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Neptuno

alegórico,


océano de colores, simulacro político que erigió la muy esclarecida, sacra y augusta iglesia metropolitana de Méjico, en las lucidas alegóricas ideas de un arco triunfal que consagró obsequiosa y dedicó amante a la feliz entrada del excelentísimo señor don Tomás, Antonio, Lorenzo, Manuel de la Cerda, Manrique de Lara, Enríquez, Afán de Ribera, Portocarrero y Cárdenas; conde de Paredes, marqués de la Laguna, de la orden y caballería de Alcántara, comendador de la Moraleja, del Consejo y Cámara de Indias y Junta de Guerra, virrey, gobernador y capitán general de la Nueva España, y presidente de la Real Audiencia, que en ella reside, etc.

Que hizo la madre Juana Inés de la Cruz, religiosa del convento de san Jerónimo de esta ciudad.


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Excelentísimo señor:

Costumbre fue de la Antigüedad, y muy especialmente de los egipcios, adorar sus deidades debajo de diferentes hieroglíficos y formas varias; y así a Dios solían representar en un círculo, como lo escribe Pierio Valeriano: Aegyptij Deum ex Hieroglyphico Circuli intelligebant; por ser símbolo de lo infinito. Otras veces en el que llamaban Eneph, por quien entendían al criador del universo, como refiere el que añadió hieroglíficos a las obras del dicho autor: Per Eneph, quem pro Deo colebant, Aegyptij, ipsum totius mundi, atque universitatis Creatorem, opificemque pulcherrimo Hieroglyphyco ostendebant. No porque juzgasen que la deidad siendo infinita pudiera estrecharse a la figura y término de cuantidad limitada, sino porque, como eran cosas que carecían de toda forma visible y por consiguiente imposibles de mostrarse a los ojos de los hombres (los cuales por la mayor parte sólo tienen por empleo de la voluntad el que es objeto de los ojos) fue necesario buscarles hieroglíficos que por similitud, ya que no por perfecta imagen, las representasen. Y esto hicieron no sólo con las deidades, pero con todas las cosas invisibles, cuales eran los días, meses y semanas, etc. Y también con las de quienes era la copia difícil o no muy agradable, como la de los elementos, entendiendo por Vulcano, el fuego; por Juno, el aire; por Neptuno, el agua; y por Vesta, la tierra; y así de todo lo demás. Hiciéronlo no sólo por atraer a los hombres al culto divino con más agradables atractivos, sino también por reverencia de las deidades, por no vulgarizar sus misterios a la gente común e ignorante. Decoro de mejores luces que aprobó el real profeta: Aperiam in parabolis os meum, in enigmate antiqua loquar. Y de nuestro Redentor dice el sagrado coronista san Mateo en el capítulo 13: Haec omnia loquutus est IESVS in parabolis ad turbas, et sine parabolis non loquebatur eis. Sin otros innumerables ejemplos de que están llenas las divinas y humanas letras. Y por la misma razón de reverencia y respecto, vemos que aquéllas no se permiten en vulgar, porque el mucho trato no menoscabe la veneración: Nimia familiaritas contemptum parit, dijo Cicerón.

Y siendo las ilustres proezas y hazañas que en vuestra excelencia admira el mundo, tan grandes que no es capaz el entendimiento de comprehenderlas ni la pluma de expresarlas, no habrá sido fuera de razón el buscar ideas y hieroglíficos que simbólicamente representen algunas de las innumerables prerrogativas que resplandecen en vuestra excelencia así por la clara real estirpe que le ennoblece, como por los más ínclitos blasones personales que le adornan, pues aunque la nobleza heredada sea tan apacible que de ella dice el sabio: Gloria hominis ex honore Patris sui. Y en otra parte: Gloria Filiorum Patres eorum; con todo en sentencia de Séneca es mérito ajeno: Qui genus iactat suum, aliena laudat. Y con su acostumbrada suavidad Ovidio:


Non census magnus, nec clarum nomen avorum:
Sed probitas Magnos, Ingeniumque facit.

Y con no menor majestad Plutarco in Agathoel. Regem nasci nihil magni est, at regno dignum se praestisse maximum est. Y sobre todos el luminar mayor de la Iglesia, el máximo doctor y gran padre mío san Jerónimo dice definiendo la verdadera nobleza: Nobilitas est clarum esse virtutibus: unde ille, apud Deum maior est, qui iustior; non contra. Pero en vuestra excelencia se han dado las manos tan amigablemente los timbres heredados y los esplendores adquiridos, que forman una sola íntegra y perfectísima nobleza, desempeñándose recíprocamente los unos a los otros; pues ni su real sangre pudiera producir menos virtud, ni sus claras virtudes podían tener menor origen, constituyendo a vuestra excelencia en tan sumo grado que no es capaz de admitir más, porque se verifique aquello de Séneca: Quidquid ad summum pervenit, incremento non reliquit locum. Pero donde no queda para la grandeza, piensa hallarlo el perdón que esta metrópoli pide obsequiosa a vuestra excelencia como al cielo su vida que dure a par de sus blasones.

Iglesia metropolitana de Méjico.




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Razón de la fábrica

alegórica y aplicación de la fábula


Ha sido el lucimiento de los arcos triunfales erigidos en obsequio de los señores virreyes que han entrado a gobernar este nobilísimo reino, desvelo de las más bien cortadas plumas de sus lucidos ingenios porque, según Plutarco, Praeclara gesta praeclaris indigent orationibus. Según lo cual la mía estaba bastantemente excusada de tan alto asunto y tan desigual a mi insuficiencia, cuando el mismo Cicerón, padre de las elocuencias, temía tanto la censura de los lectores que juzgaba todos los extremos en ellos peligrosos, buscando la mediocridad: Quod scribimus nec docti, nec indocti legant: alteri enim nihil intelligunt: alteri plus forsan, quam de nobis nos ipsi. Causas que me hubieran motivado a excusarme de tanto empeño a no haber intervenido insinuación que mi rendimiento venera con fuerza de mandato, o mandato que vino con halagos de insinuación. Gustando el venerable Cabildo de obrar a imitación de Dios con instrumentos flacos porque, como juzgaba su magnificencia, corta la demostración de su amor para obsequio de tanto príncipe, le pareció que era para pedir y conseguir perdones más apta la blandura inculta de una mujer que la elocuencia de tantas y tan doctas plumas; industria que usó el capitán Joab en el perdón de Absalón con la ofendida majestad de David conseguido por medio de la Tecuites, no porque juzgase más eficaces los mentidos sollozos de una mujer no conocida, ignorante y pobre, que su autoridad, elocuencia y valimiento, sino porque el rayo de la ira real incitada a los recuerdos del delito no hiciera operación en el sujeto flaco, pues éste siempre busca resistencias para ejecutar sus estragos: Feriuntque summos fulgura montes; y que la confianza fuese en la piedad a que movería el sujeto y no en la fuerza de los argumentos se conoce del mismo sagrado texto, que confesó ella misma no ser suyas aquellas palabras: Per salutem animae tuae, Domine mi Rex, nec ad sinistram, nec ad dexteram, ex omnibus his quae locutus est Dominus meus Rex: servus enim tuus Ioab, ipse praecepit mihi, et ipse posuit in os ancillae tuae omnia verba haec. Por estas razones, pues, o por otra que no debe mi curiosidad inculcar, me vide necesitada a ejecutar el mandato como el Eolo virgiliano, Aeneyd. I. Mihi iussa capesere fas est. Y ya dispuesta la voluntad a obedecer, quiso el discurso no salir del método tan aprobado de elegir idea en que delinear las proezas del héroe que se celebra, o ya porque entre las sombras de lo fingido campean más las luces de lo verdadero, pues (como dijo Quinto Curcio) Etiam ex mendacio intelligitur veritas, o ya porque sea decoro copiar del reflejo como en un cristal las perfecciones que son inaccesibles en el original: respecto que se hace guardar el sol, monarca de las luces, no permitiéndose a la vista, o ya porque en la comparación resaltan más las perfecciones que se copian: Omnia sine comparatione parum grate laudantur, dijo Plinio, o ya porque la naturaleza con las cosas muy grandes se ha como un diestro artífice, que para sacar la obra a todas luces perfecta, forma primero diversos modelos y ejemplares en qué enmendar y pulir lo que no fuere tan perfecto, porque después la obra tenga todas las circunstancias de consumada. Y así ninguna cosa vemos muy insigne (aun en las sagradas letras) a quien no hayan precedido diversas figuras que como en dibujo las representen. Esta, pues, tan decorosa invención me obligó a discurrir entre los héroes que celebra la Antigüedad, las proezas que más combinación tuviesen con las claras virtudes del excelentísimo señor marqués de la Laguna. Y aunque no perdonó el cuidado, del más notorio al más recóndito, no hallé cosa que aun en asomos se asimilase a sus incomparables prendas, y así le fue preciso al discurso dar ensanchas en lo fabuloso a lo que no se hallaba en lo ejecutado, pues parece que la naturaleza, como falta de fuerzas y suficiencia, no se atrevió a ejecutar, ni aun en sombras, lo que después a esmeros de la Providencia salió a lucir al mundo en su perfectísimo original; y así dejó que el pensamiento formase una idea en qué delinearlo, porque a lo que no cabía en los límites naturales se le diese toda la latitud de lo imaginado, en cuya inmensa capacidad aun se estrechan las glorias de tan heroico príncipe. Y aunque esta manera de escribir está tan aprobada con el uso, no quiero dejar de decir que en las divinas letras tiene también su género de apoyo el uso de las metáforas y apólogos pues en el Libro de los Jueces, capítulo 9, se lee: Ierunt ligna, ut ungerent super se Regem: dixeruntque olivae: Impera nobis. Y prosigue introduciendo los árboles que consultan políticamente el gobierno de la montaña. Y en el Libro 4 de los Reyes, capítulo 14, dice: Carduus Libani misit ad cedrum, quae est in Libano, dicens: Da filiam tuam filio meo uxorem. Transieruntque bestiae saltus, quae sunt in Libano, et conculcaverunt carduum. Demás que las fábulas tienen las más su fundamento en sucesos verdaderos; y los que llamó dioses la gentilidad, fueron realmente príncipes excelentes a quienes por sus raras virtudes atribuyen divinidad, o por haber sido inventores de las cosas, como lo dice Plinio: Inventores rerum Dij habiti sunt. Y Servio dijo que sus virtudes los habían elevado del ser de hombres a la grandeza de deidades: Vocamus Divos, qui ex hominibus fiunt. Y este poder y grandeza de la virtud lo vemos en lo sagrado: Ego dixi: dij estis.

Razones que me movieron a delinear algo de las sin iguales virtudes de nuestro príncipe en el dios Neptuno, en el cual parece que no acaso, sino con particular esmero quiso la erudita Antigüedad hacer un dibujo de su excelencia tan verdadero, como lo dirán las concordancias de sus hazañas. Fue este heroico príncipe hijo de Saturno y hermano de Júpiter, el cual por suerte o por mayoría fue rey del cielo, quedando a Neptuno todo el imperio de las aguas, islas y estrechos, como lo refiere Natal: Hic cum Iovis socius et adiutor fuisset in bellis post Saturnum e regno depulsum, iactis sortibus de totius mundi imperio, mare, et omnes insulas, quae in mari existunt, tenere cum imperio sortitus est Neptunus. Fue madre suya la diosa Opis, o Cibeles, la cual es lo mesmo que Isis, por representar estos dos nombres la tierra a la cual llamaron Magna Mater y creyeron ser madre de todos los dioses, y aun de las fieras, como la llamaron Laercio:


Quare Magna Deum Mater, Materque ferarum.



Y Silio Itálico en el Libro 6:


At grandaeva Deum praenoscens omnia Mater.



Lo mismo significa Isis en sentir de Natal: Io modo Luna dicta est, modo credita est Terra. Y más adelante: Fabulantur, Ionem in vaccam mutatam fuisse, animal fertilitatis terrae studiosum, cuius omnis industria sit in colendis agris ob ubertatem ipsius terrae. En honra suya se celebraban juegos circenses (como lo refiere Plutarco), a quienes llamaban Neptunalia, pues se hacían en honra de Neptuno, dios de los consejos. (San Cipriano, Epístola 10: Neptuno cuasi consilij Deo Circenses). Estaban sus aras debajo de la tierra, no sólo para denotar que el consejo para ser provechoso ha de ser secreto (Servio 8, Aeneida: Qui ideo Templum sub tecto in circo habet, ut ostendatur, tectum consilium esse debere) sino para dar a entender que también honraban con silencioso recato a Neptuno en el supuesto de Harpócrates, dios grande del silencio, como lo llamó san Agustín, Libro 18, Capítulo 5, Civitatis Dei; Policiano, Capítulo 83, de sus Misceláneas; advirtiendo que al que los egipcios daban la apelación de Harpócrates, era el dios que veneraban los griegos con el nombre de Sigalion (Carthat. in Miner., página 250. Aegyptij silentij Deum inter praecipua sua Numina sunt venerati; eum Harpocratem vocaverunt, quem Graeci Sigalionem dicunt). La razón de haber los antiguos venerado a Neptuno por dios del silencio, confieso no haberla visto en autor alguno de los pocos que yo he manejado, pero si se permite a mi conjetura, dijera que por ser dios de las aguas, cuyos hijos los peces son mudos, como los llamó Horacio:


O mutis quoque piscibus
Donatura cycni, si libeat, sonum.



