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El taller de la imprenta

Jaime Moll





La industria gráfica tiene como finalidad la producción manufacturada de libros en un taller con los elementos adecuados a su función, manejados por profesionales especializados. Vamos a analizar someramente los distintos factores que engloba el taller de la imprenta, personales y materiales, para intentar comprender las exigencias de su creación y funcionamiento.


Creación del taller

Como toda industria manufacturera, el primer problema que se nos presenta es la financiación del primer establecimiento, a lo que habrá que añadir la necesaria para su funcionamiento. La instalación de un taller exige un capital -mayor o menor según el tamaño del mismo- que puede aportar un impresor, fruto del ahorro, de la venta de alguna propiedad suya o de la dote de su mujer, o a base de crédito, con la garantía del propio taller, que procurará ir amortizando. Puede el impresor crear un taller nuevo o adquirir uno ya existente, que irá mejorando. Otra posibilidad es la continuación del taller heredado de su padre, de su suegro o de la viuda de impresor con la que se ha casado. Son las principales formas de acceso a la propiedad de un taller que tiene un profesional de la imprenta. En otros casos es alguien ajeno a la profesión -un librero, un capitalista, una institución- el propietario del taller, lo que exige la contratación de un impresor para regirlo.

En cuanto al nombre del taller pueden darse distintas posibilidades: que sea el del impresor propietario o el del propietario no impresor o el de un impresor no propietario. Si tiene el nombre de una institución, no siempre refleja que ésta sea la propietaria del taller.




Los profesionales de las artes gráficas

El trabajo de la imprenta exige una especialización que se aprende en un período de aprendizaje. La composición y la prensa son las dos especialidades, para las que se necesita una preparación distinta. Un buen componedor precisa previamente saber leer y escribir, conocer la ortografía de las lenguas romances que va a utilizar y del latín y, a ser posible, una base cultural adecuada a las obras que va a realizar. La prensa exige dos operarios, el tirador y el batidor, aunque es habitual que se intercambien durante la jornada las funciones para aligerar y repartirse el esfuerzo. El aprendizaje se realiza en un taller, firmando el contrato el padre, la madre viuda, el tutor o el propio aprendiz. Su duración varía: para el componedor es de 4 a 6 años, mientras que para la prensa es de 3 a 4 años. Durante el período de aprendizaje el maestro le ha de dar de comer, vestido, calzado, cama y ropa limpia, y al finalizar, habiendo adquirido la formación adecuada para ser oficial, recibe un vestido o una cantidad de dinero. En el tiempo de aprendizaje no puede abandonar el taller.

Los profesionales de la imprenta recorren ciudades y aun países en busca de trabajo o solicitados por algún taller. Ello contribuye a una relativa unificación de los usos tipográficos, aunque se mantengan las características propias de cada país e incluso taller.




El taller

Para que pueda funcionar una imprenta son precisos una serie de elementos fijos, durables, y unos consumibles. Durante la época de la imprenta manual se producen pocas variaciones, la principal, que luego se analizará, en el suministro de los tipos. El módulo inicial viene marcado por una prensa, centro del taller, alrededor de la que se encuentran los demás elementos, principalmente los referentes a la composición. Para la composición se necesita un conjunto de muebles de madera, con finalidades específicas. Los tipos se colocan en las cajas, unos cajones, de poca altura, con divisiones en su interior llamados cajetines, donde se distribuyen los tipos. A cada cajetín le corresponde una determinada letra, signo o espacio. Lo más corriente es usar dos cajas, la caja baja, colocada junto al componedor, que contiene principalmente las minúsculas, y, apoyada en su borde superior, la caja alta, con las mayúsculas. Cuando no se utilizan se guardan en unos estantes. Las cajas con las letrerías que se están usando se colocan en un chibalete, armazón de madera que las sostiene algo inclinadas, con lo que se facilita el acceso del componedor, que está sentado, a los cajetines. Mesas y tablas de imponer completan el mobiliario.

