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Isabel la Católica y la sociedad de Castilla y León

Julio Valdeón Baruque






1. Los caracteres de la sociedad de Castilla y León

La sociedad de tiempos de Isabel I de Castilla, al igual que había sucedido a lo largo de los tiempos medievales, estaba constituida por tres estamentos, dos de ellos privilegiados, la nobleza y los eclesiásticos, y un tercero con obligaciones a la vez que sin ventajas de ningún tipo, el denominado tercer estado. Dentro del ámbito de la nobleza es preciso situar, en un primer término, a los grandes linajes, es decir a la alta nobleza, o lo que es lo mismo a los «ricos hombres». Las importantes mercedes otorgadas durante la etapa de gobierno de la dinastía Trastámara, que dio comienzo en el año 1369 con el monarca Enrique II, así como la puesta en marcha del sistema del mayorazgo, lo que tuvo lugar a finales del siglo XIV, el cual permitía la sucesión completa de los dominios señoriales al primogénito, consolidaron a una serie de magnates nobiliarios. Recordemos, por acudir a unos ejemplos representativos, a los Mendoza, originarios de tierras alavesas, aunque habían terminado por afincarse al sur del Sistema Central, en concreto en la zona de Guadalajara, a los Pimentel, familia originaria de Portugal, pero afincada en la Meseta norte desde finales del siglo XIV, a los Estúñiga, procedentes de Navarra y cuyos principales dominios se hallaban al norte de Extremadura, los Manrique, instalados básicamente en la Tierra de Campos, los Fernández de Velasco, cuyos dominios se encontraban al norte de Burgos, los Álvarez de Toledo, situados en tierras abulenses y salmantinas, los Ponce de León, establecidos en la Andalucía Bética, al igual que los Guzmán, etc. Ahora bien, había asimismo otros muchos nobles, aunque con un peso bastante menos significativo, pues su impronta no solía pasar de un pequeño territorio.

En el estamento de los eclesiásticos había que distinguir por una parte al sector dirigente, integrado por los prelados de las diócesis y los abades de los monasterios, y por otra al clero que proyectaba su actuación sobre las masas populares. Los primeros solían pertenecer a destacadas familias de la nobleza, en tanto que los segundos procedían habitualmente del ámbito del tercer estado. De todos modos el estamento que integraba a la mayor parte de la población era, sin duda alguna, el tercer estado. Ciertamente la mayoría de esa gente habitaba en el ámbito rural, sector claramente dominante en aquellos tiempos. Eso sí, dentro del mundo campesino había que diferenciar a los «campesinos acomodados», expresión que manejó en su día el profesor Moxó y que aludía a un reducido grupo, a los que trabajaban en tierras de las que eran propietarios y, por último, a los labriegos dependientes, sin duda el núcleo más amplio, es decir los que cultivaban tierras que pertenecían o bien a la nobleza o bien a la Iglesia.

No obstante, la gran novedad de aquella época era el peso creciente que, de día en día, iba consiguiendo el mundo urbano. El renacimiento de las ciudades tuvo lugar en la Europa cristiana con posterioridad al año mil. Uno de los términos más genéricos para referirse a esos núcleos era el de burgos, los cuales solían surgir al amparo de una fortaleza o de una destacada iglesia. Con el paso del tiempo los núcleos urbanos, es decir las ciudades y villas, se caracterizaban porque en ellos funcionaban ante todo las actividades artesanales y las mercantiles. De todos modos conviene señalar que en las tierras hispanas habían subsistido las ciudades de época romana que se hallaban enclavadas en al-Andalus, caso de Toletum (Toledo), Corduba (Córdoba), Hispalis (Sevilla), etc. Pero en la zona cristiana del norte peninsular hubo que esperar a la época posterior al año mil para que asistiéramos al despertar de dichos núcleos. Sin duda alguna uno de los elementos que más influyó en el renacer de la vida urbana fue la puesta en marcha de la ruta jacobea, es decir del camino que recorrían los peregrinos que se dirigían a la urbe de Santiago de Compostela, donde se veneraban los restos de aquel apóstol.

