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ArribaAbajoTodo lo que se sabe de la vida de Garci Fernández de Gerena


ArribaAbajoCara y cruz en la vida de Garci Fernández de Gerena

No parece muy probable ya que, al margen de las rúbricas baenenses, sean muchos los datos de primera mano que en el futuro puedan obtenerse sobre la vida de Garci Fernández. No existían en su época, según el profesor Cabrera Muñoz, archivos parroquiales que hubiesen permitido conocer, a través de los libros de bautismos, matrimonios y defunciones, datos referentes a la población58, y en los archivos actuales a los que nosotros hemos podido acceder no hemos encontrado nada. En la villa de Gerena, a veintisiete kilómetros de Sevilla, tampoco se conserva documento alguno que haga referencia a su vida o a su obra. El antiguo archivo parroquial gerenense, en el que tal vez habría podido hallarse todavía alguna noticia de él, o alguna pista al menos, por desgracia quedó destruido en un intencionado incendio que la iglesia del pueblo sufrió por los años inmediatamente anteriores a la guerra civil española.

La villa o aldea de Gerena -conquistada a los moros por Fernando el Santo en 1247, un año antes que la conquista de Sevilla- tuvo que sufrir una importante despoblación a partir de la toma del pueblo por las huestes castellanas. En la década de 1430, su población era, según los padrones municipales, de sólo 99 vecinos (esta cifra subió a más del doble cinco décadas después -exactamente a 204 vecinos- en una segunda fase repobladora, de acuerdo con los padrones de hacia 1480)59. Pero antes de la época de Garci Fernández y hasta el último tercio del siglo XIII, el volumen de habitantes de derecho debió ser bastante superior.

Lienzo

Grabado de Gerena a mediados del siglo XVI según la obra Ciudades del Orbe de la Tierra, en la que se alude a la localidad como «lugar famoso cercano a Sevilla».

Gerena tuvo que sufrir una primera gran regresión demográfica cuando la sublevación de los mudéjares andaluces en 1264, tras la cual se produjo la expulsión de muchos y un éxodo masivo de la población musulmana60. La revuelta ocasionó, como indica el profesor González Jiménez, un vacío poblacional y que muchos lugares quedasen despoblados -uno de ellos, sin duda, Gerena- al no ser ocupados inmediatamente por los primeros repobladores venidos del Norte61. Algún tiempo después, hacia mediados del siguiente siglo, todavía padecería el vecindario gerenense una nueva regresión -como sucedió en general en toda Andalucía- debido a varias importantes causas, entre ellas la gran mortandad ocasionada por la Peste Negra, los malos años agrícolas y la hambruna consiguiente. Sólo así puede explicarse la escasa población que registran los padrones de Gerena por los años 1430.

Aunque el año de su nacimiento no es posible fijarlo con exactitud, nuestro poeta debió de nacer hacia 1340, poco más o menos, y vivir hasta los primeros años de la centuria siguiente. Según Amador de los Ríos62, en 1401 ya se encontraba de nuevo en Castilla, de vuelta de su estancia en tierras granadinas, y en algún lugar del reino castellano debió pasar los postreros años de su vida, viejo ya, derrotado y en unas circunstancias muy penosas.

Parece seguro que aún vivía en 1406, el año de la muerte de Enrique III. Solamente dos contaba entonces el hijo y sucesor de este monarca, Juan II, del cual fue doncel, según nos informa también Juan Alfonso de Baena, otro poeta de su Cancionero, Ferrand Manuel de Lando. Éste, en una de sus composiciones -la incluida en la compilación con el número 279, que en su momento comentaremos- formuló a Garci Fernández, cosa frecuente en la poesía cortesana, una irónica pregunta que o no tuvo respuesta de nuestro poeta o Baena no creyó oportuno insertarla en su recopilación. Lando, doncel o paje del Rey en la infancia del monarca, sin duda era muy joven en 1406, ya que el soberano niño, lógicamente, no tendría necesidad de un paje a su servicio antes de cumplir siquiera dos años de vida.

Grabado

Garci Fernández de Gerena fue, durante años, trovador de la corte de Juan I de Castilla hasta que fue expulsado de ella por su casamiento con la juglara que «avia sido mora». La foto reproduce un grabado de la Genealogía de los Reyes por Alonso de Cartagena (Biblioteca del Palacio Real de Madrid) en el que aparecen el monarca, sus dos esposas, Leonor de Aragón e Isabel de Portugal, sus hijos Fernando y Enrique y el momento de su muerte, ocurrida al caer de un caballo.

Quiere esto decir que la pregunta citada se la haría Ferrand Manuel a Garci Fernández como muy pronto hacia 1406, pues antes de ese año no sólo no tendría edad para componer poesías sino mucho menos la madura maldad indispensable para zaherir a Gerena con la experta socarronería con que lo hizo, impropia de un chiquillo. Lo cual nos lleva a la conclusión de que del hecho mismo de retar Lando a Gerena a un duelo literario se infiere, sin posible error, que el poeta gerenense aún vivía por la indicada fecha. No cabe pensar que la pregunta-reto se la hiciera el retador estando ya muerto el retado.

De su infancia y juventud se ignora todo. Es seguro que adquirió una aceptable preparación literaria -para su tiempo naturalmente-, probablemente en algún monasterio próximo a Sevilla63, en Toledo o en otro lugar de Castilla si es que pronto abandonó, como parece, su villa natal. En algunos monasterios se enseñaba entonces el trivium y el quadrivium64, de manera que Garci Fernández pudo conocer probablemente al menos las tres artes liberales que componían el primero: gramática, retórica y dialéctica; es decir, las artes triviales que incluían el estudio de la literatura en la Edad Media y cuyo desarrollo, según López Estrada, constituye en términos generales lo que hoy llamamos Letras, en tanto que las artes del quadrivium fueron el origen de las Ciencias65. Hemos, pues, de suponer que un Estudio General o, con más seguridad, un Estudio Particular o alguna de las escuelas menores regidas por clérigos (escuelas de cantar y leer) citadas por Gonzalo de Berceo en los Milagros de Nuestra Señora66, tuvieron que ser los cauces de la formación cultural -no muy sólida sin duda, según todos los indicios- que consiguió adquirir nuestro poeta.

