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El pasaporte amarillo / Joaquín Dicenta

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- VII -

     Al amanecer del nuevo día se daba al mar, con su vapor, el marino hermano de Miguel.

     Débora, deseosa de festejarle y de hacer más íntimo el adiós, dispuso la cena en su casa, improvisando un comedor en el cuarto de estudio y devolviendo a la cocina sus títulos y sus preeminencias anteriores.

     La joven, que oficiaba de cocinera, iba y venia desde la hornilla a la habitación donde conversaban los hermanos.

     Dominando sus angustias y sus temores, mostrábase alegre, decidora, replicando con ingenio y soltura a los requiebros que la dirigía el marino y a las bromas que éste daba a Miguel con motivo de su futuro matrimonio.

     -Ya está aquí la cena -exclamó Débora, poniendo sobre la mesita, prevenida al objeto, un cazolón lleno hasta los bordes de humeante y aromática sopa.

     -Pues a cenar -respondió el marino.

     -Y Dios con todos -dijo, sentándose, Miguel.

     -Con todos y para su felicidad -añadió Débora, imitando a su novio.

     En el aire estaban las cucharas cuando llamaron reciamente a la puerta.

     -¿Quién llamará a estas horas -preguntó la doncella disponiéndose a abrir.

     Al hacerlo, entraron por el hueco libre Iván Petrovitch y tres agentes de policía.

     -¡Usted!... -murmuró Débora.

     -Yo. No veo motivo de extrañeza. En ciertas casas no deben sorprender mis visitas.

     -¿Qué habla este hombre? -interrogó Miguel, levantándose al par de su hermano.

     -Hablo lo que debo y lo que puedo hablar -dijo Petrovitch, enseñando el distintivo de su empleo. Nada de rebeliones, que resultarían inútiles. Tú -agregó, encarándose con Débora-, disponte a seguirme, y no olvides recoger tu cédula, porque tienes que presentarla.

     -¿Usted tutea a esta señora?

     -¡Señora!... ¡Vaya! Enseña a estos caballeros tu cédula. Veremos si después de ojearla siguen llamándote señora.

     -¡Qué infamia! ¡Qué infamia! -sollozó roncamente Débora.

     -¿Qué quiere usted decir? -interrumpió Miguel, avanzando, amenazador, hacia Iván.

     -Ténganme -dijo éste a sus agentes- a esos hombres a raya.

     -Digo -continuó, cuando los agentes obedecieron su orden- que esta mujer se halla inscripta en los registros policiacos como meretriz; que tiene cédula corriente para ejercer su oficio, y que para asuntos que no les interesan a ustedes urge su presencia en la Comisaría, donde voy a llevarla.

     -¡Cómo!... -gritó Miguel, retrocediendo con espanto, mientras el marino hacía un gesto doloroso de asombro-. ¿Has oído -prosiguió, dirigiéndose a Débora- lo que este hombre acaba de afirmar? ¡Contesta! ¡Di que miente! ¡Que miente!...

     La interpelada ocultó el rostro entre sus manos.

     -No puede decirlo -repuso desdeñosamente Iván Petrovitch-. Aquí está, puede usted leerla si gusta, y usted lo mismo, caballero. Aquí está la nota de inscripción de esta moza en el registro de la Comisaría. Viene firmada, rubricada por ella. Supongo que conocerán ustedes su letra y su firma.

     Iván, que en tanto hablaba había sacado de su cartera un documento, lo puso, desdoblado, ante los ojos de Miguel.

     -¡Su firma! ¡Sí; es su firma! -gritó el joven con acento desgarrador-. ¡Infame!... ¡Infame! ¡Y yo he respetado, con respeto igual al que sentía por mi madre, a tan miserable mujer!...

     -¡No hables así, Miguel!... Te aseguro que las apariencias que me condenan mienten! ¡Por mis padres, por el amor, grande que me inspiras, te juro que soy una mujer honrada!...

     -¡Honrada una hembra conocida por meretriz en los registros policiacos!... ¡Yo, imbécil, que creí en tu virginidad, respetando ese cuerpo, que es mercancía para todos!...

     -¡No me insultes! ¡Por compasión, no me insultes, Miguel! ¡Duden todos de mí! ¡Tú, no!... ¡Necesito que tú no dudes! ¡Cómo probárselo, Dios mío!...

     -¡Llevadla, llevadla! -mandó ferozmente Miguel-. ¡Llevadla, y así Dios te condone!

     Débora separó sus manos del rostro, y mirando fijamente a Miguel, le dijo con voz, donde temblaban y se confundían el reproche y la resignación:

     -¡Haces mal! ¡Haces mal!

     -Conducidme donde queráis -agregó, reuniéndose con Iván y con los agentes-. Si él me abandona, Dios me sigue.

     -Salgan ustedes antes -ordenó el comisario, dirigiéndose a Miguel y al marino-. Mis agentes les acompañarán, con orden expresa de dejar al uno en su domicilio y al otro en su barco. En ellos permanecerán hasta que vaya a interrogarles. Yo, antes de salir con esta mujer, he de practicar un registro.

     -No hace falta -continuó, dirigiéndose a los agentes- que vigiléis a estos caballeros, siempre que ellos empeñen su palabra de honor de aguardarme en el lugar que a cada uno designo.

     Los cinco hombres salieron.

     Débora, incrustada en un ángulo de la habitación, con los ojos de par en par abiertos, inmóvil, marmórea, parecía un alto relieve.

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