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ArribaAbajoEl bolero

Arrimó a un lado la guitarra, y ordenando a sus discípulos diesen principio a ejercitar sus habilidades, empezó la batahola. Unos se agarraron a las cuerdas, y sostenidos por ellas, se ejercitaban en hacer cabriolas; otros paseaban con gravedad el salón, y de rato en rato hacían mil mudanzas diferentes. Éstas, levantando sus guardapieses hasta las rodillas, apoyadas en algún mozalbete, subían y bajaban los pies...


La Bolerogía.                


Fila sexta, número onceno, y en cierto corral de comedias de esta corte, tiene cada prójimo por sí solo, y todo el público in solidum y de mancomún, un sitial holgado y cómodo, de donde poder atalayar con los ojos y escuchar con las orejas -¡atención!-, desde el farsado más humilde y villanesco hasta lo más encumbrado y estupendo en lo gañido, tañente y mayado que vulgarmente llamamos canto nosotros los dilettantis. Todo ello lo puede haber cualquiera por un ducado y algunos cornados más, suma despreciable para estos tiempos ópimos en que corre tanto de la tal moneda, no contando, en verdad, aquel aliquid amplius que por aguinaldos y albricias dan en algunos días de crédito, violentamente gustosos, tal cual caballerete calzafraque y corbata, de los de algalia en pañuelo y nonada en la faltriquera. Den ellos lo que gusten y bien les plazca, puesto que quieren disfrutar, y gozan, con efecto, de las primeras apariciones escénicas y de las estrenas teatrales, que yo, tan discreta cuanto literariamente, soy contento con entrar en día no feriado ni notable al hora circuncirca en que se media o biparte la función, y pagando con un saludo al alojador me aprovecha más asentarme sosegadamente y ver el rabo y cabo del espectáculo, puesto que el fin de una comedia del día no es el peor plato que se puede servir al gusto.

No ha muchas noches que con estas tales circunstancias ocupé el referido sitial once, teniendo por cénit la araña rutilante, y por nadir un ruedo de atocha valenciana, que algún aficionado hubo de colocar allí para pedaño y alfombra: bien hace de poner en cobro sus pies, pues no faltará femenil persona que cuide de su cabeza. Un can que busca abrigo en las frialdades del invierno, suele, formando rosca, aumentar el calor de la estancia, y como que un golpe lo puede irritar, sirve de saludable despertador con sus gruñidos y sus dientes caninos para las adormideras que las musas sirven hoy en los teatros. No fue el can sólo mi única compañía, pues como quien dice tabique por medio, se encontraba un vejete limpio y atildado, de ojos saltadores y lengua bien prendida, que no ansiaba cosa mejor que por conversación y plática. Apenas, catalejo en mano, concluí mis observaciones astronómicas por aquella esfera no celeste del teatro, cuyas estrellas por mayor seña todas estaban eclipsadas, cuando mi vecino, con voz suficiente y sonante, me dijo:

-Amigo, comedia mala, o mala comedia, que todo es lo mismo, o, lo que es igual, detestable, y pésima representación.

Yo, que no gusto contradecir a nadie, le respondí con un gesto afirmativo, y mi hombre prosiguió diciendo:

-Las piezas malas por sí solas y las buenas por los atajos e intercalares que les dan los farsantes poetas, pronto dejarán el corral vacío, aparte que los Zabalas y Comellas no parece sino que se han vuelto semilla volante que pulula y germina a más no poder por las cimas y faldas del Parnaso español; por mí le aseguro -y me miraba de hito en hito-, que a no ser por el baile, no salvaría el umbral de esta casa.

-¿Y qué tenemos esta noche de bueno? -le pregunté.

-¡Oh, amigo! -respondió-. Vuesa merced verá cierta andaluza recién llegada, que baila a las mil maravillas, y feria un bolero tan galano, que los adornos, gracias y adimentos que lleva no se ven ha mucho tiempo. Es linda y bien cortada, y en cuanto vuesa merced la vea sospechará, como yo, que en la fábrica y estructura de su persona tienen más parte el aire y el fuego, que no el agua y la tierra.

Decir esto, sonar el silbato del señor Consueta -siempre hablé con respeto-, subir el telón y aparecer la perla bailadora, fue todo un punto.

En verdad, en verdad, pocas mujeres vi nunca tan cumplidas, y por el prendido dificultosamente se hallaría cosa tan rica ni tan airosa. Los instrumentos comenzaron a marcar la medida con la gracia y viveza que tienen las tonadas del Mediodía, cuando mi parlador vecino, inclinándose al lado, me dijo:

-Todo es completo, por felicidad nuestra; el acompañamiento está tomado de la tiranilla Solitaria y del bolero antiguo de las Campanas; pero el revuelto está hecho con maestría, y ni Gorito lo fraguara mejor. Yo los vi bailar años pasados al Rondeño y a la Celinda; pero sobre todo la Almanzora...

No sé dónde hubiera ido a dar con su biografía boleresca, cuando finalizado el retornelo, se lanzó la zagala al baile, y el vejete cayó en éxtasis en su asiento, dejándome en paz.

No podré más decir por parte mía sino que desde el primer lazo y rueda que tejió y deshizo con sus brazos airosos la danzadora gentil, me sentí llevado en vilo a otro país encantado. El donaire de los movimientos contrastaba con cierto pudor que autorizaba y daba señorío al rostro y este pudor era más picante resaltando con el fuego que derramaban dos ojos rasgados y envueltos en un rocío lánguido y voluptuoso. Mi vista corría desde el engarce del pie pequeñuelo hasta el enlace de la rodilla, muriéndose de placer pasando y repasando por aquellos mórbidos llenos y perfiles ágiles, que a fuer de nube caprichosa de abril ocultaban y tornaban a feriar la seda de la saya, y los fluecos y caireles. En fin: aquella visión hermosa se mostró más admirable, más celestial, cuando, tocando ya al fin, la viveza y rapidez de la música apuntaron el último esfuerzo de los trenzados, sacudidos y mudanzas; las luces descomponiéndose en las riquezas del vestido, y éste agitado y más y más estremecido por la vida de la aérea bailadora, no parecía sino que escarchaba en copos de fuego el oro y la plata de las vestiduras, o que llovía gloria de su cara y de su talle. Cayendo el telón quedé como si hubieran apagado a un tiempo todas las luces. Del casi parasismo en que me hallaba, sacóme el erudito del bolero, diciendo:

-No me dirá que el encarecimiento fue superior a lo encarecido, sin embargo, en las campanelas le pidiera yo más redondez, y en los cuatropeados más vibración; ya le dije que la Almanzora y la Celinda...

Yo, que nada aborrezco tanto como estas exigencias de lo mejor, que aguan el sabor y gusto de lo bueno, le atajé en su tarabilla, diciéndole:

-Es indudable que el bolero es una danza árabe, y que tal como se ve tendrá sus reglas y tratado en letra de molde.

El hombre, mirándome de hito en hito, me respondió con voz doctoral y tono de suficiencia:

-Ha dicho, caballero mío, un disparate, y ha hecho una mala suposición: el bolero no es morisco, ni tiene tratado escrito, pues lo que se ha impreso en la materia más bien es invectiva apasionada que no tratado curioso o doctrinal.

Picado yo de su sesgo decisivo, le quise arrollar con el peso de una autoridad, arma para un erudito más poderosa que la razón y el sentido común, y le dije:

-Amigo, lea las aventuras que corren impresas del último Abencerraje, y verá allí pintado el bolero, y filiado por de legítima raza mora.

Apenas hube hablado -y nunca lo hubiera hecho-, cuando mi vejete, enfurecido como víbora herida, me replicó:

-Aunque el caso es de poca monta, siempre prueba lo que me tengo asentado en la mollera luengo tiempo hace; conviene a saber: que no entendemos de nuestro país sino lo que quieren decirnos los extranjeros; hay disculpa para ignorar muchas cosas, mas, cuando se quiere saber, es preciso aprender donde mejores documentos hay, y aunque diéramos de barato que todo ingenio y talento se hallare allende de los Pirineos, fuerza será para hablar de España que apelemos a los españoles.

Tomando aliento el orador, prosiguió más sosegado:

-El ilustre escritor del Abencerraje no tiene obligación de saber el origen de un baile español; mas para que nosotros hablemos de nuestras costumbres y de nuestra literatura, es preciso revolver más libros que el L'Harpe y los viajes por España.

