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ArribaAbajo- XII -

El dolor de Luis Quijada por la muerte del César fue tan grande, que escribe a este propósito el monje anónimo de Yuste, testigo presencial de aquellos sucesos: «Acaeció que, salido el arzobispo con los demás señores, como arriba dixe, a escrevir al rey, nuestro señor, la muerte de su padre, se quedaron en el aposento, donde estaba el cuerpo del emperador muerto, los tres queridos de su majestad: el marqués de Miravel, Luis Quixada y Martín Gaztelbu (Gaztelu), los quales hicieron y dixeron cosas, en sentimiento de la muerte de su majestad que, a no los conoscer, fuera posible juzgar y sentir muy diferentemente dellos y de su gravedad. Davan voces, davan gritos, dávanse palmadas en el rostro y calabaçadas en las paredes que parecía estaban fuera de sí, como lo estavan con la pena que sentían de veer muerto a su señor que en tantas honras les pusiera, y a quien tan tiernamente amavan y querían: decían muchas alabanças del César, referían sus virtudes. Y juntamente con esto, eran tantas las voces y gritos que davan, que despertaron toda la casa de su majestad, a que todos hiciesen otro tanto, asta que les sacaron del aposento, adonde quedamos los quatro religiosos que belamos el cuerpo como arriba diré».

Aquel exceso de dolor produjo, sin duda alguna, en Luis Quijada cierta irritación nerviosa que le hizo por mucho tiempo más duro y más severo en su trato, y quizá menos circunspecto en su prudencia. Sólo con Jeromín parecía haber acentuado, por el contrario, no ya sus cuidados y vigilancia, pues éstos fueron siempre extremados, sino las manifestaciones de su cariño y consideración, que antes eran más disimuladas.

Celebráronse por tres días solemnísimas honras en Yuste estando de cuerpo presente el emperador, y en todas ellas presidió Luis Quijada con loba cerrada de bayeta negra y capirote de luto que le tapaba el rostro casi por completo. A su lado estuvo los tres días Jeromín, también con loba y capirote, que sólo dejaba al descubierto aquellos sus ojitos garzos que todo lo veían y escudriñaban: que cierto nos maravillamos, dice el monje anónimo de Yuste, cómo tuvo fuerzas para sufrir estar tanto tiempo de pie.

Y acaeció aquel primer día de las honras que como viese Luis Quijada que un paje del marqués de Miravel entraba en la iglesia una silla para su amo, mandósela retirar. Dijo el paje que su señor estaba enfermo, y érale menester si había de estar dentro. A lo cual replicó Luis Quijada:

-Pues quédese afuera; que no he de permitir yo que nadie tome silla ante el emperador, mi señor, ni vivo ni muerto.

Pidió Jeromín a Luis Quijada el papagayo del emperador y uno de sus gatitos que quedaban, por haber muerto el otro poco antes; y con verdadera complacencia trájoselos Luis Quijada a Cuacos y púsolos al cuidado del niño, mientras no los reclamase la princesa Doña Juana, a quien se había notificado ya la existencia de los animalejos. Y tal preponderancia debió tomar aquel augusto Zapirón sobre el rígido mayordomo, que en una carta de éste al secretario de Estado, Juan Vázquez, pone esta curiosa postdata: «Ha dos días que esta carta estaba escrita; y por lo mucho que ha havido en que entender, y porque quise esperar a que todos fuesen partidos, no he despachado. Hoy han acabado de arrancar de aquí con todo su bagaje, y vuestra merced perdone el ir cortando el papel, que el diablo del gatillo me ha derramado un tintero de tinta en la otra hoja».

Permaneció Luis Quijada en Cuacos hasta fines de noviembre, porque todo este tiempo le fue necesario para el pesado trabajo de levantar la casa del emperador, hacer inventarios, despedir servidumbres, ajustar cuentas y pagar deudas. Aprovechó esta ocasión doña Magdalena para hacer una visita con Jeromín al no lejano santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, y durante su ausencia ocurriole a Luis Quijada un caso que le sorprendió y disgustó, aunque de mucho tiempo atrás debiera tenerlo previsto.

Y fue ello que ni a los muchos y graves personajes que hospedó en Cuacos Luis Quijada, ni a los frailes del monasterio que allí acudían de continuo, ni a las mil personas indiferentes que por diversos conceptos cruzaron aquellos lugares durante la estancia del emperador, pudo pasárseles por alto aquella simpática figura de Jeromín que tan natural encanto reflejaba, ni la posición extraña que parecía ocupar en casa de los Quijadas a poco que se le observase de cerca. Hiciéronse sobre ello muchas suposiciones y comentarios; y tan graves fueron las unas y tan alto llegaron los otros, que un día, cuando menos Luis Quijada lo pensaba, encontrose con una carta del secretario de Estado, Juan Vázquez, preguntándole sin rodeos, en nombre de la princesa Doña Juana, si era cierto que el emperador hubiese dejado un hijo natural muchacho, que estuviese a su cargo de él desde años antes, porque su alteza deseaba proveer a todo ello si el caso fuera verdadero.

Alborotose Luis Quijada ante pregunta tan grave, y apresarose a contestar a Juan Vázquez el día 18 de octubre: «En lo que vuestra merced dice del muchacho que está en mi poder, es verdad que me lo encomendó un amigo mío años ha; y no se ha de creer que es de su majestad como vuestra merced dice que se ha publicado así, pues en su testamento, cuya copia que tenía en su poder, nos hizo leer a Gaztelu en su presencia, a su confesor y a mí, ni el codecilio que después otorgó, hace mención de nada de esto; y siendo esto ansí, no sabría más que poder responder a ello».

Y no contento con esto Luis Quijada, y como para salvar su responsabilidad ante aquel su misterioso corresponsal de Flandes, único con quien trataba las cosas de Jeromín, escribiole desde Cuacos: «Veinte días después del fallecimiento de su majestad imperial, me escribió Juan Bázquez, de parte de la serenísima princesa, que le avisase si era verdad que en mi poder avía un niño, queriéndome dar a entender que se había dicho ser de su majestad, o como yo le avisase, en público o en secreto, de lo cierto dello, para que, si fuese verdad, se probeyese lo que cerca desto dexara ordenado. A que le respondí ser ansí que yo tenía un muchacho de un caballero amigo mío, que me había encomendado años ha, y que pues su majestad ni en su testamento ni codecilio no hacía memoria dél que era razón, tenezlo por burla y que no sabía que poder responder otra cosa ni en público ni en secreto. Y aun sé que tenéis entendido lo que en esto hay, y el inconveniente que podría resultar de semejante publicación, todavía, por lo que toca a mi descargo de havérseme escrito lo sobredicho, y haver sabido por otras vías que se trata desto, me ha parecido avisarle dello, para que sepa que en esto he hecho lo que devo y soy obligado».

Volvió a la carga Juan Vázquez sobre el mismo asunto, y mohino ya el mayordomo, contestole, aludiendo a la creencia errónea en que estuvo el secretario, a pesar de las seguridades que Luis Quijada le daba en contra, de que el emperador mandaba aderezar meses antes una casa del arzobispo en Alcalá, para trasladarse allí, abandonando a Yuste. «Por tan cierto me parece que va teniendo lo de este muchacho vuestra merced, como el aderezar su majestad la casa de Alcalá para irse a ella. Pregunte vuestra merced al fator cuando ha, y lo que yo le dije sobre cierto juro que quería comprar yo para este niño».

Mas como a su paso para Valladolid, camino ya de Villagarcía, viese Quijada aquel mismo rumor de que se hacía eco Vázquez, extendido por todas partes y le molestara a él con preguntas e indirectas, escribiole ya sin ambages ni rodeos, el 13 de diciembre, al corresponsal misterioso de Flandes, que no era otro sino la propia majestad católica del señor rey Don Felipe II: «Hallo tan público aquí lo que toda aquella persona que vuestra majestad sabe que está a mi cargo, que me ha espantado y espántame mucho más las particularidades que sobrello oyo. Venía con temor que la serenísima princesa no me apretase a que yo la dijese lo que sobresto sabía, lo qual, por no tener la libertad que sería razón para decillo, venía determinado a cerrarme, y no responder más de lo que la primera vez había hecho; de que a vuestra majestad he avisado desde Yuste. Pero su alteza me hizo tanta merced, que palabra no me habló dello hasta agora; y ansí no pienso responder a nadie que me preguntare, sino que yo no sé nada de lo que el pueblo dice; mas también sé lo que en esto hay, que casi que lo debe saber la serenísima princesa, según me han dicho. Pero la voluntad de su majestad para que vuestra majestad la entienda, era questo estuviese secreto hasta la venida de vuestra majestad y desde allí adelante se hiciese lo que vuestra majestad mandase. Yo no hago más demostraciones en esto que lo que hacía en vida el emperador; mas tengo mucho cuidado que aprenda y se le enseñen las cosas necesarias, conforme a su edad y a la calidad de su persona, que, según la estrecheza en que se crió y ha estado hasta que vino a mi poder, es bien menester con todo cuidado tener cuenta con él. Y ansí me ha parecido avisar a vuestra majestad de lo que pasa, y de la determinación que su majestad tenía y pensaba hacer, para que vuestra majestad la entienda y mande lo que fuere servido haga También ha tenido, de diez días a esta parte, unas tercianas dobles harto ruines; mas, bendito sea Dios, yo vine ayer de mi casa, y le dejé sin ellas y fuera de peligro».

Agradole a Don Felipe esta lealtad de Quijada, y contestole de su puño y letra que guardase fielmente el secreto, tal como el difunto emperador le había encomendado, hasta la llegada de él a España, que sería muy en breve; pero que no le alarmasen los rumores que corrían, porque allí en Flandes era ya la verdad pública. Al testamento hecho en Bruselas por el emperador acompañaba un pliego cerrado con este sobrescrito de su propia mano: No ha de abrir esta cédula otro que el príncipe mi hijo, y en su defecto, dél, mi nieto Don Carlos; y en su defecto él o la que fuere mi heredero o heredera, conforme a este mi testamento al tiempo que se abriere.

Dentro de este sobre hallábase la siguiente declaración firmada por el emperador y sellada con su sello secreto:

«Demás de lo contenido en este mi testamento, digo y declaro que, por cuanto estando yo en Alemania, después que embiudé hube un hijo natural de una mujer soltera, el qual se llama Jerónimo, y mi intención ha sido y es que, por algunas causas que a esto me mueven, que pudiéndose buenamente endereçar que de su libre y espontánea voluntad él tomase hábito en alguna religión de frayles reformados, a lo qual se encamine sin hacerle para ello premia y extorsión alguna. Y no pudiendo esto guiar ansí, y queriendo él más seguir la vida y estado seglar, es mi voluntad y mando que se le den de renta, por vía ordinaria, en cada un año, de veynte a treinta mil ducados en el reino de Nápoles, señalándole lugares y vasallos con la dicha renta. Lo qual todo, assí en el señalar los dichos, como en la cantidad de la renta, que la suma susodicha sea como pareciese al príncipe mi hijo, a quien lo remito; y en defecto dél, sea como pareciere a mi nieto el infante Don Carlos, o a la persona que, conforme a este mi testamento, fuere mi heredero o heredera al tiempo que se abriere. Y cuando el dicho Jerónimo no estuviese por entonces ya puesto en el estado que yo deseo, gozará de la dicha renta y lugares por todos los días de su vida, y después dél, sus herederos y sucesores legítimos, de su cuerpo descendientes. Y en cualquier estado que tomare el dicho Jerónimo, encargo al dicho príncipe mi hijo y al dicho mi nieto, y a cualquiera mi heredero, que, como dicho tengo, tubiere al tiempo que este mi testamento se abriesse, que lo honre y mande honrar, y que le tengan el respeto que conviene, y que haga guardar, cumplir y executar, lo que en esta cédula es contenido. Lo qual firmé de mi nombre y mano, y va cerrada y sellada con mi sello pequeño y secreto, y se ha de guardar y de poner en efecto, como cláusula del dicho mi testamento. Hecha en Bruselas, a seys días del mes de junio de 1554.

Hijo o nieto, o cualquiera que al tiempo que este mi testamento y cédula se abriese, y fuere conforme a él mi heredero o heredera, si no tuviéredes razón de dónde esté este Jerónimo, lo podréys saber de Adrián, ayuda de mi cámara; o en caso de su muerte, de Oger, mi portero de cámara, para que use dél conforme a lo susodicho».

A esta gravísima declaración iba unido un duplicado de la cédula firmada por Francisco de Massy y Ana de Medina, que sirvió a Carlos Prevost para reclamar a Jeromín en Leganés, cuatro años antes.




ArribaAbajo- XIII -

Pronto convaleció Jeromín de sus tercianas, y la vida de Villagarcía comenzó otra vez a deslizarse tranquila, feliz y ordenada, como antes del agitado paréntesis de Yuste y de Cuacos.

Luis Quijada guardó fielmente el secreto del emperador, como Felipe II le había mandado, y la existencia de Jeromín, encerrado otra vez entre los muros de Villagarcía, pareció por completo olvidada.

Nada hay, sin embargo, más feliz que la memoria de una mujer curiosa, por muy prudente y discreta que sea; y si pocas aventajaban en virtud, prudencia y discreción a la princesa gobernadora de España, Doña Juana de Austria, tampoco iba ella a la zaga de nadie ni en curiosidad de saber ni en recursos para investigar. Viendo, pues, que nada había sacado en claro de Luis Quijada sobre la persona de Jeromín, ocurriósele sacarlo de doña Magdalena, y enviole a este propósito un correo a Villagarcía hacia el 15 de mayo, suplicándole que la diera gusto en venirse a ver el Auto, y truxere al mochacho que tenía consigo, con el disfraz en que vivía.

Era este auto a que aludía la princesa Doña Juana el famoso auto de fe celebrado en Valladolid el 21 de mayo de 1559, en que salió el doctor Agustín Cazalla con treinta de sus secuaces herejes. Habíase descubierto toda esta maraña luterana muchos meses antes, en vida todavía del emperador, el cual pidió y urgió con gran vehemencia desde Yuste el pronto y terrible castigo de los culpables a la princesa gobernadora Doña Juana y al inquisidor general, don Fernando de Valdés, arzobispo de Sevilla. El caso y su descubrimiento fueron de esta manera:

Moraba por aquel entonces en Valladolid, en el número 13 de la calle de las Platerías, un tal Juan García, de oficio platero. Veíale su mujer de algún tiempo atrás caviloso y distraído, y observole también que muchas noches fingía recogerse al aposento más temprano y tornaba a salir luego más tarde. Era la mujer brava y decidida, y siguiole una noche disfrazada, creyendo fuera todo cosa de amoríos.

Llegó Juan García a una calle que llaman ahora del Doctor Cazalla, y sin recatarse demasiado llamó a una casa que estaba entre lo que es hoy cuartel de Caballería y la antigua botica de la plazuela de San Miguel. Abriose con precaución un postiguillo, y la mujer oyó distintamente que daban desde dentro una contraseña que a ella le pareció: Chinela. Juan García contestó Cazalla, y Abriose la puerta y entró el platero.

