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ArribaAbajo- XV -

Con el corazón henchido de vergüenza y desaliento firmó al fin Don Juan de Austria la paz de Gante con el nombre de Edicto perpetuo el 14 de febrero de 1577. Avergonzábale porque humillante era para España y para su rey y también para él, que le representaba, ceder a las exigencias insolentes y groseras de aquella turba de rebeldes y herejes disimulados; y le desalentaba, porque al firmar aquel papel destruía de una sola plumada, con muy dudoso provecho, la brillante esperanza de la jornada de Inglaterra, su dorado y caballeresco ensueño.

Era, en efecto, en aquellos momentos la clave de toda aquella empresa la salida de los tercios españoles de Flandes, porque con el pretexto de embarcarlos para España, podía Don Juan irlos acercando a las costas de Holanda, y lanzarlos desde allí sobre Inglaterra, donde todo estaba preparado para recibirlos y ayudarlos. Mas temeroso el príncipe de Orange de que aquellos temidos tercios se acercasen a las dos provincias que él tenía como usurpadas, Holanda y Zelanda, opúsose enérgicamente al embarque, y logró que los Estados indicasen a Don Juan con su descomedimiento ordinario, que los tercios no saldrían embarcados por aquella parte del Norte, sino que marcharían por tierra con dirección a Italia. Entablose entonces un violento altercado entre el Consejo de Bruselas y Don Juan de Austria, que estuvo a pique de romper todas las negociaciones hasta entonces hechas, porque Don Juan agotó toda su paciencia y sufrimiento, y el Consejo toda la insolencia con que se proponía cansarle y exasperarle. Mas asustado Felipe II, y temeroso de que se rompiese la paz, que era todo su anhelo, cortó la contienda mandando a Don Juan de Austria que saliesen los tercios por tierra, como los Estados deseaban. Bajó Don Juan entonces la cabeza, y firmó el Edicto perpetuo, sacrificando así con su obediencia la esperanza de un reino, que era a la sazón más que nunca fundada. Porque justamente en aquellos mismos días había llegado a Luxemburgo monseñor Filippo Sega, obispo de Ripa-Tranzone, que enviaba Gregorio XIII a Flandes con el carácter de nuncio cerca de Don Juan de Austria; traía la misión aparente de aconsejar y guiar a éste para que en sus tratos con los herejes no resultase perjuicio alguno para la Iglesia católica; pero venía, en realidad, para entregar a Don Juan las bulas de Gregorio XIII concediéndole la investidura del reino de Inglaterra; para darle 50.000 escudos de oro que el Papa destinaba para ayuda de aquella empresa, y ofrecerle 5.000 infantes bien armados que la Santa Sede aprontaba para lo mismo, y que sólo esperaban un aviso de Don Juan para embarcarse para Inglaterra. Este socorro inesperado del Pontífice, unido a los avisos de los lores ingleses y escoceses de estar ya todo preparado allí y dispuesto, prestaban al resultado de la empresa una seguridad que hacía aún más doloroso y desesperante el tener que renunciar a ella.

No obstante esto, Don Juan sacrificó sus esperanzas, prestas ya a realizarse, humilló su amor propio, tan cruelmente herido, y sofocó sus legítimas aspiraciones por obedecer lealmente al rey, su hermano, y sin pérdida de tiempo dio orden a los tercios españoles de reunirse en Maastricht para salir de Flandes con dirección a Italia. Y sucedió entonces lo que desde un principio tenía Don Juan previsto: que los tercios obedecieron porque era Don Juan quien lo mandaba; pero obedecieron murmurando del rey, quejándose amargamente de cómo les trataba, prometiendo que muy pronto tornaría a llamarlos, y reclamando antes de salir, con harta razón y justicia, sus pagas atrasadas.

Viose entonces Don Juan en un nuevo conflicto: los Estados, que eran los que debían pagar a los tercios, negáronse a dar más de la tercera parte de lo que se les adeudaba, y por un contrasentido que ponía de manifiesto su mala fe, negábanse al mismo tiempo a reconocer por gobernador a Don Juan y entregarle el mando mientras los tercios no salieran de Flandes. Por otra parte, no venía de España dinero alguno a pesar de las repetidas reclamaciones de Don Juan y las violentas cartas de Escobedo;ni había podido éste, mendigando por todas las casas de contratación y Bancos del país, encontrar quien les prestase la suma necesaria, porque el crédito del rey de España como fiel pagador estaba en Flandes por los suelos.

En tan apurado trance, llegose Don Juan a monseñor Sega, y descubriéndole su apurada situación, pidiole prestados, para pagar a los tercios, los 50.000 escudos de oro destinados por Gregorio XIII a la malograda jornada de Inglaterra, empeñando su palabra y juramento en nombre del rey, su hermano, de que pronto y seguramente le serían devueltos53. Pudo Escobedo agenciarse, por su parte, empeñando también su propio crédito y juramento, la suma que aún restaba, y pagose así aquella peligrosa deuda, a costa de las esperanzas de Don Juan y de la abnegación del secretario. De esta manera salieron al fin de Flandes los famosos tercios por el camino de Italia, capitaneados por el conde de Mansfeld, con gran regocijo de los flamencos rebeldes, que veían ya el campo libre para las futuras traiciones que maquinaban.

Cesaron con esto los pretextos para no recibir a Don Juan y entregarle el mando, y proclamáronle gobernador en Lovaina, con gran asistencia de caballeros, verdadero regocijo de algunos y falsía y fingido entusiasmo de todos los restantes. Dirigiose de allí a Bruselas, a pesar de los avisos que del leal conde de Barlaimont tuvo de que allí se conspiraba contra su libertad y su vida. Llegó el 4 de mayo a la vista de la ciudad, y una hora antes de su entrada estalló dentro un motín ruidoso, promovido por los secuaces del príncipe de Orange; un hombre ruin, llamado Cornelio Straten, cabeza de facinerosos y conocido agente de aquél, comenzó a arengar a la muchedumbre diciendo que no permitiesen la entrada en Bruselas del austríaco traidor que, con falsedad y engaño, les traía la muerte; y con esto arrastró hacia las puertas de la ciudad un gran pelotón de gente perdida, que, arrollando a los guardias, echaron los rastrillos. Acudieron presurosos los magistrados, y prendiendo a Straten, sosegaron el tumulto y quedaron libres las puertas. Minutos después llegaba Don Juan de Austria tranquilo y sereno, mostrando su valor y grandeza de alma, porque para hacer alarde de su confianza en el pueblo había despedido su guardia de alabarderos. He aquí cómo refiere Famiano Strada la entrada de Don Juan en Bruselas y sus primeros actos de gobierno: «Mas el austríaco, a tiempo que salían de Flandes los españoles con extraordinaria pompa, en medio del legado del Pontífice y el obispo de Lieja, con una cumplidísima comisión de todos los Estados, entró en Bruselas, siendo él quien hacía lucir más la pompa con su galante aspecto, en edad, que no llenaba treinta y dos años; cargado de fama y de triunfos por mar y tierra y con tantos adornos representando a su padre, el César Carlos, nombre grato y popular para los flamencos. Habiendo jurado solemnemente en la entrada de su gobierno, comenzó a llenar todos estos títulos, con una clemencia increíble, con afabilidad rara, con todo género de agasajos y con una inaudita liberalidad, empleada aun en los que menos obligado le tenían, en tanto grado, que los ciudadanos, atraídos de la suavidad de su porte, borradas las primeras ideas de su imaginación, y desmentido cuanto les habían dicho en contrario, deshaciéndose en sus elogios, principalmente por verse por él libres algún día de la milicia forastera, se daban los parabienes de que con el austríaco hubiese vuelto a Flandes la felicidad antigua»54.

Felipe II escribió a Don Juan de Austria muy satisfecho de su conducta, dándole las gracias por sus trabajos y dejándole entender con claridad que no había motivo para desistir definitivamente de la jornada de Inglaterra. «A catorce del pasado -le dice- os avisé de la llegada de Concha y del recibo de todos los despachos que trujo y de lo mucho que había holgado de entender el buen estado y término en que quedaban los negocios con el concierto que habíades tomado con los Estados y la satisfacción que me había dado todo lo que vos en ellos habéis trabajado, y esto ha sido de manera que no me contento con lo que os escribí entonces, sino con daros de nuevo las gracias por ello, y certificaros que me queda tanta satisfacción, que, aunque el amor que os tengo no se puede añadir más, el deseo de mostraros que estimo en mucho vuestros trabajos y el fruto y buen suceso que se sigue dellos en todos los negocios que os encomiendo de mi servicio será cada día mayor y me crecerá el cuidado de todo lo que a vos os tocare, estando siempre muy cierto que cada día vos también me iréis poniendo en nuevas obligaciones, con durar en el mismo cuidado y trabajo que hasta aquí, para que las cosas de esos Estados se acaben de asentar y poner en el que conviene al servicio de Dios y mío; que aunque lo que hasta aquí se ha hecho es mucho, es sin comparación mucho más lo que se ha de conseguir por vuestro medio adelante... Y pues yo conozco esto, podréis creer que holgaré mucho de mostraros la voluntad que os tengo en todo lo que se ofresciere, y que las cosas se encaminen de manera que se pueda efectuar la de Inglaterra..».

Y a renglón seguido, y como medio de llegar a esta conquista tan ansiada de Don Juan, le insinúa su opinión favorable al nuevo y extraño proyecto, inventado no sabemos por quién, de sustituir el matrimonio de Don Juan con María Estuardo, que había de costar sangre y dinero, con el matrimonio del mismo con Isabel de Inglaterra, a que ella parecía muy inclinada. «En lo del casamiento con la reina de Inglaterra, lo que yo os puedo decir es que en tal forma y con tal intención se podría tratar y hacer, que se hiciese un gran servicio y sacrificio a Nuestro Señor, y el reducir aquel reyno a la religión católica es de suyo de tanto honor y gloria, que paresce que no hay cosa por que no se debiese pasar».

Mas como Don Juan de Austria no quería ser rey de Inglaterra de cualquier manera y por cualquier camino, sino por vías de justicia y de nobleza, conquistando el reino con su espada, libertando a la reina legítima María Estuardo y partiendo el trono con ella por elección suya, desechó enérgicamente este otro camino de atajo, pero también de ignominia, que le llevaría al trono de Inglaterra pacíficamente, con el solo trabajo de unir su suerte a la de una usurpadora, escándalo de la Europa de entonces por su apostasía y por sus vicios. «No son de tan poco fundamento -contestaba Don Juan a su hermano- los oficios que va haciendo la reina de Inglaterra en todas partes, que no se haya de mirar mucho la orden que pueda haber para remediarlos; que como el mundo está ya tan lleno de herejes, tiene ministros muy eficaces en todas partes; y es cosa natural a los hombres a quien Dios dexa de su mano, tratar con mucho cuidado las cosas de acá, y así lo hacen esta desventurada reina y sus secuaces, de cuya vida y costumbres he oído y oigo tanto, que ni burlando quiero se trate de casamiento

Iacute;base ya entrando el verano, y como comenzaran a escasear las cartas de Madrid de extraño modo y no se diesen en ellas por entendidos de la falta absoluta de dinero que allí tenían, ni de los préstamos que, empeñando su propio crédito y juramento, habían recibido Don Juan y Escobedo, decidió aquél a fines de junio enviar al secretario a Roma, y de allí a España, para dar cuenta en aquélla a Gregorio XIII de todo lo ocurrido en el proyecto de Inglaterra, y para exigir en ésta al rey el pronto reconocimiento y pago de la deuda contraída con el Papa, y de las letras negociadas por Escobedo comprometiendo su crédito y su honra.

Partió Escobedo a principios de julio, y despidiole Don Juan en Malinas, tan ajeno de que le enviaba a morir de una estocada, a traición, en una calleja de la corte de España.




ArribaAbajo- XVI -

Había tan temerario valor en el hecho de entrarse Don Juan por un país rebelde en su mayor parte, y en no escasa hereje, solo, licenciadas ya sus tropas españolas, y sin más seguridad ni más guardia que la flamenca del duque de Arschot, que el príncipe de Orange y sus secuaces quedáronse admirados, sintiéronse perdidos y comprendieron que nada detendría a Don Juan si no te quitaban la libertad o la vida. Determináronse, pues, a esto, y los numerosos agentes de Orange, ayudados por los de la reina de Inglaterra, derramáronse por todo el país, esparciendo, para preparar el terreno, hábiles calumnias contra Don Juan de Austria que interpretaban aviesamente todos sus actos y tornaban poco a poco odioso su gobierno y su persona misma. Quiso entonces Don Juan, fiel siempre a la política de paz que se le había encomendado, tratar con él a fin de atraerle; enviole a decir con el duque de Arschot que las provincias de Holanda y Zelanda eran las únicas que no habían firmado aún el Edicto perpetuo, y pues que estaban bajo su mando, a él confiaba este cuidado. Quitose entonces el de Orange aquella máscara con que encubría sus ambiciones y perversos designios, tan espesa que le había valido el sobrenombre de Taciturno, y contestó a Arschot que Holanda y Zelanda no firmarían nunca el Edicto perpetuo, porque siendo ambas provincias calvinistas, no podían ni debían comprometerse a conservar la fe romana, y quitándose el sombrero y dejando al descubierto su cabeza calva, dijo, sonriendo, al duque:

-¿Veis esta calva?... Pues sabed que yo no soy más calvo en la cabeza que en el corazón.

Con cuyo juego de palabras quería dar a entender el traidor que él también era calvinista, y quedando ya al descubierto su apostasía, rompiose toda esperanza de concierto.

Prosiguió, en efecto, Orange, aún más crudamente desde entonces, la infame guerra de calumnias y pérfidas astucias que hacía a Don Juan de Austria, y continuó también con el mayor descaro la que hacía antes solapadamente a la Iglesia católica en las provincias de Holanda y Zelanda: persiguió a los clérigos, expulsó a los religiosos, destruyó templos y altares, fundió las campanas para hacer cañones, confiscó las rentas eclesiásticas en provecho de su bolsillo o del de sus partidarios, y desde los púlpitos de las iglesias católicas hizo que ministros herejes predicasen las odiosas doctrinas de Calvino. Ante tan impía insolencia, propuso Don Juan a los Estados que juntasen sus tropas a las del rey para hacer la guerra al de Orange y arrancarle de aquellas provincias que tenía usurpadas; mas los Estados desecharon su propuesta con tan vanos pretextos, que harto comprendió Don Juan que existían entre ellos y Orange mutuas y secretas inteligencias. Mientras tanto, cundía más y más en Bruselas la desconfianza y hasta el odio que iban sembrando contra el austríaco los agentes y partidarios de Orange el Taciturno; destacábanse éstos poco a poco hasta llegar a distinguirse públicamente por gorras especiales y medallas con letreros alusivos, y las autoridades y diputados insolentábanse hasta el punto de que, habiendo mandado llamar Don Juan al magistrado de Bruselas, que es como si dijéramos hoy el alcalde, le contestase éste que viniese él a verle, porque no era costumbre que el magistrado oyese a nadie sino en las Casas de la Villa.

Llegó en esto la solemne fiesta de Bruselas, que acostumbraban a celebrar los magistrados con un banquete en las Casas de la Villa, presidido siempre por el gobernador general. Recibió Don Juan varios avisos de que no asistiese al banquete porque algo se tramaba contra su persona; mas temeroso él de demostrar desconfianza a los magistrados, presentose a ocupar su puesto acompañado de ochenta mosqueteros de su guardia que tenían orden de no matar ni herir a nadie, sucediera lo que sucediera. A la mitad del banquete un tropel de sediciosos atacó la Casa de la Villa con intento de allanarla, profiriendo injurias y amenazas contra el austríaco. Rechazáronle los mosqueteros sin herir a nadie, pero siendo heridos muchos de ellos, y retirose Don Juan con los que quedaban ilesos, encargando a los magistrados el castigo de los culpables; mas éstos desentendiéronse de ello y dejáronles impunes, para dar a entender a Don Juan que no consideraban digna de castigo la afrenta hecha a su persona.

