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Introducción a «Espejo de Príncipes y Cavalleros [El Cavallero del Febo]» de Diego Ortúñez de Calahorra

Daniel Eisenberg






ArribaAbajo Autor y mecenas

Diego Ortúñez de Calahorra, autor de la primera parte del Espejo de príncipes y cavalleros1, es otra de las figuras literarias del Renacimiento que hasta el presente no son sino nombres. Sólo un dato se conoce con certeza: que era de Nájera (Logroño). Ortúñez incluyó su lugar natal, como se solía hacer, en la portada de su única obra conocida, y entró en la historia literaria por vía de Nicolás Antonio, que no sabía más de nuestro autor2

Está claro, de un pasaje de la obra, que Ortúñez no se consideró «anciano» en el momento de escribir el Espejo de príncipes (véanse V, pág. 76, l. 22 y pág. 79, l. 6). Pero el tono del prólogo sugiere que a lo menos era mayor que su mecenas, que tenía, como máximo, veintidós años (véase infra); su nota sobre los cambios literarios a mediados de siglo (véase pág. 14, ls. 6-15) implica cierta perspectiva. También se notan ciertas características arcaicas de su lenguaje, que nos hacen creer que Ortúñez era una persona madura cuando escribía el Espejo de príncipes (véase infra, pág. XXXV)3

Ortúñez dedicó el Espejo de Príncipes a Martín Cortés, segundo marqués del Valle (de Oaxaca) e hijo del conquistador de Méjico. La vida de Martín Cortés, sobre todo en comparación con lo poco que sabemos de Ortúñez, se conoce bien. Nació en Méjico en 1532 y, después de su llegada a España en 1540, se crió en la corte de Carlos V, muy dada a libros y prácticas caballerescas4 Como Cortés salió de España en julio de 1554 (para acompañar al príncipe Felipe a Inglaterra; hay recuerdos de Cortés en la obra citada infra, pág. LXV, n. 76), y no volvió por varios años, se puede suponer que el Espejo de príncipes estaba acabado antes de aquella fecha. Por entonces Cortés vivía en Valladolid.

No sabemos cuál era la relación entre Ortúñez y Cortés. Es posible, visto el prólogo, que Ortúñez fuera su ayo. De todos modos, no parece coincidencia que la madre y, después, la esposa de Cortés fueran también de la provincia de Logroño, del pueblo de Nalda, no muy lejos de Nájera5.




ArribaAbajo Sumario6

Trebacio es elegido emperador de los griegos (I, 1). Su elección provoca la invasión de Tiberio, rey de Hungría, que pretendía por herencia la corona griega. Tiberio ofrece la mano de su hija Briana al príncipe inglés Teoduardo, a cambio de auxilio militar (I, 2). Al rechazar Trebacio el ataque de Tiberio, oye hablar de Briana, y se enamora de ella aunque no la ha visto (I, 3). Para evitar que Teoduardo se case con ella, le mata cuando viaja por un camino poco poblado (I, 4-5). Fingiendo ser Teoduardo, Trebacio se casa con Briana, y engendran a sus dos hijos mayores, el Caballero del Febo y Rosicler (I, 6-7). Cuando se separa de Briana, un barco encantado le lleva a la ínsula de Lindaraja, donde la magia le obliga a enamorarse de ella, y de su amor nace una hija, también llamada Lindaraja (I, 8-9).

Mientras tanto, nacen de Briana dos hijos gemelos, el Donzel del Febo y Rosicler (I, 11-12). Según sugerencia de Clandestria, doncella de Briana, fingen que son hijos de una mujer del pueblo, a quienes Briana lleva a criar al monasterio donde vive (I, 14).

Briana pierde el Donzel del Febo, llevado por un barco pequeño de la misma manera que su padre (I, 15), pero le halla Florión, rey de Persia, quien había perdido recientemente su reino ante el invasor Africano (I, 16). Florión también recoge del pirata Mambriniano al príncipe Claberindo de Francia (I, 17). Estos dos, juntos con Brandizel, hijo de Florión, se crían en la corte del tío de Florión, el sultán de Babilonia (I, 18). A la edad de doce años, el Donzel del Febo mata al jayán Brandafilio, quien, por una enemistad heredada, estaba a punto de raptar al sultán y a su hija (I, 19). A la edad de dieciséis años, pide ser armado caballero para poder salvar a cierta Radamira del malvado Rajartes (I, 20), a quien mata (I, 21). Cuando Africano, no satisfecho con haber usurpado los reinos de Media y Persia, marcha confiadamente a Babilonia y pide su entrega, es el Caballero del Febo quien le mata en duelo y así devuelve Persia a Florión (I, 22-25). Poco después, un barco encantado lleva al Caballero del Febo a partes desconocidas (I, 26).

Mientras tanto, Rosicler, que desea mucho verse armado caballero, sale de casa. Mata a un oso, salvando así a un niño (I, 27-28) y después mata al malvado Argión, que había aterrorizado el Valle de las Montañas pidiendo un tributo de vírgenes (I, 29). Camino de Inglaterra, otro barco encantado le lleva a Artemidoro, «autor», o mejor dicho, historiador (con Lirgandeo) de esta «historia» (I, 30-31). Artemidoro da un caballo a Rosicler, y le lleva a Inglaterra, donde, en un torneo, vence a los gigantes Brandagedeón (I, 32) y Candramarte, cortando a éste las manos, manifestando así que será él quien en el futuro librará a la reina Julia de Cataya de dos gigantes (I, 33-34). Cuando Brandagedeón sigue molestando al reino inglés, Rosicler no tiene más remedio que matarle (I, 35-36). Éste sale con sus amigos Bariandel y Liriamandro en busca de aventuras, y pronto se une a ellos Zoílo, que acaba de llegar para participar en el torneo ya concluido (I, 37).

Rosicler, durante su estancia en Inglaterra, se ha enamorado de Olivia, hija del rey Oliverio de Inglaterra, y ella de él, aunque no se lo han confesado mutuamente. Ella recibe una carta amatoria de Rosicler, pero sólo puede descubrir, en cuanto a su abolengo, la falsedad de que era hijo de una mujer humilde, y por tanto se cree obligada a rechazarle (I, 38-40). Después de que Rosicler ha recibido su carta, y está a punto de cumplir su mandamiento de salir del reino, Olivia descubre que, en realidad, Rosicler es de sangre real, y le escribe una segunda carta, disculpándose por la anterior y pidiéndole que vuelva. Manda a su doncella Fidelia en búsqueda de Rosicler para entregarle la carta (I, 41-42).

Sin alcanzarle ésta, Rosicler va a la ínsula de Candramarte, donde, con la ayuda del Caballero del Febo, que llega oportunamente, mata a los dos hijos de Candramarte, y a sus súbditos, cuando tratan de vengar a Candramarte la pérdida de sus manos (I, 43). El hermano de Rosicler es llevado por un barco antes de que éste pueda descubrir su identidad. Rosicler entonces conoce a Arquirosa, y le restituye su reino de Tesalia al matar al usurpador Rolando (I, 47-48).

Bariandel, Liriamandro y Zoílo, que salían de Inglaterra en busca de Rosicler, visitan a Claridiana, princesa de Trapisonda (I, 45). Brandizel y Claberindo, que buscan al Caballero del Febo, llegan a Polonia, donde salvan a la hija del rey de un gigante (I, 46).

El Caballero del Febo, que salió tan rápidamente de la isla de Candramarte, llega a la de Lindaraja, donde libra a Trebacio de su encantamiento (I, 44). Trebacio y el Caballero del Febo salen de la isla y vuelven en barco a Hungría, llegando a tiempo de librar a Clandestria de unos caballeros malos (I, 49). Pensando que Tiberio, aunque quisiera, no podría consentir en las bodas de su hija con el asesino de Teoduardo, Trebacio y el Caballero del Febo concluyen que seria más fácil, por el momento, simplemente robar a Briana y llevarla a Grecia. Mientras tanto, el Caballero del Febo, a petición de unas mujeres que encuentra, va a la corte de Tiberio para defender la honra de Elisandra, duquesa de Panonia, prometiendo ir después a Grecia (I, 50). En el camino de Ratisbona, donde en este momento está ubicada la corte de Tiberio, conoce a una tonta que le obliga a defender su hermosura contra Florinaldos, que mantenía la de su señora Albamira, en un puente cerca de Ratisbona. Al vencer a Florinaldos, incurriendo así en su enemistad (I, 52), el Caballero del Febo sigue su camino hasta llegar a Ratisbona, donde lucha con Aridón de la Selva Negra, el cual había acusado a Elisandra de adulterio, a petición de su marido, que quería su ducado para sí. El Caballero del Febo vence a Aridón, y, confesado lo tramado, Tiberio hace matar a Aridón y al marido de Elisandra (I, 53-54).

Trebacio y Briana, después de una reunión feliz, salen en secreto del monasterio donde ésta vivía, y llegan a Constantinopla, donde son bien recibidos (I, 55-II, 2). Florinaldos busca ocasión de luchar con el Caballero del Febo, que había quedado en la corte de Tiberio para saber cómo iba a recibirse el rapto de Briana. Los dos son encarcelados (II, 3). Florinaldos desafía al Caballero del Febo a resolver sus diferencias por la espada, pero éste le vence. El Caballero del Febo tiene entonces que huir, y se pone camino de Constantinopla para ver a Trebacio, como había prometido. En cierto lugar libra a Augusta, esposa de Tiberio, a quien habían robado, como venganza, unos parientes de Aridón y del marido de Elisandra (II, 8-9). Por haber salvado a cierta muchacha, recibe dos escuderos (II, 10). Florinaldos trata de cogerle en una trampa, pero el Caballero del Febo le vence por tercera vez y le recibe en su servicio, mandándole a buscar a Claberindo (II, 15-16 ).

Rosicler, en Rusia en busca de aventuras, entra en la cueva de Artidón, librando a la reina Artidea (II, 4-5). Claberindo vuelve a Francia y se reúne con sus padres, después de matar al gigante Brandafuriel (II, 6-7). Bariandel, Liriamandro y Zoílo salen de Trapisonda para continuar la búsqueda de Rosicler. Entran en el reino de Lucicania y ayudan a la reina Lavinia a rechazar una invasión del rey de Balachia. Aunque son hechos prisioneros (II, 12-14), antes de que puedan ser muertos, llega por casualidad Rosicler, que ha salido de Rusia, y les libra. Los cuatro vencen al rey de Balachia (II, 17).

Rosicler, que no se ha dado a conocer, sale en barco hacia Alejandría, pero, desviado por el mal tiempo, llega a Fenicia, donde salva a Sacridoro, rey de Antioquía, y le ofrece su ayuda para recobrar su reino. Antes de llegar a Antioquía, son atacados por salvajes, y un monstruo lleva a Rosicler al fondo de una fuente o estanque (II, 18-19). Bariandel, Liriamandro y Zoílo llegan y saben por Sacridoro que Rosicler había -aparentemente- muerto, y deciden volver a casa. Sacridoro, manifestando su gran amistad por Rosicler, se tira en la fuente tras él (II, 20).

