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Capítulo XXVII

De cómo los marqueses de Esquilache supieron exasperados que el itinerario de su viaje había sufrido una ligera modificación


La Pascua había trascurrido en Aranjuez con la tranquila beatitud que Carlos III apetecía.

Desde la impertinencia de Diego Abendaño, no se había vuelto a escuchar el eco del motín en los higiénicos salones del palacio que trazó el lapicero de Juan Bautista Toledo, el delineante favorito del gran artista italiano del siglo XVI, el sin par Buonaroti.

El buen monarca no quiso que los tres días en que la inmensa colectividad cristiana solemniza gozosa la resurrección del Redentor, fuesen de doble amargura para la desterrada familia de Esquilache, y había dispuesto que su partida no tuviera lugar hasta después de terminadas las festividades que preceptúa la iglesia.

Los extrañados acogieron con cordial gratitud la última gracia que el soberano les otorgaba; pero no pudieron disfrutarla sin acerba pena. ¡Ay tristes! Nunca como en aquellas setenta y dos horas les parecieron tan perfumadas las brisas del Tajo, tan seductora la lozana vejetación del Jardín de la Isla, tan magníficos sus olmos seculares sin rival en Europa.

¡Qué mucho! Iban a abandonar acaso para siempre el oasis favorito de Fernando VI, tan rico en recuerdos como en esperanzas,. y un filósofo lo ha dicho, el único día en que encontró bella la vida fue el día de la muerte.

Los marqueses habitaban en el edificio conocido con el nombre de Cocheras de la reina.

Los abrigos empaquetados, los estuches, las maletas, todo en la vasta sala donde estaban a la sazón los de Esquilache, hablaba de la proximidad del viaje, hecha excepción del animado aspecto con que las despedidas entonan esta clase de cuadros.

La más espantosa soledad pesaba, en efecto, sobre aquella mansión del rigor de la fortuna.

Hacía un cuarto de hora que el italiano se paseaba a lo largo del aposento con las manos cruzadas en el dorso, y que la marquesa permanecía sentada delante del velador que sostenía un desayuno casi intacto, cuando sonó estrepitosamente en el patio el ruido de un carruaje que acababa de penetrar por la puerta de la plaza de Abastos.

Esquilache se acercó a una ventana, y miró a través de los vidrios.

Un coche de camino, arrastrado por brioso tiro, se había detenido en el fondo del patio, y seis guardas de campo con la carabina en bandolera echaban pie a tierra y ataban en las rejas las bridas de los caballos.

El marqués fijó sus ojos con extrañeza en el espacio, y sacó el reloj.

-¡Qué significa esto! -pronunció-, faltan tres horas para el momento señalado a la partida.

Un doméstico de la ballestería, Esquilache ya no tenía sirvientes, entró en la estancia al mismo tiempo.

-El correo -dijo el lacayo-, ha dejado esta carta para el señor marqués.

El italiano abrió la misiva distraído mientras el criado se alejaba; pero apenas se enteró del contenido palideció visiblemente.

La marquesa, que observó el cambio de color, preguntó a Esquilache con inquietud:

-¿Quién te escribe?

-Robles -contestó el marqués.

-¿Ocurre algo en los Morales?

-Todo lo más funesto que es posible.

-¡Dios mío!

-Escucha.

Esquilache leyó a media voz:

«Respetado amo y señor mío: Acaban de reducirme a prisión bajo el peso de no sé que denuncias de conjuraciones políticas, que serían ridículas si no fueran terribles. Los principales dependientes de la quinta participan de mi suerte, y los hortelanos están dispersos. Considere vuecencia el peligroso estado de abandono en que se encuentra esta magnífica posesión, y provea al conveniente remedio con la urgencia que el caso exige. Por lo que a mí se refiere, confío en que vuecencia no dejará de favorecerme si le es dable, persuadido como estarlo debe, de que mi único delito consiste en la inquebrantable fidelidad con que siempre me he consagrado al fomento de los intereses de la familia cuyo pan como. -De vuecencia respetuoso criado -Bernardo Robles».

Con la lectura de la firma coincidió la aparición de dos individuos en el dintel de la puerta.

Los nuevos personajes eran dos oficiales, que después de inclinarse profundamente y de impetrar permiso, se adelantaron hacia Esquilache con el aire de la más perfecta cortesanía.

-¿A quién tengo el honor de recibir? -preguntó el italiano con cierta altanería que la desgracia no había podido hacerle perder.

Uno de los oficiales contestó:

-En unión de don Lope Díaz, al cual me permito presentará vuecencia, estoy encargado de acompañarle y servirle en su viaje a Cartagena.

-¡Ah! Perfectamente: ¿el nombre de usted?

-Pedro Barrientos.

-Pues bien, señores de Barrientos y Díaz: ¿qué es lo que tienen ustedes que participarme?

-Que todo está dispuesto -respondió el primero-, para cuando vuecencia se sirva dar la señal de la partida.

-En no corto espacio de tiempo se han anticipado ustedes a la hora prefijada; pero copio la carta que acabo de recibir aguija mi actividad, tanto al menos como la excitación de ustedes, voy a apresurar la marcha en lo posible.

-El señor de Díaz y el que tiene la honra de dirigirse a vuecencia nos felicitamos de coincidencia tan peregrina.

-Es de suma importancia para mí llegar cuanto antes a mi quinta de los Morales.

-¿Los Morales? -articuló Barrientos no sin cierta sorpresa-; ¿dónde se encuentra eso?

-En el camino de Murcia a Cartagena. ¿Por ventura no habrían prevenido a ustedes acerca de que está resuelto que pasemos en esa posesión la noche precedente a nuestra llegada al puerto?

-Venimos perfectamente edificados con respecto al itinerario del viaje; y en la ruta de Murcia a Cartagena sólo estamos autorizados para tocar en los puntos siguientes:

El oficial sacó un papel del bolsillo, y recitó como un alumno de geografía:

-Aljucen, Los Baños, Torre de Albujón y Lobosillos.

-¡Cómo! -exclamó el italiano-; ¿se proponen ustedes impedir que me detenga algunas horas en mi casa de los Morales?

-Preciso será por cuanto esas son nuestras instrucciones.

Esquilache pareció quedar anonadado: la marquesa se extremeció de pies a cabeza.

No se hizo esperar la reacción. El marqués con las cejas fruncidas y la nariz dilatada, dio dos pasos hacia el oficial.

-Señor mío -profirió con acento entrecortado por la ira-; el corto rodeo y la breve visita a que ustedes se oponen son cosas aprobadas por el rey.

-Nada tengo que objetar a la afirmación de vuecencia -contestó Barrientos saludando.

-Y bien...

-Señor marqués...

-¿Qué significa esa reticencia?

-No puede significar otra cosa -insinuó Pastora-, sino que el señor de Barrientos modifica su incomprensible determinación.

-La señora marquesa está en un error -añadió el oficial reincidiendo en el uso de la flexibilidad de la espina dorsal de que era poseedor.

-¿No pasaremos por mi quinta? -bramó Esquilache.

-No -respondió Barrientos con tan rotunda frase como melifluo tono.

-Muy bien -repuso el marqués-; en ese caso no partiremos de Aranjuez hasta que yo haya ido a conferenciar con su majestad.

-Siento que vuecencia se proponga ejecutar una acción impracticable.

-¡Cómo impracticable!

-El señor marqués no debe salir de este edificio sino para emprender en línea recta el viaje al reino de Murcia con exclusión de todo género de episódicas detenciones.

-Entonces seré yo quien vaya a ver al rey -dijo Pastora, roja de indignación.

-Me contrista que la señora marquesa no esté en circunstancias más satisfactorias que su esposo.

-¡Ah, nos hallamos secuestrados!

-¡Qué palabra tan apasionada, señora marquesa!

-¡Aherrojados! -gritó Esquilache.

-¡Qué frase tan impropia, señor marqués!

-Y sin embargo, como es absolutamente necesario que oiga mis quejas el monarca, voy a escribirle en este instante.

-¡Escribir!

-No he dicho otra cosa.

-Vuestra excelencia se tomaría un trabajo de todo punto inútil.

-¿Por qué? ¡Vive Dios!

-Porque los escritos del señor marqués, por interesantes y múltiples que sean, no han de tener mensajero.

-¡Hasta se me priva del derecho que disfruta el último de los criminales desde lo profundo de su calabozo! -declamó el italiano elevando sus convulsas manos al cielo.

-La privaciones harto transitoria para que pueda entrañar mucha importancia. Desde el momento en que vuecencia se encuentre a bordo del buque que ha de conducirle a Italia, no sólo recobra todas las facultades caligráficas, sino que puede disponer de nosotros, si honra tal merecemos, para que las epístolas lleguen a su destino.

-¡Caballero! -exclamó el marqués exasperado:- la conducta que se observa con nosotros, y de que ustedes son serviles instrumentos, no puede ser más indigna, ni más cobarde.

-Me parece que vuecencia no habrá -pronunciado sus últimas palabras con decidida intención de ofendernos personalmente.

-Quien aquí es objeto de los insultos más groseros soy yo ¡poder del cielo!... pero cuidado, señor mío... Es verdad que he dejado de ser ministro de la Guerra; pero soy todavía teniente general.

-No ignoro que vuecencia ejerce tan dignamente como antes ese distinguido empleo en los reales ejércitos.

Aunque Esquilache no había mandado nunca una brigada en campaña, no consideró epigramática la frase de Barrientos.

El italiano clavó en su esposa los extraviados ojos, y murmuró como interrogándose a sí mismo:

-¡Qué mal genio nos asesta este último golpe!...

-¿Y lo dudas por un instante? -replicó vivamente la marquesa.

-¿Puede haber un ser tan miserable?

-¡Grimaldi!

Pastora había pronunciado este nombre desgarrándolo al mismo tiempo sin piedad con los blancos y diminutos dientes.

Esquilache se encaminó maquinalmente al extremo de la sala. La marquesa asaltada de repente por una idea irresistible voló en pos del italiano, y le dirigió algunas palabras en voz baja.

A la moción de la dama siguió una breve, pero animada discusión conyugal, que los dos oficiales presenciaron discretamente distraídos.

El resultado fue acercarse el marqués a sus forzados compañeros de viaje con un aire que al primer golpe de vista revelaba transigencia.

-Si ustedes me conceden su permiso -profirió-, voy a hacerles una pregunta austera.

-Dispuestos estamos a escuchar a vuecencia y a contestarle con toda la consideración a que tiene derecho -dijo Barrientos.

-¿Son ustedes dos hidalgos de corazón, o son únicamente una consigna?

-Somos dos caballeros que tienen una consigna.

-Perfectamente: entonces no desconfío de que mi situación llegue a ser menos intolerable.

Esquilache alargó al oficial la carta de Bernardo Robles, que todavía conservaba en la mano, y repuso:

-Señor de Barrientos: ruego a usted que se entere de las pocas líneas que me escribe mi administrador de la quinta de los Morales.

Barrientos tomó el papel, y leyó su contenido con voz bastante acentuada para que pudiera llegar al tímpano de Díaz.

Terminada la recitación devolvió al marqués el escrito, añadiendo el obligado cumplimiento:

-Puede vuecencia creer que sinceramente lamentamos tan desgraciado accidente.

-Esa quinta es el único bien inmueble que en España poseo: mi proyectada detención no tenía otro objeto que poner en orden los asuntos que a la explotación de la propiedad se refieren: su abandono equivale a la ruina de mi familia...

-Deplorable fatalidad.

-No quiero insistir en acerbas recriminaciones por la prohibición que se me impone de hacer a mi finca, al ir a dejar el suelo patrio, la visita que imperiosamente reclama: prescindo de las protestas que podría formular por el humillante veto de dar un paso fuera de este sitio: olvido que hasta de escribir se me priva...

-El señor marqués obra en todo ello con la cordura que era de esperar.

-Enhorabuena: pero en cambio ¿es de temer que pueda caber alguna responsabilidad a ustedes si permiten que en su misma presencia, en esta sala, y sin invitación escrita de mi parte, conferencie yo con la persona a quien deseo encomendar la administración de los Morales con el fin de salvar mis comprometidos intereses? ¿Presumen ustedes que sus instrucciones se opongan abiertamente a que venga aquí un escribano y redacte el poder conveniente para que la persona antes citada no encuentre en el ejercicio de sus funciones obstáculos legales?

Barrientos buscó con los ojos la mirada de Díaz. Era evidente que el oficial quería compartir con su compañero la responsabilidad de la contestación.

Pero como Díaz no parecía dispuesto a abandonar el papel de figura decorativa que hasta entonces había representado, Barrientos tuvo que decidirse a apoyar con la voz la consulta mímica.

-¿Ha oído mi honorable compañero -pronunció-, la doble pregunta del señor marqués?

-Sin perder una sílaba -respondió el interpelado.

-Y bien...

-La resolución del señor de Barrientos no puede menos de ser la más acertada, y a ella suscribo desde luego.

-Gracias en nombre del acierto del señor de Barrientos; pero si usted no le tuviese por adjunto ¿qué pensaría de la pretensión de su excelencia?

-Pensaría que en rigor no era de las que taxativamente me estaba prohibido otorgar.

-Señor marqués -repuso Barrientos-; mi opinión coincide con la de su digno compañero; y en prueba del interés que la especial posición de vuecencia nos inspira, tenemos en acceder a sus deseos una verdadera satisfacción.

-Con mucho gusto veo efectivamente en esa deferencia que no hay en ustedes hostilidad personal hacia mí.

-El señor marqués nos hace justicia. ¿Quién es la persona que debe conferenciar con vuecencia?

-La señora condesa de Bari. En la actualidad ha de encontrarse en las habitaciones de su ama su majestad la reina madre.

-En cuanto al escribano -repuso Díaz-, ¿siente vuecencia por alguno preferencia particular?

-Absolutamente ninguna.

-Muy bien.

El oficial cambió algunas palabras con Barrientos, hizo un saludo, y salió de la habitación.

No es larga la distancia que media entre el Palacio y las Cocheras de la Reina; y como Díaz se desembarazó de su encargo con una presteza prodigiosa, no habían trascurrido diez minutos, cuando los marqueses vieron aparecer a Elina en la puerta del fondo de la sala.

La condesa menos sorprendida por la llamada de que era objeto que por la anticipación de la hora de la partida, corrió hacia Pastora preguntando:

-¿Qué ha ocurrido?

La marquesa tomó a Elina por la mano y la condujo al hueco de la última ventana del salón. Barrientos emprendió una serie de tranquilos paseos en dirección opuesta.

-Nos aflije una infamia de Grinialdo -dijo en voz baja la marquesa con volubilidad extraordinaria. -Toda nuestras esperanzas, todos nuestros proyectos han sido conculcados con una habilidad satánica.

-¡Dios mío! Me asustas...

-El paso por nuestra posesión de los Morales, nos está vedado expresamente.

-¿Y esa es la causa de tu desesperación? -profirió Elina admirada.

-¡Oh, lo sería si tu no existieses en el mundo!

-¿Qué quieres decir?...

-Que en esa quinta está nuestra fortuna...

-Nuestros modestos ahorros -rectificó Esquilache.

-El pan de nuestros hijos -añadió Pastora.

-Pero ¿en qué se relaciona conmigo?...

-Oh, tú puedes hacer lo que a nosotros se nos niega.

-Habla.

-En la capilla de la quinta donde tantas veces has orado, hay debajo del altar una trampa cuya puerta se mueve oprimiendo un resorte escondido en el lado derecho del pie del ara.

-Exactamente en el centro del lado derecho -precisó el italiano.

-Por la escalera que la trampa descubre -prosiguió la marquesa-, se desciende a una pequeña cripta. Empotrado de lado en la pared del fondo, yace un sepulcro de mármol donde fueron los restos del fundador de la capilla. Sobre el enterramiento existe una cruz de ébano sujeta en el muro por tres clavos. Dando un golpe en el del brazo izquierdo...

-Golpe en que es preciso emplear cierta energía -insinuó Esquilache.

-La losa del sepulcro se entreabre -repuso Pastora-. En lo más profundo del sarcófago hay dos cajas que encierran una cantidad considerable...

-Relativamente considerable -articuló el ex-ministro.

-Cada caja contiene cinco mil onzas de oro -dijo la marquesa, que no creía que las circunstancias eran para misterios.

-Suma, señora condesa, que no pasará de una verdadera miseria cuando esté repartida entre todos los pedazos de nuestras entrañas.

-Ahora bien, Elina mía, acudimos una vez más en ocasión suprema a tu generosa amistad, a la nobleza de tu alma, a tu abnegación con tantos sacrificios probada... Es necesario que nos lleves esas cajas a Cartagena antes de que zarpe del puerto la Atrevida.

La condesa reflexionó un instante, y replicó:

-¿Tienes en los Morales gentes de confianza a quienes pueda dirigirme para la extracción y trasporte de suma tan cuantiosa?

-¡Ay! Todos nuestros buenos servidores han sido envueltos en la desgracia que nos hiere... Robles nos lo hace saber desde un calabozo...

-Pero entonces...

-Por lo mismo que estamos persuadidos de la grande iniciativa a que tendrá que recurrir la señora condesa -dijo Esquilache-, se va a expedir a su favor un poder amplio, libérrimo que la autorice para todo en los Morales, hasta para enagenar la posesión si llega el caso.

-Señor marqués... Pastora mía...

-¿Por ventura te faltaría el valor en este trance?

-Mil veces le tendría para dar por ti la existencia; pero confieso que me aterra la idea de la tremenda responsabilidad en que incurriría si desapareciese entre mis manos la fortuna de tu familia. La salvación de ese tesoro no es empresa de las que se confían a una mujer.

-¿Y a quién podríamos volver los ojos? Nuestros amigos ya no existen si es que los hemos tenido alguna vez: y por otra parte ¿dónde está el hombre capaz de competir en lealtad con mi Elina?

-La desdicha todo lo borra en tu memoria; y sin embargo, existen servicios tan importantes, tan recientes...

-¡El de Lozano por ejemplo! -exclamó la marquesa ahogando un grito.

-Me complace que recuerdes ese nombre; es el del más noble y bravo de los hombres.

-¡Cómo ponerlo en duda! ¿Pero está Lozano en Aranjuez? ¿Nos asiste derecho para exigirlo tan extraordinario favor? ¿Nos es dado siquiera promover sin riesgo de repulsa cerca de nuestros guardianes esa nueva evolución dilatoria?

-Por lo que al joven Lozano se refiere todo puede correr de cuenta mía -pronunció resueltamente Elina.

-¿Qué dices, Leopoldo?

Esquilache parecía trabajado por el choque de opuestos sentimientos. Las circunstancias, sin embargo, acabaron por imponerse.

-Don Felicísimo Lozano -contestó-, posee cualidades harto evidentes para que yo aventure una objeción; pero estimo, por mil razones, conveniente que no porque la dirección del asunto quede en las aptas manos de ese joven, nos prive la señora condesa de su intervención personal revestida con el prestigio que da la fuerza de la ley.

-Es seguro que no ha de faltarnos el concurso de Elina -repuso la marquesa acariciando las manos de su amiga.

-No, a fe mía -respondió la condesa-; volveré a abrazarte en Cartagena cueste lo que cueste.

Díaz, seguido de un sugeto provisto de abundante papel sellado bajo el brazo, acababa de reunirse con Barrientos en el extremo de la sala.

El marqués esperó a que Elina pronunciase la última palabra, y se acercó a los oficiales.

El representante de la fe pública estuvo impuesto al poco tiempo en el asunto de que se trataba; y sentándose al lado de una mesa punto menos que de billar, comenzó a rasguear con la pluma de ganso con tan gentil aire, que como por ensalmo se llenaron de tinta cuatro planas en folio.

Estampados los sellos, los signos y las firmas que la legislación vigente prescribía, el poder pasó de las gruesas y rojizas manos del curial por conducto del marqués al turjente seno de la condesa.

Barrientos entonces satisfecho sin duda de los paseos que llevaba dados, preguntó a Esquilache con el tono de la mayor deferencia:

-¿Puedo disponer que se conduzcan al carruaje los equipajes de vuecencia?

-Todo lo que usted guste, caballero -contestó el marqués-, no abusaremos más de su condescendencia.

El oficial no perdió un momento para expedir las órdenes que anunciaba: dos lacayos bajaron al patio los paquetes.

Elina siguió a la marquesa al contiguo cuarto de sus hijas; y como allí el orgullo no imponía reservas, la despedida fue fecunda en sollozos y lágrimas.

Esquilache más dueño de sí mismo contó al lado del coche los bultos que contenían las reliquias del oriental emporio de la casa de las siete chimeneas.

Una observación de mal agüero acumuló un nuevo pliegue en el entrecejo del italiano.

Trece eran los paquetes, y trece eran también los viajeros...

Cuando la campana de la Hospedería de San Antonio de Padua anunciaba la hora de la refacción, el carruaje de los marqueses de Esquilache avanzaba al trote por el camino de la Mancha, precedido de dos batidores, escoltado a los vidrios por Barrientos y Díaz, y seguido de los cuatro restantes guardas forestales.




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Capítulo XXVIII

Donde se narra cómo fue desdeñada en Lozano una acción semejante a la que del caritativo San Martín nos conserva la historia


Escasamente habrían trascurrido tres horas desde la partida del marqués de Esquilache, cuando en la misma dirección que éste llevaba salió de Aranjuez una berlina acompañada por dos ginetes.

Por la ventanilla derecha del vehículo, libre del cristal, asomaba a cada momento la bella cabeza de la condesa de Bari. Los ojos de la dama se fijaban siempre en el mismo punto del espacio, y ese lugar era precisamente el que eclipsaba la varonil persona de Felicísimo Lozano, el cual recibía la luz de aquellas dos estrellas más hermosas que Sirio y Aldebarán, con el alma henchida de agradecimiento, el corazón palpitante de gozo, y la bendición suspendida en los sonrientes labios.

¡Es increíble lo que una mirada impresiona a ciertas gentes!

No hay como viajar sometido a la fascinadora influencia del sujeto que determina un vivo sentimiento erótico, para que el tiempo vuele, la distancia se suprima, y el camino más árido se embellezca.

Seguramente Elina y Felicísimo hasta hubieran encontrado encantadoras las llanuras de la Mancha, en el caso de saber que existían.

El objeto de la expedición, agradable o enojoso, sencillamente practicable o erizado de dificultades, se había borrado de la memoria de ambos jóvenes. Si de alguna cosa sirvió, al parecer, fue de pretexto para una ascensión a las regiones paradisíacas.

En las frecuentes llamadas de la condesa, y en las no poco repetidas aproximaciones espontáneas del caballero, se hablaba de las maravillas de la creación, del idilio bucólico, del sentimentalismo, de la simpatía, de la felicidad, de todo en fin, menos de los asuntos de los marqueses de Esquilache.

Preciso fue en más de una ocasión, que Perfecto Cazurro y Martín Ordóñez el cochero de la condesa, hablasen de la urgente necesidad que de yantar tenían los caballos, con el fin de comer ellos mismos; porque para sus amos tanta importancia entrañaban esas miserias del organismo humano, como las disputas bizantinas acerca de si la luz que iluminó el Thabor fue creada o increada.

Las poblaciones de Ocaña, Quintanar y la Roda, pasaron desapercibidas para los viajeros: Albacete no tuvo mucha mejor fortuna: apenas Hellín y Cieza merecieron una ojeada distraída. Hubiérase dicho que lo único que tanto el caballero como la dama encontraban verdaderamente interesante era la persona del otro.