Las primeras noticias que Baena suministra de Garci Fernández nos lo muestran ya en la corte de don Juan I de Castilla, bien visto por todos y gozando de las prerrogativas y privilegios que se dispensaban a los trovadores y juglares de prestigio. Su vida quizá fuera itinerante, como en parte lo era por entonces la de los soberanos. Acaso disfrutara de una quitación, renta o salario mensual, además de gozar de los regalos en alimentos y «paños» (ropa de vestir) con que los monarcas y los nobles solían distinguir a menudo a la tribu juglaresca que les amenizaba sus frecuentes fiestas y banquetes.

Sin embargo, esta cómoda y feliz situación empezaría a quebrarse -y ya, a partir de ahí, todo serían errores y desdichas para él- cuando Garci Fernández fue a caer en las redes del amor de la juglara «que avía sido mora». (Subrayamos lo de que «había sido mora»: cuando Gerena decide casarse con ella, en realidad no va a unirse a una mujer de religión islámica, sino a una que antes lo fue, pero que ya, sin duda, habría tenido que abrazar la fe cristiana.)

Lo cierto es que Garci Fernández se enamora de su juglaresa «tornadiza». Baena dice que existieron dos razones de este amor: que la juglara era «muger vistosa» y que el enamorado creyó que era rica. Dos razones muy humanas, por decirlo así, pero que el malicioso Baena parece como si las quisiera presentar envueltas en un cierto tono burlesco. Como quiera que fuese, nuestro poeta, llevado del amor o la pasión, no se lo piensa mucho: le pide permiso al Rey para su casamiento con la ex mora y el Rey se lo concede. Se lo concede, pero, eso sí, desposeyéndole de la privanza de que hasta entonces gozaba Las concretas razones que diera el monarca son desconocidas.

(Por lo que se ve, las juglaras de ascendencia árabe eran admitidas y hasta agasajadas en la corte como cantaderas o danzaderas, pero no eran aceptadas como esposas cristianas de un poeta o trovador ajuglarado como Garci Fernández. Su pasado musulmán, al parecer, no se les perdonaba fácilmente.)

Es perfectamente verosímil que en la decisión del Rey de quitarle a Gerena su privanza influyera también otra razón, además de la de índole étnico-religiosa. El desastre de Aljubarrota frente a Portugal -a cuyo trono aspiraba Juan I de Castilla por su matrimonio con Doña Beatriz, heredera de la corona portuguesa a la muerte del rey Don Fernando, su padre- sumió al monarca castellano en tan triste estado de arrepentimiento y en tan honda depresión que estuvo mucho tiempo retraído y alejado por completo de las fiestas cortesanas67. En tales circunstancias, poco o nada tendrían que hacer los poetas y juglares en una corte invadida por un clima de tristeza y pesadumbre. Es muy posible que la drástica medida de expulsarle la adoptara el Rey más que nada contrariado por la impertinente petición de Gerena. Debió estar, tras la derrota, fácilmente predispuesto a mostrarse severo y hostil con cualquiera, pero más, probablemente, con quienes ya no podían divertirle. Como también es posible que a nuestro poeta tampoco le importase demasiado salir de una corte donde ni él ni su mujer podían encontrar ya el clima más adecuado para el ejercicio de sus líricos y lúdicos quehaceres.

No podía, en cambio, pesar por entonces en el ánimo del Rey el famoso criterio de la limpieza de sangre. Esta obsesión colectiva surgió después, en el siglo XVI. En cualquier caso, la compañera de Garci Fernández, tras convertirse al catolicismo, adquiría la condición de conversa, y parece ser que los musulmanes conversos no empezaban ya a gozar de buena fama, ni siquiera de alguna simpatía, en la corte castellana, aunque se los tolerase y pudieran convivir con los miembros de otras religiones. No sólo se los seguía considerando apóstatas e incluso sospechosos de fingidas conversiones -igual que ocurriría más tarde con los judíos conversos, y aún después con los moriscos granadinos, muchos de los cuales fueron acusados de practicar la taqiyya o disimulación68-, sino que se suponía que hasta se podían seguir relacionando con gentes de su antiguo credo musulmán, resultando así, por tanto, secretos enemigos del monarca.

Sea como fuere, lo cierto es que, aun teniendo Gerena un cierto prestigio en la corte -donde sin discusión se le estimaba al menos como buen conocedor del arte de trovar-, su al parecer insólita demanda de casar con una juglara que había sido mora suscitó las iras del monarca, el cual, irritado como estaba por su fracaso ante los portugueses, no dudó en decretar el fin de la privanza de su trovador y su inmediata expulsión del entorno palaciego.

Nuestro impulsivo poeta, ciegamente enamorado de su juglaresa y persuadido, como lo estaría sin duda, de que con la riqueza de su bella dama ya no tendría que seguir dependiendo del favor real, en principio acepta de buen grado la pérdida de la privanza y se marcha de la corte con su esposa. Todo esto debió de ocurrir en torno a 1385, según se puede inferir de una rúbrica baenense.

Pero no hubo de pasar mucho tiempo tras su casamiento cuando descubrió que había sido engañado en lo de la fortuna de su esposa, la cual resultó, como dice Baena, que non tenía nada. Aquí se iniciaría la cruz de su nueva y asendereada existencia. Sus desdichas comenzaron a partir de entonces. Perdida la privanza del monarca y descubierto el engaño de la inexistente riqueza de su juglara, nuestro poeta, que hasta aquel momento debió de haber vivido entre honores y regalos -al menos sin problemas económicos-, de repente se encuentra con que lo ha perdido todo. Todo, menos la juglara. Es entonces cuando determina retirarse a su villa de Gerena y buscar refugio espiritual en una ermita perdida entre los olivares de su término69.