La sociedad de las ciudades y villas era, en la segunda mitad del siglo XV, de una gran variedad. En la cumbre se hallaba, obviamente, el sector dominante, denominado por la historiografía con la expresión de «oligarquía urbana». Estamos hablando de los que controlaban la urbe desde el punto de vista político, pero al mismo tiempo solían ser las familias de mayor poder económico y, en definitiva, de un gran prestigio social. Los datos que se conocen de ciudades como Burgos o Segovia ponen de relieve cómo la mencionada oligarquía solía estar integrada tanto por gentes situadas en el ámbito de la nobleza local como por poderosos hombres de negocios. En el caso burgalés, según los trabajos del profesor Bonachía, la capa social superior la constituían los Arceo, los Astudillo, los Curiel o los Maluenda. Algo aprecido sucedía en la villa de Medina del Campo, en donde a tenor de las investigaciones de la profesora María Isabel del Val, el patriciado lo formaban caballeros y gente enriquecida por el comercio de dicha urbe. El sector de que estamos hablando monopolizaba los cargos de regidores, institución creada en el siglo XIV, en tiempos del monarca Alfonso XI. También solía ostentar un papel destacado en el mundo urbano el alto clero, en particular los miembros de los capítulos catedralicios, por supuesto en aquellas ciudades que tenían la condición de sedes episcopales.

En el otro extremo del abanico social de las ciudades y villas se encontraba el «común» o la «gente menuda», o simplemente el pueblo llano. Estamos hablando de un sector muy variopinto, pues incluía a pequeños mercaderes, artesanos, menestrales, jornaleros, criados, etc. Eso sí, es preciso destacar a los llamados «hombres buenos», sin duda el escalón más alto del «común». Mas no es posible olvidar que, en determinadas circunstancias, algunas gentes del estado llano podían caer en las filas de la marginalidad, o lo que es lo mismo en el mundo de la pobreza. En cualquier caso es indudable que este sector de la población no tenía la menor participación en la vida política de los concejos.

De todos modos, al margen de la población cristiana, sin duda mayoritaria, había también en los reinos de Castilla y León minorías no cristianas. Estamos hablando de los judíos y de los mudéjares. Los judíos vivían ante todo en núcleos urbanos, dedicándose fundamentalmente a actividades de carácter artesanal o mercantil. Había también médicos hebreos y, por supuesto, algunos intelectuales. De todos modos un pequeño sector de la comunidad judaica actuaba en el terreno de las finanzas. Los Reyes Católicos tenían en su corte, entre otras personas, al judío Abraham Seneor, que ocupó el cargo de tesorero mayor de la Hermandad. Otro destacado hebreo que intervino en la corte de los Reyes Católicos fue Isaac Abravanel, originario de tierras portuguesas. Por lo que se refiere a los mudéjares muchos vivían en el medio rural, trabajando en las labores del campo. Había también mudéjares dedicados a la artesanía, como la alfarería o la construcción.




2. Los problemas sociales del reinado de Isabel la Católica

El reinado de Isabel la Católica fue, sin duda alguna, mucho más pacífico que los anteriores, y en particular que el de Enrique IV, en cuya época tuvo lugar, en tierras de Galicia, la «segunda guerra irmandiña», sin duda un conflicto de extraordinaria dureza. También retrocedieron notablemente en el reinado que nos ocupa las pugnas banderizas, protagonizadas por los Oñacinos y los Gamboínos, que se estaban desarrollando en las tierras vascongadas. ¿No dijo, unos años más tarde, el destacado cronista Gonzalo Fernández de Oviedo que el reinado de los Reyes Católicos fue «un tiempo áureo y de justicia»? En cualquier caso es indiscutible que la conflictividad social existió en tiempos de Isabel I de Castilla, ya se tratara de pugnas entre grupos de labriegos y magnates nobiliarios o de enfrentamientos entre determinadas ciudades y los poderosos «ricos hombres».