Supo entonces éste que el barón de Hesse y el conde de Lalain con otros dos grandes señores, herejes pertinaces, se habían reunido una noche en casa de otro grande y concertado con el embajador de Inglaterra y más de quinientos vecinos prender a Don Juan o matarle, si resistía, en la primera ocasión oportuna que se presentase que pensaron ellos podía ser muy bien la procesión del Santísimo Sacramento, que llaman en Bruselas del Milagro, que se celebra el 3 de julio, presidida siempre por el gobernador general. No quería Don Juan romper con los Estados que consentían todo esto, y prefirió más bien evitar el peligro disimuladamente marchando a Malinas con el pretexto de arreglar las cuentas de las tropas tudescas, que pedían sus pagas atrasadas. Mas tampoco allí le creyeron seguro sus amigos, y así se lo avisaron; porque, rabiosos los conjurados al ver que se les escapaba la presa, armaban milicias y tomaban el camino de Luxemburgo, que era lugar tranquilo donde podía refugiarse el austríaco, y el de Italia, por donde podrían volver las tropas españolas. Juzgó prudente el pacientísimo Don Juan disimular todavía, y halló otro pretexto nada sospechoso para salir de Malinas sin volver a Bruselas, y acercarse cada vez más a lugar fuerte y seguro; dirigiose a Namur, con grande calma y sosiego, para recibir a la reina de Navarra, Margarita de Valois, que pasaba por allí para tomar en Lieja las aguas medicinales de Spa. Era esta señora la famosa reina Margot, primera mujer de Enrique IV de Francia, en el apogeo entonces de su ponderada belleza y en el período creciente de su seductora coquetería, que había de degenerar al fin, como de ordinario acontece, en disolución completa y vergonzosa.

Entró la reina Margot en Namur el 24 de julio en una litera toda de cristales, regalo de Don Juan de Austria; tenía esta litera grabados en los vidrios cuarenta versos en español y en italiano, todos alusivos al sol y a sus efectos, que simbolizaba galantemente el poeta en la hermosa reina. Cabalgaba Don Juan de Austria a su derecha y rodeábanles cuarenta archeros guardando sus personas; precedíanles una compañía de arcabuceros de a caballo y cien tudescos formados en dos hileras, y seguíanles la princesa de Roche-sur Yone en su litera, madame de Tournon en la suya, diez doncellas de honor a caballo, tan hermosas, coquetas y alborotadas como su dueña, rodeadas de multitud de caballeros que las servían y galanteaban; seis carrozas con el resto de damas de honor y demás servidumbre femenina, y una escolta de lanceros a caballo.

Cuatro días permaneció la reina Margot en Namur, obsequiada por Don Juan continua y esplendidamente: comían a las once en alguno de los deliciosos jardines que allí había, y seguíase el baile hasta la hora de vísperas, que iban a oírlas devotamente en algún convento de frailes. Paseábanse después a caballo y cenaban a las siete, también al aire libre, en los jardines, siguiéndose otra vez el baile o románticos paseos por el río a la luz de la luna, con deliciosa música. Asistían a todas estas fiestas el obispo de Lieja, que allí había venido con los canónigos y multitud de caballeros nacionales y extranjeros, entre los cuales hacía Margot su traidora propaganda: porque aquella mala mujer, que siempre lo fue mucho por diversos conceptos, hallábase también en connivencia con el príncipe de Orange, y trabajaba disimuladamente en favor del duque de Alençon, su hermano de ella, a quien quería el Taciturno nombrar gobernador de Flandes una vez preso o muerto Don Juan de Austria. Sabíalo éste, y la misma Margot, que prendada de él no le deseaba mal alguno, diole varios avisos muy útiles; por ella supo que los conjurados de Bruselas tenían ya inteligencias en el mismo Namur para ejecutar allí sus perversos designios, y entonces fue cuando, de acuerdo con el leal conde de Barlaimont y sus hijos, resolvió retirarse al castillo de Namur y romper con los Estados.

Ignorábase, sin embargo, qué gente había en el castilloy hasta qué punto podía contarse con el alcaide, Mos de Ives; urgía el tiempo, y tirose entonces un plan, cuya ejecución refiere Van der Hammen de la siguiente manera: «Mos de Hierges, el hijo mayor del conde de Barlaimont, dijo que él se iría a dormir aquella noche al castillo, porque Mos de Ives, el castellano, era muy su amigo, que su alteza se fuese por la mañana a caza, y al pasar, si le pareciese, se podía meter en el castillo, se pondría una mano en la barba, que sería la seña, y si no, se encomendase a Dios y se salvase. Convinieron el modo y ejecutáronlo en el siguiente día sin avisar al consejero de Estado ni a los diputados, por no fiarse de ellos. Fingió, pues, ir de caza, y pasando por la puerta del socorro del castillo, preguntó qué cosa era. Respondiéronle que uno de los mejores de Flandes. Monsieur de Barlaimont dijo entonces:

-Mi hijo el mayor está dentro. ¿Gusta vuestra alteza que le llamemos por si quiere ir también a caza?

El señor Don Juan paró el caballo, y mandó le llamasen. Bajó a la puerta; preguntole su alteza qué había sido la causa de irse a dormir a un castillo y dejar la ciudad, y de aquí trabaron plática. En medio de ella, diciéndole: Si le queréis ver, pues era temprano, se holgaría mucho, le hizo la señal. El señor Don Juan se volvió al duque de Arschot y el marqués de Havré, y les dijo:

-De mañana es, veámosle.

Con esto llegó a la puerta, y se apeó con una pistola en la mano, que del arzón había sacado. Llevaba veinticuatro lacayos españoles. Mos de Ives, como las cosas no estaban en rotura, mandó abrir la puerta a los pocos walones que había de guarnición (soldados viejos y cansados de larga guerra), y los veinticuatro lacayos entraron dentro y barajaron el cuerpo de guardia. El señor Don Juan, puesto a la puerta, dijo:

-Todos los que fueren servidores del rey mi señor, se metan aquí conmigo- y vuelto a Ives le dijo que no temiese, porque se apoderaba del castillo por el rey su señor, cúyo era, para librarse de una conjuración hecha contra él.

Encargole las llaves y dio licencia de irse a los que no quisiesen quedar con él. No se movió nadie, antes subieron todos con él. Arriba apartó al Arschot y al Havré a un lado, y les dió a entender cómo sabía todo lo que pasaba y el trato que tenían hecho, y mostroles cartas suyas. El duque, viéndose convencido, ofreció en nombre de los Estados reconocerle por señor de Flandes y que voluntariamente se vendrían todos a su obediencia, si gustase admitirlos por vasallos; pero el señor Don Juan le reprendió muy ásperamente por aquella oferta, y le dijo muy malas palabras. Acción heroica y tentación tan grande que sólo pudo hallar resistencia en su propia fidelidad y ánimo tan brioso. Acabada la plática se salieron del castillo los dos y se fueron a la ciudad, donde tenían sus mujeres; pero en llegando a ella, huyeron, asimismo, Mos de Capres y los más soldados que habían venido a prender a su alteza, y con tanta priesa, que apenas recogieron su ropa, diciendo no tenían ya que hacer allí, pues se les había escapado. Siguioles el abad de Meroles, limosnero mayor de Don Juan, astuto y poco fiel, con algunos pocos más. Supo el señor Don Juan la huida del duque y del marqués, y al punto despachó tras ellos a Octavio Gonzaga con poco más de veinte caballos para hacerles volver; pero llevaban tan buena gana de huir, que no les pudieron alcanzar».

La duquesa de Arschot y la marquesa de Havré, que estaban en Namur, indignáronse de la ruin conducta de sus maridos, y escribieron a Don Juan protestando y ofreciéndose ellas por rehenes. Contestoles Don Juan que no acostumbraba a prender damas, sino a servillas, y envioles 500 escudos para que fuesen a reunirse con sus maridos. Mas tan apurada era la situación de Don Juan, que hasta esos 500 escudos hubo de pedirlos prestados a los señores y criados que le habían seguido... Y no era esto, con serio tanto, lo más angustioso de la situación de Don Juan; éralo que Felipe II se obstinaba en sostener aquella política de paz que envalentonaba cada vez más a los Estados, prohibía terminantemente que los tercios españoles volviesen a Flandes para continuar la guerra, como Don Juan creía absolutamente necesario, y, como medio de obligarle a esta obediencia, contraria a su opinión y a sus deseos, adoptaba el sistema de no enviar dinero alguno a Flandes, ni contestar siquiera a las continuas y desesperadas cartas que el atribulado príncipe escribía, cuya lectura angustia el corazón y turba el ánimo aun a través de cuatro siglos. Pero lo raro, lo extraordinario, lo que sumía a Don Juan en un mar de angustiosas perplejidades y temerosas incertidumbres y le hacía presentir negras catástrofes, era que tampoco escribía el falso amigo Antonio Pérez, y el bueno y leal Escobedo guardaba el mismo silencio...




ArribaAbajo- XVII -

Para comprender bien las complicadas razones que movieron a Don Felipe II a dejar a su hermano Don Juan de Austria en tan inmerecido abandono, es necesario deshacer una maraña, entre cuyos intrincados hilos se encuentra la trágica y misteriosa muerte del secretario Juan de Escobedo. Alguna luz esclarece ya tan tenebroso drama, y a su reflejo aparecen varias figuras manchadas de aquella sangre inocente; este siniestro rastro nos llevará a encontrar el hilo de la maraña, dando rodeos, al parecer, extraños, pero que establecen el encadenamiento de ciertos hechos que reflejan por sí solos el carácter de aquellos personajes y el grado de responsabilidad en que incurrieron.

Retrocedamos, pues, al año de 1569, y en una hermosa tarde de junio veremos entrar pausadamente en Pastrana una carreta herméticamente cerrada con toldos, a modo de las que todavía hoy llaman galeras. Despertaba la curiosidad el misterioso vehículo, y rodeábanle infinidad de chiquillos, mujeres y hombres del pueblo, cuando llegó y traspasó los umbrales del palacio ducal de Pastrana, cuyas pesadas puertas se cerraron detrás, dejando fuera a los curiosos. Esperaban en el primer patio el príncipe Ruy Gómez de Silva, la princesa de Éboli, su mujer, con todos sus hijos, aun los más pequeñitos, en brazos éstos de niñeras y nodrizas, y las dueñas, doncellas, pajes y toda clase de servidores, enfilados según su rango. Fijábanse todas las miradas en el cerrado carro con ansiosa curiosidad mezclada de respeto, y empinábanse sobre las puntas de los pies, para ver mejor, los que estaban en segunda fila. Descorriéronse al fin los toldos que cerraban el carro; Ruy Gómez y su mujer adelantáronse respetuosamente, alargaron todos las cabezas en silencio, y una dueña viejísima, que lo había sido de la condesa de Mélito, madre de la princesa, púsose de rodillas y comenzó a golpearse el pecho... Apeábanse tres extrañas figuras de mujer de las que por aquel tiempo no se veían nunca por calles ni plazas; vestían túnica de sayal oscuro, capas blancas de lo mismo y calzaban sus pies desnudos alpargatas de esparto; espesos y largos velos negros las cubrían el rostro y casi todo el cuerpo, y traía bajo la capa, la que se apeó la última, un hatillo, menos que mediano, envuelto en un lienzo.

Estaban, sin embargo, muy justificadas todas aquellas pruebas de curiosidad y de respeto: porque aquella mujer vestida de sayal que se apeó la primera del carro era Santa Teresa de Jesús que venía a fundar el convento de carmelitas descalzas de Pastrana. No hacía aún dos años que se hallaba Ruy Gómez en posesión de su ducado, y dábase prisa en introducir mejoras que aliviasen la condición moral y material de sus vasallos. Quiso Ruy Gómez fundar en su villa un convento de frailes, y antojosele a la princesa fundar ella otro de monjas, y encargar de ello a Santa Teresa, atraída por los prodigios que de ella se contaban, y llena de curiosidad y halagada su vanidad por tratar y ver de cerca aquella mujer extraordinaria, que conversaba familiarmente con Dios, y se hacían ante ella maravillas tan estupendas. Aceptó la santa, que comenzaba a la sazón su portentosa obra de reforma, y trasladose a este propósito de Toledo a Pastrana, pasando por Madrid; hospedóla en la corte nuestra antigua amiga doña Leonor Mascareñas, que lo era muy suya, en el convento de franciscas que había fundado y donde vivía ya retirada. Diole esta prudente señora detalladas noticias del carácter difícil de la princesa, a quien había tratado mucho en la corte, y pertrechada con ellas fuese a Pastrana la santa, adonde llegó en los postreros días de junio. «Hallé allá a la princesa -dice la misma santa en el Libro de sus fundaciones- y al príncipe Ruy Gómez, que me hicieron muy buen acogimiento: diéronnos un aposento apartado, adonde estuvimos más de lo que yo pensé; porque la casa estaba tan chica, que la princesa la había mandado derrocar mucho de ella, y tornar a hacer de nuevo, aunque no las paredes, mas hartas cosas. Estaría allí tres meses, adonde se pasaron hartos trabajos, por pedirme algunas cosas la princesa que no convenían a nuestra religión, y ansí me determiné a venir de allí sin fundar, antes que hacerlo. El príncipe Ruy Gómez, con su cordura, que lo era mucho, y llegado a razón, hizo a su mujer que se allanase»55.

Fuera aparte de estos disgustos a que alude la santa, proporcionole la princesa otros muchos con su carácter antojadizo, dominante y falto de delicadeza. Rabiaba de curiosidad por ver el rostro a Santa Teresa, porque habíanle dicho que era muy hermosa, a pesar de contar ya entonces cincuenta y cuatro años; mas nunca consintió en ello la santa, y ni ella ni sus compañeras levantaron jamás sus velos, ni delante de la princesa ni delante de nadie. Exasperaba esto su curiosidad, y espiaba sin cesar por ventanas y rendijas, queriendo sorprenderla al mismo tiempo en algunos de aquellos raptos en que se le aparecía Jesucristo; hacían reír a Santa Teresa estas que llamaba boberías, pero desasosegáronla a la larga y hacíanle intolerable este espionaje constante. Otro disgusto verdaderamente serio diole la princesa. Sabía ésta que por orden de su confesor había escrito Santa Teresa su maravillosa vida, y llena de curiosidad antojósele leerla. Negose a ello Santa Teresa con gran firmeza; mas irritada entonces la antojadiza dama, escribió a los superiores de la santa para que la mandasen darle a leer el manuscrito que tenía en Pastrana, y harto condescendientes éstos o poco conocedores quizá del carácter de la princesa, no vacilaron en hacerlo. Obedeció Santa Teresa sin poner reparo, y triunfante entonces la de Éboli, leyó ávidamente aquellas ingenuas páginas, en que, con sencillez tan sublime, se narran las maravillas de Dios. Exaltole la fantasía esta lectura, y la imperiosa necesidad de comunicar sus impresiones, propia de toda mujer habladora, hízole cometer el abuso de confianza de dar el manuscrito que se le había confiado a sus dueñas, pajes y doncellas. Corrieron, pues, de mano en mano por estrados y antesalas los místicos desahogos de la virgen del Carmelo, y tales y tantos comentarios se hicieron, que llegaron a los oídos de la Inquisición, y mandó recoger el libro. Diez años retuvo el severo Tribunal la obra de la santa, y volviosela al cabo sin hacer enmienda ni variación alguna, pero no sin que todo esto le costase los más serios disgustos.

