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Faustina Sáez de Melgar, escritora y «ángel del hogar», imagen plástico-literaria

Francisca García Jáñez



[...] la mujer escritora puede dedicarse a las más arduas tareas literarias sin desatender sus deberes y sin desmerecer en nada del renombre de modesta y virtuosa.

[...] la literatura en la mujer, lejos de ser perjudicial, es hasta conveniente y necesaria.


F. Sáez de Melgar, «La literatura en la mujer», La Violeta, 20 agosto 1865, p. 401                






La imagen de Faustina Sáez de Melgar, escritora y «ángel del hogar», podría plantearse a partir de dos premisas, la que ella ofrece de sí misma como mujer, madre y esposa, a través de su retrato físico y de algunos rasgos de su personalidad revelados en su obra; y la realidad que de su vida y actividades profesionales ofrece la época en la que vivió, es decir, la imagen que de ella aportaba la crítica tanto masculina como femenina, además de su trabajo como periodista y literata.




La imagen que ella ofrece de sí misma

Sabemos que su nacimiento tuvo lugar en 1834 en un pueblecito de Madrid, Villamanrique de Tajo, y que sus comienzos literarios fueron tempranos a pesar de la oposición de sus padres1. Pilar Sinués revela que la autora «aprendió sola gramática, geografía e historia» y que publicó su primera poesía, «La paloma torcaz», en El Correo de la Moda cuando sólo contaba diecisiete años2. La vida personal y literaria de Faustina Sáez está muy ligada a su marido, el editor Valentín Melgar, con el que se casó en 1855, fecha en que se estableció en Madrid. Su primer libro de poesías, La Lira del Tajo, apareció en 1859 alentado por el ánimo de su esposo después de la pérdida de su primer hijo:

Conociendo entonces su esposo, con ese instinto que solo puede nacer de un corazón amante, que únicamente un estímulo muy fuerte podía devolver al ánimo abatido de Faustina, su antigua animación y su alegría, la obligó cariñosamente a reunir una colección de poesías, que se dieron a la prensa con el título de La Lira del Tajo, y que están dedicadas a S. M. la Reina3.



Toda la crítica coincide, y especialmente Íñigo Sánchez Llama, en que la vida personal y profesional de Faustina Sáez «resulta inseparable de los cambios acaecidos en España durante el reinado de Isabel II»4, y además está marcada por dos etapas diferentes ideológica y literariamente: una más conservadora, la etapa isabelina, en la que la escritora adopta las normas de «ángel del hogar»; y otra, más liberal, la de la Restauración, en la que amplía su ideario pedagógico y cambia su ideología en el planteamiento de sus últimas novelas.

Vayamos primeramente a la imagen plástica que conservamos de Faustina Sáez de Melgar, un grabado realizado por J. Donon en 1859 para su obra La lira del Tajo, que nos ayuda a indagar algo más en la autora. En este momento la autora ya está casada y ha iniciado su trayectoria literaria. Vemos a una mujer de tan sólo 24 años cuya boca, pequeña y disciplinada, y sus ojos, firmes y vivos, parecen transmitir una mirada aguda y rápida. Adivinamos en este rostro esa «encantadora palidez» de la que nos habla Ortega y Gasset, y que remite a los conceptos románticos de blancura, enfermedad, melancolía o pureza5. La imagen de la autora tiene cierto encanto. Dado su desarrollo corporal parece de mayor edad que la que efectivamente tiene. La descripción que su amiga Pilar Sinués hace de ella es una imagen prosopográfica demasiado encomiástica:

Su estatura es alta y majestuosa, de formas llenas de hermosura y armonía; su tez, blanca como la azucena, hace un precioso contraste con sus ojos y sus cabellos oscuros; su boca sonrosada y fresca, está enriquecida por una lindísima dentadura; su frente es alta y despejada; su garganta, sus brazos y sus manos, torneados y perfectos6.



La viveza y animosidad que aparecen en el retrato pictórico de Faustina contrastan con un rostro poco agraciado. La hermosura a la que alude su amiga Pilar Sinués quizá sea la del alma, la espiritual, como dice Faustina, «fe sublime que [se] refleja en la frente de toda persona dotada de sensibilidad, y que nos hace conocer los goces de espíritu»7; y la armonía bien podría referirse a la elegancia en su vestimenta y actuación.

