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Religión y ciencia

Bases para determinar sus relaciones (70)



- I -

Oscuridad reinante acerca de la Fe y el Saber. -Indicación del Camino para desvanecerla

     Sobre la naturaleza, y la relación en ella fundada, de la Fe y el Saber, de la Religión y la Ciencia, reina hoy todavía muy poca claridad, aun en los más de los espíritus cultos, quienes no pocas veces incurren acerca de este asunto en las mayores y más funestas contradicciones que impiden el próspero y progresivo desarrollo de la vida humana. Mientras algunos, por ejemplo, ponen la fe muy por cima del Saber, pretenden otros considerarla -cuando más- como un estado imperfecto de éste, al cual sirve de grado preliminar y transitorio. Si ha de apaciguarse la lucha, menester es interrogar a la conciencia respecto de los hechos, tanto íntimos y propios, cuanto comunes y sociales, que una experiencia incontestable nos suministra en esta esfera.

     Tal es lo que se intenta en las siguientes proposiciones.



- II -

Característica preliminar del Saber

     El Saber, que es un grado de plenitud del Conocimiento (71), es la certeza de lo que se ve, con los ojos del espíritu, o con los del cuerpo. Es el pensamiento, acompañado de la conciencia de su exactitud real: la propia contemplación y vista de la cosa. El que sabe, distingue perfectamente de este conocimiento la mera opinión sin extraviarse por otros pareceres discordantes. Desvanece sus dudas por principios reales; pues el que sabe, en todo el sentido de la palabra, conoce que su Saber no dice meramente un modo tal o cual suyo de considerar el objeto, sino lo que éste es en sí y seguiría siendo, aun cuando él u otros lo viesen de diverso modo, o no lo viesen.



- III -

Explicación del Saber

     El Saber puede concebirse como una relación de unión esencial del que piensa con lo pensado, aunque sólo bajo un respecto de la esencia de uno y otro (72). Es una irradiación luminosa del objeto en

el contemplador (que en las cosas sensibles ha de entenderse a la letra, en virtud de la proyección de su luz en aquél), y por tanto, indivisamente, una irradiación de la vista del contemplador, que penetra el objeto hecho presente (percibido) a consecuencia de la acción de éste sobre él; a lo menos, en el aspecto o manifestación que precisamente el Saber abraza entonces. Por esto puede también explicarse como una asistencia y presencia de lo conocido en el conocedor, y como una detención y persistencia de éste en aquél (73).



- IV -

Característica preliminar de la Fe

     El que cree, tampoco duda de lo que no ve, o hasta donde no lo ve, si bien puede tener conciencia de este no-saber suyo (de su no-conocimiento de la cosa misma como tal). No tolera la duda, sino que la combate mediante la Fe. Es, pues, la Fe (74), así enteramente en general, como en especial la fe religiosa, la certeza de lo que no se ve, la adhesión y confianza en ello (75).



- V -

Explicación de la Fe

     También la Fe se explica y puede concebirse como una relación de unión esencial con lo que creemos; pero unión inmediata, esto es, mediante aquel a quien creemos. El creyente funda su certeza de lo que no ve, sobre el enlace de este término con otro que ve, o hasta donde lo ve. Más bien, cree en lo que ve, aun hasta allí donde no lo ve. La Fe es, por consiguiente, la certeza y seguridad de una verdad, en vista de su fundamento. Esta seguridad, pues, que de aquí resulta, en lo que todavía está oculto o no existe aún y mira a lo futuro, pero es esperado, y cuya visibilidad o cuya realidad efectiva en algún tiempo nos es probada por la consideración de su fundamento y de la afirmación o la promesa que éste encierra, forma la Fe (76), que, si es lo que debe ser, constituye siempre una convicción por razones subjetivas, pero no por esto menos esenciales.



- VI -

Necesidad de la Fe

     Tan esencial es la Fe al hombre, y tan inseparable de su perfección armónica, como el Saber. El hombre cree siempre, dése o no cuenta de ello, y necesita creer muchas cosas, quiéralo o no (77).



- VII -

La Fe, como manifestación de la voluntad

     Sólo puede llegar el hombre a la perfección en la Fe, si quiere creer; como no le es dado alcanzar profundidad en el Saber, cuando no quiere percibir, pensar y conocer, y cierra su espíritu a las primeras luces de la verdad, temiéndola y apartándose de ella. Pero el querer creer no basta para la Fe; sino que es sólo una condición para poder creer en la verdad.



- VIII -

Relación de la Fe al ánimo

     No siendo fatal la Fe, constituye una libre adhesión de todo el ánimo, y especialmente en cuanto volitivo. En su prosecución y práctica, puede la Fe llegar a ser devoción de la vida entera (78), aun cuando al principio sólo lo sea de la vida del ánimo, a la verdad recibida en éste; apoyándose y manteniéndose en su fundamento (en un ser o, mediante él en una esencia o una acción suya, y por tanto siempre en una cosa, en una realidad).



- IX -

La Fe, como relación de confianza personal

     Es, pues, la Fe también relación predominantemente personal, a saber: la confianza acompañada de la resolución e interior promesa de mantenerse en ella (79).



- X -

La Fe como relación social (80)

     La Fe debe también considerarse como una relación social, por decirlo así, en cuanto mediante ella descansamos en otro y como que vemos (81) con sus ojos (82).



- XI -

Coexistencia de la Fe y el Saber

     La vista alcanzada de la verdad (la certeza de poseer conocimiento real y exacto, en cuanto es posible para el ser finito) no destruye la adhesión de la Fe, ni su necesidad. Pues la Fe penetra en profundidades que, ora son inaccesibles en aquel punto al conocimiento finito, ora lo han de ser siempre.

     «El conocimiento de que alguien merece nuestra confianza, no destruye ciertamente esta confianza, sino que la confirma,» ha dicho Krause.

     El conocimiento de lo cognoscible en Dios (sus totales y eternas esencias, accesibles a la Ciencia especulativa), mediante lo cual creemos todo aquello que en él es incognoscible por la vía de la especulación (las determinaciones y manifestaciones individuales (83) de su vida), nos eleva sobre la Fe ciega a la Fe ilustrada y con vista (84).

- XII -

Analogía del conocimiento por Fe y el especulativo

     La Fe tiene cierta semejanza con la especulación filosófica. Como ella, procede con independencia de la experiencia exterior, y se dirige a lo esencial e interno; como ella, abraza lo particular en y mediante el tolo. Pero, mientras que a la indagación puramente científica acompaña siempre conciencia de la limitación temporal o permanente de su indudable y propio (aunque mediato) conocimiento de la cosa en sí, la naturaleza de la Fe consiste precisamente en abrazar verdad todavía (85) sobre este límite, salvándolo en virtud de razones superiores que para ello la autorizan.



- XIII -

La Fe religiosa y la especulación filosófica, como luces divinas; su semejanza y su diferencia en este respecto.

     A la Fe religiosa, como a la especulación filosófica, alumbra una luz que no puede venir del filósofo ni del creyente, como tales, ni aun de la totalidad de las cosas finitas (86). Pero ambas se distinguen por cuanto, en aquella, la noche de la propia y de la universal conciencia se disipa por una iluminación individual; mientras que, en la segunda, la luz es común a todos los hombres, y, como aptitud racional, igual en todos (87). Sólo en la primera elevación al punto de vista verdaderamente especulativo (a la certeza del uno e indiviso conocimiento de Dios, como realización -inexplicable sin la cooperación de Éste (88)- de esa vocación racional), excede la especulación de esos límites y coincide, por tanto, con la Fe en el común punto de partida (89).



