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Historia de Chillán: Sus fundaciones y destrucciones (1580-1835)


Reinaldo Muñoz Olave




ArribaAbajoIntroducción

No hay ciudad en Chile que haya tenido una vida más accidentada que ésta de Chillán. Parece que al nacer ella, alguien hubiera grabado en su frente estas palabras: «lucha, trabaja, camina», como un vaticino de que sus hijos habían de forjar sus almas en el sufrimiento y en la batalla, y de que ella misma había de peregrinar perpetuamente, abandonando en cada siglo el sitio en que la establecieron, y buscando cada de antemano el solar que se establecería en el siglo siguiente.

Junto a los baluartes del fuerte de San Bartolomé, a cuya sombra se edificaba la nueva ciudad en el bajo del río Chillán, estaba de pie un testigo, de ceño adusto y mirada torva, que veía levantarse las casa y que, ardiendo en ira y en coraje, juró castigar la audacia del invasor de sus tierras y ahogar en su cuna a la recién formada ciudad. El indio chiquillán, dueño del territorio, cumplió su juramento: aún no descansaban los castellanos de las tareas de la construcción, y ya estaban los indígenas sobre ellos con las armas y con la tea encendida en la mano, para ahuyentar al invasor y entregar a las llamas sus pajizas habitaciones.

No se dejó intimidar el español; y a la cólera y fiereza del indígena, opuso su energía incontrastable; y se trabó entre ambos una lucha titánica, que tuvo siglos de existencia y durante la cual estuvo a veces incierta la fortuna, que favoreció, ya al uno, ya al otro de los combatientes.

Así pasaron setenta y cinco años, durante los cuales se formó y retempló el carácter del chillanejo, se formó la sociedad, con sus hijos adornado de las más hermosas cualidades, entre las cuales sobresalieron el valor indomable, la fortaleza en la adversidad y la hidalguía caballaresca del castellano. Al fin de esos años la suerte favoreció al chiquillán, que, confabulado con el pehuenche, con el puelche y con el araucano, destruyó la ciudad de 1655, hasta no dejar de ella piedra sobre piedra.

Reedificada la ciudad y establecida solemnemente en 1664, renació la antigua lucha. El indio oprimió a sus habitantes; les ocasionó frecuentemente serias inquietudes; les causó graves perjuicios en sus personas, en sus casas y en sus haciendas; pero prevaleció contra la ciudad.

Los terremotos acometieron entonces a Chillán. El de 1751, aventó materialmente hasta los cimientos de las casas.

Contristados, pero no abatidos, los habitantes abandonaron el fatídico local, y llevaron sus hogares al alto vecino, suelo más propicio, en donde edificaron, el mismo año 1751, la tercera ciudad, que ocupó el sitio del actual Chillán Viejo.

La nueva población creció: fue cuna de grandes ciudadanos y de grandes guerreros, contó entre sus moradores (es decir, de un hombre célebre del cual hablaremos oportunamente) «a gentes que por su prontitud, expedición y fortaleza son los primeros que ocurren a cualquiera función bélica»; fue el primer foco de luz que alumbró la senda de la libertad a los hijos de esta región del sur; fue arena de combate en donde expusieron sus vidas miles de sus hijos por alcanzar la independencia de la patria. Hijos de esta ciudad ayudaron a completar la obra de engrandecimiento de la nación: en la Suprema Magistratura, en las oficinas de gobierno, en la judicatura, en las tareas legislativas, en la milicia, etc., etc., allegando su contingente de desinteresada labor, para echar los fundamentos y construir con solidez el nuevo edificio de esta república de Chile.

Pero las fuerzas incontrastables de la naturaleza no respetaron tanta gloria: en 1835, desapareció otra vez la ciudad de Chillán, y los cimientos de sus edificios saltaron de su asiento, removidos violentamente por la fuerza de un espantable terremoto.

Otra vez los atemorizados pero no abatidos chillanejos, opusieron su energía de alma a la adversidad. Abandonaron sus hogares y edificaron esta ciudad, en donde hoy viven, tranquilos y confiados en que la buenaventura de que hoy gozan no sufrirá interrupción en lo futuro. Era la tercera destrucción y la cuarta fundación de Chillán.

Esas fundaciones y destrucciones, con sus causas y su origen, con sus más interesantes episodios e incidentes; son el objeto de este relato histórico.

Nuestro primer intento fue encuadrar este trabajo en el marco que le fija el título que lleva la obra; pero, a medida que buscamos los materiales, fuimos encontrando nuevas noticias relativas a Chillán y que no eran absolutamente ajenas al objeto que nos proponíamos. Las recogimos, y con ellas se formaron varios capítulos que se han insertado en el cuerpo de esta obra, en la parte correspondiente. Ésa es la razón de que narremos una serie de acontecimientos adversos que sobrellevaron los habitantes de la ciudad desde la fundación hasta su primera ruina; el desarrollo y progreso del pueblo a fines del siglo XVII; el establecimiento del Colegio de Nobles Indígenas, creado en 1700; las inundaciones causadas por el río Chillán; un interesante proyecto de fortificación de la ciudad en 1771 y la fundación del hospital de San Juan de Dios, en las caídas ya del siglo XVIII.

Tal vez somos excesivamente minuciosos; pero ello no nos carga la conciencia. Este escrito tiene carácter local y de familia; y cuando con los nuestros tratamos cosas nuestras, no omitimos pormenores, por insignificantes que sean; y en el más pequeño detalle se halla motivo para despertar el interés o avivar la curiosidad. Nos alienta la confianza de que, para más de algún lector, servirán estos capítulos siquiera para acortar en algo las interminables noches de invierno.

Los cronistas coloniales nos han servido muchísimo para informarnos y escribir lo que se refiere al primer Chillán, 1580-1655. Los historiadores modernos no han tenido otra fuente de información. Hay, sí, una ventaja en favor nuestro; apoyados en documentos que se utilizan ahora por la primera vez, hemos aclarado algunos puntos oscuros o dudosos, hemos corregido errores en que incurrieron los cronistas, y en que, a su vez, cayeron los escritores modernos, que no han hecho sino copiar a aquéllos.

Desde 1655 para adelante cambia el valor histórico de este relato. Gran parte del escrito, la casi totalidad, se basa en documentos, originales los más, desconocidos hasta hoy. Con ellos nos ha sido posible completar lo poco que acerca de Chillán dicen los historiadores y corregir errores de consideración.

Pero ni aún con las ventajas que dejamos apuntadas, puede subir esta obra a la categoría de medio historia de Chillán; no es sino su portada o una introducción a ella. Su carácter de historia está limitada por el objeto de estas páginas, y no pretende arrogarse una importancia que no le corresponde. Hemos contado cómo se edificaron las casas de Chillán; pero no hemos traspuesto el dintel de sus puertas, y ni siquiera hemos vislumbrado la vida que se ha agitado dentro de ellas. Nos hemos abstenido respetuosamente de entrar, porque no era nuestro intento arrebatar a los hijos de este pueblo el derecho que tiene a contar las propias alegría y pesares, y a enaltecer en las páginas de una buena historia las grandezas de esta privilegiada tierra.

Ya es tiempo de que los jóvenes, hijos del territorio, tajen la pluma, y acometan la empresa de escribir la historia de Chillán que, en más de tres siglos de honorable existencia, tiene nobles y esclarecidos hijos a quiénes honrar, y guarda en sus anales larga serie de gloriosos hechos que salvar del olvido y celebrar como se lo merecen.

Nuestro trabajo es el primer paso en esa gloriosa empresa de reconstrucción del pasado. Nos hemos atrevido a darlo, porque, si bien es cierto que no estamos ligados a la ciudad con los vínculos fuertes y sagrados del amor filial, lo estamos con los del afecto y del reconocimiento, sagrados también y vigorosos. El autor reconoce en favor de la sociedad de Chillán, una deuda de gratitud y desea cancelarla: esta reducidas páginas de historia son el modesto óbolo con que manifiesta que son reales y efectivos sus deseos de pagar.

Chillán, marzo de 1919.






ArribaAbajoCapítulo I

Fundación de Chillán por Martín Ruiz de Gamboa


1.- Lugar que ocupa Chillán entre las demás ciudades; consideraciones que exigen su fundación y las que la retardaron; carácter de los indígenas chiquillán; primera batalla en el territorio. 2.-Primeros españoles encomenderos o dueños de fundo en la región: división de las encomiendas y su riqueza. 3.-Primeras piraterías de los chiquillanes: roban y matan: esto aviva el antiguo deseo de fundar una ciudad. 4.-Primeros pasos para fundar un pueblecillo entre los chiquillanes: la idea de Rodrigo de Quiroga, construye un fuerte, en 1579; Martín Ruiz de Gamboa se propone fundar la ciudad, se oponen los de Concepción; primer sacerdote que ejerce su ministerio en tierra chillaneja. 5.-Muere Quiroga y pasa a gobernar Ruiz de Gamboa: funda la ciudad de Chillán; acta de la fundación: documento venerable, que corrige muchos errores de los cronistas. 6.-Primer cabildo o municipalidad e Chillán; distinción de sus primeros vecinos; cuán adelantada estaba la orilla del Maule: Cauquenes y Yerbas-Buenas agregadas a Chillán. 7.- Se funda la parroquia de Chillán; primer cura; el obispo asegura la subsistencia. 8.- Nuevas dificultades con los de Concepción; los diezmos; los límites del Partido. 9.- Persona moral de Ruiz de Gamboa: tiene derecho a la gratitud y glorificación de los chillenajos.


1.- Chillán, en orden de antigüedad, ocupa el 10.º lugar entre las ciudades que fundaron los españoles en el territorio de Chile. Antes que ella tuvieron vida Santiago, La Serena, Concepción, Imperial, Valdivia, Villarrica, Los Confines o Angol, Cañete, Osorno y Castro.

Muy desde el principio de la ocupación conquistadora, el establecimiento de una ciudad entre el Maule y el Itata, fue considerada, por algunos Gobernadores de la nación y por distinguidos jefes militares, como una exigencia de la estrategia y de juiciosa política administrativa. No llegó, sí, a realizarse pronto tan respetable parecer, por razones de mayor consideración, que llevaron hacia otra parte la actividad administrativa y militar de los conquistadores. La guerra de Arauco atrajo hacia el sur la atención, el esfuerzo de los civiles y militares españoles, y los condensó en un territorio relativamente estrecho del Bío-Bío al Río Bueno; y puede decirse con verdad que la vida nacional se desarrollaba con más intensidad en las selvas araucanas, en donde la gente más belicosa que la historia conoce, disputaba en porfiada lucha con el europeo el derecho al propio suelo natal, a la vida y a la libertad.

Los indígenas chiquillanes, nombre de los naturales pobladores de la región del Ñuble, aunque valerosos y aguerridos, no se presentaron a los españoles en la forma en que lo hicieron los araucanos. La batalla de Reinoguelén, junto al Perquilauquén, de 1565, el 17 de febrero; la batalla de Tolmillán, junto al Itata, de pocos días después de Reinoguelén, fueron hechos de armas en que los naturales de la región dieron prueba tangible de su pericia militar y de su indomable valor, poniendo en duro trance al Gobernador Pedro de Villagra, militar experto y valeroso; pero no pasaron de ser hechos aislados, y que no contuvieron la marcha de Villagra hacia las ciudades de la tierra araucana1. No sintiéndose oprimidos los indígenas chiquillanes, siguieron tranquilos en sus rucas y en sus trabajos, ni tampoco intentaban molestar a los primeros agricultores españoles que sentaron sus reales de hacendados entre ellos.

2.- Tan pronto como Pedro de Valdivia se vio libre de la tenaz oposición que le opusieron los indios mapochinos, en la recién fundada Santiago del Nuevo Extremo, pensó en extender hacia el sur el reconocimiento y conquista del territorio chileno.

Salió él en persona, el año 1541, con una avanzada militar; pero sólo llegó hasta el Cachapoal. Se vio en la precisión de volver a Santiago, porque era necesaria su presencia en la ciudad; y también porque «la pujanza de los indios», como él decía, le dio a entender que no bastaban sus pocos soldados para dar feliz remate a una empresa conquistadora. Esperó algunos años a que llegaran refuerzos del Perú; y el año 1545, envió al sur a uno de sus más renombrados capitanes, Francisco de Aguirre. Debía éste internarse bastante en las nuevas tierras, escoger local apropiado para hacer alto, y esperar allí a Valdivia, que deseaba seguir pronto a su emisario2.

Aguirre fue el primer jefe español que, con cuerpo armado de milicias, pasó el Ñuble y atravesó el territorio hasta el Itata. A orillas de este río y frente a las tierras del cacique Quinel, levantó un pequeño fuerte y se guareció en él, resuelto a esperar allí a Valdivia. Meses después pasó por allí el gobernador Valdivia; siguió al sur; reconoció parte del territorio del ultra Bío-Bío y señala el local en donde pensaba fundar la primera ciudad austral.

Otra vez «la pujanza araucana» obligó a ser prudente al conquistador y a volver sobre sus pasos, esperando mejores tiempos para la fundación de ciudades en el sur. Sólo el año 1550, fundó a Concepción, asignándole como parte de su jurisdicción todo el territorio de la actual provincia de Ñuble.

Varios de los vecinos de la recién fundada Concepción recibieron en «repartimiento» o «encomiendas estas tierras chillanejas, el año 1550. El 20 de abril de ese año decía Valdivia, en decreto dado a favor de uno de los vecinos:

«Encomiendo a Ud., Juan Valiente, el cacique llamado Gabipillanga con todos sus indios e sujetos que tienen asiento entre los ríos de Maule y Ñuble, para que sirvan conforme a los mandamiento y ordenanzas reales con tal de que dejen al cacique principal sus mujeres e hijos y los otros indios de su servicio... y adoctrinen al cacique y naturales en las cosas de nuestra religión cristiana»3.



Esta concesión comprende las tierras que quedan hacia los cerros de la costa.

