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Escenas andaluzas


Serafín Estébanez Calderón


[Nota preliminar: Edición digital a partir de la de Madrid, Baltazar González, 1847 y cotejada con la excelente edición crítica de Alberto González Troyano, Madrid, Cátedra, 1985, cuya consulta es imprescindible para la correcta valoración crítica de la obra.]


ArribaAbajoDedicatoria a quien quisiere

Se cuenta por contadores de cuenta (y en verdad que es historia muy de contar) un cuento asaz curioso, que antes hemos de poner aquí por punta y comienzo, que no por fin y contera de este librejo. Cuéntase, pues, que entre los muchos que siempre han bullido en Andalucía, hubo en Granada cierto poeta con la más graciosa manía que puede imaginarse. Con mucha vena componía bastante, con algo de vanidad (achaque del oficio), no buscaba Mecenas, ni lectores. Con sobra de pereza, fruta de tales árboles, no quería escribir ni corregirse, y con muy mucho de pobreza, diptongo inseparable de la profesión, ni podía darse a la estampa, ni saber a punto fijo si sus inspiraciones merecían nombre de versos, o la fresca calificación de verzas. Para salir de tantos y tan diversos pensamientos, le sugirió su imaginativa cierta traza admirable, que al punto la redujo a puntual y cumplida práctica. Por la ventana del zaquizamí que habitaba en los trasbarrios de la ciudad morisca, sacaba la cabeza al mundo, y ya en las primeras horas de la mañana, y ya en las horas reposadas de la siesta, inevitable y cuotidianamente daba la voz al viento con acento, ora ditirámbico, ora grave, ora socarrón y picaresco, dando así salida a los caprichos e inspiraciones de su musa, sin anuencia de nadie, sin previa citación al público, y sin recato preventivo ni invitatorio a bicho alguno piante ni mamante. A la curiosidad acudieron desde luego algunos oyentes, quier lavanderas, quier soldados, cuales pelaires y de menestralería, cuales estudiantes y otra más gente de zambra y fiesta, aunque toda de poca alfangía y menos pelo. Bien quisiera nuestro hombre, mitad orate, mitad poeta, ver mejorar la calidad de su auditorio ya que, en cuanto a la cantidad, no estuviese disgustado del todo al todo; pero considerando que el remedio no era en su mano, y por la regla que no se consuela en el mundo sino el que es necio de capirote, dijo un día, si contento, si jactancioso: «Al fin tengo auditorio, y auditorio de españoles.»

Yo también, asomando mi cabeza de vez en cuando por esta mi ventana de trapo viejo, batanado y trocado en papel flamante, si me veo con auditorio de charpa y cuatro dedos de enjundia de españolismo en sus inclinaciones y gustos, como si dijéramos con oyentes y leyentes de la gente buena y bizarra de la tierra, matadores de toros, castigadores de caballos, atemorizantes de hombres, cantadores, bailadoras, hombres del camino y más que yo me sé, así de calzón y botín como de mantellina y sayas, también exclamaré con su retintín de vanidad y orgullo: «Por fin y corona tengo auditorio, y auditorio de españoles».

Si tú, el que me escuchas o lees, ¡oh, cándido oyente, o pío lector!, no eres de alguno de los gremios susonombrados, atiende a lo que digo: antes de maldecirme o dejarme al lado, que es mucho peor, pásate y da un bureo por Triana de Sevilla, Mercadillo de Ronda, Percheles de Málaga, Campillo de Granada, barrios bajos de Madrid, el de la Viña de Cádiz, Santa Marina de Córdoba, murallas de Cartagena, Rochapea de Pamplona, San Pablo de Zaragoza, y otras más partes en donde vive y reina España, sin mezcla ni encruzamiento de herejía alguna extranjera; y si al volver y virar en redondo no me lees con algo del apetito y sabor, date por precito y relapso en materias españolas, que para ti nulla est redemptio, y estás excomulgado a mata candelas. Si por el contrario, en aquellos yermos y santas compañías has aprendido ahora o recordado luego lo que nunca debiste olvidar, o fuiste obligado a saber de coro desde tus primeros abriles, date por absuelto, y entra y cuéntate ya en redil y aprisco de la gente buena y legítima, y solázate y recréate conmigo, tú leyendo y yo relatando aquellas escenas sin par, aquellos rasgos españoles sin dudar en ello, y aquellas bizarrías que tanta gentileza manifiestan en la persona, cuanto esfuerzo revelan en el ánimo. Si de estos eres, recibe la pescozada de adopción y mi bendición patriarcal, y plegue al cielo que vivas más años que la Constitución de 1845.






ArribaAbajoPulpete y Balbeja

Historia contemporánea de la plazuela de Santa Ana



   Caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.


Cervantes.                


No hay más decir sino que Andalucía es la mapa de los hombres rigulares, y Sevilla el ojito negro de tierra de donde salen al mundo los buenos mozos, los bien plantados, los lindos cantadores, los tañedores de vihuela, los decidores en chiste, los montadores de caballos, los llamados atrás, los alanceadores de toros, y, sobre todo, aquellos del brazo de hierro y de la mano airada. Si sobre estas calidades no tuvieran infundida en el pecho más de una razonable prudencia, y el diestro y siniestro brazo no los hubieran como atados a un fino bramante que les tira, modera y detiene en el mejor punto de su cólera, no hay más tus tus, sino que el mundo sería a estas horas más yermo que la Tebaida...

Por fortuna, estos paladines de capa y baldeo se contienen, enfrenan y han respeto los unos a los otros, librando así los bultos de los demás, copiando de aviesa manera lo que llaman el equilibrio de la Europa. Aquí tose el autor con cierta tosecilla seca, y prosigue así relatando.

Por el ámbito de la plazuela de Santa Ana, enderezándose a cierta ermita de lo caro, caminaban en paso mesurado dos hombres que en su traza bien manifestaban el suelo que les dio el ser. El que medía el andito de la calle, más alto que el otro, como medio jeme, calaba al desgaire ancho chambergo ecijano con jerbilla de abalorios, prendida en listón tan negro como sus pecados; la capa la llevaba recogida bajo el siniestro brazo; el derecho, campeando por cima de un embozo turquí, mostraba la zamarra de merinos nonatos con charnelas de argentería. El zapato vaquerizo, las botas blancas de botonería turquesa, el calzón pardomonte, despuntando en rojo por bajo la capa y pasando la rodilla, y sobre todo la traza membruda y de jayán, el pelo encrespado y negro, y el ojo de ascua ardiente, pregonaba a tiro de ballesta que todo aquel conjunto era de los que rematan un caballo con las rodillas, y rinden un toro con la pica. En dimes y diretes iba con el compañero, que era más menguado que pródigo de persona, pero suelto y desembarazado a maravilla. Este tal calzaba zapato escarpín, los cenojiles sujetaban la media a un calzón pana azul, el justillo era caña, el ceñidor escarolado y en la chaqueta carmelita los hombrillos airosos, con sendos golpes de botones en las mangas. El capote abierto, el sombrero derribado a la oreja, pisando corto y pulidamente, y manifestando en todos sus miembros y movimientos ligereza y elasticidad a toda prueba, daba a entender abiertamente que en campo raso y con un retal carmesí en la mano, bien se burlaría del más rabioso jarameño o del mejor encornado de Utrera.

Yo que me fino y desaparezco por gente de tal laya, aunque maldigan los Pares y los Lores, íbame paso pasito tras sus dos mercedes, y sin más poder en mí, entréme con ellos en la misma taberna o ya figón, puesto que allí se dan ciertos llamativos más que el vino, y yo, cual ven los lectores, gusto llamar las cosas por sus nombres castizos. Me entré y acomodéme en punto y manera de no interrumpir a Oliveros y Roldán, ni que parasen la atención en mí, cuando vi que, así que se creyeron solos, se pasaron los brazos, en ademán amigable, por derredor del cuello, y así principiaron su plática:

-Pulpete -dijo el más alto-, ya que vamos a brincar frontero el uno del otro con el alfiler en la mano, de aquí te apunto y allí te doy, de guárdate y no le des, de triz traz, tómala, llévala y cuéntala como quieras, vamos antes a nos echar una gotera a son y compás de unos cantares.

-Seor Balbeja -respondió Pulpete, sacando al soslayo la cara y escupiendo con el mayor aseo y pulcritud, en derecho de su zapato-, no seré yo el que por la Gorja ni otra mundanidad semejante, ni porque me envainen una lengua de acero, ni me aportillen el garguero, ni pequeñeces tales, me amostace yo ni me enoje con amigo tal como Balbeja. Venga vino, y cantemos luego, y súpito sanguino aquí mismo démonos cuatro viajes.

Trajeron recado, apuntaron los vasos y mirándose el uno al otro, cantaron a par de voces aquello de caminito de Sevilla y por la tonada de los panes calientes.

Esto hecho, se desnudaron de las capas con donoso desenfado y desenvainaron para pinjarse cada cual, el uno un flamenco de tercia y media, con cabo de blanco, y el otro un guadifeño de virola y golpetillo, ambos hierros relucientes que quitaban la vista, y agudos y afilados para batir cataratas cuanto y más para catar panzoquis y bandullos. Ya habían hendido el aire dos o más veces con las tales lancetas, revueltas las capas al siniestro brazo, encogiéndose, hurtándose, recreciéndose y saltando, cuando Pulpete alzó bandera de parlamento y dijo:

-Balbeja, amigo, sólo te pido la gracia de que no me abaniques la cara con Juilón tu cuchillo, pues de una dentellada me la parará tal que no me conociera la madre que me parió, y no quisiera pasar por feo, ni tampoco es conciencia descomponer y desbaratar lo que Dios crió a su semejanza.

-Concedido, -respondió Balbeja- asestaré más bajo.

-Salva, salva los ventrículos también, que siempre fui amigo del aseo y la limpieza, y no quisiera verme manchado de mala manera, si el cuchillo y tu brazo me trasegasen los hígados y el tripotaje.

-Tiraré más alto, pero andemos.

-Cuidado con el pecho, que padezco de cansancio.

-Y dígame, hermano: ¿por dónde quiere que haga la visita o calicata?

-Mi buen Balbeja, siempre hay demasiado tiempo y persona para desvencijar a un hombre; aquí sobre el muñón siniestro tengo un callo donde puede hacer cecina a todo su sabor.

-Allá voy, -dijo Balbeja; y lanzóse como una saeta; reparóse el otro con la capa, y ambos a dos, a fuer de gallardos pendolistas, comenzaron de nuevo a trazar eses y firmas en el aire con lazos y rúbricas, sin disputar empero pizca de pellejo.

No sé en qué hubiera venido a dar tal escarceo, puesto que mi persona revejida, seca y avellanada no es propia para hacer punto y coma entre dos combatientes; y que el montañés de la casa se cuidaba tan poco de lo que sucedía, que la algazara de los saltos combatientes y el alboroto de las sillas y trebejos que rebullían, los tapaba con el rasgado de un pasacalle que tañía en la vihuela con toda la potencia del brazo. Por lo demás, estaba tan pacífico como si hospedase dos ángeles y no dos diablos incarnados.

No sé, repito, dónde llegara tal escena, cuando se entró por el umbral de la puerta una persona que vino a tomar parte en el desenlace del drama. Entró, digo, una mujer de veinte a veintidós años, reducida de persona, pero sobrada en desenfado y viveza. El calzado limpio y pulido, la saya corta, negra y con caireles, la cintura anillada, y la toca o mantellina de tafetán afranjado, recogida por bajo del cuello y un cabo de ella pasado por sobre el hombro. Pasó ante mis ojos titubeando las caderas, los brazos en asas en el cuadril, blandiendo la cabeza y mirando a todas partes.