Por lo cual a Pitágoras, por ser maestro del silencio, le figuraron en un pez, porque solo él es mudo entre todos los animales; y así era proverbio antiguo: Pisce taciturnior, a los que mucho callaban; y los egipcios, según Pierio, lo pusieron por símbolo del silencio; y Claudiano dice que Radamanto convertía a los locuaces en peces, porque con eterno silencio compensasen lo que habían errado hablando.


Qui iusto plus esse loquax arcanaque suevit
Prodere, piscosas fertur victurus in undas:
Ut nimiam pensent aeterna silentia vocem.



Y siendo Neptuno rey de tan silenciosos vasallos, con mucha razón lo adoraron por dios del silencio y del consejo. Pero volviendo a nuestro propósito, digo que esta Isis tan celebrada fue aquella reina de Egipto a quien Diódoro Sículo con tanta razón elogia desde los primeros renglones de su historia, la cual fue la norma de la sabiduría gitana. Un libro entero escribió Plutarco de este asunto; Pierio Valeriano muchos capítulos; Platón muchos elogios, el cual en el Libro 2, De Legibus tratando de la música de los egipcios dijo: Ferunt, amiquissimos illos apud eos concentus Isidis esse poemata. Tiraquell. Leg. II. Connub., n. 30, la puso en el docto catálogo de las mujeres sabias. Y fuelo en sumo grado, pues fue la inventora de las letras de los egipcios, si se ha de dar crédito a los versos antiguos, que afirma Pedro Crinito haber hallado y leído en la Biblioteca Septimana, uno de los cuales dice así:


Isis arte non minore protulit Aegyptias.



Fue también la que halló el trigo y modo de su beneficio para el sustento de los hombres, que antes era sólo bellotas, y diolo en las bodas de Jasio, hijo de Corito, cuando casó con Tila. Inventó también el lino, como lo da a entender Ovidio:


Nunc Dea Linigera colitur celeberrima turba.



Finalmente, tuvo no sólo todas las partes de sabia, sino de la misma sabiduría, que se ideó en ella. Pues siendo Neptuno hijo suyo, claro está que no le corría menos obligación, pues el nacer de padres sabios no tanto es mérito para serlo cuanto obligación para procurarlo, para no degenerar ni desmentir misteriosos dogmas de los platónicos. En cuyo sentir Horacio,Carmina, 4. Oda 4:


Nec imbellem feroces
Progenerant aquilae columbam.



Y siendo de ordinario las costumbres maternas norma y ejemplar por donde compone las suyas, no sólo lo tierno de la infancia, sino lo robusto de la juventud, mal se percibirán en ellos las prendas que nunca se adornaron. Juvenal, Satiricón 6:


Scilicet expectas, ut tradat Mater honestos,
Aut alios mores, quam quos habet.



Pero nuestro Neptuno desempeñó muy bien su origen con los soberanos y altos créditos de su saber. Lo cual se conoce claramente del acierto de sus acciones. Y aun en la manera de sus sacrificios, sacrificaban a Neptuno con particularidad el toro. Virgil., 2, Eneida:


Laocoon, ductus Neptuno sorte sacerdos,
Solemnes taurum ingentem mactabat ad aras.



Y en otra parte:


Taurum Neptuno, taurum tibi, pulcher Apollo.



Estacio, Tebaida, Libro 5:


Coeruleum Regem tauro veneratur.



Silio Itálico, Libro 15:


Statuunt aras, cadit ardua taurus
victima Neptuno



Sabido es ser el toro símbolo del trabajo, como se ve en Pierio, Libro 3. Pues como los gentiles para hacer sus sacrificios observaban tener atención a cuáles eran las cosas de que cada dios más se agradaba y de aquélla hacían su víctima, así a Neptuno sacrificaron el toro, fundados quizá en que cuando contendió con Vulcano y Minerva por la primacía de las artificiosas obras de sus manos, formó el toro. Lucian. in Hermotim. Minerva domum excogitavit, Vulcanus hominem, Neptunus taurum fecit. Bien pudo ser esta la razón, pero yo juzgo ser otra, y muy diferente. Es Neptuno hijo de la misma sabiduría, ya se ha visto, pues queda probado ser hijo de aquella diosa errante que con el nombre de Io corrió las distancias de todo el mundo, y aportando a Egipto fue allí adorada en la figura y apariencia de una vaca, como elegantemente lo describe Ovidio, Epístola 14, Hipermnestra ad Liceum:


Scilicet ex illo Iunonia permanet ira,
Quo bos ex homine, ex bove facta Dea.



Y Lactancio Firmiano, Libro I, De Falsa Religione, Capítulo 15, Summa veneratione coluerant Aegyptij Isim. Y aun pasó este culto a los romanos, como lo dijo Lucano, Libro 18, hablando con el Nilo:


Nos in templa tuam Romana accepimus Isim.



Y que fuese en figura de vaca dícelo, con otros autores, Natal Comit., Libro 6, Mitolog. Capítulo 13: y Ovidio, Libro 3, Arte amandi:


Visite thuricremas Vaccae Memphitidos aras.



Por eso le fueron las vacas a Isis agradable sacrificio. Herodoto, Libro 2, escribió: Boves foeminas maxime fuisse sacras Isidi apud Aegyptios. Porque siendo Isis la sabiduría, no pudieran hacerle mayor cortejo que sacrificarle la misma sabiduría en su símbolo, que era la vaca en que a ella la idearon. De aquí infiero que cierta imagen del océano u de Neptuno que (como dice Cartario), eran muy parecidos en los retratos: Imagines Neptuni, atque Occeani non multum inter se erant dissimiles. Y con razón, pues indicaban una misma cosa, aunque por referirse a diversas propiedades tenían variadas las apelaciones: fue lo mismo pintarle en la semejanza de un toro que delinear a Neptuno como sabio. Eurípides, in Oreste:


Oceanus, quem
tauriceps ulnis
se flectens ambit terram.



Pues si la sabiduría se representaba en una vaca, los hombres sabios se idearon en un toro. Bolduc, de Oggio, Libro 3, capítulo 4: Tauro viri sapientes, vacca autem eorum sapientia repraesentabatur. De donde se conoce que no por ser hechura suya, sino por ser símbolo de la sabiduría, fabricaron a Neptuno el toro. Con esto queda entendido Plutarco, que en el libro De profectu virtutis, escribe: Philosophum Stilponem somniavisse, vidisse se Neptunum expostulantem secum, quod non bovem ipsi immolasset. Y luego añade: Ut mos erat sacerdotibus. ¿Era Estilpón filósofo?, ¿profesaba ciencias? pues con razón se le queja Neptuno de que siendo sabio no le sacrifique la sabiduría al padre de ella en su símbolo, pues conociéndolo, no había sabio que con la agradable víctima del toro no lo sacrificase cuanto había alcanzado de las ciencias: Ut mos erat sacerdotibus. Habían reconocido que agradaba tanto la sabiduría a Neptuno, que aun los más ínfimos criados suyos, como Tritón (de quien dice Ovidio, Libro I, Metamorfosis:


Caeruleum Tritona vocat conchaque sonanti
Inspirare iubet),



eran doctos, eran sabios, más por la vigilancia de Neptuno, que los industriaba, que por su propria aplicación. El mismo Tritón (14, Argonaut. Apollo.).


Etenim me pater scientem Ponti
Fecit Neptunus huius esse.



Otros muchos apoyos pudiera traer en prueba de la sabiduría de Neptuno, a no pedir la presente obra más brevedad que erudición y parecerme que con esto basta para legitimar su filiación, pues siendo Neptuno tan sabio, no pudiera tener otra madre que a Isis; ni ésta otro hijo más parecido que Neptuno, pues (como dice Theognis, poeta griego):


Non etenim e squilla rosa nascitur, aut hyacinthus:
Sed neque ab ancilla filius ingenuus.



Y los antiguos atenienses estaban en la tutela de Neptuno y Minerva, a quienes reverenciaban por dioses de la sabiduría, tallando en una parte de sus monedas la cabeza de Minerva y en otra el tridente de Neptuno; como Cartario, in Minerv., página 259, equivocando con Minerva a Isis, a quien los autores antiguos han nombrado con grandísima diversidad. Apuleyo la llama Rhea, Venus, Diana, Bellona, Ceres, Iuno, Proserpina, Hécate y Rhamneria. Diodoro Sículo dice que Isis es la que llamaron Luna, Juno y Ceres. Macrobio afirma no ser sino la Tierra, o la Naturaleza de las cosas. Pero entre tanta diversidad de opiniones no será difícil de averiguar quién sea ésta tan repetidas veces mencionada Isis, valiéndonos de lo que acertadamente escribió Jacobo Bolduc en su singular Tratado de Oggio Christian. Libro 2, capítulo I, y presuponiendo haber dado los antiguos a la sabiduría diversas apelaciones, originadas todas de haber algunos fingido, para dar autoridad a su doctrina, algunas diosas asistentes suyas a cuya dirección decían deber lo que de las ciencias alcanzaban, como fue la Egeria de Numa, la Urania de Avito, la Eunoia de Simón Mago: así dieron también nombre de diosa a la sabiduría los que fueron eminentes en ella. De donde trae el origen Semeles, nombre con que significaron la doctrina de Sem, hijo de Noé, y el primero que después del diluvio tuvo escuela pública donde se profesaron las ciencias. En los cuales principios fundado el referido Bolduc, pasa a investigar el origen que pudo tener esta palabra Isis y en el citado lugar, después de bien fundados discursos dice: A Misrain, et Heber, primis Aegyptorium Ductoribus, illustrissimisque viris divina sapientia, seu de religione doctrina, ex duplicato nomine hebreo Is, quod est Vir, ISIS videtur appellata. Con que de Misrain y Heber, primeros fundadores de Egipto y principales autores de las ciencias, tuvo la sabiduría esta nomenclación de Isis entre los varios nombres que le dieron los antiguos, como ella misma dijo de sí en boca de Afranio, in Cella:


Usus me genuit, mater peperit memoria;
Sophiam vocant me Graeci, vos Sapientiam.



Pero este nombre de Isis no fue de sabiduría como quiera, sino de la de Heber, de Misrain, como el mismo Bolduc explicó, capítulo 5: Ita ut vacca, quae Isidem, sea divinam Sapientiam significat, duorum vivorum, qui primi post diluvium fuerunt in Aegypto chiliarchi, nempe Misrain, et Heber, aliquibus notis distingueretur ab illa quae postea fuit. Declarando bastantemente ser lo mismo Misrain que Isis, cuando ésta representaba sólo a la sabiduría. Con lo cual me parece haber probado bastantemente que Neptuno, así por herencia como por propria y personal ciencia, fue sabio. Y como de esta prenda en los príncipes dependan todas las demás, pues dice el filósofo: Ubi praeses fuerit Philosophus, ibi civitas est felix, me he detenido más en su prueba, no sólo porque según la conexión de las virtudes es prueba el tener una de tenerlas todas, como lo dijo con elegancia Lucio Floro: Virtutes sibi invicem sunt connexa: ut, qui unam habuerit, omnes habeat, sino porque la sabiduría es la más principal, como raíz y fuente de donde emanan todas las otras, y más en un príncipe que tanto la necesita para la dirección del gobierno, pues pudiera muy bien la república sufrir que el príncipe no fuera liberal, no fuera piadoso, no fuera fuerte, no fuera noble, y sólo no se puede suplir que no sea sabio; porque la sabiduría, y no el oro, es quien corona a los príncipes. Demás que nuestro Neptuno tuvo éstas y muchas más virtudes en excelente grado como adelante se verá. Fue por extremo valeroso y magnánimo, como se conoce en haber sido el primero que para el uso de la guerra redujo a sujeción la ferocidad del caballo, como lo dice Cartario, por lo cual dice que fue llamado ecuestre, y cita a Diódoro, diciendo: Diodorus Siculus scribit, Neptunum primum omnium equos domuisse, artemque equitandi docuisse; hincque factum esse ut Equestris appellaretur. Y trata en este lugar muy a lo largo de cómo por esta causa le celebraban los romanos los juegos circenses, y cómo era adorado con el nombre de Conso (como ya queda dicho arriba) y dice cómo en Roma había dos banderas en tiempo de guerra: una púrpura de la infantería, y otra cerúlea para los de a caballo, porque éste es el color del mar cuyo rey es Neptuno en cuya tutela estaba la caballería. Inventó también el arte la navegación para conducir por el mar sus armadas, como lo dice Natal con la autoridad de Pausanias, Mitología, Libro 2, folio 163: Memoria prodidit Pausanias, in Arcadicis, Neptunum primum equitandi artem invenisse, quod etiam Pamphi antiquissimi hymnographi testimonio comprobatur, qui Neptunum equorum rostratarumque et turritarum navium largitorem vocavit, y cita a Sófocles para comprobarlo, y también estos versos:


Munus magni daemonis dicere
Gloriam maximam
Equis, pullis, mari, bene imperitantem,
O fili Salurni! tu enim ipsum in
Hanc ducis gloriam, rex Neptune,
Equos moderans fraeno.



