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ArribaAbajoCuaderno segundo


- I -

Diciembre

Ayer vino a verme. Cuando me llevaron a la sala de visitas pensé en lo peor. Nunca había estado allí antes y desconocía el Camino. Tardé una eternidad en llegar; tenía los músculos adormecidos, quizá por mi abandono de los últimos días tirado en el catre. Al entrar a la sala lo primero que vi fue el reloj enorme en la pared. Indicaba las cinco, pero debía estar descompuesto. Una luz muy difusa entraba por las ventanas, estrechas y a la altura inalcanzable del techo. Parecía una de las salas medievales del Mont Saint-Michel en medio de la Pampa caliente.

Luego la vi a ella. Estaba sentada del otro lado de una mesa, grande como para doce personas, contra el rincón más oscuro. Cuando la miré agachó la cabeza. Acomodó el velo negro que le cubría el rostro y, endureciéndose, dijo: «¿Por qué estás acá?». De la sorpresa pasé a la rabia. ¿Me subestimaba? «¿Cómo podés pensar que soy tan estúpido? -casi le grité, aunque con una voz muy débil-. Pudiste mentirle a un pueblo, jugar con mucha gente, pero no era probable (ni útil!) engañarme a mí». Bajó los ojos con timidez. A través del velo negro pude ver sus párpados cansados. Cada vez que me atrevía a mirarla, reconocía, con una mezcla de sentimientos ambiguos, el pliegue de sus labios, la expresión triste y risueña de su mirada leonardesca.

Falsa. Siempre fue una gran actriz.

Entiendo que no podía hablar de muchas cosas con cuatro guardias vigilando. Quizá por eso se ocupó de temas irrelevantes. La soledad misteriosa de los hoteles, su gusto por los taxis blancos, los restoranes. Estaba de acuerdo con que hay algo (o mucho) de impresente, de irrealidad, en lo extraordinario. Por lo menos en ese tipo de situaciones nuevas donde el presente no urge. Un viaje, perderse en algún lugar del mundo.

No ha cambiado en nada. Ni siquiera fue capaz de envejecer un poco. No me sorprende. Siempre me fue imposible imaginarla de otra forma que no fuera esa: eterna adolescente. En mi vida he visto muchas de esas niñas que un día se despiertan convertidas en mujer. Bastaba mirarlas a los ojos para advertir los cambios notables, los contrastes (acaso grotescos), lo que fueron y lo que pasaron a ser. En aquellos ojos aun se podía distinguir a la niña ahora recubierta por células y glándulas que se duplican ante la mirada atónita de la víctima, aturdida por promesas amenazas de placer. En cambio ella, Victoria, siempre fue lo contrario. Una mujer, una inteligencia madura (pero sensible) dentro de un cuerpo siempre adolescente, sin las marcadas exageraciones de la voluptuosidad y la decadencia.

-¿Cómo llegaste hasta aquí?

-Un amigo.

-¿Del ejército?

-No puedo decirlo.

-¿Ontaneda, Riccetto?

-No me dejarían volver.

-Prefiero que me lo digas.

-No seas cruel. Ya me voy.

-¿Faraone, Debenedetti?

-Algunas cosas están cambiando en el país.

-¿Qué país?

-Podrías salir.

-«Por eso dio al hombre la esperanza, que es el peor de los males, ya que prolonga el tormento de los hombres». ¿Quién?

-Nietzsche.

-Tienes amigos en el ejército. ¿Sabías que me quieren muerto?

-¿Qué querés?

-No verte nunca más.

Me miró a los ojos un instante. Luego su mirada se perdió hacia adentro. Se levantó, me besó en la mejilla, dos veces como en Francia, luego en la boca. Y se fue a paso lento hasta desaparecer por un puerta del fondo. Dos de los guardias la siguieron.

Pensé seriamente que verdaderos cambios políticos estaban ocurriendo en la región. La visita de Victoria R. era la señal más clara de los últimos diez años. La tan esperada señal de Matías. Debía comunicárselo. Y debía vencer de una buena vez por todos mis temores, hablarle de lo que había presenciado las noches anteriores.

No dormí en toda la noche. Pensaba qué haría al día siguiente (viernes). Reconstruía de memoria el encuentro con Victoria, una y otra vez hasta el infinito. Hice algunos apuntes rápidos en la oscuridad (Velo negro. La cruz de oro colgándole sobre el pecho. Un amigo. «Algunas cosas están cambiando en el país». «Podrías salir»).

No descuidé en ningún momento los movimientos en el pueblo. Ningún auto ha vuelto a entrar o salir. La FORD A del almacenero permanece en su lugar de la plaza menor, bajo los paraísos, y los carros debieron salir esta tarde para los campos, mientras estábamos en el patio.




- II -

Esta tarde bajamos al patio. Hubo un nuevo incidente. Esta vez se la agarraron con el Turco (ignoro por qué lo llaman así; su primer apellido es Miraballe, y juraría que su madre era polaca o algo por el estilo). Sin motivo alguno comenzaron a gritarle que no se saliera de la fila. Los mismos gritos lo asustaron. Retrocedió y se recostó contra una columna. Le descargaron una lluvia de palos en la espalda, hasta que cayó sangrando en el piso. Le volvieron a gritar, le ordenaron que se levantara, y, aunque se deshacía por hacerlo, no pudo. Volvieron a patearlo. El resto de los presos seguimos caminando. Nadie dijo nada esta vez. Oímos al oficial que aprobaba la paliza.

Desde el patio podían verse movimientos extraños en el pasillo. Dos hombres con ropa de campesinos se deslizaban de una celda a la otra. ¿Se escondían?

Estuve un rato vigilando, luego me ocupé de Matías. Con sorprendente rapidez, había dibujado en el suelo un sistema complicado de arabesco, basado en la estrella de ocho puntas.

-Hay noticias -dije sin pensarlo más.

Contempló un momento la estrella más grande, y dijo: -La mujer del carrero está preñada -sonrió y miró con fanatismo su obra-. ¿Y sabés quién lo jodió?

No tenía la menor idea de que la mujer del carrero estuviera embarazada. Sí había visto alguna vez luz en su casa hasta muy tarde, alguna noche en que su marido estaba en el campo.

-Bien hecho -dijo y se concentró en una nueva estrella.

Matías debe odiar al carrero. Es el que trae las verduras a las cárcel desde que el camión dejó de venir. Alguna vez también trajo corderos, pero vivos. Hasta hace poco, nadie más ha entrado a la cárcel; debe ostentar ese honor entre los imbéciles del pueblo. El privilegio de los sacerdotes: la violación del tabú. El resto debe conformarse con mirar el Templo desde lejos. Los que más se acercan son los peregrinos, una vez al año. Suben hasta la mitad por el camino que conduce a la entrada desde la plaza Mayor, se desvían por la ladera del cerro, y se pierden por el otro lado del edificio. Caminan con la cabeza gacha para no mirar hacia las ventanitas donde están los demonios, pálidos por la falta de sol.

Matías vigiló al carrero, con cuidado, y el carrero lo decepcionó. Durante toda la tarde hizo lo mismo: dibujar estrellas de ocho puntas y reírse como un estúpido.

Varias veces tuve miedo de mí mismo. Me imaginaba corriendo hasta el otro extremo del patio y penetrando en el pasillo que conduce a la salida. Por momentos estuve por hacerlo, realmente. No soportaba más aquella situación. Quería gritar insultos de todo tipo, morirme.

Ahora intento dormir y, cuando lo logro, me encuentro enfrentado al mismo tablero de ajedrez de otros tiempos. Puedo ver a mi rey en jaque mate y, aun así, no renuncio a una movida salvadora. Insisto. Veo el alfil, la torre (inútiles), quiero quitar a mi rey de la casilla amenazada de muerte, y no puedo. Jaque mate, y no renuncio. Mi adversario espera, mide el tiempo absurdo. En una mano un reloj, en la otra un cuchillo de punta fina. Segunda oportunidad: descifrar los signos de un papel rugoso (sánscrito o hebreo sobre papiro). No puedo; el papel se aleja. Tercera oportunidad: sobre la pared de mi celda, dos paralelas dibujadas con un clavo. Debo continuarlas hasta que se corten, antes de alcanzar el techo. Cincuenta centímetros, cuarenta, quince, dos centímetros (las rectas continúan tan separadas como antes), medio centímetro, tres milímetros. Quebrar la recta, romper el muro. Imagino el despertar del hombre a la conciencia de modo similar: el conflicto psicológico, por la interacción de instintos opuestos, no provocan la reacción inmediata y automática como en el resto de los animales, sino la percepción del problema en la in-acción. (En las profundidades del tiempo, este conflicto debió surgir de un deseo prohibido).

Despierto.

Miro por la ventana, aliviado. ¿Qué sutil tortura ensayan ahora? Y por sutil no será menos terrible. ¿No es sutil la gota china? Los guardias se muestran impredecibles; temerosos, ante situaciones como la de Gregorio; crueles, como cuando apalearon al Turco. Aceitan los engranajes del terrorismo psicológico. Recordar que los judíos condenados a muerte por los nazis soportaban mejor su desgracia que aquellos otros que esperaban la decisión de sus verdugos con alguna esperanza.

Apenas adivino los efectos.

Ahora temo dormir. Sé que los problemas siguen ahí, y volverán con el sueño. Y en ese angustioso estado de semiconsciencia, se complicarán. No podré descender a las profundidades del sueño, ni podré despertar completamente.




- III -

Abro una revista de 1962. En la segunda página, Marilyn Monroe sobre una leyenda que anuncia una de sus películas. There's no business, 1954. Permanece en una pose frívola, de pie, trágicamente repetida por cuatro espejos verticales. La miro y no puedo evitar el presentimiento de la eternidad. Todo está ahí; el tiempo es un eco lejano, pero se escucha, triste y dulce como una melodía. Ella está ahí, en algún lugar del Universo, en un instante de 1954. Sonríe. Mira algo, pensativa. Entrecierra los ojos; está recostada en un diván. Sonríe, en qué patria del silencio?, indestructible, cristalizada para siempre. El título de la tapa anuncia su muerte. En la primera página, con Tom Ewell, en la segunda con Groucho Marx. ¿Cómo puede ser Nada esa sonrisa si puedo verla? A sus espaldas una lámpara alumbra aún con luz eterna. También están las flores grabadas en la pared, y una tela oscura que cuelga haciendo cuatro o cinco pliegues, y unos grabados geométricos en los espejos, y su presente repetido cinco veces en el espacio. La estoy viendo; está sentada a una mesa junto con otras personas. Al alcance de su mano, una botella que pudo tocar cinco veces; en el mantel blanco, una mosca que quizá nadie advirtió. Un hombre cruza detrás con una fuente llena de copas. Ella no puede verlo, solo yo. Hay además infinitos detalles que nadie pudo ver, detalles que el celuloide registró en centésimas de segundo. Cuánta vida derrochada! La vida está por todos lados, corriendo como un río incalculable. Ella se desespera, quiere tomar entre sus manos cada gota de agua, y no puede; es imposible. El río es de lágrimas y champagne. La embriaga, se multiplica en un delta de universos probables que no fueron posibles. Otros universos fueron vencidos (por el azar, por la lógica y el absurdo) en la lucha por materializarse. La luz pudo apagarse, pudo fallar el tocadiscos y otras hubiesen sido las reflexiones del silencio, otras cosas se hubiesen dicho. Cambios sutiles y radicales fueron abortados en la lucha realizadora. Cualquier insignificante alteración en el curso de los hechos habría modificado la eternidad que contiene ahora a Marilyn. No daría la Eternidad misma para repasar toda la vida que pasó a nuestro lado, inadvertida. Ni mucho menos para imaginar (como el surrealismo y la ficción) variaciones y alternativas a nuestra existencia, sensata y razonable. Unas páginas más adelante: Marilyn cuando niña. Tiene una muñeca entre las manos y mira hacia aquí. Está asustada, como si supiera su destino, destino de mujer, de mujer violada. La miro con tristeza, como un dios contemplativo e impotente. Yo conozco su futuro, sé que la vida la arrastrará por placeres y dolores, hasta reventarla en un cuarto para que se muera, sola. Sola: 1962, será el muro que la devuelva a todas las tardes anteriores, a ese día, ese instante de 1950: ahí está, recostada sobre la rodilla de Louis Calhern. Y vuelve a sonreír, pero esta vez su sonrisa es trágica. ¿Dónde estaría yo en ese preciso instante? ¿Qué relación material me uniría a ella? Ninguna. Ambos estábamos en planetas distintos, en universos remotos. Universos que se rozan ahora; su pasado pertenece a la reciente invención de mi presente). The Asphalt Jungle, 1950. Recuerdo cómo miraba la gente a Neil Armstrong cuando regresó de la Luna. De igual forma la miro y a Marilyn ahora. Ella ha cruzado el umbral tan temido, ha cumplido con algo que tantas veces me angustió, que tantas veces imaginé y proyecté sin valor: morir. Cómo no mirarla con asombro si ha logrado algo infinitamente más trascendente que pisar la Luna? Esa mirada, esa sonrisa deben contener ALGO del misterioso camino que ahora recorre. Porque «algo» ya está implícito en nuestro destino inevitable, desde que nacemos. Qué grotesca su pretensión de entonces por la calidad del vino, por la demora del mozo, en un ser que habría de trascender los límites metafísicos de la existencia. Qué desproporcionada es la vida de un ser humano!

