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ArribaAbajo- XIV -

En la planta baja del edificio que se llamó primero Cárcel de Corte, después Sala de Alcaldes, más tarde Audiencia y que ahora va camino de llamarse, según parece, Ministerio de Ultramar, estaba situada la Superintendencia General de Policía. La cárcel ocupaba el inmundo edificio, que ya no existe, en la manzana inmediata, hacia la Concepción Jerónima, y que fue casa y hospedería de los padres del Salvador. Desde uno a otro caserón la distancia era insignificante, como la que existe entre la agonía y la muerte, y a falta de un Puente de los Suspiros, existía el callejón del   —177→   Verdugo, de fácil tránsito para los que del tribunal pasaban a los calabozos o de los calabozos a la horca.

Las respetables oficinas de aquella institución (firme columna del orden político dominante entonces), tenían alojamiento tan digno de los jueces como de las leyes, en las indecorosas crujías que ha visto no hace mucho todo el que tuvo la desgracia de frecuentarlos Juzgados de primera instancia. La Comisión Militar, que era la que juzgaba a toda clase de delincuentes, tenía su albergue en un antiguo edificio de la plazuela de San Nicolás; pero el Presidente de ella frecuentaba tanto la Superintendencia que se había mandado arreglar un despacho en el ángulo que da al callejón del Verdugo. El Superintendente recibía en la sala contigua a la callejuela del Salvador. El contraste horriblemente burlesco entre los nombres de las fétidas callejuelas por donde respiraban los dos instrumentos más activos del poder judicial y político, no establecían diferencia esencial entre ellos, porque ambos eran igualmente patibularios. Las odiosas antesalas de la horca eran negras, tristes, frías, con repulsivo aspecto de vejez y humedad, repugnante olor a polilla, tabaco, suciedad, y una atmósfera que parecía formada de lágrimas y suspiros.

  —178→  

En todas las grandes poblaciones y en todas las épocas ha existido siempre un infierno de papel sellado compuesto de legajos en vez de llamas y de oficinas en vez de cavernas, donde tiene su residencia una falange no pequeña de demonios bajo la forma de alguaciles, escribanos, procuradores, abogados, los cuales usan plumas por tizones, y cuyo oficio es freír a la humanidad en grandes calderas de hirviente palabrería que llaman autos. El infierno de aquella época era el más infernal que puede imaginar la humana fantasía espoleada por el terror.

En una serie de habitaciones sucias y tenebrosas tenían sus mesas los demonios inferiores, muy semejantes a hombres a causa de su hambrienta fisonomía y de su amarillo color, resultado al parecer de una inyección de esencia de pleito, que se forma de la bilis, la sangre y las lágrimas del género humano. Con los brazos enfundados en el manguito negro, desempeñaban entre desperezos, cuchicheos y bocanadas de tabaco, sus nefandas funciones que consistían en escribir mil cosas ineptas. Con su pluma estos diablillos pinchaban, martirizando lentamente; pero más allá, en otras salas más negras, más indecorosas y más ahumadas con el hálito brumoso de la curia, los   —179→   demonios mayores descuartizaban como carniceros. Sus nefandas rúbricas, compuestas por trozos nigrománticos, abrían en canal a las pobres víctimas, y cada vez que llenaban un pliego de aquella simpática letra cuadrada y angulosa que ha sido el orgullo de nuestros calígrafos, daban un resoplido de satisfacción, señal de que el precito estaba bien cocho por un lado y era preciso ponerlo a cocer por el otro.

Las mesas negras, desvencijadas, cubiertas de un hule roto por donde corría libremente la arenilla secante esperando a que se acercara una mano sudorosa para pegarse a ella, sostenían los haces de llamaradas, los paquetes de ascua, en forma de barbudos legajos amarillentos, todos garabateados con la pez hirviente de los tinteros de plomo o de cuerno, en cuyo horrendo abismo se cebaban las ávidas plumas.

Mientras algunos de estos demonios escribían, otros no se daban reposo, entrando y saliendo de caverna en caverna y llevando recados a la Superintendencia y a la cárcel. Los alguaciles y ordenanzas, que eran unos pajecillos infernales muy saltones, transportaban grandes cargamentos de materia ígnea de un rincón a otro: sonaban las campanillas, como una señal demoníaca para activar los tizonazos y la quemazón; se oían llamamientos, peticiones,   —180→   apuradas preguntas; buscábase entre mil legajos el legajo A o B, se recriminaban unos a otros los de manguito en brazo y pluma en oreja, se arrojaban fétidas colillas, volaba el papel con el pesado aire que entraba al abrir y cerrar las puertas, oíase chirrido de plumas trazando homicidas rúbricas, y movíanse, gimiendo sobre sus goznes mohosos, las mamparas en cuyo lienzo roto se leía:Departamento de purificaciones... Padrón general... Sentencias... Pruebas... Negociado de sospechosos.

La Superintendencia de policía y la Comisaría Militar se diferenciaban poco en el fondo y en la forma, y no se juzgue a la segunda por su calificativo, creyendo que imperaba en ella el criterio comúnmente pundonoroso y honrado, aunque severo, de nuestro ejército. Estaba presidida por un terrible individuo que vestía de brigadier, para baldón del uniforme español; militares eran también sus vocales y el fiscal; pero todo su mecanismo interno, su personal secundario así como sus procedimientos habían sido tomados de la curia más abyecta. Entonces no había propiamente ejército, porque casi todo él estaba sujeto al juicio de purificación. Los voluntarios realistas, cuyo jefe era el ministro de la Guerra, sostenían el orden social, auxiliando a los sanguinarios tribunales y también   —181→   imponiéndose a ellos. La Comisión Militar, que contaba en el número de sus diversas misiones, la de purificar a aquel nefando ejército, casi totalmente afecto a la Constitución, estaba en absoluto sometida 3 a la voluntad de aquella odiosa palanca del Gobierno llamada D. Francisco Chaperón. Los demás altos individuos del aborrecido tribunal eran figuras decorativas que sólo servían para hacer resaltar con su penumbra la roja aureola infernal del presidente.

El público aguardaba en la portería de la Comisión (plazuela de San Nicolás), impaciente, mugidor, grosero, blasfemante. Componíase en gran parte de los oscuros ministros de la delación y de los testigos de cargo, porque los de descargo no eran en ningún caso admitidos. Había personas de todas clases, abundando las de la clase popular. De la clase media eran pocos, de la más elevada poquísimos. Reuniéndolo todo, lo de dentro y lo de fuera, el gentío que escribía y el que esperaba, los diablos todos, grandes y pequeños y sus cómplices delatores podría haberse formado un magnífico presidio. La inocencia no habría reclamado para sí sino a poquísimas personas.

Grande era el alboroto entre los que esperaban por querer cada uno entrar antes que los demás, y los voluntarios tenían que forcejear   —182→   a brazo partido para mantener el orden y establecer un turno riguroso.

-Yo estaba primero, señora... Échese usted atrás.

-¿Usted primero? Si estoy aquí desde la madrugada...

-Guardia, aquí se ha colado esta mujer. Ha venido después que yo y está delante.

-Le digo a usted que estoy aquí desde la madrugada.

-¿A qué viene usted, hermosa? Si viene usted como testigo ha de esperar a que la llamen... aunque no se admiten aquí testigos con faldas.

-No vengo como testigo.

-¿Viene a reclamar?... Tiempo perdido.

-No vengo a reclamar.

-¿A delatar?

La mujer calló. Era joven, vestía modestamente de negro, con mantilla. Su cara estaba pálida; sus ojos grandes y oscuros se abatían con tristeza.

-¿Pero usted a qué viene? -le preguntó el voluntario encargado de mantener el orden.

-A ver al Sr. Chaperón. Ya se lo he dicho a usted seis veces.

-Acabáramos... ¿Y no podría usted ver en su lugar al segundo jefe?

  —183→  

-No señor. Tengo que hablar con el señor Chaperón, con el mismo Sr. Chaperón.

-Pues aún aguardará usted un ratito.

Una hora después, el mismo se acercó a ella y en tono de benevolencia le dijo:

-Ahora en cuanto salga ese señor sacerdote que acaba de entrar, pasará usted.

-Ya es tiempo.

-¿Ha esperado usted mucho, niña?

-Seis horas: son las diez. Apenas puedo ya tenerme en pie. Ayer también estuve a las ocho de la mañana. Me dijeron que esto era cosa de la Superintendencia. Fui a la Superintendencia. Allí esperé seis horas; fui de oficina en oficina y al fin un señor muy gordo me dijo que yo era tonta y que la Superintendencia no tenía nada que ver con lo que yo iba a decir; que marchase a ver al Sr. Chaperón. Por la noche le busqué en su casa; dijéronme que viniese aquí...

-Usted viene a dar informes a la Comisión Militar -dijo el voluntario realista encubriendo con estas palabras la infante idea de la delación.

La joven no contestó nada.

-Ya puede usted pasar -oyó decir al fin; y otro voluntario, especie de Caronte de aquellos infernales pasadizos, la guió adentro.

  —184→  

Al atravesar el lóbrego pasillo, oprimiósele el corazón y tembló toda, creyendo que una infernal boca se la tragaba y que jamás vería la clara luz del día. Rechinó una mampara. La mujer vio una estancia regularmente iluminada por los huecos de dos ventanas, y entró. Allí había dos hombres.




ArribaAbajo- XV -

Uno estaba en pie, colocado frente al marco de la puerta, de modo que recibiendo la luz por detrás, todo él parecía negro, negro el uniforme, negras las manos, negra la cara. Pero en la sombra podía reconocerse fácilmente al celoso funcionario que dispuso la elevación de la horca en la plaza de la Cebada el 6 de Noviembre de 1823.

El otro estaba sentado y escribía con la soltura y garbo de quien ha consagrado una existencia entera al oficio curialesco. Era un viejecillo encorvado y pergaminoso, con espejuelos verdes, las facciones amomiadas, el cuerpo enjuto. Mientras escribía, su espinazo afectaba una perfecta curva, cuyo extremo, o   —185→   sea la región capital, casi tocaba el papel. Al dejar la pluma, recobraba lentamente su posición vertical, que siempre era bastante incorrecta, por tener su cabeza cierta tendencia a colgar balanceándose, como fruta madura que va a caer de la rama. Tenía la costumbre de subirse a la frente las antiparras verdes mientras escribía, y entonces parecía estar dotado de cuatro ojos, dos de los cuales se encargaban de vigilar la estancia mientras sus compañeros cubrían el papel de una hermosa letra de Torío que en claridad podía competir con la de imprenta. Su nariz y la desaforada boca combinaban armoniosamente sus formas para producir una muequecilla entre satírica y benévola que producía distintos efectos en los que tenían la dicha de ser mirados por el licenciado Lobo, pues tal era el nombre de este personaje, no desconocido para nuestros lectores 4.

La joven balbució un saludo dirigiéndose al de la mesa, que le parecía más principal. Después extendió sus miradas por toda la pieza, que se le figuró no menos triste y lóbrega que un panteón. Cubría los polvorientos ladrillos del suelo una estera de empleita que a carcajadas   —186→   se reía por varios puntos. Los muebles no superaban en aseo ni elegancia al resto de las oficinas, y las mesas, las sillas, los estantes se decoraban con el mismo tradicional mugre que era peculiar a todo cuanto en la casa existía, no librándose de él ni aun el retrato de nuestro Rey y señor D. Fernando VII, que en el testero principal, y dentro de un marco prolijamente decorado por las moscas, mostraba la augusta majestad neta. Los grandes ojos negros del Rey, fulgurando bajo la espesa ceja corrida, parecían llenar toda la sala con su mirada aterradora.

-¿Qué quiere usted? -gritó bruscamente Chaperón, mirando a la joven.

La turbación suele causar algo de sordera; así es que la interpelada dejose caer en una silla con muestras de gran cansancio.

-Gracias, señor, me sentaré. Estoy muy fatigada; no me puedo tener.

Su entrecortado aliento, su palidez, la sequedad de sus labios indicaban una fatiga capaz de producir la muerte si se prolongara mucho.

-No he dicho a usted que se siente, sino que qué quiere -manifestó con desabrimiento el brigadier.

La joven se levantó vacilante como un ebrio.

  —187→  

-Puede usted sentarse, sí, siéntese usted -dijo Chaperón con menos dureza.

Lobo le hizo una seña amistosa, obsequiándola al mismo tiempo con un ejemplar de su sonrisa.

-Yo -dijo la joven dirigiéndose a Lobo que le parecía más amable-, quería hablar con el Sr. de Chaperón.

-Pues pronto, amiguita -gruñó este-, despachemos, que no estamos aquí para perder el tiempo.

-¿Es Vuecencia el Sr. D. Francisco Chaperón?

-Sí, yo soy... ¿qué se te ofrece? -repuso el funcionario practicando su sistema de tutear a los que no le parecían personas de alta calidad.

-Quería hablar a Vuecencia -dijo la muchacha temblando-, acerca de D. Benigno Cordero y su hija.

-Cordero... -dijo Chaperón recordando-. ¡Ah! ya... el encajero. Está bien. ¿Tú has servido en su casa?

-No señor.

-Su causa está muy adelantada. No creo que haya nada por esclarecer. Sin embargo... Señor licenciado Lobo, recoja usted las declaraciones de esta joven.

  —188→  

-¿Cómo se llama usted? -preguntó Lobo tomando la pluma.

-Soledad Gil de la Cuadra.

-¡Gil de la Cuadra! -exclamó Chaperón con sorpresa dando algunos pasos hacia la joven-. Yo conozco ese nombre.

-Mi padre -dijo Sola reanimándose- era muy afecto a la causa del Rey. Quizás Vuecencia le conocería.

-D. Urbano Gil de la Cuadra... Ya lo creo. ¿Se acuerda usted, Lobo?... Últimamente se oscureció y no supimos más de él... Era una benemérito español que jamás se dejó embaucar por la canalla.

-Murió pobre y olvidado de todo el mundo -manifestó Sola, triste por la memoria y gozosa al mismo tiempo por una circunstancia que despertaría tal vez interés hacia ella en el ánimo de aquellos señores tan serios-. Sabiendo quién soy y recordando la veracidad y honradez de mi padre, tengo mucho adelantado en la opinión de Vuecencias.

-Seguramente.

-Y darán crédito a lo que diga.

-El pertenecer a una familia que se distinguió siempre por su aborrecimiento a las novedades constitucionales, es aquí la mejor de las recomendaciones.

  —189→  

-Pues bien, señores -dijo Soledad animándose más-, yo diré a Vuecencias muchas cosas que ignoran en el asunto de D. Benigno Cordero.

-Anote usted, licenciado... En efecto, siempre me han parecido algo oscuros los hechos de ese endiablado asunto de Carnero...¿no es Carnero?... No, Cordero. Tengo la convicción de su culpabilidad; pero...

-¡Oh! señor -dijo Soledad con viveza-, precisamente yo vengo a decir que el Sr. D. Benigno y su hija son inocentes.

Chaperón, que iba en camino de la ventana, dio una rápida vuelta sobre su tacón, como los muñecos que giran en las veletas al impulso del viento.

-¡Inocente! -exclamó arrugando todas las partes arrugables de su semblante, que era su modo especial de manifestar sorpresa.

Lobo dejó la pluma y bajó sus anteojos.

-Sí señor, inocente - repitió Sola.

-Oye, tú -añadió Chaperón-. ¿Habrás venido aquí a burlarte de nosotros?...

-No señor, de ningún modo -repuso la huérfana temblando-. He venido a decir que el Sr. Cordero es inocente.

-Cordero... inocente... Inocente... Cordero... ¡Qué bien pegan las dos palabrillas,   —190→   eh! -dijo el Comisario militar con la bufonería horripilante que le aseguraba el primer puesto en la jerarquía de los demonios judiciales.

Se había acercado a la joven, casi hasta tocar con sus botas marciales las rodillas de ella, y cruzando los brazos y arrugando el ceño, la miraba de arriba abajo desdeñosamente, como pudiera mirar el can a la hormiga. Soledad elevaba los ojos para poder ver la tenebrosa cara suspendida sobre ella como una amenaza del cielo. Su convicción y su abnegación dábanle algún valor, por lo cual, desafiando la siniestra figura, se expresó de este modo:

-Yo afirmo que los Corderos son inocentes, que están presos por equivocación. Ya se supone que no habré venido sin pruebas.

Ella ignoraba que en aquel odioso tribunal las pruebas no hacían falta para condenar ni para absolver. No hacían falta para lo primero porque se condenaba sin ellas, ni para lo segundo, porque se condenaba también, a pesar de ellas.

-Conque pruebas... -dijo el vestiglo marcando más el tono de su bufonería-. ¿Y cuáles son esas pruebecitas?

-Yo no vengo a negar el delito -afirmó Soledad con voz entrecortada, porque apenas podía hablar mientras sintiera encima el formidable   —191→   peso de la mirada chaperoniana-. Yo no vengo a negar el delito, no señor; vengo a afirmarlo. Pero he dicho... que el Sr. Cordero es inocente de ese delito, que el delito ¿me entienden ustedes? se ha achacado al Sr. Cordero por equivocación... y esto lo probaré revelando quién es el verdadero... culpable, sí señor; el culpable del delito... del delito.

-Eso varía -dijo Chaperón apartándose-. Para probarme que no vienes a burlarte de nosotros, dime cuál es el delito.

-Un oficial del ejército llamado D. Rafael Seudoquis, vino de Londres con unas cartas.

-¡Ah!... estás en lo cierto -dijo Chaperón con gozo, interrumpiéndola-. Por ahí, por ahí...

-Como Seudoquis no podía estar en Madrid sino día y medio, las cartas venían en un paquete a cierta persona que las debía distribuir y recoger las contestaciones.

-Admirable -dijo Chaperón como un maestro que recibe del examinando la contestación que esperaba-. Y Seudoquis no celebró entrevistas con Cordero, sino con otra persona. ¿No es eso lo que quieres decir?

-Sí señor; Cordero ni siquiera le conoce. Lo del noviazgo de Elena con Angelito es verdad; pero D. Rafael no ha visto a su hermano   —192→   ni a ninguna otra persona de su familia en las treinta horas que estuvo en Madrid.

-Vamos, veo que conoces el paño... Bien, paloma. Ahora, revélanos todo lo que sabes. Lobo, anote usted.

Lobo tomó la pluma y subió otra vez a la frente sus verdes ojos sin pestañas.

-Yo no diré nada -afirmó Soledad con la firmeza de un mártir-, no diré una palabra, aunque me den tormento, si antes Vuecencia no me da palabra de poner en libertad al Sr. Cordero y a su hija.

-Según y conforme... Aquí no somos bobos. Si yo veo clara la equivocación...

-¡Pues no ha de verla!... Deme Vuecencia su palabra de ponerles en libertad desde que conozca al verdadero culpable.

-Bueno; te la doy, te doy mi palabra; mas con una condición. No soltaré a los Corderos si no resulta que el verdadero delincuente es un ser vivo y efectivo, ¿me entiendes? Aquí no queremos fantasmas. Si es persona a quien podemos traer aquí para que confiese y dé noticias y vomite todo lo que sabe y expíe sus crímenes... corriente. Tendremos mucho gusto en reparar la equivocación. ¿Para qué estamos aquí si no es para hacer justicia?

-El delincuente -dijo Sola con firmeza-,   —193→   es un ser vivo y efectivo, podrá confesar, podrá expiar su culpa... Acabemos, señores, soy yo.

Chaperón y el experto licenciado habían visto muchas veces en aquella misma siniestra sala y en otras dependencias del tribunal, personas que negaban su culpabilidad, otras que delataban al prójimo, algunas que intentaban con lágrimas y quejidos ablandar el corazón de los jueces; habían visto muchas lástimas, infamias sin cuento, algo de abnegación en pocos casos, afectos diversos y diversísimas especies de delincuentes; pero hasta entonces no habían visto a ninguno que a sí mismo se acusara. Hecho tan inaudito les desconcertó a entrambos y se miraron consultándose aquella jurisprudencia superior a sus alcances morales.

-¿De modo que tú dices que tú misma eres quien cometió esos delitos que Su Majestad nos ha mandado castigar? ¿Tú?...

-Sí señor, yo misma.

-¿Y tú misma lo aseguras?... de modo que te delatas a ti misma... -insistió Chaperón no dando entero crédito a lo que oía-. Anote usted, Lobo. Esto es singularísimo, lo más singular que hemos visto aquí. Lobo, anote usted.

Si en vez de decir «anote usted», hubiera   —194→   dicho: «Lobo, muerda usted», el leguleyo no se habría arrojado con más ferocidad sobre la pluma y el papel. La extrañeza del caso hacía estremecer todas las fibras de su corazón, digámoslo así, de curial.

-Soledad Gil de la Cuadra -dijo el magistrado militar dictando-, compareció... etc...

Después, volviéndose a la víctima que observaba el mover de la pluma de Lobo, como si desde su sitio pudiera leer lo que este escribía, le dijo:

-¿Conque tú has sostenido relaciones con los emigrados? ¿Cuántas veces? ¿Con varios o con uno solo?

-Con uno solo.

-Relaciones políticas, se entiende -indicó Chaperón más bien afirmando, que preguntando.

-No señor, relaciones de amistad -dijo Soledad vacilando a cada palabra.

-¿De amistad?... ¿Quién es él?

Solita, después de dudar breve instante, pronunció un nombre. Pudo observar que Lobo, al anotar aquel nombre, frunció primero el ceño, exagerando después hasta llegar a la caricatura la contracción burlesca de su boca.

-¿Tienes tú parentesco con ese bergante? -pregunto Chaperón.

  —195→  

-No señor.

-Entonces, ¿qué relaciones son esas?

-Es mi hermano... quiero decir, mi amigo, mi protector.

-Ya, ya sabemos lo que quieren decir esas palabrillas -gruñó el hombre-horca dando a luz una especie de sonrisa-. Háblanos con franqueza; que juez y confesor vienen a ser lo mismo. ¿Eres tú su querida?

Soledad se puso como la grana. Dominándose, hablo así:

-Condéneme usted; pero no me avergüence. Yo no soy querida de nadie.

-¿Venimos aquí con vergüencilla? -vociferó el ogro riendo con brutal jovialidad-. ¡Ay! ¡qué mimos tan monos!... Paloma, recoge ese colorete. ¿Ruborcillo tenemos? Aquí se conoce el mundo. Sr. Lobo, anote usted que ha revelado tener relaciones ilícitas con el susodicho...

-No es cierto, no es cierto -exclamó Soledad levantándose y corriendo hacia la mesa.

-¡Orden! -gritó Chaperón señalando a la víctima su asiento.

La huérfana, que había acopiado gran caudal de resignación, volvió a su sitio y tan sólo dijo:

-Si tengo valor para sacrificarme por un   —196→   inocente, también lo tendré para calumniarme.

-¡Calumniarse!... ¿Seguimos con las palabrejas retumbantes? Pasemos a otra cosa. ¿Ese descuellacabras te ha escrito muchas veces?

-Seis veces desde que está en Inglaterra.

-¿Te ha hablado de sucesos políticos?

-Muy poco y por referencia.

-¿Conservas las cartas?

-No señor, las he roto.

-Ya lo averiguaremos. ¿Se ha anotado el domicilio de la reo?

-Sí señor.

-Adelante. Llegamos a D. Rafael Seudoquis. Ese señor trajo de Londres un paquete de cartas para que tú las repartieras...

-Sí señor... -repuso la joven con firmeza-. Puedo asegurar que Seudoquis no conoce a D. Benigno Cordero; que este no podía encargarse de repartir las cartas, ni menos su hija, porque ni uno ni otra tenían noticia de semejante cosa. Vivimos en la misma casa, yo en el segundo, ellos en el principal, y como alguien de la policía vio al Sr. Seudoquis entrar en la casa, supuso que iba a la habitación de Cordero, cuando en realidad iba a la mía.

-Muy bien, anote usted eso. Puede muy bien resultar que el tal Cordero sea inocente, ¿por qué no?... la justicia y la verdad por delante.   —197→   Sepamos ahora a quién iban dirigidas esas cartas. Este es el punto principal... Cordero no supo darnos noticia alguna. Si tú lo haces, tendremos la mejor prueba de que no has venido a burlarte de nosotros.

Soledad vaciló un instante. Helado sudor corría por su frente, y sintió como un torbellino en su cerebro. Era aquel un caso que la infeliz no había previsto, porque su alma llena toda de generosidad y ofuscada por la idea del bien que a realizar iba, no supo calcular la ignominia que podía salirle al paso y detenerla en su gallardo vuelo. Aquel acto de abnegación era de esos que no pueden realizarse con éxito feliz sin tropezar con la infamia, poniendo a la voluntad en la alternativa de retroceder o incurrir en actos vergonzosos. Espantada Sola de los peligros que aparecían en su camino, no se atrevió a acometerlos, ni supo tampoco esquivarlos, porque carecía de la destreza y travesuras propias de tan gran empeño. Su única fuerza consistía en un valor heroico, pasivo, formidable, y robusteciendo su alma con él, dijo al severo magistrado:

-Yo me acuso a mí misma; pero no delataré a los demás.

-Me gusta... sí, me gusta la salida -afirmó Chaperón cruzándose de brazos delante de   —198→   ella y moviendo el cuerpo como si fuera a dar un salto-. ¿Sabes que tienes frescura?... Esto es dejarnos con un palmo de narices... Dime, mocosa, si no aclaras eso de las cartas, ¿qué ventaja sacamos de que seas tú el delincuente en vez de serlo Cordero y su hija? ¿Qué diferencia hay?

-La diferencia que hay de la verdad a la mentira -replicó Soledad imperturbable -. Si ellos son inocentes, ¿por qué han de estar en la cárcel ocupando un puesto que me corresponde a mí?

