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ArribaAbajoCanto VIII

El Príncipe de Tezcuco, Cacumatzín, mueve una Conjuración, con pretexto de libertar a su Rey, siendo máxima oculta, para estar más inmediato a la Corona: Conoce el Señor de Mexicaltzinco el artificio de la proposición, y tira a desvanecerla, por no ver frustrados los derechos, que también le favorecen para el Solio: revélalo a Moctezuma , quien envía por el motor; y aunque no obedece, cae en el lazo, que estaba prevenido, y por consejo de Cortés, queda desposeído de la investidura de Elector, y adornado con ella su hermano Tlazoltema. Entre estos mal apagados rumores, vuelve el Monarca sobre sí, y determina despachar al Castellano, para cuyo fin convoca los Grandes de su Reino, y en solemne Acto hace reconocimiento al Rey Católico, como a Supremo legítimo Señor del Occidente: Cuantioso tributo, que así él, como los suyos, ofrecieron con generosa liberalidad. Concluida la Junta, trata de que se vuelva luego; y conociendo aquel el antecedente artificio, le satisface con que le obedecería al punto que se fabriquen Bajeles, capaces para el viaje, por haberse perdido los que le condujeron.




Argumento


El Tezcuano del Laurel sediento,
Mueve conspiración, castiga astuto
Su traición Moctezuma, y el talento
Español, saca de su daño fruto:
Hace solemne reconocimiento
Al César Alemán, cuyo tributo
Cuantioso, igual a su Potencia mide;
Dalo al Embajador, y le despide.



1 Madrastra, madre no, Naturaleza
Parece que es del hombre, pues avara
Le escasea de los bienes la riqueza,
Que el Cielo en sus Erarios le prepara:
Para nadie se muestra con largueza;
Niega mil prendas, si una endona rara,
Y tal, cual vez, acaso, arrepentida,
Por quitar lo que dio, cobra en la vida.

2 Queja es ésta tan grande, que ha podido
Contaminar los Siglos, y los Pechos,
Porque ¿quién tan feliz puede haber sido,
Que sus afectos mire satisfechos?
Así el común concepto se ha extendido
De los hombres, que siempre van derechos
A querellarse con engaño, y susto,
Del propio amor, al Tribunal injusto.

3 Esto que hasta hoy corrió como delirio
De presuntuosa cruel concupiscencia,
Que en su aprehensión se fabricó el martirio
Mayor, que pudo hallar su inadvertencia:
Sirviendo al Alma de eficaz colirio,
Conoce, que es oculta Providencia,
Que a los humanos asignó el destino;
Al fin, como de mano de quien vino.

4 Engalanando va con ella Sabia,
A éste y a aquel, según lo ve, o lo deja;
Niega al Docto el valor, mas no le agravia
Como al Valiente, si el saber le aleja:
A los dos con sus Prendas desagravia,
Si uno, y otro a sí propio se aconseja;
Que a cada cual parece (y es patente)
Que la suya es la suma, la excelente.

5 Este estilo ordinario diestra altera
Alguna vez, como quien hace alarde
De un primor nunca visto, en que se esmera,
No a todas veces, sí de tarde en tarde:
De otra suerte ningún precio tuviera
Lo exquisito, que en ella es bien se guarde;
Pues para el genio del mortal avaro,
Sólo es precioso, lo que mira raro.

6 Por esto, pues, un ánimo brillante,
Adornado de dotes eminentes,
Se admira entre los hombres por Gigante,
Se adora por Deidad entre las gentes:
Joyel raro, si tiene semejante,
Deja de serlo, mas si sus lucientes
Reflejos goza de uno al otro Polo,
Éste es el Fénix, por precioso y solo.

7 Tal será aquel Espíritu lúcido,
En quien gracioso providente Arcano,
Para el efecto que lo creó, ha querido
Darle las galas de su propia mano:
Juntar en uno tanto, nunca ha sido
A bajo fin, porque el discurso humano,
Si hace dos cosas, una de otra ajenas,
Apenas las hará, y aún así a penas.

8 Mas unir a las armas el consejo,
La prudencia al arrojo, el seso al brío,
A la circunspección Marcial manejo,
Y a la docilidad el Señorío:
Éste sí que es asombro, éste es espejo,
Que al Mundo arrastra, roba al albedrío,
Y éste es Cortés. ¡Oh, quién para su copia
Bebiera brillos en su Imagen propia!

9 Este Fénix, prodigio de la Fama,
Entre los Héroes grave Polifemo,
A quien el Orbe con razón aclama,
Más que a Alejandro, que a Escipión, y a Remo:
Pincel pedía más alto, cuando llama
La admiración a ver en un extremo
Unidos cuantos pudo, con franqueza,
Tesoros repartir Naturaleza.

