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ArribaAbajo- VI -

Aquella aventura puso a Don Juan de moda, como se diría hoy y sucedía sin decirse en el siglo XVI. Convirtiose Don Juan en niño mimado de la corte y en ídolo del pueblo, hasta el punto de desearle muchos como heredero de la corona a falta del príncipe Don Carlos.

La gallarda figura de Don Juan contribuía mucho a esto, contaba entonces diecinueve años, pero hallábase ya completamente y a la perfección desarrollado.

Era de buena estatura, delgado y en todo airoso, porque la elegancia era en él genuina, le era espontánea, como lo es la flexibilidad del acero bien templado.

Tenía el cabello rubio, arremolinado con mucha gracia hacia la izquierda, por lo cual peinábaselo en forma de copete, que, generalizado después por sus imitadores, se llamó a la austríaca; la barba, del mismo color que el cabello, era escasa; el color, blanco con ligero tinte tostado que le prestaba virilidad muy agradable; los ojos grandes, garzos, muy puros, vivos siempre, y a su placer amorosos y risueños, o graves y severos.

Era afable y dadivoso en su trato, pulcro en su persona, ostentoso en su traje y tan exagerado en las modas como puede verse aún en algunos de sus retratos.

Resplandecía, en fin, en toda su persona, y era lo que mayor atractivo le prestaba, ese no sé qué, propio de hombres muy superiores, que encanta y atrae y subyuga, y hace consistir un escritor muy profundo en un misterioso compuesto de gracia, de talento y de deseos de agradar.

Tal era la simpática figura de Don Juan de Austria en el momento en que comenzó a figurar, con verdadera personalidad propia, en la tan discutida corte de su hermano.

Y no era, ciertamente, aquella corte entonces, ni lo fue nunca, aquella especie de sombrío y austero cenobio que nos presentan los que creen o aparentan creer en el tétrico Felipe II legendario, rodeado de hogueras y potros, inquisidores y frailes.

Ni mucho menos era tampoco aquella unida y religiosísima familia de devotas damiselas, santas dueñas, ancianas venerables y castos pajecillos que se forjan los que pretenden encerrar, de buena fe, las colosales proporciones de Felipe II en los raquíticos moldes de un devoto ñoño.

La corte de Felipe II de entonces era, indudablemente, la más severa de su tiempo; pero era también la más magnífica, la más suntuosa, y abundaban en ella las diversiones honestas y la galantería caballeresca de buena ley, propia de aquellos tiempos en que escaseasen tampoco, como natural consecuencia, las intrigas, los enredos y los escándalos, entre damas y galanes, que unas veces reprimía Don Felipe públicamente con mano firme, otras corregía en secreto y no pocas dejaba correr sin darse por entendido, por razones que siempre permanecieron secretas.

Dividíase la corte, como en casi todas ellas acontece, en dos campos completamente diversos: el palaciego y el político.

Formaban en aquella época el centro del primero dos princesas tan notables por sus virtudes como por su hermosura, unidas estrechamente por la amistad más tierna: tales eran la reina Doña Isabel de Valois y la princesa viuda de Portugal Doña Juana, que sólo contaban entonces veinte años la primera y treinta la segunda.

En torno de ellas agrupábanse las numerosas damas de ambas, pertenecientes todas a la más alta nobleza española, sin que faltasen tampoco algunas francesas entre las de la reina y varias portuguesas entre las de la princesa, en pugna siempre estas extranjeras con las castellanas.

Pasaban de cincuenta las damas de la reina, solteras todas, y solían permanecer en Palacio hasta procurarlas los reyes ventajosos casamientos.

Tenía también diez dueñas de honor, viudas, señoras de mucha calidad, y al frente de todas ellas estaba la camarera mayor, que debía ser señora de Estados, y lo era entonces la condesa viuda de Ureña, doña María de la Cueva, matrona de gran juicio y entendimiento, que fue madre del primer duque de Osuna.

La princesa Doña Juana tenía también, además de sus damas, sus dueñas de honor muy calificadas, y su camarera mayor, que era doña Isabel de Quiñones. Doña Leonor Mascareñas, su antigua aya, tan amada y respetada, habíase retirado ya de la corte, y fundaba, a la sazón, en lo que hoy es plaza de Santo Domingo, el convento de los Ángeles, donde murió años después santamente.

Holgábase la reina en divertir a sus damas con paseos a caballo, cacerías, meriendas en las alamedas, saraos, mascaradas y representaciones de loas en sus habitaciones, en que todas ellas y la misma reina tomaban parte, y donde se jugaba también, a veces tan fuerte, que en una sola noche perdió el príncipe Don Carlos en un juego que llamaban el clavo cien escudos de oro, según consta en la declaración de su barbero Ruiz Díaz de Quintanilla, que se los había prestado.

A estas fiestas convidaba siempre la reina a todas aquellas grandes señoras que, sin tener cargo en Palacio, residían en Madrid o por allí pasaban, y muy en especial a la princesa de Éboli, con quien tuvo siempre amistad estrecha, y a la duquesa de Alba, doña María Enríquez, que fue luego su camarera mayor y le mereció en todas ocasiones la mayor consideración y afecto.

La princesa Doña Juana, por su parte, gustaba mucho del campo, y retirábase con frecuencia a El Pardo, donde daba conciertos muy lucidos, con muchos músicos y cantores que ella tenía y pagaba, resultando fiestas de verdadero agrado y entretenimiento.

En estos elevados centros buscó, pues, Don Juan de Austria su dama, y la encontró, y en ellos hizo sus primeras armas en la galantería, creyendo cándidamente que los amores en la juventud pueden contenerse, en medio de las ocasiones, en la platónica esfera de las fantásticas Orianas, Angélicas y Melisandras de que tenía él llena la cabeza y le bullían en el corazón y en la sangre.

Agrupose, naturalmente, en torno a la brillante figura de Don Juan lo más granado de la juventud de la corte, y él era quien ponía el tono en ella, y dirigía y concertaba los torneos, cacerías, cañas, máscaras y encamisadas, que formaban entonces la diversión de la gente joven de la nobleza.

Mas aunque todos solicitaban su favor, sólo dos lo consiguieron íntimo y duradero hasta la muerte, que fueron el conde de Orgaz y don Rodrigo de Mendoza, hijo segundo del duque del Infantado.

Injiriose también por esta época en el trato primero y en la amistad después, de Don Juan un mozo muy listo, de menguado nacimiento y grandes atractivos personales, que le trajo después en uno de los dos bandos que dividían a la sazón el otro campo político de la corte. Llamábase Antonio Pérez, y era hijo adulterino y sacrílego del clérigo Gonzalo Pérez, secretario que había sido del emperador y seguídolo siendo de Felipe II.

Disputábanse, en efecto, dos bandos en la corte el escaso poder que abandonaba a sus ministros el absorbente gobierno de Felipe II. Capitaneaba uno de estos bandos el gran duque de Alba, que representaba la política francamente guerrera de imposición de fuerza, y dirigía el otro el príncipe de Éboli, Ruy Gómez, representante, a su vez, de la política opuesta, de diplomacia, de intriga y de paz.

Seguían al primero el prior don Antonio de Toledo,el príncipe de Mélito, el marqués de Aguilar y el secretario Zayas, y eran partidarios del segundo el arzobispo de Toledo, don Gaspar de Quiroga; el marqués de los Vélez, Mateo Vázquez, Santoyo y Gonzalo Pérez.

Cómo la índole abierta y generosa de Don Juan y sus aficiones guerreras no le llevaron al lado del duque de Alba, y se fue, por el contrario, al del príncipe de Éboli, que representaba más bien la gente de pluma y de iglesia, es cosa extraña, pero que tiene, sin embargo, su explicación en la habilidad que desplegaron los de este partido para atraerle, adivinando las grandes cualidades del ilustre mancebo.

Deparáronle primeramente al astuto Antonio Pérez para que con diestras adulaciones, en que era maestro, y estudiadas confidencias hechas de mozo a mozo, le diese a entender lo mucho que le estimaban en la camarilla de Ruy Gómez, las grandes esperanzas que cifraban en su valor y su prestigio, y lo mucho que trabajaban en el ánimo para decidirle a nombrarle capitán general de las galeras del Mediterráneo, como ya se lo había prometido.

Todo lo cual, sobre ser cierto, tomaba gran sabor de verdad en boca del hijo de Gonzalo Pérez, que podía muy bien saber por éste mismo lo que pasaba estando abocado a sucederle en el cargo.

Preparado ya el terreno lo suficiente para que pudiese poner el pie sin tropiezo alguno personaje tan autorizado como el propio Ruy Gómez, abocose éste con Don Juan como al descuido, y repitiole lo mismo en diverso tono, añadiéndole que su nombramiento era ya cosa decidida; que era magnífica, como lo era, en efecto, la galera Capitana que le preparaban en Barcelona, y que no tardaría mucho en lograr sus anhelos de pelear con los turcos al frente de lucida escuadra, como era también perfectamente cierto.

Murió por aquel entonces Gonzalo Pérez (1566), y resistiose Felipe II a las gestiones de Ruy Gómez para que proveyese en Antonio Pérez la secretaría vacante del padre, dando por pretexto, no ya su juventud, pues contaba treinta y dos años, sino la relajación de su vida y lo depravado de sus costumbres.

Tomose, sin embargo, como señal de arrepentimiento y signo de enmienda el matrimonio de Antonio Pérez con doña Juana de Coello Bozmediano, celebrado el 3 de enero de 1567, y apresurose entonces Don Felipe a darle la secretaría de Gonzalo Pérez, lo cual celebró Don Juan de Austria como si le fuese en ello el colmo de sus deseos y el triunfo de sus intereses.

Una vez cogido el leal príncipe por el flanco de sus ambiciones, quisieron asegurarle más por el de sus platónicos amores, y encargose de ello la princesa de Éboli atrayéndole a su casa, dando en honor suyo saraos y banquetes, y poniéndole ante los ojos y aun al alcance de la mano a la dama de sus entonces honestos pensamientos, doña María de Mendoza, dama de Palacio y deuda muy cercana, según se cree, de la inquieta e intrigante princesa.

Y tales trazas se dio ésta para captarse la voluntad y confianza del agradecido Don Juan, que años después, cuando ya no era la de Éboli la dama inquieta e intrigante de siempre, sino la mujer liviana y criminal que tramaba con Antonio Pérez pérfidas traiciones que habían de arruinar de rechazo a Don Juan mismo, todavía escribía éste a su amigo don Rodrigo de Mendoza en la más cariñosa y ciega confianza:

«A mi tuerta beso las manos, y no digo los ojos hasta que yo le escriva a ella que se le acuerde deste su amigo, que lo es agora suyo y tan grande, que no puede en esta parte ni tiene más que ofrecerla por pago de lo que le debo, y que este recado va tan en seso, porque desde tan lexos ansí ha de ir».




ArribaAbajo- VII -

La figura de doña María de Mendoza aparece un momento en la historia de Don Juan de Austria descolorida y borrosa como la melancólica imagen de un recuerdo que se desvanece, dejando en pos de sí la triste reata de la culpa llorada y perdonada, y la secuela dolorosa que llevan siempre consigo las flaquezas humanas.

Sin la intervención de la princesa de Éboli, los amores de Don Juan y doña María se hubieran deshecho en la inocente esfera de su idealismo caballeresco, como se deshacen en el aire las brillantes pompas de jabón, sin dejar rastro, ni huella, ni recuerdo. Mas la influencia de esta mujer funesta dio cuerpo a sus sueños, fuego a sus deseos, ocasión a sus sentidos, e hizo rodar hasta el fin de la pendiente a los dos alucinados amantes.

Ningún conflicto de este género ha sido, sin embargo, manejado tan discretamente como lo fue este episodio de la primera juventud de Don Juan de Austria. Tomólo a su cargo doña Magdalena de Ulloa, y ella supo poner en salvo, a costa de su abnegación propia, la conciencia y la responsabilidad de su Don Juan y la honra de una noble familia por éste mancillada.

Nadie sospechó ni en la corte ni en la villa lo que había sucedido y el mismo Felipe II, tan suspicaz y bien informado, no tuvo conocimiento hasta después de la muerte de Don Juan de la existencia de la niña fruto de aquellos amores. Una carta de Alejandro Farnesio, menos prudente que bien intencionada, informole del hecho, y sin el trágico suceso en que muchos años después fue esta inocente señora cómplice y víctima al mismo tiempo, es seguro que su existencia fuera hoy desconocida para la Historia como lo fue entonces para sus contemporáneos...

Desarrolláronse todos estos sucesos desde 1565, que volvió Don Juan de Austria de Barcelona, hasta 1568, que se embarcó en la armada del Mediterráneo; mas el momento del desenlace y del peligro, y cuando doña Magdalena de Ulloa tomó cartas en el asunto, debió de ser precisamente en octubre de 1567.

Había dado a la luz en los principios de este mes una niña la reina Doña Isabel de Valois, que se llamó Catalina por su abuela materna la de Médicis. Bautizáronla solemnemente el 19, a las tres de la tarde, en la parroquia de San Gil, que era entonces la del alcázar, y fue este día de grandes emociones para Don Juan de Austria.

Presentáronle al despertar un riquísimo vestido que le enviaba de regalo la princesa Doña Juana, como en todas las grandes solemnidades tenía por costumbre: era de tela de plata bordada de seda verde y cañutillo de oro, con forros y vueltas de tela rizada encarnada, y acompañábale una banda para el cuello de rubíes y perlas gruesas.

Agradó a Don Juan sobre manera el presente de su hermana, porque justamente eran los colores del vestido los de su dama doña María de Mendoza, encarnado y verde, cosa que, sin duda alguna, ignoraba la severa princesa, pues nunca hubiera hecho tal de saberlo.

Era la madrina en el bautizo la dicha princesa Doña Juana; el archiduque Rodolfo era el padrino, y había de llevar la niña en la comitiva Don Juan de Austria.

Ataviose, pues, Don Juan con su nuevo traje, galán y bizarro como nunca, y acudió a ocupar su honroso puesto en la comitiva. Salió ésta a las tres en punto por uno de aquellos extraños pasadizos que improvisaban entonces, y venía a unir el alcázar con la parroquia de San Gil, que era ya a la sazón convento de religiosos franciscanos descalzos.

Abrían la marcha los oficiales de Palacio, los gentiles-hombres de boca y cámara, cuatro ballesteros, cuatro maceros y los mayordomos de la reina y la princesa. Seguían cuatro reyes de armas con dalmáticas riquísimas y luego los duques de Gandía y de Nájera, el prior don Antonio de Toledo, el marqués de Aguilar, el conde de Alba de Liste, el de Chinchón, don Francisco Enríquez de Ribera, presidente de las Órdenes, y los mayordomos del rey.

