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Estudios y reseñas / Viriato Díaz-Pérez; Introito, presentación texto aparecido en Helios, de Madrid, noviembre de 1904

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Estudios y reseñas


Viriato Díaz-Pérez





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Introito


Viriato Díaz-Pérez, varón de intelectualidad extraña


Viriato Díaz-Pérez es un varón de intelectualidad extraña. Muy joven, tiene para la vida la pasión de escudriñamiento que suele ser privativa de los que habiendo ya vivido mucho, sienten curiosidad es acerca del porqué y el cómo se vive. Así -perseverante y sereno- viaja y estudia: y como busca para sus viajes los rincones desconocidos de la Patria, busca para sus estudios los del espíritu, y es teósofo.

En su estudio Supernaturalismo práctico propónese hacer llegar al corazón algunas de esas ideas tantas veces sentidas y tan pocas veces expuestas, que vienen comprendiéndose modernamente dentro del término Ocultismo. Sin emplear la terminología a veces incomprensible de que suele hacerse uso en estos estudios háblase en el publicado en Sophia de esos fenómenos extraños que suelen llegar hasta nosotros desde un mundo misterioso que no conocemos, pero que no por eso hemos de negar. Y se habla de estos fenómenos, en sus relaciones con la vida, con los ideales, con el arte, haciendo caso omiso de lo clasificado, de lo establecido, deseando ante todo llegar al alma, a la intuición.

He aquí algunos párrafos:

Cuando se ve esa línea de artistas y creadores, a cuyo frente resplandece el místico Maeterlinck, caminar   -6-   espontáneamente hacia un arte verdaderamente grande, la esperanza fortalece el espíritu. Porque allá en un horizonte lejano y melancólico parece que se nos anuncia, con el crepúsculo de los antiguos ídolos, el nuevo panteón de las verdades futuras. El Misterio y lo oculto reinan en este nuevo mundo de pálidas visiones... No sabremos de qué está poblado el éter que nos separa de lo venidero; pero si por hoy no puede decirse otra cosa que incipit Zarathustra, allá en el mundo de lo fantástico, ya hoy presentido como maravillosamente positivo, nos ofrecen grandes promesas nuestros destinos.



Después de exponer algunos fenómenos verdaderamente extraños para apoyar sus afirmaciones, continúa:

El aura de lo misterioso rodea nuestro conocimiento y desconcierta nuestros juicios. No sabemos cómo resistir los asaltos de lo incognoscible, las imposiciones de lo maravilloso, la ruina de nuestras viejas fórmulas pseudocientíficas y de nuestras insatisfactorias soluciones religiosas... Y en medio de las arideces de la observación, brotan, lógica, o ilógicamente, extrañas supervivencias de vida y de espiritualidad, donde parecía no haber sino el vacío y la muerte. Yo creo, yo aseguro, que a veces he sentido estas supervivencias, y que seguramente la fe y el entusiasmo de aquellos silencios hermetistas medioevales, de aquellos Van Helmont y Paracelso aún hoy incomprendidos, no tuvieron otra base que este mismo sentimiento. Aquellos pensadores, espíritus de consciencia profunda, buscaron la vida en las cenizas de la muerte, y sus operaciones de magia   -7-   no fueron sino una protesta contra la pasividad y el mutismo de las cosas. Yo creo, como ellos, en la persistencia de la energía a través de vidas infinitas... No de esa energía tal vez mecánica originada por las últimas vibraciones de un impulso creado en un determinado momento, sino en la Energía animada por el Deseo y sujeta a manifestaciones y exteriorizaciones infinitas por la eterna Ley de causa y efecto.

Una energía simplemente mecánica podría explicar, tal vez, ciertos hechos; pero ¿y los otros? Martins hace observar que el corazón puede latir aun algunos momentos después de haber sido separado del cuerpo; todos sabemos que la cola de ciertos reptiles se agita y enrosca convulsivamente cuando es separada de su tronco... Extraños fenómenos son éstos, en verdad, y aún se pudiera hablar de otros muchos. Algunos sorprenderían al espíritu más seguro y convencido. He aquí uno: quemad una planta y encerrad rápidamente sus cenizas en una retorta. Para el observador vulgar, allí no hay sino unos inanimados restos separados en absoluto, y por manera definitiva, de la fuerza que les determinara en otro tiempo como algo viviente... Mas hoy se sabe, que si se derraman algunas gotas de agua sobre esas cenizas y se las somete a una suave temperatura, se vislumbrará cierta nebulosa agrupación molecular, que por un fenómeno extrañísimo tenderá a tomar la forma de la planta extinguida... violentamente extinguida... Ante este hecho sorprendente, hemos de confesar que allí en aquellas cenizas existía un deseo de vida, un deseo vago, confuso, el deseo de una «conciencia vegetal». Y he aquí que   -8-   en el mundo, para nosotros inconcebible de las plantas, nos vemos obligados a admitir la existencia de un fantasma que, como los espectros de las viejas leyendas, surge cuando puede apropiarse la vitalidad que le es precisa. Este fantasma vivirá acaso incorporándose a la vida de otras plantas -todas se enriquecen, como es sabido, en contacto con las cenizas- y acaso a modo de «vampiro» vegetal, allá en su plano represente lo que es nuestro, esas fantásticas creaciones medioevales que habiendo sido arrancadas violentamente de su existencia supervivían en tenebrosa vida espectral a costa de vitalidades ajenas... Así como ésta, existen muchas vidas ignoradas e inconcebibles para nosotros...

Ahora bien; ¿cómo llegar al conocimiento de toda esta fenomenología aún no estudiada? ¿Hay senderos que recorrer? ¿Existe disciplina alguna para ello? El autor de Supernaturalismo práctico, parece especialmente oscuro al tratar de este punto. Si existen, él las cree privadas. «Se deviene mago como se deviene artista. Un día lo sois». Si alguna vez trata de proporcionar una solución, es mística.

Es preciso vibrar, dice, al unísono con la naturaleza para realizar el milagro hermético de la adquisición de la luz. Hay que sufrir todo el sufrimiento, como hay que vivir toda la vida, agotando nuestro pasado, nuestro karma. Mientras vibre en el espacio un lamento que no nos impresione, no interroguemos a lo desconocido. Porque el alma debe escuchar cada lamento de dolor, como abre su corazón el loto para beber del Sol los rayos matutinos.

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En la edad media, que es la edad de la injusticia y de la infamia, no otra cosa que una acumulación de dolor en unos mismos corazones, engendró la hechicería. Michelet, en una obra sorprendente hace nacer la Bruja del supremo martirio de las campesinas ultrajadas...



Esto que parece abstruso está justificado sin embargo más adelante. Si existe en efecto, una Energía universal e infinita sobre la que ha de operarse forzosamente como molde de todas las creaciones y sobre la cual, como de protoplasma primitivo han de derivar todas las formas, el ocultista no puede encontrar en ella nada ajeno a él mismo, y a la vez las alteraciones de las Formas (y toda alteración es producto del Dolor) no le han de ser indiferentes. Porque en el kosmos «todo es un vehículo de la Energía universal que tiende a la liberación movida por el estímulo del dolor, que no es sino el acto de adquirir experiencia... El mago, pues, lo será, en tanto comprenda ese latido universal y secreto que vibra a través del universo, uno para el pensador, y vario para el vulgo. El ocultista lo será en tanto sepa escuchar esa voz muda que brota de lo inanimado. El místico lo será asimismo en tanto pueda escuchar el himno secreto de la Naturaleza y de la Vida en la infinita variedad de sus formas...».

Helios - XI - 1904



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Sentimiento de la España moderna acerca del pueblo israelita


Con satisfacción que no oculto vengo esta noche, distinguidos amigos y hermanos, amablemente instado por el núcleo de humanitarias damas israelitas que organizaran esta velada, a conversaros sobre un tema tal vez poco ameno y que reclama vuestra benevolencia, pero que en ninguna otra ocasión podría ser abordado con mayor oportunidad, con mejores probabilidades de engendrar resultados morales, ni ante público más adecuado.

Una rápida ojeada sobre ciertos hechos que puedan hacer conocer a muchos de vosotros cuál es el sentimiento de la España moderna acerca del perseguido y calumniado pueblo israelita siempre me pareció, por otra parte, noble tarea necesaria, ya por los datos novedosos y reivindicadores que podría poner de manifiesto, ya por un cierto deber de reparación histórica que a muchos debiera interesarnos, ya, en suma, por ese anhelo innato que nos lleva sobre todo y contra todo, a comunicar a nuestros semejantes la verdad o lo que sinceramente se nos presenta como tal.

Y esta verdad, es, señores, que: si en la actualidad existe alguna nación destinada a brindar de corazón su abrazo de hermano ¡de antiguo hermano separado por rencores ya extinguidos!, al errante pueblo de Israel, esa nación, os lo aseguro, es la española. Y esto es lo que voy a intentar llevar a vuestro ánimo.

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¿Precisaría, previamente, recordar cuál es la situación del pueblo hebreo en la generalidad de las naciones donde silenciosamente unas veces, trágicamente otras, soporta en el presente su destino?

¿Sería necesario evocar ante vosotros el cuadro de horrores que en nuestros días de innegable progreso, ofrecen numerosos estados cristianos, persiguiendo con saña tartárica, al pueblo cuyos antepasados escribieran el Eclesiastés?

No. Todos sabéis, y muchos -me consta- por experiencia propia, cuánto dolor, cuánta tristeza, cuánto sufrimiento se han sumado, en nuestros días de libertad y de progreso, a los antiguos flagelos que cayeran sobre vuestra laboriosa raza. Todos sabéis cuánta amargura se derramó en nuestros días de socialismo y humanitarismo sobre vuestra honrada estirpe no repuesta aún del terror de las hogueras inquisitoriales, del despotismo feudal y de las brutales persecuciones de los populachos antiguos y modernos.

No es preciso, es más: no es conveniente, evocar las ceguedades estigmáticas de días demasiado antiguos o de momentos demasiado modernos. No deseamos resucitar rencores; intentamos olvidarles.

Consignaremos si, de pasada, y con dolor, hasta qué punto nuestra presente época que llegara a lo divinal en el sendero de la ciencia; que humanizara el rígido derecho antiguo llevando a él las auras evangélicas del sentimiento; que lograra acercar los sacerdotes de las más opuestas creencias en su maravilloso Congreso de las Religiones y tendiera su mano redentora al obrero y al humilde de todos los países; se olvidara, no obstante, de compartir sus   -13-   conquistas de humanidad, con un pueblo inteligente y honesto que hace miles de años, cuando Europa aún era un conjunto de hordas salvajes, ya había escrito el Cantar de los Cantares y entonaba los Salmos de David.

Ese pueblo en nuestros días de «libertad, igualdad y fraternidad» no ha podido vivir, sabido es, en la mayor parte de los países civilizados, sino en un régimen denominado «de excepción».

Así, por ejemplo, hace unos treinta años, un edicto de Alejandro III, producía en Rusia un nuevo éxodo de este pueblo que tantos registra en su historia. Las poblaciones hebreas de Rusia desde Ekaterinoslaw hasta Vilna eran saqueadas, destruidas, teniendo sus hijos que huir de sus hogares como en tiempo de los romanos o en la Edad Media... Y todavía ahora, no obstante algunas reacciones, los hebreos rusos, viven sujetos a una legislación especial. Se les permite por un ucase vivir en determinadas regiones; se les prohíbe habitar en otros, aquellos en que reside el Zar o la familia imperial...

En Rumanía se acentúa más el rigor. Con los militares hebreos se utiliza el conocido procedimiento de acusarles de traición para inutilizarles. Se mancillan las mujeres. Al hebreo enfermo se le admite en los hospitales si es caso utilizable para la experimentación (Moniteur Officiel, 18 febrero de 1896).

En Alemania e Inglaterra, donde se les trata más benignamente sienten, no obstante, el peso de una opinión que no por manifestarse menos violenta deja de ser desalentadora. Ciertamente en Londres son utilizados jornaleros judíos que deben trabajar   -14-   doce horas diarias; pero no será en condiciones tolerables cuando tratándose de un pueblo laborioso se da el caso de que en las calles londinenses se registre la cifra de doce mil desocupados hebreos...

En Nueva York, donde hay más de 200.000 hebreos, muchos de ellos trabajan hasta no ha mucho diez y ocho horas diarias para ganar seis dólares por semana.

En cuanto a Francia, frescos estaban hace pocos años los trágicos recuerdos del famoso affaire, revelando la existencia de un torbellino de odio, largo tiempo contenido, que hizo su explosión en los atropellos perpetrados en las calles de París, al grito anacrónico e insólito de «¡Escupid a Zola! y ¡Mueran los judíos!».

No acusamos al exponer estos datos; constatamos hechos que darán valor a lo que vamos a divulgar.

Y llega el momento de preguntar: ¿cuál es el sentimiento de la moderna España intelectual y oficial acerca de este pueblo al que ella expulsara en la Edad Media?

Bien distinto de como la generalidad lo imagina.

La España actual no es la de la negra leyenda. Su historia escrita por enemigos y parciales, necesita de una revisión. Su tantas veces citado fanatismo de otrora, efecto fue de los tiempos y no de los hombres; mancha general de Europa y no estigma particular hispánico. Eso, además, pasó; y obstinarse en juzgar del presente por el pasado de la mala leyenda equivaldría a querer cerrar los ojos a la luz de la investigación. No puedo detenerme   -15-   sobre el particular, pero os aseguro que desde el antiguo sentimiento español acerca de los hebreos, al sentimiento actual, hay la misma distancia que de Torquemada y Cisneros, a Ramón y Cajal, Pérez Galdós y Benavente...

Manifiesta tendencia existe en España, no ya favorable a los hebreos, sino de franca y consciente simpatía hacia ellos.

Se diría que era como el cariño de esos hermanos distanciados por extintos rencores, que en un día bendecido por Dios abren sus brazos atraídos por la fuerza invencible de un destino o de un pasado comunes. Pues no hay por qué negarlo: semitas fuimos. Semitas los fenicios y cartagineses que poblaron nuestras costas. Semitas los árabes y hebreos que siglos y siglos convivieron nuestra vida proporcionando a Europa la belleza, la ciencia y el esplendor que iluminan la tenebrosidad de la Edad Media...

La intelectualidad española condena unánime la expulsión de los judíos. Conoce las causas que la motivaron y explica el hecho desde el punto de vista del momento histórico, pero no la justifica. Se sabe hoy con certidumbre que una de las causas que influyeron en la decadencia moral y material en que cayera España bajo la dinastía de los Austrias, fue la expulsión de los hebreos. Ellos se llevaron nuestro comercio, nuestras industrias, nuestros brazos y mucho también de nuestro pensamiento. A ellos pertenecía Spinoza, nervio filosófico de una época; de ellos descendía el gran Disraeli; de ellos los numerosos sabios que pasaron a enriquecer la ciencia de otros países.

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Recordando pues el pasado y con un sentimiento de reparación histórica, la intelectualidad española ha influido en la prensa, en el libro, y hasta en las esferas oficiales promoviendo un estado de opinión favorable a los hebreos, que si por el momento no ha producido por desgracia, resultados decisivos, servirá de base para algo más definitivo en lo futuro. He aquí algunos hechos que lo anuncian:

Cuando la expulsión decretada en Rusia (1881) muchos hebreos se dirigieron al ministro de España en San Petersburgo pidiendo auxilio para venir a la península.

El ministro de Estado, Marqués de la Vega de Armijo (15 de junio del mismo año) comunicó por telégrafo una Real Orden, que dentro de su laconismo era elocuentísima. Decía así:

S. M. me encarga diga a V. E. que: tanto S. M. el Rey como el Gobierno recibirán a los Hebreos procedentes de Rusia, abriéndoles las puertas de la que fue su antigua patria.



Simultáneamente el ministro de Constantinopla comunicaba un verdadero alegato en pro de la repatriación. Se le contesta favorablemente.

Sabido es que los estados balcánicos se negaron a admitir los expulsos; y, como el Gobierno de Berlín no quiso reconocerles los derechos de ciudadanía, nuevas peticiones se produjeron.

El Gobierno español -aunque en Europa dado el exceso de población no se favorece la inmigración- proporcionó el transporte gratuito de 51 hebreos que desembarcaron en Marsella, donde el cónsul Marqués de González, les envió a Barcelona (septiembre del mismo año 1881).

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Más tarde, en 1891, los judíos de Odessa, solicitaron igualmente venir a España. A la petición del ministro español en Rusia, Conde de Rascón, con testaba el Gobierno con una Real Orden en la que había párrafos como éste:

... las leyes de la Nación no se oponen en lo más mínimo a que los extranjeros que así lo deseen vengan a establecerse a la Península, como y cuando les parezca, en la inteligencia de que estas mismas leyes les garantizan, como a cuantos no profesan la religión católica, la más completa y absoluta libertad de conciencia, y por consiguiente, que no necesitan autorización especial para venir al Reino, cuya entrada tienen siempre franca y expedita...



