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1

Puede llamarse segundo fundador de este establecimiento el canónigo Sr. Laza, que siendo director de él contribuyó eficazmente a que se comprara el edificio en que hoy está, y fue palacio de D. Álvaro de Luna, y después de haber trabajado con incansable celo en mejorar el establecimiento que estaba a su cargo, para estudiar los de su clase hizo un viaje a su costa a París y Londres. Los desdichados cuyo mal ha contribuido a aliviar no podrán pronunciar su nombre con gratitud, no le sabrán siquiera; pero en cambio queda grabado en el corazón de los amigos de la humanidad, que le tributan un homenaje de respeto.



 

2

No se instaló hasta 1769 en virtud de una Real orden y por influencia del Sr. Arzobispo Rajoy.



 

3

Si son dignos de la gratitud y respeto de la posteridad todos los fundadores de establecimientos de Beneficencia, lo son muy particularmente los que, como el canónigo D. Pedro Barrantes, no es sólo su fortuna lo que ofrecen para tan santa obra. El piadoso fundador del hospital de San Julián, por sí mismo cuidaba a los enfermos, curándoles las heridas, y limpiándoles las llagas en una casa donde al principio estableció algunas camas, para recibir a los desdichados que por la índole de sus dolencias no eran admitidos en otros establecimientos.



 

4

El Hospital de Bilbao, tal vez el mejor montado de España, tiene hasta lujo, y hace honor a la capital de Vizcaya. Construido con las limosnas de los bilbaínos, y con su trabajo gratuito, se trabajaba los días festivos, y hemos oído asegurar que las personas bien acomodadas no desdeñaban contribuir materialmente acudiendo en persona a tomar parte en la santa obra, y que el caballero y el proletario se confundían participando de los mismos trabajos. Los nombres de los que tal hicieron deberían grabarse en letras de oro, y el pueblo que los vio nacer debe estar orgulloso con semejantes hijos.



 

5

Hace dos años escribíamos: «colocaos a la puerta del Hospicio de Madrid», y no Entrad en el Hospicio de Madrid, porque de pasar de la puerta hubiera sido preciso denunciar hechos tan poco verosímiles, que la verdad hubiera pasado probablemente por una exageración. Ahora que el Hospicio de Madrid ha sufrido una transformación verdadera; ahora que los abusos pertenecen afortunadamente a la historia, recordaremos algunos, menos en corroboración de lo que hemos escrito, que para recordar que hay muchos establecimientos en España en que las reformas son tan necesarias como lo eran en el Hospicio de Madrid. Lo que habría que decir de este establecimiento no cabe en una nota, apenas cabría en un libro; citaremos algunos hechos, de los cuales se puede inferir el estado en que se hallaba. Si el que quería visitarle se detenía un poco, llevaba como recuerdo los insectos más repugnantes, que eran allí una verdadera plaga. Las camas tardaban en mudarse seis o siete meses. La comida era malísima; llegó el caso de faltar carne para el caldo de los enfermos. Las enfermedades frecuentes, y algunas epidémicas, como las oftalmías: los niños entraban con la vista perfectamente sana y salían ciegos. Los locales acondicionados de tal modo, que, por ejemplo, las Hermanas de la Caridad podía decirse que estaban acampadas, en términos que un simple catarro se hacía mortal por la imposibilidad de cuidarlo: en un invierno, de diez y ocho Hermanas, murieron cinco.

La educación ofrecía el cuadro más triste. Se mandaban los jóvenes a los talleres, sin saber leer ni escribir, ni a doctrina cristiana. Se castigaba con dureza, con crueldad, y con tan buen resultado, que los acogidos no tenían idea de pundonor, y por muchas de sus acciones manifestaban haber perdido el respeto a las cosas más santas: el desorden era la regla.

