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Libro II

Ríos, Ramírez, Solano, Rojas

     SOLANO.- Gracias a Dios que ha llegado el tiempo que vamos a Toledo, y gozará Ramírez lo que tiene deseado.

     RAMÍREZ.- El lugar de donde salimos es tan bueno que se pueden olvidar por él todos los del mundo; pero ha corrido el tiempo con mi deseo, que estas cinco semanas que en él hemos estado puedo decir se me han hecho un siglo, lo que otras veces un año no se me hacía un minuto.

     RÍOS.- ¿Pues no sabremos lo que os ha sucedido?

     RAMÍREZ.- He tenido cartas que mi madre se está muriendo. Y ésta es la causa porque estos días me habéis visto tan disgustado, y de donde ha nacido el dejar lugar tan bueno y desear hacer este camino.

     ROJAS.- Muy bien decís, porque el peligro súbito no quiere largo consejo ni da lugar a tener mucho descanso.

     SOLANO.- A todos nos pesa de vuestro disgusto. Pero siendo Dios servido, cuando lleguéis a Toledo, será su mal acabado. Y pues tenemos propuesto de llevar nuestro viaje entretenido, la pena se olvide, que la mala nueva siempre llega por la posta, y cuéntenos Ríos cómo le ha ido en estas treinta y seis representaciones que ha hecho.

     RÍOS.- Hanme salido, una con otra, a más de cuarenta ducados, y si no tuviera (como tengo) en Toledo la fiesta del Corpus, me estuviera aquí hasta la Pascua del Espíritu Santo; porque sin duda fuera para mí de mucho provecho el tomar la fiesta de Antequera e irme a mediado Agosto a Castilla, que en mi vida se me ha hecho corta Cuaresma sino ésta.

     SOLANO.- Ahí entra: debe algo para Pascua, y hacérsete ha corta la Cuaresma.

     RÍOS.- Señor, más vale Pascua mala y el ojo en la cara, que Pascua buena y el ojo de fuera. Y yo espero para después del Corpus no deber nada en la compañía.

     RAMÍREZ.- Decilde al duque que cuque, y si no tiene blanca, que busque.

     RÍOS.- Hasta ahora, no es mucha la deuda y buenas son mangas después de Pascua, que ya sabéis que he pagado estos días más de quinientos ducados en Granada.

     ROJAS.- Ella es notable para la comedia y holgarse un hombre treinta días.

     SOLANO.- Yo puedo decir que no me he holgado tanto en mi vida como este sábado pasado en el Alhambra. Que aunque es verdad que la he visto diversas veces, ésta fue para mí de mayor gusto que todas.

     RÍOS.- ¿Por qué le dieron, si sabéis, aqueste nombre de Alhambra?

     SOLANO.- Porque en arábigo significa cosa bermeja, y como se ve claro serlo la tierra de ella, se le dio este nombre de Alhambra. Aunque pudiera llamarse ciudad ella sola.

     ROJAS.- Aquel cuarto de los Leones es cosa peregrina ver tantas losas y mármoles puestos con tan admirable artificio e industria, que exceden a nuestro humano entendimiento. Y aquel cuarto de los Bencerrajes, con aquella sangre tan viva, como si hoy hubiera sido la miserable tragedia. Pues el de las Frutas, y la admirable perfección con que están pintadas, verdaderamente convidan a comer de ellas; sin esto la gran arquitectura del cuarto de Comares y sus peregrinas labores, los baños, aguas, aljibes y estanques que hay en ella, y aquella obra tan buena que agora se va haciendo, que será, sin duda, después de acabada, la mejor del mundo.

     RAMÍREZ.- Muchas cosas tiene que poder decir, que sería nunca acabar.

     RÍOS.- Admirado estoy de la población del Alcazaba.

     SOLANO.- Eso también en arábigo quiere decir casa fuerte o lugar fortalecido. Pero no es de tanto espanto como el del Albaicín, que casi en la altura compite con la Alhambra; el cual tiene tantos árboles, alamedas, fuentes, huertas, recreaciones, frutales, aljibes de agua, acequias, acueduchos o cauchiles que pasan por toda la ciudad, fortalecida con mil y treinta torres y doce puertas, todas con salidas de grandes recreaciones.

     RÍOS.- Bien decís, aunque algunos de sus edificios he visto muy arruinados, porque me dicen que era un paraíso en tiempo de los moros. Aunque agora no lo es menos.

     SOLANO.- ¿Cuánto habrá que se alzaron?

     RÍOS.- Treinta y cuatro años, poco más o menos, fue cuando levantaron por rey a un don Fernando de Valor, y noche de Navidad cuando lo pusieron en efecto y con no pequeño estrago de todo aquel reino.

     ROJAS.- Ya habréis visto, cerca del Alhambra, una casa de placer que se llama Generalife.

     RÍOS.- Y se ve bien ser propia recreación de reyes.

     RAMÍREZ.- Y la de los Alijares es muy buena.

     RÍOS.- Hay tantas, que no puede un hombre acordarse de ellas.

     ROJAS.- Pues ¿los dos ríos?, que generalmente es público que lleva Genil plata y Darro oro.

     SOLANO.- Ése me dicen que nace cuatro leguas de la ciudad, sobre un monte muy alto.

     RAMÍREZ.- Muchas y peregrinas son las recreaciones que tiene este lugar.

     SOLANO.- Bien merece toda la alabanza que dijistes en vuestra loa.

     RÍOS.- ¿No es bueno que nunca pude oírla, por estarme vistiendo de moro para empezar la comedia del padrino desposado?

     SOLANO.- Pues hartas veces se dijo.

     RÍOS.- Yo no la oí ninguna y gustara de oírla.

     ROJAS.- Ya sé que no ha de ser esta sola, y ansí empiezo por ella, por ser, como es, en alabanza de Granada.

                                                Surcando del mar furioso
las impetuosas aguas,
cuyas temerarias olas
a todo el cielo amenazan,
un pobre y triste bajel,
que sólo amor le acompaña,
combatido de mil vientos
rodeado de esperanzas,
engolfado en alta mar,
sujeto al tiempo y desgracias,
solo, temeroso, humilde,
sin ferros, gúmenas, jarcia,
abierta toda la proa,
sin árbol, timón, ni carta,
sin velas, gavias, ni entenas,
sin piezas, pólvora o balas,
sin remedio, sin defensa,
los marineros sin almas
(que donde no sobran fuerzas
siempre los ánimos faltan),
huyendo de un galeón
que les viene dando caza,
artillado, fuerte, rico,
viento en popa, mar bonanza,
todos pilotos, maestres,
y marineros de fama
que, conocidos del mar,
ya libres el mar surcaban,
sin ningún temor de ofensa
ni de fortuna contraria
(que a veces el poder mucho
los más poderosos mata),
al fin el triste bajel
que de sus manos se alarga,
surca el agua, rompe el viento,
llega al puerto y allí para,
pidiendo a voces favor
a los que ya le esperaban,
con pecho y brazos abiertos
en las arenosas playas.
Llegan con barcas a bordo,
y al fin, saltando en las barcas,
la amada tierra que pisan
adoran, besan y abrazan,
y juntamente los pies
a quien las vidas les daban,
ganadas por su pobreza
y por su humildad ganadas.
Entra luego el galeón,
llega al puerto y hace salva,
disparan la artillería,
todas las velas amainan.
Recíbenle en la ciudad
con grita, con algazara,
chirimías, añafiles,
clarines, pífanos, cajas,
con sacabuches, trompetas,
con fiestas, bailes y danzas,
y al fin entra victorioso
con gallardetes y flámulas.
¡Oh, mil veces venturosa
ciudad que a todos amparas,
y en tu milagroso puerto
los afligidos descansan!
Hoy nuestra nave perdida
llega a donde deseaba,
tu nobleza es quien la ayuda,
si los clarines le faltan.
Su humildad la favorece
y tu discreción la ampara.
Lustre, ser, honor, grandeza,
proezas, valor, prosapia,
saber, fortaleza, imperio,
industria, renombre, fama,
virtud, constancia, riquezas,
fuerza, bizarrías, galas,
vigor, prudencia, hidalguía,
estados, títulos, armas,
diadema, cetro, corona,
gobierno y silla de España.
Ninguna ciudad mejor
cubre la celeste capa,
pues mereciste tener
por rey a tan gran monarca.
Tú relumbras entre todas,
cual suele el fuego o luz clara,
en medio de las tinieblas,
a quien el bello sol falta.
Tú, señoril, elocuente,
gloriosa, prudente, sabia,
populosa, antigua, fuerte,
altiva, cortés, hidalga,
dichosa, soberbia, rica,
generosa, insigne, brava,
sagaz, liberal, hermosa,
divina, pomposa y santa,
célebre, abundosa, ilustre,
bella, gentil, soberana,
amorosa, fiel, leal,
grande, principal, bizarra,
invencible, valerosa,
pacífica, honesta, blanda,
odorífera, oriental,
alegre, admirable, rara,
magnánima, belicosa,
famosa, noble, sagrada,
profetisa, milagrosa,
firme, inexpugnable y alta,
con cuyas soberbias torres
compiten fuertes murallas,
tus hermosos edificios,
tus chapiteles de plata,
tus pináculos y almenas,
tus muros, tus fuertes casas,
tus homenajes ilustres,
tus paredes torreadas,
tus olorosos jardines
y tus caudalosas aguas,
donde los sagrados cisnes
sonorosamente cantan,
los divinos templos tuyos,
sesgos ríos, fuentes claras,
tus cármenes y tus huertas,
tu prado, tu vega llana,
tu hermosísima alameda,
tu real audiencia sacra,
tu bello Generalife,
tu Albaicín y tu Alcazaba,
tu famosa Alcaicería,
tu Zacatín, Bibarrambla,
tu divino Monte Santo,
tu Jaragi y tu Alhambra,
tu santidad, tu justicia,
remedio de tantas almas,
admiración de los hombres
y del mundo nombre y fama,
adonde no falta el oro
que en sí produce el Arabia,
las ropas de Alejandría,
los terciopelos de Italia,
vasos finos de Corinto,
las medallas del Acaya,
y más cuanto el indo suelo
produce de ámbar y algalia.
¡Oh, insigne ciudad gloriosa!,
mas te ofende quien te alaba:
tu antigüedad te engrandezca,
que mi alabanza no basta.
En tu puerto milagroso
hoy mi pensamiento amaina,
dando fondo al gran temor
que en mi corazón reinaba.
Mas cuando el bajel se rompa
nuestra voluntad nos salva,
que ésta pueden ofrecer
los que de la mar escapan,
perseguidos de otras naves
prósperas, ricas, bizarras,
con fuerzas, poder, ingenios,
dignas de laurel y palma.
Pero nosotros venimos,
cual navegantes que exhala
el fiero mar en la orilla,
desnudos en una tabla.
Pobres, perdidos, humildes,
sin ropas, fuerzas, sin galas,
sin vestidos, sin riquezas,
sin graciosidad, sin farsas.
Incógnitos somos todos,
no viene nadie de fama:
mercedes vengo a pediros,
a ofreceros vengo el alma.
No a pedir silencio vengo,
sino a daros muchas gracias,
y a suplicaros también
el perdón de nuestras faltas.

     RÍOS.- Cierto que me he holgado de oírla, porque es buena, bien aplicada y muy humilde.

     ROJAS.- Eso es sin duda, y lo que la ensalza más que la bondad de ella.

     RÍOS.- De una cosa no tratastes, que es de las mayores y de más consideración que hay en Granada. Dejemos el Monte Santo, que eso ya se sabe que es de las grandes reliquias que tiene el mundo; pues ya sabréis el principio que tuvo tan extraño, las láminas por donde fueron descubiertos tanta infinidad de santos, las grandes diligencias que se hicieron para entenderlas y vivificarlas, que para tratar de esta grandeza es necesario muy larga pluma. Pero voy al que no es para mí de menos que ella, que es la Capilla Real donde están enterrados los Reyes Católicos, el Príncipe don Miguel y el Rey don Felipe el Primero y estuvo la Emperatriz doña Isabel: la gran riqueza que tiene de tantos y tan ricos ornamentos de sedas, brocados, oro y plata; haber en ella veinte y cuatro capellanes, tener su coro y servicio como en iglesia catedral; y ansí esto como otras muchas cosas, me tienen asombrado, que para tratar de ellas requiere un entendimiento más que humano.

     ROJAS.- Como ése es don del cielo, con razón le podéis dar nombre de divino. Porque las mercedes de la tierra pueden hacerlas los reyes, príncipes y hombres poderosos; las comisiones, cargos y oficios, pueden dar sus privados; la sangre, la buena naturaleza, los patrimonios, nuestros padres; el merecimiento, la honra, la fama, la fortuna; pero el buen entendimiento, Dios; que como es el mayor don del mundo, viene de tribunal tan alto.

     SOLANO.- Decía a este propósito Cornelia a sus hijos, que más quería dejarles habilidad con que viviesen, que hacienda con que se perdiesen. Porque muy pocas veces hacen notables hechos los que desde niños heredaron grandes mayorazgos.

     ROJAS.- El mayor que yo he hecho en mi vida hice los días pasados aquí en Granada cuando quitaron la comedia, que fue poner una tienda de mercería (sin entender lo que era), y salí tan bien con ello, que vendía más en un día que otros en toda la semana.

     RAMÍREZ.- Y aun algunos lo juzgarían a codicia.

     ROJAS.- Como tengo fama de anillo, no me espanto que juzgasen eso; pero sin duda es engaño, que no lo hice sino por entretener el tiempo y no andarme vagamundo.

     RÍOS.- Llevándolo por ese camino, muchos ejemplos tenéis que hacen en vuestro abono, como el de un Arsacidas, rey de los Batros, que pasaba el tiempo en tejer redes para pescar; el Rey Artajerjes, en hilar; Artabano, rey de los Hircanos, en cazar ratones; Vianto, rey de los Lidos, en pescar ranas, y el Emperador Domiciano en cazar moscas; y ansí no es mucho que vos lo entretuviésedes en vender escobillas, dedales y otras menudencias.

     ROJAS.- Más se puede eso atribuir a virtud que a otra cosa.

     RAMÍREZ.- Dicen que la mudanza del tiempo es bordón de necios, y cabra coja no quiere siesta; el hombre sin renta no es mucho que procure en qué pasar la vida.

     ROJAS.- ¿Nunca habéis oído la loa que decimos Mariquita y yo de mi tienda?

     RAMÍREZ.- No.

     ROJAS.- Pues por ser buena, quiero decirla, la cual salgo yo a empezarla.

     ROJAS.-

                                                Una dama muy hermosa
estotro día me dio
palabra de sí y de no;
decidme: ¿qué es cosa y cosa?
    El no bien le comprehendo;
el estoy dificultando,
porque el dijo callando
y el no me dijo riendo.
    El , callando, ha nacido
de amor, vergüenza, o engaño,
y el no, riendo, del daño
que de este he concebido.
    Con la risa señaló
el no, que me dijo allí,
y callando decir
es porque me ría del no.
    Que el no se da por favor,
y el , por entretener,
y con no, suele querer
quien con si no tiene amor.
                                                ¿No hay quien lo declare?
 

(Sale MARÍA.)

 
MARÍA                                             Sí.
ROJAS ¿Quién me ha respondido?
MARÍA                                           Yo,
que estaba escuchando el no
y a declararle salí.
ROJAS     ¿Pues entiendes tú algo de esto?
MARÍA Entiendo lo que él no entiende.
ROJAS Vete, que eres niña; aprende,
que tú no sabes de aquesto.
MARÍA Oiga, que ha andado extremado,
señor Milagro, yo sé
mucho más que él.
ROJAS                            Bueno a fe.
MARÍA Éntrese, que me ha enfadado.
ROJAS     ¿Enfadado, mi clavel?
MARÍA ¿Piensa, mi bien, de ese modo,
que es hacer milagros todo?
Pues sepa que sé más que él.
ROJAS Por mi fe que andas donosa
y con mil donaires hoy.
MARÍA Pues sepa, amigo, que soy
más bellaca que no hermosa.
ROJAS     ¿Por Dios?
MARÍA                      Como se lo cuento;
conózcame, por su vida.
ROJAS Sí haré, pues me convida.
MARÍA No le faltará un jumento.
ROJAS ¿Hay más donosa rapaza,
hay tal donaire en la tierra?
MARÍA Quedo, que se va a la sierra
y habla más que una picaza.
    Vamos a lo que salí
y de gracias nos dejemos.
ROJAS Digo, amores, que empecemos.
MARÍA No soy la del no, ni el .
Ni vendo, como solía,
aljofares ni granates,
para decir disparates,
amores, ni gloria mía.
    Diga allá, a los labradores
a los que vendía el coral:
«Lleve esto, que es celestial.»
Y a mí no me diga amores.
ROJAS Pues diga a lo que salió.
MARÍA Yo diré a lo que salí:
a declarar aquel
y el secreto de aquel no.
    ¿No dice que, preguntando
no sé qué, le respondieron
y no, y el no rieron
y el dijeron callando?
ROJAS     Es ansí.
MARÍA                Lo que él decía
importa agora saber.
ROJAS Decíale a una mujer
que la adoraba y quería,
    y que si acaso gustaba
de mis penas admitir,
que la empezaría a servir
porque en extremo la amaba.
MARÍA     Pues bien; ¿qué enigma hay aquí?
Si adorarla prometió,
al quererla dijo no,
y al servirla dijo .
    De manera que al servir
le respondió con callar,
y al querer y al adorar
fue la respuesta el reír.
    Y ansí callando, otorgó,
como se ve claro aquí;
al interés dijo
y al amor dijo que no.
    ¿Quiere saber más?
ROJAS                                  Señora,
vuesa merced ha acertado:
cuidadoso me ha dejado
lo que ha dicho.
MARÍA                       ¿Aquesto ignora?
    Sepa que ya la mujer
no quiere al hombre galán,
que vale muy caro el pan
y muy barato el querer.
    Discreción ni poesía,
donaire ni gentileza,
no vale donde hay pobreza;
déjese de esa porfía,
    que vuesa merced, señor,
es un Alejandro Magno,
y no gasta en el verano
sino ternezas de amor,
    y tiene en España fama
de muy largo gastador,
y que con verso y amor
suele sustentar su dama;
    que promete más que un Fúcar
por ser liviano de cascos,
y son sus manos peñascos
de la barra de Sanlúcar.
ROJAS     Yo confieso que es verdad,
que en mi vida di a mujer,
cuando no llegó a querer
con igual conformidad.
    Porque es muy gran majadero
el que quiere amor comprado,
pues quiere gusto forzado
a peso de su dinero.
    Porque el amor que es honrado
no se funda en interés,
cuando por dicha no es
de necesidad forzado.
    Que entonces por caridad
cualquier hombre de razón
acude a su obligación
cuanto y más con voluntad.
    Porque este amor saber quiero
si le han de tener aquí
por el dinero o por mí,
por mí y no por el dinero.
MARÍA     Agora, señor Rojas, eso
no lo salí a averiguar;
la loa quiero empezar,
éntrese allá.
ROJAS                  ¿Cómo es eso?
MARÍA     Que se entre luego volando,
que la loa he de decir;
ea, ¿no se acaba de ir?
ROJAS Niña, niña, ¿estáste holgando?
MARÍA     Acabemos; ¿no se va?
ROJAS ¿Qué dices, niña?
MARÍA                            Que acabe,
y pues tan poquito sabe,
que se entre al momento allá,
que la loa he de decir.
ROJAS ¿Quién, niña?
MARÍA                    Yo, niño.
ROJAS                                 ¿Tú?
MARÍA Sí, niño de Bercebú.
ROJAS Basta, que me hace reír.
MARÍA     Basta, que es un mentecato
¿Y no le parece a él
que la diré mejor que él,
no yo, pero mi zapato?
ROJAS     Pues tú, ¿qué puedes hacer?
MARÍA Mucho más que él.
ROJAS                            Poco a poco.
MARÍA Digo que el hombre está loco
o lo quiere parecer.
ROJAS     Salido de ángel o dama,
de un niño, de algún capón,
¿qué has de hacer?
MARÍA                              Gentil razón
para detrás de una cama.
    Sepa que yo puedo hacer,
mientras de aquesta edad gozo,
el ángel, el niño, el mozo,
el galán y la mujer,
    y el viejo, que para hacerlo
y otras figuras que haré,
una barba me pondré,
y ansí habré de parecerlo.
    El pobre, el rico, el ladrón,
el príncipe, la señora
ROJAS Anda, que eres habladora.
MARÍA Pues oiga y déme atención:
    que yo he de probar aquí
todo lo que puedo hacer,
y luego habemos de ver
las muestras que él da de sí.
    Va de ángel.
ROJAS                         De ángel va.
 
(Representa de ángel.)
 
MARÍA ¡Sansón, ah, Sansón! Esfuerza
que Dios te vuelve tu fuerza.
ROJAS Eso de ángel bueno está.
MARÍA     Va de dama.
ROJAS                        ¿Dama?
MARÍA                                     Sí.
 
(Representa de dama.)
 
