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II

Las circunstancias del tiempo influían débil y lentamente en el mejoramiento social de la colonia, y ya en aquella época se notaban ciertas ideas nobles en algunos de los gobernantes, y un deseo ilustrado de hacer el mayor bien posible a la sociedad. El 6 de julio de 1746 murió Felipe quinto, a los cuarenta y cinco años completos de reinado; el primer monarca de la dinastía de Borbón fue bien intencionado y deseoso de hacer felices a sus vasallos, a quienes amaba con sinceridad; encontró la nación en ruinas, y, si no logró levantarla a su antiguo estado de prosperidad,   -166-   consiguió siquiera que su aniquilamiento no se consumara. Felipe quinto no tenía dotes propias de soberano, aunque poseía las virtudes de un excelente vasallo. Sucediole en el trono su hijo Fernando sexto, joven de treinta y cuatro años de edad.

A Felipe quinto se deben la supresión y el restablecimiento de la Audiencia de Quito, y la creación, supresión y nueva erección del virreinato de Bogotá; el mismo Soberano eligió a los presidentes Larrain, Alsedo, Araujo y Sánchez de Orellana. Durante su largo reinado, nuestras provincias cayeron en un estado de pobreza y de miseria alarmante, aunque el monarca no haya sido responsable de semejante situación.

El 20 de enero de 1747 se recibieron dos cédulas reales, expedidas ambas en Madrid el 31 de julio del año anterior; en la primera comunicaba Fernando sexto su exaltación al trono de España, y en la segunda mandaba celebrar exequias por su padre. Ordenaba además alzar pendones por él, reconociéndolo por Rey de España y de las Indias occidentales, y haciendo juramento de obedecerle como a Señor natural de ellas. El siete de febrero se celebraran los funerales en la Catedral por el Rey difunto; y el 20 de mayo se practicó la ceremonia de reconocer al sucesor o alzar el estandarte real, como se decía entonces. Las ceremonias fueron las mismas que en semejantes ocasiones se acostumbraba practicar: disparos de artillería, música, luminarias, repiques de campanas, comedias, fuegos de pólvora y paseo del estandarte real, en medio de un concurso innumerable de vecinos a caballo. Notose en esta   -167-   ocasión la riqueza de perlas y diamantes, en jaeces, gualdrapas y airones que muchos de los caballeros ostentaron, con lujo y aparato sorprendente. El Cabildo civil de Quito opinó que no debía haber corridas de toros, porque esa diversión era contraria a la moral pública y muy funesta al pueblo, por las muchas muertes desastrosas que ocasionaba; pero hubo corridas, porque el presidente Sánchez de Orellana, a pesar de la opinión del Cabildo, ordenó que se lidiaran toros, para festejar la coronación del nuevo soberano, puesto que había habido costumbre de tener corridas en las demás juras reales. Digna de eterna loa es verdaderamente la resolución del Cabildo civil de Quito de 1747; pero ¿bajo ese respecto hemos avanzado algo siquiera en el camino de la moral social? Un Presidente débil autorizó las corridas de toros en 1747; y ahora, después de siglo y medio, autoridades republicanas condescendientes permiten semejantes escandalosas diversiones, tan ruinosas hoy como antes para nuestros pueblos, atrasados y empobrecidos54.

Durante quince días seguidos festejaron en Guayaquil la coronación de Fernando sexto; las funciones principiaron el 22 de septiembre de 1747, y hubo Misa de acción de gracias, mascaradas y corridas de toros, en las que hicieron de picadores los vecinos más notables de la ciudad; en un teatro improvisado se representaron los   -168-   dramas intitulados Auristela y Lisidante, Afectos de odio y de amor y Se ama en el abismo. El último día se representó la captura, prisión y muerte del Inca Atahualpa en Cajamarca. Los que desempeñaron los papeles en esta pieza fueron indios, pues sus amos, los blancos, hacían tomar parte a estos infelices en los regocijos oficiales, obligándoles a representar las catástrofes de su nación y de su raza en honra de sus dominadores. Como exordio de la primera comedia, se recitó una composición en versos castellanos, en la cual, según la expresión del Cabildo civil de Guayaquil en la relación de estas fiestas, estaba jeroglificado el fausto suceso de la coronación de Fernando sexto55.

Las corridas de toros eran la diversión obligada con que se solemnizaba el culto divino y se festejaban los acaecimientos civiles de la colonia; corridas había en las fiestas religiosas, corridas en el nacimiento, coronación y matrimonio de los reyes, corridas cuando tomaba posesión un nuevo presidente, y corridas a la llegada de cada nuevo obispo. Las costumbres iban, no obstante, mejorando, y los quiteños comenzaron a caer en la cuenta de que las corridas eran funestas para la moral pública y ruinosas para el pueblo, a quien con semejante diversión se trataba de entretener alegremente. En el año de 1750 venía para esta ciudad el obispo don Juan Nieto Polo del Águila, inmediato sucesor del ilustrísimo señor Paredes, y el Cabildo civil se preparaba a hacer   -169-   las acostumbradas corridas de toros en obsequio del Prelado; mas éste pidió que lo que se había de derrochar en semejantes diversiones pecaminosas se empleara en el culto del Santísimo Sacramento, cuya iglesia llamada del Sagrario se hallaba pobre y desaseada. Tan laudable y oportuna medida anunciaba ya ese espíritu de firmeza y de celo que tanto enalteció después la memoria del obispo Nieto Polo. Demos a conocer a este Prelado, uno de los más beneméritos de la iglesia de Quito.

El señor doctor don Juan Nieto Polo del Águila, decimoséptimo Obispo de Quito, era criollo, natural de Popayán y oriundo de las más nobles y antiguas familias de aquella ciudad; la nobleza de su linaje daba realce a la solidez de sus virtudes. Sus padres legítimos fueron el maese de campo don Diego Nieto Polo de Salazar, y doña Ana María Hurtado del Águila y Figueroa, descendiente del capitán don Francisco Mosquera y Figueroa, compañero de Benalcázar en la conquista de Quito, y uno de los primeros fundadores y vecinos de Popayán.

