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ArribaAbajoCapítulo noveno

El presidente Luis Héctor, Barón de Carondelet


Don Luis Muñoz de Guzmán deja el gobierno de la colonia.- Llega su sucesor.- Noticias biográficas acerca del Barón de Carondelet, vigésimo nono Presidente de Quito.- Carácter del nuevo gobernante.- Disputas acerca del sitio en que se debía edificar la nueva ciudad de Riobamba.- Don Bernardo Darquea determina dónde conviene trasladar la ciudad.- Se funda Riobamba en la meseta de Tapi.- Escandalosas desavenencias del intendente Vallejo con el primer Obispo de Cuenca.- El ilustrísimo señor Carrión y Marfil es trasladado a Trujillo.- Conducta del Obispo para con el clero.- Muerte de Vallejo.- Observaciones.- El ilustrísimo señor Cuero, segundo Obispo de Cuenca.- Le sucede el ilustrísimo señor don Francisco Javier de Lafita y Carrión.- Fallecimiento del tercer Obispo de Cuenca.- Fallecimiento del presidente Carondelet.- Su gobierno.- Caldas en Quito.- Llega a Quito el Barón de Humboldt.- Importancia de los viajes científicos de Humboldt en América.- Primera exploración náutica al Archipiélago de los Galápagos.- Fin de la época colonial.



I

Don Luis Muñoz de Guzmán estaba gozando de la vida del campo, retirado con su familia en el pueblo del Quinche, cuando aconteció el terremoto de Riobamba; cuatro días después regresó a Quito y se ocupó en dictar órdenes para remediar los males causados por la catástrofe; pero, como desde el año anterior había solicitado del Rey que lo relevara de la presidencia de Quito trasladándolo a la de Chile,   -394-   ponía poco esmero en gobernar un país, del cual esperaba salir pronto, y en el que jamás había estado muy contento. El atraso de Quito era imponderable, la pobreza casi rayaba en miseria, y sobre un estado ya de suyo ruinoso había venido la inesperada catástrofe del terremoto, que sumía en la indigencia una de las más importantes provincias de la atrasada colonia. En efecto, la solicitud de don Luis Muñoz de Guzmán fue acogida por el Consejo de Indias, y se le concedió la capitanía general y la presidencia de Chile; para reemplazarle en el gobierno de Quito, fue nombrado en los últimos días de diciembre de 1797 el Barón Carondelet. A fines del año siguiente de 1798, el nuevo Presidente arribaba a Guayaquil, y Muñoz de Guzmán, con la noticia de la llegada de su sucesor, salía de Quito encaminándose a su nuevo destino. En Ambato se vieron y se conocieron los dos presidentes; Muñoz de Guzmán se dirigía a Lima; Carondelet venía a Quito.

Don Luis Muñoz de Guzmán fue atacado de apoplejía en Lima, donde permaneció hasta el año de 1802, en que principió su gobierno de Chile; vivió dos años más que Carondelet, pues falleció repentinamente en Santiago el 10 de febrero de 1808. Muñoz de Guzmán fue un buen magistrado; era serio, de costumbres muy morales y justiciero; en cuanto a desinterés, pudiera ser calificado de ejemplar, atendida la codicia que algunos de sus inmediatos predecesores habían manifestado; su afán por el bien de la colonia fue el que podía tener un caballero español pundonoroso para con un país, del cual   -395-   había de ausentarse para siempre concluido el período de su mando126.

El 3 de febrero de 1799 tomó posesión de la presidencia de Quito el señor Carondelet, vigésimo nono en la serie de los presidentes del tiempo de la colonia. Carondelet no era español de nacimiento sino belga, descendiente de una familia noble de los Países Bajos, originaria de Bress; llamábase Luis Francisco Héctor de Carondelet: su padre fue Juan Luis, Barón de Carondelet y Noyelles, que falleció en 1775; y su madre, la señora María Angelina Bernarda Bosoist, Vizcondesa de Langle; principió su carrera militar con el grado de cadete, cuando la expedición de Argel, y en la toma del castillo de Panzacola estuvo de Jefe de la cuarta división; antes de venir a Quito, había estado desempeñando el importante cargo de Gobernador de la Luisiana, cedida por Francia a España a consecuencia de los tratados ajustados con Carlos tercero en 1763.

Carondelet era ya entrado en años y estaba casado con una señora española, llamada doña   -396-   María Castaños, de la cual tenía dos niñas; había heredado el título de Barón por muerte de su padre y se hallaba además condecorado con el hábito de Caballero de San Juan de Jerusalén. Alto de cuerpo, sonrosado, enjuto de carnes, la cabellera cana; suave de carácter, culto y urbano con todos; digno en sus costumbres y lleno de cordura y energía en sus procedimientos, el señor Carondelet habría suspendido indudablemente la revolución de nuestra emancipación política de España, si hubiera vivido algunos años más en Quito127.

Una de las primeras atenciones de su gobierno fue llevar a cabo la fundación de la nueva ciudad de Riobamba, en la llanura de Tapi, como sitio más adecuado para aquel objeto. Así como se repusieron los riobambeños del terror que les causó el cataclismo y la ruina completa de su ciudad, comenzaron a tratar acerca del punto donde convendría reedificarla; unos pocos deseaban que se construyera la nueva ciudad en el mismo punto donde había estado la antigua; pero la mayoría de los vecinos rechazó semejante pretensión, haciendo notar que el terreno estaba deteriorado y convertido en pantano, siendo imposible echar ahí cimientos para edificios sólidos.   -397-   Decidida la mayoría por la traslación, suscitose luego una disputa sobre el punto donde sería mejor edificar la nueva ciudad; unos elegían la llanura de Gatazo, otros preferían la de Tapi. El 21 de marzo de 1797 se reunieron todos los vecinos en Cajabamba y celebraron una asamblea pública o cabildo abierto, como se decía entonces, para resolver a cuál de las dos llanuras había de ser trasladada Riobamba, y los pareceres se mantuvieron discordes; en Gatazo hay agua, decían los partidarios de ese sitio, el llano es extenso y con una pendiente suave, por donde se podrá dar salida a las aguas de la ciudad; Tapi carece de agua, y no hay cómo llevarla a ese lugar; además, es árido, estéril, desapacible, soplan constantemente vientos fuertes, verdaderos huracanes que levantan torbellinos de polvo; no habrá cómo plantar un árbol, ni cómo cultivar siquiera una legumbre, y los médanos de arena acabarán por invadir la ciudad, por henchir las calles y por sepultar las casas, como ha sucedido en Piura. Los decididos por Tapi defendían su resolución, alegando que Gatazo era propiedad de particulares y tendría cada vecino que comprar el terreno para edificar su casa; que era muy frío, azotado de vientos helados, encerrado dentro de cerros que ceñían el horizonte y lo hacían de aspecto triste y, en fin, que la humedad lo haría malsano y enfermizo; Tapi era realengo y allí los solares no les costarían nada, y el agua se llevaría trabajando con constancia; Gatazo, añadían, está rajado, lo cual manifiesta que su suelo no es firme; en Tapi, debajo de la capa de arena se encuentra una roca   -398-   de cangagua o arcilla dura. Como la disputa parecía no tener término, se acordó nombrar una comisión para que examinara el llano de Tapi y expusiera su dictamen; los comisionados fueron don José Antonio Lizarzaburu, don Andrés Falconí y don Vicente Antonio de León. Esta asamblea se reunió, como hemos dicho, el 21 de marzo de 1797.

Lizarzaburu cumplió esmeradamente su comisión, y en unión de su colega Falconí practicó una nivelación del terreno para conocer si podría conducir agua del río de Licán a la llanura de Tapi; y, el 31 de marzo, dando cuenta de su encargo, informó que no sólo era posible, sino fácil llevar agua de Licán a Tapi; explicó la dirección que debería darse a la acequia y calculó cuánto costaría la obra. Don José Antonio de Lizarzaburu opinaba que, en pocos meses de trabajo y con tres mil pesos de gasto, el agua bañaría la llanura de Tapi. Elevose al conocimiento del Presidente la resolución; el Presidente consultó a la Audiencia; oyose el dictamen del Fiscal y, el 17 de junio de 1797, decretó don Luis Muñoz de Guzmán la traslación de Riobamba al llano de Tapi. Como la mayor dificultad para la traslación a Tapi consistía en la conducción del agua, se acordó que a todos los vecinos se impusiera una contribución en dinero, conforme a la fortuna de cada cual, y que la contribución se cobrara por apremio; nuevas discusiones, nuevas dificultades, mayor desacuerdo de pareceres, en lo cual tenía gran parte la emulación secreta de unas familias con otras, y la enemistad personal entre algunos de los vecinos principales.

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El 10 de julio presentó don Ignacio Velasco y Unda, procurador síndico de Riobamba, una solicitud pidiendo que se revocara el decreto, por el cual había resuelto el Presidente la traslación de la ciudad a Tapi; hubo nuevas juntas, convocose para nuevas asambleas a los vecinos y se amenazó con penas al que no asistiera a la hora señalada; reuniose el pueblo y gritó que no quería ir a Tapi, sino a Gatazo. De todo se dio cuenta al Presidente; pidiose voto al Fiscal, consultose a la Audiencia y se resolvió nombrar una persona imparcial para que informara sobre las condiciones de los dos llanos y así se pudiera elegir el mejor. El nombrado fue don Bernardo Darquea, Corregidor de Ambato; pero Darquea se excusó y no quiso aceptar la comisión; el Presidente no aprobó la excusa y obligó a Darquea a poner por obra el encargo que se le había confiado.

Darquea era un español maduro, inteligente y muy activo; hacía poco ha que había venido a América, desterrado por la Inquisición de Madrid por haber resultado complicado en la causa que aquel tribunal le promovió al famoso don Pablo Olavide. Darquea era subinspector de los establecimientos que en Sierra Morena se estaban haciendo por orden de Carlos tercero cuando la Inquisición echó mano de él, púsolo preso y, después de haberlo tenido recluso algunos meses en el convento de la Salceda, lo desterró a las Indias. Darquea entendía, pues, mucho en eso de hacer poblaciones nuevas. Pasó a Riobamba, recorrió, acompañado de los más autorizados vecinos de la ciudad, ambas planicies, la de Gatazo   -400-   y la de Tapi; las examinó palmo a palmo y no dejó quebrada ni río que no lo inspeccionara; en el llano de Tapi se encontraron muchas chozas de indígenas, y un cacique de ciento tres años de edad; había huertas de duraznos y de membrillos y plantaciones de hortalizas; se notó que el clima era suave, y que había pozos de agua potable; sobre todo, no hubo quien no quedara encantado con la hermosura del horizonte. El 28 de septiembre de 1797 fue el día de la última inspección hecha en Tapi; entusiasmados los riobambeños, resolvieron definitivamente trasladar su ciudad a la expresada meseta, desistiendo por completo del intento de edificarla en Gatazo; eligieron el sitio y, como aquel día (que era el 29 de septiembre) celebra la Iglesia la dedicación de San Miguel Arcángel, determinaron que el lugar, escogido para fundar la nueva ciudad de Riobamba, se apellidara el llano de San Miguel. Darquea hizo el plano de la nueva población y la trazó y delineó, dándole una forma muy hermosa y regular.

