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Diálogo segundo

 

Entre los mismos interlocutores.

 

MERA.-  Se han levantado ustedes temprano, y han hecho muy bien de querer lograr en este país la apacible estación de la mañana.

MURILLO.-  Yo he querido lograr cuanto antes acabar de oír leer este papel. Toda la noche he soñado en sus primores.

MERA.-  Pues supliquemos a nuestro caballero que empiece.

BLANCARDO.-  Estoy pronto, mis señores, a obedecerles. «Sigue, pues, de esta manera: Sublimidad de estilo, profundidad de pensamientos, estudio y penetración de las escrituras, lectura de Santos Padres, no pequeña tintura de las artes y ciencias, instrucción grande en el dogma y la moral, imaginación fértil y brillante, y facilidad increíble para explicarse con propiedad y limpieza, vienen a ser el carácter, de esta obra».

MERA.-  Pulmones bien constituidos y pecho robusto para repetir tan aceleradamente, y, como dicen, en un aliento, todo este largo pero bellísimo lugar, se han menester, caballero mío. Usted lo goza todo, dichoso usted.

MURILLO.-  ¡Mucho tesoro es este, señor doctor; grande y rica mina! Vamos, Señor mío, al partir de utilidades y ganancias. Pida usted lo que quiera; pues, Moisés Blancardo acabó de hacer el inventario   —57→   de todos los primores, que debe poseer un orador cristiano.

MERA.-  Pues, amigo, no es así, sino que Blancardo se acordó que era hombre de regla; oyó la segundilla, y, como, mejor cristiano, dejó al cristiano orador por irse a toda prisa al coro. En él se ha puesto de rodillas, y vea usted allí que fervoroso ha vuelto en aumento a la oración. Me reiré de gana; porque, espetando yo que acabara de esta suerte con propiedad y limpieza, vienen a ser los primores característicos de este sabio, salió o entró; hospite semi salutato, con sonso el carácter de esta obra. ¡Qué fervor! ¡Qué virtud y qué bondad!

MURILLO.-  No embrollemos, mi Señor, vamos por partes y hágase en conciencia la división. Diga usted lo que le toca y déjeme lo que a mí.

MERA.-  Aguárdese usted un poco. Ea, Señores, a quesadilla cada uno, y riámonos un poco a carcajada suelta. ¿Cómo hemos de entrar en la partición, si no somos instituidos herederos, ni menos nos llama como legítimos la sucesión? El señor Voltaire ha dicho sabiamente en una epístola dedicatoria al señor Fakner, inglés, que los literatos de Italia, de Francia, de Inglaterra y de todo el mundo, los vuelve de una misma patria la profesión de las letras. Añado ahora a mi propósito, que nosotros, si fuésemos hombres de literatura: (que por misericordia de Dios no lo somos), de Quito, tendríamos ya mucho más bien que otros, pues, éramos de la misma provincia, el derecho de llamarnos no conciudadanos; que eso lo somos por el nacimiento; si no tendríamos el derecho de llamarnos parientes, hermanos, hijos y padres unos de otros por línea literaria. Y entonces, vea usted,   —58→   allí que, si se hiciesen los inventarios de los primores del orador, podríamos ya entrar, legítimamente a la parte. Otro título tendríamos de heredar, y era el de hacer revivir el vigor de la ley papia popea, en esta forma. Habíamos de constituir nuestro liberto al dueño de esos primores. Nosotros nos habíamos de erigir en Señores, o, lo que en el lenguaje de la jurisprudencia se dice patrones; y vea allí que nos tocaba de herencia la parte viril y todos los bienes, si acaso nuestro liberto hubiere fallecido intestado, y sin sus herederos, según las leyes de las doce tablas y treinta y cuatro de la quinta tabla. Pero sin salir de la misma ley papia popea, aún teníamos según su tercer capitulo que forma y constituye la ley Caducaria; teníamos; digo, otro motivo de participar de los bienes del orador, porque, siendo que el emperador Augusto, que fue autor de esta ley, llamada Julia Caducaria, ordenó que los bienes que no perteneciesen a alguna persona, se distribuyesen al pueblo, ya nos tocaría alguna porción de los que dice usted ha inventariado nuestro buen caballero Moisés.

MURILLO.-  ¿Cómo son en realidad esas tan favorables leyes, a nuestros deseos?

MERA.-  Déjese usted de esa curiosidad. Todo lo que se ha dicho no ha sido sino para reír. La verdad de las dichas leyes consta de la historia; pero, querer saber cómo son ellas y cuándo se han hecho, es impertinente a nuestro objeto, y nos veríamos en la necesidad de traer muchísimo del comentario que hizo Heinecio a la ley Julia y papia popea. Y siguiendo a este celebérrimo jurisconsulto, es que he asegurado ser la Julia Caducaria, la tercera parte de la ley Julia papia popea,   —59→   no obstante, que el famoso Antonio Terrassón separa una de otra, en tal manera, que de la Julia Caducaria hace autor a Augusto, y de la papia popea, dice que se hizo bajo su imperio. Dejémonos ahora de delirios, conozcamos por un horrendo furor la pretensión de liberto, la de patrón, la de herencia. Ya es un género de alegoría que enfada; y hablando sencillamente, veamos que Blancardo con su genio inconstante, apropia esas bellas cualidades a la oración.

MURILLO.-  Señor, entonces, como sea pillar, aunque sean los primores y el carácter de la oración. Vamos a echarnos encima. Hagamos los despojos de guerra.

MERA.-  No, amigo, de la oración no quiero un maravedí, ni aun quiero tocarla al pelo. Yo podré revolver contra todo el que me tratare con ignorancia y con injusticia. Fuera de esto, ya he oído el grato rumor de que la oración estaba (siguiendo nuestra alegoría), lozana, robusta, ágil y viva, gozando de muchos honrados cortejos por su singular belleza y su buen término de hablar.

BLANCARDO.-  ¿Qué es esto, señores míos? También al orador le dejé en la ciudad muy vivo, y (Dios le guarde), no hay que pensar heredar nada de sus alhajas; sino es que quieran ustedes llevárselas por vía de donación interpretativa.

MERA.-  Por lo mismo me abstengo de emprender alguna cosa ni pretenderé jamás tener derecho a tocar en sus primores. Sólo es de admirar que usted, caballero mío, se haya atrevido a sacarlos, a trance y remate público; siendo así, que usted, mucho menos que nosotros, puede tener parte ni conocimiento; en ellos. Por lo que, aquí, solamente   —60→   trataremos de este injusto atrevimiento.

MURILLO.-  Así es. Le hago yo primero el cargo, y venga la primera alhaja. Esta es sublimidad de estilo. Debía, nuestro caballero, ya que es médico químico, decir sublimación, y no sublimidad.

MERA.-  Es alhaja muy estimable y difícil de hallarse ni conocer. Pero la poseerá y conocerá el caballero Blancardo, pues habla de ella.

MURILLO.-  Nada menos que yo me persuada a que la ha conocido ni por el forro. Echemos mano de las reglas de la crítica, y examinemos este conocimiento, siguiendo el orden de este versillo:


Quis, quid, ubi, quibus auxiliis, cur, quomodo, quando.

Quis, ¿quién? Es una pregunta muy oportuna. ¿Quién es usted para que sepa de sublimidad de estilo? Ea, responda usted.

BLANCARDO.-  Soy, por la gracia de Dios, Moisés Blancardo, seguro servidor de ustedes.

MURILLO.-  ¡Bien! Y por no más que ser Moisés Blancardo (a quien por otra parte y por su carácter, venero mucho, mucho), ¿ha de saber de sublimidades de estilo? ¡Eh! Puede ser, puede ser que por un efecto de la casualidad las conozca. Pero dígame usted primero para concederle esta merced, ¿de dónde, de qué lugar es usted?