Quedó al fin terminada la fundación, y marchó Santa Teresa a Salamanca; los príncipes de Éboli marcharon también a la corte, y un año después, el 29 de julio de 1573, murió Ruy Gómez en ella, en su casa del callejón de Santa María. Expiró en brazos de su antiguo y fiel amigo el secretario Juan de Escobedo, asistido en aquel último trance por dos frailes carmelitas descalzos que vinieron de Pastrana. La princesa tuvo explosiones de dolor que parecían arranques de ira: bramó más bien que lloró su pena en aquellos primeros momentos, porque realmente amaba a aquel hombre superior que había satisfecho hasta entonces su vanidad y sus sentidos, únicos polos en que giraba la vida de aquella señora. Y de repente, creyéndose, como Santa Teresa, inspirada del cielo, determinó retirarse en el acto al convento de carmelitas de Pastrana, para, en el retiro y la oración, terminar allí su vida; en vano la pusieron delante sus padres, los dos religiosos, los parientes y amigos y cuantos allí se hallaban presentes, sus obligaciones de madre, los deberes que le imponía el testamento de Ruy Gómez al nombrarla tutora y curadora de sus hijos, la estrecha obligación que tenía de hacerse cargo, por lo menos, de los Estados y hacienda de estos menores... La contradicción embravecía la terquedad de la obstinada viuda, y por toda respuesta pidió el hábito a los dos carmelitas presentes; dijéronle que no podía vestirlo sin permiso de los superiores de la Orden y autorización de Santa Teresa; mas la princesa, encogiéndose de hombros, mandose hacer un hábito nuevo; y como fuese imposible tenerlo tan presto, vistiose uno sucio y viejo y cubriose con un velo negro, como había visto a Santa Teresa, sin que volviese nadie a verla el rostro; pinchábanle los espartos de las alpargatas los pies desnudos, y mandó forrarlos por dentro de suavísimo paño. Mandó también disponer una carreta cerrada con toldos como la de Santa Teresa, y con sus dueñas y doncellas marchose a Pastrana sin despedirse de nadie, dejando a su marido de cuerpo presente. A viva fuerza casi entró con ella en la carreta su madre, la princesa de Mélito, para acompañarla al convento.

Viendo fray Bartolomé de Jesús, que era uno de los carmelitas de Pastrana que se hallaban presentes, que la cosa iba de veras, adelantose a la carreta de la princesa y llegó al convento a las dos de la madrugada para avisar a las monjas. Bajó la priora, que era Isabel de Santo Domingo, mujer de rara discreción y virtud muy sólida, y al saber que dentro de algunas horas llegaría la princesa con su hábito ya vestido y el propósito de quedarse monja en el convento, exclamó, cruzando las manos estupefacta.

-¿La princesa monja?... Ya doy la casa por deshecha...




ArribaAbajo- XVIII -

Fray Francisco de Santa María, autor de la Historia de la Reforma de los Descalzos de Nuestra Señora del Carmen, cuenta de este modo la llegada de la princesa de Éboli al convento de Pastrana:

«Llamó la priora a las monjas, compusieron la casa, previnieron dos camas, una para la princesa y otra para su madre, que llegaron a las ocho del día. Mudáronla el hábito, porque el que tomó en Madrid ni era a propósito ni tan limpio como convenía. Descansó algún tiempo, y mostrando presto su resuelta voluntad, quiso que luego se les diese el hábito a dos doncellas que llevaba, pagándoles con un poco de sayal los salarios de largos años. Respondiendo la priora que era necesario la licencia del prelado, dijo con mucho enfado:

-¿Qué tienen que ver en mi convento los frailes?

Detuvo la ejecución la Madre priora hasta consultar al Padre prior, no sin sentimiento de la princesa. Habiendo conferido lo que convenía, se resolvieron de darles el hábito. Hízose en el locutorio, poniéndose la princesa en medio de las dos para que también la alcanzasen las bendiciones; lleváronla a comer carne con su madre en una pieza aparte. Despreció aquel servicio, fuese al refectorio, y dejando el lugar cercano a la priora que le tenía prevenido, tomó uno de los ínfimos, sin rendirse ni a ruegos ni exhortaciones, conservando superioridad en lugar inferior.

Considerando la priora que voluntad tan entera había de ser causa de muchos disgustos, consultó con la princesa, su madre, que sería acertado que aquella señora tomase alguna parte de la casa donde pudiese vivir con sus criadas y ser visitada de los seglares, con puerta que entrase a la clausura cuando gustase, y no otra persona seglar. Pareció a todos bien el consejo; a ella mal, porque no había sido suyo, y quédose en el convento como estaba.

Al día siguiente, habiendo enterrado al príncipe y cumplido con las exequias, la llegaron a visitar el obispo de Segorbe y otras personas de calidad que allí se hallaron; díjole la Madre Isabel que les hablase por la reja de la iglesia, mas ella no quiso sino que entrasen en la clausura, e hizo en esto tanto esfuerzo, a pesar de los religiosos, religiosas y seglares que la visitaban, que se abrieron las puertas del convento, y entraron con los señores muchos criados, atropellando los decretos del Concilio, las órdenes de la Santa Madre, el retiro y silencio de las religiosas y todo buen gobierno. Porque no piensan los señores que lo son si sirven a las leyes. No contenta con esto, instó en que la habían de dar dos criadas seglares, y ofreciéndole la Madre priora que ella y todas la servirían, y en especial las dos novicias que la habían servido en el siglo, de nada se contentó, pareciéndole que le ponían leyes.

Escribió la Madre Isabel a nuestra Madre Santa Teresa la muerte del príncipe, la determinación de la princesa y los primeros lances que con ella le habían pasado. Escribió la santa una carta a la viuda monja, cual de su discreción se podía esperar. El poco gusto causó desestimación y todo le daba en rostro, sin permitir que en nada le fuesen a la mano. La Madre Isabel y dos religiosas de las más antiguas le dijeron que si de aquella manera había de proceder, entendiese que la santa fundadora las había de sacar de allí y llevar a donde pudieran guardar sus leyes, superiores en su estima a todas las grandezas del mundo. Enojose de suerte que cogiendo sus criadas se fue a unas ermitas que había en la huerta y allí estuvo sin que las religiosas la tratasen. Enviaronle, empero, las dos novicias para que la asistiesen, por no ser entonces tan comprendidas en las leyes del claustro.

Allí abrió una puerta a la calle, donde admitía toda comunicación, templando en gran parte el dolor de la muerte del marido. Cesó con esto la obra de la iglesia y convento y la limosna que Ruy Gómez había dejado para el sustento, con que comenzaba a padecer mucha necesidad».

Mas como se prolongase aquello demasiado y la princesa no cediese en nada, y prosiguiesen los disturbios, perdida ya en aquella casa toda paz y sosiego y convertido aquel palomarico de la Virgen, como le llamaba Santa Teresa, en nido de enredos y chismes, escribió la santa a la priora que sacara de Pastrana todas las monjas y se fuese con ellas al convento de Segovia. No fue necesario por entonces llegar a este extremo, porque los superiores de la Orden acudieron al rey, y de acuerdo con él obligaron a la princesa a salir del convento. Retirose entonces a su palacio de Pastrana, y desde allí movía tal guerra a los monjas y perseguíalas con tal encarnizamiento, que harta al fin Santa Teresa reiteró a la priora la orden de abandonar el convento con todas las monjas sin sacar de él cosa alguna que les hubiese dado la princesa. «Las camas -dice la santa en el Libro de las fundaciones- y cosillas que las mesmas monjas habían traído, llevaron consigo, dejando bien lastimados a los del lugar. Yo con el mayor contento del mundo, de verlas en quietud: porque estaba muy bien informada que ellas ninguna culpa habían tenido en el disgusto de la princesa antes lo que estuvo con hábito, la servían como antes que le tuviese».

Buscó entonces la princesa una comunidad de franciscas para instalarlas en el convento vacío, y allí las socorrió y regaló como nunca hiciera con las otras monjas, lo cual tuvo buen cuidado de hacer llegar a oídos de Santa Teresa, creyendo en su ánimo mezquino y vengativo que podrían tener cabida en aquel gran corazón, rebosando amor divino, las miserables envidiejas humanas. Mientras tanto, habíase ya enfriado la pena de la princesa en medio de tan ruines batallas, y por el año de 1575 pensaba ya en volver a la corte; así lo escribía su padre, el príncipe de Mélito, a Mateo Vázquez, secretario del rey, para que lo notificase a éste y le prestase su apoyo en los pleitos que traía. Felipe II contestó al margen de la carta de Mateo Vázquez, según su costumbre, estas severísimas palabras: «Aquí va ese papel que he visto, y para el recatamiento que yo traygo y he traído toda mi vida de no meterme en los negocios destas personas, será bueno hacer agora lo que aquí se dice: y tanto más que lo que toca a los negocios y pleytos yo no sé si importa la venida (de la princesa), pero tengo por muy cierto que para la conciencia yquietud de todos ellos, y aun no sé si el honor, les conviene más el no venir ella aquí: y aun creo que para conservar la amistad con sus padres, pues ella misma diz que dice que en su ausencia son amigos, y que en presencia no lo pueden ser. Y Rui Gómez me lo dixo a mí muchas veces, y sé muy bien que su voluntad no fuera de que viuda viniera ella aquí; antes creo y sé que era tan fuera de su voluntad, que adonde agora está creo que lo sentiría si se hiciese: y no es razón que yo ordene cosa que sé, y tan de cierto, ser contra su voluntad. Y fuera de todo esto no sé si nos conviene a todos cuantos estamos en la corte, y más a los que no podemos salir della. Así que aunque yo me hubiese de meter en estos negocios, no me metiera en este particular, quanto más estando determinado tanto ha de no meterme en estas cosas. Fuera dellas holgaré mucho de favorecer las de Rui Gómez, como lo merecía su servicio. Todo esto es para vos solo, que no se sufre decir a otro. Y vos mirad por qué camino podéis responder al de Mélito, excusándome de no meterme en esto de la venida de su hija».

No consta exactamente la fecha de la venida de la princesa de Éboli a Madrid; a nuestro juicio, debió de venir por breves y repetidas temporadas el año 1575 y fijar allí su residencia definitiva en el año siguiente de 1576. Entonces pudo convencerse la princesa de que no era lo mismo ser la viuda de Ruy Gómez que la mujer de Ruy Gómez, y tuvo desengaños sin cuento que agriaron su condición soberbia. Por aquel tiempo comenzó a frecuentar su casa el secretario Antonio Pérez, y estas dos vanidades monstruosas, puestas en contacto, se atrajeron y se completaron. Buscaba él en ella el prestigio que pudiera darle la intimidad de dama tan alta y linajuda como la princesa, a él, político empinado, que diríamos hoy, que a pesar de su elegancia y de su lujo, el más ostentoso de la corte, y de su poder, entonces en su apogeo, no conseguía hacer olvidar lo humilde y vergonzoso de su origen. Ella, por su parte, buscaba en él la participación del poder y la influencia que se le había escapado con la muerte de Ruy Gómez, tanto más fácil de explotar en manos del liviano Antonio Pérez, que del sesudo príncipe de Éboli. -Puedo más que nunca, decía arrogante poco después la princesa a uno de sus paniaguados.

Contaba entonces esta señora más de treinta y seis años, y a pesar de las hiperbólicas ponderaciones que de su hermosura hace Antonio Pérez en sus Relaciones, ni era ésta entonces extraordinaria, ni debió de serlo nunca. Ninguno de sus contemporáneos la celebra, y el único retrato auténtico que de ella se conoce nos la representa como una jovencita de semblante agraciado, desfigurada horriblemente por un enorme parche negro que le tapa el ojo tuerto, y notable únicamente por el contraste que forma la blancura de su tez y lo negro de sus cabellos56. Antonio Pérez tenía entonces cuarenta y dos años, y era, según Luis Cabrera de Córdoba, gentil hombre de cuerpo, buen rostro como a varón convenía, demasiadamente suntuoso y curioso, en el vestir rico, odorífero y pomposo en su casa. Y sucedió lo que tenía que suceder: que aquella repentina intimidad entre dos personajes tan visibles, después de tantos años de superficial conocimiento, hízose desde luego sospechosa; y la frecuencia y familiaridad de las visitas, lo intempestivo de sus horas, y sobre todo la mutua y continua correspondencia de regalos, que no parecía sino que lo tuyo y lo mío no existiese entre ambos, desataron por toda la corte aquellas murmuraciones que antes circulaban tímidamente, como las había deslizado el marqués de la Fabera en los oídos de Don Juan de Austria. Entonces cometió la princesa una verdadera felonía de mujer cínica y enredadora: llamó a sus hijos en presencia de Antonio Pérez y díjoles que no se extrañasen de las visitas de éste y del cariño que les profesaba, porque era hijo de Ruy Gómez, y, por consiguiente, hermano de ellos.

En este momento histórico llegó don Juan de Escobedo de Flandes (julio de 1577), enviado por Don Juan de Austria a Madrid para hacer ver a Felipe II el abandono en que estaba, y el riesgo gravísimo que corrían aquellos Estados y su propia persona. No había olvidado Escobedo, en medio de sus grandes preocupaciones, la aventura de Los Chorrillos que le contara Don Juan de Austria en Flandes, para moderar su cariñoso celo en favor de la princesa de Éboli, y uno de sus primeros cuidados al llegar a Madrid fue el de informarse secretamente del estado de aquel asunto; pronto pudo convencerse de que el hecho era cierto, el escándalo público, y de que la honrada memoria de Ruy Gómez era escarnecida por la liviandad de la viuda y la horrible ingratitud de Antonio Pérez, que debía a aquel ilustre patricio todo cuanto fuese en el mundo. Afectose grandemente el leal Escobedo, y deseoso de volver por la honra de su difunto protector y amigo, fuese a casa de la princesa dispuesto a advertirla y aconsejarla, con el mucho cariño que la tenía. Encontróla en el estrado con doña Brígida de Guzmán, esperó pacientemente a que esta señora se fuera, y díjola entonces, no con su brusquedad ordinaria, sino con honda y cariñosa pena, las murmuraciones terribles que corrían y la obligación en que estaba de cerrar a Antonio Pérez la puerta de su casa para no dar pábulo a ellas. Levantose la princesa ciega de cólera al oírle, y con descompuestas voces díjole que los escuderos no tenían qué decir en lo que hacían las grandes señoras. Y con esto le volvió la espalda y se metió allá dentro: lo cual consta todo textualmente en la declaración hecha por doña Catalina Herrera, dueña de la princesa.




ArribaAbajo- XIX -

Durante este último período de tiempo había logrado la diabólica astucia de Antonio Pérez levantar llama de nuevo en los adormecidos recelos de Felipe II contra su hermano Don Juan de Austria. Dueño absoluto de la confianza del rey, y dueño también de la que traidoramente se había captado fingiendo favorecer los intereses de Don Juan de Austria y de Escobedo, fuele fácil enredar la madeja a aquel verdadero genio de la intriga y la perfidia. Las desgraciadas turbulencias de Flandes, que trajeron consigo el fracaso de la jornada de Inglaterra, y la tenacidad de Felipe II en sostener allí la política de paz, cuando no había ya otro camino que el de la guerra, facilitaron en gran parte la pérfida obra de Antonio Pérez. Escribíanle con gran frecuencia Don Juan de Austria y Escobedo, y como amigos fieles que persiguen un mismo fin, consultábanle sus planes, descubríanle sus temores, dábanle sus quejas y pedíanle su poderoso apoyo cerca del rey. Antonio Pérez, por su parte, llevaba estos ecos a las orejas de Don Felipe, pero no como eran en sí francos, sinceros, apasionados y violentos a veces, pero siempre leales y nobles, sino comentados con perfidia, torcidos en sus intenciones, exagerados en su alcance y aun adulterados en su texto al tiempo de descifrarlos por el clérigo Fernando de Escobar, hechura completa de Pérez. Contestábales éste, de acuerdo siempre con Felipe II, procurando mantener su engañada confianza, y llegó su pérfida hipocresía hasta el punto de deslizar en sus cartas frases irrespetuosas al monarca, para ver si, movidos de este ejemplo, le imitaban los otros, lo cual no sucedió nunca.