-Música, música -dijo el funcionario haciendo sonar como castañuelas los dedos de su mano derecha-. Aquí no estamos para perder el tiempo en distingos. Hay mucho que hacer para resguardar Trono y Sociedad de los ataques de esa gentualla negra. A ver: ¿qué hemos sacado en limpio de tu acusación contra ti misma? Nada entre dos platos. ¡Por vida del Santísimo Sacramento! Yo creí que en punto a noticias frescas y bonitas nos ibas a traer aquí oro molido... ¡Que es inocente D. Benigno! ¿Y qué? ¡Que las cartas las recibiste tú y no él ni tampoco su hija! ¿Y qué? ¡Por vida del Sant...! esto es burlarse de la Comisión Militar. Aquí se viene a servir al Estado, no a hacer comedias. ¿Eres tú partidaria del Altar   —199→   y del Trono, o por el contrario, eres amiga de la canalla? ¿Te has prestado inocentemente a esa maquinación sin saber lo que hacías?... Hablemos claro.

Diciendo esto, Chaperón demostraba en la voz y en el gesto hallarse muy satisfecho de su elocuencia y del incontrastable poder de sus razones. Después de una pausa se acercó a Sola, y mirándola desde la altura de su corpachón negro, capaz de intimidar al más bravo; accionando enérgicamente con la mano derecha, cuyo dedo índice se erguía, tieso e inflexible como un emblema de la autoridad, habló de este modo:

-El Gobierno de Su Majestad, que nos ha puesto aquí para que vigilemos, tiene recompensas para los que le sirven, ayudándole a esclarecer las maquinaciones de los pillos, ¿te vas enterando? y tiene también castigos muy severos, muy severos, pero merecidos, para los que encubren a los malvados con su punible silencio, ¿te vas enterando?

-¿Eso lo dice Vuecencia para que delate a los que recibieron las cartas? -preguntó Soledad cerrando los ojos cual si estuviera suspendida sobre su cuello el hacha del verdugo-. Siento mucho desairar a Vuecencia; pero no puedo decir nada.

  —200→  

Chaperón se detuvo en su paseo por el cuarto. Viósele apretar las mandíbulas, contraer los músculos de la nariz, como si fuera a lanzar un estornudo, revolver los ojos... Sin duda su cólera augusta iba a estallar. Pero afortunadamente detuvo la formidable explosión un hombre entre soldado y alguacil, de indefinible jerarquía, mas de indudable fealdad, el cual abriendo la mampara, dijo:

-Vuecencia me dispense; pero la señora que vino esta mañana está ahí, y quiere pasar.

-Que espere... ¡Por vida del...!

-Está furiosa -observó con timidez el que parecía soldado, alguacil, polizonte, sin ser claramente ninguna de estas tres cosas.

Chaperón dudaba. Iba a decir algo, cuando una señora empujó resueltamente la mampara y entró.




ArribaAbajo- XVI -

Era una mujer hermosísima, arrogante y tan airosa y guapetona en su rostro y figura, como elegante en su vestir y tocado, de modo que Naturaleza y Arte se juntaban para formar   —201→   un acabado tipo de mujer a la moda. La mirada que echó a Chaperón y a su legista, semejante a una limosna dada más bien por compromiso que por voluntad, indicaba que la modestia no era virtud principal en la señora. Pero su gallarda altanería ¡cuán grato es decirlo! venía como de molde enfrente de aquellos despreciables hombres tan duros con los desgraciados.

-Ni para ver al Rey se necesitan más requisitos -dijo la dama sentándose en la silla que Chaperón le ofreció sonriendo-. Vi a Calomarde esta mañana y me mandó venir aquí... Yo creí que era cosa de un momento... pero si hay más de doscientas personas en la puerta... ¡Y qué gente! Diga usted ¿a qué viene toda esa gente, a delatar? Si yo fuera la Comisión, empezaría por ahorcar a todo el que delatara sin pruebas... ¿No tienen ustedes otro sitio para que hagan antesala las personas decentes?

-Señora -repuso Chaperón en tono adulador, que no galante-, siempre que usted venga, pasará desde luego a mi despacho. Tengo mucho gusto en complacerla, no sólo por estimación particular, sino por lo mucho que respeto y admiro al Sr. Calomarde, mi amigo.

-Gracias -dijo la señora con indiferencia-.   —202→   Vamos a mi asunto. D. Tadeo me prometió que esto quedaría resuelto en tres días.

-D. Tadeo desde su poltrona halla muy fáciles los negocios de policía. Yo quisiera verle aquí enredado con tanta gente y tanto papel... ¡En tres días amigo Lobo, en tres días!

El licenciado apoyó la idea de su jefe, moviendo la cabeza con expresión de lástima de sí mismo, por el mucho trabajo que entre manos traía.

-Esto es vergonzoso -exclamó la señora sin disimular su enfado-. ¿Conque para despachar un pasaporte se ha de gastar más tiempo que para juzgar y condenar a muerte a un hombre?... ¡Qué tribunales, Santo Dios! ¡Qué Superintendencia y qué Comisión Militar! Pongan todo eso en manos de una mujer y despachará en dos horas lo que ustedes no saben hacer en una semana.

-Pero usted, señora -dijo Chaperón con el tono que en él pasaba por benévolo-, no tiene en cuenta las circunstancias...

-Veo que aquí las circunstancias lo hacen todo. Invocándolas a cada paso se cometen mil torpezas, infamias y atropellos. Si volviera a nacer, Dios mío, querría que fuese en un país donde no hubiera circunstancias.

-Si se tratara aquí del pasaporte de una señora   —203→   -indicó el presidente de la Comisión con énfasis como el que va a desarrollar una tesis jurídica-, ande con Barrabás... Pero usted lleva dos criados, los cuales es preciso que antes se definan y se purifiquen, porque uno de ellos perteneció en tiempo de la Constitución a la clase de tropa, y el otro sirvió largos años al ministro Calatrava... Pero nos ocuparemos del asunto sin levantar mano...

-Yo deseo partir mañana -dijo la señora con displicencia -. Voy muy lejos, señor Chaperón, voy a Inglaterra.

-Empezaremos, empezaremos ahora mismo. A ver, Lobo...

Al dirigirse a la mesa, Chaperón fijó la vista en la víctima cuyo proceso verbal había sido suspendido por la entrada de la soberbia dama.

-¡Ah!... ya no me acordaba de ti -dijo entre dientes-. Voy a despacharte.

Soledad miraba a la señora con espanto. Después de observarla bien, cerciorándose de quién era, bajó los ojos y se quedó como una muerta. Creeríase que batallaba angustiosamente con su desmayado espíritu, tratando de infundirle fuerza, y que entre sollozos imperceptibles le decía: «Levántate, alma mía, que aún falta lo más espantoso».

  —204→  

-Con el permiso de usted, señora -dijo Chaperón mirando a la dama-, voy a despachar antes a esta joven. Lobo, extienda usted la orden de prisión... Llame usted para que la lleven... Orden al alcaide para que la incomunique...

La víctima dejó caer su cabeza sobre el pecho.

Después miró de nuevo a la dama; pero esta vez encendiose su rostro y parecía que sus ojos relampagueaban con viva expresión de amenaza. Esto duró poco. Fue la sombra del espíritu maligno al pasar en veloz corrida por delante del ángel oscureciendo su luz.

La señora estaba también pálida y desasosegada. Indudablemente no gustaba de ver a quien veía, y en presencia de aquella humilde personilla condenada parecía tener miedo.

-Aquí tienes, mala cabeza -dijo Chaperón dirigiéndose a la huérfana-, el resultado de tu terquedad. Demasiado bueno he sido para ti... ¿Qué hemos sacado de tu declaración? Que Cordero es inocente. ¿Y qué ganamos con eso, qué gana con eso la justicia? Tú y nosotros adelantamos muy poco... Si hablaras sería distinto... Tú habrás oído decir aquello de... quien te dio el pico, te hizo rico. ¿Te vas enterando? pero ahora, picarona, lo meditarás   —205→   mejor en la cárcel... Allí se aclaran mucho los sentidos... verás. Esta linda pieza -añadió señalando a la víctima y mirando a la señora- es la estafeta de los emigrados, ¿qué tal? Ella misma lo confiesa, lo cual no deja de tener mérito; pero nos ha dejado a media miel, porque no quiere decir a quién entregó las cartas que ha recibido hace unos días.

Soledad se levantó bruscamente.

-Una de las cartas de los emigrados -dijo con tono grave extendiendo el brazo-, la entregué a esa señora.

Después de señalarla con fuerza, cayó en su asiento con la cabeza hacia atrás. Breve rato estuvieron mudos y estupefactos los tres testigos de aquella escena.

-Es verdad -balbució la dama-. He recibido una carta de un emigrado que está en Inglaterra; no sé quién la llevó a mi casa... ¿qué mal hay en esto?

Chaperón, que estaba como aturdido, iba a contestar algo muy importante, cuando la señora corrió hacia la huérfana, gritando:

-Se ha desmayado esa infeliz.

En efecto, rendida Sola a la fuerza superior de las emociones y del cansancio, había perdido el conocimiento.

La señora sostuvo la cabeza de la víctima,   —206→   mientras Lobo, cuya oficiosidad filantrópica no se desmentía un solo momento, acudió trasportando un vaso de agua para rociarle el rostro.

-Eso no es nada -afirmó Chaperón-. Vamos, mujer, ¡qué mimos gastamos! Todo porque la mandan a la cárcel...

La puerta se abrió dando paso a cuatro hombres de fúnebre aspecto, que parecían pertenecer al respetable gremio de enterradores.

-Ea, llevadla de una vez... -dijo don Francisco resueltamente-. El alcaide le dará algún cordial... No quiero desmayos en mi despacho.

Los cuatro hombres se acercaron a la condenada.

-Un poco de vinagre en las sienes... -añadió el jefe de la Comisión Militar-. Ea, pronto... quitadme eso de mi despacho.

-¡A la cárcel! -exclamó con lástima la señora, acercándose más a la víctima como para defenderla.

-Señora, dispense usted -dijo Chaperón apartándola con enfática severidad-. Deje usted a la justicia cumplir con su deber... Vamos, cargar pronto. No le hagáis daño.

Los cuatro hombres levantaron en sus brazos a la joven y se la llevaron, siendo entonces   —207→   perfecta la similitud de todos ellos con la venerable clase de sepultureros.

La mampara, cerrándose sola con estrépito, produjo un sordo estampido, como golpe de colosal bombo, que hizo retumbar la sala.




ArribaAbajo- XVII -

Aquel mismo día ¡por vida de la Chilindraina! ¡cuán amargas horas pasó el pobre don Patricio! Habrían bastado a encanecer su cabeza si ya no estuviera blanca, y a encorvar su cuerpo, si ya no lo estuviera también. Sus suspiros eran capaces de conmover las paredes de la casa: sus lágrimas corrían amargas y sin tregua por las apergaminadas mejillas. No podía permanecer en reposo un solo instante, ni distraerse con nada, ni comer, ni aposentar en su cerebro pensamiento alguno, como no fuera el fúnebre pensamiento de su desamparo y de la gran pena que le desgarraba el corazón. Este lastimoso estado provenía de que Solita había salido temprano, diciéndole:

-No sé cuándo volveré. Quizás vuelva pronto, quizás mañana, quizás nunca... Escribiré   —208→   al abuelo diciéndole lo que debe hacer. Adiós...

Y dirigiéndole una mirada cariñosa, se limpió las lágrimas, y había bajado rápidamente la escalera y había desaparecido ¡Santo Dios! como un ángel que se dirige al cielo por el camino del mundo.

-¿Será posible que haya salido hoy para Inglaterra? -se preguntaba D. Patricio apretándose el cráneo con las manos para que no se le escapara también-. ¡Pero cómo, si aquí está toda su ropa, si no ha hecho equipaje, si en la cómoda ha dejado todo su dinero!... ¿Pues adónde ha ido entonces?... «Quizás vuelva pronto, quizás mañana, quizás nunca...». Nunca, nunca.

Y repetía esta desconsoladora palabra, como un eco que de su cerebro salía a sus labios. Otro motivo de gran confusión para él era que Soledad había despedido a la criada el día anterior. Estaba, pues, el viejo solo, enteramente solo, encerrado en la espantosa jaula de sus tristes pensamientos, que era como una jaula de fieras. Pasaba del sentimentalismo más patético a la desesperación más rabiosa, y si a veces secaba sus lágrimas despaciosamente, otras se mordía los puños y se golpeaba el cráneo contra la pared. En los momentos de exaltación   —209→   recorría la casa toda desde la sala a la cocina, entraba en todas las piezas, salía para volver a entrar, daba vueltas, y tropezaba y caía y se levantaba. Como entrara en la alcoba de Sola, vio su ropa y abalanzándose sobre ella hizo con febril precipitación un lío y oprimiéndolo contra su pecho, cual si fuera el cuerpo mismo de la persona amada y fugitiva, exclamó así con lastimero acento:

-Ven acá, paloma... ven acá, niña de mi corazón... ¿Por qué huyes de mí? ¿por qué huyes del pobre viejo que te adora? Ángel divino, ángel precioso de mi guarda cuya hermosura no puedo comparar sino a la de la diosa de la Libertad, circundada de luz y sonriendo a los pueblos; adorada hija mía, ¿en dónde estás? ¿no oyes mi voz? ¿no oyes que te llamo? ¿no ves que me muero sin ti? ¿no te sacrifiqué mi gloria?... ¡Ay!... Mi destino, mi glorioso destino me reclama ahora, y no puedo ir, porque sin ti soy un miserable y no tengo fuerzas para nada. Contigo al suplicio, a la gloria, a la inmortalidad, a los Elíseos Campos; sin ti a la muerte oscura, a la ignominia. Sola, Sola de mi vida, ¿en dónde estás? Dímelo, o revolveré toda la tierra por encontrarte.

Esto decía cuando llamaron fuertemente a la puerta. Corrió a abrir más ligero que una   —210→   liebre... No era Sola quien llamaba, eran seis hombres, que sin fórmula alguna de cortesía se metieron dentro. Uno de ellos soltó de la boca estas palabras:

-¿No es éste el viejo Sarmiento que predicaba en las esquinas?... Echadle mano, mientras yo registro.

-¡Ah!... -exclamó D. Patricio algo confuso-. ¿Son ustedes de la policía?... Sí, yo recuerdo... conozco estas caras.

-Procedamos al registro -dijo solemnemente el que parecía jefe de los corchetes-. Toda persona que se encuentre en la casa, debe ser presa. Cuidado no se escape el abuelo.

-Quiere decir -balbució Sarmiento-, que estoy preso.

-Ya se lo dirán allá -replicó el polizonte desabridamente-. Andando... Llévenme para allá al vejete, que aquí nos quedamos dos para despachar esto.

Según la orden terminante del funcionario, (que era un funcionario vaciado en la común turquesa de los cazadores de blancos en aquella tenebrosa e infame época), Sarmiento fue inmediatamente conducido a la cárcel, y sólo por un exceso de benevolencia incomprensible y hasta peligrosa para la reputación de aquella celosa policía, le dieron tiempo para ponerse el   —211→   sombrero, recoger el pañuelo y media docena de cigarrillos.

No se daba cuenta de lo que le pasaba el infeliz maestro, y durante el trayecto de su casa a la cárcel de Corte, que no era largo, fue con los ojos bajos, el cuerpo encorvado, las manos a la espalda y en un estado tal de confusión y aturdimiento, que no veía por dónde pasaba, ni oía las observaciones picarescas de los transeúntes. Cuando entraron en la cárcel, el anciano se estremeció, revolviendo los ojos en derredor. Su entrada había sido como el choque del ciego contra un muro, símil tanto más exacto cuanto que D. Patricio no veía nada dentro de las paredes del tenebroso zaguán por donde se comunicaba con el mundo aquella mansión de tristeza y dolor.

Lleváronle al registro y del registro a un patio, donde había algunas personas que imploraban la misericordia de los carceleros para poder ver a los detenidos. Hiciéronle subir luego más que de prisa por hedionda escalera que se abría en uno de los ángulos del patio, y hallose en un largo corredor o galería, que parecía haber sido claustro, pero que tenía entonces tapiadas todas sus ventanas, sin dejar más entrada a la luz que unos ventanillos bizcos en la parte más alta.

  —212→  

Al entrar en la galería, Sarmiento oyó gritos, lamentos, imprecaciones. Era al caer de la tarde, y como la luz entraba allí avergonzada al parecer y temerosa, deteniéndose en los ventanillos por miedo a que la encerraran también, no se podía distinguir de lejos las personas. Veíanse sombrajos movibles, los cuales, al acercarse a ellos, resultaban ser la simpática humanidad de algún calabocero que entraba en las celdas o salía de ellas.

Había centinelas de trecho en trecho, cuya vigilancia no podía ser muy grande, porque a cada instante les era forzoso apartar de las puertas de las celdas a personas importunas que iban a turbar la tranquilidad de los reos. Las llorosas mujeres, abusando de los miramientos a que tiene derecho su sexo, molestaban a los señores cabos pidiéndoles noticia de tal o cual preso, dándoles cualquier recadillo verbal o encargo enojoso, como llevar pan a alguno de los muchos hambrientos que se comían los dedos dentro de las celdas. En una de estas debía de estar encerrado un loco furioso, cuya manía era dar golpes en la puerta, con lo cual estaban muy disgustados los carceleros, hombres celosísimos de la paz de la casa. El dolor y la desesperación, callado el uno, ruidosa la otra, hacían estremecer las frágiles paredes,   —213→   porque el mezquino edificio era indigno de la rabia que contenía, y a ser tal como a ella cuadraba, hubiera tenido más piedras que el Escorial y más hondos cimientos que el alcázar de Madrid.

Sarmiento fue introducido en una pieza relativamente grande, cuya suciedad parecía ser resumen y muestrario de todas las suertes de inmundicia que los años y la incuria de los hombres habían acumulado en la indecorosa cárcel de Corte. En la zona más baja, una especie de faja mugrienta marcaba el roce de muchas generaciones de presos, de muchas generaciones de alguaciles, de muchas generaciones de jueces y curiales. Alumbrábala el afligido resplandor de un quinqué colgado del techo, que parecía acababa de oír leer su sentencia de muerte, y se disponía con semblante contrito a hacer confesión de sus pecados. Como el techo era muy bajo, y los allí presentes se movían de un lado para otro en torno al ajusticiado quinqué, las sombras bailaban en las paredes haciendo caprichosos juegos y cabriolas. En el fondo había la indispensable estampa de Su Majestad, y sobre ella un Crucifijo cuya presencia no se comprendía bien, como no tuviera por objeto el recordar que los hombres casi son tan malos después como antes de la Redención.

  —214→  

Delante de Su Majestad en efigie y de la imagen de Cristo crucificado, estaba en pie, apoyándose en una mesa, no fingido, sino de carne y hueso, horriblemente tieso y horriblemente satisfecho de su papel, el representante de la justicia, el apóstol del absolutismo, don Francisco Chaperón, siempre negro, siempre de uniforme, siempre atento al crimen para confundirle donde quiera que estuviese en honra y gloria del Trono, del orden y de la Fe católica. Pocas veces se le había visto tan fieramente investigador como aquella noche. Indudablemente parecía que el tal personaje acababa de llegar del Gólgota y que aún le dolían las manos de clavar el último clavo en las manos del otro, del que estaba detrás y en la cruz, sirviendo de sarcástico coronamiento al retrato del señor D. Fernando VII.

A la derecha había una mesa donde estaban media docena de diablejos vestidos con el uniforme de voluntario realista y acompañados por el licenciado Lobo, prestos todos a lanzar las plumas dentro de los tinteros. La izquierda era ocupada por un banquillo pintado de color de sangre de vaca: en él se sentaba alguien a quien D. Patricio no vio en el primer momento. El anciano no había salido aún de aquel estupor que le acometiera al ser conducido fuera   —215→   de su casa; miró con cierta estupidez al tremendo fantasma, miró después a toda la chusma curialesca que le rodeaba, al licenciado Lobo; miró al Santo Cristo, al Rey pintado, y por fin, clavando los ojos en el banco de color de sangre, vio a su adorada hija y compañera.

-¡Sola!... ¡hija de mi alma!... -gritó lanzando ronca exclamación de alegría-. Tú aquí... yo también... ¡parece que esto es la cárcel!... ¡el suplicio!...¡la gloria!... ¡mi destino!...




ArribaAbajo- XVIII -

Clarísima luz entró de improviso en la mente del afligido viejo; desaparecieron las percepciones vagas, las ideas confusas para dar paso a aquella siempre fija, inmutable y luminosa que había dirigido su voluntad durante tanto tiempo, llenando toda su vida moral.

-Ya estoy en mí -dijo en tono de seguridad y convicción-. Soledad... ¡tú y yo en este sitio! Al fin, al fin Dios ha señalado mi día. ¿No lo decía yo?... ¿no decía yo que al fin vendría la hora sublime? ¡Destino honroso el nuestro,   —216→   hija mía! He aquí que no sólo heredas mi gloria, sino que la compartes, y los dos juntamente, unidos aquí como lo estuvimos allá, somos llamados...

-Silencio -gritó Chaperón bruscamente-. Responda usted a lo que le pregunto. ¿Cómo se llama usted?

-Excusada pregunta es esa -repuso con aplomo y dignidad D. Patricio-, pues todo el mundo sabe en Madrid y fuera de él que soy Patricio Sarmiento, adalid incansable de la idea liberal, compañero de Riego, amigo de todos los patriotas, defensor de todas las Constituciones, amparo de la democracia, terror del despotismo. Soy el que jamás tembló delante de los tiranos, el que no tiene en su corazón una sola fibra que no grite libertad, y el que aun después de muerto sacará la cabeza del sepulcro para gritar...

-Basta -dijo Chaperón, notando que las palabras del reo provocaban murmullos-. Charlatán es el viejo... Responda usted. ¿Conoce a esta joven?

-¿Que si la conozco? Que si conozco a Sola... Si no temiera faltar al respeto que debo a todo juez quienquiera que sea, diría que es necia pregunta la que Vuecencia acaba de hacerme. Esta es mi hija adoptiva, mi ángel   —217→   de la guarda, mi amparo, mi compañera de vida, de muerte, de cielo y de inmortalidad. Dios, que dispone todas las grandezas, así como el hombre es autor de todas las pequeñeces, ha dispuesto que este ángel divino me acompañe también ahora. ¡Admirable solución de la Providencia! Yo creí haberla perdido y la encuentro junto a mí en la hora culminante de mi vida, cuando se cumple mi destino; aparece a mi lado, no para darme esos triviales consuelos que no necesita mi corazón magnánimo, sino para compartir mi sacrificio y con mi sacrificio mi gloria. Adelante, señores jueces, adelante. Acaben ustedes. Soledad y yo nos declaramos reos de amor a la libertad, nos declaramos dignos de caer bajo vuestras manos, y confesamos haber trabajado por el triunfo del santo principio, ahora y antes y siempre, porque para ello nacimos y por ello morimos.

Causaba diversión a los diablillos menores y aun al diablazo grande el desenfado del buen viejo, por lo cual no habían puesto tasa a la charla de este. Mas Chaperón, que deseaba concluir pronto, dijo al reo:

-¿Es cierto que esta joven recibió un paquete de cartas de los emigrados para repartirlas a varias personas de Madrid?

-¿Y eso se pregunta? -replicó Sarmiento   —218→   como si admirara la candidez del vestiglo-. ¿Pues qué había de hacer sino trabajar noche y día por el triunfo de la sagrada causa?... ¿No he dicho que para eso nacimos y por eso morimos?

Soledad miraba con ojos muy compasivos a su amigo y al juez alternativamente. Mas pronto dejó de mirarlos y se reconcentró en sí misma, mostrando estoica indiferencia hacia aquel lúgubre diálogo entre un insensato y un verdugo. Había hecho ya con Dios pacto de resignación absoluta y se entregaba a la voluntad divina, prometiendo no oponer ninguna resistencia a los accidentes humanos, ni aceptar otro papel que el de víctima callada y tranquila. Entre el instante en que la sacaron desmayada de la caverna del gran esbirro hasta aquel en que le pusieron delante al compañero de su infortunio, habían pasado para ella horas muy angustiosas. Pero su espíritu se había rendido al fin, aceptando la fórmula esencial del cristiano, que es rendirse para vencer y perderse absolutamente para absolutamente salvarse. Si algún pequeño combate sostenía aún su alma, era porque el propósito de pensar solamente en Dios no podía cumplirse aún con rigurosa exactitud. Pensaba en algo que no era Dios, pero aun así, iba conquistando la tranquilidad   —219→   y un pasmoso equilibrio moral, porque había arrojado fuera de sí valerosamente toda esperanza.

-Usted sabrá sin duda a quién venían dirigidas esas cartas -preguntó Chaperón a Sarmiento.

-¿Pues qué?... ¿ella no lo ha dicho? -repuso el anciano nuevamente admirado de la ignorancia del tribunal-. Esto no se puede considerar como delación, porque esas personas son leales patricios que también anhelan llegue la coyuntura de sacrificarse por la libertad. Nosotros no tenemos secretos, nosotros, como los héroes de la antigüedad, lo hacemos todo a la luz del día. Fue preciso prestar un servicio a la santa causa, facilitando las comunicaciones entre todos los que conspiran dentro y fuera para hacerla triunfar, y lo prestamos, sí señor, lo prestamos a la clarísima luz del sol, coram populo. Las cartas eran cuatro.

-Atención -dijo D. Francisco acercándose a la mesa de los escribanos.

