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Guerra de Granada


Alonso de Palencia






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Libro I


(1480-1481)


Ligera mención de las épocas calamitosas de España. -Obstáculos para emprender la guerra de Granada. -Toma de Otranto por los turcos. -Recuperación de la plaza. -Muerte de Mahometo II. -Mención del sitio de Rodas. -Prodigios. -Sucesos de Portugal. -Nuevos esponsales de D.ª Juana (la Beltraneja). -Viaje de D. Fernando a Cataluña. -Sucesos de Galicia-Los Reyes en Cataluña. -Encarga el Rey a Diego de Merlo que hostilice a los granadinos. -Merlo y el Marqués de Cádiz. -Descalabro de los nuestros en Villalonga. -Traición concertada por Merlo contra el Duque de Medina Sidonia, -Recelos del Duque y sus quejas.- Cumplida satisfacción que te dio la Reina. -Castigos de los conversos de Sevilla. -Peste y hundimientos en la ciudad. -Mención de los Arias de Saavedra. -Los moros se apoderan de Zahara.


Abatido ya ignominiosamente el antiguo poderío de los godos, y cuando los moros extendían sus devastaciones por todo el reino, viéronse detenidos en sus triunfos por Pelayo. Último vástago de las más nobles familias godas, mereció reinar el primero entre los astures, cuyo caudillo había sido en los días de desgracia. Extendiéndose luego el favor de este héroe verdaderamente excepcional, encendió bélico ardimiento en el corazón de sus sucesores. Durante mucho tiempo los cristianos de las Asturias, Vascongadas y Cantabria tuvieron la defensa en su reducido número y en lo abrupto de sus montañas, mientras la muchedumbre de los bárbaros invasores, con la alegría salvaje de los primeros triunfos, iba ocupando con feroz empuje casi todo el llano y sometiendo a su yugo las demás provincias de España. Mas los cristianos, estrechamente unidos por vínculo religioso, consiguieron ir poco a poco rechazando a los feroces muslimes, y recuperar en parte en muchos años lo que ellos conquistaron en breve tiempo. Mientras la defensa de Castilla estuvo encomendada a egregios caudillos, todos tos del reino de León, que combatían denodadamente con los moros, encontraban invencible obstáculo en su muchedumbre, que terrible y cruelmente trabajaba por exterminar cuanto antes el nombre cristiano. Pero cuando la hueste leonesa se unió a la castellana, ya aparecieron más poderosos que los moros. Ya no infundían espanto sus numerosos guerreros al puñado de cristianos, y frecuentemente peleaban con fortuna en batalla campal y en campo abierto 4 ó 5.000 caballos y pocos más peones de los nuestros contra 50.000 jinetes moros e innumerable cantidad de infantes. Y aunque nuestras discordias retrasaban la recuperación de muchas provincias, sin embargo, poco a poco los enemigos iban cediendo el terreno a los vencedores.

Así, en el transcurso de varios siglos, algunos reyes castellanos, que consiguieron preferencia sobre los primeros de León, dilataron sus conquistas hasta los escarpados montes que de oriente a occidente se levantan frente al Mediterráneo, o sea, desde el puerto de Cartagena, en posesión de los nuestros, hasta Cádiz. Esta ciudad, bañada por el Océano y cuyo estrecho separa Europa de África, fue recuperada por casualidad por los españoles en tiempo de Enrique IV, poco inclinado al exterminio de los granadinos, aunque fácilmente hubiera podido someterlos, cuando libre de obstáculos, colmado de riquezas y al frente de numerosa hueste, no sólo se hacía temer de lo, abatidos moros, sino de muchos Príncipes cristianos, como queda expuesto en la Crónica de este Rey.

Mas ahora me propongo escribir la guerra que en 1482, octavo del reinado de D. Fernando, rey de Castilla, León, Aragón, Sicilia y otras muchas islas, con su mujer, la esclarecida reina D.ª Isabel, emprendieron contra los granadinos, encerrados, entre el Mediterráneo y los montes. Por este matrimonio D. Fernando había obtenido los reinos de León y Castilla, y poco tiempo después, por muerte de su padre, rey de Aragón, Sicilia y Navarra, heredó estos reinos que poseyó con su mujer, excepto el último, perteneciente al heredero entre los nietos del rey D. Juan, aun cuando antes de su muerte, y en virtud de convenio de los magnates navarros, por largo tiempo divididos en bandos contrarios, D. Fernando, autorizado por su padre, había puesto guarniciones en aquellas fortalezas consideradas como principales defensas para la causa de Navarra, lo cual dio pretexto a las pretensiones de los franceses.

Pero para no desviarme de mi propósito, conviene hacer alguna mención de los motivos que diferían la justa y necesaria guerra contra los granadinos. Desde la muerte del rey D. Enrique, D. Fernando y D.ª Isabel habían tenido que luchar con múltiples e insuperables dificultades para combatir contra los moros, mientras D. Alfonso de Portugal, contando, además de sus propias fuerzas, con el poder del rey Luis de Francia y el de sus partidarios castellanos, penetró en el riñón de Castilla y se mantuvo durante algún tiempo en el territorio ocupado. Al retirarse al suyo, dejó entre nosotros poderosos gérmenes de futuros trastornos; pero al regresar de Francia, lo crítico, de las circunstancias le obligó a mirar por su interés y por el de sus reinos y acomodarse a lo, pactado por los intermediarios, en cuya virtud, quedando en realidad vencido, parecía haber alcanzado la victoria porque D.ª Isabel, que mientras su marido visitaba los reinos heredados a la muerte de su padre, se había trasladado a la frontera portuguesa, todo lo pospuso a los conciertos, para evitar los escándalos con que amenazaban los portugueses. Por ello, a pesar de su superioridad, accedió a muchas cosas que de otro modo jamás hubiese aceptado, ni aun a ruegos de adversario más poderoso. Y como poco antes el rey de Francia, buscando el remedio al apurado trance en que le tenían los alemanes a causa de las tentativas de Maximiliano, hijo del emperador Federico y marido de la primogénita del duque Carlos de Borgoña, hubiese enviado sus embajadores a D. Fernando y a D.ª Isabel para reanudar la antigua alianza que debía consolidarse entre Francia y Castilla, divididas hasta entonces por mutuas y simultáneas rivalidades, parecían ya reconciliados con ellos dos reyes que igualmente y a una les habían combatido.

Pero sobre el dificilísimo arreglo de los asuntos de Cataluña, que exigían la presencia de D. Fernando, en aquellos mismos días conmovió profundamente a los príncipes cristianos la terrible noticia de la toma de Otranto por los turcos, que, saliendo con su armada del puerto de Salona, cayeron repentinamente sobre la ciudad al amanecer del 28 de Julio de 1480, y en el mismo día entraron en la población, degollaron o empalaron cruelmente a todos los habitantes, a excepción de los jóvenes de ambos sexos; extendieron sus correrías hasta el monte Gárgano; abarrotaron las naves con más de 13.000 cautivos, y después de transportar a las costas de Dalmacia el inmenso botín cogido, dejaron la ciudad fuertemente guarnecida. También se hubieran apoderado de Brindisi a no encontrar a su poderosa guarnición pronta a rechazar la repentina acometida. Y si en aquella ocasión hubiesen arribado a las costas de Sicilia, de fijo hubieran logrado establecerse más sólidamente y causar a los nuestros más daño, porque los habitantes, poco ejercitados en la guerra, no podían, a la sazón, oponer la menor resistencia al enemigo, desprovistos de armamento, enervados por la molicie, faltos de todo lo necesario para la defensa de las fortalezas, y, lo que era más peligroso, sin caudillos experimentados para empeñar combates. A estas desventajas se añadía que para procurarse medíos de defensa tenían que acudir á su rey D. Fernando de Castilla, a cuya majestad rendían preferente acatamiento, y para llegar a su presencia los embajadores de Sicilia tenían que vencer y arrostrar, graves peligros en aquel aprieto, e inminente riesgo de exterminio en la navegación desde sus costas hasta los últimos confines de España.

La ocupación de Otranto durante catorce meses, amenazando a los italianos todos con el cautiverio y la extirpación de la religión católica, libró de todos estos peligros a aquellos insulares. No hallaron estos males resistencia alguna en el esfuerzo de los italianos, ni siquiera se vio la debida solicitud para acudir a evitar el peligro, porque muchos Príncipes italianos se alegraban de tener por vengadores a los turcos, con tal de ver ante todo vencido por el sultán Mahometo a D. Fernando, rey de Nápoles, primo del de Castilla. Si por accidente algunos le habían prestado auxilio poco tiempo antes contra ciertos rebeldes, en aquella ocasión o se le negaron en absoluto o se le dieron remisamente. Terrible y gravísimo fue el trance mientras por aquella victoria intentó extender su poderío y subyugar a Italia, el más noble de los reinos. D. Fernando, en tanto, se esforzaba por oponer al enemigo cuantas fuerzas podía reunir. Resuelto a mantenerse en Nápoles, sacaba de allí como de un arsenal las tropas y pertrechos necesarios para recuperar a Otranto, empresa encomendada a su primogénito, el príncipe de Capua D. Alfonso. Al mismo tiempo enviaba embajadores y solicitaba vivamente por cartas a todos los Príncipes de la Cristiandad en demanda de pronto socorro si deseaban conservar el honor y la paz de sus respectivos Estados, porque Mahomet Bey, además del exterminio de la religión cristiana, se proponía el de todos los Príncipes de las naciones católicas. Exigía, por tanto, la causa de todos el esfuerzo común, y era poderoso estímulo para lograrle la insolente arrogancia y el desprecio de los fieles con que se veía al Turco hacer de Otranto un campamento en la Pulla, desde donde tripulando con jinetes moros su armada pudiese devastar y ocupar, las provincias italianas, asestando así rudo golpe al Cristianismo. Este peligro trataba él de conjurar, por ser el primero con quien tendría que habérselas el Sarraceno, y se ofrecía a servir de escudo a los demás, siempre que no le faltasen en la ocasión crítica los auxilios de los Príncipes católicos. De otro modo, debía tenerse en cuenta que a nadie es lícito descuidar sus intereses, y dejar de mirar por sí y por los suyos en apurados trances, y ya en la imposibilidad de defenderse, si se pretendía sostener por mucho tiempo el intolerable peso de la guerra contra el Turco.