Lo mismo se infiere del himno de Homero tan repetido de todos los mitológicos donde dice ser estas dos sus principales ocupaciones:


Bina tibi Superi Neptuno munera donant:
Flectere equos, regere et naves, quae caerula sulcant.



Tuvo varios nombres en los antiguos por diversos acontecimientos, como refiere el mismo Natal y otros autores de los cuales referiré algunos, como son: Tenarius, Plitalmus, Heliconius Temenius, Onchestus Speculator, Natalius, Hippocurius, Crenesius, Gaeonchus, Domativis, Pater Rex Aegeus, Taraxipus, Cartario lo llama Comes, Equestris, Terriquassator, Consus, Harpocrates, y otros muchos que dejo por evitar prolijidad. Éranle dedicados los edificios por haber edificado los muros de Troya, como se dirá adelante y lo afirma Cartario, folio 173, tratando de las cosas que a cada dios dedicaban los antiguos: Sciendum est, apud veteres urbium portas Iunoni, arces Minervae, moenia atque fundamenta Neptuno fuisse sacra.

Ya me parece que está acabado el trasunto de nuestro héroe, y aunque iluminado de tan regios colores y formado de tan divinas líneas, ¿quién duda que distará mucho de la perfección de su original? Pero como quiera que es preciso cotejarlo, veamos la similitud que se halla entre los dos para que se honren estos colores mitológicos de haber, con sus simbólicas líneas, figurado tanto príncipe. Lo primero es nuestro heroico marqués, hijo de Saturno, el más poderoso de los dioses y padre de todos; así lo dice Virgilio:


Primus ab aetherio venit Saturnus Olympo.

Lo mismo sienten los griegos, y Natal dice haberlo dicho la Sibila Eritrea:


Primus mortales inter Saturnus at olim
Regnavit.



¿Qué otra cosa es ser hijo de Saturno que ser hijo de la real estirpe de España de quien descienden tantos reyes que son deidades de la tierra? Es también su excelencia hijo de Isis, esto es, de la sabiduría del señor rey don Alonso, el Sabio por antonomasia, llamado así por la excelencia de sus estudios, especialmente matemáticos, Misrain español, a cuyos compases parece que obedecía el curso de las estrellas. Expresólo con elegancia el Apolo andaluz don Luis de Góngora en una octava que empieza:


Aquel Alonso, digo, coronado
de honores más que esta montaña estrellas,
nunca bastantemente celebrado,
aunque igualmente venerado de ellas.



Concordando aun en este género de estudio con los egipcios, pues ellos fueron los primeros que observaron los movimientos de los cuerpos celestes y enseñaron al mundo la astrología. Es también su excelencia hermano de Júpiter, rey del cielo, esto es, del señor duque de Medina Caeli, a quien por suerte cupo este estado de cielo; con razón llamado Júpiter, pues el nombre de éste se dijo a iuvando, como dice Marciano Capella: Et nos a iuvando Iovem dicimus. ¿Qué más ayuda que un valido Alcides, que alivia al monarca español del peso de la esfera de tan dilatado gobierno? Cupo a Neptuno en suerte el mar (como ya queda dicho) con todas las islas y estrechos. ¿Qué otra cosa fue esto que ser su excelencia marqués de la Laguna, general del mar océano con todos los ejércitos y costas de Andalucía? ¿Ni que otra cosa fue ser titular de los edificios y llamado comes, que ser conde de Paredes? Inventó el arte de andar a caballo Neptuno, o crió a este gallardo bruto, según Virgilio, Geórgicas, Libro I:


Cui prima frementem
Fudit equum magno tellus percusa tridente.



Y dice Andrés Alciato, 72, que marchio, o marqués es vocablo céltico que significa el capitán o perfecto de los caballeros, porque según el uso de aquella región se llama el caballo marchia, y los franceses dicen marchar por andar a caballo, y aun entre nuestros españoles está ya muy recibido, especialmente en la milicia. En Francia e Italia en tiempo de los longobardos significó marqués lo proprio que caballerizo del rey, aunque después se les dio jurisdicción propia. Y dejando aparte otras etimologías del nombre de marqués, como que venga de mare, dicción latina u de marchgraph palabra tudesca, por no hacer a mi propósito y haber tantos autores que tratan de esto, donde los podrá ver el curioso, ya hemos visto que ser marqués no es otra cosa que ser perfecto y señor de la caballería y del arte de andar a caballo, como lo fue Neptuno. Y aun parece que porque no le faltase circunstancia de dominio sobre este generoso bruto quiso el cielo, no sin especial providencia, dar al señor infante don Fernando de la Cerda, hijo del señor rey don Alonso el Sabio y de la señora reina doña Violante, y esclarecido ascendiente de nuestro príncipe, aquella prodigiosa de la cerda (como refiere el padre Mariana y otros coronistas) de donde tuvo origen este gloriosísimo apellido, poniéndole Dios aquella señal, como marcándole con ella por señor de toda la caballería: título que por tantos motivos puede obtener nuestro glorioso héroe. Ya también queda probado ser las vacas como divisa y empresa de Isis, por las razones dichas; y no menos lo son de nuestro príncipe, pues son armas del gran estado de Fox, en Francia, de cuya nobilísima casa desciende por línea paterna. Y así dice Aro en su Nobiliario, que cuando murió el señor mosén Bernardo de Bearne, primer conde de Medina Celi, que casó con la señora doña Isabel de la Cerda, señora del Puerto de Santa María, pusieron sobre su sepulcro las dos vacas, armas de su gloriosa casa. Ya también queda probado ser lo mismo Neptuno que Conso, y que éste se dijo a consilio, vel consilijs; y no cualquier consejo sino Consejo de Guerra, como se colige de las palabras de Cartario: Plutarchus refert cuiusdam dei aram conditam sub terra in circo invenerat; eique deo indidit nomen Conso sive a consilio, quod consiliarius foret: quare ad eius aram aditus nunquam patefiebat, praeterquam ludorum circensium diebus; quod effecit, ut Neptunus idem, ac Consus crederetur. Y siendo estos juegos de tanto peligro y para ejercitar las fuerzas para la campaña, ya se ve qué sería el Consejo de Guerra. El modo con que se jugaban era poniéndose a la ribera del río, y de la otra parte ponían espadas desnudas. Así lo dice Servio comentando a Virgilio en el verso:


Centum quadriiugos agitabo ad flumina currus.



Olim enim in littore fluminis Circenses agitabantur: in altero latere positis gladijs, ut ab utraque parte esset ignaviae praesens periculum; unde et Circenses dicti sunt, quia exhibebantur in circuitu ensibus positis. En los cuales tenían sumo peligro los que jugaban, como dice Virgilio, que era más un combate sangriento que no fiesta pacífica, diciendo:


Iamque humiles, iamque elati sublime videntur
Aera per vacuum ferri, atque assurgere in auras.
Nec mora, nec requies: at fulvae nimbus arenae
Tollitur; humescunt spumis, flatuque sequentum.
Tantus amor laudum, tantae est victoria curae;



orque no faltase ni aun este título de consejero de guerra a Neptuno. Y no sé qué mayor pueda ser la conexión pues hasta en los clarísimos apellidos de su excelencia se hallan significaciones marítimas, cuales son: Porto-Carrero y Ribera; y en su ilustre nombre de Tomás, que es lo mismo que Didimus, vel Gemelus, se halla la unión con su excelentísimo hermano, semejante a la que tuvo Neptuno con Júpiter, que parecían de un parto, pues partiendo tantos y tan poderosos imperios, no se lee que tuviesen la menor discordia, cuando la ambición de reinar no ha guardado jamás fueros a la sangre ni ha admitido compañía en el dominio; por lo cual dijo Aristóteles: Non est bonum pluralitas principantium. Y sólo en la conformidad de estos hermanos se halló: porque el amor los hacía ser uno solo, como significa su nombre gemelus. Finalmente tuvo Neptuno en lugar de cetro, el tridente, con que regía las aguas, de quien dice Cartario que significaba los tres senos del Mediterráneo, o las tres cualidades del agua: Alij (dice) ad triplicem aquarum naturam referunt: fontium enim sunt dulces, marinae salsae, quae autem in lacubus continentur, non sunt amare illae quidem, sed gustatui sunt ingratae. Pero Ascensio, comentando a Virgilio, dice que significaba el tridente la potestad de Neptuno: Ut significetur triplex Neptuni potestas; sicut fulmen trisulcum triplicem Iovis potestatem; el cerberus triceps Plutonis indicat. Lo mismo representa el bastón en los señores virreyes, en que se cifra la civil, criminal y marcial potestad, a que corresponden los títulos de virrey y gobernador, capitán general y presidente de la Real Audiencia que su excelencia obtiene y goce por largos siglos.

Ideóse con estos fundamentos el Arco Triunfal que erigió a su feliz entrada el obsequio de esta santa iglesia metropolitana en una de las puertas de su magnífico templo que mira a la parte occidental, en el costado derecho, por donde se sale a la Plaza del Marqués; desahogando en lenguas de los pinceles sus bien nacidos efectos y ordenando con tan hermosa máquina la puerta que prevenía a tanta dicha: manifestando en ella los cordiales regocijos con que recibía a su pacífico Neptuno que después de tantos marciales trofeos viene a enriquecernos de políticas felicidades y a que le veamos, como dijo Góngora:


En lauro vuelto el tridente,
los rayos en resplandores.



Erigióse en treinta varas de altura la hermosa fábrica a quien en geométrica proporción correspondían diez y seis de latitud, feneciendo su primorosa estructura en punta diagonal; compúsose de tres cuerpos, en que estaban por su longitud repartidas tres calles, en que (quedando libre la capacidad de la portada) se formaban tres tableros; el primer cuerpo fue de obra corintia, fundamentada sobre diez pedestales que se manifestaban por sus resaltos con sus intercolumnios; las columnas fingían ser de finísimo jaspe, y el soclo, corona, cornisa y collarín de bronce, con seis tarjas de lo mismo, sobre que se asentaban seis columnas de fingido jaspe, revestidas en el tercio de máscaras de bronce, con su plinto, basa y capitel, el arquitrabe, triglifos y collarín de lo mismo: frisos y dentellones de jaspe; cornisa, plafón y volada de bronce. El segundo cuerpo fue de orden compósito, con diez columnas de jaspe, revestidas en el tercio de laurel y variedades de joyas de bronce, con sus basas sobre la sotabanca de jaspe: collarín, molduras, capiteles, triglifos, friso, cornisa y volada de jaspe. El tercero cuerpo se compuso de obra dórica en que se veían seis bichas pérsicas, cuerpo de bronce y pierna de jaspe; coronado de capitel compósito y corintio; paflón y arquitrabe de bronce, y friso de jaspe; dos frontis en línea diagonal, y en medio, el escudo de las armas de su excelencia. A los lados, las entrecalles con dos motilos o arbotantes de bronce y jaspe; arquitrabe, friso y cornisa de lo mismo con sus frontispicios y cerca de los remates. La calle de en medio volaba a paflón en el primero cuerpo hundiendo los dos con tres resaltos. En el segundo, con dos resaltos y cercha. En el tercero, igual por coronación de los dos; adornando la arquitectura seis figuras brutescas que distribuidas en todas las dos, sustentaban en bandas de varios colores el tarjón de su inscripción, y las otras cuatro asentadas sobre el paflón y banca de los cuerpos. En cuya montea se dio lugar a los ocho tableros en que se copiaron las empresas y virtudes del dios Neptuno, ideándose en ellas algunos de los innumerables elogios que así por su real ascendencia como por sus altas proezas e incomparables prendas se ha merecido el excelentísimo señor marqués de la Laguna, ostentando el Arco en los colores, en lo perfecto de las líneas, en los resplandores del oro que lo pulía a rayos, no ser menos que fábrica consagrada a tanto príncipe; llevándose sus inscripciones la atención de los entendidos, como sus colores los ojos de los vulgares, y el cordial amor y respecto de todos los dos retratos de sus excelencias en señal del que tiene a sus perfectos originales, que el cielo guarde, para que gocemos en ejecuciones los felices anuncios de su gobierno.




