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La aventura de oír : cuentos y memorias de tradición oral / Ana Pelegrín

Ficha

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ArribaAbajoIII. Antología de cuentos de tradición oral

Ilustración

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ArribaAbajoCuentos mínimos

Ilustración


ArribaAbajo1. Cuento de la banasta


Este es el cuento de la banasta,
y con esto basta que basta.






ArribaAbajo2. Cuento de la bellota


Este es el cuento de la bellota,
que tenía la panza rota
y el demonio de su mujer
no se lo quería coser.
Ni con una aguja.
Ni con un alfiler.






ArribaAbajo3. Cuento muy largo


¿Quieres que te cuente un cuento
muy largo, muy largo?
Un ratón se subió a un árbol,
este cuento ya no es más largo.





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ArribaAbajo4. Cuento del gallo pelao


¿Quieres que te cuente el cuento
del gallo pelao
que nunca se acaba
y ahora se ha acabao?






ArribaAbajo5. Conto da muller


Una vez era unha muller i on cesto
e non sei mais desto.
Una vez era unha muller i onha canada
e non sei mais nada.



Ilustración





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ArribaAbajoCuentos de nunca acabar

Ilustración


ArribaAbajo6. Cuento de la hormiguita


Esta era una hormiguita
que de un hormiguero
salió calladita
y se metió a un granero;
se robó un triguito
y arrancó ligero.
Salió otra hormiguita
del mismo hormiguero
y muy calladita
se metió al granero;
se robó un triguito
y arrancó ligero.
Y salió otra hormiguita...






ArribaAbajo7. Cuento del gato


Este era un gato
con las orejas de trapo,
y la barriga al revés.
¿Quieres que te lo cuente otra vez?





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ArribaAbajo8. Conto del gaiteriño


Este era un gaiteriño
que iba pro monte.
¿Quieres que eu conte?






ArribaAbajo9. Cuento del haba


¿Quieres que te cuente otra vez
el cuento del haba
que nunca se acaba?
-Sí -contesta el niño.
Pero si yo no te digo eso, sino...






ArribaAbajo10. Cuento del rey


Una vez era un rey
que tenía tres hijas,
las metió en tres botijas
y las tapó con pez.
¿Quieres que te lo cuente otra vez?...






ArribaAbajo11. Cuento del conejo reviejo

-¿Quieres que te cuente un cuento?

-Sí.

-Pues mi abuela tenía un conejo con la cabeza vacía, porque corría, corría y corría. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?

-Sí.

-Pues mi abuela tenía un conejo reviejo, reviejo, reviejo y la cabeza vacía porque corría, corría y corría.

-...





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ArribaAbajo12. Cuento de sal y pimiento

-¿Quieres que te cuente un cuento de sal y pimiento?

-Sí.

-Que no se dice ni que sí, ni que no. Que te digo que si quieres...






ArribaAbajo13. Cuento maravillé


¿Quieres que te cuente
un cuento maravillé
que nunca lo acabaré?
Sí.
Yo no digo que sí,
yo te digo que:
si quieres que te cuente
un cuento maravillé
que nunca lo acabaré.
No.
Yo no te digo...






ArribaAbajo14. Cuento del pan parapules


¿Quieres que te cuente el cuento
del pan parapules
el de las bragas azules
y el culo al revés?
¿Quieres que te lo cuente otra vez?






ArribaAbajo15. Cuento goloso


Érase que se era
un cerdo, un gato, un oso.
¿Quieres, goloso,
que te lo cuente otra vez?







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ArribaAbajo Cuentos acumulativos

Ilustración


ArribaAbajo16. La bota que buen vino porta


Esta es la bota
que buen vino porta
de Cádiz a Rota.
Este es el tapón
que tiene la bota
que buen vino porta
de Cádiz a Rota.
Este es el cordón
que amarró el tapón
que tiene la bota
que buen vino porta
de Cádiz a Rota.
Este es el ratón
que comió el cordón
que amarró el tapón
que tiene la bota
que buen vino porta
de Cádiz a Rota.
Este es el gato
que cogió al ratón
que comió el cordón
que amarró el tapón
que tiene la bota
que buen vino porta
de Cádiz a Rota.





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ArribaAbajo17. Una vieja y un viejo

Ilustración

Una vieja y un viejo no tenían para comer más que un queso, y vino un ratón y comióselo.



Entonces vino el gato
y mató al rato,
porque comió el queso
de la vieja y el viejo.

Vino el perro y mató al gato,
porque mató al rato
porque comió el queso
de la vieja y el viejo.

Vino el palo
y mató al perro,
porque mató al gato
porque mató al rato
porque comió el queso
de la vieja y el viejo.
—156→

Vino el fuego
y quemó el palo,
porque mató al perro
porque mató al gato
porque mató al rato
porque comió el queso
de la vieja y el viejo.

Vino el agua
y mató al fuego,
porque quemó el palo
porque mató al perro
porque mató al gato
porque mató al rato
porque comió el queso
de la vieja y el viejo.

El buey ya durmió
el cuento acabó
la vieja y el viejo
sin queso quedó.



Ilustración



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ArribaAbajo18. La calzaderilla

Ilustración

Fui a la escuela y se me perdió una calzaderilla. Se la encontró mi perrilla; no me la quiso dar sin que yo le diera un bocadito de pan del arca.

Fui al arca a que me diera el pan; no me lo quiso dar sin que le diera la llave de un herrero.

Fui al herrero a que me diera la llave; no me la quiso dar sin que le diera carbón el carbonero.

Fui al carbonero a que me diera el carbón; no me lo quiso dar sin que le diera el zancarrón de un becerro el carnicero.

Fui al carnicero a que me diera el zancarrón de un becerro; no me lo quiso dar sin que le diera la leche de una vaca.

Fui a la vaca a que me diera la leche; no me la quiso dar sin que le diera la hierba del prado.

Fui al prado a que me diera la hierba; no me la quiso dar sin que le diera el agua de las nubes.

Fui a las nubes a que me dieran el agua; no me la quisieron dar sin que les diera la pluma de una paloma.

Fui a la paloma a que me diera la pluma. La paloma me dio la pluma, yo les di la pluma a las nubes, las nubes le dieron agua al prado, el prado le dio la hierba a la vaca, la vaca le dio la leche al carnicero, el carnicero le dio el zancarrón del becerro al carbonero, el carbonero le dio el carbón al herrero, el herrero le dio la llave al arca, el arca le dio el pan a la perrilla y la perrilla me dio mi calzaderilla, y yo me fui muy contento a la escuela.



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ArribaAbajo19. El pollito de la avellaneda

Ilustración


Pues, señor,
este era un pollito
que picoteaba con su gallinita en la avellaneda
y se le atrancó una avellana,
y se iba a ahogar.


La gallinita corrió a casa de la dueña:


-Dueña, la buena dueña,
ven a sacar la avellana a mi pollito,
que está en la avellaneda y se va a ahogar.
-Ay, gallina, la mi gallinita, que no tengo zapatos;
dile al zapatero que te los dé.


Y la gallinita corrió a casa del zapatero:


-Zapatero, el buen zapatero,
dame los zapatos de mi dueña,
para que saque la avellana a mi pollito,
que está en la avellaneda y se va a ahogar.
-Ay, gallina, la mi gallinita, que no tengo cuero;
dile a la cabra que te lo dé.


Y la gallinita corrió a la casa de la cabra:


-Cabra, la buena cabra,
dame cuero para el zapatero,
—159→
para que haga los zapatos de mi dueña,
para que saque la avellana a mi pollito,
que está en la avellaneda y se va a ahogar.
-Ay, gallina, la mi gallinita, que mi cuero tiene hambre;
dile al prado que te dé hierba.


Y la gallinita corrió al prado:


-Prado, el buen prado,
dale hierba a la cabra,
para que dé cuero al zapatero,
para que haga los zapatos de mi dueña,
para que saque la avellana a mi pollito,
que está en la avellaneda y se va a ahogar.
-Ay, gallina, la mi gallinita, que mi hierba está seca;
di a las nubes que me den agua.


Y la gallinita voló a las nubes:


-Nubes, las buenas nubes,
dad agua al prado,
para que dé hierba a la cabra,
para que dé cuero al zapatero,
para que haga los zapatos de mi dueña,
para que saque la avellana a mi pollito,
que está en la avellaneda y se va a ahogar.


Y las nubes, las buenas nubes, dieron agua al prado,


y el prado dio hierba a la cabra,
y la cabra dio cuero al zapatero,
y el zapatero hizo los zapatos de la dueña,
y la dueña corrió a la avellaneda
y sacó la avellana del pollito
que estaba en la avellaneda...
... y que no se ahogó.


Cuenca. Versión de Marta Mata                






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ArribaAbajo Cuentos de animales

Ilustración


ArribaAbajo20. El lobo y la zorra

Estaba la comadre zorra andando, andando, andando por el camino y se encontró con el compadre lobo, y no había por allí ningún animal para pillarle.

Ya que iban tan muertos de hambre, encontraron una venta. Le dice el lobo:

-Comadre zorra, ¿por qué no entra usté en la venta a ve si nos dan algo?

-Yo no quisiera entra, porque me van a da una paliza, ya sabe que a los lobo no nos pueden ver.

Dice la zorra:

-Yo tampoco quisiera entra, que si el ventero tiene gallina, me van a dar una paliza.

-Anda, llégase usté.

-Yo no voy, porque como a los lobos le tienen tanto miedo, no me va a queré abrí la puerta.

Entonce llegó la zorra y llamó, y s'asomó el ventero, y dice:

-¿Qué quiere usté?

Dice la zorra:

-Yo, que veníamo dos caminantes, y venimo muertos de hambre; y venimos a ve si usté nos quiere dar algo de comé.

-¿Quién es su compañero?

-Mi compadre lobo.

  —161→  

-Yo no quiero lobos. Y mira que no tengo más que esta cazuela de migas.

Y entonce la zorra dice:

-Esto no es para llevárselo a mi compadre, porque aquí no va a vení.

Y dice el ventero:

-Pues yo no quiero lobos en mi casa.

Entonce fue la zorra y se puso taque, taque, y se comió la cazuela de las migas; se puso como el quico, que de harto que estaba no se podía ni mové.

Le dice el lobo cuando llegó:

-Comadre, ¿no le han dao a usté na?

-¿Que no me han dao na? Lo que me han dao es una paliza que no me puedo mové. ¿No ve usté cómo vengo?

-Pue súbase usté aquí encima de mí; yo la llevaré en carritorné.

Y el lobo, a pesar del hambre que llevaba, se la cargó a ella como quien lleva un baúl.