En 1962 yo era aún eterno. Luego uno debe enfrentarse con la vida. Uno comienza a morir, en el momento que la gente llama «despertar (nacer) a la vida». (Por «vida» quieren significar «conciencia, Pecado Original, pérdida del Paraíso»). Se refieren a cuando una niña tiene su primera menstruación, cuando un jovencito sale de un baile nocturno o de un prostíbulo, cuando a uno de ellos le tiembla por primera vez el pulso al llevarse una copa a los labios. 1962: veo veranos y otoños perdiéndose en un mar profundo y blanco. Me veo a mí mismo, a María José, a Victoria caminando por una vereda alfombrada de hojas secas. ¿Adónde van? Cruel hermosura del Eterno Retorno. En algún lugar estamos escuchando Vereda Tropical, Raindrops Keep Falling On My head, The Summer of '42. Camino por Katmandú y Nueva Delhi, por Tiro y a orillas del Nilo. (Viajar tanto, acostumbrarme a que a una realidad fantástica seguía otra, me han dejado la inquebrantable idea de que esta vida no es la única, y que después de la muerte continuará el asombro). Estoy debajo de una sombrilla blanca y azul, en un restaurante al pie de la Acrópolis. Unos niños pasan corriendo. Entre ellos, yo soy el único mortal. Como todo hombre que ha abandonado su infancia para comenzar a convivir con su propia muerte, ya comenzaba a embriagarme la idea de no morir del todo. Sobrevivir 2400 años, como Yctinos a través del Partenón. O mucho menos. Treinta o cuarenta años después son suficiente eternidad como para aplazar un poco la muerte. Entonces yo era un joven reinventando (descubriendo) la vida, esa vida que a su vez habían reinventado mis padres, y mis abuelos, y los padres de mis abuelos... Siempre con la natural sorpresa y asombro del verdadero inventor. Para mí el futuro ya amenazaba con convertirse en presente. Para aquellos niños, no; el futuro continuaba siendo una referencia vaga y lejana, como las estrellas: se sabe que están ahí, pero son inalcanzables. Como la muerte, que es siempre futuro. Cuando un niño tiene diez años, diez años son toda una vida, una eternidad. Más tarde diez años son solo un poco de tiempo, y luego casi nada. A los diez años nada pasa; los padres, los tíos tienen siempre la misma edad, la han tenido siempre y no cambiarán. Tanto, que la gente siempre se sorprende al descubrir que sus familiares tienen más edad de la que suponían. (Siempre calculan mal porque el tiempo humano se acelera con los años. Solo el misterio del Tiempo, la nostalgia, lo salvan de ese vergonzoso encogimiento). Pero un día, los amigos de la infancia comienzan a mostrar sutiles (pero terribles) cambios. De pronto aquella compañerita de colegio es una mujer. Sus senos se fueron hinchando de a poco, y luego de golpe, el día del descubrimiento. Un día comencé a advertir el gran Fraude existencial: los inmortales se convertían en adultos, en padres y madres, para luego cumplir con el fatal proceso que los llevaría de padres a abuelos, y de abuelos a la muerte. El mismo proceso había llevado a mis compañeros de colegio a ocupar aquellos lugares solo reservados para adultos. Lo que solo podría ser futuro, ahora estaba ahí, rodeándome. Recuerdo un día cuando entré al Banco Nacional para hacer un trámite. El cajero era Luis Bertoche, un antiguo amigo de secundaria. Cuando me atendió casi me muero de risa. Sentí que jugaba; estaba tan gracioso con una corbata azul y sus expresiones burocráticas. No podía ser en serio. Estaba jugando otra vez, y su juego era similar a los que inventaba para divertirnos: fingir seriamente la realidad. Cuando niño admiraba a esos señores que detrás del mostrador conducían el destino de nuestro país. Ahora yo conocía al señor bancario, no podía engañarme: la realidad era una broma de mal gusto, y se alimentaba con esa eterna y criminal serie que lleva a los vivos a ocupar las ciudades de los muertos. Ciudades con calles indicadas con lápidas de muertos célebres, con fechas de nacimientos y defunciones, de acontecimientos sangrientos. Los vivos repiten las tareas y las pasiones de los viejos, mientras los critican por sus graciosas FORD T, por sus televisores y sus publicitarios ingenuos, por sus corbatas un poco más anchas o más angostas que las más de moda, por sus ideas y esperanzas ya «definitivamente» superadas por una nueva generación de «vivos». También recuerdo cuando mis primas dejaron de ser mis primas para convertirse en madres. Era sorprendente ver la naturalidad con que lo tomaron. Casi diría, como si no hubiera pasado nada! Tanta tragedia era resuelta con la eficacia de los inconscientes. Yo me quedaba mirando aquellos niños. El tiempo no corría por sus venas. Son eternos. Solo cuando comienzan a escribir poemas uno puede comenzar a pensar que han dejado de serlo. El fundamento de toda poesía (el tiempo) les sugiere que hay algo más allá. Y se lanzan a la búsqueda de la eternidad perdida. Descubren el arte, la literatura. Esos lugares (o, mejor dicho, anti-lugares) donde están las realidades intangibles, construidas de pasado y futuro, en tiempos donde el cuerpo y la materia toda están ausentes y solo quedan los elementos que conforman el espíritu: recuerdos, esperanzas, dioses, utopías.

Espero alcanzar un día todos esos rumores, cuando la fiebre que mantiene despiertos mis sentidos acabe con ellos, haciendo el silencio necesario.




- IV -

Tenía la impresión de que alguien se había apoyado en la puerta, y no sabía si ese débil crujido lo acababa de escuchar o era parte de los rumores irreales que se suceden en la noche entre pensamientos y recuerdos. El silencio estaba poblado de voces lejanas, voces que suplicaban, remordimientos que me torturan.

Pensé que el crujido se había producido en uno de esos momentos remotísimos. Después me acerqué a la puerta para tantear:

ESTABA ABIERTA

Salí.

Sentí un olor intenso a yuyo seco, multiplicado varias veces cómo se multiplican los olores en la noche. Con extremo cuidado me acerqué a las otras celdas. Parecían tumbas. Un silencio profundo había clausurado todos los movimientos (adentro, en el pasillo, en los corredores). Al principio sentí miedo. Miedo por mi destino, no por la oscuridad. Creo que el miedo de los hombres a la noche, a la aparición de una especie fantasmagórica, es el miedo (no declarado) a su propia psiquis. La prueba está en que dicho temor desaparece con la compañía de otra persona, aunque esa otra persona sea un inválido total. La gente no le tiene miedo a los fantasmas cuando no está sola.

Abajo estaban dos campesinos. No eran los mismos que había visto las tardes anteriores por los corredores, pero vestían igual y se movían de igual forma: en secreto, como sombras, murmurando palabras indescifrables. Se oía sus pasos arrastrándose sobre la piedra lisa. Hablaban portugués, luego una especie de español con acento alemán o sueco. Los escuché escondido detrás de una columna.

VOZ I:  Están ahí, estoy seguro.

VOZ II:  Bueno, tranquilo, tranquilo... Ya se fueron.

VOZ I:  Pero volverán! Están esperando, siempre estarán ahí.

Una tercera voz se acercó a las otras dos.

VOZ III:   (agitada)  Vamos, vamos, por Dios. ¿No se dan cuenta de lo peligroso que es estar aquí?

VOZ II:  Bueno, no fue nada. Todos a sus lugares.

Miré con cuidado buscando un lugar para salir. No me había despegado de la columna cuando escuché que alguien me hablaba:

-No puede estar aquí.

Miré. No podía estar muy lejos. Examiné con cuidado cada rincón. El hombre estaba a dos metros de mí, en el umbral de una gran puerta de piedra labrada, como una estatua.

-No puede estar afuera -repitió. Entonces vi con claridad. Era uno de ellos y me indicaba que entrase.

Pasamos a una pequeña salita, después a otra más grande donde había mucha gente, quizá diez o quince personas. Unos dormían sentados en un banco largo contra una pared, otros en el suelo. Nadie se sorprendió al verme entrar; es más, creo que ni me vieron. Casi todos estaban dormidos, o adormecidos, menos dos que miraban por una ventana, subidos a una escalera de madera. Cuando vi el reloj en la pared, caí en la cuenta de que aquello era la misma sala de visitas en donde había estado antes. Faltaba la mesa. De inmediato pensé que mi próximo objetivo sería atravesarla y salir por la puerta por donde había salido Victoria. Era lo más lógico.

HOMBRE I:    (sobre la escalera)  Ahora sí, volvieron! Ahí, ahí están. Rápido, rápido!

HOMBRE II:   (tratando de subir junto al primero)  No puedo verlos.

HOMBRE I:  A la derecha, del otro lado de los arbustos!

HOMBRE II:  ...

HOMBRE I   (con voz ahogada)  Del otro lado de los arbustos.

Un viejo tosió y otro lo hizo callar. El segundo hombre bajó de la escalera y se sentó en el suelo. Su expresión era de profunda preocupación o cansancio. Tenía un bigote escaso sobre una boca de labios gruesos y apretados; parecía mirar muy lejos. Por la oscuridad, no podía decir si era blanco o mestizo; tenía una piel pálida al extremo, quizá amarillenta, y los rasgos de un hombre oscuro (la frente, los labios, los pómulos configurados por los pliegues espesos y escasos que caracterizan a ese tipo de raza).

Este contraste me desagradó. Pensé en una grave afección hepática. Algo así como un cáncer acuoso y amarillento. Sentí ganas de vomitar.

HOMBRE I:   (ahora con voz resignada)  Sé que están ahí, puedo verlos. Están esperando. Siempre estarán ahí.

Tenía ganas de vomitar y más miedo aun de hacerlo. La gente despertaría alarmada y me descubrirían. No dejaba de mirar el reloj: efectivamente, estaba descompuesto; seguía marcando las cinco sobre una esfera de bronce carcomido (como aquel que se detuvo a las 8: 16 en Hiroshima, el día de la explosión). Miraba el reloj y no dejaba de asociarlo a cuerpos despedazados, intestinos expuestos, rostros quemados y sangrantes, alaridos y carcajadas, holocaustos en masa, genocidios; no podía dejar de asociarlo al pecado, a la vergüenza. No sugería simplemente que algo horrible había ocurrido, sino que algo peor debía ocurrir en el futuro, para borrar por fin todo lo anterior que no había sido borrado aún.

Casi desmayándome, intenté salir. Pero el hombre del umbral me lo impidió.

-¿Adónde va? -preguntó tomándome del brazo. Me desprendí de él y retrocedí. Era clarísima su superioridad física; yo apenas podía apoyarme en la pared para no caerme de nariz.

-¿Qué le pasa?

-Nada -dije y me incliné para vomitar. No pude.

-Llévenlo a su celda -ordenó alguien, tal vez la segunda voz del pasillo.

Tenía náuseas. Sus voces me llegaban desde muy lejos. Estaba aturdido; no podía pensar. Ni siquiera me daba cuenta de que ya no podría escapar, y que era mucho peor haber tenido la oportunidad y haberla perdido, a no haber tenido nada...

Me arrastraron hasta la celda. Tuve pesadillas durante dos días. Caía en el catre, agotado, y me levantaba sudando, algunas veces sonámbulo. Miraba por la ventana durante horas (no recuerdo qué pensaba), rechazaba la comida por debajo de la puerta.

Ahora que no he comido por dos días me siento mejor.



- V -

Esta noche se parece al resto de mi vida. Imagino algo tan exagerado como ser feliz.




- VI -

Si no me equivoco, la última vez que vi a Chabalgoity y a Selva Wittenberger fue en la librería de 18 y Yaguarón, en Montevideo. Hablamos usando metáforas, como en otras ocasiones. En cierto momento Selva comenzó a emplear figuras complejísimas. Pensé que podría estar tratando de ocultarle algo a Chabalgoity, y yo no alcanzaba a comprender. Pero el mismo Chabalgoity hablaba con una oscuridad desconocida en él. Fingía entenderlos, mientras lo que hacía era memorizar sus palabras. Recuerdo especialmente algunas citas a Borges, fáciles de retener:

CHABALGOITY:
Limas, umbrales, atlas, copas, clavos,
Nos sirven como tácitos esclavos,
Ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
No sabrán nunca que nos hemos ido.
SELVA:
De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido
(...)
Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?

Pasaron por caja para pagar dos libros y se perdieron en el río de gente que a esa hora fluía por la 18. Yo hice lo mismo. Solo cuando me senté en un café advertí que había comprado el libro de la desdichada Gabrielle Russier, Cartas desde la prisión. Selva había seguido su caso de cerca, y lloró cuando Le Monde anunció su suicidio. Ella misma, Selva, había puesto aquel libro en mis manos. Tenía una página marcada con un pliegue, la que correspondía al 30 de mayo. Sabía, entonces, el día de la reunión. Quedaba por descifrar el lugar. Descarté de antemano el mismo templo de la logia; no era el estilo de Chabalgoity.

Durante los días que precedieron al 30 de mayo manejé varias posibilidades. El 29, a última hora, angustiado a esa altura, se me reveló la pista más firme: continuando el poema recordado por Selva, se descubre la descripción de una casa «en el Sur, de un portón gastado / con sus jarrones de mampostería / y tunas...» La descripción correspondía a la antigua casa de Victoria, al sur de bulevar Artigas, cerca del Río.

Estaba claro; el 30 de mayo en la casa de bulevar, a la hora del poniente. Sin embargo, otras palabras inquietantes quedaban sin aclarar (solo ahora las entiendo): «No sabrán nunca que nos hemos ido», «y sin adivinarlo, sometido», «quién nos dirá de quién, en esta casa, / sin saberlo, nos hemos despedido?».

El día 30 salí temprano por la tarde, desde el hotel en la Ciudad Vieja. Debíamos llegar a horas distanciadas. En la sala principal, cerca de la estufa a leña, había cinco sillas viejas y dos sillones (siete lugares). Ocupé las horas que faltaban para el atardecer reconociendo la casa. Preferí empezar por el sótano. Allí se conservaban muchas cosas aún. Una caja con revistas de 1960 a 1965, libros, collares y pulseras de juguete, la casilla de Gurkas (el perro de la casa), unas latas con yuyos medicinales, frutas resecas de hacía años, dos roperos que los ladrones no habían podido subir, los barriles donde el abuelo de Victoria hacía el vino casero, treinta años atrás.

A las siete de la tarde, a la hora en que se ponía el sol, llegaron Raúl y Victoria. Yo aun estaba en el sótano leyendo cartas viejas. Los oí llegar con tanta claridad que pensé estaban a dos metros de distancia. El efecto acústico era producido por una insospechada red de caños podridos que encontraban en el aljibe una excelente caja de resonancia. A su vez, el aljibe estaba comunicado con el sótano por un boquete.