- XIV -

La Fe religiosa y la, Ciencia, como luces de la Humanidad

     La Fe religiosa, como una iluminación y plenitud del ser racional finito por Dios, es para él una luz que aclara la oscuridad de su conciencia limitada. Y, en este respecto, es luz la Fe religiosa aun para la Ciencia misma, como ésta a su vez lo es para ella (90).



- XV -

Relación de la Fe al Saber

     La Fe, ni es Saber (en el sentido de propia vista y conocimiento -inmediato o mediato- de la cosa como tal), ni no-Saber (en el sentido de completa ignorancia, o de mero parecer y opinión), pues subsiste con el uno (91) como con el otro. Pero sí es Fe el buen prejuicio que, en cuanto aspira a conocer y al Saber, abre a éste el camino, haciéndonos accesibles y receptivos para él, y dándonos firmeza y seguridad en este buen prejuicio y anticipación.



- XVI -

Parte del conocimiento y de la voluntad en la Fe

     Coincide en la Fe la manifestación del conocimiento con la de la voluntad, y aun retrocede ante ésta. El contenido y asunto de la Fe, lo examina el ánimo que, aun allí donde el sentido científico, siguiendo exclusivamente la ley del pensamiento como tal, ha formado ya clara conciencia de que no sabe, y hasta contra toda razón de verosimilitud, puede mantenerse firme en la Fe (92).



- XVII -

Diversa extensión de la esfera de la Fe y de la esfera del Saber

     La Fe abraza en posibilidad alguna verdad siempre, y aun aquellas verdades permanentemente inaccesibles al Saber del hombre (93). Ahora bien; si la Fe tiene pues en este sentido mayor extensión y es ilimitada, como la verdad misma, por otro lado es también limitada respecto de aquél, ya que no constituye el único modo en que la verdad se da al hombre, corno tampoco lo es el Saber; no siendo iguales ambos límites y salvándolos juntos sólo en parte.



- XVIII -

El sentido creyente y el rigurosamente científico no se excluyen

     La Fe no contradice (94) a la plena manifestación de la tendencia al conocimiento, ni excluye, a lo menos en muchos casos, esta cuestión, que apremia al pensador involuntariamente: «¿puedo yo alcanzar también propio conocimiento científico respecto de lo que creo, en general o hasta hoy?» -Y aquel que indaga científicamente y sin entregarse presuroso a un Saber imaginario, no es tampoco por necesidad hostil a la Fe, ni a las creencias que forman su asunto y materia, ni niega aquello que no ve. -El Saber de un objeto no excluye tampoco de modo alguno, en todos los casos y por entero, la Fe tocante al mismo (95). Aun en las Ciencias empírico-históricas, ya es indispensable la Fe, no bastando, como no bastan, las fuerzas ni el tiempo del individuo para que éste examine por sí propio todas las pruebas que se le ofrecen, ni la mayoría siquiera; y hasta en las Matemáticas hay muchas cosas (v. g., las tablas de logaritmos) en que, por esta razón, hay que creer en gran parte.



- XIX -

Relación de la indagación científica a la Fe y a la duda

     De ninguna manera comienza necesariamente la indagación científica con la duda respecto de lo hasta entonces creído; mas solamente con la propia confesión del no-Saber, sin que la duda científica consista en la negación de una afirmación, sino en el reconocimiento de la falta de razón científica, lo mismo para afirmar que para negar, así como en la conciencia permanente de esta indecisión, mientras subsiste (96).



- XX -

La Ciencia y la Fe religiosa, como grados supremos de dos diferentes procesos de la actividad del conocer

     El propio conocimiento científico y la Fe religiosa no son diversos grados de una misma serie, sino los puntos culminantes de dos procesos característicamente distintos.

     En el Saber, se completa el pensar y conocer, como tal, así el del individuo, cuanto el de la totalidad de individuos que cooperan a este fin de la propia información y cultivo del conocimiento. En la Fe, aun tomada esta palabra en un sentido más amplio que el de la Religión, se manifiesta y completa el pensar y conocer de la Sociedad (97), lo mismo que el de sus miembros (comunidades o individuos) pero no el pensar y conocer como tal, sino como parte indivisible de la una, íntegra y total intimidad (la Conciencia), que constituye la base común del conocer, el sentir y el querer (98). Manifiéstase pues también en la Fe -aunque todavía inconscientemente para nosotros- la aspiración primordial hacia Dios, la realidad y la verdad, aspiración que dirige aquellas tres actividades fundamentales. El Saber es un conocer en que predomina la propia espontánea actividad en el reconocimiento de la verdad sabida; en la Fe, prepondera la receptividad en la comunidad.



- XXI -

Reciprocidad de la Fe y el Saber, como bases de juicio

     Para el que sabe, los conceptos generales de razón son bases de juicio en las verdades de Fe, reales o supuestas; en igual sentido que, por otra parte, lo son estas mismas verdades para el creyente en la crítica de conceptos y sistemas de conceptos filosóficos, reales o supuestos, a su vez.



- XXII -

Único fin de la indagación científica

     La indagación científica, como tal, desde sus primeros comienzos en la Conciencia y en la inmediata percepción sensible (esto es, en la de los estados de nuestros propios sentidos), hasta su más alta y plena perfección, por una parte, en la certeza y conocimiento científico de Dios y, por otra, en la experiencia iluminada por éste, no tiene más que un único y exclusivo fin: Saber, y saber compuestamente en un todo racional de unidad, según la cosa misma en sí: ora sea este Saber asequible en propia inmediata vista, ora sólo mediatamente, es decir, por deducción del asunto y dato de esa vista inmediata, concibiendo, dividiendo, juzgando y concluyendo.



- XXIII -

Semejanza de una parte del Saber con la Fe

     Por cuanto el conocimiento de innumerables verdades en las más diversas esferas (99) se limita a un Saber puramente mediato, se muestra la Ciencia misma semejante a la Fe. Pero, aun en esta esfera del conocimiento mediato, se distinguen todavía la Ciencia y la Fe en que aquélla ha de exigir necesariamente la prueba, hasta en lo último individual, aun allí donde la Fe renuncia a esa prueba, en vista de la razón y fundamento de su posibilidad. La mediatividad del Saber es real, en la cosa; la de la Fe, personal (100).



- XXIV -

Un límite de la indagación puramente racional, salvado por la Fe

     La llamada indagación puramente racional, esto es, la especulación filosófica en el riguroso sentido de la palabra, no puede llevar al conocimiento de los hechos históricos, como tales, ni por tanto a los conceptos que de estos hechos principalmente se sacan: pues tiene que investigar la verdad general y eterna, y de consiguiente, sólo desde el punto de vista de su elevación sobre el dato sensible, y desenvolviendo un concepto, o deduciéndolo de otros conceptos más generales. Pero lo que la razón, por el camino de la especulación filosófica nunca puede alcanzar, así como una parte de aquello que, por este camino, no le es dado conseguir todavía, puede bien apropiárselo por el de la Fe y el presentimiento.



- XXV -

La Fe religiosa, como un don de Dios

     El hombre bien sentido para la verdad es en lo general receptivo para la Fe religiosa, y puede y debe mantenerse en tal disposición, aun en lo particular e individual. Pero aunque él se da libremente a la verdad también en la Fe, no es ésta sin embargo obra suya, sino antes bien un don de Dios (101).