Y la zorra, cuando se vio en coche, se puso tan contenta, que se puso a decí:


-Ita, ita, ita,
harta de migas
y en caballerita.
-Ita, ita, ita,
harta de migas
y en caballerita.



Ilustración



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ArribaAbajo21. Cabrín Cabrates y Lobín Lobates

Ilustración



Estaba Cabrín Cabrates encima de un peña penates
       y llegó el Lobín Lobates y le dijo:
       -Bájate, Cabrín Cabrates, de esa peña, penates.

Y Cabrín Cabrates le contestó:
       -No quiero, Lobín Lobates, que tú te has comido
       a mi padre padrates y si me bajo me comerás comerates.

Y Lobín Lobates entonces dijo:
      -Bájate, Cabrín Cabrates, que no te voy a comer comerates
       porque hoy es viernes viernates.

Y Cabrín Cabrates le contestó:
       -No quiero, Lobín Lobates, que al hambre no hay pecates.





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ArribaAbajo22. El chivito

Esta era una viejecita que tenía un pequeño huerto. Allí cuidaba lechugas, coles y cebollas. Un día entró un chivito y mordía y comía sus plantitas y sus cebollitas. Salió la viejecita y le dijo que se fuera, pero el chivito la miró de frente y furioso la contestó:


-Soy el chivito del chivatal
y si me molestas te voy a dañar.



La viejecita se fue llorando por el camino, diciendo:


-¡Ay, ay, las cebollitas del cebollar!



Y se encontró con el perro. Llorando le contó que el chivito no quería salir de su huerto. El perro le dijo:


-No llore, viejita,
ni por el chivito ni la cebollita.



Guando llegaron al cebollar, el perro dijo:


-Sal, chivito, sal.



Y el chivito, mirándolo fijamente, le responde:


-Soy el chivito del chivatal
y si me enfado te voy a dañar.



El perro le dijo a la viejecita que volvería otro día para ayudarle y se fue silbando. La viejecita volvió al camino llorando y diciendo:


-¡Ay, ay, las cebollitas del cebollar!



Y se encontró con el toro. Llorando le contó que el chivito no quería salir de su huerto. El toro le dijo:


-No llore, viejita,
ni por el chivito ni por la cebollita.



Cuando llegaron al cebollar el toro dijo:


-Sal, chivito, sal.



Y el chivito, mirándolo fijamente y bajando la cabeza, contestó:


-Soy el chivito del chivatal
y si me enfurezco te voy a dañar.



El toro dijo a la viejecita que volvería otro día y se fue suspirando. La viejecita volvió al camino llorando y lamentándose:


-¡Ay, ay, la cebollita del cebollar!



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Ilustración

  —165→  

Y se encontró con una hormiga delgada de cintura. Llorando le contó que el chivito no quería salir de su huerto, y la hormiguita dijo:


-No llore, viejita,
ni por el chivito ni por la cebollita.



Cuando llegaron, la hormiguita se acercó al chivito y le dijo muy bajito:


-Sal, chivito, sal.



Y el chivito, rojos sus ojos:


-Soy el chivito de mi chivatal
y si me enojas te voy a dañar.



Y la hormiguita, plantándose:


-Pues yo soy hormiguita del hormigal
y si te pico vas a llorar.



El chivito no quiso oírla y siguió comiendo lechugas y cebollas. La hormiga trepó por las barbas del chivito y le picó a todo picar. El chivito, sorprendido y dolorido, salió disparado balando, balando, balando, hasta que se perdió de vista por el camino.

La hormiga volvió pasito a paso a la casa de la viejecita.

La viejecita le regaló un saco de trigo, pero la hormiguita aceptó tres granos y se fue.


Y entra por el sano
y sale por el roto;
el que quiera venga
y me cuente otro.



Ilustración



  —166→  

ArribaAbajo23. El tordo, la paloma y el zorro

Ilustración

El tordo, la paloma y el zorro decidieron trabajar juntos en un monte.

-Si vosotros hacéis el cerco, yo cavaré el suelo, dijo el zorro.

La paloma y el tordo cercaron el terreno, y el zorro dijo:

-Si vosotros caváis, yo sembraré el trigo.

Cavaron la paloma y el tordo, y el zorro dijo:

-Si vosotros sembráis los trigos, yo los segaré.

La paloma y el tordo sembraron y segaron y vino la partición.

-Porque tú eres blanca, paloma, para ti la paja.

Porque tú eres negro, tordo, para ti la cizaña.

Porque yo soy el zorro de la cabeza roja, para mí los trigos.

Ilustración



  —167→  

ArribaAbajo24. El pollito y la mazorquita del Rey de Oro

Este era un hombre que tenía un pollito y lo mandó un día a traer la mazorquita del Rey de Oro. Y se marchó el pollito adelante, adelante. En el camino se encontró un montón de piedras y le dice:

-Amigo montón de piedras, ¿te quieres venir conmigo?

-Y ¿dónde me llevas?

-Métete en mi culito, que yo atrancaré con mi palillito.

Y sigue el pollito, adelante adelante, y se encuentra con una zorra y le dice:

-Amiga zorra, ¿te quieres venir conmigo?

-Y ¿dónde me llevas?

-Métete en mi culito, que yo atrancaré con mi palillito.

Y sigue el pollito adelante adelante, llega al río y le dice: -Amigo río, ¿te quieres venir conmigo?

-Y ¿dónde me llevas?

-Métete en mi culito, que yo atrancaré con mi palillito. Conque ya llega el pollito al palacio del Rey de Oro, y va y monta al tejado y canta.


-¡Quiquiriquí!
¡La mazorquita del Rey de Oro la quiero aquí!



Entonces le dice el Rey a su criado:

-Anda y ve al tejado y coge aquel pollo y lo echas al pozo.

Sale el criado, coge al pollito y ¡cataplum!, lo echa al pozo. El pollito, que se ve en el pozo muy abajo y oscuro, dice:

-Amigo montón de piedra, salga usted.

Y sale el montón de piedra, y plim, plim plim, y llena el pozo. Muy derechito, el pollito sale de un vuelo. Se monta otra vez al tejado del palacio y vuelve a cantar:


-¡Quiquiriquí!
¡La mazorquita del Rey de Oro la quiero aquí!



Dice el Rey a su criado:

-Anda a ver qué ha pasado en el pozo.

Va el mozo, vuelve y le dice al Rey:

-Magestá, está todo lleno de piedras.

-Anda, ve, coge al pollito y échalo al corral con los gallos ingleses, ésos que se pelean mucho.

  —168→  

Fue el criado, cogió al pollito, lo metió en el corral de los gallos ingleses. Y los gallos comenzaron a picotearlo. Y cuando ya estaba muy picoteado por los gallos ingleses, dice el pollito:

-Amiga zorra, salga usted.

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  —169→  

Salió la zorra rabiando y se comió a todos los gallos en un momento. Y por lo alto del corral se escapó.

Vuelve el pollito al tejado cantando.


-¡Quiquiriquí!
¡La mazorquita del Rey de Oro la quiero aquí!



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Ilustración

  —170→  

Sale el Rey y dice al criado:

-Anda, a ver qué pasa en el corral.

Va y vuelve el criado diciendo:

-Magestá, en el corral no hay ni plumas, ni gallos ingleses, ni oste ni moste.

Y oyen cantar al pollito...


-¡Quiquiriquí!
¡La mazorquita del Rey de Oro la quiero aquí!



El Rey, que muy nervioso dice:

-Anda y le coges, y le echas al horno.

El criado coge al pollito y ¡hala, al horno!

Cuando ya estaba el pobre medio quemado dice:

-Amigo río, salga usted.

Salió el río, y apagó el horno.

Y se va el pollito medio quemado, monta al tejado otra vez y canta:


-¡Quiquiriquí!
¡La mazorquita del Rey de Oro la quiero aquí!



Conque sale el Rey muy enfadado y dice a su criado:

-Anda, a ver qué ha hecho el pollito en el horno.

-Magestá, el horno está apagado.

-Pues coge el pollito -dice muy enfadado- y me lo guisas con perejil.

Pues que el criado guisó al pollito entero con perejil y se lo llevó al Rey. Y así que enterito se lo tragó con perejil, así enterito salió sin perejil. Y subió otra vez medio guisado, hecho una calamidad, al tejado y cantó:


-¡Quiquiriquí!
En la barriga del Rey caí
y entero salí sin perejil.
-¡Quiquiriquí!
¡La mazorquita del Rey de Oro la quiero aquí!



Y el Rey, entre colorado de rabia, y aburrido del pollito, gritó a su criado:

-¡Anda ya, dale la mazorquita de oro al pollito quiquiriquí!

Y el pollito, muy contento y peladito, se llevó la mazorquita de oro.


Y se acabó el cuento con pan y pimiento
y rábano asao pa'el que ha escuchao.







  —171→  

ArribaAbajoCuentos maravillosos

Ilustración


ArribaAbajo25. Blancaniña y la reina mora

Era que se era un Rey que iba de caza, y encontró a Blancaniña, que estaba jugando con sus hermanos. Blancaniña tenía largos cabellos y el Rey se prendó de ella. Quiso llevársela con él en su caballo. El Rey le pidió a la niña que lo esperara, porque él quería traer hermosos vestidos, piedras brillantes y una carroza transparente, rodeada de caballeros, para que entrase como una reina.

Blancaniña sintió miedo al quedarse sola en el monte, pero el Rey la calmó diciéndole que volvería al día siguiente, a mediodía. Y se marchó.

La niña vio una fuente de aguas muy claras y se subió a una rama de alto árbol para esperar al Rey. Veía desde allí el camino; también se veía reflejada en el agua, como en un espejo.

Una morita vino con un gran cántaro a la fuente y vio la imagen de la niña en el agua y creyó que era ella misma. Y dijo suspirando:


-Mora, morita, de la morería...
¡Y venir por agua a la fuente fría!



  —172→  

Tiró el cántaro y se fue. Pasó el sol alto a mediodía, y el Rey no vino. Blancaniña se entristeció porque temía que el Rey no volviera a buscarla. Y peina que te peinarás sus cabellos de oro con peines de plata fina.

Esa tarde volvió la morita con otro cántaro más pequeño, se acercó al borde del agua, vio otra vez a la niña, y creyendo nuevamente que era ella misma, dio un suspiro más hondo y nervioso y dijo:


-Mora, morita, de la morería...
¡Y venir por agua a la fuente fría!



Estrelló con más fuerza el cántaro y se fue. Blancaniña sonrió, y siguió peinando sus cabellos pensativa.