BLANCARDO.-  Nací en el gran asiento de Latacunga, antes, y muy antes de que le arruinaran los temblores.

MURILLO.-  Más que hubiese nacido estando volando hacia los aires Latacunga, usted no puede saber ni un átomo de sublimidad. Latacunga es lugar humilde, profundo y casi subterráneo, que no   —61→   se deja ver por el mucho polvo y la mucha tierra que levanta más que el aire tempestuoso de su clima, el viento de la tontera. Inspira su destempladísimo cielo en sus habitadores pensamientos revueltos y mal amasados de alfalfa y harina de cebada. No es éste un hipérbole. Nosotros discurrimos con alguna dependencia de los humores, que nos ministran y dejan en el cerebro los alimentos. Ahora, pues, Latacunga no produce sino autómatos y relojes vivientes. Tampoco es hipérbole. La Beocia y la Bataiza no han tenido tan mala opinión por sus hijos, como este infeliz lugar en esta provincia, por los suyos. Alguna, pues, de éstos que sale más aventajado y capaz de lucir, porque anda de paso, aguanta menos garrotes, y tiene (como dicen nuestros albéitares), buena voluntad, es de raza, y no más, nuestro manso caballero. Pregunto ahora, ¿un latacungueño sabrá en toda su vida de sublimidad de estilo?26

MERA.-  Pero aquí le responderán a usted, que es mucha vulgaridad asentir a que el clima influya, mucho ni poco, a formar la bondad o la rudeza del ingenio.

MURILLO.-  Este asunto parece algo delicado. Usted me ha ofrecido hablar de él con más espacio; por lo que paso adelante, advirtiendo que son tales   —62→   de rudos los tacungos que por eso en nuestra tercera conversación pasada, les apliqué la coplita que empezaba: Sorprendido el pensamiento. Y hubo un picarón desatador de enigmas, que aseguró era hecha para Moisés Blancardo. No lo negué, ni lo confesé, porque estoy, bien cierto, que, habiendo cierta comunidad regular notado desde tiempos más remotos, que no podían estos infelices entrar ni siquiera en el canto llano, para esto que es hacer la hebdómada; decretó por actas capitulares de provincia, que no se diera en adelante el hábito a tacungo alguno, por más que rebuznase. Pero lo que debe dar la ley es; que la advertidísima compañía de regulares expatriados no admitía razanos de Latacunga a su noviciado, aun siendo que este estuvo hasta el terremoto, fundado en el dicho lugarejo. Si bien, que para hablar verdad, es preciso confesar que conocí dos jesuitas, sacerdote uno, coadjutor otro; muy buenas almas. El sacerdote fue el padre Pedro de Sierra. ¡Vea usted qué sujeto de nombre tan eximio! El coadjutor fue Baltasar Medina, eterno convidador de su caja de tabaco, y bestia en cuerpo y espíritu; Si ha habido otros tacungos y no los conocí, prueba mi intento, porque la oscuridad de su mérito intelectual, me los ha hecho desconocer. Ya he dicho del sujeto quién es; ahora, diga usted, señor mío, de la sublimidad.

MERA.-  Parece que se sigue, hablar de lo que es sublime con la pregunta Quid? Y a la verdad, es entrar en un empeño dificilísimo; porque el objeto es para mí muy superior y tan elevado, que sólo le considero inaccesible. Sería temeridad pensar que mis talentos le alcanzan a mirar aun   —63→   desde lejos. Ha sido objeto tan distante a los ojos del alcance humano, que esos mismos grandes genios de Grecia y Roma en el tiempo de sus mayores luces, y por eso de su mayor gloria, le han perdido de vista, o apenas le han divisado, como que se les huyera de su penetración, a manera de aquellos astros que dejándose ver, admirar y temer a un tiempo, parece que se sumergen en un abismo de oscuridad y de silencio. Empecemos desde el famoso Pericles, llamémosle justamente el príncipe de los oradores griegos; como le ha llamado Cicerón. Descendamos, desde luego, a los diez oradores atenienses de quienes nos ha compendiado la vida Plutarco y haciendo una oportuna excursión por los campos de la Historia, lleguemos en buena hora a registrar con asombro el país de la elocuencia, que tanto han ilustrado y enriquecido los oradores latinos. Pero, después que hayamos conocido su superficie y admirado aquel majestuoso ornato, aún más precioso que aquel que en el prospecto de estatuas, pirámides y obeliscos, se nos representa en cada imagen de la antigüedad, y de estos envidiables héroes, veamos si hallamos que todos ellos ejercieron o pudieron ejercer el apetecido secreto de hablar y de pensar en el modo sublime. Nada menos. En Atenas, Antifón, Andocide, Lipias, Sócrates, Iseo, Licurgo, e Hipérides, parecen oradores perfectos y grandes en asuntos vulgares y pequeños, y se muestran oradores pequeños para los grandes objetos. En efecto no reconocen ese rumbo difícil por donde se camina y entra al género sublime, ni pisan esa senda feliz, que hallaron fácil y gloriosamente los dos antagonistas, Esquines y Demóstenes. Y el mismo   —64→   Esquines, fértil, difuso, magnífico; es inferior al inimitable Demóstenes; de suerte que su sublimidad a vista de tantos trofeos y victorias obtenidas sobre su valiente competidor, debía tener el dictado de Reina, y de una Reina singular. Volvamos los ojos a Roma. Cuatro edades de sus oradores cuenta y descubre el Señor Rollín. La primera numera entre los más distinguidos, a Catón, los Gracos, Cipión Emiliano y Lelio. Pero ellos, oradores elegantes que son, no llegan a practicar la nobleza del sublime. Y nosotros los debíamos considerar muy distantes de su uso, sabiendo que ni aun llegaron a conocer el número, la armonía, la delicadeza, la colocación, la gracia y el arte mismo. Los cuatro oradores de la segunda edad, la hicieron mayor honor y acercaron la elocuencia a la perfección de la griega. Pero de los cuatro, Antonio guarda alguna especie de grandeza en sus arengas. Craso se le parece y le es comparable, y sólo Sulpicio es un orador en esa edad, sublime. Para la tercera fue que se guardó el alto punto de la elocuencia perfecta. La usan ventajosamente, Hortensio, César, Bruto; Mesala y otros. Pero Cicerón, descollando como un cedro de fecunda naturaleza, situado en terreno fértil, es el que se aventaja a todos, el que se vuelve el soberano árbitro del bien decir, y el que se hace familiar, y por decirlo así, doméstico el uso del verdadero sublime. En llegando las artes a su perfección, parece que es indispensable necesidad de las cosas humanas que caigan de la altura a que llegaron, porque ya la cuarta edad es decadencia.

MURILLO.-  De esta suerte, más fácil será que Blancardo encuentre la piedra filosofal, sublimando   —65→   los metales, que no llegue a conocer cuál es sublimidad de estilo. Aún usted mostrando sólo la dificultad suma de practicarla, y la que hay para conocerla, no nos ha explicado qué es ella y en qué consiste.

MERA.-  Lo que me pareció que importaba para el asunto, fue hacer ver que no se manoseaba. Fuera de esto, he concebido muy ardua la empresa de explicarla. Así lo da a entender muy bien ese gran maestro de retórica, el señor Rollín y porque el mismo pasaje, donde lo dice, ministra una idea de las calidades del sublime y de sus prodigiosos efectos, le transcribiré puntualmente: «En el género sublime, (dice), el orador hace uso de todo aquello que hay de más noble en los pensamientos, de más majestuoso en las expresiones, de más atrevido en las figuras, de más sensible y más fuerte en las pasiones. Su razonamiento es entonces como un torrente impetuoso incapaz de ser tenido ni moderado, que arrastra con su violencia a aquellos que le escuchan y les obliga a su pesar a seguirle a donde les lleva. Hay muchos géneros de sublime; pero no es este el lugar de tratar de esta materia, que ella sola haría prueba de la extensión de talentos que requiere la elocuencia». Hasta aquí este sabio francés, quien aun cuando la trata, no hace más que seguir lo que ha dicho Dionisio Longino en su Tratado del sublime; según la traducción, que de él ha hecho el señor Boileau. Despreaux, a la cual el mismo Hollín llama más bien un original que copia, tan excelente es ella27.