Elina y Felicísimo, llegaron a la magnifica huerta de Murcia sorprendidos por el acontecimiento. En el Segura creían ver el Tajo todavía.

No sucedía otro tanto a Cazurro, en el cual la distancia recorrida se hacía sentir en todos y cada uno de los doloridos huesos del asendereado cuerpo.

Rebasada que fue la populosa capital del antiguo reino árabe, el carruaje tomó la ruta de Cartagena; pero apenas aparecieron las primeras casas de Aljucen, Ordóñez torció las riendas a la izquierda y siguió el camino vecinal que conduce a Aljezares.

El viaje entraba en su último período, y pese a todos los embriagadores filtros que se apuran en los ensueños de un acariciado ideal, la condesa comenzó a experimentar algunos intervalos lúcido sin que el objeto que a los Morales la llevaba, producía en su espíritu el mismo efecto que hubiera ocasionado un párrafo de prosa catalana en el pasaje más bello del incomparable romance de Góngora, Angélica y Medoro.

No dejó de advertir Lozano las fugaces distracciones de la dama; pero las habría seguramente respetado a no adquirir cierto carácter de inquietud, desde que la berlina rodó por las alamedas de Pacheco.

El joven se acercó solícito a la azafata.

-Es evidente -dijo-, que mortifica a la señora condesa una preocupación de que hasta ahora se ha visto libre.

-No es tanta mi presunción de entereza que trate de negarlo -contestó Elina sonriendo-; pero procuro combatir mis temores en cuanto puedan tener de exajerado. Sé que las mujeres nos preocupamos por tan poco...

-Sin embargo, ¿sería demasiado indiscreto si pretendiese participar de esos temores?

-¿Es irónica la frase?

-No, a fe mía: lo que con más sinceridad temo en el mundo es que usted abrigue algún temor.

-Lisonjero sentido...

-Un poco de confianza...

-Pues bien, señor de Lozano: es el caso que desde que hemos salido de Aljezares he creído observar que sigue nuestros pasos un ginete.

-¿Qué hay en ello de extraordinario? El camino de Pacheco es muy concurrido.

-El objetivo del viajero en cuestión no es Pacheco.

-¿En qué se funda esa afirmación?

-Me he permitido una experiencia que ha comprobado el hecho de un modo irrebatible.

-Veamos.

-Al llegar a la encrucijada de las trojes hice a Ordóñez torcer por la senda de travesía que se dirige a Fuensanta del Monte.

-Y bien.

-Nuestro hombre siguió la misma vía. Esto no obstante, no ha persistido en ella desde el momento en que nos ha visto retornar a la ruta de Pacheco, por más que fuese largo el rodeo.

-Confieso que la prueba seduce; pero no me parece de una infalibilidad tan absoluta como la señora condesa manifestó.

-¿Cómo así?

-¿Quién nos asegura que el tal viandante no desconoce la topografía local y nos ha tomado a nosotros por guía?

-¿Para dirigirse a Pacheco?

-Sin duda.

-La explicación es inadmisible: hemos dejado atrás la población, y sin embargo, nuestro perseguidor no abandona su pista.

-¿Dónde está ese pertinaz sabueso? -dijo Lozano, buscando por todas partes.

-No tardará usted en divisarle si tiene fin esta espesura.

El fin del bosque estaba próximo. Los viajeros volvieron a abarcar vasto horizonte algunos minutos después.

Entonces pudo observar Felicísimo que un ginete, en efecto, trotaba a distancia considerable con dirección a la extensa arboleda que la berlina acababa de atravesar.

-¡Bah! -profirió escudriñando con la vista el terreno que aquel caballero dejaba tras de sí:- ¿En qué puede afectarnos la persecución de un hombre solo?

-No hay enemigo pequeño.

-¡Enemigo! Oh, si ese sugeto lo fuese, pertenecería al género de los enemigos cándidos, y por lo tanto, inofensivos, atendida su franca exhibición.

Y Lozano añadió entre dientes:

-A menos que no me conociese, ¡vive Dios!

Hacía un cuarto de hora que una de las ruedas del vehículo dejaba entreoír sus modestos gemidos; pero a la sazón comenzó a meter verdadero ruido, prueba evidente de que era la peor del carro, si hemos de dar crédito a la aseveración del poeta latino. Y como Ordóñez llegó a temer una catástrofe, si no se suavizaba el rozamiento, indicó la necesidad de acudir a una casilla situada a quinientos pasos del camino, en la cual era de esperar que no faltase alguna grasa conveniente.

Felicísimo se apresuró a apoyar la moción desde el primer momento.

Obtenida la consiguiente aquiescencia de la condesa, la berlina enderezó por la senda que conducía a la rural vivienda.

El cochero obtuvo a la llegada una vela de sebo, y con la ayuda de Cazurro procedió a desmontar la rueda.

-He aquí una ocasión soberbia -dijo Lozano a la condesa-, para que sí usted me otorga su permiso pueda enterarme del objeto con que nos sigue nuestro caminante.

-Proceda usted como crea oportuno -contestó Elina-; pero por favor, intrépido Esplandian, nada de querellas innecesarias.

-Oh, señora condesa, no recuerdo haber tenido una de ellas en todo el curso de mi vida.

El joven torció la brida, volvió al camino, y picó de nuevo en la dirección de Pacheco.

No había llegado a los primeros matorrales con que se anunciaba la antes recorrida espesura; cuando el ginete apareció de improviso en el terreno despejado.

Lozano se restregó los ojos, creyéndose presa de una aberración lumínica.

El viajero, que tanto preocupó a la condesa, era Tristán de Ayala a menos que en tomar su figura se hubiera complacido el demonio.

-¡Tristán! -gritó Felicísimo sin acabar de volver de su asombro:- ¿eres tú en realidad?

-¡Agüero detestable, si hay alguno en el mundo! -respondió Ayala:- en vez de recíbirme con los brazos abiertos empiezas por desconocerme.

-Pero ¿qué es lo que vienes a buscar en Murcia?

-A ti pese a mi estampa!

Los dos caballeros una vez reunídos detuvieron simultáneamente sus corceles.

-Tristán, Tristán... ¿qué es lo que en Madrid ha ocurrido?

-El suceso más nefasto de que se puede conservar memoria.

-¿Se ha muerto Narcisa de celos?

-Hubiera hecho una tontería.

-¿Se ha renovado el motín?

-Ya no se encuentra en la villa un amotinado por un ojo de la cara.

-¿Se ha hundido la Plaza de Toros cuando se lidiaban las reses de la Pascua?

-¡Valiente acontecimiento para mí!

-¿A qué terrible calamidad te refieres entonces?

-A la calamidad terrible de que el sacanete me ha dejado sin un cuarto.

-Tristán ¿así cumples tus palabras?

-Felicísimo, deploro amargamente que no refresques tu memoria antes de formular ciertos cargos.

-¿No prometistes renunciar a las cartas?

-Es cierto; pero únicamente en el período de tiempo que durase el negocio en que nos empeñábamos; y ¡ay de mí! el tal período fue demasiado corto. Tú mismo te apresurastes a darle por terminado, convirtiéndote a la que considerabas mejor causa por la intercesión poderosa del santo de tu mayor devoción, la condesa de Bari.

-Desespero de verte nunca sustraído a ese vicio de maldición.

-¿Y qué ha faltado esta vez para ello? Una sota de Belcebú; porque es de advertir que me propongo firmemente no volver a estudiar la confección de la comida de mañana en el libro de las cuarenta hojas, en cuanto mis recursos me permitan tomar cocinero. ¿Quieres oír, oh Felicísimo, la historia de mi infortunio?

-Preciso será puesto que has andado sesenta leguas para referirmela.

-Escucha y conmuevete. El contrato estaba perfeccionado con Bermejo: su sala de armas iba a ser mía, y en el curso de los malos tiempos había llegado la víspera del pago. Las circunstancias estaban reclamando un arqueo; y en el gabinete reservado del establecimiento que conoces sito en los portales de Guadalajara, vacié sobre una mesa todos mis bolsillos. Pero entonces se ofrecieron a mis ojos las consecuencias de un denecto que imparcialmente reconozco. Cuando el dinero abunda en mis manos no puedo negarme la satisfacción, de cien pequeñas necesidades, de mil ligeros caprichos, de un millón de cortas larguezas especialmente para con el bello sexo a que el generoso corazón me inclina. La cantidad que tenía que satisfacer ascendía a seis mil reales: y advertí, no sin asombro, que todo mi capital había quedado reducido a cinco mil cuatrocientos. sin saber cómo ni por dónde. Me encontraba, pues, con un déficit de treinta duros que a cualquier costa era preciso enjugar. ¿Qué hacer en conflicto tan inesperado? Entre todos los amigos con que cuento en Madrid, no hay uno que valga seiscientos reales, quiero decir, que los posea: y es inútil que piense en prestamistas: el menos judío de ellos al verme aparecer en su domicilio hace siete nudos a los cordones de la bolsa, y me niega con el mayor descaro la más insignificante suma, sea cual fuere el interés que yo graciosamente le ofrezca. El único recurso racional, lógico hasta lo sumo, perfectamente sencillo, era el del juego. Todo sería cuestión de un cuarto de hora, de un par de partidas... Recojí mi dinero, y me encaminé al garito. Te hago gracia de las peripecias del azar: no eres inteligente, y carecerían para ti de atractivo. Me limitaré a exponerte que el mismo Satanás tomó cartas en el embite, que decididamente perdí la cabeza, que vi desaparecer hasta mi último doblón, y que acabé por arrojar por la ventana la baraja, la mesa, y no sé si dos o tres de los puntos. Difícil me sería decir hasta el extremo que me habría dejado arrebatar, a no encontrarme precisado a evacuar presuroso el local atropellando fugitivos con motivo de la llegada de los inválidos atraídos por tan estrepitoso escándalo.

-Puedes prescindir de la enumeración de tus actos -pronunció Lozano-, no hay absurdo de que no te considere capaz en semejantes circunstancias.

-A la agitación de la cólera y de la carrera -repuso Ayala-, siguió la atonía de la reflexión y de la estancia en lugar seguro; pero ¡qué triste, qué espantosa me pareció entonces la realidad! Todo el edificio de mis esperanzas, de mis sueños, acababa de desplomárseme encima precisamente en el instante en que iba a ver terminado el coronamiento. Mi resignación era imposible: ocasión como la que se me escapaba no volvería a presentarse otra vez en mi vida. Mi dignidad estaba además interesada. ¿Qué concepto merecería mi formalidad a Martín Bermejo? Había, por consiguiente, necesidad absoluta de intentar la reposición de los malhadados trescientos pesos, siquiera fuese a costa del más supremo de los esfuerzos. Desde luego me asaltó el pensamiento de que sólo podía dirigirme a dos personas con alguna probabilidad de buen éxito: mi amigo Felicísimo, y mi primo Menacho, el canónigo de Almería: hace dos años que no le pongo a contribución los ahorros de la congrua, misas y pláticas, y no tendría derecho para decir que abusaba del parentesco. Es de advertir, no obstante, que Menacho no se ofreció a mí mente sino de un modo subsidiario, la preferencia te correspondió por completo; te lo digo para tu mayor satisfacción.

-Honra estimable -contestó Lozano gravemente.

-Aceptado sin contradicción el propósito... -prosiguió Ayala.

-¿Sin contradicción de quién?

-De mí conciencia, ¡cáspita!... partí en el acto para Aranjuez. La noticia de que habías salido para Murcia acompañando a la condesa de Bari no quebrantó mi ánimo en lo más mínimo. Afortunadamente no os ocurrió dirigiros al Norte, porque entonces acaso me hubiera sido indispensable optar entre la amistad y la familia.

-Es cierto, nuestro rumbo al Sudeste todo lo conciliaba, y ¡vive Dios! que me felicito por ello.

-¡Te felicitas tú!

-Sin duda; porque de esa manera no habrás venido en balde a Pacheco, te será fácil continuar tu ruta hasta Cartagena, y podrás embarcarte allí para Almería.

-¡Cómo Felicísimo! ¡Así me abandonas! -exclamó con tan tronante acento Ayala, que hizo que su caballo iniciase una huida, y que Moro bajase las orejas.

-No soy yo sino la Providencia quien te castiga.

-¡Para moral estoy yo ahora!

-Me parece que no lo has estado nunca.

-¡Qué decepción tan horrible! ¡Es mi amigo Felicísimo quién me ve sepultado en la profunda sima de la desesperación, y no me tiende una mano salvadora!

-Pero desventurado, ¿imaginas que a mí me sobran todos los días seis mil reales?

-¡Quita allá! ¿Qué es esa miserable suma para el salvador de la marquesa de Esquilache?

-Tristán...

-Para el favorito de la condesa de Bari...

-Tristán... Tristán...

-Para el hombre que tal vez va a casarse con ella...

-¡Condenado! -gritó Lozano próximo a la exasperación:- yo no me casaré ni con la misma emperatriz de todas las Rusias. Por lo demás, te aconsejo que no te ocupes de mis asuntos.

-Así es como se compra el derecho a ser egoísta.

-Así es como se consigue escuchar menos vaciedades.

-¡Si la cantidad en que consiste mi rehabilitación fuera verdaderamente exorbitante!

-¡Si esa suma por exigua que sea se hallase a mi disposición!

-Y sin embargo, has dejado depositada en Palacio una espada que así vale tres mil ducados como tres maravedises.

-Ah tahúr ¿te atreverías a aconsejarme que vendiera esa dádiva regia para que tú pudieses satisfacer en la timba tus insaciables apetitos?

-Yo no te aconsejo nada: me ciño a consignar un hecho.

Oye, Tristán: mi caudal ha quedado reducido a mil cuatrocientos reales, y se halla afecto a los imprevistos estipendios que puede ocasionar el acompañamiento de una dama de alto rango. Voy, a pesar de todo, a imitar la conducta de San Martín, partiendo contigo ya que no la capa, la bolsa, que vale más todavía... Toma treinta y cinco pesos...

Y Lozano unió la acción a las palabras.

Ayala volvió la cabeza, cubriéndose los ojos con una mano, rechazó con la otra el donativo que se le hacía, y declamó con una entonación digna de un protagonista de Eurípides:

-No es una limosna lo que yo te había demandado; era mi porvenir, mi honor, mi salvación lo que esperaba de tu amistad...

-¡Pues anda al diablo! -repuso Lozano volviendo a su bolsillo las monedas-; así como así tenía la evidencia de que esas pobres doblillas iban a sepultarse en la misma vorágine que se tragó tus peluconas.

-Voy a seguir tu consejo contestó Ayala sin recoger la alusión.

¿Visitando a Lucifer?

-No, embarcándome en Cartagena, si hay patrón de buque que me fíe el pasaje.

-Siempre te quedará, el recurso de vender el caballo.

-¡Ah! muy bien; ahora me aconsejas que robe.

-¡Yo!

-Claro está: este potro es del alquilador Triqui-traque.

-Y luego te quejas de tu crédito.

-Que no te ofusquen las apariencias: para poder sacar el caballo de la cuadra he tenido que dejar hipotecada a Narcisa, a la cual siempre ha mirado con buenos o los el bribón del chalán.

Lozano tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para conservar la formalidad.

-Imaginé -dijo-, que tu rocín era el mismo que perteneció al compañero de Antuñano.

-¡De valiente jamelgo estás hablando! Antes de otorgarme su posesión ya tuvistes buen cuidado de derrengarle. Como no valía la cebada que se comía, me apresuré a enajenarle.

-Obrastes con tu habitual prudencia. Merced a ella tienes que pagar ahora el alquiler de tu cabalgadura. En fin, eso es cuenta tuya... Adiós, Tristán en caso de que te encamines a Cartagena.

-Por lo pronto, me es imposible. Este animal va echando los pulmones, y necesita un pienso y un descanso: trataré de proporcionarle ambas cosas en el próximo pueblecillo de San Pedro del Pinatar Me aterra el pensamiento del peligro que pudiera correr la virtud. de Narcisa, si mi potro lanzase el último relincho. Triqui-traque es tan usurero como sátiro.

-Entonces buen viaje al Pinatar.

-¡Te falta tiempo para desembarazarte de mí!

-Harto sabes que no he venido solo.

-Es cierto: te espera tu Dulcinea.

-Una dama respetable, Tristán.

-Que ha extinguido en tu corazón la fraternidad, los generosos instintos, los gratos recuerdos de la adolescencia. ¡Me causa horror tu sirena!

-Me inspira desesperación tu porvenir.

-¡Bastante has hecho para mejorarte!

-En cambio tú no has hecho nada que no haya sido negativo.

-Te honra ese respeto a la desgracia, Felicísimo: ¡vive Dios, que no me faltan dos dedos para odiarte!

-¡Voto al diablo, que estoy a punto de detestarte!

-Si creyese en la eficacia de las maldiciones, me parece que te maldecería.

-Si no estuviese persuadido de que ni en el infierno han de querer de ti, creo que te propondría que te ahorcases de un pino.

-Para oír esas flores prefiero que no vuelvas a dirigirme la palabra en tu vida.

-Para ver un tipo de tu cuño, estimo ventajoso que no te pongas nunca en mi presencia.

-¡Monstruo!

-¡Belitre!

-¡Hasta el valle de Josafat!

-¡Ni aun allí quiero encontrarte!

Los dos ex-amigos pusieron a la vez las piernas a los caballos.

Ayala abandonó el camino por la izquierda; Lozano torció por la derecha.

Una prolongada nota en trémolo semejante al bramido de un toro, hizo que Felicísimo volviese la cabeza.

Tristán se alejaba con las manos elevadas al cielo exhalando este grito desgarrador:

-¡Amistad, amistad... no eres otra cosa que un nombre vano!

Felicísimo tornó a reunirse con sus compañeros de viaje.

Elina, que no había perdido un instante de vista al joven durante la conferencia que tuvo en el camino, dijo inmediatamente:

-¿Quién era nuestro perseguidor?

-Oh, el hombre que menos malas intenciones podía abrigar con respeto al objeto de nuestra expedición -contestó Lozano-, la señora condesa le conoce perfectamente: era Tristán de Ayala.

-¡El señor de Ayala! -exclamó Elina atónita.

-En cuerpo y alma.

-¿Pero cómo no ha venido aquí con usted?

-Traen por esta tierra al mancebo asuntos para él de interés capital. Por otra parte, yo no sé si porque le he recibido con cierta frialdad o por motivo diferente, es lo cierto que nuestra entrevista no ha sido cordial de todo punto.

-¡Cómo! ¡Una reyerta con un amigo tan sincero, tan bravo!...

-¡Bah! -respondió Lozano riendo-; pasan de veinte las veces que hemos reñido con la mayor formalidad.

La condesa fijó intensamente sus ojos de lince en los de Felicísimo, pero no añadió una palabra.

La rueda de la berlina estaba ya montada, y giraba vertiginosamente sobre el eje sin la menor protesta, bajo la acción de la mano de Ordóñez.

No existía, por lo tanto, inconveniente para continuar la marcha.

Elina se instaló en su vehículo, y los viajeros volvieron al camino.




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Capítulo XXIX

En el cual se ofrece un ejemplo de que el templo de Themis puede no estar reñido con el de Baco


La berlina pasó a la vista de Calavera, y poco tiempo después por las cercas del caserío de Palma, aumentando progresivamente la velocidad a medida que se aproximaba al término de la expedición.

Algunas ráfagas frescas, y salinas que llegaban del Este, comenzaban a denunciar la vecindad del Mediterráneo.

Por fin se dibujó en el horizonte una vasta mancha oscura, destacándose en el fondo de una inmensa sábana de plata.

La mancha era la exuberante vejetación de la granja de los Morales; el límpido fondo recortado por la silueta del coto, era la tranquila superficie del Mar Menor.

La quinta justificaba la predilección que merecía a la familia de Esquilache. Cada paso que los viajeros daban hacia la posesión, ponía una de sus bellezas en relieve.

La elevación del terreno que el camino surcaba, permitía la sucesiva aparición de las diferentes dependencias de la construcción principal, que sin exageración sobrada habría podido llamarse palacio.

Pero ni en los colmenares, ni en los establos, ni en las estufas de los gusanos de seda, ni en la huerta, ni en los jardines, se divisaba persona alguna de las que el entretenimiento de tan floreciente propiedad suponía.

La condesa llegaba prevenida acerca del abandono en que iba a encontrar la granja, y sin embargo no pudo sustraerse a un sentimiento penoso. Todo en aquel lugar de desolación, hablaba de la inmensa desgracia que hacía sangrar el corazón de los propietarios.

El carruaje desembocó en la explanada donde se abría la puerta de la cerca.

Como la verja se hallaba entornada, Cazurro no tuvo que hacer más que empujarla para que la berlina penetrase en la calle de árboles central, formada por soberbios tilos de Europa.

Recorrido el paseo en toda su extensión, los caballos se detuvieron enfrente de la fachada principal del edificio.

Los viajeros echaron pie a tierra.

El ruido de la llegada del carruaje no había provocado la menor manifestación de curiosidad por parte de los habitantes de la quinta, si es que algunos tenía. Jamás castillo encantado se hubiera ofrecido con mayor propiedad a la imaginación monomaniática del héroe de la Argamasilla; puesto que nosotros más afortunados que Cervantes, no tenemos ningún motivo para no querernos acordar del nombre de ese lugar de la Mancha.

La condesa de Bari, con la facilidad de evolución que poseen los espíritus femeniles, comenzó a creer que la ejecución del proyecto que la llevaba a los Morales, podía llegar a ser la cosa más sencilla del mundo.

El portal de la casa se hallaba franco. Elina y Felicísimo se dirigieron a él y cruzando el umbral ingresaron en un espacioso recibimiento.

Los viajeros obtuvieron allí una prueba palpable de que la granja no carecía de moradores.

En el centro de la estancia había una gran mesa entapetada, en torno de la cual aparecían sentados ocho hombres absortos en la contemplación de una interesante partida de monte.

El oro brillaba por su ausencia, y las mismas monedas de plata se hallaban en una insignificante minoría con respecto a las de cobre; pero sabido es que lo que presta empeño a las contiendas del juego, no consiste precisamente en el valor absoluto de las sumas que se atraviesan.

En un ángulo de la habitación yacían algunas escopetas, espadas, chuzos y un cornetín.

El individuo que tallaba, el cual lucía la placa de latón, insignia del alguacilazgo de la alcaldía de Alcázares, decía a la sazón repartiendo varios maravedises.

-¡Voto a bríos, señor trompetero, que parece que las cartas son trasparentes para usted, y que me voy cansando de esta baraja! ¿No hay alguno de ustedes que tenga otra?

Y al dirigir en torno una mirada interrogadora, el alguacil se encontró sorprendido con la presencia de Elina y Felicísimo.

La condesa creyó conveniente anticiparle a Lozano, y preguntó, con una voz melodiosa capaz de dulcificar el humor más avinagrado:

-¿Pertenecen ustedes, buenos paisanos, al número de los servidores del marqués de Esquilache en esta quinta?

Pero la bilis de un jugador que pierde debe ser la peor del género. El alguacil escondió la mitad del iris de los órganos de la visión en sus ángulos internos, y contestó como hubiera podido hacerlo un dogo al cual se tratase de quitar un hueso:

-¡Valiente ojo tiene la viajera si cree que el italiano puede reclutar sus lacayos entre gentes de nuestra estofa!

