Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.


ArribaAbajo- XIX -

Voces clamantes in deserto


-¡Alcaldes a mí, que soy de Archena! -iba diciendo el murciano-. ¡Mañana por la mañana pasaré a ver al señor Obispo, como medida preventiva, y le contaré todo lo que me ha ocurrido esta noche! ¡Llamarme con tanta prisa y reserva, y a hora tan desusada; decirme que venga solo; hablarme del servicio del Rey, y de moneda falsa, y de brujas, y de duendes, para echarme luego dos vasos de vino y mandarme a dormir!... ¡La cosa no puede ser más clara! Garduña trajo al lugar esas instrucciones de parte del Corregidor, y ésta es la hora en que el Corregidor estará ya en campaña contra mi mujer... ¡Quién sabe si me lo encontraré llamando a la puerta del molino! ¡Quién sabe si me lo encontraré ya dentro!... ¡Quién sabe...! Pero ¿qué voy a decir? ¡Dudar de mi navarra!... ¡Oh, esto es ofender a Dios! ¡Imposible que ella...! ¡Imposible que mi Frasquita...! ¡Imposible!... Mas ¿qué estoy diciendo? ¿Acaso hay algo imposible en el mundo? ¿No se casó conmigo, siendo ella tan hermosa y yo tan feo?

Y al hacer esta última reflexión, el pobre jorobado se echó a llorar...

Entonces paró la burra para serenarse; se enjugó las lágrimas; suspiró hondamente; sacó los avíos de fumar; picó y lió un cigarro de tabaco negro; empuñó luego pedernal, yesca y eslabón, y al cabo de algunos golpes consiguió encender candela.

En aquel mismo momento sintió rumor de pasos hacia el camino, que distaría de allí unas trescientas varas.

-¡Qué imprudente soy! -dijo-. ¡Si me andará buscando ya la justicia, y yo me habré vendido al echar estas yescas!

Escondió, pues, la lumbre, y se apeó, ocultándose detrás de la borrica.

Pero la borrica entendió las cosas de diferente modo, y lanzó un rebuzno de satisfacción.

-¡Maldita seas! -exclamó el tío Lucas, tratando de cerrarle la boca con las manos.

Al propio tiempo resonó otro rebuzno en el camino, por vía de galante respuesta.

-¡Estamos aviados! -prosiguió pensando el Molinero-. ¡Bien dice el refrán: el mayor mal de los males es tratar con animales!

Y, así discurriendo, volvió a montar, arreó la bestia, y salió disparado en dirección contraria al sitio en que había sonado el segundo rebuzno.

Y lo más particular fue que la persona que iba en el jumento interlocutor, debió de asustarse del tío Lucas tanto como el tío Lucas se había asustado de ella. [Lo digo, porque] apartóse también del camino [recelando sin duda que fuese un alguacil o un malhechor pagado por don Eugenio], y salió a escape por los sembrados de la otra banda.

El murciano, entretanto, continuó cavilando de este modo:

-¡Qué noche! ¡Qué mundo! ¡Qué vida la mía desde hace una hora! ¡Alguaciles metidos a alcahuetes; alcaldes que conspiran contra mi honra; burros que rebuznan cuando no es menester; y aquí en mi pecho, un miserable corazón que se ha atrevido a dudar de la mujer más noble que Dios ha criado! ¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¡Haz que llegue pronto a mi casa y que encuentre allí a mi Frasquita!

Siguió caminando el tío Lucas, atravesando siembras y matorrales, hasta que al fin, a eso de las once de la noche, llegó sin novedad a la puerta grande del molino...

¡Condenación! ¡La puerta del molino estaba abierta!




ArribaAbajo- XX -

La duda y la realidad


Estaba abierta... ¡y él, al marcharse, había oído a su mujer cerrarla con llave, tranca y cerrojo!

Por consiguiente, nadie más que su propia mujer había podido abrirla.

[Pero] ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿De resultas de un engaño? ¿A consecuencia de una orden? ¿O bien deliberada y voluntariamente, en virtud de previo acuerdo con el Corregidor?

¿Qué iba a ver? ¿Qué iba a saber? ¿Qué le aguardaba dentro de su casa? ¿Se había fugado la señá Frasquita? ¿Se la habrían robado? ¿Estaría muerta? ¿O estaría en brazos de su rival?

-El Corregidor contaba con que yo no podría venir en toda la noche... -se dijo lúgubremente [el tío Lucas]-. El alcalde del lugar tendría orden hasta de encadenarme, antes que permitirme volver... ¿Sabía todo esto Frasquita? ¿Estaba en el complot? ¿O ha sido víctima de un engaño, de una violencia, de una infamia?

No empleó más tiempo el sin ventura en hacer todas estas crueles reflexiones que el que tardó en atravesar la plazoletilla del emparrado.

También estaba abierta la puerta de la casa, cuyo primer aposento (como en todas las viviendas rústicas) era la cocina...

Dentro de la cocina no había nadie.

Sin embargo, una enorme fogata ardía en la chimenea... ¡chimenea que él dejó apagada, y que no se encendía nunca hasta muy entrado el mes de diciembre!

Por último, de uno de los ganchos de la espetera pendía un candil encendido...

¿Qué significaba todo aquello? ¿Y cómo se compadecía semejante aparato de vigilia y de sociedad con el silencio de muerte que reinaba en la casa?

¿Qué había sido de su mujer?

Entonces, y sólo entonces, reparó el tío Lucas en unas ropas que había colgadas en los espaldares de dos o tres sillas puestas alrededor de la chimenea...

Fijó la vista en aquellas ropas, y lanzó un rugido intenso, que se le quedó atravesado en la garganta, convertido en sollozo mudo y sofocante.

Creyó el infortunado que se ahogaba, y se llevó las manos al cuello, mientras que, lívido, convulso, con los ojos desencajados, contemplaba aquella vestimenta, poseído de tanto horror como el reo en capilla a quien le presentan la hopa.

Porque lo que allí veía era la capa de grana, el sombrero de tres picos, la casaca y la chupa de color de tórtola, el calzón de seda negra, las medias blancas, los zapatos con hebilla y hasta el bastón, el espadín y los guantes del execrable Corregidor... ¡Lo que allí veía era la ropa de su ignominia, la mortaja de su honra, el sudario de su ventura!

El terrible trabuco seguía en el mismo rincón en que dos horas antes lo dejó la navarra...

El tío Lucas dio un salto de tigre y se apoderó de él. Sondeó el cañón con la baqueta, y vio que estaba cargado. Miró la piedra, y halló que estaba en su lugar.

Volvióse entonces hacia la escalera que conducía a la cámara en que había dormido tantos años con la señá Frasquita, y murmuró sordamente:

-¡Allí están!

Avanzó, pues, un paso en aquella dirección; pero en seguida se detuvo para mirar en torno de sí y ver si alguien lo estaba observando...

-¡Nadie! -dijo mentalmente-. ¡Sólo Dios..., y Ése... ha querido esto!

Confirmada así la sentencia, fue a dar otro paso, cuando su errante mirada distinguió un pliego que había sobre la mesa...

Verlo, y haber caído sobre él, y tenerlo entre sus garras, fue todo cosa de un segundo.

¡Aquel papel era el nombramiento del sobrino de la señá Frasquita, firmado por don Eugenio de Zúñiga y Ponce de León!

-¡Éste ha sido el precio de la venta! -pensó el tío Lucas, metiéndose el papel en la boca para sofocar sus gritos y dar alimento a su rabia-. ¡Siempre recelé que quisiera a su familia más que a mí! ¡Ah! ¡No hemos tenido hijos!... ¡He aquí la causa de todo!

Y el infortunado estuvo a punto de volver a llorar.

Pero luego se enfureció nuevamente, y dijo con un ademán terrible, ya que no con la voz:

-¡Arriba! ¡Arriba!

Y empezó a subir la escalera, andando a gatas con una mano, llevando el trabuco en la otra, y con el papel infame entre los dientes.

En corroboración de sus lógicas sospechas, al llegar a la puerta del dormitorio (que estaba cerrada) vio que salían algunos rayos de luz por las junturas de las tablas y por el ojo de la llave.

-¡Aquí están! -volvió a decir.

Y se paró un instante, como para pasar aquel nuevo trago de amargura.

Luego continuó subiendo... hasta llegar a la puerta misma del dormitorio.

Dentro de él no se oía ningún ruido.

-¡Si no hubiera nadie! -le dijo tímidamente la esperanza.

Pero en aquel mismo instante el infeliz oyó toser dentro del cuarto...

¡Era la tos medio asmática del Corregidor!

¡No cabía duda! ¡No había tabla de salvación en aquel naufragio!

El Molinero sonrió en las tinieblas de un modo horroroso. ¿Cómo no brillan en la oscuridad semejantes relámpagos? ¿Qué es todo el fuego de las tormentas comparado con el que arde a veces en el corazón del hombre?

Sin embargo, el tío Lucas (tal era su alma, como ya dijimos en otro lugar) principió a tranquilizarse, no bien oyó la tos de su enemigo...

La realidad le hacía menos daño que la duda. Según le anunció él mismo aquella tarde a la señá Frasquita, desde el punto y hora en que perdía la única fe que era vida de su alma, empezaba a convertirse en un hombre nuevo.

Semejante al moro de Venecia -con quien ya lo comparamos al describir su carácter-, el desengaño mataba en él de un solo golpe todo el amor, transfigurando de paso la índole de su espíritu y haciéndole ver el mundo como una región extraña a que acabara de llegar. La única diferencia consistía en que el tío Lucas era por idiosincrasia menos trágico, menos austero y más egoísta que el insensato sacrificador de Desdémona.

¡Cosa rara, pero propia de tales situaciones! La duda, o sea, la esperanza -que para el caso es lo mismo-, volvió todavía a mortificarle un momento...

-¡Si me hubiera equivocado! -pensó-. ¡Si la tos hubiese sido de Frasquita!...

En la tribulación de su infortunio, olvidábasele que había visto las ropas del Corregidor cerca de la chimenea; que había encontrado abierta la puerta del molino; que había leído la credencial de su infamia...

Agachóse, pues, y miró por el ojo de la llave, temblando de incertidumbre y de zozobra.