Quedose la mujer atónita, y creció más todavía su pasmo al ver que por ambos extremos de la calle llegaban a intervalos los hombres y mujeres, ya solos, ya en parejas, y, previa la misma operación que hiciera su marido, desaparecían también en la casa misteriosa, que no era otra sino la de doña Leonor de Vivero, madre del doctor Cazalla. Era la mujer decidida, según ya dijimos; y como viese venir a lo largo de la calle una beata muy devota y compuesta, que resultó luego la Juana Sánchez que se suicidó en la Inquisición clavándose unas tijeras en la garganta, siguiole los pasos con disimulo, dio también en la puerta su contraseña, y entrose tras la beata hasta una sala muy espaciosa, no mal alumbrada, en que vio y escuchó al doctor Cazalla explicando a más de sesenta personas entre hombres y mujeres las perversas doctrinas luteranas que había traído de Alemania.

Comprendió la mujer al punto que se hallaba en un conventículo de herejes, y llena de horror, aunque sin perder un punto su aplomo y energía, saliose con disimulo y denunció aquella misma mañana a su confesor todo lo que había visto y oído. Mas ya fuera que también éste anduviese tocado de la misma doctrina, ya que no diese gran crédito a las palabras de su penitente, limitose a aconsejarla que no hiciera caso. Hízole ella tanto, sin embargo, que aquel mismo día se avistó con el inquisidor mayor en persona, y púsole en las manos el hilo de la maraña. Y tal y tan grande la encontraron siguiendo con prudente cautela aquel hilito, que con razón pudo decir Cazalla, ya en la cárcel:

-Si esperaran cuatro meses para perseguirnos, fuéramos tantos como ellos; y si seis, hiciéramos de ellos lo que ellos de nosotros.

Tuvo el hecho por toda España inmensa resonancia, y calculáronse en más de doscientas mil personas las que acudieron a Valladolid de las dos Castillas, Aragón, Extremadura y aun de la misma Andalucía para presenciar el auto de fe que, como desenlace del drama, debía celebrarse el domingo de la Santísima Trinidad, 21 de mayo de 1559.

Había tenido Luis Quijada verdadera participación en todo esto, pues a él envió el emperador desde Yuste para urgir a la princesa y al inquisidor en el pronto y terrible castigo de los herejes, y así la aconsejó también Luis Quijada mismo, que, como verdadero hombre de su tiempo, católico rancio de Castilla y político educado prácticamente en Alemania, comprendía y opinaba que sólo rigurosos y saludables escarmientos podrían detener el protestantismo a las puertas de España, y con él la desmembración del reino y la ruina más que probable de toda la monarquía. Pareciole, pues, oportunísima la lección que pudiera llevar Jeromín en Valladolid asistiendo al auto de fe a que le convidaban, y él mismo instó a doña Magdalena para que aceptase la invitación de la princesa gobernadora y se trasladase a Valladolid en aquellos días con el niño y con doña Mariana de Ulloa, su sobrina, heredera de su hermano el marqués de la Mota, que se hallaba a la sazón en Villagarcía.

Salieron, pues, del lugar doña Magdalena y su sobrina con todo el acompañamiento que a tan ilustres damas correspondía, y llegaron a Valladolid el 20 de mayo, víspera del auto, muy de mañana. Hospedáronse en las casas del conde de Miranda, deudo muy cercano de doña Magdalena, y para evitar encuentros enojosos de visitas y preguntas ociosas de indiscretos, dispuso la prudente señora que todo el día anduviese Jeromín por las calles con el escudero Juan Galarza viendo y admirando los preparativos del solemne y terrible acto.

Marchose Jeromín encantado, y verdaderamente que a nada era comparable el aspecto de las calles de Valladolid en aquel día 20 de mayo. Rebosaba la gente en ellas de tal manera, que hacíase casi imposible el tránsito a los familiares del Santo Oficio encargados desde por la mañana de promulgar el acostumbrado bando. Iban éstos a caballo, con sus veneras en la mano, precedidos y seguidos de alguaciles y rodeados de pregoneros, que con temerosas voces anunciaban en las esquinas los dos artículos del bando. Prohibíase por el primero desde aquel momento hasta el día siguiente a la ejecución de las sentencias el uso de armas ofensivas y defensivas, bajo pena de excomunión mayor y confiscación de las dichas armas. Quedaba igualmente prohibido por el segundo, desde las dos de la tarde de aquel día hasta una hora después de terminadas las ejecuciones, el tránsito de carrozas, literas, sillas, caballos o mulas por las calles donde debía pasar la procesión y por la plaza Mayor, donde se hallaba el tablado.

Una doble hilera de guardias impedía la entrada en ésta, donde daban ya la última mano al enorme cadalso en que debía celebrarse el auto o lectura de las causas y sentencia, única parte de la solenmidad que la corte y el público culto presenciaban. Y allá fuera de puertas, en lo que llamaban Campo Grande o de Marte, cercaban también los guardias el espacio de terreno llamado el Quemadero, donde para ejecutarse las sentencias levantaban entonces quince tabladillos, por ser otros tantos los reos sentenciados a muerte. Eran estos tabladillos muy pequeños; descansaban sobre la leña que había de formar la hoguera y elevábase encima de ellos un garrote con su argolla, igual a los de nuestro tiempo, adonde se ataba al reo y se le daba muerte antes de quemarlo, porque muertos y no vivos se quemaban entonces los reos, como no fuese en el otro caso de impenitencia final y de blasfemia.

En todo aquel trayecto del Campo Grande a la plaza Mayor y de ésta a la calle de Pedro Barrueco, hoy del Obispo, donde estaban las casas y cárceles del Santo Oficio, no quedaba esquina, rincón o plazuela donde no se levantasen cadalsos enlutados, cuyos asientos llegaron a pagarse a la suma enorme, para aquel tiempo, de 12, 13 y aun 20 reales.

Levantábanse también en todas las plazas del lugar y en muchas de sus encrucijadas otros tingladillos enlutados donde predicaban todo el día frailes de todas las Órdenes a la inmensa multitud, que sin cesar se remudaba, enlutada siempre, triste, muy semejante en su aspecto al que se notaba antes en todas, y se nota aún en muchas poblaciones de España el día de Viernes Santo. El luto oficial, la verdadera compunción de muchos y la afectada compostura de otros, encubrían la indiferencia de no pocos y prestaban a todo el conjunto un tinte de lúgubre tristeza y aun de pavura, acorde con el terrible espectáculo que iba a celebrarse.

A las cuatro cesaron los sermones en las plazas y aumentó la afluencia de gente en calles, tablados, ventanas y balcones... Comenzaba a salir de la capilla del Santo Oficio la tradicional procesión llamada de la Cruz Verde. Marchaban delante todas las comunidades religiosas de Valladolid y sus contornos, formados los frailes de dos en dos, todos con hachas de cera encendidas. Seguían los comisarios, escribanos y familiares del Santo Oficio, y a continuación los consultores, calificadores y altos ministros del Tribunal con los secretarios, el alguacil mayor y el fiscal, llevando todos también grandes cirios encendidos. Al final de esta inmensa procesión traía un fraile dominico, bajo palio de terciopelo negro, una gran cruz de madera verde cubierta con un crespón de luto. Los músicos de la capilla entonaban alrededor el himno Vexilla regis prodeunt, que todo el numeroso acompañamiento y el pueblo mismo contestaba, alternando los versículos.

En algunas esquinas, los frailes predicadores dejaban oír de cuando en cuando su voz, no para predicar, sino impetrando del cielo la contrición de los reos con vehementes apóstrofes, a que contestaba el pueblo entero con jaculatorias, gemidos y oraciones. Susurrábase que de los treinta reos condenados, sólo uno, el bachiller Herreruelos, permanecía aún obstinado e impenitente.

Cruzó la procesión con solemne pausa las calles principales de Valladolid y vino a recaer, muy entrada ya la noche, en la plaza Mayor, donde se había terminado ya el cadalso. Había en éste un altar preparado, y en él colocaron solemnemente la cruz verde con doce hachas de cera blanca encendidas. Cuatro religiosos dominicos y un piquete de alabarderos habían de velarla allí toda la noche.




ArribaAbajo- XIV -

Mientras corría Jeromín por las calles de Valladolid, más divertido que admirado o compungido, felicitábase doña Magdalena por su prudente idea de haberle alejado de casa.

A las pocas horas de su llegada recibió un atento mensaje de doña Leonor Mascareñas, dama de la princesa Doña Juana, anunciándole que a las tres y media de la tarde iría a visitarla en nombre de su alteza la serenísima señora princesa gobernadora, y tendría al mismo tiempo la honra de besarla las manos en nombre propio de ella. Contestola doña Magdalena, con la aparatosa cortesía de aquellos tiempos, que todas las horas eran buenas para recibir mercedes tan señaladas, y que a ella, humilde criada de doña Leonor, era a quien correspondía besar de rodillas las suyas.

A la hora fijada, y con puntualidad verdaderamente palaciega, llegó doña Leonor con sus dueñas, pajes y escuderos. Venía a pie, porque prohibía ya el bando circular en silla de manos, y enlutada como las circunstancias requerían, con saya de paño a la castellana, manto de espumilla, guantes y altísimos chapines negros. Pasaba ya doña Leonor de los sesenta años: era de gran linaje portugués, y por sus virtudes, méritos y talentos teníasela con harta razón por la señora más autorizada de la corte. Había venido a España como dama de la emperatriz Doña Isabel, esposa del difunto César Carlos V; fue luego aya de Felipe II, y fuelo después del príncipe Don Carlos, el cual le entregó el mismo Don Felipe con estas notables palabras:

-Este niño no tiene madre; sedlo vos suya como lo fuisteis mía9.

Bajó doña Magdalena a recibirla al pie de la escalera con toda su servidumbre, y allí se hicieron ambas señoras las primeras cortesías. Condújola luego al estrado, y quiso darle allí un sitial alto y sentarse ella sobre la alfombra; no lo consintió doña Leonor, e intentó sentarse ella también en el suelo; instó la una ofreciéndole asiento más alto; porfió la otra en no tomarlo, y después de finísima y reñida batalla quedaron las dos señoras sentadas al mismo nivel en sendos almohadones. Hizo entonces doña Magdalena servir una delicada colación de dulces, frutas y bebidas, y ofreció a la Mascareñas, en una cajita, media docena de pares de guantes adobados en ámbar.

Pasados estos primeros cumplidos y comedimientos, la Mascareñas, extendiendo el abanico como para aislarse de las dueñas que fuera de la tarima ocupaban el fondo de la sala, dijo al oído de doña Magdalena con la mayor naturalidad del mundo, que su alteza la serenísima princesa le quedaba muy agradecida por su bondad en proporcionarle al día siguiente la ocasión de conocer a su hermano.

Esperábala aquí doña Magdalena desde el momento de su llegada, y con ingenua sencillez, por otra parte, muy bien calculada, contestola la verdad punto por punto... Que ella no sabía bien lo que su alteza quería decirla... Que el niño Jeromín, a quien, sin duda, aludía, le fue entregado, en efecto, por su esposo y señor Luis Quijada, cinco años antes como hijo de un su grande amigo, cuyo nombre no podía revelarle... Que como era natural (y con nobilísima dignidad acentuó doña Magdalena esta palabra), jamás le había movido ella plática alguna a su marido sobre el origen del niño, ni añadiole él una sola palabra a lo que desde un principio le escribió de Bruselas... Que las varias sospechas que en diversas ocasiones asaltaron su mente, por miedo de formar juicios, que, sin prueba alguna, eran, sin duda, temerarios; y que en cuanto a los rumores corridos durante la estancia del niño en Yuste, ni ella los había escuchado nunca, ni mucho menos confirmado.

Callose aquí doña Magdalena, y, como de común acuerdo, ambas señoras agitaron en silencio por un buen rato sus respectivos abanicos.

Era la portuguesa mujer tan buena como hábil, y no necesitó más para comprender que quedaba terminada con esto su misión exploradora. Su noble corazón supo apreciar en todo aquel sencillo relato de doña Magdalena la dignidad de la esposa, la delicadeza de la señora y la severa rectitud de la cristiana, y su perspicacia natural, afinada por tantos años de palaciega, hízola comprender al punto que ni doña Magdalena sabía más sobre Jeromín, ni, de haberlo sabido, fuera posible arrancarle una sola palabra que no hubiese dicho ya a todo el mundo el propio Luis Quijada.

Quiso, sin embargo, doña Leonor cumplir en todo el encargo de su señora, y preguntó con mucha delicadeza si le sería posible ver al niño, porque deseaba su alteza que se le previniese de alguna manera el encuentro que había de tener al día siguiente, no fuera que la sorpresa o el temor le llevaran a cometer alguna imprudencia... Contestole a esto doña Magdalena que sentía en el alma no poder complacer a su alteza, porque el niño Jerónimo había salido con un escudero a ver la procesión de la Cruz Verde, y no creía que tan pronto diera la vuelta; pero que si creía ser esto servicio de su alteza, ella cuidaría de prevenirle lo que fuera prudente.

Y lo que más prudente pareció a doña Magdalena fue no decir una palabra a Jeromín de nada de lo sucedido, ni despertar antes de tiempo ideas fantásticas y ambiciosas en aquella mente que dormía aún serena y tranquila, sino dejarla descansar en paz, y fiarlo todo a lo que la inocencia y el despejo natural del muchacho le inspirasen y a lo que Su Divina Majestad dispusiera.

Brillaban todavía las estrellas en el cielo cuando salió doña Magdalena de su casa con su sobrina, llevando en medio, de la mano, a Jeromín, con el traje de labradorcillo que indicara la princesa. Iban las dos señoras envueltas en amplios mantos negros que las tapaban casi el rostro, y vestidas por debajo de luto también, pero con riqueza y joyas de adorno, como era costumbre de las damas de la corte. Acompañábalas una muy autorizada servidumbre, y siguiendo la misma valla por donde habían de pasar los reos, llegaron sin grandes apreturas a la plaza Mayor, a pesar del gentío inmenso.

No eran aún las cuatro y media de la mañana, y ya no se veía entre el hervidero humano que se agitaba en la plaza otro lugar vacío que el centro del tablado donde debían colocarse los reos, y el corredor o ancho balcón corrido de las Casas Consistoriales, reservado para los príncipes y su numerosa comitiva. En el extremo de este corredor había mandado la princesa reservar un cómodo sitio para doña Magdalena, calculando que, al pasar ella necesariamente por allí para ocupar el solio, le sería fácil detenerse para saludarla y ver al niño, sin llamar la atención demasiado.

También doña Magdalena había tirado sus cálculos; hizo sentar a Jeromín en el suelo, entre su silla y la de doña Mariana, y envolvió por completo su diminuta persona entre el manto de ésta, de modo que para todo el que entrase pasara inadvertida la presencia del muchacho. Sacaba Jeromín la cabecita muy divertido entre los pliegues del manto y miraba por entre los hierros del balcón, haciendo mil preguntas sobre todo lo que veía y esperaba ver más adelante.