Entre estos antecedentes que bien elocuentemente demuestran cuál es la opinión que pudiéramos denominar Oficial, figura la brillante y honrosísima campaña que ante el Senado español, realizó el notable escritor, y hombre de ciencia doctor don Ángel Pulido Fernández, campeón entre nosotros de la llamada «repatriación hebrea».

No era esta, la primera vez que las Cámaras españolas escucharon acentos de simpatía hacia el israelita. Desde la inolvidable oración en que el gran Castelar defendió el pueblo hebreo contestando al padre Manterola, hasta nuestros días varias veces resonaron allá voces de aliento para el pueblo perseguido. En 1887 el presidente del Consejo de Ministros don Práxedes Mateo Sagasta, contestó categóricamente a una pregunta que le hiciera el diputado republicano don Eduardo Baselga (tarde del 11 de febrero de dicho año) manifestando que: los israelitas que desearan venir a España se encontrarían   -18-   en esta su antigua patria amparados en los artículos 2.º y 11.º de la Constitución, pudiendo gozar de todos los derechos civiles y lejos de las ominosas leyes de excepción vigentes en otros países.

Pero la sola actitud del senador doctor Pulido, demostraría indubitablemente la exactitud de nuestras palabras, si otros datos no hubiera.

La memorable sesión del Senado español, de 13 de noviembre de 1903, memorable desde el punto de vista de la cultura y de la humanidad, coloca a la calumniada España, siquiera en este punto -para algunos insignificante, para muchos miles de seres transcendente- a la cabeza de las naciones europeas.

En dicha sesión el senador Pulido se dirigió al ministro de Estado, Conde de San Bernardo, en elocución brillante, documentada y hábil exponiendo el problema de la «repatriación» desde el punto de vista de los intereses nacionales y de la expansión del idioma patrio; historiando e ilustrando luminosamente la cuestión; e indicando medidas conducentes a transformarla en un hecho de interés nacional. Resonancia mundial alcanzó este hecho de que en el Senado español tratase el punto de la repatriación de los hebreos; y una interesante e importante corriente de intercambio se produjo entre escritores españoles y sabios israelitas de diversos países.

Pero escuchad aún.

Cuando las más altas representaciones de la diplomacia europea dirimían en la célebre Conferencia de Algeciras los espinosos problemas de la cuestión de Marruecos, en los momentos en que entraban en juego todas las ambiciones y todas las rapacidades   -19-   apenas encubiertas con pretextos diplomáticos, una voz se levantó para hablar de algo que no era cálculo e intereses, una voz aislada y digámoslo de una vez, quijotesca, que salía a recabar apoyo para el pueblo hebreo sujeto en Marruecos a continuos atropellos: era el representante español don Alfonso Merry del Val, que logró hacerse oír influyendo en la suerte de los desdichados parias del Mogreb.

Más tarde, en 1910, una bárbara persecución típicamente africana, sumía en el terror a la indefensa población judía de Marruecos. Terrible azote caía sobre los desdichados hijos de Israel que en las Alcazabas de Tánger veían rodar las cabezas de sus hermanos bajo el alfanje marroquí.

Una vez más el representante español salió a la defensa hebrea, haciendo intervenir la acción protectora de su Gobierno.

Veamos ahora, en otra dirección, cómo la intelectualidad, a su vez e independiente del elemento oficial, en la prensa, en el libro, ha contribuido constante y desinteresadamente a difundir sentimientos de simpatía y apoyo hacia el israelita.

El Liberal, El Globo, La Ilustración Española y Americana han publicado numerosos trabajos en tal sentido, debidos a hebreos unas veces, a españoles otras.

En Madrid se creó (30 de septiembre de 1886) un Centro español de Inmigración Israelita. Entre los partidarios de esta tendencia se hizo general la denominación de «españoles sin patria» o de «españoles desnaturalizados topográficamente» para designar al millón de hebreos de origen español que   -20-   existe diseminado por la tierra, entre los diez millones de hermanos que forman en la actualidad el disperso pueblo de Israel.

Se especializaron en esta tendencia personalidades como el Marqués de Hoyos1; el culto director de Aduanas don Juan B. Sitjes; el señor Polo de Bernabé, encargado de la Sección de Comercio del Ministerio de Estado; el senador doctor Pulido, verdadero paladín de la causa; el distinguido poeta y diplomático don Antonio de Zayas, marqués de Cavaselices -estimado amigo nuestro- que redactara en Constantinopla una notable Memoria (agosto de 1897) sobre el estado social y político de los 125.000 hebreos españoles residentes en Turquía, Rumanía y Bulgaria; y otras no menos importantes.

Se dio el caso, en suma, de un joven escritor andaluz muy conocido en Madrid y amigo nuestro, don Rafael Cansinos Assens, que se declaró públicamente de origen hebreo, con palabras de veneración para la raza de sus antepasados, demostrando con este hecho la inmensa distancia que media entre España donde hoy puede hacerse ostentación de ascendencia semita, y otros cultos países donde ésta se oculta como una indicación peligrosa.

A un llamamiento que hizo el doctor Pulido para enviar obras de literatura moderna a los hebreos   -21-   sefardíes, acudieron notabilidades literarias de la talla de Pérez Galdós, Echegaray, Valera, Menéndez Pidal, Navarro Ledesma, Palacio Valdés, Condesa de Pardo Bazán, Pérez Nieva, Altamira, Eusebio Blasco, Carracido, Pérez y González... Y a ella se adhirió el Ministerio de Estado cuyo secretario era el distinguido americanista señor Rodríguez San Pedro.

En vista de estos datos, que no aumento en honor a la brevedad, se comprende, en resumen, que el actual movimiento de opinión que patentizan, ni es momentáneo, ni pudo surgir inopinadamente sin la existencia de profundas raíces, de inestudiados pero innegables antecedentes en el país.

Y esta es la verdad. Mientras se hablaba por esos mundos de una España medioeval, y enemiga de los judíos, los más grandes cerebros españoles labraban defensas entusiastas de ellos, entre las que figura como página de oro el célebre panegírico que hiciera en el Congreso, el genial Castelar, contestando al padre Manterola, en las Constituyentes del 69.

Yo por mi parte no encuentro, para terminar, palabras más sintetizadoras y que más de acuerdo estén con mis propios sentimientos -compartidos con los de muchos intelectuales españoles-, que aquellas del gran Pedro Antonio de Alarcón, cuando en su bella y singular obra La Alpujarra exclamara:

Dichosa edad y siglos dichosos aquellos, en que había mahometanos y cristianos en España; en que cada cual luchaba y moría por su fe; en que el idealismo dirigía las acciones... Dichosa edad, sí,   -22-   y siglos dichosos aquellos en que había mahometanos y judíos en España, en vez de ateos, o de pirrónicos; y en que se sublevaban los pueblos por su fe propia, y no, como hoy, por la hacienda ajena!



(San Bernardino. Sábado 29 de enero. 1916).



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Reseñas y prólogos



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Mayor Leandro Aponte: Silvio Pettirossi


Tiene el Paraguay, entre otras deudas de gratitud para con sus hijos ilustres, dos especialmente lamentables, ya que afectan al recuerdo de figuras preclaras que contribuyeron a realzar poderosamente el renombre patrio allende fronteras. Una de ellas se cancela hoy mediante las páginas que siguen, consagradas a la gesta gloriosa y trágica del gran Pettirossi; la otra, subsiste, dado el olvido imperdonable en que yace el nombre del humanista y poeta que fue Eloy Fariña Núñez, acerca del cual no existe sino el modestísimo ensayo debido al autor de estas líneas, hoy más que nunca, incompleto.

Debemos la primera reparación -que estaba ya tardando- al joven y culto mayor del Ejército paraguayo, piloto aviador militar don Leandro Aponte, que viene a continuar mediante este aporte, la tradición de su apellido, vinculado de antiguo a la cultura y los nobles esfuerzos en la historia patria.

Loable es la contribución del mayor Aponte, que con celo y consagración dignas de la causa, competencia profesional y entusiasmo de patriota, tras larga revisión logra reunir importante material histórico, crítico y rememorativo, referente al malogrado aviador de fama mundial. Préstase mediante dicho ensayo, valioso servicio a la historia nacional, a la vez que se realiza noble obra de exhumación reparadora, y acaso urgente, salvando de la posible desaparición, documentación histórica aún hoy consultable.

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A la vista de la monografía «SILVIO PETTIROSSI», podemos reconstruir en el panorama de un ayer que ya iba esfumándose, el paso triunfal del compatriota ilustre en la historia del dominio del aire.

No era todavía la aviación, en los días de Pettirossi, con pertenecer ellos a un pasado tan próximo, la espantable y perfecta arma aérea que había de introducir, en la paz o en la guerra, un elemento nuevo para el dominio humano, el del aire, inesperado para los que sólo concibieran los de la tierra y el mar.

Perteneció Pettirossi a los días iniciales. Tras las alentaciones de Newbery -hermano en la gloria y la tragedia- que reaniman su genio y entusiasmo, vinieron las múltiples jornadas de entrenamiento que culminan en la consagración, en Francia, donde en 1912, se estudiaba aún en instituciones particulares, y, «le service de l’aviation était encore en période de organisation...».

El mayor Aponte describe minuciosa y documentalmente estos comienzos. Son coetáneos del entrenamiento de Pettirossi. En ellos hay que vencer dificultades inesperadas y múltiples, antes de obtener el brevet militar francés. Después de estas primeras victorias, vemos como se produce algo extraordinario. Pettirossi realiza ante sus maestros las pruebas -sin precedente- para la conquista de la meta mundial en el LOOPING. Y son tan asombrosas, que las autoridades francesas, ordenan se ice la bandera del país del piloto, en el mástil del aeródromo de Duperdussin. Viene después el renombre europeo; el continental más tarde; y Silvio Pettirossi, se anticipa   -25-   a la Guerra del Chaco al unificar la atención mundial sobre el nombre del Paraguay.

Era merecida. Jamás se llegó en el dominio del aire, en lo que luego se diría la acrobacia aérea -que en Pettirossi era simplemente técnica- a la pericia espectacular e impresionante, típica del aviador paraguayo. Multitudes inmensas en diversos países del continente americano, admiraron el arrojo y la genialidad del Ícaro asombroso y audaz.

En 1914, pudo, por fin, contemplar Asunción las evoluciones aéreas extraordinarias del hijo glorioso. La nación entera vibra de emoción. La poesía patria le reserva páginas de una nueva consagración: la del terruño [...] Pettirossi -dice un escritor conocido- «encarna la estética del peligro».

Este peligro no era, por desgracia, inexistente. Había sido sojuzgado en Europa; había sido vencido desde California hasta el extremo de la América hispana. Un día aciago, en la urbe porteña, que viera los triunfos primeros, se rompe la tensión de la gloria... Y la enlutada poesía patria, por boca de Fariña Núñez tiene que entonar el canto elegiaco ante el sacrificio de Pettirossi exigido por un destino cruento. La voz de Fariña Núñez -un compañero de gloria también hoy en el más allá- hace la ofrenda:

Voy a cantar a Silvio Pettirossi con la lira de Píndaro.



Pettirossi, que muere a los 29 años, deja una página indeleble en la historia de la aviación. Su influencia en los progresos de la conquista del aire es indiscutida.

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Había en él, la intuición necesaria para dominar la falla humana y la mecánica. Sólo la fatalidad, lo inescrutable, estuvieron sobre él. Poseía el genio, que asimila, desarrolla y aplica. Estaba dotado de la fe, que sostiene e ilumina; y, sobre todo, del arrojo, propio del héroe.

Quien desee vivir, mediante el recuerdo, lo que fue un momento histórico, único, en la historia de la aviación, cuya cifra es el nombre del gran paraguayo Silvio Pettirossi, hallará elementos evocadores en las páginas del mayor Aponte, consagradas al héroe malogrado, que vienen, meritísimamente, a enriquecer la bibliografía histórica nacional.

Viriato DÍAZ-PÉREZ

Asunción, octubre de 1942.




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Con motivo de un libro en prensa


(Mosaico de Federico García)


Como el hombre ironizado por Shakespeare, poco apto para admirar lo actual, siento yo profundamente la atracción de la poesía que suelen poseer las cosas del pasado, o experimento íntimos deleites espirituales -tan cándidos como llenos de vagas esperanzas- entretejiendo anhelos que sólo podrían tener ubicación en el porvenir.

Tal vez -aplicando este sentir a las cosas humanas- sea ésta una de las causas de la emoción   -27-   estética que siempre hallé, acercándome con respetuosa unción a la venerable ancianidad o contemplando curiosamente, y confiadamente, esos plácidos panoramas que son las almas juveniles aún no internadas en la tenebrosa atmósfera de la vida.

Hay en ellos promesas, albores e intenciones que no suelen ser las de la existencia usual. Brotan a veces entre sus vírgenes paisajes, flores delicadas que algún día manos torpes ajarán; murmuran en sus prados rientes, bellos e inesperados acordes que alguna vez serán estridencias; pululan en sus claras llanuras, tendencias humanas apenas esbozadas, que la indiferencia y la pasividad de las cosas trocarán en manifiestos deseos cuando no en voraces apetitos, y hay también pródromos de cosas nuevas, cuando no ecos de otras tan remotas, que se diría de nuevo nacidas. Son el anuncio del mañana con su nueva palabra: son en ocasiones, recuerdos del ayer con el encanto de su secreto perdido: lo bello que fue, o que debiera haber sido, y por lo tanto aún espera ser: lo humano en suma que renace tenazmente y torna eternalmente, como quieren Vico y Nietzsche cada cual a su modo... Hay finalmente, en tales horizontes cosas fragmentarias incompletas, deficientes y erróneas; pero ingenuas, y que tienen todavía, sinceridad, espontaneidad y romanticismo, extraordinarias cualidades de tiempos ya semilegendarios que aún añoramos algunos irredentos atados a la peña prometeica de lo actual: que es positivismo, cálculo, dolor...

Porque siento así, siempre ante una vida que empieza, ante un espíritu que alborea, ante las cuartillas que alarga tímida una mano inexperta, ante   -28-   todo lo que quiere ser, o, mejor dicho, empezar de nuevo a ser, me mueve el cordial impulso de la alentación, aun sabiéndole frecuente engendrador de desengaños. ¡Qué importan éstos ante el temor de no haber respondido a un corazón que en último análisis, no pidiera sino compartir la áspera lucha, ofreciendo la realidad de sus mejores ilusiones, a trueque de los quiméricos triunfos de la gloria! ¡Qué es el engañarse, una vez más, en el detalle! Suprema tolerancia nos invade al considerar lo poco y lo mal que generalmente nos comprendemos; cuán las almas son impenetrables las unas para las otras, y cómo las mentes al parecer más aunadas, distan entre sí espacios incalculables. Si las líneas generales, más o menos visibles, pueden ser aceptadas y compartibles algunos ideales, conformémonos, y saludemos decididamente al hermano en ilusiones, que adviene, pues así como no hay libro completamente malo, no hay espíritu que en alguna dirección de su motilidad no pueda ser hermano del nuestro.

* * *

Y henos aquí, una vez más, ante la honrosa misión de saludar con algunas palabras, la aparición del primer libro de un espíritu joven.

Tarea es que ennoblece la de reconocer el esfuerzo ajeno. Y ante el que actualmente vemos realizar a la nueva juventud del país, es justo saludar lo que parece resurgimiento. Venía éste retrasándose; hoy, acertadamente encauzado, pudiera pesar en la evolución nacional, tiñendo sus horizontes de visiones de porvenir.

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A esta nueva juventud en la que despuntan nombres que son una esperanza, y, algunos adolescentes presentan ya bagaje más selecto y trascendental que el de muchos de sus predecesores, pertenece el joven Federico García, autor de un manuscrito que en breve será un libro, titulado Mosaico, obra sin gran unidad en su fondo y sin especiales preocupaciones literarias en su forma, pero personal y valiente; espécimen fiel y diáfano de un temperamento que tiende decidido al romántico ejercicio de las letras; nuncio de combates elevados por atrevidos ideales, acaso también germen de polémicas y controversias.

Evidentemente, que Federico García, aun hoy en las aulas universitarias -estudioso en su país y no ha mucho en Europa-, no podía ofrecer en este primer ensayo de su potencialidad intelectiva, otra cosa que un índice de ideaciones a desarrollar en lo porvenir. Pero les avalora con su fuerte nota de independencia de criterio.

Al estudiar, en la Introducción de su trabajo, el ambiente presente de su patria, manifiéstase en abierta oposición con lo falso, convencional y estigmático que halla en ella, y riñe despiadadamente la inevitable batalla de todos los idealistas, cuando lanza en ristre, caminando por la árida llanura -el alma llena de ensueños generosos- tropiezan con las formidables aspas del molino legendario, rutinario y fatal.

Severo es el novel autor en su proceso patrio; pero acaso no ha hecho trabajo inútil; su labor, como las similares realizadas por diversos espíritus en otros países, puede ser conveniente en determinados   -30-   momentos históricos. Sabido es que, quienes como Unamuno y otros en España, por ejemplo, libraron semejante combate, contribuyeron desfaciendo entuertos y persiguiendo gigantes, a promover el resurgimiento anímico y por ende material de la «encantada» nación, tan de antiguo oprimida por innumerables ejércitos de vestiglos y malandrines...