Es curioso destacar las opiniones de la época con respecto a la unión de los conceptos de belleza y elegancia que se divulgaban en las innumerables revistas de modas. La escritora francesa Madame de Girardin, llamada «El vizconde de Launay», aconsejaba en sus cartas como «uno de los primeros deberes de la mujer [...] el de ser bonita»8. Elegancia y belleza iban también ligadas al tópico social de la juventud. Gertrudis Gómez de Avellaneda en «La dama de buen tono» achaca la manipulación del cuerpo femenino y su belleza a la industria de la moda: «[...] cuando se ajan sus encantos [...] la sociedad -dueña ingrata, ídolo desinteresado- la arroja con desprecio»9. Pilar Sinués defiende esa moda que embellece a la mujer si existe una moderación en su empleo, eterno debate -con un fundamento platónico idealista- de la naturaleza y la cultura, lo bello y lo feo, lo interior y exterior, lo moral y lo físico, el espíritu y el cuerpo: «La moda suministra a la mujer los medios de embellecerse ahuyentando la monotonía y la pesadez de los adornos, dando a cada bella joven variedad, en medio de su hermosura, y prestando atractivos a la que no debió mucho a la naturaleza»10.

Interesante también es citar algún ejemplo que la crítica masculina escribe sobre este tema. En el artículo «La fea» de Las españolas pintadas por los españoles11, Carlos Frontaura establece irónicamente varias tipologías de la mujer fea: la pobre fea abandonada, la fea rebelde a su destino, la fea compuesta, la fea modesta. La imagen literaria de esta última es la que más se asemeja a la mujer romántica, pero el patriotismo que defiende el autor es humillante así como la imagen de la mujer que nos presenta, hermosa, bonita, pero sin inteligencia:

Esta mujer incomparable es feliz en la felicidad de los demás, es caritativa, es una santa, cuya fealdad física solamente asusta a los indiferentes, a los tontos, pero no a los que saben sentir y comprender la virtud. [...] Como que éste es el país de lo bueno, y francamente, señoras y señores, las feas españolas valen mucho más que las bonitas de otros países. Y me quedo corto12.



F. Moreno Godino, en su artículo «La elegante», hace un retrato físico muy plástico de la mujer elegante de la época donde lo racial está por encima de lo estético y se identifica con lo social:

La mujer verdaderamente elegante puede ser bonita o fea, pero casi siempre se observarán en ella las señales de su raza privilegiada. La frente alta, las orejas pequeñas, los ojos dulces o vivos, el cuello y las manos ligeramente prolongadas y el pie graciosamente arqueado como el de La Leda de Benvenuto Cellini13.



¿Qué imagen se tenía en la época de la mujer madrileña? Patrocinio de Biedma, en su artículo «La madrileña», nos da una curiosa imagen física de ella: «la madrileña, generalmente no es hermosa, en la acepción de esta palabra; pero es bella, es linda, es graciosa, casi en su generalidad, y con muy raras excepciones»; y continúa: «será difícil encontrar una madrileña de correctas facciones, de amplio seno, de irreprochables formas, pero aún lo será encontrar una que merezca en absoluto llamarse fea»14.

Retomemos la imagen de Faustina Sáez pero deteniéndonos ahora en su etopeya. Aquellos que la conocían destacan entre los rasgos de su personalidad la discreción, la bondad, la humildad y la ternura. Pilar Sinués insiste con elogios en «la bondad de su corazón», en «su modestia y timidez», quizá generada esta última por el escaso cariño que le profesaron sus padres en la adolescencia, críticos satíricos de su dedicación a la escritura:

Tantos sufrimientos, debían dejar su huella: el carácter de Faustina, se hizo triste y serio: huía de todos para buscar la soledad y el retiro, y para no oír las punzantes sátiras de que era objeto: y, sin embargo, era tan irresistible su vocación, que trabajaba de continuo, llegando a reunir hasta la época de su casamiento, multitud de composiciones poéticas, novelas, leyendas religiosas, algunas piezas dramáticas y una colección de leyendas históricas en verso15.



Como vemos, una especie de humillación asumida como culpable donde el modelo de mujer que debe cumplir Faustina Sáez en su adolescencia es el de «ángel del hogar».