¡Hola, Hernández, hola!, oís:
corred volando a don Luis
que se llegue luego aquí.
ROJAS         Bueno está; va de galán.
MARÍA ¿De galán? Ansí lo haré.
ROJAS ¿Qué haces?
MARÍA                    Desnúdome.
ROJAS ¿Hay más gracioso ademán?
 
(Quítase la saya y queda de hombre.)
 
MARÍA     Oiga, amigo; no se asombre,
que el galán tengo de hacer:
cuando dama, de mujer,
y cuando galán, de hombre.
ROJAS     Va de figura.
MARÍA                        Señora,
 
(Representa de galán.)
 
a vuestra gran discreción
humilla su corazón
este esclavo que os adora.
    Tened de mi mal memoria,
muévaos amor mi desgracia,
y no pierda vuestra gracia,
pues no alcanzo vuestra gloria.
ROJAS     Bueno está; va de un ladrón
o de un rufián arrogante.
MARÍA Ya va de un hombre matante;
señor Rojas, atención.
 
(Representa de rufián.)
 
    Amaine, seor Garrancho,
no se entruche con la iza,
que es muy godeña marquisa,
la guimara de Polancho.
    Que le cortaré las nares
si más con ella se entreva,
y le quitare una greba
con sus calcorros y alares.
ROJAS     ¡Válgate el diablo, Cangrejo!
¿Quién te enseñó germanía?
MARÍA Oigame, por vida mía,
¿qué falta más?
ROJAS                        Falta el viejo.
MARÍA     Déme una barba.
ROJAS                              ¡Aquí está,
que para mí la guardé.
MARÍA Enseñe y me la pondré;
¿está buena?
ROJAS                     Buena está.
MARÍA (Pónese la barba y representa de viejo.)
    Hija enemiga de honra,
de aquestos caducos días,
muévante ya mis porfías,
pues no te ablanda mi honra.
 
(De dama.)
 
    Señor padre, no me afrente
con tan extraño rigor,
que siento más su dolor
que no él mis desdichas siente.
 
(De galán.)
 
    Vuesa merced no me culpe,
que si a su hija he servido,
es para ser su marido,
y esto sólo me disculpe.
ROJAS Epílogo bueno, a fe.
MARÍA Ve aquí el galán, dama y viejo.
Agora en sus manos dejo
que empiece vuesa mercé.
    Haga, pues, lo que le toca.
ROJAS Dime tú lo que he de hacer.
MARÍA Digo que haga una mujer
puesta aquesta saya y toca.
ROJAS     ¿Yo mujer?
MARÍA                       Pues él mujer.
ROJAS ¿Pues cómo con barbas puedo?
MARÍA Luego con victoria quedo;
¿halo ya echado de ver?
ROJAS     Digo que verdad ha sido.
MARÍA En fin, señor, yo vencí;
¿qué dice?
ROJAS                 Digo que sí.
MARÍA ¿Está contento?
ROJAS        Y vencido.
MARÍA     Pues por vencido se da,
quiero hacerle una mamona,
y tras esto un buzcorona,
y luego entrarse podrá:
    llegue y béseme esta mano.
ROJAS De muy buena voluntad
MARÍA Por sola aquesa humildad,
quiero perder lo que gano.
    Mas con condición será
que hará lo que yo mandare,
no hablará donde yo hablare,
ni más fanfarroneará.
ROJAS     Digo que es justa razón.
MARÍA Meta allá dentro esa saya.
ROJAS ¿Qué he de hacer?
MARÍA                               Paciencia, ¡vaya!
Senado ilustre, atención.

     RÍOS.- La invención me contenta de la loa, porque es buena, principalmente que siendo para una niña ha de parecer muy bien, y más con la apariencia de la barba, que es ocasión de mucha risa.

     SOLANO.- Por extremo me holgaría llegásemos a Jaén temprano mañana.

     RAMÍREZ.- No me pesara a mí que representáramos ocho días en él, porque es muy buen lugar de comedia y aun tiene muy buenos entretenimientos.

     ROJAS.- Dícenme que hay en ese lugar muchas antigüedades, ansí de medallas y piedras como de otras cosas romanas muy antiguas.

     RÍOS.- Es verdad, por haber sido en otro tiempo poseído de romanos; pues dice Tito Livio que estando antiguamente esta ciudad bajo de la obediencia romana, se rebeló, y Publio Scipión, capitán romano, vino sobre ella con grande ejército y la ganó. Y en este tiempo fue poseída de los romanos, la cual se llamaba entonces Illiturgi, aunque unos dicen que se llamó después Mentesa, y otros Giene, de donde afirman que agora se llama Jaén; pero su verdadero nombre antiguo fue Aurigi.

     SOLANO.- ¿Habéis visto la sagrada Verónica, donde está la figura de Nuestro Señor Jesucristo, esculpida vivamente en un lienzo, la cual señaló él mismo con su rostro santísimo cuando iba a ser crucificado?

     RÍOS.- Ya la he visto tres o cuatro veces, y no podré juzgar de la color que sea.

     SOLANO.- Eso mismo sucede a todos los que la ven.

     RAMÍREZ.- ¿Habéis sabido quién trajo a este lugar una reliquia tan preciosa?

     RÍOS.- He oído decir que un obispo natural de ella el cual está enterrado en la capilla principal de la iglesia mayor.

     ROJAS.- Cuando otra cosa no tuviera, con razón se podía llamar la mejor y más dichosa ciudad de España.

     RÍOS.- Pues dejando el bien tan soberano que en sí encierra, es muy proveída de trigo y todos mantenimientos, tiene muchos ganados, recreaciones y huertas, y unos baños que están junto a la Magdalena, que llaman de don Fernando, que en ellos se puede conocer su grande antigüedad.

     ROJAS.- Bien cerca de ellos, agora ha dos años, vi una mujer de tan buen rostro que a no tener en él una falta, era sin duda una de las mujeres más hermosas de España.

     SOLANO.- ¿Y qué venía a ser la falta?

     ROJAS.- Tuerta del ojo izquierdo.

     RÍOS.- Por ésa se dijo que no le hace más falta que a la tuerta el ojo.

     RAMÍREZ.- Como quien dice: bebed con guindas.

     SOLANO.- Dicen que huerto, tuerto, mozo y potro y mujer que mira mal, se quieren saber tratar.

     ROJAS.- Pues llevaba un niño de la mano, hermoso por todo extremo, a quien también faltaba el ojo derecho; y admirado de un caso tan peregrino, fui a mi posada e hice esta loa, y por ser tan bueno el sujeto y que no fuese en Jaén conocido, fingí haberla visto en Granada, la cual dice de esta manera:

                                                No el sitio de esta ciudad
y su máquina admirable,
no su hermosa y fértil vega,
llena de huertas y cármenes,
más ricos y más hermosos
que aquéllos artificiales
que en otro tiempo tenían
las Hespéridas de Atlante:
todos los del mundo es risa;
aquí los de Chipre callen,
afréntense los Pensiles,
que con éstos todo es aire;
no sus frescuras alegres,
y no su campo agradable,
más que el de Pancaya fértil,
en el dulce olor suave;
no sus cristalinos ríos,
a aquel sacro semejantes,
y origen del Po, del Nilo,
del Ganges Tigris y Eufrates;
no sus claras bellas fuentes,
alegrando por mil partes,
mejores que la Hipocrene,
y aun no es razón se le iguale
las de Aganipe y Beocia,
adonde las ninfas Táxides
se bañaran más contentas
que entre sus bellos cristales.
No trato de su grandeza,
edificios, homenajes,
su sagrado Monte Santo,
que del mismo cielo nace;
no de su Alhambra famosa,
torres, plaza, Audiencia, calles;
no de sus murallas fuertes
las levantadas pirámides,
con quien las altas de Egipto
aun no pueden igualarse;
no de sus hermosos templos,
mejores que donde yace
Erix, por Hércules muerto,
porque aquestos son imagen
de aquel hebraico de Dios
o del romano de Marte.
Y en efecto, la belleza
de este espejo de ciudades,
donde todas las mejores
pueden venir a mirarse,
no me han admirado tanto,
como ha podido admirarme,
una mujer, cielo o sol,
si hay sol o cielo que hablen.
Vila ayer, consideréla
(si pueden considerarse
con ojos de cuerpo humano
las proporciones de un ángel).
No digo que era criatura
del suelo, que era afrentarle,
ni la rubia y santa aurora,
cuando las nubes esparce;
no que era de Arabia el oro
de su cabello admirable,
ni que era más blanca y bella
que la nieve cuando cae
sobre los más altos montes,
ni la rosa más fragante
que, fresca y aljofarada,
al nacer la aurora, nace;
no que su nariz hermosa
era al cristal semejante,
sus cejas arcos del cielo,
su hermoso cuello de jaspe.
Pues tras esto, ¿qué diré?
Sólo diré que su imagen
la hizo sin duda Dios
en la estampa de algún ángel.
Pero tras de estas grandezas
el cielo quiso quitarle
el ojo izquierdo, invidioso
de su hermosura notable.
Consigo llevaba un niño,
que de él me dijo era madre,
más hermoso y más perfecto
que aquel que pintó Timantes.
Era un Cástor, era un Pólux,
que a verlo Júpiter antes,
como al otro Ganimedes,
se lo llevara en un ave.
Era un retrato de Dios,
tan vivo, tan semejante
que al fin, como hechura suya,
por suya pudo admirarme.
También la naturaleza
permitió que le faltase
un ojo, que fue el derecho;
mirad si puede admirarse.
Díjele, espantado, al niño:
«Niño hermosísimo, dale
a tu madre el ojo izquierdo,
para que nada le falte,
pues si tu beldad es mucha,
y de Dios eres imagen,
estando ciego, podrán,
cual niño Dios, adorarte.
Si te vendaren los ojos,
será porque a nadie mates,
que de lástima de verte
ninguno podrá escaparse.»
No supe más que decirle,
quise pasar adelante,
pero transforméme en verle
y no pude más hablarle.
Volvió la cara el rapaz,
y llegándose a su madre
medio lloroso, le dijo
que aquel ojo le sacase:
«Cumpla, madre, con las gentes,
aunque mil ojos me saque,
y aumente más su belleza
para que nada le falte.
Será Venus, yo Cupido,
yo niño Dios, ella un ángel;
daré gusto a este señor
y nada vendrá a faltarle.»
La madre le dice alegre:
«Hijo mío, no os engañen,
que no hay cosa en este suelo
sin falta pequeña o grande.»
Por cierto, ¡razón discreta
y digna de que la alaben,
tanto como su hermosura!,
si aquésta puede alabarse,
pues no hay persona en el mundo
tan perfecta y tan loable,
que no tenga imperfección
o falta alguna notable.
Que es ver a un hombre discreto,
ya enfadoso, ya arrogante,
ya jugador, ya perdido,
ya maldiciente, o muy grave;
la dama hermosa, discreta,
humilde, honesta y afable,
y al fin con aquellos dones
que el cielo pudiera darle,
muy melindrosa o muy loca,
la boca un poquito grande,
semejante a aquesta mía
para que nada nos falte,
los dientes algo morenos,
que es la falta más notable,
o la mayor hermosura
que en un rostro puede hallarse;
frente chica, grandes pechos,
flaquita, de pocas carnes,
ya muy gorda o muy grosera,
ya muy niña o muy pasante.
Asimismo en la comedia,
hay malos representantes,
hay mejores, no tan buenos,
hay muy buenos, y hay no tales.
Esta comedia de hoy
ni es mala para asombrarse,
ni buena para admirar,
sino en un medio que aplace.
Verso humilde, traza buena,
y uno con otro bastante
a serviros y agradaros:
pero si en ella faltaren,
al igual de los deseos,
obras justas que no alcancen,
supla vuestra discreción,
para que nada le falte.

     SOLANO.- Yo he oído decir esta loa no sé a quién, de diferentes versos; pero no era buena, porque quien la hizo no supo aplicarla y por esta razón no se decía.

     ROJAS.- No me espanto, que podría ser que contando el cuento a alguno quisiese hacerla y no hallase tan buena salida, y como dicen, en el fin se canta la gloria y ésa sería la razón porque fuese mala; pero ésta a dondequiera ha parecido bien.

     RÍOS.- Es buena, y sin esto está bien aplicada.

     ROJAS.- Un gallo he oído cantar; sin duda quiere ya amanecer.

     SOLANO.- Bien podremos decir: pues los gallos cantan, cerca está el lugar.

     RAMÍREZ.- ¿No sabríamos por qué canta este animal siempre a medianoche y a estas horas?

     ROJAS.- No os espantéis de que el gallo, entre los demás animales, sea el que primero sienta la venida del sol y, dando las nuevas, parezca que pida a las gentes las albricias del venidero día y los despierte y llame para el trabajo. Porque en la monarquía de la máquina del mundo, ya sabéis que fue Dios servido de que se guardase este orden y concierto entre las cosas inferiores y superiores: que las otras tengan su dependencia de éstas, en cuanto en alguna manera se rigen, gobiernan y moderan por ellas, dependiendo de su influencia en sus acciones, si no es el hombre, que si bien es [verdad que] tiene dependencia de estas influencias por la parte que es corpóreo y sensible, mas por razón del libre albedrío, puede determinarse a esto o aquello, a seguir lo bueno y abrazar lo malo, aunque debajo de especie y apariencia de algún bien. Y con todo esto no podemos negar que en el hombre se muestran también algunas de estas inclinaciones o propensiones que le fueran en mil ocasiones peligrosas, a no tomarlas con el entendimiento y razón, y de éstas es de quien los astrólogos echan sus juicios, en los cuales sacan en limpio, no lo que el hombre hará (porque esto ni lo dicen ni hay razón para decirlo, porque fuera quitar al hombre el libre albedrío, poniendo en él determinación a una cosa), sino lo que los astros y aspectos de él le inclinan a hacer. Pero en los demás animales, tienen tanta fuerza las influencias de los cielos, que les hacen obedecer a aquéllos a que el tal signo, planeta o estrella inclina. Y así hay algunos astros que tienen particular y principal dominio sobre particulares animales, de suerte que en ellos mismos se les echa de ver.

    En el gato predomina admirablemente el primer planeta, que es la luna, y de suerte que ordinariamente les van creciendo o menguando a estos animales las niñas de los ojos, como la luna en el cielo va creciendo o menguando. En las palomas predomina el tercero planeta, Venus, y así son muy venéreas. Los animales ponzoñosos, fríos, que participan de esta calidad encuarto grado, como la tarántula, salamandria y otros, están sujetos a Saturno, y los cálidos a Marte, como son la víbora, culebra y la serpiente, que por nombre específico particular llama Lucano en su Farsalia «seps». De la propia suerte en el gallo predomina el sol, cuarto planeta de los del cielo, y siente su influencia de suerte que cuando el sol se va a poner, sintiendo su ausencia, se recoge primero que ningún animal, y a la media noche, sintiendo que se va llegando su venida, da nuevas de ella al mundo y despierta a los que duermen.

    Y no sólo reinan en los sensibles estas influencias, sino también en los insensibles, como lo podemos echar de ver en las plantas, que unas son dulces, otras agrias, otras acedas, unas frías, otras cálidas, otras templadas. La hierba que llaman los latinos heliotropio, y acá llamamos gigantea o tornasol, sigue con tan natural fuerza al sol, que siempre le va mirando, volviendo su cogollo y hojas hacia donde el sol anda y camina; ciérrase su flor cuando el sol se pone y ábrese cuando vuelve a salir. La cicuta, hierba ponzoñosa con que murió Sócrates, por la fuerza de Saturno que en ella reina, mata con la frialdad unas veces, otras con el calor por la de Marte. Otras en las cuales predomina Júpiter, como la escorzonera, lengua buey y borraja, son templadas y sanísimas. Los milagros que hace el sol en el romero ya son públicos; y finalmente, nunca acabáramos si hubiéramos de especificar y particularizar todas estas cosas y maravillas que se ven en las plantas.

    Pues si vamos a las piedras, no nos da menos que admirar este maravilloso artificio en ellas, porque en ellas se reconoce admirablemente la superioridad de los astros. El precioso diamante es piedra del sol, cuya virtud parece divina, aunque su secreto es tan grande en la honra y castidad de los casados como necesario el callarle. El rubí es de Venus. El carbunco, parte del sol, parte de Júpiter, de quien son el zafiro y jacinto. La esmeralda es de la luna. La piedra imán del Norte, a quien mira y hace mirar al hierro, al cual atrae a sí con tanta fuerza que se sustenta de él y le convierte en su mesma substancia. Y finalmente, todas estas cosas inferiores dependen de las superiores en esto: guardan do el orden y armonía dicha entre sí.

     RAMÍREZ.- Muy bien habéis dicho; pero dejando esto, decidme: ¿qué loa lleváis para la fiesta del Corpus de Toledo?

     ROJAS.- Soy tan malo en eso de divino, que no sé si vale algo un disparate que he hecho; escuchadla, y si os pareciere bien, se dirá, y si no, el Jurado es vuestro amigo y nos podrá remediar de todo.

     RÍOS.- Ahora decilda, que si no fuere buena, no faltará quien haga otra.

     [ROJAS].-

                                                A la fiesta del convite
que hizo a la tierra el cielo,
el mismo cielo se admira,
temblando están los infiernos.
Los vicedioses de Cristo,
mármores doce del templo,
comiendo están, elevados
con tan divino sustento.
Suspensos están los hombres,
en libertad nuestros cuerpos,
las almas están en gloria,
los ángeles en silencio.
Alegres están los signos,
parados los elementos,
suspendidos los planetas,
del orbe los movimientos;
los serafines cantando,
todos los santos contentos,
luminosas las estrellas,
firmes los ejes del cielo.
Están los campos gloriosos,
verdes, floridos, amenos,
sesgo el reino de Neptuno,
y en fiestas todos los reinos.
Están los tristes alegres,
están sanos los enfermos,
están vivos los difuntos
y los malos están buenos,
alegres los animales,
saltando de cerro en cerro,
osos, tigres y leones
vueltos en mansos corderos;
las ovejuelas humildes
luchando con sus hijuelos,
todas las aves cantando
deteniendo el veloz vuelo.
¡Ah, milagroso convite!
¡ah, convite de los cielos!
¡ah, redención de las almas!
¡ah, libertad de los cuerpos!
¡ah, sangre de Dios preciosa!
¡ah, pan de Dios verdadero!
¡ah, eterno Dios dado en pan!
¡ah, pan de Dios todo eterno!
Pan sagrado y repartido,
Dios precioso y todo entero,
vuestra hechura dais en pan,
convidáis con vuestro cuerpo.
Y porque los convidados
se admiren con tal suceso,
vienen a comer con vos
sois el manjar vos mesmo.
Mas, ¡qué mucho que se admiren
si a vos mesmo os dais por ellos,
y vuestra preciosa sangre
dais a lanzadas del pecho!
¡Y qué mucho diga el hombre
que está harto y satisfecho,
si por darle de comer
bajáis desde el cielo al suelo!
Y vos, sagrada María,
madre del rey de los cielos,
intercesora del mundo,
cristalino y claro espejo,
de Dios tesorera rica,
oloroso lirio fresco,
alta torre de David,
preciosísimo sol bello,
estrella del mar fulgente,
altivo y hermoso cedro,
en tan sagrado convite
merezca yo al hijo vuestro.
Y vos, insigne ciudad
y cristianísimo pueblo,
noble, inexpugnable, antigua
metrópolis de estos reinos,
catolicísima y santa,
archivo de mil secretos,
castigo de tantos malos,
defensa de tantos buenos,
con tu catedral iglesia,
con tus santos monasterios,
con tanta fama y milagros
cual todos saben y vemos.
Mas, ¡qué mucho que los haya,
si hay un cardenal tan bueno,
tan cristianísimo y justo,
tan santo, tan limosnero,
una ciudad, un cabildo,
una justicia, un gobierno,
un corregidor tan noble,
tan principal, tan discreto!
¡Y qué mucho que esta fiesta
sea al fin como del cielo,
pues que tales diputados
la honran con sus ingenios,
con su virtud, con su hacienda,
con su amor, con su buen celo,
con su cuidado y trabajo,
con sus cristianos deseos!
¡Y qué mucho esta ciudad
sea la mejor del reino,
si es el crisol de las damas,
espejo de caballeros,
retrato de buenos tratos,
cortesía de discretos,
amparo de los perdidos
y de los pobres remedio!
¡Y qué mucho que mi autor,
siendo tan criado vuestro,
sus faltas le perdonéis
y a mí que a serviros vengo!

     SOLANO.- Yo no hallo en ella cosa que no me parezca tan bien como cuantas he oído.

     RAMÍREZ.- A mí me ha parecido lo propio.

     ROJAS.- Según eso, ¿bien se podrá decir?

     RÍOS.- Y seguro que parecerá muy bien.

     SOLANO.- A la venta nueva hemos llegado.

     RÍOS.- Porque Rojas diga el cuento que nos tiene prometido desde el viaje pasado, os tengo de contar otro de mucho gusto que me sucedió habrá tres años en esta propia venta.

     RAMÍREZ.- Dilo cantado, que se sale la cuba; ¿no diréis el que nos sucedió a entrambos?

     RÍOS.- Tenéis razón, que juntos veníamos.

     SOLANO.- Por vida de Ríos, que le oigamos.