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MURILLO.-  Concluyo, pues, que Moisés Blancardo sabrá de la sublimidad de Pichincha, si alguna vez subió allá a chacarillas. Pero la del estilo no la conoce aún por la cubierta. Y si no dígame usted, caballero mío, dónde la vio, conoció y trató; y hágame el gusto de exponer la palabrita ubi, que es la que sigue.

BLANCARDO.-  Todo lo que hasta ahora sé, me lo lean enseñado en la casa regular N. de Quito; y allí he aprendido a mi juicio todo; todo lo que puede saber un honrado Padre Maestro, para ser lo   —67→   más que puede ser, y todo aquello a que puede aspirar un religioso, lleno del deseo de ser tenido por sabio.

MURILLO.-  Muy bien. Y en esa casa blancardina ¿hay, hubo o habrá cátedra de retórica; o de bellas letras, caballero nuestro?

BLANCARDO.-  No la hemos conocido para nada, jamás la hemos frecuentado, dueño mío, y estoy en la firme persuasión de que sirve para hablar lo mismo que la escultura.

MURILLO.-  ¡Qué hemos de hacer! Vámonos, con la paciencia socrática con la mañuela platónica, desenredando este ovillo. Pregunto, pues caballero, ya que no hubo cátedra, ¿ha tenido usted, siquiera algún retórico extrajudicial, o algún preceptor de media capa, o de esos que llaman eruditos de capa y espada?

BLANCARDO.-  Nada de eso; porque ya he dicho que he contemplado una inútil parlera a la Retórica. Y en lo que sé (que me parece es mucho, y usted lo verá por mi Aprobación), de belleza de letras, juzgo que yo mismo me la he buscado y conocido.

MURILLO.-  ¿Acabáramos, señor doctor Mera? Ya está usted servido en la palabrita ubi. Estemos ciertos que nuestro caballero no sabe por dónde daba bola; y estemos igualmente en la inteligencia (por lo que usted nos aseguró en las conversaciones pasadas), que solamente en la Compañía, se estudiaba el arte de bien decir; y aún allí muy mal (según usted mismo nos dijo), por no usar de las Instituciones oratorias de Quintiliano, del Tratado del sublime de Longino, ni de las obras de Marco Tulio. Usted mismo aseguró que los jesuitas solamente estudiaban sus compendillos de retórica   —68→   fabricados según el mal genio, el genio disgustado del preceptor de letras humanas con los que no entraban en la verdadera ni aun mediana elocuencia, sino en esa viciosa y corrupta; que yo tanto estimé, y que ya he abominado desde que converso más a menudo con usted. Y es así; que si los jesuitas hubieran estudiado a esos bonazos gentiles, les hubieran tomado el sabor, hubieran conocido el buen gusto y hubieran hablado honrada, casta, pulida y noblemente; porque se les hubiera pegado su modo de hablar; y no hubieran sido como fueron, tan desbocados, tan mal hablados, y aún deshonestos con todo su solimán, su carmín, su albayalde, su leche virginal de rostro y todas sus manos de gato, que se pegaban para salir, a hablar en público.

MERA.-  Usted certifíquese o acuérdese mejor de los establecimientos literarios en tiempos más antiguos. Porque, ¿de dónde sabemos que, en esa casa se han cultivado con acierto las Humanidades? ¿De dónde sabremos que Blancardo las ha aprendido, y quizá al presente olvidado?

MURILLO.-  Ese olvido bastaría para el intento. Pero usted estéseme muy satisfecho sobre mi palabra, descanse sobre ella, y afirme, citando mi autoridad venerable, que es tradición constante, que no ha habido ni en ésta casa, ni en todas las otras regulares o irregulares, no digo cátedra, que aunque ésa no fuese del espíritu Santo, al fin sería de un buen espíritu, no digo catedrático; pero ni una tilde, ni un ápice de letras humanas. Y así no hay que cansarse, ni hay para que diga usted que en esa casa se cultivarían las Humanidades. En esa casa, señor mío, muchísimo menos que en otras, debían   —69→   acordarse de ellas. La razón es porque en ella solo se ha pensado practicar el privilegio que el año de 1244 les concedió a sus individuos la Catedral de Barcelona. Era este, que lograsen asiento en el coro y eso entre los prebendados con ellos debían cantar libras canónicas, y tenían el permiso de traer bonetes negros. No era mal privilegiote; él es verdadero, y si quiere usted, se lo daré de letra, de molde y de letra parecida a la de la aprobación, en los anales escritos por el padre maestro fray Juan Guerrero y Zaravia, y aún en el libro del maestro Vargas. Usted dirá que esta historia tiene mucha alegoría, allá se avenga. Lo que debo decir yo es que soy un traidor en aducirla, porque no la he referido bien. Ahora me acuerdo de positivo, de positivo, que no han estudiado tales arengas, ni tienen tal obligación; porque los Blancardos de esta Orden en esta provincia, son solamente caballeros, y de los agregados a los de Montesa y a los de Christus. Son de aquéllos que no reconocen por su legítimo General a Guillermo Bas, porque tenía tamaña coronaza. Ellos constituyen por sus superiores a los Generales tercero; cuarto, sexto y consecutivamente a los demás, hasta el año de 1317. Conténtese (han dicho nuestros caballeros), el otro partido con su corona, sus letras humanas, divinas y su breviario, nosotros nos contentamos con nuestra espada, nuestro escudo, nuestro manto capitular y toda nuestra caballería. Siendo así Ubi, ¿dónde está esta sublimidad? Ubi, dónde habrá habido ni habrá en adelante estudio de letras humanas?28

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MERA.-  Eh. Pero ya le oyó usted que Blancardo decía que juzgaba que él mismo había conocido las bellas letras. Puede ser que sea así y que por sí mismo se haya formado buen humanista; como se formó Blas Pascal excelente geómetra sin maestro alguno.

MURILLO.-  Démosle de barato, que el caballero no sea tacungo, aunque está contra de esta historia, el principal documento de su fe de bautismo. Démosle, también de barato, que siendo tacungo ha logrado tan nobles talentos, y aun más nobles que los que sacó del vientre de su madre Blas Pascal, y los que sacaron Verulamio, Clarkc, Leibnitz y Newton. Preguntémosle ahora a él mismo, ¿cómo sé formó, con qué medios, y de qué manera? Quibus auxiliis?

MERA.-  Cuando Pascal se formó, mi querido doctor; lo debió todo a su genio y a su pasión por la Geometría. Su discreto padre le había prohibido expresamente el aprenderla, le privó de que concurriera a las observaciones y aún a las conferencias que tenía con otros matemáticos sobre esta ciencia. Pero Pascal, arrastrado de su vehemente aplicación, formaba sus figuras sobre la tierra. Él las daba su denominación, y para formarlas había fabricado a su modo los instrumentos. No quedó   —71→   oculto el grande conocimiento que se había adquirido en la Geometría, porque un día fue sorprendido de su padre, al tiempo de estar corriendo las líneas. Hallolas exactas, bien comprendidas, explicadas con sublime penetración de lo que pasmado; hizo llamar a un amigo suyo, inteligente en la materia, y cuando llegó éste le recibió con lágrimas y al mismo le manifestó sobre la tierra las invenciones geométricas (que así puedo llamarlas) del nuevo geómetra hijo suyo, asombro y monstruo de habilidad. De este modo se habrá hecho retórico, orador y aprobante, nuestro caballero sin necesitar de otros auxilios que los de su genio, penetración, estudio y entendimiento. Déjele usted. ¿Qué me le anda preguntando con qué medios y de qué manera?