El Caballero del Febo, camino de Grecia, conoce a los gemelos Lindabrides y Meridián, que van en un vehículo insólito (II, 21). Se enamora de aquélla y vence a éste, ganando así derecho a la mano de Lindabrides y al imperio de Tartaria (II, 22), cuando haya ido a Constantinopla y haya defendido su hermosura contra todo aquel que la niegue, por espacio de dos meses, lo cual hace (II, 23-25). Pero cuando Bariandel, Liriamandro y Zoílo llegan para contar la supuesta muerte de Rosicler, los torneos tienen que suspenderse (II, 28).

Mientras tanto, Claridiana, viendo un cuadro del Caballero del Febo, se enamora de él, y sale para Constantinopla para verle (II, 26). Florinaldos halla a Claberindo, y sale con él (y Brandizel) para Constantinopla (II, 29). Rosicler y Sacridoro, al fondo de la fuente, se hallan en un gran valle, donde aquél libra a Luzindo, hijo del rey que había robado a Sacridoro su reino. Luzindo y su padre, en gratitud, devuelven su reino a Sacridoro (II, 27). Sacridoro y Rosicler salen para Grecia , donde éste mata al gigante Mandraco (II, 30-31).

Como los torneos se reanudan, llega Claridiana para justar con el Caballero del Febo, que se enamora sin remedio de ella (II, 32-33). Sigue una lucha extraordinaria entre Rosicler y el Caballero del Febo, sin que gane ninguno (II, 34-35), pero después los dos se reconocen como hermanos, y Trebacio y Briana se reúnen con sus hijos perdidos, con gran alegría (II, 36).

Rodarán, rey de la Arabia Feliz, se jacta ante Alicandro, emperador de Tartaria, diciendo que él solo vencerá a todos los caballeros de Grecia, reino que, según los pronósticos, será problema para Tartaria. Cuando llega a Grecia, aparece en la corte de Trebacio para desafiar a sus caballeros (II, 37-38). Vence honradamente a dos de ellos (II, 39), pero entonces, valiéndose de engaño, vence y toma preso a Brandizel (II, 40), Sacridoro (II, 41) y Rosicler (II, 42). Sale para luchar con él el Caballero del Febo, pero en el camino conoce a Liseo, rey de Lidia, que busca ayuda para expulsar de su reino al rey de Arcadia. Creyendo más urgente el problema de Liseo, el Caballero del Febo va a Lidia para ayudarle (II, 44-45, 48). Cuando Trebacio mismo va para justar con Rodarán, él también es hecho preso. Rodarán sale por mar para Tartaria con los presos (II, 46), pero por azar llega a Lidia, donde el Caballero del Febo le vence, y los griegos capturados son librados (II, 49-50).

Vueltos todos a Constantinopla, de Trebacio y Briana nace otro hijo (II, 52). Lindabrides obliga al Caballero del Febo a volver con ella a Tartaria, pero Claridiana manda a su doncella Arcania que les acompañe, con propósito de averiguar si entre ellos nace el amor (II, 53). Por el camino, pasan por las ruinas de Troya, donde el Caballero del Febo vence a Oristedes, descendiente de los troyanos, quien se hace su amigo y les acompaña (II, 55, 61).

Rosicler y Sacridoro salen de Constantinopla y encuentran a Fidelia, doncella de Olivia, que da a Rosicler la carta en que Olivia se disculpa, y por consiguiente van de prisa a Inglaterra (II, 54). Al descubrir que Oliverio está a punto de obligar a su hija a casarse con Sacridoro, para obtener la ayuda de éste en su proyectada campaña contra los griegos (para vengar la muerte de Teoduardo), Rosicler y Sacridoro, en atrevida maniobra, roban a Olivia de la ceremonia nupcial y alzan velas para Grecia con ella (II, 56-60).

Claberindo y Brandizel, que se aburren en Constantinopla, salen en busca de aventuras. El tiempo les complace con un naufragio. Aquél se encuentra en la costa de la ínsula de Lindaraja, donde se enamora de Lindaraja (hija de aquella que había enamorado a Trebacio) (II, 62), mientras éste llega a la costa de Polonia, donde se casa con su amada Clarinea (II, 63).

El Caballero del Febo llega a Neptaya, capital del imperio de Alicandro, y está a punto de casarse con Lindabrides, cuando Arcania le recuerda que está traicionando a Claridiana. Sale en el acto para Trapisonda, muy avergonzado (II, 64-III, 1). Mientras Oristedes le defiende y le acompaña en su viaje, muchos de la corte de Alicandro piensan en la venganza (III, 2). Claridiana, mientras tanto, sabiendo que sus padres habían muerto, vuelve a Trapisonda para ser coronada emperatriz (III, 3), y cuando Arcania llega para decirle que el Caballero del Febo va a casarse con Lindabrides, experimenta un gran dolor (III, 5).

Mientras Rosicler navega para Grecia con Olivia, una tempestad permite a Silverio alcanzarles, pero Rosicler se libra, gracias a la ayuda de su hermano, quien, después de muchas aventuras (III, 4), había sido desviado de su camino por la misma tempestad (III, 6). Silverio vuelve, vencido, a Inglaterra, mientras Rosicler, el Caballero del Febo y muchos de sus amigos, que les habían acompañado, llegan a Constantinopla, donde son recibidos con mucha alegría (III, 7). Silverio y los ingleses traman venganza por el robo de Olivia (III, 8), y Lindabrides también pide venganza a su padre; su corte está de acuerdo (III, 9-10).

Claridiana aparece de incógnita en Constantinopla, y lucha infructuosamente con el Caballero del Febo (III, 11). Cuando él se da cuenta de quién es su adversario, de vergüenza sale de la corte. Mientras vaga por las selvas de Grecia encuentra a Brandimardo, hijo de Africano, que busca venganza. El Caballero del Febo le vence (III, 12). Poco después, se embarca para salir de Grecia, y una tempestad dirige su barco a la ínsula Solitaria, donde vive el monstruoso fauno. Abandona a sus escuderos, desembarca allí y mata al fauno, pensando acabar su vida en aquella isla deshabitada (III, 14-15). Claridiana, cuando descubre que el Caballero del Febo no se había casado con Lindabrides, no sabe qué creer y sale para la cueva oracular de Artidón, donde espera saber la verdad (III, 16).

Lirgandeo, que puede, hasta cierto punto, pronosticar el futuro, aconseja a Trebacio que se prepare para una invasión (III, 13), la cual no tarda en llegar. Alicandro y su ejército se dirigen a Grecia (III, 17), y Trebacio, habiéndose preparado lo mejor que puede (III, 18), resiste a las fuerzas de Alicandro en una batalla indecisa, cuando éstas llegan (III, 20). Todos los aliados de Trebacio llegan para ayudarle (III, 21), y tiene lugar una segunda batalla (III, 22). Llega Meridián, además de Brandimardo, para ayudar a su padre Alicandro (III, 23). Cuando las tropas de Oliverio y Silverio llegan de Inglaterra. Rosicler, hábilmente, les engaña para que luchen con las fuerzas de Alicandro, pero en determinado momento salva la vida a Oliverio y a Silverio. Como resultado, Inglaterra y Grecia se reconcilian, y las fuerzas inglesas vienen a ayudar a Trebacio contra las de Alicandro. Silverio recibe la mano de Arquirosa, reina de Tesalia, en lugar de la de Olivia (III, 24-25).

Bramarante, caballero salvaje de la corte de Alicandro, decide desafiar a algunos de los griegos a batalla personal para demostrar su fuerza corporal. Otros de la corte no piensan que puedan hacer menos, y el número de los partidarios de Alicandro llega a quince, frente a quince de los de Trebacio (III, 26). Durante el combate, doce de los de Trebacio vencen o matan a sus opuestos, y sólo tres batallas tienen que dejarse para concluirse después: la de Rosicler con Bradamán, padre de Bramarante (que no participó, ofendido porque no saldría contra él más de un griego a la vez), Claberindo con Meridián y Oristedes con Brandimardo (III, 30). Pero antes de concluir las batallas, Bramarante, enojado con Meridián y Brandimardo porque no le apoyaron cuando exigió luchar con varios a la vez, los llama una mañana fuera del real para luchar con ellos. Su padre Bradamán está a punto de ayudarle cuando llega Rosicler para llevar a término su batalla (III, 31).

Mientras tanto, Claridiana ha llegado a la cueva de Artidón y ha quedado satisfecha respecto a la fidelidad del Caballero del Febo (III, 27). Así, pues, sale para la ínsula Solitaria. Pronto la halla, y los dos amantes se reúnen felizmente (III, 28-29).

Como Claridiana sabe cuánta falta le hacen a Grecia sus caballeros, salen inmediatamente para Constantinopla, librando por el camino a los dos escuderos del Caballero del Febo de manos de piratas (III, 32). Llegan a Grecia en el momento en que Bramarante lucha con Meridián y Brandimardo, y el Caballero del Febo, enojado por la soberbia de Bramarante, combate con él y le hace perder el sentido. Rosicler entre tanto mata a Bradamán (III, 33). Cuando Bramarante descubre la muerte de su padre, blasfema contra sus dioses paganos, y va por el real tártaro destruyendo ídolos, hasta que Alicandro le aplaca (III, 36).

El Caballero del Febo se reúne con los griegos (III, 34), y Lindabrides y él se escriben (III, 35). Cuando llega más ayuda para los griegos (III, 37), ellos y las fuerzas de Alicandro se juntan para la batalla decisiva, que termina en victoria definitiva para los griegos (III, 38). Cuando huyen Alicandro y Lindabrides, una tempestad les echa a la ínsula de Roboán, donde éste les hace presos (III, 39). El Caballero del Febo les sigue, y vence a Roboán y sus hijos (III, 40). Rosicler llega poco después y libra a la reina Julia, que, algo inesperadamente, revela ser una de las doncellas de Lindabrides. Rosicler, el Caballero del Febo, Alicandro y Lindabrides tienen una feliz reunión, Roboán y sus hijos se hacen cristianos (III, 41), y todos vuelven a Grecia (III, 42).

Trebacio envía a Rosicler y Liriamandro para pedir a Tiberio, rey de Hungría, que venga para participar en las festividades (III, 43), pero cuando llegan allá, tienen primero que mantener en batalla la honra de Policena contra Roberto (III , 44-45). Entonces Tiberio se reúne con su hijo Liriamandro y todos van a Constantinopla (III, 46).

