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Los católicos viejos y el espíritu contemporáneo



- I -

     Nuestros lectores conocen el movimiento que, a consecuencia de la declaración de la infalibilidad pontificia, se ha iniciado en toda Europa, sobretodo en Alemania, en sentido de una restauración del dogma y disciplina primitivos de la Iglesia católica contra las últimas reformas llevadas a cabo desde el concilio de Trento y que parecen tender a concentrar más y más cada vez toda la vida religiosa en manos del sacerdocio, toda la autoridad del sacerdocio en los obispos, y todo el poder de los obispos en el Papa. De aquí el nombre de neo-católicos, que suele darse a los partidos de esta gradual anulación del elemento laical en la Iglesia y de esta abdicación del clero en el Jefe de la cristiandad: de aquí, por el contrario, el de católicos viejos, que adoptan los defensores de lo que estiman verdadera tradición y régimen puro y propio de la comunión a que pertenecen.

     Este movimiento venia haciéndose notar desde el Tridentino, donde por cierto los prelados españoles no se mostraban tan solícitos y obsequiosos cual hoy ante las pretensiones del Pontificado; pero se hizo, sobre todo, evidente, desde las revoluciones del siglo XVIII, manteniéndose, sin embargo, ambas tendencias contrarias dentro de la unidad exterior de la Iglesia: la ultramontana, preponderante, y su antagonista, mal mirada por los altos poderes eclesiásticos, aunque acariciada a veces en los momentos de peligro; sirva de ejemplo Pío IX en sus primeros años de reinado.

     Pero la división no podía menos de estallar, y ha estallado con efecto. Los católicos viejos son los hijos legítimos (rechazados por sus tímidos primogenitores) de aquellos católicos liberales que en Bélgica y en Francia se esforzaban por evitar el divorcio, de día en día más profundo, entre el espíritu contemporáneo y el que en la corte de Roma y en el alto clero por lo común prevalecía.

     Coincide este movimiento con otro análogo que en el seno del protestantismo ha venido operándose en los últimos tiempos bajo la influencia, sobre todo, de la Filosofía novísima y de los estudios lingüísticos e históricos. Los progresos de la Metafísica y de la Filosofía de la historia, el estudio de las religiones comparadas, la exégesis bíblica, han producido la división del protestantismo (sobre las interiores divergencias de sus infinitas confesiones) en ortodoxo y heterodoxo, el último de los cuales, merced a una serie lógica, ha concluido por negar todo principio sobrenatural.

     Estas direcciones parciales, combinadas con otras, provinientes, ora de las ciencias de la Naturaleza (Moleschott, Büchner, Vogt), ora de las sociales y jurídicas (Comte, Proudhom, Buckle), han engendrado su natural resultante. Veámoslo.

     El espíritu de la sociedad contemporánea, en punto a religión, se halla profundamente dividido en tres grandes tendencias: la dogmática o autoritaria, la racionalista y la atea.

     La tendencia autoritaria, partiendo de que la Religión es una obra sobrenatural, cuyos dogmas, sólo en parte accesibles a la humana inteligencia, han sido revelados por Dios, y de cuya verdad dan testimonio milagros inexplicables para la ciencia y reverentemente aceptados por la fe, declara que, no al hombre en general, sino al sacerdote, mediador entre éste y Dios, toca el sagrado depósito de las creencias; que únicamente a las autoridades religiosas es lícito declarar, interpretar, modificar y hasta destruir; sin que los fieles hayan de ejercer otra función que la de dóciles creyentes, cuyo asenso se plega a todas las decisiones de sus dogmatizantes.

     La tendencia racionalista, cuyo lema es Religión natural, dice proceder de la actual insuficiencia de todas cuantas religiones positivas, hasta hoy, han aparecido en la historia; reconoce la necesidad de un vínculo real entre Dios y el hombre, declarándolo puramente natural y racional, y rechazando todo elemento dogmático, todo misterio, toda revelación y todo milagro. La existencia y providencia de Dios y la inmortalidad del alma son quizá los únicos principios comunes a toda esta dirección, que en Francia y en América reviste un carácter esencialmente sentimental y moral, e intelectual por excelencia en Alemania, donde Dios es tan sólo el Ser absoluto, no el Dios vivo, y la religión se absorbe casi por completo en la Metafísica.

     La negación conjunta de todos estos principios constituye el ateísmo, que, dígase lo que se quiera, en sana lógica, no puede provenir sino del materialismo.