10 No en la Teórica sólo quiere hallarse
Consumado de luces refulgentes,
Lo admirable es saber acomodarse
A ellas, y obrarlas cuando son urgentes:
Esto es lo más, pues no llegar a atarse,
Tantear la cosa, ver sus accidentes,
Graduarle puntos, y acertar sus modos,
En el acto segundo, no es de todos.

11 Vencida ya lo grita la experiencia,
Que Proezas tantas le halla a cada paso,
Donde no es el acierto contingencia,
Ni lo imposible pudo hacer al caso:
Que aunque en las Aulas vive la prudencia,
Y atina en las Campañas el acaso,
Llegó a hermanar en uno, y otro el resto,
Y a hacer lo sumo: Ya se verá presto.

12 Con veloz curso tibio descendía,
Por ocultar soberbio sus desmayos,
Al Occidente Febo, donde había
De bañar la madera de sus Rayos:
Espirando la luz, la sombra hacía
Con crepúsculos pardos sus ensayos;
Pues por ausencia del diurno Coche,
Quedan estos Auroras de la noche.

13 Rayó la opacidad al Orbe, haciendo
Alba serena de su niebla impura,
Y fue en alta Región amaneciendo
El ceño esquivo de su tez obscura:
Poco a poco despiertan al estruendo,
Que a sus radiantes nidos se apresura,
Las centellas, que son en giro leve
Pájaros de cristal, Aves de nieve.

14 Al mudo canto de su manso vuelo,
Las soñolientas Rosas palpitantes,
Que del Sol reposaban al desvelo,
Desplegaron las hojas rutilantes:
Desprendiendo botones quedó el Cielo,
Jardín turquí bordado de Diamantes,
Mostrando al Mundo, cuando lo retrata,
En Campos de Zafir, flores de Plata.

15 Por repetir al Lathmio sus querellas,
Se asomó melindrosa, e importuna,
A ver amante de Endimión las huellas,
Plateando Montes, argentada Luna;
Saludan su venida las Estrellas,
Blancas Exhalaciones en su cuna
La festejan, templando con beleño,
Música muda, que concilie el sueño.

16 Dueño éste ya de todos los mortales,
Cobraba feudos, que impidió el cuidado;
Menos en Cacumatzín, cuyos males
Son los que más le tienen desvelado:
En el silencio crecen a letales
Interiores discursos, que ha abrigado,
Como si no bastase lo violento
En el que tiene inquieto el pensamiento.

17 Voluble en su Retrete se pasea,
Sin tino, sin compás, con giro breve;
Ya se para confuso, ya rodea
Lo mismo que dejó con paso leve:
¡Oh! (Entre sí dice) como no se emplea
Tan grande impulso, que el aliento mueve,
Teniendo la ocasión que ardiente veo,
Tan natural, que la midió el deseo.

18 Hoy, que me está brindando, y que me llama
A hacer en mí de su favor alarde,
¿Estoy tan olvidado de mi fama?
¿A responderle me hallo tan cobarde?
¿Quién, sino yo, pues su poder me inflama,
Puede, y debe arrimar, porque no es tarde,
El hombro al ajamiento con que se halla
La Emperatriz del Orbe, ya vasalla?

19 ¿Se ha de sufrir que en ella los Pendones,
Atrevidos rebeldes Tlaxcaltecas
Tremolen, ultrajando los blasones,
Que ganaron heroicos sus Tultecas?
¿Quedará el pundonor de los Campeones
Mexicanos, hollado a Chinantecas,
Que al abrigo de extraño atrevimiento
Los hace más soberbios su engreimiento?

20 ¿Mancillando sus timbres reverentes,
Se ha de abatir a odiosos Extranjeros,
Que con cuatro victorias insolentes
A su garganta esgriman los Aceros?
¿Que en público Cadahalso vean sus Gentes
A un General, probar filos severos,
Y al que al Imperio sirve, no le alcanza
Ánimo, o compasión a su venganza?

21 Y lo que es más, ¿se ha de mirar (¡oh afrenta!
¡Oh lástima! ¡Oh dolor!) sin irritarse
Preso a su Rey, hasta llegar violenta
Audacia en su Persona a propasarse?
¿Es creíble, que posible experimenta
Lo que no fue capaz de imaginarse?
¿Profanar la grandeza al Soberano?
¿Hollar el pie, lo que no osó la mano?

22 La Nación Mexicana, cuyas glorias
El guarismo no alcanza a darles suma,
Pues mide por sus pasos las victorias,
Que a la posteridad dejó su Pluma:
Sepultará en olvido las memorias,
Cuando llora al Monarca Moctezuma,
No sólo, no, del Cetro despojado,
Mas sin alma, que hasta ésta le han robado.