Artemidoro y Lirgandeo tienen lástima de Lindabrides, que todavía no sabe si el Caballero del Febo la quiere, y la encierran en una torre encantada, donde vivirá en olvido feliz hasta que un caballero tenga valentía suficiente para librarla. Ninguno de los de la corte puede hacerlo (III, 48-49). Claramante, tercer hijo de Trebacio y Briana, se ha criado en la corte durante todo este tiempo, y parece que va a salir tan magnífico como sus hermanos (III, 47). Pero un día, cuando sale la corte a cazar, unos rezagados del ejército vencido de Alicandro le hacen preso y le llevan hacia Tartaria (III, 51).

El Caballero del Febo y Claridiana prometen casarse, y llega su amor a su consumación, engendrando un hijo (III, 50).




ArribaAbajo Título

Como los otros libros de caballerías españoles llevan títulos basados en los nombres de sus protagonistas, algunos bibliógrafos inventaron para el Espejo de príncipes y caballeros el título de El Caballero del Febo, nombre que encontró difusión. Las únicas justificaciones que puede tener este nombre son que la licencia para la segunda parte cita el libro por este título7, y que la traducción francesa (pero no la inglesa ni la italiana) lo emplea (Le Chevalier du Soleil).

El título que da un autor a su creación literaria es de alguna importancia y debe ser respetado, sobre todo cuando es insólito. El espejo es una imagen medieval muy conocida, y se empleó entonces y en el Renacimiento en los títulos de varias obras doctrinales, algunas de ellas dedicadas a la formación del príncipe, tema importantísimo en una época de gobierno monárquico8. Ortúñez posiblemente pensaba en una obra anterior, el Espejo de caballerías, que se presentó como un «espejo» de hechos caballerescos9; a Trebacio y al Caballero del Febo les llama espejos (pág. 28, l. 17; VI, página 146, l. 4; y cfr. Amadís, ed. E. Place [Madrid, C.S.I.C., 1959-69], pág. 182, l. 111). Sin embargo, al dar este título a su novela, hizo destacar sus fines didácticos (véase infra, págs. LIII y siguientes), tanto como la seudohistoricidad de su libro de caballerías (véase infra, pág. XXXIX). «Príncipes y caballeros» es un término frecuente en las obras caballerescas, que incluye a todos los miembros de la corte real (los de sangre real y los de sangre meramente noble) y por consiguiente, a todos los que practican la caballería andante.

La portada de la primera edición del Espejo de príncipes (reproducida infra, pág. 1) es tan insólita como el título. Los otros libros de caballerías -no conocemos excepciones- tienen en sus portadas un grabado de su protagonista, generalmente a caballo, en escena caballeresca. No puede ser fortuito que el título del Espejo de príncipes se encuentre dentro de una orla complicada y clasicista; también hace destacar el propósito del autor de escribir un libro de caballerías diferente de los de sus predecesores.




ArribaAbajo Fuentes

Los libros de caballerías se presentan como obras sin otras fuentes que los acontecimientos reales, ya que fingen ser crónicas o historias (véase infra, pág. XXXIX). Sin embargo, constituyen un género, y se basan en grado notable los unos en los otros, aunque las fuentes para las obras tempranas necesiten más aclaración. Además, en Ortúñez se puede notar el influjo de algunos libros muy conocidos en su época, de los que sacó sus ejemplos de historia clásica y sus informaciones geográficas, nada profundas.

Un autor es nombrado en el Espejo de príncipes, y esto por dos veces. Este autor es Homero10. Una vez se cita la Odisea, y Ortúñez muestra familiaridad con la leyenda troyana y las andanzas de Ulises11Es probable que también conociera aquellos dos repertorios latinos de curiosidades, la Historia natural de Plinio y Las metamorfosis de Ovidio, así como su paralelo en el Siglo de Oro, la Silva de varia lección de Pedro Mejía. También conoció, directa o indirectamente, Las heroidas ovidianas (véase V, págs. 44-45 y notas).

Para su concepción de la fortuna, ejemplos clásicos y moralidades de varios tipos, se basaba en Petrarca, según anotamos más abajo (pág. LIV) con respecto a la fortuna. No está claro hasta qué punto conocía independientemente los historiadores clásicos, como Justino, publicado en 1540 según la traducción de Jorge de Bustamante. En cambio, es casi indudable que conocía la Suma de geografía de Fernández de Enciso, y las obras de Guevara. Por último, Chevalier ha sugerido que Ortúñez conocía el Orlando furioso, que, como la Odisea, había aparecido recientemente en traducción castellana; parece fundada esta aserción, aunque algunos de los paralelos de Chevalier no convencen12.

El problema de las fuentes caballerescas, que son, como se puede imaginar, las más importantes, es a la vez más fácil y más complejo. El Espejo de príncipes no tiene una fuente en el mismo sentido en que la tiene, por ejemplo, Fuenteovejuna; en sus líneas generales, la obra es creación original de su autor. Sin embargo, apenas hay incidente, tema o motivo que no esté ampliamente representado en los muchos libros de caballerías anteriores, hecho tan patente a quien tenga el menor conocimiento de estos libros, y hasta cierto punto demostrado en nuestras notas, que no hay para qué elaborarlo aquí.

Si esto es así, ¿qué podemos hacer para precisar más estas fuentes? Muy poco; no disponiendo de un índice temático de los libros de caballerías, obra gigantesca aún prematura, ni podemos saber a ciencia cierta cuáles fueron los libros de caballerías que había leído Ortúñez. Paralelos aquí y allá, eso sí; semejanzas de espíritu, también, pero no son de ninguna manera concluyentes13. El problema, con su grande o pequeña importancia, queda en pie.




ArribaAbajo Lenguaje y estilo

El lenguaje de Ortúñez es el castellano escrito de Castilla la Vieja a mediados del siglo XVI, con h muda y s y z sordas. Se hallan a la vez grafías cultas y populares. Como era de la Rioja, zona lingüística fronteriza, no sorprendería hallar formas dialectales, pero las únicas desviaciones del castellano normal -principalmente falta de diptongación- pueden ser obra del impresor zaragozano. Hay algunos vocablos y giros antiguos, aparte de los de uso restringido al mundo caballeresco14, que sugieren que Ortúñez no era joven cuando escribió el Espejo de príncipes15. Está claro, sin embargo, que no hubo imitación consciente del lenguaje de siglos anteriores16; no hay, por ejemplo, una tendencia a reemplazar la h inicial por la f, acertadamente seleccionada por Don Quijote como modo fácil de producir un habla arcaizante. Keniston no debió eliminar tan rápidamente de su estudio de la sintaxis de este siglo todos los libros de caballerías, como «belonging to another age or as consciously imitating the language of another age»17. En efecto, hay algunas palabras que reciben su primera documentación conocida en el Espejo de príncipes, como era de esperar de cualquier autor que empleara el lenguaje de su época18.

En cuanto a su estilo, no está tan lejos del estilo elevado de su siglo como se suele pensar que son los libros de caballerías19. No es un escritor tosco, que sólo puede escribir como habla, sin pensar en períodos largos o adornos de estilo; por otra parte, no deja que su ornamentación lingüística se eleve a niveles inadmisibles, como se suelen asociar con Feliciane de Silva. Su recurso más corriente es la adjetivación, sobre todo en pares de sentido casi idéntico:

«Y como estavan por una parte el emperador y los príncipes y cavalleros tan guarnidos y adereçados de paños de oro y seda, sembradas de rica pedrería, y los rostros y dispusiciones dellos tan estremados, y la emperatriz con la infanta Lindabrides y la princessa Claridiana con todas sus donzellas de la otra, sirviendo a los cavalleros muchos y muy galanes pajes, y a la mesa de la emperatriz muy hermosas y ataviadas donzellas, cierto parescía ser allí encerrada toda la grandeza y hermosura del mundo»


(IV, página 12, ls. 10-20).                


Ello era muy típico del lenguaje de la época20. Hallamos algunos ejemplos de frases complicadas, a veces con verbo al final (I, pág. 107, ls. 5, 7, 14 y 23), y de elipsis, pero casi ninguno de repetición forzosa de un vocablo varias veces en una misma frase. Evita la monotonía variando frecuentemente el orden de las frases; son frecuentes también las cláusulas subordinadas y el empleo del subjuntivo, características las dos del estilo elevado.

Si no es siempre igual el estilo, ello se debe a dos motivos: el primero, el adaptarlo a la ocasión. El estilo elevado se reserva para la reproducción del lenguaje hablado y para las cartas; la narración es mucho más llana, menos en la descripción de los combates. El segundo es la extensión de la obra; a Ortúñez le preocupaba mucho el tamaño de su «grande historia». Cuanto más avanzaba en su libro, se mostraba tanto más impaciente y más dispuesto a abreviar para poder acabar. Por consiguiente, no podía dedicarse tanto a la elaboración del estilo.

Aunque nos falta todavía un estudio profundo dedicado al lenguaje cortesano del Siglo de Oro, es evidente que se hallan reflejos de él en la obra21. Desde nuestro punto de vista, necesariamente más literario, nos sugiere la novela pastoril, o -sin reclamar para Ortúñez la gloria estilística que es de Cervantes- el Quijote, sugerencia anacrónica, ya que para los lectores contemporáneos en el Quijote se encontraban constantes recuerdos del estilo caballeresco22. Henos aquí ante otro aspecto de los libros de caballerías que está por investigar.




ArribaAbajo Continuaciones

Una de las características más típica del libro de caballerías español es que jamás se acaba. Aunque el libro, el objeto palpable, no puede ampliarse indefinidamente, el caso no es el mismo con el cuento o la materia del libro. Esto se entiende en vista del pretexto de los libros de caballerías de ser crónicas o historias, ya que una crónica sólo puede acabarse arbitrariamente, porque los acontecimientos de la historia no acaban23.

Pero no es sólo que el libro de caballerías concluya en un punto arbitrario. Mientras en la mayoría de las obras de ficción el fin del libro trae un desenlace de los problemas del principio, creando así la ilusión de entereza, el libro de caballerías suele acabar con la introducción de un nuevo elemento, problema o personaje, cuando todo señalaba la resolución de los problemas y una conclusión feliz. En ciertos casos este convenio tenía como fin permitir al autor que siguiera escribiendo, pero se consideró como indispensable a la novela caballeresca aun si el autor tenía propósito de dejar el libro para que otro lo continuase24. Cada continuación hacía necesaria otra, hasta que en el caso del ciclo de los Amadises, único ciclo que merece el nombre25, el Amadís de Gaula original gozaba de ocho continuaciones en español, y habría sido continuado aún más veces (como era en otras lenguas), si no hubiera sido por la muerte de Feliciano de Silva y la pérdida de popularidad del género en España.