Quedé inquieto, pensando que se iba a frustrar la reunión. ¿Cómo haríamos después si yo desconocía el lugar donde se alojaban Selva y Chabalgoity, y ellos tampoco sabían la dirección de mi hotel? Esas medidas extremas de seguridad, esa obsesión histórica por el secreto jugaban en nuestra contra.

Raúl estaba molesto. «¿Podés decirme qué buscás acá? Fotos, fotos y más fotos. Fotos de día, fotos de noche -ella no decía nada; se oía sus pasos lentos sobre el piso de madera-. Parece mentira que esto haya sido nuevo alguna vez. Claro que debió ser otra cosa, pero...»

-Pudiste quedarte -se limitó a decir ella. Tenía una voz ausente, reflexiva, indiferente. Tomó algunas fotos más, caminó hacia el balcón, luego por el pasillo hasta la escalera. Raúl la besó en la espalda; ella debió sonreír.

-A veces me hacés sentir inseguro -dijo él-. Sos tan difícil de entender. Cuando no te encuentro en casa, imagino que estás acá. Entonces vengo corriendo. Estoy media hora buscándote, o esperando a que llegues. Hasta que pienso que todo eso es ridículo, que el loco de remate soy yo...

Se cortó de golpe, consciente del lapsus. Ella también lo advirtió pero no dijo nada.

-No quiero decir que estás loca -trató de corregirse-, lo que digo es que...

Tartamudeaba. Victoria se burlaba de él: -Me vas a recomendar a ese amigo tuyo que es psicoanalista recibido, ¿no? ¿Cómo se llama?

-Enrique.

-Ah, sí, el pequeño Enrique que participó ¿en cuántos congresos?

-Bueno, terminala, che.

-Ay! El pequeño Enrique está convencido de que cuando una mujer no anda bien, es porque tiene algún problema en el útero. Mientras que ustedes no. No, señorito, si un día se levantan con el pie izquierdo, es porque cargan con un pesado problema de origen metafísico. Enrique es uno de esos machos que creen que el Coeficiente Intelectual se mide con una cinta métrica alrededor de los testículos. Será por eso que por ahí anda tanto genio suelto que justifica su intrascendencia por su propia «boludez». Uno de esos machos que encontraron dos centímetros menos de perímetro craneano en las prostitutas de Rusia y de ahí dedujeron la superioridad del macho cabezón. Como decir la superioridad del hombre de Cro-Magnon sobre Santa Teresa.

-Está bien, querida. No hay que calentarse por nada -dijo Raúl. Caminó unos pasos, y agregó-: Hay que salir para adelante, querida.

-Adelante, querido, ¿para qué lado queda?

Un silencio prolongado que se destruye con una exclamación de Raúl: -¿Qué hacés? Me vas a dejar ciego!

-Perdón, querido; una foto para el recuerdo. No te pongás así.

Lo besó.

-Esperé.

-Acá no -se quejó Raúl.

-¿Por qué no?

-Estás loca. Este lugar... Vamos al Búho.

-Como quieras.



- VII -

Se apagaron las luces y la oscuridad volvió a rodearme. Desapareció el reflejo pálido en el pelo de Victoria, las últimas luces de la tarde en el balcón. Subí a la cocina, recorrí el patio del fondo, la sala principal, controlé el movimiento de la entrada. Todo estaba en silencio, ya definitivamente sumergido en la noche.

Subí a la habitación en donde habían estado los dos. Desde allí arriba se tenía una mejor perspectiva de la calle y de la entrada. Aún podían llegar; había que esperar.

Hice fuego con una hoja de diario. La habitación se iluminó de golpe por un instante. Reconocí el escenario, la foto que ella le había tomado, momentos antes. «¿Qué hacés? Me vas a dejar ciego!». Raúl había mirado como si lo hubiesen apuntado con un revólver. En realidad, era una expresión muy común en él. La usaba cuando las ideas no le fluían, y entonces recurría más a la memoria que al razonamiento. Tenía la fuerza de los animales irreflexivos. Me lo había hecho ver una vez que coincidimos en el Búho, unos días después de la fiesta. Había ido a esperar a Victoria, que salía de Bellas Artes a esa hora, y suponía que yo hacía lo mismo. (Nada de eso. Caminaba por la rambla y decidí entrar a un café. Cuando me di cuenta de que estaba a media cuadra de la escuela, ya era tarde. Raúl acababa de entrar). Se había sentado a mi mesa, quejándose de la lluvia.

-Tiempo de mierda -dijo-. Uno no sabe si salir con paraguas o con equipo de playa.

Hablaba y no dejaba de mirar el tránsito por la ventana. Hacía largos silencios revolviendo el café. Criticó (insultó) a los Tupamaros, la inseguridad que había en la calle, Bordaberry, el F.A. Después, de a poco, se descargó sobre los compañeros de Victoria, «aquellos pendejos que se la tiran de genios de la plástica». Tenía celos de todo el mundo. Era comprensible.

-Yo también quise ser artista -dijo-, pero por desgracia no tuve trauma de chico. Una infancia feliz y una juventud frustrada.

-Entiendo -le contesté-. Por eso estudiás psicología en tus horas libres.

Se rió un rato, luego comentó: -¿Sabés en qué consiste tu ironía?

-No.

-En decir cosas inteligentes como si fueras un tonto.

No sabía si molestarme o darle las gracias. De todas formas no se podía esperar de él algo sincero.

No me dejó darle las gracias. Enseguida salió con el tema del buitre en Leonardo, la cola golpeando la boca del niño. Raúl era uno de esos tipos que confunden a Esquilo y a Nietzsche con el sadomasoquismo. Se sentía feliz demostrando lo tonto que eran los demás (desde chico fue así). Se recostaba un poco hacia atrás, colgaba un brazo al respaldo de la silla y, con la mano que le quedaba libre, dibujaba figuras con el humo del cigarrillo. Sonreía con facilidad, sobre todo cuando el tema de la discusión lo superaba y pretendía demostrar lo contrario.

-Pero hay casos -seguía después-, digamos, ehmmm: Lautréamont, Horacio Quiroga, Munch, ehmmm, Frida Kahlo, Francis Bacon, los cuales no conviene tratar. Hay que dejarlos que produzcan! Pues claro, hay alternativas mucho, ehmmm, ¿cómo diría?, mucho más saludables. Digamos un Andy Warhol, un Palito Ortega, en fin. Incluso Dalí. Miralo, bó: un genio, el tipo. Si hasta supo cómo inventarse él mismo los traumas que le faltaban (cosa que yo no fui capaz). Y aparte, ladrón. Estoy seguro de que le robó el efecto «buitre» al Leonardo del Louvre. ¿Sabías que era freudiano el vivo? No, Leonardo no! Salvador, era.

Miraba por la ventana y fumaba con ansiedad. Yo agradecía al cielo que no me haya comentado lo de la oreja cortada de Van Gogh.

-¿Qué sería del arte sin los traumas infantiles, qué de la filosofía sin las manías paranoicas, qué de las religiones sin las neurosis obsesivas?

-En un todo de acuerdo -agregué-. Y hasta es posible que un día Dios mismo termine por darte la razón (a vos y a Freud), y reconozca, de una buena vez por todas, que es solo el producto de la neurosis colectiva del género humano. (Raúl compartía la misma escala zoológica de Enriqueta, un humanoide de ese último minuto de la especie que se llamó Modernidad. Siempre dispuestos a responsabilizar a Lutero y Calvino del Rockefeller Center, de la bomba atómica y de la Coca-Cola, olvidan cierto principio de «necesidad»: A puede ser la causa de B, pero la consecuencia no es necesaria ni unívoca. Ignorar esto último es aceptar un destino fatal, es negar la libertad en el género humano. Libertad y libre albedrío que no se la negaron ateos como Sartre ni siquiera el Creador que, supuestamente, conoce el futuro).

-No se puede hablar con vos -dijo exhalando el humo y poniéndose serio-. Vos sos uno de esos que todavía no reconocen la existencia del inconsciente.

-¿Yo? -dije, realmente perplejo, tratando de imaginar el disparatado laberinto de deducciones socráticas que lo habían llevado a tal afirmación-. ¿Yo? Desde el primer día reconocí la Independencia de ese Estado Soberano.

Pero él siguió sordo: -De esos que miden un metro cincuenta y siete y creen haber tocado el cielo (raso) del conocimiento. Te digo que soy capaz de soportar la Teoría de la Relatividad sin entender un carajo, si sé que al final «eso» va a terminar en la bomba atómica, algo harto más contundente que el cogito de Descartes. Pero nunca una cantinflada de esas, que para peor se revienta de cabezas en la Nada. «Es decir, en tanto que ser que es lo que no es y no es lo que es, que pos ándale compadre, no hay derecho...». Estoy seguro que Mario Moreno había leído El ser y la nada cuando inventó sus monólogos. Pos, claro que sí, manito.

-Bueno -dije-, pero así como otros «disparates» filosóficos dejaron grandes obras de arte, el existencialismo unmetrocincuentaisieteísta debió dejar algo, ¿no?

Raúl estaba eufórico: -Más bien! -dijo recostándose para mirar el techo-. Te digo que L' être et le néant es a Les chemins de la liberté como el Panteón de Roma es a la Plaza de San Pedro. El petiso era habilidoso, no se puede negar. Pero hasta es obvio! Sartre siempre termina demostrándote que lo-que-parece-ser, ES, efectivamente. Y siempre por los caminos laberínticos del verbo, que es lo que más calienta; con esa manía-de-los-guiones (que le debe venir de un sentimiento narcisista, ya que él también tiene un nombre con-guión, particularidad que debió impresionarlo en la infancia). Marx, Einstein, Freud, por ejemplo, son verdaderos brujos: muestran el esqueleto humano, ponen al descubierto lo que no se ve, sorprenden. Pero el amigo Sartre (con la cara que debió poner Diógenes en su momento cuando le dijeron que el hombre era un animal bípedo e implume y se imaginó un gallo desplumado), mira pasmado y exclama: Caramba!, «eso» no es un hombre. Hombre es eso otro que anda caminando allá abajo, o está desnudo ahí enfrente. Claro, el petiso se resistía a las «reducciones». El ser puesto en claro se evidencia irreductible, decía. Él iba por el metro cincuenta y siete, y bajando, cuando terminó aquel libraco. Sartre pasó, en cambio Freud...

Yo no decía nada. Me limitaba a tomar mi café. Sabía que Raúl quería discutir conmigo o con cualquier otro. Estaba molesto. Recuerdo que en determinado momento se levantó sin decir nada, y se fue. Tal vez había visto a Victoria. No sé. En parte me daba lástima; no debía ser nada fácil ser el esposo de Victoria, soportarla, no ceder a sus encantos.

Quemé la foto; su rostro se deformó, semejante a la última mueca que hará ya sin alma. Dejé caer sus cenizas allí en el medio de la habitación, y bajé. Era más de las once de la noche.

El encuentro se había frustrado, definitivamente. Recordé las palabras de Selva por teléfono, el día de la fiesta: «Tené cuidado de tu prima».




- VIII -

Iba a salir de ahí, pero escuché gente del otro lado del portón. Esperé un momento sentado en un rincón del patio (viejos veranos cruzaron aquel escenario, como misteriosas ráfagas de viento). Después me levanté y espié por una ranura. Del otro lado, un grupo de niños juntaban sus fantasías en torno a la luz de un zaguán. De vez en cuando escapaban a zonas más oscuras, como la del portón de la casa embrujada, convertidos en hombres voladores y princesitas. Coqueteaban, con ese inocente erotismo que en las niñas precede a la pubertad. En sus casas, sus madres los habían estado esperando con la cena lista, con alguna rutina que disfrutaron con deliciosa precisión, como si todo estuviese destinado a durar más tiempo que un soplo. (¿Qué será de ellos ahora? ¿Qué será de ellos cuando se quiera acabar el milenio? Serán, si acaso, la Generación del Silencio. Nina, nunca comentés nada de esto en la escuela; vos no viste nada aquí. Ni se te ocurra decir que tu padre está preso por Tupa, Nico, la maestra no te va a querer más. Cuidadito, Carmencita, con decir que tu tío y papá son militares; y a Nina no la traigás más acá).

Regresé a la casa. Hice fuego en la estufa y me senté en uno de los sillones. Adentro debía haber cuarenta grados.

A las doce oí que alguien intentaba abrir el portón y luego desistía. No eran Selva ni Chabalgoity; ellos hubieran estado frente a mí antes de que yo me diera cuenta. Esa forma indiscreta de mover el portón solo podía ser de un extraño. O de Victoria. Sí, porque ella debía volver, como lo hacía siempre, a la hora menos esperada. Había visto el humo y desistió de entrar. Presté atención; seguía ahí. No cruzó la calle, el motor de su auto no se encendió. Tuve una primera reacción: apagar el fuego. Antes, cambié de idea.

Agregué otros escombros en la estufa, hasta que ya no quedaron más. Ella volvería y yo la estaría esperando. Me descansé en esa aparente fatalidad.

Ella no volvió.

Las brasas se fueron enfriando, desapareció mi sombra inquieta de la pared, y volví a encontrarme solo, aturdido.

Llegó de mañana, cuando me disponía a salir en busca de un teléfono. Volví a subir sin dejarme ver. Entró, dejó su bolso negro sobre el sillón rojo y se puso a caminar por la sala. Parecía distraída, concentrada en algo. De alguna forma yo permanecía allí sentado, delante suyo. Persistía en la ubicación inusual del sillón, en el fuego apagado. Me superponía a los otros desaparecidos que habían grabado sus hábitos en las huellas gastadas de los escalones de mármol, en el orden de algunos cuadros (de los cuales solo quedaban las sombras blancas), en el hueco de la estufa donde se deducía la costumbre de hacer fuego del lado izquierdo.