Varios instrumentos se utilizan en la composición. El divisorio, una tabla delgada y alargada que se fija en la caja, con una hendidura en su parte inferior para sostener las hojas del original que se va a componer, aseguradas en su posición por una especie de horquilla llamada mordante, que también sirve como señal de la lectura; el componedor, formado por dos listones de madera o metal, colocados en ángulo recto, con un tope fijo en un extremo y variable en el otro, para poder adaptarlo a la longitud prevista de la línea, aunque también puede ser fijo; la galera especie de bandeja rectangular, que en tres de sus costados tiene unos bordes más bajos que los tipos. Por el lado abierto se desliza una tabla muy fina, llamada volandera, que ocupa el fondo de la galera, sobresaliendo del mismo para facilitar su manejo.

Para llevar a la prensa los moldes compuestos, debidamente preparados para poder efectuar la impresión, se necesitan las ramas, bastidor rectangular de hierro, con una pieza del mismo metal en el centro, paralela a los lados cortos, llamada crucero, fija o de posición variable. Unos tornillos en sus costados aprietan fuertemente las guarniciones que cercan los moldes, formándose un conjunto compacto, que impide que los tipos se caigan.

La prensa de imprimir, elemento básico del taller, es la adaptación funcional de las prensas usadas desde antiguo para el vino, aceite, papel, etc. Es preferible situarlas en la planta baja y han de estar perfectamente niveladas.

La prensa de imprimir está constituida por dos partes, una que contiene el mecanismo de presión y la otra formada por un conjunto de elementos con una doble misión: permitir trabajar sobre la forma y que ésta se deslice para colocarse debajo del cuadro de presión. Con ello se reduce al mínimo el movimiento vertical del cuadro.

Un armazón de madera contiene en uno de sus elementos horizontales la matriz metálica, guía de la rosca del husillo, que al ser movido por una barra que lo atraviesa ejerce presión sobre el centro del cuadro, que es de madera dura o metal. El movimiento circular de la barra es inferior a los 180º, gracias a la poca distancia que ha de recorrer el husillo. Esta reducida distancia, fundamental para la mayor rapidez de la impresión, obliga a realizar fuera de la vertical del cuadro las operaciones de entintado de la forma y colocación y recogida del pliego de papel. Para ello se ideó una estructura, apoyada en el armazón principal, que permite un rápido deslizamiento sobre unas guías metálicas del cofre que contiene la forma, movido por una manivela que acciona un sistema de cuerdas tractoras. El cofre es un marco, situado sobre una tabla, que cerca una piedra o mármol, donde se coloca la forma.

Como el pliego de papel se podía manchar si se colocase directamente sobre la forma entintada, se ha unido al carro, por medio de unas bisagras, un bastidor rectangular, llamado tímpano, que recibe el pliego, y al girar lo sitúa sobre la forma. Está cubierto de baldés y tiene encajado otro bastidor más pequeño, llamado timpanillo, también cubierto de baldés. El espacio interior entre ambos se rellena con bayetas, formando la mantilla del tímpano, para suavizar el contacto del cuadro con el papel y los tipos. En el otro extremo del tímpano, unas chavetas fijan la frasqueta, bastidor cubierto de pergamino o papel, en el que se han hecho unas ventanas del tamaño de las páginas de la forma que se imprime, para impedir que se manchen los blancos marginales. En la parte central de los laterales del tímpano se encuentran dos punturas, que perforan el pliego, con lo que queda fijado, y al imprimir la retiración, si se introducen las punturas en los agujeros hechos al imprimir el blanco, se asegura el perfecto registro, o sea que las páginas de ambas caras del pliego coincidan.

Para cada prensa existen varias frasquetas, preparadas para distintos formatos, y varias ramas. También algunas piezas de repuesto, como husillo, piedra.

Para el entintado se usaban un par de balas, formadas por un casquete hemisférico, relleno de lana y con un mango de madera.