El rayo visual no alcanzaba a descubrir más que un pequeño triángulo de cama, por la parte del cabecero... ¡Pero precisamente en aquel pequeño triángulo se veía un extremo de las almohadas, y sobre las almohadas la cabeza del Corregidor!

Otra risa diabólica contrajo el rostro del Molinero.

Dijérase que volvía a ser feliz...

-¡Soy dueño de la verdad!... [¡Meditemos!] -murmuró, irguiéndose tranquilamente.

Y volvió a bajar la escalera con el mismo tiento que empleó para subirla...

-El asunto es delicado... Necesito reflexionar. Tengo tiempo de sobra para todo... -iba pensando mientras bajaba.

Llegado que hubo a la cocina, sentóse en medio de ella, y ocultó la frente entre las manos.

Así permaneció mucho tiempo, hasta que le despertó de su meditación un leve golpe que sintió en un pie...

Era el trabuco que se había deslizado de sus rodillas, y que le hacía aquella especie de seña...

-¡No! ¡Te digo que no! -murmuró el tío Lucas, encarándose con el arma-. ¡No me convienes! Todo el mundo tendría lástima de ellos..., ¡y a mí me ahorcarían! ¡Se trata de un corregidor..., y matar a un corregidor es todavía en España cosa indisculpable! Dirían que lo maté por infundados celos, y que luego lo desnudé y lo metí en mi cama... Dirían, además, que maté a mi mujer por simples sospechas... ¡Y me ahorcarían! [¡Vaya si me ahorcarían!] ¡Además, yo habría dado muestras de tener muy poca alma, muy poco talento, si al remate de mi vida fuera digno de compasión! ¡Todos se reirían de mí! ¡Dirían que mi desventura era muy natural, siendo yo jorobado y Frasquita tan hermosa! ¡Nada, no! Lo que yo necesito es vengarme, y después de vengarme, triunfar, despreciar, reír, reírme mucho, reírme de todos, evitando por tal medio que nadie pueda burlarse nunca de esta giba que yo he llegado a hacer hasta envidiable, y que tan grotesca sería en una horca.

Así discurrió el tío Lucas, tal vez sin darse cuenta de ello puntualmente, y, en virtud de semejante discurso, colocó el arma en su sitio, y principió a pasearse con los brazos atrás y la cabeza baja, como buscando su venganza en el suelo, en la tierra, en las ruindades de la vida, en alguna bufonada ignominiosa y ridícula para su mujer y para el Corregidor, lejos de buscar aquella misma venganza en la justicia, en el desafío, en el perdón, en el Cielo..., como hubiera hecho en su lugar cualquier otro hombre de condición menos rebelde que la suya a toda imposición de la Naturaleza, de la sociedad o de sus propios sentimientos.

De repente, paráronse sus ojos en la vestimenta del Corregidor...

Luego se paró él mismo...

Después fue demostrando poco a poco en su semblante una alegría, un gozo, un triunfo indefinibles...; hasta que, por último, se echó a reír de una manera formidable..., esto es, a grandes carcajadas, pero sin hacer ningún ruido -a fin de que no lo oyesen desde arriba-, metiéndose los puños por los ijares para no reventar, estremeciéndose todo como un epiléptico, y teniendo que concluir por dejarse caer en una silla hasta que le pasó aquella convulsión de sarcástico regocijo. Era la propia risa de Mefistófeles.

No bien se sosegó, principió a desnudarse con una celeridad febril; colocó toda su ropa en las mismas sillas que ocupaba la del Corregidor; púsose cuantas prendas pertenecían a éste, desde los zapatos de hebilla hasta el sombrero de tres picos; ciñóse el espadín; embozóse en la capa de grana; cogió el bastón y los guantes, y salió del molino y se encaminó a la ciudad, balanceándose de la propia manera que solía don Eugenio de Zúñiga, y diciéndose de vez en vez esta frase que compendiaba su pensamiento:

-¡También la Corregidora es guapa!




ArribaAbajo- XXI -

¡En guardia, caballero!


Abandonemos por ahora al tío Lucas, y enterémonos de lo que había ocurrido en el molino desde que dejamos allí sola a la señá Frasquita hasta que su esposo volvió a él y se encontró con tan estupendas novedades.

Una hora habría pasado después que el tío Lucas se marchó con Toñuelo, cuando la afligida navarra, que se había propuesto no acostarse hasta que regresara su marido, y que estaba haciendo calceta en su dormitorio, situado en el piso de arriba, oyó lastimeros gritos fuera de la casa, hacia el paraje, allí muy próximo, por donde corría el agua del caz.

-¡Socorro, que me ahogo! ¡Frasquita! ¡Frasquita!... -exclamaba una voz de hombre, con el lúgubre acento de la desesperación.

-¿Si será Lucas? -pensó la navarra, llena de un terror que no necesitamos describir.

En el mismo dormitorio había una puertecilla, de que ya nos habló Garduña, y que daba efectivamente sobre la parte alta del caz. Abrióla sin vacilación la señá Frasquita por más que no hubiera reconocido la voz que pedía auxilio, y encontróse de manos a boca con el Corregidor, que en aquel momento salía todo chorreando de la impetuosísima acequia...

-¡Dios me perdone! ¡Dios me perdone! -balbuceaba el infame viejo-. ¡Creí que me ahogaba!

-¿Cómo? ¿Es usted? ¿Qué significa? ¿Cómo se atreve? ¿A qué viene usted a estas horas? -gritó la Molinera con más indignación que espanto, pero retrocediendo maquinalmente.

-¡Calla! ¡Calla, mujer! -tartamudeó el Corregidor, colándose en el aposento detrás de ella-. Yo te lo diré todo... ¡He estado para ahogarme! ¡El agua me llevaba ya como a una pluma! ¡Mira, mira, cómo me he puesto!

-¡Fuera, fuera de aquí! -replicó la señá Frasquita con mayor violencia-. ¡No tiene usted nada que explicarme!... ¡Demasiado lo comprendo todo! ¿Qué me importa a mí que usted se ahogue? ¿Lo he llamado yo a usted? ¡Ah! ¡Qué infamia! ¡Para esto ha mandado usted prender a mi marido!

-Mujer, escucha...

-¡No escucho! ¡Márchese usted inmediatamente, señor Corregidor!... ¡Márchese usted o no respondo de su vida!...

-¿Qué dices?

-¡Lo que usted oye! Mi marido no está en casa; pero yo me basto para hacerla respetar. ¡Márchese usted por donde ha venido, si no quiere que yo le arroje otra vez al agua con mis propias manos!

-¡Chica, chica! ¡No grites tanto, que no soy sordo! -exclamó el viejo libertino-. ¡Cuando yo estoy aquí, por algo será! Vengo a libertar al tío Lucas, a quien ha preso por equivocación un alcalde de monterilla... Pero, ante todo, necesito que me seques estas ropas... ¡Estoy calado hasta los huesos!

-¡Le digo a usted que se marche!

-¡Calla, tonta!... ¿Qué sabes tú?... Mira... aquí te traigo un nombramiento de tu sobrino... Enciende la lumbre, y hablaremos... [Por lo demás], mientras se seca la ropa, yo me acostaré en esta cama.

-¡Ah, ya! ¿Conque declara usted que venía por mí? ¿Conque declara usted que para eso ha mandado arrestar a mi Lucas? ¿Conque traía usted su nombramiento y todo? ¡Santos y santas del cielo! ¿Qué se habrá figurado de mí este mamarracho?

-¡Frasquita! ¡Soy el Corregidor!

-¡Aunque fuera usted el rey! A mí ¿qué? ¡Yo soy la mujer de mi marido, y el ama de mi casa! ¿Cree usted que yo me asusto de los corregidores? ¡Yo sé ir a Madrid, y al fin del mundo, a pedir justicia contra el viejo insolente que así arrastra su autoridad por los suelos! Y, sobre todo, yo sabré mañana ponerme la mantilla, e ir a ver a la señora Corregidora...

-¡No harás nada de eso! -repuso el Corregidor, perdiendo la paciencia, o mudando de táctica-. No harás nada de eso; porque yo te pegaré un tiro, si veo que no entiendes de razones...

-¡Un tiro! -exclamó la señá Frasquita con voz sorda.

-Un tiro, sí... Y de ello no me resultará perjuicio alguno. Casualmente he dejado dicho en la ciudad que salía esta noche a caza de criminales... ¡Conque no seas necia... y quiéreme... como yo te adoro!

-Señor Corregidor: ¿un tiro? -volvió a decir la navarra echando los brazos atrás y el cuerpo hacia adelante, como para lanzarse sobre su adversario.

-Si te empeñas, te lo pegaré, y así me veré libre de tus amenazas y de tu hermosura... -respondió el Corregidor lleno de miedo y sacando un par de cachorrillos.

-¿Conque pistolas también? ¡Y en la otra faltriquera el nombramiento de mi sobrino! -dijo la señá Frasquita, moviendo la cabeza de arriba abajo-. Pues, señor, la elección no es dudosa. Espere Usía un momento, que voy a encender la lumbre.

Y, así hablando, se dirigió rápidamente a la escalera, y la bajó en tres brincos.

El Corregidor cogió la luz, y salió detrás de la Molinera, temiendo que se escapara; pero tuvo que bajar mucho más despacio, de cuyas resultas, cuando llegó a la cocina, tropezó con la navarra, que volvía ya en su busca.

-¿Conque decía usted que me iba a pegar un tiro? -exclamó aquella indomable mujer dando un paso atrás-. Pues, ¡en guardia, caballero; que yo ya lo estoy!

Dijo, y se echó a la cara el formidable trabuco que tanto papel representa en esta historia.

-¡Detente, desgraciada! ¿Qué vas a hacer? -gritó el Corregidor, muerto de susto-. Lo de mi tiro era una broma... Mira... los cachorrillos están descargados. En cambio, es verdad lo del nombramiento... Aquí lo tienes... Tómalo... Te lo regalo... [Tuyo es...], de balde, [enteramente de balde...].

Y lo colocó temblando sobre la mesa.