Éstas y otras razones análogas procuraba el rey de Nápoles por medio de repetidos mensajeros que se grabasen en la mente de todos los Soberanos, y en especial de su tío D. Fernando, rey de Castilla, Aragón y Sicilia. El cual, a la primera noticia de la toma de Otranto, aprestó una armada de 25 naves de espolón, tripuladas por vascongados, al mando de su tío D. Francisco Enríquez, joven animoso, pero poco experimentado en tales empresas. Para obviar a este inconveniente se encomendó a un sujeto muy señalado entre los gaditanos, llamado Pedro, y por apodo Macho cabrío, el gobierno de la armada y la resolución de las dificultades que ocurriesen. El rey de Castilla se encargó de suministrar armas a los sicilianos y de que no faltasen provisiones en los puertos y castillos. También el rey de Nápoles equipó una armada de navíos y galeras de espolón, que, subiendo del Tirreno al Adriático, fuese a socorrer a Brindisi y a guardarse de los venecianos, aliados de los turcos y apostados como de descubierta cerca de la ciudad con su escuadra de galeras, ni amiga ni hostil a ninguna de las partes, y de modo que ni los turcos, tenidos por amigos, pudieran quejarse de nada contrario a la alianza pactada, ni los cristianos experimentaran su hostilidad, sino que unos y otros la considerasen neutral y, en tan grave peligro, pronta a defenderse de todo ataque.

A la armada de Nápoles se unieron algunas gruesas naves genovesas y la de D. Fernando de Castilla fue recibiendo cada día mayores refuerzos. Era imposible, sin embargo, impedir los del enemigo, porque el Turco, poderosísimo y muy previsor en todo, aprovechaba las favorables condiciones de tiempo para enviar provisiones a la guarnición de Otranto. No era ésta muy numerosa, pero si muy escogida, pues la mayor parte de los 10.000 turcos que primero ocuparon la plaza habían regresado al puerto de Salona conduciendo a la multitud de cautivos apresados, y se quería dejar guarnecida a Otranto con poco más de 4.000 soldados de refresco y aguerridos. De ellos, 400 jinetes escogidos corrían intrépidamente los campos de la Basilicata y llegaron a infundir espanto a parte de la caballería de D. Fernando, muy superior numéricamente, pero con desventaja para el combate, contra la opinión de los italianos antes de empeñar el primero, pues, confiados en su fuerte armadura, habían creído fácil vencer con pocos hombres de armas a numerosos turcos. Mas luego que vieron su agilidad en el cabalgar, la velocidad con que acometían y cuán rápidamente tornaban a incorporarse a las filas de sus escuadrones, al parecer irregulares, además de su increíble destreza en el manejo del alfanje, les hizo cambiar completamente de opinión, y la experiencia de las escaramuzas les enseñó que aquellos turcos poseían la antigua ciencia práctica de la guerra junto con un valor extraordinario. De aquí que un terror cada día más grande fuese amilanando el ánimo de los italianos.

Esforzábase D. Alfonso, primogénito de don Fernando, en levantar el decaído espíritu de soldados y pueblo, y trabajaba con empeño por destruir al enemigo antes que recibiese Otranto, refuerzos de Salona. Era, sin embargo, tal la actividad de la guarnición de la plaza, que inutilizaba los esfuerzos del caudillo cristiano. En pocos. días la hicieron tan inexpugnable, con doble foso y empalizada, que ni desde la costa podía una armada cristiana hacer daño alguno a unas cuantas naves de que el enemigo se había apoderado, ni la hueste de D. Fernando tenía acceso por otra parte para combatirla. Al anuncio de estas insuperables dificultades y peligro general, las poblaciones de la Campania, del Abruzzo y Marca de Ancona, con todo el territorio romano amenazado por Mahomet de total exterminio, quedaron poseídas de espanto. Pero todos estos anuncios del desastre que amenazaba no bastaron para persuadir a los Príncipes italianos de la urgencia de enviar socorros al rey D. Fernando. Tan sólo la Señoría de Florencia, poco antes maltratada por el mismo Monarca, aunque a la sazón ya reconciliados, quiso contribuir con el estipendio necesario para numerosa hueste, a fin de facilitar el aprovisionamiento de los soldados de D. Fernando. También se dice haberle llegado por tierra de la lejana Alemania ciertos aventureros que habían tenido noticia del peligro, y consta haber venido de Sicilia alguna caballería de socorro. Naves sicilianas se habían unido también a la armada de Nápoles, y se esperaba otra mayor y más poderosa enviada por el rey de Castilla. Pero nada de esto hubiera bastado para resistir el poder de los turcos, porque el Sultán tenía preparada en la Croacia invencible hueste de caballería para enviarla desde el puerto de Salona a Otranto, y no es extraño que si la escasa guarnición de esta plaza tenía aterrorizados a los italianos, se considerasen impotentes ante el innumerable ejército enemigo de infantes y caballos.

La mano del Omnipotente acudió, sin embargo, al remedio de tan inminente desastre, quitando la vida al ensoberbecido Mahomet. Con su muerte vino a tierra la aparatosa expedición proyectada y libró al Catolicismo de torpísima abyección y oprobio, como poco antes había favorecido a los defensores de Rodas.

Aquí el mismo Turco, empeñado en tomarla, comenzó a combatirla con parte de su ejército, al mismo tiempo que otra parte de su armada se apoderaba de Otranto. Pero en esta plaza encontró defensores menos resueltos que en los de Rodas, otra vigilancia y reparos en que se estrellaba el intolerable e incesante batir de la artillería, aunque moviéndola durante muchos días y noches en derredor de la plaza lograran cuartear las murallas, a pesar de las frecuentes salidas en que los valientes sitiados solían barrer a los enemigos e inutilizarlos gran parte de sus máquinas de guerra. Reparaba aquél las pérdidas de gente y pertrechos con los socorros que recibía de las cercanas costas de Licia y Cilicia, y poco se conseguía con el temerario arribo al puerto de Rodas de naves de espolón genovesas o vascongadas, que, además del auxilio que prestaban por mar, reforzaban la guarnición, porque, derruído gran parte del muro, había brecha bastante para la multitud de los sitiadores. Al verlos, parte escalando las murallas y parte penetrando en montón por las brechas en la plaza y arrollando cuanto encontraban al paso, los nuestros lanzaron repentino alarido de espanto. No así el Maestre de la Orden que, al oírlo, recogió a unos cuantos soldados, y confiando en el estandarte de la Cruz que rápidamente había empuñado, afrontó el peligro y con gran intrepidez trabó feroz combate. Ni las heridas le amilanaron, ni le conmovió la muerte de sus compañeros de armas, sino que, fortalecido con las virtudes de la Fe, Esperanza y Caridad, sostén común de todos los suyos en aquel trance, y mereciendo todos el auxilio del cielo, rechazaron a los enemigos lejos de las derruidas murallas, degollaron a más de 400, que las ocupaban y persiguieron hasta su campamento a la confusa multitud de los fugitivos. No fue obstáculo el que los cristianos por su escaso número desistieran de la persecución para el completo desastre de los turcos, porque en su desordenada fuga se herían y mataban entre sí. Más de 4.000 perdieron allí la vida, y al día siguiente levantaron el sitio de Rodas, confesando que un poder de lo alto los había vencido y arrojado de la plaza.

Luego el Sultán, bramando de ira y descargándola sobre los que habían abandonado el ataque, resolvió emplear sus fuerzas contra los italianos, y preparó una armada para desembarcar unos 20.000 caballos en la Pulla o Lucania. Su muerte, ocurrida el 3 de Mayo de 1481, hizo fracasar sus planes.

El que había librado a los de Rodas de las crueldades de los turcos, se dignó anunciarles aquella muerte con estupendos prodigios. La víspera de morir Mahomet Bey, antes de atardecer, se retiró repentina y extraordinariamente el mar, haciendo encallarlas galeras ancladas junto a Rodas y anegando cerca de 20 aldeas situadas a gran altura. En aquella ocasión se perdió una gruesa nave de Génova, cuyo capitán era Lúculo Adorno. A las embarcaciones menores puso luego a flote doble flujo de olas de 40 pies de altura. Así que el día que Mahomet murió cerca de Constantinopla, en todas las embarcaciones ancladas en el puerto de Rodas quedaron en seco las quillas junto a las murallas de la ciudad, no sin grave destrozo de los edificios. El prodigio aterrorizó así a los que le presenciaron como a los que oyeron referir un suceso sin precedente. Aumentaba en especial los temores de próximas calamidades el haber ocurrido aquel extraordinario flujo y reflujo del mar en puerto muy tranquilo, en tiempo sereno y en el momento preciso de la muerte de Mahomet.

