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Historia del tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile / José Toribio Medina; prólogo de Aniceto Almeyda

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Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile
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    Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile
    José Toribio Medina
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Notas

1.       Véase en nuestra Historia de la Inquisición de Lima, la nota de la página 264 del tomo II.

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2.       Historia general de las Indias, pág. 175, ed. Ribadeneira. Los oidores que vinieron al Perú con el virrey Blasco Núñez Vela, intentaron, según ese autor, poner en práctica la misma disposición real. Id., pág. 264.

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3.       Década II, libro II, pág. 58, ed. de Madrid, 1601.

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4.       Solozarno Pereira, Política indiana, t. II, pág. 204.

     En confirmación de las palabras que preceden podemos citar el caso de D. Alonso Manso, primer obispo de la isla de San Juan, inquisidor apostólico general en Indias, en cuyo carácter libró, con fecha 3 de marzo de 1533, un mandamiento al obispo de la Isla Fernandina, avocándose el conocimiento de cierta causa contra el licenciado Vadillo en que se le había declarado por excomulgado, sin haberle llamado ni oído, invocando su carácter de inquisidor general en aquellas islas. Doc. inéditos de Indias, 2ª serie, t. IV, pág. 312. Véase en la pág. 307 de ese mismo volumen el extracto de un documento análogo.

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5.       Remesal, Historia de la provincia de Chiapas y Guatemala, lib. II, cap. II, número 1.

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6.       García Icazbalceta, Don Fray Juan de Zumárraga, documento núm. 17.

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7.       Riva Palacio, México a través de los siglos, t. II, pág. 410.

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8.       Cedulario de Puga, t. I, pág. 452. La comisión de Sandoval lleva la fecha de 18 de julio de 1543.

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9.       Tomamos esta noticia de la traducción del Libro I del Cabildo de Lima que ha hecho nuestro amigo don Enrique Torres Saldamando y que bondadosamente se ha servido facilitarnos.

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10.       Medina, Colección de Documentos, t. V, pág. 129.

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11.       Calancha asegura que «el santo arzobispo don fray Jerónimo de Loaisa, dominico, celebró tres autos públicos antes que viniese el Tribunal. El primero se hizo en el año 1548,en que fue quemado aquel gran hereje luterano Juan Millar, flamenco. El segundo en el año de 1560 y el tercero en el año 1565». Corónica. pág. 618. Tanto Lorente (Historia del Perú bajo la dinastía austríaca -1542-1598-, pág. 330) como Palma (Anales de la Inquisición de Lima) repiten esta noticia del cronista agustino. De los documentos que hemos tenido a la vista no consta semejante cosa; de tal modo que nos inclinamos a creer que entre los autos que se atribuyen al Arzobispo se han incluido por Calancha los que se celebraron en el Cuzco y La Plata, que, por lo demás, coinciden en sus fechas con los que se dicen verificados en Lima.

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12.       Vasco Suárez fue nombrado en Chile capitán de infantería por don García Hurtado de Mendoza. Véase Mariño de Lobera, Crónica del reino de Chile, pág. 205.

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13.       Índice de la visita del inquisidor Ruiz de Prado.

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14.       Relaciones de causas, tomo I.

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15.       Carta de 31 de enero de 1570.

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16.       Los inquisidores escribieron a España dando cuenta de que en el archivo del Tribunal existían ciertas testificaciones contra la reo, y que «por cuanto por ellas parecía, expresaban, que había información hecha en Chile contra la dicha doña Francisca, enviamos por ella, y al cabo de mucho tiempo se halló y se nos envió, y parece que se ha sentenciado este proceso por el ordinario por el mes de julio de 1559, y así no hemos tratado dello». Esto lo escribían los inquisidores el año de 1581 y es también la única referencia que conocemos tocante a tan curioso proceso.

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17.       «él él» en el original (N. del. E.)

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18.       «Juez conservador, dice el obispo Villarroel, es aquel que con jurisdicción delegada de Su Santidad, es instituido por él, aunque las partes hacen la nominación, para defender los molestados contra las manifiestas injurias o notorias violencias». Gobierno eclesiástico pacífico, t. II, pág. 501.

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19.       Fray Cristóbal de Rabanera (y no Rabaneda, como suele escribirse) fue natural de Logroño, hijo de la provincia franciscana de Burgos, y llegó a Chile por los años de 1553. Fue elegido provincial en 29 de noviembre de 1580. «Varón excelente en virtud, que murió con opinión de santo» le llama el cronista Córdoba Salinas. Corónica franciscana, libro VI, pág. 638. Acerca de este fraile consúltese también la Historia de Chile del jesuita Olivares, libro III, capítulo XXV.

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20.       En conformidad a la sentencia se procedió a borrar del proceso escrito las dos preguntas del interrogatorio que se referían a González de San Nicolás y las respuestas que los testigos dieron a ellas. A pesar de esto, puede todavía leerse parte de la declaración prestada por Pedro de Miranda al tenor de la tercera pregunta, que dice así: «Que lo que este testigo oyó decir al padre fray Gil cerca de las cuentas, que él no quería creer que las dichas cuentas tienen las indulgencias, si no lo viere firmado de Su Santidad, porque no hay claridad para lo creer, e que este testigo ha visto alargar al dicho padre fray Gil en dar de algunas...».

     La persona de Francisco de Paredes ha sido hasta ahora poco estudiada. En el Archivo de Indias de Sevilla encontramos la probanza de sus méritos y servicios, hecha en Santiago en 1576, de la cual constan muchos antecedentes, que sirven para dar a conocer la historia de la Iglesia chilena en los años que precedieron al nombramiento del primer obispo de Santiago, que algún día, Dios mediante, hemos de publicar.

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21.       Era Campo un lego español que después de servir de soldado en este país, «de los primeros de su conquista», desengañado de la vida soldadesca, se había entrado al convento de los Dominicos, donde profesaba un año más tarde. Ascendido a portero de la Casa Grande de la Orden en Lima, «oficina que en todas las religiones se encarga siempre a personas de mayor satisfacción», falleció en aquella ciudad el año de 1580. El padre Meléndez, de quien tomamos estos datos (seguido por el cronista Aguiar en su Razón de las noticias de la provincia de San Lorenzo Mártir de Chile) ha dedicado varias páginas del tomo I de sus Tesoros verdaderos de las Indias. t. I, 528-531, a referir las mortificaciones, oraciones y prodigios de este lego.

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22.       «descolmugados» en el original (N. del. E.)

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23.       Acerca de este fraile, véase Olivares, Historia de Chile, página 226.

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24.       Así lo expresa uno de los testigos, sin que conste en el proceso cómo sucedió eso.

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25.       El padre Olivares dice, hablando de este fraile: «Entre los muchos sujetos dignos de eterna memoria que han ilustrado esta religiosísima provincia de Chile, merece el primer lugar en nuestra veneración, el padre fray Francisco de Turigia (debe decir Turingia) lumbrera lucidísima de santidad y sabiduría, etc.», Historia de Chile, pág. 178.

     El cronista de la orden de San Francisco en el Perú, fray Diego de Córdoba Salinas, al tratar «de los religiosos que en la provincia de la Santísima Trinidad de Chile florecieron en santidad de vida», menciona entre éstos al padre Turingia, cuyo fuerte en la predicación, según dice, eran el infierno y sus tormentos, «en que asombraba a los oyentes y los dejaba como pasmados de miedo y temor». Corónica franciscana de las provincias del Perú, libro VI, pág. 638.

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26.       Poco antes de marcharse a Lima, González de San Nicolás pidió que para desvanecer la acusación que le había hecho Molina, se mandase juntar en la iglesia a todo el pueblo y a las diez personas que presenciaron la disputa que habían tenido ambos, el día de Santo Tomé, en el convento de Santo Domingo, «para que sean repreguntados delante de todo el pueblo, para que todos entiendan el falso testimonio que el dicho Molina me impuso, y de esta suerte sea mi honra y la abtoridad de la predicación evangélica saneada y mis adversarios confundidos y confusos».

     En esta conformidad, habiendo visto Turingia la información de los testigos, «por lo cual todo paresce el dicho fray Gil estar infamado en esta dicha ciudad de haber dicho ciertas palabras escandalosas y mal sonantes, y porque el dicho fray Gil pretende satisfacer al pueblo y mostrar su inocencia por los dichos y declaraciones de la dicha información, y porque es justo que el dicho fray Gil satisfaga al pueblo, como pretende, y dar a entender ser falso testimonio lo que le imponen, por tanto, dijo que mandaba e mandó se notifique a las dichas diez personas que dijeron sus dichos en la dicha información, como se contiene en la dicha petición, que el domingo primero que verná que se contarán cinco días del mes de septiembre, vayan todos a oír la misa mayor a la santa iglesia desta dicha cibdad, y no salgan della hasta que se lea la información de los dichos diez testigos, y el dicho fray Gil satisfaga e cumpla a todos e cada uno dellos, so pena de descomunión mayor, latae sententiae ipso facto incurrenda, y para que venga a noticia de todos, se publique en la dicha iglesia por edito público: y así dijo que lo mandaba e mandó...».

     No consta de los autos cuál fuese el resultado de esta curiosa diligencia. Aparece sí que con fecha 4 de septiembre, Turingia dirigió un despacho al Perú para que se prendiese a Molina y Escobedo, y que la Audiencia de Lima, en 28 de enero [71] de 1564, declaró que Rabanera hacía fuerza en no conceder a Molina apelación de la sentencia dictada contra él.

     En el Archivo de Indias encontramos la siguiente carta en que Molina da cuenta al Rey de los sucesos que quedan referidos y de cómo no había hallado juez que castigase a González de San Nicolás.

     «Sacra Cesárea Majestad: De las provincias de Chile vine a esta cibdad de los Reyes, sobre ciertas fuerzas que un fray Cristóbal de Rabanera, de la orden de San Francisco, me hizo, llamándose conservador, a pedimiento de un fray Gil González de San Nicolás; y es el caso que el dicho fray Gil predicaba en aquella provincia algunas cosas contra la potestad del papa y contra el Imperio y poder de vuestra persona real, y otras palabras heréticas y mal sonantes, por lo cual, siendo yo vicario en la cibdad de Santiago de la dicha provincia, hice cierta información, por la cual pareció culpado el dicho fray Gil, y porque le quise prender para le castigar, nombró al dicho fray Cristóbal por conservador, para me sacar la dicha información; y para la romper e borrar, procedió contra mí, sin tener jurisdicción alguna, y de hecho me quitaron mi oficio y beneficio, de que vuestra alteza me hizo merced y visto por vuestro presidente y oidores, declararon haberme hecho fuerza el dicho fray Cristóbal; e para castigar al dicho fray Gil por sus delitos no se ha hallado juez, por ser fraile y tener tanto favor como ha tenido y tiene. Está escandalizada esta cibdad y la dicha provincia de la doctrina del dicho fray Gil, y algunas personas inficionadas dello: conviene al servicio de Dios Nuestro Señor, Vuestra Alteza provea cómo este negocio no quede sin castigo, porque es negocio muy grave, y es razón sea castigado el que tuviese culpa.

     »Francisco de Villagrán, vuestro gobernador de la dicha provincia, murió, dejó la tierra en gran peligro por no hacer justicia en su vida, y después de su muerte está en condición de se perder por la misma falta de justicia, y como vuestra persona real está tan lejos, hacen los jueces grandísimas fuerzas a los naturales y usan con ellos de inhumanidades no usadas entre gentes, por bárbaras que sean y sin conocimiento de Dios: por amor de Jesucristo, Vuestra Alteza provea tal persona cual conviene a tan gran necesidad, y lo que más convernía al servicio de Vuestra Alteza sería una Audiencia Real; y porque creo Vuestra Alteza proveerá, haciendo merced a la provincia. De esta cibdad de los Reyes y de febrero a 22 de 1564. -Sacra Católica Majestad, capellán de Vuestra Alteza. -El licenciado Molina».

     En otra carta, fecha 24 de agosto de aquel año, que ha sido publicada por don Crescente Errázuriz, Orígenes de la Iglesia chilena, pág. 507, Molina repite más o menos lo mismo.

     El cronista Góngora Marmolejo ha contado en el capítulo XXXIV de su Historia de Chile las predicaciones de González de San Nicolás y la confusión que producían entre los conquistadores, al decirles que se irían al infierno si mataban indios. Tenemos a la vista una larga carta de fray Gil al Consejo de Indias, escrita en Lima en 26 de abril de 1559, en que da cuenta de las gestiones que había hecho en Chile para probar que no era lícita la guerra contra los indios. Es éste un documento nuevo y curiosísimo.

     El señor Errázuriz ha dedicado el capítulo XII de su obra citada a dar cuenta de las predicaciones de fray Gil acerca de la libertad de los indios, y en el siguiente, bajo el título de «Una herejía en Santiago a mediados del siglo XVI» ha referido de una manera sumaria y basándose principalmente en la carta del licenciado Molina (a quien confunde con Cristóbal de Molina) las disidencias de éste con González de San Nicolás y los franciscanos.

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27.       El original de esta carta se encuentra en el Archivo de Indias, Patronato, 2-2-1/13, y tiene fecha, como decíamos en el texto, de 8 de octubre de 1562. Ha sido publicada, aunque con algunos errores, en el Proceso de Pedro de Valdivia, págs. 369-380.

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28.       En la relación de estos sucesos hemos seguido el texto de una carta escrita por el mismo Aguirre al Rey, con fecha 20 de diciembre de 1567. Bien se deja [76] comprender cuán breves hemos debido ser, teniendo que concretarnos a colacionar lo indispensable para la inteligencia del proceso seguido a Aguirre por la Inquisición.

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29.       «Me prendieron a mí y a mis hijos y amigos, contaba después Aguirre, y echáronme unos grillos como a traidor y me hicieron mil oprobios. Preguntándoles yo que por qué y por cuyo mandado, dijeron que el Presidente se los había mandado; y viendo que en decir esto habían errado, dijeron de ahí a poco rato que por la Inquisición, sin haber tal mandamiento de hombre humano, ni aún pensamiento dello, sino que lo debían tener urdido y tramado con un clérigo que trajeron, que pretendía ser vicario por una provisión del Obispo, que tenía revocada y dada la provisión a otro, porque yo no quise admitirle a él sino a un payán, que tenía nueva provisión». Carta citada al virrey Toledo.

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30.       En la carta citada dirigida al virrey Toledo, hablando sobre este mismo asunto, dice Aguirre: «Robáronme a mí y a mis hijos y criados cuanto teníamos y quitaron al verdadero vicario y pusieron tiránicamente a otro que se dice Julián Martínez, hombre que ya otra vez había revuelto aquella misma tierra, y procedió contra mí por la Inquisición andando con quince arcabuceros de casa en casa, preguntando por un interrogatorio a los testigos que me habían prendido y sido mis enemigos». Carta citada.

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31.       Carta de 23 de diciembre de 1567.

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32.       El proceso de Aguirre, que se conservaba a fines del siglo XVI, parece que se ha perdido; pero el visitador Ruiz de Prado que en aquella época pudo examinarlo hizo de él un extracto, que es el que hemos utilizado en el texto.

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33.       El licenciado don Juan de Matienzo de Peralta, después de haber sido relator de la Chancillería de Valladolid, sirvió en América en las Audiencias de Charcas y Lima. Es autor de un voluminoso libro en folio intitulado Commentaria in librum quintum recollectionis legun Hispaniae, del cual conocemos dos ediciones, hechas en 1597 y 1613, obra que fue muy citada durante la colonia, entre otros, por el famoso Juan de Solórzano Pereira en su Política indiana. Además de la que casó con Aguirre, Matienzo tuvo otra hija, doña Catalina, que unió al general don Juan Sedano de Rivera, conquistador de las Chichas. Véase Mendiburu, Diccionario histórico-biográfico del Perú.

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34.       Hemos visto que así lo afirma Aguirre. El obispo Santo Tomás, en carta al Consejo de Indias de 6 de junio de 1569, dice a este respecto que el reo «estuvo preso más de dos años». Para justificar esta larga demora, agrega que «como las cosas habían pasado en aquellas provincias (de Tucumán) de donde cuando se trajo preso vino la sumaria, fue necesario gastarse tiempo para acabarse de concluir».

     El licenciado Martínez cuenta por su parte que con motivo de la protección que Matienzo dispensaba al reo después del casamiento entre los hijos de ambos, y valiéndose de la ausencia del Obispo, consiguió que los presos no «guardasen carcelería»; y usando del lenguaje violento que respira toda su carta, añade, «sino que los ministros y el juez que fueron en prender a unos hombres tan facinerosos son perseguidos contra toda justicia, algunos diciendo que no hay en estos reinos jueces del Santo Oficio, y otras desvergüenzas, y esto porque ellos son supremos y no querrían que hobiese otros mayores, y también por dar contento al oidor Matienzo, porque lo mismo haga él cuando se ofreciese, esto porque casé su hija con el que estaba preso por el Santo Oficio, pensando que su hija ha de ser gobernadora; y desto ha crecido grandemente el bando de los que van y se levantan contra la ley de Dios y contra su Iglesia y ministros della, que no saben las gentes a dónde parará». Carta citada de 23 de diciembre de 1567.

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35.       Documentos inéditos del Archivo de Indias, tomo XXV, pág. 373-376.

     Los detalles de la sentencia constan también del extracto del proceso de Aguirre que hizo el inquisidor Juan Ruiz de Prado, que se halla como anexo al expediente de visita de la Inquisición de Lima.

     De la misma fuente resulta, asimismo, que el fiscal de la causa apeló de la sentencia, pero que no siguió la apelación, y que el reo, por motivos que no se expresan, dejó de pagar doscientos pesos de los mil setecientos en que en definitiva salió condenado.

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36.       Ya vimos que el acto debió tener lugar, según lo consignado por Ruiz de Prado, en la iglesia de Santiago del Estero; del tenor de la abjuración y de la certificación que le acompaña, parece, sin embargo, que el hecho se verificó en la capital del Obispado. Probablemente se hizo este cambio en la expectativa de que el reo no regresase más a su antigua gobernación.

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37.       Cotejando el texto de esta abjuración con la que hizo primero Aguirre, que ha publicado Torres de Mendoza en las págs. 362-370, del tomo XXV de sus Documentos del Archivo de Indias, no encontramos más diferencia que la frase de levi que se nota en la última y que acaso sea una mera omisión del copista. De todos modos, el hecho fue que «por no haberse guardado la forma de derecho en el abjurarlas y porque no las abjuró todas», Aguirre fue obligado a efectuarlo segunda vez.

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38.       Proceso de Pedro de Valdivia, páginas 380 y siguientes, y Torres de Mendoza, Colección de documentos inéditos, t. XXV, págs. 377-84.

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39.       Carta datada en La Plata a 6 de junio de 1569, original en el Archivo de Indias de Sevilla. Del obispo Santo Tomás escribieron fray Reginaldo de Lizárraga en un libro que se conserva inédito, y el padre Meléndez en sus Tesoros verdaderos de las Indias. Era natural de Sevilla y pasó al Perú en los primeros tiempos [87] de la conquista. En 1545 fue nombrado prior del convento del Rosario de Lima; en 1552 vicario general, y provincial en el año siguiente. Concluido el tiempo de su gobierno hizo un viaje a España e imprimió en Valladolid, en 1560, una Gramática, o Arte de la lengua general de los indios de los reinos del Perú, libro de extremada rareza y el primero que se escribiera sobre la lengua quichua. Al año siguiente, Santo Tomás regresaba al Perú y meses más tarde era nombrado obispo de Charcas. Durante el proceso de Aguirre hizo un viaje a Lima para asistir al segundo de los concilios celebrados en esa ciudad. En una de las salas de la Universidad de San Marcos se encuentra un retrato suyo. Para más detalles acerca de este personaje, véase Gallardo, Ensayo de una biblioteca, etc., t. IV, col. 537.

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40.       [«gobernadodora» en el original (N. del E.)]

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41.       [«hombre» en el original (N. del. E.)]

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42.       En los libros del Cabildo de Santiago se encuentran dos referencias al proceso de Lisperguer. Es la primera el acta de 6 de noviembre de 1566, donde se lee que habiéndose presentado Lisperguer a jurar su cargo de regidor, dijo: «que por cuanto por la justicia eclesiástica los días pasados fue promovida cierta demanda contra él, que le mandó hacer cierta penitencia, la cual cumplió como obediente hijo de la Santa Iglesia, y para que conste a los señores deste Cabildo de cómo él cumplió sin mácula, ni nota de infamia ni inhabilidad alguna por lo sucedido, hizo demostración de un testimonio del dicho auto proveído por el provisor de esta ciudad Francisco Jiménez, en el cual pareció declarar al dicho Pedro Lisperguer por capaz de tener e usar cualquier oficio, y por razón de la dicha sentencia no tener impedimento alguno, lo cual parece declaró con el parecer de Juan de Escobedo, su asesor, según que por el dicho testimonio se contiene, que estaba firmado del dicho Francisco Jiménez, y signado y firmado de Francisco Sánchez de Merlo, notario».

     En vista de esto, la corporación comisionó al teniente de gobernador Hernando Bravo para que verificase la relación de Lisperguer, y en efecto, el 14 de diciembre de ese año de 1566, Bravo confirmó lo aseverado por aquél, diciendo no haber sido condenado por hereje ni ateo, y que había hecho penitencia pública.

     Don Benjamín Vicuña Mackenna, Historia de Santiago, I, pág. 106, que fue el primero que hizo alusión al proceso de Lisperguer, y más tarde don Crescente Errázuriz en sus Orígenes de la Iglesia chilena, nota a la página 163, han debido limitarse a conjeturar lo ocurrido a Lisperguer, sin acertar con la verdadera explicación, como que no habían podido disponer de los documentos que nos han servido en este caso.

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43.       Posteriormente este mismo Lisperguer se denunció ante el comisario del Tribunal en Santiago, «de cosas impertinentes y que no tocan al Santo Oficio, ni contienen delicto». Nota de Ruiz de Prado al expediente número 509.

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44.       Sentimos no poder dar más detalles de la causa de este reo, a causa de que, sin duda por olvido, el escribiente que teníamos en Simancas no nos entregó la copia del proceso.

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45.       [«Nicocolás» en el original (N. del E.)]

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46.       Ruiz de Prado hizo a este proceso las observaciones siguientes: «Lo que en esto hay que advertir es que en negocios de fe no se sufre ni es bien se haya de permitir que el proceso se haga fuera del Tribunal, y así no se debiera haber hecho en este caso, pues la instrucción no daba lugar a ello, ni el estilo del Santo Oficio mucho menos lo permite por los inconvenientes que de ello se podrían seguir, y así no se hizo en este negocio lo que se debía, en hacerlo por esta forma, y aún la cualidad del negocio sufría no proseguir ni por aquesta forma ni por otra».

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47.       Esto no le valió a Cortés, pues visto el expediente por los inquisidores Cerezuela y Ulloa, mandaron más tarde al comisario que le prendiese y formase nuevo proceso; y en cuanto al ordinario que volviese lo que había percibido del reo, para aplicarlo a gastos de papel del Santo Oficio.

     Consta también que este mismo Cortés entabló una querella por cosas de la Inquisición contra Alonso del Campo, teniente de receptor en Coquimbo, y que, recibida por el comisario de Santiago, se remitió a Lima, donde no se mandó practicar diligencia alguna.

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48.       «Los testigos no contestan acerca desto, repiten los inquisidores, porque un testigo dice que dijo es probable que el Papa tenga poder para sacar ánimas del purgatorio, que las tiene Dios a su cargo: en lo de este mundo podríalo tener el Papa. Otro testigo dice: en verdad que tengo por cosa de burla esto de las cuentas, porque trataban si eran las benditas del Papa o no».

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49.       Según carta de Juan de Saracho, de 18 de marzo de 1575, doña María había pagado la multa a principios de ese año.

     «Paresce que este proceso se debiera sustanciar con el fiscal, decía Ruiz de Prado, y hacerse en forma con la reo en el Sancto Oficio».

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50.       De los antecedentes de que podemos disponer no consta de una manera terminante si hubo algunos otros reos procesados en Chile antes de la llegada del Santo Oficio a Lima, pues los datos que nos suministran las relaciones de Ruiz de Prado, son a veces bastante ambiguos sobre el particular. Cuando habla de expedientes tramitados ante los comisarios y jueces de comisión del Santo Oficio, no puede abrigarse duda alguna; pero no sucede lo mismo cuando emplea las designaciones de «provisor», «vicario», etc., sin referirse a fecha determinada por la cual pudiéramos solucionar la dificultad. Baste, por lo demás, dejar establecido el hecho de que en Chile hubo procesos de fe antes del establecimiento de la Inquisición.

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51.       Carta al Rey de fray Juan de Vivero, Cuzco, 1568.

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52.       Carta de 15 de marzo de 1569. Peña fue religioso dominico, natural de Covarrubias, en Burgos, hijo de Hernán Vásquez e Isabel de la Peña; tomó el hábito en el convento de San Pablo de aquella ciudad, profesando en 3 de marzo de 1540. Después de haber sido colegial en San Gregorio de Valladolid, pasó a México en [99] 1550, donde fue catedrático de la Universidad, y habiendo servido el provincialato, ascendió al Obispado de Verapaz, para ser promovido a Quito en 1563. Habiendo ido a Lima con ocasión del concilio provincial, murió allí en 7 de marzo de 1583, dejando un cuantioso legado a la Inquisición. Véase González Dávila, Teatro eclesiástico, t. II, pág. 72; y Alcedo, Diccionario.

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53.       Carta al cardenal Espinosa, Los Charcas, 23 de diciembre de 1567.

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54.       Así lo declara en su Memorial, pág. 10.

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55.       «Hallose el Rey presente a ver, llevar y entregar al fuego muchos delincuentes, acompañado de sus guardas de a pie y de a caballo, que ayudaron a la ejecución, y entre ellos a don Carlos de Sese, noble, grande y pertinaz hereje, que le dijo cómo le dejaba quemar, y respondió: 'Yo traeré leña para quemar a mi hijo si fuese tan malo como vós'», Cabrera de Córdoba, Filipe II, t. I, pág. 276.

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56.       Leyes de Indias, Libro I, tit. XIX, ley primera.

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57.       No incluimos la traducción de este documento, porque la cédula dirigida al obispo de Concepción que se inserta en el texto es idéntica, con la sola diferencia de la dirección. El original se encuentra ahora en nuestra Biblioteca Nacional.

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58.       [«(El original no trae la nota que debía llevar el número 57. -N. del E.)» en Toribio Medina, José, Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile, Santiago de Chile, Fondo Histórico y Bibliográfico J. T. Medina, 1952, p. 102 (N. del E.)]

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59.       He aquí el tenor de una de esas cédulas:

     «El Rey. Consejo, justicia y regimiento de la ciudad de la Concepción de las provincias de Chile: Sabed que el muy reverendo in Cristo padre cardenal de Sigüenza presidente de nuestro Consejo e Inquisidor Apostólico General en nuestros reinos y señoríos, entendiendo ser ansí conveniente al servicio de Dios Nuestro Señor y ensalzamiento de nuestra santa fe católica, ha proveído por inquisidores en esas provincias del Perú a los venerables dotor Andrés de Bustamante y licenciado Serván de Cerezuela, considerando lo mucho que importa al servicio de Dios Nuestro Señor que en esas partes a donde fue servido que en estos tiempos se extendiese tan maravillosamente la predicación y doctrina de su Santa Iglesia católica, se proceda con rigor y castigo contra los que se apartasen della, conforme a lo que está ordenado por el derecho canónico contra los que, incitados por malvado espíritu, la quieren pervertir con dañada doctrina, los cuales van a visitar esas provincias y ejercer en ellas el Santo Oficio de la Inquisición, con los oficiales y ministros necesarios; e porque cumple al servicio de Nuestro Señor y nuestro, que en esas provincias que son tan nueva planta de la Santa Iglesia católica, el Santo Oficio de la Inquisición y los dichos inquisidores contra la herética pravedad y sus oficiales y ministros sean favorecidos, os encargamos y mandamos que deis e fagáis dar todo el favor y ayuda que os pidieren y hubieren menester para ejercer libremente el dicho Santo Oficio, y proveed con todo cuidado y advertencia que los dichos inquisidores sean honrados e acatados e se les haga buen tratamiento, como a ministros de un tan santo negocio, porque ansí conviene al servicio de Dios y nuestro. Fecha en Madrid, a siete días del mes de febrero de mil y quinientos y sesenta y nueve años. -Yo el Rey. -Por mandado de su Majestad. -Jerónimo Zurita». (Hay cinco rúbricas.)

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60.       Esta real cédula fue publicada por Solórzano Pereira, De Indiarum Jure, cap. XXIV. La orden que en ella se daba a los obispos admitía algunas excepciones, según se resolvió después, por cédula de 17 de octubre de 1575, en respuesta a una consulta del arzobispo de Santa Fe, que trae Villarroel en su Gobierno eclesiástico pacífico, t. I, pág. 454; pero en tal caso debían los obispos asesorarse con uno o dos oidores.

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61.       Ley 2, tít. XIX libro I de Indias.

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62.       [«rarón» en el original (N. del E.)]

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63.       Ley 2, tít. XIX, lib. I de Indias.

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64.       Ley 30, tít. XIX, libro I de Indias.

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65.       Ley 24, XIX, libro I.

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66.       Carta de Huerta Gutiérrez y González Poveda de 27 de mayo de 1672.

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67.       Carta de 8 de abril.

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68.       Carta de Gutiérrez Flores de 31 de enero de 1626.

     No podemos menos de transcribir aquí la nota que los inquisidores enviaron al Consejo a propósito de un pretendiente chileno.

     «Muy poderoso señor. En carta de once de septiembre de sesenta y ocho ordena Vuestra Alteza se hagan las informaciones de los padres y abuelos del doctor don Tomás Pizarro, natural de la ciudad de Santiago en el reino de Chile, a quien el excelentísimo señor Inquisidor General hizo gracia de pruebas de oficial del Santo Oficio. Con esta ocasión nos vemos obligados a representar una y muchas veces a [108] Vuestra Alteza, se sirva de tener entendido que la Inquisición del Perú tiene de juridición más de mil y seiscientas leguas, y que continuamente se está asistiendo a los comisarios de los partidos; que está fundada en la ciudad de Lima, donde residen Virrey, Audiencia, Tribunal de Cuentas y de Cruzada, Arzobispo, Cabildo secular y eclesiástico, Universidad, cuyo claustro se compone de más de cien doctores de todas facultades, y las religiones mendicantes en número crecido, y la república de mucho número de gentes, comercio rico y caballeros de lustre y grande lucimiento. Siendo esto así, no podemos dejar de significar el desconsuelo que nos ha causado el orden de Vuestra Alteza sobre estas pruebas, porque parece que miran, a lo que se ha entendido, de que don Tomás vuelva con plaza deste Tribunal. Este sujeto es incapaz de poderla servir; ayer le vimos en esta ciudad sin ningún crédito de letras; gastó la mayor parte del tiempo de sus estudios en vender y emplear los géneros de mercaderías que le enviaban sus padres del reino de Chile y con su procedido fue hacia las provincias del Tucumán y empleó en mulas, y con el precio de ellas pasó a España, sin crédito ni reputación en letras y virtud, pues nunca tuvo acto literario de los que acostumbra la juventud.

     »¿Qué autoridad podrá tener un mozo desta calidad cuyos condiscípulos están todavía en los colegios y escuelas, y con conocimiento de su poca aplicación? ¿Qué despacho tendrá este Tribunal con ministro de tan cortas prendas y talento; cómo podrá mediar tantas competencias como cada día ocurren con los virreyes, audiencias, obispos y corregidores, donde es más necesaria la prudencia que se adquiere con el curso y experiencia de los negocios, ni qué concepto y estimación se tendrá de las sentencias y determinaciones del Santo Oficio conociendo todos la cortedad deste sujeto? ¿Qué aprecio harán el Virrey y Audiencia de la Inquisición, viendo que se compone de ministros iletrados y que si estuvieran en Lima apenas alcanzaran un curato?

     »Esto mismo decimos de los demás que propuso Vuestra Alteza para plazas desta Inquisición, y es, sin duda, que si alguno dellos la consigue, ha de ser en descrédito del Santo Oficio y de mucho deservicio de Dios, por las cortas prendas y poca o ninguna estimación que tienen en este reino.

     »Muy malos principios de pretendiente son los de don Tomás de la Cueva, pues envió a su hermano un cuaderno, de dos dedos de alto, de sátiras contra el excelentísimo señor Inquisidor General, que se recogerán por este Tribunal el primer día de concurso grande que hubiere y la misma diligencia se hará en todo el reino, como se dispuso con otro papel de las dudas que se proponían a las Universidades de España.

     »Guarde Nuestro Señor a Vuestra Alteza muchos y felices años como la cristiandad ha menester. Reyes, 21 de mayo de 1669. -Don Cristóbal de Castilla y Zamora. -Doctor don Álvaro de Ibarra. -Doctor Juan de Huerta Gutiérrez». Libro 760 14, fol. 351.

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69.       En nuestra Historia de la Inquisición en Lima, passim.

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70.       Véase el detalle de estos incidentes en las Memorias de los Virreyes, t. IV, pág. 73 y sigts.

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71.       Biblioteca Nacional, Manuscritos, vol. 754.

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72.       Constitución de nuestro muy santo padre Papa Pío Quinto, inserta en la Relación del auto de fe de Peralta Barnuevo.