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Inscripción

con que la santa iglesia metropolitana dedicó a su excelencia esta breve demostración de su encendido afecto. La cual se escribió en el tarjón que coronaba la portada, en la distancia que había desocupada entre ella y el tablero principal


EXCELL.MO PRINCIPI,

NOBILISSIMO HEROI D.D. THOMAE, Antonio, Laurentio, Emanueli, de la Cerda, Manrique de Lara, Enriquez, Afan de Ribera, Portocarrero, et Cardenas: Comiti de Paredes, Marchioni de la Laguna,

NOBILISSIMO EQVESTRIS ORDINIS ALCANTARAE, Comendatori de Moraleja, Supremi, et Maximi Senatus Bellici Regio Consiliario: Aequitate, prudentia, et fortitudine conspicuo: Praeclasimo Novae-Hispaniae Proregi: Meritissimo eiusdem Generali Duci: Supremo item Regij Aeropagi Praesidi: Belli, et Pacis Arbitro Potentissimo: Religione, Pietate, et Iustitia celeberrimo.

Magnanimitate, Sapientia, et Fortitudine munitissimo: Omnium virtutum dotibus ornatissimo: NEPTVNO suo tranquilissimo: Faventissimo Numini, Servatori Maximo, Protectori optimo Patri indulgentissimo:

Metropolitana Imperialis Mexicana Ecclesia. Hunc obsequij, et veri Amoris Obeliscum, hanc communis gaudij publicam Tesseram hoc perennaturae felicitatis votum auspicatur.

Animo, Mente, et Corde promptissimo Erigit, Dicat, consecrat, Offert.


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Argumento del primer lienzo.

Ya queda ajustada la grande similitud y conexión que hay entre nuestro excelentísimo príncipe y el padre y monarca de las aguas, Neptuno, en cuya conformidad se copió en el principal tablero (que fue el que coronando la portada era vistoso centro de los demás) a toda costa de poderoso y a no menos visos de deidad, la sagrada de Neptuno, acompañado de la hermosa Anfitrite, su esposa, y de otros muchos dioses marinos, como lo escribe Cartario citando a Pausanias: Maxima pars Neptuni comitum in quodam templo, quod est in agro Corinthio (ut Pausanias refert) cernebatur, ubi is una cum Amphitrite sua uxore in curru erat; puer quoque Palaemon Delphino innixus visebatur; equi quatuor currum trahebant; Tritones duo erant ad latus; in basi media, quae currum substentabant, mare erat cultum, atque Venus, quae inde emergebat pulcherrimis Nereidibus comitata. En los rostros de las dos marinas deidades hurtó el pincel las perfecciones de los de sus excelencias haciendo (especialmente a la excelentísima señora marquesa) agravios en su copia, aunque siempre hermosos por sombras de sus luces, groseros por atrevidos y cortos por desiguales. Conducían a la deidad cerúlea con su divina consorte en un magnífico carro dos caballos marinos, aunque Orfeo dijo que eran cuatro:


Quadriiugum impellens currum, summo aequore
labens.



Rompían estos nadantes monstruos las blancas espumas que aumentaban tascando los dorados frenos y matizaban con las verdes cernejas de sus pies; precedía al carro, Tritón, de biforme figura con su torcida trompa, marino clarín de tantas glorias, divirtiendo los reales oídos las músicas sirenas, y acompañaban obsequiosas a sus dueños las nereidas, coronando sus verdes cabellos de conchas y perlas; servía a Palemón de bajel la ligereza de un delfín, real insignia del marítimo dios. Finalmente no olvidó el pincel en el real triunfo ninguno de los dioses que en su lista puso el poeta cuando explicando el poder del tridente dice:


Subsidunt undae, tumidumque sub axe tonanti
Sternitur aequor aquis: fugiunt vasto aethere nimbi.
Tum variae comitum facies: immania cete,
Er senior Glauci chorus, Inousque Palaemon,
Tritonesque citi, Phorcique exercitus omnis.
Laeva tenet Thetis, et Melite, Panoaeaque Virgo,
Nesaee, Spioque, Thaliaque, Cymodeceque.



Adornaban las cuatro esquinas del majestuoso tablero los cuatro más principales vientos en extraordinarias figuras semejantes a sus efectos y propriedades que, como súbditos de la misma deidad, crecían la triunfal ostentación. Estaba a la parte septentrional el Aquilón o Bóreas, de rostro fiero, barba y cabello erizado, coronado de escarcha, las alas complicadas del frío y por pies dos horribles caudas de serpiente. A la meridional, soplaba el Noto o Austro, conducidor de las lluvias, destilándolas de la barba y cabello, coronado de nubes como lo describe Ovidio:


Madidis Norus evolat alis,
Terribilem picea tectus caligine vultum;
Barba gravis nimbis, canis fluit unda capillis;
Fronte sedent nebulae, rorant pennaeque, sinusque.

A la parte oriental soplaba el Euro, negro etíope, coronado de un sol cuyos rayos, por la demasiada vecindad, abrasaban más que iluminaban su atezado rostro, propia semejanza de los naturales por donde pasa. A la occidental adornaba el galán Céfiro, mancebo gallardo, coronado de flores, vertiendo aromas y primaveras del oloroso seno. Todo lo restante adornaban las vistosas y plateadas ondas del mar que mezclando con tornasolados visos las blancas espumas a las verdinegras aguas, formaban una hermosa variedad a la vista y una novedad agradable a los ojos por lo extraordinario de su espectáculo vistoso. El adorno de este tablero sólo miró a cortejar con los debidos respectos y merecidos aplausos los retratos de sus excelencias y a expresar con esta regia pompa la triplicada potestad del bastón, figurada en el tridente, al cual se puso este mote: Munere triplex. Y abajo en el tarjón de su pedestal, que sustentaban con dos bandas dos hermosas figuras, se escribió de bien cortadas y airosas letras este






Soneto


Como en la regia playa cristalina
al gran señor del húmedo tridente
acompaña leal, sirve obediente
a cerúlea deidad, pompa marina,
no de otra suerte, al Cerda heroico inclina
de almejas coronada la alta frente,
la laguna imperial del occidente,
y al dulce yugo la cerviz destina.
Tres partes del tridente significa
dulce, amarga y salada en sus cristales,
y tantas al bastón dan conveniencia:
porque lo dulce a lo civil se aplica,
lo amargo a ejecuciones criminales,
y lo salado a militar prudencia.




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Argumento del segundo lienzo.

Al diestro lado, si no tan grave no menos lucido, se ostentaba otro tablero que hacía hermoso colateral al de en medio, en cuyo campo se descubría una ciudad ocupada de las saladas iras del mar: copia de la que en Grecia (según refiere Natal) anegaron sus furiosas olas. Imitaba la valentía del pincel con tanta propriedad la náufraga desdicha de los moradores de ella, que usurpaban la lástima debida a lo verdadero las bien fingidas agonías de su último fin; descubríase arriba Juno con regio ornato en un carro que por la vaga región del aire conducían dos coronados leones, como la describe Cartario: Ea supra duos leones sedebat; altera manu sceptrum, altera fusum gestabat; radijs caput insigniebatur. A su lado estaba Neptuno a quien, afectuosa, pedía socorro para la ciudad de Inaco, su alumno, dada ya a saco a los marinos monstruos, y el piadoso dios, no queriendo emplear generosas iras en los indefensos griegos, pues (según Plinio) Male vim suam potestas alienis iniurijs experitur, apartaba con el poderoso tridente las aguas que, obedientes, se volvían a encarcelar con las llaves de arena que les impuso su Eterno Autor. Representaba esta inundación la que es continua amenaza de esta Imperial Ciudad, preservada de tan fatal desdicha por el cuidado y vigilancia de los señores virreyes, y nunca más asegurada que cuando no sólo tiene propicio juez pero espera tutelar numen en el excelentísimo marqués de la Laguna, que si allá (como refiere Natal, tomándolo de Herodoto) formó Neptuno una laguna en que fluyesen las copiosas aguas del Peneo: Scriptum reliquit (dice) Herodotus in Polymnia Thesalos dicere solitos, Neptunum lacunam fecisse, per quam fluat Peneus, nosotros esperamos mejor Neptuno que, contraponiendo la hazaña, forme un río por donde fluya una laguna en su tan necesario como ingenioso desagüe. Expresaba el concepto una octava escrita en su pedestal, y en lo superior del lienzo este mote: Opportuna interventio.


   Si a las argivas tierras el tridente
libres pudo dejar de inundaciones,
a cuya causa el pueblo reverente,
mil en un templo le ofreció oblaciones;
quede ya la cabeza de occidente
segura de inundantes invasiones
pues, con un templo, auxilio halla oportuno
en la tutela de mejor Neptuno.






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Argumento del tercero lienzo.

En el correspondiente lienzo a éste con no menor gallardía, se descubría un mar, y en medio de sus instables olas la isla Delos, tan celebrada por sus raros acontecimientos y varias fortunas; ésta es aquella casta Asteria cuya belleza vistió de plumas a la deidad de Jove, como lo refiere Ovidio:


Fecit et Asterien aquila luctante teneri.



Fue hija de Ceo y nieta de Titán, aunque según otros, hija de éste y hermana de Latona. Conociendo, pues, Asteria el engaño del que plumado amante desmentía en semejanzas de ave, resplandores de divino y pasiones de humano, se valió del mismo ardid para huir con las alas, de las alas, y resistir con plumas, las plumas: cuerdo arbitrio pues sólo unas a otras pueden impugnarse. Voló en traje de codorniz la castidad, aunque infelizmente, que no siempre salva la inocencia; cayó en el mar, y como si la virtud fuese culpa, fue condenada a perpetuo movimiento; llamóse Delos, que (según Natal) quiere decir Manifestum, et Apparens; y aunque algunos quieren que debiese al mismo Júpiter la quietud, y Macrobio, libro Satur. capítulo 7, dice que Apolo y Diana, agradecidos al beneficio hecho a su madre Latona o por engrandecerla como a patria suya, la hicieron consistente; Luciano in Dial. Irid. et Nept. es de contrario parecer, atribuyendo a Neptuno esta piadosa hazaña, como refiere Natal, folio 963, donde refiriendo el suceso del parto de Latona y celos de Juno, dice: Deinde terra universa iurare coacta est, quod parturienti Latonae locum non concederet, praeter Delum insulam; illa enim, cum esset instabilis, per illud tempus sub undis forte delitescebat; quae deinde, cum tempus pariendi Latonae adventasset, utpote non iurata in Latonam, iussa est a Neptuno consistere, et locum parturienti praebere. Y es más consentáneo a razón que en sus reinos no mandase otro ni se introdujese en su jurisdicción, pues pudiera responderle lo que a Eolo, dios de los vientos, en Virgilio, Eneida, libro I, 220 verso 142:


Non illi imperium Pelagi saevumque tridentem,
Sed mihi sorte datum.



El fue, pues, el que movido a compasión de la infeliz Latona, afirmó con el tridente la movediza isla sirviendo éste de clavo a su voluble fortuna para dar estable acogida a la congojada hermosura, a quien sirviendo de Lucina sola su necesidad y de arrimo una hermosa palma, dio al mundo y mucho más al cielo aquellos dos lucientes faroles de Febo y Diana; así lo afirma Homero en estos versos:


In monte excelso, deflexa in vertice Cynthi,
Inopae ad primas ripas, palmaeque propinqua.



