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Libro IV

Ríos, Ramírez, Solano, Rojas

     SOLANO.- No poco contento he recibido de que con tanta brevedad vamos a Burgos: lo uno porque la mudanza de la tierra es ocasión de mudar la vida, lo otro porque aunque Valladolid es un lugar muy bueno, verdaderamente estaba ya en él enfadado.

     RAMÍREZ.- Sería por la misma causa que todos lo salimos, que es ser las posadas tan estrechas, calurosas y caras que he estado este mes y medio con el mayor disgusto del mundo. Pero dejando esto (que no hace a nuestro propósito), antes que prosigamos más adelante nuestro camino, habéis de acabar aquel cuento que tanto tenemos deseado de saber el fin que tuvo.

     ROJAS.- Por no seros con él enfadoso, ni yo en contarle prolijo (aunque ya queda de él muy poco), digo que un día, cuando el sol de todo punto había dejado los antípodas sin luz, extendiendo sus luminosos rayos por estotra parte de la esfera, los nobles Leonardo y Montano comenzaron (según me contó aquel amigo mío) a proseguir su viaje. Y como la prolijidad del camino (como agora el nuestro) les diese materia para procurar divertirse en alguna cosa de gusto con que engañar al cansancio, arrojando mil lastimosos suspiros de lo más íntimo y secreto de su corazón, fue Leonardo prosiguiendo su amorosa historia desde el punto donde yo la dejé, que fue el fin de aquella carta y principio de un ruido que sintió en el patio de su casa, y dice de esta manera:

     «Luego que sentí aquel rumor, deteniendo el vuelo de mi pluma suspenso, sin pasar adelante con mis razones, veo las pobres salas de mi soledad acompañadas y adornadas con la más rica tapicería del mundo, haciendo esta preciosa labor los nobles Floriso y Claridia y las bellas Cintia, Roselia y Anati[?]si, sus hijas, y con ellas mi divina y hermosa Camila. Lo que con [este] extraño y súbito espectáculo sentí, bien lo puedes echar de ver claramente y cualquiera que se considerare en semejante desconsuelo y apretura de corazón, y viendo delante de sus ojos la causa de ella. Fingiendo al fin el aliento que no tenía, recibí a mis nuevos huéspedes los brazos abiertos diciendo a Floriso: «Agora veo, señor, que no hay puesto, sitio o parte, por escondida que esté, que se pueda escapar y librar de ladrones, y más siendo caseros, que saben y escudriñan los más escondidos rincones».

     Él y su Claridia, con término apacible, discreto y urbano, después de pagadas mis cortesías con otras semejantes, me dijeron que habiendo sabido mi retraimiento e ignorando la causa de haberme apartado de mi propio palacio tan sin pensar, venían a saber la razón de todo esto de mi boca misma y hacerme compañía en esta soledad, no gustando yo de volverme a poblado. Y que para divertirme traían todos los aparejos de caza como eran perros, redes, gavilanes, azores, sacres, halcones, y añadió tras esto la nobilísima Claridia: «Camila trae el venablo de la caza del primer jabalí, por ver si en estos montes se ofrecía otra ventura (por no decir aventura) semejante a la primera que tuvo».

     Yo, después de haber agradecido y estimado esta merced lo que pude, disimulando mis pasiones, fino haberme venido a aquella extraña soledad a divertirme un poco de los cuidados de Corte y gobierno. Aunque se echa de ver que esta disculpa era tan frívola como aparente, porque la flaqueza y amarillez de mi rostro daba evidentes señales de que estaba en aquel puesto llorando y sepultado entre mil terribles cuidados, antes que divertidos de ellos. Lo cual sintió mi Camila con tan extremo, viéndome con gusto tan nuevo y diferente del que ella entendía que tenía, que no pudo detener las lágrimas que como menudas perlas destilaban sus ojos divinos. Las cuales sabe Dios si quisiera mezclar con las mías, como las aguas de la Salmácida fuente, si la varonil vergüenza no me detuviera.

     Al fin, después de haber los huéspedes descansado y tomado algún pequeño alivio con lo que en aquella soledad servirles pude: «De otra manera, me dijo Floriso, gastáis por acá el tiempo de lo que por allá se gasta. -¿Cómo?, le pregunté yo, ¿en qué se entiende por allá? -¿Tan olvidado estáis de fiestas, me dijo, que no sabéis las que por allá tenemos con los casamientos de Persanio?» Yo, con tan súbita y extraordinaria turbación que no quedó parte en mi cuerpo que no la sintiese, espantado del nombre de mi enemigo, que aun hasta él me asombraba: ¿cómo?, le dije, ¿Persanio casado? ¿Persanio casado? ¿Con quién, Floriso? Dímelo presto. -Con Crinarda, la gallarda dama del valle de Amande, me respondió; ¿es posible que no lo sabías?»

     Tal quedé como quien acaba de despertar de un grave y pesado sueño, que duda si duerme o está despierto. Desde aquel punto comenzó a ilustrar a mi alma una nueva luz, con cuyos rayos se deshicieron los nublados de mi corazón. Y al fin, poco a poco, vine a caer en la cuenta de mi yerro. Y por no dar a entender la variedad de mis pensamientos, dí orden de que luego saliésemos a caza, de que había grande abundancia en aquellos montes. Y dejando a Claridia y sus tres hijas en un hermoso y fresco jardín que aquella casa tenía, nos salimos al monte Floriso, mi Camila y yo, con todos nuestros criados, y puestas las redes en partes convenientes, a pocos pasos levantamos un ligero ciervo, al cual siguió Floriso con toda la gente, codiciosos de alcanzarle, siéndome con este lance favorable la fortuna para que tuviese lugar de quedarme con mi Camila. Lo cual ella también deseaba. Y así, al paso y compás que los otros corrían, nos fuimos los dos quedando. Y entonces ella, mirándome con ceño terrible, armando los divinos ojos que así relucían como si fueran rayos del cielo, me dijo:

     «Ingrato desconocido, ¿es honra de los hombres de tus prendas y de los que aman y ponen sus pensamientos donde tú pusiste el tuyo, engañar con palabras halagüeñas, lisongeras y falsas, a las nobles doncellas? ¿Dónde huiste? ¿Dónde te pensaste esconder de mi presencia, pensando que estabas libre de mi vista? ¿Así dejaste la tierna ovejuela en la boca y dientes de los sangrientos lobos? ¿Piensas que mi padre es el que me ha traído acá? Engáñaste, porque yo he sido la que he traído a mi padre para ser testigo de tu injusto olvido. ¿Qué es de tu amigo y compañero Persanio? ¿Cómo no eres el padrino de su boda? ¿Es porque no la celebra conmigo, como tú quisieras y pretendías? ¿Has huido de mi presencia por vergüenza de no salir con lo que quisiste o por querer a alguna a quien no puedes tener sino injusto amor? Pero haz lo que quisieres, y quiere a quien gustares, que yo tengo la culpa y merezco cualquier pena, por haberme fiado y creído al más ingrato y desconocido hombre del mundo».

     No pudo pasar más adelante, porque los cielos o soles de su divino cielo comenzaron a despedir espesa lluvia de cristalinas lágrimas. Yo, que hice harto en no perder allí el poco aliento y espíritu que sustentaba mi cansada vida, comencé, culpando mi ignorancia, a dar las disculpas que pude de mi destierro. Y dando muestras de mi amor con la manifestación que hice de mis celos y de la razón que tuve para tenerlos, se deshizo el laberinto y enredo que hasta aquel punto habían enmarañado nuestros pechos, quedando mi Camila contenta y yo más enamorado de lo que estaba antes a su divina hermosura, soberano valor y extraordinaria fidelidad. Entonces me contó ella los enredos de Persanio y las quimeras, estratagemas y telas que había urdido para aficionarla a que le quisiese bien, no habiendo dejado de aprovecharse de cautelas, dádivas, mensajes, tercerías, promesas, visitas y muestras de su persona, y finalmente, de todo aquello que le pareció a propósito para alcanzarla. Y que, al fin, viendo que todo esto era azotar al viento y sembrar en arena, desesperado se había casado con la hermosa Crinarda, dama de mejor talle y rostro que nombre y reputación.

     Preguntóme después de esto mi Camila qué era aquello que estaba escribiendo cuando entraron en mi casa, de que quedé harto turbado y suspenso sin saber por un rato qué responder. Mas al fin acordéme de no sé qué que había hecho el día antes a la soledad, divertido con la rabiosa melancolía que en ella pasaba, y díjele que cuando entró estaba escribiendo esta canción, alabando la soledad en que me hallaba (disimulando cuanto pude lo de la carta). Diciendo ella que le dijese, si se me acordaba, dije de esta suerte:

                                                Sagrada soledad, albergue y nido
de aquel cuyos divinos pensamientos
derechos van al gusto y al sosiego,
hoy que en ti se acomoda mi sentido
y libro mis placeres y contentos,
en tu amoroso albergue y dulce fuego,
escucha el justo ruego
de aquél que tanto estima
tu más que humana gloria,
y alienta la memoria
que el contrario bullicio desanima,
tú que eres en el suelo
la escala por do el alma sube al cielo.
   
    En ti el Rector del cielo soberano,
quiso que hallase el gusto y el alivio,
el pecho celestial y humano pecho.
Halla en ti su contento el pecho humano,
cuando entre el descontento y placer tibio
su ambiguo corazón se siente estrecho:
en lágrimas deshecho
buscando va tu amparo,
que la melancolía
halla su compañía
en la divina luz del cielo claro,
y en la tranquila calma
halla el silencio que pretende el alma.
   
    Mientras más de ti goza, más suspende
la espada que sus gustos taja y corta
el temeroso golpe que amenaza.
Ninguno le es contrario ni le ofende,
en paz el cuerpo tiene, el alma absorta,
ni él tráfago le ocupa ni embaraza.
Halla en tus aguas traza
a su vivir iguales,
pues cuanto más caminan
tanto más le adivinan
que aquél es el estado de sus males,
que como el sol y luna,
corren y vuelan sin tardanza alguna.
   
    El verde de los árboles sombríos,
con que el florido Abril su tronco cubre,
añade a su esperanza la esperanza;
los pesados calores y los fríos,
cuando el Deciembre el rostro yerto encubre,
prometen a su airado mar bonanza.
No hay en igual balanza
cosa alguna en el suelo:
lo que hoy de hoja carece
mañana reverdece;
camina el agua y nunca para el cielo;
el bello sol dorado
hoy da luz y mañana está eclipsado.
   
    No del adulador la lengua falsa
ni del parlero la nociva lengua
perturban su quietud y su reposo;
ni como la grandeza con la salsa
de la abatida y deshonrada mengua
que le causa el vecino cauteloso:
él es el poderoso;
él a quien reverencia
el vecino sencillo;
él quien sólo en decirlo
cualquier dicho le tienen por sentencia;
y él solo es el seguro
del Jano, amigo falso, y del perjuro.
   
    No envidia los brocados de los reyes
ni el paño del traidor inglés bastardo
viste, por contrabando, con recelo.
Mucho más apacibles son sus leyes,
con el tosco sayal ya más gallardo,
que al mundo sale el gran señor de Delo.
No vive con recelo
del vano cumplimiento
que tiene el cortesano,
ni teme del tirano
el bárbaro rigor y el fin violento,
ni de un injusto mando
su vida, ser y honor están colgando.
   
    ¿Pues qué, si el cielo santo le enriquece
para engañar los tiempos más prolijos
con una hermosa y, bella compañera?
Con nueva juventud su edad florece,
crece el amor con los queridos hijos,
la entrañable afición, la fe sincera
es verde primavera
su vida, corta o larga,
ni teme los recelos,
fruta que al más cobarde gusto amarga,
porque en beldad y aviso,
él solo es el Adonis y el Narciso.
   
    Después que sus labores ha tratado,
desde que Apolo mira su hemisferio
hasta que se escondió en el mar de España
gozando del descanso deseado,
sin temer el argolla o cautiverio,
a sus hijuelos tiernos acompaña,
y desde su cabaña
gobierna el mundo todo,
y con el pensamiento
mide el furor violento
del hereje alemán, del persa o godo,
hasta que el dulce sueño
restituye a su lecho el propio dueño.
   
    ¡Oh, vida solitaria!,
el que no te conoce no te adora,
pues sólo eres contraria
a aquel que por perderte siempre llora,
y de ti despedido,
canta tu gloria como yo afligido.

     Quedó mi Camila tan contenta como engañada con la elegancia y grandeza de estilo de la canción, y ciñendo mi cuello con sus divinos brazos en pago de haberla recitado, me dejó más ufano que está el coronado Atlante con la pesada carga de los cielos. Y después de haber un poco considerado sus pensamientos y la verdad de ellos, me dijo:

     «¡Ah, Leonardo mío, y quién fuera tan dichosa que como una humilde y simple pastora pudiera pasar la vida de la propia suerte que la has pintado, teniéndote por compañero de ella! Agora digo que con razón envidio el cayado pastoril por todas esas razones con que le has abonado. -Mucho más es, mi señora, la dije, el contento y alivio con que en ella se vive que lo que de él se puede decir, pues por más que en pintarla se esmere la más cortada pluma y el más delicado pincel, hay del escribirla al vivirla tanta diferencia como va de lo vivo a lo pintado; aunque si estuviera algo despacio yo te la pintara de suerte que te aficionaras más de ella. -Ya que no sea agora, por la parte y oficio en que estamos, dijo ella, no te perdono esa palabra que me das, mandándote que a la noche en el jardín me cantes algo de la vida pastoril, dándome alguna cuenta de ella y fingiéndote el mismo pastor que has de pintar.» Yo se lo prometí, de la misma suerte que ella me lo mandó, pues era lo menos que por servirla podía hacer.

     Y al fin, estando en medio de nuestra conversación, vimos menear unas matas del monte en donde estábamos y procurando inquirir quién fuese la causa de ello, levantamos casi de entre los pies de los caballos dos fieros lobos, que en viéndonos comenzaron a huir y nosotros a seguirlos, aunque mi divina Camila, impaciente de que tanto se alejasen, sacó de una aljaba que de los hombros le colgaba, una aguda saeta, y poniéndola en el arco, la despidió con tanta fuerza y destreza que cogió a la bestia en medio del camino, y atravesada de parte a parte, a pocos pasos, cayo muerta en tierra. Y yo, que con la furia de mi caballo vine a alcanzar al otro, metiéndole dos pelotas de un pistolete, le hice pasar por la propia suerte del compañero, que no poco contento nos dio. Después discurrimos el monte y matamos diversos géneros de fieras, y cargando de nuestra caza los dos caballos, aún no bien habíamos salido del monte cuando encontramos a Floriso con toda la demás gente, cargados de diversos despojos, que cuando nos vimos, nos recibimos con regocijo general de una y otra parte, y con él nos volvimos a casa, donde nos estaban esperando Claridia con sus tres bellas prendas, descosas de nuestra vista.

     Y después de haber pasado parte de la noche en contar cada uno sus lances y aventuras, determinamos partirnos otro día para la villa, y luego todos de compañía nos metimos en el vergel y divirtiéndose cada cual por donde mejor le pareció, mi Camila y yo nos entramos por ingenioso laberinto de madreselvas y ave. llanos, entretejidas en diversos encañados que venían a dar a una fuente que la copa, chafariz y figuras todas eran de un mármol pario. Y sentándonos en unos asientos de finísimo jaspe que alrededor estaban, comencé a templar una guitarra que había hecho traer, y poniéndola en las manos blancas de mi hermosa Camila, la supliqué diese principio a la conversación. Y como ella me dijese que no se me debía de acordar de la palabra que le había dado en el campo: «Bien me acuerdo, la dije, ángel mío; pero antes que yo entre alabando la vida pastoril, quisiera que vos alabárades la vida en común, pues la que yo en particular tengo y poseo, es cierto que es por sola vos, que sois la causa de ella, y todo cuanto por tenerla espero». Ella, estimando mis humildes y corteses razones, haciendo parar los cielos de su continuo movimiento y deteniendo el de las más livianas hojas de los verdes y frescos árboles, por oírla dejaron las cristalinas aguas de la fuente y pequeños arroyuelos su murmurar continuo, y ella dijo y cantó de esta suerte:

                                                Bien es, Leonardo, que la vida alabe
quién sabe por la muerte lo que es vida;
que al fin dará difinición cumplida,
si acaso en un humano juicio cabe.
    Es vida un manso céfiro süave,
gloria entera en mil glorias dividida,
deseo y esperanza poseída,
de todo el bien y el mal la puerta y llave.
    Es un camino corto y prolongado,
un éxtasis del alma imperceptible,
y es vida al fin aquello que no es muerte.
    Es vida un mar tranquilo y sosegado,
y si ha de ser la vida de esta suerte,
que es muerte, la que paso, es infalible;
    ¡Oh, suerte corruptible,
al fin viene Camila a concederte
muerte que el punto de la vida está en la muerte!