En la pieza o lugar para la corrección se instala una mesa con bancos de pino y algunos libros: Biblia y concordancias, diccionarios como el de Nebrija o el Calepino.

Para humedecer el papel se usaban artesas y un lavador para lavar las formas, antes de deshacerlas y distribuir los tipos en las respectivas cajas.

Una serie de herramientas -mazos de madera, martillos, llaves para las ramas- completan el equipamiento de material fijo de un taller, sin olvidarnos de los candiles y las estufas y braseros para calentarse en invierno.

Una imprenta exige una serie de consumibles. No todos se han de reponer al mismo ritmo, pues el uso o desgaste varía. El papel es el consumible de más rápido uso, pues, como es natural, cada pliego sólo se utiliza una vez. El papel se adquiere por resmas y manos para cada edición, aunque también puede ser entregado por el editor. En cambio las guarniciones para fijar en la rama las páginas compuestas tienen una duración mayor, como también es el caso de los tipos, letras capitulares, adornos, grabados, etc.

Hay consumibles que se fabrican en el propio taller, como es la tinta y la lejía. Para la tinta se hacía negro de humo quemando pez, recogiendo el polvo en un saco colocado encima del quemador. En una olla de cobre se hacía el barniz necesario para la fabricación de la tinta, de aspecto espeso. Para hacer la lejía se disponía de un caldero y un colador.




Las letrerías

Se ha dicho anteriormente que la mayor variación que observada en la evolución de la imprenta se refería al suministro de tipos. En los primeros años de la imprenta incunable cada imprenta creaba y fabricaba sus tipos. Ya en el mismo siglo XV aparecen oficinas que venden matrices a distintos impresores y también venden letrerías ya fundidas. Los talleres que disponen de matrices, o bien tienen a su servicio un fundidor, lo que obliga a tener los aparatos necesarios para la fundición, o recurren a talleres especializados, que trabajan con las matrices propiedad del impresor. Ya en la segunda mitad del siglo XVI empieza a generalizarse que el impresor compre a un fundidor, que tiene matrices propias, las letrerías que ha escogido y que necesita. Como los tipos se van gastando, es preciso reponerlos, bien con nuevas fundiciones de los diseños utilizados o adquiriendo fundiciones de nuevos diseños.

El proceso de fabricación de tipos es el siguiente: sobre un diseño, un grabador graba las distintas letras y signos, invertidas lateralmente, en unos punzones de acero. De los punzones se sacan por embutición en unas plaquitas de cobre las matrices. Como es natural de un mismo juego de punzones se pueden hacer muchos juegos de matrices. Para obtener los tipos fundidos es preciso justificar las matrices, o sea cortar debidamente los bordes para que sean paralelos y que las letras se asienten sobre una línea. Colocada la matriz justificada en un molde, se va fundiendo el número necesario de cada letra o signo. En la imprenta se colocan en las cajas los tipos de cada letra o signo en un determinado cajetín, disposición que conoce el componedor, lo que facilita el automatismo de la búsqueda de la letra que necesita.

Es preciso señalar que el alto coste de las letrerías limita las posibilidades de su adquisición y favorece, en cambio, un excesivo uso, en perjuicio de la calidad de la impresión. A ello también se debe la composición por formas, con los problemas que ocasiona.




El proceso de impresión

Antes de iniciar la composición del texto es preciso fijar las características del nuevo impreso: clase de papel, formato, letrerías que se usarán, grabados, tirada y otros detalles. Si se trata de una reedición a plana y renglón, ya se puede empezar a componer. En caso que el original sea manuscrito o, si se trata de una reedición, en la que se varía el formato o el cuerpo de las letrerías usadas, para abaratarla, al reducir el número de pliegos por ejemplar, es preciso realizar el contado del original. En cada cara del pliego se imprimen las páginas según un orden predeterminado por el formato, para que una vez doblado el pliego las páginas sean correlativas. Como no se puede componer seguido un texto para después elegir las páginas que corresponden a cada cara del pliego, pues en los talleres no hay suficiente cantidad de tipos, debido a la alta inversión que exigen, es preciso marcar en el original el texto correspondiente a cada página, para irlo componiendo según el orden exigido por el formato. Ello puede ser causa de errores, resueltos convenientemente -encoger la composición, si sobra texto, o airearla si falta texto para llenar la página- o con malos usos -eliminar palabras o frases del original si sobra texto, o introducirlas si falta. Las consecuencias para la transmisión textual son en este caso funestas.