A su vista el montañés soltó el instrumento, yo me sobrecogí de tal bullir cual no lo sentía de treinta años acá (pues al fin soy de carne y hueso), y ella, sin hacer alto en tales estafermos, prosiguió hasta llegar al campo de batalla. Allí fue buena: don Pulpete y don Balbeja, viendo aparecer a doña Gorja, primer capítulo del disturbio, y premio futuro del triunfante, aumentaron los añascos, los brinquillos, los corcovos, los hurtadillos, las agachadillas y los gigantones pero sin tocarse en un pelo. La Gorgoja Elena presenció en silencio por larga pieza aquella historia con aquel placer femenil que las hijas de Eva gustan en trances semejantes. Tanto a tanto fue oscureciendo el gracioso sobrecejo, hasta que, sacándose de la linda oreja, no un zarcillo ni arracada, sino un trozo de cigarro de corachín negro, lo arrojó en mitad de los justadores. Ni el bastón de Carlos V, en el postrer duelo de España, produjo tan favorables efectos. Uno y otro, como quien dice Bernardo y Ferraguto, hicieron afuera con formal respeto y cada cual por la descomposición en que se hallaba en persona y vestido, presumía presentar títulos con que recomendarse a la de los caireles. Ésta, como pensativa, estuvo dándose cuenta en sus adentros de aquel pasaje, y luego con resolución firme y segura dijo así:

-¿Y este fregado es por mí?

-¿Y por quién había de ser?; porque yo..., porque nadie..., porque ninguno... -respondieron a un tiempo.

-Escuchedes, caballeros -dijo ella-. Por hembras tales cuales yo y mis pedazos, de mis prendas y descendencia, hija de Gatusa, sobrina de la Méndez y nieta de la Astrosa, sepan que ni estos son tratos, ni contratos, ni cosas que van y vienen, ni nada de ello vale un pitoche. Cuando hombres se citan en riña, nade el andelgue y corra la colorada, y no haber tenido aquí a la hija de mi madre, sin darle el placer de hacer un floreo en la cara del otro. Si por mí mentían pelea, pues nada de ello fue verdad, hanse engañado de entero a entero, que no de medio a mitad. A ninguno de vos quiero. Mingalarios, el de Zafra, me habla al ánima, y él y yo os miramos con desprecio y sobreojo; adiós, blandengues, y si queréis, pedid cuenta a mi don Cuyo.

Dijo, escupió, mató la salivilla con el piso del zapato, encarándose a Pulpete y Balbeja, y salió con las mismas alharacas que entró. La Magdalena la guíe.

Los dos ternes legítimos y sin mancha siguieron con los ojos a aquella doña María la Brava, la valerosa Gorgoja; después, en ademán baladí, pasaron los hierros por el brazo como limpiándoles de la sangre que pudieran haber tenido; a compás los envainaron y se dijeron, a un tiempo:

-Por mujeres se perdió el mundo, por mujeres se perdió España; pero no se diga nunca, ni romances canten, ni ciegos pregonen, ni se escuche por plazas y mataderos que dos valientes se maten por tal y tal. Deme ese puño, don Pulpete; venga esa mano, don Baldeja -dijeron, y saltaron en la calle lo más amigos del mundo, quedando yo espantado de tanta bizarría.




ArribaAbajoLa rifa andaluza


   Oid que os quiero contar
del niño Amor los enredos
y sirva mi voz de antorcha
que alumbra cuidados ciegos.


Romancero General.                



   En el baile del Ejido
(nunca Menga fuera al baile)
perdió sus corales Menga
un disanto por la tarde.


Góngora.                


No juzguen mis amables lectoras que voy a entretenerlas el ocio, relatándoles el cómo y cuándo este palacio magnífico o aquella quinta deliciosa viene a llenar de gozo, por un azar feliz de lotería, la esperanza de dos recién casados, que, arriesgando a la fortuna unos pocos ducados, pueden concluir su luna de miel en una mansión encantada por los atractivos del placer primero y por las comodidades del lujo. Estas agradables peripecias son tan peregrinas, por no decir imposibles, que sería cargo de conciencia despertar sensaciones y deseos que no se pueden cumplir, y yo, dijes de mi alma, no quisiera más que moveros un antojo para satisfacerlo a renglón seguido, reservándome empero siempre una pizca, un tantico de placer para mi justo pago.

Tampoco mi Rifa es de las que vemos cada noche en toda tertulia, quiero decir, que no es de aquella en que tal bujería, o cual lindo bordado suele echarse a la mayor de espadas con mucha zambra y algazara de señora abuela y tía, que no sé por cual sortilegio son siempre las afortunadas en tales ferias. Esto es trivial por todo extremo, y sería daros enfado emprendiendo cuento, señoras mías, que pasa por vuestros ojos cuotidianamente. Si lo imposible no me gusta, lo muy trivial me enfada en mucho más, y así por la región media emprende hoy su vuelo el razonamiento mío, para contaros sabrosamente los puntos y señales de una Rifa Andaluza.

Representaos, lindas suscriptoras, en vuestra viva imaginación un paisaje tal, cual mi rústico pincel lo delinee, pues, antes de pensar en la farsa, bueno será prevenir escena donde ponerla en tablas. Al frente, digo, que os figuréis una ermita limpia y enteramente pintoresca, cual se encuentran a cada paso en aquel país de la poesía. Unos cuantos árboles den frescura al llano que sirve de ante-atrio, y por los troncos suban sendas y pomposas parras, que, tejiéndose por el dosel de mimbre y caña que cubre todo aquel espacio, formen un sombrío bastante para amansar los rayos del sol y debilitar su luz activa y que deslumbra. Un cauce sonante de agua corra por la espalda, moviendo estruendosamente uno o dos molinos, cuyo rumor grave y no interrumpido sirva de bajo musical al contrapunto agudo de las golondrinas que entren y salgan rápidamente por las claraboyas de la ermita, casi tocando con sus alas negras y pecho bermejo las cabezas de los que afuera preparan la fiesta. Para ella fórmese un cerco con los escabeles y escaños de la cofradía, intercalados por distintos sitiales de respeto que han de ocupar el mayordomo, los mejores y más diestros tañedores de la vihuela, y la reina, que se aclamó la rifa pasada.

A un lado, separadas de todo tacto masculino y ataviadas cuanto más posible estén las muchachas solteras del barrio o aldea (pues el lugar de la acción lo dejo a voluntad ajena), llenas de belleza y de donaire, con moños de colores simbólicos en el pelo y con la laya de adornos que a bien tengan, pues en tal elección dejo libre albedrío; pero no omitidme el calzado muy limpio y el talle breve y como de sortija, pues nosotros los de puertos allende, niñas de mis ojos, somos inexorables en tales menudencias. Cuatro o seis dueñas de rostros avinagrados y de manto largo de bayeta negra antequerana, cuiden rellanadas en el ángulo del cerco, de avizorar toda descompostura, y de calmar con gestos tan endiablados cuanto expresivos la fermentación de aquel género volátil que custodian. Los mancebos en pie, derechos como husos, formen corro en derredor de los escaños, y dichoso el que pueda atalayar a su Melisendra frente a frente, o que logre flanquear la dificultad y colocarse al respaldo del asiento de la requebrada; así y con poner a la otra parte dos o tres hombres provectos y barrigudos, eternos cabildantes de la hermandad y que autorizan el acto, tenéis ya, pintoras hechiceras, el cuadro casi concluido.

Digo casi concluido, pues nada os he dicho ni del Rifador ni de la Reina del festejo, personajes de primera figura, cual débese sospechar.

La Reina, como dije, es la bailadora que más gala adquirió en la pasada fiesta, ya por su gentileza y gallardía, y ya por el número mayor de danzadores que consiguió cansar; objeto poco edificante que las mujeres logran con más prontitud que quisieran. A los pies de tan linda zagala haya un azafate lleno de flores deshojadas, donde se brinden las ofrendas de los devotos para la santa imagen, que ya son en primavera rosas y claveles y ramilletes, y en otoño este o aquel fruto tan vistosos cuanto sazonado.

El Rifador se deja ver subido en algún banquillo de noguerón viejo, descollando y blandiéndose como cimera del concurso, parlando y accionando más y más. Es fuerza que tal papel se desempeñe por hombre de chiste y chispa, y de destreza suficiente para picar la vanidad de los unos y mover la condición menos pródiga de los otros, feriando razonablemente los regalos que se muestran.

Yo, queridas amigas, que tengo ciega pasión por todo cuanto huele a España, principiando por las españolas, no soy voto calificado y de imparcialidad en la materia; pero en conciencia puedo afirmar que he olvidado veces muchas agradablemente el tiempo escuchando las razones agudas del Rifador, y las sales que donosamente saltaban en sus labios, forjando ya el encomio del clavelón amarillo, emblema de la necedad entre aquellas gentes, o ya pintando el rico sabor del higo nopal o tuno, fruto casi peculiar de la Andalucía.

Entre tanto la danza sigue, las coplas se suceden, dejándose escuchar por entre el son del crótalo de granadillo, el trino de la prima y la entonación sonora y clamorosa de los bordones en la guitarra y bandolín, que manos diestras los fuerzan a sonar al unísono y con la más agradable melodía.

En este punto armónico y de algazara se hallaba el festejo cierta tarde de la bendita Cruz de Mayo, cuando ocurrió la aventura más cómica que puede inventar la más picaresca imaginación.

Un mancebillo vivaracho y pimienta, de capote de alamar, chupetín bordado y faja rosada al cinto, no quitaba ojo de la reina del baile, echándose a la cara el sombrerillo de alta copa. De tiempo en tiempo miraba atravesadamente a cierto caballerete de calzón ajustado, corbatín muy premioso y levita bien cortada, que sin saber por dónde se deslizó blandamente, y sin ser sentido ni percibido, hasta llegarse al respaldo de la reina, con quien cruzaba algunas razones, más bien disparadas y mejor respondidas que hubiera deseado nuestro majo atisbador. Ella, que en aquel punto, queridas mías, gozaba de la fruición soberana que todo pecho femenil tiene cuando ve morder cebolla y agria naranja al pobrete que bien ama, advirtiéndole así que no es bueno querer tanto, la zagala coronada, digo, sin acordarse ni por cien leguas de su don Cuyo, se enredaba más y más en la plática del don Lindo, riendo ora, y ora dándole algunas de las flores del azafate bendito.

Tocándole su vez al pariente para encomendar al viento alguna copla, y queriendo dar un silbo preventivo que recogiese al aprisco aquella oveja descarriada, al suave compás de la rondeña le cantó la siguiente endecha:


    Me estoy muriendo de sed
teniendo aljibe en mi casa,
pero alivio no lo encuentro
porque la soga no alcanza.

Bien no entendiera la maligna parladora la alusión del sediento y del poco alcance que para su alivio encontraba, o, por mejor decir, no queriendo escuchar tales pedigüeñerías, se desentendió con destreza suma de tal lamento, y más anudó su coloquio con el pisaverde encorbatinado, que con melindres mil, y relamiéndose como si dijéramos un lechuguino del café de Sólito, alzaba la cresta como gallo triunfante. El doliente y celoso amante, queriendo hacer el postrimer esfuerzo para recordar sus obligaciones a la voluble bailadora, y ganar por la ternura lo que perdía por las artes del advenedizo rival, tomó el canto otra vez a su turno, y con voz si bien vacilante si bien suspirada, entonó la copla siguiente:


   Yo soy la vela de cera
que está ardiendo en tu servicio,
y en pago del beneficio
le das un soplo a que muera.