El mismo año dio Valdivia a otro vecino de Concepción, el capitán Pedro León, en encomienda los indios y caciques que habitaban el valle de Chillán, que quedaban al oriente de la gracia hecha a Juan Valiente.

El capitán Pedro de León dejó su encomienda del valle de Chillán por otro que tomó en la Imperial; la dio entonces Pedro de Valdivia a uno de sus mejores auxiliares, compañero de conquista, vecino también de la ciudad de Concepción, el capitán Hernando de Huelva. Ayudó este militar a Pedro de Valdivia a preparar la expedición que éste trajo desde el Perú en 1549; le prestó más de veintidós mil pesos en dinero, le buscó soldados y compañeros, y por último, se alistó el mismo como expedicionario a las órdenes de Valdivia. No olvidó éste tan buenos servicios, los premió con generosidad. Entre las recompensas está la del decreto de 8 de julio de 1552, que dice:

«En remuneración de vuestros servicios, trabajos, pérdidas y gastos, encomiendo por la presente, de parte de S. M., en vos el dicho capitán Hernando de Huelva los lebos4. Dichos Otohue, Coihueco, Pelel, Niegana y Chillán, con sus caciques nombrados Reinoguellén4.2, Tipalanquen, Millamiral, Reinoguellén5, Tipalanquen, Millamiral, Painelen, Cataronga, Gonachaco, Paivelerma, Guavamangua, Huelén, Barrachenque, Languhuano, Molomaveen, Torrneco, Tarnande, Aneprelan, Caromande, Calmachenque, con todo los demás caciques principales y no principales, con todos sus subjetos a estos caciques aquí nombrado, y a los que no lo están, como todos sean subjetos y de la parcialidad de los dichos «lebos»; que tienen su asiento del río Itata, de una parte, y otra de él, y otros entre Itata y esta ciudad de la Concepción6».



Lo que es hoy departamento de Bulnes, fue dado en 1551 a Ortuño Jiménez de Vertendona, vecino también de Concepción. Así decía Valdivia en decreto de 16 de julio:

«Y más le encomiendo los principales llamados Tolmyllán y Lobolian para servicio de vuestra casa, con todos sus principales e indios subjetos, que tienen su tierra y asiento a riberas del río Itata, hacia la sierra, para que les sirvan a todos ellos conforme los mandamientos y ordenanzas reales, con tanto que sean obligado a tener armas y caballos y aderezas los puentes y caminos reales que cayeron en los términos de los dichos vuestros indios, o cerca, donde les fuere por la justicia mandando o cupiere en suerte, y asimismo dejen al cacique principal sus mujeres e hijos y los otros indios de su servicio, y doctrinales en las cosas de nuestra santa fe católica, y habiendo religiosos en esta dicha ciudad de la Concepción, donde son vecinos traer ante ellos los hijos del cacique para que sean asimismo instruidos en las cosas de nuestra religión cristiana; y si no lo hicieran cargue sobre vuestra persona y conciencia, y no sobre la de S. M. ni la mía»7.



Parte de la región occidental de la actual provincia, y parte de la vecina de Maule, fue asignada a Gerardo Jil, otro de los distinguidos conquistadores. La madre de este capitán, Juana de Lezcano, probó que su hijo:

Tuvo y poseyó los indios y caciques llamados Cheuqueande, Hemo de Talagante, el cacique Navalquita, el cacique Curipillán, el cacique Caterirmo, el cacique Quinterer, el cacique Panguillelmo, el cacique Juanalca, con sus indios y sus jefes que tienen sus tierras y asiento de aquella parte del río de Itata, términos de esta ciudad de Concepción».

El cacique llamado Panguillelmo es el mismo Panguilemo, que dejó su nombre al fundo así llamado y que queda entre Ninhue y el Itata.

Junto a la encomienda de Jil, concedió Valdivia a Antonio Beltrán y traspasó poco después, en 1552, a Antonio Lozano, los indios y tierras con que se completaba la hoy provincia de Ñuble:

«Encomiendo en voz en nombre de su M. el dicho Antonio Lozano los caciques llamados Apellande, Enavalguelen y Navalpilla con todo sus principales e indios, como los tenía y poseía don Antonio Beltrán, vecino de esta ciudad de la Concepción, y que tienen su tierra y asiento estos dichos caciques entre los ríos de Itata y Maule, más cercanos a los de Itata... Y mando a todos y cualesquiera justicia de esta ciudad de Concepción y sus términos y jurisdicción como esta mi cédula les fuere mostrada os metan en la posesión de los dichos caciques e indios en ella contenidos so pena de dos mil pesos de oro aplicados para la Cámara y fisco de su Majestad».



Los conquistadores nombrados fueron los primeros hacendados o «encomenderos» que hubo en estas tierras. Ellos arrojaron en estas regiones, habitadas por indígenas incultos, los primeros gérmenes de la civilización europea. Los encomenderos, al recibir sus títulos de tales, contraían la obligación de enseñar ellos mismos la doctrina cristiana a los indios sus «encomendados», o buscar sacerdote o seglar hábil que le enseñara. A la instrucción religiosa y moral debían juntarse la enseñanza y la práctica de las labores agrícolas y de todo aquellos que traería a los naturales, a las prácticas de la vida civilizada. Para honra de los conquistadores y colonizadores españoles hemos de dejar constancia de que «los encomenderos» cumplieron, en lo principal, con sus compromisos; y, si bien es cierto que, en el transcurso de los años, hubo considerables abusos, lo es, y mucho más, que las «encomiendas», o fundos o haciendas, se constituyeron en debida forma, que la obra de los encomenderos echó las bases de la agricultura y de la industria chilenas, fuentes poderosas de riqueza, y cimiento robusto en que descansan el poder y la grandeza de la nación.

3.- Antes de mucho las encomiendas nombradas se dividieron y al año más tarde había en su territorio un regular número de «encomenderos» o ya de verdaderos hacendados, todos ellos vivientes de Concepción, que trabajan sus suelos con dedicación y constancia y con excelentes resultados.

Chillán e Itata abastecían a Concepción de cereales y legumbres, de vinos y de buena carne de lanares y vacunos, y sobraba todavía para entregar al ejército del sur buena parte de sus bastimentos. Esta riqueza agrícola fue uno de los motivos que contribuyeron a que no se retardara por más tiempo la función de una ciudad, en un territorio que probaba tener derecho a que se la atendiera con mayor interés.

Los indios, especialmente los cordilleranos, viendo el beneficio que de sus labores reportaban los nuevos hacendados, resolvieron participar de ellos, y validos de la superioridad numérica que los favorecía, se echaban sobre las sementeras o criaderos de animales y arrollaban con cuanto podían fácilmente llevarse.

Este espíritu de robo se acrecentaba y se convirtió en ardor bélico, cuando se supo que la suerte de las armas era incierta en la tenaz guerra de Arauco, en donde se esforzaba el indio en arrojar del suelo patrio al europeo invasor. Con eso la vida de los hacendados, de los indios de servicio y de los indios amigos corría peligro en la región de Chillán, y, de hecho, no eran escasos los asesinatos que cometían los asaltantes.

Si las cosas seguían así, no era difícil entrever que la calma no duraría en la región, y que podía cegarse una de las fuentes de producción agrícola, con gravísimas consecuencias para las personas y colectividades que se beneficiaban con sus productos.

4.- Gobernaba Chile, desde 1575, Rodrigo de Quiroga, uno de los militares más pundonorosos y valientes que vinieron con Pedro de Valdivia, y uno de los gobernadores más hábiles y previsores que rigieron los destinos de la nación. Ya llevaba muchos años de guerrear con los indios, y por propia experiencia y conocimiento se convenció de que la conquista de Chile debía ser realizada por la fuerza de las armas que sirvieran no para la destrucción de la raza indígena, sino para amparo de la civilización, que ejecutaría el principal papel. Y obrando en consecuencia con esa convicción, trabajó con empeño y con suerte en asegurar la tranquilidad de los territorios libres de la guerra, fomentando las labores agrícolas, las industrias y la minería. Uno de los proyectos que ideó, pero que no vio realizado, fue la fundación de una ciudad dentro del Partido de Concepción.

Pasaba eso a fines de 1578, y ya entonces el gobernador estaba casi del todo imposibilitado por la edad y más que por eso por varios y molestos achaques, para las tareas de gobierno, las que tenía confiadas a su yerno, el mariscal Martín Ruiz de Gambos. Éste había sido uno de los jefes militares partidarios de una fundación en estas tierras, y aceptó con placer la comisión que le daba el suegro para llevarla a cabo.

«Deseando el gobernador -dice un cronista colonial- aliviar accidentes de altas consecuencias en lo futuro y poner el reino en estado de mayor seguridad, dispuso el fundar una ciudad (asunto excelso). Dispuso fuese su construcción veinte leguas de la Concepción, más para el trópico y en algo menos de los treinta y seis grados de elevación, cuasi en la promediación de la latitud del reino, en un género de península que hace el caudaloso Ñuble y el río de península que hace enderechura, que habrá dos leguas del uno al otro, hay un plano de notable longitud, tan fértil y ameno que parece se esmeró o desveló la naturaleza, pues, presenta un abreviado paraíso con cuantos agrados puede apetecer el deseo»8.



Se dirigió al sur el mariscal, en el otoño de 1579, para resolver en el terreno lo que conviniera hacer:

«Y siguiendo la costumbre que tenía -como dice un cronista que lo conoció-, de construir fuertes donde lo veía conveniente, construyó uno, a corta distancia de la rivera norte del río Chillán. Lo dotó de todos los elementos de ataque y defensa, y de las comodidades que pudiera ser necesarias para el caso de albergar dentro de sus muros a una numerosa guarnición. Este fuerte recibió el nombre de San Bartolomé, probablemente del día en que se le dio por inaugurado, y de él tomó su denominación la ciudad que el mariscal fundaría un año después».



5.- Preocupado de su idea estaba el mariscal, cuando, a principios de marzo, recibe desde la capital aviso de la muerte de Rodrigo de Quiroga, y de que es él nombrado para reemplazarlo en el gobierno de la nación. No demoró mucho en partir a Santiago, en donde se recibió de su nuevo cargo, y tomó las medidas que estimó convenientes a asentar en sólida base la administración que comenzaba.

Y poco demoró también en volverse al sur porque le aguijoneaba el deseo de la proyectada fundación. En junio siguiente estaba ya en el fuerte de San Bartolomé, confiriendo con sus consejeros sobre su proyecto.

Con autoridad propia ahora, ya no encontró el gobernador quien le pusiera obstáculos, y acordó fundar una ciudad, a reparo del fuerte de San Bartolomé, a orillas del río Chillán: y dio el decreto de fundación que es:

«Fechó en veintiséis días del mes de junio de mil quinientos ochenta».

Ese decreto es un documento venerable para los hijos de este pueblo y de la provincia entera; contiene él lo que podría llamarse la partida de nacimiento y de bautismo de esta ciudad de Chillán; en sus páginas hay interesantes datos que permitirán al avisado lector estudiar no sólo el origen de la ciudad, sino el de algunas familiar que hoy viven, y aún las características de la sociedad de este histórico pueblo; algunas noticias que luego apuntaremos, son prueba de lo que decimos. El decreto, que es el acta de establecimiento de Chillán, dice así:

«En el nombre de Dios Todopoderoso y de la bienaventurada siempre Virgen Santa María Nuestra Señora, y del Rey don Felipe nuestro Rey y señor natural, el Muy Ilustrísimo Señor mariscal Martín Ruiz de Gamboa, gobernador y capitán general y justicia mayor en este reino de Chile por su majestad dijo:

Que por cuanto es público y notorio de treinta y ocho años a esta parte, que se descubrió y parte desde reinó no sea poblado, en el discurso de dicho tiempo se ha poblado y reedificado la ciudad de Concepción y la de los Confines y otras ciudades y casas fuertes y algunas de ellas están al presente despobladas por la guerra continúa que los naturales de las provincias de Arauco y Tucapel y los de los llanos, y otros a ellos comarcanos han causado y tienen contra el servicio de su Majestad abrazando su real obediencia y de sus gobernadores, capitanes y justicias en su nombre matando muchos capitanes y soldados españoles y robando y haciendo despoblar las ciudades de Concepción y los Confines y la de Tucapel y otras fuerzas, y han hecho tanto daño y muertes que han dado en la conquista y pacificación de los dichos naturales, de lo cual de ordinario ha venido y viene gran perjuicio y daño a los vasallos de su Majestad, y por haber estado las dichas ciudades en sitios muy fragosos y insuficientes para poderse sustentar se han causado las dichas despoblaciones sin haberse podido traer de paz y a la obediencia de su Majestad los dichos naturales como antes estaban, y los dichos naturales están al presente en su primera rebelión y alzamiento contra el servicio de su Majestad, procurando por todas las vías a ellos posible, volver a despoblar las dichas ciudades de Concepción, Confines, Imperial y especialmente la dicha ciudad de Concepción por estar como está en mal sitio poblada y carecer como carece, está en mal sitio poblada y carecer como carece, de comarca necesaria, de bastimentos para su sustentación, y es notorio que de veintitrés años a esta parte que fue reedificada en nombre de su Majestad, la última vez a costa de la real dicha Hacienda de su Majestad, sus gobernadores y capitanes han sustentado y a todos los que en ella han estado y residido de los bastimentos necesarios que han habido menester para su sustentación, cosa que no se puede compadecer y sustentar por los grandes gastos y costas que su Majestad tiene en la dicha sustentación y por estar como están las cajas reales de este Reino muy necesitadas y empeñadas así por esto como por la guerra continua que con los dichos naturales se tiene los cuales han andado y andan alborotando estos términos y los naturales de los términos de la ciudad de Santiago matando en ellos españoles y naturales que ha muchos años que están en su servicio de su Majestad y tributando con son obligados y por haberse visto y entendido claramente que después que el dicho señor Gobernador hizo y edificó la fortaleza de San Bartolomé de Chillán, el gran fruto que ha hecho y causado en resistencia de los dichos naturales de la ciudad de Concepción y sus comarcas este verano y a causa de esto muchos de los dichos naturales que andaban haciendo los dichos insultos y muertes en los caminos reales, por el daño que se les ha hecho y cada día hace desde dicha fortaleza y gente de guerra que en ella está, se han huido y metido la tierra dentro despoblándose de adonde estaban y acudían a hacer los dichos daños, por lo cual y por convenir así al servicio de Dios Nuestro Señor, de su Majestad bien y sustentación de las dichas ciudades y Reino, su Señoría ha tenido y tiene por bien poblar en este dicho valle, en nombre de su Majestad, junto a la dicha fortaleza tomándola por fuerte, una ciudad para que desde ella se aseguren los caminos reales y el trato y comunicación de las ciudades desde Reino y por otros muchos provechos y utilidades, en nombre de su Majestad poblaba y pobló en este dicho asiento, la ciudad de San Bartolomé, y por sus propias manos y personas, en presencia de muchos españoles que presentes estaban, alzó horca y picota en nombre de su Majestad e hizo juramento en forma que en todo lo posible, sustentaría la dicha ciudad y la defendería de sus enemigos y, para que haya más entero cumplimiento de todo lo dicho, nombró por alcalde de la dicha fortaleza con el salario que Señoría le señalara, al capitán Fernando de Alvarado y por corregidor y capitán de la dicha ciudad, con el salario que por su Señoría le fuera señalado con los dichos oficios, y por alcaldes ordinarios al capitán Francisco Jufré y capitán José de Castro, y por corregidores de la dicha ciudad, a Francisco Ortiz de Atenas, a Francisco de Tapia, a Fernando Vallejo, Esteban de Lagos, Alonso Gómez, Alonso de Valladolid y por procurador y mayordomo de la dicha ciudad al capitán Diego de Baraona; y para que usaran bien y fielmente los dichos oficios y miraran el pro y bien común de la dicha ciudad, como leales, vasallos de su Majestad, les mandó tomar juramento en forma, el cual hicieron bien y cumplidamente so cargo dél prometieron de hacer y cumplir lo que por su Señoría les es encargado y mandado. Y señaló por vecinos de la dicha ciudad, que son encomenderos de indios, a los susodichos y al capitán Diego de Araneda y al capitán Fermín Cabrera y Antonio Lozano y a Diego Díaz y al menor sucesor en los indios del capitán Luis de Toledo y al hijo de Alonso de Toledo, a Rafael Hernández Jenovés y a Diego de Chávez a Lope de Landa, Román de Vega y a Luis González y a Francisco de Soto; y mandó que el lebo de Pangelemo sirva en esta dicha ciudad y no en otra parte, por cuanto el dicho señor Gobernador señala los dichos indios y tierras suyas por términos de esta dicha ciudad y mandaba y mandó a los dichos vecinos nombrados que dentro de dos meses primeros siguientes vengan asistir y asistan en ciudad y vecindad so pena de perdimiento de indios y de quinientos pesos para la cámara de su Majestad, en los cuales desde luego les doy por condenados, lo contrario haciendo y desde hoy día esta población en adelante ninguno de ellos se sirva de ningún indio de su repartimiento sino fuese en esta dicha ciudad de San Bartolomé, por cuanto su Señoría los daba y dio por términos de la dicha ciudad los dichos indios y tierras según dicho es, lo cual hagan y cumplan la dicha pena arriba contenida y para hacer y guardar y cumplir todo lo dicho, dio poder cumplido al dicho capitán y corregidor Fernando de Alvarado para que sin embargo de cualquiera apelación o apelaciones que interpusieron los susodichos o cualquiera de ellos ejecute las dichas penas como contra personas desobedientes al servicio de su Majestad y pondrá los dichos indios en ellos encomendados en cabeza de su Majestad poniendo en ellos personas que sirvan a su Majestad la vecindad en la dicha ciudad, hasta que otra cosa su Señoría provea y mande que para todo lo susodicho dio poder en forma cual de derecho se requiere al dicho capitán y corregidor Fernando de Alvarado lo cual así hagan y cumplan los vecinos y los otros so pena de cada quinientos pesos para la cámara de su Majestad al que lo contrario hiciese y lo firmó de su nombre. Fechó a veinte y seis días del mes de junio de mil quinientos ochenta. -Martín Ruiz de Gamboa. -Por mandado de su Señoría, Habilés de Arellano. -Yo, Francisco de Ródenas, escribano público y del Cabildo de esta ciudad de San Bartolomé de Gamboa, del dicho libro del cabildo que está en mi poder, saqué este traslado de la fundación de esta ciudad por mando del Cabildo, Justicia y Regimiento de ella y lo escribí de verbo ad verbum como en su original se contiene sin menguar ni crecer cosa alguna cierto y verdadero, corregido y concertado por mí dicho escribano, siendo testigos Baltazar Ruiz, y Arellano, estando en esta ciudad y para que de ello conste hice aquí un signo acostumbrado que es tal en testimonio de verdad. -Francisco de Ródenas. Escribano público y del Cabildo. Hay un signo»9.



Quedaba, pues, establecida y organizada la ciudad de San Bartolomé, que por el público y en los documentos se llamó San Bartolomé de Gamboa, poco después San Bartolomé de Gamboa de Chillán, San Bartolomé de Chillán y, por último, más universalmente Chillán.

Gobernaba la Iglesia el papa Gregorio XIII, la Diócesis de Imperial (hoy Concepción), su primer obispo don Antonio de San Miguel, y era rey de España Felipe II.

6.- Quedaba constituido el primer Cabildo civil o Municipalidad, compuesto del corregidor (Intendente de hoy) capitán Fernando de Alvarado (comandante, además, y alcalde del fuerte de San Bartolomé); de los alcaldes ordinarios, capitanes Fernando Jofré y José de Castro, y de los regidores o municipales Francisco Ortiz de Atenas, Francisco de Tapia, Fernando Vallejos, Esteban de Lagos, Alonso Gómez, Alonso de Valladolid y del procurador y mayordomo de la ciudad, capitán Diego de Baraona.

«Y por sus propias manos y persona, en presencia de muchos españoles que presentes estaban alzó Ruiz de Gamboa, horca y picota en nombre de su Majestad -dice el decreto».



La horca y la picota o «palo» o «rollo», eran en las ciudades antiguas el símbolo de la justicia. La horca se colocaba ordinariamente en la plaza principal, y en ella eran ahorcados los grandes criminales condenados a muerte, o colgados los que habían sido ajusticiados en los cuarteles o en lugares destinados a ese fin.

El palo o picota era un madero alto, rematado en otro perpendicular, y solía colocarse junto a la horca o a la entrada de la ciudad, por la parte de mayor tráfico: en él solían a veces ajusticiar a los reos, o colocar la cabeza de los criminales ajusticiados más despreciables, para tenerlos por algún tiempo expuestos a la vergüenza y excreción públicas.

Fácilmente se comprende con cuánto temor y terror serían mirados aquellos instrumentos de castigo y de vergüenza, y cuán desapacible y triste sonaría a los oídos aquella frase de «subirlo a uno a la horca o al palo»10.

Los primeros vecinos quedan nombrados en el decreto; y hubo otros más que voluntariamente vinieron desde Concepción a avecindarse:

«Llevados de la amenidad del valle, personas nobles todas -como dice el cronista Diego de Rosales-. Pobló el mariscal la ciudad, dice otro cronista, de gente de honra y esfuerzo, como era necesario para hacer oposición a dos naciones tan belicosas»11.



Los nuevos habitantes eran todos encomenderos o hacendados; lo que significa que la vida en la ciudad era de holgura bienestar y que se habría ella deslizado en buena compañía con la felicidad, si no habitaran cerca de ella o limítrofes con el territorio otros malos vivientes que, como luego veremos, no acertaban a vivir en paz, ni consigo mismos ni con sus vecinos.

La jurisdicción del Cabildo abarcaba todo el territorio comprendido entre el Itata y el Maule, excepción hecha del actual departamento de Itata, que siguió unido a Concepción. Fueron agregadas a la jurisdicción de Chillán las encomiendas Cauquenes, Putagán, Longomilla y Purapel, lindantes todos con el Maule por el norte, y que antes en lo civil dependían de Santiago. Con esta agregación de encomiendas del norte se aumentaba considerablemente la importancia del Partido (o departamento) de Chillán. Las encomiendas de Cauquenes y Putagan, dadas a Bartolomé Flores (cuyo verdadero apellido era Blumenthal, alemán) por Pedro de Valdivia en 1546; y la de Longomilla, dada a Juan de Cuevas, en 1549, y la de Purapel, dada al capitán Pedro Lisperguer, alemán también y yerno de Flores el año 1558 por García Hurtado de Mendoza, eran muy ricas y habían alcanzado un notable grado de desarrollo. Flores y Lisperguer eran hombres emprendedores, que introdujeron en sus fundos todas las buenas prácticas agrícolas de su patria, y fueron de los primeros industriales que hubo en Chile12. La orilla del Maule estaba en 1580 mucho más adelante que la orilla del Itata.

Podía dar por rematada su obra el gobernador Martín Ruiz de Gamboa: quedaba fundada la ciudad que había de servir para aquietar a los belicosos indígenas del Partido; junto a ella estaba un poderoso fuerte, que inspiraría respeto a las tribus de pehuenches y huilliches que antes maloqueaban en la región sin temor de ningún género; había ya un nuevo centro de seguridad para los viajeros y ejércitos que hacían el camino entre la capital y las ciudades australes; quedaba asegurada la vida de Chillán, porque en su distrito se producía todo lo necesario para la sustentación de los vecinos y aún de los de Concepción, que ha padecido tanto «por estar como está en mal sitio poblada y carecer como carece, de comarca necesaria de bastimentos para su sustento; o «como otras ciudades australes, que han sido arrasadas por los araucanos, a cauda de estar ellos en sitios muy fragosos y insuficientes para poderse sustentar».

7.- Queda relatado cuanto se refiere a lo civil de la recién creada ciudad; pero faltaba otra atención que llenar: establecer el servicio religioso, sin el cual no podían pasarse los habitantes, gente eminentemente cristiana. «El gobernador puso parroquia en la ciudad», dice un cronista, y otro cronista, Mariño de Lovera, asegura «que construyó la iglesia parroquial».

Pidió Ruiz de Gamboa al obispo diocesano, don Antonio de San Miguel, que favoreciera a los moradores de Chillán, facilitándoles el cumplimiento de sus deberes de cristianos, y que, parra el efecto, estableciera parroquia y nombra un cura párroco. Creemos que con los vecinos salidos de Concepción venía el mercedario fray Francisco Ruiz; y sospechamos que traes consigo el nombramiento de cura de Chillán. Decimos esto porque son varios los testimonios irrecusables que aseguran que el Padre Ruiz, fue cura desde la fundación de Chillán y que siguió como tal por espacio de año y medio; y a mayor abundamiento, agregan que «no había otro sacerdote en la ciudad». Esos testimonios son insospechables, porque vienen de personas que asistieron a la fundación de la ciudad y quedaron en ella, ya como simples vecinos, ya como autoridades, a los cuales se agrega el de uno de los curas, inmediatos sucesores del P. Ruiz13.

La parroquia, tuvo como titular y patrono al glorioso apóstol San Bartolomé, al cual la feligresía honró con particular veneración y lo constituyó en su especial misericordia. Más adelante tendremos ocasión de relatar algunos curiosos acontecimientos que prueban cuán profundamente arraigó en los chillanejos la devoción al santo apóstol.

Los límites de la parroquia eran los del Partido, menos por el lado del norte, en que servía de línea divisoria el río Longaví: al norte de este río se creaban por ese tiempo las parroquias de Cauquenes e Isla de Maule, que, por cálculo errado, quedaron bajo la jurisdicción de los obispos de Santiago hasta 1753, año en que volvieron a su verdadero centro, la diócesis de Concepción.

Con inmenso sacrificó hizo su trabajo de párroco el Padre Ruiz; pero lo ejecutó con provecho de la feligresía, compuesta de elementos tan opuestos, como el español y el indígena, armado en guerra contra aquel: mantuvo el cura el tesoro de la fe entre los españoles y comenzó la tarea de publicar el Evangelio entre los naturales, formando honradamente entre los religiosos que, como dice el ilustre Tirso de Molina:

«En aquellas partes remontísimas (de Chile) ilustraron la Iglesia, conquistaron innumerables idólatras para el cielo y para nuestra nación. ¡España!..., el más fértil y hermoso pedazo de orbe que el sol fecunda»14.

No sólo el nombramiento de párroco atendió el obispo diocesano, sino que se preocupó además de la subsistencia personal del cura, del mantenimiento del culto divino y del bienestar de la ciudad misma. Y para el efecto tomó medidas tendentes a regularizar el pago de las contribuciones que aseguraban esas atenciones, procedimiento de acuerdo, primero, con el fundador Ruiz de Gamboa; después con el gobernador siguiente, don Alonso de Sotomayor.

8.- Pero estaba escrito, que la nueva ciudad había de contar con dos clases de enemigos: los indígenas y los vecinos de Concepción que tenían sus haciendas en el territorio del Partido de Chillán. Defendieron éstos lo que ellos estimaban derecho de su ciudad de domicilio y pretendieron seguir pagando la totalidad de sus contribuciones o los diezmos en Concepción. Según las leyes vigentes, de la renta decimal se sacaba una porción para los gastos parroquiales, otra para el párroco y otra para los fondos municipales.