Ortúñez cumple con este requisito del género. Aunque con la conclusión de las hostilidades entre griegos y tártaros la acción principal del libro se acaba, dos acontecimientos al fin del libro introducen elementos nuevos. Lindabrides, princesa de Tartaria, es encerrada, encantada, en una torre hasta el día en que un caballero excepcional pueda quebrar el encantamiento (III, 48-49), y el niño Claramante, hijo menor del emperador Trebacio, es robado de la corte (III, 51).

Hasta el fin, como era costumbre, todo sugería un desenlace definitivo. En cuanto a los amores del Caballero del Febo, parecía claro que iba a casarse con Lindabrides. Ella era su primer amor, y al vencer a su hermano Meridián (II, 22), el Caballero del Febo parecía ser aquel para quien Lindabrides estaba destinada (véanse III, págs. 182-86). Claridiana sólo era heredera del imperio mucho menor de Trapisonda, y así menos apta para tan gran príncipe. Cuando aparece por primera vez en escena, se nota claramente que sufre de los pecados de soberbia26 y celos27, tacha aquélla notable en un personaje noble28. Se había presentado un marido sustituto para Claridiana, Rodarán, príncipe de la Arabia Feliz; una profecía había revelado que iba a encontrar en Constantinopla a alguien que le iba a hacer olvidar el amor que tenía29.

Ortúñez mantiene dudoso en cuanto puede el desenlace de los amores del Caballero del Febo30. Éste escribe una carta de tinte amoroso a Lindabrides, aun después de reunirse con Claridiana (VI, pág. 74, l. 8-pág. 76, l. 13). Al fin del libro, sin embargo, se nota que Lindabrides está destinada a otro, ya que el Caballero del Febo no puede intentar desencantarla (VI, pág. 238, ls. 24-28). El Caballero del Febo y Claridiana engendran un hijo, después de prometer casarse (III, 50). Así, vemos cumplida la profecía oscura que se halla en V, página 83, ls. 21-23, y la unión implícita en sus nombres (Diana-Febo). Rodarán muere en batalla, y la profecía que trataba de él no se cumple.

Si Ortúñez escribió una continuación del Espejo de príncipes, se ha perdido todo rastro de ella31. Está claro, sin embargo, que tenía a lo menos una idea general de la forma que tomaría. Como utilizaba profecías, predicciones y observaciones pasajeras sobre los acontecimientos futuros para aumentar la tensión, podemos especificar hasta cierto punto su probable contenido. Como era muchas veces el caso con las continuaciones, los protagonistas originales se retraerían al fondo, y otros caballeros más jóvenes ocuparían el primer plano. Habría dos protagonistas en la continuación, como había dos en la obra original: Claramante, hermano menor del Caballero del Febo y de Rosicler (VI, págs. 219-24), y el hijo del Caballero del Febo y Claridiana, cuyo nombre llevaría la segunda parte (VI, pág. 245, ls. 17 y sigs.). Uno de estos dos sería el que desencantara a Lindabrides y se casara con ella, muy probablemente aquél32, porque «por su causa, la mayor parte de las orientales regiones [Tartaria] fueron bueltas a la verdadera ley de Jesu Christo» (IV, pág. 164, ls. 17-19).

El Caballero del Febo, que, a pesar de su unión con Claridiana, retenía su amor para Lindabrides, lo perdería cuando bebiera de la Fuente del Olvido, de Merlín (VI, pág. 228, ls. 9-10), que se hallaba en un lugar curioso: el monte Olimpo (VI, pág. 232, líneas 18-21). Visitaría España (II, pág. 173, ls. 11-20). Rosicler en alguna ocasión libraría a Artemidoro de la muerte (I, pág. 270, ls. 12-14; pero tal vez Ortúñez había olvidado esta profecía). Roboán, gigante reformado, y sus hijos iban a figurar en la segunda parte, porque se hallarían amenazados por un joven pagano, y tendrían que pedir ayuda del Caballero del Febo (VI, pág. 171, ls. 26-34). También pensaba Ortúñez escribir un pequeño suplemento a la primera parte, para recoger acontecimientos que se veía obligado a omitir33.

Otros dos escritores, por lo menos, continuaron el Espejo de príncipes. El primero de éstos fue Pedro de la Sierra Infanzón, cuya Segunda parte del Espejo de príncipes y cavalleros salió a luz en Alcalá de Henares en 158034. No tiene más preliminares que una licencia (véase infra, pág. LXXII). La continuación de Sierra tiene cierto mérito, pero es obra muy distinta a la primera parte, y elaborada con menos cuidado. Sierra escribía para una España diferente, e incluye en su obra un sentimentalismo de que carecía por completo la primera parte. Hay una multitud de amantes infelices, que lloran sus desdichas en verso. Vemos aquí al pastor cortesano gozar de una posición que no tenía en la novela caballeresca desde Feliciano de Silva, muerto cuarenta años antes. No es imposible que este autor tan calumniado hubiera tenido influjo en Sierra, pero sin duda el influjo principal es el de la novela pastoril, que había entrado en la escena literaria de modo asombroso entre la publicación de la primera y segunda partes del Espejo de príncipes.

Los detalles del contenido de la segunda parte de Sierra no tienen por qué importarnos aquí. Claramante, que había sido llevado a Tartaria, se ve rescatado y encantado por Lirgandeo, después de lo cual Sierra le olvida. De Claridiana nacen hijos gemelos, que una serpiente lleva a Ceilán. El libro primero, en realidad, trata de nuevas aventuras de Rosicler, el Caballero del Febo y aun Trebacio, quien, ningún modelo de fidelidad, es seducido por la reina de Trinacria, engendrando todavía otro hijo. Este hijo, llamado Polifebo por lo mucho que se parece a su hermanastro, es el protagonista del libro segundo, con Claridiano, hijo de Claridiana, que vuelve de Ceilán.

Las virtudes de la primera parte de Ortúñez se ponen de relieve cuando tenemos al lado la continuación de Sierra. Echamos de menos la estructura de la primera parte, pues Sierra no logra organizar su libro con su conflicto entre Grecia y África, como los conflictos de Grecia con Inglaterra y Tartaria organizaron la primera parte. Echamos de menos las explicaciones cuidadosas que Ortúñez nos daba de situaciones complejas, y su deseo de incluir todo aquello que iba a gustar por su novedad. Pero sobre todo, echamos de menos el optimismo de la primera parte, la fe en la existencia de un poder rector de las acciones humanas, que hará que todo termine bien, y la noción de que la caballería andante, aunque difícil, es una vida alegre e interesante, en que abundan los amigos y la buena compañía35.

En 1587 vio la luz la Tercera parte del Espejo de príncipes y cavalleros, en cuatro libros, que se reimprimió en 1589 y 1623 como la tercera y cuarta partes, constando cada una de dos libros36. Su autor, Marcos Martínez, era de Alcalá de Henares, como se anota en la licencia37, y dedicó su libro a Lucas Rodríguez, conde de Melgar y «escriptor» de la Universidad38. Martínez era escritor de más dotes que Sierra, y su libro se lee con mucho más placer39, aunque todavía sufre de acumulación demasiado rápida de incidentes. Claramante, habiendo sido desencantado por su sobrino Claridiano, al final del libro logra librar a Lindabrides del encantamiento que le fue impuesto desde la primera parte. Acaso la más curiosa de las muchas aventuras del libro, que incorpora más de la geografía europea que las dos partes anteriores, es que Claridiano penetra el laberinto de Creta y mata al Minotauro. En una escala más amplia, África, Asia y Roma se alían contra Grecia, pero son vencidas, pues la justicia está con los griegos.

Acierto importante de Martínez es el frecuente empleo de la dama belicosa. Se vio anticipada esta figura en la primera parte en la persona de Claridiana, hija de la reina de las amazonas y ella misma caballero; aparece también la reina de las amazonas en el libro 4.º de Belianís de Grecia, que pudo haber conocido Martínez en la edición de 1579. Hallando apetecible esta figura, o pensando que sus lectores la hallarían así, Martínez incluye en su obra varios de estos caballeros andantes femeninos, que se presentan (en contraste con Claridiana) teniendo las mismas aventuras que un caballero masculino, y que hasta luchan las unas con las otras. Esta figura del Siglo de Oro choca en esta novela seudohistórica, y su empleo merece estudiarse con los otros ejemplos en la literatura de la época.

Después de 1589, fecha en que apareció la «quarta parte» del Espejo de príncipes, se escribió una quinta parte. No se conoce a su autor; Clemencín dijo, sin dar sus razones, que no era de los que escribieron las partes anteriores40. Consultó el manuscrito en la Biblioteca Real hacia 1800, pero ha desaparecido. No se halla en la Biblioteca del Palacio, ni en la Nacional, ni en la de la Universidad de Salamanca, donde descansan parte de los fondos de la antigua Biblioteca Real. Probablemente, todo lo que queda es la nota siguiente de Clemencín:

«En la Biblioteca Real, de Madrid, hay un manuscrito en folio con el título Libro primero de la quinta parte del Espejo de Principes y Caballeros, en que se cuentan los valerosos hechos de los hijos y nietos del emperador Trebacio, con el nacimiento de los Principes Arquesilao de Grecia y de la bella Diana, con las altas caballerías de las bizarras damas y de otros altos Principes y Caballeros. Dedicado a las damas que lo leyeren. Acaba ofreciendo segundo libro y dice: "Fin del primer libro de la quinta parte. Sub correctione ecclesiae." Tiene 88 capítulos»41.



En otro lugar copia la frase con que comienza:

«Dejó el gran sabio Lirgandeo en el último capítulo de su historia a los dos raros en valor y fortaleza, el gran siciliano Bravorante y el famoso africano Brufaldoro, dando en el aire la vuelta con sus furiosos caballos, las espadas en alto con tan fiero denuedo que exagera el sabio que al verlos se encogieron de temor los más animosos griegos»42.






ArribaAbajo Popularidad e influjo

Irving Leonard, que consultó registros conservados en el Archivo de Indias, dijo que por el número de ejemplares enviados a América, el Espejo de príncipes «was... an outstanding favorite»43. Esto se nota también en el número de ediciones (seis) de que gozaba. Para un libro largo y caro, indica una popularidad notable. No había otro libro de caballerías reimpreso tantas veces después de Rogel de Grecia de Feliciano de Silva (Amadís, libro 11.º, parte 3), publicado en 1535; de hecho, la mayoría de los libros de caballerías tardíos no se reimprimieron. También es notable el hecho de que se reimprimiera en 1617, fecha muy avanzada; sólo otro libro de caballerías se imprimió en el siglo XVII44. Pocas continuaciones de libros de caballerías se escribieron en la segunda mitad del siglo XVI, pero tenemos de esta época tres continuaciones del Espejo de príncipes45.

