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Idealismo y democracia en el pensamiento ariélico

Martha L. Canfield



La capacidad de admirar es, sin duda, la gran fuerza del crítico.


José Enrique Rodó (1899)                






Según una opinión muy difundida la fama de Rodó no ha superado la de su obra maestra Ariel, libro que hizo conocer su nombre en toda América y en España y que es aún el primero que se recuerda cuando se habla del autor. Ariel fue aclamado por los mayores estudiosos y escritores españoles de la época, como Leopoldo Alas, Miguel de Unamuno, Juan Valera, Rafael Altamira; mientras que en América Rodó fue reconocido como maestro de las jóvenes generaciones por Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Francisco García Calderón, Jesús Castellanos, Gonzalo Zaldumbide. Las ediciones de Ariel se multiplicaron hasta el punto de que el mismo Rodó perdió la cuenta. Después de las dos primeras, publicadas en Montevideo en 1900 por Dornaleche y Reyes, la segunda de las cuales llevaba un prólogo de «Clarín», salió una tercera edición en Santo Domingo en 1901, como suplemento de la Revista Literaria, y una cuarta en Cuba literaria (La Habana, 1905); la quinta fue imprimida por orden del Gobernador del estado de Nuevo León, en México, en 1908; la sexta, siempre en México y en el mismo año, fue ordenada por la Escuela Nacional Preparatoria; la séptima, corregida por el mismo Rodó, salió en Valencia, España, publicada por Sampere, en 1908; la octava y la novena, en Montevideo, publicadas por José María Serrano, en 1910 y en 1911. Muchas otras ediciones salieron casi contemporáneamente en distintos países latinoamericanos, sin autorización y, naturalmente, sin pagar derechos de autor. Rodó estaba simplemente complacido y convencido de haber empezado de este modo su misión educadora de América, que consideraba absolutamente impostergable. Él mismo ayudaba a la difusión de su pequeño libro enviándolo personalmente a todos los escritores que conocía, a aquellos que se le sugerían, a todos los que estaban en el directorio de la Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales, y aún a aquellos que le escribían diciendo que estaban interesados en leer Ariel pero que no tenían los medios para comprarlo. Finalmente, a partir de los años Veinte, se pudo contar con traducciones de Ariel en las otras dos importantes lenguas del continente, o sea en inglés y en portugués, casi como una respuesta natural a la vocación americanista del autor, por encima de la polémica con los Estados Unidos ya puntualizada en su texto.

Ariel salía en un momento histórico particular, en el umbral del nuevo siglo y en la confluencia entre el punto cenital del capitalismo y del colonialismo y el momento inicial de los movimientos de masa. Por una parte el capitalismo trataba de desarrollar la concentración monopolista y las metrópolis coloniales trataban de definir la posesión de los puntos estratégicos para el comercio; por otra, el advenimiento de las democracias de masa, o de sus variantes bonapartistas, estimulaba el desarrollo de grandes organizaciones burocráticas estatales o de partido. Mientras el dinero parecía cosificar todos los valores sociales y morales, el proletariado se organizaba para defenderse de la explotación, contribuyendo de este modo a delinear un nuevo protagonista de la vida democrática, el obrero, al cual se empezaban a asociar nuevos valores morales, como, por ejemplo, la nobleza del trabajo.

Rodó era sumamente sensible a todos estos cambios y es un error creer que su concepción política excluya la problemática social. Él ha declarado explícitamente su malestar ante las injusticias sociales, la hipocresía y la vulgaridad que han sido transmitidas «al siglo que comienza por el siglo del advenimiento burgués y de la democracia utilitaria»1. Y en su defensa de la corporación de los periodistas, de la que hace parte, Rodó exalta la figura del obrero que es, por definición, «el hombre que trabaja» y, por lo tanto, «la única especie de hombre que merece vivir». Y subraya: «Cuando todos los títulos aristocráticos fundados en superioridades ficticias y caducas hayan volado en polvo vano, sólo quedará entre los hombres un título de superioridad, o de igualdad aristocrática, y ese título será el de obrero»2. Personalmente se consideraba un trabajador intelectual, un «obrero del pensamiento», como todo periodista, como todo maestro.

Él era también particularmente sensible a la situación de las repúblicas hispanoamericanas, atrasadas respecto al desarrollo capitalista y por lo mismo fáciles víctimas de las nuevas hegemonías, en primer lugar de los Estados Unidos, así como estaban atrasadas respecto a la definición de una verdadera identidad y autonomía intelectual. Esta última constituía un problema central en el debate cultural hispanoamericano desde hacía varios decenios sin que se hubieran percibido soluciones generales; ahora el movimiento literario llamado Modernismo, guiado por Rubén Darío, la transformaba en su propio eje central.

El hecho de que Darío hubiera preferido modelos franceses y no españoles no significaba que se eligiera de todos modos un modelo para imitar, sino que se procuraba ampliar las posibilidades de elección y variar los puntos de vista para dar mayor libertad al espíritu. El mismo Rodó estaba fascinado con la cultura francesa, y esto se demuestra fácilmente con la lista de pensadores y escritores citados por él en Ariel: casi la mitad son franceses3. Por otra parte es comprensible: en el siglo XIX Francia representaba el punto de equilibrio entre dos opciones igualmente angustiantes y peligrosas para los estados hispanoamericanos: permanecer leales a España o seguir el camino trazado por los Estados Unidos a través de nuevos modelos económicos y culturales.

