querríamos de ti, señora, saber quién eres, qué hazes aquí, si eres naçida del mar o si eres natural de la tierra como nosotros; y si de alguna parte de divinidad eres comunicada prophetízanos nuestra buena, o mala ventura, porque prevenidos nos haga menor mal.» Respondió la buena dueña: «Ninguna cosa os diré hasta que en mi casa entréis, porque veo que venís fatigados. Sentaros heis y comeréis, que una hija mía donzella hermosa que aquí tengo os lo guisará y aparejará». Y como éramos todos moços y nos habló de hija donzella y de comer, todos nos regoçijamos en el coraçón, y ansí entrando la buena vieja en su casa dixo con una voz algo alta cuanto bastaba su natural: «Hija, sal acá, apareja a esta buena gente de comer.» Luego como entramos y nos sentamos en unos poyos que estaban por allí salió una donzella de la más bella hermosura y dispusiçión que nunca naturaleza humana crió; la cual, aunque debajo de paños y vestidos pobres y desarrapados representaba çelestial dignidad, porque por los ojos, rostro, boca y frente echaba un resplandor que a mirarla no nos podíamos sufrir, porque nos hería con unos rayos de mayor fuerça que los del sol, que como tocaban el alma éramos ansí como pavesa abrasados, y rendidos nos postramos a la adorar. Pero ella haziéndonos muestra con la mano, con una divina magestad nos apartaba de sí, y mandándonos sentar con una presta diligençia nos puso uvas y [otras] frutas muchas y < > suaves, y de unos muy sabrosos peçes; de que perdiendo el miedo que por la reverençia teníamos a tan alta magestad comimos y bebimos de un preçioso vino cuanto nos fue menester; y después que se levantó la mesa, y la vieja nos vio sosegados, començó a regocijarnos y a demandarnos le contássemos nuestro camino y suçeso; y yo como vi que todos mis compañeros callaban y me dexaban la mano en el hablar, la conté muy por estenso nuestro deseo y cobdiçia con que vivíamos muchos años en la tierra, y nuestra junta y conjuraçión, hasta el estado en que estábamos allí, y después le dixe: «Agora tú, madre bienaventurada, te suplicamos nos digas si es sueño esto que vemos, quién sois vosotras y cómo entrastes aquí.» Con una alhagüeña humildad que de contentarnos mostraba tener deseo dixo: «¡O hijos y huéspedes amados, todos pareçe que tenemos la mesma fortuna, pues por juizio y voluntad de Dios somos laçados aquí aunque por diversas ocasiones como oiréis. Sabed que yo soy la Bondad si la habéis oído dezir por allá; que me crió Dios en la eternidad de su ser, y esta mi hija es la Verdad que yo engendré, hermosa, graçiosa, apazible y afable, parienta muy cercana del mesmo Dios; < > de su cogeta a ninguno desagradó, ni desabrió si primero me quisiesse a mí. Enviónos Dios del çielo al mundo siendo naçidas allá, y todos los que me reçebían a mí no la podían a ella desechar, pero amada y querida la amaban como a sí; y ansí moramos entre los primeros hombres en las casas de los prínçipes [y] reyes < >, que con nosotras gobernaban y regían sus repúblicas en paz, quietud y prosperidad; ni había maliçia, cobdiçia, ni poquedad que a engaño tuviesse muestra. Andábamos muy regaladas, sobrellevadas y tenidas de los hombres: el que más nos podía hospedar, y tenía en su casa, se tenía por más rico, más poderoso y más valeroso. Andábamos vestidas y adornadas de preciosas joyas y muy alto brocado. No entrábamos en casa donde no nos diessen [abundantemente] de comer y beber < >, y pessábales porque no reçibíamos más; tanto era su buen deseo de nos tener. Topábamos cada día a la riqueza y [a la] mentira por las calles por los lodos arrastradas, baldonadas y escarneçidas, que todos los hombres < > por nuestra devoción y amistad < > gritaban y corrían, y las echaban de su conversaçión y compañía como a enemigas de su contento y prosperidad. De lo cual estas dos falsarias y malas compañeras reçebían grande injuria y vituperio, y con rabia muy canina buscaban los medios posibles para se satisfazer; juntábanse cada día en consulta [ambas] y echábanse a pensar y tratar cualesquiera caminos, favoreçiéndose de muchos amigos que < > traían entre los hombres encubiertos y solapados que no osaban pareçer de vergüença de nuestros amigos. Estas malditas bastaron en tiempo a juntar gran parte de gente que por industria de una dueña pariente suya que se llama cobdiçia los persuadieron ir a descubrir aquellas tierras de las Indias, donde vosotros dezís que íbades caminando, de donde tanto tesoro salió. Éstas se las enseñaron y guiaron, dándoles después industria, ayuda y favor como pudiessen en estas tierras traer grandes piezas y cargas de oro y de plata, y joyas preçiosas que de los de aquella tierra estaban menospreçiadas y holladas reconoçiendo su poco valor. Estas perversas dueñas los forçaron a aquel trabajo teniendo por averiguado que estos tesoros les serían bastante medio para entretener su opinión y desarraigarnos del común conçebimiento nuestra amistad con la cual estábamos nosotras enseñoreadas en la mayor parte de la gente hasta allí; y ansí fue que como fueron aquellos hombres que ellas enviaron en aquellas partes y començaran a enviar tesoros de grande admiraçión, luego començaron todos a gustar y a poseer grandes rentas y hazienda; y ansí andando estas dos falsas hermanas [con aquella parienta casi] de casa en casa les hizieron [a todos] entender que no había otra nobleza, ni otra feliçidad sino ser rico un hombre, y que el que no poseía en su casa [a la riqueza] era ruin y vil; y ansí se fueron todos corrompiendo y depravando en tanta manera que < > no se hablaba ni se trataba otra cosa en particular ni en común. Ya, desdichadas de nosotras, no teníamos dónde nos acoger, ni de quién nos favorezer; ninguno nos conoçía, [ni] amparaba, ni reçebía, y ansí andábamos a sombra de texados aguardando a que fuesse de noche para salir a reconoçer amigos, no osando salir de día, porque nos habían avisado algunos que andaban estas dos traidoras buscándonos con gran compañía para nos afrontar do quiera que nos topassen, prinçipalmente si fuesse en lugar solo y sin testigos; y ansí nosotras, madre y hija, nos fuemos a quexar a los señores del Consejo real < >, diziendo que estas falsarias se habían entremetido en la república muy en daño y corruptela della, y porque a la sazón estaban consultando açerca de remediar la gran carestía que había en todas las cosas del reino, les mostramos [con argumentos muy claros y infalibles], ser la causa habernos echado todos de sí, [la Bondad y Verdad, madre y hija], y haber estas perversas hermanas, Riqueza y Mentira, y la Cobdiçia; las cuales si se remediaban y se echaban fuera, nos ofreçíamos [y obligábamos] a volver todas las cosas a su primer valor [y] antiguo, y que en otra manera verían cómo neçesariamente irían las cosas de peor en peor; y nos quexamos que nos amenaçaban que nos habían de matar porque ansí éramos avisadas, que con sus amigos y aliados que eran ya muchos nos andaban buscando procurando de nos haber. Y los señores del Consejo nos oyeron muy bien y se apiadaron de nuestra < > fortuna y nos mandaron dar carta de amparo, y < > que diéssemos informaçión cómo aquéllas nos andaban a buscar para nos afrontar, y que harían justizia. Y con esto nos salimos del Consejo, y yendo por una ronda pensado ir más seguras por no nos encontrar con nuestros enemigos, fuemos espiadas y salteadas en medio de aquella ronda, y saliendo a nosotras nos tomaron por los cabellos a ambas, y truxiéronnos por el polvo y lodo gran rato arrastrando, y diéronnos todos cuantos en compañía llevaban muchas coçes, puñadas y bofetadas, que por ruin se tenía el que por lo menos no llevaba en las manos un buen golpe de cabellos, o un pedaço de la ropa que vestíamos; en fin, nos dexaron con pensamiento que no podíamos [mucho] vivir. Y ansí como de sus manos nos vimos sueltas, cogiendo nuestros andrajos, cubriéndonos lo más honestamente que pudimos nos salimos de la çiudad, no curando de informar a justiçias, temiéndonos que en el entretanto que informábamos nos tornarían a encontrar, y nos acabarían aquellas malvadas < >; y ansí pensando que < > en aquellas tierras de Indias nuevas quedaban sin aquellos tesoros, y las gentes eran simples y nuevas en la religión, que nos acogerían allá, embarcamos en una nao; y agora paréçenos que pues la tierra no nos quiere sufrir nos ha tomado en sí el mar, y ha echado esta bestia que tragándonos nos tenga presas aquí, rotas y despedaçadas como veis.» Y maravillándonos todos deste aconteçimiento, las pregunté cómo era posible ser en tan breve tiempo desamparadas de sus amigos, que en toda la çiudad ni en otros pueblos comarcanos no hallasen de quién se amparar y socorrer. A lo cual la hija sospirando, como acordándose de la fatiga y miseria en que en aquel tiempo se vio, dixo: «O huésped dichoso, si el coraçón me sufriesse a te contar en particular la prueba que de nuestros amigos hize, admirarte has de ver las fuerças que tuvieron aquellas malvadas; témome que acordándome de tan grande injuria fenezca yo hoy. Tú sabrás que entre todos mis amigos yo tenía un sabio y ançiano juez, el cual engañado por estas malvadas y aborreçiéndome a mí, por augmentar en gran cantidad su hacienda, torcía de cada día las leyes, pervertiendo todo el derecho canónico y çevil, y porque un día se lo dixe, dándome un empujón por me echar de sí, me metió la vara por un ojo que [casi] me lo sacó, y mi madre me le tornó a dereçar; y porque a un escribano que escribía ante él le dixe que passaba el arançel me respondió que si por la tassa del arançel en la paga de los derechos se hubiese de seguir no ganaría para çapatos, ni < > para pan; y porque le dixe que por qué interlineaba los contratos, enojándose me tiró con la pluma un tildón por el rostro, que me hizo esta señal que ves aquí que tardó un mes en se me sanar. Y de allí me fue a casa de un mercader y demandéle me diesse un poco de paño de que me vestir, y él luego me lo puso en el mostrador, en el cual, aunque de mi naturaleza yo tenía ojos más perspicaces que de linçe, no le podía ver, y rogándole que me diesse un poco de más luz se enojó; demandéle el preçio rogándole [que] tuviesse respecto a nuestra amistad, y luego me mostró un papel que con gran juramento afirmó ser aquél el verdadero valor y coste que le tenía, y que por nuestra amistad lo pagasse por allí; y yo afirmé ser aquéllos lexos de mí, y porque no me entendió esta palabra que le dixe me preguntó qué dezía, al cual yo repliqué que aquél creía yo ser el costo cargando cada vara de aquel paño cuantas gallinas y pasteles, vino, puterías y juegos y desórdenes habían hecho él y sus criados en la feria, y por el camino de ir y venir allá.