El señor Polo estudió gramática latina en el Colegio que los jesuitas dirigían en Popayán; siendo de quince años de edad vino a Quito, ingresó como alumno interno en el Seminario de San Luis, donde permaneció siete años estudiando filosofía y teología; graduose de Bachiller en teología en la Universidad de San Gregorio Magno, y luego pasó a Bogotá a recibir el grado de Doctor en el Colegio del Rosario de aquella ciudad. Confiriole las órdenes sagradas el obispo Gómez Frías, y sirvió sucesivamente de cura   -170-   y vicario en la parroquia de Caloto y en la ciudad de Buga; fue dignidad de Maestrescuela en el coro de Popayán, y Felipe quinto lo presentó, por fin, para el obispado de Santa Marta; recibió la consagración episcopal en Popayán el 28 de octubre de 1743, y gobernó su diócesis por más de tres años, hasta que, en 1746, fue trasladado a esta de Quito. Rehusó tres veces admitir la mitra de Quito; sin embargo, obedeciendo al mandato de Fernando sexto, vino a su nuevo obispado, más bien resignado que contento. Quito estuvo, pues, gobernado otra vez por dos criollos, el Obispo y el Presidente, ambos jóvenes pero de caracteres muy diferentes: Orellana era irresoluto y débil; el señor Polo, animoso e intrépido; aquél dejaba ultrajar su dignidad, éste no consentía que los fueros de su autoridad fuesen violados; lo vamos a ver en la narración de su episcopado56.

El 30 de julio de 1748 firmaba en Ocaña el ilustrísimo señor Polo el poder dirigido al doctor don Esteban Zambrano, Deán de Quito, para que tomara   -171-   en su nombre la posesión canónica del obispado; el Deán cumplió estrictamente con las disposiciones legales relativas a la toma de posesión de los nuevos obispos; y el día 29 de noviembre de 1748 se verificó en la Catedral la ceremonia de tomar posesión del obispado, incensando el altar mayor y cantando el himno del Te Deum, mientras repicaban todas las campanas de la ciudad. El Obispo tardó todavía un año y medio en llegar a Quito. Entre tanto, sucedían en esta ciudad hechos que parecen increíbles.

Los franciscanos eran en aquel tiempo muy numerosos, y además de los conventos que tenían en Quito habían edificado otro a poca distancia de la ciudad, en el valle de Pomasqui, donde establecieron comunidad y abrieron noviciado. El nuevo convento de Santa Rosa de Vitervo de Pomasqui debía ser Colegio de propaganda fide, para formar misioneros con quienes sostener y adelantar las misiones de infieles que los franciscanos tenían a su cargo en las montañas salvajes bañadas por el Putumayo, al Oriente de la gran cordillera de los Andes. Acababa en el solitario retiro de Pomasqui de vestir el sayal de San Francisco el doctor don Pedro Martínez de Arízala, elevado poco después al arzobispado de Manila en las Filipinas.

Don Pedro Martínez de Arízala era español, y vino a Quito nombrado por Oidor de esta Real Audiencia; desempeñó varios cargos importantes, entre otros la visita de la provincia de Cuenca, y en 1739, renunciando la toga, abrazó la vida religiosa; profesó el 1.º de mayo de 1740, y recibió la ordenación sacerdotal de manos del ilustrísimo   -172-   señor Paredes. Había sido profesor suplente de varias cátedras en la célebre Universidad de Alcalá de Henares, y gozaba de la reputación de hombre docto, principalmente en derecho canónico; a los cuatro años de profesó, fue ascendido al arzobispado de Manila, donde falleció el año de 1755. La entrada de un oidor dio nombre al convento de franciscanos, y su comunidad fue más considerada en la colonia; el convento de San Diego gozaba de buena opinión en Quito, y no eran pocos los frailes que con su vida arreglada conservaban autoridad, llamando tanto más la atención del pueblo, cuanto la relajación de los claustros era cada día más escandalosa57.

No obstante, hacía tiempo ha que los capítulos provinciales se habían celebrado con cierta paz y tranquilidad, sin disturbios, tumultos ni alborotos. En 1744 era Provincial el padre fray Bartolomé de Alácano; tuvo noticia de que venía como Visitador el padre fray Diego de Montenegro, enviado desde Lima por el padre fray Gregorio Ibáñez Cuevas, Comisario de los franciscanos del Perú, y, oportunamente, impuso a todos los guardianes precepto de obediencia, para que no admitieran al Visitador. Terminado su gobierno, fue elegido el padre fray Martín de Acuña; y, a los tres años, en un nuevo capítulo,   -173-   ocupó el provincialato el padre fray José Morrón. El Visitador llegó a Quito sin obstáculo ni dificultad ninguna, y aunque los frailes se preparaban a recibirlo con toda solemnidad, él no lo consintió y entró al convento, dando públicas señales de enojo y de venganza; el mismo día de su llegada insultó a los religiosos y destituyó al Guardián del convento grande. Los frailes se reunieron, conferenciaron sobre lo que les convenía hacer en esas circunstancias, y protestaron contra el Visitador. Éste entonces les intimó, bajo pena de excomunión, que firmaran la protesta; firmaron los frailes, y el Visitador los declaró a todos por públicos excomulgados, fundándose en que se habían rebelado contra su autoridad, abandonó el convento y se escondió en el Colegio de los jesuitas. ¿Qué hacen entonces los franciscanos? Se burlan del Visitador, mandándolo pregonar en las calles, y condenándolo a destierro... Ésta no era más que la primera jornada de un drama indigno que, por algún tiempo, escandalizó a la ciudad.

Sabiendo el comisario Ibáñez Cuevas lo que estaba pasando en Quito con el Visitador enviado por él, se puso inmediatamente en camino desde Lima, y vino a esta ciudad; los frailes lo recibieron con toda la reverencia y acatamiento que su alta jerarquía reclamaba, y, al principio, parecía que los desórdenes pasados se habían de remediar con discreción y prudencia; pues el disimulado del Comisario daba a entender que todo se había de terminar sin estrépito ni castigos. El once de agosto de 1747 se reunió el capítulo en Pomasqui, y fue elegido provincial fray José   -174-   de Olmos; y, cuando todo prometía bonanza, estalló la tormenta, que en silencio había fraguado el Comisario.