     «Divina sentencia es esa con que acabastes, hermosa Camila mía, la dije, pues en un punto me distes gloriosa vida y muerte. Y agora vi la vida en vuestra soberana y dulce armonía, acompañada en un punto con la muerte del fin de vuestra divina difinición y música. Dejáos de eso, mi Leonardo, dijo ella, que bien sabéis vos que sois la causa de mi vida y de mi muerte, aunque tengo la muerte por dichosa vida.» Y entonces, obedeciéndola, canté este romance, dando a mi divina Camila muestras de quién era su Leonardo, y alabando la vida pastoril:

                                                Bellísima pastorcilla
más hermosa que los cielos,
alma de mi voluntad,
vida de mi pensamiento;
ya que merezco ser tuyo,
o aunque yo no lo merezco,
quiere el cielo que me llame
el más dichoso del suelo;
ya que has subido mi suerte
sobre el alto firmamento,
al cielo de quien tus ojos
son el sol y luna bellos,
escucha un rato, que canto
en estos humildes versos,
a quien amas, y el oficio
que tú quieres que cantemos.
No es soberbia que publique
su altura es soberbio cedro,
pues quien le conoce sabe
que es en altura soberbio.
Ni en que yo diga quién soy
perder lo que soy pretendo;
mas quiero, ya que no en más,
que no me tengan en menos.
Los campos de Manzanares
saben quién son mis abuelos,
cuya apacible ribera
conoce mi nacimiento.
Las sombras de sus alisos
ni las ramas de sus fresnos
no se acuerdan por qué entonces
me vieron dorados techos.
Yo, aunque de la gran nobleza
de mis padres estoy lejos,
cualquiera que me conoce
me dice que los parezco.
No digo que esto es verdad,
mas con ella decir puedo,
si serlo el deseo arguye,
que son nobles mis deseos.
Es oficio de pastor,
pastora hermosa, el que tengo,
el más feliz de la tierra
y el que más parece al cielo.
Tiene el año doce meses,
y el mes treinta días enteros,
veinte y cuatro horas el día,
que a mi gusto se las cuento.
Levántome de mañana,
y al alba, que está riendo,
la saludo, acompañando
a los pintados jirgueros.
Llamo entonces mi familia
que, habiendo vencido el sueño,
sin pereza y sin cuidado
deja el apacible lecho.
Después de estar en pie todos
es de mirar el contento
que alrededor de la lumbre
tienen al sol del torrezno.
Y en habiendo reforzado
las fuerzas con el almuerzo,
acuden a su ejercicio
más que los rayos ligeros.
Unos ponen con presteza
al arado el corvo hierro,
otros al buey perezoso
uncen con el compañero.
Van al campo a sus trabajos
a pagar el grave censo
que puso Dios por sus culpas
a nuestros padres primeros.
Y después de haber medido
los campos y los oteros,
vuelven el ganado a casa
con sus veladores perros.
El labrador da a sus bueyes
con francas manos el heno,
que aun hasta en los animales
se sigue al trabajo el premio.
Pero el pastor codicioso
coge al tierno corderuelo
y a la madre se le pone,
que bala por darle el pecho.
Y a la cabra, que codicia
el recién nacido hijuelo,
saca el cabrito que en casa
se quedó por ser tan tierno.
Éste es todo su cuidado;
después, de todos ajenos,
más contentos que los reyes,
ponen a la mesa cerco.
Para vencer a la hambre,
que es el contrario más recio,
no faltan dulces manjares
sin envidiar a los cetros.
La manteca regalada
ocupa el primer asiento,
que en vez de azúcar la comen
con panal reciente y fresco.
Y cuando de su dulzura
están harto satisfechos,
tienen, como le desean,
el tierno y grueso carnero.
De los mejores del hato
cogen un cabrito grueso,
y sin reparar en gastos
le comen cuando es su tiempo.
Cuando viene el San Martín,
de los más cebados puercos
rechinan los chicharrones
y trasciende el entrecuesto.
Hay entonces las marranas,
que a pares las da el Enero,
que hacen labor con el ajo
y milagros con sus cueros.
Y sí para hartar su sed
no bastan los arroyuelos,
en casa del mayoral
no les falta el vino añejo.
Ésta es la vida que paso,
señora, y la que te ofrezco
por víctima y por primicias
de nuestro dulce himeneo.
Las sedas y los brocados
que he de colgar en tu templo,
son rendidas voluntades
y amorosos pensamientos;
los ámbares y estoraques
y el encienso más sabeo,
la firmeza en adorarte,
que es el más precioso incienso.
Las piedras y los anillos
con que he de adornar tus dedos,
no serán duros diamantes,
sino corazones tiernos.
Aunque si fueres servida
de otros tesoros de precio,
con todo puede servirte
quien de todo te hace dueño.
Las márgenes de Madrid
y las vegas de Toledo,
sabes que todas son tuyas,
porque yo soy tuyo mesmo.
Las naves que de la India
traen los tesoros inmensos,
todo es tuyo, porque es mío,
si acaso quiero quererlo.
Y si quieres que te ofrezca
las prestas aves del viento,
la tórtola y la paloma
vendrán a ver qué las quiero.
Y aunque te parezca rico,
es mucho más lo que tengo,
porque te tengo en el alma
y en lo que es razón te precio.
Y pues merecí tenerte
por amor casto y honesto,
todos los demás tesoros
desde hoy más los aborrezco.
Sólo a ti, coyunda dulce,
sujeto el ufano cuello,
a tu belleza me postro
y tu beldad reverencio.

     El contento con que mi hermosa Camila oyó el romance no te lo sabría explicar, amigo Montano. Mezcló los suspiros de su alma con los últimos acentos de mis versos. Y díjome: «No en balde, querido Leonardo, estoy ufana de la merced que el cielo por tu causa me hace, pues dices lo que sientes y dices también que las piedras de los tebanos muros huyeran de Orfeo por oírte y las atrajera tu divina melodía con más ventajas. Y si como el espíritu de Eurídice estuviera el mío en las estigias aguas, aunque las infernales furias tuvieran fiereza doblada, pausaran de sus acostumbrados castigos y dejaran de atormentar las almas desventuradas de los condenados. -Tu discreción supla mis faltas, la dije, que lo más que puedo hacer y decir en tu servicio, me parece muy poco respecto de lo mucho que te debo.» Entre estas y otras razones que hablamos y platicamos de nuestros pasados sucesos, no dejándome ella de preguntar la menor circunstancia de mi solitaria vida, se hizo hora de recogernos, y determiné con los nobles Floriso y Claridia y sus hermosas y divinas prendas volverme otro día a la villa. Y en el mismo punto que los rubios cabellos del radiante Apolo comenzaron a ilustrar el nuevo día, lo hicimos ansí. Y antes que hiciese su viaje por el meridiano, llegamos allá, cosa que no poco placer y contento dio a mis vasallos y soldados.

     Y al fin, desde aquel día pasé la vida más agradable y dulce que se puede imaginar, no pasándose punto que no recibiese mil soberanos favores de mi Camila. Y como a los dos nos pareciese justo acabar de premiar nuestras voluntades y esperanzas con la dulce posesión del fruto de nuestro limpio amor, un día, habiendo convidado a Floriso y Claridia, con sus bellas hijas, a comer en mi palacio, estando sobremesa, declaré a los padres el extremado amor que siempre tuve a su hermosa hija, las veras con que procuré mostrarle la limpieza de mi voluntad, declarada y manifestada en mis justas pretensiones; y al fin, que en pago de todo esto estaba determinado de suplicarles que me hiciese tan soberano favor y merced de darme por compañera y señora de mi alma a la que siempre lo había sido, prometiéndoles que en las veras con que conocerían lo que yo estimaba el verme colocado en tan excelso grado de grandeza echarían de ver lo que amaba su divina prenda. Ellos, que otra cosa no deseaban, bañados los venerables rostros de tiernas lágrimas, me abrazaron y recibieron desde luego por su amado yerno.

     Y llamado el sacerdote, hinchiéndose la tierra de mil diversos y varios regocijos, asistiendo por testigos la gente toda principal del pueblo, nos desposamos, dilatando las velaciones para el día de San Juan, que siempre le tuve por venturoso y propicio de todos mis sucesos. Hasta el cual día (que cerca estaba)diferí el traer a mi palacio a mi dulce esposa para cumplir en todo sus honestos y nobles deseos. Lo que los dos sentiríamos, bien lo puedes echar de ver, y ansí lo quiero reservar y dejar a tu discreto pensamiento. Pues lo que mis vasallos sintieron es inexplicable: había regocijos públicos, recíprocos parabienes, como si de todos en particular fuera la buena dicha. Parece que entonces revistió la hermosa Flora los campos segunda vez y que los peces saltaban de contento en el caudaloso Miño. Las aves, con nuevos y desusados cantos, publicaban mi ventura; los hermosos planetas, los bellos signos y las lucientes estrellas relucían con nueva fuerza, viveza y resplandor.

     Ésta, amigo Montano, hasta este punto es la historia de mi vida; lo que de aquí adelante se sigue abreviaré en dos palabras porque no se me acabe la poca que tengo, que aunque la tengo aborrecida, huyo de la muerte como el que rabia de las fuentes que desea, y quizá es para pasarla más larga y penosa. Digo, pues, que habrá seis días, que eran catorce antes de San Juan, me vino una carta y mandamiento del Rey nuestro Señor, en que me manda que dos días antes de San Juan, sin falta ninguna, esté en su Corte por cosas tocantes a su real servicio. Ves aquí, amigo Montano, anublado mi cielo, cortadas las alas de mi esperanza, atajados los pasos de mi descanso y sosiego. Fueme necesario apresurar mi jornada, llevando el cuerpo sin alma a servir a mi rey y dejar a mi esposa, a mi cielo, a mi esperanza, a mi descanso y sosiego, sola, sepultada entre amargos sollozos y desventuras y viuda antes que casada. La cual me dijo, despidiéndome de ella con muchas lágrimas y suspiros, que para que no creyese había sido mi amor fingido en quererla, que no fuese parte la ausencia para olvidarla, ni yo mostrase ser hombre en aborrecerla, que aunque mujer, me prometía de ser en adorarme la misma firmeza. Y a este propósito te quiero decir unas décimas que las hice antes que me fuese, probando cómo era imposible olvidarla, y al contrario, lo que ella por ser mujer me prometía. Y esto no embargante, que yo estaba bien seguro de su gran firmeza y ser, como era, mi adorada esposa.

                                                Si te da pena mi ausencia,
no te dé temor mudanza,
que mi fe te da esperanza
y tu amor me da paciencia;
mas si por justa sentencia
tantos males me han venido,
llorar tengo lo que he sido,
y ansí forzoso ha de ser,
que presente he de tener
la gloria del bien perdido.
    Si no supiera querer,
nunca la ausencia temiera,
porque si amar no supiera,
no tuviera qué temer;
si ausente he de padecer,
bien me pueden enterrar,
que la memoria de amar
no da lugar al vivir,
y ansí es más cierto morir
que no poder olvidar.
    Quien no sabe qué es amor
no juzgue de mi derecho;
meta la mano en su pecho
quien sabe de este dolor;
tener recelo y temor,
de amor nace su accidente
que se halla ordinariamente
en el amante más fiel;
mas desdichado de aquel
que está celoso o ausente.
    Culpar mi ausencia no es justo,
pues donde hay tanta razón
no perdiendo la afición
se ha de posponer el gusto;
y si dices que es injusto,
pues de ti no he de acordarme,
no hay razón por qué culparme,
pues si me ausento de ti,
sabes que te llevo en mí
y a mí no puedo olvidarme.
    No negaré que te adoro,
y si quieres, yo lo niego,
y aquí verás si estoy ciego,
pues confieso lo que ignoro;
guardo a tu amor el decoro,
y como es fuerza partir,
donde sin ti no hay vivir,
es cual la vela mi amor,
que da claridad mayor
cuando ya se va a morir.
    Dicen algunos amantes
que de ausencia nace olvido,
y yo digo que ha nacido
el olvidar de ignorantes,
que el ser o no ser constantes
consiste sólo en razón;
que no es la ausencia ocasión
a vencer la voluntad,
ansí donde hay necedad
jamás hay firme afición.
    Si te dijeren de mí,
señora, que no te amé,
si dudares de mi fe,
que ruego a Dios no sea ansí,
sólo te suplico aquí
que te acuerdes de quién eres,
que me quieras si me quieres,
aunque tenga por simpleza
pedir que tengan firmeza
en ausencia las mujeres.
    Confieso que algunas son
llanas, fáciles, posibles,
y otras fuertes e invencibles,
más que el monte de Sión;
pero llegado a razón,
¿qué mujer hay que en un mes,
por gusto o por interés,
o cosas más importantes,
no olvide lo que fue antes
por lo que vino después?
    El tiempo doy por testigo
y en él, Camila, verás,
que si de mí ausente vas,
te lleva mi alma consigo;
denme los cielos castigo,
si en lo que digo no acierto,
que puedo jurarte cierto,
y esto solo te apercibo,
que en tus ojos estoy vivo
y en tu ausencia parto muerto.
    Pues cuando tú consideres
que eres mujer, y yo ausente,
tú discreta, yo imprudente,
yo quién soy y tú quién eres,
si por ventura me vieres
de aquí a un mes o de aquí a un año,
verás claro el desengaño
y me dirás que acerté,
yo en guardarte amor y fe
y tú en conocer tu engaño.
    No hay decir no lo sabrán
como presentes no se hallen,
pues cuando todos lo callen
mis ojos te lo dirán,
porque en ellos se verán
las quejas de tu razón,
mi mudanza o tu afición,
que si bien lo consideras,
son los ojos vidrieras
del alma y del corazón.
    Cuando tu amor sea ninguno,
yo con tu gusto concuerdo,
que jamás un hombre cuerdo
ha sido amante importuno;
mas sí te dijere alguno
que no tengas confianza,
viendo ausente tu esperanza,
no lo creas, que es error,
porque siempre un nuevo amor
requiere nueva mudanza.

     Y acabando de escribir estos tristes y últimos versos y poniéndome en camino todo fue uno, porque como los mandados de los reyes son imperio y las obligaciones de la honra mayores que las de la vida, dejo el cuidado de vivir y de mi propia voluntad sigo el de la amarga, triste y desastrada muerte».

     Aquí acabé de contar mi historia á mi noble amigo Montano, acompañando el último y postrimero fin de ella con mil suspiros, sollozos y lágrimas que la fuente del corazón, como arroyos, despedía. El cual me consoló lo que pudo, prometiéndome, como fidelísimo amigo, de ocupar siempre el tiempo en mi amistad y servicio de la noble Camila, sin apartarse de ella un solo punto, pues no estaba su tierra del Miño más que distancia de cinco o seis leguas. Y al fin, aquel mismo día me partí y llegué a la antigua ciudad de la Coruña, honra de la noble y leal Galicia, donde vi sus fuertes muros, sus gruesas piezas de artillería, los fuertes de San Antón y de Santa Marta, y todas las demás cosas que hay que ver, que son hartas. Y habiendo visitado al gobernador y gente principal de la ciudad, que eran mis deudos, me despedí de mi fidelísimo y nobilísimo amigo Montano, que casi me faltó el corazón en esta despedida, dejándole encargadas las prendas de mi alma: todo lo cual él prometió de hacer, después de haber acabado los negocios a que había ido a la Coruña. Cual quedaron la bella y hermosísima Camila y sus ancianos padres, tú, amigo Rojas, pues eres discreto, lo podrás considerar, y ansí tengo por indiscreción exagerarlo. Yo tomé luego mi camino, y saliendo de los muros de la Coruña, contemplando su soledad, comencé a decir:

                                                Adiós, hercúleos muros, que a los cielos
amenazáis con la soberbia altura.
Adiós, tierra dichosa, sepultura
de mis contentos, glorias y consuelos.
    Adiós, árboles verdes, que mil hielos,
mil blancos pechos, más que nieve pura,
encubrís en quien tiene la hermosura
tanto lugar como hay en mí recelos.
    Adiós, sabrosas fuentes apacibles;
adiós, mar, que hoy os vence el de mis ojos;
quedaos adiós, y adiós también yo mismo.
    Hoy muero, hoy son mis penas insufribles,
hoy me voy y me quedo, y mis enojos
hallan en mi destierro el propio abismo.

     Esto acabé de decir, y luego, por la posta, tomé mi camino para la Corte, do en llegando me mandó su majestad levantase esta compañía que agora tengo en Bretaña, y apenas salí con la conduta y levanté mí bandera, cuando de improviso recibí una carta de mi querido y fiel amigo Montano, en que me avisaba estaba enferma mi Camila».      Y diciendo esto, quedó tan fuera de sentido el sin ventura Leonardo, que le tuve más de dos horas por muerto. El cual, vuelto en su acuerdo, empezó a despedir un arroyo de lágrimas que me enternecieron de manera que en lugar de consolarle en su pena, le ayudé a llorar su desgracia con lo cual dio fin a su amorosa historia, y dentro de ocho días mi capitán (que se llamaba Rostubaldo) a su miserable vida. Porque llegando una tarde al campo de la verdad en busca del enemigo, le hallamos atrincherado entre unos castillos donde el triste Rostubaldo, que era un capitán valentísimo, con cincuenta arcabuceros llegó a reconocer el puesto y a ganarle dos trincheas al contrario, y al retirarse le dieron un mosquetazo. De cuya muerte todo el campo hizo no pequeño sentimiento, porque era de todos los soldados generalmente muy querido. Y esta misma noche (que fue domingo), le sacó un cabo de escuadra suyo al hombro de donde había caído, y se le hizo en una ermita un lastimoso entierro. Por cuya muerte le encargó Su Majestad al capitán Leonardo una de las más principales fuerzas y gobiernos del reino de Bretaña, donde asiste agora, con los cuidados que es razón, de su hermosa Camila, cuyo casamiento pienso se cumplirá en la cercana primavera, en la cual sin falta irá por su querida esposa, y se acabarán los deseos de estos dos ilustres apasionados, que en el modo de tenerlos enseñan a los príncipes a guiar los suyos y a guardar el decoro a las nobles doncellas, refrenando ellos su apetito y midiéndole con la honra y razón. Lo que sucediere adelante en el discurso de la vida de estos dos espejos de honra y amor, se cantará en nuevos libros, en los cuales se proseguirá esta dulce, apacible y agradable historia.

     RÍOS.- Por cierto, el cuento ha sido bueno y de mucho gusto.

     ROJAS.- Pues por lo que dije había sucedido esta desgracia de mi capitán en domingo, os tengo de decir una loa en alabanza de este día, y de la misma loa, y después ansimismo, de todos los demás días de la semana. Que porque me han costado algún trabajo y son de mucho entretenimiento, os las tengo de decir.

     RAMÍREZ.- Todos le tendremos por grandísimo en que nos hagáis esa merced,

     ROJAS.- Ya sabéis que os tengo de servir; escuchad:

                                                Son tantas y tan varias las comedias,
tanta la muchedumbre de romances
y tan grande el discurso de las loas
que hasta agora se han hecho, que me espanto
que nadie pueda hacer más de lo hecho
ni nosotros decir más de lo dicho.
Unos hacen las farsas de marañas,
otros de historias, fábulas, ficciones;
las loas de alabanzas de las letras,
de plantas, animales, de colores;
uno alaba lo negro, otro lo blanco,
éste el silencio, la humildad el otro,
sin otras muchas de que no me acuerdo.
    Y es trabajo tan mal agradecido
esto de loas, como en otro tiempo
fue de todos los hombres estimado;
porque los versos se inventaron sólo
para las loas (como dice Eusebio);
que habiendo ya pasado el mar Bermejo
con su gente Moisén, compuso himnos
(que es lo mismo que loas), alabando
(1)al sumo Dios que tanto bien le hizo.
    Y todos los cantares que compuso
Salomón a la esposa del esposo
(2)(según el texto) también se llaman loas.
    El profeta David también nos dice
que alabemos a Dios, cuando en sus Salmos
nos dice ansí: Laudate pueri Dominum,
Laudate nomen Domini. Y Porfirio
también dice que Orfeo hizo estas loas,
y el decirlas fue oficio antiguamente
de aquellos oradores tan insignes
(según lo cuenta Plinio, libro sétimo),
que entrando nuestro padre, el gran Virgilio
a decir una loa al gran Senado,
todos se levantaron y le hicieron
una gran cortesía (merced rara
a nadie hecha jamás, si a emperadores).
    Por otra loa que Píndaro había hecho
a aquel invicto césar Alejandro,
yendo asolando la ciudad de Tebas,
mandó que no tocasen a la casa
de aquel famoso Píndaro, poeta.
Scipión el Africano, de contino
a su lado llevaba al poeta Enio
por las loas que hacía, y éste muerto,
mandó le edificasen una estatua.
Los antiguos también, si uno moría,
le hacían una loa en su alabanza,
que es lo que ahora llamamos epigrama,
endechas o elegías, que esto es loas,
y aquesto (según Livio) era gran honra.
    Loó a su padre muerto el buen Marcelo
cónsul; Suetonio dice Cayo César
loó de doce años a su abuela,
y Tiberio de nueve, y en los rostros,
que es como agora decir en los teatros,
hizo una loa a su difunto padre.
Y Plinio dice que una de las cosas
que eternizaron a Virginio Rufo
que fue una loa de Cornelio Tácito.
Vino esta dignidad de hacer las loas
a tanta calidad y tanto punto,
que Cicerón lo tuvo por oficio,
y aquel sabio andaluz Quintiliano.
El segundo Filipo, señor nuestro
(que Dios tenga en su gloria como puede),
cuatrocientos escudos dio de renta
por una loa hecha a la Católica
reina doña Isabel, que el cielo haya.
    Las loas que compuso el gran Petrarca
de aquella Laura le han eternizado;
y según la opinión de mucha gente,
los sonetos, los himnos, las canciones,
todos son loas, y fueron inventadas
para loar y eternizar los nombres,
para hacer inmortales a las famas,
para animar los hombres que emprendiesen
cosas altas, empresas memorables,
    y en comedias antiguas y modernas,
para tener propicios los oyentes,
para alabar sus ánimos hidalgos
y para engrandecerles sus ingenios.
Y ansí, pues trato sólo de alabanzas,
alabaré hoy domingo aqueste día;
mañana lunes, trataré del lunes,
y de esta misma suerte por su orden
todos los días que hay en la semana.
   