Detrás venían seis Grandes, que eran los duques de Arcos, Medina de Ríoseco, Sessa y Béjar, y los condes de Ureña y de Benavente, trayendo, respectivamente, el cepillo, la vela, el mazapán, el salero, el aguamanil y la toalla, y en medio de ellos Don Juan de Austria con la niña en los brazos, envuelta en un manto de terciopelo carmesí bordado de cañutillo de oro y forrado de tela de plata; a su derecha venía el nuncio, Juan Bautista Castagna; a su izquierda, el embajador del emperador, y detrás los de Portugal y de Francia.

Seguían los dos padrinos, el archiduque Rodolfo y la princesa Doña Juana, precedida éste de su mayordomo mayor, don Juan Manrique de Lara, y del conde de Lemus, que lo era de la reina, y seguida de la camarera mayor, doña Isabel de Quiñones; la aya de la infanta, doña María Chacón, y la dueña guardamayor, doña Isabel de Castilla, las tres en hilera. Seguían luego, y cerraban la marcha, las dueñas de honor de la reina y la princesa, las damas de ambas y las meninas.

Mas en vano buscó Don Juan entre aquel brillante escuadrón, y en el puesto que la correspondía, a su dama, doña María de Mendoza, lo cual le contristó en gran manera, mucho, sin duda, por no verla, y quizá más todavía porque ella no le viese a él tan galán, tan bizarro y tan honrado, corno a su edad y en semejantes ocasiones acontece.

Dio aquella noche un sarao en sus habitaciones la princesa Doña Juana para celebrar el bautizo de su ahijada, y con grande inquietud de Don Juan de Austria, tampoco acudieron a él ni doña María de Mendoza ni la princesa de Éboli.

Supo allí, sin embargo, por doña María Ana de Aragón, hija del conde de Ribagorza, que era dama de la reina y grande amiga de la Mendoza, que ésta se había retirado días antes enferma, a casa de su parienta la de Éboli, lo cual redobló la inquietud de Don Juan, tanto por el hecho en sí como por no haber recibido de ello aviso.

Llamole entonces aparte su hermana la princesa, y rogole con toda bondad de su hermoso corazón que comprometiese a los señores jóvenes a improvisar una encamisada con el doble fin de celebrar el bautizo de la infanta e impedir, a lo menos por aquella noche, que estaba el rey en la corte, los extraños paseos del príncipe Don Carlos, que solía recorrer los burdeles de Madrid en aquellas horas, solo, con un arcabuz y el disfraz de una barba postiza.

Vino en ello Don Juan con el amor que siempre ponía en servir a su hermana, y concertó la encamisada con los dos archiduques Rodolfo y Ernesto, el príncipe de Parma y todos los señores jóvenes de la corte; mas ninguno logró reclutar al príncipe Don Carlos, que se escabulló como siempre a sus extrañas y peligrosas aventuras, que eran por aquel tiempo el escándalo de la corte.

Reuniose la encamisada en la plazuela de Santiago, ante la casa de Don Juan, pasada ya la medianoche. Consistía esta singular fiesta en una numerosa cabalgata, en que todos los caballeros llevaban vestidas, sobre sus trajes ordinarios, largas camisas blancas y disfrazadas las cabezas con turbantes pintorescos, cascos con penachos y extraños gorros con cintas y plumeros. Llevaban todos hachas encendidas en la mano izquierda y libre el brazo derecho de la camisa para lucir en él los colores de su dama.

De este modo cruzaban las calles de la población hasta llegar a la casa del personaje festejado, bajo cuyas ventanas ejecutaban aquellas danzas ecuestres en que tan maestros eran los jinetes de aquel tiempo. Despertábanse los vecinos a su paso, iluminaban sus ventanas y daban vítores a los encamisados, tomando todo el lugar en pocos momentos verdadera apariencia de regocijo y de fiesta.

Nacían las encamisadas siempre de improviso y cuando la urgencia del tiempo no daba lugar a los preparativos de libreas y ricos disfraces que exigían las otras cabalgatas más solemnes, que eran también moda del tiempo, y llamaban mascaradas, aunque nadie llevase la cara encubierta.

Dirigiose la encamisada al real alcázar desde la plazuela de Santiago, donde Don Juan vivía, teniendo éste cuidado de hacerla pasar ante la casa de la princesa de Éboli, donde, según sus noticias, moraba a la sazón la Mendoza.

Mas creció entonces su alarma y su extrañeza al ver la casa lóbrega y cerrada y que ni el ruido de la música, ni el resplandor de las antorchas y el paso de los caballos, ni los mismos vítores que al pasar se dieron a la princesa consiguieron atraer a nadie a los cerrados balcones y ventanas, cosa ésta de suyo bien extraña, pues teníase entonces por grave descortesía no responder con iluminaciones y muestras de regocijo al paso de las encamisadas como no fuera en caso de enfermedad grave o de luto reciente.

Destacose, sin embargo, un hombre encapuzado de cierta puertecilla de la frontera iglesia de Santa María al pasar Don Juan, y agarrándose al arzón de la silla, diole rápidamente un breve mensaje.

La zozobra de Don Juan no reconoció entonces límite, y ya sólo pensó en aligerar el paso de la encamisada y en terminar de cualquier manera que fuese las varias cuadrillas que se bailaron a la luz de las antorchas en la plaza de la Armería. Escapose al fin como pudo, y encamisado como estaba, corrió solo a la casa de la princesa de Éboli.

Esperábale aún el encapuzado en aquella puertecilla de Santa María, frontera a la casa, que adquirió años después verdadera celebridad histórica13, y sin recatarse de nadie, franqueole aquel hombre la puerta principal, cuya llave tenía.

Y aquí comenzaron a esclarecerse algún tanto los misterios.

Don Juan no volvió a su casa hasta muy poco antes del amanecer, y, según testimonio de Jorge de Lima, su ayuda de cámara, de guardia aquella noche, no se acostó ni descansó un momento; anduvo, por el contrario, paseándose por su cámara con grande agitación, hasta que, amanecido ya, y levantada doña Magdalena de Ulloa al alba, como tenía por costumbre, pasó Don Juan a sus habitaciones, y allí se estuvo todo el día sin recibir a nadie ni tomar otro alimento que dos escudillas de caldo con huevos batidos que la propia doña Magdalena le sirvió por sí misma.

Al anochecer salió esta señora sola, en litera, con el viejo escudero Juan Galarza montado en una mula, y dirigiose a casa de la princesa de Éboli. Dos horas después estaba ya devuelta; pero no venía sola como había ido, sino que traía oculta cuidadosamente bajo el manto una niña nacida dos días antes, de improviso y fuera de tiempo, y bautizada ya con el nombre de doña Ana.

Algunos días después pidió doña Magdalena de Ulloa licencia al rey para dar una vuelta por sus estados, no pudiendo hacerlo Luis Quijada por las obligaciones de sus cargos con don Don Juan y el príncipe Don Carlos. Diosela el rey de buen grado, y partió doña Magdalena para Villagarcía, llevándose la niña con el mayor sigilo.

Acompañola Don Juan toda la primera jornada, y al separarse en el mesón de las postas, pidiole su bendición como a madre, e hízole reiterar ella dos palabras que le había empeñado y que cumplió religiosamente: no volver a ver a doña María de Mendoza y retirarse al monasterio del Abrojo, cuando pudiera, sin llamar la atención, para meditar algunos días sobre las verdades eternas, fuera de la atmósfera de la corte.

En cuanto a doña María de Mendoza, desapareció entre la bruma llorando como Andrómaca, y no volvió a ver más a Don Juan de Austria. Pasó una larga temporada en Pastrana en casa de la princesa de Éboli, y con el pretexto de su salud delicada, fuese retirando poco a poco de la corte sin llamar la atención de nadie, logrando al fin borrar su memoria, hasta el punto de que nadie sabe hoy a cuál de las ilustres ramas de la casa de Mendoza pertenecía, ni cuál fuese su paradero después del triste episodio que tronchó su vida. Es probable que fuese a llorar en algún monasterio lo que fue, ciertamente, su primer desengaño y acaso también su única culpa14.




ArribaAbajo- VIII -

Durante todo ese tiempo habían ido creciendo poco a poco en el príncipe Don Carlos sus extravagancias hasta convertirse en locura, su despotismo en crueldad y la aversión que manifestaba a su padre en odio profundo.

En vano al cumplir el príncipe diecinueve años diole Don Felipe entrada en el Consejo de Estado (1564) y nombrole nueva casa, quedando de caballerizo mayor Luis Quijada, y poniendo nada menos que al príncipe de Éboli, Ruy Gómez de Silva, en el cargo de mayordomo mayor que ocupaba don García de Toledo, muerto poco antes.

Todos los de su casa, desde Ruy Gómez, a quien amenazaba de continuo con que se había de acordar de él cuando fuese rey, hasta el último barbero, a quien apaleaba por su propia mano a la menor tardanza o yerro, fueron de continuo víctimas de sus violencias y atropellos.

Entró un día el rey en consejo con sus ministros sobre las cosas de Flandes, y el príncipe, que andaba muy curioso de ellas, púsose a escuchar a la puerta, con el oído pegado al agujero de la llave, viéndole en tan innoble espionaje las damas y pajes de la reina, que estaban en la galería alta.

Advirtioselo su gentilhombre don Diego de Acuña, queriendo apartarle, y contestole Don Carlos con un bofetón en pleno rostro, lo cual agravió tanto al caballero, que a duras penas contuvo el impulso de hundirle en el corazón la daga, y fuese derecho al rey para hacer renuncia de su cargo. Desagraviole Don Felipe, y pasole a su servicio con dobles honores y gajes.

Igual ofensa hizo otro día a su gentilhombre don Alonso de Córdoba, hijo del marqués de las Navas, abofeteándole también porque no acudió presto a su llamada, y diciéndole que seis meses iban ya que ardía en aquellos deseos, y justo era que al cabo saliera con su gusto.

Y el cardenal Espinosa, presidente de Castilla, como hubiese hecho desterrar de la corte a un comediante llamado Cisneros, que mantenía extrañas relaciones con Don Carlos, acechole un día a la entrada de la cámara, y abalanzándose a él con un puñal en la mano, le gritó, sacudiéndole por el roquete:

-¡Curilla!... ¿Vos os atrevéis a mí no dexando venir a servirme a Cisneros?... ¡Por vida de mi padre que os tengo de matar!

Y así lo hubiera hecho si algunos grandes, que acudieron a los gritos, no se lo hubieran quitado de las manos.

Estos atrevimientos con personas tan principales llegaban a crueldades monstruosas con la gente llana. En las cuentas de Palacio, que se conservan en el archivo de Simancas, encuéntranse partidas de indemnización pagadas a padres de niños hechos apalear por Don Carlos.

A su ayuda de cámara, Juan Estévez de Lobón, quiso una vez arrojarle por una ventana al foso del alcázar después de apalearle, y a un zapatero que le hizo unas botas demasiado estrechas le obligó a comérselas guisadas y picadas en menudas piezas.

Cayole un día una poca de agua desde una ventana, y mandó al punto su guarda para quemar la casa y matar a los moradores; y para satisfacerle -dice Cabrera de Córdoba- volvió la guarda diciendo que entraba el Santísimo Sacramento del Viático en la casa, y respetaron por esto sus paredes.

En cierta ocasión encerrose cinco horas en las caballerizas, y a su salida quedaban veinte caballos inútiles a fuerza de malos tratos, entre ellos el favorito del rey, que murió a los dos días.

Uníanse a estas crueles extravagancias, propias sólo de un cerebro desquiciado, sangrientas burlas y descaradas muestras de aversión hechas a su padre, de las cuales se hallaron buenas pruebas entre los papeles que posteriormente le fueron ocupados.

Había entre ellos un libro en blanco con este título escrito de mano del príncipe: Los grandes viajes del rey Don Felipe II. Y luego en cada una de sus hojas esta burla: El viaje de Madrid al Pardo, del Pardo al Escorial, del Escorial a Aranjuez, de Aranjuez a Toledo, de Toledo a Valladolid, de Valladolid a Burgos, de Burgos a Madrid y del Pardo a Aranjuez, de Aranjuez al Escorial, del Escorial a Madrid, etc., etc.

En otro papel escrito también de su mano decía: Lista de mis enemigos, y el primer nombre que en ella figuraba era éste: El rey mi padre. Seguían luego Ruiz Gómez de Silva, la princesa de Éboli, el cardenal Espinosa, el duque de Alba y otros muchos señores.

En el otro lado del papel había escrito: Lista de mis amigos: La reina Doña Isabel, que siempre fue para mí muy buena. Y seguía luego: Don Juan de Austria, mi muy querido y amado tío. Y después, Luis Quijada, don Pedro Fajardo y muy pocos más.

La reina Doña Isabel y Don Juan de Austria fueron, en efecto, las dos únicas personas en la corte que exceptuó el infeliz príncipe de su odio y descortesía general; y en esto se han fundado los poetas, novelistas y seudoeruditos para suponer entre aquel desdichado príncipe, que ni supo ni pudo nunca llegar a ser hombre, y la virtuosa Doña Isabel de la Paz, modelo de reinas y de esposas, la romántica pasión incestuosa que sirve de base a sus lucubraciones, calumniosas ya hoy para todo el que medianamente conoce la Historia.

Conocían y lamentaban todos en Madrid la desatinada conducta de Don Carlos, y conocíase también en las cortes extranjeras, porque los embajadores se apresuraban a informarlas en sus notas, siendo éstas las que más han contribuido a que la posteridad conozca y juzgue hoy todos aquellos sucesos.

Mas a pesar de ser tan conocidas las lacras físicas y morales del príncipe Don Carlos, no había entonces princesa alguna en Europa que no se diera por muy satisfecha con dar su mano al heredero de la monarquía más poderosa del mundo.

Comenzaron, pues, las diversas cortes a presentar sus candidatas, y fue la primera la reina Catalina de Médicis, que propuso para princesa de Asturias a su hija menor, Margarita de Valois, la famosa Margot, que fue luego reina de Navarra.

Murió luego en Francia su rey, Francisco II, y los Guisas, tan simpáticos a Felipe II, propusiéronle a su sobrina, la reciente reina viuda María Estuardo, que era también reina, por derecho propio, de Escocia.

La corte de Lisboa, por su parte, proponía a la princesa Doña Juana; y así, le escribió a Don Felipe la gran reina viuda de Portugal, Doña Catalina, que, como abuela del príncipe Don Carlos, única hermana del emperador que ya quedaba y señora de tan altas prendas y virtudes, podía mucho en el ánimo del monarca. Este matrimonio era también deseado en el reino, pues aunque la diferencia de edad entre la tía y el sobrino era considerable, podía esto mismo, unido a las grandes cualidades de la princesa, de que tan buena cuenta dio durante el tiempo de su regencia, ser una garantía de que supliera ella con su mérito las grandes deficiencias que se notaban y temían en Don Carlos.

