Libro electrónico

Hernandia : triunfos de la fe, y gloria de las armas españolas ... / Francisco Ruiz de León

ArribaAbajo

Canto X

Manda a Ordaz reconocer la Ciudad, cuya salida anima a los Mexicanos, hasta asaltar al Cuartel, de donde vuelven rechazados: Dispónense unos Castillos de madera, contra las avenidas de los terrados, y quedan hechos pedazos en la primera ocasión, aunque salen los nuestros victoriosos. Moctezuma, receloso de la fidelidad de los suyos, despide al Caudillo, y se sosiega con su respuesta, en sazón que acometiendo las Milicias de refresco, tiene por bien dejarse ver en la Muralla, para corregir tanto motín; y aunque a la primera vista se reducen, remolinándose la Plebe, ve sobre sí el último atrevimiento de los suyos: Cae mal herido en una Sien, y muere en su obstinación. Llenase la Ciudad de clamores a vista del Real Cadáver, y coronase Quauhtlabuac, con cuya tregua convalecen los nuestros, si bien poco después aparece el alto Panteón, coronado de la mayor Nobleza Mexicana: Asáltalo Escobar: Sangriento destrozo por ambas partes, y artificios bélicos, que en estos días discurrieron sus Ingenieros: Ganalo Cortés, y vese en manifiesto peligro a la heroica resolución con que tiraron a despeñarse con él dos nobles Mexicanos: Socorre a los suyos, y retirase al Cuartel: Proponen los interlocutores con algunos pretextos frívolos, que miran sólo a la detención, que salgan de la Ciudad, con ánimo de sitiarlos por hambre: Discreta respuesta del Caudillo, sirviéndose de sus propios artes, hasta mejorar sus Partidos; y resuelve al fin salir aquella misma noche: Modo con que lo dispuso, y generoso desprecio en abandonar tantas riquezas adquiridas, por la reputación de sus armas: Comienzan la marcha, y los Mexicanos, con extraordinario sosiego en su natural, la dejan empeñar en la Calzada, y cortando los Puentes, acometen por Agua, y Tierra con intrépida ferocidad: échase a fondo la Artillería: mueren más de doscientos Españoles: piérdese totalmente la Retaguardia, y entre ella, algunos Cabos principales de la más acendrada Nobleza de Cuba. Hace alto en Tlalcopán, (hoy Tacuba) donde se recogen los heridos a la primera luz de la mañana. Cebados en el despojo los Mexicanos, encuentran a sus Armas muchos Principales de los suyos, con cuyas Exequias divertidos, dan lugar a los Españoles a alojarse en los Cúes de Otomcapulco, doce millas al Poniente de la Corte, en donde se venera hoy, en memoria de tanto beneficio, el peregrino Santuario de la Emperatriz de los Ángeles, con la advocación de los Remedios.



Argumento

                                               Asaltan al Cuartel, y rechazados,                      
     Quedan los Mexicanos divididos;
     Hieren a Moctezuma, y obstinados
     Por su muerte, se ven más atrevidos:
     Nuevos combates piensan irritados,
     El Español procura otros Partidos;
     Y porque ya la fuerza no resiste,
     Hace a la noche, con sus pasos, triste.
1. A Penas el Pintor de la mañana,
     En la tabla del Orbe, que ya dora,
     Va metiendo colores de Oro, y Grana
     A los bosquejos, que dejó la Aurora:
     Cuando Ordaz con Milicia veterana,
     En cuya fuerza la de Marte mora,
     Del Cuartel saca cuatro Compañías,
     A hacer con el discurso correrías.
2. Escueta la Ciudad, nadie parece;
     No Corte, Yermo queda silencioso:
     La presunción hasta evidencia crece,
     De ser tanto sosiego misterioso:
     Cuando a poca distancia se aparece
     De Armadas Tropas Cuerpo bullicioso,
     Que mueve la pereza, y con extraña
     Pausa le incita, cuando así le engaña.
3. Por tomar en algunos Prisioneros
     Lengua, cierra el Avance, y de repente
     Dos Ejércitos gruesos de Guerreros
     Le buscan por la espalda, y por la frente;
     Encuentran al partir, en los aceros
     Españoles, repulsa tan valiente,
     Que vieron que al marcial desembarazo,
     No hace el número tanto, como el brazo.
4. Frente a la Retaguardia da segunda,
     Picas, y Espadas a las avenidas,
     Y contra otro tercer trozo, que inunda
     Las Azoteas, de flechas guarnecidas:
     Asesta el fuego, sin que se confunda
     El orden, en defensas prevenidas;
     Que cada uno en la guerra (si la entiende)
     Pelea por sí, y a los demás defiende.
5. Arde el furor, rompiendo los montados,
     Calles enteras de gentil plumaje,
     Vomitando los suelos, y terrados,
     Lanzas, y piedras, por mayor ultraje:
     Disparan los Cañones asestados,
     También humos, y Plomo al ventanaje;
     Obscurécese el Cielo, y en un punto,
     El Sol Infante, se creyó difunto.
6. Crece el desorden en la turba vaga,
     A tiempo que Miscuac, que va llegando
     Con gente de refresco, un ojo apaga
     Al Caballo, en que Urrutia iba volando:
     Ciego con el dolor, su dueño paga
     El despique, llevándolo arrastrando
     Preso al estribo: Nada le repecha,
     Por donde es más cerrado, abre más brecha.
7. Aún así su coraje no sosiega
     El Español, que haciendo maravillas
     Va con la Espada, (como aquel que siega)
     Cercenando a los más las espinillas:
     No queda con salud quien se le llega;
     A unos los brazos, a otros las rodillas,
     Mocha, y si no se suelta, a sus reveses
     La tarea acaba, por faltarle mieses.
8. Mas ¿quién pudo librarse de su muerte?
     Al soltarlo la Arción, una cantera
     Caída de arriba, le prendió de suerte,
     Que menearse no puede, aunque más quiera.
     Lezcano, que anda cerca, el daño advierte,
     Y dejando su Silla, fiel se esmera
     En quitar el estorbo, que retira,
     Pero es en ocasión, que Urrutia espira.
9. Al agacharse para alzar la Peña,
     Pudo Chimal quebrarle una costilla;
     Pero no tan feroz hace reseña
     Escorpión, a la planta que lo trilla:
     Con la izquierda le agarra de la greña,
     Y da con él en tierra a su rodilla,
     Y al cercén con la diestra el Chafarote,
     Le rebanó los nervios del cogote.
10. Seis se le abrazan; a unos a mordidas,
     A otros a coces, a otros a empellones,
     Desbarata; pero es cuando de heridas
     Ni señas dan el traje a las facciones:
     Por ésta, y otras muertes repetidas,
     Qué venganza no dieran los Campeones,
     Si los Indios, que tal estrago vieron,
     No huyeran más aprisa, que vinieron.
11. Se asoló la Ciudad, con que marchando
     Llegan hasta el Cuartel, y en dos Auroras,
     Cavilosa quietud, va convocando
     Nuevo asalto, a las Armas vencedoras:
     Al punto destinado, alborotando
     A quien está contándoles las horas,
     En número aparecen tan copioso,
     Que hasta el propio valor perdió el reposo.