Al ser conocida, arreció el ataque contra la guarnición de Otranto. Luego la discordia de los hijos del difunto y la sedición de los soldados causó tal perturbación entre los turcos, que su compacto poderío quedó muy quebrantado. Mas no por eso cejaron los defensores de la plaza en su tenaz resistencia contra los cristianos. Éstos, cobrando ánimos con la seguridad de que el enemigo ya no podía enviar tropas de refresco, víveres ni municiones, arrimaron las máquinas de guerra a las murallas; pero, a pesar de ello y de las grandes pérdidas sufridas por ambas partes, todavía los turcos siguieron parapetándose tras fosos y empalizadas menos extensos. Al cabo, a fines de Septiembre de 1481, ya reducidos a la última extremidad, su extraordinario valor les alcanzó del príncipe D. Alfonso condiciones de rendición más ventajosas que las que suelen otorgarse a los vencidos. Entregada la plaza, saldrían sin armas los que quisieran pasar a Dalmacia, y podían conservarlas y el caballo los que prefirieran permanecer al servicio de D. Alfonso.

A poco llegó la armada del rey de Castilla, tan castigada en toda la travesía por la peste, que casi no quedaban hombres de la tripulación de las naves portuguesas. Mucha alegría recibió el rey de Nápoles con el socorro de su primo el de Castilla, con bastante oportunidad enviado, si la guerra con el Turco hubiera durado más.

Arregladas las diferencias con el rey de Portugal por la hábil intervención del Prior del Prado, embajador que previamente había zanjado las cuestiones y dificultades principales, y libres ya nuestros Reyes para romper la guerra con los granadinos, ocurrió la muerte de D. Alfonso de Portugal el 20 de Agosto de 1481. Antes de está desgracia, su primogénito D. Juan se mostraba inclinado a la paz, y considerando la guerra funesta para la dominación portuguesa, había apoyado tan resueltamente los temperamentos pacíficos, que el padre, sin desistir por eso de su antigua idea, había tenido que aparentar intenciones tranquilas. Mas en cuanto el Príncipe subió al trono, de día en día se mostraba más ceñudo Y más ansioso de novedades. Sin embargo, la noble D.ª Beatriz, suegra del Rey, que siempre procuró la firme alianza de ambos reinos, trabajó ahora con empeño por estrecharla por medio del matrimonio de su nieto el príncipe D. Alfonso con doña Isabel, primogénita de nuestros Reyes. Todo esto quedó acordado merced a la actividad y competencia del excelente mediador el Prior del Prado. Ya antes, para alejar todo motivo de discordia, se había resuelto que D.ª Juana, sobrina del rey de Portugal D. Alfonso y supuesta hija de D. Enrique, entrase en un convento. Así no volvería a suscitarse el antiguo litigio sobre derechos hereditarios por los del rey D. Enrique, después de reconocida su impotencia, tanto por su pública confesión, como por el convencimiento de las gentes. Mas todavía los portugueses empleaban ciertos argumentos como resto de amenaza, diciendo que era deber de los Príncipes cercanos insistir por que no se arrebatasen sus derechos a la doncella a quien D. Enrique, al morir, había declarado legítima heredera de sus reinos. Sólo el aliento de la verdad podía apagar las chispas de este incendio tantas veces reanimado, y que en ambos reinos la misma disputa había contribuido a evitar. Como la tierna edad del príncipe D. Alfonso y la niñez de la doncella eran obstáculo para los esponsales de presente, se echó mano de un recurso que asegurase el futuro matrimonio, y fue encomendar los novios al cuidado de la ilustre doña Beatriz, bajo la salvaguardia y tutela de nobles portugueses, desligados por previo acuerdo de todo compromiso con el Rey, cual si fuesen Grandes extranjeros.

Arregladas estas cosas según lo pactado, hallándose ya en Mora, villa portuguesa de alguna importancia, la Serenísima doncella D.ª Isabel, y el primogénito de D.ª Beatriz y duque de Viseo, don Diego de Portugal, en camino para la corte de Castilla, donde había de permanecer como en rehenes de los convenios acordados, ocurrió tener que marchar D. Fernando a Cataluña, así por creerse en el Condado que su presencia podría apaciguar algunos tumultos de los aragoneses, como para resolver cuestión más ardua, cual era acallar las protestas de los barceloneses, quejosos de la injusticia que se les hacía dilatando reintegrarles en la posesión enajenada, además de la limitación de los pactos sancionados por el rey D. Juan de Aragón al dominar la rebelión de Barcelona.

En Galicia, los pueblos, víctimas de inveteradas iniquidades, obligaron a sus nobles, acostumbrados a revueltas y rapiñas, a reconocer la autoridad de la hermandad, ya establecida en las otras provincias de Castilla. En este movimiento ayudó a los gallegos Fernando de Acuña, caudillo de 400 caballos por D. Fernando y D.ª Isabel, y sujeto de nobles prendas, aunque se portó mal con el arzobispo de Santiago, D. Alfonso de Fonseca o de Acevedo, constante y leal partidario de los Reyes, pues después de disfrutar del hospedaje del Prelado él y su escuadrón, le obligó a abandonar la Sede y a salir de Santiago para ir a demandar justicia a la Reina, a la sazón en Valladolid. El afán de marchar a reunirse con el Rey la impidió atender por el momento al Arzobispo; pero prometió oírle a la vuelta y que ella y su marido harían justicia al honor y relevantes merecimientos de tan ilustre Prelado. Diole seguridades de que el Rey no había olvidado los grandes peligros arrostrados en Galicia por D. Alfonso en la guerra con los portugueses y sus auxiliares; pero afirmó que, para acabar con el desenfreno y temeraria osadía de los magnates gallegos, convenía la ausencia de aquel territorio de todas las personas acomodadas, mientras el adalid Acuña quebrantaba la cerviz de los soberbios y castigaba a los culpados.

Al día siguiente, 4 de Abril del mismo año de 1481, se encaminó D.ª Isabel a Aragón a reunirse en Calatayud con D. Fernando, ya de vuelta de Barcelona. Formaban el séquito de la Reina y del príncipe D. Juan el duque de Alburquerque y el conde de Benavente, con gran número de nobles y los obispos de Burgos y de Córdoba. Ya en Calatayud se trató devolverá Cataluña, por parecer a los Reyes el medio más adecuado para arreglar las cosas oír juntos en Barcelona las quejas de los ciudadanos, a fin de proveer en consonancia con los primeros acuerdos del rey D. Juan. La total satisfacción de los agravios parecía ardua empresa, por la transmutación de derechos y posesión de riquezas y señoríos otorgados cuando ardía la guerra a los que se habían mostrado constantemente leales y habían entrado en posesión de los bienes de los obstinados rebeldes. Por último, se acordó economizar gastos y satisfacer en lo posible a las dos partes, ya con las sumas concedidas al Rey por los barceloneses leales, ya con cercenar algo de las propiedades de éstos, repartidas con arreglo a los convenios. Cuestión grave y difícil y motivo de numerosas reclamaciones; pero que, como, al parecer, se trataba de cosa menos importante, produjo no pequeña ventaja.

Mientras en Barcelona los Reyes entendían con gran solicitud en el arreglo de estas dificultades, no descuidaban los medios para recuperar el Rosellón; pero las artes y astucia del rey Luis de Francia, no sólo entorpecían el triunfo de la justicia y del derecho, sino que totalmente le contrariaban. Por esto parece excusada más minuciosa mención de los medios a que se apeló en vano, y conviene reanudar la de otros hechos relacionados con el principio de la guerra de Granada.

Desde los comienzos de su reinado D. Fernando y D.ª Isabel tenían puesto el pensamiento en esta guerra; pero nunca habían podido verse libres de innumerables dificultades, porque, ya en una parte, ya en otra, su propósito tropezaba con un obstáculo donde menos se esperaba. Cansados ya de tan prolongadas contrariedades, resolvieron acometer la empresa sin detenerse por nada que pudiera estorbarla. Al tanto de los levantados propósitos de los Reyes, recibieron algunos servidores secreto encargo de encomendar el asunto a Diego de Merlo, Asistente de Sevilla, como a hombre muy a propósito por su carácter para semejantes empeños, y que ponía tanto más interés en el cumplimiento de las comisiones que los Reyes le daban cuanto más numerosas eran, sin tener para nada en cuenta dificultades o necesidades públicas. Por otra parte, en tales órdenes encontraba pretexto para extender a todo su autoridad e involucrar con la comisión recibida otros muchos negocios de índole muy diversa, porque por diferentes maneras había persuadido al Rey del acierto que en todo le acompañaba y de las ventajas que sabía proporcionar. Por eso se mostraba tan altivo e insoportable mientras gozaba del favor, como abatido cuando le faltaba.

Conocido el deseo de los Reyes de apoderarse de alguna plaza o fortaleza de los granadinos antes de declararles abiertamente la guerra, empezó a disponer lo necesario para satisfacerle. Don Fernando le comunicaba por cartas cuantos planes se le daban relativos a la empresa, y, a su vez, Merlo le proponía las medidas que consideraba necesario adoptar en Andalucía. Mientras esto se trataba, empezó a dar más claros indicios de sus intentos, atacando de repente con sus tropas la aldea de Villalonga, en término de Ronda, fortísima por su situación y reparos, y lugar señalado por frecuentes descalabros de los nuestros. En la escaramuza perdió algunos caballos, y cayó despedazado por los moros el ilustre jerezano Pedro Núñez, de las tropas del Marqués de Cádiz.

