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El cura de Aldea : drama en tres actos, en verso / original de Enrique Pérez Escrich

Ficha

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El cura de aldea

Drama en tres actos, en verso

Enrique Pérez Escrich



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Prólogo

     Al hacer la segunda edición de este drama, cuando la primera apenas cuenta un mes de vida, me creo en el deber de consagrar algunas líneas de gratitud en este prólogo a los buenos y leales amigos que han contribuido con sus consejos y sus esfuerzos, al brillante éxito que ha alcanzado.

     En diciembre de 1858 durante las representaciones de mi drama La dicha en el bien ajeno, comencé a ocuparme de El cura de aldea, porque en España, todo autor dramático que como yo vive exclusivamente de su pluma, la terminación de una obra, es la señal que le anuncia que la hora ha llegado de comenzar otra.

     El pensamiento de sacar a la escena el cura párroco, era arriesgado, y harto difícil para mis escasas fuerzas, bosquejar la bondad evangélica del padre de almas, tal como yo lo concebía, tal como yo le conozco personalmente, pobre y humilde, inmejorable modelo de caridad cristiana, que ha llegado a ser por su sublime abnegación y su incansable filantropía, la providencia del pequeño pueblo en donde mora, el padre de los pobres, la adoración de sus feligreses, el comentario vivo del Evangelio de Jesucristo (1).

     Resuelto a dar principio a mi obra, después de algunos días de vacilación, fui a avistarme con el eminente literato mi distinguido amigo D. Juan Eugenio Hartzenbusch, al que le comuniqué mi pensamiento, y con su acostumbrada bondad me aconsejó que leyera algunas obras, entre las cuales se hallaba una epístola de Lamartine, cuyo contenido estaba en todo conforme con mi pensamiento.

     Para dar una idea aproximada del tipo que me he propuesto bosquejar en mi drama, voy a extractar algunos párrafos de la carta que me indicó el autor de Un sí y un no, debida a la pluma de Alonso de Lamartine, uno de los primeros poetas y moralistas franceses; dice así: «¿Qué es un cura? Es el ministro de la religión de Jesucristo encargado de conservar sus dogmas, de propagar su moral y de administrar sus beneficios a la parte del rebaño que le está confiada; y nadie puede hacer más bien o más mal a los hombres, según desempeñe la importante misión que le está confiada.

     Como moralista, son aún más hermosas las funciones del cura. El cristianismo es una filosofía divina, escrita de dos maneras: como historia en la vida y muerte de Jesucristo; como doctrina en los sublimes ejemplos que éste trajo al mundo. Estas dos palabras: el precepto y el ejemplo, están reunidas en el Evangelio. El cura debe tenerlo siempre a la mano, a la vista, en el corazón. Un buen sacerdote es un comentario vivo de este libro divino. Cada una de sus misteriosas palabras responde exactamente al alma que le pregunta, y encierra un sentido práctico y social, que ilustra y vivifica la conducta del hombre. No hay verdad ninguna cuyo germen no se halle en algún versículo del Evangelio: la filantropía ha nacido de su primero y único precepto; la caridad, las leyes, se han templado; los abusos inhumanos se han abolido; las cadenas se han roto; la mujer ha reconquistado el corazón del hombre, y puede decirse que el mundo actual en su conjunto, con sus leyes, sus costumbres, sus instituciones, sus esperanzas, no es más que el verbo evangélico más o menos encarnado en la civilización moderna.

     El cura tiene, pues, toda la moral, toda la razón, toda la civilización, toda la política en su mano cuando está en ella este libro (los Evangelios). No necesita más que abrir, leer, para derramar en torno el tesoro de luz y de perfección cuya llave le ha confiado la Providencia. Pero su enseñanza debe ser doble como la de Jesucristo: por el ejemplo y por la palabra; su vida debe ser en cuanto lo permita la fragilidad humana, la explicación sensible de su doctrina; una palabra viva. La Iglesia le ha colocado en el puesto que ocupa, como ejemplo más bien que como oráculo: puede hallarse embarazado en el uso de la palabra, si la naturaleza le ha negado ese don; mas la palabra que penetra en todos los corazones es la vida: ninguna lengua humana es tan elocuente ni tan persuasiva como la virtud.

     El cura es asimismo administrador espiritual de los sacramentos de la Iglesia, y de los beneficios de la caridad. Tiene que tratar con los hombres, y debe conocerlos; si combate las pasiones humanas, su mano debe ser dulce, delicada y llena de prudencia y mesura. Su corazón debe ser rico de tolerancia, de misericordia, de mansedumbre, de compasión, de caridad y de perdones. Su puerta debe estar siempre abierta para el que llega a turbar su sueño; su lámpara siempre encendida, el báculo siempre en su mano: no debe arredrarle ni las estaciones, ni las distancias, ni los contagios del sol, ni la nieve, si se trata de llevar el óleo al herido, el perdón al culpable, el pan al hambriento, o su Dios al moribundo. A su vista, como a la de Dios, no debe haber ni rico ni pobre, ni pequeño ni grande, sino hombres; es decir, hermanos en miserias y esperanzas.

     Retirado en su humilde presbiterio, a la sombra de su iglesia, rara vez debe salir de este sitio. Permitido le es tener sin duda una viña, un jardín, un huerto; cultivarle por sí mismo, mantener allí algunos animales domésticos de recreo, o de utilidad, la vaca, la cabra, la oveja, la paloma. Como asimismo el perro, ese mueble viviente del hogar, ese amigo de los que se hallan olvidados en el mundo y sienten la necesidad de ser amados por alguno. Al regresar de sus excursiones piadosas, o cuando el matrimonio o el bautizo han reunido a los amigos de los pobres, puede el cura sentarse un momento a la mesa del labrador y comer el pan negro con él; el resto de su vida debe pasarlo en el altar, en medio de los niños a quienes enseña a tartamudear el catecismo, ese código vulgar de la más elevada filosofía, ese alfabeto de una sabiduría divina, y cuando el Ángelus ha resonado en el campanario de la aldea, puede verse algunas veces al cura con su breviario en la mano, ya bajo de los manzanos de su huerto, ya en las elevadas crestas de los montes, respirando el aire suave y religioso de los campos.

     Esta es su vida, estos sus placeres; sus cabellos emblanquecen, la materia sucumbe, y el alma se eleva al cielo acompañada de la oración y las lágrimas de sus feligreses. Pero este hombre ha hecho lo mejor que podía hacerse en la tierra: ha continuado un dogma inmortal, ha servido de eslabón a una cadena inmensa de fe y de virtud, y ha dejado a las generaciones que van a nacer, una creencia, una ley, un Dios.»

     La poética y acabada descripción de Lamartine, estaba tan conforme con el pensamiento de mi obra, que después de leerla repetidas veces, comencé a extender la distribución del plan.

     Pocos días después, D. Juan Ballester de Aiguals, pintor escenógrafo que de regreso de su viaje por el extranjero se hallaba en Madrid, vino a visitarme; y enterándole del trabajo que me ocupaba, me ofreció pintarme dos bocetos de las decoraciones del primero y tercer acto, y cumplió su palabra remitiéndomelos el 18 de enero del 58, desde cuya fecha están adornando las paredes de mi gabinete, como un recuerdo de su autor al de El cura de aldea.

     Con los bocetos a la vista, la epístola de Lamartine en la mente, los recuerdos de mi venerable amigo el párroco de... en el corazón, y los santos Evangelios sobre mi escritorio, comencé la ejecución de mi obra, y con más fe que fuerzas para llevarla a cabo, seguí trabajando estimulado por los consejos de mi leal amigo D. Luis de Eguilaz, el cual llegó con su bondad a ofrecerme su pluma para la terminación de una obra que, según sus palabras, si la ejecución correspondía al pensamiento, debía ser de mucha importancia para mí. Pero yo, rehusando su generoso ofrecimiento, que no olvidaré nunca, agradecí su deferencia para conmigo y seguí trabajando.