El conflicto más llamativo es que tuvo lugar en la localidad cordobesa de Fuenteovejuna, acontecimiento universalizado gracias a la excepcional obra dramática que escribiera en el siglo XVII el brillante escritor Félix Lope de Vega y Carpio. Fuenteovejuna, inicialmente integrada en el ámbito jurisdiccional de la ciudad de Córdoba, fue donada en el año 1460 por el monarca Enrique IV al magnate nobiliario Pedro Girón. Pero cuatro años después, como consecuencia de un intercambio entre dicho señor y la Orden Militar de Calatrava, Fuenteovejuna pasó a depender de la mencionada Orden. De todos modos el hecho más llamativo fue la revuelta antiseñorial que estalló en el año 1476, y quye desembocó en eol asesinato de Fernán Pérez de Guzmán, que era el Comendador de la Orden Militar de Calatrava. Un texto del año 1477 indica que los sublevados «cruelmente pusieron las manos en él (el comendador) e de grandes heridas súbitamente lo mataron e echaron e despeñaron por las ventanas de las dichas casas e lo fiçieron pedaços en pública plaça». La imagen transmitida por Lope de Vega a propósito del citado comendador no es nada positiva. Por el contrario un reciente trabajo de los historiadores Emilio Cabrera y Andrés Moros ha puesto de relieve que Fernán Pérez de Guzmán era una persona de grandes cualidades. Es más, todo parece indicar que aquella revuelta se produjo a raíz de la actitud adoptada desde la propia ciudad de Córdoba, en donde añoraban la pérdida de la localidad de Fuenteovejuna.

Conflictos antiseñoriales hubo, por supuesto, en diversos lugares de la corona de Castilla. En los años 1475 y 1476 los vecinos de la villa de Alcaraz manifestaron su deseo de «salirse de aquel señorío e ponerse en la libertad real». También la villa de Ocaña fue testigo, en el año 1476, de un motín protagonizado por sus habitantes, los cuales «echaron de la villa a la gente del marqués de Villena». En el año 1482 los labriegos del valle guipozcoano de Léniz enviaron a la Chancillería un memorial de agravios en el que exponían diversas quejas contra el señor de Oñate, del que ellos dependían. Movimnientos antiseñoriales hubo, asimismo, en la Tierra de Campos, en concreto en Ampudia, cuyos vecinos pedían a la corona que les devolvieran los bienes comunales, acaparados por su señor, el conde de Salvatierra, y en Trigueros, escenario en el año 1489 de loa constitución de una «liga e monipodio» contra el señor de aquel lugar. Un año antes, en 1488, la villa de Plasencia fue testigo de otro conflicto, en el que los vecinos del lugar expulsaron de la mencionada villa a los hombres de don Álvaro de Estúñiga, que era su señor. También las tierras sorianas conocieron conflictos de esa índole. Tal fue el caso de Caracena, cuyos habitantes enviaron al poder regio, en el año 1498, un memorial de agravios contra los abusos en que incurría su señor, el magnate nobiliario Alonso Carrillo.

Muy llamativo fue lo acontecido en la localidad zamorana de Fuentelcarnero, integrada en los dominios del monasterio cisterciense de Valparaíso. Los labradores de aquel lugar se rebelaron contra sus señores. Esto dice un texto de la época, originario de los monjes cistercienses: los sublevados «movidos... por diabólica persuasión ficieron repicar las campanas en el dicho logar e... salieron todos... faziendo muy grand alboroto e sediçion, recodieron así armados con grandes gritos a donde estavan los dichos religiosos... con intençión e propósito de los matar, diziendo mueran los traidores, putos, erejes e otras palabras muy feas e injuriosas». El texto de dicha revuelta, que finalmente fue sofocada, nos ofrece una imagen claramente negativa de los labriegos de aquel lugar, aunque a la vez se pone de relieve el destacado papel que podía desempeñar la comnunidad campesina.

No es posible dejar en el olvido las luchas de bandos, aunque sin duda fueron mucho más suaves en tiempos de Isabel la Católica que en los reinados anteriores. Recordemos, como ejemplos significativos, la pugna que sostenían en la ciudad de Vitoria los Ayala y los Calleja, o la que protagonizaban en Salamanca los San benito y los Maldonado. También la localidad extremeña de Trujillo conoció pugnas de esa índole, en concreto la mantgenida por los Chávez y los Monroy, de una parte, y los Bejarano, de otra.