* * *

Forman la segunda parte de estos ensayos algunas narraciones. En ellas Federico García, abandona la tosca clava, por armas mejor pulimentadas, y rinde tributo a los manes literarios. «Flora», primera de dichas narraciones, es la exhumación simbólica de un conocido y doloroso drama que fuera tejiendo raíces en el corazón del autor, quien bajo fabulación romanesca, novela la muerte trágica del malogrado Carlos García, su hermano, y sugiere el momento social del drama, ironizando amargamente sobre hombres y cosas de la época, y estetizando el fatal episodio.

«Agua clara» es un idilio nacido al calor de los íntimos recuerdos del rústico lar, en el que, como en «Flora», no se velan efervescencias juveniles exacerbadas por la lectura de algunos literatos del amor.

Bien se ve que cristalizaron estas ideaciones en el período en que su autor, sin el insustituible concurso del tiempo, sin la previa y penosa labor depuradora y sin haber hallado aún la personal técnica, rendía excesivo homenaje a determinados maestros. Se trasunta entre ellos, algunos de los que cantaran el conocido himno del amor por el amor, y de la   -31-   bella actitud por sí misma, y aún la tardía anacreóntica «del arte por el arte», que no es atacable solo por ser inmoral sino por ser falsa...

Con todo, son bellas páginas: dignos comienzos: anticipos de artista.

* * *

La pluma generosa de Federico García, evoca a continuación, en su obra, algunas de HOMBRES. Generosa he dicho examinando la breve galería. No hallaron espacio en ella encumbrados, ni poderosos. Simplemente algunos desaparecidos de acá y de allá, como José de la Cruz Ayala, o Jaurés o Trigo... Y también algunos maestros. Entre ellos vemos a un paraguayo ilustre, obseso de irrealizables sueños de patria grandeza que vio deshacerse su bienestar y su éxito, ensimismado en un mundo de creaciones trascendentales y de artísticas abnegaciones... Y claro está que hablo del preclaro anciano don Juansilvano Godoi a quien consagra tan bella página Federico García.

También figura otro maestro paraguayo: el doctor don Cecilio Báez, un combatido, aplaudido otrora, atacado hoy, ausente de la patria. Bien está en la juventud, de suyo agresiva, el noble sentimiento de la gratitud hacia quienes con mayor o menor acierto, o éxito, consagraron su existencia, a las quijotescas e improductivas tareas del espíritu, en medio del general estrépito de los intereses y las incurables indiferencias de los hartos. Loable es la tendencia en general, prescindiendo de apreciaciones que no precisamos compartir y de detalles que no es esta ocasión de puntualizar.

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Corona Federico García su ensayo con algunos trabajos de crítica filosófica y literaria; uno de ellos titulado «Aspecto del bergsonismo» sugerente y oportuno.

De tendencias idealistas, el autor de Mosaico, no es de extrañar hallara en Bergson maestro venerable.

Acaso no fueron del todo perdidas para el joven Federico García las pequeñas prédicas espiritualistas, de que fuimos simples trasmisores cuando el hoy autor, era, en las aulas, discípulo de filosofía... Acaso él, como otros inquisidores, buscó en Bergson el apoyo intelectual de añoranzas sin satisfacción posible dentro de la posición positivista, menos consoladora que la de este pensador refinado a quien interesa el más allá, y conoce la sed de infinito del espíritu humano.

Es Bergson, conveniente maestro para la juventud, a la que no hay que agostar prematuramente el corazón, anticipando la desecante acción de la vida; y en tal sentido acierta Federico García estudiando lo que llama «aspectos del bergsonismo», entre los que podría indicarse como uno de los más proficuos, el de haber predicado en nuestros días de interés compuesto, la realidad de la filosofía, o el de haber señalado nuevos valores a la intuición espiritual.

* * *

Hasta aquí llegaremos en este preámbulo de una obra que en breve será del público dominio, y que bien puede decirse por varias razones pertenece a los instantes actuales, a los que en ocasiones juzga valiente y acertadamente, y también a veces de   -33-   opuesta manera a la que estimaríamos aceptable. No somos empero nosotros, sino el tiempo quien decidirá la suerte de las ideas. No hacemos, por lo demás, crítica.

Nuevas generaciones se preparan. En el retardo general del ambiente en que nos hallamos, entorpecido en su marcha secular por causas harto conocidas, reserva el azar a estas nuevas falanges ingentes tareas. No nos anticipemos. Inmensos acontecimientos alteran hoy los destinos humanos; nuevas revisiones de las ideas y formidables problemas, claman ya desde lo desconocido. Dogmas, criterios y teorías, se transforman rápidamente conmoviéndolo todo; y un mañana severo exigirá en breve adecuadas energías, modalidades y conclusiones sobre las que habrá de labrarse novedosamente.

Ante este mañana exigente y enigmático deberá concurrir la nueva juventud, depurada, consciente, y apta para todas las abnegaciones, esquivando el abismo de los odios y ansiosa de armonía, aunque también dispuesta al sacrificio ante cada combate por el ideal, la verdad y el bien, únicos que no son estériles. Y en esta juventud, desearíamos encontrar al joven autor de los ensayos que motivaran estas líneas.

Viriato DÍAZ-PÉREZ

Asunción, junio de 1918.



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Sobre un libro paraguayo


Villa Aurelia, 26 de noviembre de 1944.
Señor doctor don Antonio Ramos

Amigo estimado y colega:

He leído su obra La Política del Brasil en el Paraguay bajo la dictadura de Francia. Es trabajo fuerte y honesto y además dotado de originalidad, lo cual es mucho, ya que vemos cómo la actual bibliografía, casera o foránea, se llena por lo general de repeticiones, ampliaciones, cuando no de mediterráneos y pastiches.

Ilumina usted un momento curioso de la actuación del dictador Francia, aclarando un área hasta hoy poco explorada de la historia patria: la correspondiente al llamado «enclaustramiento» -a veces explicable a veces tenebroso- que el Supremo produjo en el Paraguay.

Entre otras cosas, su trabajo prueba que en el aislamiento característico de la política de Francia, existió alguna «abertura» como usted gráficamente dice; alguna comunicación con el mundo: la del puerto de Itapúa; mirilla milagrosa que por entre las profundas suspicacias, por entre las desconfianzas y esquiveces del «Supremo Dictador», permitió al país establecer un contacto más o menos continuado (si bien supervigilado) por lo menos, con el Brasil.

Ciñéndose a un punto preciso de la actuación de Francia en lo internacional, su obra estudia claramente el complicado tema de la continuada lucha   -35-   entre dos cancillerías, dos políticas, de dos pueblos hermanos. Conocemos bien los peninsulares esta deplorable contienda. En último análisis los diferendos, controversias y conflictos brasileños y rioplatenses no fueron (no son?) sino prolongación de la incomprensión secular peninsular entre portugueses y castellanos, pueblos -acentuó- no ya iguales sino gemelos (Roma los denominó categóricamente «hispanos»), a los que la historia (los monarcas que envenenaron la historia) en mala hora distanció, separó.

Yo recomendaré en lo sucesivo, a quienes interesen estos transcendentales momentos que usted estudia, tan llenos de enseñanza, la obra de usted como contribución documentada, amena y escrita con elevado sentido historicista.

La «Misión Abreu», la «Ocupación de Borbón», «Los brasileños en Itapúa», «En busca de una alianza», son capítulos luminosos, que, además suponen copiosa lectura bien asimilada. Y aunque ello no haya sido el propósito de usted, resulta que la estructura rígida, protocolar, sin flexibilidades de ningún género, del espíritu receloso, suspicaz, desconfiado, de Francia, brota como floración psicológica de entre las felices páginas que amenizan la obra de usted. No se ha propuesto usted -repito- evocar semejante peculiaridad, pero se ve claramente oteando por sobre el panorama que usted describe, que si se han escrito biografías de un Francia político, dictador, o bien, misántropo, resentido, sombrío, falta la que podría estudiar los aspectos freudianos relacionados con la desconfianza sistemática.

Pero el punto que deja usted perfectamente estudiado   -36-   es el de que el Dictador, no obstante su innegable xenofobia, no se opuso nunca al establecimiento de comunicaciones permanentes con el Brasil (sólo por el Sur: el Norte -usted explica por qué-, era... tabú).

«Desde los primeros años de su gobierno, Francia -dice usted-, abrió los puertos... al comercio con aquel país. Cultivó la amistad de los portugueses primero y la de los brasileños después [...] Itapúa fue el principal centro de las actividades comerciales de la época... Las comunicaciones directas entre las autoridades de la frontera y hasta con el mismo Dictador fueron de un tono amistoso, guardándose cuidadosamente las formas protocolares usuales en esta clase de documentos...».

La extensa exposición que hace usted es perfecta. Y, además, caro amigo (permítame me sienta dómine), escrita con sencillez, grafismo y claridad: vale decir sin las usuales gesticulaciones, contorsiones y complejismos estilísticos (vacuos y simulados por lo general) que vienen ha tiempo ensuciando nuestro limpio romance.

En su obra, de la que había de hacerse un estudio detallado con miras a la docencia, hay dos principales aspectos: el que apenas he indicado, y otro no menos interesante. Me refiero a la minuciosa y vívida narración que hace usted de las gestiones del consejero Correa da Cámara en busca de una alianza con el Paraguay. Hace usted que asistamos interesados y condolidos al dramático e infructuoso forcejeo, en el cual el notable e infortunado enviado del Brasil, figura digna de otros escenarios, se inutiliza, se desacredita, se desmorona, se deshace,   -37-   frente a las inagotables e invencibles desconfianzas del Supremo, y contemplamos angustiados e impotentes como encalla y naufraga todo, la actividad y los buenos deseos del interesante gestor de las vinculaciones.

La obra de usted presenta en la pantalla (valga el anacronismo) de la época, una figura originalísima; tanto, que en lo sucesivo podría -merced a usted- ser catalogada como digna de la biografía a lo Stefan Zweig, esta personalidad singular del consejero Correa da Cámara, que deviene, enredado en la maraña subtropical, víctima de un drama moral diplomático, con aspectos a veces de tragicomedia (para los que no tomaron parte en los acontecimientos!).

Sí, caro colega; Correa da Cámara resulta -se me aparece así por lo menos- un héroe digno de esas nuestras actuales «biografías noveladas» hacia las cuales tan merecida simpatía exterioriza el público de hoy. Usted debería, no ya trazarla, la labor tiene hecha, sino redondearla.

Y la obra de usted llega a tiempo. Se ha dicho que las épocas convulsivas como la nuestra, lo son de revisión histórica. Se diría que los espíritus, angustiados, buscan o explicación o paliativo, en las posibles enseñanzas del pasado. Marañón menciona a este propósito, los días precristianos, los renacentistas, los de la revolución francesa, los actuales. Ahora bien; si se puede preguntar algo al pasado, se puede estar seguro de que aprendamos algo del pasado. Tal vez. En todo caso, ante la evocación de la figura singular de Correa da Cámara y el fracaso de su noble y bien intencionada Misión, cabría   -38-   preguntarnos qué hubiera sido de los destinos del Paraguay, de triunfar hombre tan bien intencionado como el enviado del Brasil.

Pero no es cosa de imitar a aquel personaje de Galdós que escribía no la historia que aconteció sino la que pudo haber acontecido.

Corto, en la verdadera acepción de la palabra, estas líneas, pues lo que me sugieren sería extenso, muy extenso; y las cartas deben tener una terminación aunque no siempre un punto final. Y sobre la sombría figura de Francia hay aún que poner muchos puntos sobre muchas íes.

Reciba mis felicitaciones y el apretón de manos de amigo y colega:

Viriato DÍAZ-PÉREZ

El País - 16 - diciembre - 1944.

* * *

LECTURAS

A. K. MACDONALD

«PICTURESQUE PARAGUAY - LONDON» 1911

He aquí una obra interesante para el público ilustrado de cualquier país y que escrita sin inmediatos fines lucrativos por un viajero inteligente, resulta uno de los más notables trabajos de alta propaganda que se escribieron sobre el Paraguay.

Todo cuanto ha dicho sobre ella la prensa de Europa y América, es justo dada la suma de energía y méritos que representa. Jamás apareció trabajo   -39-   alguno sobre el Paraguay mejor editado, con mayor lujo de ilustraciones y escrito con mejor voluntad. 64 magníficas ilustraciones -fotograbados espléndidos-; 500 páginas de un excelente papel inglés y una hermosa encuadernación hacen del Picturesque Paraguay una obra de inmejorables condiciones para la propaganda en el extranjero. Porque no sólo es recomendable desde el punto de vista de sus condiciones materiales, sino desde las mismas intelectuales. La obra del señor Macdonald es producción que, sin pretensiones transcendentales, se lee con interés y está ideada para llegar a todas las inteligencias.

Estudia en ella, el Paraguay, un avezado viajero, laborioso y meritorio escritor inglés, que conoce los secretos de la pluma y los del campo y lo mismo escribe una obra, que arranca a la tierra sus riquezas mediante el honroso trabajo agrícola.

Largos años, más de 15, ha residido el señor Macdonald en el Paraguay -cuya campaña conoce- y en el que como es natural pocos secretos hay para él.

El lema de su trabajo está condensado en esas cuatro formidables palabras que son el alma de la civilización británica y que tan honda alteración han producido en los espíritus modernos: Sport, Pioneering, Travel, Commerce...

En el Paraguay Pintoresco se estudia el país, en efecto, en todo aquello que tiende a ilustrar sobre sus bellezas naturales; sus riquezas desconocidas; sus fuentes de producción inexploradas o inexplotadas, sus industrias presentes y de porvenir; sus posibilidades comerciales y económicas, siendo en conjunto   -40-   una obra altamente alentadora en la que no se ha olvidado por lo demás la parte histórica.

Editada en inglés por Charles H. Kelly (25-35 City Road, London, E. C.) está encaminada a interesar un público eminentemente práctico y evolucionado, que reclama hechos y no palabras. La prensa inglesa así lo ha comprendido. «Es una descripción viva e inteligente de un país desconocido» ha dicho el diario Scotsman. (He aquí una amarga verdad: de un país «desconocido».) Un libro «de una información sumamente útil» ha insertado el Daily Chronicle. Y como éstos, numerosos diarios de diversos países, que merced al señor Macdonald, han hablado amablemente de esta South-American «Arcadia» según frase de nuestro autor.

Si en el Paraguay actual, resurgente, los directores del buen nombre del país quisiesen hacer obra útil, debieran alentar y apoyar moralmente al escritor Macdonald, que nada pide y en cambio mucho hace por el país lanzando a la librería mundial, una obra notable, entre nosotros sin precedentes en cuanto a presentación, utilidad y desinterés.

Lástima que aún no haya sido traducida, aunque tenemos idea de que se ensaya una edición alemana que estará confiada al distinguido e ilustrado científico ha largo tiempo residente en el Paraguay don Ernesto T. Haug, y aun no sería difícil que apareciese la traducción española.

Estas traducciones serían obras en las que sí debería colaborar el actual gobierno, interesado como está, en contrarrestar los efectos de tanta infame propaganda perniciosa como pesa sobre el país, y siquiera en comprensión de los trabajos realizados   -41-   por el señor Macdonald. Nos consta, por otra parte, que este meritorio pioneer, tiene emprendida una importante propaganda encaminada a traer emigración con pequeños capitales de las comarcas tabaqueras agrícolas de Norte América, para lo cual ningún apoyo ha solicitado hasta hoy del gobierno.

Al enviar nuestras alentaciones al autor del Picturesque Paraguay, nos felicitamos de poder saludar la aparición de una buena obra que viene a enriquecer el catálogo de la rica literatura inglesa referente al Paraguay.

F. D.

Junio, 7 - 1912.





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Marcelino Menéndez Pelayo


La desaparición del sabio.- El escrito y la crítica.- El hombre y su época.- La España de Buckle y la España actual.- La filosofía y la ciencia española.- Menéndez Pelayo en el extranjero.- La Historia de los Heterodoxos y la Obra de Menéndez Pelayo.- El estilo, el intelecto y el alma del Maestro.


Para el ilustre iberista francés R. Foulché-Delbosc.

El 19 de mayo dejó de existir esta gloria de la intelectualidad europea. Con ella pierde España una de sus mentalidades más sorprendentes y el humanismo uno de sus más geniales representantes. Los días de la erudición y del filosofismo, y los anhelos erasmianos que con ellos supervivían, huyen ante el estrépito de las renovaciones que arrastrarán todo en el estéril polvo del pasado aunque con él se lleven muchas cosas insustituibles que ya no sabemos admirar...

