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¿Hubo literatura costumbrista en los primeros lustros del siglo XIX?

Rinaldo Froldi





Acerca del problema del origen y de la naturaleza del costumbrismo como género literario se tienen opiniones discordantes.

Si por costumbrismo se entiende la observación y la representación en clave narrativa, poética o teatral de las costumbres características de cada comunidad o ambiente social, es evidente que en todo momento de la literatura antigua y moderna existen manifestaciones que exponen tal actitud hacia la realidad: sólo citaré, a modo de ejemplo, por lo que concierne a la literatura española, algunos clásicos conocidos de todos: el Rinconete y Cortadillo de Cervantes, ciertas escenas del teatro de Lope, la picaresca y sobre todo algunos textos (para entendernos, los de Liñán y Verdugo, Juan de Zabaleta, Francisco Santos) donde sin embargo el motivo inspirador y el fin último de las composiciones es evidentemente la formación moral y religiosa obtenida a través de la observación y la crítica de ciertos aspectos de la realidad social que a ella se subordinan: ésta última no es la protagonista, el generador primario de la construcción narrativa. También con relación al siglo XVIII se ha hablado de manifestaciones de costumbrismo, aunque haya sido diferenciando la primera parte del siglo y la segunda.

Es evidente que el uso del término «literatura costumbrista» es en este caso muy lato. Pero también es evidente que cuanto mayor extensión se da al término, éste corre el riesgo de convertirse en genérico; al comprender textos muy distintos entre sí, obliga a distinciones y clasificaciones en su interior que hacen difícil individuar el carácter específico de un género literario que resulta, por lo tanto, indefinido.

A esta interpretación de carácter extensivo se opone un concepto de costumbrismo más restringido: el fenómeno se conecta al siglo XIX y más precisamente su nacimiento se sitúa alrededor de los años 1820-1830 y su desarrollo se coloca en época romántica para después enganchar con el llamado «realismo» de la segunda mitad del siglo XIX.

Hay, además, quien piensa que se pueden anticipar los orígenes de la experiencia literaria del costumbrismo a la segunda parte del siglo XVIII.

En ocasión de un reciente congreso organizado por Ermanno Caldera en Nápoles el pasado mes de marzo sobre el tema El costumbrismo romántico, una intervención mía identificaba en la segunda mitad del siglo la presencia de algunas anticipaciones del fenómeno ligadas principalmente al surgimiento de una nueva concepción del periodismo (podemos remontarla a El Pensador) que apunta ahora a la formación de una opinión pública asumiendo una actitud dialogante entre autor y lector que favorece una continua atención a la realidad circunstante, no exenta de preocupaciones éticas, conductas que a pesar de todo no salen del ámbito de una mentalidad que ya no está exclusivamente ligada a los valores metafísicos absolutos, y aspira a la promoción y a la mejora social según directivas laicas.

Esta acentuada atención a la realidad, a lo que nos rodea y no puede dejar de interesarnos, constituye un indudable documento de un nuevo concepto de mímesis, como la crítica ha puesto de relieve, empezando por los ensayos de José Escobar,1 y se manifiesta sobre todo en artículos de periódicos, pero, por lo que concierne a la observación de las costumbres, también en algunos textos narrativos (pienso sobre todo en Los enredos de un lugar, de Fernando Gutiérrez Vegas, y en El ropavejero literario, de Desiderio Cerdonio, además del anónimo El tiempo de ferias o Jacinto en Madrid,2 donde afloran retratos de ambiente, de tipos humanos, de costumbres vivazmente representadas y juzgadas según la mentalidad ilustrada).

Concluía observando que a finales de siglo se había formado un ambiente cultural favorable a nuevas iniciativas literarias (piénsese en el surgimiento de la llamada novela sentimental y del teatro patético) y que habría podido desarrollar formas independientes de narrativa breve caracterizada por la observación de costumbres, aunque no he podido constatar la presencia de un género costumbrista bien definido en la conciencia de los autores y autónomamente estructurado.

Tampoco cambian estas características en los textos publicados en los primeros años del siglo XIX, que algunos retienen asimilables al género costumbrista, por ejemplo los dos artículos firmados «Diógenes» que aparecen en 1803 en El Regañón general con los títulos de La Tertulia y La petimetra en el templo,3 en los cuales se satirizan «las dulzuras encantadoras de la sociedad», el lenguaje de moda, los bailes a la francesa y la inmodestia de las mujeres.

Igualmente sucede en el artículo publicado en el mismo año de 1803 por Justino Matute y Gaviria en El Correo de Sevilla,4 sátira de la corrida que según Montgomery5 por un lado presenta ecos del famoso panfleto Pan y toros y por otro lado parece preludiar el conocido artículo de Larra.

También en 1803 Antonio San Román publica El alcarreño en Madrid,6 que se propone sólo «La diversión del lector»: una exigua trama narrativa, la de un lugareño de la Alcarria que se aloja unos días en Madrid, ofrece la ocasión de presentar las costumbres degeneradas. El lugareño volverá a su pueblo sin envidiar la vida de la corte.

En 1807 aparece el Viaje de un curioso por Madrid,7 breve narración de Eugenio de Tapia, obra parecida a la anterior: un lugareño llega a Madrid y observa y juzga la ciudad. Se extiende en multitud de rápidos bosquejos de la vida madrileña porque el protagonista, que evidentemente representa al autor, está convencido de que «para conocer las costumbres de este pueblo» es necesario «tratar con toda clase de gentes» y así aparecen los politicastros ignorantes y charlatanes de la Puerta del Sol, las muchachas de vida alegre, los cocheros inoportunos, los curanderos liantes, los tenderos deshonestos, hombres y mujeres ocupados en conversaciones chismosas en los cafés a veces lujosos pero sucios, las chiquillas apasionadas de novelas sentimentales, los abogados picapleitos: en fin, tantos retratos esbozados con sátira en el fondo benévola aunque un poco hiriente.