El último tipo de conflicto que es imprescindible mencionar es el que enfrentó a determinadas ciudades de la corona de Castilla con algunos magnates de la alta nobleza. Uno de los casos más llamativos fue el enfrentamiento entre la ciudad de Segovia y Andrés Cabrera, personaje que recibió de los Reyes Católicos el título de marqués de Moya. Dicho magnate nobiliario había recibido diversas tierras del alfoz segoviano, lo que fue visto por los sectores dirigentes del concejo de aquella ciudad como un indudable agravio. Otra pugna se produjo entre el concejo de Burgos y unos cuantos magnates nobiliarios de aquel territorio, en concreto los Sarmiento, los Rioja y los Cartagena, los cuales habían recibido diversas fortalezas que con anterioridad habían pertenecido a la ciudad burgalesa. A lo señalado cabe añadir los enfrentamientos que se produjeron, entre algunas ciudades y ciertos sectores de la nobleza, en Toledo, en Valladolid, en Soria o en Badajoz.

Las gentes de las tres religiones, cristianas, musulmanas y judías, habían coexistido en las tierras hispanas durante bastantes siglos. Pero en la decimocuarta centuria dicho panorama se quebró, en buena parte debido a las catástrofes de aquella centuria, pero también a la guerra fratricida que mantuvo el rey Pedro I con su hermanastro Enrique de Trastámara, el cual, para buscar apoyos populares, ondeó la bandera del antisemitismo. Unos años más tarde, en 1391, estalló en Sevilla una revuelta antihebraica, que se propagó por toda la Península Ibérica. A raíz de aquellos sucesos muchos judíos, para salvar su vida, decidieron aceptar el bautismo cristiano. Se les denominaba conversos o cristianos nuevos. Ahora bien, los cristianos viejos veían con mucho recelo a los conversos, los cuales podían ocupar cargos dirigentes, como regidores de los concejos, o contraer nupcias con personas de familias caballerescas. Muy grave fue lo sucedido en Toledo en el 1449 contra los conversos. De todos modos aquel clima renació en 1474, fecha de la proclamación como reina de Castilla y León de Isabel I. A la larga, debido en buena parte a la presión popular así como de la Iglesia, se puso en marcha en las tierras hispanas, a partir del año 1478, el tribunal de la Inquisición, cuyo principal objetivo era descubrir a los cristianos nuevos que seguían judaizando. Paralelamente seguía creciendo la hostilidad hacia los judíos. De ahí que circulasen numerosos bulos, en los que se acusaba a los judíos de horrendos crímenes. Tal fue el caso del suceso conocido como el «Santo Niño de la Guardia». Se acusaba a unos judíos de haber crucificado en aquella localidad, ubicada en tierras toledanas, a un niño. Después de un juicio celebrado en la ciudad de Segovia, Yuce Franco y unos parientes suyos fueron condenados a la hoguera. Eso sí, los historiadores no han encontrado el menor rastro de aquel terrible suceso, lo que parece indicar que se trataba de una pura invención.




3. La política social de la reina Isabel la Católica

¿Qué actitud mostró la reina Isabel la Católica hacia los diversos estamentos de la sociedad? Este es, sin duda alguna, el punto final con el que vamos a concluir esta exposición. Comenzaremos por aludir a las relaciones de la reina de Castilla con los sectores de la nobleza. No podemos olvidar que, durante bastante tiempo, la historiografía de dicho reinado afirmaba que la reina Católica desarrolló una política de claro apoyo a las ciudades al tiempo que se oponía a la nobleza, en particular a losn grandes linajes. Hoy en día, por el contrario, ese punto de vista ha sido totalmente desestimado.