Miró por la ventana, se aseguró de que estaba sola y se fue al patio del fondo. ¿Qué hacía allí? Miraba por la boca del aljibe, con cuidado; luego hacia la enredadera del muro. Su mirada se había vuelto introvertida, profunda, lejana en la distancia y en el tiempo, quizá. Su cuerpo de eterna adolescente, sutil, se había recostado a la boca del aljibe y permanecía así, inmóvil. Por completo despojada de todos sus personajes, de su frescura seductora y (lo que era peor) democrática. El pelo le bajaba por detrás de una oreja sin alcanzar los hombros.

-¿Qué haces? -debí preguntarle antes de que me descubriese espiándola. Sin quererlo, pronuncié la pregunta con un tono de reproche. Se dio vuelta asustada.

-Ah, eras vos.

-¿Qué hacés? -volví a preguntar, esta vez rectificando el tono.

-¿No ves? -dijo-. Visito nuestra casa antes de que la demuelan. ¿Te dije que la van a demoler?

-Sí.

-Hay tantos recuerdos aquí. Nos mudamos cuando yo tenía diecisiete. La compraron los Figueroa. Ya no te debés acordar de los Figueroa.

-Apenas.

-La vieja murió y se volvieron a la estancia de Tacuarembó. No la cambiaron mucho. Casi nada, por suerte. Pero la dejaron caer. Después los gurises le rompieron los vidrios a pedradas. Mirá los famosos ventanales. Apenas si quedan algunos vidrios sanos.

-¿Cuando murió la vieja Figueroa? -pregunté, por decir algo. Ni siquiera escuché la respuesta. Miraba la crucecita de oro que conservaba sobre el pecho. Había pertenecido a su abuela; detrás tenía su nombre grabado: AURORA.

-¿El Bocha Martínez? ¿Cuándo?

-No lo sé, ¿quién me lo dijo? Creo que fue papá. Pero esos vidrios hace años están rotos. Volví acá en diciembre, después de mucho tiempo. Sabés que diciembre es mágico, como esos días de calor en invierno.

-El verano, el fin del colegio.

-Debe ser por eso. Te acordás de la casa que teníamos en la costa de Maldonado? Cada año abríamos sus puertas y el verano anterior se nos venía encima como una ola. Eso era el tiempo; había estado esperándonos para seguir corriendo. No podía ocurrir lo mismo con esta casa, la de todos los días. Aquí los recuerdos debían sufrir el doloroso proceso de actualizarse cada día. Esta casa era el presente; la otra, la del balneario, era el pasado.

-Vivir fuera del presente es parte de la magia de los sueños.

-Sí. ¿Entendés entonces por qué me gusta este lugar ahora? Porque esta casa es el pasado.

Me conmovían esos restos de sensibilidad en Victoria, siempre más dispuesta a la frivolidad. Cuando la veía con algún compañero de facultad, riéndose a carcajadas por un chiste estúpido, me sentía profundamente defraudado. Quería matarla; pedía a Dios no encontrarla más. Y cuando la encontraba, como ahora, el juego se repetía. Volvía a conquistarme como a un estúpido enternecido por sus palabras.

-¿Estaba ocupada la casa?

-¿Cuándo? -preguntó sorprendida.

-Cuando viniste la primera vez -insistí sin dejarla pensar.

-No... -balbuceó-. De vez en cuando se meten intrusos, te imaginás. La empresa demoledora contrató a un sereno para evitar esas complicaciones.

-Claro, la empresa demoledora.

-No estoy segura. Tal vez la empresa que va a levantar una torre aquí. Pero de eso hace ya casi un año. Creo que ya ni el sereno viene.

Después salió con un fardo de preguntas. No eran espontáneas: Buenos Aires, ¿qué calle me dijiste?, unos amigos, algunos viejos conocidos que hacían preguntas sobre mí y ella no sabía nada. ¿Cuándo volvía? Onganía, no sé qué declaración. ¿Y los Montoneros? No me acordaba de Inesita. Pero debía acordarme, se ponía la ropa de la madre para que yo me enamorara de ella. Eso fue en, ¿en qué año? Bueno, no me acordaba. Ingrato!

Yo no quería demostrar mucha memoria; había recuerdos que me avergonzaban. A veces la infancia nos decepciona; no es tan ideal.

-¿Qué es de Inés?

-Se casó.

-¿Eso es todo?

Se sonrió asintiendo con la cabeza. Su hermano (Gian Carlo) había muerto en un accidente automovilístico.

-Y qué más quiere -dijo, desconocida-; lo ideal es morirse joven.

-No digas tonterías -le reproché. Uno le exige a los demás la sensatez que no se exige a sí mismo.

-¿Tonterías? -preguntó frunciendo con fuerza el ceño-. No sé de nada más espantoso que la decadencia de la vejez. Todo empeora. Hasta es una cobardía!

No podía verme. De repente palideció. Sacó un espejito de la cartera y fingió corregirse algo en las pestañas. Después de un prolongado mutismo, comenté que la casa era ideal para una reunión del MIR o algo por el estilo. No titubeó como la primera vez; se rió. «Es demasiado evidente», dijo. Miró el reloj como si se hubiese olvidado de algo importante. Eran las once; a las diez y media debió estar en facultad. Y algo más (caminaba mientras hablaba): a las cinco haría un relevamiento en Villa Muñoz.

-Vení conmigo, primito. Te voy a mostrar Montevideo por dentro. Y sabés, The forbidden city; conventillos, tugurios. No me mirés así; no soy de esa clase de demagogos que pintan a un tipo muriéndose de hambre y después venden el cuadro en Punta del Este. Bueno, ¿venís o no? Dale, decí que sí.

-No sé, estoy un poco cansado.

-Se nota! -dijo mirándome a los ojos-. Te paso a buscar.

-No, no -me apresuré a decir-, a las cinco estoy allá.

Me escribió la dirección: calle Emilio Reus y no sé qué.

Cuando se fue, bajé al sótano y revisé el aljibe. Con un palo de escoba sondé el fondo. Estaba lleno de desperdicios. Lo único que logré sacar, después de mucho esfuerzo, fue una cabeza. Sonreía con ojos alucinados; parecía viva por la llama inquieta de la vela. La recordaba perfectamente. La habíamos hecho para un carnaval. Nos divertimos mucho aquel verano. Yo me había enamorado de Victoria y no me había dado cuenta hasta que un incidente me lo reveló. La última noche de carnaval se disfrazó de marinero. En la calle nos encontramos con Inés y su hermano. Apenas se puso a bailar con él me volví a la casa, furioso. Era muy joven aún y me costó mucho interpretar esa conducta; estaba ciego. Cuando pude hacerlo, recordé otras escenas donde ya estaba implícito ese famoso sentimiento. Durante mucho tiempo procuré demostrarme que Victoria no era algo especial, único, sino el puro producto de mi espíritu enceguecido por la fiebre. Y no podía. Ella era el único Otro que existía de verdad. Miraba para atrás, y pensaba que nada había ocurrido antes. Y nada volvería a ocurrir. El mundo perdería su significado, ya comenzaba a parecerme hueco, otra vez; las cosas me rodeaban, inexpresivas, definitivamente absurdas. Estériles. Comparé tantos días y tantas noches llenas de risas, con ese último momento. Comprendí que la risa es más común que el llanto, y que por suerte la gente se ríe más de lo que llora. Pero, a su vez, eso estaba indicando que el llanto está reservado para las ocasiones más importantes, quizá cuando verdades más profundas de nuestra existencia procuran expresarse: para el nacimiento y la muerte. Al otro día me iba, y no volvería por lo menos en un año. Durante muchos días me había lamentado por la proximidad de ese momento. Había imaginado una despedida dramática; pensaba decirle algunas cosas. Cuando llegó el momento, Victoria bajó las escaleras como siempre. Un beso en la mejilla, como si no hubiese ocurrido nada, selló el momento. Así es como se debe.

Regresé al hotel para dormir un poco.




- IX -

Los indios no pueden ser una amenaza para ellos. Si así fuera, no entiendo por qué no salen a reprimirlos. No hay razones, aparentes, para que estén nerviosos. Suben y bajan de la torre, vigilan. No salen de su propio encierro. El camión ya no viene, y tampoco vi al carrero esta semana. No vi a nadie. ¿Moriremos de hambre? La ración se hace cada vez más avara.

Esta tarde de sábado estuvo por llover. Aquí la lluvia es un fenómeno extraño. Los indios habían acampado muy lejos, pero aun así se podía advertir sus movimientos, un fueguito muy débil que cada tanto cambiaban de lugar. La amenaza de la lluvia debió alejarlos, quién sabe adónde. Cruzaron la cuenca del río Seco y se perdieron de vista. El cielo se oscureció y los truenos hicieron temblar los muros. Pensé en el río; se volvería a llenar y dejaría del otro lado a los tupí-guaraníes.

Soñé con una llanura inagotable, tal vez la Pampa. Llovía y las aguas comenzaban a subir, uniformes, implacables como el Diluvio. Busqué el lugar más alto, hasta que no hice pie. Las aguas comenzaron a correr como en un río. Vi grandes árboles sumergidos, viejas ruinas de piedra, Uxmal, Tulum, Biblos, Ur. Y la cárcel que me contiene. Podía verla desde afuera; al mismo tiempo, sentía que alguien esperaba por mí adentro. A mi pesar, procuré acercarme, pero la corriente me alejó hasta que dejé de ver la última torre. Entonces me descansé en la muerte. Desperté ahogado.

Sé que fuimos prometidos a la muerte. Y la muerte no nos apura. Siempre se toma su tiempo.




- X -

A las cinco menos diez estaba esperándola en la esquina de Emilio Reus. Era un callejón apretado por fachadas todas iguales. Aquella monotonía filantrópica me recordaba a cierto barrio obrero inglés. A las cinco, las sombras comenzaban a cruzar de una fachada a la de enfrente, ensimismando el barrio pobre.

Victoria llegó casi una hora después, quejándose del tránsito a modo de excusa. Nunca entendí a los uruguayos; le exigen a sus relojes precisión de segundos, pero llegan una hora tarde a cualquier cita.

Mientras caminábamos, me explicaba los detalles históricos del barrio. Noté cierta extroversión en sus expresiones; significaba que en los últimos días había estado rodeada de gente, pero también que eso no era lo más común en su vida. La escuchaba como si me importara la historia del pobre gallego constructor del barrio, fundido no sé cuantas veces por bueno. Los trastos colgaban de los balcones, las radios vomitaban mongolismos musicales. (Si soy libre de expresar mis gustos musicales, podré decir que odio la cumbia. No soporto ese género o sub-género musical en donde la gastronomía y el sexo se conjugan para agotarse en un repertorio lamentable de diminutivos. En el botiquín de primeros auxilios tenía uno de esos discos. Lo usaba como vomitivo.) A ella no le disgustaba la música.

Nos detuvimos frente a una puerta repintada de verde. Golpeó y se quedó mirando el piso. La observé con cuidado. Uno puede imaginar los efectos que causan en la psicología de un hombre defectuoso sus propios defectos. En cambio, no es tan frecuente pensar en los efectos que pueden causar la belleza física (los feos le atribuyen un efecto desfavorable en la inteligencia). Victoria era uno de esos casos. Desde niña debió sentir esa carga que podía ponerle el mundo a sus pies. Algunos años más tarde, quizá, fue consciente de ello. Y sabía cómo potenciar su belleza: su forma simple de vestir, su simpatía y cierto aire aristocrático conservado con discreción. Pero también era víctima de su propia fuerza. No caminaba sola de noche, tomaba prudente (y exagerada) distancia de cualquier hombre. Se sentía observada, deseada (todos la miraban cuando podían). ¿Cuántas tensiones se acumularon en aquella niña, rodeada de un mundo abierto a sus antojos y cerrado por una educación rigurosa que pretendía protegerla de su propia belleza? ¿Cuántos miedos y deseos habrán pasado por su cabeza, por su cuerpo intocable? Volví a fijarme en el lunarcito que tenía en el cuello. Parecía un puntito perforando la piel, blanca y delicada, para ir en la búsqueda de una fuerza violenta que lo reclamaba desde adentro. Llevaba el signo de su alma grabada en la piel. Una naturaleza incompatible en sí misma: cuerpo sutil, casi transparente, frágil rosa que reposa entre las garras de un tigre, dentro suyo latía una poderosa fuerza animal. Fuerza que no se expresaba a través de ningún gesto, en ninguna reacción furiosa. Se la adivinaba en sutilísimos detalles. Bastaba con mirar sus labios siempre desnudos, sin pintar, tiernos y con una vaga sonrisa, y luego mirar más allá: una puerta verde carcomida, un revoque caído, un tipo de aspecto nervioso que abría y le sonreía.

Por esa risa nerviosa deduje que el hombre de la puerta había estado espiando antes de abrir. Victoria le explicó en qué consistía el trabajo. El tipo no entendió un carajo, pero en todo momento había respondido que sí, con la cabeza. Hasta que entramos.