El emperador Maximiliano de Austria propuso también, más tarde que nadie, pero con más probabilidades de éxito que ninguno, a su nieta la archiduquesa Doña Ana.

Recibía todas estas proposiciones Don Felipe con su ordinaria reserva, sin aceptarlas ni rechazarlas, y estudiábalas detenidamente, dando o quitando esperanzas, según convenía a los cálculos de su política, pero sin tener en cuenta para nada, como en sernejantes cosas acontece, ni el gusto ni la voluntad de su hijo.

Mas no era éste hombre que se dejase imponer voluntades de nadie, y mucho menos de su padre, y sin contar tampoco con él resolvió obrar por sí mismo. Pidió los retratos de las tres princesas, y después de detenido examen resolvió enamorarse de su prima, la archiduquesa Doña Ana, y así lo dijo a todo el mundo y aun llegó a creérselo él mismo. Veíanle, en efecto, pasar largas horas en contemplación ante un retrato de la archiduquesa que tenía en su cámara en una caja redonda de ébano con molduras de plata.

Don Carlos tiró su plan, y no con sumisión de hijo ni humildad de súbdito, sino de potencia a potencia y como quien por derecho propio pide y exige, manifestó su voluntad de casarse con la archiduquesa Doña Ana y su deseo de que le diera el gobierno de los Estados de Flandes.

Quizá era éste el íntimo pensamiento de Don Felipe, y bien porque así fuese, bien por congraciarse con el príncipe, y quizá porque, como algunos dicen, no tenía Don Felipe para obrar cara a cara la misma firmeza y energía que demostró siempre de lejos, es lo cierto que oyó benignamente a su hijo, y le prometió, desde luego, negociar su casamiento con la archiduquesa y llevarle consigo a Flandes en la próxima jornada que preparaba, para imponerle él mismo en el conocimiento y manejo de aquellos países.

Satisfecho con esto Don Carlos, quiso asegurar sus planes dando un golpe diplomático a su modo, y diolo, en efecto, con tan necia altanería, que puso a la vista de Europa entera su incapacidad para todo lo que fuese prudencia y gobierno.

Hallábanse convocadas en Madrid las Cortes de Castilla desde el 1 de diciembre de aquel año de 1565, y celebraban sus reuniones los procuradores en una de las cámaras del alcázar. El 22 de diciembre marchose Felipe II a El Escorial para celebrar allí las festividades de Pascua, como era su costumbre, y aprovechose Don Carlos de esta ausencia para dar su golpe maestro.

Presentose, pues, de improviso una mañana en la junta de procuradores, y sin más preámbulos ni advertencias ni anuncios, dijoles altanero y colérico: «Debéis saber que mi padre piensa ir a Flandes, y yo quiero a toda costa acompañarle... Sé que en las últimas Cortes tuvisteis el atrevimiento de pedir a mi padre que me casase con la princesa mi tía, y no comprendo a qué habéis de entrometeros vosotros en mi casamiento, ni lo que os importe que mi padre me case con una o con otra... No quiero que se os antoje ahora el nuevo atrevimiento de pedir a mi padre que me deje en España, y os prohíbo, por tanto, que hagáis semejante petición, en la inteligencia de que el procurador que tal ose me tendrá por capital enemigo, y haré cuanto esté en mi mano por perdelle».

Dicho esto, y mandando a los procuradores que no osasen de decir al rey nada de aquella escena, volvioles la espalda, dejando a aquellos graves señores estupefactos de su necedad e insolencia.

Sobrevinieron entonces graves desórdenes en Flandes, y detuvo el rey su viaje, enviando por delante al duque de Alba para apaciguar aquellos Estados. La cólera del príncipe Don Carlos al saber esta disposición no tuvo límites, porque veía en peligro sus planes y juzgábase también postergado, creyendo en su incauta soberbia que a él correspondía antes que a nadie la pacificación de los Países Bajos.

No pudo excusarse el duque de Alba de despedirse del príncipe cuando fue a besar la mano del rey en Aranjuez, donde a la sazón se hallaba la corte. Mas no bien le vio entrar Don Carlos en su cámara, gritole furioso que no había de ir a Flandes, porque a él tocaba el viaje; que no lo hiciera, y si se contradecía, que le había de matar.

Respondiole respetuosamente el duque que la vida de su alteza era harto preciosa para exponerla en aquella empresa; que él iba delante sólo para pacificar los Estados, a fin de que pudiera luego su alteza asentar allí sus pies en terreno firme... Mas el príncipe, ciego de ira, sacó la daga y lanzose al duque, gritando:

-¡No habéis de ir a Flandes, u os tengo de matar!

Sujetole el de Alba ambos brazos, y trabose una lucha cuerpo a cuerpo, hasta que rendido el príncipe por la fatiga, hízose atrás jadeando... Y como el duque prosiguiese sus razones con el fin de sosegarle, lanzose de nuevo el príncipe de un salto, a traición esta vez, con ánimo de hundirle la daga en el pecho. Sujetole de nuevo el duque, y volvió a reanudar la lucha, hasta que, atraídos esta vez por el estrépito los gentiles-hombres de guardia, los separaron, sujetando al furioso y dando lugar al duque a retirarse.




ArribaAbajo- IX -

La momentánea aproximación de Felipe II y el príncipe Don Carlos rompiose con esto, e hízose mayor el alejamiento cuando notó éste que comenzaba el rey a poner obstáculos y a dar largas a su proyectado matrimonio con la archiduquesa doña Ana. Las razones que para ello tuvo Don Felipe no pudieron ser, sin embargo, ni más prudentes ni más dictadas en conciencia...

La inhabilidad de Don Carlos para el matrimonio sólo había sido hasta entonces un rumor más o menos explicado y disculpado, a que la conducta del príncipe y todas sus apariencias físicas daban alas y crédito. Mas acaeció por aquel entonces que un barbero de la servidumbre de Don Carlos, muy su privado, propúsole, de acuerdo con dos médicos charlatanes, cierto brebaje que vino a hacer patente lo que sólo había sido antes conjeturado o supuesto.

Desde entonces comenzó Don Carlos una extraña vida que se presta a graves sospechas: gastaba grandes sumas, sin que se supiese jamás en qué las empleaba; salía todas las noches solo, con una barba postiza y un arcabuz en la mano, y recorría todos los burdeles de Madrid, volviendo a veces sin camisa y haciendo quemar otras en su presencia la que traía puesta; todo, en fin, demostraba en él una extraña crápula, en cuyo cenagoso fondo es donde hay que buscar quizá la clave de los misterios que rodearon después su prisión y muerte...

Porque es verdaderamente extraño que en las cartas más íntimas dirigidas por Felipe II cuando la prisión de Don Carlos a San Pío V, a la reina viuda de Portugal, Doña Catalina, abuela del príncipe; a los emperadores Maximiliano y María, que debieran ser sus suegros, y al gran duque de Alba, se apresurase a descartar de su hijo toda sospecha de herejía, rebelión, desacato a su persona u otro crimen análogo que pudiese justificar su rigurosa medida, y sólo haga hincapié en todas ellas y repitiendo casi literalmente la misma frase, en excesos que proceden de su naturaleza y particular condición, que no se pueden repetir por la decencia del caso y por el honor y la estimación del príncipe...

Desesperanzado al fin Don Carlos de gobernar en Flandes por concesión de su padre, y temeroso también de que éste acabase de romper su matrimonio con Doña Ana, determinó fugarse de España y dirigirse a Italia, para seguir de allí a Flandes o Alemania, según las circunstancias del momento le aconsejasen.

Eacute;rale forzoso para esto dinero antes que nada, y a este propósito envió a sus ayudas de cámaras Garci Álvarez Osorio yJuan Martínez de la Cuadra a pedir prestados seiscientos mil ducados entre los comerciantes de Toledo, Medina del Campo, Valladolid y Burgos. Mas andaba el crédito de Don Carlos harto por los suelos en estos mercados, pues todos le sabían tan liberal en el pedir como infiel en el pagar, y las requisas de Osorio y de Cuadra sólo produjeron algunos miles de ducados.

No se desanimó con esto Don Carlos, y envió entonces a Sevilla a Garci Álvarez Osorio con doce cartas de creencia en blanco, que decían a la letra:

«El príncipe. -Garci Álvarez Osorio, ayuda de mi cámara, que ésta os dará, os hablará y pedirá de mi parte cierta cantidad de dinero prestados para una necesidad forgosa y urgentísima; os ruego y encargo mucho que lo hagáis, que allende que corresponderéis con la obligación de vasallo, me haréis sumo placer. Y en lo que toca a la paga, me remito al dicho Osorio que lo que se hiciere doi por hecho.- De Madrid a 1 de diciembre de 1567.

Y de mano propia: En esto me haréis sumo placer. -Yo el príncipe».

Escribió al mismo tiempo a muchos grandes de España diciéndoles que se le ocurría un viaje de grave importancia, y esperaba de ellos que le acompañarían y prestarían ayuda.

Contestáronle los solicitados muy variadamente: unos, como los duques de Sessa y Medina de Ríoseco y el marqués de Pescara, contestáronle, sin sospechar malicia alguna, que le seguirían incondicionalmente; otros, más suspicaces, que le prestarían su apoyo en todo lo que no fuese contra la religión o el servicio del rey, y algunos, como el almirante, más conocedores del terreno, enviaron secretamente al rey la carta del príncipe, suplicándole la considerase y estudiase.

Volvió mientras tanto Garci Álvarez Osorio de su viaje a Sevilla, donde había negociado en favor de Don Carlos mucho, bien y pronto, y al verse éste con dinero creyó tenerlo ya todo arreglado, y comenzó a tomar sus últimas disposiciones.

Escribió una larga carta al rey su padre dándole amargas y ofensivas quejas y haciéndole responsable de su conducta, y escribió también al Papa, a su abuela, la reina Doña Catalina, a todos los príncipes de la cristiandad, los grandes, las chancillerías, audiencias y ciudades del reino explicando su fuga y achacándola a la tiranía y el odio profundo que le profesaba su padre.

Todas estas cartas habían de ser enviadas a su destino después de verificada la fuga y guardolas mientras tanto Don Carlos en un cofrecillo de acero con incrustaciones de oro, que encerraba en su escritorio.

Faltaba, sin embargo, todavía una cosa que juzgaba Don Carlos esencial, y lo era, en efecto: hablar a Don Juan de Austria. Dos meses antes, a principios de octubre, había el rey llamado a Don Juan a El Escorial y otorgádole al fin el mando de las galeras del Mediterráneo que le tenía ofrecido.

En una de estas galeras, ancladas a la sazón en Cartagena, era donde pensaba Don Carlos pasar a Italia, y esta ayuda material insustituible, unida al gran prestigio de que gozaba Don Juan entre la nobleza de la corte y de todo el reino, era lo que hacía creer a Don Carlos, esta vez muy cuerdamente, que de la aceptación o repulsa de Don Juan pendía quizá el éxito de sus proyectos.

Llamó, pues, a su tío la víspera de Navidad, y encerrándose con él por dos horas largas en su cámara, descubriole su proyecto y pidiole su apoyo, haciéndole, en cambio, grandes ofrecimientos.

Según Don Carlos, nada podía esperar Don Juan del rey sino mezquinas recompensas, coartadas siempre por su envidia, su avaricia y sus tiránicos hechos; él, en cambio, le daría cuanto puede esperar de un rey el mejor de sus amigos y le ofrecía, desde luego, como si allí lo tuviese a mano, el Estado de Milán o el reino de Nápoles.

Mirábale Don Juan absorto de hito en hito, sin saber qué admirar más, si lo negro de la traición o lo absurdo del proyecto. Comprendió, sin embargo, lo inútil y peligroso que sería contradecirle a Don Carlos abiertamente o arrojarle a la cara, como merecía, el desprecio y el horror que sus planes y ofertas le causaban.

Optó, pues, por atacarle de lado, haciéndole ver lo difícil y peligroso de la empresa, las consecuencias horribles que pudiera traer en Flandes, el mal ejemplo al levantarse el hijo contra el padre y el riesgo gravísimo en que ya estaba de ser descubierto, siendo tantas las personas que él mismo había hecho sabedoras del caso...

Para todo encontró respuesta Don Carlos...

Todo, según él, estaba preparado y previsto, y sólo faltaba que Garci Álvarez Osorio hiciese efectivas en dinero algunas letras de cambio que había traído de Sevilla, y que él, Don Juan, extendiese, como general de la mar, un salvoconducto poniendo a disposición de Don Carlos una de las galeras que estaban en Cartagena y viniese luego a reunirse con las restantes en el puerto que se señalase en Italia.

Apretado Don Juan con esto, y viendo que, como cristiano, como hermano del rey y como tal leal caballero, sólo le restaba un medio de impedir tales desastres, pidió a Don Carlos, con el fin de adoptarlo, veinticuatro horas para reflexionar.

Concedioselo el príncipe a regañadientes, porque, según él, era necesario aprovechar la ausencia del rey, que había marchado a El Escorial tres días antes y debía volver a Madrid pasada la festividad de los Santos Reyes.

Al día siguiente muy de mañana marchó Don Juan a El Escorial, donde, como leal príncipe y honrado caballero, descubrió a su hermano los disparatados planes y aviesas intenciones del príncipe Don Carlos, disculpando con éste su ausencia con un mandato del rey, que le mandaba llamar para comunicarle órdenes urgentes sobre las galeras de Cartagena.

No desconfió por esto Don Carlos, y prosiguió tomando sus disposiciones, hasta que vino a complicar la situación un incidente notable muy propio de la época.

Celebrábase aquel año de 67 el jubileo general concedido por San Pío V con motivo de su exaltación al Pontificado, y fijose para ganarlo el 28 de diciembre, fiesta de los Santos Inocentes.

El 27, ya tarde, fue Don Carlos al convento de San Jerónimo para confesarse y ganar el jubileo al día siguiente. Eran ya las ocho, iba en un coche y llevaba muy escaso acompañamiento.

Es muy de notar que el confesor oficial y ordinario de Don Carlos era fray Diego de Chaves, y aquel día pidió en los Jerónimos otro fraile cualquiera.

Y resultó del caso, que este tal confesor no quiso absolver tal príncipe, porque éste le aseguraba llevar en el pecho odio mortal a un hombre, y que este odio no cesaría hasta matalle.

El fraile, como dijimos, negole la absolución. El príncipe le dijo:

-Padre, presto os determináis.

Respondiole el fraile:

-Consúltelo vuestra alteza con teólogos.

Levantose Don Carlos muy amohinado, y envió su coche a Atocha para que trajesen teólogos, y vinieron catorce, cuantos cabían en el coche, que era pequeño, dos a dos.