Así concluyó el año de 1797; durante todo el de 1798 se trabajó poco a poco en la obra de la acequia; a principios de 1799, cuando llegó a Quito el presidente Carondelet, todavía no se había llevado a cabo la traslación de la ciudad a Tapi; los ánimos estaban desalentados y las repugnancias eran poderosas; encariñados los riobambeños con el suelo donde habían nacido, preferían vivir albergados en malas chozas de paja, en medio de los escombros de su querida ciudad, antes que trasladar sus hogares a la meseta de Tapi; las chozas se incendiaban fácilmente y   -401-   quedaban reducidos a la intemperie, y hubo familias que se guarecieron días y noches seguidos a la sombra de los árboles. Carondelet instó, suplicó que se trasladaran a Tapi; pero sus instancias y sus súplicas escollaron en la insensata indolencia de los unos y en la desatinada porfía de los otros; al fin, ordenó terminantemente la traslación; se delineó de nuevo la ciudad en el sitio denominado Aguaisate, a algunas cuadras de distancia del llano de San Miguel, se repartieron solares y se dispuso que, en chozas improvisadas, se erigieran la iglesia parroquial, la casa del Ayuntamiento y la escribanía pública. Así se hizo, en efecto, y así Riobamba fue trasladada definitivamente en 1799 al sitio en que ahora está en la meseta de Tapi128. Prohibiose actuar escritura alguna fuera de la nueva población, y   -402-   se obligó a jurar a los carpinteros que no trabajarían en casa ninguna que se quisiera reedificar en el sitio de la ciudad destruida. ¡Tantas precauciones fueron necesarias para arrancar a los antiguos riobambeños de entre los escombros de su arruinada ciudad!

Hemos referido cómo se puso por obra la fundación de la nueva ciudad de Riobamba en la llanura de Tapi, donde existe actualmente. Apenas podía haberse escogido un lugar más hermoso que la extensa meseta de Tapi para la fundación de la nueva ciudad: una llanura dilatada, ceñida a sus extremos por los ríos de Chambo y de Chibunga, con una ligera inclinación hacia el lado oriental para facilitar la corriente de las aguas; un horizonte espléndido, tal vez único en el mundo, por lo hermoso del   -403-   panorama formado por los montes nevados de entrambas cordilleras; un suelo fértil, que no está esperando sino la oportuna humedad del arroyo de agua para cubrirse de verdor y, por fin, un clima benigno y muy saludable, circunstancias eran favorables para hacer prosperar la nueva ciudad. La situación de Riobamba, al centro de la presidencia y con tan corta distancia a la ciudad de Guayaquil, era además sumamente ventajosa para su adelanto material en todo sentido.

Los estragos del terremoto fueron tan grandes que, desde el nudo del Azuay hasta el de Tiopullo, no quedó un solo puente en ningún río, ni hubo camino que no se dañara; la cuesta de San Antonio de Tarigagua, por donde descendía el camino principal de Quito a Guayaquil, rajada   -404-   en pedazos, se derrumbó, dejando completamente incomunicadas por algunas semanas las poblaciones de la sierra con las de la costa. La obra de la reparación de las provincias arruinadas exigía grandes recursos y auxilios oportunos; pero recursos no los había y los auxilios fueron algo tardíos. Lo único que, al fin, concedió el gobierno español fue exonerar, por un año, del pago de los tributos de los indios a los vecinos de Riobamba; los sesenta mil pesos que pidió el presidente Carondelet le fueron negados129.




II

Ocupados en referir los sucesos del terremoto de Riobamba, hemos pasado en silencio los que acaecieron en otras provincias; mas tiempo es   -405-   ya de que narremos cuanto en los últimos años del siglo pasado aconteció en Cuenca.

El primer Obispo de Cuenca fue, como lo hemos referido ya antes, el ilustrísimo señor doctor don José Carrión y Marfil; Cuenca estaba condenada a no gozar de paz ni un instante, y a presenciar, escandalizada, los disgustos y discordias entre el Obispo y el Gobernador. Era éste don José Antonio Vallejo, cuyo recio carácter no se había quebrantado todavía con la edad. Por dos ocasiones casi sucesivas tuvo a su cargo la gobernación de la provincia de Cuenca el activo e irascible don José Antonio Vallejo. El once de abril de 1776 se le dio el gobierno de Cuenca por la primera vez, y ejerció su autoridad durante cinco años hasta el de 1784, a principios del cual le sucedió don Antonio Carrera y González, quien de Regidor perpetuo de Riobamba pasó a   -406-   ser Gobernador interino de Cuenca; a los cinco años volvió a ocupar ese destino por segunda vez el mismo Vallejo.

El asesinato de Zabala aconteció durante el primer período de gobierno de Vallejo; mas, por consideraciones políticas nada justificables desde el punto de vista de la moral, se mandó suspender la causa, y el 26 de septiembre de 1786 fue de nuevo nombrado Intendente y Gobernador de Cuenca, y el 27 de agosto del año siguiente de 1787 prestó en Quito el juramento de desempeñar bien su cargo; tenía entonces el grado de Alférez de navío.

Vallejo era activo, solícito, enérgico; hombre de orden, que amaba el trabajo y la regularidad; voluntarioso, no quería que prevaleciera otro querer sino el suyo; rodeado de aduladores, se acostumbró a la lisonja; la dignidad ajena le   -407-   ofendía y reputaba como ultraje cualquiera oposición por razonable que fuera.

Vivió en constantes discordias con el obispo Carrión y Marfil, a quien causó graves padecimientos con manejos, en los cuales no se sabe qué ponderar más, si lo infame de las calumnias o lo ruin de los arbitrios; los dos oficiales de la Curia eclesiástica fueron sobornados por los confidentes de Vallejo, y aceptaron dinero para revelar todo cuanto disponía el Prelado, por secreto y reservado que fuera. Se fraguaron odiosas calumnias contra la honestidad del Obispo y se divulgaron noticias muy desedificantes contra su vida privada, cuya limpieza confesaban más tarde sus mismos enemigos y calumniadores. Vallejo era caviloso y en todo cuanto hacía el Obispo encontraba motivos de queja y de resentimiento y, cuando no había motivos reales, los buscaba imaginarios. El Obispo andaba como huido de la ciudad, para evitar disgustos con el Gobernador, y permanecía largas temporadas en Guayaquil, ciudad que entonces pertenecía a la diócesis de Cuenca.

Vallejo tuvo disputas también con el presidente Muñoz de Guzmán. En 1793 fue suspendido en el ejercicio de su cargo de Gobernador; se mandó continuar la causa criminal por el asesinato de Zabala, se le impuso la pena de separación temporal de su destino y fue llamado a Quito, para que el Tribunal de la Audiencia le intimara el fallo, con las solemnidades acostumbradas; no conviene destituirlo, decía el Consejo de Indias, en atención a los servicios que ha prestado en Cuenca. Estuvo, pues, separado del   -408-   mando desde 1793 hasta 1795, casi más de dos años, y esta humillación le afligió mucho, aunque le fue saludable, porque le hizo entrar en cordura y comenzar a tratar mejor a sus subalternos. Vallejo acabó sus días en Cuenca, el 22 de agosto de 1803, y fue sepultado en la iglesia de San Francisco; estaba ya entonces en desgracia del Supremo Gobierno de la Península; había concluido dos años antes su segundo periodo de mando, y se encontraba reducido a la vida privada y humillado con las negativas que le había dado a sus pretensiones el Consejo de Indias. Vallejo solicitó la intendencia de Tarma en el Perú y no se la concedieron; reclamó la confirmación del grado de Coronel de ejército y también se la negaron; lo único que alcanzó fue el hábito de Caballero de Calatrava, honor de que no logró gozar por su fallecimiento. Casose en Cuenca, el 22 de julio de 1796, con doña Jacoba Polo, hija legítima de don Felipe Nieto Polo del Águila y de doña Ignacia Echegaray; tuvo cinco hijos, todos los cuales murieron en edad temprana.

Vallejo trabajó con empeño por mejorar y hermosear la ciudad de Cuenca; mandó blanquear las paredes exteriores de las casas y empedrar las calles; edificó la casa de gobierno, construyó cárcel para hombres y para mujeres, puso en orden el archivo del cabildo civil y levantó el primer censo de la población. Cuando Vallejo fue a Cuenca la primera vez, ninguna casa estaba blanqueada, ninguna calle empedrada; nadie ponía alumbrado público y todo se hallaba en grande abandono y desgreño. En lo moral, todo estaba asimismo desgobernado: las pendencias   -409-   eran frecuentes, las riñas cuotidianas; por la noche las tinieblas en que quedaba la ciudad amparaban a los matones, de los cuales Cuenca, si hemos de creer a Vallejo, estaba llena en aquella época. La reforma de la ciudad le costó a Vallejo no poco trabajo; pero las contradicciones, en vez de desalentarle, enardecían su ánimo; obraba con energía, y así daba cima a las obras en que ponía la mano; sin embargo, no siempre guardó como debía los fueros de la justicia ni respetó el derecho ajeno; logró inspirar temor y fue obedecido; Cuenca le temió y le respetó, pero no le amó; cuando cayó en desgracia, le miró con indiferencia; y cuando falleció, le negó el tributo de las lágrimas. Vallejo recibió el galardón que recibirán siempre todos los gobernantes que prefieren el temor al amor de sus gobernados130.

