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En busca del hueso perdido : (tratado de paraguayología)

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- XV -

La cultura del requecho y los tres gestos de José Gill

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     En la vida social y política paraguaya perduran todavía algunos reflejos de la actitud alerta y desconfiada del cazador-recolector que sabe sobrevivir en un medio hostil. Por eso, ante la incertidumbre, cada uno tomará lo que está más a mano: animales vacunos, vehículos, dinero, combustible, alhajas, armas, ropas, muebles, etcétera. No importará que pertenezcan visiblemente a otra persona y mucho menos al Estado. Lo único que detendrá la depredación será la posibilidad de reacción de la otra parte; la fundada sospecha de que el saqueo no quedará impune.

     Un antropólogo deslizaba una explicación racional a esta conducta, de suyo muy común, según pueden dar testimonio quienes frecuentan la historia nacional. Parece que en las sociedades arcaicas no existe el concepto de la propiedad pública como una categoría diferenciada de la del dominio privado. Cada cosa pertenece a todos o a quien se apodere de ella y deja de pertenecerle cuando se la arrebatan de las manos. El estado, las instituciones, la ley, los registros de propiedad, la tipología jurídica que distingue entre bienes públicos y privados, son abstracciones ininteligibles. ¿Cómo puede uno regirse por abstracciones?

     Esto explica la común práctica del requecho, palabra que quiere decir lisa y llanamente, sin metáforas abusivas, agarrar lo que se puede. El requechero no se deja impresionar por las dimensiones del botín: desde una gallina hasta una licitación, desde un par de botas hasta las acciones de una sociedad. Todo puede ser objeto de su virtuoso ejercicio. El patriótico entusiasmo con que se realiza, le ha asegurado una intensa vigencia en la cultura nacional.

     Pero no requechea quien quiere sino quien puede. Hay una lucha tenaz e incesante para conquistar una ubicación desde la cual se pueda requechear sin riesgos. La política suele ser uno, aunque no el único, [226] de los ámbitos preferidos para este deporte popular. Mediante él, hasta pueden darse verdaderos saltos acrobáticos, dignos de las Olimpiadas. Es empleado a manera de excelente pértiga para realizar -requecho mediante- la hazaña de la movilidad vertical ascendente, que lleva de un sólo e intrépido salto a las doradas nubes de la prosperidad. La pértiga asume entonces el papel de varita mágica de Merlín, en manos del ágil deportista. Claro, a veces la política se convierte en encerado tobogán con el cual se desciende raudamente desde las alturas hasta el duro suelo, donde el impacto garantiza un ruidoso golpe abajo y atrás.

     El representante de un gobierno extranjero de comienzos de siglo nos dejó este sugestivo comentario: «De hecho, es dudoso que un político de este país no considere la acumulación de fortunas personales a través de recursos oficiales como otra cosa que algo perfectamente legítimo, y como uno de los tantos privilegios del cargo que, para conseguirlo, ha luchado por años, arriesgando su vida y posiblemente gastando una suma no desdeñable de dinero. Robar al estado no se considera de hecho, de ninguna manera, como robo, (el subrayado es mío) y si el Presidente y sus ministros no han hecho nada más que seguir un ejemplo bastante en consonancia con las costumbres y tradiciones de esta gente, debe reconocerse que el incremento de los ingresos fiscales es una evidencia, al menos, del hecho de que estos políticos han prevenido que otros sigan su propio ejemplo» (130).

     Suscribe esta cáustica valoración Cecil Gosling, cónsul británico en Asunción, desde 1902 hasta 1908, época anarquizada por las disputas entre cívicos y radicales. El texto, de claro objetivo difamatorio contra las virtudes de la raza, está incluido en el informe anual elevado en 1907 a sus superiores, desde esta ciudad. El documento revela a un atento e incansable observador de los turbulentos acontecimientos que se desarrollaban ante sus ojos.



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Los ideólogos del requecho

     Es archiconocida la ciceroniana arenga de José Gill, caudillo montonero de larga y ruidosa actuación en la política nacional. [227] Desfallecían sus hombres de hambre y de cansancio antes de un combate que abriría las puertas de no sé qué pueblo y, con ello, la victoria sobre sus enemigos. Un político intentó en vano levantar la moral de la tropa con un discurso en el que les habló de la constitución, de la ley y de imponentes principios. Al constatar la indiferencia general, José Gill no dudó más. Subió sobre una silla y, desde allí, acompañándose de tres gestos significativos les explicó, con la máxima economía de palabras, que al día siguiente entrarían en el pueblo, tal vez Asunción. Y que allí tendrían comida (primer gesto), botín (segundo gesto) y mujeres (tercer gesto). Sus hombres, inflamados hasta el delirio, atropellaron las líneas enemigas con un ímpetu ejemplar que les dio el anhelado triunfo.

     En la guerra civil de 1922-23, el ejército rebelde del coronel Adolfo Chirife tuvo que retirarse hacia el Norte, región inhóspita y muy poco poblada. Allí Chirife reorganizó sus fuerzas y comenzó a reclutar hombres para seguir las operaciones. Se presentaron al llamado algunos obrajeros de los yerbales -gente brava y levantisca- quienes, una vez ante el adusto jefe militar, le dijeron sin titubeos que sólo aceptarían enrolarse en esa patriada con una inexcusable condición: violación ha saqueo libre. La traducción es innecesaria. Se pedía facultades para requechear a discreción. La aclaración era necesaria, porque por ahí algún jefe imprudente podía intentar racionar estos premios.

     Anotaré otra anécdota. Ocurrió en agosto de 1947, y de la siguiente forma, según la memoriosa versión de Óscar Ferreiro. Las tropas gubernistas acababan de entrar en Concepción, ciudad que había sido evacuada por los rebeldes de manera más que apresurada. El comandante de una unidad gubernista recorría los alrededores en un jeep cuando se cruzó con una vieja que llevaba, sobre la cabeza y en increíble equilibrio, un enorme receptor de radio, alto y de diseño ojival. Le preguntó a la mujer de dónde venía y esta le replicó: (de la estancia de Zavala) Ikyra la saqueo Zavala estánciape. Pero rejapurárõ rehupytyta gueteri. El saqueo está muy gordo allí; si se apura todavía podría encontrar algo) Saquear esa estancia hubiera sido impensable apenas días antes, pero el carácter de derrotado político que tenía el propietario convirtió a su patrimonio en botón del vencedor. [228]



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La fortuna no está en los libros

     A propósito de la guerra civil, es bien conocido el lema «no habrá colorado pobre», que inflamó a los partidarios del gobierno del general Morínigo, llevándolos a realizar verdaderas proezas hasta conseguir la victoria. La promesa era obviamente tentadora. Muchos hasta hubieran cruzado el océano en bicicleta. Un antiguo funcionario público recapituló sobre esta eficaz consigna y sobre otros hechos de su vida, en una «solicitada» que dio a conocer al abandonar la codiciada Delegación de Gobierno del Alto Paraná. Natalicio González -explicó- sólo había planteado un orden de prioridades: primero haría ricos a todos los colorados y después a todos los paraguayos.

     No sé si la primera parte de la promesa se cumplió con el ex delegado de Gobierno, pero parece que sus correligionarios siguen esperando. Y el resto de los paraguayos también, entre los que se incluye el paciente autor de este ensayo. Pero como decía el popular slogan de la lotería: remuñarõ rehupytýne (si lo persigues lo alcanzarás). Tronco al fin, un viejo roble partidario (¿por qué roble y no kurupa'y, yvyraromi o yvyrapytã?) del partido se quejaba amargamente hace un par de meses: «En el 47, los que no estaban con nosotros estaban contra nosotros; hoy, los que estaban contra nosotros están entre nosotros y mejor que nosotros». La vida es ingrata, ya se sabe. Cuando condenó a los paraguayos que «no estaban con nosotros» al papel de ciudadanos de segunda, se hubiera acordado de las habilidades de sus compatriotas en sobrevivir -yvytuismo mediante- en medio de la borrasca.

     Después de la guerra civil, le tocó a uno de sus vencedores ser desalojado, a su vez, del Palacio de López. Una unidad militar cayó como un rayo sobre la residencia presidencial y decidió la suerte del Gobierno sin que hubiese necesidad de combate alguno. Fue un espectáculo ver a los soldados abandonar el lugar con sombreros de copa sobre las gorras o coquetos sombreros de mujer bailoteando sobre las trompetillas de los fusiles. Uno de los jefes de la unidad atacante se llevó el automóvil de uno de los repúblicos defenestrados. Otro se apoderó de la vajilla. Y así por el estilo. [229]

     Mientras se realizaba la distribución del requecho, el único sitio respetado era la enorme biblioteca -templo misterioso y lúgubre-, acosada por anaqueles repletos de libros. Allí se detuvo un oficial, quien se puso a hojear las obras distraídamente, seleccionando algunas con la intención de llevarlas consigo. Su sorpresa fue mayúscula cuando encontró entre las hojas, limpios y planchados, flamantes billetes en moneda extranjera. Uno de los oficiales que pasó de largo ante la biblioteca se quejó después amargamente: Avapiko oimo'ãta libro pa'úme õiha la plata (¡Quién hubiera pensado que la plata se encontraría entre los libros!). Tenía razón.



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El partido del presupuesto

     Pero la hacienda ajena es sólo una parte minúscula de la cuestión. El requecho principal está constituido por la hacienda pública. Por su control suspiran los adolescentes, pierden el sueño los estadistas y urden sentidos acrósticos y sonetos los poetas. La hacienda pública es el origen y la raíz de amores retumbantes, angustias atroces, mortales enemistades, pasiones truculentas, dilatadas desdichas, traiciones escandalosas. Es piedra filosofal, rayo láser, lámpara de Aladino, santo Grial, rosa negra, polvo de unicornio, máquina del tiempo, gorra estrellada de Merlín, varita mágica de la bruja de Blanca Nieves.

     Rafael Barret observaba que en el Paraguay el único partido es el del presupuesto. Todos los partidos que llegan al gobierno lo adoptan como botín legítimo. Quien tiene las llaves del cofre gana el amor y la lealtad de sus conciudadanos. Por eso se observa aquí un fenómeno inverso al que fatiga los voluminosos textos de Sociología Política: el poder no desgasta al gobierno sino a la oposición. Maurice Duverger, célebre tratadista de Sociología Política, quedaría asombrado. El poder engrosa las filas del partido gobernante y debilita las del de oposición, cuyos dirigentes, con una mano atrás y otra adelante, apenas pueden consagrarse a resolver el apasionante teorema de la supervivencia.

     El siempre irascible Teodosio González, en páginas que ya superaron largamente el medio siglo, propone una explicación a este [230] fenómeno que desvela a los politólogos. Para él, se trata simplemente de una consecuencia del pancismo actitud de una ancha franja de individuos que siguen al gobierno, sea del partido que fuere: «Son los llamados pancistas o gubernistas, que siguen con su adhesión y su voto al sol que más caliente, al árbol que cobija y nada más» (131).

     Â¿Y qué pretendía el ilustre y mentado jurista? ¿Que uno se exponga a los rigores del invierno, a sufrir el castigo implacable de los vientos helados, en la llanura desolada? Allí se sufre la angustia metafísica desatada por la inagotable sequía, la sospecha de que el oasis donde retozan los elegidos de Dios será para siempre inalcanzable. En este lugar -un espejismo atroz para quienes lo saben remoto-, bajo palmeras eternamente verdes, danzarán las odaliscas al son de címbalos y flautas y timbales; el buen vino regará generosamente las copas de los comensales, talladas en cristal. Pero en el miserable arenal el réprobo sólo podrá escarbar, desesperado, en busca de una mezquina gota de agua salobre para engañar la sed. En vez de la música, sus oídos sólo recibirán, de cuando en cuando, en alas del viento calcinante, el repelente gruñido de algún camello lejano.

     Quien manda no titubeará en ejercer las prerrogativas inherentes a su cargo, requecho incluido. Empleará el presupuesto estatal como una especie de caja chica para atender gastos de la casa tales como el pago a las empleadas domésticas, choferes, dádivas especiales a paniaguados de su afecto, regalos de Navidad, etcétera. Se extenderá el aura del mando a los parientes cercanos, compadres y otros «arrimados». Muchos de ellos, desde entonces, perderán sus patronímicos para pasar a ser conocidos como «el primo de Fulano», «el sobrino de Mengano» o «el tío de Zutano» o «el compadre de X» o «el peluquero de Perengano».

