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- VI -

¿Fue protestante el autor del «Crótalon»?.

     Muchos de mis lectores conocerán sin duda el ingenioso y extraño libro intitulado el Crótalon de Christófhoro Gnosopho (1724), publicado en 1871 por la Sociedad de Bibliófilos Españoles [967] con tanta elegancia tipográfica como repugnante incorrección en el texto (1725). Obra era ésta completamente ignorada hasta nuestros días, y de la cual no se sabe que existan más que dos manuscritos: uno en la Biblioteca del marqués de la Romana, hoy agregada a la Nacional, que algunos creen ser el borrador, y otro en la del Sr. Gayangos, el cual sirvió de texto para varias copias que antes de la impresión se sacaron.

     Aunque el libro requería amplia ilustración, los bibliófilos, tras de imprimirle con innúmeras erratas, le publicaron ayuno y escueto de todo prólogo, nota o comentario. En una advertencia, que no llega a cuarenta líneas, se dice rotundamente que «el ignorado autor del Crótalon era luterano y que su obra debe colocarse entre las mejores de los protestantes españoles».

     Yo también lo creía así en un tiempo, y en alguna parte lo he dicho; pero ahora que he vuelto a leer con espacio el libro, estoy firmemente persuadido de lo contrario. Es indudable que la obra se escribió en Valladolid, en los primeros días del reinado de Felipe II. Es seguro también que el autor era lego, y muy enemigo de la gente de Iglesia, y muy erasmiano, y muy leído en las obras de Alfonso y Juan de Valdés; pero de aquí no pasaba. Zahiere amargamente las costumbres de los clérigos, sobre todo al describir, en el canto 17, el convite y zambra que se hizo con ocasión de una misa nueva; no los pierde de vista un momento en todo el proceso de su libro y escribe siempre con gran desenfado y mordacidad; pero cuantas veces se le presenta ocasión, condena y abomina la Reforma. Pone en el infierno las almas de Lutero, Zuinglio, Osiander, Regio, Bucero, Ecolampadio (1726), Felipe Melanchton y sus secuaces y se esmera en la relación de sus tormentos. «Los cuales fueron tomados por los demonios y puestos sobre rosicler, y con unas hachas y segures los picaron allí tan menudos como sal, y, después de muy picados y molidos, lo echaban en unas grandes calderas de pez, azufre y resina, que con gran furia hervía en grandes fuegos, y allí se tornaban a juntar con aquel cocimiento, y asomaban por cima las cabezas con gran dolor, forzando a salir, y los demonios tenían en las manos unas ballestas de garrucho y, asestando a los herir al soltar, se sapuzaban en la pez ferviente, y los demonios los tornaban a herir», etc. (1727)

     No con menos fruición narra el autor la felicísima victoria lograda junto al Albi por Carlos V contra la liga de herejes luteranos.

     ¿Cómo había de ser protestante un hombre que no se harta de reprobar los errores de aquellos dañados heresiarcas (1728); [968] que jamás suelta una proposición sospechosa en cuanto a dogma; que reconoce en términos expresos la existencia del purgatorio (1729), que tanto condena la temeraria curiosidad «en las cosas que determina e tiene la Iglesia y ley que profesas»?

     Conste, pues, que el Crótalon no es obra salida de la congregación luterana de Valladolid, y téngase a su autor por católico, aunque harto libre en el escribir y mortal enemigo de los frailes y clérigos de su tierra. Fuera de esto, el libro es muy interesante para el estudio de la lengua, de las costumbres del tiempo y de la invención literaria, y muy ameno y entretenido por la variedad y enredo de las peregrinas historias que en él se relatan. El autor era helenista, había hecho grande estudio de los Diálogos de Luciano y se propuso imitarlos, tomando por base el Dialogo del zapatero y del gallo, en que quiso el samosatense burlarse de la secta pitagórica. Con él fue entretejiendo imitaciones de otros muchos diálogos, especialmente del Icaro-Menipo, de la Necromancia, del Toxaris o de la Amistad, del Pseudo-Mantis, de la Historia verdadera y del de la Vida de los parásitos; pero aplicados todos a cosas de España y del siglo XVI. La literatura italiana, que conocía muy bien, le dio asimismo no pocos materiales: imitó a Ariosto en el episodio de Alcina y en el de la copa encantada, que él exornó y aderezó de un modo algo semejante al de la novela del Curioso impertinente, de Cervantes. Todo esto y la parte histórica, que no es pequeña ni poco interesante en el libro, y la sátira dura e incisiva derramada por todo él, y el concepto artístico que del mundo invisible tenía el autor, y los méritos de su estilo, que es abundante y lozano, aunque desaliñado a veces, pudieran dar motivo a un curiosísimo estudio, ya que los bibliófilos no creyeron necesario hacerlo. Pero ésta no es ocasión ni lugar oportuno.

     Del autor nada se sabe. Don Pascual Gayangos me indicó la sospecha de que quizá lo fuera Cristóbal de Villalón, vallisoletano, autor de un Tratado de cambios y de un rarísimo libro rotulado Comparación de lo antiguo y lo moderno, que existe en el Museo Británico, y cuyo estilo e ideas parece que convienen mucho con los del Crótalon. Esto sin contar con la traducción del Cristóbal en Christóphoro (1730). [3]



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Capítulo VIII

Proceso del Arzobispo de Toledo D. Fr. Bartolomé Carranza de Miranda.

I. Vida religiosa y literaria de Carranza. Sus viajes y escritos. Va como teólogo al concilio de Trento. Contribuye a la restauración católica en Inglaterra. Es nombrado arzobispo de Toledo. -II. Publicación de los «Comentarios al Cathecismo Christiano. Elementos conjurados contra Carranza: rivalidad del inquisidor Valdés; antigua enemistad del Melchor Cano. Testimonios de los luteranos contra el arzobispo. -III. Testimonios acerca de la muerte de Carlos V. Primeras censuras del Cathecismo Christiano. La de Melchor Cano. La de Domingo de Soto. -IV. Carta de Carranza a la Inquisición. Impetra Valdés de Roma unas letras en forma de breve para procesar al arzobispo. Prisión de éste en Torrelaguna. -V. Principales fases del proceso. Nuevas declaraciones. Plan de defensa de Carranza: recusa a Valdés y a sus amigos. Memorial de agravios contra Diego González. -VI. Consecuencias del proceso de recusación. Breve de Pío IV. Nombramiento de subdelegados. Ídem de defensores. Aprobación del Cathecismo por el concilio de Trento. -VII. Audiencias del arzobispo. Defensa de Azpilcueta. Resistencia de la Inquisición y de Felipe II a remitir la causa a Roma. Venida del legado Buoncompagni. San Pío V avoca a sí la causa. Viaje del arzobispo a Roma. -VIII. La causa en tiempo de San Pío V. Sentencia de Gregorio XIII. Abjuración de Carranza. Su muerte y protestación de fe que la precedió. -IX. Juicio general del proceso.



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- I -

Vida religiosa y literaria de Carranza. -Sus viajes y escritos. -Va como teólogo al concilio de Trento. -Contribuye a la restauración católica en Inglaterra. -Es nombrado Arzobispo de Toledo.

     Ardua, inmensa labor sería la de este capítulo si en él hubiésemos de narrar prolijamente cuanto resulta del estudio, árido y enojoso como otro ninguno, que hemos tenido que hacer del proceso de Carranza, rudis indigestaque moles; como que consta no menos que de veintidós volúmenes en folio y de cerca de 20.000 hojas, aun sin tener en cuenta los documentos de Roma, las obras mismas del arzobispo y lo que de él escribieron Salazar de Mendoza, Llorente, Sáinz de Baranda, D. Adolfo de Castro [4] y D. Fermín Caballero (1731) y (1732). Sin dificultad se persuadirá el lector que he llegado a tomar odio a tan pesado aunque importante asunto y que no veo llegada la hora de dar cuenta de él en las menos palabras posibles, porque temo perder la cabeza y el poco gusto literario que Dios me dio si por más tiempo sigo enredado en la abominable y curialesca lectura de los mamotretos que copió y enlegajó el escribano Sebastián de Landeta. Por otra parte, como no escribo una monografía sobre Carranza, sino una historia extensa y de mucha variedad de personajes y acaecimientos, lícito me será tomar sólo la flor del asunto, dejando lo demás para los futuros biógrafos del arzobispo. Entro en este trabajo sin afición ni odio a Carranza ni a sus jueces, y sólo formularé mi juicio después de narrar escrupulosamente lo que resulta de los documentos. [5]

     Nació Carranza en 1503, en Miranda de Arga (reino de Navarra), y por eso, al tomar el hábito de Santo Domingo, se llamó Fr. Bartolomé de Miranda, conforme al uso de los religiosos. Era hijo de Pedro de Carranza, «hombre hijodalgo y de limpia sangre». «Fue niño muy bien inclinado y doctrinado, aprendiendo y estudiando muy recogidamente, de manera que a los diez y seis años tenía ya estudiada latinidad en el colegio de San Eugenio de Alcalá, e oydas las Súmulas e lógica de Aristótel del Dr. Almenara, regente en la dicha Universidad.» [6]

     En 1520 tomó el hábito de Santo Domingo en el monasterio de Venalac (Alcarria), y en el año de su noviciado dio grandes muestras de buen religioso. Después de profeso acabó de oír lógica y filosofía, y comenzó a estudiar teología «debajo de muy escogidos e católicos preceptores». En 1523 entró de colegial en el de San Gregorio, de Valladolid, «precediendo la información de moribus et genere que se requiere»; examinado y aprobado antes en San Esteban, de Salamanca, donde acabó de oyr Theología del Mtro. Fr. Diego de Astudillo, singular varón de letras y cristiandad» y el único que competía con Francisco de Vitoria en la enseñanza teológica, aunque inferior a él en la elegancia de exposición. En 1530 fue nombrado regente de un curso de artes; en 1533, regente de teología por el obispo de Málaga, Fr. Bernardo Manrique, y en 1534, regente mayor, por muerte de su maestro Astudillo, y consultor de los negocios de la Inquisición. El año de 1539, por el mes de mayo, fue al capítulo general de su Orden, celebrado en Roma, y recibió en la Minerva el grado de maestro de teología por orden de Paulo III, asistiendo a la ceremonia el cardenal [7] de Carpi, el Teatino (que fue luego Paulo IV); el de Santiago, D. Pedro Sarmiento; el de Santa Cruz, D. Francisco Quiñones, y el embajador marqués de Aguilar. El mismo año de 39, por el mes de septiembre, volvió a España y al colegio de San Gregorio, y continuó sus lecciones hasta el 45, explicando todas las partes de la Summa de Santo Tomás y algún tiempo Sagrada Escritura, siempre con crédito de gran tomista. El 45 comenzó a leer del profeta Isaías, hasta el mes de abril. «Mientras él fue lector, estuvo el dicho colegio muy aprovechado en letras y vida, con gran recogimiento cual nunca ha estado.»

     La caridad de Fr. Bartolomé igualaba a su ciencia; en el hambre y enfermedades de 1540, en que vino a Castilla mucha gente de la Montaña, recogió Carranza en su colegio a más de 50 pobres enfermos y mendigó por la ciudad en favor de ellos. Nunca tuvo, mientras fue lector, más libros propios que la Biblia y Santo Tomás y estudiaba en la librería del convento.

     Por más de veinte años respondió a consultas de la Inquisición, predicó en 1542 en el auto en que, fue quemado Francisco de San Román y se le encargaron muchas calificaciones y censuras de libros. Rehusó tenazmente al arzobispado del Cuzco, aunque no el ir a predicar a América, si el emperador lo tenía a bien.

     En 1545 el emperador le mandó de teólogo al concilio de Trento, con Fr. Domingo de Soto y el Dr. Velasco, oidor de la Chancillería de Valladolid. Estuvo allí aquel año, el de 46, el de 47 y parte del 48, dando siempre su voto y parecer en sentido católico. El domingo primero de Cuaresma de 1546 predicó, por orden de Su Santidad, en pública capilla de la iglesia catedral de San Vigilio (donde se celebraban las sesiones), con asistencia de los Padres del concilio. En este sermón, sobre texto Domine, si in tempore hoc restitues regnum Israel, lamentó «las Iglesias que se habían perdido por la persecución de los herejes e los males e daños que por ellos padescía el reyno de Christo, y el poco remedio que en ello se ponía». Su elocuencia patética fue tal, que muchos de los circunstantes, y entre ellos los delegados del Papa y el cardenal de Trento, derramaron copiosas lágrimas.

     El mismo año, cuando se examinaba la materia de justificación, díjose de público que algunos prelados y maestros de los asistentes al concilio pensaban mal de ella y se acercaban en algo al sentir de los luteranos. Entonces D. Pedro Pacheco, cardenal de Jaén y decano de los Padres españoles, encargó a Carranza que predicase de la justificación, y así lo hizo el miércoles antes de Ramos, en presencia de todos los de su nación y de muchos de la italiana y francesa. El sermón fue muy católico, ajustado en todo a la doctrina de Santo Tomás y muy conforme a la decisión que luego tomó el concilio.

     Por entonces publicó dos obras canónicas, que en distintos conceptos le dieron bastante fama. Es la primera una Summa [8] extracto o compendio de las actas de los concilios, que imprimió el año 46 en Venecia, dedicada al ilustre embajador D. Diego de Mendoza, el cual la encabezó con una carta suya, muy laudatoria para el compilador (1733). La obra era muy útil, no solo por lo manual y cómodo del volumen, sino por los cánones inéditos que contenía. Así es que su uso se vulgarizó mucho entre los estudiantes de disciplina eclesiástica, y las ediciones se han venido repitiendo hasta fines del siglo pasado, en que ya resultaba obra atrasadísima.

     El otro libro (estampado al año siguiente de 1547) es una Controversia de necessaria residentia personali Episcoporum, encaminada a probar que la residencia es de obligación y derecho natural y divino; para lo cual trae autoridades del Antiguo y Nuevo Testamento, de los concilios generales y provinciales, de los decretos pontificios y de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia (1734).

     No a todos contentó la extraña severidad con que está escrito el libro. Algunos prelados tomaron odio y enemistad a Carranza. Un obispo dominico llamado Fr. Ambrosio Caterino salió a impugnarle; pero le defendió Fr. Pedro de Soto, de la misma Orden.

     A consecuencia de haberse suspendido el concilio, volvió a España Fr. Bartolomé en 1548. y por el mes de abril fue elegido prior del convento de Palencia, donde permaneció cerca de dos años, predicando de continuo y explicando la Epístola de San Pablo Ad Galathas, a cuya lección concurrían los religiosos de su convento y algunos canónigos y racioneros de la iglesia mayor. Al mismo tiempo se ocupaba en obras de caridad, pidiendo limosna para casas de huérfanos y para socorro de pobres.

     Se negó con tesón a las repetidas instancias que el emperador y Felipe II le hicieron para que fuera confesor suyo y rehusó en 1550 la mitra de Canarias, como antes la de Cuzco.

     En 1550 fue elegido provincial de su Orden por el capítulo de Santa Cruz de Segovia, y en el desempeño de su cargo hizo una visita general con gran fruto.

     En 1551 volvió a abrirse el concilio, y el rey tornó a mandar a Carranza que se presentase en él, como lo hizo en el mes de mayo. Votó, por segunda vez, católicamente en el artículo [9] de la justificación y en todo lo demás. Se le encargó del examen y expurgación de libros, que antes había tenido Fr. Domingo de Soto; apartó los buenos de los malos y quemó y arrojó al Adige gran número de obras luteranas, en cuya destrucción le ayudaron Fr. Antonio de Utrilla y Miguel Ramírez.

     Vuelto a España en 1553, después de la segunda suspensión del concilio por Julio III, dejó el oficio de provincial y se retrajo en su colegio de San Gregorio. Predicaba de continuo en la capilla real aquel año y el de 54, hasta que Felipe II fue a Inglaterra, encargando en la despedida a Carranza repartir por orden suya 6.000 ducados de limosna a huérfanas y hospitales.

     No satisfecho con esta prueba de confianza, le llamó a las islas Británicas para convertir, con el prestigio de su doctrina y el poder de su elocuencia, a los súbditos de la reina María y ayudar a la restauración católica en aquel reino. Trabajó como pocos en tan santa empresa; contribuyó a que se admitiese al cardenal Pole, legado de Julio III; hizo restituir parte de sus bienes a muchas iglesias y monasterios; buscó limosnas para sustentar tres casas de la Orden de Santo Domingo, una de cartujos y otra de benitos, y restableció las procesiones y la veneración del Santísimo. Predicaba con frecuencia en la capilla real de Londres.

     Cuando Felipe II tornó a Flandes en septiembre de 1555, mandó a Carranza quedarse en Inglaterra a entender en las cosas de la religión. Asistió al concilio nacional que Julio III había mandado celebrar, y cuyas sesiones comenzaron el día de Todos 1os Santos, sin que dejase nuestro dominico de tomar parte en ninguna de las resoluciones que allí se adoptaron.

     Suspendióse el concilio en la Cuaresma de 1556 para dar lugar a una visita de diócesis y universidades. Carranza visitó la Universidad de Oxford con sus trece colegios, y la encontró católica; como que explicaban allí sus discípulos predilectos fray Pedro de Soto y Fr. Juan de Villagarcía. Mandó desenterrar y quemar los huesos de la mujer de Pedro Mártir Vermigli, que estaba enterrada en la capilla mayor de la catedral de Oxford; instó mucho para que fuese ejecutado el arzobispo Tomás Crammer; entendió en el castigo de los herejes, juntamente con el obispo de Londres y los Dres. Estorio y Rochester, que hacían oficio de Inquisición, y se atrajo de tal manera la animadversión de los sectarios, que más de una vez trataron de matarle, y le llamaban el Fraile Negro.

     En 1557 visitó la Universidad de Cambridge por orden de la reina María; destruyó y quemó muchos libros heréticos y biblias inglesas e hizo desenterrar y arder los huesos del famoso heresiarca Martín Bucero.

     Tres años enteros permaneció en Inglaterra, desde julio de 1554 hasta julio de 1557, en que partió para Flandes, donde estuvo un año predicando en la capilla real y haciendo pesquisas de herejes y destrucción de sus libros. Cuando Felipe II vino [10] a Bruselas por Todos los Santos, Carranza le dio particular información de algunos estudiantes españoles de Lovaina a quienes tenía por sospechosos en la fe y de algunos protestantes fugitivos de Sevilla que bajaban de Alemania a Flandes traían muchos libros dañados, que se vendían públicamente a la puerta de palacio y aun dentro de él. El rey dispuso que fuese un inquisidor católico a la provincia de Frisia; y, por lo tocante a España, puso el negocio en manos de Carranza y del alcalde de casa y corte D. Francisco de Castilla. Y ellos discurrieron que «Fr. Lorenzo de Villavicencio, de la Orden de San Agustín, que había dado ciertos avisos contra los herejes, fuese, mudado el hábito, a la feria de Francaford (Francfort) e provasse conocer de rostro los dichos herejes españoles, para que, cuando baxassen a Flandes, diesse aviso e los prendiesen; en la qual pesquisa tomaron muchos libros de herejes en español, unos con títulos e otros sin él, e consultado con Su Md., los hicieron quemar por mano de Fr. Antonio de Villagarcía... Fue avisado (Carranza) del orden y maña que los herejes tenían en enviar sus libros a España, y era que, viendo que por mar no podían por las guardas de los puertos, los enviaban por Francia e montaña de Jaca», para evitar lo cual se dieron perentorios avisos a las Inquisiciones de Calahorra y Zaragoza (1735).

     Carranza se preciaba de haber hecho «más que ninguno de todos los de su profesión» en el descubrimiento de los herejes. Dio a Felipe II una lista con las señas de todos los que habían huido de Sevilla, y de ella se sacó un traslado, que llevaron a Alemania los encargados de esta pesquisa.

     Muerto en 1557 el arzobispo de Toledo, D. Juan Martínez Silíceo, el rey nombró sucesor suyo a Carranza, que se excusó hasta tres veces, proponiendo, en cambio, tres personas que creía aptas para el caso, y eran: D. Gaspar de Zúñiga y Avellaneda, obispo de Segovia; D. Francisco de Navarra, obispo de Badajoz, y Fr. Alfonso de Castro, de la Orden de San Francisco, conocido por su grande obra De haeresibus. Pero al fin tuvo que aceptar, poniendo esta condición: «Que pues entonces, a causa de las guerras del Papa Paulo IV, no se podía efectuar en Roma lo que Su Md. mandaba, ni se sabía lo que podía durar aquel impedimento, rogaba a Su Md. que entretuviese la elección hasta ver en lo que paraba aquello.»

     Era tal la reputación de Carranza, que, cuando fue la propuesta a Roma, Su Santidad y los cardenales la aprobaron el mismo día que se presentó en consistorio, dispensando de la información de vida, letras y costumbres, por ser tan notorios el celo y servicios del presentado.

     Fue preconizado en consistorio de 16 de diciembre del mismo año, y en nombre suyo tomaron posesión de la mitra de Toledo, en 8 de marzo de 1558, el canónigo de Palencia Pedro [11] de Mérida y el consejero de Castilla D. Diego Briviesca de Muñatones, quedando el primero por gobernador del arzobispado hasta la ida de Carranza.

     Éste fue consagrado en Bruselas el 27 de febrero de 1558 por el cardenal Granvela, y durante toda aquella Cuaresma amonestó al rey que procediese con rigor en el castigo de los herejes.

     Llegó a España en 10 de agosto, y «en Valladolid se juntó muchas veces con los del Consejo para tratar del remedio de los luteranos que se habían descubierto en aquella ciudad y en Sevilla».

     En septiembre fue a visitar a Carlos V al monasterio de Yuste para comunicarle ciertos negocios que traía de Flandes del rey su hijo. De lo que pasó en esta singular visita hablaremos más adelante, puesto que fue uno de los cargos del proceso. Ahora baste decir que se halló presente a la muerte del emperador y celebró sus honras.

     Luego visitó su arzobispado por espacio de once meses, «puniendo y castigando los excesos de los clérigos e informándose de sus costumbres... hizo cumplir memorias de difuntos, reformó las costumbres de los beneficiados, visitó la obra de su iglesia y tomó residencia a los oficiales, alcanzándolos en más de 500 ducados, y predicó en las iglesias parroquiales de la ciudad todos los domingos».

     Tal es sustancialmente la relación de su vida, que en el Interrogatorio de abonos dejó escrita Carranza, presentando como testigos de la verdad inconcusa de todo lo dicho a los más altos personajes de la Iglesia y del Estado, desde Felipe II hasta el prior D. Antonio de Toledo, D. Gómez de Figueroa, conde de Feria, Ruy Gómez de Silva, el duque de Alba, el arzobispo de Valencia y Fr. Bartolomé de las Casas. Este último declaró que «siempre había tenido al reverendísimo de Toledo por católico, y que leía y predicaba cathólica doctrina».