Los continuos disgustos de Vallejo con el obispo Carrión y Marfil obligaron al Consejo de   -410-   Indias a poner un remedio eficaz a una situación tan perjudicial para la moral y el bienestar de la diócesis. Vallejo elevaba frecuentes memoriales a la Corte contra el Obispo, hacía denuncias muy graves y presentaba quejas y reclamos; el Obispo se defendía; en los manifiestos del Gobernador hablaba la venganza y se traslucía el odio; venganza y odio que, al fin, llegaron al extremo de quitar, con infames calumnias forjadas a sangre fría, la honra al Prelado. El Consejo se alarmó, considerando que un Obispo deshonrado ante los fieles no podía gobernar bien su diócesis y propuso la traslación del señor Carrión y Marfil del obispado de Cuenca al de Trujillo en el Perú, y así se verificó en 1799; administró su nueva diócesis hasta el año de 1820, en que ya muy anciano se vio obligado a regresar a España a consecuencia de la guerra de la emancipación política del Perú.

El obispo Carrión y Marfil era Prelado en   -411-   quien no resplandecían ciertamente esas extraordinarias virtudes apostólicas que tanto realce dan a la dignidad episcopal; pero estaba adornado de prendas y virtudes recomendables: decoroso, grave, y en ocasiones compasivo; enérgico y celoso de la moral de su pueblo. No poseía el don de la elocuencia y en Cuenca no predicó jamás; su instrucción no era mucha y solía, a veces, cuando se encolerizaba, proferir aquellas interjecciones que el pueblo está acostumbrado a oír sólo en boca de soldados; ¿no había de horrorizarse Cuenca escuchándolas de los labios de su Obispo? El ilustrísimo Carrión y Marfil era vigoroso, aseñorado y de temperamento sanguíneo; fácil para airarse y no siempre acertado en sus resoluciones. Cuando llegó a Cuenca, encontró ochenta y cinco clérigos sueltos en la ciudad; las costumbres de la mayor parte de ellos eran abominables y su ignorancia tanta, que varios no entendían la lengua latina y leían mal el latín en el misal y breviario. Sin embargo, el pueblo los   -412-   veneraba y gozaban de mucha autoridad en la plebe, a la cual tenían imbuida en creencias y supersticiones ridículas, porque la ignorancia y la superstición andan siempre juntas. El Obispo los oprimió duramente; privó a muchos del ejercicio del ministerio sacerdotal, y a los más ignorantes les obligó a concurrir todos los días a una clase de Gramática latina y de Teología moral, que estableció en uno de los conventos de la ciudad. Los clérigos se dieron por agraviados, se acogieron al amparo del Gobernador, y Vallejo los patrocinó en sus quejas contra el Obispo ante el Rey.

Querelláronse también las monjas del monasterio de la Concepción, asimismo apoyadas por Vallejo, que cooperaba a todo cuanto redundara en perjuicio del Prelado. En el convento de la Concepción había frecuencia de Sacramentos, pero la observancia religiosa estaba lamentablemente relajada; no se guardaba clausura, según lo previenen los cánones, y en ciertos días del año las religiosas, disfrazadas de mojigangas, celebraban bailes, a los cuales asistían todos cuantos querían en el locutorio, cosa vituperable y digna de reforma. Quiso el señor Carrión y Marfil extirpar aquellos abusos y poner orden en la comunidad; pero encontró resistencia de parte de las religiosas, que, malaconsejadas por los seculares, elevaron al Consejo de Indias reclamos contra el Obispo, y el Consejo desfavoreció al Prelado y favoreció la relajación, condolido de las quejas de las monjas. ¡Triste aberración del sentido moral!

En Guayaquil tropezó el Obispo con mayores   -413-   obstáculos, cuando practicó la visita del Hospital, y quiso remediar los males que encontró en aquel establecimiento de caridad. El Hospital de Guayaquil se llamaba de Santa Catalina mártir y era costeado, en gran parte, con fondos de la Corona. En 1758 fue confiado este Hospital a los religiosos de San Juan de Dios, y desde aquel año lo gobernó como superior el hermano fray Domingo de Soria; el año de 1790, practicando el obispo Carrión la visita de la casa, encontró el Hospital muy descuidado; sujetó a examen al capellán, que era un fraile de la misma orden, y lo reprobó y le privó de la licencia de administrar Sacramentos; exigió y tomó cuentas de los fondos, mandó descolgar de la torre las campanas e hizo fundirlas para almireces, de los que carecía la enfermería, y reprendió acremente al hermano Soria, por el desaseo de la casa y el mal servicio de los enfermos; cerró la iglesia al culto público, puso por capellán un clérigo y, deseando que el establecimiento mejorara, quitó a los frailes el manejo de las rentas y lo confió al Cabildo secular de la ciudad. Todo esto hizo el Obispo con el auxilio y el apoyo del Gobernador de Guayaquil; el Hospital sostenía solamente diez y ocho camas, y el hermano Domingo Soria era a la vez el Superior y el médico de la casa.

Como el Hospital era establecimiento que gozaba de los privilegios del patronato real, fueron calificadas de abusos todas las disposiciones del Obispo, y el Consejo de Indias mandó reponer las cosas al mismo estado que habían tenido antes, con lo cual el Hospital continuó en grande decadencia. Las campanas tuvieron que   -414-   reponerlas, a su costa, el Obispo y el Gobernador. Había ocasiones en que el Consejo de Indias atendía más a la conservación del patronato, que a los derechos de la justicia.

Trasladado a Trujillo el señor Carrión y Marfil, tuvo lugar en Cuenca la primera sede vacante; y, como segundo Obispo de aquella diócesis, fue elegido el señor doctor don José Cuero y Caicedo, que, a la sazón, era Deán de la Catedral de Popayán. El señor Cuero recibió la consagración episcopal en la misma ciudad de Popayán, y, llegando a Quito de viaje a su obispado, encontró en esta ciudad, el año de 1801, la cédula de su traslación a esta diócesis como sucesor inmediato del ilustrísimo señor Álvarez Cortés; el segundo Obispo de Cuenca, aunque por apoderado tomó posesión de su sede, no fue, pues, a gobernarla personalmente.

La traslación del ilustrísimo señor Cuero al obispado de Quito fue decretada en marzo de 1802, y en septiembre de aquel mismo año tomó posesión de su nuevo obispado, dejando vacante el de Cuenca. Por tercer Obispo de esta diócesis fue nombrado el señor doctor don Francisco Javier Carrión y Lafita, natural del pueblo de Sibambe en el distrito de Alausí; nació en 1740 y fueron sus padres don Lorenzo Martínez de Lafita y doña Francisca Carrión y Vaca; estudió bajo la dirección de los jesuitas en el colegio seminario de San Luis, graduose de doctor en jurisprudencia, mereció la investidura de abogado y fue cura de la parroquia de Pomasqui y de la ciudad de Latacunga. Erigido el obispado de Cuenca, fue uno de los primeros canónigos de   -415-   ese coro; ascendió después al deanato de la misma catedral y, por fin, mereció ser exaltado a la dignidad episcopal. El día ocho de enero de 1804 recibió en Quito en la iglesia del Carmen antiguo la consagración episcopal de manos del ilustrísimo señor Cuero, y falleció cinco meses después, el 28 de mayo, en la misma ciudad de Quito, sin haber ido todavía a su obispado. Ni el segundo ni el tercer Obispo de Cuenca fueron, pues, a su diócesis, la cual con la privación de sus prelados parecía expiar las irreverencias de que fue víctima su primer Obispo131.

En los primeros años del siglo presente se hallaba la presidencia de Quito gobernada por el Barón Carondelet en el orden civil; de los dos obispados, el de Cuenca estuvo entregado a los azares de una larga vacante, desde la traslación del ilustrísimo señor Carrión y Marfil hasta la venida de su cuarto Obispo, el ilustrísimo señor Quintián;   -416-   el de Quito estaba gobernado por el ilustrísimo señor Cuero, que tanta parte había de tomar luego y tan célebre había de llegar a ser en la revolución de nuestra independencia política de España.

Carondelet murió en Quito, casi repentinamente, el 10 de agosto de 1806; con motivo de la muerte del Presidente se hizo cargo de las riendas del gobierno el capitán don Juan Antonio Nieto, nombrado Presidente interino de Quito por el Virrey de Bogotá. Nieto acababa de servir la gobernación de Popayán y se hallaba en Quito de paso para Puno, a cuya intendencia había sido trasladado.

Por Gobernador de Cuenca fue enviado en mayo de 1802 don Melchor de Aimerich, Coronel del regimiento de Sevilla, quien tomó posesión de su destino a fines de noviembre de 1803.

Tal fue la serie de los sucesos más notables acaecidos en Quito y sus provincias, durante los siete años que duró el gobierno del presidente Carondelet. Aunque el anciano Gobernador de la Luisiana había solicitado ser trasladado a la capitanía general de Chile, y aunque había hecho presentes sus servicios y merecimientos pidiendo ser ascendido al virreinato de Lima, con todo falleció en Quito, donde por la suma pobreza en que se encontraban estas provincias, Carondelet se juzgaba más bien postergado por el Rey, antes que remunerado. Como todo cuanto pedía se le negaba, al fin solicitó que se le exonerara de la presidencia y se le permitiera regresar a Europa, y esto último fue lo único que se le concedió; mas, cuando llegó la cédula real en que se le autorizaba   -417-   para volver a Europa, ya el Mariscal de los ejércitos del Rey católico había muerto en Quito. La memoria del presidente Carondelet es tenida en aprecio por los ecuatorianos; nuestros mayores celebraban la entereza y la rectitud de este magistrado.

Tres obras públicas ocuparon de preferencia la atención de Carondelet: la policía y orden interno de la ciudad, la conclusión de la Catedral de Quito y la apertura del camino que había de poner en comunicación la ciudad de Ibarra con el puerto de San Lorenzo en la bahía del Pailón. Quito casi no conocía el orden ni tenía policía; de noche, los robos eran frecuentes y nadie podía andar libremente en la ciudad; Carondelet instituyó los serenos o celadores, encargados de rondar y vigilar por la noche la ciudad, y prohibió que nadie anduviera vagando por las calles después de las nueve de la noche. Semejante medida causó disgusto en Quito, donde la estrictez del Presidente se calificó de exagerada y de insoportable.

A Carondelet se le deben el hermoso atrio de la Catedral, el gran arco y la cúpula de la puerta principal y la fachada de piedra, que tanto embellece la puerta lateral segunda del templo. Estas obras se construyeron con el dinero de los expolios del obispo Carrasco, pero Carondelet fue quien dirigió y estimuló de tal manera la obra, que bien puede ésta tenerse como suya. Por esto, el clero secular de Quito le demostró su reconocimiento en unas honras fúnebres, que con gran solemnidad celebró por el descanso de su alma en la misma iglesia Catedral.   -418-   Carondelet fue sepultado en la Catedral, en la bóveda destinada para los canónigos.




