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La Iglesia Española

Sobre el discurso leído por el Sr. Don Fernando de Castro, al ingresar en la Real Academia de la Historia

Tempora habemus diffícilia, in

quibus nec loqui nec tacere possumus

absque periculo.

                                  

Vives.

                     



- I -

     En el inquieto y azaroso período que atravesamos, en la complicada crisis que nos trabaja y que alcanza a todas las esferas de la vida y a todos los miembros del organismo social, no hay expresión del pensamiento, entre tantas como aparecen cada día, que pueda representar meramente la obra más o menos meritoria de una sola personalidad determinada. Si en todo tiempo y en toda humana producción hallamos enlazado en indisoluble consorcio al espíritu individual, primeramente, con el círculo inmediato que lo rodea, después con la civilización a que pertenece, y así de grado en grado, hasta afianzar su última raíz en el espíritu universal de la historia, en épocas como la presente donde el entendimiento, enflaquecido por la duda, aguijoneado por la imaginación, consumido por la verdad y levantado por nobles presentimientos a columbrar más anchos horizontes, vuelve sus ojos a lo pasado y llama a juicio a todas sus fases, a todos sus hombres, a todas sus instituciones, a todas sus ideas, no hay voz que no nos conmueva, señal que no nos despierte, opinión que, rechazada un momento por la distracción sensible, no se abra paso al través de su dura corteza y penetre hasta lo más hondo de nuestro ser.

     Y es que, en el hervor de cuestiones que lo solicitan impacientes, ese espíritu individual no puede dar un paso sin encontrarse con todas ellas y sin resolverlas a su modo; y el fallo que pronuncia, sabio o ignorante, vulgar o científico, frivolo o profundo, cae en medio de la expectación general, que lo absorbe con esa sed terrible de las grandes crisis históricas. Por esto, hoy más que nunca, toda palabra humana propone una solución, como su anuncio propone un problema. Por esto, también, el siglo que empujan de consuno las necesidades cotidianas y el anhelo de la fantasía por resolver en conclusiones prácticas las prolijas especulaciones de la razón, tiene ansia por llegar al fin del libro, y no quiere detenerse a meditar en sus hojas.

     De todos modos, si esta inquietud febril, con que son ávidamente esperados los frutos del pensamiento en nuestra sociedad, se aumenta en proporción a la magnitud de los intereses que en ellos, después de Dios, fían su destino, no crece menos por respecto a la autoridad del que, obediente a la austera voz de la conciencia, trae el concurso de su varonil esfuerzo a la obra común de la actividad humana.

     No ha menester, por tanto, el discurso del señor D. Fernando de Castro, sobre los Caracteres históricos de la Iglesia española, recientemente leído por este autor al ingresar en la Academia de la Historia, que nadie (y menos una pluma oscura) haga advertir al público su incalculable trascendencia: el nombre del Sr. Castro, lo encumbrado del asunto, lo magistral del desempeño, son partes más que suficientes para sostener y propagar en cuantos sientan amor a nobles empresas la honda sensación con que ha sido recibido. La necesidad de dar rienda suelta a nuestras impresiones es más bien lo que promueve estas líneas.

     ¡La Iglesia española! Ayer aún, ¡qué nombre y qué historia! Hoy, ¡qué presente! ¡Plegue a Dios que vengan sobre ella más prósperos días! Cuando una sacrílega ceguedad, que pone espanto, pugna con su palabra y con su ejemplo por hacer solidarias la causa de Dios y la de la barbarie; cuando se escucha el iracundo acento de la soberbia, que envenena y separa, allí donde sólo debiera oírse el manso lenguaje de la caridad, que vivifica y une; cuando la ignorancia se abraza a la malicia, y el mundo, presa de interminable discordia, parece dividido entre la incredulidad y la superstición, entre el escepticismo y la intemperancia; cuando la fe sincera ha de sufrir las pruebas más terribles para nuestra frágil condición -la división del espíritu, el desamparo de los hombres y el verse confundida a cada paso con la falsedad y la hipocresía- consuela y fortalece y anima a vivir y a luchar, que es todo uno, sentir cómo una voz esforzada levantándose sobre las dolorosas decepciones que a cada paso burlan nuestro anhelo y aspirando a reanudar y llevar a cumplido término las interrumpidas tradiciones de la historia patria, hace revivir sus grandes hechos y nos obliga a preguntarnos en su vista cuáles son nuestros deberes y nuestro destino, como hombres y como pueblo, como creyentes y como ciudadanos.

     Ciertamente que ha tenido extremado acierto el respetable Profesor de la Universidad Central para elegir el tema de su discurso. Los caracteres por que se ha distinguido en su vida la Iglesia española eran digno objeto de la pluma del hombre ilustre que, consagrado a la enseñanza de la Historia, ha merecido el honor de ser llamado a la docta corporación que acaba de recibirlo en su seno. Pocos asuntos hubieran sido tan adecuados como éste a las circunstancias y prendas del autor. Espíritu reflexivo, inspirado por un alto sentido moral que tiene a un tiempo de la austeridad del estoico y de la dulzura del cristiano; carácter varonil, habituado a concertar la franqueza y el desembarazo con la mesura y la circunspección -concierto tan raro hoy dia, en que suele tomarse por franqueza el olvido de todo respeto divino y humano, y por circunspección, el disimulo y la servil complacencia; -uniendo en su persona el doble ministerio de la Fe y la razón, como si quisiera dar con ello testimonio de su íntima alianza, el Sr. Castro, apartado con firme voluntad de la ardiente arena de los partidos políticos, poseía todas las dotes necesarias para abordar convenientemente los arduos problemas que entraña su discurso, y es en verdad una lección viva y elocuente, para cuantos puedan hallarse en situaciones análogas, por su modestia y por su dignidad, por su perseverancia y por su moderación, por su piedad y por su ciencia.

     El porvenir del Catolicismo, sus relaciones con el pensamiento racional y con la vida común, el influjo de la Iglesia como institución universal suprema, su importancia política en el Estado como elemento social, sus grandes momentos y sus crisis, todas las cuestiones, en fin, que abruman hoy al siglo y preocupan a sus más grandes pensadores, enlazadas por el Sr. Castro con el porvenir de nuestro pueblo y con la misión que la Providencia le ha confiado en la historia, se avivan al calor de un religioso patriotismo, que al herirlas en lo más esencial y delicado, levanta en nuestro espíritu inagotables reflexiones. Verdad es también, que en el nuevo académico se juntan, como historiador, calidades dignas de no menor estima: harto lo saben cuantos conocen sus notables escritos, y cuantos han tenido la fortuna de escuchar aquella palabra, severa y llana a la par, tan querida y tan respetada de nuestra juventud. Pensamiento propio, intuición admirable de los hechosque, penetrando en su corazón mismo, les conserva íntegro su carácter individual; intención real y práctica, de útil aplicación a la vida, y que da a los más remotos pormenores un interés contemporáneo; sana y juiciosa crítica; erudición infatigable, siempre manifiesta en el fondo, jamás en la forma de la narración; pintura dramática de los personajes y de los sucesos; naturalidad y sencillez en la exposición, todo animado de esa grave humildad cristiana que juzga con rigor a las cosas y con indulgencia a los hombres: tales son las condiciones por que sobresale el Sr. Castro en el cultivo de la Historia. Véase ahora si son comunes, y qué grado de aprecio no podrán pretender entre nosotros.