23 ¿Para cuándo es, si ya no se limita
El valor, la lealtad, sino para ahora,
Que en desagravio de su Rey, concita
Gentil arrojo, con que fiel se dora?
Vea el Castellano, pues aquí lo excita,
Que si pudo ganar lo que atesora
Por descuido traidor, queda vengado
A esfuerzo, que es empeño del cuidado.

24 Ni su omisión esquiva estorbo puede
Ser, a que no pretendan arrogantes,
Los suyos, lo que deben, pues concede
Siempre el amor, excesos semejantes:
Y si acaso juzgare que se excede,
Tiempo vendrá, que a luces más constantes
Dé de su enfermedad, por este medio
Convaleciente, gracias al remedio.

25 Y cuando le inmutara, por hallarse
Tan bien quisto en sus males mi osadía;
Qué fuera, sí, que entonces exaltarse;
Pero es engaño de la fantasía:
Mas no es la vez primera, que a arrancarse
De otras Sienes, de igual soberanía,
La Corona llegó, que es empañado,
Sumamente su lustre delicado.

26 Pues quien de ella, y de sí tanto se olvida,
Que espíritu le falta a conocerlo,
Teniendo alientos a mirar la herida,
O no es Monarca, o no merece serlo:
Ea valor, si el Cielo te convida,
¿Qué hay que pensar, ni qué te impide hacerlo?
La fortuna no gusta de temores,
Por los alientos mide sus favores.

27 Las locuras hechizan las Estrellas,
Nada les niegan con amor benigno,
Sólo al tímido, al corto, miran ellas,
Por menos atrevido, como a indigno:
Quien no sube, no prende luces bellas,
Para allá el más osado, es el más digno;
Dichas grandes, y grandes bizarrías,
Siempre hijas son de grandes osadías.

28 Ánimo, pues, que ya propicio el Hado,
Se determina, porque no me asombre,
A dejar de una vez entronizado
A la futura edad mi altivo nombre:
Quedará el Español desbaratado,
Con la Diadema, quien halló renombre,
La opinión, la Nación predominante,
Y México más alta, más triunfante.

29 Ni puede moderarse la templanza,
Al convite, que aquí se proporciona,
Si al sabroso manjar de una venganza
Le sazona la sal de una Corona:
Voraz al dulce brindis se abalanza
Hambre, que sangre, ni lealtad perdona;
Amor nació, y acaba tiranía;
Esto es dar alas a la fantasía.

30 Clama por luz al agobiado empleo,
Que en sombras, y ansias le hace dura carga
Pues si mata por sí sólo un deseo,
¿Qué hará, ayudado de una noche larga?
Amanece, y acusa al Dios Timbreo,
De pesado, cuando él es quien la alarga,
Que aunque más corta la haga suave empeño;
No hay noche breve, si le falta el sueño.

31 Entre otros Grandes cauto va sembrando
Cizaña ciega, con pretexto oculto,
De libertar al Rey; pero acabando,
Hay quien conozca por la sombra el bulto:
El de Mexicaltzinco, entra formando
En la Junta, artificio a otro tumulto,
Y por el pensamiento que le inclina,
A su aparato labra contramina.

32 Si nunca para propia conveniencia
Se dio ignorancia, cómo aquí la habría,
Cuando a más de política advertencia,
¿Reinan astucias, y sofistería?
Desvanecida mira su apariencia,
Con dolor Tzincuanata; pero fía
Su despique, al aviso que complace,
Y por sus mismos filos le deshace.

33 Arde herido el Monarca interiormente,
Celoso del respeto que aventura,
Y le cuesta sufrir el accidente,
Tanto, como ocultar su calentura:
El Caudillo se ofrece prontamente
A traerlo preso, porque su locura
Quede con el castigo que previene,
Más el Rey solamente le detiene.

34 Llámalo con intento de dejarlo
Reducido a razón, y su insolencia,
A la ambición que pudo enajenarlo
Atiende más, que debe a su obediencia:
Insta de nuevo aquel, y para traerlo
Nada impide, sino es la Real licencia:
Y otra vez le contiene, que a su impulso
Quiere que obre la Sien, antes que el pulso.

35 Como el silencio al Cazador obliga
A esconder de las aves leve traza,
Librando en el cuidado de la liga,
El descuido, que es quien le da la caza:
Para que aquí tal lazo se consiga,
Desprecia el labio, lo que el pecho abraza,
Simulando artificio prevenido,
Que está más vigilante en el descuido.