Pasó alto otro sol de mediodía y el Rey no vino. Al atardecer volvió la morenita. Mientras llenaba su cántaro vio otra vez reflejada la niña en el agua y dijo, creyendo que era ella misma:


-Mora, morita, de la morería...
¡Y venir por agua a la fuente fría!



Tiró el cántaro con tanta furia y enfado que Blancaniña rió, con risa cantarina.

La morita buscó de dónde venía la risa y vio a la niña sentada en la rama, y como tenía tanto enfado, pensó hacerle daño, y le dijo:

-¿Qué hace ahí, la blanca? ¿Qué hace ahí, la niña?

Y Blancaniña contestó:


-Estoy esperando al Rey,
que vendrá entre las doce y la una
a llevarme con él.



La morita se puso verde de envidia y dijo:

-¡Baja de allí, niña, que te ayudo a peinarte!

Y pensó encantarla y tomar su lugar.

Bajó la niña sin temor, y la morita se puso detrás, y comenzó a peinar los cabellos de Blancaniña con el peinecito de plata. Mientras le hacía las trenzas, en un movimiento rápido, le clavó un alfiler negro, y Blancaniña se convirtió en una paloma y salió volando en el azul cielo.

Por el camino venían dos hermanos de Blancaniña y le preguntaron a la morita si no había visto pasar por allí al Rey, con la niña montada en su caballo.

  —173→  

Ilustración

  —174→  

La morita, al adivinar quiénes eran los muchachos, dijo rápida no saber nada de nada. Entonces, antes que se dieran cuenta de lo que allí sucedía, los convirtió en dos bueyes.

La morita se subió al árbol, y cuando el sol estuvo alto, vio venir al Rey con sus caballeros, pajes y una carroza de mucho rumbo.

La morita se bajó del árbol, se presentó al Rey, y éste, asombrado por el cambio, dijo:

-¿Dónde el color, la blanca? ¿Dónde el color, la bella?

Contesta la morita, muy desenvuelta:

-¡El sol de la espera volvíame morena!

El Rey no supo qué hacer del disgusto. Pero palabras son palabras, promesas son promesas.

Así fue que el Rey volvió a palacio con la morita y se casó con ella. Todas las mañanas, por los jardines de palacio llega una paloma diciendo:


-Jardín del Rey, jardín del amor,
¿qué hace el Rey, tu señor?


-¡Ay, mi señor, casado con reina mora!
Unos días mudo, y otros llora.



La paloma aleteando, aleteando, desaparecía. Volvió una y otra vez al jardín; entonces, el jardinero, maravillado, se lo contó al Rey.

El Rey le ordenó untar la ramita donde se posaba la paloma. Cuando volvió al día siguiente, la paloma preguntó al jardinero:


-Jardín del Rey, jardín del amor,
¿qué hace el Rey, tu señor?


-¡Ay, mi señor, casado con reina mora!
Unos días mudo, y otros llora.



Cuando quiso volar se quedó pegada al rosal. El jardinero, con cuidado, la llevó a su señor. La paloma cautivó al Rey; entonces la puso en su mano, sentándose a la mesa a comer. La reina mora se enfureció cuando vio a la paloma beber en la copa del Rey. Ordenó a los criados que la asaran a la noche. El Rey, que acariciaba el plumón de la paloma, sintió bajo sus dedos la dura cabeza del alfiler. El Rey abrió unos ojos muy grandes y, de un tirón, quitó el alfiler. Apareció en sus brazos Blancaniña que, llorando, le contó todo lo que había pasado.

La mora, con sus artes, desapareció; los hermanos dejaron de ser bueyes y llegaron a palacio, cuando todos estaban de fiesta, por las bodas de Blancaniña y del Rey, su señor.

Como me lo contaron os lo cuento.

Ilustración



  —175→  

ArribaAbajo26. El rey y la piel de piojo

Ilustración

Era un rey que encontró un piojo y lo crió. Se hizo muy grande, muy grande; entonces lo desolló, y con su piel se hizo una gorra y mandó poner bandos por ahí: «Quien acertara de qué piel era la gorra del rey, se casaría con su hija.»

Pues fueron muchos, muchos, muchos, pero nadie acertaba de qué piel era la gorra del rey. Y entonces, un pastor de aquí, de este pueblo, se dijo: «Yo también voy a ir». Andando, caminando, andando (entonces no había trenes) se encontró con un hombre en una pradera, que estaba así de rodillas escuchando. Y dijo el pastor.

-¿Qué haces ahí? -Estoy oyendo misa en Roma -contestó aquel que estaba de rodillas.

-¿Cómo oyes tanto?

-Pues sabrás que yo oigo nacer las hierbas (las oía nacer, las sentía nacer, no las veía). Y tú ¿adonde vas?

-Voy a ver si acierto de qué piel es la gorra del rey y a casarme con su hija.

-Ah; eso lo sé yo -dice El-que-oía todo-; es de la piel de un piojo.

Ya marcharon contentos los dos. Caminando, andando, caminando,   —176→   se encontraron a otro, El-que-apuntaba sin ver, apuntando con una escopeta, y no había nada.

-¿Qué haces ahí? ¿A quién apuntas?

-A una paloma que está en la Torre de Babel. Y vosotros, ¿dónde vais?

-Vamos a ver si el rey nos da su hija, pues sabemos ya de qué piel es la gorra del rey.

-Pues voy yo también con vosotros -dice El-que-apunta sin ver.

Andando, caminando, andando, se encontraron con otro, que estaba atándose las piernas y le preguntaron qué hacía.

-Estoy atándome las piernas para coger una liebre que va por allí, por aquellas piedras, porque si corriera sin atarme las piernas, pasaría adelante, y correría más aprisa que la liebre.

Y El-de-las piernas atadas preguntó dónde iban; y caminó con ellos. Se encontraron a otro que estaba con los pantalones bajos, soplando con el trasero y dijeron:

-Pero ¿qué haces ahí?

-Estoy haciendo moler aquel molino que está allá encima de la cuesta.

Les preguntó adónde iban y marchó con ellos. Y encontraron a El-que-llevaba la casa a cuestas.

-¿Adonde vas con la casa a cuestas?-le preguntaron.

-Voy a ponerla ahí en ese sitio, porque aquí donde la tengo hace mucho frío, y la cambio para que esté más abrigada -y les preguntó adónde iban y caminó con ellos.

Marcharon todos y llegaron a casa del rey. Dijeron que la gorra era de piel de piojo y acertaron. Pero el rey no les quería dar a la princesa, no quería que casara con un pastor. Entonces le pidió que antes le trajera una flor de maravilla, en un país muy lejano, y que correría un galgo con él; y si llegaba el galgo antes con la flor, no le daba a su hija.

Entonces El-de-las piernas atadas, se desató, y corría más aprisa que el galgo. Llegó corriendo y cogió la flor de maravilla. Cuando venía ya de vuelta vio una fuente y, ¡hala!, se puso a beber. Rodó una piedra, cayó una piedra, cogiéndole el dedo de la mano del corazón. Tira que tira, tira que tira, aunque se hiciere daño, pero no lo podía sacar. Así pasaban las horas y no podía llegar a tiempo.

Llamó a El-que-oía todo, y éste llamó al otro, El-que-apunta sin ver. Entonces él cogió la escopeta, apuntó y le cortó el dedo. Pues   —177→   que El-de-las piernas atadas siguió su camino, y llegó primero con la flor de la maravilla, para dársela al rey.

Pero el rey no quería dar a su hija, y les dijo que se conformaran con todo el oro y el dinero que pudieran llevar a cuestas.

Entonces viene El-que-lleva la casa a cuestas y empiezan a coger oro y más oro, y el rey, muy asustado, dice:

-A ver, que ya es bastante, ¿no veis que no lo podréis llevar?

Y contestaban entre risas:

-¡Bah, bah! Ahora empezamos, ahora empezamos.

Metieron hasta el último dinero que tenía el rey y se marcharon, dejándole la hija. El rey, desesperado, decía:

-¿Qué hacer sin oro? ¿Qué va a hacer la Casa Real sin dineros? ¡Vamos, a por ellos!

Mandó un piquete de tropa y de caballeros, pero El-que-oía todo, les oyó venir por el arenal. Y El-que-sopla-con el trasero baja su pantalón, empieza a soplar y les ciega de remolinos a caballos y caballeros en el arenal. Pues que, así cegados, tuvieron que dar la vuelta y allí quedó el rey con gorra de piel de piojo, su hija, sus caballeros, y su Casa Real sin dineros. Y el pastor y sus amigos, tan contentos con todo el oro, se volvieron para casa.

Y colorín colorado, cuento acabado.

Ilustración



  —178→  

ArribaAbajo27. Blancaflor

Ilustración

Érase que se era un joven gastador que no le gustaba trabajar ni un poquitín. Un día se le presentó un misterioso caballero y le dijo:

-Si me prometes que al cabo de veinte años vas a buscarme, tendrás todo cuanto quieras; cada vez que metas las manos en el bolsillo las sacarás llenas de oro.

-¿Por dónde iré a buscarle? -dijo el mozo.

-Pregunta por el Castillo de Oro, allí te espero.

Hicieron el contrato y el misterioso caballero desapareció.

El joven vivía feliz, lleno de riquezas, pues nada más meter las manos en el bolsillo las sacaba con monedas de oro. Pasó un día y otro día, un año y otro año, hasta veinte pasaron, el plazo se cumplió y el mozo echó a andar, pregunta que te preguntarás por el Castillo de Oro. Llegó a un monte, lleno de pájaros de todos colores y volvió a preguntar.   —179→   Los pájaros tampoco lo sabían, pero le dijeron que vendría el Ave tamaña, que tal vez pudiera ayudarle, aunque mejor se escondiese porque nunca se sabe el humor de un Ave. A la noche llegó el Ave tamaña; entonces un gorrioncillo decidido va y le dice:

-Señora, hay un mozo que pregunta por el Castillo de Oro, y sólo tú puedes ayudarle.

-¿Dónde está el mozo? -graznó el Ave tamaña.

-Aquí, señora Ave.

-¡Desdichado de ti..., desdichado de ti...! -dijo el Ave-. Aquel caballero que te llenó de oro es un mágico poderoso, muy malo. Cuando te vea te mandará tres trabajos imposibles; si no los haces te matará. Pero si no vas, te buscará y te matará. Ven, te llevaré; pero debes comprar dos fanegas de trigo, un pellejo de vino y una vaca, porque tendré hambre por el camino.