     En el mismo pliego de abonos consignó el arzobispo muy cándidamente que «desde su niñez había sido muy humilde y de buen parecer, que es contrario a la costumbre de los herejes; muy honesto, limpio e apartado de toda deshonestidad, muy templado en comer e beber».



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- II -

Publicación de los «Comentarios al Cathecismo Christiano». -Elementos conjurados contra Carranza: rivalidad del inquisidor Valdés; antigua enemistad de Melchor Cano. -Testimonios de los luteranos contra el Arzobispo.

     ¿Cómo un hombre de tal historia, teólogo del concilio Tridentino, provincial de la Orden de Santo Domingo, primado de las Españas, calificador del Santo Oficio, perseguidor implacable de herejes, quemador de sus huesos y de sus libros, [12] restaurador del catolicismo en Inglaterra, honrado a porfía por papas, emperadores y reyes, intachable en su vida y costumbres, pudo de la noche a la mañana verse derrocado de tan alta dignidad y prestigio y encarcelado y sometido a largo proceso por luterano? Hecho singularísimo entre los más raros del siglo XVI, y que conviene esclarecer con absoluta serenidad de juicio, dando a cada uno lo que es suyo, ya que ni los jueces ni el reo estuvieron exentos de culpa.

     Había contra Carranza antiguas sospechas en la Inquisición por alguna libertad de opiniones suyas. Ya en 19 de noviembre de 1530, siendo estudiante, había sido delatado al inquisidor Moriz por Fr. Miguel de San Martín, lector en San Gregorio, como poco afecto a la potestad del papa. Y en 1.º de diciembre del mismo año, Fr. Juan de Villamartín, colegial de San Pablo, le acusó de inclinarse al sentir de Erasmo en cuanto al sacramento de la penitencia y de no tener por despreciables las razones que el de Rotterdam alegaba para negar al apóstol San Juan la paternidad del Apocalipsis, atribuyéndoselo a un presbítero alejandrino del mismo nombre.

     Pero ninguna de estas delaciones había hecho efecto ni perjudicado en nada a Carranza dentro de su Orden ni fuera de ella. Pasaron los tiempos; vino a luz el tratado De residentia, y los obispos que no residían lo recibieron muy mal y se hicieron enemigos de Carranza; vino su promoción al arzobispado de Toledo, y se conjuraron contra él cuantos tenían los ojos puestos en la silla primada, y especialmente el arzobispo de Sevilla, D. Fernando de Valdés, inquisidor general.

     Para mayor desgracia suya, tenía Carranza dentro de su propia Orden de Predicadores un antiguo y formidable enemigo, hombre de inmensa sabiduría, de culto y elegante estilo, de entereza de carácter jamás rendida ni doblegada y tenacísimo en sus afectos y en sus odios. Era el Quintiliano de los teólogos, el maestro de los censores, la admiración del concilio de Trento: Melchor Cano, en fin, el primero que formó un aparato crítico para los estudios teológicos. Como lo perfecto no es de este mundo, no andaba exento Melchor Cano de humanas flaquezas, nacidas de su áspera y soberbia condición, «animus elatus et exultans», que decía su maestro Francisco de Vitoria (1736).

     Su rivalidad con Carranza empezó desde San Gregorio, de Valladolid, cuando uno y otro eran colegiales y argumentaban en actos públicos; creció cuando fueron maestros, y los escolares tomaron partido ya por el uno, ya por el otro, dividiéndose en los dos bandos de carrancistas y canistas. El capítulo provincial de San Pablo, de Valladolid, trató de calmar esta escisión nombrado a los dos, juntamente, examinadores de los predicadores y confesores de la provincia. Cuando en 1550 fue elegido provincial Carranza, Melchor Cano, que era definidor, le [13] hizo alguna leve corrección. al confirmarle, y Carranza no se lo perdonó nunca. Manet alta mente repostum, decía Cano (1737).

     Pero, si Carranza podía tener motivo de queja contra él, no los tenía él menores contra el arzobispo, ya que éste se opuso en 1559 con pertinaz empeño a que eligieran provincial a fray Melchor, entablando acusación contra él ante el definitorio, y dando por pretexto de esta enemiga suya ciertas palabras que había dicho al almirante, con gran atrevimiento y maldad, en desdoro suyo; las cuales palabras venían a decir que el arzobispo era más hereje que Lutero y que favorecía a Cazalla y a los otros presos (1738).

     Cano se justificó bien ante los veinte Padres del definitorio, y salió electo provincial a pesar de los pesares; pero Carranza tuvo modo de hacer anular en Roma su elección y cuantas en él recayeran en adelante, nombrándose en lugar suyo a Fr. Pedro de Soto; tal maña se dio el hábil agente del arzobispo, Fr. Hernando de San Ambrosio, muy protegido por el cardenal Alejandrino (1739) y por el general italiano de la Orden. Melchor Cano sintió a par de muerte este golpe, «cosa la más nueva y exorbitante que se ha visto jamás», «afrenta grande a mí y a esta provincia» (1740); y con la terquedad propia de su carácter y el decidido apoyo de los frailes de su provincia y el de Felipe II, fue a Roma en prosecución de la causa, y la ganó y logró morir provincial de Santo Domingo.

     Ya antes que el arzobispo viniera a España había comenzado a susurrarse que volvía contagiado de opiniones heterodoxas, nacidas del trato con los protestantes alemanes e ingleses y de la lectura de sus libros. A deshora vino a acrecentar estos rumores y dar fácil desagravio a sus numerosos émulos la publicación que en Amberes hizo de sus Comentarios al Cathecismo Christiano (1741), compuestos con el ostensible propósito de prevenir a las muchedumbres contra los errores luteranos.

     La intención del autor podía ser buena, pero es lo cierto que su obra daba asidero a no leves censuras. Anunciaba Carranza su propósito de «resucitar en todo lo posible la antigua Iglesia porque aquello fue lo mejor y más limpio», y a cada paso hablaba de la fe y la justificación en términos casi luteranos; v.gr.: «La fe sin obras es muerta, no porque las obras den vida [14] a la fe, sino porque son cierta señal que la fe está viva.» (Siendo así que en el sentido católico la caridad es vida de la fe.) «La fe viva no sufre malas obras.» «Por una orden legal y quasi natural, puesta la fe, succeden luego las otras virtudes.» «Por los méritos de la Passión de Christo tienen valor delante Dios nuestras buenas obras, e las que no nacen de allí, por buenas que sean, no tienen valor alguno, para que por ellas nos deba Dios algo; que de allí traen todo su valor.» «Esta nueva de haberse dado por nuestro el Hijo de Dios... nos asegura en la vida e en la muerte, e sola nos ha de consolar en vida y en muerte.» «La Passión fue una entera e cumplida satisfacción por todos los pecados.» «Pónesse Dios por medio, echa una capa encima de mis pecados, e pone a su Hijo en mi lugar, e pone todos mis pecados en él e quédome yo fuera e libre de todos ellos.» «Las obras de Christo son assí provechosas para nosotros, como lo son para él. E por el consiguiente meresció para nosotros como merescía para sí. E lo que decimos del mérito, decimos de la satisfacción.» «Christo amó a mí e murió por mí: quando esto concebiesses con verdadera fe, consolarás sumamente tu alma: acostúmbrate de concebir esto con fe viva. No es posible que con esta consideración el alma christiana no pierda el miedo al diablo e a sus pecados.» «El primero e principal instrumento para justificarse los hombres es la fe, aunque concurran otras cosas para nuestra justificación.» «El estado de la bienaventuranza tiénelo Dios prometido a todos los que con fe aceptaren la Redempción hecha por Jesuchristo.» «Los preceptos humanos en la ley que tenemos de gracia todos, se han de entender con esta moderación, que habiendo alguna justa y razonable causa, podemos dejar lo que en ellos se manda, quando no hay escándalo de tal omisión.» «Como el cuerpo queda muerto después que el alma se absenta, assí el alma, sin el buen espíritu de Dios queda muerta, sin poder hazer ningún movimiento christiano.» «Aunque después de la confesión e absolución no tiene el hombre evidencia que está en gracia, tiene a lo menos toda la certeza que puede tener.»

     Cabe dar sentido católico a algunas de estas proposiciones; pero ¿quién movía al autor a explicarse tan impropia y ambiguamente, sobre todo cuando hervía la sedición luterana, y en un libro que había de correr en manos del vulgo, el cual, oyendo hablar tan solo, y con tanta insistencia, de los méritos de la sangre de Cristo, y de la fe justificante, y de la certidumbre de la salvación, y amenguar tanto el mérito de las obras, había de caer forzosamente en el yerro de tenerlas por inútiles para la satisfacción? Esto sin contar con las varias proposiciones de sabor alumbrado que en otra parte notaremos, porque capítulo aparte merecen.

     Además de los pliegos impresos que Carranza había cuidado de remitir desde Flandes a la marquesa de Alcañices, D.ª Elvira de Rojas, corrían ya muchos ejemplares del Cathecismo en [15] Valladolid cuando el obispo de Cuenca, D. Pedro de Castro, hijo del conde de Lemus, habló mal de la obra (1742) en carta dirigida desde su villa de Pareja al inquisidor Valdés el 28 de abril de 1558. Con lo cual y con las declaraciones de algunos luteranos presos comenzó a instruirse el proceso.

     Algunas de estas declaraciones las conocemos ya. Pedro de Cazalla, cura de Pedrosa, acusó a Carranza de haber dado la razón, o poco menos, a D. Carlos de Seso en la disputa que tuvieron sobre el purgatorio, haciendo caer en herejía al mismo Cazalla. Doña Ana Enríquez, en audiencia de 29 de abril de 1558, refirió estas palabras de Francisco de Vibero: «El Arzobispo será un tizón grande en el infierno, si no se convierte, porque tiene entendidas estas verdades mejor que nosotros»; indicando con esto que no se declaraba por disimulación o miedo. «Dixe a Francisco de Vibero que había leído en un libro del Arzobispo de la doctrina christiana, e que en una parte dezía que Christo satisfizo toda la culpa e la pena, e en otra del mismo libro trataba de que las reliquias del pecado hemos de quitar con obras de penitencia. Y le dixe: "En una parte dize uno y en otra se desdize, e pienso cierto que dize necedades." Y él me respondió riéndose: "Eso era bueno para vuestra madre." Como si quisiera dar a entender que el Arzobispo daba esa doctrina a los principiantes y poco instruidos. Y añadió Vibero que el Arzobispo había dicho: "Para mí tengo que no hay purgatorio..."»

     Por el contrario, la priora de Santa Catalina declaró en 27 de abril que había oído a Fr. Bartolomé en sus sermones recomendar los sufragios por los difuntos y afirmar el purgatorio, y que él había escrito a Fr. Domingo de Rojas: «Guardaos de vuestro ingenio»; por lo cual Fr. Domingo le tenía lástima.

     Doña Francisca de Zúñiga dijo haber aprendido del M. Miranda la doctrina de que podía comulgar sin confesar cuando no tuviese pecado mortal, y que así se lo había enseñado a las monjas de Belén. Ítem, que había oído a Fr.Domingo de Rojas en el oratorio de doña Leonor de Vibero que «el Arzobispo pensaba algunas cosas como ellos, aunque todavía le faltaba mucho para buen cristiano». Contó, además, con referencia a su padre el Licdo. Baeza y a Fr. Juan de Villagarcía, que, cuando Fr. Bartolomé predicaba en Valladolid, se valía de un libro de Lutero sobre los profetas, y de allí sacaba su doctrina. En realidad, el libro no era de Lutero, sino de Ecolampadio.

     En 5 de octubre declaró que «podrá haber ocho o nueve años que el Maestro Miranda, venido a esa villa, siendo a la sazón prior de Palencia, dijo a esta confessante, estando a solas, que había hecho una obra de los artículos de la fe, que era cosa muy buena, que en Santa Catalina se los darían, e que [16] leyesse en ellos. Y esta confessante fue a Santa Catalina, y los pidió a la priora, que entonces era hermana de Fr. Domingo de Rojas, la cual se los dio, y está en su possada con otras obras del dicho Maestro Miranda: todo encuadernado con una cubierta de becerro leonado... Ítem, que el Maestro Miranda le había leído una exposición del salmo De profundis. Y por último, que ella y su madre se habían confesado con él hasta que partió para Inglaterra, encargándolas que fiasen su alma de fray Domingo de Rojas».

     En 29 de octubre fueron mostrados a la beata vallisoletana, y ella reconoció por suyos los dos libros del Maestro Miranda que tenía en su posada, y contenían: una Declaración de los artículos de la fe, un Sermón del amor de Dios, declaraciones de los salmos Quam dilecta y Super flumina, un tratado De cómo se ha de oír la Missa, un sermón predicado en Santa Catalina y varios opúsculos del Maestro Ávila, Fr. Tomás de Villanueva y Fr. Luis de Granada. De todos estos libros tenían copias la marquesa de Alcañices y las monjas de Belén y Santa Catalina (1743).

     Don Carlos de Seso no hizo más que contar su diálogo con el arzobispo sobre el purgatorio, amenguando mucho la fuerza de la declaración de Pedro Cazalla.

     En cambio, Fr. Domingo de Rojas escogió, como táctica de defensa, comprometer de todas maneras a su maestro, aunque afectando tenerle por muy católico. Refirió que, comiendo solos, habían tenido este diálogo:

      «Rojas.-Pues, Padre, ¿y el purgatorio?
Carranza.-¡Mal año!
Rojas.-Padre, yo le temo mucho.
Carranza.-No estáis agora capaz para estas filosofías.»

     Dijo que no tenía por luterana la doctrina de la justificación, pues mil veces se la había oído predicar a Fr. Bartolomé, y aun decir que estaba cierto de su salvación, y que juzgaba las obras cosa de poco momento comparadas con el beneficio de Cristo.

     Aún es más importante su testimonio sobre las relaciones que habían mediado entre el arzobispo y Juan de Valdés: «Ítem, dixo que frayles de su Orden (creo que el uno dellos es Fr. Luis de la Cruz e el otro Fr. Alfonso de Castro) me mostraron una carta que Valdés, el que hizo las Consideraciones, escrivió a Fr. Bartolomé de Miranda, cuando éste fue a Roma a hacerse maestro de Theología en el Capítulo General, la qual le escrivió a Roma desde Nápoles, donde residía, en respuesta a otra que el dicho Fr. Bartolomé le había escrito, e que estos dichos frayles e otros dixeron a este propósito que el Valdés era amigo de Fr. Bartolomé de Miranda, e que como no le pudo ir a ver desde Roma, le escrivió diciéndolle que él [17] deseava mucho tener espacio para yrse a ver con él; mas pies que esto no podía, que le suplicaba le enviasse a decir su parecer sobre quáles authores sería mejor ver e leer para la inteligencia de la Escriptura Sagrada, porque en volviendo aquí al colegio, había de comenzar a leer la Escriptura a los frayles. E a este propósito le escrevió el Valdés la carta que tengo dicho... Esta carta he topado yo acaso en un libro de Juan Sánchez, donde están recopiladas todas las Consideraciones del Valdés, e declaro que tengo dubda mucha si en la carta que digo están las palabras e sentencias que yo he visto en una consideración deste dicho libro de Juan Sánchez, e lo que me acuerdo desto es que toda la sustancia desta consideración del Valdés e lo contenido en la dicha carta era todo uno: lo que dubdo es si el Valdés encubrió algo en la carta, que aquí descubre en esta consideración y en las palabras della, atento a que no se escandalizasse el dicho Fr. Bartolomé de Miranda. Digo esto por dos cosas: la una, porque si, la carta al pie de la letra es conforme con esta consideración, tendría este negocio o hecho por más pesado e por difícil cosa que el dicho Fr. Bartolomé a supiese e la diese a todos, como después se dirá. La segunda causa es porque me acuerdo que en la dicha carta había algunas cosas, aunque pocas, e no hallo en esta consideración, e por eso conviene descubrirla..., y esta carta será fácil de descubrir, porque luego que el dicho Fr. Bartolomé de Miranda vino de Roma a comenzar a leer, lo primero que dio in scriptis fue aquella carta toda entera, para advertir a los discípulos sus oyentes con qué authores habían ellos de leer, a qué authores habían de seguir para la inteligencia de la Sagrada Escritura, la qual consideración está en el dicho libro de Juan Sánchez a fojas 61, e comienza: "Tengo por cierta" e es la 65 en número..., y de esto habrá veintiún años poco más o menos.

     Ítem, yo dixe a Fr. Bartolomé: "Diz que V. P. es amigo de un Valdés, de quien yo he visto una obra de burlas, que es Charon"; y él me respondió que el que hizo a Charon era otro Valdés. E replicándole yo sobre ello, me respondió enojado que él sabía muy bien que no era aquel su amigo el que hizo a Charon, e supe yo después, de D. Carlos, a lo que creo, que lo había hecho el mismo Valdés que escrevió la carta, e también me consta que los dichos frayles que me hablaron de Valdés e Fr. Bartolomé con ellos, no sólo no le tenían por luterano, sino por muy espiritual hombre...»

     Al cabo pareció una copia de la carta de Valdés, y Fr. Domingo declaró que era la misma que Fr. Bartolomé había dado a los que oían sus lecciones, y que convenía en todo con el texto de las Consideraciones divinas, «si no es acaso en alguna autoridad que no sabe si se le ha añadido». La letra le pareció de Fr. Luis de la Cruz. Carranza había dado a copiar esta carta a sus discípulos, sin declarar el nombre del autor, diciendo [18] sólo: Sequuntur cuiusdam probi viri et pii quae communicare fecit Romae magistro nostro B. de Miranda.

     He copiado tan largamente este testimonio, no solo porque ha sido ignorado de todos los biógrafos de Juan de Valdés (y yo mismo le desconocía cuando escribí el capítulo a él concerniente en este libro), sino porque prueba del modo más claro:

     1.º Que el autor de las Consideraciones lo es también del Diálogo de Mercurio, como afirmó Gallardo, y que el Acharo, mal leído por Llorente, debe corregirse A Charon.

     2.º Que Juan de Valdés tuvo amistad y relaciones íntimas con el arzobispo.

     3.º Que poseemos, unida al proceso y copiada de un cartapacio de sermones que dejó Fr. Domingo de Rojas la consideración 65 en su texto castellano (1744).

     4.º Que esta consideración es el Aviso sobre los intérpretes de la Sagrada Escritura.

     Tornemos a las declaraciones de los luteranos de Valladolid. Doña Isabel de Estrada y D.ª María de Miranda, monja de Belén, presas en las cárceles del Santo Oficio, dijeron a su médico, el Licdo. Gálvez, que «deseaban mucho que viniera el Arzobispo, porque sabía mucho destas cossas, y como letrado se sabría entender y dar a manos con estos Señores».

     Fernando de Sotelo, vecino de Toro, hermano de Pedro de Sotelo, declaró haber oído a Fr. Bartolomé que «al tiempo de su muerte había de hazer llamar un escribano e pedille testimonio de cómo renegaba de sus obras, confiado sólo en los méritos de Jesucristo».

     Fray Ambrosio de Salazar, dominico de Zaragoza, refirió que, estando enfermo Fr. Domingo, fue a visitarle Carranza y le dijo Rojas: «Fr. Bartolomé, Padre, mucho temo el purgatorio; y el Mtro. Miranda le respondió, quitándole el miedo con la pasión de Cristo y su justificación, y le alegó aquel verso de David: Filii Ephrem intendentes et mittentes aram, universi sunt in die belli; aunque este confesante, cuando lo oyó, no pudo persuadirse que Carranza negase el purgatorio.»



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- III -

Testimonios acerca de la muerte de Carlos V. -Primeras censuras del «Cathecismo Christiano». -La de Melchor Cano. -La de Domingo de Soto.

     Tantas declaraciones, tan graves, tan acordes, sin previo concierto y no arrancadas por la fuerza ni por el ruego, ¿no eran méritos bastantes para que se procediera contra el arzobispo? [19] La Inquisición, no obstante, con la calma y madurez que en todos sus actos ponía, no quiso atropellar las cosas, y prosiguió recogiendo testimonios y uniéndolos a la causa.

     Entonces comenzaron a declarar los que en los últimos momentos habían asistido al emperador en Yuste y presenciado la visita de Carranza. Fue el primero Fr. Juan de Regla, monje jerónimo de Zaragoza y confesor de Carlos V, el cual, en 9 de diciembre de 1558 dijo que, «estando presente el día antes que muriese en la cámara falleció, vio cómo llegaba allí el Maestro Fr. Bartolomé de Miranda... e después de haber besado las manos del Emperador, trabajó mucho por tomar a hallarse presente, aunque Su Majestad no holgaba mucho deello, e habiendo entrado más veces en su cámara, sin haberle oydo de penitencia cosa alguna, le absolvió diversas veces de pecados, lo cual a este testigo pareció que era burlar del Sacramento o usar mal dél, porque ignorancia no la podía presumir».

     Otra vez dijo al emperador en presencia de Fr. Marcos de Cardona profeso del monasterio de la Murta: «V. Md. tenga gran confianza, que si hay pecado y hubo pecado, sola la passión de Christo basta.»

     El Santo Oficio llamó en 25 de diciembre al comendador mayor de Alcántara, D. Luis de Ávila y Zúñiga, elegante historiador de las guerras de Alemania y servidor fidelísimo de Carlos V, a quien había acompañado hasta la última hora. Y él declaró que, «estando ya Su Md. muy al cabo de su vida, tornó a entrar el Arzobispo en la Cámara e se puso delante de la cama, de rodillas, con un crucifixo en las manos, e mostrando al Emperador el crucifixo, dixo: "Éste es quien pagó por todos; ya no hay pecado, todo es perdonado." Lo cual a D. Luis de Ávila le pareció cosa nueva, aunque no era teólogo.»

     En 15 de enero de 1559 se interrogó al mayordomo de Carlos V y ayo de D. Juan de Austria, Luis Quijada, como otro de los testigos de la muerte: «Obra de una hora antes que el Emperador muriesse, envió a llamar al dicho Arzobispo de Toledo, que estaba en el aposento de este testigo, que viniesse, porque ya a Su Md. le tornaba el paroxismo, e así vino el dicho Arzobispo a do estaba Su Md., e tomó en las manos un crucifixo, e dixo: "Que mirasse aquel que es el que padeció por nosotros y nos ha de salvar." E no se acuerda de más palabras que allí pasassen, porque a la verdad, este testigo andaba muy ocupado.»