     MIÇILO. Y lo mesmo es en todos cuantos offiçios hay en la república, que no hay quien supla las costas, comer y beber, juegos y puterías de los offiçiales [en la feria y do quiera que están; y halo de pagar el que dellos va a comprar].

     GALLO. De lo cual reçibió tanta injuria < > que tomando de una vara con que medir en la tienda me dio un palo en la cabeça que me hirió mal, y después tendida en el suelo me dio más de mil, que si no me socorrieran las gentes que pasaban, que me libraron de sus manos, me acabara la vida con su rabiosa furia; y quedó jurando que si me tomaba en algún lugar o volvía más allí, que me acabaría, y ansí yo nunca más volví allá. De allí me llevó mi madre a un çirujano, al cual rogó con gran piedad que me curasse, y él le dixo que mirasse que le había de pagar, porque la cura sería larga y tenía hijos y muger que mantener, y porque no teníamos qué le dar, me lo untó mi madre con un poco de açeite rosado, y en dos días se me sanó. Fueme por todos aquellos que hasta entonçes yo había tenido en mi familiaridad, y hallélos tan mudados que ya casi no los conoçía sino por el nombre, porque había muchos que yo tenía en mi amistad [que eran] armeros, malleros, lançeros, espeçieros, y en otros géneros de offiçios llanos y humildes contentos con poco, que no se quería apartar del regaço de mi madre, unidos comigo; los cuales agora aquellas falsarias los tenían encantados, locos, soberbios y muy fuera de sí, muy sublimados en grandes riquezas de cambios y mercaderías, [puestos ya] en [grandes] honras de regimientos [con hidalguías fingidas y compuestas] ocupados en exerçiçios de caballeros, en justas y juegos de cañas, [gastando con gran prodigalidad la hazienda y sudor de los pobres miserables. Éstos] en tanta manera se estrañaron de mí que no los osé hablar, porque acaso airados no me hiriessen y vituperassen como habían hecho otros. Y porque pareçe que los eclesiásticos habían de permaneçer en la verdadera religión y que me acogerían, me fue a la iglesia mayor, donde concurren los saçerdotes y cleriçía, donde solía yo tener muchos amigos; y andando por ella a buscar clérigos no hallé sino grandes cuadrillas < > de monas o ximios que me espantaron; los cuales con sus roquetes, sobrepelliçes y capas de coro andaban paseándose por allí, y otros cantando en el coro. Maravillábame que unos tan graçiosos animalejos criados en la montaña imitassen tan al natural todos los offiçios y exerçiçios de saçerdotes a lo menos en lo exterior; y viniendo a mirarlos debajo de aquellos vestidos y ornamentos benditos descubrían el vello, golosina; latroçinio, cocar y mofar, rustiçidad y fiereza que tienen en la montaña. Acordéme haber leído de aquel rey de Egipto, de quien escribe Luçiano que quiso enseñar a dançar una gran cuadrilla de ximios o monas, y para esto los vistió todos de grana, y andando un día metidos en el teatro en su dança con un maestro de aquel exerçiçio, al cual los encomendó, se allegó a lo ver un philósopho que conoçía bien el natural de aquel animalexo, y echóles unas nuezes en el medio del corro donde andaban dançando, y los ximios como conoçieron ser nuezes, fruta apropiada a su golosina, desamparando el teatro, corro y maestro se dieron a tomar de la fruta, y mordiendo y arañando a todos los que en el espectáculo estaban, rasgando sus vestidos echaron a huir [a la montaña]. Y aún yo no lo pude creer que aquéllos eran verdaderos ximios o monas, si no me llegara a uno que representó más sanctidad y dignidad, al cual tentándole con la tenta en lo interior, rogándole que pues era saçerdote y me pareçía más religioso, me dixesse una missa por mis defuntos, y púsele la pitança en la mano, y él muy hinchado me dio con el dinero en los ojos diziendo que él no dezía missa en todo el año, y que se mantenía él y una gran familia que tenía de la renta de su dignidad; y como yo le oí aquello no pude disimular tan bárbaro género de hipocresía y soberbia, viendo que siendo mona representaba una persona tan digna y tan reverenda en la iglesia de Dios, [que dezían ser arçediano]. Acordéme de aquel asno cumano, el cual viéndose un día vestido de una piel de león, quería pareçer león asombrando con grandes roznidos a todos, hasta que vino uno de aquellos cumanos que con un gran leño nudoso le hirió tan fuertemente que < > le desengañó haziéndole entender que era asno y no león, y ansí le abajó su soberbia y locura; y ansí yo no me pude contener que no le dixesse: «Pues señor, ¿el arçedianazgo depone el saçerdoçio que no podáis dezir missa?»; y él se enojó tanto que me convino huir de la iglesia, porque ya miraba por sus criados que me hiriessen.» En estos y semejantes cuentos nos estuvimos gran parte del día hasta que su madre le mandó que no proçediesse adelante porque reçebía dello mucha pena; y yo enamorado della me ofreçía su perpetuo serviçio pareçiéndome que en el mundo no había cosa más perfeta que desear, y ansí pensé si querría, por vivir en aquella soledad y prisión, dárseme por muger; [pero no me atreví hasta mirarlo mejor]. Y ansí nos salimos todos en su compañía por aquellos campos, fuentes y praderías por tomar solaz, porque eran aquellas estançias llenas de gusto y deleite, no había por allí planta alguna que no fuesse de dulçura admirable por ser regadas por aquellas dos fuentes de leche y miel. En esta conversaçión y compañía nos tuvieron muchos días muy a nuestro contento, y acordándonos de nuestros compañeros que dexamos en el navío pensamos que sería bueno irlos a buscar y traerlos a aquella deleitosa estançia, porque gozassen de tanta gloria, y ansí demandando licençia a la madre y hija, guiándonos como por señas [al camino], volvimos por los visitar prometiendo volvernos luego a su compañía; y ansí començamos a caminar, y passando aquellos dulçes y sabrosos ríos venimos al de Bacho, el cual passando por los vados, hallamos ya casi por moradores naturales a nuestros compañeros, casados con aquellas çepas que dixe estar por aquellas riberas, que tenían figura y natural de mugeres, de las cuales no los podimos desapegar sin gran dificultad y trabajo, porque los tenían ya cogidos con gran affiçión. Pero con gran cuidado trabajamos despegarlos de allí, y porque nos temimos no açertar a la casa de la Verdad, acordamos probar a salir de aquella prisión y cárçel, pensando que si saliésemos con ello sería una cosa admirable, y que terníamos más que contar que de las Indias, [si allá fuéramos], ni de los siete milagros del mundo; y ansí pensé una industria que çierto nos valió, y fue que yo hize poner a punto de navegar todo el navío, y compañeros, y hize luego embarcar todo lo neçesario para caminar, y cuando todo estuvo a punto hezimos ingenios con que llegamos el navío hasta meterle por la garganta de la ballena, y como la juntamos al pecho que le ocupamos la entrada al paladar nos lançamos todos en el navío, y con fuertes arpones, lanças, picas y alabardas començamos a herirla en la garganta; y como aconteçe a cualquiera de nosotros si tiene en la garganta alguna espina que acaso tragó de algún pez que le fatiga, que comiença de toser por la arrancar, ansí la ballena cuanto más la heríamos más se afligía con toser, y a cada tos nos echaba çincuenta leguas por la garganta adelante, porque çierto nosotros la dábamos gran congoja y fatiga que no podía sosegar, y tanto continuó su toser que nos lançó por la boca a fuera muy lexos de sí sin algún daño ni lisión; y como escarmentada y temerosa del pasado tormento y pena, huyó de nosotros pensando haber escapado de un gran mal; y ansí dando todos muchas graçias a Dios guiamos por volver a nuestra España deseosos de desengañar a todos que se ha ido la Verdad huyendo de la tierra; por lo cual no te maravilles, Miçilo, si no te la dixo tu vezino Demophón, y < > si no la vieres ni oyeres en el mundo de hoy más.

     MIÇILO. ¡O soberano Dios, qué me has contado hoy!, ¿que es posible, gallo, que está hoy el mundo sin la Verdad?

     GALLO. Como oyes me aconteçió.

     MIÇILO. Por cierto cosa es de admiraçión y me pareçe que si el mundo está algún tiempo ansí, en breve se destruirá y se acabará de perder. Por tanto, supliquemos con lágrimas de grande affecto a Dios nos quiera restituir en tan soberano bien de que somos privados hasta aquí. Y agora, pues es venido el día, dexa lo demás para el canto que se siguirá.