BLANCARDO.-  ¡Oh! A esta pregunta podré responder con más satisfacción y seguridad que a otras. Por un solo medio me he formado; pero por un medio que contuvo en sí todos los auxilios imaginables. Antes había dicho yo que por mí mismo, y no hay tanto caudal (aunque es bastante hasta poder dar limosnas públicas, dígalo mi aprobación), en la posada. El auxilio, pues, viene en mí, de que he sido tan feliz, que nací al mundo literario, no del cerebro de Júpiter, sino de la ilustre cabeza del mismo A, A, A, Apolo. Lo era sin duda por todo el esplendor de sus luces intelectuales, por todo el lleno de su sabiduría, y por todo el brillante cúmulo, de sus distinguidos talentos, mi doctísimo Padre Maestro A, A, A, (no puedo nombrarle, direle en disfraz), Apolo; y al decir así, he puesto con la mayor claridad y alabanza, en breves rasgos, a un sol. Cuando yo por mi natural facundia no fuese como soy, gracias a Dios, el mismo Mercurio,   —72→   deidad protectora de la elegancia y de que sé yo que más; ¿no es verdad que me ilustraría como a tal, y me haría lucir entre los demás planetas, con distinción aquel ardiente, y fecundísimo Febo? Sí, Señores, sí, dueños míos, los más desconfiadísimos del mundo entero, sí allí está mi formación y el origen de ella: allí se hallan de más a más explicados y descubiertos todos mis auxilios, para toda mi sublimidad.


Esta vida toda es guerra,
y en el estado que ves,
dando la nave al través,
dimos con el sabio en tierra.

MURILLO  Yo pensé que nos iba a manifestar la lectura de Quintiliano, el estudio de Cicerón, la inteligencia de Demóstenes y de El Sublime de Longino, y venimos a dar en el Padre Maestro A, A, A, Alabado sea Dios. Estos son todos sus auxilios. Le preguntaré ahora a usted, mi caballero: ¿y este Padre Maestro Reverendísimo, fue acaso algún Isócrates que, como el otro de la Grecia tuvo el cuidado y profesión de enseñar a los jóvenes atenienses la Retórica?29

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BLANCARDO.-  No, dueño mío de toda mi alma y todo mi querer, no fue ese Padre Maestro, profesor de Retórica, ni menos la enseñó a alguno. Fue un teólogo de mucho crédito y un regular sabe y erudito. Ahora, pues, instruido en la versión de los idiomas, francés e italiano, fue el non plus ultra de la sabiduría.

MERA.-  Mucho significan estos elogios. Si no hay encarecimiento, ya me duelo de no haber tratado a este literario portento, estoy por creerlo tal, porque además del caballero Blancardo, es mucha la copia de testigos, y por eso bastante fuerte la prueba. ¿Quién se atreverá a hacer la tacha de ellos y más siendo sino todos, los más presentados en bastante forma?

MURILLO.-  Yo la haré decentemente. Venga la lista por antigüedad, para no perder pitanza, asiento ni voto.

MERA.-  Sería tediosa prolijidad el hacerla, y ésta que fuera un análisis escrupuloso, ofendería quizás, aún a nuestros mismos amigos. La verdad ofende demasiado, y el espíritu de partido y de cábala es dominante en estos gremios. ¿Qué importa que digamos mal de los abusos de la literatura, qué importa que hagamos conocer palmariamente la ridiculez insensata de los iliteratos? El bando querrá prevalecer, los devotos serán infinitos; la buena causa se verá ahogada y, atribuyéndose a malignidad y a encono del nombre regular la reprensión dispensada a los particulares, se gritará muy alto, que infectos de chamusquina (Dios por su infinita misericordia nos libre de ella), emprendemos vivamente al común y al cuerpo mismo regular. Pero un espíritu generoso nada teme, delira por amor   —74→   de su patria, estimulando a todos los ignorantes al aprecio de las letras, y a todos los Blancardos, al cumplimiento de sus obligaciones por lo respectivo a la sabiduría eclesiástica. Por eso, excusando hoy el dicho análisis de usted, Doctor mío, otras pruebas.

MURILLO.-  Allá van: es de saber que para estudiar siquiera la ácrea Filosofía, aún la rancia escolástica Teología; desde cincuenta años a esta parte, fue preciso que en esta casa de Quito, toda quebrada, formal y materialmente, se abriese para entrar y salir a los escolasticones, un cierto portillo de cal y canto fino. Por no llamarle a este el camino literario, digo que fue este la aduana de cuanto traficaba en eternas boberías la Compañía. Mas no sólo fue a mi ver la aduana, fue el estanco mayor de ellas. Y tenía en su oficina sobre mil cartapacios de términos lógicos, un millón de los de las distinciones, y un cuento de cuentos de materias manuscritas de Teología jesuítica. La gran biblioteca del insigne Ptolomeo ha sido un estantillo ridículo y menudo de papelitos, en comparación de éste cúmulo prodigioso de aristotelismo encuadernado. Aquí de la reflexión. Ya tenemos en esa casa siquiera un colector celoso de esta ciencia blancardina. Ya vemos con ojos históricos que él propagaba a los suyos estas materias y estos cursos jesuíticos. Pero ni entonces, ni ahora vemos que haya habido un recogedor que amontonase y repartiese las ecuaciones retóricas.

BLANCARDO.-  Esta ni es prueba, dueño mío queridísimo, y lejos de pretender ser, no viene ni poco ni mucho al intento.

MURILLO.-  Allá voy, reciba usted la ración: Quien podía ser este cosechero de compenditos, este   —75→   promotor de las bellas letras, este intendente mayor del buen gusto, debía ser ese celebradísimo Padre Maestro de las tres Aes; pero él nada de esto fue. Y ya, ya estamos viendo su literatura y afición a estas humanidades difundida copiosamente en sus discípulos, en sus comensales, en sus favoritos, en sus conmilitones, y representada muy al vivo de una perspectiva muy fina en toda una aprobación.

MERA.-  En verdad, que usted aún no toca, directamente en el punto de la dificultad; bien es cierto, que esta última ironía me hace temer que halle mucho de lo que usted quiere persuadir; porque la falta de sujetos cultivadores de las humanidades prueba bastante, ya que no las han tratado ni conocido sus predecesores, y ya que ha faltado uno de esos genios raros; un bello espíritu que las introdujese, las hiciese conocer y procurase que las gustasen los demás, con un género de pasión y de embeleso. ¡Ah! Pero allí está Moisés Blancardo, que asegura haber bebido; cual Hércules de la leche de Juno, para poder llamarse con propiedad hijo suyo, bien que sólo era de Júpiter en Alcmena.

MURILLO.-  Va usted a ver lueguito en lo que paran aquel Júpiter y este Hércules. La Escolástica fue el patrimonio del padre; pero retirado a un pueblo de Los Pastos, no cuidó mucho de adelantar lo que le había pertenecido en parte; y desde luego, se entregó a la varia y amena lectura: Quevedo, Gracián, la Floresta española, el David perseguido, Montalván, María de Sayas con su pienso de Moreri, para hacer mejor estómago, fueron sus maestros, su librería y sus delicias, hasta que por mal de sus pecados llegó a caer en sus manos el Teatro Crítico, y entonces leyéndole, le constituyó su oráculo,   —76→   su simulacro, su ídolo. No, había extravagancia alguna por extraña que fuese que estableciese su autor, que no la defendiese como artículo poco menos que de fe. Daba gracias a Dios de haberle hallado, y daba mayores, de que el padre Feijoo no hubiese sido hereje; porque (decía), a serlo, hubiera revuelto el cristianismo con el valiente esfuerzo de su persuasiva. Encantado de ella vino a leer en una de las Eruditas, que la elocuencia era naturaleza y no arte, y bastó esto para echar a rodar cómo a unos mentecatos a los Demóstenes, Cicerones, Quintilianos y Longinos. Este mismo disgusto inspiró a todos los suyos, y potiori jure a su favorito Blancardo. Pero no dejó por eso de influirle su malísimo modo de predicar, con todo su espíritu, vigor y aliento. Vea usted aquí su Júpiter, infiera ahora qué tal será su Hércules.