«Y luego -dice la relación de un ayuda de cámara que acompañaba al príncipe aquella noche- mandó que viniésemos a Madrid por Alvarado el agustino y por el trinitario, y con cada uno de por sí disputó el príncipe y porfiaba que le absolviesen; pero hasta que matase a un hombre había de estar mal con él. Y como todos decían que no podían, trató después, para cumplir con las gentes, le dieran una hostia sin consagrar en comunión.

Aquí los teólogos se alborotaron, porque pasaron otras cosas muy hondas que dejo de decir. Y como todos estaban así y el negocio iba tan malo, el prior de Atocha apartó al príncipe y con maña comenzole a confesar y preguntole qué calidad tenía el hombre que quería matar, y él decía que era de mucha calidad pero no había de sacalle de aquí. El prior le engañó, diciendo:

-Señor, diga el hombre que es, que será posible poder dispensar, conforme a la satisfacción que vuestra alteza pueda tomar.

Y entonces dijo que era el rey su padre, con quien estaba mal y le había de matar. El prior, con mucho sosiego, le dijo:

-¿Solo, o de quién se piensa ayudar?

Al fin se quedó sin absolución y sin ganar el jubileo por pertinaz. Y acabose a las doce de la noche, y saliendo todos los frailes muy tristes y más su confesor. Otro día nos venimos a Palacio y a su majestad se le hizo saber en El Escorial todo lo que pasaba».




ArribaAbajo- X -

Las revelaciones de Don Juan de Austria produjeron en Felipe II una irritación dolorosa; mas no hizo demostración alguna por donde pudieran colegirse sus intenciones, ni modificó en lo más mínimo el programa piadoso que para aquellas fiestas se había ya trazado.

Retuvo a Don Juan en El Escorial, y juntos ganaron el jubileo el día 28, y juntos también asistieron aquel mismo día a la toma de posesión que hicieron los Padres jerónimos del convento provisional en que habían de alojarse, mientras no se terminaba la suntuosa fábrica del monasterio, en construcción entonces.

El día 6 asistieron a la bendición de la iglesia provisional y el día 11 a la profesión de un nuevo religioso; este día envió el rey una circular a los superiores de los conventos de Madrid y sus cercanías, ordenando que se hiciesen continuas oraciones para que Dios le inspirase el acierto y la resolución más oportuna en un asunto que se le ofrecía de la mayor importancia para el bien de su reino.

Notose también en aquellos días mayor movimiento de correos que iban y venían de Madrid, El Escorial y frecuentes y largas reuniones del rey con los señores de su Consejo.

El día 15 de enero (1568) abandonó Don Felipe El Escorial con su hermano, y vinieron a dormir a El Pardo. Súpolo Don Carlos, y envió un recado urgente a su tío, diciéndole que saliese secretamente al retamal próximo al palacio con el prior don Antonio de Toledo, y que allí acudiría él para hablarles.

Esperáronle Don Juan y el prior en el mirador de Palacio con anuencia del rey, y viéronle desde allí entrar en el retamal a caballo con otros cinco que le acompañaban. Saliéronle al encuentro, y preguntoles Don Carlos, muy preocupado, si se había agraviado mucho el rey por el mal ejemplo dado por él en la corte y en la villa no ganando el jubileo el día de Inocentes.

Dijéronle que había sido grave el disgusto de Don Felipe, pero que no sabían más.

Tomó entonces el príncipe aparte a Don Juan, y díjole que Garci Álvarez Osorio tenía ya reunido el dinero; que todo estaba preparado para la madrugada del 18, y que sólo se esperaba el salvoconducto que había de dar él para embarcarse en las galeras de Cartagena y un documento en que se obligase Don Juan, si no quería seguirle en el momento, a acudir a su llamada cuando le mandase.

Puesto en este aprieto Don Juan, contestole que al día siguiente (17 de enero) marcharía con el rey a Madrid, y allí tratarían lo que más conviniese.

Volvió Don Carlos a Madrid siempre en su idea, y para no perder tiempo envió al correo mayor, Raimundo de Tassis, ocho caballos de postas para la madrugada del 18. Alarmado Tassis, contestó al príncipe que todos los caballos estaban en las carreras; que en viniendo le serviría. Y acto continuo avisó al rey la pretensión de Don Carlos. Reiteró éste el mandato algunas horas después, y atemorizado el correo mayor, envió fuera de Madrid todos los caballos que tenía, y corrió él mismo a El Pardo a dar cuenta al rey.

Sucedía esto en la noche del 16, y llegó Tassis a El Pardo en la madrugada del 17.

Este mismo día dirigiose Don Felipe a Madrid con Don Juan de Austria, sin demostrar inquietud ni apresuramiento, y siguiendo su costumbre de siempre, fuese derecho a las habitaciones de la reina para saludarla a ella y a sus hijas.

Esperábale allí también la princesa Doña Juana, que al verle entrar tomó a su ahijada la infantina Doña Catalina de manos de doña María Chacón, su aya, y presentósela al rey para que admirase un diminuto y precoz diente que había brotado en las encías de la niña durante su ausencia. Amaba la princesa a su ahijada sobre toda ponderación, y tenía por ella los entusiasmos y vehemencias de la madre más cariñosa.

Reíase la reina de estas ponderaciones de su cuñada, llamándola portuguesa, y presentaba al rey por el otro lado a la infantita mayor Doña Isabel Clara Eugenia, que traía la duquesa de Alba, camarera mayor entonces. El angustiado corazón de Don Felipe debió espaciarse un momento con aquella ternura hacia sus hijas que nadie hubiera sospechado en el severo monarca, y que el erudito Gachard ha hecho patente en su estudio sobre estas dos ilustres princesas, que tanto realzaron la casa de Austria.

Hizo Doña Juana admirar también el dientecito de la niña a su hermano Don Juan, y en aquel momento entró en la cámara el príncipe Don Carlos para dar la bienvenida y besar la mano al rey su padre.

Saludole Don Carlos con aparente respeto y agrado, y acogiole Don Felipe con benignidad no menos bien disimulada; nadie hubiera sospechado, al ver a la familia real en tan cariñosa armonía, que se cerniese sobre ella tormenta tan horrible.

Habló la princesa Doña Juana del banquete y sarao que pensaba dar el próximo día 19 para celebrar los días de su hijo el rey Don Sebastián, y deseando siempre atraer a Don Carlos a los centros y costumbres de la corte, para apartarle de los oscuros y malos pasos en que andaba, pidiole que organizase con Don Juan una solemne máscara para aquel día, en que sobre ser la fiesta de su hijo, celebraban también la declaración de su mayor edad.

Prometióselo el príncipe con el mayor aplomo, hizo lo mismo Don Juan, por no poder hacer otra cosa, y el rey dio su consentimiento inclinando la cabeza sin decir palabra.

Salieron todos juntos de la cámara de la reina, y tomando entonces Don Carlos por el brazo a Don Juan de Austria, llevole a sus habitaciones, que estaban en el entresuelo de Palacio, hacia el lado que llaman hoy el Campo del Moro.

Mandó Don Carlos cerrar las puertas, y nadie ha sabido nunca a punto fijo lo que pasó entre el tío y el sobrino durante las dos horas que allí permanecieron encerrados.

Al cabo de este tiempo oyeron los ayudas de cámara estrépito dentro y la voz robusta y varonil de Don Juan de Austria, que gritaba, indignado:

-¡Téngase vuestra alteza allá!...

Abrieron asustados la puerta, y apareció Don Juan echando lumbre por los ojos, teniendo a raya con su espada al príncipe, que con la suya y una daga pretendía atacarle, lívido de furor.

La relación del ayuda de cámara dice que después de esta escena fuese Don Juan a su casa... Quizá simuló Don Juan esto para despistar al príncipe Don Carlos; mas es lo cierto que Don Juan fue acto continuo en busca de su hermano Don Felipe, y confiole todo lo sucedido. Temió entonces el rey por la vida de Don Juan, y no le permitió salir del alcázar; mandole aderezar aposento e hízole dormir allí aquella noche memorable.

Mientras tanto, Don Carlos, temeroso de que el rey le llamase a solas, metiose en la cama fingiéndose enfermo. No se había engañado el desdichado príncipe; muy poco después trájole don Rodrigo de Mendoza orden del rey para que subiese a su cuarto.

Excusose Don Carlos con su fingida enfermedad, y conjurado ya este peligro, tornose a levantar a las seis; púsose una ropa larga de abrigo, sin vestirse, y, arrimado al calor de la chimenea, cenó un capón cocido. No se había desalentado el insensato príncipe un sólo momento, y persistía, más firme que nunca, en su proyecto de huir a la madrugada siguiente.

Desde algún tiempo atrás tomaba Don Carlos las más extrañas precauciones para la seguridad de su persona, sobre todo durante el sueño. Había despedido al gentilhombre que, según la etiqueta, debía de dormir de noche en su cámara, y aseguraba su puerta por dentro con un curioso mecanismo que había hecho construir al ingeniero francés Luis de Foix; consistía éste en una serie de resortes combinados que impedían abrir la puerta mientras no tirase Don Carlos de un largo cordón encarnado, de seda, que venía a parar a la cabecera de su cama.

Hízole construir también a este mismo ingeniero un arma extravagante, cuya idea y dirección diole el mismo Don Carlos. Había éste leído el hecho del terrible obispo de Zamora don Antonio de Acuña, que rompió la cabeza al alcalde de Simancas con un guijarro que llevaba oculto en una bolsa de cuero como si fuese el breviario.

Encantole al príncipe la idea, y mandó construir a De Foix un libro compuesto de doce tablas de durísimo mármol azul, de seis pulgadas de largo por cuatro de ancho, revestidas, como si fuese la encuadernación, de dos láminas de acero embutidas de oro.

Tenía siempre Don Carlos al alcance de su mano esta disimulada arma, dispuesto a romper con ella la cabeza a quien fuese de su agrado, lo cual prueba una vez más la índole aviesa y traicionera del desdichado príncipe. Además de esto, veíase siempre un arcabuz a la cabecera de su cama, y oculto en su guardarropa un verdadero arsenal de pólvora y balas.

Pasó revista Don Carlos después de cenar a las cartas y papeles que tenía preparados, y acostose a las nueve y media, dejando a la cabecera de la cama la espada desnuda, el arcabuz cargado y un puñal fuera de la vaina, debajo de la almohada.

Todo parecía dormir, mientras tanto, en el real alcázar, y preparábase, sin embargo, dentro de sus muros, uno de los hechos que más han espantado y hecho discurrir a la Historia.

Velaba el rey en su cámara, y a ella fueron llegando después de las once, unos en pos de otros, azorados todos y recatándose, el príncipe de Éboli, el duque de Feria, el prior don Antonio y Luis Quijada; llegaron después los dos gentiles-hombres del rey, don Pedro Manuel y don Diego de Acuña, y, reunidos todos, habloles Don Felipe, según un documento de la época, como jamás habló hombre alguno en la vida, y manifestoles la dura y horrible precisión en que se veía de prender y encerrar a su hijo el príncipe Don Carlos.

Tratose entonces del modo de ejecutarlo sin escándalos y peligrosas resistencias, y propuso el rey su plan, que fue naturalmente aceptado. A las doce bajaron todos aquellos personajes la escalera interior, a oscuras, de puntillas, recatándose por no despertar la alarma, temblando casi, como tiene que temblar a veces la justicia para evitar y sorprender el crimen.

Iba delante el duque de Feria con una linterna sorda en la mano; seguíale el rey, muy pálido, con una coraza bajo las ropas, la espada desnuda debajo del brazo, y en la cabeza un casco de hierro; en pos de él venían los demás con las espadas desnudas, mas por infundirle pavor y respeto que por tener ocasión de hacer uso de ellas. Venían también los ayudas de cámara del rey, Santoyo y Bernal, con martillos y clavos y doce guardias con su teniente.

En la antecámara del príncipe encontraron a sus dos gentiles-hombres, don Rodrigo de Mendoza y el conde de Lerma, que estaban de guardia, y dioles orden el rey de no dejar pasar a nadie.

Abriose sin resistencia la puerta de la cámara, porque el rey había mandado con antelación al ingeniero De Foix que inutilizase los resortes a escondidas del príncipe.

Adelantáronse con grande precaución Ruy Gómez y el duque de Feria hasta la cama de Don Carlos; dormía éste profundamente, y pudieron quitar del alcance de su mano, sin ser sentidos, el arcabuz y la espada desnuda; el puñal no lo encontraron.

Despertose en esto Don Carlos, incorporándose despavorido, y gritó con soñolienta y sobresaltada voz:

-¿Quién va?...

-El Consejo de Estado -respondió Ruy Gómez.

Lanzose entonces el príncipe del lecho con gran violencia, y quiso empuñar sus armas, escurriose el puñal con este movimiento, y levantole Ruy Gómez del suelo. Dio al mismo tiempo luz entera a su linterna el duque de Feria, y vio el príncipe a su padre frente a frente... Echose atrás espantado, y gritó fuera de sí, llevándose ambas manos a la cabeza:

-¿Qué es esto?... ¿Vuestra majestad quiere matarme?...

Respondió el rey con grave sosiego que no quería hacerle daño; que quería su bien y el de todo su reino. Y mandó entonces a los ayudas de cámara que encendiesen las luces, clavaran las ventanas y retirasen todas las armas, hasta los morillos de la chimenea.

Comprendió entonces el príncipe que se hallaba preso, y lanzose al rey, en camisa como estaba, gritando:

-¡Máteme vuestra majestad y no me prenda, porque es escándalo para el reino, y si no, yo me mataré!

A lo cual respondió el rey:

-No haréis tal, que sería cosa de locos.

-No lo haré como loco, sino como desesperado, que vuestra majestad me trate tan mal.

Y arrancándose los cabellos y rechinando los dientes, que daba horror oírle, quiso tirarse de cabeza en el fuego de la chimenea; asiole el prior de la camisa y acomodáronle de nuevo entre todos en el lecho. «Y pasaron otras muchas razones -dice la relación del ayuda de cámara- que ninguna se acabó por no ser el lugar ni hora para ello».

Mandó el rey mientras tanto buscar y recoger los papeles de Don Carlos, y apareció entonces el cofrecillo de acero con las cartas preparadas dentro, el libro de los viajes, la lista de amigos y enemigos y otra porción de documentos, necios unos, culpables otros y todos comprometedores.

Retirose entonces el rey, llevándose los papeles y dejando ordenado y previsto con escrupulosidad nimia todo lo referente, así para el cuidado y servicio del príncipe, como para su más estricta vigilancia.

La consternación del pueblo de Madrid, al saber al día siguiente la prisión del príncipe, no tuvo límites.