Fin del décimo octavo canto < >



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Argumento del déçimo nono canto del gallo

     En el déçimo nono canto que se sigue el auctor trata del trabajo y miseria que hay en el palaçio y serviçio de los prínçipes y señores, y reprehende a todos aquellos que teniendo alguna habilidad para algún offiçio en que ocupar su vida, se privan de su bienaventurada libertad que naturaleza les dio, y por vivir en viçios y profanidad se subjetan al serviçio de algún señor.

GALLO. MIÇILO

     GALLO. Muchas son las cosas, o Miçilo, que en breve te he narrado, en diversos estados de la vida aconteçidas: caídas y levantamientos, yerros, engaños de todas las condiçiones de los hombres, las cuales como hombre esperimentado te lo he trabajado con palabras pintar, tanto que en algunos aconteçimientos te ha pareçido estar presente, por te complazer y agradar, y [por] hazer el trabajo de tu vida que con tu flaqueza se pudiesse compadeçer; y ya querría que me dixesses qué te pareçe de cuanto te he mostrado, cuanto sea verdad el thema de mi dezir que tomé por fundamento para te probar cuanto esté corrompida la regla y orden de vivir en los hombres y cuán torçido vaya todo el común. Deseo agora de ti saber cuál es el estado que en el mundo te pareçe más contento y más feliz, y de dónde se podría dezir que mi thema, fundamento y proposiçión tenga menos cabida y de que no se pueda de todo en todo verificar. Habla, yo te ruego, tu pareçer, porque si por falta de esperiençia te pareçiere a ti que de algún estado no se pueda con justa razón dezir, yo trabajaré como bien esperimentado de te desengañar. Y quiero que hoy passemos en nuestra conversaçión mostrándote que ya en el mundo no haya estado ni lugar que no esté depravado, y en que el hombre pueda parar sin peligro y corrozo de su vivir.

     MIÇILO. Por çierto, gallo, yo puedo con gran razón gloriarme de mi feliçidad, pues entre todos los mortales alcançé tenerte a ti en mi familiar conversaçión, lo cual tengo por pronóstico de mi futura beatitud. No puedo sino engrandeçer tu gran liberalidad, de la cual has comigo usado hasta aquí, y me admira tu esperiençia y gran saber, y prinçipalmente aquella elocuençia con que tantas y tan diversas cosas me has narrado; en tanta manera que a todas me has hecho tan presente como si passaran por mí. He visto muy bastantemente la verdad de tu thema y proposiçión, en que propusiste probar todos los hombres tener engaño y en ningún estado haber rectitud. Pregúntasme agora te diga qué dubda o perplegidad haya en mi spíritu de que me puedas satisfazer. Ciertamente te quiero confesar un pensamiento notable que tuve desde mi juventud, y < > agora no estoy libre dél, y es que siempre me admiró el estado de los ricos y poderosos prínçipes y señores del mundo; no solamente estimándolos en mi coraçón a ellos por bienaventurados como a poseedores y señores de aquellas riquezas, aparatos y familias que poseen, pero aun me tuviera por bienaventurado si como ministro y criado de alguno de aquellos mereçiera yo frecuentar su familiaridad, serviçio y conversaçión, porque aunque no estuviera yo en el punto de la bienaventurança que ellos tienen como poseedores y señores, a lo menos me contentara si por criado y apaniaguado yo pudiera gozar de aquella poca feliçidad y contento que dan aquellos aparatos y riquezas a solo el que los ve; y lo mesmo tengo agora, en tanta manera, que si me faltasses a me entretener la vida miserable que padezco me iría para allá, prinçipalmente viéndome tan perseguido de pobreza que me pareçe muchas vezes, que vivir en ella no es vivir, pero muy miserable morir, y me ternía por muy contento si la muerte me quisiesse llevar antes que passar en pobreza acá.

     GALLO. Admirado me has, o Miçilo, cuando habiéndote mostrado hasta agora tanta diversidad de cosas y los grandes infortunios que estén anejos y como naturales a todos los estados de los hombres, a sólo el de los ricos tienes inclinada la afiçión, a los cuales el trabajo es tan natural. Y más me maravillo cuando quexándote de tu estado feliçíssimo dizes que por huir de la pobreza ternías por bien trocar tu libertad y nobleza de señor en que agora estás por la servidumbre y captiverio a que se someten los que viven de salario y merçed de algún rico señor, yo condeno este tu deseo y pensamiento por el más errado y miserable que en el mundo hay, y ansí confío que tú mesmo te juzgarás por tal cuando me acabes de oír; porque en la verdad yo en otro tiempo fue desa tu opinión, y por experiençia lo gusté y me subjeté a esa miseria; y te hago saber, por el Criador, que acordarme agora de lo que en aquel estado padeçí se me vienen las lágrimas a los ojos, y de tristeza se me aflige el coraçón, como de acordársseme haberme visto en una muy triste y profunda cárçel, donde todos los días y noches aherrojado en grandes prisiones, en lo obscuro y muy hondo de una torre, amarrado de garganta, manos y pies passé en lágrimas y dolor; ansí aborrezco acordarme de aquel tiempo que como siervo subjeté a señor mi libertad; que se me espeluçan los cabellos, y me tiemblan los miembros como si me acordasse agora de una gran tempestad en que en el golfo de Ingalaterra, y otra que en el archipiélago de Greçia en otro tiempo passé, cuando me acuerdo de aquella contrariedad de los vientos que de todas partes nos herían el navío, el mástel y antena < > y las velas echadas al mar, ya sin remo ni gobernalle ni juizio que lo pudiesse regir. Vernos subir una vez por una ola que por una gran montaña de agua nos llevaba a las estrellas, y después desçendir a los abismos, y fáçilmente volvernos a cubrir de agua otra ola que venía por sobre puente y plaza del navío como si ya sorbido del caxco nadáramos a pie por el mar. ¡Ay!, que no lo puedo dezir sin sospiro, cuando me acuerdo vernos ir con toda la furia que los vientos nos podían llevar a envestir con el navío en una muy alta roca que pareçía fuera del agua, y por comiseraçión de Dios hincharse tanto el mar, que cubierta la roca de agua fuemos llevados por çima en gran cantidad sin alcançar a picar el navío en ella. Por lo cual, o Miçilo, porque no te puedas quexar en algún tiempo de mí, que te fue mal amigo y consejero, y que viéndote inclinado a ese yerro y opinión no aconsejé bien descubriéndote el daño que después de tragado el çebo en el anzuelo está, y teniendo la meluca en la boca para la tragar no te la hago echar fuera antes que prendiendo la punta en tu paladar, vomites la sangre y vida con dolor. Antes que vengas en este peligro te quiero amonestar como amigo, descubriéndote el veneno que en este miserable estado de siervo está ascondido porque en ningún tiempo te puedas quexar de mí, y si lo que yo te dixere no fuere verdad, si lo probar quisieres, entonçes dirás con < > razón que soy el más fabuloso que en el mundo hay, y no te fíes otra vez de mí, y todo lo que en este propósito dixere quiero dezir prinçipalmente por ti, Miçilo, por satisfaçer a tu perplegidad. Y después quiero que también entiendan por sí todos cuantos en el mundo son, los cuales son dotados de naturaleza de alguna habilidad para aprender, o que saben ya algún arte mechánica, la cual tomada por officio cotidiano, trabajando a la contina se pueden mantener; o aquellos que en alguna manera se les comunicó por su buen natural alguna sçiençia, gramática, rectórica, o philosophía, éstos tales mereçían ser escupidos y negados de su naturaleza si, dexando el exerçiçio y ocupaçión destas sus sçiençias y artes que para la conservaçión de su bienaventurada libertad les dio, si repudiada y echada de sí, se lançan en las casas de los prínçipes y ricos hombres a servir por salario, preçio, xornal y merçed. Con solos aquéllos no quiero al presente hablar que el vulgo llama truhanes, chocarreros, que tienen por offiçio lisonjear para sacar el preçio miserable, que éstos tales son locos, neçios, bobos; y porque sé que en los tales no ha de aprovechar mi amonestaçión dexarlos he, pues naturaleza los dexó privados del sumo bien, que es < > juiçio y razón con que pudiessen diçernir la verdad; y ansí pues ella los dexó por la hez y escoria de < > hombres que crió, no la quiero con mi buen consejo al presente repugnar ni contradezir, corrigiendo lo que ella a su propósito formó; y también porque éstos tales son tan inútiles y tan sin habilidad que si les quitássemos por alguna manera este su modo de vivir no restaba sino abrirles el sepulcro en que los enterrar; y ansí ellos por esta causa no les es alguna culpa ni injuria si afrontados y vituperados de sus señores sufren sin sentir con tal que les pagen su vilíssimo xornal y interés. Viniendo, pues, al propósito de nuestra intinçión, harto pienso que haré hoy, Miçilo, si con mi elocuençia destruyere aquellas fuertes razones que tienen a ti, y a los semejantes [secaçes], pervertida y convençida vuestra intinçión; porque neçesariamente han de ser de doblada efficaçia las mías, pues a las vuestras tengo de echar de la posessión y fortaleza en que estaban señoreadas hasta aquí, y debo mostrar ser flacas y de ningún valor, y que de aquí adelante no tengáis los tales con que es escusar, encubrir y defender. Cuanto a lo primero dizes tú, Miçilo, ser tan bravo enemigo la pobreza en el ánimo generoso, que por no le poder sufrir te quieres acoger a los palaçios y casas de los poderosos y ricos hombres, en cuya servidumbre te piensas enriquezer viviendo por merçed, preçio, y xornal. ¿Dizes esto, Miçilo?