Estando en la ermita -se supone que en ella permaneció varios años, seguramente tres- Garci Fernández parece que compuso, como veremos después, sus compungidas composiciones y las de contenido religioso, entre las que destaca la linda cantiga «Virgen, flor de espina», una de las mejores producciones, acaso la mejor, de su discreta obra literaria.

Sin embargo, siempre según las noticias que nos da Baena, nuestro apasionado trovador decide un buen día dar por terminada su estancia en el eremitorio de su pueblo e ir en peregrinación a Jerusalén. Juan Alfonso dice en otra de sus rúbricas que no había intención religiosa en su declarado propósito de peregrinar a Tierra Santa, sino sólo el deseo de abandonar su vida de ermitaño para instalarse en el reino de Granada y allí apostatar de su religión cristiana.

¿En qué pudo basarse Juan Alfonso de Baena para endosarle esta intención premeditada y sucia? ¿Y por qué asegura tan resueltamente que sus cantigas y decires religiosos encubrían el propósito de renegar de la fe de sus mayores? ¿Cómo podría saber que en realidad «enfingía de muy devoto contra Dios»? ¿Tenía quizás Baena el don de penetrar en lo profundo de los corazones? Cuando examinemos las composiciones de Garci Fernández veremos que no sólo no parece que fueran dictadas, como dice el lenguaraz compilador, por la hipocresía, por un preconcebido propósito herético o por una fingida piedad, sino que, por el contrario, estuvieron «animadas frecuentemente -es la docta opinión de Menéndez Pidal-, con acentos de verdadera devoción»70.

Si recordamos lo que el propio Juan Alfonso decía de su lengua -«barrena que cercena cuanto halla»-; si nos atenemos a la literalidad de los versos de Gerena; y si damos crédito a los píos y nobles sentimientos que en ellos expresa, no debe resultar descabellado colegir que su inicial intención tal vez fuera -¿por qué no?- marchar de buena fe a Jerusalén, y que sólo durante el viaje, o repentinamente -al tocar su embarcación en el puerto de Málaga-, decidiese no seguir, impulsado quizá por otro súbito arranque de su carácter irreflexivo y arrebatado o por cualquier otra causa. Pero estas no dejan de ser, como es obvio, más que meras y simples hipótesis (y esta vez, reconozcámoslo, sin mayor razón ni fundamento).

Lo que parece indudable, de acuerdo siempre con las informaciones de Baena -las únicas que se tienen, no se olvide-, es que Garci Fernández se embarcó con su mujer en Sevilla; que después desembarcó en Málaga; y que desde el puerto malagueño se internó en el reino de Granada. Según la mayoría de los historiadores, trece años vivió en él hasta que en 1401 regresó a Castilla. Suponiendo que su marcha de la Corte castellana se hubiera producido justamente después de la batalla de Aljubarrota, librada el 14 de agosto de 1385, esto quiere decir que en la ermita de Gerena hubo de permanecer entre dos y tres años por lo menos.

En esos trece años, el reino nazarí estuvo regido por tres sucesivos monarcas: Muhammad VI (cuyo reinado -el segundo, ya que antes reinó y fue depuesto- duró veinte años, hasta 1391); su hijo Yusuf II (el suyo, al revés que el de su padre, fue cortísimo: apenas duró un año, hasta finales de 1392, en que murió envenenado); y Muhammad VII, el cual reinó hasta el año 140771. Fueron, por lo general, trece pacíficos años, salvo el del efímero reinado de Yusuf II72.

¿Qué pudo hacer Gerena en Granada en esos trece años? Poesía, lógicamente, no en una lengua que no conocía. ¿Vivir de los recursos de la familia de su esposa? Ya sabemos por Baena que él mismo pronto descubrió que su juglara non tenía nada. ¿Pudo estar como cautivo en el reino nazarí? Tampoco se tendría que descartar. Algún tiempo antes, en 1362, ya lo estuvo en su niñez -hasta los años de su madurez- el que luego llegó a ser Adelantado de Castilla, Gómez Manrique, que también fue converso al Islam tras ser dado en rehenes, con los hijos de otros caballeros de Castilla, al rey de Granada73. Por otra parte, el cautivo cristiano tenía la posibilidad de liberarse si renegaba de su fe convirtiéndose en lo que en Castilla se llamó helche o «tornadizo»74. ¿Cabría pensar que ésta fuera una causa -una de las causas, con independencia de su carácter proteico y apasionado- que también contribuyera a explicarnos su apostasía? Cabe suponerlo todo, hasta que se enrolara en algún puesto de la administración del emir, como hicieron otros cristianos renegados; o que ejerciera de intérprete en alguna alfaquequería fronteriza; o tal vez que estuviese al amparo del reino viviendo en calidad de refugiado. Como dice Ladero Quesada, no sería el único cristiano que, por unas u otras causas, se fuera a tierra islámica en busca de refugio75.

Lo cierto es -o parece ser- que en esos trece años que vivió en Granada Garci Fernández se entregó a un desenfrenado «loco amor». Renegó del cristianismo y se hizo mahometano; ejerció el concubinato con una hermana de su mujer; tuvo muchos hijos, «más de lo que su pobreza consentía»; quizá anduviera errante por tierras granadinas y...

Y al final, en el año primero del siglo XV regresó a Castilla, donde, tras reintegrarse al redil de la Iglesia Católica -importante y significativa decisión que a menudo es pasada por alto-, vería transcurrir los postrimeros años de su inquieta y azarosa vida, viejo ya, mendigando la caridad y agobiado por los hirientes ataques de al menos tres de sus colegas de la «gaya ciencia» (Villasandino, Baena y Ferrán Manuel de Lando). Los cuales, ajenos por completo a la más mínima muestra de compasión, decidieron divertirse a costa de él amargándole la ancianidad al recordarle, con sorna o con saña, su pasada apostasía. Aun sabiendo los tres, como decimos, que ya estaba arrepentido y había vuelto al seno de la Iglesia.