Además Francia no proporcionaba un modelo único sino muchos, aunque procedentes de distintos momentos históricos que los modernistas, sin embargo, adoptaron simultáneamente, sirviéndose de ellos para combatir la vieja retórica, la ampulosidad verbal, los lugares comunes, y para abrirse a nuevos y variados modos de expresión. En efecto, en Hispanoamérica coexisten tendencias literarias que en Europa corresponden a fases sucesivas e incompatibles: realismo, naturalismo, simbolismo, parnasianismo e incluso romanticismo están presentes contemporáneamente en el movimiento modernista. «Románticos somos; ¿quién, que es, no es romántico?», había dicho Rubén Darío. Y es probable que sea en esa capacidad de apropiación y de reformulación de las escuelas literarias donde reside la mayor originalidad del Modernismo hispanoamericano.

El mismo Rodó, que quiso sentar por escrito sus críticas al Modernismo, se autodefinió modernista. De la correspondencia con Leopoldo Alas surge tanto una visión positiva del movimiento -al cual no deja de censurar sin embargo sus aspectos más superficiales, la retórica vacía, los juegos de palabras- como su deseo de «encauzar al modernismo americano dentro de tendencias ajenas a las perversas del decadentismo azul...»4. Porque Rodó quería una literatura de ideas, que llevara «quelque chose dans le ventre», como decía Zola, citado por el propio Rodó. Cuando escribe su ensayo sobre Darío - segundo opúsculo de la serie La Vida Nueva, intitulado Rubén Darío. Su personalidad literaria, su última obra5-, publicado en 1899, es decir un año antes de Ariel, se siente que la lectura de Prosas Profanas y de Los Raros -ambos de 1896- así como el encuentro que tuvieron en Buenos Aires en 1897 hicieron mejorar su opinión sobre Darío. Y es justamente en ese opúsculo que se declara «modernista» y «camarada de ideas» de Darío:

De mis conversaciones con el poeta he obtenido la confirmación de que su pensamiento está mucho más fielmente en mí que en casi todos los que le invocan por credo a cada paso. Yo tengo la seguridad de que, ahondando un poco más bajo nuestros pensares, nos reconoceríamos buenos camaradas de ideas. Yo soy un modernista también; yo pertenezco con toda mi alma a la gran reacción que da carácter y sentido a la evolución del pensamiento en las postrimerías de este siglo; a la reacción que, partiendo del naturalismo literario y del positivismo filosófico, los conduce, sin desvirtuarlos en lo que tienen de fecundos, a disolverse en concepciones más altas. Y no hay duda de que la obra de Rubén Darío responde, como una de tantas manifestaciones, a ese sentido superior6.






Rodó en la literatura uruguaya

En la historiografía literaria uruguaya Rodó forma parte de la Generación del 900, que corresponde a la del 98 en España y a la modernista en general en América. Los otros protagonistas del grupo son: Javier de Viana (1868-1926), Carlos Reyles (1868-1938), Carlos Vaz Ferreira (1872-1958), Roberto de las Carreras (1873-1963), Julio Herrera y Reissig (1875-1910), María Eugenia Vaz Ferreira (1875-1924), Florencio Sánchez (1875-1910), Horacio Quiroga (1878-1937), Álvaro Armando Vasseur (1878-1969), y Delmira Agustini (1886-1914). Excepto Carlos Vaz Ferreira, abogado, profesor y dos veces rector de la Universidad de Montevideo, los demás son fundamentalmente autodidactas, frecuentadores de los distintos cenáculos de la época, los más célebres de los cuales eran el Consistorio del Gay Saber de Horacio Quiroga y la Torre de los Panoramas de Julio Herrera y Reissig. Todos ellos son lectores de Nietzsche y de Baudelaire, aunque con interpretaciones distintas y a veces incluso opuestas. Reyles y Rodó, por ejemplo, aun siendo amigos, se encontraron a menudo en posiciones contrarias, y el primero no aceptó jamás el optimismo ariélico. Todos tenían en común el interés y el ejercicio de la actividad periodística. El elemento de discordia era la política, dividida entre los dos partidos tradicionales, el Blanco y el Colorado, discordia que terminó por hacer estallar la guerra civil.

Lo que da carácter de grupo o de generación literaria a la obra de todos, además del estilo, es sin duda la búsqueda de la modernidad. Todos -incluso los que estaban más vinculados a la realidad inmediata y local, como Javier de Viana, Horacio Quiroga y Florencio Sánchez- tratan de trascender los límites de la literatura regionalista o criollista, que se basa sustancialmente en la creación de estereotipos sociales del ámbito criollo, casi siempre rural pero también urbano, llevando a la lengua literaria los rasgos del habla dialectal. En general lo consiguen. Florencio Sánchez será considerado el fundador del teatro rioplatense; Horacio Quiroga ha sido señalado, junto a otros dos o tres, como el iniciador de la nueva narrativa hispanoamericana; Herrera y Reissig deja una herencia poética formidable para la constitución de la poesía post-modernista e incluso vanguardista, y de hecho está muy presente en la obra de Ramón López Velarde, de Vallejo, de Neruda y de muchos más. Se puede afirmar que al menos en la breve parte de la obra que el poeta logró preparar para la imprenta antes de morir (y no sería justo tener en cuenta el resto, no revisado por él) se presenta como alguien que se ha adelantado a su tiempo y que ha intuido las revolucionarias innovaciones que iban a producirse poco después.