     MIÇILO. Eso digo, gallo, ser ansí; y no sólo yo, pero cuantos hombres en el mundo hay.

     GALLO. Por çierto, Miçilo, ya que tienes aborreçida la pobreza en tanta manera que más querrías morir que vivir en ella, yo no hallo cuanto remedio os sea para huir della lançaros a la servidumbre del palaçio, ni me fatigaría < > mucho en persuadir a los que esa vida seguís por remedio de vuestra neçesidad el valor y estima en que la propria libertad se debe tener. Pero si yo veo por experiençia que el palaçio no es a los tales menesterosos sino como un xarabe, o flaca mediçina, que algún médico da al enfermo por entretenerle en la vida quedando siempre el fuego y fuerça de la enfermedad en su vigor, ansí, ¿cómo podré [yo] aprobar vuestra opinión, si siempre con el palaçio queda la pobreza, siempre la neçesidad del reçebir, siempre la ocasión del pedir y tomar? Si < > nada hay [entonces] que se guarde, ninguna que sobre, ninguna que se reserve, pero todo lo que se da y que se reçibe, [todo] es menester para el ordinario gasto y aún siempre falta y nunca la neçesidad se suple, por mejor se debría tener, Miçilo, haberos quedado en vuestra pobreza con esperança que algún día os alegrara la próspera fortuna, que no haber venido a estado y causas en que la pobreza se conserva y cría, y aun augmenta como [es] en la vida que por remedio escogéis. En verdad que el que viviendo en servidumbre le pareçe huir la pobreza no puedo sino afirmar que grandemente a sí mesmo se engaña, pues [siempre] veo al tal menesteroso y miserable y en neçesidad de pedir, y que le den.

     MIÇILO. Yo quiero, gallo, responder por mí y por aquellos que la neçesidad los trae a este vivir, con los cuales comunicando muchas vezes, con mucho gusto y plazer, me solían dezir los fundamentos y razones con que se apoyaban y denfendían su opinión, que a muchos oí dezir que seguían aquella vida del palaçio porque a lo menos en ella no se temía la pobreza, pues que conforme a la costumbre de otros muchos hombres trabajaban haber su cotidiano mantenimiento de su industria y natural soliçitud, porque ya venidos a la vejez, cuando las fuerças faltan por flaqueza o enfermedad, esperan tener allí en qué se poder mantener.

     GALLO. Pues veamos agora si ésos dizen la verdad; más antes me pareçe que con mucho mayor trabajo ganan esos tales el mantenimiento que cuantos en el mundo son, porque lo que allí se gana hase de alcançar con ruegos; lo cual es más caro que todo el trabajo, sudor y preçio con que en el mundo se pueda comprar. Cuanto más que aún quieren los señores que se trabaje y [se] sude el salario, y de cada día se les augmentan dos mil negoçios y pleitos para el cumplimiento de los cuales no basta al hombre la natural salud y buena dispusiçión para los poder solicitar, por lo cual es neçesario venir a enfermedad y flaqueza, y cuando los señores los sienten que por su indispusiçión no los pueden servir y abastar a sus negoçios, los despiden de su serviçio [y] casa < >. De manera que claramente ves ser engañados por esa razón, pues les acarreó el palaçio más trabajo y por el consiguiente más miseria [y] enfermedad < > que llevan cuando a él fueron.

     MIÇILO. Pues dime agora [tú], gallo; [pues], ¿no te pareçe que los míseros como yo deben desear aquella vida, por solo el deleite y contentamiento que da vivir en aquellas anchas y espaçiosas casas, habitaçión < > de dioses y de sola persona real < > y movidos y inçitados de aquellas grandes esperanças que prometen aquellos poderosos señores con su real y generosa conversaçión, someternos a su serviçio por gozar solamente de aquellos maravillosos terosos, aparadores de oro y de plata, vagillas y tapetes, y otras admirables riquezas que entretienen al hombre en deleite y contentamiento comiendo y bebiendo en ellos, casi en esperança de los comer y tragar?

     GALLO. Esto es, Miçilo, lo verdadero que primero se había de dezir, que es causa prinçipal que mueve a los hombres semejantes a trocar su libertad por servidumbre, es la cobdiçia y ambiçión de solo gustar y ver las cosas profanas, demasiadas y superfluas; y no el ir a buscar (como primero dezíades) lo necesario y conveniente al cumplimiento de vuestra neçesidad, pues eso mejor se hallara en vuestras choças y proprias casas aunque pobres de tesoros, pero ricas por libertad; y esas esperanzas que dezís que prometen los señores con la conversaçión de su generosidad, digo que son esperanças vanas, y de semejante condiçión que las promesas con que el amante mançebo entretiene a su amiga, que nunca le falta una esperança que la dar de algún suçeso, o herençia que le ha de venir, porque no piensa poder conservar la vanidad de su amor, sino con la vana esperança de que algún día ha de tener grandes tesoros que la dar, y ansí ambos dos confiados de aquella vanidad llegan a la vejez mantenidos de solo el deleite que aquella vana esperança les dio, abiertas las bocas hasta el morir, y se tienen éstos por muy satisfechos porque gozaron de un contentamiento que les entretuvo el vivir, aunque con trabajo y miseria. Desta manera se han los que viven en el palaçio, y aún [es] de mejor condiçión la esperança destos míseros amantes que la de que se sustentan los que viven de salario y merced, porque aquéllos permaneçen en <> libertad, y éstos no. Son como los compañeros de Ulises, que transformados por Cyrçes en puercos, revolcándose en el suçio çieno, estimaban en más gozar de aquel presente deleite y miserable contentamiento que ser vueltos a su humano natural.

     MIÇILO. ¿Y no te pareçe, gallo, que es gran feliçidad y cosa de grande estima y valor tener a la contina comunicaçión y familiaridad con ilustres, generosos prínçipes y señores, aunque del palaçio no se sacasse otro bien ni otro provecho, ni otro interés?

     GALLO. Ha, ha, ha.

     MIÇILO. ¿Y de qué te ríes, gallo?