Pero por más reclamos que dio el arrullador, la paloma se daba por sorda, y tanto tanto se mantuvo en sus trece, que el galán, picado, se dejó de su postura contemplativa y triste, se arregló el sombrero tirándolo atrás, sacudió el capotillo y se puso en planta de obrar alguna acción de marca y de mayúsculo estrépito. Al propio tiempo la orquesta resonaba con mayor brío, reforzada por una pandereta y dos platillos, las cantinelas se repetían y en ellas se decían sus misteriosos secretos y sus sentidas quejas los novios y las requebradas, pues no deben olvidar mis discretas lectoras que por todo aquel país, el tañedor, el cantante, el galán y el poeta son cuatro cosas que casi siempre se encuentran en una propia persona.

El Rifador, en tanto, rebosaba de gozo en su cátedra por ver cuán cumplidamente feriaba todos los regalos que ponía en rifa. Su elocuencia iba en aumento, sus gracias hervían en su boca, haciendo llenar con moneda menuda el azafate florido.

-¡La rosa virgen!, ¡la rosa virgen! -decía- ¡real de plata, real de plata dan por ella!

Y esto gritando, mostraba la flor más hermosa, de más aromas y de más púrpura que vergel frondoso dio en los asomos del mes de mayo.

-¡La rosa virgen!, ¡la rosa virgen! -proseguía-, ¿quién la puja, quién la puja? Real de plata dan por ella. Mancebillos tacaños, acudid y mejorad, ¿quién no querrá poner la flor en el pecho de su novia? Hacedle este regalo a vuestras rapazas, y daréisles una lección con él. ¡La rosa virgen!, ¡la rosa virgen!..., que ya dan cuatro reales; que se la llevan, que se la llevan; ¡ya sé yo a cuyo seno va!, ¡que se la llevan! Dichosa quien tiene galán desprendido; ¡que se la llevan!... ¡que dan medio duro, diez reales u ochenta y cinco cuartos! ¡Viva mi barrio! ¡Nadie en él guarda el dinero; de allí sólo salen los garbosos y gastadores, los desprendidos y generosos!...

Por aquí iba de su alocución, cuando levantándose el galán del sombrero alto y capotillo corto, alzó el grito y dijo:

-Señor Capaypa, veinte reales vale la rosa, y más lo que vuesa merced me mande; pero si está ya feriada en los veinte, entréguela con su mano, que con la mía no, a la reina bailadora, y comencemos el sainete...

-¡Viva Juancho! ¡Viva Juancho! hijo de la Nena, nieto de Sinforoso -respondió el honrado Capaypa-. ¡Viva mi barrio, tesoro de los hombres buenos y generosos! ¡La buena cepa buenos renuevos cría!

Y así diciendo a voz desplegada, dio la rosa a la picaruela rapaza, que llevándola primorosamente a la nariz, la asentó con el mayor aseo en el hoyo de su pecho, volviendo los ojos al desgaire y por primera vez al amartelado amante.

El Rifador, al alargar la rosa, y tropezando sus ojos con la efigie del alfeñique caballerete, añadió:

-¡Viva mi barrio! ¡Viva Juancho!, que si sabe gastar parolas con las mujeres, tampoco ignora el alzar el gallo entre los hombres, y su voz en las rifas sobresale siempre, y con ella sus reales de a ocho.

El del corbatín bajó la vista, como quien conoce el tiro no oblicuo de la saeta, y trató de volver a su plática con la zagala, la que, sin duda, advirtiendo en aquel punto que hubiera sido galantería de molde el que la rosa se la presentara conquistada en la rifa, el mismo que por tanto tiempo gozó de sus palabras, no emprendió el segundo coloquio sino con la tibieza que vosotras mismas, candidísimas y no malignas lectoras, usaríais en aquel trance...

-¡Al sainete, al sainete! -dijeron todos- y sonando la fiesta con más algazara, los cantores y cantoras comenzaron a salpicar sus coplas con más pique y salsa que las entonadas de trasmano, y pasándose de uno en otro los bollos y los roscos, los dulces y las avellanas, apareció en su cátedra el compadre Capaypa embozado en su capa, con el aire más socarrón y de redomado que hallarse puede.

-¡El beso del niño, el beso del niño! -gritó el Capaypa-, ¡qué frescura en la tez, qué sabor en la pulpa, qué finura al tacto! ¿Quién paga el beso, quién paga el beso?

-Diez reales envido, -gritó el del capotillo- y bese al niño rollón el caballero del levitín, el que parla con la reina bailadora y la olvida de sus obligaciones... de presidencia.

-¡Bravo! ¡Vítor! Que lo bese si no puja, -replicó Capaypa-. ¡Ah, señor caballero! Acordaos de quién sois (y le dirigió la palabra); acordaos de quién sois, si es que sois alguna cosa, y volved al caño las demasías de Juancho, y que él sea quien bese a mi niño rollón. ¡Viva mi barrio, viva mi barrio!

El apostrofado conoció que toda la batería iba a disparar en su pobre bulto, y así, con su mejor gracia, trató de tener buen talante y hacer frente a los peligros, y rayar de rumbo para no desmerecer el alto concepto de la zagala.

-Dos reales y medio ofrezco y me libro de la penitencia, -dijo el acometido, y se le replicó con un flux de risa general en todo el auditorio.

-¡Viva mi barrio, viva mi barrio! -prosiguió Capaypa-. El pico de los dos y medio, señor mío, vayan sobre los diez envidados ya, y se admitirá la postura; y de no, allá va mi niño. ¡Viva mi barrio, viva mi barrio!

-Pues bien -contestó altivamente el señorito-: allá van los doce reales y medio, y quedo en salvo, que a mí nadie me enceniza la frente, y menos por...

-Dos duros, y que bese al niño -replicó el antagonista-, y luego arreglaremos cuentas, seor futraque; -y lo miró de reojo.

-¡Viva mi barrio, viva mi barrio! -clamaba Capaypa-. ¡Cuarenta reales! Eso es humo, señor Juancho. En el señorito Don... -Don Quico se llamará, que todo nombre es bueno cuando recae en tan linda persona-; en el señorito, digo, hay presencia, potencia y resistencia; quiero decir, que no ceja; ya pujará por cuatro, y veremos quién a quién... pero mientras Juancho se mantenga al frente, ¡viva mi barrio, viva mi barrio!

El apurado caballero figurilla, que no esperaba la cuña de los cuarenta, se requirió el garguero como para pasar tamaña píldora, llevó la mano al pelo sin tener comezoncilla, y luego inadvertidamente solfeó los dedos por sobre el bolsillo, dando con tanta pantomima mayor asidero a la burla. La reina bailadora, como si le viese acometido de pronto por algún tifus pestilencial, retiró de su lado el sillón que ocupaba, y una nube de descontento pasó por su lindo entrecejo. El corrido amante midió la mengua y afrenta con que iba a mancharse, y con resolución heroica, dijo:

-Cuarenta y dos reales doy, y salgo libre -y así diciendo, miró a la prenda como para pedirle albricias de su espléndido valor; pero el entrecejo se oscureció más y más, y otros borbollones de risa resonaron en derredor; pero la intensidad de tanta carcajada la venció con su voz el del capote, diciendo:

-Cinco duros; cien reales doy, y bese al niño rollón, y descapótele la coronilla.

-¡Viva mi barrio, viva mi barrio! -respondió el inexorable Capaypa-. Mi Juancho tira al hueso palomo, va derecho y no me da corcovos. A la cabeza, a la cabeza, y allí se mata al contrario. Cien reales es bote de a folio: pocos tienen aliento para él, y ninguno lo aventaja. Pero, ¡silencio, silencio! Los señores tienen su sangre y su alma, y aunque con hipos, suelen cumplir de mil a mil años. Nosotros por calidad y ellos por vanidad. ¡Cien reales, cien reales!, y el señorito besará a mi niño, y ainda mais descapotará la coronilla.

Todo fue en vano. Por más que hizo el orador Capaypa por picar la vanagloria del figurilla, nada consiguió, y éste, viendo que el juego crecía, que el rival no llevaba trazas de ceder y que la zagala por su mal gesto no pensaba agradecerle sus pujas y mejoras de los pobres maravedís, juzgó por conveniente el mudar plan de campaña, y de la defensiva, resueltamente tomó la ofensiva por el lado más cómico que darse pueda.

-Señores -dijo-: mi condición es dulce y nada huraña; el concurso creería que yo era alguna esfinge, alguna tarasca, si me opusiese por más tiempo y con tanto ahínco al beso de esa criatura, de ese niño, que juzgo ha de ser blanco y rubio como las candelas; venga al punto, y llevará el beso más cordial que dio madre primeriza, y pague mi contrario los cien reales.

-¡Viva mi barrio!, ¡viva mi barrio! -pregonó el consabido-. ¡Victoria por Juancho y cúmplase la penitencia!

Esto diciendo, salta del pulpitillo gallardamente, desembózale para sacar el niño, y muestra, ¡oh longanísimo y robustísimo San Cristóbal!, muestra, repito, la fruta, el vegetal más descompasado que nunca produjeron los hortelanos. El sentenciado caballero echó ojos a lo que él esperó besar como pastorcito muy pulido, y mirándolo le pareció ver, con las candelillas que le saltaban entonces en la vista, que era el gigante de los rábanos que se le acercaba como cañón en batería; luego se figuró ver alguna zanahoria patagónica; después creyó mirar un calabacín de a treinta y seis; pero al fin, restregándose los ojos, y ya con la serenidad de la desesperación, reparó que el niño donde había de poner sus labios era un cohombro colosal, amarillo y chifón, que se guardaba para aquel doloroso trance. El penitenciado se disponía a imprimir su ósculo con la humildad debida, cuando la Reina Bailadora notó que por preeminencia de su dignidad a ella le tocaba (que a otro no) el administrar la justicia. Todos convinieron en ello, y pusieron en su falda el vegetal tremendo; y el antes triunfante y ahora rendido paladín, puesta la rodilla en tierra, dio su beso, y se disponía a irse y tomar vuelo, cuando la despiadada ejecutora le mandó que descapotara al niño.

La gresca y la risa irónica ensordecía y todos agrupaban las cabezas para contemplar más de cerca tan risible caso, cuando el burlado preguntó humildemente qué cosa era descapotar.

-Nada, hermano, -replicó la Reina- abra la boca y muerda, de tal modo que escogiere la coronilla de esta sabrosa fruta; bueno es que abra la boca quien tanto cierra la bolsa.

A esto asestaba el amarillento cohombro contra la tronera del triste arrodillado, quien al fin, sumiso, entreabrió los labios con el primor posible, y como dama golosa, para cumplir su encargo sin descomponer la figura. Pero la maligna Bailadora, que ya esperaba este melindre, no bien apuntó y vio en jurisdicción extraña el comienzo, cabo o rabo de la fruta, cuando haciendo hincapié lo embazó todo entero por la boca de aquel desventurado, quien se quedó con huésped tal en ella, ni más ni menos que como uno de los figurones de berroqueña que por ancho canuto vomitan agua en las grotescas fuentes de Aranjuez o la Granja. Vengada la vanidad de la zagala, y satisfecho su engañado orgullo, se levantó el de la triste figura acompañado de la chifla general y de los silbidos más armoniosos y compasados que nunca oyó un teatro musical, silbidos y chiflas que aumentaron cuando, al volver la espalda, le miraron lleno de harapos, alárlagos y ahímelollevas con que le habían adornado durante su última y dolorosa estación las otras mozuelas del baile.

Cerrada la fiesta, amigas mías, se averiguó que el señor tan malparado era un estranjis, y ya veis que en esto de la gentileza con damas, bueno es que el nombre español quede bien sentado. Entre tanto, perdonadme que en mi plática os llame mis queridas, mis dijes, y otros motes de este jaez, pues tan dulce confianza, ni daña al respeto ni a la fina galantería. Por otra parte, mis copiosos años pueden permitirme libertad tan inocente, y si en esta o en aquella ocasión os pudiera hablar a solas y al oído, ¡cuántas lindezas no escucharíais más entretenidas que no la Rifa andaluza!