Lucas Rodríguez, figura importante en la evolución del romance de popular a erudito, incluyó en su Romancero historiado (1579) trece romances que narran aquella parte del Espejo de príncipes que trata de los amores del Caballero del Febo46. Sirvió el Espejo de príncipes como fuente de una comedia de Calderón -El castillo de Lindabrides-, en la cual, aunque se toma bastantes libertades, presenta el problema central de la obra, el hallar marido para Lindabrides y heredero para el imperio de Tartaria47. El Espejo de príncipes también sirvió como fuente, aunque no la única, de la comedia Para nosotros amantes, para con todos hermanos, de Pérez de Montalbán48. Este autor también escribió un auto llamado El Caballero del Febo (que ha pasado por obra de Rojas Zorrilla), aunque no tomó de nuestro libro sino nombres de personajes49.

Se explica esta popularidad insólita teniendo en cuenta ciertos aspectos en que la novela de Ortúñez supera a los otros libros de caballerías. Tiene una marcada unidad, como que casi toda la acción se relaciona con una trama central claramente distinguible, y por consiguiente, es más fácil de leer y gozar. El uso frecuente del discurso directo y del diálogo da vida a la obra. El autor cuida de su lenguaje y de su estilo, según hemos visto arriba (pág. XXXVII). Los hechos caballerescos posiblemente se consideraban superiores a los de otros libros -de aquí, sin duda, el comentario del barbero en cuanto a la superioridad del Caballero del Febo50- y el mundo aquí descrito más apetecible.

Los lectores de Ortúñez, mejor leídos que los de los romances tempranos, pudieran bien haber notado sus referencias al período clásico, y éstas posiblemente contribuían a la popularidad del libro. Aunque otros libros de caballerías tienen un fondo griego, los protagonistas de Ortúñez son descendientes directos de los héroes homéricos (I, pág. 26, líneas 10-17; IV, pág. 201, ls. 31-33) y llevan armas que éstos utilizaban (I, pág. 204, ls. 1-13; IV, página 220, ls. 17-31). Los héroes y dioses clásicos son las normas para evaluar a los caballeros del Espejo de príncipes51, y las campañas militares se comparan con las famosas del mundo antiguo52. Las heroínas griegas y latinas son los ejemplos de belleza femenina53. Sin duda los lectores de Ortúñez notaban su imitación de historiadores latinos54.

Un aspecto fundamental de la obra, y muy probablemente una causa importante de su popularidad, era el didáctico. Aunque otros libros de caballerías se presentan como provechosos a sus lectores55, su valor no pasa de ser ejemplo para la clase noble del modo propio de vivir. El Espejo de príncipes es esto, pero es más, ya que Ortúñez incluye en la obra instrucción moral de varios tipos. En su prólogo a Martín Cortés dice:

«Bien que no es mi intento de loar agora todo el requaje de libros de caballerías que están escriptos, porque no es menos sino que hay algunos que no hay en ellos alegoría ni moralidad alguna de que el lector se pueda aprovechar...»


(I, pág. 14, ls. 6-10).                


Piensa remediar esta situación en su libro, que «tiene alguna moralidad que a bueltas de las historias no será tan enojosa quanto provechosa para el que lo leyere» (I, pág. 16, ls. 13-15); así, aplica una vez más el conocido principio horaciano:

«Porque se da muy bien a comer, y se gusta muy mejor a bueltas de sabrosas historias los buenos avisos y consejos, como se dan las buenas medecinas amargas embueltas en la sabrosa açúcar. Que aunque los libros enteros de cosas muy santas y de philosophales doctrinas no se puedan dezir amargos, pero a muchos hay que se les hazen ásperos, pesados y escabrosos, y muchos les huyen el rostro, que al sabor y gusto destas historias les saben bien y se aprovechan dellos»


(I, pág. 13, l. 20-pág. 14, l. 5).                


Estas «fontezicas de philosophía», como las llama en otro lugar (I, pág. 20, l. 23), pueden tratar de muchas cosas. Hallamos un aviso a tiranos (I, pág. 249, ls. 7-24) y otro a traidores (VI, página 208, ls. 16-28), notas sobre la inevitabilidad de la justicia divina (II, pág. 263, ls. 10-14) y la locura de buscar la venganza (II, pág. 157, ls. 16-20; II, pág. 165, l. 13-pág. 166, l. 26), sobre la vanidad de las cosas de este mundo (II, pág. 204, ls. 7-28), el carácter transitorio de la belleza corporal (II, pág. 303, ls. 18-33), la naturaleza del amor verdadero (II, pág. 329, l. 19-pág. 330, l. 6), los criados (III, pág. 138, l. 6-pág. 139, l. 15), y los deberes del hijo (V, págs. 75-78) -este último de poco provecho para Martín Cortés, cuyo padre había muerto años antes-. Ortúñez también habla de cosas doctrinales, como la importancia de la buena voluntad en la virtud (VI, pág. 164, ls. 30 y sigs.).

Sin embargo, hay una lección que el autor estimó ser más importante que todas las otras. Ésta es «la poca seguridad de la fortuna, y quán dañoso sea menospreciar los sabios consejos por confiarse demasiadamente della» (VI, pág. 139, ls. 13-15). Su concepción de la fortuna no es tanto la filosófica de Boecio, sino la más práctica de Petrarca, cuyo escrito De los remedios contra próspera y adversa fortuna circulaba en varias ediciones españolas56.

Ortúñez habla de la fortuna constantemente57; gran parte de la trama del libro sirve para demostrar su poder, el cual, claro está, deriva últimamente del poder divino. La campaña de Alicandro contra Grecia no habría tenido lugar si hubiera conocido el poder de la fortuna (V, pág. 101, ls. 2-24), y después de su derrota, se da cuenta de que uno debe vivir teniéndola siempre en cuenta (VI, pág. 155, ls. 15-19). Ni siquiera los hombres más fuertes escapan a su inconstancia58.

Aunque sólo lo insinúa (I, pág. 14, ls. 6-10, ya citado), Ortúñez pudo haber sido influido por la ola creciente de crítica de los libros de caballerías como libros no sólo carentes de lecciones morales, sino perniciosos para sus lectores. Esta crítica es ya bien conocida59, y aunque no era la única ni la más importante causa de la pérdida de popularidad de estos libros, inspiró a ciertos autores a que escribiesen obras que combinaran la religión con el entretenimiento. Estas obras recibían del público seglar un desdén profundo60.

El influjo del Espejo de príncipes habría sido mayor si se hubieran escrito más libros de caballerías. Pero en 1555 el género había decaído tanto en popularidad como en producción de libros nuevos. No podemos citar sino los siguientes, que fueron escritos en castellano después de aquella fecha:

Olivante de Laura (1564)

Polismán (¿1573?)61

Febo el Troyano (1576)

León Flos de Tracia (finales del siglo)

Rosián de Castilla (1586)

Lidamarte de Armenia (1590)

Policisne de Boecia (1602)62

De esta lista sólo hemos podido examinar cuatro63. Está claro que Antonio de Torquemada, autor de Olivante de Laura, no conocía el Espejo de príncipes. En un largo prólogo, en que el autor finge haberle sido mostrado los caballeros famosos de tiempos pasados64, no hallamos entre ellos ninguno de los personajes del Espejo de príncipes, aunque con Amadís, Palmerín y sus familias, hallamos a Clarián de Landanís.

Juan de Silva y Toledo, autor de Policisne de Boecia, tenía horizontes aún más limitados. Si en su mediocre novela hay reflejo de algo, es del Amadís de Gaula, puesto que copia de él las palabras con que comienza, y hallamos que comparten muchos detalles, como la «isla no hallada». Tampoco se halla reflejo del Espejo de príncipes en Rosián de Castilla. El caso es otro con Esteban Corvera, cuyo igualmente insulso Febo el Troyano -se nota ya en el título- se relaciona íntimamente con el Espejo de príncipes65. Falta muy poco para ser un plagio completo. La obra comienza con el nacimiento de Floribacio (= Trebacio), príncipe de Troya (= Grecia), que se enamora de Roseliana (= Briana) y la roba, tiene un hijo (Febo), que se arma caballero en Persia, lucha con el fiero Bramaronte (= Africano), etc. Hay pasajes que se copian al pie de la letra del Espejo de príncipes:

«Diziendo esto, la hermosa donzella llorava tan fuertemente que bien dava a entender la gran pena que su coraçón traía, y quán de mal de acceptar el amor del cavallero se le hazía. Y assí el soldán, como todos quantos en la quadra estavan, movidos fueron a compassión della. Y como ningún cavallero ni príncipe de quantos en la sala estavan, aunque tantos, por la infanta Lindamira (que assí avía nombre la donzella) respondiesse, con gran sobervia y fiero semblante dixo el pavoroso Aquilanio...»


(Febo el Troyano, fol. 99r).                


«Diziendo esto, la hermosa donzella llorava tan fuertemente que bien dava a entender la grande pena que en el coraçón traía, y quán de mal de aceptar el amor del cavallero se le hazía. Y ansí el soldán, como a todos quantos en la quadra estavan, movían a gran compassión. Y como ningún cavallero huviera que por la infanta Radamira (que assí havía nombre la donzella) respondiesse, aunque muchos con el soldán estavan, con gran sobervia y muy fiero semblante dixo el pavoroso Rajartes...»


(I, página 156, l. 27-pág. 157, l. 9).                


Corvera escribía materia original al describir la vida temprana de Trebacio, pero no es sino un escritor de poco valer. Sus caracteres no se hablan, sino que se «dialogan» con soliloquios. No suponen una gran pérdida los demás libros de su obra66.

Es indudable que Cervantes, cuya familiaridad con los varios libros de caballerías era extraordinaria, conocía el Espejo de príncipes. Entre los varios sonetos que siguen al prólogo de la primera parte del Quijote hay uno que finge haber sido escrito por el Caballero del Febo67. Merece que nos detengamos un momento en él:


   «A vuestra espada no igualó la mía,
Febo español, curioso cortesano,
ni a la alta gloria de valor mi mano,
que rayo fue do nace y muere el día.
    Imperios desprecié: la monarquía
que me ofreció el Oriente rojo en vano
dejé, por ver el rostro soberano
de Claridiana, aurora hermosa mía.
   Améla por milagro único y raro,
y, ausente en su desgracia, el propio infierno
temió mi brazo, que domó su rabia.
    Mas vos, godo Quijote, ilustre y claro,
por Dulcinea sois al mundo eterno,
y ella, por vos, famosa, honesta y sabia.»


Conociendo la trama del Espejo de príncipes, su sentido está claro. La monarquía de la línea 5 es la de Tartaria; las líneas 10-11 se refieren a las aventuras en la isla del fauno (III, 14-15). El único problema surge en la línea 9, «Amela por milagro único y raro». Si aceptamos esta línea como diciendo que la amó a causa de un milagro único y raro68, entonces se refiere a las lanzas mágicas, enviadas por cierto sabio que no se identifica, con que luchan y que les hacen enamorarse (II, 32) -seguramente, modo único de entrar en amores.

