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Ensayos de Montaigne seguidos de todas sus cartas conocidas hasta el día

Tomo I y Tomo II

Michel de Montaigne



[Indicaciones de paginación en nota.1]



  —[V]→  

Al Exmo. Señor Don FRANCISCO SILVELA, de la Real Academia Española.

Ausente cuatro años ha de España, he querido que a la cabeza de esta traducción castellana de los ENSAYOS DE MONTAIGNE, -«libro ingenuo y de buena fe», útil a todos los hombres,- figurase el nombre de un español ilustre, consagrándola así a la patria en la persona de uno de sus más dignos representantes.

Como el nombre de Usted significa una vida de integridad sin tacha dedicada al servicio de nuestro país, al par que el amor a las letras, de que son muestra espléndida sus discursos políticos y jurídicos y el hermoso libro de SOR MARÍA DE ÁGREDA, me complazco en estamparlo aquí deseando sólo que la dura aunque no ingrata tarea de interpretar un autor tan genial merezca la aprobación de los literatos españoles, para que el más humano de los filósofos adquiera así carta de naturaleza entre nosotros y en los pueblos de lengua española, a pesar   —VI→   de los defectos, evitables unos e inevitables otros, en que esta versión abunda.

Estimando profundamente la distinción que Usted le otorga al acoger con benevolencia este trabajo, tiene el honor de ser de Usted admirador afectísimo,

q. b. s. m.
CONSTANTINO ROMÁN Y SALAMERO.

París, 5 de Marzo de 1898.



  —[VII]→  

ArribaAbajoIntroducción


- I -

Cuando entre los prosistas clásicos franceses se cita a los primeros maestros, a los que supieron revestir las ideas más originales, sólidas y verdaderas con estilo inimitable, envidiado hasta de aquellos que durante toda su vida se ejercitaron en el arte de escribir, a Felipe de Commines, Montaigne, la marquesa de Sevigné y el duque de San Simón, siempre se coloca a Montaigne en el lugar más honorífico. La prosa de los Ensayos es entre todas la más original, la más viva, la en que todo espíritu cultivado encuentra, sin necesidad de buscarlas ni de descubrirlas, mayor número de bellezas, encantos y sorpresas, reflejo fiel de uno de los entendimientos más perspicaces y analíticos que registran los anales literarios de todos los pueblos, filósofo, poeta y pensador original en cuantos órdenes de ideas su espíritu se detuvo o ponderó.

Miguel Eyquem, señor de Montaigne, nació en el castillo de Montaigne (de donde sus ascendientes tomaron el nombre), en los confines del Perigord, el último día de febrero de 1533, entre once   —VIII→   y doce de la mañana.2 Su padre descendía de una antigua familia de comerciantes de Burdeos; su madre era de origen español.

Todos los datos de su biografía, desprovista de grandes acontecimientos, se encuentran diseminados en los Ensayos, como también algunos de los relativos a su padre, de quien Montaigne nos habla con singular amor filial, cada vez que su nombre aparece citado en su obra.

Los primeros años de su infancia transcurrieron en los campos, al aire libre3, y como los que dirigieron su educación pensaran que el mucho tiempo empleado en el estudio del latín era la causa de que los escolares no llegaran a alcanzar «la perfección científica y el temple de alma de los antiguos griegos y romanos»4, apenas salió de los brazos de la nodriza, su padre le encomendó a un preceptor alemán, quien sólo en aquella lengua le hablaba, con lo cual a la edad de seis años tuvo su latín «tan presto y a la mano» como el más consumado de los humanistas.

En el colegio de Guiena, uno de los más afamados de aquel tiempo, y cuyos profesores fueron los más célebres maestros de la época, permaneció hasta los, trece años. El estudio del latín y la literatura latina constituían entonces la base de la educación de todos los adolescentes. Por el griego   —IX→   se pasaba con rapidez extrema, y Montaigne nunca llegó a poseerlo, según lo declara en varios pasajes de su obra.

De sus estudios jurídicos no hay noticias precisas. No se sabe si los hizo en Burdeos o en Tolosa, pero de todos modos es lo cierto que se consagró en cuerpo y en espíritu al derecho, si no por gusto, por necesidad, y que se graduó en leyes, pues desde muy temprano perteneció a la magistratura de Burdeos. Sábese también que este importante cargo no satisfizo sus ideales, y que lejos de inspirarle amor le causó al poco tiempo de ejercerlo, a pesar de encontrarse en aquel cuerpo en su verdadero medio social, de contar en él parientes y de haber conocido allí a su amigo Laboëtie, con el cual contrajo una amistad, aunque poco duradera, de memoria indeleble. Después de la muerte de su amigo, Montaigne sólo buscó propicia para abandonar la magistratura, y así lo hizo cuando murió su padre en el mes de julio de 1570. Cinco años antes había contraído un matrimonio «de razón» con Francisca de la Chassaigne, hija de uno de sus colegas en la magistratura.

Una, vez ganado el sosiego espiritual que ansiaba, recogiose en su pacífica morada «en el año de Nuestro Señor (1571), a la edad de treinta y ocho años, víspera de las calendas de marzo, aniversario de su nacimiento; hastiado de largo tiempo atrás de la esclavitud del parlamento y de los públicos empleos, para reposarse en el regazo de las doctas vírgenes, en medio de la seguridad y la calma, y vivir así el tiempo que le quedaba de vida, consagrando al reposo y a la libertad el agradable y sosegado aposento herencia de sus antepasados».

  —X→  

Así reza una inscripción latina que colocó Montaigne en la pared de su gabinete para que el recuerdo de su determinación permaneciera grabado en su memoria. Mas no hay que creer al pie de la letra este propósito tan radical, ni figurarse a Montaigne encerrado en su vivienda como un ermitaño. «Lo que Montaigne quiere significar, y su vida lo prueba de sobra, es que había ya suficientemente vivido la existencia activa; que su ambición nada esperaba de ella; que la idea de escribir se le había metido entre ceja y ceja, y que, este propósito formado, creía bueno sustraerse a los empujones diarios de la existencia que se vive, ya en la corte, ya en las ciudades.» Contando más con los naturales recursos de su espíritu que con los de la erudición5, en la cual le sobrepasaban muchos de sus contemporáneos, y él bien lo sabía, decidido a ser «él mismo», a respetar en su estilo hasta los idiotismos que, tanto escandalizaban a Esteban Pasquier6, ninguna necesidad tenía de permanecer como literato sólo al alcance de los doctos de la época, o de las bibliotecas, que alimentaban los temibles infolios de éstos.

Aunque no abiertamente, Montaigne se burla de la erudición, considerando como Larra «que es excelente cosa sobre todo para el que no tiene otra». Por otra parte, una vez decidido a «transcribir   —XI→   sus humores fantásticos», es evidente, dada la naturaleza de su espíritu (más rico en comentarios que alacena de cosas pasadas) y su género de vida anterior, que no se propuso nunca competir con Justo Lipsio, de quien fue amigo, ni con ningún otro humanista de su época. Con sus escritos no buscaba el renombre ni la gloria; ni siquiera por autor ni hacedor de libros se tenía, aunque en esto último se descubra más de un asomo de coquetería. Los infolios que constantemente manejaba bastábanle como tema de sus observaciones: los estantes de su biblioteca estaban bien repletos de selectos libros que suplían los contados vacíos de su excelente memoria, que Montaigne echa por los suelos, llamándola enteca sin motivo justificado.

Allí en su «librería», puntualmente descrita en el libro III de los Ensayos, instalada en el piso segundo de la torre de su castillo, transcurren todos sus días y casi todas las horas de cada día, dictando unas veces, leyendo y registrando otras sus autores predilectos, escuchándose vivir, observándose, comentándose y anotándose. Él mismo nos traza de su persona el retrato más minucioso y acabado: «Su traje es siempre negro o blanco (detesta los colores abigarrados), bien abotonado, distante mil leguas de la moda, sobre todo cuando la moda tiene algo de molesto o desmañado; si el tiempo es frío, el vestido será grueso, bien boatado, y bajo el coleto perfumado encontraremos ya una pellica de liebre o ya el plumón de buitre. Montaigne es friolero y se constipa fácilmente; principiando por resguardarse con un simple gorro, concluye por encasquetarse dos sombreros, uno sobre otro. No puede, soportar los olores pestilentes, por lo cual lleva siempre coleto y guantes perfumados   —XII→   y un pañuelo igualmente saturado de esencias. A veces piensa en alta voz, y le ha sucedido sorprenderse injuriándose a sí mismo. Baila mal; no sabe trinchar; es torpe para plegar una carta, cortar una pluma y ensillar un caballo. Se impacienta por las cosas más insignificantes: por una chinela que le sienta mal, por una correa puesta del revés, jura por Dios; teme la escarcha, y gusta de la lluvia. Cuando descansa, tiene las piernas en el aire; frecuentemente se rasca una oreja. Ninguno de estos detalles se le queda en el tintero. La ciencia de la bucólica no le es indiferente ni mucho menos; gusta de los pescados y de las carnes saladas, mas no de la sal en el pan; la carne, la prefiere poco cocida, pero no dura. Como buen bordalés delicado en punto a vinos, nunca pudo habituarse a la cerveza. ¿Es acaso buen bebedor? Cuartillo y medio por comida le basta, con el aditamento de la tercera parte o la mitad de agua. Mezcla su bebida dos o tres horas antes de tomarla, y de esta tarea se encarga su copero. Es una costumbre que su padre le ha legado. Come con apetito envidiable, pero no gusta permanecer largo tiempo a la mesa, por lo cual se sienta algo después que los demás. Muchos manjares juntos, le disgusta verlos: forman una multitud como cualesquiera otra, y las multitudes le son ingratas. Come deprisa; a veces se muerde la lengua, otras los dedos y... Al llegar aquí muchos jueces se preguntan: ¿y qué nos importa todo eso?, escandalizados de tan descomunal egotismo. Realmente poca cosa o nada absolutamente. Pero ¿por qué leemos con tanta complacencia los Ensayos, donde todo ello está anotado?»7

  —XIII→  

«La primera edición de los Ensayos apareció en Burdeos hacia el mes de marzo de 1580 en dos volúmenes de tamaño diferente y desigualmente compactos. Buscando descanso a su labor, así como para procurar a su curiosidad horizontes más dilatados, amplios y vivientes, Montaigne decidió viajar después de publicada. De París se dirigió a Alemania y luego a Suiza e Italia.» Ausentándose de su tierra el 22 de junio de 1580, permaneció de ella separado hasta el 30 de noviembre de 1581. Los pormenores de esta expedición consignolos en un Diario de viaje, descubierto y dado a luz en el siglo pasado, en dos volúmenes. El valor moral de este escrito, al entender de algunos críticos, es mayor que el literario: «Su interés es primordial para el conocimiento espiritual del viajero8, el cual dicta y describe a lo vivo todo cuanto ve y le interesa por cualquier concepto, o despierta su curiosidad y excita su comprensión.»