     RÍOS.- Yo salí una Cuaresma de Granada para Madrid, a ver una dama que tenía, a quien quería tanto que era sin duda la mitad de mi pensamiento: lo uno porque lo merecía y lo otro por lo que me costaba.

     SOLANO.- Tanto te quiero cuanto me cuestas.

     RÍOS.- A ésta daba ocho reales cada día para su plato, y seis ducados cada mes para la casa y todo lo que había menester de galas, acudiéndole siempre con mucha puntualidad, desde dondequiera que me hallaba y excediendo muchas veces del poder que tenía, haciendo mohatras y vendiendo mis prendas porque no le faltase dinero ni tuviese ocasión de irse con otro. En efecto, yo iba con mucha confianza, mediante la correspondencia que tenía y las cartas que de ocho a ocho días me enviaba, aunque algo temeroso, no de mudanza, sino de una maldita suegra que tenía.

     ROJAS.- Cuñada y suegra, ni de barro es buena.

     RÍOS.- Salimos al fin Ramírez y yo de Granada el segundo día de Cuaresma, y para regalarnos por el camino busqué pescado fresco; hallé un amigo que me dio un sabalo y dos bonitos; esto hice que se empanase todo y henchí una bota grande de vino aloque de ojo de gallo, sin otras cosas que no digo. Llegando una noche a esta venta, no hallamos qué cenar en ella sino sardinas, y yo saqué de mis alforjas las empanadas, hice poner la mesa, puse a mi lado la bota y sentámonos a cenar yo y Ramírez allí cerca de la puerta.

     Estando cenando, entró un estudiante, alto de cuerpo, medio capigorrista, el sombrero metido hasta los ojos, y después de saludarnos, apeóse de su mula, metióla en la caballeriza, echóla paja y cebada y sale luego sacudiéndose la sotanilla y preguntando qué había de cenar a la señora huéspeda; díjole lo que había, que eran sardinas, y él, muy enfadado, replicó: ¿Es posible que no tendrá algún pescado fresco? Y yo, como tan cortesano, díjele, si era servido que llegase, alcanzaría un bocado. Él no se hizo de rogar, sino que antes que yo lo acabara de decir, se llegó a hacernos merced y sentóse diciendo: «Señor, entre la gente principal y hombres que tanto pueden, por fuerza han de recebir merced los que poco valen»; y tras esto tomó un cuchillo, y con mucho desenfado empieza a desbastar pan como un carretero. Yo, que le había convidado y no soy nada corto, díjele que alcanzase de lo que más bien le pareciese. Señaló con el cuchillo una empanada y preguntó qué era aquello, y respondíle: «Señor, bonito». Y dice: ¿Bonito, señor? ¡Oh, pese a mi sayo, vive Dios, que no hay hombre tan amigo de bonito como yo en el suelo!», y echóse en la boca la mitad de la empanada, diciendo: «¡Oh bonito!, máteme Dios en tierra donde hay tal pescado». Señala a la del sabalo y hace lo propio, con la mayor desenvoltura del mundo, que a no ser yo tan amigo de dar, daba ocasión a que le diera con un leño. Eché tras esto vino en una taza para Ramírez, y él, como lo vio, dijo: «¿Aloque es el vinillo? ¡Oh, plegue a mi vida, por vida de Apolo el Délfico, que se regala vuesa merced como un arzobispo y que me ha de hacer un brindis del ojo de gallo!» Yo le hice y a él parecióle ser muy chica la taza, y dícele a la huéspeda: «Señora, ¿no habrá una cosa ancha que se vea toda la bebida?, que tengo hecho juramento de no beber en taza angosta. Déme vuesa merced, reina mía, aquella aljufaina» (y cabía en ella media arroba). Échanle vino, y la huéspeda que lo iba echando paraba, pareciéndole que había echado mucho, y él decía: «Eche, señora, pese a mi ánima, y no le duela: ¿piensa vuesa merced que es gente miserable la que tiene en su casa?» Y de esta manera le echó más de azumbre y media. Y sin decir esta boca es mía, dejó ad te suspiramus la taza y acabó con decir: «¡Oh, qué pequeña es la bota!: no tengo yo harto para una comida en seis botas como ésta; bien parece que yo no traía mucha gana, que a fe de quien soy que no había de quedar gota». Yo, por una parte reventaba de pena, y por otra no podía disimular la risa. Al fin, después que se cumplió la maldición sobre la triste bota, dio cabo de más de una empanada y dejó barrida la mesa. Dijo: «El hombre apercibido, medio combatido». Preguntéle por qué lo decía, y respondió: «Quien adelante no mira, atrás se queda; acordémonos que hay mañana, y que no es razón se destruya todo en un día». Y diciendo esto y sacando un lienzo muy encerado (de sucio), fue echando en él todo lo que había quedado de las empanadas y atóle muy bien y dijo: «Esto será para almorzar por la mañana un bocadillo, porque prometo a vuesas mercedes que soy enfermísimo del estómago y es morir si no me desayuno». Yo entendí que íbamos todos un camino y preguntéle de dónde venía o a dónde caminaba, y respondióme que de Madrid iba a la ciudad de Granada. Yo, como tenía allá mi Marcela (que así se llamaba esta mi señora), díjele qué había en Madrid de nuevo y respondió: «Señor, si trata vuesa merced del género femenino, ninguno le pudiera dar más buena razón de eso, porque soy muy juguetoncillo. Sabrá vuesa merced que está allí agora una brava dama que se llama doña Nufla, que tiene revuelta la Corte porque es muy bella mujer, y está otra doña Zangamanga, cabos negros, de buen gusto; pero la que entre todas se lleva la flor, y ha hecho raya en las salidas al sol de estas Carnestolendas, es una Marcelilla, que le doy a vuesa merced mi palabra que es los ojos de toda la villa».

     Pues como me tocó en lo vivo de mi gusto, apuréle que me dijera dónde vivía, quién era o con quién trataba, y él me dijo: «Señor, vive hacia la puerta de Santo Domingo, y es mujer que hace placeres y tiene visitas, aunque es muy amiga de su gusto, y por esto no tiene ley con nadie: el otro día estuvo presa por amancebada con un licenciado forastero». Y respondió Ramírez: «Sabeldo coles, que espinazo hay en la olla». Y él prosiguió diciendo: «Éste habrá tres meses que la habla, y aunque ella dice que le quiere bien, es fingido: porque habrá vuesa merced de saber que adora a un farandulero que está aquí en Granada, que se llama Ríos, un bellaconazo de éstos que andan de venta en monte; y es con tanto extremo lo que le quiere, que me han dicho de su casa por cosa muy cierta que se muere por él. Mire vuesa merced la lástima de estas pobretas, y si un hombre honrado como vuesa merced llegara a ella, se hiciera de los godos y no se contentara con muchos ducados: y un pícaro como aquél y otros de su trato gozan del mejor entretenimiento». Yo dije entre mí: «Topado ha Sancho con su rocino». Y aunque algo alborotado con las malas nuevas, preguntéle si conocía a Ríos y respondió: «Jesús, señor, es el mayor amigo que yo tengo; Riuelos es un picaño, un hombrecillo pequeño de cuerpo, mal barbado, y aun de esto es lo que me maravillo que siendo como he pintado, le quiera una mujer de tan buen rostro. Pero sin duda que estos bellacones tienen garabato». Al fin, después que le hube oído y disimulado (que no fue poco) dije á Ramírez que nos recogiésemos, y a la mañana tomé mi camino, y llegando a Madrid hallé verdadero todo el pronóstico de aquel mi amigo: dejéla, y ella de aburrida casóse con el licenciado que el capigorrón había dicho y yo busqué otro entretenimiento.

     SOLANO.- or vida de quien soy, que ha sido bueno el caso y de mucho gusto.

     ROJAS.- Verdaderamente, que todos los vicios en una mujer son como vara verde, que dobla, pero la mudanza es palo seco, que quiebra.

     RAMÍREZ.- Niña, viña, peral y habar, dicen que son malos de guardar.

     RÍOS.- Señor, ni hay mujer sin tacha ni mula sin raza.

     ROJAS.- Sí; pero ésa fue con vos como el erizo, que primero os sacó la sangre de las venas que viésedes lo que tenía en las entrañas.

     RÍOS.- Hermano mío, las mujeres son como la liga, buenas de pegar y malas de desasir; y vemos que si un hombre gasta con ellas su hacienda y las regala, le pagan de esta manera, y si no les da nada dicen que es la misma miseria; pues si las deja salir con su gusto, le tienen por necio, y si se lo estorba, por enfadoso; si las quiere, le aborrecen, y si no las quiere, le persiguen.

     SOLANO.- En los anales pompeyanos he leído que allá en el Oriente y vertientes de los montes Rifeos, hay unas gentes bárbaras que llaman Masagetas y tiene cada uno de éstos, en lugar de casas, dos cuevas donde viven en la una los maridos, mozos e hijos, y en la otra mujeres, hijas y mozas, y júntanse con ellas solamente un día en toda la semana, porque dicen aquellos bárbaros que lejos de ellas están seguros de oír sus disgustos y, apartados, de ver la mudanza de sus pechos.

     ROJAS.- También dice Homero que los hombres de Grecia cuentan los años que tienen desde el día en que se casan, por el estado que toman, la vida que mudan y las mudanzas a que se sujetan.

     RÍOS.- Preguntando a un filósofo por qué no se casaba siendo un hombre de tanta edad, respondió que por cuatro cosas no lo hacía: porque si era fea, la había de aborrecer, si rica, de sufrir, si pobre, de mantener, y si hermosa, de guardar.

     RAMÍREZ.- Por cierto decía bien.

     SOLANO.- Mejor decía el otro: «Padre, ¿qué cosa es casar? -Hijo, sufrir, trabajar, gruñir y llorar».

     RAMÍREZ.- Paréceme a mí que pues en España perdonan a los locos porque carecen de juicio, habían de perdonar a los enamorados, pues carecen de sentido.

     RÍOS.- Yo os prometo que estaba yo bien fuera del mío cuando quise una mujer que me dio tan maldito pago, y merecía por ello en lugar de perdón muy gran castigo, pues gasté con ella en regalos y terceros muy buenos ducados.

     RAMÍREZ.- Dicen que la plata blanca se labra con la pez negra, y el árbol tierno se conserva con la corteza muy áspera, y la mujer vana se rinde con pasos, escudos y terceros

     ROJAS.- Bien dijistes vana, pues fue hecha entre sueños, mientras Adán dormía, y con caber en él tanta ciencia y aviso, se vino a destruir por no la saber entender.

     SOLANO.- A este propósito digo algunas veces entre mí: «Ven acá, mujer; si eres de carne, ¿cómo eres tan dura? Si eres de hueso, ¿cómo eres tan blanda? Si eres compañera del hombre, ¿cómo eres tan contraria suya? Si no temiste una serpiente, ¿cómo huyes agora de una araña u otra cualquiera sabandija? Y si es verdad que tienes temor de una araña, ¿cómo eres tan brava y temible? Y si naciste desnuda, ¿cómo inventas por momentos tantos géneros de vestidos y galas? Dime, mujer: ¿cómo es posible que en el mundo sobras, si vemos claramente que fuiste compuesta de faltas? Y si fuiste hecha de una costilla, ¿cómo hay en ti tan poca firmeza? Pero sin duda que de aquí nace tu mudanza, que como fuiste hecha como a traición y de las espaldas, siempre piensas que no te pueden dejar de ver ser firme, y así apeteces tanto el ser mudable».

     ROJAS.- Por vida de quien soy, que pues habemos empezado a tratar de ellas, que os he de decir una loa que hice (no ha muchos días) en su vituperio (quizá por alguna mala obra que de alguna he recibido); y aunque está en prosa, es de mucho gusto.

     RÍOS.- Con no pequeño la oiré yo, por ser contra las que son malas, que las buenas no han menester nuestra alabanza.

     ROJAS.- Veinte y cinco años ha que peleo por mis graves culpas en este triste campo de la miseria, y el propio tiempo ha que corro la posta de la vida, sujeto a los peligros de ella, mudanzas del tiempo, variedad de fortuna, trabajos de cautivo, escándalos de preso, aflicciones de pobre, necesidades de ausente, y sujeto sobre todo a la inconstancia de las mujeres; donde he procurado conocer sus tratos, así en España como fuera de ella, gastando este breve discurso de mi florido tiempo en saber del mundo todo aquello que mis buenos deseos pretendían y mi pobre ingenio aprender pudiese. Porque dice un sabio que el hombre que no sabe lo que ha de saber, es bruto entre los hombres, y el que no sabe más de lo que ha menester, es hombre entre los brutos, y el que sabe todo lo que se puede saber, es dios entre los hombres. Y así se me ha pasado lo mejor de mi mocedad en liviandades, aunque arrimado siempre a algunos ejercicios, como son armas o letras, procurando gastar el tiempo en semejantes actos, porque dice el divino Platón que el hombre que sin utilidad ha pasado la vida, como indigno de vida le quiten lo que le queda de vida, y confieso mi pecado que si alguno he gastado mal y merezco la muerte por él, es el desdichado que he perdido con mujeres: porque toda mi pasada pena, respecto de su daño, ha sido gloria; mi esclavitud, contento; mi prisión, libertad; mi pobreza, gusto; el regalo de amor breve, infierno perdurable; y al fin confusión todo, porque como dice Ovidio en el libro De Arte amandi: Amor es un no sé qué, viene por no sé dónde, envíale no sé quién, engéndrase no sé cómo, siéntese no sé cuándo, mata no sé por qué, y al fin, es todo viento, y la mujer nada. Sicut lex instituta, § 7: Quid levius vento? fulmen; quid fulmine? flamen; quid flamine? mulier, quid muliere? nihil. ¿Qué cosa hay más liviana que el viento? el rayo. ¿Y que el rayo? la llama. ¿Y que la llama? la mujer. ¿Y que la mujer? nada, porque es la misma nada. Quoniam quator sunt insatiabilia: terra, ignis, infernus, et mulier. Cuatro cosas hay insaciables que nunca se hartan: la tierra, el fuego, el infierno y la mujer. Y aunque lo dicho bastaba por ejemplo, con vuestra licencia pasaré adelante. Trayéndole Demócrates a Demóstenes, por cierta diferencia que entre los dos tenían, una mujer la más sabia y virtuosa que pudo hallar, vista por Demóstenes, le dijo: «Llévala, que todas son mujeres, y aquesa no tan loca como las demás».

    Muchos ejemplos tenía que decir, pero hame parecido traeros a la memoria algunas historias cerca de este particular para que verdaderamente conozcáis quién son:

     Por Eva perdió su mayorazgo el género humano (Gene).

     Por Herodías mandó Herodes cortar la cabeza al Bautista (Mar. 6).

     Mujeres hicieron idolatrar a Salomón (Reg. 3).

     La sodomía comenzó por las mujeres.

     La primera que dijo mentira en el mundo, fue mujer.

     Los corros, bailes y danzas de las mujeres fueron la principal parte de la indignación divina contra la ciudad de Nínive.

     Por quien castigó Dios tan ásperamente a David fue por el adulterio que cometió con Betsabe, por cuya causa murió el valeroso Urías (Reg. 2º).

     La mujer de Lot, por inobediente, la castigó Dios, mudándola en estatua de sal; y sus hijas de ésta se echaron con su padre (Gene.).

     Dina fue causa de la muerte de Siquén, príncipe (Gene.).

     Por amor de Tamar perdió la vida Amón (Reg. 2º).

     Y dejando las de la Escritura veremos claramente que por la Cava se perdió España.

     Eulisia, la mujer de Marco Antonio, hizo cortar la cabeza a Cicerón, padre de la elocuencia.

     Mesalina hizo traición a Claudio, emperador romano.

     La madre Celestina dice que son las mujeres arma del diablo, destruición del Paraíso, albañar sucio debajo de templo pintado.

     Pasife se encerró en un cuero de vaca por gozar de un toro de que estaba enamorada.

     Mira, Circes y Fedra fueron grandes hechiceras.

     En un convite que hizo Cleopatra a Marco Antonio, en el bosque de Sefin, de sesenta hijas de senadores, remanecieron cincuenta y cinco preñadas.

     Deyanira abrazó a Hércules y le quemó con una camisa.

     Clitemnestra mató a su marido Agamenón por ser viciosa.

     Tulia, hija de la reina Tanechil, despedazó a su padre.

     Rosemunda mató a su marido Alboino, rey de los longobardos, por casarse con su criado, y segunda vez mató a éste por casarse con otro.

     Romilda mató a su marido el duque Sisulfo por amores del rey Cacano.

     Egialea mató a Diomedes por hacerle traición.

     Henrico octavo, rey de Inglaterra, perdió la vida por una mujer, y ésta misma después le hizo traición y murió por ella.

     Quien destruyó el valor del ejército de Ambal fueron mujeres de la ciudad de Capua.

     Por Elena se destruyó Troya y despobló Grecia.

     Fuera cansaros y proceder en infinito si hubiera de decir y especificar tantas y tan verdaderas historias como ha habido de mujeres. Pero ¿qué mayor ejemplo ni más evidente prueba queréis que las presentes de agora? Pues ellas menosprecian lo que les dan y mueren por lo que les niegan; y si el hombre hace todo lo que la mujer quiere, ella no hace nada de lo que el hombre desea. Y en efecto, digo y concluyo con decir que las mujeres son verdugo de nuestras honras, pestilencia y nuestras vidas e infierno de nuestras almas y diaquilón de nuestras bolsas, pues nos chupan las entrañas y nos cicatrizan hasta la sangre de las venas.

     RÍOS.- La mejor que habéis dicho es ésta.

     RAMÍREZ.- Bien se parece que vos escribistes con pasión y enamorado, y Ríos habla sin juicio y celoso, que aunque ha caminado el tiempo no dejan de quedar reliquias del mal pasado, y no he de consentir donde yo estuviere que se diga mal de quien sabemos que se encierra tanto bien. Y aunque no soy poeta, puedo decir mucho en su alabanza, pues Eusebio, Bocacio, Anio rústico y Laercio dicen que Teoclea enseñó a Pitágoras, y siendo, como era, hermana suya, aprendía él de ella.

     ROJAS.- También dice Falaris el tirano tener más envidia a la fama de una mujer antigua que a la vida de todas las presentes.

     RAMÍREZ.- Ése no podía hablar sino como quien era: que si era tirano, ¿cómo podía decir bien de ninguno?

     ROJAS.- Pues dejemos éste y vamos al caso: la soberbia, la crueldad, la invidia, la traición, la impaciencia, la deshonestidad, la malicia y la mudanza, ¿todo esto no se hallará junto en Filomena, Marcia, Popilia, Mamea, Macrina, Medea, Domicia, Biblis, Fedra, Mirtra y otras mil de que están llenas las historias? Y dejando aparte las que aquí se han dicho en la loa de la Escritura, tratemos de la gran facilidad de otras muchas co[mo] la de Verona, Sofonisba, que se enamoró en unas fiestas de un caballero romano que se llamaba Estrasco y era mudo; Elena griega, de Paris troyano, de verse juntos sola una vez en un templo; Eurífile, reina de las Amazonas, del Magno Alejandro, en una guerra, y vino a convertirse en amores la batalla; Gemilicia, señora de Partinuplés, de Pirro, rey de los Epirotas, y de un solo día que estuvo en su ciudad quedó preñada, y en pariendo la mató un hermano suyo. Pudiera decir tantas que no tienen número.

     RAMÍREZ.- Pues venid acá, mentecato; si buscamos valentía, nobleza, sabiduría, castidad, fortaleza, amor, fe y honestidad, ¿dónde la hallaremos sino en Rodogona, reina de Persia, viuda de Orón, que estando peinándose los cabellos, le dieron nuevas que se le rebelaban los suyos, y sin más aderezarlos, subió en un caballo y salió con su ejército a pelear, y después de vencidos los peinó y aderezó?

     ROJAS.- Eso mismo podéis decir de Semíramis; pero decidme luego, ¿quién era, cuántos mataba y por qué lo hacía?

     RAMÍREZ.- Llegado a que hayamos de especificar sus virtudes más por extenso, ya sabemos que todos los ejercicios virtuosos del mundo los inventaron las mujeres, pues la invención de escribir letras inventó Nicostrata (que por otro nombre llamaron Carmenta); Polina, la retórica, según Plinio; Milexia, los relojes; Ceres, el pan y guisados, según Solino, y Diodoro y Plinio afirman que ésta misma dio principio al haber leyes. Anachil fue la primera que se vistió paño. Aragne inventó el hilar, Safo el hacer versos, que llamó sáficos, y los de C[o]rina compitieron con los de Homero (según Propercio en sus libros segundo y quinto), y Teobulina, Damorfila, Valeria, Proba, Praxila, Hipatia, Aspasia, Cornelia, Musea, Fermones, Teofelia, Sisipatria y Telesila fueron grandes poetas, de las cuales escriben Lucrecio y Teofra[s]to (en la Vida de Apolonio), Erasmo, Quintiliano, Plutarco (en el libro De virtutibus mulierum), Celos (en el libro octavo, capítulo undécimo).