Enviando al engañado monarca, para su aprobación, una de estas cartas capciosas para Don Juan de Austria, le escribía Pérez: «Señor, es menester escrivir y oír de aquella manera, para su servicio, porque así se meten por la espalda, y el hombre encamina mejor lo que combiene para el negocio de vuestra majestad principalmente... Pero vuestra majestad mire cómo lee estos papeles, que si me descubre el artificio, no lo podré servir, y yo avré menester alçar el juego. Que por lo demás bien sé, que para my dever y consciencia ago lo que devo en esto, y no he menester más theología que la mía para alcanzarlo». El rey contestó a Pérez al margen de su carta: «... y creed que trygo en todo buen recato, y según my theología yo entiendo lo mismo que vos, y no solamente hacéis lo que devéis, más que no lo haríades ni para con Dios ni para con el mundo si no lo hiciérades ansy, y para que yo esté bien alumbrado de todo que es menester según los enredamientos del mundo y de sus cosas que cierto me tienen espantado».

Así fue cómo, engañando a Felipe II y traicionando y calumniando a Don Juan de Austria y a Escobedo, fabricó Antonio Pérez la pérfida y sutilísima maraña en que el héroe de Lepanto perdió al fin su crédito con el rey y el honrado Escobedo perdió la vida de una alevosa estocada. El mismo Pérez reseña en su Memorial los hilos de la maraña, cuya falsedad comprobó Felipe II harto tarde, y ha puesto en evidencia la Historia moderna con muchos y autorizados documentos. Que Don Juan había desobedecido al rey negándose a desmantelar a Túnez para mejor alzarse con aquel reino. Que mendigaba en Roma altas protecciones a espaldas del rey. Que anteponía la jornada de Inglaterra a todos los intereses del rey. Que exageraba el mal estado de las cosas de Flandes para sacar auxilios de España y emplearlos en dicha jornada. Que una vez apoderado de Inglaterra, imaginaba invadir la España por Santander, entregando a Escobedo el castillo de Magro, cuya tenencia había solicitado. Que perdida la esperanza de lo de Inglaterra, imaginó penetrar en Francia al frente de los tercios españoles para auxiliar a aquel rey. Que su deseo de volver a España era para obtener allí silla y cortina y apoderarse del gobierno exclusivamente. Que a espaldas del rey, había firmado liga con los príncipes de Guisa con el título de Defensa de las dos coronas, volviendo otra vez a la idea de invadir la Inglaterra.

Todos estos absurdos y descabellados planes no los atribuía Antonio Pérez a Don Juan exclusivamente; como en otro tiempo a Juan de Soto, presentaba ahora a Escobedo como instigador y principal agente, y a Don Juan como príncipe débil que, devorado por la ambición y ciego por su ardiente fantasía, se dejaba arrastrar a aventuras desleales. Por eso Felipe II, y quizá por lo mucho que amaba a Don Juan, o por miedo que le tuviese, no mostró nunca a éste sus recelos ni tomó ninguna medida contra él, y cuidó mucho de ocultarle más adelante sus venganzas, sino que revolvió todas sus iras contra Escobedo, y llegó a mirar al rudo y honrado montañés como un hombre peligroso capaz de cualquier traición y aun de cualquier crimen. No es, pues, extraño que al llegar Escobedo inesperadamente a Madrid en julio de 1577, como en el anterior capítulo dijimos, el sobresalto de Don Felipe fuese grande, y al noticiarle Antonio Pérez su llegada a Santander, escribiese al margen de su carta, según tenía por costumbre: «Menester será prevenirnos bien de todo y daros mucha priesa a despacharle antes que nos mate».

Escobedo llegó, en efecto, y llegó furioso con el para él incomprensible abandono de gente y dinero en que quedaba Don Juan en Flandes; furioso con la política de paz de Felipe II, que él se había atrevido a calificar de descosida, escribiendo al mismo rey, y dispuesto, en fin, a reclamar con toda su enérgica rudeza la aceptación de las letras que él había negociado en Bruselas bajo su propia palabra y el pago de los 50.000 escudos de oro prestados a Don Juan por el nuncio del Papa para poder despedir a los tercios de Flandes. Hízolo, en efecto, con frases tan duras y reproches tan amargos, que enviando Felipe II a Pérez una carta de Escobedo, añade al margen: «Para que veáis qué sangrienta viene». Poco tiempo después, lamentándose de otra carta de Escobedo, le escribe: «Cierto que si me dijera de palabra lo que me escribió, no sé si pudiera contener sin descomponerme como lo hice».

Llegó al cabo a la corte la noticia de la retirada de Don Juan al castillo de Namur, y comenzaron a llegar también aquellas desesperadas cartas del atribulado príncipe en que con tan angustiosa urgencia pedía la vuelta de Escobedo. ¡Dinero, dinero y más dinero y Escobedo! -repetía Don Juan en todas sus cartas de esta fecha. Esta ansia de tener al lado a su secretario y la no menor que se observó en éste de marchar cuanto antes a Flandes, despertaron en Don Felipe la sospecha de si tramarían algo para desencadenar en Flandes la guerra en contra de sus órdenes y en favor de sus pretensiones. Atizole Antonio Pérez este nuevo temor, y desde entonces fue Escobedo para Don Felipe un peligro constante, un reo de Estado que no se podía enviar a Flandes por temor de que consumase allí su obra, ni mantener más tiempo en España sin riesgo de despertar las temibles iras de Don Juan de Austria. Trajo esto muchos días a Don Felipe caviloso y perplejo, hasta que al cabo tomó la resolución decisiva que cuenta el mismo Antonio Pérez en una de sus cartas a Gil de Mesa.

Llamole un día Felipe II a su cámara en El Escorial; era esto a deshora, y acudió el secretario presuroso, llevando en una gran bolsa los papeles del despacho. Mas saliole al encuentro el rey en el mismo umbral de la cámara, y llevólo con misterio a una estancia muy lejana y aislada, que era donde se almacenaban entonces los muebles, ornamentos y joyas destinados a aquella casa, todavía no concluida. Mandó el rey a Pérez cerrar la puerta y dejar sobre una mesa la bolsa de papeles. Estaban los muebles amontonados a lo largo de las paredes laterales, dejando como una calle en medio, y por ella comenzó a pasear Don Felipe con las manos a la espalda, pensativo y preocupado. Guardaba Pérez un respetuoso silencio, esperando a que el rey lo rompiese, y rompiólo al fin, parándose ante él y diciendo con gran mesura y muy lentamente:

«-Antonio Pérez, yo he ido considerando muchos ratos, velando y desvelándome, el discurso de las negociaciones de mi hermano, o, mejor decir, de Juan de Escobedo y su predecesor Juan de Soto, y el punto a que han reducido sus trazas, y hallo que es mucho menester tomar resolución presto, o que no seremos a tiempo. No le hallo remedio más conveniente a todo, antes por remedio sólo esto, que quitar de por medio a Juan de Escobedo. Pues del prenderle podía resultar no menos desesperación en mi hermano que de volverle a despachar. Y ansí yo me revuelvo en ello y en no fiar a otro que a vos este hecho por vuestra fidelidad, que tengo bien probada, y por vuestra industria, tan conocida como la fidelidad. Y porque vos, que sois sabidor de todas estas marañas, y a quien debo yo el descubrimiento dellas, seréis la mano del remedio. La brevedad es muy necesaria por las causas que veis».

Diole a Antonio Pérez un brinco el corazón, según él mismo asegura, y respondíole el rey con grandes extremos que todo era suyo y no tendría más voluntad ni más movimiento que la mano respecto a su dueño... Mas como en su astuta previsión mirase siempre muy lejos, y viera al punto el riesgo que corría en asunto tan secreto y cómplice tan poderoso, si no tenía él un testigo muy suyo que asegurase los hechos, si alguna vez se descubrían, y repartiese las responsabilidades, si sobrevenía desacuerdo, añadió taimadamente:

«-Pero, señor, permítame vuestra majestad que le hable con la confianza del amor. Yo considero a vuestra majestad como a parte en este caso, aunque su prudencia y entereza le conserven sin enojo en medio de las mayores ofensas. Yo, por lo que puede haber encendido la sangre el trato de tales ofensas a vuestro servicio y corona, tengo también mucho de parte en esto. Será bien meter un tercero al juicio de tal resolución, que para la justificación y para mejor acertamiento del hecho, hará mucho al caso».

Viole venir el rey, y replicó, parándose de nuevo:

«-Antonio Pérez, si el proponerme tercero en esto es porque no os queréis aventurar en ello, es uno. Si para consultar la resolución, yo no he menester tercero. Que los reyes en casos tan extremos hacemos como suelen los protomédicos y mayores médicos entre sus inferiores, en los subjetos que tienen a su cargo; que en los graves y urgentes accidentes obran de suyo con execución, aunque en las enfermedades ordinarias sigan y resuelvan con consulta de otros médicos. Demás que en tales materias (creedme lo que os digo, que es de mi profesión) tienen más de peligro que de acertamiento las consultas».

A las cuales reales palabras pone Antonio Pérez en su carta a Gil de Mesa el siguiente comentario: «Quando los reyes viejos llegan a declarar tales principios de su arte, o aman mucho (cosa rara) o la necesidad abre la puerta a la confianza (cosa cierta)».

Y harto debió de comprender y medir Antonio Pérez la necesidad de Felipe II, cuando se determinó a apretarle en lo de interponer un tercero, y aun se adelantó a proponer a su amigo y paniaguado el marqués de los Vélez, don Pedro Fajardo, que era del Consejo de Estado y mayordomo mayor de la reina Doña Ana. Condescendió al cabo Felipe II, autorizando a Antonio Pérez para llevar la consulta al marqués de los Vélez, y poco tuvo que trabajar el secretario para traer a su opinión al viejo prócer, déspota de suyo, gran capitán, pero letrado nulo, que tenía a Pérez por sapientísimo oráculo, y guardaba a Don Juan de Austria añejos rencores por haberle usurpado, según él decía, el triunfo de los moriscos.

Hablole Pérez, y convinieron ambos personajes en que Escobedo era reo de muerte como perturbador del Estado; que maquinaba levantar la guerra en Flandes; que no era posible prenderle, juzgarle y sentenciarle por la vía ordinaria sin riesgo de despertar las alarmas de Don Juan de Austria en Flandes y promover allí nuevos conflictos; pero que pedía el rey, como árbitro supremo de las vidas de sus súbditos, según la doctrina y la práctica corrientes en aquellos tiempos, juzgarle y sentenciarle en el fuero secreto de su conciencia, sin trámites algunos judiciales, y encargar la ejecución de esta sentencia a alguna persona de su confianza, a quien autorizase con una cédula de su mano, «y que así lo que convenía, y lo que de menos inconveniente sería, era que con algún bocado, o otro medio cualquiera saliese de tal embarazo, y aun esto con el mayor tiento posible de que el señor Don Juan pudiese sospechar que fuese procediente de la verdadera causa y motivo, sino de alguna venganza y ofensa particular».

Y entonces fue cuando el marqués de los Vélez, con toda la retumbancia de cosa vacía que le era característica y todo el envidioso encono que guardaba en su pecho, pronunció aquellas palabras tan repetidas por los defensores de Antonio Pérez: «Que con el Sacramento en la boca, si le pidieran parecer cuya vida y persona importara más que quitar por medio, la de Juan de Escobedo o cualquiera otra de las más perjudiciales, votara que la de Juan de Escobedo».

De acuerdo, pues, con esta consulta, Felipe II juzgó y condenó a muerte a Escobedo en el fuero de su conciencia, y encargó a Antonio Pérez la ejecución de esta sentencia secreta, autorizándola con una cédula de su mano en que añadía: «Que mientras se pueda excusar que lo que se ha hecho no ha sido con intervención suya, será bien que se excuse».




ArribaAbajo- XX -

No perdió el tiempo Antonio Pérez, y con el mayor sigilo comenzó al punto a organizar el medio de dar a Escobedo un bocado que le produjese la muerte, y le diese tiempo de confesarse, para que no perdiese también su ánima, según el deseo mostrado por Felipe II. Había entonces en las casas de los grandes -y aunque Antonio Pérez no lo era, como tal vivía- pícaros y rufianes agregados a la servidumbre, que servían en aquellos pocos seguros tiempos como de guardia al señor, así en los casos de ataque como en los de defensa57. Antonio Pérez, hombre de tantos negocios y enredos, tenía varios a su servicio, y era el principal de ellos su mayordomo y confidente Diego Martínez, hombre travieso, valiente y sin conciencia. A este, pues, Diego Martínez acudió Antonio Pérez y le confió su intento, pidiéndole un veneno para matar a Escobedo y un agente seguro capaz de administrárselo. Propúsole Martínez a un tal Antonio Enríquez, que estaba allí en la casa de paje de Antonio Pérez, y era hombre resuelto, mañoso y de pasta de asesino. Avistose con él Diego Martínez, y fuele descubriendo poco a poco el asunto con mucha cautela conforme se lo proponía. Preguntole primero si conocía algún bravo capaz de dar una puñalada con mucho provecho y sin ningún peligro, pues se le ofrecía el seguro a las espaldas. Contestó Enríquez que conocía un mozo de mulas capaz de darla de balde y con riesgo si él ponía empeño. Descubriose algo más Martínez, y díjole que se trataba de un personaje importante, y que Antonio Pérez quería su muerte. Contestó Enríquez que para eso se necesitaba ya un hombre de más partes que su mozo de mulas, y no dijo más por aquel día.

Mas al día siguiente, muy de mañana, entró Diego Martínez en el aposento de Enríquez con una ampolla de cristal en la mano, llena, al parecer, de agua clara, y mostrándosela al trasluz le dijo que ya tenía allí el veneno necesario para matar al personaje consabido, que no era otro sino el secretario Juan de Escobedo que Antonio Pérez quería absolutamente su muerte, que habían de darle en un convite que preparaba en La Casilla, y que era decidido el empeño del señor Antonio que él, Enríquez, le administrase el tósigo en aquel banquete con la mucha maña y cautela que poseía y de que Pérez tanto fiaba.

A esto contestó Enríquez bruscamente que si el señor Antonio quería hacerle matar a un hombre, que se lo dijese él mismo, cara a cara y de su propia boca, porque sin que él se lo mandase nunca mataría a nadie. Y así fue, en efecto, porque Antonio Pérez citó una tarde a Enríquez en La Casilla, y, según consta en la declaración del mismo Enríquez, le dijo: «Cómo le importaba que el secretario Escobedo muriese, y que en todo caso estuviese prevenido de dar la bebida el día que fuese el convite, y que para la disposición se viese y comunicase con el dicho Diego Martínez, dándole palabra de ofrecimiento y amistad en todas sus cosas. Y este declarante con esto se fue muy contento y se comunicaba con el dicho Diego Martínez, cada día, sobre la disposición que se había de dar».

Y la disposición que se dieron para dar el golpe fue la siguiente: Estaban los comedores de La Casilla, como ya dijimos al describir la famosa casa de campo, en la planta baja, entrando a mano derecha, y lo primero que se encontraba era una sala cuadrada en que había dos aparadores, uno para la plata y otro para las tazas en que, según moda de entonces, habían de servirse las bebidas. Seguía luego una cuadra como de paso, con muy ricos cueros de Córdoba, y por ella se entraba en la sala en que estaban las mesas de comer. Convínose, pues, en que Antonio Enríquez se comisionaría de servir el vino a Escobedo siempre que lo pidiese. Diego Martínez había de apostarse con disimulo en la cuadra de paso con el agua venenosa preparada, y al cruzar por allí Enríquez llevando la taza de Escobedo llena, echaría Martínez en ella, con presteza y disimulo, una cantidad de veneno equivalente a lo que pudiera caber en una cáscara de nuez, que era la dosis señalada.