III

Durante el gobierno de este Presidente recibió Quito la visita de dos personajes célebres por su ciencia: don Francisco José de Caldas y el Barón de Humboldt. Caldas era americano, natural de Popayán; dedicado al estudio de las ciencias naturales, hizo en ellas tantos progresos que, después de la muerte de Mutis, mereció reemplazarle como Director del Observatorio astronómico y Jefe de la Expedición botánica de Bogotá. Vino a estas provincias por asuntos particulares, y poco después recibió de Mutis el encargo de estudiar la flora de la región andina equinoccial y principalmente la comarca de Loja, considerada entonces como el lugar nativo de las Quinas o Cascarillas; se creía en aquella época que los árboles de los que se saca aquella corteza, empleada en la Farmacia como antídoto contra las fiebres palúdicas, crecían solamente en el monte Uritozinga y en los sitios comarcanos de la provincia de Loja. Caldas recorrió toda la meseta ecuatorial interandina, desde el nudo de Guaca al Norte, hasta las montañas de Loja al Mediodía de la presidencia de Quito; rebosando en entusiasmo se ocupó en cumplir su comisión; practicó observaciones astronómicas, examinó la comarca donde nacen las Quinas, levantó planos geográficos, trazó cartas y derroteros y regresó a Bogotá llevando un riquísimo herbario de la flora andina ecuatorial. El sabio popayanejo estaba dotado de una alma delicada   -419-   y sensible, que recibía fácilmente impresiones fuertes; las escenas de la naturaleza lo conmovían, y entonces era no sólo naturalista sino poeta; apasionado por la ciencia, se lamentaba de que la Expedición científica de Bouguer y La Condamine hubiese sido tan desgraciada que de ella no se encontrase en Quito ya casi ni memoria.

Carondelet ocupó a Caldas en estudiar y trazar el camino llamado de Malbucho, que debía poner en comunicación los pueblos de la provincia de Esmeraldas con los de Imbabura, dándoles salida al Pacífico; Caldas recorrió toda la hoya del Chota, desde la ciudad de Ibarra hasta el río de Lita, inspeccionó luego los valles de Esmeraldas y delineó prolijamente el plano del camino, señalando, con toda exactitud, las distancias de los lugares y la altura a que cada punto se encontraba sobre el nivel del mar. Los planos de Caldas y sus consejos sirvieron para trabajar el camino; se fundó una nueva población dentro de la montaña, poniéndole por nombre San Francisco de Carondelet, para perpetuar la memoria del Presidente bajo cuyo gobierno se había abierto el camino y se habilitó también el puerto de la Tola, declarándolo puerto menor; empero, tantas esperanzas se desvanecieron como por encanto; la escasa población no podía mantener tráfico constante, el comercio era ninguno, y así ni el puerto prosperó ni el camino pudo conservarse expedito; la feracidad de la tierra lo borró en poco tiempo, cubriendo de vegetación todo el trayecto montañoso. Tanto el presidente Carondelet como su antecesor don Luis Muñoz de Guzmán   -420-   se empeñaron en la apertura de este camino, el cual se abrió, en efecto, pero a poco se tornó a cerrar; porque, faltando población, no hay comercio, y donde no hay comercio no puede haber tráfico, y sin tráfico los caminos se borran132.

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Poco después de haber llegado Caldas a Quito, se anunció la aproximación del Barón de Humboldt a esta capital. Caldas, lleno de entusiasmo, salió a encontrarlo adelantándose hasta Ibarra, desde donde regresó acompañando a Humboldt, por quien sentía una admiración extraordinaria, la cual no le dejaba pasar desadvertida ni la más insignificante palabra, ni la más leve acción del sabio prusiano, con cuyo trato esperaba aprender lo que no le había sido posible aprender en los libros. Humboldt tenía ya noticias individuales acerca de Caldas, y sin conocerlo había formado de él un muy alto concepto; así es que le hizo un acogimiento franco y muy honroso.

Humboldt llegó a Quito el 6 de enero de 1802; hospedose en casa de don Juan Pío Montúfar, Marqués de Selva-alegre, caballero noble y generoso, que se esmeró en hacer al célebre viajero el más obsequioso recibimiento; no hubo familia alguna distinguida de la capital de la colonia que no diera a Humboldt la salutación de la bienvenida, y todos compitieron en honrarlo y agasajarlo; Quito tuvo como acaecimiento próspero la llegada de tan ilustre huésped.

Humboldt visitó las bibliotecas de los conventos, emprendió una ascensión al Pichincha, descendió a su cráter para examinarlo, y no dejó cosa alguna en Quito que no la viera, con aquella solícita curiosidad propia del sabio.

De Quito se dirigió a las provincias del Sur; visitó Riobamba, Cuenca, Guayaquil y Loja, donde hizo observaciones sobre las Quinas. En Guayaquil escribió su preciosa obra sobre La   -422-   distribución geográfica de los vegetales, la cual dedicó a Mutis, y luego se embarcó para el Perú, a fin de regresar a Europa recorriendo México y la Isla de Cuba.

Humboldt, Bompland y Caldas vivieron juntos en Chillo; los tres subieron al Antisana; y, cuando Bompland salía a hacer herborizaciones, iba acompañado de Caldas, con quien se complacía en tratar familiarmente. El alma vehemente y apasionada de Caldas ardía en agradecimiento para con los dos insignes naturalistas, y en las cartas confidenciales que escribía a sus amigos a Bogotá no se cansaba de ponderar cuán feliz se consideraba viviendo en compañía de Humboldt y de Bompland.

Distinguíase el Barón de Humboldt por la noble sencillez de su trato, por su cultura exquisita y por la urbanidad natural de sus maneras: digno, sincero y mesurado, con cierta modestia reservada, tanto más recomendable, cuanto parecía que su juventud, sus honrosos precedentes y su ciencia no podrían menos de inspirarle sentimientos de vanidad, el célebre viajero dejó en el Nuevo Continente recuerdos agradables e imperecederos. Respetuoso para con las creencias religiosas de los colonos americanos, Humboldt, aunque protestante, no se permitió en este punto ni la más leve alusión siquiera a su diverso modo de sentir. Bompland no era menos discreto; en Humboldt predominaba la seriedad del germano aristocrático; en Bompland, la insinuante afabilidad del francés culto; en ambos la urbanidad hacía más amable la ciencia.

Humboldt es el primer sabio que acertó   -423-   a dar importancia y prestigio a la arqueología americana, de la cual merece, sin disputa, el título de fundador. Humboldt es respecto del conocimiento científico del Nuevo Mundo lo que fue Colón en cuanto a su descubrimiento; el gran marino genovés dio con la América, buscando por occidente el paso a las Indias orientales; y el ilustre sabio prusiano hizo conocer la naturaleza de América, hasta entonces ignorada. Naturaleza de las rocas, condiciones geológicas de los yacimientos, fenómenos volcánicos, aspectos de las cordilleras, maravillas de la vegetación, hermosura de los montes, magnificencia de los ríos, restos de la civilización de los aborígenes americanos, nada pasó desadvertido para el ilustre viajero. Escaló las rocas nevadas del Chimborazo, describió el palacio de Huayna Cápac en Cañar, dibujó las pasionarias de nuestros bosques y levantó la carta geográfica de nuestro territorio.

El Marqués de Selva-alegre, para perpetuar el recuerdo de la hospitalidad que había dado al Barón de Humboldt, mandó trabajar un retrato al óleo, en que el sabio estaba representado joven, con el aspecto que tenía cuando recorrió la América, y lo colocó en el aposento que había habitado el Barón en la hacienda de Chillo, considerando la hospitalidad recibida por Humboldt como un timbre de gloria para el Marqués y su familia. La presencia de Humboldt en Quito dejó recuerdos indelebles133.



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IV

Asimismo, a fines del siglo pasado, el año de 1793, poco antes de que viniera a estas provincias el sabio colombiano Caldas, se practicó el primer reconocimiento científico, dirémoslo así, del Archipiélago de Galápagos. La existencia de esas islas situadas frente a las costas ecuatorianas y bajo la línea equinoccial, era conocida desde la época del descubrimiento y conquista del Perú, y aun parece que los Incas no la ignoraron; pero un reconocimiento prolijo de ellas no se verificó sino en los últimos años   -425-   del siglo pasado, bajo el gobierno de don Francisco Gil de Taboada y Lemos, Virrey del Perú. Entonces fue cuando don Alonso de Torres, Capitán de fragata de la armada española, reconoció el Archipiélago, visitó las islas principales, les puso nombres particulares, las describió y aun trazó un mapa de ellas. El mapa de don Alonso de Torres es una de las más curiosas cartas geográficas del Archipiélago. Las islas son áridas, dice el Virrey del Perú, deshabitadas y de difícil y prolijo reconocimiento.

En las tradiciones del imperio de los Incas se encuentran recuerdos que parecen referirse a estas islas, a la existencia de volcanes que en ellas estaban en actividad y aun a expediciones marítimas atrevidas, que el penúltimo de los monarcas del Cuzco hizo para reconocerlas. Si el viaje de Túpac Yupanqui es cierto, tal vez serían dos de las islas del Archipiélago de Galápagos ésas a donde se dice que arribó aquel soberano, haciéndose a la vela en el puerto de Manta, en las embarcaciones usadas entonces por los indígenas de las costas ecuatorianas.

En marzo de 1535, apenas dos años después de conquistado el Perú, fue a dar en una de las mayores islas del Archipiélago la embarcación en que venía a Portoviejo el célebre padre fray Tomás de Berlanga, Obispo de Panamá, quien hizo de ellas una descripción muy exacta. Las islas estaban deshabitadas, su suelo era árido, su aspecto desapacible; los tripulantes buscaron agua varios días y no la encontraron; cavaron un pozo y el agua que extrajeron era más amarga que la del mar; al fin, se descubrió un charco   -426-   de agua dulce en el fondo de una quebrada, y de esa agua se proveyeron para continuar el viaje. El Prelado celebró allí el Santo Sacrificio; era un Domingo de Pasión, y hacía tres días ha que habían desembarcado en la isla, la cual tenía grandes sierras, según dice el Obispo; había abundancia de lobos marinos, de iguanas, de grandes tortugas y de enormes galápagos; las aves eran tan bobas, que no huían y se dejaban tomar con la mano. De unos cardones gruesos se valieron los viajeros para apagar la sed, antes de encontrar agua; exprimían las hojas y sacaban un zumo, espeso como legía, el cual bebían con tanto gusto como si fuese agua rosada, según la expresión del padre Berlanga. Por todas estas señales parece indudable que la isla en que desembarcó el Obispo de Panamá fue la llamada antes Albemarle, y ahora Isabela; en ella fue también donde se dijo la primera Misa celebrada en el Archipiélago.