MERA.-  Bien apurado está el argumento negativo. Va usted haciendo buen uso de él, y crea que me inclina algo a entrar en sus conjeturas y dictámenes.

MURILLO.-  He echado mano de la crítica más escrupulosa, y para que sea no solamente más, sino también muy, cata allí un argumento positivo; tenemos, por un efecto de nuestra buena estrella aquí, aquí, debajo de la mano, dos sermones, uno del padre Blancardo el grande, y otro del hijo, Moisés Blancardo el chico. El del grande es el mismo que usted en la conversación nona de la oratoria cristiana le calificó como parto de fray Gerundio, en atención a su extraña y sutilísima idea; pues es digno de saberse que ese sermón fue su más afamada aplaudida pieza oratoria. No hay sino que abramos los cartapacios, que cotejemos los estilos y que   —77→   veamos si son oraciones superiores a la critica más escrupulosa. Este cuaderno empieza: «Sermón de San Pedro Nolasco, dicho por el padre [...]»30.

MERA.-  Vaya, diga usted algo de éste, que juzgo se me ha olvidado del todo.

MURILLO.-  Aquí sí, que oirá muchísimo de eso que se llama sublime. Vaya, primero un pasaje que mira a lo sublime del pensamiento: «De la cruz inversa del Apóstol, dijo un docto expositor que, o por esta circunstancia había sido más dura y áspera que la de Cristo: Cui cruci Christi, durior, crux fuiste in Petro. Y con razón, porque tener abatida la cabeza sitio de la razón, domicilio del entendimiento, oficina de los discursos, y ver en puesto más   —78→   eminente a los pies (esta frase será alguna blancardina en tiempo de caída capitular), parte la más despreciable del cuerpo, donde el alma racional no ejercita otras operaciones que las mismas, de un bruto, andar, y más andar (si lo diría en sátira a nuestro Moisés), es tormento tan irregular que no celo quiso padecer Cristo».

MERA.-  No llame usted ni por ironía pensamiento sublime a éste, por no escandalizar a los de corta inteligencia. Salga luego al paso y diga que es un pensamiento abatido, pueril, frailesco, falso, impío, y en una palabra, llámele una legítima y risible gerundiada. Repito que me voy persuadiendo a lo que usted siente, ya que el Padre Maestro no era hombre de letras, ni hombre de ingenio, sino un Blancardo de fama. No era hombre de ingenio, porque este pasaje referido, manifiesta la debilidad de sus talentos. No era hombre de letras, porque no ha tenido lectura grande de buenos autores, como se prueba por la cita del expositor, con quien autoriza su fácil y voluntario pensamiento, la elección de las obras y su estudio hacen ver la nobleza de un entendimiento claro. ¿Cuál sería el carácter de él, del Padre Maestro, cuando a su expositor llama docto, cuando adopta sus delirios, y cuando habla en términos tan distantes de la verosimilitud? Cristo padeció porque quiso, y a excepción de la miseria del pecado, padeció cuanto es imaginable y cuanto no es imaginable padecer. ¿Qué locura es esa de decir que la cruz inversa de Pedro fue más dura, esto es, más penosa que la del Redentor? ¿Qué delirio es afirmar que ese tormento era tan irregular, que lo repugnó y no lo quiso padecer Cristo? ¿Dónde estamos? ¿Acaso en Ginebra,   —79→   a donde con íntimo dolor del alma podamos oír decir que no fue copiosa la Redención, y que los tormentos del Crucificado podían ser menores en comparación de alguno que sufrió el Apóstol San Pedro? Pero vanos al docto expositor. Este es Osma, y qué tal mérito el suyo? Un expositor por mal nombre, sin crítica, sin inteligencia de lenguas, sin conocimiento de las Escrituras, y nada más que un pensador de agudezas, de conceptos pulpitables, de gerundiadas y de blasfemias. ¿Y a éste llama el Padre Maestro tan sabio, a éste llama docto expositor, le cita y sigue? Doctor Murillo, ya estoy con usted, me ha vencido, ha triunfado de mis dudas, y conozco que dijo la verdad en su coplita: dimos con el sabio en tierra. Aún su locución es viciosa por abatida y vulgar. Qué quiere decir: ¿La cabeza, sitio de la razón? Yo lo diré: tener el sabio Padre Maestro sitiada el alma de pobrezas y bloqueado el entendimiento de ruines conceptillos.

MURILLO.-  Aún no haga usted esos reparos; déjelos para luego. Mire usted que el Padre Maestro tiene verdadera sublimidad en el estilo. Aquí viene un buen lugar de la dicha oración: «Pues así el amor (dice Gregorio), con una sola diferencia, que aquellos tiranos tenían el rostro de furias; los ojos fulminaban en los rayos visuales, rayo los labios en cada acento resonaban un trueno, en cada cláusula articulaban una ruina; la frente arrugada abría en cada sulco una sepultura; las cejas un arco para disparar estragos; el pecho la fragua de Vulcano donde se forjan puñales; lanzas, garfios, tempestades y rayos. En fin, tiranos horribles, tiranos crueles. Mas no así el amor, lastima pero son amables sus llagas; hiere, pero son   —80→   gustosas sus heridas, abrasa; destruye, martiriza, mata, pero con dulce muerte; con apetecible martirio». Y aquí al último es digno de no olvidar que, para guardar la cadencia de la cláusula, después de que dijo: Destruye, edifica el orador y pone sobre la ruina, el martirio de columna y el amor, de capitel. ¿Qué le parece a usted?

MERA.-  Que no hay en este gran retazo nada, nada de sublime, antes sí, muchísimo de lo que tenemos abominado en nuestros pasados coloquios. Excusó formar una glosa, porque siendo prolija, no sería la ordinaria; y cualquiera haría bien de decirme de Lira, y es la glosa con postillas31.

MURILLO.-  A fe que es el mejor lugar del referido sermón en punto de elegancia de estilo. Pero si el otro decía qualis pater, talis filius, ahora veremos si será solecismo o barbarismo cantar: Malus est pater, pejor est filius.

BLANCARDO.-  ¿Por qué causa, carísimo mío, y amigo de toda mi alma?

MURILLO.-  Adivinó usted, caballero mío, en   —81→   apuntar la antífona Cur. Allá van el salmo y la exposición. ¿Por qué causa no sabe usted de sublimidad? Respondo: porque, siendo inspirado, siempre nos ha dado a conocer a todos que es y ha sido bello instrumento de aire, y un órgano de flautas dulces. En habiendo quien toque las teclas, y quien sople los fuelles (ni el demonio), que suena y resuena usted más que el clarín de la fama. Cuando vivía Júpiter, Hércules era propiamente gaditano porque todo él era conceptos vivarachos a la española. Ahora todo él es Signor colendisimo, ma tutto inchinato ai piedi di favorevole lume del Leonardeli. Le diremos por hacerle honor estos versitos:


Nec calamis solum aequiparas, sed voce magistratum.
Fortunate puer, tu nunc eris ater ab illo32.