Pues el Ave tamaña se lo llevó volando y volando, comiendo y comiendo por prados y montañas, y, al bajar a un río, se despidió:

-Mira, allí tienes el Castillo de Oro. Allí vive el mágico con su mujer y sus tres hijas. La menor sabe mucho y es muy guapa. Aquí vendrá a bañarse, esconde sus vestidos. Ella cantará:


«¿Quién mi vestido blanco me guardó?
Que me lo entregue. De todos cuantos peligros
se vea con mi padre, he de librarle yo.»



A la tercera vez que oigas esto, sales y le entregas sus vestidos y ya te dirá ella lo que tienes que hacer.

Volando por el cielo, el Ave se fue. Todo sucedió como el Ave le había dicho. A la tercera vez que cantó la niña:


«¿Quién mi vestido blanco me guardó?
Que me lo entregue. De todos cuantos peligros
se vea con mi padre, he de librarle yo.»



Salió el mozo, dándole su vestido blanco. Ella le miró:

-¿Qué te trae por aquí?

-Hice un trato con tu padre -contestó el joven.

-¡Ay, pobre de ti! -dice ella-. Escucha, si haces todo lo que yo diga te salvaré; si no, somos perdidos los dos, pues te mata a ti y me mata a mí.

  —180→  

Siguió el camino hasta el Castillo, y ya que se presenta ante el mágico, éste le dice, mirándolo fijamente:

-Mañana tienes que traerme un anillo que perdí hace cien años en el fondo del mar.

El mozo se fue a orillas del mar; allí estaba, con su vestido blanco, la niña Blancaflor.

-Pues eso no es lo peor -dice ella-, eso no es lo peor. Vete a la plaza, compra la olla más grande que veas, trae un cuchillo afilado, me matas y me pones dentro de la olla, bien tapada.

-Yo no..., yo no te mato -dice él asustadísimo.

-Calla -dice Blancaflor-, que si no lo haces te pierdes tú y yo. Haz lo que digo. Luego echas la olla a andar por el mar. Cuida de no derramar ni una gota de mi sangre, ni quedar dormido, ni penar, que yo volveré con el anillo.

El mozo, temblando, hizo lo que Blancaflor aconsejara, pero perdió una gota de sangre en la arena. Espera que te espera, sin pasar pena, ni quedar dormido, vio llegar por el mar a la olla meciéndose en la espuma. Saltó Blancaflor, aún más hermosa que antes.

-Toma el anillo, llévaselo a mi padre y le dices: «Sé más que tú y tu casta».

Al coger el anillo vio el mozo el dedo meñique sangrando; Blancaflor le explicó que era la gota de sangre que había caído, mas que no pasara pena.

Llega al Castillo de Oro, entrega el anillo al mágico y éste le dice furioso:

-¿Tienes en mi casa quién te enseña, o acaso sabes tú más que yo?

-Sé más que tú y toda tu casta -contesta decidido el mozo-. Manda otra vez, amo, lo que has de mandar, que los trabajos cumplidos serán.

-Has de ir a aquella montaña, cavar, quemar, sembrar, esperar y segar, moler, amasar, y mañana hasta mi mesa traer el pan.

Bajó el mozo a buscar a Blancaflor para contarle el mandato del padre.

-Vete a la montaña -dijo ella-; allí aguarda. Si duermes, dormido quedes.

Así que hubo llegado el mozo a la montaña quedó dormido. Al despertar Blancaflor le entrega el pan blanco y cocido diciendo:

-Llévaselo a mi padre y le dices que sabes más tú que toda su casta.

  —181→  

Cuando el mozo entregó el pan al mágico, éste, enfurecido, le grita:

-¿Tienes en mi casa quién te enseñe o acaso sabes tú más que yo?

-Sé más que tú y toda tu casta -responde fuerte el mozo-. Manda por última vez, amo, lo que has de mandar, que los tres trabajos cumplidos serán.

-Tendrás que domar un potro morado que hay en la cuadra mora.

Salió el mozo, encuentra a Blancaflor y le cuenta el otro trabajo mandato.

-Malo, malo, trabajo malo. El potro es mi padre, la silla es mi madre y han de querer matarte los dos.

Y dice:

-Vete al monte, busca varas de avellano cortas, montas el potro y le das con la vara, pues, según salgas montado, tratará de tirarte en el barranco para matarte, pero tú ¡zas, zas!, con las varas todas, hasta que quede bien domado.

Dicho y hecho, según lo saca de la cuadra y monta, ¡buf!, ¡buf!, como cosa loca a tirarlo al barranco. El mozo empieza pim pam, pim pam, a la silla, pim pam para otro, hasta quebrar la última vara de avellano y quedar el caballo manso y quieto.

Ilustración

  —182→  

En cuanto el mozo se presentó al mágico, lo ve todo maltrecho y vendado.

-Ahí tiene el potro, mi amo, bien adomado.

-¡Tú en mi casa tienes quien te enseñe! ¿O acaso sabes tú más que yo?

-¡Sé más que tú y que toda tu casta! He cumplido con lo mandado, así que dame licencia para irme.

El mágico lo miró como un basilisco todo vendado y dice:

-Irte te irás, pero antes has de casar con una de mis hijas.

Llamaron a las hijas, las pusieron tapadas en tres sillas, sentadas iguales; sólo asomaban sus manos sobre las faldas.

Entró el mozo, miró las niñas sentadas, dio una vuelta alrededor... Reconoció a la menor, por aquel meñique de la herida. Pues va diciendo mientras las señala:

-Pues bien, ésta queda, ésta sale, ésta quiero. Háganse las bodas.

Pero, en la noche, Blancaflor le secretea:

-Hemos de huir, ellos han dispuesto matarnos. Vete a la cuadra, hay dos caballos. Uno es el Pensamiento, otro el Viento. Coge el caballo más flaco, no cojas el gordo, que somos perdidos. Guando él sale, escupe Blancaflor tres salivillas en la puerta.

El mozo, aturdido, escogió el caballo más gordo, que era el Viento, dejando el más flaco, que era el Pensamiento.

Ilustración

  —183→  

-¡Ay, ay! ¡Por traer el Viento has dejado el Pensamiento! -gemía Blancaflor al ver llegar al mozo-. ¡Pobre de ti, pobre de mí, pobres de nosotros!; pero ahora hemos de irnos con el Viento, pues no hay tiempo que perder.

-¡Blancaflor! -llamó su padre en la noche.

-¡Síííí! -contestó la salivilla primera, mientras Blancaflor y el mozo huían a caballo del Viento.

-¡Blancaflor! -repitió el padre en la noche.

-¡Síííí! -contestó la salivilla segunda, mientras Blancaflor y el mozo huían en el Viento.

Al amanecer llamó:

-¡Blancaflooor!

La salivilla última contestó débilmente:

-¡Síííí!

La mujer del mágico desconfió, fue al dormitorio, descubriendo la huida.

Montó el mágico en el caballo flaco del Pensamiento. Por ser más veloz que el Viento, pronto los alcanzó.

-¡Pobre de ti, pobre de mí!; ya viene mi padre detrás de nosotros. Me convertiré en ermita, tú en ermitaño y sólo dirás: «A misa, a misa, a misa».

Y soltándose la cinta del pelo se transformó en ermita, y el mozo en ermitaño.

Llegó el mágico preguntando:

-Ermitaño, ¿ha visto a un hombre y a una mujer pasar por aquí?

Y el mozo convertido en ermitaño responde:

-A misa, a misa, a misa.

Dio media vuelta el mágico, que no le convencía tanta misa, y su mujer le dice:

-Te ha engañado otra vez tu hija; ella era la ermita, el otro el ermitaño; ¡vuelve a la carrera a por ellos!

Ya los vio llegar Blancaflor.

-Ahí viene mi padre, pero no vamos a ser perdidos. Me convertiré en huerto y tú en hortelano, y cuando te pregunte por un hombre y una mujer tú dices: a cuarto vendo las berzas, a cuarto.

Y tirando el peinecillo convirtiose en huerta, y él en hortelano. Ya llega el mágico preguntando:

-Hortelano, ¿ha visto a un hombre y una mujer pasar por aquí?

-¡A cuarto!, a cuarto vendo las berzas, ¡a cuarto!

  —184→  

Ilustración

Dio la vuelta y su mujer:

-Te ha engañado otra vez tu hija, pero ahora iré yo y ya verás como no me engaña.

Guando Blancaflor vio llegar a la madre se lamentó.

-¡Ay, pobre de ti, pobre de mí! ¡Ay, a ella sí que no la engaño!

Y se soltó su pelo y lo echó atrás y lo hizo un río de sangre, largo, largo, que ellos no pudieron pasar.

Ya lo supo la madre:

-¡Mira, mira tú, cómo era ésta la que lo salvaba! Yo no puedo pasar, pero ¡olvidados os veréis antes de ser casados!

Y habiendo echado la maldición se volvió.

Anda que te andarás llegaron cerca de la ciudad y, volviéndose el joven a Blancaflor, dice:

-Espérame aquí, que iré a buscar un coche para entrar en la ciudad.

-¡Ay, ay -dijo Blancaflor-, que me olvidarás!

-Olvidar no olvido.

  —185→  

-Me olvidarás, me olvidarás -repetía Blancaflor-. Escucha, toma esta varita, con ella vas alejando a todos, no dejes que ninguna mujer sea joven ni vieja te abrace, pues, si no, me olvidarás.

Llega el joven, pide el coche, todos quieren abrazarle, y él, cuidándose con la varita de por medio, hasta que el ama le abraza por detrás.

-¡Ay, querido, tanto tiempo! ¡Ay, querido!

Y así olvidó el coche que había pedido, cuanto le había pasado. Blancaflor, esperando. Todo, todo se le pasaba de la memoria. Entonces Blancaflor lo supo al momento:

-¡Olvidada, ya estoy olvidada! -lloraba la niña.

Vienen días, pasan días, y el mozo decidió casarse con otra dama del lugar. En el banquete de boda se presentó Blancaflor diciendo que sabía contar historias y juegos de magia para entretener a los invitados.

Blancaflor contó la historia de cómo un mozo que no quiere trabajar recibió riqueza de un mágico, y cómo fue al Castillo de Oro, y cómo Blancaflor le ayudó a encontrar el anillo, a preparar el pan y a domar el potro infernal.

El joven estaba cada vez más inquieto; pero no, no recordaba nada. Ella prosiguió contando cómo el mozo eligió por esposa a Blancaflor, que le había salvado, y cómo huyeron en el Viento perseguidos por el mago montado en el Pensamiento, y la ermita, la huerta, el río de sangre y cómo Blancaflor quedó sola y olvidada.