     Contribuyó también a que terminara mi obra con doble afán y cuidado, el eminente actor D. José Valero, cuando en el mes de junio me dispensó la honra de pedirme repetidas veces mi drama para el teatro del Príncipe, que entonces proyectaba tomar y que hoy tan dignamente dirige.

     Terminada por fin, la puse en manos de dicho actor, el cual la acogió con tanto cariño, que hizo de su protagonista una de sus mejores creaciones; elevando con su talento y maestría mi humilde obra a una altura, que rayaba aún más allá de las esperanzas que como autor había concebido; pues si como actor estudió profundamente su papel, como se lo han demostrado los repetidos aplausos del público y los elogios de la prensa, como director de escena cuidó con tal escrupulosidad y delicadeza el menor detalle de la obra, que en la escena de la limosna del primer acto y la última del tercero, arranca a los espectadores nutridos y prolongados aplausos, sin pronunciar ni una sílaba. Y por último, queriendo darle sin duda al autor y la obra una prueba más de aprecio y deferencia, cuando El cura de aldea llevaba diez y nueve representaciones, la hizo a su beneficio, con lo cual enalteció la importancia del drama.

     Si El cura de aldea hubiera alcanzado un éxito mediano, mi agradecimiento para con mis amigos hubiera sido el mismo, pero lo hubiera encerrado en el fondo de mi corazón, como lo demuestra la primera edición de esta obra; pero al escribir en esta segunda un prólogo y al recordar que su éxito y el número de representaciones que ha alcanzado han sido harto satisfactorias para su autor, debo como hombre honrado consignar mi agradecimiento en estas líneas, porque la ingratitud la he tenido siempre como el defecto más asqueroso del hombre.

     Ahora solo me resta decir dos palabras a los que han propagado en algunos círculos, que mi drama tenía puntos de contacto con Le vicaire de Wakefied de MM. Nus y Tisserarant y Le curé de village de Balzac, y es que El cura de aldea de Escrich se parece tanto a las obras arriba citadas como se parecen La Marcela de Bretón y El caballero del milagro de Eguilaz.

     Yo seré el último de los autores dramáticos, pero jamás se ha enriquecido mi pobre ingenio con situaciones del teatro extranjero, ni he vestido nunca la prosa francesa con el verso castellano, para apropiarme con un falso disfraz hijos que no me pertenecían, y que al aceptarlos como tales sin haberlos concebido, echaba una mancha sobre mi reputación literaria, aunque esta sea, como he dicho antes, la última de todas.

     En la patria de Cervantes tenemos un teatro que es la admiración de Europa, la gloria de España; yo he preferido siempre una comedia de Calderón a todo ese fárrago de absurdos dramáticos que vomita la literatura francesa aun a despecho de nuestros modernos panegiristas, a los cuales les basta leer el título de un drama francés, para lanzar veinte admiraciones tan estúpidas como la moderna escuela transpirenaica (2).

     En cuanto a los que han hecho de mi drama un arma de partido, y los que han sacado a plaza conversaciones privadas, faltando a su propio decoro y a la elevada misión del crítico, a los unos les contestaré estas palabras que el filósofo, Jenofonte dijo a Sócrates en la plaza de Atenas: «El hablador encumbrado, me inspira lástima y desprecio; el callado abatido, veneración y respeto.» Y a los otros con estas otras que el autor de Verdades amargas ha escrito en la última gina de su drama El patriarca del Turia.

     «No sigo ninguna bandera, por más que allá en el fondo de mi corazón tenga mis opiniones; no me he dedicado a la política, de quien Dios me libre; y como no pienso ser apóstol de un nuevo sistema por falta de talento y de vocación, mi única profesión de fe, es apuntar hechos y consignar verdades con sujeción a las leyes, que es todo lo que un poeta puede y debe hacer desde la tribuna escénica.»

     Ahora, querido lector, perdona la molestia que puede haberte causado este prólogo, si lo has leído, y ten en cuenta que mi deber y mi gratitud más que mi voluntad y deseo son los autores de él.

     Madrid 15 de enero de 1859.

ENRIQUE PÉREZ ESCRICH.



REPARTIMIENTO

PERSONAJES ACTORES
 
                                      MARÍA. DOÑA EMILIA MOSCOSO.
PETRA. DOÑA ADELA ZAPATERO.
EL PADRE JUAN. DON JOSÉ VALERO.
GASPAR. DON ANTONIO PIZARROSO.
ROQUE. DON FERNANDO OSSORIO.
DIEGO. DON JOSÉ OLONA.
RAFAEL. DON EMILIO MARIO.
UN POBRE. DON BENITO CHAS DE LAMOTTE.
UN SARGENTO. DON JERÓNIMO SUNYÉ.
ANASTASIO. DON RAMÓN BENEDÍ.
ROMUALDO. DON EDUARDO MOLINA.
Niños, mujeres, pobres, aldeanos, soldados y gente del pueblo.


(La acción se finge en el Carrascal del Obispo, provincia de Salamanca, durante la guerra civil. Los trajes, de charros.) [1]





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Acto primero

 
 

(Valle pintoresco: en mitad del teatro se apoya sobre dos grandes rocas un puente de tablas, por debajo del cual se desliza un arroyo que se pierde por el foro izquierda. Monte al fondo, en cuya falda se ven las primeras casas de una aldea. En el primer término de la izquierda una ermita; en la pequeña torre de esta, una campana de bronce, de la cual pende una soga, que pasando por unas argollas de hierro termina junto a la puerta de entrada, a la que se sube por unas gradas: en el de la derecha la casita del cura, con cobertizo y empalizada rústica; junto a esta hay un banco de piedra. La acción comienza antes de amanecer.)

 
       

Escena I

 
 

(PETRA, ANASTASIO ROMUALDO y algunos aldeanos con guitarras y panderetas, bajan por el puente y se dirigen a la casa del cura. Cuando llegan al banco forman un corro.)

                                                                                                                                  
ROMUALDO ¿Quién va a cantar?
PETRA                                 Anastasio.
ANASTASIO No señor, que cante Petra,
que es mujer, y además tiene
mucha gracia, y la voz fresca.
TODOS ¡Que cante! ¡Que cante!
PETRA                                        En cama 5
tengo postrada a mi abuela,
y como el barbero ha dicho
que sin remedio la entrega, [2]
no quiero cantar, que al fin
y al cabo, yo soy su nieta. 10
ANASTASIO Anda, tonta. ¿Qué más da?
ROMUALDO Y aun suponiendo que muera;
Dios es Dios, y cuando Dios
dice «Fulano a la espuerta,»
no hay más que doblar el cuello, 15
morirse, y tener paciencia.
PETRA Mas si ella sabe...
ANASTASIO                              Mal año
alcance y mala cosecha
al primero que le diga
que has cantado. ¡Conque, ea! 20
que se templen las guitarras,
y vamos a ver si echas
dos coplas por esa boca.
ROMUALDO Pero que sean honestas,
porque ya sabéis que el cura 25
siempre que nos sermonea,
nos dice que los cantares
que ponen la faz bermeja
son enemigos ocultos
que nuestro cuerpo atormentan. 30
TODOS ¡Corro! ¡Corro!
 

(Se cogen de las manos, y forman un corro dejando en el centro a PETRA y ROMUALDO.)

 
 

Escena II

 

(DICHOS, DIEGO, RAFAEL, que bajan del monte precipitadamente, y se introducen en el corro de los aldeanos dando empellones.)

 
DIEGO                       ¡Corro!
ROMUALDO                                   ¡Corro!
TODOS ¡Diego!
 

(Retrocediendo.)

 
ANASTASIO             (¡Ya se aguó la fiesta!)
 

(Todos se apartan del lado de DIEGO.)

 
DIEGO Venga una guitarra, quiero
cantar la copla primera.
RAFAEL La mía no.
 

(Retrocediendo y ocultando detrás de su cuerpo la [3] guitarra.)

 
ANASTASIO                     Ni la mía. 35
 

(Ídem.)