    Digo, pues, que en domingo tuvo el mundo
(3)su principio, según escribe el Génesis:
in principio creavit Deus caelum et terram.
    En domingo tendrán fin las desdichas,
miserias y trabajos de esta vida,
porque, según Guillermo, en este día
se ha de acabar el mundo miserable.
    En domingo nació la Virgen nuestra,
madre de Dios, y en este mismo día
Jesucristo nació de esta señora.
En domingo también el mismo Cristo,
primero día de año, mes, semana,
comenzó a derramar su santa sangre.
En domingo fue este mismo día
(4)el dulce nombre de Jesús le dieron.
    En domingo hizo Dios aquel convite
a más de cinco mil personas juntas
(5)con solos cinco panes y dos peces.
    En domingo, que acá dicen de ramos,
el cordero dulcísimo triunfando
entró en Jerusalén, de su enemigo
ya condenado a muerte; y en domingo
(6)obró muchas e inmensas maravillas.
En domingo también en cuerpo y alma
(7)resucitó el Señor de entre los muertos.
    En domingo, la Iglesia nuestra madre
recibió la merced tan soberana
del Espíritu Santo, y su venida
(8)sobre aquel apostólico colegio.
La gloriosa María Magdalena
(9)en domingo llegó a los pies de Cristo.
    Y en domingo también las tres Marías
ungüentos preciosísimos compraron,
y fueron al sepulcro a ungir a Cristo,
(10)el cual hallaron ya resucitado,
según San Marcos dice, evangelista.
San Agustín, doctor de nuestra Iglesia,
nació en domingo. Y en efecto, España,
se perdió en el espacio de ocho meses,
y en ochocientos años que pasaron
no se recuperó: al fin, en domingo
afirman muchos que volvió a ganarse.
    En domingo también, siete de Octubre,
el señor Don Juan de Austria (que Dios haya)
la batalla naval ganó en Lepanto.
Los que en domingo nacen, según cuento
astronómico, suelen ser hermosos,
virtuosos, altivos y seguros.
    En domingo cayó el primero día
del año que llamamos Todos Santos;
huelgan los oficiales los domingos,
los domingos se visten las fregonas,
júntanse los domingos las vecinas,
los domingos se alegran las comadres,
paséanse en domingo los maridos
y juegan al rentoy los caldereros.
    Nosotros deseamos los domingos,
porque en domingo viene mucha gente,
y siempre las comedias en domingo,
representamos todos con más gusto,
porque en domingo hay siempre más dineros.
    Los galanes desean los domingos
para ver a sus damas en la iglesia,
o sin el almohadilla a la ventana.
Todos los más estados de este mundo,
ansí plebeyos como principales,
desean el domingo; hasta los niños,
para no ir a la escuela, dicen todos:
«Señora madre, ¿cuándo es el domingo?»
    Y en efecto, en domingo hay tantas cosas
que fuera proceder en infinito
tratar de engrandecerlas ni alabarlas.
Sólo suplicaré, pues hoy domingo
es día de contento y alabanza,
de holgura, regocijo y alegría,
que no tengan silencio, que murmuren,
que den voces, que rían, que se huelguen,
que Dios les deje ver tantos domingos
que de aqueste en cien años nos veamos
vejezuelos, caducos y sin bríos,
corrernos los muchachos por las calles
con martingalas justas un domingo,
sin colmillos, sin dientes ni sin muelas,
llenos de sarampión y de viruelas.

     SOLANO.- La mejor es, de más consideración, que habéis dicho y acabóse a tiempo que llegamos a Palencia.

     RÍOS.- Ésta es una de las ciudades más antiguas de España, y según Pomponio Mela y Estrabón, se nombró primero Palancia; la cual fundó el rey Palatino, y estuvo primero en ella el estudio general de España, y desde aquí se pasó a Salamanca por el rey Don Fernando de Castilla, que comenzó a reinar el año de mil y doscientos y diez y seis.

     RAMÍREZ.- Yo leí los días pasados que reinando en Castilla don Sancho, que era de Navarra, y yendo a caza por las riberas de Carrión, halló un puerco montés, y siguiéndole con un venablo se le metió en una cueva, y entrando tras él le halló echado al pie de un altar, y queriéndole herir le fue detenido el brazo. El cual, pidiendo a Dios misericordia, le fueron restituidas sus fuerzas, y en saliendo de la cueva se informó y supo que allí había habido un santo llamado Antolio y mandó reedificar, la ciudad de Palencia, que estaba destruida desde la general destruición de España, y su iglesia mayor es agora donde estaba aquesta cueva, y ella se llama de San Antolín, por San Antonino, y aun dicen que se entra a ella por debajo de tierra, cosa de diez pasos, y que es un lugar de mucha devoción.

     SOLANO.- Yo he oído decir que hay en la diócesis de esta ciudad cuatrocientos beneficios curados que instituyó la mesma ciudad; y éstos no se dan sino a los naturales de ella.

     RÍOS.- Porque no se pase de la memoria lo que nos habéis prometido, y porque es tan bueno que obliga a acordarlo, nos habéis de ir prosiguiendo las loas de la semana.

     ROJAS.- Pues gustáis de eso, oid la del lunes:



     Diodoro Sículo dice que cuando algún vasallo egipcio tenía con su príncipe que negociar, hincaba ante él las rodillas y con humildad decía estas palabras: «Soberano señor, si estoy en tu gracia, osaré pedir, y si no lo estoy, no te quiero importunar». Aquesto mismo, con vuestra licencia podría yo decir: si acaso, discretísimo auditorio, estoy en vuestra gracia, seguro puedo aquí salir; pero si no me podéis ver ¿cómo me atreveré a representar?

     El divino Platón, en los libros de su República, dice que servir y agradar es imposible ninguno por sabio merecerlo, sino fortuna a quien le parece darlo, pues vemos a cada hora que quien no ha servido un mes precede al que ha servido toda su vida, y esto, no por lo bien que sirve, sino por la gracia en que cae. No me negaréis que no es grandísimo trabajo dar gusto a muchos, servir a muchos y alcanzar favor de muchos, porque son algunos que me oyen como las palmas, que primero tienen debajo de la tierra una vara de raíz que descubran señal de hoja: primero habemos de hacer milagros que os tengamos contento, primero han de ser inmensas nuestras obras que de vosotros alcancemos buenas palabras, pues ya sé por mi suerte que para contentaros son menester mil servicios supremos, y para caer en vuestro disgusto basta un solo yerro pequeño. Pues si yo me planté ayer en vuestro servicio, ¿cómo es posible que antes de descubrir hoja, pretenda ganar fama? Verdad es que la opinión, con gente tan discreta y principal, es honrosa y provechosa; pero junto con esto es muy perecedera, porque sin duda es nuestro oficio como la luna, que cuando está en más creciente, espera su menguante, y aun suele estar a pique de padecer eclipse. Cuando la fortuna ensalza a uno de poco a ser mucho, ésta sin duda es gloria, pero cuando le abate de grande a pequeño, diremos que es afrenta; porque para subir al escalón de daros gusto es menester ventura, y para caer de este escalón, tropezar en cualquiera piedra pequeña.

     Preguntando a Sócrates qué cosa era más cierta y más segura en esta vida, respondió: «No hay cosa en esta vida más cierta que es tener á todas las cosas por inciertas»; y dijo bien, porque si la mayor riqueza que podemos tener y de que podemos gozar es la vida, y al fin aquella vida es tan dudosa, ¿qué cosa puede haber en ella segura?

     El rey Filipo, padre que fue del Magno Alejandro, como en un día le trajesen nuevas de tres insignes victorias (que sus ejércitos en diversas tierras habían vencido), hincadas las rodillas y fijados los ojos en el cielo, dijo estas palabras: «¡Oh, fortuna cruel! ¡oh, dioses poderosos! ¡oh, triste hados míos! Humil[de]mente os ruego que después de tanta gloria como me habéis dado, os templéis en el castigo que me habéis de dar, de manera que me castiguéis y del todo no me destruyáis, porque tanta felicidad sin duda que es agüero de alguna gran desdicha». A los que fortuna sublima de pequeños a ser repentinamente grandes, más es para infamarlos que para engrandecerlos. Ansimismo, si siendo yo tan humilde y valiendo tan poco me ensalzáis para ser mucho, en la comedia dirán que soy venturoso; pero si en viéndome ensalzado me vuelvo a ver abatido, podrán todos decir: «¡Ay de aquél desdichado!»

     Lucano dice que muchas veces decía Pompeyo a sus vasallos: «Sé deciros, amigos, una cosa muy cierta para que veáis lo poco que hay que fiar de la fortuna, y es que el imperio romano, sin tener esperanza de alcanzarle, le alcancé, y después, sin tener sospecha de perderle, le perdí». Lo que cerca de esto puedo yo decir es que jamás me fié de la fortuna, porque si alguna vez la creí y entre mí y ella hubo treguas, fue no para favorecerme, sino para asegurarme y después de todo punto destruirme. La fama que nos dais, la honra que nos hacéis, todo nos lo dais dado, mas yo lo recibo en depósito y nunca su vana gloria me ha alterado el pecho; porque si hoy decís que soy bueno y llego hasta la cumbre de daros gusto, mañana represento mal y bajo al centro donde eternamente quedo a vuestro disgusto condenado.

     Conociendo esto, ¿quién hay en el mundo tan necio que pretenda tener un solo jirón de confiado, si no es que le sobre mucha ropa de loco? ¿Quién hay de nosotros, auditorio insigne, tan venturoso que acierte siempre a daros gusto sin caer de su estado ni verse de vuestras lenguas abatido? ¿Qué autor hay en nuestro oficio tan bueno, tan justo y que más servicios. hecho y con más voluntad servido, a quien por el menor descuido no hayáis en vuestros pechos condenado? ¡Oh, mil veces venturoso aquél que acierta a daros gusto y se ve de vosotros más apartado! Y porque no parezca que me salgo del propósito, ya sé que vengo a tratar de la alabanza de este glorioso día lunes, y ansí digo:



     Que en lunes hizo Dios el firmamento en medio de las aguas, y apartó las superiores de las inferiores, llamando al firmamento cielo. (11)

     En lunes se hacen todos los sufragios por las benditas ánimas.

     Lunes instituyó el duque Filipo el Bueno la orden del Tusón en San Bertín, en la villa de Tomer.

     Lunes fue fundada Bizancio, dicha Constantinopla, por Pausanias, rey de los espartanos, según Justino, libro nono, y Paulo Orosio, tercero.

     Lunes, después de asolada por el emperador Severo, la cobró y ganó Constantino, hijo de Elena, donde se llamó Constantinopla; la cual poseyeron cristianos, pasados de mil y ciento y noventa años.

     Lunes nació el hombre primero que plantó viña, hizo vino y lo bebió.

     Lunes comenzó a llover en Israel por ruegos del profeta Elías, cuando habían pasado tres años y medio que no llovía en él por sus mismos ruegos.

     Lunes se empezó aquella famosa obra del Escurial

     Lunes cesó el diluvio de Noé, según San Hierónimo en su traslación, y Filón Hebreo en sus corónicas.

     Lunes se edificó Roma.

     Lunes se empezó a poblar España por Túbal, año del diluvio ciento y cuarenta y tres.

     Lunes ganó el rey don Alonso Sexto la ciudad de Toledo, cuyo reino comenzó año de mil y setenta y tres, en el cual floreció don Esteban Illan, de quien descienden los señores del linaje de Toledo, cuya imagen está en la iglesia mayor de la dicha ciudad, porque la libertó de cierto tributo.

     Lunes se fundó la orden del glorioso San Benito, que es la más antigua de Europa; la cual floreció en los años del Señor de quinientos, y pasa de mil y ciento y cincuenta que fue instituida.

     Lunes se fundó la orden de la Cartuja. Tuvo fundamento año del Señor de mil y ochenta y seis, por el santo varón Bruno, el cual fundó el primer monasterio en Cartusia, de donde tomó renombre la religión.

     Lunes se fundó la orden de los predicadores; tuvo principio por el santísimo padre Santo Domingo, año del Señor de mil y doscientos y diez y seis; el cual fundó algunos conventos como el de Santa Cruz de Segovia, y Santo Domingo el Real de Madrid.

     Lunes se fundó la orden de los Menores, por el glorioso padre San Francisco, y llegó el número de sus religiosos, según Antonio Sabelico, cerca de los años del Señor de mil y quinientos, cuando él lo escribió, a más de sesenta mil frailes.

     Lunes, a cinco de Mayo, nació el rey don Felipe, nuestro señor, que esté en el cielo; fue bautizado en San Pablo de Valladolid, por Don Alonso de Fonseca, arzobispo de Toledo.

     Lunes, cinco de Abril, día de santo Matías, se coronó en Bolonia el invictísimo Don Carlos por emperador.

     Lunes, año de mil y quinientos y treinta y cinco, tomó la ciudad de Túnez de poder de Barbarroja.

     Los que nacen en lunes, según curso astronómico, son constantes y nobles, aunque algo perezosos y dormilones, pero ésta no es falta.

     Muchas más alabanzas pudiera decir de este dichosísimo día lunes, pero sólo os ruego, y con la humildad que puedo os suplico, que perdonéis nuestros yerros, considerando que sólo venimos a serviros. Y pues Dios siendo Dios se dejó rogar de los de Nínive, que estaban condenados; de Ezequías, que estaba oleado; de David, que cometió el adulterio; de Josué, que no había vencido; y de Susana, por el falso testimonio, no es mucho que vosotros os dejéis de rogar de quien no os ha ofendido y os dejéis servir de quien desea daros gusto.



     SOLANO.- Si no me engaño, decís en la loa que fue instituida la orden del glorioso padre San Benito en lunes, y he oído decir de ella tantas grandezas, que os quisiera rogar, si habéis leído algo cerca de esto, nos lo dijérades para ir entreteniendo nuestro camino.

     ROJAS.- No quisiera meterme en tan extraña hondura y de adonde con tanta dificultad tengo de salir, como en contaros las grandezas de esta sagrada y soberana religión, y de las casas y monasterios y moradores de ella, pero al fin os diré lo que cerca de esto he leído;

     Ya sabréis cómo el glorioso padre San Benito fue hijo de los condes de Murcia y nieto del emperador Justiniano. Su santidad conoce y reconoce el mundo que tanta gloria por él y ella ha recibido; su persona reverencia la tierra, y la grandeza de su gloria publica el Cielo. Instituyó su religión en los años que he dicho del Señor, de quinientos poco más o menos, la cual divina y soberanamente se extendió tanto, que hubo tiempo en que se vieron juntos treinta y siete mil monasterios, abadías principales de religiosos y religiosas y quince mil prioratos, y en muchas de estas abadías había a mil y a dos mil monjes, en cuyos tiempos el glorioso padre San Benito revelación de Dios que en trescientos años no se le había de condenar religioso de su orden. Esta sagrada religión honró y enriqueció el mundo, convirtió a la fe católica treinta reinos y provincias, ilustró la religión cristiana, instituyendo cien mil cosas concernientes a la honra y gloria de Dios. Porque en ella, por Hermano Contrato, monje y religioso, se compuso la Salve Regina a la madre de Dios una de las cuatro oraciones más principales de la iglesia. Por ella se instituyó la fiesta de Todos los Santos, la conmemoración de los difuntos, la fiesta que se celebra del Santísimo Sacramento después de la Trinidad. E instituyó la ceremonia de tomar la ceniza, miércoles de Cuaresma, el lavatorio de los pies del Jueves Santo, el ayuno del santo Adviento. Y San Pedro, monje de ella, instituyó el Rosario de Nuestra Señora, de cincuenta avemarías y cinco paternostres, el cual después tresdobló el bienaventurado Santo Domingo, padre de los predicadores, a honor de tres maneras de gozos de la Virgen. Ella instituyó seis fiestas de las de la madre de Dios. Ella ilustró todas las ciencias y facultades, la teología y letras divinas, con tantos y tan insignes doctores como ha tenido, que son quince mil y setecientos, y entre ellos tan ilustres como San Gregorio el Magno, San Bernardo, San Ildefonso, arzobispo de Toledo, San Anselmo, San Roberto Beda y otros señaladísimos de ella. Halló Juan XXII, pontífice, cincuenta y cinco mil santos canonizados en los archivos de Roma. De ella han salido cuarenta y seis santos pontífices, todos santos, y de los más excelentes de la Iglesia; han salido más de doscientos cardenales, cincuenta dos patriarcas, mil y seiscientos arzobispos, cuatro mil y setecientos obispos. Han dejado los cetros y coronas del mundo por vivir en este santo hábito, diez y ocho emperadores, veinte y cinco emperatrices, cuarenta y seis reyes, cincuenta y una reinas, ciento y cuarenta y seis hijos de emperadores y reyes, doscientos y cuarenta y tres príncipes, condes, duques y marqueses. Más de seiscientos años estuvieron las universidades de la cristiandad en esta sagrada religión. De ella salieron un Graciano y un Abad Panormitano que ilustraron los cánones y otros mil que ilustraron la medicina y todas las artes liberales, insignes y soberanos varones.