Era éste entre los magnates andaluces el primero en las artes de la guerra y el segundo en poderío. Receloso en sumo grado de las informaciones del Asistente Merlo, a quien los Reyes daban en todo entero crédito, no esquivaba peligro alguno, antes cuantas veces solicitaba su concurso reunía sus lanzas y peones a las tropas sevillanas, para que no pudiera decir, como acostumbraba, que era un obstáculo para sus acertadas medidas. Este consentimiento del Marqués, por otra parte eximio caudillo, le acarreó a él y a los suyos no pocos daños. En esta expedición, funesta para los nuestros, pero de escaso quebranto para los moros, no contradijo en nada las disposiciones de Merlo, como no rehusó, después del descalabro sufrido junto a Villalonga, ir a Ronda, tan inexpugnable por su posición, por sus defensas y por su fortísima guarnición. Allí se apoderó de una torre, distante de las murallas, y conservada, con buen acuerdo, por los rondeños para refugio contra las incursiones del enemigo, y arrasó el reparo, para que aquella entrada no pareciese enteramente inútil.

El Asistente propalaba que con ella no se había propuesto declarar la guerra a los moros, sino castigar a los rondeños por haber roto las treguas ajustadas. Los sucesos posteriores demostraron que la expedición contra los rondeños estaba muy lejos de sus propósitos. En efecto: en el camino, antes de entrar en territorio de Ronda, había apostado 50 lanzas escogidas al mando de su hermano, Juan de Merlo, las cuales, volviendo grupas y pasando el Guadalquivir, marcharon a Niebla con el propósito (confesado luego por su guía Velasquillo) de apoderarse del Duque de Medina Sidonia, en cuya casa se había criado el infiel guía desde niño, en ocasión en que el Duque, según su costumbre, fuese al campo de San Juan con cuatro a cinco criados. Pero como el Velasquillo iba delante de descubierta, no pudo ocultarse a sus antiguos compañeros, a quienes apareció patente su traición por serles bien conocidos sus agravios al Duque. Conducido a su presencia e interrogado sobre la causa que le llevaba a aquellas tierras, respondió con semblante turbado y palabras entrecortadas que él y sus compañeros sólo, se proponían apoderarse de algunos de los conversos condenados por herejes. Luego en el potro confesó la traición concertada con Diego de Merlo.

Hace verosímil la declaración de esta complicidad la circunstancia de llevar Velasquillo el mejor caballo de Merlo e ir por su orden guiando a los demás jinetes. Además, se observó no haberle producido la menor contrariedad el descalabro de la expedición contra Ronda, y cuando sus 50 de a caballo vinieron a darle cuenta del fracasado ardid los dirigió miradas coléricas y en todo el día ni les habló palabra, como hombre que era incapaz de ocultar sus afectos. Poco después, el Duque, conocedor de la enemiga de Merlo, dio cuenta de lo ocurrido a los Grandes, para que se quejasen a los Reyes de la traición contra él urdida, cuando tan manifiesta era a todos su lealtad y su perseverancia, desde el principio del reinado, en cuanto tocaba a la felicidad de D. Fernando y de D.ª Isabel, por lo cual confesaba no haber temido jamás las asechanzas ni la muerte merecida por los culpables, antes esperaba las honras mercedes debidas a la lealtad acrisolada y ser ante los Reyes grato intérprete de las súplicas de amigos y parientes. Muy al contrario de esto, parecíale haber descubierto en el Rey indicios de ánimo hostil contra su persona, pues a nadie era creíble que sin su consentimiento el Asistente Merlo se hubiese lanzado al execrable crimen intentado. Este ejemplo, decía, podría servir de aviso a todos los Grandes de León y Castilla para confiar menos en sus méritos que en su previsión para librarse de las asechanzas.

Tales fueron las razones que, por encargo del Duque, expuso ante los Grandes, sus amigos, Diego Dayón, quien, por acuerdo unánime de éstos y, por orden de aquél, fue a encontrar al Rey, a la sazón ocupado en los asuntos de Cataluña, Aragón y Valencia. Cuando la Reina, principal favorecedora del Asistente, oyó las quejas del Duque, protestó de la rectitud de sus intenciones, de su buena fe y absoluta inocencia, añadiendo a estas disculpas, afirmadas con juramentos, que perdiese la vida al malograrse el fruto que llevaba en sus entrañas, si jamás, ni por pensamiento, había imaginado nada en daño del benemérito Duque. Si la envidia u otra mala pasión había impulsado al Asistente sevillano al delito, estaba pronta a castigar al culpado en cuanto se hiciese patente su crimen. En todo lo demás dio al enviado cumplida y generosa satisfacción, mostrándole el más afable semblante. El Asistente se disculpó por cartas, jurando y perjurando que estaba inocente de toda culpa o maquinación criminal; pero el Duque se resolvió a adoptar mayores precauciones, aunque disimuló prudentemente acerca de lo pasado y proveyó con más cuidado a lo futuro.

En Sevilla se procedió al castigo de los conversos de la ciudad, que, como los demás andaluces de su ralea, eran conocidamente refractarios a la fe católica. Titubeaban, sin embargo, los cristianos en señalar los sospechosos de herejía, y reputaban por más inficionada a la plebe de los conversos que a los principales de entre ellos; pero convencidos de la perversión de los que la habían inducido a los mayores errores, castigaron a los cabezas juntamente con sus prosélitos, entregándolos a las llamas o sepultándolos en lóbregos calabozos. Estos casos fueron mucho más terribles que en parte alguna en Sevilla, porque aquí tuvo principio la Inquisición y porque de día en día aumentaban los delitos y se iban descubriendo las maldades y traiciones de los conversos, que encaminaban sus inicuos, propósitos a mayor daño del nombre cristiano. Mas no aprovechándoles toda su astucia para escapar al castigo, y no contando ninguno con segura morada, porque a muy pocos les aconsejaba su conciencia permanecer en la ciudad, encontraron pretexto para salir de ella en la terrible peste que allí estalló a principios de 1481. Ella fue tal, que hizo entre ellos cerca de 16.000 víctimas. Otros tantos hablan escapado al castigo con la fuga, de modo que el aspecto de la ciudad era tristísimo y parecía casi deshabitada.

Vino a aumentar la tristeza de muchos de los principales una terrible desgracia. El 15 de Febrero de aquel año, a media noche, se hundió de repente un edificio que se tenía por muy fuerte, y en sus ruinas perecieron Fernán Arias de Saavedra, cabeza de los de este apellido, su mujer y la mayor parte de sus hijos.

El primero, después de la muerte de su padre Gonzalo de Saavedra, desastrada también, como referí en anteriores capítulos, se había mostrado rebelde a los Reyes, resistiendo cuanto pudo la entrega del castillo de Utrera; pero después de rendido y castigada la guarnición, se modificaron los pactos, conviniéndose en que D. Fernando entregase a Tarifa, mucho tiempo hacía en su poder, al almirante D. Alfonso Enríquez, tío del Rey, pero conservando la villa de Zahara, confinante con Ronda, adyacente a la jurisdicción de Sevilla y baluarte para la seguridad de los campos que dominaba, por más que Fernán Arias, mientras duraron los furores de la rebelión, se mostró cruel con los caminantes. A la muerte de éste quedó heredero su primogénito Gonzalo Arias, a la sazón resuelto partidario del rey D. Fernando; pero falto de la vigilancia paterna, descuidó la guarda de Zahara, y confiado en lo fuerte de la posición y de las defensas del castillo, le dejó sin la necesaria guardia y se fue a Sevilla, donde se entregaba a vida licenciosa. Los sagaces moros, advertidos de esta negligencia, en la noche oscura y tempestuosa del 27 de Diciembre de 1481, escalaron el muro por la parte tenida por inaccesible, se apoderaron del castillo sin la menor resistencia y antes del alba, de la villa y de todos sus moradores, que llevaron cautivos a lejanas tierras, dejando fuerte guarnición para grave daño y ruina de los cristianos de aquellos contornos.

Poco después, y con igual diligencia, intentaron, los granadinos apoderarse de Castellar y Olvera; pero la vigilancia y resolución de las guarniciones frustró sus planes.




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Libro II


(1482)


Sentimiento de los Reyes por la pérdida de Zahara. -Recuperan los moros a Portela y toman a Montecorto y Ortejícar. -Convenios tradicionales entre moros y cristianos durante las treguas y la guerra. -Desacertadas concesiones hechas a los granadinos. -El adalid Ortega de Prado se apodera de Alhama. -Sitia Albuhacén la villa. -Acude en su socorro el Duque de Medina Sidonia con el estandarte de San Fernando. -Regresa el Rey precipitadamente a Andalucía. -Los moros desisten del ataque de Alhama. -Relaciones entre el Marqués de Cádiz, el Duque de Medina Sidonia y Merlo. -Injusto reparto del botín cogido en Alhama. -Junta de los Grandes con los Reyes en Córdoba para tratar de los planes de guerra. -Refuerzos enviados a Canarias. -Son rechazados los moros en Zahara y en Alhama. -Discordias entre el Papa y el rey de Nápoles. -Convoca D. Fernando a las tropas en Córdoba para el cerco de Loja. -Nacimiento de la Princesa D.ª María y sucesivo aborto de la Reina. -Inténtase, sin resultado, hacer desistir al Rey del sitio de Loja. -Fracaso de la empresa. -Encuentro desgraciado en Barcelona entre galeras catalanas y genovesas. -Llegada a Córdoba del duque de Viseo. -Destronamiento de Albuhacén y proclamación de Boabdil. -Castigos de conversos en Sevilla.