     Fray Marcos de Cardona declara en la Inquisición de Barcelona haber oído a Carlos V estas palabras: «Cuando yo daba al Maestro Miranda el obispado de Canarias, no lo quiso, e ahora ha aceptado el Arzobispado de Toledo; veamos en qué parará su santidad.» «E por eso creo -añade Fr. Marcos- que Su Md. no estaba bien con él, e que le dixo algunas palabras de que salió descontento, las quales nadie pudo oyr, porque todos salieron de la Cámara, e los echaron fuera, que no quedaron [20] dentro sino Su Md. y el Arzobispo solos.» Y aunque él no oyó las palabras consolatorias que le dijo para ayudarle a bien morir, sabe que Fr. Juan de Regla se alteró de ellas (1745).

     Cada vez se iba enredando más la madeja, y el arzobispo Valdés, que veía llegada la ocasión de satisfacer su encono, se propuso apurarlo todo, y mandó que en 6 de abril de 1559 se tomasen declaraciones en la villa de Dueñas al conde de Buendía y a la gente de su casa, los cuales manifestaron que Fr. Bartolomé había persuadido a la condesa y a sus criados que no rezasen Pater noster ni Ave María a los santos. y que así lo enseñaba en su Cathecismo, «libro muy alabado de toda la gente principal e cortesanos e criados de Su Md.»

     Interrogada la marquesa de Alcañices sobre sus relaciones espirituales con Carranza, estuvo negativa en todo excepto en lo de haberle enviado sus libros, como confesor suyo, que era.

     Doña Luisa de Mendoza, mujer del secretario Juan Vázquez de Molina, declaró en 14 de julio de 1559 haber tenido algunos coloquios con la marquesa sobre la materia de justificación, que ella misma había aprendido de Carranza.

     Álvaro López, clérigo de Ciudad-Rodrigo, contó haber oído a Francisco de Vibero: «Dios se lo perdone al Arzobispo, que [21] si no fuera por él, no hubiera tanta buena gente presa como aquí estamos.»

     A este fárrago de testimonios vinieron a unirse otra porción de cabos sueltos. Los franciscanos Bernardino de Montenegro y Juan de Mencheta denunciaron un sermón predicado por Carranza en San Pablo, de Valladolid, el 21 de agosto de 1558, en que defendía o disculpaba a los alumbrados.

     Otros refirieron que los sermones predicados por Carranza en Londres habían causado no pequeño escándalo, hasta el punto de decir Fr. Gaspar de Tamayo, de la Orden de San Francisco, al dominico Fr. Juan de Villagarcía, compañero del arzobispo: «Padre, diga vuestra paternidad al Mtro. Miranda que mire cómo habla, mayormente en esta tierra, porque en el sermón de hoy usó de frase luterana.»

     A mayor abundamiento, parecieron tres cartas de Carranza al Dr. Agustín Cazalla y al Licdo. Herrera, juez de contrabandos en Logroño (1746). En la primera (1747) se leían estas ambiguas expresiones: Pésame de los trabajos que v. md. ha tenido; pero ése es el camino para la gloria, e Dios, que da la fatiga, socorre con su favor para que se sufra, e ayuda para que se remedie.

     Pero es cierto que, interrogado Cazalla sobre los trabajos a que la epístola aludía, dijo que «a principio del año 1556, en que vino de Salamanca, murió su cuñado Hernando Ortiz, dejando deudas por valor de 11.000 ducados al Rey y a otras personas... e por ser cossa del alma, este testigo se obligó a la paga dellos... E juntamente con este trabajo, quedaron a su hermana trece hijos... e las donzellas ya mujeres, con ninguno otro abrigo sino el de Dios y el que este testigo les podría hazer». Así y todo, no dejó de dar su puntada Contra Fr. Bartolomé, contando que en una junta que en Valladolid tuvieron «se alargó mucho en hablar de los abusos que había en Roma».

     Carranza, que sentía acercarse la tempestad, quiso ponerse a salvo buscando pareceres favorables al Cathecismo entre los prelados amigos suyos y los doctores de su Universidad de Alcalá. El arzobispo de Granada, D. Pedro Guerrero, lumbrera del concilio Tridentino, opinó que «la doctrina era segura, verdadera, pía y católica, y que no había error alguno; pues aunque se hallen algunas palabras, que tomadas por sí solas, a la sobrehaz, parescen significar sentido falso... en otros lugares se declaran suficientemente, e hasta creo que habrá pocos libros de los Doctores Santos, ni otros de tanto volumen, en los quales no se halle más». Finalmente, opinó que el libro «era harto útil y provechoso para todos tiempos, y especialmente para éste» (1748).

     El obispo de Almería, D. Antonio Gorrionero, dijo que «el libro no tenía herejía ninguna, ni cosa que. supiera a ella, sino mucha e muy buena doctrina e muy provechosa, para desengañar [22] al mundo de las herejías de Luthero»; y no vio palabra alguna que le escandalizase.

     El obispo de León, D. Andrés Cuesta, anduvo menos favorable, aunque salvando la intención del autor, a quien tiene por católico y de sentido católico en cuanto escribe. Pero hecha esta salvedad, le nota de inclinarse a opiniones no comunes en todo lo que trata cerca de las materias en que los herejes de nuestros tiempos han errado, y tacha algunas maneras de hablar, libres para los tiempos en que estamos, aunque sean conformes al lenguaje de algunos Santos y Doctores.

     Fray Tomás de Pedroche y Fr. Juan de Ledesma encontraban el libro demasiado largo para catecismo y con hartas menudencias y profundidades para que corriera en lengua vulgar. Pero la doctrina teníanla por sana y clara y hasta se arrojaban a decir inoportunamente: «E porque tenemos entendido que algunos, con el zelo que Dios sabe, han notado en los dichos Comentarios algunas asserciones, a su parescer no tan sinceras como convenía, fuimos movidos e convidados por ellas a mostrar su limpieza y sinceridad e christiano sentido... pero después desistimos e alzamos mano de esta empresa, por ser asserciones no dignas de otra respuesta de la contenida en el contexto y proceso de la obra, y por parescernos ser notadas e sacadas por persona no sincera ni agena de falsedad.»

     El tiro iba contra Melchor Cano.

     Por idéntico estilo, aunque menos batalladores, fueron los pareceres y aprobaciones de Fr. Felipe de Meneses, Fr. Juan Xuárez, Fr. Pedro de Sotomayor, Fr. Ambrosio de Salazar, fray Juan de Ludeña, Fr. Pedro de Soto, Fr. Juan de la Peña, fray Mancio, el Dr. Torra, el Dr. Velázquez, el Dr. Delgado, el Mtro. Alonso Enríquez..., dominicos casi todos, discípulos de Fr. Bartolomé y carrancistas acérrimos. Nadie tan explícito como Soto; para él no había en el libro «frase alguna que diera ocasión de tropezar al lector, ni que areciese sospechosa de yerro».

     La Universidad de Alcalá degió tener a la vista el parecer del arzobispo de Granada, porque copia hasta sus palabras, y sólo añade que «por andar los tiempos tan peligrosos y vidriados, convendría que Su Señoría declarase más algunas proposiciones, y abreviase o quitase algunas cosas no comunes, que no son para el vulgo y gente ignorante».

     Mientras Carranza se pertrechaba con tales y tantas autoridades, Valdés envió por su parte el Cathecismo a la censura de varios teólogos, y en primer lugar a la de Melchor Cano. El cual, asistido de su alter ego y acompañante en el concilio, fray Domingo de las Cuevas, redactó, primero en latín y luego en romance (1749), una extensa y acre censura, piedra angular del proceso [23]. Allí se dice sin ambages que el libro es dañoso al pueblo Christiano por varias razones:

     1.ª Porque da a la gente ruda, en lengua vulgar, cosas dificultosas y perplejas.

     2.ª Porque profana y hace públicos los misterios de la religión.

     3.ª Porque «tiene muchas cortedades peligrosas para este tiempo, dejando de apuntar y declarar lo que conviene para que el pueblo no tropiece, como en los lugares en que generalmente dize, sin especificar ni anotar nada, que la fe y conoscimiento del Redemptor justifica y salva, trayendo los testimonios de la Escritura en que los luteranos hacen fuerza... y usurpando modos de hablar suyos».

     4.ª Porque «tiene algunas proposiciones ambiguas, y en la sonada de las palabras más paresce que se significa el malo que el bueno».

     5.ª Porque trae muchas cuestiones con los luteranos, y es peligrosísimo meter al pueblo en disputas de esta calidad mucho más en España, donde no corren libros de herejes y es peor el remedio que la enfermedad.

     6.ª Porque el libro «contiene muchas proposiciones escandalosas, temerarias, malsonantes; otras que saben a herejías, otras que son erróneas, y aun tales hay dellas que son heréticas, en el sentido que hazen».

     Fácil es comprender, sabida la sutileza de ingenio de Melchor Cano y la notoria animarversión que guiaba su pluma, que en el inmenso fárrago de ciento cuarenta y una proposiciones que sólo en el libro de los Comentarios nota y censura, aparte de las que halló en la exposición del salmo De profundis, en el tratado De amore Dei y en los sermones ha de haber interpretaciones violentas y torcidas y cosas rebuscadas y sin fundamento. ¿A qué venía el tildar proposiciones como éstas? «Ha tenido en estos tiempos el demonio muchos ministros armados de letras y eloquencia contra la verdad evangélica.» «El enseñar al pueblo las cosas de la Religión ha cesado en esta edad más que en otra, después que J. C. fundó la Iglesia.» Esto será hipérbole, encarecimiento o impropiedad de lenguaje, pero no otra cosa. Muchas veces se olvida Melchor Cano de que está escribiendo una censura teológica, y se entromete a corregir al autor en materias indiferentes. Así, v.gr., cuando dice Carranza, también sin venir a cuento, que «la verdadera hermosura consiste en la buena composición de las partes, y de aquí se sigue que la color no hace nada al caso» (todo para persuadir a las mujeres que no se afeiten), Melchor Cano se pone a explicar muy gravemente la importancia del coloren la hermosura, y califica de falta de sentido común el yerro estético de su adversario. Por este estilo hay algunas cosas, que, con la reverencia [24] debida a tan gran varón, no parecen las más pertinentes; pero en el fondo de su censura, ¿quién, por poco teólogo que sea, dejará de conocer que tiene razón cuando registra las proposiciones luteranas que antes copiamos; cuando hace notar las coincidencias de la doctrina del arzobispo con la de los alumbrados; cuando descubre el cebo engañoso de la reformación de la Iglesia y restauración de lo antiguo, «como si los tiempos no fueran otros, y las gentes otras, y la salud otra, y otros los espíritus, y, en fin, las circunstancias otras»; o cuando se levanta con elocuente brío a defender los fueros de la razón humana contra el tradicionolismo de Carranza? Había dicho éste, ni más ni menos que en nuestros días Donoso Cortés, que «para ser cristianos es necesario perder este norte de la razón y navegar por la fée y reglar nuestras obras por ella, especialmente en cosas que conciernen a la Religión y Sacramentos cristianos»; y en otra parte añadía: «La razón y seso natural, aunque sea limpio y ordenado, condenan el artículo de la fée por falso.»

     Pero Melchor Cano, verdadero teólogo y filósofo, responde: «Esta proposición no sólo es injuriosa a la razón del hombre, sino que es blasphemar de la sabiduría y poder de Dios, que dio al hombre la razón; porque si la orden de naturaleza y la razón contradizen a la fée, como la fée diga siempre verdad, síguese que la orden de naturaleza y la razón son contrarias de la verdad; y como esta orden y razón natural procedan inmediatamente de Dios, Dios sería contrario de sí mismo... Y assí St. Pablo, al conoscimiento que los filósofos por discurso y razón natural alcanzaron de Dios, al mismo Dios lo refirió, como a primer principio... Por lo qual Sto. Thomás y los otros Doctores theólogos enseñan que la fée es sobre la razón y sobre la naturaleza, pero no contra» (1750).

     Aún más acentuado que en los Comentarios era el sabor herético en la exposición del salmo De profundis, que contenía proposiciones como éstas: «Señor, nuestros pecados están bien pagados con la sangre que derramó Jesuchristo por nosotros... e por esto perderé el miedo al demonio e a mis pecados.» «El que cree esta palabra, no teme sus culpas; sólo llegue con verdad de corazón, y será redemido de todos sus pecados.» Todo lo cual, a lo menos en la expresión, parece copiado de cualquier libro luterano.

     Carranza tenía empeño en que viese el libro Fr. Domingo de Soto, y no menos lo deseaba Valdés; pero Soto andaba indeciso, y aun puede conjeturarse que mudó de parecer después que vio el dictamen de Melchor Cano. Al principio había escrito a Carranza elogiando el libro; y Carranza, en 24 de noviembre de 1558 (1751), le exhortaba a que diera oficialmente el mismo parecer: «V. P. ha de hacer esto por cualquiera, cuanto [25] más por un Arzobispo de Toledo, hijo de la Orden de Santo Domingo, e puesto en este lugar por ella, y más sabiendo V. P. lo que el Arzobispo (de Sevilla) pretende que no es solamente desacreditar a este Arzobispo, sino a todos los frailes... y excluirlos de estos oficios públicos... Yo escribo a todos esos señores que en el libro no hay error ninguno, que tanta Theología he estudiado como el Maestro Cano... Assí que yo holgaré que V. P. califique las proposiciones del libro... y no el Maestro Cano y sus consortes, los quales, si yo les hubiera favorecido en sus intentos, quizá lo hallaran todo de otra calidad...» Y la carta seguía desatándose contra Cano y los frailes que le apoyaban y contra el arzobispo de Sevilla, amenazando con escribir a Roma, donde quizá le mirarían con otros ojos que en Valladolid.

     El egregio autor del tratado De iustitia et iure se vio en una situación apuradísima; Valdés le mandaba calificar el libro dentro de quince días, so pena de excomunión; quería complacer a Carranza, le tenía por católico, le había elogiado, un poco de ligero, y al mismo tiempo veía el Cathecismo, veía la censura de Melchor Cano, y comprendió que la causa de Carranza era teológicamente indefendible. Así y todo, dio un parecer benignísimo, notando pocas frases, y aun éstas prout iacent y sólo en consideración a la malicia de los tiempos, salvando siempre la intención del autor con mil atenuaciones y miramientos y gran copia de elogios a su religión, virtud y doctrina (1752).

     Pero Carranza, que estaba resuelto a no ceder ni en un ápice, se desazonó mucho, y escribió a Soto una carta, que rebosa saña y amargura (1753): «Muy al revés me ha salido este negocio de lo que yo pensaba... Yo pensé que el remedio para poner en orden las opiniones del Maestro Cano era ir V. P. a Valladolid, y háse vuelto al revés... Dice V. P. que algunas proposiciones in rigore ut iacent tienen mal nombre. Nunca se vio que proposiciones de Arrio ni de Mahoma se calificasen sacadas del libro ut iacent, cuanto más siendo de autores católicos... Si V. P. las quiere calificar assí, bien sabe que serán condenados los libros de San Crisóstomo e de San Agustín: e de San Juan Evangelista sacarían herejías, especialmente si quitan los tropos y modos de hablar... ¿V. P. no sabe que, si hubiera yo callado de residencias e presidencias, que mi libro no fuera condenado, sino que pasara como otros que no lo han merecido más?... Loado sea Dios que sin escrúpulo pudo V. P. excusar en mucha parte al Dr. Egidio (1754), siendo hereje, e teniendo sus proposiciones en los mismos términos de Lutero; ¿e veniendo yo de condenar e quemar herejes cuatro años, tiene escrúpulo de defender las proposiciones que quiere cavilar fray Melchor Cano?... [26] Ellos pretenden quitarme el crédito, porque les será buen remedio para que el rey no haga lo que conviene en estas cosas e ningún remedio hallan mejor que echarme a mí de medio.»

     ¡Cuánta pasión en todos los actores de este drama!



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- IV -

Carta de Carranza a la Inquisición. -Impetra Valdés de Roma unas letras en forma de breve para procesar al Arzobispo. -Prisión de éste en Torrelaguna.

     Uno de los medios que tomó Carranza para asegurarse fue escribir al Licdo. Gulielmo, inquisidor de Valladolid (1755), una carta habilísima, en que comenzaba por halagarle, dispensándole de la residencia en un beneficio que tenía en la iglesia de Toledo, y mostraba luego su pesar de que «Fr. Domingo de Rojas hubiese caído tan feamente... habiendo sido criado en laOrden donde siempre le enseñaron la verdad», y que hubiese levantado falsos testimonios «a quien no se lo tenía merecido». Y como también estaba enterado de las declaraciones de D. Carlos de Seso, protesta que apenas le conoce y que no le habló más que una vez en su vida, cuando él fue al colegio de San Gregorio, de Valladolid, con Pedro Cazalla. «Yo le amonesté que mirasse cómo hablaba, y no pensasse que estaba en Italia, donde le castigarían las obras, sino en España, donde le castigarían las obras y las palabras... pensando que en él no había más de aquella soltura de hablar que tienen en su tierra... Él me confesó con muchas palabras diciendo que no era theólogo ni sabía letras... y que había aprendido aquella doctrina de dos Perlados que estaban en el Concillo de Trento (¿Polo y Morone?)... Yo, como le vi tan humilde e hacía tantas protestaciones, díxele: «Yo conocí en Trento los Perlados que vos me nombráis, pero nunca los oí hablar en esa materia sino como cathólicos e como enseña la Iglesia...» « En resolución, él lo oyó todo con grande humildad, prometió enmendarse, y a Carranza le pareció hombre llano y sencillo, y por eso no le delató a la Inquisición.

     Como uno de los cargos que le hacían era haber escrito su Cathecismo en lengua vulgar, poniendo así al alcance de los más rudos materias muy sutiles de teología dogmática, encargó a Fr. Juan de Villagarcía y luego al jesuita Gil González que le tradujesen, aunque ni uno ni otro acabaron el trabajo. La parte que escribieron va unida al proceso (1756).

     Y tras esto escribió al Consejo general de la Inquisición en noviembre de 1558 que, para obviar del todo los inconvenientes, estaba haciendo un Cathecismo más breve, que «pudiera leerse por la gente común» y repartirse entre los pobres de su arzobispado. Y que, entre tanto, había dado orden al mercader de libros de Amberes que no enviase más ejemplares de la primera edición a España, aunque muy pocos se hallarían, fuera [27] de siete u ocho que él tenía recogidos en un cofre y de una docena que había mandado a San Esteban, de Salamanca, y a San Gregorio, de Valladolid (1757). Entre tanto suplicaba que no condenasen el libro ni lo pusiesen en el Índice sin oírle, porque, si tenía alguna cosa mala y dañada, él sería el primero en quemarle, y eso que le habían examinado y aprobado el cardenal Pole en Inglaterra y el rey Felipe II y los de su Consejo. Y, si contenía algunas materias que en España parecían ociosas, eran, con todo eso, necesarias para los estados de Flandes, donde había cundido más el luteranismo. «Yo confieso que en el declarar los errores de los herejes puede haber exceso, como el que predica contra algunos pecados en parte donde nunca los oyeron... Plegue a Dios que en España estén todos tan inocentes que no convenga hazer esto.»

     Tantas excusaciones no pedidas y sus cartas al rey y al Papa acabaron de acelerar la ruina de Carranza. Mientras estuvo en Valladolid, por los meses de agosto y septiembre de 1558, había procurado de todas maneras que se le comunicasen las censuras dadas contra el Cathecismo para responder a ellas; pero Valdés, fiel al secreto inquisitorial y decidido, por otra parte, a no dejar escapar la venganza que tenía entre las manos, le respondió con evasivas y aceleró en Roma el despacho del breve, que trajo su sobrino e deán de Toledo. Al mismo tiempo, y por medio de la gobernadora, hizo entender a Felipe II, gran protector de Carranza, que sobraban motivos graves para perseguirle. Con esto aquel piadoso monarca, si no trocó su voluntad, como algunos han dicho, por lo menos se mantuvo indeciso y neutral desde el principio y dejó obrar a la Inquisición.

     El arzobispo, viéndolo todo perdido, escribió en 21 de septiembre de 1558 al consejero del Santo Oficio D. Sancho López de Otálora para decirle que consentía en la prohibición de su Cathecismo en lengua vu1gar. Pero era ya tarde. Las letras de Paulo IV estaban en camino de España, y el inquisidor general se encontró autorizado, como deseaba, por delegación apostólica de 7 de enero de 1559, para proceder «contra quoscumque Episcopos, Patriarchas et Primates... super haeresibus...» pero sólo por término de dos años, reduciéndolos a prisión «cuando hubiese bastantes indicios y temor inverosímil de fuga», dando cuenta inmediatamente al Sumo Pontífice y remitiendo a Roma la persona del reo y el proceso en el término más breve posible.

     En 8 de abril aceptó Valdés el breve; en 6 de mayo, el fiscal, licenciado Camino, pidió contra el arzobispo de Toledo, «por haber predicado, escrito y dogmatizado muchas herejías [28] de Lutero», prisión y embargo de bienes. El mismo día tomó Valdés acuerdo de sus consultores, D. Pedro Ponce de León, obispo de Ciudad-Rodrigo; D. Pedro Gasca, obispo de Palencia; D. Diego de los Cobos, electo obispo de Ávila; Sancho López de Otálora, el Dr. Andrés Pérez, el Dr. Simancas y los Licdos. Juan de Figueroa, Miguel de Muñatones, Briviesca, Francisco Vaca y el doctor Riego. Presentó el fiscal, como instrumentos del proceso, el Cathecismo con las censuras, las obras manuscritas de Carranza, las declaraciones de los testigos, la carta del obispo de Cuenca, las dos de Juan Sánchez y la del arzobispo a Cazalla. El día 13 se dictó carta de emplazamiento para que el reo compareciese a responder a la demanda.

     Faltaba que el rey confirmase el acuerdo, y lo hizo en 26 de junio, encargando que se tuviese respeto y consideración a la dignidad del arzobispo. Y a su hermana la gobernadora escribió que convendría llamarle a Valladolid, so color de negocios muy importantes, para evitar el escándalo. La princesa lo hizo así en 3 de agosto: «E porque querría saber cuándo pensáis ser aquí, e porque os dé priesa e me avise dello, envío a D. Rodrigo de Castro (1758), llevador de ésta, que no va a otra cosa.»

     El 6 recibió la carta el arzobispo; el 7 contestó que iría, y comenzó su viaje a pequeñas jornadas, deteniéndose tanto en los lugares de su diócesis, que el 14 estaba aún en Alcalá.

     Entre tanto, el fiscal instaba porque el mandato de comparecencia se trocase en auto de prisión, pues había motivos suficientes para ello; y Valdés, vista la tardanza del reo, y haciendo hincapié en lo del temor verosímil de fuga, expidió en 17 de agosto mandamiento de prisión (1759) «contra el arzobispo encargando de la ejecución al alguacil mayor del Santo Oficio de Valladolid.