-Una era para D. Antonio Campos, ese gran patriota que acaba de llegar de Tarifa y Almería, otra para un oficial de la antigua guardia que se llama Ramalejo, la tercera venía dirigida a D. Roque Sáez y Onís, y la cuarta a D.ª Genara de Baraona.

  —220→  

-Muy bien -gruñó Chaperón, asemejándose mucho en su gruñido al perro que acaba de encontrar un hueso perdido-. Veo que el viejo y la niña son la peor casta de conspiraciones que se conoce en Madrid.

-Sí -dijo Sarmiento con exaltación-, insúltenos usted... Eso nos agrada. Los insultos son coronas inmarcesibles en la frente del justo. Mire usted las espinas que lleva en su cabeza aquel que está en la cruz.

-Silencio -gritó Chaperón-. Veo que él es tan parlachín como ella hipocritona. Ya sabemos lo de las cartas, linda pieza... Ahora el buen viejo nos informará de todas las particularidades que hayan ocurrido en la casa. ¿Tiene noticia de que entrara en estos líos don Benigno Cordero?

-¡Cordero! -exclamó Sarmiento con asombro-. Cordero es un hombre vulgar, un tendero, un cualquiera... ¿Cómo puede ser capaz semejante hombre de intervenir en un complot de esos que sólo acometen las almas grandes y valerosas?

-¿Seudoquis fue muchas veces a la casa?

-Dos veces, dos. Para nada hay que mentar a Cordero. Nuestra gloria es nuestra, señor mío, y de nadie más. ¡Ay de aquel que intente quitarnos una partícula de ella, siquiera sea del   —221→   tamaño de un grano de alpiste! Nosotros, nosotros solos somos los héroes, nosotros las víctimas sublimes. Fuera intrusos y gentezuela que se presenta en el festín de la gloria con sus manos lavadas reclamando lo que no les pertenece ni han sabido ganar con su abnegación. Nosotros solos, ella y yo, nadie más que ella y yo.

-El que enviaba las cartas -añadió don Francisco dando un paso hacia Sarmiento-, ¿no hablaba de lo de Almería y Tarifa ni de la revolución que estaban preparando?

-Nosotros - repuso Sarmiento con desdén-, no nos ocupamos de frívolos detalles. ¡Almería, Tarifa! ¿qué vale eso ni qué significa? Hechos aislados que ni precipitan ni detienen el hecho principal, que es la victoria de la libertad. Si al fin tiene que ser, si ha de venir tan de seguro como saldrá el sol mañana... Que se frustre una intentona, que salga mal un desembarco, que fusiléis a trescientos o a mil o a un millón de patriotas... nada importa, señores. Lo que ha de venir, vendrá. Si pretendéis atajarlo con patíbulos, vendrá más pronto. Los patíbulos son árboles fecundos, que con el riego de la sangre dan frutos preciosísimos. Echad sangre, más sangre; eso es lo que hace falta. Las venas de los patriotas   —222→   son el filón de donde mana la nueva vida.

«No me habléis de conspiraciones parciales; yo no entiendo de eso. El que escribió las cartas, lo mismo que mi hija, lo mismo que yo, cooperamos con nuestra voluntad y nuestros deseos más íntimos y más ardientes en ese gran complot moral cuyas ramificaciones se extienden por todo el mundo. ¡Ah! señores, no conocéis la gran conspiración del tiempo. A ella pertenezco, a ella pertenecen todas vuestras víctimas... Ea, despachemos pronto. Basta de fórmulas y de procedimientos necios. El patíbulo, el patíbulo, señores, esa es nuestra jurisprudencia. De él hemos de salir triunfantes, trocados de humanos miserables en inmaculados espíritus. Lo mismo nos da que nos ahorquéis de esta o de la otra manera, más o menos noblemente. ¿A los mártires del circo romano les importaba que el tigre que se los comía tuviera la oreja negra o amarilla? No, porque no atendían más que a la sublime idea; lo mismo nosotros no atendemos más que a esta idea que nos lleva en pos del suplicio, la cual es como un fuego sacrosanto que nos embelesa y nos purifica. No tenemos ya sentidos, no sabemos lo que es dolor... ¡La carne!... ¡ah! no nos merece más interés que el despreciable polvo de nuestros zapatos. Adelante, pues. Cumpla cada uno con   —223→   su deber: el vuestro es matar, el nuestro sucumbir carnalmente, para vivir después la excelsa, la inacabable y deliciosa vida del espíritu... Vamos allá; ¿en dónde, en dónde está esa bendita horca?».

Había tanta naturalidad en las entusiastas expresiones del exaltado viejo patriota y al mismo tiempo un tono de dignidad tan majestuoso, que los empleados de la Comisión, así militares como civiles, no podían resistir al deseo de oírle. Aunque el sentimiento que a la mayoría dominaba era de burla con cierta tendencia a la compasión, no faltaba quien oyese al estrafalario viejo con un interés distinto del que comúnmente inspiran las palabras de los tontos. El mismo Chaperón se mostraba complacido, sin duda porque le divertía su víctima, haciéndolo mucho más barato que el célebre gracioso Guzmán que empezaba su carrera en el teatro del Príncipe. Pero como la dignidad del tribunal no permitía tales comedias, Don Francisco mandó al reo que diese por terminada la representación.

Los empleados de policía que se quedaron registrando la casa de Sola, aparecieron. Según parecía, habían encontrado alguna cosa de gran valor jurídico; habían hecho provisión de pedacitos de papel, fragmentos de cartas, sin   —224→   olvidar un polvoriento retrato de Riego, hallado entre los bártulos de D. Patricio, dos o tres documentos masónicos o comuneros y una carta dirigida al maestro de escuela. Examinolo todo ávidamente Chaperón y lo entregó después a Lobo para que constase en el proceso. En tanto D. Patricio se había acercado a su compañera de infortunio y en voz baja le decía:

-Animo, ángel de mi vida, cordera mía. Que en esta ocasión solemne no deje de estar tu espíritu a la altura del mío. Inspírate en mí. Reflexiona en la gloria que nos espera y en el eco que tendrán nuestros sonorosos nombres en los siglos futuros perpetuándose de generación en generación. ¿Por qué estás triste en vez de estar alegre como unas castañuelas? ¿Por qué bajas los ojos en vez de alzarlos como yo, para tratar de ver en el cielo el esplendoroso asiento que nos está destinado? Tu destino es mi destino. Ambos están escritos en el mismo renglón. Hay gemelos del morir como los hay del nacer: tú y yo somos mellizos y juntos saldremos del vientre de este miserable mundo a la inmensa vida del otro... Posible es que no lo comprendieras antes, niña de mis ojos; yo tampoco lo creía, y era engañado por hechos mentirosos. Tu proyecto de abandonarme era una ficción del destino para sorprenderme después con esta   —225→   unión celestial. Mi entrada en tu casa, el amparo que me diste, ¿qué significan sino la preparación para estas nuestras bodas mortuorias, de las cuales saldremos unidos por siempre ante el altar de la glorificación eterna? Tú necesitas de mí para este santo objeto, así como yo necesito de ti... Bien sabía yo que conspirabas... ¡Y conspirabas por la santa libertad! Bendita seas... Serás condenada y yo también. ¡Seremos condenados!... ¿Ves cómo no es posible la separación? ¿Ves cómo lo ha dispuesto Dios así? Viviremos juntos eternamente. ¡Qué inefable dicha!... Solilla de mi vida, ten ánimo; que la flaca naturaleza corporal no soborne con sus halagos tu alma de patriota. Vive como yo la excelsa vida del espíritu. Desprécialo todo, mira al cielo, nada más que al cielo y a mí, que soy tu compañero de gloria, tu gemelo, tu segundo , a quien has de estar unida por los siglos de los siglos.

Soledad miró a su amigo. La serenidad que en él producía un loco entusiasmo producíala en ella la resignación, ese heroísmo más sublime que todas las exaltaciones de valor, y al cual damos un nombre oscuro: lo llamamos paciencia, y germina como flor invisible y modesta en el alma de los que parecen débiles.

-Veo que no lloras -dijo D. Patricio observando   —226→   aquel semblante plácidamente tranquilo, a quien la virtud mencionada daba angelical hermosura-. No lloras, no estás demudada...

-¿Yo llorar? ¿por qué?

-Así me gusta -exclamó Sarmiento con entusiasmo-. ¡Oh! almas sublimes, ¡oh! almas escogidas. ¡Y pensar que os han de intimidar horcas y suplicios!... Señores jueces, aquí aguardamos la hora del holocausto. Llevadnos ya: subidnos a esos gallardos maderos que llamáis infamantes. Mientras más altos mejor. Así alumbraremos más. Somos los fanales del género humano.

Chaperón mandó que los dos reos fuesen conducidos cada cual a su calabozo; mas como el alcaide manifestase la imposibilidad de ocupar dos departamentos, se dispuso que ambos gemelos de la muerte fuesen encerrados en un solo cuarto.

-Vamos -dijo D. Patricio enlazando con su brazo la cintura de Sola.

Esta se dejó llevar. Cuando iban por la oscura galería, la joven huérfana oyó claramente en su oído estas palabras dichas en voz muy baja, como un silbido:

-Señora, no se sofoque usted mucho... se hará un esfuercito por salvarla... Una persona   —227→   que se interesa por usted... que se interesa, sí... me encarga de advertírselo.

Soledad volviose prontamente y vio unos ojos verdes y grandes del tamaño de huevos. Estos ojos brillaban, reflejando la claridad del farol de los carceleros, en un semblante amojamado y partido en dos por la hendidura sonriente de la prolongada boca, casi vacía. En vez de tranquilizarse, Soledad tuvo miedo.




ArribaAbajo- XIX -

El licenciado Lobo, asesor privado del señor Chaperón, tenía su oficina en el ángulo más oscuro y apartado de la planta baja de la Comisión Militar. Cubría el piso la estera más vieja, servíale de escritorio la mesa más rota que contaba entre sus propiedades el Estado, y el pupitre, el tintero, la estantería denotaban con honrosa vejez haber acompañado en toda su larga vida a las antiguas covachuelas. Hasta el retrato de Fernando VII, que decoraba la pared, era el más feo de toda la casa, y comido de polilla, no presentaba a la admiración del espectador más que los ojos y parte del cuerpo.   —228→   Lo demás era una mancha irregular con grandes brazos al modo de tentáculos. Parecía un gran cefalópodo que estaba contemplando a su víctima antes de chupársela.

En el centro de este mueblaje y encorvado sobre una mesa llena de descoloridos papeles, aparecía el leguleyo, cuya figura encajaba en tal marco como el cernícalo en su nido. La diestra pluma rasgueaba sin cesar cual si fuera absolutamente imprescindible su actividad para la existencia de todo aquello, o como si fuera la clave cabalística de que dependían las imágenes del despacho y del retrato y de los muebles y del licenciado mismo. Cuando la pluma paraba parecía que todo iba a desvanecerse. Si no fuera porque en los ratos de descanso el asesor se ponía a tararear alguna tonadilla trasnochada de las del tiempo de la Briones y de Manolo García, se le hubiera tenido por momia automática o por alma en pena a quien se había impuesto la tarea de escribir mil millones de causas para poderse redimir.

Al día siguiente de la prisión de Sarmiento y cuando aún no había despachado regular porción de su faena de la mañana, una señora se presentó sin anunciarse en el escondrijo del asesor.

-¡Oh! señora... -exclamó Lobo suspendiendo   —229→   la escritura-. No esperaba a usted tan tempranito. Hágame usted el obsequio de tomar asiento.

Ya la señora lo había hecho en la única silla que servía para el caso. Era la misma dama a quien vimos en el despacho de Chaperón, guapa si las hay, seductora mujer de cara y cuerpo y apostura,tota totalitate hermosa. Envolvíase en un rico chal blanco que a Lobo le pareció, sobre los lindos hombros y entre los brazos de verde vestidos, como el más gracioso capricho de la nieve entre las plantas de un jardín. Como a los viejos feos se les permite ser galantes, Lobo dijo que la cara de la señora era una rosa con la cual no se había atrevido la nieve, temiendo que una mirada la derritiera.

-Déjese usted de sandeces -dijo ella-. Yo he venido a salir de dudas.

-¿Respecto a esa jovenzuela que se delató a sí misma?... Confieso que es el primer caso que he visto desde que tengo esta nobilísima pluma en la mano. Usted se interesa por ella...

-Mucho, muchísimo -repuso la dama con pena-. Anoche he tenido una pesadilla... no es la primera vez que sueño con ella... ¿Pues no he dado en soñar que soy verdugo y que la estoy ahorcando?

  —230→  

-es graciosísimo, señora mía, graciosísimo. ¿La conoce usted hace tiempo? ¿De qué procede ese interés tan vivo? Ella no demuestra tenerla a usted grabada en las telas de su corazón. Recordemos cómo declaró haberle entregado una de las cartas. Sin duda quería perderla a usted. ¡Infame víbora! ¡Y usted quiere favorecerla! ¡Oh generosidad inaudita!

-¡Ella me aborrece!

-Se conoce: sí, porque lo de la carta es una calumnia.

-No es calumnia, no. Recibí la carta -dijo la señora suspirando-. Pero Chaperón me ha dicho que no seré molestada por esa declaración. Mostraré la carta si es preciso. No contiene nada que trascienda a conspirar.

-Todo sea por Dios -dijo Lobo con ademán distraído-. Pues todo se arreglará. Basta que usted se interese por ella, para que Don Francisco sea benigno. Para él no hay más Dios que Calomarde, y como mi señora tiene felizmente todo el favor de nuestro querido Ministro y también el de Quesada...

-No me fío yo mucho del Ministro -dijo la dama nublando su hermoso semblante con las sombras de la duda-. Muy amigo mío era don Víctor Sáez y me prendió en Cádiz, como usted sabe. Aquello duró poco; pero fuí maltratada   —231→   del modo más grosero. No hay que fiar de las amistades en estos tiempos.

-No, no hay que fiar, señora mía -repuso Lobo riendo y bajando la voz como el que va a decir un secreto peligroso-. ¡Estamos en los tiempos más perros que se han visto desde que hay tiempos, y bregamos con la gente más mala que se ha visto desde que el hombre, esa infame bestia inteligente, apareció sobre la tierra! Empero, usted conseguirá lo que desea. ¿Es cuestión de gratitud? ¿Ha recibido usted favores de esa infeliz o de su familia?

-No, no es eso -repuso la dama, mostrando que la importunaba la curiosidad del hombre de leyes-. Es cuestión de conciencia.

-¿Debe usted favores a esa desgraciada?

-No, ella me debe a mí un disfavor muy grande. Yo he sido mala, Sr. Lobo... pero no, no soy tan mala como yo misma creo. No faltan voces en mi conciencia... Verdad es que tengo un genio arrebatado, que soy capaz en ciertos momentos... Vamos, lo diré, soy capaz hasta de coger un puñal...

La hermosa dama, moviendo su brazo como para matar, convirtiose por breve momento en una figura trágica de extraordinaria belleza.

-Pero estos furores me pasan -añadió pasándose la mano por los ojos-. Pasan, sí, y   —232→   como Dios castiga y advierte... Yo he sido mala; pero no he cerrado mis ojos a las advertencias de Dios. No es posible siempre reparar el mal que se ha causado... pero se me presenta ahora la ocasión de hacer un bien y lo he de hacer: quiero sacar de la prisión a esa joven.

-El Sr. D. Francisco...

-No me fío yo del Sr. D. Francisco. Es demasiado amigo de mi esposo para que yo haga caso de sus palabrejas corteses. Usted, usted puede arreglarlo fácilmente.

-¿Cómo?

-Componiendo la causa de modo que aparezca la reo tan inocente de conspiración como los ángeles del cielo, aunque no sé yo si Chaperón y Calomarde podrán convencerse de que los ángeles no conspiran.

-¡La causa, señora! -exclamó Lobo sonriendo con malicia.

-Sí, componer la causa, hombre de Dios, poner lo blanco negro y lo negro blanco.

-Pero Sra. D.ª Genara de mis pecados, si aquí no hay causas, ni jurisprudencia, ni ley, ni sentencia, ni testimonio, ni pruebas, ni nada más que el capricho de la Comisión Militar y de la Superintendencia, sometidas, como usted sabe, al capricho más bárbaro aún   —233→   de los voluntarios realistas. Si todo este fárrago de papeles que usted ve aquí es tan inútil para la suerte de los presos como las piedras de que está empedrada la calle... Si todo esto es vana fórmula; si yo escribo porque me pagan para que escriba; si esto es puramente lo que yo llamo pan de archivo, porque no sirve más que para llenar esa gran boca que está siempre abierta y nunca se sacia... ¡Oh inocencia, oh candor pastoril! No hable usted de causas ni de procedimientos, porque si todo esto (señaló los legajos que en grandes pilas le rodeaban) se escribiera en griego, serviría para lo mismo que en castellano sirve, para nada... ¡Pobres ratones! ¡y es tan inhumana la sala, que manda poner ratoneras para impedirles que se coman esto!

El licenciado después que concluyó de hablar siguió riendo un buen rato.

-Entonces es preciso emprender la conquista de Chaperón.

-Cosa muy fácil, pero facilísima... tenga usted de su parte a Calomarde y a Quesada y échese usted a dormir, señora.

-Es que ahora -repuso la dama muy preocupada-, dicen que apretarán mucho la cuerda y que no perdonarán a nadie.

-Sí, el Gobierno necesita ahora más que   —234→   nunca demostrar gran celo para perseguir a los liberales. Los voluntarios realistas le acusan de que ahorca poco.

-¡Qué horror! -exclamó la señora con espanto.

-De que ahorca poco. Pues bien, el Gobierno se verá en el caso de ahorcar mucho.

-¡Y a esa pobre joven...!

-Esa pobre joven... La verdad es que la causa, como causa de conspiración, es de las que más alto piden un desenlace trágico. Ahora me acuerdo de una circunstancia que favorece mucho su deseo de usted.

-¿Qué?

-Anoche nos han traído al que figura como cómplice de la tunantuela.

-¿Sarmiento?... le conozco -dijo la señora desanimándose-. Es un pobre tonto, a quien la Comisión no puede considerar como reo.

-Poquito a poco. La ley está de tal modo redactada, que yo no me atrevería a absolverle. Puesto que la señora quiere que yo dé unos cuantos toques a la causa, se hará. Nada se pierde en ello. Verá usted cómo resulta que el culpable de todo es Sarmiento, y que la joven jamás ha roto un plato.

-Buena idea, si ese infeliz estuviese en su claro juicio; si tuviera responsabilidad...

  —235→  

-Ahí está el quid. Anoche dijo Chaperón que iba a mandarle al Nuncio de Toledo. Puede que persista en esta humanitaria idea. Allá veremos... Ya sabe usted que la cabeza de mi jefe es una berroqueña.

-Lo que sé -dijo la dama en tono humorístico-, es que su jefe de usted es uno de los hombres más brutos que han comido pan en el mundo.

-Señora -repuso Lobo como quien da expansión a un sentimiento contenido por el deber-, yo le aseguro a usted que no come cebada por no dar qué decir. Así anda el Reino en manos de esta gente. Malaventurados los que se ven en la dura necesidad de servirle, como yo, por ejemplo, que pudiendo estar pavoneándome en una sala del Consejo, cual lo piden mis merecimientos y servicios, me hallo reducido a la triste condición en que usted me ve. ¡Ay! señora de mi vida -añadió haciendo pucheros-. Esto me pasa por haber sido una mala cabeza, por haber fluctuado entre los dos partidos sin decidirme por ninguno. Desde la guerra vengo haciendo quiebros como un bailarín sin saber a qué faldón agarrarme. Mis vacilaciones, mi timidez natural, y ¿por qué no decirlo? mi honradez me han traído al estado en que me veo, simple secretario   —236→   de un Chaperón, yo que llegué a posarme en la sala de Mil y quinientas... ¡Y que no he pasado yo congojas en gracia de Dios!... -al decir esto movía la cabeza como los muñecos que la tienen pegada al cuerpo por una espiral de alambre-. ¡Sin destino y teniendo que mantener esposa, dos suegras y once becerros mamones! Es verdad que Dios se llevó de mi casa a la gente mayor; pero vinieron nietecillos... ¡y qué casorios los de mis hijas!... En fin, señora, me callo, porque si sigo hablando de mis lástimas ha de llorar hasta el tintero. ¡Qué hubiera sido de mí sin la pensión que me dio durante tres años el Sr. de Araceli, y sin el favor de personas generosas como usted y otras a quienes viviré eternamente agradecido!... Pero me callo, positivamente me callo, porque si siguiera hablando...

-Una persona de tantas tretas como usted -manifestó Genara poco atenta a las lamentaciones del curial-, puede ingeniarse para que yo vea satisfecho mi deseo. Estoy segura de que no he de quedar descontenta.

-En estos tiempos, señora, ¿quién es el guapo que puede dar una seguridad? ¿No ve usted que todo está sujeto al capricho?

Genara, vagamente distraída, contemplaba el cefalópodo formado por la humedad sobre el   —237→   retrato del Monarca. De repente sonaron golpes en la puerta y una voz gritó:

-El señor Presidente.

-Con perdón de usted, señora -dijo levantándose-. Ya está ahí ese Judas Iscariote. Tengo que ir al despacho.

El licenciado salió un momento como para curiosear, y al poco rato volvió corriendo con su pasito menudo y vacilante.

-Señora -dijo a su amiga en tono de alarma-. Con Chaperón ha entrado el Sr. Garrote, su digno esposo de usted.

-¡Jesús, María y José! -exclamó la dama llena de turbación-. Me voy, me voy... ¿Por dónde salgo, Sr. Lobo, de modo que no encuentre...?

-Por aquí, por aquí... -manifestó el curial guiándola fuera de la pieza por oscuros pasillos, donde había alcarrazas de agua, muebles viejos y esteras sin uso-. No es muy bueno el tránsito, pero saldrá usted a la calle de los Autores sin tropezar con bestias cornúpetas mayores ni menores.

-Ya, ya veo la salida... Adiós, gracias, Sr. Lobo. Vaya usted luego por mi casa -dijo la señora recogiéndose la falda para andar más ligera.

Al poner el pie en el callejón, pasaba por   —238→   delante de ella, tocándola, una figura imponente y majestuosa. Cruzáronse dos exclamaciones de sorpresa.

-¡Señora!

-¡Padre Alelí!...

Era un fraile de la Merced, alto, huesudo, muy viejo, de vacilante paso, cuerpo no muy derecho, y una carilla regocijada y con visos de haber sido muy graciosa, la cual resaltaba más sobre el hábito blanco de elegantes pliegues. Apoyábase el caduco varón en un palo, y al andar movía la cabeza, mejor dicho, se le movía la cabeza, cual si su cuello fuera más que cuello una bisagra.

-¿A dónde va el viejecito? -le dijo la señora con bondad.

-¿Y usted de dónde viene? Sin duda de interceder por algún desgraciado. ¡Qué excelente corazón!

-Precisamente de eso vengo.

-Pues yo voy a la cárcel, a visitar a los pobres presos. Dicen que han entrado muchos ayer. Voy a verlos. Ya sabe usted que auxilio a los condenados a muerte.

-Pues a mí me ha entrado el antojo de visitar también a los presos.

-¡Oh! magnánimo espíritu... Vamos, señora... Pero, tate, tate, no mueva usted los   —239→   piececillos con tanta presteza, que no puedo seguirla. Estoy tan gotoso, señora mía, que cada vez que auxilio a uno de estos infelices, me parece que veo en él a un compañero de viaje.

Después de recorrer medio Madrid con la pausa que la andadura de Su Paternidad exigía, entraron en la cárcel. Al subir por la inmunda escalera, la dama ofreció su brazo al anciano que lo aceptó bondadosamente, diciendo:

-Gracias... Si estos escalones fueran los del cielo, no me costaría más trabajo subirlos... Gracias: se reirán de esta pareja; ¿pero qué nos importa? Yo bendigo este hermoso brazo que se presta a servir de apoyo a la ancianidad.




ArribaAbajo- XX -

Chaperón entró en su despacho con las manos a la espalda, los ojos fijos en el suelo, el ceño fruncido, el labio inferior montado sobre su compañero, la tez pálida y muy apretadas las mandíbulas, cuyos tendones se movían bajo la piel como las teclas de un piano. Detrás de él   —240→   entraron el coronel Garrote (de ejército) y el capitán de voluntarios realistas Francisco Romo, ambos de uniforme. En el despacho aguardaba holgazanamente recostado en un sofá de paja el diestro cortesano de 1815, Bragas de Pipaón.

A tiro de fusil se conocía que el insigne cuadrillero del absolutismo estaba sofocadísimo por causa de reciente disgusto o altercado. ¡Ay de los desgraciados presos! ¡Si los diablillos menores temblaban al ver a su Lucifer, cómo temblarían los reos si le vieran!

Garrote y Romo no se sentaron. También hallábanse agitados.

-No volverá a pasar, yo juro que no volverá a pasar -dijo Chaperón dando una gran patada-. Por vida del Santísimo Sacramento... vaya un pago, vaya un pago que se da a los que lealmente sirven al Trono.

Hubiérase creído que la estera era el Trono, a juzgar por la furia con que la pisoteaba el gran esbirro.