A seguir en su práctica los vecinos de Concepción, era evidente que se irrogaba grave perjuicio a Chillán, y se hacía necesario poner término a semejante mal. Y es curioso que no fueran los perjudicados quienes tomaron la iniciativa en la reclamación, sino que fue el Cabildo eclesiástico de Concepción, que recibía beneficio inmediato con la nueva práctica, pues lo que de los diezmos había tocado al párroco e Iglesia de Chillán, se daba a los canónicos y a la catedral penquista. Y así y con todo eso, los canónicos, de don Agustín de Cisneros, que después, segundo obispo de la diócesis, y el chantre, don Fernando Alonso, se presentaron ante el obispo para pedirle que regularizara la situación y mandara que los chillanejo-penquistas no insistieran en la pretensión de seguir favoreciendo a Concepción, con perjuicio y considerable desmedro de Chillán. El obispo, aceptando la petición de los canónicos, mandó que se respetaran las ordenanzas que tenía ya dictadas sobre la materia y que los diezmos en cuestión se pagaran por mitades a Concepción y Chillán15.

A la cuestión «diezmos» siguió la cuestión «límites». El Cabildo civil de Concepción no acertó a llevar en paz y tranquilidad que le cercenaban parte tan importante de sus contribuciones; recurrió entonces a otro expediente, no de ley sino de leguleyo.

Hay que advertir que los diezmos se cobraban por la demarcación eclesiástica o por parroquias, y no por la demarcación civil o por partidos. Pues el cabildo de Concepción se presentó a las autoridades eclesiásticas reclamando de los límites que en Chillán se daban a la parroquia alegando que eran menos extensos que los del Partido.

La cuestión se eternizó, como siempre que hay litigantes empecinados o de mala fe. Fue enteramente inútil que se dieran repetidos decretos de los obispos diocesanos y que intervinieran cuatro gobernadores de la nación; sentenciaron o proveyeron los obispos don Antonio de San Miguel, don Agustín de Cisneros, por lo menos en cinco expedientes; pero no amainaron los bravos penquistas. Hasta que, por fin, dio un enérgico decreto el obispo deán Reinaldo de Lizarraga y mandó que se respetaran las disposiciones dictadas por los prelados sus antecesores: esta providencia fue definitiva y ya no volvieron los penquistas a molestar a Chillán16.

9.- Terminados los afanes de la nueva fundación, dicen los cronistas que Martín Ruiz de Gamboa se dirigió al sur, a entender en asuntos más escabrosos, la guerra de Arauco; pero no lo dejemos marcharse sin pagarle el recuerdo de nuestra gratitud, diciendo quién era él y si hizo por Chillán algo más que el echar sus cimientos y levantar sus murales.

La persona de Ruiz de Gamboa es una de las más altas, en lo moral, en lo civil y en lo militar, que registra en sus páginas la historia de la conquista de Chile.

Dotado de excelentes cualidades, aprovechó de ellas desde su juventud; entró al servicio de las armas a los dieciséis años en la armada española, en Europa; vino al Perú en 1549, y dos años después llegó a Chile, trayendo elementos de guerra propios (armas, caballos y criados); ingresó en el ejército de simple soldado; ascendió rápidamente de escalón en escalón, hasta llegar al honroso cargo de Teniente General (que sirvió por dos veces), y poco después al de Gobernador de la Nación en 1580. En este alto puesto dio muestras de que poseía, además del valor y la habilidad del guerrero, todas las cualidades de un gobernante juicioso, honrado, práctico en asuntos de economía administrativa y amante severo de la justicia. Tuvo Ruiz de Gamboa un concepto muy exacto y muy levantado de la misión del gobernante frente a la situación y suerte de los indígenas chilenos: a haberse mantenido y respetado, después de sus días, todo lo que él dispuso y legisló en pro de la civilización de nuestros antepasados araucanos, esta raza excepcional había ingresado en el concierto de las naciones cultas y había dado a esta tierra un contingente inapreciable para haber formado de Chile una nación sin semejante, formada por dos elementos tan poderosos, como era el español del siglo XVI y el valeroso patriota araucano.

Todos los cronistas coloniales están contentos con el honroso juicio que les ha merecido Martín Ruiz de Gamboa:

«Fue hombre valerosísimo -dice uno de esos cronistas- en las cosas de guerra y gobierno, y muy puntual en salir a las batallas por su persona, sin impedirle la vejez cuando llegó a ella. Era muy templado en el comer y beber, y justamente con esto era para mucho trabajo con estar lisiado de las piernas y brazos, de los muchos encuentros que había tenido en cuarenta años que estuvo en fronteras de enemigos»17.



«Revivió en Martín Ruiz de Gamboa -dice otro cronista, la memoria de su tan bien amado suegro y antecesor. Por marzo de 1580, se presentó al cabildo de Concepción Alonso de Alvarado con su poder para que le recibieran de gobernador, y su reconocido mérito y bondad hizo plausible su ingreso, para que los presentes imiten a los bien amados y ser aparten de la conducta de los odiosos. No se desentendió su cuidado de la obligación en que le ponía el comando del reino, y cual vigilante Argos, como dice Ovidio, extendió la vista para que nadie quedase sin el beneficio de sus atentas luces, y no adormeciéndose sobre cenizas que tan repetidas veces exhalaron llamas. Pasó de visitador a las ciudades y plazas de las fronteras del reino, y en ellas con la severidad o clemencia corrigió abusos y deslices en la justicia, haciendo de esta suerte felices los deseos que tenían de verle; y habiéndole experimentado los españoles afable y justiciero, le vieron los indios esforzado y terrible en la campaña»18.



«Escribió Martín Ruiz de Gamboa al rey -según cuenta otro historiador colonial- cómo se hallaba con muchas indisposiciones, con edad cansada de tantos trabajos..., y que se sirviese su Majestad de aliviarle de tantos trabajos y enviar gobernador que le sucediese y tuviese fuerzas para ellos, que los suyos los había gastado en su real servicio. Su Majestad, viendo ser tan justa su petición, le dio licencia para que descansase, después de cuarenta ñúes que le servía en la fuerza de esta conquista y en lo duro de ella, que siempre lo fue, sin que estos indios ablandasen de natural. Dejó la guerra muy amortiguada y trabajó mucho para darle fin; pero no consiguió más fruto con sus grandes trabajos que de adquirir una grande opinión de buen soldado, ministro cuidadoso y solícito guerrero. Tuvo grande autoridad en este reino y mucha estimación en todos, porque, su mucha nobleza, sus cortesías y ánimos liberal le hacían amable y respetable. Conservó siempre mucha autoridad, y en las materias de justicia fue muy entero, aborrecido por ella de los malos y querido de los buenos, que siempre aman la justicia»19.



Pero, con ser tan eminentes los servicios del mariscal, y tan sólida la reputación que se conquistó no lo libraron de la envidia de los valores ni de las debilidades de la justicia de los buenos. El rey, en vez de reconocer los trabajos y méritos de Ruiz de Gamboa, dándole en propiedad el gobierno que tenía interinamente, nombró gobernador a Alonso de Sotomayor, militar que traía una brillantísima hoja de servicio ganada en las guerras de Flandes. Llegó Sotomayor dando oído a las intrigas de los enemigos de Ruiz de Gamboa, prescindió de éste en la distribución de los puestos de importancia, y gastó demasiada severidad en el «juicio de residencia» a que sometió al ex-gobernador:

«No hizo Sotomayor mención de Martín Ruiz -según dice un cronista- aunque era para mucho y había dado muy buena cuenta, siendo el gobernador antecedente, o porque los émulos (que nunca faltan a los que mandan) lo pusieron en ruda opinión con el sucesor, oscureciendo su merecida gloria, o por que se viese tan bien en este grande hombre la rectitud de las cosas humanas y que tenemos la dicha prestada y al quitar, o porque no careciese la posteridad de un ejemplo de grandeza de ánimo y superioridad a la adversa fortuna o conformidad con la divina disposición, pues en efecto se mantuvo en este desaire con mucha ingerencia y alto disimulo»20.



No fue sólo ese desaire lo que amargó la situación del mariscal: a él se agregó que durante el juicio de residencia, Sotomayor lo echó a la cárcel y estuvo:

«Entreteniéndolo -dice el cronista Rosales- años en la prisión por causas y cuentos que fueron encendiendo el fuego, contra la voz militar, que son Martín Ruiz de Gamboa estaba bien y le aclamaba por gran soldado y excelente ministro; y es un género de sentimientos en los que entraron a gobernar el oír alabar a los que acabaron, que les parece que no pueden lucir sin apagar las luces ajenas, o que el aplauso de los otros es poco aprecio suyo, o menos esperanza de que lleguen a donde los otros alcanzan. Y aunque venían algunas provisiones reales del Perú en su favor, las suspendía o entretenía con excesos su ejecución, diciendo que les obedecía, y el buen gobernador Gamboa lo padecía».



El propio mérito y el exagerado calor gastado por sus adversarios, libraron a Ruiz de Gamboa de una sentencia definitiva adversa en el juicio de residencia:

 «Y fueron tantas las exorbitancias -dice Mariño de Lovera- tan desaforadas las sin razones, tan patentes las injusticias, que parecía piadoso castigo cortarle diez cabezas, si diez tuviera. Como quiera que en realidad de verdad le estuviera muy bien tenerlas para recibir en ellas diez coronas. En lo cual se vino a desempeñar el nuevo gobernador sacando la verdad en limpio. Y así, habiéndolo considerado todo, juzgó al mariscal por hombre cabalísimo en su oficio, como lo era».



Creemos que en los citados testimonios hay más que sobrado fundamento parra formar idea suficiente de la alta valía del fundador de Chillán. Sólo agregaremos aquí, por ser oportuna la ocasión, los augurios de futura gloria que expresaba el cronista Córdoba y Figueroa:

«Fueron dichosas -dice- las fatigas del mariscal en la conquista que hizo en la conquista de Chiloé y la fundación de la ciudad de San Bartolomé de Gamboa, que ambas subsisten con aumentación y harán que permanezca su memoria a la posterioridad más remota o hasta la consumación de los siglos: gloria a que anhelaron los primeros monarcas del orbe y con mayor connato los romanos Césares».



¡Grande es el entusiasmo del cronista, y a nosotros nos obliga aceptar sus votos y decirle: «¡Que seas buen profeta!».

Sólo me resta, como remate de este capítulo, formular una pregunta y una indicación. ¡Guarda Chillán, de una manera digna, el recuerdo de Martín Ruiz de Gamboa, manteniendo su nombre en tal forma que los hijos de este suelo sepan, y así lo prueben, que tienen con el mariscal una cuantiosa deuda de gratitud y que han pagado!

Y sí la respuesta fuera negativa, cabría aquí una indicación. Pero de ésta trataremos más extensamente al fin de este trabajo.




ArribaAbajoCapítulo II

Perpetua inquietud en que vivieron los habitantes de Chillán desde la fundación


1.- Los chiquillanes miran mal la fundación; igual cosa pasa a los cordilleranos pehuenches; comienza una lucha de 75 años; carácter generoso y esforzado de los chillanejos. 2.- Primeros asaltos de los indígenas a la ciudad; corre peligro el cura Ruiz; nuevo ataque general de los indios; los araucanos ayudan a los chiquillanes. 3.- Algo de tranquilidad; los curas Martín Ruiz de Ávila, Pedro de Guevara: Luis Bueno Caro: sus virtudes, sus meritorios servicios. 4.- Nueva efervescencia entre los indios en 1588: caen de noche sobre la ciudad por octubre, hacen muchos prisioneros y queman parte de la ciudad; largo período de calma. 5.- La gran sublevación de 1598; muerte del gobernador Óñez de Loyola; crecido número de ciudades destruidas, de españoles muertos y de eclesiásticas asesinados; valor heroico del español y del araucano en esta campaña homérica. 6.- Suerte de Chillán en la memorable campaña; se toman medidas de defensa; va en auxilio de los del sur Francisco Jofré: éste es nombrado maestro de campo; con su nueva autoridad ocasiona un gravísimo perjuicio a Chillán. 7.- Gran asalto a la ciudad: los caciques Millachingue y Navelande; valor sereno y heroico de doña Ana de Toledo y hermanos; cinco valientes soldados salvan gran parte de las señoras; arrojo de doña Catalina de Toledo; salen del frente los soldados con Jofré a la cabeza; triste escena de una india servidora del cura párroco. 8.- El gobernador socorre a los de Chillán; nuevas intentonas de los indios; noble conducta de los indios con la señora Leonor de la Corte, su prisionera.


1.- Muy contento y feliz quedaría Ruiz de Gamboa al poner su firma en el acta de fundación de la nueva ciudad:

«Quedaba satisfecha una de sus más ardientes aspiraciones de mandatario».

Pero por desgracia tuvo que probar muy pronto cuán duramente verdadera es la sentencia del rey sabio de que «el llanto va pisando la orla del manto de la alegría».

Junto a la cuna que se preparaba a la recién nacida, estaban ya en asecho los enemigos, que tenían jurado ahogar a la tierna ocupante apenas dejara oír sus primeros vagidos. Aún no se apagaban los últimos ecos de la celebración del fausto acontecimiento, y ya tuvieron los chillanejos que tomar las armas, para defender sus nuevos derechos y las propias vidas.

Ni los mismos indios de servicio, ni los indios amigos, trabajaron con gusto en la construcción del fuerte, primero de los edificios de la ciudad, después; los indígenas del territorio y sus contornos, esos que no estaban ligados aun con los españoles, con obligación de ningún género, manifestaron desde un principio la pésima impresión que les causaba el arraigo de los nuevos pobladores en esas tierras. Y como las obras venían ejecutándose desde meses antes de la fecha que nos ocupa, tiempo hubo, y sobrado, para que las noticias de todo llegaran a conocimiento de los indios del llano y de los cordilleranos y pehuenches. Si los españoles cifraban grandes esperanzas en los bienes que traería la ciudad a los vecinos, al ejército y al país entero; no se ocultó a los indígenas que todo ese bien de sus enemigos se tornaba para ellos en males tal vez irremediables.

Desde el primer día, puede decirse con verdad, pusieron manos a la obra de acabar con Chillán y sus moradores, y de impedir a los españoles toda fundación en el territorio.