36 Cayó por fin en él, pues nunca alcanza
Vista lince a mirar lo venidero,
Y entonces a los ojos la venganza
Brota las llamas, que escondió primero:
Darle muerte resuelve, con que afianza
A un tiempo lo piadoso, y justiciero;
Que a quien labra su mal en lo que ordena,
Antes que el Juez, su culpa le condena.

37 No (dice el Adalid) dejar pudiera
Yo (gran Señor) que vuestro juicio errara
El remedio a esta cura, pues se esmera
Mi amor en los aciertos, que os prepara:
Es la conspiración Fiebre tan fiera,
Que tira al corazón por más avara,
Pero a su incendio, cuando más activo,
Suele bastar un leve lenitivo.

38 Claro está, que tal vez es tan violento
Su ardor, que no perdona punta impía;
Pero no siempre libra en lo sangriento
El desahogo, que a diestra mano fía:
Para curar tal daño pide el tiento
Amortiguar la fuerza en que confía;
Pues si lo ejecutivo se sosiega,
Mejor por partes el remedio llega.

39 No corre tan aprisa declarado,
Que al extremo se arroje con despecho,
Que aún no se mira el brazo cancerado,
Para entregarlo por salvar el pecho:
Accidente que puede estar curado
Con estrago menor, ya está deshecho;
¿No está su destemplanza corregida?
Pues tiene el corazón libre la vida.

40 Este arrojo nació de su fineza;
De una lealtad, no bien considerada,
Con los medios benignos se endereza,
Dejando su arrogancia moderada:
No hable el rigor que pide su flaqueza,
La ira se ha de atajar desenfrenada,
Porque hasta contra el ser que especifica,
Sirve un veneno, si se modifica.

41 Ni ha de quedar del todo perdonado
Quien a vos se atrevió, ni con castigo,
Que os duela más haberlo ejecutado,
Dejando en vuestra sangre otro testigo:
Tlazolteme, su hermano, en vos fiado,
Huyó el odio fraterno a tanto abrigo;
Es su enemigo, vuestro amor le abona,
Logre aquel vida, y éste la Corona.

42 Con esto conseguís que se abandone
Cólera infiel, que machinó tal llama,
Que el Elector, que tanto aquí supone,
Goce en mejor hechura, mayor fama:
Que tal incendio no se proporcione,
Que pague sangre cuando no se infama,
Y que quede temblando al golpe mudo,
México, del cuchillo no desnudo.

43 Aplaude el Rey discreto pensamiento,
Y vese Cacumatzín desposeído
Por rebelde, quedando al nombramiento
Electoral, su hermano revestido:
Mejóranse después al escarmiento,
Los que al silencio dejan su partido,
Que el remedio a un Común por sedicioso,
Es el más eficaz, menos ruidoso.

44 Mas nunca fue política segura
Dejar a Cacumatzín perdonado,
Que es cauterio que encona más la cura,
Ver el poder rendido, y no vengado:
Ni vivirá castigo, si no dura
Su cicatriz al cuello amenazado,
Porque el temor no acuerda documento,
Si la señal no ve del escarmiento.

45 Dejar quien pueda acaudalar quejosos,
Es dar nueva materia a la ceniza,
Y más cuando se aumentan los dudosos,
Y hay odio que ofendido los atiza:
Ni obsta que fuesen pocos los viciosos,
Que un arroyo, que apenas se desliza,
Si se llega a juntar a otras vertientes,
Crece a formar diluvio en sus corrientes.

46 Pero, ¡oh qué mal parecen agudezas
Vanas, a deslucir consejo sabio!
¿Qué castigo mayor a sus torpezas,
Que cerrarle las puertas al agravio?
A la amenaza, al brazo otras cabezas
La ruina huyendo van con mudo labio;
Pues Cuchillo, que alzado está inminente,
Cada instante habla, a oreja delincuente.

47 Ni debe entrar a examen, o disputa,
Cuanto el caso previene a cada paso,
A que dé decisiones absoluta,
Torpe ignorancia, sin que entienda el caso:
A impugnar basta necedad astuta,
A acertar duda el seso nada escaso;
La acción más estudiada, más constante,
Sujeta al voto está del ignorante.

48 En hora buena gocen el aprecio
Del sabio, tus acciones siempre ciertas,
Que esto sobra, dejando con desprecio
Al crítico votar, mientras tú aciertas:
Sendas tan altas no penetra el necio;
Ellas, al fin, descubrirán expertas
El oculto camino, que pretendes,
Y tú lo sigues, porque tú lo entiendes.

49 La novedad reciente lo confirma,
Pues la conspiración desbaratada
Quedó, México quieto; pues lo afirma
Nueva obediencia de lealtad jurada:
El Monarca contento también firma
Intimidad mayor allí enlazada:
Tanto creció su afecto, que partido,
Sin ser Vasallo, lo subió a Valido.