Las relaciones entre la corte regia y los grandes magnates nobiliarios eran, en principio, cordiales. Al fin y al cabo la nobleza, como se dijo en las Cortes de Briviesca del año 1387, eran la «cabeza por la que se rigen y gobiernan los otros miembros corporales». Un siglo antes, las «Partidas» habían manifestado que los elementos más importantes que acompañaban a la nobleza eran el esfuerzo, la honra y el poderío. Por lo demás la nobleza se articulaba en linajes, cuyos principales símbolos eran el apellido, las armas y el solar. En otro orden de cosas es imprescindible señalar que en la Castilla del siglo XV algunos magnates nobiliarios habían destacado también por su brillante actividad literaria. Tal fue el caso, por ejemplo, del marqués de Santillana y de Jorge Manrique. De todos modos hubo un importante sector de la nobleza que defendió la causa de Juana la Beltraneja en la guerra de sucesión que se desarrolló en los primeros años del reinado de Isabel la Católica. Así las cosas, y ante la necesidad de fortalecer la hacienda regia, en las Cortes de Toledo del año 1480 se acordó revisar las mercedes que, de forma un tanto alocada, había concedido Enrique IV en sus últimos años de reinado. Con aquella medida se pretendía, como lo señaló el cronista Hernando del Pulgar, era «restituir el patrimonio real, que estaba enagenado de tal manera que el Rey e la Reyna no tenían tantas rentas como eran necesarias para sostener el estado real e del Príncipe e Infantes sus hijos». Aquellas medidas beneficiaron de forma excepcional a la hacienda regia, al tiempo que supusieron importantes pérdidas para un determinado sector de la alta nobleza. Esta cuestión, así como la ejecución del noble gallego Pardo de Cela, fueron utilizadas en el pasado por determinados historiadores para llegar a la conclusión de que la reina Isabel I de Castilla mostró una actitud de hostilidad hacia el sector de los poderosos. De todos modos, como hemos indicado, el grupo esencialmente perjudicado fue aquel que, unos años antes de las mencionadas Cortes de Toledo del año 1480, había combatido en contra de la candidatura al trono de Isabel la Católica y a favor de su sobrina Juana.

La época de Isabel I de Castilla fue testigo, como es sabido, de la creación de nuevos e importantes señoríos. Uno de ellos fue el de los Vélez, que estaba situado en tierras del recién conquistado reino nazarí de Granada, y que fue concedido a la familia de los Fajardo, que tenía su residencia en la ciudad de Murcia. Otro señorío creado en aquellos años fue el de Maqueda, que se hallaba en las tierras toledanas. Pero quizá el rasgo más significativo de la política pronobiliaria de la reina Isabel fue la concesión de nuevos y pomposos títulos. La familia de los Mendoza, sin duda una de las más pujantes, a la vez que estrecha colaboradora de los Reyes Católicos, fue premiada con el brillante título de duques del Infantado. Asimismo se crearon en aquel reinado los ducados de Nájera y de Gandía, así como el antes mencionado marquesado de Moya. Paralelamente es preciso señalar que algunos destacados miembros de la alta nobleza, como fue el caso de los Pimentel, decidieron edificar un palacio en la villa de Valladolid, que era el lugar en el que habitualmente residían los monarcas y que funcionó «de facto» como el centro de la corte regia. Eso ponía de relieve el interés de los grandes magnates nobiliarios por residir lo más cercanos a los reyes. En definitiva, la alta nobleza era, sin discusión, el sector social más próximo a la autoridad de los monarcas.

Es preciso señalar, no obstante, que en tiempo de los Reyes Católicos se puso fin a la larga pelea que, desde el siglo XIV, venían manteniendo la monarquía y la nobleza. Sin duda alguna el poder regio se hizo con el control absoluto del poder político. Es más, los principales colaboradores de los reyes eran, en esa época, los «letrados», es decir las personas expertas en cuestiones jurídicas, que se habían formado en el ámbito universitario. En aquellos años se denominaba a los letrados, por sorprendente que pueda parecer, «los hombres de los expedientes». Ciertamente la alta nobleza seguía manteniendo sus extensos dominios señoriales, lo que se traducía en un importantísimo poder económico a la vez que en un notable prestigio social. Pero, como ha señalado con indudable acierto el profesor Luis Suárez Fernández, la larga pugna entre la nobleza y la monarquía, analizada por él de forma magistral, concluyó, en tiempo de los monarcas Fernando e Isabel, con el hecho de que «el rey pudo recobrar su poder absoluto en el orden político».