Pero ¿cuál es la imagen que la autora promueve de sí misma? La introducción del «prospecto» de la revista La Mujer dirigida por ella -bastante paradójica con respecto a otras manifestaciones- parece resumir la imagen interior y exterior de sí misma en un momento decisivo en su carrera profesional, 1871:

Mujer, esposa y madre, antes que escritora, la fundadora de esta revista, ha consagrado siempre sus tareas a enaltecer a su sexo, ha luchado con todas sus fuerzas en tan espinoso terreno, reclamando el puesto que las corresponde en la esfera social, y enseñando a sus hermanas, que su misión de caridad, de paz y de amor no está en las ardientes luchas de la política, terreno propio del sexo fuerte, sino en el fondo del hogar, como madre, como educadora de sus hijos, como inspiradora del esposo, que [...] necesita la benéfica influencia de la mujer que se deja sentir dulce y blanda infiltrándose inconscientemente, quizá en el turbulento espíritu del hombre. [...] La revolución puede cambiar nuestra condición social si los hombres comprenden la importancia de la educación y nos marcan los deberes y derechos que nos son propios y nos guían por los caminos de la ilustración16.



No parece casual que en esta manifestación aparezca como primer término la palabra «mujer». Ante la valoración de sí misma, Faustina Sáez expone inmediatamente los roles de esposa y madre antepuestos al de escritora. Ningún término se excluye, más bien se complementan con distinto orden de prioridad: primero es la condición biológica, -un atributo «natural» pero también social- y luego la de esposa y madre, o lo que es lo mismo, «ángel del hogar». ¿Hemos de interpretar estas declaraciones como una defensa de lo privado frente a lo público? ¿O tal vez como una declaración de principios personales y sociales? ¿O es que la autora reafirma claramente su papel femenino domesticado?

Resultan clarificadoras las declaraciones donde años antes, en un artículo titulado «La literatura en la mujer», Faustina Sáez había ya manifestado la importancia de la escritura para convertir a la mujer en un ángel:

La que recibe del Ser Supremo el inestimable don, que no a todas es concedido, debe solo por esta circunstancia que la eleva sobre las miserias humanas inspirar veneración y respeto, y hallar doquiera amor y simpatías, porque su genio y su numen la convierten en un ángel; y se esfuerza gastando los tesoros de su abnegación y ternura en derramar en torno suyo el consuelo y la paz17.



[...] la mujer escritora [...] está dotada de cualidades muy relevantes que la colocan sobre todas las mezquindades del mundo, sobre las ridículas y necias variedades de la sociedad, y la convierten en un ángel de amor y paz, que con el arpa en la mano y el sentimiento en el alma se apresta a ser el escudo de las humanas desdichas [...] que con sus vivificantes y purísimos rayos ilumina y alegra el hogar doméstico18.



Como dice Cristina Enríquez de Salamanca, al igual que otras escritoras de la época es muy posible que Faustina Sáez de Melgar se contradiga (me remito también a las citas con las que inicio este estudio) al plantear el matrimonio y la maternidad como vivencias que no obstaculizan la actividad literaria y que su discurso paradójico esté elaborado como una estrategia defensiva ante la crítica masculina para camuflar su domesticidad19.

El carácter de la autora también se deja ver en sus innumerables libros dedicados a la mujer así como en los artículos en defensa de la misma aparecidos en conocidas revistas de la época20. En la introducción del proyecto editorial que realizó en 1881 titulado Las españolas, americanas y lusitanas pintadas por sí mismas21, la autora define a la mujer con mayúsculas, que es como definirse a sí misma, y lo hace con una humildad y sinceridad llamativas cuya clave reside en la inteligencia femenina:

[...] la mujer se desconoce a sí misma [...] y esto nace, no tanto de su falta de inteligencia, cuanto de lo defectuosos que han sido los modelos que se les han presentado [...] De aquí que la mujer ha carecido de una enseñanza cierta, de una fotografía exacta de las virtudes o de sus defectos, de sus obligaciones y de sus deberes, fotografía que la permita arreglar sus actos en armonía con los modelos que se le muestran, [la mujer] tiene una importancia social, mucho mayor de la que se le quiere reconocer, y de gran trascendencia en la vida de la humanidad22.



Más adelante se desvela ya un atisbo progresista en cuanto a la positiva valoración de la instrucción cultural en la mujer: «con la educación conveniente, la mujer puede llegar a superar al hombre en lo relativo a sus facultades intelectuales» pues

el verdadero secreto de la mujer, según mi humilde opinión, no estriba en saber mucho, sino en conocer lo bastante para manejarse en medio de la sociedad en que habita, mar proceloso erizado de escollos y en el cual se necesita mucho tacto para saber evitarlos. [...] Y efectivamente, yo creo que toda la verdadera fuerza de la mujer estriba en su discreción23.