«El viajero es encantador: aplicado a verlo todo y a penetrarlo todo, viaja sólo por el placer de cambiar de tierras. Esta constante mutación forma sus delicias, y quisiera siempre marchar adelante: tan despierto está su espíritu y tan insaciable es su deseo de aprender. Todo le interesa, pues no ignora que todo espectáculo encierra en sí una enseñanza para quien de él sabe extraerla; por eso no se deja escapar nada y todo lo considera con la imparcialidad más invariable. Préstase de buen grado a las costumbres del país que atraviesa, a fin de mejor penetrar la manera de ser de sus habitantes. Lo que más le llama la atención, y lo que anota de preferencia son los rasgos particulares, las cosas menudas, los incidentes insignificantes   —XIV→   de la vida diaria. Todo lo penetra a la carrera, tanto su espíritu se halla con el análisis familiarizado. Este Diario de viaje es el álbum de un artista en marcha; en él se encuentran todos los croquis y todos los bosquejos incoherentes tomados y anotados al acaso, cuándo y cómo se presentan.»

De la Lorena y la Alsacia encaminose hacia Suiza, y luego atravesó Baviera para descender de nuevo al Tirol. El itinerario fue caprichoso, y por fin, descontento de no haber visto el Danubio ni otros muchos lugares que se había prometido visitar, tocó la tierra italiana internándose por Trento y Venecia, dirigiéndose hacia Roma y los baños de la Villa, que eran el término de sus andanzas, armonizando así con el interés de su instrucción los cuidados que su salud endeble exigía. Toda la grandeza y majestad de las ruinas romanas sentidas están en las páginas de este viaje, trazadas por una mano que desde la niñez acarició las obras maestras de poetas o historiadores, en la hermosa lengua en que fueron escritas.

Encontrándose en los baños de la Villa, el día 7 de septiembre de 1581 por la mañana, recibió de Burdeos la nueva de haber sido nombrado alcalde9 de esta ciudad el 1.º de agosto precedente. Este honor vino a desconcertar sus proyectos de viajero y a contrariar todos su planes. De regreso a Roma el 1.º de octubre, encontró la carta en que   —XV→   los jurados de Burdeos le notificaban oficialmente, su elección y le rogaban cuanto antes el regreso. Mes y medio después se hallaba de vuelta en su castillo.

De buena gana se hubiera sustraído al honor que no buscaba y que de modo tan inesperado lo salía al encuentro, pero la intervención del rey de Francia Enrique III, que le manifestó su voluntad de ver al nuevo alcalde «cumplir el debido servicio del cargo que le pertenecía», no le consintió ya dudar un momento. Acostumbrado más a la meditación que al gobierno de los hombres, Montaigne, como varón prudente, hizo penetrar en sus administrados la idea de que no habían de esperar de él grandes cosas, y les rogó, además, que en el solicitar fueran comedidos. Por fortuna los espíritus en aquel entonces tendían más que a la revuelta al sosiego y a la conciliación, y los dos años de alcaldía transcurrieron sin incidente alguno y a la satisfacción de todos; de tal suerte que en 1.º de agosto de 1583, fecha en que expiraba el período de su mando, fue elevado nuevamente al mismo cargo.

Esta segunda etapa fue más agitada que la precedente. Los partidos comenzaron a mostrarse desapacibles y el rey de Navarra (después Enrique IV) a dar muestras palmarias de sus deseos, bien que eligiendo a Montaigne, como confidente le diese fe cabal de que sus intenciones no eran tumultuarias. El mismo príncipe le dispensó luego el honor de visitarle en su castillo mostrándole así el reconocimiento que por sus buenos oficios le guardaba, lo cual Montaigne consignó regocijado en sus Efemérides. Agravada por una parte la situación por la muerte del duque de Anjou que convirtió al rey de Navarra en heredero de la corona   —XVI→   de Francia, y por otra con la Liga, que por entonces comenzó a revolverse contra un príncipe hugonote, al cual rechazaba prestar obediencia, Montaigne acertó a ser leal a su rey sin que por ello perdiera la buena voluntad del de Navarra.

Montaigne anhelaba que el último día de su mando fuera llegado, bien que se mantuviera a la altura del vigor que las circunstancias exigían, cuando una terrible epidemia vino a agravar la situación que las discordias civiles habían creado. Los bordaleses huían a bandadas sin que ningún remedio acertara a retenerlos en la ciudad Por aquellos días acababa la misión de Montaigne como gobernante, y precisamente se encontraba ausente de su ciudad en el momento del peligro. Esta circunstancia que no le echaron en cara sus contemporáneos, porque sin duda en ello no vieron motivo de censura, ha sido objeto de ataques y burlas de parte de algunos censores modernos. Sainte-Beuve, que fue maestro consumado en el arte de sacar todo el partido posible de las flaquezas de escritores vivos y muertos, sobre todo de los muertos, consagra a Montaigne funcionario público un artículo impregnado de ironía, por no haber afrontado serenamente las dificultades de su cargo hasta el último momento.10 «¿Hubo alguien, se pregunta, que en su tiempo le recriminara por esta ausencia? No veo ninguno. Él mismo, ¿creyó conveniente justificarse en los Ensayos? Tampoco. A lo que se ve, pensó que no había ninguna necesidad de ello.» «En su conducta, añade el crítico con malicia casi pérfida, reconozco el Montaigne verdadero, tal como siempre me lo he representado; con todas sus cualidades de hombre razonable, moderado, prudente, lleno de filosofía y sabiduría   —XVII→   integérrimas, a las cuales falta sólo cabalmente aquello que no es ya la filosofía ni la prudencia, lo que se llama la locura santa y el fuego del sacrificio generoso.»

Sainte-Beuve, a quien seguramente las generaciones venideras no colocarán al par de ningún glorioso caudillo, hizo mal en ensañarse así con un filósofo que nunca encomió su bravura y menos aún su heroicidad. «Escritores muy expertos en el valor ajeno, escribe el señor Bonnefon, han condenado el proceder de Montaigne. Si su conducta está exenta de heroísmo, por lo que a la hombría de bien toca, nada tiene por qué censurársela.»11

En medio de la calma de su retiro sorprendieron a Montaigne los sangrientos espectáculos de la guerra civil. Su casa estaba situada precisamente, en las inmediaciones del lugar donde los horrores no se daban tregua ni reposo. Guiena y Gascuña fueron el principal escenario de estas luchas, de las cuales nuestro autor dice «que llenaron de odios parricidas los esfuerzos fraternales». Para un hombre en cuyos actos todos presidía siempre la moderación más extremada era ésta una situación difícil, imposible de sostener, y la indiferencia y apartamiento del combate más imposibles todavía.

La interpretación torcida de algunos pasajes en que Montaigne habla directamente o alude a estas luchas entre hermanos, hizo creer a algunos que quien tan de cerca las veía hubiere preferido permanecer a ellas indiferente. Otros hubieran querido ver en Montaigne un héroe, o que como tal se hubiera mostrado, sin considerar que el heroísmo guerrero y la filosofía se avinieron bien rara vez.   —XVIII→   Sainte-Beuve, que en su vida no dejó ninguna huella de ardor bélico, se burla finamente del miedo de Montaigne, y para probarlo cita textos cuidadosamente escogidos.

Échase de ver, sin embargo, en los Ensayos que Montaigne hubiera querido sustraer su rincón de la tempestad, pero se engañó en sus predicciones cuando supuso que por no encontrarse su castillo fortificado tampoco había de ser asaltado, bien que el razonamiento que para de ello convencerse empleara pudiera inducirle a la tranquilidad: «La defensa, dice, atrae el ataque, y la desconfianza la ofensa. Yo debilité las intenciones de los soldados apartando de su empresa el riesgo de todo asomo de gloria militar, lo cual les sirve siempre de pretexto y excusa: aquello que se realiza valientemente se considera siempre como honroso cuando la justicia es muerta. Hágoles la conquista de mi casa cobarde y traidora; no está cerrada para nadie que a sus puertas llama, tiene por toda guarda un portero, conforme a la ceremonia y usanza antiguas, y cuyo cometido es menos el de prohibir la entrada que el de franquearla con amabilidad y buena gracia. Ni tengo más guarda ni centinela que la que los astros me procuran.»12

Y más adelante añade: «A la verdad, y no temo confesarlo, yo encendería fácilmente una candela a san Miguel y otra al diablo, siguiendo el designio de la vieja; seguiré al buen partido hasta la metralla, mas exclusivamente si así lo puedo: que Montaigne se abisme con la ruina pública, mas si de ello no hay necesidad ineludible, agradeceré a la fortuna que se salve, y cuanto mi deber me lo consiente empléolo en su conservación.»13

  —XIX→  

Quien así se expresa «no es un escéptico, ni menos un héroe».14 Montaigne vio con resignación su hogar saqueado y su tranquilidad ausente con resignación también, sin sublevarse ni exaltarse, lo mismo que soportó todas las desdichas de la vida. Lo que entre otras cosas le apartó de ser caudillo, aunque realmente de otro modo tampoco acaso lo hubiera sido, fue la escasa fe que lo inspiraban sus adversarios, los que en provecho de la ventaja personal enarbolaban el estandarte de las cosas santas, aquellos a quienes en la lucha no guiaba el amor a su religión ni a su rey: «¿Cuántos, si los contáramos, encontraríamos entre los buenos? se pregunta. -Apenas el número suficiente para formar una compañía cabal de gente armada.»