-¡Ahí está bien! -repuso la navarra-. Mañana me servirá para encender la lumbre, cuando le guise el almuerzo a mi marido. ¡De usted no quiero ya ni la gloria; y, si mi sobrino viniese alguna vez de Estella, sería para pisotearle a usted la fea mano con que ha escrito su nombre en ese papel indecente! ¡Ea, lo dicho! ¡Márchese usted de mi casa! ¡Aire! ¡Aire! ¡Pronto!..., ¡que ya se me sube la pólvora a la cabeza!

El Corregidor no contestó a este discurso. Habíase puesto lívido, casi azul; tenía los ojos torcidos, y un temblor como de terciana agitaba todo su cuerpo. Por último, principió a castañetear los dientes, y cayó al suelo, presa de una convulsión espantosa.

El susto del caz, lo muy mojadas que seguían todas sus ropas, la violenta escena del dormitorio, y el miedo al trabuco con que le apuntaba la navarra, habían agotado las fuerzas del enfermizo anciano.

-¡Me muero! -balbuceó-. ¡Llama a Garduña!... Llama a Garduña, que estará ahí..., en la ramblilla... ¡Yo no debo morirme en esta casa!...

No pudo continuar. Cerró los ojos y se quedó como muerto.

-¡Y se morirá como lo dice! -prorrumpió la señá Frasquita-. Pues [señor], ¡ésta es la más negra! ¿Qué hago yo ahora con este hombre en mi casa? ¿Qué dirían de mí si se muriese? ¿Qué diría Lucas?... ¿Cómo podría justificarme, cuando yo misma le he abierto la puerta? ¡Oh, no!... Yo no debo quedarme aquí con él. ¡Yo debo buscar a mi marido; yo debo escandalizar el mundo antes de comprometer mi honra!

Tomada esta resolución, soltó el trabuco, fuese al corral, cogió la burra que quedaba en él, la aparejó de cualquier modo, abrió la puerta grande de la cerca, montó de un salto, a pesar de sus carnes, y se dirigió a la ramblilla.

-¡Garduña! ¡Garduña! -iba gritando la navarra, conforme se acercaba a aquel sitio.

-¡Presente! -respondió al cabo el alguacil, apareciendo detrás de un seto-. ¿Es usted, señá Frasquita?

-Sí, yo soy. ¡Ve al molino, y socorre a tu amo, que se está muriendo!...

-¿Qué dice usted? [¡Vaya un maula!]

-Lo que oyes, Garduña...

-¿Y usted [alma mía?] ¿Adónde va a estas horas?

-¿Yo?... [¡Quita allá, badulaque!] ¡Yo voy a la ciudad por un médico! -contestó la señá Frasquita, arreando la burra [con un talonazo y a Garduña con un puntapié].

Y tomó... no el camino de la ciudad, como acababa de decir, sino el del lugar inmediato.

Garduña no reparó en esta última circunstancia, pues iba ya dando zancajadas hacia el molino y discurriendo al par de esta manera:

[-¡Va por un médico!...] ¡La infeliz no puede hacer más! ¡Pero él es un pobre hombre! ¡Famosa ocasión de ponerse malo!... ¡Dios le da confites a quien no puede roerlos!




ArribaAbajo- XXII -

Garduña se multiplica


Cuando Garduña llegó al molino, el Corregidor principiaba a volver en sí, procurando levantarse del suelo.

En el suelo también, y a su lado, estaba el velón encendido que bajó Su Señoría del dormitorio.

-¿Se ha marchado ya? -fue la primera frase de don Eugenio.

-¿Quién?

-¡El demonio!... Quiero decir, la Molinera.

-Sí, señor... Ya se ha marchado..., y no creo que iba de muy buen humor...

-¡Ay, Garduña! Me estoy muriendo...

-Pero ¿qué tiene Usía? ¡Por vida de los hombres!

-Me he caído en el caz, y estoy hecho una sopa... ¡Los huesos se me parten de frío!

-¡Toma, toma! ¡Ahora salimos con eso!

-¡Garduña!... ¡Ve lo que te dices!...

-Yo no digo nada, señor...

-Pues bien: sácame de este apuro...

-Voy volando... ¡Verá Usía qué pronto lo arreglo todo!

Así dijo el alguacil, y, en un periquete cogió la luz con una mano, y con la otra se metió al Corregidor debajo del brazo; subiólo al dormitorio; púsolo en cueros; acostólo en la cama; corrió al jaraíz; reunió una brazada de leña; fue a la cocina; hizo una gran lumbre; bajó todas las ropas de su amo; colocólas en los espaldares de dos o tres sillas; encendió un candil; lo colgó de la espetera, y tornó a subir a la cámara.

-¿Qué tal vamos? -preguntó entonces a don Eugenio, levantando en alto el velón para verle mejor el rostro.

-¡Admirablemente! ¡Conozco que voy a sudar! ¡Mañana te ahorco, Garduña!

-¿Por qué, señor?

-¿Y te atreves a preguntármelo? ¿Crees tú que, al seguir el plan que me trazaste, esperaba yo acostarme solo en esta cama, después de recibir por segunda vez el sacramento del bautismo? ¡Mañana mismo te ahorco!

-Pero cuénteme Usía algo... ¿La señá Frasquita?...

-La señá Frasquita ha querido asesinarme. ¡Es todo lo que he logrado con tus consejos! Te digo que te ahorco mañana por la mañana.

-¡Algo menos será, señor Corregidor! -repuso el alguacil.

-¿Por qué lo dices, insolente? ¿Porque me ves aquí postrado?

-No, señor. Lo digo, porque la señá Frasquita no ha debido de mostrarse tan inhumana como Usía cuenta, cuando ha ido a la ciudad a buscarle un médico...

-¡Dios santo! ¿Estás seguro de que ha ido a la ciudad? -exclamó don Eugenio más aterrado que nunca.

-A lo menos, eso me ha dicho ella...

-¡Corre, corre, Garduña! ¡Ah! ¡Estoy perdido sin remedio! ¿Sabes a qué va la señá Frasquita a la ciudad? ¡A contárselo todo a mi mujer!... ¡A decirle que estoy aquí! ¡Oh, Dios mío! ¿Cómo había yo de figurarme esto? ¡Yo creí que se habría ido al lugar en busca de su marido; y, como lo tengo allí a buen recaudo, nada me importaba su viaje! Pero ¡irse a la ciudad!... ¡Garduña, corre, corre..., tú que eres andarín, y evita mi perdición! ¡Evita que la terrible Molinera entre en mi casa!

-¿Y no me ahorcará Usía si lo consigo? -prosiguió irónicamente el alguacil.

-¡Al contrario! Te regalaré unos zapatos en buen uso, que me están grandes. ¡Te regalaré todo lo que quieras!

-Pues voy volando. Duérmase Usía tranquilo. Dentro de media hora estoy aquí de vuelta, después de dejar en la cárcel a la navarra. ¡Para algo soy más ligero que una borrica!

Dijo Garduña, y desapareció por la escalera abajo.

Se cae de su peso que, durante aquella ausencia del alguacil, fue cuando el Molinero estuvo en el molino y vio visiones por el ojo de la llave.

Dejemos, pues, al Corregidor sudando en el lecho ajeno, y a Garduña corriendo hacia la ciudad (adonde tan pronto había de seguirlo el tío Lucas con sombrero de tres picos y capa de grana), y, convertidos también nosotros en andarines, volemos con dirección al lugar, en seguimiento de la valerosa señá Frasquita.




ArribaAbajo- XXIII -

Otra vez el desierto y las consabidas voces


La única aventura que le ocurrió a la navarra en su viaje desde el molino al pueblo, fue asustarse un poco al notar que alguien echaba yescas en medio de un sembrado.

-¿Si será un esbirro del Corregidor? ¿Si irá a detenerme? -pensó la Molinera.

En esto se oyó un rebuzno hacia aquel mismo lado.

-¡Burros en el campo a estas horas! -siguió pensando la señá Frasquita-. Pues lo que es por aquí no hay ninguna huerta ni cortijo... ¡Vive Dios que los duendes se están despachando esta noche a su gusto! [Porque la borrica de mi marido no puede ser... ¿Qué haría mi Lucas a medianoche, parado fuera del camino? ¡Nada!, ¡nada! ¡Indudablemente es un espía!]

La burra que montaba la señá Frasquita creyó oportuno rebuznar también en aquel instante.

-¡Calla, demonio! -le dijo la navarra, clavándole un alfiler de a ochavo en mitad de la cruz.

Y, temiendo algún encuentro que no le conviniese, sacó también su bestia fuera del camino, y la hizo trotar por otros sembrados.

Sin más accidente, llegó a las puertas del lugar, a tiempo que serían las once de la noche.




ArribaAbajo- XXIV -

Un Rey de entonces


Hallábase ya durmiendo la mona el señor alcalde, vuelta la espalda a la espalda de su mujer (y formando así con ésta la figura de águila austríaca de dos cabezas que dice nuestro inmortal Quevedo), cuando Toñuelo llamó a la puerta de la cámara nupcial, y avisó al señor Juan López que la señá Frasquita, la del molino, quería hablarle.

No tenemos para qué referir todos los gruñidos y juramentos inherentes al acto de despertar y vestirse el alcalde de monterilla, y nos trasladamos desde luego al instante en que la Molinera lo vio llegar, desperezándose como un gimnasta que ejercita la musculatura, y exclamando en medio de un bostezo interminable:

-¡Téngalas usted muy buenas, señá Frasquita! ¿Qué le trae a usted por aquí? ¿No le dijo a usted Toñuelo que se quedase en el molino? ¿Así desobedece usted a la autoridad?

-¡Necesito ver a mi Lucas! -respondió la navarra-. ¡Necesito verlo al instante! ¡Que le digan que está aquí su mujer!

-«¡Necesito! ¡Necesito!». Señora, ¡a usted se le olvida que está hablando con el rey!...

-¡Déjeme usted a mí de reyes, señor Juan, que no estoy para bromas! ¡Demasiado sabe usted lo que me sucede! ¡Demasiado sabe para qué ha preso a mi marido!

-Yo no sé nada, señá Frasquita... Y en cuanto a su marido de usted, no está preso, sino durmiendo tranquilamente en esta su casa, y tratado como yo trato a las personas. ¡A ver, Toñuelo! ¡Toñuelo! Anda al pajar, y dile al tío Lucas que se despierte y venga corriendo... Conque vamos... ¡cuénteme usted lo que pasa!... ¿Ha tenido usted miedo de dormir sola?