Yo, curioso de ver algún retazo de tan extraña erudición, y dando lugar el intersticio del sainete para continuar la plática, le rogué al vejete que, puesto que yo era un ignorante en danzarinas honduras, todavía era bastante curioso para querer saber de dónde pudo venir el bolero. El hombre, halagado con mi lisonjera deferencia, puso punto y coma a su razonamiento de reprimenda, y dijo:

-El bolero no es baile que se remonte en antigüedad más arriba que a los mediados del pasado siglo, y bien considerado, no es más que una glosa más pausada de las seguidillas, baile que, según testimonio de Cervantes, comenzó a tañerse y danzarse en su tiempo, como se ve por la arenga de la dueña Dolorida. Esta no es sola opinión mía, puesto que ya mi buen amigo don Preciso lo tiene asegurado y puesto de patente al público, sacando a luz el nombre del que primero compuso en la Mancha danza tan donosa, que por ser toda en saltos y como en vuelo, fue llamada bolero, título que dio gran consuelo a los etimologistas y académicos, por ser significativo, sonoro y llevar en sí mismo la ejecutoria del padre de donde viene. Don Preciso no ha hecho más que decirnos sobre su palabra el nacimiento del Don Bolero; mas yo, que gusto -no embargante mi edad mayúscula- de las cosas escondidas, he probado de alzar el telón de boca de este misterio, aunque en otros me quede con dientes largos. No sólo he leído los discursos sobre el arte del danzado de Juan Esquivel Navarro; no sólo he leído al Padre Astete, de donde por contradictoria se saca de claro en claro muchos arrequives del baile; el danzado a la española de Pablo Minguet e Irol, y la Bolerogía de Rodríguez Calderón, sino que también he observado las costumbres populares, comparándolas con las notas de Pellicer al Quijote y a la vida de Saavedra, en donde toca de intento y con picante curiosidad algunos de estos puntos sustanciales para el público sabidillo del día. El Esquivel, que cita cuantos bailes se danzaban en su tiempo, apuntando hasta los maestros que más se aventajaban y discípulos más sueltos y diestros que sobresalían, nada habla del Bolero, siendo así que hace mención de la Chacona, Rastro, Tárraga, Jácara y Zarabanda, bailes muy alegres con que se solazaban aquellas generaciones hispanas. Pellicer se engaña lastimosamente cuando afirma en una de sus notas que no queda memoria de tales danzas, pues cuáles han tomado otros nombres, y tales, como los grandes territorios que se disuelven, han entrado descompuestos en los pasos y mudanzas de otros bailes. Por ejemplo: en el Bolero se encuentra el paso de la Chatona y el paso del Bureo, que, siendo distintos bailes, el autor del Bolero tomó de entrambos para el suyo lo que mejor encontró. La Jacarandina y la Zarabanda -verdadera danza morisca- famosas ambas por su desenfado, son hoy el Ole y la Tirana, y aun la tonada de la Zarabanda se tañe y canta pura y primitivamente en muchas partes de España, que de tiempo en cuando la resucitan agradablemente los trovadores de esquina, que por no ver el tanto que quieren, se suelen llamar ciegos. Entre mis trebejos y papelorios viejos conservo la música y solfa de todos o la mayor parte de estos bailes, cosa bien curiosa, por cierto, y a fe que oyendo aquellos compases y comparándolos con los bailes del día, y ajustándoles los pasos y mudanzas que pudieran convenirles, con algo de primor y mucho de sagacidad, fácilmente se podrían restaurar muchas de aquellas danzas y bailes a su prístino estado, graciosa desenvoltura y picante desasosiego.

-Muy bien -le dije a mi catedrático danzarín-; pero siempre resultará que esas danzas que cita serían de baja alcurnia y no de las que tendrían entrada en los estrados y saraos de la gente principal y noble.

-Otro disparate -me repuso mi inflexible orador-; otro disparate, y hable con más pulso en materia que no entiende. Es cierto que no todas estas danzas gozaban de la propia autoridad, pues en parte donde tuviese lugar la airosa Gallarda, el grave Rey-don-Alonso, y el Bran de Inglaterra, no pudieran danzarse las mudanzas de la Chacona y Zarabanda, que a veces las sacaba de quicio, dándoles demasiado picante y significación la malicia femenil; pero aun con esto eran tenidos por bailes de escuela y cuenta, y no por de botarga y cascabel. Ningún maestro de fama como los Almendas y los Quintanas, que lo fueron de los tres Filipos, ni otros sus discípulos ensayaron ni enseñaron estas danzas de por la calle que llamaban de tararira; hubieran creído rebajar y vilipendiar un arte, que con autoridades y ejemplos lo hacían casi celestial. Pero volvamos al bolero, pues no soy sabueso que por gazapo fortuito que me salte en la carrera, deje ir la liebre que de primero levanté y con ardor perseguí. Es el caso que ya fuese el inventor de tal baile Cerezo o Antón, aquél en la Mancha o éste en Sevilla, ello es cierto que la danza se propagó con gran rapidez, empeñándose en enriquecerla con sus invenciones y mudanzas los mejores ingenios danzarines que por aquel tiempo poblaban los tablados de los teatros y las casas de regocijo de Triana, Valencia, Murcia, Cádiz y Madrid. Antón Boliche, en verdad, no fue gran inventor en pasos y mudanzas, contentándose con acomodar al compás y medida del Bolero lo que encontró de gracioso y notable en el antiguo Fandango, en los Polos, Tirana y demás bailes de su tiempo; pero a poco los discípulos corrigieron el descuido del maestro. En Cádiz, el ayudante de ingenieros don Lázaro Chinchilla inventó e introdujo la mudanza de las Glisas, ofreciendo a la vista un tejido de pies de efecto deslumbrador y pasmoso. Un practicante o mano de medicina de Burgos sacó el mata-la-araña, suerte muy picante, singularmente en el pie y entre los pies de alguna pecadora a quien no obligue el ayuno. Juanillo el ventero, el de Chiclana, puso en feria el Laberinto, trenzado de piernas de prodigioso efecto; también a esta suerte la llamaron la Macarena. El Pasuré; ya cruzado, ya sin cruzar, tuvo patente de invención en Perete el de Ceuta, que ganó gran fama por su habilidad. El Taconeo, el Avance y Retirada, el paso Marcial, las puntas, la vuelta de Pecho, la vuelta perdida, los trenzados y otras cien diferencias que fuera prolijo relatar, son muestras de otros cien varones ilustres que consagraron sus estudios al mayor encumbramiento de esta ciencia, ¡tan modestos, que ninguno quiso dar su nombre a la estampa; tan llenos de entusiasmo y tan sedientos de gloria, que casi todos expiraron o patirrotos en los teatros o en las camas de algún hospital, a donde los llevó su amor al estudio y sus esfuerzos en los saltos, cabriolas, volatas y vueltas de pecho! Esteban Morales, inventor de esta última suerte, fue el primer mártir de la invención, habiendo autores que afirman que esta sola mudanza tiene llevada más gente a los cementerios que las pulmonías en Madrid y en Andalucía los tabardillos pintados. A remediar tanto mal salió el buen ingenio y rara habilidad del murciano Requejo, que después de haber asombrado a su patria y a los reinos de Valencia y Aragón con su agilidad y destreza, con sus giros, saltos y vueltas, apareció en Madrid a ser nuevo legislador del Bolero. Efectivamente: compadecido este buen legislador de la madre que lloraba a un hijo desgraciado por saltarín en la flor de los años, del padre que veía eclipsarse los ojos y la existencia de una hija por trenzar demasiado o girar con mucha violencia, quiso poner coto a tanto mal, y para ello se propuso despojar al Bolero de todo lo pernicioso y antisalubre. Así, pues, comenzó por descartar del baile lo demasiadamente violento y estrepitoso; ajustó los movimientos a compases más lentos y pausados, y chapodó las figuras, pasos y suertes de todo lo exuberante y rústicamente dificultoso, rematando con dejar al Bolero armado caballero en toda regla, obteniendo lugar y plaza de baile de cuenta y escuela por el universo mundo, así en los estrados particulares como en los salones de la corte. Y el Bolero, no contento ya de extenderse por dentro de los límites españoles, saltó las fronteras, conquistó territorios, y fue a causar la maravilla y la felicidad de las capitales más remotas de la Europa. Pero el buen Requejo, como todos los innovadores, tropezó con grandes obstáculos y hubo de vencer gravísimas dificultades. Los partidarios del Bolero disparado y rabioso se declararon aún más rabiosamente por enemigos y contrarios suyos y no contentos todavía, y como para asegurarse la victoria, llamaron en ayuda de la propia causa otros bailes y danzas de toda la redondez de la Andalucía alta y baja, para conseguir por el número lo que consideraban dudoso por la calidad. Entonces fue cuando aparecieron en Madrid el Zorongo, el Fandanguillo de Cádiz, el Charandé; el Cachirulo y otras cien combinaciones del movimiento perpetuo, con el fuego elemental y lo más llamativo y picante del amor. La Mariana Márquez, apareciendo en el coliseo del Príncipe y haciendo delirar de placer, con los juguetes y remolinos de su Zorongo, a los hombres de aquel tiempo, puso, en verdad, en gran conflicto y en peligroso trance al Bolero, pero éste triunfó de todo, y como torrente que detenido en su carrera adquiere mayor violencia para proseguir en sus conquistas e invasiones, así él se derramó por todas partes, aseguró su imperio, y si no dio al traste del todo al todo con los demás bailes sus rivales, fue el que quedó como rey e imperante sobre los teatros hasta nuestros días. Mucho ayudaron a este triunfo con sus gracias, giros y vueltas, y con su belleza y donaire, las incomparables Antonia Prado y la Caramba, envidias del mismo aire, émulas de Terpsícore, extremos de la hermosura y sonrojos hasta de las mismas sílfides y mariposas. Estas dos hermanas bailadoras las admiré yo y las celebré con delirio allá cuando los verdores de mis años, aumentando el inmenso séquito de sus cautivos adoradores. ¡Ah, querido amigo mío! -añadió el viejo fijándome los ojos con los suyos: era imposible mirar a la Caramba sin afición, más difícil todavía no seguirla y requerirla blandamente de amores, y ya en este punto era lo excusado el pensar el pobre enamorado en separarse, desenredarse, huir y desasirse, pues de tal capricho a cual caricia, de este favor a otro desdén, de ciertos desengaños a inciertas esperanzas, de aquel sobrecejo a estotra sonrisa, y de una burla o desenfado a cien hieles y amarguras, iba el pobre ánima del cautivo caballero de precipicio en precipicio, de abismo en abismo, hasta dar en la cárcel y prisiones que nunca podría ni dejar ni romper. Su continente era señoril y de majestad, su talle voluptuoso por lo malignamente flexible, y sus ojos lucían sabrosamente traviesos bajo unos arcos de ceja apicarados y flechadores y una nariz caprichosamente tornátil y la boca siempre placentera, si entre búcaros, si entre claveles y azahares, formaba del todo el gesto más gustoso y tentador que ojos humanos pudieran ver, admirar y desear. Pero estos que le parecerán, amigo mío -prosiguió mi hombre mirándome atentamente-, encarecimientos prolijos, no serán sino desmayados reflejos a su buen juicio, si los compara con los encantos y perfecciones que le revelará este retrato.

