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ArribaAbajo- V -

En 1534, el pirata turco Barbarroja se apoderó por traición y engaño del reino de Túnez, y se hizo rey de aquellos moros berberiscos, destronando a Muley-Hacem, su señor natural y legítimo. Escribió éste desde el fondo de la Arabia, donde se había refugiado, al emperador Carlos V, pidiéndole auxilio contra el Turco, y entonces fue cuando el emperador emprendió aquella gloriosa jornada de Túnez que forma una de las más brillantes páginas de su historia. Muley-Hacem quedó restituido en su trono. Barbarroja y los turcos, expulsados ignominiosamente de Túnez, y el fuerte de la Goleta, que es llave de todo aquel reino, quedó en poder de los españoles como garantía contra turcos y berberiscos, pues, amigos o adversarios, eran todos igualmente bárbaros y enemigos del nombre cristiano.

Tenía este Muley-Hacem dos hijos, Muley-Hamida y Muley-Hamet: receloso el primogénito, que era Hamida, de que su padre (Muley-Hacem) favoreciese al segundo hijo, dejándole la corona, alzose en armas contra él y le arrojó del trono, arrancándole bárbaramente los ojos. Aterrado el segundo hijo, Muley-Hamet, huyose a Palermo bajo la salvaguardia del rey de España, y triunfante entonces Hamida, negose a pagar el tributo concertado entre Carlos V y su padre, y púsose bajo la protección de Selim II, rindiéndole vasallaje. Y de aquí vino el castigo de su culpa: porque Aluch-Alí el Tiñoso, que era entonces virrey de Argel, invadió todo el reino con sus turcos en nombre de Selim, y, so pretexto de ampararlo, lo sujetó con mano férrea a su tiranía de reyezuelo y a sus rapiñas de pirata renegado. Tal era el estado del reino de Túnez cuando Don Juan de Austria recibió orden de su hermano de conquistarlo y colocar en el trono a Muley-Hamet, fugitivo todavía en Palermo, bajo las mismas condiciones que se lo había restituido a su padre, Muley-Hacem, el emperador Carlos V.

Tenía esta empresa para Don Juan de Austria, aparte otros intereses, el particular encanto de ser la misma que tan gloriosamente llevó a cabo su padre treinta y nueve años antes; conocíala él en todas sus circunstancias por haberla oído referir mil veces a Luis Quijada, que fue uno de los principales héroes de aquella campaña. Quiso, pues, Don Juan seguir en ella paso a paso las huellas de su padre, y salió de Nápoles el 1 de agosto (1573) con la mayor parte de la flota y la infantería italiana y española, esperando recoger el resto de naos, gentes, vituallas y pertrechos de guerra a su paso por Mesina, Palermo, Trápana y la isla Favignana. Reuniósele en Mesina el marqués de Santa Cruz con el resto de la infantería, y mientras se cargaban las naves, adiestraba Don Juan a los soldados con ejercicios continuos y simulacros que dirigía él mismo, sujetándolos a la más severa disciplina. En una de estas ocasiones, estando presente el estandarte real y presenciando el caso Don Juan desde una altura, osó un caballero florentino sacar la daga y herir a traición a un capitán italiano. Hízole Don Juan degollar, sin que a nadie extrañase la orden, ni pareciese el rigor excesivo. Acaeció esto en Mesina el 19 de agosto.

Detúvose igualmente en Palermo y Trápana, donde fue recibido con magnificencia: «Habían hecho los trapanenses -dice el confesor Serviá en su Diario- un puente para su alteza que entraba cien pies dentro del mar. Tenía en la frente tres arcos y diecisiete por largo. En el arco del medio hacia la mar tenía las armas reales; a la mano derecha las de la su alteza, y a la izquierda las de la ciudad. Eran las columnas y arcos cubiertos de tafetán amarillo, azul, verde y colorado. Sobre cada una de las columnas había una banderilla amarilla y roja de tafetán. Presentáronle un muy gentil caballo tordillo, cubierto de terciopelo negro con guarnición de oro». Y más adelante añade: «A 30, después de comer, fue su alteza a visitar la Anunciata de Trápana. Es un monasterio de carmelitas, fuera de la ciudad, de muy gran devoción; y a la tarde se confesó en la sacristía, donde también en otros tiempos se había confesado el emperador Carlos V, su padre».

Reuniose al fin toda la flota de Marzala, a dieciocho millas de Trápana, en un hermoso puerto cegado de antiguo, que se llamó desde entonces de Austria, por haber sido Don Juan quien le hizo abrir y disponer. Había 140 naves de gran porte, 12 barcones, 25 fragatas, 22 falúas, y repartidos entre todas ellas 20.000 infantes españoles, italianos y tudescos, sin contar los muchos aventureros y entretenidos; 750 gastadores, 400 caballos ligeros, buena artillería, municiones en abundancia, máquinas y vituallas suficientes y numerosas parejas de bueyes para arrastrar los cañones. En las galeras de Sicilia venía con el duque de Sessa el infante moro Muley-Hamet, destinado a ocupar el trono de Túnez.

El día 7 de octubre, aniversario de la batalla de Lepanto, confesó y comulgó Don Juan en un monasterio de capuchinos que había en las afueras de Marzala, y por la noche salió del puerto de Austria al frente de toda la flota con rumbo al África. El día 8, al anochecer, dieron vista a la Goleta, y con emoción profunda vio Don Juan desde el castillo de popa de su galera destacarse sobre las pardas montañas aquellos blancos torreones que a costa de tanta sangre conquistó su padre. Veíanse a los soldados correr gozosos por los baluartes saludando al estandarte real, e hiciéronle una grandiosa salva de artillería y arcabucería que retumbó majestuosamente y relució con singular belleza entre las sombras de la noche que con suave pausa caían. Al otro día, muy de mañana, desembarcó Don Juan el primero, con varios señores, entre los cuales estaba Juan de Soto, que sin dejar de ser secretario era ya proveedor de Marina. Aún no habían tenido tiempo de franquear el primer baluarte de la Goleta, cuando vieron venir por el camino de Túnez un pelotón de moros a caballo, que corrían hacia ellos agitando haces de coscoja con tocas blancas prendidas en señal de paz.

Hízoles Don Juan entrar en una sala que allí mismo había por la parte de adentro del revellín, y sentose en un estrado para recibirlos rodeado de sus caballeros. Mostrábanse los moros entre azorados y curiosos, y no osaron franquear la puerta sin descalzarse antes y soltar en el suelo sus armas, que eran alfanjes moriscos anchos y cortos, dagas y algunas lanzas de a cuarenta y cinco palmos. Entraron sólo tres de ellos, que parecían principales, descalzos, vestidos largos capellanes oscuros que les llegaban a los tobillos, y tocadas las rapadas cabezas con turbantes moriscos; los demás, gente al parecer llana, con zamarros y jaiques de colores, apiñábanse en el umbral, puestos en cuclillas, a su usanza, las cabezas inclinadas y los ojos bajos, como si la presencia de Don Juan les deslumbrase y no osaran ante él levantar la vista.

Venía entre ellos un renegado calabrés, y sirviendo éste de intérprete, hicieron saber a Don Juan el estado de Túnez, que era únicamente a lo que venían... El solo anuncio de la venida de Don Juan llenó a turcos y moros de consternación y espanto; mas cuando supieron la noche antes la noticia de su llegada, y por unos pescadores berberiscos apostados al intento en la entrada del golfo tuvieron informes de la poderosa flota que traía, el pánico en Túnez llegó a su último grado: huyeron los tres mil turcos de la guarnición, pillando y saqueando antes cuanto pudieron a los naturales; siguiéronles los cuarenta mil moros de las milicias de la Provincia, y los vecinos pacíficos, sin protección ya y sin gente de armas que les defendiesen y amparasen, huyeron también a Carvam, Bizerta y otros lugares y montañas, llevándose cuanto podían y escondiendo lo que era imposible llevar en pozos, cisternas, silos y otros escondrijos. Sólo quedaban en Túnez los viejos, mujeres y niños, y en cuanto al rey Muley-Hamida, abandonado de todos, solo y sin defensa, habíase embarcado para la Goleta con su hijo, dando un largo rodeo, para evitar encuentros, dispuesto a entregar el reino a Don Juan y ponerse bajo el amparo de este príncipe que tanto enaltecía la fama por su valor heroico como por su magnanimidad y nobleza. El triunfo de Don Juan era grande: había ganado otras victorias con la fuerza de las armas; pero ésta la alcanzaba sólo con el prestigio de su nombre.

No creyó Don Juan ligeramente las palabras de los moros, porque harto los sabía arteros y mentirosos. Despidioles, sin embargo, con benignidad y mandoles volver a Túnez, y decir allí que a Túnez iba él al frente de su ejército, y que con la ayuda de Dios presto lo tomarían, abriéranle o no le abriesen las puertas. Mandó también a sus caballeros que sacasen los moros fuera y las diesen de comer y les agasajasen, a fin de darles tiempo de ver los formidables aprestos de guerra que desembarcaban entonces y llevasen a Túnez noticia cierta de ellos.

Al día siguiente, que era 10 de octubre, sacó Don Juan mil quinientos soldados viejos de los que formaban aquel presidio y envioles de vanguardia a Túnez a las órdenes del marqués de Santa Cruz, con encargo de averiguar y avisarle lo que hubiera de cierto en los informes de los moros. Cuatro horas después púsose en marcha todo el ejército en ordenada formación, aparejado y dispuesto como si a cada paso fueran a encontrar al enemigo. Era el calor sofocante a pesar de correr ya octubre, el suelo arenoso y movedizo, y caminaban los soldados aplanados por el peso de las caldeadas armas y el ardor de la sed, que se hacía sentir de manera abrasadora. Don Juan, para dar ejemplo como en otro tiempo su padre, Carlos V, iba recorriendo toda la línea a caballo, armado de punta en blanco, con su bastón de capitán general en la mano. Dice el Diario de fray Miguel Serviá, que también fue de aquella jornada: «En todo el camino anduvo su alteza en un caballo ordenando la gente y prohibiendo que nadie se desmandase, mostrándose ahora en la vanguardia, ahora en la retaguardia, a las veces mandando caminar la artillería y con gran orden mandarlo marchar la gente».

Entraron al fin en aquellos famosos olivares del camino de Túnez en que los veteranos de Carlos V realizaron tan portentosas hazañas, y allí mandó acampar Don Juan en torno de unos pozos donde saciaron los soldados la ardiente sed que les devoraba. En todo aquel trayecto no habían encontrado rastro alguno del enemigo, ni otro ser humano que un cabrero viejo que huía hacia la montaña; confirmoles éste la noticia de que turcos y moros habían desamparado la ciudad.

Llegaba mientras tanto el marqués de Santa Cruz con sus veteranos a las puertas de Túnez, y encontrábalas de par en par abiertas; mas desconfiando siempre de la astucia y falsía de los moros, no se aventuró a entrar en la ciudad sin grandes precauciones. Marchaban los soldados uno a uno, en dos largas filas, pegados al caserío de las estrechas callejas y echados a la cara los arcabuces, apuntando siempre a las puertas y ventanas, que aparecían en su totalidad desiertas. En muchas casas veíanse las señales del reciente saqueo de los turcos: rotas las puertas y persianas y destrozados los preciosos patios con arcos, columnas y aljibe de mármol en medio, rodeándolo naranjos y granados cargados de frutas.

En esta forma atravesaron la ciudad y comenzaron a subir a la Alcazaba, que está en una altura hacia el lado de Poniente: era muy espaciosa y con muy fuertes murallas, y en un cubo de una de ellas, junto a la cerrada puerta, vieron como una veintena de moros rodeando a otro viejo y gordo que les hacía señas con un lienzo blanco, y que juzgaron sería el alcaide. Adelantose el marqués a caballo con cuatro de sus veteranos, y empinándose sobre las estriberas, dioles voces preguntando que por quién tenían aquella fortaleza. Contestó el viejo que por el rey Muley-Hamida; pero puesto que éste se había huido a la Goleta a ponerse bajo seguro del señor Don Juan de Austria, dispuesto estaba a entregar la fortaleza a dicho señor Don Juan en cuanto se presentase. Diose con esto por satisfecho el marqués y rehusó tomar las llaves, reservando este honor para Don Juan de Austria; envió al punto un correo a éste anunciándole lo sucedido y recogió sus tropas en las atarazanas, que están en la parte baja de la ciudad, para esperar allí la llegada del ejército. Caminaban los soldados a su vuelta menos recelosos y prevenidos, y como ellos por su parte no cometían desmán ni tropelía, tranquilizábanse los pocos vecinos que quedaban en Túnez, y comenzaban a asomar por las entreabiertas persianas atezadas cabecitas de chiquillos, bultos de mujeres tapadas y viejos que salían a las puertas haciendo zalemas a los invasores. Llamaban también la atención la multitud de animales domésticos, gallinas sobre todo, que vagaban por las calles y parecían escapados de cuadras abandonadas y corrales abiertos.




ArribaAbajo- VI -

Recibió Don Juan de Austria el mensaje del marqués de Santa Cruz a dos millas de Túnez, en un lugarejo desierto que llamaban Diana, donde había acampado. Mandó dar al punto un pregón anunciando que daba a saco la ciudad de Túnez, a condición de que no se hiriese, ni matase, ni hiciese esclavo a persona alguna. Púsose de seguida en marcha y a las dos llegó a Túnez: dejó al ejército en formación ante las murallas, y entró solo con sus capitanes para reconocer la ciudad por sí mismo, disponer los cuarteles y alojamientos a fin de evitar desmanes de la soldadesca y dar seguro a los moros que se presentasen, que fueron todos los que había en Túnez. Saliole al encuentro el alcaide de la Alcazaba con otros moros principales y presentole las llaves de la fortaleza, con una humilde arenga digna al mismo tiempo. Escuchole Don Juan con mucha cortesía sin apearse del caballo, y no tomó las llaves que rendidamente de rodillas le presentaba el alcaide; hizo seña al marqués de Santa Cruz de que las tomase él y las guardase en señal de haber sido el primero que penetró en la plaza42. Escribió luego desde la misma Alcazaba a su hermano Felipe II, anunciándole que era ya su majestad señor de Túnez sin haberse disparado un tiro, y dio al fin la señal del saco, que fue abundante y en cuanto cabe ordenadísimo, sin más desmanes que la muerte de un viejecillo refugiado en una mezquita y varios incendios promovidos por los italianos, lo cual castigó Don Juan sin pérdida de tiempo, haciendo ahorcar a cuatro de ellos. «Hallose en la ciudad -dice el Diario de fray Miguel Serviá- mucho trigo, cebada, lana, manteca, aceite y mucha ropa; pimienta, canela, clavo, jenjibre, muy ricas porcelanas y almaizales. Sacaron de pozos, cisternas y silos muy ricas aljubas, oro, plata y otras cosas; y aquellos primeros días no se comía otra cosa sino gallinas, porque eran sin cuento las que se hallaron. Repartiéronse los soldados luego por sus cuarteles, y no entendían en otra cosa sino en cavar por diversas partes de la ciudad y buscar ropa y aprovecharse de lo que podían, y luego sacaban a vender lo que hallaban, dando la ropa a muy bajo y vil precio. En algunas partes de la ciudad pusieron los italianos fuego, cosa de que su alteza mostró enojarse mucho, pero luego acudió mucha gente y se remedió».