Ahora todo ha cambiado; la falta de ruido, que llama la atención al entrar, prueba que hay orden. En un local, en que aprenden doscientos y tantos niños, tienen que deciros: esa es la puerta de la escuela: tan religioso es el silencio, que no lo adivináis. Lo que sí adivinaréis al momento es que el maestro ha nacido para enseñar, que es el padre de tantos infelices que no le tienen, y a quienes conduce no por el temor, sino por el cariño. ¡Con qué complacencia os hace notar los progresos de sus discípulos, la gallardía de la letra, la limpieza de las planas, el mérito de aquel niño manco que escribe con tanta perfección, la buena conducta de todos, que, con ser tantos, no sustraen un libro, un pliego de papel! Y si al salir le dais la mano y las gracias, en nombre de la humanidad, por su inteligencia y su celo en favor de aquellos infelices, ¡cómo os agradece esta justicia que le hacéis en vuestro corazón y sin más testigo que Dios!

En la escuela, o en los talleres, o presidiendo las obras que ha emprendido, y donde quiera que haga falta, encontraréis infaliblemente al Director. No importa que no le conozcáis, que no llevéis ninguna recomendación; en cuanto comprenda, y lo comprenderá muy pronto, que os interesáis en la suerte de los acogidos, y apreciáis los esfuerzos que hace por mejorar su condición, lo dejará todo para manifestaros lo mucho que ha hecho, y explicaros lo muchísimo que piensa hacer. Veréis con qué paternal complacencia os enseña la bellísima escuela de párvulos que acaba de concluir, los ventilados dormitorios donde no hay un insecto, el gimnasio y el lavatorio que está construyendo, el local donde piensa establecer una imprenta, etc., etc. «Aquí, dice, quiero hacer una sala de convalecencia; los convalecientes me los traen del hospital en un estado lastimoso, y no sé qué hacer de ellos; no pueden volver al hospital porque dicen que están curados, ni a las brigadas porque no están buenos. ¡Me hace tanta falta esta sala! Están haciéndose camas de hierro, y con la tabla de las que había voy a entarimar la escuela, porque este polvillo de las baldosas, sobre ser sucio, perjudica a la vista de los niños. Aquí van a colocarse las camas de los ancianos, para que tengan que subir pocas escaleras». Por poca práctica que tengáis de estas cosas, comprenderéis que el hombre que así habla no es un empleado, y al despediros le daréis bien cordialmente la mano deseándole en vuestro corazón una larga vida para bien de los acogidos en el Hospicio. No hay para qué decir que no se los trata con dureza, que nadie pone la mano sobre ningún niño, que han desaparecido los antiguos castigos. Esto no es menester que os lo digan; lo adivináis al instante. La crueldad hace a los niños duros, suspicaces, hostiles para con sus superiores, y esta hostilidad es extensiva a las personas que los visitan con ellos. Recorred hoy el Hospicio de Madrid con su Director, y no recibiréis esos saludos forzados, esas miradas oblicuas, ese odio reflejado que hace tanto mal. Si entráis, por ejemplo, en el comedor cuando los niños van a comer, veréis cuántas manos se alzan con su media libreta, y cuántas voces argentinas dicen: «¿Quiere usted pan?» Los pobres no tienen otra cosa con que agasajaros. ¡Y cómo les agradeceréis el obsequio! ¡Y qué de lo íntimo de vuestra alma les desearéis buena suerte! ¡Y con qué dificultad contendréis una lágrima! ¡Y cómo os ocurrirá la idea de comer de aquel pan, imaginando que, como el bendito por la Iglesia, tiene el poder de perdonar los pecados!