     Y aunque esta sagrada religión se extendió por el mundo tanto como he dicho, no cupo la menor parte a España, pues antes de su destruición por los moros había en ella más de setecientas abadías principales, todas de su hábito, las más de las cuales poblaron de mártires al cielo y de sagrados cuerpos los más ilustres lugares de España. Y aunque vemos que los infieles bárbaros, enemigos de Dios, destruyeron algunos monasterios de éstos, todavía quedaron muchos nobilísimos, y de suerte que os puedo decir que los de esta sagrada religión son de los más nobles de España, enriquecidos ellos solos con más cuerpos de santos que todos los monasterios juntos de las demás religiones, pues hay abadía que tiene más de doscientos cuerpos enteros de mártires, que es la de San Pedro de Cardeña. E ilustrada con los más cuerpos de los reyes de nuestra España, habiendo casa que tiene más de diez y seis cuerpos reales, que es en Santa María la Real de Nájera. De los monasterios, pues, más insignes de esta sagrada religión, le cupo al reino de Galicia no la menor parte, porque en Compostela está la nobilísima abadía de San Martín; en Rivas del Sil, junto a Orense, la insigne abadía y colegio de San Esteban, enriquecida con nueve cuerpos de santos obispos; junto a Sarriá la ilustrísima casa de San Julián de Samos, que en una ermita suya tiene el cuerpo de San Eufrasio, discípulo de Santiago y compañero de San Torcuato, apóstol de España, que fueron de los pocos discípulos que Santiago el Mayor convirtió a la fe en España; y después del martirio de Santiago los volvió a enviar a España el apóstol San Pedro, con otros cinco, todos siete hechos obispos. Y estos siete convirtieron toda España, y por eso se llaman apóstoles de España. Junto a Pontevedra están San Juan del Poyo, San Salvador de Lerez, Nuestra Señora de Lorenzana, todas casas muy ilustres de esta sagrada religión. Pero entre todas las que he dicho tiene un no sé qué de mayor grandeza la de San Salvador de Celanova, que en entrando en ella se siente más que se puede explicar, porque parece que se ensancha el corazón y levanta el espíritu para alabar al Criador (que como yo anduve alejado por esta tierra puedo bien decir muchas grandezas de ella). Fue su fundador San Rosendo, ilustrísimo santo, gallego de nación, de linaje y sangre real, que después de haber sido obispo de la ciudad de Dumio, de Mondoñedo y arzobispo de Santiago, fundando de su propio vínculo y mayorazgo, y entre sus propios vasallos, este monasterio, e instituyéndole por heredero suyo, trocando el mando y dignidad temporal por la celestial, trajo al glorioso San Franquila, que era abad de San Esteban de Ribas del Sil, y recibiendo el hábito de San Benito de su mano, fue el primer abad después de él en esta casa, y ennobleció en vida con sus milagros y santidad, y en muerte con sus santas reliquias este monasterio. Toda la renta que tiene (como he dicho) es el vínculo de este glorioso santo, con que es de los más ricos del reino, porque un año con otro alcanza de once a doce mil ducados; tiene cuatro o cinco mil vasallos, y en toda su jurisdicción pone y quita justicias con tanta equidad, discreción y prudencia, que siempre son de los más bien gobernados del reino; sustenta ochenta o noventa religiosos, y más dentro de casa y en prioratos, y da tantas limosnas que ordinariamente suele remediar un día con otro más de doscientos pobres.

     Aquí se me acaba la paciencia cuando considero la miseria de nuestros tiempos, que haya caballeros de diez, veinte, cuarenta, ochenta, cien mil ducados de renta y mucho más, y que éstos, con veinte o treinta criados que sustentan, andan siempre alcanzados y empeñados sin tener una blanca ni un maravedí, echando tributos a sus vasallos cada punto. Y que un monasterio, con solos once o doce mil ducados de renta sustente cien religiosos, otros tantos criados, doscientos pobres, el culto divino con la majestad y grandeza que estas religiones suelen, sobrando siempre tres o cuatro mil ducados cada año, trayendo sus vasallos bien regidos y gobernados, ricos, prósperos y contentos: es cosa que mientras más la considero, más me causa admiración.

     Esto es lo que cerca de lo que me habéis pedido puedo decir, que es todo lo que yo he alcanzado a saber. Y porque veo en el rostro escrito a Solano que quiere mandarme prosiga con lo que a todos tengo ofrecido, empiezo ansí en la alabanza de este soberano día martes (que algunos tienen por desgraciado):

                                                Desde las cumbres más altas
que el mar del Poniente besa,
cuya inmensa excelsitud
compite con las estrellas,
salí a llorar mis desdichas
y a contemplar las ajenas
un martes por la mañana;
verdad es que martes era.
Y al cabo de más de un hora
que en una prolija arenga
entretuve el pensamiento,
volví a un lado a ver la tierra,
y como me vi tan alto,
parece que la cabeza
se me iba desvaneciendo
de imaginaciones necias.
Iba engendrando locuras,
como me vi en tanta alteza,
y por no desvanecerme
con altivez y soberbia,
bajéme muy poco a poco,
y cuando me vi en la arena
paréme a considerar
una locura harto buena
(Pluguiera al cielo que todos
la contemplaran y vieran
con ojos de la razón
y no sin los ojos de ella),
que es la grande presunción
y la vanagloria necia
la soberbia y vanidad
que a tantos hombres nos ciega.
Estuve considerando
las desventuras que cercan
a un altivo corazón
que da a sus locuras rienda.
Viniéronme a la memoria
mil historias verdaderas,
mil ejemplos de filósofos
y de sabios mil sentencias
que cerca de esto han escrito,
y aunque importunas os sean,
las diré, porque son dignas
de que se digan y aprendan,
y porque mi intento ha sido
que so color de quimeras
y de burlas fabulosas
saquemos a luz las veras.
Digo, pues, que Domiciano,
tan soberbísimo era,
que en sus pregones mandaba
que de esta suerte dijeran:
«Domiciano, nuestro Dios
y nuestro príncipe, ordena
que aquesto y esto se haga,
y al fin toda aquesta alteza
vino a parar en que, al cabo,
su mujer misma aconseja
que a puñaladas le maten
porque su maldad fenezca.
(12)Perdió el rey Jeroboán,
por su idolatría soberbia,
doce reinos que su padre
le dio en posesión y herencia.
El rey Demetrio también
(según Plutarco nos cuenta)
fue tan soberbio, que él mismo
mandaba en todas sus tierras
le adorasen como a Dios
y por tal le obedecieran;
y para aquesta ambición
en que como vivió muera.
(13)Fue tan estimado Amán
del rey Asuero, que intenta
que como a señor le sirvan
y como a rey obedezcan:
y viendo que Mardoqueo
no le hace reverencia
y él solo no le obedece,
a la horca le condena;
y su soberbia intención
para en que el señor ordena
que donde pensó ahorcarle,
allí Amán ahorcado muera.
(14)No contento Faraón.
con las mercedes inmensas
de haberle Dios castigado
con las diez plagas sus tierras,
y perdonarle después
todas sus culpas y ofensas,
al israelítico pueblo
tanto persigue y aqueja,
que quiere Dios que los mares,
que caminos antes eran
para los tristes hebreos,
por su maldita soberbia,
(15)viene a ordenar que sepulcros
y abismos profundos sean
para él y sus egipcios
adonde todos perezcan.
Estando Pompeyo en Asia
le avisan que Julio César
le viene a dar la batalla
con mucha gente de guerra,
y el gran Pompeyo, furioso,
herido de pena inmensa,
amenazando los cielos
responde de esta manera:
«El gran Pompeyo no teme
de un hombre solo la fuerza,
ni teme a los mismos dioses,
porque es tanta su potencia
para este atrevido loco,
que haré que la tierra mesma
se levante contra él
y contra sus gentes fieras.»
Y para al fin su arrogancia,
y su altivez loca y necia,
en que pierda la batalla
y que su fama se pierda,
todas sus gentes las vidas,
todos sus hijos la hacienda,
la libertad pierda Roma
y Pompeyo la cabeza.
¡Oh, soberbia endemoniada!
¡Oh, presunción altanera!
¡Cuántos de tus altas cumbres
vemos hoy que se despeñan!
¡Oh, profundo mar!, ¡oh abismo,
adonde tantos se anegan,
con mil propósitos santos
y mil intenciones buenas!
Si acaso los animales,
si por dicha los planetas,
pudieran aprovecharse,
como nosotros, de lenguas,
sin duda que nos quitaran
la vanagloria y soberbia
que en mil corazones necios
por nuestras locuras reina:
porque nos podrían decir
las refulgentes estrellas
que en el alto firmamento
se habían criado ellas.
El claro sol, que en el cielo
se crió también dijera,
y las aves, en el aire,
decir lo mismo pudieran;
la salamandra en el fuego
(que es de lo que se sustenta)
y los peces en el agua;
pero el hombre triste en tierra.
Por muy rico y principal,
por muy señor que uno sea,
jamás le preguntaremos
de qué cielo es, qué planeta,
de qué sol ni de qué luna,
de qué aire, de qué esfera,
de qué mar ni de qué fuego,
sino sólo de qué tierra.
Pues somos de tierra al fin
y al fin nacimos en ésta,
y como a natural nuestro
hemos de volver a ella,
grandísima necedad
y aun locura no pequeña
es la del hombre que quiere
en un día, por soberbia,
perder lo que la fortuna
le dio en cien años de herencia.
¡Ay, hombre ensoberbecido,
triste de ti si tropiezas!,
que cualquiera china basta
para humillar tu grandeza,
y para alzarte después,
aun no la humana potencia.
¿De qué presumes, cuitado?
¿Qué vanidades te ciegan?
¿Qué disparates fabricas?
¿Qué vanaglorias intentas?
(16)¿No sabes que el rey Saúl
escogido por Dios era,
y por el gran Samuel,
ungido con su potencia,
y siendo rey, como digo,
de ser labrador se precia,
y porque lo fue su padre
de serlo no se desdeña?
También el rey Agatocles,
por ser hijo de una ollera,
mandaba que sus criados
en su aparador y mesa,
pusiesen platos de barro
entre el oro, plata y piedras;
y preguntando el por qué
mandaba cosa como ésta,
respondió: «Para acordarme
quién soy y mis padres eran,
y por no ensoberbecerme
viéndome en tanta riqueza,
y porque es más fácil cosa
que de rey a ollero vuelva,
que no de ollero a ser rey».
¡Profunda y alta sentencia!
Siempre los más abatidos,
los que de humildes se precian,
los despreciados del mundo,
los ignorantes sin letras,
a los que el vulgo no estima
y los soberbios desdeñan,
(17)vemos que el Señor ensalza,
y de estos tristes se acuerda.
Al gran Judas Macabeo,
(18)que de tres hermanos era
el mayor y el más humilde,
le encomiendan la defensa
de los hebreos y a él sólo
ansimismo dan y entregan
armas contra los asirios:
suma bondad, gran largueza.
(19)De los hijos de Abrahán
a Isaac el menor precian
porque en él solo se puso
(20)de Cristo la línea recta.
(21)José, hijo de Jacob,
de los doce tribus cuentan
ser el menor en la edad
y el mayor en la obediencia.
(22)Y él fue quien halló la gracia
con su humildad y nobleza,
entre los reyes egipcios
y sus sueños interpreta.
(23)También David fue el menor
de siete hermanos, y ordena
la divina Majestad
que siendo pastor de ovejas,
por la soberbia maldita
(24)de Goliat, a ser venga
castigo de su locura
y rey de toda su tierra.
Como de aquestos he dicho,
decir de otros mil pudiera,
que por humildad subieron
y cayeron por soberbia.
Todos los vicios del mundo
que hoy en los hombres se encierran,
les hallaremos disculpa:
pero a éste, mala ni buena.
Puede el jugador decir
que por pasatiempo juega,
el que guarda lo que tiene,
que es hombre que se gobierna;
el hablador, que es alegre;
el callado, que se precia
de ser cuerdo; el bebedor,
que tiene buena cabeza;
el gastador, que es magnánimo,
y de esta misma manera
darán su disculpa todos.
Solamente la soberbia
no la tiene: que caer
en cualquier vicio es flaqueza,
pero aqueste es de locura
y al fin redunda en afrenta.
   
     Mas poco a poco me salgo
de la intención verdadera
a que salí, y ansí callo,
porque es razón tratar de ella.
Quédese esto en este punto,
que la alabanza me espera
de hoy martes, dichoso día,
y ansí su alabanza empieza.
(25)En martes, día tercero
del mundo y semana, ordena
el gran Dios y Señor nuestro
que apareciese la tierra,
a la cual, con su poder
y soberana clemencia,
la mandó que produjese
árboles, plantas y hierbas,
y diese fruto y semillas,
según la naturaleza
que de su divina mano
todas juntas recibieran.
Martes, año del Señor
de quinientos y noventa,
reinando el gran Recaredo,
fue aquesta la vez primera
que se comenzó en España,
por gracia de Dios inmensa,
a predicar y creer
su ley divina y perfecta.
También es claro y notorio
que los hombres que en las guerras
han valido por sus armas
y han hecho algunas proezas,
les decimos que son Martes,
porque Marte, es cosa cierta,
fue el primer maestro que hubo
de este arte, según cuenta
Diodoro Sículo. En martes
fueron las primeras tierras
y las primeras provincias
que se ganaron por guerra;
y aquestas ganó el rey Nino,
que de los asirios era;
y esto, según Fabio Pictor
y Trogo Pompeyo cuentan,
y San Agustín también,
con estos mismos concuerda(n),
(libro cuarto, intitulado
Ciudad de Dios); martes era
el día que halló un judío
cavando junto a una peña,
dentro de Toledo, un libro
el cual de dos mundos cuenta,
desde Adán al Antecristo,
y en otro, decían sus letras
que Cristo, hijo de Dios,
nacería de doncella,
y en parto y fuera de parto
quedaría siempre entera;
y el otro que moriría
por la salud universa
de todo el linaje humano.
¡Suma bondad! ¡Gran clemencia!
Martes, a diez de Septiembre
de mil quinientos cuarenta
y nueve, la villa de Africa
quedó rendida y sujeta
por los fuertes españoles
y su gran valor y fuerzas.
En el año de seiscientos
y veinte y seis, en las Huelgas,
que es en la ciudad de Burgos,
en martes, que día era
del apóstol Santiago,
se coronaron en ellas
el rey don Juan el primero,
que ya con los santos reina,
con doña Leonor, su esposa,
dignos de memoria eterna,
sin otras cosas que callo
por no enfadaros con ellas.
Todos los que en martes nacen
se inclinan a cosas buenas,
los unos a religión
y los otros a la guerra.
Y ansí me sucedió a mí,
que en martes dejé mi tierra
por mi gusto y ser soldado,
porque sin él no lo hiciera.
Martes asenté mi plaza
de soldado en Castilleja,
y en martes también salí
a alojar con la bandera.
Martes me embarqué en Sanlúcar
en una urca pequeña,
de edad de catorce años,
lleno de una gloria inmensa.
En martes me sobrevino,
llegando a vista de tierra,
no muy lejos del Ferrol,
una furiosa tormenta:
martes nos echó a la mar
más de cuatrocientas leguas,
engolfados y perdidos,
sin árbol mayor ni antenas.
Martes al fin tomé puerto
en Bretaña, y en la fuerza
que tuvo nombre del Aguila:
en martes empecé en ella
a echar tierra, a echar fagina,
cargado con parihuelas;
en martes me embarqué en Nantes,
por mi ventura, en galera.
En martes se levantó,
martes llegó á la Rochela,
en martes quedé cautivo,
martes salí de cadena,
martes tuve libertad,
martes alcancé licencia
para que viniese a España
a hacer ciertas diligencias.
Martes fue el primero día
que vi en Sevilla comedias;
martes fui representante
y en martes puse una tienda.
Todo aquesto ha sido en martes,
y aunque es verdad que lo era,
y muchas de ellas desgracias
por alabanzas se cuentan,
que yo por tales las tengo,
pues es cierto que por ellas
dejé el mal, conocí el bien,
tengo vida, y tengo hacienda.
En martes me enamoré
de una mujer muy discreta;
yo la digo que es hermosa
y ella dice que es Lucrecia.
En martes la vi y la amé,
en martes me quiso ella,
y en martes empezó a ser
casta, devota y honesta.
En martes salgo a serviros
y en martes mi autor os ruega
que por ser martes le honréis
hoy martes en su comedia.

     RAMÍREZ.- La loa es buena, y por lo que tratáis en ella de soberbia, yo he leído que Hanon, cartaginés, fue tan soberbio y ambicioso de gloria, que enseñaba a las aves a decir «Hanon es Dios», y para que después lo publicasen las soltaba (según Luis Contareno).

     RÍOS.- Al hombre soberbio ni hay señor que le señoree, justicia que le castigue, ley que le sojuzgue, vergüenza que le enfrene ni aun padre que le corrija.

     RAMÍREZ.- Decía Filípides el poeta que el consejo y cordura de los padres honrados remedia los desatinos de los hijos soberbios. Pero yo digo que en esto son muchos los que saben aconsejar y pocos los que dan consejo.