12. Vanguardia de Flecheros se acelera
     A barrer la Muralla, con extraña
     Resolución, enviando Tropa fiera,
     Que en las Puertas atice fuego, y saña:
     Sigue la multitud, que atrás espera,
     Para dar el avance, cuya hazaña
     Tiene por tan factible, que su arrojo,
     Más que Batalla, la hace ya despojo.
13. Llénose el aire de pintadas Plumas,
     Y condensando nube de corales,
     Derretida al calor de sus espumas,
     Se desgajó al Palacio en pedernales:
     El granizo que vierten tantas sumas
     De venenosos horridos cristales,
     ¿Qué no haría aquí, si aún anegó el ambiente?
     Fluctuando en él, estuvo nuestra gente.
14. Tanto, que cuando más para la ofensa
     Ha de asistir el ánimo guerrero,
     Embarazado sólo en su defensa,
     Hace no poco en resistir primero:
     Tal embarazo, ni el andar dispensa,
     Y a unos manda que dejen el acero,
     Y al incendio lo entreguen, que allí se hizo;
     Hoy sólo el fuego se cebó en granizo.
15. También revienta del Cuartel, cargada
     Nube, que disparando plomo, y fuego,
     Con nuevo estrago deja castigada
     Osadía bruta de rebelde ciego:
     Mas no por esto su ira desbocada
     Llega a enfrenarse; que el desasosiego
     Marcial, que de rencor pasa a fiereza,
     Despecho acaba, si valor empieza.
16. Unos sobre otros suben escalando
     El Muro, por hollar su fuerte Almena;
     Otros abajo ya lo están picando;
     Otros Escalas hacen de la Mena:
     Flechas de pez ardiendo, envían volando
     A abrasar lo interior: Tal se enajena
     La Cólera, que loco brazo insano
     Llegó a meter en el Cañón la mano.
17. No así escamosas Sierpes oprimidas,
     Embisten reventando lazo fuerte,
     Contra la Red, adonde están asidas,
     A darse a sí, y a quien encuentran, muerte:
     Que las temeridades repetidas
     A más se exceden, porque son de suerte,
     (La Verdad valga pura) que su saña
     Sola la pudo contener España.
18. La desesperación cerró los ojos,
     Corrida de que nunca llegó a tanto,
     Pues aún no les detiene los arrojos
     El destrozo, que ven en su quebranto:
     ¡Oh cuantas muertes, oh cuantos despojos
     Padece su fiereza sin espanto!
     Mas no es mucho, si cuando se conspiran,
     No ven la suerte, y el empeño miran.
19. El Combate descaece, porque falta
     La vida, a cuantos antes lo emprendieron,
     Cuya vertida sangre, roja esmalta
     Tierra, donde sus Plumas perecieron:
     Aquesta vez rendidos a fuerza alta,
     Su espíritu acabaron, no cedieron;
     Si diez vidas cada uno hallara juntas,
     Si no a vencer, habían de ser difuntas;
20. Respiró el Español, bien que no cesa
     Hostilidad, que entre la noche airada
     Arrima a las Portadas cruel pavesa,
     Con que la hace mil veces desvelada:
     Esta ocasión constantemente expresa,
     Cuando al principio tanta oculta entrada
     Fortificó su precaución madura,
     Que al mal de aquí, previno allá la cura.
21. En los tres días de tregua, se fabrican
     Los Músculos de Abeto, que defienden
     De los Altos el golpe, y pronostican,
     Que nadar en la tierra ya pretenden:
     Interiores desvelos testifican
     En Moctezuma, cuanto le sorprenden;
     Con el Cid vive, pero ya el agrado
     Empieza a ser mudanza del cuidado.
22. Por su dictamen se hace esta salida;
     Vuelve a inundar al aire infiel Plumero,
     Y se ve en la Batalla repetida,
     Cuanto a Ordaz pudo suceder primero:
     De los Castillos la madera hendida
     Se rinde, al que es escollos aguacero;
     Ira, llama, y furor, del mismo modo,
     Aún sin decirlo, ya se dijo todo.
23. Nada hay de más, sino el atrevimiento
     Nuevo de femenil loca osadía,
     Que acusa de cobarde, al que sangriento
     Hace acaso mayor carnicería:
     Destrozados se ven de ciento en ciento,
     Y con todo no ceja rabia impía;
     Monta Mestli a las ancas de Rodrigo,
     Vuelve el brazo, y embásale el ombligo.
24. Mano, y voz vibra, con oprobio, y flecha,
     Quauhnacano, y a Tapia se adelanta:
     ¿Qué hace este luego? Mano al cuello le echa,
     Y contra el propio Muro le quebranta:
     Ni respirar de tanto que le estrecha
     Puede, y a la opresión de la garganta,
     Como sacó la lengua al sobresalto,
     Se la arrancó, y la aventó por alto.
25. Huye el Bárbaro luego, y para darle
     Más vista a su escarmiento, cuerdo pasa
     (Creyendo así a la quietud llamarle)
     A darle el fuego la vecina casa.
     Llega al Alojamiento, sin faltarle
     Aplauso nuevo, pues aquesta brasa,
     Que encendió al Mexicano por memoria,
     Sirve de luminaria a la victoria.
26. El Monarca asomado a la Muralla,
     Reconociendo estuvo los Señores,
     Que andaban gobernando la Batalla,
     Hechos Cabezas de los agresores:
     Probando aquí los bajos, donde encalla
     Siempre el poder, en ondas de traidores,
     Y por no hacer el daño irremediable,
     Recibe el Adalid menos afable.
27. Represéntale el caso ya forzoso
     De salir de su Corte, que a un insulto,
     Se le ha de dar remedio presuroso,
     O irá a conspiración desde tumulto:
     Que el pretexto que engaña al sedicioso,
     Suele tener en apariencias culto;
     Que sus Vasallos la disculpa tienen,
     En lo mismo que errando no previenen.
28. Que para corregir mal tan extraño,
     Y ponerle coyunda a un vulgo ciego,
     Era preciso reparar el daño,
     Desviando la materia de su fuego:
     Que así conseguiría su desengaño,
     Y librar el castigo en el sosiego,
     Que a doliente lealtad escrupulosa
     Se debía dar la cura no ruidosa.
29. El Español mirando lo preciso,
     Que era su retirada, hasta otro evento,
     Le responde con término conciso,
     Cuanto puede desear el pensamiento:
     Que lo hará (dice) luego que a su aviso
     Desvanezcan los suyos su ardimiento,
     Porque no juzguen ser de otro accidente,
     Lo que es por respeto solamente.
30. Que para retirarse sin desdoro,
     En su brazo llevaba su seguro;
     Pero que sentiría del Real decoro
     Desenlazarse, sin dejarlo puro:
     Porque roto una vez el freno de oro
     En la Nobleza, suele batir Muro,
     Que incontrastable fue, pues su ardimiento
     Tiene otras gradas al atrevimiento.