En la Alcazaba sucedió a Don Juan un muy extraño caso: era este alcázar, como ya dijimos, muy espacioso y fuerte; tenía dentro de sus muros anchos patios claustrados, huertas, jardines y muy cómodas habitaciones ricamente alhajadas a la usanza morisca, con pavimentos y fuentes de mármol blanco. Eran estas habitaciones las del rey Muley-Hamida, y allí se aposentó Don Juan: había en ellas una escalera de caracol que bajaba a un jardinillo muy fresco, con callecitas de arrayán y preciosos arriates de flores y naranjos, limoneros, membrillos y granados; más allá estaban los baños, y detrás de éstos la parte vieja y ruinosa de la Alcazaba. El día después de su llegada bajó Don Juan a este jardín a la hora de siesta en busca de fresco; acompañábanle Gabrio Cervelloni, capitán general de la artillería, y Juan de Soto, y sentáronse en una especie de bancos de azulejos moriscos que a la sombra de unas espesas enredaderas había; el calor, la hora, el suave sosiego de aquel delicioso sitio, y el rumor del agua que corría tornaron bien pronto la plática desmayada y sumiéronles al fin en ese dulce embeleso que suele preceder al sueño. De repente saltó Cervelloni de su asiento echando mano a la daga, y otro tanto hicieron Don Juan y Soto.

Veían que por una de las callecitas de arrayán se adelantaba pausadamente un enorme león de alborotada melena; pareció el animal extrañarse a la vista de los tres personajes, y se detuvo un momento, mirando como sorprendido, con una pata en alto; mas prosiguiendo mansamente su camino, llegose a Don Juan, que se había adelantado, y frotándose contra sus piernas como un perro, echose humilde a sus pies. Apareció entonces por el lado de los baños un esclavo nubiano, y explicoles, con pintoresca mímica, que aquel hermoso animal era un león domesticado para solaz del rey Hamida y que vivía familiarmente con todos los habitantes de la Alcazaba. Acariciole entonces Don Juan blandamente la melena, y tal corriente de simpatía se estableció desde aquel momento entre el león de Austria y el león del desierto, que vino a ser éste el más fiel servidor de aquél, y así lo cuenta el gran caballero don Luis Zapata de Calatayud, que le alcanzó a ver muchas veces: «Hubo un león real, el señor Don Juan de Austria -dice el citado Zapata en sus Misceláneas- que de su mismo nombre le llamó también Austria, que de día y de noche nunca de su presencia se quitaba, como un leal capitán de su guarda. Al negociar con todos en Nápoles, echado ante él le tenía puesto el pie encima y como un lebrel la barba en tierra, y de contento con tal favor coleando; estaba a su comer a la mesa, y allí comía de lo que el señor Don Juan le daba, y venía asimismo cuando se lo mandaba dar, y en la galera el esquife de ella era su morada; y cuando iba a caballo iba en su estribo como un lacayo, y si a pie detrás como un paje; ni había oficio en su real casa que el manso y obediente león no representase, hasta ser de día y de noche de los de su cámara, y tal vez si se enojaba con alguno que iba a arremeter con él para acometerle, a una voz del señor Don Juan llamándole: «Austria, tate, pasa aquí», se ponía en paz y se iba a echar en su misma cama. Este hermoso y raro animal, partido el señor Don Juan de Nápoles para Flandes, fueron tantos los gemidos y aullidos que dio de pesar, que puso a todos los de aquel reino gran maravilla y espanto, hasta que de pura tristeza de la ausencia y pérdida de su amo, comiendo mucho y comiendo poco, vino a acabarse».

Eacute;ste es el león que suele verse pintado en algunos retratos de Don Juan de Austria, y el carácter jovial y caballeresco de éste le llevó entonces a firmarse humorísticamente en las cartas a sus dos íntimos amigos don Rodrigo de Mendoza y el conde de Orgaz, el caballero del león; y en otra a Juan Andrea Doria, lamentándose de sus trabajos en Flandes, dice: «De la buena vida de Génova y su ribera no tiene el caballero del león un tan sólo punto de invidia, tras que la suya es en mucho mayor extremo trabajosa que del caballero descansado, descansada»43.

Estudió muy detenidamente Don Juan las fortificaciones y posición estratégica de Túnez, cumpliendo las órdenes de Felipe II, y tuvo largas pláticas sobre ello con Gabrio Cervelloni, muy entendido en estas materias; pero lejos de decidirse a desmantelar la ciudad, como era parecer del rey, decidió construir un nuevo fuerte capaz de ocho mil hombres, que completara su defensa. Está Túnez situada a orillas de una inmensa laguna de muy poco fondo que llaman el Estaño, que no es otra cosa sino el antiguo puerto de Cartago la famosa, cegado por los siglos, la incuria y las inmundicias todas de Túnez, que allí vienen a parar. Desemboca esta laguna por un estrecho canal en el golfo de Túnez, y en esta abertura es donde se hallaba la Goleta defendiendo la entrada; en el lado opuesto hay una isla separada de Túnez por otro canalillo estrecho, y en ella era donde pensaba Don Juan levantar el nuevo fuerte con comunicación cubierta con la Alcazaba. Aprobaron calurosamente el proyecto los más de los consultados, desecháronlo algunos espíritus tímidos o aduladores, para quienes disentir del rey era abierta desobediencia. Mas Don Juan, firme en su idea, mandó a Gabrio Cervelloni ponerla en práctica sin pérdida de tiempo, lo cual no se pasó por alto y supo utilizarlo más tarde el astuto Antonio Pérez, siempre al acecho.

Mientras tanto, tranquilizados los moros con la conducta humana y generosa de Don Juan, fiaron en él en absoluto, y a diario volvían a sus casas los fugitivos y bajaban de la sierra moros del campo a vender pan, carne, huevos, aceitunas, pescado, vaca, carnero y otras mil cosas, con tanta paz, confianza y sosiego como pudiera hacerse en un mercado ordinario. Quedaba, sin embargo, en Bizerta una guarnición de turcos; mas el moro Horrus, que era su alcaide, cayó sobre ellos por sorpresa con algunos vecinos y los degolló a todos; apoderose luego de una hermosa galera turca que estaba en el puerto, esclavizó a unos y mató a otros de la chusma, y puso en libertad a 156 cautivos cristianos que en ella había. Hecha esta hazaña, fuese a Túnez con veintidós moros principales y los cautivos cristianos por delante, para entregar éstos a Don Juan y darle él la obediencia.

Sucedió esto el 13 de octubre, y el 14, seguro ya Don Juan de la sumisión de todo el reino, diole públicamente posesión de él al infante Muley-Hamet; pero no con título de rey de Túnez, sino con el de gobernador en nombre de su majestad católica Don Felipe II, rey de España. Escribió también aquel mismo día a la Goleta dando orden a don Juan de Cardona para que embarcase en una galera para Palermo, y diese otra de escolta al rey destronado Muley-Hamida, con su hijo y todos los moros de su acompañamiento que quisieran seguirle. Negose al principio el soberbio moro a embarcarse; mas convencido por su hijo y los que le acompañaban de que no había medio de evitarlo, dejose llevar a la galera sin resistencia. Iba envuelto en un largo capellar morado y un albornoz blanquísimo encima, con la capucha echada ocultando el rostro, de facciones abultadas, muy moreno, avieso, con barba rala; caminaba muy despacio y con grave majestad, los brazos cruzados sobre el pecho, fijos los ojos en aquel suelo africano que por última vez pisaba. Al pasar del esquife a la galera, hiciéronle salva con dos cañones, y la chusma hízole también la suya propia, que llamaban de forzado.

Abandonole entonces su impasibilidad africana, y rompió a llorar, diciendo amargamente en arábigo:

-¡Rey sin corona, hombre sin libertad, mal te vienen las salvas!.

Eacute;ste fue el rey Muley-Hamida, a quien llamó Cervantes el moro más cruel y más valiente que tuvo el mundo44.

Sosegado Túnez y contentos los moros con su nuevo gobierno, volviose Don Juan a la Goleta, y comenzó sus preparativos de marcha. Dejó 3.000 hombres repartidos entre la Goleta, Túnez, Bizerta y la isla donde se comenzaba a construir el nuevo fuerte; nombró general de cada uno de estos presidios a don Pedro Portocarrero, Gabrio Cervelloni, don Francisco de Ávila y don Juan Zagonera. Hecho esto, embarcose el 24 de octubre al anochecer, llevando por delante todo el resto del ejército, menos al marqués de Santa Cruz, que quedó con las galeras de su mando a retaguardia. En Palermo supieron la muerte de la princesa Doña Juana, acaecida en El Escorial el 8 de septiembre; afectole profundamente a Don Juan la pérdida de esta hermana querida y viéronle los de su cámara llorar como un niño afligido en el secreto de su aposento, lo cual prueba que no están reñidos el valor y la energía con la sensibilidad y las lágrimas que brotan de puros y tiernos afectos. Hiciéronse grandes exequias en las iglesias, y mandó Don Juan enlutar toda la flota, pintando y colgando de negro todos los palos, entenas, remos y obras muertas de las naves.

No impidió, sin embargo, este aparato de luto el grandioso recibimiento que hicieron a Don Juan en Nápoles; tuvo aquello algo de las solemnes entradas de los antiguos triunfadores romanos, sin que faltasen al cortejo los reyes y príncipes cautivos, como Muley-Hamida y su hijo, y las fieras extrañas de otros países, representadas allí por el león de Austria, que caminaba al estribo de Don Juan, conducido por dos robustos nubianos que tenía a su servicio, sin parecer sorprenderse ni extrañarse de las músicas, ni de las salvas, ni de aquella multitud abigarrada cuyo entusiasta vocerío acompañó a Don Juan todo el trayecto desde el muelle al palacio.

Entró Don Juan en Nápoles el 12 de noviembre, y el 13 salió para Roma Juan de Soto con la misión secreta de decir al Papa en nombre de Don Juan de Austria que ya estaba terminada la empresa de Túnez en lo que a él le tocaba, y que si persistía en darle la investidura de aquel reino que antes le había ofrecido, interpusiese sus buenos oficios con Felipe II para que, sin el menor asomo de deslealtad y completo consentimiento suyo, pudiese él aceptarla. Supo el embajador, don Juan de Zúñiga, la llegada a Roma de Soto, y aunque no pudo traslucir los motivos, apresurose a dar aviso a Felipe II, al cual llenó la noticia de sorpresa y de nuevos recelos. Pronto, sin embargo, salió de dudas, porque de allí a pocos días presentósele el nuncio Ormanetto, obispo de Padua, y por encargo especial de Gregorio XIII le explicó muy por menudo los planes de éste sobre el reino de Túnez y sobre Don Juan de Austria, instándole vivamente a que los aprobase y favoreciese. Escuchole atentamente Don Felipe, y como si aquellos planes no se dirigiesen al bien de toda la cristiandad, sino al solo provecho de Don Juan de Austria, limitose a agradecer mucho a Su Santidad el interés que se tomaba por su hermano y a encargar al nuncio que así lo dijese a Gregorio XIII.

Tres días después escribió una carta a su hermano, que Lorenzo Van der Hammen extracta de esta manera: «Que no le diese cuidado su persona, pues miraba él por ella, y su acrecentamiento, como a quien tanto le tocava; que ni era ocasión aquella hasta ver lo que resultaba de la jornada pasada, ni aquello le podía ser de autoridad o útil, sino de mucho embaraço a todos y cuidado grande; que se miraría bien la cosa y despacio como el caso pedía, y siendo tal como convenía, él sería quien primero acudiese a la ejecución, porque lo deseaba».




ArribaAbajo- VII -

Disgustó mucho a Felipe II su entrevista con el nuncio Ormanetto, porque en ella pudo convencerse de que el Papa trataba seriamente de arrancar a Don Juan de Austria de su dependencia dándole una corona, y que éste, por su parte, dejábase llevar y aun salíale al encuentro en todo lo que le permitía su lealtad caballeresca. Afirmaba Antonio Pérez sus temores haciéndole ver que la conservación de las fortalezas de Túnez contra el parecer de Don Felipe, y el viaje secreto de Juan de Soto a Roma, eran ya actos de verdadera independencia; y como do osaba aún acusar a Don Juan a las claras, cargaba la mano sobre el secretario Soto, atribuyéndolo todo a su influencia y sus manejos, y volviendo a insistir en la necesidad de apartar del lado de Don Juan consejero tan peligroso y sustituirle con un hombre templado y enérgico que supiese calmar sus ambiciosas vehemencias. Este hombre templado y enérgico que Pérez se atrevió ya proponer era Juan de Escobedo, antiguo familiar de la casa del príncipe de Éboli, hechura completa de éste y a la sazón secretario del rey en Hacienda.

Traía todo esto a Don Felipe caviloso y perplejo; pesábale disgustar al Pontífice, cuyo desinterés y santos fines le eran harto conocidos; no quería tampoco desesperanzar a su hermano, porque aunque no dudaba de su lealtad, temía, a fuer de desconfiado, sujetarle a pruebas harto recias y frecuentes. En este aprieto, juzgó muy cuerdamente que quitada la ocasión cesaría el peligro, y resolvió deshacerse en cuanto le fuera posible de aquel embarazo y cuidado de Túnez, y en este sentido escribió a Don Juan la carta que más arriba extractamos. Decidiose también a seguir el consejo de Antonio Pérez, nombrando secretario de Don Juan de Austria a Juan de Escobedo; y porque su natural, justo y prudente, no encontraba razón para lastimar a Juan de Soto, ni motivo tampoco para privarse de sus útiles servicios en otra parte, confirmole el nombramiento de proveedor de la armada de Italia, que era a la vez cargo de honra y de provecho.

Marchó, pues, Juan de Escobedo a reunirse con Don Juan de Austria en Nápoles, llevando orden expresa del rey y eficaz recomendación de Antonio Pérez de moderar las aspiraciones ambiciosas de Don Juan y reducirle a mero instrumento de la política de su hermano, sin miras algunas propias. Este hombre, célebre después por el tenebroso drama de que fue víctima, contaba entonces de cuarenta y cinco a cincuenta años, y más que noble hidalgo de Asturias, parecía zafio villano de cualquier parte; era de estatura mediana, fornido, algo cargado de espaldas y tan moreno de rostro y teñido del color verdusco de la bilis, que en la correspondencia secreta de Felipe II y Antonio Pérez se le designa a menudo con el nombre del Verdinegro. Compensaba, sin embargo, con creces su áspero trato y falta absoluta de modales, con un corazón generoso y abnegado, austera honradez, entendimiento clarísimo y una actividad enérgica capaz de hacer frente a todos los obstáculos. Ruy Gómez y Luis Quijada le estimaron mucho y le honraron no poco en vida, y doña Magdalena de Ulloa había conservado en su retiro tan buen recuerdo de su honradez y rectitud, que no bien supo el nuevo cargo de Escobedo, apresurose a escribirle la siguiente carta:

«Ilustre señor: No he querido escribir a vuestra merced el contento que me ha dado verle en compañía del señor Don Juan, porque ninguna cosa en la tierra deseo yo que ver en su compañía gente tal, porque conoce la necesidad que dello tiene y lo que se aprovecha dello, y porque su alteza no se descuide de avisarme le he suplicado que eche la carga a vuestra merced, a quien suplico me la haga en avisarme con todos los correos lo que vuestra merced viere que puedo desear saber del señor Don Juan y de lo que se hace, y también a vuestra merced suplico que con ningún correo deje de ser avisada, porque quien está tan colgada, con cualquiera que falte me da gran sobresalto, y podrá vuestra merced mandar dar las cartas en casa de don Pedro Manuel, que yo por aquella vía responderé u por donde vuestra merced mandare; y porque creo que aunque sea esta importunidad lo hará por hacerme a mí merced, acabo suplicando a Nuestro Señor dé a vuestra merced tan buen viaje y tan buenos sucesos en él como deseo. Nuestro Señor la ilustre persona de vuestra merced guarde y acreciente como deseo... A servicio de vuestra merced, Doña Magdalena de Ulloa.

Gregorio XIII, por su parte, no cejaba en su empeño, y perdida toda esperanza de que Felipe II ayudase sus planes sobre el reino de Túnez, volvió los ojos a otro proyecto, fracasado ya en tiempo de San Pío V, pero que deseaba él resucitar con nuevo y vigoroso empuje, confiando su ejecución a Don Juan de Austria, per il valore e la felicità che porta seco, decía el Pontífice. Maduraba éste en silencio su misterioso proyecto que tanto provecho había de reportar a la cristiandad y tanta gloria a Don Juan de Austria, y mientras llegaba la hora de descubrirlo, complacíase en prodigar a éste pruebas de consideración y afecto que sólo se concedían entonces a los reyes y príncipes soberanos.