A su vez no fueron ciegos los chillanejos para no ver que su permanencia en sus nuevos domicilios tenían que afirmarla, no en los papeles que acababa de entregarles obtener contra los perturbadores de su tranquilidad.

Y fue así como, sin declaraciones previas, quedó trabada porfiada lucha en el territorio del Ñuble; y es cierto que ella tuvo las más variadas fases; pues, durante setenta y cinco años, la suerte de las armas favoreció ya a los porfiados indígenas, ya a los valerosos y perseverantes chillanejos. No ha llevado otra ciudad de Chile vida más dura que la que saboreó Chillán desde que comenzó su historia, ni ha tenido otra la ocasión de que se formen sus hijos en un ambiente de adversidades, de constancia jamás abatida y de heroísmos tal vez no superados. Así como se busca y halla en la cuna la nobleza de algunos grandes hombres, así también hay que buscar en sus orígenes el espíritu que distingue y honra a ciertos pueblos. Es el caso de Chillán, que ha llegado hasta estos tiempos con un bagaje de distinguidas cualidades, entre las cuales descuellan la hidalguería, el valor y el nunca desmentido patriotismo: han contribuido a formar ese bagaje el espíritu hidalgo y caballeroso que le legó su fundador y el constante batallar por defender el suelo y el hogar contra valientes y porfiados enemigos.

2.- Rayando la ciudad estaba Ruiz de Gamboa cuando cayó sobre el campo una partida de indios que se pospusieron matar en germen la fundación. Salió del fuerte de San Bartolomé con fuerza armada a contener a los asaltantes; pero no fue tan fácil la defensa, porque el enemigo cargó con tenacidad. Se fueron recogiendo al fuerte, según era lo convenido, todos los operarios, amparados por las gentes de armas, y tras aquéllos seguirían los saldados. No estuvieron listos todos en ganar el reparo de los baluartes, y anduvieron advertidos los indígenas, que lograron poner en aprieto a algunos de los operarios: entre éstos estuvo a punto de ser capturado el cura Francisco Ruiz. Buen sacerdote era el Padre Ruiz; pero no era malo para defenderse: hico frente al grupo de indios que lo rodeaban y no permitió que le tocara la mano de ninguno de ellos. Le alcanzaron sí las flechas y las armas, y recibió algunas contusiones de poca consideración: entre tanto hubo tiempo de que acudieran a la defensa algunos soldados de la guarnición y pudo ir el cura a dormir dentro de los muros del fuerte.

Por la rivera salió Ruiz de Gamboa hacia el territorio araucano, con intento de pacificar a sus inquietos moradores, que durante el invierno habían mantenido vivo el fuego de la insurrección. Mucho tuvo en que entender el gobernador en la región del sur, porque todos lo pueblos de pasado el Bío-Bío estaban en perpetua inquietud, y no todos tenían la suficiente defensa contra el indígena: esta circunstancia favorecía a los araucanos y les permitió mantener una guerra no de batallas campales, pero sí de escaramuzas de cada día y de cada momento.

Ese mismo espíritu se acentuó entre los indios chiquillanes una vez que salió de la plaza parte de la guarnición que se llevó el mariscal; se envalentonaron, y confabulándose con los cordilleranos, se resolvieron a atacar la ciudad:

«Asimismo en la ciudad de San Bartolomé de Chillán andaban todos de revuelta por haber dado sobre ellos una noche, al cuarto de la modorra, trescientos indios araucanos que andaban siempre capitaneados de un mulato que gustaba de pasar su vida entre esta gente. Y traes otra escuadra de a pie de otros tantos indios fecheros; todos los cuales mataron muchos indios de servicio y quemaron el pueblo, haciendo todo el daño que pudieron, mientras los que estaban en la fortaleza se despabilaban los ojos y rebullían para salir en su defensa. Mataron a los indios de paz y se llevaron prisioneros a otros, entre los cuales se contaba el cacique Reno, de Huambalí»21.



Leyendo con atención a los cronistas coloniales, y aunque ninguno de ellos dedica especialmente una página entera a cosas de Chillán, se puede ver con claridad que esta ciudad era la preocupación, no sólo los indígenas de esta región, sino de todos los del Maule al sur, especialmente de los araucanos. en los asaltos a Chillán siempre acompañan a los chiquillanes, ya los pehuenches del sur del Bío-Bío, ya los araucanos, ya los puelches, ya los pichunches, ya los costinos de todo el territorio. Así lo vamos a ver en las citas que daremos para dar noticias de los futuros ataques que soportó esta ciudad.

«En razón apuntaré sucintamente -dice el citado Mariño de Lovera- el cerco puesto a la ciudad de Chillán por los indios araucanos y penquinos, cuyo capitán fue Butacalquín, hombre de grande sagacidad y valentía, contra el cual salió el capitán Miguel de Silva con algunos soldados bien apercibidos, y mató a muchos de los enemigos poniendo a otros en prisiones, volviendo el resto de ellos desbaratados, en diez y siete días de octubre de 1581».

«Los indios pehuenches y puelches estaban más contentos con la recién fundada ciudad de San Bartolomé de Chillán, y comenzaron a infestar su territorio con continuas correrías: lo cual sabido por el gobernador mandó que lo aguardaran en dicha ciudad las dos compañías de gente pagada de su guarnición y las milicias de indios auxiliares que pudieran juntarse. Con estas fuerzas salió contra los enemigos, los domó con las armas y ejecutó en ellos tan severos castigos, que les quitó la gana de exponerse otra vez a experimentar su indignación».



Esto dice el historiador chillanejo Miguel Olivares, y el presidente a quién se refiere es don Alonso de Sotomayor, que castigó a los asaltantes de octubre del año 158422.

Pronto siguió Sotomayor hacia el sur, y los chiquillanes, los pehuenches y los puelches, etc. se olvidaron de los castigos del gobernador, y continuaron sus correrías por los campos del Ñuble. No se cuentan asaltos dignos de especial mención; pero sí hay constancia de que «los cordilleranos principalmente» eran verdaderos piratas, que vivían a costa de los robos que perpetraban en sus no interrumpidos asaltos a las estancias y aún a la ciudad, en la cual penetraban burlando la vigilancia de las tropas la guarnición23.

La relativa tranquilidad que siguió por algunos años, tal vez permitió trabajar a los vecinos, ya en nuevas edificaciones, ya reparando lo que destruyeron lo indios en los asaltos que dejamos relatados.

Creemos que adelantaron sus obras los curas, Pedro de Guevara, inmediato sucesor, según nos parece, del cura Martín Ruiz de Ávila; y Luis Bueno Caro, sucesor de Guevara.

Guevara fue uno de los sacerdotes que más se distinguió por sus servicios a la patria y a la religión a fines del siglo XVI y principios del XVII. Fue de los primeros eclesiásticos que se formaron en el seminario de esta diócesis, creado por el obispo fundador de ella, don Antonio de San Miguel, y que fue el primer colegio que se fundó en Chile. Fuñé Guevara capellán mayor del ejército y cura de seis parroquias: Chillán era la cuarta que servía, y debió servirla bien, porque le valió para llegar a la parroquia de la catedral, de la Imperial.

Se cuenta entre los heroicos defensores de esa ciudad en el asalto y destrucción por los indios en 1600, y entre los pocos que escaparon del terrible sitio.

Hijo de Imperial, fue de los primeros chilenos que sirvieron altos puestos en la administración eclesiástica y tal vez el primero que fundó una escuela primaria en Concepción.

Guevara tenía, entre otras excelentes cualidades y virtudes «la de levantar y adornar templos» y la de ser altamente desinteresado y caritativo, como se comprobó en una información que rindieron varios jefes militares distinguidos para formar la hoja de servicios de Guevara. Esos antecedentes nos inducen a creer que no se mantuvo dormida la actividad del cura; y que mucho debió empeñarse en el progreso del pueblo y particularmente en el de la propia iglesia parroquial.

Luis Bueno Caro fue, así lo creemos, el inmediato sucesor de Guevara. Era excelente para cura de una parroquia en que no estaban de más los conocimientos militares. Durante once años fue militar antes de ingresar en el seminario de Imperial, y fue un experto y valeroso capitán. Hizo buenos estudios y ascendió por todos los grados de la clericatura conforme a las leyes eclesiásticas, alcanzando aún completa formación sacerdotal. Caro fue más cumplido y correcto en llenar sus deberes que como militar. No sabemos que haya servido otros curas que el de Chillán; y nos parece que lo desempeñaría a satisfacción general, porque pocos años después fue presentado para una canonjía en la Imperial y fueron reconocidos y alabados sus servicios en el Consejo de Indias: en 1597 era canónico.

Los cuatro sacerdotes que hemos nombrado como párrocos, pueden ser considerados como los fundadores de la sociabilidad cristiana chillaneja. Distinguidos ellos por su virtud y por su ciencia, eran más que capaces de cooperar a la acción de los funcionarios civiles y militares y nobles vecinos que, juntamente con los cimientos materiales de la ciudad, echaron los fundamentos de la sociabilidad civil. Y por sobre ser capaces, estaba el deber que les incumbía de ser verdaderamente «la luz de la feligresía y la sal en este jirón de tierra», conforme al precepto del evangelio. La vida hermosamente cristiana que honró siempre a los moradores de Chillán (de lo cual habremos de hablar más adelante), es prueba inequívoca, de que fueron hábiles los primeros sembradores de la simiente de virtud, piedad y ciencia cristianas, en la inteligencia y en el corazón de los fundadores y de los hijos de esta tierra, y diestros para hacerla germinar con hermosa fecundidad.

3.- Hecha esta pequeña digresión eclesiástica, sigamos nuestro relato civil y militar.

En 1588 comenzó a notarse alguna efervescencia entre los indígenas chiquillanes. Paso el invierno, y junto con renacer la primavera, despertó en los naturales el espíritu bélico, tal vez por contagio venido de las selvas araucanas, en donde se producía el mismo fenómeno.

El 9 de octubre por la noche cayeron repentinamente sobre Chillán numerosas partidas de indios, que no fueron sentidos sino cuando estaban ya dentro de la ciudad: en ocultar sus planes y en ejecutarlos rápidamente, cifraban los asaltantes las esperanzas de éxito, y a fe que no anduvieron desgraciados. La guarnición que salió del fuerte en defensa de la ciudad, no llegó tan oportunamente que no lograran los indios quemar buena parte de la ciudad, hacer más de treinta cautivos y retirarse en orden, defendiéndose de los soldados españoles, a los cuales burlaron hábilmente. Traían los indios excelente caballería, lo cual les permitió emprender una retirada pronta y segura, que en pocas horras los puso a buena distancia de sus perseguidores.

No hubo serios contratiempos para la ciudad de parte de los indios por largo tiempo y pasó tranquilo parte de los indios: era que los indios fraguaban la general conjuración que estalló a fines de ese año con ocasión del suceso que en breves palabras pasamos a relatar.

Gobernaba la nación don Martín García Óñez de Loyola, experimentado capitán de quién se esperaba terminaría la conquista de Chile, poniendo remate a la porfiada y tenas guerra de Arauco. Seis años de gobierno llevaba Óñez de Loyola, y no infructuosos, cuando, de la manera más inesperada, vino la muerte a cortar de golpe las ilusiones de conquista, con cuya realización soñaba desde hacía tiempo.

Por un cálculo errado, basado en una confianza irreflexiva y desoyendo el consejo de personas graves y pudientes, emprendió el gobernador viaje desde Imperial, con el objeto de defender a Angol. Amagada por los indios, llevando consigo un número reducido de hombres de pelea, insuficiente para realizar con éxito la peligrosa empresa. En el segundo alojamiento que hizo la expedición, en Curalaba, fue sorprendida por el jefe araucano Pelantaru, que mandaba un ejército relativamente numeroso, el 22 de diciembre de 1598. la sorpresa fue rápida y violenta, tanto que los españoles, dormidos profundamente, cayeron en manos de los asaltantes sin tener tiempo de pensar en la defensa. En la refriega murió Óñez de Loyola y con él murieron todos los españoles, con excepción del sacerdote secular Bartolomé Pérez, que debió su salvación a la perfección con que hablaba la lengua indígena, y de dos militares más; murieron, el provincial franciscano. Fr. Juan de Tobar, su secretario, Miguel Rosillo y un lego, Fr. Melchor de Arteaga que los acompañaba, y todos los indios auxiliares: y así, la expedición empezada con intentos de defensa, acabó en la más horrible tragedia.

Este acontecimiento, de efectos muy superiores a los cálculos de Pelautaru, alentó y ensoberbeció a los araucanos, y los lanzó por el camino de la rebelión y de la guerra, por el cual marcharon de victoria en victoria, empañando el lustre de las armas españolas y sembrando, en el corto espacio de cinco años, la destrucción, la ruina y la muerte en toda la región del Maule al sur. Todas las ciudades del obispado, excepción hecha de Concepción, fueron saqueadas; escaparon de una total destrucción Concepción, Chillán y Castro, y las siete restantes fueron destruidas hasta los cimientos.

Fue crecido el número de sacerdotes seculares y regulares que parecieron en manos de los sublevados, y «fueron quemadas más de cincuenta iglesias y hospitales que había dispersos en el campo y sus pueblos».

Esas capillas y hospitales estaban atendidas por sacerdotes, curas, doctrineros o capellanes, que se ocupaban de los servicios de cada iglesia, y casi todos ellos de la instrucción de los indios. No quedaron en la diócesis, de cerca de cien eclesiásticos, sino unos ocho o diez; el resto pereció íntegro víctima de la saña de los indígenas.