     GALLO. Porque < > oí cosa más digna de reír. Porque yo no ternía por cosa más vana que comunicar y asistir al rey más principal que en el mundo hay, si otro interés no se sacasse de allí; ¿pues no me sería igual trabajo en la vida que haber de guardar tanto tiempo aquel respeto, aquel sosiego y asiento, miramiento y severidad que se debe tener ante la presençia y acatamiento de la gran magestad del rey? Agora, pues que hemos tratado de las causas que les traigan a éstos a vivir en tal vida, vengamos agora a tratar los trabajos, afrentas y injurias que padeçen para ser por los señores elegidos en su serviçio, y para ser preferidos a otros que están oppuestos con el mesmo deseo al mesmo salario; y también veremos lo que padeçen en el proçeso de aquella miserable vida, y a la fin en que acaben. Cuando a lo primero es neçesario que si has de entrar a vivir con algún señor, que un día y otro vayas y vengas con gran continuaçión su casa, y que nunca te apartes de sus umbrales y puerta, aunque te tengan por enojoso y importuno, y aunque con el rostro y con el dedo te lo den a entender, y aunque te den con la puerta en los ojos, no te has de enojar, mas antes has de disimular, y comprar con dineros al portero porque se acuerde de tu nombre, y que al llegar a la puerta no le seas importuno. Demás desto es neçesario que te vistas de nuevo con más sumptuosidad y costa que lo sufren tus fuerças conforme a la dignidad del señor que vas a servir; para lo cual conviene que, o vendas tu patrimonio, o te empeñes para delante pagar del serviçio si al presente no tienes qué vender, y con esto has de vestirte del color y corte que sepas que más usan o le aplaze a tu amo, porque en cosa niguna no discrepes ni passes su voluntad; y también has de mirar que le acompañes con gran cordura do quiera que fuere, que mires si has de ir adelante, o detrás, en qué lugar, o mano; si has de ir entre los prinçipales, o con la trulla y comunidad de familia por hazer pompa y aparato de gente. Y con todo esto has de sufrir con paçiençia, aunque passen muchos días sin que [tu amo] te quiera mirar a la cara, ni echarte de ver, y si alguna vez fueres tan dichoso que te quisiere mirar, si te llamare y te dixere cualquiera cosa que él quisiere, o se le viniere a la boca, entonçes verás te cubrir < > de un gran sudor, y tomarte una gran congoja, que se te çiegan los ojos de una súbita turbaçión, prinçipalmente cuando ves los que están alrededor que se ríen viendo tu perplegidad y que mudo no sabes qué dezir. En tanta manera que te aconteçe que preguntándote el señor qué hombre fue el rey Tholomeo, respondas tú que fue hermano y marido de Cleopatra, o otra cosa que va muy lexos de la intinçión de tu señor. Y a este embaraço de naturaleza llaman los virtuosos que delante están vergüença, y los desvergonçados dizen que es temor, y los maliçiosos dizen que es neçedad y poca esperiencia; y tú, miserable, cuando has salido tan mal desta primera conversaçión de tu señor quedas tan mohíno y acobardado que de descontento te aborreçes. Y después de haberte fatigado muchos días y sin sueño haber passado muchas noches con cuidado de asentar y salir con tu intinçión; y cuando ya has padeçido mil tormentos y afliçiones, injurias y afrentas, y no por alcançar un reino en posesión, o una çiudad, sino solamente un pobre salario de çinco mil maravedís, ya que algún buen hado te favoreçió, al cabo de muchos días vienen a informarse de tu habilidad, persona y linaje; y esta pesquisa que de ti se haze no pienses que le es poca ufaneza y presunçión a tu señor, porque le es gran gloria que digan que se sirve de hombres sabios y cuerdos; y aún te has de aparejar que has de hazer examen y informaçión de tu vida y costumbres < >. ¡O desventurado de ti!, qué congojas te toman cuando piensas si por maliçia de un ruin vezino que quiera informar de ti una ruin cosa, o que cuando moço passó por ti alguna liviana flaqueza, y por no te ver aventajado, por tener envidia de tus padres o linaje, informa mal, por lo cual está en ventura < > ser desechado y excluido; y también como acaso tengas algún opositor que pretenda lo que tú y te contradiga, es neçesario que con toda su diligencia rodee todas las cabas y muros por donde pueda contraminar y abatir tu fortaleza. Este tal ha de examinarte la vida y descubrirte lo que esté muy oculto y sonoliento; y sabida alguna falta o miseria, ha de procurar con toda su industria porque el señor lo sepa, que tengo por mayor el daño que resulta en tu persona saber el señor tu falta verdadera, o impuesta, que no el provecho que podrá resultar de servirse de ti todos los días de su vida. Considera, o Miçilo, al pobre ya viejo y barbado traerle en examen su cordura, su linaje, costumbres y ser. Agora, pues, pongamos que todo te suçeda bien y conforme a tu voluntad: mostraste tu saber, cordura y discreçión; y tus amigos, vezinos, y parientes todos te favoreçieron y informaron de ti bien; el señor te reçibió; la muger te açeptó; y al mayordomo despensero y ofiçiales y a toda la casa plugó con tu venida; en fin, vençiste. ¡O bienaventurado triunfador de una gran vitoria!, mereçes no de roble o arrayán como los otros en la Olimpia, o que por ti se ganó el reino de Nápoles o pusiste sobre el muro la bandera en la Goleta. Razón es que reçibas el premio y corona igual a tus méritos, trabajos y fatigas: que de aquí adelante vivas descansado, comas y bebas sin trabajo de la abundançia del señor, y como suelen dezir de hoy más duermas a pierna tendida. Mas ante todo esto es al revés, porque de hoy más no has de sosegar a comer ni a beber; no te ha de vagar, dormir ni pensar un momento con oçio en tus proprias cosas y neçesidades; porque siempre has de asistir a tu señor, a tu señora, hijos y familia; siempre despierto, siempre con cuidado, siempre solíçito de agradar más a tu señor; y cuando todo esto hubieres hecho con gran cuidado, trabajo y soliçitud te podrá dezir tu señor que heziste lo que eras obligado, que para esto te cogió por su salario y merçed, porque si mal sirvieras te despidiera y no te pagara, porque él no te cogió para holgar. En fin, mil cuidados, trabajos y pasiones, desgraçias y mohínas te suçecerán de cada día en esta vida de palaçio; las cuales no solamente no podrá sufrir un libre y generoso coraçón exerçitado en alguna virtuosa ocupaçión, o estudio de buenas letras, pero aun no es de sufrir de alguno que por pereza, cobdiçia y ambiçión desee comunicar aquellas grandeças y sumptuosidades agenas que de sí no le dan algún interés más de verlas con admiraçión sin poderlas poseer. Agora quiero que consideres la manera que tienen estos señores para señalar el salario que te han de dar en cada un año por tu serviçio < >. Procura que sea a tiempo y a coyuntura y con palabras y maneras que sean tan poco que [si puede] casi le sirvas de valde < >: ya después de algunos días que te tiene asegurado y que a todos tus parientes y amigos y a todo el pueblo has dado a entender que le sirves ya, cuando ya siente que te tiene metido en la red y muestras estar contento y ufano, y que te preçias de le servir, un día señalado, después de comer házete llamar ante su muger y de algunos amigos iguales a él en edad, avariçia y condiçión, y estando sentado en una gran silla como en teatro, o tribunal, limpiándose con una paja los dientes, [hablando] con gran severidad y gravedad te comiença a dezir: «Bien has entendido, amigo mío, la buena voluntad que hemos tenido a tu persona, pues teniéndote respeto te preferimos en nuestra compañía y serviçio a otros muchos que se nos ofreçieron y pudiéramos reçebir. Desto, pues, has visto por esperiénçia la verdad, no es menester agora referirlo aquí, y ansí por el semejante tienes visto el tratamiento < > y ventajas que en estos días has tenido en nuestra casa y familiaridad. Agora, pues, resta que tengas cuenta con nuestra llaneza, poco fausto, que conforme a la pobreza de nuestra renta vivimos recogidos, humildes como çiudadanos en ordinario común; de la mesma manera querría que subjetasses el entendimiento a vivir con la mesma humildad, y te contentasses con aquello poco que por ti podemos hazer cuanto a grandes salarios, teniendo antes respeto al contentamiento que tu persona terná de servirme a mí, con nuestra buena condiçión, trato y familiaridad, y también con las merçedes, provechos y favores que andando el tiempo te podemos hazer. Pero razón es que se te señale alguna cantidad de salario y merçed, y quiero que sea lo que te pareçiere a ti; di lo que te pareçerá, porque por poco no te querría desgraçiar. Esto todo que tu señor te ha dicho te pareçe tan gran llaneza y favor que de valde estás por le servir, y ansí enmudeçes vista su liberalidad; y porque [no] ve que no quieres dezir tu pareçer, sois conçertados que lo mande uno de aquellos que están allí viejos, avarientos, semejantes y criados de la moçedad con él. Luego el terçero te comiença a encareçer la buena fortuna que has habido en alcançar a servir tan valeroso señor, el cual por sus méritos y generosidad todos cuantos en la çiudad hay le desean servir; «y tú te puedes tener por glorioso, pues todos quedan invidiosos deseando tu mesmo bien. Y pues los favores y merçedes que te puede cada día hazer son bastantes para pagar cualquiera serviçio sin alguna comparaçión, porque parezca que so color < > del salario te puede mandar, reçibe agora çinco mil maravedís en cada un año con tu raçión, y no hagas caudal desto que en señal de açeptarte por criado te lo da para unas calças y un jubón, con protestaçión que no parará aquí, porque más te reçibe a título de merçed, debajo del cual te espera pagar». Y tú confuso, sin poder hablar, lo dexas ansí, arrepentido mil vezes de haber venido a le servir, pues pensaste a trueque de tu libertad remediar con un razonable salario [toda] tu pobreza y neçesidades, con las cuales te quedas como hasta aquí, y aun te ves en peligro que te salgan más. Si dizes que te den más, no te aprovechará y dezirte han que tienes ojo a sólo el interés, y que no tienes confiança ni respeto al señor; y aunque ves claro tu daño no te osas despedir, porque todos dirán que no tienes sosiego ni eres para sufrir y servir un señor. Y si dixeras el poco salario que te daba, injuriaste, porque dirán que no tenías méritos para más. Mira batalla tan miserable y tan infeliz, ¿qué harás?: neçesitaste a mayor neçesidad; pues por fuerça has de servir confiado sólo de la vana esperança de merçed, y la mayor es la que piensa la que te haze en se servir de ti, porque todos estos señores tienen por el prinçipal artículo de su fe, que los hizo tan valerosos su naturaleza, tan altos, de tanta manifiçençia y generosidad que el soberano poder le tienen usurpado; es tanta su presunçión que les parece que para solos ellos y para sus hijos y desçendientes es poco lo que en el mundo hay, y que todos los otros hombres que en el mundo viven son estiércol, y que les basta sólo pan que tengan qué comer, y el sol que los quiera alumbrar, y la tierra que los quiera tener sobre sí; y teniendo ellos çincuenta cuentos de renta y más, no les pareçe un maravedí, y si hablan de un clérigo que tiene un beneffiçio que la renta çien ducados, o mil, santíguanse con admiración, y preguntan a quien se lo dize si aquel beneffiçio tiene pie de altar qué puede valer; y muy de veras tienen por opinión que para ellos solos hizo naturaleza el feisán, el francolín, el abutarda, [gallina] y perdiz, y todas las otras aves preçiadas; y tienen muy por çierto que todo hombre es indigno de lo comer. Es, en conclusión, tanta la soberbia y ambiçión [destos], que tienen por muy averiguado que todo hombre les debe a ellos salario por quererse dellos servir. Ya que has visto cómo eligen los hombres a su propósito, oye [agora] cómo se han contigo en el discurso de tu serviçio. Todas sus promesas verás al revés, porque luego se van hartando y enhadando de ti, y te van mostrando con su desgracia y desabrimiento que no te quieren ver, y procuran dártelo a entender en el mirar, y en el hablar, y en todo el tratamiento de tu persona. Dizen que veniste tarde al palaçio y que no sabes servir, y que no hay otro hombre del palaçio sino el que vino a él de su niñez. Si tiene la mujer o hija moça y hermosa, y tú eres moço y gentil hombre tiene de ti zelos, y vive sobre aviso recatándose de ti: mírate a las manos, a los ojos, a los pies. Mandan al mayordomo que te diga un día que no entres en la sala y comunicaçión del señor, y otro día te dize que ya no comas en la mesa de arriba, que te bajes abajo, al tinelo, a comer, y si porfías por no te injuriar, mandan al paje que no te dé silla en que te asientes, y tú tragas destas injurias dos mil por no dar al vulgo mala opinión de ti. ¡Cuánta mohína y pesadumbre reçibes en verte ansí tratar!; y ves la nobleza de tu libertad trocada por un vil salario y merçed: verte llamar cada hora criado y siervo de tu señor. ¿Qué sentirá tu alma cuando te vieres tratar como a más vil sclavo que dineros costó?, que criado y siervo te han de llamar; y no te puedes consolar con otra cosa sino con que no naçiste sclavo, y que cada día te puedes libertar si quisieres, sino que no lo osas hazer porque ya elegiste por vida el servir. Y cuando ya el mundo y tu mal hado te ven ya desabrido y medio desesperado, o por manera de piedad, o por te entretener y prendarte para mayor dolor, date un çebo muy delicado, una dieta cordial como a hombre que está para morir; y suçede que se van los señores un día a holgar a una huerta o romería, mandan aparejar la litera en que vaya la señora y avisan a toda la gente que está a punto, que han todos de cabalgar; y cuando está a caballo el señor y la señora está en la litera, mándate la señora a gran priesa llamar. ¿Qué sentirá tu alma cuando llega el paje con aquel favor?: estás en tu caballo enjaezado a toda gallardía y cortesanía, y luego partes con una brava furia por ver qué te manda tu señora. Y ella haziéndose toda pedaços de delicadeça y magestad te comiença a dezir: «Miçilo, ven acá; mira que me hagas una graçia, un soberano serviçio y plazer. Haslo de hazer con buena voluntad, porque tengo entendido de tu buena diligençia y buena inclinaçión que a ti sólo puedo encomendar una cosa que yo tanto amo, y de ti sólo se puede fiar. Bien has visto cuánto [yo] amo a la mi Arménica, perrica graçiosa; está la miserable preçiada y muy çercana al parto, por lo cual no podré sufrir que ella se quede acá; no la oso confiar destos mal comedidos criados que aun de mi persona no tienen cuidado, ¿cuánto menos se presume que ternán de la perrilla, aunque saben que la amo como a mí? Ruégote mucho que la traigas en tus manos delante de ti con el mayor sosiego que < > pudieres llevar, porque la cuitada no reçiba algún daño en su preñez.» Y luego el buen Miçilo reçibe la perrilla encomendada a su cargo de llevar, porque casi lloraba su señora por se la encomendar, que nunca a las tales se les ofreçe favor que suba de aquí. ¡Qué cosa tan de reír será ver un escudero gallardo, graçioso, o a un hombre honrado de barba larga y gravedad llevar por medio de la çiudad una perrica miserable delante de sí, que le ha de mear y ensuçiar sin echarlo él de ver!; y con todo esto cuando se apean y la señora demanda su Arménica no le faltará alguna liviana desgraçia que te poner por no te agradeçer el trabajo y afrenta que por ella pasaste. Dime agora, Miçilo, ¿cuál hombre hay en el mundo por desventurado y miserable que sea, que por ningún interés de riqueza ni tesoro que se le prometa, ni por gozar de grandes deleites que a su imaginaçión se le antojen haber en la vida del palaçio, trueque la libertad, bien tan nunca bastantemente estimado de los sabios, que dizen que no hay tesoro con que se pueda comparar, y vivan en estos trabajos, vanidades, burlerías y verdaderas niñerías del mundo en servidumbre y captiverio miserable?; ¿cuál será, si de seso totalmente no está privado, y mira siempre con ojos de alinde las cosas, con que todas se le hazen muy mayores sin comparaçión?, ¿quién es aquel que teniendo algún offiçio, o arte mecánica, aunque sea de un pobre çapatero como tú, que no quiera más con su propria y natural libertad con que naçió, ser señor y quitar y poner en su casa conforme a su voluntad, dormir, comer, trabajar y holgar cuando querrá, antes que a voluntad agena vivir y obedeçer?