Por dentro era una casa oscura y complicada, de dos plantas, pero ella se movía como si la conociera. (Había leído los planos de todo el barrio y, según ella, había dos o tres «tipologías» que se repetían.) Tomamos algunas medidas, apuntamos modificaciones: una puerta abierta en una pared antigua, otra definitivamente anulada, un baño improvisado en un rincón del patio. Todavía no sé por qué me presté a todo eso. Ella hacía comentarios ingenuos, en apariencia, que en realidad pretendían ser preguntas sociológicas. El tipo respondía agregando otros detalles como si lo estuvieran interrogando en la comisaría de Otero. «Vivo con dos botijas en el cuarto de arriba -decía- ahora ellos no están pero comparto el baño con ellos y los de abajo.» Cuando encendió la luz, una lámpara de unos 45 watts, las distancias se hicieron más imprecisas que antes. Luego, cuando subimos al cuarto, costaba creer que aun era de día. Aquello más bien parecía una reunión secreta, donde palabras como «tipología», «referente histórico» y «tensores» eran las claves. El hombre debió reconocerlas, porque sin que se lo pidiésemos, nos hizo pasar a zonas más íntimas de su habitación. Corrió una cortina y dejó al descubierto una cama hundida y desarreglada. En aquel momento pensé que el gusto de Victoria por cosas así, debía ser como el gusto profesional de un estudiante de medicina por un metro de intestino. Recuerdo una silla rota al lado de la cama, una cocinilla, unas ollas negras, y un rayo de sol pobrísimo pero laxante, sobre una pared con retratos de niños. Eran unos niños gordos, en blanco y negro; tal vez uno solo, repetido cuatro veces en momentos diferentes. Típico: dispuestos como en un museo, con el orgullo triunfal de alguna abuela. Porque son estas las únicas que se mueren con la esperanza de un futuro brillante para su descendencia. En parte es comprensible; el útero de una mujer es el tronco, en negativo, de insospechados árboles genealógicos; donde confluyen, como la sabia, pueblos enteros. Me preguntaba si el gordito multiplicado de la foto, no era el mismo flaco que acababa de abrir las persianas del balcón. En ese momento hablaba con Victoria. ¿Qué le decía? Lo vi sonreír nervioso. Le gritaba algo a su vecino de enfrente, algo sobre el volumen de la música. Mientras hablaba, sostenía a Victoria de un brazo, luego de un hombro. (Está bien; hay que colaborar con los pobres.) Con el tiempo el tipo abandonó sus nervios y tomó esa actitud sobradora, propia de los rioplatenses.

-¿Así que esta casa es de 1888? -dijo, sin despegarse de ella. Yo no existía-. Mirá bó. Vivo en un monumento. ¿Queré ver la planta alta? Es por ahí, es.

Se refería a la azotea. Subieron los dos. (Me preguntaba cómo era capaz de soportar semejante escena.) Lejos de preocuparlo, los gestos frescos de Victoria lo alentaban aún más. Subió a la azotea por una escalera estrecha de madera, pero no pudo abrir la puerta porque tenía un candado. Le alcanzó la llave tocándole la mano, y luego, cuando ella no pudo abrir el candado, subió hasta colocarse detrás suyo, fingiendo ayudarla mientras la abrazaba. ¿Pensaría que yo era un tarado, o un marica? ¿Qué debía hacer? ¿Acaso desarrollar un discurso que explicase por qué soportaba con tranquilidad algo semejante? (Me dan gracia esos personajes de novela psicológica que se ponen a disertar sobre los problemas de la vida cuando se encuentran en una situación insólita, donde la alternativa conocida es actuar o no hacer nada. Pero nunca distraerse con discursos.) Decidí terminar con la escena cuando la noté nerviosa. Tomé al infeliz de un brazo y lo desparramé por el suelo. Antes que ensayara cualquier defensa lo rematé con un derechazo en la boca.

-Oh, Venus -recité con rabia-, hembra cósmica, Virgen y Prostituta.




- XI -

Di vueltas por la ciudad hasta altas horas de la noche. Perdido a propósito dejé transcurrir el tiempo en plazas, bares y calles oscuras. No recuerdo bien dónde, entré en un prostíbulo. Sí recuerdo la casa, vieja, con un patio en el centro y claraboya. Entré en una de las piezas. En una cama amplia y desprolija estaba sentada una rubia. Estudiaba algo diminuto entre los dedos. Un anillo que dejó sobre la mesa mientras decía:

-Cómo te va, cariño. Pasá.

Volvió a observar el anillo, se lo probó y se miró al espejo.

-Desvestite -dijo, revisando un cajón de cómoda. Buscaba unos cigarrillos que devolvió al lugar al notar que le quedaban tres o cuatro-. Media hora son cuatrocientos y diez minutos ciento cincuenta.

-¿Qué son ciento cincuenta?

-Te la chupo y me la ponés -me miró por primera vez y se rió-. Ay, cariño, vas a ver que sobran diez minutos. Dale, sacate eso y acostate.

-Prefiero que no hagas eso -dije refiriéndome a la primera parte del trato.

-Pero el precio es el mismo, eh? Vos no quisiste. Bueno, dale. Dale! ¿Qué te pasa? ¿Querés el veintiuno?

Se arrodilló apoyando las manos en la almohada como un cuadrúpedo, separó un poco las piernas y arqueó la espalda de forma que los pezones rozaron las sábanas.

-¿Así que desconocías el veintiuno? No te puedo creer. Vas a tener que volver a la escuela. ¿No te enseñó esto tu maestrita? ¿Lo qué? Bueno, bueno, ahora ya conocés un numerito más. Pero qué maestrita burra te tocó. ¿No te tocó una burrita? Yo te voy a enseñar, chiquitito mío!

Se balanceaba como un botecito de calesita, como un reloj cucú. El mecanismo funcionaba, áoh, das ewig Weibliche!

-¿Ya está? ¿No? ¿Querés que apague la luz?

Apaga.

El reloj seguía su marcha: las cuatro, las cinco. Cu-cú, cu-cú.

-¿Qué hora es, linda?

-Pero ¿qué importa la hora? No sé, cómo puedo saberlo?

Enciende el velador y mira el reloj que tiene en el pulso.

-Las cinco -dijo-. Dios, qué tarde es. Pero todavía faltan tres minutos. Así que dale. Dale, soltala. ¿Te viniste? Dos minutos.

Comenzaba a hamacarse con mayor agresividad. Tanta que ya no podía coordinar, y el mecanismo cu-cú comenzaba a tener tropezones, soplos. Los pelos le caían sobre la cara; cada tanto apoyaba toda la cara sobre la almohada. Parecía que se iba a morir, pero no se moría.

-¿Querés que grite? -preguntaba preocupada a esa altura.

Sin que le contestara, comenzó a gritar quejidos en voz baja. Pedía por favor que no la violara.

-Un minuto pasado de tiempo -dijo al final-. Pero, ¿por qué no te venís?

Volvió a ensayar grititos, esta vez de menor calidad, como si todo su talento actoral se hubiese agotado en el esfuerzo inicial.

-¿Querés que acerque la luz para que me veas mejor?

Al acercar la lámpara, el óvalo luminoso dejó ver una sombra blanca en la pared. Un objeto había estado colgado allí, durante mucho tiempo; una cruz latina, de dos metros.

-Pero, ¿por qué no te viniste, cariño? Estás deprimido, ya sé.

Antes de que pudiese inventar alguna respuesta, ella misma se encargó del trabajo: -Una novia. Sí, una noviecita. Si sabré yo! La pendejita te dejó y vos pensaste que era la ú-ni-ca en el mundo. Pero te equivocás, ¿sabés?, porque hay muchas, muuuuchas. ¿Cuánto estuvieron juntos? Cinco, seis, ¿seis años? Ya vas a encontrar otra. Claro, tontito. Ay, qué debiluchos son los hombres. Una se los chupa todos y cuando los suelta se mueren. No vas a hacer ninguna locura, ¿no? Bueno. ¿Cuántos años tenía ella? ¿Veinte? Veintidós. Una pendejita, sí, sí. Como te dije. Buscate otra. Si te lo digo yo es porque sé. Yo sí que sé lo que es la vida, porque a los treinta años viví mucho ¿sabés?, mucho. Yo sí que tengo experiencia en la vida.

Se refería a que la proporción de existencia en el ser humano es directamente proporcional al historial clínico del sexo en cuestión.

La dejé encender un cigarrillo y seguimos hablando hasta que la conquisté para salir de allí. Se resistió un poco, pero al final cedió.

Salimos sin que lo notase la dueña. Detuve un taxi y la llevé al restaurante que estaba en 18 y Ejido (creo), frente al municipio. Me dejé llevar por un exhibicionismo de mal gusto. Cada tanto me daba. La puta era linda, pero no se veía bien. No le había dejado tiempo para arreglarse un poco (no hubiese logrado mucho), y se sentía mal por eso. Incómoda, pero agradecida. La traté como a una gran señora. Y seguramente hubiese llegado a serlo, con un poco más de plata. Todo el mundo se daba cuenta del tipo de pareja que formábamos. Alguno de los miles que pasaron por allí debió reconocerla. La alojé en el Victoria Plaza, la vestí con lo mejor. Estaba feliz. Hasta la convencí de que estaba interesado por ella, lo que no hubiese sido novedoso en su oficio.

-Querés olvidarte de la pendejita -decía.

-Ya está -contestaba yo-, ya me olvidé.

De noche se arreglaba bien, como una Señora (había aprendido rápido algunos caprichos). Se acodaba en la ventana y decía: «Nunca había visto la ciudad desde aquí arriba. Quién diría; esto que estoy viendo solo pueden verlo los ricos. La plaza desde arriba, el mar. El mar...»

El mar. Y hablaba de la luna. Nunca había oído cosas tan cursis sobre nuestro satélite. «Soy un demonio», me decía. Ella se metía en la cama y se quedaba esperando. Yo me acercaba, la cubría con las sábanas hasta los hombros y me despedía con un beso tipo familiar. Con eso se quedaba muy feliz.

Una noche la aburrí en el Solís. «Qué bonito», decía enternecida. Y en otro restaurante del centro: «¿qué hacés en Buenos Aires?». A lo que yo respondía con un «No lo sé, exactamente». Se divertía. Comenzaba a suponer oficios e historias que yo mismo iba guiando según su imaginación. De esa forma me enteré de que era hombre de confianza del general Perón.

Al tercer o cuarto día la llevé a Punta del Este y después al hotel Argentino de Piriápolis. Como siempre, lleno de porteños. Observando a ese tipo de gente, uno siempre tiene la desagradable sensación de que el espíritu humano es el invento de novelistas y dramaturgos. Pero, claro, basta con detenerse un instante para advertir algún misterio en esos rostros frívolos. Deambulan de un lado para el otro, borrachos de vida, quemados por veinte soles ya apagados, marcados por tantas noches de fiesta, pasadas. En esos rostros, soles y risas trágicas. Sombras que cruzan una sonrisa, y algo que les murmura al oído: Mira, escucha; hay algo que está pasando... y es la vida. Pero (¿por suerte?) casi siempre logran huir y entonces sus vidas fluyen entre lo real y lo imaginario. Combinación que logran en aquellos lugares infrecuentes (puertos, países desconocidos, lugares llenos de memoria, de pasado, de datos imaginarios y enciclopédicos, escasos de presente, exentos de sudor y frío que convoquen al cuerpo, irrealidades de los rincones anónimos, asientos de ómnibus y de aviones, mesas solitarias de un café en Viena). Los turistas siempre se van de sus balnearios y es de esa forma como los salvan. Al marcharse antes del frío, evitan que la persistente conciencia termine por reconocerse en los lugares prometidos, a través del agotador ejercicio de los hábitos que todo lo allanan, que tarde o temprano terminan con el componente fantástico de la ecuación.

La pobre decía que sería feliz si pudiese quedarse en aquella playa para siempre. Me confió una historia. «Todo lo que le pudo pasar a una mujer -me dijo-, ya me pasó a mí. Tuve una experiencia horrible. Horrible. Una noche entró en la casa un muchachito, un encanto. Tan encantador era que (cosa que nunca) sentí ternura por él. Pero no era una ternura de comérmelo. No, más bien quería abrazarlo para que se quedase así todo el tiempo. Todo el tiempo. Venía como indefenso, titubeando, tímido, ¿sabés? Como todo el que debutaba. Yo quería protegerlo. Cuando se acostó lo abracé y lo besé de forma que nunca. Por primera vez en años volvía a sentir algo por un hombre en aquella cama, algo por un desconocido que venía a acostarse por unos pesos. El muchacho era tan inexperiente que tuve que agarrársela para que me la metiera. Después salí a investigar. Y confirmé mis sospechas... ¿Sabés que cuando pendeja un desgraciado me hizo un hijo? Y yo qué iba a saber que la vida me iba a joder así? Nunca antes había tenido un orgasmo en aquella bendita cama. Te digo, eh; la primera vez que Dios y el diablo se pusieron de acuerdo, inventaron el sexo».

Pobre infeliz. Ahora me sorprendo de no haber tenido piedad. En la playa le juré que la amaría para siempre, con esas palabras irresponsables que solo se dicen en el colmo de la cópula. Y con el agua hasta la cintura la desnudé completamente. Al principio había puesto alguna resistencia advirtiendo que unos muchachos nos observaban. Pero no pudo negarme el espectáculo.

Fue esa noche, después de cinco o seis días de emociones y abstinencia, cuando la supuse capaz de algún placer en su oficio. Entonces sí, me acosté con ella. «En el fondo todos los hombres son iguales».

Le dejé algún dinero y antes de que despertase desaparecí.




- XII -

Imagino lo que se diría de mí si un día estos escritos cayeran en manos de tipos como Raúl. En el fondo, casi toda la crítica moderna se reduce al pseudopsicoanálisis; o directamente al insulto, que es lo mismo. Al final siempre terminan por demostrarte que pensás «así» porque sentís de manera totalmente contraria.

Pero al final nada importa. Sé que moriré sin saber de qué se trataba todo esto, sin haber comprendido para qué vine a este mundo, como cuando entraba a una habitación en busca de algo y luego no podía recordar qué estaba haciendo allí.