Adórnase en el tablero, la isla, de valientes y vistosos países, copados árboles y intrincados riscos; expresó el pincel con gallarda propriedad la aflicción de Latona en el semblante, como la hermosura en las dos tiernas luces de Febo y Diana; descubríase arriba, majestuosamente adornado, nuestro Neptuno con el tridente que la afirmaba. Representaba todo este vistoso aparato a nuestro imperial Méjico, y no sé qué más propria copia suya pudiéramos hallar, pues demás de convenirle por su fundamento el nombre de la isla, según su definición: Insula dicitur terra, quae undique aquis clauditur. ¿Qué más Manifestum, et Apparens, que la que tantos siglos se ocultó, como en el mar, pues el temor de éste estorbaba su descubrimiento? Y así, parece que se apareció al mundo a merced de Neptuno, pues éste dio paso por sus ondas para poder gozar sus inmensas riquezas y para que en sus minerales se probase ser patria del sol y la luna, pues con tan benignos influjos la adornan de aquellos dos metales primogénitos de sus luces sin que le falte ni aun el ave en que se transformó el enamorado Tonante por amor de Asteria, pues émula de Roma tiene por armas un águila imperial, y la mayor grandeza suya gozar los favores de mejor Neptuno en nuestro excelentísimo príncipe con quien espera gozar estables felicidades sin que turben su sosiego inquietas ondas de alteraciones ni borrascosos vientos de calamidades. Indicó el pensamiento este mote: Te clavum tenente, non nutabit. Y en el pedestal esta letra castellana:


   Asteria, que antes por el mar vagante
era de vientos y ondas combatida,
ya al toque del tridente, isla constante,
es de Latona amparo y acogida.
¡Oh Méjico! No temas vacilante
tu república ver, esclarecida,
viniendo el que con mando triplicado
firmará con las leyes el Estado.






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Argumento del cuarto lienzo.

En el cuarto tablero (que fue el inferior de la calle del lado diestro) se pintaron dos ejércitos con tan gallardo ardimiento expresados, que engañado el sentido común con las especies que le ministraba la ilusión de la vista, se persuadía a esperar del oído las del confuso rumor de las armas. Eran los sangrientos combatientes griegos y troyanos; que éstos, ya desfallecidos, se retiraban, y aquéllos, más ardientes con la cercanía de la victoria, los seguían (que la próxima posesión pone espuelas aun en el ánimo más remiso). Señalábase en ésta, como en todas las facciones bélicas, el valeroso Aquiles, que con más que varoniles hechos, desmentía los femeniles paños que antes le vistió el materno celo, y con destemplados golpes del acero hacía más sonoro el clarín de su fama que antes con las delicadas y acordes cuerdas de su lira. Era blanco de su furor (por más señalado en el valor) el gallardo Eneas (que siempre el rayo busca resistencia en que ejecutar sus estragos); había Eneas cumplido con todas las obligaciones de hijo de Anquises en defenderse, mas no sé si con todas las de hijo de Venus en ofender, pues ya, a pesar de la vanidad y arrogancia de ésta (de quien dice Sófocles, in Trachiniis:


Magnum quoddam robur
Venus, refert victorias semper),



casi cedía rendido al hijo de Tetis si (como dice Virgilio) no le librara de su furia Neptuno, siempre apostando piedades a las ingratitudes de Troya y siempre afecto a su conservación, como padre que (según Quintiliano) mavult Pater corrigere, quam abdicare, como el mismo lo refiere a Venus:


...Saepe furores
compressi, et rabiem tantam, coelique, marisque.
Nec minor in terris (Xanthum, Simoentaque testor)
Aeneae mihi cura tui. Cum Troiae Achilles
exanimata sequens impingerit agmina muris,
millia multa daret letho, gemerentque repleti
Amnes; nec reperire viam, atque evolvere posset
in mare se Xanthus: Pelidae tunc ego forti
congressum Aeneam, nec dis, nec viribus aequis,
nube cava eripui.



Estaba pintado arriba, con nube, el auxiliar dios, defendiendo con ella al troyano y representando en su piedad la que celebra la fama en nuestro excelentísimo héroe, que no contenta con sus bocas, las forma de sus plumas, para llevar a los climas más remotos no sólo en las voces, pero en las utilidades, las noticias de su piedad. Virtud tan propria de príncipes, que los egipcios ponían en los cetros y reales insignias una cigüeña sobre un pie del hipopótamo, animal feroz y cruel, para dar a entender que los príncipes han de anteponer la piedad al rigor, y como ésta nunca campea más que cuando se emplea en el que la merece menos, se puso para explicarlo este mote: Sat est videat, ut provideat. Y en el pedestal esta décima castellana:


   Por más que Eneas troyano
tenga a Neptuno ofendido,
cuando le ve combatido,
le ampara su invicta mano.
Así, Cerda soberano,
la piedad que os acredita
ampara al que os solicita,
sin buscar, para razón,
otra recomendación
que ver que lo necesita.






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Argumento del quinto lienzo.

En el tablero de la mano siniestra, correspondiente a éste, estaba Neptuno, tutelar numen de las ciencias (como queda probado en la Introducción) recibiendo en su cristalino reino a los doctísimos centauros que, perseguidos de la crueldad de Hércules, buscaban socorro en el que sólo lo podían hallar, siendo sabios. Fueron éstos los maestros de las ciencias en la Antigüedad, como se prueba en Quirón, a cuya doctrina confió peleo la educación del valeroso Aquiles, como lo dijo Alciato:


Magnam fertur Achillem
in stabulis Chiron erudisse suis.



Y Germánico, in Phenonem Arati:


Hic erit ille pius Chiron, tutissimus omnes
inter nubigenas, et magni doctor Achillis.



También Apolo le entregó a Esculapio para que lo industriase en la medicina y ciencias naturales, en que salió tan aventajado que daba vida a los muertos, como dice Sereno Samónico:


Tuque potens artis, rudos qui tradere vitas
Nosti, atque in coelum manes revocare sepultos.



Fue también maestro de Hércules, como lo dice Natal: In astronomicis autem rebus magistrum habuit virum sapientissinum, ac optimum Chironem; el cual trata muy de espacio de su sabiduría en el Libro 4, Mythol, y Euripid. in Iphigen. Fue de los antiguos su docta conjetura tenida por espíritu profético, con lo cual predijo a sus compañeros el infeliz suceso de la batalla de los Lapitas y a Neso la muerte, como refiere Ovidio:


Quique suis frustra bellum dissuaserat augur,
Astylus: ille etiam metuenti vulnera Nesso,
Ne fuge, ad Herculeos, inquit, servaberis arcus.



Llamáronse Centauri, y es como si dijéramos Cencitauri, según afirma Bolduc de los caldeos. Fueron los Cineos discípulos del primer sabio Enos, por cuya contemplación se llamaron Enocci, y después con el transcurso del tiempo, corrompido el vocablo, quedó en Cenci, y porque se coronase su nombre con el de su sabiduría (según queda probado ser el toro símbolo de ella) añadieron el tauri con sabia providencia, como si dijéramosCineos Doctos, que después quitando las sílabas intermedias (como siempre usan los griegos en los vocablos compuestos) quedó el nombro en Centauros. Fueron éstos (como lo dice Palefato, Natal, y Téxtor en su Oficina) hijos de la preñez de una nube, de donde se llamaros Nubigenae, como lo dice Virgilio, Eneida, Libro 8:


...Tu nubigenas, invicte, bimembres.



Y en el Libro 7, verso 684:


Ceu duo nubigenae cum vertice montis ab alto
descendunt Centauri.



Claro está que siendo sabios habían de venir de lo alto: Quia omnis sapientia a Domino Deo est. Siendo, pues, hijos de una nube, y siendo el nombre de Neptuno lo mismo (en sentir de san Isidoro) que nube tonans, ¿quién quita que le prohijemos éstos, que así por la etimología de su nombre como por su ciencia pueden con tanta razón legitimarse por hijos suyos? Éstos (dice Antímaco en su Centauromaquia) no fueron muertos por Hércules sino que huyeron de su violencia al mar e islas de las Sirenas; así lo afirma Apolodoro, Libro 7, Bibliotheca, hablando de su fuga: Reliquos autem Neptunus excipiens ad Eleusinum occuluit. Viva semejanza fueron estos centauros de los primeros invencibles conquistadores de este reino que, con el favor de Neptuno, figurado en las aguas del mar, dejaron burlada la ferocidad de Hércules en su furioso estrecho, tan temido de los náuticos antiguos el cual se llama entre los latinos Fretum Herculeum, y nosotros lo llamamos Estrecho de Gibraltar; allí fue donde puso aquellas dos tan famosas columnas Abila y Calpe, que en su sentir terminaban el mundo, como lo dijo Dionisio en el libro De Situ Orbis:


Ad fines, ubi sunt erectae forte columnae,
Herculeos (mirum) iuxta suprema Gades.



Donde escribió aquel más desmentido que repetido mote: Non plus ultra, con que quedó ufano de que no podía pasar adelante. Pero burlaron su confianza los centauros, esto es, nuestros españoles, que por tales fueron tenidos en este reino de los bárbaros indios cuando los vieron pelear a caballo; creyeron ser todo de una pieza, como dice Torquemada en su Conquista; los cuales pasaron el tan temido Estrecho de Hércules con el favor de Neptuno: de los señores Cerdas, dueños de aquellos puertos, y de nuestro excelentísimo señor marqués de la Laguna, gobernador del presidio de Gibraltar, con todos los ejércitos y costas de Andalucía. Púsose en lo superior del lienzo este mote: Addit sapientia vires; y en su pedestal esta décima:


   De Hércules vence el furioso
curso Neptuno prudente:
que es ser dos veces valiente
ser valiente y ingenioso.
En vos, Cerda generoso,
bien se prueba lo que digo,
pues es el mundo testigo
de que en vuestro valor raro,
si la ciencia encuentra amparo,
la soberbia halla castigo.






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Argumento del sexto lienzo.

En el sexto lienzo (que fue el último de la calle de la mano diestra), se copió un cielo con todo el hermoso ornato de que su divino autor lo enriqueció. En el cual el Júpiter del mar (así lo llamó el Virgilio cordobés: Del Júpiter soy hijo de las ondas, en su, de todas maneras gigante, Polifemo) pintóse, pues, Neptuno, colocando en el cielo al Delfín, ministro y valido suyo, y embajador de sus bodas, cuya elocuencia persuasiva inclinó los castos desvíos de la hermosa Anfitrite a que admitiese la unión del cerúleo dios; dícelo Natal con estas palabras hablando de este suceso: Uxorem habuit Amphitritem quam, cum deperiret, neque in amorem sui ullo pacto posset allicere, Delphinum misit, qui eam sibi conciliaret, persuaderetque, ut maritum Neptunum aequo animo ferret. Id cum Delphinus impetrasset, ad perpetuam tanti beneficii memoriam dicitur Delphini signum inter sidera relatum. Y cita a Arato, para dar a entender el lugar en que fue colocado y las estrellas de que consta esta constelación, que son nueve, según refiere:


Tu magni currens Capricorni corpora propter
Delphinus iacet haud nimio lustrata nitore,
praeter quadruplices stellas in fronte locatas;
quas intervallum binas disterminat unum.



Lo cual fue premio de su embajada, o (según Sánchez Brocense in Alciato, Emblema 89; Natal Comit., Libro 8, capítulo 14) por la piedad y humanidad que usó con Arión, sacándole en su espalda libre del naufragio, como lo dice Ovidio, 2. Fast.:


Dij pia facta vident: astris delphina recepit
Iupiter, et stellas iussit habere novem.



Sea por uno o sea por otro, cualquiera de las dos acciones es muy digna de premio, pero excedió al mérito la recompensa que de la generosa mano de Neptuno recibió. Era deidad, y como tal sabía que el beneficio se ha de satisfacer con ventajas, pues en sentir de Séneca, Ingratus est qui beneficium reddit sine usura, y que no se ha de pagar sólo con medida que se recibe si es posible agrandarla, como dice Cicerón: Eadem mensura reddere debes, qua acceperis, aut etiam cumulatiori, si possis. Y pudiendo él como deidad todo cuanto quería, corto quedara si no le diera tan magnífico premio: que por grande que parezca una recompensa, siempre tiene el que obró primero la ventaja de la anticipación y ésta nunca puede satisfacerse, porque nunca el beneficiado puede tener el mérito del obrar libre; y así siempre dista uno de otro lo que va de dar a pagar. Tenía a más de esto, el Delfín, prendas que no deslucían la dignidad en que le constituía Neptuno, que a carecer de ellas no se librara el príncipe de imprudente aunque se ostentara agradecido, pues según Cicerón, benefacta male collocata malefacta sunt. Y como la elección de los ministros es la acción en que consiste el mayor acierto u desacierto del príncipe, no fuera tolerable el yerro en tan grave materia, pues según siente Plinio el Menor, es tan grande el daño que los malos ministros causan, que dice: Melior Republica est, in qua princeps malus, quam amici principis mali. No era de éstos el Delfín, sino muy consumado en prudencia e ingenio, como se conoce en el buen fin que dio a su embajada y en piedad que mostró con Arión: indicios todos de tener todas las partes que necesita un ministro para obrar rectamente, porque lo primero, dice de él Plinio, que es ligerísimo: Velocissimus omnium animalium Delphinus, velocior volucre, acrior telo. ¿Pues qué mejor prenda para un ministro que la presteza en la expedición de los negocios que están a su cargo? Y más cuando es con la justa ponderación de cada cosa, sin que por la aceleración se incurra en el defecto de no entender bien todas las circunstancias del negocio que se trata. No faltó esta prudencia al Delfín, pues refiere Pierio Valeriano que Augusto César traía por empresa un delfín rodeado a una áncora, con mote que decía: Festina lente; explicando la prisa que se debe tener en la ejecución, y el espacio en la consideración de los negocios. Alciato, Emblema 20, a quien puso por título: Maturandum, enseña esta doctrina con elegancia en una rémora asida a una saeta:


Maturare iubent propere et cunctantier omnes,
Ne nimium praeceps, neu mora longa nimis.
Hoc tibi declaret connexum echeneide telum:
Haec tarda est, volitant spicula missa manu.



