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ArribaAbajoUn baile en Triana

¡Ay, señor mío! -respondió la Rufina María-; si son de Nigromancia me pierdo por ellas, que nací en Triana, y sé echar las habas, y andar el cedazo y tengo otros primores mejores.


El Diablo Cojuelo. -Tranco VIII                


En Andalucía no hay baile sin el movimiento de los brazos, sin el donaire y provocaciones picantes de todo el cuerpo, sin la ágil soltura del talle, sin los quiebros de cintura y sin lo vivo y ardiente del compás, haciendo contraste con los dormidos y remansos de los cernidos, desmayos y suspensiones. El batir de los pies, sus primores, sus campanelas, sus juegos, giros y demás menudencias, es como accesorio al baile andaluz, y no forman, como en la danza, la parte principal. La Gallarda, el Bran de Inglaterra, la Pavana, la Haya y otras danzas antiguas españolas, fundaban sólo su vistosidad y realce de la primera soltura y batir de los pies, y en el aire y galanía del pasear la persona.

Allí no había pasión, delirio, frenesí, como se pretenden pintar en todos los bailes que desde muy antiguo han sido peculiares a España, singularmente en las provincias meridionales. Aquellas danzas tenían su lugar en la gala ceremoniosa del sarao; los bailes para el desenfado del festín, para la libertad del teatro. Sabido es que las saltatrices y bailarinas, españolas, singularmente las cordobesas y gaditanas, eran las más celebradas de cuantas se presentaban en los teatros de la gentílica Roma; y tal habilidad y lo picante de los bailes se han ido trasmitiendo de siglo en siglo, de generación en generación, hasta nuestros días. Acaso la configuración de la mujer andaluza, de pie breve, de cintura flexible, de brazos airosos, la hagan propia cual ninguna para tales ejercicios, y acaso su imaginación de fuego y voluptuosa, y su oído delicado y sensibilidad exquisita, la conviertan en una Terpsícore peligrosa para revelar con sus movimientos los delirios del placer, en sus mudanzas los diversos grados y triunfos del amor y, en sus actitudes, los misterios y bellezas de sus formas y perfiles. De cualquier modo que sea, ello es que estos bailes andaluces siempre mueven y fijan la curiosidad del extranjero que una vez los llegó a ver, y jamás sacian la ambición del que, por haber nacido en Andalucía, siempre los tuvo bajo su vista.

Pero de todo aquel país, Sevilla es la depositaria de los universos recuerdos de este género, el taller donde se funden, modifican y recomponen en otros nuevos los bailes antiguos, y la universidad donde se aprenden las gracias inimitables, la sal sin cuento, las dulcísimas actitudes, los vistosos volteos y los quiebros delicados del baile andaluz. En vano es que de las dos Indias lleguen a Cádiz nuevos cantares y bailes de distinta aunque siempre de sabrosa y lasciva prosapia; jamás se aclimatarán, si antes, pasando por Sevilla, no deja en vil sedimento lo demasiado torpe y lo muy fastidioso y monótono a fuerza de ser exagerado. Saliendo un baile de la escuela de Sevilla, como de un crisol, puro y vestido a la andaluza, pronto se deja conocer, y es admitido desde Tarifa a Almería y desde Córdoba a Málaga y Ronda. Ni por el continuo aluvión de nuevos bailes, ni de la recomposición de los unos, ni de la fusión de los otros, dejan de existir siempre los recuerdos y las imágenes más vivas de la antigua Zarabanda, Chacona, Antón Colorado, y otros mil que mencionan los escritores desde el siglo XVI hasta el presente, desde Mariana hasta Pellicer. En el moderno bolero se encuentran recuerdos de aquellos bailes, y una de sus mudanzas más picantes conserva todavía el nombre de la Chacona. El Ole y la Tana son descendientes legítimos de la Zarabanda, baile que provocó excomuniones eclesiásticas, prohibiciones de los consejos, y que, sin embargo, resistía a tantos entredichos, y que, si al parecer moría, volvía a resucitar, tan provocativo como de primero. No hace muchos años que todavía se oyó cantar y bailar, por una cuadrilla de gitanos y gitanillas, en algunas ferias de Andalucía.

Estos bailes pueden dividirse en tres grandes familias, que, según su condición y carácter, pueden ser, o de origen morisco, español o americano. Los de origen español pueden conocerse por su compás de dos por cuatro, vivo y acelerado, que se retrae por su aire antiguo al Pasacalle, y que, cantado en coplas octosílabas de cuatro o cinco versos, se parecen mucho a la jota de Aragón y de Navarra. Los de alcurnia americana se revelan por su mayor desenvoltura, como provenientes de pueblo en que el pudor tenía pocas o ningunas leyes; pero entre todos estos bailes y cantares merecen llamar la atención (del que al través de estos usos y diversiones trate de estudiar el carácter de los pueblos y las vicisitudes que han corrido) los que conservan su filiación árabe y morisca. Éstos se descubren por la melancólica dulzura de su música y canto, y por el desmayo alternado con vivísimos arrebatos en el baile.

Desde luego haremos notar que la Caña, que es el tronco primitivo de estos cantares, parece con poca diferencia la palabra Gannia, que en árabe significa el canto. Nadie ignora que la Caña es un acento prolongado que principia por un suspiro, y que después recorre toda la escala y todos los tonos, repitiendo por lo mismo un propio verso muchas veces, y concluyendo con otra copla por un aire más vivo, pero no por eso menos triste y lamentable. Los cantadores andaluces, que por ley general lo son la gente de a caballo y del camino, dan la primer palma a los que sobresalen en la Caña, porque, viéndose obligados a apurar el canto, como ellos dicen, o es preciso que tengan mucho pecho o facultades, o que pronto den el traste y se desluzcan. Por lo regular la Caña no se baila, porque en ella el cantador o cantadora pretende hacer un papel exclusivo.

Hijos de este tronco son los oles, las tiranas, polos y las modernas serranas y tonadas. La copla, por lo regular, es de pie quebrado. El canto principia también por un suspiro, la guitarra o la tiorba rompe primero con un son suave y melancólico por mi menor, pasando alternativamente y sin variación la mano izquierda de una posición a otra, y la derecha hiere las cuerdas a lo rasgado, primero por lo dulce y blando, y después fuerte y airadamente, según la intención y sentido de la copla. El cantador o cantadora entra cuando bien le parece, y la bailadora, con sus crótalos de granadillo o de marfil, rompe también sus movimientos con la introducción que tiene toda danza o baile, que allí se llama paseo.

Y son muy de notar, por cierto, los toques y particularidades de este canto, que por lo mismo de ser tan melancólico y triste, manifiesta honda y elocuentemente que es de música primitiva. En él es verdad que no se encuentra el aliño, el afeite o la combinación estudiada e ingeniosa de la nota italiana; pero, en cambio, ¡cuánto sentimiento, cuánta dulzura y qué mágico poder para llevar el alma a regiones desconocidas y apartadas de las trivialidades de la actualidad y del materialismo de lo presente! Por eso el cantador, arrobado también como el ruiseñor o el mirlo en la selva, parece que sólo se escucha a sí mismo, menospreciando la ambición de otro canto y de otra música vocinglera que apetece los aplausos del salón o del teatro, contentándose sólo con los ecos del apartamiento y la soledad.

Al entrar en la copla el cantador, entra en mudanza la bailadora, ya sola, ya acompañada con su pareja, y los tocadores imprimen en las cuerdas aquellos sones que más les sugiere su buen gusto y su sensibilidad. En aquel punto el que baila, el que canta y el que toca se unen en un propio sentimiento, se arroban, se entusiasman, y éste con sus trinos, aquélla con sus movimientos, y el otro con sus suspiros y gorjeos tristísimos, de tal manera arrebatan a los concurrentes, que todos prorrumpen en monosílabos de placer y en gritos de entusiasmo. Acaso algún decano, ya por sus años, o por su voz averiada, derribado de la plaza de cantador, u otro aficionado que espera su turno para dar vuelo a su copla, con los dedos sobre la mesa, o con las palmas en alto, llevan el compás y medida de la orquesta, no perjudicando lo rústico de la traza al buen efecto y final resultado de aquella singularísima ópera.

Cuando los principales cantadores apuran sus fuerzas, se suspenden las tonadas y polos de punta, de dificultad y lucimiento, y entran en liza con la rondeña, o granadina, otros cantadores y cantadoras, de no tanta ejecución, pero no inferiores en el buen estilo. Después de pasar varias veces de estas fáciles a las otras difíciles y peregrinas canturias, se ameniza de vez en cuando la fiesta con el canto de algún romance antiguo, conservado oralmente por aquellos trovadores no menos románticos que los de la Edad Media, romances que señalan con el nombre de corridas, sin duda por contraposición a los polos, tonadas y tiranas, que van y se cantan por coplas o estrofas sueltas. Acaso en estos romances se encuentran muchos de los comprendidos en el Romancero General, en el Cancionero de Romances y otros, y acaso se conservan también algunos, que no se hallan en semejantes colecciones, pero que, a pesar de las mutilaciones y errores que tienen, revelan desde luego pertenecer al mejor tiempo de nuestra poesía peculiar. ¿Por qué se han conservado en Andalucía, mejor que en Castilla u otras provincias, estos cantares y romances? ¿Cómo es que preciosidades de literatura y costumbres tan interesantes no se han recogido en las antiguas o modernas colecciones? Una respuesta sola hay para esto: la música oral los ha conservado, así como los cánticos de Escocia y la poesía de otros pueblos. El averiguar por qué en Andalucía se conserva más resto de costumbres antiguas, más tradiciones caballerescas que no en otras provincias antes restauradas de los moros, fuera asunto para una curiosa disertación.