¿De qué se trataba? ¿Fue un juego, un accidente, un experimento de los dioses? ¿Tragedia o comedia? ¿Ambas cosas o ninguna? No puedo dejar de ver a la humanidad como un rebaño de ganado que rumia impasible, apenas si algo molesta por un ruidito que en realidad es la Inconclusa de Schubert; como una multitud de chimpancés en la biblioteca del Congreso, peleándose por una birome. Cristianos o judíos, budistas o ateos; solo uno de ellos podría no estar equivocado. Alguien dirá que «la verdad no existe». Bueno, pero díganselo a ellos. Cómo pudimos los hombres obrar correctamente si nunca supimos qué somos, d'où venons-nous et où allons-nous? O si creíamos saberlo, estábamos equivocados. En esta ronda de Equívocos Cosmogónicos es posible considerar la más terrible de las posibilidades: que el Demonio exista, y que sea él el triunfador en el Fin de los Tiempos. Qué gran religión lo consideró seriamente alguna vez? Ninguna. Todas, de antemano, suponen el triunfo del Creador. Cuántos parásitos espirituales alimentó esta certeza! Seres débiles y corruptos, indispuestos a la Gran Lucha; pequeños santos y dudosos mártires, sometiéndose a injusticias diarias, a algún dolor(cito), mientras miraban con codicia el Paraíso, ese piso cinco estrellas que debían merecer. (Con aportes diarios de miseria, una jubilación de dioses.) Claro, ¿quién iba a apostar a Perdedor? Hasta algún ateo, por las dudas, se rezaba un padre nuestro. A todos les faltó la grandeza de Prometeo, que dudó de la invencibilidad de Zeus, o la de aquellos ateos que se hicieron matar por la libertad, la justicia e ideales parecidos, mientras no esperaban nada para Más Allá.

Sea como sea, vaya adónde vaya, este mundo apesta. Si fuera un ateo radical, diría que la Humanidad es por naturaleza corrupta, injusta y hedonista. Si estuviese convencido del valor histórico de la Biblia, diría que fue la Serpiente la única que ha cumplido sus promesas hasta ahora, lo que bastaría para seguir siendo pesimista. [El pesimismo es la condición psicológica básica del Cristianismo. Me aburrí de advertir cómo los creyentes en el Juicio Final se desalentaban cuando percibían alguna mejoría en la política internacional. Hitler y la Guerra Nuclear les renovó la fe. Así ha sido siempre, desde el gnosticismo hasta el siglo XX, pasando (naturalmente) por Martín Lutero]. La Serpiente prometió al hombre que llegaría a ser lo que es, y cumplió. Casi todas las proezas, los milagros que se cuentan en Las Escrituras como obras de Yahveh, fueron repetidas hasta no hace mucho por los hombres. Así, el hombre se asemejó a Dios; realizó maravillas científicas, aprendió a distinguir el bien del mal (abusando de este último). Sodoma y Gomorra fueron un poroto al lado de Hiroshima y Nagasaki. La gente comenzó a preguntarse, «¿por qué Dios ya no hace milagros?». ¿Y para qué?, digo yo, si ahora hasta la aparición de Cristo puede ser producto de los efectos especiales de Hollywood? Y podría seguir enumerando los plagios que se le hizo al Demiurgo: pestes de laboratorio para reconstruir, pero en mayor escala, la calamidad que otrora cayera sobre Egipto; la omnipotencia tecnológica, la omnipresencia de los satélites espías.

Desde esta perspectiva solo se puede ver el fin del mundo. Si no por manos del Creador enfurecido, por manos del Demonio y sus aliados, los hombres. O por los hombres, simplemente, porque con ellos basta. Si no por una catástrofe devastadora y abrupta, por una forma imperceptible, imprevista, como un sueño lento que va atrapando al hombre cansado, sin que alcance a darse cuenta.

Digamos que ese sueño lento, esa muerte inexorable, ya está aquí. Los hombres reinan por última vez. ¿Quiénes son esos dioses humanos? Pongamos por ejemplo uno: el jefe del Pentágono, señor que no se diferencia mucho del dios mosaico. Moisés era un tipo realista: no prometió el Paraíso, sino un trozo de tierra cananea (palestina); no amenazó con el Infierno, sino con el dolor y la muerte terrenal. Para todo eso se sirvió de los mismos recursos de la high tech militar. Otros dioses: los grandes Ideólogos. Omniscientes en economía, profetizaron un nuevo orden, justicia social. Como los antiguos profetas, eran fatalistas: la Historia, como la tecnología y las ciencias, habría de avanzar, les guste o no a los seres humanos. Más dioses: los Grandes Gerentes de multinacionales. Estos casi realizaron el sueño cristiano-musulmán del Paraíso. ¿Cómo? Sencillo: cultivando la Estupidez Humana hasta el refinamiento. Con ellos, la especie se dirigió al estado final. (El único error fue pretender levantar el Paraíso en la Tierra, lo cual es una contradicción de principio). Les demostraron a los Ideólogos que la Humanidad no se dirigía hacia el logro de la justicia a través del sacrificio altruista, sino hacia la Eficacia. La justicia no tuvo ninguna posibilidad cuando se comprobó que era incapaz de incrementar el PBI. Será por estas razones, por sus deficiencias económicas, que caerán los grandes regímenes comunistas; no por sus injusticias. El Imperio Capitalista, en cambio, no puede perder; él mismo es la perdición, el sueño lánguido de risa tenebrosa, el alucinógeno de la última carcajada. La justicia (para definirla un poco) es como lo ilustra la alegoría: una mujer con los ojos vendados; no puede ver un carajo, pero es capaz de levantar una espada en una mano mientras en la otra ostenta, descaradamente, una balanza de mercader. Una mujer lujuriosa y alucinada en un mundo materialista.

Si al Romanticismo del siglo XIX se lo asocia al corazón, si al racionalismo el cerebro, nuestro fin de milenio habrá que asociarlo al estómago. Recuerdo un cuadro de Warhol en el cual toda la composición se reducía a un conjunto de etiquetas de sopas Campbell, ordenadas con el rigor cartesiano propio de los supermercados. La sonrisa de la Gioconda reemplazada por la conmovedora expresión del estómago. Un eructo metafísico. Satisfacer necesidades y, por supuesto, crear otras nuevas. El proceso placentero exige permanentes cambios, nuevos estímulos incrementados de forma logarítmica o siguiendo la ley de Fletcher. Orgía del sobreestímulo anestésico! Taradez suprema y maravillosa! Los jainistas creían en los ciclos cósmicos. A lo más bajo se llega por «la serie descendente», la que termina en los hombres injustos y lujuriosos, en las peores tempestades, en la desolación. Y todo debía ser imperceptible.

Y así lo es porque la Estupidez y la Decadencia se nos aparece con un maquillaje de cultura e inteligencia. Esto es fácil de explicar: Estupidez Suprema no significa Ignorancia Total. Por el contrario, se trata de un proceso evolutivo que se logra con cierta práctica. La gente confunde inteligencia con mera acumulación de información. Para ellos, sus nenes son más vivos que los de antes solo porque están más saturados de información (inútil) que ingieren de la televisión. El abombamiento colectivo se institucionalizó a nivel mundial. Se inventaron implacables métodos para idiotizar a un pueblo, como los llamados programas de «entretenimientos». Hasta se recurrió a la farsa de llamarlos «juegos de ejercicio mental». Todo bien estudiado.

Un productor de cine (Darryl) dijo en 1946 que la gente pronto se aburriría de ver cada noche una caja de madera. Se refería a la televisión. No se puede tener tan poca imaginación sin producir leche. Cómo no darse cuenta de que una cosa es mirar un objeto y otra es mirar a través de él. La televisión es un MEDIO, no de comunicación, sino de expresión. Lo que cada noche la gente ve en esa caja de madera es el «espíritu colectivo», usado y alienado por los dioses que oligopolizan el Poder. (Dioses oscuros que necesitan un pueblo estúpido para decirles que deben consumir más y pensar menos.) Unas risas en off le dicen al pobre diablo que está mirando, cuándo debe reírse y cuándo no; una garra que golpea un piano indica que debe prepararse para comenzar a llorar. Lo Irremediable es sustituido por lo pseudo-remediable. Todo debe terminar en un espectáculo: una peste en África, un ciclón, una guerra civil, la muerte trágica de un deportista. El sentido de lo trascendental se sustituye por la voracidad del espectáculo. Recuerdo haber presenciado en una montaña un eclipse de sol. Conmigo estaban otras cien personas. El instante culminante fue recibido con aplausos y algarabía. ¿Qué aplaudían? ¿Qué los emocionaba? ¿Tal vez Dios, tal vez el mensaje armónico de la Naturaleza? No, nada de eso. No aplaudían a nada que estuviese más allá del fenómeno. Aplaudían el espectáculo, el mero espectáculo y nada más. También la Naturaleza formaba parte del show. La misma suerte corrieron las pirámides de Egipto, el Cañón del Colorado, los muertos del Ganges y la misma Jerusalén. El dinero, dios celoso y vengativo, impone en todos lados la cultura que lo diviniza. Las sociedades capitalistas desparraman sus embajadores por todo el mundo: los turistas. Llenan el Taj Mahal, Abu Simbel, Chichén-Itzá. Lo que luego reproducen en sus propios países es el ego de cada uno, no las culturas que sirvieron de fondo a sus fotografías (los japoneses son expertos en este tema). En cambio, los habitantes del Nilo, lo único que pueden aprender de esos embajadores de la frivolidad, día tras día, es a vestir sus mujeres con pantalón corto, a usar lentes oscuros. Aquellos lugares que un día fueron el altar de los dioses, luego el objeto de la arqueología, finalmente acabaron en simples piezas del espectáculo. (¿Cuando el Corán o El ser y la nada serán el próximo objetivo de esta gente?). Y el deporte, que en Grecia fue honor de los dioses, del espíritu humano, hoy solo es espectáculo. ¿Quién mató el misterio de las cosas? Seguro no fue el descubrimiento de la Verdad.

Para ciertos pueblos primitivos, el Orden cósmico estaba en mano de los hombres. Para los modernos, también. La diferencia está en que los primitivos creían que sus actos podían destruir el mundo. Los modernos no, pero son capaces de hacerlo. Los mayas y los aztecas preservaban este Orden practicando sacrificios humanos (como si existiese en el hombre un antiguo sentimiento de culpa). En este siglo, los sacrificios individuales, en vivo y en directo, se consideraron una aberración retrógrada. Se prefirió los holocaustos colectivos y a larga distancia, que además eran espectaculares.

Cerramos el círculo de la evolución: volvimos a un nuevo estado de irracionalidad. Por y para consumir. Las T-shirt del Che en la Quinta Avenida. Nuevos estímulos (drogas, montañas rusas) no logran competir con el viejo y repetido sexo. Un lápiz de labio, un alfajor, una cubierta son promocionados con un culo famoso. En 1916, el señor Ben Thomas diseñó la botella de Coca-Cola. Lo hizo a imagen y semejanza de Mae West. Mujer, objeto-de-deseo. De la televisión nace un nuevo tipo de pensamiento que excluye la reflexión; es visual, onírico. Los niños aprenden rápido. Como los sueños, las imágenes electrónicas poseen su propio lenguaje. Naturaleza inmediata, fugaz. Los publicistas pasan a ser una especie de Freud invertido. Cualquier persona deberá comprender en treinta segundos un mensaje que a Mahoma le hubiese llevado más de las setenta mil palabras con las que se resumió el Corán. A un crimen puede seguir un beso; a una catarata que cae hacia arriba, una goma de mascar. Todo con máxima rapidez y vértigo (no sea que alguien se ponga a pensar). Para incrementar el vértigo, los estímulos deben ser incrementados según la ley de Fletcher. No es la velocidad estética de Turner, ni la velocidad conceptual de los futuristas de Marinetti. La nuestra es una velocidad VISCERAL. Ir de prisa, no se sabe adonde.

Sobrevendrá la lucha, el materialismo contra la antigua fe. Entre Oriente y Occidente, el nuevo oponente. El ciclo se repite; el materialismo conduce a la irracionalidad, y la fe a la razón.




- XIII -

Solo puedo sentarme y esperar una tercera oportunidad para escapar; la segunda, la tuve ayer y la perdí. No tengo reproches para hacerme; me estoy muriendo y lo sé. Cada día que pase se me hará más difícil. Por momentos no puedo mover la pierna izquierda, y es un milagro que aun pueda escribir con facilidad.

Ayer, o mejor dicho, esta madrugada, volvió a abrirse la puerta. En compensación a la invalidez que me afecta, el instinto ha resucitado en mí, los sentidos son ahora más agudos. En medio del sueño pude oír pasos muy lejanos. Salté de la litera convencido de que alguien había abierto la puerta; esperé un momento alerta y salí. No me sorprendió como la primera vez. Bajé y seguí por el camino de Gregorio, después por el pasillo lateral del segundo patio. De repente recordé algo; entré por un pasillo, luego en una puerta a la derecha. La sala de torturas. O lo que fue la sala de torturas hace ocho años. Iba a salir de allí cuando miré hacia el pasillo; las columnas y las paredes parecían inclinadas hacia un lado, como las columnas del Parque Güell de Barcelona. Al principio sentí que me mareaba. Temía que me descubrieran, por lo que entré de nuevo a la sala.

Todavía estaba allí la mesa sobre la que fuimos torturados. Recordé, con tonificante odio, un día caluroso; aquel invierno. Un hombre de bigotes al que llamaban «doctor» controlaba las descargas. El arte consistía en aproximar el dolor hasta infinitésimos antes de la muerte. Me tocó en suerte un menú especial: alfileres en las encías y los pies, con cuarto kilo de amperios sobre rocío de agua salada. Querían saber no sé qué de los Tupamaros, una reunión en Parque del Plata, el Banco Transatlántico, qué eran los Cinco de Praga, si Chabalgoity sabía donde estaba el Santo Grial yo debía saberlo también, por qué tenía en el pantalón un pasaje de avión a París y no lo había usado. Yo les respondía que el agua estaba muy fría. ¿Qué le damos ahora, che? ¿La parrilla o el teléfono? El «submarino» es lo mejor. ¿Cómo, che? Que los argentinos prefieren el método francés, aunque los de Massachusetts sean más científicos: amorfine, para provocar náuseas; anectine, paralizante. O directamente la lobotomía, qué tanto joder! Esperá chino, que no tenemos un año. Mientras conferenciaban, Palito Ortega cantaba un tema de moda, «la felicidad ja-ja-ja-ja»; y después, «yo tengo fe / yo creo en el amor», «salí a la calle y regalá una sonrisa / porque el mundo precisa / un poco más de amor...» En una pared, un cuadro con la paloma de Picasso. En ese momento advertí que estaba fechada el 28/12, el Día de los Inocentes. El «doctor» bajaba el foco sobre mi cara y decía que ahora yo le pertenecía. Los otros pedían más tiempo. Bromeaban: «Mire, doc., estas manos. ¿Usted diría que son las manos de un cañero? Pero, ¿qué son los Tupas, doc.?» «Según informes -decía uno con acento guaraní-, se trata de una escisión de El Federal, un ala del fascismo oriental» (Risas). «Criollos ignorantes! -se quejaba alguien con acento alemán. Jamás tendrán idea de cómo funciona el mundo.» «¿Y cómo funciona el mundo, doc.?», decía el guaraní y me golpeaba en el estómago. Querían saber sobre un tal Horwitz o algo parecido, sobre Wittenberger, Ross y hasta sobre la familia Sinclairs (antes Saint Clairs). Pero yo no podía pensar. En mi cabeza giraban las palabras anectine, amorfine, Massachusetts, anecfine amorfine Mass amor fine.