En 1684, visitó esas islas el capitán Cowley y les puso nombres ingleses a las principales; entonces eran el punto de reunión de los corsarios que infestaban el Pacífico. En ese mismo año tocó en el Archipiélago el capitán Guillermo Dampier, quien fue el primero que, en la relación de sus viajes, hizo de ellas una descripción algún tanto prolija. Asegura Dampier que en las más occidentales de estas islas había en su tiempo bosques enteros de mameyes y ríos de agua dulce, y que en algunas de las pequeñas se encontraban arroyos de agua potable.

En el siglo pasado el Archipiélago de los Galápagos era muy frecuentado por los buques   -427-   balleneros, que acudían allí para proveerse de bastimentos con la pesca de las tortugas, que son tan abundantes. Los marinos españoles y los corsarios las llamaban las islas encantadas, tal vez a causa de no haber en ellas habitante alguno; curiosa es la manera cómo estas islas han ido cambiando de nombre, desde que fueron conocidas hasta la época presente134.

Hemos llegado con nuestra narración al año de mil ochocientos siete, en el cual damos por terminada la historia del gobierno colonial en el   -428-   Ecuador; pues, en mil ochocientos nueve, bajo la presidencia del Conde Ruiz de Castilla, inmediato sucesor del Barón Carondelet, fue cuando nuestros mayores hicieron una decidida tentativa para emanciparse políticamente de España, constituyendo una nación independiente. Mas, antes de narrar un hecho tan trascendental, es necesario dar a conocer primero en qué estado se encontraba entonces la colonia; procuraremos describir las condiciones de civilización a que había llegado al principio del siglo presente,   -429-   del siglo decimonono. Hasta ahora hemos referido solamente la serie de los principales sucesos que acaecieron durante el siglo pasado, pero no hemos hecho conocer cuál era el estado de la sociedad en la tercera centuria de su vida colonial; la sociedad, que llamaremos ecuatoriana, estaba compuesta en aquella época de clases distintas, cuya índole y costumbres no puede entregar al olvido la historia.

El héroe, dirémoslo así, de nuestra narración es la sociedad ecuatoriana; veamos, pues, cuál   -430-   era la manera de gobierno de esa sociedad, cuál la condición de los gobernados, hasta qué punto reinaba la justicia, qué grado de moralidad había en las costumbres, cómo se hallaba difundida la ilustración, de qué medios disponían los colonos para satisfacer las necesidades de la vida temporal, en qué punto de adelantamiento se encontraba la raza indígena y, en fin, cuál podía ser la prosperidad o decadencia de estas provincias en lo futuro. En el libro anterior expusimos lealmente cuál era el estado de la sociedad ecuatoriana bajo el gobierno de la casa de Austria; veamos ahora cuál fue el que alcanzó bajo el cetro de los monarcas de la familia de Borbón.

El siglo decimoséptimo fue para España época de rápida decadencia; la nación parecía que se extinguía con Carlos segundo, el último monarca de la enervada y enfermiza dinastía de Austria; si la Metrópoli decaía tan hondamente, ¿cómo hubieran progresado las colonias americanas? ¿Qué importancia tenía en el siglo decimoséptimo la oscura colonia llamada Audiencia de Quito? Hacía entonces parte del virreinato del Perú, y era necesario dejar sepultada en el olvido esa época de nuestra historia colonial, o referir lo que ella fue verdaderamente. En historia no nos era lícito inventar; decís que hemos narrado cosas humildes, sucesos insignificantes; pero, si todo en la colonia era humilde, ¿cómo podíamos referir nada grandioso? Esos acaecimientos que os parecen a vosotros insignificantes, fueron los únicos de aquella época. ¿Habríamos de exornar con forzados atavíos retóricos lo que de suyo era pequeño, para que a fuerza de   -431-   declamaciones apareciera grande, con una grandeza de que en realidad carecía? Los que en la historia busquéis solamente entretenimiento y solaz y no severas lecciones de moral social, en vano leeréis las páginas de este libro. Estas reflexiones explicarán, acaso, por qué de la colonia en tiempo de la dinastía de Austria no era posible componer una historia grandiosa, y por qué de la misma colonia bajo el cetro de los reyes de Borbón es indispensable trazar el cuadro que vamos a trazar en los capítulos siguientes.





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ArribaAbajoCapítulo décimo

Estado social de la colonia durante el siglo decimoctavo


La Presidencia y la Audiencia de Quito.- Límites de entrambas.- Autoridad de los presidentes.- Tribunales de justicia.- Clases sociales.- Penas.- Rentas públicas.- Agricultura.- Industria.- Comercio.- Primer censo de la población.- Milicia.- Fuerza armada.- Camino de Malbucho.- La provincia de Esmeraldas.- Proyectos y trabajos de don Pedro Maldonado.- Situación lamentable de los habitantes de Esmeraldas.- El Real Consejo de Indias aprueba las propuestas de Maldonado.- Muerte de Maldonado.- Resultados de su empresa.



I

Las provincias que ahora componen la República del Ecuador, formaban parte de la Presidencia de Quito en tiempo de la colonia. Para evitar confusiones, debemos distinguir bien el distrito judicial de la Real Audiencia, del territorio perteneciente a la Presidencia; el distrito judicial de la Audiencia se dilataba por el Norte hasta Popayán y por el Sur hasta Piura; por el Oriente comprendía las misiones de Mocoa y Sucumbíos, la inmensa región de Mainas, de Quijos y de Canelos y toda la extensa comarca de Jaén de Bracamoros; el territorio de la Presidencia era menos considerable; pues, aunque por el Sur llegaba hasta   -434-   Bracamoros, por el Norte terminaba solamente en Pasto, sin abrazar la gobernación de Popayán, la cual dependía de la Presidencia de Bogotá. El territorio de la Audiencia y el de la Presidencia estaban limitados al Occidente por el Océano Pacífico; por el Oriente se extendían esos territorios inmensos, distribuidos ahora entre las Repúblicas de Colombia, del Perú y del Ecuador; nuestra República no es actualmente más que una parte de la antigua Presidencia de Quito en tiempo de la colonia.

Veamos cómo estaba organizado en aquella época el gobierno de estas provincias. Todo lo que entonces era Audiencia y Presidencia de Quito hacía parte de la inmensa monarquía que España tenía en el Nuevo Mundo. Las numerosas colonias estaban organizadas en virreinatos, de los cuales, al principio del siglo presente, había cuatro: en el continente septentrional, el de México, que se apellidaba de la Nueva Espala; y los de Santa Fe, Lima y Buenos Aires en la región meridional. Hasta el año de 1718, la Audiencia de Quito perteneció al virreinato del Perú; erigido definitivamente el virreinato de Santa Fe o del Nuevo Reino de Granada, la Audiencia de Quito fue segregada del virreinato de Lima e incorporada en el de Bogotá, del cual continuó formando parte hasta nuestra completa emancipación de España.

Los virreinatos estaban divididos en audiencias, en presidencias y en capitanías generales.

La autoridad de las audiencias era judicial, porque, rigurosamente hablando, ellas eran los   -435-   principales tribunales de justicia que había en las colonias; el primer tribunal era el de los alcaldes o jueces de primera instancia; de las sentencias de los alcaldes se apelaba a la Audiencia, y de los fallos de la Audiencia se acudía al Rey, porque el Rey era el legislador y el supremo juez, de cuyas sentencias no era posible apelar ante ningún otro tribunal, porque no había otro tribunal que fuera superior al de Su Majestad. Ni en la formación de las leyes ni en el repartimiento de las contribuciones tenían parte alguna los súbditos. Para el mejor acierto en sus resoluciones, se consultaban los reyes con el Consejo de Indias, a cuyo examen se sometían todos los asuntos americanos, así eclesiásticos como civiles, de cualquiera naturaleza que fueran; el poder del Rey era absoluto, y no estaba modificado por fuero ninguno, porque las provincias de América no tenían fueros de ninguna clase. El Consejo dictaminaba, y el Rey se conformaba o no con el dictamen del Consejo; este cuerpo augusto era, pues, el principal árbitro de los destinos de América, y procedía con lentitud en sus deliberaciones, pidiendo, a su vez, informes a los virreyes, a los presidentes, a las audiencias, a los obispos y a todos los demás empleados de la Corona, según el asunto que se debiera resolver; estos informes pasaban al Fiscal del Consejo, quien los estudiaba, y emitía su dictamen por escrito. El Fiscal tenía voto meramente consultivo, y las resoluciones del Consejo se daban a mayoría de votos, después de conferir y discutir los miembros entre sí acerca de cada asunto.

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En el último período del gobierno colonial fueron constituidos para el Consejo de Indias dos Fiscales: uno que se llamó Fiscal de la Nueva España; y otro que fue denominado Fiscal del Perú; el primero tomaba conocimiento de todos los asuntos de México y de la América Central; los de la América Meridional estaban señalados al Fiscal del Perú. Los de la presidencia de Quito, según esto, eran examinados por este Fiscal.

Bien considerada, pues, la organización del Consejo de Indias, podemos decir que todo el éxito de las resoluciones estaba en manos del Fiscal, porque éste era quien ilustraba a los consejeros acerca de los asuntos sometidos a su deliberación; por fortuna, los fiscales del Consejo de Indias fueron casi siempre letrados íntegros; y los miembros del Consejo se elegían, de ordinario, entre los españoles que habían desempeñado destinos elevados en América, a satisfacción de la Corona. El nombramiento y la elección de los consejeros eran de la exclusiva voluntad del Rey. Para el acierto parece, pues, que se habían tomado buenas medidas de prudencia.

Durante el siglo decimoctavo se sucedieron en el trono de España solamente cuatro monarcas: Felipe quinto, Fernando sexto, Carlos tercero y Carlos cuarto, todos animados de sincero deseo de hacer bienes a sus vasallos de América. El más célebre de estos cuatro reyes fue, indudablemente, Carlos tercero, cuyo nombre debe ser recomendado a la posteridad, mediante un criterio desapasionado. Carlos tercero ha sido   -437-   presentado como un rey perverso, digno de las maldiciones de la historia; Carlos tercero ha sido encomiado como un soberano lleno de merecimientos. ¿Cuál de estos dos retratos será el verdadero?