Falleció Menéndez Pelayo en su ciudad natal de Santander, vieja urbe montañesa, centro de «la tierruca» cantada por Pereda y de la indómita Cantabria. En este puerto de empinadas cuestas, casas vetustas y antiquísimas iglesias, entre las calles silenciosas del barrio viejo, decoradas con los nombres de Gravina y Magallanes, vivía y estudiaba el Maestro. Allí en el fondo del amplio casón tenía su admirable Biblioteca de 40.000 volúmenes, legada por testamento a la ciudad, donde se refugiaba huyendo de la vida de Madrid. Enfermo últimamente, laboraba   -43-   aún, cuando vino la muerte a sorprenderle sobre una cuartilla. ¡Preciosa última página! Estaba consagrada al gran Osio, aquel cordobés que en tiempos de Diocleciano padeció el martirio cuyas huellas mostrara en el concilio de Nicea, que presidió, y en el que dictó la famosa Profesión de Fe de la Iglesia. ¡Formidable hispano que con un siglo encima, reta al emperador Constancio y muere después de haber sido azotado y atormentado a los 101 años de edad!

A la noticia del fallecimiento de Menéndez Pelayo la nación se declaró en duelo. Cientos de telegramas patentizaron el sentimiento nacional. El Ayuntamiento santanderino, después de acordar la erección de un monumento en memoria del sabio y la colocación de una lápida en la casa donde naciera, levantó la sesión; la Diputación reunida extraordinariamente decidió colocar el retrato del extinto en el Salón de Sesiones; la «Orquesta Sinfónica de Madrid», que daba aquella noche un gran concierto, lo suspendió, ejecutando solamente la marcha El Ocaso de los Dioses que el público escuchó en pie. A los funerales asistieron representaciones de todas las entidades y poderes; vino de Madrid el ministro de Instrucción Pública, quien de uniforme, dio el pésame a la familia. Al entierro concurrieron enviados académicos, literarios y universitarios, políticos y consulares, judiciales y religiosos. Una compañía hizo los honores. Durante el tránsito, el comercio cerró sus puertas; se suspendió la circulación, y los balcones y faroles públicos fueron encresponados... En el cementerio no hubo discursos...

En Madrid, así mismo, el Senado levantaba su   -44-   sesión, después de un sentido discurso del presidente Canalejas; consagrósele la prensa sin distinción de matices; en la Biblioteca Nacional celebrose solemne homenaje en memoria del que fuera su director, asistiendo el Rey, el Gobierno y la Corte, y tomando la palabra los señores Pidal y Maura; el Rey envió su pésame a la familia, y el Bibliotecario Mayor de Palacio, Conde de las Navas, hacía llegar una carta regia solicitando la pluma y la última cuartilla del sabio para custodiarlas en la Real Biblioteca...

* * *

Quien en la muerte mereció tales honores y en vida la admiración de sus contemporáneos, tenía que ser de esos hombres que nacieron para cumplir una gran misión. Y esto fue en efecto Menéndez Pelayo.

Nacido en 1856, estudió Filosofía y Letras en Barcelona donde fue discípulo de Milá Fontanals, y en Madrid, donde lo fuera de Salmerón. A la vez que se licenciaba, aprendía idiomas, entre los que llegó a conocer científicamente el alemán, y el inglés, el francés, italiano y portugués; el griego y el latín, de todos los cuales, como del provenzal, catalán y otros neolatinos, tradujo innumerables producciones. En cierta ocasión la Ilustración Española y Americana abrió un concurso para premiar las mejores obras literarias que se presentasen. Eran del jurado Madrazo, Mesonero Romanos, Tamayo y Baus, Selgas y otros. Dos trabajos salieron premiados por unanimidad: los dos que presentara Menéndez Pelayo. ¡Tenía a la sazón 18 años! En 1875 la Diputación y el Ayuntamiento de Santander le pensionan   -45-   para hacer indagaciones bibliográficas y en 1877 el Ministerio de Fomento, para recorrer los archivos de Portugal, Francia, Bélgica e Italia... A los 20 años era un sabio. Conocía la producción mundial histórica, literaria y filosófica. Recitaba cualquier clásico en lenguas vivas o muertas. Y preparaba ya el plan grandioso de sus obras. Tuvieron los alumnos de Filosofía y Letras el capricho intelectual de representar ellos mismos en el Teatro Español la célebre comedia latina Captivi de Plauto. Menéndez Pelayo la tradujo en unas horas ad hoc. Poco después, desaparecido Amador de los Ríos, salía a oposición la cátedra Historia crítica de la literatura española vacante en la Universidad de Madrid. Eran concursantes a ella el hoy presidente Canalejas y el académico Sánchez Moguel. Se presentó Menéndez Pelayo. ¡Cuéntase que al comenzar los ejercicios se persignó! Pero tales fueron éstos que triunfó por unanimidad. No tenía la edad requerida (23 años) para ser catedrático y hubo que reformar la ley que desde entonces exige 21. Algún tiempo después lanza sus obras que promueven críticas ruidosas en la alta intelectualidad patria y extranjera y se abren para él las puertas de las Academias, en las que entra ocupando las vacantes de Hartzenbusch en la Española, y del gran Moreno Nieto en la de la Historia. Nombrado director de la Biblioteca Nacional, sucede a Tamayo y Baus el autor del genial Drama Nuevo. Por último su fama pasa la frontera, y un día los humanistas mundiales, reunidos, le tributan grandioso y consagrador homenaje... Lo merecía este formidable creador con el cual desaparece una supervivencia de aquellos   -46-   cultos días en que los Escalígeros glorificaban el Renacimiento... Su obra es tal que no puede comprenderse ni aún a la vista de sus producciones; precísanse conocimientos en disciplinas que no son usuales, y el examen previo del momento histórico y mental de su nación, cuando apareció. Su figura aunque discutida por los enemigos del catolicismo, se impuso de tal modo finalmente, que más bien resultaba ya la de un maestro venerado que la del antiguo y exacerbado polemista. La alta crítica sin distinción de matices ni de fronteras, le admiraba aún lamentando su ultramontanismo.

Decía, hace años, don Juan Varela: «La generación peninsular requiere, sin duda, un gran poder político, sabio y enérgico, ejercido con voluntad de hierro y con inteligencia poderosa y serena; pero tal vez antes de esto y para orientarse y descubrir amplio horizonte, para abrir ancho y recto camino, se requiere que formemos de nosotros mismos menos bajo concepto, que no nos vilipendiemos, que nos estimemos, siendo la estimación, no infundada y vaga, sino conforme con la verdadera exactitud... Me repugna emplear frases pomposas, que hacen el estilo declamatorio y solemne, y no atino a explicar mi pensamiento sino diciendo que D. Marcelino Menéndez Pelayo ha venido a tiempo a la vida y ricamente apercibido y dotado de las prendas, para cumplir hasta donde pueda cumplirla un solo hombre, la misión indicada: invocar sin vaguedad y sin exageraciones, nuestra importancia en la historia del pensamiento humano y señalar el puesto que nos toca ocupar en el concierto de los pueblos civilizados...».

Con el pulcro Valera, decía el satírico Clarín:   -47-   «Con imaginación más fresca y vigorosa que la de muchos jóvenes del día que imitan malamente a Campoamor o a Bécquer, Menéndez Pelayo sabe ver al través de los códices carcomidos, de los pedantes vivos o muertos, del polvo y de la herrumbre, levantarse las edades con sus pasiones, ideas, propósitos, hazañas, con su literatura y su nota dominante en el concierto de la historia... Luego, con ser tan buen católico, se le ve desechar esa tendencia de la estética cristiana a lo Chateaubriand y con sentido más sólido y profundo remontarse al Renacimiento».

Y el sesudo Posada: «cuando el pesimismo ambiente quiere apoderarse de nuestro ánimo, la contemplación de alguno de estos gigantes obreros como Menéndez Pelayo... nos vuelve a la esperanza... No se mantuvo quieto en su posición primera el sabio maestro español. Su espíritu se ha sostenido, sin duda, pero elevándose a una contemplación más serena de las cosas... ha vivido hondamente la vida difícil, inquieta y febril de su tiempo».

Decía, así mismo, por su parte, el argentino Quesada: «Se conciben trabajos como el suyo en un benedictino, alejado del mundo, encerrado entre libros, con el espíritu libre de preocupaciones materiales. Pero ¿quién resiste el torbellino de la vida mundana, llevando de frente la existencia de profesor, de político, de académico activo, de escritor polígrafo y fecundo, de tan múltiples personalidades? Menéndez Pelayo realiza ese milagro. Asombra al que de cerca le conoce, y ha concluido por imponerse en su patria como un fenómeno tan extraordinario, que recordamos la típica y sincera frase   -48-   de Tamayo y Baus, el cual un día nos decía en su despacho: moriré contento, por haber visto de cerca prodigio semejante... Sus obras son verdaderos monumentos que abisman. Cómo ha sido posible, en el breve tiempo de la vida del autor, atesorar tantos conocimientos, juzgarlos con tan extraordinario acierto y desplegar una erudición y un saber tan estupendo, es problema de difícil solución para el que de lejos lea y aún para el que de cerca trate a Menéndez Pelayo».

A lo que añadió Rubén Darío: «cuando en la conservación amistosa del maestro escucho sus conceptos, pienso en un caso de prodigiosa metempsicosis, y juzgo que habla por esos labios contemporáneos, el espíritu de uno de aquellos antiguos ascetas del estudio, que olvidara por un momento textos griegos y comentarios latinos... Es difícil hallar persona tan modesta dueña de tan inmenso valor positivo».

Y ¿a qué seguir? ¿Quién hoy necesita de opiniones ajenas para evocar la figura del genial polígrafo? ¿Quién no oyó hablar alguna vez de la inmensa cultura de este hombre modesto que leyó y pensó tanto «sin decirlo»? Creo era Campoamor quien, humorista, decía una tarde en casa de Fe que él «tenía por lo menos dos lectores verdaderamente seguros». «Y ¿por qué verdaderamente seguros?», le preguntaron. «Porque el uno soy yo -respondió-, y el otro... Don Marcelino».

Era Menéndez Pelayo de regular estatura, palabra enérgica y acento entusiasta, mas de dulce expresión y amables y sencillas maneras. Su fisonomía serena y un tanto fatigada imponía respeto, a   -49-   la vez que su mirada ingenua y riente atraía e infundía confianza...

La afabilidad, empero, del Maestro se aminoraba un tanto cuando se dedicaba al trabajo. Todo el que sepa lo que es la verdadera producción intelectual se explicará esta circunstancia. Menéndez Pelayo, como todo el que hace algo duradero, no podía trabajar bien sino en condiciones especiales, desapareciendo, por ejemplo, de Madrid, encerrándose en su rincón de Santander, amurallándose en él contra la distracción. Castro y Serrano narrando cierto día una de sus visitas al sabio describió su casa «las dificultades para vencer la consigna, la maravillosa biblioteca; el asombroso escritor rodeado de libros y papeles, en la fiebre de la producción, indiferente a lo que le rodeaba, tomando nerviosamente un volumen, trepando de repente por las escaleras para tomar otro, confrontando aquel dato, paseándose a ratos, encendido el rostro por la inspiración interior, presa de una nerviosidad singular, brillantes los ojos, en plena gestación en una palabra...».

¡Qué distinta evocación podemos hacer, sin embargo, los que le hemos conocido en Madrid! Aquí era para todos el bondadoso «Don Marcelino», el amigo asequible a quien hasta deteníamos a veces en la calle para hacerle una consulta que siempre respondía con aquella su peculiar sencillez. ¡Oh la ingenuidad y la sonrisa de aquella grande alma que fue Menéndez Pelayo! Los oyentes de sus cátedras recordamos así al ilustre sabio. En el Salón de Filosofía y Letras de la Universidad Central, salón biblioteca recogido, silencioso y un tanto sombrío,   -50-   el autor de Los Heterodoxos se dirigía paternalmente a sus alumnos -ya licenciados de Facultad- como un amigo afable, sencillo y sonriente, más bien que como un profesor en el sentido usual de la palabra; allí era un admirador de cosas poco manoseadas que muchas veces leía íntegras en clase; un paciente investigador que presentaba en bosquejo a sus alumnos el horizonte virgen de sus obras...

Igual era en las cátedras del Ateneo. Sencillo, novedoso y atrayente, se encontraba con que asistía a ellas la alta intelectualidad de todos los matices; no era extraordinario descubrir en su auditorio personalidades tan heterogéneas como las de un Galdós o un Benavente, un Gonzalo Serrano o un Giner de los Ríos y todos, alumnos o maestros, hallaban siempre ecos nuevos y atenciones amables, en aquella palabra castellana, noble, convincente y sincera de verdadero sabio...

* * *

Mas por encima de cuanto se ha dicho, queda mucho que no podría expresarse sin una breve exposición del estado moral del ambiente, cuando Menéndez Pelayo se lanzó a su empresa formidable. ¡Qué red de errores, qué desalentador espíritu de extranjerismo, qué atonía nacida del propio menos precio ignorante! Se vivía bajo la férula de Buckle. Una literatura seudoclásica, sin nervio ni personalidad, un ambiente donde se ventilaban los dolorosos resultados de varios siglos de deplorable monarquía; un antipatriotismo elevado a modus vivendi, o bien una patriotería embrutecedora de almas; la ignorancia y el desapego hacia las cosas   -51-   de casa sin la asimilación de las ajenas; un republicano intelectual honrado, pero exaltado, utópico y dividido, luchando con una compacta masa monárquica; Europa ignorándonos y saqueándonos políticamente... Y frente a todo esto, el desastre en puerta y los problemas social, anárquico y religioso en lo porvenir...!

Esto, empero, hoy empieza a ser el pasado. Un resurgir se inicia bien visiblemente. La juventud empuja al ayer, que vacila. Una potente intelectualidad revolucionaria en el alto sentido de la palabra y un gran arte independiente y autóctono que se imponen dentro y fuera de la península, transforman y vigorizan los espíritus. Ya no suena a hueco la palabra esperanza, ni la de regeneración a logrería. Un núcleo de almas elevadas creen. Se resurge...

Y en este renacer, si mucho se debe a la intelectualidad liberal y rebelde, no menos se adeuda a los espíritus fuertes que han reedificado el alma nacional en el silencio del gabinete... Y entre ellos, Menéndez Pelayo figura en primer término. Aunque sobre su obra gigante, pasen a veces ráfagas de ultramontanismo, de ella también surgirán formidables apoyos históricos para los violentos días de protesta que ya en varias direcciones amenazan en el porvenir...

Hasta hoy todo fuera propio menosprecio. Nos calumniábamos e ignorábamos con tesón digno de un análisis psicológico. Hoy empieza empero a no convencernos Buckle y en breve no convencerá a nadie. Comiénzase a comprender que entre el criterio apriorístico del genio íbero y el de un crítico   -52-   desapasionado e imparcial como lo fue por ejemplo Macaulay, debe prevalecer el segundo. Pesan más aquellas palabras de éste: «los españoles del siglo XVI no eran inferiores a los ingleses bajo ningún concepto» que todas las declamaciones en contrario. ¡Pero pesan hoy porque tenemos las pruebas que nos suministró, con el sacrificio de toda una existencia, el autor de La ciencia española, y de Las Ideas Estéticas en España!

Se decía, se repetía, haciendo el juego a un extranjerismo interesado, que España, verbigracia, careció de filosofía y de ciencia... Y era universalmente tan crasa la ignorancia sobre el particular y se explotaba de tal manera el tópico, que originó un estado de crítica en el que ni se veían hechos, ni se recordaban palabras, ni se conocían pensadores; y no se sabía qué admirar más, si la indiferencia estoica de los allegados, o la incultura de los extraños. Pasma pensar, cómo durante tanto tiempo pudieron ser deformados de tal manera y sin protesta los hechos. Pero la cosa arrancaba de lejos...!

Para muchos es aun hoy mismo incomprensible, cómo Séneca, por ejemplo, que fue español, es el más personal de los filósofos de Roma. No quieren recordar que había en su mentalidad un algo exótico que arrancaba de Córdoba. No conceden importancia al hecho de que esta ciudad que produce a Séneca en tiempos romanos, produce también una generación de pensadores en tiempos árabes... El genial Renan, empero, observa una parte del fenómeno; oíd sus serenas palabras:

«Los árabes de Andalucía, aun antes de Hakem,   -53-   se habían sentido llevados hacia los estudios liberales, sea por la influencia de aquel hermoso clima, sea por sus relaciones continuas con los judíos y los cristianos. Los esfuerzos de Hakem, secundados por disposiciones tan favorables, desarrollaron uno de los movimientos literarios más brillantes de la Edad Media. El gusto de la ciencia y de las cosas bellas había establecido en el siglo X, en aquel rincón privilegiado del mundo, una tolerancia de que en los tiempos modernos apenas puede darse ejemplo. Cristianos, judíos y musulmanes hablaban la misma lengua, cantaban las mismas poesías, participaban de los mismos estudios científicos y literarios. Las mezquitas de Córdoba, donde los estudiantes se contaban por millares, se convirtieron en centros de estudios filosóficos y científicos». Hablando luego de los trastornos por que atraviesan los hispanoárabes, añade: «La filosofía tenía, no obstante, raíces tan profundas en aquel hermoso país, que todos los esfuerzos hechos para destruirla no servían más que para hacerla revivir...».