     Por fin salió de Alcalá el arzobispo el 16 de agosto, y aquel día no pasó de Fuente el Saz, donde se encontró con Fr. Felipe de Meneses, catedrático de Alcalá, que venía entonces de Valladolid. Pidióle nuevas de la corte, y él respondió que no había otras sino que la Inquisición quería prenderle, por lo cual debía volverse a Alcalá o apresurar la ida a Valladolid para verse con la gobernadora y parar el golpe. A lo cual Carranza respondió: «No hay que pensar en tal disparate; por la Princesa voy llamado...; fuera de esto, Dios nuestro Señor me confunda en los infiernos aquí luego, si en mi vida he sido tentado de caer en error ninguno, cuyo conocimiento pueda tocar ni pertenecer [29] al Santo Oficio; antes bien sabe Su Md. que ha sido servido de tomarme por instrumento, para que con mi trabajo e industria se hayan convertido más de dos cuentos de herejes.»

     Después de este encuentro Siguió su camino con la misma calma, esperanzado quizá que el rey llegaría a la Península a tiempo para salvarle. Se paró algunos días en Talamanca, y el domingo 20 de agosto entró en Torrelaguna. Allí le esperaba Fr. Pedro de Soto para decirle muy en secreto que ya habían salido de Valladolid con intento de prenderle.

     Y aún no lo sabía todo Fr. Pedro, porque el alguacil del Santo Oficio había entrado, con mucho recato, cuatro días antes en Torrelaguna y estaba oculto en un mesón, de donde por las noches salía a caballo con dos criados suyos para avistarse en Talamanca, distante no más de una legua, con D. Rodrigo de Castro, que ni un punto se apartaba del séquito del arzobispo.

     El martes, muy de madrugada, el inquisidor D. Diego Ramírez, que desde Alcalá había estado en continua correspondencia con D. Rodrigo de Castro, amaneció a media legua de Torrelaguna con cien hombres, que escondió en las frondosas arboledas de la orilla del Malacuera, haciéndoles antes un breve razonamiento sobre la necesidad de obedecer al Santo Oficio en cualquier coyuntura.

     Durante la noche, D. Rodrigo de Castro, ayudado por su huésped Hernando Berzosa, por el alguacil y por doce vecinos de la villa, a quienes dio cédulas de familiares del santo Tribunal, había puesto en prisiones al gobernador de las tres villas arzobispales y a los alcaldes, justicias y alguaciles del lugar, que tenía por afectos a Carranza, como hechuras suyas, podían estorbar el golpe. Hecho todo con el mayor sigilo y llegada la hora convenida, entró D. Diego Ramírez con sus gentes, y todos juntos se dirigieron a la posada del arzobispo. Quedaron algunos de guardia en las puertas y escaleras, y, subiendo Ramírez, Castro y el alguacil con ocho o diez familiares armados de varas, llamaron a la puerta de la cámara de Fr. Bartolomé. Respondió su lego, Fr. Antonio Sánchez: «¿Quién llama?» Y dijeron los de afuera: «¡Abrid al Santo Oficio!»

     El arzobispo preguntó si venía entre ellos D. Diego Ramírez, y oyendo que sí, los dejó pasar. Estaba acostado con el codo sobre la almohada. Entró primero D. Rodrigo de Castro, se arrodilló al pie del lecho y con lágrimas en los ojos le dijo: «V. S. Rma. me dé la mano y me perdone... porque vengo a hacer una cosa que en mi rostro verá V. S. Rma. que contra mi voluntad la hago.» Llegó tras esto el alguacil mayor y dijo: «Señor Ilmo., yo soy mandado; sea preso V. S. Rma. por el Santo Oficio.» «¿Vos tenéis mandamiento bastante para eso?», contestó Carranza, sin moverse ni mostrar alteración en el semblante. Entonces el alguacil leyó la orden de prisión firmada por Valdés y los de su Consejo. «¿Y no saben esos señores [30] -replicó el arzobispo- que no pueden ser mis jueces, estando yo por mi dignidad y consagración sujeto inmediatamente al Papa, y no a otro ninguno?» «Para eso se dará a V. S. Rma. entera satisfacción», interrumpió Ramírez sacando el breve de Paulo IV.

     Cuando acabó de leerle, Carranza se sentó sobre la cama y le dijo: «Señor D. Diego, quedemos solos v. md. y D. Rodrigo». Y solos estuvieron por espacio de una hora, sin que entonces ni después se trasluciera nada de su coloquio.

     No se permitió entrar a nadie en la antecámara, y, habiéndose intentado el Licdo. Saavedra, le mandó D. Rodrigo, so pena de 10.000 ducados y desobediencia al Santo Oficio, salir en el término de tres horas de Torrelaguna. Los criados del arzobispo no se hartaban de llorar y los mismos encargados de la prisión lo sintieron a par de muerte.

     Ramírez procedió al secuestro y embargo de los bienes del arzobispo, recogió una escribanía y un cofrecillo con cartas y papeles, formó el inventario de todo (1760) y despidió a la servidumbre del arzobispo, mandándoles que de ninguna suerte fuesen a Valladolid. Pero como la mayor parte eran castellanos viejos y tenían allí sus haciendas y familias, instaron tanto, que se les permitió ir, pero todos juntos y no el mismo día que el arzobispo, sino al siguiente y rodeando por el puerto de Somosierra. Sólo quedaron el despensero, el cocinero y los mozos de mulas. La hacienda embargada, que sería unos 1.000 ducados, quedó a cargo de Juan de Salinas.

     Como la villa de Torrelaguna era del arzobispo, temíase algún movimiento en favor suyo, por lo cual, a las nueve de la noche del martes, se pregonó que nadie saliese de su casa ni se asomase a las ventanas. A las doce salió Fr. Bartolomé, caballero en una mula, escoltado por cuarenta jinetes, veinte de ellos familiares del santo Tribunal. A su lado iban Ramírez y D. Rodrigo de Castro. Así llegaron a Valladolid, donde le encerraron en las cárceles nuevas del Santo Oficio, que antes habían sido casas de Pedro González. Se le dieron por criados a Gómez, paje; Salazar, Fr. Antonio de Utrilla, Joaquín Briceño, Francisco de Carranza y Domingo Lastur.

     El arzobispo dijo siempre que cuando le prendieron en Torrelaguna pudo resistirse, porque tenía más de cincuenta criados y estaba en su tierra y entre sus vasallos; pero no lo hizo por el acatamiento que siempre había tenido al Santo Oficio y por excusar escándalos, muertes y daños. Fue común opinión, [31] y la apunta Ambrosio de Morales, que hubiera podido evitar lo ruidoso de su prisión poniéndose en camino inmediatamente que le llamó la gobernadora.



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- V -

Principales fases del proceso.-Nuevas declaraciones. -Plan de defensa de Carranza: recusa a Valdés y a sus amigos. -Memorial de agravios contra Diego González.

     Procederemos rápidamente en el examen de la causa; que no es razón extendernos demasiado en este capítulo sólo porque tenemos materiales abundantes. Quédese lo demás para quien escriba la biografía del arzobispo.

     En 26 de agosto delegó el inquisidor Valdés sus poderes en el Licdo. Cristóbal Fernández de Valtodano y en el Dr. Simancas, del Consejo de Su Majestad, para que recibieran testimonios y examinasen al arzobispo.

     Se mandó a Fr. Alonso de Castro, que residía en San Pablo, de Medina de Rioseco, enviar los apuntes que tenía de las lecciones del arzobispo y cualesquiera obras impresas o manuscritas, sermones, etc., del mismo. Remitió ciertas anotaciones a la Epístola Ad Galathas y a los Psalmos, suplicando que, si en ellas no se hallaba error, se le devolviesen, porque le había costado mucho trabajo copiarlas. De paso ofreció enviar algunos libros heréticos que él y el guardián de San Francisco habían recogido de ciertas balas que se tomaron en Galicia (1761).

     De diversas partes se reunieron otros manuscritos del arzobispo, cuyo inventario consta en el proceso. En total eran más de setenta y tres sermones, además de las paráfrasis y comentarios a las Epístolas de San Pablo.

     Las nuevas declaraciones fueron, en general, menos importantes que las primeras o vinieron a confirmarlas.

     En 30 de agosto de 1559 testificó el jesuita P. Martín Gutiérrez, rector del colegio de Plasencia, que había visto en poder de D. Antonio de Córdoba, de la misma Compañía, hijo de la marquesa de Priego, el Aviso sobre los intérpretes de la Sagrada Escritura, y que el dicho D. Antonio se lo había comunicado a D. Juan de Ribera, hijo del marqués de Tarifa, como si fuera obra de Fr. Bartolomé; de lo cual se escandalizó mucho Fr. Pedro de Sotomayor, por ser la del Aviso doctrina luterana.

     Sebastián Rodríguez, vecino de Pedrosa, contó haber oído al cura Cazalla que, «si el Arzobispo de Toledo viniera, él reformaría la Iglesia».

     El jesuita Luis de Herrera, en 28 de agosto, dijo que, «Viniendo los días pasados de Toro el licenciado Antonio López, médico de dicha ciudad, con el Padre Francisco de Borja y Dionisio Vázquez, de la Compañía de Jesús, dixo el licenciado [32] López a los dichos Padres, que, ahora ha seis años, había oído a Fr. Bartolomé esta proposición o semejante: "No está averiguado si se pierde o no se pierde la fe por el pecado mortal." El P. Francisco le respondió: "Que no le parecía bien, e que lo más seguro era, si él se acordaba bien dello, dezirlo a los Señores del Santo Oficio; pero que, con todo eso, lo comunicasse con algún buen letrado, el qual viesse si se había de denunciar, porque a él le parecía que había obligación de hazello." El médico lo consultó con Fr. Juan de la Peña, y éste le quitó el escrúpulo y díxole que no había obligación de denunciar. E con esto el P. Francisco se aquietó, viendo el parecer de otro mejor letrado, mas todavía como verdadero hijo de obediencia y zeloso del divino servicio, le había parescido hazello saber al Santo Oficio, enviándome a mí para ello desde Segovia».

     El obispo de Orense, don Francisco Blanco, explicó su parecer favorable al Cathecismo, fundándose en que le había leído de prisa y como obra de quien pasaba por católico; y, aunque había notado cosas que necesitaban mucha interpretación, no había visto ninguna que fuera manifiesta herejía y no pudiese admitir católico sentido. Añadió algunos pormenores sobre las relaciones del arzobispo con Victoria Colonna: «E se dezía que estando el Arzobispo con la Marquesa de Pescara, e engrandeciendo ella mucho la fe, le había dicho el Arzobispo que no era tiempo por entonces de hablar de aquella manera».

     En 28 de septiembre de 1559 compareció otro testigo, y del primer orden. El cual no era otro que el insigne político, embajador, historiador, erudito y poeta D. Diego de Mendoza, que había tratado familiarmente al arzobispo en Trento y en Italia y admitido la dedicatoria de la Suma de los concilios. Su declaración es curiosísima, y por ser de quien es, debe transcribirse a la letra.

     Sin embages, dijo que al arzobispo de Toledo «no le tenía por buen christiano... porque le pareció mal algunas cosas de su libro, e assí se lo dixo a una persona eminente, que no era libro para estar en su cámara, porque le paresció que en el prohemio dél y en la entrada quitaba la authoridad a la Inquisición, e que le parescía que en el dicho libro ponía los argumentos de los herejes muy fuertes y que los fortificaba mucho, e que las souciones dellos eran muy flacas, porque había otros que las soltaban muy bien, y que siendo el dicho arzobispo tan letrado, le parescía que aquello era cosa hecha adrede, e que otros argumentos le paresció que dejaba de soltar, e que también tenía dél esta opinión, porque le veía tener muy estrecha amistad con muchas personas que tenía por herejes, e particularmente uno de los que tenía por tan amigos era el Cardenal de Inglaterra (1762), al qual [33] no le tenía por buen christiano, que estaba errado en el artículo de la justificación, e que hubo processos contra él...

     Ítem, que en el concilio de Trento, asistiendo este testigo por embajador, tratando acerca de la materia De sacrificio Missae, el dicho Fr. Bartolomé de Miranda... encareció mucho los argumentos de los luteranos, tanto que vino a dezir y dixo: "Ego hacreo certe"; e que aunque después tuvo lo contrario dello, las soluciones que dio fueron frías y remisas».

     Fray Bernardo de Fresneda, confesor del rey, oyó decir en París Dr. Morillo, aragonés, grande hereje, que venía del concilio de Trento y traía de allá, errores luteranos, «que el Cardenal Polo de Inglaterra y Fr. Bartolomé de Miranda le habían hecho hereje». Creía este testigo que en Francfort se hallarían cartas de Miranda a este Dr. Morillo, que había sido estudiante en Lovaina. Yo no he alcanzado de él la menor noticia fuera de su registro de matrícula.

     Don Diego Hurtado de Mendoza confirmó en 20 de octubre su primera declaración, añadiendo que cuando el libro del arzobispo estaba aún en buena opinión «dixo este testigo en Flandes al duque de Arcos y a don Fernando Carrillo, que no tuviessen el dicho libro, porque tenía malas cosas dentro». Y también había entendido que el arzobispo era amigo de herejes y leía los libros de Juan de Valdés, de lo cual ya había dado aviso al secretario Rui Gómez.

     Don Luis de Rojas, heredero del marquesado de Poza y uno de los luteranos presos en Valladolid, declara que, cuando el arzobispo leyó lo que D. Carlos de Seso había escrito del purgatorio, «se le iban las lágrimas por los ojos... e dio paz en el rostro a don Carlos, e le dixo que aquella era la verdad e lo que tenía la Iglesia Cathólica y los Apóstoles». Todo esto era falso y está desmentido por el testimonio del mismo D. Carlos.

     Muy extraña fue la declaración del dominico Fr. Juan Manuel, que delató esta frase de Carranza: «Tanto servicio de Dios es perseguir o matar a Fr. Melchor Cano como dezir Missa».

     El egregio ascético franciscano Diego de Estella, autor del tratado De la vanidad del mundo, contó a Fr. Francisco de Irribarren, guardián del convento de San Francisco, de Pamplona, que Fr. Bartolomé había predicado en Tafalla dos proposiciones heréticas; la primera, contra las oraciones a los santos, y la segunda «tan escandalosa», que no quiso declarar, la más el dicho Fr. Diego.

     Por testimonios del jesuita D. Antonio de Córdoba, de D. Juan de Ribera y de su ayo el Licdo. García de Truxillo, se averiguó que entre los estudiantes de Salamanca habían corrido muchas copias del Aviso sobre los intérpretes de la Sagrada [34] Escritura, de Valdés y que los repartían el bachiller Francisco Martínez y Sabino Astete, canónigo de Zamora.

     Parecieron dos depósitos de libros del arzobispo en el convento de monjas de Santa Catalina, de Valladolid, y en casa de la marquesa de Alcañices, por encargo de la cual había traducido el dominico Fr. Juan de Tordesillas, del latín al romance, algunos tratadicos de Carranza, de quien era muy devota.

     En 10 de diciembre, Sabino Astete entregó todos los papeles y libros que tenía del arzobispo, y con ellos algunas cosas de Santo Tomás de Villanueva.

     A Fr. Luis de la Cruz vino a comprometerle en el proceso el hallazgo de dos cartas suyas entre los papeles de Carranza, en las cuales se desataba contra Melchor Cano y su elección de provincial, hasta decir: «Si el Padre Fr. Pedro de Soto no descabeza a Cano y Cuevas, que son Landgrave y Duque de Saxonia, nunca habrá paz ni bien, e cada día crecerán más los males, e serán mayores los escándalos... Cano ha comenzado a revolver a España y la Christiandad... se sabe de cierto que es ido al Rey e al Papa... Lo que no sabemos con tanta certinidad es si va en nombre del Consejo de la Inquisición, aunque se afirma, e le dieron mil ducados para el camino: dizen... que lleva catorce proposiciones del libro firmadas por cincuenta y ocho personas como errores, no sé si fue al infierno a que las firmassen. El arte que ha tenido en collegir estas firmas, ha sido escrevirlas desnudas de ante y post, e enviarlas a firmar al Andalucía.»

     Como enterado de todas las cosas del arzobispo y amanuense suyo, confirmó Fr. Luis de la Cruz, en sus respuestas al interrogatorio, todo lo que otros testigos habían dicho sobre el Aviso de Juan de Valdés, procurando atenuar la gravedad de este cargo, aunque se vio reducido a confesar que aquel escrito, notoriamente herético, lo daba Miranda a sus discípulos como bueno y provechoso.

     ¿Qué hacía entre tanto el procesado? Apenas entró en las cárceles, adoptó un plan de defensa, que con extraordinaria firmeza de ánimo sostuvo durante tres años, que era el único que podía salvarle. Se propuso dar largas al asunto, protestar contra todo lo que se hacía y contra la inteligencia que Valdés había dado al breve, recusar a todos sus jueces, apelar a Roma, y, caso que la apelación no se admitiera, ir dilatando la causa con todo género de astucias y expedientes curialescos. El referirlos todos sería prolijo y enfadoso. Los que acusan de la tardanza a la Inquisición sola, u obran de mala fe o no han pasado nunca la vista por aquella terrorífica balumba de papeles, en que ocupa un grueso volumen en folio el proceso de recusación y otro no menor las quejas de Carranza contra sus guardas y carceleros. No hubo pretexto, por fútil y pequeño que fuera, que no diese motivo al arzobispo para un nuevo incidente o un entorpecimiento nuevo. [35]

     La recusación de Valdés se fundaba:

     1.º En la pasión que había mostrado en el examen del libro, no dando previo aviso al autor, cuando sabía que éste se hallaba dispuesto a hacer todas las correcciones necesarias, y así se lo había dicho en San Gregorio. A lo cual se juntaba no haber enviado el libro a los calificadores ordinarios, sino a su capital enemigo Melchor Cano, que, siendo entonces prior de San Esteban, reprendió gravemente al Maestro Fr. Pedro de Sotomayor y al presentado Fr. Ambrosio de Salazar porque habían firmado un parecer favorable al libro.

     2.º Porque en la discordia que había estallado entre los Dominicos de la provincia de Castilla, el arzobispo había tomado como propia la causa de Melchor Cano y escrito en favor suyo y dándole dineros para ir a Roma; todo en agradecimiento y buena correspondencia del parecer que había dado contra Carranza; jactándose, así él como Fr. Domingo Cuevas, que «pronto tendrían al Arzobispo en lugar donde no les pudiera hacer daño».

     3.º Porque el arzobispo de Sevilla «es tenido en estos reinos por hombre vindicativo, y si alguno le ha hecho enojo, nunca lo perdona, e se lo guarda hasta vengarse dél. De ello son buenos testigos algunos de Sevilla, aunque no dan su nombre quia timent saevitiam illius. No hay más que quejas y clamores contra él desde que está en el Santo Oficio, y por motivos análogos tuvo que quitarle Carlos V la presidencia del Consejo Real».

     4.º Por haber obtenido el breve con malas artes, informando siniestramente al papa por medio del deán de Oviedo, sobrino y hechura del mismo Valdés.

     5.º Por ser íntimo amigo de D.ª María de Mendoza y del Marqués de Camarasa, su hijo, con quienes el arzobispo de Toledo tenía pleito sobre el adelantamiento de Cazorla, que quería restituir a su iglesia.

     6.º Porque «el año passado de 1558, estando en el Consejo los que allí solían juntar, especialmente Juan de Vega e Gutierre López e D. García de Toledo e Juan Vázquez de Molina, y el secretario Ledesma e yo con ellos, dixo Juan de Vega: "Que era grande escándalo que un vasallo, en cosas tan justas como era residir en su Iglesia, no obedeciese los mandamientos de su rey y que él tenía pensada una forma para que se cumpliesse lo que el rey mandaba, y era no dar posada al de Sevilla en el lugar donde la corte se mudasse." A lo cual yo dixe, alzando la voz: "No es mucha maravilla que donde no pueden los mandamientos de Dios y de la Iglesia, no puedan los del rey"».

     7.º Porque «en el año de 57, estando el rey en Inglaterra, y entendiendo la gran necessidad que estos Reinos tenían de dineros... mandó que nos juntássemos... yo e su confesor e [36] Fr. Alfonso de Castro... para ver los medios que sin recargo de conciencia él podía tomar... y entre otras cosas se trató que pues el Arzobispo de Sevilla tenía muchos dineros, se le pidiessen prestados 100.000 ducados, e si no quisiera dallos, se los tomassen».

     8.º Por no haber permitido Valdés que diesen su parecer sobre el libro el arzobispo de Granada, el obispo de León, el de Orense y el Dr. Delgado.

     Tras esto pidió Carranza que se revocase el auto y mandamiento de prisión. Y para invalidar la fuerza del breve discurrió el pobrísimo sofisma de decir que era nulo por haber sido recibido y aceptado después de la muerte de Paulo IV.

     Pero el fiscal, Licdo. Camino, además de probar lo contrario, sostuvo que semejantes breves y comisiones para conocer de delitos de herejía no expiran ni cesan por muerte del que los concede. Y de Carranza dijo que «todo era buscar favor y maneras para sacar el negocio de la Inquisición y llevarle al Consejo de Estado, a manos de hombres legos, sin letras ni experiencia».

     Desde este punto, los escritos cle Carranza se tornan en acérrimas recriminaciones contra Valdés. Que no residía; que andaba siempre en la corte, ocupado en negocios seglares; que con los bienes de su iglesia hacía mayorazgos para sus sobrinos; que se valía de la jurisdicción del Santo Oficio para conminar y perseguir a sus deudores insolventes; que había puesto por inquisidores a deudos y criados suyos y hombres indoctos; y que sin duda estaría enojado con él por haber dicho Carranza en el Consejo de Estado que para el remedio de las cosas de Sevilla «no parescería mal que el Prelado diesse una vuelta por allá». Y, finalmente, que, enojado por la censura favorable que los teólogos de Alcalá habían dado del Cathecismo, les había prohibido, so pena de excomunión mayor, ver ni examinar libros sin orden del Santo Tribunal.

     No satisfecho con haber recusado tantas veces a Valdés, hizo lo mismo con sus delegados Valtodano y Simancas por fútiles motivos, pues no consta que tuviesen enemistad particular con él, aunque es cierto que Simancas le tomó luego extraña ojeriza, y no la disimula siempre que habla de él en su autobiografía. Hasta dice que tenía el reo aspecto desapacible y ruin gesto y que era tan prolijo confuso y tardo en resolverse, que le daba gran fastidio. Lo cierto es que la oscuridad y confusión era el vicio capital de Carranza, por lo menos en sus escritos, y ahora, además, estaba interesado en embrollar a sus jueces y multiplicar defensas y confundirlo todo. Nadie tanto como él alargó su causa. Baste decir que dos años mortales se gastaron en el proceso de recusación.