     Es que el requecho, a través de un vasto sistema de vasos comunicantes, llega a todas partes; hasta a músicos, parrilleros, mozos gastronómicos, fabricantes de chorizos, mbejuseros, choferes, clubes de fútbol, chiperas, sociedades de caridad, croupiers, mariposas nocturnas, jugadores de fútbol, compositores de caballos y de música, poetastros, etcétera. A veces alguien impugnará las proporciones que [231] tocan a cada escalón inferior, pero siempre goteará algo; y algo es mejor que nada. Y encima mandamos, ¡qué caramba!



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«Nadie sea tan osado...»

     Â¿Raíces indígenas? Puede ser. Detengámonos a husmear en el relato del suspicaz padre Martín Dobrizhoffer, quien ya constató que, «una mano generosa puede más con ellos [los indígenas] que la lengua más elocuente. ¡Que vengan aquí Demóstenes, Cicerón y todo el respetable gremio de los oradores! Podrán hablar a los indios hasta volverse roncos y podrán sus artificios retóricos ser más exquisitos; pero si vienen con las manos vacías, hablarán a sordos, y toda su fatiga será vana. Sí, hablarán bien, pero no beneficiarán a sus oyentes, y se darán cuenta, por fin, de que pretendieron sacar agua de una piedra. Pero si alguien lleva regalitos a los indios [¡Ya apareció el requecho!], podrá ser un bruto y aún mudo, más negro que un etíope, y se le escuchará con placer, será amado y los indios le seguirán obedientes a sus órdenes, aunque de seguirlo al infierno se tratara. «La voluntad de los indios se cautiva no por la elocuencia, sino por la generosidad» (132).

     Pero se puede ir un poco más cerca en el tiempo. El padre Lozano, en su historia de la Revolución Comunera, reproduce la arenga que José de Antequera dirigió a sus hombres antes de un decisivo combate. En ella, además de las presumibles monsergas sobre la justicia de la causa, la legitimidad de los derechos invocados y otras minucias por el estilo, les anunció algo muy importante: si ganaban la batalla, tendrían la posibilidad de saquear a piacere los ricos pueblos de las Misiones.

     El episodio tiene un eco lejano de otros muchos que se sucedieron a lo largo de siglos. En la época colonial, cada borrascoso incidente político lanzaba a la calle a una ronda malhumorada de hombres armados. Empañando llameantes hachones y encendidas las mechas de los arcabuces, alertaban a la población con este amenazador grito que llenaba la negra noche: «Nadie sea tan osado de salir de su casa so pena de vida y hacienda perdida». La pérdida de la hacienda suele ser, en [232] efecto, parte del alto precio que se paga por el descenso de las alturas. Por eso, por cada requechero hay un requecheado.

     Algún apresurado moralista pontificará sobre corrupción, prebendarismo, clientelismo y todas esas otras monsergas. Me permito advertirle no dejarse aconsejar por las ideas foráneas, que contaminan el espíritu patrio con sus malévolas interpretaciones de la realidad social. Nos encontramos simplemente ante la esencia de la cultura, el karaku (médula ósea), «el alma de la raza» de que nos hablaba el maestro Manuel Domínguez.



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El guataha

     He dicho que no requechea quien quiere sino quien puede. Cerrado el camino de la movilidad vertical -hacia arriba, por supuesto-, sólo queda la vía de buscar el requecho en otras tierras. Por eso se dice que la movilidad horizontal es también un fenómeno característico del paraguayo. Tanto, que se ha llegado a acuñar la creencia de que existe un verdadero ethos del oguatáva (el ethos del caminante). Ya hemos dicho que a veces se emigra por razones económicas y a veces por razones obvias. Pero también, quizá, puede haber otras causas más profundas. No olvidemos que nuestros ancestros estaban poseídos por el frenesí de la migración. Los españoles emigraron para buscar la Ciudad de los Césares y la fuente de la Juventud Eterna. Los guaraníes acostumbraban emigrar repentinamente y en forma masiva, al conjuro de sus shamanes, para buscar en el Este, donde sale el sol, la mítica Tierra sin Mal. En ese sitio nebuloso serían abolidas definitivamente todas las limitaciones que aquejan a la miserable condición humana.

     La migración actual suele afectar a grupos enteros. Basta que se afinque un paraguayo en un sitio lejano para que comience a llamar a sus amigos y parientes y para que estos, alertados, emprendan el mismo camino. Es conocido el caso de Buenos Aires, en cuyas villas miseria hay más habitantes de determinados pueblos del Paraguay que en donde estos se encuentran geográficamente. Es igualmente célebre el caso de [233] Nueva York, cuya comunidad de nativos de Caraguatay es más numerosa, según dicen, que la que quedó en la patria chica.

     Eligio Ayala consagró su talento a reflexionar sobre las migraciones, en una obra escrita en 1912, pero que se editó mucho después. Algunas observaciones de Ayala siguen siendo válidas hasta hoy. Las causas de orden político aparecen en su obra con un papel relevante, tal vez sobre dimensionado. Verdaderamente el clima se torna repentinamente insalubre cuando el partido es desalojado del poder o cuando ha fracasado en su intento de tomarlo por la fuerza. Los adherentes no encuentran otro rumbo que el del inmediato y protector exilio.

     Ayala observa, sin embargo, que las guerras civiles o los cambios violentos en la cúpula del poder político no explican suficientemente las migraciones. «Las revoluciones -explica- son como un aparato de concentración de otras causas generales preexistentes; manifiestan los acontecimientos ya determinados por causas mediatas y más permanentes del malestar social, y a veces son los únicos recursos contra ese malestar» (133).

     El abandono del «valle» reconoce también otras causas menores. No falta una minoría de homicidas y cuatreros que, cuando la situación se pone espesa (haku la yvy) pone tierra de por medio. Ogana ka'aguy (ganó el bosque), se decía en otros tiempos porque nadie iría a buscar al malhechor en región tan peligrosa. Incluyamos, por último, a los que, horas antes de contraer matrimonio, llegan a la conclusión de que tamaño sacrificio de la libertad es injustificable y ponen pies en polvorosa (ombovu kainisa lómo). [234] [235]



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- XVI -

La tradición del pokare y técnicas diversas de alteración de las superficies sustentantes junto con algunas proposiciones metafísicas

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     Ya hemos visto que se prefieren evitar los rigores inútiles, las violencias innecesarias. El omnipresente cháke actúa como un eficaz disuasivo para desalentar a los protestones y mantener a cada molécula en su sitio, a cada diente en su alvéolo, a cada chancho en su estaca. Al imprudente que olvide tan sabia cuan arraigada doctrina se le espetará el amenazador y paralizante issshhhhh, de tan congelantes efectos como el seco cascabeleo de la mboichiní.

     Sólo cuando el cháke no ejerce su papel de disuasivo espiritual, se acude a otros medios más contundentes. Por eso Guido Rodríguez Alcalá no vacila en atribuir status filosófico a la cachiporra, por su misión teológica de distinguir lo verdadero de lo falso. «No usamos piedra de toque sino palo de toque», medita el ensayista, quien concluye que «la historia paraguaya ha sido, mayormente, la historia de la policía. Cachiporra longa, vita brevis» (134).

     En la lucha por el poder, como no dejarán de apreciar los estudiosos de la historia política, son infrecuentes los períodos de anarquía. Se pueden señalar, históricamente, muy pocos: el que siguió a la retirada de las tropas brasileñas de ocupación hasta la llegada al poder de Cándido Bareiro (1876-1880); el que siguió a la victoria liberal en 1904 y terminó con el comienzo de la pax schaerista; el lapso que desembocó en la guerra civil de 1922-23 y el que siguió a la victoria colorada en la guerra civil de 1947 y concluyó con la elevación al mando presidencial de Federico Chaves.

     Es cierto, hubo golpes de estado, conspiraciones, asonadas, intentonas, etcétera, pero los períodos de estabilidad política son suficientemente largos como para autorizarnos a afirmar que vivimos en medio de una relativa paz. Un aviso comercial de comienzos de siglo decía -en un país vecino- de cierto ventilador que tenía «más [238] revoluciones que el Paraguay». La Intención peyorativa era obvia. La Historia demostró que el slogan debería aplicarse, con mucha más justicia, a aquel país.

     Ya dijimos que la violencia no es el recurso político por antonomasia. El lector no debe impresionarse ante bizarros gritos de guerra que parecerían sugerir lo contrario. Por ejemplo, el que lanzó un eminente repúblico hace poco ante un azorado auditorio: «a balazos subimos y balazos nos habrán de quitar». En realidad, esta proclama no debe interpretarse sino como una de las modalidades del cháke, uno de los dialectos del universal lenguaje de la vaina.

     La memoria colectiva registra pocos casos de ferocidad política masiva o de intrepidez hidalga. De lo primero, Teodosio González no titubea en reconocernos ese mérito. En cuanto a lo segundo, un caso omnipresente es el del Coronel Albino Jara, que consagró sus conocimientos de artillería al alegre oficio de derrocar gobiernos. Aipóvapa ára terãpa Jara (¿Será eso el tiempo o Jara?) se interrogan todavía hoy los arrieros entre sí al escuchar el lejano retumbo del trueno.



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Arqueología del pokaré

     En la lucha por el poder, el medio por excelencia es el pokaré, el cual, por su generalizada vigencia, merece un análisis más detenido. Según Marco Antonio Laconich, el iniciador del pokaré (strictu sensu: mano torcida) fue nada menos que Domingo Martínez de Irala, llamado también «el mañoso». Como dice el historiador, «quizá con razón, porque en lo de tener escrúpulos no era un prócer de su época. Si no fuese por el temor de arriesgarse más de la cuenta en los juicios, casi le tendríamos por el precursor más aparente del pokaré paraguayo, o sea el manejarse por caminos torcidos en lo que concierne a la política. En lo cual este Domingo Martínez de Irala se distinguió tanto, como ha de verse, que más de uno convendrá con nosotros en que, maguer los cuatrocientos y tantos años que desde él han corrido hasta el presente, muchos podrán haberle igualado, pero sin aventajarle ninguno [239] en el aludido pokaré, mezcla de astucia aldeana, descaro, cinismo y traición, que por lo antiguo y persistente se ha vuelto principio (135).

     El recuento de los golpes de estado es pródigo en estos ejercicios de astucia criolla. El pokaré es la regla en los golpes de estado; el «pronunciamiento», la excepción. El primer golpe de estado, en la noche seguramente fresca del 25 de abril de 1544, fue consumado mediante un típico acto de pokaré. Un traidor abrió a los conspiradores la puerta trasera de la casa del gobernador Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien despertó rodeado de sus enemigos, las ballestas apuntándole el pecho. Siempre hay alguien dispuesto a abrir esa puerta desguarnecida en la seguridad cómplice de la noche.

     La llamada «era constitucional» comenzó con un ejemplo típico. La Convención Constituyente designó presidente al doctor Facundo Machaín. Este fue a dormir creyéndose triunfador. Mientras, sus enemigos tramaban su derrocamiento, con ayuda de las fuerzas de ocupación. Cuando amaneció, ya había perdido el cargo. No duró veinticuatro horas. Quien lo derrocó -Cirilo Antonio Rivarola- corrió igual suerte. Se creyó tan dueño de la situación que incurrió en otra ingenuidad: la de renunciar al cargo, creyendo que el Congreso le confirmaría inmediatamente. Quedó helado cuando la renuncia fue aceptada.

     Pocos años después falleció un Presidente de la República: don Cándido Bareiro. Debía sucederle su vicepresidente, don Adolfo Saguier. Este fue convocado al Cuartel de Policía para discutir la situación y, cuando llegó, fue detenido; asumió el General Bernardino Caballero. En agosto de 1937, al Coronel Rafael Franco le hicieron comulgar con ruedas de molino. Los rebeldes le convencieron nada menos de que se habían levantado en armas para robustecer su liderazgo y que sólo objetaban su gabinete; es obvia la suerte que corrió. En 1949, al General Raimundo Rolón le hicieron otra sonada jugarreta. Le invitaron a una fiesta en la guarnición de Paraguarí. Se le habrá estrangulado la carne asada en el esófago cuando se enteró de que era prisionero. [240]



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El pícaro como paradigma

     En alguna parte he leído que el japonés tiene tres almas. Una de ellas es la que ven los demás, pero las otras las tiene bien adentro. El paraguayo tendrá otras tantas, para lo cual ha cultivado, como pocos pueblos, el tova mokõi (doble cara), que lo pone al resguardo de eventuales terremotos e inesperados ciclones. Por eso maniobra ensuguy (subterráneamente), sin espectacularidad, pero con temible eficiencia.