Por marzo de aquel año de 74 enviole con su camarero mayor a Nápoles la rosa de oro, bendita el Domingo de Ramos, que según antigua costumbre solían y aún suelen enviar los Papas al rey o reina que más gratitud ha merecido de la Santa Sede durante aquel año. Esta distinción inusitada asustó al cardenal Granvela, virrey de Nápoles, nada afecto a Don Juan, y apresurose a dar aviso de ella a Felipe II. El 24 de marzo llegó a Nápoles el camarero mayor del Papa con la rosa de oro, y el 25 hízose en la iglesia de Santa Clara la entrega solemne. Los frailes de Santa Clara, entusiastas de Don Juan, pusieron al lado del Evangelio un estrado de terciopelo carmesí para recibirle con silla y cortina, como suele hacerse con los infantes de España. Súpolo Granvela y callose y dejolo pasar por tener algo que reconvenir a Don Juan si lo aceptaba; mas prevenido éste a tiempo, mandó quitar el dosel y añadir otra silla a la izquierda de la suya para Granvela, con lo cual quedó sin efecto la mala intención de éste.

El entusiasmo en Nápoles por esta nueva honra tributada a Don Juan era grande, y todos quisieron tomar parte en ella. Hízose punto de honra en las damas asistir a la fiesta con rosas simbólicas en el tocado y en el pecho, y desde el cardenal hasta el último monago viéronse asediados con demandas de sitios. Imposible fue, sin embargo, complacerles a todos, y viéronse aquel día señoras tituladas en medio del arroyo, empinadas sobre las escaleras, apiñadas en las puertas y hasta en las cornisas de las capillas, ansiosas todas de ver y ser vistas. Hubo desmayos de sofoco, chillidos de protesta, codazos de mal humor y lechuguillas arrugadas, conteritas torcidas, verdugados chafados, mantos desprendidos, joyas perdidas y rosas sembradas a granel de las que habían ocupado tan honoríficos puestos. A una grave consejera rompiósele el collar, que era una sarta de perlas, de las que sólo pudo recuperar una media docena.

Venía Don Juan entre el cardenal Granvela y el arzobispo de Montreal y seguíanle todos los príncipes, duques, marqueses y condes que había en Nápoles, que eran muchos, y otra infinidad de caballeros. Celebró la misa un obispo, y el de Castellemare, que era capellán mayor del rey, diole la paz a Don Juan y presentole a besar el libro de los Evangelios. El camarero mayor del Papa estaba al lado de la Epístola en un banco sin respaldo cubierto de terciopelo carmesí; tenía puesta una sotana de terciopelo negro y vestida encima una ropa de grana. Hallábase la rosa de oro de manifiesto en el altar mayor en un jarrón de plata; era de oro macizo, como de un pie de alta, con airoso follaje; tenía diamantes esparcidos cual si fuesen gotas de rocío, y las hojas verdes formábanlas esmeraldas, algunas de grosor enorme. Concluida la misa, sacó el camarero mayor un Breve del Papa y lo dio a besar a Don Juan, y a leer luego en alta voz a un secretario. Terminada la lectura, arrodillose Don Juan en un almohadón de terciopelo carmesí ante el obispo que había celebrado la misa, y tomando éste la rosa de oro de manos de un clérigo revestido, entregola a Don Juan, diciendo:

«Nuestro Santo Padre Gregorio XIII, serenísimo príncipe, envía a vuestra alteza esta rosa consagrada en señal de benevolencia y paternal amor. Y yo por su mandato la entrego a vuestra alteza».

Don Juan respondió:

Beso los pies de Su Santidad por tan singular merced, y recibo la rosa con el acatamiento que se debe a cosa sagrada y enviada del Vicario de Cristo y universal Pastor y cabeza de la Iglesia».

Estallaron por aquel entonces en Génova los famosos disturbios entre la nobleza vieja y la nueva, que se denominaban, respectivamente, Portal de San Lucas y Portal de San Pedro, y Felipe II, que tenía el protectorado de aquella república, apresurose a enviar allí a Don Juan de Austria con algunas galeras, para pacificar a los revoltosos con habilidad y maña, y si no fuese posible de otro modo, acallarlos con la fuerza de las armas. Supo el Papa su paso por Gaeta, que dista sólo unas veinte leguas de Roma, y, con el pretexto de saludarle, enviole a su hijo Jacobo Boncompagni, que llevaba el encargo secreto de descubrirle aquellos planes misteriosos que de tiempo atrás meditaba el Pontífice. Acompañaban a Jacobo, por cuenta suya propia, Marco Antonio Colonna y el embajador de España en Roma, don Juan de Zúñiga.

El 18 de abril vinieron a visitar a Don Juan a bordo de su galera los tres ilustres personajes con numerosa y lucida comitiva, y al día siguiente saltó Don Juan a tierra para darles en las casas del gobernador de Gaeta un banquete real suntuosísimo. Armose en el salón principal la mesa, que era muy extensa y entrelarga; en la mitad de ella había dos servicios de plata muy ricos, juntos, para Don Juan y Jacobo Boncompagni, dando aquél la derecha a éste; en el extremo derecho, pero a respetuosa distancia, había otro igual para Marco Antonio Colonna, y en el izquierdo, a igual distancia, otro para don Juan de Zúñiga. Sirviéronse ciento veintitrés platos con todas las viandas y exquisitas salsas que daba de sí la cocina italiana de entonces, sin contar los de repostería, que por tres veces cubrieron toda la mesa con distintas invenciones de torres, torneos, castillos y animales fieros, de exquisitas pastas y dulces sabrosísimos; los vinos presentados pasaron de cuarenta y ni por un momento decayó el regocijo y buen humor de los ilustres comensales y la multitud de nobles caballeros que respetuosamente en pie presenciaban el banquete, tomando en los aparadores algún bocadillo y siendo obsequiados con abundantes copas de vino.

Al terminar la comida pidió licencia Boncompagni a Don Juan para presentarle los regalos que le enviaba Gregorio XIII: unas armas de justa muy ricas, un gran bolsón de terciopelo negro con medallas de oro benditas, que se apresuró a repartir Don Juan entre todos los presentes, y una arquilla de terciopelo grana con un admirable grupo del Calvario dentro, de gran mérito artístico; tenía esta arquilla el mismo Papa en su cámara y hallábase enriquecida con innumerables indulgencias. Correspondió Don Juan a estos presentes regalando a Boncompagni un caballo de quinientos ducados, con su jaez, que costó dos mil quinientos, y una espada con las guarniciones de oro, que valía ochocientos ducados.

Al día siguiente, a bordo de la galera real, y bajo aquel toldillo de damasco listado de grana y blanco, que se extendía en la popa ante la cámara de Don Juan, confiole Boncompagni a éste la empresa misteriosa que proyectaba con su ayuda Gregorio XIII. Escuchábale Don Juan atentamente, en silencio, despidiendo a veces sus ojos garzos, como si fuesen relámpagos, llamaradas de entusiasmo... Tratábase de libertar a una hermosa reina cautiva y de arrancar un reino a los herejes.




ArribaAbajo- VIII -

Mientras tanto, la toma de Túnez hacía patente a toda la Europa lo profundo de la herida que recibieron en Lepanto el crédito y poderío de las armas otomanas. Aquella formidable derrota fue, sin duda, un desastre para los turcos; pero desastre glorioso por las proezas de valor que ellos hicieron y el esfuerzo titánico que costó a los vencedores alcanzar el triunfo. Mas la huída de Túnez sin disparar un solo tiro, a la sola presencia de Don Juan de Austria, y pasados ya más de dos años de aquel rudo escarmiento, manifestó cuán hondo había calado el pánico en el ánimo de los infieles y cuánto había crecido a sus ojos el valeroso prestigio de los cristianos, y en particular de los españoles. Hería todo esto cruelmente el inmenso orgullo de Selim, y con rabiosa ansia deseaba tomar el desquite reconquistando a Túnez y la Goleta. Instábale con rencoroso afán a esta jornada Aluch-Alí el Tiñoso y el renegado Mustafá, uno de los ingenieros que construyeron la Goleta en tiempo de Carlos V; llamábase este traidor Jacobo Zitolomini, y, resentido por desprecios y negativas que recibiera de Felipe II, huyose a Argel al lado de Aluch-Alí, y llevado por éste a Constantinopla, reveló a Selim un secreto y seguro modo de tomar la Goleta.

A principios de mayo (1574) recibió Don Juan de Austria aviso urgente de Gabrio Cervelloni de que aparejaban los turcos una muy poderosa armada que se temía cayese repentinamente sobre Túnez y que, en previsión de esto, le enviase a toda prisa recursos para terminar la fábrica del nuevo fuerte, aún no concluido. Hallábase Don Juan en Vegoven concertando los disturbios de Génova, y apresurose a enviar a Madrid al proveedor de Marina Juan de Soto para notificar a Felipe II el peligro que amenazaba. No pareció éste alarmarse demasiado, y quizá no vio en todo ello sino una ocasión pronta y segura de salir de aquel embarazo y cuidado de Túnez. Su respuesta manifestó, por lo menos, que era esta nueva conquista la menor de sus preocupaciones, pues mientras escribía al cardenal Granvela, virrey de Nápoles, y al duque de Terranova, regente de Sicilia, que vigilasen los puertos y reforzasen las guarniciones, principalmente en Mesina, Augusta, Siracusa, Trápana y Palermo, contentábase con añadir que no se olvidasen de socorrer a su hermano, y mirar por las cosas de Berbería. Mandó también a don García de Toledo y al marqués de Santa Cruz que vigilasen el modo de presidiar Don Juan la Goleta, y a éste escribió hiciese lo que mejor juzgase convenir a aquel particular, pero que tuviese en cuenta le habían dicho que bastaban dos mil infantes para defensa de la Goleta.

Envió entonces Don Juan a Túnez, sin pérdida de tiempo, a don Juan de Cardona con todas las galeras de su mando, llevando los socorros que Gabrio Cervelloni pedía. Resultaron éstos escasos, y reiteraron los de Túnez su demanda; agotando entonces Don Juan todos sus recursos, envió a don Bernardino de Velasco con veinte galeras de Nápoles y cuatro compañías de infantería italiana. En estas idas y venidas íbase ya entrando el verano, y el 13 de agosto apareció en el cabo de Cartago la temida armada turquesa con cerca de trescientas naves y sesenta mil hombres de desembarco, mandada aquélla por Aluch-Alí el Tiñoso, y éstos por el yerno de Selim, Sinan-Bajá, el renegado. Alzaron el grito ante la enormidad del peligro los cristianos de Berbería, y por cuantos medios tuvieron a mano enviaron a pedir socorros a Granvela, a Terranova y, sobre todo, a Don Juan de Austria, por lo que debía a su oficio y a la piedad cristiana. Quiso éste volar a su socorro, abandonándolo todo, y escribió antes al duque de Sessa instase al cardenal para que enviase gente de socorro a la Goleta, pues aquella provincia estaba a su cargo. Mas imperturbable Granvela, contestó fríamente que tenía mucho que guardar en el reino, y no le convenía dividir sus fuerzas. «Esto era -dice Van der Hammen, comentando el hecho- dar color a la excusa; siendo la causa principal el poco gusto que tenía Granvela de acudir a Don Juan de Austria, envidioso de sus favores de Marte y de Venus, y como extranjero y que sus hermanos conjuraron en la rebelión de Flandes»45. Con análogas palabras tan severas y duras como éstas, sin olvidar lo de Marte y de Venus, se expresa también Luis Cabrera de Córdoba, y el mismo Don Juan escribió a su hermana Doña Margarita: «Al fin todo va, señora, en peligroso estado; y en verdad que no es en parte toda la culpa de su majestad, sino en consentir a los que gobiernan sus Estados que no tengan por tan suyo el vezino y el que no lo es, como el que es a cargo de cada ministro».

Mientras tanto, cansado ya Don Juan de esperar órdenes, gente y dinero que no venían, y tomando a punto de honra propio el presentarse en Túnez, movíase con desesperada actividad de Génova a Nápoles, a Mesina y a Palermo, reclutando gente por todas partes y juntando naves y empeñando para ello su plata, sus joyas y hasta su palabra misma. Hasta que, reunida en Mesina una mediana flota con no escasa gente de guerra y presto ya a darse a la vela para África, tropezó entonces con otro obstáculo más poderoso que la frialdad calculada de Felipe II y las malquerencias envidiosas del cardenal Granvela: ¡el marl... El terrible mar, que, levantado en furiosa borrasca, le arrojó a Trápana, mal de su grado, y le detuvo allí días y días, dando tiempo a que los cristianos pereciesen y los turcos quedaran victoriosos... Por tres veces quiso salir del puerto desafiando el temporal, y otras tantas tuvo que retroceder ante las encrespadas olas; envió entonces cuatro galeras sin popas ni rumbadas para llevar a la Goleta la esperanza siquiera del socorro, y la implacable tempestad les cerró el paso, tragándose a dos de ellas... Abonanzó al fin el tiempo, y antes que Don Juan pudiera salir a la mar, entró en Trápana una galera francesa desarbolada y maltrecha que la tempestad arrojaba en aquel puerto. En ella venían don Juan Zagonera con cincuenta soldados, únicos restos de la brillante guarnición que dejara Don Juan en Berbería; por ellos supo éste el terrible desastre. Túnez quedaba en poder de los turcos; tres mil soldados muertos y los restantes acribillados a heridas o cautivos. Pagano Doria, degollado; Gabrio Cervelloni, don Pedro Portocarrero y don Francisco de Ávila, esclavos de Sinam. El fuerte nuevo arrasado sin ser concluido, y la Goleta, el glorioso recuerdo de Carlos V, volada con minas, borrada para siempre del suelo africano por Aluch-Alí como borra el simún del desierto una huella humana.

Los envidiosos de Don Juan cebáronse en él atribuyéndole aquel desastre en que no tuvo parte alguna; pero la opinión sensata y la popular, tan certera a veces y tan maliciosa, culparon a Granvela, y aun llegaron a cantarle por las calles coplas alusivas que han llegado hasta nosotros. Algunos, muy pocos, decíanse al oído, como en aquel tiempo era preciso decir estas cosas, que el cardenal no era responsable, porque al negarse a socorrer la Goleta había obedecido a secretas órdenes de la corte. De esto, sin embargo, no existe prueba ninguna.

No abatieron estas desastrosas noticias el enérgico carácter de Don Juan; pero despertaron en su ánimo mil sentimientos diversos, y bajo la impresión del despecho, el dolor, la dignidad herida, y, sobre todo, de la leal franqueza de su corazón, que le impulsaba siempre a tratar las cuestiones de frente y no de soslayo, resolvió ir a España a tratar cara a cara con su hermano Felipe II tres cuestiones diversas que tenían entre sí conexión íntima: De su permanencia definitiva en Italia como lugarteniente general de todos aquellos Estados. De su reconocimiento como infante de Castilla. Del plan misterioso que Gregorio XIII le había propuesto.

Y así fue, en efecto; por enero de 1575 estaba ya Don Juan de Austria en Madrid, y el 15 de febrero escribía a su hermana Doña Margarita: «Señora: Yo, gloria a Dios, he llegado algunos días a, a esta corte, adonde he recibido tanta merced de su majestad que por sólo esto doy por más que bien empleada mi venida... Después de aver llegado creo que se tiene entendido lo de Italia muy de otro modo de lo que antes estava. Pensé, como lo había suplicado a su majestad, estar en esta corte algún tiempo; pero al fin se ha resuelto mandarme volver a esas partes, y con tanta priesa que se la da grande a despacharme. Creo me partiré mediado el mes que entra, y creo también que yré a empeçar nueva suerte de servicio en conformidad de lo que conviene al de su majestad. Entretanto se atiende a vencer necesidades y a dar priesa a lo con que he de servir y defender este verano. A todo ello doy tan continua priesa que cada día, en consejos y fuera dellos, no hago cosa que esto no sea; pero el tiempo está ya tan al verano que no me contento de lo que no veo... Aquí, señora, son todos Consejos; cada día tengo dos, sin otras mil ocupaciones que no me dexan tiempo que mío pueda llamarse, etc., etc».