La noticia de la pérdida de Zahara causó honda tristeza al Rey, cuyo abuelo don Fernando de Aragón, mientras la reina de Castilla, muerto su hermano Enrique III, ejercía la tutela de D. Juan II, heredero de estos reinos, en edad pupilar había castigado duramente a los granadinos apoderándose de Antequera, y después, tras largo asedio, a Zahara, reconocido el vano empeño de tomarla por asalto. Así, el nieto se dolía de que en su tiempo se hubiese empañado en parte la gloria del abuelo, y como movido por irresistible impulso, se afirmaba más y más en romper abiertamente la guerra contra los granadinos. Mientras se deliberaba acerca del plan, y por temor a un fracaso se desechaba toda empresa intempestiva, el Rey resolvió tramar algún ardid contra los moros.

Éstos, por antiguas leyes de la guerra, disimulaban semejantes novedades cuando dentro del plazo de las treguas se apoderaban por sorpresa de alguna villa o castillo, siendo convenio de antiguo observado entre andaluces y granadinos, y aprobado por sus respectivos reyes, que dentro de los tres días fuera lícito a unos y a otros atacar los lugares de que creyeran fácil apoderarse.

En virtud de estos convenios, el granadino Muley Albuhacén recobró a Cardela, expugnada antes por el Marqués de Cádiz; ocupó el castillo de Montecorto, y después de tomado por los nuestros, se le arrebató nuevamente. Asimismo, y con repentina entrada, se apoderó de Ortejícar, mal defendido por cobardes guardas, aunque al cabo, y a pesar de las treguas, le recuperaron nuestros soldados al mando del Marqués de Cádiz y de algunos caballeros andaluces. A moros y a cristianos de esta región, por inveteradas leyes de la guerra, les es permitido tomar represalias de cualquier violencia cometida por el contrario, siempre que los adalides no ostenten insignias bélicas; que no se convoque a la hueste a son de trompeta, y que no se armen tiendas, sino que todo se haga tumultuaria y repentinamente.

De estos pactos se valieron los moros durante las treguas con más astucia que los nuestros; luego les favoreció la desidia de los cristianos, y además se concedió a los granadinos, contra toda razón, por permiso o por orden de los Reyes, cuando en años pasados residieron en Sevilla, libre navegación de ida v vuelta al África desde las costas de Málaga y desde todo el reino de Granada. Nunca hasta este tiempo, por una previsión muy acertada, se habían concertado semejantes pactos. Creo, sin embargo, que las constantes maquinaciones de los reyes de Portugal y de Francia debieron obligar a los nuestros a tan insólitas concesiones. Otros desaciertos se cometieron también en los gastos de nuestros armamentos, y uno de los más funestos fue el cambio de la antigua armada de galeras de la dársena de Sevilla por carabelas, a consecuencia de haber persuadido al Rey del escaso valor de las primeras para la guerra y de las ventajas de las últimas en cuanto a economía y velocidad. Como además D. Fernando daba su aprobación a los planes del Asistente Diego de Merlo, se adoptaron al principio muchos planes, que luego el resultado demostró haber sido desacertados.

Los repetidos informes de los mensajeros confirmaban en el propósito de atacar a Alhama, poseída por los granadinos. Su situación y sus fortificaciones les hacían descuidar la vigilancia, confiados en que por la proximidad a Granada y por lo seguro de su emplazamiento nada tenían que temer del enemigo. Dedicábanse los vecinos a sus tráficos; las mujeres frecuentaban las saludables termas alimentadas por los manantiales que allí nacen; todos vivían entregados a sus vicios y placeres, descuidando toda precaución. Conocido este estado de cosas, sólo se aguardaba oportunidad para acometer una empresa, de todos modos arriesgada. Por suerte, se ofreció a llevarla a cabo un arrojado joven, que en breve tiempo había realizado en Cataluña notables hazañas. Llamábase Ortega de Prado, noble caballero leonés, que desde mancebo había seguido a D. Juan II de Aragón. Encargado por el Rey de inspeccionar los alrededores de la villa, aseguró que se comprometía a ocupar por sorpresa el alcázar, con tal que antes de arrimar las escalas no se apercibiesen los habitantes de la presencia de numerosas fuerzas nuestras de caballería e infantería. Elogió don Fernando el arrojo del esforzado joven, y dio el encargo de disponer la empresa al Asistente Diego de Merlo, enterado del plan y cada día más ensoberbecido, hasta el punto de no dar parte ni al mismo Marqués de Cádiz de lo proyectado, y sí sólo de la necesidad de la expedición a que aseguraba tendría que recurrir pronto.

Entretanto se fabricaban escalas para responder a las dificultades previstas y se recogían tropas en los lugares del territorio sevillano. Reunidos unos 2.500 caballos y 4.000 infantes, pusiéronse al frente el Marqués de Cádiz, el adelantado de Andalucía D. Pedro Enríquez, tío del Rey, Juan de Robles, corregidor de Jerez, el alcaide de los alcázares de Carmona, Sancho Sánchez de Ávila y Diego de Merlo, y siguieron la ruta que éste les indicó. La empresa empezó con fortuna, porque, a pesar de su astucia, el enemigo no se apercibió de la entrada de los nuestros durante tan largas jornadas por los desfiladeros y elevadas montañas del territorio granadino, cuando tan fácilmente los podían descubrir, además de lo numeroso de la hueste, la considerable impedimenta que llevaban. Después de dos días de marcha por territorio enemigo, la noche siguiente al 27 de Febrero de 1482, antes de amanecer, Ortega de Prado echó las escalas, subió a la muralla, degolló a los desprevenidos centinelas y ocupó la torre del Homenaje con los soldados que tras él subieron, porque ninguno quiso dejar de seguirle.

Dificilísima hubiera sido la empresa a no haber estado a la sazón ausente el Alcaide, que dejó encomendada a su mujer la guarda de la fortaleza. Cuando amaneció y los moros vieron tan amenazada su libertad con la ocupación de aquélla, corrieron en pelotones por los estrechos barrios en que acostumbran habitar, y con el mayor denuedo trataron de impedir la salida al enemigo, confiados en que el rey Albuhacén acudiría rápidamente y con numerosas fuerzas en su auxilio en cuanto conociera el peligro en que se hallaban. No era vana su esperanza, por la facilidad para cualquier jinete de recorrer la llanura entre Granada y Alhama saliendo de allí en las primeras horas de la mañana para llegar a esta ciudad al mediodía. Conocido por los nuestros el inminente riesgo, horadaron el muro por un extremo, y rompieron furiosamente contra los moros que les cerraban el paso.

Allí perecieron algunos de ambas partes, combatiendo con tesón, los de Alhama, para dar tiempo al esperado socorro; los nuestros, para ganarle, apoderándose cuanto antes de la villa. El valiente alcaide de Carmona, Sancho de Avila, fue muerto por los enemigos en una estrecha callejuela, por no conocer la localidad y haberse lanzado incautamente contra los moros, confiado en el socorro de sus soldados, que se retrasaron. Intentaron los moros llevarse el cadáver; pero los nuestros se lo impidieron, haciendo huir a los armados a refugiarse en las mezquitas, donde ya se había reunido la multitud inerme. El Marqués de Cádiz, el Adelantado y los demás caballeros, los atacaron allí furiosamente; defendiéronse ellos no menos resueltos; pero al cabo, antes que acudiese Albuhacén, la villa con todos sus habitantes y cuanto encerraba había caído en poder de los nuestros. No dejó, sin embargo, de aterrarles la llegada del moro con 3.000 jinetes y 50.000 peones, porque les impedía la aguada en el arroyo que corría por la parte más elevada de la población.

Ni la única puerta de la villa les ofrecía segura salida para buscar el agua, ni por la mina abierta en la parte opuesta podían acercarse al arroyo sin peligro, porque, en frente, flecheros y espingarderos granadinos, situados en un altozano, tiraban sobre cuantos desembocaban de la mina. Tan intolerable situación excitaba a los nuestros a lanzarse al combate con los moros; pero ocurríasele la dificultad de no poder desplegar las numerosas fuerzas fuera de la puerta de la ciudad por algún sitio próximo al enemigo, porque lo estrecho de la salida los obligaba a presentar un frente muy reducido y, por tanto, a pelear con desventaja. El doble aprieta de los nuestros hizo saltar de gozo a los granadinos, que vociferaban, los amenazaban con próxima matanza y gritaban cual si ya los tuvieran cogidos en la red. Nada de esto alteraba la imperturbable serenidad de nuestros soldados; sólo se les hacía insufrible la persistente dificultad para la aguada. Por temor a la llegada de refuerzos, los moros emprendieron repentinos y frecuentes ataques, en que perdieron no poca gente, sin grave daño de nuestra parte, a pesar del temerario arrojo con que aquella multitud, en su ansia de recuperar la villa, llegó hasta minar los cimientos y arrimar las escalas.

El valor délos defensores rechazó fácilmente el arriesgado e infructuoso ataque del enemigo; pero éste continuaba cifrando sus esperanzas en el temor de los nuestros a morir de sed. Érales forzoso salir del apuro, o por algún golpe de audacia de los que desembocasen repentinamente de las minas, o de los que en la oscuridad de la noche lograran aprovechar alguna oportunidad favorable. Movido por el ansia de alcanzar su libertad cierto cautivo de Alhama, descubrió a nuestros soldados una escondida cisterna; pero resultó insuficiente para la aguada de tres días de la multitud de caballos y acémilas.

Sin retraerse los nuestros de derramar su sangre para procurar agua a la caballería, enviaron además sigilosamente a media noche a hombres conocedores de los caminos, ofreciéndoles grandes premios si hacían llegar a su destino cartas en que se avisaba a todos los andaluces que si inmediatamente no se les enviaba socorro bastante fuerte para darles franca salida, perecerían sin remedio a causa de la misma multitud encerrada en la villa. Hizo mella el aviso en los cordobeses más próximos a Alhama, -y enviaron unos 1.000 caballos y cerca de 3.000 peones, al mando de D. Alfonso de Aguilar y del corregidor de Córdoba Garci Fernández Manrique. El enemigo, en emboscada en un monte, hubiera exterminado estas fuerzas, que debieron su salvación a haberse apercibido a tiempo del peligro y regresado a sus cuarteles antes de llegar a la celada.