     El pokaré es parte de un conjunto de valores propios de una cultura que prefiere valorizar la astucia sobre el coraje. Sobreviviente por instinto, como lo es, el paraguayo preferirá siempre los sigilos del zorro a las feroces baladronadas del tigre. Su táctica será la del ñuhã (trampa para animales) antes que el empeño temerario en una patriada sin horizontes.

     En la literatura oral del pueblo, el personaje central es Perú Rima. Sus simpáticas hazañas se cuentan de boca en boca. Héroe de la picaresca, es fidedigna versión paraguaya del Pedro Urdemalas de la tradición medieval española. Perú siempre consigue imponerse a fuerza de astucia; jamás por la fuerza. Pone en ridículo, con sus triquiñuelas, al rey y a sus representantes, incluso al propio obispo. Y termina casándonse con la princesa, con lo que descubrimos de paso que la institución del «braguetazo» responde a una antiquísima tradición.

     Â¿Quién era Pedro Urdemalas? Presentemos a este desconcertante caballero, paradigma medieval del pícaro, con sus propias palabras, tal como las escribe Cervantes: «Yo soy hijo de la piedra / que padre no conoció / desdicha de las mayores / que a un hombre pueden venir. / No sé dónde me criaron / pero sé decir que fui / de estos niños de doctrina / sarnosos que hay por ahí. / Allí, con dieta y azotes, / que siempre sobran allí / aprendí las oraciones / y a tener hambre aprendí; / aunque también con aquesto / supe leer y escribir, / y supe hurtar la limosna / y disculparme y mentir. (...) Y a las Indias fui y volví / vestido de pez y angeo / y sin un maravedí» (136). [241]

     Otro conspicuo personaje de la literatura folclórica es el Pychaichi, pelafustán lleno de piques o niguas -pique es un paraguayismo todavía proscripto en el Diccionario de la Lengua Española-, individuo miserable y un poco tonto, que siempre hace lo que no debe. En él, el paraguayo se retrata un poco, como si estuviera mirándose en el espejo para burlarse de sí mismo. Esta burla autocompasiva es actitud muy frecuente que se ejercita agregando exageraciones que acentúen la ridiculez de la situación negativa que aflige al protagonista-relator. Humor que, además, tiene una fuerte carga de resignación ante la suerte que le ha tocado al individuo: «A mí me tenía que pasar» (chemiro guara).

     Como objeto de imitación el modelo será siempre Perú Rima. El Quijote, con su despilfarro de arrojo y desprendimiento, no ha creado escuela ni convocado a ningún discípulo. Está generalmente condenado al fracaso. La intrepidez, si bien ha hecho ocasionalmente historia, termina siempre agotándose en el aire, como un relámpago. Justo Pastor Benítez, que bastante sabía con qué bueyes araba cayó, sin embargo, en un inexplicable error: «Nunca he creído en el triunfo de los vivos. Pronto se los descubre, se los desenmascara. Desafío a que me citen un triunfo permanente de los vivos» (137). Este ensayo exige brevedad, por lo que sería muy oneroso polemizar con el autor de El solar guaraní, reproduciendo una lista que no cabría en la Enciclopedia Británica.



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Simulación y mimetismo

     Las pautas miméticas típicas del camaleón, bicho de hábitos cromáticos, son rutinarios mecanismos de supervivencia. La incomprensión ha castigado muchas veces a esta práctica cuyo objetivo central es preservar la propia existencia, individual y grupal. El camaleón se pone así al abrigo de los caprichos de la naturaleza y del comprensible malhumor de los poderosos -poderosos política, social, económica y hasta mágicamente-, individuos abrumados por el trabajo incesante, dispepsias, jaquecas, estreñimientos y el poco sueño que [242]

caracterizan a su consagración a la patria. Proclives, por consiguiente, a ser presas de esporádicos lapsos de intolerancia.

     González Torres, que parece conocer bastante de esto, dice que la simulación o la imitación son legítimas, son fenómenos normales, como proceso de adaptación; debe ser discreta, episódica, como recurso amenizante del convivir en sociedad, para adaptarse a las normas y preceptos de las costumbres, tradiciones y leyes. No así la simulación como hábito vicioso, de astucia, como recurso sistemático y permanente para aparentar lo que no se es, para gozar y adquirir ventajas, posiciones, para imponerse; cuando no se tienen ni fuerzas ni cualidades para tales fines, cuando no se puede competir mano a mano con los individuos mejor dotados, y adaptados, de personalidad equilibrada... La imitación y la simulación no son caracteres solamente humanos, sino universales, pues están extendidos en la naturaleza; y lo llaman mimetismo. Este fenómeno es observado en los animales (el camaleón es un ejemplo típico) y plantas por imperativo biológico y modo de adaptación vital o de defensa, y tiene sus leyes» (138).

     En el proceso social, esta práctica recibe el nombre vernáculo de yvytuismo (strictu sensu=estar a favor del viento que sopla). El paraguayo tiene una fina percepción para intuir el más leve cambio del humor de Eolo. En ella se combinan la tecnología de la NASA, la mítica visión del lince y el olfato legendario del perdiguero. Con ella se adaptará con habilidad a los más inesperados cambios de viento. Tras un rápido cambio de la orientación del velamen seguirá navegando airosamente. Lo verán, erguido y majestuoso surcar el mar insondable, en medio de la más feroz tormenta.

     Todo es cuestión de adherir fervorosamente a la corriente eólica predominante. No hay nada de malo en esto, ya que las reglas de juego no admiten otro camino, salvo el de la emigración. Por eso no debe extrañar que, de la noche a la mañana, alguien que haya sido un empecinado liberal amanezca más colorado que el General Bernardino Caballero. Cuando los cambios ocurren dentro de las corrientes internas de un partido son aún más asombrosos que las mutaciones biológicas producidas por la bomba atómica. Es curioso -debe deberse a uno de [243] esos raros caprichos estadísticos- que estos cambios tienen siempre una sola dirección: de la oposición al gobierno.



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El despreciado mbatara

     Algunos -los menos- rechazan con púdica indignación estas pautas de pura supervivencia. Son, por cierto, seres que desprecian la cultura nacional. Abundan en palabras peyorativas como mbatara (gallina con plumas de varios colores) ohyekue jere (estómago dado vuelta). Esta actitud es común en quienes se sienten desplazados (del hospitalario presupuesto) contra los que fueron bruscamente acogidos por él. Pero son los menos. La mayoría acepta, con filosófica resignación, que estas repentinas transformaciones son acontecimientos propios de la vida. Al fin de cuentas, como reza un proverbio popular: tojehecha ipartído peteiva (que se vea el que tiene un sólo partido).

     Ya hemos citado a Teodosio González quien, con sus impíos vituperios al «pancismo», desconoce deliberadamente lo que no es sino una sana práctica de supervivencia. Por eso no deben escandalizar estos repentinos golpes de timón. No tenemos derecho a declararnos ofendidos ni estupefactos ante tales cambios. Ellos forman como una segunda naturaleza de la raza. Si el Paraguay estuviese en otro continente veríamos virajes aún más magistrales: más de un conspicuo personaje del momento se convertiría sin hesitar en un hosco comisario político soviético. En vez del poncho republicano y del sombrero pirí, lo veríamos coquetamente ataviado con un gorro de piel de oso siberiano sobre el que brillarían agresivamente la hoz y el martillo, el emblema bolchevique.

     Releamos a Ramiro Domínguez. «En este nuevo proceso de adecuación, más ético que económico, del koyguá paraguayo al contexto urbano, se perciben frecuentes registros diacrónicos de 'frustración, enmascaramiento, rechazo o conflicto'. En una monografía inédita que nos ha confiado el antropólogo Michael Yates acota que en las áreas rurales del Paraguay actual, ser 'colorado' para el campesino sería ante todo un recurso de enmascaramiento y un esquema de [244] seguridad personal (Confero M. Yates. An analysis of Factors Affecting Economie Behavior in Rural Paraguay Columbia Univ. N. Y. mimeografiado). Otro tanto cabría decir ante ciertas evidencias de la evangelización colonial, en las cuales habría suficientes indicadores de que el indio se cobijó bajo el rol de prosélito y 'cristiano' también como un esquema defensivo, de cualquier modo, con vicario y resbaladizo sentido semántico. Véase si no, el término genérico cristiano de la vernácula para referirse a ser humano contrapuesto a los antagónicos ava, aya reko, aya ñe'é, (salvaje, costumbres salvajes, lenguaje salvaje. Confero su valor etimológico de hombre-varón, strictu sensu)... (139)

     Surge entonces que la práctica mimética y el yvytuismo responden a patrones que vienen de muy antiguo. Tienen sus raíces y su justificación histórica en la época colonial. No son solamente, como creen quienes piensan con mala fe, actitudes deliberadamente opuestas a la ética, sino necesarias formas de defensa y de supervivencia con venerables raíces. Se emplean no sólo en el campo sino también en la ciudad, donde cobran dimensiones verdaderamente masivas.



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Virtuosos del cepillo y montañistas

     El yvytuísmo sería inconcebible si sus poseedores no tuviesen un bien nutrido parque de guerra. Comencemos por la descripción de uno de sus artefactos de combate: el cepillo, instrumento bélico de excepcional versatilidad, insustituible para estos menesteres. Puesto al servicio del mongele'e (halago), obra hazañas estupendas. La historia documenta ejemplos impresionantes de habilidad con este instrumento. Citaré algunos casos.

     Emiliano R. Fernández, el más famoso de nuestros poetas populares, no dejó un solo presidente de la República sin prodigarle sahumerios y celebrarlo como la propia encarnación de la patria. Individuos tan disímiles como José P. Guggiari, Rafael Franco, José Félix Estigarribia y creo que hasta Higinio Morínigo, recibieron sus correspondientes pases de cepillo. En versos impecables, claro está. [245]

     Arturo Bray, cuyo veneno parece inagotable, recuerda la ferocidad con que O'Leary combatía a Eusebio Ayala, aullando en plena calle Palma: «¡Ese judío va a vender todo nuestro Chaco!» Pero Ayala se convirtió de pronto en presidente electo y, por consiguiente, en contralor de las llaves del pucheroducto. Y llegó el día en que retornó a Asunción para hacerse cargo de sus funciones. «Fue O'Leary el primero en precipitarse a su encuentro con los brazos abiertos, diciendo a gritos: ¡Doctor Ayala! ¡Qué bien está usted! ¡Parece que vuelve rejuvenecido!» (140). Estoy seguro de que O'Leary habrá dejado caer un sollozo estremecedor sobre la planchada, de tanta emoción.

     Pero el cepillo, sólo, carecería de eficacia. Requiere de otros utensilios y cachivaches indispensables, sin los cuales sería inocuo. Me refiero al equipo del resuelto montañista, que habilita para realizar avances espectaculares; hacia arriba, se entiende. Una cúspide andina, un risco del Himalaya, un ventisquero de los Alpes, nada detendrá a nuestros impetuosos escaladores en su marcha indomeñable hacia las alturas. Una vez allí, luego de clavar la bandera triunfante sobre el esquivo suelo, se aferrarán a la superficie con la frenética intrepidez con que la ladilla (kype, en vernáculo) se abraza a la temblorosa carne púbica.



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Antebrazos ideales

     Trepar no es tarea que exija un esfuerzo sobrehumano, porque el paraguayo está dotado biológicamente para ello. Su contextura ósea le hace fácil realizar, brillantemente, cabriolas imposibles para otras razas. La Naturaleza ha sido, pues, generosa. En la trepada, exhibe destrezas propias de un virtuoso, un Paganini de la escala ascendente que, con sucesivos saltos acrobáticos, puede encarnarse en poco tiempo en los niveles superiores.

     Consta el indubitable testimonio de Luigi Miraglia, quien realizó un estudio sobre las características antropométricas de los Guayakí, indígenas pertenecientes al tronco lingüístico guaraní. Su informe coincide, en sus conclusiones, con el de Ten Kate. En síntesis, el [246] Guayakí tiene un antebrazo desproporcionadamente largo (dolicoquérquico), ideal para la trepada. «Es un carácter de adaptación funcional -reflexiona Miraglia- que los monos antropomorfos tienen en común con los Guayakí, los Babinga del Congo, los Andamanes de las islas homónimas, los Sajai de la península de Malaca y los Aeta de las islas Filipinas, todos cazadores primitivos que, para la recolección de fruta y miel, trepan continuamente a los árboles» (141).