Carlos tercero tuvo la desgracia de cooperar eficazmente a la extinción de la Compañía de Jesús, después de haber expulsado a los jesuitas de sus dominios de España y de América, y esta falta ha sido la causa principal de las calumnias que contra este Rey se han divulgado tan generalmente; sin negarla, sin atenuarla, sin desfigurarla, conviene recordar que Carlos tercero fue quien puso la mano en todo trabajo conducente a la prosperidad de sus pueblos, y que en esa benéfica labor las colonias de América no fueron olvidadas. El carácter del soberano es imposible que no influya notablemente en el bienestar social en pueblos regidos por un gobierno absoluto.

Los virreyes eran elegidos por el monarca, y ordinariamente se les daban instrucciones minuciosas para el gobierno de la colonia; algunas veces resolvían los reclamos que se elevaban directamente a ellos contra las audiencias. En cuanto a sus relaciones con los presidentes, éstos les estaban subordinados en todo lo político y administrativo; eran dependientes de ellos, y no podían sustraerse a su vigilancia.

El Presidente de la Audiencia era un magistrado subalterno, cuya autoridad dependía del Virrey y del Consejo de Indias; si era letrado, tenía voto resolutivo en los acuerdos de la Audiencia; cuando no era letrado, tenía derecho   -438-   a presidir en el tribunal, pero carecía de voto. Como el Rey era quien nombraba todo empleado, el Presidente carecía de autoridad para hacerse obedecer por sus subalternos, y lo único que podía era dar cuenta al Rey acerca de la conducta de ellos, porque el Rey era quien los elegía, y solamente el Rey podía separarlos de sus destinos. Los mismos virreyes carecían de facultad para nombrar ciertos empleados, y apenas podían dar nombramientos interinos o provisionales.

Después de los presidentes seguían, en el orden jerárquico gubernativo, los intendentes y gobernadores de las provincias; luego los corregidores de las villas y, por fin, los tenientes de corregidor en los asientos o lugares secundarios; en las ciudades residían los gobernadores; en las villas, los corregidores, y en los asientos los tenientes. Las ciudades y las villas tenían el derecho de administrarse justicia a sí mismas, y, por eso, en ellas había Ayuntamiento o Cabildo civil; según la importancia de la ciudad o villa, así era mayor o menor el número de los miembros de que se componía el Cabildo. El cargo de Regidor solía ser perpetuo; lo concedía el Rey, y los regidores eran los miembros principales del Cabildo; presidentes del Cabildo eran los gobernadores en las ciudades, y los regidores en las villas; los asientos no tenían Ayuntamiento.

La principal atribución de los cabildos era la de elegir alcaldes o jueces de primera instancia, los cuales duraban solamente un año en sus destinos. La elección se hacía por mayoría de votos, el primero de enero de cada año.

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Los cabildos podían darse a sí mismos un reglamento, pero no les era lícito ponerlo en práctica sino después que había sido revisado y aprobado por el Virrey. Los reglamentos del Cabildo se llamaban ordenanzas del Cabildo.

La autoridad de estos cuerpos estaba muy sometida a la de los presidentes, quienes aprobaban las elecciones de empleados hechas por los ayuntamientos, lo cual daba ocasión a los presidentes para abusar, como lo hizo Alcedo, favoreciendo a sus amigos y parciales, con mengua de los fueros del Cabildo. Una de las principales atribuciones de los cabildos seculares era vigilar el abasto del mercado de la población, tasar el precio justo de cada cosa, y fijar el arancel a que debían sujetarse los artesanos en sus respectivos oficios; para esto, cada año nombraban un maestro mayor que estuviera sobre los demás de su gremio. El abasto de carne en Quito, unas veces se hacía por empresa de particulares; otras, por introducción directa de ganado de los mismos propietarios de fundas de ganadería; pero siempre bajo la inmediata inspección de dos miembros del Ayuntamiento, elegidos para aquel cargo por el mismo Cabildo.

Los miembros del Cabildo gozaban de ciertas prerrogativas civiles; no podían ser puestos en la cárcel pública; y, cuando alguno era condenado a prisión, ésta la sufría en la casa del Ayuntamiento. Usaban de uniforme especial en ciertos días solemnes, y su cargo era considerado como muy honorífico, y digno solamente de personas nobles. Se reunían en sesiones públicas, a lo menos una vez por semana; los   -440-   citaba el portero, y de las sesiones se redactaban actas, que eran firmadas por todos los presentes. Estos libros de las actas de los cabildos (principalmente del de Quito), son ahora documentos interesantes para la historia de nuestros pueblos durante la colonia. Las actas eran redactadas y firmadas siempre por el Secretario, que lo era un escribano público, llamado por esto Escribano de Cabildo.

Los escribanos eran nombrados por el Rey, y ordinariamente tenían sus cargos para toda la vida.

En lo que es ahora República del Ecuador, había, en tiempo de la colonia, cinco ciudades, que eran: Quito, Guayaquil, Portoviejo, Cuenca y Loja; Ibarra, Riobamba y Zaruma eran villas; Ambato alcanzó el título de villa algunos años antes del terremoto de 1797; pero, a consecuencia de esta catástrofe, vino tan a menos que de nuevo fue rebajado a la condición de simple tenientazgo de Riobamba, como lo hemos referido ya antes. Portoviejo padeció tanto atraso que, aunque conservó el título de ciudad, fue incorporado al gobierno de Guayaquil, y era administrado por un teniente de gobernador de esta última ciudad. Latacunga tuvo siempre un corregidor, pero no se le concedió título de ciudad durante la colonia.

En el distrito de la presidencia había, desde fines del siglo pasado, cuatro gobiernos: el de Guayaquil, que comprendía las dos provincias actuales del Guayas y de Manabí, con parte de la de Esmeraldas; el de Cuenca, elevado a la categoría de Intendencia; y los de Mainas y   -441-   Quijos en la región oriental. Los corregimientos eran cinco, a saber: el de Ibarra, el de Latacunga, el de Riobamba, el de Loja y el de Chimbo; en Otavalo había un teniente de gobernador, subordinado al corregimiento de Ibarra. Los corregidores eran nombrados por el Rey, y duraban en sus empleos ordinariamente cinco años; antes de principiar a desempeñar su cargo, rendían primero una fianza, para responder al Tesoro Real por las cantidades que del producto del tributo de los indígenas venían a manos de ellos, pues una de las atribuciones de los corregidores era el cobro del tributo anual, con que los indígenas pechaban a la Corona. De la recaudación de los tributos de los indígenas de su corregimiento daban los corregidores cuenta a los tesoreros de las cajas reales.

La Audiencia estaba compuesta de cuatro ministros, llamados oidores, y de un fiscal; para ser oidor, era indispensable ser jurisconsulto y tener el grado de doctor o siquiera de licenciado por alguna Universidad o Academia real. No había más que un solo Tribunal o Sala, en la que eran juzgados y sentenciados tanto los asuntos civiles como los criminales.

Presidía siempre en la Audiencia el presidente de la provincia; los fallos del tribunal se llamaban acuerdos, y se pronunciaban en nombre del Soberano reinante. Para la validez jurídica de los acuerdos, debía preceder indispensablemente el informe del Fiscal.

La legislación americana, en tiempo de la colonia, estaba contenida en las Leyes de Indias y en las Cédulas reales; aun las mismas leyes   -442-   de Indias en su principio no fueron sino cédulas reales que, más tarde, se dispusieron en un solo cuerpo agrupándolas y distribuyéndolas en asuntos o materias particulares, según el objeto de cada cédula. Lo que estaba dispuesto en las Leyes de Indias era ley general que obligaba a todas las colonias americanas. En cuanto a las cédulas, éstas eran de dos clases: unas contenían resoluciones generales para todas las colonias, en determinadas materias; otras se referían a asuntos particulares, sometidos a la resolución del Monarca. Las audiencias, para pronunciar sentencia sobre un asunto, se apoyaban en estas cédulas particulares, cuando los negocios eran análogos y acerca de ellos no se encontraba dispuesto nada ni en las Leyes de Indias ni en las cédulas generales. La legislación americana en tiempo de la colonia estaba, pues, dispersa en un considerable número de documentos emanados de la autoridad real; lo cual era parte para que los jurisconsultos de aquella época, no pudiendo estar siempre muy fundados en sus alegatos, acudieran muchas veces a las máximas de la justicia universal, por ignorar las disposiciones positivas del legislador135.

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La legislación española en sus disposiciones relativas a las colonias americanas no puede tacharse de injusta; la inspiró generalmente el propósito del bien de los vasallos americanos. Éstos se hallaban divididos en clases, ante la ley; los indígenas constituían la clase inferior, la más humilde entre todas, y para ella había leyes peculiares, excepciones y privilegios; los negros formaban otra clase, sin derechos civiles ni privilegios de ninguna especie; los mestizos o descendientes de padres españoles y de madres indígenas estaban considerados como una clase intermedia entre los indios y los blancos de raza noble y sangre pura, quienes ocupaban el primer lugar en la jerarquía social de la colonia. Los nobles eran los descendientes de los conquistadores y de los primeros pobladores de las provincias conquistadas; también los que habían venido a América con empleos y cargos importantes y después se habían avecindado en las colonias. Muchos de estos nobles alcanzaron distinciones honoríficas, fundaron mayorazgos y establecieron condados y marquesados, recibieron hábitos de caballeros de las órdenes de Caballería que había en la Metrópoli y obtuvieron escudos y blasones con que enaltecer más la alcurnia de sus casas y familias. Los caballeros de las órdenes gozaban en América de las mismas exenciones y prerrogativas que sus colegas de España, y estaban sujetos a las mismas cargas y pensiones que ellos; los nobles formaban, pues, una clase privilegiada en las colonias136.

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Los mestizos estaban excluidos de los cargos elevados, principalmente de la milicia y de la magistratura; pero se indemnizaban ampliamente de este desaire legal, abrazando el estado religioso, el cual vino a ser el género de vida que prefirieron los hijos de las clases más humildes de la sociedad. Sucedía que los mestizos ingresaran también al estado eclesiástico secular, y aun hubo época en la cual casi todos los miembros del clero secular eran de esta clase social; pero jamás se les permitió entrar al Seminario de San Luis, cuyas becas habrían quedado deshonradas si con una de ellas hubiera sido favorecido el hijo de un mestizo. En cambio, los mestizos eran quienes en los conventos subían a las prelacías, y ocupaban las parroquias administradas por regulares.