ArribaAbajoTrovador de la corte de Castilla

De los comentarios de Baena se desprende que Garci Fernández de Gerena (o Garçi Ferrandes de Jerena, o García Ferrandes de Gerena: de las tres maneras se le nombra en el manuscrito baenense) fue un hombre muy desdichado desde que perdió la privanza del rey Juan I. Hasta entonces, y desde un período incierto de su juventud, habría vivido más o menos bien, quizá más bien que menos, como trovador o poeta áulico en la corte de Castilla.

Oigamos lo que dice de nuestro poeta uno de los investigadores que mejor le han estudiado, José Amador de los Ríos: «Es Garci Fernández uno de aquellos ingenios a quienes concede el cielo imaginación lozana y pintoresca: sus poesías, que no carecen de pensamientos profundos y alguna vez elevados, muestran que le era familiar el conocimiento de las formas artísticas de la escuela provenzal y que, dominado por influjo más favorable a la nacionalidad castellana, hubiera podido levantarse a más alta esfera»76.

Ese conocimiento de la poética provenzal tendremos ocasión de comprobarlo, en efecto, en algunas de sus composiciones. Es seguro que también conocía a la perfección la lírica gallego-portuguesa (en esta lengua escribió, según parece, algunos de sus poemas), y hay asimismo en sus versos alguna que otra expresión en latín. Es por ello por lo que pensamos que tuvo que salir bastante pronto del medio rural en que nació. De haber seguido en él, es obvio que no se hubiera hecho con una formación que hoy podrá parecernos muy elemental pero que en su tiempo no lo era. Es posible incluso que estudiara humanidades en alguna escuela monacal o en alguna de las Universidades que ya en el siglo XIV empezaban a florecer en torno a las ciudades77.

La hipótesis de una posible vinculación a algún monasterio o convento en sus años de infancia y adolescencia la parece confirmar el espíritu cristiano del que están impregnados varios poemas suyos y que, en comparación con los otros poetas del Cancionero, le convierten en uno de los más religiosos; lo cual, como veremos en su momento, no deja de ser un evidente contrasentido en un poeta que en su madurez llegó a renegar, si bien temporalmente, de la religión en la que fue iniciado.

Que Garci Fernández tuvo que gozar de una privilegiada posición en la corte de Juan I de Castilla es algo que por sí solo se desprende de la información que Baena nos transmite de que se dirigió al monarca en solicitud de la real licencia para su casamiento con la juglaresa «tornadiza», lo que debió de ocurrir hacia 1385, el fatídico año -lo mismo para el rey que para él- de la batalla de Aljubarrota.

Sobre el tiempo que permaneció en la corte castellana puede deducirse lo siguiente: admitiendo que naciera hacia 1340 -esta fecha aproximada la aceptan casi todos los investigadores y la confirma además la noticia, que también se acepta por lo general, de que «era viejo ya» cuando volvió a Castilla en 1401-, resulta razonable establecer que llegaría a la Corte en la década de 1360 a 1370, o tal vez algo antes. Y si estuvo junto al Rey hasta el año 1385, en que perdió la privanza y descubrió el engaño de la inexistente fortuna de su mujer, ello quiere decir que en la corte trastumbara tuvo que permanecer al menos un período de entre 15 a 20 años. Es este el tiempo en el que podemos suponer iría consolidando el prestigio y la fama que llegó a alcanzar, según demuestran de modo indudable los diversos testimonios, explícitos unos, implícitos otros, de importantes personalidades de la época.

Trovador

Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana. En su Prohemio e carta al Condestable don Pedro de Portugal (considerado por algunos investigadores como el primer ensayo de historia literaria escrito en lengua española), cita a Garci Fernández de Gerena entre los mejores trovadores de su tiempo.

Entre los testimonios implícitos podemos incluir el que da el propio Juan Alfonso de Baena cuando en el Prologase Baenensis, con el que introduce y presenta su antología, enumera las condiciones que un poeta debe reunir. Escribe Baena:

«(...) La qual çiençia [o sea, el arte de la «poetrya e gaya çiençia»] e avisaçion e dotrina que d'ella dependee es avida e rreçebida e alcançada por graçia infusa del señor Dios que la da e la enbya e influye en aquel o aquellos que byen e sabya e sotyl e derechamente la saben fazer e ordenar e conponer e limar e escandir e medir por sus pies e pausas, e por sus consonantes e sylabas e açentos, e por artes sotiles e de muy diuersas e syngulares nombranças, e avn asymismo es arte de eleuado entendimiento e de tan sotil engeño que la non puede aprender, ni aver, ni alcançar, nin saber bien nin como deue, saluo todo omne que sea de muy altas e sotiles inuençiones, e de muy eleuada e pura discreçion, e de muy sano e derecho juysio, e tal que haya visto e oydo e leydo muchos e diuersos libros e escripturas e sepa de todos lenguajes, e avn que haya cursado cortes de rreyes e con grandes señores, e que aya visto e platicado muchos fechos del mundo, e, finalmente, que sea noble fydalgo e cortes e mesurado e gentil e graçioso e polido e donoso e que tenga miel e açucar e sal e ayre e donayre en su rrasonar, e otrosy que sea amador, e que siempre se preçie e se finja de ser enamorado...».



De esta larga relación de cualidades exigidas por Baena a los poetas hay que concluir que muchas de ellas, sin duda, las cumplía Gerena, o al menos se le atribuían en su tiempo. En caso contrario, ni su nombre ni sus poesías estarían presentes en el Cancionero. El recopilador, como sabemos, no le distinguía precisamente con su aprecio personal.