¿Temor al mundo? No lo creo, más bien decisión unida a modestia y discreción. Hay realmente en todas estas declaraciones una doble identidad entre su actividad literaria y la defensa de sus principios.

También nos ayuda a matizar la personalidad de Faustina Sáez de Melgar su gran sentido educador, constante personal en toda su obra. Sus opiniones acerca de la enseñanza de la mujer en la época inundan multitud de artículos y manuales sobre la educación cristiana, social y moral además de lecturas instructivas para la infancia. Son textos que nos acercan más a su forma de pensar y de escribir y que llaman la atención por su éxito editorial, como anota Carmen Simón Palmer, pues llegaron a reeditarse hasta veinte veces, e influyeron en un comportamiento claramente conservador de la mujer24.

De la colección de artículos que escribió en 1866 sobre la educación titulada Deberes de la mujer25, algunos aspectos interesantes conforman la imagen personal de la autora. El libro habla de las virtudes de la mujer como la sencillez y la modestia. Considera la soberbia y el ocio vicios y defectos que entorpecen el hogar familiar. Defiende el cultivo de su espíritu «porque se sobrepone a la ignorancia y a las preocupaciones del oscurantismo»26 para concluir con las tres virtudes para ella fundamentales en la mujer doméstica «el trabajo, la economía y el orden»27, además de valorar la actividad y el trabajo en oposición a la ociosidad. Un último fragmento del libro resume por el contrario la intención vital y literaria de la autora. Se trata de una visión conservadora con ciertos indicios de conciencia feminista -siempre bajo el influjo del neocatolicismo-, que ratifica no sólo su trayectoria literaria y social sino las conexiones institucionales que mantuvo la autora a lo largo de su vida:

En una palabra, la mujer para ser respetada y estimada, debe ser en la sociedad amable, atenta y respetuosa; para con su familia, complaciente, cariñosa y buena. El cumplimiento de su deber será la norma de su conducta, y si consigue a las virtudes del alma unir los frutos de la inteligencia, será una mujer perfecta, amada y admirada28.






La imagen social y cultural

La realidad de su vida y actividades que nos ofrece la época en la que vivió se relacionan con su trabajo como periodista y literata donde plantea su proyecto pedagógico y manifiesta su conciencia feminista.

Madrid, centro político, social y cultural por excelencia en la segunda mitad del XIX español se convierte para la autora en su lugar de residencia a partir de su boda con Valentín Melgar. Como dice Íñigo Sánchez Llama, el hecho de que Faustina viviera en la capital y tuviera acceso a los cenáculos políticos y literarios más influyentes de la época, gracias en buena parte a su marido, le otorga a su producción literaria, al igual que a otras colegas escritoras, un profundo impacto en la «esfera pública» nacional29.

Es interesante citar aquí la opinión que Patrocinio de Biedma concede en su artículo «La madrileña» a la importancia de la vida privada y de la pública. La mujer madrileña tiene las dotes femeninas sensibles que se atribuyen a toda mujer dentro de su vida privada, abnegada como esposa y con valor para hacer frente a las contrariedades de la vida; pero también su vida pública, unida a su conducta exterior, es importante, tanto o más que a veces se la tacha de «frívola, insensible y ligera, al par que vanidosa y coqueta»30, pero su «corazón [e] inteligencia [marcan] su carácter»31. Si aplicamos este modelo dentro de una tópica costumbrista a Faustina Sáez se comprueba que los proyectos de la autora son contrarios a la caricatura que plantea Patrocinio de Biedma. Sin embargo, su alegato final en defensa de la mujer de la capital es una esperanza en el progreso intelectual femenino, tan deseado por Faustina:

Siga la madrileña invadiendo universidades, inscriba su nombre en las matrículas, pruebe su aptitud con la regularidad de sus estudios, con la limpieza y brillantez de sus pruebas académicas, con su aplicación y seriedad, y acabará de afianzar sus derechos, borrando en absoluto la desconfianza que el trabajo de la mujer inspira, aún a los mismos que reconocen sus facultades de inteligencia32.