«El califa Hakem tuvo la gloria de inaugurar esta brillante serie de estudios, que por la influencia que ha ejercido sobre la Europa cristiana, tiene un lugar importante en la historia de la civilización. Andalucía, se convirtió bajo su reinado en un gran mercado, donde las producciones literarias de los diferentes climas eran inmediatamente llevadas. Los libros compuestos en Persia y Siria eran a menudo conocidos en España antes de serlo en Oriente. Hakem envía mil escudos de oro a Abulfaradj el Ispahaan para obtener el primer ejemplar de su célebre Antología; y en efecto, esta hermosa obra es leída   -54-   en Andalucía antes de serlo en Irak... Su palacio se convierte en estudio, donde no hay más que copistas, encuadernadores, iluminadores. El catálogo de su biblioteca forma, él solo, 44 volúmenes y no aparece sino el título de cada obra. Algunos escritores cuentan que el número de éstos ascendía a 400.000, y que para transportarlos de local se precisaban seis meses...» (Averroes y el Averroísmo. Capítulo I).

Tengo a la vista en este instante, seis «Historias de la Filosofía». Ninguna de ellas se detiene ante este hecho. ¡Qué diré de las «Historias Universales» incluso las más renombradas! Jamás contra nación alguna se confabularon con mayor persistencia la ignorancia y la parcialidad. Y es la clave que las viejas enemistades guerreras se transformaron en opiniones, y no se conoce, por lo general, lo que hemos producido, sino lo que se ha producido sobre nosotros, generalmente contra nosotros. Quiso además la fatalidad que pretéritamente fuésemos grandes... Un país que dominó en Flandes y en Italia, que guerreó con Francia a uno de cuyos reyes, Francisco I, trajo preso a Madrid; que tuvo monarcas que eran emperadores de Alemania y que envió flotas contra Inglaterra, ¿cómo iba a ser juzgado por historiadores ingleses, italianos o franceses? No podía tener cultura, filosofía, ciencia ¡apenas se le permitió tener historia!

Pero no caminan ya las cosas por los mismos derroteros. Acaso no está lejano el día en que se provocará una nueva revisión de valores históricos, cuyos primeros pasos afortunadamente han sido ya dados con éxito, pues que han desconcertado un tanto la crítica. Ya solamente algunos ignorantes   -55-   recurren a los socorridos tópicos de «la inquisición» y el «absolutismo». Comienza a saberse que ambas cosas fueron traídas de fuera e impuestas en España a sangre y fuego hollando el sentimiento indígena, y que ambas fueron utilizadas especial y ferozmente por monarcas extranjeros, austríacos y franceses, pervirtiendo el antiguo espíritu autóctono... Dide y con él otros extranjeros, hablan del aragonés Servet, quemado en Ginebra, y explican por qué Harvey pasa a la historia como descubridor de «la circulación de la sangre».

Comienzan a tener ya en cuenta los historiadores del pensamiento, que los gnósticos, por ejemplo, producen en la península a Prisciliano y los cristianos a Isidoro, Osio y aquel Prudencio Galindo, contendor de Erígenes. Que cuando la única ciencia era la oriental, Toledo y Córdoba fueron puertas del saber por donde aparecieron Ibu Gebirol con su Makor Hayim, Moisés ben Maimon con su Guía de Pecadores y Abentofail con su famoso Filósofo Autodidacto anticipo filosófico de la creación de De Foe... Puertas por las que en pleno siglo XIII se entraban las primeras traducciones persas e indas, prístinos resplandores de la mentalidad sánscrita, que desde los días del Infante Don Juan Manuel, habían de esperar seis siglos para que se ensayase de nuevo su resurrección en el llamado orientalismo... Reconócese hoy que Alfonso el Sabio armoniza los conocimientos de Oriente y Occidente. Admírase el genio de Raimundo Lulio de cuyo sistema deriva el del mártir Giordano Bruno, quemado por la inquisición italiana, y el del extraño Agrippa. Resurge la curiosidad hacia aquel Raimundo de   -56-   Sabunde si peu cogneu que tanto hizo pensar a Montaigne quien le consagra una quinta parte de sus Essais. Pregúntase quién fue Suárez, el admirable escolasta, y quién Vives, interesante intelecto del Renacimiento que coincide con Ramus y Bacon. Y ¿qué no se dice de Gómez Pereira émulo de Descartes, o de Duarte de San Juan -traducido por el gran Lessing- que en su célebre Examen de ingenios sienta en 1575 la teoría de las localizaciones cerebrales? Y ¿qué, sobre todo y por encima de todo, de aquel estupendo y colosal escéptico-crítico hoy admirado en Alemania Francisco Sánchez que en 1637 y Kant en nuestros días habían de descubrir? Sostiénese de este gran prodigio, cuyas obras no pueden hoy leerse sin que acudan a los ojos lágrimas de admiración y al corazón latidos de generoso desagravio, que acaso alteró el pensar humano sin que hasta ahora nadie lo reconociese...

Comienza hoy Inglaterra a intentar verter a su lengua los candentes y alambicados conceptos de Teresa de Jesús, Juan de la Cruz y el célebre fundador del «molinosismo», Miguel de Molins, en quienes redescubre deleitables sorpresas. Levántase un monumento en Ginebra a la memoria de aquel aragonés quemado por el fanatismo de allende el Pirineo, aquel genio de la geografía, de la medicina y de la filosofía que se llamó Servet. Lange en su Historia del Materialismo dice que en España hay que buscar los precursores de Bacon y Descartes. Max Müller señala en Hervás al precursor de la ciencia filóloga... ¿Y para qué continuar desflorando un tema que exigiría para su desarrollo, una obra, una existencia, un público? Lentamente se irá realizando.

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Hasta hace 20 años las expresiones mismas de ciencia o filosofía española provocaban ironías. Sabemos lo que cuesta desterrar un error de la mente, pero apenas sospechamos lo que representa desalojar de la historia un sistema de errores que hicieron carne en la opinión. Pues bien; esta empresa genial está iniciada, es más, casi realizada. Fue tarea de un solo hombre, de una sola voluntad que ante un océano de errores, lucha y vence. Esta Voluntad se llamó Menéndez Pelayo...

Cuando este evocador de mundos que dábanse por no existentes o que a lo más creíanse perdidos, enunció su programa, prodújose la sempiterna sorpresa que ocasiona la visión inesperada de la verdad. Se dudó en los comienzos, de la existencia de tal ciencia; se negó después que hubiera ejercido influencia en el pensamiento europeo; se convino más tarde en que no había vínculo que unificase los «chispazos aislados»; que no había, en suma, tradición científica... Pero las pruebas fueron llegando. Las hubo de casa y de fuera. Munck y Renan demostraron la influencia del pensamiento árabe-hispano en toda Europa; Jourdain y Haureau estudian al arcediano de Segovia Domingo Gundisalvo, «el más lógico de los panteístas medioevales», cuya imponente figura surge «entre las nieblas del siglo XII»; Miguel Amarí enseña como «de España salta a Sicilia la centella del libre pensamiento y enciende, merced a las consultas del murciano Aben-Sabin y las traducciones de Miguel Scoto, aquella inmensa hoguera de la corte de Federico II»; Littré consagra un volumen al mallorquín Lulio; siete producciones alemanas, latinas y francesas exponen a la   -58-   pública curiosidad el Libro de las Criaturas de Sabande; Werner traduce al alemán a Suárez; Molino es traducido hasta en danés y... y perdónesenos el no habernos detenido ya; en concreto:

Intelectualmente, España tiene hoy una base, unos cimientos sobre los cuales se levantará, gigantesco edificio, un nuevo espíritu nacional. Y en estos cimientos la piedra fundamental es la aportada por Menéndez Pelayo, con su obra colosal, sin precedentes, en la que un solo hombre deshace la enmarañada red de obscuridad y de injusticia que pesaba sobre un pueblo asfixiándole.

¿Se comprende ahora por qué aun siendo Menéndez Pelayo de opiniones católicas llevó a cabo una obra revolucionaria? ¿Se comprende por qué en el homenaje tributado nadie tuvo en cuenta las creencias personales y sí el respeto al laborioso reconstructor del pensamiento íbero? ¿Se ve el poco peso que desde un punto de vista no gallináceo, tiene la crítica de detalles, tratándose de la obra precursora de un futuro lleno de interés?

¿Qué nos importa el catolicismo o protestantismo de ciertas páginas de esta creación inmensa en la que se presenta a la humanidad el alma perdida, ignorada, de uno de sus grandes pueblos?

* * *

Se podría creer por lo dicho, que Menéndez Pelayo fue a modo de esas glorias patrias para las que todo acaba allende las fronteras. Pensó precisamente lo contrario la cultura europea consagrándole como lo hizo, en 1899, altísimo homenaje. Sabido es que en esta fecha, los más eminentes sabios,   -59-   y los eruditos de todos los países, festejando los 20 años de profesorado del maestro, lanzaban al mundo de la ciencia una notable obra conmemorativa formada con sus mejores estudios inéditos y dedicada al Profesor de la Universidad de Madrid.

En ella Morel-Fatio publicaba la correspondencia entre el historiador Baluze y el Marqués de Mondéjar; Fitzmaurice-Kelly su trabajo Un hispanista inglés del siglo XVII que fue Digges, probable amigo de Shakespeare; Mérimée sus notas sobre Alejandro de Luna; B. Croce sus Due illustrazioni al «Viaje del Parnaso»; Farinelli la disertación en castellano -pudiera hacerla en italiano o alemán- sobre el origen de El Convidado de Piedra; Schiff presenta su notable hallazgo de la primera traducción europea de la Divina Comedia, hecha en castellano por el Marqués de Villena; Boehmer hace conocer dos cartas de Alonso de Valdés; la gloria portuguesa Michaelis de Vasconcellos su códice cuatrocentista Tragedia de la insigne reyna doña Isabel; la Duquesa de Alba que a sus esplendores nobiliarios une, como es sabido, los de la ciencia, hace terminar la traducción de la llamada Biblia de la Casa de Alba del rabí Mosé Arragel de Guadalfajara; Wolff envía desde Suecia un capítulo sobre las Rimas de Juan de la Cueva; Hann, de Pensilvania, su estudio sociológico sobre Pícaros y Ganapanes; el gran Hübner investiga antiquísimos poetas peninsulares a través de las inscripciones; Pio Rajna estudia topográficamente la Chanson de Roland y podríamos continuar la lista de nombres ilustres que glorifican en los dos volúmenes del Homenaje al talento.

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Una nota desacorde empaña sin embargo este monumento de admiración, nota dolorosa para toda alma íbera... Junto a tan universales pruebas de confraternidad científica, junto a las manifestaciones de simpatía de tan apartados centros de cultura, Suecia, Pensilvania, Alemania, Inglaterra... ¡ni una sola vez aparece el nombre de América! ¿Qué se hizo en esta ocasión de las hermanas queridas que hablan la lengua del Quijote?

No dijera grandes cosas sobre América Menéndez Pelayo, pero algunas de ellas que delataban al gran hermano lejano ¿no merecían recuerdo?

«... Ha sido un privilegio singular del suelo americano que en él se hayan escrito las principales epopeyas del siglo de oro...», decía en una ocasión. ¡Curiosa observación! Ercilla, efectivamente, en La Araucana escribe, recorriendo tierras chilenas, la epopeya histórica; Ojeda en La Cristiada produce en tierras incaicas la epopeya sagrada; y Balbuena en El Bernardo soñado en Méjico, Jamaica y Puerto Rico, redacta la epopeya novelesca y fantástica de la Raza...

No hay que tener en cuenta este olvido hacia uno de los grandes laboradores y alentadores de la Raza. La vida americana, inquieta, agitada, convulsiva, vida de luchas intestinas, de organización material, carece hoy de la tranquilidad espiritual necesaria para sentirse atraída por la figura un tanto exótica y de no fácil propaganda del autor de la primera Historia de la Poesía Hispano-Americana.

«Las obras» de Menéndez Pelayo es expresión poco afortunada, porque todas ellas no forman sino una sola. Pocas veces de intelecto humano, brotó   -61-   trabajo de mayor extensión, animado de más perfecta unidad. La primera etapa de la labor realizose en los tres volúmenes de la Historia de los Heterodoxos Españoles.

Se ha atacado, no sin alguna razón, a Menéndez Pelayo por su ultramontanismo. Indudablemente el catolicismo batallador que rezuman las páginas de Los Heterodoxos, es lunar de bulto para buena parte de los lectores. Mas, hoy ya no puede concederse, a esta circunstancia, la trascendencia de otros tiempos. No es la principal excusa la de que Los Heterodoxos fueron escritos en días de vehemencia y juventud, sino las últimas confesiones del propio Menéndez Pelayo, que no sólo desvirtúan el acre tono de su crítica, sino la de sus adversarios.

Los Heterodoxos, con ser producción tan meritoria que sólo ella bastaría para inmortalizar a su autor, no es otra cosa, sin embargo, que una parte de la obra de éste, un punto de partida, el momento inicial de un plan gigantesco. Se estudia en él lo que pudiéramos denominar el pasado filosófico español. Y obsérvese cuán genial es la concepción del Maestro. Menéndez Pelayo, creyente y ortodoxo, al estudiar hondamente, fundamentalmente, el pasado filosófico peninsular, encuéntrase con que lejos de ser lo que tantas veces repetía la crítica barata -un pasado católico y escolástico-, era, por lo contrario, protestador y heresiarca, pagano y panteísta, gnóstico y oriental, místico-revolucionario y renacimentista! ¡Qué sorpresa para quienes tantas vulgaridades escucharon y repitieron!

Comprendiendo, entonces, Menéndez Pelayo, que no podría hacerse una verdadera historia del intelecto   -62-   español, hablando solamente del conocido, del oficial, del tolerado por la Iglesia, porque tendría que excluirse de ella, a las figuras más salientes y geniales, opta por hacer la historia del pensamiento rebelde, revolucionario, heresiarca, heterodoxo y «condenable», claro es, que desde su punto de vista católico, y evoca con una erudición asombrosa, un conocimiento extraordinario de la materia, y por primera vez, el verdadero pensar peninsular autóctono, desconocido, ignorado... pensar censurable para los católicos acaso, mas respetabilísimo desde los demás puntos de vista filosóficos.

He aquí por qué, si el criterio adocenado y mediocre ve en Los Heterodoxos al católico, el juicio elevado, ve por encima de todo al pensador capaz de concebir un plan grandioso, que le coloca más allá de la crítica ocasionista, entre los grandes de todos los tiempos a quienes no se les pregunta por sus ideas personales sino por su trabajo realizado.

Esto explica por qué, tanto en la Península -donde las ideas suelen revestir formas exaltadas y extremas- como fuera de ella, hasta los mismos anticlericales han respetado esta obra. Posadas ha dicho: «aún interpretando al revés enteramente la historia de Los Heterodoxos, no podrá uno menos de sentir admiración profunda por el trabajo que la labor del joven maestro supone, y luego admirar más aún la persistencia de esa labor año y año».

Republicanos y anticlericales, fueron, en efecto, no pocos de sus admiradores. Entre ellos recuerdo a Salmerón, Castelar, Giner de los Ríos, Galdós, Clarín, Unamuno, cuantos en suma marcharon a la avanzada de las ideas. Y admiradora de él es la   -63-   nueva generación, a la que podrá tacharse de todo menos de retrógrada. Y ¿por qué esa admiración? Porque la mayoría de los jóvenes está hastiada de éxitos de escándalo, y comienza a preferir los triunfos del trabajo. Posadas hace conocer cómo es esta mayoría, mediante un párrafo de Tenreiro: «la juventud de hoy -dice- estudia y trabaja calladamente con una constancia y una buena dirección que comienza a sonrojarnos...; aprende idiomas extranjeros y lenguas clásicas; investiga en los archivos y en los laboratorios; sale de España y sigue la enseñanza de otras escuelas; las bibliotecas cada día están más llenas, las cátedras donde el alumno encuentra saber vivo y no acartonadas monsergas, están repletas de oyentes...».

Esta juventud, que es más revolucionaria haciendo trabajo, que si hiciera barricadas, que tiene más valor para defender una idea que para conquistar un puesto público, que ya sabe perdonar debilidades en holocausto al mérito, es la que admira a Menéndez Pelayo. Y véase cómo éste, comprendiendo a su vez que también debía hacer algo por su parte que correspondiese a tanta simpatía y tolerancia, permite por último una reedición de su obra frente a la cual coloca palabras tan elevadas y serenas que para encontrar otras semejantes tendríamos que irlas a buscar en el plácido Renan...