Como hombre de su tiempo, se coloca abiertamente del lado del catolicismo y del monarca. Pero no por ello deja de tributar plena justicia a los talentos y virtudes de sus adversarios. Así en La Noue alaba la constante bondad, la dulzura de sus costumbres y la benignidad de su conciencia15; en Enrique de Navarra, la actividad y la bravura; en Teodoro de Bèze reconoce uno de los más grandes poetas de su tiempo, aunque semejante opinión escandalice al clérigo encargado en Roma de juzgar la doctrina de los Ensayos, llegando a ensalzar hasta los pamphlets de los hugonotes, «que proceden a veces de buenas manos, y   —XX→   que es gran lástima no ver ocupadas en mejor empleo».

Recogido en la biblioteca de su casa solariega, Montaigne empleose como siempre en sus meditaciones y lecturas. En esta época empezó el tercer libro de los Ensayos, más aleccionado todavía que en las precedentes por las enseñanzas de la existencia, y lo acabó de mediados de 1585 a los comienzos de 1588, haciendo además notables adiciones a los dos primeros libros y correcciones ligeras o casi insignificantes al texto ya existente.

Sus últimos años transcurrieron así, modificando constantemente sus escritos, más bien adicionando que suprimiendo; permitiéndose con el lector libertades mayores, en el tercer libro sobre todo, a lo cual le convidaba «la liberalidad de los años» y «el favor del público» ya ganado, que le empujaron a ser menos tímido y «más arrojado», aunque en realidad nada había detenido nunca su pluma, a lo menos en lo tocante a la expresión de las ideas generales.

Montaigne murió cristianamente, en el año 1592, el día 13 de septiembre, en su castillo, cumplidos los cincuenta y nueve de su edad. Esteban Pasquier, que había sido su amigo, refiere así su fin, aunque de él no fue testigo ocular: «Acabaron sus horas en su casa de Montaigne, donde se le arraigó una inflamación en la garganta de gravedad tan grande que permaneció tres días enteros sin poder hablar. Por lo cual se veía obligado a recurrir a su pluma para expresar sus voluntades; y como sintiera su fin acercarse, rogó a su mujer por medio de un corto escrito, que llamara a algunos gentilhombres, sus vecinos, a fin de despedirse de ellos. Presentes que fueron, ordenaron decir la   —XXI→   misa en la cámara, y como el sacerdote llegara a la elevación del Corpus Domini, este pobre hidalgo se lanzó lo menos mal que pudo sobre su lecho, como a cuerpo perdido, con las manos juntas, y hallándose en este último acto de fe rindió a Dios su espíritu, que fue un hermoso espejo del interior de su alma. Dejó dos hijas: una que nació de su matrimonio, heredera de todos y de cada uno de sus bienes, que está casada en buena casa; la otra, su hija adoptiva, fue la heredera de sus estudios... Ésta es la señorita de Jars16, que pertenece a muchas grandes y nobles familias de París, la cual no se propuso jamás tener otro marido que su honor, enriquecido con la lectura de los buenos libros, y sobre todos los otros la de los Ensayos del señor de Montaigne.»17

A la derecha del vestíbulo de la Universidad de Burdeos, se ve hoy su sepulcro. Es un monumento de piedra del más puro Renacimiento, con inscripciones de mármol: tendida sobre la tumba está la estatua de Montaigne, ceñido con su cota de malla, la cabeza junto al casco guerrero, los brazales a un lado y un libro a sus pies. Sobre la tumba hay grabadas dos inscripciones, griega la una y latina la otra. La primera es más altisonante que la segunda, cuya traducción es la siguiente:

A Miguel de Montaigne, perigordano, hijo de Pedro, nieto de Grimond Remond, Caballero de la orden de San Miguel, ciudadano romano18, exalcalde de Burdeos.   —XXII→   Hombre nacido para gloria de la naturaleza, cuya dulzura de costumbres, fineza de espíritu, facilidad, de elocución y puntualidad en el juzgar fueron consideradas como por cima de la humana condición; que tuvo por amigos a los soberanos más ilustres, a los más grandes señores de Francia, y hasta a los caudillos del partido extraviado, aunque él fuera de condición mediana; religioso observador de las leyes y de la religión de sus mayores, a las cuales jamás infirió la más leve ofensa; que gozó del favor popular, sin adulación ni injuria, de suerte que, habiendo hecho siempre propósito en sus discursos de una cordura fortificada contra los ataques del dolor, después de haber a las puertas de la muerte luchado con esfuerzo contra los ataques enemigos de una enfermedad implacable, nivelando, en fin, sus escritos con sus acciones, hizo con la gracia de Dios una hermosa pausa a una hermosa existencia. Vivió cincuenta y nueve años, siete meses y once días, y murió el 13 de septiembre del año 1592 de nuestra salvación.

Francisca de Lachassaigne, llorando la pérdida de este esposo fiel y constantemente amado, le erigió este monumento, prenda de su dolor.19



Bien que sea discutible el que sus acciones fueran siempre de par con sus escritos en todos los respectos, Montaigne, como san Agustín, pensaba que las pompas funerales «servían menos para tranquilidad de los muertos que para el consuelo de los vivos».20

Tampoco de la historia merecieron el dictado de grandes todos los monarcas, bajo cuyos reinados vivió el autor de los Ensayos21. Sólo a dos puede aplicárseles, a Francisco I y a Enrique IV, y eso que al primero le pesó demasiado la corona;   —XXIII→   pero es cosa sabida que aquel epíteto a nadie se escatimó nunca menos que a los soberanos, y menos que en lugar alguno en sepulcros o inscripciones.




- II -

Como en literatura es más frecuente y menos costoso proveerse de juicios ajenos que formarlos propios con la lectura de los autores de quienes se habla, vemos que las mismas ideas y los mismos pareceres se repiten sobre un escritor con monotonía desesperante, aunque a veces vayan diluidos con colores de frágil intensidad y en apariencia semejen nuevos. Esta mala costumbre de hablar de oídas, que no domina solamente en las gentes superficiales, perezosas de espíritu o de alcances cortos, es más generalmente seguida cuando se trata de los grandes espíritus de otras épocas, quienes parecen infundir cierto temor al formular juicio sobre ellos, tanto pesa sobre nosotros la aprobación de los siglos y la costumbre de verlos por otros grandes hombres ensalzados.

Así de Montaigne viénese de remotos tiempos, repitiendo la conocida frase de Pascal, que luego repitió La Bruyère y en que La Harpe y cien otros críticos posteriores se fundamentaron para decir que los Ensayos son del principio al fin una conversación con el lector, llegando a escribir algunos que el tono y el diapasón del hablar permanecen constantes, sin fijarse en que Montaigne diserta cuando le acomoda, perora, refiere anécdotas entresacadas de sus numerosas lecturas, que comprenden toda la antigüedad tal y como en su tiempo se comprendía, y se comprendía bien, y hasta se eleva a la elocuencia más suprema en el capítulo   —XXIV→   más famoso del libro II, en la Apología de Raimundo Sabunde.

Verdad es que pocos autores han escrito con naturalidad mayor y menos son todavía los que formularon verdades sobre el hombre y la sociedad con mayor sencillez ni con llaneza mayor. Por eso madame de Sevigné, que también escribió siempre sin asomo alguno de hinchazón, y por consiguiente tuvo cualidades sobradas para juzgar el espíritu de Montaigne, decía de el: «¡Cuán grande es su amabilidad y cuán exquisita su compañía! Es mi antiguo amigo, y a fuerza de serlo para mí es completamente nuevo. ¡Dios mío! ¡Cuán intenso es el buen sentido de que su libro está repleto!»

En la literatura francesa del siglo XVI y en toda la historia del espíritu francés descuellan los Ensayos como obra sin par y característica, de tal suerte que su autor ni tuvo antecesores ni tampoco descendientes; y puede asegurarse, además, que en el talento de Montaigne hay algo que se desvía del carácter general del espíritu de su nación, lo cual no es mucho aventurar recordando que Montaigne es un escritor aislado, y que en sus venas había sangre sajona22 y española. La gracia y el buen sentido desbordantes en la obra de Rabelais y en los espíritus de otro temple que le precedieron en nada son comparables al carácter de los Ensayos.