Don Felipe había sufrido, efectivamente, la especie de fascinación que la presencia de Don Juan ejercía, y no obstante las recelos infundidos por Antonio Pérez, recibiole con amoroso afecto de hermano, y la agradecida benignidad propia de un rey al caudillo que tanta gloria y lustre daba a las armas y nombre de España. Escuchole detenidamente y con gran interés sus informes sobre las cosas de Italia, reformando muchos de los juicios que sobre ella tenía. Diole la razón en sus quejas contra los virreyes y ministros de aquellos Estados, especialmente contra Granvela y el duque de Terranova; trató y fijó en varias sesiones y consejos los aprestos que habían de hacerse, según opinión de Don Juan, para precaverse contra el Turco aquel verano y humillar su orgullo, engreído otra vez con el reciente triunfo de Túnez; y concluyó finalmente por nombrarle, con aprobación de todo el Consejo y secreto espanto de Antonio Pérez, su lugarteniente general en toda la Italia, con autoridad sobre todos los virreyes y ministros que gobernaban aquellos Estados; esta dependencia había, sin embargo, de quedar secreta, por decoro y prestigio de aquellos funcionarios, y sólo había de manifestarse en caso de abuso de autoridad o alarde de independencia. «Para con vuestra alteza solamente -escribía Don Juan desde Nápoles a doña Margarita-, y así se lo suplico yo por muchos respetos, traygo también orden de lo que cada uno ha de hazer que es estar a obediencia; pero de ésta se ha de usar quando algún ministro se persuadiere lo contrario, lo cual no creo sucederá, porque por cartas han entendido lo que les toca».

Animado Don Juan con esto, atreviose a presentar al rey la segunda parte de su programa; que para exteriorizar, sin herir a nadie, esta supremacía sobre todos los ministros de Italia, le concediera el rango y los honores de infante que espontáneamente le daban todos, grandes y pequeños. No se atrevió Don Felipe a negarle esta gracia que tan merecida tenía; pero, con dilaciones y excusas, diole a entender que aún no era tiempo. Y no era esto por malquerencia que le tuviera, ni por mezquina tacañería, ni mucho menos por celos, como algunos dicen, de su fama y su renombre, sino porque era máxima de aquel prudente rey, heredada de su padre Carlos V, la de estimular siempre los servicios de los Grandes con un premio proporcionado a su altura; y como de no dar a Don Juan una corona, que Felipe II no quería darle, no había otro premio digno de él sino el infantazgo, parecíale prematuro concedérsele ya, quedando todavía tantos y tan importantes servicios que esperar de su persona.

En cuanto al proyecto de Gregorio XIII, no tuvo Don Juan que buscar la plática a su hermano. Don Felipe mismo le abordó el asunto, que ya había tratado y resuelto con el propio nuncio Ormanetto.




ArribaAbajo- IX -

En junio de 1571, cuatro años antes de estos sucesos, llegó a Madrid un viejecito italiano, chico, activo y muy nervioso, que dijo llamarse Giulio Benasay y ser comerciante de Génova; apeose en un mesón, junto a la puerta de la Culebra, que estaba en lo que es hoy Puerta Cerrada, y al otro día muy temprano comenzó sus visitas, que de todo fueron menos de comerciante. Visitó a monseñor Ormanetto, nuncio del Papa; al doctor Milio, regente de los Estados de Alba en ausencia del duque; a los secretarios Zayas y Mateo Vázquez, y últimamente visitó también el día 28, cinco días después de su llegada, al señor rey Don Felipe II en su propio alcázar. Esta visita, sin embargo, diferenciose mucho de las otras: hízola de noche y a hurtadillas y ya en el alcázar no se llamaba Giulio Benasay, ni era de Génova, ni tampoco comerciante. Llamábase Roberto Ridolfi, era banquero avecindado en Londres y agente secreto en aquel país de herejes de Su Santidad Pío V. Ridolfi entregó en propia mano a Felipe II tres cartas, que todas, en sustancia, decían lo mismo; suplicábasele en ellas que otorgase a Ridolfi la más entera confianza y tomase a pechos el encargo que había de exponerle, concediendo los recursos con que juzgase prudente favorecer el proyecto. Estas cartas eran nada menos que de San Pío V una, de la reina de Escocia, María Estuardo, prisionera en Inglaterra, otra, y del duque de Norfolk la tercera.

El proyecto era éste: tratábase de prender por un golpe de mano a la reina hereje Isabel de Inglaterra y a los señores de su Consejo y encerrarlos en la torre de Londres; casar a la reina legítima María Estuardo con el duque de Norfolk y restablecer al punto el catolicismo en los dos reinos de Escocia e Inglaterra. Pedían para ello el auxilio de Felipe II, y contaban ya con el apoyo de los más poderosos señores de Inglaterra y el de los partidarios de María de Escocia, que se levantaban a la sazón numerosos y pujantes. El Papa había ya preparado el terreno fulminando contra Isabel su terrible bula, declarándola hereje contumaz y fautora de herejes, deponiéndola del trono de Inglaterra y absolviendo a sus vasallos del juramento de fidelidad y obediencia. Prometía además contribuir a los gastos de esta empresa con todos los recursos de que pudiera disponer la Santa Sede.

El duque de Norfolk pedía al rey de España para esta jornada 6.000 arcabuceros, 4.000 arcabuces, 2.000 corazas y 25 piezas de artillería con las municiones y dineros necesarios. Comprometíase por su parte a levantar en Inglaterra 3.000 hombres de a caballo y 2.000 de a pie y a encargarse de la peligrosa empresa de prender a la reina y sus consejeros y de poner en libertad a María Estuardo. Comprometíase también a mantenerse firme por cuarenta días en sus tierras de Norfolk, fronteras a las costas de Holanda, para proteger el desembarco de las tropas que desde Flandes había de enviar el duque de Alba. Este, hablado ya por Ridolfi en Bruselas, aprobaba el proyecto con algunas reservas y aun teníalo por fácil una vez presa o muerta la reina Isabel; esperaba, sin embargo, las órdenes y el consentimiento de su monarca.

Oyó Felipe II a Ridolfi con su circunspección y reserva ordinaria, y remitiole a El Escorial, donde le interrogó detenidamente el duque de Feria, y donde se celebró un importante Consejo el 7 de julio, cuya minuta se conserva íntegra en el archivo de Simancas. Aprobose allí por unanimidad el proyecto, y quedó acordado remitir su oportuna ejecución al duque de Alba. Mas fue tanta la lentitud de Don Felipe en combinar los últimos detalles, y tanta su indecisión en dictar las postreras órdenes, que dieron lugar a que Norfolk fuese denunciado, sometido a un proceso y degollado públicamente en Londres46.

Pues este plan, fracasado por la muerte de Norfolk, era el que quería resucitar Gregorio XIII, fulminando él otra bula semejante a la de Pío V, dando la investidura del reino de Inglaterra a su legítima heredera María Estuardo y casando a ésta con Don Juan de Austria, que había de capitanear las huestes españolas que invadiesen a Inglaterra. Habíase ya concertado el Papa con los lores ingleses y escoceses y demás gente de pro que estuvieron prestos a secundar el movimiento de Norfolk, y comprometíanse ellos a cumplir en aquellos reinos todo lo prometido antes por el desdichado duque. Restaba, pues, tan sólo para colocar el proyecto en las mismas ventajosas condiciones en que estuvo en tiempo de San Pío V, obtener el apoyo y el consentimiento de Felipe II y de Don Juan de Austria; diolo éste con entusiasmo a Jacobo Boncompagni en su entrevista de Gaeta, salva siempre la voluntad de su hermano, que era para él ley inviolable. Mas Felipe II, por su parte, acogió fríamente el proyecto cuando se lo propuso en nombre de Gregorio XIII el nuncio Ormanetto; diole gracias muy corteses por la merced que el Papa hacía a su hermano, y excusose de prestar apoyo a la empresa, con la necesidad que tenía entonces de concentrar grandes fuerzas en Italia por el peligro del Turco, animado con el triunfo de Túnez, y en Flandes, por envalentonarse también los rebeldes con la salida de allí del duque de Alba. Y como le argumentase el nuncio con aquella verdad tan conocida de los políticos de entonces que el foco de aquella rebelión no había de extirparse en Francia, sino en Inglaterra, donde su reina la atizaba de continuo y favorecía con toda clase de medios a los rebeldes, contestó Don Felipe que así era la verdad y harto lo tenía él bien probado; pero que así y todo no podía distraer una sola pica de Flandes mientras no echase allí raíces la nueva política de suavidad y acomodamiento que había encomendado al comendador mayor Requeséns. Entonces veríase si convenía o no la expedición de Inglaterra.

Estas mismas razones dio Felipe II a su hermano cuando trataron ambos de este asunto, añadiendo otras varias encaminadas todas a asegurarle más en su servicio, sin desesperanzarle por eso ni matar de un golpe las ilusiones que hubiera podido forjarse sobre aquel plan romántico de conquistar un reino librando a una hermosa reina cautiva que tanto debía halagar su fantasía caballeresca. Prometiole, pues, sin intención alguna de cumplirlo, según Antonio Pérez asegura; y con intención de hacerlo si convenía a los planes de su política, según nosotros creemos, favorecer el proyecto de Gregorio XIII cuando desapareciese el peligro de una nueva guerra con el Turco, que a la sazón amenazaba.

Y como si pretendiese bajar a Don Juan de la esfera de heroicos pensarnientos en que el genio vive de ordinario a la de mezquinas flaquezas en que se agita el común de los mortales, hablole a renglón seguido de lo que amargaba la vida de Don Juan, por ser en cierto modo lo único que podía humillarle y avergonzarle: hablole de la conducta de su madre... El desorden de esta señora había llegado a tal punto, que ya no frecuentaban su casa sino gentes ruines, entre las que descollaba un inglés, que se decía tenía malos tratos con ella; el duque de Alba, hombre severo, pero no escandalizable, habíale amonestado varias veces sin éxito, y, cansado al fin, decidiose a escribir al secretario Zayas la siguiente carta:

«Muy magnífico señor: Aquí pasa un negocio que me tiene en mucho cuidado, porque, aunque he procurado por todas las vías que me han sido posibles el remedio, no aprovecha, y el negocio anda ya tan roto y tan derramado, que conviene que con muy gran brevedad su majestad le ponga remedio, vuestra merced me la haga en decir a su majestad que su madre del señor Don Juan bive con tanta libertad y tan fuera de lo que debe a madre de tal hijo, que conviene mucho ponerle remedio, porque el negocio es tan público, y con tanta libertad y soltura, que viene la cosa a que me han avisado que ya no hay mujer honrada que quiera entrar por sus puertas, porque llega a términos que se van mudando los servidores por semanas, y con mi ausencia ha pasado tan adelante, que los más días hay danças y banquetes, y ha echado dos demoyselles viejas muy honradas que yo le di y metido en su lugar dos ruines mujeres. Es terrible y de una cabeza muy dura. Su majestad vea lo que manda, que ya resuelto estaba hazerla tomar una noche y meterla en un monasterio, pero no he querido sin consultárselo primero».

Don Felipe contestó al duque de Alba la siguiente carta cifrada:

«El Rey.

Duque primo. Çayas me mostró la carta que le escribistes sobre el particular de la madre de Don Juan, mi hermano, que por las causas que apuntays y se dexa considerar, me pesa mucho que no biva con honestidad y recogimiento que debiera: y assí me parece lo mismo que a vos; pues que no hay otro mejor remedio se traiga acá, que en lo mismo está siempre su hijo, al qual he enviado a dezir con Juan de Soto, que me he resuelto en esto por su mayor beneficio y reposo, hallándose lo de esos Estados en el término que se halla, sin declararle otra cosa, pues no avía para qué; y porque yo entiendo que el traerla a de ser por mar, y si lo barruntase, es verosímil que haría algún desatino, sería bien disimular con ella hasta que haya comodidad de pasaje seguro, y entonces, en estando aprestado y el tiempo hecho para navegar, la hareys meter en la nave, quiera o no quiera con la compañía que convengo, dando orden que se le provea lo necesario para el viaje y que en él se la haga buen tratamiento. Y avisareysme a tiempo para que yo mande que se acuda al puerto y de allí se lleve al monasterio que fuere más apropósito, que aún no he mirado cuál será, etc., etc».

No era la primera vez que hablaban los dos hermanos de tan enojoso asunto; mas entonces súpolo Don Juan todo, sin paliativos ni reservas: díjoselo Don Felipe con palabras delicadas y prudentes, como cirujano caritativo que sin querer lastimarla cura una llaga, y propúsole el remedio como padre que trata en secreto un triste asunto de familia. Convínose en sacar con engaño de Flandes a Bárbara Blombergh, ya que no era posible de otro modo, y traerla a España, donde, a propuesta de Don Juan, sería entregada a doña Magdalena de Ulloa, para que esta noble señora la colocase cerca de sí, donde su prudencia, su discreción y caridad la aconsejasen. Pareciole a Don Felipe atinadísima aquella designación de doña Magdalena, y a los pocos días partiose Don Juan para el Abrojo, donde esta señora le aguardaba.

Jamás pareció a Don Juan tan majestuosa la enlutada figura de doña Magdalena, ni encontró a su lado descanso tan dulce y tan profundo, ni creyó descubrir en sus ojos, todavía hermosos, amor tan intenso, solicitud tan maternal, gracia tan tierna y expresiva al mostrarle los enormes cofres de ropa blanca que le tenía dispuestos, las gorgueras de puntas de Flandes que ella misma le probaba y las almidonadas lechuguillas altas, muy altas, como ella sabía que eran de su gusto... Y era que su ansia de madre, exasperada por aquel desencanto de la suya propia, se saciaba con inefable consuelo en el casto amor y las virtudes de aquella otra que el misericordioso cielo le había deparado. Permaneció Don Juan en el Abrojo cuatro días, confiando a doña Magdalena todo lo que tenía en el alma, penas y alegrías, temores y esperanzas, triunfos y desengaños, extravíos y remordimientos; y al despedirse ambos en la puerta del monasterio, pensaba ella como la primera vez que le vio en la escalera de Villagarcía: «¡Lástima que no sea en verdad mi hijo!» Y él, con amargura infinita, decíase al besar por última vez su mano: «¡Lástima que no sea en verdad mi madre! «

Salió Don Juan del Abrojo con la tristeza profunda y el vago recelo del caminante que, descansando un día en el oasis, emprende otra vez su ruta por los arenales del desierto. Una voz amiga alentaba, sin embargo, su ánimo abatido durante aquella jornada; decíale que el porvenir era suyo, y era de gloria si él luchaba con tesón y esperaba con paciencia, que es el consejo de la constancia a la actividad fogosa para llegar al logro; que el plan de Gregorio XIII necesariamente había de realizarse, porque era grande, porque era justo y porque era fácil y hacedero, y que al fin de la jornada él partiría el trono de Inglaterra con la hasta entonces infortunada reina de Escocia, siendo la Inglaterra de Don Juan y la España de Don Felipe las dos fuertes columnas en que se apoyaría la santa Iglesia católica.

Quien así hablaba era don Juan de Escobedo, el mismo encargado por Felipe II de moderar los pensamientos ambiciosos de Don Juan. Y lo más extraño del caso era que Escobedo tenía talento, era honrado y hablaba sinceramente.