Residenció a los padres Alácano y Morrón; el primero confesó, con entereza, que había mandado a los guardianes que no recibieran al Visitador, y fue suspendido del ministerio sacerdotal y reducido a prisión y, por fin, sentenciado a destierro. El padre Morrón fue encerrado en un calabozo y metido en un cepo. A ambos padres los condujeron maniatados de Pomasqui a Quito, y así, públicamente, los metieron de día en la ciudad.

Las comunidades del convento máximo y del Colegio de San Buenaventura se dividieron: unos estaban adheridos al Comisario, y otros censuraban sus procedimientos, y había cisma entre los religiosos. El Comisario pidió auxilio a la Audiencia, y con una escolta de soldados y una compañía de frailes hizo salir desterrado al padre Alácano; en Tiopullo lo libertaron los indios, compadecidos de la situación lastimosa del padre, a quien llevaban amarrado, a pesar de sus enfermedades y ancianidad. Los indios entregaron al padre en la Audiencia, y la Audiencia lo puso como en depósito en el convento de Santo Domingo, hasta que calmaran las iras del Comisario. Enfurecido éste con la fuga del padre Alácano, lo excomulgó, fulminando contra el desgraciado viejo cuantas censuras encontró en los Cánones. Tantos ultrajes, tantos sufrimientos le acortaron la vida y murió a poco tiempo; mas ni la muerte puso término a su persecución, porque el vengativo visitador Montenegro exigió que se le entregara   -175-   el cadáver de su víctima, para echarlo en un muladar; y, como los dominicanos resistieran, apeló a la autoridad eclesiástica, y el Vicario General decretó que el cadáver fuese entregado. Sin embargo, los dominicanos, sostenidos por la Audiencia, y apoyados en el pueblo que observaba indignado los actos del Visitador, dieron públicamente sepultura al cadáver del padre Alácano en las bóvedas sepulcrales de su propio convento58.

Mas, ¿qué era del padre Morrón?... Habían pasado más de tres meses y el padre Morrón se hallaba en peligro de perecer en el calabozo, donde lo mantenía preso el Comisario; muchos de los mismos frailes y también varios seculares   -176-   acometieron, pues, la empresa de asaltar la cárcel y libertar por la fuerza al preso; maduran el proyecto, combinan el plan, toman sus medidas, se arman y ponen por obra su propósito; fijan día y señalan hora. Era una noche lluviosa y oscura; había pasado el toque de las siete, y el pueblo devoto salía de la iglesia, porque era 2 de diciembre de 1747, y acababan de terminar los ejercicios piadosos del cuarto día de la novena de la Inmaculada Concepción. Un grupo de hombres armados se precipita por la iglesia en el convento; suenan las campanas tocando a rebato y en los claustros se traba un verdadero combate; el Reverendo Comisario y el Visitador, a la cabeza de unos cuantos frailes, hacen resistencia, disparando armas de fuego; pero, mientras que unos luchan con la facción del Comisario, otros logran romper las cerraduras de la cárcel y sacar libre al padre Morrón, a quien la Audiencia consigna depositado en el convento de Santo Domingo.

Al día siguiente, la abatida ciudad de Quito fue teatro de la escena más sacrílega y grotesca de que hay memoria en nuestra historia, tan fecunda, por desgracia, en escándalos causados por religiosos y prelados de conventos. El audaz Comisario expulsó del convento a los frailes que no le eran adictos, y determinó con todos los de su partido abandonar la casa y trasladarse a San Diego. En efecto, por la tarde salió con todos sus parciales en procesión; iba el hipócrita con una soga al cuello, y con sogas al cuello estaban también todos los demás; precedía una estatua de San Francisco de Asís, llevada en hombros de unos cuantos mozos plebeyos, a quienes habían   -177-   seducido y engañado, haciéndoles creer que defendían la religión; el Comisario llevaba el Santísimo Sacramento, y caminaban con grande alboroto cantando el salmo In exitu Israel de Aegipto; echaron llave a la iglesia y también al convento, después que los parientes de los coristas sacaron fuera las camas, las prendas de vestir y el mobiliario de éstos. Cerradas las puertas del convento, envió el Comisario una comisión a casa del Presidente, para que le entregaran las llaves, con un insolente recado que el tímido Sánchez de Orellana recibió callado y no se atrevió a castigar. ¡Qué escenas las de aquel día! Bajaba la sacrílega procesión a la plaza de Santo Domingo en medio de las oleadas de curiosos que se aumentaban por instantes; tras el palio, debajo del cual iba el Comisario con el adorable Sacramento, seguía un tropel de mujeres cargadas de colchones, trastos y ropa sucia, llorando a gritos, dando alaridos, con fingidas alharacas de dolor y de espanto. ¡Se acaba la religión!, exclamaban, ¡Esto es el fin del mundo!

En la plaza de Santo Domingo, el Comisario maldijo al padre Morrón, a la Audiencia, al Presidente, a la ciudad entera; después se quitó los zapatos y, sacudiéndolos en el aire delante de la Divina Eucaristía, tan horrendamente profanada, lanzó nuevas maldiciones contra Quito; y, saciada su insensata venganza, tomó la procesión el camino de San Diego. Allí, en esa casa de retiro y de oración transformada de repente en lugar de bullicio y desenfreno, se estableció el Comisario con los de su bando; diéronse maña éstos para atraer a los hombres del barrio de San   -178-   Roque, por medio de un mulato sastre llamado Manuel de la Parra, que gozaba de mucha autoridad entre los suyos. Parra era el caudillo de las gentes del barrio y el instigador del levantamiento de la plebe en favor del Comisario; Parra, hombre del pueblo, aficionado a la embriaguez, ignorante, era no sólo de ánimo robusto, sino atrevido, audaz y hasta temerario; persuadido de que estaba defendiendo la religión perseguida por la Audiencia, obedecía ciegamente las insinuaciones y consejos del Comisario. Sin embargo, por un acto de valor, sorprendente e inesperado de parte del Presidente, el sastre Parra fue reducido a prisión; entonces el Comisario azuzó a la plebe del barrio de San Roque, y le mandó extraer por la fuerza de la cárcel a su caudillo; las sediciosas palabras del fraile prendieron el fuego de la rebelión; la cárcel fue acometida por las turbas, ebrias de furor, en la noche del 31 de diciembre de 1747, y los soldados de la guardia hubieron de combatir con el grupo de fanáticos para impedir que el sastre fuera libertado de la prisión. Las turbas se lanzaron sin embozo a la casa del Presidente; y Sánchez de Orellana habría sido asesinado, si los soldados no hubieran contenido a balazos a los osados que intentaban penetrar adentro; murieron algunos del pueblo, y también unos cuantos soldados. La ciudad entera se conmovió viendo consumar tan feo crimen a unos hombres del pueblo, corrompidos por las palabras de un fraile, que había llegado aquí enviado, según él decía, para reformar los conventos de su Orden; olvidáronse aquel día todos los resentimientos, y chapetones y criollos, europeos   -179-   y americanos se pusieron del lado de la Audiencia y reprobaron unánimes la conducta del Comisario.