-Todavía -añadió mirando con atónitos ojos a sus amigos- le parece que no hago bastante; que dejo vivir y respirar demasiado a los liberales. ¿Hase visto injusticia semejante? «Señor Chaperón, usted no hace nada, Sr. Chaperón, las conspiraciones crecen y usted   —241→   no acierta a sofocarlas. Los conspiradores le tiran de la nariz y usted no los ve...». «Pero Sr. Calomarde, ¿me quiere usted decir cómo se persigue a los liberales, a los comuneros, a los milicianos, a los compradores de bienes nacionales, a los clérigos secularizados, a toda la canalla, en fin? ¿Puede hacerse más de lo que yo hago? ¿Cree usted que esa polilla se extirpa en cuatro días?...». Pues que no, y que no, que para arriba y que para abajo, que yo soy tibio, que soy benigno, que dejo hacer, que no tengo ojos de lince, que se me escapan los más gordos, que me trago los camellos y pongo a colar a los mosquitos. Y vaya usted a sacarlos de ahí. Convénzales usted de que no es posible hacer otra cosa, a menos que no salgamos 5a la calle con una compañía y fusilemos a todo el que pase... Esta misma noche he de procurar ver a Su Majestad y decirle que si encuentra otro que le sirva mejor que yo en este puesto, le coloque en lugar mío. Francisco Chaperón no consentirá otra vez que D. Tadeo Calomarde le llame zanguango.

-No hay que tomarlo tan por la tremenda -dijo Garrote con su natural franqueza, apoyándose en el sable-. Si el Ministro y el Rey se quejan de usted, me parece injusto... ahora si se quejan de la organización que se ha dado   —242→   a la Comisión Militar, me parece que están acertados.

-Eso, eso es -afirmó Romo sin variar su impasible semblante.

-No lo entiendo -dijo D. Francisco.

-Es muy sencillo. Las Comisiones están organizadas de tal modo que aquí se eternizan las causas. Papeles y más papeles... Los presos se pudren en los calabozos... ¡Demonio de rutina! Para que esto marchara bien, sería preciso que los procedimientos fueran más ejecutivos, enteramente militares, como en un campo de batalla... ¿Me entiende usted?... ¿Se quiere arrancar de cuajo la revolución? Pues no hay más que un medio. -(Al decir esto se puso en el centro de la sala accionando como un jefe que da órdenes perentorias)-. A ver, tú, ¿has conspirado contra el Gobierno de Su Majestad? Pues ven acá... Ea, fusilarme a esta buena pieza. A ver, tú: ¿has gritado «viva la Constitución»?... Ven acá, te vamos a apretar el gaznate para que no vuelvas a gritar... Y tú, ¿qué has hecho? ¿compraste bienes del clero? Diez años de presidio... Y nada más. Entonces sí que se acababan pronto las conspiraciones. Juro a usted que no se había de encontrar un revolucionario aunque lo buscaran a siete estados bajo tierra.

  —243→  

Chaperón hundía la barba en el pecho acariciándosela con su derecha mano.

-Lo que dice el amigo Navarro -afirmó Romo-, no tiene vuelta de hoja. Nosotros los voluntarios realistas hemos salvado al Rey. Los franceses no habrían hecho nada sin nosotros. Somos el sostén del Trono, las columnas de la Fe católica. Pues bien, dígase con franqueza, si tenemos las preeminencias que nos corresponden. Los liberales nos insultan y no se les castiga.

Chaperón hizo un brusco movimiento. Iba a responder.

-Quiero decir, que no se les castiga como merecen -añadió el voluntario realista-. En vez de tener absoluta confianza en nosotros, se nos quiere sujetar a reglamentos como los de la Milicia Nacional. Nos miran con desconfianza... ¿y por qué? porque no permitimos que se falte al respeto a Su Majestad y a la Fe católica, porque estamos siempre en primera línea cuando se trata de sofocar una rebelión o de precaverla. Nuestro criterio debiera ser el criterio del Gobierno. ¿Y cuál es nuestro criterio? Pues es ni más ni menos que exterminio absoluto, no perdonar a nadie, cortar toda cabeza que se levante un poco, aplacar todo chillido que sobresalga. ¡Ah! señores, si así se hiciera otro gallo   —244→   nos cantara. Pero no se hace. Aunque el Sr. Chaperón se enfade, yo repito que hay lenidad, mucha lenidad, que no se castiga a nadie, que las causas se eternizan, que dentro de poco los negros han de reírse en nuestras barbas, que así no se puede estar, que peligra el Trono, la Fe católica... Y no lo digo yo solo, lo dice todo el instituto de voluntarios realistas, a que me glorio de pertenecer... Y estamos trinando, sí, señor Chaperón, trinando porque usted no castiga como debiera castigar.

El hombre oscuro emitió su opinión sin inmutarse, y las palabras salían de su boca como salen de una cárcel los alaridos de dolor sin que el edificio ría ni llore. Tan sólo al fin, cuando más vehemente estaba, viose que amarilleaba más el globo de sus ojos y que sus violados labios se secaban un poco. Después pareció QUE SEGUÍA MASCULLANDO como en él era costumbre, el orujo amargo de que alimentaba su bilis.

-Todo sea por Dios -dijo Chaperón, alzando del suelo los ojos y dando un suspiro-. ¡Y de tantos males tengo yo la culpa!... Ya verán quién es Calleja.

Diciendo esto se encaminó a la mesa. Ya el licenciado Lobo ocupaba en ella su puesto.

-A ver, despachemos esas causas -dijo al leguleyo.

  —245→  

-Aquí tenemos algunas -repuso Lobo poniendo su mano sobre un montón de infamia-, a las que no falta sino que Vuecencia falle.

-A ver, a ver. Con bonito humor me cogen. Vamos a prepararle su trabajo al fiscal.

Lobo tomó el primer legajo y dijo:

-Número 241. Esta es la causa de aquel comunero que propuso establecer la república.

-Horca -dijo Chaperón prontamente y con voz de mando, como un oficial que a las tropas dice «fuego»-. Sea condenado a la pena ordinaria de horca.

-Número 242 -añadió Lobo tomando otro legajo-. Causa de Simón Lozano, por irreverencias a una imagen de la Virgen.

-Horca -gruñó Chaperón, cual si se le pudriera la palabra en el cuerpo-. Adelante.

-Número 243. Causa de la mujer y de la hija de Simón Lozano, acusadas de no haber delatado a su marido.

-Diez años de galera.

-Número 244. Causa de Pedro Errazu por expresiones subversivas en estado de embriaguez.

-El estado de embriaguez no vale. ¡Horca! Añada usted que sea descuartizado.

-Número 245. Causa de Gregorio Fernández   —246→   Retamosa, por haber besado el sitio donde estuvo la lápida de la Constitución.

-Diez años de presidio... no, doce, doce.

-Número 246. Causa de Andrés Rosado por haber exclamado: «¡Muera el Rey!».

-Horca.

-Número 247. Causa del sargento José Rodríguez por haber elogiado la Constitución.

-Horca.

-248. Causa de su compañero Vicente Ponce de León, por haber permanecido en silencio cuando Rodríguez elogió la Constitución.

-Diez años de presidio y que asista a la ejecución de Rodríguez, llevando al cuello el libro de la Constitución que quemará el verdugo.

-249. Causa de D. Benigno Cordero y de su hija Elena Cordero por conspiración...

-¡Alto! -gritó una voz desde el otro extremo de la sala.

Era la de Pipaón que se adelantó extendiendo su mano como una divinidad protectora.

-Si es criminal perdonar al culpable, criminal es, criminalísimo, condenar al inocente -dijo con énfasis-. Yo me opongo, y mientras tenga un hálito de vida alzaré mi voz en defensa de la inocencia.

-Vaya, recomendaciones habemos -observó Garrote riendo-. Eso no puede faltar en España.   —247→   Favorcillo, amistades, empeños... Mientras tengamos eso, no habrá justicia en nuestro país... ¡Recomendación! Yo empezaría por ahorcar esa palabra. Me repugna.

-No se trata aquí de recomendar a un amigo a la generosidad de D. Francisco -dijo el cortesano poniéndose rojo de tanto énfasis-. Es que la inocencia de D. Benigno está ya tan clara como la diáfana luz del día. ¿Le consta a usted que no?

-A mí no me consta nada -repuso Navarro alzando los hombros-. Si no le conozco... Pero me ha llamado la atención una cosa, y es que se han sentenciado en este mismo momento varias causas por desacato, por exclamaciones, por besos, por sacrilegio, sin que hayamos oído una voz que se interese por los reos; pero aparece una causa de conspiración (al decir esto dio una gran palmada) y en seguida vemos venir la recomendación. Si no hay gente más feliz que los conspiradores... Yo no sé cómo se las componen, que siempre encuentran amigos.

-Hablemos claro -dijo el cortesano tragando saliva-. Yo no recomiendo a un conspirador: solamente afirmo que el Sr. Cordero no ha conspirado jamás. ¿No está el Sr. Chaperón convencido de ello? ¿No se ha demostrado que los verdaderos culpables son otros?

  —248→  

-Este es un caso extraño -afirmó D. Francisco-. Cierto es que los Corderos son inocentes.

-Bueno, si hay realmente inocencia, no digo nada -objetó sonriendo Navarro-. Pero es particular que sólo los que conspiran resulten inocentes.

-Sólo los que conspiran -añadió Romo en tono del más perfecto asentimiento.

-¿Pues qué? -dijo Pipaón con mayor dosis de énfasis y encarándose con el voluntario realista-. ¿No será usted capaz de sostener que nuestro amigo D. Benigno y su hija son inocentes del crimen que les imputó un delator desconocido?

Romo miró a todos uno tras otro impasiblemente. Jamás había su rostro aparecido más frío, más oscuro, de más difícil definición que en aquel instante. Era como un papel blanco, en cuya superficie busca en vano la observación una frase, una línea, un rasgo, un punto.

-Bien conocen todos -dijo con tranquilo tono- mi carácter leal, mi amor a la veracidad. Para mí la verdad está por encima de todos los afectos, hasta de los más sagrados. Soy así y no lo puedo remediar. ¿Por qué me llaman los compañeros, Romo el voluntario de bronce? Porque soy como de bronce, señores; a mí no hay quien me tuerza, ni me doble, ni   —249→   me funda. ¿Se trata de una cosa que es verdad? Pues verdad y nada más que verdad. (Romo hizo tal gesto con el dedo índice que parecía querer agujerear el suelo). Si mi padre falta y me lo preguntan digo que sí. No significa esto que sea insensible, no. Yo también tengo mis blanduras. Soy de bronce y tengo mi cardenillo... (el hombre duro y lóbrego se conmovía). Yo también sé sentir. Bien saben todos que quiero mucho a D. Benigno Cordero. Bien saben todos que trabajé porque volviera a Madrid. Pues bien, supongamos que me preguntan ahora si creo que D. Benigno Cordero conspiraba: yo responderé... que no lo sé.

Díjolo de tal modo, que dudando afirmaba. Lo que el hombre de bronce llamaba su cardenillo, si para él era un afecto, para los demás podía ser un veneno.

-¡Que no lo sabe! -exclamó Pipaón con ira-. Por fuerza usted ha perdido el juicio.

-No lo sé -repitió el voluntario mirando al suelo-. Si no lo sé, ¿por qué he de decir que lo sé, faltando a mi conciencia? ¿Qué importan mis afectos ante la verdad? Yo cojo el corazón y lo cierro como se cierra un libro prohibido, y no lo vuelvo a abrir aunque me muera... porque no tengo que fijar los ojos más que en la   —250→   verdad... y la verdad es antes que nada, y maldito sea el corazón si sirve para apartarnos de la verdad.

-El amigo Romo -dijo Navarro-, nos da un ejemplo de honradez que es muy raro y tendrá muy pocos imitadores.

-Pues yo -afirmó Pipaón subiendo todavía algunos puntos en la escala de su énfasis-, digo que si la verdad está sobre el corazón, la caridad está sobre la verdad... Pero no necesitan los Corderos implorar la caridad sino alegar su derecho, porque son inocentes. Señor D. Francisco Chaperón, ¿no cree usted que son inocentes?

-Yo creo que sí -replicó el Presidente con acento de convicción-. El delito que a ellos se imputaba ha sido cometido por otras personas. Así consta por declaración de los mismos reos. La delación ha sido equivocada.

-¿Lo ven ustedes? -dijo Bragas rompiéndose las manos una con otra.

-Por lo que veo, el delito no desaparece -indicó Garrote-. Lo que hay es un cambio de delincuente.

-Eso es, una sustitución de delincuente.

-¿Y se castigará? -preguntó con incredulidad el coronel del ejército de la Fe.

-¡Bueno fuera que no!... ¿Estamos en Babia?...   —251→   A fe que tengo hoy humor de blanduras. Siga usted, Lobo.

-Causa de D. Benigno Cordero.

Chaperón meditó un rato. Después, tomando un tonillo de jurisconsulto que emite parecer muy docto, habló así:

-Absolución. Solamente les condeno a dos meses de cárcel, por no haber denunciado las visitas de Seudoquis al piso segundo de su misma casa.

-¡Qué bobería! -murmuró por lo bajo Pipaón, arqueando las cejas.

-Número 251. Causa de D. Ángel Seudoquis -cantó el licenciado.

-Diez años de prisión y pena de degradación militar, por no haber dado parte a la autoridad de la llegada de su hermano a Madrid... Las cartas que se le han encontrado son amorosas... No hay la menor alusión a las cosas políticas. Adelante.

-Número 252. Causa de Soledad Gil de la Cuadra y de Patricio Sarmiento.

-Es la más rara que se ha conocido en esta Comisión.

-Sí, la más rara -añadió Romo-, porque presenta un caso nunca visto, señores, el caso más admirable de abnegación de que es capaz el espíritu humano. Figúrense ustedes una joven   —252→   inocente que por salvar a dos personas que le han hecho favores se declara culpable... mentira pura... una mentira sublime, pero mentira al fin.

-Abnegación -indicó Chaperón con cierto aturdimiento-. ¿Qué entendemos nosotros de eso? Cosas del fuero interno, ¿no es verdad, Lobo? Al grano, digo yo, es decir, a los hechos y a la ley. El delito es indudable. La prueba es indudable. Tenemos un reo convicto y confeso. Caiga sobre él la espada inexorable de la justicia, ¿no es verdad, Lobo?

El licenciado no decía nada.

-Pero aparecen ahí dos personas -dijo Navarro.

-Una joven y un viejo tonto. Ella parece la más culpable. Del mentecato de Sarmiento no debemos ocuparnos. Sería gran mengua para este tribunal.

-Si tras de lo desacreditado que está -dijo Navarro con sorna-, da en la flor de soltar a los cuerdos y ajusticiar a los imbéciles...

-Nada, nada. Adelante -manifestó Chaperón con impaciencia-. Despachemos eso.

-Soledad Gil -cantó Lobo.

-Pena ordinaria de horca. Y sea conducido D. Patricio a la casa de locos de Toledo. Esto propondré a la Sala pasado mañana.

  —253→  

Miró a sus amigos con expresión de orgullo semejante a la que debió de tener Salomón después de dictar su célebre fallo.

-Me parece bien -afirmó Garrote.

-Admirablemente -dijo Pipaón, tranquilizado ya respecto a la suerte de sus amigos y fiando en que le sería fácil después librarles de los dos meses de cárcel.

-Y yo digo que habrá no poca ligereza en el tribunal si aprueba eso -insinuó con hosca timidez Romo.

-¡Ligereza!

-Sí; averígüese bien si la de Gil de la Cuadra es culpable o no.

-Ella misma lo asegura.

-Pues yo la desmentiré, sí señor, la desmentiré.

-Este es un hombre que no duerme si no ve ahorcados a sus amigos.

-Aquí no se trata de amigos -exclamó Romo con cierto calor que se podía tomar por rabia-. Yo no tengo amigos en estas cuestiones; yo no soy amigo de nadie, más que del Rey y de la sacratísima Fe católica. Romo, el voluntario de bronce, no tiene amistades más que con la justicia y con la verdad. Y ya que hablamos del Sr. Cordero, diré que dejé de frecuentar su casa desde que vi en ella ciertas cosas.

  —254→  

-¿Qué ha visto usted? -preguntó vivamente el cortesano, tan sofocado por su enojo como por su collarín metálico que le condenaba elegantemente a garrote.

-No tengo para qué decirlo ahora -repuso el voluntario volviendo la espalda-. Está sentenciada la causa ¿para qué añadir una palabra más?

-Me parece -dijo Bragas en tono de sarcasmo-, que el amigo Romo está durmiendo y ve visiones, como las veía el que delató a nuestros amigos.

-¿Se sabe quién los ha delatado? -preguntó Navarro al presidente de la Comisión-. ¿Es persona que merece crédito?

-Dos individuos de nuestra policía. Generalmente obran por indicaciones de personas afectas a Su Majestad.

-Esas personas son entonces los verdaderos denunciadores.

-En efecto, esas son -dijo Romo-, a esas personas hay que agradecer el expurgo que se está haciendo y al cual deberá su tranquilidad el Reino. ¿Quién se atrevería a vituperar a los médicos porque dijeran: «Córtese usted ese dedo que está gangrenado»?

-Pues si aquí no ha habido una mala inteligencia, ha habido una infame intención -replicó   —255→   Bragas firme en su puesto-. Mi amigo Cordero ha sido víctima de una venganza.

-Usted no sabe lo que dice -afirmó Romo con desprecio-. En las oficinas del Consejo y en los gabinetes de las damas se entenderá de intrigar, de entorpecer la marcha de la justicia; pero de purificar el Reino, de hacer polvo a la revolución...

-¿Y cómo se purifica el Reino? ¿Atropellando a la inocencia, condenando a un hombre de bien por la delación de cualquier desconocido?

-Repito que usted no sabe lo que habla -dijo Romo presentando en su rostro creciente alteración que le hacía desconocido-. Los que pasan la vida enredando para poner en salvo a los mayores delincuentes; los que se entretienen en escribir billetes de recomendación para favorecer a todos los pillos, no entienden ni entenderán nunca la rectitud del súbdito leal que en silencio trabaja por su Rey y por la Fe católica. Mírenme a la cara (el Sr. Romo estaba horrible), para que se vea que sé afrontar con orgullo toda clase de responsabilidades. Y para que no duden de la verdad de una delación por suponerla oscura, se aclarará, sí señores, se aclarará... Mírenme a la cara (cada vez era más horrible); yo no oculto nada. Para   —256→   que se vea si la delación de Cordero es una farsa, declaro que la he hecho yo.

Al decir yo diose un gran golpe en el pecho que retumbó como una caja vacía. Brillaban sus ojos con extraño fulgor desconocido; se había transfigurado, y la cólera iluminaba sus facciones antes oscuras. El lóbrego edificio donde jamás se veía claridad, echaba por todos sus huecos la lumbre amarillenta y sulfúrea de una cámara infernal. Haciendo un gesto de amenaza, se expresó así:

-El que sea guapo que me desmienta.

Y salió sin añadir una palabra. Pipaón, que era hombre de muy pocos hígados como se habrá podido observar en otras partes de esta historia, se quedó perplejo, pero afectaba la indecisión de un valiente que medita las atrocidades que ha de hacer, Chaperón dijo:

-No se decida nada sobre esas dos causas. Quédense para otro día.

Un diablillo menor entró muy gozoso, diciendo a su jefe:

-Acabamos de recibir una gran noticia de la Superintendencia. Rafael Seudoquis ha sido preso en Valdemoro. Esta noche llegará a Madrid.

-¡Suceso providencial! -exclamó D. Francisco   —257→   con júbilo-. Cayó el principal pez. Vea usted, Sr. Pipaón, de qué manera vamos a salir pronto de dudas. Sobre ese sí que no habrá dimes y diretes. Apunte usted, Lobo... horca ¡tres veces horca!

-Saldremos de dudas -indicó Pipaón decidiéndose a aflojar la hebilla de su collarín metálico, cuya presión se le hacía insoportable-. Ese hombre es la providencia de mis amigos.




ArribaAbajo- XXI -

Decir cuánto padeció el magnánimo espíritu del Presidente de la Comisión Militar en aquellos días fuera imposible. Había en el fondo, muy en el fondo de su alma, perdido entre el légamo de los más perversos sentimientos, un poco de equidad o rectitud. Verdad es que esta virtud era un diminuto corpúsculo, un ser rudimentario, como las móneras de que nos habla la ciencia; pero su pequeñez extraordinaria no amenguaba la poderosa fuerza expansiva de aquel organismo, y a veces se la veía extenderse tratando de luchar en las tinieblas con el cieno que la oprimía, y de abrirse paso por entre la masa de yerbas inmundas y groseras   —258→   existencias que llenaban todo el vaso de la conciencia chaperoniana.

Convencido de la inocencia de Cordero y de su hija, D. Francisco sentía que la mónera de su alma le gritaba con vocecita casi imperceptible que les pusiera en libertad. Sus compañeros de Comisión, aunque generalmente deliberaban y votaban por fórmula, dejándole a él toda la gloria de la iniciativa (y reservándose sólo los sueldos), opinaban también que Cordero debía ser absuelto. Los últimos escrúpulos de D. Francisco se disiparon con las declaraciones de Rafael Seudoquis, el cual, si al principio se mostró reservado, después por la virtud de un hábil interrogatorio capcioso, echó gran luz sobre el suceso de las cartas, dejando ver la inculpabilidad absoluta del tendero de encajes y de su hija.

La declaración de Soledad, la de Seudoquis, la opinión de todos los individuos de la Comisión Militar, las gestiones del habilidoso Bragas y su propia conciencia (guiada esta vez por el mísero corpúsculo que crecía en el fondo de ella) decidieron a D. Francisco a firmar la orden de excarcelación, novedad inaudita en aquellas diabólicas regiones, cuya semejanza con el infierno se completaba por la imposibilidad de que salieran los que entraban.

  —259→  

Pero aquí comenzaron las tribulaciones del funcionario absolutista, (y no es forzoso ponernos de su parte) porque el mismo día en que dictara la excarcelación, recibió tales vejaciones y desaires de sus amigos los voluntarios realistas, que estuvo a riesgo de reventar de cólera, aunque la desahogaba con votos y ternos, asociando la vida del Santísimo Sacramento a todas las picardías habidas y por haber. Al ir por la mañana al tribunal para oír misa vio un pasquín infamante en la esquina de la parroquia de San Nicolás, en el cual documento se hablaba de las onzas de oro que percibía el brigadier traga-muertos por cada preso que soltaba. Recibió diversos anónimos amenazándole con descubrir sus artimañas, y supo que en el cuerpo de guardia habían pintado los voluntarios su simpática imagen pendiente de la horca con amenos versículos al pie.

-Esos bergantes, a quienes se permite la honra de parecerse a los soldados -decía para sí midiendo con las piernas al modo del compás, el suelo de su despacho-, se van a figurar que reinan con Fernando VII... Sí... como no les corten las alas, ya verán qué bonito se va a poner esto... ¿Tenemos aquí otra vez la Milicia Nacional? porque es lo mismo; llámese blanco, llámese negro, es exactamente lo mismo.   —260→   Miserables saltimbanquis, ¿de qué me acusáis? ¿de que no castigo a los conspiradores? ¿Pues qué he de hacer, marmolejos con fusil, sino castigarlos? ¿Entendéis vosotros de ley, borrachos? Que no castigo las conspiraciones... que desde que sucedió lo de Almería y Tarifa, no ha sido condenado ningún conspirador. ¿Pues no está ahí Seudoquis? ¿No están también sus cómplices, sus infames cómplices?... ¡porque estos sí que son malos! Ahí les tenéis, presos por conspiración. ¿Queréis más, ladrones de caminos? Ahí tenéis a Seudoquis, a quien veréis en la horca, ahí tenéis a la muchachuela a quien veréis en la horca... ¿Queréis más carne muerta, cuervos? ¡Por vida del Santísimo! ¿queréis también al imbécil?... Sr. Lobo, a ver esa causa.

Lobo, que silenciosamente cortaba su pluma, diole las últimas raspaduras, y hojeó después varios legajos.

-Al punto voy, excelentísimo señor -dijo melifluamente.

Aquel día se notaba en el licenciado un extraordinario recrudecimiento de amabilidad y oficiosa condescendencia.

-Esa endiablada causa, excelentísimo señor... aquí la tenemos. Abulta, abulta que es un primor. Ya se ve: como que está llena de picardías... No vaya a creer Vuecencia que   —261→   consta de dos o tres pliegos como algunas. Esto es un archivo. Y que he trabajado poco en gracia de Dios... No, no es tan fácil hinchar un perro.

-De Seudoquis no se hable -dijo Chaperón tomando asiento frente a su asesor, e implantando los dos codos sobre la mesa para unir las manos arriba, de modo que resultaba la perfecta imagen de una horca-. Ese está juzgado. En cuanto a la joven, su culpabilidad es indudable, y yo creo que la debemos ahorcarla también. ¿Qué le parece a usted, licenciado de todos los demonios?

-¿Quiere vuecencia que le hable como jurisconsulto o como amigo? -preguntó Lobo con cierto misterio.

-Como usted quiera, con tal que hable claro.

-¿Como jurisconsulto?

-Dale.

-Como asesor opino... Sr. D. Francisco, haga usted lo que más le acomode. Ahora, si me consulta Vuecencia como amigo... ¿Quiere que le hable con completa claridad y confianza?

-Sí.

-Pues en confianza, si la Comisión ahorca a esa madamita, me parece que hace una gran barbaridad.

  —262→  

-¿Eh?

-Una barbaridad de a folio.

-¿Por qué?

-Porque es inocente.

-¿Esas tenemos?... ¡Por vida del Santísimo! -exclamó con ira-, como usted no tiene la responsabilidad de este delicado cargo; como a usted no le acusan de tibieza, ni de benignidad, ni de venalidad... Ya les echaré yo un lazo a mis detractores... pero vamos al caso. ¿Dice usted que es inocente?

-Sí, y lo pruebo -repuso Lobo tomando la más solemne expresión de gravedad judicial.

-Lo prueba, lo prueba... -dijo Chaperón con sarcástica bufonería-. Lo que usted probará será el aguardiente si se lo dan. Grandísimo borracho, escriba usted, escriba usted mi fallo.