Pocos escritores hubo jamás colocados en condiciones más adecuadas para dotar al mundo de una obra original y genial. Educado no sólo intelectual sino físicamente por un padre cuyos cuidados solícitos Montaigne ha transcrito a la posteridad en el celebro capítulo de la Educación; lanzado casi en plena adolescencia en la carrera   —XXV→   del mundo y de los empleos públicos, que en toda época fueran más asequibles a la nobleza, y Montaigne era noble; frecuentador del trato de los reyes y de los grandes y por último viajero curioso, sólo se determinó a manejar la pluma cuando creyó conocer a los hombres, y los estudió para mejor conocerse y sondearse a sí mismo, haciendo a los treinta y nueve años propósito decidido de recogerse en su casa para poner por escrito las que el nombraba «sus fantasías».

Esta ocupación que nuestro autor llama secundaria, aun cuando al pie de la letra no debamos otorgarlo crédito, duró nueve años, con intermisiones largas y cortas, de 1571 a 1580. La primera edición de los Ensayos apareció, como queda dicho, en 1580, con escasas citas latinas y menos texto que la segunda de 1588, en que incluyó los tres libros tal y como hoy se leen. Modificando y aumentando sin cesar, y nunca omitiendo, Montaigne tuvo a la vista su obra casi hasta la hora de su muerte. Amor bien justificable a pesar del desdén que en algunos pasajes simula por sus escritos, y a pesar de que diga que escribió sólo para que los que en vida le conocieron mantuvieran más dilatado su recuerdo y más veraz.

Si examinarse es progresar, como escribe un crítico moderno, jamás en ninguna literatura hubo un espíritu comparable en progresos al de un hombre cuya vida no tuvo otro fin que el estudio de su propia alma; que no se inquiere de lo que le circunda sino para mejor profundizarse, y que hasta las afecciones y los goces, a que todos nos entregamos por instinto, los pesa, mide y tantea como un ingeniero cuando ejecuta el trazado de un plano, o como un químico cuando descompone un cuerpo. Envidiable facultad que pocos poseen y estos   —XXVI→   pocos menos aun tratan de perfeccionar ni de cultivar, y medio eficaz cual ninguno de ser en todo momento dueño de sus acciones, de gobernarlas y de gobernarse, y de alcanzar todo el supremo saber que al hombre es dado poseer. En vez de vivir la vida, la vida nos arrastra sin consentir que nos demos cuenta cabal de nuestros actos en medio de su torbellino voraginoso.

Tal no fue el caso de Montaigne, quien sin embargo vivió en una época de guerras sangrientas, en que todos los espíritus andaban alborotados y locos23, lo cual hace más admirable y más singular su espíritu, habiendo contribuido por otra parte a que se lo haya aplicado el dictado de egoísta. Un hombre así, en quien por añadidura se juntaba una dosis no pequeña de duda e indecisión permanentes, debía ser poco apto y menos inclinado al ejercicio de los públicos empleos, que jamás codició; y que sólo a viva fuerza aceptó por no desobedecer a su rey, a quien seguía sólo por aceptar lo establecido, como viviera en la convicción de que esto es lo menos malo y que aquello con que se lo sustituye empeora lo que antes había.

El autor de las Cartas persas califica de poeta a Montaigne24; éste no hubiera gustado gran cosa del dictado, aunque bien lo merece si con él Montesquieu quiso significar la plasticidad con que exterioriza hasta lo más recóndito de su alma, las imágenes que sin intervalo se suceden en su prosa, sea cual fuere el asunto de que hable (la amistad,   —XXVII→   la gloria, la muerte), sugeridas por todos los objetos del mundo material, que sin retroceder ante ninguna, se amontonan y avasallan en los Ensayos. Todo lo cual hace que Montaigne hable de las ideas cual si fueran objetos que se tocan y se ven, merced a la ejercitación en todos sentidos que de su estilo había practicado, como escribe Villemain25.

Amamantado desde niño en los escritos de la antigüedad, familiarizado con la lengua latina antes que con la propia, hasta el extremo de ser adversario temible de los humanistas más afamados, quienes temían conversar con él en esa lengua, en su libro se encuentra la quinta esencia del saber de griegos y romanos, viviente y metamorfoseado, acomodado al hombre de todas las épocas y de todos los tiempos, fiel retrato y reflejo palpitante de las humanas fortalezas y flaquezas. Los adversarios de Montaigne en el siglo XVII, que para rebajar su mérito dijeron que sin los antiguos nada quedaba que valiera la pena en los Ensayos, no pudieron imaginar herejía mayor. Invítese al hombre más conocedor de la antigüedad clásica a que escriba el capítulo más endeble de los Ensayos, al hombre mejor provisto y amueblado de todo el saber de las civilizaciones griega y romana, y de seguro que no alcanzará de cerca ni de le os a imaginar nada comparable.

Sin duda que Séneca y Plutarco26, los autores que con mayor asiduidad se ven citados por Montaigne, son los que más honda huella ejercieron   —XXVIII→   en su espíritu; así lo declara él mismo en el capítulo de La Educación, y más que ningunos otros aparecen comentados en sus páginas. Del griego se confiesa ignorante y declara que no gusta leerlo porque no lo comprende sino a medias; por eso se sirve de la traducción de Amyot, que fue como clásica y aun como obra original considerada en Francia, a lo que sin dada contribuyó Montaigne con su maravillosa pluma, consagrándola muchos elogios en los Ensayos27.

Montaigne detestaba el pedantismo, del cual sin duda tuvo ocasión de conocer ejemplares vivientes en la sociedad de su tiempo; las páginas que le consagra, trazando de él un paralelo con la verdadera filosofía, son de la mayor eficacia para apartar a todo espíritu de ese mal contaminoso, dolencia de todas las épocas. Los iracundos filósofos de Port-Royal le colgaron también ese mote odioso, a nadie peor aplicado sin duda, por el cúmulo de citas en que su obra abunda, sin tener en cuenta que era costumbre de la época el que todo autor apoyara sus dichos con sentencias antiguas. Además hay muchas maneras de citar, y la que más se aleja de lo pedantesco es la en Montaigne habitual, el cual corrobora y afianza sus personales experiencias con versos de Homero y de Virgilio, o con frases de Tácito y Julio César, para realzarlas e imprimirlas en la mente del lector sin pretender aparecer erudito ni docto, sino penetrando todo el alcance de lo que siente y analiza.

Entre tantos libros vigorosos como el siglo XVI produjo en Francia ninguno hay tan vivo y constantemente moderno como los Ensayos. Sin el   —XXIX→   lenguaje que ha envejecido a trechos28, creeríase leer a un gran escritor de nuestros días, de los más profundos y relevantes. Todas las ideas que constantemente preocupan a las sociedades en general y al hombre en particular, Montaigne las anatomiza y las vivifica, mostrándolas unas veces con lapidaria concisión, dibujándolas otras, juzgando lo permanente en el hombre de otras épocas y en el de la suya, protestando con tonos amargos contra la corrupción de su tiempo29 (lo cual nos le muestra menos egoísta de lo que él mismo se creía), admirando cuanto de grande nos transmitió la cultura antigua, penetrando en fin hasta los menores resquicios de las conciencias más famosas con mirada certera y clarividente.

Los que en presencia de las ideas modernas   —XXX→   juzgan sus ideas encuentran en él graves reparos, como las censuras que propina a las que en su tiempo movidos por deseos honrados trataban de cambiar el orden de cosas establecido; su amistad con príncipes y caudillos poco humanos y enemigos del pueblo, y el egoísmo que ven del principio al fin de su obra, el cual en realidad es más aparente que real, pues aun cuando fuera, según se nos muestra, casi incapaz de sacrificios, la bondad de su alma se ve y se toca en muchas elocuentes páginas en que condena los tormentos30 no abusa de su poder de gran señor contra los humildes, enaltece el amor filial, como enemigo del rigor con las criaturas, predica la afección para con los animales y hasta para con las plantas31.

«Espíritu ondeante y diverso», su pluma traduce en audaces imágenes cuantas ideas cruzan por su mente sin cuidarse poco ni mucho de lo que prometiera en el título del capítulo que escribe, prescindiendo espontáneamente unas veces y de intento otros de todo orden pedagógico y didáctico, y llevando al lector de sorpresa en sorpresa. Por eso dijo Guez de Balzac de los Ensayos que su autor, bien que supiera lo que decía, no sabía a punto   —XXXI→   fijo lo que iba a decir. Juicio, aunque exacto a veces, sólo a medias razonable.

Aun después de leídos y estudiados los escritos de los filósofos antiguos sobre el amor, la amistad, la gloria, el heroísmo, la tristeza, la muerte y en general cuantas pasiones al hombre avasallan, encuéntrase en Montaigne la novedad y la frescura con que sabe revestirlas, pues bien que conociera cuanto los demás antes de su época habían ya dicho, como habla de las cosas según el influjo que producen en su espíritu, sin que nada le intimide para consignar hasta lo monstruoso a juicio de los demás y aun al suyo propio, necesariamente nos presenta siempre algo nuevo, por antiguo que sea el tema elegido.

En el capítulo De la Amistad, Montaigne transpone las alturas a que tocaron Cicerón y Aristóteles, y glorifica la que a Laboëtie profesó, el cual le debe mucha parte de su gloria literaria. Sólo un espíritu generoso pudo concebir, sentir e idear tal alteza en el amor al amigo y colocarlo por cima de cuantos otros sentimientos el hombre es capaz de engendrar y alimentar, incluso el de la atracción de los sexos.

Únicamente las ideas que, penetrando en la mente, en ella sufran luego una estación laboriosa y dilatada, nos pertenecen por entero. Así recomendaba Montaigne a los maestros que educaran a sus discípulos, y así son cuantas lecciones en los Ensayos se encierran. Enemigo de ese otro saber que sólo de los labios surge y que forma el caudal único de los pedantes, saber inútil que a nada puede aplicarse, ni a la vida colectiva ni a la individual, Montaigne lo considera como moneda inútil y dañosa, que pasa de mano en mano, produciendo en el espíritu, que no ejercita, hábitos de desidia   —XXXII→   y de embrutecimiento, y lo mismo a quienes se lo suministra.