ArribaAbajo- X -

Cuenta Antonio Pérez en su famoso Memorial que el secretario Escobedo sirvió muy bien al rey en los principios en el encargo que le diera de moderar los pensamientos ambiciosos de Don Juan de Austria, y que andando el tiempo se echó de ver que no solamente no cumplía con el fin para que se había enviado (a Italia), pero que se le levantaban los pies y el ánimo como a Juan de Soto, y que se metía en trazas de más altas y mayores inconvenientes y en particular se supo que se comenzaron a tener inteligencias en Roma para algún beneficio y grandeça del señor Don Juan sin dar cuenta a su majestad de ellas.

Verdad es ésta mezclada con grandes dosis de mentira, como casi todas las contenidas en tan venenoso escrito. Escobedo no tuvo nunca a Don Juan por un vulgar ambicioso, porque harto se veía que la vulgaridad en todas las esferas era antitética a su heroica naturaleza; pero creyó buenamente, como Antonio Pérez le aseguraba, que, cegado Don Juan por sus ambiciosas miras, andaba mendigando altas protecciones en Roma para llevar a cabo ilusorios proyectos que embarazaban, por lo menos, la política de su hermano, y que era, en resumen, un joven temerario engreído con sus triunfos, a quien se hacía necesario llevar de la mano por las trilladas sendas del buen sentido, para que no le derrumbasen sus mismas grandes cualidades en el abismo de lo osado y lo fantástico. Esto creía Escobedo de Don Juan cuando por primera vez fue a Italia a servirle de secretario; mas al apreciar de cerca la franca amenidad de su trato y la alegre sencillez de su leal carácter, retractó en parte estos juicios, y poco a poco, y a medida que profundizaba el conocimiento de sus cosas y su persona, fuese convencido de que lo que llamaba Antonio Pérez temeridades de Don Juan eran los vigorosos arranques de su genio; lo que llamaba sus planes fantásticos, eran las meditadas combinaciones de dos Pontífices como San Pío V y Gregorio XIII, que fueron los que idearon y apoyaron siempre la conquista de Inglaterra; y las solicitaciones en Roma degradantes para el rey de España eran todo lo contrario de lo que Antonio Pérez aseguraba: eran honrosas ofertas una y otra vez repetidas por los Papas a Don Juan, enamorados del valor y la fortaleza de éste, y convencidos de que aquel Don Juan enviado por Dios estaba llamado a ser una de las más firmes columnas de la Iglesia católica.

Y sucedió entonces lo que había sucedido primero con Juan de Quiroga y después con Juan de Soto: que Escobedo se apegó a Don Juan entrañablemente como se habían apegado ellos; convirtiose en su admirador sincero y más ardiente panegirista, y comenzó a apoyar sus planes con todo el vigor de su enérgico y apasionado carácter, dándose el extraño caso, que tanto prueba, de que tres hombres de reconocido mérito, de honradez intachable y de recta intención, prevenidos todos por Antonio Pérez contra los ambiciosos planes de Don Juan, cayesen uno en pos de otro bajo la influencia de sus encantos, y se dedicasen, en contra de sus propios intereses, a servirle y secundarle. Gran prueba ésta de que el maleficio que emplea Don Juan para subyugar así a las gentes y trocarlas a su antojo, era, sin duda alguna, su propio mérito.

Debió de verificarse este cambio de Escobedo muy a los principios y conocerse al punto en la corte, pues ya en junio del 73 era allí molesto, como lo prueba la siguiente nota de Felipe II, puesta al margen de una carta de Mateo Vázquez, según costumbre del rey prudente: «Y la venida de Escobedo es tan cierta como veréis por esa carta, y aunque no parece que deba de ser a pedir dineros, quedo yo tan podrido y cansado della que no puede ser más; aunque convendrá despacharle luego, no dexo de sospechar que se deben de cargar allá con él, y que ésta deve de haber sido más causa de enviármele que otra ninguna».

Escobedo no venía, en efecto, a España en busca de dinero, a pesar de que éste escaseaba y escaseó siempre en todas las empresas de Don Felipe; enviábale Don Juan a notificar a éste la nueva complicación surgida en Génova por la intervención del Papa en aquellos disturbios, y a pedirle instrucciones sobre aquel delicado incidente. Conjurado el peligro del Turco en el verano del 75, dedicose Don Juan con tesón todo el resto de aquel año y el de 76 a poner término a aquellos disturbios que podían aminorar la influencia de España en Italia y aun arrastrarla a una guerra con Francia. Seguía, pues, la marcha de los negocios unas veces desde Nápoles y otras desde Génova misma, encontrando tiempo y ocasión en una y otra parte de entregarse a las alegres diversiones y aun culpables extravíos a que su mocedad le disponía y la gran relajación de costumbres en aquella tierra, de continuo le incitaba.

En esta época de su vida hay que colocar sus devaneos con la infeliz Zenobia Saratosio, que concluyó llorando sus culpas en el monasterio de Santa María Egipcíaca, y con doña Ana de Toledo, orgullosa y dominante mujer, que hubiera causado quizá la pérdida de Don Juan, si por un esfuerzo de su poderosa voluntad, aguijoneada por el deber, no se hubiera ése arrancado a tiempo de su maligna influencia. No ataban, por fortuna, estas cadenas de flores el ánimo varonil de Don Juan; rompíalas a cada paso siempre que estorbaban los brotes de su indomable carácter, o que el remordimiento se le imponía con sus voces temerosas.

Una noche cenaba Don Juan en el palacio de doña Ana de Toledo con otras varias personas de las que favorecían y tapaban sus malos tratos. De repente entró desalado un capitán de su guardia con el aviso de que en la galera Renegada, una de las presas de Lepanto, habíanse alzado cien cautivos turcos de los que formaban la chusma, matando cuatro soldados que estaban de guardia y a un cómitre, y huido con la galera mar adentro. Levantose Don Juan, rojo de cólera, dejando a medio beber su copa, y mandó al capitán que se adelantase al muelle para avisar en la galera real que en el acto iba él a salir en persecución de los fugitivos. En vano le suplicó doña Ana que no saliese a la mar, sino que enviase alguna galera de las ciento sesenta ancladas en el puerto. Contestole Don Juan que todo sería cosa de un momento, y que antes de tres horas estaría de vuelta para acabar de beber la copa que dejaba mediada; y como aquella voluntariosa y tiránica mujer quisiese imponer la ley de su capricho, instó, lloró y amenazole con negarle sus favores si contradecía. Mas sin replicar Don Juan, lanzose a la calle precedido de dos pajes con antorchas, gritando a los soldados que se topaban al paso:

-¡Apriesa, soldados, apriesa, que se nos ha levantado una galera!

Sólo encontró en el trayecto una docena de infantes y al sargento Rivera, y con ellos llegó al muelle, saltó en la real y salió del puerto. Estaba la noche oscura, el mar picado y volaba la real con las farolas apagadas al impulso de sus remeros, estimulados por el gran premio ofrecido por Don Juan. A la altura de las bocas de Capri alcanzaron a la Renegada, viósela ésta venir encima de repente, sin conocerla, y creyéndola una galera común, aprestose a la defensa; mas cuando conocieron ser la real, paralizó a los fugitivos el espanto, no osaron defenderse, y así se explica que catorce hombres tan sólo la tomaran al abordaje, habiendo en ella más de ciento, acuchillaran a los turcos, y vencidos y atados los que sobrevivieron, los condujesen otra vez a Nápoles. Un poco antes del amanecer desembarcaba Don Juan en el muelle y se dirigía de nuevo al palacio de doña Ana; hallólo todo abierto e iluminado como si le esperasen, pero por ninguna parte vio señal de alma viviente; llegose extrañado hasta el comedor, y vio asombrado la mesa levantada, un paño corto de terciopelo negro encima con cuatro candeleros de plata con hachas encendidas en los extremos y en medio una salvilla de oro con la copa a medio beber que había dejado Don Juan al salir para el puerto. Comprendió Don Juan que la orgullosa doña Ana quería indicar con este símbolo, muy propio de la época, los funerales de sus amores, y diose por satisfecho; cogió la copa, vació de un trago el resto del vino y volviola a colocar boca abajo donde antes estaba. Al salir a la calle siseole desde una reja del palacio una dueña apostada allí, sin duda, por su señora; mas Don Juan no volvió la cabeza ni volvió a entrar nunca en aquella casa.

Murió por aquel entonces (marzo de 1576) en Bruselas, el comendador mayor don Luis de Requeséns de un carbunclo que le salió en la espalda, dejando con su muerte desprovistos el gobierno de Flandes, y en más peligro que nunca aquellos Estados, en que dieciséis provincias se hallaban sublevadas y sólo el Luxemburgo permanecía fiel a España. «Es de notar -dice un historiador famoso- que en los casos extremos, y cuando amenazaba un grave peligro o estaba a punto de perderse un Estado, era cuando Felipe II recurría a su hermano Don Juan de Austria, y confiaba a su valor y talento las más arduas empresas y las causas que parecían desesperadas, como quien le creía capaz de enderezar lo que por desaciertos o faltas, o mala fortuna de otros, parecía de difícil o casi imposible remedio».

Así sucedió también entonces, en tan apurado trance nombró Felipe II gobernador y capitán general de los Estados de Flandes a su hermano Don Juan de Austria, y mientras éste no llegase a tomar posesión del mando, encargaba en absoluto el gobierno de todos aquellos Estados al Senado de Flandes; consejo funestísimo este último que dio a Felipe II Joaquín Oppier u Hoperus, como otros le llaman, secretario en Madrid de las cosas de Flandes, y flamenco él de nación. Hicieron solapada guerra a este nombramiento de Don Juan Granvela desde Nápoles y Antonio Pérez en el mismo corazón de la corte. Desesperaba, en efecto, al secretario que todos sus esfuerzos para desacreditar a Don Juan en el ánimo del rey hubiesen resultado inútiles; porque cierto era que el recelo había entrado y vivía aún en el corazón naturalmente suspicaz de Felipe II; pero necesario era soplar mucho aquella brasita encendida para lograr convertirla en hoguera capaz de devorar la grande estimación y profunda confianza que aquel nombramiento de gobernador de Flandes revelaba. Y tanto, y con tanto despecho sopló Antonio Pérez, que no se comprende ni se creería hoy, si documentos de su puño y letra no lo demostrasen, que a un hombre de su talento y de su astucia le cegasen hasta tal punto sus malas pasiones, que se atreviese a escribir a Felipe II que a Don Juan de Austria, el rayo de la guerra, el vencedor de los moriscos, terror de los turcos, pacificador de Génova, al héroe, en fin, de Lepanto, le conviniese mejor un hábito de clérigo y órdenes, para que no saliese de lo que conviniera, ni pudiese en ningún tiempo errar. He aquí, en la parte que a nosotros importa, este curioso documento, que con el título de Consulta autógrafa del secretario Antonio Pérez a Felipe II, con apostillas igualmente autógrafas de este monarca, existe en la notable colección de papeles históricos del conde de Valencia de Don Juan.

«...Y, señor, crea vuestra majestad que no pienso pedir perdón a Dios de lo que he dicho algunas veces, tantos días ha47, y de lo que he desseado ver apartados del señor Don Juan, por su bien y por el servicio de vuestra majestad, algunas personas, y particularmente a Soto48, que como él, y aun quizá otros no pueden entrar a la parte del manejo de lo que se encomendare al señor Don Juan: temo que han de procurar embaraçarlo, aunque el señor Don Juan en tal edad ya y tal conocimiento no se le puede quitar la culpa del todo; en verdad que no mereçe tanta pena mientras se le dexaren tales consejeros y criados. Y en ninguna cosa he tenido tan gran coraçón con quan poco soy, como en presumir que sabría quitar a vuestra majestad de algunas pesadumbres mayores y menores tocantes al señor Don Juan, y que podría, conservándome en el crédito que hasta aquí he tenido suyo, encaminarle y llegarle a todo lo que fuese voluntad de vuestra majestad. Que yo, señor, pasada esta ocasión y necesidad de Flandes (y pluguiera a Dios que pudiera ser con otro medio) no me satisfago si quiere vuestra majestad que le diga lo que siento como se lo dixe una noche, que vaya por aquel camino, sino que se encaminase, que con gran gusto y satisfación suya dexase el hábito que tiene y tomase el de clérigo y órdenes, con que no saliese de lo que conviniese. Y procurándose endereçar todo esto con tiempo, creo que sería mucho del servicio de vuestra majestad y ganar al señor Don Juan para que no pudiese en ningún tiempo errar. Que no es buen marinero el que en el mar alta y grandes negocios no lo salva todo».

Al margen de esta consulta hállase escrita la siguiente respuesta de Felipe II, reposada y serena ciertamente, pero dejando ver junto al aprecio y estima que todavía profesaba a su hermano, los recelos infundados contra los secretarios Soto y Escobedo y contra Don Juan mismo, y la ciega confianza con que se echaba en brazos de Antonio Pérez, el rey, por esta vez no prudente:

«...Y vos tenéis mucha razón en decir lo que convendría quitar estas compañías a mi hermano, y no era lo peor, que lo de Flandes tiene tan buen camino para esto, y si no, sería menester buscar otros para quitarle aquella compañía, porque la venida acá yo no tengo por remedio bastante huir destas compañías: en lo que yo no hallo ninguno sería en lo de Flandes si faltase lo de mi hermano; pero espero que no puede tardar, y que será bueno, y para en cualquier caso es bien necesario el crédito que vos tenéis con él para encaminarle en lo que más convenga para todo, pues sé que sería siempre en lo que más convenga en mi servicio. Y para deciros la verdad, no me puedo persuadir que conviniese hacer clérigo a mi hermano, ni creo que se podría con buena conciencia, visto lo que ha pasado hasta agora por él; y dexando las ruynes compañías, espero yo que si quiere, en el hábito que tiene y aviendo hecho tan buen principio como hizo, podría importar mucho su persona para muchas cosas, y para esto importará mucho vuestro buen consejo: y para lo de Flandes importa tanto, que no sé yo qué remedio tenga aquello, sino el de su persona, y en verdad que aquietándose, como lo espero, que en ninguna parte esté tan bien como allí, ni tan a su plazer».




ArribaAbajo- XI -

Recibió Don Juan de Austria la noticia de su nombramiento en carta del rey escrita el 8 de abril de 1576, justamente cuando, solicitado por las nuevas instancias de Gregorio XIII para la jornada de Inglaterra, acababa de enviar a Roma al secretario Juan de Escobedo. Suspendió, pues, Don Juan su respuesta a esta carta hasta la vuelta del secretario, presumiendo con razón que de las noticias que trajera de Roma Escobedo podría depender la conveniencia de su aceptación o su repulsa. Esta tardanza, sin embargo, unida a los avisos que ya se tenían en Madrid de la ida del secretario a Roma, y de sus tratos allí con varios personajes, dieron ocasión a que Antonio Pérez prosiguiese al oído del rey su dañada obra de indisponerle con su hermano. El 16 de junio escribió intencionadamente a Felipe II: «Con cuidado estoy, cierto, señor, de ver lo que tarda el correo del señor Don Juan, porque ha que llegaron los nuestros cuarenta y dos días, porque yo he visto una carta de Lorenzo Spínola de 8 de mayo, de Nápoles, en que les responde a las que escribió con el correo de tierra y con Santiago; de manera que se les ha ydo más de doce o quince días en responder, que es mucha dilación y ocasión de sospechar que ha entrado el negocio en disputa de aquellas ligas y congregaciones de allá, no para dudar yo en la obediencia del señor Don Juan, sino para recibir el daño de la dirección».

Al margen de esta carta contestó Felipe II: «Cierto que es ya mucha dilación desta respuesta y muy dañosa, porque como la estoy esperando para la resolución de todo, es de mucho inconveniente esta suspensión para lo de Flandes, y era lo principal que yo esperaba enviar con el marqués de Havrey esta resolución; y como no viene la respuesta y conviene despacharle, ando buscando con qué enviarle, y así ha de ir con promesas, que serán de gran inconveniente no cumplirlas con mucha brevedad.