Puesto el original en el divisorio, el componedor va leyendo un trozo más o menos largo, reteniéndolo temporalmente en la memoria, y «escribiéndolo» en el componedor con los tipos que va cogiendo con su mano derecha y colocando, de izquierda a derecha, invertidos verticalmente. Las líneas que se forman se justificarán mediante espacios de distinto grosor, para que todas tengan igual longitud. Completada una línea, la coloca en la galera. Terminada la página, ata lo compuesto y lo desliza con ayuda de la volandera sobre una mesa. Cuando ya ha compuesto las páginas correspondientes a una cara del pliego, las casa, o sea las coloca en la posición adecuada, y las envuelve con la rama, fijándolas en la misma con guarniciones de madera y apretando los tornillos, con la finalidad de que se forme un bloque compacto que permita su traslado a la prensa sin que se caigan los tipos.

Sacadas unas pruebas, que son leídas y corregidas, se corrigen los errores en la composición, para pasar ya a la impresión. Colocada la forma preparada en la prensa y ajustada debidamente, se inicia la impresión. El proceso es el siguiente: mientras el batidor golpea la forma con las balas entintadas, el tirador coloca en el tímpano el pliego de papel, haciendo que las punturas lo perforen. Deja caer la frasqueta sobre el pliego, hace girar el tímpano sobre la forma, con la manivela introduce medio carro bajo el cuadro, mueve la barra hacia sí para que el husillo haga presión sobre el cuadro, suelta la barra, con la manivela desplaza la otra mitad del carro bajo el cuadro, y mueve de nuevo la barra, con lo que se completa la impresión del pliego. Con un giro de la manivela en sentido contrario saca el carro, levanta el tímpano y la frasqueta, coge el pliego impreso y coloca uno nuevo, reiniciando los movimientos señalados. Entretanto, el batidor ha cogido tinta con las balas, la ha esparcido bien sobre las mismas, para entintar de nuevo la forma, al quedar al descubierto. Impreso el blanco, o sea la primera cara del pliego que se imprime, se saca la forma, que es lavada con lejía y sus tipos distribuidos en los correspondientes cajetines, para ser reutilizados.

Para imprimir la retiración, o sea la otra cara del pliego, se coloca y ajusta la correspondiente forma en el carro y se realizan de nuevo las operaciones ya señaladas. Al colocar los pliegos para la retiración, el tirador cuidará que las punturas del tímpano penetren en los agujeros -puntizones- hechos al imprimir el blanco, con lo que se asegura un buen registro, o sea que las cajas de las páginas del blanco coincidan con las de la retiración.

Para cada cara del pliego hay que dar dos golpes de prensa, frase que resume las operaciones citadas. La tirada media de un día de trabajo son mil quinientos pliegos, lo que recibe el nombre de jornada, o sea un total de tres mil golpes por cada cara del pliego, lo que representa seis mil golpes de prensa. Actualmente nos parece una cifra exagerada, pero esa era la realidad, confirmada por la coincidencia de todas las fuentes europeas, a lo largo de la época de la imprenta manual.