- XXVI -

Diversa conducta del que ha despertado a la profunda intimidad de la Conciencia, respecto de la Fe y el Saber

     Cuando el hombre ha despertado y formado un propio sentido en la conciencia, y, guiado por la aspiración al conocimiento, se pregunta seriamente por la naturaleza, destino y último fundamento de sí mismo y de todo cuanto lo rodea, le responden desde distintos lados del modo más diverso, antes de que sepa darse respuesta él a sí propio. De una parte, le sale al encuentro una doctrina religiosa, o más bien, muchas doctrinas que se aplican igualmente y ante todo cada una a su propia Fe; de otro lado, halla opiniones, en parte más o menos divorciadas de aquella, sobre el mundo y la vida: opiniones que apelan principalmente al entendimiento y la razón, procurando fundar sus decisiones mediante el propio pensamiento, aunque todavía débil. Crédulo, tan pronto como alguien ha ganado su confianza, se inclina a lo que como verdad éste le ofrece, ora sea un dogma religioso, ora uno u otro de los sistemas que se le imponen, a veces con poder irresistible, según su diverso punto de vista. Sigue crédulamente, y siguen todos los que como él buscan la verdad, al guía y camino que se han elegido y al término a que conduce o que han hallado más cerca sin esfuerzo alguno por su parte, y al cual se han inclinado antes de haber conocido ningún otro: todos, pues, en el fondo son creyentes: los unos para mantenerse firmes en aquello que creen y aun para afirmarse por su conocimiento ulterior; otros, para vacilar al punto en la duda entre diferentes creencias y opiniones.



- XXVII -

Indiferencia respecto de la Fe y del Saber: enemiga contra una u otro

     Muchos de los que vacilan desesperan poco a poco de llegar a una solución verdadera y definitiva, y vienen al cabo a hacerse completamente indiferentes para con la Fe y el Saber, las creencias y la Ciencia; mientras que otros, a quienes la duda ha traído a la Fe, se convierten en enemigos declarados de esta innata necesidad de saber, inextirpable aun en ellos mismos; y otros, a su vez, por último, se declaran no menos hostiles a la Fe, que, según ellos creen y opinan (pero no saben), no puede menos de perjudicar a la Ciencia. Estos mismos, haciéndose ilusiones, se levantan contra toda creencia; pero no con la fuerza del Saber, que no tienen, sino únicamente a su vez con otra Fe en un saber ajeno, y todavía, las más veces, sólo con una Fe tibia y mínima (pues no creen en el fondo en la total y plena posibilidad del Saber en su Fundamento), y aun con una Fe supersticiosa, en cuanto precipitadamente se obstinan en la imposibilidad de toda verdadera Ciencia. Ahora bien; si los unos, desconociendo la legitimidad de la tendencia al Saber, son creyentes ciegos y fanáticos en la Fe y contra la Ciencia, los otros no lo son menos, y todavía de un modo más exclusivo: pues se encienden, no sólo contra la Fe, sino juntamente contra tola posibilidad de verdadera Ciencia, esto es, formada y construida sobre la base del conocimiento de Dios o en acuerdo si quiera con él, mostrándose en esto no menos antagonistas de aquellos que saben (más que ellos), que de aquellos que creen. Esto es especialmente lo que ocurre a aquellos empíricos exclusivistas que niegan el valor de la especulación filosófica (102).



- XXVIII -

La Ciencia completa exige también Fe religiosa

     La verdadera y completa Ciencia no se opone hostilmente a la Fe religiosa, pues ambas, en el fondo, se dirigen a la verdad misma; y aunque van por distintos caminos, aspiran por esto mismo a completarse. Antes, por el contrario, la Ciencia exige Fe religiosa; y allí donde no existe, puede despertar receptividad para ella; donde sólo está débil, puede apoyarla y fortalecerla; donde está oscura, aclararla e iluminarla; donde yerra, corregirla.



- XXIX -

El progreso del conocimiento es a su vez protegido por la Fe religiosa

     El conocimiento no alcanza su completa fuerza y su más alto grado de perfección posible, sino cuando va unido a la Fe religiosa. Sólo aquellos que se consagran con devoción a la verdad y a Dios, que es la verdad misma, con profunda Fe y sentido creyente (103), conocerán la verdad completa, esto es, progresarán en el conocimiento de la interior plenitud y riqueza de ésta: pues sólo ellos llegarán a aquella situación en la vida, que abre los ojos para verla (104).



- XXX -

Distinción esencial entre el comienzo, el progreso y la plenitud del Saber

     Los progresos en el Saber son hijos de la aplicación más rigorosa del indagador, no pocas veces llena de sacrificios; la Ciencia no tiene menos mártires que el Arte, el Derecho o la Religión. Mas los primeros orígenes por donde el Saber comienza así como su más alto término, o en otras palabras, los primeros, gérmenes de la conciencia de nosotros mismos y del Mundo y el conocimiento de Dios, no son obra del hombre (como no lo es en su género la Fe), ni producto de sus propias fuerzas, sino (105) que le son dados por Dios (106).



- XXXI -

Distinción entre la Ciencia y la Fe religiosa, por respecto a los límites del conocimiento

     La Ciencia, que a la luz del conocimiento de Dios abraza en unidad el imperio de la realidad y de la vida, es sólo el más alto grado (asequible (107) con el divino auxilio) del conocer racional (108) finito, como tal. En la religiosa, el ánimo salva los límites de la conciencia, merced al influjo de la Divinidad (109) sobre los bien dispuestos para ella (110).



- XXXII -

Fundamento de la armonía entre la Fe y el Saber

     Si se reconoce que Dios es uno, y que su verdad, por varia que sea en su contenido, no es tampoco más que una en el fondo; si el hombre es además semejante a Dios; y si, por último, su actividad racional finita es un resplandor de la razón infinita de éste; o en otros términos, una luz divina que ilumina su espíritu (111), hay que reconocer también la esencial armonía de toda y cada verdad en la una verdad de Dios, que es la Verdad misma. De aquí es además evidente que esto puede decirse, por un lado, de las verdades de Fe, y especialmente de aquellas que sólo a la Fe pertenecen; por otro, de las científicas, y sobre todo de aquellas que sólo a la Filosofía son accesibles; aun cuando no fuese dado al hombre penetrar hasta lo último en el contenido y pormenor de esta conformidad entre ambas clases de verdades (112).



- XXXIII -

Esperanza de alcanzar esta armonía

     Si se mantienen los creyentes religiosos, lo mismo que los investigadores científicos, en el camino de la verdad y la vida de la verdad, necesitan -ya que al principio y aun por mucho tiempo caminan, o parecen y creen caminar, en oposición recíproca- encontrarse al cabo en la una y suprema Verdad de Dios, trayendo esta conformidad, y en cuanto es al hombre posible, a claro conocimiento. -O con otras palabras: la verdad que, caminando por dos distintas vías (pero que llevan al mismo término), hallan los hombres, con ayuda de Dios, la conocerán más y más cada vez, en tanto que no supera los límites de su comprensión, como un mismo todo divino, al cabo indisoluble, y esencialmente compuesto de ambas series, que se completan recíprocamente.



- XXXIV -

La clara conciencia de esta armonía, como un problema de nuestros tiempos

     El progreso humano que ha de cumplirse en la conciencia ilustrada, no consiste, según todo lo dicho, en que la Fe religiosa se resuelva en conocimiento científico, ni viceversa; sino en la coincidencia y cooperación (113) de ambos (114).