Diciendo esto, y enjugándose con el mismo guante al pasar la mano por la jurisdicción de la cara cierta lágrima involuntaria que a su despecho se le desprendió, sacó del bolsillo interior de su levitón una caja que encerraba el retrato de más diestro pincel y de más linda mujer que idearse puede. Si aquel era el retrato de la Caramba, y a tales rasgos era razón añadir la vida y la intención que presta siempre a la fisonomía la inteligencia femenil y el regocijo de la vida del teatro, es indudable que la Caramba fue una mujer celestial. Bien lo demostraba así la profunda impresión que de su hermosura conservaba la memoria de mi buen interlocutor.

Llegando a este punto volvió a plegarse el telón, y comenzó el sainete graciosísimo, como de don Ramón de la Cruz, pero que no por eso pudo quitarme de la frente las ideas que me sugerían las singularidades del quidam que pudiera tomar borla, si hubiese doctores en la danza, bien que entonces sabría mucho menos, y traslado al plan de estudios. Finalizada la representación, volvió a enlazar la conversación suya con no poco contento mío, y me dijo:

-Entre todas las bailadoras que ha producido España, ninguna como Brianda, que por su gentileza y danzado tuvo amores en la corte, siendo objeto de los versos y galanterías de los principales caballeros y poetas de su tiempo; oiga -me dijo- el romancete que sigue, que es documento para los inteligentes:




A Brianda


    Mientras entrega a España
una mano aleve
a la vil codicia
de malos franceses,
y otro Roncesvalles
y un Bernardo viene,
báilame, Brianda
trisca y tus pies mueve.

Aquí llegaba mi caro vejete, bebiendo yo, que no escuchando, sus palabras, cuando, llegando a la puerta del teatro, un aluvión de gente, que se atropellaba por salir, lo envolvió y me lo separó, arrastrándolo por no sé dónde, y sin poderlo yo seguir, por más conato que puse en ello. Desesperado de encontrarle, y no conociéndole sino por aquel acaso, no pensé sino en retirarme a mi guarida, donde, por no perder la memoria de este coloquio, lo apunté para diversión mía y cartilla de los que gusten aprender el Bolero.




ArribaAbajoLos filósofos en el figón



   Probemos lo del Pichel,
¡alto licor celestial!
no es el aloquillo tal,
ni tiene que ver con él.

   ¡Qué suavidad! ¡qué clareza!
¡Qué rancio gusto y olor!
¡Qué paladar! ¡Qué color,
todo con tanta fineza!


Baltasar de Alcázar.                


Nada enfada tanto el ánimo como oír incesantemente unos labios ni fáciles ni elocuentes, y una taravilla necia de algún filosofastro pedantón, que se extasía hablando de materias tan triviales que cualquiera alcanza, o tan áridas que secan y hastían la imaginación y fantasía del pobre que cogen en banda.

Iba yo a duras penas sosteniéndome en mis piernas antiguas y descarnadas, y pensando de tal manera, cuando, al tender la vista, tropezaron mis ojos con la mayúscula persona del Br. Górgoles, aquel parlador eterno, cuyo prurito es hacer entender que tiene en su mano la piedra filosofal de la felicidad humana, cuando su título por tamaña empresa está sólo en relatar de coro dos o cuatro libros que ya nadie lee, por el hastío que derraman. Venía, pues, a embestir conmigo y mi paciencia, remolcándose calle arriba de la Paja, cuando, por librarme, cogí los pies en volandas para escapar. Temiendo no conseguir mi intento, y hallando a poco trecho un figón o taberna de traza limpia y bien acondicionada, acordé zambullirme en ella, por dejar pasar aquel para mí más que tremendo chubasco.

No bien puse el pie en ella, cuando consideré lo pronto que sería descubierto por mi perseguidor si en casa tan concurrida me ponía a los ojos de tanto curioso, y sin más ni más seguí mi paso por un entarimado que desde el zaguán arrancaba, y al final me condujo a una escalerilla excusada que daba a un aposento bajo de techo y a teja vana, que después vi era sobrado de un zaquizamí húmedo por todo extremo; sentéme en un banquillo cojo colocado al frente de una mesilla, si bien saltadora, si bien danzante, regada por medio siglo con el mosto de mil libaciones no muy limpias, y dando un golpe fuerte sobre ella, se me presentó el montañés, quien de su mejor modo me preguntó que con qué me serviría, relatándome la larga letanía de vinos que guardaba en su bien abastecida bodega.

-No echará de menos en ella, señor caballero, desde el claro Montilla hasta el tinto de Valdepeñas, con toda la gran parentela de ellos hasta el quinto grado que se creían en nuestra España, limpios y sin mezcla de agua, brebaje ni otra mala raza con que mis cofrades suelen inficionar y adulterar tragos tan celestiales.

-Al Montilla me atengo -repliqué-, y que venga con acompañamiento de algún sabroso llamativo.

-Sí habrá -contestó mi hombre.

Y a poco me trajo un vaso y la botella con unas aceitunillas enjutas, gordas y sin mácula, que a legua se pregonaban como de Sevilla, realzándose todo más y más teniendo al lado el pan blanquísimo de bollo o de tahona. Dije al montañés que, siendo aquel retrete tan reducido, me excusase de toda compañía; le di las señas de la persona de quien me guardaba, y él retirándose, yo me quedé saboreándome a la par con el suceso agradable de mi escapada y con los bocados que delante tenía.