El trabajo de un taller de imprenta estaba perfectamente establecido, coordinándose el trabajo de composición con el de impresión. Como una vez impresa una forma era deshecha y distribuidos sus tipos, si se estropeaban algunos pliegos, era preciso componerlos de nuevo. También si durante la impresión se decidía aumentar la tirada, había que componer de nuevo los pliegos ya impresos. Ello se refleja, en los casos en que tuvo que hacerse, en la presencia de estados distintos en algunos pliegos, variaciones no previstas dentro de la edición, o sea dentro del conjunto de ejemplares impresos de una composición tipográfica básicamente única. Otra variación no prevista que puede sufrir una edición viene dada por las llamadas correcciones en prensa. Mientras se está imprimiendo un pliego, se dan cuenta de una o varias erratas. Se para la impresión, se corrige la errata en la forma y se sigue imprimiendo. Los pliegos con las erratas no se destruyen y su distribución en los ejemplares de una edición es aleatoria.

Terminada la impresión de una obra, se entregan al editor el conjunto de pliegos que la forman, sin encuadernar, o sea en papel.

Desde fines del siglo XVI es frecuente el uso de grabados calcográficos en determinadas ediciones, para su frontispicio, retrato del autor o ilustraciones. Mientras el grabado en relieve, sea en madera o en metal, se imprime al mismo tiempo que el texto tipográfico -en realidad los tipos son grabados en relieve- en la prensa, el grabado en hueco exige para su estampación otra máquina, el tórculo. Muy pocas son las imprentas españolas que tienen este aparato. Son talleres especializados en este campo los que estampan los grabados calcográficos, sean exentos o intercalados en páginas de tipografía. En este último caso, los pliegos han de pasar por la prensa de imprimir y por el tórculo.

Si en el proceso de fabricación del libro impreso vemos una continuidad que llega hasta el primer tercio del siglo XIX, ello no significa la falta de un dinamismo creativo que se refleja en su producto: el libro. La evolución del diseño de los tipos y de los adornos, del ajuste de las páginas, de la concepción gráfica de la portada, de la textura del papel, diferencia en el tiempo el aspecto del libro, que, dentro de una evolución general europea, presenta peculiaridades nacionales, que permiten distinguir los distintos orígenes. La mayoría de talleres españoles están técnicamente a la altura de los europeos y pueden afrontar la impresión de obras con exigencia de alta calidad. Pero el impresor recibe muchos encargos que limitan sus posibilidades de realización y debe acomodarse a ellos si quiere tener trabajo. Además, es preciso tener en cuenta el destino previsto para las ediciones, la clase de público a que van dirigidas, condicionante de la baja calidad de muchas producciones, independientemente de la calidad de su texto1.








Documento

Asiento de aprendizaje de Andrés de la Parra, futuro propietario de un taller, con Julio Junti de Modesti, dueño de la Imprenta Real. Madrid, 9 de junio de 1596


[...] Sepan quantos esta pública escriptura de asiento a servir de aprendiz vieren, como yo Andrés de la Parra, hijo de Pedro de la Parra y Marina de Laserna, su muger ya difuncta, vezinos del lugar de Caveçón, jurisdicción de la villa de Potes, en la tierra de Liébana, estante en esta corte e villa de Madrid, otorgo y conozco por esta carta que de mi propia, libre, agradable boluntad y para más baler me pongo y asiento a servicio e por aprendiz con el señor Julio Junti de Modesti, ressidente en la dicha corte por tiempo y espaçio de quatro años cumplidos primeros siguientes que corren y se quentan desde primero día del mes de mayo próximo passado deste año en adelante hasta ser cumplidos, durante el qual dicho tiempo me obligo de le servir bien e fielmente en su casa y enplenta y cossas della tocantes y en todo lo demás que me mandare que sea lícito y onesto por raçón de lo qual el dicho Julio Junti de Modesti me a de dar de comer, cama y ropa lavada y de vestir y calçar todo lo necesario y como se suele dar a otros aprendices y criados y hacerme enseñar el oficio de la conpusición, sin que se me encubra cosa alguna y de manera que al fin de los dichos quatro años lo sepa y entienda e pueda hazer la jornada a la conpusición como lo hacen otros oficiales y más me a de dar al fin del dicho tiempo un vestido de beynteydoseno negro o de la color que yo quissiere de balor hasta duçientos reales y si por culpa del dicho Julio Junti no ubiere deprendido el dicho oficio de la conpusición de manera que pueda travaxar a él y lo sepa y entienda sea obligado de darme quehaçer en su cassa y enplenta, y pagarme lo mismo que se paga a otro ofiçial asta que lo sepa y entienda. Y en caso que yo no sea capaz para lo poder deprender no aya de ser obligado a lo susodicho ni a otra cosa alguna sino que con darme el dicho vestido aya cumplido y cumpla de su parte y me obligo que durante el dicho tiempo no me yré ni ausentaré de su cassa y serbicio ni le aré menoscossa alguna antes de todo lo que me encargare y biniere a mis manos daré buena quenta y raçón so pena de lo pagar por mi persona e bienes y si me fuere o ausentare quiero y consiento que a mi costa pueda ynbiar por mi y hacerme traer dondequiera que estubiere hasta que le acave de servir el dicho tiempo y si cayere malo quel tiempo que lo estubiere sea obligado de lo serbir adelante... [siguen las seguridades legales acostumbradas, algo mayores que lo habitual, teniendo en cuenta que el aprendiz es «menor de beynte y çinco años aunque mayor de beynte»].