-¡Gran tunante! -gritó Lozano con las cejas erizadas-, no es así como se recibe a una dama, que es la dueña en esta casa, ni ese es el lenguaje en que se la contesta.

Y el indignado Felicísimo, antes de que nadie hubiera podido presumir lo extravagante de la acción, cogió por una punta el enorme tapete que cubría la mesa, le levantó con violencia, y esparció por todos los ámbitos de la habitación una espesa nube de naipes y de monedas.

Hubo más todavía. Al flotar en la atmósfera el tapete envolvió entre sus pliegues al trompetero; y cuando este infeliz se encontró ciego y aprisionado ni más ni menos que un conejo en el capillo, comenzó a repartir coces y puñadas a los más próximos compañeros para ponerse en franquía, contribuyendo a colmar el desorden de aquella situación inesperada.

Una acción de varonil entereza jamás deja de imponer en el primer momento a los espectadores sean los que fueren su número, y la predisposición de ánimo en que se encuentren. Los jugadores permanecieron presa de un vértigo de estupefacción.

Con este efecto coincidió otra circunstancia. Cazurro acababa de aparecer en el dintel de la puerta ostentando en el cinto las relucientes culatas de las pistolas de dos cañones de Felicísimo, que eran unas armas de tan colosales dimensiones, que bien habrían podido pasar por modestos trabucos.

Tras de aquel pertrechado acólito, no sería seguramente inverosímil que hubiese otros muchos.

El alguacil, en quien empezaba a hacerse sentir la reacción, se mordió el instrumento articulador de las malas palabras un instante antes de exclamar, -¡A las armas!

La condesa, que no había sido menos sorprendida por el súbito arranque de Lozano, contuvo a éste con una mirada, y se adelantó hacia el alguacil diciendo:

-Es cierto que el señor de la finca ha delegado en mi todas las facultades que el derecho de propiedad le concede; pero no es mi intención incomodar a nadie. La hospitalidad de los Morales es proverbial en la comarca.

-¡Ah! -contestó el alguacil con sarcástica sonrisa-, ¿la señora representa a Esquilache en esta posesión, y generosamente nos ofrece hospedaje?

-Punto por punto.

-Pues bien, la viajera puede llevarlo a mal si lo tiene por conveniente; pero cuanto acaba de decirme, y las coplas de Calaínos, son para mí una misma cosa.

-¡Cuidado con la lengua, bellaco! -exclamó Felicísimo.

-Yo no pido a nadie lecciones para hablar como se me antoja -añadió el alguacil mirando de reojo al caballero.

-Pero yo sé dar esas lecciones con mano vigorosa, aunque no se me pidan cuando hay bribones que las necesitan -replicó el joven, animándose por momentos.

Elina veía a Lozano acariciar la empuñadura de la espada con la fruición que se acaricia un pensamiento de venganza, y se apresuró a intervenir de nuevo resuelta a que por aquella vez fuera definitivo el corte de la disputa.

-Basta de altercado -pronunció-, supongo que el señor de la chapa no se habrá establecido con los compañeros en los Morales por un impulso absolutamente espontáneo...

-La viajera supone bien -repuso el corchete.

-Entre las órdenes que para montar esta guardia ha comunicado a usted su superior gerárquico, ¿se cuenta la de impedirme que tome posesión de la granja, por más que para ello venga autorizada en forma legal?

-A usted y al sursum corda.

-¿Tiene usted a bien indicarme a quién debo dirigirme para solicitar que se modifiquen esas disposiciones?

-Al alcalde de Alcázares.

'-Perfectamente.

La condesa se volvió hacia su joven acompañante, y repuso:

-Señor de Lozano, vamos, pues, en busca del alcalde de Alcázares.

Los labios de Felicísimo no abrieron paso a una palabra que indicase oposición; pero la mirada, el entrecejo, la dilatación de la nariz y la presión de los dientes, estaban formulando las más enérgicas protestas.

Elina, que se encontraba ya en la puerta, dirigió al caballero un imperioso llamamiento. Felicísimo cedió al ascendiente de aquella irresistible domadora, y abandonó el terreno.

Entonces Perfecto Cazurro, que seguía las huellas de Lozano, pudo observar un hecho extraordinario, absurdo, inexplicable.

El alguacil, el trompetero, y los otros seis ganapanes, como movidos por un resorte, doblaron el dorso hasta ponerse en cuatro pies, y comenzaron a recorrer la estancia en todas direcciones en esa postura inverosímil a guisa de sabuesos que siguen una pista, gruñendo entre dientes la más infernal de las salmodias.

Cuando la condesa aceptó la mano de Felicísimo para subir de nuevo al carruaje, dijo entre obligada y severa:

-Por favor, señor de Lozano, menos susceptibilidad en cuanto personalmente me afecte... ha estado usted a punto de comprometerlo todo.

-Mi opinión es diametralmente opuesta -contestó Felicísimo con una naturalidad primitiva-; la señora condesa es quien se crea dificultades.

-¡Cómo así!

-Si usted me hubiera dejado hacer un picadillo con todos aquellos malsines, estaríamos ahora en el oratorio llevando a cabo, con la mayor tranquilidad, el propósito que nos ha conducido a la quinta.

Elina sonrió a aquel niño formidable con la indulgencia de una madre amorosa.

La distancia que mediaba entre los Morales y Alcázares, no excedería de media legua; y como la berlina la recorrió a buen paso, los viajeros llegaron a los primeros suburbios antes de un cuarto de hora.

Cazurro, enviado en descubierta para adquirir informes, volvió manifestando que el alcalde del lugar era un don Roque Soniche, el cual tenía establecido su pretorio en la taberna de que era propietario, situada enfrente de la iglesia.

Tomando por guía el campanario, Ordóñez dio a su tiro la conveniente dirección, y le detuvo a la puerta del doble templo de Themis y de Baco.

La dama echó pie a tierra, y seguida de Lozano, atravesó un corral entoldado de vides, y entró en la sala de honor del edificio.

La parte pública del establecimiento se componía de dos habitaciones. La primera de amplias dimensiones, estaba exclusivamente destinada a la colocación de mesas y asientos en los cuales no escaseaba a la sazón la concurrencia; la segunda, más reducida, repartía su espacio entre media docena de veladores, el imprescindible mostrador, y una serie de pipas y toneles.

Lozano preguntó al primer individuo con quien topó, el sitio donde se encontraba el alcalde.

La respuesta fue que se hallaba en el cuarto de los toneles.

Hubo un momento en que el caballero miró vacilante a la condesa; pero esta intrépida criatura resolvió la muda consulta dirigiéndose con gentil continente al punto indicado a través de la turba de bebedores sorprendidos por tan celestial aparición.

La autoridad municipal de Alcázares se personificaba en un hombrecillo de cuarenta años, enjuto de carnes y solitario de barbas, que sentado detrás del mostrador en un alto triclinio practicaba concienzudamente el jus suum cuique tribuendi, presidiendo la distribución incesante de vasos y de jarros en que se ocupaban dos muchachos con mandil y montera murciana.

Elina se acercó al tabernero modulando esta interrogación:

-¿El señor alcalde de Alcázares?

-En su presencia está usted -contestó el requerido reprimiendo el movimiento que había iniciado para ponerse en pie, desde el instante en que comprendió que la recién llegada no era una consumidora sino una litigante.

-Recibo honor en ello -replicó la dama con aire equívoco acentuado por una inclinación y una sonrisa.

-No tanto como yo mismo. ¿Pero a qué motivo debo?...

-El estado en que se encuentra la quinta de los Morales por causas de todos conocidas, ha movido al señor marqués de Esquilache a encomendarme la dirección de esa finca.

Soniche entornó los ojos para escuchar con más recogimiento.

-Pero es el caso -prosiguió la dama-, que al llegar a la granja hace veinte minutos, la he hallado ocupada por algunos hombres armados, cuyo jefe dependiente al parecer de usted, se ha opuesto toscamente al ejercicio de mis atribuciones.

-¡Toscamente! -articuló el alcalde dando a su rostro una expresión de solemne extrañeza.

-Esta señora dulcifica la frase -pronunció Lozano-, con más propiedad habría podido decir, brutalmente..

-¡Brutalmente! -repitió Soniche llevando su sorpresa hasta el punto de dar un ligero respingo en el triclinio-. ¡Oh, oh!.. el asunto reviste cierta gravedad. La señora... ¿cómo debo llamar a la señora?...

-La condesa de Bari.

-Pues bien, la señora condesa puede estar segura de que el tosco proceder o la brutalidad de que con justicia se queja, no quedará sin el merecido correctivo.

-No es imposición de castigo alguno lo que yo vengo a reclamar del señor alcalde -repuso Elina.

-Sin embargo, la rectitud de la vara que empuño, siquiera sea indignamente, exije una severa admonición, y la obtendrá cumplida. No debo consentir que el alguacil Milcoces haga honor a su apellido.

-¿Puedo por consiguiente esperar que el señor alcalde expedirá en el acto la orden conveniente para que se desaloje la quinta, y me sea dado instalarme en ella?

Soniche estiró el pescuezo, adelantó los labios recogidos hasta darlos la forma de un verdadero hocico, y contestó, después de una prolongada pausa:

-Aunque con el profundo respeto a que la señora condesa tiene derecho, voy a permitirme hacerla observar que la consecuencia que deduce no es a mi juicio de todo punto inmediata.

-¿Qué quiere decir eso?

-Que condeno la forma en que Milcoces haya podido enunciar su consigna; pero que de tal desaprobación al otorgamiento del permiso para que la señora condesa tome posesión de los Morales, hay todavía larga distancia.

-¡Ah! el señor alcalde duda de la realidad de mis derechos, acaso de mi personalidad misma... es muy justo. Cuento, no obstante, con que desaparecerá toda incertidumbre merced a la exhibición de este documento.

La dama extrajo de su escarcela el papel a que se refería, y le puso en manos de Soniche.

El alcalde paseó la mirada por todo el instrumento acompañando su lectura con una multitud de signos afirmativos, que parecieron del mejor, presagio a los viajeros.

Después devolvió el escrito a Elina replicando:

-El poder es bastante, y se halla otorgado en toda regla.

-Entonces...

-Las dificultades que existen para que yo complazca a la señora condesa como sería mi deseo, pertenecen a otro orden de consideraciones.

-¿Y qué mal ordenadas consideraciones pueden ser esas?

-Para disponer de un objeto mueble o inmueble, es necesario hallarse en el pleno ejercicio del derecho de dominio.

-Y bien...

-Este es el más elemental de los axiomas en la ciencia de Papiniano.

-Yo no conozco a ese señor... Y permítame el digno alcalde que me impaciente un poco.

-El apoderamiento en que la señora condesa funda su interdicto, es írrito en el fondo; porque los bienes del marqués de Esquilache se hallan secuestrados.

-¡Secuestrados!

-Todo lo que es posible.

-Mil perdones; pero el señor alcalde está en una lamentable, equivocación. Yo vengo de la residencia de la corte, y allí se desconoce absolutamente la existencia de semejante disposición.

-No me opongo a que sea cierto.

-¿El error de usted?

-No; el desconocimiento de la corte.

-¿Y puede eso tener lugar?

-Le ha tenido en esta ocasión.

-¿De qué secretaría del despacho emanaría la soberana resolución?

-De la gran cancillería de la voluntad nacional.

Como todavía faltaban veinte y tres años para que se proclamase solemnemente al otro lado de los Pirineos ese género de subversivas teorías, y por lo tanto no estaban familiarizados con su sonora fraseología los oídos de las clases privilegiadas, la condesa de Bari dio un paso atrás tan atónita como escandalizada.

Lozano, menos impresionado, pronunció con la mayor formalidad:

-Me parece, ¡oh, ilustre Minos!, que la justicia que administra en la santidad de este foro, se le ha subido a usted a la cabeza.

-Someto a la discreción del señor caballero -contestó Soniche-, la inconveniencia de las palabras que se ha permitido proferir.

-¡Pardiez! Mi bravo interlocutor, se ha permitido algo más grave todavía: ha enarbolado en su ínsula de Alcázares la bandera de la rebelión.

El alcalde levantó la voz declamando:

-Me revelo, en efecto, contra el tirano de esta enfeudada comarca, contra el vampiro de la sangre española, contra el perturbador, avariento, insolente, atrabiliario, impío y abominable Esquilache.

En la sala inmediata resonó una estrepitosa salva de aplausos.

La condesa sintió en el corazón el frío de la muerte.

Lozano arqueó las cejas.

-¡No hay tal cosa, señor mío! -exclamó-, el ídolo del favoritismo está ya en tierra; acaudillar un motín ahora es sublevarse contra el rey.

-Me importan poco las suposiciones gratuitas; la única satisfacción que Roque Soniche necesita, es el testimonio de su recta conciencia.

-¿Me pondrá el señor alcalde en el caso de protestar solemnemente? -repuso la dama.

-La señora condesa puede si gusta formular su protesta con la mayor solemnidad ante notario público, porque mi decisión es irrevocable.

-¡Ante notario público! -gritó Felicísimo- ¡Poder de Dios! conozco instrumentos mucho más eficaces.

-Quiero ignorar la clase de instrumentos a que el caballero se refiere; pero debe tener entendido que sé hacer respetar el santuario de la justicia, aunque sea un modesto alcalde de monterilla.

Lozano replicó montando en cólera:

-¡Valiente respeto me ha inspirado a mí siempre el santuario de una taberna, y valiente garantía tiene contra mi espada el testuz de un tabernero en los cuernos de su montera!

-¡Amenazas! -exclamó Soniche, poniéndose en pie majestuosamente.

En la estancia contigua se desató en aquel momento una carcajada sonora, convulsiva, extridente, como hubiera podido salir de las fauces del demonio del sarcasmo.

Felicísimo, que no había digerido todavía el precedente aplauso, volvió la cabeza pálido de cólera.

Pero la estupefacción del joven caballero llegó a nivelarse con su ira, cuando en el productor de la risa satánica reconoció al detestado hombre de la capa de grana.

Eulogio Carrillo, que con su inseparable compañero Arias acababa de tomar asiento en una de las primeras mesas, enlazó las últimas notas de la risiotada con las siguientes frases, pronunciadas con la procacidad que le era habitual:

-Parece que el viaje a Alcázares no ha sido coronado con el éxito satisfactorio que se prometía nuestro esgrimidor del convento de Valverde.

-Error crasísimo -contestó Lozano-, el resultado de mi expedición a este lugar ha sido mil veces más satisfactorio de lo que yo esperaba, por cuanto alcanzo la fortuna de poder echarle a usted la vista encima, cosa que he perseguido inútilmente por espacio de mucho tiempo.

-En la corte no hay, sin embargo, paseante más perenne que yo. En fin, si no es demasiada la hipérbole de las palabras de usted, héme aquí de buen grado a su disposición.

-Sería lo mismo que usted procurase sustraerse a la corrección que me propongo administrarle. Estoy decidido a que por esta vez no se me escabulla usted por entre los dedos.

-Esto es, ¡oh hidalgo más o menos manchego!, de la manera que usted se escabulló a los galeotes del tejar de la Jara -repuso Carrillo riendo a mandíbula batiente.

-Hace usted mal en evocar ese recuerdo -contestó Felicísimo atarazándose los labios-, es el de una cobardía para cuyo castigo va a parecerme poco una estocada.

-Por lo visto tiene usted a la mano cosas peores.

-¡Quién lo duda!

-No deja de interesarme conocer alguna de ellas.

-Dos estocadas ¡cáspita!

-¡Siempre baladrón!

Lozano empuñó una de las botellas que había en la mesa más próxima.

Carrillo sabía por experiencia que en las manos de Felicísimo las botellas perdían su nombre para tomar el de proyectiles; así fue que procurando dar al movimiento que emprendía la menor afectación posible, se volvió de modo que la cabeza de Arias le eclipsara momentáneamente al contrincante.

Arias, sin embargo, no pareció encargarse con mucho beneplácito de representar el papel de Alejandro entre Diógenes y el sol; y cogiendo un banquillo, le levantó a la altura de la frente.

-¡Ah, el bravucón de la escarlata -dijo Felicísimo-, afronta de ese modo al que con la lengua precoz denuesta!

-¡Pardiez! -contestó Carrillo-, ¿a qué combatiente puede vituperársele porque trata de aprovecharse de las ventajas que le ofrece el terreno?

-¡Y usted elije un figón concurrido para campo de duelos!

-Yo no ¡vive Dios! me limito a aceptarle.

-¡Pancho Rubio, mi vara! -gritó el alcalde a uno de sus dependientes.

-¡Magnífico! -añadió Carrillo-, no estará demás que el autoritario instrumento ponga un poco de orden en las costillas de ese insoportable espadachín.

Como es sabido, la última de las palabras pronunciadas por Eulogio, era de las que Lozano nunca había podido soportar.

La vibración de la postrera sílaba se confundió con el estallido en el banquillo de Arias de la botella que empuñaba Felicísimo.

En cuanto a Lozano, siguió la trayectoria que había trazado el recipiente de vidrio, con poca menor velocidad que éste.

La concurrencia entera estaba en pie alarmada.

Arias se chupaba la sangre que brotaba de algunos arañazos en los dedos.

El movimiento de Lozano fue rápido; pero no aventajó al de la condesa.

En el momento en que el joven, a la mitad de su camino, llevaba la diestra a la guarnición de la espada, se sintió asir la muñeca por la delicada mano de Elina.

Nada más fácil para Felicísimo que sustraerse a aquel lazo, y caer sobre Carrillo; pero para eso tenía que rechazar bruscamente a la condesa. A tanta costa no satisfacía el joven pasión alguna, aunque fuese la de la cólera que a la sazón le poseía.

-Por favor, Lozano... -articuló Elina al oído del caballero-; sáqueme usted de este sitio si en algo aprecia mi vida... Me siento sofocar...

El ardid de la condesa no carecía de habilidad para obtener lo que deseaba de Felicísimo; pero en realidad ella era quien arrastraba a éste hacia la puerta.

Próximos al umbral estaban ambos jóvenes, cuando Carrillo, procurando desembarazarse de la interposición de Arias y de otros circunstantes, avanzó algunos pasos.

-¡Cómo, seor matasiete! -gritó con expresión burlona-; ¿será posible que todas las bravatas de usted terminen en una vergonzosa fuga?

Felicísimo se detuvo como el hombre que siente en la espalda el cuchillo de un asesino.

La condesa comprendió que había llegado el momento de emplear uno de los grandes recursos.

Elina exhaló un gemido, cerró los ojos, dobló las piernas, y cargó el cuerpo entre rígido y palpitante con todo el peso de que podía disponer sobre el brazo de Lozano.

La vacilación del joven desapareció instantáneamente.

Felicísimo cogió con ambas manos a la condesa por su talle de sílfide, la levantó en alto con la misma facilidad que si se tratara de una pluma, se lanzó en el corral, le atravesó de una carrera, y depositó en el fondo de la berlina la preciosa carga que conducía en los brazos, no sin haberla antes estrechado amorosamente contra el corazón.

Abrazos hay que galvanizarían un cadáver: con más motivo harán volver de un síncope.

Elina extendió sus crispados dedos, y se apoderó de la mano del caballero.

-Ante todo, señor de Lozano -murmuró-, hágame usted conducir a aquella casa aislada que se divisa sobre la más verde de las dos eminencias que hay a la izquierda del camino. Conozco a los moradores, y sé qué no han de negarme la hospitalidad.

Felicísimo siguió con los ojos la dirección que trazaban el índice y la mirada de la condesa; y encontrando a la distancia de mil quinientas varas próximamente el edificio en cuestión, dio a Ordóñez las instrucciones oportunas.

La dama repuso a continuación:

-Ahora, a caballo, amigo mío, y acérquese usted a la portezuela: es del mayor interés lo que tengo que decirle.

-El joven dirigió suspirando a la alcaldía la ojeada del cocodrilo, que ve escapársele su presa; pero no por eso dejó de obedecer puntualmente a la condesa.

Los caballos de tiro y los de silla se pusieron simultáneamente en movimiento.

Lozano hizo trotar a Moro al estribo del carruaje.

-He concebido un plan -dijo rápidamente Elina.

-No es poca fortuna -contestó Felicísimo.

-Un plan que nos ofrece todavía una esperanza de buen éxito, merced a mi conocimiento de la localidad, y a la fabulosa decisión de usted en la cual más bien hay que poner coto que incentivo.

-La señora condesa no desperdicia ni aun las ocasiones en que parece elogiarme, para zaherirme por la lamentable frecuencia con que mi perversa estrella interpone insolentes en mi camino.

-Hasta ahora nunca he visto justificado el epíteto que aplica usted a su estrella, y no es esa circunstancia la que menos contribuye a prestarme confianza. Sin embargo, por más que usted sea Felicísimo, y por más que la nobleza y justicia de nuestra causa nos permitan contar con el favor del cielo, para que mi proyecto pueda tener ejecución, necesito que me empeñe usted una palabra.

-Se empeñará si es empeñable.

-¡Ah!.. reservas...

-La señora condesa comprenderá que...

Elina apoyó sus dos manos en el marco de la portezuela, miró dulcemente al caballero y articuló con una sonrisa seductora:

-Es cierto: podría exigir a usted que se arrojase de cabeza en el Mar Menor...

-¡Oh!.. -contestó el joven extasiado-, sino es más que eso, sólo tiene usted que pronunciar la primera palabra. Afortunadamente nado como un mero.

-Podría pedir a usted que escalase el cielo...

-Le escalaría sin dificultad; el cielo es para mí la atmósfera que usted embalsama con su aliento...

-Lisonjero...

-Encantadora...

Como se echa de ver, Elina y Felicísimo comenzaban a correr el riesgo de olvidarse un poco de la situación para reincidir en las divagaciones de las primeras jornadas.

Existía, no obstante, otro ser que estaba expuesto a un peligro más grave todavía; y ese ser era Moro, el cual se sentía impulsado por su amo con demasiada insistencia hacia las ruedas de la berlina.

Felizmente la condesa volvió en sí antes de que tuviera efecto la conjugación funesta para el potro, y repuso con la voz que cuando así lo quería era el non plus ultra de la femenil melopea:

-Deseo que no se bata usted con el hombre de la capa roja.

-¡Qué fantástica singularidad! -profirió arrobado Lozano.

-No me opongo a que exprese usted con más exactitud su pensamiento llamando capricho a esa singularidad; pero es un capricho indispensable.

-¿Todo eso?

-Ni más ni menos.

Felicísimo meditó un instante, y replicó sin cambiar la ligereza del tono que empleaba:

-Pues bien, si hasta tal punto es necesario...

-¿Qué?...

-No me hato.

-¿A fe de caballero?

-Como usted dice.

-Si así lo hiciere usted, Dios se lo premie, y sino se lo demande.

-Amen.

Para sellar el contrato Elina alargó su diestra a Lozano. Este recibió con la estimación debida aquella mano adorable; la estrechó, la acarició, la retuvo, y acabó por posar en ella los ardientes labios.

Cuando la dama creyó que el compromiso estaba suficientemente perfeccionado, sustrajo los torneados dedos a los ósculos del nunca más que entonces Felicísimo, y añadió un tanto encendida:

-Enhorabuena: he aquí mi proyecto.

-¡Ah! sí... -suspiró el joven con cierta indolencia.

-Los guardianes de los Morales no parecen ejercer sus funciones con una vigilancia exajerada.