     Y si queréis saber particularmente sus proezas y constancia, leed a Valerio Máximo, Tito Livio, Apiano y Sabélico. Si de amor verdadero y honestidad, a Pomponio Mela y Juvenal. Si de sabiduría y discreción, leed a San Jerónimo en la Biblia, San Agustín, el Diccionario Griego, Cicerón, Marcio y Capela. Si de valor, secreto y fortaleza, a Plinio, Varrón, Justino (en el libro segundo), Quinto Curcio, Diodoro. Si de esfuerzo, discreción y humildad, a Aristo, Alejandro, Areta, Licurgo, Marcial, Pitágoras, Demóstenes, Cleobulo, Columela, Juan Bocacio, Paulo Orosio, Dodrilo, don Luis Zapata, don Martín de Bolea, sin otros mil autores, y en ellos y todos los que he dicho hallaréis la honestidad de la hermosísima Lucrecia, de Tanachil, Caliuse, Aronaca, Diamira, Minerva y la reina Dido, el amor verdadero de Porcia, Paulina, Cestesa, Cleopatra y Artemisa; la discreción, valor y elocuencia de las Sibilas, Pérsica, Líbica, Elesponciaca, Délfica, Samia, Heritea, Fisia, Cumea, Burtina, Cumana, Tiburtina, Europa, Cimeria, Policrata, Aspicia, Proba, Reina Saba y Valeria. Hechos magnánimos de Fabiola, Sabina, Panfilia, Anastasia Luceya, Telexila, Patra, Pola, Lelia, Istrina, Marcela, Pantea y Marcia.

     Y si queréis conocer con más veras quién son, dejemos todas las pasadas y vengamos a las que hemos conocido y conocemos agora en nuestra edad presente: la gran cristiandad y valor de nuestra reina y señora doña Margarita de Austria, que Dios guarde felicísimos años, la gran sabiduría de doña Ana, reina de Francia, y doña María portuguesa, hermana del rey don Juan. Mirad en España a Isabel Rosales, que leyó en Roma las divinas letras y la oyeron leer muchos cardenales en escuelas, la prudencia de doña Teresa Henríquez, la reina dona Isabel y emperatriz doña María de Austria, que Dios haya, y aquel hecho de la hermosa e insigne Cordobesa, la cual, viéndose viuda y siendo muy perseguida, se abrasó la mayor parte de su cuerpo. Mirad a Catalina Ortiz Navarra, y entre todas las que tengo dichas, la santidad de Teresa de Jesús. Y sin esto, bien sabéis la gran discreción y honestidad de muchas que hoy conocemos nosotros propios en toda España, que cualquiera de ellas pudiera gobernar diez mundos, según su gran valor y prudencia.

     ROJAS.- Ramírez tiene mucha razón, que está tan introducido entre algunos hombres el decir mal de las mujeres, que porque una que es la escoria del suelo hizo una bajeza, tuvo una mudanza u otra semejante cosa, luego decimos mal de todas, y pues yo he sido el más culpado en esto, quiero enmendarlo y deciros otra loa que hice en su alabanza, arrepentido de decir mal de aquéllas en quien está cifrado todo nuestro bien Y sin quien es imposible que pudiésemos vivir.

     SOLANO.- Ahora decid la loa, que aunque Ríos calla, no dejará de gustar de oirla.

     ROJAS.- Dice de esta manera:

     ¿Quién duda ahora que estas mis señoras no estén quejosas, y con justa causa, de mí? Sí estarán. Pero considerando que mi deseo de ofenderlas es ánimo de servirlas, me ha dado atrevimiento para reducir en su alabanza lo que ayer fue en vituperio, y así digo:

     Que cuando Dios crió a Eva, fue de costilla y no de carne, como lo dice la Escritura, porque quiso Dios hacer una nobilísima y fuerte criatura, y así no tomó lo más flaco, sino lo más fuerte, al contrario del hombre, que fue edificado de barro, lo cual se ve en el mesmo verbo que dice el Génesis, edificavit, que es propio de palacios, casas, torres, templos, significando que les hacía templos del Espíritu Santo. De manera que, según su creación, fácil se nos da a entender quiso nuestro Señor mostrar la grandeza de su misericordia inaccesible y suma generosidad y largueza de su divina mano en criar una cosa fortísima, como fue la mujer. Y así vemos que cuando la Iglesia ruega por nosotros en particular y específicamente, no habla de los hombres sino de las mujeres, diciendo: Intercede pro devoto femineo sexu, que son palabras del gran Agustino. Y ser esto verdad (como verdaderamente lo es) baste, por ejemplo, aquella milagrosa y admirable mujer hebrea, que animaba sus siete hijos a que padeciesen muerte por la ley de Dios (2, Math. 7), y en el sermón que Cristo predicó a los fariseos, cuando hizo el milagro del endemoniado, ciego, sordo y mudo, entre tanta infinidad de ellos se levantó Marcela, una mujer sola, pobre y vieja, y dijo a voces, alabando aquel milagro: Beatus venter qui te portavit et ubera quae suxisti. Según esto, claro vemos ser las mujeres dignas de cualquier alabanza; y para que mejor se vea, diré de algunas que han sido castas, hermosas, discretas, constantes, virtuosas, profetisas, valerosas, magnánimas Y elocuentes. Y así empiezo y digo:

     Que si por Eva se perdió el mundo, por la Virgen se comenzó la redención (D. Bern.).

     Por la hermosura de Raquel se le facilitaron a Jacob sus catorce años de servicio (Gene.).

     Por la traza de Raab fueron libres los exploradores de Israel (Josué).

     Por la industria de Jael fue muerto el capitán de los cananeos, y libre de su opresión el pueblo de Dios (Iud.).

     Por su virtud y paciencia mereció Rut casar con Booz (Rut).

     Por el juicio de Delbora se gobernó todo el pueblo de Israel, y con su valentía venció a Sisara, capitán del ejército contrario (Ind. et c. 5).

     La prudencia y hermosura de Abigail libró de la muerte a su marido Nabalcarmelo (Reg. I).

     Ana, mujer de Elcaná, por su humildad y oración, mereció, siendo antes estéril, ser madre del profeta Samuel (1, Reg., I).

     El ánimo y hermosura de Judit dio libertad a los betulianos y cortó la cabeza al capitán Holofernes (Lud.).

     Estimó Dios más las dos monedas que ofreció la viuda que los tesoros que los ricos ofrecieron.

     En el misterio de la Resurrección fueron más prontas las mujeres en creer que no los hombres.

     La discreta plática de la mujer Cananea alcanzó de Cristo salud para su hija (Matt. 15).

     La Magdalena, con sus lágrimas, alcanzó perdón de sus delitos (Luc., 9).

     La viuda de Nain, con su dolor, alcanzó vida para su muerto hijo (Luc., 7).

     Marta y María, huéspedas de Cristo, con su devoción, tristeza y lágrimas, provocaron a Cristo a derramar lágrimas, y su fe mereció que les resucitase a su hermano (loan).

     A quien primero apareció Cristo resucitado, fue a su madre preciosísima (Doctor.).

     Aquí será bien que acabe, que aunque es verdad que pudiera traer otras más historias sin número, bastan las que he dicho para que estas mis señoras, usando en el silencio de su discreción, acudan como yo a su alabanza: que por fin de ella y engrandecimiento de todas las mujeres del mundo, sólo diré que las mujeres nos quieren, cosen, guisan, lavan, espulgan, remiendan y almidonan, cuecen la carne y guardan el dinero.

     RAMÍREZ.- Paréceme agora Ríos al gaitero de Bujalance, que le dan un maravedí porque taña y tres porque calle.

     SOLANO.- ¿De qué habéis enmudecido?

     RAMÍREZ.- De ver que le habéis obligado a que diga bien de lo que quiere mal.

     [ROJAS].- Esa fuerza tiene la verdad, que no hay nada que la pueda encubrir, sino que dondequiera tiene que resplandecer.

     RÍOS.- Yo conozco que es así; pero no me negaréis que no hay algunas mujeres tan soberbias y vengativas que si las ofendéis en un pelo de la cabeza no procuren sacaros diez veces el alma.

     RAMÍREZ.- ¿Pues qué persona hay ofendida que no procure tomar venganza, principalmente quien tiene en sus manos nuestra honra y aun muchas veces nuestra vida? Y siendo esto así, ¿para qué se ha de ofender a quien sabemos que se puede tan a poca costa suya vengar, dándola ocasión de poderlo hacer? Porque, sin duda, la mujer llevada por buen término es buena, y llevada por malo, no me espanto que alguna mala busque su remedio. Porque no hay tigre, oso ni león tan bravo que regalándole no sea como un cordero, ni cordero tan manso que maltratándole no sea como un toro furioso.

     ROJAS.- A este propósito, os diré una loa de una enigma de la mujer que entiendo es buena.

     RAMÍREZ.- Si es en su alabanza, bien podéis decirla.

     SOLANO.- Ella lo dirá.

     ROJAS.- Pues escuchalda:

                                                Paseándome ayer tarde
triste y solo en una huerta,
después de un prolijo ensayo
de una comedia no buena,
acordéme de Artemisa,
la hermosa Dido y Lucrecia
y de otras muchas que callo,
así malas como buenas.
Contemplé, miré, advertí
u discreción y nobleza,
y al fin de un breve discurso,
que fue bien breve a mi cuenta,
vi venir cuatro galanes
y los dos de ellos poetas,
por medio de aquellas ramas
tratando de la comedia.
El uno dice que es mala,
el otro que no era buena,
éste que es de Miguel Sánchez,
aquél de Lope de Vega;
que tiene bellaco fin,
malos versos, pocas veras;
en efecto, que ella es mala
y sea de quien se sea.
Quise llegar, reportéme,
porque enojado pudiera
hacer una necedad,
y no fuera bien hacerla.
Al fin me fui y los dejé,
y agora salgo a hacer prueba
de sus divinos ingenios,
de su discreción y letras.
Oigan, que con ellos hablo,
con ellos quiero contienda,
con los cofrades de amor,
practicantes de la esfera,
ballesteros de Cupido,
noveleros de Guinea,
mártires de un pensamiento,
confesores de mil reinas,
penitentes de un favor,
tributarios de seis viejas,
adamados paseantes,
trasnochantes con rodelas;
por lo humilde, serviciales,
por lo soberbio, sin lenguas,
devotos de media cama,
ayunantes de por fuerza;
a lo señor mentecatos,
a lo fruncido poetas,
águilas que contra el sol
resisten del sol las hebras;
teólogos de nación,
dichosos por una estrella,
sabios que enseñan y tienen
conocidas academias.
Cual los indos en Olimpo,
o los griegos en Atenas,
o los latinos en Samia,
o los galos en Aurelia,
los siros en Babilonia,
o los hebreos en Elia,
o los hispanos en Gades
o los caldeos en Tebas,
así aquestos mis señores
tienen dentro de sus puertas
academias donde aprenden
a murmurar lo que enseñan,
adonde estudian sus faltas
y castigan las ajenas,
que sólo de ciencia alcanzan
hacer sus culpas secretas.
Pregunto, pues, a estos tales,
a los que saben de letras,
de círculos, paralelos,
de climas y de planetas,
un enigma o cosa y cosa
que anoche en la casapuerta
estudié, con seis gabachos
y cuatro mozas gallegas.
Esténme un poquito atentos
y adivinen lo que sea:
¿Qué es la cosa que no come
y come, y siempre está hambrienta?
Es cobarde y animosa,
es muy pesada, es ligera,
es muy flaca y es muy fuerte,
es muy necia y es discreta,
es mísera, es dadivosa,
es un bronce, es una cera,
es cruel, es amorosa,
es un tigre, es una oveja.
Quiere y aborrece mucho,
olvida y siempre se acuerda,
promete mucho, da nada,
da contento y da tristeza.
Es valiente y es medrosa,
es muy noble y es soberbia,
es dichosa, es desdichada,
es muy hermosa, es muy fea,
es ingrata y agradece,
es pobre y tiene riqueza,
es amiga y enemiga,
es casta y es deshonesta.
Dice verdad, siempre miente,
no ha estudiado y tiene escuela,
aprende de los que aprenden,
a los letrados enseña.
A quien engaña despide,
a quien desengaña ruega,
desecha vivos presentes
y ausentes y muertos pena.
¿No hay nadie que me responda?
¿No hay ninguno que lo sepa?
Pues, por no enfadaros tanto,
la mujer digo que es ésta,
de quien tantos males dicen
y tantos bienes se encierran.
Los hombres las hacen malas,
que ellas de suyo son buenas,
pues no hay pesar, no hay desdicha,
no hay encanto de sirena,
no hay llanto de cocodrilo,
no hay basilisco, no hay fiera,
no hay males, no hay mortandad,
no hay rabia, no hay pestilencia,
no hay engaño, no hay traición,
no hay crueldad, no hay muerte eterna
que más acabe y consuma,
no hay pena que dé más pena
que una mujer ofendida,
si acaso por mal la llevan.
Tratalda mal y veréis
vuestra sepultura cierta,
prisión, infamia y destierro,
horca, cuchillo o galeras.
Llevada por mal, es mala,
pesada, cobarde, necia,
fácil, ingrata, enemiga,
desgraciada y deshonesta.
Es muda y callando habla,
que son los ojos sus lenguas,
que hablan más que letrados
cuando en su derecho alegan.
La más ligera es pesada,
la que es más lince, más ciega,
la más fiel, más traidora,
la más hermosa, más fea.
Mas si la lleváis por bien,
la más pesada es ligera,
la más cobarde, animosa,
la más necia, más discreta.
Todas dan gloria y contento,
gustos, regalos, ternezas,
descanso, amor, vida y honra,
fama, dicha, nombre y prendas.
¡Oh, venturosas mujeres,
nobles, constantes y bellas,
discretas, damas, hermosas,
castas, devotas y honestas!
Estando de nuestra parte,
no habrá nadie que se atreva
a murmurar de nosotros,
porque, en efecto, es comedia
adonde se encierra todo
lo que en la mujer se encierra;
mirada con buenos ojos,
recebida con nobleza,
amparada de discretos,
admitida de poetas,
perdonadas nuestras faltas
y vista nuestra pobreza,
nuestra voluntad, que es grande,
ya que pequeñas las prendas,
hará eternos vuestros nombres,
supliréis nuestra flaqueza,
remediaréis los humildes,
ampararéis nuestras quejas,
aumentaréis vuestras famas
honraréis nuestras comedias,
animaréis el deseo
para que en serviros crezca,
pues donde sobra afición
no faltaron jamás fuerzas.

     RAMÍREZ.- Esto es lo propio que yo decía; pero hay hombres tan pobres de entendimiento, tan faltos de juicio y tan soberbios de corazón, que le dan a una mujer honrada por compañera, y a dos días la hacen su esclava, sin conocer sus prendas, virtud y honestidad, unas veces apartando cama, otras no comiendo a la mesa, y aun muchas tratándolas mal de palabra.

     RÍOS.- Enemistado está con la fortuna el que no puede reposar en su casa.

     SOLANO.- Sí, porque no hay mayor trabajo que no saber a qué sabe el reposo.

     ROJAS.- Dice Séneca que más habíamos de llorar porque viven los hombres mal casados, que no porque mueran los buenos solteros: porque unos hacen que los temamos, pero los otros que nos enmendemos.

     RAMÍREZ.- El oráculo de Apolo dijo a los embajadores del pueblo romano que si querían que estuviese su pueblo bien regido, viviesen bien los casados y se conociesen todos a sí mesmos.

     SOLANO.- No me parece mala ocasión ésta para que Rojas nos diga aquel cuento que nos tiene prometido, que le contó en Bretaña aquel amigo suyo.

     RAMÍREZ.- Muy bien habéis dicho.

     ROJAS.- Y yo estoy muy contento de decirle, porque me pareció tan bien que os lo diré de la misma manera que él me lo contó, porque era un hombre de muy buen entendimiento, gran músico y poeta, y tenido fuera de esto en todo el ejército por muy gran soldado y particular amigo mío; lo uno por ser de un mismo lugar entrambos, y lo otro por ser nuestro conocimiento desde niños. Y empieza de esta manera el cuento:

     Aún no bien la bellísima Aurora, acompañada de la dulcísima armonía de las sonoras aves, destilaba copiosas lágrimas, comenzando el usado lloro por la desgraciada muerte de su hijo Menón, que a manos de aquel griego capitán fortísimo perdió la vida, cuando en el lugar de Pontiví, en Bretaña, el capitán Leonardo (que así se llamaba aqueste amigo mío) y yo nos salimos paseando hacia un fuerte que está en el mismo lugar, y arrancando del alma un profundo suspiro, y dándome cuenta de su cuidado, me dijo:

     «Has de saber, amigo caro, que desdichas mías, que tengo de ellas harta copia, me llevaron habrá tres años a Galicia, con un cargo mayor que mi merecimiento; y dejando un día las orillas del Sil y sus apacibles y deleitosos valles, poblados de fructíferos castaños y otros mil géneros de árboles, cuajados de suaves frutas, sustento propio de los agrestes montañeses de aquellas partes, en un caballo morcillo, con más priesa de la que mi amorosa pasión pedía, empecé a caminar por los espaciosos campos de la tierra de Viana. Y no dándome mis ansiosos suspiros lugar para que del todo me despidiese de aquellas apacibles orillas del anciano Sil, sin que primero contemplase la antigua gloria que en ellas había recibido, deteniendo un poco la floja rienda del cansado caballo, volviendo el rostro a las cristalinas aguas, comencé a decir:

     «¡Ay, aguas dulces y delicadas, que acompañadas de la creciente de mis ojos, apresuráis vuestra corriente más del paso acostumbrado! Deteneos un poco, pues sois testigos de mi gloria, y ayudadme a aliviar y desfogar mi pena. Acordaos de aquel venturoso y felicísimo día, principio de mi descanso y causa de todo mi cuidado, en el cual merecí ver la divina hermosura de mi querida Camila, o por mejor decir, acordarme de aquella antigua gloria, para que teniéndola presente en los ojos del alma, eche de ver la razón que tengo para llorar y sentir la desgraciada suerte de mi contraria fortuna. ¡Ay, tiempo avaro! Aquellos son los altos y apocados castaños en los cuales la vi y contemplé primero, y viendo su rara y bella hermosura perdieron los ojos su vista y el alma su libertad. Aquella es la alabastrina fuente donde primero la hablé, hallándola sola, y sirviéndome la soledad de escudo y amparo de mis libertadas razones, la descubrí mi pasión, con más ánimo del que en mí pensé hubiera. En aquel fresno levantado esculpí las primeras señas y muestras de mis primeros favores. Aquéllos son los amenos prados por donde alegres nos salíamos a pasear, seguros de los reveses y vaivenes de la fortuna, Y éste es el primero día, azote de mi alma, verdugo de Mi paciencia, principio de mi destierro». Más iba a decir si la furiosa avenida de suspiros y sollozos, acompañados de lágrimas que mis ojos como fuentes despedían, no anegaran y detuvieran mis amorosas quejas; pero volviendo un poco sobre mí, mirando la compañía que me hacían la música sonora de las aves y el silencio de las demás criaturas, sacando una cítara de una caja guarnecida de zapa en que venía metida, colgada del arzón, hecha de un oloroso nebro, cuajada de espesos lazos de oro, marfil y ébano, templándola con mis ansias y suspiros, comencé después de una pequeña pieza, mirando las veloces aguas del Sil, a cantar de esta suerte (que aun los versos que cantaba me contentaron tanto que los estudié todos muy de propósito):

                                                En este valle ameno
que el Sil con sus veloces aguas baña,
corriendo tan sereno
a los postreros límites de España,
mirando su corriente,
canto mi muerte y lloro por mi ausente
   
    Camila, pues padezco
este destierro por mi avara estrella,
mi propia vida ofrezco
a quien poco podrá durar sin ella,
y si acaso durare,
olvídeme de mí si te olvidare.
   
    La nave te presento del alma,
y si de ausencia el mar la casca
en medio mi tormento,
no temeré su frívola borrasca,
que no hay furor ni encanto
que abata un alma que ha subido tanto.
   
    Y si en ella pudiera,
adorada Camila, libertarte,
embarcación te diera
en la mar de mis ojos por librarte,
siendo mi alma el navío
porque no se anegara el dueño mío.

     Aquí llegaba, cuando un criado mío, llamado Sergesto, tomándome del brazo, me dijo. «Señor, mira que vendrá gente, y será notada mucho tu cobardía y flaqueza de ánimo por la que por este pasajero camino hace su viaje. -¡Ay, mi querido y leal criado, le dije, tienes razón! Perdona mi inadvertencia, que la sobra de mis penas me hacía caer en falta en este mi último trance y postrera despedida». Y volviendo la cítara a su lugar, torné a proseguir mi viaje diciendo: «Adiós, tierra; adiós, cielo, donde está toda mi gloria; adiós, paraíso y morada de mis deleites, adiós, que ya no pienso más veros, porque la favorable fortuna que huye de mí me priva eternamente de tu compañía» (dije).