Así sucedió, en efecto, y por dos veces tuvo ocasión Antonio Enríquez, el día del convite, de suministrar a Juan de Escobedo el venenoso brebaje. Ocho fueron los convidados aquel día, todos personajes graves y de importancia, y algunos con cargos del rey. Sentado Antonio Pérez junto a Escobedo, vigilaba las entradas y salidas del paje Enríquez, las veces que servía de beber a la confiada víctima y hasta los tragos de vino que ésta bebía... Mas aquel hombre de empedernidas entrañas no observaba estas siniestras señales con el inquieto y natural azoramiento del crimen, ni con el remordimiento anticipado del hombre que viera afilar el puñal que ha de hundirse en el pecho de un amigo, sino sereno, al parecer, impasible, riendo y bromeando con su víctima, y manteniendo la animación entre sus comensales con aquel agrado, aquel gracejo y aquella elocuente jovialidad que hacían tan atractivo y simpático al malvado secretario. Terminó al fin aquel horrible banquete, y, levantadas las mesas, pusiéronse todos a jugar menos Escobedo, que, alegando urgentes ocupaciones, tomó al punto la vuelta de Madrid. Iba caballero en su mula, sin más escolta que un mozo de a pie, y tan encorvado sobre el cuello del animal, que parecía hombre hondamente preocupado o gravemente enfermo. Creyó Antonio Pérez que el veneno surtía ya efecto, y lleno de impaciencia, dice en su declaración Antonio Enríquez, «salió con excusa de mear y se metió con este declarante y su mayordomo en un aposento de los del patio, donde le enseñaron la cantidad de agua que le habían dado a beber al dicho secretario Escobedo; y con esto se volvió a jugar».

Al otro día de mañana fuese el Diego Martínez a hacer la ronda como al acaso por el callejón de Santa María, que era donde vivía Escobedo, en unas casas que compró al príncipe de Éboli, próximas a las suyas, que llamaban de los leones, por dos que tenía en la puerta. Esperaba el mayordomo que alguna señal de alarma o movimiento inusitado en la casa revelaría el peligro de muerte, por lo menos, en que a su cuenta debía estar Escobedo a aquellas horas. Reinaba, sin embargo, en la calle y en la casa la tranquilidad más completa; en el ancho y oscuro zaguán empedrado limpiaba tranquilamente un mozo de mulas la de Escobedo; una doméstica tendía ropa blanca de niño en una ventana; en el recodo que formaba la angosta calleja tres jayanes introducían con harto trabajo por la estrecha reja de la bodega dos grandes barricas. Acercose disimuladamente el espía, y vio con sorpresa y espanto en el fondo de la bodega al propio Escobedo en jubón y gregüescos y a su hijo Pedro dirigiendo con sus órdenes y sus esfuerzos mismos la difícil entrada de las barricas... Indudable era que el veneno no había hecho ningún efecto, bien por demasiada robustez del paciente, bien por debilidad en las dosis administradas.

Contrarió mucho a Pérez el fracaso de esta su primera intentona, pero no le desanimó en lo más mínimo, porque los hombres de su temple, fríos, arteros y malvados, jamás se desalientan; lejos de eso, imaginó al punto otra nueva emboscada a que atraer a su víctima; fue ella un segundo convite, celebrado esta vez en su casa de Madrid, que era la del conde de Puñonrostro, a espaldas de San Justo. Hallábase amueblada aquella histórica casa con un lujo y magnificencia muy superior al tan ponderado de La Casilla, y las fiestas que en ella se daban tenían un sello de seriedad y cortesanía muy distinto de las francachelas campestres y divertidas cenas que se celebraban en ésta. Prestábales este carácter doña Juana de Coello, mujer de Antonio Pérez, que las presidía siempre, señora de altas prendas, cuyo heroico amor conyugal ha pasado a la Historia. En este convite, en que se atentó por segunda vez a la vida de Escobedo, presidía la mesa doña Juana, y, además de Antonio Pérez y el perseguido Escobedo, sentábanse a ella cinco convidados, de los cuales dos eran religiosos.

En la declaración del paje Antonio Enríquez consta el modo cómo se llevó a cabo esta vez el envenenamiento. Cuenta dicho paje que aquel día sirvieron a la mesa unas escudillas que no recuerda si eran de nata o de leche; había una escudilla para cada convidado y hallábanse puestas en fila en un aparador grande antes de servirlas. Llegó allí Diego Martínez, y apartando una escudilla, echole unos polvos blancos como de harina; diosela a Enríquez diciendo que la sirviera a Escobedo, pues en ella estaba el tósigo, y para que no se confundiese con las otras, hízole tenerla en la mano hasta que vinieran los demás pajes del servicio a recoger las restantes. Entraron todos juntos en el comedor para servir las escudillas, y Enríquez puso la suya envenenada ante el secretario Escobedo. Antonio Pérez, que sabía dónde estaba el tósigo, no lo perdía de vista. Además de esto, cuenta Antonio Enríquez que él mismo sirvió a Escobedo varias veces en aquel convite vino mezclado con el agua venenosa empleada anteriormente.

Los efectos del veneno no tardaron en presentarse esta vez violentos y terribles; aquella misma noche fue presa Escobedo de agudos dolores en los intestinos, vómitos y fiebre pútrida, que le tuvo por muchos días entre la vida y la muerte. Salváronle los médicos sin sospechar siquiera los síntomas de envenenamiento, y Escobedo entró al fin en el período de franca, aunque lenta, convalecencia. Seguía Antonio Pérez ansiosamente los síntomas todos de la enfermedad, y al ver que se le escapaba de nuevo la ya herida presa, lanzó otra vez su jauría de perros rabiosos contra el infeliz sentenciado, para que dentro de su mismo honrado hogar se consumase el crimen.

Había entonces en las cocinas del rey un pinche, pícaro, como a la sazón les decían, que se llamaba Juan Rubio; era hijo del administrador de los Estados del príncipe de Mélito, padre de la de Éboli, y por haber dado muerte a un clérigo en Cuenca, habíase huido a Madrid y refugiádose en las cocinas del rey, donde con el disfraz de pícaro vivía desconocido. Era el Juan Rubio amigo del cocinero de Escobedo, por verle todos los días en el mercado, y éralo también de Antonio Enríquez por esos misteriosos empalmes que unen siempre a los malvados. Averiguó, pues, Enríquez, por estos sencillos medios, lo que sucedía en la cocina de Escobedo, y supo que durante la convalecencia de éste preparaban para él una olla aparte; pero por un capricho de enfermo engolosinado con ciertos gustos, no aderezaba esta olla el cocinero, sino una esclava vieja que en la casa había, gran guisandera en jigotes y manjares gruesos.

Aprovechó Antonio Pérez todas estas circunstancias y mandó a sus secuaces dar un tercer golpe que arrancase al fin aquella arraigada vida que tan tenazmente se defendía. Habló, pues, Antonio Enríquez al pícaro Juan Rubio, y con promesas halagüeñas basadas en el crédito de Antonio Pérez, decidiole a penetrar con cualquier pretexto en la cocina de Escobedo y echar un tósigo en la olla que de diario le preparaban; diole Enríquez el veneno, que era distinto del anterior, y consistía en unos polvos blancos. No era tan fácil la empresa como a primera vista pareció a los dos rufianes, porque la esclava no desamparaba el fogón mientras se cocía la olla, y el cocinero tampoco se alejaba mucho de sus hornillas. Por tres veces se introdujo Juan Rubio en la cocina inútilmente, mas a la cuarta consiguió al fin su propósito; acechó un día muy de mañana la salida del cocinero, y entró entonces con pretexto de entregarle unos gazapitos vivos de El Pardo. Estaba la esclava junto al fogón, donde acababa de poner la olla; diole Juan Rubio los gazapitos, y como estaban vivos y se rebullían para escapar, fuelos a encerrar la pobre vieja en una especie de jaula que en un corralillo próximo había... Entonces levantó Juan Rubio prontamente la tapa del puchero, y echó dentro como un dedal de polvos blancos, que era la cantidad marcada por Enríquez.

A las once sirvieron la comida a Escobedo, su mujer y su hijo Pedro, que amorosamente le cuidaban; mas al primer bocado que gustó el secretario, arrojó lejos de sí la escudilla, quejándose de saber aquello a hiel de retama. El veneno, descompuesto, sin duda por la acción del fuego, había comunicado al guiso su amargor insoportable, con que no contaban los envenenadores. Extrañáronse todos; hiciéronse pesquisas, y como registrasen cuidadosamente la olla, encontraron en el fondo señales evidentes del veneno.

Recayeron al punto las sospechas sobre la infeliz esclava, que en vano protestó de su inocencia. Fue presa y cargada de cadenas, y, puesta en el tormento la desdichada anciana, confesó en su debilidad el crimen que no había cometido. Retractó después enérgicamente esta confesión arrancada entre dolores; pero ya era tarde, y condenada a la pena de horca, diéronla muerte a los pocos días en la plaza pública.




ArribaAbajo- XXI -

Mas sucedió que en aquellos mismos días en que tan milagrosamente escapaba Escobedo de las tres tentativas de envenenamiento, llegó a Madrid una noticia temida siempre, y a cada momento esperada, que vino a cambiar por completo la política y los planes de Felipe II... La guerra había estallado en Flandes más cruel y encarnizada que nunca, provocada por los mismos rebeldes, y Don Juan de Austria, recibiendo materialmente de limosna un puñado de dinero para acallar sus escasas tropas tudescas, y uniendo a éstas algunos soldados españoles de los retirados en Francia, que espontáneamente volaron en su ayuda al saberle en tanto peligro, recogía gloriosamente en Gembloux el guante que le arrojaban los rebeldes, alcanzando sobre ellos aquella maravillosa victoria que tan de relieve puso su valor personal, su pericia de caudillo, su profética sagacidad política y su profunda fe de cristiano. Con esta señal vencí a los turcos; con esta señal venceré a los herejes -había puesto en torno de la cruz que campeaba en su estandarte; y al describir a sus amigos don Rodrigo de Mendoza y el conde de Orgaz la estupenda nueva de que sus pérdidas en la batalla no ascendían sino a cuatro muertos y quince heridos, pasando las del enemigo de cinco mil, añadía humildemente: «Hízolo Dios, y suya sola fue la jornada, en tiempo que, a no hacerse, a estas oras muriéramos de ambre embueltos en otros cien mil peligros».

Estas nuevas trajo a Felipe el barón de Villy, a quien Don Juan de Austria despachó con este objeto después de la batalla, que fue el 31 de enero de 1578. Informole también el prócer flamenco del estado de horribles turbulencias en que se hallaban aquellas provincias, todas en completa rebeldía, sin que se respetase en ellas la religión, ni se obedeciese al rey, ni se acatasen para nada los fueros de los católicos. Las plazas fuertes, en abierta sedición, daban sus tropas. Las ciudades, las villas y hasta las más miserables aldeas armaban sus milicias, y todos se unían y combinaban para perseguir a Don Juan, desprovisto de todo auxilio, rodearle, estrecharle, destrozarle y hundir con el esforzado caudillo el odiado yugo castellano. La victoria de Gembloux, alcanzada por Don Juan, hízoles retroceder y ensanchar el círculo, como cobardes lebreles que vieran al león que creían extenuado, levantarse de repente con la melena erizada y extendida la garra. Muchos no pararon hasta Bruselas, y de allí mismo huyeron algunos a refugiarse en Amberes, no creyéndose seguros. Mas una vez recobrados de su susto y sorpresa y cerciorados de que el valor era lo único que abundaba en el campo de Don Juan, volvía a reunirse y a estrechar de nuevo el círculo, avanzando lentamente y con gran cautela, hasta que al cabo caerían sobre Don Juan de Austria y le aniquilarían bajo el peso de su número si no se le prestaba el urgente auxilio que pedía en sus cartas. En estas cartas, que el mismo barón de Villy entregó a Felipe II, hacía Don Juan una viva pintura de su situación, y pedía, con mayor urgencia que nunca, gente y dineros en abundancia; pedía también que le despachase a su secretario Escobedo, y con la mayor buena fe y la más absoluta ignorancia de lo que a éste acontecía, recomendábale calurosamente a su hermano Don Felipe para ciertas mercedes, que, según Don Juan atestiguaba, tenía muy bien merecidas.

Todo este conjunto de hechos y de circunstancias trajo a Felipe II el conocimiento de dos cosas distintas que tenían entre si conexión íntima; una, que ya era tiempo de abandonar en Flandes su decantada política de paz y refugiarse, si era sazón todavía, en la de fuerza que desde tantos meses antes su hermano te recomendaba. Otra, de que, una vez desencadenada la guerra en Flandes por los mismos rebeldes, cesaba por completo el peligro de que Escobedo la encendiese, y, por consiguiente, la razón de Estado que le había hecho condenarle a muerte... Duro era para Don Felipe reducir a la práctica aquel convencimiento íntimo de ambas cosas; porque para lo primero tenía que retractar una opinión propia por largo tiempo y con gran tesón sostenida; y para lo segundo tenía que ahogar los rencores, las antipatías, y las vengancillas de amor propio, que unidas a lo que Don Felipe conceptuaba errónea, pero sinceramente razón de Estado, había influido indudablemente en su ánimo al dictar la sentencia de muerte de Escobedo. Mas la poderosa voluntad del rey Prudente supo ahogar vanidades propias y disimular por lo menos rencores y antipatías y entrar por el nuevo camino franca y decididamente.

Escribió, pues, a Don Juan de Austria con el barón de Villy «que si antes había andado remiso en hacer la guerra a los rebeldes por darles tiempo para reducirse, ya que su clemencia no había servido sino para que le ofendiesen más, quería sostener su autoridad con las armas, y para que pudiera hacerlo en su nombre le enviaba novecientos mil escudos; ofreciendo proveerle en adelante de doscientos mil cada mes, con los cuales había de sustentar un ejército de 30.000 infantes y 6.500 caballos, sin perjuicio de concederle cuanto él creyese conveniente». Enviábale además otro nuevo edicto, que le mandaba publicar, en que, después de enumerar las ofensas que a Dios y a su autoridad habían hecho los rebeldes, ordenaba que obedeciesen todos a Don Juan de Austria como lugarteniente suyo; que los diputados cesasen en sus juntas y se volviesen a sus provincias, hasta que fuesen legítimamente convocados; anulaba todo lo decretado por ellos; prohibía a los del Consejo de Estado y Hacienda usar de sus oficios mientras no obedeciesen a su gobernador general, y mandaba restituyesen todo lo usurpado al real patrimonio. Al mismo tiempo daba orden de marchar al campo de Don Juan, donde estaba ya Alejandro Farnesio con parte de los tercios españoles, al maestre de Campo don Lope de Figueroa con cuatro mil veteranos que allí quedaban; al duque de Fernandina y a don Alfonso de Leiva con varias compañías de españoles, y a Gabrio Cervelloni, ya rescatado por el Papa del poder turco, con dos mil italianos que había levantado en Milán.

Dispuesto así todo lo concerniente a la guerra, escribiole con respecto a Escobedo, el 8 de marzo de 1578, estas terminantes palabras: «A el secretario Escobedo tendré cuidado de mandar despachar con brevedad, y en lo demás que me escribís por él, así por esto como por lo que él meresce, terné la cuenta que es razón en sus particulares». Esta importantísima carta que se conserva en el archivo de Simancas (Est. Flandes, leg. 575), prueba que en aquella fecha del 8 de marzo había ya Felipe II retractado la muerte de Escobedo, y había también ordenado a Antonio Pérez abreviar su despacho para Flandes, puesto que el 12 del mismo mes escribe a éste respondiendo al margen de una carta suya: «... y vuelvos a recordar lo que os escrebí de abreviar con el Verdinegro (Escobedo), que sabe mucho y no se entenderá».