Sí; hasta hace poco no había podido hacerse una edición completa de las obras de Menéndez Pelayo, porque no la autorizaba el autor que quería corregir los tan censurados Heterodoxos. Esta obra había llegado a ser escasísima. Apareció de 1880 a 1882 y aunque su tirada fue de 4.000 ejemplares, habiéndose   -64-   agotado, pasó en los catálogos a la categoría de «rara» y se pedía 150 pesetas por la edición común y 250 por la de los pocos ejemplares tirados en papel de hilo. Varios editores le hicieron al autor repetidas instancias para una reedición; varias veces -y siempre en vano- se atacó su amor propio ya que por las proposiciones pecuniarias nada se conseguía... Menéndez Pelayo ideaba una minuciosa revisión de su obra, que acaso nunca le sería posible realizar. ¡Refundir tres volúmenes de crítica escritos treinta años atrás! El que haya ensayado alguna vez corregir unas simples cuartillas ha tiempo escritas, podrá calcular cómo aparecería ante un Menéndez Pelayo la idea de rehacer unos cuantos miles de páginas.

Pero el maestro fue siempre excepcional desde el punto de vista de la labor. Después de haber rehecho capítulos enteros, examinado cuantas investigaciones arrojaron treinta años de labor mundial, contrapesado sus opiniones y las que le fueron adversas, decidiose, por último, a la reedición. No resisto al deseo de hacer conocer la palabra honrada del Maestro en las «Advertencias preliminares» donde, con una probidad literaria que no puede escucharse sin admiración, explica la tarea realizada, cuán grandes son los escollos para el investigador y cómo los juicios se reforman con el tiempo.

«Nada envejece tan pronto -dice- como un libro de historia. Es triste verdad, pero hay que confesarla. El que sueñe con dar ilimitada permanencia a sus obras y gustos de las noticias y juicios estereotipados para siempre, hará bien en dedicarse a cualquier otro género de literatura, y no a este tan   -65-   penoso, en que cada día trae una rectificación, o un nuevo documento. La materia histórica es flotante y móvil de suyo y el historiador debe resignarse a ser un estudiante perpetuo y a perseguir la verdad donde quiera que pueda encontrar resquicio de ella sin que le detenga el temor de pasar por inconsecuente. No lo será en los principios, si en él están bien arraigados; no lo será en las leyes generales de la historia, ni en el juicio moral que pronuncie sobre los actos humanos. Pero en la depuración de los hechos está obligado a serlo... Tiene la investigación histórica, en quien honradamente la profesa -añade en otro momento- cierto poder elevada y moderador, que acalla el tumulto de las pasiones hasta cuando son generosas y de noble raíz, y restableciendo en el alma la perturbada armonía, conduce por camino despejado y llano al triunfo de la verdad y de la justicia... No es necesario inconveniente que la historia se llame apologética, porque el nombre la haría sospechosa. Las acciones humanas, cuando son rectas y ajustadas a la ley de Dios, no necesitan apología; cuando no lo son, sería temerario e inmoral empeño el defenderlas...».

Examina después su tarea y como síntesis de su autocrítica he aquí estas palabras: «Otro defecto tiene, sobre todo el último tomo, y es la excesiva acrimonia e intemperancia de expresión con que se califican ciertas tendencias o se juzgan algunos hombres. No necesito protestar que en nada de esto me movió un sentimiento hostil a tales personas. La mayor parte no me eran conocidas más que por sus hechos y por las doctrinas expuestas en sus libros o en su enseñanza. De casi todos pienso hoy lo mismo   -66-   que pensaba entonces, pero si ahora escribiese sobre el mismo tema lo haría con más templanza y sosiego, aspirando a la serena elevación propia de la Historia, aunque sea contemporánea, y que mal podría esperarse de un mozo de veintitrés años, apasionado e inexperto, contagiado por el ambiente de la polémica, y no bastante dueño de su pensamiento y de su palabra...».

He aquí cómo hablara de sí este pensador que acaba de desaparecer, quien a los 23 años era ya el autor de la Historia de los Heterodoxos españoles... ¿Precísase decir de un intelecto que a tal edad producía obra de semejante empuje, que no podía ser un cerebro susceptible de cristalización y que por lo tanto había de evolucionar?

Dije que Los Heterodoxos no abarcaron íntegro el plan de la obra de Menéndez Pelayo. Después, en efecto, de haber resucitado en esta obra el alma filosófica de la raza, era preciso revelar las diversas facetas de la misma. Y esto es lo que hace en La Ciencia Española, en la Historia de las Ideas Estéticas de España, en la Historia de la Poesía Castellana en la Edad Media y en la Historia de la Poesía Hispano-Americana.

En seis volúmenes nutridos de doctrina evoca Menéndez Pelayo, lo que fue estéticamente el alma íbera a través de los siglos. Temeroso de no poder ser justo, esta vez no llega a los días contemporáneos. Ya no es el «joven maestro» el que escribe. Es el pensador dueño de sí, impresionante y profundo. La Historia de las Ideas Estéticas en España es uno de esos monumentos que la crítica transcendente deja muy de tarde en tarde en los pueblos a manera de   -67-   piedra de toque, o a modo de jalón indicador de los tiempos. Sería preciso rememorar esas contadas obras que como Los orígenes de la Francia contemporánea han venido a sustituir las antiguas narraciones, por el análisis íntimo y la maravillosa resurrección de los grandes momentos, para hallar algún punto de comparación. Y aún así, no sería exacto, porque Taine trabajó sobre materiales manejables clasificados, pudiendo detenerse a voluntad en labores de adorno, sin otros obstáculos que los de la misma labor, sin una masa de opinión refractaria preparada por los siglos, las cosas, la adversidad... «Los franceses del antiguo régimen -dice el crítico francés- están muy cerca de nuestras miradas; todos nosotros en nuestra juventud, hemos podido frecuentar el trato de los supervivientes de ese mundo desvanecido; algunos de sus palacios subsisten todavía con sus habitaciones y muebles intactos. Con sus cuadros y estampas les seguimos en su vida íntima, vemos sus trajes, actitudes y gestos; su literatura, su filosofía y sus ciencias nos permiten reconstruir su pensamiento...».

Careció de estas ventajas el crítico hispano, que se vio en la necesidad de reconstruir el sentir nacional del pasado, extrayéndole milagrosamente de entre la ruina de las edades. Con esfuerzo genial amontona todo el polvo inerte de los tiempos y hace brotar de él vida, arte y belleza; la belleza que siglos tras siglos hiciera estremecer a un pueblo y que la marcha rápida de las cosas y el azar iban tal vez a ocultar para siempre como templo sepultado!

Si novedosa y atrevida es la concepción de Los   -68-   Heterodoxos, la de Las Ideas Estéticas de España es fascinante. Se desenvuelve inesperadamente a través de esta obra un mundo que ni sospechábamos. Sólo el tomo I, donde se examina a nuestros grandes ingenios de los días latinos, los Porcio, los Balbos, los Sénecas, los Lucano, los Marcial, los Quintilianos (antes tan rutinaria e indefectiblemente estudiados como romanos, sin querer ver el carácter hispano de sus temperamentos); sólo la revisión, hecha sobre el océano de la crítica panúrgica de varios siglos acerca de hombres, hechos, teorías y cosas, es de por sí algo que el espíritu admira y agradece como labor.

He hablado de crítica antipanúrgica y acuden a mi recuerdo tantas páginas valientes, novedosas, independientes y revolucionarias de este escritor ultramontano, que aún poseyendo espacio, no sabría cuáles elegir... Tal es en Las Ideas Estéticas la plétora de belleza y acierto. Ved, por ejemplo, algunas palabras sobre el autor de Vita beata:

«Séneca, como todos los hispano-romanos del imperio, tiene la gloria de haber condenado con acerbas, elocuentes y varoniles palabras, los extravíos literarios de su tiempo, la retórica fría, convencional, y amanerada, el arte que hoy llamaríamos de salón, las lecturas públicas, los espectáculos, el histrionismo declamatorio de los poetas, todo empleo innoble y bajo del arte y don divino de la poesía». «Enemiga del reposo del sabio (dice en la ep. 7.ª), es la conversación de muchos. Cada cual imprime en nosotros alguno de sus vicios... Retírate dentro de ti mismo cuanto puedas; no te lleve la ostentación del ingenio hasta el punto de recitar o disputar   -69-   ante muchos. No te diría yo que no lo hicieras, si tuvieses auditorio acomodado a tu entendimiento. Pero nadie hay en este pueblo que pueda entenderte... Créeme: no temas haber perdido el tiempo si es que has aprendido para ti».

«Este amor sumo al arte reposado, sereno, solitario, apartado del tumulto y confusión, lejos de la influencia corruptora del público, esa especie de aristocracia intelectual que Séneca quiere establecer, y por otra parte la intransigente rigidez de su criterio ético, le hacen condenar acerbamente todo arte popular, y combatir con encarnizado rigor el teatro, usando argumentos no muy distintos de los empleados en la famosa paradoja de Rousseau: «... no sólo vuelvo de un espectáculo avaro, ambicioso, lujurioso, sino que me hago más cruel e inhumano porque al fin he estado entre hombres...».

«No es raro en Séneca esta desalentada misantropía, y aún puede añadirse que respira toda su doctrina una íntima tristeza que toca en los lindes del pesimismo. Vanidad es para él la gloria; vanidad el arte mismo que cultiva hasta con afección; vanidad, la ciencia humana; sólo el mundo moral se salva de la ruina. Y sin embargo, en estos escritos tan tétricos y desconsolados, a la continua, se encuentran las afirmaciones más rotundas que hay en la antigüedad, del progreso del género humano, en todas sus actividades...».

No continúo. Me falta espacio para hablar de otros aspectos de la obra del Maestro. Por lo demás, una sola cosa puede dar verdadera idea de tal obra: el leerla.

Después de Las Ideas Estéticas vienen los tres   -70-   volúmenes de La Ciencia Española donde sólo las 300 páginas del «Inventario Bibliográfico» suponen una labor monumental, y demuestran ellas solas la tesis de la obra; la existencia de una vigorosa tradición científica.

Finalmente, aparece la Historia de la poesía castellana, resurrección del alma poética de la raza, en su aspecto metropolitano en primer término; y después en el más amplio de gran conjunto humano formando el mundo inmenso hispanoamericano, donde los conceptos raquíticos de nacionalidad se funden en el más grandioso y futural de Raza Íbera...

Este es, en mezquino esquema, el plan seguido. En él están apenas indicadas las cuatro direcciones principales en que se desenvuelve la idea magna que desarrolla el gran evocador en los treinta y tantos volúmenes de la que podríamos calificar como la más colosal enciclopedia peninsular. En este plan que el porvenir respetará y consagrará definitivamente -puliendo facetas y corrigiendo líneas acaso ásperas, acaso precipitadamente talladas- queda encerrado el genio de la Raza en su Pensamiento filosófico, en su Aporte científico, en su Criterio estético y en su Alma poética... Para desarrollarle, le fue preciso al autor la consagración de su vida. Y al considerar esto, ocurre pensar que quien sintió palpitar en su cerebro obra semejante y encontró energías para realizarla, no perteneció a la misma humanidad que pulula en torno nuestro. Él supo transmutar todos los amores, desechar todos los odios, extirpar todas las ambiciones, aprovechar todos los instantes para no malograr su paso   -71-   por la tierra. Cumplió hasta donde pudo, una misión que acaso él mismo entrevió le había sido indicada. Con todo, no le alcanzaron sus días para dar completa cima a ella.

Lo que queda escrito -como afirma su discípulo predilecto el joven sabio Bonilla de San Martín- «bien completo está, aunque a buen seguro que si mil años hubiera vivido Menéndez Pelayo, otras tantas veces hubiera rehecho su obra». Pero en la colección completa de todas, la Historia de la poesía Hispano-Americana sólo queda con dos tomos definitivamente terminados. Iba a ampliarla con la Historia de la poesía en Brasil, cuyos materiales poseía, pero no le dio tiempo. Tampoco pudo concluir en este sentido la Historia de la poesía castellana en la Edad Media, ni la Antología de poetas líricos españoles, interrumpida en el tomo XIII, así como tampoco la continuación de la Biblioteca de Rivadeneira, etc. Mas todo lo que deja inconcluso, verá la luz pública, gracias a Bonilla de San Martín, que se encargará de ello.

En lo ya citado deja lo esencial. A esto hay que añadir varias obras menos conocidas pero no por eso de escaso valor como Calderón y su teatro, Arnaldo de Villanueva, Ensayo sobre tres opúsculos de Arnaldo de Villanueva, Horacio en España, La poesía horaciana, La novela entre los latinos, Estudios críticos sobre escritores montañeses, Los orígenes del criticismo y del escepticismo y especialmente los precursores españoles de Kant, y tantas otras.

Tal fue la obra y tal fue el hombre. Añadid a las anteriores muestras de creación y de pensamiento,   -72-   las dotes del arte exquisito y las del estilo maravilloso y estaréis en camino de reconstruir siquiera una parte de la personalidad literaria del pensador, erudito, polemista, poeta y estilista que se llamó Marcelo Menéndez Pelayo.

Es posible escribir bella y claramente sobre cualquier materia; poseer un estilo elegante cuando elegantemente se piensa, pero no reunir las cualidades que caracterizaron el estilo de Menéndez Pelayo. Poseyó éste los múltiples matices de su privilegiado temperamento. Era a veces la rítmica habla conmovedora del poeta: otras, la palabra vigorosa de creador; muchas, la voz sencilla y serena del sabio, y era también, el acento vibrante del polemista, del creyente casi místico que anhela convencer, del cruzado de la espiritualidad que intenta salvar desesperadamente sus creencias en el naufragio de los tiempos...

Como poeta, en sus tradiciones y en sus obras personales, fue asimismo exquisito estilista de un clasicismo no exento de emoción. Sus cantos son plácidos ritmos de un horaciano sin desesperanzas, que no pide a la vida más de lo que ella puede conceder... Como escritor crítico, una elegancia natural y un entusiasta fuego -característico- caldea su prosa, que no cansa... Como expositor filosófico, pocos le igualaron. Nadie como él supo hacer agradable lo árido. Los problemas metafísicos transfórmanse cuando él los estudia, en algo revelador que nos interesa y nos afecta. Las entelequias incomprensibles dejan de serlo. Las repelentes logomaquias de los dialécticos conviértense en algo asimilable, mediante esa difícil facilidad peculiar de los   -73-   cerebros que dominan las ideas sin dejarse dominar por ellas... Una página filosófica de Menéndez Pelayo enseña más que muchos tratados oficiales, porque lo que en éstos es letra yerta, es en él idea viviente...

Los que sintieron alguna inclinación al ejercitar el intelecto en el noble ejercicio de la filosofía y fracasaron ante la avidez hierática de los tratadistas, acudan aun a los escritos de Menéndez Pelayo y verán que todavía es posible en estos días de ramplonería mental, experimentar placeres intensísimos examinando fenómenos del pensamiento, ideas al parecer muertas y conflictos intelectivos cuya transcendencia apenas sospechamos, encenagados en la vulgaridad de lo que llamamos la vida.

Viriato DÍAZ-PÉREZ

Asunción, julio, 1912.



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Grabados rupestres prehistóricos descubiertos en el Paraguay


Carta y fotografía del doctor Carlos Teichmann.- Contestación y dibujos del doctor Viriato Díaz-Pérez, director del Museo Nacional.



Carta dirigida por el doctor Carlos Teichmann al doctor Viriato Díaz-Pérez, director del Museo Nacional del Paraguay

Asunción, 2 de abril de 1943.

Señor Profesor Doctor Don Viriato Díaz-Pérez,
Director del Museo Nacional.

E. S. D.

Mi muy estimado doctor:

Tengo, por cierto, el gran placer de dirigirme a usted, llevado por el deseo de someter a su estudio y criterio, valiosos e interesantes a la vez, un hallazgo de grabados rupestres en tierra paraguaya. Durante un reciente viaje de estudio por la zona norteña oriental del país, encontré en un lugar bastante desierto, denominado Barrero Guaá, a una legua y media de Gamarra-cué, paraje en las cabeceras del arroyo Tagatiyá, una roca solitaria, de apariencia arenisca, que ofrecía, a simple vista, varios grabados rupestres, aparentemente ejecutados con hacha de piedra y ya casi invisibles, algunos de ellos a consecuencia de la acción del tiempo. He fotografiado una parte de dicho peñasco sin efectuar   -75-   retoques ni en el objeto ni en el negativo de la fotografía, de la que, con la presente, me complazco en remitirle a usted una copia.

Quisiera mencionar además, lo que usted probablemente no desconocerá, que los conocidos etnógrafos y etnólogos doctores Max Schmidt y Theodor Koch-Grünberg, hallaron grabados de caracteres similares, el primero en el Morro de Triumpho (Matto Grosso) y el último a orillas del río Caiary-Uapes, tributario del Río Negro, Amazonas, según consta en las obras de los citados investigadores, habiendo publicado el doctor Max Schmidt, en la Revista de la Sociedad Científica del Paraguay, tomo V, número 1, un estudio al respecto, y el doctor Koch-Grünberg mencionando dichos grabados en su obra Dos Años entre los Indios del Norte del Brasil, publicaciones que le remito a usted con estas líneas.