     Aparte de todo, Valdés se portó indignamente con Carranza, dándole por carcelero a un tal Diego González, que, si hemos de creer cierto memorial de agravios del preso, se complacía [37] en martirizarle lentamente. Puso candados en las ventanas de su aposento, quitándole la luz y la ventilación; le guardó no sólo con hombres, sino con lámparas, perros y arcabuces; le daba de comer en platos quebrados; ponía por manteles las sábanas de la cama; le servía la fruta en la cubierta de un libro; y, en suma, era tal el desaseo, que el cuarto estaba trocado en una caballeriza. Sin cesar le traía recados falsos y no ponía en ejecución los suyos; impedía la entrada a sus procuradores, se burlaba de él cara a cara con extraños meneos y ademanes, y de todas maneras le vejaba y mortificaba más que si se tratase de un morisco o judío (1763).

     En lo que parece que no tenía razón Carranza era en quejarse tanto de la prisión en que se le encerró. Estaba aposentado en una de las casas principales de Valladolid; sus habitaciones constaban de dos cuadras grandes y un corredor. La cámara principal tenía más de veintitrés pies en cuadro y se entapizó y aderezó con los mismos muebles que tenía el arzobispo en su recámara. Y aunque quizá exagere el fiscal cuando dice que «el aposento no era de preso, sino de Señor», a lo menos es cierto que en aquellas habitaciones había parado el cardenal Loaysa y que apenas tenían otro defecto que estar tan apartadas de toda comunicación, que cuando ocurrió el espantoso incendio de Valladolid en 21 de septiembre de 1561, el arzobispo no se percató de nada ni lo supo hasta su ida a Roma. Para colmo de rigores, en todo el tiempo de su prisión no se le permitió recibir los sacramentos, aunque los solicitó varias veces.



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- VI -

Consecuencias del proceso de recusación. -Breve de Pío IV. -Nombramiento de subdelegados. -Ídem de defensores. -Aprobación del «Cathecismo» por el concilio de Trento.

     Para resolver el incidente de recusación fueron nombrados jueces árbitros el consejero de Indias D. Juan Sarmiento de Mendoza, de parte de Carranza, y el Licdo. Isunza, oidor de Valladolid, de parte del fiscal. Los cuales, en 23 de febrero de 1560, declararon buenas, justas, razonables y bien probadas las causas, sin que valiera la apelación que hizo a Roma el Licdo. Camino.

     Pero de poco sirvió a Carranza esta pequeña ventaja, porque Valdés había acudido a Pío IV, sucesor de Paulo IV, en demanda de otro breve que confirmase y ampliase las facultades que el del pontífice anterior le concedía. Y realmente se le autorizó, por letras apostólicas de 23 de febrero de 1560, para subdelegar en personas de su confianza. Coincidió con esto la sentencia de los árbitros, y fue necesario otro breve, de 5 de mayo de 1560, dirigido a Felipe II, en cuyo documento, dando validez [38] a todo lo actuado, siempre que no fuese contrario a derecho, se autorizaba al rey para nombrar jueces que en el término de dos años, a contar desde el 7 de enero de 1561, instruyesen el proceso y le remitiesen a Roma. Por breve de 3 de julio se les prohibió sentenciar.

     El rey nombró juez de la causa a D. Gaspar de Zúñiga y Avellaneda, arzobispo de Santiago, y Carranza pensó que con esto irían mejor sus negocios por ser amigo suyo el compostelano; pero éste subdelegó en los consejeros Valtodano y Simancas, y volvieron a quedar las cosas en el mismo estado.

     A los dos años, poco más o menos, de su prisión, en junio de 1561, se concedió al arzobispo elegir letrados defensores, y tras de muchos dares y tomares, porque nadie quería aceptar tan engorroso y difícil encargo, lo fueron el eximio canonista Martín de Azpilcueta, vulgarmente llamado el Dr. Navarro, lumbrera de las Universidades de Tolosa, Salamanca y Coimbra; el Dr. Alonso Delgado, canónigo de Toledo; el Dr. Santander, arcediano de Valladolid, y el Dr. Morales, abogado de aquella Chancillería (1764). Entre todos se distinguió Azpilcueta por el fervor con que tomó la causa, plenamente convencido de la inocencia del procesado, y por la fidelidad con que sirvió, durante quince años, al arzobispo, aunque advirtiéndole desde el comienzo que «ninguno le condenaría más presto que él en lo que le hallase hereje». Lo cual plugo tanto a Carranza, que le rogó que «fuesse el primero en llevar la leña, sí tal aconteciesse».

     A punto estuvo de tomar buen sesgo la causa de Carranza, pero no en España, sino en Trento (1765). El Concilio se había reunido por tercera vez y se trataba de la formación del índice de libros prohibidos. Valdés y los suyos temían que los Comentarios al Cathecismo vedados en España no lo fuesen por aquella general asamblea. Lograron, pues, que Felipe II escribiese, en 20 de octubre de 1562, a su embajador en el concilio, el conde de Luna, manifestando que España tenía su índice y reglas particulares, y que no era tolerable ni conveniente que se le impusiese la ley general, porque libros inocentes en un estado podían ser muy dañosos en otro, a lo cual se agregaba la sospecha de que el proyecto de índice ocultara ideas particulares.

     Entre los Padres del concilio la opinión general era favorable a Carranza, y muchas veces reclamaron contra la duración del proceso, hasta el punto de no querer abrir las cartas del rey de España mientras durase aquel agravio a la dignidad episcopal. Al mismo tiempo acudieron al papa para que obligase [39] a la Inquisición y a Felipe II a enviar el proceso a Roma, amenazando con que de otra suerte suspenderían sus sesiones.

     El papa, que no tenía menos empeño en avocar a su foro la causa, despachó con una misión extraordinaria al nuncio Odescalchi en solicitud de la remisión de la causa antes que expirara el plazo, que ya para estas fechas había tenido prórroga.

     Felipe II se negó resueltamente a tal petición, retuvo el breve y escribió agriamente a los Padres del Tridentino. Ni el Santo Oficio ni el rey estaban dispuestos a ceder en un ápice; y Pío IV tuvo que conceder la prórroga y calmar, como pudo, a los Prelados del concilio, donde ya andaban los parciales del arzobispo urdiendo gran maraña, dice D. Diego de Simancas.

     Se llegó a la calificación del Cathecismo, y salió absuelto por una mayoría de diez votos: el arzobispo de Praga (presidente de la congregación), el patriarca de Venecia, los arzobispos de Palermo, Lanciano y Braga, los obispos de Chalons, Módena, Ticinia de Hungría y Nevers y el general de los Agustinos. Sólo tres de ellos eran españoles; los demás no sabían el castellano, y se guiaron por las aprobaciones y pareceres amañados por los farautes de Carranza. De esta aprobación se mandó dar testimonio al arzobispo para que pudiera presentarla en su causa.

     El embajador de España reclamó contra esta atropellada resolución y pidió que se revocase. El inmortal arzobispo de Tarragona, entonces obispo de Lérida, D. Antonio Agustín, rey de nuestros canonistas y filólogos, que era uno de los diputados de la congregación del Índice, pero no había asistido a la sesión de 2 de abril de 1563, en que fue a robado el libro, se desató contra el acuerdo, hasta decir que «la congregación había aprobado manifiestas herejías con aprobar el Cathecismo». El arzobispo de Praga llevó muy a mal semejante insulto a él y a sus colegas y entabló querella ante los legados del papa. El cardenal Morone se interpuso, y logró avenirlos a todos, haciendo que el de Lérida diese pública satisfacción a sus colegas, en particular al de Praga, y que del decreto favorable al Cathecismo no se diese copia al agente de Carranza. Pero ya para estas fechas la copia estaba sacada y en camino de España, si bien aprovechó poco y se tuvo por nula por no haber sido aprobada en sínodo general (1766). [40]



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- VII -

Audiencias del Arzobispo. -Defensa de Azpilcueta. Resistencia de la Inquisición y de Felipe II a remitir la causa a Roma. -Venida del legado Buoncompagni. San Pío V avoca a sí la causa. -Viaje del Arzobispo a Roma.

     Entre tanto, y después de mil excepciones dilatorias, la causa había empezado a moverse, aunque torpe y perezosamente. En 1.º de septiembre, el Licdo. Ramírez, fiscal del Santo Oficio, presentó su primera acusación. Los principales cargos eran:

     1.º Haber creído y dogmatizado el artículo de la justificación conforme al parecer luterano.

     2.º Haber negado en particulares coloquios la existencia del purgatorio.

     3.º Haber predicado la satisfacción por los solos méritos de Cristo, diciendo y afirmando que no había pecados para quien esto creía, ni muerte ni demonios.

     4.º Haber dicho y afirmado que deseaba hacer a la hora de la muerte, y por testimonio público, renuncia de todas sus buenas obras, contentándose con el beneficio de Jesucristo.

     5.º No haber delatado a cierto hereje (D. Carlos de Seso).

     6.º Haber dado a sus discípulos un Aviso lleno de herejías luteranas.

     7.º Haber creído y afirmado que no se ha de rezar a los santos el Ave María y el Padre nuestro.

     8.º Haber defendido la certidumbre de la salvación.

     9.º Haber pronunciado las palabras Ego haereo certe tratándose de controversias con luteranos.

     10. Haber tenido y leído obras de herejes y libros vedados por el santo Tribunal, dándolos y comunicándolos a sus discípulos.

     11. Haber hablado con poca reverencia del Santísimo Sacramento del altar.

     12. Haber tenido trato y familiaridad íntima con herejes excomulgados.

     13. Haber tenido en poco la disciplina y ceremonias de la Iglesia y la potestad del papa.

     14. Haber defendido doctrinas erasmianas sobre la confesión y sobre el autor del Apocalipsis.

     15. Haber refutado con muy cortas razones los yerros luteranos después de exponerlos largamente. [41]

     16. Haber dicho que en las letanías debe añadirse esta frase: A Concilio huius temporis libera nos, Domine.

     17. Haber defendido con pertinacia las proposiciones heréticas del Cathecismo, buscando defensa y aprobaciones.

     El arzobispo contestó negativamente a casi todos estos artículos. Del tercero dijo que quizá en algunos sermones, por animar a personas tímidas y escrupulosas, hubiese dicho que, guardando los mandamientos y haciendo lo demás a que es ligado, podía el cristiano perder el temor al demonio y al pecado, aunque sin tener nunca seguridad y certeza de que hacemos lo que debemos. Sobre lo cual se remitía al voto que dio en Trento. En cuanto a las soluciones frías y remisas que daba a los errores luteranos, respondió que sin duda no alcanzaba más su entendimiento, pero que las tomaba de los santos y doctores. Que había leído libros prohibidos, pero que tenía licencia de los legados apostólicos en el concilio y otra de Paulo III. Lo del Aviso de Juan de Valdés, resueltamente lo negó (1767), y en esto bien se ve que no procedía de buena fe, como tampoco en decir que, «no habiendo comunicado en su vida con ningún hereje, no les pudo tomar la forma de hablar», pues de lo contrario depone toda su historia y los viajes que hizo a Inglaterra y a Flandes.

     A esta acusación y respuesta siguieron otras muchas, pero no hay para qué insistir en ellas: ab uno disce omnes. Como el Cathecismo y todos los papeles recogidos a Carranza se calificaron una, dos y tres veces por diversos teólogos (1768), [42] y sobre los pareceres redactaba el fiscal nuevos cargos, y tenía el arzobispo que contestar a todo este fárrago; como la publicación de testigos, que eran entre todos noventa y seis, exigía nuevo interrogatorio, y Carranza pidió, para ganar tiempo, que se ratificasen, y presentó los suyos en descargo, y el fiscal se opuso, y vino e interrogatorio de tachas y el de abonos; de aquí que las cabezas del proceso se multiplicasen sin cesar, como las de la hidra de Lerna.

     Tal estado de cosas era insostenible. Roma reclamaba sin cesar la persona del reo y la causa; todos los plazos dilatorios habían expirado, pero el proceso no iba a Roma porque la Inquisición había tomado cual caso de honra el que se decidiera en España, y no quería ceder un punto de su jurisdicción. Para esto manifestó, en consulta a Felipe II, que era necesario hacer en España un escarmiento ejemplar por la alta dignidad del reo; que era conforme a la antigua disciplina el dar comisión para castigar los delitos allí donde se perpetraban; que, si el proceso se decidía en Roma, sería con publicación de los nombres de los testigos, lo cual era gravísimo inconveniente; que, además, sería necesario traducir al latín o al italiano los autos, cosa difícil por su inmensa mole, y en lo cual podían deslizarse, por ignorancia o malicia, muy sustanciales errores; que en Roma tenía el arzobispo muy altas personas apasionadas por él y que no podía esperarse recta justicia.

     Sabedor de esta consulta Martín de Azpilcueta, fue a quejarse al rey en nombre de su cliente, y en un memorial valientemente escrito recopiló todos los agravios que el arzobispo había recibido: desde haberle traído preso cum gladiis et fustibus, hasta haberle dado jueces sospechosos, y diferido tanto la causa. y negádole la comunicación con sus letrados, y el recurso al rey y al papa. Tras esto recordaba a Felipe II la promesa que había hecho a Carranza de ayudarle cuando, «siendo él avisado por Cardenales y otros muchos de Roma y de España, de estas tribulaciones que se le urdían, y pudiendo fácilmente librarse de ellas por vía del Papa, no lo hizo, por le haber mandado V. Md. por su carta Real que no ocurriese a otro e fiase de su Real amparo. Y ahora, visto lo que ha pasado y pasa, le parece [43] que puede decir como nuestro Señor Jesu Christo dijo a su Padre eternal desde la Cruz en que padeció: «Deus meus, Deus meus, quare me dereliquisti?»

     Instaba, finalmente, por que la causa se llevase a Roma, pues estaba vista la parcialidad de los jueces españoles, que sólo querían tener preso al arzobispo, sin sentenciar su causa, hasta que muriese, y «comerse entretanto las rentas del Arzobispado, como lo están haciendo». «Pero de mí digo -continúa el Dr. Navarro- que a este santo varón... en Roma, no solo le absolverán, sino que le honrarán más que a persona jamás honraron, y que desto V. Md. tendrá gloria en todo el mundo, y sabrán cuán buena persona eligió para tal dignidad. Concluyo, pues, christianísimo Rey y Señor, que los que aconsejan y procuran que la causa sea sentenciada en España, podrán tener buen celo, pero no buen parecer. Por ende, V. Md. debe seguir el camino real, y quitar la causa de manos de apasionados y confiarla a su dueño» (1769).

     Entre tanto, los agentes del arzobispo, y a su cabeza el elegantísimo autor del Poema de la pintura, Pablo de Céspedes, a quien llama el embajador D. Francisco de Vargas, en sus cartas al rey, «hombre atrevido y sin respeto», no dejaban piedra por mover en Roma, y llegaron a imprimir una información en defensa del arzobispo, sin licencia del Mtro. del Sacro Palacio, Fr. Tomás Manrique, que después hizo recoger todos los ejemplares y castigar al impresor y a Céspedes (1770).

     El papa estaba muy bien dispuesto en favor de Carranza, y Felipe II, que lo sabía y que había trocado en aversión su antigua afición hacia él por el convencimiento que tenía de su heterodoxia, envió a Roma, en noviembre de 1564, al inquisidor D. Rodrigo de Castro con reservadísimas instrucciones, en que se le prevenía que «no despreciara los medios humanos, y procurara ganar por cualesquiera modos la amistad de todas las personas que pudieran influir en el negocio».

     Tal maña se dio el hábil agente, que Pío IV consintió en enviar a España jueces extraordinarios que aquí sentenciasen la causa. Y en 13 de julio de 1565 nombró al cardenal Buoncompagni, [44] como legado a latere; al arzobispo de Rosano, al auditor de la Rota Aldobrandino y al general de los Franciscanos, que fue luego Sixto V.

     El 21 de agosto se notificaron al rey estos nombramientos. En noviembre llegó a Madrid el legado, y comenzó a enterarse del proceso; pero el fallecimiento del papa en 8 de diciembre fue nueva causa de interrupción. El legado se puso en camino para hallarse en la elección de nuevo pontífice, pero al llegar a Aviñón supo que había sido electo San Pío V.

     Felipe II logró casi por sorpresa que el nuevo papa confirmase el acuerdo de su predecesor; pero el cardenal Buoncompagni, que había alcanzado a comprender la mala fe, animosidad y mezquinas pasiones con que este negocio se trataba, habló claro a San Pío V; y éste, que como dominico debía de tener cierta simpatía por Carranza, dispuso inmediatamente que el reo y la causa fueran a Roma y que D. Fernando de Valdés renunciase el cargo de inquisidor general. Felipe II se resistió cuanto pudo; pero el papa le amenazó con poner entredicho en su reino, y el rey tuvo que obedecer.

     En lugar de Valdés fue nombrado, en 9 de septiembre, D. Diego de Espinosa, presidente del Consejo de Castilla, y para el cumplimiento del breve pontificio de 30 de julio vino como nuncio extraordinario el obispo de Ascoli. Carranza salió de Valladolid el 5 de diciembre de 1566, a los siete años y algunos meses de prisión. Viajaba en litera, acompañado del inquisidor Diego González. Se embarcó el 27 de abril de 1567, en el puerto de Cartagena, a bordo de la capitana de Nápoles, en que iba el duque de Alba, gobernador de Flandes.

     Acompañaban a Carranza sus abogados Azpilcueta y Delgado y los consejeros, fiscales, jueces y secretarios de la causa, D. Diego de Simancas, Jerónimo Ramírez, D. Pedro Fernández Temiño, Sebastián de Landeta, etc., cargados con aquella balumba de papeles que hoy mismo nos ponen espanto.

     El 25 de mayo entraron en Civita-Vecchia. Allí el embajador español, D. Luis de Requeséns, se hizo cargo de la persona del reo y en 29 de mayo le entregó a los ministros del papa. Señalósele por cárcel el castillo de Santángelo y se le permitió confesar en el primer jubileo.



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- VIII -

La causa en tiempo de San Pío V. -Sentencia de Gregorio XIII. -Abjuración de Carranza. -Su muerte y protestación de fe que la precedió.

     De diez y siete consultores estaba formada la congregación que nombró San Pío V para la causa. Entraban en ella el cardenal Reviva, patriarca de Constantinopla, in partibus, arzobispo de Pisa; el cardenal Pacheco, arzobispo de Burgos, y el cardenal Gambayo, obispo de Viterbo; inquisidores, los tres de la de Roma; el cardenal Chiesa, prefecto de la Signatura de Justicia; el maestro del Sacro Palacio, Fr. Tomás Manrique, de la Orden de Santo Domingo; D. Gaspar de Cervantes, arzobispo de Tarragona; el obispo de Santa Ágata (después Sixto V); el obispo de Arezzo, Eustaquio Lucateli; el auditor Artimo, el obispo de Fiésole y el arzobispo de Sanseverino. Y por la parte de España, el obispo de Ciudad Rodrigo, D. Diego de Simancas, consejero de la Inquisición; el obispo de Prati, D. Antonio Maurín de Pazos; D. Pedro Fernández Temiño (que fue más adelante obispo de León) y D. Fr. Rodrigo de Vadillo, ex general de los Benedictinos, todos los cuales habían sido jueces o calificadores en el proceso. Su Santidad los trató [45] mal desde luego y les hizo estar de pie a espaldas de los cardenales (1771). Quejáronse, y por todo favor se les concedió reclinarse, cuando estuviesen fatigados, en unos escaños con los espaldares vueltos. Esta etiqueta, que D. Diego de Simancas llama crueldad, duró tres años consecutivos, y eso que las congregaciones semanales pasaban a veces de tres horas. El santo pontífice asistía a ellas en persona.

     Hubo que traducir el proceso, y en esto se pasó cerca de un año. Faltaban papeles, y hubo que reclamarlos a España; faltaban los libros impresos y manuscritos del arzobispo; nuevo motivo de dilación. Además, el expediente venía en un estado de completo desorden, y bien fuera por esto, bien por maliciosa sustracción, se echaban de menos algunas hojas.

     Los nuestros, siguiendo su táctica de siempre, recusaron a Fr. Tomás Manrique por dominico y parcial de Carranza, y luego el eximio teólogo jesuita Francisco de Toledo (nombrado en sustitución de él), por amigo y deudo del prior de San Juan, favorable al reo.

     San Pío V estaba, según parece, convencido de la inocencia de Carranza; consentía que en Roma se vendiese públicamente el Cathecismo, e, instando por la prohibición los agentes de España, respondió con enojo que «no hiciesen de manera que lo aprobase por un motu proprio» (1772).

     Los biógrafos y apologistas del arzobispo, como Salazar de Mendoza y Llorente, dan por cosa cierta que aquel pontífice llegó a absolver a Carranza, mandando que se le devolviese el Cathecismo para ponerle en latín y aclarar las proposiciones dudosas; pero que esta sentencia no llegó a pronunciarse porque Felipe II se dio maña a suspenderla entre tanto que llegaban a Roma ciertas calificaciones y papeles hostiles a Carranza y que en el intermedio murió el papa. Y hasta llega a insinuar el perverso secretario de la Inquisición (¡vergüenza da consignarlo!) la infamia y ridícula sospecha de que la muerte no fue natural, sino procurada por nuestro Gobierno. Credat Iudaeus Apella.

     La verdad es que nadie ha visto ni por asomos ni semejas la tal sentencia y que aquel gran pontífice falleció de mal de piedra en 1.º de mayo de 1572, sin haber querido sentenciar nunca, porque dijo que no quería morir con aquel escrúpulo. Así lo testifica D. Diego de Simancas, autoridad no sospechosa, pues confiesa que «la intención del Papa era dar por libre a Carranza». Pero ¿a qué buscar otro testimonio, cuando expresamente afirma la bula de Gregorio XIII que la causa quedó indecisa por muerte de su predecesor? [46]

     Porfiaron con el nuevo pontífice (cardenal Buoncompagni) los del arzobispo para que diese curso a la supuesta sentencia, y la sentencia no pareció, aunque Gregorio XIII decía con gracia que regalaría 20.000 ducados a quien se la presentase sólo porque le quitaran de delante la indigesta mole del proceso (1773). El pobre auditor de la Rota, Aldobrandino, que le tenía en su poder, no sabía resolverse a nada, porque nunca había visto causas de Inquisición, y todo se volvía dudas y consultas sobre si en España se había guardado o no la forma del breve de Paulo IV. Volvió a leerse el proceso entero delante del papa, y en esto se tardó más de un año.