En tanto, hallándome en Sevilla, y habiéndoseme encarecido sobremanera la destreza de ciertos cantadores, la habilidad de unas bailadoras y, sobre todo, teniendo entendido que podría oír algunos de estos romances desconocidos, dispuse asistir a una de estas fiestas. El Planeta, el Fillo, Juan de Dios, María de las Nieves, la Perla, y otras notabilidades, así de canto como de baile, tomaban parte en la función. Era por la tarde, y en un mes de mayo fresco y florido. Atravesé con mi comitiva de aficionados el puente famoso de barcas para pasar a Triana, y a poco nos vimos en una casa, que por su talle y traza recordaba la época de la conquista de Sevilla por San Fernando. El río bañaba las cercas de espacioso patio, cubiertas de madreselvas, arreboleras y mirabeles, con algún naranjero o limonero en medio de aquel cerco de olorosa verdura. La fiesta tenía su lugar y plaza en uno como zaguán que daba al patio.

En la democracia práctica que hay en aquel país no causó extrañeza la llegada de gente de tan distinta condición de la que allí se encontraba en fiesta. Un ademán más obsequioso y rendido de parte de aquellos guapos, llevándose la mano al calañés, sirvió de saludo, ceremonia, introducción y prólogo, y la fiesta proseguía cada vez más interesante. Entramos a punto en que el Planeta, veterano cantador, y de gran estilo, según los inteligentes, principiaba un romance o corrida, después de un preludio de la vihuela y dos bandolines, que formaban lo principal de la orquesta, y comenzó aquellos trinos penetrantes de la prima, sostenidos con aquellos melancólicos dejos del bordón, compaseando todo por una manera grave y solemne, y de vez en cuando, como para llevar mejor la medida, dando el inteligente tocador unos blandos golpes en el traste del instrumento, particularidad que aumenta la atención tristísima del auditorio. Comenzó el cantador por un prolongado suspiro, y después de una brevísima pausa, dijo el siguiente lindísimo romance, del conde del Sol, que, por su sencillez y sabor a lo antiguo, bien demuestra el tiempo a que debe el ser.




Romance


    Grandes guerras se publican
entre España y Portugal;
y al conde del Sol le nombran
por capitán general.
    La condesa, como es niña,
todo se la va en llorar.
-Dime, conde, cuántos años
tienes que echar por allá.
    -Si a los seis años no vuelvo,
os podréis, niña casar.
Pasaron los seis y los ocho
y los diez se pasarán,
    y llorando la condesa
pasa así su soledad.
Estando en su estancia un día,
la fue el padre a visitar.
    -¿Qué tienes, hija del alma,
que no cesas de llorar?
-¡Padre, padre de mi vida,
por la del santo Grial,
    que me deis vuestra licencia
para el conde ir a buscar!
-Mi licencia tenéis, hija;
cumplid vuestra voluntad.
    Y la condesa, a otro día,
triste fue a peregrinar.
Anduvo Francia y la Italia,
tierras, tierras sin cesar.
    Ya en todo desesperada
tornábase para acá,
cuando gran vacada un día
halló en un ancho pinar.
    -Vaquerito, vaquerito,
por la Santa Trinidad,
que me niegues la mentira,
y me digas la verdad:
    ¿De quién es este ganado
con tanto hierro y señal?
-Es del Conde el Sol, señora,
que hoy está para casar.
    -Buen vaquero, buen vaquero,
¡así tu hato veas medrar!
Que tomes mis ricas sedas
y me vistas tu sayal;
    y tomándome la mano
a su puerta me pondrás,
a pedirle una limosna
por Dios, si la quiere dar.
    Al llegar a los umbrales,
veis al Conde que allí está,
cercado de caballeros,
que a la boda asistirán.
    -Dadme, conde, una limosna.
El Conde pasmado se ha.
-¿De qué país sois, señora?
-Soy de España natural.
    ¿Sois aparición, romera,
que venisme a conturbar?
-No soy aparición, Conde,
que soy tu esposa leal.
    Cabalga, cabalga el conde,
la condesa en grupas va,
y a su castillo volvieron
salvos, salvos y en solaz.

La música con que se cantan estos romances es un recuerdo morisco todavía. Sólo en muy pocos pueblos de la serranía de Ronda, o de tierra de Medina y Jerez, es donde se conserva esta tradición árabe, que se va extinguiendo poco a poco, y desaparecerá para siempre. Lo apartados de comunicación en que se encuentran estos pueblos de la serranía, y el haber en ellos familias conocidas por descendientes de moriscos, explican la conservación de estos recuerdos.

Después que concluyó el romance, salió la Perla con su amante el Jerezano a bailar. Él tan bien plantado en su persona cuanto lleno de majeza y boato en su vestir, y ella así picante en su corte y traza como lindísima en su rostro, y realzada y limpia en las sayas y vestidos. El Jerezano, sin sombrero, porque lo arrojó a los pies de la Perla para provocarla al baile, y ella sin mantilla y vestida de blanco, comenzaron por el son de la rondeña a dar muestras de su habilidad y gentileza. El pie pulido de ella se perdía de vista por los giros y vueltas que describía y por los juegos y primores que ejecutaba; su cabeza airosa, ya volviéndola gentilmente al lado opuesto de por donde serenamente discurría, ya apartándola con desdén y desenfado de entre sus brazos, ya orlándola con ellos como queriéndola ocultar y embozarse, ofrecía para el gusto las proporciones de un busto griego, para la imaginación las ilusiones de un sueño voluptuoso. Los brazos mórbidos y de linda proporción, ora se columpiaban, ora los alzaba como en éxtasis, ora los abandonaba como en desmayo; ya los agitaba como en frenesí y delirio, ya los sublimaba o derribaba alternativamente como quien recoge flores o rosas que se le caen. Aquí doblaba la cintura, allí retrepaba el talle, por doquier se estremecía, por todas partes circulaba, ora blandamente como cisne que hiende el agua, ora ágil y rápida como sílfide que corta el aire. El bailador la seguía menos como rival en destreza que como mortal que sigue a una diosa. Los cantadores y cantadoras llovían coplas para provocar y multiplicar otras mudanzas y nuevas actitudes. Este cantaba aquello de:


    Toma, niña, esa naranja,
que la cogí de mi huerto;
no la partas con cuchillo,
que va mi corazón dentro.

Otro lo de:


    Hermosa deidad, no llores,
de mi amor no tomes quejas,
que es propio de las abejas
picar donde encuentran flores.

El concurso se animaba, se enardecía, tocaba en el delirio. Una recogía la pandereta, y volviéndola y revolviéndola entre los dedos, animaba el compás diestra y donosamente. Aquél con las palmas sostenía la medida, y, según costumbre, ganábase, para después del baile, con el tocador, un abrazo de la bailadora. Todos aplaudían, todos deliraban. ¡Orza! ¡Orza! -decía el uno- ¡de este lado, bergantín empaverado!; de otra, queriendo llevar el movimiento picante, en una actitud de desenfado: ¡Zas, puñalada; rechiquetita, pero bien dada! De una parte exclamaban, pidiendo nuevas mudanzas: ¡Máteme vuesamerced la curiana! ¡Hágame vuesamerced el bien parado!; de otra, queriendo llevar el baile a la última raya del desenfado: ¡Eche vuesamerced más ajo al pique! ¡movimientos y más movimientos!... ¡Quién podrá explicar ni describir, ni el fuego, ni el placer, ni la locura, así como tampoco reproducir las sales y chistes que en semejantes fiestas y zambras rebosan por todas partes, y se derraman a manos llenas y perdidamente!

Después de esta escena tan viva, cantó el Fillo y cantó María de las Nieves las tonadas sevillanas; se bailaron seguidillas y caleseras, y Juan de Dios entonó el Polo Tobalo, acompañándole al final, y como en coro, los demás cantadores y cantadoras, cosa por cierto que no cede en efecto músico a las mejores combinaciones armónicas del maestro más famoso. Después de esta ópera, toda española y andaluza, me retiré pesaroso por no haber podido oír los romances de Roldán y de Gerineldos, pues el tiempo había huido más rápidamente que lo que yo quisiera.

Alguno de los del festejo, que por más cortesía quiso venir en mi compaña y conversa, entendiendo mi curiosidad, que para ellos era una nueva obligación por ver la importancia que yo daba a tales cosas, me dijo con desenfado noble y con parla de la tierra:

-Padrino, no tome desabrimiento por tal niñería, puesto que el romance de Gerineldos lo sé de coro, y ya que no con discante y gorjeos, al menos se lo iré relatando al son y compás del pasitrote que llevamos.

-Que me place -dije, ansiosamente, a mi acompañante.