 
DIEGO Quiero cantar, menos réplicas.
Si hay alguno entre vosotros
que a contrarrestar (3) se atreva
mi voluntad, que alce el dedo.   (Pausa.)
¿Calláis? Bien, enhorabuena. 40
Venga, pues, ese guitarro,
y jalead bien, babiecas.
 

(Pretende quitar la guitarra a ROMUALDO.)

 
ROMUALDO Vamos, que no quiero.
 

(Forcejeando.)

 
DIEGO                                      ¡Imbécil!
ROMUALDO Que no quiero.
DIEGO                         Aunque no quieras.
ANASTASIO ¡Que se rompe! ¡Que se rompe! 45
 

(Se rompe la guitarra.)

 
¡Ya se rompió!
ROMUALDO                         Si no fuera...
DIEGO (Es preciso que espantemos   (A RAFAEL.)
a estos gansos.)
RAFAEL (A DIEGO.)     (Pues comienza
el belén cuando te plazca,
y conmigo siempre cuenta.) 50
DIEGO (Vamos pues.) Dame la tuya.
 

(A un mozo que se la da sin replicar.)

 
Buen chico. Oído, mozuelas.
 

(DIEGO se pone a templar la guitarra, y rompe una cuerda, y así sucesivamente hasta tres, según lo indica el diálogo.)

 
PETRA ¡Ya rompió una cuerda!
ANASTASIO                                        ¡Y otra!
ROMUALDO ¡Y otra!
ANASTASIO              ¡Ya no hay paciencia!
DIEGO ¡Qué demonio de carraca! 55
 

(La rompe contra el banco de piedra y la tira al arroyo. Luego se dirige a ROMUALDO y le dice.)

 
¡Dame el tuyo!
ROMUALDO                         No la suelto.
DIEGO ¡Hola! ¿No quieres a buenas?
ROMUALDO No señor.
DIEGO                 Pues será a malas.
ANASTASIO Es que a malas, aquí hay piedras. [4]
DIEGO ¿Sí? Pues yo tengo otra cosa 60
que mata a los que apedrean.
 

(DIEGO saca un par de pistolas del bolsillo, las monta y apunta con ellas a los aldeanos, que echan a correr despavoridos por las distintas veredas del monte. DIEGO y RAFAEL les acompañan dando gritos y carcajadas hasta las primeras rocas del fondo, luego bajan al proscenio.)

 
 

Escena III

 

(DIEGO y RAFAEL.)

 
DIEGO ¡Ja! ¡ja! ¡ja! antes de poco
irán a darle la nueva
a mi padre.
RAFAEL                   Pues ya puedes
revestirte de paciencia 65
para oír...
DIEGO                 Cumplí veinte años;   (Con orgullo.)
su amenaza no hace mella
en mi corazón.
RAFAEL                         No niego
que es tu voluntad enérgica;
mas, Diego, la de tu padre
no es más flexible. Recuerda 70
que hace dos años te hallabas
en Salamanca, y la nueva
llegó al autor de tus días
de que con harta frecuencia
tú visitabas las timbas, 75
émulo de las cuarenta;
y escribiéndote una carta...
DIEGO Que yo dejé sin respuesta.   (Con rapidez.)
RAFAEL Sí... pero como él es hombre
que tiene poca paciencia, 80
montó a caballo, fue a verte,
te encontró jugando...
DIEGO                                     Cesa.
RAFAEL Y entre dos guardias civiles
te hizo volver a la aldea; [5]
donde te tuvo encerrado 85
un mes, sin que te valiera
ser su hijo.
DIEGO                   ¡Basta!... Basta.
RAFAEL ¿Te enfadas?
DIEGO                      No; me molesta
oír hablar de mi padre;
y hoy que sus puertas me cierra, 90
ni debo temer sus iras,
ni llamar debo a su puerta.
RAFAEL Ve que es tu padre.
DIEGO                                ¡Mi padre!...
(Con sarcasmo.)
Quiso la naturaleza
darme un padre, que no ha dado 95
de padre ninguna prueba.
Libre soy; antes de mucho
por fin dejaré esta aldea
que me vio nacer. El aire
que respiro aquí envenena. 100
Aquí todos me rechazan,
todos me espían, me celan;
no hay uno que cariñoso
su mano amiga me tienda,
arrendatarios serviles 105
del mismo que el ser me diera,
por no enojará su dueño
hasta su amistad me niegan.
Mas yo los desprecio: a nadie
necesito...
RAFAEL                 Diego... ¿y ella? 110
DIEGO ¡María! ¡María! ¡Oh! solo
tú iluminas las tinieblas
que en mi mente se amontonan
trastornando mis ideas.
 

(Se dirige hacia la casa del cura y RAFAEL le detiene.)

 
RAFAEL ¿Adónde vas?
DIEGO                       Voy a hablarla. 115
RAFAEL ¿Y si el padre Juan?...
DIEGO                                     No temas.
Está en el pueblo asistiendo
a un enfermo.
RAFAEL                        Diego, espera. [6]
DIEGO ¡Esperar!... antes que el alba
con su luz bañe esa sierra, 120
quiero saber si María
a seguirme está resuelta.
RAFAEL ¡Diego!
DIEGO             Rafael, escucha.
Todo el oro que posea
mi padre, me pertenece; 125
mi sangre, es suya, su herencia
mía... la paz imposible
entre los dos. Como ella
admita...
 

(Sale ROQUE de la ermita.)

 
RAFAEL               No estamos solos.
Mira.
 

(Le indica la puerta de la ermita.)

 
DIEGO          ¡Calla!
 

(Le coge del brazo y le conduce al fondo evitando que les vea ROQUE.)

 
 

Escena IV

 

(DIEGO y RAFAEL en el fondo. ROQUE en las gradas de la ermita.)

 
ROQUE                      Por si llegan 130
los muchachos, la campana
dejemos donde la vean.
 

(ROQUE deja una campana de mano en la pila del agua bendita que debe hallarse junto a la puerta, y luego baja al proscenio.)

(Estremeciéndose de frío.)

 
¡Aah!... Por más que el padre Juan
madrugar nos aconseja,
no lo creo conveniente 135
si está la mañana fresca.
 

(ROQUE se queda mirando a la ventana de casa del cura.)

 
Cuando miro esa ventana
se rebullen las ideas
ocultas de mi magín,
y se bajan a la lengua 140
haciéndome más cosquillas...
Pero, Roque, no seas bestia, [7]
que aún no ha llegado la hora
de que la comarca sepa
lo que tú tienes oculto... 145
día llegará... y etcétera.
Vamos a tocar a misa,
pues si el padre Juan me encuentra
aquí... En el nombre del Padre,
 

(Persignándose.)

 
del Hijo y...
 

(Se dirige pausadamente hacia la ermita. DIEGO y RAFAEL bajan del fondo para encontrarle.)

 
DIEGO                       Tú de una oreja,   (A RAFAEL.)
yo de otra, lo aseguramos, 150
y mientras hable con ella
me lo tienes resguardado
junto al charco de la huerta.
 

(DIEGO y RAFAEL cogen a ROQUE por las orejas. ROQUE da un grito y cae de rodillas.)

 
ROQUE ¡Jesús!
DIEGO            ¡Silencio!
ROQUE                            ¡Socorro!
DIEGO Ni una palabra.
 

(Le tapa la boca.)

 
RAFAEL                          ¡Ni media! 155
DIEGO ¿Quién eres?
ROQUE                      ¡Ay! (¡Mea culpa!)
DIEGO Responde.
ROQUE                  Tenga paciencia.
Yo soy el correvedile
del clérigo de la aldea;
el pregonero del pueblo 160
y el sacristán de la iglesia.
Al que me manda le sirvo,
el que me busca me encuentra;
cuando me amenazan callo,
pues si me enfado me pegan, 165
y soy un ser tan paciente,
que he tenido la paciencia
de no impacientarme nunca
aunque impacientarme quieran.
(Todo este trozo con mucha rapidez.)
DIEGO Tú has de ignorar que me has visto: 170
si hablas, te arranco la lengua.
ROQUE Soy un ser tan ignorante, [8]
(Con temor y sonriendo.)
de ignorancia tan completa,
que por ignorar, ignoro
la madre que me pariera. 175
DIEGO ¡Ja! ¡Ja!
ROQUE              ¡Y se están riendo!
DIEGO Llévale.
 