     No tenemos para qué entrar aquí en la enumeración de las gracias que los Pontífices tenían concedidas a los inquisidores, pero el lector podrá encontrarlas en un libro impreso en Lima, en 1707, por Fernando Román de Aulestia, y reimpreso cincuenta años más tarde, por mandato del Tribunal, que existe en nuestra Biblioteca y que se intitula: Summario de las indulgencias plenarias, jubileos y gracias espirituales concedidas por los Summos Pontífices a los señores inquisidores, fiscales, etc.

     La familia de Aulestia sirvió sin interrupción al Santo Oficio durante más de ciento treinta años según consta de la Relación de méritos y servicios de José Toribio Román de Aulestia, impresa por orden de la Marquesa de Montealegre, que tenemos a la vista.

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73.       [«excelecencia» en el original (N. del. E.)]

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74.       Leyes 7 y 14 del título 22, libro I de Indias.

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75.       Corónica moralizada, pág. 620.

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76.       Carta de 26 de abril de 1584.

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77.       Carta de los inquisidores de 3 de abril de 1581.

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78.       [«recibó» en el original (N. del. E.)]

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79.       Es sabido lo que aconteció con doña María Pizarro, con Moyen, etc.; pero aquí debemos recordar todavía otro hecho semejante.

     En 3 de septiembre de 1720 fue denunciado en Cajamarcas, Santos Reyes Montero, que daba fortuna con amores y curaba maleficios, y que se excepcionó diciendo que había sido acusado por un enemigo capital suyo. Habiendo sido objetado el proceso desde España, vino a fallarse en noviembre de 1749.

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80.       Cuenta el viajero francés Julián Mellet que aún en los últimos días de la existencia del Tribunal, conoció él, en Lima, a un infeliz titiritero que ganaba su vida con algunos perros y gatos vestidos de arlequines, que exhibía por las calles de la ciudad, y que, considerado por esto como brujo, estuvo encerrado tres meses en los calabozos de la Inquisición. «Sería imposible, agrega Mellet, formarse una idea del estado lastimoso a que estaba reducido ese desgraciado cuando salió de la prisión y de las torturas que en ella había sufrido. El mismo no se atrevía a referirlas, limitándose a contestar a los que le interrogaban, que se había justificado: lo que había de positivo era que se le hubiera tomado por un esqueleto escapado del sepulcro». Voyages dans l'Amérique Méridionale, pág. 120.

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81.       Libro 760-9, folio 11.

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82.       Corónica moralizadora, Barcelona, 1637, pág. 616.

     Con relación a esto mismo el poeta chileno Pedro de Oña, en su poema inédito El Vasauro, se expresa así, hablando del Tribunal del Santo Oficio:

                                                                    Aquel que con Elías las apuestas

                                                               A rígido, a celoso, a vigilante,

                                                               Y a cuyo nombre diente da con diente

                                                               Quien teme, o saco infame, o fuego ardiente. [129]

                                                                  ¡Oh Tribunal sublime, recto y puro

                                                               En que la fe cristiana se acrisola

                                                               Su torre de homenaje y fuerte muro

                                                               Donde bandera cándida tremola;

                                                               Alcázar en que vive a lo seguro

                                                               Ornada virgen, virgen española,

                                                               Sin cuyo abrigo fiel, hecha pedazos

                                                               Hoy la trujeran mil herejes brazos!

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83.       Relación del auto de fe, etc., Lima, 1733.

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84.       Carta de Gutiérrez de Ulloa al Consejo, fecha 26 de abril de 1584.

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85.       Carta de Cerezuela de 5 de febrero de 1570.

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86.       Carta de 24 de enero de 1572.

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87.       A mediados del siglo XVIII ocurrió en Chillán un caso en que se contravino a la excepción establecida en favor de los indios, que motivó no pocos trajines al protector general, a la Audiencia y al mismo Presidente. Denunciose, en efecto, allí como hechiceras a ciertas indias ante el cura del pueblo, don Simón Mandiola, quien, haciendo caso de inquisición, procedió a recibir las deposiciones de aquellas indias, que le contaron con la mayor seriedad que se convertían en chonchones y se iban de noche volando hasta la casa de la persona a quien querían maleficiar. El crédulo del cura en castigo de la brujería las hizo azotar y las repartió en seguida entre los vecinos del pueblo para que sirviesen como esclavas; y como el protector del partido, don Carlos Lagos, reclamase de esa resolución, hízolo don Simón tomar preso y meterlo a la cárcel. De aquí la intervención del protector general, de la Audiencia y del Presidente, que todavía en 1757, después de ocho años, seguía aún entendiendo en tan ridículo negocio.

     Por más absurdas y grotescas que hoy nos parezcan las prácticas y ceremonias de los hechiceros, que tanto que entender dieron al Santo Oficio, el uso de la coca, tan arraigado entre los indios, bien pronto se extendió a los españoles y especialmente a las crédulas mujeres, haciéndoles soñar en su virtud para el conocimiento del porvenir y éxito maravilloso de amores desgraciados; tanto que, no sólo los inquisidores, sino muchos de los virreyes, en general, desde don Francisco de Toledo, trataron a toda costa de proscribir su uso, sin llegar a resultado alguno en un pueblo que lo aceptaba por tradición y por necesidad y que hasta hoy desde el Ecuador hasta las altiplanicies de Bolivia lo conserva en su forma primitiva.

     Pero si en su empleo se creía ver una invención diabólica, no había de pasar mucho tiempo sin que se hiciese igual sugestión respecto de otra planta americana, tan generalizada en otra época casi tanto como hoy el tabaco en muchos de los pueblos de la América del Sur. El reverendo jesuita Diego de Torres, provincial que fue en Chile, Tucumán y Paraguay, expresaba, en efecto, al Tribunal, a principios del siglo XVII:

     «En estas dos gobernaciones de Tucumán y Paraguay se usa el tomar la yerba, que es zumaque tostado, para vomitar frecuentemente, y aunque parece vicio de poca consideración, es una superstición diabólica que acarrea muchos daños, y algunos que diariamente toca su remedio a ese Sancto Tribunal: el primero destos es que los que al principio lo usaron, que fueron los indios, fue por pacto y sugestión clara del demonio, que se les aparecía en los calabozos en figura de puerco, y agora será pacto implícito, como se suele decir de los ensalmos y otras cosas; segundo, que casi todos los que usan deste vicio, dicen en confesión y fuera de ella que ven que es vicio, pero que ellos verdaderamente no se pueden enmendar, y entiendo que así lo creen, y de ciento no se enmienda uno, y lo usan cada día, y algunas veces con harto daño de la salud del cuerpo y mayor del alma; tercero, júntanse muchos a este vicio, etiam cuando los [139] demás están en misa y sermón, y varias veces lo oyen; cuarto, totalmente quita este vicio la frecuencia de los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía, por dos razones, primera, porque no pueden aguardar a que se diga la misa sin tomar esta yerba; segunda, porque no se pueden contener, habiendo comulgado, a dejar de vomitar luego, y así no hay casi persona que use este vicio que comulgue, sino que el Domingo de Resurrección, y entonces procuran misa muy de mañana, y los más hacen luego vómitos, con suma indecencia del Santísimo Sacramento, y por esto, muchos de los sacerdotes no dicen misa sino raras veces. Estas indecencias y inconvenientes tiene el tabaco y coca, que toman también en vino por la boca, aún con más frecuencia; quinta, salen con gran nota de las misas a orinar frecuentemente. No digo los demás inconvenientes que tocan al gusto y salud, y a los muchos indios que mueren cogiendo y tostando esta maldita yerba, que es gran lástima y compasión, y el escándalo que los españoles y sacerdotes dan con este vicio; sólo digo que ellos y los indios se hacen holgazanes y perezosos, y van los venidos de España y los criollos y criollas, perdiendo, no sólo el uso de la razón, pero la estima y aprecio de las cosas de la fe, y temen tan poco el morir muchos como si no la tuvieran, y de que tienen poca, tengo yo muy grandes argumentos...

     »El daño de la yerba tiene muy fácil remedio, continúa el jesuita, sirviéndose el señor Virrey de mandar con graves penas que no se coja, atento a que por ello han muerto muchos indios y seguídose gravísimos inconvenientes, porque no se coge sino en Maracaya, cien leguas más arriba de la Asunción, a cuyo comisario se pudiera también cometer que no la consintiera bajar, y convenía mucho quitar este trato porque por ser en el camino de San Pablo vienen con los que andan en él, los que pasan por allí». -Carta al Santo Oficio de Lima, fecha en Córdoba a 24 de septiembre de 1610.

     No hay constancia en los archivos del Santo Oficio del Perú de que a pesar de tan eficaces recomendaciones se incluyese la yerba zumaque en la vulgar opinión en que se encontraba acreditada la coca; pero en todo caso este recuerdo nos servirá para manifestar cómo se discurría en esa época por hombres tan ilustrados como el firmante de la anterior exposición.

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88.       Véanse las causas de todos los ingleses condenados por luteranos, o reconciliados, de que se hace mención más adelante.

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89.       En el capítulo XVII de la Inquisición de Lima pueden notarse los procesos de Mencía y Mayor de Luna, Antonio Morón, etc.; en el XIX, el de César Bandier; y en esta obra el de don Rodrigo Enríquez de Fonseca.

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90.       Orden del Consejo de 26 de enero de dicho año. La razón de esta disposición se hallará probablemente en que pocos meses ante los inquisidores de Lima aplicaron el tormento, sin miramiento alguno, a muchos portugueses acusados de judíos, y entre ellos, a Mencía de Luna, que murió en él.

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91.       Para no extendernos más de lo que permiten los límites de esta reseña, damos aquí la forma en que se aplicaba sólo este tormento: «Para el de mancuerda se pone al reo sobre un banco, en pie, arrimado a la pared, y aquí estando desnudo se le afianza por los molledos de los brazos contra dos argollas, que están fijadas en la pared, en dos cordeles y el cuerpo con dos cinchas cruzadas por los hombros que pasan por encima de la cintura con otras cuatro argollas, y en los pulgares de los pies se ponen dos cordeles y se aseguran en otra argolla y le cruzan los brazos y afianzan por los codos y muñecas en dos cordeles, poniendo para la mancuerda sólo un cordel delgado que ajusta entre ligadura y ligadura, y por dentro un garrote, y para dar la vuelta se quita el banquillo y pendiente de las fianzas, con el garrote el verdugo da una vuelta al rededor sin tirar, y se llama vuelta la cantidad de cuerda que encoje el garrote, dándola, y tira el ministro así así por dicho cordel y garrote, y habiendo tirado lo que parece bastante, se manda afianzar con una mano y con la otra dar otra vuelta y desta manera se suelen dar de tres a siete vueltas, para que hay capacidad, y entre vuelta y vuelta se amonesta al reo dos veces diga la verdad.

     »En el potro se tiende al reo y le ligan con ocho cordeles con los molledos de los brazos, y anillos, muslos y espinillas, y en cada cordel se pone un garrote y se van dando las vueltas que parecen necesarias, pero cada una no coge más que un cordel ni atormenta de otra parte, y a lo que encoje del cordel dando vuelta al rededor de dicho garrote se llama una vuelta, y se suelen dar las primeras en todos los cordeles [145] y algunas segundas, conforme a la calidad del reo y de su causa». México a través de los siglos, II, 419.

     Remitimos a esta obra al lector que desee más pormenores acerca de los tormentos inquisitoriales.

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92.       Recuérdense en la Inquisición de Lima los casos de la Pizarro, y los de Juan de Loyola, Candioti, y otros.

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93.       Merece notarse a este respecto lo sucedido en el proceso del jesuita Ulloa, de que damos cuenta más adelante.

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94.       Orden que comúnmente se guarda en el Santo Oficio, etc.

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95.       Carta de Mañozca, Gaitán y Castro de 15 de mayo de 1637.

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96.       Despacho de 25 de febrero de 1638.

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97.       [«pertencía» en el original (N. del E.)]

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98.       Gobierno eclesiástico pacífico, t. II, pág. 444.

     He aquí ahora el último nombramiento del ordinario de la diócesis de Santiago, conferido por el Cabildo eclesiástico en sede vacante, a los inquisidores de Lima para representarlo en la aplicación del tormento y en todos los trámites de los juicios inquisitoriales:

     «En la ciudad de Santiago de Chile, a tres días del mes de julio de 1809 años. Ante el presente escribano de Su Majestad y testigos el muy ilustrísimo venerable deán y cabildo, en sede vacante de este obispado, como prelado ordinario diocesano, digo: que por cuanto le pertenece, conforme a derecho, hallarse y tener voto en el Santo Oficio de la Inquisición de los reinos del Perú, en los juicios que se tratan contra personas del distrito del citado obispado, a que no se puede hallar presente por la obligación de la asistencia en el dicho obispado, y conviene nombrar persona para ello, según que le ha sido pedido; por tanto, que daba y dio su poder cumplido y todo el que de derecho se requiere y es necesario a los muy ilustrísimos señores inquisidores Apostólicos del Tribunal de la Santa Inquisición de los reinos del Perú que reside en la ciudad de los Reyes, que al presente son y en adelante fueren, simul insolidum, especialmente para que en su nombre y representando su propia persona, asistan a las causas de las personas reas del dicho obispado, que en el dicho Tribunal del Santo Oficio se tratasen, en cualesquier estado que estén demandadas y pendientes y que de nuevo se comenzaren, y puedan dar su voto y parecer en ellas, así para determinarlas y sentenciarlas definitivamente, como en cualquier auto de prisión o tormento e interlocutorios y para que puedan sustituir los dichos señores inquisidores o cualquiera de ellos este dicho poder en la persona o personas que mejor les pareciere, que descargarán su conciencia en las dichas causas, votando en ellas en los dichos casos lo que les pareciere conforme a derecho y les dictare su conciencia y letras, y para que a los dichos sustitutos puedan revocar el dicho poder y nombrar otro u otros por ausencia o muerte o por otra causa, siempre que pareciere conveniente, quejando este dicho poder en su fuerza y vigor; que cuan cumplido y bastante se requiere para lo dicho, ese mismo daba y dio a los dichos señores inquisidores y sustitutos, con todas sus incidencias y dependencias, anexidades y conexidades, sin exceptuarse cosa alguna, y con libre y general administración y lo general en forma, y así lo otorgaron y firmaron, siendo presentes por testigos don Rafael Barreda y don Alejandro Avendaño. -Dr. Estanislao de Recabárren. -Jerónimo José de Herrera. -Dr. D. Pedro Vivar. -Dr. José Santiago Rodríguez. -Dr. Juan Pablo Fretes. -Dr. Vicente Larraín. -Dr. Miguel de Palacios. -Pedro Montt. -Ante mí, Nicolás de Herrera».

     Publicado por don B. Vicuña Mackenna en Francisco Moyen, pág. 141.

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99.       Cédula de Felipe II de 10 de agosto de 1570, y de Felipe III de 22 de mayo de 1610, ley 18, t. 19, libro I de las Leyes de Indias.

     He aquí, como muestra, una de esas sentencias pronunciadas por los alcaldes: «Fallamos que por las culpas que de las sentencias de sus señorías resulta contra los dichos (sigue la enumeración de los condenados): Que los debemos de condenar y condenamos a que del cadalso en que están, luego sean sacados en caballos de enjalma, y con voz de pregonero que manifieste sus delitos, sean llevados al Prado que llaman de San Lázaro, y en los palos que allí están puestos sean atados, y si se convirtieren los dichos Duarte Enríquez y Diego López y Gregorio Díaz Tavares les sea dado garrote hasta que naturalmente mueran, y luego, se les ponga fuego y sean quemados y hechos polvos, juntamente con las ocho estatuas de las personas declaradas en esta sentencia; y si no se convirtieren los susodichos, sean quemados vivos, y para ello sean entregados a don Luis de la Reinaga, alguacil mayor de esta ciudad. E por esta nuestra sentencia definitiva juzgando así lo pronunciamos y mandamos. -Don Rodrigo de Guzmán. -Domingo de Garro. -Dada y pronunciada, etc.

     »EJECUCIÓN. E luego incontinenti, en el dicho día trece de Mayo susodicho año de mil y seiscientos y cinco, en presencia de mí el escribano [...] los dichos alcaldes don Rodrigo de Guzmán e Domingo de Garro, dieron y entregaron al dicho don Luis de la Reinaga, alguacil mayor, a los dichos Duarte Anríquez, e Diego López e Gregorio e Gregorio de Tavares e las dichas ocho estatuas, el cual dicho alguacil mayor, en caballos de enjalma, llevó e mandó llevar a los susodichos herejes al Prado de San Lázaro, con voz de Alonso de la Paz, pregonero público, que manifestaba sus delictos. E en el dicho prado, en los palos que allí estaban, ataron a los susodichos, y allí al dicho Duarte Anríquez se le dio garrote por Pedro Roldán, verdugo, y a los dichos Diego López e Gregorio de Tavares SE QUEMARON VIVOS, y el cuerpo del dicho Duarte Anríquez se quemó muerto con las dichas ocho estatuas, hasta que se hicieron polvos. Testigos: el capitán Pedro de Zárate e Juan de Briviesca, e Luis Jiménez, e Juan Agustín Corzo y otras muchas personas, de que todo pasó en mi presencia, de que doy fe. -Cristóbal de Quezada, escribano público.

     »En otra ejecución que se hizo en 29 días del mes de octubre de 1581 años de la persona de Juan Bernal, hereje, por luterano pertinaz, en tiempo de los señores inquisidores Cerezuela y Ulloa, que le relajaron en auto público de la fe, dice que estando el alguacil mayor Severino de Torres en el palo para el efecto puesto en el Prado de San Lázaro, y estando ligado y con mucha leña al rededor y juntos el padre José de Acosta y otros padres de la Compañía de Jesús, se le hizo al dicho Juan Bernal muchas amonestaciones de que creyese en Dios Nuestro Señor y en todo lo que tiene y cree la Santa Madre Iglesia, con apercibimiento que si ansí lo hiciese se le daría garrote, e que no lo haciendo así, le quemaría vivo; y el dicho Juan Bernal muchas veces dijo que no quería, y, atento a esto, el dicho alguacil mayor le mandó pegar fuego, y se pegó y ardió y en él el dicho Juan Bernal hasta que naturalmente murió y quedó hecho polvos. -Ante Juan Gutiérrez, escribano público».

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100.       Los autos particulares se verificaban en la iglesia de Santo Domingo, y en raras ocasiones, en otra parte. Los autillos tenían lugar en la sala de audiencia de la Inquisición.

     Dedúcese, pues, de aquí que los autos de fe sólo se verificaban en Lima, y que, por consiguiente, jamás tuvo lugar alguno en Chile. Los chilenos, o mejor dicho, los reos de fe procesados en este país a quienes se condenó a la hoguera sufrieron el suplicio de Lima.

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101.       En carta de los inquisidores de 18 de agosto de 1659, se lee: «[...] Se han visto y recorrido por algunos ministros de este Santo Oficio los sambenitos de reconciliados y relajados por él (que se colocaron en la Catedral de esta ciudad y otras partes), y están enteros y legibles los rótulos, de modo que por agora no necesitan de renovación».

     »En esta Inquisición, decían en otra ocasión, se ha usado siempre ponerlos, luego que se han ejecutado las sentencias, en la iglesia mayor de esta ciudad y ansí lo están todos sin faltar ninguno y se tiene cuidado a tiempos de hacellos limpiar y revocar cuando ha convenido, y los de moriscos se pondrán en tabla, que sólo son dos, y lo mismo se hará adelante, como V. S. manda». -Carta de 20 de abril de 1621.

     Ya veremos que una de las circunstancias que motivó el saqueo de la Inquisición cuando se declaró extinguido el Tribunal de Lima fue principalmente el que no se hubiese procedido a quitar los sambenitos.

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102.       «Juan de la Parra, natural de esa corte, fue preso y sentenciado en este Santo Oficio por observante de la ley de Moisés y salió a auto en el año de 1661... Después adquirió caudal, se casó y tiene hijos muchos, con que se fue introduciendo en demasiada ostentación por sí y su familia, teniendo coche, colgaduras en su casa, andando siempre a caballo, aunque en mula, que es lo que por acá se acostumbra, vistiendo seda, él, su mujer y todos sus hijos, con los demás arreos de perlas y diamantes para ellos, que suelen ser ordinarios en la gente de primera calidad. Con estas demonstraciones y otras, y alguna vanidad, dieron ocasión a que el Tribunal tuviese noticia de todo, y habiendo recibido información de todo y constando ser cierto y que no había sacado dispensación para nada de lo que estaba prohibido en la sentencia, se le llamó y volvió a notificar de nuevo, mandándole que la guardase, con ciertos apercibimientos, y se le multó en dos mil pesos corrientes; obedeció luego, sin réplica alguna. Carta de los inquisidores al Consejo, de 2 de noviembre de 1672.

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103.       Leyes de Indias, 10, tít, 19. Libro I

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104.       Leyes de Indias, 20, tít. 19, libro I.

     Como es sabido, las leyes habían infamado el ejercicio del remo, encargando a los tribunales que proporcionasen gente para las galeras. Son muchos los escritores que hasta Cervantes han pintado la vida de la galera, pero de todos ninguno que como el obispo de Mondoñedo la haya descrito con más colorido y gracia. Entre sus muchos privilegios estampa estos dos, que por hacer a nuestro caso los reproducimos aquí: «Es privilegio de galeras que libremente puedan andar en ellas frailes de la orden de San Benito, San Basilio, San Agustín, San Francisco, Santo Domingo, San Jerónimo, Carmelitas, Trinitarios y Mercedarios. Y porque los tales religiosos puedan andar por toda la galera, dicen los cómitres que ellos han sacado una bula para que no traigan hábitos ni casullas, ni coronas, ni cintos, ni escapularios, y que en lugar de los breviarios les pongan en las manos con que aprendan a remar y olviden el rezar.

     »Es privilegio de galera que los ordinarios vecinos y cofrades della sean testimonieros, falsarios, fementidos, corsarios, ladrones, traidores, azotados, acuchilladizos, salteadores, homicidas y blasfemos; por manera que al que preguntase qué cosa es galera, le podremos responder que es una cárcel de traviesos y un verdugo de pasajeros». Las obras del ilustre señor don Antonio de Guevara, 1539, folio. Puede verse el muy interesante libro de nuestro amigo Fernández Duro. La mar descrita por los mareados, Madrid, 1877.

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105.       Carta de 15b de mayo de 1631.

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106.       Al redactar este capítulo, sólo nos hemos propuesto, lo repetimos, dar al lector una idea somera del código y fórmulas del Tribunal, a fin de que puedan explicarse muchos de los hechos que se consignan en estas páginas; previniendo que los materiales que nos han servido para su redacción, son: el libro ya citado de Pablo García; la Cartilla de comisarios del Santo Oficio de la Inquisición de México, adoptada también en Lima; una Instrucción que comienza Porque para el buen despacho, etc., 28 páginas en 4º, s. a. n. 1; Instrucciones del Santo Oficio, etc., puestas por abecedario por Gaspar Isidro de Argüello, Madrid, 1628, fol.; Manual de inquisidores, compendio del Directorio de inquisidores de Eymerico, por J. Marchena, Montpellier, 1821, 8º; Instrucción y orden de procesar, etc., Sevilla, 1741, 4º.

     Podría formarse una verdadera biblioteca de los autores que han tratado esta materia, el último de los cuales, don Julio Melgares Marín ha publicado hace poco en Madrid sus Procedimientos de la Inquisición, 2 vols., 1886, obra que por estar redactada conforme al espíritu de la crítica moderna no hemos citado en el texto, ya que encontrándose en las fuentes tan abundante cosecha de materiales, no queremos que pueda tachársenos de exagerados.

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107.       Carta al Consejo de 12 de junio de 1570.

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108.       Carta del obispo de Medellín al Rey, fecha 4 de mayo de 1578. Componían entonces el coro de Santiago Luis Verdugo, deán; Francisco de Paredes, arcediano; Fabián Ruiz de Aguilar, chantre; el maestre-escuela Baltasar Sánchez; el tesorero Melchor Calderón, y el canónigo Francisco de Cabrera. Como lo veremos luego, casi todos estos clérigos fueron después procesados por el Santo Oficio.

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109.       Sobre el estado y número de los clérigos que vivían en Chile en la época que vamos historiando, puede el lector consultar Los Orígenes de la Iglesia Chilena de don Crescente Errázuriz, capítulos XXI y XXII.

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110.       Carta al Consejo, fecha 3 de marzo de 1571.

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111.       Fray Juan de Vega, primer provincial de su orden en Chile, para cuyo cargo fue elegido el 2 de enero de 1572, era natural de Valladolid, e hijo de la provincia de la Rábida en Portugal. Véase Gonzaga, De Origine Seraphicae Religionis, etc., Roma, 1587, fol., pág. 1347; y Córdoba Salinas, Corónica franciscana, lib. VI, pág. 635.

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112.       Libro 760, pág. 238. Simancas.

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113.       Carta citada de 3 de marzo de 1571.

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114.       He aquí el título de comisario otorgado a Calderón: «Nós los inquisidores contra la herética pravedad y apostasía, en la cibdad de los Reyes y su Arzobispado, en los Obispados de Panamá, Quitó, el Cuzco, los Charcas, Río de la Plata, Tucumán, Concepción, Santiago de Chile, de todos los reinos, estados y señoríos de las provincias del Perú y su virreinado y gobernación y distrito de las Audiencias Reales que en las cibdades, reinos e provincias y estados residen, por autoridad apostólica eclesiástica; teniendo, como tenemos, relación de la vida, letras y reta conciencia de vós, el muy reverendo licenciado Melchor Calderón, tesorero de la santa iglesia catedral de Santiago de Chile; por la presente os nombramos y diputamos por nuestro comisario en la dicha cibdad y su distrito para que como tal nuestro comisario deste Sancto Oficio hagáis y ejerzáis lo que por nós os fuere cometido y encargado, y si alguna denunciación delante de vos se hiciese, la recibáis y nos la enviéis para sobre ello proveer lo que convenga, que para ello os damos poder y cometemos nuestras veces, como a tal nuestro comisario; y rogamos y encargamos, y si es necesario es, mandamos en virtud de sancta obidiencia y so pena de quinientos pesos de oro para los gastos extraordinarios deste Sancto Oficio, y de excomunión mayor a todos e cualesquier justicia e jueces eclesiásticos y seglares os tengan por tal nuestro comisario y que como a tal os guarden todos los privilegios, exenciones, libertades, inmunidades, gracias de que deben gozar los comisarios y oficiales desde Sancto Oficio y no hagan ende al, con apercibimiento que procederemos contra ellos hasta debida ejecución. Dada en la cibdad de los Reyes, a dos de Abril de mil quinientos e setenta e dos años. -El licenciado Cerezuela. -El licenciado Antonio Gutiérrez de Ulloa. -Por mandado de los señores inquisidores. -Eusebio de Arrieta, secretario».

     He aquí ahora el acta del recibimiento de Calderón en el Cabildo eclesiástico: «En la cibdad de Santiago, a ocho días del mes de agosto de mil e quinientos e setenta e dos años, ante el ilustre e muy reverendo señor Deán e cabildo desta Santa Iglesia de Santiago de Chile y en presencia de mí, Juan de Fuentes, notario público, el muy magnífico e muy reverendo señor don Melchor Calderón presentó la comisión de atrás contenida, los cuales dichos señores Deán y cabildo, conviene a saber, el arcediano don Francisco de Paredes y el chantre don Fabián Ruiz de Aguilar, estando juntos, cada uno por sí tomó la dicho comisión en sus manos y la besaron y pusieron sobre sus cabezas e dijeron: que la rescibían e rescibieron, obedeciendo como obedecieron la dicha provisión; e al dicho señor licenciado don Melchor Calderón por tal comisario del Santo Oficio, según e como por los dichos señores inquisidores es nombrado, e como tal le obedescerán e guardarán e harán guardar, dar e cumplir todo lo contenido en la dicha comisión y así lo dijeron e firmaron de sus nombres. -El maestro Paredes. -Fabián Ruiz de Aguilar. -Ante mí Juan de Fuentes, notario público».

     En catorce del mismo mes fue recibido en el cargo por el doctor Bravo de Saravia, presidente de la Audiencia. A este respecto conviene tener presente que los familiares y notarios del Santo Oficio acostumbraban presentar sus títulos en el cabildo secular, en cuyos libros de actas no es raro encontrar algunos transcritos íntegros, [160] formalidad que sin duda hacía las veces del pase. Véase, entre otros, el libro correspondiente a 1725 en que aparece copiado el de don Manuel de la Fuente.

     Constan los documentos citados de una información de servicios levantada por Calderón en Santiago, en 1585. Véase más adelante el cap. XVIII.

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115.       Agustín de Cisneros, por información rendida en Medina de Ríoseco en octubre de 1563, para pasar a las Indias y que se le aceptó en la Inquisición, consta que era hijo de Álvaro de Cisneros y Constanza de Montesa y que había estudiado en Salamanca hasta graduarse de bachiller y licenciado en leyes, ejerciendo la abogacía en Medina. Después de ordenado fue vicario en Talavera de la Reina. Por real cédula de 24 de julio de 1553, fechada en Valladolid, se le dio permiso para pasar a Chile; y del libro de pasajeros consta que en 9 de abril de 1554 se embarcó con tres hermanos suyos, tres mujeres, un mozo y un paje.

     El deanato de la Imperial se había concedido a un capellán del licenciado Tello de Sandoval; pero hacía de eso ya siete años y aún el nombrado no se había presentado a tomar posesión de su cargo, ni siquiera había partido de España. En estas circunstancias, Cisneros lo solicitó para sí y le fue concedido, previa la información de la calidad de su persona, que rindió por medio de procurador. Después, en 20 de junio de 1584, fue propuesto al Rey por el Consejo para el Obispado de la Imperial, cuyas bulas llegaron a sus manos a fines de 1589, fecha en que probablemente Cisneros ha debido cesar en su cargo de comisario del Santo Oficio.

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116.       Más tarde, Miguel Román de Aulestia, secretario del Tribunal, publicó la Instrucción, y orden que comúnmente han de guardar los comisarios y notarios del Santo Oficio de la Inquisición del Perú, cerca de procesar en las causas de fe y criminales de ministros, en que fueren reos y contra el honor del Santo Oficio, o informaciones de limpieza, con la forma de publicar edictos generales de fe y particulares; en conformidad de lo que está mandado por cédulas reales, instrucciones y cartas acordadas de los señores del Consejo de Su Majestad de la Santa General Inquisición: cuya quinta y última impresión se hizo en Lima, en 1796 en un pequeño vol. en fol.

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117.       Memorial de las causas que en este Santo Oficio de la Inquisición del Perú se han determinado y de las que están pendientes y suspensas, Libro 760-1, pág. 16.

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118.       Aguirre en su carta a don Francisco de Toledo le da cuenta de este hecho en los términos siguientes: «Ayer (7 de octubre de 1569) topé con Luis Chasco, teniente de Diego Pacheco, que venía con veinte hombres que traían ropa de la tierra para vender; y entre ellos venían doce o trece soldados de los que se hallaron en mi [165] prisión. Yo los recibí con buenas palabras, perdonándoles lo pasado, y luego fui avisado que habían tratado de prender o matar, y que aún ahora hacían corrillos; y quien me lo dijo lo sabe Luis Chasco, y después de los haber desarmado porque no intentasen alguna desvergüenza de las que suelen, les desterró mi teniente, y no les volví las armas por temerme de alguna traición...».

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119.       Los capítulos de acusación eran once, y los testigos habían declarado en el número y forma siguiente: Al 1º, un testigo de oídas; al 2º. id.; al 3º, cuatro; al 4º, seis; al 5º, los mismos; al 6º, los mismos, todos de oídas; al 7º, uno solo; al 8º, un clérigo, notorio enemigo de Aguirre que había enviado al Tribunal un memorial contra él; a los 9º, 10 y 11, un sólo testigo.

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120.       Extracto del expediente de visita de Ruiz de Prado.

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121.       Carta de Cerezuela al Cardenal Espinosa, de 3 de marzo de 1571.

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122.       El Virrey se creyó en el deber de dar cuenta de estos hechos al Soberano. He aquí lo que le decía:

     «Por el Santo Oficio se me requirió con las provisiones que ellos tienen de vuestra Majestad para que les diese favor y ayuda para enviar por Francisco de Aguirre, gobernador [166] de Tucumán, proveído por Vuestra Majestad, por lo que después acá que fue sentenciado por la Inquisición se hallaba contra él; fuera de lo cual, su gobernación ha sido de manera que se ha salido la mayor parte de la gente de aquella provincia y venídoseme aquí a quejar, perdidas sus casas, haciendas y mujeres. Enviose persona de recaudo con provisiones mías, secretas, con sello real, para que ejecutase el mandamiento del Santo Oficio, y porque aquella provincia y gobierno queda sin persona, se habrá de poner, entretanto que Su Majestad no manda proveer, que cierto que yo hallo bien pocas acá...».

     Carta de don Francisco de Toledo al Rey, los Reyes, junio 20 de 1570. Archivo de Indias.

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123.       He aquí como Pedro de Oña, que conoció a Arana, le pintaba en su Arauco domado algunos años después, cuando Hurtado de Mendoza le envió a sofocar la rebelión de Quito:

                                                               [...]