Protegido el padre Morrón por los vecinos honrados de Quito, y con el permiso de la Audiencia, fugó del convento de Santo Domingo, tomando el camino de Guayaquil para embarcarse a España. Súpolo el Comisario, y, al instante, salió de Quito y se puso en marcha, persiguiendo al prófugo; llega a Guayaquil, sabe que el padre Morrón ha partido para Panamá, y, desesperado por darle alcance, se entra en un navichuelo de pescadores y se lanza al golfo; con inauditas fatigas arriba a Panamá, pero el perseguido padre Morrón había atravesado el Istmo y estaba en Portobelo; corrió allá el Comisario; mas, cuando llegó, ya el otro se había hecho a la vela. Desesperado, embarcose también el Comisario en la primera nave que salió del puerto, y anduvo tan afortunado que, con próspero viento, tocó en Cádiz, de donde pasó inmediatamente a Madrid, para justificar su conducta ante el Comisario General de Indias.

El desgraciado padre Morrón cayó en manos de los ingleses, que capturaron el buque en que iba embarcado, y se lo llevaron a Londres; conseguida su libertad, se dirigió a Bilbao, de donde era nativo; mas, apenas puso el pie en tierra, cuando fue encarcelado, porque el Comisario General había tenido tiempo para expedir órdenes a todos los puertos, mandando prenderlo al punto que asomara en la Península. De Bilbao logró fugar, y se dirigía a Roma, donde esperaba que encontraría amparo y justicia en el Ministro General   -180-   de su Orden, pero no llegó a la Ciudad Eterna, porque murió en Niza, quedando frustrados con su muerte los inicuos intentos de su vengativo perseguidor. Empero, no hemos acabado todavía de narrar este hecho59.

Fray Gregorio Ibáñez Cuevas era aragonés, y obtuvo la confianza del Padre Comisario General de Indias, que lo envió a Lima con el cargo de Comisario de los franciscanos del Perú; sus facultades, sin embargo no se extendían sobre los frailes de Quito, ni tenía jurisdicción sobre estos conventos ni menos podía nombrar visitador de   -181-   ellos, careciendo como carecía del permiso del Rey, sin cuyo beneplácito ningún prelado regular ni los mismos generales podían enviar visitadores a las comunidades de América. Pero el padre Ibáñez Cuevas era español, era fraile y estaba en las colonias, circunstancias más que sobradas para que no respetara ley alguna; en Quito, ciudad devota, a tantas leguas de distancia del Virrey de Bogotá, y con un Presidente criollo, pusilánime y que había comprado con dinero la presidencia, ¿qué había de hacer un fraile audaz, que,   -182-   como el padre Ibáñez Cuevas, había pasado la mayor parte de su juventud de soldado en los ejércitos de Felipe quinto? Desabrido de la vida militar se había metido fraile, pero conservaba bajo el sayal todos los resabios del hombre de cuartel. Cuando se retrajo en San Diego, fingía que los quiteños querían asesinarlo, y mantenía armados dentro del convento a muchos hombres del pueblo, inculcándoles que serían mártires y volarían derecho al cielo si morían sosteniéndolo   -183-   a él, que era el único defensor de la religión. Cuatro horcas plantara yo en media plaza, les decía, para colgar de ellas al Presidente y a los oidores!. Estas místicas y sediciosas pláticas eran reforzadas por el aguardiente, que el indigno fraile hacía distribuir en abundancia a los engañados que le acompañaban. Cuando, después del combate del 31 de diciembre, alguno de estos infelices manifestaba temor de que el Gobierno superior de Madrid castigara los graves atentados que habían cometido, los tranquilizaba haciéndoles creer que tenía grande influencia en la Corte y mucha mano con el Rey, y prometiéndoles que había de alcanzar que el barrio de San Roque fuera en adelante exento de la jurisdicción de los alcaldes ordinarios de la ciudad. Olvidado del todo de sus obligaciones religiosas, componía coplas y canciones satíricas contra los padres Alácano y Morrón; los calumnió ruinmente a ambos, levantándoles procesos como a traficantes y propietarios; y esto cuando él acababa de colocar de curas a diez frailes españoles, que habían venido costeados por el Rey para que se ocuparan en las misiones de infieles en Mocos y Sucumbíos, y era público y notorio que a los comisarios les tocaba una buena parte de los emolumentos parroquiales. No pudiendo saciar su venganza en el padre Alácano, azotó públicamente de una manera cruel y vergonzosa a un septuagenario hermano converso, que había sido compañero y confidente de aquel padre; y, no satisfecho con esto, lo atormentó, sin compasión a sus canas y al largo tiempo de vida claustral. Al padre Morrón lo maltrató tapiando una ventanilla   -184-   del calabozo por donde le entraba un rayo de luz, a fin de que no tuviera ni el consuelo de rezar el oficio divino. He ahí el hombre que vino a esta ciudad encargado de la reforma de los franciscanos; su escandalosa conducta mereció la reprobación general de nuestros mayores, y, por reverencia al estado religioso, nos abstenemos de reproducir en esta Historia la queja que los principales vecinos de Quito elevaron al rey Fernando sexto contra el tristemente famoso comisario Ibáñez Cuevas; esa queja fue demasiado justa, pero las expresiones con que fue calificado el Comisario, aunque bien merecidas, deshonran y denigran al sayal franciscano...