BLANCARDO.-  Se deshace su argumento, mi queridísimo, si se acuerda usted, que ninguno pudo inspirarme la aprobación. Si ella tiene sublimidad ella ha de ser mi defensorio y a ella apelo.

MURILLO.-  Mala expresión es esta de apelo, en hablándose de un tacungo. Mas, para redargüirle, digo que si yo fuera escritor de los antiguos, a nadie imitara sino a Plutarco. Pero tampoco me he de quedar con el antojo dentro del cuerpo, lo he de cumplir y he de hacer de escritor, he de escribir como Plutarco, para-lelos.

MERA.-  ¿Quiénes son estos lelos, doctor querido?

MURILLO.-  ¿Decir quise Blancardo el grande y   —82→   Blancardo el chico, porque ahora se sigue leer algo del cartapacio, que contiene el sermón de nuestro Moisés. De sublimidad de pensamiento, a sublimidad de pensamiento, vea usted, señor doctor, cuál se la lleva y cuál puede ser más sublime. Atienda usted bien, que es sermón de San Dimas, el Buen Ladrón; dice: «Y como Pedro en su confesión atropelló dudas, venció dificultades, refutó opiniones; se aventajó en glorias a Natanael. Volvamos ahora los ojos a Dimas y con las mismas armas con que Pedro ha triunfado de Natanael, le ha de dejar gloriosamente vencido. Porque si fue tan sublime, tan heroica, tan gloriosa la confesión de Pedro, porque publicó la divinidad Cristo cuando había quienes le creyesen uno de los mayores santos: Alii Joannem cuanto más esforzada, más intrépida, más invicta se mostró la fe de Dimas cuando confesó Dios a Cristo, a tiempo que un mundo entero le declaró no santo, no bueno, sino el peor de los mortales, sedicioso, hipócrita, endemoniado, rebelde a Dios y al mundo, fingiéndose Rey y mintiéndose Deidad».

MERA.-  Antes bien, le tenía cuenta a nuestro caballero, decir que este sermón que predicó fue parto ajeno. Y para mantener su crédito, debía decir lo mismo de la aprobación. Es mejor que una apariencia de casualidad desgraciada, haga creer que nos hemos visto en la triste precisión de predicar las producciones de otros, que no que nuestras inepcias, dichas con magisterio, persuadan a las gentes que somos pobres de talento, y aún negados. Con este pasaje que se ha acabado de leer, me va usted haciendo palmaria la demostración de la rudeza del caballero. No creí tanto. ¿Cómo   —83→   entenderá el miserable, de sublime? Pero, y ¿a qué fin viene el Apóstol y Príncipe de la Iglesia aquí? Veo que en ambos sermones entra nuestro gloriosísimo Pedro.

MURILLO.-  De suerte, que mi caballero Blancardo predicó el otro sermón de San Dimas y quiso elogiarle: diciendo que tenía (Ah buen Padre, y ¡cómo muestra su carácter! ¡Y cómo le pinta en sus discursos!), el semblante vario de todos los santos; porque en él se halla la suma de todas las virtudes, el extracto (también es droguista) de todas sus perfecciones, la quinta esencia (mire usted, si no sabe de química y farmacéutica), de todas las maravillas. Por esto el Evangelio (prosigue, y no hay que perder ni una sílaba, que todo es una sarta de perlas) no le da otro nombre que el de alter, otro: Respondens autem alter, y así con este nombre se da respuesta a cuantas gloriosas preguntas se pueden hacer de él. ¿Es acaso Profeta? Alter, otro Profeta, pero que los vence en la esperanza, (esto sí que es tener crítica escrupulosa para examinar de vencimientos). ¿Es Patriarca? Alter, otro Patriarca que los excede en la fe (si digo que tiene en su mano el peso del santuario). ¿Es Apóstol? Alter, otro Apóstol, pero que los apaga con su fineza (este predicador fue el confesor de Dios y su secretario, para saber de estos excesos). ¿Es confesor? ¿Es mártir? Alter, otro confesor.


Nec calamis solum aequiparas, sed voce magistrum.
Fortunate puer, tu nunc eris alter ab illo.

Otro mártir tan ilustre, que en su luz marchita el candor de los unos, la pureza de los otros (hecho cierzo y hielo sobre las hermosas flores del Empíreo). ¡Oh! Y cómo sobran al buen Ladrón... Pero al decir el   —84→   predicador estas palabras, supe que Blancardo grande que le oía, echando un tierno suspiro y vertiendo algunas dulces imperceptibles lagrimitas de alegría, nada más que por el sonido de la voz Ladrón y de la voz Alter, y no por otro motivo había repetido este versito de Virgilio:


Hos ego versiculos feci tulit alter honores.

Y que con su reacostumbrado modito sutil de conceptuar había añadido que Virgilio pronosticó que Moisés Blancardo había de predicar el célebre sermón de San Dimas. Lo que ha de seguro y cierto en la verdad de esta historia es que porque nuestro caballero propuso este asunto, que usted ha oído, vino a entrar, o trajo el Predicador al gran Apóstol San Pedro.

MERA.-  Decíame, usted con mucha justicia, que era peor el hijo que el padre. Amigo, ¡qué de horrores! ¡Qué de blasfemias! ¿Por qué no añadiría de otras herejías: es acaso otro Jesucristo? Alter otro Jesucristo, pero que padeció mayores tormentos en la Cruz. ¿Es otro Dios? Alter, otro Dios, pero que excede el Eterno en la Omnipotencia.

BLANCARDO.-  A mi Dios, ¡qué interpretación tan horrorosa! ¡Ay pobre de mí! ¡Y qué crítica tan acerba!

MURILLO.-  ¡Oiga, oiga! ¡Y cómo se asusta! Usted se tiene la culpa, que dijo en el sermón, y lo repito (porque nada más que una simple repetición, abre los ojos a los más prevenidos, y abrirá ciertamente a sus mismos devotos). Por esto el Evangelio no le da otro nombre que el de alter otro. Respondens autem alter.

  —85→  

BLANCARDO.-  Pero no dije, ni pude decir lo que ha añadido el doctor Mera.

MERA.-  No dijo, pero pudo decir. Y usted mismo es el que más abajo asegure, que puede decirse, con estas palabras: Y así con este nombre (alter), se da respuesta a cuantas gloriosas preguntas se pueden hacer de él.

MURILLO.-  Centón llaman los colegiales este efecto de los argumentos; y los que profesan esgrima, cuando han tomado la guarnición del contrario, llaman (no sé por qué los tontos), conclusión. Y aquí está, mi Señor, el Cur de no saber de sublime, nuestro blanco caballero.

MERA.-  Tiene usted, mil razones; mi querido. ¿Qué entenderían, ni entenderán en toda su vida, de sublimidad de estilo, si uno y otro eran tan Blancardos (por no decir Gerundios, palabra vedada, a la que hoy substituimos la honorífica de Blancardos), en las ideas; en los pensamientos y en el lenguaje? Ellos, en no haciendo odiosas comparaciones, no están contentos; en no profiriendo cuatro herejías; no se satisfacen; en no revolviendo la Corte celestial y no penetrando hasta el augusto solio, la Trinidad inefable, dicen que no han predicado ni dicho cosa de provecho. Pero esto es ir muy seriamente. Voy a reírme usurpándole a usted, a usted el versito:


Nec calamis solum aequiparas, sed voce magistrum.
Fortunate puer: tu nunc eris alter ab illo.