ArribaAbajoEl asombro de los andaluces, o Manolito Gázquez, el sevillano

[...] Con tus mentiras a nadie agravias y a todos entretienes: estas no son mentiras, sino ingeniosidades: no son mentiras vulgares, digo, sino fábulas poéticas.


Estafeta del Dios Momo, por Salas Barbadillo.                


Así españoles como extranjeros, saben el remoquete con que son señalados los andaluces. Todos, al oírles relatar tal historia o cual noticia, llaman en auxilio de sus respectivas creederas la suma total de las reglas de la crítica para fijar en algo o acercarse a la verdad: todos, escuchándoles citar guarismos y vomitar cantidades, cercenan, rebajan, sustraen, amputan y restan, y no contentos aún, sacan la raíz cúbica del residuo, y todavía admitiendo tal cantidad por buena, creen hacer mucho favor al bizarro y boyante contador y de numerador andaluz. Fuera agraviar a cuatro grandes provincias que valen otros tantos imperios, suponerles en su calidad y condición algo tan rahez y de baja ley que pueda trocarse con el embuste y confundirse con la gratuita mentira. Esto siempre revelará algún defecto en el carácter, cierta falta en el corazón, siendo así que, en contraste con todas las demás de España, no hay ninguna que sobre la Andalucía presente mayor número de héroes, de hombres valientes, y todos saben que la cualidad más contraria al valor es la mentira. Por consecuencia, es necesario buscar en otra parte el origen de esta afición, de esta propensión irresistible a contar, a relatar siempre con encarecimiento y ponderación, a demostrar los hechos montados en zancos, y a presentar las cantidades por océanos insondables de guarismos. Tal cualidad tiene su asiento y trono en lo más principal y pintiparado del alma, en la fantasía, en la imaginación. Lo que se ve en aumentativo, no puede explicarse por microscopio; lo que se multiplica en el pensamiento, no puede unicarse por los labios, si se permite la expresión; ni lo que se pinta en el ánimo con todos los colores del iris puede ni debe retratarse por la palabra, y en la narración con las tintas mortecinas de la aguada.

Ahora bien: un andaluz siente, concibe, ve, imagina y piensa de cierta manera; ¿cómo no ha de hablar, no ha de explicarse por el propio estilo? Si tal no fuese, fuerza sería desconocer el admirable acuerdo que existe entre las facultades de nuestra alma, el recíproco enlace con que se atan unos a otros los sentidos y todos se ligan a la mente; contradecir los estudios de todos los filósofos desde Aristóteles acá, y destruir, en fin, la verdad de la psicología, de la ciencia del pensamiento.

Ya esta cualidad de la imaginación andaluza, y de su ostentosa manifestación por la palabra, la conoció el famoso orador romano hablando de los poetas de Córdoba, y la indicó en una de sus más brillantes oraciones. La mezcla con los árabes, de fantasía arrebatada, pintoresca e imaginativa, dio más vuelo a tal facultad, y su permanencia de siete siglos en aquellas provincias las aclimató para siempre el ver por telescopio y el expresarse por pleonasmo. Si fue en Córdoba, cabeza de la Bética y patria de grandes oradores y poetas, en donde Cicerón notó esta cualidad andaluza, si hubiera vivido dieciocho siglos después o en nuestros días, la notara, fijara y ampliara por todas aquellas grandes provincias, poniéndole empero su trono y asiento principal en la capital artística de España, en la reina del Guadalquivir, en el imperio un tiempo de dos mundos, en la patria del señor Monipodio, en la mágica y sin igual Sevilla. Los sevillanos, pues, son los reyes de la inventiva, del múltiplo, del aumentativo y del pleonasmo, y de entre los sevillanos el héroe y el emperador era Manolito Gázquez.

Manolito Gázquez, a vivir hoy, debiera ser considerado como un artista. Él daba al estaño y al latón tal forma y apariencia, que con la ayuda del zumo de la oliva y de un mechón de lienzo viejo, difundía la claridad y las luces por doquiera; en una palabra: era velonero, pero al propio tiempo era cazador; en los rosarios tocaba el fagote o pimpoddo como él decía; en los toros era un oráculo. Por lo demás, no había habilidad en que no descollase, aventura extraordinaria por la que no hubiera pasado, ni ocasión estupenda en que no se hubiese encontrado. Y no se crea que esta inclinación a hacerse el héroe de sus historias era por vanidad, ni que encarecía por gala y afectación, ni menos que se alejaba de la verdad por afición a la mentira. Nada de eso; su imaginación le ofrecía por verdadero cuanto decía; los ojos de su alma veían los objetos cual los refería, y su fantasía lo ponía en el mismo lugar y grado del héroe cuya historia relataba. Júntese a todo esto la facultad preciosa de darle a sus aventuras final picante, caída adecuada, todo sin estudio, sin afectación, y por añadidura, traza singular de persona y cierta pronunciación peregrina y extraña, aun para los mismos sevillanos, y se concebirá justa y cabal idea de los fundamentos que tiene la gloria duradera de Manolito Gázquez, cuyos cronistas quisiéramos ser si el espacio no nos faltara y nos ayudara el talento. Manolito Gázquez, además del «socunamiento» o eliminación de las finales de todas las palabras y de la transformación continua de las eses en zetas y al contrario, pronunciaba de tal manera las sílabas en que se encuentra la ele o la erre, que sustituía estas letras por cierto sonido semejante a la «d». Esta indicación es la única que conservaremos en sus palabras al referir algunos de sus dichos y sentencias. La vida la dividía dulce y tranquilamente entre su taller, sus amigos y su esposa doña Teresa, y de noche entre el descanso y su asistencia al rosario tocando el fagote.

Dos tardes entre semana las empleaba concurriendo a cierto pasaje, enfrente de Triana, a oír leer la Gaceta, sentado sobre su capa en los maderos que en aquella ominosa época en que teníamos marina bajaban desde Segura por el Guadalquivir, y que servían en la orilla para cómodo asiento de la gente desocupada. Por aquel tiempo sólo llegaban a Sevilla cinco ejemplares de la Gaceta, único papel que se publicaba en España; cosa que prueba la infelicísima infelicidad de aquella época, en que recibíamos de América cien millones de duros al año. El que presidía el auditorio en donde concurría Manolito, cobraba cada ochavo de los que acudían a oírse leer la Gaceta. Allí nuestro héroe oyó por primera vez el nombre de Austerliz, cuya palabra jamás le pudo caber en la boca. El concurso para formar idea minuciosamente de la topografía del terreno, hizo extender el mapa de Europa, que solía acompañar en aquel tiempo a la Guía de forasteros. (Todo el mundo sabe que el tal mapa tendría sus tres pulgadas de bojeo.) Manolito, enardecido ya con la relación de tan sangrienta jornada, seguía cuidadosamente con los ojos la punta del alfiler que a tientas iba señalando en aquel mapa gorgojo el punto donde pudo haber sido la batalla. Don Manolito, al ver que el alfiler se fijaba, exclamó ya entusiasmado:

-Señoddes, aquí es, aquí es; vean ustedes ad señod genedal que toca a ataque, y aquí están das vivandedas que venden tajadillas a dos soddados.

Y al decir esto ponía su dedo rehecho y gordifloncillo sobre el reducido papel, que casi lo tapaba, y de este modo, calculadas las distancias, ponía esta parte de la escena a 500 leguas del campo de batalla.

En tal gabinete de lectura y en tal tertulia oyó nuestro héroe, en su capítulo correspondiente de la Gaceta, hablar varias veces de la Sublime Puerta. La idea que concibiera Manolito Gázquez de lo que era el poder otomano, lo probará la anécdota siguiente. Cierto día trabajaba en su taller sendos clavos de ancha cabeza y de traza singular, que herreros y carpinteros llaman de bolayque. Eran lucientes y grandísimos. Uno de sus visitantes, al verlos, exclamó:

-¡Qué clavos tan hermosos, grandes y bizarros!

-Catodce cajones llenos de ellos hay ya en el dío -replicó don Manolito-; ¿y no han de sed hedmosos si van a sedvid pada da Puedta Otomana?

Este hecho lo hemos oído relatar al mismo interrogante, que lo fue el señor López Cepero, hoy senador del reino, y que alcanzó y frecuentó mucho el trato de nuestro héroe.

Manolito tenía gran vanidad en su habilidad de fagotista. Nadie, a juicio suyo, le prestaba a tal instrumento el empuje y sonoridad que él.

-En ciedta ocasión -dijo-, quise pasmad a Doma y ad Padre Santo. Pada ello entré en da iglesia de San Pedro un día ded Santo Patrón ed primed Apóstod. Allí estaba ed Papa y dos caddenades, y ciento cincuenta y cinco obispos, y toda da cristiandad. Tocaban veinte ódganos y muchos instrumentos, y más de mid pitos y flautas, y entonaban ed Pange dinguae dos mid y cincuenta voces. Llega don Manodito con su casaca (iba yo de codto) y me pongo detrás de una codudna que hay a da entrada por Odiente, así confodme se entra a mano dedecha, y cuando más bullicio había, meto un pimpoddazo y toda aquella adgazara calló y da iglesia hizo bum, bum a este dado y ad otro como pada caedse. A poco siguió da función, creyendo ed Consistodio que ed teddemoto había pasado, y entonces meto otro pimpoddazo de mis mayúsculos, y da gente se asusta, y ed Papa dijo al punto: «O ed templo se viene abajo, o Manodito Gázquez está en Doma tocando ed pimpoddo.» Sadiedon a buscadme, pedo yo tenía que haced, y me vine a Sevilla pada id ad dosadio.

Si algún paseante al pasar en aquellos días calurosos de estío por la puerta de Manolito se sentía aquejado por la sed y le pedía una poca de agua, gritaba al punto:

-Doña Tedesa (su esposa), bajad da jadda de odo con agua fresca; y si no está a mano, venga da de plata, o da de cristad, y si ninguna se encuentra, traed da talla de baddo, que este caballedo disimudadá por esta vez, si se de sidve con buena voluntad.

En cierto día, que para una noticia que era preciso hacer saber en Cádiz se hablaba del modo de transmitirla con mayor celeridad desde Sevilla, dijo don Manolito:

-¿Y pod qué no va pod agua da noticia?

-Pero siempre -le replicaron- serían necesarios tres o cuatro días.

-Dos hodas -repuso Gázquez-, yendo nadando como yo fui cuando da guedda con ed inglés a llevad ciedta odden ded genedad. Yo me eché ad agua ad anocheced en da Todde ded Odo; meto ed brazo, saco ed brazo, estoy en Tablada; meto ed brazo, saco ed brazo, heme en Sandúcad de Baddameda; meto ed brazo, saco ed brazo ad frente de Dota, y de allí, como una danzadeda, a Cádiz; ad entrad por da puedta ded mad tidaban ed cañonazo y tocaban da retreta..., ¡digo, señodes, si me descuido! -aludiendo a que a tal hora se cierran en Cádiz las puertas, como plaza de guerra, y hubiérase quedado fuera.

En el danzar, cuando sus verdes años, y creyendo sus propios informes, había sido don Manolito una Terpsícore del género masculino, un portento de ligereza y agilidad.

-Una noche -decía- estaba yo en da tedtudia de da condesa de... -siempre entre gente de calidad-, y allí habían baidado ciedtos itadianos bastante bien. Don Manodito no quiso baidad aquella noche, pedo das señodas me dogadon tanto, que ad fin sadí haciendo mi devedencia y mi paseo. Comienzan a tocad y yo a figudad y a tenzad; ellos tocando y yo tenzando y dando con da cabeza en ed techo, todos midando, y yo tenza que tenza; das señodas, «Manodito bájese usted», y Manodito tenza que tenza... cuando concluí pod gusto saqué ed dedoj...; quince minutos estuve en ed aide.