-En efecto.

-Todo hace esperar que al mediar la noche estén sumidos en profundo sueño. El cuero de vino que yacía en un ángulo de la estancia que ocupaban, no desvirtúa en lo más mínimo mi presunción.

-Reconozco que hace precisamente lo contrario. Hay, sin embargo, que tener en cuenta una circunstancia de algún valor; para los jugadores suele pasar desapercibido el curso del tiempo.

-Aun en ese caso no tendríamos quizá motivo para quejarnos. El juego es también una embriaguez soporífera.

-La metáfora de la señora condesa entraña un gran fondo de filosofía.

-La considerable distancia que media entre el recibimiento y la capilla de la quinta, impide que puedan oírse en uno de esos puntos los ruidos que se produzcan en el otro a poco cuidado que se ponga.

-La circunstancia pudiera llegar a ser inapreciable.

-Tiene la capilla tres ventanas sin reja que se abren sobre la calle de los granados. La altura de esas ventanas, tanto por la parte exterior como por la interior no excederá de siete pies.

-No es mucha por cierto.

-Pues bien, en vista de estas fundadas hipótesis y de estos datos precisos, ¿cree usted practicable el procedimiento siguiente?

-Veamos.

-Después de las doce de la noche abandonamos la casa donde ahora nos vamos a hospedar. La berlina penetra en la posesión de los Morales por la arroyada del Robledal, que es lugar que conozco perfectamente, y en el cual no existe otra cerca que un vallado de espinos. Para evitar el ruido, avanzamos únicamente hasta la plazoleta donde da principio el paseo de los granados. Echando allí pie a tierra se dirige usted con su lacayo a la parte de edificio que ocupa la capilla: penetra usted en ella por una de sus tres ventanas: desciende a la bóveda: extrae las dos cajas de los marqueses: las conduce a la berlina, y partimos de la granja a uña de caballo.

Lozano, que había escuchado a la condesa con una atención creciente, contestó después de un instante:

-Entiendo que el proyecto no es sólo practicable, sino de sencilla ejecución.

-¡Oh, cuánto me complace esa confianza!

-Procuraré que se traduzca en hecho pese a todos los alguaciles que existen, y sea el que fuere el número de las caricias que lleven por apellido.

El carruaje comenzó a ascender por la suave pendiente que conducía a la verde meseta donde se levantaba la casa que Elina había indicado.

Pocos minutos después los habitantes de la vivienda, que eran dos cónyuges, antiguos servidores de la familia de Esquilache, recibieron sorprendidos a la condesa, pero con la buena voluntad que ésta se prometía.

A la sazón eran las seis y media de la tarde, y el rojizo disco solar empezaba a desaparecer en el horizonte.




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Capítulo XXX

Donde se expone la divergente opinión de Lozano y de su lacayo, acerca del autor de un siniestro de desastrosas consecuencias


Había cerrado completamente la noche, cuando Lozano, que se paseaba por el portal de su alojamiento, dijo vivamente a Cazurro, el cual salía del salón de honor, esto es, de la cocina:

-Y bien, ¿descansa la señora condesa?

-Por lo menos se ha recogido -contestó el lacayo-, y en el aposento que ocupa, según afirma la señora Andrea, no se siente ruido alguno.

Felicísimo repuso, bajando la voz:

-Es todo lo que necesitamos: cuelga en tu cinto las pistolas, y disponte a seguirme.

La fisonomía de Cazurro se compungió.

-¡Cómo! -murmuró:- ¿mi noble señor va a hacer una expedición a pie en una noche oscura y en un terreno que desconoce?...

-No has podido decir más tonterías en menos palabras. La circunstancia de viajar a caballo no alumbra los caminos ni da lecciones de topografía: nunca es oscura la noche cuando como en esta, brilla la luna siquiera sea en menguante: y no desconozco el trayecto que voy a seguir, por cuanto es el mismo que hemos recorrido hace dos horas. Presteza y en marcha.

Perfecto se dirigió suspirando hacia la maleta sobre la cual yacían las pesadas armas de fuego; atravesó sus ganchos en el cinturón, y siguió a Felicísimo, que ya había salido a la campiña.

Por espacio de algunos minutos el digno doméstico caminó guardando un discreto silencio; pero animado por una ojeada de Lozano, se adelantó un paso y aventuró estas frases:

-Me parece, señor, que resueltamente volvemos a Alcázares.

-¡Pardiez! -articuló Felicísimo.

-Y presumo que hay un millón de probabilidades contra una, a que vamos derechos no sé si a la alcaldía o a la taberna de donde en tan lamentable estado extrajo usted a la señora condesa.

-Cualquiera diría que hay en ello algo que te admira.

-En rigor, no me admira en lo más mínimo, aunque acaso no dejen de existir motivos que pudieran justificar en mí la mayor de las sorpresas.

-¿Qué logogrifo es ese?

-Para explicarle necesitaría un expecial permiso de mi joven señor.

-¡Habla, cuerpo de Dios! la conversación de un Cazurro tan Perfecto entretiene a ratos perdidos.

-Ante todo, protesto que si ha habido indiscreción de mi parte, ha sido involuntaria: el verdadero responsable es mi caballo, demasiado inclinado en ocasiones a examinar de cerca el baticola de Moro, no obstante las correcciones que éste le ha administrado alguna vez con las herraduras. Hecha esta salvedad, reconozco haber escuchado que la señora condesa la cual parecía hallarse agraviada por un mal llamado prójimo de capa roja, exigía, sin embargo, a mi amo, que no le provocase a singular combate: y confieso asimismo que llegaron a mis oídos clara y distintamente estas palabras pronunciadas por los labios de mi señor: -no me bato.

-Tienes tan buen oído como curiosidad punible tu rocín: ¿pero qué deduces en plata?

-Que o yo no soy Perfecto, o apenas lleguemos a Alcázares ha dado mi intrépido amo con el individuo de lo rojo, le ha llamado gaznápiro y le ha asentado un cintarazo.

-¿Tienes en ello inconveniente?

-¡Yo! ¡A ver como no le queda al tal sugeto hueso en caja! ¿Pero por ventura no hay razón para que el asombro me domine si mi noble señor cumple de esa manera la formal palabra que ha empeñado a una dama tan respetable y hermosa como la señora condesa de Bari?

-Cazurro: me has dicho en alguna ocasión que estudiaste gramática en el Seminario de Lugo, y que fuiste pasante de un maestro de escuela.

-Es cierto.

-Aun sin esas noticias habría yo observado que eres un consumado gramático.

-Mi buen amo se burla de mis escasas letras...

-Pero ven aquí por esta vez, ofuscado conjugador. ¿En qué arte latino o castellano has podido ver que el tiempo presente equivalga al futuro imperfecto? He dicho no me bato: no hubiera proferido por cuantos tesoros entraña el subsuelo de las dos Californias, no me batiré.

Cazurro, algo confuso, balbuceó a media voz:

-La verdad es que el casuismo no ha sido nunca mi fuerte... Pero hum... en fin...

-Si no estuviésemos tocando al término de nuestra expedición, te esplicaría hasta el punto que es lícito tener acomodaticia la conciencia, lo mismo con sujeción a las teorías de los Santos Padres, que de conformidad con las reglas capitulares de los caballeros de la tabla redonda; pero en otra ocasión te iniciaré en esos misterios.

Lozano estaba de un humor excelente. El fenómeno no podía ser de más perverso augurio para Eulogio Carrillo.

Los dos jóvenes habían penetrado en los callejones del caserío. Guiados por los recuerdos de la tarde y por el campanario del templo, se adelantaron a lo largo de las cercas hasta la mansión de Roque Soniche.

La entrada del establecimiento se hallaba alumbrada por un farol que hubiera podido pasar por lamparilla; pero que en todo caso, probaba que en aquel domicilio se velaba, y que el tránsito estaba expedito.

-He aquí nuestro terreno -dijo Lozano con templando con cierta complacencia las inmediaciones de la taberna, tan solitarias como si fueran a la sazón las tres de la madrugada.

Después, acercándose a Cazurro:

-En primer lugar, corre hacia el dorso tus pistolas, y cúbrelas con los embozos de la capa. ¡Qué diablos!, esas armas formidables te dan un aspecto de bandido de la Sierra de Segura, capaz de aterrar a todas las personas a quienes te dirijas.

El incauto mancebo asustado de si mismo al oír las palabras se su amo, se apresuró a atenerse puntualmente a la recomendación.

-Ahora -prosiguió el caballero-, escucha tu consigna. Penetras en el salón de la taberna y buscas con el mayor aplomo al hombre de la capa de grana a quien ya conoces de reputación. El distintivo es tan llamativo, y probablemente tan único en Alcázares, que todo será cuestión de una ojeada.

-Debo esperarlo así -contestó Perfecto.

-Si por acaso no estuviera en la sala nuestro cangrejo, te encaminas a la ancha puerta practicada en el muro de la izquierda, y te introduces en el departamento donde se halla situado el mostrador. El crustáceo pudiera haberse refugiado en ese receptáculo.

-¿Qué hago entonces con el crustáceo?

-Le ruegas con todos los miramientos que la cortesía te sugiera, que tenga a bien acudir a este sitio, en el cual le aguarda un caballero.

-Está bien; ¿pero no sería posible que el hombre rojo no se encontrase en ninguna de las dos estancias?

-No es sólo posible sino hasta probable. En ese caso, te procuras informes precisos acerca de la casa que habita el perillán, y no pierdes tiempo en volver a reunirte conmigo.

-¿Tiene mi señor que hacerme alguna otra advertencia?

-Ninguna.

Cazurro saludó, cruzó el dintel de la puerta y desapareció en la oscuridad del patio.

Lozano entonces se embozó en la capa y dio principio a un reposado paseo de ida y vuelta a lo largo de la pared, evocando para templar convenientemente el ánimo las reminiscencias de las afrentas que debía a Carrillo en el convento de Valverde, en la Hostería del Valenciano, en el tejar de la Jara y en el tribunal de Soniche.

Jamás hombre alguno pudo lisonjearse de haber tenido con Felicísimo una cuenta pendiente que arrojase tan exorbitante suma en el cargo.

Afortunadamente, no se aplazaría por una hora más la ocasión del saldo definitivo.

Lozano esperó con perfecta calma los primeros cinco minutos, vio trascurrir otros cinco dando visibles muestras de una impaciencia progresiva, y comenzó a tocar en los límites de la exasperación y a salmodiar juramentos apenas llegó a los seiscientos y un segundos de paseo.

Por fin, el farolillo de la puerta volvió a iluminar la figura de Cazurro.

Venía solo.

-¡Ya era tiempo, condenación! -exclamó Felicísimo saliendo al encuentro del lacayo.

-Las buenas formas que mi noble señor se sirvió prescribirme -contestó Cazurro-, han exigido el empleo de ciertos circunloquios...

-¡Ah!..., ¿estaba nuestro hombre en la taberna?...

-Ni en la sala, ni en el despacho.

-¡Voto a tal! Yo no te impuse maneras corteses sino para con ese sugeto. A los mandilones del tunante de Soniche has podido hablarles con la punta de la bota.

-Creo que semejante órgano de la palabra, y dicho sea con el debido respeto, no me hubiese dado el satisfactorio resultado que he obtenido.

-¿Dónde se anida, pues, el pajarraco?

-El forastero, en cuestión, que parece llamarse don Eulogio Carrillo disfruta el especial honor de hospedarse en la casa del señor alcalde.

-¡Oh, vive aquí mismo!

-En el piso principal.

-¿Tiene ese piso alguna brecha para cuyo asalto no sea preciso atravesar la taberna?

-Las dos habitaciones destinadas al establecimiento público están completamente aisladas. El resto de la planta baja y la escalera que conduce al cuarto principal, tienen la entrada por la segunda puerta del corral situada a treinta pies de la que abre paso a la taberna.

-Que me place: en marcha, pues, hacia la segunda puerta.

Felicísimo corroboró sus palabras entrando en el corral, y buscando bajo el emparrado el hueco que se le designaba.

No tuvo, sin embargo, que pasar adelante. A pocos pasos de la puerta vio aparecer en el umbral a Carrillo y a su conjunto figurón, el bigotudo Arias.

-¡Qué coincidencia tan afortunada! -dijo Lozano con una sonrisa que a Cazurro le pareció siniestra, a Carrillo antipática, y a Arias infernalmente endemoniada.

-Pardiez: no sé yo si debo decir otro tanto -contestó Carrillo bosquejando una mueca burlona.

-Porque jamás me ha prodigado usted sus cortesías.

-En cambio, usted nunca me ha escaseado sus botellazos.

-Amores que usted merece.

-Pero que hasta ahora habrá usted de convenir en que felizmente han sido platónicos.

Arias se miró los dedos que aun conservaban el olor del árnica, lamentándose de que el platonismo no rezase con él.

-Procuraré que sean más efectivas las caricias que le prepara a usted mi espada.

-¡Ah! Por algo dudaba yo que este encuentro fuese para mí una bendición del cielo.

-¿Imaginaba usted por acaso que no había de volver a buscarle siquiera sólo fuese para ofrecerle una prueba contundente de que mi retirada con el fin de prestar a una dama los auxilios que su estado exigía, no era una fuga como usted gratuitamente suponía, y mucho menos vergonzosa como usted estólidamente propalaba?

-La verdad es qué no encuentro en esta ocasión más motivo que en otras.

-Cuando el demonio me inspira una tentación de índole traumática, caigo irremisiblemente en ella así me prediquen misioneros franciscos. Y como la tentación de ese género que hoy he experimentado ha sido la más irresistible de que conservo memoria, invito a usted a que me siga a la salida del pueblo.

-La hora no puede parecerme menos a propósito.

-¿Por qué razón?

Porque se ha encapotado el cielo y no veríamos el acero. En cuanto a mí, declaro que no soy nictálope.

-¡Bah!, no hace falta ver la hoja de la espada cuando se emplea un buen sistema de ligados.

-Por otro lado, tengo sed...

-Por otra parte, tengo empeño en ello...

-La sed de la digestión... una sed capaz de asfixiarme...

-El empeño de la venganza... un empeño capaz de todo...

-¿Sí? ¡Cáspita!

Carrillo dio principio a una serie de maniobras tácticas alrededor del voluminoso cuerpo de su compañero, añadiendo:

-¿Qué opinas de la situación, oh caro Polux? Mi sed es sofocante, y para mí no existe la nictalopía; pero en cambio, ya lo has oído, este pertinaz caballero es capaz de todo para obtener el pronto despacho del asunto en que se interesa.

-Mi parecer, es que todo puede conciliarse -contestó Arias sin perder de vista a Lozano.

-Explícanos tu pensamiento.

-Entra por lo pronto en la tienda de maese Roque: abreva hasta la saciedad tus fauces excitadas por el abuso de la mojama: y si Diana vuelve a mostrarnos su radiante rostro, administra a tu provocador el chirlo que busca.

-No en vano te he tenido siempre por varón de buen consejo.

Carrillo miró después a Lozano por encima del hombro del individuo de los bigotes y repuso:

-Acepto, señor mío, la solución propuesta por mi compañero: y si para matar el tiempo quiere usted desocupar una botella, a mi turno le invito a seguirme, con tal que me prometa no tirármela luego a la cabeza.

A continuación giró rápidamente sobre los talones, y se internó en la gran sala de la taberna.

Arias, más o menos satisfecho, hubo de encargarse de cubrir el movimiento de Carrillo.

Lozano con la prudencia que así propio se reconocía, había querido evitar todo altercado en público; pero cuando la necesidad imperiosamente lo reclamaba, sabía resignarse a hacer el sacrificio, no sólo de la primera de las virtudes cardinales, sino el de sus tres compañeras, y hasta el de las mismas teologales.

Presa de un acceso de cólera, Felicísimo se impulsó en pos de su enemigo con la capa recogida en el brazo izquierdo, y el chambergo en la coronilla.

El pobre Cazurro, víctima del deber, enderezó pausadamente por la peligrosa vía en que le precedía el amo que debía a la fatalidad, encomendándose con fervor a todo el apostolado; porque abrigaba la convicción profunda de que antes de cinco minutos no iba a quedar en la taberna títere con cabeza:

Cuando Felicísimo ingresó en el salón, se hallaba éste ocupado por una docena de bebedores.

A la luz de dos quinqués de reverbero fijos en las paredes, pronto echó de ver el caballero que Carrillo no se había detenido en aquella estancia.

La persecución continuó inmediatamente en el departamento del despacho.

Al presentarse Lozano en la puerta, el hombre de la capa de grana comenzaba a pronunciar un íntimo y animado discurso a don Roque Soniche, el cual le oía con los codos apoyados sobre el mostrador.

El alcalde levantó la cabeza; y al ver a Felicísimo, en cuyo aspecto podía encontrarse todo menos benevolencia y compostura, pronunció con aire severo:

-Ah, el joven acompañante de la señora condesa de Bari. Supongo, caballero, que no vendrá usted con el propósito de volver a introducir la perturbación del escándalo y de la riña en este honrado establecimiento.

-Supone usted bien, tío Soniche -contestó Lozano con los ojos centellantes:- por el contrario, a lo que tengo es a impedir que perturbe la taberna este gaznápiro sacándole de aquí por una oreja.

-¡Tío Soniche!... ¡taberna!... ¿qué cultura de lenguaje es esa? -exclamó el alcalde indignado.

-¡Gaznápiro!... ¡por una oreja!... ¿Qué género de insolencias es ese? -gritó Carrillo enardecido.

Lozano se despejó el camino asentando vigorosamente un puntapié a un camarero y una puñada a Arias, y se adelantó con la diestra de tal modo inclinada hacia el aparato auditivo izquierdo de Carrillo, que éste comprendió que las palabras de su enemigo no habían sido una simple figura retórica.

Apenas hubo adquirido esta evidencia, Eulogio dio un salto de costado y desapareció detrás de una barrica de triple anís, según cantaba el rótulo.

Para el hombre que debía a la naturaleza y al arte puños tan sólidos como los de Felicísimo, una barrica no pertenecía al número de los obstáculos insuperables.

El tonel fue removido; y después de ofrecer a todas las miradas un extraordinario movimiento de vaivén, se desplomó en el suelo con extruendo.

Rota por el golpe la espita, el aguardiente comenzó a extravasarse con plácido murmullo, y a distribuirse en la estancia con extricta sujeción a las leyes de la gravedad.

Increíble parecería que hubiera cosa alguna que pudiera aumentar la confusión que reinaba en aquel antro de carreras, de gritos y de golpes; y, sin embargo, ocurrió todavía un suceso imprevisto, capital nefasto.

En uno de los movimientos que hizo Lozano para tratar de asir a su ágil adversario, derribó la palmatoria que yacía sobre el mostrador; y, como el genio del mal no desperdicia ocasión alguna para que todo acontezca en el mundo de la peor manera posible, la bujía en vez de apagarse en su caída como era natural que sucediese, no sólo se quedó ardiendo en el suelo, sino que fue precisamente a hacerlo en uno de los cursos que seguía el libre triple anis.

Pocos segundos después, la habitación era un volcán de llamas, y cuantos en ella respiraban salían bramando atropelladamente a la estancia contigua como botan los conejos de la boca donde acaba de penetrar un hurón.

El desventurado Soniche no se daba punto a gritar:

-¡Agua!... ¡agua en abundancia!

Pero ni la corta porción que en estado de pureza había disponible de ese líquido, ni la cantidad exhorbitante que del mismo contenía el vino, fueron suficientes a sofocar el incendio.

Por el contrario, el salón principal empezaba a ser invadido por arroyos de fuego, que serpenteando en distintas direcciones, se apoderaban de los bancos y sillas, se encaramaban por las mesas, y propagaban la destrucción por todas partes.

Cuando los circunstantes adquirieron la certidumbre de su impotencia para atajar los extragos del voraz elemento, los unos proyectaron reclamar auxilios exteriores, los otros pensaron en salvarse a si mismos.

Todos los ojos se volvieron, pues, hacia la única salida practicable.

Pero la dispersión general que estaba a punto de determinarse, y la reunión del vecindario que traería como consecuencia indeclinable, hubieran dado al traste con los propósitos de Lozano.

Antes que consentir en que el incidente de la barrica fuese a ocasionar un resultado tan perverso, el rencoroso joven habría visto impasible la inmensa hoguera de Troya.

De un vuelo se estableció en la puerta antes que nadie tuviera tiempo de ganarla; desenvainó la espada, y exclamó con acento bastante potente para dominar los gritos de los concurrentes y los ruidos del incendio:

-¡A mi, cobarde Carrillo! ya que has tenido el mal gusto de elegir esta palestra, ni la abandono yo ni permito que salga de ella ser viviente hasta que me hayas dado satisfacción cumplida, así se nos desplome encima la calcinada casa.

-¿Pero qué es lo que dice ese insensato? -profirió el alcalde en cuya cabeza no cabía el pensamiento emitido por Lozano.

-¡Condenación! -rugió Arias apagando apresuradamente la cola de su capa:- dice un absurdo que no seremos nosotros los que le consintamos realizar.

-¡No, bravas gentes, no se lo consintáis! -chilló Soniche animando a todo el mundo, y representando dignamente en aquel mar ígneo el papel del capitán Araña.

En la habitación había diez y ocho hombres dominados por el espanto, azotados por las llamas, sofocados, por el humo; no se necesitaba un gran esfuerzo para impulsarlos contra el extravagante que tenía la pretensión de impedirlos que pudieran respirar el aire libre.

Algunas espadas y muchos puñales brillaron al rojizo resplandor del fuego.

-¡Al diablo el pisaverde!

-¡A degüello el espadachín!

-¡A la hoguera con él, ya que la le gusta el humo!

Tales eran los alaridos que salían de aquel cráter en erupción.

Felicísimo, sin embargo, no tenía la menor predisposición a impresionarse por las amenazas, sobre todo cuando estaba en guardia. La espada que manejaba silbaba como una serpiente, y estaba en todas partes en una zona de tres varas.

Los primeros adversarios que se aventuraron a invadir ese terreno peligroso se retiraron ensangrentados, exhalando ayes los unos, juramentos los otros.

-¡A mí, Carrillo!... ¡A mí, miserable! -proseguía gritando Lozano.

Soniche empezó a temer que la puerta fuese menos forzable de lo que había creído; y entretanto veía que se le quemaba la casa, que los licores mejor elaborados alimentaban la combustión y que se consumaba la más espantosa de las ruinas.

En trance tan amargo, el cuitado alcalde volvió los ojos hacia el hombre requerido por el incontrastable esgrimidor.

-Ea, señor de Carrillo -pronunció:- un poco de buena voluntad, y libértenos usted de este bandido. Lo está exigiendo la salvación de todos.

Para Carrillo la petición de Soniche significaba en buen romance que se aviniera a sacrificarse por doce, zafios ganapanes y cuatro trastos mugrientos. A la verdad, ni el personal ni el material tenían bastante importancia a los ojos del hombre de la capa de grana para que él acogiera la moción con mucho entusiasmo.

Había, no obstante, quien anhelaba el sacrificio en cuestión tanto al menos como el alcalde mismo. Nos referimos a Felicísimo, el cual en el límite ya de la expectación y de la paciencia, creyó podía serle lícito arriesgar un albur algún tanto atrevido, después de la cordura de que estaba dando ejemplo.

-¡Cazurro! -gritó a través de los dientes apretados, y sin volver un punto la cabeza.