     Mas a pesar de estos antecedentes, grandes dificultades -de muchos y muy diversos géneros- llevaba consigo la empresa a que el digno Profesor ha logrado dar tan feliz remate, y sin duda pensaba en ellas cuando escribía: «entreveo peligros, que si bien al que es temeroso de Dios y descansa tranquilo sobre la aprobación de su limpia conciencia, no le amedrentan jamás, antes bien los arrostra con frente levantada y corazón sereno, no por eso en momentos en que el hombre es flaco y siente su pequeñez dejan de atribularlo, porque le hacen dudar si quizá él yerra y los que le contradicen aciertan; si tal vez será más prudente seguir a la muchedumbre que va por caminos dilatados y espaciosos, aunque terminen en muerte... o asociarse a los pocos que suben por veredas angostas, aunque a la larga terminen en vida: que terminar en vida es seguir los derroteros de la razón y la senda estrechísima que conduce al templo de la verdad.»

     De estos peligros, unos -los referentes al desempeño de su obra- han sido dominados por completo; esperamos que el Sr. Castro triunfará también de los restantes. La fuerza de las cosas, cuando no su propia intención, pone en sus manos una bandera; y los que tenernos a honor y a dicha el seguirla, no podemos desear verla tremolada por más esforzado brazo. Gloria verdaderamente temible es ésta para el nuevo académico, y que ha debido arredrarlo más de una vez en su camino. Su discurso representa augustos intereses, en gran manera pendientes de él y de su victoria. Si en efecto vence, cuando menos en su espíritu y tendencias, saludaremos la aurora de más risueños tiempos que los que vivimos; si, como la piedra al caer en el agua, sacude un instante la febril impresionabilidad del hombre de hoy, para sepultarse inmediatamente en el abismo de su desfallecimiento, aguardarernos resignados mejores días; si fuese vencido, arrollado y escarnecido en la lucha -¡Dios no lo permita!- no habrá ya entonces, en lo humano, para tan santa causa, esperanza posible de salvación entre nosotros.



- II -

     Cuatro son los caracteres que, según el Sr. Castro, ha mostrado en su historia la Iglesia de España, desenvolviéndose sucesivamente en ellos y conquistando su individualidad y fisonomía propias: la unidad y rigor de fe, la unidad nacional de disciplina, la de vida cristiana en consonancia con la naturaleza íntegra del hombre, la de relaciones entre ella y el Estado. «Unidad de fe para el espíritu (dice), de disciplina para el cuerpo, de vida cristiana para el hombre, de concordia entre la Iglesia y el Estado para la sociedad.» Tal es, en resumen, el plan histórico del discurso, y fuerza es convenir en que cada uno de estos caractéres responde, no sólo a una propiedad particular del genio español sino a una gran evolución de su vida. La monarquía visigoda, nuestra epopeya de la reconquista, las glorias compañeras de nuestra supremacía en el Renacimiento, la renovación comenzada en el último siglo: he aquí el vasto campo que recorre el autor. Si una noble modestia ha enunciado eu tan sucintos términos la tesis de su obra, fácilmente se advierte que su verdadero asunto es ofrecer en compendio una historia esencial de la Iglesia española y de la parte que ha desempeñado, en todos nuestros momentos capitales.

     Respecto del primero de aquellos caracteres, que es en opinión del Sr. Castor el que distingue a la Iglesia visigoda, contiene su trabajo luminosas apreciaciones y discretos juicios. Encomia justamente las excelencias de nuestra primera monarquía sobre las demás que constituyeron los pueblos bárbaros, su alteza de miras políticas, su legislación, su sabiduría y su cultura general, así como sus ilustres varones eclesiásticos: examina la representación de los dos elementos, cuya oposición constituye el fondo de la historia visigoda, el germano y el romano: arriano, inculto, individualista, aquél; católico, docto, social, el segundo; y narrando la sucesiva propagación de éste último hasta que llegó a subyugar al primero, estableciendo la unidad religiosa, hace de esta unidad el centro de toda aquella civilización.

     No sólo en la Religión y el derecho, cuya poderosa alianza resplandece en los Concilios tuledanos, en el orden especial de relaciones que de ellos nace entre el sacerdocio y el imperio, y en aquella admirable y generosa utopía del Fuero juzgo; sino en las letras, que son una de las bellas glorias de nuestro clero, a quien casi exclusivamente se hallaba fiado su cultivo, en la tendencia de las artes, en el escaso desarrollo de la industria y en la vida común social, muestra el Sr. Castro el predominio de la Religión sobre todos los demás fines, el de la Iglesia sobre todas las demás instituciones. La rigorosa pureza dl la fe es lo que caracteriza y da sentido a la Iglesia visigoda, que la mantiene con firme resolución, inspirándola en las diversas manifestaciones que nacen bajo su amparo, ávida de realizar las maravillas de su Religión en la tierra. Y esto, en su fundamento, es tanto más lógico, cuanto que siendo la religión el fin primero que aparece en toda sociedad, está llamada providencialmente a educar y dirigir los otros fines, según van despuntando, hasta que estos encuentran en sí mismos energía suficiente para, digámoslo así, humanizarse y secularizarse.

     No podía, por consiguiente, dejar de cumplirse en aquella sociedad infante lo que es ley indeclinable de la historia. Pero ¿cómo se cumplió? ¿Qué efectos produjo el modo como la comprendió aquel pueblo, y qué responsabilidad alcanza a los que principalmente la realizaron?

     Si el clero visigodo, cuya patriótica elevación de ideas no había querido atribuirse en las leyes fuero propio, sacrificando su interés egoísta de clase en aras de la unidad de derecho (que ya era por entonces el ideal de todo espíritu culto), y cuya moderación cristiana hubo de templar en ocasiones los ímpetus fanáticos de los reyes, aparece en lo que pudiéramos llamar vida oficial con escasos privilegios, en realidad su influjo era inmenso, como quiera que nadie podia disputárselo; y ni aun queriendo despojarse de su poder, hubiese hallado en quien mejor depositarlo. Éste era ya un mal gravísimo: con la rivalidad de otros elementos sociales, habría tal vez salvado a aquella maravillosa monarquía; cegole su preponderancia, y la perdió para siete siglos. Una más clara conciencia de las leyes históricas le hubiera enseñado a distinguir entre el Catolicismoy la imposible renovación del imperio, solidarios ante sa pensamiento errado, porque ambos venían de Roma; y que ninguna fuerza personal es bastante para engendrar por sí sola una civilización duradera. Atento, no sólo a conservar incólume el símbolo de su fe, sino a procurar, a sabiendas o por instinto, la restauración del imperio de Occidente, sueño tan grandioso como irrealizable, descuidó asimilarse al elernento bárbaro, que permaneció extraño a su idea y a su cultura sobrepuesta.

     ¿Cómo había de conseguir la fusión de entrambos pueblos? Aquella fusión, decretada en el Fuero juzgo, no pasó a las costumbres. Allí no había una verdadera nacionalidad, sino dos naciones distintas, (los genios opuestos, dos civilizaciones contrarias, que necesitaban para hermanarse hacer frente a un enemigo, más todavía, a un vencedor común. Era la unidad española durante los visigodos, como una herida cerrada en falso: y fue menester abrirla de nuevo, para que se cicatrizase sanamente a fines del siglo XV.

     Así, por sacrificar de modo tan absoluto a la unidad -ídolo de las sociedades nacientes- la variedad, y haber querido «formar el todo antes de que se desarrollase libre y espontáneamente cada una de sus partes;» por imaginar que esa unidad podía crearse e imponerse por el sabio artificio de una superioridad incontrastable, aquella civilización, primera en tiempo y en excelencias respecto de las otras que nacieron de las invasiones bárbaras, se derrumba al primer embate; mientras que éstas, más lentas y tardías, pero más firmes y seguras, logran en lo general una perpetuidad que se prolonga hasta nosotros.