No bien habrían andado dos instantes de tan deliciosa tarea, cuando oí hablar dos personas tan cerca de mí, que parecían estar en el mismo aposento. Volví los ojos por todos lados y por entre las tablas que formaban uno de los tabiques de él, vi dos hombres sentados frente a frente, ante de otra mesa ni más ni menos como la mía, derribadas las capas por las espaldas en las sillas, calados los sombreros con aire picaril, una baraja en la mano como de haber echado un jarro al truco, y el del fruto de la victoria puesto ante los ojos de los dos combatientes, que se lo iban a partir y trasegar lo más amigablemente del mundo.

-Con un truco y flor me has ganado el envite, Pistacho -dijo el uno-; y quiero verme ahogado en agua pura, si te juego de hoy más a otra cosa que al rentoy, aunque me des punto y medio.

-Ni al rentoy, filey, brisca, truco, secanza, ni otro de los carteados -respondió el otro-, ni al sacanete, baceta ni otro de los de golpe y azar puedes medirte conmigo, y en esto ríndeme el mismo respeto que yo a ti en lo del cuchillo y cuarteo.

-Afuera las alabanzas, y vaya, Pistacho, este tercer trago a los buenos ratos que pasamos juntos todos los jueves, que en ellos no me cambiaría por el Preste-Juan; tal es el gusto que disfruto en ellos. ¿Y no sabes, Rechina, que en este bajo mundo está toda la gloria en un buen amigo y dos botellas?

-¿Y las mujeres no entran en tu reino? Porque en verdad te digo, que donde faltan ellas, todo para mí es por demás, y si no se hallan en tercio con nosotros en tales sesiones, te aseguro que mi alma está con ellas como mis sentidos en este vino y sus adherentes.

-Ellas te darán el pago, pobrete -dijo Rechina-; que el vino es placer más barato y duradero, ni deja en pos de sí los torcimientos y amarguras que ellas, y a fe a fe que media columnaria no contentará a la más humilde de ellas, y es moneda bastante para pasarse un hombre de forma toda la tarde hombreándose con todos los príncipes de la tierra, pues te hago saber, Pistacho -aquí el orador se acomodó en la silla, enderezó el sombrero y pasó la mano por la garganta para desembarazar el habla-, que mientras estoy si son flores o no son flores, todo lo veo de color de rosa, y del turco se me da un ardite y del Tamerlán una blanca. No haya miedo que el cristiano que se encuentre en tal beatificación piense poner lengua en Papa, ni mano en rey, ni se entrometa en murmuración ni suciedad semejante; pues si hay un tantico de cantares, no digo nada, porque de ahí a los cielos.

-¡Y qué verdura es el apio, ya que verdad no diga! -replicó el otro-, contigo me entierren, que esa razón me ha vuelto ceniza; venga otro viaje, apuremos el jarro, y el montañés haga crujir la piquera por mi cuenta.

-Rematado me vea -dijo Rechina- si me gusta el vino bebido como de contrabando; cada uno en su casa haciéndose alcantarilla de mosto que no bebedor racional, sin pleitear sobre la calidad del vino, pecados que tenga y remedios que se le pueden aplicar, que este es ramo muy de enseñanza y divertido, y si esto se acompaña con la música de vasos que suenan, mosto que cae, candiotas que crujen, jarros que gorjean y mozos que gritan, no hay más que pedir.

-Siempre -contestó Pistacho- te vas al hueso y dejas la pulpa; quiero decir que más te saben esas salsas que refieres que no los sorbos copiosos y seguidos. Bien alcanzo la razón que haya para preferir el de antaño al de hogaño; pero andarse con esos piquismiquis tuyos, lo condeno altamente como cosa que huele a gula y sensualidad. Denme a mí el pliego de un odre bien relleno, callen todos los relojes y no pare el chorro, y saldré más ganancioso que no tú, amén de la conciencia más limpia; que si yo te acompaño en tales estaciones, separo impectore todas las superfluidades de que tú sacas tanta delectación, y tu alma tu palma.

-Sigue tu camino -dijo aquél-, que yo bien me encuentro por el mío; remojarse en vino como esponja, cual tú dices, es cosa, amigo, de hombre y paladar poco delicado, y para ti, mal vinagre o buen Jerez todo será igual, y quiero morirme si puede hallarse mayor pecado en buen bebedor, pues contigo será en balde aquello del pan con ojos, el queso sin ojos y el vino que salte a los ojos.

-¿Con sutilezas te vienes y refrancicos propones? -habló Pistacho-. Pues hágame la gracia el sabihondo de decirme cuáles son los tres enemigos del hombre, que si tal aciertas, te tendré por hombre consumado en el gremio.

Aquí los dos filósofos se quedaron mirando, aquél a éste, como quien piensa, y el otro al uno sonriéndose vanaglorioso del enigma con que había enredado a su compadre.

-Confiésome vencido -dijo Rechina-, pues, como no sean los arcabuces, las mujeres y los tabardetes pintados, no sé qué otros mayores enemigos pueda tener el hombre.

-¡Oh menguado! -replicó Pistacho-, ¡qué pobrete te criaste en esto de entendederas! Los enemigos que digo son los que arrancan las cepas, los que venden las uvas y los que las dan y convierten en pasa. Todas pisadas, que andando en mostillo nadie siente penas; y es contrario al hombre quien le mengua consuelo tal, mermando un solo sorbo del jugo de los lagares. ¿Digo bien, seor Rechina? ¿Hablo al aire o no discurro como el Br. Górgoles, que cada palabra la afirmaba con tres silogismos y cuatro autoridades?

Al decir esto el elocuente orador, escuché ruido por la escalera; vuelvo el rostro, y miro: ¡perdón de mis pecados! Miro al mismo tremendo Górgoles bailándole sus ojos de alegría por haber atrapado a su víctima. A pesar del montañés, entró y escudriñó la casa, pues no encontrándome en las calles cercanas, concluyó, y con razón, que me había agazapado en alguna madriguera. Entró, digo, se me lanzó como un sacre, y me hizo presa por el brazo como alano, pues las orejas me las reservó para taladrármelas a preguntas, argumentos y reconvenciones por mi asistencia y querencia en casas de aquel jaez. Me sacó a lo del rey con más inculpaciones y reprimendas; llevóme hablándome, gritando, argumentando en forma, por inducción, a priori, por ex abrupto, por peroración... ¡qué tormento! En fin: apartóme mi implacable enemigo de aquel mi centro de recreación y gusto; pero, al menos, aprendí y supe en dónde cada jueves podría sacar mi ánimo de sus melancólicas meditaciones, oyendo los diálogos de dos filósofos, que si enseñan poco como todos, divierten como ningunos.




ArribaAbajoLa niña en feria


[...] era, pues, la niña
de tal gentileza,
que en parangón suyo
callara Lucrecia.
Ojos robadores,
en arco las cejas,
morena y graciosa,
graciosa y morena,
[...]


Romancero General.                