     El autor insiste y afirma que el Guayakí posee los índices radio humerales más altos de la especie humana. Es que la función hace al órgano, como lo explicó Darwin. Se alargan los brazos porque hay necesidad de trepar. A medida que disminuye el índice radio-humeral, disminuye la capacidad de trepar. ¿Quién se atrevería a discutir que, a través de los insondables mejunjes producidos por el mestizaje, esta característica inicialmente antropométrica no se haya transmutado en un rasgo cultural de meritoria solera?



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Técnica del serrucho

     Este resumen de instrumentos no puede omitir al aclamado serrucho, que cumple una función de insustituible complemento de los que hemos citado anteriormente. Admitiré la pobreza de este catálogo, que omite muchos otros que merecerían densas monografías, como el anzuelo (pinda), la trampa (ñuhá), el hacha, el machete y otros de no menor utilidad. Por razones de espacio, me limitaré a describir el serrucho, siguiendo paso a paso la descripción que de él y de su uso hace el célebre Hans Christian Towersen, en su voluminoso tratado «Metafísica del serrucho y técnicas de aplicación en climas tropicales» (edición limitada, N.Y. 1989).

     Miguel Brascó -citado por Towersen- define: «La técnica del serruchaje o actividad erosiva de las superficies horizontales sustentantes, se funda en el aprovechamiento inteligente, en detrimento de nuestros adversarios, de uno de los factores más poderosos que actúan en la naturaleza: la fuerza de gravitación universal, irresistible tendencia que [247] domina a los cuerpos en el espacio, impulsándolos a caer con ímpetu contra la superficie de otros objetos más voluminosos».

     Â«Todo lo que sube, tiende a caer» reflexiona maduramente Towersen. Cae el coco del cocotero, cae la lluvia del cielo, cae el aerolito del espacio exterior. Todo el universo corrobora, con la majestuosa armonía de la música de las esferas, que las cosas tienen que caer para que ocurra el sacro equilibrio. Ayudar a que la manzana de Newton cumpla su misión es seguir el plan de Dios; es cooperar con los designios de la divinidad rigurosamente pronosticados en los milenarios y certeros textos de la tradición sagrada.



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Virtuosos versus serruchadores de oído

     Pero secundar al plan divino no es fácil. Exige disciplina, destreza, intuición, capacidad de planeamiento, amor al serrucho. No son virtudes que puedan reunirse, todas juntas, en una sola persona, salvo excepciones gloriosas. Generalmente se hallan dispersas, distribuidas desigualmente en la geografía humana. Prueba una más de la sabiduría del Creador quien, en su infinita bondad y penetración -Alá es grande y misericordioso- comprende lo atroz que sería una sociedad poblada únicamente por serruchadores insignes. No podría funcionar. Sería simplemente el caos.

     Un serrucho reclama delicadezas que no tiene cualquiera: la manipulación paciente del artesano, el oído educado de un director de orquesta, la tenacidad de una hormiga, la fuerza de un estibador. Previamente se deben verificar meticulosamente la textura y la consistencia de las superficies sustentantes que recibirán el sigiloso movimiento de vaivén de los afilados dientes. Se deben descubrir fisuras, adivinar grietas, explorar zonas desguarnecidas, eludir áreas intactas. Sólo entonces la labor dentada podrá desarrollarse con garantías, mordiendo la materia con fruición, como se paladea una manzana de Río Negro. El resultado final será, tras un sordo crujido, el raudo descenso de una anatomía hacia el vacío, luego de desaparecer repentinamente el piso bajo los pies. Se oirá, finalmente, lejana y [248] borrosa, una música celestial: el sonido que produce el cuerpo al estrellarse contra otra superficie.

     Es importante repetir que el serruchaje exige destrezas muy especiales. El serruchador de oído suele terminar en el fracaso más escandaloso y no pocas veces es víctima, a su vez, de su propia mordida. Se cumple así el aforismo «a todo terrorista, tarde o temprano, le explota la bomba en la mano». O, en otras palabras, «a todo serruchador le espera una serruchada». O, más folclóricamente, ho'a ipysåre hihachakue (le cayó encima de los dedos del pie su propia hacha). Claro que estamos hablando de quienes trabajan de oído y terminan cortándose con el instrumento.

     Hay varias técnicas analizadas por Brascó y codificadas por Towersen tras una rigurosa experimentación. Una de ellas es la de la Divina Providencia, que ciega previamente a quien se quiere perder. Se atiborra el ego de la víctima exagerando la estabilidad de su posición, sobredimensionando la dureza de la superficie sustentante. Se la empuja a decisiones torpes, a pasos ridículos, alentándola con frases retumbantes como «¡de los cobardes no se acuerda la historia!», o «la fortuna ayuda a los audaces», «¡hasta vencer o morir!» y otras arengas por el estilo. Quien se deje cautivar por estas proclamas será pasto del serruchador.

     Otra técnica es la del Petardo Retardado. Consiste en dejar cotidianamente en el oído de alguien -jefe, superior, líder- la palabra precisa para motivar su inquina y reiterarla con cronológica precisión. Palabras adecuadas a esta técnica son estas: «Fulano es un buen tipo pero no moja la camiseta». O «Mengano es formidable pero no se siente identificado con la empresa». La acumulación de material explosivo se hará con lentitud, con paciencia. Pero cuando se haya completado, sólo requerirá de una pequeña condición propicia: un aumento de la humedad, mayor presión atmosférica, un chiste inoportuno. Será el Momento esperado. El petardo estallará fragorosamente y convertirá en polvo a la víctima elegida. [249]



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Artesanía contra tecnocracia

     El desarrollo tecnológico paraguayo ha desplazado -no hay que olvidarlo- al serrucho tradicional de una sola hoja dentada, con su musical chaca-chaca-chaca. Los virtuosos buscan fórmulas asociativas, más propias de sociedades desarrolladas: la cooperativa, la sociedad en comandita, la mutual. Otros han resucitado la antigua minga de la tradición indígena: hoy serruchamos por mí, mañana por ti.

     Se ha dado un paso más con la adopción del tronsador, con el que se trabaja a dos manos. Algunos -ciertamente los menos-, han caído en la abominable tentación de substituir los instrumentos manuales, que tienen el vagaroso sabor de la artesanía popular, por engendros tales como la infernal motosierra, con su fatídico «ñiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii». Otros, sin conmiseración alguna, han optado por la mastodóntica topadora que arrasa todo a su paso. Son capitulaciones deplorables que desdibujan la identidad nacional. Concitan nuestro apresurado repudio patriótico y nuestra insobornable reivindicación de las tradiciones artesanales.

     Towersen, hay que reconocerlo, es un virtuoso de los de antes, paciente y tenaz. Su técnica ha sido recibida con desaforado interés en el exterior. Se trata de una adaptación moderna de la antigua y celebrada rutina conocida como la Gota de Agua, que muerde un milímetro hoy y otro mañana. Finalmente, como el corolario de una sinfonía, llegará el resultado. Bastaría un suave empujón, tal vez un simple y afectuoso palmoteo, para que el serruchado se precipite raudamente al vacío. Ni siquiera un piso de quebracho alfombrado con una lámina de acero, con su conocido coeficiente de inmunidad, impedirá el éxito fragoroso. Con

impropia humildad, Towersen cavila en el capítulo final de su revelador Tratado: «Verdaderamente no somos nada» y «no se puede hacer nada contra el destino». No hay peor vanidad que la falsa modestia. [250] [251] [252] [253] [254] [255]



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Glosario de algunas palabras, aforismo o expresiones en guaraní o en castellano, utilizadas en este libro

     Aga ajapota aína. -Ya lo haré en algún momento.

     Agante jajotopáne tape po'ípe. -Alguna vez nos encontraremos en el sendero angosto. Sentido de amenaza.

     Agante ojeréne la yvytu. -Alguna vez cambiará el viento.

     Aguai. -Strictu sensu: cascabel de una serpiente de la mboichini (crotalus terrificus terrificus). En sentido figurado, cada aguai es un muerto que lleva un asesino en la cuenta.

     Ahájata aju. -Me voy para venir. Expresión que, en realidad, no compromete al retorno.

     Ajúra galleta. -Strictu sensu: con una galleta en el cuello. Alude a la persona que tiene bocio en el cuello, y que, por tanto, es tonta y torpe.

     Aníke repyvoí jaguarete jururé. -No patees la boca del tigre.

     Aníke repyvoí káva raityre. -No patees el nido de las avispas.

     Aníke repyru jaguarete ruguáire. -No pises la cola del tigre.

     Apokyta. -Anudamiento.

     Arandu ka'aty. -Sabiduría selvícola.

     Arandu tavy. -Sabio tonto.

     Cabichui. -Avispa. Así se llamaba también un periódico de trinchera, editado por el Ejército paraguayo durante la guerra contra la Triple Alianza.

     Gua'u. -Falso, simulado.

     Che ndahechái mba'eve. -Yo no he visto nada.

     Che ndahendúi mba'eve. -Yo no he escuchado nada.

     Cha nda'éi mba'eve. -Yo no dije nada.

     Che ndaikuaái mba'eve. -Yo no sé nada.

     Che ha'e voi kuri. -Yo ya lo venía diciendo.

     Che ruvicha. -Mi jefe, en el sentido militar.

     Che uru. -Mi jefe. Uru: jefe, capaz, director de un trabajo.

     Chipera. -Vendedora de chipa (torta de maíz). [256]

     Compuesto. -Romance o poema popular, octosilábico, en el que se narra un «sucedido».

     Culata jovái. -Culata enfrentada. Dícese del rancho campesino que sólo tiene dos habitaciones enfrentadas, separadas por un corredor abierto.

     El que puede, puede; el que no puede, chía. -El que puede, puede; el que no puede, que chille.

     Entero ojapura vaekue omanombáma Boquerónpe. -Todos los que se apuraron murieron en Boquerón.

     Esperanza nahavéiva. -La esperanza no se enmohece.

     Falta envido ha comisiónpe nda entéroi ojeplantá. -Nadie desafía a la «falta envido» (envite del truco, popular juego de naipes) ni a la comisión (grupo armado constituido para perseguir a delincuentes en las zonas rurales).

     Gente rei. -Gente de balde. Sin trascendencia.

     Guarara. -Desordenado.

     Guasu api. -Tiro al venado. Define al asesinato desde una posición emboscada.

     Haku la yvy. -Strictu sensu: está caliente la tierra. Manera de definir una situación que encierra peligro y complicaciones.

     Ho'a hi'ári justicia. -Le cayó encima la justicia. Es decir, le pasó lo que le debía pasar. Recibió su merecido castigo.

     Hyekue jere. -Tripas enroscadas. Alude a quien cambió de partido político.

     Jagua ry'ai. -Strictu sensu: sudor de perro. Alude a algo que no sirve para nada.

     Jeharu. -Maleficio.

     Jopara. -Lenguaje popular, mezcla de castellano y guaraní.

     Kachiái. -Ordinario, grosero.

     Kamba ra'anga. -Fiesta popular.

     Karai pyhare. -Señor de la noche. Personaje de la mitología popular.

     Kaguy. -Chicha, cerveza de maíz, consumida antiguamente por los indígenas guaraníes.

     Karakara. -Carancho. En nuestro país poliburus blancus blancus.

     Karaku. -Strictu sensu: médula. En sentido figurado: lo más importante de algo.

     Ka'uhape guare ndoikéi. -Lo que se dijo en estado de ebriedad no vale. [257]

     Kavure'i. -Se designa con este nombre (142) a dos lechuzas, muy parecidas, del orden de los strigiformes, el glaucidium brasilianum brasilianum y el glaucidium pumilum.

     Ke'e. -Aparentar una cosa.

     Kyse yvyra. -Strictu sensu: cuchillo de madera. En sentido figurado, una forma de actuar ladina o arteramente.

     Koygua. -Incivil, torpe, de origen rural.

     Kua chapi. -Strictu sensu: dedos retorcidos. Alude al torpe.

     Kuimba'e rembiapo. -Cosa de hombres.

     Kurundu. -Talismán o amuleto que se coloca bajo la piel.

     Kompi o lekompi. -Compañero, compinche.

     Kype. -Ladilla.

     Lata parará. -Estrépito de latas. Ruido que carece de significación ni amenaza.