-Pues óigame, padrinito mío -me respondió con agrado y, así, comenzó a relatar:




Romance


    -Gerineldos, Gerineldos,
mi camarero pulido,
¡quién te tuviera esta noche
tres horas a mi servicio!
-Como soy vuestro criado,
señora, burláis conmigo.
-No me burlo, Gerineldos,
que de veras te lo digo.
-¿A cuál hora, bella Infanta,
cumpliréis lo prometido?
-Entre la una y las dos,
cuando el Rey esté dormido.
Levantóse Gerineldos;
abre en secreto el rastrillo,
calza sandalias de seda
para andar sin ser sentido.
Tres vueltas le da al palacio
y otras tantas al castillo.
-Abráisme -dijo-, señora;
abráisme, cuerpo garrido.
-¿Quién sois vos el caballero
que llamáis así al postigo?
-Gerineldos soy, señora;
vuestro tan querido amigo.
Tomáralo por la mano,
a su lecho lo ha subido,
y besando y abrazando,
Gerineldos se ha dormido.
Recordado había el Rey
del sueño despavorido;
tres veces lo había llamado,
ninguna le ha respondido.
-Gerineldos, Gerineldos,
mi camarero pulido,
si me andas en traición,
trátasme como a enemigo,
o con la Infanta dormías,
o el alcázar me has vendido.
Tomó la espada en la mano;
con gran saña va encendido;
fuérase para la cama,
donde a Gerineldos vido.
Él quisiéralo matar,
mas crióle desde niño.
Sacara luego la espada;
entre entrambos la ha metido,
para que al volver del sueño
catasen que el yerro ha visto.
Recordado hubo la Infanta,
vio la espada y dio un suspiro.
-Recordad heis, Gerineldos,
que ya érades sentido;
que la espada de mi padre
de nuestro yerro es testigo.
Gerineldos va a su estancia,
le sale el Rey de improviso.
-¿Dónde vienes, Gerineldos,
tan mustio y descolorido?
-Del jardín vengo, señor,
de coger flores y lirios,
y la rosa más fragante
mis colores ha comido.
-Mientes, mientes, Gerineldos,
que con la Infanta has dormido;
testigo de ello mi espada:
en su filo está el castigo.

Justamente el último verso lo dijo, el bardo de Triana pasando todos la puerta de este nombre para envainarnos por la calle de la Mar, en donde ya fue preciso desmoronar la escuadra escogida de mis acompañantes, entrando yo en mi morada con los recuerdos y agradables ideas que estos cantos sugieren a la imaginación amante de tales baladas y tradiciones.




ArribaAbajoAsamblea general

De los caballeros y damas de Triana, y toma de hábito en la orden de cierta rubia bailadora



   Mientras el Conde-Duque
pierde al Rey la España,
perla bailadora,
solázame y baila.
Que tu pie tan sólo,
si pulido danza,
pintando en los aires,
saltando en las tablas,
podrá y tu hermosura
borrarme del alma
pensamientos tristes
amargura y ansias;
y tu lindo aseo
y donaire y gracia
el placer y gusto
sacarme a la cara.


Comedia Verdadera.                


El día de la convocatoria era domingo; la hora fue al punto del crepúsculo vespertino, y el lugar en cierta casa ubicada en la capital del mundo, cabeza visible de la España (el barrio de Triana), con frontispicio a la calle Non plus ultra, que es la de Castilla, y con tapiales al mar de los ríos y al río de la gloria, quinto del Paraíso, a quien al presente los nacidos llamamos Guadalquivir. Si este palacio, por su humilde sobreescrito y modesta apariencia, no lo hubiera escogido por suyo ningún Dux de Venecia, en cambio, no lo desdeñara para regalada mansión nocturna el visir más amigo de frescuras y de perfumes, si le dejaran contemplar el paisaje mágico y la vista deliciosa que desde el jardín de la casa se alcanzaba. Y si una tarde del mes de mayo se sintiera halagado en los sentidos por el aroma de las flores y por el manso ruido de las aguas y de los árboles que allí se goza, desabrochando aquéllas sus capullos y columpiándose éstos al impulso del viento que consigo trae el murmullo lejano del río y que se lleva tras sí el sonoroso estruendo de los inmediatos raudales desprendidos de la alta alberca; no hay más que decir, sino que, dejando los pensiles del Oriente, vendría a tomar asiento en Sevilla y a avecindarse en Triana. Aquel verjel y cerco de verdura era en verdad agradable por extremo.

La puerta que llevaba al zaguán y a los aposentos bajos de la casa se cobijaba con hermosos parrales de una pámpana verde, vívida y luciente, que se confundía con los vástagos de muchos jazmines altos y enredados por las paredes de la cerca. Tales jazmines, que si éstos eran reales, aquéllos eran moriscos, dejaban todos asomar por entre las oscuras y aspadas ramas de sus vástagos los blanquísimos pétalos y los perfumados cálices de sus flores. Con los jazmines, la madreselva y la pasionaria se entrelazan confundidas, ostentando éstas su morado ribete y aquéllas sus perfiles albos y olorosos. En los arriates de enmedio crecían varios carambucos y mirabeles, si coronados éstos de sus ramos de nácar y oro, aquéllos lloviendo sus glóbulos de topacio que resaltaban más entre los tallos de limoneros, cidros y naranjos vestidos de azahar que se mecían pomposamente al viento. Número sin cuento de tiestos y macetas de flores se levantan al frente en anfiteatro, colocadas en andenes de tablas invisibles a los ojos por los festones de ramaje y verdura que de todas partes rebosaban y se desprendían. Aquí remedando a la rosa, las mosquetas y diamelas daban alarma a la vista, disparando antes su aroma al ambiente: allí la nicaragua, las campánulas, las arreboleras, avergonzaban la pura luz del sol con sus matices y cambiantes. El galán de día, abrochando ya sus capullos que durante la siesta embalsamaban el contorno, daba lugar a que la dama de noche desabrochara los suyos para embriagar en suavísimas esencias el aire y los sentidos. También el nardo y los jacintos pagaban allí copiosamente su tributo de olores para formar con las demás flores aquella nube de voluptuosidad y de amor que cobijaba toda la estancia. De los ramos y de los vástagos de arbustos y de árboles de aquí y de allá colgaban alternativamente con cintas de todos colores, tallas de fresquísimo barro y faroles pintados, aquéllas sin duda para resfriar el agua al halago del ambiente, y éstos para alumbrar la escena que poco a poco había de representarse. Alguno que otro pájaro y colorín revolaba entre las ramas como queriendo saber las aventuras de dos o tres mirlos y verderones, que, encerrados en sus jaulas de caña y alambre colgadas entre las flores, se deshacían en gorjeos, y carrerillas, y sentidas entonaciones, celebrando sin duda los encantos de aquel lugar.

Es indudable que cuantos pormenores van aquí apuntados, más parecieran preparativos para pintar un pasaje de Dafnis y Lise, que para bambochar una escena de Rinconete y Cortadillo, si más lejos de la estancia que hemos copiado fielmente no se dejaran ver otros cachivaches y menudencias, menos bucólicas en verdad por los que se apartan del idilio, pero mucho más a propósito por la boca, que los apuntes herbolarios y botánicos que van bosquejados. Ello es que entre la sombra de las vides y debajo de los ramos flexibles de varios plátanos y laureles que cerraban al lejos el jardín, se dejaba ver larga mesa corrida, cubierta a trozos (pues no llegaba a más la tela) con manteles de gusanillo, blancos y almidonados como vestimenta de altar. A un lado y otro se miraban cestos de mimbres colmados de pan rubio o candeal bajo mil formas caprichosas y lucidas, pero todas tentando sabrosamente el paladar. Aquí las teleras rubias de los panaderos de la Macarena, allí las roscas y hostias del bizcocho delicado de Alcalá. Los bollos y panecillos crocantes, las hogazas y cuartales con anís, los roscones de pellizco y empedrado, y el pan reblandecido y de miga, se miraba en altos y anchos rimeros, dando a entender golosamente el menester para que servían y la buena ocasión en que debían emplearse con las viandas, según la calidad de las salsas y aliños en que éstas se brindasen al apetito. En una mesa de pino de travesaño, apoyada por un cabecero a la pared del huerto, se dejaban ver cubiertas de pámpanos dos candiotas gualdrapeadas, es decir, cada su piquera por opuesto lado, sin duda para que los escanciadores del vino, llegado el caso, más holgadamente, y con mayor prontitud, pudiesen desempeñar su cometido de chirriar la piquera, soltar el caldo, llenar la vasija, y pasarla en redondo a los sedientos, que se ahogaran lastimosamente sin tan soberano auxilio. Como para que fuese éste más eficaz y súpito si tocaban a fuego los gargueros de los convidados, se miraban en derredor profundas hileras y anchas falanges de toda laya de cristalería. Los cortadillos, medios y chiquitas eran como los cazadores de tales escuadrones. Los vasos de menor talla, entre los cuales se miraban como de uniforme y gala por sus colores y dibujos los ricos y antiguos artefactos de la casa de la China, formaban el cuerpo de batalla, y los vasos de ancha cabida y estupenda estatura de toda procedencia y de toda diversidad de raza, eran las mangas escogidas de granaderos y zapadores de aquel numeroso y bien dispuesto ejército. Aunque todo él reflejaba luz y brillantez por la limpieza y casi bruñido del cristal, bien se dejaba ver, por la manquedad de unos vasos, la melladura de otros, las lañas curiosas de lacre de éstos y las cicatrices y falta de continuidad en aquéllos, que tales legiones de cristales y vasería habían rodado y peregrinado por muchas partes, y, sobre todo, que habían militado y tomado parte en muchas escaramuzas, encuentros y refriegas de jaez y calibre propio de la que por entonces se preparaba.

Este aparato guardaba consonancia con los vidrios de diversos colores que se ostentaban en dos grandes y corridos vasares que a mediana altura se miraban en la pared frontera. En ellos había frasquillos, redomas, botellas y limetines de todos tamaños y de todas edades; encerrando y brindando al mismo tiempo los más vistosos licores. Aquí había refinado, allí rosoli, este frasco decía mistela, aquél champurrado, con otros apelativos y denominaciones curiosas y de gran facundia y novedad. Al mismo tiempo, en la mesa que ya hemos descrito, iban situando de trecho en trecho muchos barrilillos y cuñetes de las aceitunas más ricas de la tierra, con diversos aliños y encurtidos en verdad; pero todas puras, mondas y sin toque ni mácula alguna.

