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160.       V. prop. XIII y LXII.

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161.       Ambas revelaciones nos llevan a la esencia de Dios y a su conocimiento fundamental, como a su principio: la universal a uno de sus aspectos, según el cual, Dios es el principio de universalidad o generalidad; la individual, al otro aspecto, conforme al que es juntamente el principio de individualidad o singularidad.

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162.       Ante todo, aquí radica la distinción entre la eterna revelación de Dios a todo ser racional finito (revelación permanente y a cada instante reconocida y recibida en la conciencia, tan luego como el hombre llena siquiera en su inteligencia y su ánimo las más elementales condiciones subjetivas) y la revelación individual, que parte, estriba en que Dios asiste al hombre y a la Humanidad a fin de producir estas internas condiciones para la intimación y recepción de su revelación eterna, guiándolo y auxiliándolo individualmente; parte, en que Dios atrae hacia sí de igual modo los pensamientos, sentimientos e inclinaciones; parte., en que Él da a conocer al hombre el camino individual de su Providencia, en la historia de su propio, espíritu y corazón, y en la historia de los demás hombres y de la Humanidad; parte, por último, en la revelación individual de verdades divinas, eternas, temporales y eterno-temporales, así en nuestro mismo espíritu como por la comunicación y enseñanza de otros hombres iluminados por Él.» Krause, Fil. abs. de la Relig., p. 728. -«En un cierto modo y grado de desarrollo espiritual, puede el hombre reconocer la primera especie de revelación divina, la eterna y general, y negar, sin embargo, la temporal e individual, ya en principio. ya declarándola imposible en la tierra, ya limitándose a asegurar que hasta hoy no se ha verificado...» «Nosotros enseñamos que ambos modos de revelación y el compuesto de ellos tienen y tendrán lugar siempre en toda esfera de vida de espíritus finitos a su debido tiempo, según la santa voluntad de Dios, a saber: la eterna, que Dios produce con causalidad eterna también, constantemente en todo tiempo; la individual, que se refiere a la causalidad temporal divina, aparece siempre en su hora precisa a cada espíritu finito y a cada sociedad de ellos; y, por último, la que Dios, en la composición de estas dos modalidades de su causalidad, obra, su revelación eterno-temporal a todos los espíritus finitos, en el infinito tiempo y según la ley de su vida.» -Ib., p. 292.

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163.       Comp. prop. III, nota-No es verdad lo que en los últimos años viene afirmándose gratuitamente de que la Humanidad no se desarrollará ya más en adelante por el camino de la adhesión de las masas a ciertas individualidades típicas. Afirmar esto en serio, vale tanto como decir que desde hoy ya no se desenvolverá el hombre todo entero, sino una; abstracción de él. Antes al contrario. está reservado al porvenir que los hombres al seguir a nuevos enviados de Dios por nuevos caminos de verdad y de vida, no harán sino seguir también por completo a sus antiguos maestros y unirse más a ellos con una intimidad y religiosidad entonces verdadera, por su igual agradecimiento para con todos, y en lo tanto, más pura. Pues lo pasado y lo futuro son las dos inseparables mitades, esencialmente complementarias, del un presente... del el eterno reino de la vida en Dios. Y la verdad divina no sólo debe santificarse por el hombre en su eterna idea, mas también en las personas de los que han sido elegidos por Dios; para guiar a nuestro linaje. Aun prescindiendo de todo deber de agradecimiento, bastaría ya un sentido decidido por la verdad para conducir a esa estimación: pues hasta para la Ciencia no pueden ser indiferentes las circunstancias precisas, en medio de las cuales se ha alcanzado un conocimiento interesante. Pero la fidelidad de la Humanidad a las personas de sus bienhechores y su íntima adhesión a ellas es en el gobierno de Dios, y, por consiguiente, para todo hombre esforzado, de singularísima importancia, pues constituye la base temporal de toda formación histórica y poder histórico permanente, así como la comprensión de aquel aspecto de la esencia eterna, en cuya explicación descansa el conocimiento de la naturaleza de lo puramente individual, esto es, de lo llamado por antonomasia lo positivo en todos los grados y esferas de la vida, con la posibilidad de apreciarlo.» Tomado de mi Prólogo a las Lecc. de Fil. de la Hist.,

p. LXX etc. (68 etc. de la edición aparte).

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164.       V. prop. XLVI y la nota anterior.

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165.       V. prop. LXIV.