Cuenta Antonio Pérez en sus Relaciones, con el mayor cinismo, que el rey le mandó favorecer fingidamente los planes de Escobedo y de Don Juan de Austria para penetrar en sus secretos, si algunos había y vendérselos. No necesitaba Antonio Pérez para desempeñar papel semejante de ningún mandato del rey; pero existiese o no éste, es lo cierto que por esta fecha ya hacía tan vil oficio, como lo prueba la siguiente carta a Escobedo, en que puede apreciarse toda la falsía y perfidia de aquel hombre que pocos días antes aconsejaba al rey vestir a Don Juan un hábito de clérigo.

«En verdad, señor, que he pensado que para aquello de Inglaterra, que vuestra merced entendió en Roma (la proyectada expedición) no será malo hallarse su alteza cerca y ocupado en tan gran servicio de su majestad; además de que yo deseo ver al señor Don Juan en algún cargo principal, en que él sea sólo el dueño de todo, para que conozca su majestad lo que vale y la buena cuenta que sabrá dar de aquel gobierno, sin embarazo ni competencia de otros ministros; que no ha de ser de poca consideración también verse su alteza libre desto».

Envió el rey a Don Juan de Austria sus poderes e instrucciones a Lombardía, ordenándole que fuese directamente de Milán a Flandes, con la prisa y precaución que el desorden de aquellos Estados requería. No eran éstos, sin embargo, los pensamientos de Don Juan; quería él antes que nada venir a España, y a fuer de escarmentado con personas intermedias, tratar directamente con su hermano Don Felipe de los recursos con que podía contar, y la gente de que podía disponer en su nuevo y difícil gobierno; quería también penetrar las intenciones de Don Felipe sobre la empresa de Inglaterra, de que por segunda vez le había hablado ya el nuncio en aquella fecha, propio que le autorizase así en el gobierno de Flandes, como en lo más mínimo de la voluntad de su hermano; y quería, por último, insistir en su reconocimiento de infante para tener algo propio que le autorizase así en el gobierno de Flandes, como en Inglaterra, si al fin la jornada llegaba a efectuarse. Así lo escribió Antonio Pérez, avisándole su venida; pero éste, que temía aquellas francas y categóricas explicaciones entre los dos hermanos, tanto como el rey mismo, concertó con él detener la venida de Don Juan con esta carta de Don Felipe:

«...Os mandé despachar un correo por tierra, ordenándoos que escusásedes esto y principalmente vuestra venida acá, por el grande inconveniente que trujera consigo... os he querido tornar aquí a encargar que en ninguna manera ni por ninguna causa no tratéis de venir vos, pues cuando convenga vuestra venida, nadie tendrá tanto cuidado della y de llamaros como yo..».

Tan firme era, sin embargo, el propósito de Don Juan, que ni aun titubear siquiera le hizo orden tan perentoria; envió por delante a Escobedo con cartas que anunciaban su llegada, y embarcose en Génova en una galera de Marcelo Doria, con otra sólo de escolta, para llegar a Barcelona a principios de septiembre. Don Felipe le manifestó su desagrado enviándole al encuentro el siguiente billete: «Anoche me dio Escobedo vuestra carta y aviso de vuestra llegada a Barcelona, y no puedo dejaros de decir, que... con desear y holgar mucho veros y teneros presente, me he quitado mucha parte del contentamiento que esto me diera».

Y aun hizo más Don Felipe: hallábase a la sazón en El Escorial, donde había pasado el verano con su familia, y prolongó su estancia allí más tiempo que de ordinario, para no estar en Madrid a la llegada de Don Juan de Austria, encomendando a Antonio Pérez que le recibiese y hospedase en su famosa casa de campo La Casilla. He aquí cómo el mismo Antonio Pérez refiere en una nota del Memorial este notable suceso: «Y en verdad que tengo que añadir aquí, sin esperar a los paralipómenos, que la causa porque fue huésped de Antonio Pérez Don Juan en su casilla de campo por algunos días fue porque el rey no quería concederle el tal tratamiento (de infante) ni quería negárselo, porque la esperanza le llevase de mejor ánimo a acomodar las cosas de Flandes. Costumbre, natural de príncipes, sacar fruto de las esperanzas, como ordinario de los que se mueven por ellas no hallarle por la mayor parte pasado el servicio. Y porque el Don Juan había forzosamente de estar en Madrid a disponer algunas cosas en Palacio, por principio de lo del tratamiento de infante, se resolvió el rey en no entrar en Madrid hasta que partiese Don Juan a Flandes, y que en esa otra forma y a costa de Antonio Pérez se disfrazase el engaño de las esperanzas de Don Juan...».

Salió, pues, Antonio Pérez a recibirle hasta Guadalajara, y ya le esperaban allí el duque del Infantado con sus hermanos don Rodrigo y don Diego, el conde de Orgaz, el duque de Medina de Ríoseco y algunos otros amigos íntimos que le escoltaron toda aquella jornada hasta dejarle en La Casilla de Antonio Pérez. Estaba esta famosa casa de recreo, admiración del Madrid de entonces, en el sitio que ocupa hoy el convento de Santa Isabel, en la calle de este nombre, y lo que apenas puede concebirse al presente es que la rodeasen frondosos jardines, extensas huertas y un soto verde y sombrío que medía más de una legua de circunferencia. Era la casa espaciosa, cuadrada, con cuatro torres en los extremos y grandes ventanas con rejas primorosamente labradas que se abrían en dos simétricas hileras; entrábase por un inmenso patio empedrado, con poyos de mampostería, dos aljibes de piedra berroqueña, y multitud de argollas de hierro que figuraban cabezas de fieras, caballos y perros, empotradas en la pared para atar las caballerías. A la derecha estaban los comedores y salas de juego y entretenimiento; a la izquierda, los aposentos de hospedaje, y ocupaba el frente una gran sarta de salones magníficamente alhajados, como no había en Madrid casa alguna de grande, con pinturas, tapicerías, cristales de Venecia, muebles de maderas preciosas y de maciza plata algunos, y otras mil preciosidades que eran objeto de la admiración y las murmuraciones de toda la corte; preguntábanse unos y otros cómo podía sostener Antonio Pérez aquel lujo que no ostentaban en Madrid los grandes más poderosos, no teniendo fortuna ni heredada ni adquirida, y susurrábase, y aun indicábanse claramente, cohechos, prevaricaciones, enredos y torpes bajezas cuya verdad llegó a probarse, años después, en el célebre proceso formado al secretario.

Pues en aquellas habitaciones del frente fue donde se alojó Don Juan de Austria, en cinco cámaras seguidas; alhajáronlas con lo mejor y lo más rico que pudo encontrarse, y como pérfida adulación del fementido Pérez al futuro rey de Inglaterra, pusiéronse en todas ellas doseles y atributos reales. En la sala primera o de honor había una rica tapicería de oro y plata con el sacrificio de Abraham y un dosel de terciopelo leonado con labor de chapería de oro y plata de martillo. En la otra pieza, preparada para cuando Don Juan quisiera comer retirado, había igual tapicería con la historia de José, dosel y sillas bordadas de matices y un estrado de madera con alfombra muy rica. Seguía la antecámara, con tapicería de oro y plata con pasajes de La Eneida, dosel de oro y plata bordado en relieve de matices y preciosos escritorios embutidos, con sus accesorios de oro y plata, primorosamente labrados. Venía después la cámara de dormir, con tapicería de oro verde adamascada, alfombras de seda, sillas y mesas de plata; la cama era también de plata, con ángeles en los pilares, que sostenían tarjetones con este letrero: -Duerme el señor Don Juan: entre paso-49. Pegando a la alcoba había un primoroso retretillo con tapicería de oro y plata de poca caída, baño con perfumadores, tocador de plata y todos los enseres concernientes al aseo, del mismo metal. Había también por toda la casa pebeteros de plata con perfumes de diversos olores, y hasta en el patio mismo había dos de éstos, al cuidado de otros tantos lacayos que perfumaban las gualdrapas de los caballos que entraban o salían. «Y llegó a tanto su lujo y fausto -dice candorosamente don Luis Zapata de Calatayud-, que tenía con que se limpiasen los zapatos los de a pie que entraban en su casa, que no faltaba sino que a la puerta se los quitasen, como al entrar en las mezquitas hacen los moros».




ArribaAbajo- XII -

Dejó Antonio Pérez libre La Casilla a Don Juan de Austria y a su servidumbre, y retirose él con su mujer y con sus hijos a su otra casa de la villa, magnífica también y suntuosa, que era la del conde Puñonrostro, medianera con la iglesia de San Justo50. Diariamente, sin embargo, acudía a La Casilla a hacer su corte a Don Juan, y le acompañaba y le servía en sus visitas, asuntos y diversiones. No perdía el tiempo Antonio Pérez, y ya por el camino de Guadalajara habíale ponderado a Don Juan el disgusto de Don Felipe, y ofrecídose de marchar en postas a El Escorial y ver de aplacarle con algún pretexto que él urdiría. Hízolo así, en efecto, no bien dejó instalado en La Casilla a su ilustre huésped, y juntos en El Escorial el rey y el secretario, concertaron que Don Juan se presentase allí cuanto antes para no retardar más su ida a Flandes, y que Pérez le vendiera la fineza de haber aplacado el enojo del rey, para más afianzar la incauta confianza de Don Juan, que tan traidoramente se iba captando.

Recibió Don Felipe, en efecto, a su hermano con afabilidad suma, y sin hacer la menor alusión al desagrado que su venida le causara, levantose al verle entrar en su cámara, y, en vez de darle a besar la mano, le abrazó cariñosamente, sucediendo entonces lo que sucedía siempre que los dos hermanos se entendían frente a frente: que los hielos se fundían, los recelos se apagaban y la leal franqueza de Don Juan penetraba y aun dominaba con simpática influencia la fría reserva de Don Felipe. No consta en ninguna parte que Don Juan le hablase aquella vez, como pensaba, de su tratamiento de infante; quizá le disuadió el artero Antonio Pérez, o quizá desistió él mismo, en vista de la decisión terminante de Don Felipe de organizar la jornada de Inglaterra, según el proyecto de Gregorio XIII, en cuanto Flandes estuviese pacificado. Estas promesas de Don Felipe fueron tan claras y terminantes, que no es posible creer, como Antonio Pérez asegura, que fuesen una simple estratagema para estimular a Don Juan con aquellas esperanzas, sin suponer en Felipe II una falsía y una mala fe capaz de arrollarlo todo y pisotearlo todo, que es lo que Antonio Pérez pretende. Porque no era solamente Don Juan el defraudado con esta estratagema; éranlo también el Soberano Pontífice, iniciador y principal apoyo de la jornada de Inglaterra; éranlo los lores ingleses y escoceses y todos los católicos de aquellos reinos, que exponían sus vidas y haciendas, y éralo, sobre todo, aquella desdichada reina de Escocia, que, engañada con aquellas falsas esperanzas, desperdiciaba ocasión y tiempo de emplear otros medios más seguros que la librasen del cautiverio y de la muerte. Por otra parte, no se limitó Felipe II a hacer estas declaraciones y promesas a Don Juan privadamente y de palabra; hízoselas también por escrito en dos cartas que le escribió a Flandes, recién ido a Madrid en noviembre de 1576. He aquí estos dos importantes documentos, que deben leerse con atención suma, porque ellos encierran la norma de la leal conducta de Don Juan en aquel gobierno:

«Por otra que va con ésta veréis lo que se me ofrece sobre el negocio de Inglaterra. En ésta he querido deciros que la voluntad que siempre os he tenido y tengo de hermano es tal y tan grande, que después del servicio que deseo que se haga a Nuestro Señor en reducir aquel reino a la religión católica, estimaré en más de lo que os podré encarescer, que aquello suceda bien por ser ocasión en que os podré mostrar lo mucho que os amo y quiero; y en señal y prenda dello, desde agora os aseguro que, saliéndose con la empresa de dicho reino, holgaré que quedéis con él, casándoos con la reina de Escocia, habiéndose viva, poniéndose en libertad y posesión de su reino, que es cosa que se ha entendido que ella desea, y que será bien debida al que la hubiese sacado de tantos trabajos, quando vuestra persona por la calidad y valor della no lo meresciese también de suyo. Y aunque sucediendo el caso habrá algunas cosas que convengan aceptar y capitular, me ha parescido que no hay que tratar desto tan antes de tiempo, y que bastará por ahora advertiros, como arriba está dicho, haya de ser y sea en la forma y con las condiciones que a mí me parescieren que convernán a mi servicio y al bien de nuestras cosas y Estados».

En la otra carta de la misma fecha, a que se alude en el texto de la anterior, le dice:

«Habiendo considerado la orden y advenimiento que os di, de lo que se habría de hacer para la entera pacificación de lo de Flandes, y lo que sería bien hacer dellos..., he venido después que os partisteis en pensar lo que en tal caso sería bien de hacer de la dicha gente, y si sería buena esta coyuntura para emprender lo de Inglaterra, representándoseme por una parte que es la mejor ocasión que se puede ofrecer, por tomar a la reina de aquel reino desapercibida y para sacar la dicha gente de mis Estados con más reputación, y el servicio grande que se haría a Nuestro Señor en reducir aquel reino todo a la religión católica y otras consideraciones que por esta parte se me han representado; y por otra, las obligaciones en que nos meteríamos de comenzarse, sin mucho fundamento y seguridad del buen suceso dél, las dificultades que puede haber en conseguirse este negocio, y los grandes inconvenientes que podrían suceder de turbarse la christiandad y el mundo todo... he querido advertiros aquí de todo lo que sobre este negocio se me ofrece y de mi voluntad en él... Primeramente habéis de advertir que en ninguna manera se debe emprender este negocio hasta que lo desos Estados esté todo quieto y llano... Demás desto se debe considerar mucho el fundamento que se podrá hacer de la ayuda de los de Inglaterra para emprender este negocio, pues no hay ningún reino tan flaco ni pequeño que se pueda ganar ni deba emprender sin ayuda del mismo reino... demás desto, si la dicha reina se ha recelado de vuestra ida a esos Estados, y hecho algunas prevenciones y comenzado a vivir con mayor recelo de su seguridad y la de aquel reino, porque si esto fuese, no habría que tratar del negocio... Para descuidar a la dicha reina de la sospecha y recelo que le podrá haber causado veros a vos en esos Estados, parece que será a propósito irla regalando y tener con ella buena correspondencia en lo que se ofresciere».

Mostrose Felipe II tan satisfecho de la visita de su hermano a El Escorial, que, en contra de lo dicho a Pérez, acompañole él mismo a Madrid el 22 de septiembre, y mandó a los prelados de las órdenes religiosas hacer rogativas públicas y procesiones por el feliz éxito del viaje y gobierno de Don Juan. Aprovechó éste los días que aún tardó Don Felipe en despacharle para disfrutar de la compañía de sus amigos, y lo hizo cumplidamente en las suntuosas cenas que a diario daba Antonio Pérez en La Casilla, seguidas de grandes partidas de juego, y en las meriendas en Los Chorrillos, sitio delicioso del soto, a que asistían también damas muy principales de la corte. Era entre todas la más festejada la princesa de Éboli, viuda ya de Ruy Gómez, de cuyas intimidades con Antonio Pérez comenzaba a murmurarse. No habían llegado aún estas murmuraciones a los oídos de Don Juan, y trájoselas entonces el marqués de la Fabara, mala persona y hombre chismoso, que había peleado a sus órdenes en las Alpujarras, y andaba ahora tras él para que le llevase a Flandes; díjole grandes cosas de la liviandad de la dama y el atrevimiento del plebeyo engreído, y concluyó consultándole en conciencia, si como pariente de la de Éboli debía él apelar a Antonio Pérez o darle una estocada. Atajole la palabra de Don Juan diciendo que no entendía él de teologías, sino de guerra; pero los dichos de Fabara hiciéronle caer en la cuenta de ciertas extrañas familiaridades que había notado entre el secretario y la princesa en las varias veces que la visitó aquellos días en su casa del callejón de Santa María, acompañado siempre de Pérez. Un sencillo suceso acaecido al día siguiente acabó de convencerle de aquellos impúdicos amores que habían de dar desenlace definitivo al terrible drama que Antonio Pérez iba preparando.