Firman Andrés de la Parra y dos testigos.

Archivo Histórico de Protocolos de Madrid, 1.356, f. 772r-773v.




Documento

Inventario del taller madrileño de José Fernández de Buendía. 1666


-Dos prensas, con cinco ramas, con tornillos de bronce, y la una con quadro de bronce y matrices de bronce, las quales se tasaron en 600 reales cada una.

-Una caja de letra peticano, que pesa 4 @, a 3 1/2 reales la libra, que monta 350 reales.

-Más 40 @ letras parangona, cursiba y redondo, la cursiba nueba y el redondo a medio traer, a 4 reales cada libra uno con otro, que monta todo 4.000 reales.

-Más 20 @ de letra cursiba y redondo de atanasia, a 3 1/2 reales cada libra, que se tasó en 1750 rs.

-Más otras 20 @ de letra lectura redonda bieja, a 3 rs. cada libra, monta 1550 rs.

-Mas 6 @ de letra cursiba nueba, a 5 rs. cada libra, montan 750 rs.

-Más 3 @ de quadrados grandes de cotas, a 2 rs. cada libra por ser de plomo, monta 150 rs.

-Más 3 @ de titulares de dos líneas de parangona, dos de testo y dos de letura, a 2 1/2 rs. cada libra, monta 187 1/2 rs.

-Más 2 @ de biñetas y regletas, a 2 1/2 rs. cada libra, que monta 125 rs.

-Más un cajón de letras floridas y marmosetes, que se tasó en 200 rs.

-Más una olla de cobre para hacer barniz, que bale 250 rs.

-Más labador, mojador y saco, tasado en 100 rs.

-Más 23 tablas de ynponer, tasadas a 3 rs. una con otra, montan 69 rs.

-Más 25 galeras, tasadas una con otra a 3 rs., que hacen 75 rs.

-Más 3 bancos de poner formas y otras tablas, tasados en 100 rs.

-Más 24 pares de cajas de la ymprenta, en que está la letra, tasadas a 2 ducados una con otra, que montan 508 rs.

-Más 15 pares de chibaletes, tasados unos con otros a 15 rs. montan 225 rs

-Más 5 bancos de sentarse a conponer, tasados uno con otro a 4 rs., montan 20 rs.

-Más un basar y las tablas del alçador y una mesa, tasada en 30 rs.

-Más 10 @ de pez, tasadas a 10 rs. cada una, monta 100 rs.

-Más de barniz y trementina, 50 rs,

-Más un cajón de guarniciones, tasados en 20 rs.

Total: 11.809 1/2 reales

Archivo Histórico de Protocolos de Madrid, 11.121, f. 99r-101v.



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