31. Moctezuma, que acaso no esperaba
     Tal prontitud, a su razón mirando,
     Promete hacer cuanto con él recaba,
     Pues todo al propio fin va caminando:
     En este punto nuevo asalto traba
     Del Mexicano, temerario bando;
     Tiene el Rey la ocasión a conveniencia,
     Y llamarlos intenta a su presencia.
32. A la voz de sus Nobles, que previenen
     Desde el Muro al Motín, queda apagado
     El popular rumor, y todos vienen
     Llegando con aliento fatigado:
     Los Grandes que en su obsequio se mantienen,
     Autorizan el uno, y orto lado;
     Dejase ver, y al Cetro que allí brilla,
     Aró el suelo la frente, y la rodilla.
33. ¡Oh Majestad! ¡Oh Soberana influencia
     De la Corona! ¿Qué divino efecto
     Es el que inspiras, pues a tu presencia,
     Obra el amor a impulsos del respecto?
     ¿Quién a su Dueño ve, que en efervescencia
     Amante, no se exhala en noble afecto?
     Si Yo viera a mi Rey: ¡oh Hados severos!
     Augusto León, ¿he de morir sin veros?
34. ¡Oh! Si tanta distancia la pudiera
     Mi ansia vencer, ¡qué breve allá llegara!
     Todo por veros, precio corto fuera;
     Vieraos (Señor) y más que allí cegara:
     Nada arriesgaba, porque si fuerza era,
     Viendoos, que en vos los ojos me dejara,
     ¿Qué importaba quedar por sus arrojos,
     A más no ver, quien puso en vos los ojos?
35. Allí vierais mi Fe: Pero ¿qué es esto?
     Perdonad mis amantes desvaríos;
     Rapto fue del amor, que voló presto,
     Enardecido de delirios míos:
     Más me enciendo de modo hablando aquesto,
     Que revestido de mayores bríos,
     Viendo mi corazón de quien los copio,
     Aún ante vos dijera aquesto propio.
36. Entonces sí: Mas ya prosigo. Haciendo
     A su despecho resistencia fuerte,
     El Monarca, forceja, conteniendo
     Ocultos celos de traidora suerte:
     Tormento cruel, pues cuando reprimiendo
     Está el dolor, su disimulo advierte:
     Halagos finge, que el temor obliga,
     Y habla así disfrazando su fatiga.
37. No hubiera inobediencias que agradaran,
     Si no hubiera obediencias que ofendieran,
     La lealtad, y el afecto, no reparan
     Por acertar, en lo que más se esmeran:
     Por ciego amante impulso tal vez paran
     En la fatalidad que no quisieran,
     Acercándose más al precipicio,
     Errando el modo su imprudente juicio.
38. Creísteis que yo violento aquí me he hallado,
     Y esta razón de vuestro desvarío
     Os hizo haber las Armas levantado,
     Pues es empeño vuestro el blasón mío:
     Pero ni pude verme disgustado,
     Ni es atención que quiera novel brío,
     Sin mi venia, pasar a formar grueso,
     Pero esto fue de la fieldad exceso.
39. Con ellos he vivido voluntario;
     Luego se irán, mas no será decencia
     Que vaya contra estilo extraordinario,
     Antes la suya, que vuestra obediencia:
     Quitad de la verdad velo contrario,
     Y venid cual debéis a mi presencia,
     Pues halláis en mi pecho grato abono
     De lo que os amo, por lo que os perdono.
40. Así acabó, y nadie a hablar se atreve:
     El caviloso estuvo, más atento,
     Dudando si el motivo que le mueve
     Luce piedad, o suena abatimiento:
     Pero remolinándose la Plebe,
     A ira su miedo muda en un momento;
     Nada más inconstante se ha encontrado
     Para extremos, que un Vulgo desbocado.
41. La irreverencia pasa a desacato,
     Crece a desprecio, y en injuria para;
     De cobarde le acusa el insensato,
     Y es el menos oprobio la algazara:
     Aún más sube; de intrépido rebato
     Ve el furor sobre sí: ¡Quién tal pensara!
     Entre la multitud, mano insolente,
     Pequeña guija, le engastó en la frente.
42. ¿Sacrílego a tu Rey? Creído tenía,
     Que a un Español hablaba. ¡Otra ignorancia!
     ¿Cabe en un noble tal alevosía?
     No; porque es en su sangre disonancia:
     Ni los Soldados que a su lado había
     Puesto Cortés, temiendo esta arrogancia,
     (¡Qué advertido hasta en esto!) le pudieron
     Defender, aunque más lo pretendieron.
43. Cayó, perdiendo desde allí el sentido,
     Para cobrarle sin entendimiento;
     Huye el Vulgo a la acción despavorido,
     Asombrado del propio atrevimiento:
     Mas ¿dónde irá, si siempre forajido
     En su delito, arrastra su tormento?
     ¿Cómo puede olvidar tal insolencia,
     Si consigo se lleva su conciencia?
44. Volvió en sí Moctezuma; mas no vuelve,
     Que antes fuera de sí, mal satisfecho,
     Con el despecho que su pena envuelve,
     La vida quiere dividir del pecho:
     Corre el mal a mortal, y le resuelve
     Tanto, que ya le pone en el estrecho
     Último, y el amor que aquí se prueba,
     Si aquesta no, le busca vida nueva.
45. Píntale la hermosura de la Gloria,
     Franqueándole sus Puertas el Bautismo,
     Porque deteste fementida escoria,
     De su infiel Religión, y Gentilismo:
     Esfuerza la piedad tanta victoria;
     No hay Español, que no desee lo mismo:
     Nada omitió cuidado tan agudo,
     Se hizo con él, cuanto con él se pudo.
46. Pero envuelta en congojas su fiereza,
     A nada atina, sino a su venganza:
     Hace al Héroe Caudillo su braveza,
     Y en lo demás le niega la esperanza:
     Estando así, volteando la cabeza,
     Como huyendo al remedio que lo afianza,
     De aquella vida de él aborrecida,
     Creciendo el mal, llenose la medida.
47. Este fin infeliz previno el ceño
     De Hado ominoso, contra el Soberano
     Señor, que fue de tantos Pueblos dueño,
     De Imperios mil, de un Mundo Americano:
     De atrevimiento cruel a loco empeño,
     Informe tronco es ya, cadáver vano,
     Perdiendo en un instante, porque asombre,
     Majestad, opulencia, vida, nombre.
48. Mundo inconstante, ¿dónde tu ventura
     Se hallará, y de tus bienes la firmeza,
     Si en el breve ademán de tu locura,
     Todo acaba en el punto que se empieza?
     Necedad será creer, lo que no dura,
     Si Fausto, Honor, Soberanía, Grandeza,
     Conviertes a un impulso de tu azada,
     En tierra, en lodo, en polvo, en humo, en nada.
49. No es dable, no, poder aquí decirse,
     Cual el Caudillo llegaría a mirarse;
     Porque hay penas, capaces a sentirse,
     Pero son incapaces de explicarse:
     Si no llega con ellas a rendirse,
     Sólo en su corazón, tal pudo hallarse,
     Viendo perdido su mayor desvelo,
     Y su artificio todo por el suelo.
50. Falta camino para mantenerse;
     La urgencia luego a retirarse obliga;
     Sin esperanza, nada puede hacerse;
     Contra fortuna, ¿qué hay que se consiga?