     Es el ateísmo el menos confesado exterior y públicamente (ateísmo teórico) y sin disputa, el más profesado y seguido en la intimidad del espíritu contemporáneo y en su conducta diaria (ateísmo práctico). No es lícito clasificar en otro grupo a la inmensa mayoría de los hombres de hoy, que absortos en los negocios particulares de la vida, tienen su pensamiento perpetuamente alejado de Dios y de las cosas divinas, por más protestas que a cada instante les arranquen las manifestaciones anti-religiosas. Viven éstos sin religión alguna, aunque en los más de los casos la rutina, o el bien parecer, o motivos semejantes, les lleven a ejercitarse mecánicamente en las prácticas de tal o cual culto, por lo común aquél en que han nacido o el que hallan más en boga a su alrededor: hipocresía a veces cándida (si así puede decirse), a veces profundamente escéptica y volteriana, y que suele perpetuarse con temeridad sacrílega hasta la hora solemne de la muerte!



- II -

     En tal orden de cosas, ¿qué porvenir aguarda a la dirección iniciada por los católico-liberales y resueltamente llevada a sus naturales consecuencias por los viejos católicos?

     Comenzaron estos por afirmar que no venían a destruir, sino a mantener el sagrado y tradicional depósito de las verdaderas y primitivas creencias de la Iglesia a que pertenecían. Pero una aspiración semejante llevaba consigo la necesidad ineludible de investigar cuáles eran estas creencias, empresa erizada de dificultades, ya que el dogma de toda religión positiva aparece primero oscuramente formulado, y se desenvuelve después, según los progresos de la Teología, llegando en este desarrollo a doctrinas sumamente diversas a veces de las que en su punto de partida encerraba, y que, lejos de ser consecuencia rigorosa de aquel primordial germen, expresan desviaciones y superfetaciones debidas a causas históricas de muy varia naturaleza.

     De aquí se han visto lógicamente obligados los católicos viejos a ir examinando y desterrando de su credo gran número de las afirmaciones hechas por la Iglesia: movimiento de exclusión que sigue indeclinable su curso y cuyo término es muy difícil prever. En el momento actual, coincide con muchos de los principios profesados por las comuniones protestantes, las cuales procuran, generosa o interesadamente, detener la nueva evolución en el límite a que hoy ha llegado, concertándose con ella, no sobre una base común más amplia y racional, sino sobre sus dogmas particulares, concierto que reduciría a los católicos viejos al papel de una confesión más entre las infinitas engendradas por la Reforma. Pero ¿podrán conseguir su intento los autorizados varones que en nombre de ésta felicitan a los disidentes de Roma? Tan aventurado sería responder afirmativa como negativamente. Quizá los católicos viejos, alarmados por el estado del mundo, y sin ánimo de romper con el carácter sobrenatural y revelado del Cristianismo, se detengan y vengan a formar una más, entre tantas comuniones cristianas. Quizá, al ver que la cuestión religiosa ha entrado en una nueva faz en las naciones civilizadas, en la cual ya no se trata para los espíritus sinceramente piadosos, de decidir entre Catolicismo y Protestantismo, sino entre Religión natural y Religión revelada, tomen partido por la primera, a semejanza de lo que en el seno de la Iglesia reformada ha acontecido con Channing, Parker, Nicolas, Reville, Coquerel, y tantos otros, y renuncien, ora a los dogmas positivos, ora a las prácticas exteriores del culto, ora a entrambas cosas juntamente.

     De todos modos, no cabe negar que la excisión producida entre Roma y los católicos viejos es un nuevo elemento traído a la solución de tan gravísimo problema. Que esta solución haya de venir de parte de los que aspiran a mantener intacto el dogma literal de las diferentes confesiones cristianas y la organización eclesiástica de éstas; o de los que, abdicando toda su vida religiosa en las autoridades de su comunión, están dispuestos a seguirlas en todo ciegamente; o de los que, bajo el nombre de Religión natural, rechazan todo principio de la razón científica y declaran no obedecer a otra guía que al sentimiento y a las creencias individuales, cuyo examen sólo sirve, en su opinión, para dividir a los hombres y para apartarlos de la piedad espontánea y sencilla; o de los que, por el contrario rechazan todo vínculo social religioso y todo culto externo, afirmando (viva antítesis del ancilla theologiae) que el reconocimiento de Dios y de sus propiedades absolutas es la sola religión digna de la Humanidad, séanos lícito ponerlo quizá en duda. Que proceda mediante una trasformación gradual del sentido, doctrina, prácticas, organización de las comuniones cristianas, tal vez es menos imposible; y en este caso, la obra de los católicos viejos puede adquirir inmensa trascendencia.

     ¡Ay de los pueblos, cuyo espíritu no se interesa por estas graves cuestiones!



Junio 24 de 1876.

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