-Escribiremos, excelentísimo señor -dijo Lobo resignadamente, como el que habiendo recibido una coz no se cree en el caso de devolver otra.

Chaperón encendió un cigarro. Después de la primera chupada, dijo:

-La condeno a pena ordinaria de horca.

Luego se quedó un rato contemplando la primera bocanada de humo, que salía del horrendo cráter de sus labios.



  —263→  

ArribaAbajo- XXII -

La primera noche de su encierro D. Patricio y su compañera de cárcel no durmieron.

La prisión no pecaba ciertamente de estrecha; pero en luces competía con la noche absoluta, siendo difícil asegurar quién llevaba la ventaja, si bien al filo del medio día parecía vencer la cárcel a su rival a causa de ciertas claridades que se entraban por el enrejado ventanillo, temerosas y sobrecogidas de miedo, y embozadas misteriosamente en espesas capas de telarañas. Dichas claridades recorrían con pasos de ladrón el techo y las paredes, miraban con cautela a los negros rincones y al piso, y a eso de las dos o las tres volvían la espalda para retirarse dejando la fúnebre pieza a oscuras. Dos sillas, una tarima pegada a la pared y una mesa constituían el mísero ajuar. Los ladrillos del suelo respondían siempre a cada pisada de los presos con un movimiento de balanza y un sonido seco, señales ciertas de su disgusto por verse molestados en su posición horizontal. Seguramente ellos, como toda la casa, habrían vuelto con gozo a poder de los Padres del Salvador,   —264→   sus antiguos dueños, hombres pacíficos que jamás lloraban, ni hacían escándalos, ni pateaban desesperadamente, ni pedían a gritos que los sacaran de allí.

La primera noche, como hemos dicho, Sarmiento y su amiga, no muy bien avenidos con su residencia en tan ameno sitio, no durmieron nada y hablaron poco. El viejo, como si su entusiasta locuacidad delante del tribunal le hubiera agotado las fuerzas y secado el rico manantial de sus ideas, estaba taciturno. Los excesos de espontaneidad producían en él una reacción sobre sí mismo. Después de divagar por el exterior, libre, sin freno, cual andante aventurero que todo lo atropella, se metía en sí como cartujo. Soledad también sufría la reacción correspondiente a una espontaneidad que sin duda le estaba pareciendo excesiva. Pero su espíritu estaba tranquilo; su pensamiento, después de pasar revista con cierto desdén a los sucesos próximos, se remontaba orgullosamente a las alturas desde donde pudiera descubrir horizontes más gratos y personas más dignas de ocuparlo. Había llegado a adquirir la certidumbre de un trágico fin; pero lejos de sentir el terror propio de tales casos y muy natural en una débil muchacha inocente, se sobrepuso con ánimo grandioso a la situación;   —265→   supo mirar desde tan alto su propia persona, su prisión, su proceso, sus verdugos, las causas e incidentes de aquella lamentable aventura, que fue creciendo, creciendo, y bien pronto cuanto la rodeaba, incluso Madrid, la Nación y el mundo entero, se quedó enano. ¡Admirable resultado del espíritu religioso y de la elasticidad del corazón, cuya magnitud, cuando él se decide a crecer, se pierde en las indefinidas dimensiones de lo infinito!

Al día siguiente, D. Patricio, que había llegado ya al límite de su tétrico silencio y no podía permanecer más tiempo mudo, se expresó así:

-Hija mía, me parece que esto es hecho.

-¿Por qué no te echas a ver si duermes un ratito? -le dijo Sola con bondad-. La tarima no es como las camas de casa; pero a falta de otra cosa...

-¡Dormir... dormir yo! -exclamó Sarmiento con voz lastimera-. Ya el dormir profundo está cercano. Te digo que esto es hecho.

-Sí, esto no puede ser más hecho... Ya que no quieres levantarte del suelo, al menos tiéndete de largo y recuesta esa pobre cabecita sobre mis rodillas.

Sola, que estaba sentada en la silla, se puso   —266→   en el suelo, dando después una palmada sobre su falda, para indicar que podía servir de blanda almohada. D. Patricio, sentado contra la pared, con las rodillas en alto, los brazos cruzados sobre aquellas y la barba sobre los brazos, formando con su cuerpo dos ángulos opuestos y muy agudos, no quiso dejar tan encantadora postura de zig-zag.

-No, niña mía; aquí estoy bien. Lo que te digo es que esto es hecho.

-Se me figura que estás cobarde, viejecillo tonto.

-¡Cobarde yo! -exclamó Sarmiento con un rugido-. No me lo digas otra vez, porque creeré que me insultas.

-Como te he visto tan parlanchín delante de los jueces y ahora tan callado... -dijo la reo extendiendo su mano en la oscuridad para palpar la cabeza del anciano.

-Es que el alma humana tiene grandes misterios, niña querida. Desde que entramos aquí estoy pensando una cosa.

-Con tal que no sea algún disparate, deseo saberla.

-Pues verás... Me ocurre... que esto es hecho, quiero decir, que se cumple al fin mi altísimo destino, que las misteriosas veredas trazadas por el Autor de todas las cosas y de   —267→   todos los caminos, me traen al fin a la excelsa meta a donde yo quiero ir. Pero...

-Veamos ese pero, abuelito Sarmiento. Hasta ahora no había peros en ese negocio del destino.

-Pero... hay una cosa en la cual yo no había pensado bien hasta que salimos de aquel endiablado tribunal. Respecto de mi suerte no hay duda... ¿pero y tú?

-No tengo yo dudas respecto a la mía -dijo Sola con seriedad-. Los dos moriremos.

-¡Tú... tú también!

Oyose un bramido de horror y después largo silencio.

-Eso no puede ser, eso es monstruoso, inicuo -gritó el preceptor agitando en la oscuridad sus brazos.

-Ahora te espanta, viejecillo, y cuando estábamos en el tribunal te parecía natural. ¿No decías, «moriremos los dos, somos mellizos de la muerte...»? ¿No dijiste también: «vamos a la horca, mientras más alta será mejor. Así alumbraremos más. Somos los fanales del género humano»?

-Es verdad que tales cosas dije, pero has de tener en cuenta que yo me hallaba entonces en uno de esos momentos de inspiración, en los cuales pronuncio las sorprendentes piezas oratorias   —268→   que me han dado tanta fama. Yo no esperaba encontrarte allí. ¡Ay cuando te vi presa y condenada por conspiradora... porque tú has conspirado, niña de mis ojos... sentí una alegría tan grande!... Me pareció que Dios te destinaba también al martirio; pero ahora veo que esto no debe ser. Calmada aquella estupenda exaltación, la voz de la Naturaleza ha resonado en mí, diciéndome que no debo asociar a mi muerte a ningún otro ser. Tú eres una muchacha oscura, y tu sacrificio no puede ser de gran beneficio a la causa santa.

-¡Ah! -dijo Soledad sonriendo, pero sin que nadie pudiera ver su sonrisa, como no fueran las mismas tinieblas-, ya comprendo: tienes envidia de que vaya a quitarte un poquito de esa gloria.

-Tonta, pero tonta -replicó el anciano muy expresivamente-, si toda has de heredarla tú, toda, toda. Si no es preciso que tú mueras como yo, ni eso viene al caso.

-Los jueces no creerán lo mismo.

-¡Pues son unos bribones, unos!... -exclamó Sarmiento ronco de ira moviendo sus piernas para levantarse-. Yo les diré que eso no puede ser... Les convenceré, sí; pues no he de convencerles...

Soledad se echó a reír.

  —269→  

-Te ríes... pues esto es muy serio. Yo no creo que te condenen; pero si te condenaran...

Oyose un chasquido que bien podía ser causado por una gran manotada que el preceptor se dio en la cabeza.

-Sí, me condenarán, porque mi delito de recoger y repartir las cartas está más que probado, y si no, con la declaración tuya...

-Yo declaré... ¿qué declaré yo?...

Soledad repitió a Sarmiento lo que él mismo había dicho respecto a las cartas y a las personas que las recibieron.

-¡Yo declaré todo eso, yo! -dijo el patriota muy perplejo, como un beodo que va poco a poco recobrando el sentido-. ¿Y por eso dices que te condenarán?... Me parece que no estás en lo cierto. De ahí se desprende que el delincuente, según ellos, soy yo, yo el conspirador, yo el apóstol y el agente secreto de la libertad, y como yo tengo además la nota de Demóstenes constitucional y de haber revuelto a media España con mis conmovedoras arengas, de aquí que yo sea el condenado y tú no.

-Me parece -dijo la huérfana tocando el hombro de Sarmiento-, que mi viejecito ve las cosas al revés. Yo seré condenada y él irá a un sitio donde se vive muy bien y tratan caritativamente a los pobres.

  —270→  

-¡Por vida de ochenta millones de Chilindrainas! -gritó Sarmiento poniéndose de un salto en pie-, no me digas que tú serás condenada a muerte sin mí, porque me vuelvo loco, porque soy capaz de derribar de un puñetazo esas férreas puertas, y hacer añicos a Chaperón y los demás jueces, y demoler a puntapiés la cárcel y pegar fuego a Madrid entero... ¡Tú condenada a muerte!

-Somos los fanales del género humano.

-No, no, esa es una figura de retórica, tonta -dijo el fanático pasando del tono trágico al familiar-. Aquí no hay más fanal que yo. Tú me acompañas en mi última hora, me acompañas, ¿entiendes?... pero no mueres. ¡Morir tú!... ¿por qué, ángel delicado e inocente?... ¿Habrá un juez que falle tal infamia?... Si tu muerte no es provechosa a la santa causa... ¿A qué ni para qué? Yo solo, yo solo, ¿lo entiendes bien? ¡yo solo! Este es el destino, esta la voluntad, esto lo que está trazado en los libros inmortales, cuyos renglones dicen a cada siglo sus grandezas, a cada generación su papel, a cada hombre su puesto... Pobre y desvalida niña de mis entrañas, no me digas que vas a morir también, porque me siento cobarde, me convierto de águila majestuosa en tímido jilguerillo, se me van las   —271→   ideas sublimes, se me achica el corazón, me trastorno todo, me siento caer desplomándome como una torre secular que es sacudida por temblores de tierra, me evaporo, niña mía, desfallezco, dejo de ser un Cayo Graco para no ser más que un Juan Lanas.

Arrastrándose por el suelo, Sarmiento tanteaba con las manos en la oscuridad hasta que dio con el cuerpo de Sola. Echándose entonces como un perro, hundió la cabeza en su regazo. Soledad no dijo nada.




ArribaAbajo- XXIII -

Prolongábase el silencio de ambos cuando se abrió la puerta del calabozo y entraron dos personas: el carcelero y el padre Alelí. Acostumbraba el buen sacerdote visitar a los presos para consolarles u oírles en confesión, y frecuentemente pasaba largos ratos con alguno de ellos hablando de cosas festivas, con lo cual se amenguaban las tristezas de la cárcel. Era el padre Alelí un varón realmente santo y caritativo: su bondad se mostraba en dos especies de manías: dar almendras a los muchachos de las calles y palique a los presos. Parecía   —272→   que unos y otros eran su familia y que no podía vivir sin ellos.

Con su fórmula de costumbre saludó a nuestros dos infortunados amigos, que apenas distinguían en la lobreguez del cuarto la escueta figura blanca del fraile, vaga, semi-fantástica, cual un capricho de la oscuridad para engañar a los ojos. El padre Alelí tocó en tierra y en las paredes con un palo, como los ciegos, y al mismo tiempo decía:

-¿Pero dónde están ustedes?... ¡Ah! ya toco aquí un cuerpo.

Soledad, tomándole del brazo, le ofreció una silla.

-No, tengo que marcharme. Hoy he de hacer muchas visitas... Gracias, señora... ¿Es usted la que llaman Soledad? Debo advertirle una cosa que le consolará mucho: hay una dama que se interesa por usted... Ahí fuera está... No la han dejado entrar; pero me encarga diga a usted que hará todo lo posible para evitar una desgracia... ¡Qué señora tan angelical, qué corazón de oro!... ¿Y el ancianito dónde está?... Anímese usted, buen hombre. Ya, ya me han dicho que está demente.

Oyose entonces una voz sorda e inarticulada, que parecía expresar amargo desprecio.

  —273→  

-¿Está en el suelo el pobre hombre? -añadió Alelí, tanteando suavemente con su palo-. Me parece que le siento roncar... Si todos tuvieran el buen abogado que este tiene... ¡Su demencia le salvará!... Adiós, hijos míos, no puedo detenerme... mañana será más larga la visita.

Retirose y los dos presos quedaron solos todo el día. Al anochecer les interrogaron. Después volvieron a quedar solos, ella muda y recogida, Patricio taciturno a ratos y a ratos poseído de furor que con ninguna especie de consuelos podía calmar su compañera. Tampoco aquella noche durmieron gran cosa, y al día siguiente que era el 1.º de Setiembre volvió el padre Alelí, a quien el carcelero dejó encerrado dentro.

-Hoy puedo dedicar a mis amigos un ratito -dijo dejándose conducir por Soledad a la silla-. Ya estoy... Gracias, señora... Me han dicho que es usted muy simpática... En estos cavernosos cuartos no se ve nada... ¿Y el pobre tonto cómo se encuentra?

-¡Quieres dejarnos en paz, endiablado frailón! -gritó una voz ronca, irritada, temblorosa, que parecía ser la voz misma de la oscuridad que había tomado la palabra.

El padre Alelí sintió cierto terror.

  —274→  

-¡Jesús, María y José! -exclamó santiguándose-. Verdaderamente esta no es casa de orates. Todo sea por Dios.

-Abuelito Sarmiento -dijo Soledad acariciando al anciano que arrojado a sus pies estaba-. No es propio de persona cortés y bien educada como tú, el tratar así a un sacerdote.

-¡Que se vaya de aquí!... ¡Que nos deje solos! -gruñó el fanático, arrastrándose como un tigre enfermo-. ¿Qué busca aquí el frailucho? ¿qué quiere?

-¡Ave María purísima!...

-Si al menos nos trajera buenas noticias...

-Buenas las traigo para usted...

-A ver, a ver... -dijo D. Patricio incorporándose de improviso.

-Usted será absuelto libremente.

Sarmiento se desplomó en el suelo, haciendo temblar los ladrillos.

-¡Maldita sea la boca que lo dice!... -murmuró con hondo bramido.

-Siento no poder dar nuevas igualmente lisonjeras a esta señora -añadió el fraile tomando la mano de la joven y estrechándosela entre las suyas-. No puedo decir lo mismo, ni quiero dar esperanzas que no han de verse realizadas. Las circunstancias obligan al tribunal a ser muy severo... ¡Cómo ha de ser! Más padeció   —275→   Jesucristo por nosotros. Si tiene usted resignación, paciencia cristiana; si purificando su alma sabe desprenderla de las miserias del mundo y elevarla al cielo en este trance de apariencia aflictiva, será más digna de envidia que de lástima.

-¡Maldita sea la boca que lo dice!

Sarmiento al hablar así, arrastrábase hasta el ángulo opuesto.

-¿Qué es la vida? -añadió Alelí tomando un tono melifluo-. Nada, un soplo, aire, una ilusión. ¿Qué es el tiempo que contamos en el mundo? Nada, un momento. La vida está allá. ¿Qué importan un sufrimiento pasajero, un dolor instantáneo? Nada, nada, porque después viene el eterno gozar y la plácida eternidad en que se deleitan los justos. Nadie es mejor recibido allá que los que aquí han padecido mucho. Los perseguidos por la justicia son los primeros entre los bienaventurados. Los pecadores que se depuran por el arrepentimiento y el castigo corporal forman en la línea de los inocentes, y todos juntos penetran triunfantes en la morada celestial.

A esta homilía, dicha con arte y sentimiento, siguió largo silencio. El padre Alelí suspiraba. Su mucha práctica en consolar a los reos de muerte no había gastado en él los tesoros   —276→   de sensibilidad que poseía, antes bien, los había enriquecido más. Estaba sujeto a grandes aflicciones por razón de su oficio y se identificaba tanto con sus penitentes, que decía: «Me han ahorcado ya doscientas veces y tengo sobre mí un par de siglos de presidio».

Después que cobró ánimos, habló así:

-Hoy he visto a esa señora; ¡qué angelical bondad la suya! Está desesperada por no haber podido conseguir cosa alguna en pro de usted. Sin embargo, no cede en su empeño... aún tiene esperanza... Yo, si he de decir la verdad, ya no la tengo.

-Yo tampoco la tengo ni la quiero -dijo Soledad con un arranque de unción religiosa-. Me resigno a mi desgraciada suerte y sólo espero morir en Dios.

Por grandes que sean los bríos de un alma valerosa, la idea del morir y de un morir violento, antinatural y vergonzoso la turba y la acomete con fiera sacudida, prueba clara de que sólo a Dios corresponde matar. Sola derramó algunas lágrimas y el fraile notó que sus heladas manos temblaban. Ya a aquella hora, que era la del medio día, habían aparecido, puntuales en su cuotidiana visita, las claridades advenedizas que se paseaban por el cuarto. A favor de ellas se distinguían bien los tres personajes:   —277→   el fraile sentado en la silla, todo blanco y puro como un ángel secular que hubiera envejecido, Soledad de rodillas ante él, vestida de negro, mostrando su cara y sus manos de una palidez transparente, D. Patricio echado en el rincón opuesto, con la cara escondida entre los brazos y estos sobre los ladrillos, cada vez más semejante a un tigre enfermo, cuya respiración era calenturiento ronquido.

-Llore usted, llore -dijo el padre Alelí a su penitente-, que así se calma la congoja. Yo también lloro, querida mía, también me lleno de agua la cara, a pesar de estar tan acostumbrado a ver lástimas y dolores. ¿El mundo qué es? barro amasado con lágrimas, ni más ni menos. Lloramos al nacer, lloramos también al morir que es el verdadero nacimiento.

-Padre -dijo la huérfana-, si ve Su Reverencia hoy a esa señora, hágame el favor de manifestarle que le doy gracias de todo corazón por lo que ha hecho por mí, aunque sus buenos deseos hayan sido inútiles. Al mismo tiempo quiero que Su Reverencia le ruegue que me perdone... Su Reverencia no está en antecedentes. Yo cometí el día de mi prisión una grave falta; me dejé arrastrar por la ira, y por la primera vez en mi vida sentí en mi corazón el ardor de una pasión infame, la venganza. No   —278→   sé cómo fue aquello... Me hizo tanto daño mi propio furor, que me desmayé. Nunca había sentido cosa semejante. Parece que pasó por dentro de mí como un rayo. Verdad es que yo tenía motivos, sí, padre, motivos... Pero no hablemos de eso... Yo ruego a esa señora que me perdone.

-Y yo me comprometo a asegurar a usted que ya está perdonada -replicó el fraile con bondad-. Conozco a la señora y sé que sabe perdonar.

-Su Reverencia podrá decirme si le ocasionarán algún perjuicio a esa señora las palabras que yo dije delante del juez.

-Presumo que no le ocasionarán daño alguno. Esté usted tranquila por ese lado. Creo haber entendido (quizás me equivoque, porque estoy ya un poco lelo), que entre usted y ella hay un resentimiento antiguo. Parece que la señora, en un momento de delirio, porque los tiene, sí, tiene esos momentos de delirio...

-No quisiera que se nombrase eso más -replicó Sola con presteza, extendiendo la mano como para taparle la boca al fraile-. Soy la agraviada, y desde que estoy aquí me he propuesto olvidar ese y otros agravios perdonándolos con todo mi corazón.

-Bien, muy bien. Esa cristiana conducta   —279→   me gusta más que cien mil rosarios bien rezados.

-¿Su Reverencia conoce bien lo que pasa en la Comisión Militar? Estoy muy ansiosa por saber si el Sr. Cordero y su hija han sido puestos en libertad.

-Desde ayer, hija, desde ayer están en su casa tan contentos.

-¡Oh, qué dicha! -exclamó Sola cruzando las manos-. Eso es lo que yo quería... porque son inocentes y estaban presos por un delito que yo cometí. Yo le contaré todo a Su Reverencia. Quiero hacer confesión general.

-A punto estamos -repuso el fraile, acomodando el codo en la mesa y sosteniendo la frente en la mano.

Sola se acercó más, dando principio al solemne acto.

Duró próximamente media hora. El padre Alelí dio su absolución en voz alta y con los ojos cerrados, trazando lentamente la cruz en el aire con su brazo blanco y su mano flaca y delicada. Concluido el latín, dijo en castellano a la penitente:

-Adquisición admirable hará el reino de Dios muy pronto con la entrada de un alma tan hermosa.

Sola, que sentía mucho dolor en las rodillas,   —280→   se echó hacia atrás sentándose sobre sus propios pies.

En el mismo momento oyose un feroz ronquido y el roce de un cuerpo contra el suelo. La voz cavernosa y terrible de Sarmiento se expresó así:

-¿Quiere usted marcharse con cien mil docenas de demonios?... ¿Qué cuchichean ahí?

El fraile se levantó y dando dos pasos hacia el punto en donde sonaban las tremendas voces, dijo:

-Su compañera de usted ha confesado. ¿Quiere usted hacer lo mismo?

-¡Yo!... Por vida de la re-condenada Chilindraina, Sr. D. Majadero, que si no se me quita pronto de delante...

El padre Alelí se tocó la sien con su dedo índice, moviendo la cabeza en señal de lástima.

-¡Confesar yo!... ¡yo, que soy un volcán de rabia! -añadió el desgraciado tratando de levantarse con fatigosos movimientos que hacían bailar a los ladrillos-. ¡Repito que no hay Dios!... ¡no, no hay Dios! Todo es una mentira. El mundo, la gloria, el destino, fábula y palabrería. Denme un cuchillo, porque me quiero matar, me avergüenzo de vivir... Al primero que se me ponga por delante, le muerdo.

  —281→  

Las claridades que un momento se habían alejado, volvieron juguetonas, sin abandonar sus capisayos de telarañas, y con ellas pudo ver el padre Alelí que la pobre bestia enferma alzaba la cabeza y mostraba una horrible cara amoratada y polvorienta, toda llena de viscosa baba. Sus ojos daban miedo.

-¡Desgraciado! -murmuró con dolor el padre Alelí-. Tú que vivirás eres más digno de lástima que ella, destinada a morir.

-No me lo digas, no me lo digas -gritó Sarmiento incorporando su busto por un movimiento rapidísimo de sus remos delanteros-. No me lo digas porque te mato, infame fraile, porque te devoro.

-Eres un pobre demente.

-Soy un hombre que ha perdido su ideal risueño, un hombre que soñó la gloria y no la posee, un hombre que se creyó león y se encuentra cerdo. Mi destino no es destino, es una farsa inmunda, y al caer y al envilecerme y al pudrirme como me pudro, tengo la desgracia de conservar intacto el corazón para que en él clave su vil puñal la justicia humana, matando a mi hija... Infame frailucho, ¿has venido a gozarte en mi miseria? Vete pronto de aquí, vete. Mira que no soy hombre, soy una bestia.

  —282→  

Clavaba sus uñas en los ladrillos y estiraba el amenazante rostro descompuesto.

-Que Dios se apiade de ti -dijo grave y solemnemente el fraile bendiciéndole-. Adiós.

Y después de encargar a Sola que tuviera resignación, mucha resignación por las diversas causas que lo exigían (señalaba al infortunado viejo), se retiró considerando la magnitud de los males que afligen a la raza humana.




ArribaAbajo- XXIV -

¡Válganos Dios y qué endiablado humor tenía D. Francisco Chaperón, a pesar de haber procedido conforme a lo que en él hacía las veces de conciencia! Pues no llegaba el cinismo de los voluntarios realistas al incalificable extremo de vituperarle aún, después que tan clara prueba de severidad y rectitud acababa de dar... ¡Cuán mal se juzga a los grandes hombres en su propia patria! Varones eminentes, desvelaos, consagrad vuestra existencia al servicio de una idea, para que luego la ingratitud amargue vuestra noble alma... ¡Todo sea por Dios!... ¡Por vida del Santísimo Sacramento, esto es una gran bribonada!

  —283→  

Todavía vacilaba el D. Francisco en perdonar a Cordero, después de haberlo propuesto en junta general a la Comisión; pero el cortesano de 1815 añadió a las muchas razones anteriormente expuestas otras de mucho peso, logrando atraer a su partido y asociar hábilmente a su trabajo a un hombre cuya opinión era siempre palabra de oro para el digno Presidente de la Comisión. Este hombre era el coronel don Carlos Garrote. Para seducirle, Bragas no necesitó emplear sutiles argucias. Bastole decir que Genara bebía los vientos por sacar de la cárcel a Sola aunque en sustitución de ella fuese preciso ahorcar a todos los Corderos y a todos los Toros de Guisando nacidos y por nacer. No necesitó de otras razones Navarro para sugerir a Chaperón la luminosa idea siguiente:

-Vea usted cómo voy comprendiendo que la hija de Gil de la Cuadra es una intrigante. De esta especie de polilla es de la que se debe limpiar el Reino. Apuesto a que es la querida de Seudoquis.