El joven estaba cada vez más pálido, pero que muy pálido; entonces ella moja el dedo en su salivilla y se lo pone en la frente. Como un relámpago el joven, saltando, dice:

-¡Tú eres Blancaflor, tú eres mi esposa!

Así que se casaron, vivieron felices, y comieron perdices, y a mí no me dieron nada.

Ilustración





  —186→  

ArribaAbajoCuento tradicional y versión de autor


El cuento de la hormiguita (la mariposita, la cucarachita, o ratita presumida)

Este cuento es uno de los más populares en la Península y en Iberoamérica, para niños pequeños. La historia, simplísima (encuentro de una moneda, compra de polvos, paso de pretendientes a casarse con la hormiguita, elección de pretendiente, casamiento, descuido y muerte del esposo, lamento de la hormiguita), tiene unos elementos formulísticos muy notorios a un nivel verbal, y, con Espinosa, lo clasificamos como cuento de animales y acumulativo.

En todas las versiones aparece el personaje pequeño, limpio, coqueto, pero hacendoso, mujer de una casa de limpiar y limpiar, que decide embellecerse y buscar pareja, como inversión segura. Es una visión diminuta, cotidiana, de barrer, limpiar, casarse, ir al mercado, a misa, cocinar, dejar recados, enviudar, llorar. En este mundo cercano y familiar, sólo puede entrar lo pequeño, como al corazón de la hormiguita, el ratón Pérez, después de mucho asustarse y espantarse de otros pretendientes excesivamente ruidosos.

La hormiguita es una niña de juicio y razón. El soliloquio del personaje -¿qué haré..., qué no haré?-, al encontrarse la moneda, es un razonamiento de previsión. Difiere de las versiones de Fernán Caballero (F. C), Elena Fortún (E. F.) y Antoniorrobles (A.), por su ironía, la publicada en la Colección Calleja (C.). Esta hormiguita es una mujer calculadora, es una mujer de capital «de sesenta abriles», «sin escrúpulos de conciencia», que toma la iniciativa de proponer el casamiento-inversión.

  —187→  

En las distintas versiones del cuento, la elección del novio varía desde la breve enumeración de F. C. («lo propio sucedió con un perro que ladró, un gato que maulló, un cochino que gruñó, un gallo que cacareó») a la presentación dialogada y reiterada (E. F., C.-A.). La presentación formulística de los personajes es importante para la retención y memorización del diálogo. La visualización de los personajes está dada por la reiteración de las preguntas y la diversificación de las respuestas onomatopéyicas; en la tonalidad y timbre de las voces-personajes. En la versión de A., esta visualización está ampliada por la caracterización en imágenes simples y plásticas (el gato de ojos verdes y gafas rojas, el ratón Pérez en patines).

La muerte del ratón está presentada con diversos grados de intensidad en una graduación de cuatro notas (E. F.), subiendo en F. C, y ampliada a tragedia forte en C.

La versión de Antoniorrobles se aparta, estableciendo un suspense de duda («¿muerto quizás? No, no lo sabemos todavía»).

El lamento final claramente formulístico es breve cancioncilla en C, reiteración en E. F., y acumulativo en F. C. En A., el ritmo acumulativo se interfiere por la explicación («siguieron hablando en aleluyas que, aunque versos malos, en aquella región eran signo de sentimiento»). La acumulación en este cuento cumple una función de intensificación del lamento, estableciendo una duración del dolor (largo-breve). La versión de A., coherente con su idea de aligerar de cualquier crueldad los cuentos, suprime el desenlace fatal, por un salvamento del ratón, alegre y disparatado, de dibujos animados, y con final feliz.

En la versión de C. es visible el cuento instructivo moralizante, su final no ofrece dudas: «Este cuento enseña a los niños a no ser curiosos y a no faltar a lo que se les manda por medio de padres y maestros».

Creemos se evidencian en estas cuatro versiones el texto oral para contar (F. C. y E. F.); el texto escrito de leer y oír (A.), y el texto con intención instructiva (C).



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28. La hormiguita

Lola Anglada, Lectures d'infants (¿1930?)

Había una vez una hormiguita tan primorosa, tan concentrada, tan hacendosa, que era un encanto. Un día que estaba barriendo la puerta de su casa se halló un ochavito. Dijo para sí: «¿Qué haré con este ochavito? ¿Compraré piñones? No, que no los puedo partir. ¿Compraré merengues? No, que es una golosina». Pensolo más y se fue a una tienda, donde compró un poco de arrebol, se lavó, se peinó, se aderezó, se puso colorete y se sentó en la ventana. Ya se ve; como que estaba tan acicalada y tan bonita, todo el que pasaba se enamoraba de ella. Pasó un toro y le dijo:

-Hormiguita, ¿te quieres casar conmigo?

-¿Y cómo me enamorarás? -respondió la hormiguita.

El toro se puso a rugir; la hormiga se tapó los oídos con ambas patas.

-Sigue tu camino -le dijo al toro-, que me asustas, me asombras y me espantas.

Y lo propio sucedió con un perro que ladró, un gato que maulló, un cochino que gruñó, un gallo que cacareó. Todos causaban alejamiento a la hormiguita; ninguno se ganó su voluntad, hasta que pasó un ratonpérez, que la supo enamorar tan fina y delicadamente, que la hormiguita le dio su manita negra. Vivían como tortolitos, y tan felices, que de eso no se ha visto desde que el mundo es mundo.

Quiso la mala suerte que un día fuese la hormiguita sola a misa, después de poner la olla, que dejó al cuidado de ratonpérez, advirtiéndole, como tan prudente que era, que no menease la olla con la cuchara chica, sino con el cucharón; pero el ratonpérez hizo, por su mal, lo contrario de lo que le dijo su mujer: cogió la cuchara chica para menear la olla, y así fue que sucedió lo que ella había previsto. Ratonpérez, con su torpeza, se cayó en la olla, como en un pozo, y allí murió ahogado.

  —189→  

Al volver la hormiguita a su casa, llamó a la puerta. Nadie respondió ni vino a abrir. Entonces se fue a casa de una vecina para que la dejase entrar por el tejado. Pero la vecina no quiso, y tuvo que mandar por el cerrajero que le descerrajase la puerta. Fuese la hormiguita en derechura a la cocina; miró la olla, y allí estaba, ¡qué dolor!, el ratonpérez ahogado, dando vueltas sobre el caldo que hervía. La hormiguita se echó a llorar amargamente. Vino el pájaro y le dijo:

-¿Por qué lloras?

Ella respondió:

-Porque ratonpérez se cayó en la olla.

-Pues yo, pajarito, me corto el piquito.

Vino la paloma y le dijo:

-¿Por qué, pajarito, te has cortado el pico?

-Porque ratonpérez se cayó en la olla, y que la hormiguita lo siente y lo llora.

-Pues yo, la paloma, me corto la cola.

Dijo el palomar:

-¿Por qué tú, paloma, cortaste tu cola?

-Porque ratonpérez se cayó en la olla; y que la hormiguita lo siente y lo llora; y que el pajarito cortó su piquito; y yo, la paloma, me corto la cola.

-Pues yo, palomar, voime a derribar.

Dijo la fuente clara:

-¿Por qué, palomar, vaste a derribar?

-Porque el ratonpérez se cayó en la olla; y que la hormiguita lo siente y lo llora; y que el pajarito cortó su piquito; y que la paloma se corta la cola; y yo, palomar, voime a derribar.

-Pues yo, fuente clara, me pongo a llorar.

Vino la infanta y dijo:

-¿Por qué, fuente clara, te has puesto a llorar?

-Porque ratonpérez se cayó en la olla; y que la hormiguita lo siente y lo llora; y que el pajarito se cortó el piquito; y que la paloma se corta la cola; y que el palomar fuese a derribar, y yo, fuente clara, me pongo a llorar.

-Pues yo, que soy infanta, romperé mi cántara.

Y yo, que lo cuento, acabo en lamento, porque el ratonpérez se cayó en la olla, ¡y que la hormiguita lo siente y lo llora!

Fernán Caballero



  —190→  

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29. La hormiguita

Cuentos de Calleja (1981)

En cierta ocasión, una hormiguita barría con todo esmero la puerta de su casa, que era un agujerito, practicado en las inmediaciones de un camino que conducía a ciudad populosa.

Barriendo, barriendo, se encontró una moneda pequeña que, sin duda, era un céntimo. Claramente conoció la hormiga por el olfato que aquel centimito había pertenecido a otro individuo de su misma especie, raza y condición, aunque de distinta tribu, porque las hormigas exhalan de su cuerpo unas emanaciones olorosas que les sirven para distinguirse y reconocerse mutuamente.

Pero ¿adonde podía nuestra hormiguita buscar a la dueña del céntimo encontrado?

Sin escrúpulo de conciencia, la hormiguita creyó que podía guardarse la moneda, y así lo hizo.

Y comenzaron las cavilaciones.

-¿En qué emplearé este capital para que me produzca grandes utilidades? -se decía-. Guando somos pobres creemos que todo depende del trabajo manual; pero cuando somos ricos, vemos que también la riqueza es importante y que necesita una buena dirección.

Después de largas meditaciones, la hormiguita se dijo:

-¿Pondré un taller para enriquecerme pronto? No, porque me incomodará el ruido. ¿Pondré una casa de préstamos para cobrar como los hombres el 60 por 100 de interés? No, que mi raza no es de prestamistas ni de usureros. ¿Pondré un puestecito de granos y hortalizas?   —191→   No, porque vendrán las cigarras y los zánganos y me comprarán al fiado, con propósito de no pagarme nunca.

En estas cavilaciones pasó el verano entero, sin saber qué ocupaciones emprender con su dinero.

Al fin tomó una resolución importante. Decidió gastar el céntimo en pomada olorosa, peinarse con mucho cuidado y buscar un novio para casarse.

Se puso en las antenas unas hermosas peinetas de plomo y en la cabeza un sombrero con grandes plumas; diose polvos de arroz en la cara, se puso una manteleta entre clara y entre yema, una faldita de percal planchada, se miró al espejo y se encontró muy hermosa para sus sesenta abriles.

Nuestra hormiga, peinada y perfumada, se situó en la puerta de su agujero, es decir, de su vivienda, y esperó para ver si de los transeúntes merecía alguno su elección.

-¿Con quién me casaré? -se preguntaba-. ¿Será con un banquero? ¿Será con un duque? ¿Acaso con un marqués? ¿Quizá con un conde? ¿Será un general? ¿Será un trompeta?

Mientras esto pensaba, todo se la volvía dar vueltas al centimito en su faltriquera, como si temiese que la robasen.

-La verdad es -decía- que con un céntimo y ropa limpia se puede recorrer el mundo y sobrar dinero para la vuelta.