(A RAFAEL, el cual coge bruscamente a ROQUE por un brazo y le arrastra hacia el fondo a pesar suyo.)

 
ROQUE                 ¿Adónde me llevan?
RAFAEL Sigue y calla.
ROQUE                      Mea culpa...
DIEGO Luego iré a buscarte.   (A RAFAEL.)
ROQUE                                    Mea
culpa, mea...
 

(RAFAEL se lleva a ROQUE por el foro derecha.)

 
DIEGO                       No perdamos 180
el tiempo. El día se acerca.
 

(DIEGO se acerca a la ventana de la casa del cura y llama suavemente.)

 
 

Escena V

 

(DIEGO: MARÍA, desde dentro de la casa.)

 
MARÍA ¿Qué busca tan de mañana
en el valle?
 

(Desde dentro.)

 
DIEGO                   A ti, María.
MARÍA Pues vuelva en siendo de día.
 

(Ídem.)

 
DIEGO Abre por Dios tu ventana. 185
MARÍA ¿Tanto importa?
DIEGO                            Un corazón
que en sordas luchas se agita,
verte, hablarte necesita
para hallar su salvación.
MARÍA ¿Eres Diego?
 

(Asomándose a la ventana.)

 
DIEGO                       Diego soy. 190
MARÍA Por fin volviste.
DIEGO                           ¿Podía
no volver, si el alma mía
quedaba aquí? [9]
MARÍA                        Es que hace hoy
MARÍA que te ausentaste seis días,
y por tu ausencia angustiada 195
pasé una y otra velada
esperando... y no venías.
DIEGO ¿De mi amor dudaste?
MARÍA                                     ¡Quita!
Sin la fe, sin la esperanza
nada en el mundo se alcanza: 200
aquí la duda no habita.
Cuando tardas mucho, espero
y a solas mi amor exhalo,
que aunque dicen que eres malo,
confío en Dios y te quiero. 205
DIEGO María, ¿por qué el destino
quiso por ser más ingrato,
que te hallara este insensato
en mitad de su camino?
¿Por qué, niña angelical, 210
tu amor vino a ser mi edén,
si ese amor que fue mi bien
hoy se convierte en mi mal?
MARÍA Diego, tu acento me aterra,
mas a comprender no acierto. 215
DIEGO Nuestro amor, María, ha muerto,
porque abandono esta tierra.
MARÍA ¡Dios mío!
DIEGO                  Cruel el hado
que en mi daño se recrea,
hoy me arranca de esta aldea.

220

MARÍA ¿Por qué? Por qué?...
DIEGO                                    Soy soldado.
(Con sentimiento.)
MARÍA ¡Pero de ese mal se infiere
que va a remediar el daño
tu padre!
DIEGO                Mi padre ha un año
que por hijo no me quiere. 225
MARÍA ¡Pero él es rico!
DIEGO                           Si a fe.
MARÍA Su herencia te pertenece.
DIEGO Pero ni él su oro me ofrece,
ni yo a pedírselo iré.   (Con orgullo.) [10]
MARÍA Ve, y con tu llanto subyuga 230
su altivez: yo te lo exijo.
¿Qué padre llorar ve a un hijo
y sus lágrimas no enjuga?
DIEGO El mío.   (Con energía.)
MARÍA             ¡Diego!
DIEGO                         Sí, el mío.   (Pausa.)
MARÍA ¡Ah! tu respuesta me asusta. 235
DIEGO Jamás en su frente adusta,
nunca en su aspecto sombrío
su amor paternal brilló;
¡que ni aun en su cuna el niño,
ni una frase de cariño 240
ni un beso de él recibió!
Mi madre, único consuelo
de mi niñez afligida,
la amargura de esta vida
trocó por la paz del cielo. 245
Del hijo el dolor profundo
no alivió el amor del padre,
que al perder Diego a su madre
lo perdió todo en el mundo.
Desde entonces tuvo empeño 250
en castigar cruelmente
la culpa más inocente,
el delito más pequeño;
y su esquiva condición
causó al niño tanto mal, 255
que al fin el amor filial
se secó en su corazón.
Y tanto y tanto sufrí
con el trato que me daba,
que yo hacer daño anhelaba, 260
cual me lo hacían a mí.   (Pausa.)
Con fuerzas para luchar
contra su atroz tiranía,
me asaltó la idea un día
de huir del paterno hogar; 265
y a él no tornaré jamás,
aunque el oírlo te asombre,
que en mi padre veo a un hombre...
MARÍA ¿Y nada más?   (Con asombro.) [11]
DIEGO                       ¡Nada más!   (Con energía.)
Sé que mi altivez le irrita 270
y sé que el rogar es vano:
ni él me tenderá su mano
ni Diego la necesita.
MARÍA Diego, tu mente delira.
Él es tu padre.
DIEGO                         No cejo. 275
MARÍA Diego, que un hijo es espejo
en donde el padre se mira.
DIEGO Piensa que su maldición
mi justo enojo provoca.
MARÍA Maldecir pudo su boca, 280
mas nunca su corazón.
Vuelve tranquilo a su hogar,
sin temor que de ti huya:
si tu sangre es sangre suya,
¿cómo no ha de perdonar?

285

DIEGO Nunca.
MARÍA (Con sentimiento.)
Por mi amor te ruego...
DIEGO No ruegues, que en vano fuera.
MARÍA Ya que tu orgullo supera
a mi amor, mi amor te niego. 290
DIEGO ¡María!
MARÍA              Aunque no te cuadre,
lo que con pena te digo,
no vengas a hablar conmigo
sin el perdón de tu padre.
DIEGO ¡Qué dice, Dios infinito! 295
Sin tu amor la muerte quiero.
MARÍA Tu amor aquí vive entero.
DIEGO ¡Ah!
MARÍA         Su perdón necesito.
 

(MARÍA cierra la ventana. DIEGO se abalanza para detenerla, y al ver que ha sido inútil, dice con desesperación.[12]

 
 

Escena VI

 

(DIEGO solo.)

 
DIEGO ¡Oh! ¡Su perdón necesita!
Corro... Pero no... ya es tarde. 300
Vamos, corazón cobarde,
sigue tu lucha maldita.
 

(DIEGO desaparece precipitadamente por el foro derecha.)

 
 

Escena VII

 

(Varios MUCHACHOS aparecen en el puente corriendo. Al llegar al camino que conduce a la escena se detienen. EL PADRE JUAN sale por la parte contraria del monte. Trae una cesta llena de frutas.)

 
MUCHACHO 1.º ¡Alto aquí!
 

(Deteniendo a los demás.)

 
MUCHACHO 2.º                   ¡Perico! ¡Andrés!
¡Alinear!
 

(Los MUCHACHOS se ponen en batalla delante del camino.)

 
EL PADRE JUAN                  ¡Válgales Dios!
 

(Apareciendo en el monte y viendo a los muchachos.)

 
¡Eh!
MUCHACHO 1.º        ¡A la una! ¡A las dos! 305
EL PADRE JUAN ¡Muchachos! ¡Eh!
MUCHACHO 1.º                               ¡A las tres!
 

(Los NIÑOS bajan a carrera tendida la rampa del monte en dirección a la ermita, y se lanzan todos en tropel sobre la campana que dejó ROQUE. EL PADRE JUAN, apoyado en la barandilla del puente, permanece inmóvil hasta verlos llegar, y cuando esto sucede les dice, sin moverse del sitio.)