     Mas si el ardor generoso de su celo impaciente, las tentaciones de su omnipotente influjo y la ignorancia y rudeza de la época, no eximen de responsabilidad al clero hispano-godo, atenúan la que pueda caberle en la ruina de una sociedad que presenta unidos en raro consorcio el candor de la infancia y la corrupción de toda decrepitud prematura.



- III -

     Por consecuencia de esta ruina y de la invasión agarena, otra evolución y otro carácter a ella consiguiente debían desplegarse en nuestra historia. Si el elemento romano había preponderado en la época anterior, ahora las necesidades de la guerra despertarán al elemento germano y le atribuirán la soberanía política y social; si antes la unidad había sido absoluta, hoy lo será la variedad; todo vínculo parecerá roto, y la disgregación llegará hasta lo infinito.

    Una nueva situación debía resultar de aquí para la Iglesia española. Mientras el combate que siempre mantuvo por su fe no puso en peligro su organización exterior, concentró su vida en aquella esfera con atención preferente; mas convertida la lucha, por decirlo así, en corporal, necesitó parar mientes en su constitución y disciplina, que era lo más amenazado en el naciente orden de cosas. Desde un principio había reconocido y acatado, como miembro sumiso de la comunión universal de los fieles, la supremacía del romano Pontífice -a lo cual por otra parte cooperaba tambien, según hemos visto, la afición del clero hispano al antiguo imperio de Occidente;- pero mostrando en su modo de ser aquella libertad que de derecho tocaba a sus servicios, y en su lenguaje para con los Papas, junto con el respeto debido, la conciencia de su energía y de sus merecimientos. Obligados los obispos, a causa de la escasa comunicación con Roma que consentía (por la fuerza de los tiempos) la dominación musulmana, a buscar en sí mismos y en las tradiciones legales de sus respectivas iglesias el fundamento de su gobierno espiritual, hallaban en estas tradiciones no menos consagrada la supremacía del Vicario de Jesucristo, que una disciplina propia y nacional en lo tocante a personas y a cosas. De esto nació que si, ayudados de su ortodoxia y su obediencia al Jefe de la Cristiandad lograron resistir aquel movimiento europeo que, como cediendo a la anarquía y subdivisión de todas las instituciones sociales, se produjo durante la primera mitad de la Edad Media por localizar absolutamente las iglesias nacionales y segregarlas de Roma, y si no sólo rechazaron, sino que combatieron denodadamente los designios cismáticos de Félix y Elipando, supieron también mantener una razonable independencia, que no habían conseguido salvar las iglesias de Francia, Inglaterra, Italia y Alemania.

     Esta independencia, sin embargo, debía sucumbir ante la necesidad indeclinable de la historia. Al amparo del feudalismo, habían ido creciendo y desarrollándose la actividad del individuo, la familia, el municipio, las diversas instituciones de la vida; pero esta evolución no podía haber roto los antiguos vínculos, sino para preparar otros nuevos, asentados sobre principios más firmes y reales. El sistema feudal se hallaba destinado a perecer con la hostilidad y recíproco desvío de sus elementos, tan pronto como éstos adquiriesen fuerza bastante para reunirse y constituir las nacionalidades modernas. De la misma manera, si la separación en que hasta cierto punto vivían las diferentes iglesias había sido fruto del individualismo dominante, era ahora imprescindible restablecer la unidad exterior, reclamada por la del dogma, enlazando más estrecha o íntimamente al clero con la Iglesia, y a toda ésta bajo la Sede romana. «Tan atrevida fué la revolución, permítaseme la palabra (dice el autor del discurso), que se propuso llevar a cabo el gran Pontífice Hildebrando.»

     Revolución: éste es su nombre. Porque si las reformas de Gregorio VII, de mucho tiempo atrás iniciadas entre nosotros, eran exigidas por el progreso de los tiempos, no se consumaron gradual o históricamente, por medios pacíficos, suaves y conciliatorios, sino por la imposición repentina de una autoridad, ya omnipotente en la sociedad europea. Fue aquello algo semejante a lo que hoy se llama un golpe de Estado. Y es que la centralización renacía de entre las cenizas del Imperio romano, con su fiebre de nivelación y uniformidad, con su menosprecio de la historia, con su desconocimiento del hombre, sacrificando a su ideal abstracto toda diversidad de intereses, toda individualidad local, lo justo y lo injusto, lo que debe conservarse y lo que merece destruirse.

     Nadie mejor que la Iglesia española, que vio desaparecer entonces su liturgia en varias ocasiones aprobada por Papas y Concilios, puede atestiguar la crueldad con que se llevaron a cabo las disposiciones pontificias, como nadie mostró moderación más humilde ante tan injustificada conducta: moderación, que, con respecto a Roma, ha sido siempre uno de sus timbres. Aquí fueron hollados toda especie de respetos; escarnecido nuestro rito, injuriados nuestros santos, olvidada nuestra cultura, vilipendiados nuestro clero y nuestra dignidad nacional, encomendando la reforma de las costumbres a monjes extranjeros, muchos de ellos más aptos para sufrirla que para procurarla. Y, sin embargo, no halló imitadores en ese clero tan ofendido la rebeldía del de otros países contra el decreto sobre el celibato; no respondió a la violencia con la violencia, sino que cuando no pudo ya impedirla con sus ruegos, humilló la frente y la recibió con sumisión cristiana.

     España, «sin renunciar a ser católica,» no podía permanecer apartada del movimiento iniciado por Gregorio VII; pero es menester considerar la arbitrariedad y la ignorancia que reinaban en Europa por el siglo XI, para poder hallar alguna excusa al modo como se procedió con una Iglesia que había dado al mundo ejemplos tan memorables.



- IV -

     Sucumbió el rito mozárabe, mientras obtenían liturgias particulares varios institutos religiosos, respetándose otras; y con él sucumbió también nuestra propia disciplina. El principio rigorosamente justo de la supremacía papal, con harta frecuencia concebido estrecha y erradamente desde entonces, amparará a veces una opresión abrumadora qne pesará sobre todo, imaginando ahogar el libre desarrollo de nuestro genio patrio. Por algún tiempo, «nada será nacional (exclama el Sr. Castro): ni la ley, ni los cánones, ni las jurisdicciones, ni los enlaces de la familia real castellana. No importa; habrá un hombre y quedará una leyenda, que serán la protesta sempiterna del espíritu nacional contra el extranjero. Ese hombre será el Cid; esta leyenda su Poema.» Y hace notar después, como bienes resultantes de la nueva evolución, el crecimiento de los municipios y del poder real que, ayudado por los jurisconsultos, pondrá en las Partidas el fundamento de la monarquía absoluta, para traer a una vida común los desiguales elementos de aquella sociedad, y preparar un nuevo orden de relaciones entre la Iglesia y el Estado.

     Siguiendo su curso estos acontecimientos, al llegar el reinado de los Reyes Católicos, la necesidad imperiosa que nuestra Iglesia siente es la de reformar las costumbres. Posee, desde su origen, la fe que profesa: ha uniformado en lo esencial (y aun en lo que no lo era) su disciplina: fáltale tan sólo, para completar sa desarrollo interior, hacer penetrar más hondamente en la moralidad un tanto relajada del clero y de los fieles, las reglas sublimes del Evangelio, asentando definitivamente el triunfo del ideal cristiano.