Como quiera que el prólogo debió de escribirlo Baena hacia 1432 o 1433, no mucho antes de su fallecimiento, esto viene a confirmar que Garci Fernández tuvo que gozar en la corte de esa fama y prestigio que, según lo que nosotros entendemos, él mismo tuvo que irse granjeando durante una prolongada permanencia en ella. No podría explicarse de otro modo que su recuerdo estuviera fresco aún no sólo en la memoria de Baena sino en la de otros escritores que también le citan y recuerdan muchos años después de su muerte.

Del prestigio que tuvo que alcanzar da de nuevo indirecto testimonio el propio Juan Alfonso de Baena cuando en otro lugar -en la dedicatoria de su Cancionero a Juan II- escribe que las composiciones que en él reunió «las ordenaron e metrificaron muy grandes desidores e omnes muy discretos e bien entendidos en la muy graçiosa e sotil arte de la poetria e gaya çiençia». Es obvio, pues, que el malvado, pecador y aborrecible Garci Fernández era para Baena uno de esos grandes decidores y entendidos. Si hubiera pensado de forma distinta, está claro que no lo habría incluido en su colección.

Imagen

En principio se podría dudar entre encuadrar a Gerena en el grupo que Milá y Fontanals considera como de «trovadores gallego-portugueses» o en el que denomina de los «trovadores castellanos»78. Es decir, si deberíamos situarlo más próximo a la lírica que en Castilla empezó a cultivar el rey Sabio en la lengua gallego-portuguesa y en la que se suele integrar a los poetas que, al parecer, indistintamente usaban esta lengua o la castellana (el Arcediano de Toro, Ferrús, Villasandino y el propio Gerena entre otros), o acaso más cercano ya al grupo de escritores que, a partir de los reinados de Juan I y Enrique III, hasta alcanzar su apogeo en el de Juan II, pululaban por las cortes de unos y otros, procedentes, dice Milá y Fontanals, «de todas las clases de la sociedad, desde la más encumbrada a la más humilde... afanándose con especialidad por merecer las gracias de los poderosos... y que, además de hallar mecenas en los reyes y sus allegados, lograban también protección y morada en cortes particulares: una semejanza, más o menos completa, de estado social con el de los antiguos trovadores»79.

También Milá y Fontanals parece que incluye a Gerena en la clase o escuela de los trovadores castellanos, puesto que lo cita por su nombre cuando hace referencia a ella. «Como en otras escuelas líricas figuran en ésta -son sus palabras textuales-, y a menudo poco favorablemente, las personas de los poetas: así vemos los rencores personales en varios, el orgullo y la inquietud de espíritu (Sánchez Calavera), la irregularidad de conducta (Garci Fernández de Gerena), la adulación rastrera y el abatimiento pedigüeño, especialmente en Villasandino».

En realidad, a cualquiera de ambos grupos lo podríamos adscribir perfectamente, ya que lo mismo encontramos composiciones suyas en una u otra lengua; quizás cabría encuadrarlo mejor en el de los trovadores castellanos, puesto que se sirvió con preferencia de la lengua de Castilla, si nos decidimos a aceptar que en ésta aparecen escritos, en el manuscrito de París, la mayor parte de sus poemas.

Tampoco aparece muy claro cuál era exactamente el papel de Gerena en la corte del rey Juan I. Los historiadores modernos le llaman indistintamente «juglar», «trovador» y hasta «trovador ajuglarado». Pero las actividades de los juglares y de los trovadores en las cortes castellanas de la baja Edad Media, aunque ciertamente afines -de ahí que de ordinario se las considere equiparables- no eran las mismas exactamente. Las de unos y otros tenían unas específicas características.

Según Menéndez Pidal, desde el siglo XI había surgido en el sur de Francia una nueva denominación, la de «trobador», para designar al poeta culto y no al mero intérprete o ejecutante de cantigas y tonadas. El vocablo, que expresamente aludía al acto de la invención o creación poética - «trobar» = hallar-, no tardaría en introducirse también en las vecinas lenguas.

«El tipo arcaico del juglar, como inferior socialmente al de trovador -escribe Menéndez Pidal-, tiene con éste relaciones de dependencia. El juglar en las cortes es el que, tañendo un instrumento, canta los versos del trovador, o el que con su música acompaña a éste en el canto (...) Alfonso el Sabio, el infante Don Pedro de Aragón, el Arcipreste de Hita, Villasandino, destinaban sus composiciones para que los juglares las cantasen en las fiestas de la iglesia o de la corte, o se ganasen con ellas el pan por plazas y calles». «El trovador -añade- inventa y el juglar ejecuta (...) El juglar pide al trovador las canciones; el trovador las compone y para publicarlas toma a su servicio al juglar»80.

Esto es, posiblemente, lo que harían Garci Fernández y su juglaresa: él compondría las cantigas o canciones y ella las cantaría. Lamentablemente, tan a su servicio al parecer la tuvo y tanto se compenetró con ella que al final quedó enredado en la sutil telaraña amorosa que la hermosa mora tejió para él.

«Tales hechos nos declaran bien -sigue Menéndez Pidal-la gran diferencia y la íntima relación que existen entre estos dos tipos en los usos más corrientes de la poesía cortesana del siglo XIII; y esta diferencia continuó, pues aunque el poeta cortesano pierda su dignidad caballeresca y hasta su independencia, aunque la poesía venga a ser para él un oficio del cual vive, aunque se convierta en un hombre asalariado y pedigüeño como un juglar, se le seguirá llamando trovador, porque su oficio no es cantar y tañer como el juglar»81.

El juglar no tenía que ser forzosamente un hombre. Había también -y Gerena bien que lo sabía por experiencia...- juglaresas o juglaras atractivas y muy bien dispuestas para el baile, la recitación y la interpretación de las cantigas. «Al lado de los juglares -agrega Menéndez Pidal- hallamos juglaresas o juglaras a las que, sobre todo en el siglo XIII, veremos en los palacios de los reyes y de los prelados. Muchas de sus artes femeninas derivaban sin duda de las que desplegaron las bailadoras que alegraban los festines romanos, especialmente aquellas muchachas de Cádiz, puellae gaditanae, que tan cálido recuerdo dejaron de sí en los versos de Marcial y Juvenal»82.