También de 1807 data un texto que ha escapado, por lo que me consta, a la atención de los estudiosos, un manuscrito que Foulché Delbosc publicó, sin decirnos la proveniencia ni indicarnos el lugar de conservación, en la Revue Hispanique en 1905.8 Se titula Los vicios de Madrid y, como la obra recién citada, muestra y critica los innumerables vicios de los habitantes de la capital con un incisivo espíritu crítico de clara descendencia iluminística. Suscitan interés también las frecuentes alusiones literarias a autores y textos contemporáneos.

No hay duda de que en todos los textos citados de los primerísimos años del siglo se puede advertir una intensificación de las anticipaciones del costumbrismo que ya hemos visto que son propias de finales del siglo XVIII.

Pero al agravarse la crisis política y con el estallido de la llamada «guerra de Independencia» el proceso se interrumpió dejando sitio a una literatura completamente distinta, la literatura de combate, muy lejana del espíritu que inspiraba el costumbrismo.

A la guerra siguió el retorno del absolutismo y con él aparecieron las rígidas leyes que endurecieron la censura y limitaron las publicaciones periódicas. El regreso a la libertad de prensa sólo tuvo lugar en el breve período del Trienio Liberal, en el que hubo una recuperación de la literatura política, cuyo mayor exponente fue sin duda Sebastián de Miñano. En su obra se ha pretendido individuar elementos costumbristas pero, como oportunamente ha indicado Claude Morange,9 éstos constituyen sólo fragmentos de su producción de profundo compromiso político y social, fragmentos que «pueden calificarse de costumbristas sólo si se desgajan del conjunto».

Muy distinta es la actitud del jovencísimo Mesonero Romanos (diecisiete años) cuando en 1822 publica Mis ratos perdidos, o ligero bosquejo de Madrid en 1820-21,10 doce cuadros de vida madrileña que obedecen a un intento claramente indicado por el autor en el Prólogo de la obra: «mi idea al escribir... no ha sido otra que manifestar el efeto que en mi producen algunas de nuestras costumbres».

Me parece que aquí aflora explícitamente por parte del escritor la conciencia de estar creando un género literario nuevo. Y a partir de este momento pienso que se puede hablar con propiedad de literatura costumbrista, que sobre todo en los periódicos encontrará la ocasión de difundirse.

En el género nuevo, respecto al intento moral y satírico, predomina el interés literario, que después se reforzará en contacto con experiencias incluso teóricas de la literatura francesa. Se trata de la mirada atenta que el autor da a la realidad para presentarla al lector recreada por él mismo, no juzgada según una determinada ideología y, a diferencia de la actitud iluminística, observada sin preocupaciones sociales y lejos de una sensibilidad humanitaria.

Con el regreso del absolutismo guardará silencio la literatura de combate y se acentuará por parte de la literatura la búsqueda de una autonomía. Al fondo quedará el recuerdo del reciente pasado trágico.

Se ha observado que «todo el costumbrismo español parece nacido de una crisis de nacionalidad» (Montesinos)11; sí, no se ha extinguido la preocupación nacional, pero ahora el concepto de nación es bien distinto del que tenían Cadalso y el mismo Forner, estudiado por Maravall.12

Para los secuaces de Mesonero Romanos el concepto de nación parece que se tiene que buscar en la exploración de la realidad de todos los días, incluyendo la más recóndita, de una España que presenta diferencias pero que busca una identidad unitaria y la encuentra en la comunión que se trata de establecer entre la realidad de la moderna vida urbana propia de la burguesía emergente y la más escondida del pueblo, del barrio popular, de la modesta vida familiar más ligada al pasado, a las viejas tradiciones.

En ausencia de un debate ideológico que suscite problemas y proponga soluciones, el burgués se complace en observar lo que le parece pintoresco, lo que le suscita interés por diferenciarse de sus modos de vida: una realidad que puede ofrecer la ocasión de una simpática sátira y al mismo tiempo una nación diferenciada de las demás y con una clara identidad propia.

No me parece que haya dudas de que con estas ideas los costumbristas pertenecen al ala que podríamos definir tradicionalista del Romanticismo, como bien ha observado Donald Shaw13, desde luego no al ala revolucionaria si se exceptúa, naturalmente, la personalidad de Larra, que, desde el punto de vista ideológico, es heredero del pensamiento ilustrado.

En conclusión, opino que se debería asignar en el plano histórico al fenómeno costumbrista un ámbito restringido y reconocerlo maduro en las conciencias de los autores y del público en el momento en que, después de las luchas ideológicas sofocadas por un régimen opresivo, se da un repliegamiento hacia la interioridad y la literatura ofrece a la clase emergente una visión «literaria» de la realidad.

Lo que ha habido antes y que algunos han calificado igualmente como costumbrismo es sólo la anticipación de ciertos elementos que volveremos a encontrar reelaborados y reconducidos a una unidad en el género una vez que éste se constituye.

Por otra parte, reconducir todos los fenómenos literarios a un momento y a ámbito delimitado y preciso, sin extensiones desviantes, me parece que es una condición esencial para entender mejor el fenómeno mismo.





 
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