     Empeñarse no más para perderse,
     Es armas añadir a la fatiga,
     Y es al juego, infructuoso tal denuedo,
     Cuando está en contra de la suerte, el ruedo.
51. Manda en fin el Cadáver infelice
     Entregar a rebeldes Mexicanos:
     Ya tenéis ahí a vuestro Rey (les dice)
     Víctima torpe de violentas manos:
     Su venganza a mi pena no desdice;
     Yo os juro por los Cielos Soberanos,
     Que si obedientes no buscáis sosiego,
     La Ciudad, el Imperio, ábrase el fuego.
52. Llénase al Espectáculo sangriento,
     México, de gemidos, y quebranto,
     Pretendiendo dorar el sentimiento,
     Infando yerro, que forjó el espanto:
     Llévanle a reverente Monumento,
    Al compás triste de funesto llanto;
     ¿Tanto odio se acabó? Sí, que no dura;
     Raro es el que violó la sepultura.
53. Quauhtlahuac Coronado, Solio pisa,
     Que está brotando Púrpura caliente,
     Sin conocer que con su muerte frisa,
     Estando allí el ejemplar reciente:
     Pero ¿quién por mandar, cuerdo divisa
     El riesgo que amenaza de presente?
     ¡Oh hambre de dominar lo que atropellas,
     Cuantas veces tu sangre da las huellas!
54. Como nuevo Piloto, que el Trinquete
     Toma, dejado de cuidado omiso,
     Y por mostrar que cuanto le compete
     Entiende, empieza por lo más preciso:
     Así el nuevo Monarca, que promete
     Acierto grande, de prudente aviso,
     Carga al Timón, para enseñar ufano,
     Cuanto importa a la aguja, mejor mano.
55. Da nuevas providencias, y destierra
     Totalmente la paz, que se propone;
     Los costados, el pecho, da a la guerra,
     Porque es en la ocasión la que supone:
     Todos los rumbos, los caminos cierra
     Al viento que le lleva, y tal se opone,
     Que hace que al Español nada aproveche,
     Porque él ve solo, tanta Mar en leche.
56. Ya el Soberbio Panteón, el Templo grave
     Del gran Huitzilopochstli, Coronado
     De Soldados, publica cuanto cabe
     A la evidencia, para su cuidado:
     Echó a este viento la esperanza llave;
     No hay otro ocurso que salir a nado,
     Si la Vela, que sola se miraba,
     La Ancla perdió, que en ella se esperaba.
57. Saca de la Muralla la más parte
     De su gente, a abrazarlo prevenida,
     El Extremeño valeroso Marte,
     Por ver si esta salida es la salida:
     En Escuadrones cuatro la reparte,
     Dos para detener tanta avenida,
     Otro para el ataque, y el más grueso
     Para acudir donde vocee el suceso.
58. Escobar con los suyos va ocupando
     Las gradas inferiores, y advertidos
     Le dejan los de arriba irse empeñando,
     Para acabarlos, cuando estén medidos:
     Al verlos en el medio, coronando
     La eminencia, los Bárbaros unidos
     Tal carga dan, que al puesto, y su violencia,
     Se hace lo más, pues se hace resistencia.
59. Aquí el Onagro que las peñas duras
     Feroz dispara, del Pretil impele
     Trozo de pedernal, que a las alturas
     Debe más fuerza, que a lo que lo expele:
     Tal desprendida laja en las fracturas
     Del Picacho más alto, bajar suele
     Con natural impulso hasta su centro,
     Aniquilando cuanto está al encuentro.
60. Resiste el Capitán, parte cediendo
     Terreno, y parte encomendando al brazo,
     Cuanto el sitio inferior, para ir subiendo
     Les quita, y les añade de embarazo:
     El empeño se esfuerza, y el estruendo
     Mayor, se experimenta en el rechazo;
     Lo menos son las flechas, porque tardas
     Al impulso se ven de las Bombardas.
61. Forcejan por subir, casi impacientes,
     O corridos de ver la gritería
     Del Enemigo, quien arroja ardientes
     Hasta embreadas, con que fuego envía:
     Encuentran nuestras balas sus valientes,
     A quienes la ventaja da osadía;
     Pero por cada tiro que se emplea,
     Se pone en contingencia la pelea.
62. Tres veces al ataque se aventura,
     Y otras tantas al daño retrocede;
     Siendo el mismo humo que se va a la altura,
     Quien más impide lo que el brazo puede:
     El Adalid en esta coyuntura
     Mira a Escobar, que a la ventaja cede;
     Y desmontando de un gentil morcillo,
     Rompió a los pasos de la duda el grillo.
63. A lo más apretado, más ardiente
     De las gradas se arroja adelantado;
     No cunde fuego tan violentamente
     Al pajizo Casar donde ha empezado:
     Con la espada en mano hace valiente
     Camino a los demás, llega arrestado
     Arriba, y a su ejemplo mayor lumbre
     Se cubre de Españoles la techumbre.
64. Poco el Tubo incendiario prevenido
     Con Dardo herrado, puede hacer alarde,
     Que al rayo de su diestra desprendido,
     Hace al propio furor, que se acobarde:
     Resiste cruel el Indio enardecido,
     Pero es el tiempo del resguardo, tarde;
     En sí mismos se van atropellando,
     Y a millares abajo caen rodando.
65. Por el lado pendiente, que al cimiento
     Ve perpendicular minaz Almena,
     Y en ciento y treinta pies eleva al viento,
     Bruñido lienzo con que se encadena:
     Los que allí se despeñan, monumento
     Infeliz hallan en la roja arena,
     Y penetran Tliltototl, y Chichime,
     Que es lo que más a México redime.
66. Por la Patria (Chichime al otro dice)
     Dulce es la muerte, la ocasión convida;
     Mejor vida es la fama, que felice
     Se compra a desperdicios de la vida:
     Con su muerte, la nuestra solemnice
     Su General, y haciendo con fingida
     Demostración, arrojo de sus Flechas,
     Dan con las Frentes en su Pie, derechas.
67. En ademán de rendimiento vienen;
     Hasta lograr el abrazar sus Plantas,
     Y al instante que osados le sostienen,
     Argollando a los pies ambas gargantas:
     Al precipicio luego se previenen
     Descolgándose en él; y a no hacer tantas
     Diligencias, el Héroe, a sus abrazos,
     Como ellos se mirara hecho pedazos.
68. ¿Qué más hizo del Muro Meneceo
     En honor de su Tebas despeñado?
     ¿Qué más Mopso en Sagunto, ya trofeo
     De Aníbal, por dejar su hijo vengado?
     ¿Qué Anchuro al Borbollón, voraz empleo,
     Por redimir su Real de tal cuidado?
     Todos con noble acción desesperada
     Dieron la vida por la Patria amada.
69. Mas ninguno juzgó por mayor precio
     Venderla, que estos nobles Mexicanos;
     En aquellos la muerte fue desprecio,
     Huyendo la cerviz a los Romanos:
     En estos sí que fue de sumo aprecio,
     Pues al buscarla con sus propias manos,
     La suya dieron; pero fue de suerte,
     Que era a la Patria, vida, aquella muerte.