Montaigne expone un sistema casi completo de educación, o por mejor decir, las grandes líneas de conducta a que debe someterse a un joven de la nobleza, recriminando los principios opuestos a la naturaleza que en su época estaban en boga y que sólo a formar pedantes servían, extrayendo la esencia de las máximas más luminosas de la filosofía, inculcando la dulzura en los maestros y hablando largamente de los medios que con él se practicaron para educarle. Menos amplio que el de Rabelais en sus planes, al cual informa el espíritu exagerado de una obra en que todo se aumenta y centuplica, el de Montaigne es más práctico, olvidándose sólo de los principios religiosos que Rabelais señala, bien que nuestro filósofo diga «que hablará nada más que de lo que entiende», lo cual justifica algún tanto el olvido.

Ningún pedagogo ha dejado de inspirarse en los principios que Montaigne expuso, tan sólidos y fundamentales son todos ellos. El capítulo II del Emilio, en que Rousseau trata de la educación de su héroe, no es más que la aplicación de lo que Montaigne había expuesto dos siglos antes32. Para éste es la vida la ciencia suprema por cima de la cual ninguna sobresale; quiere que desde los comienzos vayan a ella encaminados los principios del maestro y se revela contra la costumbre perniciosa de embutir conocimientos vanos33, con lo   —XXXIII→   cual resulta que «se nos enseña a vivir cuando la vida ya pasó». Quiere que su discípulo sea fuerte de ánimo y de cuerpo; que su resistencia se ponga a prueba ante el frío y el calor, y ante el vicio y la virtud; que ésta la practique como tal y no deje de cometer aquél por flojedad y menos porque lo desconozca. Es esta, sin duda, una disciplina a que no todas las naturalezas puedan someterse y que excluye a las endebles. Mas es lo cierto que según ella se ponen en juego todas las fuerzas del hombre para colocarle en disposición de emprender el penoso viaje de la existencia, que no es llano ni está sembrado de flores, como Jenofonte recomendaba a los jinetes el marchar por las sendas más escabrosas y quebradas.

Reniega de la violencia en el enseñar y recomienda la dulzura como la más excelente consejera del maestro sin que por ello pueda de blando calificarse su sistema, sino más bien de humano y excelente. Sus doctrinas se dirigen a un joven noble, pero todas son aplicables a los plebeyos, pues la aristocracia de los espíritus ha existido siempre sin la del linaje, y quiere que se considere a los hijos no conforme a los merecimientos de sus padres, sino con arreglo a los suyos propios, principio en que resplandece la justicia, ajena a toda suerte de privilegios.

El estudio de las lenguas, los viajes, la manera de hacerlos y el tiempo en que deben practicarse; cómo el discípulo puede sin tensión de espíritu sacar provecho de cuanto le circunda; de qué   —XXXIV→   modo el maestro ha de estudiar las cualidades del mismo para deducir de ellas la pedagogía a cada uno aplicable, todo se encuentra tratado en ese capítulo por modo amplio y luminoso, en estilo amable, regocijado y consistente. El discípulo posee en su propio espíritu, merced a una dirección hábil, recursos bastantes para descubrir las relaciones de los objetos y las lecciones de las lecturas34, dejando amplio lugar a su discernimiento sin consentir que la memoria lo atropelle ni lo atrofie, como generalmente acontece, lo cual da lugar a que la razón se estanque o se abastarde debiendo ser lo primero que tenía que ejercitarse y cultivarse.

Montaigne comprendió que el estudio del latín y el del griego son dos hermosos ornamentos, pero que «nos cuestan demasiado caros», y explica el medio que con él se empleó para que sin gran esfuerzo concluyera por saber el primero desde la edad de seis años. Después de todo es la manera más práctica de afrontar esta parte difícil de la educación, que muchos quieren ahora suprimir para alivio de los «pálidos y hueros bachilleres» como irrespetuosamente dijo no ha mucho un adversario de esta enseñanza, que quizás exageradamente la considera como innecesaria y perjudicial para la vida moderna.

Este capítulo forma el complemento del anterior, en que Montaigne reniega elocuentemente, del pedantismo   —XXXV→   y de los pedantes: la ciencia debe ser amable y grata, las palabras con que se exprese llanas y desprovistas de todo aparato, mejores cuanto más vulgares: «¡Pluguiera a Dios, dice, que a mí me bastaran las que se emplean en los mercados de París!» «La elocuencia que aparta nuestra atención de las cosas, las perjudica y las daña.» «Aristófanes el gramático reprendía desacertadamente en Epicuro la sencillez de las palabras.» «Sócrates se colocaba al nivel de su escolar para mayor provecho, facilidad y sencillez de su doctrina.» «Las máximas de la filosofía alegran y regocijan a los que de ellas tratan, muy lejos de ponerlos graves ni de contristarlos.»

Entre todos los pedagogos y reformistas del siglo XVI (ninguna de estas palabras fueron nunca de su agrado), es Montaigne quien dejó sentadas reglas más fundamentales, duraderas y humanas. Y eso que la calidad de aquéllos no puede ser más eximia. Erasmo, Sadolet, Rabelais, Lutero, nuestro Luis Vives, Ramus, Charron y Saliat encaminaron sus esfuerzos al mejoramiento de la educación de los jóvenes, la cual encontraron en un estado lamentable, esterilizada y agostada por la más ruin y rutinaria de las escolásticas.

Montaigne quiso que lo que se estudiaba se aprendiera fácilmente, y que luego de sabido sirviera para algo; detestaba la ciencia inútil como Rabelais fustigaba la ciencia sin conciencia: «Las abejas, dice, extraen el jugo de diversas flores y luego elaboran la miel, que es producto suyo, y no tomillo ni mejorana; así las nociones tomadas a otro, las transformará y modificará nuestro discípulo para con ellas ejecutar una obra que le pertenezca, edificando de este modo su saber y su discernimiento. Todo el estudio y todo el trabajo   —XXXVI→   del maestro para con el discípulo no deben ir encaminados a distinta mira que a la formación de éste.»

El comercio de los hombres considéralo «como medio maravillosamente adecuado al desarrollo del entendimiento, como igualmente la visita de países extranjeros, y no para aprender en ellos cosas baladíes, sino para frotar y limar nuestro cerebro con el de los demás: para conocer el espíritu y las costumbres de los países que se recorren».

«Preguntado Sócrates por su patria, no respondió soy de Atenas, sino soy del mundo.»

«El universo entero, añade, es el espejo en que para conocernos fielmente debemos contemplar nuestra imagen, para no imitar al cura de un lugar, quien cuando las viñas allí se helaban aseguraba que la causa del mal era un 'castigo del cielo' que el Señor enviaba al número humano, y creía que la sed ahogaba ya hasta a los caníbales.»

Los que en Montaigne ven un egoísta bien acomodado con las ideas todas de su tiempo, contra las cuales no se rebeló por no trastornar su tranquilidad magnífica, harán bien en meditar este capítulo de la Educación que vale tanto como los iracundos escritos de los protestantes de su época, y fue y es hoy todavía, y seguirá siéndolo, de consecuencias más fecundas, provechosas y pacíficas. Su filosofía concuerda de todo en todo con los principios de santo Tomás, según el cual «la vida de un ser es tanto más perfecta cuanto con mayor plenitud es capaz de obrar sobre sí mismo».

Como crítico literario y humanista, las opiniones de Montaigne en el capítulo De los Libros y en muchos pasajes de los Ensayos, son hoy de igual valor   —XXXVII→   que el día en que se escribieron. Lo mismo los poetas e historiadores latinos, que los cronistas, historiadores y poetas de su época o próximos a ella, están juzgados con el criterio más amplio y el gusto más consumado. Las bellezas de Ronsard que Boileau menospreciaba, como menospreció el siglo siguiente, Montaigne supo apreciarlas en lo que valían, y los críticos de espíritu más abierto han llegado a las conclusiones a que Montaigne llegó después de tres siglos transcurridos.

Teodoro Mommsen no censuró con penetración mayor a Cicerón en su Historia de Roma cuando le llama de una manera algo indelicada estilista de profesión, autor de emplastos, naturaleza de periodista, en el sentido más detestable de la expresión, charlatán de marca y pobre de ideas, que Montaigne cuando escribe sobre el orador romano, a quien como tal admiraba, sin desviarse de los tonos corteses propios del gentil hombre y haciendo ver en qué fundamentó su idea:

Su manera de escribir me parece pesada, lo mismo que cualquiera otra que se la asemeje: sus prefacios, definiciones, divisiones y etimologías consumen la mayor parte de su obra, y la médula, lo que hay de vivo y provechoso, queda ahogado por aprestos tan dilatados... Para mí, que no trato de aumentar mi elocuencia ni mi saber, tales procedimientos lógicos y aristotélicos son inadecuados; yo quiero que se entre desde luego en materia, sin rodeos ni circunloquios... Lo que yo busco son razones firmes y sólidas que me enseñen desde luego a sostener mi fortaleza, no sutilezas gramaticales; la ingeniosa contextura de palabras y argumentaciones para nada me sirve. Quiero razonamientos que descarguen desde luego sobre lo más difícil de la duda; los de Cicerón languidecen alrededor del asunto: son útiles para la discusión, el foro o el púlpito, donde nos queda el tiempo necesario para dormitar y dar un cuarto de hora después   —XXXVIII→   de comenzada la oración con el hilo del discurso. Así se habla a los jueces, cuya voluntad quiere ganarse con razón o sin ella, a los niños y al vulgo, ante quienes todo debe explanarse con objeto de ver lo que produce mayor efecto35.