     Y proseguimos por aquellos espaciosos campos del valle de Viana, en los cuales se ve maravillosamente la abundancia de los rojos trigos y panes que la diosa Ceres fue causa hubiese en la tierra. Y pasando por el poblezuelo pequeño del Pereiro, cabeza de aquel señorío que en sus antiguas ruinas muestra la grandeza y majestad que solía tener, y hallándome de la otra parte de un pequeño río que aquellos valles riega y fertiliza, entramos por los términos anchos, ricos y espaciosos de la noble ciudad de Orense. Los más de los cuales estaban poblados de fértiles viñas llenas de sus copiosos frutos, puestos a trechos vistosos jardines, compuestos de varias y diversas flores por la naturaleza producidas, porque en estas partes poca necesidad hay del arte, donde la maravillosa compostura de la naturaleza vence y sobrepuja a cualquier otro artificio. Por las sendas, caminos y encrucijadas había maravillosos encañados donde la madreselva trababa con amorosos lazos al jazmín y rosal, y el suelo, matizado de finísimos junquillos, tomillos y otras olorosas flores, daba y producía olores suavísimos. Aquí en este puesto, propio para contemplativos, quisiera, amigo Rojas, pararme a contemplar la soledad y tristeza de mi alma, si el demasiado bullicio de gentes que iban y venían do me obligara a proseguir mi camino.

     Y habiendo de entrar en la ciudad, dije a mi leal criado: «Ahora entramos en la parte donde vive aquella celosa pastora cortesana, que tanto con sus vanos celos me persigue. Y, pues, me ha sido forzoso hacer por aquí mi viaje, ten cuenta con disimular mi nombre y persona, si ya mis propias desgracias no me descubren».

     No hube acabado de decir esto, cuando hallé a mi lado un escudero anciano que con una gravedad apacible me dijo: «Señor caballero, una señora que vive junto a esta puerta, cuyo nombre es Leonida, ofrece su casa y servicio al vuestro, suplicándoos os sirváis de sestear en ella, pues el riguroso calor de siesta no os da lugar a que paséis adelante hasta que el sol vaya haciendo ausencia de nuestro hemisferio. -Ya yo me espantaba, dije, volviéndome a Sergesto, que mi rigurosa estrella me dejase, no digo descansar, sino de perseguir algún pequeño tiempo. Id, señor, dije al escudero, y decid a esa señora que al punto cumplo lo que se me manda, pues de servirla y obedecerla gano y saco tan grande interés». Y guiando tras él, a pocos pasos que anduvimos después de entrados por la puerta de la ciudad, nos hallamos junto a la de la casa de la hermosa Leonida que, hechos sus ojos fuentes, no pudiendo disimular el contento, placer y regocijo que recibía con aquél que tan dentro de sus entrañas tenía, los brazos abiertos llegó a mí, y apretándome con estrechos ñudos y amorosos lazos, comenzó: «¡Ay, mi Leon...!» Y no pudo decir «ardo» con la boca, porque el que tenía en el corazón, con la súpita y demasiada alegría, le consumió lo demás; pero volviendo algo en sí, me dijo:

     «¡Ay, mi querido Leonardo! ¡León robador de mi alma, ardor y fuego de mi corazón! ¡Era tiempo en que esta desdichada, que sólo para ti nació y por ti sólo vive, o por mejor decir, muere, viese tu agradable semblante! ¿Cuántos millares de años ha que no me ves?, ¿cuántos siglos que no te acuerdas de mí? ¿Qué mudanza es ésta?, ¿qué pensamientos tan nuevos?, ¿qué novedad tan extraña?, ¿qué extraño término, estilo y modo de proceder? ¿Cómo me has olvidado? ¿Cómo no te has acordado de mí? ¿Cómo has perdido la memoria de las obligaciones que me tienes? Habla. ¿Por qué no me respondes? ¿Convéncente tus culpas? ¿Ciérrante la boca tus injusticias? ¿Anúblante el entendimiento tus sinrazones? Respóndeme, aunque me engañes; dime alguna razón con la boca, aunque no la sientas con el corazón, para que siquiera entienda que no eres hombre, que no eres la misma instabilidad y mudanza: que eres aquel que en algún tiempo fingiste ser.

     -Mil años ha que sabes, hermosa Leonida, la respondí, que si a la iguala del conocimiento en que estoy de las obligaciones que te tengo, pudiera correr la afición y voluntad que quisiera tenerte, fuera ésta la mayor del mundo, pues otro tanto es lo que le debo. Mas los mismos tiempos que en los pasados nos tuvieron enredados en amorosos deseos, ahora me tienen en honestas obligaciones. ¿De qué te aprovecha que te diga que te quiero, si la distancia de la tierra en que hasta este tiempo he vivido, y la donde de aquí adelante voy a vivir o a morir de nuevo, te han de persuadir lo contrario? Mil años ha que no soy mío, sino de mis cuidados. Todos los que antes ocupaban mi pensamiento eran de servirte, y ahora son tantos los que me cercan y rodean, que ni me conozco ni deseo que alguno me conozca, porque no me vuelva a la memoria mis contentos y cielos pasados.

     -¡Ay, ingrato!, me dijo Leonida, que esos cielos o esos infiernos son los que me acaban y consumen. Ya sabes que el amor entra por los ojos y se descubre y conoce por todos los sentidos. En los tuyos se echa de ver que le tienes y no a mí, pues en mí no los ocupas; veo tus ojos fijos, clavados con la tierra, varios y divertidos, tu hermoso y alegre rostro pálido y macilento, tu lengua muda, tus oídos sordos, tus manos quedas y tu alma dura y diamantina. Quiere a quien quisieres. Sólo quiero que tengas alegría y contento, para que, no viendo en tu rostro las señales y muestras de tu corazón, no me hagas padecer dobladas penas y miserias».

     Con estas y otras amorosas razones, pasamos el tiempo hasta que se llegó la hora de comer, en la cual, Puestos sobre blanquísimos manteles de Alemania mil dulces y sabrosos manjares, satisficimos la necesidad de la naturaleza, y en acabando de comer me despedí de la hermosa Leonida, no sin grandes suspiros y sollozos de la una parte y de la otra, prometiéndole no olvidar las antiguas obligaciones que la tenía.

     Y prosiguiendo mi camino, vine a llegar a los famosos valles y riberas de Lacria, río copioso y abundante en pesca, y en cuyas orillas se coge el más dulce, oloroso y suave vino que en otra cualquiera de las del mundo. Y ya cerca del anochecer, sentí ruido como de un caballo que cerca de mí llegaba, y volviendo el rostro hacia tras, vi un caballero encima de un hermoso caballo manchado de manchas negras y blancas, y el dueño de tan buen parecer que luego me dio el alma ser alguna persona de respeto y consideración. Y deteniendo un poco las riendas a mi caballo, aguardé a que el otro igualase con él, que como llegase y me saludase, le dije:

     «Suplícoos, señor caballero, si acaso no se os hace agravio, os sirváis de decirme a dónde guiáis vuestro viaje, porque si acaso es a parte donde yo pueda serviros y acompañaros, os ofrezco mi persona y voluntad para ello». Y dijo el caminante: «Estimo en mucho la merced que me hacéis, y como tal la serviré, empleándome en vuestro servicio. Mi camino es para Compostela y de allí he de pasar a la Coruña, a negocios que me importan: pero si el vuestro guía a otra parte y vos me dais licencia para que os acompañe, harélo con las mismas veras y voluntad que vuestro buen término merece. -Mil gracias doy al cielo, le dije, que se me ofrece ocasión en que poder serviros la mucha merced que de vos recibo, porque os certifico cierto que mi camino va por las mismas partes adonde el vuestro se endereza, y así, pues el de entrambos es uno, y vos de ello recibís servicio, es justo lo sea la compañía».

     Pagadas estas cortesías con otras tales, proseguimos nuestro viaje, confirmándose desde este punto con la compañía la amistad que entre los dos hubo y siempre fue creciendo. Pero yo, aficionado a la cortesía de mi noble compañero, antes de caminar más adelante, le dije: «Suplícoos, señor, para que sepa a quién tengo de estimar y servir toda mi vida, que me digáis, si de ello no recibís disgusto, vuestra tierra y nombre y todas las otras circunstancias que de aquí se siguen. -Harélo, dijo, por serviros y por suplicaros me paguéis en la misma moneda, porque me parece que alguna pasión o cuidado debe de andar en vuestra alma y acompañar vuestro corazón.

     Mi nombre es Montano de Ulloa, de la noble casa de este apellido, nacido en tierra de Monterroso, donde está su antiguo solar. Y porque más claro entendáis lo que os digo, ya habrá llegado a vuestra noticia la del río Miño, cuyas aguas, naciendo en tierra de la antigua ciudad de Lugo, van regando todos aquellos espaciosos llanos y faldas de las fragosas y empinadas cuestas hasta meterse en el Sil. -Yo he oído y tengo bastante noticia de ese río, le dije, aunque por mi mal, pues en sus orillas tiene su morada y vuelve en cielo su suelo y tierra la gloria de mi alma y causa de toda mi pena. -Huélgome, dijo el noble Montano, que tengáis tanta noticia de él; sabed, pues, que más abajo de la villa de Puerto-marín, comienza luego a regar el valle y tierra que llaman de Monterroso, tierra gruesa y en quien se ven maravillosamente en grande abundancia los raros frutos de la diosa Ceres; es sitio apacible y regalado, en donde el cielo depositó todos los deleites que en una apacible soledad se pueden desear, así para el alma como para el cuerpo. En medio, pues, de este valle está un castillo y fortaleza, fuerte, vistoso, antiguo y de buen edificio y morada, que es el solar de la antigua y noble casa de los Ulloas, de donde por línea recta desciendo. Y ahora hago mi camino para la real audiencia de la Coruña, en defensa de un pleito del Mayorazgo de mi casa. Ésta es en suma la cuenta que me habéis pedido y os puedo dar de mis cosas; y pues he cumplido con lo que me mandáis, suplícoos me déis noticia de las vuestras y de la causa de la melancolía que en esta soledad os acompaña, que no debe de ser poca, pues hace señal en un pecho tan discreto como el vuestro, y aunque, por la obligación que tenéis de hacerme merced, estáis obligado a hacerlo, por el deseo que tengo de serviros, también lo habéis de hacer, para procurar el alivio de vuestro mal, pues cualquiera se disminuye comunicado, y con lágrimas se vienen a deshacer y resolver las apretadas nubes del corazón, y la tristeza que está rebalsada en el alma, repartiéndose por los demás sentidos, se viene a divertir.

     -Ay, nobilísimo Montano, dije, si como conozco que tus consejos son de verdadero amigo, pudiera tener ánimo para ponerlos por obra, ¿quién duda que luego te obedeciera en lo que me mandas, conociendo la obligación que te tengo en haberme dado cuenta de tu alegre estado? Mas como el triste que padezco está tan lejos de todo remedio, no es mucho rehuse la lengua lo que es imposible que sienta el corazón. Pero por acudir a la deuda en que estoy, te daré larga y prolija relación de mis males, siquiera porque, cotejándolos con tus bienes, conozcas y reconozcas en la obligación en que al cielo le estás, en haberle dado éstos y guardádote de los otros.

     Mi nombre es Leonardo de Sotomayor, capitán de infantería española por su Majestad; desciendo por línea recta de esta antiquísima casa, siendo de los deudos más cercanos de su noble mayorazgo, cuya calidad es bien conocida por el mundo, ora traiga su origen de la hercúlea sangre del padre Osiris, cuando, viniendo a librar esta tierra de Galicia de los tres hermanos Geriones (grandes cosarios que la andaban tiranizando) y fundando la torre que llaman de Hércules, junto a la Coruña, dejase en ella un primo hermano suyo que la gobernase; ora, como dicen otros, desciendan de aquel lastimado ayo del príncipe gallego que con incauta mano, pensando que la empleaba en una fiera andando a caza, empleó la lanza en el corazón de su discípulo que venía entre unas matas, por lo cual le dio el rey por armas, conocida su inocencia, tres barras negras en campo de plata. Mis padres y antepasados siguieron siempre la corte de los reyes de España, ocupados en el gobierno de ella, que por su nobleza, letras, discreción y prudencia se les encargaba y fiaba, así en la paz como en la guerra. Dioles el cielo hijos y a mí hermanos, aventajados en todo género de buena crianza y disciplina. Por lo cual fueron siempre muy favorecidos del rey, y así les entretenía en oficios y cargos de su real servicio, y a mí como a uno de ellos, o quizá por mi desdicha, que es lo más cierto, me cupo, con el cargo de capitán, el gobierno de cierta parte del reino en que estamos, adonde, o por ser mi natural o por particular amor y afición a que mi estrella me inclinaba, fui siempre aficionado desde que en ella comencé a vivir, enviándome mis padres a un noble colegio de ella, siendo de pequeña edad, a aprender las artes liberales, y después andando muchas veces con mi compañía alojado por ella, y agora últimamente, gobernando aquella parte que me tocaba, con toda la equidad, amor y clemencia que alcanzaba; porque estas dos partes, moderadas por la discreción, son las más principales en los príncipes y señores, porque con el amor atraen y con la clemencia vencen las voluntades de sus vasallos y súbditos.

     Y es cierto que en mí verifiqué esto, de suerte que era tan bienquisto como amado, y pienso que fui el más amado señor que han conocido vasallos. No había regalo ni servicio que no fuese para mí, teniendo a todos mis soldados en lugar de hijos, porque su trato era digno de todo buen acogimiento, que para entre soldados no es poco. Las aves que volaban, las flores y azahares del verano, las frutas del estío, las uvas del Otoño, animales sabrosos, bravos y mansos, todo género de cazas era mío, que parecía que brotaban los árboles sus flores y frutos para mí. Sólo se armaba la red y perseguía el perro el cerdoso jabalí para darme gusto; sólo se paraba la perdiz para mí; sólo edificaban los ruiseñores sus nidos y sacaban sus pollos para mí; sólo en las frágiles aguas del Miño se ponían redes y ase. chanzas a los golosos e incautos peces para mí. Si aguardaban aguas del cielo para que con ellas creciesen los frutos de la tierra, todo era para servirme con ellas; si se cercaban los montes, si se medían los llanos, si se ojeaban los bosques, todo era para mi regalo, y al fin, ellos se desvelaban y aventajaban para servirme, cual nunca a señor sirvieron vasallos.

     Pero cierto que me lo debían al celo con que procuraban su acrecentamiento el tiempo que estuvieron debajo de mi gobierno y mando. Porque todo mi cuidado era de ayudar y amparar al pobre, conservar al rico, limpiar la tierra de alguaciles y soplones, que con nombres de justicia quiebran las leyes y fueros de ella, contentándome con pocos, y éstos honrados cristianos, y hacendados: porque la necesidad en los jueces hace doblar la punta a la espada y torcer la vara de la justicia; ésta es la que da entrada a los sobornos, puerta á los agravios, casa a las particularidades y excepciones de personas, perdonando los insultos de los ricos y castigando demasiado las flaquezas de los pobres. Si había entre ellos pleitos y rencillas, procuraba componerlas, interponiendo mi autoridad antes que entrasen enredos de corchetes, trampas de escribanos ni insolencias de alguaciles. Cuántas veces me aconteció, sabiendo la necesidad del pobre honrado, cargado de hijos, enviarle a casa de noche las limosnas secretas, quizás más de las que podía, socorriendo a su necesidad y vergüenza, el cielo lo sabe; si morían hombres honrados y dejaban hijos pequeñuelos, criábalos sin encargarlos a tutor que les destruyese la hacienda, doctrinándoles yo mismo y ocupándoles, y enseñándoles ejercicios de letras; amparaba las viudas, miraba por la honra de las casadas, no consentía holgazanes, polilla de la república, y al fin hacía todo aquello que con mis pocos años y el consejo de gente prudente que tenía a mi lado alcanzaba que era necesario para la paz, sosiego y acrecentamiento de mis vasallos.

     Y como por todas estas cosas y los pocos años que tenía creciesen en mí los bríos juveniles, procuraba conversaciones y entretenimientos de gusto, a que me ayudaba la demasiada entrada que tenía en las casas de mis súbditos, por el amor grande que para conmigo tenían. Entre todos éstos había uno casi de mi propio nombre, nobilísimo en linaje, riquísimo en hacienda, de bonísimas entrañas y condición para con todos, y para conmigo de rara fe y amistad, aunque particularmente le tenía por padre, por su consejo y prudencia. Y todas estas partes de nobleza y discreción, con las demás que he dicho, concurrían en su amada y querida compañera. Éstos tenían cuatro hijas de singular y rara belleza, pero entre todas resplandecía como la luna entre las estrellas de la noche la tercera hija, cuyo nombre es Camila, que en hermosura, bondad y gentileza no la igualó la de su nombre que se halló en los campos latinos. Ésta fue la cruel Medusa de mis entrañas y el principio del metamórfosis de mi corazón que, privándole del ser que tenía, le hizo esclavo, de libre y señor, y de hielo vivo, eficacísimo fuego.

     La primera vez que la vi, te puedo decir de veras que quedé helado y las alas de mi afligido corazón se quedaron en aquel punto del modo en que les cogió su vista, y sin poderse menear, privadas de su oficio, tuvieron al cuerpo y a todas las demás potencias y partes suyas yertas, sin moverse, con aquel espanto que las causó tener delante tan divina y soberana hermosura. No la conocía ni imaginaba quién podría ser, por verla fuera de su casa, persiguiendo un fiero y cerdoso jabalí, con su venablo en la mano, cogidos sus hermosos cabellos en una redecita de oro y echados a las espaldas; mas avisado de los que me acompañaban de quién era, apreté las piernas y bordé con el espuela las ijadas de una yegua alazana en que iba, y aguardando a la bestia fiera desde un lado, la tiré una media lanza que llevaba en la mano, guiada de tan felice estrella que al punto quedó cosida con el suelo; y no bien se declaró en esto por mía la buena dicha, cuando llegaba la hermosa Camila, volando con sus hermosas plantas más que la antigua Atlanta. Entonces, saltan. do en un punto de mi yegua, me llegué a ella y disimulando la turbación de mi alma: «Recibid, la dije, hermosísima Camila, este pequeño servicio de mi mano, que si me atreví a matar lo que vos buscábades, fue porque no se alabase esta bestia fiera de haber cansado vuestros divinos y delicados pies. Pero si acaso en ello se ofendió vuestra beldad, ella y yo estamos humildes, postrados, pidiendo aquel perdón que merecemos ambos con haber pagado con la vida el desacato que cometimos».

     No sé si ella me entendió, mas sé que me quise dar harto a entender. Ella, matizando con el virgíneo color aquel hermoso rostro, espejo de mi alma y causa de todo mi bien: «No tenía, me dijo con una agradable risa y afabilidad, señor gobernador, esta fiera bestia necesidad de un tan honrado y noble verdugo que le atajase los pasos y cortase los días de la vida. Pero quizá le quiso hacer merced el cielo para aumentar vuestras hazañas y hacerle digno de que muriendo por vuestro brazo, bordando su cuerpo de estrellas, contase de aquí adelante y pusiese entre los signos que en su zodíaco tienen asiento y lugar».

     Cada palabra que salía de aquella divina boca era saeta que atravesaba mi corazón, el cual, estimando en más verse ansí rendido y preso que libre y señor, procuró con corteses cumplimientos exagerar y estimar la soberana merced que me parecía hacerme en aguardar mis cortas razones, y al fin, poniendo el jabalí en la yegua, paso a paso me volví con ella a casa de sus padres que, alegres y contentos en ver la compañía que venía haciendo a su hija, no sabían con qué exagerar la merced que les parecía hacerles, siendo yo el que la recibía.

     Cuál volvería a mi casa, tú lo puedes conocer, o aquél a quien ha pasado tan extraña novedad y miseria como la que mi alma padecía. Recogíme en mi cámara, y haciendo entre mí mismo silogismos de mil imposibles, miraba la poca esperanza que tenía mi deseo de alcanzar lo que deseaba, porque aunque se me ponía delante la nobleza de mi linaje, grandeza de mi ánimo, muchedumbre de buenas obras con que tenía obligados a sus padres, eso mismo me hacía dificultar y reparar es lo que deseaba, viendo la obligación que tenía, de por todos estos respetos y consideraciones, no mancillar nuestra amistad, no desdorar mi calidad y nobleza con pretender algo contra la honra de tal señora, hija de tales padres, y no perder en un punto todo lo que en ellos había sembrado con la largueza de mi ánimo. Pero cuando después consideraba y contemplaba aquella divina hermosura, aquella frente alabastrina, limpia, lisa y hermosa, aquellas enarcadas cejas, algo pobladas y del color del azabache, aquellos dos espejos y soles en cuyo campo se parecía la una y otra esmeralda, aquellas rosadas mejillas, aquella divina boca hermoseada y sembrada de coral, en cuyo centro se miraban menudas perlecitas que la servían de dientes y, lo que más me sacaba, de mí, aquellas doradas trenzas, que te puedo decir con verdad (y nadie piense que es encarecimiento) que el oro era oscuro en comparación suya, no podía, amigo Montano, dejar de deshacerme en vivo fuego, ni dejar de llorar desde aquel punto el poco recato que había tenido en hacer dueña de mi alma a quien no sabía cómo había de tratar prenda de tanta estima. Ya desde entonces hice firme propósito de hacer treguas con el contento, deshacerme en vivas lágrimas, apartarme del trato y comunicación de todos para llorar con solo mi sola desventura: y lo peor es que lo puse por obra mejor de lo que lo prometí.