Había en el soto de La Casilla un paraje delicioso que llamaban Los Chorrillos, por varias fuentes que en menudos chorros brotaban; hizo allí Antonio Pérez construir una casita rústica en la apariencia, lujosa y de precio en la realidad, y delante una ancha explanada en que se podían jugar cañas, correr cintas, sortijas y aun toros y demás entretenimientos de la época. Ocurrió, pues, que para despedir a Don Juan dio Antonio Pérez en Los Chorrillos una merienda a las damas, y para divertirlas y más agasajarlas habían los caballeros de correr el Estafermo. Consistía este juego en un figurón de hombre armado que llevaba embrazada una rodela en la mano izquierda y en la derecha unas correas con unos saquillos de arena pendientes; hallábase el figurón colgado en un mástil y sobre un eje que le permitía dar vueltas a la redonda, de manera que viniendo un jinete a la carrera con la lanza en ristre, si pegaba en la rodela del figurón hacíale girar rápidamente y descargar un fuerte golpe con los saquillos al mismo jinete, si no era éste muy diestro; y en evitar este golpe con destreza estaba el lance y habilidad del juego.

Llegaron las damas a La Casilla, unas en carroza, otras en litera, y las menos de ellas a caballo, todas muy bien aderezadas y muy servidas y acompañadas de galanes; hacían cabeza entre ellas la duquesa del Infantado, la mujer de Antonio Pérez, doña Juana de Coello, y la princesa de Éboli. Desde La Casilla hasta Los Chorrillos, que distaban una media legua, fueron las damas en carretas que tenía preparadas Antonio Pérez; hallábanse éstas adornadas con tapices, brocados y mullidos cojines, y encaparazonados los bueyes de grana con los cuernos dorados; los boyeros vestían sayos de pastores, de brocado y pieles finas, monteras de terciopelo, y en las manos largas varas de finas maderas con aguijones de plata. Cabalgaban los señores alrededor de las carretas, yendo y viniendo de unas a otras y deteniéndose en todas para entablar con las damas alegres conversaciones y graciosos discreteos. En mitad de la explanada hallábase erguido el Estafermo, que era un grotesco y corpulento guerrero armado a la flamenca, con todo el garbo y aire caricaturesco del temible caudillo de los rebeldes de Flandes, príncipe de Orange. Y por si alguno no entendía la alusión, hallábase escrito en el broquel del Estafermo con letras muy gordas: Taciturno, que era el sobrenombre que a Orange le daban.

Pues sucedió que, corriendo el Estafermo, Honorato de Silva, gentilhombre muy querido del señor Don Juan, diole tan recia embestida, que, desprendido con la violencia uno de los saquillos, fue a dar por mala fortuna en la cabeza de Antonio Pérez, el cual cayó aturdido y como fuera de sí del golpe. Alborotáronse todos; lleváronle a la casita rústica, y, pasado el primer susto,volvieron todos al juego riendo de aquellas violentas diplomacias del príncipe de Orange. Quedose Antonio Pérez descansando en un camarín apartado, y como le ocurriese a Don Juan de Austria llegarse a verle al cabo de un gran rato, encontró a la puerta una dueña de la de Éboli, llamada doña Bernardina, sentada en una banqueta; turbose la dueña al verle, y quiso impedirle la entrada diciendo que el señor Antonio dormía; mas como en aquel momento se le oyese reír tras de la cortina, precipitose la dueña dentro como para avisar; mas lo hizo con tan mala fortuna, que al levantar la cortina pudo ver perfectamente Don Juan a Antonio Pérez acostado en un diván muy bajo y a la princesa de Éboli arrodillada ante él poniéndole en la cabeza, con gran desenvoltura y risa de ambos, paños medicinales que mojaba en una escudilla de plata puesta en el suelo. Disimuló Don Juan como si nada hubiese visto, y a nadie osó tampoco confiarse, por miedo a descubrir las flaquezas de una dama y los devaneos de un amigo. Mas muchos meses después, discutiendo un día allá en Flandes con Escobedo ciertas pretensiones de la de Éboli, que quería favorecer el secretario, fuele preciso, para convencerle de lo vergonzoso del caso, confiarle las murmuraciones de Fabara y la escena de Los Chorrillos, desatando así el mismo Don Juan, sin saberlo, los vientos que desencadenaron la terrible tempestad de reproches, odios y venganzas en que pereció Escobedo.

Dispuso el rey con grandes precauciones y misterios el viaje de Don Juan, para evitar que se supiera en Flandes su salida y se precaviesen, por tanto, contra su llegada. Salió a fines de octubre, sin despedirse de nadie, y corriendo la voz, antes, de que iba a El Escorial para volver otra vez a la corte, donde le esperaba Escobedo, arreglando con el tesorero Garnica los dineros necesarios para el pago de las tropas allá en Flandes. Despidió Don Juan en El Escorial a su comitiva, y sólo con Octavio Gonzaga y Honorato de Silva tomó en postas el camino del Abrojo, donde le esperaba doña Magdalena de Ulloa. Habíala escrito Don Juan que llevaba preparada para aquella visita «un cerimonial de que holgarse ha mucho vuestra merced por ser tan santa su ánima y por el mucho amor que se tiene con la mía, que cierto no he hallado ni hallaré igual en la vida».

Consistía este ceremonial en las tiernas pruebas de afecto que el delicado corazón de Don Juan le llevaba preparadas, conociendo la alteza y religiosidad de sentimientos de la noble señora. El mismo día de su llegada confesó detenidamente con el viejo fray Juan de Calahorra, y al día siguiente, en el oratorio privado del prior, muy pequeñito y devoto, comulgó al lado de doña Magdalena y de la misma hostia que ella, como había hecho veinte años antes en Villagarcía, la primera vez que se acercó a la santa mesa conducido de la mano por la misma Ulloa. Lágrimas sin cuento de sereno júbilo corrían por las arrugadas mejillas de la anciana señora, comprendiendo que con esto quería Don Juan probarle que era el mismo en su fe y el mismo en su amor de hijo; y lágrimas de pena y de vergüenza corrían también por las mejillas del vencedor de Lepanto al considerar que si bien era el mismo en la fe y el mismo en su amor de hijo, no se arrodillaba entonces al lado de aquella santa mujer, vistiendo como antes la blanca estola de la inocencia, sino el áspero y oscuro sayal de la penitencia.

Diole entonces varios breves y bulas alcanzados por él del Romano Pontífice, concediendo gracias y privilegios a la iglesia y casa de jesuitas fundada por doña Magdalena en Villagarcía, y los dibujos del magnífico retablo de alabastro representando la Pasión de Nuestro Señor, que había mandado él hacer para dicha iglesia, en que yacía ya enterrado su tío y padre Luis Quijada, y tenía abierta y preparada su sepultura la misma doña Magdalena. Llegó por fin la hora de marchar, harto pronto para todos; había de hacer el resto del viaje Don Juan disfrazado de criado de Octavio Gonzaga, y púsose para ello un sayo de paño basto castaño, gorra de lo mismo y botas altas de cordobán negro; quiso también cortarse el bigote; pero alzó el grito doña Magdalena contra aquella profanación de la varonil belleza de Don Juan y sacrificio cruel de aquellos rubios pelitos que en otro tiempo vio ella nacer y crecer lentamente. Ofreciose ella misma teñirle de negro la barba y el cabello con unas tintas que él traía, y lo hizo, en efecto, con gran esmero, teniendo la cabeza Don Juan en su regazo como cuando era niño, con grandes risas de él y no poco festejo y ternura de ella. Contempló doña Magdalena su obra una vez terminada, y al encontrarle tan gallardo de criado pelinegro como fuera de príncipe pelirrubio, sonriose complacida, y díjole entre satisfecha y temerosa:

-Lerdo tiene que ser el que vuestra alteza engañe. Dirán todos: debajo de este sayal hay al...

Subió doña Magdalena a un torreón de la muralla que rodeaba al Abrojo, para despedirle, con fray Juan de Calahorra, el prior y otros clérigos, y al verle, anegada en lágrimas, volver la cabeza y sonreír en el último recodo del camino, su ciego corazón no adivinó que desaparecía para siempre, que no le volvería a ver nunca, que antes de dos años estarían hechas polvo tanta juventud, tanta gallardía, tanta grandeza y que aquel amor tan puro y tan profundo sería en su ancianidad sólo un recuerdo...




ArribaAbajo- XIII -

Quiso Don Juan de Austria compensar su tardanza en emprender el viaje con su prisa en ejecutarlo, y con tal rapidez lo hizo y tantos trabajos, que con razón pudo escribir con su habitual buen humor a sus grandes amigos el conde de Orgaz y don Rodrigo de Mendoza: «Octavio viene muy deshecho de nalgas, y lo mismo le acaescerá a su señoría..., si hubiera dormido tan poco, corrido tanto y pasado por lo que nosotros, que íbamos llamando muchas veces: ¡Ah, don Rodrigo! ¡Ah, conde de Orgaz!»

El 20 de octubre escribió al rey desde Ventosa; el 24 hízolo desde Irún, anunciando que pasaba la frontera sólo con Octavio Gonzaga, por quedar Honorato de Silva enfermo en Fuenterrabía; el 31 de octubre, a las seis de la mañana, le escribió desde París, lamentándose de los ruines caminos y malas postas y de haber caminado dos días con un mercader francés, que tomó tan por lo serio su disfraz de criado, que le cargó tres postas con su maleta; el 3 de noviembre, por la noche, llegó, finalmente, a Luxemburgo, desde donde escribió lo primero al Consejo de Bruselas, que tenía el gobierno interino en representación del Senado, a los cabos de la gente de guerra española notificándoles su llegada y el cargo del rey que traía, y a Don Felipe escribiole también dándole cuenta de la terrible perturbación de aquellas provincias, de la soledad absoluta en que se veía de servidores, amigos y partidarios, y de las dificultades que se ofrecían para que le entregasen el mando y le reconociesen como gobernador de aquellos Estados.

La llegada de Don Juan de Austria no pudo ser, en efecto, en circunstancias más difíciles y peligrosas; el mismo día que pisó tierra de Flandes, 3 de noviembre, fue la toma de Amberes y su horrible saqueo por los tercios españoles y alemanes, que, amotinados y furiosos, se cobraron entonces de mala y cruel manera las pagas atrasadas que maliciosamente les retenía el Consejo de Bruselas. Aterrado éste, autorizó a todos los ciudadanos para armarse y decretó por sí y ante sí la expulsión de las tropas extranjeras de los Estados. En tan mala coyuntura llegaron las cartas de Don Juan de Austria al Consejo de Bruselas y a los tercios amotinados y vencedores en Amberes.Obedecieron éstos al punto, deponiendo las armas como les mandaba aquel general tan amado y respetado, y hubo gran regocijo entre ellos al saber que le tenían por gobernador y capitán general. Pero los del Consejo, divididos entre sí, negábanse unos a entregar el mando a Don Juan; temían otro tamaño desafuero contra la autoridad del rey, y sólo se concertaban en pedir consejo al príncipe de Orange, Guillermo el Taciturno, oráculo astuto incitador de todos aquellos rebeldes más o menos encubiertos.

La respuesta de Orange fue categórica: no se podía vender la libertad comprada a costa de tanta sangre entregando el mando al austríaco; y caso de que faltase corazón a los del Consejo para retenerlo, había antes de exigirse a Don Juan con imperio y arrogancia que confirmase con juramento la pacificación de Gante, uno de cuyos artículos era la expulsión de las tropas extranjeras del territorio flamenco. Esta pacificación de Gante era en sí misma un acto de rebeldía e independencia; pues reducíase a un convenio de paz celebrado en aquella ciudad entre el príncipe de Orange y el Consejo de Bruselas en nombre del rey, y como gobernador interino, pero sin conocimiento ni autorización de Felipe II.

Aceptó el Consejo esta segunda parte de la respuesta de Orange, no teniendo, en efecto, corazón para oponerse a Don Juan abiertamente, y enviola a éste con el senador Iskio; pero, redactada en términos tan descomedidos y altaneros, que, perplejo el embajador, no sabía qué temer más: si desafiar la cólera del Senado rehusando llevarla, o provocar la de Don Juan siendo portador de ella. Y como se aconsejase con un su amigo, que tenía a la sazón huésped en su casa, éste le dijo:

-Toma, Iskio, mi consejo, y para este nudo gordiano usa de la espada de Alejandro: cuando estuvieres a solas con el austríaco, saca el acero con gentileza y enváinalo en el cuerpo de este hombre fraudulento y pernicioso para Flandes, y quedarás libre de que el muerto se dé por ofendido, y cierto de la gracia del Senado.

Horrorizose Iskio, comprendiendo que éste era el deseo general en Flandes, y resolviose a llevar la embajada a Don Juan, suavizando sus términos por su propia cuenta, con la mayor moderación posible. Mas fue tal la mesura y dignidad con que rehusó Don Juan contestarle, y tan benévola la acogida que hizo personalmente a Iskio, comprendiendo sus buenos intentos, que entusiasmó a éste, y, subyugado por completo, hizo de su vuelta en Bruselas un caluroso elogio de Don Juan delante del Senado, lo cual le valió injurias y malos tratos de muchos, y que, excitado peligrosamente su ánimo por tantos afectos encontrados, perdiese la razón de allí a pocos días.

Hicieron, sin embargo, impresión en el Consejo las razones de Iskio, y decidió enviar a Don Juan una segunda embajada con Juan Funk, esta vez muy cortés y respetuosa, pidiéndole que se dignase ratificar la paz de Gante. Contestó Don Juan con igual mesura y dignidad que necesitaba tiempo para pensarlo y estudiar detenidamente los dieciocho artículos de dicho convenio; recelaba que contuviesen algo contra la religión católica, y quería someterlos antes al dictamen de teólogos. Hallábase Don Juan, por otra parte, muy perplejo en lo de expulsar del territorio flamenco a los tercios españoles, y sujetó este punto a la opinión de los dos únicos consejeros de confianza que allí tenía, Octavio Gonzaga y Juan de Escobedo51.

Gonzaga respondió prontamente sin titubear, como hombre repleto de una idea que aprovecha la ocasión de lanzarla fuera, que no creía decoroso ni prudente despedir a los tercios españoles; no era decoroso, porque un gobernador representante del rey de España no debía someterse a otras condiciones que a las impuestas por el mismo rey; no era prudente, porque, una vez fuera de Flandes los tercios españoles, quedaban la autoridad real y la persona de Don Juan, que la representaba, desamparadas, solas y sin apoyo en aquel país de rebeldes descarados, enemigos encubiertos, y tibios amigos, que podrían impunemente, el día que quisiesen, burlarse de la una y dar al traste con la otra. Escobedo opinaba, por el contrario, que los tercios españoles debían salir cuanto antes de Flandes; porque la voluntad del rey era la paz a todo trance, cediendo en todo lo que no fuera contra la autoridad real, y la expulsión de los españoles no era ni contra una ni contra otra, y era necesaria para conseguirla en el actual estado de cosas. Parecíale, además, que la doble confianza con que Don Juan se ponía así en las manos de los flamencos, obligaría más a éstos a obrar lealmente tan desprovistos de tropas alemanas que no pudieran resistir, ni tan lejos los españoles que no pudiesen llamarse y llegar a tiempo. Urgía también Escobedo a Don Juan y apretábale en secreto con este otro argumento: si la expulsión de los tercios aseguraba la paz en Flandes, como era la opinión del Consejo, podía emprenderse de seguida la jornada de Inglaterra y utilizar en ella estos mismos temidos y famosos tercios, como el mismo Felipe II indicaba en su carta de El Pardo, que en aquellos días acababa de recibir Don Juan.