En medio de esta rica generación, tal vez única en el panorama uruguayo, se destaca la figura de Rodó porque sólo él se empeñó totalmente en la construcción de una dimensión americana y sólo él supo construir su americanismo a escala universal7. El lugar que ocupó en ese contexto fue efectivamente excepcional. Su prestigio como autor de prosa se podía equiparar únicamente al de Darío como poeta. Sin embargo, en Rodó se verifica una trágica regla que parece amenazar a los mejores escritores uruguayos: como Quiroga, como Florencio Sánchez, como Onetti, Rodó tuvo que dejar la patria con la amargura en el corazón, decidido a no volver por un tiempo que deseaba fuera lo más largo posible. Como sabemos, se enfermó gravemente y murió antes de regresar; los otros partieron en un exilio voluntario y definitivo. Es verdad que el día en que partió Rodó, sus colegas periodistas organizaron una manifestación para saludarlo que se volvió increíblemente numerosa y popular, pero también es verdad que esta manifestación quería de alguna manera reparar la vergüenza de que el más famoso escritor nacional tuviera que ir a Europa como corresponsal de un diario argentino porque el gobierno lo había eliminado de la comisión destinada a representar al Uruguay en las celebraciones españolas por el Centenario de las Cortes de Cádiz. Por otra parte, mientras Rodó se afirmaba cada vez más como maestro filósofo y como referente de toda la América Española, los escritores uruguayos no lo consideraban en su justo valor: o lo ignoraban (Quiroga, Carlos Vaz Ferreira), o le eran decididamente hostiles (Herrera y Reissig), o bien sus amigos (como Carlos Reyles) no lo comprendían y no compartían sus ideas.

La generación que sucede a la del Novecientos y que surge entre 1915 y 1920, conocida como Generación del Centenario, no fue iconoclasta, en parte quizá porque casi todos los escritores precedentes habían desaparecido: María Eugenia, Florencio Sánchez, Rodó y Julio Herrera y Reissig habían muerto gravemente enfermos, Quiroga se había suicidado, Delmira había sido asesinada; Roberto de las Carreras envejeció y murió en un manicomio donde fue encerrado a la edad de 35 años y no recuperó jamás la memoria de su pasado. La generación del Centenario se propuso entonces la creación de una continuidad con la generación anterior y su expansión tuvo inicio a partir de la aceptación de los aportes de los escritores precedentes, sin que esto les impidiera, justamente, tratar de superar el repertorio ya exhausto del Modernismo; o sea, aceptando implícitamente las críticas que Rodó había hecho a sus contemporáneos, especialmente a los imitadores de Darío. Sin embargo, en este armónico pasaje de una generación a otra, Rodó fue excluido: «exiliado en su patria», lo llama Belén Castro. Fue olvidado cuando no ásperamente tergiversado y criticado, y el arielismo se volvió un arma contra él8. Su idealismo pareció retórico y superado, se le acusó de no considerar el problema del indio americano, de incitar al ocio noble una sociedad que necesitaba sobre todo del trabajo para construirse un bienestar del que carecía. Como un eco amplificado de las críticas que ya le habían dirigido sus compatriotas, salió en los años 50 el feroz ataque de Luis Alberto Sánchez9.

Hoy en día, en cambio, al volver a su obra con menos prejuicios, se puede apreciar cómo sus verdaderos fundamentos éticos y estéticos no han perdido actualidad. Incluso su estilo, el culto del fragmento tan evidente en sus obras mayores, Motivos de Proteo y El mirador de Próspero, que tanto había irritado entre otros a su amigo Reyles, se puede considerar como un anuncio de un gusto literario y filosófico que el siglo XX ha hecho suyo. Con una óptica acaso más lúcida y profética, Alfonso Reyes había saludado esa tendencia rodoniana como la inauguración de un nuevo tipo de literatura, precisamente la fragmentaria, que hoy admiramos en la obra de escritores de primer orden como Roland Barthes, Jorge Luis Borges, Octavio Paz...

Por otra parte, como sostiene Emir Rodríguez Monegal, «una jefatura no se ejerce sólo por la dócil aceptación de los discípulos; se ejerce también (y éste fue el caso de Rodó) por la resistencia que levanta una personalidad, por la reacción que despierta el peso y la proyección de su obra, por la oposición desde la que los mejores construyen su respuesta. En este sentido, Rodó no sólo ejerció la jefatura espiritual de la sumisa masa generacional. También la ejerció sobre los rebeldes como estímulo y como provocación, determinando por su sola existencia la necesidad de otras direcciones espirituales»10.

Si ha sido así - y seguramente lo ha sido - habría que agregar que el primero en estar muy satisfecho, si hubiera podido verlo, habría sido el mismo Rodó. Toda su enseñanza, paradigmáticamente condensada en la frase con la que empieza Motivos de Proteo, «Reformarse es vivir...», procura incitar a la formación de una personalidad adulta, en condiciones de tomar decisiones responsables y que no retroceda en la investigación de la verdad, ni siquiera cuando las soluciones entrevistas pudieran contradecir las proposiciones del maestro más amado, sus mismas enseñanzas conservadas con devoción en la memoria de los discípulos. La parábola «La despedida de Gorgias»11 ilustra esta idea con gracia y precisión. En la cena de despedida, antes de emprender el camino de la muerte -en una ceremonia y en circunstancias completamente inventadas por Rodó, pero que al evocar la Última Cena atestiguan su constante anhelo de encontrar un punto de síntesis entre la cultura clásica griega y la cultura cristiana- Gorgias se rehúsa a aceptar la promesa de sus discípulos que quisieran ser siempre fieles a todo lo que han aprendido de él. Con el gesto de Gorgias Rodó ha manifestado su propio repudio del fanatismo, así como de todos aquellos que se entregan pasivamente a un dogma. «La verdad que os haya dado», dice Gorgias a sus discípulos, «no os cuesta esfuerzo, comparación, elección; sometimiento libre y responsable del juicio, como os costará la que por vosotros mismos adquiráis, desde el punto en que comencéis realmente a vivir». Y más adelante: «Quedad fieles a mí, amad mi recuerdo, en cuanto sea una evocación de mi persona, perfume de mi alma en el afecto que os tuve; pero mi doctrina no la améis sino mientras no se haya inventado para la verdad fanal más diáfano». De modo que el brindis que propone el mejor alumno («¡por quien te venza con honor en nosotros!») es aceptado y repetido por el maestro: «¡Por quien me venza con honor en vosotros!». Si la frase ha sido tan citada es porque resulta sumamente emblemática del pensamiento rodoniano.