¿Cuál es la imagen pública que se tiene de Faustina? Tanto dentro del periodismo como en la literatura su ingente labor intelectual la avala, junto a Ángela Grassi y Pilar Sinués, como «una de las escritoras más fecundas de nuestra época», según R. Ferré y Vigné33. Faustina formula con humildad y justifica, al igual que las demás escritoras isabelinas, su dedicación a la escritura como una forma de potenciar, así lo dice Íñigo Sánchez Llama, la dimensión maternal de su obra narrativa34:

[...] porque a decir verdad todas mis obras te están dedicadas, pues para ti escribo; por ti sigo la espinosa carrera de las letras; tú me inspiras, y si Dios puso el numen en mi mente, el deber maternal guía mi pluma [...]; no puedo expresar ningún concepto que no lleve el sello de la religión, de la moral cristiana, base imperecedera de todas las virtudes y de todas las nobles cualidades [...] si no tienen mis obras méritos literarios, tendrán al menos sana moral35.



[...] pues para vosotras escribo, por vosotras sigo la espinosa carrera de las letras; vosotras me inspiráis y si Dios puso el numen en mi mente, el deber maternal guía mi pluma [...]36



Sin embargo, su personalidad pública se profesionaliza apelando al «tranquilizador, para la sociedad, recordatorio del apoyo masculino»37. Gracias, por ejemplo, a la influencia de su marido y a su amistad con Eugenio de Ochoa su revista La Violeta pasará a ser suscripción para las Escuelas Normales de Maestras y para las Escuelas Superiores de Niñas -a pesar de que la real orden concedida por la reina Isabel II fue derogada enseguida-38; y, además, su obra Páginas para las niñas -ejercicios de lectura en prosa y verso acompañados de una Salve en verso de la misma autora- se convertirá en libro de texto39.

La mayor parte de su producción literaria apareció en la prensa periódica del momento. Ya hemos aludido a sus comienzos como poeta. Sus primeras poesías, publicadas en 1859 con el título de La lira del Tajo, las dedicó a S. M. la Reina Isabel II. La mayoría de ellas se habían publicado ya en El Occidente, y más tarde lo harían en revistas reconocidas40. Influidas por la lírica de Carolina Coronado o de Lamartine siguen las normas del canon isabelino. En ellas trata los clásicos temas del amor, la ausencia, la soledad del alma, la melancolía o el hastío. También el tema de España aparece en sus escritos poéticos, leyendas y novelas históricas: África y España (cantos poéticos donde se exalta el valor de nuestro ejército en la guerra de África); Los miserables de España o secretos de la Corte; Leyendas históricas; Alfonso el Católico.

Como periodista fue directora de las revistas La Violeta y de La Mujer en Madrid y de La canastilla infantil y París Charmant Artistique en París. Meritorias fueron también sus colaboraciones tanto en revistas españolas como en europeas y americanas: El Correo de Ultramar (París), El Siglo (La Habana) y La Concordia (Caracas). Es interesante la rapidez con que publica en el extranjero. Ya en 1865, cuando contaba treinta años, y gracias al doctor Ricardo Ovidio Limando, abogado venezolano, se empezaron a traducir y editar sus obras fuera del territorio español.

Entre sus lecturas novelísticas preferidas destaca Pablo y Virginia. La excelente meditación que Bernardin de Saint-Pierre hace sobre la felicidad humana influye notablemente en la autora pues, según Leandro Ángel Herrero, su novela La pastora de Guadiela «es una obra que participa de la enervante y deslumbradora poesía que sobrenada en los cuadros de Bernardino de Saint-Pierre y de las descripciones de Walter Scott»41. Dignas de mención son las novelas y dramas que escribió sobre el amor, los celos, la felicidad o la caridad humana: Los miserables de España o secretos de la Corte; Aniana o la quinta de Peralta; Amar después de la muerte; La cruz del olivar. Novelas llenas de un conservadurismo social basado en la superioridad de las clases económica y socialmente dominantes. Diferentes sin embargo son las novelas de su última etapa, escritas a partir de la Gloriosa, pues destacan por un cierto progresismo centrado en su visión reivindicativa de la mujer trabajadora: Rosa, la cigarrera de Madrid; El hogar sin fuego; Inés o la hija de la caridad; Sendas opuestas; El deber cumplido; Aurora y felicidad.

Su aportación como traductora es también notoria en su trayectoria literaria. Carmen de Sila, M.ª Federica Brener, Pierre Zaccone y Pedro Arno destacan entre los autores que tradujo.