                                                                  Un hombre sustancial, por nombre Arana,

                                                               varón de vida siempre limpia y sana

                                                               de pecho y dicho, en público y secreto;

                                                               persona dondequiera de respeto,

                                                               de condición entre áspera y humana,

                                                               envejecido en años y prudencia,

                                                               doctor con borla blanca de experiencia.

                                                                                                                                              Canto XV

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124.       El hecho de que la prisión de Aguirre obedecía especialmente a propósitos políticos lo asevera terminantemente el visitador Ruiz de Prado, con estas palabras: «entendiéndose, como se entiende, que fue negociación del visorrey don Francisco de Toledo, que quiso que la Inquisición hiciese lo que debió parecer que él no podía acabar».

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125.       Estos pormenores y otros de menor importancia constan de la carta de esa fecha que Arana escribió al licenciado Cerezuela.

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126.       Carta de Cerezuela al Cardenal Espinosa, fecha 3 de marzo de 1571.

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127.       Así se expresa Juan de Saracho en Carta al Consejo de Inquisición, de 25 de marzo de 1571. Del proceso de Aguirre, según los apuntamientos del visitador Ruiz de Prado, no constaba ni la fecha en que fue preso ni cuándo entró en las cárceles del Tribunal de Lima.

     Esto, sin embargo, parece que es un error; al menos en la hoja 41 vuelta del Memorial de las causas que en este Sancto Oficio de la Inquisición del Pirú se han determinado, etc., consta expresamente que Pedro de Arana entregó al reo en las cárceles en mayo de 1571.

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128.       Porque desde aquí a donde se han de ratificar y examinar los contestes, escribían por su parte Ulloa y Cerezuela, hay seiscientas leguas. Hase tomado orden que en semejantes negocios se le dé la publicación y él haga sus defensas, y todo se haga junto, las ratificaciones y las defensas, porque si se hobiese de aguardar a que se ratificasen y después hacer las defensas del reo, serían los pleitos inmortales, por haberse de hacer en tierras tan remotas, que para entrar por Tucumán han de ir por casi trescientas leguas de indios de guerra, y no se entra sino de año a año, y con mucha dificultad habíamos enviado a hacer lo uno y lo otro».

     En el Consejo, con todo, no se aprobó este procedimiento. «Mucho nos ha desplacido, decían los consejeros, lo que entendemos de lo que nos habéis escripto que los procesos de Francisco de Aguirre... les hubiésedes dado la publicación antes de las ratificaciones, que ha sido grande exceso, por ser, como sabéis, contra derecho y el estilo común que se guarda en las demás Inquisiciones, de que estaréis advertidos para adelante». Carta del Consejo de 14 de junio de 1574.

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129.       A este respecto dice Ruiz de Prado: «Había de constar en el proceso de ello; y permitirse que el alcaide vea la acusación y publicación es contra el secreto del Sancto Oficio y no le tengo por bueno, aunque se ha usado en esta Inquisición; y dar al reo la acusación y publicación original, que también podría ser de inconveniente, y aún creo que algunas veces se ha dado al letrado para que la vea en su casa, que no entiendo que tal se haga en la Inquisición; adviértase que será bien se ponga orden en todo».

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130.       «Lo que hay aquí que advertir es que habiéndose este negocio recibido a prueba a 11 de septiembre de 1571, a 24 de mayo de 1573 no se hobiesen inviado a ratificar los testigos, ni los contestes a examinar, que, así esta remisión, como las dificultades de la tierra, alargan las causas y las prisiones, que es de mucho inconveniente».

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131.       El padre Lozano en su Historia de la conquista del Paraguay, libro IV, capítulos 8 y 9 afirma que por los años de 1573, Felipe II quiso nombrar a Francisco de Aguirre gobernador de Chile, pero que en esa fecha Aguirre era ya muerto. El señor Barros Arana dice también equivocadamente: «en 1571, el arrogante capitán (Aguirre) volvía de nuevo a Chile y se establecía modestamente en la ciudad de La Serena [...]». Historia general de Chile, t. II, pág. 483. Es tan notable el libro del señor Barros Arana que conviene ir anotando los errores que contiene, que, por supuesto, son inevitables en una obra de tan largo aliento.

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132.       «Y esto dicen que lo mandaban por lo que habían dicho el maestro Morales y fray Gaspar de la Huerta; esto se hizo porque este reo estuvo culpado en lo que toca a las comunicaciones de que se ha hecho mención en muchos procesos, como paresce por el proceso del dicho maestro Morales y otros, y no se le hizo cargo de ellos, como se le debiera hacer. Asimismo por lo que dice el alcaide el dicho día doce de agosto que le pasó con el dicho Francisco de Aguirre llevándole de comer, y no queriendo comer, le dijo que no quería comer, y que diciendo a los indios que tomasen ellos su comida, dijo el reo que no había menester comer y que allí tenían pan; de donde se colige que tenía en la cárcel más de un indio, y en el proceso no constan como estaban allí los indios, ni si lo habían mandado los inquisidores, y tener allí los indios, como paresce que los tenía, y la puerta de su cárcel abierta para que viesen lo que había y pasaba dentro de las cárceles, era de mucho inconveniente, como se vio bien en las dichas comunicaciones, cuanto más que esto no se suele hacer en la Inquisición; dar una persona de razón para que le sirva dentro de la cárcel, bien, pero más que una no se acostumbra».

     Acerca de estas comunicaciones, véase nuestra Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Lima.

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133.       Libro 760, fol. 16. «Paresce, conforme a esta relación, termina Ruiz de Prado, que fue mucho rigor el que se usó con este reo. El proceso está muy mal concertado, porque está en cuadernos diferentes, las testificaciones de por sí, las audiencias en otro cuaderno, las ratificaciones en otro, y las defensas de por sí, asimismo en otro; adviértase para que, así este proceso como los demás que estuvieren de esta manera, se encuadernen y pongan de mejor forma y cómo han de estar. La abjuración no está escrita ad longum en el proceso, como lo manda la carta acordada que sobre ello hay; adviértase que en el libro de penas y penitencias hay una partida que dice de esta manera, de letra de Arrieta: «hácesele cargo de seiscientos pesos ensayados que cobró de Francisco de Aguirre. Hase de saber con qué ocasión los pagó, pues en su sentencia no consta que hobiese habido esta condenación».

     En el expediente de visita del mismo Ruiz de Prado, se encuentra bajo el núm. 35 el siguiente cargo:«Iten se hace cargo al dicho inquisidor Ulloa que habiendo traído preso por el Santo Oficio Pedro de Arana a Francisco de Aguirre, gobernador de Tucumán, y para su guarda y custodia a un Agustín Pérez, residente en aquella provincia; y por lo que en esto se ocupó el dicho inquisidor y su colega le mandaron pagar cient pesos de nueve reales, los que los libraron en el receptor deste Santo Oficio y él los pagó de los maravedís de su cargo pertenecientes a la Inquisición, que teniendo, como tenía el dicho Francisco de Aguirre hacienda de donde pagar las costas que con él se hicieron, se habían de pagar della los dichos cient pesos y no de la del Santo Oficio, como se hizo, y en que está defraudado por culpa de dichos inquisidores».

     Respondiendo dijo Gutiérrez de Ulloa: «Este cargo se dejara de hacer si se advirtiera que el dicho Francisco de Aguirre fue penado en mucha mayor suma, la cual cobró el receptor, en la cual se incluyen los dichos cient pesos, y el mandarlos pagar al dicho receptor fue forzoso, pues entonces no se podían pagar de otra parte ni mandallo al dicho Francisco de Aguirre, siendo en el principio de su negocio».[177]

     En la sentencia, por fin, se ordenó que « a estas causas que no son de fe las comisiones se hagan de suerte que el fisco no sea defraudado en su hacienda».

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134.       En los autos de la visita de Ruiz de Prado se dice respecto a Hernando de Aguirre que los papeles referentes a él eran de poca importancia, con excepción del testimonio de un Andrés de Valenzuela que figuraba en el proceso de su padre, tocante a lo que había dicho que no «creía en la fe de Dios». El Visitador era de opinión que se suspendiese toda actuación.

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135.       «Que no es del Oficio, se resolvió en el Consejo».

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136.       Libro 760, fols. 16 al 18. Según la nota anterior, es muy probable que los procesos de estos reos hubiesen sido mandados suspender. Al menos respecto de ellos no se encuentra indicación alguna posterior.

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137.       «La sentencia no está firmada del ordinario; el reo apeló della, y vuelto a verse el negocio en consulta, se confirmó la sentencia dada en la primera instancia. Este negocio paresce que no pertenecía al Sancto Oficio, y ya que paresciera, que no convenía tratar de él para llegarlo a este punto».

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138.       Libro 755. Años 1570 a 1586, pág.36.

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139.       Véase más adelante en el capítulo XVIII lo que hubo a este respecto.

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140.       Éste es, sin duda, el celebrado capitán Francisco de Riberos. En el año de 1575 fue acusado de haberse casado en Illescas, en España, y en seguida en Santiago, donde estaba avecindado.

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141.       Carta del Consejo de 3 de abril de 1581.

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142.       En Madrid se recordó a los inquisidores, con motivo de este proceso, que en cuanto a las prisiones por blasfemias debían guardarse la instrucción, que sólo las autorizaban siempre que hubiese temor de que los reos se fugasen.

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143.       Ruiz de Prado dando cuenta de este proceso, en los términos que quedan consignados, agrega: «Fuera bien haber proseguido este negocio, que es grave, y con mucho más cuidado los que tocan a las indias, por lo que dice ésta: adviértase mucho en ello, y así se prosigue».

     García de Velasco, según información de sus servicios que existe en el Archivo de Indias, pasó a Nicaragua en 1548, y en seguida al Perú, donde fue cura y vicario de varios pueblos, con cuyo motivo aprendió la lengua de los indios de aquel país, haciéndose, además, recomendable como eclesiástico «pulido y limpio, hábil en el canto llano e canto de órgano e latín». Consta que va en 1.573 servía el curato de la Serena.

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144.       «Paresce por el dicho proceso que se le dio licencia por el Santo Oficio al dicho chantre el año del 86 para ir a España, que fuera bien se hobiera proseguido esta causa y no dado la dicha licencia hasta haberse concluido». -Nota de Ruiz de Prado.[190]

     Ruiz de Aguilar llegó a Chile en 1560, como chantre de la Catedral de Santiago, y por falta de sacerdotes, el obispo González le proveyó de cura y vicario de algunas ciudades del sur. Muerto aquél, la Sede vacante le nombró para los Confines, cargo que sirvió dos años, pasando en seguida a ser visitador y vicario general de Valdivia, Villarrica, Osorno y Castro. De regreso a Santiago, se le envió a la Serena y después a Cuyo, donde permaneció un año. Con ocasión de la. muerte del obispo Barrionuevo se le llamó a Santiago para confiarle el cargo de provisor y vicario general. Más tarde pasó a Lima, al concilio, y hubo de quedarse allí, a causa de haber venido su prebenda tan a menos que no valía doscientos pesos. El Arzobispo de aquella ciudad le proveyó por visitador general, cargo en que prestó particulares servicios, y en cuyo desempeño contrajo una grave enfermedad. En 1588, aunque tenía licencia para irse a España, como hemos visto, se hallaba todavía en Lima solicitando se le concediese allí una prebenda. Contaba en esa fecha cincuenta y nueve años de edad.

     En el desempeño de su cargo de visitador general de las provincias del sur, Ruiz de Aguilar, a quien la Audiencia había recomendado que no reconociese al obispo de la Imperial más jurisdicción que la que le competía en su Catedral, hubo de proveer los curatos, y más tarde, cuando la sede vacante le eligió por provisor, con motivo de la guerra, mantuvo soldados y les suministró armas y caballos.

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145.       «Hay otras cosas contra este reo, que no son de consideración», apuntaba Ruiz de Prado.

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146.       «Prosígase esta causa», expresaba Ruiz de Prado, siete años después de haber sido testificado el reo, «que tiene otras cosas que, juntamente con esto, son de consideración».

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147.       A causa de la frecuencia con que se venían repitiendo los procesos contra los que afirmaban que la simple fornicación no era pecado, el Consejo creyó que era necesario tornar algunas medidas para remediar el hecho, y al efecto envió a Lima el despacho siguiente:

     «Muy reverendos señores: -De las relaciones que vienen al Consejo de las causas despachadas en los autos de la fe se entiende la mucha frecuencia que hay en el delito de decir que la simple fornicación no es pecado y la poca enmienda que en este error hasta ahora ha habido, con ver el castigo que cada año se hace en todas las Inquisiciones; y habiéndose hecho diligencia para entender si los tales delincuentes tienen error en el entendimiento, parece que en todos hay inorancia y los más se fundan en la permisión de las mujeres públicas; y para que ninguno pueda pretenderla y los delincuentes sean castigados con la demostración que la calidad del delito lo requiere, habiéndose platicado sobre ello y consultado con el reverendo señor Inquisidor General, parece que sería de mucha importancia para atajar y remediar este daño, publicar edito particular en todos los lugares de ese distrito, declarando cómo este delito es herejía condenada por la Iglesia, y que los que la dijeren, creyeren y tuvieren sean castigados como herejes, porque con esto cesará la inorancia que alegan los delincuentes. Proveerlo heis, señores, así, advirtiendo a los predicadores que en los púlpitos lo declaren y amonesten al pueblo. Guarde Nuestro Señor vuestras muy reverendas personas. En Madrid, a dos días de diciembre de 1574. Ad mandatta p. v. -R. eps. Zamoren. -El obispo de Segorbe. -El Licenciado Hernando de Vega de Fonseca».

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148.       «Véase y adviértase el inconveniente grande que hay que traer una mujer al Tribunal desde Chile o el Nuevo Reino, por delito de esta manera, y el grande que es que se queden sin castigar para que se trate del remedio y esto sirva de advertencia». Ídem.

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149.       «Podríase en este negocio y en los semejantes advertir a los Comisarios que dijesen a los testigos que acudiesen a los ordinarios, por el dicho inconveniente».

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150.       Conviene advertir aquí que Ruiz de Gamboa tenía por consultor en muchos asuntos de gobierno al Comisario Calderón, ante quien se tramitó este expediente, y que en una información enviada por aquél al Consejo de Indias en 1585, presentó un informe de Ruiz en que declaraba que «siempre lo había visto muy honrosa y honesta y virtuosamente, sin jamás haber visto, ni oído ni entendido cosa en contrario».

     No estará de más saber también que otro gobernador de Chile, don Francisco de Quiñones, siendo corregidor de Lima, se denunció en el Tribunal, por marzo de 1583, de haber dicho, estando retraído en una iglesia por cierta pendencia y queriendo la justicia sacarle de ella: «no creo en Dios si intentáis sacarme de ella, si no, tengo de mataros»; y que asimismo había dicho en presencia de ciertas personas, que con los pobres se ha de usar de misericordia, y con el que no la usare, Dios no puede usarla con él. Un testigo expresó haber oído decir a este reo, estando con él a solas, en cierta ocasión, «no creo en Dios».

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151.       Al hablar aquí de los procesos seguidos por el comisario de la Imperial mencionaremos una comisión que los jueces querían darle y que pinta bien hasta donde llegaba la mano de la Inquisición. -«En la iglesia Catedral de Plata en este reino, decían, fue maestre-escuela el licenciado Vallejo, el cual se volvió a España y de allí pasó a Roma: tenemos relación que desde Roma se pasó a tierra de luteranos y que es luterano. Si mandando Vuestra Señoría hacer en ello diligencia, constase ser así aunque él no pudiere ser habido, podría ser de efecto, porque el licenciado Cisneros, nuestro comisario de Chile, nos escribe que el dicho licenciado Vallejo tiene una viña, la cual y algunos frutos que se han caído de ella, dice que valdrán mil pesos. El Vallejo dicen que es natural de Fromesta en el Obispado de Palencia». -Carta al Consejo de 8 de abril de 1580.

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152.       Como habrá podido notarse, hemos procurado, en cuanto ha sido posible, mantener en el curso de este capítulo la redacción y hasta las mismas palabras de los documentos originales.

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153.       Tocante a este reo se puso en el Consejo la siguiente advertencia: «que pues vino de su voluntad, será necesario usar con él de mucha misericordia».

     Fray Cristóbal Núñez natural de Sevilla. En el año de 1587 pasó a Madrid con poderes de su orden a solicitar del Monarca, entre otras cosas, que se le permitiese traer sujetos idóneos, obligándose a que, en regresando a esta ciudad, «pondría en el convento de Santo Domingo della lectores doctos y suficientes que lean artes, filosofía y teología». Núñez no alcanzó, sin embargo, a ver realizadas sus aspiraciones. Después de haber logrado reunir en Sevilla cuarenta y cinco religiosos destinados a Chile, murió [199] allí en 1592. Véase sobre estos particulares nuestra Historia de la literatura colonial, t. I, pág. XLVL.

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154.       Hablando de este caso, dice Ruiz de Prado: «Paresce que fue mucho rigor el que se usó con este reo, especialmente no siendo este negocio del Sancto Oficio y habiendo sido ya castigados por sus superiores, como está dicho».

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155.       No eran éstos los únicos «vicios y pecados» de este fraile. En la misma relación se agrega más adelante: «Antes de ponerle en acusación, confesó espontáneamente, sin tener contra sí testificación, que siendo maestro de novicios, saepe inhonestas, turpes et libidinosas attrectationes habuerat adolescentibus religiosis, in partibus impuris ejus, pollutionem habentibus, cohabitantibus secum in suo lecto».

     Omitimos aquí los nombres de los testigos, algunos de los cuales eran jóvenes solteras, o mujeres de lo más principal de la ciudad.

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156.       Posteriormente, en 1586, segunda vez fue denunciado ente reo de haber dicho, hacía diecinueve años, que «en el infierno no había tormento de fuego y que la mayor pena que allí tenían los dañados era carecer de la vista de Dios». Relaciones de Ruiz de Prado, núm. 483.

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157.       A fojas 66 del Libro 755 de Relaciones de causas, dan los inquisidores estos detalles sobre los delitos de doña María: «Que estando hablando ciertas personas de cómo hay signos y planetas y que hay hombres que entienden de ello, dijo esta reo a uno: 'dad acá la mano', y mirándole la palma della le dijo: 'vos habéis de saber que en este valle os ha de acontecer una cosa muy mala y peligrosa'».

     «Iten diciendo a esta reo que por qué consentía hacer a unas indias un baile en que parescía que los que bailaban manitraban con el diablo, dijo la reo que si se lo estorbaran a las que bailaban, que cayeran muertas y en efecto murieran». Esto fue calificado de que parecía ser pacto con el demonio y la reo «cómplice dél».

     «Iten dijo que había hallado en su casa una culebra chiquita que la había criado y estaba ya muy grande, e diciéndola que por qué no la mataba, dijo la reo: «no la tengo de matar porque la casa donde entrase una culebra, si la matan, toda la casa para en mal».

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158.       Es muy importante saber, para darnos cuenta de la sentencia, lo que los inquisidores pensaban del juez que había recibido las declaraciones de los testigos y de la calidad de éstos.

     Los testigos fueron examinados por el Chantre de Santiago de Chile, dicen los inquisidores.

     Podemos asegurar que el personaje que ejercía entonces ese cargo era Fabián Ruiz de Aguilar, el mismo a quien hace poco hemos visto procesado. Ahora bien; siendo Calderón el comisario, ¿cómo era que las deposiciones de los testigos habían sido [204] recibidas por Ruiz de Aguilar? ¿Se equivocaban Ulloa y Cerezuela al usar ese calificativo, olvidándose de que Calderón era tesorero y no chantre? Acaso lo más probable ha sido que habiendo hecho el comisario alguna ausencia, fuera designado Ruiz de Aguilar para reemplazarle transitoriamente.

     Sea como fuere, el hecho es que el juez de la Encío, según testifican los mismos inquisidores, «debió tener pasión contra esta reo, ansí por lo que pasó examinando un testigo, que se da a entender que le pesaba porque no decía contra ella, [como] porque algunos de los demás enmendaron sus dichos en las ratificaciones ante nuestro comisario en favor de la María de Encío».

     Poco más adelante, agregan los mismos inquisidores, hablando de esto mismo, «presentó la reo un interrogatorio y memorial de testigos, los cuales son gente principal y honrada, y fueron examinados, y prueba bien de su buena vida y fama, y que es mujer mal condicionada y de poco saber, y que el dicho chantre es su enemigo y lo era al tiempo que la hizo».

     Si tal había sido el juez, no le iban en zaga los testigos: «los cuales son, refieren Ulloa y Cerezuela, un fraile dominico, que prueba es su enemigo; y algunos de los otros, los más, fueron sus criados, y tuvo pleitos con ellos y salieron de su casa descontentos». Libro 755, años 1579-1586, pág. 147.

     Ahora bien: ¿cómo explicar la sentencia de los jueces del Santo Oficio si la Encío no hubiera tenido con qué pagar los mil pesos que pagó? Conviene notar a este respecto que la reo, como estuviese esperando hacía tiempo que le enviasen el dinero, pretendió venirse a Chile bajo fianza, pero que el receptor Saracho se opuso a ello terminantemente. -Carta de Saracho de 31 de marzo de 1581.

     ¿Cuánto duró la prisión de la Encío? No podríamos precisarlo; pero según se ve de la carta de Saracho que acabamos de citar, la reo no podía aún venirse el 31 de marzo de 1581.

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159.       «Y en esta conformidad se pronunció su sentencia, y está firmada de los inquisidores Cerezuela y Ulloa, y no del ordinario. Paresce que fue mucho rigor prender a este reo». Relaciones de Ruiz de Prado.

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160.       «Que fue mucho rigor, observa Ruiz de Prado, habiéndose él denunciado y no constando los testigos».

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161.       Los principales testigos contra Quintero fueron los franciscanos fray Francisco de Salcedo y fray Luis de Vargas: el dominico fray Pedro de Vergara, fray Francisco Moncalvillo, de la Merced, y el bachiller Pedro Cobos, clérigo. A algunos de éstos tachó el reo por enemigos suyos; de Moncalvillo dijo que era tenido por la mala lengua, y del bachiller Cobos, por fin, que estaba reñido con él por ciertas competencias que sostuvieron acerca de una procesión, habiendo tenido que nombrar juez conservador contra él.

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162.       La sentencia se pronunció en Lima en 1583, habiéndose tardado tanto el negocio porque se enviaron a ratificar los testigos a Chile, como lo decían los inquisidores en su abono.

     El obispo de la Imperial había levantado antes un sumario contra Quintero a causa de haber sostenido éste, tratando una persona cierta cosa «que le paresció que no traía camino», que podía todo el mundo disputar que Dios no es Dios, pero que, expresándose así, decía un disparate y un error y una herejía muy grave». El Obispo remitió también el sumario a la Inquisición, el cual le fue devuelto más tarde, por no aparecer de él otra cosa que lo que queda dicho.

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163.       Bástenos con este ligero extracto tomado de la Relación de Ruiz de Prado, omitiendo hechos mucho más graves que acusaban en el dominico una moralidad que sólo corría parejas con su desprecio por el lugar sagrado en que los cometía.

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164.       Esta sentencia se pronunció en 12 de enero de 1583. «Con este reo, decían los inquisidores en carta al Consejo, no se siguió lo que vuestra excelencia nos tiene ordenado en cuanto a no confesar mujeres perpetuamente, y en que la sentencia se leyese en presencia de los prelados de las órdenes y sus compañeros confesores y de los rectores de las iglesias parroquiales, atento a que no estaba infamado públicamente de este delicto de solicitar in actu confesionis, y pasados los ocho años, su edad no será poca, y dio muestras de que habrá enmienda». Pablo García, el famoso secretario de la Inquisición, puso de su letra esta nota, en respuesta a lo que decía el Tribunal de Lima: «Que sin embargo guarde lo que está ordenado y se le mande que perpetuamente no confiese mujeres». Y así se hizo.

     Cuando Cobeñas murió, otro fraile de su orden llamado fray Jerónimo Peña, hizo que un indio lavase el cuerpo del difunto, y que en seguida le vistiese el hábito de Santo Domingo, lo que le valió un proceso inquisitorial para averiguar si eso lo había hecho «por ceremonia», que, «sabida la calidad del reo, decía uno de los inquisidores, se podrá rastrear».

     Contemporáneo de este reo fue un fraile franciscano de su mismo nombre a quien Nicolás Antonio, Bib. Hisp. nova, II, 680, atribuye un libro intitulado Remedio de pecadores. Alcalá, 1572, 12º, noticia repetida por don Juan Catalina García, en su notable Ensayo de una tipografía complutense, pág. 148.

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165.       La testigo expresó, preguntada acerca de la opinión en que se hallaba el confesor, «que tenía fama de muy siervo de Dios».

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166.       «Cuando ocurrieron los hechos materia de la testificación, la niña no contaba aún diez años. La madre dice que supo el caso porque su hija «se tardó mucho en el confesonario y dio nota de ello en la dicha iglesia a los que la vieron entrar en el confesonario y se lo dijeron a esta testigo, en especial Sancho de Ribera y una mujer, diciendo que tina niña tuviese tanto que confesar, que estaban espantados, y entonces esta denunciante preguntó a la dicha su hija, etc». [209]

     «El fray Pedro de Melgar, apuntan los inquisidores, estuvo aquí tenido comúnmente por sancto, y estando en oración tenía unos temblores muchas veces, y se dice que decía que veía un crucifijo, y otros decían que la abstinencia causaba los temblores».

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167.       Con motivo de cierto altercado que este mismo fraile tuvo con otros religiosos -viniendo también navegando por la Mar del Sur- sobre si en tiempo de necesidad se podrían salvar sin confesión, se hizo una información a bordo de su prelado, de la cual resultó que «su intención no había sido errar sino que como ignorantes y hombre simple y sin letras, había tratado de aquello».

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168.       Con referencia a este proceso, Ruiz de Prado declaraba: «No se examinaron los testigos, ni se hizo más diligencia, como se debía hacer, ni hay claridad en el proceso de cuando se invió de Chile, ni si ejecutaron allí los azotes, ni demás de lo que aquí se hace relación».

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169.       «La sentencia se pronunció en esta razón en el Tribunal en 4 de junio de 1584, dice Ruiz de Prado. Está firmada de sólo el inquisidor Ulloa y no del ordinario. Inviose la sentencia al dicho comisario para que la notificase al reo, y cuando la recibió era ya muerto. Lo que hay que advertir en este negocio es lo propio que está advertido en el de don Leonardo de Valderrama, tesorero de Quito, y en el de Juan de Lira; y más se advierte, que por carta de los señores del Consejo de la Santa General Inquisición de 18 de junio de 1579, se manda que los blasfemos no abjuren de levi, porque en este delito no hay abjuración...».

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170.       La causa se votó en 4 de febrero de 1587. «Este negocio, dice Ruiz de Prado, no era de prisión, atento a que se denunció el reo, y ser, como era, muchacho de dieciséis años cuando dijo las dichas palabras».

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171.       «Sus ascendientes, dice Fernández de Navarrete, habían vivido y muerto en servicio de su patria, y a su ejemplo se dedicó él a la profesión marítima, llevándole el destino a los mares del Sur, que ofrecían anchuroso teatro para nuevos descubrimientos y conquistas». Colección de opúsculos, t. I, pág. 235.

     La figura de Sarmiento de Gamboa ocupa un lugar tan notable en la historia americana, especialmente como navegante, que su biografía, hasta ahora sin hacer, ocuparía un volumen entero. Dentro del marco de nuestro trabajo apenas si podemos presentarle en uno que otro rasgo.

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172.       Carta datada en el Cuzco en 4 de marzo de 1572. Archivo de Indias.

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173.       El padre jesuita José de Acosta, que sin duda conoció allí a Sarmiento, lo llama «hombre docto en astronomía». Historia natural de las Indias, t. I, pág. 138, ed. de Madrid de 1792.

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174.       Todos los autores que han tratado de Sarmiento de Gamboa, desde Fernández de Navarrete en adelante, le hacen nacer en Pontevedra, en Galicia, confundiendo el lugar de su nacimiento con el de su padre.

     Por identidad de nombres, por se de la misma época y por haberse hallado en México y en el Perú, pudiera dudarse si el Pedro Sarmiento de Gamboa de que [215] tratamos es el mismo de que se habla en la Relación de las diligencias en razón de los flamencos y demás extranjeros y portugueses que hay en estos reinos del Pirú, hecha por Alonso Maldonado de Torres, que en su original consultamos en el Archivo de Indias. Dice este célebre literato -autor también de un libro famoso en la colonia- que había nacido en Sevilla y que su padre era flamenco, de la ciudad de Enghien, a donde le había llevado siendo niño; que hacía treinta y cuatro años que había pasado a México en la flota del general don Antonio Manrique, con licencia del Rey; que tenía sesenta años de edad y de hacienda mil pesos corrientes, y que en esa fecha, 1610, residía en Potosí.

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175.       [«lss» en el original. (N. del E.)]

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176.        [«Pero» en el original. (N. del E.)]

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177.       Hállase esta parte del proceso de Sarmiento, única que pudimos descubrir en los archivos de España, en el expediente de fray Francisco de la Cruz, en el cual se copió para hacerla valer contra él. Acerca de este fraile y de la causa que le siguió el Santo Oficio, puede verse nuestra Historia de la Inquisición de Lima, tomo I, página 63.

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178.       Esta fecha la tomamos de las Relaciones de causas de Ruiz de Prado tantas veces citadas.

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179.       Folio 36 del Libro 760 de Relaciones de causas.

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180.       Carta al Rey de 4 de mayo de 1572.

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181.       Para no hablar sino de lo publicado, diremos que en el tomo V de la Colección de Documentos del Archivo de Indias, págs. 210 y 221 se encuentran dos relaciones de este viaje de Sarmiento. Los tres primeros capítulos del tomo I de la Historia de los descubrimientos de las regiones australes que nuestro amigo don Justo Zaragoza publicó en Madrid en 1876, están dedicados a contar esos mismos sucesos. Don Miguel Luis Amunátegui los ha referido también, con talento y galanura, en un artículo publicado en «Los Debates» bajo el rubro de Las expediciones de Mendaña.

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182.       Un historiador del virrey Toledo, contemporáneo de estos sucesos, dice a este respecto lo siguiente: «Por ser en aquesta cibdad la corte y antiguo asiento de los Ingas, señores que llamaban destos reinos, y ser de los antiguos indios muchos vivos y de los conquistadores primeros algunos; antes que de todo punto se acabasen los [228] unos y, los, otros, mandó hacer informaciones y averiguaciones de la genealogía, principio y descendencia de los Ingas, por escrito y por pintura, y verificó ser tiranos y no verdaderos señores como hasta allí se había entendido. Y porque lo que en dos libros impresos estaba escrito, uno del origen deste nuevo descubrimiento, otro del discurso de las guerras civiles que entre españoles habían sucedido, hizo hacer con los conquistadores antiguos la información de todo, para que ambas historias pudiesen salir a luz nuevamente corregidas y llenas de verdades, que faltaba en muchas cosas a las demás. Cometiole a Pedro Sarmiento de Gamboa, cosmógrafo y de entendimiento muy capaz para ello, con escribano ante quien los dichos y deposiciones pasasen y que dello diesen fe». Tristán Sánchez, virrey don Francisco de Toledo. Documento inédito del Archivo de Indias, tomo VIII, página 262.

     Esta Historia de los Incas que escribió Sarmiento y que consta fue enviada al Rey, no se ha encontrado hasta hoy.

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183.       Carta publicada por el señor Jiménez de la Espada en el libro Tres relaciones de antigüedades peruanas, Madrid, 1879, página XXII.

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184.       Libro 760, hija 36.

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185.       Acuerdo de don Francisco de Toledo, virrey, y de la Audiencia de Lima, etc., Archivo de Indias.

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186.       Don Pedro de Peralta en su poema heroico Lima fundada, dice con este motivo:

                                                              Aquel que allí se ofrece es el Sarmiento,

                                                           Nuevo Teseo del austral undoso

                                                           Laberinto del líquido elemento.

                                                           Minotauro de espumas proceloso;

                                                           Al Drake irá a impedir el fiero intento.

                                                           Y -demarcado el Bosforo sinuoso.

                                                           Domando el golfo con triunfante entena

                                                           Su capitolio hará la Hesperia arena.

                                                                                                                                              Canto VII.

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187.       La sentencia está afirmada por sólo el inquisidor Cerezuela.

     Como se habrá visto, salvo la diferencia de tiempos y de hombres, parece que viéramos repetido en este caso lo que aconteció más tarde en Roma al célebre Galileo.

     Conviene recordar aquí que al hablar del proceso formado a Sarmiento de Gamboa por la Inquisición se ha dicho que fue por haber sostenido que cuando en Lima eran las doce del día, en España estaba entrando la noche. De lo que queda expuesto, se ve, pues, que, el hecho es inexacto. [232]

     En este lugar debernos mencionar también lo que se dice ocurrió al piloto Juan Fernández después del descubrimiento de las islas a que dio su nombre. Dan Claudio Gay en su Historia de Chile, tomo II, pág. 66, cuenta a este respecto, que «a tan singular servicio se le respondió con una muy seria acusación de brujería, de la que quiso la fortuna que los señores inquisidores de Lima le absolvieran en cuanto llegaron a oír cómo el entendido piloto se proponía hacer que todos los marineros, aunque fueran santos, salieran tan brujos como él mismo, sin más que querer seguir igual rumbo con sus naves, poniéndose a unas cuatrocientas leguas aparte de la costa».