«Mirábanse los más cuerdos -dice Luis Cabrera de Córdoba- sellando la boca con el dedo y el silencio; y rompiéndole, unos le llamaban (al rey) prudente, otros severo, porque su risa y su cuchillo eran confines. El príncipe, muchacho desfavorecido, había mal pensado y hablado con resentimiento, obrado, no; y sin tanta violencia pudiera reducir, como sabía a los extraños, a su hijo sucesor inadvertido. Otros decían era padre y de gran consejo, y que fuerza grande le arrebató y necesitó a tal determinación. Otros, que son los príncipes celosos de los que los han de suceder, y les desplace el ingenio, ánimo gallardo y espíritu generoso y grande de los hijos; y que quien los teme, mejor temerá los súbditos, y que les aseguraba el darles con templanza parte en el Gobierno. Otros, que por mala naturaleza los herederos son espoleados del deseo de reinar y libertad, y salen menos leales hechos cabezas de mal contentos, como quería ser el príncipe con los flamencos».

La desolación de la reina y la princesa Doña Juana fue también extremada, y en vano solicitaron ambas del rey, repetidas veces, que les permitiese visitar al príncipe. Don Juan de Austria acudió aquella noche al cuarto de la reina vestido de oscuro y con desaliño, como en señal de duelo, y reprendiole el rey, mandándole vestir como tenía por costumbre15.




ArribaAbajo- XI -

Nunca más volvió a ver Don Juan de Austria al príncipe Don Carlos, ni escuchó tampoco jamás de boca de su hermano Don Felipe la menor palabra alusiva a su desdichado hijo. Estos tristes sucesos estrecharon más aún la unión entre los dos hermanos. Don Juan y Don Felipe, y fuerza es confesar que hizo éste por aquél en aquella época verdaderos oficios de padre.

A principios de mayo (1568) anunciole que era llegada la hora de tomar el mando de las galeras de Cartagena, para salir primero a recibir y custodiar la flota que venía de Indias, y volver luego a limpiar de corsarios las costas del Mediterráneo.

Llevaban éstos sus piraterías con el mayor descaro hasta muy tierra adentro, y sabíase que Selim II, su protector y verdadero jefe de todos ellos, labraba galeras y muchas máquinas marítimas con ánimo de llevarlas al mar Jónico.

La noticia de la expedición preparada por Don Juan entusiasmó a la juventud noble de la corte, como la había entusiasmado antes la malograda de Malta, y apresurose lo más florido de ella a alistarse en sus banderas.

Veía con gusto Don Felipe este prestigio de su hermano, que tanto podía ayudar a sus fines políticos, y para fomentarlo y estimular también el ardor guerrero de aquellos ilustres voluntarios, dividió las galeras en grupos de a cuatro, dando el mando de cada uno a un capitán escogido entre ellos, que dieron entonces en llamar vulgarmente Cuatralbos.

Nombró el rey por lugarteniente de Don Juan nada menos que a don Luis de Requeséns, comendador mayor de Castilla, que estaba de embajador en Roma, y acompañáronle como secretarios Juan de Quiroga, que ya lo era suyo, y Antonio de Prado, sujeto de grandes prendas, que lo fue más tarde de Estado de Felipe III.

Entre el brillante escuadrón de voluntarios que seguían a Don Juan distinguiéronse principalmente don Martín de Padilla, que fue más tarde adelantado mayor de Castilla y capitán general en el mar océano; don Pedro de Cervellón, don Juan de Zúñiga, conde después de Miranda; don Francisco de Rojas, que fue marqués de Poza y presidente del Consejo de Hacienda; los dos hermanos don Jerónimo y don Antonio de Padilla, don Luis de Córdoba, don Juan de Guzmán, don Alonso Portocarrero, don Rodrigo de Venavides, don Mendo Rodríguez de Ledesma, don Hernando de Gamboa, don José Vázquez de Acuña, don Hernando de Prado, don Pedro Zapata de Calatayud y don Hernando de Zanguera.

Acompañaron todos estos señores a Don Juan a despedirse del rey, que estaba en Aranjuez, y fueron allí recibidos con grandes agasajos por toda la corte. Al dar Don Felipe a su hermano el último adiós, entregole para su gobierno el siguiente documento, todo escrito de su mano, notable por las grandes máximas que para regla y conducta de un príncipe encierra, y por la solicitud paternal hacia su hermano, que revelan en Felipe II:

«Hermano: Demás de las instrucciones que os han dado en lo que toca al cargo de capitán general de la mar y al uso y ejercicio dél, por el amor grande que os tengo y lo mucho que os deseo, que ansí mismo en el particular de vuestra persona, vida y costumbres, tengáis la estimación y buen nombre que las personas de vuestra calidad deben pretender, con este fin me ha parecido advertiros de lo que allí os diré.

Primeramente, porque el fundamento y principio de todas las cosas y de todos los buenos consejos ha de ser Dios, os encargo mucho, que como bueno y verdadero cristiano, toméis este principio y fundamento en todo lo que emprendiéredes y hiciéredes: y que a Dios, como a principal fin, enderecéis todas vuestras cosas y negocios, de cuya mano ha de proceder todo bien, buenos y prósperos sucesos de vuestras negociaciones, empresas y jornadas. Y que así tengáis gran cuenta de ser devoto temeroso de Dios y muy buen cristiano, no sólo en el efecto y sustancia, mas también en la apariencia y demostración, dando a todos buen ejemplo, que por este medio y sobre este fundamento Dios os hará merced y vuestro nombre y estimación irá siempre en crecimiento.

Tendréis muy particular cuenta con frecuentar y continuar la confesión, particularmente las Pascuas y otros días solemnes, y con recibir el Santísimo Sacramento, estando en parte y lugar que lo podáis hacer; oyendo cada día (estando en tierra) misa; y tener vuestras devociones particulares y oración con mucho recogimiento en hora señalada para ello, haciendo en todo el oficio y demostración de muy católico y buen cristiano.

La verdad y cumplimiento de lo que se dice y promete es el fundamento del crédito y estimación de los hombres y sobre que estriba y se funda en el trato común y confianza. Esto se requiere y es mucho más necesario en los muy principales y que tienen grandes y públicos cargos, porque de su verdad y cumplimiento depende la fe y la seguridad pública. Encárgoos mucho que tengáis en esto gran cuenta y cuidado, y se entienda y conozca en vos en todas partes y ocasiones el crédito que pueden tener de lo que dixéredes; que demás de lo que toca a las cosas públicas y de vuestro cargo, importa esto mucho a vuestro particular honor y estimación.

De la justicia usaréis con igualdad y rectitud, y cuando será necesario con el rigor y exemplo que el caso lo requiere: teniendo en cuanto a esto firmeza y constancia; y juntamente cuando la calidad de las cosas y personas lo sufriese, seréis piadoso y benigno, que son virtudes muy propias de las personas de vuestra calidad.

Las lisonjas y palabras endereçadas a esto, son de mal trato para quien las usa, y de vergüenza y ofensa a quien se dicen. A los que de esto hicieran profesión y de esto trataren, haréis tal rostro y demostración, que entiendan todos cuán poco acepto os será tal trato y plática. Lo mismo haréis con los que en vuestra presencia trataren mal y murmuraren de las honras y personas de los ausentes, que a tales pláticas y entretenimientos no debéis dar lugar, porque demás de ser perjudiciales y en ofensa de terceros, toca el desviarlas a vuestra autoridad y estimación.

Habéis de vivir y proceder con gran recato en lo que toca a la honestidad de vuestra persona; porque ésta es materia que demás de la ofensa de Dios suele traer y causar no pocos inconvenientes, y gran impedimento y destrucción para los negocios y cumplimiento de lo que se debe hacer, y suelen dello nacer otras ocasiones que son peligrosas y de mala consecuencia y exemplo.

Debéis excusar en cuanto fuera posible juegos, especialmente dados y naipes, por el exemplo que habéis de dar a los demás: y porque en esto de juego no se puede proceder ni procede con la moderación y limitación que a las personas de vuestra clase se requiere, y suceden muchas ocasiones con ellos en que los hombres principales se suelen descomponer y deshonrar, de que resulta indignidad, os encargo que si alguna vez por entretenimiento jugáredes, guardéis en ello el decoro debido a vuestra persona y autoridad.

El jurar sin necesidad muy estrecha y particular que a ello obligue, en todo género de hombres y mujeres es muy reprobado y quita la buena estimación, tanto más en los hombres muy principales, en los cuales es muy indecente que contradice mucho su crédito, dignidad y autoridad; y así, os encargo que estéis muy advertido en esto del jurar, y que en ninguna manera uséis del juramento de Dios ni de otros extraordinarios, y de que no usan ni deben usar las personas de vuestra calidad; y que en esto entiendan de vos todos los caballeros y otras personas que con vos anduvieren, por exemplo y de palabra, para ansí mismo ellos lo guarden y usen.

Como quiera que es razón que lo que toca a vuestra mesa, comida y tratamiento, se haga con la decencia, autoridad y limpieza que se debe; mas juntamente con esto conviene que haya en ello mucha moderación y templanza, por el exemplo que habéis de dar a todos y por la profesión de guerra que habéis de hacer, y porque es muy buena y parece muy bien la templanza y moderación en vuestra persona; y porque vuestra mesa ha de ser la ley y orden para los demás.

Estaréis muy advertido de no decir a ningún hombre palabra que sea de injuria ni ofensa suya; y que vuestra lengua sea para honrar y hacer favor, y para deshonrar a nadie. Y los que erraren y excedieren hacerlos heis castigar, haciendo a todos justicia y razón: y este castigo no ha de ser por vuestra boca, ni por palabra imperiosa ni por vuestras manos. Y ansí mismo tendréis gran cuenta, que en el trato y pláticas ordinarias uséis de modestia y templanza, sin os descomponer y entonar; que es cosa que deroga y detrae mucho a la autoridad de tales personas. Y la misma cuenta tendréis de que vuestras pláticas, y las que en vuestra presencia se hicieren, sean honestas y decentes, como es debido a vuestra persona y calidad.

Ansí mismo debéis estar muy prevenido y advertido en el trato común con todo género de gente, y que esto sea de manera que con ser afable, apacible y de buena acogida, guardéis juntamente el decoro y decencia de vuestra persona y cargo; y que así como con la afabilidad se gana el amor de las gentes, conservéis juntamente con esto la reputación y respeto que se os debe tener. En el invierno y en los otros tiempos que no se navegare, estando en tierra, y no haciendo falta a los negocios de vuestro cargo, a que principalmente debéis atender, ocuparos heis en buenos exercicios, especialmente de las armas; en los cuales ansí mismo haréis que se ocupen y exerciten los caballeros que con vos han de residir, excusando en los tales exercicios gastos, pompas y excesos; y que todo se enderece al verdadero exercicio de las armas; y que el uso dellas haga a los tales caballeros diestros y hábiles para los efectos y ocasiones que se ofrecieren. Y ansí mismo daréis orden se excusen los dichos gastos y excesos en los vestidos y trajes y común trato, dando vos exemplo en lo que a vuestra persona y criados vuestros tocare.

Esto es lo que se me ha ofrecido acordaros, confiando que lo haréis mejor que aquí lo digo. Lo cual servirá para vos solo y por esto va escrito de mi mano. En Aranjuez, el 23 de mayo de 1568. -Yo, el Rey».




ArribaAbajo- XII -

Llegó Don Juan de Austria a Cartagena muy a fines de mayo, y esperábale allí su lugarteniente, el comendador mayor don Luis de Requeséns, que le hospedó en su casa. Esperábanle también por orden del rey, y como consejeros, don Álvaro de Bazán, que fue luego el primer marqués de Santa Cruz; don Juan Cardona y el veterano Gil de Andrada.

Lleváronle lo primero a visitar las galeras surtas en el puerto, y Don Juan quedó tan agradecido como maravillado de la Capitana, que le había hecho preparar su hermano el rey Don Felipe según todos los adelantos de la época.

Era una galera de corte veneciano, con sesenta remos, tan ligera para navegar como fuerte para acometer y resistir. Habían construido el casco en Barcelona con pino de Cataluña que es el mejor leñamen para barcos que se halla en Asia, África y Europa, y la suntuosa popa en Sevilla, según la traza dada por el pintor y arquitecto Juan Bautista Castello, dicho el Bergamesco. Medía sesenta y ocho codos de quilla, ochenta y dos de eslora, veintidós de manga y doce de puntal.

Estaba pintada toda de blanco y encarnado, y la popa adornada con hermosas pinturas con anchos frisos y ornamentos, todos simbólicos de las altas cualidades que debe tener un gran capitán. Había en el sobredragante tres grandes cuadros divididos por otros dos entrelargos: representaba el del centro la conquista del vellocino de oro por Jasón, que, según Plinio, fue el primero que navegó en nao prolongada; a la derecha estaban representadas la Prudencia y la Templanza; a la izquierda, la Fortaleza y la Justicia, y en los dos paños divisorios veíase en uno al dios Marte con la espada de Vulcano y el escudo de Palas con este lema: Per saxa, per undas, y en el otro el dios Mercurio con el dedo puesto sobre los labios en ademán de silencio y este mote: Opportune.

Salían de aquí y extendíanse por uno y otro lado gruesas cadenas del Toisón, entrelazadas con mascarones y otros cuadros simbólicos que llegaban hasta la proa, terminada ésta en un poderoso Hércules apoyado en su calva. Sobre la popa brillaba la gran farola insignia de la Capitana, de madera y bronce, toda dorada, rematando en una estatua de la Fama.

El 2 de junio celebraron consejo, presidido por Don Juan, el comendador mayor don Luis de Requeséns, don Álvaro de Bazán, don Juan de Cardona y Gil de Andrada. Era éste el primer consejo que presidía Don Juan, y sin mostrar suficiencia impropia de sus años ni timidez muy natural en ellos, dio, desde luego, pruebas de una de las más prudentes cualidades que puede tener el caudillo llamado a dirigir y gobernar: saber preguntar y saber escuchar. Decidiose en el consejo salir a la mar sin pérdida de tiempo para recibir a la flota que venía de Indias, escoltarla hasta Sanlúcar de Barrameda y volver luego a perseguir corsarios por todas las costas del Mediterráneo hasta los puertos de Francia e Italia.

Fijose el embarque y salida para el día 4, y era verdaderamente pintoresco el espectáculo que ofreció aquel día el hermoso puerto de Cartagena. Hallábanse empavesadas las treinta y tres galeras que componían la flota, con aquel lujo, propio de la época, de gallardetes en los pañoles, flámulas en las entenas y estandartes en las popas; era la más vistosa la Capitana, viéndose enarbolada en ella, por orden de Don Juan, junto a la insignia real, el estandarte de Nuestra Señora de Guadalupe.