El Espejo de príncipes pudo haber sugerido ciertos incidentes en el Quijote a Cervantes; Clemencín ya ha señalado algunos. El barco que lleva a Trebacio (I, 8) pudo haber servido como fuente de la Aventura del Barco Encantado (Quijote, II, 29). El carro triunfal en que Lindabrides entra en Grecia (II, 21) se asemeja a la procesión presentada por los duques al anunciar el medio de desencantar a Dulcinea (Quijote, II, 34-35).

Clemencín no se fijó en el caso más importante de influencia del Espejo de príncipes en Cervantes; se trata de la aventura de la cueva de Montesinos. Entre otras cuevas famosas, trae Clemencín la cueva del Espejo de príncipes (última nota al Quijote, II, 22), pero en su comentario principal sobre esta aventura cita un episodio de las Sergas de Esplandián (nota 41 al Quijote, II, 23). Desarrolló este paralelo María Rosa Lida69. Pero las semejanzas entre la aventura de la cueva de Montesinos en el Quijote y la aventura de la cueva de Artidón en el Espejo de príncipes (II, 4-5) son tan notables que sugieren que la obra de Ortúñez era la fuente principal de este episodio central de la segunda parte del Quijote70.

Mientras en las Sergas de Esplandián, XCIX, es el autor Montalvo quien, por pura casualidad, cae en un pozo anónimo, en el Quijote y el Espejo de príncipes es uno de los protagonistas el que entra en una cueva famosa en búsqueda de aventuras. A Rosicler, que lleva a cabo esta aventura en el Espejo de príncipes, y a Don Quijote les preocupan sus damas, mientras que Montalvo carece de problemas amatorios. Don Quijote la «ve», lo cual le es de mucho interés; Rosicler encuentra datos sobre ella. En las dos cuevas de Artidón y de Montesinos hallamos un amante muerto, con su corazón en un caso expuesto, en otro sacado; los dos hablan si hay necesidad, pero poco. En los dos casos está allí la mujer amada.

Clemencín no se interesó por cuestiones de estilo. Por consiguiente, no notó que Lirgandeo, uno de los dos «autores» del Espejo de príncipes, comenta el cuento de modo que se parece mucho a Cide Hamete en sus «notas marginales»71. Cuando habla Ortúñez en primera persona, aunque esto no sea frecuente, su tono es semejante al de Cervantes cuando le oímos hablar72. Nos abstenemos de señalar más paralelos por no poder distinguir todavía entre los que Cervantes tomó del Espejo de príncipes y los que extrajo de otros libros de caballerías.

El autor del Quijote de Avellaneda también conocía el Espejo de príncipes. Hallamos mencionados varios de los personajes del Espejo de príncipes73, el nombre del fantástico Bramidán de Tajayunque no parece tan ridículo cuando nos damos cuenta de que comparaciones como «a ser yunque de acero, la huviera hendido» ocurren varias veces en el Espejo de príncipes74. Al igual que Cervantes, Avellaneda emplea varios de los recursos estilísticos de los libros de caballerías.




ArribaAbajoEl texto

Bibliografía descriptiva de las ediciones


(Por ser cuatro las ediciones hechas en Zaragoza, empleamos fechas en vez de siglas)

1555 Zaragoza, Esteban de Nájera, 1555.

(Florón) ESPEIO (Florón) | DE PRINCIPES Y CAVA- | lleros. Enel qual ƒe cuentan los inmorta- | les hechos del Cauallero del Febo, y de ƒu | hermano Roƒicler hijos del grande Empe | rador Trebacio. Con las altas cauallerias, | y muy eƒtraños amores dela muy hermo- | ƒa y eƒtremada princeƒƒa Claridiana, | y de otros altos príncipes y ca | ualleros. |



(Adorno) DIRIGIDO AL MVY IL- | luƒtre Señor Dõ Martin Cortes Marques | del Valle, por Diego Ortuñez de Ca | lahorra, natural de la Ciudad | de Nagera.



Debajo del título se halla el escudete del impresor, un círculo con la inscripción «IUSTA VLTIO», encerrando un pájaro que lleva en la boca un escorpión, y, al fondo, «Impreƒƒo en Caragoça, por | Eƒteuan de Nagera. | 1555». El título, a dos tintas. Orla grabada y complicada para el título (véase la reproducción que hacemos al frente del texto de la presente edición). Al verso de la portada, el escudo de Cortés, el mismo grabado que se empleó en la edición príncipe de la Historia general de las Indias de Francisco López de Gómara (Zaragoza, 1552)75, pero sin el epígrafe latino dentro del escudo, y con lo siguiente arriba: «Quid fortuna potens ultra mortalibus addis».

Colofón: (Florón) AQVI SE ACABA LA | PRIMERA PARTE DEL LIBRO INTITVLADO ESPE |IO DE PRINCIPES Y CAVALLEROS. LA SE | GVNDA PARTF [sic] ESTA YA TRADV | ZIDA LA QVAL NO TARDA | RA DE SALIR A LVZ, [sic].



Folio a dos columnas (menos el prólogo)76. 8 + 203 + 216 + 218 páginas. Hay portada aparte para cada libro. Signaturas: A4 a-m8 n6 A-N8 O4 aa-nn8 oo6.

Parece que en la signatura «a» (I, págs. 23-77, línea 17) intervinieron dos cajistas de diferentes capacidades y de ortografía algo distinta.

Esteban de Nájera imprimía principalmente libros de literatura profana77, que, por ser de tirada sumamente corta, y muy precaria la conservación de este tipo de literatura, hoy son rarísimos. Por consiguiente, no es de extrañar que hasta ahora esta edición haya sido punto menos que desconocida. La primera de las dos referencias impresas a ella es la de A. H. (indudablemente, Alfons Hilka), en una reseña del citado libro de Henry Thomas, en que señala ediciones que Thomas ignoró. Respecto al Espejo de príncipes, dice: «Espejo de príncipes y cavalleros, P. I., Çaragoça: Estevan de Nagera 1555 (in Göttingen und München, ed. princeps, Th[omas] nennt erst die Ed. 1562)»78. Todavía existen ambos ejemplares, el de la Bayerische Staatsbibliothek en Munich y el de la Niedersächsische Staats-und Universitätsbibliothek en Gotinga. El ejemplar de Munich, cuya signatura es 2º P.o. Hisp. 11, lleva al verso de la portada el sello «Bibliotheca Regia Monacensis», indicando que procede de la antigua Biblioteca Real de Baviera; se remonta a la colección de los Fúcar, y consta en el catálogo de su biblioteca de 1582, publicado por Karl-Ludwig Selig en 195779. El ejemplar de Gotinga lleva al verso de la portada el sello «Ex Bibliotheca Acad. Georgiae Augustae».

Las diferencias entre estos dos ejemplares son poco importantes y constan en las notas80.

1562 Zaragoza, Miguel de Guesa, 1562.

(Florón) ESPEIO DE PRIN | cipes y Caualleros. En el qual ƒe cuentan los immortales he- | chos del Cauallero del Febo | y de ƒu hermano Roƒicler | hijos | del grande Emperador Trebacio. Con las altas caualle- | rias y muy eƒtraños amores dela muy hermoƒa y eƒtre- | mada princeƒa Claridiana | y de otros altos | principes y caualleros.



La primera línea en letra romana, las demás en gótica. Sigue un grabado de un caballero sobre un caballo encabritado, acompañado de dos escuderos. El grabado es parecido a aquel que Francisco del Canto, de Medina del Campo, utilizó en su edición de 1552 de la Crónica del Cid, y en las ediciones de Primaleón y del Espejo de caballerías de 156381, y parece ser el mismo que Claudio Bornat empleó en la portada del segundo libro de Olivante de Laura (Barcelona, 1564).

Más abajo, en letra gótica: (Adorno) Dirigido al muy Illuƒtre Señor Don Martin | Cortes Marques del Valle | por Diego Ortuñez | de Calahorra, natural dela ciudad de Nagera. | Impreƒƒo en Çaragoça | en casa de | Miguel de Gueƒa. | 1562. Portada a dos tintas. La reproduce Vindel82.

Colofón: (Florón) AQVI SE ACABA | LA PRIMERA PARTE DEL LIBRO INTITULADO ES- | PEIO DE PRINCIPES Y CAVALLEROS. LA SE-| GVNDA PARTE ESTA YA TRADUCIDA | LA QVAL NO TARDARA DE | SALIR A LVZ.

El libro es en folio, a dos columnas (menos el prólogo), y tiene 8 + 203 + 216 + 218 páginas. Cada libro tiene portada aparte. En el ejemplar que hemos examinado (véase infra), las páginas 31 y 32 del libro primero están trocadas con las páginas 31 y 32 del libro segundo. Las signaturas son las mismas que las de la edición de 1555.

Esta edición, aunque se toma libertades ortográficas, sigue muy de cerca la edición de 1555, corrigiendo sólo las erratas más evidentes, y aun copiando errores de paginación. (Hecha con tipos que parecen ser del mismo tamaño, la paginación de estas dos ediciones es casi idéntica.)

Sánchez habla de tres ejemplares de esta edición: «En la biblioteca de la Sapienza de Roma había un ejemplar, otro vio Gallardo en la librería que fue del marqués del Monasterio; un tercero poseyó el barón Seillière, que probablemente fue a parar a manos del librero londinense Bernard Quaritch, y últimamente a la magnífica colección que poseyó el bibliófilo Heredia»83. No tenemos más datos sobre el ejemplar del marqués del Monasterio, pero los otros dos de que habla, el de la biblioteca de la Sapienza y el de Seillière, son el mismo. El ejemplar de la Sapienza lo compró el marqués de Salamanca, de él pasó a Seillière, y de allí pasó, no a la biblioteca de Heredia (no consta en el catálogo de aquella colección), sino a la del marqués de Jerez de los Caballeros, y después al señor Archer Huntington y a la Hispanic Society of America, donde actualmente descansa. Hemos tenido delante un microfilme de este ejemplar.

Nicolás Antonio habla de esta edición como existiendo en dos tomos84. Además del colofón al fin del libro primero, que pudo haber sido inspirado en el colofón de la edición de 1555 (véase la nota a II, pág. 333, l. 5), dos fuentes que hablan de los libros de la colección de la Sapienza que compró el marqués de Salamanca hablan de un tomo con el libro primero, y otro con los libros segundo y tercero85 . Según informes proporcionados por la llorada Clara Penney , conservadora de libros raros y manuscritos de la Hispanic Society, la encuadernación actual del ejemplar que se conserva allí es de Seillière, es decir, hecha después de salir el libro de la biblioteca de la Sapienza.