En el centro delbalcón consistorial, que corría toda la fachada, había dos ricos doseles de terciopelo morado y tela nevada de plata y oro, con sendos sitiales debajo para la princesa gobernadora y el príncipe Don Carlos. A la derecha e izquierda dividíase el balcón como en tribunas, destinadas a los Consejos, la Chancillería, la Universidad, los grandes, las damas de Palacio y la servidumbre de los príncipes. En la primera de estas tribunas, hacia el lado de entrada, era donde se hallaban Jeromín y las dos señoras.

Frente por frente del Consistorio, y dando la espalda al convento de San Francisco, levantábase el cadalso, alto y suntuoso, defendido por verjas y balaustradas. Constaba de dos cuerpos, uno superior y otro inferior, a modo de triángulo. En el centro del primero hallábase el altar en que había sido depositada la noche antes la cruz verde entre doce hachas de cera blanca, cuyas luces palidecían ya ante las primeras del alba. Los cuatro dominicos y el piquete de alabarderos dábanle todavía guardia.

A derecha e izquierda del altar había gradas para los condenados, y un púlpito enfrente para el predicador. El tablado de abajo estaba destinado a los ministros del Santo Oficio, y había en sus extremos dos tribunas para que los relatores leyesen las causas y sentencias, y otra en medio, mucho más alta, para que los reos oyesen desde allí cada uno las suyas. Salía del cadalso una especie de valla o manga de madera, muy semejante a las que se usan hoy para introducir sin peligro el ganado en las poblaciones, que iba a parar a las cárceles de la Inquisición, y estaba destinada a proteger el camino de los reos. En el resto de la plaza levantábanse más de doscientos tabladillos alquilados a curiosos, y en los cuales no se hubiera podido colocar, a las cinco de la mañana, una sola persona más de las que ya contenían.

A esta hora apareció en la plaza la guardia real de a pie abriendo camino entre la apiñada muchedumbre a la comitiva de los príncipes. Venía delante el Consejo de Castilla con mucha circunspección y pausa, y detrás los grandes, el condestable y el almirante entre ellos; el marqués de Astorga y el de Denia; los condes de Miranda, Osorno, Nieva, Módica, Saldaña, Monteagudo, Lerma, Ribadeo y Andrade; don García de Toledo, ayo del príncipe; los arzobispos de Santiago y de Sevilla, y los obispos de Palencia y Ciudad Rodrigo, el cual último era el famoso y benemérito don Pedro de la Gasca.

Seguían también, en dos filas, las damas de la princesa, todas de luto, pero muy ricamente ataviadas con joyas, y detrás de ellas, y como presidiéndolas, el marqués de Sarriá, mayordomo mayor de la princesa, y doña Leonor Mascareñas, que era o hacía oficios entonces de camarera mayor. Venían después dos maceros con mazas doradas al hombro, cuatro reyes de armas con dalmáticas de terciopelo carmesí, bordadas detrás y delante las armas reales; el conde de Buendía con el estoque desnudo, e inmediatamente detrás la princesa Doña Juana y el príncipe Don Carlos; ella con saya de raja de luto, manto y toca negra de espumilla, jubón de raso, guantes blancos y abanico negro y dorado en la mano; él con capa y ropilla también de raja, media calza de lana y muslos de terciopelo, gorra de paño, espada y guantes. Cerraba la marcha la guardia real de a caballo con pífanos y tambores.

En este orden entró la comitiva en el Consistorio, y desfiló por el corredor ante doña Magdalena, para ocupar cada cual su respectivo sitio. Veíala pasar la señora en pie, ocultando casi con su cuerpo a su sobrina doña Mariana; tenía ésta sentado sobre sus rodillas a Jeromín, y cubriólo por completo con el manto. Habíale dicho, para justificar estas maniobras, que no era lícito a los niños entrar en aquel lugar; que se estuviese quedo mientras pasaba la corte, y luego le colocarían en sitio donde todo pudiera verlo. Obedeció Jeromín sin sospecha ninguna aparente, pero acordándose quizá de sus aventuras en el convento de descalzos, donde tan grande empeño pusieron en no dejarle ver cerca ningún personaje.

Al pasar la princesa por el estrecho pasadizo delante de doña Magdalena, detuvo un poco el paso y se volvió hacia ella alargándole la mano; arrodillose la señora para besársela, y en voz baja y precipitada dijo la princesa:

-¿Dónde está el embozado?...

Abriose entonces el manto doña Mariana, y apareció Jeromín con la monterilla en la mano, despeinado el pelo rubio por el roce del manto, y tan gracioso gesto de mal humor en la preciosa carita, que acrecentaba aún más su natural encanto... Un rayo de ternura iluminó el hermoso rostro de la princesa, y sin acordarse, sin duda, de quién era ni dónde estaba, abrazó tiernamente al niño y le besó repetidas veces en ambas mejillas.

Habíase detenido también el príncipe Don Carlos, y miraba extrañado aquel rapazuelo labradorcillo que abrazaba y besaba su tía; mas como viese que la princesa asía del niño como para llevársele consigo al solio, increpóla duro y colérico, como era su mala costumbre. Desprendiose Jeromín bruscamente de la princesa al oírle, y, agarrándose a las sayas de doña Magdalena, dijo muy enfadado:

-¡Yo con mi tía quiero estarme!...

Instó la princesa por llevárselo; volvió Don Carlos a increparla, y midiéndole Jeromín con la vista de arriba abajo, tornó a repetir con mayor dureza:

-¡Yo con mi tía quiero estarme!...

Sucedió todo esto en menos tiempo del que se necesita para referirlo; pero fue en él suficiente para que muchas personas se enterasen y diesen con gran malicia en la clave del enigma, y corriese de un cabo a otro del balcón de la corte primero, y de un extremo a otro de la plaza después, que el hijo del difunto emperador estaba allí, en el Consistorio, en una de las tribunas de la corte.




ArribaAbajo- XV -

La llegada de los reos distrajo por completo los ánimos y de tal manera absorbió la atención de todos, que hubiérase dicho que ni aun respiración tenía aquella apelmazada muchedumbre.

Oyéronse entonces con toda claridad las campanas del Santo Oficio, que doblaban tristemente anunciando la salida de los reos, y lo primero que apareció en la plaza fue la cruz parroquial del Salvador, con manga negra y sus dos acólitos con ciriales. Venían luego dos largas hileras de penitentes devotos con hachas encendidas, entre los cuales se contaban nobles caballeros, señores de títulos y algunos grandes de España. Entre estas dos filas, y como a unos treinta pasos de la cruz parroquial, venía el fiscal del Santo Oficio, Jerónimo de Ramírez, trayendo el estandarte de la Santa Inquisición, de damasco carmesí, con el escudo blanco y negro de la Orden de Santo Domingo y las armas reales bordadas en oro; leíanse en sus dos extremos estas inscripciones: Exurge, Domine, et iudica causam tuam. Ad diripiendos inimicos fidei.

Detrás del estandarte seguían los reos, a doce o catorce pasos unos de otros, y custodiados cada cual por dos familiares del Santo Oficio y cuatro soldados. Era el primero el doctor Agustín Cazalla, clérigo, predicador y capellán de su majestad; hombre como de cincuenta años, flaco entonces y macilento, doblado hacia adelante como si le abrumase el peso de su dolor o su vergüenza. Vestía el ignominioso sambenito, especie de escapulario o casulla corta de bayeta amarilla, con cruz de aspa verde en el pecho; en la cabeza, la infame coroza con llamas y diablos pintados, y en la mano una vela encendida de cera verde.

Venían detrás, con el orden siguiente: Francisco de Vibero, hermano de Cazalla, clérigo también; no se arrepintió éste hasta última hora, y traíanle entonces amordazado para evitar sus horrendas blasfemias; doña Beatriz de Vibero, beata, hermana de ambos y mujer de singular hermosura; el maestro Alonso Pérez, clérigo de Palencia; el platero Juan García; Cristóbal del Campo; el bachiller Antonio Herreruelo, amordazado también, impenitente hasta el final, y único por eso que murió en la hoguera; Cristóbal de Padilla, vecino de Zamora; doña Catalina de Ortega, viuda del capitán Loaysa; el licenciado Calahorra, alcalde mayor de las casas del Obispo; Catalina Román, Isabel Estrada, Juana Velázquez y Gonzalo Báez, portugués y no hereje luterano, sino judaizante.

Estaban todos éstos condenados a morir en el garrote y quemarse luego sus cadáveres, por cuya razón llevaban pintadas llamas en los sambenitos y corozas. Detrás de ellos traían dos fámulos del Santo Oficio, a modo de parihuelas, un ataúd con una informe estatua de mujer encima, vestida también con coroza y sambenito: eran los huesos de doña Leonor de Vibero, madre de los Cazalla, desenterrados del monasterio de San Benito para ser quemados juntamente con su efigie.

En pos de este primer grupo venían custodiados de igual manera otros dieciséis reos, entre hombres y mujeres, condenados a diversas penas que no eran la de muerte, por lo cual no traían corozas ni llamas en los sambenitos; los hombres iban destocados, y las mujeres con un pedazo de tela en la cabeza, que encubría su vergüenza. Eran los más notables entre ellos don Pedro Sarmiento, comendador de Alcántara y pariente del almirante, y su mujer, doña Mencía de Figueroa, dama que había sido de Palacio; condenado él a privación de hábito y encomienda, cárcel y sambenito perpetuos, con obligación de oír misa y sermón los domingos y comulgar en las tres Pascuas y prohibición absoluta de usar seda, oro, plata, caballos y joyas, y condenada ella solamente a cárcel y sambenito perpetuos.

Cuando doña Mencía subió al tablado, las damas de la corte rompieron a llorar, y viose a la princesa misma bajar apresuradamente del estrado y entrar dentro enjugándose los ojos con un pañuelo. Infundía también compasión profunda el marqués de Poza, don Luis de Rojas, mancebo muy galán, condenado a destierro perpetuo de la corte y privación de todos los honores de caballero; y más todavía que éste, doña Ana Enríquez, hija del marqués de Alcañices, moza de grande hermosura, condenada a salir del cadalso con sambenito y vela, ayunar tres días, volver con su hábito a la cárcel, y desde allí quedar libre. Era tal el arrepentimiento y confusión de esta señora, que al subir a la tribuna para oír su sentencia abandonáronla las fuerzas, y hubiera caído del tablado a no sostenerla un hijo del duque de Gandía, que por allí andaba de devoto penitente.

Colocáronse los reos en las gradas que les estaban destinadas, separados los condenados a muerte de los que no lo eran, y comenzó el auto, subiendo al púlpito del centro un fraile dominico no muy viejo, sanguíneo de complexión y arrebatado y violento en su maravillosa elocuencia. Era el famoso maestro fray Melchor Cano, uno de los hombres más sabios de su tiempo, y predicó más de una hora sobre el texto de San Mateo: Huid de los falsos profetas que vendrán a vosotros con piel de oveja, y son por dentro lobos rapaces.

Acabado el sermón, subieron al solio el arzobispo de Sevilla, Valdés; el inquisidor de Valladolid, Vaca, y su secretario, para tomar el juramento a los príncipes. Llevaba el arzobispo una cruz riquísima de oro y pedrerías, el inquisidor un misal y el secretario la fórmula del juramento escrita en pergamino. En pie los príncipes, y con la gorra en la mano Don Carlos, juraron sobre la cruz y el misal esta fórmula, que leyó el secretario: «Que como católicos príncipes defenderían con su poder y vidas la fe católica que tenía y creía la Santa Madre Iglesia Apostólica de Roma y la conservación y aumento de ella; darían todo el favor y la ayuda necesaria al Santo Oficio de la Inquisición y a sus ministros, para que los herejes perturbadores de la religión cristiana que profesaban fueran punidos y castigados conforme a los decretos apostólicos y sacros cánones, sin que hubiese omisión de su parte ni acepción de persona alguna».

El relator, Juan de Ortega, leyó entonces esta misma fórmula al pueblo desde una de las tribunas del tablado bajo, gritando antes por tres veces:

-¡Oíd!... ¡Oíd!... ¡Oíd!...

Y el pueblo entero, con la vehemencia del convencido y la premura del escarmentado, contesó a una voz, como por una misma boca, como en un solo e inmenso alarido de temor y convencimiento:

-¡Sí, juramos!...

Subieron entonces a las dos tribunas del tablado bajo, el mismo relator, Juan de Ortega, y el escribano de Toledo, Juan de Vergara, y comenzaron a leer, alternando, las causas y sentencias de todos los reos, empezando por la del doctor Cazalla. Oía cada uno de ellos la suya propia desde el alto púlpito destinado a esto, y permanecia allí todo aquel tiempo con la vela de cera verde encendida en la mano, expuesto a la vergüenza pública. Entonces fue cuando estuvo a punto doña Ana Enríquez de caer del púlpito abajo, llena de confusión y de bochorno.

Terminaron las lecturas a las cuatro de la tarde, y revestido entonces de pontifical el arzobispo de Sevilla, absolvió solemnemente y restituyó al seno de la Iglesia a los dieciséis reos reconciliados, que fueron conducidos al punto a sus respectivas cárceles. Los otros catorce reos de muerte salieron al mismo tiempo, unos a pie y otros en jumentos, para ser agarrotados y quemados después en el Campo de Marte.

A esto se reducía entonces un auto de fe, espectáculo ciertamente triste y lastimoso, pero quizá no tan emocionante como las vistas de ciertas causas a que acude en nuestros días numeroso público, no a sancionar con su presencia el fallo de la justicia ni la lección del escarmiento, sino ávido de observar el dolor en acción y el crimen en sus repliegues. En cuanto a los horribles espectáculos del Quemadero, no asistían a ellos sino los obligados por su oficio y un público soez e ignorante, sin duda alguna, y, por tanto, más disculpable que el que asiste hoy a nuestras ejecuciones, lleno de curiosidad malsana o fría indiferencia.

No hay duda, dice el profundo pensador Balmes: «Si llegasen a surtir efecto las doctrinas de los que abogan por la abolición de la pena de muerte, cuando la posteridad leyera las ejecuciones de nuestros tiempos, se horrorizaría del propio modo que nosotros con respecto a las anteriores. La horca, el garrote vil, la guillotina, figurarían en la misma línea que los antiguos quemaderos».

Durante el largo transcurso del auto, y cansado de lecturas tan pesadas, había acabado Jeromín por dormirse apoyado en las rodillas de doña Magdalena; mas viose al despertar envuelto en un extraño tumulto, del que nunca pudiera imaginar ser él mismo la causa. He aquí cómo refiere Van de Hammen esta escena: «Habíase hallado a él (el auto) la mayor parte de Castilla la Vieja y buen número de andaluces y castellanos nuevos; y como la voz se esparció por todos del nuevo hijo de Carlos V, faltó poco para no suceder un desastre lastimoso; porque cada uno pretendía verle, y las guardas no eran poderosas a resistirlo. Arrojábanse casi unos sobre otros, sin temer las alabardas, venablos y arcabuces. Llegó el caso a estado que le hubo de tomar en brazos el conde de Osorno hasta la carroza de la princesa porque le gozasen todos. En ella le llevó la hermana a Palacio (casas del conde de Benavente), siguiéndola gran golpe de pueblo; y desde allí le volvió doña Magdalena a su Villagarcía»10.