Pasó a poco una manada de cabras, entre las cuales se destacaba un cabrito de gallarda presencia.

-¡Cabrito! -le preguntó la hormiga-, ¿querrías casarte conmigo?

-Sí -le contestó el cabrito.

-Y ¿de qué manera me hablarás de noche?

-Bé...

-¡Ay! No, que me asustarás.

Y pasó un rebaño de ovejas y carneros, y preguntó a uno de éstos, de rizada y hermosa lana blanca:

-¿Te quieres casar conmigo, carnerito?

-Sí.

-¿Y cómo me hablarás de noche?

  —192→  

-Mééé.

-¡Ay! No, que me asustarás.

Pasó una bandada de saltamontes, y al que iba delante de todos preguntó la hormiga:

-¡Cigarroncito! ¿Quieres casarte conmigo?

-Sí -le respondió.

-Y ¿cómo me hablarás de noche?

-Ruch... -produjo el saltamontes con sus alas.

-¡Ay! No, que me asustarás.

Y pasó un grillo, que ansiosamente buscaba dónde ocultarse.

-¡Grillito! -le dijo la hormiga-, ¿te quieres casar conmigo?

-Sí.

-¿Y de qué manera me hablarás de noche?

-¡Ri!, ¡ri!, ¡ri!

-¡Ay! No, que me asustarás.

Entonces vio un ratón, de puntiagudo hocico, de chispeantes ojos negros, de movedizas orejas, de cuerpo muy pequeño, de patitas muy ligeras y de rabo larguísimo; el ratón se paseaba, o más bien corría por la carretera próxima.

-Ratoncito, escucha tres palabras: ¿Quieres casarte conmigo?

-Sí.

-¿Y qué me dirás de noche?

-I, i, i.

-Pues me conviene: arreglaremos nuestros asuntos, buscaremos nuestra casa, llevaremos a ella nuestros bienes, celebraremos nuestro contrato matrimonial y festejaremos nuestra boda, en compañía de nuestros parientes, amigos y conocidos.

La hormiga y el ratón se prometieron fidelidad y cariño; se casaron y se establecieron en una casita que estaba situada debajo de un corpulento árbol.

Dos días habían transcurrido, cuando a la hormiguita se le ocurrió ir al pueblo para enterarse del precio del trigo, porque ella tenía de ese cereal un gran montón, formado grano a grano.

-Escucha -dijo la hormiguita a su esposo-; yo me voy al pueblo y dejo puesta la olla con la verdura en el fogón: si hierve la meneas, pero no con la cuchara chica, sino con la cuchara grande.

Al cabo de algunas horas volvió a su hogar la hormiguita, y se extrañó mucho de no hallar en la puerta a su marido. ¡Y eso que le traía como regalo una cortecita de queso!

  —193→  

Pero más le sorprendió encontrar tapiada por dentro la entrada. «Sin duda -pensó la hormiga- mi ratoncito habrá tenido necesidad de ir a la cocina para menear la verdura y ha cerrado por dentro la puerta de la casa para evitar sorpresas».

Y llamó, y volvió a llamar con más fuerzas; pero nada oía ni nadie acudía.

Entonces la hormiga pidió permiso a una comadre suya, que vivía en la casa inmediata, para pasar por el tejado hasta su casa; el corazón le anunciaba una horrible desgracia.

Y exclamaba:


¿Dónde estás, mi ratoncito,
dónde estás que no te veo?
¿Por qué no templas mi angustia
y no calmas mi deseo?



Con miles trabajos la hormiguita, subiendo, trepando, cayendo y tropezando, pudo por fin llegar hasta el corral de su casa.

-Ratoncito, ratón mío -iba diciendo y no obtenía respuesta.

Llegó a la cocina; ¡oh terrible desgracia! El rabo del ratoncito se asomaba por la boca de la olla.

-Todo lo comprendo ahora -exclamó la hormiguita-; meneó con la cuchara chica y se cayó dentro.

Y las lágrimas inundaron sus antenas.

Mucho tiempo después, todavía la vecindad de la hormiga oyó a ésta exclamar entre llantos y lloros:


Mi ratoncito
se cayó en la olla,
y su hormiguita
lo siente llorar.



Este cuento enseña a los niños a no ser curiosos y a no faltar a lo que se les manda por medio de sus padres y maestros.

Calleja



  —194→  

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30. La mariposita

Esta era una mariposita que estaba barriendo el portal y se encontró un centavito.

-¿Qué me compraré? ¿Qué me compraré? ¿Me compraré caramelos? ¡Ay, no; que me llamarán golosa! ¿Me compraré un vestidito? ¡Ay, no, no; que me llamarán presumida! Me compraré una cintita y me la pondré en la cabeza.

Y la mariposita se compró una cintita de seda y se hizo un moño en el cabello.

Y pasó por allí un perrito:

-Mariposita, ¡qué linda estás!

-Hago bien, que tú no me lo das.

-¿Te quieres casar conmigo?

-¿Qué harás por la noche?

-¡Guau, guau, guau!

-¡Ay no, no; que me asustarás!

Y pasó por allí el gallito.

-Mariposita, ¡qué linda estás!

-Hago bien, que tú no me lo das.

-¿Te quieres casar conmigo?

-¿Qué harás por la noche?

-¡Quiquiriquí! ¡Quiquiriquí!

-¡Ay no, no; que me asustarás!

Y pasó por allí el gatito.

-Mariposita, ¡qué linda estás!

-Hago bien, que tú no me lo das.

-¿Te quieres casar conmigo?

-¿Qué harás por la noche?

-¡Miau, miau, miarramiau!

-¡Ay no, no; que me asustarás!

Y pasó por allí el ratoncito Pérez.

-Mariposita, ¡qué linda estás!

-Hago bien, que tú no me lo das.

-¿Te quieres casar conmigo?

-¿Qué harás por la noche?

-¡Dormir y callar! ¡Dormir y callar!

Y la mariposita se casó con el ratoncito Pérez.

  —195→  

Al otro día, la mariposita se marchó al mercado y dijo al ratoncito Pérez:

-Ratoncito Pérez, cuida de la olla, y no espumes el caldo con la cuchara pequeña, sino con la cuchara grande, porque si no lo haces así te caerás dentro.

Pero el ratoncito Pérez espumó el caldo con la cuchara pequeña y se cayó dentro de la olla.

Y cuando volvió del mercado la mariposita, sólo asomaba el rabo del ratoncito Pérez por fuera de la olla.

La mariposita escurrió el caldo y vertió los garbanzos en la cacerola, y entre ellos estaba el ratoncito Pérez, que se había cocido.

¡El ratoncito Pérez se cayó en la olla! ¡Y la mariposita le canta y le llora! ¡El ratoncito Pérez se cayó en la olla! ¡Y la mariposita le canta y le llora! ¡Le canta y le llora!

Elena Fortún

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31. Muchos a adorarla son, pero ella elige al ratón

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Pues, señor, era una vez una cucarachita llamada Mondinga, que vivía en una casita muy bonita y muy chiquirritita, que ella se cuidaba de tener muy limpia.

Un día, en su afán de limpiar y limpiar, se puso a barrer la acera a la puerta de su hogar, y viendo una cosa redonda que salía rodando, la recogió y se encontró con que se trataba de un centavito.

Lo tomó en la mano, lo miró muy contenta y exclamó:

-¿Qué compraré con él? Si compro pan, se me acabará; si compro dulce, me lo comeré inmediatamente; si compro tocino, puede hacerme daño. ¿Qué compraré...?

Pensando, pensando, se fue a hacer la pregunta ante el espejo, y al verse tan morenita se dijo:

-¡Ya sé lo que voy a comprarme!

Guardó el centavito en su bolsa y en la cercana tienda pidió un centavito de blancos polvos para la cara. Se lo vendieron, regresó a su casita, y, empolvándose la faz, la verdad es que se encontró muy guapetona; así es que, entre presumida y cansada de las faenas del día, se sentó a la ventana para ver quién pasaba, y también para que la vieran a ella; porque, para eso, se puso a abanicarse entre unas macetas floridas de rosas y claveles.

En esto pasó un toro andando en dos patas con su elegante sombrero hongo muy bien colocado entre los cuernos; y al verla se acercó a la ventana, se quitó el sombrero y le dijo:

-Cucarachita Mondinga, ¿te quieres casar conmigo?

  —197→  

Le gustó su figura; pero se le ocurrió preguntarle:

-¿Qué dirás para enamorarme?

-¡Muuuuuh! -exclamó el toro.

-¡Ay, qué horror! -replicó Mondinga-; ese ruido me espanta y me asusta. ¡No, no, no! No quiero casarme contigo.

El toro, entonces, se marchó lleno de tristeza. Pero al poco rato pasó un perro vestido a cuadros y fumando en pipa, que, enamorado de la presencia de Mondinga, le dijo desde la acera:

-Cucarachita bonita, ¿te quieres casar conmigo?

No la pareció mal; los perros son leales y guardadores de la casa; por eso le preguntó:

-¿Qué me dirás para enamorarme?

-¡Guau, guau!, -exclamó él.

-¡Ay, qué horror! -replicó Mondinga-; ese ruido me espanta y me asusta. ¡No, no, no! No quiero casarme contigo.

Entonces el perro se marchó con el rabo entre las piernas. ¡Ah!, pero a los pocos minutos pasó un gallo que debía ser militar de su raza, porque parecía que llevaba condecoraciones en el pecho y, además, dos magníficas espuelas... o espolones.

-Cucarachita chiquita y linda, ¿te quieres casar conmigo?

¡Oh, qué bonito sería, con tantas plumas y colores! Entonces le preguntó:

-¿Qué me dirás para enamorarme?

-¡Quiquiriquí! -cantó el gallo, con enorme gallardía.

-¡Ay, qué horror! ¡Ese ruido me espanta y me asusta! ¡No, no, no! No quiero casarme contigo.

Entonces el gallo siguió su camino con la cresta ladeada por su tristeza. Pero pasó después por enfrente un hermoso gato de ojos verdes, con gafas rojas, y al verla se sintió enamorado.

-Hermosísima cucarachita -le dijo-; dime: ¿te quieres casar conmigo?

Mucho le gustaba su aspecto de sabio; pero le preguntó:

-¿Qué me dirás para enamorarme?

Y el gato respondió:

-Miau, miau.

-¡Ay, qué horror! -exclamó la cucarachita Mondinga-. Ese ruido me espanta y me asusta. ¡No, no, no! No me casaré contigo.

Y entonces, el gato de los ojos verdes hizo como el gallo, el perro y el toro; desapareció calladamente con angustioso aire de tristeza.