Entre estos incentivos y aditamentos del paladar se veían en larga fila anchos barreños de la loza sevillana con sus flores azules y su barniz luciente y blanco, conteniendo y celando, al propio tiempo, algo de apetitoso y mucho de condimento, cuya fisonomía y carácter no se podía distinguir por estar enmonterado con otra vasija cada plato y barreño. Solo, en medio de la mesa, como en anchísimo palenque, se dejaba ver descubierto y por estilo de plaza mayor un eterno lebrillo alfombrado y entapizado una, dos o cien veces con capas geológicamente dispuestas de anchoas malagueñas, ahogadas copiosamente en salsamenta de alioli y otros adherentes, y adornado con mil juguetes y figuras pintadas diestramente por mano maestra con la ayuda de la clara y yema de muchos huevos y el verdor salpimentado del perejil, cebolleta y mejorana, que en doble y triple cenefa orlaban la dilatada redondez de tan ancha cuanto profunda alberca. Lo frondoso del sitio contrastaba agradablemente con aquellos abundantes y sustanciosos pertrechos y sabrosísimas provisiones, pero el concurso que debía llenar aquel y emplearse en esto, no parecía, y el ámbito se miraba desierto, como huérfana de pitanza.

A más andar declinaba la tardecilla, y se dejaba sentir el cefirillo que a tal hora, rasando las aguas, sube traveseando río arriba del Guadalquivir, trayendo consigo el consuelo y la frescura. Un color plácido de aurora sonrosaba el ambiente, dando un tinte delicioso e inexplicable a los edificios y montes que se parecían al lejos, y el humo ya esparcido que los hornos de porcelana y azulejos vomitaban en columnas rectas o en parábolas y espirales, obedeciendo fácil y elegantemente al halago del viento, dieran el último remate al cuadro, si no se hubieran detenido (para darlo, ellas, en las revueltas de Gelves, apareciendo entonces) dos o tres embarcaciones que a vela tendida emparejaban entonces la Torre del Oro, con proras pintadas y airosas banderolas y gallardetes. En este punto entraba por la puerta del jardín cierta persona, que por su traza singular y por venir como de guía de gran séquito y acompañamiento, exige con razón punto redondo y párrafo aparte.

El entrante era ya en verdad de edad provecta y aun madura: la cara no era nada desagradable; ovalada, con ojos negros, vivos e inteligentes, con la nariz regular, con boca ancha, pero dejando ver regulares y blancos dientes, con la frente levantada y bien calzada de pelo y con cierto gesto de autoridad afectada, pero por nadie contradicha, daban al todo de la persona las afueras y exterior de algún patriarca de aviesa y enrevesada laya. Un pañolillo de hierbas, doblado cuidadosamente como para el cuello, rodeaba la cabeza con cierto primor y lisura para dar entrada al sombrerillo calañés de ala estrecha y copa encaramada que, con faja de terciopelo negro y pespuntes y rapacejos azules, daban cima y corona a esta nuestra figura del primer término. Un marsellés rico, con mangas primorosamente bordadas y golpes de sedería en lugar correspondiente, cobijaba sus brazos y espaldas, dejando ver por los remates de todo el ruedo, caídas, solapas y cuello, la ancha faja de pasamanería, en donde resaltaban en esmerada labor y prolijo dibujo de sedas de varios y vivos matices, todos los encuentros, grupos, lances y suertes de una corrida real de toros, desde el enchiqueramiento de las fieras hasta el trance del cachetín y el arrastradero de las mulillas y caleserillos. El marsellés era, en verdad, lo que nosotros los hombres llamamos una prenda del rey. El jubetín era morado y muy abierto, dejando ver la camisa blancamente almidonada, con cuellecito arrollado, ciñéndolo en rededor un cabrestillo encarnado de seda catalana. El calzón era de pana azul, tomados los jarretes con cenojiles copiosos de lana fina de colores, dibujándose en todo lo largo del pernil la botonadura de alcachofillas de plata, que venían corriendo entre dos cordoncillos bordados de burato celeste. La faja era también encarnada, y un primoroso botín vaquero, aunque algo usado, cubría la pantorrilla cobijando el zapato, que era voltizo aunque airoso y bien cortado, con tapas bien bordadas y sujetándolos con plantillas de correas, apuntadas con cada tres cabezas por banda, de broches de metal relucientes como el oro.

Este personaje, tan autorizado por este vestido lleno de majeza, cuanto por cierta deferencia que todos le tributaban, traía debajo del brazo, con aire gentil y desembarazado, una rica vihuela que no era preciso que cantase para conocer al punto que era natural de Málaga, e hija legítima de las primorosas e inteligentes manos del famoso y antiguo artífice Martínez. Tal guitarra era ancha en el fundamento, delineada a maravilla en el corte, el mástil llamándose atrás con graciosidad gentil, el pontezuelo de ébano, así como los trastes, las clavijas con ojete eran de granadillo y el clavijero de marfil, de donde colgaba en cintas blancas y rojas el moño o fiador. El instrumento era, pues, de toda orquesta, es decir, de a seis órdenes, y el encordaje de lo más fino, con bordones sonoros o de argentería. Se conocía desde luego que era el órgano maestro de aquella catedral, el arpa druídica de aquel cónclave, y el contrapunto y maestro de capilla que había de guiar y dar la entonación a todo el instrumental que allí se convocase. Al descender el mampirlán de la puerta del jardín, el de la vihuela (sacándola de debajo del brazo y trayéndola con la mano al costado derecho) dijo al que de más cerca le seguía, con voz catedrática y preceptiva, estas palabras:

-Te digo, El Fillo, que esa voz del Broncano es crúa y no de recibo; y en cuanto al estilo, ni es fino, ni de la tierra. Así, te pido por favor -en esto daba mayor autoridad a su voz, marcando mejor la entonación de imperio- que no camines por sus aguas, y te atengas a la pauta antigua, y no salgas un sacramento del camino trillado.

-Ya estaba yo en eso, señor Planeta -respondió El Fillo-. Aunque me separe así y por allá alguna pizca de los documentos de la gente buena, en cuanto me hace seña la capitana, entro en el rumbo y me recojo al convoy.

Este El Fillo formaba contraste por la sencillez de sus arreos con el atildamiento del amigo Planeta, a quien ya conocen nuestros lectores. Una antigua gorrilla miliciana de las de manga azul y copa encarnada con escudete, se le ajustaba a la cabeza; pantalones altos de pretina y cortos de vuelo confinando por allí hasta el pecho y llegando por aquí apenas el comienzo del tobillo cubrían su persona, embutiendo un pie perfectamente descarnado y sin calcetas en unos zapatillos muy averiados, y pasando los brazos y las espaldas por una chupilla tan encogida y angosta, que dejaba ver así los botones adonde aseguraban los orillos amarillos que sujetaban los pantalones, como el movimiento de los omoplatos cada vez que se ponía en movimiento la persona de aquel buen amigo.

Ambos protagonistas tomaron asiento en el lugar más aparente de aquel anfiteatro, llegando en pos de ellos, y tomando también lugar adecuado, larga comitiva de personajes, héroes, próceres y magnates, que por su aire señoril y contoneo, bien manifestaban el valor de sus personas y el crédito que alcanzaban entre contemporáneos, naturales y extranjeros. Fuera prolijo por extremo hacer alarde y reseña de aquel escuadrón escogido de notabilidades, que ni aun hoy día, siendo la época que es, pudiera hallarse mejor en Madrid. Nos bastará decir a los curiosos que, andando el tiempo pensamos escribir unas vidas paralelas de aquellos y de estotros héroes, cuyos nombres reservamos aquí en el magín, cuya obra estamos seguros ha de alcanzar tanta nombradía como la famosa de Plutarco.

Entre tanto, diremos que allí a la banda derecha se miraba a Juilón, al Felpudo, al Nene, al Pintado, a Fortuna y al Isleño, con sus respectivas escuadras y clientes: al siniestro lado se parecían Listones, Longanizo, Malos-Pelos, Chivatín, Garfaña, Turulín, Holofernes y Siete Cabezas con los suyos y allegados, y más cerca, y como en lugar de privilegio, se ufanaban altivamente, sin duda por sus circunstancias y habilidades artísticas, el Canario, Querubín, el Cañero, Callagloria, Parlerín, el Tano, Clarines, Esquilones, Campaniles, el Pardillo, Suavidades y Ruiseñores, con gran séquito de otros tocadores y cantadores, que tomaban su apelativo y cognomento de esta o la otra singularidad de la voz, de la persona, o de algún dote particular de la figura o condición.

Fuera más fácil pintar los matices encontrados y caprichosos del prado más variado y florido por el mes de mayo, y sujetar a cálculo los innumerables cambiantes y caprichos de los cuadros, colores, adornos, festones, cenefas y guirnaldas, que se ven en la cámara moviente del caleidoscopio, que dibujar uno por uno los trajes, disfraces, vestimentas, arreos, capas, tocados y cataduras de todo linaje y laya que allí se parecían. Es cierto que si se aparta este o aquel vestido de majeza y boato como el que hemos bosquejado, todo lo demás más requería el pincel picaresco de Velázquez, Goya y Alenza, que no las tintas y toques delicados de Murillo, Morales y Madrazo, si es que se habían de representar con toda su desmalazada y truhanesca propiedad.