     Esta súbita mudanza dio mucho que pensar a todos mis amigos, y más que a todos, al noble Floriso, padre de mi Camila, que viendo que me retraía y apartaba tanto de las cosas en que antes hallaba gusto, y que cuando salía fuera de mi casa, mi semblante iba triste, alis ojos fijos y clavados en tierra destilando de cuando en cuando algunas lágrimas que, sin reparar, de ellos se me iban, los profundos suspiros que despedía, como no sabían la ocasión, sentían en extremo tanto mi miseria y desventura cuanto el no saber la causa de ella. Todos procuraban ocasiones de mi gusto, y yo, como estaba tan lejos de tenerle, con ninguna recibía mudanza, y todas me daban en rostro. No frecuentaba la caza ni visitaba las sombrías arboledas para gozar del murmurio de las sonoras fuentes. Si alguno iba a mi casa a consolarme, todos estaban parados sin saber con qué entretenerme como no sabían de dónde procedía mi tristeza, y hallándome retraído en mi aposento, solo, cerradas las ventanas, porque aun la luz del sol no me hiciese compañía, espantábanse de tan extraña novedad y con silencio acompañaban mi dudoso silencio.

     Mas al fin, Floriso, como el más noble, discreto y amigo mío y de todos, cansado de tanta suspensión, estando conmigo un día entre otros, me dijo: «Señor capitán Leonardo, todos vuestros servidores y amigos, y entre todos yo más que todos lo soy y he sido y seré toda mi vida, sentimos, como es razón, esta súbita y lastimosa mudanza que vemos en vuestra persona, y más nos aflige y atormenta que no nos hagáis dignos de saber la causa de ella, para ver si nuestras fuerzas llegan a serviros y poner en ello el justo remedio. Suplícoos que nos saquéis de esta suspensión, que no es justo que en tan poco estiméis los que tanto os desean servir.

     -No ignoro, le respondí, noble Floriso, aquel cuidado que siempre en hacerme merced y mirar por mis cosas tuviste; mas el desconsuelo que aflige mi corazón es sin remedio, porque aunque quiera, no es posible ni sabré decirte de adónde procede, que es cierto que semejante pasión no la tuve en mi vida.

     -Algunas melancolías deben de ser, dijo Floriso, ésas sin falta, que tienen por principio algún humor melancólico, que muchas veces fatiga sin conocerse. Mas en un entendimiento tan aventajado como el vuestro, no es razón que así se les dé entrada; suplícoos procuréis desenfadaros y divertiros, que con esto se suele remediar pasión, y así os pido por merced os vais mañana a      comer conmigo y con mi amada Claridia y mis dulces hijas, pues sabéis la voluntad con que en mi casa, propia vuestra, se os sirve.

     -Nunca dejé de aceptar la merced que me hiciste, le respondí, y ansí agora lo hago, y espero que por ese camino quizá tendré el consuelo que me falta». Esto lo prometí, porque desde aquella hora me pareció se me abría la puerta para mi remedio, o por lo menos, que todo el tiempo que durase la comida, podría dar algún alivio a mi alma, cebando mis ojos en mi hermosa Camila. La noche se me hizo mil años y en toda ella siempre me engañaba la imaginación con la ilusión de los falsos sueños que en ella veía, una vez pareciéndome que mi Camila me miraba con aquellos divinos soles, bastantes a sacar gruesos vapores que, vueltos en lágrimas copiosas, regaban mi cuerpo de donde habían salido, y sonriéndose de ver mi pena, me prometía el remedio de ella. Otras veces me parecía que me miraba con rostro airado, indignada por mi atrevimiento, amenazándome si insistía en amarla, y que yo, las rodillas en el suelo, enseñándola mi corazón, la decía: «Saca éste del pecho donde vive y pon en su lugar otro, el que a ti te agradare; pero mientras estuviere, tan imposible será dejar de quererte como dejar tú de ser la más hermosa del mundo».

     Al fin, entre todos estos devaneos, vino la mañana y en ella la hora de ir en casa de Floriso al convite aplazado; que como mis súbditos oyeron que salía de casa a algún negocio de gusto, no quedó hombre que no me acompañase, alegrándose tanto todos de esto como si fuera remedio para aliviar y remediar el dolor de cada uno en particular. En llegando a su casa, era de ver el contento del noble Floriso y toda su dulce familia. La nobilísima y anciana Claridia, con el semblante grave, fingiendo un amoroso enojo, me reprendía pidiéndome celos del tiempo que había estado sin visitar aquella casa. Y estando ya disculpándome como mejor podía, estimando aquella cortesía lo que era justo, atajóme mis palabras ver salir a la bella Diana, mi hermosísima Camila, acompañada de sus tres bellas hermanas: a las cuatro hacía tanta diferencia en beldad y hermosura como entre la diosa Diana y sus compañeras. Yo quedé sin sentido de verla, pero disimulando mi turbación, llegué a ellas, y haciéndolas la debida cortesía y reverencia: «Aquí vengo (dije), hermosa Camila, a acabar de daros satisfacción de los agravios del día pasado, si acaso la vida de un hombre puede ser bastante satisfacción por la de un fiero jabalí. -No me contentara yo con menos, dijo ella con un donaire extraño, si no entendiera que había de tener necesidad de ella para semejantes aventuras».

     Con estas y otras amorosas y corteses razones, nos sentamos a comer, donde yo, con color de cortesía, me senté junto a la discreta Claridia, por tener enfrente a mi Camila hermosa. No cuento la grandeza del convite, la variedad de manjares, la majestad del servicio, porque esto fuera nunca acabar. Sólo te digo que en él acabé de beber la ponzoña que agora me abrasa, porque, cebando los ojos de cuando en cuando en mi Camila, se acabó de apoderar de mi alma el fuego que la deshace y consume, contemplando más despacio sus divinas perfecciones.

     Acabando de comer, dijo Floriso que nos fuésemos a tomar el fresco a la huerta, porque, aunque era la hora de siesta y el sol aún no había salido de Géminis, hacía un día fresco y pardo, propio para gozar de la armonía que las hojas de los verdes álamos hacían, respondiendo al dulce canto de las parleras aves, y divertir los sentidos con el murmurio de las delicadas aguas que con apacible son en las cristalinas y alabastrinas fuentes se hacían consonancia. Aquí se entraron padres e hijos acompañándome, y como Floriso y Claridia eran tan discretos y cortesanos, en entrando se salieron disimulando y fingiendo alguna necesidad, y me dejaron solo con sus regaladas prendas en dulce y suave conversación, donde, por entretenerme, ni dejaron fábula, ni patraña, ni historia trágica o cómica que no me contasen, señalándose en procurar mi gusto. Mi hermosa Camila, como quien más obligación le parecía tener por lo cosas pasadas, y para regocijar más la conversación, tomó en sus delicadas manos una curiosa arpa, y templándola, comenzó a esparcir por el aire la voz angelical; y suspendiendo con su dulzura todas las criaturas, cantó así:

                                                Con el consuelo sólo de esperanza,
de una parte el ausencia y el cuidado,
de otra el temor del pecho enamorado,
tienen mi alma en una igual balanza.
    Sospechas que atormentan con mudanza,
temor destruye el medio procurado,
amor añade al alma amor doblado,
y la da del remedio confianza.
    Cuanto más me descuido, más me siento
rendido al amoroso y dulce fuego
que causa en mis entrañas vida y gloria.
    Hallo vida en el fuego del tormento,
y como salamandra, estoy tan ciego
que añade el fuego gloria á mi memoria.

     Aquí lo dejó, y yo, como quien despierta de un profundo sueño con repentino temor y sobresalto, volví en mí, porque aquella melodía y suavidad angelical me tenía elevado, absorto y suspenso, y lo que más me espantó en aquella suspensión y éxtasis fue que las sentencias que había cantado eran tan conformes a mi sentimiento que parecía tener su corazón en mi boca o en su boca mi corazón. No pude disimular las lágrimas que, como de preñadas nubes, salieron de mis ojos, y ellas, entendiendo que todo aquello procedía de mis melancolías, mandáronme que cantase, porque sabían que lo sabía hacer, y mi Camila, poniendo el arpa en mis manos: «Entendí (dijo), señor Leonardo, que la música había de aliviar vuestro cuidado, y paréceme que os le he añadido; en mí debe de haber estado la falta: perdonad. Y pues que vos sois el enfermo y os podéis dar la medicina, el instrumento está en vuestras manos: abrid la botica a vuestro gusto, sacad de vos mismo el medicamento que quisiéredes y fuere más conforme a él».

     Yo la respondí: «Hermosa y querida Camila, no ignoro que con tu divino entendimiento conoces que con un cuidado se suele aliviar y divertir otro cuidado, y que si los míos proceden de melancolía, con la suave armonía que de la música suele proceder y más de la celestial tuya, se me aliviarán y divertirán del todo, y quizá estas lágrimas salían del gozo que recibió mi alma con la nueva medicina. Pero por obedecerte y porque se conozca la excelencia de tus gracias por las mías rudas y toscas, como un contrario suele mostrar sus excelencias puesto con su contrario, haré lo que me mandas». Y tomando el arpa en las manos, comencé de esta suerte a cantar este soneto del amor:

                                                Amor de amor nacido y engendrado,
a la fe de tu amor estoy rendido;
Amor, si en fe de amor fe te he tenido,
¿cómo es posible, Amor, que me has dejado?
    Amor, donde hay amor siempre hay cuidado;
Amor, do no hay amor, siempre hay olvido;
a tu blanda coyunda, Amor, asido,
mi indomable cerviz has sujetado.
    Amor, sin ti no hay gusto, no hay contento;
Amor, contigo hay rabia, hay pena, hay llanto;
Amor, por ti hay desgracias, hay castigo.
    Si busco amor, Amor me da tormento;
si dejo amor, Amor me causa espanto;
¿pues a quién seguiré si Amor no sigo?

     No pude pasar adelante, aunque quisiera porque la avenida de sollozos y suspiros ató en este punto mi voz al paladar, y fuera muy notada mi flaqueza de cuatro hermanas, si entonces no llegaran Floriso y Claridia, con cuya venida reprimí las lágrimas, porque no echasen de ver mi cobardía; y como nuestra conversación se deshizo, fingiendo algún caso forzoso me despedí de todos y me embosqué en lo más intrincado del bosque, y entendiendo que estaba solo y lejos de todos, comencé a esparcir mis quejas al viento de esta suerte:

     «Fiero monstruo que despedazas y consumes mis entrañas, ¿qué contradicciones son éstas que en mí veo? ¡Que muera cruel y rabiosa muerte, y teniendo delante el remedio para mi vida, me hagas huir y volver el rostro atrás como el mordido y herido de rabia huye del agua, medicina que piensa ser de su vida! ¿Quién me ha de remediar, si yo mismo huyo de mi remedio? ¡Que se quejen otros de no poder dar un alcance a la medicina y al médico, y que pueda yo quejarme de que por tenerlos delante se me dobla el dolor! ¿Quién ata mi lengua? ¿Quién cierra mi boca? ¿Quién da mil nudos a mi garganta? ¿La vergüenza? No. Porque quien no pretende cosa contra la honra de mi cruel homicida no tiene de qué tenerla. ¿El miedo y temor? No; porque quien perdió la vida, ¿qué cosa teme que pueda, perder? Mas, ¡ay de mí!, que ésta es la mayor enfermedad y la causa de la muerte que padezco; mil contrariedades se ven en mí: conozco mi mal y no lo conozco, busco el remedio para mi muerte y huyo juntamente de él, y lo que peor es, aborrezco la vida, y no hay cosa que más me agrade que no desear la muerte».

     Estando en estas razones, sentí que se meneaban algunas ramas de los árboles que estaban junto a mí, y determinado de inquirir quién era el que ansí se atrevía a interrumpir mis quejas, viéndome determinado y que casi iba hacia allá, veo salir de entre las matas otro león más furioso que el de la selva Nemea, mi bellísima Camila que, como conocía que mi brazo no era el hercúleo, venía derecha y segura a la presa. La cual, como llegase a mí: «No os espantéis (me dijo), señor Leonardo, en ver que ansí vaya siguiendo vuestros pasos, que tengo sé y sabéis la obligación que os tengo por las muchas veras con que me hacéis merced, siento en el alma vuestro mal». Y tomando con su blanca y poderosa mano la mía: «Sentémonos (dijo) en esta alabastrina fuente, que aquí quiero que me deis cuenta de vuestro trabajo y dolor, y aunque entendáis que se me encubre el origen y causa de él, no el ansí: que bien se echa de ver que procede de tener amor a quien no sé yo cómo es posible dejar de remediar vuestro mal. Siendo vos en quien el cielo deposité tantas partes y dones de discreción, grandeza, valentía y hermosura, ¿quién puede ser aquélla que no reconozca la merced que el cielo la hace en que pongáis los ojos en ella? ¿Quién será la que no estime y se tenga por dichosa de que vos la queráis? No lo sé ni puedo conocerlo, si vos mismo no me lo descubría. Suplícoos, pues, que no me encubráis cosa que tanto saber deseo, que muchas veces donde menos se piensa se halla el remedio al trabajo, y por demás calla la lengua y disimula cuando el corazón y todas las demás partes descubren la pasión.

     -Milagro y portento del mundo en hermosura, discreción y prudencia, la respondí, tan grande como el mi desconsuelo y la miseria en que me veo es la soberana merced que de vuestra poderosa mano recibo, y aunque no dudo que entre las grandes y excelentes gracias de que el cielo maravillosamente os dotó no había de faltar el don de las apolíneas sacerdotisas, es mi dolor tan grande que aun yo mismo que padezco, no le acabo de entender ni conocer: cuanto y más quien no lo siente y padece. Verdad es que vos misma, que os preciáis de conocerle, podéis también preciaros de remediarle, porque sois la persona más conocida y querida de la que atormenta y apasiona mi alma; y ansí puedo decir y tener por cierto que vuestras manos está mi vida y mi muerte, mi enfermedad y salud, mi pena y mi gloria, mi tormento y alivio.

     -En mucho me estimo y estimaré más de aquí adelante, respondió mi Camila, que puedo ser aquélla merezca que por mi mano recibáis algún servicio y consuelo y más en cosa que tanto nos importa, como en que vos tengáis aquél que todos deseamos; pues acabad suplícoos, de sacarme de esta duda y suspensión y decidme presto quién es ésa con quien tanta mano tengo.» Aquí me digas, noble Montano, qué fue la con la y lucha del temor con el amor, del miedo con la esperanza, del recelo con la vergüenza. Mas al fin, sacando algunas fuerzas de mi acobardada flaqueza, y venciendo con la esperanza de mi remedio cualquier amor espantoso, ofrecióseme camino con que descubriese mi amoroso pensamiento, sin recelo del temor y miedo, y sin que la vergüenza me lo impidiese. Y ansí la dije:

     «Divina Camila, estoy tan confiado en tu soberano valor de que en todo cumplirás la palabra que me has dado y que pondrás en ejecución el remedio que de tu libre voluntad me has prometido, que estoy determinado de manifestarte la causa, origen y principio de mi tristeza y desconsuelo. Pero porque conviene primero hacer cierta diligencia, vamos hacia casa, que presto verás y te satisfarás de lo que deseas.»

     Diciendo esto, comenzamos a caminar, y yo, con una firme esperanza de que aquél, sin duda, había de ser el último día de mis trabajos y penas y primero de mis consuelos y alegrías, iba tan demudado y tan otro que quien me mirara mi semblante, fácilmente pudiera conocer ser los cuidados que traía diferentes de los que había llevado: que no poco contento dio al noble Floriso y a la anciana y grave Claridia. Entréme derecho en llegando a casa en un aposento donde había visto un terso y resplandeciente espejo, y tomándole sin que alguno le viese, volví con él a aquella fuente donde habíamos estado mi hermosa Camila y yo, y envolviéndole en un limpio lienzo de holanda blanquísima, le puse al pie de un poblado laurel que junto a la fuente estaba, y diciéndole: «Quédate a Dios, secretario fiel de mi corazón, intérprete de mi alma, que si usando de tu oficio declarares la causa de mi pasión, yo te pondré en más honrado y excelente lugar que estuvo aquel antiguo y adivinador en la torre fundada por Hércules.» Hecho esto, me volví a casa, y encontrando luego a mi Camila, la dije:

     «En la misma fuente donde estábamos, al pie del victorioso árbol en que se volvió y convirtió la rigurosa Dafne, hallaréis, señora, el retrato de la que atormenta mi alma, bien conocida por vos; suplícoos, pues mostráis tanto remediar mi pena, y en vuestra sola mano está declararla el tormento en que vivo, procuréis mi remedio con las mismas veras que hacerlo prometistes.»

     Ella, sin aguardar a que la dijese más, tomó su camino derecho para allá, y yo, metido entre varios y diversos pensamientos, me fui con sus padres a aguardar la resolución que tendría la traza con que había procurado que conociese mi pena y la causa de ella. La cual, como llegase a la fuente (según después me confesó), rodeada de algunos nuevos desasosiegos y cuidados, viendo el lienzo al pie del alto laurel, estuvo un rato suspensa, temerosa y recelándose del secreto que dentro de él habría. Pero al fin, determinada y codiciosa de saberlo, levantólo de tierra, y quitando la cortina descubrió el cristalino espejo y en él su bello rostro angelical; que como le viese, de la misma suerte huyó y volvió el rostro hacia atrás, como aquél que yendo descuidado por un camino, encuentra la ponzoñosa serpiente sobre cuyo cuello iba ya casi a poner el pie. Y al fin, sin detenerse más, dejando mis prendas y despojos despreciados en el suelo, en pena de aquel loco y soberbio desvarío que quisieron tener, demudadas las colores de su bellísimo rostro, se volvió a casa, y pasando como un rayo por delante de sus padres y de mí, dio muestra de la ofensa que había recibido su virginal vergüenza, descubriéndola mi pasión con modo tan libre y ajeno de su soberana modestia, aunque en mis ojos el más humilde y apacible de todos, y entrándose en su aposento cerró la puerta tras sí algo furiosa.

     Yo, que en las señales eché de ver que la sentencia se había dado contra mí, lleno de un pavoroso miedo como quien sin pensarlo recibe las nuevas de la pérdida de las cosas que más ama y estima, sin aguardar a más, el rostro demudado, los ojos hundidos, el paso alborotado y sin compás, despidiéndome como pude de mis huéspedes, me fui para mi palacio, y metiéndome en mi aposento me dejé caer en la cama y con furiosas bascas, revolviendo en mi fantasía mil dudosos imposibles, estaba inquieto y desasosegado sin saber tener reposo en un lugar. Y viendo cuán falsa y frustrada había quedado mi esperanza con que al principio me había prometido el alivio de mi pena, apretado de la melancolía, tomé una cítara que hallé a mano, y sin curarme de templarla, comencé a decir ansí contra mi engañosa esperanza:

                                                Vana y dudosa esperanza,
en balde tu ser contemplo,
siendo un retrato o ejemplo
que se viste de mudanza.
     Es dulce tu nacimiento,
tu fin es fingido engaño
que promete bien de un año
y da dos mil de tormento.
     Tu ser es largo y dudoso,
es seguro y es incierto,
es viva imagen de muerto,
es descanso sin reposo.
     Es medroso y arrojado,
es animoso y cobarde
y madruga a veces tarde
para caminar doblado.
     Es mano del desconcierto
de un reloj desbaratado,
que señala el bien soñado
como si fuese muy cierto.
     Es viva imagen del miedo,
veloz más que el mismo viento.
y va tras el pensamiento
volando y siempre está quedo.
     ¿Qué tienes, vana esperanza,
que bueno pueda llamarse,
o que pueda desearse,
o que merezca alabanza?
     Desde que en el hombre naces,
comienza en él tu tormento,
porque siempre estás de asiento
junto a los males que haces.
     Tú agotas el alegría
y la conviertes en pena,
y bebes la sangre ajena
de aquel mismo que te cría.
     Tú, si duerme, le despiertas
y le consumes la vida;
y das al placer salida
y abres al dolor las puertas.
     Tú haces al dueño esperar
y le estás entreteniendo
con lo que estás prometiendo,
aunque nunca ha de llegar.
     Das promesa imaginada
que de apariencia depende,
y es un tesoro de duende
que mirado bien no es nada.
     Aunque el hombre no se acuerde
prometes bien de futuro,
y es a veces tan seguro
que de seguro se pierde.
     No tienes vista ni ojos,
y en cualquiera coyuntura
te pones por tu locura
mil diferencias de antojos.
     Y en este desasosiego,
como es de imaginación,
das crédito a su ficción
como a muchacho de ciego.
     Jamás se halla paz contigo,
aunque con ella acometes,
porque es la paz que prometes
como de fingido amigo.
     Con engaño manifiesto
vives siempre, a lo que veo,
dando veneno al deseo
para acabarle más presto.
     Prometes glorias extrañas
que aseguran mil venturas,
pero con lo que aseguras
es lo mismo con que engañas.
     Es tu engaño manifiesto
tan doble, falso y fingido,
que a quien más te ha conocido,
aquése engañas más presto.
     Cuando es mi gloria acabada
y vives dentro de mí,
pienso que en tenerte a ti
tengo mucho y tengo nada.
     Que aunque tu ser es eterno
en tus fingidos placeres,
es eterno porque eres
pena eterna del infierno.
     Y así dispones la suerte
que eres, sin ser conocida,
la salida de la vida
y la entrada de la muerte.