Yerra, sin embargo, Van der Hammen en lo que dice de la princesa, como en algunas otras cosas. El conde de Osorno cogió, en efecto, a Jeromín y le levantó en brazos para mostrarle al pueblo; pero no le entregó a la princesa, ni ésta cometió la imprudencia de llevarle consigo a Palacio; entregole a doña Magdalena, de la cual le había separado el tumulto, y esta señora le volvió aquella misma noche a Villagarcía.

El niño, asustado del alboroto, cuya causa no sospechaba, preguntaba con cierta ansiedad medrosa si los herejes se habían escapado.




ArribaAbajo- XVI -

Volvió al fin a España Felipe II después de cinco 'años de ausencia, y desembarcó en Laredo el 8 de septiembre de 1559; seis días después hizo su entrada en Valladolid, y al siguiente entregole su hermana, la princesa Doña Juana, el gobierno del reino, retirándose ella al convento del Abrojo, que dista de allí una legua. No tardó en reunírsele Don Felipe, pues el 21, primer aniversario del emperador, hizo celebrar en el mismo convento del Abrojo solemnísimas honras por el descanso eterno de su alma.

Mientras tanto, esperaba Luis Quijada en Villagarcía con verdadera ansiedad las prometidas decisiones del rey sobre Jeromín, que tanto debían afectar a toda la familia. Mas el rey nada decidía, y acostumbrado el antiguo mayordomo a las prontas resoluciones del emperador, verdaderas intuiciones del genio, que ve, plantea, medita y resuelve en un segundo lo que ingenios más vulgares tardan meses en resolver, desesperábase y no se avenía bien con la lenta parsimonia de Don Felipe.

No se había olvidado, sin embargo, éste de su hermano, como lo prueba aquel famoso Consejo de Estado de que habla Antonio Pérez en una de sus cartas a Gil de Mesa, que se tuvo tan devatido, haviéndole hecho vandos sobre el caso todos aquellos grandes consejeros, cada uno con su fin, pero con razones del servicio de su rey, sobre si el rey católico Phelipe devería seguir el consejo de su padre en el estado de vida de su hermano. Bellaquería, sin duda alguna, esta última del tramposo secretario Pérez, pues ni los consejeros, ni mucho menos Felipe II, podrían nunca ni en manera alguna poner en tela de juicio lo que el emperador no aconsejaba, sino mandaba terminantemente en su testamento con respecto a su hijo bastardo.

Recibió al fin Luis Quijada un mensaje del rey mandándole que el 28 de septiembre saliese al monte de Torozos con achaque de una montería, llevando consigo a Jeromín en el traje de labradorcillo que siempre había usado; que dirigiese la pista hacia el monasterio de la Espina, que a eso del mediodía haríasele él allí encontradizo, entre el convento de los frailes y la torre de los montaneros. Avisábale también que nada advirtiese ni revelara todavía al niño, porque este cuidado quería él reservárselo.

Y sucedió entonces a Luis Quijada lo que en las más de las ocasiones acontece: que lo muy esperado y deseado nos llena, al llegar, de tristeza y desencanto. Cierto que con este aviso sonaba para él la hora de las recompensas, porque el emperador, que nunca pecó de generoso, jamás le hizo merced alguna, dejando tan sólo encomendado a su hijo que pagase en su nombre esta verdadera deuda. Pero al mismo tiempo que esta hora, halagüeña siempre para todo hombre, llegaba también la de separarse de Jeromín, y arrancársele a doña Magdalena, que sobre toda ponderación le amaba, y asimismo que se había acostumbrado ya a ver en el muchacho su cariño, su delicia, el objeto de sus desvelos y el recuerdo vivo del emperador, encarnado todo junto y en una sola pieza en aquella simpática figurita, capaz ella por sí sola de arrebatar todos los corazones. A este solo pensamiento, los ojos del fiero vencedor de Hezdín se arrasaban de lágrimas.

Pensó primero ahorrar el peso de aquella aflicción a doña Magdalena hasta el último momento; mas siempre es flaco el hombre en achaque de penas, y así como en todas las cosas se apoya orgullosamente en sí mismo, así también busca en el dolor el apoyo de la mujer, más débil en todo menos en el sufrir, porque encuentra más de ordinario en Dios la virtud de la fortaleza. Ni aun siquiera hasta la noche supo esperar Luis Quijada; y aquella misma tarde, llamando a doña Magdalena a un lugar retirado, diole cuenta de lo que sobre Jeromín ocurría y había ocurrido desde el momento en que le reveló el emperador el secreto de su nacimiento. Jamás habían tenido los dos esposos explicación alguna sobre este punto, y entonces pudieron admirar ambos, ella en él, su lealtad y abnegación en callar secreto que tanto le pesaba; él en ella, su prudencia y su delicadeza en no preguntar ni indagar lo que tanto había de mortificarla.

Doña Magdalena no pensó un solo momento en sí misma. Todo lo comprendió bien; todo supo apreciarlo en su verdadero punto de vista; pero sólo en una cosa se fijó y sólo a ella la angustió, desde luego, el corazón, llenándola de espanto... Que Jeromín, su hijo querido, porque como tal le consideraba, iba a sufrir de repente, a los trece años, uno de esos bruscos cambios de fortuna que bastan para trastornar las cabezas más firmes... Que dentro de breves días veríase el niño en la cumbre de la fortuna, pero aislado de todo cariño, solo, envidiado y quizá envidioso, sin tenerla a ella para defender su alma en la juventud, como la había defendido en la niñez contra las malas inclinaciones de la naturaleza y los amagos del vicio y del pecado.

Doña Magdalena no tenía las rápidas intuiciones del genio, pero tenía los espontáneos arranques del corazón, y propuso a Quijada, sin titubear un momento, no abandonar al muchacho y seguirle a la corte, sacrificando su tranquilo reposo de Villagarcía a trueque de velar por él, aunque sólo fuera desde lejos, y no dejarle abandonado de repente y en edad tan temprana en mitad del bullicio y los peligros de una corte.

Luis Quijada creyó que su mujer le adivinaba los pensamientos, pues había él imaginado lo mismo; mas parecíale aún ocioso tirar ningún género de planes hasta conocer claramente los del rey con respecto a Jeromín y los que pudiera abrigar con respecto a la persona misma de Quijada.

Eran harto frecuentes en Villagarcía las partidas de caza para que pudiese llamar la atención de Jeromín la sencilla montería que mandó disponer Luis Quijada para el 28 de septiembre en el monte de Torozos. Quiso, sin embargo, Quijada atar bien todos los cabos y prevenir con tiempo esos inconvenientes de última hora que malogran a veces las más bien meditadas empresas. Llamó, pues, aparte a su montero, y mandole preparar para el siguiente día dos o tres batidas a primera hora y levantar luego una pista falsa o verdadera que le llevase al monasterio de la Espina, pues érale forzoso estar poco antes de mediodía entre el convento de los frailes y la torre de los montaneros.

Salieron al amanecer Luis Quijada y Jeromín, sin más aparato que el necesario de perros y monteros. Iba Jeromín en un caballo negro muy bien enjaezado, llevando sobre la ropilla de labrador un sayo de monte verde. Cazaron hasta las diez de la mañana con muy buena fortuna, y a esta hora avisó el montero que los perros levantaban la pista de un ciervo hacia el lado de la Espina. Siguiéronla Luis Quijada y Jeromín, internándose en el monte, cada vez más agreste y solitario, hasta que los perros se pararon de repente jadeantes, y husmeando a uno y otro lado como desorientados, se lanzaron al fin por otra pista transversal y diametralmente opuesta. Oyéronse al mismo tiempo por aquel lado sones de bocinas y grande estruendo de ladridos y vocerío, y viose cruzar como una flecha entre las carracas un gallardo ciervo y otra furiosa jauría y un tropel de cazadores que le iban persiguiendo.

Paró Luis Quijada en firme su caballo, y dijo a Jeromín, mirando atentamente a los cazadores desaparecer en la espesura:

-Monteros del rey son... Dejémosles libre el monte...

Mudaron entonces el rumbo hacia un espacio claro que había dejado en el monte una corta de encinas, y a poco descubrieron a la derecha la torre de los montaneros, a la izquierda los muros del convento, y entre ambos edificios un bosquecillo de unas cien encinas, de esas que, por dejarse en las cortas para sombrear el ganado, llamaban atalayas. Por entre ellas salían en aquel momento dos caballeros cabalgando muy al paso, como si esperasen algo o hablasen reposadamente.

Violes Jeromín el primero, y llamó la atención de Quijada, mas éste siguió caminando hacia ellos como si fuera su intención salirles al encuentro. De repente paró Jeromín su caballo; había reconocido en uno de los jinetes al caballero de nariz corva y luenga barba muy cuidada que viera en Valladolid cinco años antes en la huerta de los descalzos.

Detúvose también Quijada, y volviéndose en la silla a Jeromín, que había quedado rezagado, díjole con cierta honda emoción extraña en hombre tan sereno:

-Llegaos, Jeromín, y no os alborote esto. Ese gran señor que veis allí es el rey; el otro, el duque de Alba... No os alborotéis, digo; porque quiéreos muy bien y piensa haceros mercedes...

Estaban ya encima los dos jinetes, y seguíanles de lejos otros dos que parecían monteros del convento. No tuvo Jeromín tiempo de contestar; pero túvolo de reconocer en el rey al joven blanco y rubio de barba recortada a la flamenca que vio cruzar la plaza de Valladolid entre los vítores del pueblo desde el rosetón de la sacristía de los descalzos. Los cinco años transcurridos habíanle dado, sin envejecerle, más gravedad a su rostro y más reposo a sus maneras. Contaba entonces Don Felipe treinta y dos años.

Apeáronse los de Villagarcía y fueron a besar la mano al rey con una rodilla en tierra. Alargósela éste a Luis Quijada sin moverse del caballo; mas era Jeromín tan chico, que no pudo cumplir esta parte del ceremonial en aquella humilde postura. Apeose entonces el rey, riéndose alegremente, y diole a besar la mano, y, levantándole la barbilla, mirole de hito en hito largo rato con grande curiosidad y como si pretendiese turbarle. No lo consiguió, sin embargo; ni era ya Jeromín el niño asustadizo y tímido que había ido a Yuste, ni tuvo nunca Don Felipe a sus ojos aquella aureola de ser sobrenatural con que siempre se presentaba a su imaginación la figura de Carlos V.

Hizo entonces el rey a Jeromín muchas preguntas, a que contestó el muchacho con despejo y muy compuesta modestia, pero sin cortedad ni encogimiento, y fuese luego con Quijada hacia el bosquecillo de encinas, dejándole solo con el caballero de nariz corva y luenga barba, que le había dicho Luis Quijada ser el duque de Alba. Los monteros habían recogido los caballos y manteníanse a respetuosa distancia.

Mal rato pasó entonces Jeromín al verse solo con el grave magnate, que se mantenía a su lado respetuosamente en pie y con la gorra en la mano. Parecíale esto muy extraño a Jeromín, habiéndose alejado el rey y aun perdídose de vista entre los árboles, y molestábale y le turbaba aquella humilde actitud en tan alto personaje. Rompió al fin el duque aquel embarazoso silencio preguntando a Jeromín por doña Magdalena de Ulloa y haciendo gran panegírico de sus dotes y virtudes; lo cual fue tan del agrado del niño, que rompió al punto el hielo y estableció comunicación y simpatía entre el famoso caudillo y el inocente muchacho.

Mientras tanto, informábase Don Felipe detalladamente de Luis Quijada sobre el carácter y cualidades de Jeromín, y confiábale y sometía a su consejo los planes que sobre él tenía formados. Era su intento reconocerle públicamente como hijo del emperador y hermano suyo propio, y darle en la corte la categoría de infante, aunque sin este nombre ni más tratamiento que excelencia. Teníale ya formada casa a este propósito, y pensaba educarle con su hijo el príncipe Don Carlos y su sobrino Alejandro Farnesio, a fin de que las buenas cualidades de Alejandro y de Jeromín despertasen la emulación en el ánimo flojo y no bien inclinado del príncipe Don Carlos.

Mas para todo esto érale necesario a Don Felipe el concurso de Luis Quijada y de su esposa; porque evidente era que aquel brusco cambio de la fortuna podía hacer grandes estragos en Jeromín, si no tenía a su lado, para guiarle y corregirle, aquellas mismas personas que con tan buena fortuna habían enderezado ya sus primeros pasos. Por eso quería Don Felipe que con el nombre de ayo siguiera Luis Quijada a Jeromín a la corte y le gobernase a él y gobernara su casa, y le acompañase igualmente doña Magdalena y le amara y guiara con el nombre de madre, cargo, decía Don Felipe, que no se reconoce ni se retribuye en la corte, pero que Dios y el rey le agradecerían y retribuirían con verdadera largueza.

Y para establecer un vínculo que uniese más y más a Jeromín con el príncipe Don Carlos, y pudiera éste aprovecharse de las ventajas morales que aquél tuviera, quería también el rey que aceptase Luis Quijada el cargo de caballerizo mayor del príncipe; y para autorizar estos cargos y darles el ayuda de costas que requerían, además de sus sueldos, ofrecíale el rey para muy en breve la encomienda del Moral en la Orden de Calatrava, y dábale, desde luego, la plaza de consejero de Estado y de Guerra.

Aceptolo todo Luis Quijada gustosísimo, porque todo ello venía a satisfacer sus aspiraciones y a cumplir sus deseos y los de doña Magdalena, como si el mismo rey les hubiese consultado antes. Satisfecho también Don Felipe, y dejándose llevar de su nimio afán de detallarlo todo, diole a Luis Quijada un papel en que se hallaban anotadas las personas que habían de formar la casa de Jeromín, y ordenole que con entera libertad hiciera cuantas observaciones le ocurriesen, porque dispuesto estaba a modificar y aun a variar por completo todo lo que, a juicio de él y de doña Magdalena, fuese necesario para la conveniencia del niño.

El personal de la casa era éste:

Luis Quijada, ayo y jefe de su casa.

El conde de Priego, don Fernando Carrillo, mayordomo mayor.

Don Luis de Córdoba, caballerizo mayor.

Don Rodrigo Benavides, hermano del conde de Santisteban, sumiller de corps.

Don Rodrigo de Mendoza, señor de Lorosa, mayordomo particular.

Don Juan de Guzmán, don Pedro Zapata de Córdoba y don José de Acuña, gentileshombres de cámara.

Juan de Quiroga, secretario.

Jorge de Lima y Juan de Toro, ayudas de cámara.

Don Luis Carrillo, primogénito del conde de Priego, capitán de su guardia, la cual había de ser la mitad española y la mitad alemana.