     MIÇILO. Por çierto, gallo, convençido me tienes a tu opinión por la efficaçia de tu persuadir, y ansí digo de hoy más que quiero más vivir en mi pobreza con libertad que en los trabajos y miserias del ageno serviçio vivir por merçed. Pero pareçe que aquéllos solos serán de escusar, a los cuales la naturaleza puso ya en edad razonable y no les dio offiçio en que se ocupar para se mantener. Estos tales no pareçe que serán dignos de reprehensión si por no padeçer pobreza y miseria quieren servir.

     GALLO. Miçilo, engañaste; porque esos mucho más son dignos de reprehensión, pues naturaleza dio a los hombres muchas artes y offiçios < > para los poder aprender; y por su oçio, negligençia y viçio quedan torpes y neçios y indignos de gozar del tesoro inestimable de la libertad; del cual creo que naturaleza en pena de su negligençia los privó; y ansí mereçen ser con un garrote vilmente castigados como menospreçiadores del soberano bien. Pues mira agora, Miçilo, sobre todo, el fin que los tales han, que cuando han consumido y empleado en esto, suez y vil trato, [la flor de] su edad, ya que están casi en la vejez, cuando se les ha de dar algún galardón, cuando pareçe que han de descansar, que tienen ya los miembros por el serviçio contino inhábiles para el trabajo, cuando tienen obligados a sus señores a alguna merçed, no los falta una brizna, una miserable ocasión para le despegar < >. Dize que por tener grande edad le perdió el respeto que le debía como a señor, o que le trata mal sus hijos, o que quiere mandar más que él; y si eres moço levántate que te quieres echar con la hija, o con la muger; o que te hallaron hablando con una donzella de casa en un rincón. De manera que nunca les falta con qué infame y miserablemente los echar, y aun sin el salario que sirvió, y donde pensé el desventurado del siervo que había proveído a la pobreza y neçesidad en que pudiera venir, se ofreçió de su voluntad a la causa y ocasión de muy mayor, pues echado de aquellas agenas casas viene forçado al hospital. Allí, viejos los tales y enfermos < >, los dan de comer y beber, y sepoltura por limosna y amor de Dios. Resta agora, Miçilo, que quieras considerar como cuerdo y avisado ánimo todo lo que te he representado aquí, porque todo lo esperimenté y passó por mí. No çebes ni engañes tu entendimiento con la vanidad de las cosas desta vida, que fáçilmente suelen engañar, y mira bien que Dios y naturaleza a todos crían y produçen con habilidad y estado de poder gozar de lo bueno que ella crió, si por nuestro apetito, oçio y miseria no lo venimos a perder; y de aquí adelante conténtate con el estado que tienes, que no es çierto digno de menospreçiar.

     MIÇILO. O gallo bienaventurado, que bienaventurado me has hecho hoy, pues me has avisado de tan gran bien; yo te prometo nunca serte ingrato a beneffiçio de tanto valor. Sólo te ruego no me quieras desamparar, que no podré vivir sin ti; y porque es venido el día huelga, que quiero abrir la tienda por vender algún par de çapatos de que nos podamos mantener hoy.

Fin del déçimo nono canto del gallo.



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Argumento del vigéssimo y último canto

     En este [vigéssimo] canto el auctor representa a Demophón, el cual viniendo un día a casa de Miçilo su vezino a le visitar le halló triste y afligido por la muerte de su gallo, y procurando dexarle consolado se vuelve a su casa.

DEMOPHÓN. MIÇILO.

     DEMOPHÓN. O Miçilo, vezino y amigo mío, ¿qué es la causa que ansí te tiene atormentado por cuidado y miserable aconteçimiento? Véote triste, flaco, amarillo con representaçión de philósopho, el rostro lançado en la tierra, pasearte por este lugar obscuro, dexado tu contino offiçio de çapatería en que tan a la contina te solías ocupar con eterno trabajo, consumes agora el tiempo en sospiros. Nuestra igual edad, vezindad y amistad te obliga a fiar de mí tus tan miserables cuidados, porque ya que no esperes de mí que compliese tus faltas, ayudarte he con consejo; y si todo esto no estimares, bastarte ha saber que mitiga mucho el dolor comunicar la pena, prinçipalmente contándose a quien en alguna manera por propria la sienta. ¿Qué es de tu belleza y alegría, desenvoltura y comunicaçión con que a todos tus amigos y vezinos te solías dar de noche y de día en çenas y convites y fuera dellos? Ya son pasados muchos días que te veo recogido en soledad en tu casa, que ni me quieres ver ni hablar, ni visitar como solías.

     MIÇILO. O mi Demophón, mi muy caro hermano y amigo. Sólo esto quiero que como tal sepas de mí, que no sin gran razón en mí hay tan gran muestra de mal. Prinçipalmente cuando tienes de mí bien entendido que no cualquiera cosa haze en mí tan notable mudança, pues ¿has visto en mí haber disimulado en varios tiempos notables toques de fortuna y infortunios tan graves que a muy esforçados varones hubieran puesto en ruina?, y yo con igual rostro los he sabido passar. Aunque comúnmente se suele dezir que al pobre no hay infortunio, que aunque esto sea ansí verdad no dexamos de sentir en nuestro estado humilde lo que al ánima le da a entender su natural. Ansí que tengo por çierto, Demophón, que no hay igual dolor de pérdida ni miseria que con gran distançia se compare con el mío.

     DEMOPHÓN. Mientra más me le has encareçido, más me has augmentado la piedad y miseria que de tu mal tengo, de donde naçe en mí mayor deseo de lo saber. Por tanto, no reserves en tu pecho tesoro tan perjudiçial, que no hay peor espeçie de avariçia que de dolor. Por çierto, en poco cargo eres a naturaleza, pues, privándote del oro y riquezas, < > fue contigo tan liberal [de pasiones y miserias] que en abundançia te las comunicó. Dime, ¿por qué ansí te dueles?, que no podré consentir lo passes con silençio y disimulaçión.

     MIÇILO. Quiero que ante todas las cosas sepas, o Demophón, que no es la que me fatiga falta de dineros para que con tus tesoros me hayas de remediar, ni de salud para que con médicos me la hayas de restituir. Ni tampoco me afligo por mengua que me hagan las tus vasixas, < > aparatos y arreos de tapetes y alhajas con que en abundançia te sueles servir. Pero fáltame de mi casa un amigo, un compañero de mis miserias y trabajos, y tan igual que era otro yo; con el cual poseía yo todos los tesoros y riquezas que en el mundo hay; fáltame, en conclusión, una cosa, Demophón, que con ningún poder ni fuerças tuyas la puedes suplir, por lo cual me escuso de te la dezir, y a ti de la saber.