     Esta necesidad se ofrece de dos maneras, al comienzo de los tiempos modernos: por una parte, era preciso fortalecer la autoridad de la Iglesia española, de suerte que su vigilancia y su jurisdicción alcanzasen a todos sus súbditos, concen trando a este fin en ella «o en la Corona, según se pudiese, los nombramientos de las dignidades eclesiásticas;» por otra parte, se requería ilustrar y enmendar al clero, convirtiéndole en ejemplar de la sociedad y de la vida. A lo primero, acudió señaladamente el cardenal Mendoza, cuyas negociaciones con Rorna desenvolvieron aquel principio del real patronato que aparece ya con toda claridad en las Partidas; a lo segundo, el cardenal Jiménez de Cisneros; y a entrambos puntos a la vez, y de un modo eminente, el espíritu elevado de nuestra sabia Iglesia.

     Verdaderamente admirable es el cuadro que España presenta en el siglo XVI: virtudes, ciencia, artes, industria, guerra, política, «todo había florecido sin el vicioso germen que llevó el florecimiento en los tiempos de Augusto, y que estragó después en Francia el reinado de Luis XIV; y como si nuestra grandeza buscase piadosa su sanción suprema en la Religión, levantamos en el Concilio Tridentino el más insigne monumento de Fe y de doctrina que, desde el tiempo de los apóstoles, había quizás presenciado la comunión cristiana.

     La revolución de Lutero y la reforma propia mente dicha (si bien todavía harto incompleta quizás) que obra este Concilio, y cuya iniciativa y y gloria, después de Dios, a España muy principalmente se deben, conciertan en un mismo propósito y aspiran a realizarlo, cada cual a su modo: España, haciendo revivir el espíritu evangélico y desenvolviéndolo siempre dentro de la unidad rigorosa del dogma; Lutero, rompiendo esta unidad y arruinando por ese solo hecho, y contra sus propios designios, toda Religión positiva, fuera de la católica. No fué, pues, la Reforma un acontecimiento puramente accidental y maligno Su primera intención fue justa; sólo que no acertó a realizarla. Faltole aquel espíritu de sumisión, de modestia, de caridad, que se aparta del hombre cuando, empequeñeciendo su horizonte, no pone la mira sino en sus propias ideas y olvida los límites que le impone su finitud.

     Para combatir aquella rebelión, en que la divina inspiración de la Iglesia le hizo conocer maravillosamente que tenía que vencer a todas las herejías, juntas, congregose la memorable asamblea que es hoy todavía admiración de los más ilustres pensadores. Y en ella, nuestros teólogos, a quienes tocó la mayor y más importante parte del debate, no mostraron menos la pureza de su doctrina que su decisión y llaneza para defender opiniones, no siempre bien recibidas por los legados romanos. Las cuestiones sobre iniciativa conciliar, residencia eclesiástica, autoridad de los obispos y poder de la Santa Sede para dispensar de los sagrados cánones, cuestiones todas que el Sr. Castro trata delicada aunque sumariamente, en vista de nuevos e interesantes documentos, y que levantaron a tanta altura el nombre de los prelados españoles, nos dan a conocer el ardor de su celo por corregir toda suerte de abusos, así de la curia romana como de sus propias diócesis y del resto de la Cristiandad.

     ¿De dónde provenían, no sólo este afán por reformar la disciplina y acomodarla, a la diversidad de los tiempos, sino el sentido general que animaba a tan ilustres varones y que tanta oposición halló en los representantes de otros países? A la verdad, que un hecho de semejante magnitud no puede tener su raíz más que en el pensamiento de España con relación al Catolicismo, en la manera individual y característica que su Iglesia tuvo entonces de comprenderlo y realizarlo.

     Vive en el genio español una dualidad secreta, que nuestros dramáticos entrevieron y que la intuición sorprendente de Cervantes ha inmortalizado en el libro insigne que veneramos todos como la más perfecta expresión de nuestro carácter nacional; y esta oposición interior, tal vez destinada a purificarse y fundirse en una unidad más alta, cuando el espíritu patrio alcance su madurez y logre dominar su fantasía, lo divide hoy aún, como en el siglo XVI, y engendra en nuestra historia los más extraños contrastes. Ora se mece melancólico en los éxtasis de la idealidad más abstracta, ora hace su norte del inconstante movimiento de la experiencia sensible, y como es de rigor que acontezca, su idealidad suele perderse en quimeras estériles y su experiencia no levantarse a un sentido práctico y real del arte de la vida. Pocas veces ha intentado concertar ambos términos; menos todavía lo ha conseguido. Es una ardua empresa, que sólo de la razón depende.

     Esta división, de que se afectan todos los fines de nuestra actividad, engendra por respecto al ideal religioso dos concepciones distintas: el misticismo y lo que pudiéramos llamar formatismo. Aquél, abismándose en la contemplación de las cosas divinas desdeña las humanas, execra su limitación y tiene como indigno y pecaminoso para el hombre el cuidado de los negocios temporales; el segundo, atento a observar con minuciosa exactitud las prácticas exteriores que le impone su fe, sin interesar su espíritu en ellas, cree rendir al Supremo Hacedor debido tributo, dedicándole, algunos instantes cada día para olvidarlo desde las puertas del templo. El uno, abominando del mundo, no quiere ver sino a Dios; el otro, sólo quiere verlo en el altar: para el místico, es la Religion el único fin de la vida; para el formalista, uno de tantos quehaceres como nos importunan; pero ninguno de los dos ama ni conoce al Dios real, en todas partes presente, dando ser y dignidad a las cosas finitas; al Dios vivo que,en vez de exigirnos el horror de esta naturaleza que de él tenemos, o la limosna de un minuto, de una hora, de un día, robados a la disipación que nos consume, nos manda consagrarle todas nuestras acciones, santificadas ya por sólo poner en él la mira.

     Cuando las limitaciones y las contrariedades nos abruman, nada parece más llano a primera vista que sustraerse a ellas, huyendo de la sociedad humana y encerrándonos a solas con Dios y con nosotros mismos: ¡como si no llevásemos ya en nuestro seno la raíz de todas esas contrariedades! -Y, opuestamente, nada más cómodo y lisonjero para la distracción de los sentidos que vivir sin Dios y sin ley, o con un Dios abstracto, que apenas si nos ocupa mientras el murmullo de una oración profanada por la indiferencia espira en nuestros labios. No olvidemos que bajo una de esas dos maneras de entender la Religión, han latido corazones generosos, muchos de los cuales merecieron por su santidad y pureza la corona de los elegidos; pero lo que es difícil, lo que lleva en sí el más alto y verdadero de los sacrificios, lo que pide el concurso, no sólo de la virtud moral, sino del hombre todo y de todas sus potencias, es mantener el pensamiento de lo divino en medio de esta lucha incesante de lo humano, no dejando atrás un sólo fin, ni una sola propiedad de nuestro ser, y caminar de frente y sin descanso, con todas nuestras relaciones, firme el pie en la tierra y la mirada en el cielo.

     Pues no a otra cosa aspiraron nuestros sabios teólogos del siglo XVI. En el colmo de la grandeza que alcanzamos por entonces, aquellos espíritus varoniles, gloria y prez del Catolicismo, «los Luises, la Teresas, los Carranzas y Hernandos de Talavera, los Hurtados de Mendoza, Sigüenzas, Nebrijas, Brocenses, Arias Montanos y Marianas, los santos los sabios, en suma, o presintieron la necesidad de unificar nuestro carácter, corrigiendo su división y fundando una vida verdaderamente religiosa cristiana.