     En este punto llegaba cuando de súbito se apoderó de mi corazón una desesperada y rabiosa desconfianza de alcanzar aquello que su deseo me tenía fuera de mí. Porque decía: «¡Desventurado yo! Si aquélla que deseaba y andaba al alcance de mi remedio, procurando saber los medios más ciertos para él, es la que más enemiga se me muestra, ¿qué refugio puedo tener en mis trabajos?» Pero como entre estas indisposiciones y accidentes de amor, el mayor suele ser la inconstancia del que ama, en la variedad y confusión de sus pensamientos, volvía luego sobre mí y decía: ¿Quién es el que aparta de mi pecho la firmeza antigua de la esperanza de mi remedio? ¿Mi divina Camila? No, porque en toda ella no hay cosa que no prometa bonanza a la nave que camina por el mar de mis deseos; porque en aquel rostro angelical, ¿cómo puede hallarse muestra ni rastro de infernal corazón? La suavidad y dulzura de su término y nobleza, ¿cómo puede prometer pecho y alma de tigre rabioso? Tantos pasos andados para saber mi mal y procurar mi remedio no pueden prometerme la confirmación de mi tormento: quizá aquel enojo no procedió de mala voluntad que me tenga, sino de vergüenza suya en pensar que hubo en mí atrevimiento de fiar mis secretos de mudos intérpretes. Y al fin, sea lo que fuere, yo no estoy obligado a condenarme si no hay parte que dé queja de mí y juez que pronuncie la sentencia en mi contra».

     Y determinándome de acabar de salir de esta sospecha y confusión, parecióme que sería mejor escribir a mi Camila una carta en que más claro le declarase mi pasión y la causa de ella. Y después que la tuve escrita, estuve un rato dudando cómo la pondría en sus manos, y no había poco que dudar, porque para dársela aun no me fiaba de las propias mías. Que es mucha razón que el príncipe y señor, que está obligado a dar buen ejemplo y buen olor de sí a sus inferiores, cuando por su flaqueza y miseria tropiece y dé de ojos, procure huir de todo punto los testigos de su desventura, por el mal ejemplo y el escándalo que de él se sigue: que es tanto mayor que los otros cuanto él es más aventajado en obligaciones, honra y dignidad. Y ya en nuestros tiempos, pocos o ninguno hay de quien fiar. Porque fiarse el hombre de los que son más que él, es notable yerro, porque si antes le estimaban en poco, después le estiman en nada, viendo no sólo que es menos que ellos sino que eso poco está delustrado con la pasión y desordenado el deseo. Si el hombre se fía de los iguales, queda inferior a ellos, mostrándoles su flaqueza, si de sus menores, iguálase con ellos, dando ocasión para que se le pierda el respeto, si de sus criados, hay pocos tan seguros, que ya pienso que está de más el oficio de secretario en la casa de los príncipes y que por vagamundo le podrían desterrar de los palacios. De suerte que entiendo que por nuestros pecados nunca ha habido ni tiempo de más secretos, ni menos de quien fiarlos, que en los tristes y desventurados en que vivimos. La razón de todo esto debe de ser que como la malicia va creciendo y es contraria de la bondad, hay menos de ésta y más de esotra; y así se calla lo bueno (si hay algo) y se descubre lo malo, y aun basta la verdad se descubre a fuerza de mentiras. Tampoco me atrevía a fiar mis secretos de nadie porque la honra de las mujeres y más la de las doncellas y gente principal es más que de vidrio, y así corre peligro de quebrarse y perderse al menor golpecito del mundo: a una sospecha, a una parlería, a un recelo, a un si es no es, puede un hombre aventurar la honra de la más señalada mujer. Y en los hombres principales, que están más obligados a guardar y mirar por ellas con más veras, ha de ser mirada y ponderada esta obligación y respeto. Por todas estas cosas no me atreví a fiar mi carta ni secretos de nadie, y rodeado y cercado de todos estos varios y penosos pensamientos, pasé la noche con las mayores ansias que se pueden imaginar.

     Y el día siguiente oí que Floriso y Claridia con sus hijas, y entre ellas mi hermosa Camila, se iban al campo a recrear y gozar de la frescura de sus fuentes y alamedas oyendo esto, quise probar fortuna y tentar todos los caminos posibles para dar vado a mi afligido pensamiento. Y así mandé ensillar un hermosísimo caballo para mí y otros para mis criados, y mandando a los monteros aparejasen y sacasen las redes, traillasen los perros, cargasen las escopetas, comencé, con todos estos instrumentos de caza, a rodear y buscar el monte, de suerte que en breve tiempo cazamos mil animales de diferentes especies. Y sabiendo en qué parte del bosque estaba la fiera que andaba a buscar con todas estas trazas y estratagemas, di orden a mis monteros que guiasen hacia allá un oso que habían levantado, y siguiéndole yo con toda la priesa que mi caballo podía, vinimos a llegar a unos castaños en cuya sombra estaban Floriso, Claridia y sus amadas prendas. Los cuales, espantados con la súpita vista de la temerosa fiera, sin saber dónde guarecerse, quedaron turbados. Yo entonces, volviendo el brazo derecho un poco hacia atrás, invocando al dios de amor, a mi fortuna y a los cielos en mi ayuda, arrojé un venablo, que en la mano traía, con tan buena dicha y tanta fuerza y pujanza que, cogiendo en el camino a la fugitiva bestia, la pasó de parte a parte, quedando el hierro sepultado en tierra y el oso muerto a los pies de mi hermosa Camila».

     RÍOS.- ¡Válgate el diablo por mosca, si no me viene persiguiendo más ha de una hora! Perdonad si corto el hilo a cuento tan bueno, que entiendo que en mi vida no he oído cosa con más gusto.

     SOLANO.- Cierto que tenéis razón.

     RAMÍREZ.- Dad al diablo la mosca y volvamos a oír esto.

     ROJAS.- Primero, con vuestra licencia, os tengo de decir una loa en alabanza de esa mosca de quien Ríos viene tan quejoso y fue la causa que parase nuestro cuento.

     RÍOS.- Todo será de mucho gusto, y así la escucharemos con todo aquél que merece la merced que recebimos; pero con protestación que habéis de proseguir luego con lo que tenéis empezado.

     ROJAS.- Ese interés es mío, y por agora que me escuchéis os ruego:

                                                La omnipotencia y valor
del autor de cuantas cosas
ha criado en cielo y tierra
con su mano poderosa,
más se mira en la hermosura
y perfección milagrosa
que resplandeciendo está
en las más chicas de todas.
Porque criar de este mundo
la máquina poderosa,
entapizar a los cielos
de diamantes, perlas, joyas,
de signos y de planetas
y de estrellas luminosas,
con diversas calidades
cuya influencia grandiosa
a los terrestres gobierna
y para que los compongan
al elemento del agua
pone límite en sus ondas;
criar plantas y animales,
aunque son excelsas obras,
y tienen poder sin término
si bien miramos en otras,
parece que son más grandes
ver en las pequeñas cosas,
como una mosca, una hormiga,
los sentidos que la adornan,
las manos, las piernas ínfimas,
ojos, narices y boca,
y todas las demás partes
que con aquestas conforman,
que por la ánima sensible
les competen y les tocan,
tan bien puestas y adornadas
que a admiración nos provocan,
¡cuánto más nos moverá
esta maravilla entre otras,
para el autor conocer
que es hacedor de todas!
Fiado en esto, pretendo
loar en aquesta loa
una cosa bien humilde,
aunque a muchos enfadosa.
Ésta, con vuestra licencia,
señores, será la mosca,
cuyo sujeto es tan alto
cuanto mi alabanza corta.
Empiezo por su valor,
por su antigüedad notoria,
sus franquezas, libertades
y prosapia generosa.
Celébrese su nobleza
desde París hasta Roma
y desde el Tajo hasta el Bactro
su grandeza se conozca.
Desde el rústico gañán
que se calza abarcas toscas,
al príncipe más supremo
que ciñe regia corona,
¿qué casas o qué palacios
de reinas y de señoras,
qué antecámaras ocultas,
qué damas las más hermosas,
qué templos o que mezquitas,
qué anchas naves, qué galeotas,
qué senado o real audiencia,
qué saraos, fiestas o bodas,
qué taberna, que hospital,
hay de España hasta Etiopia
que la mosca no visite
y entre libremente en todas?
¿Quién le ha negado jamás
el paso franco a la mosca?
¿En qué lugar no se sienta?
¿De qué hermosura no goza?
¿De qué dama más bizarra,
con más arandela y pompa,
los hermosísimos labios
no besa alegre y gozosa?
Y no contenta con esto,
suele bajar de la boca
hasta los hermosos pechos,
y aun lo mal oculto toca.
¿A cuántos su libertad
no enciende en rabia celosa,
viéndola libre y exenta
gozar lo que ellos adoran?
¿En qué Consejo no se halla?
¿Qué consulta hay que se esconda
de su vista peregrina,
o qué secretos pregona?
Ella oye, ve y calla,
no se precia de habladora,
no dice lo que no sabe,
es discreta, no es chismosa.
En el teatro se asienta
a ver la farsa dos horas,
sin pagar blanca a la entrada
ni hacer caso del que cobra.
Si quiere ver todo el mundo,
no ha menester llevar bolsa,
que ella come donde quiere
y todos le hacen la costa.
Los príncipes la acompañan,
duques y marqueses la honran
llevándola a donde van
junto a sus mismas personas.
Tiene carta de hidalguía
y tan noble ejecutoria,
que nunca paga portazgo
en barco, puente, ni flota.
En su vida tuvo pleito,
y si vende alguna cosa,
jamás no paga alcabala,
ni por pérdida se ahorca.
Goza de todas las frutas,
comiendo las más gustosas;
es amiga del buen pan,
del buen vino y buenas ollas,
del turrón y mermeladas,
de arrope, miel y meloja,
de tortadas, manjar blanco,
y de nada nada escota.
En Salamanca, en París,
en Alcalá y en Bolonia,
tiene cursos, y en escuelas
se sienta a do se le antoja.
Cuantos juegos tiene el mundo,
tantos sabe; así a la argolla,
como a naipes y ajedrez,
dados, trucos y pelota.
Es hidalga, es bien nacida
y natural de Moscovia,
ciudad en Mosquea antigua
y muy noble antes de agora.
Para ella no hay engaños,
bebedizos no la ahogan,
los tormentos no la matan,
la justicia no la enoja.
Ella entra en las batallas,
atrevida y animosa,
sin arcabuz, sin mosquete,
peto fuerte, lanza o cota.
Los hechizos no la ofenden,
que ha estado en Colcos y Rodas,
en el monte de la Luna
y en las fuentes de Beocia.
En su aposento ve al rey
y al mazapán o la torta,
la trucha, el pavo, el faisán
que el paje en sus manos toma,
para llevarlo a la mesa,
antes que el rey de ello goza,
que porque le hagan la salva
la dejan de todo coma.
Ella ha de beber primero,
y en aquella misma copa
que bebiere el santo Papa:
mosca mil veces dichosa.
Fue esta ave preciosísima
otro tiempo más hermosa
que la del Arabia Félix,
aunque tan pequeña agora.
La culpa tuvo Diana
y cierto coro de diosas,
que porque las vio bañar
en una fuente, la mojan,
sus coloradas plumas
en un momento transforman
en cosa tan negra y muda;
pero aquesto poco importa,
pues sabemos que ella fue
quien de la muerte en sus bodas
libró al valeroso Alcides
de su madrastra enojosa.
Quien tanta nobleza tiene,
a quien tantas partes honran,
tantas grandezas competen
e inmensas gracias adornan,
digna es de más alabanza,
de eterna fama y memoria
y que otra lengua la alabe,
que la mía queda corta.
Suplícoos, pues, nos honréis
nuestro trabajo dos horas,
y si alguno no lo hiciere,
murmure y hable en buen hora,
que un moscón está en el patio,
marido de nuestra mosca,
que si fuere a decir mal,
se le meterá en la boca,
y se le caerá en el plato
cuando algún guisado coma,
y si durmiere la siesta,
e dará tanta congoja,
que busque donde jugar
y pierda hacienda y persona
y venga las manos puestas
a pedir misericordia.

     RAMÍREZ.- La loa es muy buena, y aunque yo he oído otra del mismo sujeto, no es tan buena como ésta.

     ROJAS.- Los días pasados la dije en Medina, y acabada la comedia se llegó a mí un hombre muy pobre y tan viejo que, sin duda, tendría más de setenta años, a pedírmela con muchos ruegos; preguntado para qué la quería, dijo que para leerla algunos ratos y gustar de ella. En efecto se la dí, y admirado de que un viejo que apenas se podía tener en pie y era más de la otra vida que de ésta se entretuviese en procurar loas para leer, habiendo cuentas en que rezar, y en Medina del Campo tan buenos vinos que beber.

     SOLANO.- Dice Galeno que la vejez ni es enfermedad acabada, ni salud perfecta.

     RAMÍREZ.- También dice el mismo que los hombres tienen seis edades, que son: puericia, hasta los siete años; infancia, que dura hasta los diez y siete; juventud, hasta los treinta; viril edad, hasta los cincuenta y cinco; senectud, hasta los setenta y ocho, y decrépita edad hasta la muerte. Y éste era de los setenta arriba, porque no tenía pelo que no fuese blanco.

     RÍOS.- Muchas veces vienen las canas por herencia, como la vejez por dolencia.

     SOLANO.- Las canas de la cabeza son emplazadoras de la muerte, y las de la barba, ejecutores de la sepultura.

     ROJAS.- Verdaderamente digo que cuando un viejo (si es pobre) no llore por la pobreza que tiene, podría llorar por lo mucho que vive.

     RAMÍREZ.- Leí los días pasados en un libro de un hombre de muy buen ingenio un caso que sucedió al duque Filipo el bueno, que fue el primero que instituyó la Orden del Tusón en la villa de Tomer, en una iglesia que llaman de San Bertín, dándole a veinte y cuatro caballeros, a quien él llamaba sus doce pares, el cual traía por insignia pintada en sus banderas una mano con m eslabón que iba a dar en un pedernal, y alrededor un letrero que decía: «primero se ha de dar el golpe que salten las centellas». Leí, pues, como digo, que este cristianísimo príncipe era de mucha edad y acostumbraba a decir infinitas veces lo que era el mundo y cuán poco había que confiar en él. Yendo, pues, una noche rondando con algunos criados suyos, hallaron tendido en una calle un hombre que estaba borracho, lleno de lodo, toda la cara sucia y tiznada, y tan dormido estaba, que no pudieron meterle en su acuerdo. Mandó el duque que le llevasen a palacio, que quería aquel hombre enseñarles lo que era el mundo. Lleváronle de la manera que lo mandó, y después de esto dijo que le desnudasen y vistiesen una camisa muy buena y acostasen en su propia cama, y a la mañana le diesen de vestir y sirviesen como a su misma persona. Hízose todo aquesto, y otro día, cuando ya se había acabado la borrachera, entraron los gentiles hombres de la cámara a decirle de qué color quería vestirse, y él, asombrado de verse en aposento tan rico y rodeado de gente tan principal, y viendo que estaban tantos delante de él descubiertos, no sabía qué responder, sino mirábalos a todos, y debía de parecerle a él, sin ninguna duda, que no había dos horas que estaba bebiendo en la taberna y andando los fuelles en su casa (que según se supo después era herrero y vivía cerca de palacio). Diéronle, pues, un vestido muy bueno, diéronle agua a manos, la cual él rehusaba de tomar, porque aún no sabía cómo había de lavarse. A todo cuanto le preguntaban no respondía; miraba desde unas ventanas su casa y debía de decir: «¡Válgame Dios!, la casilla de aquella chimenea, ¿no es mía? Aquel muchacho que juega a la peonza, ¿no es mi hijo Bartolillo? Y aquella que hila a la puerta, ¿no es mi mujer Toribia? ¿Pues quién me ha puesto a mí en tanta grandeza?» Digo yo, sin duda que diría él esto.

     Cuando pusieron las mesas, sentóse a comer, y el duque presente a todo: hecho esto y venida la noche, diéronle vino bastante para ponerle como le hallaron, y cuando estuvo fuera de juicio y bien dormido, desnudáronle y volvieron a poner su vestido viejo, y mandó el duque que le llevasen al mismo puesto donde le habían hallado. Hízose, y hecho, llegó el duque con mucha gente y dijo que le despertasen, y despierto, preguntóle quién era, y él, muy asombrado, respondió que según las cosas que en dos horas habían por él pasado, no sabría decir quién era. Preguntado la causa, respondió: «Señor, yo soy un herrero y me llamo Fulano; salí de mi casa habrá una hora o poco más, bebí un poco de vino, cargóme el sueño y quedéme aquí dormido. Y en este tiempo he soñado que era rey y que me servían tantos de caballeros, y traía tan lindos vestidos, y que dormía en una cama de brocado, y comía muy bien y bebía, y estaba yo tan gozoso de verme tan servido y regalado, que casi estaba fuera de juicio de contento, y bien se ve que lo estaba, pues todo fue sueño». Y dijo entonces el duque: «Veis aquí, amigos, lo que es el mundo: todo es un sueño, pues esto verdaderamente ha pasado por éste, como habéis visto, y le parece que lo ha soñado.

     SOLANO.- El Magno Alejandro, siendo señor del mundo, supo de un filósofo que, sin aquél, había otros tres mundos, y dijo que era gran cortedad suya ser señor de uno solo, y en lo que paró fue que, estando con esperanza de gobernar tres mundos, no fue señor dos años de uno.

     RÍOS.- De eso se entiende que en todo un mundo no hay harto para un corazón soberbio.

     ROJAS.- Yo he leído que, preguntando Filipo, padre de ese Alejandro, a unos filósofos cuál era la mayor cosa del mundo, dijo uno que el agua, otro que el sol, otro que el monte Olimpo, pues de él se descubría todo el mundo; otro dijo que el gigante Atlas, pues sobre su sepultura estaba fundado el monte Etna; otro dijo que el poeta Homero, pues había contienda entre siete ciudades sobre cuál sería su patria, y otro dijo que la mayor cosa del mundo era el corazón que despreciaba las cosas del mundo.

     ROJAS.- Él dijo bien, por cierto, porque los bienes de él son como el sueño del otro, que cuando más metidos estamos en él y más sin memoria que ha de tener fin, entonces nos quita las haciendas y nos ejecuta en las vidas, porque mientras vivimos en él no hay hora de placer que no se mezcle con mil de pesares, y no hay día de gusto tras quien no vengan mil de acíbar. Porque todo este mundo no es más que trabajar para tener, tener para desear, desear para gozar, gozar para vivir, vivir para morir y morir para dejar. Porque hasta los animales en el mundo vemos no tener contento, sino que los unos riñen con los otros, peleando la onza con el león, el rinoceronte con el crocodilo, el elefante con el minotauro, el oso con el toro, el girifalte con la garza, el águila con el avestruz, el sacre con el milano, el hombre con el hombre, y todos juntos con la muerte.

     SOLANO.- Desdichado del que en él se fía y venturoso el que de él se aparta. De lo más que he gustado de todo lo que habéis dicho, es del cuento del borracho, que verdaderamente es muy bueno para considerado y mejor para tomar de él ejemplo.

     RÍOS.- ¿Quién era al que decís que le sucedió?

     RAMÍREZ.- Al duque Filipo de la casa de Borgoña, abuelo de Madama María, que fue casada con el emperador Maximiliano, por donde se juntaron estas dos tan nobilísimas casas de Austria y Borgoña.

     ROJAS.- Pues habéis tocado en ellas, os quiero decir una loa que hice el otro día de esta famosa casa de Austria.

     RÍOS.- Mucho gustaremos todos de oírla.