-¡No sea usted desvergonzado, señor Juan! ¡Demasiado sabe usted que a mí no me gustan sus bromas ni sus veras! ¡Lo que me pasa es una cosa muy sencilla: que usted y el señor Corregidor han querido perderme! ¡pero que se han llevado solemne chasco! ¡Yo estoy aquí sin tener de qué abochornarme, y el señor Corregidor se queda en el molino muriéndose!...

-¡Muriéndose el Corregidor! -exclamó su subordinado-. Señora, ¿sabe usted lo que dice?

-¡Lo que usted oye! Se ha caído en el caz, y casi se ha ahogado, o ha cogido una pulmonía, o yo no sé... ¡Eso es cuenta de la Corregidora! Yo vengo a buscar a mi marido, sin perjuicio de salir mañana mismo para Madrid, [donde le contaré al rey...].

-¡Demonio, demonio! -murmuró el señor Juan López-. ¡A ver, Manuela!... ¡Muchacha!... Anda y aparéjame la mulilla... Señá Frasquita, al molino voy... ¡Desgraciada de usted si le ha hecho algún daño al señor Corregidor!

-¡Señor alcalde, señor alcalde! -exclamó en esto Toñuelo, entrando más muerto que vivo-. El tío Lucas no está en el pajar. Su burra no se halla tampoco en los pesebres, y la puerta del corral está abierta... ¡De modo que el pájaro se ha escapado!

-¿Qué estás diciendo? -gritó el señor Juan López.

-¡Virgen del Carmen! ¿Qué va a pasar en mi casa? -exclamó la señá Frasquita-. ¡Corramos, señor alcalde; no perdamos tiempo!... Mi marido va a matar al Corregidor al encontrarlo allí a estas horas...

-¿Luego usted cree que el tío Lucas está en el molino?

-¿Pues no lo he de creer? Digo más...: cuando yo venía me he cruzado con él sin conocerlo. ¡Él era sin duda uno que echaba yescas en medio de un sembrado! ¡Dios mío! ¡Cuando piensa una que los animales tienen más entendimiento que las personas! Porque ha de saber usted, señor Juan, que indudablemente nuestras dos burras se reconocieron y se saludaron, mientras que mi Lucas y yo ni nos saludamos ni nos reconocimos... ¡Antes bien huimos el uno del otro, tomándonos mutuamente por espías...!

-¡Bueno está su Lucas de usted! -replicó el alcalde-. En fin, vamos andando y ya veremos lo que hay que hacer con todos ustedes. ¡Conmigo no se juega! ¡Yo soy el rey!... Pero no un rey como el que ahora tenemos en Madrid, o sea, en El Pardo, sino como aquel que hubo en Sevilla, a quien llamaban don Pedro el Cruel. ¡A ver, Manuela! ¡Tráeme el bastón, y dile a tu ama que me marcho!

Obedeció la sirvienta (que era por cierto más buena moza de lo que convenía a la alcaldesa y a la moral) y, como la mulilla del señor Juan López estuviese ya aparejada, la señá Frasquita y él salieron para el molino, seguidos del indispensable Toñuelo.




ArribaAbajo- XXV -

La estrella de Garduña


Precedámosles nosotros, supuesto que tenemos carta blanca para andar más de prisa que nadie.

Garduña se hallaba ya de vuelta en el molino, después de haber buscado a la señá Frasquita por todas las calles de la ciudad.

El astuto alguacil había tocado de camino en el Corregimiento, donde lo encontró todo muy sosegado. Las puertas seguían abiertas como en medio del día, según es costumbre cuando la autoridad está en la calle ejerciendo sus sagradas funciones. Dormitaban en la meseta de la escalera y en el recibimiento otros alguaciles y ministros, esperando [descansadamente] a su amo; [mas] cuando sintieron llegar a Garduña, desperezáronse dos o tres de ellos, y le preguntaron al que era su decano y jefe inmediato:

-¿Viene ya el señor?

-¡Ni por asomo! Estaos2 quietos. Vengo a saber si ha habido novedad en la casa...

-Ninguna.

-¿Y la Señora?

-Recogida en sus aposentos.

-¿No ha entrado una mujer por estas puertas hace poco?

-Nadie ha aparecido por aquí en toda la noche...

-Pues no dejéis entrar a persona alguna, sea quien sea y diga lo que diga. ¡Al contrario! Echadle mano al mismo lucero del alba que venga a preguntar por el Señor o por la Señora, y llevadlo a la cárcel.

-¿Parece que esta noche se anda a caza de pájaros de cuenta? -preguntó uno de los esbirros.

-¡Caza mayor! -añadió otro.

-¡Mayúscula! -respondió Garduña solemnemente-. ¡Figuraos si la cosa será delicada, cuando el señor Corregidor y yo hacemos la batida por nosotros mismos!... Conque... hasta luego, buenas piezas, y ¡mucho ojo!

-Vaya usted con Dios, señor Bastián -repusieron todos saludando a Garduña.

-¡Mi estrella se eclipsa! -murmuró éste al salir del Corregimiento-. ¡Hasta las mujeres me engañan! La Molinera se encaminó al lugar en busca de su esposo, en vez de venirse a la ciudad... ¡Pobre Garduña! ¿Qué se ha hecho de tu olfato?

Y, discurriendo de este modo, tomó la vuelta al molino.

Razón tenía el alguacil para echar de menos su antiguo olfato, pues que no venteó a un hombre que se escondía en aquel momento detrás de unos mimbres, a poca distancia de la ramblilla, y el cual exclamó para su capote, o más bien para su capa grana:

-¡Guarda, Pablo! ¡Por allí viene Garduña!... Es menester que no me vea...

Era el tío Lucas vestido de Corregidor, que se dirigía a la ciudad, repitiendo de vez en cuando su diabólica frase:

-¡También la Corregidora es guapa!

Pasó Garduña sin verlo, y el falso Corregidor dejó su escondite y penetró en la población...

Poco después llegaba el alguacil al molino, según dejamos indicado.




ArribaAbajo- XXVI -

Reacción


El Corregidor seguía en la cama, tal y como acababa de verlo el tío Lucas por el ojo de la llave.

-¡Qué bien sudo, Garduña! ¡Me he salvado de una enfermedad! -exclamó tan luego como penetró el alguacil en la estancia-. ¿Y la señá Frasquita? ¿Has dado con ella? ¿Viene contigo? ¿Ha hablado con la Señora?

-La Molinera, señor [-respondió Garduña con angustiado acento-], me engañó como a un pobre hombre; pues no se fue a la ciudad, sino al pueblecillo... en busca de su esposo. [Perdone Usía la torpeza...]

-¡Mejor! ¡Mejor! -dijo el madrileño, con los ojos chispeantes de maldad-. ¡Todo se ha salvado entonces! Antes de que amanezca estarán caminando para las cárceles de la Inquisición, atados codo con codo, el tío Lucas y la señá Frasquita, y allí se pudrirán sin tener a quien contarle sus aventuras de esta noche. Tráeme la ropa, Garduña, que ya estará seca... ¡Tráemela y vísteme! ¡El amante se va a convertir en Corregidor!...

Garduña bajó a la cocina por la ropa.




ArribaAbajo- XXVII -

¡Favor al Rey!


Entretanto, la señá Frasquita, el señor Juan López y Toñuelo avanzaban hacia el molino, al cual llegaron pocos minutos después.

-¡Yo entraré delante! -exclamó el alcalde de monterilla-. ¡Para algo soy la autoridad! Sígueme, Toñuelo, y usted, señá Frasquita, espérese a la puerta hasta que yo la llame.

Penetró, pues, el señor Juan López bajo la parra, donde vio a la luz de la luna un hombre casi jorobado, vestido como solía el Molinero, con chupetín y calzón de paño pardo, faja negra, medias azules, montera murciana de felpa, y el capote de monte al hombro.

-¡Él es! -gritó el alcalde-. ¡Favor al rey! ¡Entréguese usted, tío Lucas!

El hombre de la montera intentó meterse en el molino.

-¡Date! -gritó a su vez Toñuelo, saltando sobre él, cogiéndolo por el pescuezo, aplicándole una rodilla al espinazo y haciéndole rodar por tierra.

Al mismo tiempo, otra especie de fiera saltó sobre Toñuelo, y agarrándolo de la cintura, lo tiró sobre el empedrado y principió a darle de bofetones.

Era la señá Frasquita, que exclamaba:

-¡Tunante! ¡Deja a mi Lucas!

Pero, en esto, otra persona, que había aparecido llevando del diestro una borrica, metióse resueltamente entre los dos, y trató de salvar a Toñuelo...

Era Garduña, que, tomando al alguacil del lugar por don Eugenio de Zúñiga, le decía a la Molinera:

-¡Señora, respete usted a mi amo!

Y la derribó de espaldas sobre el lugareño.

La señá Frasquita, viéndose entre dos fuegos, descargó entonces a Garduña tal revés en medio del estómago, que le hizo caer de boca tan largo como era.

Y, con él, ya eran cuatro las personas que rodaban por el suelo.

El señor Juan López impedía entretanto levantarse al supuesto tío Lucas, teniéndole plantado un pie sobre los riñones.

-¡Garduña! ¡Socorro! ¡Favor al rey! ¡Yo soy el Corregidor! -gritó al fin don Eugenio, sintiendo que la pezuña del alcalde, calzada con albarca de piel de toro, lo reventaba materialmente.

-¡El Corregidor! ¡Pues es verdad! -dijo el señor Juan López, lleno de asombro...

-¡El Corregidor! -repitieron todos. Y pronto estuvieron de pie los cuatro derribados.

-¡Todo el mundo a la cárcel! -exclamó don Eugenio de Zúñiga-. ¡Todo el mundo a la horca!

-Pero, señor... -observó el señor Juan López, poniéndose de rodillas-. ¡Perdone Usía que lo haya maltratado! ¡Cómo había de conocer a Usía con esa ropa [tan ordinaria?]

-¡Bárbaro! -replicó el Corregidor-. ¡Alguna había de ponerme! ¿No sabes que me han robado la mía? ¿No sabes que una compañía de ladrones, mandada por el tío Lucas...?