     La Inquisición, -permítanos el Sr. Castro que disintamos un tanto de su respetable y patriótica opinión- no es, digámoslo así, como extranjera en España. Hija depravada de la tendencia mística que hemos reconocido (con el autor del discurso) en nuestra idea religiosa, debió el ser a los reyes que simbolizan nuestra nacionalidad, se enlaza toda nuestra cultura, y hace revivir todavía su maldita raíz en nuestro infortunado suelo. Lo que si es evidente es que nuestra Iglesia, representada por la mejor y más sana parte de su clero, por los que «prefirieron salvar al hombre por la caridad y la persuasión,» y que, como San Ignacio de Loyola, cuyos nobles designios tan admirablemente comprende el Sr. Castro, pusieron los cimientos de una vida religiosa más conforme con la naturaleza humana y con sus varios fines, significaba entonces un ideal muy diferente y harto más sano, real y levantado que el de los adeptos de aquella institución terrible. Concertar los deberes piadosos con la vida común, inspirando el divino aliento de la moral evangélica en toda clase de relaciones y de fines; reconciliar al hombre con sus semejantes y consigo mismo, poniendo ante sus ojos lo amable y práctico de la virtud, que antes sólo parecía accesible al monje, y al asceta, perfeccionar los caracteres que elevan al Catolicismo sobre las sectas protestantes y le dan una utilidad infinita, aun en lo puramente terrenal y mundano; en suma, hacer universal la vida de la comunión cristiana, como eran universales su fe y lo esencial de su organización y disciplina: tal fue la aspiración, más o menos reflexiva y clara, de aquellos eminentes varones, la que palpitaba en su vida, la que admira en sus escritos, la que llevaron a Trento. La naturaleza física, generalmente aborrecida (como era consiguiente) por la Edad Media; la ciencia, proscrita y hecha imposible por la Inquisición; la vida del siglo y las obligaciones propias de cada estado,miradas en general hasta entonces sólo como un peligro, y no -juntamente con esto- como un medio también de servir y glorificar a Dios, fueron rehabilitadas por la piedad sincera y caritativa de todos los grandes nombres de nuestra Iglesia. ¡Ah! ¡por qué se oscureció aquel nobilísimo espíritu cuyo definitivo triunfo acaso se encuentra todavía lejos de nosotros!



- V -

     Hemos visto, siguiendo las huellas del importantísimo discurso que nos ocupa, cómo ha desplegado la Iglesia española su individualidad al través de sus progresivas evoluciones, ante todo en la firmeza de sus creencias, después en las vicisitudes de su disciplina, iniciando, por último, en el ingreso de la edad moderna, una elevada concepción del ideal religioso, por lo que respecta a las costumbres y deberes civiles, que acordándolos con la piedad más acendrada, aspira a fundar el sentido verdaderamente cristiano de la vida.

     Pero la Iglesia, aunque la primera y más eminente de las instituciones sociales, por la excelsitud de su origen y por lo supremo del fin a que se encamina, no es la única de ellas; otras hay a su lado, consagradas a diversos propósitos y con las cuales mantiene necesariamente las esenciales relaciones que son propias a toda institución particular dentro de la sociedad fundamental humana. Ahora bien; si hoy todavía la mayor parte de estas instituciones no han logrado salir de la organización imperfecta y rudimentaria en que do quiera las hallamos, con harta más razón, cuando nuestra Iglesia, ya en el apogeo de su desarrollo interno, volvió la vista a las demás fuerzas nacionales para concertarse con ellas en la unidad del destino de su patria, no pudo encontrarse sino con el Estado, que fortalecido (a más de su intrínseca virtud) por su poderoso auxilio, en un tiempo, y más tarde por el de la Monarquía absoluta, había vencido la crisis decisiva de la Edad Media.

     Punto es éste de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, que da hoy motivo para reñidas controversias. El Sr. Castro indica las principales soluciones que a tan grave cuestión da el pensamiento contemporáneo, así como las de nuestros antiguos y sabios canonistas: en la imposibilidad de hacernos cargo de sus interesantes y oportunas reflexiones, hemos de contentarnos con señalarlas a la atención de nuestros lectores.

     Concretándonos a la historia de estas relaciones en España, notemos con el autor, que, a consecuencia de la supremacía obtenida por el Estado bajo el régimen absoluto, y de las desavenencias entre nuestros prelados y los sumos Pontífices, recurren aquéllos a los reyes en demanda de su protección, y dan lugar a que, ensanchando éstos gradualmente su intervención en los negocios eclesiásticos, lleguen a asumir la alta representación de nuestra Iglesia, que desenvuelve desde entonces un nuevo y predominante carácter, a saber: su estrecha unión con el Estado: unión que, si existió en todos tiempos, se fortifica singularmente en los últirnos siglos. El convenio de Sixto IV con los Reyes Católicos; la política de Felipe II, que tendía a intimar cada vez más con el clero de su nación, para hacerlo servir a sus miras, en recompensa; las gestiones de Felipe IV, que dieron por fruto la concordia Facheneti; la ruptura del primer Borbón con la Sede apostólica, y los concordatos de 1737 y 1753, han sido los términos prácticos graduales, donde se revela que «el Estado y la Iglesia entre nosotros han formado una sola unidad en los puntos de desacuerdo con Roma.»

     Peligroso era, a no dudar, para la libertad exterior de la segunda, el modo como esta unidad se vino realizando, singularmente desde el sucesor de Carlos V. La inmixtión del monarca en asuntos de exclusivo interés religioso llegó a un grado que hoy, educados bajo más sanas ideas de las que por entonces dominaban, reprobaríamos como abusivo e insoportable, y hasta tendríamos por imposible. Pero no olvidemos que el regalismo, incorporando de un modo violento la Iglesia nacional a la potestad civil, conservó como en depósito la independencia de aquélla contra las exageradas pretensiones de la curia romana, y no hubiese podido menos de restituirla a su legítimo centro en días no muy lejanos. Nada debe culpar más la Santa Sede, siempre tan rígida censora de las intrusiones del poder temporal en el órden meramente eclesiástico, que las inconsideradas exigencias de sus agentes y curiales. Conservando nuestro clero, al par de la gloriosa pureza tradicional de su fé, la conciencia de su energía e individualidad y el amor a la propagación de los buenos estudios, tan luego como la monarquía absoluta desapareciese a impulsos de un nuevo estado de derecho, debía esperar que recobraría todas aquellas preciosas facultades que él mismo había querido confiar al amparo de los reyes. Otra sería hoy su situación en nuestro pueblo. Pero la Iglesia, aunque divina o imperecedera, se sirve del ministerio de los hombres, y no podía el clero sobreponerse largo tiempo a la general decadencia de nuestra malaventurada nación. A semejanza del de otros países, donde la diversidad de cultos hace más excusable-aunque jamás plausible este abandono, se ha identificado, demasiado quizá, con la Iglesia romana, hasta en puntos pura y exclusivamente políticos, y no ha sabido hermanar siempre su independencia y libertad con la debida sumisión al Vicario de Jesucristo en la tierra.

     ¿Son éstos los compromisos que sus antecedentes le imponían? ¿Es éste el modo eficaz de afrontar, con el sereno valor que deben infundirle las promesas del Salvador del mundo, los peligros ineludibles de la época?