La labor social y cultural de Faustina Sáez viene a conformar su personalidad política. Perteneció al Comité de Señoras de la Sociedad Abolicionista Española, constituido en Madrid el 10 de diciembre de 1865, junto a las condesas de Pomar y de Priegue, de Aiguals de Izco y de Breixter Viscarrondo. Su novela María la cuarterona o la esclavitud de las Antillas (1868) y su drama La cadena rota (1879) tratan con mucho interés el tema de la esclavitud, dato importante para comprobar la evolución de la autora en relación a la ideología del ideal doméstico de «ángel del hogar».

Destacó además su trabajo como Presidenta del «Ateneo Artístico y Literario de Señoras» creado en Madrid en diciembre de 1868 con la ayuda de Fernando de Castro y Joaquina García Balmaseda. En la Memoria del Ateneo de Señoras leída en Junta General celebrada el día 27 de junio de 1869 por la presidenta y fundadora, Faustina Sáez plantea con un tono combativo posiciones liberales en cuanto a la educación intelectual de la mujer, aunque al final se aprecia de nuevo el intento de disfraz doméstico. Vemos en estas declaraciones el cambio ideológico que se produce en la escritora:

No debe ocultarse a nadie el deplorable atraso en que se halla la educación intelectual de la mujer, lo poco que hasta hoy se ha cuidado en España de su ilustración, y las supersticiones y el fanatismo a que se ven entregadas la mayor parte, cuyos espíritus llenos de tinieblas y de absurdas preocupaciones, están ciegos a la luz, a la sacrosanta llama emanada de las inteligencias y de las ideas en su lucha constante con el espíritu del retroceso42.



Las últimas empresas socioculturales que llevó a cabo, ya en la época de la Restauración, serán los cargos de vicepresidenta de la Asociación de Amigos de las Letras de la lectura y vicepresidenta honorífica de la Exposición de Chicago de 1893.

La labor intelectual y social de la mujer comienza a devaluarse a partir de 1870. En un artículo titulado «La literata», Eduardo Saco critica y parodia a la mujer dedicada a las letras. Se podría decir que está muy conectado a la figura de Faustina Sáez de Melgar como mujer fundadora de revistas, semanarios y ateneos:

Por eso ven Vds. con qué fruición se entrega a fundar revistas, semanarios y bibliotecas cualquier señora dando al olvido los calzoncillos de su esposo, y cómo publica tomo sobre tomo con sus inspiraciones poéticas, y con el nombre de Cuentos de color de rosicler y A la luz de la luna, ya escribe drama sobre drama condenando la esclavitud o combatiendo el pauperismo.

Por eso la ven Vds. [...] fundando ateneos y asociaciones para protestar contra el tributo de sangre y defender la abolición de la esclavitud. Por eso funda periódicos o comprometen a cuantos emborronan papel para que figuren en la lista de colaboradores, y los dedica al príncipe H o la duquesa Z43.



Tanto la actividad literaria como la obra de Faustina Sáez fueron valoradas por escritores masculinos44. Cabe destacar la positiva estimación que Juan Eugenio Hartzenbusch realizó de su obra en la revista La Violeta45. El dramaturgo comienza justificando el establecimiento de la autora en Madrid para obtener «libertad de pluma ilimitada»46. Valora como obras principales sus novelas y elogia «su imaginación fecunda y una facilidad de expresión envidiable» ya que «pocos la aventajan en el arte de combinar, sostener y avivar el interés, los acontecimientos [...]». Termina afirmando que «donde su pluma corre más fácil y feliz es en la pintura de los caracteres esencialmente buenos. [...] en todas partes [sus obras] derraman la luz del ingenio y el aroma puro de la bondad»47.

R. Ferré y Vigné, en el artículo de 1866 titulado «Literatura. Novelas de Sáez de Melgar», critica sus novelas mediatizado por el canon isabelino. Propone que tiene más talento para «el género amatorio» que para «la escuela de filosofía trascendental». Lo más recomendable de sus publicaciones narrativas es «sin disputa, la moralidad y lo que podríase llamar el pudoroso decoro de sus argumentos». Y concluye diciendo que «el sentimiento y no la acción, es su elemento principal [...]»48.

José de Echegaray contribuye a esta crítica sobre la obra de Faustina con la impresión que le ha causado la lectura de su drama La cadena rota (1876). En cuanto al contenido y a la forma, opina que no es un drama sino una tesis social cuyo argumento, la esclavitud, es más propio de «la edad clásica» que de la época reciente. Con la salvedad de que los actos son cortos, finalmente la elogia como «simpática e inspirada obra» y le desea suerte49. En la misma obra Faustina introduce la crítica de Leandro Herrero. Sólo se resiente, según él, este drama «filosófico y trascendental» de un «pronunciado sabor novelesco» y de su «romanticismo» pues la considera «destinada a leerse» [únicamente] como obra «inspirada en los más nobles y cristianos sentimientos»50.