Esta tremenda calamidad, la mayor que los naturales hicieron experimentar a los españoles, es conocida en la historia con el nombre de «la ruina de las siete ciudades». Constituye ella uno de los capítulos más altamente interesantes de la historia patria; la más alta prueba que dieron los araucanos de su indomable valor y talentos militares y de su ardiente amor al suelo de sus antepasados, por cuya libertad rindieron sus vidas millares y millares de sus más escogidos guerreros. Y al lado del indígena apareció la heroica pujanza del soldado castellano, tan bravo como el araucano, soportando la tremenda prueba con la heroica resolución de morir en la defensa, o de vivir conservando puros y limpios el brillo y la honra de sus pendones guerreros.

Los grandes hechos de armas de esta célebre sublevación de los indios, aceptan parangón con los más gloriosos hechos de armas que registran en sus anales las grandes naciones del viejo continente; y guardaba la debida proporción en el número de combatientes, el sitio y defensa de Imperial, el sitio y destrucción de Valdivia, los asaltos a la plaza de Osorno, y, por sobre todos esos, la toma y destrucción de Villarrica, no tienen superior en ninguno de los sitios famosos de ciudades, que tienen recuerdos gloriosos en las guerras de las grandes naciones.

El talento militar, el valor y el heroísmo en la guerra no alcanzan más allá de lo que entonces fueron el español y el araucano en esas homéricas batallas.

5.- Veamos la suerte que cupo a Chillán en la magna sublevación que dejamos indicada.

La muerte de Óñez de Loyola, fue una campanada que se oyó pronto en todo Chile, y sonó a pavor y a muerte en todas las ciudades.

Los hombres conocedores de las prácticas guerreras de los araucanos, dieron a este hecho trágico la importancia que tenía realmente, y en todas partes se prepararon a la defensa. Los hechos dieron pronto la razón a los que calcularon que los matadores de Óñez de Loyola eran sólo los primeros actores en el tremendo drama y en la horrible tragedia de que iba a ser teatro el sur de Chile.

En Chillán se supo antes del tercero día la muerte del gobernador. El corregidor, capitán Nicolás Cerra, tomó las medidas que las circunstancias aconsejaban y, parra acertar mejor, convocó a las autoridades y vecinos caracterizados para estudiar la situación que se creaba. Envió aviso a Francisco Jofré, militar muy distinguido y muy patriota, que por disidencia con el finado gobernador, estaba temporalmente retirado del ejército y vivía en su hacienda a corta distancia de la ciudad. No se hizo esperar el valeroso capitán, y concurrió a la reunión, en donde su parecer fue el parecer de todos. Hizo una exposición clara de lo que, a su juicio, se esperaba a las armas españolas, y dijo que se hacía necesario obrar con actividad y rapidez, y se ofreció para ir él en persona a restar su concurso en la defensa de las plazas que no demoraría en embestir el araucano, Esta resolución de Jofré iba a traer, ocasionalmente, una gran desgracia a Chillán, pero, en definitiva, la salvaría de la destrucción24.

Salió Jofré de Chillán llevando catorce oficiales de los más distinguidos de la guarnición, y fue con ellos a Santa Cruz de Coya, de Millapoa, ciudad de situación estratégica, y que, a su juicio, debía ser el centro de la defensa contra los sublevados25. Acogieron con entusiasmo a Jofré en Millapoa. En consejo militar se acordaron las medidas de gobierno y defensa que las circunstancias aconsejaban y, de acuerdo todos, se dio cuenta al gobernador accidental, don Pedro de Viscarra, que tenía su cuartel general en Concepción. Celebró éste la vuelta al ejército del capitán Jofré y lo nombro su lugarteniente general y jefe de la guerra de Arauco.

Valido de su nueva y general autoridad, ocasionó a Chillán una de las más grandes calamidades que experimentó esta ciudad durante la gran sublevación: veamos cómo pesaron las cosas. Desde Millapoa envió Jofré a un yerno suyo, el capitán Serrano, como corregidor y jefe militar de la plaza de Chillán, agraviando a Nicolás Cerra, que servía bien ambos cargos; ¡no hiciera tal Jofré, si hubiera tenido una visión más clara de las tristes consecuencias que acarearía un nombramiento que, así es de sospecharlo, no tuvo otro fundamente que un ciego nepotismo!

Así que Serrano llegó a Chillán oyó rumores de que los indios de la región, especialmente los cordilleranos, preparaban un levantamiento y quiso ahogarlo antes que estallara. El cargo grave que puede hacerse a Serrano es que no estudió bien el negocio, y se dejó llevar más de la fantasía que de la calma de un criterio bien fundado. Dio demasiada importancia a ciertas manifestaciones que se notaron entre los indios amigos, y que éstos explicaron con buenas razones.

Con una compañía de cincuenta hombres de caballería, salió el corregidor hacia la cordillera con el intento de sorprender a los sindicados de jefes de la insurrección, y, como dice Álvarez de Toledo:


«Antes de revelarse los serranos
Serrano, sin razón ni fundamento,
Prendió algunos caciques principales
con otros muchos bárbaros leales».



Entre los prisioneros traídos de la cordillera estaba el cacique Juan Millachingue, amigo de los españoles, hombre de gran prestigio en toda la región, dueño de ricas tierras y abundantes ganados, y considerado como el árbitro de la guerra y de la paz, entre los propios y tribus circunvecinas26.

Los indios tomaron como traición lo hecho por Serrano, y una ofensa gratuita hecha a gentes pacificas, que ningún mal habían causado a los de la ciudad. Este justo sentimiento se cambió en horror y en furia, cuando se supo que Serrano sometía a los prisioneros a los más horribles y humillantes torturas, con el objeto de arrancarles lo que él llamaba el secreto de la conjugación. Nada se sacó del bárbaro proceder de Serrano, y sí se incendió en el pecho de los indios el fuego del odio, que no se extinguió sino con la espantosa venganza que luego tomaron.

Aquí iban las torpes investigaciones del corregidor cuando llegó Francisco Jofré a Chillán, con un refuerzo de tropas que traía, restos de la guarnición de Millapoa y del fuerte del Jesús, cerca de Rere, que desguarneció. Impuesto de lo que pasaba, dio libertad a los prisioneros, y honró a Millachingue, sentándolo a su mesa, y agasajándolo como a fiel amigo, confiado en que con ellos se apaciguaría el enojo del cacique y de los súbditos y amigos.

Se dio por satisfecho Millachingue con los desagravios que le hizo Jofré, y llegó a Huete, asiento de su reducción, con ánimo de paces; pero sus capitanes no pensaron como él acababa de llegar a su casa «la flecha», que enviaban los de Penco, como anuncio de la sublevación general contra el español. La flecha o «mensaje de guerra», la recibió un cuñado de Millachingue, Navalande, indio valerosos y lleno de odio contra el invasor de sus tierras.

Rebatió Navalande los razonamientos pacifistas del cacique; pero éste se mantuvo firme, y aunque tomó la flecha, todavía recurrió al expediente de bajar hacia el Itata para establecerse en Panguelemo, bajo la protección de los españoles.

Mientras Millachingue trabajaba generosamente en evitar la guerra, el corregidor Serrano trabajaba porfiadamente en castigar a los indios. Consiguió que el nuevo gobernador, don Francisco de Quiñónez, recién llegado a Penco, le diera amplias facultades para sofocar la rebelión que, según se lo aseguró a Quiñónez, debía estallar muy pronto.

Si antes anduvo desgraciado el corregidor, ahora lo estuvo más. Aprisionó nuevamente al cacique, Millachingue, a su esposa Guallancarel, a su hermano Millacán, y a varios indios de valer: la felonía con que ahora procedió el corregidor, que evidentemente fue menos caballero que los capitanes indígenas, colmó la medida y fue la chispa que encendió el fuego de la rebelión27.

Preso nuevamente Millachingue, ya no se contuvieron los suyos. Se juntaron sin demora los principales cabecillas de la familia y amigos, y acordaron caer Chillán «juramentándose de no desistir de su intento hasta lavar las manos en la sangre de los vecinos en las mismas pilas del bautismo», como dice el P. Rosales.

En la noche del trece de septiembre de 1599, entraron sorpresivamente en Chillán dos mil indios y como violento huracán causaron en pocas horas la casi total destrucción de la ciudad.


«Lo primero cerco el indio perjuro
La casa fuerte en donde Jofré vivía,
Por ser a donde en tiempo mal seguro
La gente femenil se recogía,
Después con mano airada y pecho duro
A todas las demás fuego ponía,
Las condiciones llamas soñadoras
Diurnas hacían las nocturnas horas.
El estruendo, rumor, la grita horrenda,
El tropel, alboroto, los clamores,
La vocería bárbara, estupenda,
Sin término acrecientan los temores;
No hay quién su casa mísera defienda
De los rebeldes, míseros traidores:
Salen los más sin armas y desnudos,
De espanto y de termo sordos y mudos».

Bien aleccionados los indios, pensaron en el incendio y en el robo y confiaron a la rapidez de procedimientos el éxito del asalto. Codiciada presa eran para ellos las prendas de vestir, los útiles de casa y las mujeres y niños.


«En doña Ana María de Toledo
Otros dos indios, pérfidos tiranos,
Con ferocidad bárbara y sin miedo
Pusieron con violencia crudas manos;
Mas ella con valor, brío y denuedo,
Viéndose maltratar estos villanos,
A entrambos los asió por los cabellos
Y de un tirón en tierra dio con ellos».

Saltó furioso un indio cobarde, yanacona de la misma señora, y dio a Ana tan feroz lanzada que la atravesó el cuerpo de parte a parte. Aún no se rindió a su desgracia la heroica dama, y juntando las pocas fuerzas que le quedaban, se guareció en una casa pajiza, juntamente con una hija pequeña que llevaba en los brazos. Opuso alguna resistencia a sus perseguidores; pero viéndose ya imponente para triunfar de sus enemigos, por su propia mano prendió fuego a la casa y murió allí con su hija, prefiriendo aquella heroica muerte a la deshora de caer en manos de aquellos salvajes.

No menos gloria se conquistaron tres hermanas de Ana Toledo, Aldonza, Leonor y Bernardina. Las dos primeras murieron peleando esforzadamente por impedir que sobre ellas pusiera insolente mano ninguno de los fieros indígenas que las atediaban. Bernardina cedió a la violencia de los adversarios, pero sólo cuando ya, casi desangrada, no le quedaban alientos para barajar los golpes que la oprimían: cayó en manos de un indio, pero estando ya en trance de que su nobilísima alma dejara la envoltura de su despedazado cuerpo.

La confusión fue la causa principal de que no se organizaran los españoles y prepararan una defensa que no era difícil; peleaban todos dispersos y no podían prestarse mutuo auxilio:


«Sólo cinco soldados se juntaron
A pie, con arcabuces, y desnudos,
Con unos paredones se abrigaron
Que sirvieron de cóncavos escudos:»

De a donde a muchos indios maltrataron:



«Con balazos mortíferos, y crudos,
Libraron de las manos robadoras
A más de la mitad de las señoras.
No es justo que se queden sepultados

En las oscuras aguas del olvido
arones tan heroicos y esforzados,
Que tanto por su esfuerzo han merecido;
Merecen con razón ser estimados

Por el hecho que digo esclarecido,
Y que sus nombres, méritos y gloria
Vivan, eternamente en esta historia.
Martín Muñoz, soldado veterano,

Uno fue de estos cinco compañeros,
Y Baltasar González, lusitano,
Intrépido salió de los primeros:

Juan Gómez, Porras, Cerda, cuya mano
Muerte dio a muchos bárbaros guerreros
Por ser tan reportado cuanto diestro.
Del arcabuz y bélico maestro».

No podían defenderse por mucho tiempo los cinco bravos que se amparaban en el murallón, y el propio instinto les decía que semejante situación, si duraba, tendría que serles fatal. Uno de ellos dio la voz de: «a la iglesia», y todos fueron resueltamente encaminándose hacia el punto indicado. Con felicidad entraron las señoras en el sagrado recinto y ya fue más fácil la heroica labor de los cinco militares. Cargaron los indios a la puerta; pero ya no erraban tiro los defensores y, las mismas señoras prestaban eficaz auxilio.

Pero hubo un momento en que pararon los arcaduces, y se notó que algo de extraordinario pasaba a los cinco defensores. Acercase una dama a inquirir la causa; y con el gesto, que no con la palabra, y con el temor pintado en el rostro, le dice cerda: «la pólvora». No oyó más doña catalina de Toledo, y corriendo hacia una ventana del fondo de la Iglesia, salta ágilmente hacia afuera, y sin medir el peligro que la rodea corre en dirección a una casa de la vecindad, y defendida tal vez por el ángel tutelar de los soldados defensores, vuelve a la iglesia trayendo consigo una cántara de pólvora, que entregó diciendo:


«Tened, no desmayes, bravos soldados,
Tomad nuevo vigor, fuerza y aliento;
sacudan el temor los macerados.
Recibid con la pólvora contento».
Volvieron a cobrar los despulsados
Nuevo esfuerzo, coraje y ardimiento,
Que la vergüenza a todos les inflama,
Y el ánimo incentivo de esta dama».

Los indios socavaron los muros traseros de la iglesia; pero todo esfuerzo les resultó en vano: el fuego de los de dentro era certero, y obligó a los indios a cejar en su intento de apoderarse del tesoro de la iglesia y de sus defensores y de las numerosas señoras que allí se defendían.

No logró defenderse el convento y templo de la Merced. Tal vez de los asaltantes de la iglesia matriz era los dos jóvenes indios que cayeron sobre la casa mercedaria y, acompañados de otros compañeros, hicieron presa en ella, la despojaron de sus ornamentos, vasos sagrados, útiles de casa; llevaron prisionero a uno de los religiosos, hermano lego, que logró más tarde huir de poder del enemigo.

Al amanecer dan los indios la señal de retirada, llevándose un rico y abundante botín y numerosos prisioneros, especialmente mujeres y niños en número de cuarenta. Entre éstas iba doña Isabel Mejía de Toledo, la cual, al pasar frente al cementerio, vio a algunos españoles que allí se habían refugiado y pide auxilio. A gritos incitaba a la defensa, y pedía armas, y arengaba a los amigos y les aseguraba que se podía resistir:

«Aquí va -decía la valiente señora- aquí va conmigo la señora Juana, venid y liberarla»28.