50 Resucitó la paz con tal empeño,
Que sin su parecer, nada dispone:
Del Cetro, el Español se mira dueño,
Honras dispensa, y todo lo compone:
Pero como conoce el falaz ceño
De la fortuna, que agria descompone
Cuanto el hombre fabrica, diestro piensa
Antes del golpe prevenir defensa.

51 Por una vez, que en la tormenta impresa
Guardó el oído, a romper Diques, y Puentes,
Consigue que el Monarca, a tanta empresa,
Dé sin sentir remedios convenientes:
Pintale de las Naves la Turquesa,
Y el Arte de mandar viento, y corrientes,
Con retórica tanta, que el concepto
Fue atención, fue cuidado, y ya es precepto.

52 Dos Bergantines manda Moctezuma
Al punto hacer; la brevedad se infiere,
Porque siempre es más ágil que una pluma,
Quien quiere que le manden lo que quiere;
Dales el colmo diligencia suma,
Y estrenalos el gusto que requiere,
Artificio, que fue para servirle,
Hecho con intención de reprimirle.

53 ¿Quién pudo imaginar tan delicado
Modo, de prevenir contra veneno
A la ponzoña oculta, y más rogado
Del mismo Rey para ponerle freno?
Que deje la prudencia meditado
Remedio, para el mal, no es muy ajeno,
Pero sacarle de lo que éste niega,
Es lo más alto, donde el arte llega.

54 Ya en la Campaña del cristal undoso,
Al Neptuno Español, concha dorada
Prepara el vaso, porque con lamoso
Tridente, dome su laguna helada:
De las Náyades eco sonoroso,
Hace a Tritón, que con la boca hinchada
Anime el caracol, cuyo concento
Halaga al agua, si saluda al viento.

55 Tal suele Cenador en verde Prado,
Creciendo a Chopo de hojas, y de flores,
Exceder la Floresta, y elevado
Obelisco juzgarse de colores:
En el Jardín de Plata señoreado
Domina las Piraguas inferiores,
Que aunque son Rosas de teñido copo,
Aquél se ve de Banderolas Chopo.

56 Con el Rey, y los Grandes, acelera
Boga el Timón, de alegre Cetrería;
Festiva Salva truena en la Ribera,
Cuando el Monarca de ella se desvía:
Vence a las otras Machina velera,
Que el Adalid a diestra mano fía,
Y a tanta admiración lo preeminente,
Es, que a su fin se va con la corriente.

57 Nunca se vio mejor, que la prudencia
Está hacia el fin de todas las acciones,
Sino es aquí, pues una contingencia
Puso de otro semblante las facciones:
Tuvo fortuna a mucha permanencia,
La breve intermisión de dos funciones;
Dio a entender lo inconstante de su cara,
Como si el ser mujer no le bastara.

58 Aquel mal apagado ardor violento,
Que en el real pecho la cautela inflama,
Agitado a los ocios del contento,
Poco a poco llegó a irritar su fama:
Primero sombra fue, después tormento,
Creció luego a despecho, de allí a llama,
Subió a volcán, hasta que ya seguro
Del interior sosiego, batió el Muro.

59 Mirase a sí, y acusa que pudiese
Cobardía imaginada deslucirle,
Dando sospechas a que se atreviese
Su misma tolerancia a competirle:
Ya llegó la ocasión en que le pese
Tanto asentir a España con servirle;
Ya le enfada molesta, ya quisiera
Honestar modo para echarla fuera.

60 ¡Oh veleidad humana miserable!
¿Qué te contentará, si en un momento,
Lo que ayer era para ti apreciable,
Es hoy lo que te causa más tormento?
¡Oh poderosos, cuán abominable
Es vuestra disonancia, y engreimiento!
Todo en vosotros vive en inconstancia,
Y sólo tiene la ambición constancia.

61 Los celos del poder son los que encienden
El Vesubio, que al Cielo se encamina:
No hay otro ocurso sino el que pretenden,
De hacer a la demora contramina:
Que no lo entiendan los que tanto entienden,
Es el mayor cuidado que examina,
Porque empresa ninguna es más perfecta,
Que la que está por el secreto recta.

62 Inquieto vaga esfera vacilante,
Hallando, y absolviendo inconvenientes;
Tanto voló, que vio lo que importante,
Pudiera ser a casos más urgentes:
Previene la ocasión, no disonante,
Sazonada a vigilias diferentes:
¡Gran modo de acertar, pues nunca errada
Salió la acción, que maduró la almohada!