Todos y todas, juglares y juglaresas -sin excluir a las de procedencia mora, como la esposa de Garci Fernández-, disfrutaban de pingües prebendas en la corte durante los siglos XIII y XIV. De los soberanos recibían a veces franquicias y exenciones tributarias, y hasta casas y heredades. De los juglares también nos dice Menéndez Pidal que «si alguno tenía que comparecer ante los tribunales, a ellos llegaba una carta del Rey ordenando la rápida tramitación del pleito o rebajando la pena»83. Es lógico pensar, por consiguiente, que si tales privilegios se otorgaban a los juglares y a las juglaras, igualmente los habrían de percibir los trovadores, superiores en cultura y en estimación social.

Se trataba, quizá, de privilegios que venían de antiguo y que no solo alcanzaban a los trovadores y juglares castellanos, sino también a los musulmanes y judíos. La normal (aunque discutida) convivencia de razas y credos en el período bajomedieval -normal al menos, en todo caso, antes de las persecuciones y matanzas de judíos en 1391 y de las expulsiones posteriores de los moriscos- parece que se pone de relieve con esta amigable y hasta generosa actitud de los soberanos de Castilla y Aragón. No había discriminaciones raciales ni religiosas a la hora de premiar con dinero y regalos a aquellos artistas.

El mismo Menéndez Pidal precisa también que «en la corte de Sancho IV de Castilla cobraban sueldo mensual, en 1293, hasta 27 juglares, de los cuales 13 eran moros (entre ellos dos mujeres), uno era judío y 12 cristianos; además, las nóminas de la casa real registran otros dos juglares moros a los que se da paño para vestir...»84.

Estos beneficios tan indiscriminadamente concedidos podrían explicar, al menos en cierta medida, el engaño de Gerena al creer que su juglara «avia mucho tessoro»85. En todo caso, lo que sí aparece claro es el hecho de las fluidas y amistosas relaciones existentes. Citando explícitamente a Garci Fernández, don Ramón ilustra con estas palabras ese clima de armonía racial y religiosa: «A fines del siglo XIV pudiera simbolizar la unión de las dos corrientes artísticas [las juglarías musulmana y cristiana] el matrimonio de Garci Fernández de Gerena con una juglaresa «que había sido mora»86.

No tenemos, por tanto, claras razones para llamar a Gerena juglar en el sentido de simple intérprete o ejecutante. Sí los hay, en cambio, para afirmar que fue un trovador o creador de sus composiciones. De juglar sólo tendría, por así decirlo, su conducta personal, su vida bohemia o goliárdica, su contacto asiduo con la juglaría, y -si quedaban algunas en su época- también, quizá, con las representantes de otro tipo social muy semejante al de las juglaresas pero de fama peor: el de las «soldaderas», que solían acompañar a trovadores y juglares en sus fiestas y orgías, y que en la literatura cortesana eran consideradas mujeres de vida alegre, cuando no rameras.

Pero estas «soldaderas» ya actuaban muy poco hacia 1330. Al respecto observa Menéndez Pidal que el Arcipreste de Hita jamás habla de ellas, aunque sí de las «cantaderas», de lo cual extrae la conclusión de que seguramente se trataba del mismo tipo de mujer, ejercientes de idéntico oficio, si bien ahora con distinto nombre. Para nuestro propósito, lo que nos interesa constatar es que tanto Garci Fernández de Gerena como Alfonso Álvarez de Villasandino, y sin duda otros versificadores cortesanos, tuvieron con ellas estrechas y frecuentes relaciones; como sin disputa las tendría también, unos decenios antes, el propio Arcipreste de Hita, quien declara expresamente que escribió muchos versos y composiciones para estas alegres mujeres87.

Es, por consiguiente, muy probable que en el seno de estas relaciones naciera el desdichado amor de Garci Fernández por su «vistosa» juglara. Un amor que primero le trajo su forzado abandono de la corte, más tarde la ruina económica y social y la quiebra de su curso literario y, finalmente, la apostasía. Este «loco amor» por su juglara fue causa, sin duda, de todos sus males y lo que haría que cambiase de signo el hasta entonces plácido y feliz transcurrir de su vida.

Queda por reseñar, finalmente, otro testimonio explícito y documental sobre la estimación que disfrutó Gerena como trovador castellano. Ya hemos aludido a él. Es el que nos ha dejado Iñigo López de Mendoza en su Prohemio e carta al condestable Don Pedro de Portugal. Antes de referirse a sus propias poesías, Santillana hace una especie de resumen de los hombres de letras de entonces y en él incluye, nombrándole expresamente, a Garci Fernández de Gerena. Eso sí, lo incluye entre los que llamó «deçidores o trovadores», reservando con toda justicia la denominación de «poeta» para autores como Micer Francisco Imperial, el genovés-sevillano que inició la corriente alegórico-dantesca en la poesía cancioneril.

Encontramos más claro, por tanto, el papel de Gerena como trovador en la corte del rey de Castilla. La privanza de la que gozó, según Baena, la mención que hace de él el marqués de Santillana y el contenido mismo de sus poemas así lo proclaman de manera irrefutable. No se encuentra atisbo alguno, en cambio, que le acredite de simple juglar o de mero intérprete o ejecutante de las obras que otros compusieran. Gerena fue el autor de sus propias cantigas y éstas debieron de ser recitadas o cantadas por los juglares y juglaras de la corte. Por el contrario, sus composiciones de carácter penitencial y religioso hay que suponer que las hizo en los momentos más difíciles y graves de su vida; y, obviamente, no para ser interpretadas o cantadas, sino como íntimo desahogo espiritual, o acaso para dar público testimonio de sus sinceros temores y arrepentimientos.