     ROJAS.- Leí no ha muchos días, cerca de lo que vamos tratando de la soberbia, los sobrenombres que tomaban algunos príncipes antiguos, y dice[n] que Nabucodonosor se llamaba «rey de los reyes», Dionisio «huésped de todos», Ciro «guarda de los dioses» y Atila «el azote de Dios» (que aún no hay en él harto para un hombre que es soberbio). Y porque soberbia y envidia son primas hermanas y andan siempre juntas, oíd la loa que se sigue en alabanza del miércoles que trata de ella:



     Considerando la gravedad de las cosas que emprendo, los levantados sujetos a que me arrimo y el poco ingenio que tengo, unas veces me hallo corto y otras corrido; y en efecto, cuanto más saber procuro, más ignorante me hallo. Trabajo por acertar y siempre yerro; procuro teneros gratos y jamás acierto a serviros. ¿Qué me aprovecha que Platón diga que el hombre que trabaja por no errar, que está cerca de acertar, si cuando yo imagino que acierto, nunca falta un filósofo que censure mi buen deseo y otro que contradiga mis honrados pensamientos? ¡Ricos de los pobres que saben que no saben y pobres de los necios que de saber presumen!, pues la menor parte de lo que éstos ignoran es mayor que todo cuanto alcanzan. Decía Sócrates que no sabía otra cosa más cierta que saber que no sabía nada. No digo que unos no sepan más que otros pero, sabio, si yo te conozco por sabio y aprendo de tu escuela lo que aprendo, ¿para qué dices que soy un asno si ves que me confieso por tu discípulo? Peleando Ifícrates, varón insigne ateniense, como valiente capitán, y metiéndose mucho entre los enemigos, dijéronle sus soldados que qué hacía, y él respondió: «Que digáis a los vivos cómo yo muero peleando, que yo diré a los muertos cómo vosotros os vais huyendo». Así podré decir yo ahora: «Decid a los necios que yo muero peleando por saber, que yo diré a los sabios cómo vosotros vais huyendo por no me enseñar, que harto mejor dijera de envidia de verme morir»

     Y aunque es verdad que yo no tengo en mí nada que nadie pueda envidiar, lo que unos juzgan a virtud en otros puede ser que cause envidia, por ser éste como es el vicio más antiguo del mundo. Adán y la serpiente (Gen., c. 34),Abel y Caín (Gen., c. 27, 37), Jacob y Esaú, José y sus hermanos, Saul y David (1 Reg., 18), Job y Satán (Iob., I), Arquitofel y Cusi (I Reg., I7), Amán y Mardoqueo (Ester.), no se perseguían por las haciendas que tenían, sino por la mucha envidia que en ellos reinaba; porque este maldito veneno no hay pecho donde no quepa ni aun casa donde no viva. El ser un hombre envidiado es de virtud y el envidioso de vicio, porque la diferencia que hay entre éstos es que el envidiado entre los envidiosos es una rosa entre las espinas y una perla entre la concha, y por el contrario, es el envidioso con sus entrañas rabiosas, como las píldoras doradas a la vista y amargas para el gusto, como herida curada sobre sano, como redoma de botica abierta con el sobrescrito nuevo, como pantano helado que yendo a pasar se queda dentro: persiguen a un hombre hasta hacerle caer y caído no le ayudan a levantar. El envidioso no sólo es malo para sí, pero es malo para cuantos se llegan a él. La hermosura de Absalón (3. Reg., c. 14), la ligereza de Azael (2. Reg., c. 2), la fortaleza de Sansón, las riquezas de Creso, la largueza de Alejandro, las fuerzas de Héctor, la fortuna de Julio César, la vida de Augusto, la elocuencia de Homero y la justicia de Trajano: todos estos insignes varones fueron de muchos ensalzados y temidos, y con todo esto no se pudieron escapar de ser envidiados; porque la envidia y su ponzoña entre buenos y malos se derrama, y en efecto, a altos ni a bajos no perdona.

     Mucho más tenía que decir; pero callo por cumplir con la obligación que tengo cerca de la alabanza de este soberano día miércoles, y ansí digo:

     Que en miércoles, Dios trino y uno crió el sol, luna Y estrellas, para que nos alegrasen y alumbrasen día y noche (Gen., c. I).

     Miércoles se fundó la santísima ciudad de Jerusalén, y fue fundador Melquisedec, según Josefo, y Nicolao de Mira, en el capítulo veinte y ocho del Génesis. Y después de éste hubo muchos que la poseyeron: David, Salomón, las doce Tribus, Judas Macabeo; y al fin vino a ser tomada por Vespasiano, después de cuatro años de cerco, en el cual fueron muertos seiscientos mil hombres, según Josefo, testigo de vista, que dice fueron un cuento de muertos y los cautivos noventa y siete mil: y esto no digo que sucedió en miércoles, pero fue a los setenta y tres años del nacimiento de Cristo, y quinientos y noventa y uno que fue segunda vez edificado el templo (1. Paral., cap. 3) y mil y ciento y dos anos que Salomón le edificó, hasta que fue asolada, según Eusebio.

     Miércoles se volvió a edificar, después de esto más de cincuenta años, por el emperador Adriano, y la llamó Aelia Adria (1. Esaiae, cap. 3); y trescientos años después del nacimiento de Cristo, Elena, madre de Constantino, halló la santa cruz miércoles, y después de ésta, Cosroe y otros muchos, hasta Godofre de Bullón, que la ganó miércoles, y tras de éstos y otros, vino a poder del Saladino, a dos de Octubre del año de mil y ciento y ochenta y siete. Y al fin, por nuestros pecados ha quedado hasta hoy en poder de infieles.

     Los que nacen miércoles, según curso astronómico, son industriosos e ingeniosos e inclinados a ir por el mundo.

     Miércoles, año de mil y doscientos y cuarenta y ocho, se le entregó Sevilla al rey don Fernando el tercero.

     Miércoles, día de Santo Matía apóstol, el emperador don Carlos venció la batalla de los franceses en Pavia y prendió al rey Francisco en ella.

     Miércoles nació San Julián en la ciudad de Burgos, año de mil y ciento y veinte y ocho; bautizóse miércoles, y estando para bautizarle, le apareció un niño con un báculo y una mitra, que dijo le pusiesen nombre «Julián», y por mandado del rey don Alonso el nono fue obispo de Cuenca en miércoles y entró miércoles en la dicha ciudad a pie. Y después de muchos milagros que hizo en vida, le llevó Dios para sí en miércoles; el cual murió en una cama de ceniza a veinte y ocho de Enero de mil y doscientos y seis, de edad de setenta y ocho años.

     Miércoles, a veinte y cuatro de Abril de mil y quinientos y cuarenta y siete, víspera de San Marcos, venció el emperador Don Carlos y prendió al duque Federico de Sajonia, siendo capitán general Don Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba.

     Miércoles de Ceniza del año pasado de mil y seiscientos y uno, la reina de Inglaterra sentenció a degollar a algunos grandes de su reino; pónese en alabanza de este día, porque tantos cuantos murieron, tantos enemigos tiene menos nuestra santa Fe Católica.

     Miércoles se descubrió aquella sagrada reliquia del Monte Santo de Granada. Y en efecto, digo que este milagroso día miércoles es el mejor de toda la semana, porque en él han sucedido cosas dignas de gran memoria, muchos nacimientos de infantes, juras de príncipes, casamientos y coronaciones de reyes y elecciones de emperadores, y sobre todo, en miércoles ha habido grandes regocijos y fiestas de toros para alegrar los cuerpos y muchos jubileos plenísimos para salvar las almas.

     SOLANO.- En cada loa tomáis un tema y en ésta fue de la envidia, y por cierto vos habéis dicho muy bien mal de ella, porque si bien se mira, es una peste de las vidas, una ponzoña de las almas, un demonio encubierto, una víbora fea y encorvada, un basilisco con la cara hermosa, una apacible fantasma muy fuerte para los males, muy flaca para los bienes. Y digo sin duda que es el más fiero monstruo del mundo, pues que causa en él tantas disensiones, inficiona tantos cuerpos y corrompe tantas honras. Y sin esto es polilla de nuestras vidas Y aun azote de muchas famas, porque es otra segunda mentira, destruición del Paraíso, arma de los demonios y cabeza de tantos males nuestros.

     RÍOS.- Ya estoy con deseo de saber qué es lo que tratáis en la loa del jueves.

     RAMÍREZ.- Yo voy con tanto gusto de oírlas que parece que estuvistes en mi pensamiento.

     SOLANO.- ¿Quién no lleva aquese mismo?

     ROJAS.- No es menester que lo encarezcáis tanto, que yo voy con mucho deseo de hacer vuestro gusto, y siendo así, digo:

                                                Cansado estoy de oír a mis oídos
a algunos habladores ignorantes,
que entre murmuración y barbarismo,
allá en sus buenos juicios han pensado
que, como dicen muchos por su gusto
que vivo de milagro, también puedo
sustentarme por gracia de algún santo,
y vivir sin comer; y dicen muchos:
«¡Cuerpo de tal, Señor! ¿No ha de estar rico
ese Rojas que llaman del milagro,
si no come, ni riñe, ni putea,
ni bebe vino, presta, ni convida,
ni jamás a mujer le dio una blanca,
ni en su vida ha jugado un real siquiera?
A fe que si él gastara como gasto,
que no tuviera tanto como tiene,
pese a tal que queréis. Pone un puchero,
con un poco de carne y zarandajas,
y a la noche un pastel o un guisadillo,
un bizcocho, unos huevos, un hormigo,
y tras todo se arroja un jarro de agua;
ni él merienda, ni almuerza, ni se mete
en más que su ordinario: lindo cuento,
pese a quien me parió. Si ahorra tanto,
¿no ha de tener vestidos y dineros?
Si él se comiera, como yo me como,
mi perdiz a almorzar o mi conejo,
la olla reverenda al mediodía
con su pedazo de jamón asado
y media azumbre de lo de a seis reales,
y a merendar un pastelito hechizo
o la gallina bien salpimentada
que me guarda mi amigo el del bodego,
y a la noche su cuarto de cabrito
o las albondiguillas y el solomo,
y tras esto la media que no falta,
que la puede beber el Santo Padre,
y el ordinario a doña Fafulina,
y para el faldellín de cuando en cuando,
¡por vida de la tierra!, que él se hallara
con más salud y menos pedorreras».
¡Válgate Dios!, salvaje, ¿en qué imaginas?
Ven acá, simple, gastador magnánimo,
sin cuello ni camisa, siempre roto,
y el ingenio tan bronco como el traje:
¿no ves que yo no como por mi gusto,
sí por necesidad, y tú, al contrario,
porque el censo que echó naturaleza
sobre sí mesma, fue que no pudiesen
vivir los hombres sin comer, de suerte
que podremos decir que yo no como
más de para vivir y sustentarme,
y tú por ser glotón y porque digan
que no tienes un cuarto que sea tuyo?
El superfluo comer no sólo es malo
para pasar la miserable vida,
mas también es enfermo para el cuerpo,
porque ya sabes (aunque sabes poco)
que hemos visto morir a hombres muy ricos
más por lo que les sobra en sus despensas
que no por lo que a pobres tristes falta.
El filósofo Sócrates decía
a los de su academia estas razones:
«Hágoos saber, carísimos discípulos,
que en los reinos que están bien gobernados,
repúblicas y cortes bien regidas,
jamás para comer viven los hombres
sino para hablar, y es cosa justa».
Cuando desde Sicilia volvió a Grecia
el divino Platón, en su academia
dijo cómo venía asombradísimo
de un monstruo que había visto allá en Sicilia:
y preguntado quién era aquel monstruo,
respondió que el tirano de Dionisio,
pues no se contentaba aquel injusto
de comer una vez a mediodía,
sino cenar también otra a la noche.
¡Oh, sabio insigne! ¡Oh, tiempo milagroso!
Ejemplo es éste digno de memoria,
porque el mucho comer desordenado
otra cosa no es sino una campana
que los deseos torpes nos despierta
a mil libidinosos pensamientos.
Del glorioso Jerónimo he leído
que estaba en el desierto con un saco,
muy quemado del sol manos y cara,
los pies descalzos, azotado el cuerpo,
ayunando los días y las noches:
y confiesa de sí el bendito santo
que con hacer tan grande penitencia
soñaba estar en Roma el gran Jerónimo
con las romanas viles de aquel tiempo.
El divino Agustín también confiesa,
en aquel libro de sus Confesiones,
que al destierro se fue, que comía poco,
que grandísimamente castigaba
su cuerpo con ayunos, disciplinas,
continuo contemplando y escribiendo;
y viendo que sus torpes pensamientos
a fondo echaban sus deseos santos,
por aquellas montañas decía a voces:
«Mándasme, tú, Señor, que yo sea casto,
y no lo puedo yo acabar conmigo
ni con este maldito de mi cuerpo;
da, pues, Señor inmenso, lo que mandas
y mándame después lo que quisieres».
(26)El apóstol San Pablo, varón justo,
pues que vio los secretos nunca vistos,
(27)trabajó más que todos los apóstoles;
(28)la comida ganaba con sus manos
(29)andaba a pie y descalzo por los reinos
predicó y convirtió infinitos bárbaros,
y porque era cristiano le azotaban
los enemigos de la ley divina,
y él, por gran pecador, hacía lo mesmo.
Dice que con pasar tantos trabajos
no se podía valer, ni era posible,
de los torpes y feos pensamientos
(30)de la concupiscencia y de sus llamas
Pues cuando aquestos santos gloriosísimos
haciendo tan crecidas penitencias
no se podían librar con sus ayunos
de la humana flaqueza de la carne,
¿qué haremos los glotones miserables
comiendo mil manjares diferentes?
Leí los días pasados en un libro
que en un mesón que estaba allá en Italia,
había escrito encima de la puerta
ciertas palabras, las cuales quien entraba
tenía de decir, y eran aquestas:
cuando quisiese entrar, «Salve Regina»,
mientras comía allí, «vita dulcedo»,
Y al tiempo que llamasen a la cuenta,
dijese de por sí «ad te suspiramus»,
y al punto de pagar, que es el mal punto,
que «gementes et flentes» digan todos.
En otro libro que anda traducido
intitulado de Los doce Césares,
leí de un famosísimo convite
que aquel emperador Vitelio hizo,
en el cual no había más de una cazuela
que «el broquel de Minerva» se llamaba,
y allí mandó que echasen mil aves,
dos mil peces, cien vacas, cien terneros,
mil barbos enlardados con tocino,
cien lechones rellenos de lampreas,
de culebras, de ranas, de tortugas,
asaduras de mulas y caballos,
gato montés, cabezas de elefantes,
hígados de leones y camellos,
corazones de sauros y cerebros
de faisanes y colas de ballenas,
lenguas traídas desde el mar Carpacio
para aquesto, de diez fenicopteros
y lenguas de murenas que trajeron
de las columnas de Hércules: y todo
mandó que se guisase en la campaña
en horno de trescientos pies de largo.
Y acabado el convite y borrachera,
Roma se levantó contra Viteflo
y dieron el imperio a Vespasiano,
el cual entró triunfando, y este día,
los soldados de aqueste, a puntillazos,
al tirano Vitelio le llevaron
en medio de la plaza en una horca,
donde acabó su miserable vida.
Como de este banquete sólo he dicho,
os pudiera decir de otros sin número,
de que tenemos llenas las historias,
ansí en letras divinas como humanas,
de mil muertes, sucesos desgraciados
que del mucho comer han procedido;
y porque no parezca esto donaire,
diré de algunos, si me estáis atentos,
do probaré ser malos los convites
y el comer demasiado dañosísimo.
(31)El primero que se hizo en todo el mundo
fue uno, que Adán y Eva hicieron
con el demonio, y al fin de este convite,
redunda a Dios alzarle la obediencia,
ser nuestra madre Eva allí engañada,
el perder la inocencia Adán resulta,
y suceder naturaleza humana
por nuestra gran miseria en la malicia.
(32)El rey Asuero hizo otro banquete
y tan costoso que duró su gasto
ciento y ochenta días, y al fin para
(33)que la reina Vastí quede sin reino
(34)la noble Ester en su lugar suceda,
(35)el privado del rey Aman muriese
y a Mardoqueo en honra levantasen.
(36)Hizo también Rebeca otro convite
a su marido Isaac, y de él resulta
que perdiese Esaú su mayorazgo
y Jacob sucediese en esta casa,
que diese Isaac la bendición al uno
pensando darla al otro, y que Rebeca
saliese al fin con su intención en todo.
(37)También hizo Absalón a sus hermanos
otro banquete, y lo que de él procede
es quedar allí muerto Amán su hermano,
Tamar, su noble hermana, disfamada,
su padre, el rey David, desesperado,
y del caso asombrado todo el reino.
(38)También el Santo Job tenía diez hijos,
los siete hombres y las tres mujeres:
ordenaron de hacer otro banquete,
y vinieron a ser tan infelices
que perdieron las vidas todos juntos.
(39)Aquel gran Baltasar también hizo otro
a todas sus mujeres concubinas,
y toda la vajilla en que comieron,
Nabucodonosor, su padre de éste,
había robado del sagrado templo
de Jerusalén; y al fin resulta
que el rey en el banquete fuese muerto
y el reino a sus contrarios entregado.
(40)Y aquellas dos ciudades generosas
de Sodoma y Gomorra, perecieron
y vinieron a ser todas hundidas
no por otra ocasión, si por el vicio
(41)del comer demasiado, según dice
el profeta Ezequías, como es llano.
Entre los scitas hubo una costumbre
bien digna de notar en nuestros tiempos,
y aquesta fue que si escupía alguno,
todos lo reprendían por mal hecho;
pero si acaso regoldaba otro
le castigaban, porque aquél decían
que del mucho comer estaba ahito.
También dice Platón que en las ciudades
adonde muchos médicos residen,
es argumento cierto que hay en ellas
muchos glotones y hombres muy viciosos,
porque el mucho comer, sin duda alguna,
hace torpes los hombres y pesados.
El comer demasiado engendra sueño
y aun el mucho beber embota el juicio;
quien come mucho siempre está sujeto
a infinitos peligros y desgracias,
como tengo probado antes de agora,
y fuera de esto a mil enfermedades
y a ponerse en las manos de algún médico
que le quite la hacienda y aun la vida;
y por diez que no es sueño lo que digo,
porque ¡ay del hombre triste que se cura
con médico que es necio y porfiado,
que no mataron tantos sus abuelos
peleando en la guerra con sus lanzas
como éste recetando en las boticas!
Y que esto sea verdad quiero probarlo
con todos los que hubo en otros tiempos,
desde el primero que halló este arte,
que fue Apolo, y tras aqueste vino
Esculapio, su hijo, y después de ellos
perdida estuvo nuestra Medicina
más de quinientos años, hasta tanto
que Artajerjes nació, y en este tiempo
nació también Hipocras y Diodoro,
Estrabón, Plinio, y junto con aquestos
una mujer greciana también hubo
muy grandísima médico y astrólogo,
y otra también en la provincia Acaya,
que aquesta fue la que curó primero
con ensalmo en el mundo; hubo Hipocras,
Crisipo y Aristrato y Herofilo,
y Aselépides también, el cual tomaba
el pulso en las narices y en las sienes.
Y Roma, al fin, después de todos éstos,
se pasó más de cuatrocientos años
sin médicos ningunos, y vivían
los hombres sanos y por largos tiempos.
Y el primero que entró después en ella
fue un Antonio Musa, y era griego,
y aqueste curó a Augusto una sciática
en un muslo, al cual por esta cura
mandó el emperador le levantasen
a nuestro honrado médico una estatua;
el cual, dando en usar la cirugía
y viendo que cortaba piernas, brazos,
vino a morir el mísero a pedradas,
arrastrado por Roma, y desde entonces
médicos, abogados, cirujanos
de allí los desterraron, y aun del mundo.
Cuando los griegos no podían con armas
matar sus enemigos, enviaban
a matarlos con médicos. Los godos
jamás pagaron a doctores necios,
y otros mil, que en el mundo no han querido
que haya en su reino médicos ni astrólogos.
Todo esto he dicho cerca del propósito
que tratamos atrás del comer mucho;
y pues tengo probado con ejemplos,
con historias humanas y divinas,
ser infierno abreviado para el alma
y muerte conocida para el cuerpo,
quiero decir agora á lo que salgo,
probando ser el jueves mejor día
que cuantos hasta aquí me habéis oído;
y ansí empiezo diciendo en su alabanza:
(42)     Jueves crió la Majestad del cielo,
nuestro Señor, los peces de las aguas
y produjo las aves de los vientos
a las cuales les dio virtud inmensa
para que se ampliasen y creciesen,
con su bendición santa y mandamiento.
(43)En jueves, Cristo, redentor del mundo
(44)cenó el pascual cordero aqueste día
(45)con sus santos discípulos amados.
(46)En jueves también hizo Dios al hombre
(47)instituyendo para el hombre en jueves
de la Eucaristía al santo sacramento.
En jueves fue el señor del cielo preso,
jueves, por su virtud, subió a los cielos.
Los que nacen en jueves son modestos,
sosegados, pacíficos y humildes;
en un jueves también, que fue año santo
que de mil y quinientos se contaba,
nació el emperador Carlos quinto,
señor nuestro, que Dios tenga en su gloria.
Jueves fue electo, día del bendito
San Ildefonso, y este mesmo día
a reinar empezó. También en jueves,
según Justino, Abidis, rey de España,
fue el primer hombre que enseñó a los hombres
a uncir los bueyes para arar la tierra.
En jueves empezó la orden sagrada
de nuestros Carmelitas, por Alberto,
de aquella gran Jerusalén patriarca.
También en jueves fue fundada la orden
que es de la Trinidad, por Juan Matense
y otro que llaman Félix, a los cuales
por mandado de un ángel les fue dicho
se llamasen ansí y del pontífice
Inocencio tercero, y este ángel
traía dos cautivos en las manos
para señal de que sería esta orden
la que les redimiese, como es cierto.
En jueves fue la orden instaurada
del bendito y glorioso San Jerónimo,
por el padre fray Lope, de Sevilla,
y floreció en su vida y en su hábito
el padre fray Hernando Talavera,
arzobispo primero de Granada.
Aquel rey don Alonso, que fue el sexto,
que a Toledo ganó, después de muerto
ocho días no más, manaron agua
las piedras del altar mayor e iglesia
por lo macizo de ellas, y fue en jueves
el día que empezó aqueste milagro;
duró tres días: jueves, viernes, sábado,
y esta agua se guardó por gran reliquia.
En jueves se casó el rey don Felipe,
que yace con los santos en el cielo,
en la insigne ciudad de Salamanca,
con la señora infanta, que Dios haya,
doña María; nació también en jueves
el infante don Carlos, en la villa
que el rey hizo ciudad y agora es corte.
También en jueves y en Guadalajara
celebraron las bodas de Felipe
e Isabel de la Paz, reyes católicos.
Hanse ganado en jueves mil victorias,
hanse dado coronas y laureles,
ha habido en jueves muchos regocijos
de justas, de sortija, de torneos.
Estrenamos hoy jueves, finalmente,
una comedia mía, ruego al cielo
que Dios la saque al puerto con bonanza,
del alterado mar de vuestros gustos,
para que puesta en tierra en salvamento,
a serviros me anime con la vida,
que a vuestra voluntad está ofrecida,
y yo pueda decir a cuantos veo
que igualaron las obras al deseo.