En los toros valía doble el andamio donde tomaba asiento Manolito Gázquez. Siempre tenía la palabra. No había suerte que él no comentase, ni lance que no sujetase a su crítica, aunque todo lo presidiese el famoso Pepe Hillo, que era muy su amigo.

-Quítese de allá ed señod Pepe, no sabe usted ed mosquito que tiene dedante. Oiga usted dos consejos ded maestro de dos todos...

Una tarde salió nuestro héroe muy disgustado de la corrida.

-Ya no hay hombdes en Sevilla -decía-. Hasta ed señod Pepe se ha convedtido en monja; a no sed por don Manodito, ¿qué hubieda sido de da cuaddilla? Ed todo -añadía- había baddido ya da plaza, dos de a caballo dodando, dos peones en das vayas y ed señod Pepe enfrontidado por ed todo y do iba a ensadtad, cuando don Manodito se echó a da plaza y da fieda se dispadó a mí y deja ad señod Pepe y addemete...

-¿Y qué sucedió? -le preguntaban los del asustado auditorio.

-Y addemete, y yo de meto da mano pod da boca y, de pronto, de vuedvo como una cadceta, poniéndode da cabeza donde tenía ed dabo, y ed todo sadió más dispadado que antes y fue a dad ciego en ed buddadedo de enfrente, y se estrelló, y das muditas viniedon pod éd.

Don Manolito, como de generación algo trasañeja y muy lejos de los adelantos del siglo actual, era español castizo y antifrancés por todo extremo, y eso que no alcanzó en vida los desahogos de Murat en el 2 de mayo, ni el saqueo de Córdoba, ni las lindezas de gabachos y afrancesados de 1808. Por lo mismo y tal antipatía, nada era de extrañar que a tiempo o a deshora se estremeciese, despeluznara y conturbase al oír por las esquinas y cantones del barrio el pito del castrador, o silbar por los zaguanes y antepatios la piedra aguzadera que a fuerza de rueda y agua mordía el acero de los cuchillos y tijeras, todo por obra y manufactura de los labios, patas y manos de algún auvernés o picardo. Al pasar tales estantiguas por jurisdicción de la casa de don Manolito, según y conforme más o menos avinagrado se hallara de condición, así era el recibimiento que les hacía. Si el cielo de su frente, a dicha, se mostraba despejado y sereno, en cuanto escuchaba el chiflo o entendía el pregón del amolador, partía la telera de pan y escanciaba en el vaso media azumbre de vino, y saliendo al umbral de la puerta, calle de Gallegos, comenzaba a decir:

-Venga acá, capullo, y no me albodote da vecindad. Tome este trago y este taco, y váyase duego a otra padte con sus heddamientas, dejándonos con nuestra entedeza y menestedes. En esta tiedda dos hieddos se dan fido unos hieddos con otros hieddos y no con piedra aspeddón, y nos vamos a da sepudtuda como vinimos ad mundo.

Cuando el clamoreo de mala y aviesa catadura cogía al buen andaluz de mal temple, no había invectiva en su magín, ni especie o palabra picante en el Diccionario, que desde su puerta o ventana no se las disparase a grito hendido sobre el deshonesto francés, si era capador, o sobre el francés pordiosero, si era de los de la piedra de asperón. Tal vez acertó a estar en su tienda cierta persona grave, que al ver el alboroto de Manolito, que en pocas ocasiones se descomponía, le manifestó grande extrañeza por sus voces y exclamaciones. Nuestro héroe, al oírlo, replicó:

-¡Chodizo! -esta era la interjección más formidable que solía permitirse-. ¡Chodizo! -volvió a repetir-. ¿No ve usted que si dos gabachos dan en venir con las piedras y dos chiflos concluidán pod amodar a dos españodes y pod dejadnos útides sódo pada eunucos ded gran tudco o ded empedadod de Madduecos?

Por lo que después ha sucedido y en la actualidad estamos alcanzando, verán nuestros lectores que don Manolito, además de otros muchos, poseía también el don de la profecía.

Fuera prolija tarea referir los destellos poéticos de maravillosa magia, de encarecimiento inmenso con que Manolito Gázquez inmortalizó su nombre en la poética, en la mágica y ponderativa Sevilla. Pondremos fin con el siguiente rasgo. Cierto día nuestro héroe asistió con gran parte de la nobleza y juventud sevillana, que siempre lo admitía en su círculo, a un palenque de armas, en donde así se hacía alarde de la destreza del sutil florete, como del irresistible poder de la espada negra. Después que dos contendientes admiraron al concurso por sus primores, su gallardía, sus tretas, sus estocadas, sus quites, y que retirándose del asalto, dejaban a todos los aficionados con impresión profunda de agradable sorpresa, uno de los más notables por su habilidad en las armas le preguntó a nuestro héroe:

-¿Y usted, Manolito, no juega la espada?

-Ese ha sido mi fuedte -replicó-; yo soy discípudo de dos discípudos de Caddanza y Pacheco. ¿Se acueddan ustedes de das famosas lluvias del año de 76?

-Sí nos acordamos.

-Pues en una de aquellas noches de diduvio -prosiguió-, estaba yo en da tedtudia de da señoda madquesa de... Todas das señodas se habían ya detidado en sus coches, y sódo quedaba da condesita de... y su hedmana, que no podían idse podque su caddoza no había podido llegad con ed agua. Aquellas señodas se afligían y quedían idse, y ¿qué hace Manodito?; saca da espada, y dice: «Señodas, agáddense ustedes.» Y Manodito, con da espada a da lluvia, taz, taz, taz, tedcia, cuadta, prima, siempre con ed quite y ed depado, llegamos a padacio, ni una gota de agua había podido tocad a das señodas, y dejábamos detrás ahogándose a da Gidadda.

Manolito Gázquez, cuya juventud, por su lozanía, conservó hasta lo último de su vida, murió cerca ya de los ochenta años, al entrar el famoso de 1808.

¿Qué hubiera dicho este rey de los andaluces si, viviendo algunos meses más, alcanzara el trágico 2 de Mayo, la inmortal jornada de Bailén? ¡Qué no hubiera visto aquella poderosa imaginación en las poderosas maravillas que entonces improvisó el verdadero entusiasmo, el no mentido patriotismo español! Manolito Gázquez, presenciando la lucha de la Independencia, y los principios de nuestras disensiones civiles, hubiera sido para los hechos de la primera un cristal de crecidísimo aumento, como para los segundos un prisma que los descompusiera y presentara en términos de arrancar algunas agradables risas, en cambio de las muchas lágrimas y sangre que nos han costado. Si nuestro héroe hubiera llegado como milagro de longevidad hasta la guerra, cuya primera jornada acaba de concluir (estamos en 1841), entonces es indudable que le viéramos o escribiendo algún boletín de noticias en un periódico, o bien al lado de algunos generales redactando partes de encuentros, asaltos y batallas. ¡Tanta feria hubiera tomado su peregrina facultad de aumentar lo poco, y de ver lo que no había!

NOTA

Entre las pocas personas hoy vivientes y que alcanzaron el trato y comunicación de Manuel Gázquez, se cuenta el señor senador del reino don Manuel López Cepero, deán de la santa Iglesia de Sevilla. El redactor de las Memorias del asombro de Andalucía, habiendo consultado el señor Cepero sobre algunos puntos de las aventuras de don Manolito, tuvo el gusto de recibir contestación detallada de todo, añadiendo ciertas y picantes curiosidades, que, para mayor recreación del público y no defraudarle de su original y nativo carácter, hemos querido trasladar aquí copiando la carta misma del señor Cepero. Dice así:

«Manuel Gázquez debió de nacer alrededor del año 30 del siglo XVIII, porque en el segundo del XIX, cuando le conocí personalmente y empecé a tratarlo, frisaba en los setenta años, si bien él, por suponer más larga su experiencia, afirmaba pasar de los ciento y tener ya cerca de ochenta unos zapatos muy poco usados con que se engalanaba las fiestas, diciendo que los conservaba aprecio por ser los que llevaba cuando la Iglesia le estrechó en vínculo matrimonial con su Teresa.

»Era la estatura de Gázquez menos que mediana, grueso de cintura arriba, casi redondo y muy corto de cuello, pero con facciones harto regulares y una tez limpia y despejada que se dejaba ver en toda su esférica cabeza, recogiendo con un listón negro muy flotante los pocos cabellos enteramente blancos que en tal época conservaba todavía. Ancho de hombros y dilatado pecho, cruzaba sus robustos brazos, cuando se sentaba, poniéndolos sobre el vientre elevado sin exceso, y sus manos y dedos, más gruesos que suelen verse a tantos años, manifestaban que Gázquez no había pasado los suyos en la ociosidad; y no me acuerdo de haberle visto sin hacer algo en su taller de velonería, donde por su localidad le visitaba diariamente; al contrario, siempre lo hallé trabajando con un oficial de más años que el maestro, el cual le sobrevivió pocos días, por cierto; pero Gázquez le daba órdenes, dirigiendo sus faenas, como si mandase una compañía de granaderos, reconviniéndole frecuentemente por ello su anciano dependiente, y formando ambos diálogos muy graciosos, aunque sin faltarse ninguno a la decencia ni aun al respeto.

»Gázquez conservó siempre cabal su dentadura, vivos los ojos y más agraciado el semblante de lo que sus años permitían, porque era tal su robustez y grosura, que las arrugas no habían podido desfigurarle, y así es que mientras no hablaba, lejos de excitar al ridículo tenía un aspecto a todas luces venerable. Era graciosamente balbuciente, aunque sin tartamudear, pero no hallando su fantasía, por falta de instrucción, medios de expresar lo que concebía, ni manera de referir las cosas maravillosas que se figuraba, adquirió fama de embustero, siendo así que nada era más ajeno a su carácter que la mentira.

»Los que iban a oírle sin antecedentes para juzgarle y con la prevención de que sus ficciones exageradas y a veces inoportunas, siempre incorrectas por falta de educación, y no pocas veces mal entendidas, viéndole entusiasmado y oyendo los defectos físicos de su pronunciación, salían llamando disparatadas mentiras, a lo que era efecto de una imaginación que no halló materia ni pábulo en que ejercitarse con utilidad. Si Manuel Gázquez hubiera recibido educación literaria y cultivado los dotes que le dio la naturaleza, en vez de la fama ridícula que le ha quedado de embustero, habría tal vez dejado nombre de un ingenio sobresaliente.

»Manifestaba haber tenido siempre las costumbres más puras, y todos cuantos le trataron aseguraban que jamás le oyeron palabra que envolviese la más leve idea de torpeza ni obscenidad. Casi llorando decía con frecuencia que si le hubieran enseñado a leer y a escribir, hubiera sabido más que Séneca, y es lo cierto que concurría a todos los actos literarios con el objeto de quedarse con alguna idea que él pudiese revestir después con colores maravillosos.

»Pagaba dinero porque le leyesen la Gaceta, algunos de los que en aquel tiempo buscaban la vida de ese modo, por ser raras las Gacetas y no muy comunes los que pudiesen leerlas. Hablaba después de las batallas de Napoleón como si las hubiese visto, y yo le oí una descripción de la de Austerlitz, señalando hasta el lugar que ocupaban las vivanderas.

»Habiendo oído decir que las monedas de Otón eran de las más raras entre las imperiales romanas, y sabiendo que yo tenía afición a la numismática, me ofreció unos cuantos ochavos borrosos, diciéndome que los guardase, porque, según él calculaba, debían de ser del rey Atún primero.