     Como si tanta pesadez no fuera bastante, Felipe II suplicó que se suspendiera la causa hasta que llegasen a Roma cuatro nuevos calificadores que él enviaba, y fueron: el Dr. Francisco Sancho, catedrático de Salamanca; e confesor del rey, Fr. Diego de Chaves, y los maestros Fr. Juan Ochoa y Fr. Juan de la Fuente. Llegaron, dieron sus censuras sobre los papeles del arzobispo, replicaron Azpilcueta y Delgado, y con esto se dio tiempo a que retractasen en España algunos prelados sus censuras favorables al Cathecismo. Parece que no faltaron persuasiones ni amenazas. Lo cierto es que, en 30 de marzo de 1574, el arzobispo de Granada, D. Pedro Guerrero, que antes había puesto en las nubes el Cathecismo, dio nueva censura, tachando más de setenta y cinco proposiciones. En 29 de abril hizo lo mismo el obispo de Málaga (antes de Orense), D. Francisco Blanco, que censuró sesenta y ocho con nota de vehementer suspectus para el autor. Siguió su ejemplo el obispo de Jaén, pero elevando a trescientas quince el número de proposiciones reprobables. Y lo mismo hicieron el Dr. Barriovero y Fr. Mancio del Corpus Christi, dominico y catedrático en Alcalá.

     Todos expusieron, bajo juramento, ante el inquisidor general D Gaspar de Quiroga, las causas de haber mudado de opinión y sus declaraciones y pareceres, cerrados y sellados, se enviaron a Roma, donde se unieron a los autos y fueron de grande efecto para la sentencia final.

     Sólo el cabildo de Toledo permanecía fiel a Carranza; intercedía por él en Roma y hacía procesiones y rogativas públicas por su libertad.

     Al fin la sentencia vino, pero no absolutoria, ni mucho menos, porque no podía serlo (1774). En 14 de abril de 1576, Gregorio XIII declaró que «el Arzobispo había bebido prava doctrina de muchos herejes condenados, como Martín Lutero, Ecolampadio y Felipe Melanchton..., y tomado de ellos muchos errores, frases y maneras de hablar de que ellos usan para confirmar sus enseñanzas, por lo cual era vehementemente [47] sospechoso de herejía y le condenó a abjurar las proposiciones siguientes:

     1.ª Que todas las obras hechas sin caridad son pecados y ofenden a Dios.

     2.ª Que la fe es el primero y principal instrumento para la justificación.

     3.ª Que, por la Justificación y los méritos de Cristo, el hombre se hace formalmente justo.

     4.ª Que nadie alcanza la justicia de Cristo si no cree con cierta fe especial que la ha alcanzado.

     5.ª Que los que viven en pecado mortal no pueden entender la Sagrada Escritura ni discernir las cosas de la fe.

     6.ª Que la razón natural es contraria a la fe en las cosas de religión.

     7.ª Que el fomes del pecado permanece en los bautizados debajo de la propia razón de pecado.

     8.ª Que el pecador, cuando pierde por el pecado la gracia, pierde también la verdadera fe.

     9.ª Que la penitencia es igual al bautismo y no viene a ser otra cosa que una vida nueva.

     10. Que Cristo, nuestro Señor, satisfizo tan eficaz y plenamente por nuestros pecados, que ya no se exige de nosotros ninguna otra satisfacción.

     11. Que sola la fe sin las obras basta para la salvación.

     12. Que Cristo no fue legislador ni le convino dar leyes.

     13. Que las acciones y obras de los santos nos sirven sólo de ejemplo, pero no pueden ayudarnos.

     14. Que el uso de las imágenes y la veneración de las sagradas reliquias son leyes meramente humanas.

     15. Que la presente Iglesia no tiene la misma luz y autoridad que la primitiva.

     16. Que el estado de los apóstoles y religiosos no se diferencia del común estado de los cristianos.

     Hecha esta abjuración, Carranza debía ser absuelto de todas las censuras y suspenso de la administración de su diócesis por cinco años, en los cuales habitaría el convento de Predicadores de Orvieto, dándosele para congrua sustentación 1.000 escudos de oro mensuales. Se le imponían, además, varias penitencias, visitar las siete basílicas de Roma, decir ciertas misas, etc. El decreto acababa prohibiendo el Cathecismo en cualquiera lengua.

     Don Diego de Simancas (1775) dice que «la intención del Papa fue que la reclusión y suspensión fuesen perpetuas; pero se tuvo [48] por cierto, dada la edad y achaques del reo, que no viviría los cinco años».

     El arzobispo oyó la sentencia con humildad y lágrimas, según la relación atribuida a Ambrosio de Morales; con desdén y sequedad, según su implacable enemigo D. Diego de Simancas. Abjuró ad cautelam, pasó a vivir al convento dominicano de la Minerva, dijo misa los cuatro primeros días de Semana Santa y el lunes comenzó a andar las basílicas, sin querer aceptar la litera que le ofreció el papa. Dijo su última misa en San Juan de Letrán el lunes 23 de abril, y aquel mismo día cayó enfermo de muerte. Expiró el 2 de mayo a las tres de la mañana. Tenía setenta y tres años de edad y había pasado diecisiete en prisiones.

     El papa le envió en sus últimos momentos absolución plena y entera.

     Aquel mismo día (30 de abril), en presencia de muchos italianos y españoles, entre ellos el prior de San Juan, don Antonio de Toledo; los dos fidelísimos abogados Azpilcueta y Alonso Delgado, el capiscol de Toledo, D. Juan de Navarra y Mendoza y dos frailes dominicos, Fr. Hernando de San Ambrosio y Fr. Antonio de Utrilla, agente incansable el primero de los negocios del arzobispo y compañeros de su prisión el segundo, hizo Fr. Bartolomé de Carranza una solemne protestación de fe en lengua latina antes de recibir el sacramento de la eucaristía.

     Juró, por el tremendo paso en que estaba y por el Señor que iba a recibir, que mientras había leído teología en su Orden y enseñado, predicado y disputado en España, Alemania, Italia e Inglaterra, nunca había tenido más propósito que el ensalzamiento de la fe y la destrucción de la herejía, por lo cual católicos y protestantes le habían dado el título de primer defensor de la fe. «Su Md. es buen testigo (añadió): yo le he amado y le amo ahora muy de veras, tanto, que ningún hijo suyo le tiene ni le tendrá más firme ni más verdadero amor que el mío».

     Juró también que nunca había enseñado, predicado ni defendido cosa contraria al verdadero sentido de la Iglesia romana, ni había caído en error alguno de los que se le imputaban, tomando en mal sentido sus palabras; ni había dudado jamás en cosas de la fe, sino que siempre la había creído y profesado con tanta firmeza como la creía y profesaba en la hora de la muerte. Pero que, sin embargo, tenía por justa la sentencia, como pronunciada por el vicario de Cristo, y perdonaba todo agravio que hubieran querido hacerle sus contrarios o jueces en la causa. «No he tenido rencor contra ellos, antes los encomiendo a Dios... y prometo que si voy, a donde espero ir por la voluntad y misericordia de Dios, rogaré al Señor por todos». [49]

     Está enterrado Carranza en el coro de la Minerva, con un honroso epitafio, que mandó grabar el mismo Gregorio XIII, y en que se le llama «ilustre por su linaje, vida, doctrina, elocuencia y limosnas, grandemente honrado por el Emperador Carlos V y su hijo Felipe II; varón de ánimo modesto en las prosperidades y resignado en las tribulaciones».

     Se le hicieron solemnes exequias, así en Roma como en Toledo, y su sucesor, el cardenal Quiroga, mandó poner su retrato, con los de los demás arzobispos, en la sala capitular.



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- IX -

Juicio general del proceso.

     No he de negar que la opinión general ha sido y es favorable a Carranza. Aparte de la simpatía que despierta siempre el perseguido, han influido no poco, en esa manera de juzgar, los cronistas y bibliógrafos dominicos y los canónigos toledanos, como el Dr. Salazar de Mendoza, que de ninguna suerte querían la afrenta de un hereje en su Orden ni en su catedral. Pero todo lo que ellos alegan en pro de Fr. Bartolomé son razones harto fútiles: que fue buen religioso, humilde, modesto y limosnero, que había leído mucho la Summa de Santo Tomás; que predicó con gran fruto; que se mostró celosísimo en la visita de su arzobispado. Todo esto, como se ve, nada prueba ni libra a nadie de ser hereje. Alguna más fuerza tienen los argumentos que se sacan de sus misiones en Inglaterra y Flandes; de los herejes que convirtió con su palabra; de las universidades que reformó; de los libros que echó a las llamas; de los pareceres siempre católicos que dio en el concilio de Trento. Pero, aunque todo esto induzca en el ánimo una sospecha favorable, tampoco bastaría para demostrar que Carranza, contagiado con el trato de los protestantes, no hubiese mudado después de opinión.

     Los adversarios del Santo Oficio, y a la cabeza de ellos Llorente, han contado la cuestión muy de ligero; para ellos, Carranza no fue reo de ninguno de los delitos que se le imputaban; toda su desgracia fue obra de la intriga, de la codicia y de la ambición del inquisidor general, D. Fernando de Valdés, y de sus amigos. Lo que dijo Llorente lo ha repetido en coro la gárrula turba liberalesca, y ya se sabe que es un lugar común la atroz persecución del inocente arzobispo de Toledo.

     Otros lo han tomado por un camino distinto. Don Adolfo de Castro sostuvo que el arzobispo había sido real y verdaderamente protestante, con lo cual resultaba justificada la Inquisición dentro de las ideas del tiempo. Esta opinión ha tenido poco séquito, pero encierra un fondo de verdad, como iremos viendo.

     Y ahora, para proceder con método, pregunto:

     1.º ¿Qué hemos de pensar de Carranza?

     2.º ¿Qué hemos de pensar de sus jueces? [50]

     Respondiendo a la primera interrogación, clara y llanamente afirmo que Carranza escribió, enseñó y dogmatizó proposiciones de sabor luterano. Y esto se prueba:

     1.º Por la sentencia de Gregorio XIII. Para invalidar la fuerza de esta decisión, apela Llorente a la consabida treta jansenista de negar que en las obras de Carranza se hallen en términos expresos las proposiciones que allí se reprobaron. Pero el mismo Llorente tuvo la candidez de confesar a reglón seguido que «no había leído las obras del procesado», con lo cual bien se ve que discurre de lo que no conocía ni por asomos y que está en el aire su distinción del hecho y del derecho. Fuera de que la teología de Llorente es todavía peor y más sospechosa que su torcida ciencia canónica.

     2.º Por los pareceres de Melchor Cano, de Domingo de Soto y de todos los primeros teólogos de España, adversarios unos, es verdad, pero amigos otros del procesado. Y el mismo Melchor Cano no era hombre en quien la pasión, con ser tan vehemente y poderosa, turbase el juicio ni manchase la conciencia hasta el extremo de encontrar tantas docenas de proposiciones censurables en un libro inocente.

     3.º Porque basta el recto juicio y la instrucción, no teológica, sino catequística, que debe tener todo cristiano, aunque sea lego, para conocer que no es ortodoxo el hombre que enseña que «la fe sin las obras basta para la salvación»; que «Cristo nuestro Señor satisfizo por nuestros pecados tan eficaz y plenamente, que no se requiere de nosotros otra satisfacción»; que «todas las obras hechas sin caridad son pecado y ofenden a Dios» y que «la razón natural es contraria a la fe en las cosas de la Religión». No hay duda que, tomadas éstas y otras cláusulas prout iacent, nadie que sea católico puede dudar que Carranza resbaló, por una parte, en el luteranismo y, por otra, en el más crudo e irracional tradicionalismo o escepticismo místico. Esto sin contar con las dudas acerca del purgatorio que le atribuyen muchos declarantes. Y en realidad no podía menos de negarlo quien pensaba como él acerca de la satisfacción plena y entera por la sangre de Cristo.

     Si en el foro externo, donde ya recayó decisión de Roma, no es posible vindicar a Carranza; si la sentencia fue a todas luces justa, y el mismo Carranza lo confesó al morir, ¿podremos disculparle, a lo menos, en el foro interno? ¿Podremos sostener que no erró a sabiendas y que cayó por debilidad de entendimiento no de voluntad? Realmente, las apariencias son fatales; si hubiéramos de atenernos sólo a las declaraciones de los protestantes de Valladolid, tendríamos que decir que pensaba como ellos, pero que disimuló hipócritamente. Se dirá que había vivido mucho tiempo entre herejes, que se le habían pegado frases y modos de hablar suyos; pero por mucha latitud que demos a esta disculpa, ¿se concibe que un teólogo [51] harto de explicar toda su vida la doctrina de Santo Tomás, curtido y probado en las aulas, habituado desde joven a la precisión del lenguaje escolástico y obligado, además, por las circunstancias de su vida, a discernir la verdad del error en las materias que entonces andaban en controversia, venga al fin de su vida a hablar como los luteranos precisamente en esas cuestiones? Tanto valdría suponer que Carranza no tenía sentido común o era hombre de cortísimo entendimiento, lo cual de ninguna manera aceptarán sus apologistas, que le tienen por águila y fénix de los teólogos. ¿Qué teólogo es este que da por texto a sus discípulos una Consideración de Juan de Valdés, la cual rebosa no solo de luteranismo, sino de iluminismo fanático e inspiración privada, y no conoce el veneno que entraña? ¿Era lícito a alguien escribir, después del Concilio de Trento, lo que el arzobispo escribió acerca de la justificación? ¿Y quién tenía menos disculpa para errar que él, asistente al concilio y que había predicado sobre esa misma materia? Añádase a esto que no solo prelados envidiosos de Carranza, como Valdés, y frailes de su Orden, émulos suyos por cuestiones viejas, como Melchor Cano, sino hombres de mundo, como D. Diego de Mendoza, y prelados a la italiana, ricos de letras humanas y de buen gusto, como Antonio Agustín, no tenían al arzobispo por buen cristiano y toda su vida afirmaron que estaba lleno de herejías el Cathecismo. ¿Es posible que se equivocasen todos? ¿Es posible que entre noventa y seis testigos de todas clases, edades y condiciones, movidos por las más opuestas pasiones e intereses o indiferentes en absoluto, mientan todos, mucho más cuando se nota admirable conformidad en lo sustancial de sus declaraciones?

     Francamente, si no tuviéramos la protestación de fe hecha al morir por Carranza delante de Jesús Sacramentado, en la cual terminantemente afirmó que no había caído en ningún error voluntario, no habría medio humano de salvarle. Pero ante esa declaración conviene guardar respetuoso silencio. De los pensamientos ocultos sólo a Dios pertenece juzgar. Yo no creo que Carranza mintiera a sabiendas en su lecho de muerte. Y, en suma, excusando la intención, juzgó de él como juzgó la sentencia: «Vehementemente sospechoso de herejía, amamantado en la prava doctrina de Lutero, Melanchton y Ecolampadio.»

     Respondida así la primera cuestión, digo sin vacilar que tengo por justo el proceso, tomado en general; quiero decir que sobraron motivos para procesar a Carranza por sus dichos y por sus hechos; y hasta doy la razón en parte a la Inquisición y a Felipe II, y me explico su resistencia a enviar el proceso a Roma, y tengo por gallardo y generoso atrevimiento el de haber procesado y tenido en cárceles por tantos años a un arzobispo primado de las Españas: porque cuanto más alto estaba el reo, más eficaz debía ser la justicia. Además, las circunstancias [52] eran especialísimas; el peligro, inminente para el catolicismo español, si se dejaba impune la herejía en un prelado cuando se abrasaban en vivas llamas Valladolid y Sevilla. Por eso no dudo en aprobar in genere la conducta de D. Fernando de Valdés en ésta y en las demás cosas que hizo siendo inquisidor general y creo que tiene la gloria de haber ahogado y extinguido al nacer el protestantismo en España.

     Pero tampoco participo del cándido optimismo de Balmes (1776), que, sin haber visto el proceso, y juzgando sólo por los impulsos de su alma recta y benévola, creyó que «las causas del infortunio de Carranza no debían buscarse en rencores ni envidias particulares, sino en las circunstancias críticas de la época», etc. Esto del espíritu de la época es frase doctrinaria muy vaga y elástica, con la cual se explica todo y no se explica nada. Ahí están los autos de esa causa, verdaderamente monstruosa, para decirnos la seca y abrumadora verdad. Hubo rencores, celos, envidias y malas pasiones de todo género entre Valdés y Carranza, entre Carranza y Melchor Cano; hubo enemistades mortales y tretas curialescas innumerables y mala fe evidente de parte de unos y de otros y un intrigar continuo y sin medida en Roma y en Trento. Por eso duró eternidades la causa y se observan en ella tantas irregularidades canónicas y jurídicas. Pero todas éstas son cuestiones de pormenor, que dejo a los entendidos en la materia, y no alteran ni poco ni mucho lo esencial del caso. Carranza fue justamente perseguido y justamente sentenciado, lo cual no quita que sus jueces de España fuesen parciales y envidiosos, que Melchor Cano anduviera duro e hiperbólico en sus calificaciones y que Felipe II manifestase ciega saña, indigna de un rey, contra el hombre a quien tanto había protegido y honrado antes y que tanto fiaba en su palabra real. Yo sé que obró así porque estaba convencido de la culpabilidad de Carranza; pero nada disculpa los bajos y sórdidos amaños de que en Roma se valió para dilatar hasta el último momento la remisión del proceso y la sentencia. Ni tampoco es posible disculpar a los obispos, que, después de haber aprobado sin restricciones el Cathecismo, tacharon luego en él tantas proposiciones; porque una de dos: o la primera vez obraron ligero, (y a esto me inclino respecto del arzobispo de Granada), y elogiaron el libro por la fama de su autor y sin haberle leído, o la segunda vez se rindieron al temor o al interés.

     En suma, nadie de los nuestros estuvo libre de culpa en este tristísimo negocio. ¡Cuán hermosa resplandece, por el contrario, la conducta de los sumos pontífices San Pío V y Gregorio XIII! [53]



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Capítulo IX

El luteranismo en Sevilla. -Rodrigo de Valer. -Los Doctores Egidio y Constantino. -Julianillo Hernández. Don Juan Ponce de León y otros protestantes.

I. Rodrigo de Valer.-II. El Dr. Egidio. Sus controversias con Fr. Domingo de Soto. Sus abjuraciones y retractaciones.-III. El Dr. Constantino Ponce de la Fuente. Predicador de Carlos V. Amigo del Dr. Egidio. Sus obras: Summa de doctrina christiana, Sermón del Monte, Confesión del pecador.-IV. Constantino, canónigo magistral, de Sevilla. Descubrimiento de su herejía. Su prisión y proceso.-V. Continúa la propaganda herética en Sevilla. Introducción de libros. Julianillo Hernández. Noticia de otros luteranos andaluces: D. Juan Ponce de León, el predicador Juan González, Fernando de San Juan, el Dr. Cristóbal de Losada, Isabel de Baena, el Mtro. Blanco (Garci-Arias), etc. Autos de fe de 24 de septiembre de 1559 y 22 de diciembre de 1560. Fuga de los monjes de San Isidro del Campo.-VI. Vestigios de protestantismo en otras comarcas. Fray Diego de Escalante: escándalo promovido en la iglesia de los Dominicos de Oviedo.



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- I -

Rodrigo de Valer.

     «La ciudad de Sevilla (escribe el protestante Cipriano de Valera en su Tratado del Papa y de la Missa) es una de las más populosas, ricas, antiguas, fructíferas y de más suntuosos edificios que hay en España... Todo el tesoro de las Indias occidentales viene a ella... Ser fructífera se prueba por el Ajarafe, donde hay tantos y tantos olivares, de los cuales se saca tanta copia y abundancia de aceite... Vese también por las vegas de Carmona y de Jerez, tan abundantes de trigo, y por los campos tan llenos de viñas, naranjales, higueras, granados y otros infinitos frutos» (1777).

     En esta, pues, rica y hermosa ciudad y paraíso de deleites, centro de la contratación de las Indias occidentales, vivía por los años de 1540 un noble caballero natural de Lebrija llamado Rodrigo de Valer, el cual toda su vida ocupaba en mundanos ejercicios, deleitándose mucho en jugar y cazar y tener buenos caballos y bien enjaezados. De pronto, y como si estuviera movido por sobrenatural impulso, se le vio dejar sus antiguos pasatiempos y consagrarse todo a la lectura y meditación de la Biblia, que aprendió casi de memoria con ayuda de un poco de latín que en su mocedad había estudiado. En suma, se hizo un fanático, y, dejándose guiar por sus propias inspiraciones (y sin duda por algún libro protestante que le cayó en las manos, [54] aunque Valera y Reinaldo de Montes lo disimulan), a cada paso trababa disputas con clérigos y frailes, echándoles en cara la corrupción del estado eclesiástico. Y esto lo hacía en medio de plazas y de las calles y hasta en las mismas gradas de la catedral, que eran lonja de mercaderes y mentidero de ociosos. Decíase inspirado por el espíritu de Dios y nuncio y mensajero de Cristo para aclarar las tinieblas del error y corregir a aquella generación adúltera y pecadora.

     Tanto porfió el propagandista laico, que la Inquisición tuvo que llamarle a su Tribunal. «Y entonces -dice Cipriano de Valera- disputó valerosamente de la verdadera Iglesia de Cristo, de sus marcas y señales, de la justificación del hombre, y de otros semejantes puntos... cuya noticia Valer había alcanzado sin ningún ministerio ni ayuda humana, sino por pura y admirable revelación divina.»

     Los inquisidores se hubieron con él muy benignamente, le creyeron loco, y le pusieron en libertad, confiscándole parte de sus bienes. Pero como él siguiera en sus predicaciones, volvieron a llamarle algunos años después y le hicieron retractarse por los años de 1545; ceremonia que se verificó no en auto público, sino en la iglesia mayor entre los dos coros. Se le condenó a sambenito, cárcel perpetua, con obligación de oír misa y sermón todos los domingos en la iglesia del Salvador. Aun allí solía levantarse y contradecir al predicador cuando no le parecía bien lo que decía. De allí le llevaron al monasterio de Nuestra Señora de Sanlúcar de Barrameda, donde acabó sus días, siendo de edad de cincuenta años poco más o menos. Valióle mucho para que no se le tratara con más rigor el ser cristiano viejo, sin mezcla de sangre de judíos ni de moros (1778). Hizo algunos prosélitos de cuenta, entre ellos el Dr. Egidio.



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- II -

El Dr. Egidio. -Sus controversias con Fr. Domingo de Soto. -Sus abjuraciones y retractaciones.