Confesó y comulgó Don Juan aquel día muy de mañana, y a las nueve entró en la Capitana, seguido de grande acompañamiento. Rompieron entonces todas las galeras en salvas de artillería y músicas de cajas y trompetas, clarines, añafiles y chirimías; la chusma, encaramada en las jarcias y el pueblo apiñado en falúas y en los muelles, hasta el punto de caer muchos al agua, aclamáronle frenéticamente, y Don Juan, el gran Don Juan que sobre el humilde Jeromín había formado doña Magdalena, irguió la enérgica cabeza como si olfatease entre el humo de la pólvora los efluvios de la gloria que salía al encuentro, y sintió dilatarse su pecho y ensancharse su corazón como si diese cuenta por vez primera de aquella misión altísima del cielo que anunció poco después al orbe todo el gran Pontífice San Pío V con aquellas palabras: Fuit homo missus a Deo, cui nomem erat Joannes. «Hubo un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan».

Prolongose la jornada hasta mediados de septiembre, que volvió la flota a Barcelona para invernar en aquel puerto, según era la costumbre de aquel tiempo en los meses de octubre, noviembre, diciembre y enero, salvo caso de urgente necesidad o grave peligro.

No hubo, sin embargo, en aquella expedición encuentros peligrosos ni reñidas batallas, ni ricas y abundantes presas. Mas hubo para Don Juan -y esto era la idea de Felipe II al confiarle aquel mando- profunda y práctica enseñanza de lo que es el mecanismo de una flota y un ejército de desembarco; aprendizaje utilísimo del modo de combinar y dirigir estas fuerzas reunidas, y ocasión oportuna de mostrar a grandes y chicos las dotes de energía y benignidad que constituyen al caudillo modelo, y de que con tan larga mano había dotado Dios a Don Juan de Austria.

Su seguro golpe de vista al juzgar, su prudencia al decidir, su rapidez y valentía al ejecutar y su firmeza y energía al reprimir y castigar, revelaron a todos en el novel caudillo al hijo no degenerado de Carlos V; y su noble magnanimidad para el vencido, su afable compasión para el desgraciado y su respetuosa caridad para todo pobre y miserable por vil y bajo que fuese, revelaron también al antiguo Jeromín, que ordenaba con la caperuza en la mano los pobres de doña Magdalena en el patio de Villagarcía y había aprendido de esta gran matrona a mirar y respetar en el pobre la imagen de Jesucristo.

-Jamás -solía decirle aquélla- deja un crucifijo de ser el símbolo de la redención, y aunque manos aleves le profanen y arrojen en un muladar, siempre será susceptible de limpieza y pulimento, y siempre merecerá la misma veneración. Pues de la misma manera, jamás deja de ser ningún hombre el redimido por Cristo; y por mucho que le deslustre la infamia y le manche el crimen, será siempre susceptible de arrepentimiento y perdón, y siempre merecerá el respeto de lo que ha costado la sangre de todo un Dios.

Esta excursión cimentó, pues, el pedestal sobre que había de elevarse la gran figura de Don Juan de Austria, y desde entonces respetáronle los capitanes como caudillo, amáronle los soldados como padre, y la chusma de los barcos, los infelices galeotes atados al duro banco, vieron en él una especie de arcángel que descendía hasta el purgatorio de su condenación para aliviar sus trabajos, fomentar sus esperanzas y no echarles jamás en cara sus delitos, como hace la delicada misericordia cuando ha fallado ya la severa justicia.

Al desembarcar Don Juan en Barcelona anunciáronle la muerte del príncipe Don Carlos, acaecida dos meses antes, el 24 de julio, vigilia de Santiago, mientras Don Juan se hallaba en el mar. Afectole grandemente esta nueva, no tanto por la muerte del príncipe, que fue santa y cristiana y la mejor suerte que pudo caber a aquel desdichado, como por la pena que supuso había de lacerar el corazón de Don Felipe como rey y como padre.

Estos tristes escarmientos de la vida recordaron a Don Juan la promesa hecha a doña Magdalena de Ulloa de retirarse por algún tiempo al convento del Abrojo para meditar allí en la soledad las verdades eternas, y pareciole aquélla la mejor ocasión para cumplir su palabra.

Diole licencia de muy buena gana el rey Don Felipe, y partiose Don Juan para Madrid y luego para Valladolid, donde le esperaba doña Magdalena de Ulloa. Alcanzole allí la triste nueva de haber muerto el 3 de octubre (1568) la buena y dulce reina, su cuñada, Doña Isabel de la Paz, y hostigados con esta nueva pena los propósitos de Don Juan, retirose al punto al Abrojo, sólo con dos ayudas de cámara y el secretario, Juan de Quiroga.

El monasterio de Scala-Coeli, llamado vulgarmente del Abrojo, por ser éste el nombre del bosque en que lo fundó Alvar Díez de Villacreces, era un convento de franciscanos descalzos, situado en aquella espesura, a media legua de Valladolid. Tuviéronle gran devoción los reyes de Castilla y declaráronle sitio real, cercándolo todo de torres y muros almenados, y reservándose al lado de la iglesia un departamento modesto, donde se retiraban en ciertas solemnidades religiosas y en sus tiempos de luto o de penas.

Había en estos tiempos de Don Juan en el convento del Abrojo un fraile muy siervo de Dios, que llamaban fray Juan de Calahorra, que le había conocido pequeñito en sus años de Jeromín, confesádole y dirigídole muchas veces en Villagarcía y Valladolid.

Estimaba mucho Don Juan su santidad y dulce trato, y quiso tenerle a su lado como confesor y consejero espiritual durante todo aquel tiempo de su retiro, que pasó de dos meses.

Mas llegó durante este tiempo a la soledad del convento del Abrojo la alarmante nueva de la rebelión de los moriscos de Granada, y Juan de Quiroga, que amaba a Don Juan con delirio, como todo el que le trataba de cerca y conocía a fondo sus cualidades guerreras, que sólo necesitaban ya ancho campo en que explayarse y triunfar, aconsejole pidiese al rey Don Felipe el mando de aquella empresa.

Entusiasmole a Don Juan la idea, mas quiso consultarla antes con fray Juan de Calahorra y doña Magdalena de Ulloa, que vino a visitarle varias veces durante aquellos dos meses. Alabole mucho el fraile el proyecto, y como movido del espíritu profético, dijo a Don Juan que no sólo obtendría aquel mando, sino que éste le daría nombre grande en toda Europa.

En cuanto a doña Magdalena, aprobole, igualmente, la idea, e instole a realizarla con mas ahinco aún que Juan de Quiroga y el fraile; según ella, la ociosidad opulenta de la corte sería siempre funesta a la juventud de Don Juan, y sólo las responsabilidades y los trabajos de la guerra podían mantener en equilibrio la juvenil fogosidad de su corazón.

Y descubriendo más su pensamiento la discreta dama, dijo a fray Juan de Calahorra:

-Pues que sólo el rey puede casarle con una princesa, desposémosle mientras tanto con la guerra, cubriendo su fealdad con los afeites de la gloria.

Satisfecho Don Juan con esto, fuese a Madrid en postas, y antes de presentarse a su hermano Don Felipe, enviole la siguiente carta:

«S. C. R. M. -La obligación que tengo a vuestra majestad y mi natural fe y amor a él, me hace que advierta siempre con toda sumisión de lo que siento convenir. Di cuenta a vuestra majestad de mi llegada a esta corte y de la causa de haberme venido a ella; y creí no se ofreciera tan presto de embarcar a vuestra majestad con papeles de tan poca importancia como los míos. Agora he entendido el estado que tiene la rebelión de los moriscos de Granada y el aprieto en que se halla la ciudad, llegando a certeza la presunción; y como me toca tan de cerca el bolber por la reputación, respeto y grandeza de vuestra majestad ofendida del atrevimiento de estos inobedientes, no pude contenerme con aquella obediencia y rendimiento entero de mi todo a la voluntad de vuestra majestad que he mostrado siempre, de representar la mía y suplicar a vuestra majestad; pues es honra de reyes durar en los favores començados y hazer hombres de su amo, y yo soy hechura de vuestra majestad, se sirva de mí en su castigo, pues sabe se me puede fiar más bien que a otro y que ninguno la hará en esta canalla como yo. Confieso son tales que no merecían hacer caso dellos, y que bastaba cualquiera para castigarlos; mas porque los ánimos, aunque viles, cuando tienen fuerças se ensoberbecen, y a éstos no les faltan ya, según el caso presente nos avisa, y es necesario quitarles el poder: no siendo el marqués de Mondéjar poderoso a esto (porque me dicen está encontrado con el presidente, y que le obedecen pocos y de mala gana), y aviendo de enviar persona, como mi natural me lleva a estos exercicios y yo soi tan obediente a su real voluntad de vuestra majestad como el barro en manos de su hollero, parecióme ofendía gravemente a mi amor, a mi inclinación y a lo mucho que debo a vuestra majestad si no hazía por mí este oficio: pero bien sé que quien sirve a vuestra majestad y está puesto en sus reales manos, todo lo tiene seguro y no puede saber pedir; mas no por esto merece nombre de culpa semejante acción, antes deve ser estimada. Si llegare a este estado mi deseo, él y yo quedaremos bastante premiados. Con esta ocasión vine del Abrojo; que menos que con causa del servicio de vuestra majestad y tan grande, no me atrevería sin orden expresa de vuestra majestad. Guarde nuestro Señor la católica y real persona de vuestra majestad. -De la posada a 20 de diziembre de mil y quinientos y sesenta y ocho. -De vuestra majestad hechura y más humilde servidor que sus reales manos besa. -Don Juan de Austria».




ArribaAbajo- XIII -

Cosa extraña es, por cierto, cómo un rey tan precavido y bien informado como Felipe II no previno, desde luego, las terribles consecuencias que pudo traer para España y para la cristiandad entera la rebelión de los moriscos de Granada en 1568. Y más de extrañar es todavía si se considera que las naciones todas, alarmadas desde un principio, no apartaban la vista de aquel rincón de las Alpujarras y precavíanse en pro o en contra, según convenía a sus intereses la derrota o el triunfo de los rebeldes. Triunfantes éstos, y abiertas las costas de Andalucía a los moros berberiscos y a los turcos, que los animaban y favorecían, hacíase muy realizable el acariciado sueño de Selim II de apoderarse de España, empresa no imposible por el formidable poder de los turcos en aquella época.

Hallábase la rebelión muy de antemano preparada; mas diose a luz de repente, como brotan de improviso las llamas, al más suave viento, en un montón de leña seca que desde mucho tiempo atrás tiene debajo rescoldo. Susurrábase en Granada que los moriscos de Albaicín andaban de concierto con los de la Vega y de las Alpujarras para invadir la ciudad y degollar a los cristianos viejos, y teníase por seguro que trataban con los reyes de Argel y de Túnez y los turcos de Selim para alzar sus banderas y entregarles el reino. Todo era, pues, en Granada sospecha, desconfianza, recelo: las casas cerradas, las tiendas solitarias, el comercio con los lugares vecinos interrumpido, las gentes temerosas y recatadas siempre, acogiéndose a cada paso a la Alhambra y a los templos, por ser lugares más fuertes.

Así las cosas, el 16 de abril (1568), vísperas de Pascua de Resurrección, cerró la noche muy oscura y lluviosa, y entre ocho y nueve comenzó la campana de la Vela, en la fortaleza de la Alhambra, a tocar furiosamente a rebato. Cundió el espanto por todas partes, y creció más todavía al oír al centinela que tañía gritar despavorido:

-¡Cristianos, remediaos!... ¡Mirad por vosotros, cristianos, que esta noche habéis de ser degollados!...

El alboroto fue horrible; precipitábanse las mujeres medio desnudas hasta por las ventanas; salían los hombres abrochándose los jubones y los sayos, atropellábanse al cargar los arcabuces y preparar las ballestas. Llegaron los frailes de San Francisco a la plaza armados todos de arcabuces, y otros frailes formaron ante la Audiencia real un escuadrón con picas y alabardas.

Acudieron también, cada cual por su lado, el corregidor, el presidente de la Chancillería, don Pedro Deza, y el conde de Tendilla, capitán general por ausencia de su padre, el marqués de Mondéjar, y súpose entonces que todo había sido una falsa alarma.

El alguacil Bartolomé de Santa María, que estaba de ronda, mandó al anochecer cuatro soldados a la torre del Aceituno, que está en lo alto del cerro donde el barrio del Albaicín se asienta. Estaba la noche en extremo oscura, llevaban los soldados teas de esparto para alumbrarse, y al llegar al pie de la torre que tiene subida dificultosa y descubierta, meneaban las teas los que iban delante para alumbrar a los que iban subiendo, y luego de llegados echábanlas abajo. Vio este movimiento de luces el vigía de la torre de la Vela, y creyendo que los moriscos del Albaicín hacían almenaras, esto es, señales, a los de la Vega desde la torre del Aceituno, apresurose a tocar a rebato, lo cual prueba el estado de excitación de los ánimos y cuán por cierto se temía que de un momento a otro intentarían los moriscos el degüello de los cristianos.

No tranquilizó este sencillo relato al pueblo alarmado, y empeñose la muchedumbre en atacar al Albaicín y tomar la mano a los moriscos, degollándolos a ellos. Guardó entonces el corregidor con caballeros y gente de confianza las callejas que conducían al Albaicín para cortar el paso a la muchedumbre. Mas nada hubiera impedido la sangre y saqueo, si una tempestad terrible de lluvia, relámpagos y truenos no se hubiese encargado en aquel momento de barrer las calles y aplacar la furia de los ciudadanos.

Todo parcía dormir mientras tanto en el Albaicín, mas detrás de las atrancadas puertas y cerradas ventanas velaban los moriscos en acecho, prevenidos para la defensa; y convencidos aquella noche del riesgo que corrían si dejaban, a su vez, tomar la mano a los cristianos, resolvieron apresurar la empresa atroz que meditaban. Reuniéronse en casa de un cerero del Albaicín, llamado Adelet, y allí discutieron sus dudas, tiraron sus planes y formaron su proyecto.

Decidiose dar el golpe el día de Año Nuevo, y no el de Navidad, como pensaban, porque existía un pronóstico de que los moros recobrarían a Granada en el mismo día en que los cristianos se la quitaron, y esto fue en 1 de enero de 1492. Decretose hacer en las alquerías de la Vega y en los lugares de Lecrín y Orjiba un padrón de ocho mil hombres que estuviesen dispuestos, a una señal que desde el Albaicín les harían, a atacar la ciudad por la parte de la Vega, con bonetes colorados y tocas turquesas, a fin de infundir la confianza en unos y el terror en otros, haciéndose pasar por turcos o gente berberisca llegada en socorro de los moriscos.

Llenaron este padrón muy cumplidamente dos albarderos, que con el pretexto de adobar y vender albardas, recorrieron todos aquellos lugares sin despertar sospechas de nadie. Empadronáronse también en la sierra otros dos mil hombres escogidos, que, ocultos en un cañaveral, esperarían la señal del Albaicín para escalar el muro de la Alhambra que mira al Generalife con diecisiete escalas que se hicieron en Güéjar y Quentar; eran las escalas maromas de esparto, con escalones de palo tan anchos, que podían muy bien subir tres hombres al mismo tiempo.