Allí se veía la sotana y el manteo sacristanesco y estudiantil transformados en chupa, manta y en capotillo alicortado: acá el dormán y ferruelo de húsar convertido en pelliza de algún pillo del matadero: a este lado el vestido corto de campo en contraste con uniformes de todo género, de todas armas y de todo regimiento, si bien de diverso corte y de encontrados colores, conformes, sin embargo, en ofrecer a la vista un aspecto venerable de veteranos e inválidos, con esta y la otra amputación honrosa del faldón, de las mangas y del collarín. Allí se miraban descubiertas las cabezas o ceñidas sólo con el lazo y nudo de pañuelos y tocas de todos colores; por acá se veían los castoreños y calañeses del picador o del hombre del camino; por acullá la montera alta y manchega o la de caireles y arramales; a esta mano el sombrerín alto y de copa; por la otra el estache feo y sin adornos; por aquí y por allí el sombrero faldudo, ya tendido y a la chamberga, ya apuntados y de tricornio, de todo corte y, de toda buena y mala estampa. Al ver tal diversidad y taracea de figuras y colores, sin estar más en la mano, se venía a la memoria aquella copia preliminar que sirve de introito e introducción a todo cantar y baile gitano, que dice:


    La capa del estudiante
parece un jardín de flores,
toda llena de remiendos
de diferentes colores.

En el cuartel y andanada femenil la variedad era menos desconforme, ajustándose en gran parte a la pauta general y recibida de la belleza, y si acaso algo pudiera encontrarse en él de extraño y peregrino, aumentaba a lo picante y curioso del cuadro. Cuatro matronas vistosamente vestidas y en años treintenas, cuando más, eran como las capitanas de aquel escuadrón mujeril. María de las Nieves, Tránsito, la Accidentes y Entrecejos se miraban de primera, dirigiendo con la vista (a par de ojos por barba, negros como la endrina) las hileras de gitanillas y muchachas bailantes y cantadoras que se agolpaban en su derredor con los palillos entre los dedos, con muchas flores en la cabeza, el canto y la sonrisa en los labios, el primor de la danza en los pies, y los movimientos y los pecados mortales todos en el talle y la cintura. Allá se miraban Perlerina, Suspiros, la Tirana, Remates, Encantaglorias, Paraísos, Terciopelos, Trini, Pespuntes y veinte más famosas por su canto y sus gorjeos, mientras acá se revibraban en los asientos o se columpiaban saltando en el terrizo, la Triscante, Saltitos, Tres-golpes, Saleros, Corpiños, Zaranda, Serení, Vendavales y Culebrita, la Rigorosa, y muchas otras mentadas y nombradas en la ancha Andalucía por su gracia y donaire en los bailes de la tierra. Fuera imposible dar cuenta cumplida y hacer retrato perfecto de cuantas y tantas cosas buenas y apetitosas como en aquellas mujeres se miraba.

Bastará decir, en cuanto a los vestidos, que todos los cambiantes del iris se empleaban en su textura y matiz; en cuanto a las figuras, que el negro más de ébano campeaba en las trenzas, en las cejas y en las pestañas de aquellas morenas y serranas; que la grandeza se admiraba sólo en los ojos y lo breve y recogido en tres cosas diversas; a saber: la boca, el talle y el pie, sin meternos nosotros en más honduras y curiosidades. Muchos ramilletes en la cabeza y en el regazo, mucho aseo en la persona y calzado, y mucho derrame de gracia, donaire y sal por todas partes completaban el conjunto personal y colectivo de toda aquella grey y comitiva, capaz por sí sola de poner en la anarquía más completa a los penitentes de la Tebaida, y de provocar las peticiones más extrañas en el Sínodo y Concilio más ascético y venerable.

Todo aquel concurso en plena audiencia y cónclave solemne, como estaba, bien daba a entender, por su gesto y frases sueltas que aquí y allí se oían, que alguna ocasión alta y de empeño era causa del consistorio, y que algo de grande y de estruendoso había de sobrevenir. Poco se tardó para abrirse de par en par las ansiadas puertas de aquel misterio. Fue el caso que dando para señal, con airoso blandir del brazo, un estallido con la tralla, que asordó las orejas, el zagal Pingano, famoso entre toda la gente de galeras y calesines, y que hacía funciones de ayudante, callaron todos, y levantándose el Planeta, requiriendo antes el sombrero, llamándoselo a los ojos, y pasando y repasando la mano derecha a rodo y contrapelo por los morros, como para abrir camino a sus palabras y elocuencia, dirigió al auditorio estas o muy parecidas palabras:

-Gente buena, y no digo más: ello es que digo, como iba diciendo, que lo que aquí nos trae es eso mismo que todos decimos: que lo rico y bueno de todo ello es uno propio, ya venga del Poniente, ya de la banda de Levante; y no hay más que decir, que si lo legítimo y de buena cepa se separó y dispersó y anda por el mundo, Undebel los junta y amanoja cada, como y conforme quiere. Y por eso mismito está de cuerpo presente en la ciudad de Madrid (que es más allá de Ronda) una bailadora Non-plus-ultra, que es de los nuestros y nuestra propia calidad y prosapia en todo su drupillo y en toda su ánima, sin dudar en ello, y a declararlo así y a tenerlo firme y valedero nos vemos achantados y juntos aquí para libanarlo y escriturarlo en forma: ¡Tropa de acá!, ¡tropa de allá!, ¡gatería de todas partes! -dijo, volviéndose a uno y otro lado-: ¿os sabe y os acondiciona bien tal manifactura?

¡Chachipé!, -gritaron los unos-, ¡Que si-qué!, -dijeron otros-, ¡Bien nos sabe!, -exclamaron aquéllos-, y por doquiera resonaron y se notaron las muestras más inequívocas del común asentimiento.

-Pues entonces -prosiguió el Planeta- que don Poyato haga de su mano y que menee el oficio.

Al oír esto, todos volvieron los ojos a cierto paraje del patio, en donde el concurso más en piña y de montón parecía, y vieron enarbolarse, izarse y enastarse en alto una efigie magra, flaca, de muy cerca de seis pies de talla, que presentaba al público una cara inexplicable de malignidad y burlonería, confundiéndose en ella lo sarcástico y lo truhán con los rasgos más finos de la inteligencia y con cierto gesto de bondad, dulzaina y socarrona. El tal personaje era como hasta de sesenta años: lo enflautado y lo encanutado de su figura y el amojamamiento de sus carnes daban mayor apariencia a lo mayúsculo y encaramado de su estatura; y como los brazos eran tan descarnados y las piernas tan prolijas y largas, cuantos movimientos marcaba y señalaba, hacían recordar al punto el continente y el talante de los jerbos del Retiro, siempre que marchan, se mueven y revuelven. Don Poyato se miraba casi calvo, y a remediar la desnudez del colodrillo subían, como en red artísticamente entretejida, los tufos descompuestos y prolongados y canos que entapizaban todavía la parte inferior de la cabeza, sujetándose los cabos de esta red por un mordente o peinecillo de hueso negro en lo alto, para cobijar y alfombrar el colodro, los temporales y la frente.

El traje que llevaba este varón insigne era una casaca que había sido negra, pero que el tiempo, único tinte que tiene imperio sobre tal color, la había transformado en mezclilla de mala especie. El corte era redondo, y en su prístino estado debió ser prenda de algún fiel de fechos, médico o alguacil mayor. Las mangas deshermanaban del cuerpo, y lo accesorio no era de la naturaleza de lo principal. Por ello, el manguil derecho era azul y muy holgado y ancho, al paso que el siniestro, que hubo de ser muy angosto y de cerbatana desde su primer engendro y nacimiento, para que pudiera prestar servicio, estaba abierto por las costuras, dando así entrada al brazo. La manga quedaba así en bandola, corneando de una parte a otra a modo de manípulo, y como los aforros eran encarnados, siempre que se movía el brazo guadañil de don Poyato, semejaba un banderol de vigía que daba señales y consignas. Los calzones habían sido también negros y ahora incalificables, sujetos por su hebilla ferruginosa a las rodillas y encabestrándose allí con dos medias de estambre negro, con sus correspondientes marras, puntos y carreras, que dejaban entrever una piel curtida y denegrida, que valiera veinte pesos para cubierta y tapas de algún libro becerro de ayuntamiento. Los zapatos estaban en toda regla, siendo de notar sólo cierta agradable variedad, pues éste era chato y romo con hebilla clerical, y aquél de larga punta a la inglesa, con monos ajados de ribete. El sombrero era una alhaja: al principio se engendró para un juez de Audiencia de grado de Sevilla; después lo heredó un capigorrón de la iglesia de San Llorente; luego pasó a ser prenda de un alguacil de juzgado; de aquí, a formar parte del guardarropía del teatro, en donde diariamente tomaba parte en la representación, ya de El Vinatero de Madrid, ya de El leñador escocés; ora en los sainetes de Castillo y de don Ramón de la Cruz. De la guardarropía fue de donde don Poyato hubo y adquirió aquel venerable sombrero, que le hermoseaba, poniendo cima y remate a su figura peregrina.

Siempre que en algún concurso se levantaba don Poyato de su asiento, temeroso él mismo de desplegarse al pronto y de antubión encaramando su prolongada estatura, con susto y sobresalto de los espectadores, lo ensayaba poco a poco y gradualmente, manteniendo inclinada la parte superior del cuerpo y recogidas en dos dobleces las dos prolongas de sus descarnadas piernas. Por lo mismo, al levantarse y tomar la palabra en este trance solemne, dibujaba con su persona y con bastante corrección la figura Z. Se quitó, pues, el sombrero con las cinco tenazas de la siniestra mano, descomponiendo al saludo los mal avenidos y compaginados cabellos del colodrillo, cayendo sobre la oreja derecha unos aladares canos que comenzaron a guardar compasillo con los movimientos y accidentes de la cabeza, y a caminar de acuerdo con la hopalanda volante del manguil siniestro. Don Poyato, con el sombrero en la mano, paseó un saludo asaz cortés comedido por todos los cuatro vientos cardinales del auditorio, y su boca, que era ni pizca menos que las que el señor Haya nos presenta en las láminas del país de los monos o los viajes de Wanton, demostraba con sonrisa perenne e inefable la dentadura almenada, con que de verde, gualda y negro se guarnecía.