Y Horacio, Libro 1, Satiricón I, dice casi la misma sentencia:


Est modus in rebus: sunt certi denique fines,
quos ultra citraque nequit consistere rectum.



Y de nuestro Salomón español, el muy prudente señor don Felipe Segundo, se cuenta haber dicho en una ocasión a los que le vestían: Vestidme de espacio, que estoy de prisa. Digna sentencia de su real ánimo y digna de ser norma de todos los príncipes. Con que queda probado que era el Delfín muy digno de la honra que recibía, pues aunque era mucha la altura a que ascendía: Nihil tam altum natura constituit, quo virtus non possit eniti. Con que quedó muy acreditada con tal elección la prudencia de Neptuno, que ésta es propriamente virtud de pechos reales, como dijo Aristóteles: Prudentia est proprie virtus principis. Y Séneca dice que se acredita a sí mismo el que honra al digno: Beneficium dando accepit, qui digno dedit. Representaba todo este hermoso aparato la liberalidad y cordura tan notoria en su excelencia de cuya noticia está tan lleno todo el orbe; y las felicidades que este reino se promete en su tranquilísimo gobierno. Púsose este mote en el acostumbrado lugar: Dignos ad sydera tolles, y en el pedestal este






Epigramma


Clarus honor coeli mirantibus additur astris
Delphinus, quondam gloria torva maris.
Neptunum optatis amplexibus Amphitrites
nexuit; et meritum sydera munus habet.
Talia Magnanimus confert Moderator aquarum
praemia: Neptunum, Mexice, plaude tuum.
Delphinus Ponti ventorum nuntiat iras,
cum vario ludens tramite scindit aquas;
coeli Delphinus fixo cum sydere fulget,
omnia foelici nuntiat auspicio.




Argumento del séptimo lienzo.

En el séptimo lienzo (que fue el superior de la calle siniestra) se copió la gloriosa y célebre competencia que nuestro Neptuno tuvo con Minerva sobre poner nombre a la ciudad de Atenas, como lo refiere Plutarco, a quien sigue Natal con toda la escuela mitológica. Era Atenas centro y cabeza no sólo del mundo, sino de las ciencias, y llamada Doctissima, como la llamó Ovidio en una de sus epístolas:


Atque aliquis Doctas iam nunc eat, inquit, Athenas.



Y como en las competencias de ingenio, Nihil difficilius quam cedere alteri, fue necesario que todo el coro de los dioses asistiese al docto desafío, porque aunque dice Cicerón: Silent leges inter arma, no sucede así en las guerras del entendimiento, porque como las leyes no son otra cosa que sus mismos discursos ordenados conforme a la recta regla de la razón e igual sindéresis, y como es cierto que vexatio dat intellectum, nunca más fecundos los produce que cuando con el calor de la disputa se mueven y representan las especies que estaban más remotas y escondidas, pues como era de esta calidad (y no de las que dice Platón: Propter pecuniarum possessionem omnia praelia fiunt), fue necesario que la atendiesen y juzgasen los doctos. Redújose la ingeniosa contienda a demonstración, que es mejor testigo de los méritos, y entonces hiriendo la tierra con el tridente el gran Neptuno, salió un soberbio caballo despreciando la tierra que le había producido y anunciando guerras con sus sonorosos relinchos, como dice Lucano con su acostumbrada elegancia:


Primus ab aequorea percussis cuspide saxis,
Thessalicus sonipes, bellis feralibus omen.



Siguióse la demonstración de la diosa, y fue una hermosa oliva dando verdes anuncios de paz en sus floridos ramos, como lo dice Natal citando a Plutarco: Quippe cum eo tempore equum invenisse dicatur; cum in Areopagum cum Minerva in contentionem descendit, de nomine Athenis imponendo, cum ipse equum hominibus, Minerva olivam munus attulit. Pareció a los jueces digna de la victoria la docta diosa, y el mismo Neptuno le cedió el triunfo cumpliendo con la obligación de docto y cortesano, quedando él más triunfante con el rendimiento que ella con la victoria, tomando el consejo de Ovidio:


Cede repugnanti, cedendo victor abibis.



Si ya no es que digamos que ser Neptuno vencido de Minerva, fue vencerse de su propria sabiduría entendiéndola en ella; pues aunque la común opinión es que nació de la cabeza de Júpiter, como afirma Procelio, Libro de Amor.


At Pallas magni Iovis orta cerebro.



Y Homero: Iovis filia gloriosa Tritonia. Alciato también lo dice en un emblema:


An quia sic Pallas de capite orta Iovis?



Y Lucano:


Hanc et Pallas amat, patrio quae vertice nata.



Y otros sin número. Pero contra estas autoridades dice Natal, citando a Pausanias in liber Myth.: Scriptum reliquit Pausanias in Acticis, Minervam Neptuni, et Tritonidis Paludis filiam fuisse; y Herodoto repite las mismas palabras. De donde se puede inferir que decir que Neptuno engendró a Minerva fue decir que fue sabio y que como tal produjo actos de sabiduría; y decir que fue de ella vencido, no fue más que decir que se sujetaba a las reglas de la razón, que es la verdadera libertad, como lo afirmó Plutarco: Rationi servire vera libertas est, y vencer (como lo hacen todos los sabios) la parte superior del hombre a la inferior, refrenando sus ímpetus desordenados; quizá para darnos a entender esto, fingieron ser caballo el vencido y oliva la vencedora. Y que ésta sea símbolo de las ciencias, secolige de Natal, donde dice: Cum vero olivae fructus ad omnes artes sit accommodatus, oleum scilicet, omnes denique artes Minerva invenisse creditur, nam profecto nulla est fere ars, quae non olivae beneficio utatur. Y compruébase con lo que dice Herodoto, que cuando el Oráculo de Apolo mandó a los de Epidauro hacer aquellas estatuas, preguntando si serían de oro o plata, respondió que no, sino de oliva, porque como dios de las ciencias se debía de agradar en el árbol que las simbolizaba, y añade el mismo Herodoto que sólo había olivas en Atenas; quizá por eso sólo en Atenas había ciencias. Pues que el caballo sea símbolo de la parte animal del hombre, dalo a entender en uno de sus hieroglíficos Pierio, que tiene por título: Fraenata ferocitas, donde dice: Vulgatissimum est illud argumentum, hominem invicto, ferocique animo imperio tamen, et rationi obsequentem, hieroglyphice per fraenatum equum significari. Y añade: Animal nimirum ferox, atque magnanimum; quod leges tamen subiit, por su innata ferocidad y desasosiego contrario en todo a la serenidad de la sabiduría. Y así Homero pintó a Marte en un carro que lo tiraban caballos para significar lo sanguinolento y furioso. Con lo cual queda probado que en Neptuno fue hazaña y no cobardía el ser vencido, pues no era otra cosa Minerva que su proprio entendimiento a quien sujetaba todas sus acciones para conseguir doblada victoria: pues (según Séneca) bis vincit, qui se in victoria vincit. Y el ser una cosa Minerva y Neptuno, aunque debajo de diversos respectos, se prueba en que se les atribuían unas mismas cosas pues siendo el toro sacrificio de Neptuno (como lo dijo Homero:


Cyanaeos crines taurum mactetur habenti),



e lo sacrificaban también a Minerva, como lo dice Natal, el cual dice que era éste o una vaca, su víctima; y lo comprueba Ovidio:


-Mactetur vacca Minarvae.



Y siendo dios de los edificios Neptuno, los atribuyen también a esta diosa; y dice el citado Natal: Haec prima aedeficandi viam invenisse dicitur; ut testatur Lucianus in Hermodito: inquit enim fabula, Palladem, Neptunum, ac Vulcanum de artificio contendisse, atque Neptunum taurum fabricasse, Palladem excogitasse domum. De donde se colige que Minerva en este sentido no es distinta de Neptuno sino su propria sabiduría. ¿Pues qué más elegante y propria representación de nuestro príncipe, que uno que alcanzó tan gloriosos vencimientos de sí mesmo y que sujetó tanto a la regla de la razón sus acciones que se preció de ser vencido de su propria sabiduría? Gloríese desde hoy más esta nobilísima ciudad en su Neptuno sabio, pues la gobierna aquél a quien sólo la razón gobierna; pues dice Plutarco: Pessimus est Imperator qui sibi ipsi non imperat. Y Erasmo: Necesse est, ut princeps consultorem habeat in pectore. Explicó algo de este primoroso vencimiento el mote, que fue: Dum vincitur, vincit. Y en el pedestal este






Epigramma


Desine pacifera bellantem, Pallas, oliva,
desine Neptuni vincere, Pallas, equum.
Vicisti: donasque tuo de nomine Athenis
nomen; Neptunus dat tibi et ipse suum.
Scilicet ingenium melior sapientia victum
occupat, et totum complet amore sui.
Si tamen hic certas, Neptunia, Mexicus audit,
Neptuno et Palmam nostra Lacuna refert.
Gaudeat hinc foelix Sapientum turba virorum:
praemia sub gemino Numine certa tenet.




Argumento del octavo, último lienzo.

En el octavo y último lienzo (que fue el que coronó toda la montea) se pintó el magnífico templo mejicano de hermosa arquitectura aunque sin su última perfección, que parece le ha retardado la Providencia, para que la reciba de su patrón y tutelar Neptuno, nuestro excelentísimo héroe. En el otro lado se pintó el muro de Troya, hechura y obra del gran Rey de las Aguas, como lo dice Virgilio en el Libro 9 de la Eneida:


... An non viderunt moenia Troiae,
Neptuni fabricata manu, considere in ignes?



Y el mismo en otra parte:


...Et omnis humo fumat Neptunia Troia.



Si bien Ovidio sintió lo contrario en la Epístola de Paris a Elena, diciendo:


Ilion aspicies, firmataque turribus altis
Moenia apollinae structa canore lyrae.



en otra parte:


Utilitis starent etiam nunc moenia Phoebi.



Pero después concede ser Neptuno quien los edificó en compañía de Apolo:


Inde novae primum moliri moenia Troiae
Laomedonta videt, susceptaque magna labore
crescere difficili, nec opes exposcere parvas.
Cumque tridentigero tumidi genitore profundi
mortalem induitur formam, Phrygiaeque tyranno
aedificant muros.



Mas, por concordar estas opiniones o porque Macrobio en sus Saturnales, alegando a Higinio, dice que Neptuno y Apolo fueron los penates de Troya (a los cuales llamaron dii magni) y que éstos edificaron juntos los muros, se pintó en el tablero a Neptuno como dueño principal de la obra con muchos instrumentos de arquitectura, y a Apolo con la lira, a cuyo son obedientes contra su natural inclinación, que es: Tendere deorsum, se levantaban las piedras a componer la misteriosa fábrica, ayudando con su dulzura al soberano arquitecto Neptuno. Explicólo el mote, que fue: Construit imperans, sed suavitate comite. Y en el pedestal esta




Octava


Si debió el teucro a la asistencia
del gran Neptuno fuerza y hermosura
con que al mundo ostentó sin competencia
el poder de divina arquitectura,
aquí, a numen mejor, la Providencia,
sin acabar reserva esta estructura,
porque reciba de su excelsa mano
su perfección el templo mejicano.

Las cuatro basas y dos intercolumnios de los pedestales se adornaron de seis hieroglíficos que simbólicamente expresasen algunas de las innumerables prerrogativas que adornan a nuestro esclarecido príncipe, y por no salir de la idea de aguas se previno deducirlas y componerlas todas de empresas marítimas, quizá porque siendo de aguas se asimilan más con su claridad a sus ínclitas virtudes y heroicas hazañas.