-Heme aquí, señor -contestó a espaldas del caballero una voz atribulada que parecía salir de la pared; tan incrustado estaba en ella el individuo que hablaba.

-Monta tus pistolas -repuso el joven:- colócate en el hueco de la puerta, y dispara sin compasión a quema-ropa sobre todo el que pretenda salir de la taberna.

Cazurro amartilló las armas, y presentó sus cuatro formidables cañones en batería.

Soniche, a pesar de que no era de los más próximos, dio dos pasos atrás expeluznado.

Lozano entonces dirigió su mirada de halcón al lugar que ocupaba Carrillo, y haciéndose preceder de cuatro centellantes cuchilladas, cayó de improviso sobre aquel enemigo nunca al alcance de la mano.

Sabía Felicísimo por una no interrumpida serie de experiencias que, acercarse a Carrillo, era encontrarse con Arias. No le sorprendió, por lo tanto, que a la sazón ocurriera el mismo imprescindible acontecimiento.

Pero las interposiciones más o menos expontáneas del bigotudo figurón, habían llegado a saturar en grado suficiente la bilis de Lozano; y decidido éste a que aquella importunidad fuese la última, se desembarazó del importuno, fulminándole a la cabeza un corte y un revés, en el espacio de un segundo.

El tajo cortó a Arias la oreja izquierda; el revés, una respetable porción de la megilla derecha.

El malaventurado égida de Carrillo soltó la espada y cayó aturdido sobre el pavimento.

Los más próximos circunstantes comprendieron que la intención del acuchillador no era entenderse con ellos, y huyendo el bulto en lo posible a todo contacto con Carrillo, se avinieron tácitamente a ser testigos del duelo.

Felicísimo no se encontró, pues, en presencia del hombre de la capa de grana sin que mediase entre ambos otra cosa que sus sendos aceros.

-¡Al fin!... -articuló maquinalmente Lozano con el suspiro del asiduo jugador de lotería que llega a obtener el premio gordo.

Eulogio convino en que su situación no carecía de gravedad; el insoportable calor que sentía en la espalda, le hablaba de la proximidad del fuego, y por consiguiente de la absoluta falta de línea de retirada; el terror que observaba a uno y otro lado en todos los rostros, no le permitía contar con apoyo alguno, y el adversario que tenía enfrente era un tirador de primera fuerza.

Había necesidad de acudir a todos los recursos.

Carrillo fijó los encendidos ojos en un ser que debía existir dos pasos detrás de Lozano, y exclamó con la faz radiante de esperanza:

-¡Hip!... ¡hiérele, vive Dios!...

Felicísimo volvió rápidamente a medias la cabeza.

Carrillo partió a fondo en el instante mismo...

Pero Lozano no era esgrimidor que incurriese en falta tan seria sin haber preventivamente ocurrido a las consecuencias que pudiese arrastrar. Al volver el rostro, había trazado a todo evento con la espada un semicírculo de sétima; y al mismo tiempo que adquiría la evidencia de que no fueron otra cosa que una estratajema las palabras de Carrillo, paraba el golpe que éste le asestó a la tetilla.

Si en alguna parte de la esgrima dejaba de tener rival Felicísimo, era seguramente en las respuestas.

Carrillo pudo levantarse sobre la pierna izquierda, y recojer el brazo apoyando la vuelta a la guardia con una contra de cuarta; pero fue impotente para evitar que el acero enemigo, ligero y sutil como una vívora, le siguiera la contra hasta doblarla, y le alcanzase el pecho por debajo de la clavícula.

La estocada era grave. El hombre de la capa de grana se cubrió por instinto la herida con la mano, y se desplomó de espaldas inerte.

Todavía pudo obtener algún buen oficio de Arias en situación tan triste.

El robusto pecho del bigotudo sirvió de almohada a la pálida cabeza de Carrillo.

Estaba terminada la misión de Lozano en la que fue taberna, y ya no era otra cosa que una sucursal del infierno.

El joven volvió a levantar la invicta mano, describió un formidable molinete que le abrió camino hasta la puerta, arrastró detrás de sí a Cazurro y emprendió a través del corral una retirada digna de ser cantada por otro Xenofonte.

Roque Soniche, sus dependientes y los parroquianos, se lanzaron fuera de la estancia apenas vieron expedita la salida; pero no se ocuparon en perseguir al hombre funesto causa de tanto extrago, sino en reclamar auxilio en todos los tonos, proveerse de azadones y poner en movimiento los cubos del pozo.

-¡Señor... señor... he ahí nuestra obra! -exclamó Cazurro cinco minutos después sobre una eminencia de la campiña.

La obra en que el aterrado mancebo se atribuía parte, era un inmenso resplandor que como una aurora boreal, teñía de rojizo color la atmósfera poblada por los ecos de siniestros crugidos, de gritos insensatos y de incesante campaneo.

-¡Pardiez! -contestó Lozano:- di más bien que es la obra del diablo.




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Capítulo XXXI

De cómo mirando las estrellas hay posibilidad de ver también las ventanas


El tiempo que da de sí para todo cuando se le administra bien el curso, correspondió a los cálculos de Lozano.

A las once de la noche estaba de vuelta el joven en la casa donde se hospedaba la condesa dispuesto a consagrarse a su proyecto con el alma y la vida.

La dura ejecución que Felicísimo acababa de permitirse había desembarazado satisfactoriamente su ánimo de todo género de preocupaciones personales.

La expedición a los Morales se aplazó, no obstante, por dos horas a propuesta de Elina. El buen éxito del plan de la dama descansaba sobre la base de la falta de vigilancia en los guardianes, y convenía dar lugar a su sueño en cuanto la prudencia aconsejase.

Entretanto se meditó acerca de los detalles de la empresa, se prepararon los objetos que habría necesidad de utilizar, y se procuró dejar al acaso el menor número posible de contingencias.

La condesa reiteró a Lozano las noticias que debía a los marqueses relativas a los secretos de la capilla, y le trazó sobre un papel el plano de la planta baja de la quinta por si su conocimiento llegaba a serle necesario.

La partida se emprendió pocos minutos antes de las dos de la madrugada.

El sitio por donde Elina se proponía penetrar en el coto de los Morales estaba perfectamente elegido.

El terreno del robledal era el más bajo de la comarca, el menos frecuentado, y el cubierto por vejetación más frondosa.

El carruaje y los dos ginetes que le escoltaban se deslizaban invisibles desde el edificio de la granja a lo largo de la senda que atravesaba la espesura; y el mismo césped que alfombraba la cañada, amortiguando el ruido de las ruedas y de los cascos de los caballos, contribuía a ocultar el tránsito de los viajeros.

La berlina comenzó a bordear una extensa faja negra. Era el vallado de espino que por la parte oriental cerraba la posesión de Esquilache.

La condesa, que asomada a la portezuela no separaba los ojos de los zarzales, dio la voz de alto al llegar a cierto punto determinado por la posición de algunos árboles.

El lugar de la parada era el lecho enjuto a la sazón de un arroyo procedente de la granja, que iba a perderse en las vertientes del valle del robledal. El referido cauce, respetado en gran parte por los espinos, a poca costa podía servir de paso a la berlina.

Ordóñez y Cazurro se encargaron de desembarazar el boquete de las zarzas más incómodas empuñando sendos podones afilados en aquella misma noche.

La operación quedó terminada antes de cinco minutos.

El carruaje se introdujo acto continuo con la mayor facilidad en el recinto de la posesión, y se adelantó pausadamente por las rutas de más bosque hacia el terreno donde se levantaba el edificio.

Los expedicionarios echaron pie a tierra en una explanada circular, y fueron a ocultar el vehículo y los caballos en el espeso fondo de uno de los próximos ramilletes de palmeras.

De aquella meseta arrancaba el largo paseo de los granados que seguía la dirección de los muros de la quinta por la parte de la capilla.

Elina se disponía a acompañar a Felicísimo hasta mostrarle al menos las ventanas que debía escalar. El joven, sin embargo, pudo obtener de la condesa que no abandonase el carruaje, asegurándola con el mayor aplomo que era capaz de encontrar con los ojos cerrados las anormales puertas que iban a darle entrada en el edificio.

Tanto se habían debatido los pormenores del procedimiento que no se añadió observación alguna en el instante de la separación.

Lozano se alejó por debajo de los granados seguido de Cazurro.

Quinientos pasos habría próximamente dado el joven cuando vio surjir a su derecha la oscura mole de la quinta.

Felicísimo atravesó la calle de árboles, se acercó a la pared de la vivienda, y dio principio al examen de las ventanas del piso bajo.

Las tres correspondientes a la capilla no podían confundirse con otras. Lozano vio inmediatamente en las vidrieras los signos de la pasión dibujados con cristales de colores.

Cediendo al instinto el joven se detuvo al pie de la ventana del centro, y llamó a Cazurro con ese ademán de la diestra que es el mismo en la mímica de todos los pueblos.

El lacayo se reunió con su señor.

-Desarrolla tu escala -dijo Lozano con voz apenas perceptible.

Cazurro desdobló su utensilio construido con retorcida cuerda.

-Héla aquí -murmuró.

-Está bien: ahora vuelve la espalda al paseo y abre considerablemente el compás de tus piernas.

Lo que Cazurro abrió todo lo considerablemente posible fue la boca. ¡Tan extravagante le pareció la orden que recibía!

-¡Vive Dios! -repuso Felicísimo:- ¿qué aspecto de papanatas es ese? Te exijo la posición del coloso de Rodas: ¿no la conoces?.. Apoya al mismo tiempo las dos manos en la pared... Voy a necesitar el zócalo de tus robustos hombros.

El doméstico que comenzaba a comprender el pensamiento de Felicísimo siguió puntualmente sus instrucciones.

-Buen ánimo, y firmeza en los músculos -añadió Lozano:- si te flaquean las piernas y das conmigo en tierra, ten por cierto que a mi vez doy contigo en el infierno.

-Confiemos en que los votos que voy a hacer a San Cristóbal -articuló Perfecto suspirando- me prestarán la resistencia necesaria.

Con la hábil energía que Felicísimo poseía en todo género de ejercicios personales, se encaramó por el talle de Cazurro hasta ponerse en pie sobre sus hombros.

En aquella posición el joven dominaba con el busto entero la parte inferior de la ventana.

Entonces se dedicó Lozano a reconocer el marco, y tropezó con dos objetos que no le dejaron descontento. Nos referimos a dos pequeños pernos destinados a sujetar las persianas que se colocaban en los meses de estío.

Comprobada la solidez de ambos instrumentos Felicísimo fijó en ellos la escala, y pasó los pies a sus peldaños ascendiendo dos palmos con el mayor beneplácito de Cazurro.

A continuación determinó el joven el sitio que por la parte interior ocupaba la falleba que cerraba las hojas de la vidriera, y rayó profundamente en el cristal inmediato un cuadrado de diez pulgadas de lado con el solitario de uno de los anillos de la condesa.

Un golpe seco desembarazó al cristal del cuarterón falseado. El ruido del estropicio fue moderado.

Felicísimo introdujo suavemente el brazo por el hueco libre, abrió la falleba y empujó las hojas de la ventana.

Montado sobre el marco dijo a Cazurro entonces:

-Sube.

El joven suspendió de las manos el cuerpo en toda su longitud, y saltó sobre el pavimento de la capilla.

La oscuridad del recinto era absoluta.

Había necesidad de esperar antes de emprender movimiento alguno.

Lozano levantó la cabeza y vio aparecerá Cazurro en la ventana.

-Recoge la escala -profirió.

Perfecto obedeció, y descolgando por la parte interior la escala utilizó sus peldaños, para poner el pie en el suelo.

-¡Luz! -pronunció lacónicamente Felicísimo.

El doméstico acudió a la bolsa de cuero que llevaba pendiente de la cintura, se armó de pedernal y eslabón, y tuvo la fortuna de que prendiese la yesca al primer golpe; después aplicó a la lumbre una pajuela azufrada; y por fin encendió en su azulada llama la bujía de un pequeño farol.

Cuando al resplandor de la vela pudo Lozano darse cuenta de la localidad, se acercó a la única puerta visible de la capilla, y aplicó el oído a la cerradura durante algún tiempo.

En la parte exterior reinaba el más satisfactorio de los silencios.

Tranquilo de todo punto el joven se dirigió entonces al espacio comprendido entre el altar y el retablo.

-Baja el farol -dijo a Perfecto hincando en tierra una rodilla.

Los ojos de Lozano buscaron y encontraron en el centro del lado derecho de la base del ara un botón de imperceptible relieve.

Felicísimo cubrió el botón con la yema del dedo pulgar, y acentuó progresivamente la presión.

De repente Cazurro exhaló un grito de espanto, y desapareció por escotillón.

La trampa eligió precisamente para abrirse el lugar que ocupaba el desdichado mozo.

Las tinieblas más densas habían vuelto a recobrar su dominio.

-¡Condenación! -murmuró Lozano asomándose a la negra boca de la sima.

Y dirigiendo la voz hacia el sitio donde oía los gemidos con que Cazurro se compadecía de sí mismo, añadió:

-¿Estás en la escalera o en piso llano?

-Me encuentro extendido al pie del segundo y último tramo -balbuceó el pobre lacayo-. La fatalidad no ha querido ahorrarme ni siquiera un escalón.

-¿Se ha roto el farol?

-Echo de menos algún vidrio; pero me parece que la totalidad del instrumento no ha quedado inservible; no sé si puedo decir otro tanto de una de mis piernas.

-En estas circunstancias tus piernas valen mucho menos que el farol. Enciéndele de nuevo, ¡voto al firmamento!

El precipitado mancebo debió ocuparse en cumplir el precepto de Lozano, porque éste volvió a oír los golpes del eslabón, y al poco tiempo vio la tenue llama azufrada.

Apenas pudo vislumbrar Felicísimo los empinados peldaños de la escalera, se apresuró a descender a la bóveda.

Al terminar la bajada estaba otra vez la bujía del farol en el pleno ejercicio de sus funciones.

Lozano tendió en torno una mirada excrutadora. La pequeña cripta correspondía de tal modo a la idea que de ella había formado, que no creyó que fuese aquella la primera ocasión en que la contemplaba. El sepulcro empotrado de lado en la pared y la cruz superpuesta, no se habían movido de su sitio.

-Coloca el farol en una de las hornacinas -dijo Felicísimo a su lacayo:- no volvamos a comprometerle, si por acaso experimentaras una nueva sorpresa.

-¡Cómo señor! -exclamó Cazurro aterrado:- ¿corro ese peligro todavía?

-Estamos en una campana misteriosa y quizá vamos a cometer una profanación.

-Por mi parte, líbreme Dios una y mil veces.

-Habré de aceptar la responsabilidad de tus crímenes. Dirígete al sepulcro.

-Señor: confieso que preferiría dirigirme a cualquier otro punto.

-Aquí no se trata de tus preferencias. El sepulcro es el inevitable, pero por fortuna cómodo lecho del descanso eterno. Además, al hacer que te aproximes a ese término de todas las desdichas, te encamino también hacia el signo consolador de la redención. Levanta tu mano derecha.

Perfecto obedeció maquinalmente.

-Oprime el clavo que sujeta el brazo izquierdo de la cruz de ébano que corona el enterramiento.

Cazurro así lo ejecutó.

-¡Aprieta, vive Dios! -añadió Felicísimo harto de esperar en vano, algún resultado.

-Señor, he apretado todo lo que mis dedos permiten -contestó el lacayo.

-Pues elige motor menos delicado que tus dedos.

El doméstico volvió a acudir a su eslabón, y le apoyó con fuerza en el clavo.

Un prolongado ruido metálico correspondió a la nueva presión.

La lápida de mármol que cerraba el sepulcro había girado sobre un eje central.

-Perfecta mente -prosiguió Lozano:- introduce ahora tus brazos en el sarcófago.

Perfecto no pudo ocultar un movimiento de vacilación.

-Te respondo de que no has de encontrar restos humanos -repuso Felicísimo.

La afirmación del amo prestó aliento al criado. Las manos de éste desaparecieron en el fondo del sepulcro.

-¿Qué encuentras? -preguntó Lozano.

-Una al parecer caja -contestó Cazurro.

-Sea su parecido el que quiera, procede a la extracción.

-¡Cáspita, señor!...

-¿Qué te ocurre?

-La caja no contiene esponjas.

-Me inclino a creer que estás en lo cierto. Pero acaba.

Perfecto apeló seriamente a sus puños, y colocó la caja sobre el pavimento de la cripta.

-Reincide en tu investigación exhumadora -dijo Felicísimo.

Los dedos de Cazurro escarbaron de nuevo en el sarcófago.

-¿Topas con algo? -exclamó el caballero.

-Con otra caja gemela de la primera -contestó el lacayo.

-Respeta los lazos de la familia: saca también esa caja y reúnela con su hermana.

El precepto fue ejecutado.

Lozano volvió a empujar la lápida, y el enterramiento se cerró con un golpe extridente.

Acto continuo el joven extrajo el farol de la hornacina, y repuso:

-Ha llegado el momento en que veamos si eres más perfecto para subir las escaleras de las bóvedas que para bajarlas. Toma las cajas, y sigue la luminosa estela que va a trazarte mi mano.

-Preciso será, señor, que realice el transporte en dos expediciones -insinuó Cazurro:- las cajas pesan abrumadoramente; la escalera es tan empinada como los cuernos del diablo, y la pierna derecha cada vez me exige más atenciones.

-Reniego de tu pierna derecha... No estamos para perder el tiempo idas y venidas.

Felicísimo levantó del suelo uno de los cajones con una facilidad que avergonzó a Cazurro, y se internó en la escalera.

El lacayo hubo de apresurarse a seguir el ejemplo que le daban para no quedarse a oscuras.

Cuando ambos jóvenes estuvieron en la capilla, Lozano cerró la trampa y fue a escuchar de nuevo en la puerta.

Ni cerca ni lejos se dejaba sentir rumor alguno.

-Ata las dos cajas -dijo el caballero volviendo de su exploración:- eso te facilitará las operaciones posteriores.

-¿Con qué cuerda, señor? -murmuró Perfecto.

-Con cualquiera que sirva al mismo tiempo para ahorcarte, oh nulidad de los nulos. Busca y encuentra, ¡mil rayos! Bien cerca tienes el cordón de una cortina.

Herido el mancebo en su amor propio, volvió rápidamente la cabeza hacia el sitio que se le indicaba; vio colgar, en efecto, las recamadas cortinas del retablo; desenvainó la tizona con tanta gallardía como hubiera empleado el mismo Tristán de Ayala; empuñó uno de los cordones descendentes, y le cortó de un soberbio tajo por la parte más alta.

Las dos cajas estuvieron sólidamente ligadas en poco tiempo.

Mientras Cazurro terminaba su obra, Felicísimo colocó bajo la ventana una mesilla que encontró en un rincón y saltó sobre ella.

Tan pronto como se hubo asomado al paseo de los granados, retiró la cabeza y apagó la bujía del farol.

Dos hombres que avanzaban en dirección opuesta, acababan de detenerse debajo de la ventana.

-¡Quién va! -pronunció el uno.

-Va Justo Moron, señor trompetero Reinoso -contestó el otro.

-Ah, ¿eres tú?

-En cuerpo y alma.

-¿Y a donde te diriges?

-¡A buscarte, pardiez!

-¿Con qué motivo?

-Tu tardanza exasperaba al alguacil.

-Bah ¿supone que me he estado en Alcázares con las manos en los bolsillos?

-No podré decirte lo que supone; pero sé que se consume de impaciencia por conocer lo que ha ocurrido en el pueblo.

-A bien que el suceso es de poca monta.

-¿Hablas con formalidad?

-A estas horas la casa de Roque Soniche es un montón de escombros.

-¿Qué estás diciendo?

-Todos los esfuerzos del vecindario han sido inútiles: el incendio únicamente se ha extinguido cuando nada ha tenido que devorar.

-¡Qué desolación, sobre todo si ese acontecimiento pudiera influir en que mañana no se nos atendiese con el relevo correspondiente! -murmuró Moron pensativo.

-¡Ah, sí! -replicó Reinoso:- lo mismo piensa ahora maese Soniche en tu relevo que en mi trompeta.

-¿Lo crees así?

-Tenlo por cierto.

-¡Maldición! ¡Y yo que contaba con tener libre el día!..

-En efecto: ocurre a mi memoria la cuchipanda campestre en que te propones retozar con la gorda Mari Tobías.

-La muchacha merece que se la obsequie: y por otra parte, de algún modo ha de celebrar un tío el nacimiento de un sobrino que apadrina.

-Pues por esta vez habrás de aplazar tu fiesta.

-Hum... el caso es que no está uno para tirar el dinero... Si al menos pudiera prevenir a mi hermana Nemesia... Escucha, Reinoso: tú has sido pastor, y por consiguiente eres un sabio: ¿quieres decirme por la posición de las estrellas, si tendré tiempo para ir al valle del juncal, y para estar de vuelta antes de que despunte el día?

-Creo que más bien deberías dirigir a tus piernas la pregunta.

-Los remos no son malos; pero si se les pidiera lo imposible... vamos, echa el cartabón.

El trompetero levantó lo cabeza, y permaneció en contemplación astronómica por espacio de algunos segundos.

-Y bien, ¿qué hora es? -insistió el apremiante Moron.

-Pues es la hora en que veo que está abierta una de las ventanas de la capilla -respondió Reinoso arqueando las cejas;

-Imposible.

-¡Cómo que es imposible! ¡Alza la vista, voto a tal!

Durante el corto tiempo que Moron invirtió en echar atrás la cabeza la entreabierta hoja de la vidriera, había girado suavemente sobre los goznes hasta unirse con su compañera.

-Que el diablo me lleve si atisbo semejante apertura -pronunció Justo:- además, la requisa de esta noche ha corrido precisamente de mi cuenta, y puedo asegurarte que las tres ventanas de la capilla quedaron cerradas.

-¿Sí?... la vidriera, no obstante, estaba abierta, y se ha entornado movida al parecer por el aire. Hem... esto es turbio. ¡Mil infiernos! Quisiera yo saber a qué género de viento pertenece el que empuja las hojas de las ventanas, y no me acaricia a mí los mofletes.

-Debe pertenecer al género de los vientos de buen gusto.

-Oye, Moron: ¿no suele estar por estas inmediaciones el ciempiés de la poda?

-¡Cómo! ¿Piensas valerte de tan infernal artificio para entrar en la capilla a riesgo de romperte el bautismo cuando tienes franca la puerta por la parte interior de la quinta?

-Por esta vez has hablado como si tuvieras entendimiento... Sígueme.

-Reinoso: ¿y mi aviso a Nemesia?

-Te queda todavía más de media hora de noche.

El trompetero y Moron se pusieron en marcha.

Lozano, que había vuelto a entreabrir las vidrieras y a sacar la cabeza, siguió con la vista a los dos individuos hasta que doblaron el ángulo del edificio.

Entonces descolgó la escala por el muro del paseo, y dijo rápidamente a Cazurro, al mismo tiempo que pasaba una pierna al otro lado de la ventana.

-Alárgame las cajas en el momento en que pise la huerta, y no te descuides en descender tú mismo aunque sea de cabeza. Te advierto que se interesa en ello la integridad de tus lomos. Hay malsines que van a abrir esa puerta hierro en mano.

La sanción penal de la demora era demasiado grave para que fuese mirada por Cazurro con indiferencia.