     La muerte ko jadevevoínte. -La muerte la debemos desde siempre.

     Libro guasu ha letra sa'i. -Strictu sensu: libro grande de letras chicas. Alude al pícaro.

     La rikorã ja'irrikopáma; la mboriahurã ja'imboriahupáma. -Los que debían ser ricos, ya son todos ricos; los que debían ser pobres, ya son todos pobres.

     Ley del jepoka. -Esperar de otro la solución.

     Lo mitama he'i. -Ya lo dijeron los muchachos.

     Malagradecido presokue. -Desagradecido como ex presidiario.

     Manguruju. -Pez de gran tamaño, de la familia siluridae, con forma de bagre, sin escamas. Puede alcanzar los dos metros de largo y un centenar de kilos. Alude a personas muy poderosas.

     Mara piko ñamandase nañande abusivo mo'áiro. -Para qué queremos mandar si no podemos ser abusivos.

     Marcante. -Apodo, en castellano paraguayo.

     Mata mata kuete. -Strictu sensu: los propios troncos, expresión popular, que suele referirse a quienes forman parte de grupos exclusivos de poder.

     Mbaraka. -Sonaja, porongo utilizado por los shamanes guaraníes.

     Mbatara. -Bataraza, gallina con plumaje de varios colores. Alude a quien cambia de partido político.

     Mbejusero. -Vendedor de mbeju, un plato típico paraguayo, de almidón o maíz. [258]

     Mboichini: (Crotalus terrificus terrificus). Serpiente extremadamente venenosa, cuya cola es rematada por unos cascabeles.

     Mborelandia. -País mítico, cuyo nombre deriva de la voz guaraní mbore y landia. Mbore es una expresión despectiva muy popular, y se reserva para algo despreciable.

     Mboriahu aka'ári mante ho'a la rayo. -El rayo sólo cae sobre las cabezas de los pobres.

     Mbytetépe poncho jurúicha. -En el mismo centro, como la boca de un poncho.

     Mongele'e. -Halagar.

     Moógui ou la yvytu. -De dónde viene el viento.

     Moórupi o kuaru la ryguasu. -Por dónde mean las gallinas.

     Nambi'i. -Strictu sensu: oreja chica. Expresión popular con la que se aludía a los negros. Así también fue conocido un batallón que combatió durante la guerra contra la Triple Alianza.

     Ndaipóri apuro, he'i kure mboguataba. -No hay apuro, dice quien se dedica a hacer pasear cerdos.

     Ñandejára riré, gringo. -Después de Dios, el gringo. La frase describe, mordazmente, a la sumisión que suele exhibirse ante lo foráneo.

     Nde maniko ere. -Eres tú el que lo dices.

     Ñe'embegue. -Susurro.

     Ñe'enga. -Aforismo popular.

     Ñe'engatu. -Charlatán.

     Ñembo kure lomo. -Puso el lomo de cerdo. Equivale a hacerse el tonto.

     Ñembotavy. -Hacerse el tonto.

     Ñembo mandi'o rogue. -Se arrugó como la hoja de la mandioca.

     Ñemomano. -Hacerse el muerto.

     Ñemomiri. -Achicarse.

     Ñuha. -Trampa que ponen en la selva los cazadores.

     Ogana kaaguy. -Strictu sensu: ganó el monte. Dícese del que logró ponerse a salvo de sus perseguidores, ocultándose en la selva.

     Oiméneko upéicha. -Ha de ser así. Manera de conceder sin comprometerse.

     Oi porá. -Está bien.

     Ombovu camisa lomo. -Strictu sensu: hizo inflar la parte de atrás de la camisa. Alude a que al que huye a caballo, la camisa se le infla como un globo.

     Oparei alcanfórcha. -Acabó de balde, como el alcanfor. [259]

     Oparei vaka piru ñorairoícha. -Terminó de balde, como pelea de vacas flacas.

     Ore noroikötevéi arandu, roikoteve confianza. Aga roikoteve ha ara arandu, ro henóine. -Nosotros no necesitamos sabiduría, necesitamos confianza. Cuando necesitemos de los sabios, los llamaremos.

     Ore reko. -Nuestra manera de ser.

     Partiku. -Particular. Manera despectiva en que los militares denominan a los civiles.

     Peícha guarántema. -Así nomás debe ser. Expresión de supremo conformismo con el destino.

     Pericón. -Baile popular, en el que hombre y mujer intercambian versos satíricos.

     Pila. -Voz despectiva con la que los bolivianos llamaban a los paraguayos durante la guerra. Equivale a «descalzo».

     Pinda. -Anzuelo.

     Pipu. -Grito popular paraguayo, para expresar alegría.

     Poguasu. -Mano grande. Alude a los poderosos.

     Pokare. -Strictu sensu: mano torcida. Se refiere a las personas que utilizan procedimientos maquiavélicos.

     Purahéi jahe'o. -Strictu sensu: canto lamento. Se refiere a una especie de la canción popular de un tono muy quejumbroso.

     Py'a guasu. -Valiente, corajudo.

     Pytagua. -Extranjero.

     Radio so'o. -Strictu sensu: radio de carne. Dícese del rumor popular.

     Santo pora. -Strictu sensu: buen santo. Dícese de la persona agradable, bien recibida por los demás.

     Santoró. -Strictu sensu: santo amargo. Alude a la persona muy antipática.

     Semblantear. -Escudriñar el semblante de otra persona para adivinar sus sentimientos.

     Taguá. -(Catagonus wagneri.) Especie de cerdo salvaje, al que se creía extinguido hace miles de años.

     Teeté. -Puro, prístino, genuino.

     Tereré. -Agua fría, que se sorbe con la ayuda de una bombilla.

     Tojehecha ipartído peteíva. -Que se vea el que tiene un solo partido. Aforismo despectivo que se aplica a los que cambian de partido político.

     Tova mokói. -Doble cara. [260]

     Tukumbo rupa. -Colchón de garrote.

     Tupichua. -Hechizo, hechicero.

     Upeara ña manda. -Para eso mandamos.

     Urukure'a. -Ave de rapiña, de hábitos nocturnos. Nombre común a varias aves del orden de las strigiformes. Se aplica más habitualmente a la Speotyto cunicularia y a la otus choliba choliba.

     Ysypo. -Nombre común a toda planta trepadora o enredadera.

     Vaca'í. -Strictu sensu: vaquita. Se refiere a la carne enlatada.

     Vai vai. -Algo que se realiza a lo que salga, «mal que mal».

     Vyro chusco, vyro chaleco, vyro boto. -Expresiones que se utilizan para calificar a alguien de petulante, chusco, presumido. Vyro quiere decir «tonto». Puede ser un tonto chusco, un tonto con chaleco, o con botones (voto).

     Carrera pe. -Carrera chata. Alude a las carreras cuadreras en pequeñas canchas.

     Yvy marane'y. -Tierra-sin-mal, paraíso de los antiguos guaraníes.

     Yvypyte. -Centro del mundo, lugar sagrado de los pai tavytera.

     Yvytuísmo. -Estar a favor del viento. Defínese así al oportunismo. [261]



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Índice Onomástico de personajes paraguayos o de extranjeros vinculados con el Paraguay

     Appleyard, José Luis (1927- ). Abogado, dedicó su vida al periodismo, a la cátedra y a la literatura. Se lo considera uno de los poetas más representativos de su generación.

     Acosta, Toto. Abogado, autor de dos «constituciones» que, en realidad, son virulentas sátiras de la realidad política. La primera, en 1959, le hizo ganar un largo exilio en la Argentina.

     Aguirre, Juan F. de (1758-1811). Marino español, llegó a América como parte del grupo encargado de la demarcación de límites entre España y Portugal. Permaneció durante doce años en la provincia del Paraguay, dejando un minucioso memorial con todas sus observaciones. Recién en 1896 su obra fue publicada parcialmente. Los cuatro tomos fueron finalmente publicados entre 1949 y 1951. Contienen una invalorable información sobre aspectos demográficos, etnográficos, geográficos e históricos del Paraguay del siglo XVIII.

     Alférez Ñanduá. Personaje pintoresco de la guerra contra la Triple Alianza a quien se atribuyen muchas anécdotas y aforismos populares. Su verdadero nombre era Miguel Brítez, y era oriundo de Yaguarón, del lugar denominado Ñan'duá, de ahí su apodo. Cayó prisionero en Uruguayana y logró escapar, para presentarse nuevamente ante el mariscal López.

     Antequera, José de (1690-1731). Panameño. Juez pesquisidor designado por la Audiencia de Charcas para intervenir en la disputa del Cabildo de Asunción contra el gobernador Diego de los Reyes Balmaceda. Llegó en 1721 y asumió el liderazgo de la revolución comunera, que duró 18 años (1717-35). Fue nombrado gobernador por voluntad popular. Debió huir después a Córdoba. Fue apresado y ejecutado en Lima luego de un proceso que duró cinco años.

     Aveiro, coronel Silvestre (1839-1919). Fiscal de sangre en los procesos instruidos en San Fernando contra quienes conspiraron contra el mariscal López. Dejó escritas unas memorias, que constituyen un importante documento de primera mano sobre algunos pasajes de la guerra de 1865-1870. [262]

     Ayala, Eligio (1879-1930). Abogado, político y estadista, vinculado al Partido Liberal. Estudió economía política y finanzas en Europa. Fue ministro de Hacienda de Manuel Gondra, y presidente provisorio de la República en 1923. Luego, ejerció el mandato constitucional en 1924-28. Consagró su mandato a preparar al país para la guerra del Chaco, adquiriendo para ello valiosos equipos y armas. Intelectual riguroso y penetrante, escribió varios libros que revelan su formación.

     Ayala, Eusebio (1874-1842). Abogado y estadista, cuya vida pública estuvo indisolublemente ligada al Partido Liberal. Realizó estudios en Europa. Llegó dos veces a la presidencia de la República: la primera, luego de la renuncia de Manuel Gondra, durante la cual debió hacer frente al alzamiento militar del coronel Adolfo Chirife, que dio lugar a la guerra civil de 1922-23. Durante la segunda presidencia, iniciada en 1932, le cupo conducir brillantemente al país en la guerra contra Bolivia (1932-35). Fue derrocado por un golpe de Estado, en 1936, y desde entonces dejó la vida pública. Murió en Buenos Aires, exiliado.

     Ayolas, Juan de. Conquistador español. Llegó a América con la armada de Pedro de Mendoza, en 1535. Realizó una expedición a la anhelada Sierra de la Plata, de donde retornó con un cargamento de metales preciosos, fruto del saqueo de poblaciones tributarias del Incario. Fue muerto a su regreso, en 1538 ó 1539, probablemente por los payaguaes. Gonzalo, un indio criado de Ayolas, pudo salvarse y narrar a Martínez de Irala las peripecias de aquel viaje.

     Azara, Félix de (1742-1821). Ingeniero militar, autor de varias obras sobre la América meridional, resultado de sus observaciones a lo largo de veinte años (de 1781 a 1801) que permaneció en el Nuevo Mundo. Realizó también una relevante labor cartográfica. Sus obras fueron recibidas como una gran contribución a las ciencias naturales y humanas. Hasta hoy, sus obras consideradas documentos de excepcional valor que sobre las culturas indígenas de la época, así como sobre la historia natural.

     Báez, Cecilio (1862-194l). Abogado, estadista, diplomático, historiador. Divulgador del positivismo. Integró, siendo muy joven (25 años) el núcleo fundador del Centro Democrático (1887), después Partido Liberal. Exiliado en la Argentina a raíz del golpe del 18 de octubre de 1891, regresa al Paraguay el año siguiente. A partir de 1894 encabeza el sector radical (o sea intransigente) del liberalismo. En 1896 es secretario de la Cámara de Diputados y después legislador. Fue canciller y presidente provisional en 1905-06. Fue canciller de cuatro presidentes: Gaona, Ferreyra, Jara y Paiva. [263] Presidió la delegación paraguaya que firmó en Buenos Aires -el 21 de julio de 1938- el tratado de límites con Bolivia.

     Bado, José Matías. Héroe de la guerra contra la Triple Alianza. Consumado jinete y dotado de una fuerza hercúlea, era el hombre en quien el mariscal López confiaba las misiones más difíciles. Oriundo de Pilar. Llegó a comandar el regimiento Aca Morotî. Falleció en combate en 1868.