Todavía estaba ahí la lámpara colgando del techo como un péndulo. Y un aparato blanco como una heladera, en un rincón. Todo parecía abandonado.

Alguien afuera preguntó: -¿Están ahí? (o, «¿Estaban ahí?»). A lo que siguió un murmullo que parecía preguntar lo mismo. Prevalecía una voz; como la vez anterior, ordenó tranquilidad.

Solo cuando volvió el silencio me atreví a salir. Ensayé un camino: por el pasillo perpendicular al segundo patio se debía llegar a la puerta principal, la única salida conocida. Me aventuré por ese túnel oscuro hasta un débil resplandor final. El pasillo terminaba en un muro, y el resplandor provenía de una ventanita de un pie cuadrado, a una altura inalcanzable. A izquierda, había una puerta monumental, con un dintel de una sola piedra, sostenida virtualmente por dos columnas labradas. Creí reconocerla, aunque no estaba seguro; se me aparecía como el recuerdo de un sueño. Quizá había pasado por allí antes o después de la tortura. Ahora puedo recordar que era la misma puerta que vi en la alucinación del patio, la tarde que me desvanecí.

Fue cuando crucé el umbral que confirmé una vieja sospecha: esta prisión fue una antigua estancia jesuita. Se lo puede ver en los grabados de la piedra, en la forma y la disposición de las celdas, en la fuente del patio, en la orientación solar de todo el edificio y del pueblo. La misma leyenda del Mártir se explica mejor con la historia de los Jesuitas que con aquella otra del sitio a la fortaleza (aunque no niego que luego haya servido de esa forma, como ahora de prisión). Esto afirma mi teoría de la ubicación geográfica: estamos a más de quinientos kilómetros al norte de la frontera uruguaya.

Crucé el umbral y entré en el templo. La gente estaba allí, y eran los mismos de las noches anteriores. Algunos más, seguramente. Unos caminaban de un extremo de la nave central hasta el otro, de forma lenta pero inquieta. Otros dormitaban debajo de las naves laterales, dentro de una oscuridad más hermética. La luz no era poca (provenía de las ventanas laterales, a la altura del techo, y de la linterna sobre el altar). Afuera la luna brillaba con gran fuerza.

Preferí esconderme detrás de una columna para estudiar el terreno. Desde allí, advertí algo que aún me intriga. Al mirar hacia la puerta, vi cómo el pasillo se extendía hacia la izquierda y no hacia la derecha. (Hacia la izquierda había entrado al templo). Desde entonces no dejó de incomodarme esa simetría. Me sentía más perdido aún.

-Caníbales -dijo alguien-. Son caníbales. Moriremos de hambre, o ellos vendrán a darnos el golpe final. Yo les dije, les dije a todos. Estas son tierras del Demonio.

La voz era la de un hombre viejo y enfermo. Apenas lo distinguía en la oscuridad. No le hablaba a nadie:

-Vendrán sus sirvientes y nos arrancarán el corazón.

Alguien le ordenó callarse, pero el viejo siguió hablando:

-No quiero quedarme en esta tierra del demonio!

Tuve un frío presentimiento. Me acerqué para mirar: quedé petrificado: era el Manco.

-Si no cierra esa boca -dijo alguien con voz de traqueotomía- se la voy a cerrar yo -y se levantó. Pero otros lo sujetaron a tiempo. Lo obligaron a sentarse.

-Dejalo quieto. Ya se va a calmar.

-Falsa alarma -entró diciendo un muchacho. Me impresionó las proporciones de su cuerpo-. Nadie afuera. La gente se pone nerviosa y ve cualquier cosa.

-¿Y «ellos»? ¿Siguen ahí?

-...Sí.

-Dios. Hasta cuando!

-Quiero morir en la hoguera; yo sé que puedo subir con el humo.

No puedo recordar qué tipo de diálogo mantenían los otros. Sí recuerdo al de barba, furioso. Quería formar un grupo de hombres para salir a pelear. «Son muchos, cientos!», decían algunos. Se referían a los indios tupí que amenazan la cárcel. «Mejor morir peleando», insistía el de barba. El Manco repetía lo mismo, cada vez con voz más apagada: «Yo sé que puedo subir con el humo».

Se mencionó a un tal Tebarizé, o Tabirizá. Era un tupí civilizado que estaba entre ellos. El de barba no quería escuchar nada acerca de él.

-Nadie puede elegir un mártir -ordenó el de barba-. Ese farsante y el cura explotan el miedo de la gente, y la gente no tiene fe, solo miedo.

-Que salga el cura -propuso uno.

-Sí, que salga. Le haremos un monumento. Diremos que fue un mártir.

Pude deslizarme a la zona más oscura de la sacristía. Había un Cristo de madera con una mano apoyada en el piso y la otra en la pared. Un murmullo ensordecedor provenía de la sala contigua. De a poco se fue haciendo más claro. «... ait ipse salvator: qui iuxta me est, iuxta ignem est qui a me, longe est regno». Entraron en la sacristía. Una docena de hombres vestidos con camisas blancas o celestes rodeaban al cura y al indio llamado Tebarizá, el único de piel oscura. El resto eran exageradamente pálidos y nerviosos. Miraban al indio y se pellizcaban las uñas. Adelantaban las cabezas como lo hacen los perros que temen el castigo de su amo.

-Cuando el hambre sea más grande que Dios -dijo el indio, levantando las manos como un pontífice (luego advertí que este gesto se lo había copiado al cura)-, entonces se comerán unos a otros.

-Santo Dios! -exclamó el cura persignándose.

-Yo no creo! -se atrevió a decir un hombre alto y calvo.

-También Tebariza corre peligro -dijo el cura-, pero él ha preferido quedarse con nosotros -como el indio, el cura ponía las manos a media altura, como en aquellas reproducciones baratas de cristos rubios-. Tebarizá está con nosotros. Hay que tener fe en él. ¿Quién puede conocer mejor su pueblo? Pueblo infiel y salvaje.

-Mi pueblo se marchará, solo cuando hayan derramado sangre invasora en tierra sagrada.

-Pero quién será el elegido, solo Dios lo sabe.

-Los más viejos que ya no están, conocían al hombre elegido. Y volverán para matarlo.

-¿Quién?

-¿Quién es?

El indio levantaba los brazos para ordenar silencio. Me hubiera gustado tener un revólver para hacer un poco de ruido entre esos imbéciles. Odio las supersticiones y no soporto la presencia de gente cobarde.

Me harté de aquel clima de imbéciles y salí. Seguí explorando. Noté con inquietud que comenzaba a amanecer. Volvía a tener problemas con mi pierna izquierda. Estaba excitado; sentía que se me acababa el tiempo para escapar. Mis músculos no respondían con suficiente velocidad. De la sacristía pasé a otra cámara por un pasillo estrecho (tan estrecho, que debí caminar de costado para pasarlo; podía ser un doble muro). En la cámara siguiente no había nadie, pero podía sentirse en el aire que había estado ocupado instantes antes. Se sentían unos pasos débiles. Salí al pasillo y vi a tres mujeres que se alejaban. Caminaban de prisa, casi como si huyeran de alguien. ¿Huían de mí?

Una de las mujeres era Victoria. La reconocí cuando miró hacia atrás. Debió verme, pero no se detuvo. Quise decir algo y no pude. Junté fuerzas para correr, como si debiera saltar sobre un foso de cinco metros, y caí de rodillas. No puede levantarme. Sobre mis hombros sostenía al mundo. Ella seguía caminando, indiferente. «Me están envenenando», pensé. Caí de espaldas y me quedé inmóvil, mirando una grieta en el techo. No podía dejar de mirarla. La grieta amenazaba abrirse y parecía que el techo caería sobre mí. Tenía los músculos tiesos, estaba a punto de entrar en un nuevo colapso, cuando sentí que alguien se detenía a mi lado y volvía a desaparecer. Luego regresaba con otras personas y me rodeaban. Una de ellas lloraba. Era una voz de mujer que decía «Qué injusticia».

Vi a los guardias que se acercaban por un extremo del corredor. Intenté avisarles; «ahí vienen», llegué a balbucear. La voz del cura repetía en voz baja una advertencia temeraria (recuerdo haberla escuchado antes en la abadía de Fontenay): «Omnia quae visibiliter fiunt in hoc mundo, possunt firei per daemones (Todo lo que ocurre visiblemente en este mundo, puede ser hecho por los demonios)». Nuevamente los guardias se ocuparon de regresarme a la celda. Esta vez sin violencia.

¿Qué nueva forma de tortura ensayan ahora? No quiero sacar conclusiones apresuradas. Solo registro con cuidado todo lo que se me ha dado presenciar. No pierdo la lucidez. Mi memoria se recupera. Por momentos vuelvo a ser aquel memorioso que sorprendía a mis propios compañeros de la logia, con la evocación imposible de datos. Quizá pueda reconstruir momentos claves de mi vida, hasta ahora perdidos en la oscuridad.




- XIV -

Diciembre

En mayo de 1973, en Montevideo, se encontraban los dos agentes de la CIA, AVOID-9 y POURSE-2. Poco tiempo atrás habían actuado en Buenos Aires y, casi con seguridad, fueron los responsables del atentado a la Unión Obrera Metalúrgica. Algunos datos nos hacían pensar que estarían infiltrados dentro de las escuadras secretas de defensa del PCU. También era probable encontrarlos dentro del MIR. No era nada fácil ocuparse al mismo tiempo de estos dos grupos; los pro-chinos se movían en las zonas rurales. La especialidad de estas cucarachas de la CIA era el tráfico de información. El nombre del activista sindical llegaba a manos del comisario de turno, y la policía se encargaba de torturar al acusado para completar la información. En estas sesiones participaba, naturalmente, alguna de las cucarachas. Nunca dudaron que América les pertenecía.

En Montevideo, me hice amigo de un muchacho que se llamaba Vassallo. Lo conocí personalmente en la fiesta de casamiento del Carrasco Lawn, aunque ya tenía datos previos de él. Era un tipo pálido y de barba escasa (el único que no llevaba corbata). Pese a todo, discreto. Me hablaron de él, de Clara W., y de dos elementos más que no vienen al caso. En la fiesta me fue relativamente fácil entrar en contacto con él. Sin los datos previos lo hubiese reconocido. Desentonaba. Su romanticismo revolucionario se dejaba ver en cualquier pequeño gesto de aprobación o reprobación. Seguro estaba allí gracias a algún amigo de los novios y por consejo expreso de Vladimir Ilich Ulianov. Cuando fue en busca del mozo que servía los whiskies, me crucé con él. Mientras el mozo sacudía el 100 Pipers sobre su vaso, lancé, entre él y el mozo, tres o cuatro adjetivos comunes en la literatura marxista. De esa forma me gané su confianza en el acto. En seguida, se desahogó burlándose de aquel lumpenaje plusvalioso y pequeñoburgués que supervivía del Ejército Industrial de Reserva.

Conocí el sótano donde se reunía con sus amigos. Me hice apreciar demostrándoles (con discreción) ciertos conocimientos sobre Montoneros, los peronistas y las organizaciones sindicales en Argentina. Recuerdo las reuniones del sótano: lo más sagrado y fascinante era la misma clandestinidad, la fuerza purificadora que significaba luchar contra el Tirano. Se reunían en torno de un farol a kerosene y leían las novedades. Yo los llamaba «poetas» y ellos se molestaban. Preferían el calificativo de «Científicos», en el mismo sentido con que se había usado la palabra en el siglo XIX para distinguir a Marx de los utópicos. Una de las poetisas se llamaba Natalia. No escribía; usaba jeans gastados, combinaba la pasión hippie con la dialéctica hegeliana, compartía el queso y el pan, la misma penumbra. Como los cristianos que adoran imágenes, Natalia era una marxista hereje: creía en Dios. «Hay que tomar partido -decía-. Es imposible hacerse querer por todo el mundo. Ya hubo un hombre bueno, virtuoso que amó a todos por igual. En una palabra, ya hubo un Hombre Perfecto -apretó el ceño, me miró y agregó-: lo crucificaron ¿no?». Era exageradamente hermosa y nada revelaba en ella un apetito sexual oculto. Eran perdidamente adolescentes, tenían esa capacidad superior para generar y recibir altas descargas de vida. Muchachos de clase media, insatisfechos por diferentes motivos. Para ellos la pobreza era un (viejo) camino de purificación. Un camino cristiano, aunque ateo. Jóvenes sacerdotes de una religión sin dioses. Por sus temperamentos, quizá, carecían de las condiciones que tienen los ortodoxos para no pensar. Podían tolerar cualquier expresión que cayera fuera del dogma. Yo les decía: jamás podría eliminar a un hermano aunque pusiera en peligro la Revolución. (Había oído muchas veces la afirmación contraria en boca de ortodoxos.) «¿Por qué habría de ser democrático con mis sentimientos?», les decía yo y se largaban reír. En otra oportunidad comparaba sus barbas con la de Marx, y de ahí deducía la frustración de los revolucionarios bolivianos, en su mayoría lampiños. Se divertían. También recuerdo un cuadro de Lenin, aquella famosa fotografía en la que el doctor se inclina desde una tarima hacia su pueblo. (En nuestro mundo materialista y ateo, las personas pueden poseer ídolos humanos a los que admiran y veneran. Lo malo de esta clase de divinidades es que no son eternas. Lo peor no es que se mueran, sino que nos defrauden o que nosotros mismos perdamos de un día para el otro la fe en ellos, sin el menor pudor espiritual. Por otra parte, los hombres que llegan a convertirse en dioses (estrellas del cine, de la música), se deprimen, se drogan y finalmente se suicidan. Son los únicos que llegan a presentir el error y no lo soportan.)