Apenas se encontró en el suelo Felicísimo, vio a su lacayo maniobrando con las pesadas cajas en el marco de la ventana.

El precioso bulto pasó de las manos de Cazurro a las de Lozano, y fue depositado en tierra. El doméstico saltó a continuación.

-Carga con el fardo, y paso redoblado -dijo en el acto el caballero.

-Ah, señor -gimió Perfecto:- yo no sé si una vez cargado conservarán mis pies las facultades de esa acelerada locomoción; pero desde luego, reconozco que no podré echarme al hombro las cajas sin auxilio.

-Ayúdate y te ayudaré, dice el sagrado texto.

Nunca como entonces tuvo la inspirada palabra tan puntual cumplimiento.

Acababa Cazurro de iniciar un esfuerzo, cuando se encontró el bulto encima en la posición menos incómoda.

Sólo faltaba emprender la marcha, y el mancebo lo hizo con la mejor voluntad.

Felicísimo y su impedimenta siguieron la calle de los granados, que por fortuna evitaba toda posibilidad de extravío.

Pero el paseo era largo; y durante su tránsito tuvo tiempo Lozano para entregarse a insoportables reflexiones acerca de la degeneración de la raza humana desde el siglo cantado por Homero, al oír los suspiros, el paso incierto, y el jadeante aliento del pobre Cazurro.

De temer era que aquella acémila perfeccionada necesitase reemplazo a poco que el camino se prolongara.

La Providencia no tuvo a bien permitirlo. El lacayo pudo llegar, siquiera fuese con el alma en los dientes, a la plazoleta que sirvió de punto de partida.

Dos sombras de forma humana que se lanzaron fuera del bosquecillo de palmeras, ofrecieron a los jóvenes la más grata de las acogidas.

Elina radiante de alegría tendió las manos a Felicísimo, que las estrechó con delirio.

Ordóñez, poseedor de una robusta musculatura, alargó los brazos a Cazurro, que depositó la mitad de su peso en ellos con la mayor generosidad.

Durante el breve espacio de tiempo que los criados invirtieron en colocar las cajas en lo interior de la berlina, el caballero satisfizo a la carrera las apremiantes preguntas de la condesa acerca del curso de la empresa tan felizmente terminada.

Sin perder un segundo, Elina se apoyó en la diestra de Lozano para subir al carruaje, y el auriga ocupó su pescante.

En cuanto a Felicísimo y Cazurro, se encaminaron al punto donde estaban atados los caballos de silla, que era un ramillete de palmitos situado a treinta pasos.

Acababa Ordóñez de torcer las riendas para tomar la vuelta del robledal, cuando un hombre que se arrastraba entre el follaje, se irguió de repente y sujetó por el freno los caballos.

-¡Eh, camarada! -exclamó el aparecido:- equivocas el camino.

-¡Cómo que equivoco el camino! -pronunció Ordóñez sorprendido.

-Evidentemente: la dirección que eliges no es la de la quinta.

-No es a la quinta a donde yo me dirijo -replicó la condesa asomándose a la portezuela.

-Pero es donde la viajera debe dirigirse -replicó el recién llegado, en cuyo cinto brillaba una trompeta dorada.

-Oh... ¿qué quiere decir eso?

-Que en la granja existe calabozo donde poner a buen recaudo a los que roban con escalamiento y fractura.

-¡Miserable! -exclamó la condesa pálida de ira.

Y volviendo la cabeza hacia la parte posterior del carruaje, añadió levantando la voz:

-¡A mí, señor de Lozano!

El joven que acababa de saltar sobre su Moro, acudió presuroso al llamamiento de la dama.

Elina le dijo apenas se acercó:

-Permito a usted, señor de Lozano, que haga soltar a ese hombre mis caballos.

Felicísimo se hizo cargo de la situación a la primera ojeada, y pronunció abordando al trompetero:

-¡Ah, el astrónomo Reinoso pretende detener el carruaje de la señora condesa!

-Hay motivo -rugió el aludido.

-Apreciación errónea. Ea, vaya soltando esos frenos el trompetero, aunque sólo sea en gracia de la suavidad con que se lo suplico.

A estar Reinoso en el pleno uso de la palabra, habría podido preguntar de qué clase de suavidad se le hablaba; porque era lo cierto que se le había posado en el pescuezo la mano de Lozano, y así la encontraba de suave como la cuerda de la horca.

La progresiva asfixia que experimentaba inspiró al trompetero un arranque desesperado. Soltó el freno, desenvainó la faca, y asestó un golpe de punta al pecho del caballero.

Felicísimo, sin embargo, expiaba todos los movimientos del trompetero, y le separó oportunamente el brazo con la mano izquierda.

-¡Oh, gran gaznápiro! -profirió:- ¡De ese modo me pagas la atención de no haber empleado contigo ni el hierro ni el fuego!

Moro dio un bote. Al mismo tiempo la espada de Lozano trazó un relámpago en la atmósfera, y cayó con siniestro silbido sobre la cabeza del trompetero.

Después de ensayar la conservación del equilibrio mediante algunos traspiés, Reinoso se resignó a acostarse al pie de una palmera.

Desde el punto en que Ordóñez vio libres sus caballos hizo crujir la fusta y sacó el coche a la explanada.

Elina en tanto elevaba los ojos y el corazón al cielo impetrando la clemencia divina por la bárbara ejecución que en un acceso de soberbia había tenido la insensatez de ordenar.

Los caballos de la berlina cruzaron al trote largo la huerta, el colmenar, los tallares, y descendieron las vertientes del valle.

El curso del arroyo condujo en breve a los fujitivos al boquete de los espinos.

Comenzaba Ordóñez a disminuir la velocidad de sus potros para franquear aquel difícil paso, cuando resonó en la campiña un eco penetrante.

Una trompeta monstruo estaba entonando con furor el toque tradicional de cala-cuerda conservado en los institutos militares no obstante la introducción de la piedra de chispa en la arcabucería.

Lozano aprovechó la circunstancia de que no pudiera oírle la condesa a causa de la distancia que le separaba de la berlina, para expectorar el más redondo de los votos.

Tal vez era la primera ocasión en que el joven Felicísimo quedaba descontento del vigor de su puño derecho y del temple de la espada de Rosillo.




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Capítulo XXXII

Donde Cazurro hace un blanco sorprendente


La berlina había salido del coto de los Morales y avanzaba a buen paso por la cañada del Robledal.

Prescindiendo del alarmante alhalí con que atronó la arroyada la trompeta de Reinoso ni más ni menos que la del juicio final conmoverá en su día el valle de Josaphat, los viajeros tenían un motivo poderoso para no perder el tiempo. La forzada salida por el boquete de los zarzales llevaba aparejada la necesidad de un rodeo de más de media legua para llegar a la carretera de Cartagena.

Los accidentes de la zona, que se recorría ponían a prueba la habilidad de Ordóñez, impacientaban a la condesa y exasperaban a Lozano.

Numerosas fueron las veces que los fujitivos volvieron la vista atrás; pero nunca observaron signo alguno de la persecución con que contaban.

El hecho podría ser providencial para la condesa, inexplicable y sospechoso para Lozano: constituía, sin embargo, para ambos una circunstancia favorable que convinieron en no desaprovechar.

Felicísimo recomendó al auriga toda la rapidez compatible con la cordura, Elina le autorizó hasta para ser imprudente, y el carruaje cruzó a la carrera matorrales y baches comprometiendo seriamente más de una vez el equilibrio.

A los veinte minutos de desatentada locomoción los primeros destellos de la alborada ofrecieron a los ojos de los viajeros la blanca faja del camino real que conduce al tercer puerto del Mediterráneo.

Sabido es que para los marinos la costa española del Mediterráneo sólo tiene tres puertos seguros: Julio, Agosto y Cartagena.

La vereda que seguía la berlina comenzó a verse estrechada entre una profunda zanja y un espeso chaparral.

Dos cruces toscas de conmemoración siniestra enclavadas a veinte pasos una de otra atestiguaban que aquel lugar abrupto no carecía de necesidad de redención.

El punto por donde la senda desembocaba en la calzada era conocido en la comarca con el nombre de Paso de los lobos.

Repentinamente resonó un agudo silbido; Moro se encabritó, y los caballos del carruaje se arremolinaron.

Los troncos de los árboles parecieron abortar por todas partes una cuadrilla de hombres que gritaban como energúmenos y blandían diferentes armas.

No obstante la confusión del primer momento Lozano con su habitual sangre fría pudo contar hasta siete adversarios entre los cuales tres empuñaban escopetas.

Pero mientras el caballero consagraba su atención a la rápida inspección del terreno, Moro presa de un vértigo inconcebible, giró sobre sí mismo vacilante en la dirección del barranco.

Una mirada bastó a Felicísimo para explicarle la impotencia en que estaba con respecto al dominio del potro. El animal tenía uno de los pies enlazado, y la cuerda lo arrastraba hacia el precipicio.

El joven se apresuró a desnudar la espada y trató de cortar el lazo; pero ya no era tiempo.

El caballo dio un resbalón y desapareció en la profundidad de la zanja. Lozano apenas tuvo lugar para sacar los pies de los estribos, y para aferrarse con la mano izquierda a un tomillo que halló en el borde del foso.

Dos hombres radiantes con la alegría del triunfo se precipitaron a la vez sobre el caballero. En aquella crítica situación Felicísimo no pensó un instante en que el barranco, si llegaba salvo a su fondo, podía ofrecerle una retirada segura: por el contrario cogió con los dientes la empuñadura de la espada, se suspendió con ambas manos del tomillo, por fortuna de sólidas raíces, y trepó con la agilidad de una cabra hasta el terreno horizontal.

La catástrofe de Moro era doblemente sensible, por cuanto en su silla iban las pistolas de arzón; pero mientras Lozano conservase su espada no estaba todo perdido.

Tenía todavía una rodilla en tierra el joven cuando se encontró entre sus dos enemigos. El uno enristraba un chuzo; el otro enarbolaba la culata de su escopeta a manera de maza.

Felicísimo se fijó en el segundo; y sin dejarle tiempo para que descargase el inminente golpe, le asestó al estómago una estocada de abajo a arriba.

En tanto que el herido caía de espaldas maltrecho, Lozano se sustraía a la punta del chuzo tendiéndose en la arena e imprimiendo al cuerpo un rápido movimiento de rotación.

Una vez fuera del alcance de la amenazadora partesana, el joven se puso en pie de un salto, empolvado y descompuesto, pero vencedor y terrible.

La ojeada que tendió en torno le enteró de la situación.

El carruaje había sido detenido por dos hombres, y Cazurro estaba haciendo una verdadera campaña defensiva de hábiles evoluciones tácticas para impedir que otros dos encarnizados adversarios lograran asirle la brida del trotón.

Aun quedaba un quinto enemigo, el alguacil de Alcázares, que se adelantaba espada en mano a reforzar al hombre del chuzo un tanto vacilante en presencia de la triste suerte del que le había acompañado.

Felicísimo esquivó el encuentro con Milcoces merced a una carrera de flanco, no como se huye de un contrario, sino como se evita un importuno, y cayó sobre los asaltadores de la berlina a la manera que se desata el rayo.

Los dos hombres sintieron la espada del joven antes de darse cuenta de su llegada, y se apresuraron a soltar los caballos y a retroceder algunos pasos para acudir ante todo a la propia defensa.

-¡Adelante, señora!.. ¡A escape Ordóñez! -gritó Lozano:- el camino está libre: yo me entenderé con estos tunos.

La condesa, pálida como un cadáver, contestó más que un cadáver fría.

-Por esta vez estoy resuelta a no separarme de usted.

Y detuvo con un ademán el instintivo movimiento que para partir hizo el cochero.

En aquel momento los dos escopeteros apuntaron simultáneamente a Felicísimo. La posición que este ocupaba junto al carruaje comprometía a Elina.

El joven se impulsó de un brinco hacia un grupo de encinas, y se ocultó entre sus troncos a tiempo en que estallaba la doble detonación.

Algunas verdes cortezas volaron en pedazos en torno del caballero.

Si instantáneo había sido el eclipse de Lozano velocísima fue también su reaparición.

Los escopeteros le vieron llegar a través del humo que aun los envolvía.

Uno de ellos apeló al prudente recurso de la fuga: el otro esperó a pie firme armando el cañón con el cuchillo de monte.

Felicísimo cayó como un huracán sobre el atrevido, paró el golpe que este le asestaba, y le sepultó la espada en el pecho.

La ira del joven tocaba en los límites del frenesí: lo demostraba el encono con que hería de punta, procedimiento de riña que no le era habitual.

Todavía no estaba en tierra el hombre atravesado, y ya Lozano le había arrancado de las manos la escopeta, y la inutilizaba de un golpe contra el tronco de un árbol haciendo saltar en pedazos caja, gatillo y cazoleta.

La pérdida del segundo combatiente hizo reflexionar al alguacil. No había este oído hablar en su vida de los Horacios ni de los Curiacios; pero comprendía que a poco que continuase la serie de luchas parciales podía llegar a darse el caso de que no le quedase un hombre.

Milcoces atronó con su voz de mando el paso de los lobos.

-Aquí Roquet, Moron, Salelles...! ¡Aquí, voto a los once cielos!.. ¡Acabemos con este endriago!

El movimiento de concentración ordenado por el alguacil se llevó a efecto.

Felicísimo que no quería alejarse mucho de la berlina gritó a Cazurro el cual continuaba corriendo bordadas delante del más tenaz de los que le perseguían:

-Perfecto: apodérate de la escopeta que yace en el arcén de la zanja, y descárgala sobre esos bandidos.

El lacayo, atento a la orden que recibía, aprovechó la ventaja que en cada huida sacaba el caballo al peatón, se acercó al barranco, inclinó el cuerpo todo lo posible asiéndose al borren de la silla con una mano, y levantó con la otra la escopeta felizmente empinada por el abdomen del que la poseía; el cual jadeante y semi-extinto no se opuso en lo más mínimo al despojo.

El mancebo montó el arma conquistada a riesgo de un revolcón, la encaró al enemigo que le acosaba, y tiró del gatillo volviendo la cabeza como hacen los matadores de toros de corazón no empedernido en el momento de herir la res.

El estruendo del escopetazo siguió al movimiento de Cazurro; pero ¡cosa extraña! la bala se llevó el sombrero chambergo del cochero Ordóñez situado a treinta pasos y no por cierto en línea recta del individuo que parecía haber sido objeto de la puntería.

El asustado auriga se llevó presuroso ambas manos a la cabeza para examinar si con el sombrero había emigrado alguna parte del cráneo.

-¡Cuerpo de Dios! -murmuró-; ¿tira ese mozo a la contraria o al mingo?

Entretanto avanzaban contra Lozano Milcoces, Roquet y Moron no separados entre sí por más distancia que la absolutamente necesaria para tener libertad de movimientos. Salelles marchaba a retaguardia de la línea atacando a toda prisa la escopeta.

Dos espadas y un chuzo no eran para Felicísimo un armamento temible.

En vez de esperar la embestida el joven abandonó los árboles y atacó el flanco de la línea enemiga donde figuraba el alguacil.

Milcoces envuelto en un ciclón de cintarazos sintió dos veces el hierro glacial de aquel terrible adversario, y acabó por perder la espada lanzada a diez varas de distancia a impulso de un batido incontrastable.

Después de estender los brazos en demanda de apoyo, el alguacil con los ojos nublados por la sangre que le cubría el rostro, se plegó sobre sí mismo, y dio en la yerba con la frente.

Pero ni Milcoces estaba privado de sentido ni las fuerzas le habían abandonado; y arrastrándose hasta Lozano se aferró a sus pies con las garras. Si le faltaba un arma con que ofender al vencedor, al menos privándole de libertad de acción podía contribuir a que le hirieran otros.

Desde el primer momento pugnó Felicísimo por sustraerse a los peligros de semejante posición aplicando a los dedos del alguacil la punta de la espada siempre que le daban lugar los golpes que sin interrupción le asestaban Roquet y Moron; pero el herido más cegado por el instinto de la venganza que por la sangre y el dolor, de tal modo se había abrazado a las piernas del enemigo, que no era seguro que las soltase ni aun después de adquirir la rigidez de la muerte.

La situación se agravó todavía.

Salelles que acababa de echar la cazoleta de la escopeta se adelantó exclamando con voz de trueno.

-¡A un lado Roquet!... ¡déjame fusilar a ese perro rabioso!

Cuando Lozano se vio apuntado poco menos que a quema-ropa dio tres botes furiosos en distintas direcciones. En ninguno de ellos a pesar de todo pudo desprenderse de los grillos formados por los tenaces brazos de Milcoces.

Los desesperados movimientos de Felicísimo no fueron infructuosos sin embargo.

El tiempo perdido por Salelles para seguir con el cañon del arma el movible blanco que apuntaba fue ganado por el genio protector de Lozano determinando un acontecimiento tan feliz como extraordinario.

Un ginete que transitaba por la carretera se apercibió de la sangrienta escena que tenía lugar en el paso de los lobos; y poniendo el caballo al gran galope llegó como un torbellino a la explanada que se extendía a espaldas de Salelles.

-¡Eh bandido! -gritó el nuevo personaje-; vuelve la cabeza si no quieres morir como un cobarde.

Salelles volvió, en efecto, el rostro; pero la acción no le sirvió para otra cosa que para ver como le cayó sobre el cráneo la luciente hoja de una larga espada.

-¡Tristán! -exclamó Lozano sorprendido al reconocer al ginete-. ¡Bien haya tu viaje matinal! ¡Duro en esos gaznápiros!

-¡Vive Dios! Me parece que no sacudo blando -contestó Ayala pasando por encima del cuerpo de Salelles, y dando a Roquet y Moron una carga de pretal.

Los dos guardianes de la quinta tropezando, cayendo y volviendo a levantarse huyeron como liebres por entre las encinas.

El perseguidor de Cazurro se escamoteó del mismo modo.

Desembarazado Felicísimo de los tres adversarios que le asaltaban como hombres, pudo ocuparse del que le atacaba como reptil.

Desde que el joven envainó el acero, dobló el dorso y se valió de las manos para luchar con el alguacil, la cuestión estuvo resuelta. Los puños de Milcoces no eran capaces de competir con los de su rudo enemigo y hubieron de abandonar la presa.

Lozano no manifestó el menor indicio de venganza, menos todavía, de enojo, y hasta podría decirse que ni siquiera de impaciencia hacia el corchete a quien acababa de deber tan mal rato: se contentó con abandonarle a la triste suerte que le cupo.

Una preocupación justificada en todo caballero llevó inmediatamente a Felicísimo al borde de la zanja. El desdichado Moro estaba abismado en un espeso matorral de brezos, pero se conservaba sobre los cuatro pies, sacudía la cabeza y relinchaba.

Animado por tan satisfactorios signos el joven llamó a Cazurro y le indicó una rampa por donde podría bajar al barranco en auxilio del potro.

Después se acercó al lugar que ocupaba Ayala, lo cual equivalía a salir al encuentro de la berlina que se adelantaba lentamente.

La primera mirada de la condesa se dirigió a Felicísimo; pero la primera palabra fue para Tristán.

Elina pronunció con el acento de la reina de las sirenas:

-Inapreciable es el privilegio que usted parece disfrutar, señor de Ayala; con usted llega la victoria.

-Oh, cuando el enemigo se halla tan quebrantado como este campo de batalla de nuestra -contestó Tristán-, no hay cosa más fácil que representar el papel de la Iris pagana.

-No he perdido el menor incidente del combate, y conozco toda la magnitud del servicio que tanto el señor de Lozano como yo, tenemos que agradecer a usted.

-Si mi presencia en este sitio ha podido ser grata a la señora condesa, experimento la satisfacción más viva. En cuanto a Felicísimo, no creo en verdad haberle prestado servicio alguno; pero si yo no estuviese en lo cierto, en vez de felicitarme por ello, es seguro que compadecería al obligado.

-¡Que le compadecería usted! -profirió la dama atónita.

-Sin duda -repuso Ayala:- porque le roería las entrañas el más encarnizado gusano del remordimiento.

-Habré de renunciar a la comprensión: desconozco la clave de la cifra...

-Es sencilla, sin embargo: no hace todavía muchas horas que Felicísimo me ha negado un favor...

-¡Señor de Lozano!... -murmuró Elina dirigiendo al aludido una mirada en que se revelaba cierta impresión penosa.

Felicísimo, visiblemente contrariado, se limitó a contestar:

-Es cosa bastante cómoda eso de formular inculpaciones sin otra comprobación que vagas reticencias.

-Yo no soy soberbio -añadió Tristán:- la señora condesa puede saberlo todo.

-Oh, sí, franqueza, señor de Ayala: la amistad que a los tres nos une, está bien cimentada.

-Pues bien, este protervo ha sido capaz de desahuciarme cuando he impetrado de él una dádiva metálica, constándole a ciencia cierta que me encontraba en la situación más crítica de mi vida. ¡Y toda mi demanda consistía en seis mil miserables reales de vellón!... ni siquiera se trataba de reales fuertes!...

-¡Señor de Lozano!... -repitió la condesa fijando otra vez los ojos en el joven con aire de reconvención.

-Pero este caribe omite en su acusación fiscal un dato de la mayor trascendencia -respondió Felicísimo.

-¿Qué dato?

-¡Pardiez! Que yo no tenía los seis mil reales que con alma y vida persigue a pesar del denigrante epíteto que aplica a la suma.

-La exculpación no puede ser más atendible, señor de Ayala; pero a bien que yo no me hallo en el mismo caso que don Felicísimo, y proveeré a usted de los fondos que necesito apenas lleguemos a Cartagena, porque supongo que ya no nos abandonará usted hasta el término del viaje.

-La señora condesa sabe conquistar a las gentes de tal modo, que cualquiera la seguiría con placer hasta el corazón del África, aunque supiera que allí le habían de hacer cuartos los caníbales. Me reservo, no obstante, independencia para no cruzar la palabra con Felicísimo: es más, si él sigue la derecha del camino, yo iré precisamente por la izquierda.

-¡Tanto rencor!...

-Señora... no podré jamás echar en olvido que me ha llamado belitre.

-¡Ah, estás sublime! -pronunció Lozano:- ¿y piensas tú que se borrará alguna vez de mi memoria que me has calificado de monstruo?

La condesa que hasta entonces había tenido los codos apoyados en el marco de la portezuela, alargó un brazo hacia Tristán diciendo:

-Señor de Ayala: ruego a usted que no me niegue su mano.

El mocetón entregó su robusto puño a la dama.

-Señor de Lozano -añadió Elina-, suplico a usted que me ofrezca su diestra.

Felicísimo obedeció sin vacilar un momento.

La dama unió estrechamente las manos de ambos jóvenes.

-Son ustedes los dos corazones más generosos que conozco -pronunció exaltada:- su primera mengua sería la continuación por un instante más del aparente desamor de que alardean.

-Felicísimo -dijo Ayala:- protesto que únicamente me resigno a esta reconciliación, porque me la impone la señora condesa.

-Tristán -contestó Lozano:- te juro que eres el almogávar más testarudo que ha abortado el reino de Aragón.

-Monta a caballo, Felicísimo, porque a pesar de todo, estoy temiendo acabar por darte un abrazo... y eso sería una indignidad ¡cuerpo de Dios!

Cazurro se encontraba a seis pasos del carruaje conduciendo a Moro por la brida.

Lozano examinó al trotón con ojo cariñoso. El derrumbado animal tenía dos soberbias rozaduras; pero no manifestaba signos de más graves desperfectos.