- XXXV -

Distinción entre la Fe en sí misma y su profesión

     Debe distinguirse la Fe en sí misma de su profesión y confesión (115), que deja a su vez campo abierto, tanto en el asunto y fondo como en la expresión y forma, a una rica variedad de manifestaciones. En este último respecto del modo, puede v. g. consistir la profesión en palabras y fórmulas dadas, o en la vida entera, incluso su sacrificio, aunque sea sin palabras (116).



- XXXVI -

Fe religiosa y Fe confesional

     También ha de distinguirse la Fe religiosa, tal como en general es en sí, de la Fe confesional de las Iglesias particulares, que es únicamente la aspiración individual a realizar aquélla.



- XXXVII -

La firmeza de la Fe y la firmeza en su profesión

     De ninguna manera es lícito confundir con la firmeza y vigor en la Fe la firmeza y vigor en su profesión, pudiendo ambos elementos caminar más o menos separados entre sí, o unidos en íntimo consorcio.



- XXXVIII -

La devoción de Palabra

     Nada tiene de común con la Fe religiosa más que el nombre (con harto error ciertamente aplicado en este caso) aquella falsa especie de devoción que se paga y gloria de palabras, y que no pocas veces se distingue no por la humildad y el amor, sino por la soberbia y el odio contra los que no tienen a bien amoldarse a fórmulas determinadas.



- XXXIX -

Señal infalible de la verdadera y viva Fe religiosa

     El que cree, no meramente de fantasía o de palabra, sino con toda la fuerza activa y pasiva de su vida, en la Providencia, Sabiduría, Poder y Majestad divinas y en el absoluto deber del hombre en el Reino de Dios, se reconoce obligado (y este es un Signo infalible de la pureza y sinceridad de su Fe) a no alcanzar el bien ni combatir el mal y la perversidad más que por medios moralmente lícitos y justos, aun en medio de la lucha entre los partidos (117). El triunfo del bien en todos ellos vale para él más que el triunfo de su propio partido (118). Renuncia a hacer su suerte o la de su partido por la más mínima desviación del camino de la verdad, de la virtud, del amor y el derecho: esto es, jamás intenta, por obedecer a la estrecha e indiscreta política mundana o a consideraciones egoístas, oponerse a la suprema decisión de la vida; teme ponerse en medio del camino por que gobiernan al Mundo los divinos decretos, que, en cada caso, si sigue sin vacilar el precepto de la veracidad y del amor, se indican con claridad suficiente, aunque sólo paso a paso, al hombre religioso y absolutamente confiado en Dios.



- XL -

Bases comunes o que concuerdan las Religiones en general

     Las doctrinas religiosas, así de las diversas confesiones cristianas, como ya antes de la israelita (119) y, en parte a lo menos, de otra aún más antigua y no israelita (120), designan a «Dios como el omnipotente, omnisciente o infinitamente bondadoso Creador del Cielo y la Tierra, que gobierna los Mundos o las milicias celestiales, Señor de vivos y muertos, Santo por excelencia, Juez justo, Padre amoroso, Salvador y Redentor del género humano (caído en el pecado y errante en la miseria); Dios, que es Espíritu y el Espíritu de la Verdad, y al cual debemos adorar en espíritu y verdad también,» Enseñan que «Dios hizo a los hombres a su imagen y semejanza; y éstos, por su placer egoísta, pecaron contra sus preceptos, aumentándose el pecado de generación en generación, y viniendo sobre ellos en consecuencia la miseria, la enfermedad y la muerte; que Dios tuvo misericordia de los hijos de los hombres, y les prometió un Salvador que había de volverlos a la casa de su Padre, fundando la paz en la Tierra. Pecado y muerte desaparecerían entonces y se manifestaría al hombre la gloria del Reino de Dios.»



- XLI -

Bases comunes de las confesiones cristianas

     La doctrina cristiana añade a esto que «después de llegada la plenitud de los tiempos, apareció este Salvador en Jesús de Nazareth, que se llamaba Hijo del hombre, el Cristo, que permaneció fiel a su misión divina hasta morir en la Cruz, y sobre el cual ningún poder tuvo la muerte, pues que vive; que donde dos o tres se reúnen en su nombre, allí asiste entre ellos; que nos ha, dejado un modelo, cuyas huellas debemos seguir, viviendo como hijos de un mismo espíritu y miembros de un solo cuerpo. Debemos amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. No a los que claman: ¡Señor, Señor! pertenece el Reino de los Cielos; sino, antes bien, amándonos mutuamente, se conocerá si somos sus discípulos. Y debemos ser perfectos, como lo es nuestro Padre que está en los Cielos, y que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.»

     Esto, y más aún, enseña la sagrada colección conservada bajo el nombre de Libro de los Libros o Escrituras del Antiguo y el Nuevo Testamento, y en la cual se contiene el sistema doctrinal moral y religioso relativamente más profundo, vivificador. y popular e inteligible que en la historia de la Humanidad ha aparecido, si bien en parte expuesto en el lenguaje figurado del Oriente, y apropiado a la corta impresionabilidad e inferior grado de cultura (121) de los hombres y tiempos a que inmediatamente se dirigía, y mezclado con las infantiles y en parte erróneas representaciones de aquella edad.



- XLII -

Doctrinas fundamentales de la Ciencia racional de Dios y su reino

     También la Filosofía, en el sentido de pura indagación racional (cuando procede con completa circunspección, sin quedarse a la mitad del camino ni apartarse del que le prescribe su objeto, sino que busca el fundamento de la verdad, esto es, de las cosas y del pensamiento de las cosas), conduce al conocimiento y certeza de Dios (122). Muestra al Universo, como la totalidad de lo finito y fundado, en su variedad y sustantividad subordinada, en la unidad omnicomprensiva y superior del ser Supremo, eterno fundamento de la vida del Mundo. Enseña además a conocer y adorar (123) a Dios, como el ser mismo íntimo de sí y de todas las cosas, como el Autor y Creador de todas ellas, como Providencia sabia, justa, amorosa, graciosa y misericordiosa sobre el Mundo; Auxilio y Consuelo en las necesidades; Redentor de la corrupción y el pecado. Hace ver que el hombre se halla destinado a vivir como imagen de Dios; debiendo todos formar entre si un espíritu y un cuerpo, una Humanidad religiosa y piadosa, como miembros de su Reino y de la Humanidad divina y en la más íntima unión de vida con Él (124). Acompáñale en todo esto la plena conciencia de los límites del pensamiento y Saber humanos; y señalando esta limitación y restricción de la fuerza de la razón en el hombre, funda la idea de su complemento mediante el todo de lo histórico-individual, o de la manifestación de la vida divina (125). Hace además concebir la posibilidad del mal y de la perversión moral y lo relativamente inevitable de la ocasión y poderoso incentivo del pecado. Enseña la imposibilidad de redimirse de éste por las fuerzas exclusivas finitas, y que, antes al contrario, la salud de la Humanidad sólo con el auxilio misericordioso de Dios es asequible. De esta suerte desenvuelve, de la idea del Dios vivo y del orden divino de la vida y de la salvación, la idea de Dios como Redentor del Mundo (126).