70. Triunfante el Español de aquel Padrastro,
     Porque otra vez no impida la victoria,
     Lo entrega al fuego, para que ni rastro
     En sus Archivos quede a la memoria:
     Arden Ébano, Jaspe, y Alabastro;
     Cae por los suelos su mentida gloria;
     ¡En qué firmeza habrá, si en un momento
     Hasta las piedras se las bebe el viento!
71. Con rigor el alcance se prosigue,
     Pues en las Plazas su furor no cesa;
     Cortés adelantándose, persigue
     Tropa, que huyendo calles atraviesa:
     Dando a otra, vuelta, libertar consigue
     A Duero, que llevaban como presa;
     Fineza fue de amor, y empeño vago;
     Mas si es fineza, de ella tendrá el pago.
72. Van al Alojamiento fatigados,
     Heridos, y con nuevo desconsuelo,
     De conocer que están más obstinados,
     Y cerrados los oídos en el Cielo:
     Al día siguiente llegan simulados
     Llamando al muro, donde fiel desvelo,
     Que está sobre ellos, oye brevemente
     Última decisión de labio ardiente.
73. El paso le abren para la Marina,
     Como único remedio de la guerra,
     Y a tratados de Paz, doble se inclina
     El Rey, por consumirlos en la tierra:
     A sitiarlos por hambre los destina;
     ¡Asedio cruel, que la Milicia encierra!
     ¡Quién está en parte extraña sin asiento,
     Que no tenga lo más a estar hambriento!
74. Mientras los nuestros más convalecientes
     De tanto azar, disponen la partida,
     Se sirven de los mismos accidentes
     De tregua, que es política entendida:
     Unos la ofrecen, porque ven prudentes,
     Que el bastimento da valor, y vida;
     Y otros la eligen, hasta ver si alcanza
     Otro ocurso: ¡Qué grande es la esperanza!
75. Pero desengañados que ninguno
     Hay, sino la salida a todo trance,
     Dispone el Adalid con oportuno
     Tiempo, lo necesario para el lance:
     Un Puente se fabrica, que aunque no uno
     Es el Foso, pues tres tiene en alcance,
     Pensó la industria fuera en la Calzada
     Mudarlo: diligencia acomodada.
76. En medio de los suyos toma asiento,
     Y sin encarecer, ni disminuirles
     El empeño presente, su ardimiento
     Les dice más, que cuanto va a decirles.
     No pretendo (prosigue) en este intento,
     A vuestros pechos el valor medirles,
     Ni darles la esperanza, que no puede
     Alcanzar a saber lo que sucede.
77. Si investigar pudiesen los Humanos,
     Del Cielo, imperceptibles los caminos,
     Descifrando el enigma a sus arcanos,
     Ya hallaran modo, para ser divinos:
     Esto es propio a sus genios soberanos;
     No es dado al hombre averiguar destinos,
     Pues querer escalar azules huellas,
     Era usurpar el mando a las Estrellas.
78. Lo más a que se extiende la prudencia,
     Que mejor los sucesos adivina,
     Es de valor armarse, y de paciencia,
     Suavizando la fuerza, que la inclina:
     Ánimo igual sólo hace resistencia
     A los males, que el Hado le destina;
     Claro es que el prevenir, no es evitarlos,
     Pero es cuanto se puede, mejorarlos.
79. La suerte echada está, no hay más cuidado
     Que morir, o vencer: aquesta noche,
     Cuando el Sol, en la Persia señoreado
     Arrastre ufano su dorado coche,
     Tenemos de salir a ver el vado
     Por donde alguna veta desabroche
     La fortuna; que tiene también días,
     Y se suele prendar de bizarrías.
80. A todo pues se ocurre, con que osados
     Obréis, como sabéis; en este punto,
     La opinión es lo más, pues alentados
     Con ella, es poco todo el Mundo junto:
     Yo el primero seré, nobles Soldados,
     Que entre en el riesgo de un glorioso asunto,
     Ni pongo duda, porque no se engaña
     Caudillo, nunca, que gobierna a España.
81. Nuevo esfuerzo añadió su gallardía,
     En cada uno de aquellos Mirmidones;
     A Lugo, a Sandoval, a Tapia, fía
     La Vanguardia, con fuertes Batallones:
     De Velázquez entrega a la hidalguía,
     La Retaguardia, donde van Campeones
     Tan conocidos, que en su brazo advierte
     Viva su imagen, aún la misma muerte.
82. En la Batalla, van los Prisioneros,
     Artillería, ay Bagaje, y la conserva
     De otros cien escogidos Caballeros,
     Para ir con su persona de reserva:
     Manda de oro sacar trozos enteros,
     Que la fortuna dio menos acerba;
     Y porque el desconsuelo se mitigue
     De pérdida tan grande, así prosigue.
83. Ese metal, que a bárbara codicia
     Sañudo redobló fuertes prisiones,
     Debe desestimar noble avaricia,
     Que atesorar pretende otros blasones:
     Libre ha de estar la mano en la Milicia,
     Porque al rigor de aquellos eslabones,
     Jamás podrá esgrimir con tanta fuerza
     La Cuchilla, que al peso no se tuerza.
84. No deben de él mirarse indignamente
     Ocupados los brazos, que a la vida,
     A la reputación más noblemente
     Han de estar con defensa prevenida:
     ¿Qué importa que se pierda un aparente
     Tesoro, si en la gloria conseguida,
     Y en la futura, que se donde hoy nos llama,
     Tendrá caudal mayor la heroica fama.
85. Gigante corazón, ¿adónde aspiras?
     Pero si eres magnánimo, qué puedes
     Hacer sino esto, cuando te retiras
     Del fantástico lauro a quien excedes:
     Lo sumo del honor, la virtud miras
     Como precio feliz, que te concedes:
     ¡Qué grandeza es la tuya, cuya proeza,
     Corona tus virtudes con grandeza!
86. Vive, y por ti la pluma fatigada
     Con afán dulce, gima presurosa;
     Y aún así en tus Encomios, ¿qué hará? Nada,
     Por más que en ellos se desvele ansiosa:
     Llamala otra ocasión más lastimada,
     Pues corriendo la Antorcha luminosa,
     Quizá al temor de no mirarse extinta,
     Le da en capuces a su llanto, tinta.
87. Partía el Campo la noche tenebrosa,
     Y corriendo a las sombras los Cuarteles,
     Convoca el Caos, donde procelosa
     Escolta, alista de nublados fieles:
     Allanan estos la Campaña undosa,
     Hasta batir del Cielo los Canceles,
     Y sin oposición marcha seguro
     De espesas nieblas, Batallón obscuro.
88. Ganada la Región, en rimbombantes
     Ecos, y lutos con que se entapiza,
     A la tierra acomete con brillantes
     Fusiles, que hacen en el susto riza:
     Pone a México Sitio, con flamantes
     Truenos, y balas, que en cristal graniza;
     Y enarbola en sus Muros, y Campaña,
     El Pendón negro de su esquiva saña.