No se habló más del asunto. Aunque decidido a castigar severamente, Chaperón no había de reconquistar las simpatías perdidas en el cuerpo de voluntarios. Hubiéralo llevado con paciencia el hombre-horca, y casi casi estaba dispuesto a consolarse, cuando un suceso desgraciadísimo   —284→   para la causa del Trono y de la Fe católica vino a complicar la situación, exacerbando hasta el delirio el inhumano celo del señor brigadier. En la noche del 2 al 3 de Setiembre, un preso, el más importante sin duda de cuantos guardaba en su inmundo vientre la cárcel de Corte, halló medios de evadirse, y se evadió. No se sabe si anduvo en ello la virtud del metal que es llave de corazones y ganzúa de puertas, o simplemente la destreza, energía y agudeza del preso. No discutiremos esto: basta consignar el hecho tristísimo (atendiendo al Trono y a la Fe católica) de que Seudoquis se escapó. ¿Fue por el tejado, fue por las alcantarillas, fue por medio de un disfraz? Nadie lo supo, ni lo sabrá probablemente. En vano D. Francisco, corriendo a la cárcel muy de mañana (pues ni siquiera tuvo tiempo de tomar chocolate) mandó hacer averiguaciones y registrar las bohardillas y sótanos, y prender a casi todos los calaboceros e interrogar a la guardia, y amenazar con la horca hasta al mismo santo emblema de la Divinidad humanada, que tan asendereado estaba siempre en su irreverente y fiera boca.

A la hora del despacho se encerró con Lobo. Estaba tan fosco, tan violento, que al verle, se sentían vivos deseos de   —285→   no volverle a ver más en la vida. Para hablarle de indulgencia se habría necesitado tanto valor como para acercar la mano a un hierro candente. Chaperón sólo se hubiera ablandado a martillazos.

-¿Está corriente la causa de esa?... Es preciso presentarla sin pérdida de tiempo al tribunal -dijo a su asesor.

-Ahora mismo la remataré Excelentísimo Señor.

-Me gusta la calma... Yo he de ocuparme de todo... No sirven ustedes para nada... Voy a llamar al primer asno que pase por la calle para encomendarle todo el trabajo de esta secretaría.

En aquel mismo instante entró Genara. No podía presentarse en peor ocasión, porque venía a pedir indulgencia. Nunca había sido tampoco tan interesante ni tan guapa, porque sus atractivos naturales se sublimaban con su generosidad y con el valor propio de quien intrépidamente penetra en una caverna de lobos para arrancarles la oveja que ya han empezado a devorar.

La fiera estaba tan mal dispuesta en aquella nefanda hora, que sin aguardar a que Genara se sentase, díjole con voz ahogada:

-Por centésima vez, señora...

  —286→  

Se detuvo moviendo la cabeza sobre el metálico cuello, cual si este le estrangulara impidiendo el fácil curso de las palabras.

-Por centésima vez... -gruñó de nuevo poniéndose rojo.

-Acabemos, hombre de Dios.

-Por centésima vez digo a usted que no puede ser... En bonita ocasión me coge... Ciertamente que están las cosas a propósito para perdonar... Seudoquis escapado... los Corderos en libertad... La Comisión desacreditada, acosada, vilipendiada, escarnecida... No somos jueces, somos vinagrillo de mil flores... No sé cómo no entran los chicos de las calles y nos tiran de la nariz... Me han pintado colgado de la horca... y con razón, con mucha razón... Más vale que digan de una vez: «se acabó el Gobierno absoluto; vuelvan los liberales...». Malditas sean las recomendaciones... Ellos conspiran y nosotros perdonamos... Con tales farsas pronto tendremos al Cojo de Málaga en el Trono... Seudoquis escapado... ¡la impunidad! aquí no hay más que impunidad... Se ahorca por besar el sitio donde estuvo la lápida de la Constitución, y damos chocolate a los conspiradores... Señora, usted me toma por un Dominguillo... Señora... ¡Seudoquis escapado!... ¡la impunidad!...   —287→   esa malhadada impunidad... lepra horrible, horrible...

Echaba las palabras a borbotones, interrumpidos a intervalos por sofocadas toses y gruñidos. Los temblorosos labios parecían el obstruido caño de una fuente, por donde salía el agua en violentas bocanadas con intermitencias de resoplidos de aire. A cada segundo se metía los dedos en el duro cuello negro de cartón para ensanchárselo y respirar mejor.

-Tanto enfado me mueve a risa -dijo la dama con burlona sonrisa y demostrando mucha tranquilidad-. Cualquiera que a usted le viese creería que estoy en presencia del mismo Soberano absoluto de estos Reinos. Sr. Chaperón, ¿por quién se ha tomado?

-Señora -dijo el brigadier enfrenando su cólera-, usted puede tomarme por quien quiera; pero esta vez no cedo, no cedo... Ya comprendo la intriga, me trae usted una cartita de Calomarde... Es inútil, inútil, no hago caso de recomendaciones. Si Calomarde me manda atender al ruego de usted, presentaré al punto mi dimisión. De mí no se ríe nadie: soy responsable de la paz del Reino, y si vienen revoluciones, tráigalas quien quiera, no yo.

-Calomarde no ha querido darme carta de   —288→   recomendación -manifestó Genara sin abandonar su calma.

-Ya lo presumía. Hemos hablado anoche... hemos convenido en la necesidad de apretar los tornillos, de apretar mucho los tornillos.

-Calomarde y usted apretarán la hebilla de sus propios corbatines hasta ahogarse si gustan -dijo ella con malicioso desdén-, pero en las cosas públicas no harán sino lo que se les mande.

-Señora, permítame usted que no haga caso de sus bromitas. La ocasión no es a propósito para ello. Tenemos que hacer... ¿Pero qué es eso? Veo que me trae usted una carta.

-Sí señor -replicó Genara alargando un papel-, lea usted.

-Del Sr. Conde de Balazote, gentil-hombre de Su Majestad -dijo el vestiglo abriendo y leyendo la firma-. ¿Y qué tengo yo que ver con ese señor?

-Lea usted.

-¡Ah!... ya... -murmuró Chaperón quedándose estupefacto después de leer la carta-, el señor gentil-hombre me besa la mano...

-¡Ya ve usted qué fino!

-Y me hace saber que Su Majestad me ordena presentarme inmediatamente en Palacio.

  —289→  

-Para hablar con Su Majestad.

-Quiere decir que Su Majestad desea hablarme...

Chaperón volvió a leer. Después dio dos o tres vueltas sobre su eje.

-Mi sombrero... -dijo demostrando grandísima inquietud-, ¿en dónde está mi sombrero...? Señora, usted dispense... Lobo, aguárdeme usted...

-Yo aguardo aquí -indicó Genara.

-Veremos lo que quiere de mí Su Majestad -añadió D. Francisco en estado de extraordinario aturdimiento-. ¿Y mi bastón, en dónde he puesto yo ese condenado bastón?... ¿Habré traído los guantes?... Señora, dispense usted que... A los pies de usted... ¿Su Majestad me espera?... Sí, me esperará, no saldrá hasta que yo no vaya... Y yo no recordaba que la Corte había venido ayer de la Granja para trasladarse a Aranjuez... Adiós; vuelvo.

Una hora después Chaperón entraba de nuevo en su despacho. Venía, si así puede decirse, más negro, más tieso, más encendido, más agarrotado dentro del collarín de cuero. Cruzando sus brazos se encaró con Genara, y le dijo:

-Vea usted aquí a un hombre perplejo. Su   —290→   Majestad me ha hablado, me ha tratado con tanta bondad como franqueza, me ha llamado su mejor amigo, y por fin me ha mandado dos cosas de difícil conciliación, a saber: que sea inexorable y que acceda al ruego de usted.

-Eso es muy sencillo -replicó Genara con gracia suma-. Eso quiere decir que sea usted generoso con mi protegida y severo con los demás.

-¡Inexorable, señora, inexorable! -exclamó D. Francisco apretando los dientes y mirando foscamente al suelo.

-Inexorable con todos menos con ella. ¿Hay nada más claro?

-Dije a Su Majestad que se había escapado Seudoquis, y me contestó... ¿qué creerá usted que me contestó?

-Alguna de sus bromas habituales.

-Que había hecho perfectamente en escaparse, si se lo habían consentido.

-Eso es hablar como Salomón.

-Veremos cómo salgo yo de este aprieto. Tengo que contentar al Rey, a usted, a los voluntarios realistas, a Calomarde; tengo que contentar a todo el mundo, siendo al mismo tiempo generoso e inexorable, benigno y severo.

Chaperón se llevó las manos a la cabeza expresando   —291→   el gran conflicto en que se veía su inteligencia.

-¡Qué lástima que soltáramos a ese Cordero!... -dijo después de meditar-. Pero agua pasada no mueve molino, veamos lo que se puede hacer. Formemos nuestro plan... Atención, Lobo. Lo primero y principal es complacer a la Sra. D.ª Genara... ¿Qué filtros ha dado usted a nuestro Soberano para tenerle tan propicio?... Atención, Lobo. Lo primero es poner en libertad a esa joven... escriba usted... por no resultar nada contra ella.

Genara aprobó con un agraciado signo de cabeza.

-Ahora pasemos a la segunda parte. Esta prueba de benevolencia no quiere decir que erijamos la impunidad en sistema. Al contrario, si la inocencia es respetada... porque esa joven será inocente... si la inocencia es respetada, el delito no puede quedar sin castigo... Atienda usted, Lobo... Esta conspiración no quedará impune de ningún modo. Soledad Gil de la Cuadra es inocente, inocentísima ¿no hemos convenido en eso? Sí; ahora bien, sus cómplices, o mejor dicho, los que aparecen en este negocio de las cartas que se repartieron... No, no hay que tomarlo por ese lado de las cartas.   —292→   Lobo, quite usted de la causa todo lo relativo a cartas. Veamos el cómplice.

-Patricio Sarmiento.

-¿Ese hombre está en su sano juicio?

-Permítame Vuecencia -dijo Lobo- que le manifieste... El hablar de la imbecilidad de ese hombre me parece... Si Vuecencia, excelentísimo señor, me permite expresarme con franqueza...

-Hable usted pronto.

-Pues diré que eso de la imbecilidad de Sarmiento me parece una inocentada.

-Eso es: una inocentada -repitió Genara.

-Pues qué, ¿no constan en la causa mil cosas que acreditan su buen juicio? Se le encontró entre sus papeles un paquete de cartas sobre la organización de la Comunería, y consta que fue uno de los que más parte tuvieron en el asesinato de Vinuesa.

-¿Hay pruebas, hay testigos?

-Diez pliegos están llenos de las declaraciones de innumerables personas honradas que han asegurado haberle visto entrar, martillo en mano, en la cárcel de la Corona.

-Admirable. Adelante.

-Después ha fingido hallarse demente para poder insultar a Su Majestad, burlarse de la religión y apostrofar a los defensores del Trono.

  —293→  

-¡Se ha fingido demente!

-Está probado, probadísimo, excelentísimo señor.

Chaperón dudaba, hay que hacerle ese honor. La mónera de que antes hablamos se agitaba inquieta y alborotada entre el cieno, haciendo esfuerzos por mostrarse.

-Pero esas pruebas de que se fingía demente... -murmuró-. ¿Hay dictamen facultativo?

Genara no veía con gusto aquella discusión y guardaba silencio.

-¿Qué dice el artículo 7.º del Decreto del 20 de este mes? -preguntó Lobo con extraordinario calor.

-Que la fuerza de las pruebas en favor o en contra del acusado se dejan a la prudencia e imparcialidad de los jueces. Bien, admitamos que la ficción de demencia es cosa corriente. No hay más que hablar.

-¿Qué dice el artículo 11 del mismo Decreto?

-Que se castigue con el último suplicio a los que griten «Viva la Constitución, mueran los serviles, mueran los tiranos, viva la libertad...». ¡Ah! aquí no puede haber quebraderos de cabeza. Según este artículo, Sarmiento debía haber sido ahorcado cien veces... Pero la imbecilidad, la locura o como quiera llamarse a   —294→   esa su semejanza con los graciosos de teatro...

-¿Qué dice el artículo 6.º del mismo Decreto? -preguntó de nuevo Lobo con tanto entusiasmo que sin duda se creía la imagen misma de la jurisprudencia.

-Dice que la embriaguez no es obstáculo para incurrir en la pena.

-¿Y qué es la embriaguez más que una locura pasajera?... ¿Qué es la locura más que una embriaguez permanente? Consulte Vuecencia, excelentísimo señor, todos los autores y verá cómo concuerdan con mi parecer. Vuecencia podrá fallar lo que quiera; pero de la causa resulta, claro como la luz del día, que la muchacha y los ángeles del cielo rivalizan en inocencia, y que el Sarmiento es reo convicto del asesinato de Vinuesa, de propagación de ideas subversivas, del establecimiento de la Comunería, de predicación en sitios públicos contra la única soberanía que es la real, de connivencia con los emigrados, etc., etc.

-¡Oh! Sr. D. Francisco -dijo la dama con generoso arranque-. Si quiere usted merecer un laurel eterno y la bendición de Dios, perdone usted también a ese pobre viejo.

-Señora, poquito a poco -repuso el funcionario poniéndose muy serio-. Antes que erigir en sistema la impunidad, cuidado con la impunidad,   —295→   ¡por vida del...! presentaré mi dimisión. Bastante ha conseguido usted.

La dama inclinó la cabeza, fijando los ojos en el suelo. Otra vez suplicó, porque no podía resistir impasible a la infame tarea de aquellos inicuos polizontes; pero Chaperón se mostró tan celoso de su reputación, de su papel y de atender a las circunstancias (¡siempre las circunstancias!) que al fin la intercesora, creyéndose satisfecha con el triunfo alcanzado, no quiso comprometerlo, aspirando a más. Se retiró contenta y triste al mismo tiempo. Necesitaba ver aquel mismo día a los demás individuos de la Comisión, pues aunque el Presidente lo era todo y ellos casi nada, convenía prevenirlos para asegurar mejor la victoria.

Cuando se quedaron solos, Chaperón dijo a su asesor privado:

-Arrégleme usted eso inmediatamente. Extienda usted la sentencia y llévela al comandante fiscal para que la firme. Hoy mismo se presentará al tribunal. Mañana nos reuniremos para sentenciar a la mujer que robó el almirez de cobre y el vestido de percal viejo... Pasado mañana tocará sentenciar eso... ¡Oh! veremos si los compañeros quieren hacerlo mañana mismo... Quesada me ha recomendado hoy la mayor celeridad en el despacho   —296→   y en la ejecución de las sentencias...

Y cabizbajo, añadió:

-Veremos cómo lo toma la Comisión. Yo tengo mis dudas... mi conciencia no está completamente tranquila... pero, ¿qué se ha de hacer? todo antes que la impunidad.

Y aquel hombre terrible, que era Presidente de derecho del pavoroso tribunal, y de hecho fiscal, y el tribunal entero; aquel hombre, de cuya vanidad sanguinaria y brutal ignorancia dependía la vida y la muerte de miles de infelices, se levantó y se fue a comer.

La Comisión, reunida al día siguiente para fallar la causa de la mujer que había robado un almirez de cobre y un vestido de percal viejo, falló también la de Sarmiento. No pecaban de escrupulosos ni de vacilantes aquellos señores, y siempre sentenciaban de plano conformándose con el parecer del que era vida y alma del tribunal. Todas las mañanas, antes de reunirse, oían una misa llamadade Espíritu Santo, sin duda porque era celebrada con la irreverente pretensión de que bajara a iluminarles la tercera persona de la Santísima Trinidad. Por eso deliberaban tranquila, rápidamente y sin quebraderos de cabeza. Todos los días, al dar la orden de la plaza y distribuir las guardias y servicios de tropa, el Capitán   —297→   General designaba el sacerdote castrense que había de decir la misa de Espíritu Santo. Esto era como la señal de ahorcar 6.

Al anochecer del día en que fue sentenciada la causa de Sarmiento, previa la misa correspondiente, el escribano entró en la prisión y a la luz de un farolillo que el alguacil sostenía, leyó un papel.

Oyéronle ambos reos con atención profunda. Sarmiento no respiraba. No había concluido de leer el escribano, cuando D. Patricio enterado de lo más sustancial, lanzó un grito y poniéndose de rodillas elevó los brazos, y con entusiasmo que no puede describirse, con delirio sublime, exclamó:

-¡Gracias, Dios de los justos, Dios de los buenos! ¡Gracias, Dios mío, por haber oído mis ruegos!... ¡Ella libre, yo mártir, yo dichoso, yo inmortal, yo santificado por los siglos de los siglos!... Gracias, Señor... Mi destino se cumple... No podía ser de otra manera. Jueces, yo os bendigo. Pueblo, mírame en mi trono... Estoy rodeado de luz.



  —298→  

ArribaAbajo- XXV -

La capilla de los reos de muerte que estaba en el piso bajo y en el ángulo formado por la calle de la Concepción Jerónima y el callejón del Verdugo, era el local más decente de la cárcel de Corte. No parecía en verdad decoroso, ni propio de una nación tan empingorotada que los reos se prepararan a la muerte mundana y salvación eterna en una pocilga como los departamentos donde moraban durante la causa. Además en la capilla entraban movidos de curiosidad o compasión muchos personajes de viso, señores obispos, consejeros, generales, gentiles-hombres, y no se les había de recibir como a cualquier pelagatos. Tomaba sus luces esta interesante pieza del cercano patio, por la mediación graciosa de una pequeña sala próxima al cuerpo de guardia; mas como aquellas llegaban tan debilitadas que apenas permitían distinguir las personas, de aquí que en los días de capilla se alumbrara esta con la fúnebre claridad de las velas amarillas encendidas en el altar. Lúgubre cosa era ver al reo, aquel   —299→   moribundo sano, aquel vivo de cuerpo presente, en la antesala de la horca, y oírle hablar con los visitantes y verle comer junto al altar, todo a la luz de las hachas mortuorias. Generalmente los condenados, por valientes que sean, toman un tinte cadavérico que anticipa en ellos la imagen de la descomposición física, asemejándoles a difuntos que comen, hablan, oyen, miran y lloran para burlarse de la vida que abandonaron.

No fue así D. Patricio Sarmiento, pues desde que le entraron en la capilla en la para él felicísima mañana del 4 de Setiembre, pareció que se rejuvenecía, tales eran el contento y la animación que en sus ojos brillaban. Rosicler mustio le tiñó las ajadas mejillas, y su espina dorsal hubo de adquirir por maravilloso don una rectitud y esbelteza que recordaban sus buenos tiempos de Roma y Cartago. Soledad, a quien permitieron acompañarle todo el tiempo que quisiera, se hallaba en estado de viva consternación, de tal modo que ella parecía la condenada y él el absuelto.

-Querida hija mía -le dijo D. Patricio cuando juntos entraron en la capilla-, no desmayes, no muestres dolor, porque soy digno de envidia, no de lástima. Si yo tengo este fin mío por el más feliz y glorioso que podría imaginar,   —300→   ¿a qué te afliges tú? Verdad es que la Naturaleza (cuyos Códigos han dispuesto sabiamente los modos de morir) nos ha infundido instintivamente cierto horror a todas las muertes que no sean dictadas por ella, o hablando mejor, por Dios; pero eso no va con nosotros, que tenemos un espíritu valeroso, superior a toda niñería... Ánimo, hija de mi corazón. Contémplame y verás que el júbilo no me cabe en el pecho... Figúrate la alegría del prisionero de guerra que logra escaparse y anda y camina, y al fin oye sonar las trompetas de su ejército... Figúrate el regocijo del desterrado que anda y camina y ve al fin la torre de su aldea. Yo estoy viendo ya la torre de mi aldea, que es el Cielo, allí donde moran mi padre, que es Dios, y mi hijo Lucas, que goza del premio dado a su valor y a su patriotismo. Bendito sea el primer paso que he dado en esta sala, bendito sea también el último; bendito el resplandor de esas velas, benditas esas sagradas imágenes; bendita tú que me acompañas, y esos venerables sacerdotes que me acompañan también.

Soledad rompió a llorar, aunque hacía esfuerzos para dominarse, y D. Patricio fijando los ojos en el altar y viendo el hermoso Crucifijo de talla que en él había y la imagen de   —301→   Nuestra Señora de los Dolores, experimentó una sensación singular, una especie de recogimiento que por breve rato le turbó. Acercándose más al altar, dijo con grave acento:

-Señor mío, tu presencia y esos tus ojos que me ven sin mirarme recuérdanme que durante algún tiempo he vivido sin pensar en ti todo lo que debiera. El gran favor que acabas de hacerme me confunde más en tu presencia. Y tú, Señora y Madre mía, que fuiste mi patrona y abogada en cien calamidades de mi juventud, no creas que te he olvidado. Por tu intercesión sin duda, he conseguido del Eterno Padre este galardón que ambicionaba. Gracias, Señora, yo demostraré ahora que si mi muerte ha de ser patriótica y valerosa para que sea fecunda, también ha de ser cristiana.

Admirados se quedaron de este discurso el padre Alelí y el padre Salmón que juntamente con él entraron para prestarle los auxilios espirituales. Ambos frailes oraban de rodillas. Levantáronse y tomando asiento en el banco de iglesia que en uno de los costados había, invitaron a Sarmiento a ocupar el sillón.

-Yo no daré a Vuestras Reverencias mucho trabajo -dijo el patriota sentándose ceremoniosamente en el sillón-, porque mi espíritu no necesita de cierta clase de consuelillos mimosos   —302→   que otras vulgares almas apetecen en esta ocasión; y en cuanto al auxilio puramente religioso, yo gusto de la sencillez suma. En ella estriba la grandeza del dogma.

El padre Alelí y el padre Salmón se miraron sin decir nada.

-Veo a Sus Reverencias como cortados y confusos delante de mí -añadió Sarmiento sonriendo con orgullo-. Es natural, yo no soy de lo que se ve todos los días. Los siglos pasan y pasan sin traer un pájaro como este. Pero de tiempo en tiempo Dios favorece a los pueblos dándole uno de estos faros que alumbran el género humano y le marcan su camino... Si una vida ejemplar alumbra muy mucho al género humano, más le alumbra una muerte gloriosa... Me explico perfectamente la admiración de Sus Paternidades; yo no nací para que hubiera un hombre más en el mundo; yo soy de los de encargo, señores. Una vida consagrada a combatir la tiranía y enaltecer la libertad; una muerte que viene a aumentar la ejemplaridad de aquella vida, ofreciendo el espectáculo de una víctima que expira por su fe y que con su sangre viene a consagrar aquellos mismos principios santos; esta entereza mía; esta serenidad ante el suplicio, serenidad y entereza que no son más que la convicción profunda que tengo   —303→   de mi papel en el mundo, y por último la acendrada fe que tengo en mis ideas, no pertenecen, repito, al orden de cosas que se ven todos los días...

El padre Alelí abrió la boca para hablar; mas Sarmiento, deteniéndole con un gesto que revelaba tanta gravedad como cortesía, prosiguió así:

-Permítame Vuestra Paternidad Reverendísima que ante todo haga una declaración importante, sí, sumamente importante. Yo soy enemigo del instituto que representan esos frailunos trajes. Faltaría a mi conciencia si dijese otra cosa; yo aborrezco ahora la institución como la aborrecí toda mi vida, por creerla altamente perniciosa al bien público. Ahí están mis discursos para el que quiera conocer mis argumentos. Pero esto no quita que yo haga distinciones entre cosas y las personas, y así me apresuro a decirles que si a los frailes en general les detesto, a Vuestras Paternidades les respeto en su calidad de sacerdotes y les agradezco los auxilios que han venido a prestarme. Además, debo recordar que ayer, hallándome en mi calabozo, traté groseramente de palabra a uno de los que me escuchan, no sé cuál era. Estaba mi alma horriblemente enardecida por creerse víctima de maquinaciones   —304→   que tendían a desdorarla, y no supe lo que me dije. Los hombres de mi temple son muy imponentes en su grandiosa ira. Entiéndase que no quise ofender personalmente al que me oía, sino apostrofar al género humano en general y a cierto instituto en particular. Si hubo falta la confieso y pido perdón de ella.

El padre Alelí, aprovechando el descanso de Sarmiento, tomó la palabra para decirle que tuviese presente el sitio donde se encontraba, y rompiese en absoluto con toda idea del mundo para no pensar sino en Dios; que recordase cuál trance le aguardaba y cuáles eran los mejores medios para prepararse a él; y finalmente, que ocupándose tanto de vanidades, corría peligro de no salvarse tan pronto y derechamente como de la limpieza de su corazón debía esperarse. A lo cual D. Patricio, volviéndose en el sillón con mucho aplomo y seriedad, dijo al fraile que él (D. Patricio) sabía muy bien cómo se había de preparar para el fin no lamentable sino esplendoroso, que le aguardaba, y que por lo mismo que moría proclamando su ideal divino, pensaba morir cristianamente, con lo cual aquél había de aparecer más puro, más brillante y más ejemplar.

Esto decía cuando llegaron los hermanos de la Paz y Caridad, caballeros muy cumplidos   —305→   y religiosos que se dedican a servir y acompañar a los reos de muerte. Eran tres y venían de frac, muy pulcros y atildados, como si asistieran a una boda. Después que abrazaron uno tras otro cordialmente a D. Patricio, preguntáronle que cuándo quería comer, porque ellos eran los encargados de servirle, añadiendo que si el reo tenía preferencias por algún plato, lo designara para servírselo al momento, aunque fuese de los más costosos.

Sarmiento dijo que pues él no era glotón, trajeran lo que quisieran, sin tardar mucho, porque empezaba a sentir apetito. Desde los primeros instantes los tres cofrades pusieron cara muy compungida, y aun hubo entre ellos uno que empezó a hacer pucheros, mientras los otros dos rezaban entre dientes; visto lo cual por Sarmiento, dijo muy campanudamente que si habían ido allí a gimotear, se volviesen a sus casas, porque aquella no era mansión de dolor, sino de alegría y triunfo. No creyendo por esto los hermanos que debían abandonar su papel oficial, comenzaron a soltar una tras otra las palabrillas emolientes que eran del caso y que tantas veces habían pronunciado, verbi-gratia... «Querido hermano en Cristo, la celestial Jerusalém abre sus puertas para ti»... «Vas a entrar en la morada   —306→   de los justos»... «Ánimo. Más padeció el Redentor del mundo por nosotros».