Entre todos los autores Montaigne coloca en el lugar más meritorio a los historiadores y a los filósofos, y de entrambos, prefiere a los primeros, «que son su fuerte por ser gratos y de lectura fácil, y por encontrarse en ellos la pintura del hombre cuyo conocimiento busca siempre». Prefiere los sencillos a los maestros en el arte, «como Froissard, que compuso la historia sin adornos ni formas rebuscadas, de suerte que en sus Crónicas cada cual puede sacar tanto provecho como entendimiento tenga». Los maestros en el género «tienen la habilidad de escoger lo que es digno da ser sabido; aciertan al elegir entre dos relaciones o testigos el más verosímil; de la condición y temperamento de los príncipes deducen máximas atribuyéndoles palabras adecuadas, y proceden acertadamente al escribir con autoridad y al acomodar nuestras ideas a las suyas, todo lo cual, la verdad sea dicha, está al alcance de bien pocos. Los historiadores medianos que son los más abundantes, todo lo estropean y malbaratan».

No gusta de los «ditirambos petrarquistas y españoles». Entre los autores de mero entrenimiento prefiere a Boccaccio, El Heptameron y Rabelais; el buen Ovidio y Ariosto36 placiéronle en los primeros años. Los Amadises, aun siendo niño, le enojaron. Los poetas latinos gustolos por este   —XXXIX→   orden: Marcial, Manilio, Horacio y Virgilio. Las Geórgicas y el libro V de la Eneida son para él la obra maestra del último; en el capítulo De los hombres más relevantes37 hace de Homero un elogio tan hermoso que acaso no haya sido nunca superado; lee a César con reverencia y respeto mayores de los que generalmente se experimentan en las obras humanas38, e hizo el conocimiento de Tácito ya en la edad madura y lo «leyó de un tirón».39

Al combatir, sentar o juzgar el escepticismo de Montaigne, que no lo es sino a medias, -Sainte Beuve dijo que había imaginado un estudio sobre, su Dogmatismo, -generalmente se han empleado razones inadmisibles. Montaigne no es un escéptico, puesto que alberga creencias arraigadas hasta sobre las cosas en que más difícil es llegar a   —XL→   tenerlas. Niega sólo la omnipotencia de la razón humana, y sostiene que ésta tiene un límite, traspuesto el cual no puede ya andar un paso sin dar en tierra, en todo lo cual nadie habrá jamás que con razones valederas y definitivas pueda contradecirle. Montaigne no cree en las consecuencias a que el ejercicio de la razón nos lleva, «puesto que a cada razonamiento puede oponerse otro contrario de igual solidez que el refutado» y entiende como los que con Molière en el siglo XVII y en tiempos posteriores pensaban que en casi todas nuestras discusiones, como en casi todos nuestros sistemas, «el razonamiento aniquiló la razón».40

Porque Montaigne tuviera de nuestro valer una idea pobre y raquítica, no era pesimista, o al menos bien hallado se encontraba con la existencia, que creía digna de ser conservada, vivida y dilatada. En los destinos futuros del hombre y de la humanidad sobre la tierra no pensó gran cosa, porque menos que de todo alardeaba de profeta a plazos breves o cortos, como después estuvo en moda. Menos que nadie creyó que la humanidad no saliera nunca del estado en que la encontró en su época en punto a gobierno y costumbres, aun cuando algunos escritores, que quisieran verlo demócrata, protestante y hasta socialista, así lo creyeran, y le repongan «resueltamente con la opulenta filosofía moderna en la mano y su infinita variedad de tonos y de acentos, que el hombre irá mejorándose y desarrollándose, tendiendo sucesivamente a la perfección».41

Para combatir el orgullo de la razón humana, en la Apología llega Montaigne a sobreponer en   —XLI→   superioridad el instinto do los animales a la inteligencia del hombre. Tal y como el razonamiento está llevado, es irrefutable, mas no hay que deducir de, él ni creer infundadamente que Montaigne nos creyera inferiores o más torpes que los gorriones, las hormigas, las hurracas, los monos, los perros y los elefantes, de quienes enaltece las certezas aplicaciones del instinto para la vida. Analizando así, de una manera fragmentaria, por los principios esparcidos aquí y allá en los Ensayos, perdiendo de vista el conjunto, demostraríase fácilmente que Montaigne dijo y probó los mayores absurdos, cuando en realidad se eleva en todas las cosas sobre que discurre, y más todavía sobre las más elevadas, al pináculo de la sensatez más lúcida.




- III -

Ésta es la vez primera que los Ensayos salen a luz en castellano42:

En su traducción he puesto toda la buena voluntad   —XLII→   y atención de que es digno un autor de tal magnitud, y muy satisfecho me consideraré si   —XLIII→   acerté a reflejar fielmente en nuestra lengua las movibles ideas de un espíritu tan profundo y escrutador.   —XLIV→   Interpretar y exteriorizar en otra lengua la viveza y el tono de un gran prosista; trasladar   —XLV→   a ella, en el caso presente, todas las imágenes de que el libro de Montaigne está sembrado,   —XLVI→   es cosa casi imposible. Para conseguirlo sería necesario sentir y pensar con la misma intensidad   —XLVII→   que el autor que se interpreta, cosa de que ningún traductor podrá jamás vanagloriarse43.

Por lo que toca a la fidelidad, aquí se encontrará puntualmente transcrito en castellano el texto íntegro de la edición más completa de los Ensayos, que es la publicada por J.-V. Leclerc en 1896, de que se habla en la advertencia que se leerá más adelante. La moda de las versiones elegantes, pero liberticidas, en que el traductor aderezaba a su albedrío al autor que caía en sus manos, pasó hace tiempo felizmente. Tanto como   —XLVIII→   el decoro del castellano lo consiente, he seguido, sin desviarme la letra del texto a veces me he permitido forjar alguna palabra quizás no muy legítima, y muchas otras imprimir al estilo ciertos aires de arcaísmo que a mi entender no sientan mal en la versión de una obra   —XLIX→   del siglo XVI, aunque no por ello crea con algunos eruditos que nuestra manera actual de escribir el castellano, hablo de la buena, sea insuficiente para reflejar el espíritu de un autor por lejano que de nuestra época se encuentre. Todo depende de hallarse bien impregnado de él y de buscar a toda costa, una y cien veces, la expresión y el giro que aproximada o puntualmente puedan reflejarlo.

En este punto de la exactitud, mi respeto ha rayado en la superstición. Montaigne escribió que maldeciría desde su tumba a los que torcieran o adulteraran sus ideas por torpeza o mala fe, a sabiendas o por defecto de comprensión. Amaba mucho su libro, que fue su vida entera, y sus «fantasías», que pacientemente y con paternal cariño elaboró. Por eso no he retrocedido ante ningún concepto, expresión, ni punto de vista, por arriesgados, peligrosos, heterodoxos o libertinos (que de todo hay en los Ensayos), con que haya tropezado; más bien me hubiera considerado culpable de haber suprimido o modificado la expresión más mínima, por el respeto que todos debemos a los grandes hombres que nos legaron el espíritu de su época, y en este caso, además, por el sagrado obedecer que impone la voluntad de una memoria eximia.

La fortuna literaria de los Ensayos ha ido creciendo con el transcurso del tiempo44. El francés del siglo XVI, algo diferente del actual en la construcción gramatical y en el vocabulario, es causa de que Montaigne sea hoy más citado que, leído. Esta desemejanza del idioma sube de punto aquí porque en aquel entonces el habla francesa no se había fijado todavía, y además porque los escritores de genio se permiten con razón libertades mayores con el lenguaje de su época que los de iniciativa y talento secundarios.

Y es verdadera lástima que no sea más estudiado, pues aparte de que su lectura es insustituible, como caso único en las letras francesas, veríase que La Rochefoucault, Pascal, Molière, La Bruyère, Fenelon, Bossuet y Vauvenargues en muchos pasajes de sus obras se inspiraron de cerca en él. Una parle del talento de Pascal45, sin duda la más fundamental y duradera, tuvo su origen indudable en la Apología de Raimundo Sabunde46. El autor de las Provinciales transcribía al componer, quizás sin darse cuenta de ello, las ideas mismas de Montaigne formuladas en idénticas palabras, de lo cual pueden verse muchos ejemplos leyendo despacio ambos libros47. El moralista Charron, autor   —L→   del libro De la Sagesse, que en su época fue llamado divino sin causa justificada, calca los Ensayos del principio al fin en esa obra, despojándolos de paso de toda su originalidad y frescura.

Malebranche y los solitarios de Port-Royal en el siglo XVII se mostraron contra Montaigne injustos e iracundos48, porque, como decía Pascal, «la piedad cristiana aniquila el yo humano, y la civilidad lo esconde y lo suprime». «Sin embargo, escribe Saint-Evremond, esos autores le leyeron, y constantemente seguirá leyéndose: el hablar abierta y francamente de sí mismo no es quizá defecto mayor que el hacer propósito deliberado de no hablar nunca, ni siquiera cuando a ello obliga el asunto de que se trata, o la manera cómo se trata.»49

Muchos escritores se han esforzado en aclarar y explicar el texto de los Ensayos. Entre éstos merece Coste50 un lugar de los más honoríficos, y   —LI→   sin exageración puede asegurarse que sobre sus huellas han caminado todos los que lo siguieron en la tarea, apropiándose muchas veces sus interpretaciones sin citar su nombre. Leclerc consigna en el prólogo citado el reconocimiento que le deben todos los amantes y admiradores de Montaigne.