Con la suciedad y el abandono han desaparecido las enfermedades; es tan difícil hallar unos ojos malos, como antes lo era ver algunos que no lo estuviesen. A todo esto contribuye mucho la abundancia de agua. Tiene actualmente el Hospicio de Madrid toda el agua que necesita; se ha construido un hermoso lavadero con todo lo necesario para hacer las coladas, donde se lava toda la ropa de la casa; y sólo desde que existe puede decirse que los acogidos al Hospicio se ponen ropa limpia. Se han hecho obras en algunos dormitorios; escuelas para las niñas, con la debida separación de edades; las Hermanas de la Caridad ya no están acampadas, tienen su dormitorio bien acondicionado, su cocina, su comedor, su sala de labor, su oratorio, etc., etc. Hay una pieza que llama la atención por su hijo, y es el lavatorio de las niñas, cuyo suelo es de mármol, las paredes estucadas, etc., etc. ¿Quién ha proporcionado los cuantiosos fondos que en todas estas obras se han invertido? ¿Quién ha buscado personas a propósito para que todas estas reformas se realicen? ¿Quién tiene todos estos cuidados paternales? El Sr. Marqués de la Vega de Armijo.

Sabemos que no hace el bien para que se diga, que oculta sus virtudes tan cuidadosamente como otros sus vicios; pero esperamos que nos perdonará el haberle denunciado con nuestra débil voz al respeto y a la gratitud de las personas caritativas. ¡Suena tan dulce un nombre que se escucha entre las bendiciones de los desvalidos, que es imposible no repetirle! ¡Desdichada la época en que la bondad que excede ciertos límites puede pasar desapercibida! ¡Desdichado el pueblo que al ver escritos ciertos nombres no lee: Aprende y consuélate!

Es bien decir a los avaros que el actual Gobernador de Madrid deja su sueldo en favor de los establecimientos de Beneficencia; a los ociosos, que halla tiempo para visitarlos frecuentemente; a los hipócritas, que no consiente ninguna señal ostensible que patentice su bondad y sus beneficios. Las Hermanas de la Caridad quisieron darlo una prueba de gratitud escribiendo sobre la puerta de su habitación que había sido hecha con el sueldo del señor Marqués. Llega éste; ve la piedra en que el agradecimiento ha grabado su nombre, y manda quitarla inmediatamente: en vano se le ruega; es inexorable; la piedra se quita, y las Hermanas la guardan. De vez en cuando sale del lugar adonde fue relegada; las virtuosas mujeres la sostienen en sus brazos contando su historia, y la inscripción se lee con mucho más interés y con mucho más respeto que si estuviera sobre la puerta. La vista de aquel mármol blanco nos conmovió profundamente. Nuestra imaginación lúgubre vio en él la lápida de un sepulcro, con que tiene mucha semejanza. Nuestros ojos dejaron de leer las letras allí grabadas, que sustituimos con este epitafio: REHUSÓ LOS ELOGIOS QUE MERECÍA.

El Marqués de la Vega de Armijo va con frecuencia a los establecimientos benéficos, pero no tanto como desearía, y ha comisionado a la Sra. Marquesa de Viluma para que visite el Hospicio. ¿Sabéis quién es la Marquesa de Viluma? Preguntádselo a aquella mujer que, sumida en la miseria, prefiere su visita sin nada, a la de otra que le lleve socorros materiales; a la inocente encarcelada que le debe su libertad y su honra; a la que ha sacado del abismo del vicio, y al borde de él, y próxima a volver a caer, se detiene más que por el temor de Dios, por el temor de afligirla; a la que le debe su honor, el de su familia y probablemente la vida; a la que, padeciendo una tristeza congénita que ningún remedio alivia, se consuela al escucharla, y siente pasar sobre su corazón como un perfume de esperanza. Preguntad a todas estas criaturas quién es la Marquesa de Viluma, y ellas os lo dirán. Pero no, no lo podrán decir; vos lo adivinaréis, porque al pronunciar el nombre querido, sus ojos, llenos de lágrimas, se volverán hacia el cielo.



 

6

Esto no es una hipótesis; hay casos en que los acogidos en ciertos asilos de Beneficencia perecen de inanición porque los alimentos llegan a causarles una invencible repugnancia.






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