   La linda serrana,
el sol de la aldea,
por ver y lucirse
va y viene en la feria.
Vistióse advertida
con galas de fiesta,
que aliño y realce
el gusto despiertan.
Feriándose viene,
venderse no piensa,
que hay prendas que en trueque
se dan, y no en venta.
Gentil desenfado
con mil gracias muestra,
casando al donaire
la noble modestia.
El sayal palmilla
pomposo en la rueda,
jaquelada en rojo
la fina arandela.
Turquí zapatilla,
colorada media,
con primor engarzan
la planta pequeña.
Asoma con puntas
bordada cenefa,
del cendal que inquiere
la vista indiscreta.
La toca labrada
prendida en la oreja,
alfiler de oro
recoge la trenza.
Relicario al pecho
con doradas cuentas,
por Pascua de flores
bendito en la iglesia.
El pie con aseo
primoroso asienta:
¡cuán linces los ojos
que alcancen sus huellas!
Finísimas randas
el cuello le cercan:
¡Aranjuez de olores!
¡Vergel de azucenas!
Curiosa ve y mira
la niña morena,
y el leve ventalle
lo abate y despliega.
Feriantes la siguen,
mil flores la echan,
el más delantero
hablándola llega.
«¿Dónde va (la dice)
la hermosa extranjera?;
que un ángel del cielo
no nació en la tierra.
Si valor la alcanza,
por oro que quiera,
delante no pase,
y entre por mis puertas.
Recámara tengo,
ducados sin cuenta;
mercader tan rico
no lo vio Bruselas.
Servirán salvilla
mil esclavas negras,
y pajes muy lindos
cristal de Venecia.
Si conmigo casa,
arrastrando sedas
sentará en estrados
con grave eminencia:
y oliendo en la noche
pebetes y esencias,
partirá mi lecho
de alfombras de Persia.»
Responde riendo
la niña morena:
«encierre en sus cofres,
burgués, sus riquezas;
que si bien cual joya
trocarme quisiera,
no a trueque tan alto,
que a compra me suena.»
    Apenas da un paso,
cuando se le acerca
famoso soldado
que venció en la guerra.
Sombrero con plumas,
valona y cadena,
y al brazo bizarro
la capa revuelta.
Las calzas y veste
grana de Florencia,
y del talabarte
durindaina cuelga.
Saluda y exclama:
«¡cuál puede tal fuerza
estar sin presidio
que evite sorpresa!
Por un castellano
yo ruego me tenga,
y vengan y tracen
contrarios trincheras:
que en mí vuestros ojos
hicieron más brecha
que en Dorlán u Ostende
jugando diez piezas.»
Responde riendo
la niña morena:
«señor, tengo en mucho
tan brava fineza.
Mas pica que el Rey
a Flandes la lleva,
no puede continuo
servirme, aunque quiera.
Y yo (pues trocóme
voacé en ciudadela)
no puedo ni un hora
estar sin conserva.
Empero prometo,
por pagar tal deuda,
que si mi velado
me da su licencia,
al primer nacido
que embrace rodela
le asentaré plaza
en vuestras banderas.»
    Le sale al encuentro,
vestido en bayetas,
el dómine roto
Opas de Sigüenza.
«Permitidme (dice)
que toda mi ciencia
se derrame en gozo
a las plantas vuestras.
De Bartulo y Baldo
sé graves sentencias,
que os diré en requiebros
las noches enteras.
Lazarillo sabio
permitidme os sea,
que hermosa sin guía
en llano tropieza.
Relato de coro
todas las Pandectas;
borlas y garnachas
me envidan a puesta;
que asaz necio soy
para que no pueda
trepar como tantos
a más alta esfera.»
Burlando responde
la niña morena:
«hermano, excusadme
visión tan horrenda,
que ropilla y faldas
de presto me acuerdan
el monjil frazado
con que al muerto entierran.
Vigilias de amantes
no bien os asientan,
que no es para ayunos
tan fieras tareas.»

   Pensativa sigue
la niña su senda,
por no hallar empleo
que en bien le convenga.
Ya incierta no fía
de aquella promesa,
que al luto, entre sueños,
la Virgen le diera.
Sin padre ya y sola
por siempre se cuenta;
pero al abrir calle,
cumplióse su estrella.
De dos y de veinte
un mancebo era,
florero que vende
flores de su huerta.
Gabán por el hombro,
galana presencia,
bien tallado el talle,
razones discretas.
La niña, al mirarle,
se conturba y tiembla,
y mueve los ojos
creyendo que ensueña.
«Éste es, ¡ay! (se dice),
el que en sueños viera,
cuando en romería
visité la Peña.
Pedíle a la Virgen,
guarda de mi herencia,
y allá lo que en sombras,
verdad hoy me muestra.»
Se va al de las flores
la niña morena
malicioso el gesto,
hablándole artera.

   «Dígame, mancebo
(así Dios mantenga,
con sombra sus flores,
sin sol su floresta):
¿es búcaro airoso
qué flor me vendiera,
que eterna adornara
mi pecho y mi reja,
que su aroma diese
consuelo a mi pena,
y a mis ojos niños
que hermosa entretenga?»
-«No alcanzo (responde),
señora, tal ciencia;
mas tomad de tantas
la flor que os convenga.»
Y así relatando,
rodilla por tierra,
le da en ramillete
las flores más bellas.
    -No quiero por ramos
tanta gentileza,
que al gusto, lo mucho
lo entibia y enferma.
Mi afición es una,
no elijo superflua.»
Y así hermosa hablando,
vivaz como honesta,
el lirio tomóle
de pasión emblema,
que al pecho el mancebo
con banda sujeta.
   Al Paular, en tanto,
con grave cadencia,
campanas tañían
la Misa de media.
Y dice riendo
la niña morena:
«¿es misa o rebato
allá lo que suena?
Que desde que os hablo,
se va mi cabeza,
y a fuego en mi pecho
baten con violencia.
Por tanto, ¿queréis
(aquí habló bermeja)
por corto camino
llevarme a la iglesia?»
-«No tal, por mi vida
(aquél respondiera);
que rústicas flores
no valen princesas.
Son dos recentales
toda mi riqueza,
y un huerto tan breve,
que guardo sin cerca.
Tal beldad, señora,
mayor logro espera;
al amor humilde
mujeres desprecian.»
-«No así, garzón bello,
en llanto me deja
(prorrumpe llorando
la niña morena.)
Si tú bien me quieres,
aparta sospechas;
que a hija del Maestre
el Rey nada niega;
y soy (no contando
la noble encomienda)
si alta por linaje,
rica por hacienda.»

    Gózase el mancebo,
bendice su lengua,
y con labio humilde
besóle la diestra,
cambiaron sortijas
por mayor terneza;
saludan la pila,
y en la ermita entran.
Se postran al Preste
que el salmo les reza,
y en latín los casa
con gran reverencia.
Del altar salieron
con suertes diversas:
él, ufano, alegre;
más tímida ella.
Hubo tornaboda,
festín, larga mesa,
y danzas, en donde
más bodas se empeñan.
Bailaron los novios
Canario y Francesa,
y al tálamo fueron
sonando la queda:
y es fama que al año,
el sol de la aldea
sacaba un infante
a lucir en feria.
Infante a quien hizo
Menino la Reina,
y en años creciendo,
también calzó espuela.




ArribaAbajoLa feria de Mairena



   Sus visos y alcores llena
por los floridos abriles
con sus feriantes Mairena,
cubriendo la rubia arena
yeguas y potros por miles.

    Va en manada el bravo toro;
mas nada cual la serrana
que linda, pomposa, ufana,
lloviendo cairel de oro,
va a la feria en la mañana.

    Breve el pie como andaluz,
los ojos de matadora,
mucho negro y mucha luz,
cada mirada traidora
deja un muerto y una cruz.


Cantiga popular.                


¡Ay, Mairena; ay, Mairena del Alcor! Si tu nombre en la lengua de los moros recuerda agua de la fuente, si con tus olivos eres la mata de albahaca de los olivares que crecen entre Carmona y Sevilla; si el Alcor sobre que estás situada te encima y sobrepone a cuantas villas, lugares y alcairías ostenta el Guadalquivir y presenta el Aljárafe; ¿quién no te celebrará además por aquella tu famosa feria de los finales de abril, precursora de la de Ronda, primera en todo el año para aquellos países, y rica cual ninguna de las dos Andalucías, alta y baja? Allí, a tu feria, acude toda la gente buena, así de mantellina como de marsellés; allí las quebradas de cintura y ojito negro; allí viene la mar de caballos y otra mar de toros y ganados; allí las galas y preseas; allí los jaeces y las armas; allí el dinerito del mundo, y tras él sus golosos y enamorados de toda laya y condición, la buscona, la garduña, el tahur, el truhán, el caballero de industria, el trapacero bribón, y el perdonavidas que come por el espanto. ¡Qué movimiento, qué Babilonia! Desde el Genil hasta la frontera de Portugal; desde Sierra Morena hasta las playas de Tarifa y Málaga, el universo mundo se conmueve para asistir a la famosa feria. Los caminos se cubren de feriantes que llevan su poca o mucha hacienda al alegre mercado de la Andalucía, de tratantes de toda especie que van allá a buscar su provecho y ganancia, de curiosos regocijados que van a vivir en éxtasis y por vapor tres días en aquel centro de vida y de nuevas variadas sensaciones; todo es gloria, todo esperanzas, como la víspera de una boda.

¡Ay, Mairena; ay, Mairena de Alcor! ¡Cómo recuerdo el delicioso y sereno día en que llegué desde Sevilla a tu rica y visitada feria. Un sol claro y benigno daba vida al lindo paisaje de Alcalá de Guadaira, que jamás tendrá pincel que lo retrate en toda su belleza, ni trovador que revele todos los dulces y risueños pensamientos que sugiere. A un lado y otro se extendían las simétricas selvas de olivos que se pierden a la vista, como el horizonte en el mar, y al frente, como cerrando el cuadro, se miraban coronados de rosadas neblinas los altos collados sobre que se ve fundada la antigua Carmona. Carmona, la ciudad más fiel a la causa del justiciero don Pedro, y última depositaria de sus hijos y sus tesoros. En derredor y al lejos descollaban los oteros, las colinas, o se abrían los valles y cañadas, teatro de las hazañas de los descendientes y rivales de los antiguos Francisco Esteban, de Nebrón, y de Cadenas, los Siete Niños de Écija, José María, Caballero y otros cientos, reyes de los bosques y caminos de Andalucía, y al fin, entre los árboles, e iluminadas vagamente por una luz de púrpura y oro, se dejaban ver las moriscas almenas de tu castillo, juro hereditario primero de los heroicos Ponces de León, timbre después de la casa de Arcos.