Pasemos a considerar, en segundo lugar, la relación de la reina Isabel con las ciudades y villas de sus reinos. Estamos hablando, sin duda alguna, de un sector que se encontraba en una fase de expansión. En las ciudades y villas se localizaban numerosas actividades artesanales, entre ellas las relacionadas con la fabricación de tejidos, el trabajo de los metales, el ámbito de la alimentación, la construcción, etc. Pero sin duda en lo que más destacaban algunos núcleos urbanos era en el campo de la práctica mercantil. La ciudad más pujante en ese sentido era indudablemente Burgos. Allí funcionaba desde tiempo atrás una poderosa «universidad de mercaderes». En el año 1494 se estableció en la «caput Castellae», nombre que se aplicaba a Burgos, un Consulado. Burgos era el centro en donde se contrataban las exportaciones que efectuaba la corona de Castilla hacia el Atlántico y que embarcaban en puertos vascos, en particular el de Bilbao, cuya génesis databa del año 1300. El principal objeto de exportación era la lana, adquirida básicamente por los telares de la región de Flandes. También era notable la exportación de hierro. Otra villa significativa de la Meseta norte era Medina del Campo. Allí se habían creado, en los inicios del siglo XV, unas ferias, las cuales en unas décadas se convirtieron en las primeras de los reinos de Castilla y León. En el año 1491 los Reyes Católicos decidieron denominar «ferias generales del reino» a las celebradas en Medina del Campo. En las tierras meridionales la plaza más destacada la ocupaba Sevilla. Allí había una importante colonia de hombres de negocios genoveses, los cuales comerciaban tanto con la zona del norte de África como con el Mediterráneo occidental.

Las ciudades y villas eran, por otra parte, los lugares en los que funcionaban las principales instituciones políticas del reino. En tiempo de Isabel la Católica el primer puesto en ese ámbito lo ocupó la villa de Valladolid. Allí se había establecido, a mediados del siglo XV, la Chancillería, tribunal superior de justicia de los reinos. Valladolid fue, asimismo, la sede del mayor número de reuniones de Cortes celebradas en el transcurso de la decimoquinta centuria. Es verdad que en aquellas fechas la corte no tenía un centro fijo, pero «de facto» puede afirmarse que dicho papel lo desempeñó la villa de Valladolid. Allí había nacido el monarca Enrique IV y allí tuvo lugar, en el año 1469, el matrimonio de Isabel y Fernando, los futuros Reyes Católicos. Otra actividad que se localizaba en los núcleos urbanos era la intelectual. En aquella época existían en los reinos de Castilla y León dos universidades, cuyas sedes eran Salamanca y Valladolid. La universidad salmantina, sin duda la más antigua de todo el ámbito hispano, databa de comienzos del siglo XIII, en concreto del reinado de Alfonso IX. La universidad de Valladolid era más tardía, pues se había creado a mediados del siglo XIV. No obstante, durante el reinado de los Reyes Católicos se añadió una tercera universidad, la de Alcalá de Henares.

Las ciudades y villas intervenían en la vida política de los reinos de Castilla y León gracias a su presencia en la institución de las Cortes, cuyo origen databa de la reunión celebrada en León en el año 1188. En las Cortes participaban el estamento nobiliario, el eclesiástico y el tercer estado. Ahora bien, con el tiempo fueron los procuradores de las ciudades y villas los que mostraron una mayor actividad en las Cortes. Eso explica que, desde las últimas décadas del siglo XV, las Cortes fueran básicamente un encuentro entre la autoridad regia y la representación de los núcleos urbanos. En el transcurso del siglo XV sólo diecisiete ciudades y villas enviaban procuradores a las reuniones de las Cortes. La región con mayor presencia en las Cortes era la Meseta norte, pues a dicha institución acudían procuradores de nueve núcleos. Después de la conquista del reino nazarí de Granada envió también procuradores a las Cortes la ciudad de Granada.

El prestigio de que gozaban los Reyes Católicos a nivel popular era muy grande. Recordemos, como dato significativo, que durante la revuelta que tuvo lugar en Fuenteovejuna, los amotinados contra el comendador de la Orden Militar de Calatrava gritaban «¡Vivan los reyes Fernando e Isabel!». Ahora bien, ante las noticias llegadas a la corte de que algunos sectores dirigentes de las ciudades y villas actuaban de forma injusta, los Reyes Católicos decidieron intervenir. El cronista Hernando del Pulgar dejó escrito, en referencia al año 1485, que Isabel y Fernando «fueron informados que algunos caballeros e cibdadanos tenían entrados algunos términos e dehesas e otras tierras de las cibdades e villas de sus Reynos, e las habían apropiado a sí, faciendo particular de uno lo que era común de todos». Ante aquel claro abuso, que suponía la apropiación de bienes de carácter comunal por determinados sectores de la «oligarquía urbana», los Reyes Católicos ordenaron que los usurpadores restituyeran «todas las tierras e términos... que habían tomado».