     Nada tan lejos de nuestro ánimo como negar los agravios que haya podido sufrir tan respetable clase en el cambio de nuestras instituciones; no somos de los que creen que su actitud proviene del desconsuelo que le causa la pérdida de su influencia política. La arbitrariedad, la pasión y un sentido abstracto abiertamente opuesto a todo lo tradicional e histórico, han manchado tristemente ese cambio: porque el aprendizaje de la libertad es más lento y difícil que el de la servidumbre. Pero, así como esperamos que este aprendizaje, tan doloroso todavía, dé sus legítimos frutos, ¿no nos será lícito aguardar también que los sucesores de tantos sabios y piadosos varones, honor de la España católica, cesarán de mirar con aversión un orden de cosas que vanamente se afanan por destruir, y que, una vez sosegados sus disculpables temores, podrán consagrarse con más asiduidad a los deberes de su ministerio, volviendo a levantar para su gloria y nuestra común ventura, el nombre de la Iglesia hispana al alto punto en que lo dejó el santo concilio tridentino? ¿No comprenderán, apaciguados enojosos disturbios, que, después de haber hecho alianza con Roma para resistir a los desmanes del Estado, como la hicieron en otro tiempo con el Estado para resistir a los desmanes de Roma, se acerca por fin el día en que, unidos al par interiormente con ésta para sus fines sobrehumanos y espirituales, como hijos fieles de la comunión universal cristiana, y exteriormente con aquel para obtener la consagración y las condiciones jurídicas de su plena independencia, recobren su personalidad y con ella las facultades -siendo compatibles con la disciplina y gobierno general de la Iglesia- que el Estado y Roma alternativamente les ocuparon?

     Tiene razón el ilustre sacerdote que tan dignamente acoge en su seno la Academia de la Historia. Dos tendencias contrarias luchan en este siglo: una, por afirmar todo lo que es individual, propio y característico en cada ser; otra, por inmolarlo a lo común, genérico y social. Por la primera, los pueblos, los hombres y las instituciones propenden a mantener incólume la espontaneidad y libertad de su vida; por la segunda, instituciones, hombres y pueblos marchan a perderse en un cosmopolitismo sin nombre.» Ahora bien, ¿habrá alguien tan ciego que dude del peligro y de la necesidad de aprestarse a dominarlo? ¿alguien para quien en tal momento no sea «como asunto de honra, la lealtad a la historia de su patria»? En buen hora: el Catolicismo es inmortal; no perecerá por eso. No acabará tampoco para siempre la noble Iglesia española. Pero ése que cierra los ojos a la luz, ése que no quiere comprender, ese morirá; ya que -como ha dicho una voz elocuente- comprender o morir es la ley de nuestro siglo.



- VI -

     Que se penetre el clero del carácter de los difíciles tiempos que alcanzamos: que reconozca y utilice las fuerzas vivas por que se gobierna la sociedad contemporánea: que intime con su grey para no formar sino un solo cuerpo, inspirado por la fe y unido por la caridad: que pregunte a la historia de su noble Iglesia el secreto de su elevación y el de su debilidad y su ruina. Tales son los deseos del autor del Discurso. Y luego, renacido por su ciencia, por la pureza de sus costumbres y, sobre todo, por una confianza en Dios y en los hombres que parece haber cedido el puesto a la misantropía de Calvino y al fatalismo de Mahoma, medite con grave recogimiento cuál es la misión especial que de lo alto ha recibido y debe hacer efectiva su celo en el orbe cristiano.

     Para el Sr. Castro, esta misión -doblemente fundada en la individualidad nacional de nuestra Iglesia y en el estado religioso de Europa- no es otra que realizar el sentido universal del Catolicismo, haciéndolo amable a todos los hombres y pueblos, «aun a los extraviados y enemigos,» atrayéndolos «al regazo de la Iglesia romana, aunándolos en una católica universal comunión.» Como se ve, no cabe más levantado pensamiento: es la reconstitución de la unidad cristiana, después del cisma de Focio y de la revolución de Lutero.

     Y esto ¿es posible? El espíritu se abisma, a semejante cuestión. ¿Por qué negarlo? La verdad, y sólo la verdad, constituye nuestra fuerza. A primera vista, ese ideal es un sueño. La vida entera de nuestro siglo parece radicalmente divorciada de la religión católica, en la ciencia como en el arte: no son católicos sino muy pocos de sus grandes poetas; ninguno de sus insignes filósofos; y aun estas libertades civiles y políticas, tan reprobadas por Gregorio XVI, niegan sus mejores frutos a las dos naciones católicas por excelencia: España y Francia. Por todas partes se enciende una cruzada formidable contra la Iglesia, donde ni el número ni la calidad de los defensores corren siempre parejas con los de los adversarios. Las apariencias son aterradoras: si alguna vez la flaqueza del hombre, aumentada por las tribulaciones de una crisis sin igual en la historia, hizo estremecerse su fe y llegó a inspirarle hondos temores por la religión de Jesucristo, nunca pudo hallar mayor excusa que cuando mira conjurados en su daño a quienes siempre tuvo por amigos, y huye entristecida de las miserias y abominaciones que torpemente pretenden ampararse bajo tan augusto manto.

     Pero ¿dónde está el poderoso enemigo que ha de poner su trono sobre el ara de nuestros venerandos sacrificios? Todas las comuniones que alumbra la luz del Evangelio, sin excepción alguna, se agrupan en torno del Catolicismo, siempre respetado por sus más ilustres campeones, corno si quisieran reanimar su moribunda energía al calor de este foco inextinguible de la vida cristiana. Un movimiento análogo, aunque menos rápido y sensible, se opera quizá en el seno de las demás religiones, conforme va despertando en la conciencia de los pueblos el pensamiento de la Humanidad, a la voz de la civilización europea y del espíritu de salud que hace diez y nueve siglos fecunda sus entrañas. ¿Qué más? cuando ese idealismo humanitario, preciosa promesa y amargo fruto al par de la edad presente, desengañado de sus abstracciones, pide un nombre para su Dios, una ley para sa actividad, y una palabra de esperanza para su desaliento, no sabe hallar más que los dogmas de la Iglesia, ni glorificar otra moral que la cristiana, ni balbucear sino las oraciones con que levantan a la Providencia su corazón los fieles.

     Un pensador católico lo decía ya en solemne ocasión hace más de diez años: las formas positivas que reviste el sentimiento religioso, tienden hoy todas al Catolicismo. Y otro pensador de los llamados, con más o menos propiedad, racionalistas no ha podido menos de confesar noblemente que es imposible rechazar los fundamentos de nuestra fe, desde el punto que se admite la eficacia de la oración. La oración supone la Providencia absoluta y la absoluta libertad (no la arbitrariedad, entiéndase bien) de Dios, cuya personalidad es inconcebible sin ella; y lo sobrenatural funda y explica la revelación, que pide a su vez una sociedad, una Iglesia. No es posible negar tan sólo uno cualquiera de estos términos: hay que negarlos todos. Pues personalidad divina, revelación, culto, Iglesia ¿son, sino dogmas capitales de la doctrina de Cristo?

     De un lado, por tanto, todos los cultos particulares, todas las tendencias hacia una religión positiva, se acercan al Catolicismo, como a la última y suprema representación (humanamente hablando) del pensamiento común que los anima. De otro, por más que nos afanemos en buscar, al través de las desconsoladas negaciones de la crítica, una afirmación y una creencia que oponer a la creencia y a la afirmación que profesamos, sólo hallaremos ese vago y confuso sentimentalismo que, prestando tiernamente a todas las cosas de la vida un cierto perfume místico, camina indeclinablemente a negar la sustantividad de la religión, como fin esencial y propio de la naturaleza racional del hombre. Tal es, por ejemplo, el sentido del Método para la vida bienaventurada de Fichte.