   ROJAS     Tengo dichas tantas loas,
he compuesto tantos casos
de sucesos fabulosos,
ficciones, burlas, engaños,
alabanzas, vituperios,
enigmas y cuentos varios,
que ya no sé qué me diga
después de haber dicho tanto.
Pero mis buenos deseos
me han abierto un fértil campo,
una hermosísima vega,
llena de árboles tan altos,
que al cielo besan sus puntas
y eclipsan al sol sus ramos,
de cuyo tronco dichoso
nacen príncipes magnánimos
poderosísimos reyes,
invictísimos y santos,
nacen monarcas del mundo
y emperadores cristianos.
Con vega tan abundosa,
con campo tan soberano,
con árbol tan venturoso,
y con sujeto tan alto,
¿quién no dirá alguna cosa
teniendo que decir tanto?
¡Ánimo, todo es ventura,
quiero, temo, dudo y callo!
¡Oh, tú, cabalina fuente,
la de Helicona y Pegaso!
Infundidme nueva ciencia
para que yo acierte en algo:
que la descendencia ilustre,
principio y origen claro
de la casa milagrosa
de Austria quiero contaros.
Denme todos grato oído,
ayuden mi pecho flaco,
el bajo estilo perdonen,
mis deseos amparando.
Austria, parte de Panonia
en otros tiempos pasados,
muy vecina de Alemania
y noble en todos sus tratos,
pasa por medio el Danubio,
y en sus riberas a un lado
está fundada Viena,
cabeza de estos estados.
Fueron marqueses primero
los que esta tierra gozaron,
que elegían emperadores
en su defensa y amparo.
Y entonces a esta provincia
la «marca oriental» llamaron
los marqueses, cuyos nombres
iré, señores, contando:
Balario, Grifón, Geroldo,
Teodorico, Alberto, Ocario,
Gotifredo, Rudigero,
Balderico, Sigenardo,
Gebelardo, Upaldo, Arnulfo,
otro Geroldo y Conrado,
y faltando aquí heredero
que viniese a estos estados,
el emperador Enrico
tercero dio el marquesado
a Opoldo, duque suevo,
cuyo descendiente entrando
fue duque de Austria el primero
y que éste fue Enrique el Magno.
A éste sucedió Leopoldo,
que habiendo vencido en campo
a los infieles prusones,
en memoria de este caso,
puso por blasón de este hecho,
en sus armas, como sabio,
una ancha faja de plata
en campo rojo, dejando
las antiguas de su casa
y de sus antepasados,
que eran cinco cugujadas
de oro en un azul campo.
Después de aqueste hubo muchos,
y al fin sucedió al ducado
Federico el inquieto,
que «el Belicoso» llamaron,
al cual mataron los húngaros,
sin heredero acabando.
Y por ser la casa de Austria
feudo al imperio romano,
la recuperó Rodulfo,
descendiente por milagro
de la casa nobilísima
que es de los condes de Aspurg,
cuyos descendientes fueron,
por un don inmenso y raro,
Alberto, Alberto el segundo,
y aqueste, llamado «el Sabio»,
Leopoldo el Bueno y Ernesto,
a quien «el Férreo» llamaron,
y Federico el Pacífico,
el Noble, el Bueno, el Callado,
que fue emperador tercero,
padre de un Maximiliano,
emperador invictísimo,
fuerte, invencible, gallardo,
muy piadoso y justiciero,
poderoso, justo y sabio.
A éste sucedió Filipo,
un gran príncipe cristiano
y el primero rey de España,
de su nombre y su reinado.
Este gran Príncipe fue
con doña Juana casado,
hija única, heredera
de Isabel y de Fernando.
Sucedió a aqueste Filipo
el emperador don Carlos,
un gran monarca del mundo
y el mayor de sus pasados,
gloria de sus venideros,
cuchillo de sus contrarios,
señor de sus enemigos
y defensa de cristianos.
Pues ni do destruye el griego,
ni do edifica el troyano,
ni donde ennoblece el godo,
ni donde canta el tebano,
ni donde tremola el libio,
ni donde guerrea el parto,
ni donde el indio no entiende,
ni donde engaña el gitano,
ni del Oriente y Levante
hasta el Poniente y Ocaso,
hubo temor sin su nombre,
porque fue del mundo espanto.
A éste sucedió Filipo,
invictísimo cristiano,
el segundo de este nombre
y «sin segundo» llamado,
la luz de la cristiandad,
el terror de los paganos,
la discreción de los hombres,
del mismo cielo el retrato;
invicto monarca y rey,
noble, justiciero, sabio,
por su valor y proezas,
por su prosapia y reinado,
por su imperio y fortaleza,
por sus hechos soberanos,
por su industria milagrosa
el príncipe más cristiano
que ciñó corona regia,
ni tuvo en el mundo mando;
señor de la redondez,
de todo el cóncavo santo,
otro nuevo Julio César,
otro emperador Trajano:
que si Aquiles mató a Héctor,
venció a Brante Argesilao,
el buen César a Pompeyo,
el magno Alejandro a Dario,
y Augusto a Marco Antonio,
y a Aníbal, Scipión el Bravo,
el gran Scila a Mitrídates,
y a Decebalo, Trajano,
este príncipe triunfó
del mundo y sus partes cuatro.
Sucedióle otro Filipo,
que guarde Dios largos años,
de aqueste nombre el tercero
y el primero de Alejandro.
Este monarca invencible
es espejo de cristianos,
santo, justo y cristianísimo,
fuerte, cortés y gallardo.
Si otro tiempo las naciones
y en este que agora estamos
se han sujetado a mil reyes,
como agora veréis claro;
si fue rey de los asirios,
un Nino, tan justo y sabio,
Licurgo lacedemones,
Ptolomeo de egipcianos,
un Hércules de los griegos,
un Héctor de los troyanos,
un Teotonio de los umbros,
un Viriato de los hispanos,
Aníbal, cartagineses,
Julio César de romanos,
éste será rey de todos,
por más que todos cristiano.
Éste hará lo que no hicieron
ningunos de sus pasados;
éste vencerá a Mahometo,
emperador otomano.
Entrará en Constantinopla
de su enemigo triunfando;
sujetará a Inglaterra,
al turco y morisco bando.
Desde el uno al otro polo
librará al clero cristiano
de esclavitud, servidumbre,
de enemigos y contrarios.
Será, en fin, señor del mundo,
tendrá debajo su mano
cuanto mira el ancho cielo
y cubre el celeste manto:
que según su gran valor
y los hechos soberanos
de su padre y sus abuelos,
mucho más de él esperamos.
Sus deseos cumpla Dios,
pues son tan justos y santos,
y vos esta voluntad,
discretísimo senado,
que buscando cada día
novedad con que agradaros,
desvelándome en serviros
vuestro gusto procurando,
bien merezco perdonéis
mis yerros, que ellos son tantos,
que sólo en vuestra clemencia
puedo salir confiado.
Vuestros ingenios conozco,
aquí con ellos me amparo;
nobles y discretos sois,
perdonar sabréis agravios,
pues éstos, que no son yerros
de voluntad, ya está claro
que podrán tener disculpa
con el deseo de agradaros.

     SOLANO.- Buena es la loa.

     RAMÍREZ.- De lo que me pesa es que llegamos ya a Toledo y no hemos sabido en lo que paré aquel cuento de aquel amigo vuestro.

     ROJAS.- Es largo, y por esto, y estar tan cerca como estamos, no le prosigo; pero yo tendré cuidado, del primer viaje que hagamos, de irle prosiguiendo.

     RAMÍREZ.- ¡Ay, Toledo mío! ¿Qué es posible que te veo? Nunca entendí que este deseo se me cumpliera, según lo deseaba.

     ROJAS.- Siempre el bien que mucho se desea par que se tiene de alcanzar menos esperanza; y al cuando más se siente, es cuando se pierde.

     RÍOS.- Oído he decir que es este lugar de los ni antiguos de España.

     SOLANO.- Lo que yo he leído de la muy noble e imperial ciudad de Toledo es que fue poblada quinientos años pocos más o menos, antes del nacimiento de nuestro Señor y Redentor Jesucristo, y que fueron sus fundadores Tolemón y Bruto, capitanes romanos, de los cuales se llamó Toledo, y de esto hacen mención Estrabón y Plinio.

     RAMÍREZ.- Una de las cosas más notables que hay en esta ciudad es el templo de Santa María, que es, como ya sabéis, la iglesia mayor, la cual edificaron el santo rey de Don Fernando, que ganó a Sevilla, y Don Rodrigo, arzobispo de Toledo.

     RÍOS.- Entre muchas reliquias que tiene nuestra santa iglesia está el cuerpo de San Eugenio, primer arzobispo de este lugar.

     ROJAS.- También se honra mucho con el cuerpo de Santa Leocadia, y un libro que tiene escrito de la mano de San Juan Evangelista, que daba un rey a Guadalajara por él y no se le quisieron dar.

     SOLANO.- Y la leche que enseñan de Nuestra Señora en una redomita, ¿no es de las mayores reliquias que se pueden decir? Querer tratar de las que tiene es cosa innumerable, y por esto es mejor dejarlas; porque si bien se considera, no sé comparar la de la piedra blanca, que se toca con los dedos por entre aquella rejita pequeña, que es del tamaño de media mano, que encima de ella tiene escritas estas letras, que tantas veces habréis leído:

                                                Cuando la reina del cielo
puso los pies en el suelo,
en esta piedra los puso:
de besarla tened uso
para más vuestro consuelo.

     RÍOS.- ¿Qué mayor grandeza, si bien se mira, que aquel altar donde el bienaventurado San Ildefonso, arzobispo de esta gran ciudad, se vio revestido de una casulla traída del cielo por mano de Nuestra Señora la madre de Dios, la cual está agora en la iglesia de San Salvador de Oviedo, entre otras que de España allí se recogieron al tiempo que entraron los moros en ella? Y este gran misterio está puesto de bulto de alabastro en una capilla pequeña, de su santa iglesia, la cual tiene por armas este gran milagro. Pues si miráis el oro y plata, perlas y piedras preciosas que tiene en el Sagrario, es proceder en infinito, pues tiene unas ajorcas de oro, que son de Nuestra Señora, que costaron catorce mil ducados de hechura, y una mitra, que dejó un arzobispo, que vale más de ochenta mil ducados. Esto sin las muchas casullas que tiene de sedas y brocados; y dicen que del primero oro que vino de las Indias se hizo parte de la custodia de esta iglesia, la cual tiene, sin otras muchas cosas que no digo, setecientas y cincuenta vidrieras de varios colores.

     RAMÍREZ.- Pues si queremos tratar de la ciudad, cosa milagrosa los edificios, recreaciones y antigüedades que tiene, pues vemos que se manda por cuatro puertas principales, y la más frecuentada de ellas es la que sale a la puente de Alcántara, la cual es la más rara y artificiosa de cuantas hay en España y aun en gran parte del mundo. Porque es, como sabéis, de un solo ojo, muy alta y de gran firmeza porque está fabricada toda de cal y canto.

     ROJAS.- Rasis, escritor, coronista de los árabes, celebra mucho esta puente y dice él mismo que fue hecha en tiempo de Mahomet Helimen, que fue hijo del rey Habdarratiman, en la de los árabes, de doscientos y cuarenta y cuatro.

     SOLANO.- También tiene otra puente sobre el río Tajo, de dos ojos, que llaman de San Martín, labrada con tanta excelencia, que es tenida por una de las buenas de España. De ésta dicen algunos que la hicieron de nuevo los reyes godos teniendo su corte en Toledo, el cual cerca Tajo más de las dos tercias partes de él; y lo que no cerca está muy fortalecido de dos fuertes murallas en que hay ciento y cincuenta torres. Y tiene un campo llano, que se llama la Vega, la cual es muy apacible, y donde salen a recrearse las ninfas de este lugar en todos tiempos, porque en invierno tiene sol y en verano frescura. Sin esto, aquel Alcázar tan fuerte y suntuoso que casi compite con el cielo.

     RAMÍREZ.- Y aquel artificio que sube el agua desde Tajo a lo más alto de la ciudad, ¿no es cosa increíble y que causa notable admiración que suba por más de quinientos codos de altura?

     SOLANO.- Obra es la más insigne y de mayor ingenio de cuantas de su género sabemos que hay en el mundo, cuyo inventor fue Juanelo Turriano, natural de Cremona, en Lombardía, que por sola esta obra mereció igual gloria con aquel Arquímedes de Siracusa o con el otro Arquitas, tarentino, que fue tan gran matemático que hizo volar una paloma de madera por toda una ciudad. Y vemos que sola la invención de su maderaje de este artificio tiene más de doscientos carros de madera delgada, que sustentan encima más de quinientos quintales de latón y más de mil y seiscientos cántaros de agua.

     ROJAS.- Obra fue, por cierto, ingeniosísima y digna de eterna alabanza.

     RÍOS.- Pues sin esto, tiene esta ciudad otra grandeza, no menor que las que habemos dicho, y es que en el reino de Toledo tienen sus estados muchos señores de las casas más antiguas y más calificadas de España, como son el marqués de Villena y duque de Escalona, el duque de Maqueda, marqués de Montemayor, conde de Orgaz, conde de Fuensalida, conde de Casarrubios, conde de Arcos, marqués de Malpica, conde de Malagón y el mariscal de Eobes, sin otros señores particulares que tienen mucha renta y no son títulos, aunque pudieran serio. Pues sin esto tiene hombres de grande ingenio, y sino miraldo en nuestro oficio, que los famosos autores que le han ilustrado y puesto en el punto que agora vemos han sido todos naturales de Toledo, de donde se arguye que produce este lugar personas de peregrinos entendimientos y hábiles para todo género de artes ingeniosas y de habilidad, pues dejando aparte los antiguos que fueron Lope de Rueda, Bautista, Juan Correa, Herrera y Navarro, que aunque éstos dieron principio a las comedias, no con tanta perfección como los que agora sabemos y hemos conocido, y que empezaron a hacerlas costosas de trajes y galas, como son Cisneros, Velázquez, Tomás de la Fuente, Angulo. Alcocer, Gabriel de la Torre y yo que también lo soy. Pues representantes los mejores que ha habido en nuestro oficio también han sido de Toledo; si no, díganlo Ramírez y Solano, Nobles, Navarrico, Quirós, Miguel Ruiz, Marcos Ramírez, Loyola y otros muchos que no me acuerdo.

     ROJAS.- El rato que hemos traído ha sido de tanto gusto, que no se me han hecho estas cuatro leguas un paso, y pues que ya estamos no más de una de Toledo, quiero entretenerla con deciros una loa que dije aquí cuando estuve con Villegas, que pareció bien con grandísimo extremo, por ser la traza nueva y la novedad peregrina, y dice de esta manera:

                                                Piedras, bronces, chapiteles,
pirámides, coliseos,
obeliscos y colosos,
móviles y paralelos,
rafes, techumbre, arquitrabes,
pentágonos y cruceros,
bien sé que sólo me entienden
no más de los arquitectos.
    Dioptra, tímpano, limbo,
aranaes, pínolas, globos,
almicantarad, numitos,
coluros y meteoros,
pleyadas, Arturo, norte,
Vía láctea, signos, polos:
bien sé que sólo me entienden
aquéllos que son astrólogos.
    Laurel blanco, gramonilla,
flor salvaje e higueruela,
aceites para la cara,
de jazmín, limón, violeta,
de azufaifas, de estoraque,
de altramuces y de arvejas,
cabezas de codornices,
los granos de aquella hierba,
piedra del nido del águila
lengua de víbora fiera,
aguja marina y soga
baba morisca y la tela
del caballo y la criatura,
sesos de asno y flor de hiedra:
bien sé que sólo me entienden
no más de las hechiceras.
    Sacres, petajes, trabucos,
morteruelos, falconetes,
escurribandas, cortinas,
tijeras, espaldas, frente,
peñas, guardas, casamatas,
culebrinas y mosquetes;
ma foy, monsieur, si voules,
je port un brave capitene,
qui vou donara un cheval,
tout asteur que vou voudrés,
argen, cuiraza, pistola,
samordia, alón, amené,
à diner à mon meson
vitement, & tout insieme:
ya entenderán lo que digo
los soldados y franceses.
    El guro está en el verdoso,
avizorad el antano,
polinches y lobatones,
poleos y chupagranos,
que las marquisas godeñas,
las guimarras del cercado,
entruchan cualquier resuello
y entrevan todo reclamo,
de mondruchos, brechadores,
floraineros, y lagartos:
ya entenderán lo que digo
los del germánico trato.
    Contumelia y puspusura,
argonauta y cicatriza,
regomello y dinguindaina,
cazpotea y sinfonía,
magalania y sinfuntunia,
zogomella y ciparisa:
esta lengua entiende Ríos
y otros que echan bernardinas.
    Sahúmate bien las faldas,
frunce esa boca, mozuela,
llégate al rostro esa toca,
clava esos ojos en tierra.
¡Ay, señor, que es una tonta!
¡Malograda de su abuela!
Alza ese manto del rostro,
descubre esas manos, necia:
tiénelas como alabastro,
más blandas que una manteca,
un piececillo tamaño
y unas tetillas tan tiernas;
pues el olfato de boca
más lindo que de azucenas.
Aún no ha cumplido quince años,
quítele aquella vergüenza.
¡Lléguese, no tenga empacho!
¡Mire qué muchacha aquesta!
¡Putas higas para todas!
¡Llégate, bobillo, a ella!,
que es como una pava gorda
y como una polla tierna.
¿Piensas que no sé del mundo?
Pues más tengo de cuarenta.
¡Dale esa sortija, acaba,
ponle al cuello esa cadena!
¡Ay, qué flojón, Dios me guarde!
ya me entenderán las viejas.
    «Vuesa merced, señor mío,
me tenga por su criada,
porque en lo que es voluntad
nadie en el mundo me iguala.
¡Hola!, si viene el platero
dirás que no estoy en casa.
y al mercader di que acuda
que no tengo ahora blanca.
Cierto, señor, que quisiera
hacer lo que se me manda,
mas no faltarán mujeres
a vuesa merced de gracia.
Lo otro, en la vecindad
estoy en muy buena fama,
y yo no querría perderla
por quien se me ha de ir mañana.
¡Hola!, ha pasado don Diego,
corre y dile a doña Juana
que venga a hacerme merced,
que ya son las once dadas.
Por mi fe que estoy corrida,
que tengo una convidada
y no se halló qué comer
esta mañana en la plaza.
Una olluela tengo ahí,
y no sé qué zarandajas,
que aún el pan no me han traído»:
ya me entenderán las damas.
    ¿No sabéis de qué me espanto?
¿Cómo estos farsantes pueden,
haciendo tanto como hacen,
tener la fama que tienen?
Porque no hay negro en España,
ni esclavo en Argel se vende,
que no tenga mejor vida
que un farsante, si se advierte.
El esclavo que es esclavo
quiero que trabaje siempre,
por la mañana y la tarde;
pero por la noche, duerme.
No tiene a quien contentar,
sino a un amo o dos que tiene,
y haciendo lo que le mandan
ya cumple con lo que debe.
Pero estos representantes,
antes que Dios amanece,
escribiendo y estudiando
desde las cinco a las nueve,
y de las nueve a las doce
se están ensayando siempre;
comen, vanse a la comedia
y salen de allí a las siete.
Y cuando han de descansar,
los llaman el presidente,
los oidores, los alcaldes,
los fiscales, los regentes,
y a todos van a servir,
a cualquier hora que quieren.
¿Que es eso aire?; yo me admiro
cómo es posible que pueden
estudiar toda su vida
y andar caminando siempre,
pues no hay trabajo en el mundo
que puede igualarse a éste.
Con el agua, con el sol,
con el aire, con la nieve,
con el frío, con el hielo
y comer y pagar fletes;
sufrir tantas necedades,
oír tantos pareceres,
contentar a tantos gustos
y dar gusto a tantas gentes.
    Ya me han entendido todos;
gracias a Dios que me entienden,
y pues ya me han entendido
hombres, niños y mujeres,
astrólogos, arquitectos,
viejas, damas y franceses,
hechiceras y soldados
y todas las demás gentes,
murmuren, hablen y rían
de todos los que salieren:
del uno porque salió,
del otro porque se entre.
    Ríanse de la comedia,
digan que es impertinente,
malos versos, mala traza,
que es la música aleve,
los entremeses malditos,
los que los hacen crueles;
ansí Dios les dé salud,
mucha vida y muchos bienes,
tengan contento en su casa,
el estado y honra aumente,
dé a las doncellas maridos
y a las casadas placeres,
a las viudas hombres viudos,
ricos, galanes, alegres,
a las viejas pan y vino,
y tras todos estos bienes,
una tos que los ahogue,
una mujer que los pele
y una sarnaza perruna
que les dure ochenta meses.

     RÍOS.- La loa es buena, de mucho gusto y entretenimiento, por la variedad de las cosas que tiene, que eso es sin duda lo que más agrada.

     SOLANO.- Decía un amigo mío que las alcahuetas son como el abecedario de los mercaderes, que tienen libro donde escriben las partidas y su abecedario para buscarlas, pues sin él no las hallarían con tanta facilidad. Y ansí son las damas sin ellas, que las andará un hombre buscando toda la ciudad, y no las halla, y para esto es menester acudir a la alcahueta, que es el abecedario, para que vea dónde vive Fulana, en qué calle y a cuántas casas.

     RAMÍREZ.- Yo me he aprovechado alguna vez de esa industria.

     RÍOS.- Trataba un hombre mozo diez y ocho años había con una vieja, y díjole un amigo suyo que se apartase de ella, si no por ser el tiempo tan largo, el pecado tan escandaloso y la carga tan pesada, a lo menos por ser ella tan vieja.

     SOLANO.- Señor, ése podía decir: «Amiga vieja y camisa rota, no es deshonra».

     RÍOS.- Yo conocí a Solano una que tenía más de cincuenta años; no sé yo si era su amiga, pero yo le vi muchas veces hablar con ella.

     SOLANO.- Por estar ya en Toledo no respondo lo que hay en eso, ni digo quién era ni por qué lo hacía.

     ROJAS.- Bien se puede creer todo de vuestra buena fama; y ansí eso como esotro se puede quedar para el siguiente camino.

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