Como se verá, en esta traducción las notas son contadas. Yo creo que el texto no tenía necesidad de mayor número para ser exactamente comprendido, y que las personas que habrán de leer a Montaigne en castellano tampoco habían menester de más. Cualquier libro o diccionario de los muchos existentes sobre Antigüedades griegas y romanas me hubiera suministrado buena cosecha de ellas, o bien el popular Viaje del joven Anacarsis simplemente. Todas las he considerado como inútiles, o por lo menos como innecesarias.

Otra clase de apostillas reciben todavía crédito de los traductores de obras clásicas: las advertencias admirativas y encomiásticas en que se anuncia al lector cómo, cuándo y dónde deben ir derechos su entusiasmo o aprobación. Estas advertencias son aun más inútiles que las otras y más insoportables también; cada uno ensalza y se huelga con lo que puede y comprende sin necesidad de que nadie se lo advierte de antemano.

Los Comentarios históricos y críticos sobre los Ensayos51, del abogado Servan, de los cuales Leclerc sacó algunas notas para su edición, y cuyo fin principales explicarlo que no necesita explicación o aclarar lo que no es oscuro, y también poner las cosas en su lugar cuando estaban ya en el que mejor las pertenecía, intentando rectificar algunas   —LII→   ideas con argumentos poco satisfactorios y menos aún convincentes, se recomiendan sólo por la buena fe que su autor puso al escribirlos. Igual juicio deben merecer los editores que dan a luz los Ensayos interpretando la doctrina de ellos desde el punto de vista católico o protestante, librepensador o ateo, como hizo Naigeon, el amigo de Diderot, o el mono, según otros lo nombraban, a principios del siglo actual; bien que a éstos últimos no siempre acompañe toda la buena fe que debe, presidir en un libro cuyo preliminar hace de ella profesión expresa.

Algunos escritores que estudiaron a Montaigne ligeramente, se entretuvieron en encontrar en él contradicciones, tarea harto fácil puesto que las suministra copiosas, francas y abiertas, pero siempre en armonía con su espíritu y su manera de analizarse y de analizar a los demás. Por eso escribió, y no una sino muchas veces y en diferentes lugares su libro: «Todas las ideas más contradictorias se encuentran en mi alma en algún modo, conforme a las circunstancias y a las cosas que la impresionan: vergonzoso, insolente; casto, lujurioso; hablador, taciturno; ingenioso, torpe; malhumorado, de buen talante; mentiroso, veraz; sabio, ignorante; liberal, avaro y pródigo: todas estas cualidades, las veo en mí sucesivamente, según la dirección a que me inclino. Quien se estudie atentamente encontrará en su juicio igual volubilidad y discordancia. Yo no puedo formular ninguno sobre mí que sea concluyente, sencillo y sólido, sin confusión y sin mezcla: Distingo es el término más universal de mi lógica.»52

Y en otra parte53: «Nunca hubo dos hombres   —LIII→   que juzgaran de igual modo de la misma cosa; y es, imposible ver dos opiniones idénticamente iguales, no solamente en distintos hombres, sino en un mismo hombre a distintas horas.»

Recientemente hubo un hombre en Francia cuya vida toda fue casi exclusivamente a Montaigne y a sus obras consagrada, el doctor Payen. Su nombre debe figurar junto con el de Coste para todos los admiradores de los Ensayos. El doctor Payen se propuso dar a luz una edición definitiva de todos los escritos del filósofo, y murió sin ver sus deseos realizados. El catálogo de sus colecciones, publicado en 1877 por el bibliotecario M. Gabriel Richou54, comprende la serie completa de todas las colecciones de Montaine, en junto 413 números, de los cuales 136 son impresiones diferentes de los Ensayos; una colección de las traducciones de Montaigne en alemán, inglés, holandés o italiano; otra de treinta y siete obras que pertenecieron a Montaigne, casi todas por el firmadas y algunas anotadas55; escritos de parientes, amigos y contemporáneos de Montaigne; obras manuscritas o impresas del doctor Payen relativas a Montaigne; una serie de obras que se refieren especial o inciden talmente a Montaigne, a sus parientes o a sus amigos, la cual comprende multitud de artículos de periódicos y   —LIV→   revistas, hoy difíciles de abordar en las publicaciones donde salieron; un glosario manuscrito de Montaigne y muchas cartas particulares dirigidas al doctor Payen, relativas a él. Esta preciosa colección se guarda hoy en la Biblioteca Nacional de París.

Sainte-Beuve, aparte de las nimiedades citadas, es el escritor moderno que con mayor profundidad, originalidad y discernimiento filosófico ha estudiado y comprendido el genio de Montaigne en su Historia de Port-Royal56y en las Causeries du lundi57. A pesar de toda la penetración de este crítico insigne, a quien poco ha un individuo de la Academia francesa llamaba, acaso con razón cabal, «el primer literato del siglo» quedan de Montaigne muchos rincones por estudiar, explorar y sacar a luz, y el autor de los Ensayos merece que un gran espíritu se ocupe de este trabajo por tratarse de uno de los más originales, profundos y grandes entre todos los filósofos habidos. El cardenal del Perron llamaba al libro de Montaigne «el breviario de las gentes honradas». Otro prelado, Huet, obispo do Avranches58, que no trató en buenos términos este breviario, decía que en su época apenas se encontraba un gentilhombre entre los que vivían lejos de París «que para distinguirse de los vulgares cazadores de liebres no tuviera un Montaigne sobre la chimenea de su casa». Un crítico inglés escribe de los Ensayos: «Abridlos por cualquier capítulo, y desde las primeras palabras os encontraréis orientados. Este   —LV→   es uno de esos libros que comienzan en cada página, y cuya lectura puede suspenderse sin dejar señal alguna donde la hayáis interrumpido. Podéis recorrer repetidas veces el mismo pasaje sin que fundadamente os sea dable decir que lo habéis leído. Montaigne nos conduce sin que sepamos dónde nos lleva; emprende su marcha sin que adivinemos siquiera el lugar hacia el cual va a encaminarnos. Permanecemos con él imposibilitados de ascender o descender por el análisis o la síntesis; y como tras sí no deja huella ninguna, puede pasarse la vista diez veces por la misma página, sin encontrar nada que deje de parecernos nuevo o inesperado, hasta que por fin llegamos a aprenderla de memoria. Hay gentes que no leyeron nunca otro autor que Montaigne y que lo leen constantemente.»59

Los hombres austeros del siglo XVII censuraron más que todo en los Ensayos el lado puramente humano y flaco de la personalidad de Montaigne, o más bien la maravillosa pluma con que éste lo describe y el pincel mágico con que lo retrata. Malebranche, sobre todo, llevó su crítica casi a la animosidad y al odio en su libro de la Investigación de la verdad60.

Y bien mirado, dicho sea con la veneración que tan respetables varones deben merecer, hacemos mal en rebelarnos contra esas materialidades y menudencias, que a pesar nuestro constituyen una parte esencial de nuestra naturaleza, la cual somos inhábiles o incapaces de desechar, so pena de convertirnos en espíritus puros, esfuerzo que somos más incapaces todavía de realizar.

Montaigne también lo sintió así cuando escribió   —LVI→   «que pretender hacer el puñado más grande que el puño; la brazada mayor que los brazos, y esperar dar una zancada mayor de lo que la longitud de nuestras piernas consienten es imposible y monstruoso. El hombre se elevará si milagrosamente Dios le tiende sus manos, renunciando y abandonando sus propios medios, dejándose alzar y realzar por los que son puramente celestes.»61

Joubert, paisano de Montaigne, cuya brillante pluma traducía las ideas en delicadas imágenes, decía hablando de su persona y de sus escritos: «Yo no soy más que un tronco sonoro, pero quien a mi sombra se sienta, y me escucha, se enriquece en prudencia y cordura. «Los Ensayos podrían compararse a una selva armoniosa de corpulentos y frondosos árboles a cuya benéfica sombra se extienden toda la cordura y toda la prudencia humanas. Quien con provecho acierte a meditarlos penetrará la esencia de la sabiduría verdadera.»62

Mejor aquí que en parte alguna se cumple lo que reza aquel verso que refiriéndose a otros libros escribió un poeta:


C'est avoir profité que de savoir s'y plaire.



Y al dejar al lector entregado al coloquio grato y sustancioso que le procurarán las siguientes páginas, la veneración y el respeto con que las transcribí me hace pensar que acaso hubiera sido necesario para reflejar cumplidamente las ideas que revisten disfrutar la calma de que su autor gozó al componerlas63. Pero este inconveniente era más insuperable para mí que todos los otros,   —LVII→   y sin duda me habrá hecho incurrir en tropiezos que quizás Montaigne me perdonaría, y que mayormente el lector debe perdonarme.

Y si acaso me extralimité en el elogio de los Ensayos, sirva a explicar este exceso la simpatía y el amor que me inspiraron64 más de tres años de su continuo comercio y meditación, durante los cuales con nada tropecé que me pareciera insignificante o mediano; antes bien fui sucesivamente, encontrando, a medida que más en ellos me interné, nuevas cosas que alabar y admirar.

¡Ojalá suceda lo mismo a los que, lean en castellano!

C. R. Y. S.





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ArribaAbajoAdvertencia del editor65

El texto de los Ensayos de Montaigne, frecuentemente adulterado, tenía necesidad de ser hoy convertido de nuevo, mediante una crítica severa, a su primitiva pureza a mi entender no hay sino dos fuentes auténticas de este texto: la edición publicada en 1595, tres años después de la muerte del autor, por la señorita de Gournay, su hija adoptiva, en presencia de un ejemplar corregido que ésta había recibido de la confianza de la familia, y la de 1802, hecha con otro ejemplar corregido que pasó del castillo de Montaigne a los Bernardos, de Burdeos, y más tarde a la biblioteca pública de esta ciudad, edición, aunque reciente, original en parte, cuyo texto es el mismo que Montaigne había publicado en 1588 con adiciones manuscritas del ejemplar de Burdeos y numerosos pasajes de la edición de 1595, que no figuran ni en la de 1588 ni en los suplementos manuscritos que han llegado a nosotros.