63 Entra Cortés, y grato le recibe
Con pecho obscuro, si con rostro claro;
¿Con qué modo sería, pues no percibe
Quien tanto acecha, ni el menor reparo?
Trata con él, como que quieto vive,
Que afectuoso cortejo, ya no es raro,
Y más en quien estudia las dobleces,
Que al ingenuo destruyen las más veces.

64 Llegan al Rey de España, y la advertencia,
Que ya tenía el caso tan pensado,
Representa por modo de incidencia,
Lo que estuvo a desvelos ensayado:
Exprésale, que aspira su obediencia,
Por legítimo Rey, verlo jurado,
Y como a Sucesor del absoluto
Imperio, hacerle de su Ley tributo.

65 Dale aquél gracias, sin que juzgue se hace
Extraño, lo que tanto se retira,
Como quien al deudor que satisface,
Aprecia lo puntual, y no lo admira:
Cada uno en su destreza se complace,
Que el exterior oculte lo que aspira:
¡Si se abrieran los pechos, no se hallara
Uno, que con su rostro concordara!

66 ¿Es posible (después decía a sus solas
Allá el Caudillo) que tan alta alianza
En Golfo inmenso de preñadas olas,
No pueda serenar a mi esperanza?
Y decía bien, que Frentes Españolas
(Como la suya) ponen la confianza
Más dentro de la orilla, donde pueda
Hollar los Mares, quien con ella queda.

67 Contentarse con sólo lo que ofrece
La dicha, es para aquel, que satisfecho
Con su pequeño buque, no apetece
Más, porque ya se le llenó el estrecho:
Al corazón gigante le parece
Lo mucho, poco, porque ve en su pecho
Tan dilatado fondo, que no alcanza
A medirle sus lindes la esperanza.

68 Para darle los vuelos que desea,
Y ver el centro donde el Rey aspira,
Se ajusta con el tiempo en que lo emplea,
Y para lo demás está a la mira:
Sólo así se sosiega la montea,
Que al mismo paso que confunde, admira
De cerca, y lejos, porque su figura
Corría Pinceles, para más altura.

69 En tanto Moctezuma, que a otra punta
Da las medidas, por convocatoria
General, a su Corte, el Reino junta,
Desde el Grande, a la Toga Senatoria:
De tanta novedad nadie barrunta
El fin, y sólo cada cual la gloria
Tiene, de parecer a su presencia,
Haciendo vanidad de la obediencia.

70 Rayó la luz al aplazado día,
Para él infausto, porque no encontraba
Arte, de componer Soberanía
Al propio Vasallaje que pensaba:
O, que presto (su corazón diría)
Camina el Sol, que tarde se deseaba;
¡Pero qué plazo, si el rigor le mueve,
Por tarde que llegó, no llegó breve!

71 Juntos en el Palacio donde habita,
Desde el Rey joven, al Magnate anciano,
Pendientes de su voz, nadie palpita,
Bebiendo la atención al Soberano:
Cortés con sus soldados acredita
Su Fe, y su junta, cuando escucha ufano,
Que el Monarca, que ya el silencio advierte,
Le rompe con el labio desta suerte.

72 Siempre fue el corazón propia oficina
De la verdad, y del amor fue centro,
Brotando cuando de ambos se ilumina,
Afuera rayos, como afectos dentro:
Tanta luz, tanto incendio le encamina
A salir presuroso al dulce encuentro,
Con que abrasa el objeto que pretende,
Y más le abraza, cuanto más le enciende.

73 Si esto es común en todos los mortales,
¿Qué será en los Monarcas, donde acrece
Al tamaño del fondo, desiguales
Impulsos, con que su ámbito ennoblece?
Claro está que serán más generales,
Y más cuando en los suyos aparece
La mutua relación, que ha trascendido,
Porque es gigante, amor correspondido.

74 El que os tengo lo dice mi fatiga,
El vuestro lo confiesa la obediencia;
Uno, y otro me fuerzan que lo diga,
Por verdad, por justicia, y por congruencia:
Ninguno más que yo, quiere, y se obliga
A buscar vuestro gusto, y conveniencia;
Y ninguno hoy, sino vosotros, debe
Aceptar sólo lo que el Cielo mueve.

75 Que sea lo que os propongo, meditado
Con acuerdo maduro, y sumo acierto,
Al fin como a los Dioses consultado,
No tiene duda, cuando yo lo advierto:
Que sea a bien vuestro, nunca se ha negado,
Y más en ocasión, en que han abierto
De sus arcanos, Númenes fatales,
Tantas como evidencias las señales.