- XLIII -

Armonía entre las doctrinas de la Fe religiosa y los resultados religiosos de la indagación puramente racional; límites de esta armonía y de su disidencia

     La actual creencia cristiana (la Teología dogmática, en su presente constitución (127) científica) y la Ciencia racional conciertan en casi todos aquellos conceptos fundamentales, religiosos y morales (128), que principalmente importan para la vida práctica. El divorcio, aparente y aun real, entre ambas, se refiere, por una parte, no a las ideas, sino a la representación de determinados hechos en las diversas esferas de la realidad y a las cuestiones que a ellos conciernen (129); por otra, a ciertos conceptos misteriosos -en parte, a lo menos- sobre cuyos fundamentos, justificación histórica y fiel comprensión, por respecto a la oscuridad parcial de las creencias expresadas en las fuentes escritas, no ha podido hasta hoy establecerse acuerdo entre los mismos partidos religiosos, ni a lo menos entre aquellos que se llaman

creyentes por antonomasia (130); y aun, considerando la debilidad de todas las razones para decidirse, no es fácil, ni siquiera probable, que se consiga nunca.

     Por respecto a los dogmas capitales de la creencia cristiana, que ciertamente se apoyan en textos de la Biblia, pero sobre cuya interpretación (esto es, sobre si su sentido es más o menos literal, o por el contrario simbólico, en todo o en parte) versan las discusiones, los conceptos generales de razón que deben hacerse resaltar ante todo, tocante al acuerdo o desacuerdo en cuestión, son los del dogma de la Trinidad (131), entendido en parte de diversa, manera por las varias confesiones, y muy en particular en lo tocante a la persona de Jesús; el del pecado original (132), y el de la predestinación por la gracia o la ira de Dios a eterna felicidad o a condenación eterna.



- XLIV -

Situación de la Cristiandad

     Las creencias cristianas designan a los hombres como Hijos de Dios y Hombres de Dios y les invitan «al Reino del Amor, fundado por su Señor y Salvador, y del cual Él es cabeza y ellos son miembros; Él la vid, ellos los sarmientos» El amor, que el Apóstol de la Fe declara superior a la Fe misma, produce que, a pesar de las disidencias y controversias dogmáticas, el sentimiento haya conservado la unidad y el tono fundamental (si bien tantas veces y por tanto tiempo desafinado) en la vida cristiana. Pero, todavía hasta hoy no ha logrado completo imperio el amor en la Cristiandad; por el contrario, si Cristo mira hoy día a su alrededor, halla miembros y en parte cómplices de una comunión que, si es verdad que lleva el nombre de Cristo, lo profana de muchos modos, y en la cual el desamor, y hasta el odio, es casi más que el amor. Muchos de los que debieran ser apóstoles de salvación, guías y maestros en el Reino de la verdad y la caridad, son todavía presa de lucha y competencia, menos por la verdad que por enemiga y olvido del amor contra aquéllos que estaban llamados a ser sus compañeros en esta dirección y gobierno; así como lucha y discordia con los que se han confiado a su iniciativa, porque necesitan quien los guíe, y a los cuales dan ejemplo de extravío, o al menos de enervación e impotencia, en lugar de servirles de molelo para llevarlos al bien, y excitarlos poderosamente a seguir practicándolo.



- XLV -

Paralelo con los espíritus religiosos apartados de las confesiones particulares

     También la Filosofía, como consecuente desarrollo de la aptitud innata de la razón, inspira el puro y general amor humano y la tendencia a la perfección de la vida en el sentido del Reino de Dios. Mas tan puro y receptivo como lo exige la idea del destino humano, no se halla en manera alguna el que ha llegado a despertar a la reflexión sobre sí propio y al presentimiento de lo supremo y santo, si examina concienzudamente su estado y su vida. Aun el que imaginaba ser más completamente limpio de corazón, conoce al cabo, aunque sólo después de años, la ilusión que le engañaba; y mientras más se desenvuelve, en la lucha de la vida, tanto más y más se halla, a pesar de su mejor sentido y voluntad, presa, no sólo de ignorancia, error y preocupación, de descreimiento y fanatismo, precisamente allí donde él menos presumía, sino de tanta y tanta insensibilidad y pasión, soberbia y falta de elevado sentido, debilidad en la voluntad, egoísmo... toda una serie de vicos y defectos opuestos a las ideas de humanidad, amor y justicia. El hombre que no se cierra al conocimiento de sí propio y del Mundo, se reconoce, aun abstracción hecha de las creencias religiosas, como miembro, por muchos modos culpable, en parte por costumbre, en parte por el incentivo de la sensualidad, de una generación caída en el pecado y necesitada, como él de un renacimiento.



- XLVI -

Dos partidos principales, que, en las aspiraciones religiosas de la Humanidad corresponden a la oposición parcial y estrecha entre las creencias y las tendencias a la libre indagación

     Por respecto a la relación de complemento recíproco entre la idea y la vida, el Saber y la Fe, y en correspondencia con las diversas situaciones posibles del individuo en este sentido, como predominantemente indagador o predominantemente creyente, ofrece el desarrollo de la Ciencia y de la vida social dos partidos que, si bien igualmente afectados de opuesto exclusivismo, se aplican uno y otro no obstante en el fondo, con más o menos clara conciencia de ello, al mismo superior fin divino-humano. De estos dos partidos, el uno -que se llama propio cristiano-positivo- apoya sus aspiraciones científicas más o menos inmediatamente en, de la Iglesia; el otro, con sus tendencias a la indagación enteramente libre de la verdad eterna, dirígese aun en la vida a lo puramente humano como tal, de un modo ideal-abstracto (133). A ambos vemos hasta hoy, en su mayoría, o pasar indiferentes uno al lado de otro, o luchar hostilmente entre sí; aunque se encuentran, en este como en aquel lado, hombres bien sentidos y que buscan lo mejor sinceramente.



- XLVII -

Su legitimidad relativa

     Pues la Fe no es el único don ni problema del hombre, y pues que los hechos individuales de la historia, a que principalmente aspira a aplicarse aquélla, no son el único factor de la vida, es menester investigar y reconocer en todas circunstancias hasta dónde procede y está autorizado cada uno de esos dos distintos puntos de vista, respecto de la expresada relación y según el proceso y desarrollo de la vida.



- XLVIII -

Posible conciliación de este antagonismo

     En esto no cabe desconocer que si aquéllos que han tomado el camino cristiano-positivo siguiesen siempre el espíritu de Cristo (que ha dicho: «No todos los que claman: ¡Señor, Señor! entrarán en el Reino de los Cielos; sino los que hacen la voluntad de mi Padre,» y «en esto se verá que sois mis discípulos: en que os tenéis amor unos a otros,») apenas sería dudoso para todo amigo de la razón que, animado de religioso sentido, aspire al bien puro humano, si debe unirse y hasta qué punto a la tendencia cristiana y en particular a una determinada Iglesia, o por el contrario -según es hoy frecuente ha de tomar una posición aparte. Antes bien, todas bien examinadas conforme a la ley de la razón y la vida y en vista de su cooperación para la redención de la Humanidad le parecerían hermanas en reconocer a Jesús por Señor y Maestro. Pero después, al ver cómo el abuso del nombre cristiano, que se aplican tantos reos de desamor y falta de caridad, ha traído (no sólo en otros tiempos, sino en parte hoy mismo todavía) sobre muchos hombres, y aun sobre clases y hasta pueblos enteros, más calamidades que bendiciones, se encuentra obligado por necesidad, a comprender la legitimidad (provisional, a lo menos) de aquella posición individual y aislada. Mas un divorcio permanente, respecto de la vida cristiana de los que aspiran en general a coadyuvar y favorecer la progreso humano, no se justificaría en verdad, ni históricamente ni según las leyes del arte de la vida. La tendencia cristiana, entendiendo esta palabra en su pleno y puro sentido, y toda tendencia pura y plenamente humana, no pueden dejar de coincidir al cabo.