El Consejo de Indias, con esa lentitud de procedimientos que equivalía en cierto modo a la impunidad, falló al fin que los padres Alácano y Morrón habían tenido derecho para recusar al Visitador, y reprendió al Presidente y a la Audiencia por haber tolerado los escándalos del Comisario; de la conducta de éste decía el Padre General de los franciscanos: «De los escándalos que ocasionó en Quito durará la memoria muchos siglos, sin que acabe de llorar la religión los perjuicios que con ellos se le han causado». Más tarde volvió el Consejo a tomar nuevas medidas para remediar este escándalo.

Advirtiendo los del barrio de San Roque que de España, en vez de privilegios, les vendrían castigos, se humillaron, y, poniendo por intercesores a los jesuitas, alcanzaron de la Audiencia un indulto general. Así acabaron los alborotos que el Visitador y el Comisario de San Francisco causaron en esta ciudad.



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III

Estos escándalos sucedieron en Quito después de la muerte del obispo Paredes, y antes de la venida del ilustrísimo señor Nieto Polo. Hemos referido ya en qué año llegó este Prelado a su ciudad episcopal, y de qué manera se verificó la toma de posesión de la diócesis. Así pues, en febrero de 1748 salía de Quito el padre fray Gregorio Ibáñez Cuevas en seguimiento de su víctima, el padre fray José Morrón, y en noviembre del mismo año se recibían aquí las bulas del señor Polo y tomaba posesión del obispado el doctor Zambrano, Deán de la Catedral, como apoderado del Obispo; en la ciudad y en toda la diócesis no podían, pues, menos de estar vivos todavía y muy frescos los escándalos del Comisario de San Francisco, cuando vino el nuevo Prelado. Antes de entrar en Pasto supo el ilustrísimo señor Polo, punto por punto, cuanto había sucedido en Quito; averiguó muy de asiento la manera de vivir de los religiosos, no sólo franciscanos sino de todas las demás comunidades regulares que entonces había en la diócesis; y, con esa sinceridad admirable que le distinguía, reprobó y condenó sin disfraz ni disimulo la relajación, y expresó claramente su propósito de retirar a todos los frailes las licencias de celebrar, confesar y predicar, dejándoselas solamente a los jesuitas, de quienes tenía el más elevado concepto. El ilustrísimo señor Nieto Polo creía que un obispo no podía disimular los pecados de sus feligreses, cuando eran públicos y escandalosos, y, con fortaleza moral ejemplar, comenzó   -186-   su empresa de reformar el obispado, extirpando abusos; esta conducta, santamente intransigente, fue para el obispo Polo una ocasión de padecer, que, al fin, acabó con su vida estando aún en el vigor de la edad.

Tardó mucho este célebre Prelado en llegar a Quito, porque de Pasto bajó a Izcuandé y a Barbacoas, visitó la isla de Tumaco, recorrió toda la costa de Esmeraldas y salió a Ibarra por las montañas de Lachas. En este viaje sufrió imponderables molestias, pero tuvo el consuelo de ver a sus diocesanos, de predicarles y de administrarles el Sacramento de la Confirmación, gastando en esta excursión casi un año. Cuando a mediados de 1750 llegó a Quito, ya el presidente Sánchez de Orellana estaba, pues, en los últimos años de su período de mando. Uno de los primeros actos del Obispo, así que vino a la capital, fue la provisión de las parroquias vacantes, que inmediatamente trató de verificar, sacándolas a concurso según las disposiciones del Tridentino y las leyes del real patronato; pero con este motivo se suscitó una disputa con el Presidente, porque Orellana quería que le fuesen presentadas, de una vez, todas las ternas para elegir a los eclesiásticos que le parecieran dignos, aun cambiándolos de una terna en otra; el Obispo rehusó condescender con esta pretensión del Presidente, aunque Orellana alegaba que sus predecesores lo habían practicado así, de acuerdo con los obispos de Quito, lo cual era cierto y hacía disculpable la exigencia del Presidente, como vicepatrono. Un segundo motivo de disgusto hubo entre el Obispo y Sánchez de Orellana: estaba vacante el curato   -187-   de la ciudad de Cuenca, y pretendía el Presidente que le fuera dado a un hermano suyo, y el Obispo se negaba resueltamente, fundándose en graves motivos canónicos. Por fortuna, la sincera virtud del Presidente y sus inclinaciones pacíficas hicieron imposible toda desavenencia ruidosa entre las dos autoridades, y el ilustrísimo señor Polo pudo salir a practicar la visita pastoral de las provincias de su obispado, y don Fernando Félix Sánchez de Orellana concluir en paz los ocho años de su presidencia. Su sucesor estaba ya en camino, y se acercaba a esta ciudad60.

En efecto, el 22 de septiembre de 1753 tomó posesión de la presidencia de Quito don Juan Pío de Montúfar y Fraso, caballero del orden de Santiago y primer Marqués de Selva-alegre, viniendo a ser, por consiguiente, el vigésimo tercero en la sucesión cronológica de los presidentes de la Real Audiencia en la época de la colonia.

Don Juan Pío de Montúfar era natural de Granada en España, y, como vecino de Arequipa en el Perú, había desempeñado el cargo de Capitán de caballería; la presidencia de Quito le fue concedida en virtud de la suma de treinta y dos mil pesos fuertes que consignó anticipadamente en la Tesorería Real, como servicio a la Majestad de Fernando sexto. La cédula de su nombramiento   -188-   le fue expedida el 16 de junio de 1747, y salió de España, donde se encontraba entonces, para venir por Buenos Aires al Perú, y esperar allí que llegara el tiempo en que debía hacerse cargo de la presidencia. El 21 de septiembre de 1753 entró en esta ciudad; salieron a su encuentro todos los vecinos notables, los miembros del Ayuntamiento y el presidente Sánchez de Orellana con los oidores. En la placeta de San Sebastián, el presidente Orellana tuvo el comedimiento de entregar en manos del Marqués de Selva-alegre el bastón presidencial, ceremonia con la que significaba que transfería en el recién venido el gobierno y la autoridad que hasta ese momento en nombre del Rey había estado ejerciendo. Llegaron con el nuevo Presidente los Ministros de la Audiencia, y el Tribunal se organizó con los doctores don Pedro Gómez de Andrade, don Juan Romualdo Navarro, don Manuel de la Vega y Bárcena, don Luis de Santacruz y Centeno, y el licenciado don Francisco Quintana y Acevedo. El oficio de Fiscal fue desempeñado por el doctor Gregorio Hurtado y Zapata, Oidor supernumerario de la misma Audiencia. El presidente Montúfar carecía de voto en los asuntos de justicia, por no ser letrado61.