76 El gran Xolotl, que en el helado Norte,
Gozó Dominio nunca conocido,
Y en el País de Aztlán, fundó la Corte
Mayor, que el mundo pudo haber tenido:
Cuando al Reino del Mauthtlán, su transporte
Le dio el nombre del Cohuatl, que ha vencido,
Al Oriente partió de este Hemisferio,
Dejando al Nautlac, mientras, el Imperio.

77 También dejó asentado venerable
Vaticinio, que a tiempo conveniente
A cobrar volvería tan formidable
Cetro, su más felice descendiente:
Ser éste el Rey de España, no es dudable;
El Cielo con su luz lo hizo patente:
Aqueste solamente es el deseado
Príncipe, en los Oráculos llamado.

78 Por tal Progenitor debe el Imperio
Americano, ya reconocerle,
Sin que juzgue desdoro, cuando serio
Quiere a tanto derecho obedecerle:
Por Señor natural este Hemisferio,
Cuando a él arribe, deberá tenerle,
Dando a su sangre, con amante influjo,
Lo que a su falta, la elección indujo.

79 Tan fiel de la verdad su Ley adoro,
Que si hubiese venido hoy en persona,
Más atento que al Solio, a mi decoro,
Yo mismo, Yo, le diera la Corona:
Pero ya que no empuñe el Bastón de oro,
Cuando Dueño le aclama aquesta Zona,
Debe mostrarle de su empeño el fruto,
Haciendo leal alarde del tributo.

80 Para esto, pues, heroicos Mexicanos,
Vasallos, (digo mal) Deudos, Amigos,
Os he llamado, pues los Soberanos
Vates, por mí descubren sus Postigos:
No sólo Yo, de vuestras nobles manos,
Quiero amor, y obediencia, que testigos
Sean de lo mucho que hace mi desvelo,
Por vosotros, por mí, por él, y el Cielo.

81 Calmó la voz, habiéndose esforzado
Una, dos, y tres veces, su despecho,
Al decirse inferior, en que anegado
Reprimió el llanto, que inundó su pecho:
Como suele, a violencias de un cuidado,
Romper a prolación letargo estrecho,
Y en la opresión tirana el infelice,
Lo mismo que profiere, contradice.

82 Admira el Auditorio confundido,
Resolución tan desproporcionada,
En Príncipe, que nunca ha conocido
Sujeciones al Hado, para nada:
Cada uno piensa que le ve dormido,
Y ni aún así su crédito le agrada;
Aunque tal Fe le tienen, vacilando
Están, si duermen, o si está él soñando.

83 Pasado al fin el movimiento extraño,
Habló entre todos Olinteht severo;
O fuese por verdad, o por engaño,
O porque era quizá más lisonjero:
Aplaude el parecer, y a su tamaño,
Sigue uno, y otro lo que oyó primero
Al caduco, enseñando la experiencia,
Cuanto las canas hacen consecuencia.

84 El Español, siguiendo el artificio
De una vana aprehensión, no sospechosa,
Admite en realidad el sacrificio,
Para hacerlo a otra Sien, más poderosa:
Ya empieza aquí de aquel remoto juicio,
Que al corazón Astrólogo rebosa,
A ver, como entre sombras, la vislumbre
Con que le lleva por domar su cumbre.

85 Servicio es para España, no lo niego,
(Habla consigo) pero no es servicio,
Que deje satisfecho mi sosiego,
Pues éste sólo da de aquel indicio:
El mundo todo al generoso fuego
De mi pecho, no más es sacrificios;
Y ni aún éste quedara sin segundo,
A haber después otro tercero Mundo.

86 Empieza a recibir varias Preseas
De Piedras finas, Plumas, Plata, y Oro,
Donde el estudio se vació en ideas,
Por subirle valor a su decoro:
Qué Laminas, qué Hechuras, qué Monteas
Tan pulidas se encuentran, que a Medoro,
Corrieran embotados los Pinceles,
Si apostarán con ellos sus Cinceles.

87 Nunca mejor la propia fantasía
Se derramó visible en opulencias,
Para satisfacer su bizarría,
Sino hoy, que mira a varias conveniencias:
¡Oh, qué cuantiosa suma que sería
La que pudo en tan breves concurrencias,
Sacrificada de gentil esmero,
Ser digna ofrenda, para el Sol Íbero!

88 Más de un millón, y mucho más se admira
En lo exquisito sólo, ¡qué grandeza!
Pero fue poco, cuando un Rey se mira
Preso, como él, y su rescate empieza:
Sagaz así con él, al punto tira,
Donde eficaces líneas endereza;
El suceso lo dice, pues cumplido
Todo, brotó lo que tenía escondido.

89 No cinco Auroras eran bien pasadas,
Cuando llegando a verle, bien ajeno
El Héroe, reventó de las doradas
Graciosas Copas, el letal veneno:
Las acciones están disimuladas,
Y al robar al semblante lo sereno,
Quedó la Majestad sin otro agrado,
Que el que pudo entallarle su cuidado.