- XLIX -

Incertidumbre respecto la posibilidad de una perfecta armonía entre la Ciencia y tal o cual determinada Confesión religiosa

     Si es o no posible en esta vida una plena y perfecta conformidad consciente de la Fe religiosa, y en especial de ésta o aquélla comunión con el Saber humano, por respecto a la dirección que pueda tomar éste, cosa es que los partidarios de un culto cualquiera no pueden (con legitimidad científica) afirmar ni negar de antemano; y aunque la aspiración y la esperanza (si bien dudosa por lo que se refiere a su asequibilidad) debe tender al concierto de la verdad científicamente conocida con la creída y mantenerse firme en este sentido, no puede, sin embargo, asegurarse con autoridad religiosa ni científica que el procurar ante todo este concierto deba ser misión de la indagación de la Ciencia; siendo por tanto completamente erróneo juzgar el valor de los trabajos científicos, y especial mente de los teológicos, ateniéndose a esta opinión personal (afirmativa o negativa) acerca de la posibilidad de aquel perfecto acuerdo, saliendo a su encuentro de antemano, o aun (134) tomándola como único criterio (135).



- L -

Advertencia para evitar una decisión prematura sobre este punto, así como total hipocresía

     En tanto que, y hasta donde el Saber y la Fe religiosa no han llegado aún a coincidir en un hombre, ha de abstenerse éste muy especialmente, en nombre de Dios y de la verdad, de negar la posibilidad de dicha coincidencia en él ni en otros; así como de afirmarla de un modo desautorizado todavía, y en lo tanto sin veracidad, o afectar indecorosamente su apariencia mentida, para hacer esta afirmación. Lo que él aún no sabe, ni puede afirmarlo, ni negarlo: principio éste que no se aplica menos a los teólogos que a los filósofos. La Religión cristiana, por una parte que enseña que Dios es la verdad y el diablo el padre de la mentira, y por otra, la aspiración al Saber, nativa en todo hombre, especialmente en su perfección, como espíritu propiamente científico, conspiran por igual manera a hacer de este deber un deber de veracidad (136).



- LI -

Obligación religiosa del creyente, por respecto al indagador científico que aún no cree

     Así como el investigador científico pecaría contra la ley de la verdad, si quisiese rechazar prematuramente cualquiera creencia aunque sea supuesta, o menospreciar todo sentido creyente en general, así también el hombre religioso y que profesa un dogma positivo, en cuyo concepto no es un científico, pecaría contra la ley de la verdad y de amor, si se negase a reconocer la noble aspiración aun de aquél que, inquiriendo los principios superiores, no ha llegado todavía a alcanzar la Fe religiosa o la Fe en una determinada confesión y hasta de aquél que, según su presente punto de vista, es dudoso que llegue a alcanzarla en esta vida (137).



- LII -

Precioso valor de la, indagación científica, y especialmente de la especulación filosófica, para el hombre verdaderamente religioso

     La indagación científica tiene ya en sí misma, esto es, prescindiendo de toda otra relación ética, y sólo por cuanto busca pura y exclusivamente la verdad, un alto valor a los ojos del hombre realmente religioso, si considera que la verdad se funda en el conocimiento de Dios (138) y en el que Dios nos da (139) y que, consistiendo el conocimiento en una esencial unión del conocedor con lo conocido (140), tiene aquélla su más propio fin en esta unión con Dios. La especulación filosófica tiene otra capital importancia todavía para él, ya que, además de la revelación universal divina, en que descansa, nos da a conocer también la naturaleza de la revelación individual (141) enseñándonos juntamente el criterio para distinguir la verdadera revelación y la supuesta, mostrándose en esto por su parte, como «una penetración del espíritu en las profundidades de Dios.»



- LIII -

La misma indagación científica, como manifestación religiosa

     Concebida en esta suprema relación, así como en su total conexión humana, cabe sin duda distinguir siempre la indagación científica y la Religión; pero no separarlas: y la indagación filosófica, comprendida en este sentido, no deja de ser, por esto, una manifestación religiosa (142), a la manera como toda la restante vida, todos los pensamientos y aspiraciones del hombre, están destinados a ser perpetua veneración a Dios, una oración de la vida entera, una continua devoción y culto (143).



- LIV -

Doble naturaleza, que aquí se muestra de la Ciencia

     Tiene, pues, la Ciencia dos aspectos: según el uno, posee esencia propia y sustantiva; según el otro, es parte, de la Religión: posición semejante a la de los varios sistemas y órganos en el cuerpo, donde cada uno de ellos se halla, bajo un respecto, subordinado al todo y a las demás partes, e interesado, por estas que le condicionan mientras que, en otro respecto, se mantienen en cierta independencia de ellas, constituyendo a modo de un centro del todo, tan enteramente peculiar como cualquiera otro.



- LV -

La perfección religiosa está realmente condicionada por la científica

     También resulta de aquí que el perfeccionamiento omnilateral de la vida religiosa de la Humanidad se halla esencialmente condicionado por la mayor profundidad posible del conocimiento científico.



- LVI -

Otro tanto acontece en la esfera moral

     Una relación análoga a la que existe entre la Ciencia y la intimidad en Dios (la Religión), hay, también entre esta y la moralidad que no son en manera alguna la misma cosa (144).



- LVII -

Error muy extendido sobre la Religión y la moral

     Muchas personas «cultas» y aun «ilustradas», según el sentido de esta palabra en la escuela de Kant, opinan, y hasta se jactan de ello, que lo que hay de fundado en lo que se llama Religión consiste tan sólo en la Moral. Lo que de esta excede, lo rechazan como «superfluo para ellos» y «supersticioso.» Pero no tienen razón al obrar así. Lo único que puede concedérseles es que una completa religiosidad implica también completa moralidad, y que la manifestación religiosa que no trae consigo frutos morales, es, cuando menos, imperfecta o enferma, no debiendo su favor, la opinión a que aludimos, sino a una reacción histórica contra el exclusivismo de secta, que desdeña la moralidad.



- LVIII -

Problemas característicos de la Ciencia, la Religión y la Moral

     La Ciencia, la Religión y la Moral (prescindiendo ahora de su homogeneidad superior, como partes del destino humano, y considerándolas por separado), tienen cada una una misión enteramente peculiar y diversa. La Ciencia busca propia vista de las cosas, Saber, conocimiento indudable de la verdad como tal, relacionado y ordenado objetivamente. Fúndase en Dios como verdad y como omnisciente.

     La Religión aspira a la unión de todo el ser y el vivir con Dios, y por tanto, de la actividad cognoscitiva, afectiva y volitiva. Es esencialmente la intimación en Dios, y se funda en las categorías divinas de la una, propia e indivisa intimidad de Dios como Ser personal (145) vivo (146), así como en la intimidad y unión de todos los seres en Él (147) y, por consiguiente, en Dios como auxilio amoroso (148) y misericordioso (149), como Salvador (150).

     La virtud o Moralidad consiste en la propia y libre determinación del bien como divino, ciertamente con amor a Dios, mas no sola ni aun principalmente por este amor, sino estimando la esencia de Dios y la nuestra propia, imagen suya. El obrar «por amor,» pertenece ya a la esfera de la Religión (151). La Moralidad, o pureza de espíritu, se refiere, como a su inmediato fundamento, a la esencia de Dios en cuanto propia (absolutividad), así como a su forma, la libertad, y a la santidad divina (152). Y tanto necesita de la Religión para su apoyo y protección, como es ella a su vez una preparación para ella.