 
EL PADRE JUAN Un día os vais a estrellar.
Vamos, ¿y quién la cogió?
MUCHACHO 1.º ¡Yo!
MUCHACHO 2.º         ¡Fui yo!
MUCHACHO 3.º                      ¡Fui yo!
TODOS                                   ¡Fui yo! [13]
EL PADRE JUAN ¡Silencio!
 

(Desde el puente. Baja a la escena, se dirige adonde están los muchachos, les quita la campana que se están disputando, y viendo a uno, el más pequeño, y que bajó el último, se acerca a él y le dice.)

 
                  Tuya es, Gaspar. 310
MUCHACHO 1.º Padre Juan, si él a las gradas
no llegó, y...
EL PADRE JUAN                      ¡Deslenguado!
Y a usted ¿quién le ha autorizado
para echar su cuarto a espadas?
MUCHACHO 1.º Es que yo...
EL PADRE JUAN                    Basta de empeño: 315
yo adjudico la campana,
ítem más, esta manzana,
a él, por ser más pequeño.
A ver, ¿y ese pantalón?
 

(Reparando en el traje de uno de los NIÑOS y atrayéndosele hacia él.)

 
¿quién te lo ha roto?
MUCHACHO 1.º                                  ¡Perico! 320
MUCHACHO 2.º ¡Embustero!
EL PADRE JUAN                     Cierra el pico.
MUCHACHO 1.º ¡Mosca!
MUCHACHO 2.º              ¡Chismoso!
EL PADRE JUAN                                 ¡Chitón!
 

(Pausa. EL PADRE JUAN reprende con dulzura a uno y luego a otro.)

 
¿Piensas que ignoro tus hechos?
Tú eres un desobediente,
que has hecho un chirlo en la frente 325
al hijo del fiel de fechos.
Tú ayer hiciste novillos...
MUCHACHO 2.º ¡Yo!...
EL PADRE JUAN            ¡Me lo ha dicho tu abuela!
MUCHACHO 2.º (¡Soplona!)
EL PADRE JUAN                    ¡Perder la escuela!
¿Y por qué?
MUCHACHO 2.º                     Fui a coger grillos. 330
EL PADRE JUAN ¡Grillos! ¡Bien! De esa manera
no hay duda que medrarás,
pero tú no lo harás más... [14]
MUCHACHO 2.º No, señor.
EL PADRE JUAN                  Toma una pera.
 

(Sacándola de la cesta, que habrá dejado junto al banco, y dándosela al MUCHACHO.)

 
MUCHACHO 1.º Deme usted una.
 

(Se la da.)

 
MUCHACHO 3.º                            ¡A mí!
 

(Ídem.)

 
TODOS                                      ¡A mí!

335

EL PADRE JUAN ¡Hola! ¿vuelve el somaten?
Sed desde hoy hombres de bien
y os las doy todas.
TODOS.                               Sí, sí.
 

(EL PADRE JUAN se sienta en el banco, los chicos le rodean y los reparte la fruta de la cesta.)

 
EL PADRE JUAN Tomad, y de la memoria
nunca borréis mis consejos, 340
que el que respeta a los viejos,
tiene segura la gloria.
No riñáis, que anhelo veros
en vez de correr las lomas,
sencillos como palomas, 345
dóciles como corderos.
Sea vuestro eterno afán
ser virtuosos, ser píos,
porque todos, hijos míos,
sois hermanos por Adán. 350
 

(El MUCHACHO 1.º se sonríe, y EL PADRE JUAN lo coge de una oreja y se lo acerca.)

 
¿Por qué te ríes?
MUCHACHO 1.º                            Me río...
porque siendo hermanos...
EL PADRE JUAN                                            ¿Qué!
¡Vamos!
MUCHACHO 1.º               Porque su mercé
también será hermano mío.
EL PADRE JUAN Ley es de la humana raza 355
que nos une y reconcilia,
que el mundo es una familia
que la Providencia enlaza.
Mas tú eres un preguntón
y al niño callar le toca, 360
que el que no guarda su boca
no guarda su corazón. [15]
 

(Dándole una palmada suave en el carrillo.)

 
MUCHACHO 1.º Como no lo oí en la escuela...
EL PADRE JUAN Pues yo te lo explicaré.-
Desde Adán hasta Noé 365
todo es una parentela:
cuando el diluvio acaeció
Sem, Cham y Jaf (4) se salvaron,
y el universo poblaron,
que así Dios lo decretó. 370
Para ahorrar duelos prolijos
hizo que la sangre hermana
creara la raza humana
con los hijos de sus hijos;
de modo que Pedro, Juan, 375
Rosa, Petra y Dorotea
y todos los de esta aldea
sois hermanos por Adán:
que una rama de otra en pos,
la raza de los humanos 380
hizo a los hombres hermanos,
y el padre de todos, Dios.
Ahora corred, que indecisa
el alba se halla en Oriente,
y es muy justo que la gente 385
acuda al templo a oír misa.
 

(Los MUCHACHOS desaparecen corriendo por el puente tocando la campana. Uno de ellos, que será el último, cae, y EL PADRE JUAN corre a levantarlo.)

 
¡Ya cayó! Muchacho, espera,
no vayas rodando al río.
¿Te has hecho daño, hijo mío?
 

(Los NIÑOS han desaparecido. EL PADRE JUAN levanta al caído y lo lleva al proscenio.)

 
MUCHACHO 1.º No, señor.
EL PADRE JUAN                  Toma una pera. 390
 

(EL PADRE JUAN va a buscar de la cesta, que estará junto al banco.)

 
¡Calle! Limpiaron la cesta.
Hijo, valga la intención.
 

(Repara en el pantalón del chico, que se hallará algo destrozado.)

 
¡Hombre! ¿Es este pantalón
el de los días de fiesta?
MUCHACHO 1.º Sí, señor.
EL PADRE JUAN                Que compre luto 395
tu madre.
MUCHACHO 1.º                No me regaña
nadie, si usted me acompaña.
EL PADRE JUAN Hijo, tu padre es muy bruto:
no hay quien seis palos te ahorre
al verte así. Ve a María, 400
y dile de parte mía
que te lo remiende. ¡Corre!
 

(El CHICO le besa la mano y entra en la casa del CURA.)

 
 

Escena VIII

 

(EL PADRE JUAN, solo.)

 
EL PADRE JUAN No hay edad como la infancia:
ahora ríe, luego llora,
y como todo lo ignora, 405
es feliz con su ignorancia.
Tenerles siempre a mi lado
quisiera, que al ver a un niño
fuentes brotan de cariño
de mi corazón helado. 410
Son mi dicha, mi consuelo;
pura y candorosa edad
por la cual la humanidad
sus culpas lava en el cielo,
que aquel que a un niño recibe 415
y le va inclinando al bien,
en las puertas del edén
su nombre el Eterno escribe.
 

(Se oye un reloj de torre que figura hallarse muy lejos, [17] y da seis campanadas.)

 
¡Calla! si... las seis serán...
Ya la creo, si amanece. 420
¡Roque! ¡Roque! Me parece
que se durmió el sacristán.
¡Roque!
 
 

Escena IX

 

(EL PADRE JUAN, ROQUE.)

 
ROQUE Aquí está, que no acierta
 

(Sale temblando.)

 
a andar de frío y mojado. 425
EL PADRE JUAN ¡Cómo!...
ROQUE                 Porque me han tirado
en el charco de la huerta.
EL PADRE JUAN ¿Quién?
ROQUE               Diego.
EL PADRE JUAN                          ¿El albéitar?
ROQUE No.
EL PADRE JUAN        El hijo de Gaspar fue.
¿Y por qué ha sido?
ROQUE                                  ¿Por qué? 430
Pues eso pregunto yo,
que a la verdad no me explico
quién me metió en tan mal paso;
porque yo...
EL PADRE JUAN                     Vamos al caso,
ya sé que eres un buen chico. 435
ROQUE Podré tener mis defectos
como cualesquiera... ¿estamos?
porque no es que aquí digamos
que los hombres son perfectos.
EL PADRE JUAN Bien, hombre, bien; yo deseo 440
saber de que modo ha sido.
ROQUE Nada, que me han sorprendido,
que me han tirado, y Laus Deo.
EL PADRE JUAN ¿Conque tanta es la maldad
de Diego?
ROQUE                  Le aborrecemos, 445
sí, señor, y le tenemos
odio y mala voluntad. [18]
EL PADRE JUAN ¡Tú estás temblando!
ROQUE                                   Si el frío
no me deja resollar.
EL PADRE JUAN Ve a casa, enciende el hogar 450
y caliéntate, hijo mío.
Toma mi capa.
 