Con efecto: aquel buen amigo pretendía, con su gesto benévolo y su ademán humilde, captarse el asentimiento y buena voluntad de la asamblea. Según el agrado con que todos le miraban y contemplaban, fácil fue conocer el buen logro de sus deseos y el interés que inspiraba, por lo que el presunto orador o prolocutor, más animado ya, y enderezando un tanto la curvatura de sus espaldas, y modulando la boca de esta y la otra manera, como herramienta que se requiere y ensaya para usar de ella en el trance inmediato y próximo, comenzó así a parlar, con voz cascadilla, pero penetrante y muy inteligible:

-Infierno de hombres y gloria de mujeres: ¿queréis, deseáis y se os parece y antoja bien que se relate y lea el dicumento en cuistión, por vuestro coronista en forma y faraute en ejercicio, dignidades ambas que en invisible diptongo se juntan y confunden, enlazan y matrimonian en esta humilde persona?

-¡Que se deletree y decore; que se relate, lea y relea, con todos sus tildes, puntos y comas! -gritó a un tiempo toda aquella gatería.

-Pues si así es -dijo don Poyato-, allá va eso.

Y poniéndose el sombrero pando con aire algún tanto soldadesco, echó mano al propio tiempo al bolsillo hondón de la casaca, y sacó una cartera de a folio, algo mugrienta y aforrada en badana negra, leyéndose en el tejolete del tomo, en letra asaz curiosa y clara, estas palabras: Historia del marqués de Mantua y de los Doce Pares. Don Poyato abrió el cartapacio por lugar y registro determinado, y sobre papel de a todo folio, algo moreno y muy semejante al de saetía, escrito en caracteres bastardos y con mucho de rasgueo, lazos y ringorrangos, comenzó a leer de esta manera, paseando de tiempo en tiempo la cabeza, derramando la vista sobre el auditorio, y llevando el compás con la mano izquierda, puesta en acto de doctor sustentante que argumenta o distingue, mano acompañada inseparablemente del susodicho brazo, a quien seguía tan de cerca aquel manguil abierto y hopalandero:

«Carta de vecindad y albalá de naturalización. Trianesca que en son de Real Ejecutoria, firme y valedera y en favor y gracia de cierta bailadora, que se pinta sola por alto y por bajo en la ciudad del Olén-del-Oclaye (Madrid), ha librado y despachado el cónclave, una, dos y tres veces respitable, de la gente legítima, buena y rigular, grandes y chicos, granados y menudos, ellas y ellos, cantadores y cantadoras, convocados para el caso en lugar aparente y mediando las ceremonias, chasca, utensilios y boato que en tanta y tal solemnidad es requerible y precisa: atención y sonsoniche.

»Estando en los estrados de costumbre, juntos en uno, en consejo abierto, convocado a son de campana y jarro tañido, en día diputado y señalado para el caso, según es antiguo fuero y usanza en el pueblo y república de los hombres de verdad y mujeres de carne y hueso, tacto y contacto: puesto por cabecera y presidencia, en lugar de privilegio, el señor Planeta, conde y príncipe de la Cofradía, rey de los dos polos, e imperante en los calis de Sesé; acompañado y rodeado de todos sus chambelanes, senescales, maestresalas, mayordomos, escuderos, gentiles-hombres y demás tropa y gavilla, y puesto todo a punto, e instruidos y bien cerciorados de lo que se trata, y con asesoramiento de personas de ciencia y conciencia, larga vida, mucho visto, más oído y aprendido, de muchas entradas y salidas y de infinitud de noticias, historias, casos y sucedidos, todos con su propia boca dijeron: que se les ha hecho buena y circunstanciada relación, leal, legítima y de a ojos vistas y de innegable certinidad, sin más dudar en ello, por viandantes, peregrinos, pasajeros, gente que va y viene, que oye, escucha y entiende, peritos en la materia y rematados en el arte, de haber aparecido en los Madriles del Rey cierta bailadora hija del aire, nietezuela del fuego, mapa del mundo, crema de licor, flor de la canela y remate de lo bueno, que por alto y por bajo, por liso y por raso, por menudo y repicado, por el cabriolín y trenzadillo y por los quiebres y requiebres, provocaciones y tentaciones de su cuerpecillo y cintura, es maravilla de la naturaleza, asombro de los nacidos, estimulante de la vida, y sabroso mortificante de la carne, que vuela sin plumas, que quema sin candela, que aparece y desaparece ligera como el pensamiento, triscadora, impalpable, aérea, divina, celestial, etc.

»Y dichos señores, no dejándose llevar de voces vanas, ni de pronto y súpito, antes bien dando tiempo al tiempo, consultando, interrogando e inquiriendo según la importancia del caso requiere, siempre salía y remanecía lo mismo, pintiparado, a saber: que la dicha bailadora era cosa rica y grande; y no contentos con ello, nombraron personas diputadas y señaladas de su seno y grey, para que se llevasen ellas así mismas, y en brazos o en piernas se transportasen y porteasen al sitio y lugar en donde se parecía y mostraba tanta maravilla, para que dieran informe por escrito y de palabra de lo que viesen y entendiesen, resultando de todo mayor canonización, gloria y edificación; por todo lo cual, mirando, considerando y contemplando esto, aquello, lo otro y lo de más allá, dichos señores dijeron:

»Que por cuanto dicha bailadora tiene la estampa y el corte legítimo de la tierra, retrepada y echada atrás, con sus debidos dares y tomares, y sus altibajos correspondientes en el cuerpecillo, cinturilla de anillo, pie de relicario, pantorrilla de gran catedral, y de allí a los cielos, y a que los brazos son, si los despliega, las alas en la paloma, y si los enarca, las armas del dios Cupido; el pecho, búcaro de claveles, y el cuello y la cabeza, como los de la garza, si mira al sol y luego a la tierra; atendiendo a que mide el suelo y hiende el aire con la majestad de corregidora, la gracia y la sabiduría de la Gitanilla de Menfis; a que suena y tañe, pica y repica los palillos con rigor y brío, salero y compás, como bailadora deputada de rifas y festejos; a que lleva y trae el mundillo con vendaval y riguridades, con sus correspondientes temblores, molinete, estremecimientos y serenidades; a que da el paseo y hace la procesión con el boato y la misma gala que la jura del Rey y la festividad del Corpus Christi; a que sube y baja su zaranda como Dios manda, pidiendo a voz en grito harina y mohína para su zarandillo y cedazo; a que se coge y encoge, dilata y desliza como anguila en el agua; teniendo en cuenta su manera de navegar y tomar y soltar rizos, que se empavesa y arrisca, echando juanetes y escandalosa, con flámulas y gallardetes, llegándose hasta los cielos, amainando y arriando de súpito, quedando en facha, desafiando con bandera de guerra potentados de la tierra y de los mares; considerando que aquel braceo es de todo recibo, como de jardinera que coge rosas y flores, o gitanilla que lucha y baila con su propia sombra; mirando muy en ello aquellos disparos y estalles de pies, que no los alcanzan los ojos, ni puede divisarlos el pensamiento del alma; a que con los susodichos pies escribe en el aire y pinta en la misma luz, tirándolos como cosilla perdida hacia los cuatro ángulos de la tierra, trayéndolos empero a su voluntad, como rayos que tiene Undebel en la mano, a su verdadero centro y asiento debido; a que los juega y esgrime como maestro de espada prieta, que los escarcea y engaratusa, los baraja, vibra y ondea como el escardillo y sus resplandores en la pared; a que los teje y trenza como los bolillos en manos de la encajera; a que fija el uno en la tierra tan firme cuanto el polo antártico, levanta el otro y se hace chapitel de torre que el viento revuelve o lo recoge, y se convierte en el pájaro que hace la letra Y, o lo extiende y se hace reloj que señala desde las seis a las siete, y, en fin, a que los bate y desplega como sus alas las aves y las mariposas, y su abanico las mozuelas y las viudas; contemplando que en todos los trances, pasos y accidentes del baile pone cuanto condimento y especias son convinientes, sin omitir el comino y la alcarabea; a que toma tierra con gracia y aseo; a que es pernera, chazadora, galopante y lomo levantado; a que se lleva los jaeces con rumbo, y a que todos los arreos los sacude con gala y aire, dejando ver mucho y adivinar más: dichos altos señores y atemorizadores de hombres fallaron en toda regla que debían aclarar y declararon a la referida bailadora, mujer legítima de la tierra, serrana líquida y trianera apurada por todos cuatro costados, y que por tal la señalan y fallan una, dos y tres veces y las demás necesarias en derecho, sin que nadie pueda venir en contrario, y que por lo mismo se la inscriba en el número de las primeras decuriones de la hermandad, señalándosele aposento en el barrio de Triana como feligresa y colegiala, y haciéndosele ya repartimiento de sal por su derecho de vecindaje; entendiéndose que este repartimiento de sal no es el que pagan los Romanés de Sesé; por firmán del capataz Mon, sino que es el donativo de sandunga y salero que dan diariamente al mundo las mujeres de nuestro bando, para que se rocíe por todas partes y no mueran de desaborimiento los hombres, y que a ésta se la cargue la mano, que tiene mina de sales, y si da mucha, más le queda; se declara asimesmo que su personilla es la estampa de lo bueno, y cortada de molde para la historia de nuestros bailes, y que ni pizca más ni pizca menos fuera tan de recibo cuanto al presente lo es en propia esencia y potencia; que las vueltas; revueltas y mudanzas que finge, las carrerillas que hace, los encuentros y golpes que da y las suertes que saca, es que lo pinta soberanamente. Y se declara que de cintura a la zaga es la reina de todos los movimientos. Se declara también que, cual ninguna, pinta la Chacona y la Gambada, las campanelas y La Gallarda, y que el Vigía de Cádiz no tiene señales ni las levanta más en alto que ella los perniles y pinreles; que si mata la araña con todo conocimiento y tilín, con gran primor y aseo, y valiéndose de la punta, luego con el calcaño desmenuza el mundo y trocara en cibera los perdigones; que hace el bien parado, y que juega a guardas y metedores como nadie; que finge el capeo con el trapo de sus sayas; que gallea, cita al torillo, entra y sale en jurisdicción, pone arponcillos siempre rematando y sin enfrontilarse ni quedando en embroque, sino cuando lo quiere y es su gusto; que llama los pollitos como la clueca moñona, que llamaba uno y salían veinte.»