Aprobada que fue esta lista por Luis Quijada, en su nombre y en el de doña Magdalena, diole el rey la última orden...Que de allí a dos días, es decir, el 1 de octubre, estuviese Jeromín instalado con ambos esposos en Valladolid, en las casas que poseía doña Magdalena frente a las del conde de Ribadeo, que habían de ser por entonces la residencia del nuevo príncipe, y que el 2 de octubre, a las doce del día, llevase Luis Quijada secretamente a Jeromín a Palacio, para que, después de la comida, pudiera el rey presentarle a la princesa Doña Juana y al príncipe Don Carlos, y reconocerle por hermano ante toda la corte. El tiempo y la ocasión vendrían más adelante de publicar este reconocimiento por todo el reino.

Duró más de una hora esta plática que sostuvieron el rey y Luis Quijada, paseando a la sombra de las encinas atalayas, y cuando salieron ambos al claro del monte, ni la perspicacia de cortesano tan fino como el duque de Alba hubiera podido descifrar en aquellos rostros impasibles lo que entre ellos había mediado. Al acercarse al grupo que Jeromín y el duque formaban, dijo el rey a Luis Quijada:

-Fuerza será agora quitar la venda al muchacho.

Dirigiole entonces a Jeromín otras muchas preguntas muy afables y aun chanceras, y como quien recuerda algo de repente, díjole muy cariñoso:

-Y a todo esto, señor labradorcillo, no me habéis dicho aún vuestro nombre.

-Jerónimo -respondió el muchacho.

-Gran santo fue; pero preciso será mudároslo... ¿Y sabéis quién fue vuestro padre?...

Enrojeció Jeromín hasta el blanco de los ojos, y alzólos hacia el rey entre llorosos e indignados, porque le pareció afrenta no tener respuesta que darle. Mas conmovido entonces Don Felipe, púsole una mano en el hombro, y con sencilla majestad le dijo:

-Pues, buen ánimo, niño mío, que yo he de decíroslo... El emperador, mi señor padre, lo fue también vuestro, y por eso yo os reconozco y amo como a hermano.

Y abrazole tiernamente sin más testigos que Luis Quijada y el duque de Alba. Los monteros miraban la escena desde lejos sin darse cuenta de ella... Los ladridos de la jauría y la alegre fanfarria de las bocinas anunciaban a lo lejos que los cazadores volvían trayendo una res muerta...

Aturdido por aquella revelación, subió Jeromín al caballo, teniéndole Luis Quijada el estribo. En todo el trayecto hasta Villagarcía sólo una vez despegó los labios; volviose a Luis Quijada, que le seguía, y preguntó:

-¿Y mi tía sabe...?

-Todo -respondió Quijada.

Apretó el paso Jeromín, como si el llegar al castillo se le hiciese tarde, y atravesó corriendo el patio, y subió a saltos la escalera, y llegó al estrado abriendo y cerrando puertas con estrépito... Estaba allí doña Magdalena, en pie, sola, muy pálida... Lanzose a ella el niño y la asió la mano para besársela...

-¡Tía!... ¡Tía!...

-Señor mío es vuestra alteza, que no mi sobrino -le respondió la dama. Y quiso besarle ella la mano y sentarle en su sillón y hacerlo ella sobre la alfombra.

Mas el niño, fuera de sí, gritó con energía inmensa que enronquecía su voz, empapada en llanto:

-¡No!... ¡No!... ¡No!... ¡Mi tía!... ¡Mi tía!... ¡Mi madre!...

Y se abrazó a ella llorando, convulso, desolado y rabioso al mismo tiempo, como quien llora un bien por su culpa perdido, y la sentó a la fuerza en su sillón, y no calló ni sosegó hasta que sentado él a sus pies y con la cabeza apoyada en sus rodillas, le prometió una y mil veces doña Magdalena que siempre sería su tía, que nunca dejaría de ser su madre.

Sucedía todo esto un jueves, y al lunes siguiente, que fue 2 de octubre, verificose el reconocimiento de Jeromín en el palacio de Valladolid, tal como el rey Don Felipe lo había dispuesto. Así consta en el manuscrito de la biblioteca Maggliabecchiana, de Florencia, citado por Gachard: «Jueves 28 de septiembre alcançaron los señores del Santo Oficio que el rey no se fuese hasta ver el acto; y así luego lo hicieron pregonar para el 8 de octubre. Y así se fue el rey a la Spina, y allí le truxeron su medio hermano, y holgó de vello tal como es, hermoso y avisado; y mandó que le llevasen a su casa secretamente. Y así, el lunes siguiente, hizo a todos los de su palacio que le reconociesen por su hermano, conmençandolo él abraçar y a besar, y luego su hermana, y luego su hijo, y luego los demás de capa negra».

No es, pues, exacto lo que dice Van der Hammen de que Felipe II impusiese a su hermano el Toisón de Oro ni en el monte de Torozos ni en el palacio de Valladolid. Lo que sucedió, en efecto, en esta segunda entrevista, fue que el rey dio a su hermano el apellido de la familia, y trocando su nombre de Jeromín en el de Juan, formó el que había de pasar a la posteridad entre los resplandores del genio y de la gloria: Don Juan de Austria11.




 
 
FIN DEL LIBRO PRIMERO
 
 



ArribaAbajoLibro segundo


ArribaAbajo- I -

El tránsito de Jeromín a Don Juan de Austria fue tan natural y espontáneo, que nadie se preguntó cómo había podido trocarse en príncipe cumplido tan modesto labradorcillo, sino preguntábanse todos cómo había podido estar tanto tiempo oculta bajo tan humilde disfraz persona tan excelsa.

La indiscutible ley de raza, que había impreso, indudablemente, en el niño el augusto sello de la suya; el tacto exquisito de que Dios le había dotado, y los consejos de cortesano tan experto como Luis Quijada y dama tan cumplida como doña Magdalena, encargáronse fácilmente de hacer el milagro.

Acogiole el pueblo con entusiasmo, la corte con respeto y la familia real con verdadero cariño de hermano. Satisfecho el rey de su obra, comenzó a esperar de ella grandes resultados; la princesa Doña Juana abriole, desde luego, su corazón y sus brazos con la bondad y rectitud de su hermosa alma; y hasta el príncipe Don Carlos, duro y receloso con todos los suyos, fue desde el primer momento con él cariñoso y franco. Llamole un día aparte con mucho misterio, y sacando un papel del seno, hízole jurar sobre él que le seguiría a la guerra cuando llegase el caso. Prometióselo Don Juan, y, satisfecho el príncipe, regalole un joyel para la toca con una muy gruesa esmeralda.

Mas en quien encontró Don Juan desde su presentación en la corte un alma gemela, como se diría hoy y no se decía entonces, fue en su sobrino Alejandro Farnesio, que desde el primer momento comenzó a partir con él sus estudios y sus juegos de niño, como había de partir más tarde sus trabajos y sus triunfos, sus alegrías y sus lágrimas.

Había convocado el rey Cortes en Toledo para el 9 de diciembre, con la idea de hacer jurar príncipe de Asturias a su primogénito Don Carlos, y pareciole muy oportuna esta ocasión para presentar por primera vez a Don Juan figurando como príncipe real en los actos oficiales de la corte.

Fijose para la jura el 22 de febrero de 1560, y el 12 hizo su primera entrada triunfal en Toledo la nueva reina Doña Isabel de Valois, llamada con harta razón de la Paz, tercera mujer de Felipe II. Entró por la puerta de Visagra, en una hacanea blanca, bajo un palio de brocado con las goteras bordadas y en los escudos una F y una I, iniciales de los nombres de Isabel y Felipe. Hiciéronse grandes festejos, que se interrumpieron al punto por haber adolecido la reina de unas ligeras viruelas, lo cual fue causa de que no asistiese a la jura.

La víspera de ésta envió la princesa Doña Juana a su hermano Don Juan un riquísimo vestido, suplicándole lo luciera en la solemnidad del siguiente día. Habíalo dirigido la buena princesa y escogido ella misma los adornos y colores, según juzgó que podían realzar más la gallardía del mancebo; ero todo él, ropilla y ropón, de terciopelo encarnado, bordado ricamente de cañutillo de oro y plata, con soberbia botonadura de diamantes.

Había de celebrarse la jura en la catedral, y hallábase ésta entonces huérfana de su arzobispo; éralo el famoso fray Bartolomé de Carranza, que vimos ya asistir en Yuste a los últimos instantes del emperador. Mas la tempestad que entonces se cernía sobre aquel infeliz prelado había ya descargado con toda su fuerza y teníalo a la sazón incomunicado en rigurosas prisiones el Santo Oficio.

Dirigiose, pues, el rey, a falta del arzobispo, al cabildo catedral, y éste correspondió a sus deseos con la pompa y magnificencia propias de aquella iglesia metropolitana. Cubriose todo el trascoro de paños de brocado y levantose en el fondo de la nave un tablado con ocho gradas para subir y cuarenta pies cuadrados de extensión; cubríalo todo una riquísima alfombra y defendíalo y dábale acceso una valla dorada. En el fondo del tablado levantábase un suntuoso altar, cubierto de brocado de oro y adornado con las mejores joyas que en el tesoro de la catedral se guardaban. A su derecha había un gran dosel cobijando tres sitiales con reclinatorios y cojines, todo también de brocado de oro; el del centro era para el rey, el de la derecha para la princesa Doña Juana y el de la izquierda para el príncipe Don Carlos; al lado de Doña Juana, pero ya fuera del dosel, había una silla rasa, también de brocado de oro, para Don Juan de Austria.

Frente al altar había un sitial de terciopelo carmesí para el cardenal-obispo de Burgos, que había de recibir el juramento, y a su lado una mesita con cojín delante, todo cubierto de terciopelo, que era donde había de prestarse, sobre una cruz de oro y el libro de los Evangelios abierto. A derecha e izquierda de la nave, y por debajo ya del tablado, extendíanse varias hileras de bancos, rasos unos y con respaldo otros, según las categorías de los que hubiesen de ocuparlos, que eran los embajadores de las potencias extranjeras, prelados, grandes, títulos de Castilla y procuradores en Cortes. El centro de la nave estaba vacío, y en sus entradas y en tribunas levantadas sobre el coro y en sus extremos agolpábase el inmenso y apiñado público.

A las ocho y media de la mañana llegó el primero a la catedral el cardenal-obispo de Burgos con capelo y manto cardenalicio; venía en una mula blanca encaparazonada toda de púrpura, que guiaban del diestro dos diáconos, y llevaba por delante la cruz pastoral, a pesar de no hallarse en su diócesis. Precedíanle y seguíanle todas las gentes de su casa y gran séquito de canónigos y caballeros de la ciudad, que formaban una vistosa y autorizada comitiva. Era este personaje don Francisco Hurtado Mendoza y Bobadilla, hijo del marqués de Cañete, don Diego, y nieto, por su madre, de la célebre marquesa de Moya, Beatriz de Bobadilla, dama favorita de la gran reina católica. Estimole siempre mucho Felipe II por sus virtudes y sus letras, y él fue el autor de aquel famoso memorial presentado al rey poco después de esa fecha, que ha pasado a la posteridad como libro curioso, y raro hoy, con el título de El tizón de la nobleza. Apeose el cardenal en la puerta del Perdón, donde le recibieron vestidos de pontifical los arzobispos de Sevilla y de Granada y los obispos de Ávila y Pamplona.

Un cuarto de hora después llegó la corte. Venía delante el príncipe de Parma, Alejandro Farnesio, con el almirante de Castilla; los condes de Benavente y de Ureña; los duques de Nájera, Alba y Francavila; los marqueses de Denia, Villena, Cañete, Mondéjar y Camares; el maestre de Montesa, el prior de San Juan en Castilla y en León y otros muchos grandes señores y títulos, con tal lujo y magnificencia todos ellos en ropas, arneses y monturas, que había gualdrapas de dos mil ducados de coste, sin contar el valor de las piedras y perlas: eran todas ellas bordadas de cañutillo como los trajes, porque la chapería de oro, con ser más vistosa, desechábanla ya los elegantes por vulgar y muy vista.

Detrás de este brillante grupo que deslumbra los ojos, venían juntos el príncipe Don Carlos y Don Juan de Austria, rodeados de todos los oficiales de sus respectivas casas, y formando lastimoso contraste la gallardía de éste con la figura mustia y contrahecha de aquél. Iba el príncipe pálido hasta la lividez por la cuartana que le roía, y la magnificencia de su traje no disimulaba del todo el desnivel de sus hombros, ni la cargazón de sus espaldas, ni la mala conformación de sus piernas desiguales. Era su vestido de tela de oro parda con botones de perlas y diamantes, y montaba un caballo blanco con ricos arneses y gualdrapa bordada sobre tela de oro parda igual a la del vestido. El caballo de Don Juan era negro, y sus arneses y gualdrapa hacían juego en terciopelo y oro con el vestido que lucía, regalo, como ya dijimos, de su hermana Doña Juana.

Detrás venía esta ilustre y santa princesa, en litera, rodeada y seguida de sus damas, todas a caballo, en sillones de plata, servidas de pajes y costosamente vestidas, y contentas, según Luis Cabrera de Córdoba, por venir sin las damas francesas, que por estar enferma la reina con viruelas no lucían en la solemnidad. En gracia de ésta había dejado la princesa su modesto traje de ordinario, y venía vestida de terciopelo negro, con algunas joyas y perlas en el tocado.

Venía el rey el último, precedido de cuatro reyes de armas, cuatro ballesteros y cuatro maceros, todos a caballo, y delante el conde de Oropesa, también a caballo, descubierto, con el simbólico estoque de la justicia desnudo al hombro. «Habíale suplicado al rey -dice Luis Cabrera- que por ser enfermo y el tiempo frío, le permitiese llevar un bonetillo, y túvolo por bien. Advirtiendo que era alto y enjoyado, le mandó descubrir, aunque se defendía con la gracia hecha, porque no pareciese que era Grande. No dejaba el rey usurpar preeminencia ni lugar que no tocase al oficio o calidad, aunque retardara el hecho».

Acabada la misa de pontifical, que dijo el cardenal de Burgos, sentose éste en el sillón que le estaba reservado para recibir el juramento, y pusiéronse a su derecha, en pie, el duque de Alba con su bastón en la mano, como mayordomo mayor del rey, y el conde de Oropesa, como portador del simbólico estoque de la justicia que llevaba desnudo al hombro. Subió entonces al tablado el rey de armas más antiguo, y hecha su reverencia primero al altar y luego al rey, gritó desde el lado del Evangelio en tono de pregón:

-Oíd..., oíd..., oíd... la escritura que aquí os será leída del juramento y pleito homenaje y fidelidad que la serenísima señora infanta Doña Juana, que presente está, y el ilustrísimo señor Don Juan de Austria y los prelados, grandes, caballeros y procuradores en Cortes de estos reinos, que por mandato del rey nuestro señor el día de hoy están juntos y presentes, hacen al serenísimo y muy esclarecido príncipe Don Carlos, hijo primogénito de su majestad, como príncipe de estos reinos, durante los largos y bienaventurados días de su majestad y después por rey y señor natural propietario de ellos...