Cuando ya amanecía pudo salir la gente del fuerte y juntarse los vecinos que huyeron o se escondieron y organizaron la persecución de los asaltantes. Salió y organizaron la persecución de los asaltantes. Salió francisco Jofré de su forzada inactividad y acudió a prestar auxilios a los desconcertados vecinos. Profunda pena, y algo de remordimiento debió experimentar el pundonoroso militar al contemplar el estado de desolación y ruina en que veía la ciudad: él tenía alguna culpa en que las fuerzas del fuerte no actuaron como correspondía, al tiempo del asalto. Pero si alguna responsabilidad le cabía, es lo cierto que después cumplió con los deberes que le impuso la situación de los vecinos y de la ciudad. Tomó las medidas necesarias para ir en seguimiento de los indios, aunque no se pudo verificar hasta el segundo día, y en la ciudad prestó los servicios que estaba en su mano prestar. Y como dice el poeta que hemos citado:



«Su pérdida y dolor cada cual siente,
Pero Jofré la suya y más la ajena,
No puede remediar el mal presente
Que es lo que más le angustia y le da pena:

Las lástimas ve grandes de su gente,
La ciudad de lamentos toda llena,
Quiso consolar, pero no pudo,
Que se le puso en la garganta un nudo».

Una de las tristes escenas que concurrieron y que conmovió profundamente a cuantos la presenciaron, la causó una yanacona o india de servicio del cura párroco, Salinas. Llevaba la india la cabeza de su amo, y deshecha en llanto, la presentó a Jofré. estaba la cabeza llena de profundas heridas y golpes, tanto que apenas se le hubiera conocido, a no ser por la coronilla clerical que estaba recién rasurada.

Al siguiente día se da nuevamente la alarma de que están los indios a la vista y de que probablemente caerán sobre la ciudad. La alarma se trocó en regocijo, pues el supuesto enemigo era el capitán Tomás de Olavarría, que desde Santiago llegaba al frente de una compañía de veinte hombres.

6.- Impuesto el gobernador Quiñónez de lo acaecido en Chillán, dio órdenes de prestarle socorro, de reparar los edificios destruidos, y envío de jefe civil y militar al capitán Miguel de Silva, a quién honró con el grado de teniente general y dejó de segundo al mal afortunado Serrano.

No se contentaron los indios con el resultado de la pasada empresa; envalentonados con el éxito favorable, intentaron realizar todos sus proyectos, cayendo nuevamente sobre Chillán, con ánimo de cumplir el juramento de acabar con la ciudad. Como en la vez anterior, aprovecharon las altas horas de la noche y penetraron por las calles silenciosas, creyendo no ser sentidos. Quemaron algunas casas y pendía ya el fuego en el convento de San Francisco, cuando salió del fuerte con rapidez y denuedo. Sorprendidos los indios cejaron de su intento y, aprovechando de las tinieblas que aún envolvían la ciudad, huyeron tomando el rumbo hacia la cordillera. Tras ellos siguió el corregidor, y por dos días les fue siguiendo la pista, con mucha suerte, porque recobró parte del botín y alcanzó la libertad de varios prisioneros y a otros rescató más tarde.

De entre los prisioneros librados merece especial mención el caso de una noble señora, a quién le valió la caridad que antes había usado con los indios en su cada y en su hacienda:

«Dígase en honor del hacer el bien que, entre algunas personas que en esta ocasión cautivaron, fue una señora principal, llamada Leonor de la Corte, que por salvar sus hijos quedó ella en poder de los enemigos; que, hacer a los demás mal tratamiento, al fin como bárbaros, conociendo a esta señora y que en el tiempo de la paz los agasajaba y acariciaba, tuvieron este reconocimiento; que en los días que estuvo cautiva, no sólo no la maltrataron, pero le regalaron y sirvieron y le dejaron todas las criadas que le servían en su casa. Y cuando se rescató la acompañaron todos los caciques hasta el lugar del contrato: ¡Tanto puede el hacer el bien, aunque sea a bárbaros!»29.






ArribaAbajoCapítulo III

Siguen otras desgracias de la ciudad y territorio


1.- Viene el gobernador Quiñones a Chillán; providencias que toma: va en socorro de las ciudades del sur. 2.- Paillamacu asola la ciudad: la reduce a escombros y cenizas; cómo la encuentra el sucesor: el nuevo gobernador Alonso de Rivera; decae la producción agrícola; curioso remate de diezmos; los curas Zamudio, Salguero y Pérez, dominicanos. 3.- Se nota algún resurgimiento; la viñita del oidor Gabriel de Celada; la defensa militar hecha por oficiales distinguidos, como lo dice el gobernador Jaraquemada. 4.- El P. Valdivia y la guerra defensiva: sosiega a los cordilleranos; relativa paz al principio. 5.- Asaltos de Lientur en 1626 y 1628: en una muere el corregidor Sánchez Osorio. 6.- Viene el gobernador Córdoba y Figueroa en defensa de la ciudad; un nuevo gobernador auxilia a Chillán; salteos de la ciudad; un nuevo gobernador auxilia a Chillán; salteos del indio Curamboa, astuto guerrillero; decae la región. 7.- El marqués de Baides intenta las paces: no contiene las incursiones de los indios de Chillán; Tinaqueupu.


1.- Pasada la intranquilidad de los chillanejos con la corrida que dio el comandante Miguel de Silva a los indígenas, se dio aviso al gobernador don Francisco de Quiñónez, que estaba en Concepción, de lo sucedido en los últimos incidentes. Vino el gobernador a Chillán y proveyó lo necesario para asegurar la defensa de la ciudad: reforzó el fuerte y dejó armas y municiones, para hacer frente a los enemigos que, así lo creían todos, no demorarían en volver a la carga. Bien venían esos auxilios, porque la ciudad estaba muy escasa, sobre todo en lo que hace a elementos de guerra.

Cumplidos sus buenos oficios, se volvió Quiñones a Concepción, resuelto a disponer lo necesario para ir en socorro de las ciudades cerco y reducidas ya casi todas a un montón de escombros.

En el otoño de 1600 socorrió el gobernador a la Imperial, que fue abandonada por los pocos defensores que vivían aún por el mes de abril; y poco después despobló a Ango. Buena parte de los pobladores de esas ciudades se refugiaron en Chillán, en donde encontraron también ruinas, pobreza y hambre.

2.- Mientras que el gobernador Quiñones expedicionaba en el sur, había caído sobre Chillán más de dos mil indios, que talaron primero los campos circunvecinos, y oprimieron después a la guarnición y vecindario de la ciudad. El toqui Paillamacu hizo inmenso daño a la población: obligó a los vecinos a refugiarse en el fuerte y prendió fuego a los edificios, de los cuales no quedaron sino cenizas y murallas escuetas.

Al solo recinto militar quedó reducida la autoridad española en el partido de Chillán. Cuando el gobernador don Alonso García Ramón, sucesor de Quiñónez, llegó a Chillán, por el verano de 1601, pudo decir con verdad que halló en ella a sus vecinos guarecidos en el fuerte militar «que no era otra cosa que un corral de palizada baja y de débil defensa».

García Ramón, gobernador interino, recibía el mando del país en circunstancias bien desgraciadas y no se acobardó para acometer la obra de salvar lo poco que los españoles conservaban en el sur: más que él hizo el propietario, Alonso de Rivera.

El nuevo gobernador prestó a Chillán el posible auxilio; y entre los años 1601 y 1602 rehízo el fuerte de San Pedro del Ñuble, cuyo cuidado confió nuevamente a Martín Muñoz, construyó el fuerte de Quinchamalí, en las juntas de Itata con el Ñuble, y le puso de jefes a los capitanes Álvaro Núñez de Pineda30 y Jines de Lillo «entre ambas personas de mucho valer, cuidado y experiencia»; aseguró las defensas y la guarnición del fuerte de Santa Ana, Itata abajo; y siéndole urgente volver a la capital, entrado ya el invierno, emprendió viaje:

«Dejó en Chillán la compañía de Lucas González Navarrete y la de Francisco Ortiz de Atenas, que quedó por cabeza de la ciudad, con título de cabo y capitán a guerra y cargo de que había de dar socorro y abrigo a los presidios de aquella parte»31.



Poco tiempo había pasado en Chillán el gobernador Rivera, pero se formó concepto exacto de la situación. Daba cuenta al rey del estado de la guerra en 1602 y le decía, en julio de ese año:

«Que San Bartolomé de Gamboa tiene necesidad, por lo menos de 150 soldados, porque es frontera de coyunches y catirayes, por un cabo, y por otro, de la cordillera nevada. Toda esta gente es belicosa y acostumbrada a vivir de hurto».



Tanta razón tenía Rivera en esto último, porque, encima de él, puede decirse, se entregaban a sus raterías de piratas. Llegando a Chillán venía en ese verano, cuando algunos cordilleranos, aliados con los indios de Itata abajo, caían sobre las estancias de Toquihue (entre Portezuelo y Ninhue de hoy) y arrastraron con grandes arreos de animales, llevando además buenas provisiones de trigos y otros bastimentos:

«Mas -dice Rosales-, sabiéndolo el capitán Martín Muñoz, del fuerte Ñuble y alguna gente de a caballo de Chillán con él, les quitaron todos los ganados y las cidras a nueve indios quechereguas».



No había pues guerra abierta, pero el Partido no gozaba de absoluta tranquilidad; lo cual fue causa para que, poco a poco, disminuyera la proverbial riqueza pecuaria y agrícola de la región. Los estancieros algo distantes de los fuertes militares no se aventuraban a hacer grandes siembras, y la región oriental fue quedando algo abandonada, prosperando, en cambio, la occidental.

Como una prueba de lo que decimos, y por el sabor de antigüedad que tiene, contaremos aquí un remate de los diezmos del año 1602, que vamos recordando en nuestro relato.

Al dominicano Fr. Cristóbal de Zamulio, que fue cura desde 1586, sucedió su hermano en religión, Fr. Juan Salguero. Puso éste en remate los diezmos «de la ciudad y sus términos», es decir, de todo el territorio comprendido entre el Itata y el Longaví. El resultado lo contiene el acta que se levantó el día del remate, y que damos íntegra, porque nosotros no acertaríamos a narrar el asunto con lenguaje tan pintoresco:

«En la ciudad de San Bartolomé de Gamboa, en quince días del mes de setiembre de mil seiscientos y dos, ante el P. Fr. Juan Salguero, cura y vicario y juez ordinario de esta dicha ciudad, y por ante mí el escribano y testigos, en presencia del Capitán Francisco Ortiz de Atenas, corregidor y justicia mayor de ella, con asistencia del Capitán Miguel de la Cerda, factor de la real hacienda de esta chica ciudad, se dio el tercero pregón a los diezmos de esta ciudad y sus términos por voz de Andrés, indio del servicio y sus términos por voz de Andrés, indio del servicio del dicho corregidor que sirvió de pregón. Habiendo salido de misa y estando junta la mayor parte de gente de esta ciudad, por ser día festivo, la puerta del templo de Santo Domingo, que al presente está de matriz de ella, diciendo: doscientos y veinte pesos dan por los diezmos de esta ciudad y sus términos, pagando por sus términos según su uso y costumbre».



Y estando una vela encendida en un candelero sobre la mesa, se dijo en dicho pregón que se habían de rematar los dichos diezmos en acabando la dicha vela; y que se apercibió a remate declarando las condiciones y plazos acostumbrados, que son en esta manera:

«Que la paga ha de ser en buen oro de Valdivia de veintidós quilates y medio, fundido y marcado el primer tercio a esta Navidad (?) adelanto del dicho año; y andando con el dicho pregón apercibiendo a remate, y habiendo algunas pujas se remataron en Francisco Martínez, vecino morador de esta ciudad, en trescientos pesos de buen oro de Valdivia, que fue la persona que más por ellos dio cuando se acabó la candela; y el dicho vicario se los remató y el dicho Francisco Martínez se obligó a pagar los dichos trescientos pesos de buen oro de Valdivia a los plazos y condiciones acostumbrada, y de que por ello (ofrece) fianza legal, llana y abonada; y lo firmó de su nombre, con el dicho vicario y corregidor, y fueron los testigos el capitán Esteban de Lagos y el alcalde Alejo de la Fuente y Juan Suárez y otras muchas personas; de que yo, el presente escribano, doy fe. -Fr. Juan Salaguerro. -Francisco Ortiz. -Miguel de la Cerda. -Francisco Montesinos. -Ante mí, Juan García Jove, escribano»32.



Para juzgar con acierto el contenido del acta, hay que agregar que el solo diezmo de trigo daba antes el doble de lo que ahora deban los diezmos todos, y que por frutos y por animales se recogía una cantidad que no bajaba mucho de la del trigo33.

Otra prueba de la escasez de las entradas aparece de la pobreza de las iglesias o, mejor, oratorio de la ciudad. Al. P. Salguero sucedió el dominicano Fr. Alonso Pérez se vio imposibilitado para funcionar en la capilla parroquial, y llevó el servicio a la capilla del propio convento, la que estuvo sirviendo de «iglesia matriz»34.

El gobernador Rivera asegura al rey, en 1604, que ha prestado atención cuidadosa a las necesidades de Chillán, tanto materiales como espirituales; aumentó la guarnición de la ciudad, y procuró que el servicio parroquial se regulariza en todo, especialmente en que fuera hecho por clérigos seculares.

Y creemos que esto último no lo conseguiría el gobernador, porque no había curas en la diócesis sino para Concepción y para «dos doctrinas rurales vecinas a esa ciudad». El resto del clero parroquial murió en manos de los indios entre los años 1598 y 1603.

3.- Con la relativa paz que obtuvo el gobernador, comenzaron a revivir los campos y los chillanejos se atrevían a salir de los fuertes militares y a reparar o rehacer sus casas destruidas e incendiadas por los indios.