Es importante agregar que la crítica más reciente ha subrayado la actualidad del pensamiento de Rodó y en particular de algunos postulados de Ariel. Fernando Ainsa recuerda que el tono crepuscular de fin de siglo que rodeaba al autor es el mismo que hemos apurado nosotros en los últimos años del siglo XX. La sensación de malestar, el sentimiento de crisis y la impresión de decadencia establecen un puente directo entre aquellas páginas y los lectores de nuestros días. Pero no se trata sólo de la atmósfera espiritual; la actualidad de Ariel tiene que ver con precisas afirmaciones y admoniciones de Rodó: la urgencia de renovar el diálogo con España; la atenta vigilancia en las relaciones con el «gendarme mundial», los Estados Unidos; el peligro de la homogeneización cultural y los perjudiciales efectos del consumismo contemporáneo12.




El ideal americanista de Rodó

Además de su estilo, de su perspicacia en la crítica literaria, de su intuición histórica y de su amor por la verdad, hay un aspecto fundamental en la herencia dejada por Rodó, que constituye asimismo un aspecto imperecedero: se trata de su ideal americanista.

Desde el momento en que se empieza a desarrollar en América el ensayo como género literario y el pensamiento filosófico empieza a encontrar formulaciones particulares por parte de escritores latinoamericanos, un concepto emerge por encima de los otros y los reúne: la conciencia de pertenecer a una comunidad histórica, geográfica y lingüística, o «conciencia de América», como prefería decir Leopoldo Zea, comunidad que Rodó llamaba precoz y proféticamente «Hispanoamérica».

Los primeros en dar un impulso a esa conciencia habían sido Bolívar desde el punto de vista político y Andrés Bello desde el punto de vista cultural. Y si bien Bolívar no logró fundar efectivamente esa «patria América» que soñaba, el ideal quedó en el aire, latente y sugestivo. Andrés Bello por su parte había lanzado en 1823, con su Alocución a la poesía, una especie de manifiesto en favor de la independencia literaria de América, inseparable según él de la independencia política. Y este ideal no había desaparecido del todo en el horizonte cultural de las nuevas repúblicas, aunque la tendencia general hubiera sido la de aislarse dentro de las fronteras nacionales respecto a las naciones hermanas, privilegiando los canales con Estados Unidos y Europa. Los distintos regionalismos que pueblan la literatura del siglo XIX y parte de la del siglo XX lo confirman. Pero a finales del XIX dos voces de gran fuerza carismática se levantan en los dos extremos del continente hispanoamericano, para volver a proponer con enérgica convicción la urgencia de esa conciencia americana soñada por Bolívar: desde el centro del Caribe, desde Cuba, y luego desde su exilio norteamericano, habla Martí; desde un remoto puerto del sur sobre la costa atlántica llamado Montevideo, habla Rodó. Martí se basa en Bolívar; Rodó, que empieza a publicar dos años después de la muerte de Martí, se basa en Bolívar y en Martí.

Para Rodó Bolívar es el modelo del héroe americano, lo considera el más alto de los muchos caudillos regionales, lo ve como «el barro de América atravesado por el soplo del genio, que transmuta su aroma y su sabor en propiedades del espíritu»13. Y la razón fundamental de esta preferencia que coloca a Bolívar por encima de otros héroes más cercanos a Rodó, como San Martín o Artigas, es que Bolívar se le revela como «representativo de la eterna unidad hispanoamericana»14. En cuanto a Martí, más que un gran escritor de una determinada región o nación, Rodó lo consideraba «ciudadano de la intelectualidad americana», condición que podía justamente compartir con Bello15. Rodó y Martí, además, están estrechamente vinculados por la posición crítica que ambos asumieron respecto a los Estados Unidos y su incipiente imperialismo. Esta afinidad entre ambos pensadores ha sido reconocida incluso por críticos considerados «antirodonianos», como Roberto Fernández Retamar. El cubano contesta el uso que hace Rodó de los símbolos shakespearianos16, pues piensa que el símbolo de la América Latina no es Ariel, sino Calibán, encarnación del nativo colonizado. Pero reconoce la clarividencia de Rodó y los valores efectivos de su Ariel17.

Se puede entender ahora por qué Rodó no podía considerar a Darío «el poeta de América», al menos en la primera fase de su producción poética. Es muy probable que las observaciones de Rodó le hicieran una profunda impresión a Rubén, al punto de querer incluir su estudio del 1899 como prólogo en la segunda edición de Prosas Profanas, publicada en París en 1901. Pero más allá de las polémicas (si voluntariamente o no Darío suprimió la firma de Rodó en este prólogo), lo que hoy, a un siglo de distancia resulta indiscutible es que Darío estaba realizando a nivel poético la misión de unificar el continente, de reunir en una sola alma hispanoamericana los retazos de identidad nacional que habían dejado -contra la vocación bolivariana- las luchas por la independencia. Darío heredaba, asumiéndola y transmitiéndola, la vocación americanista de los mejores hombres americanos, en las armas y en las letras.