La primera ocupación del Presidente fue la residencia de su antecesor; y tan buena la rindió   -189-   Sánchez de Orellana, que fue declarado buen gobernante, porque no resultó contra él cargo ninguno. Parece que su gobierno, en verdad, fue honrado, y que no hubo quien lo acusara con justicia; el silencio de los acusadores y querellantes no puede atribuirse al temor de atraerse la enemistad de la familia del Marqués de Solanda, tan rica, tan numerosa y tan influyente en aquella época, porque don Fernando Félix de Orellana era de corazón recto, naturalmente bondadoso, y durante su presidencia, aunque no hizo bienes positivos, tampoco abusó de su autoridad.

Antes de terminar su período de mando había resuelto abrazar el estado eclesiástico, como lo cumplió recibiendo las órdenes sagradas en esta ciudad de manos del ilustrísimo señor Polo, y el Rey lo agració inmediatamente con el deanato de la Catedral, del que tomó posesión el 31 de julio de 1756. Tenía entonces cuarenta y un años de edad. Un concurso numeroso presenció aquel día en la Catedral la ceremonia de la toma de posesión del deanato, y no acababan de alabar la integridad del hijo del Marqués de Solanda, creyéndolo merecedor de la eminente dignidad eclesiástica de que le había hecho merced el Rey. Terminada la función en la Catedral, pasó el Cabildo eclesiástico en corporación a solemnizar la fiesta de San Ignacio de Loyola, en la iglesia de la Compañía de Jesús.

La época del gobierno del Marqués de Selva-alegre fue una de las más funestas para Quito y sus provincias meridionales, por los terremotos que las desolaron; en 1698 uno de aquellos fenómenos geológicos que, de cuando en cuando, desequilibran   -190-   y trastornan la cordillera de los Andes, destruyó las provincias de Riobamba, Ambato y Latacunga; en 1742, el 15 de junio, volvió a ponerse en actividad el Cotopaxi, que durante doscientos años había permanecido apagado, y en los cuatro años siguientes continuó haciendo erupciones de agua y de ceniza, que arruinaron una gran parte de la provincia de Latacunga.

Los temblores fueron frecuentes desde 1740 hasta 1755, año en que la ciudad de Quito quedó casi del todo arruinada.

Los temblores fuertes comenzaron a sentirse el 26 de abril; el más terrible de todos fue el del día 28, en el cual las torres de los templos parecía que casi tocaban al suelo con la vehemencia del sacudimiento; todas las iglesias quedaron arruinadas; las casas de los particulares, amenazando venirse a tierra a impulso de los estremecimientos que continuaban, se pusieron inhabitables; sus moradores huyeron, dejándolas abandonadas, y en las llanuras y colinas improvisaron chozas para guarecerse, porque a los terremotos siguieron las copiosas lluvias de mayo. En esta ocasión, como en todas las demás, los quiteños se volvieron a Dios, implorando la divina clemencia con procesiones devotas y constantes rogativas; acordáronse de que el año de 1575 y el de 1660, la ciudad había sido puesta bajo la protección de la Virgen Madre de Dios, en su advocación de la Merced, y acudieron a su templo, y por entre los amontonados escombros de la derruida cúpula sacaron la tradicional imagen de piedra y la bajaron a la plaza mayor, un lunes, el mismo 28 de abril, día de la catástrofe. Los temblores continuaron   -191-   todavía durante algunas semanas, pero fueron lentos y cada vez menos ruinosos.

Con este motivo se estableció un día de ayuno todos los años, fijándolo el 23 de septiembre, vigilia de la festividad de Nuestra Señora de la Merced, la que todos juraron guardar en lo futuro como de precepto62.

En la misma plaza mayor fabricaron los canónigos una cabaña provisional, para celebrar los Divinos Oficios, por el estado completo de ruina en que se encontraba la Catedral. Edificado, observó el pueblo la puntualidad con que en aquellos días asistían al coro los canónigos, a pesar de las lluvias y de las incomodidades del lugar donde oficiaban.

El 25 de mayo de 1755 depositaron el Santísimo Sacramento en la Capilla mayor, levantada como por encanto, de entre las ruinas, merced   -192-   a las limosnas de los fieles, a las erogaciones de algunas personas piadosas y a los fondos propios de la misma iglesia. Los ornamentos sagrados quedaron enterrados, y con las lluvias que sobrevinieron luego se echaron a perder completamente. éste es el terremoto más espantoso entre los que han desolado esta ciudad. Así que cesaron los temblores y volvió a renacer la calma en los moradores de Quito, principiaron a reedificar los templos y a reparar las casas, con tanto afán y constancia que, a los dos años, la ciudad estaba renovada y presentaba un aspecto más hermoso que el que tenía antes de la catástrofe, de modo que el presidente Selva-alegre decía que, si fuera lícito, se alegraría del terremoto, viendo cuánto había mejorado Quito en tan breve tiempo.