89. Sombra piramidal, su tez impía,
     Hace dos veces más minaz, e impura,
     Y entonces a los nuestros la osadía
     Da infausto grito, con presteza dura:
     El silencio alborota con voz fría
     Al Cuartel Español, que se apresura
     Con tal sosiego, que a pericia tanta,
     No tuvo el oído, luces de la planta.
90. Ni el Batidor escucha, en cuanto siente,
     Rumor; ni el Centinela halla cuidado,
     Cuando eslabonan al Canal el Puente,
     Y la Vanguardia pasa al otro lado:
     Qué mucho que los lleve cautamente,
     Si el peligro les tiene aparejado,
     Que el paso a una desdicha prevenida,
     Es siempre dulce, mientras da la herida.
91. No te apresures, no, detente, espera,
     Caudillo valeroso, mira, advierte,
     Que una desgracia corre muy ligera,
     No al encuentro le salgas de esta suerte:
     Si es ella la que busca, y se acelera,
     No faltará; mas ¡ay dolor! ¡Ay muerte!
     Que llega aprisa la ira del destino,
     A quien en vez de huir, le abre camino.
92. Ya del cristal dos veces encrespado
     El ceño, va con doble movimiento
     Al verse de enemigos anegado,
     Condensándose al Pino por cimiento:
     Ya le toman por uno, y otro vado
     Al Ejército, el curso turbulento,
     Ya se acercan: Memoria, en trance tanto,
     O suspende la acción, o quita el llanto.
93. Mas no hagas tal, que fuera cobardía
     Digna de los desprecios del olvido,
     Manchar con dulce tierna fantasía,
     Carmín, que fue para su Rey, vertido:
     Antes debe excederse la alegría,
     Mirando lo que aquel ha conseguido
     En loor de su Nación, pues su ardimiento,
     Está más puro, cuanto más sangriento.
94. Llegue ya, sí, ya llega, ya rompiendo
     El silencio, las flechas, y las voces,
     Tan a un tiempo se escuchan, que a su estruendo,
     No se sabe las que andan más veloces:
     A cientos, a millares, van subiendo
     Los Mexicanos, crueles, y feroces,
     Ambos tramos llenando de alaridos,
     La tierra, la agua, la región, los oídos.
95. Como suele preñada nube obscura,
     Por el Piloto prevenir la gente;
     Y cuando aguarda que granice dura,
     Ve sobre sí el daño consecuente:
     El recelo en los nuestros, que procura
     Medir el lance, la tormenta siente;
     Y a la lluvia de gritos, y de espumas,
     Sufre otra nueva tempestad de Plumas.
96. Estrenan el fragor de sus Macanas,
     Gimen silbando voladoras Flechas,
     Crujen las Lanzas al impulso insanas,
     Relumbran las Espadas más estrechas:
     Pedazos se hacen las Piraguas canas,
     Y al choque dejan sus Canoas deshechas,
     Por entrar al Combate desalados,
     Los que el Remo paró más apartados.
97. A nado se echan con despecho ciego
     Otros, haciendo de la Pica dura
     Escala, por subir adonde luego
     Convoca al tiento, la tiniebla obscura:
     Revienta España repentino fuego,
     Arrasando los bronces su angostura,
     Truena el Mosquete, que la mira acecha,
     Porque el valor al punto le da mecha.
98. Caen a miles los Indios destrozados,
     Y auméntanse por cuentos impelidos
     Cuantos de nuevo llegan irritados,
     Acabando su huella a los heridos:
     A la Calzada suben ayudados
     De los Chuzos, haciendo compartidos
     Frente a los nuestros, cuya sed sangrienta,
     En golfos va saciándose sedienta.
99. Rompe Farfán Ejércitos enteros,
     Ciega Dávila Escuadras, Jaramillo
     Con Rangel, y Volante en sus aceros,
     De Atropos vibran el mejor cuchillo:
     Portocarrero, Núñez, y Cisneros,
     Abren el paso, que empezó Portillo:
     Siendo tan noble el arrogante Lugo,
     Se acompaña (y lo aprecia) de un Verdugo.
100. ¡Qué estragos duros! ¡Qué severa saña,
     No excitan la ira, con fatal despecho!
     La muerte les ofrece su guadaña,
     Pues ve que en ellos tiene lo más hecho:
     Tantos caídos se ven, que puede España
     Llenar el Foso (y lo hace en tal estrecho)
     Para ocupar el tránsito siguiente,
     Haciendo de ellos Terraplén, o Puente.
101. Ganando tierra van, y destrozando
     Cuanto encuentran delante, consiguiendo
     La Ribera ocupar, bien que nadando,
     Porque el Lago aún no va disminuyendo:
     Con la agua a la cintura, y batallando
     Se mejora de sitio, el que pudiendo
     En él arriba, donde puede vano
     Fijar el pie, para jugar la mano.
102. Pasa el Trozo primero con fortuna,
     El Adalid, y manda prontamente,
     Que espere la que salga, si hay alguna
     Que escape de tan súbito frangente:
     Vuélvese con Olid a la Laguna,
     Donde llama el combate más ardiente:
     Ea Españoles, valor, que a la Estacada
     Marte llegó, si es de Cortés la Espada.
103. No tan voraz dorada sementera,
     Que sazonó de Ceres la fatiga,
     Traga, tala, devora llama fiera,
     Cundiendo presta de una en otra espiga:
     No con el Box despoja la Ribera,
     Rauda avenida, que la Selva abriga;
     Arrostrando en los Valles anegados,
     Broza, que es ya sepulcro de los Prados.
104. Fuego mayor, más rápida corriente,
     Consume, anega cuanto ve delante,
     Acero que es tanto Mar, Tridente
     Hoja, que a tal incendio, ira es flamante:
     Rinde Escuadrones de apiñada gente,
     Destroza, arrasa fuerza dominante,
     Abre a la marcha paso detenido,
     Y aquí sofoca, lo que allí ha prendido.
105. Manda al agua botar la Artillería;
     ¡Qué lástima! Mas no, que aunque anegada
     Esté, no le hace falta a su osadía,
     Pues los rayos le sobran en su espada:
     A una, y otra avenida, el valor fía
     A su oposito, Hilera desfilada,
     Porque cruce la gente, que impaciente,
     A cada paso, pierde, y gana gente.
106. Busca la Retaguardia; ¡fuerte lance!
     Por donde has de ir, si ya la suerte dura
     Rompió su Foso del primer Avance,
     Para abrir a su trozo sepultura:
     En este empeño cruel, en este trance,
     Era justa, Mantuano, la ternura
     Con que lloraste la perdida Joya,
     De tu encendida desolada Troya.
107. Carga aquí más el ímpetu guerrero
     De tanta muchedumbre, desbocado,
     Y abierto el paso, sólo da el Acero
     Camino, para hallar lo despechado:
     Morir matando elige valor fiero,
     Porque cuando se ve desesperado,
     El último remedio en que se afianza,
     Es un haber perdido la esperanza.
108. No así ruge celosa en la ribera,
     Leona, a quien sus hijuelos ha robado
     Velero Buque, y en la arena espera,
     Cerrando luego con quien halla al lado:
     Con la vida el Caudillo aquí quisiera
     Socorrer a los suyos lastimado;
     Y al ver la orilla, que es quien lo resiste,
     Vengando a aquellos, a estos les enviste.