Harto tenía éste pesadas y medidas estas razones, y porque veía claramente que la dignidad y el nombre de España estaba en la opinión de Gonzaga, y el interés de la jornada de Inglaterra, sueño dorado suyo, en la de Escobedo, no osó resolver por sí solo, temeroso de dejarse llevar del propio gusto y conveniencia, y remitió lealmente la consulta a Felipe II para que él decidiese. Al mismo tiempo enviábale también los dictámenes de cuatro obispos, doce abades, catorce teólogos eminentes en oficios y dignidades, nueve doctores y catedráticos y cinco juristas de Lovaina, opinando todos que en nada perjudicaba ni a la religión ni a la autoridad real de los dieciocho artículos de la paz de Gante.

Mientras tanto, llegaban al Luxemburgo a dar la bienvenida a Don Juan comisiones de aquella parte del clero y la nobleza que se decía públicamente leal a España y afecta a Felipe II, y todos le urgían también a que despidiese las tropas españolas cuanto antes, añadiendo razones y propósitos, advertencias y consejos atrevidos y hasta descorteses, que probaban bien a las claras hasta qué punto era antipático y aun odioso en Flandes el nombre español. Vino en una de esas comisiones el obispo de Arrás con el barón de Liquerque y el marqués de Havré, que era hermano del duque de Arschot, y había estado en España varias veces y recibido mercedes y pruebas de confianza de Felipe II; pues como viese este marqués que sus compañeros se entretenían o fingían entretenerse en un extremo del aposento, cogió aparte a Don Juan en el otro extremo, y propúsole sin rodeos, ni temor de Dios, ni respeto a su persona, que se alzase con todo y se enseñorease de los Estados, que ellos le ayudarían. La oleada de ira y de vergüenza que subió al rostro de Don Juan cortole la palabra, y llevose maquinalmente la mano a la daga; por lo cual, dicen Van der Hammen y Porreño, al referir este hecho de Don Juan, «que no pudiendo sufrir este golpe, que tocaba a lo vivo de su fidelidad, sacó su daga y le hirió con notable indignación».

Don Juan fue más heroico que todo esto; pues por prudencia y por lealtad y servicio del rey, calló y devoró la afrenta, y así lo refiere Escobedo al rey en carta del 21 de enero de 1577: «... y para dar aviso a vuestra majestad para que vea los buenos y leales vasallos que tiene por acá, y lo que le aman, sepa que el marqués de Avré, de su parte y de otros, tentó al señor Don Juan, ofreciéndole para sí todo esto y que no perdiera la ocasión, y aunque procuró desviar la plática, haciendo que no entendía, fue tan atrevido y desvergonzado, que lo reiteró. Respondiole que Dios guardase a vuestra majestad, que muy buen rey tenían y que no les convenía mudarle; y juróme que estaba movido de darle un gran bofetón, y que lo hiciera, si no fuera por no dañar el negocio principal».

Don Juan habla del caso muy embozadamente en una de sus cartas a don Rodrigo de Mendoza: «Ha venido últimamente por comisario y embajador de los Estados, juntamente con otros, el marqués de Havré, tan sin vergüenza ni respeto, que para nada la tuvo, pues claramente habla de todo, pasando del pie a la mano, sin respeto alguno, como digo».

Llegó por fin la respuesta de Felipe II ordenando a Don Juan que firmase sin demora la pacificación de Gante y mandase a los tercios españoles salir cuanto antes de Flandes... Don Juan sintió un movimiento de humillación dolorosa y otro de desaliento profundo; porque para despedir a los tercios era menester empezar por pagarles lo que se les debía, y Don Felipe no hablaba tampoco de esto ni tampoco mandaba dinero alguno.




ArribaAbajo- XIV -

En medio de estas luchas y ansiedades, que habían hecho experimentar a Don Juan lo que nunca hasta entonces sufriera, humillaciones y desprecios, tuvo una satisfacción que debió ser inmensa, pero que muchas y variadas circunstancias amargaronla de conocer a su madre y abrazarla por primera y última vez en la vida. No bien llegó Don Juan a Luxemburgo, escribió a esta señora a Gante, donde a la sazón se hallaba, invitándola a venir a verle, puesto que él no podía visitarla por entonces, según debiera; y como la fría insustancialidad de Bárbara Blombergh no contestase a esta carta ni tampoco viniera, enviole Don Juan un segundo mensaje, acompañado esta vez de todo el aparejo necesario para que con comodidad y decoro hiciera el viaje. Llegó Bárbara Blombergh, y conociéronse la madre y el hijo; no sabemos el efecto que causaría en ella la presencia de este hijo tan brillante y tan glorioso que hasta entonces sólo indiferencia le inspirara; en cuanto a él, fuera aparte del respeto y el amor natural debido al nombre de madre, hízole la suya desagradable efecto, quizá por haberse forjado el ideal de la madre y la viuda sobre los moldes a la vez austeros y elegantes de la señoril doña Magdalena de Ulloa.

Contaba entonces Bárbara Blombergh más de cincuenta años, y conservaba los restos de una gran hermosura, que ella pretendía realzar aún con afeites y galas impropias de su edad y de su estado; carecía, sin embargo, de aquella distinción y majestad nativas que caracterizaban entonces, más que ahora, a las señoras de noble alcurnia; porque la educación que afina y pulimenta y nivela en cierto modo las clases era en aquella época exclusiva de las damas de alto rango. No pertenecía, ciertamente, la Blombergh a esta privilegiada clase, aunque para realzar la prosapia materna de Don Juan, varios historiadores lo aseguran; era, sencillamente, una burguesa de Ratisbona, hija de un ciudadano de mediana hacienda. A los tres años de nacido don Juan, casose con Jerónimo Kegel, que no era tampoco un noble caballero, sino un pobre hère, como le llamaba Gachard, que por un modesto empleo en la corte de la reina Doña María, regente entonces de Flandes, comprometiose a darla su nombre y encubrir su deshonra.

Quedó viuda madame Blombergh, que desde entonces así empezó a llamarse, por junio de 1569, y entonces empezó a revelarse libremente su carácter frío, insustancial, terco, manirroto sin generosidad, y, como decía el duque de Alba, tan alegre de cascos como dura de mollera. Pero lo que sorprende verdaderamente en esta señora es la indiferencia que mostró siempre por su hijo Don Juan, que por la alteza y brillo de su nombre parecía llamado a ser su gloria y orgullo, y por lo amante, respetuoso y solícito de ella, su encanto y su dicha. Existe en el archivo de Alba una carta de Don Juan a su madre, única que se conoce, que comienza de esta manera: «Señora, muchos días a que no e tenido nueva alguna de vuestra merced, cosa, que me da mucho cuydado, aviéndola yo escrito y suplicado, y últimamente de Mesina, que siempre se acordase de avisarme de su salud y de todo lo demás que fuese su gusto, pues demás de la obligación que tengo, como hijo que soy de vuestra merced, de procurársele, tengo también mucho deseo de dársele, por estar cierto que, como a buena madre y señora que me es, se le debo, etc., etc.»52. Compárese esta carta con esta otra del mismo Don Juan a doña Magdalena de Ulloa, y veráse claramente que si Bárbara Blombergh era de hecho la madre de Don Juan, la que correspondía amorosamente a su cariño de hijo era la ilustre viuda de Luis Quijada: «Señora. Beso las manos de vuestra merced por el cuidado que me tiene de responder siempre a mis cartas, pues lo principal porque lo deseo, es por saber a la continua de la salud y estado de vuestra merced».

Una vez muerto Kegel, pidió Don Juan a Felipe II que acudiese en socorro de su madre, y éste mandó al duque de Alba, gobernador a la sazón de los Países Bajos, que hiciese visitar a madame Blombergh y le insinuase que teniendo en España un hijo tal como el suyo, debía de fijar allí su residencia. Contestó madame Blombergh que tendría, sin duda, mucho gusto en ver a su hijo, pero que no le hablase de ir a España, porque ella sabía muy bien el modo como encerraban allí a las mujeres, y que ni hecha pedazos consentiría nunca en ir a semejante país. Señalole entonces Felipe II una renta anual de 4.944 florines, con la cual se instaló ella con un lujo y ostentación que no era posible sostener con estos medios: tenía a su servicio una dueña y seis doncellas, un mayordomo, dos pajes, un capellán, un despensero, cuatro criados y un coche con todos sus accesorios de palafreneros y caballerías. Entonces comenzó también aquella vida alegre y poco decorosa de festines y banquetes que dio lugar a los avisos y quejas del duque de Alba, y a las amonestaciones primero y medidas violentas después de Felipe II, que no pudieron, sin embargo, efectuarse, por los disturbios políticos, hasta la llegada de Don Juan a Flandes. Hízose con esto más necesaria que nunca la salida de Bárbara Blombergh de aquellos países para que no comprometiese la autoridad de Don Juan en aquellos difíciles momentos con sus ligerezas y frecuentes imprudencias; y como ni con ruegos ni con prudentes razones pudiera recabar Don Juan de la invencible terquedad de su madre que fuese a España, resolviose a enviarla usando de una estratagema que de mucho tiempo antes tenía pactada con su hermano Felipe II.

Díjola que su hermana Doña Margarita de Austria tenía gran deseo de conocerla, y que la invitaba a pasar con ella algunos meses en su palacio de Aquila, en los Abruzzos. Halagó extraordinariamente a madame Blombergh este convite de toda una duquesa de Parma, y aceptólo en seguida con la sola condición de fijar luego su residencia donde mejor le pareciera. Vino en ello Don Juan, y partiose Bárbara Blombergh para Italia con toda su servidumbre a mediados de marzo de 1577. Envió Don Juan con ella como mayordomo extraordinario a un hombre de toda su confianza, llamado Pedro Sánchez, muy práctico en viajes, y que llevaba instrucciones secretas. Al llegar a Génova encontraron una galera muy lujosa y bien dispuesta, que dijo Pedro Sánchez era la aparejada para llevarles a Nápoles y seguir de allí por tierra a los Abruzzos; embarcáronse sin desconfianza alguna, y después de algunos días de navegación penosísima, dieron vista a las pardas montañas de Vizcaya, tan distintas de las azuladas costas de Nápoles, donde pensaban arribar. La galera había hecho rumbo a España, y se hallaban en Laredo.

Mientras tanto, avisada doña Magdalena de Ulloa por Don Juan, esperaba en aquel puerto a Bárbara Blombergh; y sus hermanos, los marqueses de la Mota, esperábanla también en San Cebrián de Mazote, de donde eran señores, dispuestos a secundar en aquel difícil recibimiento a la ilustre viuda de Luis Quijada. Necesitábase, enefecto, todo el tacto, toda la paciencia y todo el amor que profesaba doña Magdalena a Don Juan de Austria para amansar aquella fiera embravecida que desembarcó en Laredo el día 3 de mayo bajo la figura de Bárbara Blombergh. Condújola doña Magdalena en seguida al castillo de San Cebrián de Mazote, donde el marqués de la Mota y su mujer la recibieron con mucho cariño y la agasajaron espléndidamente; y tales trazas se dio la buena y discreta doña Magdalena, que en los tres meses y medio que tuvo a madame Blombergh a su lado trocó la enfurecida fiera en manso cordero, y cuando llegó la hora de separarse pidió ella misma retirarse al convento de dominicas de Santa María la Real, situado en el mismo pueblo de San Cebrián, donde doña Magdalena le mandó preparar un cómodo departamento aislado en que podía entrar y salir libremente.

Desde el 3 de mayo de 1577, en que desembarcó Bárbara Blombergh en Laredo, hasta fines de 1579, en que, muerto ya Don Juan, le señaló Felipe II una renta de tres mil ducados, corrieron todos sus gastos por cuenta de doña Magdalena de Ulloa. Consta esto, sin ningún género de duda, por las cuentas presentadas por esta señora en la testamentaría de Don Juan de Austria, cuyo original, firmado de su mano, existe en el archivo de Alba, con este título: «Lo que yo, doña Magdalena de Ulloa he pagado por virtud de dos cartas del serenísimo señor Don Juan de Austria, que sea en gloria, la una fecha en Lovaina a 23 de abril de 1577, la otra en Bruselas a quatro de julio de dicho año, para el gasto de madama de Blombergh su madre, así en adereçar su aposento como en el gasto ordinario y extraordinario de su persona y criados y gajes y bestidos y otras cosas algunas de menaje, forzosas y necesarias todas para su servicio, lo cual se entregó todo a sus criados y lo que para este efecto he dado es lo siguiente». Sigue la cuenta detallada del dinero entregado a madama Blombergh o a sus mayordomos, dispuesto en treinta y seis partidas; viene después lo reembolsado por la misma doña Magdalena en tres partidas por mano de Melchor de Camargo, Juan de Escobedo y Antonio Pérez, y concluye este curioso documento haciendo el siguiente balance y protesta: «Por manera que lo que yo he pagado por orden de su alteza conforme a las dichas cartas en lo tocante a labrar la casa y los demás adherentes della y al sustento de la casa y criados de la dicha madama su madre, monta un quento y trescientos y cuarenta mil y ciento y nobenta y dos maravedises, los quales todos ansí como dije en las partidas, los he entregado y dado a madama y sus criados, en Dios y en mi conciencia; y lo que he rescibido a quenta dello monta nobescientos y diez y siete mil seiscientos y ochenta y ocho maravedises; por manera que alcanza a los bienes de dicho señor Don Juan por cuatrocientos y veinte y dos mil y quinientos y quatro maravedises; y certifico que la cuenta y las partidas della, ansí del recibo como de la data, en mi conciencia que son ciertas y verdaderas, y que se me debe el dicho alcance y que no he rescibido ni se me a dado otra alguna a quenta dél, y por ser esto ansí verdad di esta firmada de mi mano y de mi nombre ques fecha de Valladolid a catorce días del mes julio de mil y quinientos y ochenta y dos años. Doña Magdalena de Ulloa».

Queda, pues, probado que Don Juan de Austria asistió y proveyó a su madre de todo lo necesario hasta última hora, ayudado por doña Magdalena de Ulloa; y ya en el trance de la muerte encomendóla a su hermano Don Felipe por medio de su confesor, el Padre de Orantes, por lo cual Felipe II le señaló 3.000 ducados de renta mientras viviera. Madame Blombergh, sin embargo, prosentó un memorial al rey, no bien hubo muerto Don Juan, reclamando la herencia de éste como legítima y única heredera; desechose sin titubear esta demanda porque Don Juan no tenía bienes algunos propios, y superaban con mucho las deudas que dejaba al valor de las alhajas y muebles que poseía.

Vivió varios años Bárbara Blombergh pacíficamente en el convento de Santa María la Real; pero como la constancia y la quietud no eran sus mayores ni sus menores virtudes, aburriose al cabo de tanto reposo, y pidió a Felipe II que la trasladase a otra residencia. Puso entonces éste a su disposición la casa del infortunado Escobedo, situada en Colindres, y allí se retiró y allí murió el mismo año que Felipe II (1598), dejando dispuesto que se enterrase su cadáver en el convento de franciscanos de la villa de Escalante.

Tuvo Bárbara de Blombergh de su matrimonio con Jerónimo Kegel dos hijos: ahogose el menor en una cisterna de su propia casa, a los ocho días de muerto su padre. El mayor, que se llamaba Conrado, tomó el apellido de Pyramus, que solía usar su padre unido al de Kegel; comenzó el estudio de los sagrados cánones, costeados largamente por Don Juan, y abandonolos a la muerte de éste, arrastrado por su afición a las armas. Protegido por Alejandro Farnesio, entró en el ejército, y llegó a coronel; casose con la baronesa de Saint-Martin, y murió antes que su madre, Bárbara Blombergh; en vida todavía de ésta vino a España la viuda de Conrado Pyramus, y aquí murió, no sabemos dónde ni en qué fecha.