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En los últimos años del siglo próximo pasado se contaban en Quito, capital de la colonia, dos condados, el de Selva-florida y el de Casa-jijón, y algunos marquesados, entre los cuales merecen un recuerdo especial el de Selva-alegre, el de Mira -flores, el de Villa-orellana, el de Solanda, y el de Maenza; hubo también varios mayorazgos. Aunque no alcanzaron títulos de nobleza ni fundaron mayorazgos, con todo había muchas familias de veras nobles, que se preciaban, con justicia, de un largo abolengo, como descendientes de antiguas casas solariegas en los reinos de Castilla y de Valencia137.

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Los nobles en tiempo de la colonia eran tanto más considerados, cuanto ellos eran, después de los regulares, los únicos propietarios ricos que había en Quito; los mestizos casi no tenían propiedades, y sus haberes de fortuna se reducían al jornal que en sus oficios ganaban diariamente; todo oficio mecánico era ejercitado por los mestizos, y los mestizos eran los únicos que aprendían las artes y se ocupaban en la práctica de ellas; los nobles, imbuidos en ideas de nobleza real entendida y dominados por preocupaciones absurdas, miraban el trabajo como infamante, y así no conocían ninguna arte ni aprendían ningún oficio, para no empañar la limpieza de sus linajes, contentándose con vivir del producto de sus heredades, sin cuidarse mucho de cultivarlas con esmero. Algunos mestizos lograron subir a las sillas canonicales del coro de la Catedral de Quito, pero fueron pocos, y hubieron de tolerar a menudo los ultrajes que por parte de sus colegas españoles se les hacían; otros adquirieron propiedades de consideración, y aun se enriquecieron, principalmente con el comercio, logrando abrirse paso con la riqueza hacia los altos destinos y puestos sociales.

Los indios no tenían propiedades y vivían del miserable jornal que sus patrones les abonaban en las fincas rurales, cultivadas exclusivamente por ellos.

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Los negros no eran señores ni de sí mismos, pues ni los padres tenían dominio sobre sus hijos; para el negro no había familia, y la que el negro formaba era para acrecer la servidumbre comprada por el patrón. Tal era la condición social de la colonia en la tercera centuria del gobierno español; la hemos descrito a grandes rasgos, y sólo bajo uno de sus aspectos; continuaremos dándola a conocer138.

Para la sanción moral, el gobierno había establecido leyes penales, que pudiéramos calificar de severas, si no tomáramos en cuenta las circunstancias de la época; de estas penas, unas   -448-   eran corporales y otras puramente morales; multas pecuniarias, prisión, encarcelamiento, azotes, mutilación de miembros, confiscación de bienes, destierro y muerte eran las penas establecidas por la legislación colonial. La horca era el modo de ejecutar la pena capital, dando al acto, que siempre se verificaba en público, el mayor aparato posible; se tañían las campanas de casi todas las iglesias con toques pausados de agonía, desde el momento en que el condenado a muerte salía de la cárcel al patíbulo; iba caballero en un jumento, aherrojados los pies con grillos, y conducido por el verdugo, que marchaba delante, tirando al animal por el diestro; el reo vestía túnica blanca de género, y en la cabeza llevaba un gorro colorado; el cadáver se dejaba pendiente de la horca hasta después de puesto el sol, porque las ejecuciones se solían hacer siempre antes de medio día. Otras veces se despedazaba el cadáver, y sus miembros se exponían por algunos días al público en las entradas y salidas de las ciudades.

En las cárceles no había sistema alguno penitenciario bien establecido; el preso estaba encerrado en calabozos inmundos, sin luz ni aire sano, cuando era pobre y pertenecía a las clases obreras de la sociedad; si pertenecía a la nobleza, se le proporcionaban cuantas comodidades deseaba durante los días de su encarcelamiento. Las cárceles eran lugares donde los culpables vivían atormentados, pero de donde no podían salir nunca corregidos ni enmendados; antes, podían adquirir vicios con los cuales no habían estado manchados. La pena de azotes y la de trabajos   -449-   forzados no se imponían a los nobles. Ordinariamente la justicia, muy benigna con los españoles nacidos en la Península, era severa con los mestizos y los indios, y tolerante con los españoles americanos.

Los condenados a prisión perpetua eran deportados al castillo de Chagre en Panamá, o a Valdivia en Chile; se los conducía presos a Guayaquil, y de allí indiferentemente se los enviaba a cualquiera de los dos presidios, según se presentara la ocasión con los buques que arribaban a aquel puerto; la prisión temporal se pagaba en Guayaquil, en la fábrica de tabaco de aquella ciudad. Las mujeres condenadas a prisión perpetua, eran encerradas para toda su vida en alguno de los conventos de monjas, en los cuales debían servir a las religiosas como de criadas, con derecho sólo al alimento.

A los cómplices, principalmente cuando eran menores de edad, se les hacía presenciar la ejecución de los reos, y después se los obligaba a pasar por debajo de los cadáveres, colgados de la horca. La pena de azotes se ejecutaba en público; las mujeres la sufrían en las espaldas desnudas, para lo cual se las paseaba por las calles de la ciudad, cabalgando a horcajadas en una mula o en un borrico; precedía el pregonero, anunciando a gritos la sentencia.

También la pena de destierro solía ser perpetua, y muchas veces los que la merecían eran llevados a España, en partida de registro, es decir, bajo la estricta responsabilidad de los capitanes de las embarcaciones en que eran deportados; esta pena se imponía por delitos   -450-   contrarios a la tranquilidad pública, y ordinariamente se castigaba de esa manera a los nobles, a los eclesiásticos y, sobre todo, a los frailes, pues a estos últimos se los mantenía perpetuamente reclusos en los conventos que en la Península gozaban de fama de más observantes.




II

Lo que contribuye más a moralizar la sociedad y a hacerla prosperar es el trabajo y la propiedad bien distribuida; éste es uno de los aspectos más curiosos de la sociedad ecuatoriana en tiempo de la colonia. Los manantiales o fuentes de la riqueza pública son la minería, la industria, el comercio y la agricultura. Considerada desapasionadamente la configuración topográfica de las provincias que componían la presidencia y teniendo en cuenta su situación geográfica en el globo en general y sus relaciones con las demás colonias americanas, no podremos menos de convenir en que nuestro suelo ha sido bastante desfavorecido por la Naturaleza. Pudiéramos dividir muy bien todo el territorio de la antigua presidencia en tres zonas o regiones distintas, marcadas con señales manifiestas y sensibles: la región del litoral, limitada por el Pacífico; la meseta superior interandina, encerrada entre las dos cordilleras de los Andes; y las extensas comarcas del Oriente bañadas por los afluentes del Amazonas; cada una de estas tres regiones tiene condiciones peculiares para la agricultura y la ganadería.

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En la zona del litoral pudiera prosperar el ganado vacuno; pero en tiempo de la colonia esa industria era casi enteramente desconocida en las provincias de la costa; greyes pequeñas andaban como perdidas en extensas llanuras, y unas pocas manadas de cabras vagaban a la ventura en los prados del cantón de Santa Elena. El consumo para las necesidades de los propietarios, mas no el provecho del comercio, era lo que se proponían los colonos con la cría de ganado.

El cultivo del arroz y las plantaciones de caña de azúcar eran otras dos maneras de trabajo en las regiones de la costa; el arroz se traía a las poblaciones interandinas, y la caña de azúcar servía de preferencia para la elaboración de bebidas alcohólicas. El cultivo del café era entonces desconocido, y de los árboles frutales no se sacaba casi utilidad alguna.

Las comarcas orientales, separadas por los enormes muros de la gran cordillera andina, en nada contribuían ni al comercio ni a la prosperidad de las demás provincias. La extensa meseta de la sierra estaba ocupada por agricultores; en la colonia había decaído miserablemente la industria fabril, y el único elemento de bienestar general era la agricultura. Las heredades más pingües pertenecían al estado monástico, y había valles enteros donde, como en el del Chota y en el de Cayambe, las haciendas de los regulares, sucediéndose unas a otras, se prolongaban por leguas, sin que los particulares tuvieran allí propiedad alguna de consideración. De las haciendas de los jesuitas hemos hablado   -452-   ya; los dominicanos competían en riqueza con los padres de la Compañía; venían después los agustinos, y los mercenarios no eran menos ricos. Ordinariamente, las fincas de los religiosos estaban situadas en los lugares mejor acondicionados para las faenas agrícolas; ya hemos indicado que a las haciendas de los religiosos seguían en extensión las de las familias nobles de la colonia, y que la clase media casi carecía de propiedades territoriales. El cultivo era rutinario, no se mejoraban los métodos ni se guardaba más sistema que el de las tradiciones campesinas de los peones indígenas consagrados a la labranza. El secreto de los abonos era casi desconocido por completo ni se acostumbraba dar descanso al terreno, manteniéndolo siempre sembrado de las mismas semillas, año tras año, hasta que, agotados los jugos fecundantes, se esterilizaba y era abandonado.

En las colinas elevadas se cultivaban las papas y otros tubérculos y legumbres indígenas: la cebada, en las regiones frías; y el maíz, en las templadas; las lomas abrigadas amarillaban con las dilatadas sementeras de trigo, y los valles calientes estaban exclusivamente destinados a las plantaciones de caña de azúcar. La agricultura está, pues, ahora tanto o más atrasada que en la época de la colonia; bajo este respecto, nada hemos prosperado. Aun cuando el Ecuador tenga una extensión considerable, con todo no es tan favorecido por la naturaleza como comúnmente se dice, pues no se pueden aprovechar todos los terrenos en labores agrícolas; en la meseta interandina los dilatados páramos, tanto   -453-   al Oriente como al Occidente de ella, no son a propósito ni para el cultivo de cereales ni aun para la ganadería; en las provincias occidentales hay puntos muy malsanos y que no ofrecen comodidad ninguna para establecer grandes centros de población; en las comarcas orientales tampoco hay posibilidad de hacer un uso ventajoso de la feracidad de sus terrenos, porque el enhiesto muro de la cordillera los mantiene aislados de las otras dos zonas pobladas por gentes de raza blanca. La raza indígena, como absorbida por la exuberancia de la naturaleza, ha descendido en aquellas comarcas al salvajismo y es un grave obstáculo para la civilización. ¿En qué clase de faenas agrícolas pudieran ser empleados útilmente los extensos pajonales de la sierra? ¿Prospera, acaso, en ellos la ganadería? Las laderas pendientes en las hoyas profundas de los ríos ¿podrán algún día ser cultivadas con ventaja? Del gran caudal de agua de muchos de los ríos, que corren en cauces hondísimos rompiendo los valles interandinos ¿será fácil que pueda algún día aprovecharse la agricultura para el regadío de los campos, o la industria para comunicar movimiento a sus maquinarias, sin gastos enormes, que no están, por lo mismo, en proporción con los rendimientos de los fundos? Una considerable extensión de terreno en nuestra República está, pues, como enteramente perdida para las labores de la industria humana.