Ya, ¡oh, Mairena!, encontré tus anchos ruedos, tus espaciosos ejidos henchidos de toros y caballos, de ganados y aperos, de grupos de mercantes y chalanes, tus calles cubiertas de curiosos y feriantes, tus rústicas tapiales sirviendo de arrimo a cien y cien tiendas de variados y peregrinos objetos; los del más exquisito y subido lujo están en feria mano a mano con los objetos que más convienen a la condición y gusto de un pueblo pastoril y labrador.

El refinamiento de la civilización no ejerce allí su odiosa y exclusiva tiranía; todos disfrutan; los goces, la holgura son allí el patrimonio de la muchedumbre, porque están al alcance de todos. Esto derrama una bienandanza por todo aquel inmenso concurso, que añade nuevos quilates al placer del curioso observador. Al lado de los dulces laboriosamente confeccionados y sobrecargados de esencias y perfumes, regalo sólo del rico, se encuentra el acitrón, el alajú, los turrones y otros mil azúcares todavía de raza mora, que por su módico precio procuran igual sabrosa satisfacción a la aldeana, al rústico y demás gente menuda. Si allí el fondista muestra al gastrónomo su luciente aparador y batería, allá las gitanas, cubiertas de flores, en un aduar de chozas de singular talle y traza, ofrecen rubia como el oro, saltando entre el aceite, la masa candeal convertida en buñuelos, si apetitosa al paladar, fácil de costear para todo bolsillo. Los vinos extranjeros ceden allí al famoso y barato manzanilla; la aceituna de mil modos y siempre sabrosamente disfrazada, toma prioridad, como ama de casa, sobre la francesa y apatatada trufa, y la lima, el limón dulce y la naranja, manjar aristocrático en otros países, bailan de mano en mano entre las turbas de muchachos, y entre los corros y ruedas de los mayorales, ganaderos y otra gente, así de más alta como de más baja estofa. Acaso con sus blancas tocas y su pintado albornoz algún moro en una ancha cesta ofrece el dátil de Tafilete destilando miel, a los operadores y guardas de campo que no tienen los ojos menos negros, ni las mejillas menos atezadas que él; y todos, todos disfrutan, huelgan, se solazan y recrean. Allá asisten a los títeres y volatines, aquí a la chirinchina y pulchinelas, acullá tratan y contratan; por este lado dicen la buenaventura, por aquél se ajusta un caballo o una punta de ganado; aquí se canta, allí se baila. Éste requiebra, aquél enamora; todos se agitan, todos bullen. ¡Cuánto yente, cuánto viniente! ¡Qué discurrir de hombres a caballo, de calesines que llegan, de coches que pasan, de barroches que vuelan, de pretales que suenan, de campanillas que alborotan, de zagales que gritan! Los ojos se deslumbraban y la cabeza se desvanecía.

Pero en tu feria, ¡oh, Mairena, es donde se compendia, cifra y encierra toda la Andalucía, su ser, su vida, su espíritu, su quinta esencia. No haya miedo que tu suelo se mire profanado en aquellos días por costumbre, uso o traje que no sea andaluz de todo en todo y por sus cuatro costados y abalorios. Allí un levitín o el frac más elegante de Borrel o Utrilla fueran un escándalo, una anomalía. Allí en los hombres (las mujeres, reinas absolutas) es obligatorio vestir aquel traje airoso, propio y al uso de la tierra. Los ingleses y otros extranjeros que vienen a visitar la feria desde Gibraltar y Cádiz son los primeros en someterse a tal costumbre; si alguno al llegar a Mairena no viene preparado en su recámara con el vestido andaluz, compra inmediatamente un calañés, y con su bota y fraque de Londres se lo cala (¡qué cosa tan cuca!), y va gravemente paseando, como si fuese de todo punto atildado a lo andaluz y la majeza. Esta sumisión los hace agradables a la gente cruda, quien los adopta desde luego para la taberna y para la fiesta. Es como la circuncisión que habilita entre los moros para toda cosa, al nuevo retajado. En ti, Mairena, es donde se fija cada año el uso que ha de regir, los adornos que más han de privar, el corte que han de tener las diversas partes y aditamentos del traje andaluz. Unas veces el sombrero se desplega en su falda y se achata en su copa, como sombrero pando de fraile francisco; otras se recoge de ala y sube de cucurucho, como alcartaz de nigromante; ya se adorna con hebilla y franja de velludo, ya con pasador y cintas de colores; ora el chupetín va galoneado, ora cargado con sendas andanadas de botones turquescos, ora la chupa y calzón se agobian con muchos postizos y alamares, ora van sencillos y sólo con algunos lindos golpes de seda. Si los colores están al uso un año, en el otro el negro se lleva la palma; en el presente es encarnada o púrpura, el venidero será caña o escarolada. La bota es la que siempre es blanca, pero en las labores y pespuntes, ¡qué variedad, cuántos caprichos, qué primores tan diversos!

El caballo, así como el hombre, se somete en la feria de Mairena a llevar sus adornos y paramentos al uso exclusivo del país; los arneses de la brida ceden allí a los jaeces pintorescos de la jineta, recordando la traza y gala de las cuadrillas de Aliatares y Gazules. Se olvida la silla cortesana por el alto albardón jerezano; los arneses de elegancia se posponen a los fluecos y sedas del aparejo de campo; y aquel caballo, famoso en el mundo, que conserva en sus venas la pureza de su raza oriental, hijo del fuego y del aire, se envanece y pompea, cruzando los ámbitos del mercado en tal traza, con su frontil airoso de burato de colores, su atacola encarnado, obedeciendo la rienda del airoso jinete que lo monta, y ostentando acaso en grupa la linda serrana que viene con su hermosura a dar mayor realce a la feria.

Así entraste en Mairena aquel día, donosa Basilisa, sobre el soberbio marteleño de tu amante, pasando blandamente tu airoso brazo en derredor del talle del mancebo. El caballo era bárceno, buen mozo, andando mucho, corriendo más, suelto, saltador. Las calles era necesario ensancharlas para su braceo; las piernas se quebraran con una uva, tan ágiles y sutiles eran; la cola barriera el camino si no viniese recogida, y sobre el lomo se pudieran contar cien doblones ochavo a ochavo. En grupas viniste, hermosa Basilisa, flor de la gracia, remate de lo bueno, ramo de azahares, y espumita de la sal, llegaste, y te derribaste del caballo con la limpieza del mundo, con el donaire de una bailadora. Las gentes te admiraban y se agolpaban a verte; el curioso, el paseante, te veía, te alababa y, sobre todo, te codiciaba con el ahínco que yo me sé.

-Aquel pie -decía uno- es más breve que el instante de mi dicha; ¡quién fuera zapatito de seda para ser cárcel de tanto bien!

Otro replicaba:

-¡Pues qué del lindo engarce de aquel pie mentira con aquella pantorrilla tan de verdad! ¡Mal fuego para las puntas y cendales que tan prestamente me la embozan y roban a la vista!

Aquél añadía:

-Sus ojos son grandes como mis penas, y negros como mis pesares.

Éste:

-Su boca de anillo bebe por rubíes y respira por azahares.

Y estotro:

-¡Qué talle de junco tan bailador y de tantos accidentes! Vayan dos reales y vengan de esos movimientos...

Y tú, Basilisa, destocada, sin mantilla por mejor lucir tu cintura y traza, sin desdén como sin arrogancia, rayando en el desenfado sin tocar en la desenvoltura, y teniendo en fiel balanza lo picante con la compostura, ibas al lado de la rica majeza de tu amante, recogiendo plácemes y bendiciones del concurso entero. Las zagalas flores te ofrecían, las gitanillas te brindaban con sus hojuelas y buñuelos, y tu galán, conduciéndote del brazo, hablándote dulce, rendido y amoroso, y llevando en su izquierda la larga vara que se lleva en feria, triunfaba del mundo entero, y el mundo entero le envidiaba. No se cambiara él por un rey de la tierra; tu hermosura y brío eran su señorío; las dotes varoniles de tu corazón, su riqueza; y con su imaginación andaluza todo el porvenir lo veía de color de rosa.