»Procuraba tratar a los moros que pasaban por Sevilla, y aseguraba entenderlos, porque él había estado en Tánger y Marruecos y visto toda la Morería, diciendo al mismo tiempo que todos sus viajes habían siempre sido por tierra.

»Había en Sevilla por aquel tiempo ciertas callejuelas muy angostas y retuertas, cuyas casas eran generalmente habitadas por mujeres de mal vivir, y a todo este distrito, último alojamiento acaso de los moriscos, se le daba el nombre de Morería. Aludiendo yo a él, repliqué a Gázquez que aquella sería la Morería en que él había estado, porque para haber visto la verdadera habría tenido que rodear medio mundo o que atravesar el mar, cosa que, según acababa de decirme, jamás había hecho.

»Apretado por el argumento, y no queriendo consentir que se le creyese capaz de frecuentar la Morería de Sevilla, poblada de malas mujeres, se obstinó en afirmar que hablaba de la África, y que se podía ir a ella por tierra, o, lo que es lo mismo, sin embarcarse.

»Muestre V. -me dijo- esa boda en que está ed mundo pintado, y de didé pod donde me llevó un addaez, que era grande amigo mío.

»Presenté a Gázquez el globo terráqueo, designándole el Mediterráneo que separa el África de España, y él, calándose sus anteojos y cubriendo con cada dedo una provincia, me preguntó de repente, como quien salía de un gran embarazo:

»-¿Dónde está pod aquí ed cabo de Gata?

»Y habiéndoselo mostrado, contestó:

»-Pues desde éd sade pada da aceda de enfrente un caminito oculto que no lo saben más de cuatro.

»Y quitándose las gafas, tomó su asiento, creyendo haber dejado, como de hecho la dejó, concluida la cuestión.

»Tal es, amigo mío, el bosquejo del hombre por quien V. me pregunta, y desearía tener tiempo para enviárselo a V. más acabado, según las ideas que aún recuerdo haber formado observando a tan extraordinario original.

»Una enfermedad aguda, como calentura pútrida, acabó con él por abril del año de 8, no habiéndole alcanzado la vida a presenciar ni aun las primeras escenas de nuestra revolución, que empezaron en Sevilla al mes siguiente, y en que su imaginación hubiera hallado ancho campo por donde extenderse.

»Queda de V. siempre afectísimo y cordial amigo y capellán Q. S. M. B.- Manuel López Cepero




ArribaAbajoEl Roque y el Bronquis

Y apagaron las luces, comenzaron con los asientos y con las muletas y bordones a zamarrearle a él y a sus corchetes, a oscuras, tocándoles los ciegos la gaita zamorana y los demás instrumentos, a cuyo son no se oían los unos a los otros, acabando la culebra con el día y con desaparecer los apaleados.


El Diablo Cojuelo. -Tranco V.                


Vuestras mercedes no saben lo que es un Roque, porque ignoran qué cosa es un Bronquis; y no se pescan lo que es un Bronquis y un Roque, porque no han viajado por Andalucía, y si por allá han andado, no han visitado ciertos pueblos, y si los han visitado, no han asistido a ciertas y ciertas festividades, escenas, bureos, bailes, triscas y saraos de candil. Hoy me propongo llevaros, benévolos lectores, aunque sea sólo en fantasía, a uno de estos entretenimientos recreativos; que así pudiera yo con igual facilidad a tales escenas positivamente, realmente, corporalmente, llevar y transportar, ofrecer y presentar los lomos y espaldas de algunos amigos (seis fueron y seis quedaron) que yo me sé; y cuidado que no hablo en política. Mas porque nuestra fantasía no tenga que viajar, hender los aires y el espacio, y fatigarse por cosa de nonada y fruslería, me parece mejor, aquí mismo y galanamente relatando, poneros delante de los ojos cuadro tal, que bien os represente lo que saber queréis y yo mostraros quiero; cuadro en cuyos grupos ocupo yo lugar de privilegio, formando pareja con cierto inglés, mi camarada en la aventura, osado como pocos y curioso como ninguno.

En un galán verano de los de mucho trigo y de copiosísimas esperanzas para otoño, yo me estaba, en Giromena no, sino en Carratraca, baños famosos de la Andalucía y en la provincia de Málaga. Tal pueblo, dejándose ver sobre un peñasco árido, verdadero calvario de aquellas cercanías, rodeado de precipicios por todas partes, es, sin embargo, merced a sus aguas salutíferas y maravillosas, el centro animado de la gente holgadamente rica y elegante de los cuatro reinos, si lo tomamos en la temporada de junio a septiembre de cada alegre año. Allí los serranos y rondeños, los mayorazgos y el señorío de los pueblos de la campiña; allí de Sevilla, de su tierra baja, de Cádiz, Tarifa y los Puertos, de Málaga, Granada, Córdoba y demás partes de la Andalucía alta, vienen en certamen de boato y ostentación, menos a tomar ellos remedio para sus pasados deslices, y ellas a buscar confortativo a sus parasismos y debilidades en los nervios, que a hacer gala de riqueza todos, en busca de placer y recreación muchos, y no pocos y pocas a feriar su hermosura, juventud y gentileza.

Fuera este punto muy de molde para estudio de nuestro pincel, y el aspecto y la animación y los rasgos característicos que en aquellos baños se observan, bien merecieran con privilegio un bosquejo caprichoso de pluma aún más elegante, lozana y diestra que la mía, si la obligación que me imponen el título y rúbrica con que se encabeza este artículo, no me recordara a voz en grito que estamos hablando, no de Carratraca y sus baños, sino de lo que sea un Roque y lo que es un Bronquis. Y no sólo de los pueblos, ciudades y comarcas arriba apuntadas de donde se ven visitantes, viajeros y curiosos en aquel famoso lugar, sino que de las partes más lejanas de España cuidan los médicos de enviar allí anualmente remesas de menesterosos de salud, que nunca dejan de obedecer humildemente el mandato de tal peregrinaje; mayormente si hay envuelta en la receta alguna cita misteriosa, tanto más gustosa, cuanto que el apelar a tal medio siempre indica y señala grandes dificultades vencidas; sin contar para nada el sainete y sabroso picante de gozarse allí, a despecho del sobrecejo y enfado de los maridos más rústicos e intolerantes y de los tutores más desconfiados y recelosos, de la libertad más agradable y segura, sin mirarse sujeta, como otros fueros y garantías, al buen capricho de un ministro o mandarín.

Ello es que, además de tanto viajante y peregrino español castizo, se dejan ver por allí no pocos gringos y extranjeros, que, encontrándose por ventura en Cádiz, Málaga o Gibraltar, y oyendo hablar de los nombrados baños, quieren, visitándolos, aprovechar la buena ocasión de conocer mejor el país, amén de adornar su álbum con algún pintarrajo tomado al través, y pintado con brocha, y de enriquecer sus apuntes y recuerdos de viaje con algún mentirón estupendo, que después se revela en lindo periódico o keepsake de impresión de París y Londres, haciendo arquear los ojos de aquellos buenos leyentes, y provocándonos a nosotros a risa estrepitosa de regocijo, si no ya de mofa y desprecio.

Uno de estos viajeros, nacido en Kent, educado en Eton, estudiante en Oxford, y muy curtido y versado en los salones elegantes de Londres, vino en cierto mes de agosto a aposentarse en la fonda del señor Reyes, que en aquellos salutíferos baños representa, y aún creemos que todavía sostiene, el propio carácter y papel que el antiguo Genyes y el moderno Lhardy en Madrid; pero con tal amplitud de persona, con traza tan mayúsculamente patriarcal, que él sólo, por su propia efigie y estampa, exigiera y nos debiera otro bamboche de pincel, si no fuéramos ya tan metidos en corriente del artículo que nos hemos propuesto escribir (y va de dos), y tan en pos del título que arriba hemos señalado. Ello es, en fin, que nuestro inglés tomó tierra en un cuarto, tabique por medio del mío; y a poco de su aparición, ya en la mesa, ya en las muchas ocasiones que ofrece para encuentros de afabilidad y estimación lo reducido de un lugar y la estrechez de fonda como la del señor Reyes, tuvimos motivo para demostrarnos ciertas deferencias y atenciones, que a poco se trocaron en la más afectuosa afición. No por ello nuestra comunicación y trato se regalaba de lleno a satisfacción con los placeres de una plática seguida y de sendas conversaciones, sabrosas y de fáciles entendederas. Era el caso que nuestro extranjero, como recién llegado a Gibraltar, y en fresco trasegado a Carratraca, apenas podía deletrear dos o tres palabras de enrevesado castellano; y su francés, aunque pudiera serle y servirle de gran útil para sus lecturas y estudios, lo había usado y cursado tan poco, y lo miraba con tal enfado, que en sus labios, antes que idioma articulado, más semejaba los chiflos y refollamientos de algún órgano de registro averiado y descompuesto, o los singultos de algún gato con romadizo. Alguna vez, considerando yo que nuestra educación e investidura académica eran parte para darnos ayuda en semejante trabajo, llamábamos en socorro nuestro el poco o mucho latín que en nuestras escuelas respectivas imaginábamos haber aprendido. Pero la pronunciación que los extranjeros dan a los genitivos y acusativos, y la particular inflexión que suelen dar a los otros casos cuando hablan latín, nos desesperaba a perfecta vicenda siempre que nos proponíamos entendernos en tal idioma, además de despertar tal fracaso en mi revoltosa imaginación la idea endiablada de que en esto de humanidades tan alto rayaban los profesores y discípulos de Eton, cuanto los maestros y escolares de las universidades de Oviedo y Valencia, y no vale señalar. A pesar de tales contratiempos, nuestra afición crecía, sin haber aventura en que no estuviéramos de por mitad, ni jira, ni partida en que no viajáramos recíprocamente de conserva.

Por aquellos días se me anunció que en cierto pueblo inmediato había gran festejo y alboroque, mucho de bullicio y algazara, y no poco de festividad y de divertidos juegos. Y al oír decir juegos, ya creerán (y creerán bien) algunos de los que guardan y conservan el son y dejo de aquellas comarcas, que se me hablaba de la cercana, y pintoresca, y rica, y poderosa villa de Alora, famosa y famosísima, entre pueblos creyentes y paganos, por la fama de sus juegos llanos.

Los juegos llanos de Alora son, en verdad, los más inocentes e inofensivos que se han ideado desde los olímpicos hasta el día, teniendo por añadidura el mágico poder de excitar y mover exquisitamente la sensibilidad del pobrete que suele en ellos representar el papel de protagonista y héroe. Pero por una contrariedad que así nos cobijó entonces al inglés y a mí, como cual ahora a mis oyentes, que no pueden instruirse de qué sean tales juegos llanos, no fue Alora el pueblo donde tal boato se preparaba; y si se me obliga a que declare el nombre en cuestión, diré que no quiero, en prueba de la dulce amabilidad de mi carácter, y vamos adelante. Ello fue que Arturo (tal era el nombre del inglés) fue de la partida, y juntos y en caravana con algunos otros curiosos y aficionados, nos trasladamos asnalmente, quier a mujeriegas, quier a horcajadas y no caballeramente, pues tanta era la fragosidad y aspereza del camino, al teatro de nuestra curiosidad e investigadora vagancia. Así como nos apeamos, Alifonso Felpas, mozo de cuenta, arriscado y rey parrandero del pueblo, vino y se me acercó, noticiándome el programa de las funciones y festividades.