     No hablamos del panteísmo. El panteísmo, contra el cual tanto se declama, es harto más fácil de escarnecer que de refutar. Hasta ahora, con honrosas excepciones (tanto más honrosas, cuanto más raras), los escritores de convicciones piadosas han tomado, por arrancarlo de raíz, el primero de esos medios. Entendiendo, bajo la fe del primer advenedizo, la doctrina de éste o aquél filósofo idealista, de un modo por demás grosero y torpe: imaginando alcanzar el sentido de todo un sistema por tal cual frase entresacada de él a la ventura: Poniendo en boca de Fichte o de Hegel ridículas proposiciones que jamás pronunciaron, y mezclando las injurias con los lugares comunes, y la ignorancia con la presunción y el desprecio, dan por rematada su feliz empresa y se recogen cándidamente a vivir la vida de ese mismo panteísmo sentenciado a muerte, y que a ellos, como a nadie quizás, les corrompe y gangrena por la incuria del propio pensamiento.

     No hablamos, pues, de panteísmo, ¿Acaso respira otra cosa la civilización a que pertenecemos? Su ciencia, sus artes, su moral, su legislación, su política, su manera, en fin, de comprender y realizar los deberes humanos, ¿de qué, sino de él, están inficionadas? Expresión de un estado particular en la historia del espíritu, tiene profundas raíces, que sólo la razón extirpará en su día. Y entonces, rendido a la verdad -que no al insulto- podrá entrar más el hombre en la conciencia de su ser, y una nueva savia florecerá en todas las manifestaciones de su naturaleza.

     Semejante venturosa edad, no tan remota que debamos olvidarnos de ella sin prepararla para nuestros hijos, presenciará a no dudar esa reconstitución de la Iglesia cristiana, sobre el fundamento de la católica, que presagia y ansía apresurar el Sr. Castro. Toda esta vida que hoy corre fuera de su cauce, volverá a él, trayendo a purificar en sus aguas los espléndidos tesoros que ha conquistado, a pesar de sus limitaciones y errores y mediante generosos sacrificios. No: no son vanos delirios los altos pensamientos que el sabio profesor quiere infundir en el ánimo de su patria: no sueña quiméricas utopías, cuando con inspirada elocuencia evoca ante nosotros ese santo ideal, y nos muestra a la Europa entera postrada a una señal del telégrafo, para recibir la augusta bendición que Dios le envía por ministerio del Padre común de los fieles!

     Esperemos en la Providencia; mas esperemos como hombres que aspiran con el perseverante ardor de su trabajo a hacerse dignos de aquel auxilio que jamás falta a quien pone de sí cuanto sabe y puede para realizar el noble propósito que concibe. Se acerca la hora, ha dicho otro eminente sacerdote, en que al varón afeminado en los placeres del ocio le enviarán las mujeres una rueca y un huso, a ver si lo despierta la vergüenza.



- VII -

     Esa bandera, cuyo lema habrá de ser «dilatar el reino de Dios sobre la tierra,» es la que, según el autor del Discurso, debe alzar con firme resolución la ilustre Iglesia española: tal es la misión que de antiguo vienen trazándole su historia y sus gloriosas tradiciones. Y para que, consagrada esta bandera por la unánime bendición de todo el orbe católico e iluminada por la inspiración divina, encadene a sus pliegues la victoria, desea el Sr. Castro que España pida respetuosa mente al Sumo Pontífice la reunión de un Concilio ecuménico, «donde se abra un certamen solemne a todas las sectas cristianas.»

     Que a la Iglesia hispana sobra autoridad para tremolar semejante bandera, cosa es fuera de duda; que tan denodada iniciativa es enteramente conforme a su representación y a su carácter, por lo que ha sido en todos tiempos se advierte y, en especial, por lo que hizo para el Concilio de Trento; mas que su estado presente le permita atribuirse parte tan principal y activa y como ponerse al frente del Catolicismo, esto es lo único que por muchos se niega. ¡Cómo! -se dice:- ¿la España de nuestra época es por ventura la misma del siglo XVI? ¿Son sus seminarios y facultades de Teología otros estudios de Alcalá y de Salamanca? Y su clero de hoy ¿es digno sucesor de los Luises, Sotos, Canos y Suárez? ¿Dónde están su pensamiento generoso, su palabra elocuente, su influencia universal, su alto espíritu cristiano y su perseverancia y su energía? ¿Dónde sus sabios, sus jurisconsultos, sus moralistas, sus oradores, sus escritores sagrados? Un periodista audaz puede confundir él solo a muchos teólogos, y un mancebo imberbe, recién salido de las aulas, enseñar gramática a más de cuatro obispos. ¡Y son éstos los hombres a quienes se pretende confiar nada menos que la catolización de un mundo, cuyo lenguaje desconocen!

     Doloroso es confesarlo; pero la verdad se debe a todos y es a la vez un derecho para quien de todos aspira a ser oído. La cultura del clero español no se encuentra, por regla general, ni con mucho, al nivel de la de otros pueblos más afortunados. Sobresalen en sus filas individualidades eminentes -¿acaso no es el Sr. Castro una relevante muestra de ello?- ;pero su ilustración, digámoslo así, corporativa, no llega por desgracia a la altura que todos desearíamos. ¿Quizá no se consagran entre nosotros a vocación tan insigne privilegiadas inteligencias que pudieran aumentar el esplendor de su clase y producir copiosos frutos de santificación para su patria? Rechazamos de todas veras tan absurda hipótesis. Lejos de eso, el hombre observador a quien interesa vivamente la suerte del Catolicismo, sorprende cada día en el púlpito y aun en la imprenta, pero más frecuentemente en la soledad y el apartamiento, gérmenes admirables que, en lugar de alegrar su corazón y abrirlo a la esperanza, lo desconsuelan y contristan con amargura incomprensible para quien en alguna ocasión no la haya sentido. Otra es, pues, la razón de mal tan grave como imposible de disimular, y difícil -¿a que negarlo?- de vencer sin el enérgico y decidido concurso del respetabilísimo cuerpo a quien aflige.

     A nuestro entender, esta raíz debe buscarse en su falta de pensamiento propio. Estrechamente unido con la Iglesia romana, al modo como hemos manifestado antes, ha ido confundiéndose y absorbiéndose insensiblemente en ella, ofuscado por el prestigio y natural autoridad del Pontificado supremo, hasta perder toda iniciativa, toda espontaneidad, y de consiguiente toda idea. Sin atreverse a discurrir por sí mismo, como si temiese a cada paso caer en contradicción con Roma, aun en los puntos y opiniones más controvertibles sin detrimento alguno de la fe, no parece sino que aguarda su consigna de los doctores de la ciudad eterna, para limitarse luego a repetirla de memoria en todas ocasiones. Apenas despunta tímidamente en su seno alguna idea, comienza una lucha terrible para ahogarla, que da por resultado inevitable el suicidio de un espíritu, obligado por el espanto y la fatiga a borrar de su ser los últimos vestigios de la imagen de Dios, o que arrastra al desgraciado que la prohijara a pedir auxilio a la adulación de las pasiones políticas, prostituyéndose a otra mil veces más triste e ignominiosa servidumbre. Y esto no acontece solamente cuando se trata de un pensamiento original, aventurado: no. En el descuido de nuestras tradiciones seculares y en el olvido de nuestros grandes escritores, todo cuanto sale de los límites de aquella consigna, es mirado como novedad peligrosa, de suerte que a nadie extrañaría ver condenadas por algunos de nuestros prelados doctrinas que fueron gloria de su Iglesia y a cuyos mantenedores veneramos tal vez en los altares.