- LIX -

Naturaleza del culto religioso Social

     Por cuanto el hombre es por esencia un ser social, racional y sensible, espiritual y corporal, muestra estos caracteres muy especialmente en la suprema relación de su vida, la Religión. Y así por esto, como en particular porque la vida social constituye un todo que sólo se desenvuelve secularmente, al par que una obra artística, es también siempre necesaria para nuestra vida la práctica social de la Religión, el arte, la simbólica y la liturgia en esta esfera, la vida religiosa de la amistad, de la familia, de la comunidad en todos sus grados, hasta la nación y la Humanidad entera (153). Cuando las personas «ilustradas» imaginan poder dispensarse de todo esto, dan sólo una prueba de la parcialidad de su cultura, de su relativa pobreza de ideas y sentimientos, y aun de cierto estado salvaje en medio de la sociedad; enteramente a la manera como atestiguan un pensamiento superficial y una carencia de sentido práctico aquellos que hoy todavía (y apoyándose, aunque sin saberlo las más veces, en una sentencia largo tiempo ha reconocida como científicamente insostenible) opinan «que si todos los hombres tuviesen buena intención, ninguna falta haría organizar el Estado. «Desconocen los primeros la naturaleza social del hombre y la exigencia de un desenvolvimiento omnilateral y completo de la vida, que por consiguiente ha de abrazar también el aspecto religioso; como olvidan los segundos que la mera intención jurídica de los seres finitos, sin una amplia experiencia de la vida, ni un profundo conocimiento del Derecho, sólo asequible por el camino de la Ciencia y de la meditación en ella apoyada, no basta en manera alguna para responder a problemas tan complejos como los que al creciente progreso social despuntan de día en día en el horizonte, cada vez nuevos y de nuevo modo planteados: y en lo total y máximo, depende en muchos respectos del progreso de la vida política la perfección moral y religiosa de la vida social, cada vez más rica en su desarrollo y organización.



- LX -

Carácter racional del hombre; su importancia para la Religión

     La base común, el punto de transición y de perpetuo enlace entre la Religiosidad, la Moralidad, el sentido jurídiroy el estético, así como con las aspiraciones científicas y artísticas del hombre, es su carácter racional, esto es, su aptitud para hacerse íntimo de Dios y de sí propio, como miembro del divino reino de los seres y de la vida, cooperando en él con conocimiento, sentimiento, voluntad y acción.



- LXI -

La capacidad para conocer a Dios es inseparable del concepto del ser racional finito y se anuncia aun en el pensamiento del niño

     El conocimiento de Dios y su certeza, o sea la vista del Ser uno y todo, como supremo fundamento al par de los seres y de la vida, es esencial al espíritu humano o inseparable de su pleno concepto pues su germen es nativo en él. Por esto se anuncia ya en el niño (aunque, al principio y por largo tiempo -para muchos, durante toda su vida- no lo advierta ni entienda) en estas preguntas: qué? por qué? y en la necesidad, que se mantiene a través de toda la vida y de toda la investigación científica, de repetir estas preguntas en todos respectos y cada vez más ampliamente y con superior sentido. Ese principio ilumina al hombre pensador cuando responde al último por qué, con aquel QUÉ uno, mediante y por el cual es todo cuanto es.



- LXII -

La fecunda educación de esta aptitud es sólo concebible con el divino auxilio

     A la clara e indudable comprensión de este QUÉ uno, o, en otros términos, al conocimiento de Dios y su certeza, llega el hombre, como lo muestra la Filosofía en su parte ascendente (analítica o anagógica (154), regresiva, inductiva) por el camino de la completa revisión de las diversas esferas del pensamiento en sus fuentes (mediante la llamada crítica de la razón); pero la percepción real y efectiva de ese conocimiento, fundado por Dios en el espíritu humano y su aptitud; el verdadero despertamiento de la conciencia a la presencia de Aquél, no pueden explicarse por las fuerzas exclusivas del ser finito, mas tan sólo bajo la cooperación individual de Dios (155), que se une con la propia actividad del hombre, cuando este la busca, y sale amorosa a su encuentro (156).



- LXIII -

La razón finita y su estado perfecto

     La participación que el hombre, como imagen de Dios, tiene en la razón una y toda (o infinita) o con otras palabras: su percepción, aunque humanamente limitada y todavía inconsciente, de la ley de la esencia divina, percepción que se manifiesta como facultad o instinto racional en su ser todo y como necesidad de razón en su pensamiento, podemos designarla con los nombres de razón finita o racionalidad. En su pleno desarrollo, es un como despertar del ser finito a la constante intimidad y permanencia de su presencia ante Dios, en el conocimiento y sentimiento de Él, y en la divina consagración de su voluntad y vida: situación que es la misma a que apellida (157) el religioso «estado de gracia (158)



- LXIV -

La razón finita, como eterna y universal revelación de Dios a la Humanidad y en ella; su complemento necesario por la revelación temporal e individual

     Resumiendo lo dicho y a la luz del conocimiento científico de Dios, se concibe (159) la razón finita como

una revelación eterna y universal de Aquél a la Humanidad y en ella: revelación por igual dirigida a todos los hombres, inteligible sólo en forma de conocimiento racional general y desenvuelta únicamente en la vida. Por lo que respecta a su efectuación (160), y a la plenitud y riqueza de vida que se manifiestan en la divina imagen, necesita completarse en diversos grados y aspectos por la revelación de Dios (161), y por una información en armonía con ésta (162).

- LXV -

Esencia de la Religión positiva y concordancia prevista de las tendencias específicas cristianas y las humano-universales

     Sobre estas verdades se funda el conocimiento científico de la esencia de la Religión positiva (163).Igualmente se evidencia de aquí lo insuficiente (por su particularísimo abstracto) para la completa educación de la Humanidad, del llamado deísmo o mera Religión natural, que rompe la continuidad histórica de la vida y del progreso individual de la civilización, y desconoce del todo el elemento temporal y efectivo en el desarrollo de nuestra especie. Por la misma razón, el divorcio perpetuo de los amantes de lo puro humano respecto de la vida cristiana, no cabe justificarlo, ni históricamente, ni según las leyes del arte de la vida; antes puede suponerse con verosimilitud que la tendencia cristiana, si lo es en el total y pleno sentido de la palabra, y la que se mantiene apartada de ella, si es verdaderamente humanitaria, en el pleno y total sentido también, concluirán por coincidir en su día (164).

- LXVI -

Para borrar la opuesta e igual parcialidad de los que se llaman por antonomasia creyentes y ortodoxos y de los que se apellidan amigos de la razón por antonomasia

     La discordia entre los hombres religiosos que reconocen y los que niegan la revelación divina, especialmente la temporal, individual, histórica, descansa en falta de conocimiento de las diversas esferas de aquella (165). Los exclusivos partidarios de la Fe en la revelación histórica no atienden a que ésta sólo puede conocerse sobre la base de la eterna, general o racional, previamente recibida, ora científicamente, ora en presentimiento. -Otro punto importante que suelen olvidar, especialmente los doctores de la Iglesia cristiana, es el de que una revelación divina, como tal no puede comunicarse de un hombre a otro, mas darle únicamente ocasión para examinar según las leyes de la crítica histórica, y sobre la referida base de la revelación racional y eterna, la narración de una revelación individual, real o supuestamente hecha al narrador, o a un tercero; teniendo que ser de cuenta del oyente alcanzar ante todo en sí mismo, mediante ese examen, la condición, quizá instantánea (es decir, a consecuencia de una revelación individual divina que recibiese), con la cual llenar de esta manera la Fe autorizada, sea por el contenido de la misma narración, sea solamente porque este contenido se revele por Dios al narrador (166).