     Don B. Vicuña Mackenna, a su vez, dice: «Lástima no pequeña es que se hayan perdido los detalles del descubrimiento de esas islas, las noticias náuticas de los viajes del piloto, y, más que todo esto, su proceso levantado por la sombría y estúpida Inquisición de Lima, que lo acusó, como a Galileo, de haber hecho pacto con el Averno, o algo parecido, cuando sólo lo ajustara con los vientos». Juan Fernández, pág. 71.

     «Una tradición constante, añade don Diego Barros Arana, consignada por algunos autores posteriores, refiere que el éxito del viaje de Juan Fernández fue considerado obra de hechicería; que el sagaz piloto fue procesado por la Inquisición de Lima, y que le costó mucho trabajo demostrar a sus jueces que la observación del tiempo empleado en su navegación, era el resultado natural de haber tomado un rumbo en que se podían utilizar los mismos vientos que parecían tan contrarios a aquella navegación. El hecho no es en manera alguna improbable, y, lejos de eso, es característico de las ideas y preocupaciones de la época, pero nunca hemos visto los documentos contemporáneos en que debíamos hallar los pormenores relativos a ese curiosísimo proceso». Historia general de Chile, t. II, pág. 54.

     Por nuestra parte, a pesar del examen prolijo que hicimos de los archivos de Simancas, de Sevilla y de Lima, nada encontramos que justificara tan constante tradición. Hallamos sí en los extractos de la visita de Ruiz de Prado la noticia de un proceso formado por el Comisario de La Plata, en 1579, contra un Juan Fernández, por haber dicho que él no era pecador. Si bien la fecha coincide bastente bien con aquella en que ha debido tener lugar el proceso del piloto y descubridor, el ligero extracto que da Ruiz de Prado no permite apreciar si se trata de aquél o de otra persona que llevase ese mismo nombre y apellido, tan común entonces en América.

     ¿Habríase, en efecto, iniciado ese proceso y destruidose en seguida por los jueces en vista del ridículo que importaba para ellos? No lo creemos. Más bien nos inclinamos a pensar que se haya confundido en este caso a dos marinos contemporáneos, Juan Fernández y Pedro Sarmiento de Gamboa.

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188.       Jiménez de la Espada, loc. cit., pág. XXIII.

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189.       «Adviértase, declara Ruiz de Prado, que no era este negocio de aucto, por se haber denunciado el reo, aunque es verdad que cuando lo hizo estaba ya testificado».

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190.       «En estas partes sería muy a propósito que cumplidos éstos con las penas de las sentencias, se les mandase ir a España y que se presentasen ante la Inquisición o juez eclesiástico de su tierra, porque se quedan por acá éstos, y ellos y sus mujeres viven en mal estado, y será bien se provea a este inconveniente».

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191.       Libro número 760, folio 13.

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192.       Según Ruiz de Prado, he aquí los principales vicios de que adolecía esta causa: de haber supuesto el fiscal al reo cosas que no había dicho; que no se le hizo la tercera monición; que no se le puso acusación en forma; que la manera cómo se recibió al reo en la cárcel después de su enfermedad fue indebida, «lo que se pone aquí, advertía Ruiz de Prado, para que se vea de la forma que iban las cosas y qué buen orden se guardaba»; que no se firmó la sentencia del tormento; que no se notificó al fiscal de la apelación interpuesta por el reo; que la abjuración no se sacó ad longum; y, finalmente, que no se le dio aviso de secreto, ni noticia de cuándo salió la causa de este estado.

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193.       «Este reo, dice Ruiz de Prado, fue muy culpado en las comunicaciones que hubo en las cárceles estando en ellas fray Francisco de la Cruz, de que hace mención en su proceso y otros».

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194.       A este juicio se hallaba acumulado otro contra un mulato, por casado dos veces, el cual no se prosiguió por haber fallecido el delincuente.

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195.       No ponemos aquí otras muchas cosas de que este fraile fue acusado porque según la expresión de uno de los testigos, «es vergüenza decirlas ni aún pensarlas».

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196.       Libro 760-4 pág. 118.

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197.       Carta de Ordóñez de 6 de abril de 1596.

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198.       Carta del Virrey, de 3 de mayo de 1592. Archivo de Indias.

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199.       El Virrey en carta al Soberano, fecha 3 de mayo de 1592, dice hablando de esto: «Tres relajados en persona, por seta luterana, quemaron la misma noche del auto, y al uno dellos vivo, porque no se quiso convertir».

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200.       Relación de lo que se ha entendido que han hecho los ingleses después que entraron por el Estrecho de Magallanes, Simancas, Inquisición, libro 760 2º, fol. 2.

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201.       Real cédula de 4 de abril de 1531, publicada en Torres de Mendoza, Colección de documentos, t. 42, pág. 466.

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202.       Real cédula de 22 de agosto de 1534, Ídem, ídem, pág. 476.

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203.       Carta del obispo de Quito a la Inquisición del Perú, fecha 15 de marzo de 1575.

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204.       Ídem de 16 de abril de 1578.

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205.       Carta de los inquisidores de 26 de abril de 1579.

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206.       «Hemos visto lo que escribís habéis proveído para impedir la entrada de los extranjeros en esas partes, y ha parecido no os debéis entrometer en esto, salvo en lo que tocare a vuestro oficio, cuando alguno hobiese fecho o dicho alguna cosa contra nuestra santa fe católica, o metido algunos libros prohibidos, porque de lo contrario podrían resultar inconvenientes que es justo obviar». Carta del Consejo de 18 de enero de 1580.

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207.       Ley 14, tít. 22, libro I.

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208.       Carta de los inquisidores de 8 de enero de 1609.

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209.       Carta de los inquisidores de 26 de noviembre de 1605.

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210.       Rosales, Historia de Chile, t. III, pág. 232. La expedición a Valdivia que el Virrey Marqués de Mancera confió a su hijo, fue muy celebrada en su tiempo, especialmente por haber sido dirigida contra los herejes.

     Fray Miguel de Aguirre, autor de un libro sobre la materia, y calificador del Santo Oficio, en la aprobación que prestó al poema latino del clérigo Diego Núñez Castaño al mismo asunto, «no tiene cosa, decía, disonante a la honestidad y pureza de nuestra santa fe católica; antes será siempre agradable a los fieles obra que dulcemente refiere que a los herejes se les cerró ya el puerto que más a su salvo y comodidad buscaban para introducir sus errores». [253]

     Núñez Castaño, a su turno, expresaba: «aquel verdadero Dios que tan cuidadoso se desvela aún a pequeñas atenciones nuestras, ¿qué premios, qué dichas, de qué felicidades no llenará a aquel ilustre esclarecido y dichoso general que fue a exaltar su santa fe, dándole restauradas, almas sin número perdidas, cerrando las puertas al tirano hereje?».

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211.       Carta del oidor don Diego Zúñ¡ga y Tobar de 15 de octubre de 1704. Ya que hemos nombrado a Frezier, no estará de más que oigamos su opinión acerca de lo que era la Inquisición en Chile en esa época. «El Tribunal de la Inquisición está también establecido en Chile; el comisario general reside en Santiago, y sus oficiales como familiares y emisarios, se hallan dispersos por todas las ciudades y aldeas de su dependencia. Se ocupan de las visiones de los brujos, verdaderos o falsos, y de ciertos delitos sujetos a la Inquisición, como la poligamia, etc., porque, en cuanto a los herejes, estoy cierto que no les cae uno a las manos; se estudia allí tan poco, que no hay miedo de extraviarse por una excesiva curiosidad...». Relation du voyage de la Mer du Sud. París, 1716, pág. 95.

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212.       Biblioteca Nacional, Manuscrito, vol. 720.

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213.       Así vemos que todavía un siglo después de la expedición de Drake, el Rey se veía en el caso de ordenar al virrey del Perú don Melchor de Navarra y Rocafull, duque de la Palata, que socorriese a los franciscanos de Chile con alguna limosna para reponer en el convento que la Orden mantenía en la Serena algunos paramentos sagrados, «porque se me ha representado, decía el Monarca, la hostilidad que los piratas ingleses hicieron en la ciudad, entrándola a saco y fuego, llevándose de los templos las lámparas, vasos sagrados y ornamentos, sin reservar unos corporales con qué poder celebrar..». Real cédula de 10 de diciembre de 1682.

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214.       Un eclesiástico americano contemporáneo de Drake, el obispo de la Imperial don fray Reginaldo de Lizárraga, decía, en efecto: «El año de 1577, así como en España y toda la Europa pareció en la misma región del aire el más famoso cometa que se ha visto, también se vio en estos reinos a los 7 de octubre con una cola muy larga, que señalaba el Estrecho de Magallanes, que duró casi dos meses, el cual pareció que por el Estrecho había de entrar algún castigo enviado de la mano de Dios por nuestros pecados», palabras con que el Obispo aludía a la llegada de Drake y sus compañeros protestantes.

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215.       De una información que en 1593 levantó Pastene en Santiago para acreditar sus servicios, resulta que los clérigos que se alistaron a sus órdenes fueron veintiséis, según unos, treinta y cuarenta, según otros. En una cédula de Felipe III, de 12 de junio de 1608 (publicada por Amunátegui, Cuestión de Límites, t. I, pág. 195), se indica este último número. Uno de los testigos, el ex-presidente Martín Ruiz de Gamboa, declaró «que lo que sabe por público y notorio es que siendo provisor el dicho licenciado Pastene en este obispado, habiendo venido a esta ciudad nueva de que el enemigo corsario inglés Tomás Candali (sic) con tres navíos de armada, había entrado en esta Mar del Sur y tornado puerto en Quintero, veinte leguas de esta ciudad, y, que podría hacer muchos daños, y por haber falta de gente en esta ciudad, el dicho licenciado Francisco Pastene con celo del servicio de Dios y de Su Majestad y defender la fe cristiana, llamó y juntó los clérigos, y con hasta treinta fue en persona con ellos, con sus armas y caballos, a la defensa, y se halló en el rebato y recuentro que con ellos se tuvo...».

     En esta compañía iba en clase de alférez el canónigo don Pedro Gutiérrez, y como soldado el clérigo don Francisco de la Hoz, los dos únicos nombres que podemos citar, Pastene, sin embargo, no estaba ordenado; era un abogado, soltero, que por sus conocimientos había merecido del obispo fray Diego de Medellín que le señalase para el cargo de provisor y vicario de la diócesis. Más tarde se casó, fue teniente de corregidor de Santiago y de gobernador de estas provincias, «dando de todo muy buena cuenta» y mereciendo por sus servicios que el Rey le hiciese merced de una pensión anual de setecientos ducados de Castilla.

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216.       Rosales, Historia de Chile, II, pág. 243.

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217.       Mariño de Lobera, Historia de Chile, pág. 429. En carta que escribió Alonso de Miranda, corregidor de la Serena, al Conde del Villar, en 16 de abril, le decía que al día siguiente del combate, los ingleses enviaron a tierra un batel, «y en él un hombre, el que parlaba español... el cual llamó al habla y le respondieron. Se quejó diciendo que por qué llevaban muertos tantos amigos, no habiendo dado ocasión; y que se les respondió que por ser herejes y declarados enemigos...»

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218.       Alonso de Ovalle, Histórica Relación, cap. IV, libro VI. Otro jesuita, el padre Diego de Rosales a quien acabamos de citar, se expresa en términos análogos: «Volviose el corregidor (Marcos de Vega) a la ciudad de Santiago, y reservando dos ingleses, mandó ahorcar a los demás, los cuales fueron tan dichosos que por este medio ganaron su salvación, porque convertidos a nuestra fe católica romana y bien dispuestos, murieron con señales de su predestinación. Y el corregidor avisó de todo lo sucedido al gobernador don Alonso de Sotomayor, que estaba en las ciudades de arriba, y cómo había reservado dos ingleses para que de ellos se informase de lo que fuese servido». [259]

     Ambos cronistas se equivocan en cuanto al número de los prisioneros y ahorcados. Ovalle dice que los prisioneros fueron catorce y doce los segundos. Rosales, que no habla de los muertos, se limita a decir, según se ve, que los ingleses que se reservaron fueron dos.

     En la carta que el corregidor Marcos de Vega escribió al Rey, al hablarle de los muertos no puede leerse con toda claridad si dice tres o diez.

     Pretty, el historiador inglés que ha contado el incidente de Cavendish en Quintero, afirma, con razón, que entre muertos y prisionero perdieron los ingleses doce hombres.

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219.       Carta de Ordóñez Flores al Consejo, de 6 de abril de 1596.

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220.       En esos mismos días se celebraron en Santiago procesiones y otras fiestas religiosas para templar el dolor que produjera a los colonos el haberse contado que Hawkins había destrozado y echado al mar un crucifijo de madera que encontró a bordo de uno de los barquichuelos apresados por él en Valparaíso.

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221.       Relación de lo que sucedió desde el 17 de mayo de 1594 que don García Hurtado de Mendoza, etc., escrita por Pedro Balaguer de Salcedo e impresa en Lima por Antonio Ricardo, fol. menor.

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222.       Seguimos la designación de lugares y apellidos que aparecen en los documentos, algunos de los cuales están tan desfigurados que no es fácil atinar con la verdadera.

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223.       «[...] La causa del dicho Richarte Aquines, decía el inquisidor Ordóñez Flores, se concluyó difinitivamente en 17 de julio próximo pasado, habiéndose reducido antes a nuestra santa fe católica, en 17 de enero deste presente año, en lo cual ha perseverado y persevera con grandes muestras de arrepentimiento, porque al tiempo que se concluyó la causa con él difinitivamente, estaba muy malo y melancólico, tuvimos temor de su vida; y porque el marqués de Cañete, virrey de estos reinos, nos había pedido no la determinásemos hasta que tuviese respuesta de Su Majestad, porque entendía tendría Su Majestad necesidad de él para algunos intentos, acordamos de ver su causa en consulta, y sin determinalla ni sentenciarla, se acordó en ella que se aliviase la carcelería al dicho Richarte Haquines, y que en el entre tanto que Vuestra Señoría se resolvía en el orden que se había de tener en reconciliarle, fuese puesto en el Colegio de la Compañía de Jesús, en una celda donde tuviese su carcelería, y que allí le pudiesen comunicar dos padres graves, para que le instruyesen en lo que sigue y enseña la Iglesia católica romana, y así se hizo, donde también ha estado muy malo, pero ahora está con salud y da grandes muestras que su conversión es verdadera y no fingida; allí se estará sin determinar su causa hasta que Vuestra Señoría mande y ordene lo que se debe hacer...».

     Carta de Ordóñez al Consejo de Inquisición, fecha 4 de noviembre de 1595.

     Ya en una ocasión anterior, con motivo de la captura y proceso de los ingleses Ricarte Bonanza y Juan Drake, que se habían hallado en una situación análoga, recomendaba el Consejo a los inquisidores de Lima, en carta de 26 de enero de 1590, que «tuviesen muy particular cuenta con los dichos ingleses para que no se huyan o absenten de ahí, pues se deja entender el mucho daño que podrían hacer, teniendo como tienen ya, noticia de esa tierra y de lo que en ella pasa».

     Con relación a Hawkins, escribía el Consejo en octubre de 1595, contestando a los inquisidores de Lima: «Recibimos vuestras cartas de 30 de diciembre del año pasado de 1594 y 12 de marzo deste presente de 1595, con las confesiones de Richarte Aquines, natural de Plemua, en Inglaterra, y hemos holgado de la buena correspondencia que habéis tenido con el marqués de Cañete, virrey de esas provincias, en las ocasiones que se han ofrecido con los prisioneros ingleses piratas, que recluisteis en esas cárceles, y así procuraréis tenerla siempre en todo lo que sucediere, como de vuestras personas se confía, y ha parecido bien el diferir la ejecución del secuestro de los bienes de los dichos ingleses que teníades acordado, y lo suspenderéis, alzando la mano de los dichos bienes, y si de aquí adelante sucediere otra cosa semejante, procederéis contra los culpados sin secuestro de bienes, pues no sería razón quitar a los soldados los despojos que en tales encuentros adquieren de sus enemigos, con tanto peligro de la vida, y no os entrometeréis a proceder contra los ingleses desta complicidad, que por orden del Virrey se llevaron a las galeras de Cartagena. En lo que toca a la causa del dicho Richarte Aquines, atento que él declara que desde que nació fue criado y enseñado en la secta de los protestantes que se guarda en su tierra, sin haber estado instruido en nuestra santa fe católica y confiesa sus errores y da muestras de que está reducido y pide ser instruido en las cosas de nuestra religión cristiana y que en ella quiere vivir, converná que luego que recibáis ésta, deis sobre ello orden como sea bien instruido en las cosas de nuestra santa fe católica, encomendándole a personas que con cuidado y diligencia lo hagan, y advirtiendo al sacerdote que le oyere de penitencia que antes de absolverle sacramentalmente de sus pecados, le absuelva ad cautelam, por comisión vuestra, de las censuras, si en ellas incurrió por el delito de [267] la herejía que ha tenido, y sin proceder más adelante en su causa, le volveréis al Virrey, por cuyo orden se os entregó, para que por su cuenta y cargo esté en la parte que hobiere de ser instruido, y lo mismo se hará en las causas de los demás cómplices que estuvieran reducidos y pidieren ser instruidos, y en los que pareciere haber tenido bastante instrucción en las cosas de la religión cristiana guardaréis justicia, procediendo en sus causas con mucho tiento y consideración...».

     Véase ahora la respuesta de la Inquisición: «En carta de 5 de octubre del año pasado de 95, que recibimos en 2 de septiembre de 96, nos ordena Vuestra Señoría que no procedamos en la causa de Richarte Haquines a reconciliación, sino que le hagamos instruir en las cosas de nuestra santa fe católica, y que diésemos comisión al sacerdote que le confesase, que antes de absolverle de los pecados, le absolviese de las censuras ad cautelam, si en ellas incurrió, y que lo mesmo hiciésemos en las causas de los demás cómplices que estuviesen reducidos, por las razones que en la dicha carta se apuntan. Con Richarte se hizo lo que Vuestra Señoría mandó, y con los demás no hubo lugar porque sus causas estaban despachadas en el auto que se había celebrado a 15 de abril de 97, y ansí se nos ha ofrecido dificultad y dudas en dos cosas.

     »La primera, si los cómplices del dicho Richarte que se reconciliaron en el dicho auto y militaba en ellos la misma razón que en él, si les colgarán en la iglesia sus sambenitos después que hayan cumplido con sus penitencias, y con el tiempo que lo han de traer, pues si llegara a tiempo la dicha carta, no se reconciliaran.

     »La segunda, si alguno de ellos volviese a reincidir en los dichos errores de los protestantes o otros, si debíamos de tratar sus causas como de relapsos, supuesto que no se reconciliaran si la dicha carta hobiese llegado, porque desde que nacieron fueron criados y enseñados en la dicha secta que se guarda en su tierra, y no habían sido instruidos en nuestra santa fe y confesaron sus errores y dieron muestras de estar reducidos y pidieron ser instruidos en ella, en cuya fe y creencias protestaron vivir y morir, y por haber habido costumbre en esta Inquisición de reconciliarlos, se reconciliaron. Suplicamos a Vuestra Señoría nos mande avisar lo que debemos hacer en esto, que aunque algunos han cumplido con el tiempo que habían de traer el hábito penitencial y se los hemos quitado, y los que restan cumplen con brevedad, no se les pondrán en la iglesia hasta que Vuestra Señoría nos lo mande. Guarde Dios a Vuestra Señoría, en los Reyes 16 de octubre 1598. -El Licenciado Ordóñez y Flores».

     Vemos después que en España no fue aprobado el procedimiento de la Inquisición del Perú en lo que respecta a estos reos, pues se mandó fuesen absueltos ad cautelam y que la abjuración que habían hecho no los constituyese en relapsos, en caso de reincidencia, debiendo alzárseles la reclusión, quitárseles el hábito y restituírseles sus bienes.

     Por fortuna para Hawkins, la conducta caballerosa que había usado con los prisioneros, su desinterés y su juventud despertaron por él en Lima una calurosa simpatía. El poeta chileno Pedro de Oña que por ese entonces escribía su poema Arauco domado, que sin duda conoció a Hawkins, a pesar de sus preocupaciones de raza y religión, le ha pintado en los términos siguientes:

                                                                                          Richarte, el pirata se decía

                                                                                       y Aquines por blasón, de clara gente,

                                                                                       mozo, gallardo, próspero, valiente,

                                                                                       de proceder hidalgo en cuanto hacía.

                                                                                       Y acá, según moral filosofía.

                                                                                       (dejando lo que allá su ley consiente)

                                                                                       afable, generoso, noble, humano,

                                                                                       no siendo riguroso, ni tirano.

Canto XVIII. [268]                                                   

     Hablando de los corsarios dice el padre Rosales: «Rindieron a Ricardo y le llevaron prisionero a Lima, donde fue muy regalado de los caballeros de aquella ciudad, y después le remitieron a España; a los demás ingleses concedieron libertad, algunos se quedaron en el Perú y otros se fueron a donde quisieron. La nave sirvió muchos años en la real armada del Sur, y la llamaron la 'Inglesa'», Historia de Chile, t. I, pág. 49.

     El marqués de Cañete, por su parte, deseando cumplir a Hawkins la palabra que le había sido empeñada, trataba de sustraerle de las garras de la Inquisición, a cuyo efecto consultó al Rey, por carta de 20 de enero de 1595, lo que en aquella emergencia podía hacerse.

     El Rey le contestó en 17 de diciembre del mismo año: «En cuanto al castigo del general inglés y demás que se tomaron en el dicho navío, que decís los pidió la Inquisición y que por no tener orden allá de lo que es mi voluntad se haga de ellos, procuraríades con el Santo Oficio que se fuese dilatando el sacar al dicho general al auto, por haber entendido que es persona de calidad; lo que en esto ha parecido es que se haga justicia conforme a la calidad de las personas». Suárez de Figueroa, Hechos de don García Hurtado de Mendoza, Historia de Chile, t. V, pág. 140.

     El virrey Velasco quiso igualmente enviar a España a los reos ingleses, pero los inquisidores se opusieron por cuanto aún no habían acabado de cumplir sus penitencias, disponiéndose entonces que también se quedase Aquines «porque podría allá hacer daño dando avisos de la navegación de esta mar». Carta de 10 de abril de 1597, Archivo de Indias.

     «Convenía que el castigo fuese notable, expresaba Antonio de Herrera, para que nadie se atreviese a entrar en la Mar del Sur. Duró la prisión hasta que entrando el conde de Miranda, por presidente del Consejo, le hizo dar libertad, (a Hawkins) afirmándose en que en los casos de guerra, las palabras de los capitanes del Rey, dadas en el hecho, como ésta fue, y condicionalmente, se debían cumplir, pues de otra manera no se rindiera: y así quedó satisfecho don Beltrán de Castro, aunque muerto». Historia general del mundo, III parte, lib. X.

     En el Archivo de Indias de Sevilla encontramos la siguiente carta de la Audiencia de Lima que da cuenta de la suerte que en realidad corrieron los prisioneros de la Dainty.

     «Señor: En esta ciudad han estado el capitán Richarte, de nación inglés, que hará más de veinte años que fue preso en el Río de la Plata y asimismo el capitán Juaneles y Diego Cornex (Hugh Carnix) y Richarte David, que fueron presos habrá trece años, con el capitán Richarte Aquines, todos ingleses, y aunque todos los que fueron presos en aquella ocasión, se han enviado, por el marqués de Cañete y don Luis de Velasco a esos reinos, se dejaron de enviar estos cuatro, por ser los tres de ellos inteligentes de las cosas de la mar, y el Richarte David por ser útil en su oficio y por haber muerto el capitán Richarte, que era el más entendido en las cosas de la mar y ser los que quedan ya de mucha edad, y no haber orden en contrario de Vuestra Majestad, se les ha dado licencia para irse en esta flota, dirigidos a la Casa de la Contratación de Sevilla, para que Vuestra Majestad mande y ordene lo que fuere servido, y por excusar la costa que a la hacienda de Vuestra Majestad se hacía en sustentar a los dos de ellos. Guarde Nuestro Señor la católica persona de Vuestra Majestad. En los Reyes, veinte y uno de mayo de mil seiscientos y siete años. -Licenciado Boan. -Doctor Juan Fernández de Recalde. -Doctor don Juan de Villela. -Doctor Arias de Ugarte. -Licenciado Juan Páez de Laguna».

     Hawkins publicó en Londres, en 1622, The Observations of Sir R. Hawkins Knight, in his voyage into the South Sea. Al final de su obra prometió referir los incidentes de su prisión y la de sus compañeros, cuyo conocimiento nos habría sido muy interesante, pero la muerte que le sobrevino en aquel mismo año le impidió cumplir su promesa.

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224.       Véase nuestra Historia de la Inquisición de Lima, II, 439. Don Gaspar Narváez de Valdelomar nació en Jaén en 1556, fue hijo de Luis Narváez y de Catalina de la Cruz Aldana y Robledo. Después de servir en el Perú en muchas comisiones y oficios, habiendo por ello merecido recomendaciones de las Audiencias de Lima y Charcas, fue nombrado oidor de Santo Domingo en 1604, y propuesto para igual cargo en Santiago en 1621. Falleció en esta ciudad el 14 de julio de 1632.

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225.       [«una» en el original (N. del E.)]

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226.       Libro 756, pág. 570.

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227.       Libro 757, hoja 59.

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228.       Fray Juan de Vascones fue natural de Aguilar de los Olivos, Arzobispado de Burgos, «hijodalgo notorio de padre y madre». Contaba en aquella fecha cuarenta* y un años de edad. Fue uno de los primeros de su orden que vino a [279] Chile, y habiendo ascendido después al provincialato, salió para España a fines de 1600 a gestionar ante el Rey, y a nombre de todo el país, la esclavitud de los indios y otras materias.

     Hallándose de regreso en 1604, el Rey le proporcionó ciertos auxilios para su viaje y lo recomendó muy especialmente al gobernador de Chile. Véase acerca de este padre, Olivares, Historia de Chile, cap. XXIV, libro IV, y Errázuriz, Los orígenes de la Iglesia chilena, pág. 443, y Seis años de la historia de Chile, t. I, capítulos XXXIII y XXIV.

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     * [«cuarenta y cuarenta» en el original (N. del E.)]

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229.       Carta citada, libro 760-5, fol. 143.

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230.       El padre Olivares ha contado en el capítulo XXIV del libro IV de su Historia de Chile la venida de los agustinos a Chile. Dice allí que la casa en que fundaron «se les dio en nombre de Su Majestad», que estaba en la Cañada, junto a la ermita de San Lázaro, y que luego después se trasladaron al sitio en que hoy se hallan, por donación que de sus casas les hicieron Francisco, Alonso y Catalina de Riveros, y que «aunque les ofrecía el maestre de campo Miguel de Silva unas casas que tenía distantes de la plaza una sola cuadra, no tuvo esto efecto por haberse opuesto otra religión, alegando que con esta fundación se contravenía a lo dispuesto en el derecho canónico sobre la distancia que han de tener entre sí las casas religiosas». Según el mismo Olivares, los agustinos que llegaron primero a este país fueron: fray Cristóbal de Vera, viceprovincial, fray Francisco de Herbás, fray Pedro de Torres, fray Francisco Díaz, los cuales se hicieron a la vela desde el Callao en 19 de enero de 1595, seguidos cerca de un mes más tarde por fray Juan de Vascones, fray Pedro Picón y el lego Gaspar de Pernía. [286]

     El cronista de los agustinos, fray Bernardo de Torres, no dice cuál fue la orden comprometida en el incendio; pero, en cambio, suponiendo complicados en él al corregidor de la ciudad y al comisario de la Inquisición, cuenta con la mayor buena fe que una efigie de San Agustín que se salvó milagrosamente de las llamas, los miró de una manera airada, y que preguntándole ambos que por qué los miraba así, no obtuvieron respuesta alguna, Crónica de la Provincia Peruana, Lima, 1654. Lib. I, cap. VI.

     El padre Torres ha contado con muchos detalles la anegación y el incendio, pero como no nombra a los autores, su silencio le ha valido de parte del señor Errázuriz una filípica inmerecida. Los orígenes de la Iglesia chilena, pág. 443.

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231.       Carta de 1º de abril de 1597.

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232.       Carta del Consejo de 7 de marzo de 1598, y de Ordóñez Flores de 20 de abril de 1599.

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233.       Carta de 1º de abril de 1597, diversa de la anteriormente citada. En el Consejo se acordó se juntase la relación de este caso a lo sucedido con el jesuita Juan Jerónimo.

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234.       He aquí lo que acerca del proceso de Céspedes y de lo que después le ocurrió, refiere Ruiz de Prado: «Habiendo el reo salido de esta ciudad para cumplir el destierro, se tuvo noticia que andaba este reo en los Chachapoyas y Bracamoros y en otras partes haciendo embustes, y visto por los inquisidores proveyeron un auto en que mandaron que este reo se prendiese y se entregase a la justicia real para que fuese llevado a las galeras que hay en este Mar del Sur para que sirviese en ellas al remo por espacio de diez años; y después de esto, dice Arrieta, en este día se dieron los recaudos al señor visorrey para prender a este reo para que sirva en las dichas galeras y sea llevado a ellas el dicho tiempo. Éste fue mucho rigor, pues por su sentencia, en caso que quebrantase el destierro, estaba condenado en cinco años de galeras y no en más; y para que esto se ejecutase le habían primero de haber convencido de haber contravenido a su sentencia: adviértase; y más, que sin que conste por el proceso ni cuando ni cómo salió el reo de las cárceles. En una audiencia que con él se tuvo a diez días del mes de febrero de 1576, para que se [290] le ratificase contra cómplices en lo tocante a las comunicaciones que tuvo, dice el secretario que el inquisidor Cerezuela mandó parescer ante sí al dicho Baltasar de Céspedes, y acabada la ratificación, dice Arrieta: «y después de lo susodicho, el señor Inquisidor mandó meter en las cárceles al dicho Baltasar de Céspedes y entró en ellas este día»; y luego después de esto se sigue un aucto en que los inquisidores, a 14 de febrero, mandan al reo que tenga esta ciudad por cárcel, y salió della sin tenerse audiencia con él de secreto y aviso de cárcel, como se había de haber hecho».

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235.       Carta de Cerezuela y Ulloa de 4 de abril de 1581.

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236.       «No sé si fue causa bastante sola esta para lo que se hizo con este reo, dice Ruiz de Prado, no habiendo otras, aunque fue con prosupuesto que se le levantaba testimonio al dicho comisario en las cosas que de él se decían, porque no se las averiguaban y que era en odio del oficio que ejercía, y con todo esto, tengo por mucho rigor el que usó con este reo».

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237.       Historiadores de Chile, t. XII, pág. 128. El jesuita chileno ha dado en su Histórica relación el retrato (?) de Ayala.

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238.       [«Como en esta edición los dos tomos han sido reducidos a uno, debe entenderse que el autor alude al capítulo VII de la primera parte. -N. del E.» en Toribio Medina, José, Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile, Santiago de Chile, Fondo Histórico y Bibliográfico J. T. Medina, 1952, p. 297 (N. del E.)]

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239.       El licenciado Bustos de Villegas, que servía cerca de la persona del cardenal Espinosa, escribía a Bustamante lo siguiente: «Doña María de Vega es natural de Ocaña, hija de Rodrigo de Vega, factor de Su Majestad en Chile, hidalgos y limpios y personas a quienes yo tengo mucha obligación. Está casada con Juan de Palomares: a los cuales suplico a vuesa merced mande dar ese pliego de cartas y advertir a todos de la merced que vuesa merced les ha de hacer, la cual estimaré en más que sabré encarecer».

     El licenciado Andrés de Bustamante falleció en el curso del viaje a Lima. Su hermano Pedro sirvió allí durante seis años el cargo de secretario de secuestros y del juzgado de bienes confiscados, y después de haberse casado con una señora que le llevó en dote más de diez mil pesos de buen oro, se vino con su casa y familia a Chile, en 1575, sirviendo como capitán en la guerra de Arauco en tiempo de los gobernadores Quiroga, Ruiz de Gamboa y Sotomayor. Estos hechos y los servicios que prestó en la expedición de Sarmiento de Gamboa al Estrecho de Magallanes y en el curso de catorce años en la guerra, constan de una información de méritos que rindió en Santiago en 1589, que existe original en el Archivo de Indias de Sevilla.

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240.       Véase la Carta de Ruiz de Prado, fecha 12 de octubre de 1589.

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241.       Carta, íd.

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242.       Íd., de 25 de marzo de 1591.

     Barco Centenera nació en 1535, y en clase de capellán salió de Castilla en 1562, para embarcarse en la armada de Juan Ortiz de Zárate, «con buen Lustre y mucha costa de hacienda», llegando a Santa Catalina, «donde se padecieron muchas hambres». Pasó al Paraguay, ocupado de la predicación, y en seguida a Chuquisaca, para servir por su buena opinión la capilla de la Audiencia. Estuvo después en la vicaría de Porco, hasta que el concilio de Lima le llamó para que informase del estado del Paraguay. Información de Lima, 10 de julio de 1583.

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243.       Expediente de visita, legajo I.

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244.       Carta de 12 de octubre de 1589.