-Y yo cacareando -añadió entre renglones el señor Poyato, dando a su gesto, siempre en sonrisa, cierto gracejo de endiablada galantería, paseando de nuevo la vista por todo el concurso, como pidiendo venia y asentimiento-: y yo cacareando -repitió relamiéndose.

Pero considerando que tal exclamación no concordaba bien con la autoridad y severidad del acto, apagó el resplandor de regocijo lascivo que asomaba en su rostro, y prosiguió al momento, alzando la voz para hacer olvidar su desmán:

«Y se declara asimismo que da las pavitas de Roma como paje de Cardenal; que su paso es callado, corto, cuco y cortés, pulido, prusiano, perdido y puntero, según y conforme es útil y se necesita al caso; que su cuerpecillo es tunante, picarillo, muy pitero y con mucho gancho en la retrechería; que en el cuneo parece que va al calacuerda, y que es sonsacador, provocativo, cudicioso y con mucha juerza de chupe; que hace la tijera con soberano poder, como en flábica de cravos y capaz de cortar a cercén la cabeza de una criatura, y ésto aunque tenga turbante; que tiene el mareo muy suave, y que no hay más que tenderle la manta; y por final y postre, se afirma, falla, sentencia y ratifica que en la sota de bastos es para matarla, y que en el remangue parece la Rial de España que iza bandera; que en la culebrita y sierpe enreda y ciñe al prójimo por la cinturilla arriba con los huesecillos y coyunturas, y que si se regocija y rebulle y toca a aleluya, parece sábado de gloria que hará repicar todos los campanarios del mundito y disparar todas las baterías del sentiiiiido.

»Se le previene a dicha bailadora que, de hoy más, se tenga por tal serrana líquida y trianera reconocida, haciéndose guardar las franquezas y privilegios de tal, sin sufrir cosa en contrario, mirándose obligada a vestir siempre saya corta, justillo ceñido y mantellina blanca o negra, cogida por la oreja con aire recio y de desenfado: se le advierte que ha de confirmarse el nombre, tomando el de Malena, Lola, Currilla, Trini, Carmela u otro por el estilo de nuestra propia cosecha y trapío, calendario y alminaque y martilogio, pues el de Virginia es de mal agüero y siempre acaba en mal, amonestándola que si toma D. Cuyo no se llame Pablo, que suena a bobón y para poco, sino que se nombre Paco, Goro, el Chano, Jusepón, Tobalo u otro así, que con los de esta laya podrá accidentarse, pero nunca ahogarse: se la hará entender que por su buen derecho, propia autoridad y saludable efecto de esta declaración, puede andar y campar sola por toda la jurisdicción de Sevilla, entrando en Torreblanca, venta de Eritaña, Macarena, Tomares y demás sitios famosos de este cerco de tierra, recibiendo agasajos, tomando yantares y desperdiciando bebía y licores, sin estar obligada pago alguno de hostelaje, peazje y pontazgo, haciendo sobrada satisfacción con echar dos riales de sus movimientos, si es que se los piden y ella viene en ello por voluntariedad de su gustito; que tal ha sido, es y será siempre el privilegio y juro que en esta banda tienen los cuerpecillos buenos y reconocidos. Cuando vaya a Mairena, Rocío y feria de Santiponce, será la primera en romper el baile, y será llevada y traída en las carretas endoseladas al lado de la médica y de la Mayordoma de la Hermandad; se pregonará y hará entender a todo hombre de camino, ya vaya franco o ya de carguío, que la dé grupas siempre que las pida, llevándola como en urna y bajo dosel a donde ella quiera y señale; pagándola el gasto, y siempre con mucho miramiento y muchísimo aquel, sin atropellarse en nada, y siempre por la buena; y si ella observa mano oculta y mar de fondo, que largue un bofetón de categoría y arremeta a la cara trayéndose leña entre las manos, y siga el camino, que si el terremoto arrecia y ella dice ¡favor a Carmela!, las aristas del campo se trocarán en jaurías de hombres como erizos, que la harán más sigura que en el Consistorio. Y se la amonesta que componga la boca en esto del habla, que por malas compañas en que ha andado de gringos y de gabachos, suele tropezar y salen a medio bautizar las palabrillas; y para que en esto entre en ringla y pauta, se da comisión en forma al Solitario para que la arregle y concuerde la lengua como en tales casos acontece, encargándole al delegado que la ejercite y adiestre en la acentuación de la jota y en la pronunciación de aquellas palabras mayúsculas que son la llave maestra del idioma: que en desempeñar su comisión con buen fruto y lucimiento, adelantará en merecimientos mucho el delegado y se le tendrá en cuenta, y esto aparte de los emolumentos, gajes y adehalas personales que ella quiera satisfacer hecho el ajuste cuerpo a cuerpo, sin mediar chalán ni corredor. Y, últimamente se manda que de esta ejecutoria y albalá de fallo definitivo, se saquen copias y testimonios, derramándolas por el universo mundo para edificación de los nacidos y cudicia de aquellos y aquellas que tengan buena sangre y quieran venirse a nuestra banda. Y se enviarán copias en pergamino a nuestros hermanillos de Jerez, Los Puertos, Utrera y Cádiz, Córdoba, Málaga y Ronda, para que al propio tiempo de hacerse en la materia y de curtirse, la archiven en lugar correspondiente, poniéndolas siempre a salvo de las garfias de los señores de la Amortización, por si viene chubasco de supresiones, desarmes y esas cosas que andan. En fuerza de lo cual así lo dijeron y firmó el que supo en la ciudad de Sevilla, orillita del río víspera de la Señora Santa Ana, de todo lo cual -y se destocó de nuevo el señor Poyato con aire de sumisión-, yo el Secretario de esta Gobernación y de esta Cámara doy fe.»

-Caterva de hombres y colmenilla de mujeres -dijo levantándose el Planeta mirando a todas partes-: ¿os parece bien la relación y letra menuda del faraute Poyato, y si así es, admitís y tenéis por vuestra, para defenderla y matarse por ella como lobos rabiosos, a esa Pan del Cielo, antes Virginia y ahora llamada por nuestra confirmación y potestad buena y rebuena, la rubilla Carmela?

-¡Aprobado, y admitida y bautizada! -gritaron a una voz en diversas entonaciones las muchas y diversas gentes de aquella admirable grey-. Todo aprobado, y más firme -añadieron- que las murallas de Cádiz y el Peñón de Gibraltar.

Entonces el señor Planeta dijo:

-Pues si así es, allá va mi firma.

Y metiendo mano a la faltriquera del calzón, sacó una tabletilla con mango de hueso, en la que de estampilla y de manera inversa había esculpido el nombre del presidente el hábil punzón y escoplo del carretero Penantes, muy ducho y perito en escribir, y, sobre todo, muy variado. En las nueve letras de la palabra, el Planeta se encontraban seis caracteres diversos, y los que eran de la propia laya tenían la amena variedad de ser los unos minúsculos y los otros versales. El presidente sacó, en efecto, su sello, y con ademán de importancia y autorizado, lo cubrió de tinta, estampándolo en seguida en el papel que reprodujo la firma el Planeta, cuya estampilla contempló con indecible placer por un instante aquel diestro pendolista. Después añadió:

-Tropa, llegad, jurad al uso del día, y firmad, que así ganaréis la vida.

Y así fue que todos iban llegando y estampaban con mano ministerial, por lo vacilante, tales figuras y visiones, que a poco parecía el papel traslado fiel del arca de Noé, o trasunto de un cuadro de las tentaciones de San Antonio.