Mas, aún no había todavía acabado de convalecer la capital de la presidencia de los estragos causados por la catástrofe de 1755, cuando otro terremoto acabó con la maltratada población de Latacunga. El día 22 de febrero de 1757, martes de carnaval, a las cinco y más de la tarde, cuando los vecinos estaban alegres y regocijados, un terremoto violento convirtió sus fiestas en duelo y sus risas en lamentos; derrumbáronse paredes y sepultaron bajo sus escombros a algunos habitantes. En la iglesia del Noviciado de la Compañía perecieron como doscientas personas, aplastadas por la cúpula y la techumbre, que cayeron en el momento mismo en que estaban celebrando el jubileo de las cuarenta horas. El altar   -193-   mayor permaneció en pie, y las ceras continuaron ardiendo sin apagarse delante del Santísimo Sacramento; era aquella una escena horriblemente sublime; en un instante el templo se había convertido en sepulcro de los fieles, que henchían sus naves adorando al Juez Eterno en la Divina Eucaristía; el ostensorio se dejaba ver inmóvil sobre un montón de ruinas hacinadas, y las ceras continuaban alumbrando por entre el polvo de los escombros, que había reemplazado a las nubes del incienso. Entre los muertos se contaron cuatro jesuitas: dos sacerdotes, un junior y un novicio.

A consecuencia de este segundo terremoto y de las frecuentes erupciones del Cotopaxi, quedó el triste asiento de Latacunga en un estado lastimoso, y fue indispensable que se le exonerara del pago de tributos y que se rebajara el rédito anual de los capitales impuestos a censo. Ya se puede conocer cuánta sería la decadencia de las provincias del centro a mediados del siglo pasado; con una cierta especie de ansia, con angustia y opresión del ánimo vamos refiriendo la historia de estas catástrofes que con tan cortos intervalos de tiempo desolaron la colonia. Cada siglo ha tenido dos, terribles y espantosas; de las ligeras el historiador no lleva cuenta63.

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Apenas dos años sobrevivió el ilustrísimo señor Polo al terremoto de Latacunga; pues, el 12 de marzo de 1759, día lunes, antes de las dos de la mañana, expiró con una muerte tan ejemplar como había sido su vida; estaba entonces en el año sexagésimo de su edad. El presidente Selva-alegre no le sobrevivió mucho tiempo, porque descendió al sepulcro el 24 de septiembre de 1761, a los dos años seis meses después del Obispo.

En una época tan calamitosa, estos dos varones insignes gobernaron con vigor, procurando hacer el bien general; el Marqués de Selva-alegre era rico y desinteresado; en Arequipa poseía fincas valiosas, las cuales le producían anualmente una renta considerable64.

Todo su sueldo de Presidente lo gastó en Quito en reedificar la iglesia de las monjas de Santa Catalina, que se arruinó con el terremoto de 1755; y no sólo la reedificó, sino que la hermoseó levantando una cúpula grandiosa, que se conservó   -195-   hasta el año de 1859, en que un nuevo terremoto, el del 22 de marzo, la destruyó por completo.

Era el Marqués de Selva-alegre de carácter enérgico, fuerte y orgulloso; las contradicciones lo irritaban, y las resistencias lo enfurecían; quería ser obedecido con prontitud y sin réplica. Como representante de la persona del Soberano, estaba persuadido de que le eran debidos todo honor y acatamiento; y, aunque no era letrado sino militar, las regalías y preeminencias del regio patronato eclesiástico le parecían sagradas e inviolables, por lo cual exigía bruscamente la sumisión del obispo al presidente, como la del soldado al capitán.

El ilustrísimo señor Polo era (como todo obispo americano del tiempo de la colonia), un vasallo sinceramente rendido a la voluntad del Soberano; pero conocía muy bien sus deberes para con la Iglesia, y con una ciencia eclesiástica sólida se había formado ideas claras y muy exactas en punto a los límites de la autoridad civil, aun dentro de la amplitud del patronato de los reyes de España; además era de una conciencia tan íntegra, que no transigía con nadie, cuando conocía que estaba de por medio su deber pastoral; así es que su firmeza era inquebrantable.

Siendo éstas las cualidades de que estaban adornados el Presidente y el Obispo, las desavenencias entre los dos fueron indispensables, y vivieron casi siempre en competencias y disputas. Prohibió el Obispo el juego llamado del boliche, y el Presidente lo autorizó, dando licencia para que se continuara en los pueblos, en los días de las   -196-   fiestas de los santos patrones e imponiendo a los jugadores una pensión, la cual de ordinario se invertía en alguna obra buena, como si fuera lícito hacer el bien autorizando el mal. Principió el Obispo a edificar en Quito, al extremo de la ciudad en las faldas del Panecillo, una casa para ejercicios espirituales; y el Presidente se opuso a que la concluyera y mandó suspender la fábrica, apoyándose, no sin razón, en las leyes del patronato real. Vino orden del rey don Fernando sexto para que, bajo partida de registro y a buen recado, fueran remitidos presos a España el padre fray Domingo Therol, Provincial de los dominicanos, y fray Domingo Vandín Salgado, Provincial de los franciscanos, a quienes se suponía culpados en los alborotos públicos suscitados entre las dos comunidades, con motivo de la muerte, de los funerales y del entierro del padre Alácano. Y, en efecto, recibida la orden real, sin demora, el Presidente hizo prender y redujo a prisión a los dos provinciales; y, a pesar de los reclamos del Obispo, que salió en defensa de la inmunidad eclesiástica, los envió presos a la Península. Allá, los dos padres probaron su inocencia, haciendo constar que, en octubre de 1750, habían estado ambos ausentes lejos de Quito, el uno en Cuenca y el otro en Guayaquil; y el Consejo los absolvió, permitiéndoles regresar a sus conventos, con los honores y preeminencias claustrales de que habían gozado antes. El padre Lazcano, Prior del convento máximo de Santo Domingo, había muerto antes de que llegara a Quito la cédula real, por lo que se libró del castigo a que lo había condenado el Rey. ¡Cuánto   -197-   iban cambiando los tiempos!... La severa justicia del regio patrono era freno poderoso para contener a los religiosos dentro de la órbita de los deberes propios de su santo instituto...

El señor Polo no se oponía a que se cumplieran puntualmente las órdenes del Rey, sino que reclamaba, sosteniendo que la prisión de los dos provinciales le tocaba a la autoridad eclesiástica, en virtud del fuero de que gozaban los religiosos.

El Presidente miraba con cierta ojeriza al Obispo, cuyas acciones le parecían abusos propios del carácter del Prelado, y escribió al Consejo de Indias informes tan apasionados, que el Consejo no pudo menos de reprenderle, exhortándole a guardar armonía con el Obispo. Montúfar calificaba al ilustrísimo señor Nieto Polo de hombre recio y de carácter indomable; el Obispo era de alma vigorosa y enérgica; el Presidente sinceramente recto, pero muy pagado de su propio parecer65.