De todos modos lo más llamativo fue la intervención regia en defensa de aquellas ciudades que habían sufrido duros acosos por parte de algunos magnates nobiliarios. Por lo que respecta a la villa de Segovia, en donde, como antes dijimos Andrés Cabrera recibió diversas tierras que habían pertenecido a dicho alfoz, Isabel la Católica decidió en su testamento, por sorprendente que parezca, revocar las mercedes otorgadas al mencionado personaje. Como compensación Andrés Cabrera fue premiado con tierras situadas en el reino nazarí de Granada. Otro caso muy llamativo es el relativo a la pugna mantenida por la ciudad de Burgos con varios linajes de la nobleza. En el año 1506, es decir dos después del fallecimiento de Isabel la Católica, el corregidor de la ciudad de Burgos solicitó del Consejo Real que efectuara la devolución a la «caput Castellae» de las fortalezas de Pancorbo, Miranda de Ebro, Muñó y Lara. Así pues la autoridad regia actuaba claramente a favor de los perjudicados por la expansión de la nobleza.

Como punto final de la conflictividad social vamos a recordar algunas decisiones regias a favor de los labriegos, que se veían dañados por sus señores. ¿Cuántos memoriales de agravios fueron enviados a los Reyes Católicos por los habitantes de diversos núcleos rurales? Es preciso señalar que la autoridad regia intervino, en numerosas ocasiones, a favor de los sectores más perjudicados por la violencia de los poderosos, es decir en beneficio de las clases populares. Un ejemplo de lo que decimos nos lo ofrece lo ocurrido en el valle guipuzcoano de Léniz en el año 1482. Ante las quejas de los vecinos de aquella zona, molestos de la actuación del señor de Oñate, del que dependían, la Chancillería respondió, en el año 1486, saliendo en defensa de los campesinos que habitaban en dicho valle. En otros muchos casos los Reyes Católicos se mostraron dispuestos a aceptar las quejas de los labriegos, así como a intentar poner freno a la violencia de los poderosos.

¿Qué actitud adoptó la reina Isabel la Católica ante las minorías no cristianas? La documentación conservada pone de relieve que la reina Isabel protegió notoriamente a los judíos, así como a los mudéjares. Como se puede leer en un documento de la reina Isabel la Católica dirigido en el año 1477 a la localidad de Trujillo, «Todos los judíos de mis reinos son míos y están bajo mi protección y amparo y a mí pertenece de los defender y amparar y mantener en justicia», añadiendo, unas líneas más adelante, «os mando a todos y a cada uno de vos que de aquí adelante no consintáis ni déis lugar que caballeros ni personas algunas de esa ciudad ni fuera de ella constringan y apremien a los dichos judíos». Es más, en el año 1485 los Reyes Católicos se pusieron en contacto con el corregidor de Segovia ordenándole que prohibiera los durísimos sermones que predicaba contra los hebreos el dominico fray Antonio de la Peña. Ciertamente en las Cortes de Toledo del año 1480 se había ordenado que, en adelante, tanto los judíos como los mudéjares vivieran en barrios apartados. Mas a la larga, en concreto a finales del mes de marzo del año 1492, los Reyes Católicos decretaron la expulsión de los judíos de sus reinos, salvo que aceptaran el bautismo cristiano. Aquel suceso fue debido a la presión del pueblo y de la Iglesia, como lo ha puesto de manifiesto el historiador israelí Benzion Netanyahu. Asimismo dicho autor indica que fue el rey Fernando el que tomó aquella decisión, en tanto que Isabel, que previamente había hablado con el judío Isaac Abravanel, pretendió paralizarla, aunque sin resultado. Una década más tarde los Reyes Católicos tomaron una decisión semejante con respecto a los mudéjares de sus reinos.





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