En 1610 visitó el territorio un oidor de la Audiencia de Santiago, para enviar a Madrid un informe que solicitaba el rey, sobre la situación en que se hallaba la nación, principalmente la región oprimida por la sublevación araucana: hizo la visita don Gabriel de Celada, Oidor de la Real Audiencia. Hablando de Chillán dice el oidor:

«Tiene cincuenta y dos casas, de las cuales ocho son cubiertas de teja, las treinta y nueve cubiertas de paja, y las cinco son hechas de buhío de palos y paja; una iglesia parroquial; un convento de Santo Domingo, con tres religiosos; otro de San Francisco, con seis religiosos; otro de la Merced, con tres religiosos».



En lo militar seguía bien defendida la plaza, y se habían juntado en ella una escogida división, de lo mejor del ejército. Así lo asegura al rey, en carta de 1.º de mayo de 1611, el gobernador don Juan de Jaraquemada al rey:

«Y en esta ciudad de Chillán, dice, y Estancia de Buena Esperanza (Rere), que están en la retaguardia y circunvecinos de la paz, dos Maestres de Campo y un capitán (sargento mayor) con personas y soldados de más consideración».



En lo que hace a la agricultura, se habían reparado y estaban en intenso cultivo dieciocho de las más ricas estancias: así lo aseguraba el P. Luis de Valdivia.

Este célebre jesuita acababa de encargarse de poner en practica su famoso proyecto de «guerra defensiva», según el cual se intentaría la conquista de Chile por medios pacíficos y cuando más por la sola guerra defensiva.

Una de las primeras medidas que tomó fue intentar la pacificación de los partidos de cordilleranos de Chillán:

«Despachó de esta ciudad de Concepción el P. Valdivia -dice Tribaldos de Toledo- mensajeros a la provincia de la Cordillera nevada, que eran muy perjudiciales a la ciudad de Chillán y esta de la Concepción, por ser enemigos corsarios y saber las entradas y salidas de aquella tierra. Respondieron al mensajero con obras, y palabras, enviando cuatro caciques a dar las gracias de las mercedes que S. M. les hacían, y que en testimonio de las veras con que admitían las paces que se les ofrecían, buscarían todos los cautivos que ellos tuvieran y los darían»35.



El sistema de guerra defensiva no pudo implantarse tal como lo había ideado el P. Valdivia; o lo que es más exacto, no pudo mantenerse por mucho tiempo, porque no fue simpático para los principales jefes y capitanes del ejército y porque los indios no eran capaces de entender o no querían entender, las ideas y planes del P. Valdivia. Hubo aparente paz en los primeros tiempos de la implantación del sistema; pero no faltaron, ya en un punto, ya en otro, asaltos de parte de los indios, e incursiones en tierras araucanas de parte de los españoles.

Chillán pasó algunos años en relativa paz: el P. Valdivia pudo decir en 1620 que, de 18 estancias que se explotaban en 1612, habían llegado a 72 ese año «y que tanto se ha mejorado Chillán en conventos y casas que admira a los que la conocieron antes» asegura que ya casi todas las casas eran de adobe y teja, en vez de las antiguas construcciones de paja36.

5.- Dijimos que en relativa paz vivía Chillán, pues era la verdad que los cordilleranos y los indios vecinos no perdían su instinto de rapacidad, ni se extinguía su odio contra los españoles. Para no alargar demasiado este capítulo, apuntaremos aquí, sin comentarios, los principales asaltos a la ciudad, o las excursiones que se verifican después de la fecha en que va desarrollándose este relato.

En 1620:

«El cacique Lientur -según dice Córdoba y Figueroa-, procurando sublimarse entre los suyos con algún hecho brillante, hizo irrupción por el territorio de San Bartolomé de Gamboa con suceso, porque con increíble celeridad se apoderó de 400 caballos que en diversas partes tenían apotrerados los españoles y algún ganado vacuno, y con la misma se retiró viendo el estampido que su ejecución había dado en todo el partido y se internó por la Sierra Velluda, senda bien notoria de la cordillera. No fue posible alcanzarle en su regreso; porque la mucha remonta que llevaba ocasionó su mayor celeridad»37.



El mismo Lientur entró algún tiempo después en Chillán, y según cuentan el P. Rosales, salió en su contra el corregidor Martín Fernández Orteruelo, que lo alcanzó y le quitó el botín.

Siguieron siendo la pesadilla de Chillán el audaz Lientur y Butapichun. En 1628, burlando la vigilancia que les tenía puesta en el Bío-Bío y en el Itata, cayeron como un rayo sobre la ciudad y sus alrededores; saquearon e incendiaron varias casas de la población; hicieron algunos prisioneros, quemaron algunas estancias y arrearon con un abundante botín. Salió contra ellos el jefe de la plaza, pero no les dieron alcance, pues tomaron caminos desconocidos de la cordillera y salieron a la otra banda, a repartirse tranquilamente la rica presa.

Y según cuenta el P. Rosales, más afortunado anduvo aún el incontenible Lientur en otro golpe a Chillán en 1628. Burlando a los centinelas que le tenían en Talcamávida y Rere, engañó al jefe de las fuerzas del cantón y se vino sobre Chillán con ochenta hombres escogidos y valerosos y muy bien armados. Salió contra el indio precipitadamente y sin tropa suficiente, el corregidor, capitán Gregorio Sánchez Osorio, que ese mismo día, se recibía del cargo, y no obtuvo otra cosa que su propia ruina y de los que lo acompañaban. Poco hábil en cosas de guerra y lleno de presunción, no aceptó el consejo de personas prudentes, y no quiso preparar al enemigo en un estratégico paso de un profundo estero, la misma trampa que éste le armó a él. Lo envolvieron astutamente los indios y cayó en la refriega el corregidor con dos hijos suyos, con el alférez real, un regidor de la ciudad y tres soldados más:

«Cuando llegó la demás gente y vio al corregidor muerto y a todos los que lo acompañaban tendidos a su lado, desmayaron a la primera vista; pero, volviéndose a recobrar, acometieron al enemigo con gran valor y buen orden. Se les opuso Lientur a la resistencia en el mal paso que tenía ganado, y apeándose los españoles para echarle de él, anduvo la fortuna en favor de este bárbaro y gran soldado, que a todos los que se le opusieron, con ser capitanes y hombres de gran valor, los degolló. Se llevó las cabezas de los hombres de los muertos, sus caballos ensillados y enfrenados, sus armas y vestidos».



6.- Llegaron a conocimiento del gobernador don Luis Fernández de Córdoba los desastres experimentados por el vecindario de Chillán, y desde Concepción vino acá, dispuestos a reparar en lo posible los males causados por los indios y a proveer lo que aconsejara la prudencia para las futuras tentativas del enemigo. Se robustecieron las defensas del fuerte, se efectuaron algunas reparaciones en los edificios y dejó una guarnición respetable. Dio nombramiento de corregidor y jefe de la guarnición al capitán Diego Venegas, que fue recibido con aplauso general, de militares y civiles, porque era universalmente conocido y gozaba de merecida fama de diligente administrador y de experto y valeroso militar.

Con el gobernador Fernández de Córdoba terminó el período de la guerra defensiva, que no trajo los grandes bienes que de ella se esperaban. De modo que el sucesor don Francisco Lazo de la Vega, se encontró a su arribo a Concepción, diciembre de 1629, con que la paz con los indios era todavía en Chile.

El nuevo gobernador, en sus diez a los de gobierno, pudo cerciorarse de que los indios no dejaban en tranquilidad ni las ciudades ni los campos de los españoles. No hubo grandes batallas campaniles; pero las escaramuzas eran de todos los días; y los asaltos a los pueblos y especialmente a los hacendados, no menos frecuente.

Por largos años, como cuenta el P. Rosales, infestó el Partido de Chillán el guerrillero Curamboa:

«Indio rebelde, notable corsario, cauteloso ladrón y perjudicial en nuestras fronteras, más astuto que valiente, que con sus continuas entradas, destruyó las estancias de la ciudad de Chillán, por haberse criado en aquellas fronteras. Nunca éste capitaneaba ejércitos de enemigos, sino un pequeño número de soldados para con mayor seguridad entrar sin ser sentido en nuestras tierras y estancias, donde frecuentemente ejecutaba grandes latrocinios con diabólicas estratagemas».



Así iban a la par, los españoles, pacientes y tenaces, trabajando por impulsar el progreso de la ciudad y partido; y los indios, porfiados y resueltos, empeñados en deshacer la obra de sus enemigos. Y como destruir es más fácil que edificar, resultó que, por poco que se movieran los indios, su obra era lamentablemente eficaz y excedían a los españoles en los resultados de sus empresas.

7.- Cuentan el cronista Jerónimo de Quiroga, que durante el gobierno del marqués de Baides, don Francisco López de Zúñiga (1632-1643), el territorio del Ñuble fue constantemente el teatro de las incursiones de los cordilleranos, de los pehuenches y puelches.

«Se alternaban las excursiones -dice Quiroga- desde Arauco y Yumbel y se hicieron muchos cautivos; al propio compás campaneaban los indios y se entraban por Alico a Chillán, barriendo la campaña de gente y ganados. Salen en su alcance los militares de aquella plaza y en lugar de rescatar lo perdido, pierden muchos soldados las vidas con sus capitanes, y se llevó el enemigo la presa, de la que con muchas diligencias se rescataron algunas mujeres principales»38.



Tentó el marqués hacer las paces con los araucanos y buscó la ocasión favorable. Demoró un tanto la realización de su proyecto, porque se le oponían los principales capitanes de su ejército. Con paciencia y buen tino logró el gobernador realizar su idea y celebró con los araucanos el parlamento de Quillín, en enero de 1641. Por de pronto quedó satisfecho el marqués; pero no pasó largo tiempo y ya tuvo que recurrir a las armas, para contener los demandes de los caciques más respetados. Éstos con fútiles pretextos, quebrantaban los tratados de Quillín, ya alentando las guerrillas que mantenían vivas algunos de los más ardorosos jefes indios, ya prestándoles su aceptación y su auxilio.

Se vio el marqués en la precisión de enviar a sus capitanes a contener a los indios y a castigar la infidelidad de algunos de los caciques que pactaron en Quillín. Este movimiento de armas, fue considerado por los indios como injusta ofensa de parte de los españoles y se consideraron con derecho para preparar sus huestes a la pelea. Varios de los jefes indios más hábiles y valerosos, armaron expediciones por los campos y por las ciudades españolas. Por el año 1645 cayó sobre Chillán uno de esos partidos volantes de guerrilleros y causó irreparables daños: para darle a conocer citamos lo que dice el historiador Rosales:

«Los indios de la cordillera, Guilipel y Tinaqueupu39, que tienen obedientes a su llamado a los pegüenches y a los puelches, llamaron a Ruya, Guiligura y los de Pocon, y repartiendo la flecha se concertaron de dar en la ciudad de Chillán y sus estancias, donde vivan capitanes nobles y hacendados sus familias, y determinaron hacer paso por las cordilleras por desmentir los centinelas del paso de Alico y el paso de la Laxa, donde los pudiera atacar el Sargento Mayor con su tercio. Y les salió tan bien, que sin ser sentidos dieron en Chillán y sus estancias, haciendo el mayor estrago que se ha visto por que entrando en la estancia de el Capitán Juan de Azebedo le capturaron a su mujer Doña Leonor de Lagos, señora muy hermosa, honesta y principal, y a suegra Doña María de Escobar, un hijo, dos mozos españoles y quince indios y indias de su servicio, y saqueando la casa robaron cuanto en ella había, y quitándole a Doña Leonor un hijo que tenía a los pechos, le estrellaron inhumanamente contra una pared. Pasaron a la estancia de el capitán Don Miguel de la Lastra, caballero del orden de Santiago y contador y oficial Real de la Concepción, persona de muchas prendas y estimación, y le cautivaron el mayordomo español con su mujer y otros tres españoles y muchos indios y indias que tenía en su servicio, haciendo el mismo saco en la hacienda. Lo mismo hicieron en las estancias de don Salvador Manríquez, Alférez Campos y otros cautivando, hiriendo y matando a cuantos se ponían en resistencia. Y aunque fueron muchos los cautivos, hubieran sido más sino sucede el fracaso en día de pascua, que por serlo habían ido muchos a la ciudad de Chillán, y por eso se escaparon del fuego abrasador de el enemigo, que no dejó cosa que no consumiese.

Hizo el enemigo otra cuadrilla que dio en los potreros de la ciudad y se llevó todos los caballos, con que ni los soldados ni los vecinos pudieron seguir el alcance de el enemigo, que como astuto, el primer lance en que pone la mira es en coger los caballos a los españoles para cortarles los pies y quitarles las principales fuerzas y imposibilitarlos a seguirlos: con que se fue el enemigo muy contento y jactancioso a sus tierras, cargado de despojos y de cautivos. Y todas estas desagraciadas y malas suertes se lloraban y experimentaron por no haber querido admitir de paz a Guilipel y a Tinaqueupu cuando rogaban con ella y sufrieron tantos golpes por ver si con su sufrimiento podían obligar al Marqués»40.



La situación de Chillán se desmejoró considerablemente después del asalto y ataque de Tinaqueupu; y, como el estado general en la nación era de semi-paz y de semi-guerra, no fructificaba abundantemente la labor de los chillanejos, ya en lo que hace a reparar la ciudad misma, ya en rehacer las haciendas de la región. Así pasó el gobierno del marqués de Baides, de don Antonio Acuña y Cabrera, tristemente célebre en la historia patria, y de tristísima memoria para esta ciudad de Chillán. A la desgraciada administración de Acuña y Cabrera debe Chile los males de la gran sublevación de los indios de 1655, y Chillán la triste suerte de verse borrada del catálogo de las ciudades de la nación. Este lamentable suceso será objeto del siguiente capítulo.



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