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Por fin pasó un ratón. ¡He aquí al ratoncito llamado Pérez, rodando con sus dos patines, y al aire su largo y elegante rabito! Pero al ver a la cucarachita tan guapa hizo que sus ruedecillas girasen y, acercándose a la ventana, exclamó:

-Cucarachita Mondinga, ¿te quieres casar conmigo?

Inmediatamente, la misma pregunta:

-¿Qué me dirás para enamorarme?

-¡Iiiiih! ¡Iiiiih!... -respondió el ratón con un ruidito suave y dulce.

-Me encanta. ¡Oh, qué linda voz! -exclamó ella jubilosa- ¡Sí, sí! ¡Nos casaremos!

Y se casaron, efectivamente A la boda fueron todos sus amigos: los grillos, las ratas, las cigarras, las luciérnagas, los murciélagos y las arañas, que tejieron lindas telas para la novia.

¡Gran banquete el día de la boda, en la despensa de los señores donde vivía el ratoncito Pérez!...

Se instalaron luego felices en el hogar de la novia, y la cucarachita no hacía más que pensar de esta manera:

«¡Todo esto se lo debo al centavito de polvos blancos, que me compré! ¡Gracias a aquel encuentro soy, con mi esposo, la cucaracha más afortunada del mundo!»

Además, cada vez le parecía más guapo el ratón Pérez: su cola más elegante y larga, más brillantes los ojos negros, más aterciopelado el pelo, más ilustres sus bigotes...

Sucedió que todos los domingos se iba a rezar la cucarachita a su templo, y, al marcharse, dijo a su esposo cierta mañana, cuando aún estaba medio dormido:

-He dejado la olla de la comida en la lumbre; ten cuidado de que no se queme; pero no se te ocurra dar vueltas al guiso con la cuchara chica, que es peligroso; así es que ahí te dejo el cucharón.

Dicho lo cual, ella se fue y él siguió durmiendo.

Al cabo de un rato despertó al ratón el olor del guiso, que se estaba quemando. Entre sueños se levantó precipitadamente, retiró la olla del fuego y fue a moverlo para que no se pegase al fondo, pero se olvidó de la recomendación de su esposa, y como intentó dar vueltas al guiso con la cuchara pequeña desde el borde de la olla, no alcanzó bien y ¡zas!, se cayó a la salsa; y en la olla se quedó completamente inmóvil y sin sentido. ¿Muerto quizá? No, no lo sabemos todavía. De todas maneras, ¡pobrecito ratón Pérez!

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Regresó del templo doña Mondinga, vio que la olla estaba retirada del fuego y que Pérez no estaba en el lecho y supuso que habría salido a dar una vuelta a la calle. Entonces estuvo arreglando su casa, zurció sus medias, puso nuevos adornos a sus sombreros, y como el esposo no regresaba, decidió ponerse a comer solita; cosa que no le era grata, porque era la primera vez que le pasaba en su matrimonio. Mas he aquí que en el momento de meter la cuchara en la olla, dio un grito que se oyó en toda la vecindad.

Lo oyó un pajarito y se acercó a preguntar:

-¿Qué te sucede?

-¡Qué horror! ¡Que mi esposo amado, en el guiso ha muerto ahogado!

-¿Qué sucede? -preguntó una paloma que también lo oyó.

Y el pájaro le dijo, también un poco en verso:

-Pues que el ratón Pérez se cayó en la olla, y su cucarachita le gime y le llora. Y yo, pajarito, me corto el piquito.

-¡Ah!, pues yo, paloma, la cola me corto; y no creas que es broma.

Y los dos, en señal de luto, se cortaron un poquito del pico y de la cola, y siguieron hablando en aleluya; que, aunque eran versos malos, en aquella región era signo de sentimiento.

Pasaba entonces una linda infanta, hija de un rey destronado, que en aquel momento iba con su cántaro a por agua, y al oír los llantos preguntó:

-¿Qué sucede?

Y la fuente respondió con el ruido mismo de su chorro; pero siempre un poco con verso:

-Pues que el ratón Pérez se cayó a la olla, y cucarachita lo gime y lo llora; y ese pajarito se cortó el piquito, y aquella paloma se cortó la cola; y yo, fuente clara, me pongo a llorar.

-Entonces la infanta, ni ríe ni canta -y diciendo la niña estas palabras, dejó caer el cántaro al suelo, haciéndole mil pedazos.

Al oír tal estrépito y los tristes lamentos, el señor lorito se acercó a ver lo que pasaba, y en seguida se llegó en un vuelo a los bomberos y les dijo:

-¡Vengan los valientes, que éste es un suceso de los más urgentes!

Llegaron los bomberos al galope de doce borriquitos, y aplicando la manguera a la boca del ratón, dieron vueltas al manubrio al revés, no para echar agua como en los incendios, sino para sacarle toda la salsa que se le había metido dentro durante las tres horas que estuvo en la olla.

  —200→  

Al poco rato empezó a mover los ojillos... Luego se le vio mover las cuatro patitas... Y al fin vieron todos cómo sonreía feliz.

El caso es que al domingo siguiente se celebró su salvamento con otro banquete, cuyo menú se componía de seis manjares; a saber: primero, queso; segundo, queso; tercero, queso mezclado con un poquito de queso..., y así sucesivamente. Pero como la cucarachita Mondinga y el ratón Pérez volvieron a ser felices, colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Antoniorrobles

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ArribaAbajoNotas

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Procedencia de los cuentos

  • Cuentos mínimos

    • 1. Boletín Acción Educativa, núm. 13.
      Informante: Anselma Maroto (59 años), Las Ramblas (Córdoba).
      Recogido por Federico Martín. Madrid, 1981.
    • 2. Boletín Acción Educativa, núm. 13.
      Informante: Pedro Ruiz (62 años), Chinchón (Madrid).
      Recogido por Federico Martín, Madrid, 1981.
    • 3. Colec. Ana Pelegrín.
      Informante: Gloria Martínez (33 años), Chillaron (Cuenca).
      Recogido por Ana Pelegrín (1981).
    • 4. Colec. Ana Pelegrín.
      Informante: Concepción Muñoz (67 años), Belmez (Córdoba).
      Recogido por Olga Segurola (1978).
    • 5. Colec. Fingoy.
    • 6. Publicado por Rafael Jijena Sánchez, Don Meñique, Hachette, Buenos Aires, 1960 (pág. 28).
    • 7. Colec. Ana Pelegrín.
      Informante: Martina Martín (34 años), Béjar (Salamanca).
      Recogido por Ana Pelegrín, Madrid, 1981.
    • —204→
    • 8. Colec. Ana Pelegrín.
      Informante: Eva, Santander.
      Recogido por Ana Pelegrín. Escuela de Verano, Madrid, 1978.
    • 9. Colec. Ana Pelegrín.
      Informante: Concepción Muñoz (67 años), Belmez (Córdoba).
      Recogido por Olga Segurola (1978).
    • 10. Colec. Ana Pelegrín.
      Informante: M.ª Dolores Fernández Fernández (32 años), Lugo.
      Recogido por M.ª Dolores Fernández Fernández (1978).
    • 11. Colec. Ana Pelegrín.
      Informante: José (64 años), Cáceres.
      Recogido por Celia (1980).
    • 12. Colec. Ana Pelegrín.
      Informante: Francisco (40 años), Cáceres.
      Recogido por Celia (1980).
    • 13. Colec. Ana Pelegrín.
      Informante: Laura Laliena Andreu, Huesca.
      Recogido por Laura Laliena Andreu (1979).
    • 14. Colec. Ana Pelegrín.
      Informante: Marisol, Ávila.
      Recogido por Ana Pelegrín, Alcalá de Henares, Madrid, 1980.
    • 15. Colec. Ana Pelegrín.
      Informantes: Curso de Maestros, Santa Cruz de Tenerife.
      Recogido por Ana Pelegrín (1979).


    • Cuentos acumulativos

    • 16. Colec. Ana Pelegrín.
      Tradición familiar, Jujuy (Argentina).
    • 17. Publicado por M.ª Luisa Canalleda, Cuentos populares asturianos, Ayalga Ediciones, Gijón, 1978. Versión de Ana Pelegrín (pág. 41).
    • 18. Procedencia de Calatañazor (Soria).
      Publicado por Aurelio Espinosa, Cuentos populares de tradición oral, Stanford University. 1926 (tomo III, págs. 514-515).
    • 19. Cuenca. Versión de Marta Mata.
      Publicado por Sara Cone Bryant, Nova Terra (pág. 134).


    • Cuentos de animales

    • 20. Chiclana (Cádiz).
      Publicado por Arcadio de Larrea Palacín. Cuentos gaditanos, C.S.I.C., Madrid, 1959 (páginas 196 a 199).
    • 21. Zamora.
      Publicado por Aurelio Espinosa, ob. cit.
    • 22. Colec. Ana Pelegrín.
      Tradición familiar, Jujuy (Argentina).
    • 23. Azcoitia (Guipúzcoa).
      Publicada por J. M. Barandiarán, El mundo en la mente popular vasca, Auñamendi, San Sebastián, 1972 (pág. 133).
    • 24. (El pollito de la mazorquita de oro), Córdoba. Aurelio Espinosa, ob. cit.
  • —205→


    • Cuentos maravillosos

    • 25. Sanabria (Zamora).
      Informantes: Ana y Belén Velasco Rodríguez (13-11 años).
      Recogido y versión de Ana Pelegrín (1981).
    • 26. Encuesta julio 1981, Cátedra Seminario Menéndez Pidal (CSMP).
      Informante: Rafaela Crespo (73 años), Calzada de la Valdería.
      Recogido por A. González, A. Pelegrín, M. Trapero y A. Vian, julio 1981. Versión de Ana Pelegrín.
    • 27. Informante: Justo Martínez (83 años), Cangas de Narcea (Asturias).
      Recogido por A. Beltrán, A. Vian, J. Juaristi y A. Cid, julio 1981. Versión de Ana Pelegrín.


    • Versiones de «La hormiguita»

    • 28. Publicado por Fernán Caballero, Cuentos de encantamiento, editado por El Magisterio Español, Madrid, 1978 (págs. 31, 32 y 33).
    • 29. Publicado por Saturnino Calleja, «Juguetes instructivos». Reedición de José Olañeta, editor, 1980 (Estuche I).
    • 30. Publicado por Elena Fortún, Pues señor..., edita Elefort, Buenos Aires, 1941 (pág. 41).
    • 31. Publicado por Antoniorrobles, Rompetacones y 100 cuentos más, editado por la Secretaría de Educación Pública, México, 1964 (tomo III).