El ideal americanista de Rodó no nace inmediatamente definido una vez para siempre, sino que se desarrolla a través de los años. Al principio -podríamos llamarlo «americanismo pre-ariélico»- se trata sustancialmente de un ideal literario. Son los años de la Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales, de los primeros opúsculos intitulados La Vida Nueva, el segundo de los cuales, dedicado a Rubén Darío y que contiene un análisis detallado de Prosas Profanas, demuestra su notable capacidad como crítico literario. El estudio despierta admiración y entusiasmo en sus lectores, entre los cuales se cuentan varias personalidades de carácter internacional; Remy de Gourmont, por ejemplo, lo juzga «una exégesis maravillosa», mientras que el título del poemario dariano le había parecido simplemente «une trouvaille», según lo que refiere el mismo Darío en su autobiografía. En esos años los intereses de Rodó están concentrados en la literatura que, según él, debe estimular la unidad de América. La creación de una conciencia cultural común a todas las repúblicas hispanoamericanas debe servir para echar las bases de la unidad política. Ésa es la razón por la cual el poeta tiene el deber de abandonar la torre de marfil. Es necesario por tanto transformar el Modernismo, que de juego literario gozosa y elegantemente inclinado al exotismo, al arte por el arte y a las divagaciones culturales, debe transformarse en la expresión del alma americana. No una literatura de placer, sino una literatura de ideas; no poetas lúdicos, sino seriamente comprometidos. Comunidad de ideales y de tradiciones y una creciente conciencia de esta pertenencia común servirán por un lado a combatir el absurdo aislamiento en el que viven las naciones americanas, por otra a crear naturalmente la marca original de su arte y de su literatura: en otras palabras, a hacer madurar la autonomía cultural que Bello anhelaba junto con la autonomía política.

Sin embargo -desea aclarar Rodó- autonomía cultural y originalidad americana no significan divorcio de la civilización europea heredada a través del legado español. El aislamiento cultural es un peligro que hay que combatir. Pero la alternativa a la imitación servil no está en el aislamiento sino en la capacidad de «franquear la atmósfera que la circunda a los cuatro vientos del espíritu»18. Más que estimular la concentración en los rasgos regionales o -peor aún- pintorescos, el americanismo debe tratar de «abrirse a la expresión de todas las ideas y sentimientos que fluctúan en el ambiente de una época y determinan la dirección de la marcha de una sociedad humana»19. Rodó ve en la obra de Juan María Gutiérrez (Argentina, 1809-1878) una primera importante prueba de americanismo literario. Considera implícito en el espíritu romántico el sentimiento de la tradición, indispensable para llegar al alma popular. Y en las figuras del indio y del gaucho -que estudia en las obras del Inca Garcilaso de la Vega y de José Hernández, entre otros-, así como en el sentimiento de la naturaleza, indica los elementos fundamentales para la definición de la identidad hispanoamericana.

Con Ariel el tema del americanismo se extiende en busca de una síntesis entre el desarrollo económico y social de los pueblos y la libertad del espíritu individual. Rodó insiste en la necesidad de preservar una parte del alma para las preocupaciones puramente ideales, porque -dice- el hombre no debe desarrollar un solo aspecto del espíritu sino su naturaleza completa. De este modo, una doctrina que se presentaba inicialmente como reflexión sobre la literatura nacional, se dilata hasta abrazar primero el Río de la Plata y luego todo el continente hispanoamericano, para volverse con Ariel, problemática político-cultural general en una perspectiva americana. Según Rodríguez Monegal, Ariel, que va más allá del ámbito literario, pone las bases para una sociología cultural americana20. En este contexto la fidelidad al pasado se realiza por un lado en la conciencia de las tradiciones locales -criollismo, indigenismo, gauchesca-, por otro en el vínculo con España. Con la precisión del vocabulario rodoniano, aprendemos que España para el hombre americano no debe ser «fin y morada» sino «cimiento y punto de partida»21.

Rodó define la realidad americana a través de la historia, que para él es una línea única que viene de Grecia, pasa por la Roma Imperial, el Cristianismo, Castilla y llega por fin al presente americano. La fuerza esencial del análisis que hace de la tradición reside en el hecho de que ese análisis se apoya en un concreto sentimiento del futuro, que desemboca en su visión optimista de la grandeza de América. Aquí Rodó se reúne con otros pensadores hispanoamericanos, de su misma época o sucesivos: Carlos Arturo Torres, Alfonso Reyes, Leopoldo Zea...

Esa visión optimista, sin embargo, no ignora los males que afligen a las naciones hispanoamericanas. Basta recorrer los muchos artículos periodísticos de temática política de Rodó para encontrar precisas referencias a problemas del momento: uno en particular, firmado «Calibán» y publicado en 1912, denuncia el caciquismo, la política sectaria, con alusiones especiales a la política brasileña, la pérdida de control de la Revolución mexicana que ha suscitado la «deprimente intervención yanqui», la masacre de los revolucionarios ecuatorianos en Quito, la ejecución de obreros inermes en el Perú que protestaban por «la mezquina retribución de un jornal irrisorio», y la lucha fratricida en la Argentina y en el Uruguay22. Tal vez Rodó no tenía respuestas definitivas para estos interrogantes, y seguramente no habría sabido proponer planes específicos para reintroducir al indio en las sociedades que lo habían marginado. Pero él se planteó este problema y muchos otros que había identificado lúcidamente, indicando para todos la acción continental como único camino y mejor método para afrontarlos. Para el optimismo rodoniano - como ha puesto en evidencia Mario Benedetti - y más allá de su profundo y escondido escepticismo que lo hace hermano espiritual de Unamuno, las soluciones existen, los problemas americanos se pueden resolver, pero siempre sobre la base de una «misión continental»23.