     DEMOPHÓN. No en vano suelen dezir, que al pobre es proprio el philosophar como agora tú; yo no creo que has aprendido esa retórica en las escuelas de Athenas, con que agora de nuevo me encareçes tu dolor, ni sé qué maestro has tenido della de poco acá.

     MIÇILO. Ese maestro se me murió, cuya muerte es causa de mi dolor.

     DEMOPHÓN. ¿Quién es?

     MIÇILO. Sabrás, amigo, que yo tenía un gallo que por mi casa andaba estos días en compañía destas mis pocas gallinas que las albergaba y recogía y defendía como verdadero marido y varón. Suçedió que este día de carnestolendas que passó, unas mugeres desta nuestra vezindad con temeraria libertad, haziendo solamente cuenta, y pareçiéndoles que era el día previllegiado, me entraron mi casa estando yo ausente, que cautelosamente aguardaron que fuesse ansí, y tomaron mi gallo y lleváronle al campo, y con una gran grita y alarido le corrieron arrojándole las unas a las otras; y como suelen dezir «daca el gallo, toma el gallo», les quedaban las plumas en la mano. En fin, fue pelado y desnudo de su adornado y hermoso vestido, y no contentas con esto, rendiéndosele el desventurado sin poderles huir, confiándose de su inoçençia, pensando que no pasara adelante su tirana crueldad, subjetándoseles con humildad, pensando que por esta vía las pudiera convençer y se les pudiera escapar, sacaron de sus estuches cuchillos, y sin tener respecto alguno a su inoçençia le cortaron su dorada y hermosa çerviz, y de común acuerdo hiçieron çena epulenta dél.

     DEMOPHÓN. Pues, ¿por faltarte un gallo te afliges tanto que estás por desesperar? Calla que yo lo quiero remediar con enviarte otro gallo criado en mi casa que creo que hará tanta ventaja al tuyo cuanta haze mi despensa a la tuya para le mantener.

     MIÇILO. O Demophón, cuánto vives engañado en pensar que mi gallo perdido con cualquiera otro gallo se podría satisfazer.

     DEMOPHÓN. ¿Pues qué tenía más?

     MIÇILO. Óyeme, que te quiero hazer saber que no sin causa me has hallado philósopho rectórico hoy.

     DEMOPHÓN. Dímelo.

     MIÇILO. Sabrás que aquel gallo era Pithágoras el philósopho, elocuentíssimo varón, si le has oído dezir.

     DEMOPHÓN. Pithágoras, muchas vezes le oí dezir. Pero dime, ¿cómo quieres que entienda que el gallo era Pithágoras, que me pones en confusión?

     MIÇILO. Porque si oíste dezir de aquel sapientíssimo philósopho, también oirías dezir de su opinión.

     DEMOPHÓN. ¿Cuál fue?

     MIÇILO. Éste afirmó que las ánimas passaban de un cuerpo a otro; de manera que dixo que muriendo uno de nosotros luego desamparando nuestra alma este nuestro cuerpo en que vivió se passa a otro cuerpo de nuevo a vivir, y no siempre a cuerpo de hombre: pero aconteçe que el que agora fue rey passa a cuerpo de un puerco, vaca o león, como sus hados y susçeso lo permiten, sin el alma lo poder evitar; y ansí el alma de Pithágoras después que acá naçió había vivido en diversos cuerpos, y agora vivía en el cuerpo de aquel gallo que tenía yo aquí.

     DEMOPHÓN. Esa manera de dezir ya la oí que la afirmaba él. Pero era un mentiroso, prestigioso y embaidor, y también como él era efficaz en el persuadir y aquella gente de su tiempo era simple y ruda, fáçilmente les hazía creer cualquiera cosa que él quisiesse soñar.

     MIÇILO. Cierto sé yo que ansí como lo dezía era verdad.

     DEMOPHÓN. ¿Como ansí?

     MIÇILO. Porque en aquel gallo me habló y me mostró en muchos días ser él.

     DEMOPHÓN. ¿Qué te habló? Cosa me cuentas digna de admiraçión. En tanta manera me admira lo que dices por cosa nueva que si no hubiera conoçido tu bondad y sinçera condiçión pensara yo agora que < > estabas fuera de seso y que como loco devaneas, o que teniéndome en poco pensabas con semejantes sueños burlar de mí. Pero por Dios te conjuro, o Miçilo, y por nuestra amistad, la cual por ser antigua entre nosotros tiene muestra de deidad, me digas en particular todo lo que en la verdad es.

     MIÇILO. O Demophón, que sin lágrimas no te lo puedo dezir, porque sé yo solo lo mucho que perdí. Habíanme tanto favoreçido los hados que < > creo que en el mundo [no] haya sido hombre tan feliz como yo. Pero paréçeme que este favor fue para escarneçer de mí, pues me comunicaron tan gran bien con tanta brevedad, que no parece sino que como anguila se me deleznó. Solamente me pareçe que entendí mientra le tuve en le apretar en el puño para le poseer, y cuando pensé que le tenía con alguna seguridad se me fue. También sospecho que los hados me quisieron tentar si cabía en mí tanto bien, y por mi mala suerte no fue dél mereçedor. Y porque veas si tengo razón de lo encareçer, sabrás que en él tenía yo toda la consolaçión y bienaventurança que en el mundo se podía tener: con él pasaba yo mis trabajos de noche y [de] día, no había cosa que yo quisiesse saber o haber que no se me diesse a medida de mi voluntad; él me mostró la vida de todos cuantos en el mundo hay, lo bueno y malo que tiene la vida del rey [y] del çiudadano, del caballero, del mercader y del labrador; él me mostró cuanto en [el] çielo y el infierno hay, porque me mostró a Dios y todo lo que gozan los bienaventurados allá. En conclusión, o Demophón, yo perdí un tesoro que ningún poderoso señor en el mundo más no pudo poseer.

     DEMOPHÓN. Por çierto tengo, o Miçilo, sentir con mucha razón el gran mal que te han hecho esas mugeres en privarte de tanto bien, cuando queriendo satisfazer a sus vanos apetitos, çelebrando sus lasçivas y adúlteras fiestas no perdonan cosa dedicada ni reservada por ningún varón, con tanto que executen su voluntad. No miraron que tú no eras hombre con quien tal día suelen festejar, y que por tu edad no entras en cuenta de los que çelebran semejantes fiestas, que los moços ricos subjetos al liviano amor, empleados en las contentar no les pueden negar cosa que haga a su querer; y ansí para los entretener les demandan en tales días cosas curiosas, en el cumplimiento de las cuales conoçen ellas su mayor < > enamorado y servidor; y ansí agora dándoles a entender que para su laçivia no los han menester por entrar el tiempo de Cuaresma, mostrando gran voluntad de se contener, pelan aquellos gallos en lugar de la juventud, mostrando menospreçiar su gallardía de hoy más; y también pelando aquellos gallos muestran a los mançebos tenerlos en poco, pues pelados de todas sus plumas y hazienda en el tiempo passado, agora fingiendo recogimiento y santidad, dizen que no los han menester, ¡o animal tirano y ingrato a todo bien!; que en todas sus obras se preçian mostrar su mala condiçión. [¿Y no vían que tú no estabas en edad para burlar de ti?].

     MIÇILO. Y aun por conocer yo < > esa verdad < > ni me casé, ni las quise ver; y aún no me puedo escapar de su tiranía, que escripto me dizen que está que no hay hombre a quien no alcançe siquiera la sombra de su veneno < >. Solamente me lastima pensar que ya me habían de herir no fue de llaga que se pudiesse remediar. Quitáronme mi consejero, mi consuelo y mi bien. Aun plugiesse a Dios que en este tiempo tan santo se recogiessen de veras y sin fingir nada tratassen de veras la virtud: ayunar, no beber, ni comer, no burlar, no se afeitar, ni vestirse tan profanamente, y vivir con tanta disolución como en otro cualquier tiempo del año. Pero vemos que sin alguna rienda viven el día de Cuaresma como cualquiera otro. Son sus fiestas las que aborreçe Dios, porque no son sino para le ofender.

     DEMOPHÓN. Por çierto, Miçilo, espantado estoy de ver la burla destas vanas mugeres, con cuántas maneras de invençión passan su tiempo, y cuántas astuçias usan para sacar dineros de sus amantes. Prinçipalmente en estos pueblos grandes de villas y çiudades; porque estas cosas no las saben por los pueblos pequeños, ni ha llegado < > la maliçia humana por allá. Por çierto, cosas hay de gran donaire en estos pueblos grandes que se inventan de cada día, con las cuales [los inventores dellas] entretienen sus cosas, y hazen su hecho, por su proprio fin y interés de cada cual; [por çierto que me tienen de cada día en más admiraçión]. Prinçipalmente en este pueblo donde hay tanta concurrencia de gentes, o por causa de corte o de chançellería, porque la diversidad de estrangeros haze dar en cosas, y inventar donaires que confunden el ingenio haberlas solamente de notar; cuantas maneras de santidades fingidas, romerías, bendiçiones y peregrinaçiones; tanto hospital, colejios de santos y santas; casas de niños [y] niñas o [hospitales] de viejos; tanta cofradía de disçiplinantes [de la cruz y de la pasión], y proçesiones; tanto pedigüeño de limosnas, que más son los que piden que son los pobres que la quieran reçebir.