Ahora bien; no habiendo, pues, por mis mediocres alcances, podido esclarecer el origen etnológico, ni mucho menos el significado de los grabados rupestres precitados y siendo de mi conocimiento que el estudio de signos humanos es precisamente una especialidad a la que usted siempre se ha dedicado con preferencia, me permito solicitar de usted el obsequio de manifestarme, siempre que le sea posible, su opinión autorizada al respecto. Y pidiéndole, mi estimado doctor, me disculpe bondadosamente la molestia que con ella le causo, quizás inoportuna, y superflua, me es un placer presentarle mis saludos con la estima que siempre le he profesado.

S.S.S.
Carlos Teichmann


GRABADOS RUPESTRES hallados y fotografiados por el doctor Carlos Teichmann en un lugar denominado Barrero Guaá, cerca de Gamarra-cué, paraje situado en las cabeceras del arroyo Tagatiyá. Departamento de Concepción, Paraguay. Estos grabados se hallan en un área solitaria y apartada.



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Carta-contestación del doctor Viriato Díaz-Pérez, director del Museo Nacional del Paraguay, al doctor Carlos Teichmann

Asunción, 8 de abril de 1943.

Señor Profesor Doctor Carlos Teichmann.

Estimado amigo y colega:

Su hallazgo de grabados rupestres en tierra paraguaya es de sumo interés para la ciencia, a la que presta usted importante servicio con su contribución y fotografía que seguramente despertarán la curiosidad de los especialistas.

Con generoso optimismo respecto a mis conocimientos, me interroga usted acerca «del significado» y del «origen etnológico» de los grabados en cuestión. Le diré que si pudiera responderle debidamente, adquiriríamos ambos -usted descubridor y yo intérprete- notoriedad envidiable. Porque, como la totalidad de los llamados grabados rupestres, éstos del Paraguay, son por hoy enigmáticos, lo que no les quita, sino por lo contrario les añade, interés. Estos signos resultan un misterio más y bien lleno de sugerencias, en la investigación del pasado humano en épocas remotas.

De los signos hallados por usted en Barrero Guaá, lo primero que debe decirse es que por su estructura, grafismo y ubicación son característicos de este género de inscripciones PREHISTÓRICAS, sobre las que tan poco es lo que se sabe. Cuando publiqué en Madrid mi esquemática contribución «Escrituras Indescifrables» (Alrededor del Mundo,

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Entre los grabados rupestres, algunos son similares en Europa y América, encontrándose en inscripciones de ambos continentes. Los doce que reproducimos se encuentran, entre otros lugares -INCLUSO EL PARAGUAY- en los siguientes:
I. Pontevedra (España).- II. Villa de Moura (Brasil).- III. Cachoeira (Brasil).- IV. Río Negro (Brasil), y Fuencaliente (España).- V, VI y VII. Río Negro (Brasil). Fuencaliente (España). Corrales (Colombia).- VIII. Fuencaliente.- IX y X. Colombia. Ceará (Brasil); diversos lugares en Europa, etc.- XI. Serra da Escama (Brasil).- XII. West Kilpatrick (Escocia); otros lugares. EXISTE SEMEJANZA ENTRE ALGUNOS DE ESTOS SIGNOS Y OTROS HALLADOS EN EL PARAGUAY.

  -78-  

abril 1905), si mencioné este género de signos, dado lo admitido de su impenetrabilidad y su dudoso carácter de escritura. Pero lo que nosotros ignoramos hoy, puede ser conocido mañana y hay que SALVAR estas misteriosas supervivencias de un pasado remotísimo, que pueden contribuir a esclarecer los nebulosos orígenes de la cultura humana.

EXISTEN en el Paraguay otros especímenes de estas supervivencias, que reclaman el estudio científico y que están casi ignorados; otros EXISTIERON, puesto que se han perdido, tal la célebre LOZA de JARIGUAA, que se destrozó... Usted ha hecho muy bien en exhumar los signos de Barrero Guaá y el fotografiarlos.

Ahora bien, en mi deseo de complacer a usted le diré algo (y algo solamente tiene que ser, ya que tan poco existe sobre el particular) referente a estos grabados rupestres, en general; y usted comprobará, en lo que COINCIDEN con los hallados por usted, la importancia que tienen.

a) No hay que confundir, como se hace generalmente, las expresiones «grabados», «pictografías» y «pinturas» rupestres. Las célebres «pinturas» de la Cueva de Altamira, por ejemplo, nada tienen de común con los signos rupestres; no obstante, se confunden las denominaciones. Los del Paraguay son, netamente, grabados o signos rupestres.

b) Por extraordinario que ello pueda parecer, dichos signos poseen todos ellos cierta SIMILITUD en el trazado y en la grafía. Se ha querido ver en esta circunstancia, en forma simplista, mera coincidencia. No satisface esta teoría. Hay signos cuya complicación no puede ser fortuita; no se explicaría   -79-   su repetición en lugares y pueblos apartadísimos. Más bien revelan DESIGNIO REPRESENTATIVO DETERMINADO.

c) Dichos signos aparecen siempre en cavernas, o cuevas; o bien en abrigos o defensas naturales formados por aglomeraciones de peñas.

d) Suelen coincidir estas cavernas o abrigos con lugares dotados de alguna peculiaridad geográfica; o bien topográfica. Algunos están emplazados en lugares inaccesibles o desérticos en la actualidad.

e) NO SON PATRIMONIO DE UN CONTINENTE. Por no citar sino aquellos de que, por el momento, poseo reproducciones, le diré que aparecen en Europa; en España (Cuevas de la Granja, Jaén; Pontevedra; Fuencaliente, etc.). Existen en Escocia, Irlanda, Isla de Man, Dinamarca, etc. Aparecen en Francia. Los hay en toda América, en especial en Brasil, Colombia, Argentina. En Oceanía (Isla de Pascua, etc.). Con su misterio esculpido sobre las rocas se extienden diseminados a través de las más apartadas regiones de la Tierra. ENTRE ALGUNAS DE LAS CUALES RESULTA INEXPLICABLE HAYAN EXISTIDO CONEXIONES.

f) En las pictografías o pinturas rupestres se han encontrado semejanza con las de los pueblos salvajes ACTUALES; no parece que existen estas semejanzas tratándose de los signos o grabados de que hablamos.

g) HAY QUE ADMITIR QUE LA ANTIGÜEDAD DE LAS RAZAS QUE PRODUJERON ESTOS GRABADOS ES REMOTÍSIMA. ¡Atrevámonos a suponer que debió ser anterior a lo que conocemos como prehistórico!

  -80-  

h) Dichos signos guardan cierta relación entre sí -los de unas regiones con los de otras-; pero no con las grafías de los pueblos más o menos históricos (permítame la expresión) que con el transcurso de los siglos resultaron cercanos.

i) Los grabados en cuestión agrupados GROSSO MODO podrían clasificarse a primera vista en: esquemas de la figura humana; de animales; de utensilios; signos de carácter astronómico; religioso; mágico; conmemorativo; indicativos de enterramiento; de itinerario; indicativos de posible significación geográfica; albores de SISTEMAS de escritura; numeración; mnemotecnia, etc.

j) Si los grabados o signos rupestres fuesen anteriores a las «pinturas» (¿y por qué no suponerlo?) y aún siendo coetáneos de ellas, siempre resultaría que fueron ejecutados por hombres que, en Europa, por ejemplo -de donde tenemos más datos- convivían con el bisonte, el rinoceronte, el mamut, el elefante primitivo, etc. ¿Cuántos siglos de antigüedad necesitaríamos conceder a estos hombres?

Podríamos adentrarnos ahora en el terreno de las hipótesis. Pero no es la ocasión. Interrumpo estas líneas sin insistir, al puntualizar sobre el tema, para no sobrepasar abusivamente la extensión que la epístola admite en contestaciones como la presente. La materia se presta a sugerencias interesantes que deben ser tratadas con rigor científico.

Le saluda con toda consideración su amigo y colega.

Viriato DÍAZ-PÉREZ

El País - 27 abril, 1943.





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Hallazgo de nuevos grabados prehistóricos en el Paraguay


(Los enigmáticos signos en forma de «copa» o «cazoleta»)


Carta y fotografía del doctor Carlos Teichmann.- Contestación y dibujos del doctor Viriato Díaz-Pérez, director del Museo Nacional.



Carta dirigida por el doctor Carlos Teichmann al doctor Viriato Díaz-Pérez, director del Museo Nacional del Paraguay

Asunción, 20 de septiembre de 1944.

Señor Profesor Doctor Viriato Díaz-Pérez,
Director del Museo Nacional, Asunción.

Mi muy estimado doctor y amigo:

Tengo nuevamente el placer de dirigirme a usted, recordándole la correspondencia epistolar que habíamos tenido a principios del año próximo pasado referente a los grabados rupestres prehistóricos o protohistóricos, que he hallado en el lugar desierto denominado Barrero Guaá departamento de Concepción, Paraguay. Sometido dicho hallazgo a la opinión del Museo de la Universidad de La Plata y al Museo Nacional de Historia Natural de Nueva York, se nos había comunicado que dichos grabados o pictografías, encontrados también en otras partes de Sudamérica, constituían aún un misterio, cuyo esclarecimiento sería digno de todo estudio ulterior; coincidiendo esta opinión con la que usted ya me había manifestado en una extensa exposición, publicada   -82-   en el diario EL PAÍS de Asunción el 27 de abril de 1943.

Ahora bien: En mi segundo viaje a la zona de Barrero Guaá, cerca de las cabeceras del arroyo Tagatiyá, departamento de Concepción, con la intención de ampliar mis anteriores investigaciones, he hallado otros grabados, pero, a mi juicio, de grafía distinta a la de los encontrados anteriormente. En varias rocas de cuarcita, sobre «lienzos» VERTICALES, alisados y cubiertos de óxido de hierro hay grabados formados de puntos algo ahuecados de tres a cuatro centímetros de diámetro cada uno, colocados con cierta simetría y formando algunos hasta líneas PERPENDICULARES. Entre ellos se hallan interpuestos grabados de los que ya le había informado, es decir de grafía circular y semicircular.

He hallado, en el mismo terreno, muchos de dichos «lienzos» en las grutas y pasillos formados por enormes rocas caídas unas sobre otras; pero los grabados ya estaban, por los efectos de la erosión, casi invisibles. En las paredes de algunas rocas he encontrado una especie de nichos con aberturas rectangulares, los que valdrían la pena estudiar detenidamente para establecer si son naturales o trabajados por mano humana. Utensilios no he hallado a simple vista, y el suelo rocoso junto a los grabados no permitía excavaciones de prueba.

Con estos antecedentes, me permito remitirle a usted también una copia de la fotografía que he tomado de los nuevos grabados, sin retocar el objeto fotografiado ni el negativo de la fotografía.

Le agradecería, mi muy estimado doctor y amigo,   -83-   ya que tanto se ha dedicado usted al estudio de esta materia y mostrado verdadero interés por los mencionados hallazgos, si me diera su parecer respecto a la grafía de esos nuevos grabados, y quizás algunas indicaciones que podrían facilitar la prosecución de tales investigaciones.

Saludo a usted con mi mayor consideración y particular estima.

Carlos TEICHMANN


GRABADOS RUPESTRES, circulares y de puntos, hallados y fotografiados por el doctor Carlos Teichmann en un lugar desierto denominado Barrero Guaá, cerca de las cabeceras del arroyo Tagatiyá, departamento de Concepción, Paraguay.




Carta-contestación del doctor Viriato Díaz-Pérez, director del Museo Nacional del Paraguay, al doctor Carlos Teichmann

Asunción, 15 de octubre de 1944.

Señor profesor doctor Carlos Teichmann.

Estimado amigo y colega:

En mi comunicación anterior a la que motiva estas líneas, donde daba cuenta de su descubrimiento de Grabados Rupestres prehistóricos en Barrero Guaá (departamento de Concepción) y a la que respondí en EL PAÍS de 27 de abril de 1943, no me detuve en recalcar el hecho de que se trataba de la primera contribución sobre el tema aparecida en el Paraguay. Lo hago ahora, y añado que si aquel su primer hallazgo tenía suma importancia, que fue reconocida en el extranjero (Museo de La Plata y Museo Nacional de Historia Natural de Nueva York), este segundo descubrimiento, referente a los nuevos grabados hallados por usted igualmente en Barrero Guaá, cabeceras del Tagatiyá, la tiene aún mayor. Si al tratar de los signos rupestres anteriores, decíamos que eran los primeros hechos conocer (sic) en el Paraguay,   -84-   al referirnos a los últimos hemos de decir que, probablemente, se trata de los PRIMEROS DE SU GÉNERO de que se habla en el Continente. Desearíamos equivocarnos. Si alguna vez en verdad han sido reproducidos signos similares en yacimientos americanos (entremezclados con otros de índole diversa), no conocemos monografía alguna especial que se haya detenido a indicar la extraordinaria importancia de los grabados en cuestión.

Esta importancia es tal que, en las presentes líneas sólo se da cuenta de las inmediatas sugerencias que evoca el hallazgo, reservando para después de un examen las conclusiones que reclaman.

Los grabados hallados por usted, en las cabeceras del Tagatiyá, «rupestres», si hemos de valernos de una denominación general, son de excepcional interés, especialísimo. Pertenecen a los denominados por los arqueólogos franceses CUPULES, BASSINS o ECUELLES; son los denominados por los sabios ingleses marcas en forma de CUPS (copas); son los que los arqueólogos españoles llaman «cazoletas». Y, fantásticamente y osadamente han sido descritos como signos oghámicos u ógmicos por algunos investigadores aunque sin apoyo realmente científico, a nuestro parecer.

Estos grabados, como usted habrá comprobado, son incisiones de vario tamaño, en forma de copas, o cazoletas, o puntos más o menos grandes rebajados en la piedra en forma de pequeñas oquedades redondeadas con relativo esmero, dispuestas en un cierto orden en línea, en grupos, en alineaciones relativamente regulares o bien en desorden. Aparecen en rocas o en muros de piedra y revelan por diversas   -85-   circunstancias pertenecer a una antigüedad remotísima. Sir Rivett-Carnac sugiere que son representaciones ideográficas de una etapa de la humanidad anterior a la de los metales.


I. Signos hallados en Escocia, según Simpson.- II. Signos hallados en Galicia, según A. M. B. Meakin.- III. Signos encontrados en Extremadura, España, por Roso de Luna.- IV. Signos hallados en los túmulos de Renongart, Francia.- V. Signos hallados en Chandeswar, India, según Rivett-Carnac.- VI. Signos grabados en una barra; de la civilización egea, según Glotz.

Se encuentran estos signos en rocas aisladas constituyendo ellos el único grabado. O bien acompañan a antiquísimas pictografías rupestres como si fueran complemento, aclaración o explicación de ellas. En los dibujos eneolíticos de Peña Tu (Asturias)   -86-   o en la barra con jeroglíficos egeos que describe Gustavo Glotz (LA CIVILIZACIÓN EGEA, Barcelona, 1926) acompañan a las pictografías. En los descritos por Obermaier, de Galicia, aparecen mezclados con figuras rupestres comunes. En ocasiones están dispuestos en alineaciones o grupos en los que cada cazoleta está separada o aislada; y en otras, están entrelazadas o comunicándose unas con otras por medio de líneas, como los nudos hechos en una cuerda o a modo de los quipos peruanos, o de ciertas escrituras antiquísimas chinas. Así se encuentran en la reproducción de la obra de A. M. B. Meakin: GALIZIA, THE SWITZERLAND OF SPAIN. También van combinados con rayas, como los de Extremadura, de que habla Roso de Luna, para quien tienen aspecto de inscripción de tipo oghámico.

Figuran estos signos bien en rocas aisladas, bien en rocas reunidas y aglomeradas. Algunos aseguran que estos signos en forma de copa o cazoleta se encuentran en estatuas o ídolos prehistóricos, tales como los llamados «Toros de Guisando» en España.

Aunque no con la abundancia relativa de los caracteres rupestres, estos signos en forma de copa, aparecen tanto en el viejo como en el nuevo continente, en África, en Asia, en Oceanía.

Ahora bien: ¿qué son dichos signos?, ¿a qué época, a qué raza pertenecen? ¿Se puede afirmar algo sobre ellos en concreto? Lo científico es confesar que no sabemos qué representan, ni cuál es su origen.

Sobre ellos se han emitido diversas hipótesis,   -87-   algunas más o menos sensatas, otras descabelladas.


Rocas con marcas o signos en forma de «copa» o «cazoleta».

Nada menos que el gran Humboldt, tan comprensivo por lo general, incurrió en la ligereza de atribuirles a pasatiempos de «cazadores ociosos». Pierart, refiriéndose a las inscripciones halladas, en las cercanías de París (Saint Maur des Fosses) asegura que las cúpulas allí encontradas estaban destinadas a recibir substancias grasas, que con un pabilo, pudieran servir a modo de lámparas votivas. Alejandro Bertrand, mencionado en la docta obra del brasileño Gustavo Barroso (AQUEM DA ATLANTIDA.   -88-   Sao Paulo. 1931), sostiene (LA RELIGION DES GALLOIS) que en estas cazoletas se depositaban ofrendas de óleos o cereales a los dioses prehistóricos. Es evidente que estas dos hipótesis resultaban inadmisibles con sólo recordar que las oquedades en cuestión se encuentran en numerosas ocasiones en piedras y muros VERTICALES, donde ningún líquido ni sólido podría ser colocado.