Aquella noche bailaste en la fiesta, flor de las serranas, y tu galán contigo, cien coplas y mil y mil mudanzas. Los hombres al verte enloquecían, y las demás mujeres, a su despecho, se deshacían en tus alabanzas, pues tal es el poder de la hermosura. Ellos en él, y en ti ellas, estudiaban en el vestir la ley y uso que por aquel año habían de imperar en la gala y traje andaluz, y en vuestro aire y quiebros la sal de Dios y lo sabroso y bueno de la gracia andaluza. Vosotros dos fuisteis los maestros del gusto de la tierra, los dechados de la majeza en toda la feria aquella vez, así como Mairena será siempre la universidad de los trajes y costumbres de Andalucía en toda su pureza, sin mezcla ni arrendajos de vestimentas ni de usos advenedizos de allende el mar, ni allende los Pirineos.




ArribaAbajoExcelencias de Madrid


    Madrid castillo famoso
al mismo diablo das miedo;
que en julio un horno es tu coso
y en Pascua ¡cielo dichoso!
los páramos de Toledo.


Glosilla golosa.                


De burlas sólo y no por veras, y sólo por reír y no por importancia ni formalidad alguna, se puede dejar estampada la coplilla que arriba cuelga y en gracia únicamente de engañar el tiempo se dejan escuchar las invectivas y sufrir los muerdos que provincianos descontentadizos disparan y esgrimen a toda hora contra este suelo feraz y agradecido contra este cielo azul y sereno, templado y benigno que forma el raro conjunto a quien llamamos Madrid. Yo no sé qué quieren estas gentes por pago de la hospitalidad desinteresada y casi de balde que les damos (díganlo los caseros), nada encuentran bien en la Corte, y no hay instante en que no se les halle con una maldición en los labios, si no contra el pueblo, por la autoridad que manda y miedo que les infundimos, al menos contra el ripio, cal y arena que lo fundaron. Alto allá, señores, subordinación y respeto, y no den ocasión a que se les dé ventanazo galán, como a novio en esquina, cerrándoles las puertas heroicas de la Corte. Si vuesas mercedes no pueden pasar sin ella, ella, muy al contrario, no necesita de cosa alguna, pues nada le falta; y si gastan acá su fortuna, ella desgasta sus pedernales y empedrados permitiéndoles el huello de sus plantas y pezuñas. Madrid es la isla de los placeres; es la Jauja de que hablan escritores antiguos y ha de ser el país que habiten los milenarios cuando venga el Mesías, en la gloria y majestad, según Ben-Ezra. Asomad, si no lo creéis, vuestros pecadores ojos por esas vegas fecundas y de promisión; mirad las eras y los ejidos; catad los valles y las colinas; mirad, mirad, que si nada veis culpa es vuestra que no afincáis la vista con fe cordial y verdadera. Ved allí los panes altos como de un jeme y verdes como pámpano de octubre, señal fija de la vida y savia que roban en la tierra; revolved vuestra picaña catadura y admiraréis las vides cuajadas de racimos como calva ochentona y la uva de pezón, escueta y gorda como munición y grajea. Ved, ved por todas partes el dátil, el nopal, la cañamiel, la piña, y todos los frutos de la región tropical: parad, parad la atención y veréis la nonada y la cosa ninguna. Dejad, dejad que asome el florido abril y os presumiréis elevados en vuelo a los pensiles asirios o a los vergeles de Chipre: todo el acero de la tierra en diez leguas al retortero le veréis cubierto de florecillas, de violetas, de geranio, de alhelíes, rosas, clavellinitas y de toda la farmacopea poética, que sólo por poética la fallo y condeno por de embuste y de mentira. El aliento de tanto perejil y mejorana embalsaman el viento con mil algalias, bálsamos y aromas: abrid narices, majaderos, gozad de tal delectación, suavidad y consuelo: oled, gustad y palpad, que estos azahares casi son tangibles y como quien dice de carne y hueso: mas frenad, tened y no os deis prisa en vuestra avidez odorífera y olendusca, que tanta gloria la disfrutaréis cuotidiana y longanísimamente, siempre y cuando os estén bien, a pie o a caballo; en invierno y en verano, y aunque no queráis, y aunque os esquivéis huyendo y aunque os ajustéis corchos en nariz como tapón de damajuana y aunque caminéis enjaulados en máquina neumática y aunque os maceréis las carnes y os lleven los diablos en nube de azufre y antimonio, digo que oleréis y reventaréis in saecula saeculorum desde el primer cuarto de la noche hasta el despuntar el alba. ¡Oh, glorioso Sabatini, cómo inmortalizarán tu nombre los botes y pipotes de pomada nocturna que como legado perpetuo has dotado a los estantes y vivientes en esta coronada villa!... Mas tomad el gusto al regalado verano que se descuelga desde el cielo en estas florestas deslizándose por cadenas de cuerdas y campánulas, ni más ni menos que como Alar en el teatro del Príncipe por los ramos de palmas y bejucos del figurado Brasil del Jocó u Orangután. Observad que lleno de gloria llega cercado de los favonios y auras más deliciosas: si acaso el mediodía os coge por filo y el calor aprieta, no os apuréis, gentecilla cautiva y garrumina. ¿Para qué sirven los estanques, baños, frescuras y arboladas? Ahí tenéis esas alamedas y sombríos, gozad de ellos a brazo partido. Todos esos árboles es verdad que han venido medio hechos de las almácigas y planteles como obra prima cordobesa, pero la tierra carpetana los prohijó y ved con qué lozanía y verdura se llenan, si no de hojas y pimpollos, de oruga, sí y de palomilla. ¿Queréis aguas puras, corrientes, cristalinas? Recogedlas a vuestro sabor: sin ir más lejos ahí tenéis el Canal en todo lo largo y ancho con sus apéndices y aledaños: mirando de lejos, parece un listón de glacé de plata que serpea transparente entre la yerba, y más cerca semeja como hermano de los canales aquellos que orlaban el imperio de Calipso; pero autores timoratos tomándolo al revés dicen que si de cerca parece cauchil endemoniado y hediondo, en lontananza semeja verdinegra culebra dormida entre légamo y cieno: pero de todos modos no olvidéis el pasearlo un par de veces, que a la tercera ya tendréis el infalible placer de haber por necesaria la química por almudes o por libras. Pero si el delicioso Canal te descontenta porque sus aguas no corren presurosas y sonorosamente meciendo en sus ondas los cisnes y las góndolas, ¿por qué no te vienes algún tanto más acá para disfrutar de las amenidades, cascadas y sitios deleitosos del purísimo Manzanares? Mas tú, atusando las cejas, boquiabriendo los ojos, y como haciéndote el cegato me dirás: ¿Y por dónde viene y llega ese caballero? ¿Pues qué, te responden, ya que perdiste la vista, olvidaste también el olfato? ¿No sabes que en Madrid son las narices el más cierto y verdadero guía para saber quién viene, quién va y por qué clase de piscinas o de oasis encantados va peregrinando el pobrete que sus malas culpas lo trajeron a este muladar coronado? Y si tus narices ya encurtidas en tales algalias te extravían y nada te dicen, ¿no te indica esa fábrica inmensa de piedra berroqueña que debe haber río, puesto que hay puente? Mas puesto que preguntas por el Manzanares:


   Helo, helo por do viene
ensortijando jardines
y cual hierro y metal viejo,
muy mal tomado de orines,
su carrera como en triunfo
ve cubierta de ormesíes,
blanca holanda que matizan
los mil colores del iris
    que al verlos Isern y Drument
malignamente sonríen
preparando ya en secreto
sus tajantes bisturíes
[...]