Apartose el rey de armas, y subiendo luego el licenciado Menchaca, consejero más antiguo de la cámara, leyó desde el mismo lado del Evangelio la fórmula del juramento, que era harto larga y pesada. Dirigiéndose entonces el conde de Oropesa a la princesa Doña Juana, anuncióla que era ella la primera llamada a jurar. Levantose al punto la princesa, y acompañándola el rey y el príncipe hasta fuera del dosel, vino a arrodillarse ante el cardenal. Preguntola éste:

-Vuestra alteza, como infanta de Castilla, ¿jura de guardar y cumplir todo lo contenido en la escritura de juramento que aquí le ha sido leída...?

La princesa, puestas las manos sobre el libro de los Evangelios y la cruz, respondió:

-Sí, juro.

Replicola el cardenal:

-Así Dios os ayude y los Santos Evangelios.

Fuese entonces la princesa a hincar de rodillas ante el rey para hacer el pleito homenaje, y puestas sus manos juntas entre las dos del rey, preguntole éste:

-¿Vos hacéis pleito homenaje una, dos y tres veces; una, dos y tres veces; una, dos y tres veces, y prometéis y dais vuestra fe y palabra que cumpliréis todo lo que esta escritura de juramento, que se os ha leído, contiene?...

-Así lo prometo -respondió la princesa.

Y quiso entonces hincar la rodilla delante del príncipe para besarle la mano; mas éste, puesto en pie, impidiolo con gran premura, y abrazola tiernamente.

Volviose la princesa Doña Juana a su sitio bajo el dosel, y como no hubiese ya otro infante para jurar, adelantose otra vez el rey de armas, y gritó, vuelto hacia el banco de los grandes:

-¡Marqués de Mondéjar!... Subid a tomar el pleito homenaje.

Subió entonces el marqués de Mondéjar, y colocose en pie a la izquierda del cardenal, y a su espalda tres consejeros del real Consejo de Castilla y cuatro del de Aragón, que habían de servir de testigos. Adelantose entonces el secretario, Francisco de Eraso, y dijo al rey, según consta en el texto de aquellas Cortes:

«Que ya sabía cómo el ilustrísimo Don Juan de Austria no tenía la edad cumplida de los catorce años; y comoquiera que se conocía que tenía discreción, avilidad y entendimiento, que todavía a mayor abundamiento su majestad supliese el dicho defecto para que pudiese jurar e hacer pleito homenaje en caso de que fuese necesario, y haviendo su majestad particularmente oído, en voz ynteligible respondió y dixo, que ansí era su voluntad, no embargante las leyes de estos reinos; lo cual por el dicho ilustrísimo Don Juan de Austria oydo se levantó de la dicha silla en que estava, y fue ante dicho reverendísimo cardenal, e hizo otro tal juramento como el que la serenísima princesa había hecho y fecho, se levantó y fue antel dicho marqués de Mondéjar, que estaba en pie enfrente de su majestad, y metidas las manos entre las de dicho marqués, hizo el pleyto omenaje contenido en la dicha scriptura de juramento e pleyto omenaje de suso scripta: lo qual así hecho en señal de la ovediencia, sujeción y vasallaje y fidelidad a dicho serenísimo esclarecido príncipe Don Carlos nuestro señor de vida, se fue antél el dicho ilustrísimo Don Juan de Austria, e hincadas las rodillas en el suelo le besó la mano, y desde allí se tornó a sentar en la silla en que antes estaba como dicho es».

Juraron después de Don Juan de Austria los prelados, los grandes y títulos de Castilla y los procuradores en Cortes. Don García de Toledo, ayo del príncipe; el conde de Oropesa, el marqués de Mondéjar y los mayordomos del rey juraron después de éstos. El último de todos fue el duque de Alba, que como mayordomo mayor del rey había dirigido la ceremonia con su bastón en la mano; y como, distraído, después de hacer su pleito homenaje, se olvidase de besar la mano al príncipe, fue tal la mirada de ira y encono que le dirigió éste, que no queda historiador que no la mencione y comente. Cayó en cuenta el duque, y fuese prontamente al príncipe para darle sus excusas, y éste le dio entonces a besar la mano; pero jamás olvidó este sencillo descuido, que reputó por agravio.

El cardenal de Burgos juró después en manos del arzobispo de Sevilla, y el príncipe Don Carlos puso fin al acto jurando a su vez, en manos de Don Juan de Austria, guardar los fueros y leyes destos reinos, mantenerlos en paz y justicia y defender la fe católica con su persona y hacienda y con todas sus fuerzas.

Diose con esto por terminada la jura, y volvió la corte al real alcázar, con música de ministriles, trompetas y atabales.




ArribaAbajo- II -

Trasladose al fin la corte definitivamente a Madrid muy poco después de la jura de Don Carlos, y señaló el rey a Don Juan de Austria para su vivienda las casas de don Pedro de Porras, que estaban frente a Santa María, muy próximas al real alcázar. En estas casas construyó medio siglo después el duque de Uceda su magnífico palacio, y forman hoy el edificio que ocupan la Capitanía General y el Consejo de Estado.

Instalose en ellas Don Juan con Luis Quijada y doña Magdalena de Ulloa, y, salvo el respeto debido a la nueva jerarquía del hijo de Carlos V, las relaciones de éste con los Quijadas siguieron siendo después de su elevación las mismas que habían sido por seis años en la tranquila y dulce intimidad de Villagarcía.

Iba Don Juan diariamente al real alcázar con todo su aparato de príncipe para estudiar y holgarse con Don Carlos y hacer su corte al rey y a la buena reina Doña Isabel de Valois, que siempre le retenía largo rato y le regalaba y convidaba, con grande satisfacción de todas sus damas. A diario visitaba también a su hermana la princesa Doña Juana y acompañábala con frecuencia en sus visitas piadosas y sus múltiples devociones.

Satisfacía todo esto, como era natural, al reciente príncipe, mas cuando volvía a su casa y encontraba a doña Magdalena en su estrado, ocupada siempre en cosas para él de provecho, era cuando su corazón se dilataba verdaderamente al calor de la familia y aparecía tierno y espontáneo el antiguo Jeromín, enamorado siempre de su tía como de amantísima madre.

Solía entonces sentarse en un almohadón a los pies de doña Magdalena, y con la cabeza reclinada en sus rodillas, según su antigua costumbre, confiábala sus impresiones del día y abríala de par en par su alma con el candor y la sencillez de sus primeros años.

Una catástrofe inesperada vino a turbar de repente aquella tranquila existencia.

El 24 de noviembre, poco antes del amanecer, entraba por la puerta de la Vega un labradorcillo de Alcorcón montado en su burra. Asombrole la claridad vivísima que iluminaba la plazoletilla y la fachada de Santa María, y vio entonces que salían llamas por el tejado de la casa de Don Juan de Austria.

Era ésta de dos pisos tan sólo, como solían ser entonces las mejores de la villa, muy semejantes en disposición y arquitectura a la hoy de Valmediano en la plaza de las Cortes y a la del marqués de Corbera en la calle de la Bola, con la sola diferencia de tener las de personajes nobles sendos torreones, por lo menos en dos de sus ángulos.

Espantose el muchacho de que nadie en la casa se diese cuenta del formidable incendio, y comenzó a dar voces y a golpear en la puerta, gritando:

-¡Fuego!... ¡Fuego!... ¡Ah, de la casa!...

Despertaron todos despavoridos, y Luis Quijada, el primero, lanzose, como años antes en Villagarcía, a salvar a Don Juan de Austria. Encontrole tirándose de la cama para acudir él en socorro de doña Magdalena; mas sin hacer caso Luis Quijada de sus gritos ni de sus esfuerzos para correr al cuarto de su tía, cogiole en brazos, en camisa como estaba, y salió a la calle en un segundo, depositándole en las gradas de Santa María. Volvió luego con serenidad admirable a sacar a doña Magdalena de entre las llamas, y depositola junto a Don Juan, también medio desnuda.

Desencadenose entonces el incendio con tan tremenda furia, que con ser tan capaz el edificio, sólo era, media hora después, una hoguera inmensa, y cinco horas más tarde, un montón de escombros, en que únicamente quedaba en pie el paredón que correspondía a la alcoba de Don Juan de Austria.

Colgado de este paredón había quedado intacto el famoso Cristo de los moriscos, salvado por Luis Quijada otra vez de las llamas, y que desde la llegada de Don Juan a Villagarcía puso doña Magdalena a su cabecera. Túvose esto entonces por milagro, y fue, en efecto, por lo menos, providencia especialísima de Dios para salvar imagen tan venerada.

Acudieron los vecinos desde el primer momento, gente en su mayor parte llana, y ofrecieron con la mejor voluntad a Don Juan y a doña Magdalena ropas con que cubrirse. Todos, sin embargo, se apartaron y formaron calle respetuosamente ante una pareja que salió por el estrecho callejón de Santa María, existente entonces entre la iglesia de este nombre y la casa que fue luego del duque de Abrantes.

-¡Rey Gómez!... ¡Rey Gómez!... -murmuraba la multitud.

Y todos se apartaban y descubrían con esa especie de temerosa admiración con que acoge la gente menuda las ocasiones de codearse con los poderosos, que sólo suelen ver desde lejos y muy alto.

Era el llamado Rey Gómez un caballero ya entrado en años, de porte elegantísimo y facciones muy finas, barba y cabellos negros y rizados, que comenzaban ya a blanquearle.

Venía la señora envuelta en un capotillo que dejaba adivinar su esbelto talle y ver su hermoso rostro pálido y altanero, lastimosamente desfigurado, por tener el ojo derecho tuerto.

Acercose la señora a doña Magdalena, y abrazola con grandes muestras de compasión y de cariño, como si de antiguo se conociesen, y ofreciole ropa que traían sus criados y albergue en su propia casa, que estaba detrás de la llamada de Abrantes, que ocupa hoy la Embajada italiana. Hizo otro tanto el caballero con Don Juan y Luis Quijada, y todos juntos se dirigieron escoltados por la multitud a casa de la tuerta.

Era esta tuerta famosísima la princesa de Éboli, Doña Ana Mendoza de la Cerda, que tanta influencia hubo de tener después en los destinos de Don Juan de Austria; y era el caballero el príncipe de Éboli, su marido, Ruy Gómez de Silva, gran privado, mientras vivió, del rey Don Felipe II; por lo cual transformaba el vulgo su nombre de Ruy Gómez en el de Rey Gómez, para demostrar su mucho poder y privanza.

Dos meses largos estuvieron Don Juan, Luis Quijada y doña Magdalena en casa de los príncipes de Éboli, mientras el rey no hizo preparar a su hermano otra convenientemente alhajada, que fue la del conde de Lemus, junto a la parroquia de Santiago.

Mientras tanto, la salud del príncipe Don Carlos empeoraba visiblemente de día en día, y hacíase su carácter cada vez más extravagante y atrabiliario. Determinó, pues, Felipe II, por consejo de los médicos, hacerle mudar de aires, y enviole a este propósito a Alcalá de Henares con Don Juan de Austria y Alejandro Farnesio, para que pudiese al mismo tiempo proseguir allí sus estudios bajo la dirección de Honorato Juan, que se los había dirigido desde un principio.

Salió, pues, el príncipe para Alcalá de Henares con toda su casa el 31 de octubre, y tres días después siguiole Don Juan de Austria con toda la suya y Alejandro Farnesio con su modesta servidumbre. Hospedáronse los dos primeros en el palacio que tenían allí los arzobispos de Toledo, vivienda muy saludable y bien oreada, con grandes huertas y frondosos jardines entonces.

No perdonó el rey Don Felipe ningún medio ni gasto que pudiera contribuir a la brillante educación de los tres príncipes.

Los doctores más famosos de aquella Universidad, a la sazón tan floreciente, leíanles sus cátedras en privado y ayudábanles con toda clase de libros y manuscritos, en que era Honorato Juan el sabio más competente.

Bajo su dirección se copió entonces en Alcalá, sin otro objeto que la educación de los tres príncipes, el famoso manuscrito de las obras científicas recopiladas por Don Alfonso el Sabio; copió el texto Diego de Valencia, y el propio Juan de Herrera fue expresamente llamado para dibujar las figuras astronómicas que le ilustran.

El mismo Felipe II ordenó y trazó de su mano la distribución de horas de estudio, descanso y recreo que habían de observar diariamente los tres ilustres estudiantes.

Levantábanse a las seis de la mañana en verano y a las siete en invierno, y después de bañados, vestidos y peinados, rezaban sus oraciones en presencia del mayordomo mayor y gentiles-hombres de cámara, todos de rodillas. Pedíase en estas oraciones muy especialmente por los reyes de la tierra y por las almas de los difuntos.

Almorzaban después los tres príncipes juntos, y acto seguido oían la santa misa en la capilla privada de Don Carlos.

Seguían dos horas continuas de estudios con los maestros, presididos siempre por Honorato Juan. La lección comenzaba siempre rezando el Veni Creator y concluía dando a Dios gracias.

A las once salían de su cámara los tres príncipes para comer en público; a las doce tenían lección de música y canto hasta la una, y desde esta hora hasta las cuatro volvían a reanudarse los estudios, intercalando entre ellos las lecciones de esgrima y equitación.

De cuatro a cinco recreábanse los príncipes como mejor era de su gusto con los señores de su cámara y los caballeros a quienes, con aprobación de su ayo, don García de Toledo, daba el príncipe entrada.

A las seis era la cena, y acabada ésta, proseguían hasta las nueve los paseos, juegos o ejercicios de entrenamiento, según el tiempo ayudaba y la voluntad de los príncipes disponía. A las nueve rezaban todos juntos el rosario y cada uno se retiraba a su cámara.

Los domingos y días festivos ocupábanse las horas de estudio en ejercicios piadosos, paseos y juegos de fuerza y entretenimiento.

Creció con esta vida la intimidad y unión de los tres príncipes, sin que por eso dejase de haber entre ellos frecuentes reyertas, propias de la edad, motivadas siempre por el carácter intemperante y díscolo de Don Carlos.

Un día, jugando éste a la pelota con Don Juan de Austria, entablose discusión sobre una jugada dudosa, y como el príncipe no encontrase otras razones que alegar, volvió la espalda a Don Juan con gran impertinencia, diciendo que no podía discutir con él porque no era de su igual en nacimiento.

Saltó Don Juan como una fiera, y asiendo de la ropilla a Don Carlos, díjole altaneramente que su madre era una gran señora alemana y que su padre había sido mucho más que lo que era el suyo.

Intimidose Don Carlos al pronto; mas quejose luego al rey Don Felipe la primera vez que vino a visitarle, refiriéndole el hecho.

A lo cual contestó gravemente Don Felipe:

-Don Juan tiene razón... Su madre es una señora alemana, y su padre, el emperador mi señor, fue mucho más grande que yo lo he sido, ni podré serlo nunca... Notad bien, Don Carlos, que en lo único que no os iguala nadie es en soberbia y mala crianza.