Con todos los miramientos a que el potro había adquirido derecho, Felicísimo se acomodó en la silla.

Berlina y cabalgata abandonaron el paso de los lobos.




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Capítulo XXXIII

Diferente impresión que produjo en los marqueses de Esquilache el precio en que sus cajas fueron salvadas por Lozano


El término de la expedición se acercaba.

Los viajeros no tardaron en divisar los cerros coronados de fuertes que defienden la magnífica rada de Cartagena.

La berlina penetró en el recinto de la plaza a tiempo en que daban las ocho de la mañana en el reloj de lo catedral, sede titular del muy ilustre Gobernador del Consejo de Castilla.

La condesa se hizo conducir a la Fonda del Arsenal situada a corta distancia del muelle. Era hospedería donde no se albergaba por vez primera.

El fondista, Santos Prefumo, acudió al llamamiento de Elina, y deshaciéndose en cortesías, la invitó a ocupar el mejor departamento del piso principal, dando al paso instrucciones a los camareros para que se facilitasen habitaciones a los dos caballeros en la planta baja.

Las cajas fueron colocadas en el aposento de la condesa, dirigiendo a un signo de ésta la instalación el joven Lozano.

Elina, entretanto, dijo al propietario del establecimiento:

-No he echado en olvido, señor Prefumo, que usted ha sido siempre la personificación de la crónica de la ciudad.

-La señora condesa -contestó el fondista-, hace demasiado honor en tan pintoresca frase a la irresistible curiosidad que debo a la naturaleza, y a la benevolencia con que se prestan a satisfacerla mis numerosos amigos.

-Mis recuerdos me dan derecho para asegurar que todavía creo haberme quedado corta.

-Oh, son tan pocos los acontecimientos que diariamente ocurren en el no vasto espacio cerrado por las murallas de la plaza, que conocerlos todos no supone gran mérito.

-Tan absoluta confianza me inspira la proverbial especialidad de usted, que no he tratado de adquirir en punto alguno las noticias que necesito.

-Con tal que mi sapiencia no defraude por esta vez las esperanzas de la señora condesa...

-No lo temo: cante, pues, el buen Prefumo.

-Únicamente espero el tono.

-¿Han llegado a Cartagena los señores marqueses de Esquilache?

-Anoche a las nueve y diez y siete minutos.

-¿Sin incidente desagradable?

-Ninguno: las precauciones adoptadas no hacían presumir otra cosa. Sus excelencias arribaron precedidos del sigilo menos violado, envueltos en el incógnito más riguroso, y seguidos del misterio mejor calculado.

-Si no hubiera exajeración en ese triple secreto sería usted la perla de los inquisidores.

-De algún modo he de procurar hacerme digno de la reputación que la señora condesa me concede.

-¿Dónde se hospedan los marqueses?

-¡Ah! Si se hospedaran en alguna parte, no habría seguramente la señora marquesa desairado mi establecimiento.

-¡Cómo!... a ver... ¿qué significa eso?... -profirió inquieta la condesa.

-Los señores marqueses -repuso Prefumo-, no abandonaron el carruaje en el muelle sino para trasladarse a la fragata Atrevida.

-¡Han pasado a bordo la noche!

-Con harto sentimiento mío.

-Un dato postrero...

-Cincuenta, si la señora lo desea.

-¿Cuándo zarpa del puerto la Atrevida?

-Mañana a medio día.

-Basta. Quedo a usted obligada, señor Prefumo.

-Menos que honrado yo.

Elina dio distraída una vuelta por la habitación, y tornó al lado del fondista añadiendo:

-¿Se nos servirá pronto un desayuno?

-En el acto -respondió Prefumo.

-Poco ligero, si es posible.

-Figurarán entre los platos solomillo de ternera murciana y jamón mallorquín.

-Nada tengo que oponer.

-¿Ha de cubrirse la mesa en este sitio?

-Tampoco encuentro inconveniente.

-¿Cuántos cubiertos han de ponerse?

-Tres.

-La señora condesa espera por lo visto al caballero que no ha querido confiar a nadie el cuidado de los caballos de silla.

-Sin duda; pero bueno será que usted se sirva invitarle de parte mía.

-Voy a hacerlo así.

-Otra molestia tengo que proporcionar a usted.

-Satisfacción habría podido decir la señora condesa.

-Quisiera que cuando terminásemos nuestro refrigerio tuviésemos dispuesta una lancha en la más próxima rampa del muelle.

-No faltará la lancha.

Mientras el fondista se ocupaba en cumplir las instrucciones de Elina, ésta pasó a su tocador, y Lozano bajó a su cuarto para dedicar ambos a sus personas algunos minutos de atención.

El estado de Felicísimo sobretodo, lo reclamaba imperiosamente. Faenas corno la del paso de los lobos, dejan siempre profundas huellas, la de la sangre inclusive.

Poco tiempo después la condesa y los dos caballeros se hallaban sentados a una mesa surtida con más abundancia que delicadeza; pero a la guerra, como en la guerra.

Si Elina masticó poco, y Lozano no comió mucho, en cambio, Ayala devoró por sí y por sus dos compañeros. El gallardo mancebo que parecía existir en el mejor de los mundos posibles, tuvo frases de benevolencia para las tortillas, de alabanza para los pescados, de entusiasmo para las carnes y de delirio para los vinos.

Cuando Tristán estaba en vena, y nunca fue ésta tan fluida como en aquella mañana, las personas que con él departían eran interlocutores honorarios.

Puede decirse que durante todo el almuerzo, Elina y Felicísimo se limitaron a ofrecer a su amigo, el uno platos al apetito, y la otra temas a las genialidades.

Probados los postres, la condesa se puso en pie diciendo:

-Lo prometido es deuda, señor de Ayala: y como voy a aventurarme en una expedición marítima con el señor de Lozano, y la onda siempre ha sido llamada pérfida, la previsión me aconseja no dejar en tierra cuentas pendientes de liquidación.

-Oh, señora condesa -profirió Tristán con una galantería elevada al cuadrado por el contento y al cubo por los vapores del vino:- Venus debe su ser a la espuma de las olas... ¿qué hija puede desconfiar de su madre?

-Hum... yo no sé qué historias he oído contar de Saturno...

-Esa divinidad no tenía el honor de pertenecer al bello sexo.

Elina, repuso riendo al mismo tiempo que requería una de las bolsas de viaje:

-Si mal no recuerdo, la suma que el señor de Ayala necesita es de trescientos pesos.

-En esa cifra redonda consiste, en efecto, mi ineludible compromiso -contestó Tristán.

-¿De manera que si yo le facilito veinticinco onzas puedo considerar que queda en situación desahogada?

-Perfectamente desahogada: hasta con excedente bastante para deshipotecar a Narcisa... ¡perdón! para rescindir mi contrato con Triqui-traque.

La condesa había secundado sus palabras contando las veinticinco monedas a que se refería, y poniéndolas en la mano de Ayala.

Los ojos del caballero no chispeaban menos que el acuñado metal.

-Reconocido... profunda, viva, eternamente reconocido... -murmuraba Tristán con la sonrisa de un bienaventurado al contemplar aquella rica colección de bustos borbónicos, entre los que predominaba el del hermano del monarca reinante.

Al levantar el radiante rostro, Ayala encontró la mirada glacial de Lozano.

-¡Cáspita! -pronunció:- diríase Felicísimo que no participas de mi ventura.

-Tus satisfacciones me complacen hoy tanto como siempre -contestó Lozano con cierta austeridad-; pero mi complacencia no es obstáculo para que crea que la señora condesa comete una falta entregandote a ti esa cantidad.

-¡Soberbio! ¿a quién mejor podría haberla entregado?

-A Martín Bermejo.

-¡Quita allá! Hace mucho tiempo que no necesito curador.

-Los pródigos y los adoradores del numen sacanete le necesitan mientras existen.

-Te juro...

-Detente desventurado: no cometas la mitad del perjurio.

Elina intervino.

-Señor de Lozano -dijo:- está usted dispuesto para acompañarme a bordo de la Atrevida?

-De todo punto -contestó Felicísimo recogiendo el sombrero, y acomodándosele debajo del brazo.

-Será usted tan bueno que ordene a su lacayo la conducción de una de las cajas? Ordóñez se encargará de la otra.

Lozano se adelantó hasta la meseta de la escalera, y llamó a Cazurro y al cochero.

Impuestos los domésticos en el asunto de que se trataba, se distribuyeron el bagaje y emprendieron la marcha Elina bajó al soportal de la fonda, apoyada en el brazo de Felicísimo.

La travesía no era larga.

Cazurro guió hacia el lugar donde esperaba la lancha, y gritó al patrón que atracase al muelle.

Colocadas las cajas por los criados en el fondo del bote, Lozano saltó a bordo y ofreció la mano a la condesa.

La joven se instaló en el sitio menos incómodo, indicando al patrón el nombre del buque que iban a visitar.

Un vigoroso, golpe de remo en el muro, siguió a la instrucción de la condesa. El muelle pareció alejarse de la lancha como por encanto.

El esquife se engolfó en la bahía deslizándose a lo largo del costado de los numerosos navíos de dos y de tres puentes allí anclados, que había construido la inteligente actividad del marqués de la Ensenada, y que supo conservar la sistemática neutralidad del buen Fernando VI.

El despejado fondeadero elegido por el comandante de la Atrevida, revelaba la proximidad del momento de ponerse en franquía.

La esbelta y elevadísima arboladura de la fragata, hermoso buque de treinta cañones, prometía excelentes condiciones de marcha.

Apenas se acercó la lancha a la Atrevida, recibió un enérgico quién vive. Lozano contestó que se conducían equipajes del marqués de Esquilache, y el oficial de cuarto permitió el abordaje.

Elina y Felicísimo subieron al buque por la escala de babor, precedidos de los criados, y fueron dirigidos a la gran cámara de popa donde a la sazón se hallaban los marqueses.

Esquilache se puso vivamente en pie desahogando el pecho con el más intenso de los suspiros al reconocer las cajas del sarcófago de los Morales. Pastora, con las lágrimas en los ojos, enlazó el brazo izquierdo a rededor del cuello de Elina, y tendió la diestra a Lozano.

-Al fin -articuló el marqués con la sonrisa del triunfo.

-Ah... mi leal, mi inteligente Elina... Oh, mi noble, mi valiente Lozano... -exclamó la marquesa.

-En más de una ocasión con la desesperación en el alma lo he visto todo perdido -dijo la condesa-; pero merced a la protección del cielo, y al incomparable brío de mi caballero el éxito ha coronado nuestra empresa.

-¡Cómo corresponder a adhesión tan suprema!.. -sollozó Pastora.

-¡A servicio tan señalado! -añadió Esquilache.

-¿Estás satisfecha de mi?

-¿No ves que lloro de ventura?

-Harto pagada quedo entonces, Pastora mía. Con respecto al señor de Lozano yo no puedo ser juez imparcial de lo que tu familia le debe. Cuando él no esté presente me será lícito referir todos sus rasgos de afecto, serenidad y heroísmo... En estos momentos me limito a consignar que si nuestro amigo ha logrado obtener la salvación de ese rico tesoro ha sido al terrible precio de la vida de cinco hombres.

La marquesa se extremeció visiblemente. Esquilache elevó los ojos al cielo no sabemos si impulsado por la admiración de la hazaña que oía, o para dar gracias al Altísimo por el beneficio con que se veía favorecido.

De lo que estamos de todo punto seguros es de que la mirada del marqués hacia los espacios siderales de la eterna luz no tenía por objeto recomendar el alma de los fallecidos.

-El marqués -repuso Pastora-, aquilatará en el fondo del generoso corazón que tiene la magnitud del favor que recibe.

-Oh, sí... -exclamó Esquilache poco menos que con entusiasmo-; y mi estimación es tan ferviente, tan infinita, que dará títulos imperecederos a mi gratitud más viva al bravo señor de Lozano, y me inspirará por su felicidad incesantes votos. ¡Qué otro galardón más digno podría tributarle!

Elina bajó sus largas pestañas. Pastora se mordió los labios.

-El señor marqués me favorece, en efecto, con el don para mí de mayor valía -contestó Felicísimo con una naturalidad perfecta:- por desgracia para mis afecciones, pero por dicha para la evidencia de mi desintereses, el buen oficio que he tenido ocasión de prestar a su excelencia no puede hoy ser considerado como un mérito para obtener el empleo que fui a solicitar a la casa de las siete chimeneas en los primeros días del mes de Marzo.

-¡Excelencia! -interrumpió el italiano apoderándose de una de las manos del joven y estrechándola con efusión entre las suyas-; el señor de Lozano parece olvidar que se dirige al más apasionado, íntimo e invariable de sus amigos.

Felicísimo se inclinó tres veces cortésmente, una por cada epíteto que el marqués se aplicaba.

Un incidente atajó los transportes de Esquilache.

El comandante del buque entró en la cámara seguido del segundo jefe.

Prescindiendo del notorio defecto de la curiosidad que al capitán movía con respecto a las visitas que recibían los pasajeros, el bizarro marino era un verdadero modelo de cordialidad y de cortesanía.

Después de ponerse con la mayor solicitud a las órdenes de los señores marqueses, objeto principal que allí le conducía, sin aventurar preguntas directas, que es el privilegio de las gentes hábiles, se enteró de la elevada posición social de la condesa de Bari; supo el nombre del joven caballero que la acompañaba; y obtuvo la confidencia de que las cajas aportadas contenían alhajas recibidas en depósito miserable al estallar en Madrid el motín del domingo de Ramos, papeles de familia y otras baratijas insignificantes en rigor, pero caras al corazón de aquellos a quienes pertenecían.

Sin embargo, por ameno que fuese el trato del digno oficial, su llegada había suprimido en la entrevista todo género de espansiones y de gratas intimidades.

Y como por otra parte la calma del capitán sólo comparable a la de la soberbia ensenada donde anclaba el barco que mandaba, y la completa insignificancia de los conceptos del afectuoso diálogo que entretenía, parecían indicar el partido de no abandonar la cámara, Elina se puso en pie, y manifestó la intención de volver a tierra.

La marquesa fue la primera en imitar el movimiento de la condesa.

-Ya me dejas... -pronunció.

-Necesario es -contestó la de Bari.

-Harto pronto me parece tratándose del día que precede a una separación que no quiero llamar eterna ¡ay! pero que pudiera serlo.

-Mañana volveré para darte el abrazo de despedida, si el señor capitán tiene a bien permitirlo.

-¡Pues no! -respondió el marino:- la presencia de la señora condesa de Bari embellece mi buque tanto como es particularmente grata al corazón dé la señora marquesa.

Las dos damas cambiaron palpitantes un ósculo y un sollozo.

-Se desgarra mi pecho, Elina mía: ¿será un presentimiento? -dijo la de Esquilache.

-Ah, Pastora... Pastora... ¡así es como me prestas el valor que necesito!... -murmuró la condesa titubeando.

La marquesa echó atrás la cabeza, apoyó las manos en los hombros de Elina, y sepultando en sus pupilas una intensa mirada articuló rápidamente:

-Si vinieses a Italia...

Elina se extremeció.

-Tu idea es seductora -balbuceó tendiendo en torno los extraviados ojos.

Lozano contemplaba a la joven pálido como la espuma de las olas que azotaban el cabo del castillo de Santa Bárbara; pero sereno y firme como el peñón donde se rompían.

-Oh, cede al primer impulso: siempre es generoso -añadió la marquesa.

La azafata de la reina madre contestó después de una pausa:

-Mañana te daré mi respuesta definitiva.

-Quieres reflexionar: es muy justo.

-No; pero necesito resolver una cuestión previa.

-Disponga usted que se bote al agua la chalupa, señor de Vilches -dijo el comandante al teniente.

-Gracias mil, señor capitán; pero es innecesario -repuso la condesa- nos espera la lancha que nos ha conducido a bordo.

Cumplido el deber de atención el marino no insistió en su ofrecimiento, cosa que debieron agradecerle los gavieros; porque sabido es que no se pone en el mar ni se iza la chalupa con la misma facilidad que un bote.

Los marqueses y los dos oficiales acompañaron hasta la obra muerta a los jóvenes que partían.

Canjeados allí en debida forma el postrer cumplido por los caballeros, y la última caricia por las damas, la condesa y Lozano bajaron a su lancha.

Haría cinco minutos que esta vogaba con velocidad por la bahía, y todavía al ondulante pañuelo de Elina contestaba otro movible punto blanco en la fragata.




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Capítulo XXXIV

De cómo Tristán de Ayala supo que su amigo, nuestro protagonista, había perdido el apetito


Desde que puso el pie en tierra Lozano presintió que se cernía sobre su cabeza una nube de tempestad, por más que ignorase toda la estensión de la borrasca, el origen de ésta, sus extragos, y hasta el momento en que debía desencadenarse.

Felicísimo, sin embargo, esperó sereno. Pertenecía al número de esos seres inquebrantables que miran sin pestañear el rayo, aunque el terrible fulgor del rey de los meteoros les paralice para siempre la retina.

La amenaza latente determinó una situación forzada en cierto modo, que ni la misma verbosidad del satisfecho Ayala fue bastante a modificar.

A pesar de todo, el día trascurrió sin accidente. Acaso no era Elina quien menos temía la provocación de la crisis.

En la comida hubo más reserva que en el almuerzo; en la sobremesa se llegó hasta la preocupación; y en la reunión en el cuarto de la condesa a la hora del crepúsculo vespertino, se tocó en los límites del silencio.

Tristán, que no comprendía ni la primera letra del enigma, temió incurrir en una inconveniencia que le era habitual cuando se fastidiaba, esto es, en eslabonar de setenta a setenta y cinco enormes bostezos, y se apresuró a despedirse para salir a respirar el aire del muelle.

Disponíase Felicísimo a seguir a su amigo cuando Elina le dijo a media voz:

-Ruego a usted, señor de Lozano, que me conceda todavía algunos minutos de atención.

El joven se detuvo. La hora suprema había sonado.

Cuando estuvieron solos, la dama añadió con agitación febril; pero resueltamente:

-Es usted un organismo de acero tan bien templado como la hoja de la espada que ciñe, un prodigio de energía moral, y un monstruo de orgullo.

-La señora condesa no me lisonjea -contestó Lozano.

-Aunque vea usted abrirse bajo sus pies la tierra es cosa segura que no pronunciará usted una palabra.

-No me atrevería a contradecir a la señora condesa si mi silencio obedeciese a razones poderosas.

-Por fortuna hay ocasiones en que la discreción es una virtud perdida.

-¡Ay! si fuera esa sola...

-Hasta las ambigüedades son inútiles. Señor de Lozano: sé perfectamente que usted me ama...

-Con el delirio que aman los insensatos; pero juro a usted señora condesa, que nada he puesto de mi parte para ello.

-Lo cual quiere decir que la germinación de ese apasionado sentimiento se debe exclusivamente a mi coquetería.

-Protexto...

-No se tome usted semejante trabajo: hemos llegado a circunstancias en que estoy decidida a merecer de usted otro concepto menos edificante todavía.

-Por piedad...

-El concepto de una mujer superior a las conveniencias sociales. He aquí la prueba...

La condesa dirigió al joven una límpida mirada, y repuso acentuando cada sílaba:

-Señor de Lozano ¿acepta usted por esposa a Elina de Velamazan?

-Aspiro con alma y vida a tanta dicha -respondió Felicísimo ligeramente pálido-; pero en la actualidad no me es lícito obtenerla.

-Ah ¿puedo conocer los motivos?...

-No hay más que uno.

-Tanto mejor ¿cuál es?

-Mi dignidad personal. Hoy no tengo fortuna ni carrera.

-¿Qué significan esas dos últimas cosas?

-Para Elina de Velamazan nada acaso; pero Felicísimo Lozano no es hombre que podría avenirse a pasar en la corte por un hambriento advenedizo tolerado merced a una caprichosa afición de la condesa de Bari.

-Si el incorrejible defecto con que tan francamente he apostrofado a usted no le cegase, comprendería todo lo falso de su razonamiento. ¿No cuenta usted con la amistad del monarca?

-Todavía no he adquirido derecho para contestar negativamente.

-¿No es usted dueño de una palabra regia?

-Sin duda.

-Pues bien, señor de Lozano: ¿qué espíritu suspicaz se atrevería a sostener que ese doble talismán no equivale a la riqueza y la posición que usted parece echar de menos?

-Todo aquel para quien la esperanza no sea precisamente lo mismo que la realidad.

-¿Expone usted así el temor de que la realidad en cuestión se aplace por mucho tiempo?

-Todo lo contrario: abrigo la convicción profunda de que por ese o por otro camino no ha de tardar en sonreírme la fortuna.

-Hum... no tiente usted a la felicidad, Lozano... Ayer me oyó usted decir a la marquesa que no era imposible que me decidiera a seguirla a Italia...

-Si conservo la fe de usted, su partida no habrá de reducirme a la desesperación. El día infalible en que vea cumplidos mis deseos, seguiré a usted cualquiera que sea el país donde respire.

-Pero desgraciado ¿olvida usted cuánto malo se ha dicho de las mujeres por los filósofos, los poetas y los amantes? ¿No podría suceder que cuando usted llegase colmado de los favores de la fortuna, radiante de dicha, ebrio de amor, hubiesen radicalmente cambiado los sentimientos de mi corazón?

-Entonces no habría perdido nada -contestó fríamente Lozano.

-¡Oh, así es como usted ama! -exclamó Elina hiriendo el suelo con el pie.

-Así es al menos como las pérfidas merecen que se las ame.

-¿Es esa la última palabra de usted?

-La última.

-Está bien, caballero.

La condesa, que sentía afluir los sollozos a la garganta, y las lágrimas a los ojos, no quiso dar ese espectáculo a Lozano; y en un momento de irresistible impaciencia le mostró la puerta con la mano.

El joven saludó y se dirigió a la salida.

En el acto de desaparecer Felicísimo, temiendo Elina haberle herido demasiado vivamente estuvo a punto de detenerle con un grito, y de tenderle los brazos.

Un instinto fatal ahogó la voz de la dama, y paralizó su movimiento.

¡En qué nimios azares se decide la felicidad humana!

Lozano bajó a su cuarto renegando de la creación con mucho menos conocimiento de ella, pero con harta más destemplanza que lo hizo Alonso X.

En el semblante del joven debía haber algo que careciese de atractivo.

Nuestro aserto no es gratuito por más que pudiera serlo; porque nadie ignora que los historiadores tienen derecho para decir todo lo que saben o todo lo que creen saber; pero por esta vez prescindimos de la inmunidad del sacerdocio que ejercemos, y vamos a exponer al lector el dato en que nos hemos fundado.

Tristán de Ayala penetró en el gabinete de Felicísimo dos minutos después que este; pero al ver la expresión que ofrecía el rostro reflejado por casualidad en un espejo, giró militarmente sobre los tacones y volvió a salir a la galería sin llegar a proferir la primera frase.

La noche no podía anunciarse para Lozano de un modo más perverso; pero la sucesión de las horas excedió los rigores de la amenaza. El sol surgió de la azul llanura del Mediterráneo sin que el joven hubiera hecho otra cosa que bramar como un toro cuando no rugía como un tigre.

Con las heridas morales sucede lo mismo que con las físicas: si la gangrena llega a invadirlas el trascurso del tiempo no las cicatriza, las agrava.