Una vez concertado este ataque que habían de dar a Granada por la parte de fuera, dispusieron el que habían de dar en combinación los moriscos del Albaicín por la parte de dentro. Dividiéronse en tres grupos con otras tantas cabezas: Miguel Acis, con las gentes de las parroquias de San Gregorio, San Cristóbal y San Nicolás y una bandera de damasco carmesí con medias lunas de plata y flecos de oro, debía tomar la puerta de Frex el Leuz, que cae en lo más alto del Albaicín. Diego Miqueli, con las de San Salvador, Santa Isabel y San Luis y una bandera de tafetán amarillo, la plaza de Bib el Bonut; y Miguel Moragas, con la gente de San Miguel, San Juan de los Reyes y San Pedro y San Pablo y una bandera de damasco turquesado, la puerta de Guadix.

Todos juntos habían de dar, lo primero, sobre los cristianos que moraban en el Albaicín, y degollarlos sin piedad ni tregua. Bajaría luego el primer grupo a la ciudad para caer sobre las cárceles del Santo Oficio y soltar a los presos moriscos, asesinando y quemando cuanto encontraran al paso. Caería el segundo sobre la cárcel de la ciudad y libertaría a los presos, matando después al arzobispo e incendiando su palacio. El tercero debía atacar la Audiencia real, matar al presidente y soltar los presos de la Chancillería, viniendo todos a reunirse en la plaza de Bibarrambla, donde acudirían también los ocho mil moriscos de la Vega. Desde allí repartiríanse todos por la ciudad, según mejor conviniere, para ponerla toda a sangre y a fuego.

Era el principal instigador de estos planes sanguinarios Farax Abenafax, renegado de África, del linaje de los abencerrajes y salteador de caminos de los que llamaban los moriscos monfíes. A este hombre bestial y fiero encomendaron los moriscos reunidos dar aviso en las Alpujarras de lo acordado y convocar allí una junta numerosa que eligiese rey entre ellos, asentando desde aquel momento que el elegido en las Alpujarras sería en el Albaicín confirmado.

Fue, pues, elegido don Hernando de Valor, el morisco más rico de las Alpujarras, descendiente de Mahoma por el linaje de los Abenhumeyas y Almanzores, reyes de Córdoba y Andalucía, cuyos abuelos de don Hernando, por vivir en Valor, lugar de aquella sierra, tomaron ese apellido. Era mozo de veinticuatro años, de poca barba, color moreno, ojos negros y grandes, cejijunto y de muy buen talle; pero codicioso, vengativo, disimulado y falso, y, como mostró después, perverso.

Eligiéronle con la antigua ceremonia de los reyes de Andalucía: los viudos a un cabo, los por casar a otro, los casados a un lado y las mujeres a otro. Púsose en medio un alfaquí, sacerdote entre ellos, y leyó una antigua profecía árabe, por la cual un mozo de linaje real que había de ser bautizado y hereje de su ley, porque en lo público profesaría la de los cristianos, libertaría a su pueblo. Clamaron todos que estas señales concurrían en don Hernando; aseguró el alfaquí que lo mismo atestiguaban los cursos y puntos de las estrellas en el cielo por él observados y apresuráronse a vestirle una rica púrpura y en torno del cuello y espaldas una insignia colorada a modo de faja, y en la cabeza una corona con tiara también de púrpura. Tendieron cuatro banderas en el suelo, a las cuatro partes del mundo, y don Hernando hizo oración inclinado sobre ellas, con el rostro al Oriente, y juró morir en su ley y en el reino, defendiéndole a él y a ella y a sus vasallos. Levantó entonces un pie, y, en señal de general obediencia, postrose Farax Abenfarax en nombre de todos y besó la tierra donde el nuevo rey tenía la planta. Alzáronle entonces en hombros, y todos gritaron:

-¡Dios ensalce a Mahomet Aben Humeya, rey de Granada y de Córdoba!...

Quedó con esto hecho rey, y nombró oficios y dio cargos, entre ellos el de justicia mayor a Farax Abenfarax y el de capitán general a su tío don Fernando el Zaguer, que llamaban en árabe Aben Jauher. Envió también sus embajadores a los reyes de Argel y Túnez, notificándoles su nombramiento y pidiéndoles socorro de hermanos, a lo cual contestaron ellos con grandes demostraciones y promesas, ofreciendo enviar galeras con gente, armas y bastimentos, que llevarían por contraseña una vela teñida de rojo.

Había, mientras tanto, entrado el mes de diciembre, y Farax Abenfarax fuese acercando disimuladamente a Granada, dejando tras sí preparada la sedición como un reguero de pólvora a que podría dar fuego en un segundo, una vez llegado el momento.

Mas la codicia y el mal contenido odio de los moriscos prendiéronle fuego antes de tiempo. El 23 de diciembre dirigíanse a Granada, guiados por un morisco, siete escribanos de la Audiencia de Ugíjar de Albacete; iban a pasar las Pascuas con sus mujeres, y llevábanlas gran provisión de gallinas, pollos, miel, frutas y dineros.

Al entrar en una viña del término de Poqueira encontráronse en acecho un tropel de moriscos armados, que los despojaron de todo y les dieron cruel muerte. Escapose uno de ellos, llamado Pedro de Medina, con el guía, y fueron a dar rebato en Albacete de Orjivar. Igual suerte tuvieron aquel mismo día cinco escuderos de Motril, que venían también para Granada con regalos de Pascua. Aquella misma noche llegaron a dormir en Cadiar el capitán Diego de Herrera con su cuñado Diego de Hurtado Docampo, del hábito de Santiago, y cincuenta soldados que llevaban carga de arcabuces para el fuerte de Adra. Hallábase escondido en el lugar don Fernando el Zaguer, tío del nuevo rey y su capitán general, y concertó con los otros conjurados la traición más negra. Hizo que cada uno de los vecinos diese hospitalidad en su casa a un soldado, y a la medianoche, y a una señal convenida, degolláronles a todos, desde el capitán abajo, sin que escapasen más de tres, que pudieron tornar la vuelta de Adra.

No alarmaron estas nuevas como debían a las autoridades de Granada; mas los moriscos del Albaicín, por el contrario, recelosos al saberlas de que la temeraria precipitación de sus hermanos del campo hubiese comprometido sus planes, echáronse atrás al punto, y apresuráronse a enviar mensajeros por todas partes para que nada hiciesen ni intentaran sin nuevo aviso del Albaicín, que era, según ellos, el llamado a guiarlos.

No pensó lo mismo el impetuoso Farax, y creyendo, por el contrario, que todo se perdería si no se precipitaban los sucesos, decidió entrar él mismo aquella noche en el Albaicín y levantar a los moriscos o comprometerlos. Reclutó, pues, como pudo ciento ochenta hombres en los lugares más próximos, y tomó con ellos la vuelta de Granada, desafiando los rigores del frío y de la nieve que caía aquella noche, que era la del 25 de diciembre, sábado, primer día de Pascua.

Llegó a las doce en punto a la puerta de Guadix, que está en el muro del Albaicín, y rompiendo una tapia de tierra que cerraba un portillo con picos y herramientas que tomó por fuerza en unos molinos del Darro, entrose en la ciudad y fuese derecho a su casa, junto a la parroquia de Santa Isabel, dejando a su gente guardando el portillo, con bonetes colorados a la turquesa y toquillas blancas encima porque pareciesen turcos.

Reunió Farax a las principales cabezas que allí tenía la rebelión, y quiso persuadirles la necesidad de levantarse todos como un solo hombre aquella misma noche. Mas los del Albaicín, pérfidos y falsos hasta con sus propios hermanos, y creyendo que con lo ya hecho bastaba para infundir miedo a los cristianos, sin necesidad de exponer ellos sus vidas y haciendas, excusáronse con la premura del tiempo y la falta de gente, pues de ocho mil hombres que debían acompañarle, sólo traía consigo ciento ochenta.

Furioso entonces Farax, insultoles con grande rabia, y dos horas antes del amanecer reunió toda su gente, y con gaitillas, atabalejos y dulzainas recorrió todas las calles del Albaicín dando lastimeras voces. Llevaba delante dos banderas desplegadas y en medio iba Farax Abenfarax con un cirio encendido en la mano, manchada la blanca toca turquesa y la espesa y enmarañada barba con frescos cuajarones de sangre; era chico, regordete, de muy abultado vientre y brazos tan largos y membrudos que resultaban monstruosos. Ponía pavor ciertamente verle a la móvil luz del cirio, cuando, parado de trecho en trecho, echaba atrás la enorme cabeza y entornados los sangrientos ojos, gritaba en algarabía con ronca voz, que era al mismo tiempo lastimera:

-«No hay más dios que Dios y Mahoma su mensajero. Todos los moros que quisieran vengar las injurias que los cristianos han hecho a sus personas y ley, vénganse a juntar con estas banderas, porque el rey de Argel y el jerife, a quien Dios ensalce, nos favorecen y nos han enviado toda esta gente y la que está esperando allá arriba».

Y todos los demás contestaban en coro:

-«Ea, ea, venid, venid; que ya es llegada nuestra hora, y toda la tierra de moros está levantada».

Nadie, sin embargo, respondió al llamamiento, ni hubo puerta ni ventana que se abriese o entornase, ni rumor que se oyera por ninguna parte; como si fuese todo el barrio una verdadera población de muertos.

Sólo, dicen, un viejecillo gritó desde una azotea:

-«Hermanos, idos con Dios: que sois pocos y venís sin tiempo».

Llegaron a la plaza de Bid el Bonut, donde estaba la casa de los jesuitas, traídos allí por el arzobispo don Pedro Guerrero, y llamaron por su nombre al famoso Padre Albotodo, morisco de origen, e insultáronle llamándole perro renegado, que siendo hijo de moros se había hecho alfaquí de cristianos, y como no pudieran romper la puerta, que era fuerte y estaba bien atrancada, contestáronle con hacer pedazos una cruz de palo que sobre ella habían puesto.

Comenzaron en esto a tocar a rebato las campanas del Salvador, porque el canónigo Orozco, que moraba a espaldas de la sacristía, habíase metido dentro por una puerta falsa y las hacía repicar. Retirose entonces Farax a la ladera por donde se sube a la torre del Aceituno, y desde allí dio otro pregón; y como nadie le acudiese tampoco, comenzó a insultar a los del Albaicín, gritando:

-«¡Perros, cornudos, cobardes, que habéis engañado a la gente y no queréis cumplir lo prometido!»

Y con este desahogo fuese ya entrada el alba, y perdiose a lo lejos entre la ventisca y la nieve, como se aleja y desaparece la amenazadora tempestad que corre a descargar más lejos.

Bajaron al otro día a la Alhambra los hipócritas moriscos del Albaicín, y pidieron al marqués de Mondéjar que les amparase y protegiese contra los monfíes que habían penetrado la noche antes en su barrio invitándoles a la rebelión y poniendo a prueba su fidelidad a la religión y al rey y también sus vidas y haciendas. Dioles el marqués más crédito del que merecían, y quedaron aquellos perversos satisfechos de haber desencadenado la tempestad sin riesgo alguno de ellos. Porque la tempestad se desencadenó entonces furiosa y terrible como pocas veces registra la Historia.

En menos de quince días incendiaron y saquearon los moriscos de Farax más de trescientas iglesias, destrozaron sus imágenes, profanaron en ellas el Santísimo Sacramento y asesinaron a más de cuatro mil cristianos entre hombres, mujeres y niños, con tan exquisitos tormentos y muertes tan atroces, que no se encuentran iguales en los anales de los mártires. Y fue gran maravilla y gloria de aquellas víctimas que ni uno solo hubo entre ellos que renegase, y todos murieron con los nombres de Jesús y su Santísima Madre en los labios; lo cual exasperaba tanto a aquellos verdaderos mahometanos, que para evitar estos clamores piadosos que sonaban en sus impías orejas como blasfemias llenábanles las bocas de pólvora y prendíanles fuego16.

Ordenaba estas crueldades el renegado Farax Abenfarax y aprovechábase de ellas el flamante rey Aben Humeya, que en tan corto espacio de tiempo viose señor de más de trescientos lugares en que se proclamaba la secta mahometana, caudillo de más de veinte mil hombres que le aclamaban rey, y teniendo al alcance de la mano el puerto de Almería, que, como en otros tiempos Gibraltar, podría ser muy bien la llave de toda España.

Entonces cayó de veras en la cuenta Felipe II, y para ahogar la rebelión y concertar las rivalidades del marqués de Mondéjar y el de los Vélez, tan peligrosas ante aquel enemigo formidable, envió a Granada a su hermano Don Juan de Austria.




ArribaAbajo- XIV -

Llegó Don Juan de Austria el 12 de abril (1568) a Hiznaleuz, y allí se detuvo para disponer al siguiente día su entrada solemne en Granada, que solo dista cinco leguas. Venían con él gran número de caballeros que formaban su séquito, y al frente de ellos Luis Quijada, puesto a su lado por el rey como asesor y consejero. El duque de Sessa, que había recibido también orden del rey de asistir a Don Juan, lo mismo que Luis Quijada, debía llegar unos días más tarde. Vino aquel mismo día a visitar a Don Juan el marqués de Mondéjar con muchos capitanes y deudos suyos; quedose aquella noche en Hiznaleuz para enterarle del estado de la guerra, y volviose muy de mañana a Granada para ocupar su puesto en el solemne recibimiento.

Había ya el rey escrito minuciosamente al presidente, don Pedro Deza, marcando hasta el número de personas de la audiencia y del cabildo que debían salir al encuentro de su hermano. Mas no pudo reglamentar el rey de igual manera el entusiasmo de los vecinos ni la alegre expectación de las tropas, relajadas unas por la indolencia del marqués de Mondéjar y descontentas otras por los rigores y durezas del de los Vélez. Fue, pues, aquel día en Granada de universal esperanza y regocijo, y todos salieron a recibir al nuevo caudillo por aquellos campos de la vega, verdes, floridos y sonrientes como lo era su esperanza misma.

Salió el primero el conde de Tendilla, primogénito de Mondéjar, y llegó hasta el lugar de Albolote, legua y media más allá de Granada: llevaba consigo doscientos hombres, ciento de la compañía de Tello González de Aguilar y ciento de la suya propia, cuyo teniente era Gonzalo Chacón, héroe poco después de cierta ruidosa aventura en la corte. Iban éstos muy bien aderezados a la morisca; los otros, con ropetas de raso y tafetán carmesí a la castellana, y todos bien armados de corazas, capacetes, adargas y lanzas, como si quisieran reflejar en sus trajes la gala de aquel día y el estado de guerra en que se hallaban. De igual manera venían Don Juan y los suyos: traía el peto, espaldar y gola de bruñido acero claveteado de oro, cuxotes o gregüescos afollados de tela de plata y oro sobre seda morada, con hilos de perlas en las aristas; calzas de grana, botas muy altas de gamuza blanca con espuela de oro, puños y gorgueras de ricas puntas de Flandes y sombrero alto de terciopelo rizo con copete de pluma, sujeto con soberbio joyel de esmeraldas; caíale sobre el pecho el Toisón de Oro, y en el brazo izquierdo llevaba la escarapela carmesí, insignia de su cargo, que fue luego sustituida por la flotante banda roja.