Mas puesto que hablamos del Manzanares voy a regalarte con un romance sentimental que don Crispín de Centellas, poeta vergonzante y amigo mío, le compuso y dedicó en sus pasados días cuando el río, sacando fuerzas de flaqueza y una vez en mil años, se calzó las espuelas, arremetió a las nubes de un mes de abril estrujándolas y exprimiéndolas en tuerca y trujal, sacó tanta agua que dejó de ser caño sucio Manzanares y pasó a ser río de toda verdad y de gran valía. Dice así el romance:



    Allá vas, don Manzanares,
tan fuera de ti en tus aguas,
que te vienes tropezando
beodo de banda a banda.
El mes de abril te ha embriagado,
que hay meses malas compañas,
vaciándote en el modrego
las bodegas de su casa.
Vas hecho mar de los ríos
y de estatura tan alta,
que un sargento de milicias
te hará llegar a la marca.
¡Oh qué cosa tan no vista,
gigantón por la mañana,
y a la tarde tamañico,
que cabes en una taza!
Con tus creces y avenidas
ya la puente toledana
deja de ser puente en balde
y a ser puente en verdad pasa.
Y al fin nos han enseñado,
como dómine en el aula,
que no hay mueble por inútil
que en algún tiempo no valga.
Los pretendientes en corte,
las hembras momias y rancias,
los peregrinos viandantes,
tudescos, de Albión o Francia,
salen a ver tu corriente
como a maravilla rara,
y con nota de hora y día
en sus tabletas la estampan.
Los taberneros, al verte,
se gozan en la esperanza
de haber llenos sus toneles
de Jerez siempre y Peralta.
Los autorcetes hambrientos,
los despechados sin blanca,
que por posta o diligencia
de este mundo al otro saltan,
darán fin a su sainete,
sorbiendo tus linfas claras,
y no en el légamo y cieno
del cauchil que Canal llaman.
En tu raudal ya se fía
la pulcritud castellana
de lavarse, ¡sumo aseo!,
una vez de Pascua a Pascua.
Y ya cuento ver más limpios
(aunque aquello no hace falta)
los zaguanes y escaleras
de la villa coronada.
Los agentes usureros,
que es tribu de hollín en alma,
fullerillos, petardistas,
busconas de rica saya,
los caninos copleristas
que se compran como habas,
todos, en fin, los que tienen
tal lepra, arestín y sarna,
cuentan tener en tus ondas
un Jordán para sus manchas,
como si a tanta inmundicia
el mismo Jordán bastara.
Mas ven acá, cabecilla,
riachuelo de media braga,
que por tus malos enjuagues
en agua va te propasas,
¿por qué a labriegos honrados
tan mal de su grado arrastras,
haciéndolos tiriteros
sobre tus locas espaldas?
¿Por qué, no siendo empresario
de cantantes o de maulas,
los haces dar gorgoritos
en tantas ahogadas arias?
Mas lo que no te perdono
(lo demás al diablo vaya)
es que sin papel sellado
te vengas por esas parvas,
dando mordisco a esta orilla,
pellizcando aquellas hazas,
y sin más las adjudiques
a Periquillo el de marras;
no, señor; solemnidades,
y por ser cosa barata,
siquiera escribe mil resmas
de a cinco duros la plana.
Lo mismo que haber trocado
con tus malditas andanzas,
las casucas de tu alveo
en ínsulas baratarias.
Del arsenal del Retiro
hiciste bajar, ¡caramba!,
ajorro de los simones
de a cuarenta, dos fragatas.
Me agradaba tu diluvio
(yo tengo el alma muy mala),
ya que no del buen Noé,
por ver de Madrid las arcas.
Los Cookes y Magallanes
del Retiro en la mar brava,
iban con tales navíos
desafiando borrascas.
Y nunca en la gran Mosquea
carenó mejor armada
el burlón Villaviciosa
en cáscaras de avellanas.

    Así en un pilar del puente,
enfaldándose las mangas,
don Crispín con voz ronquilla
al Manzanares hablaba;
iba a seguir relatando
sus aniegos, sus hazañas,
sus estragos y sus iras,
cuando miró...; no vio nada,
sino que el soberbio río,
que antes al mundo espantaba,
menguó tanto, que por verle
hubo de ponerse gafas.

Pero deja allá el Manzanares por invisible y desde allá vente por acullá al hermosísimo prado hollando siempre el césped y hermosa alfombra de las Delicias: una nube, un celaje como aquellos que rodeaban a Minerva en las visiones de Telémaco, te acercará con sus alas, empapándote en un polvo tan sutil y entremetido que te lo tentarás en lo más recóndito de la mollera, en el parénquima del pulmón, entre la laringe y la faringe, en el cristalino del ojo, en la concha de la oreja, en los trebejos y trompetilla del oído, y en la nariz te morderá tan vivamente la membrana pituitosa, que te contarás por estante en la Real Fábrica de Sevilla y que andas entre el vapor del tabaco cucarachero, más acre, ventoso y avinagrado que tenemos en los estancos. Esto es en cuanto a tu individuo mirado por dentro, que en lo tocante a las afueras, parecerás con tus vestiduras y sombrero a trozo informe de atún emborrizado, rebozado y espolvoreado con aquella harina bastarda, afrecho a cabezuela que levanta la cítola del molino. Pero si lo seco os daña, lo húmedo os hará mejor provecho, y para ello en pie juntillas saltemos en medio en medio del estrado del invierno: digo a pie puntillas, de arranque y como quien dice de golpe y voleo, porque en este país las estaciones no se truecan y declinan mansa e insensiblemente como para acostumbrar la frágil naturaleza humana a no dar al traste con tales violencias: no señor, entereza y vigor, cruja el parche y rompa el hilo por lo más enteco: no hay placer más subido como pasar de 25 grados sobre cero a 10 por bajo y todo en el espacio de doce horas. Pero ya tenéis ahí las lluvias, miradlas cual se columpian y descienden en madejas de plata, trayendo en pos de sí el aseo, la limpieza y la ablución general de tejados y plazas. Observad las calles y las veréis cubiertas de un líquido turbión y anegadizo que revela la topografía de la laguna Estigia, pero para que no os maculéis asaltad el andito enlosado de la calle. Ya esto es otra cosa: hollad con pie seguro y cierto que camináis sobre una nata o sémola que si aquí os escurre y dispara como cerbatana a pelotilla, allá os sorbe y chupa como boca golosa o dedo almibarado. Pero picad de firme y tirad los pies con brío y resueltamente, que de otro modo os pudiérais quedar plantados y sembrados repitiendo aquella vera historia del Dafne que se convirtió en laurel; pero como este país no lleva tal planta, os habríais de contentar con poder crecer hasta bojes, quejigos y alcornoques.

Y si la vida tal cual yo os la pinto (quiero hablar colectivamente) y en este jardín se goza, no os parece bien, y llenos y rebosantes de alguna sensibilidad amatoria o de tal cual misantropía de la dulce humanidad, o lo que es más cierto, os veis aquejados del esplín que da el no tener banquero ni quien os dé fiado y queréis salir del mundo a la cozcojita sin ruido ni gasto de salitre, ni ponernos por fruta de algún madero o noguerón, también os podré recetar, y este país serviros con plato tan suave y ejecutivo que logréis vuestro heroico intento sin escándalo ni alarmas. Cuenta con que esta treta que voy a descubrirte y este remedio que quiero suministrarte, lo tengo en mucho, y que no embargante, nada te pido ni te lo encarezco, ni te quedarás sin él, aunque por dejarte en blanco le echasen otros aficionados a tu postura la mejora del cuarto pues el tesoro de mi gracia es insondable, inextinguible de agua viva y tan caudaloso y profluente que nadie quedará con sed ni dejará de ir satisfecho. Es pues, amigos míos (vuelvo a lo plural) que si perseveráis alguna vez, siquiera dos instantes en el laudable intento de dar el salto mortal de este mundo al otro, os agarréis en vilo y os dejéis caer en dos pies (si más no tenéis) en la O mayúscula de la plaza de Oriente o ya al hora en que la aura de la mañana comienza a ejercitar sus rosados fuelles o ya al anochecer cuando el ambiente de la tarde trae las puntillas sutiles de nieve del alto Guadarrama. Entonces aprovecha (me abrazo al fin con el número uno) aquellos soplos dos o tres instantes, soplos que no movieran la almendra de luz de una lamparilla, pero que basta y sobra para el santo y apetecido intento, y así que te percibas bien empapado del vientecillo leve y de su penetrabilidad punzante, acre y corroedora, puedes ir ya en paz a recoger tus huesos en tu guardilla, que cuidarás de no haber pagado para dar al casero la más agradable sorpresa, o jugarle por despedida la burla más chistosísima. Te considero sobrado prevenido para que dejares de avisar al paso, no al señor notario (que poco tendría que escribir), no al médico (pues nada conseguiría), sino pasándote por la parroquia al único consuelo y velador verdadero que se encuentra en semejantes trances. En cuanto al entierro, no te lo podré pagar, pues mi bolsa no alcanza para tanto, pero descuida en lo tocante a tu memoria, puesto que yo me hago responsable de tres disertaciones, y un amigo que tiene puesto el abasto de ellas te consagrará seis elegías. Vade in pace.



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