     SOLANO.- Sin duda que gastan muchos más por la opinión que no por la razón.

     RÍOS.- En tres cosas se conoce el hombre sabio o el necio, que es en saber gobernar su casa, refrenar la ira y escribir una carta.

     RAMÍREZ.- Tres cosas son muy buenas y de harta consideración; porque el hombre de necesidad ha de gastar lo que justamente puede y con discreción repartir lo que tiene. Y para refrenarse ha menester paciencia y para gobernarse cordura.

     RÍOS.- No era como ninguno de los que dijistes en la loa el rey Don Alonso el décimo de Castilla, que diferentemente gastaba y con más discreción repartía. Pues os contaré de él una de las mayores grandezas que he oído hasta hoy de ningún príncipe.

     ROJAS.- ¿Y cuál fue?

     RÍOS.- Reinando en la ciudad de Burgos este rey don Alonso el décimo (que he dicho), vino la emperatriz de Constantinopla a ella; la cual habló al rey y dijo cómo el emperador su marido estaba preso en poder del Soldán de Babilonia, y que su rescate era cincuenta quintales de plata, para lo cual el Padre Santo le había dado la tercia parte y el rey de Francia la otra, y venía a suplicarle le favoreciera con la que faltaba. Y el rey la consoló y dijo que todo cuanto le habían dado volviese de quien lo había recebido y mandó que se le diese todo el rescate entero, que eran diez mil marcos.

     SOLANO.- Notable pecho.

     RÍOS.- Digo que este rey cristianísimo no gastaba sus rentas (como esos príncipes que dijistes) en banquetes, sino en grandezas semejantes.

     RAMÍREZ.- Nosotros llegaremos mañana temprano (siendo Dios servido) a uno de los mejores lugares que hay en Castilla, que bien puedo decirlo que es cabeza de todo el reino.

     ROJAS.- Mucho deseo tengo de llegar a él por ver el santo Crucifijo, que ha muchos días que lo he deseado.

     RÍOS.- Pues veréis una de las devotas imágenes que hay en el mundo, el cual dicen que hizo Nicodemus, y que le halló un mercader que venía por la mar metido en un esquife y le trajo a esta ciudad (como parece por cierta memoria que está en el monasterio de San Agustín).

     SOLANO.- Uno vi en Palencia los días pasados, en el monasterio de Santa Clara, que sin duda ninguna es uno de los más contemplativos que he visto en mi vida.

     RAMÍREZ.- ¿No es el que está en un sepulcro y le enseñan las mismas monjas?

     SOLANO.- Ése mismo.

     RAMÍREZ.- Puedo decir que la primera vez que le vi me admiró y no le ve ninguno a quien no suceda lo propio.

     ROJAS.- Muchas grandezas y antigüedades he oído decir de esta ciudad de Burgos.

     RAMÍREZ.- Lo que yo he leído de ella y puedo deciros es que antiguamente se llamó Auca, y algo corrompido el vocablo, los montes de Oca; y también Plinio la llamó Ceuca, y después Masburgi, y alterado este nombre se vino a llamar Burgos. Cuya iglesia catedral es muy rica, y tiene muchas reliquias de cuerpos de santos, y entre ellos el de Santa Centolla, virgen y mártir, y una capilla muy grande y suntuosa del condestable de Castilla. Pero porque con esto no se olvide esotro, oigamos la loa del viernes.

     ROJAS.- No tengo que replicar, pues soy mandado, y veo que os doy en eso gusto; dice ansí:

Antequam incipias caveto.
                                                Antes que te cases, mira lo que haces;
digo que si son muchos los casados,
los más, sin duda, están arrepentidos,
pues no hay hombre casado en esta vida
que viva sin trabajo, aunque le sobre
el descanso, la hacienda y la ventura,
que mala se la mando al que por suerte
cupiere en casamiento mujer necia,
que más a aque[ste] triste le valiera
ser de un hombre de bien humilde esclavo
que de una mujer necia ser marido;
y aunque esto no lo supe de casado,
ni por revelación como profeta,
tampoco en cerco como nigromante,
ni lo hallé en Tolomeo como astrólogo,
ni conocí en el pulso como médico,
ni lo supe por ciencia cual filósofo,
de experiencia lo sé por lo que he visto:
¡pluguiera a Dios no hubiera visto tanto!
Quoniam melius est mulierem sepelire
                           quam ducere in uxorem
Más vale sepultarse que casarse,
y es cierto, pues no tengo por tan grave
meterse un hombre honrado en noviciado
como a casarse mal o sin prudencia,
porque el uno saldráse cuando quiera
y el otro no podrá hasta que muera,
y si casa temprano y sin cordura,
temprano llorará su desventura.
Taurino el orador dice y afirma
que son los casamientos a disgusto
como al que tiran un terrón de tierra:
que al que con él aciertan le lastiman,
y a los que están más cerca de éste ciegan,
y en efecto el terrón se desmorona.
¡pobre de ti, insensato! ¿En qué imaginas,
que aún no tienes veinte años y te casas,
pues ni sabes la carga que te tomas
ni aun conoces la libertad que pierdes?
Pues hágote saber, pobre ignorante,
que no hay mayor desdicha en este mundo
que ser un hombre enamorado necio,
pues todos los oficios y las ciencias
de aquesta vida pueden aprenderse,
pero el saber amar es imposible;
porque ni Cicerón supo escribirlo,
pintar Timantes, enseñarlo Sócrates,
cantar Elena ni aprender Cleopatra,
sino que ha de salir aquesta ciencia
de nuestro corazón y de su escuela
o de la pura discreción del alma.
Dime, bárbaro, simple, desdichado:
¿que porque tienes cuatro mil de renta
te casas por poder con una dama
que te dijeron que era muy discreta,
muy noble, bien nacida y muy honrada,
y muy hermosa, según necedad tuya,
folio cuarenta y cinco, en un retrato,
aelatis suae veinte y cuatro, etcétera?
¿Es posible, di, hombre, que te cases
por un retrato? Estás aborrecido:
¿no ves que puede esta mujer ser necia,
no tener dientes, si los tiene, malos,
el olor de la boca ser pestífero
y ser su condición endemoniada?
y aquesto no se pinta en un retrato
ni menos se publica por escrito.
El verdadero casamiento, hermano,
ha de ser sobre amor y no intereses,
ha de haber igualdad en las personas,
hanse de haber tratado o conocido,
y aqueste trato puede sin ser mácula,
visitándose dos de cuando en cuando,
reír, jugar, hablar, entretenerse,
todo con honra y junto con la honra,
haber entre ellos un amor sencillo,
que aqueste viene a ser el verdadero.
Con los ojos, que son lenguas del alma,
se suelen penetrar los pensamientos,
hoy de la discreción minando el muro,
asaltando mañana el buen intento,
luego la condición, luego el buen trato,
y poco a poco ir descubriendo tierra,
y lo postrero que ha de ser de todo
será la hacienda y luego la hermosura,
porque donde hay amor todo es hermoso
y donde no hay amor todo es infierno.
Mira que es la mujer cual bestia mala
que cuando la cargamos se está queda
y siempre al descargarla tira coces.
Si procuras, señor, ser bien casado,
procura una mujer que sea discreta,
digo discreta en gobernar su casa,
honesta y grave para salir fuera,
que tenga amor para criar los hijos
y paciencia en sufrir a su marido;
tenga afabilidad con los vecinos,
para guardar la hacienda, diligencia,
en las cosas de honor, generosísima,
muy amiga de buenas compañías,
pero de liviandades enemiga,
y todo esto tendrá siendo discreta.
Mira que tiene el bien casado cielo,
pero el que no, infierno y desventura,
y que los casamientos, al principio,
suelen ser blandos, suelen ser gustosos,
pero acabado el gusto o el dinero,
tocan luego a la puerta los enojos
y aun dan que murmurar a los vecinos.
Que pudiera avisarte cerca de esto,
ínas tengo que decir en la alabanza
de aqueste día viernes, y ansí callo
por tratar lo que importa a mi propósito.
    En este venturoso y santo día,
que es el sexto del mundo y la semana,
(48)crió nuestro señor los animales
distintos en especie, y todos juntos,
sólo para servicio de los hombres.
(49)Viernes crió la Majestad del cielo
nuestros primeros padres, y criólos
a imagen suya y propia semejanza,
haciéndoles capaces de su gloria
y absolutos señores de la tierra.
(50)Aunque ellos por su culpa después de esto
su santa gracia con pecar perdieron.
(51)También a veinte y cinco días de Marzo
del año de tres mil y novecientos
y cincuenta y nueve años, que fue viernes,
después de la creación de aqueste mundo,
el verdadero Dios y Señor nuestro
encarnó en las entrañas virginales
(52)de la humilde y purísima María.
Viernes, a veinte y cuatro días de Junio,
nació el divino precursor Bautista.
(53)Viernes fue visitado y adorado
nuestro niño Jesús en un pesebre
de los tres Reyes Magos dichosísimos,
ofreciéndole oro, incienso y mirra.
(54)Viernes también, a seis del mes de Enero,
siendo el Señor de veinte y nueve años
y trece días de edad, fue bautizado
por nuestro gloriosísimo Bautista.
(55)Viernes también, a veinte días de Marzo,
resucitó el verdadero Cristo
a Lázaro, de cuatro días muerto.
Viernes, a tres de Abril, murió, viviendo,
el Redentor del mundo y Señor nuestro.
San Francisco de Paula nació en viernes,
y viernes, a la misma hora que Cristo,
murió también este glorioso santo.
Los que nacen en viernes son dichosos,
nobles de condición, ingeniosísimos,
son callados y viven largo tiempo.
Ganó en viernes a Orán, a seis de Mayo,
fray Francisco Jiménez, que Dios haya.
Los Católicos Reyes cristianísimos,
ganaron a Granada también viernes.
Viernes se convirtieron en Toledo
noventa mil judíos, y uno entre ellos,
y aqueste fue San Julián Pomerio.
En viernes, el noveno rey Alfonso
venció también las Navas de Tolosa.
Viernes encorozaron en Granada
once o doce famosas hechiceras,
y entre ellas una vieja de noventa,
que lo menos que hacía esta señora
era juntar un escuadrón de diablos
y arar, sembrar, nacer y coger trigo
dentro de un cuarto de hora en una artesa.
En Sevilla los viernes de Cuaresma
van a la Cruz las damas y galanes.
Todos los pasteleros huelgan viernes.
Viernes se enamoró de mí una vieja
de más de sesenta años, y a tres días
dijo estaba preñada, y que la diese
cien reales para hacerle camisitas,
pañales y mantillas al infante;
por alcahueta la prendieron viernes,
y viernes me sacaron a mi hembra
dándola cien azotes por las calles,
y a fe que hay más de cuatro que me escuchan...,
no se alborote el aula, que ya callo.
Viernes, al fin, hacemos nuestra farsa,
y pues en viernes nos hacéis mercedes
de venirnos a oír, y de este día
hay tantas excelencias, como he dicho,
que premian buenos y castigan malos,
y son las voluntades suplefaltas
de los hombres que tienen pocas fuerzas,
las nuestras perdonad, pues cierto creo
que no las puede haber en el deseo.

     RAMÍREZ.- El Magno Alejandro dijo que el oficio del marido es ganar lo perdido, y el de la mujer conservar lo ganado.

     RÍOS.- Quejábase una vez un amigo mío casado de que tenía gran cruz con su mujer, y respondióle otro: «¿Y de sola una cruz se queja? ¿Qué hiciera si tuviera vuestra merced a cuestas, como yo, todo un calvario?» Preguntado cómo era que él tenía un calvario, dijo que el otro tenía mujer sola (que era la cruz que había dicho), pero él madre, hija y mujer, que era un calvario entero.

     SOLANO.- Donde no hay gusto, sin duda que es infierno.

     ROJAS.- Aconsejaba el divino Platón a los de su República que en tal edad casasen a sus hijos, que considerasen lo que elegían y conociesen bien la carga que tomaban.

     RAMÍREZ.- Dijistes en la loa, cómo se ha de buscar la mujer y lo que ha de hacer para tener contento a su marido, y no os acordástes lo que ha de hacer el marido para no dar disgusto a su mujer.

     ROJAS.- Ya dije atrás que muy temprano lloran los que desde poca edad se casan, y de aquí nacen cada día entre los casados mil disgustos. Porque, como no tienen edad ni experiencia, cásanse al primero día, y los hombres que saben poco no hay cosa que les enfade más presto que ver a una mujer siempre a su lado, y esto nace de lo que tengo dicho. Y ansí ordenó Solón a los atenienses que no se casase ninguno hasta edad de veinte y cinco años; Licurgo a los lacedemones, hasta los treinta, y Promoteo a los egipcios, hasta los treinta y cuatro, y si alguno se casase, castigasen al padre y desheredasen al hijo.

     SOLANO.- Casamiento hagas que a pleito andes que es la mayor maldición que pueden darte los hombres.

     ROJAS.- No lo digáis burlando porque, sin duda, ése es el infierno que hay en este siglo. Y aunque yo no he sido casado, me parece que puedo dar en esto algún consejo (según lo mucho que he visto y los trabajos que por mí han pasado), y ansí digo, que para que un marido viva contento y tenga cielo en este mundo (si puede haberlo), lo principal que ha de tener será ser muy verdadero en lo que con todos hablare, secreto en lo que se le dijere y fiel en lo que se le confiare; tras esto, será sufrido en las importunidades de su mujer, celoso en la crianza de sus hijos, cuidadoso en proveer su casa, diligente en curar de su hacienda y muy recatado en las cosas de la honra; porque si encuentra con mujer generosa, ha de saber sufrirla su locura; si con mujer hermosa, muchas veces se la dan sin blanca, y ha menester trabajar para mantenerla y discreción para no celarla; si con brava y arrojadiza, ha de saber ser muy discreto y reportado para con ella; y si por sus pecados encuentra con mujer fea y da en ser celosa, ha de vivir con cuidado de no ofenderla, y si lo hiciere (que no digo que lo haga) con tanto secreto que ella no lo entienda, porque aunque sea fea, cuando nace la escoba, nace el asno que la roa, y no faltará quien diga que de casada y ensalada, dos bocados y dejarla. Y, en andando de esta manera, ¡ay de su honra! Porque si da en encerrarla, siempre se queja; si sale muy a menudo y cuando quiere, da a todos que decir, y en la vida la mujer tres salidas ha de hacer. Pues si la riñe porque sale, anda rostrituerta y no hay remedio que haga nada. Si calla y la deja, dice luego que no la estima y se le sube a las barbas, porque la boda de los pobres todo es voces, y la de los ricos, cuando pitos, flautas, cuando flautas, pitos. Pues si ella gasta, ¡ay de la hacienda!, y si no gasta, se levanta de noche y le visita la faltriquera, o le vende lo que hay en casa, y por esto me parece que huela la casa a hombre. Pues si siempre está en ella, tiénele por sospechoso, y si viene a deshoras, por travieso, que quien bueyes ha perdido, cencerros se le antojan. Si la quiere mucho, estímale en poco, y si no, siempre anda riñendo, y mire no se diga por él que en la casa del ruin la mujer es alguacil. Si la viste y trae muy galana, quiere ser vista, que es el primer escalón para ser amada: y la mujer y el huerto, no quieren más de un dueño. Y si anda holgazán y no trabaja para regalarla y vestirla (como hay algunos hoy, y aun muchos, que no se les da nada, vienen a mesa puesta y cama hecha, y sin tener una blanca ni un maravedí de renta), ven hoy el faldellín, esotro día la ropa, y aun muchas veces la cadena y la sortija, y no preguntan de adónde vino toda esta deshonra. Quizá le dirá algún día su mujer: «Marido, ¡cornudo sodes!» Y él responderá: «Más vale que hinchar odres». Porque el casado, pobre y enemigo del trabajo está a mucho mal sujeto. Porque ya sabemos que el hombre es fuego y la mujer estopa, y llega el diablo y sopla. Y así digo, que haga él de su parte lo que le toca, pues como hombre, está obligado a tener más prudencia y a saber quitar la causa. Que quien quita la causa, quita el pecado, y muy pocas mujeres hay que sean buenas, si ven que sus maridos las dan ocasión para ser malas. Y de aquí nace aquel refrán que dice: «Amor loco, yo por vos y vos por otro». Esto es lo que yo puedo decir, y sobre todo, te aviso, casado, que ni cabalgues en potro, ni tu mujer confíes a otro. Y pues me queda por decir la loa del sábado, y no es justo ser con esto más importuno, digo así:



     Dice el divino Platón en su Timeo, que tanta necesidad tienen los ricos de consejo como los ingratos de castigo. Cornelia, mujer de Sempronio Graco, también, escribiendo a sus hijos, dice estas memorables palabras: «Por lo mucho que os quiero, ¡oh, hijos míos!, deseo que aprendáis a ser bien criados, y procuréis de ser agradecidos, pues no tengo otra hacienda que dejaros». Por cierto, razones fueron éstas bien dignas de ser notadas, y aun de quedar en las memorias de los hombres eternas.