Primera basa de mano diestra.

Tuvo Neptuno muchos templos consagrados a su deidad, y todos famosos. El más célebre fue el que estaba en el Istmo, como refiere Cartario, en el cual (como ya queda dicho) estaba Neptuno con su esposa Anfitrite, a quienes acompañaban todos los dioses marinos que como feudatarios a su suprema deidad le acompañaban obsequiosos. Tuvo otro templo (según el mismo Cartario, citando al divino Platón) entre los atlánticos, de no menor ostentación, pues dice que estaba en él la estatua de este dios de tan eminente estatura, que llegaba con la cabeza a las bóvedas del templo: Tamque ingens erat (dice) ut capite altitudinis templi fastigium contingeret. De otro muy célebre hace memoria el mismo autor, que hubo en Egipto, en el cual estaba como alumno suyo pintado el dios Canopo que (según dicen) había sido piloto de Menelao, como refiere Cornelio Tácito, y por haberle dado sepulcro en aquella ciudad se llamó también ella a honor suyo, Canopo. Al cual, porque fue doctísimo en la náutica, dieron adoración, y con él alcanzaron aquella docta victoria de los caldeos, cuyo dios era el fuego, a quien venció Canopo por ser de agua. Copióse, como lo describe Cartario, diciendo: In quodam templo Neptuni, quod erat in Aegypto, Canopus Menelai Nauta colebatur; qui post mortem in astra translatus dicebalur. Eius effigies erat crasa, brevis, et quasi rotunda, collo obtorto brevissimis cruribus. Pintóse sobre una hoguera, cuyas llamas invisiblemente extinguía, aludiendo a la victoria ya referida. Y aplicándose a que los héroes excelentes cual lo es nuestro heroico príncipe, no sólo triunfan y vencen en sus personas, mas aun en las de sus ministros que en nombre suyo consiguen en la paz y en la guerra gloriosos triunfos con el aliento que les influye el príncipe, púsose este mote: Sufficit Umbra; y más abajo esta redondilla:


   Bien es que al fuego destruya
Canopo por sutil modo;
que para vencerlo todo
bastaba ser sombra tuya.






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Segunda basa de mano diestra.

Sabida es la historia de los Gigantes que (dejando lo historial en que se funda, como que fuese aquel soberbio Nembrot su caudillo para asaltar el cielo) dicen los mitológicos haber hecho guerra a los dioses, como lo dice Eusebio Cesariense, y Josefo, y lo toca Ovidio, diciendo que eran hijos de la tierra.


Terra feros partus, immania monstra, Gigantes
edidit, ausuros in Iovis ire domum.



Y Lucano:


Aut si terrigenae tentarent astra Gigantes.



Pero Homero los hace hijos de Neptuno y de Ifimedia:


Uxor Aloci post hanc Iphimedia
visa mihi, quae Neptuno duo pignora magno
edidit: hi parvi sunt primo tempore nati,
Otus divinus valde inclytus inde Ephialtes.



Atribuyéronselos a Neptuno porque (como dice Natal, citando estos versos:


Elatos animo enim omnes, et omnes strenuos
filios, et amicos dicunt, et amatos a Neptuno)



que todos los de generosos y altos ánimos se juzgaba ser hijos de este dios. Y si ningunos son más proprios hijos del hombre que sus pensamientos, no sólo por la naturaleza más noble del alma que los produce sino también por el modo de generación más absoluta, pues en la corporal siempre un padre lo es a medias partiendo precisamente con la madre la mitad de la propriedad de los hijos, lo cual no sucede en los conceptos del alma sino que plenamente son suyos sin mendigar para su producción favor ajeno, ¿con cuánta razón podremos decir que nuestro príncipe es padre de pensamientos gigantes que, con mejor título que los fabulosos hijos de Neptuno, arrebatan el cielo? Pues si éste en las sagradas letras padece fuerza y lo arrebatan los animosos, a ninguno mejor que a su excelencia toca este tan glorioso asalto. Pintóse, para expresar el concepto, un cielo a quien arrebataban unas manos, y un mote que decía: Aut omnia; aut nihil. Y más abajo esta quintilla:


Romper el cerúleo velo
pretenden siempre constantes:
que en tu católico celo,
tus pensamientos gigantes
no aspiran menos que al cielo.






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Primera basa de mano siniestra.

Que el mar sea mayor que toda la tierra es cosa tan sabida que no necesita de prueba, pues para que ésta se descubriese fue necesario que Dios mandase al mar que se retirase: Congregentur aquae, quae sub coelo sunt, in locum unum, et appareat arida. Y así se dice estar las aguas del mar más altas que toda la tierra, y entre los antiguos fue tenida por cosa tan sagrada que no osaban echar en ella cosa inmunda; y dice Cicerón que cuando en el Tibre echaban algún malhechor, no lo echaban desnudo porque no contaminase las aguas: Noluerunt nudos in flumen abiicere ne cum delati essent in mare, ipsum polluerent; quia caetera, quae violata sunt expiare putatur. Y así en los sacrificios usaban de agua del mar para purificar pecados; de donde se infiere la grande dignidad de Neptuno en ser dios de aquellos tan dilatados y nobles reinos, y de tanta muchedumbre de vasallos tan admirables y varios, que dice el Eclesiástico: Qui navigant mare, enarrent pericula eius; et audientes auribus nostris admirabimur. Illic praeclara opera, et mirabilia: varia bestiarum genera, et omnia pecorum, et creatura belluarum. Y Plinio dice que hay en él muchas diferencias de animales y árboles y que no sólo no carece de ninguna cosa de las que hay en la tierra, pero que las tiene más excelentes: Rerum quidem non solum animalium simulacra esse, licet intelligere intuentibus, uvam, gladium, serras, cucumim, et colore, et odore similem. Y fue tan grande la reverencia que le tenían, que no sólo creyeron que podía limpiar pecados, pero que comunicaba un cierto género de divinidad; así que con ella se purificó la porción de humano, Glauco:


Dii maris exceptum socio dignantur honore,
Utque mihi quaecumque feram mortalia demant,
Oceanum, Tethymque rogant; ego lustror ab illis
et purgante nefas novies mihi carmine dicto,
pectora fluminibus iubeor supponere centum.
Nec mora, diversis lapsi de partibus amnes
totaque vertuntur supra caput aequora nostrum,
quae postquam redeunt, alium me corpore toto,
ac fueram nuper, nec eundem mente recepi.
Hactenus, acta tibi possum memoranda referre,
hactenus, et memini, nec mens mea caetera sensit.



Aludiendo, pues, a esta grandeza del mar cuyo señor es nuestro príncipe, se pintó un mundo rodeado de un mar, y un tridente que, formando diámetro a todo el globo, lo dividía con este mote: Non capit mundus. Y esta letra:


El mundo solo no encierra
vuestra gloria singular,
pues fue a dominar el mar,
por no caber en la tierra.






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Segunda basa de mano siniestra.

Ningún gobierno puede haber acertado si el Príncipe supremo que lo rige no impetra sus aciertos de la suma sabiduría de Dios, y dejando los muchos ejemplos que de esto se hallan en las divinas letras, aun entre la ceguedad del gentilismo se hallan muchos de religión en que los príncipes pedían socorro a sus deidades para la dirección de su gobierno. Así afirma Lucio Floro lo hacían en Roma donde antes de entrar en el Senado el príncipe hacía muchos sacrificios a sus dioses, como afirma haberlo hecho César el día que le mataron, pues la religión y piedad no sólo sirve de ejemplo a todos, como dice Valerio Máximo: Exemplum multum ad mores profuit; y Claudiano hablando de la misma materia:


Regis ad exemplum totus componitur orbis;



Pero sirve para establecer y afirmar el Estado, como lo dijo Séneca: Ubi non est pudor, nec cura juris, sanctitas, pietas, fides, instabile regnum est. Y Aristóteles: Non contingit, eum bonum principem agere, qui sub principe non fuit; que aunque él lo entendió de otro hombre, nosotros podemos entenderlo del que es Rey de los Reyes y Señor de los Señores; y siendo así que sólo del cielo viene el acierto, ¿quién mejor podrá esperarlo que nuestro cristianísimo príncipe siempre atento a los divinos auxilios, con cuyo favor han sido todas sus acciones tan heroicas que pueden ser ejemplar a todos los venideros? Simbolizó este intento un navío en que se figuraba el gobierno entre las ondas de un mar. Pintóse en él Neptuno que, gobernando la proa con las manos, tenía fijos en el norte los ojos; con un mote que decía: Ad utrumque; y la letra castellana:


Segura en ti, al puerto aspira
la nave del gobernar;
pues la virtud que en ti admira,
las manos lleva en el mar,
pero en el cielo la mira.






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Primer intercolumnio de mano diestra.

Fue el mar, en sentir de los antiguos, la fuente de las más célebres y famosas hermosuras, de cuyas espumas salió la hermosa Venus, como ella misma dijo en Ovidio, Libro 4, Metamorfosis.


...Aliqua et mihi gratia ponto est,
Si tamen in medio quondam concreta profundo
spuma fui;



Y en la Epístola de Dido a Eneas:


Praecipue cum laesus amor: quia mater amorum
nuda Cythaerei edita fertur aquis.



y Juan Boccaccio, traduciendo a Virgilio:


E giusto Cytherea che ne mei regni
tu te confidi, essendo in quelli nata.



Y generalmente lo sienten así todos, atribuyéndole a ésta todas las glorias de las otras Venus, y dándola el imperio de la hermosura. Nació también del mar la hermosa Galatea a quien su amante Polifemo dijo en Ovidio todas aquellas hermosas comparaciones:


Candidios folio nivei Galatea ligustri, etc.



Casi las mismas dice también Virgilio:


Nerine Galatea, thymo mihi dulcior Hyblae, etc.



Y debió también el ser a sus cristales la hermosa Tetis, madre del valeroso Aquiles; Panopea, Melita, Decerto, Leucotoe, con todo el coro de las nereidas, de quienes dijo Horacio:


Nos cantabimus invicem
Neptunum, et virides Nereidum comas.



Nació también de él otra casi infinita copia de ninfas, por lo cual lo llamó Marcial, Casa de las Ninfas.


Nympharum pariter, Nereidumque domus.



Finalmente fue el mar una cifra de todas las bellezas en lo fabuloso, y en lo verdadero es madre y principio de todas las aguas; pues habiéndolas su Criador Eterno mandado juntar a todas en un lugar, precisamente salen de allí todos los ríos, fuentes, lagunas, etc. como lo dice el Eclesiastés: Ad locum, unde exeunt flumina revertuntur, ut iterum fluant. Y lo mismo creyó la Antigüedad, como refiere Natal: Oceanus, qui fluviorum, et animantium omnium, et deorum pater vocatus est ab Antiquis. Y como en la excelentísima señora doña María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, dignísima consorte de nuestro gran príncipe, admira el mundo mucho más que la fabulosa Venus todo el imperio de la belleza, de quien ella misma pudiera con razón decir aquellos versos:


Haec, et caeruleis mecum consurgere digna
fluctibus, et nostra potuit considere concha,



o se halló mejor hieroglífico a su hermosura que el mismo mar que significa su nombre. Pintóse éste lleno de ojos, aludiendo a los que forma con sus aguas, con este mote: Alit, et allicit, y esta redondilla más abajo:


Si al mar sirven de despojos
los ojos de agua que cría,
de la belleza es María,
mar que se lleva los ojos.






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Segundo intercolumnio.

Ser la estrella de Venus la más hermosa del firmamento, ella misma lo prueba con sus tan apacibles como lucientes rayos. Ella es la que nos anuncia y trae al sol, y saliendo del océano destierra las tinieblas de la noche, como lo dijo el Poeta:


Qualis ubi Oceani perfusus Lucifer unda,
quem Venus ante alios astrorum diligit ignes.



Y en otra parte:


Nascere, porque diem veniens age, Lucifer, almum.



Y Claudiano:


Dilectus Veneri nascitur Hesperus.



El cual no sólo es precursor del día en su nacimiento, pero alumbra y alegra la tarde, como lo dice Séneca: Qualis est primas referens tenebras nuntius noctis. Y Ovidio:


Hesperus et fusco rosidus ibat equo.



Y Virgilio:


Ite domum, saturae, venit Hesperus; ite capelle.