-Queridos hermanos en Cristo -dijo el reo con cierta jovialidad delicada-. Agradezco mucho sus consuelos; pero he de advertirles que no los necesito. Yo me basto y me sobro. Así es que no verán en mí suspirillos, ni congojas, ni babas, ni pucheros... Me gusta que hayan venido, y así podrán decir a la posteridad cómo estaba Patricio Sarmiento en la capilla, y qué bien revelaba en su noble actitud y reposado continente (al decir esto erguía la cabeza, echando el cuerpo hacia atrás) la grandeza de la idea por la cual dio su sangre.

Pasmados se quedaron los hermanos así como los frailes, de ver su serenidad, y le exhortaron de nuevo a que cerrase el entendimiento a las vanidades del mundo. Sola, de rodillas junto al altar, rezaba en silencio.




ArribaAbajo- XXVI -

Empezaron los hermanos a servir la comida. Sentose D. Patricio a la mesa, invitando a todos a que le acompañaran. No había comenzado   —307→   aún, cuando entró el Sr. de Chaperón, que jamás dejaba de visitar a sus víctimas en la antesala del matadero. Como de costumbre en tales casos, el señor brigadier trataba de enmascarar su rostro con ciertas muecas y contorsiones y gestos encargados de expresar la compasión, y helo aquí arqueando las cejas y plegando santurronamente los ángulos de la boca, sin conseguir más que un aumento prodigioso en su fealdad.

Saludó a Sarmiento con esa cortesía especial que se emplea con los reos de muerte, y que es una cortesía indefinible e incomprensible para el que no ha visto muestras de ella en la capilla de la cárcel; urbanidad en la cual no hay ni asomos de estimación, porque se trata de un delincuente atroz, ni tampoco desprecio o 7 encono a causa de la proximidad del morir. Es una callada fórmula de repulsión compasiva, sentimiento extraño que no tiene semejante como no sea en el alma de algún carnicero no muy novicio ni tampoco muy empedernido.

-Hermano en Cristo -dijo D. Francisco poniendo su mano, tan semejante al hacha del verdugo, sobre el cuello del preceptor-, supongo que su alma sabrá buscar en la religión los consuelos...

Esta formulilla era de cajón. Aquel funcionario   —308→   de tan pocas ideas la llevaba prevenida siempre que a los reos visitaba.

-Sr. D. Francisco -replicó Sarmiento levantándose-, si Vuecencia quiere acompañarme a la mesa...

-No, gracias, gracias, siéntese usted... ¿Qué tal estamos de salud?... ¿Y el apetito?

Lo preguntaba, como lo preguntaría un médico.

-Vamos viviendo -repuso el patriota-. O si se quiere, vamos muriendo. Todavía no ha llegado el instante precioso en que sea innecesario este grosero sustento de la bestia... Hemos de arrastrar el peso del cuerpo, hasta que llegue el instante de dejarlo en la orilla y lanzarnos al océano sin fin, en brazos de aquellas olas de luz que nos mecerán blandamente en presencia del Autor de todas las cosas.

Chaperón miró a los frailes e hizo un gesto que indicaba opinión favorable del juicio de Sarmiento.

-Y ya que Vuecencia ha tenido la bondad de visitarme -añadió el reo, después de saborear el primer bocado-, tengo el gusto de declarar que no siento odio contra nadie, absolutamente contra nadie. A todos les perdono de corazón, y si de algo valen las preces de un escogido como yo (al decir esto su tono indicaba   —309→   el mayor orgullo) he de alcanzar del Altísimo que ilumine a los extraviados para que muden de conducta, trocando sus ideas absolutistas por el culto puro de la libertad... Sí señor; se intercederá por los que están ciegos, para que reciban luz; se recomendará a los crueles para que hallen misericordia en su día. Patricio Sarmiento es leal, pío, generoso, como apóstol de la misma generosidad, que es el liberalismo... En mi corazón ya no caben resentimientos; todos los he echado fuera, para presentarme puro y sin mancha. El mártir de una idea, el que con su sangre ha puesto el sello a esa idea ¿me entienden ustedes? para que quede consagrada en el mundo, no enturbiará su conciencia con odios mezquinos. Reconozco que con arreglo a las leyes mi condenación ha sido razonable. Vuecencia que me oye no ha hecho más que cumplir con la ley que se le ha puesto en la mano. Así me gusta a mí la gente. Venga esa mano, Sr. D. Francisco.

Diole tan fuerte apretón de manos, que Chaperón hubo de retirar la suya prontamente para que no se la estrujara.

-Además -prosiguió Sarmiento-, yo sé que los que hoy me condenan, me admirarán mañana, si viven, y los que me vituperan hoy, luego me pondrán en el mismo cuerno de la   —310→   luna... Porque esto durará poco, Sr. D. Francisco; el absolutismo, a fuerza de estrangular, se sostendrá un año, dos, tres, pongamos cuatro... En este guisado de vaca -añadió dirigiéndose a uno de los hermanos de la Caridad- se le fue la mano a la cocinera: lo ha cargado de sal... Pongamos cuatro años; pero al fin tiene que caer y hundirse para siempre, porque los siglos muertos no resucitan, señor D. Francisco, porque los pueblos, una vez que han abierto los ojos, no se resignan a cerrarlos, y así como cada estación tiene sus frutos, cada época tiene su sazón propia, y los españoles, que hasta aquí hemos amargado de puro verdes, vamos madurando ya, ¿me entiende Vuecencia? y se nos ha puesto en la cabeza que no servimos para ensalada. Vuecencias ahorquen todo lo que quieran. Mientras más ahorquen peor. El absolutismo acabará ahorcándose a sí mismo. ¿No lo quieren creer? Pues lo pruebo. Empezó creando para su defensa y sostenimiento la fuerza de voluntarios realistas. Son estos unos animalillos voraces y tragaldabas que no se prestan a servir a su amo, si este no les alimenta con cuerpos muertos. Una vez cebados y enviciados con el fruto de la horca, mientras más se les da más piden, y llegará un momento en que no se les pueda dar   —311→   todo lo que piden, ¿me entiende Vuecencia?

D. Francisco, sin contestarle, y dirigiendo maliciosas ojeadas a los frailes, hacía señas de asentimiento.

El padre Salmón, que atendía con sorna a las razones del preso, bajó la cabeza para ocultar la risa. Pero el padre Alelí, que devotamente rezaba en su breviario, alzó los ojos y mirando con expresión de alarma al reo, le dijo:

-Hermano mío, veo que lejos de apartar usted su pensamiento de las ideas mundanas, se engolfa más y más en ellas, con gran perjuicio de su alma. Los momentos son preciosos; la ocasión impropia para hacer discursos.

-Y yo digo que es menos propia para sermones -replicó Sarmiento dando un golpecillo en la mesa con el mango del tenedor-. Yo sé bien lo que corresponde a cada momento, y repito que consagraré a la religión y a mi conciencia todo el tiempo que fuere necesario.

-Bastante ha perdido usted en vanidades.

-Poquito a poco, señor sacerdote -dijo Sarmiento frunciendo las cejas-, yo nada le quito a Dios. No se quite nada tampoco a las ideas, que son mi propia vida, mi razón de ser en el mundo, porque, entiéndase bien, son la misión que Dios mismo me ha encargado. Cada uno tiene su destino: el de unos es decir misa, el de   —312→   otros es enseñar e iluminar a los pueblos. El mismo que a Su Paternidad Reverendísima le dio las credenciales me las ha dado a mí.

-Reflexione, hombre de Dios -indicó el padre Salmón, rompiendo el silencio-, en qué sitio se encuentra, qué trance le espera, y vea si no le cuadra más preparar su alma con devociones, que aturdirla con profanidades.

-Vuestras Paternidades me perdonen -dijo Sarmiento grave y campanudamente después de beber el último trago de vino-, si he hablado de cosas profanas, que no les agrada. Yo soy quien soy y sé lo que me digo. Sé mejor que nadie por qué estoy aquí, por qué muero y por qué he vivido. Allá nos entenderemos Dios y yo, Dios que llena mi conciencia y me ha dictado este acto sublime, que será ejemplo de las generaciones. Pero pues las religiosidades no están nunca demás, vamos a ellas y así quedarán todos contentos.

-Esas divagaciones, hombre de Dios -dijo Salmón con puntos de malicia-, confirman uno de los delitos que le han traído a este sitio.

-¿Qué delito?

-El de fingirse enajenado para poder tratar impunemente de cosas vedadas.

-Hablillas -dijo Sarmiento sonriendo con desdén-. Señores hermanos de la Paz, si tuvieran   —313→   ustedes la bondad de darme cigarros, se lo agradecería... Hablillas del vulgo. Si fuéramos a hacer caso de ellas, ¿cómo quedaría el padre Salmón en la opinión del mundo? ¿No dicen de él que sólo piensa en llenar la panza y en darse buena vida? ¿No goza fama de ser mejor cocinero que predicador?... ¿de frecuentar más los estrados de las damas para hablar de modas y comidas, que el coro para rezar y la cátedra para enseñar? Esto dice el vulgo. ¿Hemos de creer lo que diga? Pues del padre Alelí que me está oyendo y que es persona apreciabilísima, ¿no se dijo en otro tiempo que era volteriano? ¿No le tuvo entre ojos la Inquisición? ¿No decían que antaño era amigo de Olavide y que después se había congraciado con los realistas para no ser molestado? Esto se dijo: ¿hemos de hacer caso de las necedades del vulgo?

El padre Alelí palideció, demostrando enojo y turbación. Chaperón se mordía los labios para dominar sus impulsos de risa. Ofrecía en verdad la fúnebre capilla espectáculo extraño, único, el más singular que puede presentarse. Frente al altar veíase una mujer de rodillas, rezando sin dejar de llorar, como si ella sola debiera interceder por todos los pecadores habidos y por haber; en el centro una mesa llena   —314→   de viandas y un reo que después de hablar con desenfado y entereza recibía cigarros de los hermanos de la Paz y Caridad y los encendía en la llama de un cirio; más allá dos frailes, de los cuales el uno parecía vergonzoso y el otro enfadado; enfrente la tremebunda figura de D. Francisco Chaperón, el abastecedor de la horca y el terror de los reos y de los ajusticiados, sonriendo con malicia y dudando si poner cara afligida o regocijada; todo esto presidido por el Crucifijo y la Dolorosa, e iluminado por la claridad de las velas de funeral que daban cadavérico aspecto a hombres y cosas, y allá más lejos en la sala inmediata una sombra odiosa, una figura horripilante que esperaba, el verdugo.

D. Francisco Chaperón se despidió de su víctima. En la sala contigua y en el patio encontró a varios individuos de la Comisión Militar y a otros particulares que venían a ver al reo.

-¡Que me digan a mí que ese hombre es tonto! -exclamó con evidente satisfacción-. Tan tonto es él como yo. No es sino un grandísimo bribón, que aún persiste en su plan de fingirse demente, por ver si consigue el indulto... Ya, ya. Lo que tiene ese bergante es mucho, muchísimo talento. Ya quisieran más   —315→   de cuatro... Por cierto que entre bromas y veras ha hablado con un donaire... Al pobre Salmón le ha puesto de hoja de perejil, y Alelí no ha salido tampoco muy librado de manos de este licenciado Vidriera... Es graciosísimo: véanle ustedes... Por supuesto bien se comprende que es un solemnísimo pillo.

Y D. Francisco se retiró, repitiéndose a sí mismo con tanta firmeza como podría hacerlo un reo ante el juez, que D. Patricio no era imbécil, sino un gran tunante. Tal afirmación tenía por objeto sofocar la rebeldía de aquel insubordinado corpúsculo, a quien llamamos antes lamónera de la conciencia chaperoniana, y que desde que Sarmiento entró en capilla, se agitaba entre el légamo, queriendo mostrarse y alborotar y hacer cosquillas en el ánimo del digno funcionario. Con aquella afirmación, D. Francisco aplacó la vocecilla y todo quedó en profundo silencio allá en los cenagosos fondajes de su alma.




ArribaAbajo- XXVII -

Durante la noche arreció el nublado de visitantes, sin que su curiosidad importuna y amanerada   —316→   compasión causaran molestia al reo; antes bien recibíalos este como un soberano a su corte. Situado en pie frente al altar, íbalos saludando uno por uno, con ligeros arqueos de la espina dorsal y una sonrisa protectora, cuya intensidad de expresión amenguaba o disminuía según la importancia del personaje. Todos salían haciéndose lenguas de la serenidad del reo, y en la sala-vestíbulo, inmediata al cuerpo de guardia, oíase cuchicheo semejante al que se oye en el atrio de una iglesia en noches de novena o tinieblas. Los entrantes chocaban con los que salían, y la sensibilidad de los unos anticipaba a la curiosidad de los otros noticias y comentarios.

Pipaón, que se había presentado de veinte y cinco alfileres, y parecía un ascua de oro según iba de limpio y elegante, estuvo largo rato en compañía del reo, y le dio varias palmadas en el hombro, diciéndole:

-Ánimo, Sr. Sarmiento, y encomiéndese a Su Divina Majestad y a la Reina de los cielos, Nuestra Madre amorosísima, para que le den una buena muerte y franca entrada en la morada celestial... Adiós, hermano mío. Como mayordomo que soy de la hermandad de las Ánimas, le tendré presente, sí, le tendré presente para que no le falten sufragios...   —317→   Adiós... Procure usted serenarse... Medite mucho en las cosas religiosas... este es el gran remedio y el más seguro lenitivo... ¡La religión, la dulce religión! ¡Oh! ¿qué sería de nosotros sin la religión?... es nuestro consuelo, el rocío que nos regenera, el maná que nos alimenta... Adiós, hermano en Cristo, venga un abrazo (al dar el abrazo Pipaón tuvo buen cuidado de que no fuera muy expresivo, para que no se chafaran los encajes de su pechera)... Estoy conmovidísimo... Adiós, repítole que medite mucho en los sagrados misterios y en la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo... No le faltarán sufragios, muchos sufragios. Quizás nos veamos en el Cielo, ¡ay de mí! si Dios es misericordioso conmigo.

Este fastidioso discurso, modelo exacto de la retórica convencional y amanerada del cortesano, agradó mucho a cuantos le oyeron; mas D. Patricio lo acogió con seriedad cortés y cierto desdén que apenas se traducía en ligero fruncimiento de cejas. Pipaón salió y aunque iba muy aprisa derecho a la calle, detuviéronle en el patio algunos amigos.

-Estoy afectadísimo... no puedo ver estas escenas -les dijo respondiendo a sus preguntas-. Fáltame poco para desmayarme.

  —318→  

-Dicen que es el reo más sereno que se ha visto desde que hay reos en el mundo.

-Es un prodigio. Pero aquella vanidad e hinchazón son cosa fingida... ¡Cuánto debe padecer interiormente! Se necesitan los bríos de un héroe para sostener ese papel sin faltar un punto.

-¡Farsante!

-Es el perillán más acabado no he visto en mi vida. Seguramente espera que le indulten; pero se lleva chasco. El Gobierno no está por indultos.

-Entremos... todo Madrid desea verle. Vuelva usted, Pipaón.

-¿Yo? por ningún caso -repuso el cortesano estrechando manos diversas una tras otra-. Voy a una reunión donde cantan la Fábrica y Montresor... ¡Qué aria de la Gazza Ladra nos cantó anoche esa mujer! Montresor nos dio el aria de Tancredo. ¡Aquello no es hombre, es un ruiseñor!... ¡Qué portamentos, qué picados, qué trinos, qué vocalización, qué falsete tan delicioso! Parece que se transporta uno al sétimo cielo. Con que adiós, señores... tengo que ensayar antes un paso de gavota. Señores, divertirse con el viejo Sarmiento.

Aún no se había separado de sus amigos, cuando salió al patio un señor obispo que venía   —319→   también de visitar al reo. Todos se descubrieron al verle, haciéndole calle. Pipaón, después de besarle el anillo, le habló del condenado a muerte.

-Mi opinión -dijo su ilustrísima (que era una de las lumbreras del Episcopado)- es que si no constara en los autos, como aseguran consta de una manera indubitable, que se ha fingido y se finge loco para hablar impunemente de temas vedados, la ejecución de este hombre sería un asesinato. Desempeña este desgraciado su papel con inaudita perfección, y apreciándole por lo que dice, no hay en aquella mollera ni el más pequeño grano de juicio... A propósito de juicio, Sr. de Pipaón, no lo ha tenido usted muy grande fijando para el lunes la gran fiesta de desagravios a Su Divina Majestad que celebra la Hermandad de Indignos esclavos del Santísimo Sacramento, porque siendo el lunes día de la Natividad de Nuestra Señora, la Real Congregación de la Guardia y Custodia dispone por antiguo privilegio de la iglesia de San Isidro.

Pipaón respondió, mutatis mutandis, que no correría sangre a causa de un conflicto entre ambas hermandades, y que él respondía de arreglarlo todo a gusto de clérigos y seglares, y sin que se quejaran el Santísimo Sacramento   —320→   ni Nuestra Señora, con lo cual y con aceptar la carroza de Su Ilustrísima para trasladarse a la calle de la Puebla donde había de hacer el ensayo de la gavota antes de la tertulia, tuvo fin aquel diálogo.

Ya avanzada la noche se cerró la capilla a los curiosos, y también la puerta de la cárcel, después que entraron seis presos recién sacados de sus casas por delaciones infames. Una nueva conspiración descubierta dio mucho que hacer aquella noche y en la siguiente mañana al Sr. Chaperón.

D. Patricio se acostó a dormir en la alcoba inmediata a la capilla; pero su sueño no fue tranquilo. Velábanle solícitos y siempre prontos a servir en todo los hermanos de la Paz y Caridad. Sola no se apartó de la capilla ni un solo instante ni de día ni de noche.

-Abuelito querido -le dijo al amanecer-, estoy muerta de pena, porque veo que tu conducta no es propia de un buen cristiano.

-Adorada hija -repuso Sarmiento besándola con ardiente cariño-, si es propia de un filósofo, lo será de un cristiano, porque el filósofo y el cristiano se juntan, se compendian y amalgaman en mí maravillosamente. Hazme el favor de ver si esos señores hermanos me han preparado el chocolate... No extraño tus   —321→   observaciones, hija mía. Eres mujer y hablas con tu preciosa sensibilidad, no con la razón que a mí me alumbra y guía. ¡Bendito sea Dios que me permite tenerte a mi lado en estas horas postreras! Si no te estuviera viendo, quizás me faltaría el valor que ahora tengo. Una sola cosa me afecta y entristece, nublando el esplendoroso júbilo de mi alma, y es que mañana a la hora de las diez... porque supongo que... eso será a las diez... dejaré de recrear mis ojos con la contemplación de tu angelical persona... Pero ¡ay! tú debes seguir viviendo; no ha llegado aún la hora de tu entrada en la mansión divina; llegará, sí, y entrarás, y el primero a quien verás en la puerta abriendo los brazos para recibirte en ellos amoroso y delirante será tu abuelito Sarmiento, tu viejecillo bobo.

La voz temblorosa indicaba una viva emoción en el reo.

-Y te llevaré a presencia del Padre de todo lo existente y le diré: «¡Señor, aquí la tienes; esta es, mírala!...». Pero no quiero afligirte más. Ahora oye varios consejos que debo darte y algunos encarguillos que quiero hacerte... ¿Está ese chocolate?... Dame la mano para levantarme, hija mía. ¿Sabes que están pesados y duros mis pobres huesos?... ¡Ah! pronto tendrás   —322→   este bocado, ¡oh carnívora tierra! pronto, pronto se te arrojará esta piltrafa, que por lo acecinada demuestra que te pertenece ya. El noble espíritu abandona este inmundo saco, y vuela en busca de su patria y de sus congéneres los ángeles.

Levantose delante de Sola porque estaba vestido. Un hermano le trajo el chocolate, y quedándose solo con su amiga, le dijo estas palabras que ella oyó con profundísima atención:

-Idolatrada hija, mañana a las diez nos separaremos para siempre. Dios me dio la inefable dicha de conocerte, para que mi espíritu se confortase antes de dejar el mundo. Te condujiste conmigo tan noble y caritativamente que no vacilo en declararte merecedora de inmortal premio. Yo te lo aseguro, yo te lo profetizo -dijo esto cerrando los ojos y extendiendo solemnemente los brazos en actitud de profeta-, yo te lo fío bendiciéndote. Creo tener poderes para ello. Gozarás de la eterna dicha por tu cristiana acción. Ahora bien; hablando de cosas más terrestres, te diré que es mi deseo partas en seguida para Inglaterra a ponerte bajo el amparo de ese hombre generoso que ha sido tu protector y hermano. Le conozco y sé que su corazón está lleno de bondades. Como me intereso también por él, declaro ante ti que ese joven debe   —323→   tomarte por esposa, de lo cual resultará ventaja para entrambos; para ti porque vivirás al arrimo de un hombre de mérito, capaz de comprender lo que vales; para él porque tendrá la compañera más fiel, más amante, más útil, más hacendosa, más cristiana y más honesta con que puede soñar el amor de un hombre. Tengo la seguridad de que él lo comprenderá así -al decir esto mostraba la convicción de un apóstol-. Si no lo comprendiese, dile que yo se lo mando, que es mi sacra voluntad, que yo no hablo por hablar, sino transmitiendo por el órgano de mi lengua la inspiración celeste que obra dentro de mí.

Sola oyó este discurso con recogimiento y admiración, pasmada de advertir una profundísima concordancia entre la demencia de su amigo y ciertas ideas de antiguo arraigadas en ella. No acertó a decir una palabra sobre aquel tema, y su viejecillo bobo se le representó entonces grande y luminoso, cual nunca lo había visto, más respetable que todo lo que como respetable se presenta en el mundo.

Después de una pausa, durante la cual apuró el pocillo, Sarmiento prosiguió así:

-Querida hija de mi corazón, voy a hacerte un encargo, atañedero a cosas terrestres. Las cosas terrestres también me ocupan, porque de   —324→   la tierra salí, y en ella he de dejar las preciosas enseñanzas que se desprenden de mi martirio. El género humano merece mi mayor interés. La dicha del Cielo no sería completa, si desde él no contempláramos la constante labor de este pobre género humano, sin cesar trabajando en mejorarse. Los que de él salimos no podemos dejar de enviarle desde allá arriba un reflejo de nuestra gloria, sin lo cual se envilecería, acercándose más a las bestias que a los ángeles. Hay que pensar en el género humano de hoy, que es el coro celestial e inmenso de mañana, y todo hombre es la crisálida de un ángel, ¿me entiendes? Si las criaturas superiores, al remontarse sobre los mundanos despojos, miraran con desprecio esta pobre turba inquieta y enferma a que pertenecieron; si no atendiendo más que al Eterno Sol, hicieran del deseo de la bienaventuranza un egoísmo, adiós universo, adiós pasmoso orden de cielo y tierra, adiós concierto sublime. No, yo miro a la tierra y la miraré siempre. Le dejo un don precioso, mi vida, mi historia, mi ejemplo, hija mía, ¿sabes tú lo que vale un buen ejemplo para esta mísera chusma rutinaria? Sí, mi historia será pronto una de las más enérgicas lecciones que tendrá el rebaño humano para implantar la libertad que ha de conducirle a su mejoramiento   —325→   moral. Pero digo yo, ¿es fácil escribir esa historia? No. Bien conocidos son mis discursos, y aunque yo no los he escrito, como todo el mundo los tiene grabados en la memoria, no faltará quien los dé a la estampa. Sócrates no dejó escrito nada... Pero si serán perpetuados mis discursos, habrá gran escasez de datos biográficos respecto a mí. Oye, pues, lo que voy a decirte.

Tomando a Sola por un brazo, la acercó a sí:

-Viviendo en tu casa -añadió-, apunté no hace dos meses, los principales datos de mi vida, tales como el día de mi nacimiento, el de mi bautizo, el de mi confirmación, el de mi boda con Refugio, el del feliz natalicio de Lucas, el de mi entrada en la enseñanza y otros: son datos preciosísimos. Como los historiadores han de empezar desde mañana mismo a revolver archivos y libros parroquiales, yo te encargo que les saques de apuros. Mira tú; el apunte en que constan esos datos está escrito con lápiz... Me parece que lo puse debajo del hule de la cómoda. Búscalo bien por toda la casa, y entrégalo a esos señores. Al punto sabrás quiénes son, porque no se hablará de otra cosa en todo el mundo. No te descuides, y evitarás mil quebraderos de cabeza, y quizás inexactitudes   —326→   y errores que darán ocasión a desagradables polémicas.

Sola sintió al oír esto que la admiración despertada por anteriores palabras del viejecillo bobo, se disipaba como humo. ¡Cuán difícil era señalar la misteriosa línea donde los desvaríos de Sarmiento se trocaban en ingeniosas observaciones, o por el contrario, sus admirables vuelos en lastimoso rastrear por el polvo de la necedad! La joven prometió cumplir fielmente todo lo que le mandaba.

Al poco rato apareció el padre Alelí preparado para decir la misa, y empezada esta, Sarmiento la ayudó con extraordinaria devoción y acierto, tan seguro en las ceremonias como si hubiera sido monaguillo toda su vida. Soledad la oyó con gran edificación acompañada de los hermanos y de algunos empleados de la cárcel. Después, por orden del Sr. Chaperón, se cerró la capilla al público.