MURILLO.-  Pero oiga usted primero lo que es en boca de Blancardo el chico sublimidad de estilo, y dirá después lo que quisiere; mas, advierta a todo el mundo que hoy estoy de Plutarco, escupiendo paralelos y propiamente, según el equívoco   —86→   del Padre, oiga para lelos. Allá en su oración de San Pedro Nolasco hizo Blancardo el grande la descripción del amor, ya la oyó usted. Acá en la suya, Blancardo el chico hace la pintura del objeto del amor, y empieza así: «Hizo Cristo con Dimas lo que Zeuxis con Elena. Para trasladar al lienzo la belleza incomparable de aquel milagro de Grecia, que pareció haber nacido para borrar todas las hermosuras, pues a su vista todas eran fealdades, recogió cuantas mujeres sobresalían en esta dulce tiranía de los ojos (esto sí que es sublime para risa y propio para púlpito), para copiar de cada una, aquella perfección en que se aventajaba. De ésta dibuja la frente, porque en ella parece que dio el primor en el blanco. De aquella los ojos, porque, vibrando dulces rayos, hacen amable el estrago y visten luto, como que se compadecen de los que matan. De ésta retrata las mejillas, en que olvidan su discordia el candor y la pureza esparcidos los jazmines entre las rosas. De aquélla hurta el pincel las perlas, que avarienta encierra su boca con breve puerta de nácar. En fin...».

MERA.-  Póngalo usted callando, que no hay paciencia para tanta pueril bobería, y para tanta expresión amatoria, afeminada y propia de lupanar.

MURILLO.-  Ea, no diga usted así, que manifiesta envidia del aplauso ajeno. ¿Y quién duda que este pasaje tan bello, no le conciliaría infinito?

MERA.-  ¡De muy buena cosa tendría yo aflicción, doctor mío! Déjese usted de indirectas. Ni se canse más en probar que ignoraba e ignora absolutamente lo que es sublimidad de estilo.

MURILLO.-  No tanto, no tanto, Señor Doctor. Él ignoraba, él ignora es tiempo presente, y tiene   —87→   que ver: porque (que no fuere Blancardo lego, lo habrá notado), este modo de predicar era a la española, dama de saya de cola, tontillo bordado, zapatito de tafilete, bata circasiana y muy petimetrona, aunque es verdad que casada con un joven pulcro, de muchas narices, espigado, vivaracho, activo, pronto, llamado don Concepto, de buena familia antigua, y por eso con título de Señor del real discurso. Pero, así que los jesuitas (dadores de leyes en todo), dieron en representar a su Señeri, a los Tontis y Bagnatis pero mucho más así que murió Blancardo el grande, padre nuestro, padre suyo; de Moisés, y mío no...


(Fortunate puer, tu nunc eris alter ab illo)

Mudó de casaca y echó mano de la italiana, cortesanota en obras, palabras y pensamientos. Vestido, gala, acción, ademán, memoria, locución, figuras, invención, adorno, disposición, modo de decir, de hablar, todo, todo era de una perdidísima y venal prostituta. La cogió, pues, y con ella abarraganado se va bandeando. Se llama (y es digno de saberse), la Sorella Leonardeli. Usted, quizás le oyó el sermón de la Virgen, fiesta que hizo mi Señora, la Marquesa de Maenza, que a excepción del párrafo laudatorio, la Donna Leonardeli hizo, todo el costo.

MERA.-  Razón tenía (como ya lo notamos en nuestra conversación de la oratoria), el señor Flechier de llamar a los españoles e italianos sus bufones. Y el famoso autor de la Henriada, en el discurso que precede a su poema épico, dice así: «en Francia un sermón es una declamación escrupulosamente   —88→   dividida en tres puntos y recitada con entusiasmo. En Inglaterra es una disertación sólida, sencilla y aún árida, dicha sin estrépito de voz. En Italia (aquí está lo notable), es una comedia representada con galantería».

MURILLO.-  Pues sería muy buena comedia, el sermón que predicó nuestro caballero; y él hizo de excelente actor; le doy mi voto para primer y principal papel. Usted también le dará, pues le ha oído representar.

MERA.-  Ese sermón que usted cita, quizás le oiría; lo que me acuerdo es; que le he oído el de Ramos, la amabilidad de Cristo, y otro de Ceniza, por señas que trajo esa clausulita, de que a los que aspiraban a la fama, los tocaban los malos en la médula del honor. Y también hizo la descripción de la Perspectiva; bella cosa, bien pintada, natural, oportuna, como de maestro y envidiable, del mismo Apeles.

MURILLO.-  Diga usted de a pelo, y otros le añadirán con toda su lana, porque, a usted nada le duele el que los pobres de espíritu pidan limosna, en extrema necesidad, lleven lo ajeno y sean plagiados. Pero, viniendo a nuestra palabrita Cur, y que usted me preguntase por qué causas no sabe Moisés Blancardo de estilo sublime. ¿Cur? ¿Por qué razón la ignora, la ignorará y la ignoró, Cur? ¿Por qué motivos no debe hablar de él, ni en pro, ni en contra, ni como le hubiera mirado siquiera alguna vez desde lejos, Cur?, Responderé que por los, por las, por los motivos arriba citados en buena forma y en presencia de la parte.

BLANCARDO.-  Los tiempos no son unos. El entendimiento se cultiva con los días; y si antes   —89→   he incurrido en los defectos notados, hoy creo haberme mejorado con ventaja.

MURILLO.-  Pues hoy, hoy, con todo el tiempo que quiera, doy a usted un doblón para que de la oración aprobada me diga cuáles son sus lugares más bien dichos, más bien pensados y sublimes. La aprobación está diciendo que es usted lo que fue.

MERA.-  Puerilidades aparte: vamos a una crítica sólida.

MURILLO.-  Añadiré, entonces, que después de estas preguntas bien hechas, y después de las respuestas dadas con mejor acierto, ya no hay lugar para las dos palabritas de nuestro texto: Quomodo y Quando.

BLANCARDO.-  ¿Por qué, pues, corazón mío, y bella luz de mis ansiosos ojos?

MURILLO.-  Porque la glosa recaía sobre averiguar (en caso que usted tuviese sublimidad de estilo y conocimiento de ella) ¿de qué manera la aprendió y en qué tiempo? Pero siendo el supuesto falso, no hay sobre qué recaiga la averiguación. Ya hemos constituido que usted no la sabe, conque ¿para qué escamar la paciencia de nuestros prójimos? Si no es que nos atrevamos a decirle el modo con que había de estudiarla y cuándo. Mas, oigo un rumor, que para quien está desvelado en estudiar sobre sublimidad de oficio, no hay Quomo. Y que para quien pasó del puente de los asnos en la edad, mucho menos hay Quando.

MERA.-  Concluye, es silogismo. Sigamos ahora nuestra conversación sobre lo restante de la cláusula. ¿Qué se seguía?

BLANCARDO.-  Había dicho yo, Profundidad de pensamientos, es tu...

  —90→  

MURILLO.-  No tan aprisa; paso que dure, Señor Blancardo. Sublimidad de estilo (déjemelo tomar de memoria), profundidad de pensamientos. Esto sí que está excelente. No lo entiendo, y apostara que ni usted lo entiende: vuelvo a desafiarle a que me muestre un pasaje donde haya esta dicha profundidad. No es esto decir que no la tenga la oración, sino que usted no sabe ni dónde se busca, ni dónde se halla.

BLANCARDO.-  Amado mío, por profundidad entiendo la misma elevación de pensamientos, de esos que distan de la bajeza, que se apartan de la vulgaridad, y que son de suyo nobles y hermosos.