     Bareiro, Cándido (1833-1880). Descendiente, por su madre, del prócer Pedro Juan Caballero. Integró en 1858 la primera nómina de becarios a Europa, donde pasó a desempeñarse inicialmente como secretario y luego como titular de la Legación, residente en París. Por orden del Mariscal López, el 20 de enero de 1868 entrega la Legación a Gregorio Benítez. En vez de regresar al país, en abril de ese año se embarcó en Marsella con destino a Río de Janeiro, contactándose con las autoridades brasileñas. Luego pasó a Buenos Aires y hace lo propio con las argentinas. Vuelve al Paraguay con los ejércitos de ocupación. Participa de la fundación del club del Pueblo y en la revolución de 1873. Ungido presidente de la República asume el 25 de noviembre de 1878. Hallándose en ejercicio del cargo fallece tras breve dolencia el 4 de setiembre de 1880.

     Barrett, Rafael (1876-1910). Español, llegó al Paraguay como periodista durante la guerra civil de 1904. Abrazó el ideario anarquista y, dentro de ese contexto, asumió la reivindicación de los derechos sociales de los trabajadores de la tierra, sobre todo de los mensú. Fue deportado por el gobierno del coronel Jara. Retornó luego al país y después se trasladó a Francia, donde falleció. Sus artículos periodísticos, modelos de concisión y de profundidad, fueron recopilados después de su muerte. Su obra El Dolor Paraguayo es un virulento alegato contra la opresión social.

     Benítez, Justo Pastor (1895-1967). Periodista, político e intelectual. Egresó como abogado en 1919, con una tesis intitulada La causa nacional. Diputado durante varios años, desde 1920. Fue ministro de los gobiernos de los presidentes Guggiari, Eusebio Ayala, Paiva y Estigarribia, en las carteras de Justicia, Instrucción Pública, Relaciones Exteriores, Interior y Hacienda. Exiliado en el Brasil, cultivó la amistad de eminentes intelectuales de ese país. Dejó escritos unos treinta libros, todos relacionados con la historia y la cultura del Paraguay. Como era habitual en los hombres públicos de otros tiempos, murió sin dejar otra cosa que sus obras.

     Bermejo, Ildefonso (1820-1892). Periodista y escritor español. Contratado por el gobierno paraguayo, llegó a Asunción en 1855. Colaboró en la organización de una escuela normal y de un aula de filosofía. Con la [264] publicación de El Eco del Paraguay, inició el periodismo privado, colaborando después con otras publicaciones hasta que, en 1856, fue designado director de El Semanario, vocero oficial del gobierno. Después de su regreso a España, escribió Episodios de la Vida Privada, Política y Social del Paraguay, en el que satirizó al régimen de don Carlos Antonio López.

     Bertoni, Moisés (1857-1929). Sabio suizo, emigró al Paraguay en 1887. El gobierno le otorgó una vasta extensión de tierra sobre el Paraná, donde realizó estudios científicos, casi todos centrados en la botánica. Publicó varias obras etnológicas y dejó un estudio sobre meteorología y régimen de lluvias que es seguido hasta hoy. Organizó y dirigió la primera Escuela de Agronomía del Paraguay. Fue un apasionado apologista de lo que llamó «la civilización guaraní».

     Barrios, Agustín (1885-1944). Virtuoso de la guitarra culta y gran compositor. Dejó escritas numerosas obras para guitarra, actualmente consideradas piezas obligadas del repertorio de todo buen intérprete de este instrumento. Murió en El Salvador.

     Bogarín, monseñor Juan Sinforiano (1863-1949). Ordenado sacerdote en 1886, fue nombrado obispo de Asunción en 1895. En 1928 fue nombrado primer arzobispo de Asunción. Recorrió todo el país en largas giras pastorales. Dejó escritas unas memorias que constituyen una pintura, no pocas veces amarga, de la realidad social y política del Paraguay.

     Bray, Arturo (1898-1974). Culto y destacado militar paraguayo, tan conocido por su labor intelectual como por su paso por la carrera de las armas. Llegó a dirigir la Escuela Militar, a la que impuso la huella de su rigor profesional e intelectual. Combatió en la guerra del Chaco como comandante de regimiento (R16 Boquerón) y de división (IV). Escribió numerosas obras, entre ellas unas Memorias (Armas y Letras) que se publicaron -por disposición suya- después de su muerte, en las que se complace en prodigar juicios cáusticos sobre las más relevantes personalidades contemporáneas.

     Caballero, Bernardino (1839-1912). Militar, político y estadista. Se incorporó al ejército como recluta, en 1864 y, al concluir la guerra, llegó a general de división. En 1873 lideró un alzamiento revolucionario, con el que inició su dilatada carrera política. Fue ministro del Interior, Guerra y Marina y, en carácter de interino, de Justicia, Culto e Instrucción Pública en diversos gabinetes. Al morir repentinamente en 1880 el presidente Cándido Bareiro, un golpe incruento, que incluyó el apresamiento del vicepresidente Saguier, lo llevó a la presidencia de la República. El voto del Congreso legitimó la situación con lo cual completó el período de Bareiro. Al terminar éste, fue [265] electo para un período completo, hasta 1886. En 1887 lideró el núcleo de fundadores del Partido Nacional Republicano. En ese año se incorporó al Parlamento, en el que permaneció hasta 1904. Como parlamentario, impulsó tres leyes de gran relevancia: la fundación del Colegio Nacional de la Capital (1887), de la Biblioteca Nacional (1887) y de la Universidad Nacional (1889). A la finalización de la guerra el general Caballero no volvió a vestir el uniforme militar ni lució sus condecoraciones.

     Caballero, capitán Pedro Juan (1785-1821). Jefe militar del golpe revolucionario del 14 de mayo de 1811, que desembocó en la independencia del Paraguay. Asumió la jefatura de la conspiración contra el gobernador español Velazco, en ausencia de los jefes de la misma -Yegros y Cabañas-, que se hallaban muy lejos. Se suicidó en prisión, en 1821, para evitar ser ejecutado, como consecuencia de haber sido señalado como miembro de una conspiración -en 1820- cuyo objetivo era derrocar al dictador Francia.

     Cabeza de Vaca, Alvar Núñez (1490-¿?). Llegó en 1527 a América como tesorero de la expedición de Pánfilo de Narváez. Un naufragio en la Florida, con tres compañeros, lo empujó a ocho años de increíbles peripecias, incluyendo un recorrido de buena parte de lo que son hoy los Estados Unidos, hasta llegar a México. Volvió a España, donde obtuvo, mediante capitulación con el rey, el cargo de segundo adelantado del Río de la Plata. Ya en Asunción, se enfrentó con los oficiales reales, hecho que desembocó en su derrocamiento. Sobre su paso por el Paraguay escribió sus Comentarios, un valioso documento histórico y cultural sobre la época, publicado en Valladolid en 1555.

     Cadogan, León (1889-1973). Uno de los más profundos conocedores de la cultura guaraní, hecho al cual se debe que haya podido recopilar y publicar los textos sagrados fundamentales de la etnia mbya, entre ellos el célebre Ayvu Rapyta. Dejó escritas numerosas obras y centenares de artículos periodísticos, hasta hoy dispersos en revistas nacionales y extranjeras. Escribió sus memorias, que constituyen una perspectiva irónica, cuando no fuertemente crítica, del Paraguay de su tiempo.

     Cardús Huerta, Gualberto (1878-1949). Jurista, escritor y político, vinculado al Partido Liberal. Fue ministro de Relaciones Exteriores, de Hacienda y miembro del Parlamento. Entre otras cosas, escribió Arado, Pluma y Espada, una penetrante reflexión sobre el Paraguay.

     Campos Cervera, Herib (1905-1953). Intelectual y poeta. Después de la guerra civil de 1947, fue exiliado a la Argentina. Allí publicó su único libro: Ceniza Redimida, de profundo contenido social. Se considera que su obra [266] poética abre una nueva etapa de la poesía paraguaya. Falleció exiliado en Buenos Aires.

     Casaccia Bibolini, Benigno (1907-1980). Cuentista y novelista. Escribió con el seudónimo de Gabriel Casaccia. Sus obras -La Babosa, Los Exiliados, etcétera- ofrecen una visión descarnada de la realidad paraguaya, y se encuentran plagadas de personajes oscuros y sórdidos. Falleció en Buenos Aires.

     Centurión, coronel Juan Crisóstomo (1842-1902). Fue uno de los primeros becarios paraguayos a Europa. Durante la guerra, cumplió funciones en el Cuartel General, al lado del mariscal López. Llegó hasta el final, y fue hecho prisionero -herido gravemente- en Cerro Corá. Después de la contienda, ocupó diversos cargos, incluyendo el de ministro de Relaciones y el de Justicia, Culto e Instrucción Pública. Escribió sus memorias en cuatro tomos, que constituyen la más completa perspectiva de la guerra, desde el punto de vista paraguayo.

     Correa, Julio (1890-1953). Poeta, actor y dramaturgo. Principal exponente del teatro en guaraní, al que infundió un intenso contenido social.

     Chaves, Federico (1881-1978). Ex presidente de la República (1949-1954), y líder de la fracción «democrática» del Partido Colorado. Fue derrocado el 4 de mayo de 1954 por un golpe de estado encabezado por el entonces comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, general Alfredo Stroessner. Este hecho abrió camino a la larga dictadura de este último. Falleció en Asunción a avanzada edad.

     Chirife, Adolfo. Prestigioso militar paraguayo, se sublevó en 1922 contra el gobierno del presidente Eusebio Ayala. Falleció de neumonía durante la contienda.

     Creydt, Óscar (1907-1989). Abogado, intelectual y político. Se graduó de abogado, con honores, a los 21 años. Intelectual y jefe histórico del Partido Comunista Paraguayo, el cual fundó en 1931 junto con sus compañeros Obdulio Barthe, Alfonso Guerra y otros. Murió en el exilio, en Buenos Aires.

     Decoud, José Segundo. (1848-1909). Intelectual y político. Acompañó a su familia al exilio durante la época de los López. Miembro de una familia de descollante actuación en la vida pública. Como muchos jóvenes de la época, fue educado en el célebre colegio de Concepción del Uruguay. Leía francés e inglés y tenía formación jurídica. Al volver a Asunción en 1869, publicó con sus hermanos el periódico La Regeneración, vocero del Club del Pueblo, del cual también fue fundador. Fue diplomático en Washington en 1877. Fue canciller de los gabinetes de Bareiro, Caballero, Escobar, [267] Egusquiza y Aceval. Firmó el primer tratado de límites con Bolivia, en 1879. Fue uno de los fundadores del Partido Colorado y redactor de su documento fundacional. La guerra civil de 1904 lo sorprendió en una banca del Senado. En 1909 se suicidó, dejando una carta en la que expresó sus amarguras y decepciones. Estaba casado con una hija de Manuel Pedro de Peña.

     Dobrizhoffer, Martín. Sacerdote jesuita nacido en 1717. Realizó una densa labor evangelizadora entre los mocovíes y guaraníes e intentó hacer lo propio con los abipones. En 1767 fue expulsado del Paraguay junto con los demás sacerdotes de la orden. Exiliado en Austria, llegó a ser predicador en la corte austríaca, donde gozó de la protección de la emperatriz María Teresa. Su Historia de los Abipones es uno de los libros jesuitas más leídos del mundo.

     Domínguez, Manuel (1869-1935). Uno de los más talentosos juristas, historiadores y políticos del Paraguay. Fue varias veces ministro, director del Colegio Nacional, Rector de la Universidad Nacional y profesor de la Facultad de Derecho. Llegó a vicepresidente de la República con el coronel Juan A. Escurra, a quien abandonó en plena guerra civil de 1904 para pasarse al bando revolucionario. Consagró la mayor parte de su obra a enaltecer al paraguayo, y a la defensa de la tesis jurídica paraguaya sobre el Chaco, entonces en litigio con Bolivia.

     Domínguez, Ramiro. Poeta e intelectual paraguayo, autor de un penetrante ensayo, intitulado El Valle y la Loma, en el cual propone algunas claves fundamentales para comprender la cultura nacional.

     Du Graty, coronel Alfredo. Geólogo y escritor belga, contratado por el gobierno de Carlos Antonio López. En 1862 publicó en francés La República del Paraguay, con una amplia información sobre mineralogía, geología, botánica y otros aspectos del país.