(Se la quita y se la da.)

 
ROQUE                         ¡Qué!...
EL PADRE JUAN                                      Toma,
no cojas un resfriado.
ROQUE Pero si aún no he tocado
a misa, y el sol asoma, 455
y no quiero que usted toque,
que esa es incumbencia mía.
EL PADRE JUAN Vete.
ROQUE         ¡Y después qué diría
todo el pueblo!
EL PADRE JUAN                          Vete, Roque.
ROQUE Pero, señor, ¿qué dirán? 460
 

(EL CURA le indica con la mano que se retire.)

 
¡Usted es un santo!
EL PADRE JUAN                                No, un cura
que por la salud procura
de su hermano el sacristán.
 

(ROQUE le besa la mano al CURA y entra en su casa. EL PADRE JUAN se dirige hacia la ermita. GASPAR sale por el fondo examinando la casa del CURA.)

 
 

Escena X

 

(EL PADRE JUAN, GASPAR.)

 
GASPAR (Me habrán engañado... acaso
con otro le confundieron... 465
 

(Reparando en EL CURA.)

 
¡El Padre Juan!... No conviene
que sepa... Disimulemos.)
Buenos días Padre Juan.
EL PADRE JUAN ¿Quién es? ¡Ah! Gaspar, muy bien.
Mucho has madrugado hoy. 470
 

(EL PADRE JUAN habrá llegado a las gradas de la ermita, se vuelve y dice a GASPAR lo precedente desde allí.[19]

 
GASPAR Sí, señor.
EL PADRE JUAN                 ¿Estás enfermo?
GASPAR No.
EL PADRE JUAN       ¿Hay mal humor?
GASPAR                                   Tampoco.
EL PADRE JUAN (Siempre con cara de perro,
desde que el sol le despierta
hasta que le rinde el sueño.) 475
 

(EL PADRE JUAN habrá tocado a misa, tirando de una soga que habrá junto a la puerta de la ermita. Al concluir baja al proscenio.)

 
Me tienes muy enfadado,
Gaspar.
GASPAR             ¡Yo!
EL PADRE JUAN                     Sí; no comprendo
tu mal humor: ¿no eres rico?
¿no te estiman en el pueblo?
¿no tienes buenas cosechas? 480
Pues entonces...
GASPAR                           Es mi genio.
EL PADRE JUAN ¡Psch! genio y figura hasta
la sepultura: ¿no es eso?
GASPAR Así será.
EL PADRE JUAN               Vamos, vamos,
Gaspar; yo ya soy muy viejo 485
y no es fácil engañarme.
Tú padeces.
GASPAR                     ¡Yo!
EL PADRE JUAN                             Sí, y Diego,
tu hijo, de ese dolor
es la causa.
GASPAR                    Mi hijo ha muerto.
EL PADRE JUAN Gaspar, que estás blasfemando. 490
GASPAR Le suplico a usted, le ruego
que no hablemos de mi hijo.
EL PADRE JUAN Quiero hablar; yo vine al pueblo,
más que a cuidar de mis males,
a cuidar de los ajenos. 495
Tú sufres, tu mal es hijo
de tu carácter soberbio,
tú olvidas que Dios humilla
la frente a los altaneros. [20]
GASPAR Padre Juan, esas palabras 500
son duras.
EL PADRE JUAN                  Tengo derecho
para hablarte así.
GASPAR                             Señor,
a mi edad...
EL PADRE JUAN                     La edad no veo,
que el padre espiritual
no conoce edad ni tiempo. 505
Aquí todos sois mis hijos,
padre de todos ser quiero,
y es mi deber como padre
ver a mis hijos contentos,
que la alegría y la calma 510
dones son que envía el cielo,
y el que sus bienes ignora
vive a su Dios ofendiendo.
GASPAR Pues bien, Padre Juan, mis males
en vano buscan remedio: 515
tengo un hijo, un hijo ingrato,
cuyo corazón perverso
en mi muerte se complace.
Desobediente, altanero
a mis mandatos, ve siempre 520
mi autoridad con desprecio,
ve el mal y hacia el mal camina.
EL PADRE JUAN Y tú, ahorrando los consejos
paternales, le abandonas
a sí mismo.
GASPAR                    Yo no debo 525
ceder... y además es tarde.
EL PADRE JUAN Querido Gaspar, yo creo
que siempre entre padre e hijo
para las paces es tiempo.
Con un grito de «hijo mío,» 530
pero que salga de adentro,
un buen abrazo, una lágrima,
una sonrisa y un beso,
-cosas todas que los padres
las hacen, aun sin saberlo,- 535
en un instante se olvidan
pasados resentimientos. [21]
GASPAR Dispénseme su merced
si no sigo sus consejos.
Mi hijo es soldado.
EL PADRE JUAN                                ¡Soldado! 540
GASPAR Sí, y en el cuartel espero
que halle al fin el correctivo
de su carácter soberbio;
que a un recluta loco, doma
con su vara un cabo cuerdo.

545

EL PADRE JUAN Pero, hombre, o yo estoy soñando
o tú, Gaspar, no estás bueno:
No conoces la ordenanza
militar, según preveo.
Un día se insubordina 550
tu hijo, o falta al respeto
a un jefe, y te lo fusilan.
Vamos, Gaspar, no consiento
que vaya a servir al rey.
GASPAR Irá.
EL PADRE JUAN       ¡Cómo!
GASPAR                    Estoy resuelto 555
y de mi plan no desisto.
EL PADRE JUAN Pero, hombre, no seas terco
y date a partido.
GASPAR                           Irá
a servir al rey: no cejo.
EL PADRE JUAN ¿Con que irá?... ¿Con que tú quieres 560
que se pierda?... Lo veremos.
Su madre al morir me dijo:
«Padre Juan, velad por Diego,»
y es un mal hombre el que olvida
los encargos de los muertos. 565
GASPAR Cumplidlos enhorabuena,
si podéis.
EL PADRE JUAN                ¡Vaya si puedo!
Si es preciso, pediré
limosna de pueblo en pueblo
para salvarle, y su madre, 570
que nos mira desde el cielo,
lo agradecerá, porque ella,
que está vuestra lucha viendo
como yo, sabe quién tiene [22]
la culpa de que el mancebo 575
huya de su casa y mire
a su padre con desprecio.
Tú eres, que con esa táctica
de poner rostro severo
y ser juez inexorable 580
para los hijos, has hecho
que ese chico desconozca
los más dulces sentimientos
del hombre, y ahora recoges
los resultados funestos. 585
El que la virtud no siembre
de la virtud vive lejos,
que el árbol que con cariño
se cría desde pequeño,
frutos nos da sazonados, 590
recto se eleva hasta el cielo.
GASPAR Señor Cura, tendrá usted
mucha razón, no lo niego;
pero mi hijo irá a servir
a su rey y... más no hablemos, 595
porque escucharle con calma,
como hasta aquí, no prometo.
EL PADRE JUAN Vamos, vamos, no te enfades:
ya sé que he estado severo
contigo: perdóname; 600
pero permíteme al menos
que por tu bien este anciano
te dé, Gaspar, un consejo.
Una reprensión suave
causa siempre más efecto 605
que cien azotes. Al joven
con dulzura y con respeto
el padre debe instruirle;
y el mozo llega a ser viejo
sin dejar nunca el camino 610
que aprendió en sus años tiernos.
¿Dices que tu chico es malo?
Pues bien, el modo pensemos
de regenerarle. Al mozo
que tiene instintos perversos, 615
si las puertas se le cierran [23]
se le pierde sin remedio;
mas si las puertas se le abren
el malo se torna bueno,
y ¡qué diantre! al fin y al cabo 620
él es tu único heredero.
Si no tienes otro hijo,
si es tu sangre.
GASPAR                         Estoy resuelto.
EL PADRE JUAN Vamos, responde, Gaspar,
la mano puesta en el pecho. 625
Mañana cuando esos montes
se hallen de nieve cubiertos,
y tú al calor de la lumbre
en esas noches de invierno
oigas la pesada lluvia 630
y el zumbido de los vientos,
¿no temes que la conciencia
alce su grito severo
para recordarte al hijo
que en mitad de un campamento 635
sufre el rigor de una noche
que tú pasas junto al fuego,
o tal vez en solitario
valle, tendido en el hielo,
con la nieve cicatriza 640
las heridas de su cuerpo,
o tal vez desesperado
espira el pobre inconfeso,
y una maldición sacrílega
lanza sus postrer aliento 645
maldición que al hijo cierra
la santa puerta del cielo
maldición que alcanza al padre,
maldición...
GASPAR                    Basta. Es empeño
inútil. Yo lo he jurado, 650
cumpliré mi juramento.
 