Éstos son, a lo que yo he podido inferir, los solos fundamentos del texto completo. De las dos ediciones   —LX→   publicadas por el autor mismo, una, la de 1580 (Burdeos, 2 vol. en 4.º menor), no contiene sino los dos primeros libros, menos extensos de lo que en el día son, y con escasas citas; otra, la de 1588 (París, 1 vol. en folio), quinta edición, aumentada con un tercer libro y seiscientas adiciones a los dos primeros, fue ampliada todavía por Montaigne con gran número de observaciones y citas, escritas al margen o en hojas sueltas, durante los cuatro últimos años de su vida. Todos estos aumentos no se conocieron hasta que se dio a luz la edición póstuma de 1595, encontrada dice el título, después de la muerte del autor, revisada y aumentada por él mismo con una tercera parte más de materiales que las precedentes impresiones.

Los que me censuren por no haber incluido entre las autoridades sobre que se funda el texto de Montaigne la edición de 1635, que la mayor parte de los literatos y bibliógrafos han proclamado la mejor de todas, ignoran o no recuerdan que la señorita de Gournay, que tuvo también a su cargo el publicarla, ejecutó en ella muchos cambios arbitrarios con el designio de rejuvenecer el estilo y de hacer la obra más fácil de ser leída. Hizo variantes a pesar suyo, y sin duda las debió mirar como una profanación y como un sacrilegio, pues mostró en toda ocasión un respeto tan religioso hasta por las palabras más insignificantes de su padre adoptivo (y por las suyas también) que a la cabeza de la colección de sus propias obras, publicada en 1626, lanzó en consecuencia este anatema contra el audaz que osara modificarlas: «Si este libro me sobrevive, prohíbo a toda persona, cualquiera que sea, añadir, suprimir in cambiar jamás ninguna cosa, ya en la dicción,   —LXI→   ya en las ideas, bajo pena, a aquellos que lo intentaren, de ser considerados como detestables a los ojos de las gentes de honor, y como violadores de un sepulcro inocente... Las insolencias y hasta los acabamientos de reputaciones que yo veo todos los días practicarse en este siglo impertinente, me animan a lanzar esta imprecación.» Tan singular amenaza la repitió al fin de la segunda tirada de sus escritos, en 1634, y no obstante se apercibió desde entonces a modificar el texto de los Ensayos, la obra de su amigo, de su padre, por prestar obediencia a los libreros que a ello la habían obligado. En las últimas páginas de su prefacio de 1635 lo condesa, y es extraño que esto se haya hecho notar tan poco: la autora parece avergonzada de su condescendencia, trata de atenuar su falta cuanto la es dable, y remite al ejemplar viejo y auténtico, en folio (1595), a los que prefieran el verdadero texto, prohibiendo, aunque para ello careciera de autoridad, osadía semejante a los futuros editores: «Nadie después de mí tendrá derecho a poner aquí la mano con la intención que me animó, puesto que nadie podría emplear igual reverencia, como tampoco la aprobación del autor, ni celo igual al mío, ni acaso tan particular conocimiento del libro. ¡Precaución vana! ¡Cuántos editores han seguido el ejemplo que ella tuyo la desgracia de iniciar, queriendo hacer de Montaigne un escritor de sus siglos respectivos! Gracias a ellos, hubiera concluido por desaparecer por completo nuestro autor. Las mismas correcciones de la señorita de Gournay, aun cuando fuesen tan contadas como ella dice (lo cual no es exacto), aunque fueran más acertadas, serían siempre contrarias a la sana crítica. Así, la edición de, 1635, dedicada a Richelieu,   —LXII→   el cual fundó la Academia el mismo año, y cuyo purismo no fue ajeno sin duda a la voluntad de los libreros, puede todavía interesar como monumento en cuanto a las modificaciones del lenguaje, mas, como texto original de los Ensayos, apenas si merece atención alguna.

Todas las demás impresiones han sido hechas o conforme, a la de Burdeos, 1580, como las tres que la siguieron (París, 1580; Burdeos, 1582; París, 1587); o conforme a la de París, de 1595 (Lyon, 1595; París, 1593, 1600 y 1608; Leyden, 1609; París, 1611; íd. 1617; Ruan, 1617); o sobre la de 1635, que ha sido constantemente reproducida (París, 1640 y 1652; Amsterdam, 1653, etc.), hasta la primera edición que publicó Pedro Coste. Este erudito, tan digno de reconocimiento por sus dilatados estudios sobra el texto y las citas de Montaigne, vio con razón que el ejemplar de 1635 no debía tomarse ciegamente por modelo; pero se conformó todavía mucho con él, a pesar de haber recurrido a los otros textos. La edición de Coste, publicada en Londres en 1724, mereció reimpresiones frecuentes: París, 1725; La Haya, 1727; Londres, 1739 y 1745; París, 1754; Londres, 1759, etc. Coste, para fijar el texto de su edición, careció de recursos nuevos y se sirvió de materiales ya conocidos.

No pueden, por consiguiente, citarse más que dos ediciones completas que sean enteramente originales, la de 1595 y la de 1802. ¿Cuál de éstas es preferible? Para mí, no cabe duda que la primera.

La señorita de Gournay la publicó a su regreso de Guinea, donde había ido a consolar a la viuda y a la hija de Montaigne, quienes la entregaron los Ensayos tal y como el autor los preparaba para imprimirlos de nuevo. «La señora de Montaigne, dice aquélla en su breve prefacio de 1598,   —LXIII→   me los entregó para que salieran a luz, enriquecidos con los últimos rasgos que trazara la mano de su esposo.» Otro ejemplar de la edición de 1581, cargado también de notas, quedó en poder de la familia de Montaigne y fue luego depositado en el convento de los Bernardos de Burdeos como arriba queda dicho.

Éste es el que se hizo célebre a principios de siglo, y el que Naigeon cotejó para la edición de 1802. Yo creo que es muy inferior al que la familia de Montaigne confió a la señorita de Gournay. Aparte de un número considerable de expresiones que Montaigne fortificó después y de páginas enteras que perfeccionó, su texto ofrece lagunas de dos clases: las hojas sueltas que incluían adiciones más extensas, y que estaban indicadas por una llamada, fueron separadas probablemente para unirlas al ejemplar preferido; a veces faltan frases importantes, trozos muy extensos de que no se advierte ninguna huella en las márgenes. Puede juzgarse lo defectuoso de este texto por este solo ejemplo que escojo entre una multitud de otros análogos, para que no se diga que la señorita de Gournay es la que hizo hablar así a Montaigne, libro II, capítulo VIII: «¡Oh amigo mío! ¿valgo yo más por conservar la memoria de nuestra comunicación, o valgo menos? En verdad valgo mucho más; su sentimiento me consuela y me honra: ¿no es juntamente un oficio piadoso y grato de mi vida el practicar este culto para siempre?»66 ¿Hay placer alguno que equivalga a esta privación? «Bien se ve que es Montaigne el que así habla. El texto en que no aparecen estas líneas elocuentes no era, de fijo, el destinado a la impresión.

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El ejemplar de Burdeos no es, sin embargo, por eso menos interesante para la crítica; pues la parte manuscrita nos da testimonio fiel de la ortografía que el autor empleó, y que la señorita de Gournay respetó bien poco, ni siquiera en la edición de 1595; de algunas correcciones acertadas y de algunas frases cortas que no fueron hechas ni incluidas en el otro ejemplar. Aprovechémoslas, pero no desfiguremos la obra de Montaigne por el placer de seguir a la letra un texto que Montaigne mismo había abandonado.

En la firma de las notas, la letra C. indica las de Coste; N., las de Naigeon, que fueron publicadas en la edición de 1802; E. J., las de Eloy Johanneau, que vieron la luz en 1818, y A. D., las de Amaury Duvai, que aparecieron en 1820.67

J. V. L.



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ArribaAbajoEl autor al lector

Este es un libro de buena fe, lector. Desde el comienzo te advertirá que con el no persigo ningún fin trascendental, sino sólo privado y familiar; tampoco me propongo con mi obra prestarte ningún servicio, ni con ella trabajo para mi gloria, que mis fuerzas no alcanzan al logro de tal designio. Lo consagro a la comodidad particular de mis parientes y amigos para que, cuando yo muera (lo que acontecerá pronto), puedan encontrar en él algunos rasgos de mi condición y humor, y por este medio conserven más completo y más vivo el conocimiento que de mí tuvieron. Si mi objetivo hubiera sido buscar el favor del mundo, habría echado mano de adornos prestados; pero no, quiero sólo mostrarme en mi manera de ser sencilla, natural y ordinaria, sin estudio ni artificio, porque soy yo mismo a quien pinto. Mis defectos se reflejarán a lo vivo: mis imperfecciones   —LXVI→   y mi manera de ser ingenua, en tanto que la reverencia pública lo consienta. Si hubiera yo pertenecido a esas naciones que se dice que viven todavía bajo la dulce libertad de las primitivas leyes de la naturaleza, te aseguro que me hubiese pintado bien de mi grado de cuerpo entero y completamente desnudo. Así, lector, sabe que yo mismo soy el contenido de mi libro, lo cual no es razón para que emplees tu vagar en un asunto tan frívolo y tan baladí. Adiós, pues.

De Montaigne, a 12 días del mes de junio de 1580 años.



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