Y, sin embargo, veintidós días después, el 31 de marzo, que era aquel año lunes de Pascua de Resurrección, apareció Juan de Escobedo alevosamente muerto en el callejón de Santa María; halláronle atravesado en la calle entre la pared lateral de la iglesia y la casa de la princesa de Éboli; tenía una estocada por la espalda y hallábase el cadáver boca abajo, envuelto todavía en su capa, que el rabioso empuje del asesino no le dio tiempo, sin duda, de desembozar...

¿Qué había sucedido en tan breve espacio de tiempo? ¿Había quizá Felipe II confirmado de nuevo la muerte de Escobedo, o se había interpuesto una mano aleve ejecutando la retractada sentencia contra la voluntad del monarca?... Acaeció, en efecto, en estos días un suceso que da la clave del misterio; figura este hecho con toda su crudeza en el proceso formado a Antonio Pérez once años después, y fue depuesto por Andrés de Morgado, hermano de Rodrigo de Morgado, caballerizo y confidente íntimo e intermediario entre la princesa de Éboli y Antonio Pérez. En la carta de éste a Felipe II del 12 de marzo que acabamos de citar, consta que en esta fecha se hallaba Escobedo todavía convaleciente. «Aquel hombre Verdinegro -dice- dura en su flaqueza y nunca acabará de lebantarse». Levantose pronto, sin embargo, a pesar de este buen deseo de Antonio Pérez, y algunos días después, ya casi en los postreros de marzo, estuvo a visitar a la princesa de Éboli, según la declaración de Morgado; quizá iba a despedirse de ella antes de marchar a Flandes; quizá a darle gracias por las pérfidas atenciones que tanto la princesa como Antonio Pérez habían tenido con él durante su enfermedad y convalecencia. Los pormenores de esta funesta visita, que cuenta en su declaración Andrés Morgado, no son para escritos; baste decir que Escobedo sorprendió a la princesa y a Antonio Pérez en circunstancias tan indecorosas y significativas que, ciego de cólera y herido en lo más vivo su amor y su respeto a la memoria de Ruy Gómez, prorrumpió en furiosas invectivas contra aquellos dos miserables, y les amenazó con descubrir todo aquello al rey... Avergonzado Pérez, deslizose del aposento sin decir palabra; mas la princesa, irritada su soberbia de gran señora y contrariada su pasión de mala hembra sin decoro, hizo frente a Escobedo y contestole cínicas frases injuriosas para el rey, que podrán figurar en un proceso donde toda indecencia tiene natural y necesaria cabida, pero que no pueden leerse fuera de allí sin que suba a la frente el carmín de la vergüenza.

Asustada la princesa misma de sus bravatas, buscó aquella noche a Antonio Pérez, a deshora, en su casa, adonde fue a escondidas con una dueña y dos de sus bravos que la escoltaban, y a solas ambos culpables, temerosos y aterrados de que Escobedo cumpliera sus amenazas, decidieron y concertaron deshacerse de él antes de que pudiese llevarlas a cabo. Entonces descubrió Antonio Pérez a la princesa la cédula firmada por Felipe II en que le autorizaba para matar a Escobedo, y resolvieron ambos utilizar aquel seguro dado por razón de Estado y retractado después, para encubrir y asegurar el secreto de sus impúdicos amores.

Veamos ahora cómo llevaron a efecto el crimen.




ArribaAbajo- XXII -

Desconfiaba ya Antonio Pérez, después de la segunda tentativa de envenenamiento, de poder acabar con Escobedo por medio del veneno, y en su horrible previsión encargó asesinos que le matasen a estocadas o a tiros si la tercera intentona que proyectaba saliese también fallida. Encargáronse de ello los dos cómplices del crimen desde el primer momento, Diego Martínez el mayordomo y el paje Antonio Enríquez. Hizo el primero venir de Aragón dos hombres desalmados, de toda su confianza, duchos en esta clase de aventuras; era uno Juan de Mesa, que tanto figuró como amigo de Antonio Pérez cuando la fuga de éste a Aragón; era el otro un tal Insausti, verdadero tipo del bravo de Italia, tan en boga en aquella época, con su aire provocativo, su formidable tizona y sus tufos de largas greñas en las orejas y en la coronilla que se dejaban caer sobre el rostro a modo de antifaz, para no ser conocidos en sus fechorías. Antonio Enríquez, por su parte, reclutó, desde luego, en Madrid, al mismo pícaro de la cocina del rey, Juan Rubio, que era ya cómplice en el asunto, y entró en tratos con un medio hermano suyo llamado Miguel Bosque, que estaba en tierra de Murcia; fuese allá a buscarle el Enríquez y decidiole al fin mediante la promesa de cien escudos de oro y la protección y seguro de Antonio Pérez; llegaron a Madrid los dos hermanos justamente el mismo día que ahorcaban en la plaza pública a la inocente esclava de Escobedo.

Una vez todos en la corte, ocultáronse en sus respectivas madrigueras, como reptiles que temen la luz del sol, esperando llegase el momento del crimen. Era entonces cuando Escobedo, convaleciente todavía del tercer envenenamiento que se intentó en su propia casa, no salía aún a la calle. Mas de allí a muy poco citó con mucha prisa Diego Martínez a su gavilla fuera de Madrid, en un tejar solitario que a una media legua de la puerta de Guadalajara había. Díjoles que el señor Antonio había marchado a Alcalá para pasar allí la Semana Santa y dejado orden de acabar con Escobedo antes de su vuelta y de la del rey de El Escorial, que coincidirían ambas. Urgía, pues, el tiempo, y apresurose Diego Martínez a trazar el plan de campaña; decidiose que fuese Insausti el encargado de dar el golpe, por ser el más famoso puño para estocadas que en Aragón había, y diole al propósito Diego Martínez una muy buena tizona de hoja larga y acanalada hasta la punta. A los demás repartioles dagas, y pistoletes a los que nos los tenían, que los más de ellos llevábanlos, como los malhechores de aquel tiempo, ocultos en los gregüescos. Convinieron también en que desde aquella misma tarde se reunirían todos en la plazuela de Santiago, como centro de operaciones, y dividiríanse allí en dos grupos distintos: uno, compuesto de Insausti, Miguel Bosque y el pinche Juan Rubio, iría a acechar las entradas y salidas de Escobedo en el callejón de Santa María, donde estaba su casa, y aprovecharía la primera ocasión oportuna para darle una estocada; los otros tres, Juan de Mesa, Antonio Enríquez y Diego Martínez, les seguirían desde lejos, dispuestos a prestarles auxilio, si era necesario, y a proteger su huida en todo caso.

En aquel apartado rincón que aun en el día de hoy se levanta frente al palacio real, solitario y silencioso como un islote perdido en el alborotado mar del Madrid moderno, vivían entonces nobles hidalgos, personajes de la corte, grandes y caballeros, que en ella tenían cargos, y refluía allí, por tanto, la vida de entonces por sus estrechas y empinadas callejas. No es, pues, extraño que en los varios días que duró aquel espionaje, nadie fijara la atención en aquellos pájaros siniestros que rondaban de continuo el callejón de Santa María. El 31 de marzo, que era el año de 78 lunes de Pascua, presentose al fin la ocasión tan buscada. Al anochecer bajaba Escobedo por la calle Mayor hacia la puerta de la Vega, con dirección a su casa; venía solo, como era su costumbre, sin acompañamiento de criados ni pajes. Conocíase en su paso lento e inseguro que le aquejaba aún la flaqueza de la enfermedad, y resguardábase del aire, frío aquella tarde, con el embozo de su capa negra. Detrás de él, pero a muy considerable distancia, venían los tres asesinos, Insausti, Miguel Bosque y Juan Rubio, embozados también en sus capas, andando como al descuido, pero sin perder un solo movimiento de su ansiada víctima. Al llegar Escobedo al callejón de Santa María58 se detuvo un instante, como para tomar alientos, y luego comenzó a subir la empinada cuesta con dirección a su casa; detuviéronse también los asesinos, y después de rapidísimo diálogo, dividiéronse precipitadamente. Juan Rubio, el pinche, siguió con disimulo hasta la esquina del callejón formado entonces por la gran casa de los Cuevas59, y allí se detuvo como para cortar a Escobedo la retirada. Insausti y Miguel Bosque subieron muy de prisa por la que es hoy la calle del Factor y forma la otra esquina de la casa de los Cuevas, para entrar en el callejón de Santa María por el otro extremo y coger a Escobedo frente a frente. Embarazaban la marcha de éste, además de su flaqueza, las tinieblas de la noche, que rápidamente invadían el lóbrego callejón, y las desigualdades del piso, que, como el de todas las calles de la época, hallábase sembrado de pedruscos y hondos desniveles producidos por el arrastre de las aguas; caminaba, pues, el desdichado secretario muy despacio, arrimado siempre a la pared de Santa María, y dio tiempo sobrado a los asesinos para que diesen la vuelta y se cruzasen con él ante la casa de la princesa de Éboli, que estaba pegada a la de los Cuevas por la espalda. Iba Insausti con la espada desenvainada bajo la capa y un pistolete montado en la mano izquierda; Miguel Bosque llevaba preparada la daga y otro pistolete. Cruzáronse con Escobedo rozándole casi y sin que éste fijase la atención en ellos, creyéndoles pacíficos transeúntes. Mas de repente, volviéndose Insausti rápida y calladamente, tirose a él a fondo con rabioso empuje y le atravesó de parte a parte por la espalda de una formidable estocada. Cayó Escobedo de bruces, sin dar un grito, sin lanzar un ¡ay!, dejando escapar tan sólo un sordo bramido. Los asesinos se inclinaron sobre él un momento por si era preciso rematarle, y huyeron luego desaforadamente: Miguel Bosque, callejón arriba, para salir a la plaza del Alcázar; Insausti, por la calle Mayor, arrastrando en su fuga a Juan Rubio y a Diego Martínez, que muy a lo lejos venían.

Completa Antonio Enríquez esta declaración diciendo: «El lunes de Pascua, 31 de marzo, que fue cuando se hizo la muerte, llegamos Juan de Mesa y yo más tarde que de costumbre a la plazuela de Santiago, de modo que ya habían marchado los otros a acechar el paso del secretario Escobedo. Juan de Mesa y yo nos pusimos a rondar por los alrededores, allí nos llegó el rumor de que habían matado a Escobedo. Entonces nos fuimos de huida a nuestras casas, y al entrar en la mía encontré allí a Miguel Bosque en jubón, porque al correr había perdido la capa y el pistolete, y Juan de Mesa encontró a su puerta a Insausti sin capa también, porque la perdió en la huida, y le metió adentro a escondidas, y juntos echaron en un pozo que en el corral de la casa había el estoque con que había matado a Escobedo, que era largo, con canal hasta la punta. Y aquella misma noche fue Juan Rubio a Alcalá en una mula que le dio el clérigo Fernando de Escobar60 a dar cuenta a Antonio Pérez de cómo estaba ya hecho, y él le preguntó si habían preso alguno, y habiendo sabido que no, se holgó mucho».

El asesinato de un personaje tan visible como Escobedo en mitad de las calles de Madrid conmovió a todo el vecindario y puso en movimiento a cuantos alcaldes-alguaciles había en la corte. Al día siguiente, que era 1 de abril, prendieron a todos los que intentaban salir fuera de puertas, y el día 2 obligaron a los posaderos y hosteleros a dar una lista detallada de todos sus huéspedes. Antonio Pérez mandó a los asesinos estarse quedos en sus escondites y no bullir mientras durase aquel primer furor de pesquisas, y no encontraba él medio seguro de ponerles a salvo. Logrolo al fin, después de muchos días de intranquila espera, y el 19 de abril salieron todos de la corte después de ser largamente recompensados. Miguel Bosque recibió de manos del clérigo Escobar cien escudos de oro, y se volvió a su tierra. Juan de Mesa volviose también a Aragón, llevando una cadena de oro, cincuenta doblones de a ocho, una taza de plata muy buena y un nombramiento de administrador de los bienes de la princesa de Éboli que le dio ella misma. A Insausti, Juan Rubio y Antonio Enríquez envió Antonio Pérez con Diego Martínez un nombramiento de alférez a cada uno con veinte escudos de oro de sueldo, y partieron sin demora para sus respectivos puestos: Juan de Rubio, en Milán; Antonio Enríquez, en Nápoles, e Insausti, en Sicilia, donde murió a poco61.




ArribaAbajo- XIII -

Mientras tanto, no perdía el tiempo Don Juan de Austria, y, reanimado con los primeros socorros que envió Felipe II, trató de sacar los mayores frutos posibles a la victoria de Gembloux. Habíanse replegado los rebeldes después de su derrota hacia Bruselas, temerosos de que Don Juan dirigiese allí su rumbo, y dejándoles él en esta creencia, prosiguió su plan de campaña con admirable estrategia, apoderándose en poco más de un mes de Lovaina, Boubignes, Tillemont, Sichem, Diest, Nivelles y Philippeville... Allí se detuvo extenuado por aquel rudo trabajo, en el que le cabían a él las hondas preocupaciones del general y las duras faenas del soldado, y allí también vino a alcanzarle la noticia de la muerte de Escobedo. Éste fue para Don Juan el golpe de gracia, no consta cuándo ni por quién llegó a su conocimiento; pero mucha priesa debieron darse al comunicarle la fatal nueva, cuando el 20 de abril escribía ya a Felipe II esta hermosa carta, fiel trasunto de su noble, generosa y cristiana alma:

«Señor: Con mayor lástima de la que sabría encarecer, he entendido la infelice muerte del secretario Escobedo, de que no me puedo consolar ni consolaré nunca, pues ha perdido vuestra majestad en él un criado tal como yo sé, y yo el que vuestra majestad sabe; y aunque es esto de sentir tanto como yo lo hago, siento sobre todo que al cabo de tantos años y servicios haya acabado de muerte tan indigna a él, causada por servir a su rey con tanta verdad y amor, sin otro ningún respeto ni invención de las que usan ahora. Y si bien es la cosa más vedada parecer que se juzga de nadie temerariamente, no pienso incurrir en este pecado en este caso, que yo no señalo parte; mas tengo por sin duda lo que digo, y como hombre a quien tanta ocasión se ha dado y que conocía la libertad con que España trataba el servicio de vuestra majestad, témome de dónde le pueda haber venido. Al fin, yo no lo sé cierto, ni no sabiéndolo lo diré, sino que por amor de Nuestro Señor suplico a vuestra majestad con cuanto encarecimiento puedo, que no permita le sea fecha tal ofensa en su corte, ni que la reciba ya tan grande como la que también se me hace a mí, sin que se hagan todas las posibles diligencias para saber de dónde viene y para castigarlo con el rigor que merece.Y aunque creo que vuestra majestad lo habrá ya hecho muy cumplidamente, y que habrá cumplido con el ser de príncipe tan cristiano y justiciero, quiero así mesmo suplicarle que como caballero vuelva y consienta volver por la honra de quien tan de veras la merecía como Escobedo; y así, pues, le quede yo tan obligado, que con justa razón pueda imaginarme haber sido causa de su muerte por las que vuestra majestad mejor que otro sabe. Tenga por bien, suplícoselo, que no sólo acuerde y solicite, como lo haré con todos los correos, quanto toca al difunto hasta que le sea hecha entera justicia y remuneración de sus servicios, sino que pase adelante en lo demás con que debo cumplir como caballero.