109. Del Ejército aviva aquel pedazo;
     Aquí, y allí, asiste valeroso,
     Alija del Bagaje el embarazo,
     En Golfo, que es al vado proceloso:
     De la ribera buscan el esguazo,
     Que el deseo alarga, siempre congojoso;
     Porque para llegar donde éste advierte,
     Cualquiera detención, es pena, es muerte.
110. El segundo Canal vence la Rota,
     Y le pisa con tiento más templado;
     Ensánchalo el Contrario, que lo nota,
     Porque pierda esperanza el atrasado:
     A costa de mil vidas, que alborota
     Alvarado, por él, llega arrestado;
     Y estribando en el centro con su lanza,
     A la otra parte con el bote alcanza.
111. Sin sosegar la mano en su fatiga,
     Sin acertar el pie por la tiniebla,
     Cayendo, levantando, a lo que obliga
     El hado, siguen por la espesa niebla:
     Puebla la orilla la Canoa enemiga,
     Y el Acero cansado la despuebla;
     Poco a poco a Tacuba van tomando,
     Mal formados, heridos, y fluctuando.
112. Entre las lobregueces se atraviesa
     Allá en la Retaguardia esquiva fuerte,
     Y en acabarla su rigor engruesa,
     Según contra ella vibra tanta muerte:
     Como Fieras se arrojan a la presa,
     (Que tal la juzgan) aunque les advierte
     La resistencia noble prevenida,
     Lo caro, que el valor vende su vida.
113. De un flechazo Huamuchitl le falsea
     A Morla el espaldar, que bien ajeno
     De tal peligro, con furor pelea
     Contra un trozo, que rinde bueno a bueno:
     Caliente sangre, que el coraje emplea,
     No halla circulación, con que el veneno,
     Al corazón, al pecho le echó nudo;
     Sólo así Morla dar su vida pudo.
114. A Lariz por los dientes, abrió brecha
     Un Arpón desmandado, y al instante
     Abrió la boca, se estiró la flecha,
     Metiose un lienzo, y prosiguió adelante:
     Embístele Zoquiac, a quien estrecha
     Tanto en sus brazos, que al furor pujante,
     Con que le oprime cuando le provoca,
     Le hizo echar las entrañas por la boca.
115. Al soslayo a sus ojos, Caña fiera
     Nuevos corrientes dio de sangre, y fuego;
     ¿Para qué fue añadir otra ceguera,
     Al que está de ira, y en tinieblas ciego?
     Con todo así calando la Visera,
     Va matando, y muriendo sin sosiego:
     Él se buscó su muerte, porque como
     Llegó al borde sin tino, se fue a plomo.
116. Tecolotl con una Hasta, que pudiera
     De Mesana servir, contra Salcedo
     Se parte, y éste sosegado espera,
     Porque jamás le vio la cara al miedo:
     Húrtale el cuerpo al bote, y de manera
     Cierra con él, que aunque juzgó que quedó
     Metido había su Espada, fue de modo,
     Que lo pasó con guarnición, y todo.
117. Quedose con la punta para arriba
     En el Bárbaro muerto atravesada:
     Abrázalo Tzintamatl, éste estriba
     Fijo, y le arroja encima de la Espada:
     Faltole un pie, con que el impulso aviva,
     Y cayó sobre ella: ¡fuerte airada!
     En su Punta parada dio consigo,
     El propio se mató, no su enemigo.
118. Al dar una estocada el diestro Urueña,
     Clavó a Xitlama con violencia tanta,
     Que lo dejó cosido en una Peña,
     De las que están al Terraplén, por planta:
     Sin Espada quedó, por más que empeña
     Para arrancarla, fuerzas que adelanta,
     A ocasión que Tzopilotl, con cruel priesa,
     Por el costado un Chuzo le atraviesa.
119. Entró por el izquierdo, y luego asoma
     Al hígado la punta, que lo atraca:
     El filo estira, la madera toma,
     Y encorvándose un poco, se lo saca:
     Enrístralo, y al mismo que lo doma,
     Con otros tres, a todos los estaca;
     Haciendo con aquestos, y la Cuja,
     Como el que ensarta cuentas por aguja.
120. Mas ya la fuerza al noble Puño falta;
     Qué mucho, si al sacar el Fresno extraño,
     Con rojo humor, que al boquerón esmalta,
     Los intestinos derramó, y redaño:
     Rindió a la Parca dura, cerviz alta,
     Que honre teñida tan acerbo daño:
     No a la herida murió desaforada,
     Sólo de pena de perder su Espada.
121. Juan Velázquez de León, con furia insana,
     Contra un Mundo de gente se hace fuerte;
     Ciento aquí corta, mil allí rebana,
     Hasta que a todos da la propia muerte:
     Más al voltear el rostro, la Macana
     De Tochstli, el hombro le partió de suerte,
     Que en la espaldilla el brazo bambaleando,
     Le un nervio sólo se quedó colgando.
122. Cual en las Selvas de África violento,
     Al Novillo arremete desalado,
     Y entre sus garras le devora hambriento,
     Membrudo León, de grifos coronado:
     Así ahora aquí, con más razón sediento,
     Le acomete hasta verlo destrozado,
     Con tal intrepidez, que su despojo,
     Más que a la fuerza, lo debió al enojo.
123. Contra él parte, blandiendo un Pino grave,
     Aún mirándolo airado Olinchalcuita;
     Claro está que no juzga lo que cabe
     Dentro de un Español, cuando se irrita:
     Hecho una criba se halla, y no lo sabe;
     Más en sí hiere, más cabezas quita,
     Y suele, si la Lid dura sangrienta,
     La victoria alcanzar, sin que las sienta.
124. Dígalo de Numancia; mas no es caso
     A quererlo apocar con ejemplares,
     Cuando se están mirando a cada paso,
     Los Testigos, a cuentos, a millares:
     Al encuentro le sale a brazo raso,
     Que brota ya de sangre rojos mares,
     Con tal golpe, que el Indio dividido
     Cayó, y cayó también el brazo hendido.
125. Entonces ve por el purpureo esmalte
     La herida, que hasta entonces no sentía:
     Poco importa (se dice) que aquel falte,
     Si me queda el izquierdo todavía:
     Arrojando la Adarga, porque exalte
     Su valor a su sangre en él confía:
     Ambidextro destrozos hace fuerte,
     Cuando en su pecho, puerta vio la muerte.
126. Jamás víbora presa de la vara,
     Con escarceos silbando en la ribera,
     Salta más acosada, al ver que avara,
     En ella está la ruina, que tolera:
     Caído en el suelo, (porque se declara
     La desdicha fatal) brinca, y espera
     A morder a otro, que tu fuerte iguale,
     Hasta que dio a la vida el postrer vale.
127. Así unos, y otros (¡qué pesar!) cediendo
     Van a la multitud, siempre importuna,
     Sin luz, sin tierra, contra cruel estruendo
     De Armas, de Sombras, de Agua, y de Fortuna:
     ¡Qué Soldados, que Cabos, pereciendo
     Entre la confusión de la Laguna,
     No hicieron la facción, al par que honrosa,
     Memorable a los siglos, por costosa!