-¡Miente usted! -gritó la navarra.

-Escúcheme usted, señá Frasquita -le dijo Garduña, llamándola aparte-. Con permiso del señor Corregidor y la compaña... ¡Si usted no arregla esto, nos van a ahorcar a todos, empezando por el tío Lucas!...

-Pues ¿qué ocurre? -preguntó la señá Frasquita.

-Que el tío Lucas anda a estas horas por la ciudad vestido de Corregidor..., y que Dios sabe si habrá llegado con su disfraz hasta el propio dormitorio de la Corregidora.

Y el alguacil le refirió en cuatro palabras todo lo que ya sabemos.

-¡Jesús! -exclamó la Molinera-. ¡Conque mi marido me cree deshonrada! ¡Conque ha ido a la ciudad a vengarse! ¡Vamos, vamos a la ciudad, y justificadme a los ojos de mi Lucas!

-¡Vamos a la ciudad, e impidamos que ese hombre hable con mi mujer y le cuente todas las majaderías que se haya figurado! -dijo el Corregidor, arrimándose a una de las burras-. Déme usted un pie para montar, señor alcalde.

-Vamos a la ciudad, sí... -añadió Garduña-; ¡y quiera el cielo, señor Corregidor, que el tío Lucas, amparado por su vestimenta, se haya contentado con hablarle a la Señora!

-¿Qué dices, desgraciado? -prorrumpió don Eugenio de Zúñiga-. ¿Crees tú [a ese villano] capaz?...

-¡De todo! -contestó la señá Frasquita.




ArribaAbajo- XXVIII -

¡Ave María Purísima! ¡Las doce y media y sereno!


Así gritaba por las calles de la ciudad quien tenía facultades para tanto, cuando la Molinera y el Corregidor, cada cual en una de las burras del molino, el señor Juan López en su mula, y los dos alguaciles andando, llegaron a la puerta del Corregimiento.

La puerta estaba cerrada.

Dijérase que para el gobierno, lo mismo que para los gobernados, había concluido todo por aquel día.

-¡Malo! -pensó Garduña.

Y llamó con el aldabón dos o tres veces.

Pasó mucho tiempo, y ni abrieron ni contestaron.

La señá Frasquita estaba más amarilla que la cera.

El Corregidor se había comido ya todas las uñas de ambas manos.

¡Pum!... ¡Pum!... ¡Pum!..., golpes y más golpes a la puerta del Corregimiento (aplicados sucesivamente por los dos alguaciles y por el señor Juan López)... ¡Y nada! ¡No respondía nadie! ¡No abrían! ¡No se movía una mosca! ¡Sólo se oía el claro rumor de los caños de una fuente que había en el patio de la casa!

Y de esta manera transcurrían minutos, largos como eternidades.

Al fin, cerca de la una, abrióse un ventanillo del piso segundo, y dijo una voz femenina:

-¿Quién?

-Es la voz del ama de leche... -murmuró Garduña.

-¡Yo! -respondió don Eugenio de Zúñiga-. ¡Abrid!

Pasó un instante de silencio.

-¿Y quién es usted? -replicó luego la nodriza.

-¿Pues no me está usted oyendo? ¡Soy el amo!... ¡El Corregidor!...

Hubo otra pausa.

-¡Vaya usted mucho con Dios! -repuso la buena mujer-. Mi amo vino hace una hora, y se acostó en seguida. ¡Acuéstense ustedes también, y duerman el vino que tendrán en el cuerpo!

Y la ventana se cerró de golpe.

La señá Frasquita se cubrió el rostro con las manos.

-¡Ama! -tronó el Corregidor, fuera de sí-. ¿No oye usted que le digo que abra la puerta? ¿No oye usted que soy yo? ¿Quiere usted que la ahorque también?

La ventana volvió a abrirse.

-Pero vamos a ver... [-expuso el ama-]. ¿Quién es usted para dar esos gritos?

-¡Soy el Corregidor!

-¡Dale, bola! ¿No le digo a usted que el señor corregidor vino antes de las doce..., y que yo lo vi con mis propios ojos encerrarse en las habitaciones de la Señora? ¿Se quiere usted divertir conmigo? ¡Pues espere usted..., y verá lo que le pasa!

Al mismo tiempo se abrió repentinamente la puerta y una nube de criados y ministriles, provistos de sendos garrotes, se lanzó sobre los de afuera, exclamando furiosamente:

-¡A ver! ¿Dónde está ese que dice que es el Corregidor? ¿Dónde está ese chusco? ¿Dónde está ese borracho?

Y se armó un lío de todos los demonios en medio de la oscuridad, sin que nadie pudiera entenderse, y no dejando de recibir algunos palos el Corregidor, Garduña, el señor Juan López y Toñuelo.

Era la segunda paliza que le costaba a don Eugenio su aventura de aquella noche, además del remojón que se dio en el caz del molino.

La señá Frasquita, apartada de aquel laberinto, lloraba por la primera vez de su vida...

-¡Lucas! ¡Lucas! -decía-. ¡Y has podido dudar de mí! ¡Y has podido estrechar en tus brazos a otra! ¡Ah! ¡Nuestra desventura no tiene ya remedio!




ArribaAbajo- XXIX -

Post nubila... Diana


-¿Qué escándalo es éste? -dijo al fin una voz tranquila, majestuosa y de gracioso timbre, resonando encima de aquella baraúnda.

Todos levantaron la cabeza, y vieron a una mujer vestida de negro asomada al balcón principal del edificio.

-¡La Señora! -dijeron los criados, suspendiendo la retreta de palos.

-¡Mi mujer! -tartamudeó don Eugenio.

-Que pasen esos rústicos... El señor Corregidor dice que lo permite... -agregó la Corregidora.

Los criados cedieron paso, y el de Zúñiga y sus compañeros penetraron en el portal y tomaron por la escalera de arriba.

Ningún reo ha subido al patíbulo con paso tan inseguro y semblante tan demudado como el Corregidor subía las escaleras de su casa. Sin embargo, la idea de su deshonra principiaba ya a descollar, con noble egoísmo, por encima de todos los infortunios que había causado y que lo afligían y sobre las demás ridiculeces de la situación en que se hallaba...

-¡Antes que todo -iba pensando-, soy un Zúñiga y un Ponce de León!... ¡Ay de aquellos que lo hayan echado en olvido! [¡Ay de mi mujer, si ha mancillado mi nombre!]




ArribaAbajo- XXX -

Una señora de clase


La Corregidora recibió a su esposo y a la rústica comitiva en el salón principal del Corregimiento.

Estaba sola, de pie y con los ojos clavados en la puerta.

Érase una principalísima dama, bastante joven todavía, de plácida y severa hermosura, más propia del pincel cristiano que del cincel gentílico, y estaba vestida con toda la nobleza y seriedad que consentía el gusto de la época. Su traje, de corta y estrecha falda y mangas huecas y subidas, era de alepín negro: una pañoleta de blonda blanca, algo amarillenta, velaba sus admirables hombros, y larguísimos maniquetes o mitones de tul negro cubrían la mayor parte de sus alabastrinos brazos. Abanicábase majestuosamente con un pericón enorme, traído de las islas Filipinas, y empuñaba con la otra mano un pañuelo de encaje, cuyos cuatro picos colgaban simétricamente con una regularidad sólo comparable a la de su actitud y menores movimientos.

Aquella hermosa mujer tenía algo de reina y mucho de abadesa, e infundía por ende veneración y miedo a cuantos la miraban. Por lo demás, el atildamiento de su traje a semejante hora, la gravedad de su continente y las muchas luces que alumbraban el salón, demostraron que la Corregidora se había esmerado en dar a aquella escena una solemnidad teatral y un tinte ceremonioso que contrastasen con el carácter villano y grosero de la aventura de su marido.

Advertiremos, finalmente, que aquella señora se llamaba doña Mercedes Carrillo de Albornoz y Espinosa de los Monteros, y que era hija, nieta, biznieta, tataranieta y hasta vigésima nieta de la ciudad, como descendiente de sus ilustres conquistadores. Su familia, por razones de vanidad mundana, le había inducido a casarse con el viejo y acaudalado Corregidor, y ella, que de otro modo hubiera sido monja, pues su vocación natural la iba llevando al claustro, consintió en aquel doloroso sacrificio.

A la sazón tenía ya dos vástagos del arriscado madrileño, y aún se susurraba que había otra vez moros en la costa...

Conque volvamos a nuestro cuento.




ArribaAbajo- XXXI -

La pena del talión


-¡Mercedes! -exclamó el Corregidor al comparecer delante de su esposa.

-¡Hola, tío Lucas! ¿Usted por aquí? -díjole la Corregidora, interrumpiéndole-. ¿Ocurre alguna desgracia en el molino?

-¡Señora, no estoy para chanzas! -repuso el Corregidor hecho una fiera-. Antes de entrar en explicaciones por mi parte, necesito saber qué ha sido de mi honor...

-¡Esa no es cuenta mía! ¿Acaso me lo ha dejado usted a mí en depósito?

-Sí, Señora... ¡A usted! -replicó don Eugenio-. ¡Las mujeres son las depositarias del honor de sus maridos!

-Pues entonces [mi querido tío Lucas], pregúntele usted a su mujer... Precisamente nos está escuchando.

La señá Frasquita, que se había quedado a la puerta del salón, lanzó una especie de rugido.

-Pase usted, señora, y siéntese... -añadió la Corregidora, dirigiéndose a la Molinera con dignidad soberana.

Y, por su parte, encaminóse al sofá.

La generosa navarra supo comprender, desde luego, toda la grandeza de la actitud de aquella esposa injuriada..., e injuriada acaso doblemente... Así es que, alzándose en el acto a igual altura, dominó sus naturales ímpetus, y guardó un silencio decoroso. Esto sin contar con que la señá Frasquita, segura de su inocencia y de su fuerza, no tenía prisa de defenderse: teníala, sí, de acusar..., mucha..., pero no ciertamente a la Corregidora. ¡Con quien ella deseaba ajustar cuentas era con el tío Lucas... y el tío Lucas no estaba allí!

-Señá Frasquita... -repitió la noble dama, al ver que la Molinera no se había movido de su sitio-: le he dicho a usted que puede pasar y sentarse.