La ganadería ha decaído notablemente, y, con la decadencia de la ganadería, han venido a menos ciertas industrias de tejidos de lana, con los cuales estas provincias mantenían algún   -454-   comercio con las del Perú y las de Colombia. En tiempo de la colonia no hubo ni una sola máquina de tejidos, y los lienzos de algodón y las bayetas se fabricaban en telares de mano.

La mucha pobreza que afligió a los pueblos que componían la presidencia de Quito, sugirió a algunos vecinos de Ambato, a fines del siglo pasado, la idea de cultivar la canela de Quijos, para tener con ella un nuevo artículo de comercio. Reuniéronse algunos en sociedad, formaron compañía y principiaron, con entusiasmo, la obra del cultivo; se eligió el terreno a propósito y se hicieron plantaciones de árboles, sacando la semilla de los que crecían espontáneamente en las selvas llamadas de Canelos; la flor fue examinada por el célebre botánico Gómez Ortega, y recibió una calificación tan halagüeña, que estimuló grandemente a los socios para llevar adelante su empresa. Gómez Ortega encontraba la canela de Quijos tan fragante y tan sabrosa, como la codiciada de Ceilán. Sin embargo, la empresa fracasó antes de dar resultado ninguno favorable; faltó el capital, los socios buscaron en vano quien se lo proporcionara; y, cuando ya comenzaba a cundir entre ellos el desaliento, aconteció la catástrofe de Riobamba, y, a consecuencia de ella, la empresa de cultivar los árboles de la canela de Quijos se abandonó, para no volver a ocuparse en ella jamás139.

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Los objetos que servían para el comercio de exportación eran muy pocos: harinas, en escasa cantidad; conservas y tejidos de lana y de algodón. El cacao no se cultivaba todavía en grande escala, ni era libre su comercio; se exportaba a México solamente, y no a España; soportaba además las contradicciones de la Junta de Caracas y la desfavorable competencia del de   -456-   Venezuela. La cascarilla principió a exportarse a fines del siglo pasado, pero con menudas trabas y severas prohibiciones; la del monte Uritozinga se recogía exclusivamente para la Botica Real de Madrid, y se enviaba a la Corte por medio de los empleados de la Real Hacienda. Los bultos de los particulares se llevaban a Paita o a Piura, desde donde eran remitidos a España como mercaderías del Perú140.

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La presidencia durante todo el siglo pasado no tuvo más que un solo puerto principal, que era el de Guayaquil; al acabarse el siglo fue habilitado como puerto menor el de la Tola en la provincia de Esmeraldas, cuando en tiempo de Carondelet la isla de Tumaco fue desmembrada de la gobernación de Popayán e incorporada en el distrito de la presidencia de Quito. Era aquélla la época del entusiasmo por abrir el camino que llamaban de Malbucho, el cual debía poner en comunicación la ciudad de Ibarra con el Pacífico; gastáronse en esa obra sumas de consideración, mas sin resultado alguno positivo.

Con las naciones europeas no había comercio ninguno directo, y la Metrópoli era la que monopolizaba casi exclusivamente el comercio con las colonias; ya desde el tiempo de Felipe quinto se concedió alguna excepción en favor de Francia, y después también de Inglaterra, pero con bastantes precauciones, a fin de no perjudicar al comercio de España. No obstante, estas mismas precauciones fomentaron el contrabando y fueron   -458-   perjudiciales al progreso de la madre patria y a los intereses bien entendidos de su comercio con las colonias.

Al terminar el siglo decimoctavo, la marcha vertiginosa con que se sucedieron en Europa acontecimientos inesperados, modificó repentinamente las condiciones del comercio americano. En el Ecuador, el comercio propiamente tal, podemos decir que principió con nuestra emancipación política de España; antes, nuestro comercio estaba muy limitado, y aun para nuestros recursos naturales era muy en pequeño.

Contribuyen grandemente para el adelanto del comercio los correos; en tiempo de la colonia no había más que uno solo cada mes, el cual de Quito iba a Riobamba, de donde, rodeando por Cuenca, bajaba por Naranjal a Guayaquil. En 1797 se establecieron dos correos por mes; salían de Quito el 7 y el 22; llegaban a Guayaquil el 13 y el 28; y de ahí salían el 15 y el 30 de cada mes141.

La aduana fue reglamentada en Guayaquil   -459-   por el presidente Pizarro, y se cobraba el tres por ciento. El mismo presidente García y Pizarro estancó en beneficio de la Hacienda Real la venta del aguardiente, de la pólvora, de los naipes y del tabaco. Se prohibió hasta el cultivo de esta planta en ciertas localidades, pero fue en vano; la cultivaban en Macas y en las montañas de Occidente, llamadas de los Yumbos. La principal casa para la fábrica y venta del tabaco por cuenta del Gobierno, se estableció en Guayaquil.

Hemos referido algo de lo relativo al comercio; digamos ahora cuándo se organizó en Quito la primera fuerza armada. El primer cuerpo de tropa que hubo en Quito lo creó el virrey Eslaba con ocasión del alzamiento del barrio de San Roque, cuando los escándalos causados por el padre Ibáñez Cuevas, Visitador de los franciscanos. Esta primera tropa se redujo a una compañía de infantería, compuesta de veintiuna plazas: diez y siete soldados y cuatro oficiales; vivían en el mismo palacio de   -460-   la Audiencia, donde hacían la guardia al Presidente. Su arma ordinaria era la lanza, pero tenían también fusiles de chispa, y en el parque cañones de artillería de calibre de seis libras escasas; en la conservación de esta reducida fuerza se gastaban anualmente más de quinientos pesos, los cuales se sacaban del estanco del aguardiente.

Con motivo del segundo levantamiento de los barrios de Quito contra la Audiencia en 1765, se aumentó la fuerza con gente traída por Zelaya de Guayaquil y de Panamá; en tiempo del presidente Villalengua, se disciplinó mejor la tropa, dándole una organización más militar; había entonces en Quito tres compañías veteranas y un piquete de Dragones, que con sus jefes constituían doscientos cincuenta y cinco plazas; en el parque se guardaban doscientos cuarenta y nueve fusiles buenos, y dos mil trescientos noventa y cuatro cartuchos. En aquel mismo tiempo se organizaron las milicias en Guayaquil, en Cuenca y en Riobamba, y en las dos primeras ciudades se establecieron también compañías veteranas; así fue como se dio principio bajo el reinado de Carlos tercero a la creación de guarniciones militares en las principales ciudades de la presidencia. Se proyectó construir un castillo en Guayaquil y una fortaleza con cañones; en Quito se dispuso la construcción de un polvorín fuera de la ciudad; el parque en esta capital, a fines del siglo pasado, tenía quinientos fusiles y diez mil piedras de chispa; el de Guayaquil estaba abastecido de mil quinientos fusiles y de treinta mil piedras de chispa. Tal era el   -461-   estado de la fuerza armada en las provincias de Quito a fines del siglo decimoctavo142.

En tiempo del mismo presidente Villalengua se llevó a cabo la formación del primer censo de la población en estas provincias; lo principió a formar Villalengua, cuando era Fiscal de la Audiencia, para una nueva demarcación, tanto de los corregimientos en lo civil, como de las   -462-   parroquias en lo eclesiástico, y lo continuó Vallejo, levantando el de Cuenca con laudable prolijidad. Hízose así el cómputo de la población en casi todas las provincias de la sierra, menos en las de la costa y en la de Loja143.

Del mismo tiempo de los presidentes Pizarro y Villalengua son otras mejoras muy provechosas para el bien común; entonces fue también cuando   -463-   se introdujeron en Guayaquil las primeras dos bombas contra incendios, y se dio impulso a la ganadería144.

Hiciéronse, además, grandes esfuerzos para organizar compañías con el fin de laborear algunas minas de plata descubiertas en la provincia de Riobamba, y se estimuló el descubrimiento de minas de azogue en Cuenca y en Perucho, porque se esperaba que la industria minera, una vez establecida en estas provincias, contribuiría a levantarlas del estado de atraso y de pobreza en que habían caído. La época del reinado de Carlos tercero fue, pues, para la abatida presidencia de Quito una época memorable de halagüeñas esperanzas y de benéficos   -464-   proyectos145. Para la salubridad pública se pusieron en planta en aquella misma época dos reformas dignas de memoria: la introducción de la vacuna, y el establecimiento de cementerios públicos fuera de las ciudades y poblaciones.

Antes, todo cadáver era sepultado dentro de los templos, los cuales, con ese motivo, no se conservaban siempre con el aseo y la limpieza que exigen las funciones del culto a que están   -465-   destinados, y la salud de los fieles que se congregan en ellos; no obstante, algún tiempo pasó todavía sin que esta disposición tuviera cumplimiento; y ya a principios de este siglo fue cuando se construyeron dos cementerios públicos, el uno dentro del recinto del convento de San Diego, y el otro, más aseado y hermoso, contiguo al convento de la Recoleta de la Merced, llamada el Tejar146.

La expedición para propagar la vacuna en América, que inspiró a la musa patriótica de   -466-   Quintana una de sus más entusiastas composiciones poéticas, recorriendo el territorio del virreinato de Santa Fe, llegó por fin a Quito, el 16 de julio de 1805; como jefe de ella venía don José Salvany, que era el segundo después de Balmis. Gran fiesta hubo en Quito para celebrar la llegada de la vacuna; salieron a encontrar a la expedición los principales vecinos de la ciudad, y se cantó una Misa solemne en la Catedral; las personas más notables tenían a honra llevar en brazos a los niños, portadores del famoso fluido; la primera inoculación se verificó con grande aparato, asistiendo a ella, como a una función religiosa, el presidente Carondelet y el ilustrísimo señor Cuero, Obispo entonces de Quito. En Cuenca la expedición fue muy agasajada, porque hubo tres días seguidos de luminarias, corridas de toros, bailes y mascaradas. La expedición llegó a Cuenca el 13 de octubre; de Cuenca pasó a Loja, y de esta última ciudad se dirigió a Lima. ¿Tal vez nos hemos detenido refiriendo minuciosidades impropias de la dignidad histórica? Nada de todo cuanto contribuya a dar a conocer la índole de la sociedad ecuatoriana será jamás indigno de la historia147.



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