(GASPAR desaparece por el foro. EL PADRE JUAN le lanza una mirada compasiva.[24]

 
 

Escena XI

 

(PADRE JUAN, luego ROQUE.)

 
EL PADRE JUAN Su corazón es de roca,
mas sin embargo, no debo
desistir, porque es preciso
poner a su lucha término. 655
¡Dios mío! no le abandones.
Alumbrad su entendimiento.
ROQUE Voy a encender el altar
 

(Sale de casa del CURA y se encuentra con este, que sube.)

 
porque ya ve usté, estoy seco
como si tal cosa.
EL PADRE JUAN                            Bien, 660
no te entretengas, pues veo
que van acudiendo. Yo
voy por María.
ROQUE                         Hasta luego.
 

(Entra en la ermita, y EL PADRE JUAN en la casa.)

 
 

Escena XII

 

(DIEGO y RAFAEL, por el foro derecha. PETRA, ROMUALDO, ANASTASIO, aldeanos, niños, viejos y pobres bajan a la escena por distintos senderos del monte, y se reúnen en varios grupos. GASPAR, por la izquierda, se queda oculto detrás de uno de los grupos.)

 
ANASTASIO (Yo le cuento la ocurrencia
cuando salga.)
PETRA                        No seas terco; 665
¿si el cura no ha de pagarla,
para qué le has de ir con cuentos?
ROMUALDO Para que sepa la gente
mala que tiene en el pueblo.
RAFAEL ¿Oyes?   (A DIEGO.)
DIEGO             (¡Pobres mentecatos!) 670
Buenos días, majaderos.
ANASTASIO ¡Otra vez!
 

(Se van retirando de él.) [25]

 
DIEGO                   Vengo de paz.
ANASTASIO (Mira, no se lo contemos:   (A los demás.)
si nos rompió las guitarras
que no nos rompa los huesos.) 675
GASPAR (Sin ser visto, desde aquí
al fin hoy saber espero
si es cierto ese amor.)
DIEGO (Hablando con RAFAEL.)   (Rafael,
sin vergüenza lo confieso, 680
al cerrarme su ventana
clavó un puñal en mi pecho,
y si esa mujer me olvida
soy capaz de pegar fuego
al lugar.
RAFAEL              Conque me avises 685
para que no me halle dentro...
DIEGO ¿Lo dudas?
RAFAEL                   No seas niño;
soldados los dos, saldremos
antes de mucho del valle;
y si a un mismo regimiento 690
nos destinan ¿quién nos tose?
o capitanes o muertos.
Conque a esa mujer olvida,
y sígueme.
DIEGO                   Antes quiero
verla al pasar.)
(Hablan bajo.)
PETRA                           Mucho tarda 695
su mercé.
ROMUALDO                 Estará durmiendo.
PETRA Si madruga más que el sol.
DIEGO (Es en vano, estoy resulto.)
GASPAR (Algún mal están tramando,
mas de vista no los pierdo.) 700
 
 

Escena XIII

 

(DICHOS. UN SARGENTO y OCHO SOLDADOS, que salen por el foro izquierda en dirección al puente.)

 
SARGENTO Salú y pesetas, paisanos.
(Bajando a la escena.)
DIEGO Felices, señor sargento. [26]
PETRA ¡Chicas, chicas, militares!
RAFAEL (Este es nuestro hombre, Diego.)
SARGENTO ¿Sabrán ustedes decirme 705
en dónde se encuentra el pueblo
del Carrascal del Obispo?
DIEGO A la vuelta de ese cerro,
como a unos doscientos pasos
de este valle.
SARGENTO                      Agradeciendo. 710
ANASTASIO Y aunque sea descortesía,
¿se viene por mucho tiempo
al Carrascal?
SARGENTO                      Si el alcalde
llevó ya a cabo el sorteo,
pernoctaré cuatro días, 715
porque yo aquí solo vengo
a llevarme los muchachos
que han tenido el privilegio
de sacar la bola negra.
DIEGO Militar, está usted viendo 720
a los dos reclutas.
SARGENTO
 

(Colocándose con énfasis delante de DIEGO y RAFAEL.)

 
                                ¿Sois
vosotros?
DIEGO                Sí.
SARGENTO                    Me alegro,
pues no tenéis mucha carne
en las cejas, y os prevengo,
que soy hombre de experiencia: 725
en cuanto atisbo a un sujeto
le echo el fallo: antes de un mes,
os hago cabos primeros.
ANASTASIO ¡Qué fortuna! ¿Y tendrán vara?
SARGENTO ¡Si la tendrán!... ¡Ya lo creo! 730
la vida del militar
es una vida sin pero;
en teniendo buen estómago,
curiosidad y poco miedo,
está la fortuna hecha; 735
y si no dígalo ego,
que en ocho años de carrera
el galón canta, sargento. [27]
 

(Alargando el brazo en dirección a un grupo.)

 
Conque, salud y pesetas.
DIEGO Esta tarde nos veremos. 740
SARGENTO Cuando tú quieras. Muchachas,
no os olvidéis del sargento.
 

(Vanse los SOLDADOS y el SARGENTO por el puente. Sale de su casa EL PADRE JUAN, trayendo del brazo a MARÍA y de la mano al NIÑO que entró en la escena sétima.)

 
 

Escena XIV

 

(PADRE JUAN, MARÍA, DIEGO, GASPAR, RAFAEL, PETRA, ANASTASIO, ROMUALDO, POBRES, NIÑOS, ALDEANOS, ALDEANAS.)

 
PETRA ¡Ya sale!
ANASTASIO                Aquí reuníos,
muchachos.
RAFAEL                     Diego, detente.
 

(Deteniéndolo.)

 
EL PADRE JUAN ¡Hola! Ya espera la gente. 745
 

(Todos rodean al CURA y le van besando la mano.)

 
Dios os bendiga, hijos míos.
 

(LOS NIÑOS rodean al CURA. LOS ALDEANOS a MARÍA.)

 
DIEGO (Es inútil, la he de hablar.
Rafael, luego partiremos.)
PETRA (A MARÍA.)   Baile esta tarde tendremos
en la plaza del lugar. 750
¿Vendrás, María?
MARÍA                              Sí, iré
si su mercé lo consiente.
ANASTASIO Por divertirse la gente
no se enfada su mercé.
PETRA Enfadarse, ¡y se remoza 755
cuando la guitarra suena!
si él con nuestras penas pena,
y con nuestro gozo goza.
 

(DIEGO se acerca a MARÍA y la dice rápidamente.)