ArribaAbajo- III -

No sacó gran provecho en materia de letras el sabio y honrado Honorato Juan de ninguno de sus tres discípulos. Cierto era que Don Juan y el príncipe de Parma estudiaban; pero hacíanlo por obligación, y aprovechaban naturalmente, porque tenían entendimiento agudo, fácil comprensión y feliz memoria.

Mas las aficiones guerreras de ambos, que hicieron más adelante de ellos dos grandes caudillos, teníanles siempre la imaginación en otra parte, y sólo prestaban a las literaturas y filosofías de Alcalá una atención forzada y sin ahínco, insuficiente para cimentar nada sólido.

El príncipe de Asturias, por su parte, ni aun siquiera tenía esto: apático y melancólico por naturaleza, y sin más brotes de carácter que la ira y la soberbia, no amaba las ciencias, ni las letras, ni las artes, ni las armas, ni la guerra, ni le divertían cosas honestas, ni se complacía en otra cosa que en hacer daño al prójimo, según afirma, con harta dureza a nuestro juicio, el embajador veneciano Paolo Tiépolo.

Aburríase, pues, el príncipe en Alcalá, y crecía su aburrimiento a medida que su salud mejoraba.

En esta peligrosa disposición de ánimo, propúsole un criado suyo, de los que medran con los vicios de sus amos, que para distraer sus ocios hiciera la corte a una mozuela, hija del conserje de Palacio, que, según sus probables indicios, debía de llamarse Mariana de Gardeta.

Había el príncipe mostrado desde niño extraña aversión a las mujeres, hasta el punto de insultar groseramente a varias de ellas, sin más motivo ni razón que aquella especie de rabia instintiva que su vista le causaba.

Acogió, sin embargo, con entusiasmo la mala idea del criado, y sirviendo éste de tercero, comenzaron los recados y billetes, y siguiéronse las citas entre el príncipe y la mozuela.

Veíanse en el jardín; salía ella disimuladamente de la vivienda de su padre, y bajaba él por una estrecha escalerilla cerrada con puerta de hierro que por dentro del macizo muro de la gran sala llamada de Concilios iba a parar a la parte aquélla de la huerta.

No permitió la vanidad de Don Carlos guardar por mucho tiempo el secreto, y confiose el primero a Don Juan de Austria, pidiéndole ayuda. Mas era éste harto sencillo aún para comprender los repliegues y resbaladizas pendientes de la galantería, y riose cándidamente de la extraña idea del príncipe, que pretendía, a su juicio, hacer una reina de España de la hija de un conserje.

Riose a su vez Don Carlos de la inocencia de su tío, y con dañada intención rasgó de un golpe la venda que cubría los ojos, purísimos aún, del vencedor de Lepanto. Repugnó a éste el papel de encubridor que el príncipe le reservaba en aquel terreno ignorado que ante su vista se abría, y negándole su ayuda, separáronse desabridos.

Buscó entonces Don Carlos otros confidentes, y encontrolos harto benévolos en dos gentiles-hombres de su cámara, que comenzaron a porfía a empujarle por aquella dañada senda con el pretexto de que el amor, según ellos lo entendían, había de despabilar las facultades intelectuales del príncipe y reconstituir su debilitado físico.

No pensaron lo mismo el ayo don García de Toledo y el caballerizo mayor, Luis Quijada, que, enterados al fin del caso, mandaron cerrar, de común acuerdo, la puertecilla de la escalera que daba a la huerta.

No osó Don Carlos descargar por entonces su rabiosa ira sobre el ayo don García, y limitose a apalear él mismo bárbaramente al infeliz criado que cerró la puerta.

Procurose con el mayor sigilo otra llave nueva, y el 19 de abril (1562), que por ser domingo era para los príncipes día más desahogado, citó a la mozuela al pie de la escalerilla a las doce de la mañana.

Comió aquel día Don Carlos con grande prisa y como azorado, y, no bien terminó la comida, despidió a toda la servidumbre, y saliose él mismo, dejando solos al príncipe de Parma y a Don Juan de Austria.

Llamó a éstos la atención el azoramiento del príncipe, y siguiéndole de lejos, viéronle desaparecer por la escalerilla del salón de Concilios, sin cuidarse siquiera de cerrar la puerta.

Miráronse los dos príncipes sonriendo, como dándose cuenta de lo que se trataba, y en el mismo momento oyeron un gran estrépito en la escalera, como de algo que rodaba, y ayes lastimeros que subían de lo hondo.

Corrió allí Don Juan desalado, y Alejandro Farnesio avisó con gran prudencia a don García de Toledo y a Luis Quijada.

Encontraron al infeliz príncipe tendido en el suelo, con la cabeza abierta y desangrándose. Había bajado con ciega precipitación la escalera, y, al llegar a las últimas gradas, faltáronle los pies y rodolas de cabeza, dando con ésta tremendo golpe en la maciza puerta.

Curáronle en el primer momento los doctores Vegas y Olivares, médicos de cámara, y el licenciado Deza Chacón, cirujano del rey; y como al vendarle éste se quejara el príncipe dolorosamente y el cirujano aflojase la mano, gritó Luis Quijada, que siempre auguró mal de la herida:

-Apretad, licenciado Deza, apretad... No le curéis como alteza, sino como a villano.

Despachó al punto don García de Toledo al gentilhombre de cámara del príncipe, don Diego de Acuña, para informar al rey de lo que pasaba, y al amanecer del día siguiente (lunes 20) estaba ya de vuelta con el doctor Gutiérrez, protomédico del rey, y los doctores Portugués y Pedro de Torres, sus cirujanos.

Algunas horas después llegó el rey en persona, y en su presencia reconocieron la herida todos los médicos; declararon éstos unánimes que no revestía carácter alguno alarmante, y tranquilo con esto Don Felipe, volviose a Madrid aquella misma noche.

Mas a los once días, en la madrugada del 30, asaltó al príncipe una recia calentura con fuertes dolores en la herida, en el cuello y en la pierna derecha, que, por otra parte, parecía tener como muerta.

Alarmáronse los médicos, y declararon entonces que aquelles síntomas revelaban una lesión en el cráneo y quizá en el cerebro.

Avisaron de nuevo al rey Don Felipe con grande urgencia, y aquella misma noche del 30 llegó a Alcalá con el duque de Alba, el príncipe de Éboli y el antiguo médico de Carlos V, Vesale. Algunas horas después llegaron los demás señores del Consejo y los grandes que tenían oficios en la corte.

El 2 de mayo era tanta la gravedad del príncipe, que mandó el rey administrarle los sacramentos: tenía inflamado el rostro, ciegos los ojos por la hinchazón de los párpados y paralizada del todo la pierna derecha.

Recibió Don Carlos el Viático con mucha devoción, y, despejada la pieza, hizo señas a Don Juan de Austria de que se acercase.

Asiole las manos con mucho cariño, y díjole muy bajo que había ofrecido a Nuestra Señora de Montserrat su peso de él mismo en oro y tres veces este mismo peso en plata si le curaba; que había hecho igual ofrecimiento al santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y al Cristo de San Agustín, de Burgos; pero que había allí, en Alcalá, en el convento de franciscanos de Jesús y María, el cuerpo de un grande santo, que se llamó fray Diego, que quería hacerle también este mismo ofrecimiento, y que le pedía por lo mucho que le amaba que fuese él mismo en persona a hacer en su nombre esta promesa ante el sepulcro del santo.

Prometioselo Don Juan muy conmovido, y desde aquel día fue todos ellos por mañana y tarde a pedir la curación del príncipe ante el sepulcro de fray Diego.

La enfermedad había trocado al mísero Don Carlos en dócil y benévolo, y a todos prestaba obediencia y pedía perdón, muy en especial a su padre y a Honorato Juan, única persona quizá a quien amó de veras.

Quería que Don Juan de Austria y el príncipe de Parma estuviesen siempre a su lado, y cuando por la fatiga no podía hablarles, tornábales las manos y se las acariciaba con las suyas.

Catorce consultas de médicos presidió el rey Don Felipe desde el 30 de abril al 8 de mayo. Sentábase en su sitial con el duque de Alba a la derecha y don García de Toledo a la izquierda; poníanse detrás los grandes de la corte y enfrente los médicos, sentados en escaños, formando semicírculo. Don García de Toledo daba por turno la palabra a los que debían usarla.

En una de estas consultas habló alguien de un morisco viejo de Venecia, llamado Pintadillo, que hacía curas maravillosas con ungüentos que preparaba. Protestaron los médicos; mas el rey mandó traer a Pintadillo en postas sin pérdida de tiempo, con escándalo y ofensa de todos ellos.

En la noche del 8 de mayo declaráronse los médicos vencidos, y anunciaron al rey que sólo quedaban al príncipe tres o cuatro horas de vida.

No quiso Don Felipe verle morir, y marchose aquella misma noche, dejando al duque de Alba y al conde de Feria detalladas instrucciones para el funeral y el entierro de su hijo. Algunos señores de la corte apresuráronse a comprar el paño para los lutos.

Pasó toda aquella noche de angustia Don Juan de Austria a la cabecera del moribundo, y al amanecer dijo al duque de Alba que le acompañase al convento de Jesús y María para pedir por última vez a fray Diego la salvación del príncipe.

Entonces tuvo el duque de Alba una idea repentina, que Dios le inspiró, sin duda. Mandó, en nombre del rey, abrir el sepulcro de fray Diego y llevar el cuerpo a la cámara del príncipe.

Dispúsose la procesión para el mediodía; iba delante el pueblo entero clamando a Dios misericordia; seguíanle centenares de penitentes con sayales y capirotes y las espaldas desnudas, disciplinándose cruelmente; detrás venían cuatro frailes de San Francisco trayendo en unas parihuelas el cuerpo de fray Diego; venía éste en un ataúd, envuelto en un sudario, con el rostro incorrupto, pero amojamado, como hoy día se conserva, descubierto.

A la derecha e izquierda del ataúd iban dos penitentes, cubierto el rostro por un áspero capirote y dejando ver la túnica de sayal, los pies desnudos y ensangrentados por los guijarros del camino: eran los dos rayos de la guerra, Alejandro Farnesio y Don Juan de Austria.

En pos de ellos venía el duque de Alba con la cabeza descubierta, y seguíanles y rodeábanles la Universidad, las comunidades, los estudiantes, la nobleza, el clero, los palaciegos, los gremios, no en devota y ordenada procesión, sino mezclados todos y confundidos, henchiendo las calles como una avalancha de angustia y de amargura que arrastrase hacia Palacio el cuerpo de fray Diego, que había de salvar al único heredero varón de la corona de España.

Entraron el cuerpo en la cámara del príncipe, abierta ya de par en par, como suele estarlo la de un cadáver, y precipitose dentro todo el que pudo, sin orden ni jerarquía ni concierto.

Estaba el príncipe boca arriba en el lecho, con los ojos cerrados por la hinchazón de los párpados, la nariz afilada, la boca abierta y el ronco estertor saliendo difícilmente de su garganta seca.

Pusieron el ataúd sobre la cama, tocando al cuerpo del príncipe. El prior de San Francisco cogió una de las manos inertes y púsola suavemente sobre el pecho de fray Diego...

Reinó un silencio inverosímil, en que nadie respiraba: hubiérase oído la caída de una hoja, el aleteo del ángel de la Guarda llevando al cielo aquellos clamores de fe, aquellas lágrimas de esperanza...

De repente dio el príncipe una vuelta hacia el ataúd, y trocose el estertor en respiración tranquila...

El pavor de lo sobrenatural posesionose de todos; a muchos se les erizaron los cabellos... Diez minutos después invadía al príncipe un apacible sueño que le duró seis horas... Salieron todos de puntillas conteniendo los alientos... Sacaron el cuerpo calladamente...

Al despertar el príncipe llamó a Don Juan de Austria, y le dijo que había visto durante aquel sueño a fray Diego de Alcalá con su hábito franciscano y una cruz de caña con una cinta verde. El santo le había dicho que aquella vez no moriría.

Y no murió, en efecto12.




ArribaAbajo- IV -

Salió Don Carlos de Alcalá el 17 de julio para terminar su convalecencia en Madrid, y quedaron solos Alejandro Farnesio y Don Juan de Austria, prosiguiendo sus estudios hasta fines de 1564.

Entraba Don Juan entonces en esa peligrosa edad de la adolescencia en que la naturaleza despierta a ciegas y la imaginación divaga por mundos desconocidos, forjando inquietudes misteriosas, deseos vagos y extraños sueños que turban el entendimiento, arrastran el corazón y extravían con triste frecuencia la voluntad, si cualquiera mala influencia tuerce su rumbo.

Estaba, sin embargo, Don Juan demasiado alto y harto bien guardado para que llegasen hasta él las vulgares influencias de la chusma estudiantil, de que dijo después Alarcón en la Verdad sospechosa:


Son mozos, gastan humor,
sigue cada cual su gusto,
gala de la travesura,
grandeza de la locura;
hacen donaire del vicio,
hace, al fin, la edad su oficio.

Mas había también en Alcalá estudiantes de la más alta nobleza, que hacían su corte a los príncipes y participaban de sus ejercicios y entretenimientos; y uno de ellos, que debió de ser don Rodrigo de Mendoza, hijo segundo del duque del Infantado, proporcionó a Don Juan algunas de aquellas novelas de caballerías, a la sazón tan en boga.

El efecto de estas lecturas en el ánimo de Don Juan fue el de un tizón encendido arrojado en un campo de rastrojos secos.

Ciertamente que su buen sentido rebajaba el nivel de las fabulosas hazañas de los Amadises y Palmarines hasta reducirlo a los límites de lo verosímil; pero el espíritu, la tendencia a lo grande y a lo temerario y a lo amoroso inflamaban su imaginación, ya ardiente de suyo, y encendían su corazón, que desde niño le impelía a cosas grandes y maravillosas.

Siempre le sedujo honrar a Dios y amparar a los menesterosos, como doña Magdalena de Ulloa le había enseñado; siempre soñó con servir al rey lealmente como de Luis Quijada había aprendido, y con llevar a cabo grandes hazañas por su cuenta propia, como la sangre de Carlos V, que hervía en sus venas, parecía pedirle.

Mas después de estas lecturas parecíale esto ya poco, insignificante, sin gloria y sin brillo, y al Dios a quien honrar y al rey a quien servir y a la fama que merecer, añadió entonces un reino que conquistar para proclamar en él la fe de Cristo, y una dama a quien amar, no al modo ruin y pecaminoso de la Marieta Gardeta del príncipe Don Carlos, sino al modo espiritual y platónico de la Oriana de Amadís de Gaula...

Estas imaginaciones, una y otra vez meditadas y repetidas durante aquellos dos años, afirmaron para siempre las grandes cualidades y los sensibles defectos de Don Juan de Austria. En aquel estado de ánimo supo Don Juan, no sabemos cómo, que su hermano Don Felipe había pedido para él al Pontífice Paulo IV el capelo cardenalicio. Mas no era ésta precisamente la voluntad de Carlos V, consignada en su testamento, porque nunca mandó el emperador que se impusiese a Don Juan el estado eclesiástico, ni aun adornándolo con la púrpura cardenalicia, sino únicamente encargó que pudiéndose buenamente endereçar, que de su libre y espontánea voluntad, él tomase hábito en alguna religión de frailes reformados, a la qual se encaminase, sin hacerle para ello premia ni extorsión alguna...