128. ¡Qué lástimas, qué estragos, qué portentos,
     De hazañas, de valor, de bizarrías,
     Se ven en Teatro, donde están sangrientos
     Batallando con Fieras tan impías!
     Mueren al fin, dejando en monumentos
     Blasones nobles sus cenizas frías;
     Nadie entre tantos, que el amor aclama,
     Quedó con vida, sino fue la Fama.
129. ¡Oh Españoles, o heroicos Adalides,
     Sepultados en Urna, torpe, undosa,
     Cuando os debía labrar entre sus Cides,
     Altivos Mausoleos, Fama gloriosa!
     No morís, no, pues que vivís Alcides
     En la dulce memoria decorosa,
     Que en mármoles, y bronces satisface,
     Y más usa del vive, que del yace.
130. Antes felices sois, si vuestro anhelo,
     Vuestra sangre, denuedo, y gallardía,
     Abrió el cimiento, para que hasta el Cielo
     Creciese tan suprema Monarquía:
     Pues ensalzando a España ardiente celo,
     Hizo a la Religión ofrenda pía,
     En el servicio leal, que las edades
     Vieron mayor, para ambas Majestades.
131. En vuestros Españoles (Soberano
     Católico Fernando) aún hoy existe
     El impulso, el coral de tanta mano,
     Con cuyo esmalte, nuevas glorias viste:
     Mundos faltan no más, para que ufano
     El incendio, el afecto os los conquiste;
     ¿Vos en dos solos? No se tolerara,
     Si la falta de más, no fuera clara.
132. Calmó la noche, más de horrores llena,
     Que de nubes, y ceño: tanta injuria
     Así no más podía quedar serena,
     No habiendo ya en quien vibrar la furia:
     El silencio en el Héroe, aviva pena,
     Que sólo aquí no es del valor espuria;
     Pues como el miedo sus esfuerzos cría,
     Tiene también sus llantos la osadía.
133. Reconoce su gente, y la detiene,
     Por recoger alguna si extraviada,
     En el palustre Lago, acaso viene;
     ¡Qué poca, qué rendida, qué estropeada!
     ¡Qué discreta esta vez la Alba previene,
     Pabellones de luto a la Calzada,
     Y por no hacer de tanta muerte alarde,
     O no quiere salir, o sale tarde!
134. Descansando, si puede un desaliento
     Interior, darle treguas al cuidado,
     Mientras forman la marcha, va el tormento
     Levantando en el alma otro nublado:
     Quebrantada la gente, mira atento,
     La ocasión a la vista, retirado
     El término preciso, breve al día,
     Sin recurso, sin tren, ni Artillería.
135. Más de doscientos hombres se echan menos:
     En sazón, que aún lo escaso se contaba,
     ¿Qué infortunio sería llorar ajenos,
     Tantos, donde por mil uno sumaba?
     Los Intérpretes (dicha) libran llenos
     Del pesar, que cada uno en sí tomaba;
     En los ojos de todos, expresivos,
     Están los muertos palpitando vivos.
136. En este empeño llama la constancia
     Al rostro, y deja al corazón fluctuando
     En oculta tormenta; disonancia,
     Que sólo en él estuvo concordando:
     Fáltale tanto Cabo de importancia,
     Faltó el último Trozo, y serenando
     A los suyos, en cuanto activo ordena,
     Les da el valor, y ocultales la pena.
137. ¿Hasta dónde remontas, prodigioso
     Espíritu gentil, tan alto celo,
     Transcendiendo los rumbos, que glorioso
     Renombre, te ganaron en el suelo?
     Alcanzarte no puede el perezoso
     De mi pequeña Pluma, tardo vuelo:
     Abate el tuyo, para que cadente,
     Pondere tu virtud, tus proezas cuente.
138. ¿Quién mereció Laureles de constante
     Mejor que tú, si en trance tan estrecho,
     Ni te encuentra la Historia semejante,
     Ni es factible el hacer lo que hoy has hecho?
     ¿Mostrar serenidad en el semblante,
     Y traer la tempestad dentro del pecho?
     ¿Con pena el Vencedor? ¿Valor con susto?
     Imposible es decir lo que era justo.
139. Como aquel Vaso rico de Pandora,
     Mi atención te contempla, en cuyo centro,
     Ansia, congoja, afán, tormento mora,
     Mintiendo el Oro lo que oculta dentro:
     Pero en tu grande fondo, la mejora
     De consuelo mayor, feliz encuentro:
     Vierte aquel males, y aliviar no alcanza;
     Tú los ocultas, dando la esperanza.
140. Cebado a la mañana el Mexicano,
     Igual exprime lástima, y enojo,
     Pues si queda al despojo nuestro vano,
     También está herido a su despojo:
     Los hijos del Monarca Soberano,
     Víctimas la Nación, ve de su arrojo;
     Esto hace el Mundo, donde cree contento
     El hombre hallar, encuentra su tormento.
141. Comienzan los Clamores Funerales
     A sus Exequias, calma la avaricia,
     Crece el pavor, hasta dejar iguales
     Cuanto el amor, y vanidad codicia:
     Al Panteón Regio, que cenizas Reales
     Guarda, los lleva muda su Milicia:
     Qué antiguo que es querer en un estrecho
     Lavar los ojos, lo que mancha el pecho.
142. Tal coyuntura vale a fatigada
     Marcha, que desde luego se destina
     A descansar en parte acomodada,
     Si halla descanso, quien así camina:
     Mas como la desgracia está empeñada,
     Un riesgo a cada paso les destina;
     Pues no es mudar de sitio mejorarse,
     Quien al propio peligro va a estrellarse.
143. Las Milicias cercanas prevenidas
     Entretienen sus huellas, hasta tanto
     Que aquellas ceremonias fenecidas,
     A encender vuelven militar espanto:
     Corta la multitud con avenidas
     La esperanza, del tránsito al quebranto,
     Y estrenase de nuevo la algazara,
     Como si en este instante comenzara.
144. Dase más frente, pasan las Ballestas,
     Estréchanse, y comienza otra Batalla,
     Mueren a miles, hasta que en las Cuestas
     El aliento rendido su ira acalla:
     Diez millas cruzan entre las opuestas
     Flechas, por ocupar una muralla,
     Que por tal el esfuerzo la examina,
     Siendo un Templo, que doma la Colina.
145. Otomcapulco, de las viñas Prado,
     Puntual denota su etimología;
     Aquí respira el pecho fatigado,
     Que de tantos furores se desvía:
     Mas como no lo había de hallar sagrado,
     Si Camarín dichoso de María
     Había de ser, a cuyo dulce ejemplo,
     Antes que el Ángel, le hizo el Alma Templo.
146. Ya Alejandro Español, heroico Marte,
     Pasó el incendio, que el Infierno abrasa;
     Desde hoy seguro puedes más gloriarte,
     Si en tales Reales sientas Plaza rasa:
     Por una que le harás, contigo parte
     Ésta, que al Cielo servirá de Casa:
     Quién ha de contrastar tu bizarría,
     Si tienes ya la fuerza de María.

Arriba