     Estigarribia, mariscal José Félix. (1888-1940). Jefe del Ejército paraguayo durante la guerra del Chaco. Agrónomo de profesión, ingresó al ejército por vocación, luego de lo cual hizo estudios en Chile. Luego de la guerra civil de 1922-23, en la que le cupo una destacada actuación, realizó estudios de Estado Mayor en Francia. Su conducción durante la guerra fue considerada brillante, debiéndosele la concepción de sus operaciones fundamentales. Al concluir la guerra, fue enviado al exilio por los revolucionarios de febrero de 1936. Cuando volvió, fue llevado a la presidencia de la República. Durante ese lapso, dictó una nueva Constitución a la República, que dio lugar a prolongadas polémicas. En setiembre de 1940 pereció, junto con su esposa, en un accidente de aviación. Sus memorias, publicadas muchos años después de su muerte, contienen información de primera mano para comprender la guerra del Chaco. [268]

     Francia, doctor José Gaspar de Francia (1776-1840). Uno de los personajes paraguayos que más llamó la atención del mundo hasta el punto de haber sido incluido por Comte en su Diccionario Positivista, y de haber merecido un ensayo de Carlyle. Luego del movimiento emancipador de 1811, fue llevado a varios cargos de relevancia: miembro de una junta de gobierno y luego cónsul, con Fulgencio Yegros. Fue nombrado luego dictador temporal y luego dictador perpetuo. Promovió una política de férreo aislamiento, que tuvo la virtud de preservar al Paraguay de las convulsiones que sacudían, en esa época, a las demás naciones de la región. Gobernó con mano férrea y, por su orden, fueron ejecutados casi todos los próceres de la independencia, acusados de conspirar contra su gobierno.

     Franco, coronel Rafael (1896-1973). Militar y político paraguayo. Tuvo destacada actuación al frente del II Cuerpo de Ejército durante la guerra del Chaco, lo que le convirtió en un prestigioso caudillo militar. Al concluir la contienda, un golpe de estado, en febrero de 1936, lo llevó a la presidencia de la República. Fue desalojado de ella por otro golpe de estado, en agosto de 1937.

     Fariña Núñez, Eloy (1885-1929). Poeta y periodista. Vivió casi toda su vida en la Argentina, donde publicó todas sus obras. Empero, muchas de ellas tienen un profundo sentido de nostalgia por la patria. Su poemario Canto Secular, es un homenaje al Paraguay al que, por cierto, conocía muy poco.

     Fernández, Emiliano R. (1894-1949). Es el más popular de los poetas paraguayos. Sus versos, a los que los mejores compositores les pusieron música, son hasta hoy infaltables en el repertorio del cancionero. Algunas de sus obras, con música de los mejores músicos de su tiempo, son verdaderas canciones épicas (13 Tuyuti, Che la Reina, Rojas Silva Rekávo, etc.), llamadas a inflamar el espíritu patriótico durante la guerra del Chaco, en la que intervino como combatiente del RI 13 Tuyutí.

     Fernández, Félix (1897-1984). Dramaturgo, músico, actor y poeta en guaraní. Al igual que otros, se formó como músico, en la Banda de la Policía. Es autor de algunos de los mejores poemas escritos en guaraní, entre los que cabe mencionar Nde ratypykua, Ñande aramboha, Vya'y jave, y Cerro Corá.

     Ferreiro, Óscar (1922- ). Poeta, con una obra poco voluminosa pero que ha concitado el unánime apoyo de la crítica. Antropólogo, profundo conocedor de la cultura popular.

     Flores, José Asunción (1904-1972). Seguramente el más talentoso de los compositores populares paraguayos. Creador de la guarania. Se formó, como músico, en la Banda de la Policía. Autor de la música de las canciones más conocidas y de más refinada elaboración de nuestro cancionero. Entre [269] ellas, Arribeño Resay, Gallito Cantor, Choli, Ka'aty, India, Pyllare Pyte. Murió en Buenos Aires, en el exilio.

     Gill, general Emilio. Combatió en la guerra contra la Triple Alianza. Hermano del presidente Juan Bautista Gill. Los asesinos de éste encontraron al general Gill, por casualidad, en el itinerario de su fuga y también lo mataron a balazos.

     Gill, José. Político y caudillo revolucionario. Fue adherente del Partido Nacional Republicano al cual llegó a representar en el Congreso. Se le atribuyen docenas de anécdotas pintorescas, que revelan un gran sentido del humor y un profundo conocimiento de las profundidades del alma humana. Combatió en varias guerras civiles, desde 1904 en adelante. La última de ellas fue la de 1922-23.

     Gill, Juan Bautista (1840-1877). Fue una de las figuras civiles más importantes en el período de la posguerra. Fue asesinado en plena calle, de un escopetazo, el 12 de abril de 1877. Llegó a la presidencia de la República con el apoyo brasileño. Durante su mandato, se firmó el tratado de límites con la Argentina y se levantó la ocupación militar del territorio paraguayo.

     Giménez, Herminio (1905-1991). Uno de los más relevantes compositores paraguayos de música popular. Sus obras son de las mejores del repertorio musical de nuestro país. Además de Mi Oración Azul, Alto Paraná, Cerro Corá, la Misa Folklórica, y muchas otras. Seguramente la más popular de todas sus obras es Cerro Porteño, escrita en homenaje al club de fútbol del mismo nombre.

     Gondra, Manuel (1871-1927). Intelectual y estadista liberal. Nació en Buenos Aires en 1871 de padre argentino y de madre paraguaya. Fue bachiller del Colegio Nacional y comenzó la carrera de Derecho, que no concluyó. Es uno de los casos en que se combinan una admirable erudición con la pasión por la política, a la que consagró su vida. Poseía una de las mejores bibliotecas privadas del país, que se encuentra hoy en la Universidad de Austin, Texas. Escribió muy poco, pese a que lo hacía admirablemente. Fue delegado paraguayo en la Conferencia Panamericana realizada en Santiago de Chile en 1923, donde presentó una propuesta de solución pacífica de los conflictos internacionales, aprobada por aclamación. Fue ministro en los gabinetes de Eduardo Schaerer y Manuel Franco. Dos veces fue llevado a la presidencia de la República, en 1910 y en 1920, y las dos veces debió renunciar. Su condición de intelectual no le impidió intervenir, como combatiente, en varias patriadas, incluyendo la de 1904, que echó por tierra al gobierno colorado del coronel Escurra. Fue inspirador y jefe de la fracción radical del liberalismo. [270]

     González, Natalicio (1897-1966). Narrador, poeta, periodista, ensayista y político paraguayo, ligado al Partido Colorado, en cuyo ideario influyó poderosamente. Uno de los más prolíficos intelectuales paraguayos, y uno de los que más profundamente se vinculó con sus coetáneos del continente. Escribió numerosos libros, signados casi todos por la preocupación de indagar en las raíces y el destino de la cultura paraguaya. Lideró la fracción «guión rojo» del coloradismo. Llegó a presidente de la República en agosto 1948, y fue derrocado en enero de 1949. Falleció en México, donde era embajador del gobierno del general Stroessner.

     González, Teodosio (1871-1932). Abogado, periodista, magistrado, legislador. Fue fiscal general del Estado y ministro de Relaciones Exteriores. Escribió el proyecto de Código Penal que, con algunas modificaciones, rige en el Paraguay desde 1910. En 1931 publicó Infortunios del Paraguay, un compendio de los males de la República y de sus causas. Su conclusión fue que «en el Paraguay no hay cadáveres políticos ni morales. De donde pesa sobre el país el proverbio lapidario de que en el Paraguay ni se pierde ni se gana reputación».

     González Torres, Dionisio (1907-). Médico y científico paraguayo. Fue ministro de Salud y de Educación, y rector de la Universidad Nacional de Asunción. Publicó numerosas obras sobre folklore, medicina popular y medicina indígena, entre otros temas.

     Guggiari, José P. Político y estadista liberal. El voto popular lo llevó a la presidencia de la República (1928-1932). Durante su mandato se produjo el incidente del 23 de octubre de 1931, en el que perecieron varios estudiantes. Como consecuencia de este desgraciado suceso, se sometió a juicio político, en el cual fue absuelto. Bajo su gobierno comenzó la guerra del Chaco. En la posguerra lideró -sin discusión- el Partido Liberal, prácticamente hasta su muerte. Murió en Buenos Aires, en el exilio.

     Irala, Domingo Martínez de (1509-1556). Uno de los conquistadores. Fue el primer gobernador de Asunción, cargo que ejerció, con intervalos, durante muchos años, hasta su muerte. De gran astucia política, supo negociar alianzas con los indígenas, quienes le prestaron su ayuda en sus expediciones. Estableció el régimen de las encomiendas.

     Jara, Albino (1877-1912). Militar y político. Graduado de oficial en Chile (1897). Participa activamente en la revolución de 1904, con el grado de capitán. Encabeza el cruento golpe del 2 de julio de 1908 contra Benigno Ferreyra y más tarde asume el Ministerio de Guerra y Marina. Derriba al presidente Gondra el 17 de enero de 1911 y se hace cargo de la presidencia [271] provisional. Entre sus colaboradores contó a intelectuales de la talla de Cecilio Báez y Manuel Domínguez, así como de Francisco L. Bareiro y Cipriano Ibáñez. Hizo frente a alzamientos revolucionarios que sofocó con las armas. Fue derrocado el 5 de julio de 1911. Exiliado en la Argentina, volvió para encabezar otro alzamiento, durante el cual pereció, en el combate de Paraguarí. El asesinato de Adolfo Riquelme contribuyó en mucho a su desprestigio. Era bachiller en Ciencias y Letras, estudiante de Derecho hasta el cuarto curso y fue, asimismo, bibliotecario de la Universidad.

     Iturbe, alférez Vicente Ignacio (1735-1837). Uno de los próceres de la independencia. En la noche del 14 de mayo, fue portador de la intimación del cuartel revolucionario al gobernador español Velazco, quien ante la amenaza de los cañones, capituló. Pereció fusilado por orden del dictador Francia.

     Kostia (Isaac Kostianovski) (1911-1981). Seudónimo de Isaac Kostianovski, periodista nacido en Rusia, pero radicado desde niño en el Paraguay, país al que adoptó como su patria. En 1936 dirigió Creolina, uno de los primeros periódicos de humor del Paraguay. Sus artículos y comentarios satíricos le hicieron ganar el exilio por lo menos en dos oportunidades.

     Laconich, Marco Antonio (1902-1983). Historiador, de pluma amena, escribió varias obras. Entre ellas las dedicadas a la defensa de la tesis paraguaya en el conflicto de límites con Bolivia.

     López, Carlos Antonio (1792-1862). Luego de la muerte del dictador Francia, pasó a ocupar el primer plano en la política nacional. En 1841 fue electo cónsul, juntamente, con Mariano Roque Alonso. El Congreso de 1844 lo nombra presidente de la República, cargo que ejerció hasta su muerte. Durante su mandato, se empeñó en modernizar al Paraguay, para lo cual emprendió un ambicioso programa de obras públicas y envió a varios jóvenes promisorios a estudiar al exterior. Al mismo tiempo, contrató a numerosos técnicos extranjeros que trabajaron en el desarrollo de sus proyectos.

     López, mariscal Francisco Solano (1827-1870). Presidente de la República, le cupo conducir al país durante la desastrosa guerra contra la Triple Alianza (1865-1870). Pereció en el último combate, en Cerro Corá. Hombre de gran cultura para su época, le tocó vivir algún tiempo en Europa, en misión oficial, lo que le permitió mejorar sus conocimientos. Los documentos escritos por él revelan el estilo de un escritor de la época romántica.

     Machaín, Facundo (1847-1877). Se graduó de abogado en Chile. Al concluir la guerra, la Convención Constituyente de 1870 lo eligió presidente [272] de la República, cargo que conservó menos de un día, pues fue depuesto por un golpe de estado. El presidente Gill lo nombró, pese a ser adversario político, ministro de Relaciones. En tal carácter negoció el arreglo de límites con la Argentina, de 1876. Luego del asesinato de Gill, defendió, como abogado, a los acusados de aquel magnicidio. Llevado, con un pretexto fútil, a la cárcel pública, fue allí asesinado alevosamente por la guardia, con motivo de una sublevación de presos.

     Maíz, padre Fidel (1828-1920). Sacerdote paraguayo, durante la guerra contra la Triple Alianza, colaboró con el mariscal López. Integró tribunales militares en 1868 en San Fernando, y llegó a firmar el dictamen que recomendaba el fusilamiento de su propio obispo, además de otros sacerdotes. Varios años después de terminar la guerra, polemizó con Juan Silvano Godoi acerca de la guerra. Durante el debate, cuyos puntos de vista están contenidos en su libro Etapas de mi Vida, defendió apasionadamente al mariscal López.