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245.       Teniendo a la vista las notas de Ruiz de Prado, que llenan mil seiscientas cincuenta páginas en folio, nos ha sido posible entrar, según se habrá visto, en el detalle de algunos de los vicios que apunta el visitador. Sentada esta base, el interés que se deriva del conocimiento de aquella pieza está fundado principalmente en que da noticias de no pocos asuntos que no habrían llegado de otro modo a nuestra noticia; sin que pueda afirmarse, por el contrario, que, fuera de los anotados, no hubiera otros procesos, pues, bien sea por falta de diligencia o por otras causas, no aparecen señalados algunos de los que hemos dado a conocer en el texto.

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246.       Eugui se casó con María de Valencia, hija de un escribano de Lima, pero había ya muerto hacía como dos años cuando el visitador presentaba su informe.

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247.       Como se había asegurado, Gutiérrez se había casado con Juana Téllez de Cabrera, cuyos padres no estaban en opinión de cristianos viejos.

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248.       Parecer del doctor Juan Ruiz de Prado cerca de lo que ha resultado de la visita, etc.

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249.       Más tarde veremos que, según el testimonio de un obispo, este hecho no era tan exacto como se decía.

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250.       Carta al Rey de 8 de mayo de 1564, publicada en los Orígenes de la Iglesia chilena, doc. V. [306]

     Fray Francisco Calderón, capellán de Su Majestad y de la orden de Alcántara, y hermano de don Melchor, hablándole al Rey de este mismo proyecto, le decía: «Si paresce ser necesario, en la ciudad de la Concepción de las provincias de la Nueva Extremadura, está el bachiller...».

     Prestando oídos a esta representación, con fecha 19 de enero de 1562, en cédula dirigida al obispo y gobernador de Chile el Rey les pidió su parecer, porque quería ser informado «de la calidad y méritos del dicho bachiller Melchor Calderón, y si convenía presentarle al dicho obispado o no». El Obispo respondió al Rey en los términos tan favorables a Calderón que pueden consultarse en la citada carta de 8 de mayo.

     Estas recomendaciones no fueron, sin embargo, atendidas por el Monarca.

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251.       La mayor parte de los hechos que quedan recordados constan de dos informaciones de servicios rendidas por Calderón, una «en la ciudad que está poblada en el valle e lebo de Tucapel» en 3 de noviembre de 1561, y la otra en Santiago en 9 del mismo mes de 1585.

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252.       Carta del Marqués de Cañete al Rey, Archivo de Indias. 70-1-32.

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253.       Tratado de la importancia y utilidad que hay en dar por esclavos a los indios rebelados de Chile. Este folleto rarísimo, obra de Calderón, fue impreso probablemente en Madrid, a principios de 1608.

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254.       Simancas. Libro 760-10, pág. 410.

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255.        Carta de 16 de abril de 1578.

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256.        Carta del Consejo de 1º de diciembre de 1578. Ruiz de Prado que estudió estos antecedentes se limitó a ponerles la nota: Nihil.

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257.        Fray Domingo de Villegas nació en Villoria, en 1546, habiendo llegado a Chile en 1561; sirvió de capellán de ejército en la guerra y se le envió al Perú en dos ocasiones, en demanda de socorros. Fue elegido para el provincialato de su orden en este país, en 1º de febrero de 1590, y segunda vez, en 17 de junio de 1612. Consta que vivía aún en Santiago en 1616.

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258.       Uno de los testigos dice a este respecto lo siguiente: «Llegó Baltasar Calderón, el cual iba a caballo, y en voz alta, que todos lo oyeron, dijo desde el caballo estas palabras, etc.».

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259.       Un testigo «oyó decir a tres mancebos en una esquina de las de su casa que andaban juntando clérigos para hacer información contra el Obispo».

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260.       Los antecedentes que nos han servido para la relación de estos hechos se encuentran en Simancas, Libro 783, Inquisición de Lima.

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261.       Decimos esto porque habiéndose dictado la resolución del Consejo a fines de diciembre de 1609, ha debido tardar a lo menos tres meses en llegar a Lima, y claro está que los inquisidores no se apresurarían a darle curso. Calderón falleció, según nuestras noticias, ese mismo año de 1610, no sabemos el mes, por lo cual parece difícil, concordando estas fechas, que pudiese, como afirmamos en el texto, solicitar el perdón que se le ordenaba.

     Lo sucedido al obispo Pérez de Espinosa con el Comisario Calderón motivó que en la cédula de concordia del año 1610 se incluyese el capítulo siguiente, que importaba la condenación explícita del proceder de la Inquisición en este caso: «19. Iten que los familiares que tuvieren oficios públicos y delinquieren en ellos, sean castigados por nuestras justicias reales, y los inquisidores no los defiendan ni amparen contra esto; y lo mismo se entienda con los comisarios que delinquieren en los oficios o ministerios de curas o prebendas que tuviesen, sino que los dejen a sus ordinarios». Ley 29, tít. IX del Libro I de la Recopilación de Indias.

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262.       Esa pena se estimó en el Consejo como muy rigurosa, siendo que sólo mediaba la denunciación del reo.

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263.       El mismo Balmaceda contó el caso de la manera siguiente: «que estando jugando y no ganando, había dicho: 'Juro a Dios que tan bueno soy yo como todos'; y diciéndole que no jurase, que era Semana Santa, había respondido: 'pese a la semana, ¡y qué le hago yo!'. Y por esto le habían condenado en cien pesos de a ocho».

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264.       En el Consejo se puso al margen de esta causa la siguiente advertencia: «que bastaba, habiéndose él referido y declarádose en su denunciación, que el comisario le reprendiera y advirtiera, sin hacerle venir a Lima».

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265.       Al tratarse de las causas de estos reos en el Consejo, se proveyó la siguiente advertencia: «que después de instruidos, les absuelvan ad cautelam, y les habían de repreguntar del tiempo que hacía que habían estado en la secta».

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266.       Folio 71, Relaciones de causas. En el Consejo se dijo que «habiéndose el reo venido de su voluntad, fue mucho rigor el que se tuvo con él, y se le alcen las galeras». [340]

     Para terminar, mencionaremos muy de ligera otro proceso seguido a uno de los corsarios de la expedición de Cordes.

     No es del caso contar aquí cómo los tripulantes de una de sus naves, el Ciervo Volante, hubieron de entregarse en Valparaíso a las autoridades de tierra. A diferencia de lo que había pasado años antes con los prisioneros de Cavendish, los marinos del Ciervo Volante fueron muy agasajados en Santiago.

     «Hospedáronle en Santiago, dice Rosales, a él (al capitán Geraldo) y a los suyos, con mucha generosidad y cortesía», Rosales, Historia de Chile, I, 53. El buen jesuita agrega que habiéndose descubierto, por revelaciones de los mismos marineros, que se habían «publicado por leales y católicos para que los agasajasen como amigos y vasallos de un mismo señor; descubierto este engaño, pusieron en prisión a Geraldo y a otros de su confianza, para inquirir de ellos los intentos de la armada e instrucciones que traían de los Estados. Últimamente les concedieron libertad y licencia para que se fuesen a donde gustasen».

     Remitidos siete de ellos a Lima, el virrey Velasco, en cumplimiento de lo capitulado con la Holanda, los envió a España en 1604. Uno de esos mismos holandeses, llamado Adrián Rodríguez por los españoles, natural de Leyden y de oficio carpintero de ribera, que había permanecido cuatro años en el Callao, durante cuyo tiempo fue catequizado por un padre de San Francisco, creyendo hacer fortuna más rápida en las Indias, después de largas peregrinaciones, regresó a Lima por la vía de Puertobelo, por los años de 1609. Allí se hallaba cuando a los 7 del mes de mayo de 1624 dio fondo en el Callao la armada de Jacobo L'Hermite. Dos días más tarde echaba en tierra dos españoles, quienes contaron que a bordo se decía que Adrián les había engañado, porque hallaba muy fortificado el puerto. Apresado nuevamente como espía por el Gobierno, hasta darle tormento, y denunciado en seguida a la Inquisición como hereje, se le siguió causa por apóstata y observante de la secta de Lutero, en lo que estuvo primero negativo y después confitente, siendo reconciliado con sambenito perpetuo en el auto de 21 de diciembre de 1626. Para condenar a Rodríguez hubieron los inquisidores de utilizar las delaciones y ardides de un francés llamado Juan de Ortega encargado de sonsacar a Rodríguez lo cierto y lo falso, y cuyo triste oficio le valió que en ese mismo auto se le quitase «por buen confitente» el sambenito en el cadalso. A referir estos medios de prueba está concretado en su totalidad un largo oficio del secretario del Santo Oficio Juan de Izaguirre, Libro núm. 760-8, fol. 34.

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267.       En el auto celebrado el 13 de marzo de 1605. Véase nuestra Historia de la Inquisición de Lima, tomo I, pág. 337.

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268.       Para que se pueda juzgar de la calidad de este testigo, transcribimos aquí un fragmento de la relación de la causa que le siguió el Santo Oficio, -que es también una buena muestra de los embustes tenidos por hechicería, que tan comunes eran entonces en el Perú-, y que dice así:

     «María Martínez, mulata, esclava, natural de Vega, en el reino de Portugal, fue testificada ante el obispo electo de Santiago de Chile, comisario de la ciudad de La Plata, en 2 de abril de 1625 años, de doña Antonia de Figueroa, viuda, de edad de veinte y tres años, la cual dijo que la dicha María Martínez la iba a visitar porque se había enamorado della, y que un día estando juntas, la testigo y Ana de Figueroa, su hermana, había tomado la reo una canastilla de sauce, y con unas tijeras había hecho cruces sobre el hueco de ella, y llamaba a Satanás y Barrabás, diciendo: 'Satán, ven a mi llamado', y, conforme al lado izquierdo u derecho, que volvía la canastilla, hacía el juicio y decía cosas secretas y ocultas, dando a entender que el diablo se lo decía, al cual llamaba diciendo que era su vida y sus ojos, y decía que traía un diablo familiar en la mano donde se sangran del hígado; y que había pedido un cubilete de vidrio, con vino, sobre el cual había echado tres bendiciones, y que pasito había dicho las palabras de la consagración, de las cuales la testigo había oído corpus meum, y que preguntándola qué palabras eran aquéllas que decía, había respondido la reo que eran las palabras de la consagración, y acabadas de decir, decía que veía en el vino todo lo que quería saber de cosas ocultas, y que si en algo de lo que decía no acertaba era porque la testigo no quería creer al diablo, el cual se enojaba y no quería que acertase, y que si lo creyesen jamás dejaría de decir verdad; y que una vez había dicho la oración de Santa Marta la reo, trayendo brasas encendidas, y echando azufre en las brasas, que olía muy mal, y que había puesto once cuchillos de belduque al rededor de las brasas, clavados en el suelo, y cuatro o cinco ollitas de vinagre, a la lumbre, que hervían, y que había puesto una figura de Santa Marta, de cera, y de un santo llamado San Taraco, y hincada de rodillas decía: 'Marta, Marta, no la dina, ni la santa, sino la que el diablo encanta'; y que lo susodicho era [346] para saber si un hombre se había de casar con la testigo, la cual, diciendo a la reo que era una embustera, la había respondido que si quisiera creer al diablo que la diría muchas verdades, y diciendo la testigo que no quería creer sino en Dios Todopoderoso, había respondido la reo que también el diablo era poderoso; y que había muerto una palomita, y hecho que la sangre la bebiera la testigo, y que había sacádole el corazón y puéstole siete alfileres clavados, y echádole a cocer en una olla de vinagre, para que como él hervía, hirviese ansimesmo en su amor el corazón de la persona que quería casarse con la testigo; y que con su hermana de la testigo había hecho otros embustes con unas yerbas cocidas en vinagre, para que cierto hombre la quisiese y se casase con ella; y que a las dos las había hecho hilar un poco de estopa, y del hilado había hecho unas candelitas, las cuales, encendidas, había metido en una olla en que había hecho tres agujeros, y que luego las había partido en siete partes, y puestas en el suelo, había andado a la redonda, haciendo oraciones; y luego se había puesto a una ventanilla y mandó al diablo, y que luego había vuelto y dicho que otro día le daría el diablo la respuesta y traería buenas nuevas; y que en todo lo susodicho mandaba la reo que no trajesen reliquias, ni rosarios benditos, ni cosas santas; y que la había visto echar la suerte de las habas llamando a Jesús, María y José. Ratificose y añadió y dijo que había visto que la reo con un palito sacádose sangre de las narices y puéstola en un trapillo, y preguntándola la testigo que para qué era aquella sangre, decía la reo que se la daba al diablo para que todo lo que pedía lo hiciese verdad; y que decía la reo que había siete años que no conocía hombre, porque trataba en el dicho tiempo con el diablo, al cual guardaba lealtad por no enojarlo, y que cuando hablaba con él le decía 'mi alma querida', y otros muchos requiebros, y aunque la testigo no había visto al demonio, había tenido mucho miedo; y que había dicho la reo que cuando el diablo la quería hablar, la daba un aire fresco en el rostro; y que cuando quería, se ponía a ver el sol a medio día en punto, y puesta en cruz, veía el cielo abierto y la gloria, y en el sol veía toda la gente como si fuera vidrio, y les veía las entrañas, porque era zahorí. [347]

     »Vista esta causa en consulta, en 6 de septiembre del dicho año de 1630, de acuerdo de todos los inquisidores que juntamente tienen poder de lo ordinario del Arzobispado de La Plata, y de acuerdo de los tres consultores que se hallaron presentes, se votó a que la reo saliese al auto, en forma de penitente, con insignias de hechicera, y se le leyese su sentencia con méritos, que abjurase de levi, y le fuesen dados doscientos azotes por las calles públicas, y saliese desterrada de todo el distrito por diez años.

     »En 27 de febrero de 1631 años se ejecutó dicha sentencia, en auto particular que se celebró en la capilla desta Inquisición, y este día se ejecutó ansimesmo la pena corporal de azotes, y después salió a cumplir la del destierro en el navío llamado Nuestra Señora del Rosario».

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269.       Tomé Cuaresma era un cirujano portugués avecindado en Lima, acusado también de judío. Véase nuestra Historia de la Inquisición de Lima, t. II, págs. 57 y 153.

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270.       Acerca de estos calificadores del Santo Oficio, todos sin duda alguna, hombres de los más distinguidos de su tiempo, podemos apuntar los siguientes datos biográficos.

     El padre jesuita Andrés Hernández vino al Perú en 1585, fue, en 1618, rector del colegio de su orden en Guamanga, y en 1622 del Máximo de San Pablo en Lima, y catedrático de Prima de teología en este colegio y en la Universidad de San Marcos. Fue autor de un Tratado de teología, en latín, en cuatro volúmenes en 4º, y falleció en Lima el 28 de noviembre de 1645. Véase Torres Saldamando, Los antiguos jesuitas del Perú, Lima, 1882, 4º. [352]

     Fray Luis de Bilbao, a quien el cronista de su orden llama «uno de los mayores hombres que en su tiempo gozó la provincia del Perú», era limeño, profesó en 1597, y después de haber sido regente de estudios en su convento, obtuvo por oposición la cátedra de Prima en la Universidad. Fue prior de Potosí, Lima, y, finalmente, provincial en 1626. Falleció en 1629, a la edad de cuarenta y ocho años. Meléndez, Tesoros verdaderos de las Indias, II, passim.

     El doctor don Pedro de Ortega y Sotomayor fue natural de Lima. A la edad de diecinueve años obtuvo la cátedra de Artes en la Universidad, y en seguida la de Prima de teología, que ganó en oposición con fray Gaspar de Villarroel, el famoso obispo de Santiago. En 1629, Ortega fue nombrado rector de la Universidad, habiendo también servido varias dignidades del coro de la Catedral. Electo para el Obispado de Trujillo en 1644, pasó tres años más tarde al de Arequipa. Fue autor de la Vida de don Juan del Castillo y del Teatro histórico de la Iglesia de Arequipa. En 1641 prestó su aprobación a Santiago de Tesillo para su libro Guerras de Chile. Véase Mendiburu, Diccionario histórico-biográfico del Perú.

     Fray Alonso Briseño, por fin, fue autor de un famoso libro intitulado: Prima Pars Celebriorum Controversiarum in Primum Setentiarum Ioannis Scoti Doctoris subtilis Teologorum facile Principis; 2 vols. en fol., Madrid, 1638 y 1642.

     Briseño nació en Santiago por los años de 1587 y fue hijo del capitán Alonso Briseño de Arévalo y de doña Jerónima Arias de Córdoba. En 30 de enero de 1605 tomó el hábito de San Francisco en el convento de Lima. Terminados sus estudios, se opuso a la cátedra de filosofía, cuyo primer lugar obtuvo en concurso de lucidos sujetos; viviendo desde entonces, durante quince años, enseñando las materias de que [353] trata en su obra monumental, con tanto brillo que mereció que en el Perú se le llamase segundo Escoto. Ascendió sucesivamente a guardián del convento de Lima y a definidor de la provincia y vino posteriormente a Chile con el puesto de comisario y visitador, en cuyo carácter presidió un capítulo. Pasó en seguida a visitar también la provincia de Charcas, y, terminada su misión, regresó a Lima, de donde fue despachado a Roma, vía de España, con plenos poderes para gestionar la canonización de San Francisco Solano. En Madrid, en 1639 y 1642 publicó los dos volúmenes de su obra, que «le dieron a conocer, dice uno de los cronistas de su orden, por las primeras letras de Europa y obligó al Reverendo padre maestro general le honrase con su patente de letor bis jubilatus», y según otro autor, a que Felipe IV le presentase para el Obispado de Nicaragua. Una vez impreso su primer volumen, en 1638, Briseño pasó a Roma a tratar los negocios que le llevaban, habiendo permanecido allí cerca de tres años y merecido llamar la atención por ciertas famosas conclusiones que dedicó al cardenal Albornoz. De vuelta en Madrid, publicaba en 1642 el segundo volumen de su libro. Preconizado obispo en noviembre de 1644, partía para su diócesis a principios del año siguiente, y una vez consagrado en Panamá, tomaba posesión de su nuevo cargo en 1646. Trasladado a Caracas en 1659, fallecía allí en 1667.

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271.       [«consisiderables» en el original (N. del E.)]

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272.       Carta de Ordóñez, y Verdugo, de 24 de abril de 1603.

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273.       Carta del Consejo de 15 de abril de 1605, y respuesta de los inquisidores de 30 de diciembre del año siguiente.

     El Inquisidor general, en carta de 5 de marzo de 1620, mandó se admitiese por comisario de Potosí al licenciado Lorenzo de Mendoza, cuyo nombramiento resistieron en Lima, haciendo presente que, por ser portugués, no se habría ya de poder procesar en lo de adelante a ninguno de aquella ciudad, donde tantos se establecían, atraídos por sus famosas minas. Carta de 4 de mayo de 1622.

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274.       Carta de Diego de Torres a la Inquisición, Córdoba, 24 de septiembre de 1610.

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275.       Carta de Juan de Lizarazu, de 3 de marzo de 1641, Archivo de Indias.

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276.       Despacho de 26 de noviembre de 1636.

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277.       Con motivo de esta persecución a los portugueses, los inquisidores escribieron al comisario de Santiago averiguase cuántos había en Chile, resultando de sus pesquisas que en el distrito de su jurisdicción vivían veintiocho, siendo los más notables el licenciado don Fernando de Olivares y don Gonzalo Ferreira de Aponte. Todos estaban avecindados en la capital, menos dos que moraban en Quillota.

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278.       «Desde el más vil negro de Guinea hasta la perla más preciosa», dice Alcayaga, Carta de 15 de mayo de 1636.

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279.       «Es lo que en Castilla se llama gasa para valonas de hombres». Nota de los inquisidores.

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280.       «Ha causado grande admiración en esta ciudad su prisión, expresaba Alcayaga, por haber sido efecto de providencia particular de Dios, que en esta acción mostró muy piadosos los ojos con que mira a este reino, pues si su riqueza y libertad (que hay alguna en estas partes) los arrojó a ellas para vivir con seguridad en su ley y sembrarla; les puso Dios un tajamar con descubrirlos, sin que costase diligencia humana alguna; y ha sido acción que ha de ser para honra y gloria suya, porque en su castigo escarmentarán muchos, y se persuadirán los naturales de por acá a abrazar con más firmeza la fe y dejar sus idolatrías». Carta citada de 15 de mayo de 1636.

     »Las demás prisiones que fueron sucediendo, añade el inquisidor Castro, como eran de hombres ricos, convino hacellas de día, porque en los muchos y cuantiosos secrestos no hubiera hurtos o faltas... Iban los ministros, alguacil mayor y notario de secrestos a ejecutar los mandamientos (pasada la prisión grande de 11 de agosto de 1635 que se hizo de todos, entre las doce y una del día, sin que se imaginase en la ciudad) y como después los muchachos y gente novelera estaban encarnizados contra el nombre de judíos, esperaban a bandadas en la plazuela de esta Inquisición a todas horas, y en viendo salir los ministros, los seguían, y aunque muchas veces rodeaban calles por desvelallos, no aprovechaba, con que muchas prisiones se hicieron con publicidad y ruido inevitable, por el seguro de los secrestos, y en las que no había este inconveniente, se hacían con todo secreto». Carta de 8 de junio de 1641.

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281.       «Con la ocasión de las haciendas que se han embargado, declaraba la Audiencia, ha quedado tan enflaquecido el comercio que apenas puede llevar las cargas ordinarias». Carta de 18 de mayo de 1636.

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282.       «Por la ocasión tan grave y de tan gran servicio de Nuestro Señor, escribía al Rey el Conde, cinco días antes que los inquisidores, y del mayor que a Vuestra Majestad podía hacerle, he asistido a los inquisidores en todo lo que ha sido justo y necesario y se han querido valer de mí». Este funcionario tomaba pie del hecho de la prisión de los portugueses para recomendar que por el Consejo de Inquisición y el de Indias se agradeciese su celo al Tribunal de Lima, se vigilase más que nunca el pasaje de portugueses a América, y por fin, para que se restituyese por los inquisidores al Fisco real las sumas que se les tenían pagadas, indicación que el Soberano no echaría en saco roto. Carta de 13 de mayo de 1636.

     La Audiencia pedía, a su vez, «que de nuevo se vuelva a mandar con mayores penas de las que están puestas, que en nao ninguna traigan portugueses, que, puestos una vez aquí, es la dificultad tan grande que casi es imposible su expulsión». Carta del mismo año.

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283.       [«Inquición» en el original (N. del E.)]

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284.       Auto de fe celebrado en Lima el 23 de enero de 1639, etc., por el licenciado don Fernando de Montesinos. Era éste un clérigo natural de Osuna, autor de varios libros, uno de los cuales las Memorias antiguas del Perú, se ha publicado hace poco en Madrid, y otro existe manuscrito en la biblioteca de la Universidad de Sevilla, donde lo hemos consultado. En un Memorial impreso de sus servicios existentes en el Museo Británico, refiere que el Tribunal «le cometió el hacer la relación del auto grande que celebró el año 1639, fiando de su talento cosa tan grave, en oposición de muchos que pretendían este honor. Y habiéndola ajustado al hecho, y comunicado con vuestro virrey, conde de Chinchón, por lo que tocaba a la jurisdicción real y autoridad de vuestros ministros, con su licencia y las demás, la imprimió a su costa, que es grande en aquel reino, y como ejemplar tan bien trabajado, se imprimió por mandato del ilustrísimo Inquisidor general, sin mudarse letra, como consta de ambas impresiones, y de otras que se han hecho en Sevilla y otras partes». En México se reimprimió, en efecto, ese mismo año, y en el siguiente en Madrid.

     Tanta fue la importancia atribuida por los contemporáneos a la fiesta, que hasta el padre José de Cisneros sacó en letras de molde ese mismo año el Discurso que en el insigne auto de fe, celebrado en esta real ciudad de Lima a 23 de enero de 1639, predicó, etc.

     Ya hemos dicho que los que morían negativos eran quemados vivos, y así lo dice expresamente respecto de Maldonado de Silva la relación de su causa.

     En el Consejo produjo cierta alarma un auto de tamaña magnitud, especialmente cuando mediaba el antecedente de las confesiones y testimonios arrancados a los reos en la tortura, y sin duda por eso pidió a los inquisidores, por carta de 27 de febrero de 1640, que cada uno por separado «dijese en conciencia sus sentimientos, en razón de las sentencias de relajados».

     Contestando Gaitán, en 8 de junio del año siguiente expresaba que esas sentencias «fueron justificadas», refiriéndose especialmente a las que habían recaído en las causas de Pérez y de Duarte. Y Castro y del Castillo, en carta de igual fecha: «En todas las causas de la complicidad fui juez y en ellas di mi voto según la presente justicia, que entonces tenía vista y estudiada, precediendo el decir misa todos los días y encomendar muy de veras a Dios y con mucha humildad el acierto en los negocios que traía entre manos...».

     El más notable de los inquisidores que prepararon aquella función célebre en la historia americana fue don Juan Sáenz de Mañozca y Zamora, natural de Marquina, en Vizcaya. Se educó en México, en casa de su tío don Pedro Mañozca, hasta graduarse de bachiller en artes, y en seguida pasó a Salamanca, donde alcanzó los grados de bachiller en ambos derechos y de licenciado en cánones. Nombrado para fundar la Inquisición de Cartagena de Indias, permaneció allí hasta septiembre de 1623, fecha en que se dirigió a Lima con cargo de visitar la Audiencia de Quito. En 1637 fue nombrado cancelario de la Inquisición General, en seguida presidente de la Chancillería de Granada, y, por fin, en 1645, arzobispo de México, cargo que sirvió hasta 1653, en que murió. El retrato suyo que damos está tomado de la obra México a través de los siglos, (segundo volumen, pág. 601) cuyos autores lo sacaron de la galería del palacio arzobispal de aquella ciudad.

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285.       De los documentos que hemos podido consultar no constan las fechas en que se sucedieron en el cargo los comisarios del Santo Oficio en Santiago. Según hemos dicho, Calderón falleció por los años de 1610, siendo natural pensar que le reemplazase su sustituto fray Domingo de Villegas. ¿Pero hasta cuándo? Villegas era por esa época un hombre de bastante edad y la última referencia que hemos hallado respecto a él es del año 1616. Es probable, sin embargo, que muriera por los de 1619.

     Don Benjamín Vicuña Mackenna, que pudo disponer de los papeles de la Inquisición que había en Lima, en su artículo Lo que fue la Inquisición en Chile dice que de Santiago fue comisario el obispo don Francisco de Salcedo, y que en octubre de 1635, por su muerte, se dio el cargo a Pérez de Santiago. Estos datos, sin embargo, no se avienen en manera alguna con los que nosotros habíamos podido recoger de diferentes fuentes, hasta que, recorriendo la correspondencia del mismo obispo Salcedo, encontramos una carta suya dirigida al Rey, con fecha 31 de enero de 1631, en recomendación de Pérez de Santiago, en la que le dice: «es comisario del Santo Oficio y del Tribunal de la Santa Cruzada en este reino, cuyos oficios ejerce actualmente y ha ejercido con toda puntualidad de doce años a esta parte...»; esto es, desde 1619.

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286.       Esta real cédula forma la ley 24, tít. I del Libro XIX de las Recopiladas de Indias.

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287.       Carta citada del Cabildo de 17 de marzo de 1637. El inquisidor Mañozca en carta al Consejo, dándole cuenta de este hecho, pone en duda la efectividad de la enfermedad del doctor Navarro. Equivocadamente afirma también que fueron nueve, en vez de seis, los meses que aquél permaneció en el convento de San Francisco. Carta de 21 de mayo de 1637.

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288.       «El Rey: Venerable licenciado Juan Mañozca, de mi Consejo en el de la General Inquisición; habiéndose visto en mi Consejo Real de las Indias la carta que me escribisteis en veinticuatro de mayo del año pasado de seiscientos y treinta y siete, en que me dais cuenta habíades dispuesto que en lugar de la canonjía que por mi orden se había suprimido en la iglesia catedral de la ciudad de Santiago de las provincias de Chile, por haber entrado en religión el doctor Francisco Navarro, y respecto que por enfermedades que le habían sobrevenido, se había vuelto a salir, en su lugar se suprimiese la que había vacado por muerte del doctor Salvatierra; ha parecido bien y en su conformidad he enviado orden al Obispo, deán y Cabildo de la dicha iglesia de Santiago de Chile, aprobando lo que en esta sazón ordenasteis y os agradezco el cuidado con que acudís a lo que en esta sazón os tengo encargado, que es conforme a la confianza que tengo del celo con que acudís a las cosas de mi servicio. -De Madrid a tres de abril de mil y seiscientos y treinta y ocho años. -Yo el Rey. -Por mandato del Rey nuestro señor. -Don Fernando Ruiz de Contreras*. -Señalada del Consejo».

___________________________

     * [«Contrerae» en el original (N. del E.)]

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289.       El comisario Pérez de Santiago se veía apoyado en esta pretensión por el inquisidor Mañozca, quien, a la vez que el Cabildo eclesiástico de Santiago, consultaba también el caso al Rey, por conducto del Consejo, combatiendo la opinión del Cabildo de que mientras Navarro no hubiese profesado, mal podía declararse la vacante de su canonjía, «acción que porque huele a intrusión contra el real patronazgo, decía Mañozca, no he querido desistir del derecho que el Santo Oficio tiene a ellas, y aunque el interés que puede haber de una a otra vacante no es grande, es materia grave». Carta citada de 25 de mayo de 1637. Es de notar que un ministro del Santo Oficio invocase en este caso los fueros del patronato real cuando en verdad no tuvo éste en América más graves contradictores que los mismos inquisidores.

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290.       ¿Sacaron los prebendados a Navarro de su celda de San Francisco para oponerse a la determinación del comisario, como lo afirma el señor Vicuña Mackenna, o, como ellos lo anuncian al Rey, Navarro estaba ya de nuevo en posesión de su prebenda? No lo sabríamos decidir, pero nos inclinamos a pensar que esto último es lo más probable.

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291.       Ascendía ésta, más o menos, a 1.000 pesos por la cuota de diezmos que le correspondía. No deja de ser curioso que fuese el mismo Cabildo eclesiástico de la capital el que rematase estos bienes para sí y ante sí en aquella singular subasta, que se hacía entonces por un negro y a la luz de un cabo de vela. «Y aunque de parte del Cabildo, decía el deán Santiago a la Inquisición de Lima, ha habido algún monipodio, según tengo entendido, porque echaron un sacador, que fue un clérigo, y éste los traspasó a un canónigo para todo el Cabildo, etc.». Los diezmos de la diócesis de Santiago se remataron aquél año (1636) en 11.200 pesos».

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292.       Anales de la Universidad de Chile, t. XXI, págs. 135 a 137.

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293.       Carta de 22 de febrero de 1638. Archivo de Indias.

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294.       Carta de la Audiencia al Virrey del Perú, de 28 de abril de 1638. Archivo de Indias.

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295.       Carta de 24 de abril de 1638. Archivo de Indias, 77-4-37.

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296.       [«aqual» en el original (N. del E.)]

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297.       [«Inquisión» en el original (N. del E.)]

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298.       Proceso fue aquél tan aviesamente manejado que obligó al acusado a ir a España, bajo partida de registro «aunque (dice el orgulloso deán) el presidente de esta Real Audiencia y gobernador don Francisco Lazo y toda la Audiencia me pidieron con grandes sumisiones suspendiese la orden de que pareciese en ese Tribunal el canónigo Juan Aránguiz de Valenzuela».

     Pero el solapado comisario de la Inquisición insistía siempre en que se le enviase a España, y en efecto, encontramos que los inquisidores Andrés Juan Gaitán y Antonio de Castro, confirmaron aquella orden por un auto fechado en Lima el 8 de octubre de 1642.

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299.       Simancas, Pleitos criminales, legajo 4º.

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300.       Amunátegui, Don Pedro Machado de Chávez.

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301.       [«encarmentaba» en el original (N. del E.)]

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302.       [«el en» en el original (N. del E.)]

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303.       El padre Luis de Valdivia, de la Compañía de Jesús, residente en esas provincias, nos ha pedido le mandásemos admitir por calificador de ese Santo Oficio, y ordenamos a los inquisidores de Granada le recibiesen la información de su genealogía y limpieza y la vistasen, lo cual hicieron y aprobaron por bastante para ser ministro del Santo Oficio: admitirle heis al uso y ejercicio del dicho oficio de calificador, sin tratar de recibirle más información. En Madrid, a 21 de mayo l621».

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304.       Excelentísimo señor: En carta de 12 de septiembre de 662, hace vuestra excelencia gracia de calificador de esta Inquisición al padre Diego de Rosales, de la Compañía de Jesús, en la provincia de Chile, y refiere que en presentando su genealogía en el Consejo, se le harán sus informaciones, por lo que toca a esos reinos, y que se nos enviará certificación de lo que resultare, de que quedamos advertidos, pidiendo a Nuestro Señor prospere la vida de vuestra excelencia muchos años. Reyes, 22 de noviembre de 1664. -Don Cristóbal de Castilla y Zamora. -Doctor don Álvaro de Ibarra. -Doctor don Joan de Huerta Gutiérrez».

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305.       De los principales postores al cargo del Santo Oficio, el capitán Francisco Peraza fue natural de Santiago, hijo del maestre de campo general Jerónimo Peraza, oriundo de Jerez de la Frontera, y de Elena Ramírez. Fue casado con Isabel Suárez de Espinosa y falleció en Santiago por los años de 1673.