-Después de la romería de la Virgen -dijo-, y a eso de si son luces o no son luces, entraremos de vuelta en casa de la Márgara, y allí apuraremos entre cuatro amigos leales una pírula del de Yunquera, con unos mostachones de canela y otros dulces de Ardales que saben a gloria. Después caeremos en casa de la Vicaria, a ver los juegos del Narro, y por postre entraremos en el patio de la Remedios, adonde hay fiesta y cantan unos muchachos de la costa, que diz son cosa particular...

-Cuidado, que se suena ha de haber Roque y se ha de armar Bronquis con muchísimo del hollín -dijo en baja voz un mozalbete que, sentado a par del umbral de la puerta, dirigió la palabra a Felpas.

-¿Y de dónde lo sabes tú, Palomo? -dijo éste.

-Lo sé, y estoy muy penetrado del caso -dijo aquél-, porque la Polvorilla ha dado celos de mala muerte con uno de esos costeños al Pato, y éste ha venido a contar para el Roque con mi hermana Canhorro..., y véalo usted.

-Pues la noche será muy muñida -dijo Felpas dirigiéndome la palabra-. Pero a bien que no será la primera -añadió con cierto retintín y sonsonete.

-Yo no iré si tal se teme, amigo Felpas -le repliqué-; tanto porque estoy fuera de andadura, cuando porque vengo con este inglés, a quien quiero excusar de meterse en tales culebras...

Iba a manifestarme Felpas que yo procedía como prudente y atinado no asistiendo al abreviado infierno que se preparaba, cuando mi inglés, que atento estaba, y que si ciento no atrapaba, alguna recogía, me preguntó, pero en desusada y trilingüe manera, que cuál era el asunto de que se trataba y nos ocupábamos.

Puede pintarse allá en la cámara oscura de su magín cualquier pío lector, la dificultad casi invencible en que me vería para explicarle a mi curioso extranjero el resultado del coloquio arriba apuntado, y más que todo el hacerle entender la agradable significación de las palabras Roque y Bronquis.

Después de mil laboriosos esfuerzos de mi talento; después de darles forma explicativa para tales ideas a mis conocimientos políglotos; y después, en fin, de llamar en mi ayuda la mímica y el lenguaje de acción, salpimentado todo satisfactoriamente, a mi ver, con palabras francesas, lusitanas, inglesas y latinas, cuál no sería mi despecho y mis calabazas de rabia, cuando en lugar de dócil silencio, me encuentro con que mi inglés me interroga, diciéndome:

-¿Sed quid est Roque, bronquisve?

Al escuchar semejante pregunta, di mi trabajo y afán por perdidos y, como chico a quien se le hundió su castillo de cartas y vuelve pacientemente a encaramarlas y levantarlas, torné a mi pasada y pesada tarea, valiéndome de nuestro latín casero como medio supletorio a mi pantomímica explicación. Ya pude conseguir al fin que entendiera la flor de que se trataba; de que en medio de la fiesta alguna voz siniestra y ronca diría Roque; que acaso se repetiría aún segunda amonestación, y al ver que aquel congreso no se disolvía, se apelaría al medio teatral de apagar las luces, comenzando la salva de badajazos, cintarazos et aliquid amplius de que hablan los autores, lo cual legítimamente es armar un Bronquis. El curioso de Arturo me escuchaba con estática atención, conociendo yo en su atrevida mirada que, antes de arredrarle, más le enamoraba la imagen de aquel futuro campo de Agramante. Por respuesta toda a mi argumentación y explicativa, me repetía con gesto denodado y resuelto: «Non timeo», blandiendo de una manera totalmente a la inglesa los puños cerrados y apretados, por aquel estilo que la gente inteligente llama móquilis o trómpilis; y el bravo inglés, confiado en su fuerza, vigor e innegable destreza, me preguntaba con latina interrogación, siguiendo en el blandir de sus puños: «¿Sufficit?». Y entonces, poniéndome al unísono de aquel latín que nada dejara que desear al que se ha de hablar y usar en nuestras Universidades, planteado y asentado que sea el modernísimo plan de estudios, respondí grave y reposadamente:

-Trompilis aut moquis non sufficit.

-Rem implebimus -me replicó el indomable inglés.

-Jacta est alea -le contesté en tono resuelto y afirmativo, dándole a entender que emprenderíamos la jornada y que echaba el pecho al agua.

Y comencé desde luego a preparar mis lomos a la tarea, sintiendo no tener a mano medios fáciles de explicación para hacerle entender a mi compañero cuán bien haría en seguir con atrición y contrición mi buen ejemplo y mi cristiana resignación.

Efectivamente, después de comer al mediodía, empavesado yo al uso del camino, con calzón, jergueta carmelita, chupín canario y sombrerín calañés, y atildado mi inglés con camisolín de colores y albeando la persona con pantalones y jubón de patente y chaqueta de piqué graciosamente rayada y mosqueada de azul y violeta, llevando en los bolsillos dos pañuelos de Holanda, y con sombrerón de paja de Italia, nos metimos en danza para la romería, desde donde, después de agradablemente paseados y divertidos, vinimos a dar con nuestros cuerpos en casa de la tía Márgara. Aquí hicimos honores en forma al aguardiente de Yunquera de que Felpas nos habló antes, a pesar de los 35 grados de calor de que habíamos disfrutado aquel día; y después de aplaudir los juegos y rusticidades chistosas del Narro, recalamos al fin, oyendo la última campanada del rosario, en casa de la Remedios, en donde el baile se preparaba.

Nosotros logramos desde luego asientos de primera, y como piloto que debía conocer los bajíos y malas corrientes de aquella costa peligrosa, dejando a sotavento el sitio de los cantadores y tañedores, fui buscando con mi Pílades la parte superior del zaguán o cuerpo de casa en donde la función se parecía y tenía plaza, y allí en un rincón o ángulo me acomodé y rellané en silla fuerte y robusta, fortalecidos sus peldaños con traveses de estupendo espesor. Mi inglés no quiso admitir otra igual silla con que yo le brindaba advertidamente, y, como novicio e inexperto, escogió para asiento un escalón que allí se parecía, sin duda para confinar fácil e inmediatamente con las sayas de una zagala de dieciocho a veinte años, que llenaba la otra mitad de aquel escabel de cal y canto. La fiesta iba ya por la epístola, es decir, iba ya bien comenzada; las guitarras sonaban y las coplas iban y venían, y las vueltas de rondeña y malagueña se sucedían con rapidez increíble. El cerco de la gente era dilatado y muy espeso en hileras. Un enorme velón de Lucena, de cuatro mecheros curvilíneos ardiendo como bocas de dragón, y colgado de un horcajo de madera pegado al techo de la estancia, alumbraba aquella escena grotesca, si extraña, si pintoresca. Las muchachas lucían con tal luminaria su aseo y su gentileza, y si sus ojos brillaban como abalorios o azabaches, el pelo negro y copioso que todas ostentaban recogido en castañas, tomadas con cintas encarnadas en la cabeza, les daban un aspecto tan graciosamente pastoril, que la imaginación olvidaba con desdén a tal vista el tocado femenil voluptuoso, romano, y griego.

La luz de los mecheros que reflejaba vistosamente por tales ojos, hermosuras y arreos, se eclipsaba tristemente y apagaba en el grupo oscuro de hombres, que embozados en sus capas y apoyados en algún gran tajo de madera o mesa de noguerón, se bosquejaban confusamente y se dejaban mal ver a un lado y otro de las dos puertas, que ésta iba a la calle y la otra a los patios y corrales de la casa.

Caldera de gran buque con asa de dilatado cerco, recién bruñida por gentil mano y pendiente de sendas llares, condecoraba campestremente el frontis y lugar de aquel recibimiento general o salón de compañía de las casas rústicas de los pueblos de Andalucía. La chimenea que cobijaba todo aquel espacio, siendo de gran vuelo y amplitud, y blanca como la paloma, resaltaba ricamente con el tesoro de cobre y azófar que la coronaba, señal de ostentación y riqueza en aquellas comarcas. Allí otras calderas de menor calibre, limpias y rojas como las candelas, deslumbraban los ojos con su brillo; las espumaderas, los cazos, los peroles, las ollas de cobre, los escalfadores, las palmatorias, las lámparas y otros cien trebejos y cachivaches, como chufetas, braserillos, copas, badiles, almireces y más baratijas, todo de metal relumbrante y limpio, eran muestra del ajuar copioso y rico de la casa, al paso que cinco o seis otros velones de no menor estatura que el que ardía entre el cielo y la tierra de aquel hemisferio, con sus grifos apagados y sus pantallas en alto, esbeltas e izadas arriba, parecían, entre las demás prendas de la chimenea, centinelas que vigilaban por tanto tesoro, o capitanes atrevidos y en orden de parada, que con gala y desenfado tenían el mando de aquellas escuadras relumbrantes y refulgentes.

Los dos costeños, que eran los sostenedores de la fiesta, mantenían el buen nombre de su habilidad con soltura y gracia, haciendo subidas y variantes muy extremadas, y poco oídas hasta entonces, y entonando la voz por lo nuevo y bueno, ya con sentido, ya con desenfado. El más mancebo de los dos Gerineldos (y, por cierto, que tenía muy buen corte) no quitaba ojo de la Polvorilla, quien, por su parte, le pagaba, unas veces a hurto y otras bien a las claras, con miradas muy expresivas aquella preferencia y afición.

La Polvorilla era un pino de oro. Jaca de dos cuerpos, era muy bien ensillada, mejor empernada, y tomando tierra con dos dijes, que no con dos pies, pues tan lucidos y bien cortados eran. La cabeza era gentil, la mirada rigurosa, bebiendo con corales y marfiles que hacían eclipsar los ojos de purísimo gustito de quien la miraba, y traían el agua a la boca como deseando beber en aquella concha. Esta muchacha, grano de pimienta y pomo de quinta esencia de claveles, desde muy temprano había alcanzado fama y nombradía entre las chicas de breves y verdes años, y todo por cierta frase y palabra que soltó en ocasión solemne y estrepitosa. Se contaba que, estando en capullo todavía, y si son flores o no son flores, cierto día que no estaba presente su madre, algún caballero o majo, encontrándosela sentada al oreo del viento y debajo de ciertos jazmines y arrayanes, le había hablado en estas o muy parecidas palabras:

-Dígame, niña: ¿se puede saber los años con que esa personita cuenta?

Y diz que ella, mirando al interrogante con sus dos azabaches de África, le respondió:

-Señor caballero, madre asegura que no tengo más que trece años; pero en cuanto a mí, ciertamente yo me siento de más edad.

La elocuencia fisiológica, gráfica y fulminante de tal frase, logró gran palma entre aquellos conocedores de las elegancias del idioma, y desde entonces, sin duda aludiendo a lo inflamable y estallante de tal cabeza, le pusieron a la persona el nombre y remoquete de Polvorilla; y esto porque, siendo el caso sucedido años había, cuando el conocimiento de los fósforos andaba poco derramado por aquellas partes, no se hablaba del pistón o cosa semejante, pues, a serlo, la hubieran llamado la pólvora fulminante, o apodo por el estilo.

La Polvorilla era un pimiento chirle del lugar, la cuestión sin término de los mozos, y el regaño de toda fiesta, rifa, junta o baile en donde se encontraba. En el caso presente ya había bailado diez veces, cantado treinta coplas y matado a pesadumbres a dos docenas de hombres: bien que afortunadamente hasta el trance en que ahora vamos y logramos ir refiriendo, ningún siniestro ni tempestad de mayor marca había provocado. Con efecto: la cosa duró así larga pieza de tiempo, y ya casi llegué a persuadirme de que sonaría la queda sin fracaso alguno, felicitándome al propio tiempo de haber salvado aquel peligro, no de agua, sino de purísimo lanternazo, cuando mi compañero de aventuras, que sin duda repasaba en su imaginación otros iguales pensamientos que los míos, alargando el gallarín hacia mí, me dijo primero, parodiando ciertos versos famosos:


    Plaz mi ibero cavalier,
et dona malacitana;
et la danza sevigliana,
et l'uomo bravo in destrier.