Todo esto torno a suplicar a vuestra majestad de nuevo quan humilde y encarecidamente puedo y que sirva de mandarme responder a todos estos particulares, porque confieso a vuestra majestad que ninguno pudiera sobrevenir ahora que tanto me inquiete el espíritu hasta cumplimiento de todos los que tocan al muerto, como su muerte.

Yo no sé aún cómo han quedado sus cosas, y así no puedo tratar de ninguna en particular; mas suplico a vuestra majestad que acordándosele del intento que Escobedo llevaba, que era el del honor, y la limpieza con que siempre le sirvió, y del poder cómodo que deja en su casa, haga toda la merced que merecen a los que quedan en ella, y principalmente al hijo mayor, de los oficios y beneficios que el padre tenía, que don Pedro de Escobedo los merece y que es subjeto para ir mereciendo cada día más, si es empleado y favorecido, vuestra majestad mesmo lo sabe mejor que nadie. Y porque pienso que, según lo que era fuerza gastar y lo poco que tenía, habrá dejado algunas deudas que podrían dar pena a su alma, y acá a sus hijos y mujer, suplicaré también a vuestra majestad les mande hacer merced con que las puedan pagar. Aunque principalmente le suplico cuanto puedo que, como a padre que he quedado del dicho hijo mayor, me haga a mí esta tan señalada merced de darle en todo, todo lo que su padre gozaba, porque cuanto a las deudas, yo me acomodaré fácilmente a quitar lo más del comer y vestir y de lo que tuviere menester forzosamente por pagarlas, que es lo menos que puedo hacer por descanso de quien trabajó hasta morir, como murió, por descansarme a mí, y hacerme acertar el servicio de vuestra majestad en cuanto pasaba por sus manos, que era y será cuanto he pretendido y pretenderé toda mi vida.

Vea vuestra majestad si estas obligaciones merecen que se usen destos oficios y si quedo con razón confiado de que ha de hacer la merced que pido en todo lo que le suplico y suplicaré continuamente hasta alcanzar la justicia y gracia que le estarán pidiendo la sangre y los servicios del muerto».

Poco después, estando ya en Namur, escribe el 3 de mayo a su amigo don Rodrigo de Mendoza:

«... de lo poco que diré en ésta, será lo primero lo mucho que siento la infelice muerte de Escobedo y quánto más sentiría que no se averiguase de dónde ha salido tanta maldad, porque cierto, de más que era el que había menester el servicio de su majestad para lo que manejaba, le debía yo infinito, y he perdido en esta ocasión un gran descanso, y aun creo que más adelante. Téngale Dios en el cielo y a mí me descubra quién lo mató».

Más adelante, el 7 de junio, escribe a Juan Andrea Doria:

«De la infelice muerte de nuestro Escobedo, estoy que no sé qué decir, mayormente desde tan lexos, que de cerca aun algo dixera, aunque, a mi juicio, caso es que pide más presto obra que palabras; pero atapan la boca y ligan las manos tantas sospechas y ninguna certeza, sobre lo cual no se puede de presente más que estar a ver y sentir lo que se debe a un caso y a un criado, tal qual se ha visto en esta muerte de Escobedo».

Estos son los únicos documentos de Don Juan de Austria que han llegado hasta nosotros sobre la muerte de Escobedo; más a pesar de que de ninguna de estas cartas se desprende claramente que hubiese calado Don Juan todo el abismo de iniquidad que tras el alevoso crimen se ocultaba, no es posible creer lo contrario. La opinión señaló desde el primer momento en Madrid como autores del asesinato a Antonio Pérez y a la princesa de Éboli, y aun se dijo, aproximándose algo a la verdad, una cosa muy de tener en cuenta, de que se hacen eco los historiadores más próximos al suceso, Van der Hammen y Cabrera de Córdoba: «que para autorizar el asesinato dio Antonio Pérez a los asesinos una cédula con firma del rey de las que se dan a los embajadores y virreyes en blanco para la brevedad de algún negocio». Estos rumores corrían también fuera de España, como prueba el famoso proceso. «Dijo Antonio Enríquez que en Italia y en Flandes se decía públicamente que la causa porque había hecho matar Antonio Pérez a Escobedo era por causa de la princesa de Éboli».

Imposible era que estos rumores no llegasen a oídos de Don Juan, e imposible también que su mucha perspicacia no atase estos cabos y comprobase su verdad con las noticias ciertas de aquellos culpables amores que tenía él de antiguo. Un hecho patente prueba que si Don Juan no tenía la certeza absoluta, tenía, al menos, la vehementísima sospecha de que era Antonio Pérez el asesino de Escobedo; desde esta fecha rómpese bruscamente la íntima correspondencia que sostenía Don Juan con el fementido secretario, y a las melosas y aduladoras cartas de éste sólo responde Don Juan raros despachos secos y oficiales, como no podía menos de existir entre el gobernador general de Flandes y el secretario de las cosas de este país, que lo era Antonio Pérez.

Es más: a nuestro juicio, debió entonces conocer Don Juan, a lo menos en parte, las traiciones que Pérez le había levantado y la ruina total de su crédito que estos manejos habían producido en el ánimo de Don Felipe; y de aquí el desaliento profundo, la negra pasión de ánimo y el presentimiento de su muerte que invadieron entonces al vencedor de Lepanto y no le abandonaron ya en los pocos meses que le restaban de vida... Todo lo sintió desde entonces amargado por la hiel del desengaño, todo lo vio sombreado por la proximidad de la muerte, que por tantos caminos y en tan diversas formas le amenazaba; todo, en fin, se arruinó en aquella grande alma desolada y triste, menos su fe religiosa y su lealtad caballeresca, como sólo queda en pie en una ciudad arrasada por un terremoto lo más fuerte, lo más firme, lo que tiene más arraigo y más cimiento: el templo con sus cruces y el castillo con sus almenas.




ArribaAbajo- XXIV -

Tratan algunos de quimérico el plan de invadir la Inglaterra que proyectaron siempre los dos Pontífices San Pío V y Gregorio XIII, y de iluso y soñador a Don Juan de Austria porque había puesto en este plan todas sus aspiraciones y sus vehementes deseos de gloria. No juzgaba de igual modo lord Burghley, político inmoral, ciertamente, pero el más profundo y de más larga vista que poseía entonces Inglaterra. En una memoria manuscrita, toda de su mano, que cita Mignet, y existe en el Museo Británico de Londres, dice a la reina Isabel de Inglaterra, este matrimonio es el mejor y único medio de volver flamencos: «Si los españoles llegan a someter a los Países Bajos, no desperdiciarán ninguna ocasión de invadir la Inglaterra y unir sus esfuerzos a los de los descontentos del reino; así es que si Don Juan acaba con los Estados, no tardará en volver las armas contra vuestra majestad. Las inteligencias que existen entre él y la reina de Escocia, desde que llega a los Países Bajos; sus entrevistas con el embajador de esta reina, el obispo de Glasgow y la opinión general de que existe un proyecto de matrimonio entre él y ella, son las razones que me hacen pensar así. Según los que desean un cambio de religión en Inglaterra, este matrimonio es el mejor y único medio de volver el reino a la Iglesia de Roma. Por este casamiento, Don Juan tendría un título a la corona de Inglaterra, y entonces se verá al Papa, al rey de Francia, al rey de España y a todos los príncipes católicos prestarle su apoyo: el Papa, por motivos de religión; el rey de Francia, por complacer a la casa de Guisa y para impedir que Inglaterra favorezca a los protestantes de Francia, y el rey de España, por colocar ventajosamente a su hermano. Conceder auxilios a los Países Bajos es, pues, una medida de conservación y de libre defensa para este reino».

Estas graves razones, que nada tenían de quiméricas para Burghley, decidieron a la reina Isabel y a los señores de su Consejo a socorrer a los rebeldes flamencos aún más descaradamente que lo habían hecho antes, no ya sólo con dinero, sino también con tropas inglesas y escocesas bajo el mando de Norris. Mas como se convencieron bien pronto de que el verdadero obstáculo que se oponía a sus fines era la persona de Don Juan, y de que nada ni nadie era capaz de intimidar su valor, ni de agotar su paciencia, ni de sobrepujar su pericia militar, juzgaron, como había juzgado Orange antes de su retirada de Namur, que el medio más corto y seguro de vencer aquel obstáculo era arrollarlo a traición, quitando a Don Juan alevosamente la vida. Una voz de alerta quiso Dios, sin embargo, que saliera desde el fondo de una prisión y llegase a oídos de Don Juan para impedir este nuevo crimen...

Había en Londres un mercader español, natural de Tarazona, rico y considerado entonces, que se llamaba Antonio de Guaras; vivía en una casa del gremio de lenceros, con almacén y muelle sobre el Támesis, y allí acudían muchos buhoneros a surtirse de efectos que vendían después al por menor recorriendo los condados. Mas en aquellas humildes barquitas de los buhoneros, que subían lentamente por el Támesis, llegaban a casa de Antonio Guaras secretos de la mayor importancia y recados de grandes personajes; porque era el mercader aragonés desde los tiempos de Enrique VIII agente de la corte de España y habíase constituido desde la llegada de Don Juan de Austria a Flandes en el más acérrimo propagandista de la invasión española en Inglaterra, y el intermediario entre aquél y la reina María Estuardo, presa a la sazón en el castillo de Sheffield. A Guaras, pues, dirigía Don Juan sus cartas a la reina de Escocia, y a él iban dirigidas las que ella le contestaba; correspondencia ésta interesantísima, de que no queda, por desgracia, rastro alguno.

Pues sucedió que bajo el disfraz de uno de estos buhoneros llegó un día a casa de Antonio de Guaras el jesuita inglés Holt, que, juntamente con su compañero escocés Chreigton, había enviado Gregorio XIII a Inglaterra como agentes suyos en el negocio de la invasión española. Venía de Sheffield y era portador de una carta cifrada de María Estuardo para Antonio de Guaras; traíala dentro de un espejillo con mucho arte dispuesto, que para estas peligrosas ocasiones llevaba siempre entre sus baratijas de buhonero. En esta carta mandaba la reina de Escocia a Antonio de Guaras prevenir a Don Juan el complot que contra su vida urdían los señores del Consejo de la reina Isabel, cuya noticia había llegado a Sheffield por uno de los muchos partidarios del matrimonio, de María y Don Juan, que por aquel entonces pululaban y trabajaban en Inglaterra y Escocia; susnoticias eran, sin embargo, incompletas, porque sólo hablaba vagamente de dicho complot, sin precisar detalle alguno ylimitándose tan sólo a encomendar a Don Juan la guarda de su persona...«il me semble que le sieur Don Juan se doilt soigneusement donner garde qu'il n'aye au pres de lui quelques plus grandes espions que fidelles serviteurs anglois ou aultres, etc., etc., etc.».

Alarmado Guaras, apresurose a comunicar este aviso a don Bernardino de Mendoza, embajador entonces en Londres del rey católico y gran partidario de María Estuardo, y con más medios de acción éste y más elementos de espionaje, logró al fin hallar el hilo del ovillo, hasta donde era necesario, y pudo así escribir a Felipe II el 17 de mayo: «Aquí ha muchos días que se platica en casa de Leicester de matar a su alteza (Don Juan de Austria), refrescándose la plática con la buena ocasión de la guerra, de lo cual he dado aviso a su alteza y justamente que esta reina dio libertad a los 10 a Edmondo Ratelife62, hermano del conde de Susex, que estaba preso en esta torre de Londres tres años ha...: y a causa de habérsele dado casi en secreto, desterrándole de este reino, que es cosa que pocas veces o nunca se ha visto, resolviéndose éste en el mismo punto que le dieron libertad de ir a servir a su alteza, le he advertido dello por ser mozo desbaratado y atrevido para cualquier caso, según lo que aquí me aseguran, pues su repentina libertad y resolución puede, con razón, engendrar sospecha».

Había ya, en efecto, don Bernardino, como en esta carta indica, escrito al señor Don Juan y enviádole también un retrato de Racleff que pudo proporcionarse, para que le reconociera, si se presentaba, al primer golpe de vista. No tardó en hacerlo el asesino. Hallábase Don Juan en el campo de Tilemont, y un día que daba audiencia, viose entrar de repente en su tienda a Edmundo Racleff solicitando humildemente que le hiciese la merced de escucharle. Había entrado en el campamento burlando la vigilancia de los centinelas y tenía escondidos en un bosque próximo dos ligeros caballos húngaros para asegurar la huida, en el caso de que pudiera, desde luego, dar el golpe. Conociole Don Juan al punto por el retrato que le mandó don Bernardino, y sin demostrar la menor sorpresa ni recelo, mandole benignamente que hablase; al mismo tiempo llamó con la mayor naturalidad a su ayuda de cámara, Bernardino Duarte, y diole en secreto para su capitán de guardias la orden de prender a aquel caballero cuando saliese de la tienda y entregarle al preboste general del campamento. Mientras tanto, explicaba Racleff a Don Juan con la más refinada hipocresía quién era su persona y cuáles sus pretensiones: díjole que era hijo del viejo conde de Susex, y católico, apostólico, romano; pero que hallándose desavenido con su hermano mayor por cuestiones de religión, y queriendo él asegurar su perseverancia y muerte en la fe romana, habíase huido de Inglaterra para ponerse al servicio del rey católico, y sólo pedía a Don Juan un puesto en su ejército y un sueldo proporcionado a su clase, porque tenía mujer e hijos pequeños que sustentar... Y mientras así decía el malvado, acechaba con la vista y calculaba el sitio donde le había de herir.

Escuchábale Don Juan, mirándole de hito en hito sin perder ninguno de sus movimientos, y contestole al fin afablemente, elogiando su fe religiosa, alabando sus propósitos y prometiéndole en nombre del rey su hermano ayudarle a cumplirlos. Sostenían esta plática ambos interlocutores paseando muy despacio por dentro de la tienda y procuraba Racleff con disimulo alargar el paseo por el campo, como solía Don Juan al despachar las audiencias, con el fin de alejarle algunos pasos entretenido con la conversación. Era su intento clavarle entonces en el pecho una daga emponzoñada que llevaba dispuesta, dejar dentro de la herida el arma y huir al punto por el bosque próximo donde tenía los caballos preparados. Mas Don Juan, como si se complaciera en jugar con el peligro, llegaba hasta la puerta, daba uno o dos pasos fuera, y volvía otra vez hacia el fondo de la tienda, hasta que, dando al fin por terminada la audiencia, despidiole hasta el día siguiente, en que le tendrían buscado su acomodo. Retirose Racleff, prometiéndose hacer en esta segunda audiencia lo que no había logrado en la primera, y no bien puso el pie fuera de la tienda, prendiole el capitán de guardias de Don Juan y entregole al preboste. Protestó Racleff de su inocencia en los primeros interrogatorios; pero puesto en el tormento, confesó plenamente todo lo que llevamos dicho. No fue ejecutado en vida de Don Juan, pero mandole degollar Alejandro Farnesio después de su muerte, juntamente con el otro cómplice, también inglés, que esperaba en el bosque con los caballos húngaros...

El día 16 de enero de 1579 escribía don Bernardino de Mendoza a Don Felipe desde Londres: «El de Parma ha mandado hacer justicia de los dos ingleses que escribí a vuestra majestad a los diez y seis de mayo, que habían partido de aquí con orden de matar al señor Don Juan, que Dios tenga. Esta reina dijo cuando tuvo la nueva de Walsingam con mucho enojo, que aquel era el suceso de los consejos que él y otros la daban, y el estado a que la traían, cuyas palabras sintió el Walsingam de manera que vino otro día de la corte con calentura a este lugar».