     Don Melchor Xufre del Águila salió de España en 1587 y arribó al Perú en calidad de gentilhombre de lanza, enrolándose en Lima como aventurero para la guerra de Chile, a cuyo suelo llegó al principiar el año de 1590, siguiendo las operaciones militares desde el verano siguiente, con tan poca fortuna, que, además de varias heridas, sacó una pierna rota. Retirose entonces del servicio para establecerse en Santiago, viviendo en campesina soledad y trazando a ratos en el papel lo que había presenciado. En 1612 fue elegido alcalde de la ciudad y en ese carácter hizo una viva oposición a los planes del padre Valdivia.

     Más conocido por su libro Compendio historial del descubrimiento, conquista y guerras del Reino de Chile, impreso en Lima en 1630, en un volumen en 4º, Xufre del Águila falleció en Santiago en 1637.

     Por más datos acerca de su vida y obras, véase nuestra Historia de la literatura colonial de Chile, t. I.

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306.       Relación de las posturas que en los lugares del distrito de esta Inquisición de los Reyes se han hecho, etc., Libro 759, hoja 316.

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307.       Carta al Rey de 7 de mayo de 1642. Archivo de Indias, 77-4-38.

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308.       Cúmplenos advertir aquí que el exceso de ministros del Santo Oficio que se advertía por aquél entonces, y aún desde antes, era tan notorio que, aún respecto de los comisarios, se resolvió en Lima, en 13 de septiembre de 1632, que por tiempo de los cinco años primeros siguientes no se nombrasen comisarios sino en las ciudades cabeceras de obispado y en otros pocos lugares, como ser Potosí y Oruro. Exceptuáronse, [441] sin embargo, de la prohibición Santiago y Concepción. (Fol. 358 del Libro intitulado Instrucciones y breves de Su Santidad).

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309.       Carta de la Inquisición de Lima al Consejo, 15 de mayo de 1645.

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310.       Libro 106, hoja 229.

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311.       Archivo de Indias. Colección arzobispal de Santiago. Sobre estas incidencias y las semejantes que tuvieron lugar en Cartagena de Indias, véase en la misma Colección la nota pasada al Inquisidor general por don Gabriel de Ocaña y Alarcón.

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312.       A continuación va la carta en que los inquisidores Gaitán y Castro daban a este respecto sus instrucciones a Huerta Gutiérrez.

     «En este Santo Oficio se recibió la carta de vuesa merced de once de agosto, hoy día de la fecha desta, en navío que llegó habrá dos días al puerto del Callao, en que hemos visto el aviso que vuesa merced nos da de los procedimientos del deán de esa iglesia Dr. don Tomás Pérez de Santiago, que ha servido el oficio de comisario deste Santo Oficio en esa ciudad, con las memorias y relaciones que con ella vinieron de las cantidades de pesos que cobra de las ditas que le cedió el capitán Juan de Leguizamo para en pago de lo que le debía el contador Bartolomé de Larrea, como de lo que le debían del año de treinta y ocho; y los excesos y cosas que el dicho comisario ha hecho y hace en el progreso de su comisaría, que habiéndose todo visto, ha parecido removerle del dicho oficio del dicho Santo Oficio y enviarle a vuesa merced las comisiones que con ésta van para [444] la persona eclesiástica que a vuesa merced le pareciese más a propósito; en primer lugar de los prebendados de esa santa iglesia, y en segundo, a frailes que sean de todas buenas partes de cristiandad, virtud, letras, nascimiento y buenas costumbres, en las cuales cartas mandará vuesa merced poner los sobrescritos, habiendo puesto todo el cuidado y diligencia que se requiere en escoger la persona más idónea para el dicho ministerio, a la cual las entregará para que haga el oficio de comisario deste Santo Oficio en esa ciudad de Santiago y las demás cosas que se le dicen y avisan; y luego mandará vuesa merced cobrar del dicho don Tomás todas las causas civiles y criminales de materias de hacienda, y las que no fuesen ni tocasen al fuero de la Inquisición remitirá a la justicia eclesiástica o real a quien tocasen, y las demás que pertenecieren al Santo Oficio se entregarán al comisario nuevo a quien nombramos y vuesa merced eligiere para que prosiga en ellas, advirtiendo, como dicho es, que se previene a vuesa merced sea del Cabildo eclesiástico y persona de las partes que conviniese, donde no, sea en prelado de alguna religión o religiosos dellas, que sea más apropósito. Y nos ha dado mucha pena de que el dicho deán haya procedido con tanto desafuero y demasías tan inusitadas en el Santo Oficio y que haya dado rumbo a que se censure por algunos la justificación con que procuramos que en el Santo Oficio y sus ministros haya siempre, sin hacer agravios a persona alguna, no dando ocasión de queja a los ministros reales y vasallos de Su Majestad: el remedio de lo cual esperamos con la intervención de vuesa merced, cuya persona guarde Nuestro Señor muchos años, etc. Fecha en Lima, a cinco de otubre de mill y seiscientos cuarenta y seis. -El licenciado Andrés Juan Gaitán. -Dr. Antonio de Castro y Castillo».

     El doctor Huerta Gutiérrez fue más tarde inquisidor de Lima. Véase nuestra Historia del Tribunal de aquella ciudad, t. II, pág. 188.

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313.       Carta de 2 de abril de 1647. Archivo de Indias.

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314.       Éste que por su parte no disimulaba la enemistad que le profesaba, tuvo años más tarde una buena ocasión en que manifestarla. Tratábase en 1651 de elegir en el Cabildo eclesiástico provisor que gobernase la diócesis, vacante por fallecimiento del obispo Zambrana Villalobos, y se hallaban con ese motivo tan alborotados los canónigos que a fin de que tuviesen la fiesta más en paz, solicitaron que la Audiencia se hallase presente a la elección. Luego Pérez de Santiago indicó que no debía pensarse en elegir como provisor a Machado, porque, según decía, «no había dado residencia en más de dieciocho años que había sido provisor en la última sede vacante del obispo Villarroel, porque estaba embarazado con las comisarías de Cruzada y del Santo Oficio», y, por fin, porque por las ocupaciones de sus haciendas, no acudía al oficio [446] de provisor, como se comprobaba con las causas de matrimonio y otras que estaban sin determinar hacía meses y aún años; «y luego aparte a la Audiencia, dice el fiscal de ésta, propuso muchas causas contra la persona, en cuanto a su vida y costumbres, dignas de remedio».

     Deseando el oidor, su hermano, desvanecer las acusaciones que se decían presentadas en el Consejo de Indias contra el provisor, solicitó a sus compañeros de tribunal para que suscribiesen un informe favorable a aquél, informe que se negó a firmar el fiscal don Antonio Ramírez de Laguna, «por el que nos hizo el dicho deán, decía, y por conocer la ambición a mandar que tiene el dicho provisor». Carta al Rey de 8 de junio de 1653. (Archivo de Indias).

     Esta oposición del fiscal le valió que un sobrino del provisor, un clérigo llamado don Antonio Machado, le escribiese desde Madrid una carta de amarga burla en que le amenazaba con informar al Consejo, como testigo de vista, «de los milagros, santidad y virtud de su merced». Ramírez denunció el hecho al Rey, pidiéndole, sobre todo, que hiciese averiguar quién era el que había revelado el secreto del acuerdo, con lo que aludía al hermano del provisor; habiendo el fiscal de Indias propuesto que se sacasen mil ducados de multa al clérigo Machado por su desacato y amenaza. Carta de Ramírez de Laguna de 6 de febrero de 1656 y autos de la materia.

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315.       La causa de Venegas, como era de esperarlo en vista de la blanda sentencia de los inquisidores, levantó en el Consejo justísimos reproches. En efecto, en 30 de marzo de 1666 el licenciado don Francisco de Lara daba su parecer a aquel alto cuerpo, y éste, ese mismo día, lo transcribió íntegro a Lima.

     Afirmaba Lara que los inquisidores y el fiscal habían faltado gravemente a su obligación, porque debían haber mandado prender al reo en las cárceles secretas; porque su confesión, lejos de agravarle la prisión, le valió que le diesen por cárcel todo el colegio; porque sus defensas fueron nulas; y, en fin, porque, conforme a lo dispuesto por los breves apostólicos, lo que correspondía a los méritos de la causa era que en la sala de la audiencia, en presencia de los ministros del secreto y de doce religiosos confesores, estando el reo en forma de penitente, debía habérsele leído su sentencia, con méritos, debía haber abjurado de levi y ser gravemente reprendido, advertido y conminado y privado perpetuamente de confesar hombres y mujeres, y quedar recluso por dos años en el convento de su orden, durante los cuales no tuviese voz activa ni pasiva, y fuese el último en el lugar en los actos de comunidad, y desterrado después por algunos años de Santiago de Chile.

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316.       Libro 760-13, hoja 346.

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317.       Carta de los Inquisidores García Martínez Cabezas, Bernardo de Eyzaguirre y Cristóbal de Castilla y Zamora, de 22 de agosto de 1656. Los bienes confiscados a Henríquez sumaban dos mil pesos.

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318.       Carta de 1º de septiembre de 1656.

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319.       Libro 760-13, hoja 351. A continuación copiamos un extracto de la relación de la causa de Rivero y de lo que pasaba en la cárcel. Según se verá, hay una discrepancia manifiesta entre la fecha que en este documento se señala a su prisión con la que apuntan los inquisidores en carta de 1º de septiembre de 1656.

     «Luis Rivero, alias don Juan Sotelo, que vino por Buenos Ayres y pasó al Reino de Chile, pedí que fuese preso porque acompañaba y encubría a personas que venían de España huyendo del Santo Oficio, y así se ejecutó, y sabido su verdadero nombre [463] y apellido, se halló ser comprendido en una testificación que Vuestra Alteza invió a este Sancto Oficio contra un su cuñado y su hermana; entró en cárceles secretas por judaizante a 22 de abril de 1655 años; ha estado muy enfermo; mejoró, es pobre, de edad de treinta años.

     »A 17 de noviembre fue testificado en el año de 657 por una presa por hechicera, que de su voluntad declaró, cómo este reo se comunicaba a voces desde su cárcel y otras veces por recados con una presa a la cual enamoraba este reo; -y se acusó esta testigo cómo ella habló desde su cárcel, le envió recaudos y papeles a este reo y cómo se enamoraron los dos, y como habiéndolo entendido la dicha presa, hubo muchos celos entre los tres-; y cómo esta testigo tuvo acceso carnal con este reo, procurando disponerlo de modo que no quedase preñada, y se dieron palabra de casamiento y de ello se dieron cédulas; -y declaró cómo este reo salía de su cárcel porque ella le abría, y cómo se comunicó con otro preso, su conjunto, y una presa, su conjunta, en sus cárceles muchas veces. Después sobrevino otro testigo de vista, mujer mayor, presa, que declaró contra este reo y la mala amistad que tenían y visitas que se hacían este reo y la presa, que así lo ha declarado, y palabra de casamiento que se dieron-; y esta dicha testigo y otros tres mayores declararon contra este reo, el uno mujer, de haberle visto ir a la cárcel de una mujer, su conjunta, y hablar con ella cuanto quiso, y los otros dos testigos, hombres, de haberse comunicado por escrito y de palabra este reo con otros presos». Relaciones de causas, hoja 409.

     Rivero se suicidó el 13 de enero de 1659.

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320.       Carta de 22 de junio de 1660.

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321.       Rubricado del Inquisidor mayor. Tenemos a la vista las contestaciones dadas por cada uno de los Tribunales citados en esta resolución. El inquisidor de Cuenca don Gregorio Cid de Carriazo, en 7 de mayo de 1661, decía, hablando del proceso de los padres de Henríquez de Fonseca: «no dicen contra él cosa alguna, ni los testigos que dijeron contra el doctor y su mujer; quizás por ser tan muchachos en aquel tiempo no se habrían fiado de él en aquel tiempo y no estaría culpado...».

     Nos parece inoficioso citar los testimonios de los demás informantes, ya que el Inquisidor general habría tenido buen cuidado de hacerlos valer si algo hubiesen contenido contra los reos.

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322.       En carta de los inquisidores escrita siete días más tarde, se decía: «se armaron los tablados en la plaza mayor y con grande lucimiento, decoro y devoción de los fieles, hubo tres quemados, uno en persona y dos en estatua, tres reconciliados, cuatro religiosos, que, siéndolo, se casaron, dos celebrantes sin ser sacerdotes, y nueve mujeres hechiceras, que por todos fueron veinte y tres».

     «El Virrey y Real Audiencia, continúan los inquisidores, movieron tantas dificultades y competencias al Tribunal en el acompañamiento y modo de concurrir en el tablado, que casi nos impidieron la ejecución, porque siendo tan pocos los ministros, no dieron lugar a las disposiciones de que se compone una materia tan ardua como la celebración de un auto público, y lo más sensible y que ha causado gravísimo escándalo fue que enviando el Tribunal a la condesa de Santisteban veinte y cuatro fuentes de comida y un palillero muy curioso, estando presente mucha gente, especialmente las mujeres y familias de los oidores, con los mismos criados las hizo llevar a las cárceles de corte y de la ciudad, diciendo que nunca llegaba tarde el pan para los pobres, sentida de que el Tribunal se excusase de comer con su marido, porque quiso ponerse debajo de dosel en la testera de la mesa y poner por las bandas los inquisidores; lo que más puede haber lastimado en acción tan escandalosa, es que la ejecutó a las doce del día, al mismo tiempo que el Santo Oficio estaba haciendo castigo de los enemigos de la fe».

     ¿Rivero estaba entre los reconciliados, o fue de los quemados en estatua? No lo sabríamos decir, pues no nos fue posible encontrar en los archivos la relación de las causas de estos reos, y es probable que no se enviaran, según se desprende de la nota puesta en el Consejo al margen de la carta en que dicen que, «para proceder, se espere hasta que vengan los papeles».

     Tampoco pudimos descubrir dato alguno acerca de la suerte que corriese la hijita de doña Leonor.

     Conviene advertir aquí que posteriormente, en 1680, anunciaban los inquisidores que también había sido procesado por judío un vecino de Santiago llamado don León Gómez de Oliva, según consta del siguiente documento. [466]

     «Muy poderoso señor. Con esta remitimos a Vuestra Alteza copia auténtica en ochenta fojas del proceso causado en esta Inquisición contra León Gómez de Oliva, natural de la ciudad de Viana en Portugal y vecino de la ciudad de Santiago de Chile de este reino, que pareció espontáneamente en esta Inquisición a denunciar de sí y cómplices delitos de judaísmo, para que Vuestra Alteza se sirva de mandarlo ver, y siendo Vuestra Alteza servido, mandará sacar lo que hace contra los que estuvieren en España, que aquí se sacó lo que resultó contra dos que estaban en cárceles secretas; y en cuanto a la confiscación de bienes, por ser espontáneo, lo dejamos a la gracia y disposición de Vuestra Alteza y señor Inquisidor general, como parecerá de los votos que están al fin del proceso. Dios guarde a Vuestra Alteza. Inquisición de los Reyes a 4 de junio de 1680. -Doctor don Francisco Luis de Bruna Rico. -Licenciado don Juan Queipo de Llano Valdés. -Por mandado del Santo Oficio de la Inquisición. -Don Miguel Román de Aulestia». Libro 760-15, folio 269.

     El capitán León Gómez de Oliva vivió en Santiago, en la calle de Santo Domingo, cuadra y media más arriba de la iglesia. Fue casado con doña Josefa Machado y tuvo dos hijos, el presbítero doctor don Juan Gómez de Oliva, y doña Lucía, monja profesa de Santa Clara. No sabemos cuánto tiempo duraría su proceso, pero consta que veinte años después de la fecha de la carta de los inquisidores vivía aún en esta ciudad, donde por su calidad de portugués y en vista de una cédula de represalias, se le tenían embargados todos sus bienes. Véase el volumen 206 de los manuscritos de la Biblioteca Nacional.

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323.       Hoyo, Relación completa y exacta del auto público de fe, etc., Lima 1695, 4º. Reproducida en Odriozola, Documentos literarios del Perú, t. VII, pág. 370.

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324.       2 Libro 760, hoja 480.

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325.       «Por cuanto este reo estuvo enfermo de calentura y otros accidentes, concluyen los inquisidores, no se pudo ejecutar en él la sentencia de azotes y el que saliese a la vergüenza; y así, después de notificada su sentencia, fue llevado al hospital de San Andrés para que le curasen, donde murió». Relaciones de causas, libro 760, hoja 432 vuelta.

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326.       Peralta Barnuevo, Triunfos del Santo Oficio peruano, folio 173; y Odriozola, Doc. lit. del Perú, VII, 379.

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327.       Carta del Inquisidor Valera al Consejo de 12 de agosto de 1695.

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328.       Todos se encuentran efectivamente en el proceso. Para que se pueda juzgar mejor el proceder de Ovalle, transcribimos a continuación la carta que dirigió a Ubau, idéntica a la que envió a Solís.

     «Amigo don Pedro:-No es la primera vez que flaquea el piloto en la borrasca y se vale de ajena industria para asegurar la nave. Yo me hallo con alguna turbación en los ejercicios, y me acuerdo padecieron ustedes lo mismo en los últimos que tuvieron, [479] lo cual en parte desahoga mi ánimo; pues no es mucho se turbe en la borrasca quien empieza a navegar el dificultoso mar del espíritu; busco, pues, el sosiego mío en su respuesta, y le ruego que me diga, y se lo mando en cuanto puedo, de qué medios se valieron contra la inquietud y turbación; y que también pase los ojos atentamente por ese papel, y leído con mucha consideración, me responda qué juicio hace de él; si se opone en algo al ejercicio de la denegación que se practica, si tiene algo que quitar o añadir, o en todo se conforma con el camino del espíritu que sigue. Respóndame en todo según juzgare delante de Dios, y déjese de encogimientos, que en esta vida todos debemos y tenemos que aprender de otros. Harto siento no nos podamos ver, pero suplan por ahora las letras, y dígale al portador cuándo volverá por la respuesta, que sea cuanto antes, pues en ella espero mi sosiego y el conocimiento de lo que tanto importa saber. Remítame con la respuesta cerrado ese papel, y a Dios. Su capellán que Su Majestad B. -Manuel Ovalle».

     He aquí ahora la contestación de Solís:

     «Padre de mi alma. -He visto los dictámenes espirituales, y en ellos no he hallado sino estar muy buenos y ajustados al camino del espíritu, y así, sosiéguese su reverencia hasta que salga y nos veamos. Su hijo que le ama en el Señor. -Don José Solís y Ulloa. -A mi padre maestro Manuel».

     Por ser demasiado largas no copiamos las veintitrés proposiciones que el jesuita remitió a sus hijos de confesión, y sobre las cuales quería tener una opinión por escrito.

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329.       Para facilitar la lectura, daremos en notas lo que no pertenezca a la relación de los hechos.

     «Las proposiciones expresas que oí a dicho don José Solís, continúa Ovalle, son las siguientes:

     »1.ª Que el espíritu de negación que él practica, sólo su padre y los que siguen su doctrina lo han seguido y entendido en esta ciudad: temeraria et arrogans.

     »2.ª Que si uno en la oración se siente movido al amor de Dios, o acto de otra virtud que no sea la negación, ha de negarse a dichos actos, y que este no es movimiento según el espíritu, sino según la naturaleza: Molinos.

     »3.ª Que aunque uno esté en gracia, si no tiene la negación total de su voluntad, no hace obras meritorias dignas de vida eterna: Herética et minus capit heresim.

     »4.ª Que las obras exteriores de la iglesia, como mortificaciones, etc., no sirven a quien se halla en este grado de perfección de total negación, y sólo sirven para disponernos a que Dios nos llame a dicho grado, así como el labrador ara y dispone la tierra para sembrar; pero después de cogido el grano, cesan todas esas diligencias y no sirven más: Molinos.

     »5.ª Que Dios nos llama a este estado de perfección, habiéndonos sólo pasivamente, porque sólo es obra de la gracia damos esta negación, que llama purificar la naturaleza y anonadarla, con el símil del pan, que se cuece en el horno, y el hierro que se enciende en la fragua, donde el fuego cuece el pan y enciende el hierro, habiéndose uno y otro sólo pasivamente, y así dice que el alma se está como quien cruza las manos y baja la cabeza para recibir sólo: Molinos.

     »6.ª Que a esta parte superior del espíritu no llega ni se atreve el demonio: Molinos. [480]

     »7.ª Que los que están ya en este estado de espíritu a que Dios los llamó y llevó por sólo su misericordia, no tienen ejercicio de virtudes, ni han de pedir a Dios los libre de tentaciones, les dé su gracia, la gloria, etc., que este es ejercicio sólo de los que no han llegado a esta perfección: Molinos.

     »8.ª Que le había dado Dios a entender que más daño le hacía querer remediar el pecado por sí mismo, que el mismo pecado, porque lo mismo era pedirle a Dios que le salvase y limpiase del pecado, que atarle a Dios las manos para que no le dé el remedio: herética, blasfema, impía.

     »9.ª Que su padre le dijo un día que se pusiese en oración, como un tronco, o como un escaño, sin hacer más de su parte; y preguntándole yo si había de ser por medio del acto de fe pura, dijo que sí, y nada más: Molinos.

     »10. Que puesta el alma en este grado de espíritu, no tiene entrada, ni puede entrar el demonio en ella, porque es reino de paz, y así el que está en este grado de perfección, está libre de todo pecado mortal y venial, y aún de toda imperfección, y que sólo puede caer si sale al estado de la especulación o meditación: Molinos.

     »11. Que a los que se hallan en este estado no les sirven ni aprovechan las cofradías, y así que, diciéndole uno se asentase en cierta cofradía, le dijo Dios que no lo hiciese, que dejase esas cosas para los enfermos; herética: Molinos.

     »12. Que no podían errar los que profesaban tan alto grado, porque habiéndoles Dios cerrado la vena del espíritu, no tenía entrada en él, ni lugar el menor yerro o imperfección: herética.

     »13. Que no usaban examen de conciencia discurriendo o pensando en el modo de vivir, sino que su modo de examen era al modo de su oración: temeraria, escandalosa, periculosa.

     »14. Que no comunicase con mi padre espiritual estas materias, porque no había obligación de comunicar con el confesor las materias y cosas espirituales, y que así se lo había dado a entender el Señor que convenía las callase: Molinos.

     »Estas y otras proposiciones semejantes eran familiares en dicho don José Solís todas las veces que trataba con él puntos de espíritu, y añadía otras muy ajenas de la humildad cristiana, como tenerse a sí y a sus hermanos (que así se llaman los que siguen este espíritu) por únicos en la inteligencia y ejercicio del camino verdadero; que todos los demás no saben de espíritu, que a sólo ellos se lo ha comunicado Dios, y otros disparates semejantes».

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330.       «1.ª La gracia que no se ordena a mortificar la naturaleza, téngola por sospechosa, y así dijo; la luz o auxilio que a esto no se ordena, fuera, fuera: sapit heresim.

     »2.ª Que en este estado de espíritu no ha de haber ejercicio de virtudes, sino sólo de negación: Molinos.

     »3.ª Cuando uno tiene una tentación, abrazarse con el sufrimiento de ella, y padecer solo, sin pedir a Dios le libre de ella, sino resignarse todo en Él: Molinos. [481]

     »4.ª Que no puede hacer acto bueno mientras no ha muerto la naturaleza: sapit heresim.

     »5.ª Que en la oración no hay acto de discurso, porque no discurre el entendimiento sino sólo padece; que no se ha de valer de las criaturas para pensar en Dios, porque estas son materialidades ajenas de este estado y propias de la meditación: Molinos.

     »6.ª Que toda acción sensible se ha de apartar del alma en esta oración, porque no ha de saber uno si obra bien o mal, quedándose el alma en total indiferencia, sin pensar lo uno o lo otro: Molinos.

     »7.ª Que en este estado no hace el alma sino padecer, sin acto propio, como el pan se cuece en el horno, sin acto del pan: Molinos.

     »8.ª Que así como el enfermo no puede hacer obras de sano, sino sólo sufrir y padecer la sanidad, sin obra propia, así la naturaleza enferma no hace obras buenas sino que debe resignarse sólo en Dios para que la sane: Molinos.

     »9.ª Que en este ejercicio y en esta oración no ha de haber acto alguno de la imaginativa, y así que no nos hemos de poner delante a Cristo Crucificado, o alguna otra imagen, porque esto pertenece a la meditación: Molinos.

     »10.ª Que si conocemos que es alguna obra buena, por el mismo caso no la hemos de ejecutar, sino darle de mano, porque reconociendo que es bueno lo que hacemos, hay riesgo de complacencia. Molinos.

     »ll.ª Que no nos hemos de ejercitar en actos de esperanza de lo que Dios nos tiene prometido, porque esto será interés propio; ni hemos de ejercitar los actos de las demás virtudes: Molinos, la segunda parte de la proposición, y la primera herética.

     »12.ª Que no ha de hacer diligencia ni solicitar el bien espiritual del prójimo quien se halla en este ejercicio, porque no le toca, y sólo es propio suyo atender a la negación propia, y será salir de ella hacer lo contrario: Molinos».

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331.       «1.ª Que ninguno de sus hermanos entiende el espíritu que les enseñó su padre Juan Francisco, sino sólo él, porque al morir su padre se le infundió o pasó a él todo su espíritu, y que ninguno de los otros lo entenderá hasta que lo entienda y practique yo; a quien eligió Dios por padre espiritual de ellos, y añadió que no tenía él más días de vida que lo que tardase yo en entender y practicar este espíritu, y que luego que esto sucediese, moriría, porque sólo vive porque no se sepulte el espíritu [482] de su padre, y que habiendo otro que lo enseñe, cumplió con su ministerio: temeraria et arrogans.

     »2.ª Que desde San Ignacio acá no ha habido hijo más parecido a San Ignacio que su padre Juan Francisco: temeraria, scandalosa et piarum aurium offensiva.

     »3.ª Que las pláticas de su padre no eran discursos adquiridos por industria propia, sino revelaciones del Espíritu Santo, y que así las creía, y que habló su padre en ellas como habló Moisés y los demás profetas en sus revelaciones, y que no había más diferencia entre unas y otras revelaciones que estar unas admitidas y declaradas por la Iglesia y otras no: herética.

     »4.ª Oponiéndole yo que no podían ser revelaciones del Espíritu Santo dichas pláticas, pues en ellas había yerros materiales contra la Escritura (como es decir en la plática de la dominica séptima post Pentecostem, que después de haber arrebatado Dios a San Pablo al tercer cielo, le señaló por maestro a Ananías para que le enseñase, lo cual es falso y error, como consta de la Escritura, pues le señaló Dios por maestro a Ananías al principio de su conversión, y el rapto fue doce años después, como nota Cornelio sobre este lugar), me respondió muy alterado que no era yerro, que así era como su padre lo decía, y que así se debía creer, y que lo creyese yo así porque hablaba por su padre el Espíritu Santo, y que también tenía él su Biblia y entendía muy bien los sentidos de ella, y aún me añadió que volviese a leer la Escritura, y que hallaría y entendería que el sentido de ella era como su padre decía: herética.

     »5.ª Quiso persuadirme que no hiciese otra mortificación porque cualquiera otra no me aprovecharía, antes me dañaría, sino mortificar el discurso en declarar cuantas razones se me ofreciesen contra lo que su padre decía, y en creer a ojos cerrados que el citado punto de la Escritura era cómo y del modo que su padre decía: Molinos.

     »6.ª Que cuando él muriese me dejaría por armas, para toda la Iglesia, en primer lugar, la Biblia, y, en segundo, las pláticas de su padre, y, en tercero, al doctor Taulero: scandalosa.

     »7.ª Que estaba dispuesto a defender la doctrina de su padre: temeraria et in doctrina est supra allata, herética».

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332.       Esto nos recuerda el caso que cuenta don Juan de la Sal, obispo de Bona, en carta al Duque de Medinasidonia, sucedido en Sevilla, en julio de 1616. «Ha mucho tiempo, refiere el Obispo, hace notable ruido la santidad aparente y lucida en extremo de un sacerdote seglar llamado el padre Méndez... Publica desde el día 1º de julio... que a los veinte pasará de este mundo al Padre Eterno, y está Sevilla llena de esta profecía... El viernes en la noche, a los quince de julio, le dijo al padre Guardián que le diese licencia para ir a decir la última misa a casa de sus hijas (que es un retiramiento de doncellas pobres que él tiene recogidas) y que le hiciese merced en su entierro de honrarlo con sus frailes. Recibida la bendición del Guardián, y despedídose de él para morirse, salió del convento buen rato después de anochecido, y de camino quiso antes consolar a una señora principal, su hija de confesión de las que más firmes estaban en la creencia de su muerte. Hallola que estaba acostada; mas, levantose en los aires en oyendo decir que estaba ahí el maestro, y después de los últimos abrazos, le pidió ahincadamente que, por la despedida, le dejase santificada su cama con acostarse un rato en ella. Él, como es un cordero sin mancilla y una paloma sin hiel, no tuvo corazón para negarle su cuerpo. Acostose en la cama como un ángel, y en habiéndola santificado, volviose a levantar y prosiguió su camino...». Biblioteca. de autores españoles, t. 36, págs. 539 y sigts.

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333.       Carta de Fr. Manuel Barona a la Inquisición, fecha 20 de septiembre de 1713. En esta ocasión anunciaba también Barona al Tribunal que había llegado a Valparaíso, en un navío francés, un tal don Juan Loaisa, y que circulándose esto por [502] la ciudad, trató de prenderlo, lo que no logró porque Loaisa no se atrevió a desembarcar; y, por fin, que remitía una denunciación contra don Nicolás de Iparraguirre.

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334.       El padre Urraca, en carta escrita dos días más tarde, dice que la prisión de Ubau «había ocasionado gran ruido y confusión en la ciudad».

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335.       He aquí la diligencia relativa a este último, con el inventario de la ropa que llevaba. «En el Santo Oficio de la Inquisición de la ciudad de los Reyes, en quince días del mes de noviembre de mil setecientos y diez y ocho, por ante mí el infrascripto secretario del Secreto, don Francisco Romo Barajas, alcaide de las cárceles secretas de esta Inquisición, cato y miro el cuerpo de don José de Solís, español, natural de Santiago de Chile, en donde era vecino, de edad de cincuenta y dos años, poco más o menos, al cual no se le halló cosa alguna de las prohibidas en la instrucción, y las señas de su cuerpo son las siguientes: de mediana estatura, carilargo, rosado, pelo negro, corto, barbirrubio, poblada la barba, ojos azules, el cual fue recluido en la cárcel número 21, y entregado a dicho alcaide el domingo 13 del corriente a la oración, y trajo en su cuerpo la ropa siguiente: cinco camisas; cuatro calzones blancos; cuatro pares de medias de lana; dos corbatas; cuatro pares de escarpines; dos pares de calcetas de lana; una anguarivilla o chupa de sempiterna colorada; una anguarina de piel de fremusgo forrada en bayeta; un jubón de tripe a flores, musgo viejo; zapatos negros; un sombrero de castor blanco, un colchón de cotense, viejo; una sábana de ruán; una sobrecama blanca de canfibillo; una colcha de Chiloé, de colores; un poncho musgo; unos calzones de tripe colorado, viejos; un corte de calzones de paño de Quito, musgo; una mantera de paño musgo; tres varas de bayeta de la tierra verde; un almofrej viejo.

     «Todo lo cual se quedó en su persona y cárcel, y el dicho alcaide se obligó a tener a dicho preso en buena custodia y guarda hasta que otra cosa se le mande por este Santo Oficio, y lo firmó, de que doy fe. -Francisco Romo Barajas. -Pasó ante mí. -Don José Toribio Román de Aulestia».

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336.       El religioso aludido aquí es sin duda fray Pedro Bardesi, de la orden de San Francisco. «Unos, dice su biógrafo, postrados ante el féretro, besaban los pies y las manos del venerable difunto, reconocidos a sus beneficios; otros cortaban pedazos del hábito para llevarlos, por reliquias, etc». Gandarillas, Vida del venerable siervo de Dios Fr. Pedro Bardesi, p. 126, segunda edición.

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337.       Con más exactitud, de la anteiglesia de San Miguel de Arasola, cerca de Durango. Carta del Consejo, de 13 de marzo de 1736.

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338.       Tuvo esto lugar el 19 de marzo de 1719. El cadáver fue trasladado a la cárcel para ser allí enterrado.

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339.       «Los sentimientos que Dios le daba en su cárcel» los iba escribiendo Solís en el papel que solía el Tribunal concederle, alcanzando a más de doscientas páginas en folio en la copia que poseemos.