Con esto no quedaba a los cercados más esperanza que el socorro del Duque de Medina Sidonia; pero se le creía mal dispuesto con los principales, pues con el Marqués de Cádiz había tenido graves contiendas y con el adelantado D. Pedro Enríquez seguía encarnizado pleito. Tampoco faltaban al Duque razones para aborrecer al Asistente de Sevilla; mas, a pesar de todo, este mismo le escribió llamándole futuro libertador de los cercados, y los caballeros sevillanos aumentaron con sus ruegos la urgencia expresada en las cartas, exponiendo, entre otros peligros, el que a todos amenazaba con el desastre de la patria si el Duque en persona no acudía al socorro con el estandarte de la ciudad. Accedió D. Enrique a las súplicas, aunque ya antes, al recibir la noticia de la expedición de los rondeños contra la villa de Arcos, del señorío del Marqués de Cádiz, corrió a defenderla al frente de 400 caballos; le avisó que no se moviese de Alhama, y oportuna y eficazmente, cual si entre ambos Grandes mediase íntima amistad, auxilió a la Duquesa y a los Vecinos de Arcos.

Este acto pareció magnánimo, especialmente porque pocos días después acudió con numerosas fuerzas para la expedición de Alhama, bajo el estandarte del preclaro conquistador de Sevilla. Muchos nobles andaluces quisieron formar parte de aquélla, como el maestre de Calatrava D. Rodrigo Téllez Girón y suprimo el Marqués de Villena, Lope Vázquez de Acuña, adelantado de Cazorla, y otros caballeros cordobeses. Contra lo que se esperaba, de unas y otras partes pudo reunirse una hueste de cerca de 5.000 caballos y 40.000 peones, con la que seguramente los granadinos no se atreverían a pelear.

Entretanto, los Reyes vinieron desde Aragón a Medina del Campo, donde recibieron la noticia de los sucesos de Alhama con menos alegría que ansiedad, porque el primer triunfo de la ocupación era para los nuestros amenaza, más que de gravísimo peligro, de terrible desastre. Por esto el Rey marchó apresuradamente a Andalucía, sin escolta alguna, y, a causa de la premura, fueron muy pocos los criados que pudieron acompañarle hasta Córdoba. El 23 de Marzo aceptó un caballo de cierto caballero cordobés; envió cartas urgentes a los puestos militares para que le aguardasen en el camino y, entró en la Rambla, donde supo que el Duque de Medina Sidonia probablemente habría entrado ya con sus tropas en Alhama, porque en ocho días había recogido numerosa hueste Y marchado el primero a socorrer a los sitiados en tan apurado trance. Su valeroso arranque había infundido tal terror en la muchedumbre granadina, que por medio de sus corredores habían advertido al rey Albuhacén el desastre que le aguardaba si se resolvía a esperar al ejército cristiano, pronto a llegar.

Grande fue la alegría de los nuestros por haber dado franca salida y proporcionado agua a los cercados, próximos a perecer de sed, quedando preparados a pelear con el enemigo, que no se presentó a estorbarles salvar de muerte tan atroz a aquella noble multitud de cristianos. El Marqués de Cádiz, que durante aquel aprieto a nadie cedió en esfuerzo y actividad, fue también el primero en felicitar cordialmente al Duque, antes su enemigo. Inmediatamente evacuaron la villa las tropas, quedando sólo la guarnición precisa para guardarla. Pretendió el Asistente Merlo el primer día del ataque de la villa atribuirse la principal gloria del hecho; mas como su valentía no igualó a su arrogancia, casi todos le despreciaron. Ya el Marqués y el Adelantado de Andalucía habían resuelto alejarse antes de verse sitiados; pero conocida la cobardía del Asistente en los peligros, no se movieron de allí hasta convencerse de que no amenazaba ninguno a la guarnición. Nuevamente intentó Merlo que quedase encerrado en Alhama el pendón de Sevilla, a fin de retener a su lado a los caballeros que le acompañaban; pero opusiéronse todos, alegando que aquella insignia del invicto rey D. Fernando estaba sólo consagrada a la libertad y a la victoria, y si se la encerraba en los muros de Alhama no sería preciso llevar socorro, sino implorarle. La repulsa encolerizó al Asistente.

Al repartirse después el botín cogido en Alhama, que fue cuantioso, surgieron encarnizadas disputas, porque la mejor parte tocó a los más poderosos, no a los más beneméritos. Así la multitud de cautivos, jóvenes y adultos, como las alhajas robadas después, fueron premio de la violencia más que de la justicia.

La Reina, a pesar de su embarazo, siguió al Rey en su viaje, y al tratarse en Córdoba en junta de Grandes de los cargos de la guerra, fue opinión unánime que se continuase activamente, en especial cuando por todas partes parecían haber desaparecido los antiguos obstáculos, puesto que la empresa de Otranto había sido ventajosa para los nuestros, y el haber quedado así los sicilianos libres de todo temor era circunstancia muy favorable para la guerra de Granada. Además, una estrecha alianza había hecho amigos a los reyes de Francia y de Portugal, y, por tanto, a los de Castilla y León incumbía combatir al feroz enemigo del catolicismo y dominador durante tantos siglos de territorio tan extenso en Andalucía. Así se evitarían los legítimos habitadores de la península mayores amenazas de nuevos desastres por parte de los moros o árabes, que ejercieron tanto tiempo en ella sus crueldades merced a la vergonzosa desidia de los nuestros, y, confiados en ella, no temerían las dificultades que les rodeaban, cuando por tierra y por mar el poderío y el número de los nuestros podía, en un momento, dar buena, cuenta de sus escasos y endebles contingentes. Pero aunque la opinión de los Grandes era unánime en cuanto a romper la guerra, no así respecto al modo de hacerla. Algunos preferían a los demás planes el inmediato sitio de Málaga, y apoyaban. su parecer en sólidas razones. Los Reyes, persuadidos de antemano por el Asistente Merlo de que el complemento de la fácil ocupación de Alhama sería el ataque de Loja, procuraban hacer triunfar esta opinión. Mientras se preparaba lo necesario, enviaron a Canarias refuerzos de tropas y provisiones, a fin de dar feliz remate a la conquista empezada con tanto esfuerzo y tantos gastos, y desenmascarar los ardides de algunos intrigantes Corregidores.

Entretanto, los moros granadinos, maquinando el daño de los nuestros y aprovechando la oportunidad que se les ofrecía después de la ocupación de Zahara, empezaron a molestar con algaradas a los moradores de los lugares comarcanos. Dos veces lo intentaron con desgracia. El animoso corregidor de Utrera, Gómez de Sotomayor, reprimió la primera, rechazando a 200 jinetes que corrían a sus anchas la tierra, cogiéndoles los ganados robados y cautivando a los pastores. A pesar de no poder reunir de pronto sino unas 90 lanzas y 30 peones que se le agregaron en el momento del combate, no vaciló en empeñarle contra un enemigo muy superior en número. Con tan escasa fuerza derrotó a los moros, mató 80, cuyas cabezas llevó colgando de las riendas, y, con este trofeo y con 90 caballos llevados del diestro por los dados vencedores, dio patente testimonio de la victoria. Poco después, con igual suerte y con tropas también inferiores a las del enemigo, pero con superior esfuerzo, venció a los jinetes moros de Zahara.

Mientras se hallaba mayor oportunidad para madurar los planes concertados, dispuso el Rey que sustituyesen a Merlo sujetos activos, acostumbrados a las fatigas de la guerra, para que mientras acudía a deliberar sobre los planes futuros, que en gran número había presentado en sus cartas como de fácil ejecución, se mantuviese en Alhama guarnición suficiente para su defensa, porque, como demostró la experiencia, se necesitaban considerables fuerzas Rara tener a raya la furia de los moros. Ya se disponía D. Fernando a ir a aquella villa con buen golpe de gente para remediar la penuria de los cercados y relevar a los que habían padecido tantos y tan prolongados trabajos, cuando cerca de Écija tuvo noticia de que, el 21 de Abril, al despuntar el alba, los granadinos, aprovechando con exquisita astucia el momento en que se relevaban escuchas y centinelas, habían arrimado las escalas por la parte de las murallas en que los inaccesibles y elevados peñascos permitían prescindir de baluartes y centinelas fijos. Así que, contra lo que se creía, el enemigo había ocupado primero la parte más elevada de la población y presentádose amenazador por las calles antes de que se percatasen de su entrada.

Los pocos cristianos que divisaron primero los estandartes enemigos se lanzaron contra ellos con el mayor silencio, así para que el Alcaide supiera cómo podía salirse del apuro sin levantar vocerío, como para evitar a los compañeros que resistían en la otra parte, ya abiertamente combatida por Albuhacén, el grave peligro de atemorizarlos con el griterío del primer encuentro. Por ambas partes se peleaba con extremado valor; pero favoreció a los nuestros la suerte. Un puñado de ellos arrojó por las murallas a unos 50 moros que habían trepado por las escalas, rotas ya al peso de la multitud que pretendía seguirlos. También se apoderaron de los estandartes que otros enarbolaban después de darles muerte.