El despecho y la aflicción de Don Juan al saber esta noticia no tuvieron límites, y apresurose a participarla a la buena y discreta doña Magdalena, quejándose con toda la amargura y desaliento con que se lamentan a su edad las ilusiones perdidas.

Comprendió doña Magdalena el yerro inmenso que sería y los peligros a que quedaba expuesta el alma de su Don Juan empujándole por un camino a que la vocación de Dios no le llamaba; y con esa libertad de espíritu, propia de las almas santas y fuertes, aconsejole con grande ahínco prevenir por cuantos medios fuese posible que el capelo no se concediese, y, en el caso de no poderlo evitar, resistir abiertamente al rey con tanto respeto como entereza.

La conciencia y el honor caen fuera de todo vasallaje, y la noble dama sentía, como otros muchos de su época, lo que dijo después Calderón, haciéndose eco de aquella raza ya degenerada de su tiempo:


Al rey la hacienda y la vida
se ha de dar; pero el honor
es patrimonio del alma,
y el alma sólo es de Dios.

Animado Don Juan con esto, no volvió a hablar más del asunto ni aun con doña Magdalena misma, y nadie hubiera sospechado que tuviese él conocimiento de lo que con el Papa se trataba.

Mas de allí a poco llegó a Madrid Don Felipe de vuelta de las Cortes de Monzón, que había celebrado, trayendo consigo a sus dos sobrinos, los archiduques Rodulfo y Ernesto, hijos del emperador Maximiliano y de la santa emperatriz Doña María, hermana del propio Don Felipe y de Don Juan de Austria.

Acudió éste a saludar al rey y a dar la bienvenida a los archiduques, y encontrolos en el castillo de Balsaín, allá en el bosque de Segovia.

No se hablaba entonces ni en la corte ni en la villa sino del formidable ataque de los turcos a la isla de Malta, y de la heroica defensa del anciano maestre de aquella Orden, Juan Parissot de la Valette.

Hallábase al frente de la fortísima escuadra otomana el almirante Pialy y los dos temidos piratas Hassen y Dragut, con cuarenta y cinco mil hombres de desembarco, capitaneados por Mustafá-Bajá; y el gran maestre La Valette, sin más tropas que setecientos caballeros de la Orden y cuatro mil quinientos soldados para defender toda la isla, pedían auxilio con gran premura a los príncipes de la cristiandad, y muy en particular al Pontífice y al rey de España, como más interesado: el uno, en la defensa de la fe, y el otro, en la conservación de sus dominios de África y de Italia, de que era salvaguardia la isla de Malta.

Mandó al punto Felipe II aparejar una escuadra en su socorro con veinticinco mil hombres de desembarco, de los cuales habían de embarcarse parte en Barcelona y ser recogidos los restantes en Sicilia.

Instaban los sitiados cada vez con más angustia, y al mismo tiempo llegaban noticias del heroico valor de su resistencia y de las ferocidades del turco. Mustafá había hecho, en escarnio de nuestra santa religión, una cruz con los corazones de muchos caballeros de Malta muertos en la refriega, y clavádola en el límite de su campo, y el gran maestre La Valette había contestado a esta barbarie sacrílega haciendo cargar sus cañones de grueso calibre con cabezas de turcos, a guisa de metralla, y disparándolos al enemigo.

Hervía con todo esto la juvenil sangre de Don Juan de Austria, y tiraba sus cálculos calladamente.

¡Aquella empresa sí que lo reunía todo!... ¡Gloria de la fe..., amparo de desvalidos..., servicio del rey!

Faltaba el reino que conquistar; pero se presentaba, en cambio, la ocasión de probar al rey muy a tiempo que al hijo de Carlos V le cuadraba mejor un galmete de hierro que un capelo de grana...

Faltaba también la dama a quien amar; ¿pero acaso podía asegurarle alguien que en el curso de aquella empresa no hubiera de encontrarla?...

Nadie notó, sin embargo, en Don Juan preocupación alguna, y viosele tan sólo celebrar largas pláticas con don Juan de Guzmán, gentilhombre de su cámara, y con don José de Acuña yPeñuela, que era su guardarropa.

Salió una mañana, que fue la del 9 de abril de 1565, a pasear a caballo con el príncipe Don Carlos, y con estudiado pretexto separose de éste y torció el rumbo hacia Galapagar, seguido tan sólo de don Juan de Guzmán y de don José de Acuña.

No volvió Don Juan aquella noche, y como le echase de menos al día siguiente el rey Don Felipe, mandó llamar a Luis Quijada. Creíale éste con el príncipe Don Carlos y los archiduques, y, desengañándole el rey, no supo dar razón de su paradero.

Alarmáronse todos; hiciéronse grandes pesquisas, y llegó al cabo el duque de Medinaceli diciendo que, según testimonio de un postillón encontrado en el camino, Don Juan de Austria había tomado postas en Galapagar con dos caballeros de su casa, y marchádose a Barcelona para embarcarse en las galeras que iban en socorro de la isla de Malta.

Templó algún tanto lo generoso del arranque del mancebo el enojo que produjo en el rey su independencia, y despachó al punto correos a todos los puertos y virreyes, para que le detuviesen, con este mensaje: Que volviese luego, pues la jornada era sin su voluntad y orden, y él muy mozo para ese viaje tan largo y acción tan peligrosa.

Despachó con este mensaje a don Pedro Manuel para que fuese en su seguimiento hasta alcanzarle, y encargó a Luis Quijada que le escribiese también manifestándole el disgusto con que quedaba.

Grande era, en efecto, el de Luis Quijada, no por el arranque de Don Juan, que le complacía en extremo, sino por su falta de confianza en no revelarle nada.

Mas doña Magdalena, que veía mejor que nadie el fondo de todo aquello, hízole notar la prudencia y el cariño de Don Juan guardándole tan gran reserva: porque de haberle manifestado su proyecto, fuérale preciso impedírselo por obligación de su cargo; y de haber contemporizado con él, hubiera incurrido con harta razón en el desagrado del monarca.

Era, pues, lo más prudente callar, y eso era lo que Don Juan había hecho.




ArribaAbajo- V -

La noticia de la espontánea marcha de Don Juan a la isla de Malta para pelear contra los turcos causó en el pueblo de Madrid tal entusiasmo, que a gritos lo aclamaban por las calles digno hijo de Carlos V.

La nobleza, por su parte, rindió entonces a aquel niño de dieciocho años el homenaje más cumplido que puede prestarse al hombre cabal que se nos presenta por modelo, cual es el de imitarle.

La mayor parte de los jóvenes de la nobleza corrieron a embarcarse con Don Juan en Barcelona, solos unos con su espada y sus buenos deseos, porque no podían otra cosa; levantando otros a su costa gente de guerra para pelear contra el turco, constante pesadilla para la Europa de entonces.

Fueron los principales de estos caballeros: don Bernardino de Cárdenas, señor de Colmenar de Oreja; don Luis Carrilla, mayorazgo del conde de Priego, y su tío don Luis, con gran compañía de caballeros, deudos, capitanes y criados a su costa conducidos; don Jerónimo de Padilla, don Gabriel Manrique, hijo del conde de Osorno; don Bernardino de Mendoza, hermano del conde de Coruña; don Diego de Guzmán, mayordomo de la reina; don Lorenzo Manuel, don Francisco Zapata de Cárdenas, don Pedro de Luxán, don Gabriel Niño, Juan Bautista Tassis, que fue luego conde de Villamediana, y otra porción de caballeros castellanos, andaluces y aragoneses.

Llegaron también a última hora cuatro gentiles-hombres del príncipe Don Carlos, de los cuales era uno el tan famoso después marqués de Castel Rodrigo, don Cristóbal de Moura.

Hizo todo esto reflexionar a Felipe II, y desde aquel momento retractó en su mente la idea de empujar a su hermano por el camino de la Iglesia, comprendiendo que mejor partido sacaría de Don Juan utilizando su prestigio y valerosos arranques en las cosas de la guerra.

Mientras tanto, corría Don Juan sin descanso huyendo del capelo y en busca de la gloria, con tan mala fortuna, que al llegar a Tarifa tuvo que detenerse enfermo de calenturas tercianas.

Auxiliáronle como mejor se pudo en un castillo que allí tenía el conde de Coruña, y, más animoso que curado, prosiguió su camino hasta llegar a Frasno, a cinco leguas de Zaragoza. Repitiole allí la terciana con tan recia furia, que imposible le fue pasar adelante.

Era este lugar del conde de Ribagorza, y éralo entonces el duque de Villahermosa, don Martín de Aragón, gran caballero a quien esperaba muy en breve en la persona de su hijo primogénito la más trágica desventura que registra quizá la historia de la Grandeza.

Era este señor viudo de doña Luisa de Borja, hermana de San Francisco, y después de guerrear en Flandes y distinguídose mucho en la batalla de San Quintín, vivía a la sazón retirado con sus hijos en la villa de Pedrola.

Avisaron al duque el ilustre huésped que tenía en sus estados, enfermo en un miserable mesón de Frasno, y apresurose a enviarle dieciocho acémilas con todo lo necesario para el servicio de un príncipe, desde el dosel blasonado y las tapicerías de cuero, propias del verano, hasta los lechos y las mantas y la recámara completa de plata amartillada.

No satisfecho con esto, fuese el mismo duque a Frasno con dos médicos de su servicio, e instó a Don Juan para que se trasladase a la villa de Pedrola o a su castillo de Benabarre, cabeza del condado de Ribagorza, donde con mayor esmero podría ser asistido y cuidado.

No tuvo tiempo Don Juan de aceptar el ofrecimiento del primer grande de Aragón, porque enterado el arzobispo de Zaragoza de su enfermedad y estancia en Frasno, enviole al punto al gobernador de la ciudad, con otros muchos nobles caballeros, para que le recogiesen y trajeran a Zaragoza para asistirle y curarle en su propio palacio.

Era este arzobispo don Hernando de Aragón, nieto del rey Don Fernando el Católico, y varón muy respetable por sus muchos años y su ilustre sangre.

Trasladaron, pues, a Don Juan a Zaragoza con grandes precauciones en mulas y literas del duque de Villahermosa, y éste le acompañó con grande cortesía hasta dejarle instalado en el palacio del arzobispo.

Salió éste a recibirle fuera del lugar, y acudió todo el pueblo, ansioso de conocer al hijo del emperador y de manifestarle el aplauso y simpatía que su juvenil arrojo le inspiraba.

Habíale alcanzado en Frasno don Pedro Manuel, y no bien le vio en Zaragoza algún tanto repuesto de su dolencia, apresurose a intimarle la orden de Don Felipe, añadiendo por su propia cuenta: -Que no passase adelante, si no quería indignar al rey, pues las galeras en que pensava pasar avian partido de Barcelona.

A lo cual respondió Don Juan muy gravemente: -Que era la jornada del servicio de Dios y del rei su señor, y que ansí no la podía dexar con reputación. Y acto continuo envió a don José de Acuña a Barcelona, a ver si había allí galeras para su pasaje.

El arzobispo y el gobernador y muchos caballeros le pidieron también que bolviese a Madrid, por tener orden del rei para detenerle. Y como Don Juan no cediese tampoco con esto, le requirió entonces el arzobispo con las cartas del rey en la mano que no passase adelante; mas sin perder Don Juan ni su gravedad ni su cortesía, persistió en su propósito.

Seducidos entonces el arzobispo y el gobernador y los principales caballeros de Aragón que a Zaragoza habían acudidopor la juvenil audacia y firme entereza de aquel mancebo de dieciocho años, suplicáronle que ya que persistía en marchar, que llevase quinientos arcabuceros para su guarda, pues no convenía ir tan solo, que los pagaría el reino por todo el tiempo que durase la jornada.

A esto respondió Don Juan que si embarcase, se valdría de su ofrecimiento. Ofreciéronle entonces grande suma de escudos, pero Don Juan los rechazó con grande cortesía y agradecimiento.

Salió, pues, Don Juan de Zaragoza con entusiasta despedida de todos y dirigiose a Belpuche, donde le hospedó el virrey de Nápoles; tomó allí el camino de Montserrat para visitar el célebre santuario, y de acuerdo aquellos monjes con el virrey de Cataluña, que lo era del duque de Francavila, entretuviéronle en el monasterio hasta dar lugar a que zarparan de Barcelona las galeras que iban a Malta, como sucedió en efecto.

Vinieron entonces a recibirle a Montserrat el virrey duque de Francavila con los jurados, el arzobispo de Tarragona y el obispo de Barcelona, y suplicáronle todos que, puesto que las galeras habían ya partido para la isla de Malta, volviese a Madrid como era la voluntad del rey.

A lo cual contestó Don Juan imperturbable que la falta de galeras en Barcelona podía suplirse muy bien, atravesando, como era su propósito, el reino de Francia para buscarlas en otra parte.

Apurado entonces el virrey, llevole a Barcelona con grande honra y acompañamiento y entretúvole allí con fiestas, regocijos y saraos, hasta dar lugar al último recurso, que fue una carta directa y autógrafa del rey a Don Juan, mandándole volver sin dilación alguna a Madrid, bajo pena de su real y eterno desagrado.

Bajó Don Juan la cabeza ante amenaza tan concluyente, y tornó sin réplica a Madrid, con tanto aplauso de todos por su valerosa resolución primera como por su postrer obediencia.

Recibiéronle en Madrid con grande entusiasmo, y el primero en salir a su encuentro fue el príncipe Don Carlos, que le regaló entonces un magnífico diamante en un anillo de oro, obra de Jácome Trezzo, que tuvo de coste ochocientos ducados.

No se hallaba a la sazón en Madrid el rey Don Felipe, por haber salido por Segovia y Sepúlveda al encuentro de su esposa la reina Doña Isabel, que volvía de las famosas conferencias de Bayona.

Anunciose para el 30 de julio la llegada de los reyes a Madrid, y salieron a recibirles, tres leguas más allá de la villa, el príncipe Don Carlos y Don Juan de Austria.

No se habían visto todavía el rey y Don Juan después de la escapatoria de éste, y prometía la entrevista ser embarazosa.

La prudencia y habilidad de la buena reina Doña Isabel diole, sin embargo, un rumbo placentero; porque no bien divisó a Don Juan, hízole señas de que se acercase, y sin darle tiempo de hacer demostración ni decir palabra, preguntole con maliciosa sonrisa si le habían parecido muy valientes los turcos en Malta.

Enrojeció como una amapola el frustrado campeón, y contestó amargamente que con harto sentimiento suyo no había tenido ocasión de experimentarlo.

Riose entonces Don Felipe, y, abrazando cariñosamente a su hermano, díjole al oído que diese tiempo al tiempo; que muy breve sería el que tardase en estar dispuesta la armada contra los piratas del Mediterráneo, de que tenía ya decidido nombrarle generalísimo.