Ya hacía dos horas que resonaban en la fonda los ruidos del trajín cuotidiano, cuando Cazurro se acercó a decir a su amo que deseaba verle una dama.

Como Lozano sólo pensaba en la condesa se apresuró a preguntar movido por una vaga esperanza:

-¿Conoces a tu anunciada?

-Lo ignoro, señor.

-¡Zángano mil veces! ¿Me supones de humor para escuchar badajadas?

-Mi contestación, sin embargo, y dicho sea con el debido respeto, es la única posible. Esa señora viene tan tapada como una dama del Socorro de los mantos.

-Que pase adelante como guste, sola o con dueña y rodrigón.

La dama penetró sola en el aposento.

Acto continuo se desembarazó del tupido velo de encaje.

-¡La señora marquesa de Esquilache! -exclamó atónito Lozano.

-¿Por qué tanta sorpresa? -dijo Pastora con labio riente.

-¡Oh! La honra que la señora marquesa me dispensa en las especiales circunstancias en que se encuentra...

-Ni mi esposo ni yo podíamos resignarnos a partir sin ofrecer a usted una demostración de afecto.

-¿Una más todavía?

-¡Eran tan estériles todas las que hasta aquí le habíamos prodigado!...

-Permítame que disienta de esa opinión, mi señora la marquesa. Prescindiendo de la alta estimación en que tengo la cordialidad que tanto usted, como su ilustre consorte, me conceden, jamás podré calificar de infructuosa la eficaz recomendación que en mi favor se sirvieron hacer a su majestad.

-También me complazco en esperar que el rey no olvide nuestro ruego: pero yo soy de abolengo catalán, señor de Lozano: mis justicias y mis favores sólo me satisfacen cuando proceden de mi propia mano... Por eso vengo en persona a impetrar de usted que acepte este pliego.

Y la de Esquilache, separando su amplio chal, sacó un paquete lacrado, que alargó hacia el joven.

Felicísimo miró el pliego con cierta indecisión, murmurando:

-En verdad, señora, que no se si debo...

La marquesa replicó con un gracioso mohín de afectada queja:

-¿No sabe usted si debe agradecerme que haya sido conducida al Arsenal en una cáscara de nuez con la fresca brisa que riza la rada?

Lozano tomó inmediatamente el paquete.

Iba a quitar el sobrescrito, cuando los torneados dedos de la dama se posaron en el dorso de la diestra del joven.

-Señor de Lozano -repuso la marquesa-, suplico a usted que no abra el pliego hasta que yo me haya ausentado.

-Será obedecida la señora marquesa.

-Por lo demás, el aplazamiento sólo es de un instante. El tiempo de que puedo disponer es breve y vuela. Un apretón de manos y habrá terminado nuestra entrevista... pero lo que jamás tendrá término en mi memoria es el grato recuerdo de la adhesión de usted en la noche de anteayer y en la del 24 de Marzo.

La marquesa, que en efecto había estrechado con efusión las manos del joven, cruzó el dintel de la puerta y desapareció en la dirección del aposento de Elina.

Felicísimo se acercó entonces a la ventana y rompió el sobre del paquete.

La primera cuartilla contenía las siguientes líneas.

«Corta dádiva que los marqueses de Esquilache, en prueba de gratitud, tributan al señor don Felicísimo Lozano para que pueda restaurar la casa solariega de su familia, cuyos antiguos timbres tanto ilustra con nobilísimas acciones».

«La marquesa de Esquilache».

Dentro de aquel autógrafo había una serie de vales reales que Lozano fue con toda conciencia sumando mentalmente a medida que se dejaban ver los guarismos.

El inesperado donativo ascendía a la cantidad de treinta mil pesos.

Felicísimo terminó su adición con las pupilas dilatadas y la sonrisa en los labios, pero con el pulso más tranquilo del mundo...

-¡Pardiez! -murmuró-, la marquesa ha hecho bien en firmar sola la carpeta. Si la asociación del nombre del marqués fuese algo más que una fórmula impuesta por las conveniencias, es cosa segura que el económico ex-poseedor de la llave de la real gaveta no hubiera jamás autorizado una gratificación tan ruinosa.

Sonó el lijero gemido de una puerta que gira sobre sus goznes.

Lozano guardó su paquete en el bolsillo del pecho de la casaca.

En el gabinete del joven acababan de entrar la cabeza, una pierna y un brazo de Ayala.

-¿Muerdes todavía? -pronunció Tristán sin completar su exhibición.

-¿Qué diablos significa eso? -contestó Felicísimo.

-¡Cáspita! Significa que necesito saber si se puede almorzar contigo sin tener una trifulca.

-No, Tristán.

-Ah, perfectamente: continúa el berrinche de anoche.

-Mi negativa no se refiere a la trifulca posible o imposible, sino al almuerzo mismo. Por hoy prescindo de ese yantar.

-Haces muy bien si en la disposición en que se encuentra tu ánimo había de ocasionarte una indigestión.

-Admito el epigrama, porque no tengo el menor inconveniente en conceder que las afecciones morales, de cualquier género que fueren, influyen en mi apetito y en la secreción de mi bilis. Yo no soy un tragaldabas como tú.

-¡Ea, adió! No quiero reñir con el favorito de la más generosa de las condesas.

-¡Tristán!

-Volveré cuando estés abordable.

Ayala cerró de nuevo la movible tabla que le eclipsaba a medias, y se alejó precipitadamente.

Lozano se fue de pecho al aguamanil, se encaró con el espejo, y en cuatro minutos puso en estado presentable la personalidad que debía a la naturaleza.

A continuación subió al cuarto principal.

Felicísimo rascó ligeramente en la puerta del cuarto de Elina diciendo:

-¿Da la señora condesa su permiso para que entre Lozano a saludarla?

-Adelante -contestó la vibrante voz de Elina.

El joven levantó el picaporte y penetró en la estancia.

Elina le dirigió esa mirada sostenida, que únicamente dirigen las mujeres a los hombres que aman o a los que desprecian.

-Ayer tarde -pronunció Felicísimo-, me dio la señora condesa una prueba evidente de que es la persona que más se interesa en el mundo por mi porvenir; ella debería ser, por lo tanto, la primera a quien estaría obligado a confiar la satisfacción que experimento, aunque para hacerlo así no me moviese otra razón más poderosa todavía.

La condesa no movió los labios, no pestañeó, no cambió de color.

Lozano repuso:

-Había oído decir que la fortuna siempre nos sorprende durante el sueño; pero hasta este momento no me ha sido dado comprobar por mí mismo la exactitud del aforismo:

-¡Ah... el señor de Lozano ha dormido esta noche!... -murmuró la dama.

La lijera extrañeza que despuntaba en la observación de Elina tenía su explicación. La abierta puerta de la alcoba dejaba ver intacto el lecho de la joven.

-Soñar no es lo mismo que dormir, señora condesa -replicó Felicísimo.

Elina no negó al caballero un breve signo de aquiescencia.

-Cuando hace pocas horas hablaba a usted de mi ciega fe en la adquisición de algún caudal -prosiguió Lozano-, no sospechaba, por cierto, que tan pronto se viera realizada mi instintiva aspiración.

-¡Es posible! -profirió la condesa con un aire en que podía haberlo todo excepto admiración.

-Durante el curso de la noche ha cambiado radicalmente mi suerte. No soy un opulento cortesano, ni mucho menos que eso: pero puedo considerarme un acaudalado hidalguillo de Torrelaguna, por cuanto restauraré mi casa solariega y recuperaré las tierras que fueron patrimonio de mi familia en los tiempos en que a mi abuelo se le llamaba en la comarca entera el rico Lozano, a pesar de que su capital no excedía de seiscientos mil reales.

-En verdad, señor de Lozano, que no podría usted darme noticia más grata.

-Aunque no hay el mayor calor en el tono que la señora condesa emplea, acepto sus palabras en el sentido literal con vivo reconocimiento.

-¿Por acaso tendría usted motivos para dudar de mi sinceridad?

-Reconozco que únicamente los tengo para la hipótesis inversa.

-¡Hipótesis!

-¿Prefiere usted que diga creencia?

-Sin duda: ¡se realizan las creencias de usted tan puntualmente!

-Sea como usted quiera. Y ahora bien, ¿podrá sorprender a la señora condesa que hoy acuda a sus plantas para solicitar rendido la misma idolatrada mano que ayer no me atreví a aceptar?

-Mi sorpresa no es de las más acentuadas; pero...

-¡Ah... qué conjunción tan terriblemente adversativa!...

-El señor de Lozano hizo anoche mucho más que desgarrar sin piedad mi corazón: hirió profundamente mi vanidad...

-¡Oh!... señora condesa...

-Y como este delito es de los que no perdonan nunca las mujeres, merece usted una lección rudísima.

-¡Sin indulgencia alguna!

-Pese usted mis palabras. A mi vez niego a usted rotundamente mi mano.

Y Elina, con efecto, alargó al mismo tiempo a Lozano la cosa negada.

-¡De este modo cruel! -exclamó Felicísimo extasiado, cayendo a los pies de la condesa.

-¿De qué otra manera podría hacerlo?... -articuló la joven.

¡Quién ha dicho que no existe la felicidad sobre la tierra!

Elina acarició la cabeza de Lozano con la única mano que éste la dejaba libre, y murmuró a su vez:

-¡Niño, que se ha atrevido a profanar el clásico idioma de Citeres, introduciendo en él frases exóticas de la jerga con que se habla en el mundo de los bienes que la loca fortuna distribuye! ¡Novel alumno de Eros, que ignora todavía que entre los verdaderos amantes nada hay que no sea común... que no da ninguno... que ninguno recibe!...

-¡Perdón mil veces! -balbucearon los labios de Felicísimo en uno de los intervalos en que no estaban unidos al delicioso cutis de la diestra de la hermosa condesa.

Hay en la primera caricia del amor algo que embriaga.

Los dos jóvenes, con los ojos del uno fijos en los del otro, las manos entrelazadas y el espíritu absorto, agotaron el vocabulario de las ternezas, el mundo de los proyectos y hasta el báratro de las extravagancias sin noción de la vida real ni del tiempo.

¿Cuánto duró efectivamente el estado cataléptico de ambos amantes? ¿Un minuto? ¿Una hora? ¿Un día? ¿Un siglo?

El problema no hubiera tenido solución a no ofrecerse instantáneamente un dato de cierta precisión.

Una detonación sonora, ronca, repetida por los ecos de la rada, conmovió los vidrios de la ventana.

Lozano, arrancado de su letargo por el lejano estampido, se levantó y abrió la vidriera.

Desde aquel punto de la Fonda del Arsenal se divisaba una gran parte de la bahía.

La Atrevida se había cubierto de lona y maniobraba avanzando lentamente hacia la salida del puerto.

La lijera nubecilla de humo que todavía velaba la batería de la fragata, era la huella de su cañonazo de leva.

-Condesa, condesa... -dijo el joven-, no me consolaré jamás de haber sido la causa de que no haya usted ido a despedirse de su amiga...

-¡Oh!.. -contestó Elina con una sonrisa apasionada:- para mí no existe ya en el mundo más que un cuidado verdaderamente capital: el de hacer dichoso a mi Felicísimo...






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Epílogo

Donde se expone la suerte de los principales personajes de esta historia y se impetra la colaboración del lector para calcular lo que pudo hacerse de los secundarios


La condesa de Bari y sus dos caballeros partieron al día siguiente para Aranjuez, residencia todavía de la corte.

La familia real estaba justamente resentida del pueblo de Madrid, y se tomaba la venganza de las damas: privaba de su presencia.

Elina, que conducía una sentida epístola en que la marquesa de Esquilache tributaba su postrer saludo al César, no demoró un instante el cumplimiento del capital deber de todo mensajero.

Acaso, por efecto de una postdata en la misiva; tal vez con ocasión de una oportuna confidencia de la portadora; quizá por una feliz combinación de ambas cosas, fue lo cierto que en la memoria del rey se refrescaron todos los conmovedores recuerdos de la dramática noche del lunes al martes Santos.

La consecuencia no pudo ser más satisfactoria para Lozano.

A las cuarenta y ocho horas de la llegada al Real Sitio recibió de mano de Elina un nombramiento de gentilhombre de casa y boca de su majestad con el tratamiento de tres mil ducados anuales.

Este tratamiento, que según dijo Ayala, bien podía exceder al de excelencia, era el gaje de bodas de la condesa.

El marqués de Esquilache se resignó a parecer aniquilado por su inmensa desgracia durante algún tiempo; pero cuando creyó que había trascurrido el suficiente para que el velo del olvido comenzase a cubrir las asperezas de la historia del período en que rigió los destinos de la nación, emprendió una verdadera campaña de gestiones, primero desde Nápoles, y después desde Mesina y Palermo para obtener una rehabilitación solemne.

El centón de lacrimosas cartas que escribió al rey, a Roda, a Carrasco y a cuantos personajes influyentes consideraba amigos, evidencia el inagotable tesoro de amargas quejas, que es capaz de contener el corazón de un ex-ministro cuyo honor ha sido vulnerado.

El desventurado erudito que en busca de datos históricos se proponga examinar con conciencia toda la correspondencia de Esquilache, acabará por explicarse, ya que no por encontrar justificada la bárbara costumbre de algunos monarcas de tiempos más rudos, en los cuales la separación de cada ministro solía llevar aparejada la decapitación.

El marqués protestaba que no era su ambición volver a ser ministro, ni en modo alguno codiciaba un expléndido sueldo; pero que tenía para él más importancia que la misma vida, una llamada a la Corte que le permitiera disfrutar de la presencia del querido amo, o un puesto oficial en el extranjero, que a ninguno en Europa pudiera dejar duda del justo reconocimiento de la honra inmaculada del nombre que llevaba.

No eran tantos como se permitía suponer el italiano los amigos que dejaba en Madrid.

Por espacio de largo tiempo los escritos en que apurando todos los giros de las lamentaciones de Jeremías distraía los ocios del ostracismo, se traspapelaron en muchos bufetes, y se ennegrecieron y rozaron hasta inutilizarse en los bolsillos de muchas casacas, sin ofrecer resultado alguno favorable; pero un respetable aforismo latino, asegura que la gota incesante cava la piedra.

A los seis años de insistente clamor, el marqués logró obtener la credencial de representante de su majestad católica en Venecia.

A juzgar por las declaraciones anteriores, Esquilache debía haber quedado satisfecho; pero hay espíritus insaciables para los que un éxito apetecido, sólo es el escabel de otro más codiciado todavía.

Pocos meses después, el general Gregorio puso en juego toda la artillería de la ciudad de San Marcos para batir las puertas de Madrid.

Por esta vez, sin embargo, el marqués halló a la corte inexpugnable, y hubo de avenirse a continuar en la legación de Venecia hasta el 15 de Setiembre de 1785, fecha en que, según la frase obligada, pasó a mejor vida.

Entre las voces que por Madrid circularon en los días del motín, mereció poco menos que unánime crédito la que propalaba que setenta y cinco mil duros de los invertidos en los gastos del movimiento, salieron de las arcas del marqués de la Ensenada.

La suma era en verdad un poco fuerte; pero todos sabían que Somodevilla poseía cuantiosos ahorros, que la adversa fortuna no había cambiado en él los hábitos de grandeza y explendidez, y que en aquella ocasión sembraba para recojer.

No ha podido la historia poner en claro todavía si el insigne ex-ministro de las cuatro carteras contribuyó efectivamente con el óvolo indicado a la ruidosa caída del marqués de Esquilache; pero son hechos comprobados las simpatías que le inspiraban los amotinados, la cooperación que concedía a los propósitos de los jesuitas, la ambición sin medida que le devoraba, y las esperanzas que fundaba en las tumultuosas escenas que cubrieron de luto la corte.

Tan cierta llegó a considerar la posesión de una de las dos carteras que estaban a cargo de Esquilache, que el martes Santo cuando la rebelión se rehacía al propagarse por la villa la clandestina fuga del rey, se presentó al oficial del Parte don Agustín Samano, y le previno que si le dirigían algún pliego de la corte, no perdiera un instante en enviárselo.

El pliego vino, en efecto, si bien menos pronto que Ensenada anhelaba; pero su decepción no pudo ser más espantosa; en vez de un nombramiento de ministro, recibió la orden de trasladarse inmediatamente a Medina del Campo, punto que se le señalaba como destierro.

En aquel recinto, harto estrecho para aliento tan grande, terminó Somodevilla sus días a 2 de Setiembre de 1781.

La nueva y última desgracia del marqués de la Ensenada, con ser de suyo importante, no produjo, sin embargo, tanto efecto en los círculos palaciegos como otro acontecimiento verdaderamente inconcebible.

El servidor más querido del rey, el más asiduo y familiar de sus amigos, el confidente de las más obligadoras intimidades, el abate Gándara en fin, fue misteriosamente preso en las altas horas de la noche, y conducido a la ciudadela de Pamplona.

El rigor se extremó sin piedad en otro caso al cual se quiso dar todo el alcance de un ejemplar solemne.

Las locas intemperancias de lenguaje del murciano don Juan Antonio Salazar, habían tenido numerosos testigos. Una madrugada, el caballero enfermo todavía, se vio arrancado del lecho, y sepultado en un profundo calabozo de la cárcel de corte.

La instrucción del proceso no fue larga. La justicia en Castilla, o se pasa de lista o se eterniza.

Plenamente probado el hecho capital, hízose gracia al reo de la sustanciación de mil quinientas pertinentes incidencias, que hubieran podido ser motivo para que se escribieran seis millones de folios, y se dictó y consultó sentencia firme.

Salazar subió al patíbulo y sufrió la amputación de la lengua en la Plaza Mayor en expiación de la amistad personal con que distinguía a Carlos III.

Se habló de otros tremendos castigos, aunque no se dieron en espectáculo al pueblo.

El rumor pudo no carecer de fundamento, porque es lo cierto, que los individuos que más se habían distinguido en los días del motín, fueron sucesivamente desaparecido y nadie volvió a tener noticia de ellos.

Si los procedimientos absolutistas no suministran muchos datos para la historia, en cambio, son los menos escandalosos.

No queremos omitir una excepción en las venganzas gubernamentales, siquiera sea para probar, aunque no es necesario, que hay regiones en nuestro planeta en que al lado del boom-upas cuya sombra ocasiona la muerte, crece el árbol del pan.

Diego Abendaño, el más osado de los capataces promotores de la insurreción, el parlamentario popular que llevó a Aranjuez y puso con la mayor desfachatez en manos del rey la representación del Gobernador del Consejo escrita al dictado de los amotinados, el manchego procaz, garitero, borracho y desertor de presidio, no fue ahorcado.

Por el contrario, obtuvo tres gracias; el indulto por la evasión del establecimiento penal y por el resto de la condena, una plaza de guarda de a caballo del tabaco en Santiago de Galicia, y cincuenta doblones para la adquisición del rocín y las armas.

¿A qué talismán debió Abendaño su fortuna? Sencillamente al de la desvergüenza.

Habló al monarca en el lenguaje pintoresco de la manolería como hubiera podido hablar al hostelero valenciano de Puerta Cerrada; le ofreció toda la influencia con que contaba entre los alborotados, y le juró por los Santos Evangelios con el mismo fervor que habría jurado por la laguna Estigia, que para ser en adelante, el más honrado de los hombres, sólo necesitaba que su majestad le tendiese una mano paternal.

¿Podía faltarle el movimiento que impetraba siendo Carlos III el más bondadoso de los príncipes?

De la merced dispensada al mensajero, no se hizo partícipe al redactor del mensaje.

El obispo don Diego de Rojas y Contreras, Roñas y Conteras, según le apodaba el pueblo, a pesar de la generosidad con que repartió entre los sediciosos la paga que devengó en Marzo, fue relevado en el gobierno del Consejo de Castilla.

La destitución no llegó a la Cuesta de Santo Domingo en la forma cancilleresca lisa y llana que hubiera convenido al prelado, más apegado a las vanidades de la corte que a los cuidados del báculo pastoral que empuñaba, o mejor dicho, que debía empuñar. La Real orden contenía el precepto ole que su ilustrísima fuese a regir personalmente su diócesis de Cartagena, y la cláusula conminatoria de que no se detuviese en Madrid más de tres horas.

Para reemplazar al mitrado en la presidencia del Consejo, se nombró al capitán general conde de Aranda, personaje que disfrutaba de gran prestigio en la Nación, y de unánimes simpatías entre los hombres que profesaban ideas liberales.

Llegaba el conde precedido de una extraordinaria reputación de habilidad, y procuró no desmentirla en la laboriosa empresa en que se empeñó para reconciliar al rey con su pueblo.

No daba Aranda a las reformas indumentarias de Esquilache mucha más importancia de la que en rigor merecían; pero le bastó persuadirse de la inclinación irresistible que por ellas sentía el monarca, para que no se atreviese a contrariarlas.

Desde entonces, dio principio el conde de Aranda a una serie de diplomáticas seducciones cerca de los representantes de los cincuenta y tres gremios menores, para que no negasen su valioso concurso a los propósitos de la corte, aplazados por la benignidad del soberano, pero no de abandonados.

Entre los medios que el nuevo presidente del Consejo puso en juego, enumérase uno calificado por alguien de ingenioso, que sea el que fuere el grado de ingenio que revele, merece especial mención.

Utilizando la particular afición con que el vecindario de Madrid ha mirado al verdugo en todo tiempo, Aranda dispuso que ese simpático funcionario público, se exhibiera diariamente en los sitios de mayor concurrencia de la villa con la capa más larga y el sombrero mas redondo que jamás se habían visto desde la puerta de Toledo a la de Santa Bárbara, y desde el cuartel de Guardias a la basílica de Atocha.

Tantos afanes no fueron de todo punto perdidos. Ocho meses más tarde, después del fallecimiento de Isabel de Farnesio, cuando el rey venciendo al fin su aversión, regresó a Madrid el día 1º de Diciembre, tuvo la satisfacción de ver que entre los sombreros que se arrojaban al aire en signo de alborozo, había algunos de tres picos.

Ayala se instaló en la sala de armas de Martín Bermejo; y después de una solemne inauguración en que se repartieron con profusión copas de Jerez, mogicones, puros de la Vuelta de Abajo y botonazos, se consagró al ejercicio de la nueva profesión, con el ardor inicial que inspira la realización de una esperanza por largo tiempo acariciada.

No indicó decadencia el establecimiento en las manos del nuevo propietario; el crédito que disfrutaba aumentó por el contrario de día en día, y los doblones de los jóvenes pertenecientes a las familias más distinguidas de la villa, caían en la bolsa de Tristán con una frecuencia que verdaderamente alegraba el corazón.

Como el maestro presumía, no fue lo que menos contribuyó al buen éxito de la sala la amistad de Felicísimo Lozano.

El gentil-hombre tomó parte, en efecto, en los empeñados asaltos que todos los sábados se ofrecían al mundo inteligente de la esgrima académica, dio que hablar desde el primer momento de la especial escuela que cultivaba, atrajo una extraordinaria concurrencia, y batió sin dificultad ni controversia a los tiradores de más reputación.

Pocos meses tuvieron que trascurrir para que quedase sólidamente establecido que el joven Lozano era la mejor espada de Madrid; pero a pesar de lo resbaladizo de la frase y de la facilidad con que ciertas gentes en todo encuentran sinonimia no hubo lengua por maldiciente que fuera, que no se guardara bien de calificarle de ESPADACHÍN.




 
 
FIN
 
 



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