Fue muy elogiado el valor de dos caballeros sevillanos, Pedro de Pineda, el primero que salió solo al encuentro del enemigo, ya dueño de los arrabales, y Alfonso Ponce, ambos parientes del Marqués de Cádiz, y más distinguidos aún que por la nobleza del linaje, por su arrojo. Su ejemplo fue imitado aquel día por otros muchos, y así pudieron frustrarse los esfuerzos del enemigo. El rey D. Fernando llegó a Alhama a los siete días, el 29 de Abril, y con extraordinaria solicitud proveyó a todas las necesidades; reforzó la guarnición y puso a su frente al noble y, aguerrido Luis Portocarrero, hombre muy a propósito para cargos de esta índole. Él supo ahogar todo germen de sedición, y con su suave trato e innata liberalidad, consiguió que los soldados no se distrajesen de la vigilancia necesaria para la defensa. Viendo los moros el mal éxito de su acometida, renovaron sus repentinas algaradas, y en pocos días talaron por dos veces los campos de Alcalá de los Gazules.

Provistas ya las urgencias de Alhama, D. Fernando regresó con sus tropas, y al volver hacia Córdoba quiso examinar la situación de Loja. Engañado por una rápida inspección, adoptó el común parecer de considerar muy fácil la toma de la ciudad, siempre que, sentados los reales, pudieran emplazarse la artillería y máquinas de guerra.

Aumentaron estas angustias y cuidados ciertos mensajeros de su primo el rey D. Fernando de Nápoles, con la noticia de haber surgido nuevas controversias entre él y el Papa Sixto, causadas por las inicuas artes del conde Jerónimo que, desviando el ánimo del Pontífice, su tío, del antiguo afecto hacia el Rey, le había hecho preferir la alianza con los venecianos a la antigua amistad, olvidado del concorde propósito con que, después de los ultrajes inferidos por los florentinos al Cardenal de San Jorge, a causa de la muerte de Julián de Médicis, ambas potestades habían hecho la guerra con igual tesón. Pero el Papa había sacrificado todas las atenciones debidas al complaciente Monarca por favorecer al sobrino, ya reconocido por ciudadano entre los de Venecia. Por esta razón convenía que el Rey y todos los Señores de recias intenciones, con algunos dominios en Italia, procurasen refrenar, en cuanto, estuviera en su mano, la excesiva audacia del joven. Y si el Papa andaba desacertado en el gobierno de la Sede Apostólica, deber era también de los Príncipes católicos reducirle al buen camino para evitar la total ruina del Catolicismo, cuya decadencia era evidente. Así, pues, convenía más que a todos a D. Fernando, rey de León y Castilla, Aragón y Sicilia, su primo, insistir en este mismo propósito, tanto por la firme alianza entre ellos establecida, como para no ser víctima de los abusos de la omnímoda autoridad pontificia.

Contrarió mucho a D. Fernando esta embajada, principalmente porque a las demás urgencias venía a agregarse esta abierta oposición a la voluntad pontificia, tan perjudicial en aquellos días en que estaba pendiente de su concesión la Bula de indulgencias con que había de obtenerse el pedido de fondos necesarios para la guerra de Granada.

Aceptó el difícil papel de mediador; pero llegó a tanto el encono de los dos partidos, que no pudo impedir el rompimiento. El rey de Nápoles envió a su hijo D. Alfonso, príncipe de Capua, con fuerzas considerables a las poblaciones próximas a Roma, que se mantuvieron obedientes a sus Señores. Por aquí parecía que amenazaba serio peligro al Pontífice; pero lo mitigaba la esperanza de próximo socorro de los venecianos. Este no podía llegar ni más pronto ni por otro medio que por intercesión de Jerónimo, y así, dejó guarnición en Roma y por el Piceno marchó a Venecia. Pronto acudieron en auxilio del Papa numerosas tropas mandadas por el capitán de Rímini Roberto Malatesta. El Príncipe de Capua no esquivó el combate, a pesar de la inferioridad de las suyas, y esta temeridad fue causa de la horrible matanza que sufrieron, y de que a duras penas lograse él escapar de manos de los vencedores, salvándose en una galera merced al auxilio que le prestó un turco que llevaba en su compañía. No amilanó este descalabro al rey de Nápoles; antes, ayudado por la casualidad, pudo retar al enemigo, con mayor pujanza, porque, muerto en Roma Malatesta, el vencedor caudillo, las cosas mudaron tan repentinamente de aspecto, que nuevamente se consideró vencedor ejército del rey de Nápoles, poco antes derrotado.

Continuando el Rey asiduamente ocupado en los preparativos de la guerra de Granada, envió embajadores al Papa y a los demás potentados de Italia con facultades para tratar en su nombre de la paz o de la guerra de cualquier modificación en las alianzas. Diose este encargo al obispo de Gerona D. Juan Margarit, noble y entendido sujeto, y al docto jurisconsulto Bartotomé de Berino, no de tan noble linaje como el primero, pero muy a propósito para el cargo que se le confiaba. En su calidad de mediadores y exploradores podían resolver lo más conveniente a su parecer, siempre que no se tocase a la constante alianza con el rey de Nápoles, primo de D. Fernando, tanto en lo pertinente a su esencial utilidad y honor, como en las condiciones suplementarias. Una de ellas, por ejemplo, era la causa del yerno del rey de Nápoles, el Duque de Módena y Ferrara, a quien los venecianos, aprovechándose de su vecindad y de la superioridad de sus recursos, hacían cruda guerra, con intención, según se decía, de que la ruina del yerno arrastrase la del suegro.

Atento D. Fernando a secundar los vivos deseos de su carísima esposa D.ª Isabel de hacer la guerra a los granadinos, continuó los preparativos hechos y dispuso reunir considerables tropas por todas partes, desde Vizcaya y Guipúzcoa y las costas del Océano, hasta los límites de Castilla, con orden de presentarse en día señalado en Córdoba, ciudad populosa y confinante con el territorio enemigo. Como faltaba dinero para sostenerlas, el Rey prefería llamar a las tropas asoldadas por los pueblos, aunque contra su voluntad, porque antes con mucha frecuencia y por disposición del Asistente Merlo, contra la costumbre y fueros municipales, les suministraban estipendio para librarse de la nota de desidia; pero luego fueron acostumbrándose a rechazar aquella contribución. Produjo esto más tarde funestas consecuencias, porque, confiado el Rey en estos contingentes, creyó bastante para el cerco y toma de Loja, de que esperaba apoderarse inmediatamente, reducida hueste de los Grandes, junta con mayor número de las enviadas por los pueblos, siempre que aquéllos las acaudillasen. Bajo este supuesto dispuso la expedición, sin que le detuvieran las advertencias de los que auguraban seguro desastre.

Coincidió casi la marcha de D. Fernando con el parto de la Reina, porque la víspera, 29 de Junio de 1482, nació la princesa D.ª María. A las treinta y cinco horas, y antes que el Rey partiera, abortó D.ª Isabel de otra niña. Tres meses antes se tuvo noticia del principio de esta superfetación, no sin que muchos achacasen a mal agüero la rareza del caso, principalmente por haber dispuesto el Rey el mismo día retirar ceremoniosamente las banderas en aquella solemnidad, cuando era costumbre celebrar la procesión antes de la misa; y esta desusada tristeza y cierto alarde de abatimiento pareció presagio de algún desastre.

No por eso difirió el Rey la empresa, y al amanecer del 1.º de Julio se puso en marcha, para entrar el mismo día en Écija. Era allí tan grande el bélico aparato, que hasta los almogávares confesaron que aquellas tropas vencerían seguramente al enemigo si se atrevía a disputarles el paso. No faltaban quienes, pensando más maduramente, auguraban a la expedición seguro descalabro y exponían razones evidentes contra el ataque de Loja, que más bien debería emplearse como falso rumor para engañar al enemigo, preparado muy de antemano a la defensa. Más fácil, decían, había de ser apoderarse, sin daño de los nuestros y con repentina acometida, de la villa de Alora, confinante con Málaga, y luego, aprovechando la victoria, emprender el sitio de esta ciudad, donde el mar, siempre abierto a nuestras armadas, ofrecía diarios y abundantes aprovisionamientos al ejército cristiano.

Desoyó tan prudentes consejos el Rey, ya tiempo antes resuelto a la empresa de Loja. Y esto a pesar de que, hecho el alarde acostumbrado, se halló un contingente muy inferior a lo que aquélla exigía, porque se necesitaba establecer dobles campamentos y poder disponer de una reserva. capaz de rechazar a la muchedumbre granadina sin perturbar los reales, por ser segura la venida de Albuhacén en socorro de Loja con 80.000 peones y más de 5.000 jinetes, cuando los nuestros no pasaban de 5.000 hombres de armas y 8.000 infantes. Una orgullosa confianza hacía despreciar el atinado parecer de los veteranos y tener por cierto que, satisfechos los de Loja con sus fuertes defensas, ni practicarían salidas, ni Albuhacén empeñaría todo el ejército granadino en combate de tal importancia. Prevaleció la opinión de los insensatos, y se creyó bastante para seguridad de los soldados hacerlos pasar de uno en fondo el puente de Écija, y no intentarlo nuevamente por vados inciertos y peligrosos, como si en esta medida consistiese toda la solución del conflicto.