     Oí decir los días pasados a un hombre de buen ingenio, que tenía más invidia a la fama de un hombre antiguo que a la vida de todos los presentes: porque el discreto era desdichado y el necio desagradecido; y él dijo muy bien, por cierto, pues ni los gastos que hizo Marco Antonio con Cleopatra, ni la conjuración que inventó Catilina contra su patria, ni la sangre que se derramó por Pompeyo en los campos de Farsalia, ni las crueldades de Nerón con su madre, el robo de Julio César del Erario, los estupros de Calígula con sus hermanas, la traición que hizo Bruto con su padre Gayo, ni las crueldades de Domiciano, no fueron tan grandes en todos los pasados, como una ingratitud en los presentes. Las mercedes que los príncipes hacen, quieren que se las sirvan, pero Dios que se las agradezcan (Colo, c. 3): porque no hay para su Majestad divina tan acepto sacrificio como el agradecimiento del beneficio recibido, y la buena obra, más es agradecerla que pagarla.

     Y ansí digo que, vicio por vicio, traición por traición, maldad por maldad y malo por malo, no hay en el mundo hombre tan malo como el hombre desagradecido. Porque ni el pecado de Judas, la crueldad de Caín, la idolatría de Salomón, el adulterio de David, la soberbia de Lucifer, ni las culpas de todos cuantos hay en el infierno, no son tan grandes como las de una persona ingrata a Dios, porque por ley no había de vivir el que no sabe agradecer. Pregunta Séneca que por qué las leyes no señalan castigo a la ingratitud como a los demás vicios, pues en ninguna se halla castigo señalado para ella, y responde que como es un vicio tan abominable, tuvieron por imposible que hubiese hombre que le cometiese, y ansí no le señalaron, y si acaso algún hombre le cometiese, les pareció se reservase su castigo a los dioses, pues sabrían ponderar la culpa, a lo cual no se atrevieron los legisladores, porque por ley no había de vivir el que no sabe agradecer.

     Dice Sócrates que los desagradecidos son bobos, y los bobos, por la mayor parte viven sanos, y digo según esto, que en el sabio es muy mal empleada la muerte, y en el ingrato es muy peor empleada la vida. El vicio más antiguo en el mundo es la invidia (como tengo dicho antes de ahora). Pero digo que más mal hace un ingrato que un invidioso, porque ya sabemos que donde no hay sujeción no hay rey; donde no hay rey, no hay ley; donde no hay ley, no hay justicia; donde no hay justicia, no hay paz; donde no hay paz, hay guerra, y donde hay guerra, no puede durar la República; pero donde hay ingratitud, no puede haber obra buena, porque más muerta está el alma ingrata y sin gracia, que lo suele estar un cuerpo sin alma. Dice Séneca que mayor gloria mereció Cicerón por desterrar los vicios de los ingratos de Roma, que Scipión por vencer los cartagineses en Africa. Quéjase Asiria que se revolvió por Semíramis, Damasco por Mitrida, Armenia por Pincia, Grecia por Elena, Germania por Uxodonia, Roma por Agripina, España que se perdió por la Cava, y el mundo por una mujer ingrata. Mucho pudiera decir, si el alabanza de este soberano día sábado no me obligara a callar; pero pues salgo a esto, y es éste mi intento, digo:



     Que sábado, séptimo día del mundo, y el último de la semana, se llama sabbatum, que en hebreo significa «holganza» o «reposo», porque en tal día reposó en el sepulcro el cuerpo sacrosanto de nuestro Maestro y Redentor Jesucristo, cesando los dolores y tormentos (Gén. c. 2; Math. c. 27).

     En sábado, a ocho de Diciembre, fue concebida la Virgen, nuestra Señora, sin pecado original.

     En sábado, a seis de Enero, obró Cristo aquel famoso y primero milagro, que fue convertir el agua en vino en Carmá de Galilea, teniendo Cristo treinta y un años (loan, c. 2).

     En sábado estuvo la Iglesia firme y constante en la Virgen María y en los demás fieles.

     En sábado murió nuestra Señora, Madre de Dios, de edad de sesenta años menos veinte y tres días, según lo escribió Nicéforo Calixto, el cual dice que vivió la dicha Señora once años después de la muerte de su precioso Hijo, Dios y hombre verdadero.

     En sábado era la fiesta entre los judíos (Luc., c. 19), y ansí como la Iglesia nombra a los días de la semana domingo «primera feria», y al lunes «segunda feria», etc., los judíos decían al domingo prima sabbathi, al lunes segunda sabbathi (Ioan, c. 20), porque sabbathum (según Silvestro, a sabe, que es dicción hebraica, o de saba, que es vocablo siriaco, que en latín decimos septum), diremos que sabbathum se llama cualquiera día de la semana o toda entera. Y aunque la Iglesia haga conmemoración de la Virgen casi en todos los días de ella, en especial en el sábado, la razón pone el Racional en el libro cuarenta, capítulo primero. Y es que en una iglesia de Constantinopla había una imagen de la Virgen María, la cual cubría un velo, y éste se apartaba milagrosamente sin llegar a él, todas las vísperas del sábado, y acabadas, se cerraba. Visto este milagro, se ordenó que en este día se festejase la fiesta de la Purísima María, y también porque así como Dios descansó en el sábado en el vientre y alma de esta Señora benditísima, el papa Urbano segundo ordenó que se dijesen las horas de nuestra Señora en sábado, y se hiciese su santo oficio en este día.

     Cuenta Jacobo de Voragine en la leyenda de Pelagio, papa, que en el año del Señor de cuatrocientos y noventa florecieron dos hermanos, San Medardo y San Geraldo, nacidos en sábado de un vientre, en sábado hechos obispos, en sábado muertos, y en sábado colocados con Cristo en la bienaventuranza. Todos los sábados tenía de costumbre San Luis, rey de Francia, lavar los pies a doce pobres, y este día comía con ellos.

     En sábado se casó el bendito santo con la reina Margarita, su mujer.

     En sábado mandó pusiesen guarda a su persona, la cual no habían tenido hasta allí ningunos reyes, sus pasados.

     En sábado enviudó.

     En sábado tomó el hábito de religión de la orden Francisca, donde acabó.

     En sábado empezó la orden de los Mínimos, por el bienaventurado San Francisco de Paula, año de mil y cuatrocientos y noventa y uno, y año de mil y quinientos y seis se confirmó, y su fin fue año de mil y quinientos y siete.

     Los que nacen en sábado, según curso astronómico, son fuertes y principales, y en efecto digo que hablando de cosas humildes y bajas:

     En sábado matan carne en el matadero.

     Las mondongueras compran menudo, hacen morcillas, cuecen tripicallo, venden mondongo, y los pícaros hinchen el pancho.

     Y concluyo con decir que en sábado lavan las mujeres las tocas, arriman las almohadillas, almidonan las gorgueras, enrúbianse los cabellos, pónense las pasas, quítanse las mudas, sahúmanse las camisas y lávanse las piernas.



     RÍOS.- Las loas de la semana son tan buenas y ejemplares, que echo de ver según me han parecido, y lo mucho que tienen bueno, el trabajo que os deben de haber costado.

     ROJAS.- Algunos libros he revuelto para hacerlas.

     SOLANO.- No es de pequeña alabanza saber un hombre aprovecharse bien de lo que hurta, y que venga a propósito de lo que trata.

     ROJAS.- ¿Qué hombre hay en el mundo que no hurte y se aproveche de algo ajeno? Porque todo lo más que hoy se escribe (si bien se mira) está ya dicho; pero el buen estilo con que se dice es justo que se celebre. Y a este propósito os diré una loa en alabanza de los ladrones, que os ha de parecer buena.

     RAMÍREZ.- Para nosotros será de mucho gusto oírla.

[ROJAS].-

                                                ¿Cuánto va, señores míos,
que no saben a qué vengo,
aunque haya tantos que digan
que entienden los pensamientos?
Ya van doscientos azotes
contra aquel que escucha atento,
que no hay nadie que adivine
que salgo a pedir silencio.
Pero dejemos a un cabo
apuestas y pasatiempos,
decir quiero a lo que salgo,
oigan, que ya va de cuento.
Viniendo ayer por la tarde
a la comedia un mancebo,
de aquestos de mangas anchas,
calzón justo y tieso cuello,
llegó y me dijo: « ¡Oh mi rey!
Señor Rojas, ¿qué hay de nuevo?
-Servir a vuestra merced»,
le respondí, y él, muy tieso,
replicó: «No hay tal farsante;
oírle hablar es contento;
¡qué lengua, qué talle y gracia,
por mi vida que es del cielo!
Y tras esto, poco a poco
se llegó, y dándome un tiento,
con dos dedos me sacó
de la faltriquera un lienzo.
Sentilo y callé, y él dijo:
«Crea, Rojas, que deseo
servirle en lo que se ofrezca,
porque lo merece cierto».
Y con muchas reverencias,
mucho sombrero hasta el suelo,
y francesas cortesías,
se fue muy grave y severo.
Fui en casa de una mujer,
y pidiéndome el pañuelo,
porque era suyo, la dije
la verdad de todo el cuento.
Estuvo atenta escuchando,
y admirada del suceso,
parecióle tan honrado
de aqueste ladrón el término,
que me mandó que callase,
y no sólo mandó aquesto,
pero que si era posible,
compusiese algunos versos
en alabanza de un hombre,
aunque ladrón, tan discreto,
tan astuto y cortesano.
No pude dejar de hacerlo,
que a mí también me obligara
su gran cortesía a ello,
a no ser mandado suyo,
y ansí su alabanza empiezo.
Ladrones, hoy es el día
que salís de cautiverio,
dadme albricias brechadores,
lagartos y cicateros:
que hoy diré en vuestra alabanza
cosas que asombren el suelo.
Ea, señores ladrones,
escuchen y oigan atentos:
que no quisiera yo más,
de las capas y sombreros
de los que me están mirando
y piensan que no los veo.
Va de alabanza, ladrones,
y empiezo por el ingenio,
sagacidad, sutileza,
vigilancia, estilo bueno,
ciencia y arte liberal
que fue cursada otros tiempos,
de los hombres en la tierra,
de los dioses en el cielo.
Entre los persas usaban
que los más ricos del reino,
desde niños aprendiesen
este ejercicio discreto,
diciendo que allí se hacían
astutos, sabios, secretos,
cautelosos, reportados,
altivos de pensamientos,
agiles de pies y manos,
vivos y agudos de ingenio.
A la guerra va el soldado
por hurtar, y por aquesto
viene a alcanzar mil renombres,
triunfos, coronas, trofeos,
a desposeer tiranos,
a ganar remotos reinos.
Y entre amigos y enemigos,
de hurtarse los pensamientos,
vemos resultar por horas
muchos y buenos efectos.
Si no, mirad los poetas
que por puntos hacen esto,
hurtándose aquél al otro
las sentencias, los conceptos.
El atributo mayor
y lauro de Ulises griego,
fue de hurtale a los troyanos
aquella imagen del templo.
Si Eneas no hurtara el ramo,
jamás bajara al infierno,
ni estuviera con el alma
de su padre Anquises muerto.
Si aquellas manzanas de oro
no hurtara Alcides del huerto
de Atlante, careciera
del triunfo mayor del suelo.
De su oficina a los dioses
también hurtó Promoteo
hasta el fuego celestial
(temerario atrevimiento).
Mercurio, con la cautela
del hurtar, astuto y diestro,
engañó a Argos, y cumple
de Júpiter el deseo.
Por hurtar a las sabinas
los romanos, adquirieron
generación, potestad,
victoria y tan grande imperio.
Hurtó a Ipodamia Peritoo,
y celebró el casamiento,
Paris a Elena, mujer
del rey Menelao el griego.
Ulises tiene por gloria
de que le digan que es deudo
de Sisifo, un gran ladrón
y respetado en su tiempo.
Por los excelentes hurtos
que Anteón hizo en sus reinos,
alcanzó grandes riquezas,
adquiriendo nombre eterno.
El rey Gerión hurtó,
y Ulises, que del rey Reso
también robó los caballos,
gloria del greciano pueblo.
Filotetes, por ladrón,
alcanzó nombre en su tiempo,
por hurtarle al fuerte Alcides
las saetas, hurto inmenso.
Ope, mujer de Saturno,
por hurtar sus hijos mesmos,
de la muerte los libró:
¡mirad qué mayor ejemplo!
Júpiter, mudado en toro,
robó a Europa, y éste mesmo
robó a lo y Alcumena,
resultando un bien eterno
de este hurto, pues que de él
nació Alcides, y tras esto
también hurtó a Ganimedes,
que aun los dioses se honran de esto.
El dios Apolo robó
la hija de Macareo;
Deyanira, mujer de Hércules,
la robó el sátiro Neso.
Y aquel rey de Siracusa
hurtó un vestido en el templo
a Esculapio, dios, que dioses
aun no están seguros de ellos.
Ni de robar no lo están,
dioses a dioses, pues vemos
que Mercurio robó a Apolo
las vacas del rey Admeto,
Plutón robó a Proserpina,
el dios Marte robó a Venus.
¿Y quién es mayor ladrón,
si más ejemplo queremos,
que nuestra Naturaleza?
La tierra, los elementos,
son ladrones famosísimos;
ladrón es el mismo cielo,
pues hurta las humedades
de la tierra con su fuego,
y de ellas borda sus nubes
y forma cometas, truenos.
Hasta las mismas estrellas
son ladronas; probarélo,
pues hurtan al sol la luz
de que ellas carecen, cierto.
(56)¿Y aquel ladrón dichosísimo,
aquel Dimas santo y bueno,
que fue en hurtar tan famoso
que robó hasta el mismo cielo?
Príncipes, reyes, monarcas,
altos, bajos, malos, buenos,
aves, peces, animales,
dioses, elementos, cielo,
todos son ladrones y hurtan,
con artificios diversos,
unos con redes los ríos,
y profundo mar soberbio,
para despojar y hurtar
sus perlas y coral tierno;
otros por sacar los peces
de su húmedo elemento.
Las aves no están seguras
aun volando por los vientos;
los animales tampoco
en los montes más excelsos:
después de hurtarlos los hombres,
también se hurtan ellos mesmos;
hasta el animal más vil
de la tierra, es claro ejemplo
para que seamos ladrones,
y tan preciosa arte usemos;
la ladrona de la hormiga
podrá bien decir aquesto.
El ejercicio de hurtar
es tan honroso y tan bueno,
que da brío, calidad,
hacienda, gusto, dineros.
Nunca el ladrón conoció
la necesidad, ni creo
que jamás la vio la cara:
¡qué bien tan alto y supremo!
Ahora vengamos al caso,
que he de probar mejor esto.
Digan todos la verdad,
ya que no a mí, allá en sus pechos:
¿hay entre todos alguno
que no haya hurtado, en efecto,
cuando no actualmente,
no ha hurtado con el deseo?
Por vida de quien soy yo,
que todos los que aquí veo
han hurtado y son ladrones
con obras o pensamientos.
Hasta los nombres de Hurtados
y Ladrones conocemos
ser un ilustre linaje
en España y otros reinos.
Hay algunos ignorantes
que me dicen que es muy bueno
el oficio de ladrón,
pero que se acaba presto.
¡Ven acá, bárbaro! dime:
¿hay oficio en todo el suelo,
que dure más que la vida?
¡Pues el ladrón es lo mismo!
Que dura hasta que le ahorcan,
esto es llano y verdadero.
¡Oh oficio, oh ciencia, oh reinado!
yo te alabo y reverencio.
Ladrones, teneos en mucho,
y nosotros vigilemus
et semper de manus vestras
con tantos ojos andemos.
Vivid, famosos ladrones,
y tú, honrado cicatero,
si me escuchas, dame oído;
ansí te libren los cielos,
a tus espaldas de azotes,
tus manos de un fuerte remo,
tus orejas del cuchillo,
y del verdugo tu cuello.
Y de azotes y verdugo,
cuello, cuchillo y del remo,
libera nos Domine,
te canten todos los ciegos,
y te depare en tus trances,
si acaso fueres corriendo,
los alguaciles follones
que corren poco y a trechos,
y te libre de escribanos,
de sus plumas y sus pliegos,
y de testigos de vista,
y del «fallo que condeno».
Et rogamos audi nos
te canten y te cantemos,
que tus cortesías te lleves
y me vuelvas mi pañuelo.
Y si no me lo volvieres,
a todos los santos ruego
que te prenda un alguacil
zurdo, cojo, manco y ciego;
te den quinientos azotes
por hurto que no hayas hecho,
al uso de Berbería,
en barriga, espalda y pecho,
y que acabes perneando,
y diciendo «Credo, Credo»,
te quedes bamboleando,
con tanta lengua y pescuezo.

     SOLANO.- Basta; que todas las que habéis dicho en este viaje han sido de alabanzas, y pues se trata de esto, os quiero decir de un monasterio que tiene Burgos, que es muy digno de ella, que como hombre que no ha estado en él, no le habrá visto, el cual fundó el rey don Alonso octavo de Castilla. Está fuera de la ciudad, es de monjas y se llama las Huelgas, cuya abadesa tiene debajo de su dominio más de ciento y cincuenta hijas de señores muy principales, y ha habido monjas en él tres infantas doncellas, hijas de grandes reyes de Castilla, las cuales, aunque las traían casamientos para ser reinas, no quisieron serlo. Este monasterio tiene debajo de su jurisdicción otros diez y siete monasterios y trece villas y más de otros cincuenta lugares, y provee doce encomiendas y muchas capellanías, y otros oficios de justicias y regimientos.

     ROJAS.- Por cierto que es notable grandeza, y tanto que parece increíble, y pues llegamos hoy a Burgos temprano, con facilidad podremos ir a verlo.