- LXVII -

Lo que hay de insuficiente y aun contraproducente en las pretensiones de la fe dogmática

     Resulta de aquí que el intento de asegurar la propagación de la revelación individual divina de un modo tutelar, encerrándola en fórmulas de Fe (los llamados dogmas), exteriormente obligatorias, sustraídas al libre examen, sólo pudo tener un éxito siempre dudoso en tiempos no llegados a la mayor edad espiritual, y de ciega confianza; pero desde comienza esta mayor edad, ese intento más dañaría que aprovecharía, siendo la supresión de esa forma de Fe coercitiva (167), apremiante necesidad del interés bien entendido de la Religión (168).



- LXVIII -

Actitud de la Ciencia racional para con la creencia en los milagros

     Reconoce la Ciencia rigorosa racional, no sólo la posibilidad, sino aun en cierto modo la efectividad de milagros divinos. Pero, estableciendo con toda claridad el concepto del milagro (169), rechaza la superstición.



- LXIX -

Conciliación entre el supernaturalismo y el racionalismo y diferente perspectiva de progreso armónico en la Teología

     De lo expuesto en algunas de las proposiciones anteriores resulta la compatibilidad del verdadero racionalismo -que no olvida la limitación del espíritu humano, ni por tanto se envanece y ensoberbece presumido, con la llamada autonomía o, autocracia mayestática- y del verdadero supernaturalismo (170), que ni de la razón ni de la ciencia abomina. También se funda en estos principios la esperanza del progresivo acuerdo entre la Teología especulativa y la que se apoya en la revelación histórica, que de ningún modo equivalen respectivamente a la Escolástica y a las rígidas e inmóviles fórmulas dogmáticas (171).



- LXX -

Pensamiento y sentido de aquél que ha llegado a la armonía entre la Fe y el Saber

     Cuando el hombre llega a la armonía de la Fe y el Saber (172), dándose en sentimiento y voluntad, en aspiración y vida a la verdad recibida en el conocimiento y la creencia, estimándose como un templo de Dios y preparándole en su corazón una morada, alcanza gradualmente una superior comprensión, tanto de sí mismo, como del mundo entero que lo rodea; de su propia vocación, como de la vida de la Humanidad. Contempla con mayor claridad cada vez que también la vida terrena tiene un fin santo y digno de Dios, una conciliación posible, un término en su día de esta inhumana lucha. Proclama, no sólo derechos y pretensiones en la vida, sino la obligación en que se reconoce y siente para con Dios y para con todo el mundo de Dios; y pone su honor en cumplir por su libre voluntad esta obligación, aun allí donde se opone a su exterior provecho. Penetrado de incorruptible sentido por la verdad y por la justicia, jamás se presta a llamar al error, o a la verdad todavía mezclada con éste, «la verdad de esta época» ni a una injusticia total o a medias «el derecho de este tiempo;» pero tampoco vacila en saludar como progreso y mejora el primer comienzo de victoria contra el error y la injusticia. Renace a un amor más elevado; abraza supremamente a todos los seres en una misma ternura; «sonríe a toda vida, a toda alegría, a todo amor (173).» Experimenta un despertar y como revivir que igualmente promueven la Ciencia racional y la doctrina cristiana y sale al encuentro de lo que ésta apellida «estado de gracia» (174). Se hace cada vez más apto para ser adorador de Dios en espíritu y verdad, así como, merced al ejemplo vivo que da a sus semejantes, un cooperador de Aquél, bajo cuya dirección lucha por extender su reino en la Tierra, y por la obra de la renovación universal (175).

- LXXI -

La armonía de la Fe y el Saber conduce a una concepción unitaria de la vida

     La armonía de la Fe y el Saber lleva a comprender la vida con un sentido unitario, al cual guía también a su modo el apóstol Pablo (176). Pues, al indicar el problema social de la vida de la Humanidad, que abraza más y más orgánica y armónicamente todas las esferas de lo humano y por tanto, todos los buenos fines de cualquier género y grado que sean -problema del cual no tiene nuestra época sino oscuro presentimiento y que sólo Krause ha expuesto científicamente en su Ideal de la Humanidad y en su Espíritu de la Historia de la Humanidad- despierta, sobre la base del reconocimiento de la unidad de Dios, la convicción además de que todos los bienes, por distintos que sean, constituyen otras tantas partes del Sumo Bien, en el fondo igualmente esenciales e importantes todas en su debida proporción; de que, por consiguiente, un bien cualquiera, sea su clase y su grado el que fuere, concierta en superior armonía con todos los demás y es, como éstos, esencial exigencia y beneficio del divino plan de la vida; y de que, por último y según esto, no hay bien alguno que no se halle destinado, hasta donde de él pende a proteger en nombre de Dios a todos los restantes, y a ser protegido a su vez por éstos, no pudiendo llegar verdaderamente a su mayor prosperidad, sino en su completa y orgánica unión en la sociedad humana.



- LXXII -

Sentido armónico de la vida, que se despierta de esta suerte

     Sobre la base de esta convicción y de la firmeza en la Fe y en el sentimiento del deber que aquélla ha de favorecer, es de esperar que, en el grado en que ella se extienda, se despertará también un sentido unitario, y por tanto enérgico y armonioso de la vida, y que serán cada día más vencidas la insensibilidad o indiferencia, y aun el exclusivismo y la enemiga, por los cuales aquéllos que aspiran parcialmente a un bien o a un progreso especial y determinado, sin embargo, suelen hoy las más veces suscitarse mutuamente gravísimos obstáculos. Sobre esa base, cabe confiar que, no sólo podrán evitarse en su día muchas dificultades que hasta hoy vienen impidiendo un progreso rápido en el bien, mas nacerá también vivísima simpatía en todos para con todos, celo ardentísimo por toda clase de bienes (177). Quien ha comprendido ya claramente la idea del bien, sabe que éste nada tiene de exclusivo, sino inclusivo de todo lo bueno en sí (178).



- LXXIII -

El sentido armónico eleva, concilia, excita para el bien de todas las clases, y conduce a la tranquilidad y amorosa indulgencia

     Este sentido armónico, fundado en esa concepción unitaria de la vida, nos inclina a la equidad, dulzura y confianza. Enseña a estimar, aun en el hombre de partido y en el sectario de otras confesiones, al hombre y al religioso. Levanta a gobernantes y gobernados sobre el espíritu de mera resistencia (179). Intenta despertar, hasta donde racionalmente hay la más remota posibilidad de ello, mutua confianza, en vez de desconfianza. Pide que intimemos con todo bien, rompamos con todo mal y con toda lucha inhumana, de cuya fuerza espera harto menos que del poder del amor. Lleva, por tanto -y no sólo en la esfera religiosa y política, sino absolutamente en todas- al cultivo fiel y piadoso de toda clase de bienes, bajo todas las formas y en todos los grados de la vida, y a amorosa tolerancia con todo desenvolvimiento sucesivo y con la limitación consiguiente que lo acompaña. Cierto de la victoria definitiva de Dios, que acabará gloriosamente la obra que ha comenzado, conduce también en todas las esferas de la vida a la tolerancia por principios, positiva propia de la convicción y la fortaleza, que estima al adversario, por ver en él al representante de uno de esos grados y situaciones en que halla otras tantas necesidades, aunque transitorias, de la vida. Va, pues, más allá de la mera tolerancia negativa, hija de la vacilación y la debilidad que, menospreciando al contrario, no le deja subsistir, sino porque y mientras teme no poder destruirlo.

1870-76.

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