Al acercarse a los confines del territorio enemigo, un alarde más escrupuloso que el primero hizo aparecer tan exiguas las fuerzas de los nuestros, que nuevamente los caballeros prácticos en las cosas de la guerra insistieron con el Rey para que no sacrificase a opiniones inconsideradas el honor y la salvación de los suyos. El Marqués de Cádiz, sobre todo, se esforzó en convencer a D. Fernando; pero no consiguió hacerle desistir del propósito de ir a Loja. Mandó asentar los reales no lejos del arrabal, y como es costumbre entre los castellanos que los Reyes den al favor y no a la pericia militar el cargo de escoger el sitio del campamento, éste se emplazó en lugar muy estrecho y bajo, dominado por alcores de que era dueño el enemigo. Nuestra caballería no tenía allí libertad para maniobrar, ni los escuadrones podían desplegarse en un momento dado, ni se podía atravesar el río más que por vado peligroso, porque el puente estaba en poder del enemigo y los nuestros no se cuidaban de echarle. La única esperanza de éxito consistía en que repentinamente pudiesen los nuestros ocupar una cuesta próxima a la ciudad y que la dominaba y así lo consiguió el valor de nuestros almogávares, navarros y aragoneses, aunque no sin pérdidas, porque algunos de los más esforzados perdieron allí la vida, si bien en venganza se enviaron a don Fernando algunas cabezas de los defensores de Loja, testimonio del valor demostrado en aquel difícil trance y estímulo para el honor del ejército. No faltaron, sin embargo, quienes, para privar de la merecida recompensa a los que habían traído las cabezas de los moros, les tildaron de vana ostentación de fortaleza.

Inmediatamente ordenó el Rey que se reforzara la tropa posesionada de la eminencia, y envió allá al maestre de Calatrava D. Rodrigo Téllez Girón, recién llegado en escolta de las provisiones; a su primo D. Diego Téllez Pacheco, marqués de Villena, y a su pariente y amigo el Marqués de Cádiz, tan práctico en asuntos militares, diestro y esforzado. Luego se levantaron trincheras en la altura, y para atemorizar a los de la ciudad, se emplazaron cuatro ribadoquines. Todo esto se hizo el primer día en que se estableció el campamento. Pero luego un insensato orgullo hizo creer a algunos que si se asestaban contra la población bombardas mayores, pronto se abriría brecha en las murallas. Nada se hablaba en este plan de salidas de los enemigos. Esta insensatez encontró severo censor en el duque D. Alfonso de Aragón, guerrero experimentado, y a quien acompañó frecuentemente la victoria mientras mandó los ejércitos. Un padecimiento de la vista y la obesidad, disminuyendo su aptitud para la guerra, dieron pretexto a los bisoños, y por tanto, malos jueces en asuntos militares, para conceder menos autoridad a la opinión del ilustre guerrero. El cual pronosticaba que el sitio elegido para el campamento sería funesto a los nuestros; aconsejaba trasladarte a otro sitio; construir puentes de tablas sobre el río, y distribuir a todos por igual las provisiones, porque sólo se repartían entre aquellos soldados cuyos caudillos se habían cuidado de traerlas para sí y para su gente. El resto del ejército desde los primeros días padecía escasez de alimentos, hasta el punto de tener que sacrificar las acémilas para suplir la falta de víveres.

Entretanto, el rey Albuhacén preparaba en Granada numerosa caballería y aún mayor peonaje, y destacó a Loja algunos pelotones de jinetes, que, caminando por la orilla opuesta del río, entraron libremente en la ciudad a vista de los nuestros. Al siguiente día de confiarse al Maestre de Calatrava y a sus compañeros de armas el encargo de fortificar la cuesta, los de Loja, vista la confianza de los defensores, salieron repentinamente por sendas desconocidas de los nuestros y atacaron a los más próximos a la ciudad, que defendían la falda de la cuesta. Eran éstos hombres de armas, y por la mayor resistencia de su armadura para rechazar las repentinas acometidas del enemigo, se les había señalado aquel puesto; pero como para las escaramuzas era más a propósito la armadura ligera de los de Loja, desalojaron a los nuestros de sus puestos con tal furia, que el maestre de Calatrava D. Rodrigo se presentó en el lugar del combate antes que ningún otro de los Grandes para rechazará los moros, o por lo menos sacar a nuestros soldados de la escaramuza. El desgraciado joven, de tan varonil belleza como simpática distinción, cayó con el pecho atravesado de dos saetadas, y a duras penas pudo arrancársele de manos del enemigo, que intentaba llevársele. Poco después expiró.

La desgracia introdujo el desaliento entre las tropas, y como la lucha se iba haciendo insostenible, tuvieron que abandonar la cuesta a los vencedores, dejando en su poder los cuatro ribadoquines. Al anochecer se ocuparon en la conducción del cadáver del infeliz Maestre, y convencidos ya todos del mal emplazamiento de los reales, después de consultar aparte a cada uno de los Grandes, ordenó el Rey la retirada en cuanto amaneciese. No fue fácil la empresa, ni el menor obstáculo el desaliento general de los soldados y el afán de pronta retirada ante la noticia de que Albuhacén se aproximaba con numeroso ejército.

Al amanecer del día siguiente, 14 de Julio, nuestra hueste, en larga y desordenada fila, sin que las órdenes del Rey lograran contenerla y sin cuidarse para nada de la impedimenta, emprendieron precipitada huida, abandonando hasta las tiendas. Aumentaba el general temor la escasez de acémilas, sacrificadas casi todas para suplir la penuria de mantenimientos, y aprovechando tal situación de ánimo los de la ciudad y los 200 jinetes de refuerzo, cayeron con más osadía, a pesar de su corto número, sobre los nuestros, imposibilitados de defenderse por el estorbo del fardaje. Creyendo el Rey que si le veían arrostrar el peligro se avergonzarían de su cobardía, se detuvo como ofreciéndose por blanco a la nube de saetas y tiros de espingardas. Pocos, sin embargo, le acompañaron en el peligroso trance, y de éstos, unos cuantos, con su adalid Bernardo Francés, cortaron el paso a los jinetes moros y fueron persiguiéndolos hasta la orilla del río, obligándolos a precipitarse en los remolinos de la corriente. También pelearon denodadamente por salvar a su Rey de la osadía enemiga los pocos valientes que a su lado quedaron; mas no pudieron impedir el robo de casi toda la impedimenta.

Como D. Fernando, con el parecer de los Grandes, había resuelto acampar en Riofrío, cerca de Loja, fue preciso seguir al ejército hasta los términos de Antequera, o sea, hasta la Peña de los Enamorados, cuyo sitio dista del primer campamento próximo a Loja unas siete leguas. Tal confusión reinaba aquel día entre los nuestros, que si, por acaso, un pelotón de 300 jinetes moros hubiese seguido picando la retaguardia, nos hubieran causado grave y vergonzosa derrota, especialmente si Albuhacén hubiese acudido oportunamente a auxiliarles con fuerzas importantes; pero hasta el día siguiente no avanzó con tal objeto hasta Riofrío.

En el mismo día infirieron grave daño a los barceloneses los genoveses, que por su antigua rivalidad con ellos aprovechaban todas las ocasiones de perjudicarles. Con pretexto de disturbios civiles, arribaron a las playas de Barcelona en algunas galeras y una nave gruesa, cogieron rico botín y llegaron hasta amenazar con la destrucción de la ciudad. Los catalanes, confiados en su escuadra de galeras tripuladas por noble juventud, no vacilaron en acometer a la armada genovesa, creyendo vencer fácilmente, por lo menos, a las galeras, porque nada se hablaba de nave gruesa que en aquella costa pudiera ofrecer respeto. Los resultados demostraron lo contrario, porque un viento favorable permitió al navío genovés apresar la galera mayor de los catalanes y con ella la flor de su nobleza. Pareció más amargo el descalabro porque se atribuyó al funesto augurio de una tormenta.

Llegó por entonces a Córdoba el ilustre Duque de Viseo, para quedar como en rehenes de la observancia por arribas partes de los conciertos pactados. No pareció causarle gran sentimiento el revés sufrido en Loja por D. Fernando. A los dos días de salir éste de Córdoba, marchó el Duque a Portugal a proveer en lo de Alhama.

Las discordias de aquellos días entre los granadinos favorecieron no poco a los nuestros. Acusaban a Albuhacén sus vasallos de haber movido tarde contra aquéllos, cuando cercaban a Loja, el numeroso ejército durante tanto tiempo reunido; de haber refrenado el arrojo de su hijo queridísimo, y de otras muchas infracciones de las pristinas leyes musulmanas en perjuicio de sus súbditos. Por ello le destronaron, y aclamaron por rey a su hijo Mahomed Boabdil. Los malagueños y gran parte del territorio de Granada siguieron prestando acatamiento al monarca destronado. Entretanto, D. Fernando metió víveres y refuerzos en Alhama, y después de elogiar la constancia y habilidad de Luis Portocarrero, le sustituyó en el mando de la guarnición por Luis Osorio, noble y valiente sujeto, electo para la silla de Jaén, y le dio por adjuntos a Antonio de Fonseca y a Bernardo Francés con 50 lanzas escogidas y 1.500 infantes. A los primeros se les dio orden estrecha de no hacer salidas incauta y temerariamente para no caer en las próximas celadas de los granadinos, como había sucedido poco antes al valiente sevillano Fernando Ortiz.

Dispuesto ya todo lo necesario para la guarnición de Alhama y trabada escaramuza en el camino, con feliz resultado, con los jinetes moros, D. Fernando se volvió a Córdoba. Albuhacén, desde su refugio de Málaga, reunió cuantas tropas pudo, taló a Tarifa y regresó cargado de botín.

En aquellos mismos meses de Agosto y Septiembre de 1482 muchos conversos que habían abjurado el catolicismo fueron quemados en Sevilla o sometidos a diversos tormentos, y como de día en día fueran haciéndose más patentes sus perversos errores, repitiéronse los castigos hasta fines del citado año.



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