     Meliá, Bartomeu. Sacerdote jesuita. Es considerado una de las más altas autoridades en cultura guaraní. Tiene, con relación a este campo, numerosas obras publicada.

     Mendoza, Gonzalo de. Uno de los conquistadores. Yerno de Domingo Martínez de Irala. Llegó a ser nombrado gobernador de Asunción. Falleció en 1558.

     Miraglia, Luigi. Antropólogo italiano, que vivió sus últimos días en el Paraguay. Dejó varias monografías.

     Mongelos Teodoro Salvador (1914-1966). Uno de los mejores poetas en lengua guaraní. Muchos de sus poemas fueron llevados a la canción popular, con la intervención de los mejores músicos de su época. Entre ellos: Minero Sapukai, Ja Mboriahu, Virginia, Nde resa kuarakyáme, Musiqueada, Jazmin Guype, Che Mbo'eharépe y Che Jazmin. Llegó a ser miembro de la Cámara de Representantes por el Partido Colorado. Su vinculación política con la fracción liderada por Epifanio Méndez Fleitas, le hizo ganar el exilio. Murió en el Brasil.

     Moreno, Fulgencio R. (1872-1933). Periodista y escritor, fue diputado en 1896-97, ministro de Hacienda en el gabinete de Carvallo y luego en los de Escurra y Pedro P. Peña. En 1917 ingresó en la diplomacia como representante en las Legaciones del Pacífico -Chile y Bolivia-, actividad que culminará entre 1929 y 1933 en el Brasil. Fue agente confidencial del gobierno durante la gestión de Escurra, investigador de la historia, director del Colegio Nacional de la Capital y, en la época de su residencia en Buenos Aires (1921-1928) editorialista del diario La Prensa, especializado en temas internacionales. [273] En 1915 y 1929 aparecieron sus volúmenes sobre la cuestión de Límites con Bolivia.

     Morínigo, general Higinio (1897-1983). Militar paraguayo. Actuó en la guerra, en el Estado Mayor del general Estigarribia. Fue presidente de la República, de facto, de 1940 a 1948. Es fama que su designación -consecuencia de la repentina muerte del general Estigarribia- fue decidida arrojándose al aire una caja de fósforos. En 1946, la oficialidad joven del Ejército le impuso una apertura política democrática. Le tocó presidir el gobierno durante la guerra civil de 1947, no sólo la más sangrienta sino la que huellas más graves y profundas dejó en la memoria colectiva. Fue derrocado en 1948 por un golpe de estado.

     Núñez, capitán Romualdo (1836-1909). Marino paraguayo, combatió en la guerra contra la Triple Alianza. Luego de la guerra, ocupó diversos cargos. Cuando en 1887 se fundó el Partido Nacional Republicano, adhirió al mismo. Dejó un manuscrito con sus memorias. El relato fue publicado mucho después de su muerte, y contiene un vívido testimonio de la contienda.

     Núñez Soler, Ignacio (1891-1983). Líder sindical, de ideología anarquista, intervino activamente en las luchas sociales de comienzos del siglo. Como pintor, pintó las imágenes de la ciudad en la que habitó toda su vida y que, por cierto, hoy sólo vive en sus telas.

     O'Leary, Juan E. (1879-1969). Periodista, catedrático, literato, diplomático, historiador. Es considerado el principal exponente del esfuerzo, de apasionado tono nacionalista, por reivindicar la memoria del mariscal López. Fue director del Colegio Nacional, del Archivo Nacional y tuvo, entre 1925 y 1952 una creciente actuación diplomática en España, Francia, Italia y el Vaticano. En 1906 se vincula con el general Caballero y dos años más tarde, a su invitación, ingresa en la ANR, a la que representará en la Cámara de Diputados. Estuvo al frente de la cancillería en los gabinetes de Natalicio González y el general Raimundo Rolón. Asimismo y por breve tiempo fue titular de la Intendencia Municipal de la Capital. Mantuvo asiduo trato con el general Caballero durante su destierro en Buenos Aires y en 1908 apoyó las tratativas del pacto que posteriormente suscribió aquél con Benigno Ferreyra y el grupo cívico-liberal.

     Pampliega, general Amancio (1906-1987). Militar paraguayo. Intervino como oficial en la guerra del Chaco. Llegó a comandante de la Artillería y a ministro del Interior y de Defensa Nacional, durante el gobierno de facto del general Higinio Morínigo.

     Pane, Ignacio (1880-1920). Uno de los escritores más fecundos del Paraguay y uno de sus intelectuales más brillantes. Uno de los primeros [274] sociólogos de nuestro país. Doctor en derecho a los 21 años, en 1902. Fue catedrático, historiador, sociólogo, poeta, magistrado, legislador, diplomático. Promovió las ideas del socialismo tolstoiano dentro del Partido Republicano, el cual lo llevó a una banca en el Congreso. Allí presentó varios proyectos de leyes obreras, jornada de ocho horas, creación de una oficina encargada de la conciliación de los conflictos. Se consideraba un antimilitarista y enemigo de la guerra. Murrio en la pobreza.

     Pangrazio, Miguel Ángel. Eminente jurista y escritor paraguayo. Autor, entre varias otras obras, de un comentario de los artículos del Código Civil Paraguayo.

     Plá, Josefina. Intelectual y poeta española, radicada en el Paraguay desde la década de 1920. Escribió poesía, teatro y narrativa.

     Ramos Giménez, Leopoldo (1891-1989). Escritor, periodista, poeta. Se vinculó desde muy joven con el movimiento anarquista, y consagró, en esa época, su pluma a promover su ideario. Se dedicó después a los estudios históricos, desde una óptica fuertemente nacionalista. Fue subsecretario de Informaciones y Cultura de la Presidencia, durante casi toda la presidencia del general Stroessner.

     Reclus, Eliseo (1830-1905). Geógrafo francés, de ideología anarquista. Se ocupó de los grupos indígenas de nuestro país. Defendió la causa paraguaya contra la Triple Alianza.

     Resquín, general Francisco Isidoro (1823-1882). Se incorporó muy joven al ejército. Desempeñó distintas funciones durante la guerra. Llegó hasta Cerro Corá, lugar del último combate, donde cayó prisionero. En la posguerra, trabajó en la reorganización del Ejército. Fue el único de los generales paraguayos que dejó escritas sus memorias sobre la contienda.

     Riquelme, Adolfo (1876-191 l). Hombre público de destacada actuación en la primera década del siglo XX. En 1906 impulsó la creación de tres instituciones: el Círculo de la Prensa, la Liga Paraguaya de Fútbol y la Liga de la Juventud Independiente. Se identificó posteriormente con la corriente que reconocía como líder a Manuel don Gondra. Fue ministro del Interior de González Navero y de Gondra. Después del derrocamiento de éste (17 de enero de 1911) lideró un alzamiento revolucionario contra el gobierno del coronel Albino Jara. Fue derrotado en Rosario y apresado. Horas después, fue fusilado por la espalda, en un hecho que sacudió a la opinión pública. Este crimen fue atribuido a un militar chileno de apellido Jofré, traído por Jara.

     Rivarola, Cirilo Antonio (1833-1878). Estudió en la Escuela de Derecho dirigida por el doctor Juan Andrés Gelly (1850). Soldado y más tarde [275] sargento en la guerra contra la Triple Alianza, en la que cayó prisionero. En 1869 firmó el acta de instalación del gobierno provisorio del cual participó como ministro del Interior. El 25 de noviembre de 1870 asumió la presidencia de la República. El 15 de octubre de 1871 disolvió del Parlamento, que no le era adicto. Ofreció su renuncia al nuevo parlamento y se ausentó a su «valle», esperando ser confirmado en el cargo, pero sorpresivamente fue sustituido por Jovellanos. Desarrolló una intensa labor conspiraticia hasta que pudo regresar a la Asunción bajo la garantía del propio presidente de la República, Cándido Bareiro. Fue asesinado a puñaladas, en pleno centro de la capital, el 31 de diciembre de 1878.

     Roa Bastos, Augusto. El mejor y más importante de los narradores paraguayos. Fue deportado en 1982 durante el gobierno del general Stroessner, por razones que hasta ahora permanecen en el misterio, presumiéndose que ellas se vinculaban con algunas conferencias a grupos de estudiantes. Su Yo el Supremo, un alucinante discurso sobre la soledad del poder, le permitió ganar el Premio Cervantes de Literatura.

     Rojas Silva, teniente Adolfo. Hijo del ex presidente Liberato Rojas (1911-12). Egresó en 1926 de la Escuela Militar. Capturado por los bolivianos, antes de la guerra del Chaco. Falleció al intentar escapar, en 1927. Su muerte conmovió profundamente al pueblo paraguayo.

     Rolón, general Raimundo. Fue miembro del Estado Mayor del Ejército Paraguayo, durante la guerra del Chaco. Un golpe de estado lo llevó a la presidencia de la República en la época confusa y anárquica que siguió a la terminación de la guerra civil de 1947. Fue derrocado por otro golpe de Estado.

     Saguier, Adolfo. Vicepresidente de Cándido Bareiro. En 1880, al fallecer éste, fue detenido para dar lugar al ascenso del general Bernardino Caballero a la presidencia de la República.

     Serrano, general Germán. Militar paraguayo de descollante actuación durante la guerra contra la Triple Alianza. Algunos años después de terminar la contienda, acaudilló una revolución contra el gobierno del presidente Gill. Fue detenido y ejecutado en el acto. Este episodio ocurrió en 1875.

     Silva, Cándido. El trompa que anunció la victoria de Curupayty, el 22 de setiembre de 1866, la victoria más rotunda que tuvo el Paraguay en la guerra contra la Triple Alianza.

     Schmidl, UIrico. Oriundo de Baviera, Llegó al Paraguay con la expedición de Pedro de Mendoza. Intervino, durante 14 años, en los sucesos [276] de la conquista del Paraguay. Dejó un libro, publicado en 1567 en Alemania, considerado la primera crónica histórica sobre estos acontecimientos.

     Velázquez, Rafael Eladio (1926-1994). Historiador, catedrático y político liberal. Uno de los que con más rigor se dedicó a la ciencia histórica, fruto de lo cual quedan varias obras. Fue miembro del Parlamento en representación de su partido.

     Vera, mayor Eduardo (1845-1891). Uno de los héroes de la guerra contra la Triple Alianza. Entre otras hazañas, intervino en el heroico aunque inútil asalto a los acorazados brasileños. Al concluir la guerra, fue electo primer vicepresidente del Centro Democrático, después Partido Liberal. Murió de heridas mortales sufridas en el fallido golpe de estado del 18 de octubre de 1891 contra el gobierno de Juan G. González. En ese momento, era presidente del partido.

     Vera, monseñor Saro. Sacerdote del clero secular, ha escrito penetrantes obras y artículos sobre la religiosidad popular y sobre la cultura popular.

     Vigo, Regino. Cuatrero paraguayo, al que se le atribuía el carácter de una especie de Robin Hood. Ante la impotencia de las autoridades locales en sus esfuerzos por capturarlo, el gobierno envió un escuadrón de caballería para perseguirlo Fue traicionado y muerto por sus compañeros, en 1942.

     Ximénez, padre Bartolomé. Sacerdote jesuita. Junto con el padre Francisco de Robles, intervino en una expedición evangelizadora en territorio de los tobatines, hacia el 1697, acerca de la cual escribió una interesante relación. El padre Ximénez fue provincial del Paraguay hacia el 1710 y procurador de la provincia jesuítica del Paraguay. Fue un defensor de los indios ante los abusos de los españoles y sus denuncias tienen un fuerte tono social.

     Yacare Valija (Teniente Manuel Irala Fernández). Personaje pintoresco de la guerra del Chaco, protagonista de varias hazañas en la retaguardia del enemigo.

     Yegros, brigadier Fulgencio (1780-1821). Caudillo militar de la independencia del Paraguay. Miembro de la primera Junta Superior Gubernativa. En 1813, un Congreso lo nombró cónsul, junto con el doctor Francia.

     Zubizarreta, Carlos (1904-1972). Poeta, ensayista, narrador, historiador, periodista. Publicó, entre otras cosas, varios libros sobre historia paraguaya, entre los que descuellan Capitanes de la Aventura e Historia de mi Ciudad.

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