     SOLANO.- Eso y todo lo demás veremos despacio, que hay mucho que ver en esta ciudad.

     RÍOS.- Y aun si fuera mía aquella manada, yo arrimara a un lado la comedia antes de muchos días.

     RAMÍREZ.- Bien valen los puercos más de dos mil ducados, porque son muchos y buenos.

     SOLANO.- Notable animal es éste.

     ROJAS.- Sucio, pero el mejor del mundo. Y pues va todo de alabanza, oíd una loa que hice en la de este hermosísimo cochino, que es de grande gusto,

     RÍOS.- Y esa oiremos todos con mucho silencio.

[ROJAS].-

                                                No dice mal el refrán,
que amor, pasión o dineros
son muy malos de encubrir,
y tiene razón, por cierto;
porque un hombre enamorado,
aunque sea muy discreto,
callado, astuto, prudente,
fiel amante y verdadero,
es imposible encubrirlo,
que como es la cara espejo
del cuidado, sale al rostro
el fuego que está en el pecho.
Y el hombre que sabe más,
quiere con mayor extremo,
porque tanto cuanto sabe,
tanto quiere, y aun más que esto.
Mas si el hombre necio dice
que adora, que pierde el seso,
que suspira, rabia y muere,
éste miente como necio
que no sabe qué es amor,
y si lo sabe es un sueño,
que amor de tantos, es poco,
y poco olvídase presto.
Porque no es ciencia el querer
que se aprende con el tiempo,
que la enseñan las escuelas,
la experiencia ni hombres viejos:
que esta ciencia milagrosa
se aprende de nuestros pechos,
y de la escuela del alma,
que es el principal maestro.
Naturalmente ha de ser
el querer y el hacer versos,
que lo demás es locura,
o mucha fuerza de ingenio.
Yendo, pues, a mi propósito,
aunque no voy de él muy lejos,
digo que se llegó a mí
ayer tarde un compañero,
muy turbado y melancólico,
confuso, triste y suspenso,
y preguntando la causa,
y de su mal el suceso,
me respondió: «Señor Rojas,
[vuesarced] es mi remedio,
es toda mi libertad;
en sus manos me encomiendo.
Ha de saber que yo adoro
a un ángel con grande extremo,
y que no me puede ver:
¡mire si es mi mal eterno!
Y sobre aqueste desdén,
me dijo ayer que era un puerco,
que la dejase y me fuese;
¿posible es que tan grosero
soy yo, que puerco me llame?
¿Yo soy puerco? -No, por cierto,
le respondí, ni imagino
que ella lo diría por eso.
Que antes me parece a mí
que todo aquese desprecio
fue merced y fue favor,
y yo por tal le confieso».
Por esto y más que le dije,
no fue de ningún provecho,
y agora, porque conozca
que «puerco» no es vituperio,
sino un animal más noble
de cuantos sustenta el suelo,
y el más útil que hay en muchos,
ansí su alabanza empiezo.
Digo que aqueste animal
tan principal que celebro,
después de otras mil grandezas,
hallo en él un privilegio,
en que se aventaja a todos
los demás que conocemos.
Ya es cierto y sabemos claro
que el asno, después de muerto,
cría siempre escarabajos,
como cada día vernos;
el caballo cría avispas,
y el hombre, en la tierra puesto,
salen de él y su mortaja
culebras, aquesto es cierto,
y del buey salen abejas;
mas de este animal tan bello,
y de este puerco, ¿qué sale?
Un obispo reverendo,
gloria y honra de las ollas,
y de estómagos hambrientos.
Las bodas y los banquetes,
los placeres y los juegos,
si él no los honra, ¿qué valen?
Yo sin él, reniego de ellos.
Los regalos, golosinas,
de tanto gusto y provecho,
que de sus entrañas salen,
¿a qué hombre no dan contento?
La morcilla, el adobado,
testuz y cuajar relleno,
el pie ahumado, la salchicha,
la cecina, el pestorejo,
la longaniza, el pernil,
que las paredes y techos
mejor componen y adornan
que brocado y terciopelos.
Este gentil animal,
que ha dado, cierto sabemos,
a más de algún rey de España,
su natural nombre mesmo:
¡y [a] algún necio le ha pesado,
porque le han llamado «puerco»,
y a éste el mucho honor le daña
como indigno de tenerlo!
Quien su nombre da a los reyes,
y con él honra a los reinos,
¿de qué se afrenta, sepamos,
si no es por no merecerlo?
Pues Sancho, puerco o cochino,
todo es uno, aquesto es cierto,
y de este nombre de Sancho,
¡cuántos reyes conocemos!
La dulce hierba y bellota,
que manjar de Adán fue un tiempo,
agora es suyo, gozando
de aquel siglo verdadero.
Y aunque hay algunos que dicen
que no es sano, es desconcierto,
que yo digo y probaré
que es más sano que el carnero.
Porque en las Indias les dan
por regalo a los enfermos,
en vez del pollo o gallina,
a comer carne de puerco.
Y del jabalí la orina,
es aprobado remedio
para el dolor de un oído,
y yo he hecho experiencia de esto.
Derretido el puerco gordo,
y con vinagre algo recio
lavado, o con agua clara,
para que madure, es bueno.
Y su preciosa manteca
es buena contra el veneno,
y el unto de su quijada
para hinchazón del cerebro.
Es contra la pestilencia,
vuelve a las cejas los pelos,
es muy bueno para empeines
y para dolores viejos.
¡Medicina saludable
el unto suyo! Y tras esto
es un remedio eficaz
para cámaras su estiércol.
Teniendo estas propiedades,
y otras muchas que no cuento,
paréceme injusta cosa
decir que el puerco es enfermo.
Que en aquella edad primera,
por gran regalo sabemos,
que los hombres lo comían
por ser muy sano sustento.
¿Quién estuvo entonces malo,
decidme, en aquellos tiempos?
¿Quién tomó el agua del palo,
jarabes ni cocimientos?
¿Quién murió de pestilencia,
tomó polvos, usó ungüentos?
¿Quién se purgó o se sangró,
ni tuvo roncha en su cuerpo,
sarna, comezón ni tiña,
ni el mal francés o flamenco,
tabardete, ni esquinencia,
ni otros males que agora vemos?
Nadie, pues puerco comían,
sin otros mantenimientos:
gallinas, pavos, faisanes,
no gustaban de comerlos,
porque sólo por sus plumas
se estimaban, y en efecto,
para otra ninguna cosa
jamás les fue de provecho.
Entonces para el pescado
ninguno armó red ni anzuelo,
ni estorbaban a las aves
el presto y ligero vuelo.
Matar buey era injusticia;
las vacas y los carneros
y los demás animales,
libres gozaban del suelo.
Solamente el puerco hidalgo,
en los bailes, en los juegos,
y en las fiestas principales
les aumentaba el contento,
pues jamás faltó en la casa
más rica de todo el pueblo,
regocijo en aquel día
que tenían puerco muerto.
¿Qué atabales, qué trompetas,
qué flautas, o qué instrumentos,
eran de más alegría,
para niños, mozos, viejos?
Decir que era enfermo entonces
fuera clamar en desierto,
porque afirmar lo contrario
por opinión justa tengo.
Cómalo, pues, todo el mundo,
descuidado y sin recelo,
pues se hacen de él medicinas
más que romances se han hecho.
Hasta aquel que en Calidonia
fue por Meleagro muerto,
ofreciéndole a Atalanta
su hermosísimo pellejo,
por ser de tan alta estima,
se adornó con él Tideo,
y con hija del rey de Argos
vino a casarse por esto.
Entonces este animal
era galán, limpio, bello,
hermoso, grave y bizarro,
si no lo estorbara Venus
por el enojo mortal
que tuvo con él un tiempo,
por la muerte desdichada
del bellísimo mancebo,
quedando Juno y Minerva
vengadas con verle muerto
al ya convertido en flores
de Cinira hermoso nieto:
y Venus, de esto indignada,
la limpieza de su cuerpo
la convierte en suciedad,
y hácele que sea muy feo,
y que entre los lodos ande,
siempre metido en los cienos;
y el pobre de verse ansí,
asqueroso, sucio y negro,
nunca de corrido habla,
ni alza los ojos del suelo,
mas con estar como está,
siempre de verlo me alegro.
Y ansí, sucio, cabizbajo
y asqueroso, ruego al cielo
que no le falte jamás
a la nuera de mi suegro.
Lo que tiene es que en la vida
es animal sin provecho
y holgazán, que la comida
la gasta holgando y gruñendo.
Porque diréis que la oveja
da la leche, lana y queso,
que labra la tierra el buey,
canta el gallo, caza el perro,
trabaja el asno y encierra
el trigo el agosto hecho;
el caballo va a la guerra,
del ratón escombra el techo
el gato maullador,
y otros muchos sin aquestos:
y solamente el cochino
mientras vive nunca es bueno.
Pero cuando de su vida
llega el venturoso término,
y su alegre San Martín
le viene, que viene presto,
¿qué decís de este animal,
cuando de muy sucio puerco
le convertís en tocino?
Entonces, ¿es malo ó bueno?
Con lo que está en sus entrañas
sepultado y encubierto,
se entretienen todo un año
padres, madres, hijos, nietos.
¡Oh, bellísimo animal,
que, como probado tengo,
eres el más provechoso
de cuantos hoy conocemos!
Concluyo, por no cansar,
y digo que eres tan bueno,
que quien fuere tu enemigo
será enemigo del cielo.
Mi gran rudeza perdona,
cochino hermano, pues siendo
sin número tus grandezas,
tan pocas son las que cuento.
Y si en alabar soy largo
a un animal que es tan bello,
quien fuere puerco perdone,
y no se corra de serlo.
A mi compañero digo
que tenga de hoy más consuelo,
y si todo lo que he dicho
no ha sido de algún provecho,
hágase animal de carga
si no está contento de esto,
o de caza, y podrá ser
que le despedacen perros.
Mas yo por mejor tendría
ser cochino que no ciervo,
y si no lo quiere ser,
sufra carga y sea jumento,
que quien se afrenta de ser
de boca de mujer puerco,
de la de un amigo suyo
ser asno no es mucho yerro.
Y si también se afrentare,
mañana le alabaremos,
que alabanza hay para todos,
aunque no para hombres necios.

     RÍOS.- Ninguna me ha agradado tanto como ésta.

     SOLANO.- Quizá será por lo que os toca.

     RÍOS.- Sea por lo que fuere, ella me ha contentado mucho, y lo que más siento es que estemos tan cerca de Burgos que no podamos más oíros.

     SOLANO.- De mí, confieso no he sentido viaje ninguno de todos los que hemos hecho este año.

     RAMÍREZ.- No sólo no me he acordado yo si camino, pero aun el dolor de mi pierna se me ha quitado con el buen entretenimiento.

     ROJAS.- Bésoos las manos por la merced que recibo, que eso y más se debe a mi buen deseo. Y atrevido ansí a lo uno como a lo otro, llegaremos a Burgos con una loa que quiero deciros de las cuatro edades.

     RÍOS.- Mucha merced será que todos recibiremos.

     ROJAS.- Ansí dice:

                                                Antes que diesen las aguas
que agora riegan el suelo,
fertilidad a los campos
y tributo al mar soberbio,
y antes que el viento veloz
tuviera forma ni asiento,
y la gran Troya humillara
sus bien fundados cimientos;
y antes que el fuego abrasase
aquellos muros excelsos,
cuyas sagradas reliquias
aún nos sirven hoy de ejemplo,
era el aire y era el mar
lo mismo que fuego y suelo,
porque no era nada entonces
ninguna cosa de aquesto.
Sólo era Aquél que es,
porque su ser es eterno,
desde ab initio nacido
y desde entonces inmenso.
Lo otro era confusión,
un caos, un dudoso estruendo,
y aunque ser mucho esperaba,
era un nada incorpulento.
Queriendo, pues, el Criador,
como hacedor de los cielos,
formar este nuevo mundo,
con querer se hizo luego.
Hizo fuentes, ríos, mares,
sierras, montes, llanos, cerros,
crió plantas y animales
tan varios y tan diversos;
crió el hombre, y para él solo
hizo la tierra y el cielo,
crióle a su semejanza,
hízole de todo dueño.
Diole razón, albedrío,
diole buen entendimiento,
y sobre esto, compañía,
como el mayor bien del suelo.
Dio al hombre, mujer, gran bien
de nuestros padres primeros;
tuvieron hijos queridos,
viviendo en paz y sosiego.
Era aquesta edad, señores,
en un tiempo tan sincero,
que jamás fueron vestidos,
ni pan ni carnes comieron.
Vivían los hombres entonces
una eternidad de tiempo,
novecientos y treinta años
vivió Adán; Seth poco menos,
[con] novecientos y diez;
los menos a setecientos,
porque entonces de esta edad
eran los hombres mancebos.
Eran éstos apacibles,
queridos, fieles, discretos,
humildes, justos, tratables,
así niños como viejos.
No hubo nadie que buscase
más que sólo su sustento,
y éste fue común a todos:
¡mirad qué tiempo tan bueno!
Fue nuestra segunda edad,
de la plata: en este tiempo
empezó la industria humana
a romper y abrir cimientos,
a labrar reales casas,
fabricar suntuosos templos,
levantar soberbios muros,
a alzar edificios bellos.
De esta nueva confusión,
de este laberinto nuevo,
de esta no usada costumbre
y de este trabajo cierto,
creció en los pechos la hambre,
y en los hombres el esfuerzo,
y mataban animales
para sustentarse de ellos.
Cocieron pan, que jamás
no vieron sus padres ni ellos,
y los que desnudos iban,
de la lana se vistieron.
Hubo justicia sin ella,
porque no la consintieron,
ni rey, que todos son reyes
donde todos son sujetos.
Los bienes se repartían,
al fin como suyos mesmos,
con tanto amor que ninguno
pidió más ni llevó menos.
En su poder los tesoros,
fueron tesoros de sueño,
que lo que en dormir tardaban,
sólo eso gozaban de ellos.
Al fin jamás los buscaron,
porque todos los tuvieron,
y nadie los procuró:
¡mirad qué dichoso tiempo!
Ya voy llegando a lo hondo,
(¡aquí de Dios, que me anego!)
al tercero llego ya,
y el de arambre es el tercero.
No fue este tiempo tan malo,
que otro tiempo vendrá luego
que no hay arambre en el mundo
que pueda soldar su yerro.
En este tiempo hubo reyes
que gobernaron sus reinos,
juzgando con rectitud,
y siendo juzgados ellos.
Hubo tratos, hubo cambios,
hubo cuentas con mil yerros,
hubo avaricia en los ricos,
y hubo soberbia en los necios.
Hubo invidia, hubo privanza,
no guardó nadie secreto;
hubo enemigo de balde,
y hubo amigos por dineros.
Hubo ingratitud en muchos
que se fueron al infierno,
y hubo algunos con dos caras:
¡ved qué tiempo tras qué tiempo!
La cuarta y última edad
es la que agora tenemos;
de hierro la dicen todos
y bien lo dicen sus yerros.
¡Ay, qué dijera de ti,
tiempo bueno, tiempo bueno!
Pero al fin, como tu pan,
y he de guardarte respeto.
Sigo, tiempo, tu estandarte,
tus tratos me has descubierto,
y no quiero que se diga
que te sirvo y que te vendo.
Vivo al uso como todos,
mas sabe el cielo si muero
por no decir lo que callo
y por callar lo que siento.
Pero diré y callaré,
por no dejaros suspensos,
y ansí, declarando parte,
dejaré el todo en silencio.
En esta edad comenzaron
las traiciones, los enredos,
las muertes, los latrocinios,
los insultos, desafueros.
Juzgar por el interés,
dar lo hecho por no hecho,
irse las hijas de casa,
matar los hombres durmiendo.
Llamar al callado, grave,
al que es hablador, discreto,
al perdido, liberal,
y al aplicado, avariento.
Robar unos en poblado,
en fe de un vestido negro,
y alcanzar otros favor,
porque tienen favor ellos.
Comer muchos con callar,
que es opinión de discretos,
y hacerse ciegos a ratos
por no descubrir sus tuertos.
Trocar los cuerpos de grana
por piezas de terciopelo,
y aun oír sermón algunos
porque no tenían dineros.
Comer hoy alguno un pavo,
por hacerse caballero,
y querer cenar mañana,
y no tener para peros.
Gastar su hacienda en creciente
con doña Urraca don Bueso,
y quedarse a la menguante,
ella rica y él en cueros.
Saber decir las mujeres
«adórote, eres mi cielo,
peno, rabio, desconfío,
suspiro, lloro», y tras esto,
«¡ay, señor! que soy perdida;
por un solo Dios le ruego
que vuestra merced se esconda,
que éste que llama es mi suegro.
Metelde en esa cocina,
cubrilde con el tablero,
póngase Hernández delante,
y entre mi señor don Diego».
Entra el suegro tras el primo,
y tras el primo don Diego,
y tras don Diego, el lacayo,
y tras el lacayo, ciento.
Todo este mundo es fingir,
todo interés y embelecos,
y al fin fin desdichas todo:
¡mirad si es errado tiempo!
En éste, por mi ventura,
mis pecados me trajeron
a que diese gusto a tantos,
unos sabios y otros necios.
¡Desventurado de mí!
pues cuando acierto, no acierto,
ni agradecen cuando sirvo,
ni perdonan cuando yerro.
Errar los hombres, no es mucho,
que allá dice Marco Aurelio
que quien errare como hombre,
remedie como discreto.
Si erráremos como tales,
desculpadnos como vuestros,
perdonando como nobles,
callando como discretos,
recibiendo voluntades
y admitiendo los deseos,
que se humillan a serviros,
a pesar de muerte y tiempo.

     RAMÍREZ.- Ésta, y todas las demás que hemos oído, son muy buenas, de grandísimo entretenimiento y muy peregrinas; y he dicho esto de todas, porque a Rojas es a quien ha tocado el decirlas, y a nosotros el alabarlas.

     ROJAS.- Sí, porque la alabanza en mi boca no fuera cordura, fuera de que no son dignas de ella; pero con todo eso, os suplicaré recibáis la voluntad de serviros y el deseo de entreteneros, que bien sabe Dios que el habéroslas dicho, no ha sido por hacer alarde de mi ingenio ni vanagloria mía para que me estiméis en algo, sino la mayor humildad que se ha conocido de hombre en el mundo, pues tengo tantas causas para serlo, ser los viajes que hemos traído tan largos y procurar traeroS entretenidos, aunque harto temeroso de enfadaros.

     RÍOS.- Si de lo que habéis dicho no se tuviera conocido todo eso, y para nosotros el oíros no fuera de tanto gusto, bastaba vuestro buen celo para que, cuando ello hubiera sido muy malo, quedara disculpado vuestro yerro.

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