     Juan Gil o Egidio, como se llamó latinizando su nombre, era natural de Olvera y había estudiado en la Universidad de Alcalá, en los mejores tiempos de aquella escuela. El que quiera convencerse de la buena fe con que nuestros protestantes escribieron sus historias, no tiene más que leer la relación que hace de la vida de Egidio el autor de las Artes de la Inquisición. Si hubiéramos de creerle, en Alcalá, donde explicaban Nebrija, Hernán Núñez, los Vergaras, Demetrio Ducas Cretense, Lorenzo Bilbao y otros mil humanistas; en Alcalá, donde se imprimió por primera vez el texto griego del Nuevo Testamento y se dio a luz la primera Políglota del mundo; en aquella escuela tan [55] ensalzada por Erasmo..., ni siquiera se aprendía el latín y se despreciaban las sagradas Letras; tanto, que a Egidio, por aplicarse a ellas, le llamaban el bueno del biblista (bonus biblista). A quien miente así, a ciencia y conciencia, en hechos públicos y notorios, ¿qué fe hemos de darle en las demás cosas que refiere? Y lo peor es que apenas tenemos otra autoridad que la suya para las cosas de Egidio.

     Graduado éste en teología con cierto crédito de letras y aun de virtud, obtuvo en 1537 la canonjía magistral de Sevilla por llamamiento de aquel cabildo y sin que precedieran edictos ni oposiciones públicas, lo cual le atrajo no pocas enemistades. Cuando empezó a predicar túvosele por muy inferior a su fama, cayó en menosprecio general, e, irritada su vanidad con esto, quiso hacerse famoso y conspicuo por extraño modo. Para esto se unió con el fanático Rodrigo de Valer, que en pocas horas le enseñó el oficio del predicador cristiano, aconsejándole otros estudios, otros libros y otros directores que los que hasta entonces había tenido. Egidio siguió el consejo de aquel hombre, aunque le tenía por rudo e idiota; se hizo amigo del Dr. Constantino Ponce de la Fuente (1779), que por aquellos días había venido a Sevilla, y que le facilitó algunos libros luteranos, y volvió a predicar con más fervor que antes, esparciendo cautelosamente la semilla de la nueva doctrina en sus sermones y más aún en secretos conventículos.

     Así y todo, conservaba fuera de Sevilla su antigua reputación; tanto, que Carlos V le propuso en 1550 para el obispado de Tortosa. Con esto se levantaron sus émulos y le acusaron de hereje ante el santo Tribunal. Los cargos que se le hacían eran sobre la justificación, el valor de las obras, el purgatorio, la certidumbre de la salvación, el culto de las imágenes, la invocación de los santos la Biblia como única regla de fe. Había llevado su audacia hasta querer quitar de la catedral y hacer pedazos un lignum crucis y la imagen de la Virgen que llevaba San Fernando en sus expediciones. A todo esto se añadía la terca defensa que había hecho de Rodrigo de Valer durante su proceso. [56]

     Preso Egidio en las cárceles del Santo Oficio, escribió una apología de su sentir acerca de la justificación, obra tan herética y de tan mal sabor como sus sermones, defensa que contribuyó a empeorar su causa. Sin embargo, tan ciegos estaban los amigos de Egidio y tan poca noticia había aún en España de las opiniones luteranas, que el cabildo de Sevilla y el mismo emperador intercedieron por Egidio, y uno de los Inquisidores que habían de entender en su causa, el montañés Antonio del Corro, a quien llama Reinaldo de Montes venerandus senex, se inclinaba a absolverle, contra el parecer de su compañero Pedro Díaz, arrepentido de haber escuchado en algún tiempo las predicaciones de Rodrigo de Valer (1780).

     En la calificación de las proposiciones intervinieron varios teólogos. Egidio designó al Dr. Constantino y a Carranza, pero uno y otro estaban en los Países Bajos con el emperador. Entonces se acordó del Mtro. Garci-Arias, de la Orden de San Jerónimo, a quien decían el Mtro. Blanco, el cual ocultamente seguía los errores luteranos, como otros de su Orden. Era hombre astuto, ladino y disimulado y que de ningún modo quería comprometerse, y dio un parecer ambiguo, que no contentó ni a Egidio ni a sus jueces.

     Otro de los calificadores fue Fr. Domingo de Soto, que para esto sólo vino de Salamanca a Sevilla. Y aquí nos hallamos en grave duda y sin saber lo cierto, pues, mientras los católicos, como vimos al tratar del proceso de Carranza, inculparon a Soto de haber procedido demasiado benévolamente con Egidio, los protestantes forjan una historia que al mismo Llorente le pareció increíble y absurda.

     Dice, pues, Reinaldo González de Montes que Soto fue insinuándose por términos suaves en el ánimo de Egidio, y le persuadió a firmar una declaración de sus opiniones para leerla en la catedral en un día solemne. Llegó la hora; el templo se llenó de gente; colocáronse en dos púlpitos contrapuestos Egidio y Domingo de Soto; predicó este último, y, acabado el sermón, sacó del pecho no el escrito que había firmado Egidio, sino una abjuración y retractación en toda forma. Como los púlpitos estaban algo lejos y la gente hacía ruido, Egidio no entendió lo que se leía, aunque Soto levantaba mucho la voz y le preguntaba [57] por señas si estaba conforme. Lo cierto es que dijo que sí a todo, y gracias a esto salió absuelto con leves penas.

     Todo esto es historia narrada por Egidio a sus amigos luteranos después que salió de la cárcel, y forjada, sin duda, para que le perdonasen su apostasía. Anchas tragaderas o fanatismo loco se necesitan para dar por bueno tan mal hilado cuento. Si los púlpitos estaban enfrente, y Egidio no era sordo, y Domingo de Soto levantaba mucho la voz, es imposible que Egidio no le oyera en todo o en parte. ¿Quién ha de creer que esforzara la voz el que no quería ser oído?

     En suma, Egidio se retractó, y sabemos la fecha precisa: domingo 21 de agosto de 1552. La sentencia existe en la Biblioteca Colombina y ya la publicó Adolfo de Castro (1781). Las proposiciones abjuradas fueron diez, ocho las retractadas y siete las declaradas. Se le condenó a un año de cárcel en el castillo de Triana (1782), con licencia de venir a la iglesia catedral quince veces seguidas o interpoladas, según él quisiere, pero siempre vía recta; a ayunar todos los viernes del año, a confesar cada mes una vez, comulgando o no, al arbitrio de su confesor; a no salir nunca de España; a no decir misa en todo un año y a no poder confesar, predicar, leer en cátedra ni explicar las Sagradas Escrituras, ni tomar parte en conclusiones y actos públicos por espacio de diez años.

     Egidio siguió en el fondo de su alma tan luterano como antes de esta retractación. Hizo un viaje a Valladolid para entenderse con los discípulos del Dr. Cazalla y pocos días después de su vuelta a Sevilla murió en 1556.

     Descubierta al poco tiempo la gran conspiración luterana de Castilla la Vieja y Andalucía, y comprometida la memoria de Egidio por las declaraciones de algunos de los procesados, abrióse nueva información, fue desenterrado su cadáver, confiscados los bienes que habían sido suyos y quemada su estatua en el auto de fe de 1560.

     Dejó manuscritos algunos comentarios en castellano sobre el Génesis, sobre algunos salmos y el Cantar de los Cantares y sobre la Epístola de San Pablo a los Colosenses; obras todas que se han perdido y que sus amigos elogian mucho. Algunas de ellas fueron trabajadas durante su prisión (1783). [58]



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- III -

El Dr. Constantino Ponce de la Fuente. -Predicador de Carlos V.-Amigo del Dr. Egidio. -Sus obras: «Summa de doctrina christiana», «Sermón del Monte», «Confesión del pecador».

     Tierra fecunda de herejes, iluminados, fanáticos y extravagantes persona es de todo género, a la vez que de santos y sabios varones, fue siempre el obispado de Cuenca. Si se honra con los ilustres nombres de D. Diego Ramírez de Fuenleal, espejo de prelados; de Melchor Cano, de Fr. Luis de León, de Gabriel Vázquez y de Luis de Molina, también oscurecen su historia, a manera de sombras, Gonzalo de Cuenca, en el siglo XIII; los dos Valdés, Juan y Alonso Díaz, Eugenio Torralba y el Dr. Constantino, en el XVI; la beata Isabel, en el XVIII. Hay, a no dudarlo, algo de levantisco, innovador y resuelto en el genio y condición de aquella enérgica raza.

     El Dr. Constantino era, pues, manchego, natural de San Clemente (1784), y había sido estudiante en la Universidad de Alcalá, donde dejó fama por su buen humor y dichos agudos y mordicantes y por lo suelto, alegre y licencioso de su vida. El mismo Reinaldo González de Montes, acérrimo panegirista suyo, confiesa que tuvo «una juventud nada laudable, conforme a la libre educación de los escolares». (Pro studiosorum invenum libera educatione.) Gustaba mucho de hablar mal de clérigos, frailes y predicadores, y algunos de sus chistes y cuentos llegaron a hacerse proverbiales y le perjudicaron no poco en adelante.

     Quédese para Reinaldo González de Montes el hablar de la universal ignorancia de España (¡precisamente en el primer tercio del siglo XVI!) y empeñarse en decir que Constantino «era casi el único que sabía entonces las lenguas hebrea, griega y [59] latina y que las había aprendido sin maestro». A nosotros cumple sólo decir que tuvo en todas ellas más que medianos conocimientos, que se aplicó mucho a la teología y a las sagradas Letras y que escribía con mucha pureza, propiedad y energía la lengua castellana, no siendo indigno a veces de compararse con nuestros buenos ascéticos. Pero Dios le había concedido, sobre todo, el don de la elocuencia, de que tan funesto uso había de hacer después. La gente invadía las iglesias, desde las cuatro y las tres de la madrugada, por oírle. Y al aplauso popular respondía el de los doctos. Nadie elogió tanto a Constantino como el célebre humanista Alfonso García Matamoros, catedrático de retórica en el Gimnasio complutense y autor de uno de los mejores tratados de oratoria sagrada que por entonces se escribieron. Dice así en su curiosísima Apología pro adserenda Hispanorum eruditione:

     «Uno de estos insignes predicadores es el Dr. Constantino, cuyos sermones, mientras vivió en Sevilla, fueron oídos con aquella general admiración que Marco Tulio tenía por una de las primeras señales del mérito de un orador... Era su modo de decir tan natural y tan llano, tan apartado del uso de las escuelas, que parecían sus palabras tomadas del sentir del vulgo, siendo así que tenían sus raíces en las más íntimas entrañas de la divina filosofía... Mucho debió al arte, pero mucho más a la naturaleza y a la rica vena de su ingenio, que cada día produce cosas tales, que el arte mismo con dura y pertinaz labor no podría alcanzarlas» (1785).

     Abundando en el mismo sentir, Juan Cristóbal Calvete de Estrella, en la Relación del felicísimo viaje (1786) y (1787), alaba a Constantino [60] «de muy gran filósofo y profundo teólogo, de los más señalados hombres en el púlpito y elocuencia que ha habido de grandes tiempos acá, como lo muestran bien claramente las obras que ha escrito, dignas de su ingenio».

     No consta la fecha precisa en que fue Constantino a Sevilla. Pero lo cierto es que se graduó de licenciado en el colegio de maese Rodrigo, y ya en 13 de junio de 1533 se habla de él en las Actas capitulares, y se le admitió como predicador de aquella santa iglesia con tanto salario como tenía el Maestro Ramírez, así de pan como de dineros. En 22 de mayo de 1535, vigilia de la Trinidad, recibió la orden de presbítero, que le administró el obispo de Marruecos, D. Fr. Sebastián de Obregón, por licencia y comisión del arzobispo, D. Alonso Manrique. Pero no a todos debían agradar sus sermones, porque en 29 de marzo de 1541 manifestaron algunos capitulares que tenían idea de haberse acordado en cabildo que Constantino no fuese recibido a predicar sino cuando se le llamase. Mas, no pareciendo en los libros el acuerdo, se confirmó a Constantino en su cargo de predicador de aquella santa iglesia.

     La fama de Constantino era tal, que algunos prelados quisieron atraerle a sus diócesis con ventajosos partidos. Pero él renunció un canonicato en la iglesia de Cuenca, y tampoco quiso admitir la magistralía con que sin oposición ni edictos le brindaba el cabildo de Toledo, dando la satírica respuesta de que no quería que fuesen inquietadas las cenizas de sus mayores. Aludía con esto a la sangre judaica de los suyos y al estatuto de limpieza del cardenal Silíceo (1788).

     De Constantino, así como de Cazalla, se ha dicho que aprendió sus ideas en el viaje a Alemania; pero de uno y otro es inexacto. Cazalla, como vimos, se pervirtió a la vuelta y Constantino era luterano años antes de ir en el séquito del emperador, si no miente Reinaldo de Montes. El cual expresamente dice que «Constantino fue el primero que dio a conocer en Sevilla la verdadera religión», ayudado por Egidio y por un cierto Dr. Vargas, a quien todos citan y de quien nadie da más puntual noticia. Los tres habían estudiado juntos en Alcalá. Los tres, de común acuerdo, se dieron con fervor a la propaganda. Vargas explicaba desde el púlpito el Evangelio de San Mateo y los Salmos. Egidio y Constantino predicaban con frecuencia (1789), [61] aunque más el primero que el segundo. Cipriano de Valera, en la Exhortación que precede a su Biblia, dice que Arias Montano, entonces estudiante, oía de muy buena gana esos sermones. Lo de muy buena gana puede ser exageración. Por lo demás, no solo los oía él, sino todo Sevilla.

     Y era tal el crédito de la elocuencia y sabiduría de Constantino, que el emperador Carlos V le hizo capellán y predicador suyo y con él viajó algunos años por Alemania y Países Bajos. Pero las noticias que de este período de su vida tenemos se reducen a bien poca cosa. Acompañó al príncipe D. Felipe en su viaje de 1584 a Flandes y a la Baja Alemania, y Calvete de Estrella, después de los vagos elogios ya transcritos, nos informa de que predicó en Castellón, antes de embarcarse el príncipe, el día 1.º de noviembre, fiesta de Todos los Santos, y que «el sermón fue tan singular como lo suele hacer siempre el Dr. Constantino». (Fol. 7 v.º) El 2 se embarcó en la galera Divicia del príncipe Doria, en compañía de Francisco Duarte y de D. Diego Laso de Castilla. En la Cuaresma de 1549 predicó en Bruselas famosísimos sermones.

     Vuelto a España y a Sevilla, tornó con nuevos bríos a su empresa dogmatizadora, sin arredrarse por las persecuciones de Rodrigo de Valer y Egidio. Y, aunque se sentía enfermo, flaco y desfallecido, predicó la segunda Cuaresma después de su vuelta, con gran concurso de gentes y no menor daño. El cual se acrecentó con ocasión de haberse encargado de una cátedra de Sagrada Escritura que el Maestro Escobar había fundado y sustentaba con rentas propias en el Colegio de Niños de la Doctrina (1790).

     Allí explicó Constantino los Proverbios, el Eclesiastés, el Cantar de los Cantares y la mitad del libro de Job. Todas estas lecciones y comentarios quedaron manuscritos en poder de sus discípulos, que, perseguidos más adelante por el Santo Oficio, llevaron los papeles a Alemania. Reinaldo González Montano tuvo pensamiento de publicarlos. Después hubieron de extraviarse.

     Otros libros del Dr. Constantino andan impresos, y aquí conviene dar noticia de ellos, porque su publicación fue por este tiempo.

     Tenemos, en primer lugar, la Summa de doctrina christiana. En que se contiene todo lo principal y necesario que el hombre christiano debe saber y obrar. Usoz conjetura que la primera edición debió de hacerse en 1540. Hoy conocemos una de 1545 (Sevilla, por Juan de León), otra de 1551 (Sevilla, por Christóbal Álvarez) y otra incompleta, que parece ser de Arriberes, por Martín Nucio; todas tres rarísimas y todas tres acompañadas del Sermón del Monte (c.5, 6 y 7 de San Mateo), traducido y declarado por el mismo Dr. Constantino. La primera, de Sevilla, lleva, además, dos epístolas de San Bernardo: De la perfección [62] de la vida y Del gobierno de la casa, romanzadas por el Mtro. Martín Navarro, canónigo de Sevilla y autor de un Tratado del santísimo nombre de Jesús, que estampó Cromberger en 1525 (1791) (1792). El libro se imprimió después de visto y examinado por los inquisidores y por el Consejo del emperador y se reimprimió varias veces sin obstáculo. En realidad, contiene muy pocas proposiciones de sabor luterano, y éstas muy veladas; es un libro casi inocente comparado con el Cathecismo de Carranza. El Dr. Constantino no era lerdo ni se aventuraba en sus escritos tanto como en sus sermones. No se descuidó de dedicar su libro al cardenal arzobispo de Sevilla, D. García de Loaisa, con una epístola, donde encarece el daño y perdición de la falsa doctrina. Su libro era para gente llana, sin erudición ni letras, de los que gastan su tiempo en libros de vanidades.

     Está en forma de diálogo; los interlocutores son tres: Patricio, Dionisio y Ambrosio. El estilo del autor es firme, sencillo y de una tersura y limpieza notables; sin grandes arrebatos ni movimientos, pero con una elegancia modesta y sostenida; cumplido modelo en el género didáctico. Es el mejor escrito de los catecismos castellanos, aunque, por desgracia, no el más puro. Con todo eso, si el nombre del autor no lo estorbara, con solo expurgar unas cuantas frases (que la Inquisición dejó pasar sin reparo), pudiera correr, ya que no como libro de devoción, como texto de lengua. La misma doctrina de la fe y las obras está expuesta en términos que admiten interpretación católica, aunque [63] la mente de Constantino fuera otra. «Y no penséis que son vanas las oraciones que hace la Iglesia y los Sanctos della, ni otras buenas obras. Porque, bien entendido todo esto, son pedazos y sobras de la riqueza de Jesu Christo, y todo se atribuye a Él tiene valor por Él... y en Él se ha de poner la confianza. Y esta manera aprovecha lo que sus miembros hazen e piden, por la virtud que resciben de estar unidos e incorporados con Él. De aquí veréis que se peca contra este artículo confiando en nuestras propias obras, ensoberbeciéndonos de ellas, pensando... que por ellas habemos de ser santos, que por nuestras solas fuerzas nos habremos de aventajar y contentar a Dios que nos tenga por justos y nos dé el cielo... Mucho habemos de trabajar por hacer buenas obras y servir mucho a Dios, más no sólo las obras y los servicios, más también el trabajar para ello e quererlo hacer, lo habemos de atribuir a J. C. nuestro Salvador y Rey, y tener por sabido y cierto que todos son dones recaudados para nosotros por mérito suyo... que Él es nuestra justicia, nuestra confianza, nuestro bien obrar... e no estribar en otra cosa.» (Páginas 45 y 46 de, la reimpresión de Usoz.)

     Más que la doctrina, lo que ofende a es el sabor del lenguaje y la intención oculta y velada del autor. En la materia de la Iglesia católica está ambiguo y cuando habla de la Cabeza parece referirse siempre a Cristo. No alude una sola vez al primado del pontífice, ni le nombra, ni se acuerda del purgatorio, ni mienta las indulgencias. El libro, en suma, era mucho más peligroso por lo que calla que por lo que dice. Todos los puntos de controversia están hábilmente esquivados. Sólo se ve un empeño en apocar sutilísimamente las fuerzas de la voluntad humana y disminuir el mérito de las obras, aunque recomienda mucho la oración, la limosna y el ayuno y admite la confesión auricular, y se explica en sentido ortodoxo acerca de la misa. Como celestial compendio y síntesis de la moral cristiana, puso por corona de su libro el Sermón del Monte, admirablemente traducido y con algunas notas brevísimas.

     Como esta Summa parecía demasiado extensa para niños y principiantes, publicó Constantino en 1556 un Cathecismo más breve, de que no se conoce más edición que la de Amberes (1793). [64] ¿Será éste el Cathechismus que hubiese sido de poco momento in locis liberioribus de que habla Reinaldo González de Montes? (p.295). Está dedicado a D. Juan Fernández Temiño, obispo de León, Padre del concilio de Trento y amigo de Arias Montano (1794).

     El verdadero interés de este opúsculo, al cual son aplicables todas las observaciones hechas sobre la Summa, no está en él mismo, sino en la Confesión del pecador, que le sigue; hermoso trozo de elocuencia ascética y prueba la más señalada del ingenio de Constantino. Ya que no tenemos ningún sermón suyo ni nos es dado juzgar más que por relaciones del portentoso efecto de su oratoria, conviene transcribir alguna muestra de esta Confesión para dar idea de su estilo. Es el mejor trozo que he leído en nuestros místicos protestantes.

     «Si yo, Señor, conosciera cuán poca necesidad teníades Vos de mis bienes, cuán poco montaba para la grandeza de vuestra Casa estar o no estar en ella una nada como yo; si considerara, por otra parte, mis atrevimientos y ofensas contra Vuestra Majestad, cuán dañoso era para los vuestros, cuán estorbador de la gloria que ellos os daban, temiera vuestro juicio y pusiera algún término en mis pecados. Mas como era ciego para lo uno, ansí lo era para lo otro. De no conocerme a mí procedía que tampoco os conosciese a Vos. De no saber estimar la grandeza de vuestra misericordia, nacía que no estimase la de vuestro juicio y de vuestra justicia. Encaminábase de aquí mi locura y mi perdición, porque cuando Vos me buscábades con los regalos, me hacía yo más soberbio y consideraba menos de qué mano podrían venir. Cuando me llamábades con los castigos, entonces me endurescía más, con malo y rebelde esclavo.

     Con tan grandes ceguedades, con tan grandes ignorancias de Vos y de mí, con tan grande olvido de vuestros bienes... no podían ser mis penitencias sino muy falsas, doradas con falso oro, aparejadas para ser llevadas del primer viento y primer peligro con que me tentase el demonio o la concupiscencia de mi corazón. Si yo edificara sobre Vos, que sois firme piedra; sobre conoscimiento de quien Vos sois, de vuestra misericordia y de vuestra justicia, no bastaran todas las tempestades del mundo a llevarme, porque me defendiérades Vos. Mas como edifiqué sobre arena, con hermoso edificio en el parescer y falso en los fundamentos, estaba mi caída cierta, como era cosa cierta que había de ser combatido... Seáis Vos, Señor, bendito y bendito el Padre que os envió; que perdiéndome yo, como oveja loca, y apartándome de vuestra manada por tantos y tales caminos, por todos me habéis buscado, porque no llegase al cabo mi perdición. Pues que me habéis esperado, claro está que [65] me buscábades. Pues que tantas veces como mi enemigo me vio en sus manos no me llevó, cierta cosa es, Señor mío, que le atábades Vos las manos. Él tenía ya su ganancia, y no tenía mas que esperar. Vos sois el que me esperábades, porque no me perdiese yo...»