Esta segunda indicación fue hecha con voz más afectuosa y sentida que la primera... Dijérase que la Corregidora había adivinado también por instinto, al fijarse en el reposado continente y en la varonil hermosura de aquella mujer, que no iba a habérselas con un ser bajo y despreciable, sino quizá más bien con otra infortunada como ella; ¡infortunada, sí, por el solo hecho de haber conocido al Corregidor!

Cruzaron, pues, sendas miradas de paz y de indulgencia aquellas dos mujeres que se consideraban dos veces rivales, y notaron con gran sorpresa que sus almas se aplacieron la una en la otra, como dos hermanas que se reconocen.

No de otro modo se divisan y saludan a lo lejos las castas nieves de las encumbradas montañas.

Saboreando estas dulces emociones, la Molinera entró majestuosamente en el salón, y se sentó en el filo de una silla.

A su paso por el molino, previniendo que en la ciudad tendría que hacer visitas de importancia, se había arreglado un poco y puéstose una mantilla de franela negra, con grandes felpones, que la sentaba divinamente. Parecía toda una señora.

Por lo que toca al Corregidor, dicho se está que había guardado silencio durante aquel episodio. El rugido de la señá Frasquita y su aparición en la escena no habían podido menos de sobresaltarlo. ¡Aquella mujer le causaba ya más terror que la suya propia!

-Conque vamos, tío Lucas... -prosiguió doña Mercedes, dirigiéndose a su marido-. Ahí tiene usted a la señá Frasquita... ¡Puede usted volver a formular su demanda! [¡Puede usted preguntarle aquello de su honra!]

-Mercedes, ¡por los clavos de Cristo! -gritó el Corregidor-. ¡Mira que tú no sabes de lo que soy capaz! ¡Nuevamente te conjuro a que dejes la broma y me digas todo lo que ha pasado aquí durante mi ausencia! ¿Dónde está ese hombre?

-¿Quién? ¿Mi marido?... Mi marido se está levantando, y ya no puede tardar en venir.

-¡Levantándose! -bramó don Eugenio.

-¿Se asombra usted? ¿Pues dónde quería usted que estuviese a estas horas un hombre de bien sino en su casa, en su casa y durmiendo con su legítima consorte, como manda Dios?

-¡Merceditas! ¡Ve lo que te dices! ¡Repara en que nos están oyendo! ¡Repara en que soy el Corregidor!...

-¡A mí no me dé usted voces, tío Lucas, o mandaré a los alguaciles que lo lleven a la cárcel! -replicó la Corregidora, poniéndose de pie.

-¡Yo a la cárcel! ¡Yo! ¡El Corregidor de la ciudad!

-El Corregidor de la ciudad, el representante de la justicia, el apoderado del rey -repuso la gran señora con una severidad y una energía que ahogaron la voz del fingido Molinero- llegó a su casa a la hora debida, a descansar de las nobles tareas de su oficio, para seguir mañana amparando la honra y la vida de los ciudadanos, la santidad del hogar y el recato de las mujeres, impidiendo de este modo que nadie pueda entrar, disfrazado de Corregidor ni de ninguna otra cosa, en la alcoba de la mujer ajena; que nadie pueda sorprender a la virtud en su descuidado reposo; que nadie pueda abusar de su casto sueño...

-¡Merceditas! ¿Qué es lo que profieres? -silbó el Corregidor con labios y encías-. ¡Si es verdad que ha pasado en mi casa, diré que eres una pícara, una pérfida, una licenciosa!

-¿Con quién habla este hombre? -prorrumpió la Corregidora desdeñosamente y pasando la vista por todos los circunstantes-. ¿Quién es este loco? ¿Quién es este ebrio?... ¡Ni siquiera puedo ya creer que sea un honrado molinero como el tío Lucas, a pesar de que viste su traje de villano! Señor Juan López, créame usted -continuó, encarándose con el alcalde de monterilla, que estaba aterrado-: mi marido, el Corregidor de la ciudad, llegó a esta su casa hace dos horas, con su sombrero de tres picos, su capa de grana, su espadín de caballero y su bastón de autoridad... Los criados y alguaciles que me escuchan se levantaron, y lo saludaron al verlo pasar por el portal, por la escalera y por el recibimiento. Cerráronse en seguida todas las puertas, y desde entonces no ha penetrado nadie en mi hogar hasta que llegaron ustedes. ¿Es cierto? Responded vosotros.

-¡Es verdad! ¡Es muy verdad! -contestaron la nodriza, los domésticos y los ministriles; todos los cuales, agrupados a la puerta del salón, presenciaban aquella singular escena.

-¡Fuera de aquí todo el mundo! -gritó don Eugenio, echando espumarajos de rabia-. ¡Garduña! ¡Garduña! ¡Ven y prende a estos viles que me están faltando al respeto! ¡Todos a la cárcel! ¡Todos a la horca!

Garduña no aparecía por ningún lado.

-Además, señor... -continuó doña Mercedes, cambiando de tono y dignándose ya mirar a su marido y tratarle como a tal, temerosa de que las chanzas llegaran a irremediables extremos-. Supongamos que usted es mi esposo... Supongamos que usted es don Eugenio de Zúñiga y Ponce de León.

-¡Lo soy!

-Supongamos, además, que me cupiese alguna culpa en haber tomado por usted al hombre que penetró en mi alcoba vestido de corregidor...

-¡Infames! -gritó el viejo, echando mano a la espada, y encontrándose sólo con el sitio, o sea, con la faja del molinero murciano.

La navarra se tapó el rostro con un lado de la mantilla para ocultar las llamaradas de sus celos.

-Supongamos todo lo que usted quiera -continuó doña Mercedes con una impasibilidad inexplicable-. Pero dígame usted ahora, señor mío: ¿Tendría usted derecho a quejarse? ¿Podría usted acusarme como fiscal? ¿Podría usted sentenciarme como juez? ¿Viene usted de confesar? ¿Viene usted de oír misa? ¿O de dónde viene usted con ese traje? ¿De dónde viene usted con esa señora? ¿Dónde ha pasado usted la mitad de la noche?

-Con permiso... -exclamó la señá Frasquita poniéndose de pie como empujada por un resorte y atravesándose arrogantemente entre la Corregidora y su marido.

Éste, que iba a hablar, se quedó con la boca abierta al ver que la navarra entraba en fuego.

Pero doña Mercedes se anticipó, y dijo:

-Señora, no se fatigue usted en darme a mí explicaciones... Yo no se las pido a usted, ni mucho menos. Allí viene quien puede pedírselas a justo título... ¡Entiéndase usted con él!

Al mismo tiempo se abrió la puerta de un gabinete y apareció en ella el tío Lucas, vestido de corregidor de pies a cabeza, y con bastón, guantes y espadín como si se presentase en las Salas de Cabildo.




ArribaAbajo- XXXII -

La fe mueve las montañas


-Tengan ustedes muy buenas noches -pronunció el recién llegado, quitándose el sombrero de tres picos, y hablando con la boca sumida, como [solía] don Eugenio de Zúñiga.

En seguida se adelantó por el salón, balanceándose en todos los sentidos, y fue a besar la mano de la Corregidora.

Todos se quedaron estupefactos. El parecido del tío Lucas con el verdadero Corregidor era maravilloso.

Así es que la servidumbre, y hasta el mismo señor Juan López, no pudieron contener la carcajada.

Don Eugenio sintió aquel nuevo agravio, y se lanzó sobre el tío Lucas como un basilisco.

Pero la señá Frasquita metió el montante, apartando al Corregidor con el brazo de marras, y Su Señoría, en evitación de otra voltereta y del consiguiente ludibrio, se dejó atropellar sin decir oxte ni moxte. Estaba visto que aquella mujer había nacido para domadora del pobre viejo.

El tío Lucas se puso más pálido que la muerte al ver que su mujer se le acercaba; pero luego se dominó, y, con una risa tan horrible que tuvo que llevarse la mano al corazón para que no se le hiciese pedazos, dijo, remedando siempre al Corregidor:

-¡Dios te guarde, Frasquita! ¿Le has enviado ya a tu sobrino el nombramiento?

¡Hubo que ver entonces a la navarra! Tiróse la mantilla atrás, levantó la frente con soberanía de leona, y clavando en el falso corregidor dos ojos como dos puñales:

-¡Te desprecio, Lucas! -le dijo en mitad de la cara.

Todos creyeron que le había escupido.

¡Tal gesto, tal ademán y tal tono de voz acentuaron aquella frase!

El rostro del Molinero se transfiguró al oír la voz de su mujer. Una especie de inspiración semejante a la de la fe religiosa, había penetrado en su alma, inundándola de luz y de alegría... Así es que, olvidándose por un momento de cuanto había visto y creído ver en el molino, exclamó con las lágrimas en los ojos y la sinceridad en los labios:

-¿Conque tú eres mi Frasquita?

-¡No! -respondió la navarra fuera de sí-. ¡Yo no soy ya tu Frasquita! Yo soy... ¡Pregúntaselo a tus hazañas de esta noche, y ellas te dirán lo que has hecho del corazón que tanto te quería!...

Y se echó a llorar, como una montaña de hielo que se hunde, y principia a derretirse.

La Corregidora se adelantó hacia ella sin poder contenerse, y la estrechó en sus brazos con el mayor cariño.

La señá Frasquita se puso entonces a besarla, sin saber tampoco lo que se hacía, diciéndole entre sus sollozos, como una niña que busca el amparo de su madre:

-¡Señora, señora! ¡Qué desgraciada soy!

-¡No tanto como usted se figura! -contestábale la Corregidora, llorando también generosamente.

-Yo sí que soy desgraciado -gemía al mismo tiempo el tío Lucas, andando a puñetazos con sus lágrimas, como avergonzado de verterlas.

-Pues ¿y yo? -prorrumpió al fin don Eugenio, sintiéndose ablandado por el contagioso lloro de los demás, o esperando salvarse también por la vía húmeda; quiero decir, por la vía del llanto-. ¡Ah, yo soy un pícaro!, ¡un monstruo!, ¡un calavera deshecho, que ha llevado su merecido!

Y rompió a berrear tristemente abrazado a la barriga del señor Juan López.