     Como muestra de esos sentimientos, tomamos al acaso las líneas siguientes: «Digo y lo diré mil veces para descargo de mi conciencia, que si todas las Escrituras [525] Sagradas faltasen -que eso no puede ser con la gracia de Dios- no me apartara un punto de nuestra santa fe católica romana, porque después de seguir y creer lo que nos enseña nuestra madre la Iglesia en el mismo Dios, que es la misma Escritura, lo ha visto todo el que fuere contemplativo, y sabrá por experiencia que cuando Dios por sí mismo entra la luz del alma en su luz misma, si Dios por sí mismo no la vuelve a sacar de Dios, ella por sí misma no sabe cómo saldrá, porque no tiene sabiduría propia con qué saberlo, porque sólo vive en ella la sabiduría preceptiva de Dios, porque como Dios es principio sin principio, y fin sin fin, todo luz y resplandor, para entrarla por sí mismo en sí mismo, le consume y acaba su vida y sabiduría humana con su misma luz y resplandor y la deja en puro amor, y con eso la convierte en su luz y resplandor y se están los dos gozando en una sola luz y en solo amor mirándose los dos, y esto por todo el tiempo que Dios quiere; y cuando Dios quiere que vuelva a su natural, se ausenta della su luz y entonces sabe de sí naturalmente esto; así pasa y de ello darán razón los que se hallaren en este grado de oración. No fuera fácil, como adelante tengo explicado, que yo me determinase a declarar que es unitiva con Dios en un Santo Tribunal donde ha de ser todo visto y probado, si Dios no me hubiera llevado al cielo a verlo, por ser tan dificultosa su explicación, porque en la unitiva con Dios, ha de quedar alma que ame y adore a Dios y no ha de quedar más de sólo Dios, y esto no es fácil su declaración, porque en el instante que Dios convierte las tres potencias del alma en su misma luz y resplandor de su misma luz, produce y cría la luz del alma por gracia, y con su misma luz se hace ver y con su mismo amor se hace amar, para que todo sea divino el obrar del alma, porque el dominio de usar de sus potencias, sólo le es concedido en la vida natural, y entrando a la vida eterna, vuelve Dios a convertir la luz de las potencias del alma, que de su misma luz crió, en su misma luz y resplandor, y con eso Dios mismo con Dios mismo se hace mirar, amar y contemplar de la luz del alma que tiene convertida en su luz [526] misma; el modo cómo es esto no lo declaro aquí porque ya lo tengo declarado en adelante en la explicación que hago de la unitiva.

     »Y porque el Señor volvió a encargarme esto, llevé firme el amor. Con expresos sentimientos he querido volverlos a referir. Lleva firme el amor y deja que sólo Dios obre en vos, porque en la unitiva con Dios ha de quedar el alma que ame y adore y contemple a Dios y no ha de quedar más de sólo Dios; de mi luz misma crié la luz de tu alma y es mi voluntad volverla a convertir en mi luz misma, para que con mi luz misma goce mi luz misma.

     »Por estas verdades ya tan declaradas de su Divina Majestad, se verá que todo lo que hablé en Santiago era enderezado a este fin, sin llevar la más mínima malicia; causó novedad, y con razón, porque son muy pocos los que llegan a la unitiva mística con Dios por puro amor.

     »Y para que se vea que por la misericordia de Dios no estoy enfermo de la cabeza, sino que es verdad que todo lo que doy escrito lo he visto en la vida eterna; explicaré brevemente por puntos de fe y verdades católicas lo que he visto, como digo, en el mismo Dios y cómo obran las almas en saliendo desta vida y entrando en la eterna. Primer punto. -Dios, única causa de todo lo creado, principio sin principio, todo luz y resplandor, quiso por sólo su bondad, para mayor gloria suya y de sus bienaventurados, representarles en el inefable misterio de la Trinidad Santísima, su poder, sabiduría. y amor, porque mirándose por sí mismo a sí mismo, con su poder produce y engendra de su sabiduría al Hijo, y de su sabiduría y la del Hijo producen al Espíritu Santo, que es amor, y gozar deste divino misterio es toda la gloria de los bienaventurados. -Segundo punto; que Dios en cuanto Dios, es todo luz y resplandor y por eso es comparado al elemento del fuego, que no se puede dar a otra materia sino la convierte en fuego; así Dios en cuanto Dios, no se puede dar a la luz del alma, [527] que de su misma luz crió a imagen y semejanza suya, sino es convirtiéndola en su luz misma y haciendo que su luz misma le sirva para gozar con ella misma luz misma y esencia misma, y Dios por sí mismo hacerse mirar, amar y contemplar de la luz del alma, que de su misma luz crió; y porque nada puede haber en Dios que no sea Dios ni más sabiduría que su sabiduría divina, mirándose a sí mismo de su misma luz produce la luz del alma para que lo mire y ame, con sólo lo que es de Dios, como lo tengo explicado ya adelante en la unitiva con Dios. -Tercero punto; que la luz del alma no puede por sí misma salir de la luz de Dios, si Dios es principio sin principio, todo luz y resplandor, y sin consumirle y acabarle su vida y sabiduría humana, no pudiera Dios entrarla ni tampoco convertirla en la divinidad de su luz misma, y así hasta que la saca Dios por sí mismo de Dios mismo, ella por sí misma no puede saber naturalmente cómo saldrá de Dios, porque sólo vive en ella la sabiduría preceptiva de Dios. -Cuarto aviso; que todos los bienaventurados convertidos en la divinidad de su luz misma con su luz misma, saben su voluntad, mirándolo todo en el mismo Dios, según es voluntad de Dios hacérsela ver con su luz misma, esto es, hacerles Dios saber lo que Dios quiere que sepan, y no más, porque no hay allí más voluntad que la voluntad de Dios, ni más sabiduría que la sabiduría de Dios. Quinto aviso; que la gloria esencial es general común a todos los bienaventurados, y la accidental, gracia especial de Dios, según los méritos de las buenas obras; fuera nunca acabar si hubiera de ir refiriendo todo lo que en Dios veo y conozco cuando me entra en su luz divina; sea alabado para siempre. Amén».

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340.       Transcribimos en seguida dos certificaciones que dan fe de la muerte y entierro de don José Solís. -«Don José Toribio Román de Aulestia, secretario del Secreto del Santo Oficio de la Inquisición de la ciudad de los Reyes del Pirú, certifico que en cumplimiento de orden verbal de dicho Santo Oficio, pasé hoy día de la fecha al hospital real de San Andrés, y estando en él, entré a su iglesia y en una pieza en donde se ponen los cuerpos difuntos de los que se curan en él, hallé un difunto, y habiéndole destapado el rostro, en compañía del portero, éste me expresó ser un reo que se había curado en dicho hospital, perteneciente al Santo Oficio, y habiéndole reconocido, hallé ser don José Solís, el cual estaba con su camisa y tapado con un lienzo blanco, y ser el mismo que traté y comuniqué en el Santo Oficio cuando se halló en él preso y vivía, y habiéndome informado del capellán de semana, don Juan de Hermosilla, de cuándo había muerto el dicho don José Solís, me expresó haber sucedido el domingo 19 del corriente, cerca de las seis de la tarde, y para que de ello conste, lo certifico de mandato de dicho Santo Oficio, en los Reyes, en veinte y un días del mes de agosto de mil setecientos treinta y seis años. -José Toribio Román de Aulestia.

     «Don José Toribio Román de Aulestía, secretario del Secreto del Santo Oficio de la Inquisición desta ciudad de los Reyes, reino del Perú, certifico que en virtud de orden verbal de los señores inquisidores, pasé al hospital real de Sr. San Andrés, y hice saber al licenciado don Juan de Hermosilla, capellán semanero en él, no diese [529] sepultura al cuerpo difunto de José Solís que se hallaba en dicho hospital, a que me respondió obedecería lo que se ordenaba; y a hora de las siete de la noche, de orden asimismo del Tribunal, en compañía de don Francisco Romo Barajas, alcaide de las cárceles secretas, y de dos negros de Guinea, a quienes se les encargó el secreto, pasé a dicho hospital, y puesto en un ataúd que para este efecto se pidió en él, el cuerpo de dicho don José Solís, se condujo a las cárceles secretas de esta Inquisición, en donde estaba abierta la sepultura del número 1, en el lugar señalado para dichos entierros, y en ella se puso dicho cuerpo difunto vestido de su ropa, y se tapó con su tierra, a todo lo cual me hallé presente, siendo testigos el dicho don Francisco Romo y los dos negros que le enterraron; y para que de ello conste lo pongo por diligencia, y firmé en veinte y un días del mes de agosto de mil setecientos treinta y seis años. -Don José Toribio Román de Aulestia, secretario».

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341.       Así dice el texto.

     Miguel de Molinos (1627-1696) clérigo de la diócesis de Zaragoza, publicó en 1675 «uno de los libros menos conocidos y menos leídos del mundo, aunque de los más citados», como dice el sabio don Marcelino Menéndez y Pelayo, intitulado Guía espiritual que desembaraza el alma y la conduce al interior camino, para alcanzar la perfecta contemplación. Preso en 1685 por la Inquisición de Roma, a donde había ido a gestionar una causa de canonización, fue condenado dos años más tarde en abjuración y cárcel perpetua. Murió el 28 de diciembre de 1696.

     Los detalles acerca de la vida y doctrina de Molinos, los encontrará el lector en la obra del señor Menéndez y Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, t. II, págs. 559-576.

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342.       Este edicto se fijó en las puertas de la Catedral de Santiago el 28 de abril de 1726, y allí permaneció hasta el 2 de noviembre.

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343.       Francisco Joaquín de Villarreal nació en la villa o antiglesia de Berriz, en la ciudad de Durango, en Vizcaya; en 1711 vistió la sotana de la Compañía de Jesús en el Colegio de Villagarcía, en Castilla la Vieja, y siendo todavía seminarista, pasó a la provincia de Chile, profesando en Concepción el 2 de febrero de 1728. Seis años más tarde se dirigía a Lima como procurador de su provincia, llevando también poder de la viuda del presidente Cano de Aponte para representarla en el juicio de residencia que se seguía a su marido. Villarreal permaneció en Lima hasta 1740, en cuya fecha hizo un viaje a España, donde aún permanecía en el de 1744. Contaba entonces cuarenta años de edad. Fue autor del Informe hecho al Rey nuestro señor don Fernando el VI sobre contener y reducir a la debida obediencia a los indios del reino de Chile, que se publicó en 1788 en el tomo XXIII del Semanario erudito de Madrid.

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344.       El padre Fermín de Irisarri fue natural de Lima, rector del Noviciado y Colegio Máximo de San Pablo de aquella ciudad, examinador sinodal del Obispado de Guamanga, catedrático de Prima de Teología en el Cuzco y procurador general de la Compañía en Roma y Madrid. Hallándose en esta ciudad dio a luz la Vida admirable, etc., del padre Juan de Alloza, 1715, 4º.

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345.       Carta de 30 de julio de 1746.

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346.       El principal instigador de la causa contra Ulloa no pudo ocultarse él mismo su proceder, y según consta de un borrador de carta al Consejo de su puño y letra, que se le sorprendió en el embargo de sus papeles, «quería paliar con visos de celo su frenesí». «Pero si esto se llama celo, exclama Amusquíbar, ¿qué será injusticia? Carta de 21 de abril de 1748.

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347.       La mayor parte de estos detalles no sólo constan de la carta de Amusquíbar ya citada, sino que, como él mismo lo reconoce, fueron todos comprobados con certificaciones y testimonios. Para que no se conceda al autor de ese documento el mérito de haberse hecho eco de estas quejas, no debe olvidarse que sólo las expuso cuando ya sus relaciones con sus colegas estaban interrumpidas, según luego lo veremos.

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348.       Carta de Unda, de marzo de 1748.

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349.       Conviene advertir que Gómez debiendo ausentarse para España, dejaba pendiente en la Sierra más de noventa mil pesos en créditos, sobre los cuales le prestó Ilarduy los sesenta mil que después le embargó el Inquisidor, que era pariente de aquél. Calderón afirma que el receptor entró en el negocio, proponiéndoselo a él por medio de su compadre el alcaide de las cárceles Francisco Romo, a fin de ver modo de conseguir por este medio que cesase el juicio de cuentas que tenía pendiente.

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350.       Tuvo también relaciones Calderón con una chola, a quien después metió de monja de velo blanco, o donada, en el convento de la Concepción. En este orden, se le probó también haber extraído del colegio de niñas huérfanas a una que casó con el mayordomo de su chacra. Constan estos hechos de las deposiciones de siete testigos que declararon en la causa de visita.

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351.       Expediente de visita.

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352.       Carta de Unda, de marzo de 1748. Amusquíbar dice que su primera acción en llegando a Lima fue desalojar de los bajos de su habitación a la familia e hijas del alcaide, haciéndolas pasar a la casa contigua de penitencia. Carta de 9 de agosto de 1751.

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353.       Expediente de visita.

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354.       Triunfos del Santo Oficio Romano, Lima, 1737, 4º, hojas 28 a 37.

     No deja de ser curioso lo que ocurrió con la impresión de este libro. Los inquisidores pidieron al dueño de la Imprenta Real don Bernardo de la Gándara y Berbeyto que hiciese una tirada de doscientos ejemplares de la obra, ofreciendo pagárselos a justo precio. Gándara, que era oficial del Santo Oficio, contestó que bastaba con que le suministrasen el papel, pues los demás gastos esperaba sacarlos de los ejemplares que se vendiesen al público. Sucedió, sin embargo, que el autor fue alargándose tanto en la obra que en vez de una relación salió un tomo abultado, y con tal lentitud iba escribiendo que el Tribunal se vio en el caso de comisionar al dominico fray Alonso del Río para que sustituyese en la redacción a Bermúdez de la Torre, orden que se revocó luego merced a los empeños que este último interpuso. Concluyose al fin la tirada, pero junto con esto prohibiose la circulación del libro, quedando, por supuesto, Gándara insoluto del desembolso de mil y tantos pesos que había hecho. La inmensa mayoría de los ejemplares hubo que desencuadernarlos para enviar el papel a los conventos a fin de que sirviese a los frailes para envolver sus menudencias, y otros usos... Los pocos ejemplares que se salvaron fueron aquellos que, a pesar de los edictos que para el caso se fijaron, no devolvieron algunas de las mismas personas a quienes el editor los había obsequiado.

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355.       En el Consejo llamó la atención la causa de este reo, habiéndose ordenado a los inquisidores, en 13 de marzo de 1736, que «luego y sin dilación la voten y ejecuten su sentencia».

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356.       «Véase acerca de esto lo que apuntamos en nuestra Historia de la Inquisición de Lima, t. II, pág. 312.

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357.       Según declaración prestada en Madrid por el padre Joaquín de Villarreal, en 11 de marzo de 1744, expresó que había oído decir «que cuando en aquel Tribunal se formó la estatua del padre Juan Francisco de Ulloa para quemarla, la hicieron disponer con una valona aplanchada en el cuello, y convidaron, o a lo menos admitieron, algunas mujeres en el Tribunal para que viesen dicha estatua».

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358.       Palma, Anales de la Inquisición de Lima, cap. III.

     En el Consejo había comenzado a suscitar cierta inquietud, desde antes de la celebración del auto, la forma en que se habían seguido los procesos de los secuaces de Ulloa. Con relación al de Solís, escribía a Lima en 13 de marzo de 1736 que «se ha extrañado que habiendo sido preso este reo en el año de 1718, no se concluyese su causa hasta el de 1725, y mucho más, que no se haya votado en definitiva hasta el de l730».

     En 10 de marzo de 1738, el Arzobispo de Valencia, Inquisidor General, ordenó que sin tardanza se le remitiesen los originales de todos los autos y papeles de las causas de los reos, dejando las copias en Lima. Cumpliendo con esta orden, Calderón y Unda enviaron al Consejo por la vía de Panamá todos los papeles pedidos; pero permanecieron allí detenidos hasta 1746, en que fueron despachados por el Brasil.

     En aquella fecha, el mismo Arzobispo dispuso que por «justos motivos» se quitasen los sambenitos y rótulos que se habían puesto en las iglesias de Santiago y en las de Lima tocantes al padre Ulloa, orden que cumplía el secretario de la Inquisición el 24 de septiembre del mismo año, según aparece de la siguiente diligencia: -«Certifico que pasé hoy día de la fecha con un pintor a la iglesia catedral de esta ciudad, a quien hice poner una escalera y que borrase el sambenito y rótulo perteneciente al padre Juan Francisco de Ulloa, religioso sacerdote de la Compañía de Jesús, de la provincia de Santiago de Chile, difuncto, que estaba fijado en tabla entre los demás reconciliados por este Tribunal, y en dicho paraje, lo cual se ejecutó en mi presencia, y para que de ello conste lo firmé en veinticuatro de septiembre de mil setecientos treinta y ocho años. -D. Joseph Toribio Román de Aulestia».

     Los inquisidores sintieron en extremo verse obligados a cumplir con esta disposición y hubieron de quejarse por ello amargamente. «En conformidad de la disposición que para esto consiguieron las partes del señor Inquisidor General, decían, en efecto, al Consejo en 10 de enero de 1739; y no obstante habernos hecho cargo de los graves inconvenientes que de su práctica habían de resultar, nos resolvimos a mandarlo borrar, por acreditar nuestra obediencia en las órdenes que se nos confieren; no pudiendo omitir el expresar a Vuestra Alteza que en su ejecución ha resultado una pública desautoridad y menosprecio de la jurisdicción de este Tribunal, como podrá reconocer de la carta escrita del canónigo comisario de Santiago de Chile, que también se acompaña a ésta, siendo lo más sensible para nosotros que con este hecho públicamente se ha querido acreditar por buena dicha doctrina, pues el vulgo de esta ciudad y reino es menos que ordinario y que sólo se gobierna por lo que ve, y de haber visto quitado dicho sambenito, ha formado dictamen fijo de ser católica y segura la doctrina que seguía y enseñaba dicho padre Ulloa; a que se agrega para su firmeza las varias especies sueltas que oyen de las partes, que con tanto empeño y conato han querido defender dicha causa, manifestando en el público ser doctrina sana y corriente; de que asimismo ha resultado que los ministros de este Tribunal en el reino de Chile, a quienes les habíamos encargado algunas prisiones de los discípulos y cómplices de dicha doctrina, después de esta novedad, lo hayan suspendido, por hallarse desautorizados y sin poder para perseguir por malo lo que la universidad del pueblo generalmente aprueba; y como ven que las amenazas de las partes se atreven a dirigirse a sus superiores, se intimidan por ver decaído el poder y autoridad de quien les manda; de que asimismo resulta de que con dificultad podremos proceder contra los delincuentes de esta especie en adelante, mayormente habiendo tanto apoyo de esta doctrina, y aún reclamos, que en cualquier otra causa han de quedar los ánimos inquietos y desconfiados para pasar por condenación [589] o prohibición que nosotros hagamos, pues en el estado presente sólo se nos juzga por unos meros comisarios para sólo ejecutar las órdenes que de allá vienen, sin que por nosotros podamos arbitrar en nada: ¡que a tanto se ha extendido la malicia de los que han querido establecer su poder al costo de la ruina de nuestra autoridad!»...

     Sin embargo, sólo en 1762, cuando, como se ve, había transcurrido ya un largo cuarto de siglo desde el auto de fe, vino a pronunciarse el Consejo sobre los procedimientos de los inquisidores en las causas de los reos chilenos, cuando ya Sánchez Calderón, el principal culpable, había muerto hacía catorce años. Aunque de este modo la resolución del Consejo parecía más bien una burla, como satisfacción a la memoria de los infelices condenados y comprobación de los procedimientos inquisitoriales, queremos transcribir aquí aquellas resoluciones.

     Dice así la que se refiere a Solís. «En el Consejo, a 14 de septiembre de 1762. Visto. -Acordado que en esta causa se echa menos el que no se calificase en plenario. Que se tuvo el descuido de no poner la clamosa antes del auto de prisión, sino cerca de un año después. Que hubo en ella gravísima y culpable dilación, pues habiendo sido preso el reo en el año 718, duró el curso de ella hasta el de 725; y que aún es más culpable, el que estando conclusa desde este año no se votase en definitiva hasta el de noviembre de 736. Que los motivos que se insinúan de esta dilación en el auto de 1º de septiembre de 735 no fueron bastantes, pues el haber remitido la relación de ella al Consejo, no debió impedir el curso regular que le correspondió, como el Tribunal lo hizo sin este respeto, pasándola a votar sin haber recibido lo resuelto por el Consejo, en vista de la misma relación. Que se ha extrañado mucho el que habiendo removido al reo, conclusa su causa, desde su prisión al convento de Recoletos de San Francisco, no conste cuándo ni por qué causa fue llevado al hospital de San Andrés, ni la enfermedad de que murió, ni si se le administraron los santos sacramentos, precediendo las demás diligencias que en semejantes casos se practican, conforme a instrucciones del Santo Oficio con reos de esta naturaleza. Que de cada uno de estos puntos es culpable el inquisidor Calderón, pues en calidad de tal o de fiscal debió celar que no faltase en cosas tan sustanciales, y el Consejo ordena que se le haga cargo de estas omisiones».

     La resolución referente al proceso de Velasco, acordada en 14 de agosto de aquel año, es esta:

     «Se revoca como injusta la sentencia dada en esta causa en 23 de diciembre de 1736, y se absuelve la memoria y fama de Juan Francisco Velazco (contra quien se pronunció) de la instancia del juicio, y se manda que se devuelvan a sus herederos los bienes que le fueron confiscados, a excepción de los consumidos en sus alimentos. Que se quiten los sambenitos de los lugares donde fueron puestos y se den certificaciones de no obstancia a los interesados que las pidieren».

     Aunque la resolución referente a la causa del Padre Ulloa es mucho más larga, no queremos privar al lector curioso de que la conozca.

     «Con esta se os remite la sentencia dada por el ilustrísimo señor Arzobispo Inquisidor General, y el Consejo, en vista del proceso y causa seguida en ese Santo Oficio contra la memoria y fama del padre Juan Francisco de Ulloa, sacerdote de la Compañía de Jesús en el reino de Chile, ya difunto, por delitos de haber sido maestro de muchos discípulos a quienes enseñaba la doctrina de Molinos y otros heresiarcas, que remitisteis con carta de 27 de octubre de 1746, para que esta misma se lea en auto público de fe o en particular en que haya competente número de reos, para que llegue a noticia de todos. Y se ha acordado deciros, señores: Que en esta causa se han cometido gravísimos excesos, tanto en el modo y orden de seguirla, como en la sustancia de ella; pues desde su principio, habiéndose recibido en el Tribunal la delación del padre Manuel de Ovalle, en septiembre de 1710, debiendo haber mandado, ante todas cosas, que su autor la reconociese y fuese examinado sobre ella y particularmente sobre que declarase quien le entregó los papeles y pláticas que remitió [590] con su delación, y cómo sabían que fuesen del padre Ulloa, y haber procedido consiguientemente a inquirir y recoger los originales de las pláticas, supuesto que eran el principal fundamento de la causa; nada de esto se hizo, ni se despachó comisión para el examen de dicho padre y demás testigos hasta el año de 1718; que no fue menor exceso el de que, recibida la información sumaria, no conste de auto alguno en que se mandase pasar al inquisidor fiscal, y que hasta el año de 1725 no se halle haber pedido éste cosa alguna, sino el que se despachasen los edictos de memoria y fama; que el Tribunal para mandar, como mandó, se despachasen éstos, debió proceder con más acuerdo y consideración de lo que previenen las instrucciones del Santo Oficio en razón de la prueba del delito, pues no constaba de la sumaria con aquella claridad y circunstancias que las mismas y el derecho requieren; porque la delación del padre Ovalle debió tenerse por seductiva y poco sincera en la parte de haberse valido del artificio de copiar las proposiciones condenadas en Molinos, y mezclándolas con otras, pedir dictamen con tan señalado artificio a los discípulos del reo sobre si eran o no conformes a la enseñanza de éste. Y porque debió también considerar el Tribunal que el crimen de herejía formal con pertinacia no se prueba plenamente, como se requiere, en la sumaria, pues en el estado en que se despacharon los edictos sólo se había calificado la doctrina que se extrajo de las copias de las pláticas que se suponían del reo, y aunque a muchas proposiciones se hubiese dado censura de heréticas, era en lo objetivo, sin haber dado, como era necesario, la misma calidad al sujeto y autor de ellas; y aún supuesto el caso de que al autor le hubiesen dado la calidad de hereje formal, faltaba prueba de que el reo fuese cierto y averiguado autor de las mismas pláticas, por ser sólo copias, sujetas a yerros y falsificaciones y no originales, como se requería, reconocidos, o a lo menos comprobados, por comparación y cotejo de letra; y aunque todo esto resultara suficientemente probado, ninguna prueba había de la creencia y pertinacia del reo en aquellos errores, ni de que hubiese persistido y muerto en ellos, antes bien se presumía lo contrario. Que estando tan recomendada la brevedad con que se deben seguir y concluir esta especie de causas, por los inconvenientes prevenidos en las instrucciones del Santo Oficio, se ha advertido también que habiendo puesto la acusación el inquisidor fiscal en 19 de julio del año de 1727, no se respondió a. ella hasta el 24 de abril del de 1733, con tan mala coordinación en el orden de procesar, que el escrito de respuesta a la acusación, demás de no estar firmado por el padre Pedro de Ayala, admitido a la defensa en calidad de procurador, lo presentó el padre Irisarri y firmó el padre Joaquín de Villarreal, de cuyo poder no consta, y debiendo este escrito seguirse en el orden del proceso a la acusación, está postergado y cosido después de la publicación de testigos y sus respuestas; que habiendo el defensor de la memoria y fama con sus respuestas a la acusación y publicación, puesto tachas a los testigos y alegado hechos y descargos que debían y podían justificarse, aún cuando el defensor no hubiera articulado prueba y acotado testigos de defensa, debió el Tribunal hacerla de oficio y mucho más sobre el particular alegado de que los calificadores habían truncado algunas proposiciones de las pláticas, extrayéndolas en diferente sentido y palabras que en ellas tienen; que igual es el yerro de que en una causa de esta naturaleza, que consiste en doctrina, se haya omitido la calificación en plenario, teniendo las audiencias necesarias con los calificadores, para que, oídas las respuestas dadas por el defensor y lo alegado en defensa del reo, dieran su parecer y censura sobre si satisfacía o no a los cargos, y el grado de sospecha de herejía que correspondía o no al reo, como se debe hacer y está mandado en instrucciones y cartillas del Santo Oficio; que no habiéndose practicado alguna de estas diligencias, se hayan consumido cerca de diez años desde la citación por edictos hasta la sentencia primera pronunciada en 10 de noviembre de 1736, y después de tan culpable omisión, se siguió un atropellamiento tal que en tres días consecutivos se dieron tres sentencias, la primera y última constan de la causa, y la segunda, aunque no se sentó en ella, tiene el Consejo bastante información [591] que, absuelta, como fue, la memoria y fama del reo en la primera sentencia por mayor número de votos y habiéndose confirmado en segunda consulta, también con mayor número de votos y distinto ordinario, fue gravísima injusticia proceder a tercera sentencia condenatoria y ejecutarla mayormente, porque la primera era, legítima, y aunque discordada por el menor número, debió ejecutarse el voto de la. mayor parte que hacían sentencia: concurriendo a esto que el inquisidor fiscal no suplicó ni apeló de la dicha primera sentencia, y, aunque lo hubiera hecho, debiera ser a efecto de que sin ejecutarla se consultase al Consejo, y no para que sobre lo juzgado se tuviese segunda y tercera consulta. Que el haber llamado para la segunda por ordinario al doctor Carrión, y excluido sin razón ni fundamento al ministro fray Francisco Gutiérrez Galiano, y en la tercera a los dos, llamando y haciendo ir desde el Callao al ministro don Dionisio Granados, el mismo que había calificado las pláticas, sin constar tuviese poder del ordinario, ni que hubiese hecho el juramento como, tal, es otro desorden lleno de injusticia; que igualmente lo es el haber pasado oficios con el Virrey en el mismo día veinte de la segunda consulta para que asistiesen como, consultores los ministros de la Real Audiencia, haber asistido éstos sin nombramiento, pruebas, título y juramento, ni otra formalidad, y consumida parte de la audiencia del día 21 en arreglar el ceremonial con que habían de concurrir (que se hizo con, deshonor del Tribunal) no asistiendo el Inquisidor más antiguo, con sólo los consultores que habían votado la relajación en el mismo día, se viese y se votase una causa, de tanta gravedad y cúmulo de papeles. Que votada la causa en el día 21 de noviembre, se halla haber presentado en 10 de diciembre siguiente un pedimento el padre Joaquín de Villarreal, en el que alegó sobre los méritos de la causa, pidió que se mandasen calificar por otros calificadores las pláticas, por las causas que alegaba, que se mandasen borrar ciertas proposiciones que se calificaron, adulterando el sentido de ellas; que se le hiciese saber el estado de la causa para usar de los recursos. y defensas que le competiesen, y debiendo haber proveído en justicia lo que correspondía a este pedimento, se puso por auto; «Presentado y leído, dicho inquisidor (asistiendo los dos como se ve en la cabeza) mandó ponerlo en la causa. Y el dicho padre Joaquín de Villarreal, con acuerdo y parecer de su abogado, dijo que concluía y concluyó definitivamente en la causa que sigue, etc.»; sin que semejante conclusión la firmasen el abogado, ni el padre Villarreal. Y siguiéndose a continuación el voto en definitiva con fecha anterior, se reconoce ser suplantado este decreto, y que sin conclusión formal y audiencia, que se debió tener para ella, se pasé a votar la causa. Que no conteniéndose el Tribunal en estos desórdenes, los continuó, habiendo remitido al Consejo una relación de esta causa, falsa y diminuta, suponiendo que el secretario fiscal había interpuesto suplicación de la primera sentencia, no contestando, como no consta de ella, ni pudiéndolo hacer, supuesto que era del cargo del inquisidor Calderón, que hacía de fiscal, que no tenía embarazo para ello. Que también fue faltar a la verdad en la relación, decir en ella que la advertencia que había hecho el Consejo en la causa de don José Solís, en cuanto a que el Tribunal la votase luego y ejecutase la sentencia, entendió se extendía a la del padre Ulloa, por no mediar otra relación, siendo así que medió entre las dos la de la causa de don Pedro Ubau. Y cuando el Tribunal hubiera tenido este concepto, debiera haber sido para ejecutar la primera sentencia, y no lo hizo. Que también es suposición decir en la misma relación, el sentar al Consejo sin prueba ni documento, que por los influjos de la Compañía iba resuelto el doctor Carrión a absolver la memoria y fama del reo y que por esto no se sacó su causa en el día que concurrieron, cuando consta al Consejo, por bastante información, que se votó la causa con él, aunque no se hubiese escrito la sentencia en ella ni en el libro de votos, y se haya suprimido al Consejo en la relación que se le hizo. Últimamente, que el Consejo, aunque distingue bien de parte de qué ministros han estado los yerros e injusticia de esta causa, previene al Tribunal que en adelante tenga presente sus obligaciones y el modo con que debe tratar los negocios del Santo Oficio. -Dios os guarde. -Madrid, 16 de noviembre de l76l».

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359.       De regreso a Santiago en 1739 la González escribió al Tribunal quejándose del embargo de sus chismes y de lo que le habían desfalcado de ellos.

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360.       En el Consejo, con fecha 18 de agosto de 1762, se pronunció sobre este proceso la siguiente resolución: «Se revoca la sentencia dada en esta causa como injusta y se declara que no hubo motivo para la prisión de D. R. C. U. ni para seguirle su causa, y se ordena que se dé certificación de no obstancia, con inserción de esta declaración a los parientes e interesados en su buena memoria y fama. -Acordado. -Que el Tribunal cometió gravísimo exceso en el seguimiento y sentencia de esta causa; que faltó a su obligación en no haberla hecho calificar en sumario ni plenario; que también se echa menos en ella el voto de prisión, la clamosa del fiscal, el escrutinio y entrada en la cárcel; que en la sentencia es inordinación decir que fuese en la sala del Tribunal a puerta abierta, presentes los secretarios, y que el destierro (cuando procediese) se contara por seis meses desde el día de su prisión, habiendo pasado ya más tiempo».

     Cortés no tuvo, sin embargo, el consuelo de leer este auto, pues había fallecido ya el 31 de mayo de 1739, hallándose en la Rinconada convaleciendo de las enfermedades que su prisión y viaje a Lima le habían ocasionado.

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361.       Sobre esta incidencia merece conocerse la siguiente carta de los inquisidores:

     «M. P. S. Con la ocasión del auto público de fe que celebramos el año pasado de 36 se han suscitado en este Santo Oficio diferentes causas, y entre ellas algunas de defensas de la doctrina que condenamos al padre Juan Francisco de Ulloa, de la Compañía de Jesús, entre las cuales se formó la de Juan Ventura de Aldecoa, vecino de la imperial villa del Potosí, la que hallándose con cinco testigos formales de sus proposiciones, se mandaron calificar, como Vuestra Alteza verá, de cuya diligencia resultó haber dado mandamiento de prisión contra el susodicho, y de su ejecución haberse originado que el alcalde ordinario de dicha villa, llevado de la amistad que profesaba con dicho reo, entendido de haber sido delatante de dichas proposiciones el notario del Santo Oficio de dicha, villa, pasase a prenderle, motivándolo con pretexto de amancebamiento; sobre que tenemos encargado a dicho comisario la formación de autos y sumaria, de que a su tiempo daremos cuenta; y consiguientemente, los Padres de la Compañía de dicha villa, habiendo convidado a los ministros del Santo Oficio que hay en ella para la festividad de su patriarca manifestaron en el hecho haber [600] sido sólo su fin hacer desprecio de ellos y vilipendiarlos públicamente, con escándalo del pueblo, a que dimos la providencia que Vuestra Alteza reconocerá por la copia de lo actuado hasta aquí, que remitimos con ésta a fin de que por ella se haga Vuestra Alteza cargo de la gravedad de la materia, y que toda la quiebra que padece la jurisdicción del Santo Oficio nace del poco fomento que tiene en estos reinos de las Reales Audiencias, por estar vulgarmente creído adulan a los superiores en cuantos actos cometen en nuestro desprecio, sobre que esperamos que Vuestra Alteza dé las providencias que por bien tuviese.