El concepto de democracia

No siendo Rodó ni socialista (equivalente entonces de lo que más tarde serían los comunistas) ni anarquista, el único sistema político en el que cree es la democracia y considera que sólo en ella se puede dar espacio al desarrollo y al progreso de la condición humana. En Ariel el tema de la democracia aparece asociado a un binomio que señala dos concepciones opuestas de la vida: el idealismo y el utilitarismo, siendo el primero la meta más elevada y el segundo un peligro para la integridad de la democracia misma.

Siguiendo la escuela de Taine, de Renan y de Tocqueville, en una síntesis muy personal, Rodó considera inevitable e insustituible el sistema democrático, y defiende la nobleza moral implícita en la igualdad impuesta por el sistema. La democracia hay que mejorarla, hay que educarla -dice Rodó- para liberarla de los peligros que nutre en su propio seno. Como Taine, considera que el espíritu democrático es incompatible con esas formas de intolerancia de que se nutre el jacobinismo. Así, la autonomía cultural hispanoamericana no puede comportar la ruptura total con España, lo cual significaría contravenir a una natural continuidad histórica. Del mismo modo, la libertad de culto no puede comportar la agresión a símbolos espirituales que, más allá de una personal fe religiosa, representan valores morales indiscutibles, como la misericordia, la hermandad, el amor. En la famosa polémica contra Eugenio Largamilla, autor de la ley en base a la cual en 1906 se retiraron los crucifijos de los hospitales públicos uruguayos, Rodó no reacciona como católico, siendo, como se sabe, agnóstico: se indigna ante el extremismo de una medida semejante, que revela un espíritu intolerante, o más precisamente, jacobinista24. Lo mortifica la agresión que el retiro de los crucifijos inflige a los creyentes, y aún más que un no creyente pueda sentirse ofendido por la presencia de un símbolo que evoca simplemente el «más grande y puro modelo de amor y abnegación humana, glorificado donde es más oportuna esa glorificación: en el momento vivo de su doctrina y de su ejemplo»25. Se pregunta Rodó qué daño puede recibir el espíritu del enfermo cuya mirada tropiece con la imagen del Maestro sublime, gracias a quien el beneficio que recibe no le ha de parecer humillante dádiva de la soberbia, sino obligación que se le debe en nombre de una ley de amor. La cruz no es para él un símbolo religioso sino el reconocimiento debido a la grandeza humana de Cristo, en las casas de caridad, que son la proyección de su espíritu y de su prédica. Rodó sostiene que el mensaje cristiano, considerado en su aspecto moral, forma parte de una civilización que es la nuestra, y que nosotros nos alimentamos de los significados y de los valores que derivan de ella. Por lo tanto no puede no horrorizarse ante la idea de los extremos a los que podría llegar la democracia siguiendo la vía de la intolerancia.

No obstante, este peligro no lo induce a perder la confianza en los beneficios del sistema democrático. En esto se separa de Renan, tomando distancia de las «paradojas injustas del maestro»26, de quien por otra parte ha heredado el acento espiritualista y la disolución del positivismo. En la línea de Renan se pone Rodó cuando declara su desprecio por todo lo que condiciona el espíritu a los intereses materiales. Rodó cree, como así mismo Taine, en la necesidad de formar minorías seleccionadas capaces de guiar a las mayorías. Cree en la necesidad de mejorar el sistema democrático. Pero mediante la influencia de Tocqueville prevalece en él la filiación liberal. En efecto, mientras Taine propone el voto cualificado, dividido en dos categorías con la finalidad de depurar el electorado, Rodó acepta la democracia plena como mecanismo de gobierno y reserva a las élites una tarea espiritual: «una democracia en la cual la supremacía de la inteligencia y la virtud -únicos límites para la equivalencia meritoria de los hombres- reciba su autoridad y su prestigio de la libertad»27.

Como partidario de Tocqueville, Rodó considera inevitable la democracia pero, al mismo tiempo, perfectible, siempre y cuando pueda contar con una determinada dirección espiritual. Abandonada a sí misma la democracia comporta el riesgo de la decadencia. Es posible y necesario, por tanto, complementarla para conducirla hacia sus realizaciones más nobles. La espiritualización de la democracia se puede cumplir, tanto para Tocqueville como para Rodó, mediante la definición de superioridades intelectuales y morales, por cierto no impuestas sino reconocidas espontáneamente por el pueblo. En Ariel Rodó subraya la importancia de hacer prevalecer la calidad sobre el número. La masa anónima no es nada por sí misma y se transformará en un instrumento de barbarie o de civilización según que tenga o no una alta dirección moral28. Además el progreso económico y el bienestar material pueden disolver la superioridad. Hay que temer los tiempos en que la vulgaridad, compatible con el progreso material, esté en condiciones de reprimir «todo lo que manifieste la aptitud y el atrevimiento del vuelo»29. Son «las falanges de Prudhommes feroces», indicadas por Charles Morice, citado a su vez por Rodó30. Es el peligro del nihilismo y de la tecnología despojada de la ética. El estallido de la Primera Guerra Mundial le debió parecer a Rodó un negro aviso sobre la dirección que tomaban el capitalismo y las sociedades más desarrolladas. Para peor no podía dejar de constatar que la milenaria cultura europea -precisamente la que constituía el centro de su esperanza- no había servido para frenar brutalidades y violencia. Tal vez la depresión y el abandono en los que vivió Rodó durante los últimos meses de su vida no se debieran solamente a la enfermedad que lo aquejaba.