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166.       V. sobre esto Krause, Lecc. de Fil. de la Hist., p. 209 a 211, de cuyo paso le llamará sólo la atención sobre lo siguiente: «Hallándose en acuerdo la revelación individual de Dios con las leyes del desarrollo de los seres racionales finitos, se sigue que Dios se revela y manifiesta INDIVIDUALMENTE a aquellos hombres que se han hecho ya íntimos en conocer, sentir y querer de su revelación ETERNA. Mientras más, por consiguiente, progresa la vida del individuo y de la Humanidad en el camino de su madurez, y mientras más prosperan en conocimiento y sentimiento y en pura voluntad de Dios y lo divino, tanto más se capacitan para ser dignos de la revelación individual. De aquí que, a medida que vaya progresando esta Humanidad asimismo en su vida, en el bien divino, serán más ricas o íntimas las revelaciones individuales con que Dios gradualmente se dará a ella y a todos los hombres que viven como miembros religiosos de esta Humanidad adulta.»

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167.       Con razón Hundeshagen llama la atención sobre el hecho de que la coacción dogmática, y esa Fe como de patrón, contraria a la libertad moral, conducen fácilmente a una Fe de mera apariencia. En su artículo Sobre lo peligroso en el Catolicismo len las Hojas protestantes de Gelzer, t. II. 1853, p. 352) dice acrca de esto: «El creyente cree sólo lo que cree, esto es, lo que verdadera y realmente ha hallado acceso en su hombre interior, lo que ha sido recibido por éste como fuerza de Dios, como verdad de lo alto, lo que, en ambos respectos se ha legitimado ante él por su propia experiencia. Si, por consiguiente, alguno creyera persuadirse o se dejase imponer por otro, de tal modo que aquello que éste le ha presentado a inculcado como objeto de Fe, consintiese en reconocerlo por tal voluntariamente, semejante Fe ya no sería tal, mas tan sólo apariencia: porque no descansaría en la propia y espontánea adhesión de su interior, no sería efecto de la fuerza de atracción del objeto creído, de haber sido tocado y como despertado a la Fe por el Santo Espíritu, no sería hecho de libre sumisión. Semejante Fe quizá no fuese siempre una mera afirmación sin vida, o verdad supuesta; podría ser (que es cuanto cabe conceder) un acto de confianza, fundada en algo; pero siempre consistiría tan sólo en una actitud del espíritu en respecto a la persona, a la autoridad, no a sí propia y al objeto mismo. Ora sea efecto de respeto o de temor, de pobreza de espíritu en todo caso (o en el mejor), semejante creencia sería sólo una coacción, un acto de fuerza que el hombre ejerce o deja que otro ejerza, sobre él mismo; y por estar privada de libertad y de vitalidad, carecería igualmente de realidad efectiva. Siempre, pues, que la Escritura obliga a la fe viva y proscribe a la muerta, allí depone, precisamente por esto mismo contra semejante Fe coercitiva.»

     «La Fe no ha de confundirse con su conocimiento o profesión, esto es, con la reflexión del espíritu científico sobre el contenido de aquélla y sobre sus creaciones ideales y sistemas. Si es cierto que la verdadera profesión de Fe descansa sobre el hechoy existencia de ésta; si ésta no sigue a aquélla, sino vice-versa, no lo es menos que la existencia de la Fe, como lo primero en el tiempo es justa y objetivamente independiente de lo que en el tiempo le sigue; y de aquí también que toda la suma de conceptos de dicho conocimiento, por precisa que en sí sea y necesaria para cierta clase de creyentes y ciertas necesidades de la comunidad, no tiene, sin embargo, en general, para la Fe de cada individuo en la Cristiandad tal importancia, que por la dificultad de acercarse a ella, o por la imposibilidad de traerla a la esfera de la vida y experiencia interior, la pureza vitalidad y plenitud de la Fe cristiana sufra en sí menoscabo. En efecto, en ciertas épocas nunca se insistirá bastante sobre esa vana presunción. de la Fe inmediata por respecto a la apología de la condiciones de salvación de una determinada forma de profesión de Fe. Comp. sobre esto lo que en el mismo escrito (p. 331 y 337) dice acrea de que la Fe de los cristianos debe ser una sumisión moralmente libre, pero no una sumisión o supresión de la voluntad moral. Otras cosas, igualmente pertinentes, se hallan en el trabajo del mismo autor, Sobre el verdadero concepto de la Fe, como fuerza impulsiva para la idealidad y sobre el falto idealismo. (Sermón sobre Hebr. II, igualmente inserto, en las Hojas protestantes t. I. 1852) especialmente p. 14 a 19.