     Fuerza es también reconocer que, en esto, el clero no ha hecho más que seguir el abatimiento intelectual de España, aumentado en él por las causas expuestas. Decaído, postrado el genio nacional, empieza hoy a levantarse con la lentitud y languidez de quien tanto tiempo ha vivido como fuera de sí con una vida artificial y prestada. La guerra contra Napoleón I nos volvió a la conciencia de nuestra patria física; aún trascurrirán largos años antes de que entremos en la de nuestra patria espiritual. Pero ¿Ha de permanecer extraña e indiferente la Iglesia hispana al movimiento regenerador que se inicia en su pueblo? ¿Ha de matar su fe en la esclavitud del pensamiento ajeno? Qui spiritum Christi non habet, hic non est eius. Pues el espíritu de Cristo, que es vida y luz y libertad, ¿cómo se ha de compadecer con la muerte y las tinieblas y la servidumbre? Para tener el espíritu de Cristo, se necesita amar el bien con amor sobrehumano; para tener el espíritu de Cristo, se necesita merecer su gracia, consagrándole enérgicamente todas nuestras potencias; para tener el espíritu de Cristo, se necesita algo más, mucho más, que esa obediencia pasiva y esa resignación inerte. El servicio de Dios pide hombres, no máquinas; pide sacerdotes cristianos, no gimnosofistas ni fakires orientales.

     Bajo esa inspiración nobilísima es como el clero español puede únicamente, revindicando su personalidad, levantarse a su antigua representación, engrandecida por los medios que le ofrece una civilización superior a la del siglo decimosexto. ¿Qué le falta para recuperar su grandeza? La resolución de quererlo. «Que nuestra Iglesia, al ser católica, tenga tambien valor de ser española.» exclama el Sr. Castro. Que ampare y se abrace al siglo, no para adularlo ni lisonjear sus desaciertos, sino (como ha dicho el Sr. Colmeiro en su contestación), para corregirlo, para enmendarlo, para purgarlo, «con su autoridad, de todo vicio contrario al orden moral y religioso.» El Catolicismo, que «ha modelado al hombre exterior, no ha logrado todavía reformar por entero su vida interior.» Ahora bien, ¿cuál más hermosa mision para «la Iglesia de los Isidoros y Cisneros»?

     Grandes dificultades, de muy diversa índole, se oponen a la próxima celebración de ese Concilio que invoca fervorosamente el Sr. Castro. Merced a ellas, y merced también a la escasa representación de nuestro clero en la sociedad europea, es muy probable, casi seguro, que no presenciará su reunión la generación contemporánea Pero, así como tenemos por indudable la reincorporación, en un tiempo más o menos remoto, al Catolicismo, de todas las comuniones cristianas, de igual suerte abrigamos la firme persuasión de que el Concilio se reunirá, pese a quien pese. No es una profecía; es un presentimiento, común a cuantos piensan en el porvenir del Evangelio (180). Mientras llega ese día, que guarda numerosos triunfos para la Iglesia hispana, llamada, cual en el siglo de su mayor prosperidad, a ser glorioso instrumento de los designios de la Providencia, iniciando una nueva edad en la educación religiosa del mundo civilizado, deber es de tan encumbrada institución prepararse para continuar dignamente las tradiciones de su memorable historia. Sea como siempre fiel al Catolicismo y a su augusto Jefe, pero no por consideraciones políticas, por intereses pasajeros ni por conveniencias exteriores; sino por la idea católica misma; que es -al decir del Sr. Castro- ser católico a la española. Desligue en su pensamiento cualquier otra causa humana de la causa divina que está encargada a su sabiduría y su prudencia, y confiando más en sí propia, reflexione en el poder moral que a sus ministros promete una piedad más sólida y varonil, a un tiempo en Dios y en lo que tiene de más noble el hombre.

     Ninguna nación de nuestra importancia material y de nuestro pasado se encuentra hoy en Europa, en situación quizá más favorable para estudiar los problemas del siglo, ni más libre de compromisos para el día de las soluciones. Nuestro apartamiento de las grandes potencias, el olvido en que nos tienen y la ignorante presunción con que nos juzgan: todo debemos aprovecharlo en esta como resurrección de nuestro carácter patrio y hacerlo concurrir a la prosecución de nuestro común destino. Meditemos en él, en nuestra significación histórica, en los medios que poseemos, hasta en los reveses con que dolorosamente compramos la experiencia de una vida, a cuya luz apenas comenzamos a abrir los ojos. Maduremos en la soledad nuestro pensamiento; y cuando tengamos segura conciencia de lo que somos y de lo que podemos realizar, entraremos por propio derecho en ese desdeñoso areópago que dirige la cultura europea. Para ella conquistamos en otro tiempo un mundo; y la vocación de los pueblos no se agota en un día.



- VIII -

     Tales son, en pálido bosquejo, las principales reflexiones que ha despertado en nuestro ánimo el discurso de que nos hemos ocupado. Mezclando nuestro pensamiento al de su autor, bajo cuya inspiración lo creemos nacido, no pretendemos de ningún modo hacerlo responsable de opiniones expuestas con el calor propio de quien, ni por sus méritos ni por sus años, ha alcanzado esa serenidad incontrastable que en la obra del Sr. Castro resplandece, y que templada en los prolijos combates de una vida fecunda, levanta al hombre sobre la región terrena donde a los más sólo nos es dado luchar áspera y desabridamente. El acierto que pueda hallarse en lo que precede, al sabio profesor corresponde; de los errores, culpésenos a nosotros.

     De propósito hemos evitado referirnos al desatentado divorcio que algunos imprudentes, muchos

quizá, intentan establecer entre el Catolicismo y la libertad, o lo que es igual, entre la Religión y el Derecho. No vamos a tratar aquí de las relaciones esenciales que entre uno y otro principio existen. Para nosotros, ambos están indivisiblemente enlazados en la unidad del hombre y su destino. Para nosotros, el neo-catolicismo es el último ¡ay! del absolutismo espirante, que en vano busca una salvación imposible en una alianza más imposible, si cabe, todavía. Grandes bienes deberá el siglo a esa escuela, que tiene, como todas, un fin histórico que llenar; porque ni las escuelas ni los partidos viven del puro error, del acaso y la nada. Pero, a pesar de esto, y a pesar del favor que sus doctrinas logran en poderosos círculos del mundo católico, no es menos cierto que esa secta desaparecerá conforme se vaya cristianizando la sociedad humana, porque el Cristianismo es quien ha dicho: nihil dulcius aut utilius libertate.

     Mas si, esencialmente, no hay ni puede haber género alguno de antagonismo entre la religión del Mesías y la libertad fundada por ella sobre bases indestructibles, acontece con harta frecuencia, en la división que aqueja al espíritu contemporáneo, que los amigos del Catolicismo son enemigos de la libertad, y que los amigos de la libertad son enemigos del Catolicismo. En tal situación, la conducta del hombre sincero que ama por igual a entrambas cosas, está a nuestro entender determinada por la naturaleza de las cosas mismas: defenderá su fe contra toda suerte de adversarios, cualesquiera que sean sus convicciones políticas; defenderá sus principios políticos contra todo aquél que los combata, ahora participe, ahora no, de sus creencias religiosas. La Religión no conoce partidos, como la política no entiende -esto es, no debe entender- de profesiones de fe ni de controversias dogmáticas. Desechemos la vieja herrumbre y acabemos para siempre con ese medroso afán que, soñando imposibles discordias, pugna por concluir inútiles treguas entre dos causas que reputa hostiles, sin resolverse a seguir las dos, ni a abandonar una por otra. El tiempo es llegado en que los hombres vivan unidos en cada fin social con los que comparten su pensamiento, aunque deba separarse de ellos para la realización de los demás fines. Y puesto que se empieza a reconocer esta ley en la sociedad humana, formemos ardientes votos porque esfuerzos como los del señor Castro apresuren su definitiva consagración en el derecho positivo de todos los pueblos.

1866...

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