1579 Zaragoza, Juan Soler (a costa de Pedro Ibarra), 1579.

ESPEIO | DE PRINCIPES | Y CAVALLEROS, EN | el qual ƒe cuentan los inmortales hechos del ca- | VALLERO DEL FEBO, Y DE SV HERMANO ROSI- | cler, hijos del grande Emperador Trebacio. Con las altas cauallerias y muy | eƒtraños amores de la muy hermoƒa y extremada Princeƒƒa Cla- | ridiana, y de otros altos Principes y Caualleros. | (Adorno) Dirigido al muy Illuƒtre ƒeñor don | Martin Cortes, Marques del Valle. | (Florón) Por Diego Ortuñez de Calahorra, natural | de la ciudad de Nagera.



Debajo del título, un grabado de un caballero a caballo, que es copia exacta, si no el mismo, del grabado que apareció en la portada de Florindo (1530)86.

Al pie: (Florón) Impreƒƒo con licencia en Çaragoça en caƒa de Iuan Soler, Año del Señor. | M D LXXIX. | A coƒta de Pedro Ybarra mercader de libros.

Por estar deteriorada la última página del ejemplar de la Biblioteca Nacional, no podemos transcribir el colofón.

Folio, a dos columnas (menos el prólogo). 8 + 202 + 214 + 214 páginas. Signaturas: [*]4 A-Qq8 [Rr4].

Hemos trabajado con un microfilme del ejemplar de la Biblioteca Nacional de Madrid, signatura R-i-31, que lleva el sello de la Biblioteca Real.

1580 Alcalá de Henares, Juan Íñiguez de Lequerica (a costa de Blas de Robles y Diego de Xaramillo), 1580.

ESPEIO DE PRINCIPES Y CA | VALLEROS, EN EL QVAL, EN TRES LIBROS, | ƒe cuentan los immortales hechos del Cauallero del Febo, y de ƒu hermano Ro- | ƒicler, hijos del grande Emperador Trebacio. Con las altas cauallerias, y | muy eƒtraños amores de la muy hermoƒa, y eƒtremada Princeƒa | Claridiana, y de otros altos Príncipes y Caualleros. | ¶ DIRIGIDO AL MVY ILLVSTRE SEÑOR DON MARTIN | Cortes Marques del Valle, por Diego Ortuñez de Calahorra, dela ciudad de Nagera. | ¶ Con priuilegio, en Alcala de Henares en caƒa de Iuan | Iñiguez de Lequerica. Año de 1580. | A coƒta de Blas de Robles, y Diego de Xaramillo mercaderes de libros.



Sobre el título, un grabado de un caballero a caballo, con una cruz en el pecho y llevando una banderola, también con una cruz, y en la otra mano una espada en alto. Pasa por un campo de adversarios muertos, siguiéndole otros varios caballeros.

Portada a dos tintas. La reproduce Vindel, y de su reproducción llenamos lo que falta en la portada del ejemplar que hemos examinado (véase infra)87.

Colofón: Aquí ƒe acaba la primera parte del libro inti- | tulado Eƒpejo de Principes y Caualleros. En Alcala de | Henares en caƒa de Iuan Iñiguez de | Lequerica. Año de 1580.

Folio, a dos columnas (menos el prólogo). 4 + 320 folios; signaturas A4 A-Rr8. Gayangos dice de esta edición (y nosotros concordamos): «Pocos libros habrá tan incorrectos y mal impresos como éste, pues además de su mal papel y pésima impresión, el texto está muy viciado, si se compara con el de otras ediciones»88. Se introducen muchas variantes en esta edición.

Siguiendo al prólogo, antes de comenzar el texto, hay una licencia, merecedora de transcribirse en parte:

«Por quanto por parte de vos, Blas de Robles, librero en nuestra corte, nos fue fecha relación, que Pedro de la Sierra Infançón, natural de Cariñena del nuestro reino de Aragón (cuyo cissionario érades), avía compuesto la segunda parte del Cavallero del Febo, de la qual hexistes presentación, y porque era útil y provechoso, nos pedistes y suplicastes os diéssemos licencia y facultad para le poder imprimir, juntamente con la primera parte, que antes con licencia nuestra se avía impresso... Dada en Loguesan, a veinte y quatro días del mes de abril de 1580 años.»



La licencia era para seis años. Lo curioso de esta licencia no es que llama la obra de Sierra «útil y provechosa», que es una fórmula, sino que habla de una licencia para la primera parte, que no lleva ninguna de las ediciones anteriores.

En el folio 1, se dice: «Van añadidas en esta última impressión la quarta y quinta parte, que hasta ahora no han sido impressas.» Se refiere aquí a los dos libros de la segunda parte, que, junto con los tres de la primera, serían los cuarto y quinto. (En el ejemplar que hemos examinado se halla encuadernado en el mismo tomo un ejemplar de la edición de la segunda parte de Juan Soler, Zaragoza, 1581.)

Hemos tenido presente un microfilme del ejemplar R-15.802 de la Biblioteca Nacional de Madrid. Hay otro ejemplar en la misma biblioteca, de signatura R-11.339, y según Hilka89 y Selig (número 257), otro en Munich. También hay un ejemplar en la Biblioteca Nazionale de Milán, signatura 26.7.G.36.

1583 Medina del Campo, Francisco del Canto (a costa de Juan Boyer), 1583.

Eƒpejo de Principes y Caualleros, en | el qual, en tres libros, ƒe cuentan los immortales hechos del | Cauallero del Febo, y de ƒu hermano Roƒicler, hijos del grã- | de emperador Trebacio. Con las altas cauallerias, y muy e- | ƒtraños amores de la muy hermoƒa y eƒtremada Princeƒa | Claridiana, y de otros altos Principes y Caualleros. | DIRIGIDO AL MVY ILLVSTRE | Señor don Martin Cortes, Marques del Valle. Por Diego | Ortuñez de Calahorra, de la ciudad de Nagera. | CON PRIVILEGIO. | En Medina del Campo, por Franciƒco del Canto. M. D. LXXXIII.



Sobre el título, el mismo grabado que Francisco del Canto utilizó para sus ediciones de Primaleón y del Espejo de caballerías (véase supra, pág. LXVII). Un marco decorativo encierra el título y el grabado. Fuera del marco, al pie: «A coƒta de Iuan Boyer, Mercader de libros.»

Portada a dos tintas. Colofón: Aquí ƒe acaba la primera parte del libro inti- | tulado Eƒpejo de Principes y Caualleros. En Valladolid | en caƒa de Diego Fernandez de Cordoua. Año de. 1586.

Folio, a dos columnas (menos el prólogo). 4 + 321 folios. Signaturas: A4 A-Rr8.

Se halla esta edición también con portada de Diego Fernández de Córdoba, Valladolid, 1586 (Simón Díaz, ob. cit. [véase nota 45], núm. 7.127), y se registra la venta del único ejemplar con esta portada de que tenemos noticia en Book Auction Records, 44 (1946-47)90.

Hemos tenido delante un microfilme del ejemplar de la Biblioteca Nacional, signatura R-2.483/4, que lleva el sello de la Biblioteca Real y el nombre «Cerda» escrito en la portada. Se halla encuadernado junto con una edición de 1585 de la segunda parte, por Diego Fernández de Córdoba. Hay también ejemplares en la Biblioteca del Palacio (I. C. 83/86), en El Escorial (M-10-I-13) y en el Museo Británico (G.10264).

1617 Zaragoza, Juan de Lanaja y Quartanet (a costa de Juan de Bonilla), 1617.

ESPEIO | DE PRINCIPES, Y | CAVALLEROS. | EN EL QVAL, EN TRES LIBROS, SE CVENTAN | los immortales hechos del Cauallero del Febo, y de ƒu hermano Roƒicler, hijos | del grande Emperador Trebacio. Con las altas cauallerias, y muy | eƒtraños amores de la muy hermoƒa y eƒtremada | Princeƒƒa Claridiana y de otros altos | Principes y Caualleros. | DIRIGIDO AL MVY ILUSTRE SENOR | Don Martin Cortes, Marques del Valle. | Por Diego Ortuñez de Calahorra, de la Ciudad de Nagera.



Abajo, un grabado copiado, al parecer, del de 1562, con «Año» a su izquierda y «1617» a su derecha.

Al pie de la página: «Impreƒƒo con licencia: Por Iuan de Lanaja y Quartanet impreƒƒor del Reyno de | Aragon, y de la Vniuerƒidad de Çaragoça. | A coƒta de Iuan de Bonilla mercader de Libros.

Portada a dos tintas. La reproduce Vindel91. Colofón: FIN DE LA PRIMERA PARTE.

Folio, a dos columnas (menos el prólogo). 8 páginas + 362 folios. Signaturas: [*]4 A-Mm8 Nn4.

Hay una licencia, fechada el 18 enero 1617, de Pedro Molina, vicario general, afirmando la ortodoxia del libro respecto a la doctrina cristiana, y otra, fechada el 15 junio 1617, de Diego de Portugal y Pimentel, representante del rey en Aragón, que nota que el libro era «muy entretenido para saber de historias, y digno de ser impreso».

Hay dos ejemplares en la Biblioteca Nacional de Madrid (R-2.527, R-23.211), y en el Museo Británico (12403.i.2; G.10288), y sendos ejemplares en la Biblioteca del Palacio (I. C. 80), Biblioteca del Arsenal, de París (Fol. B.L. 970), Bibliothèque Nationale de París (Rés. Y2 245), la Bibl. Pública de Cleveland, la Univ. de Chicago y Harvard University (27274.34.110F*). Hemos consultado este último. En los cuatro ejemplares de que tenemos informes detallados se halla encuadernada la edición de la segunda parte de este mismo año, 1617.

Se ha omitido la edición siguiente: Zaragoza, 1580.

La única indicación de que existió esta edición nos la da Nicolás Antonio, quien, hablando de Pedro de la Sierra, autor de la segunda parte, dice que escribió la primera y segunda partes, y que éstas se publicaron en Zaragoza en 158092. Brunet, basado en esto, creía que existía esta edición; Salvá la tomó de Brunet, y Simón Díaz incluye la nota de Salvá en la segunda edición de su Bibliografía.

El repertorio de Nicolás Antonio, con ser el fundamento de la bibliografía española, no deja de tener numerosos errores y debe manejarse con cuidado. Parecen muy sospechosas sus notas sobre el Espejo de príncipes, ya que cita el mismo libro tres veces, cada vez con idea diferente en cuanto a su autor93. La licencia para la segunda parte no es, contra lo que mantiene Salvá, prueba suficiente de la existencia de una edición de la primera parte del mismo año94. Debemos llamarla, con Sánchez, «muy dudosa»95.