En todo caso, y a pesar de los peligros en acecho, ya reconocidos mientras escribía Ariel, Rodó rechazó «el espíritu reaccionario» de la filosofía de Nietzsche y reafirmó su fe no sólo en la democracia sino también en el ser anónimo que forma la masa, cuya presencia es indispensable para la marcha general de las cosas. Ese concepto, tomado de la evolución biológica, le llegaba a través de la lectura de Béranger31.




La polémica con los Estados Unidos

El ejemplo más evidente de democracia degradada por el utilitarismo lo encuentra Rodó en el poderoso vecino del Norte, los Estados Unidos. Y este ejemplo le sirve tanto para afirmar la especificidad de la raza iberoamericana -con el acento puesto en la continuidad del patrimonio cultural- como para oponerse al positivismo en boga y al utilitarismo que aún sobrevive en el siglo XIX entrelazado con el positivismo, por ejemplo, en el evolucionismo biológico de Darwin o en la sociología de Spencer. En el ámbito del capitalismo industrial y como expresión de la burguesía, el positivismo había proporcionado las bases filosóficas para la política económica y el desarrollo científico-tecnológico, condicionando además todas las manifestaciones culturales de la segunda mitad del siglo XIX. Pero había despertado también algunas reacciones en la dirección del espiritualismo y del neo-idealismo. El pensamiento de Rodó se coloca exactamente entre positivismo y neo-idealismo, entre el racionalismo con el que adhiere a los nuevos postulados de la ciencia y su vocación espiritualista, su amor al ideal, su atracción por la utopía.

Si se miran bien los postulados de Ariel, se observa esta dialéctica entre dos polos: enérgica incidencia en la realidad, pero asimismo abandono contemplativo; empuje dinamizador en la acción, pero también desinterés e idealidad; socialidad de la existencia, pero también defensa de la intimidad introspectiva; eficacia en la vocación individual, pero también versatilidad y multiplicidad de la atención; moral cristiana, pero al mismo tiempo estética del comportamiento; igualdad democrática, pero también élites de valor; afirmación físico-natural de la realidad, pero también ideal que naciendo de ella la supera. Tal vez, como había dicho Carlos Real de Azúa, este vaivén -en el cual sin embargo no es difícil advertir su preferencia por el segundo término de cada binomio- tenía profundas raíces en su temperamento receptivo y prudente, tímido e irónico, muy imaginativo y siempre dispuesto a tomar en consideración todas las posiciones, aún las más distantes de la propia. Tal vez reflejaba incluso sus vínculos con una tradición ideológica muy apreciada por él, la que se había formado alrededor de Esteban Echeverría, del Dogma socialista y de la Asociación de Mayo en la Argentina32.

Rodó no es un filósofo en cuanto no crea un sistema filosófico personal; pero es un pensador de extraordinaria capacidad intuitiva, que siguiendo la línea del neo-idealismo y sin dejar de ser una creatura del siglo XIX, anticipa varias tendencias de la filosofía del siglo XX. En este sentido Pedro Henríquez Ureña ha señalado sus afinidades con Bergson y con su teoría del élan vital33. No hay citas precisas del filósofo francés en Ariel, pero Rodó lo recuerda tanto en Motivos de Proteo como en El mirador de Próspero.

La reacción contra el positivismo y la crítica del utilitarismo, asociadas a la identificación de Hispanoamérica a partir de sus raíces hispánicas, determina la crítica rodoniana de los Estados Unidos y la denuncia de la nordomanía (que Martí había llamado yanquimanía), o sea de la peligrosa fascinación que este país despierta en el mundo hispánico. Para criticar a los Estados Unidos, sin embargo, Rodó empieza por enumerar sus virtudes: y se ha dicho que raramente podríamos encontrar un cuadro tan brillante y cálido, especialmente viniendo de un latinoamericano34. Adelantándose de este modo a eventuales polémicas sobre su competencia en la materia, Rodó nos predispone favorablemente a escuchar sus críticas de una nación que ha demostrado conocer bien y que no juzga por ciegos impulsos o por rencor -aunque los motivos no faltaran- sino con objetividad y mesura. De hecho acierta con notable puntería cuando señala aspectos de esa sociedad vigentes hasta el día de hoy. Por ejemplo, pone en duda que la vastedad de la información pueda producir sabiduría; al contrario, dice, se corre el riesgo de volverse más ignorantes. Rechaza la idea de que el bienestar pueda definir el sentido de la vida. Trata de encontrar el punto de equilibrio en el que las barreras contra la vulgaridad no perjudiquen la igualdad de posibilidades para todos, como debe ser en una democracia. Y se pregunta si será justo que el dinamismo -ese prodigioso dinamismo que caracteriza al pueblo yanqui- se pueda consumir en movimiento y fuerza exentos de una definición intelectual y moral.

Motivos para temer a los Estados Unidos los había, y se referían sobre todo a la política de expansión que esa nación venía llevando a cabo. En 1847 le había quitado a México enormes territorios que comprendían Texas, Nuevo México, Arizona, Colorado, Nevada y California. En 1898 Cuba había obtenido finalmente la independencia de España, pero lo que hubiera debido desarrollarse como «un litigio en familia», según los deseos de Martí, se transformó en una guerra en la que intervinieron los Estados Unidos para su propio provecho: Cuba fue declarada protectorado, Puerto Rico y las Filipinas colonias norteamericanas. Y ya se podía prever lo que iba a suceder poco después: la mutilación de Colombia, que iba a perder Panamá y la gestión del Canal, las intervenciones en México durante la Revolución en los años 1914 y 1917, las invasiones de marines en Haití, Honduras, Nicaragua, Santo Domingo. Los Estados Unidos se estaban volviendo -y Rodó se daba cuenta perfectamente- un monstruo de dos caras: una interna, que propiciaba la democracia, la riqueza y el bienestar de sus ciudadanos; y otra externa, con la que miraba al mundo con las ínfulas de un prepotente imperio. La tentación de emular a los norteamericanos por parte de los latinoamericanos parecía nacer de una ingenua omisión: que la conexión entre esas dos realidades era directa, pues la riqueza de los Estados Unidos provenía en gran parte de la depredación de los territorios hispanoamericanos. La prédica de Ariel se presentaba como firme respuesta emocional y espiritual ante la creciente petulancia de la América del Norte, y es importante recordar que efectivamente logró cambiar aquel estado admirativo en uno de preocupación y alerta35. Rodó afirma que él admira los Estados Unidos pero que no los ama. Y esta admiración suya vuelve aún más eficaz su rechazo y su admonición.