MERA.-  Es la respuesta como de quien lo entiende. Y entonces Blancardo en las dos palabritas quiso hablar de una y otra sublimidad, es a saber de la del estilo y de la del pensamiento. Porque a la verdad, esos pensamientos que tienen elevación, que tienen por objeto cosas grandes, que se explican, con majestad, con justicia, con magnificencia, esos son los que en sí incluyen esta profundidad. Y de este género de pensamientos puede haber muchísimos que se expliquen con palabras sencillas y ordinarias, y serán sublimes si dan una idea relevante y magnífica de aquello que tomó, por su objeto. Son estas reflexiones de Longino y él mismo añade que aún se puede dar un pensamiento sublime, sin que le acompañen las palabras, de tal suerte que quedemos admirados al ver una sublimidad (digámoslo así), subsistente por sí sola, muda y sin voz, cual fue el silencio que guardó Ayax, cuando, presentándosele Ulises, le tributaba sumisiones. Aquel héroe, lejos de atendérselas, ni aún se dignó a responderle.   —91→   Silencio, en efecto; grande y aún más sublime que cualquier hermoso razonamiento. Ya se verán muchos de esos ejemplos, si permanezco con salud y con la intención que hoy, de dar a mis amigos traducido a nuestro idioma. El sublime de Longino, que tradujo al francés el famoso Boileau Despreaux. Vuelvo ahora a nuestro Blancardo, y le digo, que (aunque por su respuesta le hago conocedor del sublime), tiene sobre sí la misma censura que se hizo a la expresión antecedente. Y que lo que cayó sobre la sublimidad, cae de redondo sobre la profundidad.

MURILLO.-  No tiene duda; sea así, o asá. Usted mismo, si me habla de buena fe, no me dará retórico que hable de éste buen carácter del pensamiento, aplicándole al sentido vulgar en que se ha explicado nuestro caballero. Mucho alto le ha hecho usted, llevándole por lo alto. Por profundidad, ha entendido un buen orador, cuyo panegírico fúnebre de María Teresa de Austria, viene en uno de los tomitos de las piezas de elocuencia; la elevación misma. Y el texto que tomó por tema que es ese lugar de San Pablo: «O altitudo divitiarum sapientiae et scientiae Dei»; le traduce elegantemente así: «Oh profundidad de los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios».

BLANCARDO.-  Cualquiera que sea el sentido genuino, él debe ser favorable a todos los términos y ápices de mi aprobación.

MURILLO.-  El siguiente le es a usted más acomodado, genuino y favorable, los tontos de los Blancardos, las más veces han querido llamar profundo a lo oscuro. Por lo impenetrable e inaccesible de una obra, de un negocio, de un papel, han   —92→   dicho está metido en el profundo pozo de Demócrito. Ellos mismos, porque dicen que no pueden entender claramente, a Tertuliano le dan el epíteto de profundo. Si en este sentido quiere alabar al orador, le hace una injuria en vez de elogio.

MERA.-  Era un insulto indigno de perdón, atribuir oscuridad al panegírico aprobado. La palabra profundidad es aquí del todo oscura, y no expresa el género de honorífico atributo, que quiere aplicar a los pensamientos del orador. Es por este motivo que merece todo linaje de disculpas, toda expresión que con señas de injuriosa produjese nuestro buen caballero. Creo que si éste hubiese proferido con sentido equívoco y maligno aquella voz, sería ésta la que hiriese más a la oración, porque nada debería ser su mejor carácter que la claridad. Y un orador nada debería cuidar tanto, como hacerse inteligible. Es el consejo que a cada paso nos dan los maestros de la elocuencia, y el que muchas veces inculca San Agustín a los predicadores en sus libros De la Doctrina Cristiana. Cuando a Tertuliano le llamasen profundo por su oscuridad, no irían los Blancardos fuera del camino de una crítica verdadera. En efecto, este autor eclesiástico ha sido oscuro en muchísimos lugares y sus pensamientos han sido, como se explica el padre Beauhours, en sus Diálogos de Filantes y Eudoxio, huecos y profundos, semejantes en cierto modo a los abismos, cuya profundidad asombra y turba la vista.

MURILLO.-  Luego, por la misma razón, no tendría de qué gloriarse, o por qué agradecerle el orador a nuestro aprobante el distintivo de profundidad con que caracteriza los pensamientos de su oración. Yo, por lo menos, no quiero el diablo mudo   —93→   de este elogio. ¿Qué digo? No sólo no le quiero, sino que le abomino. ¡Vaya con su profundidad al negro Averno! No sé qué de profundidad, de dobles, de equívoco, de sátira encuentro en esta profundidad de pensamientos.

MERA.-  No, no haga usted este juicio, que puede ser muy falso. El hombre, por más que tenga los aplausos envidiables de doble, tiene también el buen crédito de blanco; y yo le tengo en asuntos literarios por sencillo. Peca de ignorancia, y este es su mayor pecado. Y, si tuviera malicia; culparía más a rabiosa envidia su miserable dichico, y creería más que en realidad mordía la oración, que en apariencia aprobaba. ¡Qué Padre Sanna es el pobrecito Blancardo; que (viéndose en la necesidad de aprobar el sermón del oidor Llanos, que predicó a Santa Rosa), le hizo una vivísima sátira en vez de aprobación! Eso se quedó para hombres de ingenio vivaz, el reprobar las piezas malas y en tono de hacerlas su mayor elogio. Y Blancardo, le digo a usted (in verbo etcétera); no para eso, ni entiende una sola palabra de ironías. Supuesto esto, quedo en el dictamen de que con la dicha expresión no alabó al orador, aunque juzgaría que le hacía un alto encomio.

BLANCARDO.-  Señores míos, no he estado tan distraído con el gozo de ver de molde mi aprobación, que hubiese dejado de oír todo lo que ustedes han conversado. Este tratamiento que les merezco, le callo y sufro; porque me han convencido de que no he hecho los debidos estudios para entender las cosas y hablar bien de ellas. Enójense, norabuena de que les llamen ignorantes los soberbios y los indóciles. Yo, al contrario, estoy por agradecer   —94→   que me descubran mis imperfecciones. Esta docilidad es digna del agrado de ustedes y la siguiente reflexión ha de ser de la complacencia del doctor Mera. La profundidad se adapta aún a las Santas Escrituras; luego la alabanza que hice al orador por la profundidad de sus pensamientos, estuvo en su lugar y muy decentemente puesta.

MERA.-  No equivoquemos el significado de las palabras, caballero mío. Las Santas Escrituras tienen pasajes hermosísimos y sublimes, que hacen la grandeza sensible a la razón que los escucha. Oiga usted estas palabras verdaderamente sublimes en su sentido y en su expresión: «Yo soy el que soy. El Señor reinará en toda la eternidad y aún más allá. Hágase la luz, y fue hecha la luz». Que idea tan magnífica no excita la fuerza de las palabras que luego repetiré. El escritor canónico del Libro de los Macabeos quiere mostrar el alto dominio que gozaba sobre la tierra el grande Alejandro; y dice así: «Calló la tierra en su presencia: Siluit terra in conspectu ejus». David describe valientemente los efectos de la obediencia al supremo arbitrio del Señor, en una criatura inanimada cual lo es el mar, obediente y pronto a dividirse para dar libre tránsito a su pueblo; y dice: «Mare vidit et fugit». San Juan hace ver en su Apocalipsis la tremenda Majestad del eterno, con estas palabras: «A cujus conspectu fugit coelum et terra». Así la divina palabra escrita, encierra un fondo admirable de pensamientos profundos, esto es, sublimes y enérgicos con vehemencia. Y así mismo envuelve cierta profundidad oscura, difícil, ininteligible, que no la alcanzará ni penetrará la más elevada, perspicaz y activa inteligencia humana. Hay misterios, hay arcanos, para   —95→   cuyo conocimiento es indispensablemente necesario el don que comunica el Divino Espíritu. Vean ustedes las dos especies de profundidad que hallo en las Santas Escrituras.

BLANCARDO.-  Por eso es que al orador le aplaudo en mi aprobación con lo que se sigue: Estudio y penetración de las Escrituras.

MURILLO.-  Para después, para después este estudio, que veo venir a aquel molestísimo Gorgopas, hablador de toda literatura. Retirémonos a descansar, y mañana con mejor cabeza, seguiremos nuestros coloquios.


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