La censura del Rdo. Dr. Dn. José Ildefonso Gatell a su libro Educación cristiana y social de la mujer es una verdadera apología de la moral cristiana donde elogia su «cabal conocimiento de las cualidades del sexo para el que escribe, cuyas buenas aspiraciones aprecia, lo mismo que corrige sus malos instintos» y valora excelentemente «la enseñanza que contiene cada capítulo», así como que vaya «derecha al corazón de la mujer» para centrarse finalmente en el «dogma católico» que «constituye la luz de su alma»51.

En esta línea el retrato moral que nos da de la autora Leandro Ángel Herrero, aparecido en 1866 en la crítica que hace a su novela La Pastora de Guadiela, completa esa imagen inundada de los elementos neocatólicos del momento:

[La obra] comprende una serie de cuadros pacíficos y tranquilos donde se reflejan la inefable beatitud del espíritu de la autora, la sublime ternura de una mujer delicada, el casto perfume de una esposa joven, y la calma seráfica de una madre de familia que templa su lira bajo el apacible asilo doméstico y pide acordes armoniosos a la religión y a la cuna de sus hijos52.



Y finalmente ¿cómo la ven sus colegas escritoras? Es conocida la relación profesional y personal de Faustina con Pilar Sinués, Ángela Grassi, Julia Asensi, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Rogelia León, Patrocinio de Biedma o Fernán Caballero. Y también el influjo que ejerció sobre las escritoras que comenzaban como Isabel Fombona que la elogia en prueba de simpatía llamándola «musa divina»53.

Entre las críticas femeninas destaca la de Fernán Caballero en el prólogo a la novela Aniana o la quinta de Peralta. En él la autora de La gaviota subraya «su espíritu y fin moral, en vista que el objeto de esta novela es probar con hechos que son los deberes conyugales estrictamente mutuos»54. Este aspecto didáctico de la obra de Faustina Sáez es una muestra del predominio de lo instructivo sobre lo estético que es del agrado de Fernán Caballero.

Su amiga Pilar Sinués aporta una imagen de la autora como «ángel del hogar» cuando comenzaba su trayectoria literaria:

Faustina Sáez de Melgar sale muy poco de casa: nunca la veréis en los paseos, teatros ni bailes; ¿y sabéis por qué? Porque halla mayor placer que en ninguna de estas diversiones al lado de la cuna de su pequeña María, y el amor de su esposo, la compensa de esa santa abnegación.

[...] es, además de una mujer de talento y de una dulce poetisa, una esposa ejemplar, una amorosa madre y una joven muy bella.

[...] no la busquéis en las fiestas, pero si penetráis en su casa la hallaréis blanca, apacible y vestida con sencilla elegancia, escribiendo a la luz de su lámpara, junto a la cuna de su hija55.



Esta semblanza de 1860 no se corresponde totalmente con lo que sabemos de la autora a lo largo de su labor literaria. Faustina Sáez amaba la soledad y la tranquilidad del hogar ya que los paseos públicos eran para ella «esos centros de reunión, donde apenas hay señoras, y las pocas que las frecuentan son llevadas de un amor propio exagerado y de una inmodestia ridícula»56, pero como hemos podido comprobar su actividad literaria es opuesta a esta tendencia.






Conclusión

La vera effigies de Faustina Sáez de Melgar muestra a través de su personalidad literaria dos caras, una actitud doble: un conservadurismo ideológico aceptado que sirve para enmascarar el papel de escritora, y una práctica social de signo liberal centrada en la escritura como trabajo. La autora no es conservadora porque defienda lo privado sobre lo público, lo sería si aceptara la subordinación de la mujer a unos roles que le vienen dados por una sociedad patriarcal, por una burguesía dominante, y como hemos visto no es así, en todo caso disfraza su deseo de escribir. Acepta el rol de «ángel del hogar» pero lo vive unido al desarrollo personal de la mujer. Su prolífica actividad intelectual contradice su enfoque ideológico. Faustina se convierte así en una heroína profesional de las letras por las dificultades tanto individuales como sociales que supo enfrentar.



 
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