Y luego, mudando de son y de pensamiento, añadió:

-Sed non invenio nec apparet Roque bronquisve.

Apenas había pronunciado estas nigrománticas palabras, sonó un silbido de mal agüero, sin acertar yo ahora a definir si vino de la parte interior o sonó por las afueras de la casa; pero ello es que, conforme se dejó sentir aquel reclamo, antes que nadie pudiera repararse, una voz cavernosa y muy reposada, sin saber de dónde salía, dijo con acento amenazador: Roooque.

Las guitarras, cual cogidas de sobresalto, suspendieron su vocinglería un instante; pero como para desquitar tal interrupción y hacer olvidar esta muestra de debilidad, los músicos cogieron inmediatamente el hilo de su cortado pasacalle, y redoblaron con mayor ahínco y fuerzas sus repiques y redobles.

El ama de la casa, en voz de contrapunto, dijo:

-Que se llame al alcalde -y alzando más el grito-: o al escribano, mi primo, o a Rebenque el alguacil.

Las madres, dueñas y tías comenzaron a llamar por sus nombres y apellidos a las hijas, sobrinas y pupilas; de manera que podría creer quien tal oyera que asistía a la lista de una, dos o más compañías que, antes confundidas, van de pronto a rehacerse y ordenarse.

-No hay cuidiao -dijeron a un tiempo tres o cuatro voces de contrabajo profundo-: no hay cuidiao; ande la fiesta y vengan hombres.

Yo eché una mirada de inteligencia a mi inglés, como advirtiéndole que el aguacero se acercaba, y dándole a entender de camino que había hecho muy mal en no estar pertrechado de alguna silla como la mía que le sirviese in apuris de celada o rodela, según fuese el ataque y urgiese la necesidad. La cosa anduvo, sin embargo, por la buena todavía como diez o quince minutos; cuando al cabo de ellos, y como si la voz prodigiosa de Carvino en la familia de Wieland, se hubiera dejado oír allí, se escuchó con más enojo y con cierto retintín el grito tremendo de Roooque.

-Ya esto es insufrible y pasa de bellaquería -exclamó chillando la honrada ama de la casa.

-Fulana, Zutana, Mengana, Maricota, Nieves... -se oía por aquí-; Fuensanta, Patrocinio, Juancha, Curilla... -se escuchaba por allá; y otros cien nombres por todas partes.

-Si digo que no hay cuidiao -repitió con socarronería la voz de antaño.

-Pues siga la fiesta -decían otros.

Yo miré a mi inglés a ver qué tal continente tenía y, éste, que iba tomando tiento al lance, se me dio por entendido, y me dijo en nuestra consabida monserga:

-Fruor, amice sed jam apparet Roque bronquisve.

Y no se equivocaba por cierto; pues en el propio instante algún brazo invisible, por lo presto y poderoso, dio tal revés al luminar que alumbraba la estancia, que así callaran sus bocas las cien mujeres, que al punto comenzaron a gritar por todos los tonos, como él quedó apagado y muerto cual si hubiese sido ciego de nacimiento. Cien cigarras chirriando a un tiempo, doscientas norias estridando premiosamente, mil gallinas y ánsares salteados por vulpeja o garduño, y mil chiquillos vapulados a telón alzado por mano grave y sentada, no remedan ni a cien leguas el escarceo y endiablada algazara que allí se armó y encendió. Las guitarras, sin embargo, proseguían en su clamoreo y en sus trinos, pues callarlas en semejante conflicto fuera cobardía y dar victoria a los contrarios. En seguida comenzaron los cintarazos y el bataneo de costumbre, y las carreras y encuentros de los que querían, acertaban y podían deslizarse y escabullirse, o al menos zabullirse y agazaparse. La vocería cesó y los palos alzaban más el grito: había palo que valía cien reales, y silletazo que merecía un condado. Las guitarras, en tanto, tuvieron por conveniente entornar al fin el pico, no sin oponer una vigorosa resistencia la guardia argiráspide que las custodiaba. Un son lastimero y uno como eco de lejana y moribunda armonía fueron los últimos suspiros de aquellos dos instrumentos. Yo, como veterano en tales andanzas, desde luego tuve estudiado y adopté la posición que debí tomar y la postura en guardia que me convenía. Por mi vera percibía pasar silenciosas cabezas llenas de rizos, o deslizarse en agachadillas los callados pies de las Sabinas hermosas que huían de aquel recinto endiablado, así bien como tórtolas que huyen las enramadas invadidas por la brutez pastoril, o como tímidas cautivas que se alejan de los horribles lechos de los piratas y corsarios. De todo esto bien conocía yo cuál era su naturaleza de significación, así como desde luego entendí que aquellos ecos lastimeros de las dos vihuelas no era otra cosa que el ósculo de paz que habían dado al estrellarse como huevos frescos en la mollera de los dos tañedores costeños. Mas lo que me intrigaba sobre manera, por no poder atinar en alguna explicación razonable de ello, era oír unos como badajazos de campana, ya pausados, ya repetidos, ya desiguales, o ya de carrerilla, que traían atronado todo aquel recinto.

-No parece -decía yo para mi sayo- sino que el reloj del lugar se ha trasladado aquí esta noche para tocar las doce; luego, las cuatro; después, las diez, sin orden ni concierto, confundiendo las horas con los cuartos y viceversa, y luego al contrario. Además, todo reloj en regla no se propasa a marcar más que las doce; pero éste da las trece, las quince, las veinticuatro. ¡Qué diablos podrá ser este son, que en ninguna otra culebra he oído ni sentido!...

Afortunadamente pronto salí de mi motivada curiosidad. En efecto, el alcalde acudió como era justo, justamente cuando ya todo había finado y concluido. Le seguían gran copia de luces, amén de los individuos de la justicia, que todos iban entrando y diciendo:

-Esto es cosa de juego y de nonada; que se encienda el velón, y siga la fiesta.

El velón fue levantado de su maltrecho, recibió su lugar de antes. Con su ayuda, y al brillo de las demás luces, se descubrió todo el campo salteado, se dibujaron fielmente todos los objetos, y tomaron color y vida. El alcalde tuvo el poder del Despertador de los Cementerios. A su llegada comenzó a levantarse y tomar posición vertical todo el ganado femenino que por aquí y por allí, a la hila de las paredes y por debajo de mesas y bancos, se había guarecido rebujadamente u horizontalmente del chubasco que había sobrevenido. En cuanto la estancia quedó iluminada, el primer objeto con que tropezaron mis ojos fue conmigo mismo, pues los perfiles de mi penumbra se dejaban ver en la pared a mi frontera. En efecto: tuve el placer de contemplarme hurtado, suave y encogidamente contra la pared, teniendo mi silla embrazada por el espaldar, colocado mi asiento sobre mi cabeza, y sirviéndome como de casco romano, auque adornado con las cuatro puntas de los cuatro peldaños. En una palabra: a tener actitud más noble, hubiéraseme antojado mi imagen la estatua de un Neptuno; pero considerándome como busto de medio cuerpo, sólo pudiera pasar muy bien por la efigie de algún rey de los longobardos, que él mismo se cobijaba la corona. Una de las guitarras la miré puesta por corbata de uno de los tocadores.

Cuando la refriega, y estando ya en manos de algún invasor, la enderezaron tan felizmente y con tal acierto a la cabeza del tocador, que, entrándola por el ánima del instrumento, se la sacaron limpiamente por su espaldar y fundamento. Fue golpe en verdad de gran limpieza, y entonces hubo de oírse sin duda aquel eco de melancólica armonía de que hemos hecho puntual mención. Al mirar a tal individuo con semejante collar, parecía que engalanaba con dos cabestrillos de encumbrada prosapia y ascendencia: aquél era el pañolín de seda, y ése, el mástil de la guitarra. La otra vihuela se parecía en derredor hecha menudos añicos, que cada cual revelaba mil y una carambolas hechas limpiamente por mano airada y brazo fuerte.

Pero ¿qué serían aquellos badajazos campaniles que tan ruidosamente sonaban, y de que fiel relación tengo hecha a mis curiosos lectores? Voy a decirlo incontinenti. El inglés, que por lo negro del nublado sacó el hilo de la tempestad que comenzaba, se previno prudentemente para el caso. Adivinando el buen uso que yo pensaba hacer de la silla, y no teniendo otra igual a mano para aplicarla a tal menester por la preferencia que diera al asiento de cal y canto que con la muchacha ocupaba de por mitad, se apoderó desde luego de la oronda caldera que adornaba el hogar de la casa. Dueño de ella, se la puso como quitasol, y allí recibió el aguacero y granizada que tan rabiosamente disparó el cielo en aquel aposento. Es indudable que algún devoto de la chica, viendo al inglés tan cercano a ella, se propuso con tal motivo machacarle la caspa y tocarle a aleluya en la mollera. A esto debe atribuirse aquel repetir, dar, sonar y deshacer, y resonar las diez, las once y las doce horas, y que el diablo sea sordo. Fortuna que tal capacete pudo lograr nuestro curioso Arturo.

Como este juego y escarceo inocente no provocó mayor pesadumbre y desmán, cual se lo hizo conocer acto continuo al alcalde Polvorilla, que lista como un Argos fue la primera en descampar, como fue también la primera en parecer, dijo a voz en grito:

-¿Y porque hay chubascos no se ha de ver el cielo saliendo al verdoso? ¿y porque haga aire se han de clavar las ventanas? Nada ha sucedido sino salva y estruendo: guitarras hay, y cuajo tenemos; siga, pues, la fiesta.

-¡Que siga! ¡que siga! -clamaron todos, y muy particularmente cinco o seis jóvenes de veintidós a veinticinco abriles, que haciéndose de nuevas entraron por las puertas. Hubo quien dijo que aquellos justamente habían dado el Roque y armado el Bronquis. Pero esto no puede creerse, atendido el respeto que se merecía el señor alcalde. Si ellos fueron, hicieron muy bien en volver a encender la zambra, pues, después de apalear a sus contrarios, nada más alegre como armarles fiesta y cantar la victoria.

Han pasado años y años de esta andanza y aventura, cuando no hace quince días que estándome leyendo en los porches de la Plaza Mayor el manifiesto del 19 del mes que expiró, me encuentro abrazado por mi amigo Arturo. Fácil es concebir nuestra recíproca alegría y satisfacción. Desde luego, además de la de los años, le hallé gran diferencia en su lenguaje. Sin duda debe haber estudiado mucho el castellano, y, más que todo, haber viajado continua y dilatadamente por España, para poseer tan bien y con tal propiedad nuestro idioma. Desde luego trajimos a la memoria el recuerdo de nuestra pasada aventura y de todos sus adherentes y circunstancias.

-¿Sabe usted -le dije- que he bosquejado un articulejo de costumbres, sirviéndome de cañamazo y urdimbre el suceso que así nos sobresaltó y que después nos divirtió tanto?

-Quiero leerlo -me replicó Arturo-, para recordar algunas circunstancias y pintar en mi álbum la escena final de aquel acto, con su silla de usted sentada sobre la cabeza, y mi caldera sirviéndome de casco de centurión.

¿Y por qué, si después de leído le agrada el artículo, no lo traduce al inglés, siquiera por memoria mía?

-No lo traduzco, amigo mío, porque para dar una idea real, histórica, exacta y cumplida a mis compatriotas de lo que es en este país dar un Roque y armar un Bronquis, he traducido ya minuciosamente y muy pormenor la sesión de las Cortes españolas de 16 del mes de marzo del año de gracia de 1846.



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