En tanto, cierto agradable bullicio y cierto sonoroso estruendo se parecía y oía por todas partes, y era que la orquesta se preparaba y el banquete no estaba lejos. En efecto, al lado de la vihuela maestra se iban colocando otras guitarras de menos alcance, una tiorba con teclado corrido, dos bandurrias y un discante de pluma, todo punteado y rajado por manos diestras e incansables por extremo. Dos muchachos manejaban los platillos engendrados con sendas planchas de veloneros; y un chocuchín que fue un tiempo de la banda del regimiento de Écija, y dando el tin-tan con la ayuda de cierto antiguo tamborilero de los batallones de Marina, ponían la corona al instrumental. Por el otro lado se estremecían platos y se trasegaban líquidos, se encendían las candilejas y faroles, y se quemaban candeladas y hogueras de San Juan. En algunas de éstas, sobre trébedes de hierro y en anafes muy pintados, se levantaba el goloso aparato de los pestiños, borrachuelos y buñuelos, viéndose aquí hervir el aceite como si fuese oro líquido, saltar y estallar allí la masa somorgujándose y bañándose después por los estanques de miel viva y rubia, y que todo después, en salvilla rústica, pero limpia, sevillana, iba a llenar los ámbitos de la mesa. En ésta se descobijaban y desmonteraban los hondos platos y dilatadas fuentes, que ofrecían de pronto, ora altos rimeros de pescados fritos, rubios como las candelas, los albures, las bogas, las lisas, las pescadillas y el abadejo, ora anchos mares de salsas apetitosas, en donde misteriosamente se embozaban los menudillos, la uña de vaca y de carnero, los tasajos de carne, los trozos de sollo y de pescada, y los restos de muchos habitadores de los gallineros y vivares. El tomate y el pimiento ocupaban lugar de privilegio, mostrándose, no en coalición mentida, sino en confederación y maridaje firme, perenne y sabroso con las entrañuelas de las aves, embutidos de sangre, y en frescas ensaladas y gazpachos, que eran como el rocío y lluvia bonancible de aquella zona tórrida de bebidas y de manjares. Los mariscos eran innumerables, pues además de varios guisos de ostiones, burgados, cañadillas y coquinas del morcillón, almejas y de lapa, hechos y preparados según el recetario de Pedro de la Cambra, habían llegado por el vapor, y se mostraban allí, con su capa de grana, grandes escuadrones de cangrejos, bocas de la Isla, langostinos y camarones, gran cuantía de conchas, caracolillos, búzanos, centollas y otra porción de llamativos y poderosos conjuros para alejar el agua y acercar el vino. En cuanto a postres, frutas, golosinas y chucherías, el abastecimiento no era menor...

A este costado se levantaba, como el balerío de las baterías de Matagorda, la pirámide de melones de Copero y sandías de Quijano; éstas derramando púrpura, y almíbar destilando aquéllos. Al otro, resplandecían en anchas canastas de caña y sauce altos montes de naranjas de los Remedios y Ranillas, o perfumaban el aire las limas acimbogas, cidras y limones, mientras que en azafates de juncos, diestramente pintados y aunados los colores, se dejaban ver la guinda y garrafales de la Serranía, los damascos y albarillos de Aracena, las cermeñas y perillas de olor y la damascena, la claudia, la zaragozí, la imperial y los cascabelillos de los jardines y verjeles del paraíso de Andalucía. Los confites, alegrías, roscos y polvorones de Morón se mostraban en un casillero muy pintado y adornado con papel de colores, brindando con cien géneros de frutas bañadas y garapiñadas, formando pareja con mucha especie de turrón de diversas castas y traza distinta, y con malcocha, mostachón, almendrados, melindres y merengues. La alcorza, el alajú y alfajor, entre pañizuelos blancos y en canastillos muy lindos, provocaban mucho el gusto por su golosa apariencia, que cautivaba los ojos al dejarse ver entre hostias blanquísimas de masa, tomando varia traza y figura, como sierpes, ruedas, espirales y otros caprichos, objetos y baratijas. Blanca mesa, limpia como un ara, que se parecía cual mostrador delante de aquel armadijo, brindaba, para irritar la sed en diversos calibres, copiosa munición de anises y grajea de opuestos colores y matices. En este género era de contemplar también y muy de ver, grueso pertrecho de azúcar rosada que se ofrecía por todas partes bajo la varia forma y nomenclatura de hielos, panales, bolados y azucarillos, que hacían mejor todavía y recomendaban más el agua cristalina pura y delgadísima de Tomares que se refrescaba al oreo del aire en los búcaros y alcarrazas, o que se ofrecía en el lujoso aparato de dos o tres aguaduchos que, ya iluminados y resplandecientes, adornaban todo aquel ámbito y cerco. La fiesta, el baile, los cantares y el bateo, todo tuvo principio al mismo punto, y el que ahora cantaba es que ya hubo de bailar, y se prepara para dar en la despensa y bastimiento como en real de enemigos, y viceversa, y todos así. El alboroto y algazara cundió por todas partes como pronunciamiento bien motivado, y los vivas y las salvas, y el repique de los panderos y sonajas, y el trino de la prima y el discante, y el eco y dejo de los bordones, y los motes, los estribillos y las coplas, no dejaban vacío en el aire ni descanso a los oídos. De tiempo en tiempo se escuchaban estas palabras: ¡Bien venida sea la flor de la gracia! ¡Viva la rubia Carmela! ¡Ya es nuestra, como la carnecilla de nuestros huesos! ¡Hagámosla la Emperadora del aire y Condesa de toda esta tierra! La zambra en tal punto, se dejó entrar por las puertas del zaguán cierto pajecillo de pocos años, si de muchos harapos, y que si no mostraba gran riqueza en ellas, llamaba la atención por lo natural y fresco de sus libreas, que casi eran todas de cuero y carne, a pique siempre en sus movimientos de brotar y rebosar la ejecutoria de su sexo. El tal perillán, dando una vuelta sobre un pie como para jugar a la coxcojita, y teniendo presente sin duda lo del romance en quintillas de Moratín:


Hincó la rodilla y dijo,

-Si de aquí y de allá se ha congregado la gente de prosapia para coronar a la perla bailadora, ¿se le antoja también a este cónclave que arriben, vengan y lleguen de Cádiz y allende el mar, no la estrella de guía, ni los tres Reyes Magos, sino la estrella de las gitanas y los Magos y Reyes de los movimientos y circunstancias, para traer su feudo y tributo de adoraciones y contentamientos al caso que aquí se constituye?

La caterva iba, sin dudar en ello, a dar su asentimiento por los diversos diapasones que ya conocemos, cuando don Poyato, emprolongándose desde su asiento y poniendo en feria de nuevo su figura, dijo:

-¡Pues no han de entrar! Y pido y suplico que se nombre comitiva y acompañamiento de buena acogida y recibir; que ella es, sin poder ser otra, la Dolores y su comparsa de Espeletilla, Enriquillo, el Granadino, la Mosca y demás zarandajas.

-¡Pues que entren! -dijeron todos.

Y entrando que entraron, se dejó ver de capitana y adalid la muchacha anunciada por don Poyato: y en verdad que era ella un tipo acabado de su raza y su país. Bella y gentil en la persona, era su color soberanamente bronceado, y negros los ojos y rasgados con muchísima intención y fuego; el pelo no hay que mentarlo, negro también como el cuervo, y, como cíngaro, seguido y fláccido; la boca albeando con una dentadura de piñones blanquísimos; el talle suelto y ágil a maravilla, y los pies de la mejor traza, así como el arranque de las piernas, que, en lo que dejaron ver luego sus estalles y campanelas, pregonábanse de gran morbidez y perfecto perfil. En las mudanzas y vueltas de la rondeña y zapateado estuvo de lo más apurado que puede verse; pero en tocando que llegaron a los éxtasis y últimos golpes de la yerba-buena, las seguidillas y la Tana, fue cosa para vista y admirada, que no para puesta aquí en relato. Ello es que el Planeta, el Fillo y toda la asamblea, clamaron en unísono y conjunto: «que había mucho de novedad y no poco de excelencia en tal bailadora, todo de manera que la ponía y encimaba sobre cualquier encarecimiento, salvo, empero, si era en contraste con la rubilla Carmela, a tal punto aclamada y admitida por reina del donaire y de la gentileza, y quede esto, añadieron, así sabido y asentado.»

Por nuestra parte, vamos al capítulo de los cantares, que en esto sí que podremos adjudicarle el primer punto y merecimiento. Entre las cosas que cantó, dos de ellas sobre todo fueron alabadas. Érase una la Malagueña por el estilo de la Jabera, y la otra, ciertas coplillas a quienes los aficionados llaman Perteneras. Cuantos habían oído a la Jabera, todos a una le dieron en esto triunfo, y decían y aseguraban que lo que cantó la gitanilla no fue la Malagueña de aquella célebre cantadora, sino otra cosa nueva con diversa entonación, con distinta caída y de mayor dificultad, y que por el nombre de quien con tal gracia la entonaba, pudiera llamársela Dolora. La copla tenía principio en un arranque a lo malagueño muy corrido y con mucho estilo, retrayéndose luego y viniendo a dar salida a las desidencias del Polo Tobalo, con mucha hondura y fuerza de pecho, concluyendo con otra subida al primer entono: fue cosa que arrebató siempre que la oyó el concurso. Tocante a las Perteneras, son como seguidillas que van por aire más vivo; pero la voz penetrante de la cantora dábales una melancolía inexplicable.

El tiempo andaba entre tanto, y el festejo se encendía cada vez más, y era que, como velada de Señora Santa Ana, todo el barrio de Triana, iluminado como una hoguera, cantaba, bailaba y se daba perdidamente al placer y al regocijo. La numerosa y escogida cofradía con quien también nos hemos contentado y regocijado nosotros, para aumentar tanto rebato y estrepitosa alegría y dilatar más la hora de vivísima algazara que aquella noche trae consigo siempre en Sevilla, no tuvo más que trocar el sitio de su sesión, sacándolo de la casa consabida y traspasándolo al ancho ámbito del Arenal y cercanos huertos y melonares. Allí volvió a enredarse la fiesta, el baile y los cantares, dando también cada uno de por sí aventajada muestra por su persona Espeletilla y los demás continuos y familiares de La Dolores; sólo se notó que el poder central de la vihuela maestra se había debilitado mucho, puesto que aquí y allí, al son de otros instrumentos emancipados del centro común y en derredor de ellos, se formaban y aparecían otras ruedas y bailes, de donde se separaban en seguida otros grupos y corros menos numerosos, que al fin se apartaban y se dividían todos en parejas silenciosas y furtivas, que iban a esperar el alba por debajo de los limoneros y olivares. Dejémoslas, pues, en tan beatífico estado, y digamos con el señor Poyato:

ALLÁ VA ESO.



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