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168.       Comp. en mi trabajo El Congreso de filósofos, como asamblea de conciliación (Praga, 1869) el capítulo: El Congreso de filósofos y la cuestión religiosa contemporánea: o en traducción francesa por Herrenschneider en La libre conscience (Octubre del mismo año) y las catorce proposiciones presentadas por apéndice a este capítulo, especialmente, la, 5, 9, 12 y 11. -F. Baader (o. c. P. 2, etc.) dice:.»Si el propio saber del hombre tocante a las cosas divinas, no es un saber por sí mismo, rechaza, no obstante, con razón, como una tiranía de conciencia, si ha llegado a reflexionar, toda coacción que puedan prescribirle otros hombres en la adquisición de este saber; y aquél que se hace culpable da semejante tiranía, impone -una servidumbre peor que la servidumbre corporal. La principal causa de la decadencia del sentido religioso, se halla en la tenacidad con que tanto tiempo se ha impedido su libre evolución... ¿Quién no ve la contradicción que hay en exigir a los hombres la Fe universal o común (católica), y prohibirles a la vez la adquisición del Saber católico o universal, y con ello la posibilidad de entenderse y concertarse? Este Saber se manifiesta efectivamente como tal en que puede ser sabido por todos, doquiera y en todos tiempos.»

     Y en la pág. 17, etc. «Ignacio enseña que la razón no se nos ha dado por Dios de balde, según él, no debemos dejar que otro sea racional por nosotros, aunque tampoco apartar nuestra razón de la divina y perderla en la servidumbre...» «Según Justino, la verdad propiamente conocida ha de preferirse a toda autoridad humana. Todo aquél que pretende de mí que le reconozca como autoridad no puede hacer más que apelar a un testigo que ni es él, ni soy yo, y está sobre ambos. El ser racional se somete a la razón divina...» Y prosigue: «La verdad no ha menester, para mantenerse, coacción alguna, que antes bien, la hace sospechosa e iguala a los que de este medio se sirven, con los bandidos. No es de aplaudir que se persiga a los disidentes en cuestiones religiosas, porque tienen la bastante honradez para hacer públicas sus opiniones y no afectar hipócritamente una convicción de que no participan.» En la pág. 23: «Epifanio sostiene que el fin de la conservación del orden y la paz no se logrará con mayor seguridad que cuando a las verdades clara, popular e inequívocamente expresadas en la Escritura, ninguna otra profesión da Fe se agregue. De hecho, no se necesita otra base exterior ni otro lazo de unión entre todas las Iglesias.» -En la p. 25: «La Fe ciega es la fuente de todos los errores y desastres de la Iglesia. De todas las categorías, ninguna hay peor que aquella, que injusta y absurdamente exige de los hombres que renuncien a su inteligencia y no examinen su Religión.» Y en la p. 54: «Los primeros cristianos no tuvieron la menor idea de prohibición o aun limitación alguna en el libre examen de las cuestiones religiosas.»

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169.       Comp. Krause en su Fil. abs. de la Rel. p. 719, etc., de cuyo pasaje llamaré la atención tan sólo sobre lo siguiente: «Los milagros son acontecimientos que Dios obra en la vida temporal de los seres finitos en la esfera de la Naturaleza, el Espíritu y la Humanidad, con la cooperación de las fuerzas vivas da estos seres, conformes a las leyes de la vida finita (eternamente causada por Dios mismo) según los altos fines de sus decretos individuales y de acuerdo con las leyes superiores de su vida suprema, por la inmediata y mediata operación libre, y de consiguiente, por su libre y temporal causalidad (elevada sobre la vida de todos los seres finitos) en cada momento y por todo el mundo, donde y cuando procede, en vista da su infinita voluntad: acontecimientos, pues, que sin esa acción individual de Dios, y por las fuerzas le los seres finitos no podían producirse.» - «No puede decirse que Dios, al obrar individualmente sobre la Naturaleza, desde su trono sacrosanto. suprima las leyes eternas de ésta; sino, antes bien, que Dios, conforme, a esas mismas leyes, produce en la Naturaleza efectos superiores a lo que es posible a ésta por sí misma.» - «El hombre que conoce a Dios y se conoce a sí propio en Él, halla y asiste en y dentro de sí al milagro divino de que él ser finito pueda conocer y sentir a Dios, al infinito, y querer la esencia divina como el bien uno; así como presentir también que Dios está presente en la historia de esta Humanidad, y en los sucesos de su vida individual y de la de sus semejantes. Ese hombre puede saber, tan cierto como vive, que es un hecho superior a su propia esencia o naturaleza finita, eterna y temporal, un milagro de la sabiduría y el amor divino, el que también Dios sedé y comunique a él, que él pueda conocerlo, sentirlo, respetarlo, amarlo, confiar y esperar en Él, abandonarse a Él sin restricción querer y expresar la esencia de Dios y unirse con él en una vida semejante a la divina.» -F. Baader (o. c. página 56) dice: «El carácter del milagro consiste en ser un suceso, cuya negación sería juntamente la negación del suceso inseparablemente unido con aquél, y en su esfera, vulgar y nada-maravilloso, aunque no por esto referido todavía a su ley, ni explicable por ella; indicándose mediante él una región que se manifiesta en otra inferior.

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