ArribaAbajo- XXVIII -

Poniendo sobre todas las cosas su anhelante deseo de llegar pronto al fin de la jornada vital, que era el comienzo de su triunfo, Sarmiento   —327→   deploraba que la justicia de aquellos tiempos hubiese fijado en cuarenta y ocho horas el plazo de la preparación religiosa. Con diez o doce horas había bastante, según él. Los dos frailes que le asistían aprovecharon la ocasión de su soledad para hablarle recio en el negocio de la salvación, logrando que D. Patricio atendiese a él, y consintiera en oír el trasnochado sermoncillo que preparado traía el padre Salmón. Después de comer, cuando Sola vencida por el cansancio había cedido al sueño y dormitaba sentada, el padre Alelí logró hacerse oír de Sarmiento con mayor interés. Por la noche pareció que el espíritu del buen viejo se recogía y como que se amilanaba algún tanto, mostrándose además en su rostro y cuerpo cierto desmayo o fatiga. El patriota no permanecía ya en pie, sino recostado con abandono en el sillón, fijando la vista en el suelo cual si cayera en meditación taciturna. Silencio profundísimo reinaba en la cárcel; las velas se habían consumido mucho y ardían en el último cabo de ellas, elevando entre la vacilante luz el negro pábilo caduco, y derramando cera amarilla en grandes chorros sobre los candeleros y sobre el altar. El Crucifijo y la Dolorosa parecían entregados a un sopor misterioso. Nunca, como en aquella tristísima hora, había   —328→   parecido la capilla lúgubre y conmovedora. Su ambiente de panteón daba frío, su luz tenue convidaba a morirse y enterrarse. Era la madrugada del último día.

No fue insensible el espíritu de Sarmiento a esta influencia externa, y conociéndolo Alelí, le dijo que ya le quedaban pocas horas; que viese lo que hacía si no deseaba arder perpetuamente en los infiernos. Al oír esto, mirole Sarmiento con desdén y levantándose del sillón, se puso de rodillas.

-Puesto que Su Paternidad quiere que confiese, confesaré -dijo lacónicamente.

-No es preciso que se arrodille usted, hermano mío -indicó el buen fraile levantándole-. En estos casos permitimos al penitente que haga la confesión sentado para evitarle cansancio.

-Yo prefiero estar de rodillas, porque no soy de alfeñique -dijo el reo volviéndose a hincar-. Ahora, si Vuestra Paternidad tiene oídos, oiga... Yo amo a Dios sobre todas las cosas. ¿Cómo no amarle, si es fuente de todo bien, manantial de toda idea, origen de toda vida? Él dio la idea moral al mundo, y el mundo, después de mil luchas, disputas y sangre, aceptó la ley moral que felizmente lo rige. Después le dio la idea política, es decir, la libertad,   —329→   para que se gobernase, y todavía el mundo no la ha aceptado en su totalidad. Estamos en la época de la predicación, del martirio...

-Basta -dijo Alelí con enfado-. Está usted profanando el nombre de Dios con absurdas afirmaciones. Poco adelantamos por ese camino, hermano querido. Confiese usted su amor a Dios, sin mezcla de extravagancia alguna. Me basta con eso por ahora, y adelante.

-Confieso -añadió el penitente-, que con frecuencia he jurado su santo nombre en vano, y además que he usado votos y ternos raros, pues adquirí tiempo ha la pícara costumbre de sacar a todo el Chilindrón y la Chilindraina; pero, con perdón de Vuestra Reverencia, creo que pecados como este no llevan a casa de Pedro Botero. Tampoco he santificado las fiestas como está mandado... desidia, pura desidia y abandono. En el cuarto, ¿qué he de decir sino que jamás he faltado a él ni en pensamiento? Pues en lo de matar, si alguien perdió por mí la vida fue en leal acción de guerra y cuando el honor de mi bandera me lo mandaba así. No obstante, un pecado grave tengo en lo tocante a este mandamiento, y ese lo voy a confesar aquí con la boca y con el corazón, porque ha tiempo pesa sobre mi conciencia,   —330→   y aunque estoy muy arrepentido, paréceme que jamás logro echar de mí la mancha y peso que me dejó. Hallándose preso y encadenado un vecino mío, padre de esta joven que me acompaña, pidió un vaso de agua y se lo negué. ¡Qué infame bellaquería! Pero válgame mi contrición sincera y el cariño ardiente que después he puesto en la bendita hija de aquel desgraciado.

-Adelante -murmuró Alelí satisfecho de que hubiese algún pecado evidente que justificase su ministerio.

-Del sexto no diré más sino que después de la muerte de mi Refugio, que acaeció hace veintidós años, he observado castidad absoluta, a pesar de ser solicitado para faltar a aquella preciosa virtud por más de una hembra que no debió de mirarme cual saco de paja. Tampoco he robado jamás a nadie ni el valor de un alfiler, y en el ramo de mentir si alguna vez falté a la verdad fue en negocios baladís y de poca monta.

-Alto, alto -dijo Alelí con interés sumo, viendo llegado el tema que abordar quería-. Usted ha mentido, y ha mentido gravemente por sistema sosteniendo un papel engañoso con la terquedad del hombre más perverso. Es opinión general que usted se finge demente, poseyendo   —331→   en realidad un claro juicio; es público y notorio, y así consta en la causa, que todos esos disparates con que ha divertido a Madrid son obra del talento más astuto, para poder vivir en una sociedad que proscribe a los revolucionarios. Vamos a ver, hermano mío, repare usted delante de quién está, mire esa imagen sacratísima, considere que le restan pocas horas de vida, considere que ya no es posible la mentira, y ábrame su corazón y arroje la máscara y dígame si en efecto este hombre exaltado que vemos es un hábil histrión. ¡Ah! hermano mío, aseguran que usted sostiene su papel, esperando que le indulten por tonto... ¡error, error, porque no es ese el camino del indulto! Más fácil le sería conseguirlo con una confesión franca de su pecado... Al menos haciéndolo así, tendrá el perdón de Dios y la gloria eterna.

-¡Yo farsante, yo histrión, yo...! ¡yo! -exclamó Sarmiento clavando ambas manos, como garras, en su pecho.

Miraba al padre Alelí con los ojos encendidos y con expresión de sorpresa, que bien pronto se tornó en amargo desdén.

-Usted no me comprende... -dijo levantándose-. Vaya usted a confesar colegiales, señor padre Alelí. Me confesaré solo.

  —332→  

Y arrodillándose delante del altar, alzó las manos y sin quitar los ojos del Crucifijo, habló así:

-Señor, Tú que me conoces no necesitas oír de mi boca lo que siente mi corazón, que pronto dará su último latido dejándome libre. Sabes que te adoro, que te reverencio, y que ejecuto puntualmente la misión que me señalaste en el mundo. Sabes que la idea de la libertad enviada por Ti para que la difundiéramos, fue mi norte y mi guía. Sabes que por ella vivo y por ella muero. Sabes que si cometí faltas, me he arrepentido de ellas con grandísima congoja. Sabes que perdono de todo corazón a mis enemigos, y que me dispongo a rogar por ellos, cuando mi espíritu pueda hablar sin boca y ver sin necesidad de ojos. Mi confesión está hecha públicamente. Óigala todo el que tiene oídos.

Y después volviéndose al fraile que enfrente y absorto le miraba, díjole:

-Ahora, padre Alelí, espero que no tendrá Vuestra Paternidad reverendísima inconveniente alguno en darme el pan Eucarístico. Bien se ve que puedo recibir a Dios dentro de mí. Estoy puro de toda mancha: soy como los ángeles.

Entonces viose una cosa extraña, que por   —333→   lo extraña parecía horrible en aquel sitio y 8 ocasión. El padre Alelí no pudo evitar una sonrisa. Diríase que esta brilló en la fúnebre capilla como un reflejo mundano dentro de la región de los difuntos. Pero contuvo al punto su hilaridad, y gravemente dijeron a dúo ambos frailes:

-No podemos dar a usted la Eucaristía, desgraciado hermano.

Mientras Sola acudió a consolar a Sarmiento que parecía muy contrariado por aquella negativa, Alelí llevó aparte a Salmón y le dijo:

-Es más tonto que hecho de encargo. Yo repito que ajusticiar a este hombre es un asesinato, y Chaperón, los jueces que le sentenciaron y nosotros que le asistimos, estamos más locos que él. Yo no puedo ver este horrible espectáculo. ¿Pero no es evidente que ese hombre es necio de capirote? Estamos coadyuvando a una obra inicua. ¡Y esperábamos que confesase su comedia!

-Como siempre le tuve por mentecato redomado, no me he llevado chasco. No sé para qué nos traen aquí.

-Ni yo. Voy a hablar con Chaperón.

-Yo no me tomaría el trabajo de hablar con nadie.

-Pues yo sí.

  —334→  

-Pues yo no.

Poco después de esto el reo vio los objetos y las personas con una claridad que le conturbó sobremanera sin saber por qué. Era que había avanzado el día y la capilla recibía un poco de luz, ante la cual palidecía ligeramente la de las soñolientas velas, casi consumidas. Aquel débil resplandor del astro rey hizo daño a la retina y al espíritu del viejo, sin que su entendimiento pudiera explicarse la razón de ello.

-Es de día -dijo con cierto asombro, y al punto se quedó taciturno.

Los hermanos de la Caridad aparecían más compungidos que en el día anterior, y rezaban devotamente arrodillados ante el altar. Salmón rogó al condenado que se sentase, y poniéndose a su lado hízole exhortaciones encaminadas a apartar su alma del tremendo abismo a cuyo borde se encontraba.

-Pocas horas me restan -murmuró el patriota, dando un gran suspiro-. Mi alma será más fuerte cuanto más cerca esté el instante lisonjero de su liberación. ¿Cuántas horas faltan?

-No cuente usted las horas... ¿Qué valen dos ni tres horas comparadas con la eternidad?

Sarmiento no respondió nada. Observaba los ladrillos del piso y fijaba su vista con minuciosidad aritmética en todos aquellos que tenían   —335→   el ángulo gastado. Diríase que los contaba.

-¿En dónde está mi hija? -dijo de súbito moviendo la cabeza con ansiedad-. Sola, niña de mi corazón, no te separes de mí.

Sola se arrojó llorando en sus brazos. Notó que tenía las manos frías y temblorosas.

-Dentro de poco dejaré de verte -exclamó el viejo haciendo esfuerzos verdaderamente heroicos para dominar su emoción-. Que sea tan flaca y miserable esta humana Naturaleza, que ni aun teniendo por segura la entrada en la morada celestial, pueda mirar con absoluto desprecio los afectos del mundo... Aquí me tienes más valiente que un león (sus labios temblaban al decirlo y su voz era como el ronco trinar de una ave moribunda), y sin embargo, esto de separarme de ti, esto de dejarte sola...

Se pasó la mano por la frente, y durante un rato tapose los ojos.

-No sé por qué está triste el día -murmuró con disgusto-. ¡Qué ruido hay en la cárcel!... ¿qué voces son esas? Parece un canto desacorde o un graznido de pájaros llorones. ¿Qué es eso?

Soledad no contestó nada, y apoyó su frente sobre el pecho del anciano. A la capilla llegaba una repugnante música llorona de gritos humanos que parecía formada de todos los rencores, de todos los sarcasmos, de todas las lágrimas   —336→   y de todos los suspiros encerrados en la cárcel.

El padre Alelí, que había salido al amanecer, volvió muy cabizbajo, y sin hablar una sola palabra al reo ni a los demás preparose para decir la misa. En tanto, uno de los hermanos departía con Sarmiento de cosas religiosas, sabedor de que estas habían de llevar gran alivio y fuerzas al espíritu del reo.

-Hoy -le dijo-, celebramos en Santa Cruz los Mayordomos de esta Real Archicofradía misa solemne de rogativa para implorar los divinos auxilios en la última hora del pobre condenado a muerte. Ya sabe usted que Nuestro Santísimo Padre Pío VII ha concedido indulgencia plenaria a todos nosotros y a los fieles que asistan a esa misa y hagan oración por la concordia de los Príncipes cristianos, extirpación de las herejías y exaltación de la Fe católica.

-De modo -dijo Sarmiento con amarga ironía-, que en esa misa se hace oración por todo menos por mí.

-No, hermano mío, no -dijo el cofrade con la melosidad del beato-, que también habrá lo que llamamos ejercicio de agonía, donde se hace la recomendación del alma del reo; luego siguen las jaculatorias de agonía y se cantará el ne   —337→   recorderis. Los más bellos himnos de la Iglesia y las piadosas oraciones de los fieles acompañan a usted en su tránsito doloroso... ¿qué digo doloroso? gloriosísimo. Piense usted en la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, y se sentirá lleno de valor. ¡Oh, feliz mil veces el que abandona esta vida miserable libre de todo pecado!

El hermano inclinó la cabeza a un lado, bajando los ojos y cruzando las manos en mística actitud. Después rezó en silencio.

El padre Alelí dijo la misa, que oyó Sarmiento como el día anterior, de rodillas y con profunda atención. Al concluir sentose con muestras de gran cansancio; mas ponía mucho empeño en disimularlo.

-¿No quiere usted tomar nada? -le dijo uno de los hermanos-. Hemos preparado un almuerzo ligero. ¿Se siente usted mal, hermano querido? Vamos, un huevo frito y un poco de jamón... Si para eso no se necesita gana -añadió viendo que el patriota hacía signos negativos con la cabeza y con la mano-. Sí, lo traeremos, y también un vaso de vino.

-No quiero nada.

-¿Ni café?

-Tomaré el café por complacer a ustedes -repuso Sarmiento sonriendo con tristeza.

  —338→  

Alelí se sentó junto a él y tomándole la mano se la apretó cariñosamente diciéndole:

-Hermano mío, en nombre de Dios y de María Santísima, a cuya presencia llegará usted pronto, si sabe morir como cristiano en estado de contrición perfecta, le ruego que no me oculte sus pensamientos, si por ventura son distintos de lo que ha manifestado aquí y fuera de aquí.

-Si yo ocultara mis pensamientos, si yo no fuera la misma verdad -replicó D. Patricio con la entereza más noble-, no sería digno de este nobilísimo fin que me espera... ¡Ah! señores, la taimada naturaleza nos tiende mil lazos por medio de la sensibilidad y del instinto de conservación; pero no, no será mi grande espíritu quien caiga en ellos. Vamos, vamos de una vez.

Y se levantó.

-Calma, calma, hermano mío; aún no es tiempo -le dijo Alelí tirándole del brazo-. Siéntese usted. Por cierto que no es nada conveniente para su alma esa afectación de valor y ese empeño de sostener el papel de héroe. Una resignación humilde y sin aparato, una conformidad decorosa sin disimular el dolor y un poco de entereza que demuestre la convicción de ganar el cielo, son más propias de esta   —339→   hora que la fanfarronería teatral. Usted está nervioso, desazonado, inquieto, sin sosiego, tiémblanle las carnes y se cubre su piel de frío sudor.

-El que era Hijo de Dios sudó sangre -afirmó Sarmiento con brío-; yo que soy hombre, ¿no he de sudar siquiera agua?... Vamos pronto. Repito que tengo vivos deseos de concluir.

Entonces sintiose más fuerte el coro de lamentos, y al mismo tiempo ronco son de tambores destemplados.

-He aquí las tropas de Pilatos -observó Sarmiento.

-Hermano, hermano querido -le dijo Alelí abrazándole-. Una palabra, una palabra sola de verdadera piedad, de verdadera religiosidad, de amor y temor de Dios. Una palabra y basta; pero que sea sincera, salida del fondo del corazón. Si la dice usted, todos esos pensamientos livianos de que está llena su cabeza, como desván lleno de alimañas, huirán al ver entrar la luz.

-Cristiano católico soy -afirmó Sarmiento-. Creo todo lo que manda creer la Iglesia, creo todos los misterios, todos los sagrados dogmas, sin exceptuar ninguno. He oído misa, he confesado sin omitir nada de lo que hay en mi conciencia, he deseado ardientemente recibir   —340→   la Eucaristía, y si no la he recibido ha sido porque no han querido dármela. ¿Qué más se quiere de mí? ¡Oh! Señor de cielos y tierra, ¡oh! tú, María, Madre amantísima del género humano, a vosotros vuelvo mis miradas, vosotros lo sabéis, porque veis mi rostro, no este de la carne sino el del espíritu. Los que no ven el de mi espíritu, ¿cómo pueden comprenderme? Hacia Vosotros volaré, invocándoos, llevando en mi diestra la bandera que habéis dado al mundo, la bandera de la libertad, por la cual he vivido y por la cual muero.

Salmón y Alelí movieron la cabeza. Su pena y desasosiego eran muy profundos. Soledad, sin fuerzas ya para luchar con su dolor, estaba a punto de perder el conocimiento. Don Patricio, dicho su último discurso, examinaba una grieta que en el techo había y después la costura del paño del altar. Creeríase al verle que aquellos dos objetos insignificantes merecían la mayor atención.

Varias personas entraron en la capilla, todas decorando sus caras con la aflicción más edificante. El reo se levantó y sin dejar de observar la costura del altar, habló así solemnemente:

-Cayo Graco, Harmodio y Aristogitón, Bruto... héroes inmortales, pronto seré con   —341→   vosotros... y tú, Lucas, hijo mío, que estás en las filas de la celestial infantería, avanza al encuentro de tu dichoso padre.

Los frailes, puestos de rodillas, recitaban oraciones y jaculatorias, empeñándose en que el reo las repitiera; pero Sarmiento se apartó de ellos afirmando:

-Todo lo que puede decirse lo he dicho en mi corazón durante la misa y después de ella.

Oyose el tañido de la campana de Santa Cruz.

-Tocan a muerto -dijo Sarmiento-. Yo mandaría repicar y alzar arcos de triunfo, como en el día más grande de todos los días. ¡Ya veo tus torres, oh patria inmortal, Jerusalén amada! ¡Bendito el que llega a ti!

El alcaide le saludó, enmascarándose también con la carátula de piedad lastimosa que pasaba de rostro en rostro, conforme iban entrando uno y otro personaje. Después separáronse todos para dar paso a un hombre obeso, algo viejo, vestido de negro, cuyo aire de timidez contrastaba singularmente con su horrible oficio: era el verdugo, que avanzando hacia el reo, humilló la frente como un lacayo que recibe órdenes.

D. Patricio sintió en aquel momento que un rayo frío corría por todo su cuerpo desde el   —342→   cabello hasta los pies, y por primera vez desde su entrada en la fúnebre capilla sintió que su magnánimo corazón se arrugaba y comprimía.

-Sí, sí, perdono, perdono a todo el mundo -balbució el reo, fijando otra vez toda su atención en los ladrillos del piso-. Vamos ya... ¿No es hora de ir?

Pero su ánimo, rápidamente abatido, forcejeó iracundo en las tinieblas y se levantó. Fue como si se hubiera dado un latigazo. La dosis de energía que desplegara en aquel momento era tal, que sólo estando muerta hubiera dejado la mísera carne de responder a ella. Tenía Sarmiento entre las manos su pañuelo y apretando los dedos fuertemente sobre él, y separando las manos lo partió en dos pedazos sin rasgarlo. Cerrando los ojos murmuraba:

-¡Cayo Graco!... ¡Lucas!... ¡Dios que diste la libertad al mundo...!

El verdugo mostró un saco negro. Era la hopa que se pone a los condenados para hacer más irrisorio y horriblemente burlesco el crimen de la pena de muerte. Cuando el delito era de alta traición la hopa era amarilla y encarnada. La de Sarmiento era negra. Completaba el ajuar un gorro también negro.

-Venga la túnica -dijo preparándose a ponérsela-.Reputo el saco como una vestidura   —343→   de gala y el gorro como una corona de laurel 9.

Después le ataron las manos y le pusieron un cordel a la cintura, a cuyas operaciones no hizo resistencia, antes bien, se prestó a ellas con cierta gallardía. Incapacitados los movimientos de sus brazos, llamó a Sola y le dijo:

-Hija mía, ven a abrazar por última vez a tu viejecillo bobo.

La huérfana lo estrechó en sus brazos, y regó con sus lágrimas el cuello del anciano.

-¿A qué vienen esos lloros? -dijo este sofocando su emoción-. Hija de mi alma, nos veremos en la gloria, a donde yo he tenido la suerte de ir antes que tú. De mi imperecedera fama en el mundo, tú sola, tú serás única heredera, porque me asististe y amparaste en mis últimos días. Tu nombre, como el mío, pasará de generación en generación... No llores; llena tu alma de alegría, como lo está la mía. Hoy es día de triunfo; esto no es muerte, es vida. El torpe lenguaje de los hombres ha alterado el sentido de todas las cosas. Yo siento   —344→   que penetra en mí la respiración de los ángeles invisibles que están a mi lado, prontos a llevarme a la morada celestial... es como un fresco delicioso... como un aroma delicado... Adiós... hasta luego, hija mía... no olvides mis dos recomendaciones, ¿oyes? Vete con ese hombre... ¿oyes?... los apuntes... Adiós, mi glorioso destino se cumple... ¡Viva yo! ¡Viva Patricio Sarmiento!

Desprendieron a Sola de sus brazos; tomola en los suyos el alcaide para prestarle algún socorro, y D. Patricio salió de la capilla con paso seguro.

El padre Alelí le ató un Crucifijo en las manos y Salmón quiso ponerle también una estampa de la Virgen; pero opúsose a ello el reo diciendo:

-Con mucho gusto llevaré conmigo la imagen de mi Redentor, cuyo ejemplo sigo; pero no esperen Vuestras Paternidades que yo vaya por la carrera besando una estampita. Adelante.

Al llegar a la calle presentáronle el asno en que había de montar, y subió a él con arrogantes movimientos, diciendo:

-He aquí la más noble cabalgadura cuyos lomos han oprimido héroes antiguos y modernos. Ya estoy en marcha.

  —345→  

Al llegar a la calle de la Concepción Jerónima y ver el inmenso gentío que se agolpaba en las aceras y en los balcones, en vez de amilanarse, como otros, se creció, se engrandeció, tomando extraordinaria altitud. Revolviendo los ojos en todas direcciones, arriba y abajo, decía para sí:

-Pueblo, pueblo generoso, mírame bien, para que ningún rasgo de mi persona deje de grabarse en tu memoria. ¡Oh! ¡si pudiera hablarte en este momento!... Soy Patricio Sarmiento, soy yo, soy tu grande hombre. Mírame y llénate de gozo, porque la libertad por quien muero renacerá de mi sangre, y el despotismo que a mí me inmola perecerá ahogado por esta misma sangre, y el principio que yo consagro muriendo, lo disfrutarás tú viviendo, lo disfrutarás por los siglos de los siglos.

El murmullo del pueblo crecía entre los roncos tambores, y a él le pareció que toda aquella música se juntaba para exclamar:

-¡Viva Patricio Sarmiento!

El padre Alelí le mostraba el Crucifijo que en su mano llevaba (el mismo padre Alelí) y le decía que consagrase a Dios su último pensamiento. Después el venerable fraile rezaba en silencio, no se sabe si por el reo, o por sus jueces. Probablemente sería por estos últimos.

  —346→  

Al llegar a la plazuela, Sarmiento extendió la vista por aquel mar de cabezas, y viendo la horca, dijo:

-¡Ahí está!... ahí está mi trono.

Y al ver aquello, que a otros les lleva al postrer grado de abatimiento, él se engrandeció más y más, sintiendo su alma llena de una exaltación sublime y de entusiasmo expansivo.

-Estoy en el último escalón, en el más alto -dijo-. Desde aquí veo al mísero género humano, allá abajo, perdido en la bruma de sus rencores y de su ignorancia. Un paso más y penetraré en la eternidad, donde está vacío mi puesto en el luminoso estrado de los héroes y los mártires.

Al pie de la horca, rogáronle los frailes que adorase al Crucifijo, lo que hizo muy gustoso, besándolo y orando en voz alta con entonación vigorosa.

-Muero por la libertad como cristiano católico -exclamó ¡Oh! Dios, a quien he servido, acógeme en tu seno.

Quisieron ayudarle a subir la escalera fatal; pero él desprendiéndose de ajenos brazos, subió solo. El patíbulo tenía tres escaleras; por la del centro subía el reo, por una de las laterales el verdugo y por la otra el sacerdote   —347→   auxiliante. Cada cual ocupó su puesto. Al ver que el cordel rodeaba su cuello, Sarmiento dijo con enfado:

-¿Y qué? ¿no me dejan hablar?

Los sacerdotes habían empezado el Credo. Callaron. Juzgando que el silencio era permiso para hablar, el patriota se dirigió al pueblo en estos términos:

-Pueblo, pueblo mío, contémplame y une tu voz a la mía para gritar: ¡Viva la...!

Empujole el verdugo y se lanzó con él.

Cayeron de rodillas los sacerdotes que habían permanecido abajo, y elevando el Crucifijo exclamaron consternados:

-¡Misericordia, Señor!

La muchedumbre lanzó el trágico murmullo que indicaba su curiosidad satisfecha y su fúnebre espanto consumado.

El padre Alelí dijo tristemente:

-Desgraciado, sube al Limbo.




Arriba- XXIX -

¿Qué sabía él?... A pesar de ser fraile discreto y gran sabedor de teología, ¿qué sabía él si su penitente había ido al Limbo o a otra   —348→   parte? ¿Quién puede afirmar a dónde van las almas inflamadas en entusiasmo y fe? ¿Habrá quien marque de un modo preciso la esfera donde el humano sentido merecedor de asombro y respeto, se trueca en la enajenación digna de lástima? Siendo evidente que en aquella alma se juntaban con extraña aleación la excelsitud y la trivialidad, ¿quién podrá decir cuál de estas cualidades vencía a la otra? Glorifiquémosle todos. Murió pensando en la página histórica que no había de llenar, y en la fama póstuma que no había de tener. ¡Oh, Dios poderoso! ¡Cuántos tienen esta con menos motivo, y cuántos ocupan aquella habiendo sido tan locos como él, y menos, mucho menos sublimes!




 
 
FIN DE EL TERROR DE 1824.
 
 


MADRID

Octubre de 1877.