Salían unos de Albolote cuando entraban los otros, y hechos allí sus cumplimientos, siguieron juntos para Granada, formando un escuadrón vistosísimo. Venía delante Don Juan de Austria entre Luis Quijada y el conde de Miranda; detrás, los caballeros, y cerrando la marcha, las tropas. Habíanse mientras tanto reunido en el Hospital Real, fuera de puertas, el presidente don Pedro Deza, el arzobispo y el corregidor: traía el primero consigo cuatro oidores y los alcaldes del crimen; el segundo, cuatro canónigos y las dignidades del cabildo, y el corregidor, cuatro veinticuatros y sus tenientes.

Estos eran los indicados por el rey en su carta a don Pedro Deza; mas agregáronse a ellos sin que nadie pudiera ni quisiera evitarlo, la nobleza toda de la ciudad, los ciudadanos particulares y el vecindario entero; los moriscos del Albaicín, dejados sus trajes propios por los que la discutida pragmática les ordenaba, discurrían por todas partes mezclados con los vecinos, haciendo hipócrita alarde de alegría y de entusiasmo, que según declaración posterior de algunos, mezclaban en voz baja con horrendas maldiciones a Don Juan y a los cristianos, pronunciadas en algarabía. Llenaba todo este inmenso gentío desde la puerta de Elvira hasta el arroyo de Beyro, que era donde había de hacerse el recibimiento; en el llano de este nombre extendíase toda la infantería, formando un escuadrón de más de diez mil hombres con el marqués de Mondéjar al frente.

Al llegar Don Juan a la vista, adelantáronse hasta el arroyo el presidente y el arzobispo, montados en sendas mulas muy bien enjaezadas, seguidos de sus acompañamientos, y el corregidor a caballo con el suyo, y detrás todos los caballeros y ciudadanos. Apeose el primero el presidente y llegose muy humilde a hacer su cumplimiento a Don Juan; mas arrojándose éste prontamente del caballo, recibiole con el sombrero en la mano en sus brazos y túvole un rato entre ellos. Hizo lo mismo con el arzobispo, y desfilaron luego por antigüedad los oidores y alcaldes, las dignidades del cabildo, el corregidor y ciudadanos particulares. El presidente, colocado a la derecha de Don Juan, presentábaselos a todos por sus nombres, y a todos acogía él con alguna palabra cariñosa u oportuna y les dejaba satisfechos, pues fuera aparte de su bondad natural, que le hacía afable sin afectación ni estudio, poseía Don Juan esa cualidad, inapreciable para los príncipes, de hacerse simpático y subyugar los ánimos a primera vista.

Concluido este recibimiento, pasaron delante Luis Quijada y el conde de Miranda, para dejar la derecha e izquierda de Don Juan al presidente y al arzobispo; de esta manera caminaron para la ciudad, con increíble concurso de gente que llenaba todos aquellos campos; y al emparejar la comitiva con las primeras hileras del escuadrón formado en los llanos de Beyro, rompieron a repicar las campanas de la ciudad, redoblaron las cajas, tocaron los clarines y trompetas y comenzó la arcabucería a disparar por su orden y sin intervalo, haciendo una imponente salva, cuya espesa humareda lo envolvió todo como en transparente nube, prestando a la varonil figura de Don Juan cierto tinte guerrero y como de cosa sobrenatural, que embelesaba la vista y enardecía los corazones.

Mas de repente sonaron dentro de la ciudad grandes llantos y alaridos, y vio Don Juan salir por la puerta de Elvira más de cuatrocientas mujeres desmelenadas, desgarrados los trajes de luto, llenando los aires de lamentables gemidos, y correr hacia él en tropel desordenado hasta arrojarse a los pies de su caballo, mesándose los cabellos, hiriéndose los pechos, desgarrándose las ropas y revolcándose en el polvo con dolorosos lamentos y agudos alaridos. Hasta que al cabo, levantándose una de ellas, ya vieja, y muy alta, con los cabellos canos esparcidos y desgarradas las tocas de luto, extendió hacia Don Juan los enjutos brazos temblorosos, y con ronca y desolada voz dirigiole este apóstrofe:

-¡Justicia, señor, justicia os lo piden estas pobres viudas y huérfanas, que aman el lloro en el lugar de sus maridos y padres; que no sintieron tanto dolor con oír los crueles golpes de las armas con que los herejes los mataban a ellos y a sus hijos, como el que siente al ver que han de ser perdonados!

Suspenso Don Juan, primero, y conmovido después al saber que eran aquellas infelices las huérfanas y viudas de los cristianos muertos y martirizados aquellos días por los moriscos, extendió hacia ellas la mano haciendo milagro de acallarlas, y consololas en lo posible prometiendo favorecer su justicia. Cesaron las lágrimas dentro de la ciudad, y de allí en adelante sólo vio don Juan colgaduras y toldos de brocados y paños de oro, y muchedumbre de damas y doncellas nobles ricamente ataviadas que arrojaban desde las ventanas flores a su paso, y vertían sobre él, a la usanza morisca, ricos pomos de esencias. Apeose Don Juan a la puerta de la Audiencia, que era donde le tenían preparado su alojamiento: las casas de la mala ventura, como las llamaban los moros, -porque de allí había de salir su perdición.

Dos días después, cubierto aún Don Juan, como suele decirse, con el polvo del camino, enviáronle los moriscos del Albaicín una embajada con cuatro de los suyos, los más ladinos de entre ellos, dice un cronista. Querían sondear el ánimo del nuevo caudillo, engañar la inexperiencia que suponían en su juventud, como habían engañado hasta allí la índole interesada del marqués de Mondéjar y la fervorosa caridad del arzobispo. Presentáronsele, pues, como agraviados, en vez de humillársele como ofensores, enumerando los daños recibidos, pidiendo justicia contra ellos, proclamando su inocencia y reclamando con el mayor cinismo la protección y el amparo de Don Juan para sus vidas, honras y haciendas.

Dejoles hablar éste libremente, prestándoles la sostenida y cortés atención que debe todo juez al reo que se defiende, y cuando hubo concluido el que llevaba la palabra, con grave mesura y firmeza, y tan impasible rostro que toda la perspicacia de los morismos no fue bastante para adivinar sus intenciones, contestoles estas textuales y estudiadas palabras:

-El rey mi señor me mandó venir a este reino por la quietud y pacificación dél; sed ciertos que todos los que hubiéredes sido leales al servicio de Dios nuestro Señor y de su majestad, como decís, seréis mirados, favorecidos y honrados y se os guardarán vuestras libertades y franqueza; pero también quiero que sepáis que juntamente con usar de equidad y clemencia con los que lo merecieren, los que no hubieran sido tales serán castigados con grandísimo rigor. Y en cuanto a los agravios que vuestro procurador general dice que habéis recibido, darme heis vuestros memoriales, que yo lo mandaré ver y remediaré luego, y quiéroos advertir que lo que dijérades sea con verdad, porque de otra manera habríades hecho daño a vosotros mesmos.

Salieron los moriscos desazonados con esto, comprendiendo que no habían logrado sorprender al mozo, y temiéronlo ya todo de su arrojo y su prudencia.

Y razón tenían para temerle, porque convencido Don Juan desde el primer momento de que el foco de la rebelión estaba en el Albaicín, que desde allí la atizaban sin cesar con socorros y noticias y la sostenían y animaban con fundadas esperanzas de ser auxiliados por la costa de turcos y berberiscos, resolvió, desde luego, guardar aquellas costas de manera que todo desembarco fuera imposible y arrancar de cuajo del Albaicín aquel foco de traición y de espionaje, arrojando de un golpe a todos los moriscos fuera de Granada.

Sujetó, pues, Don Juan de Austria estos dos puntos al Consejo de guerra y aprobose sin titubear el primero, conviniendo en que el comendador mayor, don Luis de Requeséns, teniente general de Don Juan en la mar, acudiese con las galeras que tenía en Italia a vigilar y defender aquellas costas. En cuanto a la expulsión de los moriscos del Albaicín, dividiéronse los pareceres, sosteniendo cada cual el suyo con más o menos bríos y razones. Mas Don Juan, firme siempre en su propósito, que fortalecía y apoyaba con su autoridad el presidente don Pedro de Deza, envió al rey la consulta, pidiéndole, en caso de ser aprobado, instrucciones sobre los lugares y el modo de repartir aquella peligrosa gente fuera del radio en que la rebelión se agitaba.

No perdió Don Juan el tiempo mientras el rey evacuaba su consulta. Aplicose lo primero, con grande actividad y energía, a reprimir los excesos de capitanes y soldados en alojamientos, contribuciones y rapiñas de todos géneros, y a encauzar la guerra por un solo plan y reducirla a una dirección única, cosa imposible hasta entonces por las rivalidades y malquerencias del marqués de Mondéjar y el de los Vélez y la indisciplina y codicia de capitanes y soldados, que más se ocupaban de pillar ricas presas y botines que de alcanzar victorias y tomar posiciones; no peleaban por vencer, sino por robar, y embarazados a veces con la magnitud de la presa, dejábanse matar sobre ella antes que abandonarla; otros, dueños ya de un botín que satisfacía su codicia, huían con él y se internaban tierra adentro, abandonando sus banderas.

Asistía Luis Quijada a Don Juan de continuo con las luces de su entendimiento y gran experiencia en cosas de guerra, sin escasearle tampoco las peloteras y regaños, como en otro tiempo al emperador, su padre, y un mes después de su llegada a Granada (16 de mayo) escribía al príncipe Éboli la siguiente desoladora carta que da idea del triste estado de la campaña.

«A la de vuestra señoría de siete de éste debo respuesta; no lo he podido hazer por mi mal, que cierto me ha apretado; ha tres o cuatro días que estoy sin calentura, y probado a levantarme, y súfrolo pocas horas, porque mi flaqueza es grande; buélvome a la cama con mucho cansancio; como y duermo con poco gusto. Iré como pudiere y no como querría, porque si en algún tiempo he sentido mal es en éste, y no quiero hazerme tan del soldado, que lo pueda remediar todo; pero entiendo que mucho de ello se pudiera hacer al principio. El modo de vivir de estos malditos soldados, ansí aventureros como ciudadanos, que nunca lo fueron ni tuvieron orden de ello, y la que tienen es fuerza de la que sería razón y convendría a la gente de guerra, porque ni piensan en pelear, sino en robar a Dios y al mundo; Él ponga la mano como puede, que yo digo a vuestra señoría que desastre tan grande ni en tan ruin sazón no se ha visto jamás como ha sido el del comendador mayor17, pues en él teníamos esperança de guardarnos la mar, y no menos con los soldados que los avía de dar en tierra para los buenos efectos que se podían hazer. Esto cesa, y tan cesado, que por horas y sin dificultad ninguna pueden llegar las armas y municiones que estos perros esperan, que según dicen será mucha cantidad; para tomallas sóbrales gente, y para levantar todo lo que no lo esté, conforme todos los avisos, que con una seña lo harán llegadas las galeotas, y se irán a la sierra, a la cual han retirado lo de la Vega y lo demás toda la hazienda que tenían, determinando de morir: y no lo dudo, sino que lo harían si hoviese soldados que los apretasen a ello, porque la disposición de la tierra lo puede muy bien excusar; pero, señor, fatígame mucho que éstos no son soldados, ni sus capitanes, ni oficiales. Pues las galeras que de Italia venían y la gente de ellas quedaban de tan poco provecho, fue muy bien mandallas bolver, y en el entretanto que Juan Andrea llegava, pues don Álvaro de Bazán se hallava en Zerceña, no sé si fuera bien mandalle viniese a juntarse con don Sancho, para que éstos no osaran desembarcar con tanta libertad; mas allí se desvió de proveer lo mejor. Temo el tardar de Juan Andrea, y la prisa del comendador mayor la pagamos. Estos perros havrá ocho días que hicieron muestras y se hallaron juntos doce mil, entre los cuales había seis mil tiradores, y los demás con armas enhastadas, escapadas y hondas, y en otras partes se juntaron ocho mil; ni crea que están bien armados como nos dicen, ni que tienen tanta munición de pólvora como ellos publican.

»Yo ha días que no he visto Consejo, ni oído por mi mal. Por las que el señor Don Juan escribe, entenderá vuestra señoría lo que ay: lo que yo entiendo es que lo que más convenía era apretar a éstos y echar este negocio a un cabo; puédese mal hazer según tarda la gente que se ha enviado a llamar, y como si fuera buena la desamos. Los cavallos son muy buenos y donde quiera que se hallen, por pocos que sean, no los esperan los moros, ni quiera Dios que ellos lo hagan tanto que nos hagan mudar la orden que hasta aquí se ha tenido, que cierto con la que tienen mal se puede esperar ningún buen suceso; por ruines que seamos nosotros, más lo son ellos, si quisiéramos ser un poco hombres de bien.

»El señor Don Juan trabaja lo que puede, con asistencia de los que por vuestra señoría sabe, con todo el cuidado y la diligencia del mundo; y la misma tienen en averiguar cohechos y bellaquerías y agravios que los oficiales han hecho; pero danse tan buena maña, que con muchos se componen de manera, que pierden sus dineros, y por mucho que den a los otros, se quedan ellos con más; es cosa no vista lo que dizen y aun lo que han sentido que el señor Don Juan haya nombrado auditor para que entienda en esto. Ha sido la cosa del mundo más acertada el aver enviado al licenciado Biguera para mucho más, y principalmente para aclarar lo que a su majestad toca, que creo es una gran cantidad, si la saben bien desmenuzar, y es poco uno para entender en ello. Ay Señor, y qué tierra para comprar, y lo que agora valdrá diez, de aquí a diez años valdrá ciento; no me pesaría que vuestra señoría pensase en ello y se informase, que con mucha menos hazienda que lo que vuestra señoría daba al señor don Diego se puede comprar mucho mejor Estado: Su majestad ha de vender y a muy buen precio, y el acrecentamiento será mucho para el que lo comprara.

»Suplico a vuestra señoría perdone carta tan larga, que es de las dos abaxo y no puedo dormir; y si es servicio que le dé cuenta de niñerías, hacerlo he. De que a mi señora la princesa la haya parecido tan bien Pastrana después de ser suya, lo creo muy bien. Vuesaseñorías la gozen muchos y largos años. A su señoría le beso muchas veces las manos. -Del Real contra los moriscos, a 16 de mayo de 1569».