De cualquier manera, no resultaría del todo inapropiado adjudicarle también, junto a la de trovador, esa calificación complementaria de «trovador ajuglarado» a la que a veces recurre la crítica. Más que por sus funciones de carácter juglaresco -cantar o tañer-, por su temperamento personal y por sus relaciones y contactos con el mundo de la juglaría. Más por sus andanzas y su trato con juglares y juglaras que por un talante rufianesco que ni por asomo puede rastrearse a lo largo de toda su obra.

Gerena fue, ante todo, un trovador, como afirma el Marqués de Santillana. Como trovador por tanto, no como juglar, es de justicia considerarle. Y ciertamente, como uno de los trovadores más antiguos de Castilla, integrante del grupo de los que asistieron a la desaparición del tema del Amor cortés e incluso de la lírica gallego-provenzal que lo llevó a las cortes de media Europa.






ArribaAbajoLos poemas de Garci Fernández

Todos los poemas de Garci Fernández incluidos en el Cancionero de Baena se insertan en dos únicos géneros de la poesía cancioneril: la cantiga y el decir. Para ser más precisos: de sus doce composiciones, once son cantigas y una sola figura como decir.

Heredera de la antigua canción cortés, la cantiga era una composición de forma fija concebida para ser cantada, de ahí su nombre. Afirma Pierre Le Gentil que en la Provenza el número de estrofas raramente pasaba de cinco, o a la sumo seis, mientras que en Galicia la llamada cantiga de maestría normalmente constaba de sólo tres. «Las cantigas del Cancionero de Baena -escribe Le Gentil- son por lo regular más largas que las cantigas de las antiguas recopilaciones gallegas: son raras las composiciones que no tienen más de tres estrofas»88. Son, añade, cantigas estróficas que se corresponden con la antigua cantiga de maestría, con la sola excepción del número de estrofas, cuatro por lo general.

En cuanto a los decires, poemas más largos, sus temas son más didácticos o narrativos que propiamente líricos. Eran composiciones para ser recitadas o leídas en vez de interpretadas o cantadas como las cantigas. Le Gentil distingue entre el decir corto y el decir largo. El primero sólo se distinguía de la cantiga por estar compuesto para la lectura o la recitación. El decir largo nació, en palabras del mismo Le Gentil, «el día en que el acompañamiento musical ya no se juzgó indispensable», cuando la función del poeta empezó a primar sobre la del músico. El único poema de Gerena que aparece en el Cancionero como decir es el número 564 de la colección y consta de siete estrofas.

Entre las cantigas hay también, a juicio de T. Navarro Tomás, dos composiciones que adoptan formas especiales: una es la del villancico, y la otra la de la canción trovadoresca. En su momento las examinaremos.

Consignemos finalmente que Garci Fernández de Gerena, como todos los poetas del Cancionero -y sobre todo los más antiguos-, solamente utilizaba el verso octosílabo acentuado en la séptima sílaba. En cuanto a las formas estróficas, la octavilla era la predilecta de todos los poetas del corpus baenense (según Le Gentil, más de las cuatro quintas partes de la colección aparecen en estrofas de ocho versos cortos). Por lo común se descomponían en dos cuartetas; al principio con dos o tres rimas y más tarde adoptando una cuarta.

Veamos ya, tal como aparecen en el Cancionero de Juan Alfonso de Baena, con sus comentarios o rúbricas correspondientes, las doce composiciones que nos presenta el recopilador como originales de Garci Fernández.

Aquí se comiençan las cantigas e dezires que fizo e ordenó en su tiempo Garçi Ferrández de Jerena, el qual por sus pecados e grand desaventura enamoróse de una juglara que avía sido mora. Pensando que ella tenía mucho tesoro e otrosí porque era muger vistosa, pedióla por muger al rey e diógela, pero después falló que non tenía nada.


ArribaAbajo1ª composición

«Por leal servir, ¡cuitado!...»


Número 555 del Cancionero de Baena

Esta cantica fizo el dicho Garçi Fernández quexándose de la privança que perdió del Rey, e por el engaño del casamiento de su muger



1 Por leal servir, ¡cuitado!,
eu siempre serviré,
soy conquisto89 a salvafé
e a la morte condenado
de cuidado.
Ja me non convén partir
pois que non posso encobrir
miñas coitas, ¡mal pecado!

2 Por ende, non osaría
miña coita eu dizer,
que ella ha tan grand poder
que me lo defendería90.
Grand follía91
me será çerto sin par
en cuidar contra cuidar,
por grand mal de mí sería.

3 Do cuidéi enriquintar92
fui, cativo93, empobreçer
bivo e desejo morrer,
inda94 non oso falar
el pensar
en trocar por mal ben,
poisque non posso, por én95
miña grand coita olbidar.

4 El muy Alto, sin porqué,
mostróme por sí contenda;
atal hei miña bivenda96
que non séi dizer cál é97
ca pensé
en trocar como leal;
atendendo98 por ben mal,
miñas cuitas non diré.

Una libre interpretación de este poema en español moderno podría ser la siguiente:



«Por leal servir99, ¡ay de mí!,
(y así siempre serviré),
me veo engañado, a prueba mi fe
y a la ruina condenado
para mi preocupación.
Ya no me conviene irme
porque no puedo ocultar
mis desgracias, ¡mala suerte!

Por lo tanto, no osaré
hablaros de mi desgracia
pues es de tal magnitud
que hasta me lo prohibiría.

Grande y sin igual locura
sobrevenirme podría;
pensar y pensar en ella
gran mal para mí sería.

Donde quise enriquecerme
fui, infeliz, a empobrecerme;
vivo y deseo morir,
ni siquiera quiero hablar
ni pensar
en trocar el bien por mal,
porque no puedo por eso
mi gran desgracia olvidar.