 
DIEGO (María, hablarte quisiera
esta noche en tu ventana.) 760
EL PADRE JUAN ¿Qué dice ese tarambana?
MARÍA Nada.
GASPAR           (Se aman. Verdad era.) [28]
EL PADRE JUAN Después que la misa oigáis,
tenéis libre el día entero,
pero allá a la tarde, quiero 765
que al huerto a verme vengáis.
 

(LOS CHICOS se separan del CURA, y éste se dirige al corro de ALDEANOS.)

 
Petrica, ¿cuándo te casan?
PETRA Cuando se muera mi abuelo,
porque me deja un majuelo.
ANASTASIO Buenas ganas se nos pasan. 770
EL PADRE JUAN ¿Tenéis prisa?
ANASTASIO                        La mujer
es semejante a las flores,
en pasando sus verdores
no se la debe querer.
EL PADRE JUAN ¿Y cómo va ese valor, 775
Lino?
UN POBRE          Así, así; mas la edad
no vence a la enfermedad.
EL PADRE JUAN ¿Pero qué dice el doctor?
UN POBRE Que es difícil que recobre
la salud sin viajar, 780
y como no puedo andar
y además me hallo tan pobre,
confío en Dios resignado
y en calma la muerte espero,
que aquí si mañana muero, 785
su mercé estará a mi lado,
y Dios sus justos enojos
cuando espire ha de aplacar,
si usted se digna cerrar
a mi cadáver los ojos. 790
EL PADRE JUAN Piensa así, que ha de valerte,
pues Dios de pagar no olvida,
la amargura de esta vida
con la gloria de la muerte.
(¡María! ¿Sabes si ayer 795
se cobró mi paga?)
MARÍA                               No:
¿quería usted algo?
EL PADRE JUAN                                ¡Yo!
¡nada! ¡Qué le hemos de hacer! [29]
Mi voluntad mira Dios,
pero en el caso presente 800
no sé quien es, francamente,
el más pobre de los dos;
pero es triste a la verdad
no poderle ofrecer nada;
(Hablando consigo mismo.)
tal vez esta gente honrada... 805
Hijos míos, escuchad.-
 

(Todos rodean al cura.)

 
La limosna que se vierte
sobre la mano afligida,
bálsamo es comprado en vida
para hacer dulce la muerte, 810
que allá en la morada eterna
nuestra caridad se ve.
Ahora bien, como yo sé
que esta tarde en la taberna,
(a pesar de la pobreza 815
pues los tiempos no son buenos)
os gastaréis a lo menos
cuatro cuartos por cabeza,
yo en vosotros confiado,
y el sacrificio no olvido, 820
esa cantidad os pido
para un pobre desgraciado.
El bien va del bien en pos
como van al mar los río,
una limosna, hijos míos, 825
una limosna por Dios.
 

(EL PADRE JUAN recorre los grupos con el sombrero en la mano y apoyada la otra en su bastón. LOS ALDEANOS depositan algunas monedas en el fondo del sombrero.)

 
RAFAEL (Diego, al tirano tenemos
muy cerca.)
DIEGO                    (¡Mi padre!)
RAFAEL                                         Sí.
DIEGO ¿En dónde?
RAFAEL                     Mírale allí.
DIEGO (Pronto de dudas saldremos.) 830
 

(EL CURA habrá vaciado el sombrero en manos del [30] pobre: se coloca delante de DIEGO y le dice este.)

 
DIEGO Buen anciano, perdonad
si no os favorezco hoy.
¿Cómo he de daros si soy
pobre de solemnidad?
EL PADRE JUAN ¡Pobre tú! ¿Te has chanceado? 835
Por rico aquí te se tiene.
DIEGO Mal la riqueza se aviene
con un infeliz soldado.
(Alzando la voz.)
Huérfano soy; de esta tierra
parto en busca de otra suerte; 840
o una familia o la muerte
pronto me dará la guerra;
que aquí, con dolor profundo,
he aprendido en mi agonía
que al morir la madre mía 845
solo me quedé en el mundo.
Id, pues: mi padre colijo
que os dará, muerta mi madre.
GASPAR El padre da por el padre,
 

(Adelantándose y dejando caer algunas monedas en el sombrero.)

 
pero no da por el hijo. 850
DIEGO Nunca di por mano ajena
cuando por mí hacerlo puedo.
 

(Se quita una cadena que lleva al cuello, rompe un medallón de ella y arroja el resto en el sombrero.)

 
(Con tu retrato me quedo,
madre.) Ahí va esta cadena.
GASPAR Padre Juan, ved que ese impío 855
esa joya dar no puede.
DIEGO Aunque usted me desherede
daré siempre lo que es mío.
GASPAR ¡Insolente!
EL PADRE JUAN                   Atrás, mancebo.
GASPAR ¡Oh! Dejad que a ese insensato... 860
DIEGO Si yo soy un hijo ingrato,
¿qué nombre a usted darle debo?
EL PADRE JUAN El de padre solamente,
el de padre, temerario,
ante el cual es necesario 865
que dobles la altiva frente. [31]
-Y tú, que el pecho en pedazos
te rompe tu propia ira,
solo un hijo en Diego mira;
Gaspar, ábrele tus brazos. 870
GASPAR ¡Mi abrazo a un hijo maldito!
Aquel que sus puertas le abra,
su misma ruina se labra
porque las tierras le quito.
 

(Todos LOS ALDEANOS se apartan de DIEGO, el cual contempla la escena con los brazos cruzados.)

 
EL PADRE JUAN ¡Gaspar!
GASPAR                Aquel que una mano 875
amiga a mi hijo tienda,
que no cuente con mi hacienda.
MARÍA ¡Jesús!
EL PADRE JUAN            Silencio, inhumano,
que de oírte me estremezco (5);
aunque amarle al pueblo vedes 880
vedármelo a mí no puedes,
y yo mi casa le ofrezco.
DIEGO ¡Señor!
 

(Saliendo de su indiferencia.)

 
EL PADRE JUAN              Hijo mío, ven.
GASPAR ¡Qué escucho!
EL PADRE JUAN                         El hado fatal
te iba empujando hacia el mal, 885
yo sabré enseñarte el bien.
GASPAR Soy su padre, ver con calma
no puedo...
EL PADRE JUAN                    ¡Humana miseria!
¡Padre eres de la materia,
yo soy más! que soy del alma. 890
GASPAR Ved que sus instintos vi
y a nadie en maldad le igualo.
EL PADRE JUAN Pues qué, ¿si no fuera malo
necesitara de mí?
A salvar al pecador 895
vino al mundo un Dios humano,
que no necesita el sano
el auxilio del doctor.
 

(MARÍA coge de la mano al PADRE JUAN y lo lleva al proscenio diciéndole en voz baja.)

 
MARÍA Un secreto a usted confío [32]
y que me perdone ruego.

900

Amo un hombre... ese hombre es Diego.
EL PADRE JUAN ¡Diego! ¡Ah! ¿Qué hacer, Dios mío!
¿Y él te ama?
MARÍA                       Con verdadera
pasión.
EL PADRE JUAN             ¿Y es puro ese amor?
MARÍA A no ser así, señor, 905
María ya no existiera.
EL PADRE JUAN Hija, con doble razón
ahora mi amparo merece,
que el amor que puro crece
purifica el corazón.- 910
Diego, María desde hoy
tener debe en ti un hermano;
María, dale tu mano.
DIEGO ¡Ah!
 

(Le coge la mano.)

 
EL PADRE JUAN          Ya vuestro padre soy.
GASPAR (Él mismo ha unido a los dos, 915
pero yo haré esa unión vana
 

(Se oye el tercer toque de misa.)

 
EL PADRE JUAN Hijos míos, la campana
nos llama al templo de Dios.
 

(LOS MOZOS abren paso. MARÍA y DIEGO cogidos de la mano entran en la ermita. EL CURA los sigue, rodeado de los niños. Detrás marchan las aldeanas. GASPAR se queda en medio de la escena mirando con rabia la situación.)

 

FIN DEL ACTO PRIMERO.

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