De manera que vive este nobilísimo astro tan atento al sol en el oriente como en el ocaso, por lo cual los egipcios lo ponían por símbolo del crepúsculo. Y con más propriedad lo es de una fidelísima esposa tan unida a su caro consorte en lo próspero como en lo adverso, tan fina en la tristeza como en la alegría, tan amante en la muerte como en la vida. Propria idea de nuestra refulgente estrella, la excelentísima señora doña María Luisa, en quien se hallan todas las propriedades de lucero que anuncia con sus rayos serenidades a este reino; señora del mar, pues su nombre en el hebreo significa Domina Maris, vel Doctrix, et Magistra Maris. ¿Y de dónde nos podía venir este lucero clarísimo sino de España, dicha Hesperia:


Qui nunc Hesperia victor ab ultima?



Y más propriamente de Italia, de quien absolutamente se entiende este nombre, como dice Virgilio:


Est locus, Hesperiam graii cognomine dicunt;



donde tiene origen la nobilísima casa de los señores duques de Mantua, aquella tan amada patria de Virgilio que fue en sus cariños antepuesta a la imperial Roma, y a quien celebraba con el nombre Galatea:


Namque (fatebor enim) dum me Galatea tenebat,
Nec spes libertatis erat, nec cura peculi.



Y con más razón debe ser ahora por madre de tan benigna estrella que, serenando el mar con su belleza, anuncia a este reino felicidades con sus influjos. Pintóse, para expresar el pensamiento, una nave en medio de un mar, y arriba el lucero que le influía serenidades; con este mote: Ex Hesperia Hesperus, y esta letra castellana:


Cuando se llegó a embarcar
de Mantua la luz más bella,
tener el mar tal estrella,
fue buena estrella del mar.



Ésta fue la corta demostración que esta imperial metrópoli consagró obsequiosa al excelentísimo señor marqués de la Laguna, meritísimo virrey y capitán general de esta Nueva España, y la idea en que se estrecharon sus gloriosas proezas, librando el venerabilísimo Cabildo el desempeño de su amor en futuros servicios y actuales peticiones al cielo para la prosperidad y vida de tanto príncipe. Que exceda la capacidad de nuestros deseos. Vale.








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Explicación del arco

ArribaAbajo   Si acaso, príncipe excelso,
cuando invoco vuestro influjo
con tan divinos ardores
yo misma no me confundo;
   si acaso, cuando a mi voz  5
se encomienda tanto asunto,
no rompe lo que concibo
las cláusulas que pronuncio;
   si acaso, cuando ambiciosa
a vuestras luces procuro  10
acercarme, no me abrasan
los mismos rayos que busco;
   escuchad de vuestras glorias,
aunque con estilo rudo,
en bien copiadas ideas  15
los mal formados trasuntos,
   Este, señor, triunfal arco,
que artificioso compuso
más el estudio de amor
que no el amor del estudio;  20
   éste, que en obsequio vuestro
gloriosamente introdujo
a ser vecino del cielo
el afecto y el discurso;
   este Cicerón sin lengua,  25
este Demóstenes mudo,
que con voces de colores
nos publica vuestros triunfos;
   este explorador del aire,
que entre sus arcanos puros  30
sube a investigar curioso
los imperceptibles rumbos;
   esta atalaya del cielo,
que a ser racional, presumo
que al sol pudiera contarle  35
los rayos uno por uno;
   este Prometeo de lienzos
y Dédalo de dibujos,
que impune usurpa los rayos,
que surca vientos seguro;  40
   éste, a cuya cumbre excelsa
gozando sacros indultos,
ni aire agitado profana,
ni rayo ofende trisulco;
   éste, pues, que aunque de altivo  45
goza tantos atributos,
hasta estar a vuestras plantas
no mereció el grado sumo;
   la metrópoli imperial
os consagra por preludio  50
de lo que en servicio vuestro
piensa obrar el amor suyo,
   con su sagrado pastor,
a cuyos silbos y a cuyo
cayado, humilde rebaño  55
obedece el Nuevo Mundo
   (el que mejor que el de Admeto,
siendo deidad y hombre justo,
sin deponer lo divino
lo humano ejercitar supo),  60
   y el venerable Cabildo,
en quien a un tiempo descubro,
si inmensas flores de letras,
de virtud colmados frutos.
   Y satisfaga, señor,  65
mientras la idea discurro,
el afecto que os consagro,
a la atención que os usurpo.

1    Aquel lienzo, señor, que en la fachada
corona airosamente la portada,  70
en que émulo de Apeles
con docta imitación de sus pinceles
al mar usurpa la fluxible plata
que en argentadas ondas se dilata,
en cuyo campo hermoso está copiado  75
el monarca del agua coronado,
a cuya deidad sacra pone altares
el Océano, padre de los mares,
que al cerúleo tridente
inclina humilde la lunada frente,  80
(y el que fue con bramidos, terror antes,
a los náufragos, tristes navegantes,)
ya debajo del yugo que le oprime
tímido muge y reverente gime,
sustentando en la espalda cristalina  85
tanta de la república marina
festiva copia, turba que nadante
al árbitro del mar festeja amante,
y en formas varias que lucida ostenta,
las altas representa  90
virtudes, que en concierto eslabonado
flexible forman círculo dorado
que sirve en un engace y otro bello
de esmaltada cadena al alto cuello:
un bosquejo es, señor, que con torpeza  95
los de vuestra grandeza
blasones representa, esclarecidos,
de timbres heredados y adquiridos,
pues con generosas prontitudes
os acompañan todas las virtudes,  100
que estáis de sus empresas adornado,
cuando más solo, más acompañado.

2    En el otro, señor, que a mano diestra
en aquella anegada ciudad muestra,
cuanto puede incitado  105
el poder de los dioses irritado,
se ve la reina de los dioses, Juno,
el socorro impetrando de Neptuno,
que hiere con el ínclito tridente
al que retrocedente  110
cerúleo monstruo, ya con maravilla
al límite se estrecha de la orilla.
Y no menos, señor, de vuestra mano,
la cabeza del reino americano,
que por su fundamento  115
a las iras del líquido elemento
expuesta vive, espera asegurada
preservación de la invasión salada.

3    Allí, señor, errante peregrina,
Delos, siempre en la playa cristalina  120
con mudanza ligera
fue de su misma patria forastera;
pero apenas la toca
el rector de las aguas, cuando roca
ya en fijo centro estriba,  125
de ondas y vientos burladora, altiva,
que a bienes conmutando ya sus males
patria es de los faroles celestiales,
en quien Méjico está representada:
ciudad sobre las ondas fabricada,  130
que en césped titubante
ciega gentilidad fundó ignorante;
si ya no providencia misteriosa
émula de Venecia la hizo hermosa
porque nadie pudiese en su primera cuna  135
consagrarse al señor de la Laguna;
en quien por más decoro
nace en plata Dïana, y Febo en oro,
que a vuestras plantas postren a porfía
cuanto brilla la noche y luce el día.  140

4    Allí se ven los griegos
dando alcance a los míseros troyanos,
que del futuro engaño presagientes
de los griegos ardientes,
sienten en las centellas del acero  145
anuncios del incendio venidero,
y eligen el seguro
en la interposición del alto muro,
que de sonoras cláusulas formado,
y luego desatado  150
al son de disonante artillería
soltó discordia lo que ató armonía.
Allí el hijo de Tetis arrogante
al de Venus combate y, fulminante,
tantos le arroja rayos,  155
que en pálidos desmayos
ya el troyano piadoso
casi a Lavinia hermosa sin esposo
dejara, y en un punto
sin rey a Roma, a Maro sin asunto,  160
si de nube auxiliar en seno oculto
no escondiera su bulto
y burlara el deseo
del atrevido hijo de Peleo,
el padre de los vientos, poderoso,  165
cuanto más ofendido, más piadoso:
que tiene la deidad por alto oficio
oponer a un agravio un beneficio;
lo cual en vos se mira ejecutado,
pues no soborna el mérito al agrado  170
sino que, por mil modos,
sois como el sol, benigno para todos.

5    En el otro tablero,
empresa del que es héroe verdadero
el espumoso dios, a quien atentos  175
obedecen los mares y los vientos,
a los centauros doctos (que del fiero
Alcides no el acero
con que la clava adorna de arrogancia
huyen, sino el furor de la ignorancia,  180
cuya fiereza bruta
ofende sin saber lo que ejecuta)
dulce les da acogida
con una acción salvando tanta vida.
Viva gallarda idea  185
de la virtud, señor, que en vos campea
pues con piadoso estilo
sois de las letras el mejor asilo.

6    Allí, señor, en trono transparente
constelación luciente  190
forma el pez que fletó, viviente nave,
del náufrago Arión la voz süave,
que en métrica dulzura
el poder revocó a la Parca dura:
que a doloroso acento lamentable,  195
ni es sordo el mar, ni el hado inexorable;
y elocuente orador, Tulio escamado,
el cuello no domado,
el desdén casto de Anfitrite hermosa,
en la unión amorosa  200
del que reina en los campos de Nereo,
redujo al dulce yugo de Himeneo,
a cuyo beneficio el siempre augusto
remunerador justo,
de nueve las más bellas  205
del luminoso número de estrellas,
asterismo le adorna tan lucido,
que el mar, que le fue nido,
ya al brillante reflejo
digno apenas se ve de ser espejo.  210
¡Qué mucho, gran señor, si fue Neptuno
prototipo oportuno
de vuestra liberal augusta mano,
con que imitando al numen soberano,
castigáis menos que merece el vicio  215
y dais doblado premio al beneficio!

7    El otro lienzo copia, belicosa,
a la tritonia diosa,
que engendrada una vez, dos concebida,
y ninguna nacida,  220
fue la inventora de armas y las ciencias;
pero aquí con lucidas competencias
de la deidad que adora poderosa:
océano, del sol tumba espumosa,
a quien con verdinegros labios besa  225
por más gloriosa empresa
el regio pie que el mar huella salado
con coturno de espumas argentado.
Competidora, pues, y aun vencedora,
a la gran madre ahora  230
apenas hiere, cuando pululante,
aunque siempre de paz, siempre triunfante,
verde produce oliva que adornada
de pacíficas señas, y agravada
en su fruto de aquel licor precioso  235
que es Apolo nocturno al estudioso,
al belígero opone bruto armado,
que al toque del tridente fue crïado.
La paz, pues, preferida
fue de alto coro, y la deidad vencida  240
del húmedo elemento,
hizo triunfo del mismo vencimiento:
pues siendo prole a quien él mismo honora
la hermosísima sabia vencedora,
solamente podía  245
a su propria ceder sabiduría.
Así, señor, los bélicos ardores
que de progenitores
tan altos heredáis que en vuestras sienes
los triunfantes no caben ya desdenes  250
del sol, e indignos de formar guirnalda
a vuestros pies alfombra de esmeralda
tejen, porque aumentando vuestras glorias
holléis trofeos y piséis victorias.
Este, pues, sólo pudo alto ardimiento  255
ceder a vuestro proprio entendimiento,
pues si algo, que el valor más vuestro hubiera,
más de lo más, vuestro discurso fuera.

8    En el otro tablero que, eminente,
corona la portada la alta frente,  260
y en el más alto asiento
le da a todo el asunto complemento,
el claro dios, a Laomedón perjuro,
el levantado muro,
émulo del tebano,  265
con divina fabrica diestra mano,
a cuyo beneficio,
viendo el sin par magnífico edificio,
la docta antigüedad, reconocida,
dios de los edificios le apellida.  270
Así, excelso señor, claro Neptuno,
en el paterno amparo y oportuno
vuestro, la tantos años esperada
perfección deseada
libra la soberana en cuanto brilla  275
imperial mejicana maravilla,
que pobre en sus acciones,
de las que merecéis demostraciones,
si de deseos rica,
aquella triunfal máquina os dedica,  280
de no vulgar amor muestra pequeña,
que arrogante desdeña
las de ostentación muestras pomposas,
reducidas a verdades amorosas.

   Entrad, señor, si el que tan grande ha hecho  285
tantos años la sabia arquitectura
es capaz de que quepa en su estructura
la magnanimidad de vuestro pecho.
   Que no es mucho si allá lo vino estrecho
el templo, de Neptuno a la estatura,  290
que a vos la celestial bóveda pura
os sirva sólo de estrellado techo;
   pero entrad, que si acaso a tanta alteza
es chico el templo, amor os edifica
otro en las almas de mayor firmeza  295
   que de mentales pórfidos fabrica;
que como es tan formal vuestra grandeza,
inmateriales templos os dedica.







Sub correctione Sanctae Matris Ecclesiae Catholicae Romanae.

LAUS DEO

Eiusque Sanctissimae Matri sine labe conceptae, atque Beatissimo Iosepho.






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