El muy alto sin por qué
se mostró conmigo airado
y hoy es mi vida tal
que no sé decir cuál es,
porque tan sólo pensé
en devolver lealtad.
Esperando por bien mal
mis desgracias no diré».

En la rúbrica general con la que inicia las composiciones de Gerena, Juan Alfonso, tras resumir en unas cuantas líneas la historia del engaño del poeta y la petición que hizo al Rey de desposarse con la juglara, nos informa de que este primer poema es una cantiga que compuso quejándose del engaño y de la pérdida de su real privanza. No hay serios motivos para pensar que esta primera noticia del compilador sobre Garci Fernández no sea correcta. La información del epígrafe se corresponde perfectamente tanto con el tono como con el contenido del poema.

El poeta parece lamentarse, en efecto, de que, habiendo hecho su petición de buena fe -se podría referir a que la juglaresa, si «avía sido mora», ya no lo era-, el muy alto soberano, Juan I, le «muestra contienda» (rompe las hostilidades) y le castiga concediéndole el permiso demandado, pero suprimiéndole las prebendas de su rango de poeta cortesano. Gerena se confiesa conquistado por la mora, pero al parecer su fe queda a salvo.

Sin tapujos proclama su desengaño («Do cuidéi enriquintar / fui, cativo, empobreçer...») dando a entender que la esperanza que albergó de enriquecerse con los tesoros de la mora dio paso a la constatación de su pobreza. Tras sugerir su desencanto ante la hostil decisión del monarca, parece indicar que, descubierto su error, ya no le convendría salir de la corte («ya me non convén partir»), aunque al final, desacreditado y sin prebendas, tuviera que hacerlo, para retirarse y buscar refugio en la ermita de su pueblo.

(Otra posible interpretación, pero menos probable -si damos al verbo servir el sentido amoroso que le otorgaban los poetas provenzales-, sería la de que Garci Fernández se lamenta del desprecio de su amada, uno de los temas preferidos, como queda dicho, por los trovadores que escribían en la lengua de oc. En tal caso, la desgracia a la que alude sería precisamente ésa, la de verse desdeñado por su dama. La mención al «muy Alto» podría referirse, no al rey, sino a alguna secreta «senhor», con género gramatical masculino, como acostumbraban a llamar los poetas occitanos a la destinataria de sus versos, rindiéndole así el típico homenaje vasallático. Pero, insistimos: mejor nos inclinamos por la primera de amas interpretaciones, la que atribuye al poema la intención de lamentar el engaño de la juglaresa y el duro castigo del rey.)

En esta primera composición quizá pueda adivinarse una cierta ironía en el autor, que está hablando de sus cuitas sin cesar mientras dice que no quiere hablar de ellas. Si en la primera estrofa, por ejemplo, se muestra enamorado, «conquisto» o conquistado y condenado a la «morte» (hay que entender a la ruina), declarando que no puede encubrir su desgracia, en la segunda manifiesta que no se atrevería a contarla, pese a lo cual la cuenta, declara y explica en las estrofas tercera y cuarta. El poema lo concluye insistiendo, contradictoria e irónicamente otra vez, en que no hablará de su infortunio («miñas cuitas non diré»).

En este poema con el que Baena quiso inaugurar el repertorio de Garci Fernández se comprueba la existencia de bastantes galleguismos (eu, miñas coitas, non oso falar). Esto nos puede inducir a pensar que fue escrito en la época en que la producción de los autores antiguos del Cancionero estaba todavía muy influida por la lengua gallego-portuguesa.

No da la impresión de que fuera, aunque en la compilación aparezca al comienzo de sus poesías, la primera que compuso nuestro autor. Antes tuvo, seguro, que haber escrito más: si era ya un poeta áulico, obviamente lo sería por haber compuesto otras obras con anterioridad. Es más lógico pensar que Baena, siempre interesado en reflejar la desgraciada vida de Garci Fernández, sólo insertase en su compilación aquellas composiciones que de un modo u otro se relacionaran con su «affaire» con la mora y con su apostasía.

De carácter autobiográfico son también otras composiciones que después aparecen en el Cancionero. Sin embargo, a diferencia de ésta, en ellas mostrará el poeta un tono menos sereno, más agitado por el dramatismo de su situación de expulsado de la Corte, cuyos efectos quizá no hubiera empezado a experimentar todavía en toda su crudeza. Se podría decir que en esta primera poesía Garci Fernández aún no vislumbraba la magnitud y las fatales consecuencias de su error, y de ahí que adoptara esa actitud entre desencantada e irónica que en ella parece querer ocultar.

El poema consta de cuatro estrofas en forma de coplas de arte menor, con versos octosílabos de pie quebrado (el quinto, tetrasílabo), con arreglo a la siguiente distribución: a b b a a c c a. Según Azáceta, el verso número 22 aparece en el manuscrito irregularmente hipométrico («en trocar...»). Las sílabas que faltan, según él, deberían rimar en -en; y, efectivamente, los editores Dutton y González Cuenca completan el verso con las palabras por mal ben, haciéndolo rimar en -en, lo que se ajusta perfectamente al sentido de la composición.

Henry R. Lang clasifica esta cantiga de Garci Fernández -creemos que fue efectivamente escrita para ser cantada, como casi todas las de forma fija- entre las cinco suyas (números 555 al 559 del Cancionero) que carecen de tema inicial. Las cantigas, por lo general, constaban de este tema, más tarde llamado estribillo, y de una estrofa de cuatro a ocho versos; los cuatro últimos repetían las rimas y a veces las palabras finales e incluso versos enteros del tema.

Había, además, otros dos modelos de cantigas: aquellas en las que cada estrofa termina con un proverbio (enxemplo o anaxir) o con un pareado de carácter sentencioso llamado trebejo; y aquellas otras que incluyen un tema y una o más estrofas que no van seguidas de sus repeticiones como estribillo100.



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