90 Llamó al rostro lo grave, en tal empeño,
Tan serio para sí, que vacilantes
A la muerte copiaron el diseño,
Opresos de temor, los circunstantes:
Temblaron a su vista, y tanto ceño,
Aunque vació el horror a los semblantes,
No consiguió matar a quien hablaba,
Porque era Hernán Cortés el que escuchaba.

91 Ya será tiempo, Embajador (profiere)
Que tratéis de abreviar vuestra jornada,
Estando satisfecha, cual requiere,
La justa pretensión de la embajada:
En obsequio de España, bien se infiere,
Cuanto va a su fortuna adelantada,
Habiendo conseguido por factible,
Lo que a otra luz quedara inaccesible.

92 Pues la Sesión conclusa, sin motivos,
Que a la demora sirvan de instrumentos,
Ni podrán mis Vasallos discursivos
Dejar de presumir otros intentos:
Ni yo podré con fueros más activos,
Cuando faltan mayores fundamentos,
De mi parte enseñaros otra muestra,
No estando la razón de parte vuestra.

93 Esta breve oración, como amenaza,
Inmutó al Adalid interiormente;
Conoce al artificio, cuya traza
Fue para despedirlo solamente:
Pero como su Ingenio agudo enlaza
Extremos de virtud tan eminente,
Usa de ellos en esta conferencia,
Porque no queden sólo en la Potencia.

94 Bien discurre que puede haber secreta
Prevención, a una acción tan meditada;
Compone la ocasión, y con discreta
Respuesta, deja su ansia moderada:
Y guardando lo más, que allí interpreta,
Para el sosiego, sin extrañar nada,
Dueño de sí (tanto es lo que atesora)
La misma insinuación hace demora.

95 Cuantas causas (Señor) habéis notado,
Anteviéndolas yo (tal le responde)
Justas, porque lo son, traía pensado
Lo que a ellas mi obediencia corresponde:
Para nuevos Bajeles mi cuidado,
Vuestra venia pretende, pues adonde
Arribé en estas Costas, perecieron
Cuantos a vuestra Zona nos trajeron.

96 Serenase el Monarca a la obediencia,
Danse los pasos para el Astillero;
Todo en éste se mira diligencia
Conducente al dictamen de primero:
Cuando aquel, con oculta providencia,
A la tardanza libra lo somero,
Aunque eran por demás en cargos tales,
Si ella estaba pendiente de Oficiales.

97 ¡Extraña prontitud, del mismo daño
Hacer remedio, cuando tal le atraca,
Y labrar a primores del engaño,
De la Cicuta, saludable triaca!
Quién, sino él, pudo dar a su tamaño
Contrafoso mayor, pues que dél saca
La malicia, que el Arte vio escondida,
Y vado más seguro a la salida.

98 No es prudente, quien una vez consigue
El poder acertar prudentemente;
Ni Sabio, quien penetra en lo que sigue
Superficial razón sólo aparente:
Quien el Hábito alcanza, que persigue
De la recta razón, quien altamente
Combina circunstancias desunidas,
De prudente, y de sabio, halló medidas.

99 ¿Y quién, sino Cortés, unió avisado
Una, y otra virtud sobresaliente,
A aquel ápice sumo, y elevado,
En que residen eminentemente?
Ya entiende, quien entiende de qué grado
Habla la Pluma necesariamente;
Pero aún en éste, que es de aquel segundo,
¡Oh qué pocos se encuentran en el mundo!

100 Extremeño feliz, Blasón Hispano,
Haz de tu Copia peregrino alarde,
Que el Pincel torpe de mi ruda mano,
No la ilumina, bórrala cobarde:
Tú en el dibujo de mi tiento vano,
Anima el colorido, y aunque guarde
El retoque mayor a otros Pintores,
Dé yo las sombras, si ellos los Colores.

101 Una había menester de tus brillantes
Plumas, Fénix gentil, tamaño arrojo,
Para escribir tus glorias relevantes,
Ya que el Pincel, en tu Retrato mojo:
Y ni aquesta a mis pulsos vacilantes
Diera el aire preciso, pues despojo
Había de ser de remontadas nubes,
Que de vista te pierden, si allá subes.

102 Sube, sube, y eleva tus Blasones
A que los cante, con melifluo acento,
Sagrado Apolo, pues de tus acciones
Él sólo puede ser cabal comento:
Que no alcanzan vulgares mis razones
A la Región, que llega el pensamiento,
Por tus grandezas, que éstas con espanto,
En ti cupieron, pero no en mi Canto.