El capítulo dedicado a los Estados Unidos es sin duda el más largo, pero es solamente uno de los seis en que está dividido el discurso de Próspero. Sin embargo, desde un principio, ha sido considerado central por la crítica, empezando por su primer comentador, Leopoldo Alas. El hecho de que Rodó haya querido introducir el texto de «Clarín» como prólogo a la segunda edición de Ariel, demuestra que, si bien consideraba el problema de los Estados Unidos muy importante pero no central, no dejó de aprobar el realce que adquiría en el comentario de su prologuista.

A un siglo de distancia muchas cosas han cambiado; otras siguen siendo como las había visto Rodó y hasta han sobrepasado sus previsiones. En los años de mayor fortuna del materialismo dialéctico, el neo-idealismo rodoniano parecía casi ofensivo. Hoy existe una gran nostalgia de los valores espirituales y una gran necesidad de defender la intimidad y la esfera de lo privado, visto que vivimos literalmente asediados por las nuevas tecnologías. Actualmente la democracia se presenta como el único sistema posible; pero mediante la difusión mundial de los medios de información y el desarrollo del derecho internacional se ha conseguido controlar mayormente la prepotencia de los más fuertes, así como la tentación de subyugar naciones más débiles. Hoy puede suceder que un juez español logre llevar ante un jurado internacional al dictador chileno Pinochet, y que el gobierno de los Estados Unidos autorice la publicación de documentos de archivo de la CIA, hasta ahora secretos, con los cuales se prueba la grave responsabilidad que tuvieron en el golpe militar que abatió el gobierno socialista de Allende. La política de los Estados Unidos con respecto a la América Latina ha cambiado en parte, así como ha cambiado el estatuto social de las minorías hispánicas en los Estados Unidos. Sin embargo, en líneas generales, la posición de Rodó puede ser hoy día compartida, no sólo por los latinoamericanos, sino también, como piensa Carlos Fuentes, por los mismos norteamericanos36, o por lo menos por todos aquellos que, al norte o al sur del Río Bravo, estén seriamente preocupados por la extraordinaria difusión de un poder carente de adecuadas formulaciones culturales o políticas. Una superpotencia que ejerce su poder solamente mediante la posesión de las armas más letales es un peligro para todos, incluso para la misma nación que detenta ese poder.

Rodó creía en la necesidad y la urgencia de definir una identidad hispanoamericana y su proposición de la raza iberoamericana iba en esa dirección. Hoy las naciones hispanoamericanas no están tan aisladas una de otra como en el siglo XIX y en cada una de ellas se siente crecer la vocación de continentalidad. Y no son pocos los que piensan que América Latina ya encontró la definición de su propia identidad. Pero tal vez por ello mismo el ideal americanista de Rodó es más válido que nunca y junto con el pensamiento de Bolívar, de Bello, de Martí, viene a servir como cimiento de esa identidad.

Más allá de la retórica modernista que en parte se ha reprochado a Rodó37, perdura el placer que deriva de tantas de sus páginas, de sus parábolas -verdaderos milagros de síntesis poética y simbólica- y de sus tratados de crítica literaria, de historia, de especulación filosófica. Con la forma fragmentaria, con la cual, según Alfonso Reyes, había inaugurado un nuevo género, Rodó se nos acerca dulcemente en medio de la velocidad y la volubilidad características de nuestro tiempo; y no se puede menos que agradecerle estos breves e intensos oasis de reflexión proporcionados por su obra.

Visto en la totalidad de sus escritos y no sólo en Ariel -pero tal vez Ariel sería suficiente- el balance general sigue siendo favorable a Rodó. Con Rodríguez Monegal, con Real de Azúa, con Mario Benedetti, que han dedicado a su compatriota insignes estudios, en los cuales la precisión y la agudeza crítica son tal vez inseparables de la devoción que inevitablemente despierta el desventurado y magnífico idealista, creo que Ariel, Motivos de Proteo, El camino de Paros seguirán siendo siempre válidos exactamente por lo que son: libros clásicos. En ellos Rodó desarrolla una visión completa y madura, acaso única para su tiempo. El porqué de esta excepcionalidad y esta superioridad lo ha explicado Rodríguez Monegal. Permítaseme cerrar estas reflexiones con sus palabras, no por lúcidas menos emocionadas:

Porque lo que da estatura a Rodó y lo levanta sobre sus coetáneos de habla hispánica y confiere inigualada perdurabilidad a su obra es esa perspectiva que se alcanza desde su obra. Escribiendo en un reducido puerto del mundo occidental, en una ciudad que tenía poco más de un siglo, en la nación más pequeña de la América del Sur, ensangrentada aún por guerras civiles, Rodó alzó su vista por encima de los accidentes y proyectó su palabra sobre todo el mundo hispánico. Lo que pensó y dijo estaba pensado y dicho a esa escala. Ésa fue (es) su hazaña38.







 
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