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Entre las muchas virtudes que poseía el ilustrísimo señor Polo distinguíase su actividad; era incansable en el trabajo, y podemos asegurar, sin temor de equivocarnos, que su vida laboriosa fue la que lo precipitó al sepulcro, cuando llegaba apenas a los sesenta años de su edad; recorrió dos veces todo el obispado, de provincia en provincia, sin dejar pueblo alguno, por retirado que fuera, sin visitar, deteniéndose en cada uno el tiempo necesario para conocer sus necesidades y remediarlas, sin que lo arredrara ni lo fragoso de los caminos, ni lo malsano de los lugares. Lo primero que hizo cuando llegó a Quito, fue dar misiones en la ciudad, y lo mismo hacía en todas las demás poblaciones de la diócesis, así que entraba en ellas practicando la visita. Este Obispo fue el primero que estableció la práctica utilísima de las Conferencias morales del clero y el retiro anual para hacer los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola; y, para dar ejemplo a los eclesiásticos, era él quien los hacía primero que todos. La reforma del clero secular fue el anhelo de su gobierno; exigió que los clérigos anduvieran siempre con hábito talar y persiguió a   -199-   los que andaban vestidos de seglares, a los que frecuentaban las mesas de juego, las corridas de toros y los bailes profanos; fue inexorable en lo relativo a la residencia de los párrocos en sus beneficios, estableció los exámenes de la lengua quichua para los curas de indígenas, cosa que, con el tiempo, había caído en desuso, y celó con energía la moral de todo el estado eclesiástico.

No fue menos celoso en desarraigar los vicios que habían cundido en la sociedad; prohibió el uso, común entonces, y la moda de traer las mujeres vestidos poco honestos, llamados de tres talles, para dejar descubiertas aquellas partes superiores del cuerpo que la modestia manda llevar ocultas; amenazó con excomunión a los que bailaran el baile y danza popular conocida con el nombre de el fandango, en que padecía grave quebranto la moral; y, con las mismas penas y censuras intentó estorbar el juego de carnaval, a cuyos desórdenes atribuía el Obispo el terremoto de 1755; por una de aquellas coincidencias providenciales, en el auto que, para prohibir el juego, expidió el 17 de febrero de 1757, amenazaba el Obispo con nuevas catástrofes en castigo de la obstinación en semejante juego; y, el 22 de aquel mismo mes, ¡se arruinaba Latacunga el último día de carnaval! No debemos condenar el que este Prelado haya echado mano de censuras y de excomuniones contra los que no cumplían cada año con el precepto de la confesión y comunión pascual, pues entonces aquellas penas espirituales eran todavía temidas en nuestros pueblos.

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En el desinterés fue tan consumado el obispo Polo, que, cuando murió, no tuvo ni lo necesario para su entierro y funerales, pues había distribuido en limosnas y obras pías no sólo todas sus rentas, sino aun una gruesa cantidad que para aquel objeto había pedido prestada; su vestido era decente sin ostentación, y su mesa muy frugal. Rehusó admitir el obispado de Quito y presentó tres renuncias: la primera no fue despachada, porque el apoderado la ocultó, y las dos segundas le fueron negadas; en los diez años que gobernó la diócesis de Quito elevó varias veces súplicas al Papa y al Rey para que le permitieran dejar el obispado y profesar en la Compañía de Jesús, pero sus peticiones fueron desatendidas. Tuvo un presentimiento tan claro de su fin, que anticipadamente designó el año y aun el mes en que había de morir, como se cumplió.

La oración fúnebre la pronunció su amigo y confidente el padre Milanesio; y en las exequias, que al cabo de año se le hicieron en la Catedral, predicó en su elogio el célebre jesuita Juan Bautista de Aguirre. Fue este Obispo uno de los que más influencia ejercieron sobre nuestro pueblo en la época de la colonia; pues, aunque de muchos fue aborrecido, todos generalmente le temían y le respetaban. El clero secular debe mucho reconocimiento a la memoria de este insigne Prelado, por su constancia admirable en trabajar para que las virtudes florecieran en el estado eclesiástico, desterrados los vicios que, por desgracia, en aquel tiempo lo deshonraban. Las mesas de juego y los bailes eran frecuentados por sacerdotes; el ilustrísimo señor Polo, con amenazas,   -201-   con censuras y con multas pecuniarias (más eficaces de ordinario que las excomuniones), constriñó a los extraviados a vivir conforme a la santidad de su estado.

El Marqués de Selva-alegre murió en edad muy avanzada, pues en 1761, fecha de su fallecimiento, contaba como ochenta años; fue casado dos veces: la primera con una señora de Arequipa, llamada doña Martina Taborga y Durana; y la segunda, con doña Rosa Larrea y Zurbano, quiteña, hija legítima de don Pedro Larrea y de doña Catalina Santa-Coloma, descendientes de las más nobles familias que había entonces en Quito. Doña Rosa Larrea murió el 5 de agosto de 1761; y tan grande fue el dolor que al anciano Marqués le causó la pérdida de su esposa, que, menos de dos meses después, la siguió al sepulcro.

El presidente Selva-alegre fue el primero y también el único de los presidentes de la colonia que durante el siglo decimoctavo falleció en Quito; pues, desde Munive hasta Montúfar, ninguno había muerto en esta ciudad. Los funerales del presidente Marqués fueron muy solemnes; su cadáver, embalsamado, estuvo expuesto dos días en el palacio, vestido con su uniforme militar y tendido sobre el vistoso manto rojo de caballero de Santiago, que le servía de mortaja; después se le dio sepultura, al lado de su esposa, en las bóvedas de la iglesia de la Merced. Por una circunstancia notable se advirtió que hubiera celebrado en los funerales del presidente Montúfar el mismo Deán, Marqués de Solanda, que fue su inmediato predecesor en el gobierno de estas   -202-   provincias. Don Juan Pío Montúfar, cuando murió, estaba promovido a una plaza en el Real Consejo de Indias66.





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