Y éste y los criados lloraban de igual manera, y todo parecía concluido, y, sin embargo, nadie se había explicado.




ArribaAbajo- XXXIII -

Pues ¿y tú?


El tío Lucas fue el primero que salió a flote en aquel mar de lágrimas.

Era que empezaba a acordarse otra vez de lo que había visto por el ojo de la llave.

-¡Señores, vamos a cuentas!... -dijo de pronto.

-No hay cuentas que valgan, tío Lucas -exclamó la Corregidora-. ¡Su mujer de usted es una bendita!

-Bien..., sí...; pero...

-¡Nada de pero!... Déjela usted hablar, y verá como se justifica. Desde que la vi, me dio el corazón que era una santa, a pesar de todo lo que usted me había contado.

-¡Bueno; que hable! -dijo el tío Lucas.

-¡Yo no hablo! -contestó la Molinera-. ¡El que tiene que hablar eres tú!... Porque la verdad es que tú...

Y la seña Frasquita no dijo más, por impedírselo el invencible respeto que le inspiraba la Corregidora.

-Pues ¿y tú? -respondió el tío Lucas perdiendo de nuevo toda fe.

-Ahora no se trata de ella... -gritó el Corregidor, tornando también a sus celos-. ¡Se trata de usted y de esta señora! ¡Ah, Merceditas!... ¿Quién había de decirme que tú?...

-Pues ¿y tú? -repuso la Corregidora midiéndolo con la vista.

Y durante algunos momentos los dos matrimonios repitieron cien veces las mismas frases:

-¿Y tú?

-Pues ¿y tú?

-¡Vaya que tú!

-¡No que tú!

-Pero ¿cómo has podido tú?...

Etcétera, etcétera, etcétera.

La cosa hubiera sido interminable si la Corregidora, revistiéndose de dignidad, no dijese por último a don Eugenio:

-¡Mira, cállate tú ahora! Nuestra cuestión particular la ventilaremos más adelante. Lo que urge en este momento es devolver la paz al corazón del tío Lucas, cosa fácil a mi juicio, pues allí distingo al señor Juan López y a Toñuelo, que están saltando por justificar a la señá Frasquita...

-¡Yo no necesito que me justifiquen los hombres! -respondió ésta-. Tengo dos testigos de mayor crédito a quienes no se dirá que he seducido ni sobornado...

-Y ¿dónde están? -preguntó el Molinero.

-Están abajo, en la puerta...

-Pues diles que suban, con permiso de esta señora.

-Las pobres no pueden subir...

-¡Ah! ¡Son dos mujeres!... ¡Vaya un testimonio fidedigno!

-Tampoco son dos mujeres. Sólo son dos hembras...

-¡Peor que peor! ¡Serán dos niñas!... Hazme el favor de decirme sus nombres.

-La una se llama Piñona y la otra Liviana...

-¡Nuestras dos burras! Frasquita: ¿te estás riendo de mí?

-No, que estoy hablando muy formal. Yo puedo probarte con el testimonio de nuestras burras, que no me hallaba en el molino cuando tú viste en él al señor Corregidor.

-¡Por Dios te pido que te expliques!...

-¡Oye, Lucas!..., y muérete de vergüenza por haber dudado de mi honradez. Mientras tú ibas esta noche desde el lugar a nuestra casa, yo me dirigía desde nuestra casa al lugar, y, por consiguiente, nos cruzamos en el camino. Pero tú marchabas fuera de él, o, por mejor decir, te habías detenido a echar unas yescas en medio de un sembrado...

-¡Es verdad que me detuve!... Continúa.

-En esto rebuznó tu borrica...

-¡Justamente! ¡Ah, qué feliz soy!... ¡Habla, habla; que cada palabra tuya me devuelve un año de vida!

-Y a aquel rebuzno contestó otro en el camino...

-¡Oh!, sí..., sí... ¡Bendita seas! ¡Me parece estarlo oyendo!

-Eran Liviana y Piñona, que se habían reconocido y se saludaban como buenas amigas, mientras que nosotros dos ni nos saludamos ni nos reconocimos...

-¡No me digas más! ¡No me digas más!...

-Tan no nos reconocimos -continuó la señá Frasquita-, que los dos nos asustamos y salimos huyendo en direcciones contrarias... ¡Conque ya ves que yo no estaba en el molino! Si quieres saber ahora por qué encontraste al señor Corregidor en nuestra cama, tienta esas ropas que llevas puestas, y que todavía estarán húmedas, y te lo dirán mejor que yo. ¡Su Señoría se cayó al caz del molino, y Garduña lo desnudó y lo acostó allí! Si quieres saber por qué abrí la puerta..., fue porque creí que eras tú el que se ahogaba y me llamaba a gritos. Y, en fin, si quieres saber lo del nombramiento... Pero no tengo más que decir por la presente. Cuando estemos solos te enteraré de este y otros particulares... que no debo referir delante de esta señora.

-¡Todo lo que ha dicho la señá Frasquita es la pura verdad! -gritó el señor Juan López, deseando congraciarse con doña Mercedes, visto que ella imperaba en el Corregimiento.

-¡Todo! ¡Todo! -añadió Toñuelo, siguiendo la corriente a su amo.

-¡Hasta ahora..., todo! -agregó el Corregidor muy complacido de que las explicaciones de la navarra no hubieran ido más lejos.

-¡Conque eres inocente! -exclamaba en tanto el tío Lucas, rindiéndose a la evidencia-. ¡Frasquita mía, Frasquita de mi alma! ¡Perdóname la injusticia, y deja que te dé un abrazo!...

-¡Esa es harina de otro costal!... -contestó la Molinera, hurtando el cuerpo-. Antes de abrazarte necesito oír tus explicaciones...

-Yo las daré por él y por mí... -dijo doña Mercedes.

-¡Hace una hora que las estoy esperando! -profirió el Corregidor, tratando de erguirse.

-Pero no las daré -continuó la Corregidora, volviendo la espalda desdeñosamente a su marido- hasta que esos señores hayan descambiado vestimentas...; y, aún entonces, se las daré tan sólo a quien merezca oírlas.

-Vamos..., vamos a descambiar... -díjole el murciano a don Eugenio, alegrándose mucho de no haberlo asesinado, pero mirándolo todavía con un odio verdaderamente morisco-. ¡El traje de Vuestra Señoría me ahoga! ¡He sido muy desgraciado mientras lo he tenido puesto!...

-¡Porque no lo entiendes! -respondió el Corregidor-. ¡Yo estoy, en cambio, deseando ponérmelo, para ahorcarte a ti y a medio mundo, si no me satisfacen las exculpaciones de mi mujer!

La Corregidora, que oyó estas palabras, tranquilizó a la reunión con una suave sonrisa, propia de aquellos afanados ángeles cuyo ministerio es guardar a los hombres.




ArribaAbajo- XXXIV -

También la Corregidora es guapa


Salido que hubieron de la sala el Corregidor y el tío Lucas, sentóse de nuevo la Corregidora en el sofá, colocó a su lado a la señá Frasquita, y, dirigiéndose a los domésticos y ministriles que obstruían la puerta, les dijo con afable sencillez:

-¡Vaya, muchachos!... Contad ahora vosotros [a esta excelente] mujer todo lo malo que sepáis de mí.

Avanzó el cuarto estado, y diez voces quisieron hablar a un mismo tiempo; pero el ama de leche, como la persona que más alas tenía en la casa, impuso silencio a los demás, y dijo de esta manera:

-Ha de saber usted, señá Frasquita, que estábamos yo y mi Señora esta noche al cuidado de los niños, esperando a ver si venía el amo y rezando el tercer rosario para hacer tiempo (pues la razón traída por Garduña había sido que andaba el señor Corregidor detrás de unos facinerosos terribles, y no era cosa de acostarse hasta verlo entrar sin novedad), cuando sentimos ruido de gente en la alcoba inmediata, que es donde mis señores tienen su cama de matrimonio. Cogimos la luz, muertas de miedo, y fuimos a ver quién andaba en la alcoba, cuando, ¡ay, Virgen del Carmen!, al entrar vimos que un hombre, vestido como mi señor, pero que no era él (¡como que era su marido de usted!), trataba de esconderse debajo de la cama. «¡Ladrones!», principiamos a gritar desaforadamente, y un momento después la habitación estaba llena de gente, y los alguaciles sacaban arrastrando de su escondite al fingido Corregidor. Mi señora, que, como todos, había reconocido al tío Lucas, y que lo vio con aquel traje, temió que hubiese matado al amo y empezó a dar unos lamentos que partían las piedras... «¡A la cárcel! ¡A la cárcel!», decíamos entretanto los demás. «¡Ladrón! ¡Asesino!», era la mejor palabra que oía el tío Lucas; y así es que estaba como un difunto, arrimado a la pared, sin decir esta boca es mía. Pero viendo luego que se lo llevaban a la cárcel, dijo... lo que voy a repetir, aunque verdaderamente mejor sería para callado: «Señora, yo no soy ladrón ni asesino: el ladrón y el asesino... de mi honra está en mi casa, acostado con mi mujer».

-¡Pobre Lucas! -suspiró la señá Frasquita.

-¡Pobre de mí! -murmuró la Corregidora [tranquilamente].

-Eso dijimos todos...: «¡Pobre tío Lucas y pobre Señora!». Porque... la verdad, señá Frasquita, ya teníamos idea de que mi señor había puesto los ojos en usted..., y aunque nadie se figuraba que usted...

-¡Ama! -exclamó severamente la Corregidora-. ¡No siga usted por ese camino!...

-Continuaré yo por el otro... -dijo un alguacil, aprovechando aquella coyuntura para apoderarse de la palabra-. El tío Lucas (que nos engañó de lo lindo con su traje y su manera de andar cuando entró en la casa; tanto, que todos lo tomamos por el señor Corregidor) no había venido con muy buenas intenciones que digamos, y si la Señora no hubiera estado levantada..., figúrese usted lo que habría sucedido...