Aunque sólo sea a título de curiosidad, ya que el autor no introdujo ningún cambio en las ediciones posteriores96, damos la filiación de las ediciones arriba discutidas:

1555
|
1562
/ \
1579 1580
|
1583 (1586)
|
1617

Sería curioso que 1562 se basase en el manuscrito y no en el texto impreso, necesariamente más legible, y fácilmente accesible, habiendo sido publicado en la misma ciudad sólo siete años antes. Además, hay errores en 1555 que difícilmente pudieran existir en el manuscrito, los cuales copia 1562, como en V, pág. 166, ls. 17-18, donde por el contexto se ve que el autor escribió «la muerte nos es forçosa», pero 1555 transcribió ridículamente «la muerte no es forçosa». En IV, página 163, l. 20, 1555 lee desupes por después; V, página 98, ls. 14-15, repite la frase de nuestras gentes. También copia 1562 de 1555 letras repetidas por error al comienzo de una línea nueva, como en IV, pág. 185, l. 20, a / a; IV, pág. 208, línea 17, las la / lágrimas por las lágrimas; V, página 199, l. 27, y / y.

Algunas variantes que introduce la cuidada edición de 1562 muestran que ésta sirvió como base a todas las ediciones siguientes: I, pág. 4, ls. 1-2, 1562 lee al hombre solo por solo al hombre; I, página 8, l. 4, falta que; I, pág. 8, l. 9, remedios por remedio; I, pág. 10, l. 4, en que por y que; I, página 63, l. 18, que tenía por que era, etc. 1562 también elimina muchas grafías latinizantes, e introduce otros cambios ortográficos que siguen las otras ediciones.

Por las siguientes variantes de 1579, que no sigue 1580, se nota que las dos se derivan independientemente de 1562:

Tomo Pág. Línea 1579 1555, 1562, 1580
I 3 8-9 frío el calor frío y el calor
I 13 5 tocante el ánima tocante al ánima
I 17 1 diminuye diminuyesse (1580 desminuyesse)
I 17 28 un Vergilio, un Lucano un Vergilio, o Lucano
I 20 7 según es según que es
I 33 26 y el príncipe ya el príncipe (1555 yal)
I 34 19 e más fuerte el más fuerte
I 37 5 cerrado encerrado
I 41 22 falta secretos, hasta que la fortuna, próspera

Las abundantes erratas de la edición de 1580 permiten concluir que sirvió como base de las ediciones posteriores:

Tomo Pág. Línea 1555, 1562, 1579 1580, 1583, 1617
I 3 2 Muchos huvo, muy illustre señor Illustre señor, muchos uvo
I 6 5 uno (i.e., vno) uvo (i.e., vuo; 1617 huvo)
I 6 14 lo que nos tiene lo que tiene
I 7 24 beve bive
I 8 7 salsas salsa
I 9 7 tiénenlo tiénelo
I 9 21-22 Alléganse Allegándose
I 10 13 alumbran alumbra
I 10 14-16 los metales... influyen falta
II 11 18 Sarpeto Cárpeto

Para demostrar que la edición de 1617 se basaba en 1583 y no en 1580, podemos señalar las siguientes erratas introducidas por 1583:

Tomo Pág. Línea 1583, 1617 1580
I 9 24 las frescuras la frescura
I 25 3 reedificaron reedificando
II 229 6 acordáis acordaréis
II 233 9 que lleva que la lleva
II 234 32 mal ni daño ningún daño
II 235 27 recebir recobrar
III 12 11 sa vía (1617 savía, i.e., sauía) se vía



ArribaAbajo Normas de esta edición

Ciertos fenómenos ortográficos, sin significado fonético, se han modernizado, siguiendo práctica muy autorizada en ediciones de textos de este período, y norma de esta colección. V, que representó al comienzo de una palabra las letras modernas v o u, y u, que se empleó en medio de una palabra, se han hecho conformar a la práctica moderna (así, vuo se convierte en uvo); la y vocálica se cambia en i (traygo a traigo); la i consonántica, no muy frecuente en este libro, en j (espeio a espejo, Iulia a Julia), o en y (maior a mayor). El empleo de las mayúsculas se ha modernizado (sólo había siete casos de R inicial fonética), y se han resuelto las abreviaturas. Hemos añadido acentos según el uso moderno, algo arbitrariamente en el caso de los nombres de los personajes.

Se ha modernizado también la división de las palabras, pero con algún cuidado. Quisiéramos en principio seguir la práctica del autor; por consiguiente, si en el texto se halla sólo una forma, esta forma se ha conservado, como es el caso con amenudo, al derredor. Cuando se hallan a la vez la forma separada y la unida, y no está claro si tenía el autor una preferencia (por ser muy posible la intervención del cajista), se han tomado como pauta las indicaciones de Keniston97. Si éste indica que ambas formas eran corrientes en la época, como es el caso de do quiera = doquiera o de fuera = de fuera, se ha transcrito esta palabra tal como ocurre en el texto98. Cuando indica que sólo se empleó una forma, como acaso o donde quiera, se ha adoptado esta forma.

Sin embargo, las siguientes palabras se ajustan al uso actual: abajo, adelante, apunto, aunque, porque, sino, siquiera, todavía; también apie y acavallo, formas que se consideraban una sola palabra99. Se han unido los adjetivos que comienzan con bien o mal (bienafortunado, malherido), fuera de bien venido. Se han separado combinaciones de pronombres o de pronombre y preposición que se consideraban por todo este período como una sola palabra (enel, dela, selos, etc.).

El empleo de las contracciones presentó un problema especial. Además de las frecuentes, como dello, sobresto, y formas conocidas pero algo raras en este período, como quel y desdel100, se hallan formas insólitas, como ques, quellos, quesperavan, despada, dEspaña, etc.101. Por considerar que son fenómeno del lenguaje del autor y posiblemente de interés lingüístico, en esta edición se han respetado. Se advertirá que son menos frecuentes en los libros segundo y tercero.

Si con estos cambios se ha traicionado el texto, es sólo en un grado mínimo102. Hemos meditado más sobre la modernización de la puntuación, y la división en párrafos. Aunque en ciertas ocasiones la puntuación de la edición original más estorba que ayuda a la comprensión de la obra, no es de ninguna manera caprichosa ni arbitraria, sino en contados casos. Sin embargo, el lector moderno quiere leer con mayor velocidad que el del Siglo de Oro, y pide que cada cláusula dependiente se asocie a sólo una cláusula principal, que se indique la separación de interlocutores en el diálogo, y otras cosas. Nuestra costumbre hace, también, que nos resulte monótono un texto sin párrafos. Pero, sobre todo, no es ésta ocasión para introducir reformas en las normas editoriales de los textos de este período, siendo ésta una obra larga y poco conocida, a la cual no le van a sobrar lectores103. Por consiguiente, se han modernizado estos fenómenos, aunque, huelga decir, siguiendo las indicaciones del original en muchos casos dudosos. Queremos dejar en claro, sin embargo, que el resultado de estos cambios ha sido dar al texto una aspereza que no tenía, y una lógica impuesta que ni deseaba el autor ni esperaban sus lectores. Ciertos fenómenos sintácticos se desfiguran con la puntuación moderna, tales como las frases exclamatorias o interrogativas que el autor transforma sin notarlo en declarativas104, o ciertas conjunciones (antes, quanto más), y adverbios (especialmente), cuya pausa no se puede representar con exactitud en la puntuación moderna105.






ArribaBibliografía

Sobre Ortúñez y el Espejo de príncipes apenas hay bibliografía, fuera de las discutibles aportaciones de José de Perott, y se halla citado todo en las páginas XI a XIII. Por consiguiente, queremos aprovecharnos de esta oportunidad para hacer unas observaciones sobre la bibliografía caballeresca en general106.

Se dividen fácilmente los trabajos sobre los libros de caballerías españoles en dos grupos: los que se basan en una lectura directa de los textos antiguos, y los que no, sin que se tenga que aclarar cuál resulta más valioso. Hasta muy recientemente, los que querían conocer los libros de caballerías se veían limitados a los textos del tomo 40 de la Biblioteca de Autores Españoles107, el Amadís de Gaula y las Sergas de Esplandián, que, como ya hemos dicho, son obras del siglo XV. Aunque la influencia del Amadís es innegable, los libros posteriores son muy distintos en espíritu y técnica, y esta diferencia, evidentísima en el Espejo de príncipes y varias otras obras, disminuye el valor de muchos estudios, como el, por otra parte muy concienzudo, de J. Ruiz de Conde, El amor y el matrimonio secreto en los libros de caballerías (Madrid, Aguilar, 1948), habiéndose limitado su autora a las reimpresiones modernas. Ninguno de los estudios del influjo de los libros de caballerías en la conquista de América se basa en un conocimiento profundo de los mismos108, siendo tan raros los libros antiguos en las bibliotecas de la América hispana109.

Aunque hay algunos estudios importantes sobre una obra determinada110, desde el libro de Sir Henry Thomas, tan citado en esta introducción, el único intento de examinar una porción de este campo es el de Maxime Chevalier, en L'Arioste en Espagne111. En su busca, por lo general infructuosa, de la influencia de Ariosto en los libros de caballerías, leyó, si bien de prisa, los tardíos que logró encontrar en las bibliotecas francesas y españolas. Pero, en realidad, en esta materia queda casi todo por hacer, y posiblemente -o así esperamos- con la publicación de esta obra se dé más cuenta de ello. Aunque son ya tres las obras publicadas según las exigencias modernas, hay varias otras que la merecen. No hay ningún trabajo general sobre la obra caballeresca de Feliciano de Silva, el autor predilecto de Don Quijote112, del cual nadie conoce sino una sola frase, aquella de la razón de la sinrazón, que no ha sido identificada y que probablemente es sólo una parodia cervantina. No hay un estudio profundo y serio de la influencia de los libros de caballerías sobre Cervantes, estudio, a nuestro juicio, indispensable para investigar aspecto tan fundamental del Quijote como su humor113.

Desde luego, no es ésta, como es bien sabido, la única parte de las letras hispanas que ofrece todavía amplios campos para todo tipo de investigación. Sin embargo, cuando estas obras eran lectura predilecta durante medio siglo o más, resulta notable el desajuste en los enfoques de la crítica. ¡Cuánta tinta se ha gastado sobre el Lazarillo, mientras el Amadís, diez, veinte veces más voluminoso, y de resonancia incalculablemente mayor en su época, permanece en muchos aspectos libro cerrado! Se nota aquí el prejuicio, que señalábamos antes, en favor de las obras cortas, que redunda en detrimento de las largas, cuya lectura roba nuestro tiempo, hoy tan precioso. Pero el desprecio de la crítica por los libros de caballerías también responde a una predisposición en favor de las obras «realistas», tal como hoy día se entiende el término114, que ya es hora de abandonar. Los gustos se adquieren, no nacemos con ellos, y no es imposible experimentar un poco del placer que encontraban los lectores en obras aún más ajenas de las sensibilidades actuales. Al no hacerlo, se corre el riesgo de interpretar mal no sólo estas obras, sino toda una época.



 
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