     »Guarde Dios a Vuestra Alteza muchos años. Inquisición de los Reyes y setiembre 30 de 737. -Doctor Cristóbal Sánchez Calderón. -Licenciado don Diego de Unda. -Por mandado del Santo Oficio de la Inquisición. -Don José Toribio Román de Aulestia, secretario».

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362.       Carta de 19 de febrero de 1737.

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363.       Carta de 12 de enero de 1739.

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364.       Pérez de Santiago salió asimismo mal parado en una causa que se siguió ante su sucesor Machado y que éste falló en agosto de 1648. En efecto, habiendo doña Beatriz de Guzmán interpuesto demanda contra el capitán Juan Bautista de Orozco pidiendo le devolviese «cien cordobanes de capados escogidos», Pérez de Santiago, sin comisión del Santo Oficio y con evidente propósito de favorecer las pretensiones de la demandante, dio lugar a lo que ésta pedía. Pero una vez que el Deán-Comisario fue, removido del puesto, Orozco reclamó ante Machado diciendo de nulidad de todo lo actuado. Pérez de Santiago no se conformó con la sentencia que le condenaba personalmente a la devolución de los cueros o de su valor, e interpuso apelación ante el Tribunal de Lima.

     En su defensa alegó que hallándose preso en aquella ciudad por el Santo Oficio Manuel Luis Matos, el padre mercedario Fray Diego de Pedraza denunció ante él, siendo comisario, que el preso era acreedor de un mercader de Santiago llamado Antonio. Fernández, a quien, a su vez, debía cierta cantidad doña Beatriz de Guzmán la que apremiada por aquél para que le reintegrase cierta suma que le debía, había pedido que el capitán Orozco le devolviese a su turno los cueros de capados escogidos, que le tenía prestados; tratando de esta manera de justificar la intervención que en el asunto había tenido como juez. Desgraciadamente para él, los inquisidores, una vez más, hubieron de condenarle, en 10 de enero de 1654, fallando que la sentencia pronunciada por Machado, «de que por parte del dicho doctor Don Tomás Pérez de Santiago fue apelado, juzgó y pronunció bien y el susodicho apeló mal».

     Este incidente consta del proceso que original obra en nuestro poder.

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365.       Libro 760-15, f. 106. El padre Nicolás de Lillo y la Barrera era chileno, hijo del maestro de campo Ginés de Lillo y la Barrera y de Beatriz de la Barrera Chacón. En 1658, en vísperas de su partida para Lima, testó en Santiago. Olivares dice con referencia a él que pasaba por sujeto de las primeras estimaciones de la provincia en cátedra y púlpito. En 1698 hizo imprimir en Lima un Sermón de la procesión y acción de gracias al glorioso apóstol de la India San Francisco Javier por el milagro que obró dando repentina salud a la hermana Beatriz Rosa de San Francisco Xavier, etc.

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366.       El autor de esta carta fue promovido al año siguiente al coro de Santiago, pero no quiso aceptar la traslación por su edad y achaques.

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367.       Fray Juan de Jesús María, Memorias de Chile, pág.62.

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368.       Esta relación que hace Fray Juan de Jesús María en su citada obra, difiere poco de la de los demás contemporáneos suyos. Así, por ejemplo, la reunión que Fray Juan supone que tuvo Meneses en casa del Obispo fue en realidad en la sala de la Audiencia, de donde salió a verse con el Prelado el Cabildo, que también había sido convocado, según lo declaró más tarde el licenciado don Juan de la Cerda, abogado en ese entonces de la Corporación, que se halló presente a la entrevista.

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369.       Declaración del capitán Miguel de Valencia.

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370.       En efecto, según la carta del Tribunal fecha 10 de noviembre de 1674, Meneses dio permiso para que entrasen a la cárcel el comisario y su notario, y a ello se negó Ramírez de León diciendo que le habían de entregar el preso y llevarlo a su casa o a la del alguacil mayor de Tribunal.

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371.       Exposición de Juan de la Peña Salazar al comisario Ramírez de León.

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372.       En 6 de octubre de 1671 los inquisidores pidieron al Virrey enviase las órdenes convenientes para que Peña Salazar se presentase en Lima a pedir su absolución; y el Conde de Lemos, por carta del día siguiente, participó que así lo haría. Mas, en 6 de noviembre el Virrey anunció a Peña Salazar que el Tribunal «con la atención y piedad que acostumbra» se había contentado con que pidiese en secreto la absolución al comisario, a instancias suyas, por los graves inconvenientes que su ida a Lima acarrearía, tanto a él como a la administración de justicia. Esto mismo participaron los inquisidores al doctor don Francisco Ramírez de León, deán, provisor y comisario del Santo Oficio en Santiago. Notificose la resolución a Peña Salazar el 21 de enero de 1673. En vista de esa carta, el comisario cometió al cura rector de la Catedral la absolución para que la diese a Peña en las casas de su morada, como en el acto lo hizo don Juan de Hermúa, que por entonces era cura y notario.

     Cuba y Arce, el otro oidor que debía pedir la absolución, contestó al Comisario que, por su parte, se hallaba sin culpa alguna, y que supuesto que estaba de viaje para Lima, adonde había sido promovido, allá la solicitaría, si se considerase necesario, como en efecto lo hizo, obteniéndola en 11 de mayo de 1674. [615]

     Con motivo de la excusa dada por Cuba y Arce, Ramírez, con fecha 25 de febrero de 1673, mandó levantar una información para averiguar cómo habían pasado las cosas, declarando en ella el abogado don Juan de la Cerda, el portero de la Audiencia, el general don Pedro de Morales Negrete, y el cura don Francisco Mucan, cuyos testimonios constituyen un valioso documento histórico.

     Los amistosos arreglos dispuestos por el Virrey en obsequio de la buena administración de la justicia en este país, merecieron, sin embargo, en el Consejo de Inquisición, la reprobación más explícita, «porque los mandatos reales y del Consejo, decía, se deben ejecutar puntualmente, sin añadir ni quitar cosa, mayormente en este caso en que no sólo se miró a conservar la autoridad y jurisdicción de ese Tribunal, sino de todo el Santo Oficio, y a que con este ejemplar se contengan las justicias reales en lo que les toca y no impidan con pretexto alguno su libre ejercicio, por lo mucho que importa para la conservación de nuestra santa fe, y, más en provincias tan remotas». Carta de 22 de abril de 1673.

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373.       Carta de la Audiencia de 30 de abril de 1707.

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374.       Parecer del fiscal de 30 de septiembre de 1709.

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375.       Consta este hecho de las diligencias agregadas a una carta que el oidor decano don José Blanco Rejón escribió posteriormente, en 29 de marzo de 1708, reiterando una instancia análoga a la de la Audiencia.

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376.       Libro 8º de Competencias, fol. 375 y sigts.

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377.       Carta de 8 de junio de 1771.

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378.       Ese mismo año se condecía a fon Agustín Matías de Carvajal y Vargas, teniente coronel, comandante de caballería de la frontera de Chile, su patria, el puesto de alguacil mayor del Santo Oficio en Lima, con facultad de que en todas las funciones del Tribunal pudiese usar su uniforme militar.

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379.       Don Pedro de Tula Bazán nació en 1702, en Córdoba de Tucumán, no en Concepción, como dice Eyzaguirre, (Historia de Chile, II, 329).

     Después de haber estudiado allí filosofía y teología, fue nombrado canónigo de Santiago en 9 de febrero de 1730, ascendiendo a la maestrecolía en 1747 y al deanato en 1774. Fue también examinador sinodal y provisor del obispado, catedrático de Prima de teología en la Universidad de San Felipe, y rector de ella por elección celebrada el 20 de octubre de 1757. Falleció a fines de 1775. Acerca de un tratado que escribió Tula Bazán, sobre si era pecado el uso de los trajes de cola por las señoras de Santiago en aquel tiempo, véase nuestra Historia de la literatura colonial, t. II, pág.394.

     Tula Bazán ha debido cesar en el cargo de comisario por los años de 1762, según se desprende de una carta que los inquisidores de Lima, dirigían en 9 de abril de 1771 en recomendación de Ríos, en que expresan que hacía más de nueve años a que servía la comisaría del Santo Oficio. ¿Cuál fue la causa de la separación de Tula Bazán? ¿Fue su edad avanzada? ¿Fue renuncia? ¿Fue empeño de los inquisidores para honrar a Ríos con el cargo?...

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380.       Don Juan José de los Ríos y Terán eran natural de Santiago, hijo de Juan de los Ríos y Terán, oriundo de las montañas de Burgos, alguacil mayor de la Inquisición, y de Luisa Caldera y Sobarzo. En 1741 el obispo Azúa le nombró colector interino de Castro y posteriormente de Concepción. Después de servir de notario de la sínodo diocesana de 1744, fue designado para sacristán mayor de aquel de aquella Catedral, y cuando el Obispo fue elevado al Arzobispo de Santa Fe del Nuevo Reino de Granada, le eligió por notario de visita en 1747. Al año siguiente se ordenó. En 1752 se hallaba en la Habana de Cuba, donde sirvió varios curatos del arzobispado. Pasó en seguida a España, se graduó allí de doctor en cánones y obtuvo una canonjía en Santiago por cédula de 4 de mayo de 1754, de cuyo puesto se recibió en 1º de enero de 1757 ascendiendo sucesivamente a maestre-escuela (1774) chantre (1777) y por fin al deanato en 1792. En 1795, cuando contaba sesenta y nueve años de edad, el obispo Marán solicitaba que se le jubilase por los achaques continuos que padecía. Consta que en 10 de noviembre de ese año había ya fallecido.

     Ríos y Terán vivió con cierta opulencia, de lo que da fe el inventario de sus bienes, y murió al fin quebrado...Su hermana doña Teresa Terán, a quien dejó de albacea, tuvo que sostener un largo juicio de concurso de acreedores, que estaba aún pendiente en 1811.

     Entre los bienes dejado por Ríos y Terán se contaba como objeto de lujo extraordinario para aquellos tiempos, «un coche alto, antiguo, de tres vidrieras, retocado, pintura amarilla, al óleo, con resortes dorados en todos sus paramentos. Ítem, una calesa vieja ordinaria, caja a la antigua, con su encerrado».

     Entre sus libros se halló un Directorio de inquisidores y algunos, como Bourdaloue, Molière, etc., en francés, que dan fe de que Ríos y Terán poseía una instrucción poco común para aquellos tiempos.

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381.       Triunfos del Santo Oficio peruano, fol. 173.

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382.       Llano y Zapata, Relación del auto particular de fe, etc., Lima, 1750, 4º.

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383.       Relación del auto particular de fe, etc., reimpresión de Odriozola, Documentos literarios del Perú, t. VII, pág.414.

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384.       Carta del Consejo al Tribunal de Lima, fecha 7 de diciembre de 1802.

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385.       Lo que hubo de cierto en esto fue que el Consejo mandó quitar el sambenito que se había puesto en la Catedral, advirtiendo a los jueces que en adelante no se colocase ninguno sin orden del Inquisidor General; y aunque esa diligencia se hizo secretamente, el público se enteró de ello y dio por eso sus parientes a un hermano de doctor Peña que era fraile de San Francisco.

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386.       Orden del Consejo de 14 de diciembre de 1791.

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387.       Carta de Abarca, y Matienzo al Consejo, fecha 23 de febrero de 1788.

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388.       Acerca del proceso de Aldunate es curiosa la siguiente comunicación del Consejo que encontramos en Simancas: -«La Inquisición de Santiago ha dado cuenta al Consejo de que en aquel Tribunal se halla delatado por proposiciones el licenciado Vivar, natural de la ciudad de Santiago, capital del reino de Chile, de edad como de treinta años, el cual estudió en la ciudad de Córdoba del Tucumán y en la Real Universidad de San Felipe de la dicha ciudad de Santiago de Chile. Que en 18 de agosto de 1797 se embarcó en Montevideo en el crucero el «Cortés» y desembarcó en la Coruña por noviembre de 98. Y que en la sumaria secreta consta que, además de las proposiciones que profirió a presencia de algunas personas, se burló también de la prohibición de libros y de las impuestas al que los leyese; añadiendo que ya había [630] sido reconvenido por esto mismo y había salido bien, aunque era verdad que el ministro comisionado era consanguíneo suyo. En vista de esto y de lo demás que ha expuesto dicho Tribunal, ha acordado el Consejo (presente su excelencia) ordenaros, señores, remitáis a aquella Inquisición testimonio de la sumaria que se haya seguido en ese Santo Oficio contra el referido don Santiago Aldunate acerca de dicho particular, o sobre otro cualquiera que resulte de la recorrección de registros, informando al mismo tiempo de la vida y costumbres, concepto y opinión del delatado. -Dios os guarde. -Madrid, 4 de octubre de 1799. -Novoa. -Ovando. -Hevia».

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389.       Vicuña Mackenna, Historia de Santiago, II, documento número 2, pág. 492.

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390.       Carta de los inquisidores de 20 de diciembre de 1753.

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391.       Carta de 5 de febrero de 1760. En la Historia de la Inquisición de Lima se verán los antecedentes del proceso de Lagrange que pueden servir de norma para apreciar lo que se contaba de las ceremonias masónicas.

     Sáenz de Bustamante luego de concluido su gobierno en Valdivia, se regresó a España. Hallándose en Madrid, dio poder, en 8 de mayo de 1764, a un individuo de Santiago para que le patrocinase en su juicio de residencia, que se ventilaba entonces, y del cual salió absuelto. Véase el tomo 215 de los Manuscritos de la Biblioteca Nacional.

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392.       Sobre esta biblia, cuyos ejemplares son hoy rarísimos y alcanzan en el mercado de libros un precio fabuloso, véase a Menéndez y Pelayo, Heterodoxos españoles, t. II, pág.468.

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393.       Carta del Consejo de 20 de abril de 1572.

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394.       Carta de 13 de marzo de 1583.

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395.       Carta de Gutiérrez de Ulloa, de 21 de febrero de 1583.

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396.       Carta de Juan de Saracho, de 4 de octubre de 1583.

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397.       Cartas de 20 de abril y de 4 de mayo de 1622.

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398.       Cartas de los inquisidores de 4 de mayo citada y 1º de junio de 1625. Según estos documentos, la tirada había sido de quinientos ochenta ejemplares, de los cuales ha escapado sólo uno, que sepamos, que poseía en Madrid don M. Murillo, director del Boletín de la librería, y que acaba de adquirir la Real Academia de la Historia.

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399.       [«...(roto)» en el original (N. del E.)]

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400.       A propósito de estas prohibiciones, debemos recordar aquí el caso que le ocurrió a don Pedro de Peralta Barnuevo, autor de la Relación del auto de fe de 12 de julio de 1733 que había escrito por encargo el virrey Marqués de Castelfuerte, [642] que estuvo a punto de caer en las manos de los inquisidores cuya fama colocaba tan alto, con ocasión de haberse notado en la relación algunas proposiciones que «se habían hecho reparables»; debiendo su salvación sólo a que por haber trabajado de orden del Virrey, los jueces no se atrevieron a procesarlo, temiendo se siguiesen «perniciosas consecuencias, por no haber de persuadirse se hacía por causa de las proposiciones, sino en odio de que corran públicos sus simulados aplausos». Carta de 18 de noviembre de 1733. En el Consejo se ordenó, sin embargo, que las proposiciones se calificasen y votasen, y sin pasar a vías de hecho, se enviase el expediente a Madrid. Carta de los inquisidores de 16 de febrero de 1735.

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401.       Véanse las cartas de los inquisidores de 6 de junio y 5 de julio de 1651.

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402.       Carta de 18 de agosto de 1678. De la obra de Valverde se habían hecho hasta 1754 cuatro ediciones; en Madrid se publicó otra en folio en 1871, y el año antepasado (1888) se acaba de reimprimir en Barcelona formando parte de la Biblioteca amena e instructiva.

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403.       Carta de Almoguera de 1º de mayo de 1675, y otra de Huerta Gutiérrez de 6 de junio del mismo año. Almoguera remitió su libro al célebre Nicolás Antonio para que lo diese a luz, según este mismo lo refiere en su Biblioteca hispana nova, t. I, pág. 630, El Arzobispo tuvo al fin que pasar por lo que mandaron los inquisidores, limitándose a pedir al Consejo que, una vez corregido el libro, se le permitiese reimprimirlo en Lima, lo que, al menos en sus días, no tuvo lugar, pues murió poco antes de enterarse un año de hecha su solicitud.

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404.       Carta de 27 de junio de 1651.

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405.       Carta de 3 de junio del mismo año.

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406.       La colación del libro del padre Torres es la siguiente: Excelencias de / S. Joseph, / varón divino, patriarca grande, / esposo purísimo de la Madre de Dios, / y altísimo padre adoptivo del Hijo / de Dios. / Que en método panegyrico ilustra el P... / Sacalo a luz el P. Ignacio Alemán, / natural de la ciudad de la Concepción / del Reyno de Chile... / Con licencia: En Sevilla, por los herederos de Thomás López de Haro, en Calle de Génova. / Fol. Título en negro y rojo; 22 hojas de preliminares, 1.208 páginas de texto, I hoja en blanco y 34 de índice.

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407.       Entre estas debe contarse la relativa a la prohibición que se había hecho del De Indiarum Jure de don Juan de Solórzano Pereira, que el Rey dispuso no se ejecutase en América. Véase la contestación que a la real cédula dio la Audiencia de Santiago.

     «Señor: -Por cédula de Vuestra Majestad de veinte y cinco de noviembre del año pasado de cuarenta y siete, que esta Audiencia recibió a los fines del cuarenta y nueve, nos manda Vuestra Majestad que si a estas partes hubiere llegado un decreto de la Sacra Congregación de cardenales del índice de libros impresos, en que prohíbe entre estos libros, el primero y segundo tomo del doctor Juan de Solórzano Pereira, del Consejo de Vuestra Majestad en el de Indias; y particularmente el libro tercero del tomo segundo de Jure Indiarum, y el primero y segundo hasta que se corrija y se recoja por esta Audiencia el dicho decreto o sus trasuntos, y se suspenda su efecto hasta que Su Santidad, más bien informado, le reforme; en cuyo obedecimiento pondrá el cuidado necesario esta Audiencia, para que llegando a este reino el decreto referido, se recoja, y le remitiremos a Vuestra Majestad y obraremos de modo que se suspenda su ejecución, en la forma que Vuestra Majestad nos lo manda. -Guarde Nuestro Señor la católica y real persona de Vuestra Majestad como la cristiandad ha menester. -Doctor don Bernardino de Figueroa y de la Cerda. -Doctor don Nicolás Polanco de Santillana. -Licenciado Antonio Fernández de Heredia». (Archivo de Indias, 774-39).

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408.       Véase algunos de estos casos en el libro de D. M. L. Amunátegui, Precursores de la independencia de Chile, t. I, págs. 235 y siguientes. Con esta ocasión apuntaremos aquí la prohibición que impuso el Santo Oficio, a solicitud del Rey, para la Histoire philosophique de Raynal, en caso que se tradujese al castellano. En el tomo II, pág. 48 de otra obra del Señor Amunátegiti, La Crónica de 1810, se encuentran algunos antecedentes curiosos acerca de la impresión que la lectura de ese libro produjo en Europa al famoso prócer de la independencia don José Antonio de Rojas, y de las recomendaciones que éste hacía de la obra a algunos chilenos residentes en Santiago. Parecerá también curioso saber que el santiagueño don Andrés Campino denunció en Sevilla, en 1777, a José Cavero de que había llevado a Indias el libro de Raynal, denuncio que se transmitió a Lima para que se pesquisase el hecho.

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409.       Citaremos a este respecto un caso curioso ocurrido en Santiago que comprueba de sobra lo que decimos en el texto, y que consta del siguiente documento:

     «Ilustre y muy reverendo señor: -Diego, Hortiz, escribano de Su Majestad, parezco ante vuesa merced y digo que habrá seis días que yo bajé a esta ciudad del campo y ejército de Su Majestad que anda en las ciudades de arriba, y ayer en la [646] noche que se contaron doce deste presente mes de febrero de setenta y nueve años, me dio Gaspar Jorge de Sigura, mercader que vino en este navío del Pirú agora, un pliego de cartas que dijo haberle dado en la ciudad de los Reyes, Juan de la Torre, vecino y mercader de la dicha ciudad, que decía eran de mi padre, y tornado el dicho pliego de carta le abrí, dentro del cual, entre cinco cartas que en él venían, venía esta memoria de lo susodicho en la muerte del Arzobispo de Toledo, y como cosa nueva y que yo no sabía lo que era, entendiendo que mi padre o hermano me la enviaban, la comencé a leer, la cual me pareció, según lo que decía, ser negocio que me convenía venirlo a manifestar ante vuesa merced, como comisario del Santo Oficio de la Santa Inquisición, para que viese si era cosa lícita leer la dicha memoria, de la cual y de las dichas cartas hago presentación ante vuesa merced para que conste y parezca cómo ni padre ni hermano no dicen en sus cartas enviarme la dicha memoria, ni cuando el dicho pliego se hizo no se metió dentro dél, porque demás de ser la memoria de diferente letra que la de mi padre ni hermano, las cartas son muy añejas y que he recibido otras que tengo en mi poder muy más frescas, por donde se ve claro haber sido papel echadizo del que trajo el dicho pliego para que pasase a estas partes.

     »Por lo que pido y suplico a vuesa merced, como a persona a quien compete en nombre del Santo Oficio de la Santa Inquisición, vuesa merced vea y examine la dicha memoria y lo que sobre ella se debe más hacer, haciendo parescer ante sí al dicho Gaspar Jorge de Sigura y que jure y declare si es verdad que me trajo y me dio el dicho pliego de cartas, las cuales mande vuesa merced ver para que conste cómo en ellas no tratan cosa alguna de la dicha memoria, todo lo cual pido se me dé por testimonio [647] para mi descargo y el de mi padre y hermano, para lo cual, etc. -Diego Hortiz, su rúbrica.

     »En la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo de Chile, en quince días del mes de Henero de mill e quinientos e setenta e nueve años, antel muy magnífico y muy reverendo señor el licenciado Calderón, comisario de este Santo Oficio en este obispado por los muy ilustres e muy reverendos señores inquisidores de la ciudad de los Reyes y su arzobispado y obispado, a él sufragáneos por la Sede apostólica, y por ante Antonio Cristóbal Luis, secretario deste reino e su notario nombrado presentó el escrito de atrás en él contenido, y el dicho señor comisario hizo parescer al dicho Gaspar Jorge de Sigura del cual tomó e recibió juramento en forma debida de derecho, y siéndole preguntado por el tenor del escrito atrás contenido, dijo que lo que pasa es que Juan de la Torre, cuñado de Rodrigo de Horosco, en los Reyes, donde este testigo posó, le dio y entregó el pliego de cartas que la pregunta dice, e que no sabe más dello sino que como se las dieron las dio al dicho Diego Ortiz, e que esta es la verdad para el juramento que hizo e firmolo de su nombre y el señor comisario. -El Licenciado Calderón, rúbrica. -Gaspar Jorge de Sigura. -Ante mí. -Cristóbal Luis, su rúbrica».

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410.       Carta de Abarca, y Matienzo, de 15 de diciembre de 1786.

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411.       En los Anales de la Inquisición de Lima de don Ricardo Palma podrá encontrar el lector de lista de las personas procesadas por esta causa.

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412.       Orden de 19 de noviembre de 1801.

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413.       La sínodo de Pistoya fue convocada en el año de 1786 por Ricci, obispo de aquella ciudad, a petición del príncipe Leopoldo, hermano del emperador de Austria José II, y en él se trató de la disciplina, de la enseñanza, del culto y de las ceremonias de la Iglesia. Se adoptó la doctrina galicana, las ideas de los jansenistas sobre la gracia, se rechazó la devoción del Sagrado Corazón de Jesús y se abolieron algunos impedimentos dirimentes del matrimonio. En 1794, Pío VI condenó por una bula las actas de esta sínodo y calificó de heréticas siete proposiciones que había votado. Serrano, Diccionario universal, Madrid, 1881, fol., tomo X.

     Quien desee más pormenores acerca de lo que fue esta sínodo, vea a Cantú, Historia universal, t. VIII, al fin, y sobre todo a Rohrbacher, Historia universal de l`Eglise, catholique, t. XIV, págs. 152 y sigts.

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414.       [«(roto)» en el original (N. del E.)]

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415.       «Esta obra, decía el Rey, dirigiéndose al presidente de Chile en real cédula de 20 de abril de 1778, es un tejido continuado de blasfemias contra nuestra sagrada religión católica y una burla sacrílega de los misterios divinos, de los santos sacramentos, de los ministros eclesiásticos, de la adoración y culto del verdadero Dios, de las Santas Escrituras y de la verdad revelada, etc.». En 5 de noviembre de aquel año se publicó en Chile el bando en que se mandaba recoger esa obra; pero no se encontró un sólo ejemplar en todo el país.

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416.       Amunátegui, Camilo Henríquez, I pág.19.

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417.       Palma, Anales de la Inquisición. Este mismo autor nos refiere que don Gabino Gaínza, personaje destinado a adquirir cierta notoriedad en la guerra de la independencia de Chile, fue denunciado en el Cuzco el año de 1796, por tener, entre otros libros prohibidos, el titulado Pan y Toros de Jovellanos.

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418.       Don Judas Tadeo Reyes falleció a la edad de cerca de setenta y dos años el 18 de noviembre de 1827. El retrato que aquí damos está tomado del que hizo al óleo don José Gil en 1815 y que existe en poder de don Eduardo Reyes Lavalle.

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419.       En el oficio del Congreso a la Junta Gubernativa, que fue publicado por el señor Vicuña Mackenna en los Anales de la Universidad de Chile, tomo XXI, pág. 51, y reproducido en su libro Francisco Moyen, pág. 142, se dice, creo que equivocadamente, que las canonjías supresas en Chile eran dos, una en Santiago y otra en Concepción. En el tomo I, págs. 96 y 361, de las Sesiones de los cuerpos legislativos ola la República de Chile se ha dado cabida también al acuerdo del Congreso y al indicado oficio.

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420.       Carta de 5 de abril de 1812.

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421.       Oficio de Reyes de 15 de junio de 1812 a la Inquisición de Lima, acompañándole copia de la representación que había hecho al Gobierno de Chile. Todos estos documentos que venimos citando fueron publicados por el señor Vicuña Mackenna en su Francisco Moyen o lo que fue la Inquisición en América. Este libro, como es sabido, dado a luz en Valparaíso en 1868, fue traducido al inglés y publicado en Londres en el año siguiente por James W. Duffy.

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422.       Oficio de los Inquisidores Abarca y Zalduegui, de 29 de agosto de 1812, a don Judas Tadeo Reyes.

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423.       El decreto de las Cortes disponía que el manifiesto redactado con ese objeto se leyese por tres domingos consecutivos en las parroquias de todos los pueblos de la monarquía, antes del ofertorio de la misa mayor.

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424.       En esta suma se comprende el valor del patronato de Mateo Pastor de Velazco del Colegio de Santa Cruz de niñas expósitas, que en su fundación fue de [665] 341.626 pesos, y durante el gobierno de fray García de Taboada y Lemus de cerca de 395.000, que producían quince mil de renta. De ellos se empleaban próximamente nueve mil salarios de maestros y alimentos de las niñas. Memorias de los Virreyes, tomo VI, pág.50. Cuando se extinguió el Tribunal, el capital del patronato pasaba de medio millón de pesos.

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425.       Carta de Moreira al Rey de 7 de diciembre de 1813.

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426.       Carta citada de Moreira. Entre otros objetos, faltaron cinco pares de grillos, dos de bragas, un potro apolillado de madera, once aspas y medias aspas, dieciséis corozas, tres pares de mordazas, dieciséis velas de cera verde y treinta y cuatro cajones para embarcar metálico. La urna de plata en que se llevaban las sentencias a los autos de fe se perdió también, devolviéndose sólo una de sus abrazaderas.

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427.       Ídem, ídem.

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428.       Oficio de 19 de noviembre de 1814 de don Juan María de Gálvez.

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429.       Carta de 11 de junio de 1815. Los inquisidores culpaban de la conducta del Virrey al contador mayor don Joaquín Bonet, su consejero, quien, por sus ideas liberales, decían, no podía mirar con buenos ojos el restablecimiento del Santo Oficio.

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430.       En el número 20 del tomo I del periódico Viva el Rey, correspondiente al jueves 30 de marzo de 1815.

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431.       Carta a los Inquisidores de 24 de enero de 1815.

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432.       Carta de 10 de octubre de 1815 a los inquisidores.

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433.       Oficio de los inquisidores de 27 de octubre de 1815.

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434.       Carta de 9 de diciembre de 1815.

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435.       Como se sabe, las Cortes liberales de 1820, por decreto de 9 de marzo, abolieron definitivamente los Tribunales del Santo Oficio.

     He aquí el bando que con este motivo se publicó en Lima, la primera vez que se abolió el Santo Oficio.

     «D. José Fernando de Abascal y Souza, etc. -Por cuanto se me ha comunicado por la Regencia del Reyno el decreto de las Cortes generales y extraordinarias siguiente.

     »La Regencia del Reyno se ha servido dirigirme el decreto que sigue: -Don Fernando VII, por la gracia de Dios y por la Constitución de la monarquía española, rey de las Españas, y en su ausencia y cautividad la regencia del reyno, nombrada por las Cortes generales y extraordinarias, a todos los que las presentes vieren y entendieren, sabed que las Cortes han decretado lo siguiente:

     »Las Cortes generales y extraordinarias, queriendo que lleguen a noticia de todos los fundamentos y razones que han tenido para abolir la Inquisición, substituyendo en su lugar los Tribunales protectores de la religión, han venido en decretar y decretan el manifiesto que las mismas Cortes han compuesto con el referido objeto se leerá por tres domingos consecutivos, contados desde el inmediato en que se reciba la orden en todas las parroquias de todos los pueblos de la monarquía, antes del ofertorio de la misa mayor; y a la lectura de dicho manifiesto, seguirá la del decreto de establecimiento de los expresados Tribunales. Lo tendrá entendido la Regencia del Reyno, para su cumplimiento, haciéndolo imprimir, publicar y circular. -Miguel Antonio de Zumalacárregui, presidente. -Florencio Castillo, diputado secretario. -Juan María Herrera. -Dado, en Cádiz a 22 de febrero de 1813. -A la Regencia del Reyno». [671]

     «Por tanto mandamos a todos los Tribunales, justicias, jefes, gobernadores y demás autoridades, así civiles como militares y eclesiásticas, de cualquiera clase y dignidad, que guarden y hagan guardar, cumplir y ejecutar el presente decreto en todas sus partes. Tendréislo entendido para su cumplimiento, y dispondréis se imprima, publique y circule. -Juan María Villavicencio, presidente. -El Duque del Infantado. -Joaquín de Mosquera y Figueroa. -Ignacio Rodríguez de Rivas. -Juan Pérez Villa mil. -En Cádiz a 23 de febrero de 1813. -A don Antonio Cano Manuel.

     »De orden de la Regencia del Reyno lo comunico a vuestra excelencia para su inteligencia y puntual cumplimiento en la parte que le corresponde. -Dios guarde a vuestra excelencia muchos años. -Cádiz, 23 de febrero de 1813. -Antonio Cano Manuel. -Señor Virrey del Perú».

     «Por tanto, para que se haga notoria esta soberana resolución, y tenga su debido exacto cumplimiento, se publicará por bando en la forma acostumbrada, circulándose a los Tribunales, jefes y autoridades del distrito de este virreynato, a quienes corresponda, imprimiéndose al efecto competente número de ejemplares. -Lima, 21 de julio de 1813. -El Marqués de la Concordia. -Toribio de Acebal.

     »El yugo opresor de este pretendido Santo Tribunal estaba roto, refiere un contemporáneo; los habitantes de Lima respiran y no tiemblan ya al oír su nombre; la humanidad no está ya expuesta a los horrores de la arbitrariedad y la injusticia...» (Mellet, Voyage, pág. 120).

     «Esta supresión, añade un escritor peruano, fue recibida en Lima, según las noticias que se nos han dado, con frenéticas muestras de entusiasmo. La muchedumbre expresaba en su locura la transición que hacía de un estado de continuas alarmas y de inseguridad, a otro en que se podía reposar sin temor en el hogar doméstico.

     »Como en 1821 se juré en Lima la independencia del Perú, quedó confirmada de hecho la supresión del Santo Oficio. Los bienes que éste poseía pasaron al dominio del Estado, y su administración se confió a una oficina llamada «Dirección General de Censos». Estos bienes fueron destinados a la instrucción pública, con el objeto, sin duda, de emplear en el progreso intelectual los mismos recursos de que antes se había echado mano para detenerlo».

     Los reos enjuiciados en Chile por causas de fe de cuyos procesos hemos podido encontrar rastros, pasaron con mucho, según se ha visto, y se recuerda en la lista siguiente, de doscientos, número que en realidad, sin contar, por supuesto, los de muchos otros que sin duda se han escapado a nuestra investigación, es verdaderamente extraordinario, si se atiende a la escasísima población del país y a la religiosidad de los colonos.

     A pesar de todo lo que se ha dicho sobre los atropellos, injusticias y enormidades de que los reos de fe fueron víctimas en la Península, es conveniente que el lector sepa lo que el escritor francés a quien acabamos de citar dice acerca de los sufrimientos que experimentaron los procesados en Lima, a saber, «que todos los horrores ejecutados por la Inquisición en España no son comparables a los que este Tribunal de sangre cometió en América».

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    Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile
    José Toribio Medina
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