-¡Vamos! ¡Cállate tú también! -interrumpió la cocinera-. ¡No estás diciendo más que tonterías! Pues, sí, señá Frasquita: el tío Lucas, para explicar su presencia en la alcoba de mi ama, tuvo que confesar las intenciones que traía... ¡Por cierto que la Señora no se pudo contener al oírlo, y le arrimó una bofetada en medio de la boca que le dejó la mitad de las palabras dentro del cuerpo! Yo mismo lo llené de insultos y denuestos, y quise sacarle los ojos... Porque ya conoce usted, señá Frasquita, que, aunque sea su marido de usted, eso de venir con sus manos lavadas...

-¡Eres una bachillera! -gritó el portero, poniéndose delante de la oradora-. ¿Qué más hubieras querido tú?... En fin, señá Frasquita: óigame usted a mí, y vamos al asunto. La Señora hizo y dijo lo que debía...; pero luego, calmado ya su enojo, compadecióse del tío Lucas y paró mientes en el mal proceder del señor Corregidor, viniendo a pronunciar estas o parecidas palabras: «Por infame que haya sido su pensamiento de usted, tío Lucas, y aunque nunca podré perdonar tanta insolencia, es menester que su mujer de usted y mi esposo crean durante algunas horas que han sido cogidos en sus propias redes, y que usted, auxiliado por ese disfraz, les ha devuelto afrenta por afrenta. ¡Ninguna venganza mejor podemos tomar de ellos que este engaño, tan fácil de desvanecer cuando nos acomode!». Adoptada tan graciosa resolución, la Señora y el tío Lucas nos aleccionaron a todos de lo que teníamos que hacer y decir cuando volviese Su Señoría; y por cierto que yo le he pegado a Sebastián Garduña tal palo en la rabadilla, que creo que no se le olvidará en mucho tiempo la noche de San Simón y San Judas...

Cuando el portero dejó de hablar, ya hacía rato que la Corregidora y la Molinera cuchicheaban al oído, abrazándose y besándose a cada momento, y no pudieron en ocasiones contener la risa.

¡Lástima que no se oyera lo que hablaban!... Pero el lector se lo figurará sin gran esfuerzo y si no el lector, la lectora.




ArribaAbajo- XXXV -

Decreto imperial


Regresaron en esto a la sala el Corregidor y el tío Lucas, vestido cada cual con su propia ropa.

-¡Ahora me toca a mí! -entró diciendo el insigne don Eugenio de Zúñiga.

Y después de dar en el suelo un par de bastonazos como para recobrar su energía (a guisa de Anteo oficial, que no se sentía fuerte hasta que su caña de Indias tocaba en la tierra), díjole a la Corregidora con un énfasis y una frescura indescriptibles:

-¡Merceditas..., estoy esperando tus explicaciones!...

Entretanto, la Molinera se había levantado y le tiraba al tío Lucas un pellizco de paz, que le hizo ver estrellas, mirándolo al mismo tiempo con desenojados y hechiceros ojos.

El Corregidor, que observaba aquella pantomima, quedóse hecho una pieza, sin acertar a explicarse una reconciliación tan inmotivada.

Dirigióse, pues, de nuevo a su mujer, y le dijo, hecho un vinagre:

-¡Señora! ¡Todos se entienden menos nosotros! ¡Sáqueme usted de dudas!... ¡Se lo mando como marido y como Corregidor!

Y dio otro bastonazo en el suelo.

-¿Conque se marcha usted? -exclamó doña Mercedes, acercándose a la señá Frasquita y sin hacer caso de don Eugenio-. Pues vaya usted descuidada, que este escándalo no tendrá ningunas consecuencias. ¡Rosa!: alumbra a estos señores, que dicen que se marchan... Vaya usted con Dios, tío Lucas.

-¡Oh... no! -gritó el de Zúñiga, interponiéndose-. ¡Lo que es el tío Lucas no se marcha! ¡El tío Lucas queda arrestado hasta que sepa yo toda la verdad! ¡Hola, alguaciles! ¡Favor al rey!...

Ni un solo ministro obedeció a don Eugenio. Todos miraban a la Corregidora.

-¡A ver, hombre! ¡Deja el paso libre! -añadió ésta, pasando casi sobre su marido, y despidiendo a todo el mundo con la mayor finura; es decir, con la cabeza ladeada, cogiéndose la falda con la punta de los dedos y agachándose graciosamente, hasta completar la reverencia que a la sazón estaba de moda, y que se llamaba la pompa.

-Pero yo... Pero tú... Pero nosotros... Pero aquéllos... -seguía mascullando el vejete, tirándole a su mujer del vestido y perturbando sus cortesías mejor iniciadas.

¡Inútil afán! ¡Nadie hacía caso de Su Señoría!

Marchado que se hubieron todos, y solos ya en el salón los desavenidos cónyuges, la Corregidora se dignó al fin decirle a su esposo, con el acento que hubiera empleado una zarina de todas las Rusias para fulminar sobre un ministro caído la orden de perpetuo destierro a la Siberia.

-Mil años que vivas, ignorarás lo que ha pasado esta noche en mi alcoba... Si hubieras estado en ella, como era regular, no tendrías necesidad de preguntárselo a nadie. Por lo que a mí toca, no hay ya, ni habrá jamás, razón ninguna que me obligue a satisfacerte, pues te desprecio de tal modo, que si no fueras el padre de mis hijos, te arrojaría ahora mismo por ese balcón, como te arrojo para siempre de mi dormitorio. Conque buenas noches, caballero.

Pronunciadas estas palabras, que don Eugenio oyó sin pestañear (pues lo que es a solas no se atrevía con su mujer), la Corregidora penetró en el gabinete, y del gabinete pasó a la alcoba, cerrando las puertas detrás de sí, y el pobre hombre se quedó plantado en medio de la sala, murmurando entre encías (que no entre dientes) y con un cinismo de que no habrá habido otro ejemplo:

-¡Pues, señor, no esperaba yo escapar tan bien!... ¡Garduña me buscará acomodo!




Arriba- XXXVI -

Conclusión, moraleja y epílogo


Piaban los pajarillos saludando el alba cuando el tío Lucas y la señá Frasquita salían de la ciudad con dirección a su molino.

Los esposos iban a pie, y delante de ellos caminaban apareadas las dos burras.

-El domingo tienes que ir a confesar (le decía la Molinera a su marido), pues necesitas limpiarte de todos tus malos juicios y criminales propósitos de esta noche...

-Has pensado muy bien... -contestó el Molinero-. Pero tú, entretanto, vas a hacerme otro favor, y es dar a los pobres los colchones y ropa de nuestra cama, y ponerla toda de nuevo. ¡Yo no me acuesto donde ha sudado aquel bicho venenoso!

-¡No me lo nombres, Lucas! -replicó la señá Frasquita-. Conque hablemos de otra cosa. Quisiera merecerte un segundo favor...

-Pide por esa boca...

-El verano que viene vas a llevarme a tomar los baños del Solán de Cabras.

-¿Para qué?

-Para ver si tenemos hijos.

-¡Felicísima idea! Te llevaré, si Dios nos da vida.

Y con esto llegaron al molino, a punto que el sol, sin haber salido todavía, doraba ya las cúspides de las montañas.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

A la tarde, con gran sorpresa de los esposos, que no esperaban nuevas visitas de altos personajes después de un escándalo como el de la precedente noche, concurrió al molino más señorío que nunca. El venerable prelado, muchos canónigos, el jurisconsulto, dos priores de frailes y otras varias personas (que luego se supo habían sido convocadas allí por Su Señoría Ilustrísima) ocuparon materialmente la plazoletilla del emparrado.

Sólo faltaba el Corregidor.

Una vez reunida la tertulia, el señor Obispo tomó la palabra, y dijo: que, por lo mismo que habían pasado ciertas cosas en aquella casa, sus canónigos y él seguirían yendo a ella lo mismo que antes, para que ni los honrados Molineros ni las demás personas allí presentes participasen de la censura pública, sólo merecida por aquel que había profanado con su torpe conducta una reunión tan morigerada y tan honesta. Exhortó paternalmente a la señá Frasquita para que en lo sucesivo fuese menos provocativa y tentadora en sus dichos y ademanes, y procurase llevar más cubiertos los brazos y más alto el escote del jubón; aconsejó al tío Lucas más desinterés, mayor circunspección y menos inmodestia en su trato con los superiores; y acabó dando la bendición a todos y diciendo: que como aquel día no ayunaba, se comería con mucho gusto un par de racimos de uvas.

Lo mismo opinaron todos... respecto de este último particular..., y la parra se quedó temblando aquella tarde. ¡En dos arrobas de uvas apreció el gasto el Molinero!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Cerca de tres años continuaron estas sabrosas reuniones, hasta que, contra la previsión de todo el mundo, entraron en España los ejércitos de Napoleón y se armó la Guerra de la Independencia.

El señor Obispo, el magistral y el penitenciario murieron el año de 8, y el abogado y los demás contertulios en los de 9, 10, 11 y 12, por no poder sufrir la vista de los franceses, polacos y otras alimañas que invadieron aquella tierra, ¡y que fumaban en pipa, en el presbiterio de las iglesias, durante la misa de la tropa!

El Corregidor, que nunca más tornó al molino, fue destituido por un mariscal francés, y murió en la Cárcel de Corte, por no haber querido ni un solo instante (dicho sea en honra suya) transigir con la dominación extranjera.

Doña Mercedes no se volvió a casar, y educó perfectamente a sus hijos, retirándose a la vejez a un convento, donde acabó sus días en opinión de santa.

Garduña se hizo afrancesado.

El señor Juan López fue guerrillero, mandó una partida, y murió, lo mismo que su alguacil, en la famosa batalla de Baza, después de haber matado muchísimos franceses.

Finalmente: el tío Lucas y la señá Frasquita (aunque no llegaron a tener hijos, a pesar de haber ido al Solán de Cabras y de haber hecho muchos votos y rogativas) siguieron siempre amándose del propio modo, y alcanzaron una edad muy avanzada, viendo desaparecer el Absolutismo en 1812 y 1820, y reaparecer en 1814 y 1823, hasta que, por último, se estableció de veras el sistema Constitucional a la muerte del Rey Absoluto, y ellos pasaron a mejor vida (precisamente al estallar la guerra civil de los Siete años), sin que los sombreros de copa que ya usaba todo el mundo pudiesen hacerles olvidar aquellos tiempos simbolizados por el sombrero de tres picos.