     «Véngome a Vos, como el Hijo pródigo, a buscar el buen tratamiento de vuestra casa... Y por mucho que la consciencia de mis pecados me acuse, por mucho mal que yo sepa de mí, por mucho temor que me pone vuestro juicio, no puedo dejar de tener esperanza que me habéis de perdonar, que me habéis de favorescer, para que nunca más me aparte de Vos. ¿No tenéis Vos dicho, Señor, y jurado, que no queréis la muerte del pecador? ¿Que no rezebís plazer en la perdición de los hombres? ¿No dezís que no venistes a buscar justos, sino pecadores? ¿No a los sanos, sino a los enfermos? ¿No fuistes Vos castigado por los pecados agenos? ¿No pagastes por lo que no hezistes? ¿No es vuestra sangre sacrificio para perdón de todas las culpas del linaje humano? ¿No es verdad que son mayores vuestras riquezas para mis bienes, que toda la culpa y miseria de Adam para mis males? ¿No llorastes Vos por mí, pidiendo perdón por mí, y vuestro Padre os oyó? ¿Pues quién ha de quitar de mi corazón la confianza de tales promesas?...»

     «Dadme el alegría que vos soléis dar a los que de verdad se vuelven a Vos. Hazed que sienta mi corazón el oficio de vuestra Misericordia: la unzión con que soléis untar las llagas de los que sanáis, porque sienta yo cuán dulce es el camino de Vuestra Cruz y cuán amargo fue aquel en que me perdí» (páginas 383, 84, 86 y 92 de la reimpresión de Usoz).

     Así está escrita toda la Confesión. Aunque su mérito es mérito de lengua, ha tenido y tiene grandes admiradores entre los protestantes extranjeros. Hay una traducción francesa muy mala de Juan Crespín, el colector del llamado Martirologio de Ginebra (1795), y otra inglesa, moderna y muy elegante, de Mr. John T. Betts, amigo de Wiffen (1796). [66]

     Aún existe otro Tratado de doctrina christiana, que Usoz no reimprimió (aunque le conocía), sin duda por contener en sustancia las mismas ideas y a veces las mismas palabras que los otros dos Catecismos. Fue impreso en 1554 en Amberes, en casa de Juan Steelsio, y que ha de haber edición anterior a juzgar por las aprobaciones de ésta (1797). Es el más extenso de todos los trabajos catequísticos de Constantino, pero quedó incompleto; a lo menos no se conoce más que la primera parte, que trata de los artículos de la fe.

     En el privilegio para la impresión de la Summa (20 de agosto de 1548) se menciona «cierta exposición del salmo Beatus vir», y Reinaldo González de Montes afirma también que Constantino dejó seis discursos o sermones sobre este tema; pero, si llegaron a imprimirse, como parece probable, no se conoce, a lo menos, ejemplar alguno. Nicolás Antonio llega a decir que la edición es de Amberes, por Martín Nucio.



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- IV -

Constantino, canónigo magistral de Sevilla. -Descubrimiento de su herejía. -Su prisión y proceso.

     Vacante la canonjía magistral de Sevilla por muerte del doctor Egidio, anuncióse su provisión por edictos en 5 de febrero de 1556.

     En 24 de abril alegaron sus méritos los opositores, entre ellos el Dr. Constantino, que presentó su título de licenciado en teología por el colegio de Santa María de Jesús, de la Universidad de Sevilla. Sus contrincantes eran el Dr. Pedro Sánchez Zumel, magistral de Málaga; el Dr. Francisco Meléndez, el doctor Francisco Moratilla y D. Miguel Mazuelo.

     El domingo 26 de abril se reunieron los canónigos ordena, dos in sacris, únicos que tenían derecho para intervenir en la elección, y dieron por buenos los títulos de los opositores.

     Algunos de ellos tomaron puntos y predicaron en los días siguientes. Constantino se excusó por enfermo. [67]

     El Dr. Miguel Mazuela presentó en 8 de mayo un requerimiento para que «los opositores no leyesen ni disputasen públicamente, pues no estaban obligados a ello, bastándoles el título de doctor en Universidad aprobada y el examen hecho». Puesto a votación el punto, acordó la mayoría del cabildo que no se obligara a disputar al que no quisiera, pues las bulas no obligan a ello.

     Aprovechándose de esta tolerancia, presentó Constantino tres días después las testimoniales de haberse ordenado de presbítero, y junto con ellas un certificado de tres médicos: el Dr. Monardes, el Licdo. Olivares y el Dr. Cabra, quienes unánimes declaraban que Constantino adolecía de una enfermedad harto peligrosa, «así por el poco sueño como por la hinchazón que tiene en el estómago y vientre, y grandes calores y sed ingentísima, y dureza grande en las venas que atraen el mantenimiento del estómago para el hígado», por lo cual no podía predicar ni leer en público «sin poner su salud en peligro».

     Reunidos la misma tarde los capitulares, y visto que los opositores que habían querido buenamente leer lo habían hecho, alegó el provisor Francisco de Ovando (1798), que, conforme a las bulas y decisiones apostólicas, debía preceder a la elección un público y riguroso examen para que se entendiera la pureza de doctrina de los opositores y no tornase a suceder el caso del Dr. Egidio. Ítem, que por estatuto de la santa iglesia de Sevilla se había establecido que ningún descendiente de padres o abuelos sospechosos en la fe pudiera tener asiento en el cabildo. Por todo lo cual pidió y requirió que se guardase la forma de las bulas, costumbres y estatutos y que se hiciese información de linajes y examen público. En otro caso protestaba de la nulidad de todo y apearía a la Sede Apostólica, y, como juez ordinario de la Iglesia y arzobispado, conminaba, con pena de excomunión mayor y multa de 500 ducados, a los capitulares que fueren osados a votar a ninguno de los opositores sin esas condiciones previas.

     El tiro iba derecho contra Constantino, que era de sangre judaica y esquivaba, además, el examen público, temeroso de que se descubriese su herejía.

     Y aún hizo más el provisor. Sabiendo que algunos canónigos prometían gracia y favor a Constantino, repitió todas las amonestaciones y conminaciones canónicas, añadiendo de palabra que por información sumaria había llegado a entender que el Doctor Constantino era casado, y por tanto, incapaz de beneficio eclesiástico «mientras no califique su persona y liquide cómo no hace vida maridable con su mujer, y la dispensación que para ello tiene...» El conflicto era grave, porque la mayor parte del cabildo estaba por Constantino y era víctima de sus trapacerías y engaños. Para responder al requerimiento del provisor se dio [68] comisión a los Dres. Esquivel, Ramírez, Fernando de Saucedo y Ojeda, los cuales, sin más dilación que la de veinticuatro horas, presentaron su respuesta, donde alegaban que las bulas de los papas Inocencio VIII y León X, a que el provisor se refería, no eran usadas ni recibidas en España y que la de Sixto IV no exigía a los opositores más que el título de doctor o maestro en universidad aprobada. Ítem, que ninguno de los opositores estaba comprendido en el estatuto de limpieza, pues éste sólo prohibía la admisión de condenados, reconciliados, etc.; que era falso de todo punto cuanto el provisor decía de intrigas, amaños y sobornos; y, finalmente, que no siendo el rovisor juez ordinario en esta elección, sino coelector, no podían ser válidas sus censuras conforme a derecho.

     Del Dr. Constantino dijeron que «era hombre de muy buena vida y ejemplar conducta y buena opinión, tenido de más de veinte años a esta parte por sacerdote de misa y por muy eminente predicador y teólogo... sin saberse ni entenderse dél otra cosa en contrario; porque, si otra cosa fuera, no pudiera ser menos sino que nosotros lo supiéramos y entendiéramos, por haber estado siempre e residido en esta ciudad, y predicado en esta santa iglesia... Y por ser tal persona, el Serenísimo y Católico Rey D. Felipe N. S. lo tuvo en su servicio, e se confesó con él, y le hizo proveer de la maestrescolía de Málaga, y le da salarlo por su predicador, y estando en servicio de Su Md. le fue ofrecida esta prebenda otra vez sin oposición alguna, y no la quiso acetar, lo cual todo es notorio».

     La buena fe de los canónigos brilla en este documento; parece que Constantino había echado una espesa niebla sobre los ojos de ellos. ¡Y esto después del escarmiento del Dr. Egidio!

     El provisor, vista la parcialidad de los fautores de Constantino, los recusó como jueces sospechosos. Ellos hicieron todo género de apelaciones y protestas de fuerza; él persistió en negarles el recurso, ellos en votar y hacer la elección. El provisor los excomulgó, y ellos, unánimes, votaron al Dr. Constantino.

     Inmediatamente se levantó el clérigo Alonso Guerrero, como procurador de Constantino, pidiendo que se le diese colación, provisión y canónica institución de la canonjía en nombre de él, señalándole asiento en el coro y haciendo todas las demás formalidades en caso tal requeridas. Así se hizo, no obstante las las protestas del provisor, que lo dio por nulo y eligió por su parte al Dr. Zumel.

     Tomada posesión a las cinco de la tarde y jurados los estatutos de la Iglesia, protestó Alonso Guerrero contra la elección de Zumel, asistiéndole en su apelación los canónigos Juan de Urbina y Pedro de Valdés, como procuradores del cabildo. A esta apelación respondió el provisor encarcelando a Constantino, si bien le puso en libertad a los pocos días.

     En tal estado las cosas, se allanó nuestro doctor a leer en público como los demás opositores, «para no ser ocasión de pleitos [69] y revueltas», y pidió puntos el miércoles 20 de mayo por la tarde. El cabildo consintió en ello «por le hacer placer y dar contentamiento», sin perjuicio de la elección que había hecho antes persistiendo ésta en todo su vigor.

     Leyó Constantino sobre la trigésima distinción del Maestro de las Sentencias, y acabó de deslumbrar a los capitulares, que en 3 de julio, y sin más oposición que la del arcediano de Écija, D. Alonso Manrique, votaron gastos extraordinarios para la prosecución del pleito en Roma; y finalmente, le ganaron al cumplirse aquel año.

     Tan ciegos estaban por Constantino, que en 21 de julio de 1557 le dispensaron de las horas canónicas todos los días que se ocupara en predicar o estudiar para sus sermones (1799).

     Comenzaba por entonces a establecerse en Sevilla la Compañía de Jesús, y a ella estaba reservado atajar el daño de las predicaciones de Constantino y descubrir su solapada maldad. El astuto heresiarca vio pronto el peligro y quiso esquivarle por diversos modos. Comenzaron él y los suyos a poner lengua en la doctrina de la Compañía, en sus oraciones y ejercicios, y a calificarla de secta de herejes alumbrados, que, con afectación de modestia y buena compostura y rostros macilentos y descoloridos, querían engañar al mundo. Y esto decían, sobre todo, del apostólico varón P. Bautista, que iba logrando maravillosas conversiones y había emprendido una obra de regeneración moral en Sevilla.

     No pudo contener sus iras el astuto magistral a pesar de su refinada prudencia, y una vez que predicaba del evangelio de los falsos profetas aludió tan claramente a los jesuitas, que por muchos días no se habló de otra cosa en Sevilla. «¿De dónde ha salido -dijo- esa cantera de la nueva hipocresía? Diréis que son humildes. Y lo parecen. Muy grandes ojos tenéis, aguda vista alcanzáis..., asperezas os predican extraordinarias; andad, que ya ha caducado la ley y esas son armas perdidas.»

     El escándalo fue grande. Otros predicadores amigos de Constantino le imitaron, y con chistes, cuentecillos y donaires quisieron alborotar a aquel pueblo alegre y novelero contra los jesuitas. Constantino hizo más: tenía espías cerca de los Padres para que le informasen de su vida y costumbres. Y, cuando supo que eran hombres sin vicios y humildes, con humildad no fingida, cuentan que exclamó: «No digáis más, que si ellos son hombres de oración y no amigos de familiaridad con mujeres, ellos perseverarán en lo comenzado.» ¡Tanta es la fuerza de la verdad (exclama Martín de Roa), que aun de los enemigos saca testimonios de abono!

     No se pudo contener el P. Bautista viendo el estrago que hacía la predicación de Constantino, y una tarde, después de haberle oído, se subió al mismo púlpito y comenzó a impugnar [70] su doctrina y a descubrir sus marañas, aunque sin nombrarle. Y fue tanto el calor y el brío con que habló, que los contrarios se aterraron y entraron en recelo los indiferentes.

     Animados con esto los Mtros. Salas y Burgos, de la Orden de Santo Domingo, y algunos otros religiosos y gente docta, empezaron a advertir con más cuidado las palabras y acciones de los nuevos apóstoles, tras de los cuales iba embobado el vulgo «con el gusto de su lenguaje y palabras sabrosas, como tras los cantos de las sirenas».

     Y aconteció un día que al salir de un sermón de Constantino el magnífico caballero Pedro Megía, veinticuatro de Sevilla -antiguo amigo y corresponsal de Erasmo, hombre de varia erudición y escritor de agradable estilo en su Silva, Historia de los césares, Diálogos e historia del Emperador, a todo lo cual se juntaba el ser católico rancio y a machamartillo-, dijo en alta voz y de suerte que todos le oyeron: «Vive Dios, que no es esta doctrina buena, ni es esto lo que nos enseñaron nuestros padres.» Causó gran extrañeza esta frase e hizo reparar a muchos, por ser de persona tan respetada en Sevilla, a quien comúnmente llamaban el filósofo. Y como por el mismo tiempo hubiera venido a Sevilla San Francisco de Borja y repetido, al oír otro sermón de Constantino, aquel verso de Virgilio:

Aut aliquis latet error: equo ne credite, Teucri,

perdieron algunos el miedo y arrojáronse a decir en público que Constantino era hereje. Algunos le delataron a la Inquisición, y con esto le fueron abandonando sus amigos.

     Los inquisidores le llamaron varias veces al castillo de Triana, pero no pudieron probarle nada, y él solía decir: «Quiérenme quemar estos señores, pero me hallan muy verde.»

     Ocurriósele entonces un extraño pensamiento para salvarse, y fue entrar en la Compañía de Jesús. Acudió al provincial, Bartolomé de Bustamante; le refirió lo desengañado que estaba de la vanidad del mundo; le mostró su propósito de entrar en religión para hacer penitencia de sus pecados y corregir la lozanía y verdura de sus sermones, porque temía haber ganado con ellos más aplausos para sí que almas para Dios. Añadió «que rara hacer esto no le movían fervores inconsiderados, de los cuales por su edad y experiencia estaba libre, ni la falta de comodidad, de amigos, pues la ciudad toda tenía en su mano, chicos y grandes, plebeyos y nobles». Y prefería la Compañía de Jesús a las religiones antiguas «por hallarla en los fervores de sus principios y por la excelencia de su instituto y santas ocupaciones... a las cuales él tenía grande afición, al fin como criado y ejercitado en ellas».

     «Oyólo con atención el Padre Bustamante -prosigue en su admirable estilo Martín de Roa (1800)-, y tantas mudanzas sentía [71] en su corazón cuantas razones y palabras él hablaba; porque unas veces estaba muy alegre y daba gracias a nuestro Señor por lo que obraba en Constantino, pareciéndole que bien templado en la religión sería instrumento para grandes cosas, como hombre de tanta opinión y estima cerca de todos; mas luego se hallaba tan tibio en este sentimiento, que le ponía muy en duda el sí de la respuesta; otras veces revolvía en la memoria de cuentos pasados, y el poco gusto que de nuestras cosas había mostrado Constantino, y parecíanle aquellos deseos y hechos a fuerza de algún aprieto o necesidad que le obligaba a fingirlos.»

     Determinó, finalmente, entretenerle hasta ver en qué paraba aquella extraña resolución, y le despidió sin más que buenas palabras. Pasaron algunos días, y Constantino no cesaba de importunar con visitas a los Padres para que tomasen acuerdo. Llegaron a enterarse de sus tratos los inquisidores y, como estaba ya denunciado y sólo esperaban orden de la Suprema para prenderle, halláronse perplejos entre la obligación del secreto y el deseo de librar a la Compañía de aquella afrenta, que podía comprometer su nombre y dañarla en sus primeros pasos.

     En tales dudas, el inquisidor más antiguo, D. Francisco del Carpio, convidó a comer al P. Juan Suárez, con quien él tenía antigua amistad y por rodeos y cautelosamente fue trayendo la conversación a punto de preguntar al jesuita: «También dicen que el Dr. Constantino trata de entrar en la Compañía; ¿qué hay de esto?» «Es así, señor -respondió Suárez-; mas aunque está en buenos términos su negocio, no está concluido.» «Persona de consideración es -continuó el inquisidor y de grande autoridad por sus letras. Mas yo dudo mucho que un hombre de su edad y tan hecho a su voluntad y regalo, se haya de acomodar a las niñeces de un noviciado y a la perfección y estrechura de un instituto tan en los Principios de su observancia, si ya no es que, a título de ser quien es él, pretenda que se le concedan dispensaciones tan odiosas en comunidades, las cuales con ninguna cosa más conservan su punto que con la igualdad en las obligaciones y privilegios. Y una vez entrado, mucho daría que decir el despedirlo o salirse... Créame, Padre, y mírelo bien; que a mí dificultad me hacen estas razones; y aun si fuera negocio mío, me convencieran a no hacerlo.»

     El P. Juan Suárez, que no era necio, entendió lo que el inquisidor quería decirle, pero disimuló por entonces y, vuelto al colegio, se lo refirió todo al provincial. Constantino prosiguió sus visitas; pero los Padres le recibieron cada día con más sequedad, y, finalmente, le negaron su pretensión, avisándole [72] que para evitar murmuraciones viniera lo menos posible por aquella casa.

     Pensativo y melancólico quedó Constantino con tal desaire, viendo inminente su ruina, la cual sobrevino a los pocos días. Tenía depositados sus libros prohibidos y papeles heréticos en casa de una viuda, Isabel Martínez, afiliada a la secta; pero, habiéndola encarcelado la Inquisición, se procedió al embargo, de sus bienes, encargándose de ello el alguacil Luis Sotelo. Dirigióse éste a casa de Francisco Beltrán, hijo de la Martínez, y aturdido él con la improvisa nueva, pensó que venían no por las alhajas de su madre, sino por los libros del Dr. Constantino, y, derribando un tabique de ladrillo, mostró al alguacil el recatado tesoro. Por tal manera y tan inesperada vinieron a manos de los inquisidores las obras inéditas de Constantino. Había entre ellas un gran volumen, en que se trataba: Del estado de la Iglesia, del papa (a quien decía anticristo), de la eucaristía, de la misa, de la justificación, del Purgatorio (que llamaba cabeza de lobo, inventada por los frailes para tener que comer), de las bulas e indulgencias, de la vanidad de las obras, etc.

     En vano quiso negar Constantino su letra; al cabo fue confeso y convicto; se le encarceló en las prisiones del castillo de Triana, y allí pasó dos años, en que las enfermedades, la incomodidad del encierro y la melancolía le pusieron en trance de muerte (1801). Algunas relaciones del tiempo añaden que se suicidó introduciendo en la garganta los pedazos del vaso en que le servían el vino (1802). Los protestantes lo niegan, y Cipriano de Valera llega a decir que el rumor del suicidio fue fama echada por los hilos de la mentira.

     Así Luis Cabrera de Córdoba como Gonzalo de Illescas, dicen contestes que el doctor fue bígamo y que vivían aún sus dos mujeres cuando tomó las órdenes. Semejante tejido de sacrilegios parece increíble; pero en parte está confirmado por el requerimiento del provisor de Sevilla, que antes extractamos. Reinaldo González de Montes sólo dice que contrajo matrimonio antes de ordenarse.

     En el auto de fe de 2 de diciembre de 1560 salió en estatua Constantino y fueron quemados sus huesos.

     Cuentan que Carlos V había exclamado al saber la prisión de su antiguo capellán: «Si Constantino es hereje, será grande [73] hereje.» Y como hubieran procesado Por entonces a un tal fray Domingo de Guzmán, añadió, no sin gracia: «A ése por bobo le pueden prender.»

     Y ahora conviene añadir, como final y peregrina noticia que, con ser Constantino maestro tan extremado en el arte de la simulación e hipocresía, no llegó a engañar al que después fue venerable patriarca de Antioquía y arzobispo de Valencia, don Juan de Ribera (1803), que en su testamento, escrito de su propia mano, cerrado, sellado y encomendado a Gaspar Juan Micó, notario eclesiástico, en 5 de febrero de 1602, refiere, que «después del año 1549, persuadieron a su padre los Maestros Egidio y Constantino, personas entonces tenidas en gran veneración, que me enviase a estudiar la teología a Padua, donde decían que se leía con gran ventaja de Salamanca... y le representaron por grande y buena dicha hallarse en aquella occasión en Sevilla el Dr. Ruiz, el qual había estudiado en aquella Universidad, y venía gran teólogo, y assí podría llevarme y tenerme a cargo con comodidad, assí del gobierno de mi casa por la noticia que tenía de la tierra, como de la facultad, siendo docto como lo mostraba en las liciones de Scritura Sancta que leía en la Iglesia Mayor. Mi padre, deseando mi aprovechamiento, vino en ello, y mandó que me trugessen de Salamanca a Sevilla, donde él estaba, y assí vine con los criados que habían de passar conmigo; y estando ya todo deliberado, sin otra occasión más de habérselo querido Dios Nuestro Señor quitar de la voluntad a mi padre, dijo que no quería que fuesse, y me tornaron a poner casa en Salamanca. Este Dr. Ruiz que me había de llevar era grande hereje luterano, y assí fue preso por tal en Sevilla y castigado rigorosamente.

     Después de todo esto, el año 1556, siendo mi padre Virrey de Cataluña, passando por Barcelona el Dr. Constantino, que venía de la jornada que el Rey N. Sr. D. Felipe II hizo a Inglaterra... y hallándose con mi padre, le rogó que, pues iba a Sevilla, donde yo estaba entonces acompañando a la Ilma. doña María Henríquez, Marquesa de Villanueva del Fresno, viuda, mi tía y señora, me leyesse cada día Constantino una lición de Escritura Sancta, y el dicho maestro se lo ofresció, de que mi padre quedó muy contento, por ser muy grande la opinión de letras que tenía el Constantino, y principalmente en cosas tocantes a la Sagrada Escritura. Escribióme mi padre con él lo que había prometido, persuadiéndome que me aprovechasse de tan buena occasión, y con ser verdad que yo he sido siempre afficionado a las sagradas letras y obediente a mi padre, me puso Nuestro Señor por su bondad y misericordia tan grand aborrecimiento con la persona del Maestro Constantino, que aunque le veía estimar generalmente mucho por todo género de [74] personas, nunca me moví a pedirle que me leyesse, ni a tratarle ni conversarle, y esto sin saber yo dezir por qué causa» (1804).

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