Arriba- XXV -

Al anochecer del martes 16 de septiembre de 1578 sintió repentinamente Don Juan de Austria intenso frío de calentura y un como desabrimiento general en todos sus miembros. Durole la calentura toda la noche, y al día siguiente, desabrido aún el cuerpo y muy dolorida la cabeza, levantose, sin embargo, a su hora ordinaria, oyó misa, despachó negocios, celebró consejo y visitó algunos cuarteles. Sucedía esto en el campo de Tirlemont, adonde Don Juan había trasladado sus reales después de la famosa batalla de Malinas, última que dirigió y en la que tan memorables proezas se hicieron. Diezmaba la peste el campo de los rebeldes, y aunque el contagio no había penetrado en el de Don Juan, padecíase en él mal de cámaras, y cebábase principalmente en las tropas tudescas, gente toda intemperante en el comer, y en el beber no escrupulosa. Preocupaba esto con razón al señor Don Juan y tomaba precauciones extraordinarias para evitar el contagio, inspeccionándolo todo él mismo, haciendo rondas diarias por los cuarteles, visitando a los enfermos en sus barracas, socorriéndoles y animándoles, y procurando, sobre todo, que no muriese ninguno sin recibir el Viático, al cual solía acompañar él las más de las veces; asunto éste de los Sacramentos que por lo trascendental y eterno tenía encomendado a su confesor de entonces el franciscano fray Francisco de Orantes, para que urgiese y vigilase a los muchos religiosos que había en el campo; porque Don Juan, que siempre cuidó mucho del bien espiritual de sus tropas, había llegado en estos últimos tiempos a hacer de su campamento, según Van der Hammen y Cabrera de Córdoba aseguran, un verdadero monasterio de religiosos.

Temiose, pues, que aquella repentina dolencia de Don Juan fuese precursora de la peste, y afirmose más este temor al ver que caían con los mismos síntomas tres o cuatro caballeros de su casa, de los que más de cerca le trataban, y entre ellos el anciano Gabrio Cervelloni, que contaba ya setenta años, y construía a la sazón, por orden de Don Juan, un extenso fuerte en las alturas de Bourges, frente al campo de Tirlemont, y a una legua escasa de Namur. Sosegáronse las alarmas al cuarto día viendo que cesaba en Don Juan la calentura y desaparecían las demás molestias; mas al quinto, que fue un sábado, recavó de repente Don Juan, y mientras los demás enfermos proseguían mejorando y llegaban a la convalecencia, presentábanse en él nuevos síntomas de enfermedad extraña, con saltos de corazón que le hacían levantarse en la cama, temblores de manos, brazos, lengua y ojos, y unas manchas coloradas y otras lívidas y casi azules, con puntas ásperas y negras.

Cundió entonces por el campo otra sospecha que los historiadores antiguos nos han transmitido y los modernos hacen más verosímil con nuevos datos y descubrimientos. Díjose que Don Juan de Austria había sido envenenado en la convalecencia, y Van der Hammen llega hasta indicar la mano que sirvió de instrumento al crimen. «Esto hizo sospechar a su familia -dice- había sido envenenado, y que el doctor Ramírez le había dado algo en el caldo». Y en el diario de la enfermedad de Don Juan, llevado por el médico de éste, cuyo original inserta Porreño en su vida del héroe de Lepanto, léense estas palabras: «Usose, con alguna sospecha, de remedios contra veneno, agora fuese de fuera, agora de dentro».

La voz pública, así en el campo como dondequiera que llegaba la noticia, señaló al punto como autores del crimen sospechado a la reina de Inglaterra o al príncipe de Orange; la reciente tentativa de Racleff y las varias frustradas del principio jurídico cui prodest encajaba también, como anillo en el dedo, así a la reina hereje como al príncipe apóstata...

Mas nadie pudo sospechar entonces que aquel siniestro cui prodest cuadrase mejor que a nadie al secretario Antonio Pérez, porque ignorábase todavía que a nadie interesaba como a éste la desaparición de Don Juan de Austria de la escena del mundo. Horrible pesadilla debió de ser, en efecto, para Antonio Pérez el solo pensamiento de que pudiese volver a España Don Juan de Austria, sabiendo o sospechando, al menos, las infamias, crímenes y tramoyas de que le había hecho víctima; que una vez puesto en la pista, indagase, averiguase, adquiriese la certidumbre, y en la terrible sed de justicia que con razón le devoraba, pusiese todo en claro en una sola entrevista con el rey su hermano, y le hundiese a él para siempre en el abismo de infamia y de iniquidad en que la mano de Dios le sepultó más tarde. Es, pues, muy verosímil que, convencido al fin Antonio Pérez de la vuelta a España de Don Juan de Austria, intentase detenerle para siempre con un caldo del doctor Ramírez u otro medio semejante; y es opinión común al presente, que si hubo crimen en la muerte de Don Juan -lo cual no resulta suficientemente probado- lo mismo puede atribuirse a la reina de Inglaterra, que al príncipe de Orange, que al secretario Antonio Pérez; los tres eran capaces de ello y a los tres reportaba también grandes ventajas, aunque por diversos conceptos, la muerte del vencedor de Lepanto.

Mas sea ello lo que fuere, es lo cierto que desde el primer instante de ser su recaída comprendió Don Juan que se moría y que llegaba aquella muerte por él tan esperada.


... que non ha dolor
del home que sea grande ni cuytado.

Aprestose, pues, a recibirla con ánimo entero y varonil, digno como de príncipe, humilde como de cristiano, y fue la primera de sus disposiciones que le trasladasen al fuerte que a la sazón construía Gabrio Cervelloni, que distaba una legua del campo. Hízose llevar por sus criados en una camilla de campaña, sin orden ni previo aviso, para evitar a los soldados el dolor de despedirle y no causar a nadie alarma ni molestia. Había quedado por dentro del muro de circunvalación del fuerte, única cosa en él terminada, una casucha o más bien palomar, donde se alojaba don Bernardino de Zúñiga, capitán de infantería y criado de Don Juan, y allí se mandó llevar éste por no desacomodar a nadie. «No había -dice Van der Hammen- sino un palomar donde hacerle el aposento. Quitáronle la palomina, limpiáronle, colgáronle unos reposteros por el techo y paredes, por tapar las lumbreras, y encima unos damasquillos; rociáronle con agua de olor, y hecha una escalera de palo le subieron a él»63. Y el padre confesor fray Francisco de Orantes escribe a Felipe II: «Murió en una barraca, pobre como un soldado; que prometo a vuestra majestad que no había sino un sobradillo encima de un corral, para que en esto imitase la pobreza de Cristo»64.

Sucedía todo esto el sábado 20, y el domingo 21, muy de mañana, mandó llamar Don Juan a su confesor fray Francisco de Orantes, y con mucha humildad y gran dolor de sus pecados hizo confesión general de toda su vida, con el ahínco y el fervor de quien se prepara a morir; y aunque los médicos le daban unas esperanzas de vida y pretendían disuadirle, pidió el Viático y recibiolo acto continuo con gran devoción y entereza en una misa que celebró en el aposento el jesuita Juan Fernández. Convocó luego en aquel miserable recinto a todos los maestres de campo, consejeros de Estado y demás personajes agregados al ejército, y ante ellos resignó solemnemente el mando, entregando su bastón al príncipe de Parma, Alejandro Farnesio, que estaba allí presente arrodillado a los pies de la cama, tan oprimido y angustiado por el mucho amor que a Don Juan profesaba, que hundía la frente en las ropas del lecho, y el conde de Mansfeld tuvo que levantarle y animarle. Y fue cosa maravillosa que conmovió todos los ánimos y puso lágrimas en los ojos de aquellos veteranos el ver que aquel rayo de la guerra, Alejandro Farnesio, de valor temerario y de energía indomable, se afligiese y acongojara como débil mujer al recibir aquella distinción suprema de manos de su amigo y deudo moribundo.

Dirigiéndose después a su confesor, fray Francisco de Orantes, declaró ante todos lo que ya le había dicho a él en secreto: -«que no dejaba testamento porque nada poseía en el mundo que no fuese de su hermano y señor el rey, y que a éste, por tanto, tocaba disponer de todo. Que recomendaba al rey su alma y su cuerpo; su alma, para que le mandase hacer sufragios según la mucha necesidad que de ello había; su cuerpo, para que lo hiciese enterrar cerca de su señor y padre el emperador, que con esto quedarían sus servicios satisfechos y pagados; y si esto no hubiese lugar, que le diesen sepultura en el monasterio de nuestra Señora de Montserrat. Item, le suplicaba que mirase por su madre y hermano. Item, que mirase por sus criados y los pagase y gratificase, porque tan pobre moría él que no podía hacerlo. Cuanto a la obligación de personas que yo tengo y cuentas -dijo por último-, pocas son y muy claras».

Y dicho esto con gran entereza, despidioles a todos con la mano, despidiose él mismo de las cosas de la tierra, para no pensar ya ni tratar más que de las del cielo.

Retuvo, sin embargo, al padre Juan Fernández y, mostrándole un librillo manuscrito que tenía bajo la almohada, díjole que aquéllas eran las oraciones que rezaba él todos los días, sin que hubiese dejado de hacerlo uno solo de su vida, y que como el horrible dolor de cabeza que padecía le nublaba la vista impidiéndole leer, le suplicaba por amor de Dios, y amor suyo, le hiciese la merced de rezarlas en su nombre. Prometióselo el Padre muy conmovido, y, según testimonio del mismo, empleó una hora bien completa en recitar aquellas oraciones que el devoto príncipe rezó todos los días de su vida, en medio de las fatigas de la guerra, las preocupaciones del gobierno, y, lo que es más difícil, en medio de la disipación de los placeres mundanos. Estaba todo el libro escrito de mano de Don Juan; comenzaba por las infantiles oraciones que aprendió en su niñez de doña Magdalena de Ulloa; seguíanse varios ejercicios piadosos y concluía por diversas oraciones compuestas por el mismo Don Juan, según se las habían inspirado en todo el curso de su vida sus apuros, sus dolores, sus esperanzas, sus alegrías y sus calurosas efusiones de agradecimiento. Era, en fin, aquello un índice compendiado de sus relaciones con Dios en todos los trances de su vida, que el agradecido corazón de Don Juan repasaba diariamente, y que sólo el santo padre Juan Fernández tuvo la dicha de conocer.

Era este padre Juan Fernández el que pocos meses después y bajo el mando ya de Alejandro Farnesio, realizó la horrenda hazaña, acto de caridad increíble al mismo tiempo, del foso de Maastricht, que hemos narrado ya en otra parte65. Habíale conocido Don Juan en Luxemburgo a su llegada a Flandes, y admirado de su santidad, prudencia y letras y profundamente edificado de su incansable y caritativo celo en pro de los soldados, incorporole, desde luego, al ejército y llevole consigo por todas partes; y aunque nunca fue su confesor oficial, reconciliábase con él a menudo y consultábale privadamente en todos los casos difíciles. En estos breves días de su última enfermedad asistiole de continuo con fray Francisco de Orantes, y en los ratos que dejaban libre a Don Juan su horrible dolor de cabeza y sus agitados delirios, sostenía con él espirituales pláticas que mantenían en el enfermo su dulce y resignada paz, y dejaban en el jesuita el consuelo inefable que sienten los justos ante las maravillas de la gracia divina.

En una de estas conversaciones íntimas reveló Don Juan de Austria al padre Juan Fernández el propósito firmísimo que había formado cuatro meses antes, si Dios le sacaba con vida de Flandes, de retirarse para siempre del mundo en los ermitaños de Montserrat y servir allí a aquel Señor que podía y quería mucho mayores cosas que su hermano Don Felipe... Amarga frase ésta, que, sin envolver censura alguna contra Felipe II, como algunos pretenden -porque no puede haberla en suponer mayor poder y mejor querer en el Rey del cielo que en el más poderoso y santo rey de la tierra-, revela, sin embargo, el profundo desengaño que se apoderó del vencedor de Lepanto cuatro meses antes, es decir, a raíz de la muerte de Escobedo.

Mientras tanto, la enfermedad destruía rápidamente la persona de Don Juan, presentando cada día, y aun cada hora, nuevos síntomas dolorosos y extraordinarios. Tomábanle unas veces desmayos profundos en que parecía exhalar ya el último aliento, y otros furiosos delirios de cosas fieras y de guerra, en que se le figuraba siempre mandar una batalla, y de que sólo le arrancaban, por raro prodigio, los nombres de Jesús y María, que invocaban a su oído los padres Orantes y Fernández. El día 30 sintió Don Juan tan acabadas sus fuerzas, que quiso recibir de nuevo el Viático, y encargó a fray Francisco de Orantes que le diesen la Extremaunción, con tiempo, cuando creyese era llegado el momento oportuno. Creyolo así el confesor al anochecer de aquel mismo día, y administrole este último sacramento, que recibió Don Juan con gran devoción y perfecto conocimiento en presencia de todos los maestres de campo y demás personajes que se apiñaban en el estrecho recinto.

Nadie durmió aquella noche ni en el fuerte ni en el campo, y sin cesar iban y venían de una a otra parte mensajeros portadores de tristes noticias. Al amanecer díjole misa el padre Juan Fernández enfrente del lecho, y como tuviera ya los ojos quebrados, creyéndole sin conocimiento, mas advirtiéndole el confesor que alzaban el Santísimo Sacramento, acudió con gran presteza a quitarse un bonetillo que tenía en la cabeza y le adoró.

A las nueve pareció reanimarse algún tanto y acometiole entonces un nuevo delirio en que con increíble fuerza comenzó a enfurecer a lo militar mandando una batalla, a ordenar los batallones, llamar por su nombre a los capitanes, enviar los caballos volantes, reprendiéndoles unas veces porque se dejaban cortar del enemigo, apellidando otras la victoria con los ojos, con las manos, con la voz, clamando siempre por el marqués de Santa Cruz, a quien llamaba Don Álvaro amigo, su maestro, su guía y su brazo derecho.

-¡Jesús... Jesús... María! -imploraba el confesor a su oído.

-¡Jesús... Jesús... María! -repitió al cabo Don Juan de Austria; y fuese poco a poco sosegando al pronunciar estos sagrados nombres, hasta quedar sumido en profundo letargo, precursor, sin duda, de la muerte, cerrados los ojos, inerte todo el cuerpo, con el Cristo de los moriscos sobre el pecho, que le había puesto el padre Juan Fernández, revelándose en él la vida tan sólo por el estertor fatigoso y entrecortado.

Arrodilláronse todos creyendo llegado el instante supremo y los dos religiosos comenzaron a rezar, alternando, las preces de los agonizantes... De repente, a eso de las once, dió Don Juan un gran suspiro y oyósele articular distintamente con voz débil, pero clara, dulce, quejumbrosa, como de niño enfermo que llama a su madre:

-¡Tía!... ¡Tía!... ¡Señora tía!

Y ya no dijo más; por dos horas prolongose aún aquel letargo, y a la una y media, sin esfuerzo, sin sacudida, sin violencia alguna, boqueó dos veces, y el alma de aquel Don Juan enviado por Dios voló al seno del mismo a darle cuenta de la misión que le había confiado...

¿La había cumplido, en efecto? ¿Limitábase la misión de Don Juan de Austria a hundir en las aguas de Lepanto el inmenso poderío del Turco, amenaza constante de la fe de Cristo y de la libertad de Europa, o extendíase también a conquistar el reino de Inglaterra y a volver aquel gran pueblo al redil de la Iglesia Católica, como los dos Vicarios de Cristo San Pío V y Gregorio XIII quisieron y pensaron?

Si así fue, Don Juan de Austria pudo muy bien saldar su cuenta ante el Tribunal divino, consignando allí, por toda respuesta, aquellas palabras de Cristo a Santa Teresa, que tan pavorosamente marcan el alcance aterrador del humano libre albedrío:

-Teresa, yo he querido..., pero los hombres no han querido...66.




 
 
FIN