     MIÇILO. Por çierto, Demophón, tú tienes mucha razón y una de las cosas de que yo estoy más confuso es de ver que en este nuestro lugar, siendo tan noble y el más prinçipal que hay en el reino, pues de contino reside en él la corte, y a esta causa hay [en él] más letrados y hombres más agudos en la conversaçión y cosas del mundo y cortesanía, y en estas cosas son todos en un común más fáçilmente arroxados, y aun engañados que todos cuantos otros pueblos hay, que se atreva un hombre a entrar aquí en este pueblo donde está la flor de cordura [y] agudeça y discreçión, y que debajo de un hábito religioso engañe a todo estado eclesiástico y seglar, diziendo que hará volver los ríos atrás, y hará cuaxar el mar, y que forçará los demonios que en los infiernos están, y profieresse de hazer parir las mugeres cuanto quiera que de su naturaleza sean estériles y que no puedan parir, y que en esto vengan a caer todos los más prinçipales [y] generosos, y mandan a sus mujeres y parientas se vayan para el zarlo embaidor, para que haga dellas lo que querrá. Que se sufra vivir en este pueblo un hombre que debajo de nombre de Juan de Dios, no se le çierre puerta de ningún señor ni letrado ni se le niegue cosa alguna que quiera demandar, y después le quemen públicamente por somético engañador. [Pues, ¿no se ha disimulado también un clérigo que había sido primero fraile veinte años, al cual por tener muestra de gran santidad le fue encargado aquel colegio de niñas?, y tal sea su salud cual dellas cuenta dio.] ¿En qué está esto, amigo?

     DEMOPHÓN. A tu gallo quisiera yo, Miçilo, que lo hubieras preguntado antes que a mí porque él te supiera mejor satisfazer. Pero para mi bien creo que en alguna manera debo de açertar; que creo que de los grandes pecados que hay en este pueblo viene esta común confusión, o çeguedad, [que] como no hay en este pueblo más prinçipal ni más común que pecados y ofensas de Dios: pleitos, hurtos, usuras, mohatras, juegos, blasfemias, simonías, trapazas y engaños, y después desto una putería general, la cual ni tiene punto, suelo, ni fin; que ni se reserva día, ni fiesta, Cuaresma, ni [aún] Semana Santa, ni Pascua en que se dexe de exerçitar como offiçio conveniente a la república, permitido y aprobado por neçesario en la ley, en pena deste mal nos çiega Dios nuestros entendimientos, orejas y ojos, para que avisándonos no entendamos, y oyendo no oyamos, y viendo seamos como çiegos que palpamos la pared. En tanta manera somos traídos en çeguedad que estamos rendidos al engaño muy antes que se ofrezca el engañador. Hanos hecho Dios escarnio, mofa y risa a los muy pequeños niños de [muy] tierna edad. ¿En qué lugar por pequeño que sea se consintirá, o disimulará lo mucho, ni lo muy poco que se disimula y sufre aquí?, ¿dónde hay tanto juez sin justiçia como aquí?, ¿dónde tanto letrado sin letras < >?, ¿dónde tanto executor sin que se execute la maldad?, ¿dónde tanto escribano, ni más común el borrón?, ¿que no hay hombre de gobierno en este pueblo que trate más que su proprio interés, y como más se aventajará? Por esto permite Dios que vengan unos zarlos, o falsos prophetas que con embaimientos, aparençias y falsas demostraçiones nos hagan entender cualquiera cosa que nos quieran fingir. Y lo que peor es, que quiere Dios que después sintamos más la risa que el interés en que nos engañó.

     MIÇILO. Pues aún no pienses, Demophón, que la vanidad y perdiçión destas livianas mugeres se le ha de passar a Dios sin castigo, que yo te oso afirmar por cosa muy çierta y que no faltará, que por ver Dios su disoluçión, desenvoltura, desvergüença y poco recogimiento que en ellas en este tiempo hay; visto que ansí vírgines como casadas, viudas y solteras, todas por un común viven muy sueltas y muy disolutas, y que por la calle van con un curioso passo en su andar, descubierta la cabeça y cabello con grandes y deshonestas crenchas, muy alto y estirado el cuello, guiñando con los ojos a todos cuantos encuentran en la calle, haziendo con su cuerpo lasçivos meneos. Por esta su común deshonestidad sey çierto que verná tiempo en el cual ha de hazer Dios un gran castigo, y será que hará que se pelen de todos sus cabellos y que se hagan todas calvas; y será tiempo en que les quitará Dios < > sus joyeles, sortixas, < > zarzillos, collares, medallas, axorcas y apretadores de cabeça; quitarles ha sus partidores de crenchas, tenaçicas, salsericas, redomillas y platelicos de colores, y todo género de afeites, sahumerios, guantes adobados, sebos y unturas de manos y otros olores, alfileres, agujas y prendederos; quitarles ha las camisas muy delgadas, y los manteos, basquiñas, briales, saboyanas, nazarenas y reboçinos; y en lugar de aquellos sus cabellos encrespados y enrifados les dará pelambre y calvez, y en lugar de aquellos apretadores y xoyeles que les cuelgan de la frente les dará dolor de cabeça, y por çinta de caderas de oro muy esmaltadas y labradas, les dará sogas de muy áspero esparto con que se çiñan y aprieten; y por aquellos sus muy curiosos y sumptuosos atavíos de su cuerpo les dará siliçio; y desta manera hará Dios que lloren su lasçivia y desorden, y que de su luxuria y deshonestidad hagan grave penitençia. Entonces no habrá quien las quiera por su hidiondez y miseria; y siete mugeres se encomendarán a un varón y él de todas huirá menospreçiándolas y aborreçiéndolas como de gran mal.

     DEMOPHÓN. Gran esperiençia tengo ser todo lo que dizes verdad, por lo cual verná este mal por justo pago de Dios. Y también tienen los varones su parte de culpa, y aun notable, por darles tanta libertad para usar ellas mal destas cosas, y aun de sí mesmas sin les ir a la mano, por lo cual permite Dios que ellos vivan injuriados y infames por ellas; que aun ellos no tienen modo ni rienda en su vivir, en su estado y fuerças de cada cual [siendo casados], que todos passan y se quieren adelantar a la calidad de sus personas y deçendençia de linaxe, en el traxe, comer y beber, y manera de familia y serviçio, y porque nos entendamos quiero deçender a particular: que se hallará un escribano vil de casta y jaez, que quiere justar, correr sortixa y jugar cañas, y otros exerçiçios de caballeros en compañía de los más poderosos y generosos de toda la çiudad, y acerca de su offiçio (en el cual indignamente subió) no sabe más tratar, ni dar razón que el asno < > en el prado. Paréçeme que una de las cosas que nuestro rey, prínçipe y señor había < > en esta su república [de proveer] sería de un particular varón de gran severidad, el cual fuesse çensor general [de todas las vidas y costumbres] de los hombres de la república, [como lo fue aquel Catón famoso çensor en la república romana]; y a la contina se procurasse informar de la vida, costumbres de cada uno y cuando supiesse de alguno por informaçión de su desorden y mal vivir, hasta [ser informado] de su casa trato y conversaçión de su muger, familia, comer y beber, entonces le había de enviar a llamar y corregirle de palabras ásperas y vergonçosas, poniéndole tasa y orden y modo de vivir; y si no se quisiesse emendar fuesse desterrado de la república como hombre que la infamaba y daba ocasión que por su mal vivir entre los estrangeros se tuviesse de nuestra república deprabada opinión; y ansí por el semejante el tal juez y censor fuesse cada día passando las calles de la çiudad mirando con gran atençión el traxe del uno, y ocupaçión, el oçio del otro, la habla y conversaçión [de todos en particular y general]; y a la contina entendiesse en los arrendar, enmendar y corregir, porque çiertamente el hierro y falta del particular viene la infamia en todo el común; y ansí por el consiguiente viene a tenerse en el universo por infame y corrompida una naçión. Todo está ya depravado y corrompido, Miçilo; y ya no lleva este mal otro remedio, sino que envíe Dios una general destruiçión del mundo como hizo por el diluvio en el tiempo de Noé y renovando el hombre dársele ha de nuevo la manera y costumbres de vivir; porque los que agora están neçesariamente han de ir de mal en peor. Y solamente te ruego, Miçilo, por nuestra buena y antigua amistad, que por este triste suçeso tuyo, ni por otra cosa que de adversa fortuna te venga no llores, ni te afligas más, porque arguye y muestra poca cordura de un tan honrado hombre como tú; pues en morirte tú se aventura más, y la falta que el gallo hizo a tu buena compañía y consolaçión la procuraré yo suplir con mi hazienda, fuerças y cotidiana conversaçión, de lo cual espero adquirir yo gran interés, pues un buen amigo y vezino con ningún tesoro del mundo se puede comparar.

     MIÇILO. Por çierto, gran consuelo me ha sido al presente tu venida, o Demophón, de la cual si privado fuera por mi miserable suerte y fortuna < > pensara en breve feneçer. Pero ya lo que me queda de la vida quiero tomar a ti por patrón; al cual trabajaré regraçiar en cuanto podré, porque espero que la falta del gallo se me recompensará con tu buena conversaçión y aun confío que tus buenas obras se aventajarán en tanta manera que me forçarán de hoy más a le olvidar.

     DEMOPHÓN. Mucho te agradezco, o Miçilo, el respeto que tienes a mi persona, pues ansí conçedes con agradeçimiento mi petiçión. Y pues es hora ya de nos recoger, queda en paz.

     MIÇILO. Y tú, Demophón, ve con Dios.

FIN DEL CRÓTALON DE CHRISTÓFORO GNOFOSO Y DE LOS INGENIOSOS SUEÑOS DEL GALLO DE LUÇIANO, FAMOSO ORADOR GRIEGO

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