Procedencia de ilustraciones

Páginas
15 Editorial Hernando Madrid, S. A. Viñeta del Pliego de aleluyas «Escenas Matritenses».
21 y 44 Apeles Mestre. Grabado para Cuentos de Andersen (1881).
22 José Zamora. Cuento de Calleja en Colores (1922).
24 y 190 Cuentos de Calleja (1981).
26 Rafael Penagos, Cuentos Clásicos de Calleja (1922).
28-29 Joan Vila (1909), en Bibliografía del libro infantil en Catalán, Teresa Rovira.
35 Salvador Bartolozzi, Chapete quiere ser héroe de cuento, Calleja (1923).
36 Arthur Rackman. Cuentos de Andersen, Edit. Juventud (¿1934?).
54 Lola Anglada, En Peret (1928).
64 Julián Bastinos. Grabado. Cuentos del hogar de T. Baró (1865).
83 Carlos Berastegui (1981).
105 José Zamora, Cuentos Clásicos de Calleja (1922).
188 Lola Anglada, Lectures d'infants (¿1930?).




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ArribaBibliografía



    • 1. El cuento tradicional. Estudios

    • Amades, Joan, Morfología del cuento folklórico hispánico, Folklore Américas, editado por Ralph Steele Boggs (vol. XVI, núm. 2).
    • Cortázar, Augusto Raúl, Folklore y literatura, Eudeba, Cuadernos de Eudeba, núm. 106, Buenos Aires, 1964.
    • Chevalier, Maxime, Folklore y Literatura: el cuento oral en el Siglo de Oro, Crítica, Grupo editorial Grijalbo, Barcelona, 1978.
    • Espinosa, Aurelio M., Cuentos populares españoles, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1947 (tomos II-III, notas comparativas).
    • ——, La clasificación de los Cuentos Populares. Un capítulo de Metodología folklórica, Tipografía de Archivos, Olózaga, 1, Madrid, 1934.
    • Hoyos Sainz, Luis de, Manual de Folklore. La vida popular tradicional. Literatura popular: Los cuentos, Manuales de la Revista de Occidente, Madrid, 1947 (págs. 258-263).
    • Larrea Palacín, Arcadio de, El folklore y la escuela. Ensayo de una didáctica folklórica, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto «San José de Calasanz» de Pedagogía, Madrid, 1958.
    • Martínez Menchen, Antonio, Narraciones infantiles y cambio social, Cuadernos Taurus, Taurus, Madrid, 1971.
    • ——, Cuentos populares españoles, Ministerio de Educación y Ciencia, Servicio de Publicaciones, Fonoteca Auditiva, Madrid, 1981.
    • Pinon, Roger, El cuento folklórico (Como tema de estudio), Eudeba, Cuadernos de Eudeba, Buenos Aires, 1965.
    • Propp, Vladimir, Morfología del Cuento. Las transformaciones de los cuentos maravillosos, Fundamentos, Madrid, 1971.
    • Soriano, Marc, Los cuentos de Perrault. Erudición y tradiciones populares, Siglo XXI, Buenos Aires, 1975.
    • Torner, Eduardo M., El folklore en la escuela, 3.ª ed., Losada, Buenos Aires, 1960.
    • Thompson, Smith, El cuento folklórico, Universidad Central de Venezuela, Ediciones de Biblioteca, Caracas, 1972.
    • Vansina, Jan, La tradición oral, Nueva colección Labor, Labor, Barcelona, 1966.
    • Varios, «El folklore a l'escola», en Perspectiva Escolar, núm. 53, Març 1981, Barcelona.


    • 2. El cuento infantil. Estudios

    • Almendros, Herminio, Estudio sobre literatura infantil, Oasis, Nueva Biblioteca Pedagógica, México, 1979 (2.ª ed.). Antoniorrobles, El maestro y el cuento infantil, Cultural, S. A., La Habana, ¿1955?
    • —207→
    • Bravo-Villasante, Carmen, Historia de la literatura infantil española, 1.ª ed., Revista de Occidente, Madrid, 1959; 4.ª ed., Escuela Española, 1979.
    • ——, Libros infantiles españoles. Catálogo histórico de 1544 a 1920, edición de la autora, 1979; I.N.L.E., Madrid, 1968.
    • Held, Jacqueline, Los niños y la literatura fantástica. Función y poder de lo imaginario, Paidós, Barcelona-Buenos Aires, 1981.
    • Hürlimann, Bettina, Tres siglos de literatura infantil europea, Juventud, Barcelona, 1968.
    • Jan, Isabelle, Literatura Infantil, núm. 73, marzo 1980; Érase una vez, págs. 17-24; Camps de l'arpa, Luis Porcel, Barcelona.
    • Pastoriza de Etchebarne, Dora, El cuento en la literatura infantil, Kapelusz, Buenos Aires, 1962.
    • Schultz de Mantovani, Fryda, «Sobre las hadas (ensayos de literatura infantil)», Compendios Nova de Iniciación Cultural, núm. 29, Nova, Buenos Aires, 1959.


    • 3. Para contar cuentos

    • Amo, Montserrat del, La hora del cuento, 2.ª ed., Servicio Nacional de Lectura, Breviarios de la Biblioteca Pública Municipal, Madrid, 1970.
    • Bryant, Sara Cone, El arte de contar cuentos, Colección Navidad, núm. 4, Nova Terra, Barcelona, 1973.
    • Fortún, Elena, Pues señor... (Cómo debe contarse el cuento y cuentos para ser contados), Elefot, Buenos Aires, 1941.
    • Pastoriza de Etchebarne, Dora, El oficio olvidado, el arte de narrar, Guadalupe, Buenos Aires, 1972.
    • Pelegrín, Ana M.ª, Cuentacuentos Baltasar, 1.°, 2.°, Edelvives, Zaragoza, 1981.
    • Ventura, Nuria, y Durán, Teresa, Cuentacuentos. Una colección de cuentos... para poder contar, Pablo del Río, Madrid, 1980.


    • 4. Cuentos de tradición oral

    • Alcover, Antonio M.ª, Aplec de rondaies mallorquines d'en Jordi des Reco, Monsèn Alcover, Palma de Mallorca, 1941.
    • Amades, Joan, Folklore de Catalunya, Rondallística-Rondalles, Selecta, Barcelona, 1974.
    • Azkue, Resurrección M.ª de, Literatura popular del País Vasco. Cuentos y leyendas, II, Espasa-Calpe, Madrid, ¿1935?
    • Barandiarán Izar, Luis de, Antología de fábulas. Cuentos y leyendas del País Vasco, Txertoa, San Sebastián, 1981.
    • Cabal, Constantino, Del folklore de Asturias. Cuentos, leyendas, tradiciones, Voluntad, Madrid, ¿1920?
    • ——, Los cuentos tradicionales asturianos, Madrid, ¿1924?
    • Canalleda, M.ª José, Cuentos populares asturianos, Colección Popular Asturiana, Ayala, Gijón, 1978.
    • Contos populares da provincia de Lugo, Centro de Estudios Fingoy, seleccionó Bernardino Grana Vilar, transcripción del material folklórico recogido por maestros (Inspección de Primera Enseñanza de Lugo), Galaxia, Vigo, 1963.
    • Cortés Vázquez, Luis, Cuentos populares de la ribera del Duero, Centro de Estudios Salmantinos, 1953.
    • Curiel, Marcial, Cuentos extremeños, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1944.
    • Espinosa, Aurelio M., Cuentos populares de España, núm. 585, Austral, Madrid, 1946.
    • ——, Cuentos populares de Castilla, recogidos de la tradición oral y publicados con una introducción, Colección Austral, Espasa-Calpe Argentina, S. A., Buenos Aires, 1946.
    • Hernández de Soto, Sergio, Cuentos populares de Extremadura, Biblioteca de las Tradiciones Populares, tomo X, Madrid, 1886.
    • Larrea Palacín, Arcadio de, Cuentos populares de Andalucía, I Cuentos gaditanos, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1959.
    • —208→
    • Machado y Álvarez, Antonio, Cuentos populares españoles, anotados y comparados con los de otras colecciones de Portugal, Italia y Francia (por Antonio Machado y Álvarez), Biblioteca de las Tradiciones Populares, tomo I, junio-agosto 1883, Madrid, 1884.


    • 5. Cuentos para niños



      • a) Cuentos populares

      • Bravo-Villasante, Carmen, La hermosura del mundo y otros cuentos españoles, Col. Mundo Mágico, Noguer, Barcelona, 1981.
      • ——, Las tres naranjas del amor y otros cuentos españoles, Noguer, Barcelona, 1980.
      • Calleja, Saturnino, Almacén de cuentos. El reino de la infancia, Pequeña Biblioteca, José J. de Olañeta, Barcelona, 1981.
      • ——, Juguetes instructivos (Estuche 1), José J. Olañeta, Barcelona, 1980.
      • ——, Más cuento que Calleja..., reproducción de la serie Recreo infantil, juguetes instructivos, Pequeña Biblioteca Calamus Scriptorivus, José J. de Olañeta, Barcelona, 1979.
      • Carandell, José M.ª, Los hijos del pescador y otros cuentos populares, ed. José M.ª Carandell, La Gaya Ciencia, Moby Dick, Biblioteca de bolsillo junior, Barcelona, 1978.
      • Cuentos populares, La Galera, Barcelona.
      • Jijena Sánchez, Rafael, Los cuentos de Mama vieja, Librería Huemul, Buenos Aires, 1965.
      • Lyra, Carmen, Los cuentos de la tía Panchita, 3.ª ed., Imp. María de Linas, San José de Costa Rica, 1926.


      • b) Literatura de autor sobre temática tradicional

      • Gefaell, M.ª Luisa, Las hadas de Villaviciosa de Odón, Alfaguara, Col. Juvenil Alfaguara, Madrid, 1979.
      • Janosch, El violín mágico, Lumen, Barcelona, 1975.
      • León, M.ª Teresa, Rosa Fría, patinadora de la luna, Moby Dyck.
      • Martín Gaite, Carmen, El castillo de las tres murallas, Lumen, Barcelona, 1981.
      • Rodari, Gianni, Cuentos para jugar, Alfaguara, Col. Juvenil Alfaguara, Madrid, 1980.
      • ——, Cuentos por teléfono, Juventud, Barcelona.
      • Sennell, Joles, Érase una vez..., Juventud, Barcelona, 1980.
      • Turín, Adela, y Bosnia, Nella, Las aventuras de Ansolina, Las cajas de cristal, Lumen, Barcelona, 1980.


 
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