Los muchachos tenían sus conexiones en Montevideo, como lo habíamos previsto. Un día Vassallo me informó sobre una Cumbre de organizaciones revolucionarias que se haría en Carrasco. La habían llamado, pomposamente, «Cumbre del Cono Sur», o algo parecido. Acepté la invitación.

Quedamos de encontrarnos en el Parque Rodó, frente a la estatua de Confucio, a las seis.

Una hora antes fui a esperar el ómnibus en una esquina cerca del Teatro Solís. Como de costumbre, mientras esperaba repasé los titulares de los diarios del quiosco. Casi lo primero que leí fue el anuncio de un crimen. PAREJA ARGENTINA ASESINADA EN HOTEL CÉNTRICO DE MONTEVIDEO. Móvil del crimen: robo. Pero todo era falso, incluso los nombres de las víctimas. Una foto sin eufemismos mostraba el rostro de Selva Wittenberger con los ojos clavados en alguna parte del techo y con una mancha oscura atravesándole la frente. Un poco más al fondo y de espaldas, el cuerpo de Chabalgoity.

Automáticamente, subí a un ómnibus que decía PARQUE RODÓ. Sin darme cuenta de lo que hacía, de pronto me encontré frente a la estatua de Confucio. No podía dejar de pensar en ellos, en el último encuentro, en la reunión fracasada. Pensé, recordé; Nietzsche nos había prometido que nos volveríamos a ver en aquel café de Viena, en el apartamento del Once. Todo por una pretendida finitud de los elementos que componen el Universo; antes del reencuentro, había que imaginar el vastísimo estado caótico que debía seguir a este tipo de orden, como un rompecabezas deshecho, como una Viena Confucio, pensar nos que Wittenberg Chabalger aVie yqu est dos rtO tzsch ta hasta que el tiempo nos rehaga nuevamente.

En la base de la estatua, una inscripción en chino y en español recordaba algunas intenciones de Confucio. Se refería a la igualdad y a los derechos del hombre. Más abajo, un graffiti decía:

MEJOR NO HABLAR

DE CIERTAS COSAS




- XV -

Miraba el río, hacia Buenos Aires y no podía dejar de pensar en ellos. Allá estaba La Boca, un café en una esquina de Aristóbulo del Valle. Tomábamos algo con el grupo de María José, hablábamos de antiguos viajes. Volvía a escuchar la voz de Selva en su apartamento del Once, sus discos. Chuck Bery, Jerry Lee Lewis, Sam Cooke, Bob Dylan. A mí no me gustaban; solo me fascinaba la distancia en el tiempo que los separaba de nosotros. «La música triste -decía ella- es la geometría del llanto; la alegre, de la risa». «No me hablés de geometría -le decía yo, un poco en broma-. Chabalgoity te tiene contaminado con el pensamiento masónico. ¿Qué pasa con una vieja rock'n roll que se muere de risa en la batería pero termina por volverse melancólica en la memoria?». No respondía. Exhalaba el humo del cigarrillo y se quedaba mirando por la ventana. Debía tener casi cuarenta y no perdía su figura de la juventud. Chabalgoity la adoraba, aunque nunca dejó que nadie lo supiera.

-Ocurre con esas revistas frívolas -proponía yo-, en donde un mono de la farándula aparece en la tapa haciendo alguna pavada, luciendo alguna nueva moda de verano, algo hecho para un tiempo efímero.

-Qué impiadoso es el tiempo con la frivolidad!

-Si la frivolidad tuviera una memoria, digamos una memoria proustiana, también sería trágica y profunda.

Mientras hablaba no dejaba de mirar a la ciudad. Su rostro se coloreaba con las últimas luces del atardecer.

-Quizá por eso mismo -decía-, hay gente que le tiene repulsión a ese tipo de publicaciones cuando ya tienen unos añitos y sus páginas se van poniendo amarillas. ¿Vos no?

-¿Yo? Por el contrario, las estudio en detalle. Me emociona la estupidez sentada al borde de una piscina, con un Martina en la mano. La miro a través de diez fatídicas vueltas al Sol y les digo no sabés la que te espera.

-En el fondo sos maligno -decía, y se ponía a buscar una revista en un cajón, como si se pudiese verificar objetivamente lo que le decía.

-Por piedad, ese tipo de publicaciones debería incluir un mecanismo de autodestrucción. Una célula termoeléctrica, por ejemplo, que se active con el primer frío del invierno. ¿No te parece?

-Fantástico.

Una mañana la encontraba en el Jardín Botánico. Se compadecía de los animales abandonados.

-¿Nunca viste a un perro revisando la bolsa de la basura?

-Claro.

-Apenas se dan cuenta de que lo están mirando, disparan asustados como miserables ladrones. Dan ganas de decirles, «no, la ladrona soy yo. Yo y el resto de mi especie que los ha condenado a esta incomprensible naturaleza de asfalto caliente y hormigón.» Debemos ser los demonios que ellos veneran. Mirá, qué suerte decadente han tenido los animales en nuestra historia; de dioses totémicos a seres inferiores y sin alma.

Si en ese momento hubiesen aparecido Vassallo y sus amigos, los hubiese mandado al diablo. Solo quería mirar el río, seguir el movimiento grave del sol que comenzaba a caer sobre Buenos Aires. Sentí aquella angustia, la soledad tomando su forma permanente, esa forma que solo se logra con los años: la nostalgia. Nostalgia de la irremediable pérdida de los segundos. Como los barcos que recorrían el horizonte plateado: parecían manchas pálidas e inmóviles; y sin embargo, pasaban. Tiempo, mar, movimiento estático, espíritu, canto del poeta. Inalcanzable lejanía, misteriosa profundidad. En el mar está la metáfora de nuestra existencia: el horizonte. Del otro lado Buenos Aires. Todo su presente era mi pasado. ¿Cuántos en ese mismo instante estarían mirando hacia Montevideo? ¿Cuántos estarían escribiendo en ese momento «La isla desierta» o inventando otra más perdida, en algún lugar del Pacífico (con una máquina de eternizar las apariencias, eso que tanto se parecería a la memoria si le quitáramos su capacidad de vivir y de cambiar)? ¿Y cuántos huyendo a Uqbar? No quería estar ahí. Quería ser pasado, el recuerdo de una escritura. Estar en el horizonte. (Tiempo y lejanía. Por esas dos condiciones del espíritu, Proust y Wilde llegan a ser trágicos; y Kafka, disfrutable).

Vassallo y sus amigos llegaron. Aunque intenté ocultar mi verdadero estado de ánimo, no debí lograrlo, porque Vassallo balbuceó, con timidez:

-Disculpe la demora.




- XVI -

Fuimos en ómnibus por la rambla. Casi no hablamos durante el camino. Los muchachos parecían nerviosos o descontentos por algún imprevisto. Yo tampoco quería decir nada. Seguía pensando en abandonarlo todo; lo que seguía era para mí como la carrera de un gallo degollado. Nada que hacer. Y no podía dejar de pensar en ellos. La imagen de Selva en la ventana volvía a repetirse con furiosa nitidez.

-Si mirás por la ventana -la escuchaba decir, con esa forma pausada y reflexiva tan propia de ella-, y ves un accidente, o un crimen, no podrás escapar a la escena. Por más lejos que te encuentres. Por más satélites que te separen de Vietnam, estarás comprometido.

-¿En qué sentido? -le pregunté.

-En el sentido que diferencia a Prometeo de Tupac-Amaru, a Alejandra Vidal Olmos de Ana Frank. La realidad cuenta con tantos tentáculos! Insospechados miembros pegajosos que te toman por todos lados. Solo en el arte estos tentáculos no existen, o han sido cortados.

De a poco, iban apareciendo magníficos chalets, enrojecidos por el último sol, duplicado en el río. De vez en cuando Washington preguntaba: «Pero ¿qué hora es, che?»

-De otra forma -seguía diciendo Selva, encendiendo un cigarrillo y sentándose a medias en la ventana-, Hamlet sería una masacre muy diferente a lo que pretendió Shakespeare. Nadie desde su butaca ignora que los actores sobrevivirán a la última escena. ¿No te parece?. -Se reía y miraba hacia adentro con esfuerzo porque la habitación comenzaba a oscurecerse. -A la realidad solo le queda una oportunidad para competir con el arte: que se vuelva pasado, símbolo distante, definitivamente impreciso.

-¿Que se vuelva mito?

-Eso es.

-Entonces tal vez sí Tupac-Amaru, Kennedy, Bob Dylan, Marilyn, Gardel y Evita se asemejen un poco o bastante a Prometeo, a Werther ¿no?

-Sí.

Selva se esforzaba siempre por ocultar su percepción romántica de las cosas. Estaba empapada de la bohemia existencialista: vestía casi siempre de negro, leía en francés a aquellos gigantes. No nos diferenciaba Dios sino la forma de no tener fe. Ella era atea y yo dudaba de todo. «¿Cómo se puede vivir siendo tan escéptico -decía- mi pirrónico?» Pero al final logré infectar su indoblegable ateísmo con la duda.

-La escena, la orquesta, el ditirambo que le grita su verdad al público son el más allá. La verdad de la tragedia consiste en la expresión artística de la tragedia de la verdad. Una es el más allá, la otra puro y angustiante presente; es aquí y ahora.

-No sé para qué traje este buzo -se quejaba Washington. El amigo de Vassallo era un moreno de labios finos. El sudor le corría por todo el rostro. En frente a mí, un hombre había sacado un cigarrillo y jugaba con él. No se animaba a encenderlo.

El arte es el medio por el cual el hombre se evade del presente. Se bajaba de la ventana y se sentaba en el piso. Pero hay que reconocer que toda definición es una simplificación, un pecado del intelecto. Los libros que estaban en el piso eran los últimos que había leído, seguramente. El hombre se ha pasado la Historia inventando islas perdidas en tiempos remotos. Once upon a time there was a king who had a daughter... Y todo aquello que está en el horizonte, (in)justo allí donde la realidad pierde su elocuencia y se hace inalcanzable. Mitos, leyendas, historias fantásticas y sueños realistas. Allí donde todo es pasado o futuro (nostalgia y esperanza), pero nunca presente; allí donde pueden estar el Paraíso y la Tierra Prometida. Deduzco que el Infierno es el presente, decía acomodándose entre los almohadones. Para el Islam, el Infierno es de fuego, es decir, el sol del desierto, el presente. Habrás leído el Corán. No mucho. En el paraíso corren ríos de agua fresca entre deliciosas sombras. Si Mahoma hubiese nacido en Siberia, ¿qué sería el Infierno? Un témpano de hielo. Correcto. Se reía. Algo semejante al infierno que la KGB acondicionó en la llanura Ártica para alojar a los infieles. ¿Te acordás del Patio de los Leones, en La Alhambra? Cómo no; lo recorrimos juntos. Ahí está esa recurrencia al agua, en las fuentes, en los canales (ríos geométricos) corriendo entre columnas esbeltas que terminan en capiteles como palmeras datileras. Todo un oasis simbólico, ideal, imagen indudable del paraíso entre los mahometanos. Arte, sueños, religión. La mirada del hombre puesta en el más allá, con dioses o sin dioses. Esperá un poco; démosle una perspectiva psicológica al asunto. Bueno. El pensamiento analógico, transgresor y asociativo rige tanto en el arte como en los sueños; la memoria recicla los recuerdos de la profunda infancia y hasta de siglos anteriores. Recuerdos prenatales. Ay, me encanta eso. Pero el existencialismo me lo prohíbe. En lugar de soles prenatales, como el flaco Bioy Casares, hablemos de les images hypnagogiques. Como una sombra, iba a la cocina y abría la heladera. Se quedaba un momento examinándola o pensando en algo, y finalmente sacaba unos cubitos de hielo. Cerraba y la oscuridad volvía con más fuerza. Yo descansaba yendo a ese apartamento que ella consideraba aburrido. Ella estaba rodeada de su presente y yo liberado del mío. ¿Qué hora es, ché? No llegamos más. El tipo del cigarrillo se animó a encenderlo poco antes de bajar. Pero la vida comúnmente se desarrolla en un escenario intermedio sin los paraísos y los infiernos imaginados por los hombres. El presente nunca será el Paraíso, eso es cierto, pero tampoco el Infierno. No, mientras incluya un horizonte, ese lugar en donde estarás vos un día cuando te recuerde. No hay imagen tenebrosa que incluya un horizonte. Miraba por la ventana; se hacía de noche. Podés recorrer los museos del mundo. Verás las imágenes más horribles que, como las pesadillas, la angustia, son un apretado Aquí. El Gehena es una mansión tenebrosa; el Infierno, un laberinto subterráneo: ambas expresiones de lugares cerrados. El significado más doloroso del horizonte (corregime si me equivoco) podrá ser la soledad, sí, pero no la peor de las soledades, ya que habrá un sueño, una esperanza: el más allá. Se levantaba y volvía a mirar Buenos Aires. La ciudad se extendía en millones de lucecitas bajo un cielo violeta. Bajamos en un lugar de la rambla en donde había un médano. Subía de la playa hasta invadir la vereda; debía tener dos metros de alto.

-Tenemos que caminar un poco -dijo Vassallo después de examinar un papel doblado en cuatro. Un dibujo con algunas indicaciones ilegibles. Debían ser del «Ruso», el único contacto que tenían los muchachos con el MLN.

No me despedí de ellos como había pensado. Sentí lástima al verlos tan nerviosos por nada. No podía abandonarlos ahora.



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