Para el sabio Riviere las cazoletas son signos que tuvieron un sentido que nos es desconocido.

El gran polígrafo Roso de Luna, compañero que fue y «dos veces compatriota» (según él decía, del que esto escribe), estudió estos signos en su obra LA CIENCIA LITERARIA DE LOS MAYAS, ensayando vincularlos a otros de carácter numeral, contenidos en los códices mexicanos Anahuac (Boletín de la Academia de la Historia, 1911 y volumen del editor Pueyo. Madrid). Las conclusiones, a que llega son de interpretación numérica interesantísima. Se apoya para su trabajo en otros anteriores del sabio orientalista egiptólogo español Manuel Treviño, que estudió, con el que esto escribe, la importante colección de los llamados «cuadrados mágicos» conservados en el Museo Arqueológico de Madrid, en trabajo importantísimo aparecido en la revista española SOPHIA (Madrid 1908). Según estos investigadores, signos similares a los en cuestión, vale decir, en forma de copa o cazoleta, tendrían conexión con otros de tipo oghámico y maya. Según Treviño estarían relacionados con ideogramas simbólicos chinos.

Mas quien estudió directamente el problema que suscita estos signos fue el arqueólogo inglés sir   -89-   J. H. Rivett-Carnac en su trabajo «CUP-MARKS, AS AN ARCHAIC FORM OF INSCRIPTION» (1903), publicado en el Journal of the Royal Asiatic Society, según se verá.

La escritora A. M. B. Meakin en su notable volumen GALIZIA, THE SWITZERLAND OF SPAIN (London 1909) al insertar los curiosos dibujos hallados en Pontevedra, da cuenta de diversas hipótesis emitidas al respecto. Entre ellas figura la que les atribuye valor ya cartográfico, ya astronómico, ya enumerativo tribal, ya ideológico, etc.

H. P. Blavatsky en su fundamental obra THE SECRET DOCTRINE (primera edición española; volumen II, página 316) menciona estos signos en forma de copa acerca de los cuales dice lo que sigue: «El distinguido arqueólogo sir Rivett Carnac, de Allahabad, muestra admiración al ver que las descripciones hechas por sir J. Simpson, de señales o marcas a semejanza de una copa que se ven en piedras y rocas en Inglaterra, Escocia y otros países occidentales se parecen extraordinariamente a las marcas en piedras colocadas para "impedir" que entren los animales que circundan los cementerios de Nagpur, "la ciudad de las Serpientes", en la India. Las marcas en formas de copas, observadas, por sir J. Simpson, y las "oquedades socavadas en la superficie de las rocas y monumentos", encontrados por sir Rivett Carnac, de tamaños diferentes, variando desde seis pulgadas a una y media de diámetro, y de una a una y media de profundidad, DISPUESTAS GENERALMENTE EN LÍNEAS PERPENDICULARES, que presentan muchos trueques en el número, tamaño, y disposición de   -90-   copas, son sencillamente REGISTROS ESCRITOS de las razas más antiguas. El que examine con atención los dibujos que forman tales marcas en la obra ARCHAEOLOGICAL NOTES ON ANCIENT SCULPTURING ON ROCKS, IN KUMAON, INDIA, encontrará en ellas la forma más primitiva de marcar o registrar. Una cosa por el estilo, fue la que adoptaron los inventores americanos para la escritura telegráfica (sistema Morse) que hace recordar la antiquísima escritura Ogham, combinación de trazos largos y cortos. Suecia, Noruega, Escandinavia están llenas de tales anales ESCRITOS, en los cuales, a las marcas en forma de copa, acompañan trazos largos y cortos semejantes a los caracteres rúnicos».

Podríamos añadir nosotros que las marcas escandinavas recuerdan las españolas descritas por Rosa de Luna (figura número III de nuestras reproducciones).

Para terminar estas líneas, diremos que, en lo sucesivo, al tratar de las enigmáticas CUP-MARKS de los arqueólogos ingleses o signos en forma de copa o CAZOLETA, de los arqueólogos españoles, habrá de incluirse entre sus más interesantes especímenes el descubierto por usted en Barrero Guaá, cabeceras del Tagatiyá, departamento de Concepción.

No permiten las condiciones de una noticia periodística extenderse más sobre el tema.

LA ROCA GRABADA DE BARRERO GUAÁ DESCUBIERTA POR USTED ES DE UN INMENSO VALOR ARQUEOLÓGICO. Pero no debemos emitir, por el momento, hipótesis ni sugerencias sobre ella. Algunas que no osamos exteriorizar podrían ser de   -91-   enorme importancia científica. Las instituciones culturales oficiales, apoyadas debidamente, deberían interesarse en esta investigación.

Saludo a usted, distinguido profesor Teichmann, como afectísimo, amigo y colega.

Viriato DÍAZ-PÉREZ

El País - 28 octubre, 1944.





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El «Ojo del mar» de Pypucú


(Un misterio geológico en el departamento de Concepción)


Por el doctor CARLOS TEICHMANN

La zona norteña del Paraguay, en la soledad de sus serranías y selvas, en la profundidad de su subsuelo, oculta aún muchísimos misterios, cuyo esclarecimiento debiera ser el noble afán del explorador y hombre de ciencia. Allí por donde se precipitan ruidosamente el Apa y el Aquidabán, y serpentean los numerosos y revoltosos arroyuelos, por donde cerros encrespados de árboles y matas forman filas a través de campos suavemente ondulados, ha puesto la naturaleza, como desafiando el poder mental del hombre, impresionantes signos de interrogación. Y no tan sólo la naturaleza, sino también los habitantes primitivos de nuestro continente nos han dejado testimonios de su prehistórica vida. Tuve ya la oportunidad de comunicar por intermedio de El País (27-4-43; 28-10-44) la existencia de varios grabados rupestres prehistóricos (o protohistóricos), que hallé en aquella región. Acerca de dichos signos emitieron opinión el director del Museo Nacional, doctor Viriato Díaz-Pérez, el Museo de La Plata y el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. Estos dictámenes, que también fueron publicados en El País dejaron constancia del misterio que aún rodea a esas manifestaciones gráficas del hombre americano.

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Pero no sólo en el ámbito arqueológico, sino también y eso con más urgencia, en el geológico y mineralógico, reclama la zona norteña del Paraguay un vasto y detenido estudio. La necesidad de tal investigación se desprende suficientemente de algunos hallazgos mineralógicos y paleontológicos que se han hecho en esa región, pero que carecen aún del veredicto científico.

Con el único fin de demostrar la conveniencia de una exploración prolija del departamento de Concepción, quisiera, con esta publicación, llamar la atención sobre la existencia de un fenómeno geológico, que por su ubicación, tamaño y otras características extraordinarias ha exaltado la imaginación y fantasía de los pocos que lo han visto, y no es de dudar de que también despertará el interés de los doctos en geología.

Se trata de un enorme pozo, de cuya existencia se tenían en Asunción tan sólo algunas vagas referencias, informaciones que fueron objeto de conversaciones que mantuve con el doctor don Ricardo Boettner, catedrático de Química y Mineralogía en nuestra Universidad. Hallándose dedicado este profesor a un interesantísimo estudio geológico del suelo paraguayo, investigación que, como ya se puede apreciar, llegará a sorprendentes conclusiones, la confirmación de la existencia de ese hoyo edáfico no dejaría de aportar a sus teorías valiosos elementos de juicio. El doctor Ricardo Boettner, dicho sea de paso, se ha adjudicado un verdadero triunfo en el terreno de la paleontología al descubrir recientemente, entre Itacurubí de la Cordillera y Valenzuela, por primera vez en el Paraguay, un ejemplar   -94-   extraordinario de Homalonutus, trilobites de especie aún desconocida. Representa éste un crustáceo fosilizado de la era primaria y cuya edad se calcula en unos quinientos millones de años. La importancia de este hallazgo ya ha sido reconocida debidamente en el extranjero.

Pues bien: animado por esas conversaciones que tuve con el doctor Ricardo Boettner, resolví ir en busca de aquel misterioso pozo y establecer lo que de cierto había en torno a él.

Al desembarcar en Puerto Fonciere, obtuve por de pronto la seguridad de que dicho pozo existía realmente. Lo que ahora me faltaba, era establecer sus características, tomar fotografías de sus contornos, efectuar algunas mediciones y traer, para su análisis, pruebas de las piedras y aguas que encontrara en él.

Como deber de gratitud, debo mencionar aquí la amplia ayuda que me prestaron, para la feliz y pronta realización de mi propósito, el administrador general de la Fonciere, señor Paul H. Cox, el inspector general señor Pablo Kulka y el mayordomo general señor José Zavala, ya que el trayecto hasta llegar al citado hoyo había de ser largo y penoso.

A medida que avanzaba en mi viaje, iba recopilando las múltiples leyendas y opiniones que alrededor de dicho pozo había bordado la mente sencilla y romántica de nuestro hombre de campo, no obstante que los más de mis complacientes informantes nunca lo habían visto. No faltaban tampoco esos cuentos que suelen comenzar tan amenamente con este sospechoso prólogo: «Hay un viejo que dice que cuando era muchacho un viejo le contó que   -95-   otro más viejo al morir le dijo que su abuelito, etc., etc.». Y érase que uno de esa serie ascendiente de viejos había bajado de una soga a ese pozo, y bajando y bajando llegó repentinamente a una abertura, pasó por ella y se encontró en una estancia. Allí todo era raro y desconocido para él, otros los árboles, otros los pastos, y hasta el estilo arquitectónico de los ranchos era diferente; pero cuando notó que los peones eran de otra raza y no hablaban en guaraní, se asustó, se metió de nuevo en el pozo, y bajando o sea trepando volvió a salir en la República del Paraguay. Es de suponer, pues, que este simpático viejo, habrá salido al otro lado del mundo para encontrarse con nuestros amarillentos antípodas y que al regresar nos trajo, como pieza probatoria de su excursión, nada menos que este magnífico cuento chino.

En cambio, lo que más revela el poder imaginativo de nuestro hombre de campo, es la creencia de que dicho pozo sea un «ojo del mar». El océano habría perforado un agujero a través del continente que está flotando sobre él, para observar lo que nosotros hacemos o no hacemos aquí en el Paraguay. Y como para abonar las razones de esa suposición, se me aseguraba que el agua de ese pozo es cristalina, azul y transparente, como si fuera la córnea del ojo; que todo lo que cae en esa agua, sean hojas, ramas, o cualquier otro objeto, desaparece en ella; que el nivel del agua nunca cambia; haya inundaciones o sequía; que la tierra y arena de su barranca se mueve al pisarla; que no se ha podido medir su fondo, a pesar de haberse atado piedras pesadas a varios lazos unidos; y que todo   -96-   animal sea equino, vacuno o silvestre, se resiste a entrar en la isla que circunda dicho hoyo.

Ahora bien; copiosamente pertrechado de cuentos y relatos e informes, no faltando las bienintencionadas advertencias y recomendaciones para poder guardarme de los tantos peligros con que me encontraría junto al pozo, sin excluir las maldades de los ypora, llegué al fin, al enigmático «ojo del mar».

Y he aquí la realidad:

A unas tres leguas de Toldo-cué, establecimiento de La Fonciere, y a casi cuatro del Río Apa, en pleno campo abierto y ondulado, en una lomada de algunos metros de altura, rodeado de una islita de escasa vegetación (yatebó y samu hú), se halla un pozo, denominado «La Salamanca», casi redondo, cuyo diámetro ha de variar entre sesenta y ochenta metros, según pude estimar con el telémetro de mi aparato fotográfico. Esta enorme cavidad contiene -confirmándose ya uno de los informes que me habían dado- agua cristalina que refleja un hermoso color azul de una nitidez como no la he observado aún en el Paraguay. Igualmente hallé confirmado el dato de que no encontraría cosa alguna flotando en su superficie, pues en verdad, no observé ni una sola hoja que fuera una mancha en el espejo límpido de esa agua, y eso que el día anterior había soplado un viento tormentoso que tuvo que haber arrancado algún follaje de los árboles que adornan el barranco. Sin embargo, una rama seca que arrojé al agua permaneció a flote unas dos horas hasta que me retiré del pozo, no pudiendo comprobar si se habría hundido posteriormente.

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Esquema horizontal (aproximadamente) de «La Salamanca», pozo situado en el paraje de Pypucú, estancia de Toldo-Cué, establecimiento de La Fonciere, departamento de Concepción. El diámetro varía entre 60 y 80 metros desconociéndose aún su profundidad. Este pozo se halla en un campo abierto, dentro de una isla de escasa vegetación.

El barranco es completamente a pico en todo el derredor de la cavidad y tiene unos diez metros de altura sobre el nivel del agua, consistiendo su parte superior de tierra arenosa cubierta de poca vegetación, y su parte inferior, a flor del agua, de un paredón perpendicular de piedra. Estos paredones   -98-   en la parte meridional del pozo, forman entre sí rectángulos.

Asimismo aquel otro detalle que se me había proporcionado, de que en algunas partes se mueve el suelo al pisarlo, era cierto, pues la bajada hasta llegar a los paredones, apoyándome en piedras de arena blanda que se desmoronaba, fue realmente, aún estando atado de un lazo, una empresa bastante arriesgada, sobre todo si no se posee ni la técnica ni el cuerpo de alpinista. No es de extrañar, pues, que sólo muy contadas personas se hayan aventurado hasta ahora a descender por esa pendiente. Sería ciertamente, difícil en este apartado lugar salvar a una persona que cayese al agua de ese hoyo.

Al llegar a la altura de los paredones, procedí a medir la profundidad del pozo junto al borde ya que por falta de una embarcación o jangada no era posible sondarla en su mismo centro. Hice correr a lo largo del paredón una piedra pesada atada de un hilo fino, hallando fondo a unos veinticuatro metros bajo el nivel del agua, es decir, a unos treinta y cuatro desde el borde del barranco. No quiero asegurar que la piedra haya tocado el mismo fondo del pozo, pues pudo haberse atrancado simplemente en una comba del paredón. Lo que ahora sería de sumo interés, es conocer la profundidad en su mismo centro, la que podría resultar sorprendente.

La otra observación que se me había transmitido, de que no penetran animales en la isleta que rodea el pozo, tiene visos de verdad, pues no hallé rastros algunos de ellos. Es de presumir que los animales, advertidos por su instinto, presienten los   -99-   peligros que para ellos entraña ese hoyo, impresionados sobre todo por la infirmeza del suelo en su derrededor.

Respecto al nivel del agua, según datos fidedignos, éste no varía mayormente, apenas unos centímetros, sea en época de sequía o de lluvias. Habría, pues, que averiguar, si esa enorme cantidad de agua que contiene el pozo es estancada o si tiene conexión con corrientes subterráneas.

En fin, resumiendo todo lo visto: ¿qué representa esta extraordinaria abertura del suelo? -¿cuál es su origen?- ¿fue una vez el cráter de un volcán? ¿o el orificio cavado por un meteorito? ¿una rotura a causa de fuertes dislocaciones de la tierra? ¿la obra erosiva de un glaciar quizás?

Pues bien; dejemos la solución de todos estos problemas a cargo de los especialistas nacionales. Lo que queda por desear es que este «ojo del mar», situado dentro de una configuración geológica arcaica sumamente interesante, se convierta pronto en un «ojo de la ciencia» que permita al hombre escudriñar a través de miles de millones de años la historia del suelo paraguayo y, por ende, del planeta que habitamos.

Yo de mi parte aporto a ello -y me conformo- sólo estos datos generales y algunas muestras de rocas que para su debido análisis acabo de entregar a mis amigos los mineralogistas y químicos. (Por las garrapatas que también llevé como recuerdo de ese pozo, no hubo interés, ya que dichos animalitos lastimosamente, no se han fosilizado todavía).

Me despedí, al fin, de la Salamanca, no sin percatarme antes, durante un rato de impasible contemplación,   -100-   del influjo enigmático que esa enorme abertura es capaz de ejercer sobre un hombre sensitivo sea éste pintor o poeta, o sea también, como mi abnegado acompañante, tan sólo un sencillo y humilde hijo del campo, cuyo único alfabeto, para concebir las grandes cosas de este mundo, eran las voces y los colores de la naturaleza. Y, verdaderamente, la Salamanca, de Pypucú sumergida en el silencio profundo de su soledad abriendo la gigantesca garganta como si quisiera expeler el misterio que en sus entrañas encierra, produce en el curioso que por su borde se asoma, atraído por el brillo cristalino de sus aguas, una sensación de vértigo y aun de temor.

Y así fue que rumbeando taciturnos por los tranquilos campos de Toldo-cué, al llegar a un portón mi joven baquiano rompe el prolongado silencio con esta dubitativa confesión: «Le tengo miedo a la Salamanca». Y yo le comprendí.

La Tribuna - 22 septiembre, 1946.



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